Compendio de héroes de guerra extraordinarios (I)

Bill Millin en una fiesta de prao. Imagen: Dominio público.

El gaitero loco

William Millin (1922 ̶ 2010) fue uno de los tres millones y medio de soldados que sirvieron a las órdenes del ejército británico a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. Durante su participación en el conflicto bélico, también formó parte de las tropas británicas que desembarcaron durante el Día D en las playas de Normandía para plantar cara a los nazis que habían ocupado Francia. Pero, a diferencia de todos sus compañeros, Millin no pisó aquella playa empuñando un arma de fuego, sino que lo hizo armado con una gaita. Y con un cuchillo enfundado en el calcetín, por lo que pudiera pasar.

Millin nació en Canadá y fue criado en Glasglow cuando su padre (escocés) se desplazó hasta Shettleston para formar parte del cuerpo de policía. Bill optaría por unirse a la reserva militar británica de Fort William y sus dotes para las melodías de viento acabarían llevándole a militar entre las filas de las bandas de gaitas de la Infantería Ligera de las Tierras Altas y del Regimiento Queen’s Own Cameron Highlanders. Después decidió presentarse voluntariamente como comando e ingresó en la Escuela de Comandos de Achnacarry (Escocia) donde comenzó a recibir la instrucción correspondiente a las órdenes de Simon Christopher Joseph Fraser, 15º Lord Lovat y 4º barón Lovat, y entre un montón de voluntarios de diversas nacionalidades. Más allá de las formalidades, aquellos dos hombres congeniaron como solo pueden congeniar un par de caballeros escoceses cuando están rodeados de franceses, belgas, holandeses, checoslovacos, noruegos y polacos. De hecho, Bill Millin pasaría a formar parte de la historia de la Segunda Guerra Mundial gracias a una inverosímil ocurrencia táctica de Lord Lovat.

El Día D, el 6 de junio de 1944, Millin tan solo contaba con veintiún años cuando se abrió la rampa de las lanchas desde la que desembarcarían las tropas británicas para conquistar la orilla. Lo inusual de su presencia allí era evidente a primera vista: entre todos los soldados, él era el único que, en lugar de uniforme, iba ataviado con una falda escocesa (un kilt del clan Cameron idéntico al que su padre había llevado puesto al participar en la Primera Guerra Mundial) y, en lugar de arma de fuego, empuñaba una gaita. En su calcetín derecho también escondía un sgian dubh, un puñal («puñal negro» sería la traducción más certera del original en gaélico escocés) que forma parte del traje tradicional de las Tierras Altas de Escocia.

Aquella inusitada indumentaria, poco práctica en tiempos de guerra, había sido preestablecida días antes: a Lord Lovat se le había ocurrido encomendar a Millin la misión de desembarcar armado con música para elevar la moral de las tropas durante la gresca: «En mayo de 1944, Lord Lovat me informó de que estaba formando su propia brigada de comandos, y de que le gustaría que yo me uniera a ellos para tocar la gaita en el campo de batalla» —explicaba Millin—. «A todos nos caía bien Lord Lovat, era un aristócrata que caminaba tranquilamente por el campo de batalla con la cabeza bien alta, mientras el resto de nosotros nos arrastrábamos y buceábamos para evitar los obuses».

Existía, eso sí, un pequeño inconveniente formal ante todo aquel asunto de llevarse las tonadillas al frente, porque en aquella época la oficina de guerra del ejército británico había prohibido expresamente la presencia de gaiteros en combates directos y áreas ajenas a la retaguardia. Cuando Millin le recordó las normas a Lord Lovat, aquel oficial decidió que lo más adecuado era pasarse la prohibición por el forro justificando razones de peso y, sobre todo, de sangre: «Ah, pero esa es la normativa de la oficina de guerra del ejército británico. Usted y yo somos escoceses, por lo que a nosotros no se aplica», le contestó su superior.

Desembarco durante el Día D con Millin en primer plano. Imagen: Dominio público.

Millin recibió la orden de comenzar a tocar «Highland Laddie» nada más desembarcar en Sword Beach, el nombre en clave de una de las zonas de asalto durante la Operación Neptuno. «Empecé a tocar tan pronto como salté al agua. Cada vez que oigo esa canción me recuerdo caminando por el agua. Y los hombres de nuestro bando heridos en el campo de batalla se sorprendieron al verme. Esperaban ver aparecer a un médico o algún otro tipo de asistencia médica, pero en su lugar me vieron con mi falda y tocando la gaita. Fue horrible, me sentí inútil». El gaitero continuó tocando mientras a su alrededor todo estallaba y sus compañeros se desplomaban abatidos por las balas. «Doce hombres yacían heridos en la entrada de una pequeña carretera. Me preguntaron por los médicos y les contesté que no se preocuparan, que estaban en camino. Me refugié detrás de un muro bajo y vi como un tanque se encaminaba hacia la carretera donde estaban aquellos heridos. Rápidamente me levanté y agité las manos frenéticamente tratando de llamar la atención del comandante del carro, cuyo casco asomaba por la parte superior. No me vio y el carro pasó sobre los soldados heridos. Fue muy traumático».

A pesar de la carnicería, y de modo inexplicable, Millin conservó aire y fuerzas para seguir cumpliendo su propósito principal. Lord Lovat le encomendó subir y bajar la playa tocando «The Road to the Isles» y«All the Blue Bonnets Are Over the Border», una orden que el gaitero cumplió sin rechistar y sin resultar herido. Las tropas británicas tomaron la playa y continuaron avanzando sobre el Puente Pegasus bajo el fuego del enemigo. Se hicieron con el emplazamiento mientras marchaban al ritmo de la gaita de Millin.

Un comando llamado Tom Duncan explicaría años más tarde que aquellas melodías provenientes de las Tierras Altas inyectaron coraje en los soldados: «Nunca olvidaré escuchar el sonido de la gaita de Millin. Además de hacernos sentir orgullosos nos recordó a nuestro hogar, y por qué estábamos allí luchando por nuestras vidas y las de nuestros seres queridos». Otro soldado llamado Maurice Chauvet Kieffer apuntaría que en cuanto Millin pisó la playa, completamente desarmado y muy concentrado en las notas, los alemanes dejaron de disparar por un momento, confusos ante la escena que tenían delante. Cuando los aliados interrogaron a los francotiradores alemanes capturados, aprovecharon para preguntarles por qué no habían disparado contra el músico que se paseaba por la playa de un lado a otro tocando la gaita. «Porque creíamos que se había vuelto loco» contestaron.

Años después, aquel soldado gaitero explicó en la BBC que no consideraba que lo que había hecho fuese algo heroico. «Cuando Lord Lovat me ordenó tocar la gaita yo simplemente dije: “OK”. Ni siquiera noté al principio que estaba bajo el fuego enemigo». En cierto ocasión, Millin también fue entrevistado por el historiador Peter Caddick-Adams, y aprovechó para confesar que recuerda el agua de Sword Beach tan fría como para haberle cortado el aliento en el momento de saltar en ella. No es de extrañar, porque Millin desembarcó en aquella guerra siguiendo al pie de la letra la tradición escocesa: vistiendo kilt, pero sin ropa interior debajo.

Monumento en honor a Millin en Colleville-Montgomery. Fotografía: Billmillinfan CC.

La muerte blanca

Simo Häyhä (1905-2002) nació en un pequeño pueblo de Finlandia llamado Rautjärvi, en lo que sería actualmente la frontera sur del país con Rusia. Fue el séptimo de los ocho hijos de unos granjeros luteranos y se pasó la infancia trabajando en el inclemente desierto finlandés, cazando, esquiando y ayudando con las tareas de la granja. En 1925 se vio obligado a cumplir un año de servicio militar obligatorio y descubrió que aquello de ser soldado se le daba bastante bien. Poco después, se unió a la Guardia Blanca (o la Guardia Civil finlandesa, una milicia de voluntarios del país) donde recibió un entrenamiento más concienzudo y comenzó a pillarle el gusto (y el truco) a lo de tirotear cosas. El chico dedicó su tiempo libre mejorar su puntería y pronto comenzó a engalanar la granja con los trofeos adquiridos en las competiciones locales de tiro. Con veinte años era capaz de disparar dieciséis veces por minuto sobre un mismo blanco situado a ciento cincuenta metros y se manejaba con soltura tanto con el rifle ruso Mosin-Nagant M91 como con el M28/30 y el subfusil Suomi KP/-31.

En 1939, la Unión Soviética (cuya formación unos cuantos años antes, junto a la independencia de Finlandia, había situado el hogar de Häyhä muy cerca de la frontera) se propuso invadir Finlandia y Häyhä, como miembro oficial de la Guardia Blanca, fue llamado a filas para defender su tierra. Pero el Ejército Rojo que pretendía tomar el país, a pesar de superar en número de manera demencial a las tropas finlandesas, era un desastre en lo que respectaba a la organización interna: sus tropas hablaban diferentes lenguas y no acababan de coordinarse adecuadamente, no estaban acostumbradas al clima del país y ni siquiera vestían trajes de camuflaje para caminar sobre aquel desierto de nieve, lo que les convertía automáticamente en luminosas dianas con patas. Häyhä aprovechó todo eso para agarrar su rifle, acomodarse en el bosque y aumentar su puntuación de killscores como francotirador. Y de qué manera.

Es probable que el día que ha sido tomada esta foto el hombre sonriente que la protagoniza haya matado a más gente que varios ejércitos de tamaño medio en toda su carrera. Imagen: Dominio público.

Se estima que Simo Häyhä se cargó él solito a unos quinientos cuarenta y dos soldados soviéticos que trotaban por la estepa helada con cara de andar perdidos y estar pasando mucho frío. En realidad el recuento total de cadáveres apilados por nuestro simpático granjero varía ligeramente según la fuente consultada: en sus diarios, el propio Häyhä suma más de quinientas cabezas reventadas. Antti Johannes Rantamaa, el capellán militar de la unidad de Häyhä, atribuía al soldado un total de doscientas cincuenta y nueve muertes a través dela mirilla de su rifle y otras doscientas y pico a base de plomo de ametralladora. Y el comandante A. Svensson contaba que el virtuoso tirador sumaba un número de bajas confirmadas cercano a las cuatrocientas cuarenta.

Entretanto, en las líneas del Ejército Rojo la gente comenzó a ponerse nerviosa al descubrir que un psicópata chalado, presuntamente escondido en un árbol o enterrado entre los arbustos, se estaba cardando él solito a todo el batallón soviético. El enemigo le apodo «la Muerte Blanca» y contribuyó a inflar su leyenda, que tampoco era escasa a aquellas alturas: se crearon numerosos escuadrones y se lanzaron ataques de artillería para intentar, sin éxito, darle caza .En los periódicos finlandeses las hazañas de la Muerte Blanca ocuparon una parte importante de las páginas publicadas durante aquella guerra de invierno. Los editores sabían del valor de la propaganda de cara al pueblo y no hay mejor forma de elevar la moral de una nación que se saberse productora de una máquina de matar humana.

Lo cierto es que, una docena de fiambres arriba o abajo, las cifras de soldados derribados por el francotirador rural son acojonantes. En los poco menos de cien días en los que sirvió en la guerra el hombre mató de media a cinco personas entre la hora de levantarse y la de acostarse. Su técnica seguía a rajatabla el manual del francotirador profesional: se camuflaba con el entorno con facilidad (tenía el culo acostumbrado al gélido temporal), renunciaba a las mirillas telescópicas (porque soportaban peor el clima helado, producían reflejos con la luz y le obligaban a levantar un poco la cabeza), se rellenaba la boca con nieve para no producir vaho y tenía una paciencia infinita a la hora de esperar tranquilamente a que un oponente se asomase para saludar.

El 6 de marzo de 1940, entre los bosques de Ulismaa y durante una maniobra de contraataque, una bala explosiva del enemigo impactó en la cara de Häyhä dejándolo en coma y desfigurándole para siempre al llevarse por delante su mandíbula izquierda. Sus compañeros lo socorrieron y trasladaron hecho un cristo («La mitad de su cara había desaparecido por completo») sin muchas esperanzas de que aquel hombre sobreviviese. Pero el puñetero se demostró duro hasta para eso: despertó del coma el 13 de marzo de 1940, justo el día en el que la paz se había declarado y la guerra se daba por finiquitada. Como si la propia naturaleza lo hubiese dejado en reposo a propósito diciéndole «Mira, hasta aquí. Que me lo estás poniendo todo perdido».

Simo Häyhä tras la guerra, a nadie se le ocurrió hacer un chiste sobre su cara. Jamás. Imagen: Dominio público.

El dentista guerrero

Benjamin L. Salomon (1914-1944) nació en Milwaukee, Wisconsin, y creció apuntando maneras: obtuvo el rango más alto posible (Eagle Scout) en el programa juvenil de Boy Scouts de América, superó el instituto con notazas, ingresó en la Universidad de Marquette, se trasladó a la Universidad del Sur de California para completar su licenciatura y remató sus estudios graduándose en la Facultad de Odontología de la USC. En 1937, con todos los deberes hechos, comenzó a ejercer como dentista. El futuro se presentaba bastante cómodo para aquel joven judío de familia humilde, hasta que un par de años después estalló la Segunda Guerra Mundial.

En 1940 Salomon fue llamado a filas y pasó a formar parte del ejército de los Estados Unidos. Ingresó como soldado de infantería, pero demostró tanta valía y dedicación (algo de lo que fueron testigos sus años académicos) como para no tardar demasiado en comenzar a escalar posiciones. Tras el entrenamiento básico, Salomon se unió al 102º Regimiento de infantería destacando como experto tirador pero también como un hombre tallado con madera de líder. El oficial a cargo de la unidad lo nombro «el soldado más completo» del regimiento y al cabo de un año Salomon ya había alcanzado el rango de sargento y se encontraba comandando una sección de ametralladoras. En 1944 el hombre recibió la notificación de que pasaría a formar parte del Cuerpo Dental para arreglar muelas en medio de la batalla, un destino que al propio Salomon no le hacía demasiada gracia porque a aquellas alturas él prefería seguir sirviendo en las líneas de infantería. Se trasladó a Schofield Barracks, Hawái, y tras trabajar unos meses en un hospital fue nombrado oficial dental del 105º Regimiento de Infantería, parte de la 27ª División de Infantería.

Como el chaval era de naturaleza brillante, tampoco pudo dejar de destacar en aquel puesto. Sus pacientes y compañeros lo definieron como un dentista excelente y su rutina diaria se dividió entre arreglar bocas por la mañana, entrenar junto a su regimiento por las tardes y aprovechar el tiempo libre entre medias para ganar todas las competiciones de la unidad o enseñar estrategias militares. Sus comandantes era incapaces de hablar de su figura sin sepultarla en flores: «Ben Salomon fue el mejor instructor de tácticas de infantería que hemos tenido. Tenía una forma de inspirar a la gente para hacer cosas que de otro modo no podrían haber hecho. Probablemente ha sido el hombre más vital que muchos de nosotros hemos conocido».

Benjamin L. Salomon. El afable, sonriente y encorbatado dentista que estaba a punto de desatar el infierno sobre un centenar de japoneses. Imagen: Dominio público.

En junio de 1944 Salomon fue ascendido a capitán y desembarcó en la isla de Saipán, Islas Marianas, junto al 105º Regimiento de Infantería para entrar en contacto con la batalla y enfrentarse a las tropas japonesas, eso sí, desde la sala del sacamuelas. Pero como el dentista de regimiento tenía poco trabajo que hacer durante las operaciones de combate, el muchacho (contaba treinta primaveras por entonces) se ofreció como voluntario para reemplazar al cirujano del 2° Batallón, que había sido herido por un mortero. A medida que aquel 2º Batallón avanzó por el territorio, las bajas y heridos entre sus filas se multiplicaron de manera considerable, dejando diezmada a la formación, cuestionada su valía (el teniente general Holland Smith definió aquella unidad como un grupo de incapaces derrotados por un enemigo desorganizado) y al médico Salomon con muchísimo trabajo sobre la mesa de operaciones.

El 6 de julio, las tropas americanas comenzaron a establecer un perímetro sólido de defensa en torno a la base de operaciones ante la posibilidad de sufrir un ataque suicida por parte de los japoneses. No estaban equivocados, al otro lado de la contienda el general Yoshitsugu Saito andaba azuzando a soldados, marineros y civiles para arremeter contra los americanos a lo bestia y sin freno: «Atacaremos a las fuerzas americanas y todos moriremos de manera honorable. Cada uno de nosotros matará a diez americanos […] Hay muerte si atacamos y hay muerte si nos quedamos donde estamos. Sin embargo, en la muerte hay vida. Avanzaré junto a vosotros para atizar un nuevo golpe a los demonios estadounidenses y dejar mis huesos en Saipán como una fortaleza del Pacífico». El plan del amigo era utilizar el comodín de la carga banzaí, un superpoder de las masas japonesas que consiste en atacar como cabestros en plan avalancha humana y sin preocuparse de la seguridad propia.

Las oleadas de japoneses locos comenzaron a emerger de entre los setos durante la madrugada. Los norteamericanos trataron de hacerles frente tirando de todo tipo de artillería e infantería e infligieron numerosas bajas sobre aquella desquiciada marea de personas, pero no fueron capaces de evitar que el enemigo acabase invadiendo las trincheras de sus instalaciones. Entretanto, Benjamin L. Salomon trataba de remendar a los suyos desde una tienda médica que se encontraba instalada a escasos cuarenta y cinco metros de la línea defensiva. Pasados diez minutos desde el inicio de la contienda aquella carpa ya acumulaban más de una treintena de soldados heridos. Lo peor, y lo mejor, de la historia del dentista militar viene ahora, porque mientras Salomon se encontraba atendiendo a los heridos, los soldados japoneses comenzaron a entrar en la tienda de primeros auxilios. Uno de ellos apuñaló con su bayoneta a un americano convaleciente que yacía sobre una camilla y aquello activó en la cabeza del joven judío de Milwaukee el modo Rambo: Salomon se cargó al asesino de un disparo, tumbó a otros dos japoneses a hostias con su rifle para después rematarlos con un tiro y una cuchillada de bayoneta, le voló la cabeza a un enemigo que se coló por los bajos de la tienda, trinchó a otro con la bayoneta, apuñaló a otro con un cuchillo y derribó a otro más de un cabezazo. Se asomó al exterior y descubrió que la cosa pintaba demasiado mal, ordenó al resto de médicos que evacuasen a los heridos mientras él proporcionaba fuego de cobertura y anunció que se quedaría en el lugar para contener a los invasores mientras le fuese posible.

Al día siguiente, el ejército americano encontró el cuerpo sin vida de Salomon tumbado sobre una ametralladora. Frente a su posición (que el hombre había desplazado varias veces durante la escaramuza para mantener una buena visión del campo de tiro) se apilaban noventa y ocho soldados japoneses. En su cuerpo tenía setenta y seis agujeros de bala, veinticuatro de los cuales los había recibido mientras aún estaba vivo. Porque todo el mundo sabe que no puedes acabar con un humilde dentista judío de Milwaukee tan fácilmente.

(Continúa aquí)

No hay muchas fotos del bueno de Benjamin en internet porque se ve que en la época los jpgs no estaban de moda. Así que hemos seleccionado una de su equivalente moderno más cercano. Para hacerse una idea más certera, dibújese mentalmente una bata de dentista sobre el torso del soldado . Imagen: Orion Pictures.


La extrema derecha y el sindicalista despistado

Timo Soini, líder del Partido de los Verdaderos Finlandeses
Timo Soini, líder del Partido de los Verdaderos Finlandeses.

El otro día estuve charlando con un amigo que trabaja en una organización sindical internacional y me comentó que estaba escandalizado. Acababa de regresar de  un encuentro con sindicalistas del norte de Europa y le había preocupado la naturalidad con la que sus colegas se referían a los Verdaderos Fineses, partido de extrema derecha que sacó casi un 20% en las pasadas legislativas. Por lo visto alguno de sus compañeros le había comentado que el discurso de este partido no chocaba frontalmente con los postulados del sindicato ni con sus bases. Para mi amigo esta idea resultaba inconcebible: «¿Cómo alguien de izquierdas podía tener cualquier tipo de relación con aquella gente que no fuera una lucha frontal?». Sus colegas griegos o húngaros, según me contó, sí que estaban preocupados y eran mucho más activos frente a Amanecer Dorado y Jobbik. Y no es para menos, porque aquellos partidos ultraderechistas no solo cuentan con representación parlamentaria, es que tienen hasta sus propias milicias armadas.

La verdad es que esta conversación me dejó pensativo. ¿Cómo es posible que hubiera esta diferencia de pareceres? No sería extraño que se tratase de un problema de comunicación. Siempre hay dificultades a la hora de moverse en el mundo de las etiquetas ideológicas, las cuales no viajan fácilmente entre países. Aunque tenemos algunas herramientas para intentar orientarnos (por ejemplo, mirar a sus programas), siempre es un tema controvertido y matizable. ¿Está más a la derecha la UMP francesa que la CDU alemana? ¿Es más de izquierdas SYRIZA o Izquierda Unida? ¿Son iguales los liberales ingleses que los daneses? Quizá simplemente hablaban de cosas distintas. Quizá simplemente el Partido del Progreso noruego, que será clave para gobernar el país, es algo relativamente distinto a lo que asimilamos aquí como extrema derecha. Pero entonces ¿Qué es un partido de extrema derecha?

Los que más han estudiado el tema recomiendan distinguir entre dos grandes familias. Por una parte estarían los partidos neofascistas, que equivaldría a nostálgicos de regímenes pasados y que son unos partidos bastante viejos pero no muy importantes. En España, por ejemplo, la familia de las Falanges se ajusta bien al patrón. Por otra parte estarían los partidos populistas de extrema derecha, esos que cada vez que hay elecciones en un país de nuestro entorno hace saltar las alarmas. Y es que mientras que los neofascistas son estables en el tiempo en términos de apoyos electorales (incluso ligeramente a la baja), los populistas han crecido muchísimo desde los años 80. Sin embargo, esta definición no permite identificarlos por su sustancia ideológica, un elemento fundamental para comprender por qué han tomado posiciones en muchos parlamentos. Además, no creo que fuera tan extraño ver que un partido neofascista se «recicla» para mejorar sus perspectivas electorales. Vale seguir la biografía de este señor  para comprender a qué me refiero.

Si nos vamos a una definición más ideológica, básicamente podemos trazar tres características muy generales. El primero es que un eje ideológico que va entre libertarismo-universalismo vs. tradicionalismo-comunitarismo estos partidos se alinean claramente con los últimos. Es decir, una línea conservadora que los coloca en las antípodas de partidos poscomunistas o de «nueva izquierda». El segundo es un claro discurso populista anti-establishment, en el cual se acusa a la clase política existente (aunque se sea parte) de ser origen de todos los males del país. Y por último, una estructura jerárquica interna fuertemente cohesionada y articulada alrededor de un líder caudillista.  Si echamos un vistazo a vuelo de pájaro por Europa podemos identificar un buen número de candidatos a caer en esta clasificación. Tenemos la lista de Pim Fortuyn (asesinado en 2002), que combinaba una crítica dura contra el multiculturalismo con valores liberales en familia o sexualidad —él mismo era homosexual—. Tenemos los Verdaderos Fineses o el Partido del Progreso, partidos con retórica claramente antiinmigración. Pero quizá el Frente Nacional Francés sea el partido que mejor encaja, con su chauvinismo nacional y los LePen como dinastía al cargo.

En el centro, Nikolaos  Michaloliakos, líder de Amanecer Dorado.
En el centro, Nikolaos Michaloliakos, líder de Amanecer Dorado.

Es posible que no todos los partidos que uno consideraría como de extrema derecha puedan amoldarse a esta definición de mínimos; hay variaciones de contexto que necesariamente se escapan. Por ejemplo, para la Liga Norte el nacionalismo «padano» es un puntal clave que combina con su tradicionalismo, mientras que Plataforma per Catalunya se mueve con disimulo cuando se habla del tema Cataluña-España. Además, también es cierto que vivimos momentos en los que ser anti-establishment es una regularidad a ambos lados del espectro político. Aún más, el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo señala a las claras que el líder fuerte es un formato que vuelve a estar de moda. Por lo tanto, tomemos esta definición con pinzas y restrinjamos la categoría de extrema derecha a los partidos que cumplen al menos los tres requisitos ¿Por qué un sindicalista finés mantendría una posición tibia con los VF? Quizá si se mira un poco a las bases electorales de esos partidos podamos saber qué puede estar detrás de estas medias tintas.

Una de las principales hipótesis sobre el éxito de los partidos de extrema derecha se relaciona con el haberse convertido en la plataforma electoral preferente para los «perdedores de la modernización». Según esta idea, tras la ruptura del pacto keynesiano de pleno empleo en los años 80, la clase trabajadora tradicional habría pasado a competir con una clase de trabajadores nuevos: los inmigrantes. Se argumenta que habría calado entre el electorado clásico de la izquierda tradicional —los obreros— que los inmigrantes reducen sus salarios, aumentan su probabilidad de desempleo y compiten por las mismas prestaciones públicas. Así, un empeoramiento de la economía durante la crisis del petróleo con un aumento de los flujos migratorios en paralelo habría ofrecido a la extrema derecha un nicho para crecer en detrimento de los partidos de izquierda clásicos. Menos recursos y más a repartir habrían hecho germinar el chauvinismo del Estado de Bienestar, patrimonio del ultraderechismo. Y de hecho, aunque las condiciones materiales objetivas no sean tales, lo cierto es que esos partidos son efectivos articulando un discurso que los votantes creen.

Una segunda hipótesis sobre las fuentes de votos de los partidos de extrema derecha está en la explotación de la dimensión identitaria. Según este argumento, el electorado no se sentiría atraído tanto por que haya una lucha por recursos como por la creencia de que el multiculturalismo puede erosionar la identidad nacional. La islamofobia, que ha permeado a Europa Occidental en las últimas décadas y especialmente desde el 11S, se habría convertido en un suelo fértil sobre el que estos partidos estarían echando raíces. Vale con mirar este spot electoral para ilustrar lo que digo (sí, lo hace de manera ridícula pero tremendamente directa). La solución para este potencial conflicto, por supuesto, siempre es de un cariz expeditivo. Expulsión de inmigración, requisitos severos de entrada o asimilacionismo cultural. Estas propuestas servirían para atraer a un votante nacionalista o más a la derecha, el cual no tiene por qué coincidir necesariamente con el perfil obrerista anterior. Y eso la derecha de algunos países lo sabe y reacciona mimetizándose.

Por último, una parte de las bases electorales de estos partidos llegan movidas por el discurso anti-establishment o populista en sus diferentes variantes. No es nada nuevo decir que cada vez hay más descontento con la política y los partidos. Esta tendencia, que se sostiene en toda Europa Occidental, parece especialmente acusada en los países periféricos —donde además se solapa con un cuadro de desafección crónica—. Dado que en muchos casos estamos ante partidos nuevos (aunque en algunos casos los líderes son viejos), a la extrema derecha le es más sencillo plantear un discurso rupturista. No tienen la cortapisa de la gestión y puede criticar sin miedo los privilegios de «la casta». Esto le podría permitir atraer, en potencia, a dos perfiles de votantes. Por un lado, el desconectado de la vida política, el que vota furioso y descontento de manera ocasional. Por el otro, el voto joven, los más perjudicados por un situación de desempleo galopante y que ven truncadas sus expectativas a raíz de la crisis económica. El éxito del Frente Nacional entre los menores de 24 años podría ir por aquí.

Creo que este cuadro deja algo muy presente. Para el partido de extrema derecha lo relevante es quién es parte de la comunidad política (los de aquí), cómo hay que preservarla (contra los de fuera) y cómo se la gobierna (los de abajo, a través del líder, contra los de arriba). Si el sindicalista finés no veía en este partido una amenaza quizá se relacione con que se trata un «punto ciego» de su ideología, una dimensión que, de acuerdo a un sistema de valores, no se problematiza. Por ejemplo, para determinadas concepciones del liberalismo la desigualdad socioeconómica es un punto ciego. Por contra, para determinada izquierda clásica la desigualdad económica es central, pero otras desigualdades (las minorías, por ejemplo), siempre quedan supeditadas o camufladas tras la primera. Quizá por eso a la hora de definir la comunidad política, quiénes tienen que ser los iguales, hay parte de la izquierda que no puede ser rotunda. La respuesta no es unívoca. Quizá por eso para aquel sindicalista la extrema derecha no fuera un enemigo a batir. Simplemente porque aunque no se esté de acuerdo con su ideología conservadora, siguen siendo un partido que se ajusta a la defensa de la comunidad de solidaridad básica para él.

Esta idea, la de restringir la comunidad, no es algo que sea complicado de hacer viajar entre países. Sin embargo, siendo así, ¿por qué no tenemos extrema derecha con marca propia en España? La verdad es que como no hay tal partido en el Congreso de los Diputados o en asambleas autonómicas a veces nos despistamos. No solo Plataforma, también España 2000 ha conseguido colarse en algunos ayuntamientos. Normalmente se dice que el sistema electoral es un elemento de cierre que desincentiva que un «emprendedor» político logre fundar con éxito un partido de estas características. Dado que el nivel local y el autonómico son menos restrictivos, allí lo tendría más fácil para penetrar en las instituciones. Pero la presencia de Plataforma en Cataluña ha sido con diferencia la señal de alarma más comentada y estudiada. ¿Por qué en Cataluña y no en otros lugares? Quizá se pueda explicar en parte por la importante presencia de inmigración magrebí o subsahariana, lo que permite que el discurso del rechazo cale más. En todo caso el perfil de su votante se ajusta bastante a lo que uno esperaría encontrar en un partido de este tipo, gente más a la derecha y con menos estudios que el promedio.

Yo creo que la crisis económica y política que tenemos en España, paradójicamente, se ha convertido en un mecanismo que podría alejar la amenaza de un partido de extrema derecha fuerte. Si se repasan las condiciones anteriores, tanto IU como UPyD manejan el discurso anti-establishment, pudiendo capitalizar parte de los potenciales votantes desafectos. Además, la cuestión de la inmigración no ha llegado a politizarse de manera frontal en España. Quizá las propias tensiones territoriales dentro de España han hecho de placebo. Sin embargo,  no deberíamos dejar de lado la patología que revela la eclosión de partidos de extrema derecha en Europa. Nos estamos volviendo más pequeños, más temerosos y más desiguales. Y ya que la crisis ha venido para estar un tiempo con nosotros, es inevitable que exista la tentación de tomar el camino de las soluciones sencillas.  Por eso creo que ante el enorme desasosiego que nos genera tener que cambiar un modelo de bienestar, debemos afrontar de cara la (re)definición de nuestros lazos de solidaridad. El estado-nación no da de sí y nos corresponde tener presente que cuando hablamos de igualdad también hay que pensar entre quiénes y cómo conseguirla.

No sea que al final terminemos dándonos de bruces con la extrema derecha que no quisimos ver venir. Y con algún sindicalista despistado al que no le parezca para tanto.

Miembros de amanecer dorado