Descartes

Bo Diddley. Foto: Masao Nakagami (CC)
Bo Diddley. Foto: Masao Nakagami (CC)

Para acompañar la lectura del artículo, nuestra lista en Spotify:

Si hace no mucho destacábamos por aquí las ventajas de escuchar música en formato digital, en la medida en que facilitaba el poder «saltarnos» esa canción inaguantable que todo buen disco que se precie lleva dentro, hoy volvemos a aplaudir el formato por cuanto de bueno ha traído para los consumidores compulsivos. A nadie se le escapa que la gran aportación del CD al mundo de la música tiene más que ver con la cantidad que con la calidad, y no me refiero solo a cuestiones de espacio: el disco compacto ayudó a expandir las discografías oficiales de nuestros grupos o artistas favoritos gracias a la insolente incorporación de los llamados bonus tracks. No es que en los tiempos del vinilo no existieran estos añadidos, pero ciertamente funcionaban a un nivel mucho más manejable. Con la fiebre de las reediciones en CD (llevada al paroxismo bajo la fórmula del atractivo y muchas veces económico box-set), pronto empezaron a salir al mercado discos en los que los «extras» superaban en número a las canciones originales del LP reeditado. Para algunos puristas, esto fue una especie de sacrilegio. Pero los completistas, mucho más pragmáticos, terminaron viéndole la gracia al modelo de negocio que se escondía tras esa extraña forma de reeditar, y que pasaba por asumir que si eres un fan de toda la vida de tal o cual grupo, seguramente ya tuvieras sus discos en vinilo, por lo que no vas a querer comprarlos otra vez en CD salvo que te ofrezcan algo nuevo. Por el contrario, si eres un recién llegado, será prácticamente imposible que encuentres esos discos en vinilo, así que esta sería la única forma de adquirirlos con cierta facilidad y a un precio razonable. Esta especie de lógica perversa no tiene hoy día mucha sustancia por culpa de internet, pero durante la transición del vinilo al CD creo que llegó a funcionar en la cabeza de muchos consumidores de música. En todo caso, qué duda cabe, este modelo de recuperación musical ha terminado por consolidarse: raro es encontrar ahora un disco reeditado que no contenga algún añadido. ¡Si hasta en las reediciones en vinilo se incorporan temas nuevos! Admitámoslo: los bonus tracks forman ya parte de tu vida. Y te gustan.

Pero, ¿qué ofrecen estos bonus tracks? A los completistas, la oportunidad de encontrar esos temas esquivos que todo grupo o artista tiene por ahí desperdigados: ya sean caras B de singles, canciones incluidas en EPs, colaboraciones extrañas, etc. A los más recalcitrantes, algún que otro tema inédito, o la posibilidad de escuchar tomas alternativas de tal o cual grabación… y aquí es donde quería yo llegar: ¿no os ha pasado nunca que os habéis topado con una grabación de este tipo, tan absolutamente deslumbrante, capaz incluso de eclipsar a la versión original, que uno no se explica cómo pudo quedarse en el tintero? Es justo en ese momento en el que el bonus track se transforma en una poderosa máquina del tiempo: le transporta a uno al pasado, lo arrastra de la oreja al estudio de grabación, lo sitúa de hecho en la pecera, al lado del productor o el ingeniero de sonido, a tiempo para gritarles: «¡Esa es la toma buena, mamones! ¡Ni se os ocurra no publicarla!».

Por suerte o por desgracia, casos así hay a patadas, básicamente porque tus grupos o artistas favoritos son unos genios y hasta en sus peores días eran capaces de gestar obras maestras. Así que, para conmemorar estos inexplicables descartes, estos dulces descubrimientos tardíos, esas grabaciones cuyo ostracismo se te escapa a la razón, os propongo este particularísimo (y personalísimo) Top 10 de inéditos maravillosos:

1. «Love Is Strange» (1956), de Bo Diddley

Puede que no todos sepan quién la popularizó, pero la canción «Love Is Strange» la conoce todo el mundo. Si eres un ser humano con sentimientos, te sonará de la película Dirty Dancing (Emile Ardolino, 1987). Si eres un poquito más cafre, recordarás sin duda el bailecito que se pegan a su costa Martin Sheen y Sissy Spacek en Malas tierras (Terence Malick, 1973). En ambos casos, la versión que suena es la de Mickey & Sylvia, que fue todo un pelotazo en 1956. Lo que más llama la atención del tema en cuestión es su tremendo riff de guitarra, modernísimo para la época, ejecutado con fiereza por Mickey Baker, uno de los grandes músicos de sesión de entonces. Pero si indagamos un poco más en la historia de esta composición, descubriremos que la versión original no fue esa, pues ya la había grabado antes otro artista, uno de renombre, que además se hacía pasar por su compositor: Bo Diddley. Sea quien sea el autor de la misma (todavía sigue habiendo cierta polémica al respecto), lo único cierto es que la primera versión de «Love Is Strange» la grabó Diddley un 24 de mayo de 1956, pero esto no lo supimos hasta 2007 que fue cuando se publicó el recopilatorio I’m a Man: The Chess Masters, 1955-1958. Como podéis comprobar, la versión de Bo Diddley es, pues eso: puro Bo Diddley, con su característico ritmo afrobeat. Me parece muy bien que la terminaran grabando Mickey & Sylvia, y que obtuvieran un tremendo éxito con ella, pero sigo sin comprender cómo no la sacó también el viejo Bo, porque su versión es simplemente acojonante.

2. «Where or When» (1958), de Frank Sinatra

Frank Sinatra ya había grabado en los años cuarenta este clásico de Richard Rodgers y Lorenz Hart, con unos arreglos orquestales tremendamente melosos, típicos de las grabaciones que el joven Sinatra estaba realizando por aquel entonces para el sello Columbia. Convertida desde finales de los años treinta en todo un estándar del pop, «Where or When» ha sido versionada por todo hijo de vecino. Una de las lecturas más conocidas fue la que hicieron Dion & The Belmonts en 1959, en la que acentuaron el tono romántico de la composición, situando al grupo en lo más alto de las listas de éxito justo cuando el pobre Dion DiMucci, con apenas veinte años, luchaba en un hospital contra su adicción a la heroína. Un año antes de la grabación de Dion, Sinatra, que tampoco estaba pasando por su mejor momento (tras una tortuosa relación, se acababa de divorciar de Ava Gardner), retomó la composición de Rodgers y Hart para las sesiones de su álbum Frank Sinatra Sings for Only the Lonely (Capitol, 1958). Por si fuera poco, su arreglista de toda la vida, Nelson Riddle, acababa de enterrar a su madre y a su hija de seis meses. Vamos, que no estaba el horno para bollos, y eso se dejó notar en las sesiones de grabación del disco en cuestión. Esto de volcar los sentimientos de uno en una grabación ya lo había hecho Sinatra con anterioridad, inventando de camino los llamados «discos conceptuales», como en su oscuro In the Wee Small Hours (Capitol, 1955). Así que si tenemos que hacer caso de la temática de sus discos, podemos concluir que Sinatra, en 1958, se sentía muy solo, estaba confuso, tremendamente dolorido y melancólico, que es de lo que hablan las canciones incluidas en su Only the Lonely. Y, por supuesto, los efectivos arreglos de Riddle no hacen sino ahondar en dicha soledad. Lo curioso del caso es que, visto en frío, una canción como «Where or When» no parecía tener, así a priori, mucho encaje en el conjunto del álbum. Al fin y al cabo no dejaba de ser una canción de amor. Pero metan a Sinatra en el estudio de la Capitol un 11 de septiembre de 1958, con una bajona de mil demonios, haciéndose acompañar exclusivamente por el pianista Bill Miller. Dejen a La Voz que la interprete como si estuviera hundido en la barra de un bar, como si nadie lo estuviera escuchando. Dejen que el pathos se vaya apoderando de Sinatra. Y dejen, si acaso, que Nelson Riddle irrumpa solo en los últimos compases, con toda la carne en el asador, con un arreglo orquestal majestuoso que intensifica más si cabe el profundo y triste torrente de voz de Sinatra. Y ya lo tienen: una toma que quita el hipo. Inexplicable que esta versión desgarradora no se incorporara finalmente al álbum, que no viera la luz hasta 1978 en el disco The Rare Sinatra, y que no fuera recuperada en CD hasta la reedición del disco Only the Lonely. Por más que la escucho, me sigue poniendo los pelos de punta.

3. «Never Let Me Go» (1966), de Little Willie John

Otra joya encontrada no hace mucho en los baúles de los estudios de Capitol Records son las últimas sesiones de grabación del gran Little Willie John. El hombre detrás de clásicos del R&B como «I Need Your Love So Bad» o «Fever» volvía a los ruedos tras haber sido condenado a cadena perpetua por asesinato en 1964, lo que lógicamente lo tenía apartado de los escenarios. Las sesiones tuvieron lugar el 19 y el 24 de febrero de 1966, y se llevaron a cabo con cierta celeridad, aprovechando que Little Willie John gozaba de un breve permiso penitenciario. Por este motivo, Capitol sugirió que fueran David Axelrod y H. B. Barnum, dos de los grandes productores y arreglistas de todos los tiempos, los que supervisaran las sesiones. Acompañado por un elenco insuperable de músicos de sesión (Carol Kaye al bajo eléctrico, Jimmy Bond al contrabajo, Gary Coleman en la percusión, Earl Parlmer a la batería, Les Buie a la guitarra, Clifford Scott al saxofón…), Little Willie John lo dio todo en el estudio, dejando grabado en esos dos días material suficiente para un álbum, uno que no pudo nunca ver la luz por problemas legales. Syd Nathan, propietario del sello King (donde Willie había grabado todos sus clásicos), consideraba que el artista seguía bajo contrato con su discográfica y bloqueó la publicación del nuevo álbum. Nadie en Capitol quiso meterse en pelea: ¿acaso el disco no era tan meritorio? Bueno, el productor David Axelrod solía referirse a él como «el mejor disco que he grabado que nadie escuchará». Little Willie John volvió a la cárcel, eso sí, por poco tiempo: en 1968 fallecería en la penitenciaría de Walla Walla, víctima de una neumonía, sin ver nunca publicadas sus últimas y supuestamente espléndidas sesiones. No fue hasta 2008, bajo el título Nineteen Sixty Six, que el disco vio la luz, recuperado por el sello Kent. Y, sí, David Axelrod tenía razón: Little Willie John no había sonado nunca tan elegante, como demuestra esta lectura del «Never Let Me Go» que grabó en 1954 el malogrado Johnny Ace.

4. «Triad» (1967), de The Byrds

Las reediciones en CD de los LP originales de los Byrds siempre han venido cargadas de sorpresas. La más importante quizás fue la posibilidad de escuchar el seminal Sweetheart Of The Rodeo (Columbia, 1968) con la voz de Gram Parsons, que tuvo que ser sustituida en su día por una serie de cuestiones legales. La otra gran grabación «maldita» de los Byrds puede que sea la ya famosa y controvertida «Triad», que compuso David Crosby y que marcó el principio del fin de su relación con el grupo. Cuenta la leyenda que fue la letra de la canción (un cántico al hippismo y a su política del amor libre, eso sí, en forma de trío) lo que provocó el rechazo. A mí esto siempre me ha sonado a excusa barata y mojigata, sobre todo si tenemos en cuenta que el tema se grabó en 1967, el supuesto «año del amor». Crosby, bastante enojado por esta decisión pues consideraba (y con razón) que esta era una de sus mejores composiciones, se la terminó cediendo a sus amigos de los Jefferson Airplane, que no tuvieron miramientos para grabarla e incluirla en su álbum Crown of Creation (RCA-Victor, 1968). La tensión que generó esta canción entre los miembros de los Byrds provocó la salida definitiva de Crosby del grupo. La versión original no llegó a ver la luz hasta 1987, y se volvió a recuperar en 1997 en la reedición en CD del álbum The Notorious Byrd Brothers (Columbia, 1967), en cuyas sesiones de grabación se gestó. En la portada de dicho LP aparecen, en un establo, Roger McGuinn, Chris Hillman y Michael Clarke formando un «trío» junto a un caballo. Adivinen a quién está sustituyendo el animal.

5. «Down To The Wire» (1967), de Buffalo Springfield

Si Crosby salió por patas de los Byrds por culpa de una canción, a Neil Young le pasó algo similar con este «Down To The Wire», que fue rechazada por su banda de entonces: Buffalo Springfield. En 1977 se publicó, dentro del triple recopilatorio Decade, una versión de este tema en la que Neil Young se hacía acompañar por Stephen Stills, Richie Furay y el pianista de nueva Orleans Dr. John y, bueno, todos nos creímos que esa fue la que la banda decidió no grabar. Pero en 2001, gracias al box-set que Rhino montó sobre el grupo, nos encontramos con esta barbaridad de versión, mucho más contundente, con la rasgada voz de Stephen Stills en lugar de la de Neil Young, que sí que me hizo sospechar acerca de los motivos que llevaron al grupo (que vivía en una perpetua lucha de egos) a no querer lanzar una interpretación tan rotunda. ¿Envidia? Puede ser…

6. «Mr. Soul» (1968), de The Everly Brothers

A mediados de los sesenta, muchos de los artistas clásicos del rock and roll comenzaron a actualizar sus repertorios haciendo versiones de los nuevos grupos de moda. En el caso de los Everly Brothers, que tanto habían influenciado con sus preciosas armonías vocales a los Beatles y a otros muchos grupos británicos, la jugada no desentonaba nada: en 1966, por ejemplo, grabaron todo un LP con la ayuda de los Hollies, y la cosa quedó francamente bien. En 1968 decidieron reinventarse un poco más y se pasaron al country-rock, y de esa época nació esta extraña colaboración con el productor Jack Nitzsche en la que se atrevieron a versionar, curiosamente, un tema de Neil Young que ya habían grabado Buffalo Springield el año anterior: «Mr. Soul». El resultado es, cómo no, espléndido, sustituyendo la fiereza de la versión original por una sugerente combinación de guitarras eléctricas y acústicas. De nuevo me resulta inexplicable que esta adaptación no viera la luz hasta 1984, dentro del álbum Nice Guys. Aunque, bueno, para qué nos vamos a engañar: esta versión me saltó a la palestra gracias a su inclusión en el recopilatorio A Hard Working Man: The Jack Nitzsche Story, Vol. 2, publicado por Ace en 2006.

7. «Till Death Us Do Part» (1968), de The Kinks

Otro de los grandes misterios de la humanidad pop (si no el más grande) es este enternecedor «Till Death Us Do Part» que grabaron los Kinks en septiembre de 1968. Hablo de «misterio» porque creo no exagerar mucho si digo que es una de las mejores canciones de los Kinks y sin embargo no fue publicada oficialmente hasta el año pasado, gracias a su inclusión en el box-set de cinco CD titulado The Anthology 1964-1971. La historia de esta canción es bien curiosa: compuesta por Ray Davies para la banda sonora de la película Till Death Us Do Part (Norman Cohen, 1969), cinta basada en el serial del mismo nombre creado por Johnny Speight y que venía emitiendo la BBC desde 1965, solo pudo escucharse en su día durante los títulos de crédito finales del film, eso sí en la insípida voz de un tal Chas Mills, que no era más que un cantante de sesión. Nada que ver con la versión de los Kinks, arreglada al más puro estilo de una jug band (con banjo y trombón) y en la que Ray Davies ofrece una de sus mejores y más sentidas interpretaciones. Y qué decir de esa insuperable melodía de music hall, absolutamente de ensueño, que viene a demostrar una vez más que el amigo Davies fue el mejor compositor pop de los sesenta. Antes he dicho que la versión de los Kinks no apareció hasta el año pasado pero se trata de una verdad a medias: en 1973, justo cuando el grupo fichó por el sello RCA, la compañía Reprise lanzó al mercado el ya mítico The Great Lost Kinks Album, con un montón de cortes inéditos entre los que se encontraba este «Till Death Us Do Part». La cuestión es que Ray Davies no había dado el visto bueno a esa publicación y vetó el álbum, que fue retirado al poco convirtiéndose en una de las grandes joyas para los coleccionistas del grupo británico. Luego, lógicamente, la canción ha circulado por aquí y por allá, en un montón de bootlegs, para envidia de todos: cuántos compositores no hubiesen soñado con escribir una canción así, una que Ray Davies ha desdeñado durante más de cuarenta años.

8. «Good Morning Mr. Stone» (1968), de Flamin’ Groovies

Lo que más sorprende de una composición tan excelsa como «Good Morning Mr. Stone» no es solo su duración (más de siete minutos), o su incendiaria psicodelia (sustentada en un guitarreo denso y pirotécnico, que se llega a atrever incluso con la «Cabalgata de las Valquirias» de Wagner), o su alambicada estructura llena de cambios melódicos (que recuerda bastante, por qué no decirlo, a la de «A Quick One», la opereta rock que grabaron los Who en 1966). No. No es nada de eso. Lo que más sorprende de esta canción es que nunca la grabaran los Flamin’ Groovies en estudio. La única versión que existe es esta en directo, grabada en el Matrix de San Francisco el 10 de enero de 1968. No fue hasta 1984 que esta impresionante grabación se publicó, en una especie de bootleg editado por el sello francés Eva con el escueto título de ’68. En la era del CD se incorporó al recopilatorio Supersneakers (1996), que no era otra cosa que una reedición de su primer mini-LP de 1968 al que se le añadieron todas las grabaciones en directo que los Groovies hicieron ese año en el Matrix. Teniendo en cuenta que eso fue lo primero que grabaron los de San Francisco, está claro que eran más que conscientes de su talento. Si no, no se entiende que dejaran esta maravilla fuera de sus LP oficiales.

9. «Madman Across The Water» (1970), de Elton John

Madman Across the Water es el título del sexto álbum de Elton John, grabado y publicado en 1971. No obstante, la canción principal de aquel disco ya había sido grabada el año anterior, en una toma bien diferente a la que finalmente salió en 1971. Si para la versión de 1971 John se hizo acompañar por el gran Davey Johnstone (que terminaría siendo su guitarrista principal), para la de 1970, realizada durante las sesiones del magistral Tumbleweed Connection, le pidió ayuda ni más ni menos que a Mick Ronson, la mano derecha de David Bowie. Y de esa colaboración (la única que hicieron) salieron fuegos artificiales: el «Madman Across the Water» de John y Ronson es simplemente una obra maestra de glam progresivo. No es de extrañar que el sonido de esta versión recuerde mucho a lo que Bowie estaba facturando en The Man Who Sold The World, pues se grabó justo en mitad de las sesiones de dicho álbum. Quizás por este motivo, la toma, por buena que fuese, no llegó a tener cabida en un disco tan americano como Tumbleweed Connection y a los bonus tracks de su reedición en CD que fue a parar, para disfrute de los más incrédulos: perdeos pues en sus cerca de nueve minutos, asistid al espectáculo del Elton más siniestro, dejaos azotar por los latigazos eléctricos que se marca aquí el señor Ronson al que nunca jamás se le ha escuchado más inspirado.

10. «Girl Don’t Come» (1975), de Nils Lofgren

De gran guitarrista a gran guitarrista: de Mick Ronson a Nils Lofgren, que tras su periplo con Neil Young (todavía quedaba mucho para su incorporación a la E-Street Band) venía de dar por cerrada su aventura con el grupo Grin y se atrevía por fin a sacar su primer disco en solitario con el sello A&M. Aquel LP de 1975, de título epónimo, recibió las mejores críticas y preparó el terreno para el éxito, que llegó al año siguiente con Cry Tough, producido esta vez por el legendario teclista Al Kooper. De esas primeras sesiones de grabación con Al Kooper surge esta versión brutal del «Girl Don’t Come» de Chris Andrews que popularizó en 1965 Sandie Shaw y que permaneció inédita hasta 1997, con la reedición en CD del primer disco de Nils Lofgren. Ahora bien, esto ya no hay quien lo encuentre (y por eso no os la podemos ofrecer), pues en 2007 se volvió a reeditar el álbum por el sello Hip-O Select (digamos que esa es ahora la reedición definitiva) y ¡ya no trae bonus tracks! Moraleja: con esto de volvernos unos puristas, hemos terminado por descartar los propios descartes.


Las mejores portadas de la historia de la música

Yo ya sé cómo acaba este artículo: con docenas de comentarios quejosos suplicando que larguen al redactor por haberse olvidado de alguna originalidad de esas que por lo visto no conoce nadie, como el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles o el Sticky Fingers de los Rolling Stones. «¡Este es el peor artículo de la historia de Jot Down!» y tal.

Así que vamos a hacer un trato. Voy a quitarme rápido de encima esas aproximadamente cincuenta portadas que aparecen en todas las listas de las mejores portadas de la historia del rock y luego ya pasamos a las que me gustan a mí, que a fin de cuentas soy el que va a escribir el artículo.

Ahí van las mejores portadas de la historia según el 99,99% de la humanidad:

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Ojo, que no pongo en duda la calidad de esas portadas. Casi todas son obras maestras. El Country Life de Roxy Music vale un imperio. Andy Warhol es… bueno, ya saben quién es Andy Warhol. A Peter Saville (Joy Division, New Order) deberían canonizarlo un día de estos. Hipgnosis (Pink Floyd, Led Zeppelin) no es mi estilo pero sería absurdo negarle su lugar en el podio de los mejores diseñadores de portadas de la historia. Y si alguien quiere salirse un poco de los caminos más trillados, que investigue a Mark Farrow, el diseñador de la portada del Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space de Spiritualized. Cuya gracia, por cierto, está más en el packaging que en el diseño de la portada:

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También es cierto que hay otras portadas ahí que son un soberano insulto al buen gusto por más que sus admiradores las defiendan basándose en criterios estéticos macarrónicos. Lo que no voy a hacer es revelar cuáles son porque… ¿qué gano yo diciendo que la portada del OK Computer de Radiohead es fea como una nevera por detrás? La trampa es que tenemos tendencia a juzgar como mejores las portadas de los grandes discos de la historia del rock. Como si la calidad de la música o su peso histórico se contagiaran de alguna manera al diseño de la portada. Una superstición como cualquier otra, ya ven. Porque algunas de esas portadas no son mejores que muchas otras: simplemente están más vistas. Imaginen el Freewhelin’ de Bob Dylan con Melendi en ella y entenderán lo que quiero decir.

En resumen: que para ponerles a ustedes delante del Guernica y decirles con toda la solemnidad de la que soy capaz que eso es el Guernica y que deberían conocerlo porque no saben lo que se están perdiendo, pues… ¿qué quieren que les diga? Que para eso no les hace falta Jot Down ni mucho menos yo. Escriben «best album covers» en Google y arreando, que es gerundio.

Así que ahí va la lista de MIS treinta mejores portadas de la historia.

Y las quejas, al Santísimo, que estará encantado de darles curso.

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30. 1994 (Glaciation, 2012)

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Digamos que Jean-Emmanuel Simoulin, fundador del estudio de diseño Metastazis, es un hombre pragmático. ¿Para qué pasarse horas buscando el tono de rojo que más se aproxime al color real de la hemoglobina cuando puedes utilizar tu propia sangre para imprimir un cartel con ella? ¿Para qué perder el tiempo especulando sobre cuál sería el color y la textura resultante de la mezcla de polvo de hueso y el carbón de la madera de un ataúd cuando puedes moler un kilo de huesos y reducir a carbón un ataúd real? ¿Y por qué contratar a una maquilladora para que imite las cicatrices provocadas en la piel humana por una aguja de coser cuando puedes coserle directamente la portada del disco en la espalda al voluntario animoso de turno?

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29. Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me (The Cure, 1987)

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Porl Thompson y Andy Vella (bajo el nombre de Parched Art) son los autores de la mayoría de las portadas de The Cure. Ninguno de los dos pasará a la historia por su destreza artística, pero hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día. Y con la portada de Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me, Porl y Andy acertaron. Vaya si acertaron. Tanto, que si alguien me preguntara a qué suenan The Cure, solo tendría que enseñarle esa foto y esa tipografía. Porque esa portada ES The Cure.

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28. Saint Dymphna (Gang Gang Dance, 2008)

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Piensen en su portada favorita de Björk. Es difícil escoger una, son todas perfectas, ¿cierto? Las tipografías correctas, los colores apropiados, la fotografía apabullante, el estilismo pasmoso, la composición niquelada… Y, sin embargo, todas tienen menos alma que un mormón bailando reggae. Lo de Björk, su estética, sus conciertos, sus canciones, su voz y su impostada rareza, es el vivo ejemplo de eso que los ingleses llaman to try too hard. Es decir «esforzarse demasiado». Esforzarse en ser la más llamativa, la más moderna, la más vanguardista, la más desconcertante. Para qué marear la perdiz: Björk es una Lady Gaga con pretensiones. Y ahora cojan la portada del Saint Dymphna de los neoyorquinos Gang Gang Dance y échenle un vistazo: ahí lo tienen. Sin esfuerzo y de forma natural. Tate.

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27. See Jungle! See Jungle! Go Join Your Gang, Yeah. City All Over! Go Ape Crazy (Bow Wow Wow, 1981)

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Les suena, ¿verdad? Claro, es un homenaje al cuadro Almuerzo sobre la hierba, de Édouard Manet. El asunto es que la chica que aparece desnuda en la portada es la cantante de Bow Wow Wow, Annabella Lwin, que por aquel entonces contaba quince años. El resultado fue el de prever: su madre liándola parda, investigación de Scotland Yard al canto y portada alternativa bastante menos graciosa que la original.

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26. In Somniphobia (Sigh, 2012)

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Esta portada es el equivalente de uno de esos cuadros de El Bosco abarrotados de personajes extraños, simbolismos sórdidos y detalles rocambolescos. No sé qué estaba intentando transmitir el ilustrador Eliran Kantor con ella, pero si no es infección e incomodidad y repugnancia y malrrollismo, ha fracasado miserablemente.

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25. Evol (Sonic Youth, 1986)

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No me digan que Lung Leg no era una chalada hipnótica. La fotografía que aparece en la portada se tomó aquí (minuto 5:10):

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24. Diary (Sunny Day Real Estate, 1994)

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Es evidente que los juguetes Little People de Fisher Price son una conspiración de la casta para alienar a los ciudadanos desde su más tierna infancia y conducirlos sutil pero implacablemente al sopor de una vida rutinaria en la que la máxima emoción posible es el pago puntual de los impuestos, los berrinches de los niños y el suicidio de la tostadora. Y si no es eso lo que quería decir el ilustrador Chris Thompson, yo no sé qué es.

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23. Tender Prey (Nick Cave and the Bad Seeds, 1988)

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Bleddyn Butcher es algo así como el fotógrafo oficial de Nick Cave y los Bad Seeds desde los tiempos en los que aún se hacían llamar The Birthday Party. Pero pocas de sus fotografías han tenido un marco tan redondo como la elegantísima portada en negro, rojo y blanco de Tender Prey (también es cierto que Nick Cave tiene uno de esos físicos que parecen fabricados con el único objetivo de aparecer en la portada de un disco).

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22. Ten$ion (Die Antwoord, 2012)

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Yo es que soy muy fan de estos tipos porque el chonismo macarra me atrae como la miel a las abejas. Y si es chonismo macarra raruno y con pretensiones epatantes aún más PORQUE SOY CATALÁN Y ME PIERDE LA PUTA ESTÉTICA. Si algún día Hacendado entra en el Pompidou, será de la mano de Die Antwoord.

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21. Fire of Love (The Gun Club, 1981)

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Tiene todos los ingredientes para ser un zarrio de portada de mil pares de cojones, ¿cierto? Pues es una de las portadas incluidas en la colección permanente del MoMA. ¿Y quién sabe más, eh? ¿Los del MoMA o ustedes? El autor de la portada es Chris Desjardins, coproductor del disco y cantante (por aquel entonces) de la banda punk The Flesh Eaters. Otro de esos a los que les das unas tijeras, un folio reciclado y un rotulador y se casca una portada mítica. Porque, en el fondo, Dios ama a los inútiles.

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20. Crack the Skye (Mastodon, 2009)

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Más que escoger una portada en concreto, lo que hay que hacer con el trabajo del diseñador Paul Romano para Mastodon es verlo en su conjunto. Porque son decenas de portadas, libretos, carteles e ilustraciones de colorido extremo, detallismo malsano e imaginería a medio camino de lo fantástico, lo mágico, lo surrealista y lo lunático. Aunque puestos a escoger una única portada, me quedo con la de Crack the Skye (la más tatuada por sus fans, sin embargo, es la ballena blanca del disco Leviathan).

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19. Las portadas de las bandas witch house (2009 en adelante)

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Esto del witch house es una etiqueta que no se llegaron a creer ni las propias bandas que supuestamente formaban parte de la escena. Y digo «formaban» porque la cosa anda en vías de extinción. Se supone que lo de witch («bruja» en español) venía de esa estética oscura, medio satánica y medio chamánica, sacada entre otros lugares absurdos de la película El proyecto de la bruja de Blair. Musicalmente ahí cabía de todo: música industrial, hip hop, shoegaze, black metal, electrónica, house, ambient, drone… Todo muy tenebroso y renegrido. Audibles, lo que se dice audibles, había un par o tres de bandas: Crystal Castles, Crim3s y Salem. Pero a mí lo que me interesa es la estética. Esos nombres impronunciables y repletos de símbolos unicode que parecen diseñados a propósito para darle por el culo a los buscadores de internet: GLSS †33†H, ∆AIMON, GuMMy†BeR!, †‡†, MSCRA, ΣXIS†EMY… Lo de sus portadas ya era el salero de la huerta. Pero qué quieren que les diga: a mí esta cosa me llama. Debe de ser mi C‡IS†IN interior.

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18. Tom Tom Club (Tom Tom Club, 1981)

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Habría sido demasiado obvio escoger una portada de los Talking Heads. ¿Quizá alguna rareza, como la edición limitada del disco Speaking in Tongues diseñada por Robert Rauschenberg? Mucho mejor la portada del primer disco de Tom Tom Club diseñada por el artista pop estadounidense James Rizzi. Y sé lo que están pensando: «Esta portada es fea». Error, no es fea: es un gusto adquirido. Como el mate, la mostaza de Dijon o el Milbenkäse, un queso fermentado gracias a los excrementos de los miles de ácaros que se posan sobre él (y que se comen junto con el queso, por si se lo están preguntando). Y eso es esta portada: un queso apestoso y repulsivo al que muchos consideramos un manjar para connoisseurs.

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17. Blood, Guts & Pussy (Dwarves, 1990)

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Michael Lavine fue el fotógrafo oficial del grunge: suyas son por ejemplo la mayoría de las fotos más conocidas de Nirvana (pero no la del bebé en la piscina de la portada del Nevermind: esa es de Kirk Weddle). De la foto que no se suele hablar casi nunca es de la que hizo para la portada de uno de los discos más gratuitamente insultantes de la historia del rock. Por algo la revista Spin lo bautizó como «el disco más ofensivo jamás grabado». Como pueden imaginar, el carajal que se montó cuando el disco salió a la venta fue de los de Dios es Cristo: feministas, republicanos, cristianos, mormones, asociaciones de padres, asociaciones de enanos… Allí no quedó nadie sin pedir las sales. Y no es que yo sea muy de portadas epatantes como esta (los recursos facilones me suelen dejar más bien frío) pero a la del Blood, Guts & Pussy le tengo hasta cariño. Quizá porque la portada es desagradable pero no feísta. Yo me entiendo.

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16. Las siete portadas diseñadas por Josef Albers para el sello Command (1959-1961)

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Josef Albers fue uno de los artistas y teóricos del color más importantes del siglo XX. Fue profesor de la Bauhaus solo tres años después de entrar en ella como alumno, y posteriormente del departamento de diseño de la Universidad de Yale y del Black Mountain College, la mítica universidad estadounidense de artes liberales (y de corta existencia) por la que pasaron Walter Gropius, John Cage, Merce Cunningham, Arthur Penn, Willem de Kooning y Theodoros Stamos, entre muchos otros. Command Records, por su lado, fue un sello fundado en 1959 por el violinista Enoch Light. Light le encargó a un Albers que en aquel momento contaba ya setenta años el diseño de siete portadas que reflejaran la naturaleza sincopada y vanguardista de la música del sello. Las portadas de Albers son la representación visual de los tempos y los ritmos de los instrumentos utilizados en las grabaciones y un hito del diseño gráfico del siglo pasado.

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15. From the Devil’s Tomb (Weapon, 2010) y Satan Alpha Omega (Deiphago, 2012)

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Llevo tres horas intentado decidir cuál de estas dos portadas del artista Benjamin A. Vierling me gusta más, así que yo pongo las dos y que sea lo que Dios quiera.

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14. The Shape of Punk to Come (Refused, 1998)

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Bienvenidos al disco con más homenajes y referencias culturetas de la historia del punk. Por centrarnos solo en las dos de la portada: el título hace referencia al disco The Shape of Jazz to Come de Ornette Coleman, y el diseño es una copia del disco Teen-age Dance Session de la banda de New Jersey Rye Coalition, que a su vez es una copia de las portadas de las Teen-Age Dance Sessions de Dan Terry. Lo importante aquí es que Refused hicieron en la portada del disco exactamente lo mismo que hicieron con la música del interior: romper con todas las convenciones estéticas de lo que por aquel entonces se entendía por «punk» y que amenazaban con convertirlo en una moda adolescente más, con sus códigos, sus uniformes, sus convencionalismos y sus purismos. Es obvio que no hay nada más retrógrado y carcamal que una moda adolescente, pero al menos Refused se cayeron del caballo a tiempo.

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13. Reign in Blood (Slayer, 1986)

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Larry Carroll es uno de esos ilustradores respetables que trabaja produciendo respetables ilustraciones de temática política para medios respetables como Los Angeles Times, Newsweek, The New York Times y The Village Voice. Hasta que aparecen los visigodos de Slayer y le piden que ilustre alguna de sus portadas. Y ahí Carroll se suelta la melena y se lía a dibujar unas barbaridades que, obviamente, tardan menos en ser censuradas de lo que cuesta decir «amén»: Satán en su trono sostenido por un sacerdote con la polla en posición de firmes, las cabezas de los condenados al infierno flotando en sangre, un tipo decapitado y empalado… Una dulzura, vaya. Lo que distingue esta portada de todas esas otras portadas por el estilo que tanto abundan en el metal es que Larry Carroll es un artista y no un niñato malote. Es decir su extraordinaria calidad.

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12. Marquee Moon (Television, 1977)

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Esta es un clásico aunque no suela aparecer en las listas de las mejores portadas de la historia del rock. Intuyo que porque la elección obvia a la hora de escoger un disco «con foto de Robert Mapplethorpe» es el Horses de Patti Smith. O porque la versión de la foto de Mapplethorpe que aparece en la portada de Marquee Moon no es la original sino una con los colores forzados, se supone que un poco al buen tuntún, por el dependiente de la tienda de Times Square a la que el guitarrista Richard Lloyd llevó los negativos. A la banda le gustó tanto esa apariencia artificiosa y de colores quemados de la foto modificada que la acabaron prefiriendo a la original. Hicieron bien.

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11. Visions (Grimes, 2012)

Visions by Grimes 20cdreviews

Esta tiene mucha tela. Aunque pueda parecerlo, este despropósito no ha sido diseñado por un centenar de chimpancés tecleando al azar sobre el teclado de un Mac. El dibujo de la calavera es de la propia Grimes, a la que Dios conserve el oído porque con la vista ya no hay vuelta atrás. Ella dice que se inspiró en el arte azteca (digo yo que será por la calavera), aunque luego dice que hizo la portada mientras veía Ghost in the Shell II, así que si te dice que el dibujo es su versión de Las Meninas también te lo crees. El bloque de color indefinible de la derecha es la palabra GRIMES copiada y pegada encima de ella misma cientos de veces, que ya son ganas de complicarse la vida para nada. El alienígena llorón de la esquina inferior derecha es obra de un tal Mark Khair, que por lo visto es un tipo raro que fabrica cabezas de marcianos en sus tiempos libres. Las dos frases verticales en japonés del dibujo no son japonés en realidad: son garabatos que se ha inventado la misma Grimes porque a ella «le gusta mucho el manga». Las frases borrosas en ruso de la columna de la derecha (si es que es ruso y no más garabatos) vayan ustedes a saber qué significan. Y así todo. Un auténtico carajal de amateurismo y porqueyolovalguismo: el siglo XXI en todo su mentecato esplendor. Y el caso es que a mí este engendro me parece una maravilla, qué quieren que les diga.

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10. Introspective (Pet Shop Boys, 1988)

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A veces las mejores ideas son las más sencillas. El diseñador de la portada es Mark Farrow, colaborador habitual del dúo. Y no, el diseño no tiene nada que ver con la bandera gay. La idea surge de esos patrones de franjas verticales de colores saturados al 100 % que se solían usar para ajustar el color de los viejos televisores (la carta de ajuste, vaya).

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9. When Life Comes to Death (Young and in the Way, 2014)

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La fotógrafa Angela Owens merece un artículo para ella sola. Habría que preguntarle cómo logra que todos y cada uno de los retratados en sus fotografías de conciertos, sean del público o de la banda, parezcan a punto de implosionar bajo el peso de su propia intensidad huracanada. Eso no son seres humanos: son agujeros negros que amenazan con absorber sin piedad a todos los veganos straight edge de su alrededor. Comparada con esas fotos, la de la portada del When Life Comes to Death de la banda black metal de Carolina del Norte Young and in the Way es hasta relajada. Aunque en realidad no lo es: es incluso PEOR.

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8. Cualquier portada de Broadcast (1995-2011)

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El estudio Intro es, para que nos entendamos rápido, el equivalente de Pixar en el terreno del diseño gráfico. Y su trabajo para Broadcast es lo mejor que ha salido jamás de sus ordenadores. Otro de esos casos, como el del Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me de The Cure, en el que la portada casa tan perfectamente con la música que resulta imposible imaginarla con cualquier otro diseño que no sea ese.

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7. Surfer Rosa (Pixies, 1988)

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No han envejecido bien las portadas del sello 4AD. Y eso les pasa, claro, por haber primado la estética por encima de la efectividad. Una de las excepciones a la regla es la portada del Surfer Rosa de los Pixies. El autor de la foto es Simon Larbalestier, colaborador habitual de la banda, y la modelo, «una amiga de una amiga» a la que llevaron al único bar en el que pudieron encontrar un escenario elevado similar a un tablao flamenco. El resto de las fotos de la sesión aparecen en el libreto interior del disco y merecen todas portada por sí solas, pero la foto icónica es la de la bailarina en topless con el crucifijo a su espalda. Y, además, qué narices: que está muy bien resuelta, con ese fondo blanco y el nombre de la banda en cursiva y con el espaciado a cholón.

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6. The Sound of Perseverance (Death, 2011)

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Ojo porque este disco, uno de los clásicos del death metal, tiene dos portadas. La de la izquierda es la de la reedición de 2011. La de la derecha es la original de 1998. En realidad, las dos son obra del mismo artista, Travis Smith, solo que el Smith del 98 era un artista novato y el de 2011 una estrella de la ilustración con pocas ganas de pasar a la historia por uno de sus trabajos primerizos. Lo cierto es que la portada original es incluso más troglodita que la modificada y eso le añade el encanto de lo imperfecto, pero quién soy yo para llevarle la contraria al autor. Si él dice que la nueva es mejor, pues la nueva es mejor y santas pascuas.

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5. Merriweather Post Pavillion (Animal Collective, 2009)

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El estudio Seen tiene otras joyas, pero su obra maestra es esta ilusión óptica. Ilusión óptica basada, por cierto, en el trabajo del psicólogo y profesor de la Universidad Ritsumeikan de Kyoto Akiyoshi Kitaoka. Vayan, vayan a su página web y échenle un vistazo (pero no olviden la biodramina para el mareo).

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4. Teenage Head (Flamin’ Groovies, 1971)

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No se puede molar más. No hay un solo detalle en esta portada, desde las botas negras con estrellas y lunas doradas de Ciryl Jordan hasta la ausencia de título, la guitarra transparente, las poses macarras, el bajo en su estuche o el hecho de que el nombre del grupo solo aparezca en el amplificador de la izquierda, que no esté gritando a pleno pulmón «somos la puta hostia». Y lo eran: si Teenage Head fuera un disco de los Rolling Stones, se lo consideraría uno de los mejores de la historia del rock.

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3. Cualquiera de las portadas de Reid Miles para el sello Blue Note (1956-1967)

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Quinientas portadas en once años. Una a la semana, que se dice pronto. Aunque lo impresionante no es tanto la productividad de Reid Miles como la calidad de su trabajo, probablemente uno de los más influyentes del diseño gráfico del siglo XX. Son tantas las ideas de Miles que han sido posteriormente copiadas, homenajeadas, plagiadas, calcadas, reproducidas, fusiladas, falsificadas, fotocopiadas, imitadas y manipuladas, que no sabría ni por dónde empezar a listarlas. Quédense con su revolucionario uso de las tipografías y vayan avanzando a partir de ahí, peldaño a peldaño, hasta llegar a su habilidad para lograr que las fotografías de Francis Wolff multiplicaran su potencia por diez gracias al uso controlado de un escaso puñado de colores.

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2. Songs about Fucking (Big Black, 1987)

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Esta es autodescriptiva. Además de la única portada de la historia de la humanidad que puede verse desde el espacio.

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1. Goo (Sonic Youth, 1990)

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He dicho en tantos artículos que la portada del Goo de Sonic Youth es la mejor de la historia que solo faltaría que ahora me retractara. La coherencia está un poco sobrevalorada, pero cambiar de opinión cada cinco minutos tampoco es la gloria bendita que digamos. Así que ahí la llevan. Su autor es el artista estadounidense Raymond Pettibon, que se basó en una foto de Maureen Hindley y su marido David Smith tomada en 1966, cuando ambos se dirigían a declarar como testigos en el juicio de los asesinos en serie Ian Brady y Myra Hindley. El texto, sin relación con el caso de los asesinatos, dice «Le robé el novio a mi hermana. Todo fue un torbellino, calor y resplandor. En una semana, matamos a mis padres y nos lanzamos a la carretera».

Y esta es la foto en la que se basó Pettibon:

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Lo dicho: la mejor portada de la historia.

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Cincuenta discos memorables que quizá no has escuchado

Para acompañar la lectura del artículo, nuestra lista en Spotify

Que nadie me diga que no sabe qué música escuchar o, peor aún, que lo ha escuchado todo; la primera regla que debe seguir a rajatabla todo buen melómano es estar en constante búsqueda, sin cansancio ni temor. Es muy fácil dejarse llevar y caer derrotado ante el panorama musical vigente, pero se engaña quien piensa que no hay música nueva que descubrir; siempre la ha habido, siempre la hay. Partamos, por tanto, de la premisa de que nunca seremos capaces de escuchar toda la música que nos gustaría, y no precisamente por falta de ganas.

Dada la situación, he decidido aportar mi granito de arena con esta serie de discos ninguneados, olvidados, perdidos o, simple y llanamente, infravalorados; discos que, en suma, merecen un mayor reconocimiento, a gran escala a ser posible, al menos desde la humilde opinión del que les escribe. Si usted se muestra indeciso ante la posibilidad de escuchar música nueva, o diferente, quizá le valga (eso espero) alguna de las siguientes recomendaciones. Son cincuenta discos, pero podrían ser otros tantos y muchos más; son estos cincuenta en concreto, pero podrían ser otros cincuenta distintos. Eso, sinceramente, es lo de menos:

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image001LP, de Ambulance LTD (2004)

LP fue el primer y único disco de estos cuatro neoyorquinos, cuya fórmula secreta era en apariencia sencilla: escoger lo mejor de The Velvet Underground, los Beatles, Spiritualized o My Bloody Valentine y meterlo todo en la batidora, sin disimulo pero, eso sí, con sobrado conocimiento de causa. A juzgar por sus canciones, la jugada, a priori inverosímil, les salió perfecta.

Tal y como dijo su guitarrista, Benji Lysaght, «Our niche is not sticking to any particular niche». Y se nota: tan pronto nos avasallan con la impetuosa «Primitive (The Way I Treat You)», como luego nos deleitan con una canción descaradamente popera como «Anecdote». Sus diversas influencias, filtradas por su personal estilo, hacen de este un disco tan variado como redondo.

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image003The Pirate’s Gospel, de Alela Diane (2004)

Asociada en su momento con el ya desfasado New Weird America (básicamente folk con tintes raros y/o psicodélicos), Alela Diane nos ofrece aquí una impecable colección de composiciones con su magnífica voz marca de la casa como sustento.

Su debut, que ella misma editó por su cuenta en 2004 en CD-R, fue rescatado por el sello Holocene Music y publicado de nuevo dos años más tarde: canciones como la evocadora «Can You Blame The Sky?» o «Tired Feet» dejan claras muestras de su gran talento, gracias al que conjura un paisaje musical cómodamente asentado entre lo enigmático y lo bucólico.

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image005Wish You Were Here, de Badfinger (1974)

Por supuesto que el episodio final de Breaking Bad contribuyó a otorgarles cierto reconocimiento tardío con la inclusión de la genial «Baby Blue», pero aún así Badfinger siguen sin tener el lugar que les corresponde.

La biografía del grupo, plagada de suicidios y desafortunadas decisiones (reseñada en este artículo de nuestro querido Emilio de Gorgot), es a todas luces una de las más trágicas de la historia del rock; y este disco quizá el mejor de toda su discografía tampoco es que corriera mejor suerte: siete semanas tras su publicación se retiró de las tiendas debido a un litigio entre el sello discográfico y el manager del grupo.

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image0073 Rounds And A Sound, de Blind Pilot (2008)

3 Rounds And A Sound nos propone un repertorio de viñetas indie folk de la mano del cantante Israel Nebeker y compañía. Su música suena sincera y su sencillez, junto con sus emotivas y trabajadas letras, acaban siendo determinantes. Así, las canciones son engañosamente apacibles: cuando uno menos se lo espera, su efecto emocional nos acaba sobrecogiendo de manera sorpresiva.

Es el disco perfecto para una mañana de domingo, idóneo para acercarse a esa tristeza autoimpuesta que a veces anhelamos, pero sin caer al fondo del todo: con letras sentidas y melodías simples, es una gran pieza de indie folk contemporáneo.

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image009Tender Buttons, de Broadcast (2005)

Apartándose ligeramente de la densidad sonora de sus anteriores discos, con Tender Buttons los británicos Broadcast redujeron su sonido al mínimo indispensable. Tan minimalista resultó su apuesta en estos experimentales collages sonoros, de hecho, que por momentos se asemejan a unos Young Marble Giants modernos, si bien con mucha experimentación electrónica de por medio.

El fin del grupo llegó en el 2011 con la muerte de su cantante, Trish Keenan, que cayó víctima de una pulmonía con tan solo cuarenta y dos años. Sin embargo, todo apunta a que podrían salir nuevas grabaciones en el futuro.

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image011Songs About Leaving, de Carissa’s Wierd (2002)

Songs About Leaving es la banda sonora ideal para un suicidio colectivo, compuesta por doce canciones que hacen las veces de afiladas cuchillas de afeitar. Destila miseria emocional y patetismo, junto con una bella melancolía acerada por una constante sensación de urgencia, como si el final del mundo se acercase inminentemente.

A día de hoy Carissa’s Wierd permanecen como un enigma por conocer del panorama musical americano de la década pasada, y es una lástima porque su música, si bien parece estar minuciosamente confeccionada para suicidas depresivos al borde de la locura, tiene un algo cautivador difícil de describir. Para tomar en pequeñas dosis.

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image013I Am The Cosmos, de Chris Bell (1992)

I Am The Cosmos es el primer y único disco en solitario de una de las mentes creativas de Big Star, grabado tras el nulo éxito comercial del primer disco del grupo (todo menos un#1 Record, por desgracia) y publicado póstumamente en 1992, catorce años después de la temprana muerte de Bell en un accidente de coche.

La canción que da el título al disco es una joya pop, glorioso solo de guitarra incluido, pero no es la única («You And Your Sister», sin ir más lejos, es una enternecedora pieza para llorar a moco tendido). Si acaso llegan a una conclusión al escuchar el disco, espero que estén conmigo: quien piense que Alex Chilton era el único genio indiscutible del grupo de Memphis está del todo equivocado. De nuevo estamos ante un gran talento cuyo tremendo potencial se vio irremediablemente truncado por una muerte temprana.

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image015Heart of The Congos, de The Congos (1977)

Pocas canciones captan la esencia del reggae de mejor manera que «Fisherman», canción con la que comienza el debut de The Congos. y pocas canciones consiguen sumirle a uno en un júbilo tan placentero. Eso en sí es digno de elogio.

Con Heart of The Congos los jamaicanos «Ashanti» Roy Johnson y Cedric Myton grabaron uno de los secretos mejor guardados del reggae, y a su vez uno de los discos más pulidos del género. La excelente producción de Lee «Scratch» Perry (afamado productor con el que también colaboró Bob Marley, entre otros) no es más que la guinda del pastel.

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image017The Complete Guide to Insufficiency, de David Thomas Broughton (2005)

Como si de un one-man band moderno se tratase, el británico David Thomas Broughton crea un increíble pastiche de sonidos gracias al sampling y a multitud de loops, convirtiéndose en sus directos en una mini orquesta acústica unipersonal.

The Complete Guide to Insufficiency es reflejo por tanto de una especie de folk progresivo contemporáneo, introspectivo y de una delicadeza tajante, dirigido por las señas de identidad del cantautor: su peculiar barítono y su certero fingerpicking, con las que invoca toda una suerte de sentimientos.

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image019Hate, de The Delgados (2002)

Para los amantes del pop de verdad, aquí tienen una joya: pop grandioso, filtrado por Cinemascope, con agridulces y perfectas melodías a dos voces, arreglos orquestales y una batería que suena como si hubiese descendido directamente del Olimpo.

Con este disco, The Delgados fueron comparados a unos Flaming Lips deprimidos (es cierto que en ocasiones Hate suena parecido a The Soft Bulletin): grandioso y épico a raudales, no por necesidad sino porque sí. Pop majestuoso.

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image021Some People Are on the Pitch They Think It’s All Over It Is Now, de The Dentists (1985)

Con su singular mezcolanza de sunshine pop y psicodelia sesentera es obvio que The Dentists (hagan el favor y no los confundan con la efímera banda de nazi punk de los setenta) nacieron en la década equivocada. Fueron uno de los grupos clave de la Medway scene inglesa, aunque fuera de su Kent natal el reconocimiento que obtuvieron fue más bien escaso.

Quizá quién sabe― si no fuera por su desafortunado nombre The Dentists habrían acaparado algo más de fama; sea como sea su debut es una maravilla, muy en línea con el jangle pop de The Smiths y de los R.E.M. de la época, si bien, según su guitarrista, «we thought they were getting the sound all wrong», por lo que decidieron pulir y perfeccionar un estilo que ya de por sí era garantía de éxito. Y no se equivocaron.

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image023Ultraglide In Black, de The Dirtbombs (2005)

Bajo la batuta del cantante Mick Collins (ex de The Gories, grupo clave en el renacimiento del garage punk de los ochenta), The Dirtbombs nos obsequian con versiones del funk y soul clásico con un toque moderno; versiones actualizadas (más algún original), renovadas y enérgicas a rabiar.

Ultraglide In Black es equiparable a un chute eléctrico de decibelios y adrenalina en toda regla, en el que aparecen versionados desde Smokey Robinson o Sly Stone hasta Barry White. En un mundo ideal, este disco sonaría en todas las pistas de baile hasta altas horas de la noche; a bailar se ha dicho.

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image025Dopethrone, de Electric Wizard (2000)

Por si acaso tuvieran dudas acerca de lo heavy que es este disco, lo único que necesitan es echarle un vistazo a su portada, en la que podemos ver a un barbudo Satanás fumando una cachimba, acompañado por amenazadoras siluetas de fantasmas/espíritus encapuchados al fondo dispuestos a todo tipo de diabluras.

Considerado uno de los mejores discos del heavy metal de las últimas décadas, Dopethrone es un disco clave del doom metal británico: ominoso y cargante, con alargadas composiciones fundamentadas en esos riffs tan al estilo de Tony Iommi, oscuro y denso como el alquitrán. Heavy shit de la buena, señores.

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image027Folksongs and Instrumentals With Guitar, de Elizabeth Cotten (1958)

Cuenta Elizabeth Cotten que compuso «Freight Train», esa estampa folk que tan versionada fue en los sesenta, durante su adolescencia. Sin embargo, su primer disco lo grabó con sesenta y cinco años.

Cotten era zurda pero tocaba la guitarra corriente; de ahí su particular estilo, conocido como «Cotten picking». Sencillo, honesto y bello, Folksongs and Instrumentals With Guitar es un documento fundamental del folk moderno, de una inocencia casi infantil, con el que podemos contar gracias a la labor de Smithsonian Folkways.

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image029Ash Wednesday, de Elvis Perkins (2007)

Elvis Perkins, hijo de Anthony Perkins, sorprendió al mundo con su primer disco. Las canciones en Ash Wednesday se grabaron cronológicamente, tanto antes (1 a 6) como después (7 a 11) de la muerte de su madre, que falleció en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Estamos así ante un álbum marcado en parte por la tragedia, y sin embargo Ash Wednesday no resulta tan desesperanzado como su trasfondo podría indicar. Si bien Perkins a veces canta como si estuviese al borde del colapso existencial, sus canciones por lo general suenan extrañamente reconfortantes a pesar de todo, transmitiendo algo de esperanza en medio de todo el caos y la decadencia.

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image031Expensive Shit, de Fela Kuti (1975)

Puestos a escoger un disco de toda la inabarcable discografía de Fela Kuti polivalente y prolífico músico, activista político y defensor de los derechos humanos en su Nigeria natal, entre muchas otras cosas― destacaría este, uno de sus más célebres álbumes junto con Zombie o Gentleman, configurado por dos largas composiciones que incorporan funk y jazz de manera endiablada y juguetona.

Sin renunciar a su componente de protesta, Kuti nos ofrece un conjunto de sonidos a los que es prácticamente imposible no rendirse, combinando estructuras jazzísticas y ritmos afro-beat con gran habilidad e inteligencia. Si no consigue hacerle mover el cuerpo siquiera un segundo, el disco ha fracasado.

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image033Forever Breathes the Lonely Word, de Felt (1986)

La década de los ochenta fue, en términos musicales, una década tan confusa como diversa. Mientras el synth pop y melodías facilonas dominaban el Top 40 día sí día también, algunos músicos, valientes e ingenuos, se dedicaban a hacer lo suyo sin importarles las modas imperantes.

Indiferentes a su entorno, los británicos Felt publicaron diez álbumes y diez singles en sus diez años de existencia (1979-1989), produciendo jangle pop impoluto. Forever Breathes the Lonely Word es su álbum más laureado: ocho canciones perfectas, alocadamente pegadizas y capitaneadas por un organillo omnipresente, con la lírica críptica de Lawrence como elemento añadido.

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image035Shake Some Action, de Flamin’ Groovies (1976)

Al escuchar este disco, nadie diría que los Flamin’ Groovies tienen mucho que ver con su versión de antaño, ese grupo rocanrolero de Teenage Head (1971).

Años después y tras algunos cambios en la formación (se fue Roy Loney y entró Chris Wilson), el grupo emergió con uno de los mejores discos del power pop, que vendría a convertirse en una de las piedras angulares del género por una sencilla razón: canción tras canción, empezando por la magnífica «Shake Some Action», el grupo no baja el listón en ninguna parte, tocando además todos los estilos habidos y por haber.

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image037Mouthfuls, de Fruit Bats (2003)

Mouthfuls es uno de los máximos artífices de la ascensión imparable del indie pop de principios de la década pasada y, sorprendentemente, también uno de los más infravalorados.

En sus mejores momentos, casi sin hacer ruido, Fruit Bats son capaces de alcanzar la grandeza pop de The Shins, con quien comparten evidentes similitudes dado su afán por composiciones acústicas, armonías excelsas y su combinación de melodías primaverales con el folk más nostálgico. A veces, un disco como este viene como anillo al dedo: sencillo y sin mayor pretensión que la de hacernos pasar un rato agradable.

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image039The Sophtware Slump, de Grandaddy (2000)

Acertadas o no, en su día el segundo disco de Grandaddy recibió comparaciones con el OK Computer de Radiohead. Si no a nivel musical, lo que sí compartían era la temática: temor a la tecnología y desidia ante la progresiva deshumanización de la era digital, mediante composiciones que se debaten entre la languidez y el estallido repentino.

El grupo se separó oficialmente en el 2006, pero canciones como «The Crystal Lake» han sido suficientes como para que se hagan un cómodo hueco en el panorama indie moderno, al tiempo que nos avisaban de la preocupante alienación del ser humano.

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image041Ambient 2: The Plateaux of Mirror, de Harold Budd & Brian Eno (1980)

Dos años después de grabar Ambient 1: Music For Aiports, Brian Eno decidió juntarse con el pianista y poeta Harold Budd con el fin de continuar en su incesante exploración de la música ambiental.

El resultado final, como era de esperar, fue de un sonoro lirismo, y juntos así compusieron una piedra fundamental de la ambient music, reconfortante y misteriosa a partes iguales. Escuchar el disco supone verse transportado a un sitio seguro, en el que la tranquilidad y la melancolía conviven en las elusivas notas que quedan sueltas por el aire.

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image043The House of Love, de The House of Love (1990)

The House of Love (Guy Chadwick y Terry Bickers) fueron en su día los niños mimados de los medios ingleses, por parte de la NME entre muchos otros, lo cual hace que el olvido en el que han caído sea aún más desconcertante.

Para su segundo álbum homónimo, que cuenta con verdaderos himnos como «Shine On» o «I Don’t Know Why I Love You», con los que encandilaron a la juventud británica, partieron de la tradición musical de su país (no en vano rinden homenaje a sus ídolos en «Beatles And Stones») con un estilo actualizado que en muchos sentidos presagió lo que vendría poco después: el britpop.

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image045Birds of My Neighborhood, de The Innocence Mission (1999)

A base de minuciosa paciencia y sin apenas hacer ruido, The Innocence Mission (con el matrimonio compuesto por Karen y Don Peris como eje central) es un grupo cuya música recuerda a inviernos interminables en casa delante de la chimenea, a inocencia perdida y a las maravillas de la infancia, gracias a la delicada voz de Karen Peris y a la apacible cadencia acústica de sus canciones.

La pieza más conocida del disco es «Lakes of Canada» (a la que, justificadamente, Sufjan Stevens se refirió como una canción perfecta); al igual que el resto del disco, resulta nostálgica y bella a más no poder.

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image047Jackson C. Frank, de Jackson C. Frank (1965)

Al pobre de Jackson C. Frank nunca le sonrió la vida. Víctima de un incendio a los once años que le dejó con quemaduras en el 50% del cuerpo, padeció depresión durante gran parte de su vida y fue además diagnosticado de esquizofrenia paranoide. Por si fuera poco, perdió el ojo izquierdo estando en Queens, Nueva York; resulta que había niños jugando con pistolas de balines por la zona y uno le impactó de manera fortuita.

En línea con sus constantes infortunios, huelga decir que nunca alcanzó fama alguna mientras vivió. Su primer y único disco, producido por Paul Simon (que después versionaría junto a Garfunkel su canción «Blues Run The Game») es muestra de su sufrida existencia: canciones intimistas e introspectivas basadas en una fragilidad fulminante, un lamento sin fin.

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image049You Got My Mind Messed Up, de James Carr (1967)

Al hablar del soul, ese gran género, siempre se tiende a mencionar casi por decreto a los sospechosos habituales como si de una enumeración numerus clausus se tratara: Otis Redding, Aretha Franklin, Al Green y algunos más. Al cantante de Mississippi James Carr, marcado por su trastorno bipolar y su escasa fortuna a nivel comercial, nunca le acompañó la suerte y, en consecuencia, apenas se le recuerda como uno de los grandes.

Cuando murió en 2001 pocos se acordaron de él, pero ese día murió una de las mejores voces del soul; para algunos, el mejor soulman de todos los tiempos. Escuchen la fabulosa «The Dark End Of The Street» y verán por qué.

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image051Bailamos por miedo, de Joe la Reina (2014)

En lo que a música nacional se refiere, Joe la Reina son una de las grandes promesas de la actualidad. Si aún no han escuchado su debut, ya saben; es de lo mejorcito que ha habido en lo que llevamos de año.

Comandadas por la personalísima voz de Lucas Malcorra, las canciones destacan por su empuje y osadía, ancladas en letras poéticas e instrumentación variada, desde «Tiemblan», que parte de un folk apesadumbrado para guiarnos a un explosivo crescendo, la sombría «Oh, la mía pena» o la magnífica «Tempestad». Nunca está de más descubrir a un grupo como este, fiel a su particular estilo, ajeno a modas pasajeras y que derrocha pasión por todos los poros.

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image053Hoodoo Man Blues, de Junior Wells (1965)

Según los expertos, Hoodoo Man Blues es uno de los mejores álbumes de blues de todos los tiempos. Fue el debut de Junior Wells, cuyos célebres conciertos gustaron tanto a Bob Koesler, propietario de Delmark Records, que le ofreció total libertad para grabar su primer disco junto con The Chicago Blues Band.

Pero no es blues al uso; se trata de blues eléctrico de Chicago, sucio y grasiento y auténtico. Respaldado por el guitarreo de Buddy Guy, Junior Wells canta y toca la armónica como un endemoniado recién salido de una jaula, haciendo que las canciones (todas ellas increíbles) vibren con su contagioso ritmo. Tanto para los fans del género como para los no iniciados, se trata de un álbum fundamental.

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image055Dear, de Keaton Henson (2011)

Keaton Henson es un joven y tímido londinense barbudo cuya especialidad es hacer música para cabrones tristes y desamparados. Su incapacitante miedo escénico («I’ve always struggled with live music…») hace que sus directos sean más bien escasos.

Afortunadamente, eso no le impide grabar sus canciones en la soledad de su cuarto de Richmond, en Londres, y así transmitir todas sus inseguridades a sus contados sufridores. Uno escucha «You Don’t Know How Lucky You Are», escalofriante y honesta plegaria acribillada por el dolor, y el efecto es tan mortífero que irse directo a llorar a la almohada parece ser la única opción lógica. A fin de cuentas, de eso se trata: de hacernos partícipes del descarado sufrimiento que irradia su música.

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image057Midnight Blue, de Kenny Burrell (1963)

Kenny Burrell era el guitarrista preferido de Duke Ellington, y llegó a tocar con grandes figuras de la talla de Dizzy Gillespie, Sonny Rollins, Quincy Jones, John Coltrane, Jimmy Smith o Stan Getz. Midnight Blue, su disco más famoso, es uno de los grandes exponentes de jazz blues. Sus sonidos, elegantes y de una espontánea naturalidad, evocan esa atmósfera decaída y sugerente que se produce nada más caer el alba.

Es música jazz concebida para escuchar de noche y solo de noche; a ser posible en la soledad más absoluta, acompañado por un buen whisky mientras la oscuridad cae y la ciudad sigue, impasible, con su ajetreo y sus luces de neón.

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image059Eli and the Thirteenth Confession, de Laura Nyro (1968)

Laura Nyro grabó su primer disco a los dieciocho años, hito sorprendente que, si bien marcó el inicio de una gran y variada carrera musical, no culminó ni mucho menos en un gran éxito comercial.

Efectivamente, la poca fama que tuvo Laura Nyro en vida es una gran injusticia: sus piruetas y malabarismos vocales, su tremenda habilidad al piano y su dominio total sobre su música no bastaron, tristemente, para que se convirtiera en una estrella. Eli and the Thirteenth Confession es la mejor representación de su estilo, en el que podemos ver trazos de jazz, gospel y soul. Murió de cáncer en 1997, a los cuarenta y nueve años.

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image061Wonderful Rainbow, de Lightning Bolt (2003)

Wonderful Rainbow es una violación sónica en toda regla no apta para cardíacos, embarazadas u oídos sensibles; escuchen «Assassins» o «Dracula Mountain», por ejemplo, y traten de mantenerse impertérritos o, en el peor de los casos, inmunes a jaquecas o ataques epilépticos.

Ténganlo bien claro de antemano: una vez se someta a la brutal e hiperactiva intensidad de este disco, las odiosas obras mañaneras de su vecino le parecerán una suave canción de cuna. Este disco hace del ruido un arte y, aunque agradará a pocos, las emociones viscerales que provoca son difícilmente imitables. Todo ello, además, empleando solamente bajo y batería.

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image063West Side Soul, de Magic Sam (1967)

De Magic Sam dijo Willie Dixon que tenía un sonido de guitarra totalmente distinto, y razón no le faltaba. Magic Sam aprendió a tocar blues escuchando a Muddy Waters y Little Walter, aunque quizá no lo necesitara en absoluto, ya que la toca con una habilidad innata, como si hubiera nacido con ella pegada a los dedos, con esa destreza y precisión requeridas para acariciar a una mujer que ya les gustaría tener a muchos.

Sus constantes alaridos de bluesman no son menos; su voz, con ese vibrato tan característicamente suyo, es perfecta para este set de blues incendiario, que incluye canciones tan memorables como «That’s All I Need» o «All Of Your Love». Llámenlo como quieran; West Side Soul es un clásico con mayúsculas y capaz, además, de alegrarle el día a cualquiera con su contagioso boogie-woogie.

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image065Perils From The Sea, de Mark Kozelek & Jimmy Lavalle (2013)

Entre los muchos proyectos del irrepetible Mark Kozelek (Red House Painters, Sun Kil Moon, Mark Kozelek & Desertshore, etc.) se encuentra este disco, publicado el año pasado, en el que colabora con Jimmy Lavalle (de The Album Leaf), quien le proporciona preciosas texturas electrónicas y ambientales a las que Kozelek presta su voz, y en las que, muy en acorde con su estilo actual, rememora momentos de su vida con su inconfundible visión de la melancolía, sentimiento traicionero que le acompaña allá adonde vaya.

El día que Mark Kozelek deje de estar triste (Dios no lo quiera) el mundo de la música habrá perdido a uno de los grandes.

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image067Clube da Esquina, de Milton Nascimento (1972)

Clube da Esquina toma su nombre de un movimiento musical brasileño que surgió a finales de la década de los sesenta en Minas Gerais. Respaldadas por Lo Borges, Beto Guedes o Alaíde Costa, las canciones, con Milton Nascimento al frente, bullen con incontables influencias estilísticas: desde folk y jazz a rock y psicodelia, pasando por el cancionero popular de Heitor Villa-Lobos o la bossa nova.

Alguien lo describió como el equivalente al Pet Sounds brasileño, pero la descripción se queda corta; el álbum es de tal densidad y riqueza (musical y poética) que las palabras son insuficientes para hacerle justicia. Pronto comenzará el verano, y este disco se postula como uno los candidatos para dotarle de su particular banda sonora.

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image069Morgen, de Morgen (1969)

Imagínense al hipotético hijo bastardo de Black Sabbath y The Doors y tendrán una aproximación certera al sonido de este grupo de Long Island, ya que funde hard rock con psicodelia con pasmosa habilidad.

No es de extrañar que con este solitario álbum (publicado en 1969, para algunos iluminados el mejor año de la historia del rock) Morgen no sea sino un gran incógnita para muchos. Pero uno lo escucha y percibe lo adelantados que estaban: por momentos parece como si estuviéramos escuchando a un grupo noventero de stoner rock.

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image071NEU!, de Neu! (1972)

Junto con Kraftwerk, Faust o Can, Neu!, compuesto por el dúo de Klaus Dinger y Michael Rother, fue uno de los grupos más importantes del denominado krautrock de los setenta.

Su primer disco, innovador, minimalista y rompedor, sigue sonando tan moderno como siempre (escuchen «Hallogaloo», con su incesante ritmo motorik, y notarán su influencia en clásicos más recientes como «Spiders (Kidsmoke)» de Wilco, «Sea Within a Sea» de The Horrors, y un largo etcétera). Todo melómano que se precie debería tenerlo en su colección; es uno de los mejores y más influyentes discos de su época.

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image073The End Is Near, de The New Year (2004)

La separación de Bedhead, pioneros del slowcore de los noventa, hizo que dos de sus cinco miembros (los hermanos Kadane) comenzaran una nueva aventura musical bajo el sugerente nombre de The New Year.

Sus lentas y desesperanzadas melodías, que se arrastran como un boxeador derrotado, logran su objetivo con creces: dejar al oyente abatido y triste con su depresiva cadencia, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, contándonos a su vez historias de tiempo perdido y frustración, y culminando con frecuencia en una explosiva catarsis de sentimientos. «I don’t know about God, but I’m sure there’s a devil», cantan en una de las canciones. Con eso todo queda dicho.

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image075A Taste of Pink, de The Prisoners (1982)

Tim Burgess, cantante de The Charlatans, citó a The Prisoners como una gran influencia, y es fácil entender por qué: estos chicos provenientes de Kent rendían con su música pleitesía a los sonidos garage/mod de antaño, al tiempo que le daban una vuelta de tuerca con la inclusión del órgano Hammond en sus composiciones y una actitud honestamente punk.

Las tremendas guitarras y el arrollador ritmo de las canciones (desde la demoledora «Pretend» a la tremenda «Maybe I Was Wrong») convierten al debut de The Prisoners en una máquina imparable; parece mentira, eso sí, que se grabase en los ochenta.

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image077The Real Kids, de The Real Kids (1978)

Liderados por el cantante John Felice (que previamente había tocado con The Modern Lovers a principios de los setenta), The Real Kids fueron expertos en confeccionar canciones que mezclaban los sonidos de Chuck Berry y la British Invasion con su inconfundible talante punk.

El disco abre con «All Kindsa Girls», todo un minihimno generacional, y las canciones que le siguen están a la altura: mientras «Better Be Good» muestra su lado más melódico, también contiene versiones de Buddy Holly («Rave On»), Eddie Cochran («My Way») y Frankie Ford («Roberta»), que no hacen sino confirmar el amor de estos bostonianos por el rock ‘n’ roll.

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image079The Remains, de The Remains (1966)

Si alguna vez le preguntan qué es eso del garage rock, no lo duden ni un instante: muéstrenles este disco. El debut homónimo de The Remains está plagado de brillantes canciones de principio a fin: all killer, no filler. Canciones, en fin, que contienen el espíritu más desinhibido del género, aunque con una especial sensibilidad melódica gracias a la influencia de la British Invasion, en pleno auge por entonces.

Si no fuera por su temprana separación (se formaron en 1964, sacaron su primer disco en 1966 y a finales de año dijeron adiós), hoy en día podríamos estar hablando de uno de los grupos clave del rock. Pero, ¿quién dijo que la historia del rock jamás fuera justa?

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image081Ron Sexmith, de Ron Sexmith (1995)

No se dejen engañar por la cara de bebé con la que Sexmith nos escudriña en la portada de su segundo disco, porque sus canciones se nutren de la experiencia de un hombre roto por la pena y el desamor.

No obstante, Sexmith no baja la cabeza y, lejos de dejarse vencer por sus fantasmas y su pasado, encuentra en la música su particular refugio mediante el que purgar sus demonios y sacar el máximo partido a su tristeza. A caballo entre el pop y el folk agridulce, las canciones de Sexmith destacan por sus inmaculadas melodías (¡qué comienzo el de «Secret Heart»!) y una constancia envidiable.

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image083Didn’t It Rain, de Songs: Ohia (2000)

Folk tremebundo de parte de Jason Molina, cuyas canciones evocan largas autopistas y noches interminables; canciones que, paulatinamente, te rompen en pedazos por dentro, partiéndote el alma en dos. Habiendo pasado parte de la última década en clínicas de rehabilitación, el cantautor de Ohio falleció en marzo del año pasado, en Indianapolis, tras haber ahogado su cuerpo en alcohol durante los últimos años. Tenía treinta y nueve años.

Encontraron su cadáver y en sus bolsillos únicamente tenía un teléfono móvil, donde tan solo guardaba apuntado el número de su abuela. Fue un final tan triste como injusto que no hizo sino cumplir con el colosal tormento de su música, expuesto aquí en toda su plenitud.

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image085¡Demolición!, de Los Saicos (2010)

Algunos dicen que el punk realmente nació en Perú; puede que estén en lo cierto. Quizá valga la pena recordar que mientras Los Saicos comenzaban a dar sus primeros pasos (en 1964, recién salidos del instituto), los Beatles aún se dedicaban a cantar pegadizas y melosas canciones de amor.

Este disco recopilatorio, que recupera casi todas las canciones de la breve discografía del grupo limense, es un documento esencial para vislumbrar la influencia que tuvieron en grupos posteriores. Por supuesto que apenas saben tocar sus instrumentos, pero le sacan todo el partido posible y más; si a eso le añadimos gritos primitivos por parte de su líder Erwin Flores (según el que el punk es «una música de mierda» para bien y para mal) y un toque de insolencia y rebeldía, el resultado es tan efectivo como letal.

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image087(I’m) Stranded, de The Saints (1977)

Mientras los Ramones comenzaban a dominar Nueva York y el mundo entero con su punk efectista y gamberro (tras su exitoso debut un año antes, en 1977 publicaron Leave Home y Rocket To Russia), The Saints hacían lo mismo, salvando las distancias, al otro lado del hemisferio.

Los de Brisbane, aun con poca fortuna al principio, forjaron una de las piezas claves del punk con su debut, puede que con más musicalidad y profesionalidad de lo que se suele esperar del género. La historia ha sido justa con ellos y hoy en día se les considera uno de los grupos más importantes, no ya de Australia, sino del punk en general. La canción que da título al disco, en concreto, es todo un himno del género.

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image089Beat & Torn, de The Spongetones (1994)

Si usted es uno de los muchos que quisiera haber evitado la separación de los Beatles a toda costa, no tema: The Spongetones son una copia perfecta. Tan perfecta, de hecho, que resulta increíble que sus cuatro miembros fueran de Carolina del Norte y no de Liverpool. Que tocasen antes en un grupo dedicado a versiones de the Fab Four no resultará, sin embargo, nada extraño.

Pero si bien su amor por el pop de los sesenta es patente, The Spongetones no son meros imitadores; tal y como demuestra este disco (que aglutina sus primeros LP y EP, de 1982 y 1984 respectivamente), sus canciones cuentan con personalidad propia, manteniendo el gancho y las melodías del grupo al que rinden homenaje de manera, todo sea dicho, inimitable.

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image091Copper Blue, de Sugar (1992)

Tras la separación de Hüsker Dü, Bob Mould dejó las drogas y el alcohol y fue por su propio camino. Lejos de dormirse en los laureles, formó el grupo Sugar, que duró de 1992 a 1996. Tras su separación, Mould volvería de nuevo a una carrera en solitario en la que sigue enfrascado hoy en día.

Canciones como «Changes», «If I Can’t Change Your Mind», «A Good Idea» (con ese bajo que Kim Deal misma podría haber ideado) reflejan a la perfección por qué Copper Blue es uno de los discos del rock alternativo de los noventa, en plena efervescencia por entonces.

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image093The Glowing City, de Sunset (2008)

Sunset es el proyecto unipersonal del músico Bill Baird, aunque no el único: el de Texas, enigmático y prolífico como pocos, tiene al menos otros dos (Sound Team y en solitario) en los que participa. Su principal cometido parece ser el sacar el máximo número de sonidos posibles de su prodigiosa cabeza, que con toda probabilidad se alimenta exclusivamente a base de melodías bañadas en Technicolor.

The Glowing City no deja de ser una anomalía musical cuya encomienda es la búsqueda del eclecticismo, todo ello mientras se arrastra entre lo onírico y la psicodelia pop más pura. Claro que con dieciocho canciones el disco quizá peque de excesivo, pero nunca cae en baratas maniobras indulgentes; antes bien, se asemeja a un intrincado rompecabezas pop en el que, milagrosamente, las piezas acaban por encajar, dando lugar finalmente a un atípico viaje sonoro que merece la pena emprender.

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image095Leaves Turn Inside You, de Unwound (2001)

Leaves Turn Inside You es sin duda un disco de difícil calificación, impenetrable y complicado. También es el momento cumbre de un grupo clave del indie de los noventa que por su actitud evasiva, en todos los sentidos, siempre evitó encasillamientos. Aunque la mayoría está de acuerdo en meterles en el cajón del post-hardcore, el último disco de Unwound va mucho más allá.

Es atrevido como pocos (y largo y exigente, así que paciencia) y la misteriosa fascinación que ejerce uno de sus muchos puntos fuertes; sus audaces indagaciones sónicas bastaron para hacer que los miembros de Unwound se despidieran (fue su último disco) descansando en la cima.

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image097Argus, de Wishbone Ash (1972)

¿Oyen esas guitarras? Escuchen bien, porque son las guitarras de los dioses, un duelo perfecto de doce cuerdas alineadas que se complementan y se desafían a la perfección. En 1972, la revista Melody Maker mantuvo que era el dúo de guitarras más interesantes desde que Page y Beck tocasen en The Yardbirds. Palabras mayores, y a todas luces indiscutibles; demos las gracias a Andy Powell y Ted Turner.

Argus no es ni rock progresivo, ni hard rock, ni blues rock; es todo eso al mismo tiempo y mucho más, de ahí que sea todo un éxito. Es, en todo caso, un discazo como una catedral.

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image099The Meadowlands, de The Wrens (2003)

A nivel personal, The Meadowlands me ha supuesto tantísimo que no aprovechar una ocasión como esta sería un despropósito total. Si solo escuchan un disco de la lista, que al menos sea este.

The Meadowlands, grabado durante cuatro extenuantes años, es en esencia pop atormentado por parte de unos adultos maduros que se enfrentan a las grandes decepciones y desilusiones de la vida. Canciones tan universales como crudas que tan pronto nos hacen llorar como estallar en alegría. Escucharlo por primera vez fue toda una experiencia que jamás olvidaré, y el impacto que provoca tan intenso como duradero.

Fotografía de portada: Guido van Nispen (CC).