Botticelli: no fue del todo cierto

Detalle de la Primavera, Botticelli
Detalle de La Primavera, Botticelli, 1482.

Cuando se pone el sol sobre Florencia, la ciudad se quita la máscara y recupera su faz. Los turistas vuelven al crucero atracado en Livorno o se refugian en sus hoteles, agotados por el paseo y los plantones; es la hora en la que los florentinos se reúnen en cualquier plaza para tomar un Aperol con la apericena antes de regresar a casa. Los estudiantes universitarios, en su mayoría erasmus, guardan cola en la acera de All’antico Vinagio —si no hace demasiado frío o demasiado calor— para comprar uno de sus inabordables bocadillos, o se acercan al Yellow a probar la pasta más fresca de la Toscana.

A veces, las brumas del Arno cubren la noche hasta más allá de la madrugada porque el río sabe que las piedras necesitan silencio y se apresta a velarlo. La ciudad ha crecido en derredor, más allá de las murallas derribadas, pero su corazón se ha preservado: ningún edificio del centro histórico supera en altura la cúpula levantada por Brunelleschi, no se han derruido casonas para ensanchar las callejuelas y todavía se puede pasear de puente a puente girando a derecha o izquierda para acercarse a la Santa Croce, cruzar el patio de los Uffizi y llegar a la Signoria o caminar hasta Santa María Novella y deambular por el barrio.

Es fácil sumergirse en los escenarios de épocas pasadas si se entornan los párpados, tan fácil como completar el círculo que habitaron los artistas de la memorable estética posmedieval que la elevó a los altares. Florencia tuvo su tiempo más glorioso en el siglo XV, pero no ha dejado de ser la ciudad preciosa elegida por las musas renacentistas, aquella en la que confluyeron personas y personajes, religiones y filosofías, todos los ingredientes que compusieron el dulce cóctel del que bebieron el resto de los europeos durante varios siglos.

Era, como tantas otras, una república independiente, una ciudad-Estado que vivía de la artesanía de los paños y de su comercialización. Sus gentes se agrupaban en gremios que controlaban las materias primas, la producción y las ventas; cada maestro regentaba una bottega con sus ayudantes y aprendices. 

La actividad industrial generó la riqueza que la colocó, durante la Baja Edad Media, en el grupo de capitales punteras junto a Génova, Venecia, Milán, Roma o Nápoles. Un consejo de notables se encargaba de frenar cualquier intentona de dictado unipersonal, aunque el poder fuera ejercido de facto por los linajes más enriquecidos. Las rivalidades con otras repúblicas —y dentro de ella misma entre las diferentes familias— estuvieron a la orden del día hasta que los Médici se erigieron en dominantes por un tiempo.

En 1439, el emperador de Bizancio, Juan VIII Paleólogo, visitó Florencia con la excusa de hermanar la ortodoxia cristiana con la romana —y, de paso, recabar apoyos para frenar a los turcos— haciéndose acompañar de una corte de humanistas. La legación bizantina, tan lujosa e impactante, fue recibida con todos los honores por Cosme de Médici, que quiso dejar constancia de tan magno acontecimiento encargando a Benozzo Gozzoli que pintara un mural alusivo en su palazzo. Nada evitó que los otomanos tomaran Constantinopla en 1453 y que los constantinopolitanos que pudieron huir lo hicieran hacia el occidente, instalándose allí donde encontraron las condiciones favorables para hacerlo. 

Florencia se benefició de la llegada de unas élites intelectuales que traían de nuevo la antigua filosofía griega, la sabiduría oriental, los dioses de las mitologías arrumbadas por el catolicismo y algunas formas artísticas olvidadas o anatematizadas por la religiosidad del medievo occidental que las culpaba de paganismo. Los florentinos se abrieron al recuerdo de lo que habían sido sus raíces, esas que ahora les venían de vuelta revitalizadas con la savia de otras culturas. Se subieron al carro con diligencia, proclives como eran a abrir sus mentes a lo nuevo y a todo aquello que les serviría para ponerse a la cabeza de lo sublime; adelantaron por esa banda a otros núcleos de poder de la península italiana. Florencia se convirtió en la cabeza de un pelotón que exportaba sapiencia y prestaba artistas a los demás. En cuestiones de belleza, los florentinos tomaron la batuta.

Siguiendo las enseñanzas de los migrantes recolocados, se fundó la Academia Platónica, a la que acudían los hijos de las familias con posibles y en la que Marsilio Ficino, Poliziano y otros abanderados descifraban las teorías que conjugaban el amor a la naturaleza con el amor a Dios y el paganismo con el cristianismo. En las puestas en común de aquella escuela se hacían conjeturas sobre el mundo ideal en el que habitaban la perfección, la armonía, el equilibrio y el amor; los pupilos a los que tutelaban se devanaban los sesos con esos conceptos inmateriales y buscaban la manera de reflejarlos en el espacio terrenal de sus lienzos. El mito de la caverna de Platón se fusionó con la religión para dar a luz una nueva filosofía, el neoplatonismo, que se instaló en las mentes y dirigió las manos de una nueva generación de artistas.

La riqueza económica propició las artes por puro esnobismo: los Médici no fueron los únicos, pero sí los más importantes mecenas de los talleres en los que trabajaban los maestros y sus garzoni; había encargos para todos: palacios e iglesias que ornamentar, obras efímeras con las que celebrar los carnavales, las bodas de los acaudalados o los acuerdos políticos con otras ciudades. En ese ambiente tenían abiertas sus tiendas de decoración, entre otros, Masaccio, Andrea del Castagno, Paolo Uccello, Fra Angélico o Fra Filippo Lippi, pintores que se codeaban con los curtidores, carniceros y pescadores de las paradas del Ponte Vecchio o con los bataneros y tintoreros instalados en el borgo Oltrarno, al otro lado del río. Todos los oficios tenían cabida en tan próspero momento.

Mariano di Vanni Filipepi era uno de esos artesanos, un curtidor de pieles que tenía su negocio en el barrio de Santa María Novella, muy cerca de la iglesia de San Salvatore de Ognissanti y de la casa de los Vespucci, una familia enriquecida con el comercio de piedras preciosas. Mariano tuvo cuatro hijos, el menor de los cuales, Alessandro, fue, desde su nacimiento en 1445, un niño de salud comprometida. Giovanni, el mayor, que era apodado «Botticello», se dedicaba a las finanzas y quizá al comercio de vinos, mientras que el segundo, Antonio, dorador de oficio, pudo colocar a Sandro como aprendiz en la tienda de Fra Filippo Lippi, en 1464. 

Así fue como nació para el arte el conocido como Sandro Botticelli, un chico dotado para el dibujo que se movía por la ciudad con sus amigos —entre los que se encontraban el propio Poliziano, Marco Vespucci y los nietos de Cosme de Médici, Lorenzo y Giuliano— y era asiduo de las reuniones en la Academia Platónica.

En el taller de Fra Filippo Lippi se realizaban trabajos de temática religiosa en los que participaba el joven Botticelli. Las pinturas requerían del estudio de los textos sagrados tanto como del dominio de las técnicas y del acierto en la elección de los colores; el proceso de aprendizaje llevaba su tiempo. Pero el maestro falleció y Sandro comenzó entonces a frecuentar al anciano orfebre Verrocchio, que tenía entre sus meritorios a un apuesto y pinturero Leonardo da Vinci.

Botticelli había ingresado en la Compagnia di San Luca, la cofradía de pintores desde la que se reclamaba la consideración del oficio como de arte mayor, y en 1470 abrió su propio taller como maestro. Su buen hacer y una estética más fina que la de sus contemporáneos le aseguraban los encargos que recibía de los Strozzi, Rucellai, Pitti y otras adineradas sagas florentinas.

Un año antes, su amigo Marco Vespucci se había casado con Simonetta Cattaneo, hija del genovés Gaspare Cattaneo y de Violante Spinola, un bellezón de estirpe adinerada; la familia se había visto obligada a exiliarse y se había instalado en Piombino. El apaño de la boda con Marco lo hicieron Violante y Piero, el padre de Marco, y los esponsales se celebraron en Génova cuando ambos contrayentes tenían dieciséis años.

Los recién casados se acomodaron en el palacio de los Vespucci bajo la protección del abuelo, que andaba entonces empeñado en preparar el panteón familiar en la cercana iglesia de Ognissanti. Amerigo Vespucci, como todos los que se lo podían permitir, había pagado la construcción de una capilla dedicada a la Virgen de la Misericordia, cuya decoración encargó, en 1472, a los hermanos Ghirlandaio, y en la que apareció por primera vez la imagen de Simonetta, casi de refilón, bajo el manto protector de la virgen, en el lado de las mujeres, muy cerca de la abuela. 

Según las crónicas de la época, el matrimonio no funcionaba a pesar de que la belleza de la esposa se hizo muy popular entre los amigos de Marco, que lo acusaban de andar más interesado en chicos que en chicas. Simonetta era, además, una mujer desenvuelta gracias a su inteligencia despierta y a que su rango social le había proporcionado cierta instrucción. Su nodriza había viajado con ella a Florencia y se percataba de la inapetencia del esposo y, algo alcahueta e interesada, no dudaba en estimular a la niña de sus ojos a vivir su vida como le placiera. La moral de la época, que no había sufrido todavía los embates del Concilio de Trento, era bastante laxa en cuestiones de amoríos y, en esas tesituras, Simonetta no se conformó con lo que tenía en casa.

Se cuenta que Giuliano de Médici, el hermano menor de Lorenzo «el Magnífico», se enamoró perdidamente de ella y que la esposa de este, Clarisa Orsini, la acogió en su círculo presentándola en la sociedad que ellos frecuentaban. Botticelli era amigo de Giuliano y protegido de los Médici, para quienes realizaba encargos cada vez más frecuentes; conocía a Simonetta desde la boda con su amigo y también eran vecinos. La literatura romántica ha querido imaginar un enamoramiento súbito y ha dado por supuesto que el pintor se quedó colgado de la que se convertiría en su musa. Los datos que se conocen avalarían una historia que parece indiscutible pero que, a lo mejor, no lo fue tanto.

En 1475 Giuliano le pidió que pintase el estandarte que iba a lucir en un torneo, conocido como «la Giostra», que se celebraba en la plaza de la Santa Croce y con la que se divertían los muchachos nobles. Simonetta posó para Botticelli, que la imaginó como Palas Atenea —la Minerva romana, la diosa de la guerra, de la sabiduría y de la justicia—, una declaración de principios que formaba parte de la revolución del pensamiento artístico de la segunda mitad del siglo XV. La mitología griega fue la excusa para poner en tierra el ideal de belleza neoplatónico: Simonetta era la mujer cuyos rasgos encarnaban una nueva visión armónica y equilibrada, muy alejada de las madonnas rubicundas que representaban el papel de madres en despecho de cualquier otro atributo. La diosa simbolizaba lo femenino más allá de la referencia a la maternidad y ella era la personificación de las enseñanzas de la Academia, la que había hecho carne las teorías neoplatónicas.

Otros pintores la requirieron como modelo: Piero di Cosimo la representó como Cleopatra y como Procris, pero fue Botticelli el que la consagró como «la sin igual». Ella posaba en ocasiones para él y él la convirtió en su insignia, en el sello inconfundible de su estilo como han hecho otros artistas a lo largo de la historia. ¿No reconoceríamos también un Picasso, un Modigliani o un Botero una vez que han definido sus prototipos de mujer?

Simonetta falleció de tuberculosis en abril de 1476, a los veintitrés años de edad, pero su imagen, tantas veces dibujada, siguió protagonizando la obra de Botticelli. Dos años más tarde, en 1478, murió Giuliano de Médici en una conjura promovida por los Pazzi a la que Lorenzo sí sobrevivió. Detrás de esa conspiración pudo estar el papa Sixto IV y las luchas de poder entre ciudades; la tensión se relajó gracias a la diplomacia, y Botticelli fue enviado a Roma para colaborar en la pintura de la Cappella Magna Palazzi Apostolici (Capilla Sixtina) junto a otros pintores florentinos. De vuelta a su ciudad recibió el encargo de decorar unas salas del palacio de la Signoria junto a Ghirlandaio, Perugino y otros pintores. Y ya no paró. Trabajo no le faltaría.

Durante esos años su pintura para palacios y cassoni (cuadros de dormitorio) se centró en temas mitológicos en los que utilizaba las imágenes de su musa y su amigo ya fallecidos (Venus y Marte, 1483-1484). Era el momento de plenitud del pintor que había aceptado el encargo de Pierfrancesco de Médici para decorar la Villa di Castelo. Botticelli se decidió una vez más por la mitología y, tomando el tema de la obra de Ovidio y de su mentor Poliziano, se atrevió a pintar a Venus (Simonetta) desnuda en un lienzo y a la primavera consagrada en otro, ambos con una fidelidad extraordinaria a sus ideales neoplatónicos de belleza. 

Vivía en casa de su padre, del que se ocupó hasta que este falleció y empezó a frecuentar las prédicas de un dominico, Girolamo Savonarola, que disparaba contra los placeres y las corruptelas de este mundo. Su taller trabajaba a pleno rendimiento para atender los encargos, pero su pintura se fue decantando hacia temas religiosos cuyos protagonistas conservaban la delicadeza y la finura que lo caracterizaba. Su mente cambió. Llegó a quemar algunas de sus obras en la hoguera de las vanidades que Savonarola organizó en la plaza de la Signoria, la misma en la que sería ajusticiado tiempo después.

Botticelli, que había permanecido soltero, empezó a dar muestras de desequilibrio mental cuando el siglo llegaba a su fin y a vivir de cualquier manera aun cuando su hermano Simone, el tercero de ellos, le procuraba cuidados. La historia ha transmitido la imagen de un hombre influenciable, tímido y emocionalmente dependiente que quedó prendado de un amor imposible, pero cabe que le ocurriera como a otros artistas y que a una salud delicada se sumara el envenenamiento progresivo con albayalde u otros minerales de los que se utilizaban a diario en los talleres y que tanto afectarían al cerebro.

Murió en 1510 casi en el olvido. Su obra quedó eclipsada por nuevas generaciones de pintores hasta que, a principios del siglo XIX, algunos autores de formación neoclásica, pero impulsores del Romanticismo, rescataron al artista y al hombre y dieron pábulo a una leyenda que se repite: que sus huesos descansan a los pies de su amada en la capilla de San Pedro de Alcántara de la iglesia de Ognissanti. Pero Simonetta no está en ningún sitio, sus restos no han sido encontrados, o eso afirman los profesores eméritos que se prestan voluntarios a explicar cada una de las maravillas que contiene un templo lleno de historia, en el barrio de Santa María Novella, cerca del puente de la Trinidad.

Sin embargo, cuando el sol se pone sobre Florencia, la Hora cubre con su manto el cuerpo desnudo de Venus y le peina los cabellos arremolinados por el viento. Simonetta debe descansar en su sala de los Uffizi hasta que amanezca un nuevo día.


Sospecha y azar: una historia de Médici 

Ritratto del Cardinale Ferdinando de Medici. ((DP)

Quizá no haya muchos motivos para visitar Villa Médici en una Roma donde se atascan las joyas arquitectónicas, pero este relato comienza allí. Sobre las escaleras de la Piazza di Spagna se yergue una fachada austera y proporcionada pero no suntuosa. En realidad lo que se ve no es la fachada sino la trasera del edificio. Desde principios del ochocientos es sede de la Academia Francesa y se puede visitar, junto con los extensos jardines. Desde estos se aprecia la verdadera fachada, debidamente ornamentada; es la que verían los huéspedes que llegaran en carroza o a caballo, es decir todos los huéspedes. No es el palacio Doria Pamphili y quizá por sus actuales funciones el interior es austero y casi obliga a divorciar ese sólido matrimonio entre «familia Médici» y «extrema magnificencia» que se tiene alojado en la memoria. 

Alberga un retrato ante el cual suele detenerse el guía de la visita. Representa un hombre joven, en la treintena, con hábito de cardenal. El guía explica que se trata de Fernando de Médici, el primero de su familia en habitar la villa, levantada para el cardinal Ricci di Montepulciano. Fernando era un hijo menor de Cósimo el Joven, que adornó su nombre con un ordinal regio para marcar su condición de primer gran duque de Toscana. 

Así pues, los cronistas escriben Cósimo I, una vez que ese título, concedido por el papa Pio V,  que no tenía ninguna atribución para ello, le fue reconocido por Maximiliano II, que sí la tenía. Carlos V se había negado a hacerlo, a pesar de ser la española Eleonor de Toledo, hija del virrey de Nápoles, esposa de Cósimo y madre de sus diez hijos. 

El guía disfruta contando una historia de ambición y crimen, como corresponde a un Médici. Explica que el cardenal, habiendo sido elevado a tan alta (y venal) dignidad a los catorce años, acabó siendo, a su vez, gran duque y como tal murió a su tiempo (con sesenta años) ¿cómo ocurrió esto? De forma francamente expeditiva, según el guía. Invita a comer a su hermano Francisco I, entonces gran duque, y a su esposa y los envenena. Mueren ambos casi simultáneamente, Fernando cuelga el hábito y se instala en Florencia, proclamado a su vez gran duque. 

La atención del visitante había vagado por la estancia, de escasa decoración y modestas dimensiones, por la gran cama que ocupa el centro, por la ventana que se abre sobre la plaza y también, de pasada, por el propio retrato, uno de tantos. Ahora en cambio, conocida su hazaña, el cuadro cobra gran interés. El cardenal está de pie, en una posición escorzada que se vuelve hacia el pintor, mostrando su lado izquierdo. 

Es un bel uomo, como corresponde al hijo de Cósimo y de Eleonor, ambos decididamente guapos a juzgar por sus retratos. El visitante se fija más en él, se fija en su mirada queriendo ver en ella algo parecido a lo que vio Velázquez en la de Inocencio X, pero no acaba de conseguirlo. 

La expresión es reservada, la mirada quizá desdeñosa, un tanto lejana y desde luego indiferente, con la indiferencia del que por cuna está por encima de los demás, pero no se trasluce maldad, ni tampoco lo contrario, solo esa serenidad indiferente o condescendiente. 

Surge la duda: ¿fue realmente capaz de algo así? Hay una respuesta genérica, a su vez en forma de pregunta: ¿de qué no fueron capaces los Médici? Su padre había liquidado a todos cuantos le ayudaron a tomar el poder en Florencia, incluido  Guicciardini, el conocido historiador, que intentó salvar su vida retirándose de la cosa pública y que no debía de representar ningún peligro serio, excepto el peligro de representar ecuanimidad de juicio y ausencia de servilismo, dos amenazas serias en la mente deformada de los déspotas. En cuanto a las relaciones familiares, los sicarios de Cósimo persiguieron hasta Venecia a un primo lejano, Lorenzino, refugiado allí; un crimen necesario cuando se está convencido de que un Médici al que no se controla es el peor peligro para otro Médici. 

Pero la pregunta más relevante, la pregunta inevitable es otra: ¿qué sociedad era aquella en que un crimen tan flagrante obtiene como recompensa un gran ducado? ¿Es posible tamaña impunidad triunfante por parte de un miembro de la Iglesia? Es necesario aclarar que no se trata de una pregunta ilusa. Ya se sabe que no reinaba la justicia en esos tiempos y menos frente a los privilegiados, pero también se sabe que todos tienen enemigos y los Médici más que otros. ¿Nadie levantó la voz  de la denuncia? ¿Ni una mano vengadora? Es decir, ¿tampoco existía esa forma de justicia  que es el ajuste de cuentas entre desalmados?

Se sale del paseo guiado sin respuestas y la imaginación encendida ve a los esposos que comienzan a sentir los primeros efectos, que se miran uno al otro, al principio con cierta preocupación pero sin querer entender todavía, ve la inquietud, ve las caras donde asoma la sospecha conforme el dolor se hace más agudos, ve las arcadas, el vómito, el desarreglo de todo el organismo, los espasmos. Y todo es más atroz porque cada uno los padece en sí y los ve reproducidos en el otro y en sus ojos lee su propio espanto, su lucidez ante la verdad, aquello es el fin. ¿Maldicen? ¿Acusan? Quizá no, quizá se niegan a aceptar semejante iniquidad y mueren sin acusar, entre doctores y criados que se afanan alrededor. 

También ve al envenenador recibiendo noticias en la antesala. Puesto que él, según el guía, los ha invitado a comer supone que están en este mismo palacio, supone  que los criados son leales al cardenal y le van trayendo las novedades: «han vomitado», esto es una mala noticia, «no, no han vomitado» bien, el veneno está actuando, ya ha penetrado en la sangre y se está difundiendo, «les cuesta respirar» «se están amoratando», «los médicos no saben qué hacer», «un médico quiere sangrarlos, pero el otro se opone», «tienen espasmos que sacuden el lecho», «han perdido el conocimiento», «el final no puede tardar». El cardenal se siente aliviado. Mueren al fin, es el momento de ser generoso con los testigos, de comprar voluntades, de que los doctores certifiquen que murieron de una extraña indigestión que, colmo de la extrañeza, atacó a ambos por igual, pero no al hermano. Conseguido esto, el cardenal se dispone a recibir los pésames. ¿Con qué cara? Bien, con la misma cara que le ha pintado el retratista, una cara serenamente distante pero que también refleja una reserva que quizá se puede confundir con un dolor contenido. Más tarde, ya sin arreos cardenalicios, se dedica a lo que todo gobernante florentino debe dedicarse: dar espectáculos, fiestas, torneos, desfiles, entretenimientos y dádivas a la población. Así se gana las voluntades, los florentinos han visto tantas cosas extrañas por no decir truculentas y siempre han salido mirando al frente. ¿De qué sirve reconcomerse? Comamos y bebamos y murmuremos también, por supuesto, pero que esto no nos impida disfrutar, en realidad forma parte del disfrute, lucidez pero lucidez cínica. 

El nuevo gran duque se casó con una francesa de la casa de Lorena, tuvo nueve hijos, le sobrevivieron ocho y gobernó algo más de veinte años, parece que bien o al menos no demasiado mal. En fin, un crimen redondo, un asesino afortunado en una familia sin ningún escrúpulo y un final de cuento de hadas. 

De forma que, bien pensado, no hay mucho motivo para dudar de la versión del guía, a pesar de la irritación que produce ver a un desalmado salirse con la suya y del desánimo que sigue a la irritación.  

Pero he aquí que la historia se queda alojada en la memoria y da lugar a un prurito investigador. El turista sabe que Stendhal en sus escritos sobre Italia relata sucesos parecidos y busca. 

Y encuentra. Su Historia de la pintura en Italia, está dedicada a «su majestad Napoleón, emperador de los franceses desterrado en la isla de Santa Elena». Es de admirar la lealtad de este rendido súbdito que no reniega de su sanguinario héroe aunque se encuentre vencido y desterrado. A Stendhal le imantaban los caracteres fuertes y en Italia halló de qué servirse, entre tanto Orsini, Sforza, Cenci y otros, además de los Médici. 

En el prólogo de la Historia cuenta así los hechos: 

La gran duquesa es una veneciana muy bella pero estéril, si su marido muere sin descendencia masculina el ducado pasará… al cardenal precisamente, con el que su esposo no tiene buenas relaciones. Entonces, de darse esa circunstancia, ella quedará a merced de su cuñado. Por casos anteriores en la misma familia le consta que esa sería una situación sumamente desaconsejable, si se usa un eufemismo, peligrosa, si se prescinde de él. Se le ocurre entonces fingir un embarazo y con la ayuda de su confesor tiene lugar la siguiente operación. El embarazo llega a su supuesto término y a la gran duquesa le acometen los dolores del parto, está en sus estancias asistida por sus doncellas y reclama naturalmente la presencia del confesor, ya se sabe que antiguamente los partos colocaban a la mujer en peligro de muerte. Viene el confesor presuroso, con un neonato arrebujado en su gran manto y se encuentra con el cardenal que está en una de las antesalas esperando el advenimiento de su sobrino. El cardenal se acerca a saludar al confesor, lo abraza y… ve al niño y adivina el engaño. 

Se ha descubierto el montaje, la duquesa se cree perdida, tiene que hacer algo. Tiempo después se celebra un banquete con ocasión de ese nacimiento o con otro pretexto y la duquesa hace preparar el plato favorito de su cuñado, el cardenal, ese plato se llama manjar blanco y está hecho de gallina muy cocida y desmenuzada, azúcar, leche y harina de arroz, todo ello enriquecido con veneno, en este caso. Sin embargo el cardenal ya no tiene hambre o bien alguien le ha dado aviso, el caso es que rechaza el dulce. El gran duque, que también gusta de ese plato dice que lo comerá él, la gran duquesa, espantada, decide morir con su marido, antes que confesarse envenenadora; se sirve también y ambos mueren. El cardenal se convierte así, inocentemente, en gran duque.

Esta versión es sumamente pintoresca, tiene intriga, venenos, una mala mujer que, como Medea, es también una envenenadora y además una moraleja de mucho tirón, he aquí al cazador cazado, más bien cazadora, pero sirve lo mismo. Es un buen argumento, se entiende que fascinara a Stendhal pero ¿es verosímil? Es más, ¿Stendhal nos lo cuenta porque se lo cree o porque quiere jugar con nuestra credulidad?

Hay algo molesto, y es el tópico de la mala mujer, la malvada envenenadora que además sería una estúpida. Cualquier italiano de la época, en esos círculos aristocráticos, tenía que saber cómo desempeñarse en esas tareas sin meter la pata hasta la oreja. Además, una mujer de recursos, como debía de ser la duquesa para tramar ese engaño, ¿no tuvo ningún pretexto a mano para que retiraran ese plato? ¿No fue capaz de tomar una minúscula cucharada y fingir que habían agriado la leche? ¿Hay que creer que carecía por completo de redaños?

Cierto es que por otro lado propone una duquesa romántica y heroica, capaz de morir con su esposo, por amor, por salvar las apariencias, por ambas cosas pero ¿alguien haría eso? Las heroínas de Stendhal sí, pero…

Es una primera objeción al relato, a continuación surge otra más seria: ¿puede una mujer fingir un embarazo ante su propio esposo? Un esposo amante y enamorado, como luego se verá. No solo roza lo increíble, se adentra en ello suponer que el esposo no fuera cómplice y si lo era también lo sería del peligro que representaba un hermano sabedor de semejante secreto. De donde el pensamiento lógico concluye que también debía de ser cómplice del intento de envenenamiento. Aunque… ¿se rige la vida por el pensamiento lógico?

Según esta versión no estaban en Villa Médici sino en un palacio campestre en los alrededores de Florencia, en un lugar llamado Poggio a Caiano, que había sido levantado por orden del mismísimo Lorenzo el Magnífico quien, como todos los Médici, sentía pasión por las construcciones y los jardines… entre otras pasiones, claro está. Pero en fin, el asunto es que el cardenal era huésped de su hermano y su cuñada y no al revés, en una villa tan suntuosa, esta sí, que hacía verdadero honor a los Médici y que incluso Carlos V declaró digna de un emperador. ¿Sería una indirecta? ¿Pretendía que se la regalaran? No lo consiguió y Yuste, modesto y recogido, resultaría ser mucho más adecuado para abandonar el poder y sus vanidades y dar ejemplo de renuncia mundana.   

Stendhal, a diferencia de lo que hace en sus Crónicas italianas, no cita ningún documento como base de su relato. Posiblemente lo ha tomado de la rumorología, convertida en leyenda popular, que no podía aceptar que muertes tan súbitas y tan oportunas (para el cardenal) hubieran sido casuales.

Y para entender esa leyenda conviene conocer algo mejor la historia de la pareja ducal, que el propio Stendhal facilita.

La duquesa, Bianca Cappello, pertenecía a una noble familia veneciana, en una época (siglo XVI) en que las mujeres solían pasar de un dueño a otro. Primero pertenecían a su padre, luego a su esposo. De acuerdo con esta condición, su padre la tenía encerrada a cal y canto para preservar su castidad antes de entregarla a su siguiente dueño (cuando apareciera el candidato adecuado). Se le permitía asomarse a la ventana, dice Stendhal, y debía de asomarse mucho para escapar, al menos con la vista, de su cárcel-palacio. Su belleza llamó pronto la atención de un joven florentino. Visitas repetidas bajo su ventana dan lugar a un enamoramiento correspondido, pero el joven carece de patrimonio, tiene que trabajar para vivir (colmo de indignidades para la mentalidad aristocrática), pues de hecho está empleado en un banco. Ninguna posibilidad de matrimonio. Stendhal se extiende sobre los particulares del cortejo y la fuga posterior en un carro de heno. La fortuna les acompaña pues, en efecto, logran salir de Venecia y llegar sanos y salvos a Florencia, a pesar de los dos mil ducados que los Cappello ofrecen por la cabeza del joven. Bianca tenía quince años.

Viven precaria y pobremente y de nuevo ella, cuando está sola en casa, pasa las horas asomada a la ventana de su modesta vivienda en la Via Larga. Vuelve a llamar la atención por su belleza y algún cortesano le comenta a Francisco, primogénito y heredero de Cósimo, que la protagonista de aquella fuga, que debió de ser sonada, la joven veneciana, se encuentra cerca, precisamente en la capital de sus dominios. La curiosidad le pica como es natural, se pasea por la Via Larga, la ve, queda prendado, se conocen y pronto surge, según nos asegura Stendhal, un triángulo con el consentidor amante, de nombre Buenaventuri. Francisco está casado con una hermana de Maximiliano que apela inútilmente a su suegro y luego a su propio hermano para que pongan fin a ese escándalo y a su humillación. En vano. 

El azar en forma de fatalidad para unos y de fortuna para otros, el azar carente de escrúpulos, interviene resueltamente. Buenaventuri, que al parecer era un cabeza loca, muere en un duelo y la esposa del duque no tarda mucho en hacerlo, a consecuencia de un mal parto. Francisco y Bianca se casan en secreto y tiempo después lo hacen públicamente con gran fasto. Incluso cuentan con la presencia de una delegación veneciana que no puede por menos que celebrar la ascensión de una tan querida hija de la república a esta elevada dignidad. Francisco es ya gran duque pues su padre ha abdicado. 

El gran duque tenía varias hijas de la princesa austríaca y también un varón, Filippo. Este niño muere con cinco años, cuando él ya está casado públicamente con Bianca. La rumorología florentina se dispara, se considera sospechosa esta muerte; no puede ser casual, Bianca tiene que haber envenenado a su hijastro.  

Francisco y Bianca se amaron durante más de veinte años, si se cuentan desde su primer encuentro, en 1563; fueron felices y murieron a la vez. He aquí una historia de novela romántica con un digno final.

Es una historia cierta, los hechos narrados por Stendhal se corresponden con lo sucedido, aunque añada pinceladas novelescas, esa Bianca eternamente asomada a una ventana, por ejemplo. Se entiende que quedara fascinado, he aquí unos  personajes italianos capaces de construir con sus vidas un relato que sobresalía entre los construidos con su imaginación. 

Pero hay más versiones de esas muertes. Franco Cesati, cronista e historiador florentino, autor de Los Médici (1999) coincide con la versión de Stendhal en varios puntos. Da por buena la esterilidad de Bianca y reproduce el retrato de un adulto, ya barbado, de nombre Antonio, que debió de ser el niño que se quiso hacer pasar por hijo, según Stendhal y la rumorología florentina. Contradice, sin embargo, esa versión el hecho de que el niño fuera, en realidad, adoptado por Francisco pues no se adopta a quién se pretende hacer pasar por hijo natural. Por otra parte, que el niño llegara a la edad adulta nos lleva a sospechar que el cardenal, si era en verdad asesino, no era muy meticuloso porque de serlo habría liquidado también al crío; en esos tiempos no se dejaba vivir a quien podría convertirse en un vengador. Su propio padre le habría señalado el camino, según se ha visto más arriba.  

Son dos grietas en la verosimilitud de lo visto hasta aquí. 

Según Cesati es injusto acusar a la duquesa de la muerte de Filippo, en una época en que los niños, incluso los hijos de la aristocracia, morían con frecuencia. De los diez que engendraron Cósimo y Eleonor dos murieron siendo bebés y tres en la adolescencia. Pero la atribución ya nos ilustra sobre la habladuría reinante en Florencia a propósito de Bianca, quizá no por ella misma sino por el prejuicio contra lo extranjero, contra lo veneciano en particular, al ser Venecia la gran enemiga de Florencia. A ello se añade su condición de madrastra, un papel sobre el que cargar maldades sin mucho miramiento. Todo ello habría deformado los hechos hasta dar lugar a la pintoresca versión que narra Stendhal. 

Cesati coincide con las versiones anteriores en que las muertes fueron casi simultáneas, dato cierto atestiguado documentalmente, y también, como escribe Stendhal, ocurrieron en la villa de Poggio a Caiano. Están ahí los grandes duques y han invitado al cardenal con el que tienen una relación tirante, de enfados y reconciliaciones, estas últimas favorecidas o conseguidas por la duquesa que, en esta versión, es una mujer inteligente y discreta, poco dada a exhibiciones y excesos, además de seguir contando con un marido enamorado. Bien, el duque sale de caza una hermosa mañana, la duquesa queda en palacio, que matar animales inocentes no era cosa de mujeres en esa época y terminada la partida, él  vuelve reumático y febril. Es el 8 de octubre de 1587. A las pocas horas enferma también la duquesa.

Se sabe que el duque es un hombre culto, interesado en filología y fundador de la Accademia della Crusca, el equivalente italiano que aún hoy pervive, de una academia de la lengua. También tiene fuertes inclinaciones científicas, principalmente hacia la alquimia, fabrica sus propias pociones y se hace traer ingredientes incluso de oriente. De acuerdo con su costumbre se medica él mismo con sus propias fórmulas magistrales y también medica a su esposa. No hay mejoría, ambos empeoran hasta llegar al estado crítico y mueren el 19 de ese mes, primero el duque y horas después la duquesa. Él tenía cuarenta y seis años, ella treinta y nueve.

Esta doble muerte tan oportuna para el cardenal, levantará sospechas, ya se ha dicho, y este ordena practicar la autopsia a los cadáveres, de donde los médicos concluyen que ella ha muerto de hidropesía, una afección que ya la hacía sufrir de tiempo atrás y él, el gran duque, de los extraños remedios con los que ha intentado curarse. ¿Podrían estar los médicos sobornados por el cardenal? No es imposible pero los hechos parecen aportar pruebas de que la enfermedad fue la causa en uno y otro caso. Como se ha ilustrado más arriba, no era raro morir en la flor de la edad, tal como se decía en esos tiempos.

Esta historia ha llegado hasta la Enciclopedia Británica. Ahí se lee que la causa de la muerte fue casi seguramente la malaria, endémica en la Toscana en esa época. La misma malaria que años antes habría causado la muerte, casi simultánea, de Eleonor y de dos de sus hijos. Naturalmente, estas tres muertes tampoco podían ser inocentes para la imaginación florentina, de forma que circuló la siguiente versión, que también Stendhal reproduce: en una disputa de caza sobre quién había en realidad abatido la pieza, un hermano mata a otro, el padre Cósimo mata al asesino y la madre Eleonor muere de tristeza. Esta es una versión irónica del refrán; «cría fama y échate a dormir», cuya aplicación no tiene por qué limitarse a «la buena fama».  

Última vuelta de tuerca, si se acude a la red se lee que recientemente se han practicado dos análisis forenses. El primero descubre restos de arsénico, compatible con una muerte lenta por envenenamiento, pero incompatible con la fiebre que atestiguan todas las fuentes. El segundo encuentra que el primero no estuvo bien hecho, descarta el arsénico y aísla, en cambio, restos de una proteína en los huesos que el organismo produce cuando es víctima de unas fiebres tercianas que en su forma aguda es lo que se conoce como malaria, tal como figura en la Británica. 

Bien, los datos digamos externos y gruesos son siempre los mismos, Fernando hereda el título de gran duque porque los anteriores mueren a la vez, pero hemos pasado de un cardenal asesino sin escrúpulos a la mano del azar, en este caso convertido en fatalidad para unos y lotería para otro. ¿Qué tendrá el azar que nos resulta tan poco satisfactorio? Un final que no tiene otro agente que la casualidad es siempre un poco decepcionante. Pero ya lo dijo Nabokov en su Lolita, nadie puede cometer el crimen perfecto pero el azar sí puede.   


Francesco Petrarca y la batamanta de Boccaccio

Laura y Petrarca, miniatura del Cancionero. (DP).

Cincuenta años después de que naciese el florín de oro, la divisa con la que Europa soñó por primera vez imaginar su nombre, vivió en Florencia un famoso notario llamado Pietro di Parenzo, conocido más tarde por la contracción de su nombre, Ser Petracco. Su profesión, determinada en su caso por una razón hereditaria (su padre y su abuelo también fueron procuradores), estaba relacionada con la usura y soportaba el peso de la sospecha. Aunque reportaba grandes beneficios, se consideraba un ejercicio poco piadoso. Pronto, uno o dos años más tarde, inmerso en un clima pujante y bullicioso como era aquella Florencia del Trecento, mitad política, mitad comercio, mitad artesanía, los frecuentes enfrentamientos entre güelfos (partidarios de la primacía del poder espiritual del papa) y gibelinos (defensores del poder temporal del emperador) obligaron a Ser Petracco a buscar cobijo en el Aretino bajo el signo de un indigno destierro político. Fue al calor de esas hayas, cipreses, encinas y castaños tan característicos de Arezzo donde, en el verano de 1304, nació su hijo Francesco, un joven que curiosamente vería su vida ligada al derecho por imposición paterna y que, con el tiempo, acabaría determinando los designios de la poesía occidental durante siglos. Ese joven habría de pasar a la historia con el nombre de Francesco Petrarca.

Su vida, como una constante entre genios universales, estuvo marcada por un profundo sentido de la libertad y una irrefrenable, vital pasión de vencer a la muerte. Es Ser Petracco, su padre, hombre prudente y culto, amigo de Dante (con quien compartía la adhesión a la facción blanca del partido guëlfo) y admirador de Virgilio, quien le procura una educación fornida y exquisita, orientándolo con especial interés hacia la jurisprudencia. Parecería el primer obstáculo en su carrera de no ser porque fue, en realidad, el primer impulso para que Petrarca avistase su destino. Tenía veintidós años. Antes, al auspicio del nuevo papa, el padre decide arrastrar a la prole hasta Carpentras, una comarca de la Occitania francesa próxima a Aviñón, ciudad en la que Clemente V había establecido la nueva sede del papado (estamos en pleno cisma de la Iglesia católica) y donde Ser Petracco hallaría finalmente asilo, trabajo y estabilidad para su familia. En ese momento, Francesco es enviado a la Universidad de Montpellier para que curse diversas materias, y es aquí cuando, con apenas doce años, animado por motivos administrativos a reducir su extenso nombre (que tan extraño debía parecer a un francés, o no tanto), escribe por vez primera el apodo por el que todos lo conocemos: Petrarca.

Pero un día, desde Montpellier, Ser Petracco recibe la noticia de que su hijo pierde el tiempo en lecturas caprichosas y «cosas de libros» —aquí se hallan las primeras huellas del bibliófilo inmenso en el que más tarde se convertirá el poeta—, y la reacción paterna, como era de esperar ante esta intolerable muestra de abandono por parte de Petrarca, es implacable: tira al fuego decenas de volúmenes que sin duda su hijo atesora con recelo. Salva de la pira, eso sí, y no sabemos si movido por el pudor, la devoción, el respeto o todo a la vez, la Eneida de Virgilio y la Retórica de Cicerón, que todo buen jurista debía —¿solo entonces?— conocer al dedillo. Tras esta violenta reprimenda, Ser Petracco lo envía a Bolonia, en cuya universidad conoce a Cino da Pistoia, profesor de Derecho Canónico y uno de los máximos representantes del dolce stil novo, una nueva corriente lírica compuesta por una serie de poetas dementes y revolucionarios que estaban poniendo patas arriba Italia entera, obsesionados con la galantería, el amor cortés, Aristóteles y la lengua vernácula. Del célebre estilnovista Petrarca, sin embargo, no adquiere mucha doctrina, pero sí descubre en él un sutil y decisivo deleite poético debido al entusiasmo con el que el maestro imparte sus lecciones. Estamos en la década de 1320 y el germen de la literatura echa a andar. Lo mejor aún está por llegar.

Petrarca – Andrea del Castagno 1350 (Galleria degli Uffizi, Florencia)

Tras la muerte del padre, Petrarca comienza a desarrollar el cultivo por la herencia literaria. Con esa clarividencia nebulosa tan propia del amor devoto, avista el valor de la literatura y es incluso capaz de intuir el sorprendente valor del libro en sí mismo, es decir, del objeto. Movido por un impulso insondable de descubrir nuevos manuscritos, encontrar códices desaparecidos o sencillamente hallar tesoros donde solo había centones, recorre Flandes, Lyon, Aquisgrán, Gante, Colonia… e incluso Lieja, donde encuentra el Pro Archia de Cicerón, todo un acontecimiento bibliográfico al que más tarde volveremos. Mientras, invita insistentemente a sus amigos a que investiguen en estantes de bibliotecas y anaqueles de monasterios, convirtiéndoles en auténticos cazarrecompensas. Solo existía una misión: encontrar libros antiguos. No es fruto de la casualidad que su privata libraria fuese la primera gran biblioteca privada de que se tuvo noticia en la Edad Media. En ella encontramos traducciones latinas de Homero, Aristóteles y Platón (comentario aparte merecería la anécdota del Timeo, del que Petrarca tenía en su haber una edición comentada por Calcidio, un cristiano neoplatónico muy considerado en su tiempo); un compendio de obras clásicas de Virgilio, Horacio, Quintiliano, Cicerón, Tito Livio, Flavio Josefo, Boecio o Suetonio; y autores cristianos como san Jerónimo, san Agustín, Casiodoro, san Isidoro de Sevilla o Ricardo de San Víctor.

Petrarca entonces abandona los estudios de Derecho y, poseído por una «sed insaciable de literatura», se abre definitivamente al mundo. Así, el 6 de abril de 1327 (que Petrarca quiso que fuese Viernes Santo pero no fue así), sufre una fulminante visión que marcará el rumbo de los acontecimientos: en Aviñón, en la iglesia de Santa Clara, arrodillada frente al altar, una mujer se halla rezando. La conoceremos por Laura. Ipso facto se enamorará de ella, pero Laura, que no ha podido siquiera devolverle la mirada, no tiene conocimiento expreso de su existencia. Arrebatado por una fulmínea admiración, Petrarca elabora todo un aparato simbólico movido tan solo por una puñalada de hambre inconmensurable, convirtiendo su vida en un monólogo de amor que acabará determinando y definiendo la obra por la que, muy a su pesar, pasará a los anales de la eternidad: el Canzoniere. Un gesto éste con el que Petrarca es consciente de estar rindiendo homenaje a Dante (creador de Beatriz como donna angelicata, fallecido tan solo cinco años antes) de la forma más hermosa que un ser humano es capaz de hacer vivo a un muerto, en este caso a un maestro, un amigo e incluso un padre: imitándolo y conociéndolo desde el reconocimiento. Esta idea, pilar toral del Renacimiento, nos permite anudar al Petrarca poeta con el Petrarca hombre, que está, a nuestro juicio, muy por encima de aquel, y es la del profeta cuya sola vida preludia el humanismo, en él siempre avant la lettre, y en este caso, quinientos años antes de que (curiosamente lejos del Mediterráneo, en Alemania) dicha palabra —humanismo— se pronunciase por primera vez en el mundo. Sigamos.

Recogida por él mismo en una epístola de las Familiares, el 26 de abril de 1336, acompañado de su hermano Gherardo, dos criados y un ejemplar de las Confesiones de san Agustín, el «cantor de Laura» asciende a una cordillera cercana a Carpentras, el Mont Ventoux. Más fatigante que fatigado, Petrarca se siente acobardado, se muestra temeroso, prefiere los tramos llanos a las cuestas empinadas, en ocasiones se echa atrás, amenaza con desistir, pero tan pronto esgrime una excusa para no tomar un camino demasiado exigente, se resuelve con decisión incierta y continúa la marcha. Si contabilizamos sus dos mil metros de altitud, estamos ante una verdadera proeza. Solo lo alienta su hermano, hombre de espíritu y cartujo que lo azuza hasta el final, culpable de que consiga llevar término la ascensión. Estamos ante un relato alegórico que conjuga ficción y realidad. Existen teorías que desplazan la redacción del texto hasta diez años más tarde; otros, por no hacer excesivo acopio de doctas conspiraciones, barajan la posibilidad de que Petrarca sencillamente se lo inventase. Sea como fuere, el poeta esboza la visión que, junto al hallazgo del Pro Archia de Cicerón tres años antes, bastaría para acabar forjando de forma definitiva el concepto de humanismo. Después, todo son mieles.

Famoso ya en Francia e Italia, en 1340 la Universidad de París le ofrece la coronación como «poeta laureatus». Se entiende que no tanto por lo que ha hecho, sino por lo que se espera de él. Es en ese momento cuando un cardenal Colonna y Dionigi da Borgo Sansepolcro (el monje agustino que le regala las Confesiones de san Agustín con las que alcanza la cima del Ventoux y a quien de hecho va dirigido el texto) interfieren en el asunto para que el Senado de Roma se sume a la propuesta. Petrarca rechaza la invitación francesa, pero, aunque no está del todo claro si la opción italiana fue una operación deliberadamente orquestada entre bambalinas, Roma acaba reclamándolo y el poeta se rinde en elogios. El legado clásico de la Ciudad Eterna representa para Petrarca el cénit de sus anhelos como hombre de cultura. Antes, para pasar la prueba con éxito, se somete durante tres días a un examen con Roberto de Anjou, rey de Nápoles y amigo suyo, y es ahí cuando ensaya el esperado discurso. Así las cosas, el 8 de abril de 1341, frente a una turba expectante apostada en la colina del Capitolio (lugar que hoy ocupa el ayuntamiento de Roma), y repleta a su vez la sala —según atestiguan las fuentes— de insignes autoridades, Petrarca pronuncia la Collatio laureationis y el senador Orso dell’Anguillara, finalmente, lo inviste con toda la pompa, el boato y los honores a los que un poeta puede aspirar: coronándolo de laurel.

Una única noticia enluta su vida: la muerte de Laura, presa de la peste de 1348 que se llevó por delante a más de la mitad de Europa. Es ahora cuando el poeta decide sublimar, como en palabras de piedra, la imagen y el recuerdo de su amada, reservándole acomodo en la posteridad entre sus Triumphi. Puede darnos una idea el Triunfo de la Muerte, cuando Petrarca relata el tránsito de Laura hacia la vida celestial y escribe lo siguiente en el verso 172: «Morte bella parea nel suo bel viso» [la muerte parecía bella en su bello rostro]. Por delante del luctuoso espectáculo de la muerte, por encima de la oscura y tirana tristeza, siempre en avanzadilla, «como ejército en formación de combate» —como diría Virgilio—, resta la hermosura. Y ésta es la lección. Pero para saber de qué se trata es necesario paladearla: es humanamente imposible decir tanto con tan poco.

Laura, por Giorgione. (DP)

Por otra parte, los doscientos sesenta y tres poemas que reunió en vida de Laura para la fase inicial del Canzoniere dan cuenta de lo mismo. Los ordenará y los entregará a Azzo da Correggio, señor de Parma, condottiero y mecenas, para que los proteja ante la amenaza de cualquier imprevisto. Después vendría el resto. En total, el Canzoniere comprendía trescientos diecisiete sonetos, veintinueve canciones, nueve sextinas, siete baladas y cuatro madrigales. Aunque Petrarca se lamenta de haber centrado tanta atención en un amor sensual, terreno y en cierto modo hedonista, cuesta creer que tildara esta obra monumental de «niñería». Quizás el título original —Rerum vulgarium fragmenta— nos ofrece un porqué. Diatribas al margen, hallamos las primeras trazas de arrepentimiento en el mismo proemio, donde el poeta se excusa diciendo que el error que ha cometido es fruto de un momento de su vida en que él era otro del que es ahora: «sul mio primo giovenile errore / quand’era in parte altr’uom da quel ch’i’ sono». A pesar de ese «primer error», Petrarca desplegará un hermosísimo exordio, cuna de belleza, regazo madre de la poesía moderna —«Voi ch’ascoltate in rime sparse il suono / di quei sospiri ond’io nudriva ‘l core»— que no solo lo hizo congraciarse con el lector, sino que terminó seduciéndolo durante más de quinientos años.

Pero hablemos ahora del remordimiento en Petrarca. Pues junto con el hecho aparentemente aislado del lamento juvenil (redactado, no lo olvidemos, ya en la senectud) persiste en él —de carácter epicúreo, como el propio Virgilio— un sentimiento que recorre toda su vida, y es la congoja que emana de la incapacidad de hacer convivir la rectitud religiosa con el deleite de la belleza. También aquí Petrarca preludia el futuro. En él, más que en ningún otro caso, sorprende la modernidad de distintas actitudes. Una de ellas es la forma de afrontar el hecho literario, que él interpreta casi como una epistemología y algo todavía más profundo si cabe: un estilo, una forma de estar en el mundo. Me refiero a la necesidad de construir un relato que lo absuelva del olvido en aras siempre de alcanzar la salvación. Un relato para el que no necesita la veracidad porque el relato mismo la instaura. Esto encontrará su materialización en las innumerables epístolas que redactó a lo largo de su vida (muchas corregidas, reestructuradas e incluso reescritas). El conflicto por el remordimiento sensual, por el contrario, se halla en una obra singular que ilustra muy bien este episodio angustioso, el Secretum, un diálogo ficticio que mantiene con san Agustín en presencia de una mujer desnuda y silenciosa, la Verdad. Al no estar destinada para su publicación, en esta obra encontramos al Petrarca más despojado de artificio (si podemos decir tal cosa, puesto que en verdad nunca lo abandonó) y a un ser humano hablando de sus fantasmas sin condicionantes, un hecho sin precedentes si pensamos que estamos alrededor de 1350.

También le preocupa, como sucede en gran parte de la literatura del Trecento, la disputa entre el vulgar, el italiano, y el estilo elevado propio de la gran literatura, de las grandes obras, del gran legado cultural, el latín. De ahí el desdén por las obras escritas en lengua vernácula. Aun así, este tipo de autocensura tampoco es nueva. Se dice que Virgilio, en su lecho de muerte, quiso quemar la Eneida. El emperador Augusto se lo impidió. También Boccaccio, instigado por las pías artes de un monje sienés enemigo de la sensualidad, tuvo accesos de arrojar a la hoguera todas sus obras profanas. En este caso fue Petrarca quien logró convencerle de lo contrario. A esta amistad volveremos más tarde. Ya veremos por qué.

Mientras, el poeta va y viene por media Europa, ofrece sus servicios a diversos señores y persigue el sosiego necesario para dedicarse sin estrecheces a la literatura: Vaucluse, Montrieux, Parma, Nápoles, Módena, Bolonia, Verona, Milán, Padua, Venecia, Pavía… Todas las cortes por las que pasa lo acogen como el buen diplomático que es. Finalmente, después de vivir un episodio abrupto en Venecia donde unos jóvenes le reprenden llamándole charlatán, dice adiós a la Serenissima tras seis años de plácida estadía y se refugia en la que será su residencia hasta el final de su vida: Arquá (hoy Arquà Petrarca, llamada así en su honor). Comienza entonces a redactar sus dos obras latinas más ambiciosas: De viris illustribus y, sobre todo, la que él consideró siempre su pieza maestra y por la que deseó pasar a la posteridad: Africa, un poema en hexámetros sobre la Segunda Guerra Púnica que comenzaba con Escipión el Africano y llegaba hasta la célebre batalla de Zama, acontecimiento que puso fin al poder del cartaginés Aníbal, el temible y temerario caudillo que cruzó los Alpes a lomos de elefantes y que llegó a poner en jaque a toda la civilización de Roma. Por decirlo de algún modo, Petrarca no escribía para su tiempo, sino para la eternidad. Por eso, con este poema épico pretendía, por un lado, demostrar su conocimiento de las Décadas de Tito Livio, y por otro, de largo lo más importante, legitimarse como discípulo directo de Virgilio.

Mont Ventoux. Imagen cedida por Le Tour de FRance.

Con todo, la razón de congregar hoy a Petrarca no es solo que el 19 y 20 de julio se cumplen muerte y nacimiento de este inmenso poeta, sino también otras cuestiones singulares, entre ellas, para empezar por alguna, el Camino de Santiago. Dejen que me explique. Un día, entre el año 813 y 840, un anacoreta llamado Pelayo y un obispo llamado Teodomiro (titular de Iria Flavia, hoy Padrón, un pueblo de A Coruña) acuden al rey astur Alfonso II el Casto para notificar un acontecimiento inigualable: los restos mortales de Santiago el Mayor han sido hallados. El rey se apresura e informa al papa León III. Este redacta la epístola Noscat fraternitas vestra, que anunciará oficialmente el descubrimiento de un sepulcro donde descansa el hermano de Juan el Evangelista. La comunidad religiosa se vuelca con el tesoro jacobeo y esto da inicio a una peregrinación que se prolongará en la historia hasta nuestros días. El sentido de ese viaje era, como en el resto de peregrinaciones, buscar la intercesión y el beneplácito del mártir, inundándose de su santidad a través de las reliquias. Con el tiempo, el sentido del camino ha tomado distintos derroteros. Es fácil encontrar a laicos y ateos realizando la peregrinación. Lo que antes era un trayecto guiado por el fervor de la devoción religiosa, hoy se ha convertido en un viaje de introspección espiritual desligado por completo de la tradición. Aquí aparece el segundo motivo, pero… ¿qué pinta Petrarca en todo esto? Recordemos la subida al Mont Ventoux. Con esa pequeña etapa —una etapa que por cierto hemos podido ver hasta el año pasado dentro del itinerario del Tour de Francia— el poeta inauguró ya no solo la que se dice fue la primera expedición alpinista de la historia, sino el viaje como viaje interior, el viaje como viaje hacia uno mismo, al que solo puede dar sentido el descenso, es decir: el regreso, pues regresar siempre es asimilación, reflexión, digestión. Y aún nos falta una cosa más: la amistad entre Petrarca y Boccaccio.

Su relación está ampliamente documentada. No tenemos dudas al respecto. Y, aunque merecería un capítulo aparte, se resume en una anécdota que puede despertar emociones cercanas a la ternura. Para comprender la dimensión de estas palabras, tenemos que acudir al ocaso. El 19 de julio de 1374, un día antes de cumplir los setenta años, en su studiolo de Arquá, la muerte sorprende a Petrarca como él siempre había deseado: «sereno de ánimo, sin ruidos, sin distracciones, sin cuidados, leyendo siempre y escribiendo, y alabando a Dios, y a Dios dando gracias, tanto de los bienes como de los males». En su testamento, sin embargo, aparecen tres líneas donde menciona al amigo amado, Boccaccio, al que destina «quinquantaginta florenos auri de Florentia, pro una veste hiemali, ad studium, lucubrationesque nocturnas», que traducido en cristiano viene a ser: «cincuenta florines de oro para [comprar] un sobrepelliz invernal para el estudio y las elucubraciones [investigaciones, vigilias] nocturnas». No pudo disfrutarla mucho porque murió tan solo un año más tarde, pero estamos autorizados no solo a imaginar a Boccaccio como una prefiguración medieval del freelance moderno (alguien que atribulado en la noche renquea intermitentemente de la despensa a la biblioteca, que reflexiona sesudamente sobre sus textos, que se parapeta del frío tras capas y capas de ropa raída, que lucha en un mundo constelado de agonías), sino también a creer que aquella «sobrepelliz invernal» pudo ser —La tienda en casa me lo permita— la primera batamanta de la historia. Sí, digo bien: la primera batamanta. Y todo por una amistad. No sé ustedes, pero yo no consigo sacármelo de la cabeza.


La tragedia que fue un milagro

Florencia, 1966. Fotografía: Getty.

El 12 de junio había sido la fecha escogida para las elecciones municipales. No obstante, el proceso electoral requería de algunas semanas más para que una junta liderada por Piero Bargellini, notabilísimo divulgador de la cultura toscana y mano derecha de Giorgio La Pira, ascendiese hasta la alcaldía de Florencia un 29 de julio de 1966. Bargellini se echaba a los hombros el reto de la modernización y asumía la responsabilidad de regenerar la ciudad en términos democráticos. Fue de todo menos fácil. Tres meses después del nombramiento, el Comune (Ayuntamiento) se resentía de una crisis institucional que amenazaba con destituir de manera prematura al nuevo alcalde. Mientras, el Cinema Arlequino proyectaba Le piacevoli notti, una película verduzca de Gassman, Tognazzi y la Lollobrigida. El Capitol daba Il sipario strappato (Cortina rasgada), lo último de Hitchcock con Paul Newman y Julie Andrews. En las radios sonaba «Paperback Writer», «Eleanor Rigby» y «Yellow Submarine»; o el «Paint It, Black» de los Stones. Raphael cantaba «Yo soy aquel» en Eurovisión, The Animals grababa Animalism con Frank Zappa, B. B. King o Ray Charles, y Adriano Celentano denunciaba el desequilibrio urbanístico en Italia con Il Ragazzo della Via Gluck. Parecía que la vida seguía.

Entre tanto, Bargellini había puesto en marcha una campaña de mantenimiento a la que llamó lacónicamente «Firenze pulita» (Florencia limpia), y la noche del 3 de noviembre, saliendo del Hotel Minerva, bajo una lluvia de justicia que no daba tregua —tres días y el cielo seguía orinando—, este levantó la vista y, mientras se sacudía las solapas de la gabardina, susurró: «Florencia limpia está muy bien, pero me parece que estamos exagerando». Ahí acabó el humor.

A medianoche comenzaron a saltar las alarmas: Montevarchi, Incisa, Pontassieve, Signa, Montelupo, todo el Casentino. Algo debía estar sucediendo en la campiña, pues el extrarradio de Florencia comenzaba a parecerse a un archipiélago de islas diseminadas. Las vías de comunicación estaban cortadas, no había luz, tampoco agua, y solo eran las doce de la noche. Una hora más tarde se confirmó la imposibilidad de llegar hasta Empoli. Se barajaron entonces dos alternativas. Una, dar la alarma y hacer sonar todas las campanas de la ciudad; la otra, evitar el pánico a toda costa y esperar a que el río firmase un armisticio. Optaron por la segunda. No tuvieron memoria, esos florentinos. Varios afluentes como el Sieve, que anegó todo el Mugello, o el Mugnone, que se derrumbó literalmente contra las Cascine, fueron el símbolo parlante de lo que estaba por llegar. Las primeras víctimas materiales fueron el hipódromo y el zoológico, cuya destrucción dejó tras de sí una lengua de légamo y muerte de setenta caballos de pura raza y a Canapone, el famoso dromedario al que todos los niños adoraban.

Eran las tres de la madrugada. Un cronista de La Nazione, Franco Nencini, comenzó a hacer llamadas: Scandicci, Signa, Montelupo. Finalmente consiguió hablar con Carlo Maggiorelli, un empleado de cincuenta y dos años que cubría el turno de noche en el acueducto de Anconella con el único sustento de un poco de café, una pizca de pan y diez cigarrillos. En virtud de mantener su puesto, el hombre fue devorado por un torrente de limo como la saliva se desliza por un desagüe. Fulminante. Murió al teléfono, atendiendo esa llamada. Lo encontraron dos días después sumergido en el fango. Hoy pervive en una calle que lleva su nombre.

Media hora más tarde un suboficial de bomberos daba otra alarma y entonces, ya sin demora, la Prefectura y el Palazzo Vecchio movieron ficha. En Roma no aparecía nadie, nadie sabía lo que estaba sucediendo y nadie pudo anticiparse a la dimensión trágica de una de las mayores conmociones de la historia de Italia. Minutos después aparece el primer teletipo de ANSA, la primera agencia de comunicación italiana. Cae la siguiente víctima: la orilla opuesta del río, Oltrarno, que se anega por completo en cuestión de veinte minutos. Allí vivían unas cincuenta mil personas. Y lo peor aún estaba por llegar. Por temor a que el agua los quebrase, los diques de Levane y La Penna abrieron sus compuertas. El Arno se precipitaba y nada podía frenarlo.

El esqueleto de la ciudad, aun así, ofrecía alguna esperanza de poder resistir la embestida del temporal. Pero no aguantó. A las siete de la mañana las expectativas se derramaron cuando la espalda de piedra de Piazza Cavalleggeri cedió y ya la furia avanzó como una pesadilla traumática, primero encarando la Biblioteca Nazionale, y después serpenteando hasta morder el corazón de Santa Croce. El pánico se propagaba, el agua se extendía por toda la piel de la ciudad. Su sinuosa orografía tampoco pudo salvarla, dado que la ley hidrostática de vasos comunicantes la volvía aún más indefensa. No es caprichoso pensar que Santa Croce debió de convertirse en la imagen bíblica del diluvio universal. Una imagen que algunos no se han quitado aún de la cabeza. Es lógico. Sobre todo si se vive una experiencia tan quijotesca como la de ver a una comitiva de borrachos renqueando y chocando unos con otros y percatarse de repente, como de un hostiazo, de que no se trata de personas sino de coches. No es poca cosa. Mientras tanto, a las nueve el agua trepaba hasta el Duomo, y a las diez un jubilado moría en la calle Scipione Ammirato a causa de la explosión de un depósito de carburo. No hay que perder de vista, y no es un dato cualquiera, que no era agua como tal, sino un engrudo de gasóleo, fango y desechos que empujaba con la fuerza de una excavadora.

Hay que recurrir ahora a un periódico, La Nazione. Aunque podríamos llamarlo leyenda. Porque para tener una idea precisa de lo que significó esta calamidad no hay que buscar en la RAI, ANSA o en medios internacionales, sino en su hemeroteca. Quién lo diría en el siglo XXI, ¿eh?: ¡una hemeroteca! Volvamos. No muy lejos de aquella explosión se encuentra su sede. Pero el periódico, primero de tirada nacional en Italia y voz soberana de Florencia desde 1859, debido sobre todo a una creciente demanda informativa que entonces bullía como burbujas de gaseosa, necesitaba una renovación. En vistas de que el nuevo edificio disponía de un mayor espacio, daba trabajo a más personas, ofrecía una cobertura editorial más amplia, y además contaba con las mejores rotativas de Europa (monstruos mecánicos de ochenta y cuatro metros de largo importados de Alemania), la antigua sede de la calle Ricasoli pasó a convertirse en un documento histórico. Tanto y tan poco. Cuarenta días llevaban instaladas esas rotativas en la nueva imprenta cuando el Arno entró por uno de los vértices de la calle Paolieri y las sepultó. Como una hormiga bajo un zapato. Chak. Florencia era ya un inmenso colador donde regurgitaban los sedimentos y el gasóleo, de color amarillo, macilento, conducidos por el aroma pútrido de la fatalidad.

Lo cuenta Maurizio Naldini en «L’Arno straripa a Firenze. Quaranta anni dopo» (La Nazione, 2006). El día 3 unos ladrones atracaron un banco y se llevaron un botín de dos millones de liras. Todo hacía sospechar que esa sería la portada del viernes, pero la naturaleza a menudo juega sus cartas por debajo de la mesa. La misma noche del jueves, en paralelo a los primeros avisos, otro periodista echó un vistazo por la campiña para ver cómo estaban las cosas. Confirmó las primeras sacudidas en el Girone y la Anchetta. La devastación era Compiobbi. Ya tenían el titular: «El Arno se desborda en Compiobbi». Bueno, creían que. Porque se lo enviaron al redactor jefe para que lo revisara y este volvió a llamar al tipógrafo. Y no se sabe muy bien con qué intuición, pero en el último momento Elvio Bertuccelli lo cambió por Florencia. Mítica y a la vez dolorosa, la frase «L’Arno straripa a Firenze» («El Arno se desborda en Florencia») lo resumía todo. Por un lado, el presente de un pueblo que veía cómo sobre sus costillas se rompía el río que lo había amamantado durante veinte siglos de civilización; por otro lado el pasado, que les obligaba a rememorar el historial de calamidades (hay contabilizadas cincuenta y dos inundaciones, precisamente desde otro 4 de noviembre, este de 1177, la primera de todas ellas) que habían terminado relegadas a archivos notariales; y por último, de algún modo, el futuro, puesto que ante una desgracia de dimensiones apocalípticas como esta la gente se veía impelida de nuevo, taxativamente, a construir un mañana sobre tierra baldía. No es baladí recordar que de las entrañas de la ciudad más bella del mundo salieron más de medio millón de toneladas de detritus.

Interior de la iglesia de Santa Croce tras la inundación. Fotografía: Getty.

Pero Florencia no renació sola. De pronto, salidas de no se sabe dónde, comenzaron a llegar personas de todo el mundo: niños, periodistas, estudiantes, académicos, turistas, personalidades… todos querían reflotar la dignidad de la ciudad del mismo modo en que se socorre a una madre en brazos. La basílica de Santa Croce necesitaba ayuda. El patrimonio estaba en peligro, pero no solo allí, en todas partes: la Magdalena en madera de Donatello, la Última Cena de Giorgio Vasari, el Entierro de Cristo de Francesco Salviati, la Incoronación de la Virgen de Botticelli (a salvo acostada sobre una pila de tablas improvisada), la Piedad de Ghirlandaio en Ognissanti… eran incontables. Pero si había algo que pudiera convertirse en un hito, un memorial o un emblema del dolor, eso fue el Crucifijo de Cimabue. Narra un periodista, Giorgio Batini, que cuando Pablo VI vino a Florencia a oficiar la misa de Navidad, el pontífice pasó por Santa Croce para verlo y se inclinó sobre él «como si estuviera asistiendo a la segunda muerte de Cristo». Se perdió el 30 % de la capa pictórica. Irrecuperable ya.

También la Biblioteca Nazionale recibió un buen varapalo. Bajo el fango había enterrados —ahora se sabe con precisión— cerca de un millón de libros, de los cuales un 85 % pudo recuperarse; dieciocho mil ejemplares siguen restaurándose hoy día. A todos esos jóvenes, turistas, transeúntes y espontáneos que formaron interminables cadenas humanas, se les denominó «ángeles del fango» (angeli del fango). Jamás en la historia se había visto un acto de hermanamiento tan sólido, tan profundo, tan solidario. El entonces párroco de San Niccolò Oltrarno, Giampietro Gamucci, afirma hoy con noventa y dos años que «antes del 4 de noviembre éramos dos pueblos: creyentes y ateos, comunistas y democristianos, fieles e infieles. En aquel momento la universalidad del problema anuló todas nuestras diferencias». Fue tal la repercusión internacional que incluso Ted Kennedy, senador de Massachusetts y hermano del presidente asesinado, vino a la ciudad para anunciar la creación del C.R.I.A. [Comitee for the Rescue of Italian Art], una comisión de rescate de patrimonio histórico-artístico que reunía a especialistas de todo el mundo y aportó una suma nada desdeñable de dos millones y medio de dólares. La cita del humanista florentino Leonardo Bruni se hizo carne: «Todo hombre tiene dos patrias. Aquella en la que nace y Florencia».

Aun así, por fortuna, hay que decirlo, ese viernes fatídico estaba previsto el desfile de las Fuerzas Armadas y esto concedió a los italianos un día más de descanso. Los que habían planeado alguna excursión de tres días y salieron el jueves antes de que las carreteras quedaran bloqueadas, se ahorraron la zozobra; pero el resto, la mayoría, dormía. Era fiesta nacional. Y tal vez por eso, aunque no se sepa con exactitud, se registró la escuálida cifra de treinta y cinco muertos. No es una frivolidad. Digo escuálida porque tan solo en Venecia, donde el fenómeno en vez de alluvione se llamó l’acqua granda, esta dejó tras de sí cien muertos, a treinta mil personas sin casa y a más de tres mil evacuadas. Los motivos allí: cuatro ríos desbordados, treinta horas de acqua alta —1,94 de altura en San Marco, algo nunca superado desde entonces— y vientos de siroco de 80 km/h. Hay que hacerse cargo de los números para saber que las consecuencias fueron terribles, pero pudieron ser implacablemente devastadoras. «Dos gemas de la vida cultural italiana fueron presas de una estrella adversa, de una amenaza de destrucción total», como recordó después Vittore Branca.

Héroes hubo muchos: Ugo Procacci, Umberto Baldini, Luisa Becherucci, Enrico Mattei, el propio Bargellini, todos hicieron lo indecible para hacer reverdecer esta ciudad que de pronto dejó de ser un mero centro urbano y se convirtió en una persona. Sufría, y por eso se humanizó. Sin embargo, lo más sorprendente no fue que Florencia reformulase su antigua virtud cívica de cohesión social, reforzara su solidaridad o apuntalara los valores que hacen de una ciudad algo más que un territorio habitado por personas. Lo más sorprendente fue que toda Italia desoyó por completo la voz de socorro de su hija predilecta. Los primeros efectivos del Gobierno tardaron una semana en llegar, los periódicos relegaron la noticia hasta a la séptima u octava página, y los telediarios, no sin infamia, se atrevieron a decir que estaba saliendo el sol. «Una beffa. Una beffa!», dice la voz en off de un documental. Es cierto: fue una mentira del tamaño de Burj Khalifa. Florencia entera estaba desapareciendo y las noticias eran un anecdotario de folletín. La lección universal que dio entonces Enrico Mattei (director de La Nazione) al mundo fue que la información no solo tenía que ser el pilar central de un Estado democrático, sino el método más infalible e irreprochable de mantener la vida y la memoria de un pueblo. Y así fue. Por eso, cuando el periodista Umberto Cecchi recuerda las visitas de Aldo Moro y Pablo VI, señala que los florentinos no fueron muy amables con ellos: «La gente necesitaba personas que viniesen a retirar el fango, no personas que vinieran a ver cómo otros lo retiraban».

Al problema le siguió otro problema: la seguridad. Todos lo sabemos. A la naturaleza no se la puede sentar en un banquillo de acusados, las pólizas de seguros quizás sirven para avivar el fuego de la chimenea, pero poco más: la tierra, sencillamente, es inapelable. Pero sí se puede aminorar el riesgo o contrarrestar el ímpetu de los elementos. En el caso de Venecia, fue la condesa Teresa Foscari Foscolo, fundadora de Italia Nostra y persona que propició la visita del senador Kennedy a la ciudad del Arno, la primera en alertar de esta situación con severidad: «¿Quién puede decir hoy que esto no sucederá de nuevo? ¿Quién?», y lanzaba un aviso: «Hay una frase en latín que dice “Incertus quando certus am” [Se sabe que llegará, pero no cuándo llegará]. Que los administradores no la olviden nunca». Cuando Matteo Renzi ocupaba la alcaldía de Florencia antes de ser nombrado primer ministro, el historiador Pier Francesco Listri dijo en un artículo: «¿Por qué Florencia, en la memoria del “agua furiosa” que la zarandea, no se hace promotora, quizás en un noviembre próximo, de un gran encuentro mundial de expertos y especialistas para dar respuesta a un problema que hiere la vida de las personas? Un diluvio puede servir para algo». Y hoy Enio Paris, profesor de Ingeniería Hidráulica en la Universidad de Florencia, insiste en subrayar que el riesgo no se ha reducido de manera significativa. Conclusión: no existe seguridad ante un nuevo derrame natural.

No obstante, algo en mi imaginación desea regresar a 1364, en concreto a la batalla de Cascina. Y les explico. Para ilustrar esa noche de verano me sirve otro hijo predilecto, Miguel Ángel Buonarroti, que tuvo que leer la Crónica de Filippo Villani para dibujar el cartón que decoraría el Salón de los Quinientos, la sala de gobierno del Palazzo Vecchio. La obra es sencilla. Entre disputa y disputa, un breve descanso permite a los florentinos darse un baño en el Arno. Pero de pronto suena la corneta: los pisanos se aproximan ferozmente. Automáticamente los soldados vuelven a sus puestos como pueden, tienen que coger el yelmo, trincar las calzas, colocarse la armadura, arrear a los caballos… todo parece más lejos de lo que está y los nervios embotan los músculos, pero la angustia no inmoviliza a los florentinos. Era suficiente una escena aislada como esa para que la elocuencia de Miguel Ángel brillara del mismo modo en que otro hubiera tenido que optar por un lance bélico para lucirse.

No importa si Florencia venció esa batalla, como así fue. No importa si el temperamento resolutivo de aquellos antepasados refleja la tenacidad de los florentinos de 1966, como así sostengo. Lo único que importa es que Miguel Ángel la recordó en un cartón. La hizo viva. Y aunque la obra no fue presa de ninguna inundación, también desapareció. Se perdió, dejó de existir. Hasta que Aristotile da Sangallo la copió, la recordó; una montaña a la que yo, en otro orden de cosas y con modestia infinita, aspiro por escrito ante ustedes. Porque copiar no solo es imitar, es salvaguardar la memoria. Insuflarle la vida. Ahora piensen en una calamidad y apliquen la fórmula. Después de todo, voy a confesarles algo. A veces me da por creer que estoy loco. A veces pienso que todo es cuestión de recordar milagros.

Batalla de Cascina, copia de Miguel Ángel por Bastiano da Sangallo, 1505.


El mejor de los caminos que llevan a Roma

Roma ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

22 de abril de 1765

Mi muy estimada Elizabeth,

Por fin hemos llegado a Milán. El trayecto desde París ha sido agotador, pero no tanto como el tiempo que estuve allí alojado. Lo que es una lástima, porque París sería un lugar encantador si no estuviera tan lleno de franceses. Aun así no soy el único que se siente destrozado: el carruaje ha quedado totalmente desvencijado tras cruzar los Alpes. ¡Qué locura, Elizabeth! ¡Nos desmontaron las ruedas, las transportaron en mulas y a nosotros en palanquines! Espero que esto no sea una metáfora de la brutalidad de estas gentes: ya sé que en estas tierras se forjó el Senado romano y el Renacimiento, pero que ni una simple rueda sirva aquí para algo es una imagen que tardará en olvidárseme. Ahora tengo el firme propósito de descansar dos o tres semanas antes de proseguir el viaje. Así tendré ocasión de acercarme a los lagos y de conseguir algo más de dinero en alguno de los bancos en los que desde Londres me aseguraron que tendría crédito.

Milán ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

No voy a negarte que todos estos meses han sido una aventura extraordinaria, pero aún no termino de comprender el encanto que tiene para tantos caballeros ingleses este llamado Grand Tour. Me sería infinitamente más grato estar todo este tiempo a tu lado preparando nuestro enlace en lugar de estar rodeado de salvajes. No sé, Elizabeth: los profesores en Oxford siempre nos insistían en lo necesario que es para un joven aristócrata como yo conocer de primera mano el continente europeo y en especial Italia, cuna de la civilización. En el principio fue Grecia, claro; pero hay que estar muy chiflado para acercarse a ver unas ruinas que llevan siglos en manos de los turcos. Por si fuera poco, mi padre estaba tan ilusionado con mi viaje como cuando él mismo lo hizo en su juventud y no tengo otro remedio que seguir el camino. Al menos tengo la suerte de que para ello me dota con fondos casi ilimitados para visitar estas tierras cálidas pero de momento hostiles. Digo «de momento» porque en cuanto tenga ocasión pretendo acercarme al Teatro Regio Ducal de Milán para asistir a alguna de esas extraordinarias óperas de las que se habla con tanto entusiasmo. Imagino que me aburriré tanto como en cualquiera de los escasos momentos en que no rememoro tu dulce sonrisa. Pero ya te haré saber mi opinión cuando tenga más tiempo.

Recibe todo mi afecto,

Charles.

6 de julio de 1765

Querido James,

Sé que prometí escribirte antes, pero tú que conoces Italia mejor que yo sabes que aquí el ritmo de vida es muy distinto. La vida social no es tan ajetreada como en Londres, y sin embargo parece que no da tiempo para nada. Pero no escribo para disculparme sino para que sepas que sigo vivo. ¡Si supieras qué verano tan extraordinario ha sido este! Cuando dejábamos Milán y la serenidad de sus lagos pensaba que sería difícil encontrar un lugar más apropiado para mi carácter. ¡Qué engañado estaba! Nada más llegar a Cremona pasamos por la plaza y me quedé allí petrificado casi una hora. Yo por aquel entonces no había conseguido aprender una palabra del idioma, pero eso no fue impedimento para admirar a toda aquella gente congregada en el mercado, delante de esas hermosísimas construcciones renacentistas. ¡Cómo huelen los mercados en Italia, James! ¡Y qué distinta la comida por aquí, qué sabor tan intenso tiene! Es cierto que nosotros tenemos mejores carnes, pero jamás he visto tal variedad de frutas y verduras tan sabrosas. En Parma, unos días después, visité el teatro Farnese. ¿Qué decir de él, aparte de que ojalá nuestro Shakespeare hubiera podido gozar de un teatro tan bello? ¿Y ese tamaño? No me extraña que apenas haya sido utilizado tres o cuatro veces desde que se construyó hace casi ciento cincuenta años. He ahí una gran diferencia entre Inglaterra e Italia: nosotros tenemos una concepción más práctica de la vida, entendemos lo material como una herramienta al servicio de la humanidad y por tanto abominamos de la ostentación —ese absurdo capricho tan de moda entre los franceses— mientras que creamos unas practiquísimas redes de comunicación. Aquí, en cambio, ¡qué hermosamente saben aprovechar la ostentación en las ciudades y qué infames y monstruosas son sus carreteras! ¿Y sabes qué? Me parece que ese modo de entender la vida es más adecuado para la felicidad. ¿Es que acaso la belleza no es un fin tan deseable como el progreso de la sociedad? Algo similar pensé recorriendo las calles rojas de Bolonia, pero donde he caído rendido ha sido en Florencia.

Florencia ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Fue un amor a primera vista. Aún antes de entrar a la ciudad, desde lo alto de la colina el Arno nos saludaba satisfecho y embriagador. ¿Y qué te podré decir de la majestuosa cúpula de la que el propio Miguel Ángel ya dijo que era la más bella del mundo? Llevo aquí varias semanas e intuyo que aún me quedaré algunas más: comienzo a defenderme notablemente con el toscano y gracias a eso he conocido a gente muy interesante dispuesta a enseñarme algunos de los mejores rincones de esta extraordinaria ciudad. Podría llenar cientos de hojas con mis experiencias aquí, pero ahora he de dejarte porque me esperan para una fiesta en casa del señor Mann, el célebre ministro británico que está aún más enamorado de esta ciudad que yo mismo.

Un fuerte abrazo,

Charles

9 de octubre de 1765

Querido padre,

Le escribo esta vez no solo para solicitarle más dinero, sino para agradecerle de corazón su insistencia en enviarme a estas tierras. Como sabe, me encuentro en Roma y no creo que pueda existir sobre la faz de la tierra otro lugar en donde mejor puedan entenderse las lecciones que la historia está dispuesta a enseñar al que sabe escuchar atentamente. Esta es tierra de virtud y moral verdadera, padre, y estoy satisfecho de haberla conocido de primera mano. Entiendo ahora que esta ciudad ha transformado mi carácter: usted sabe bien que quizás debido a mi juventud jamás me he considerado muy devoto, pero la sola contemplación de los ritos religiosos me ha hecho considerar que no somos más que hijos de nuestro Señor y que su presencia a nuestro lado es la mejor de las bendiciones posibles. Sin embargo, y a pesar de la indiscutible grandeza de la iglesia de San Pedro, me siento más afín al delicado asombro que se respira en templos más pequeños. Es tanta la variedad de iglesias la de esta ciudad que cada día procuro acercarme a una distinta y aun así sé que jamás conseguiré conocerlas todas. Pero hay un lugar especial en mi corazón para Santa María della Vittoria, cuya célebre imagen de santa Teresa me recuerda a esta conversión que estoy sintiendo.

Roma ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Pero hay algo más de lo que debo hablarle, y es que he comprendido que no hay mayor mal que la vanidad del mundo. No cabe duda de que Inglaterra tiene el prestigio suficiente como para convertirse en un grandísimo imperio, pero me basta pasear por el foro o por el Coliseo para entender que de aquellos grandes emperadores hoy no queda más que un vago recuerdo y un puñado de piedras bellísimas pero corroídas por el paso del tiempo. Deberíamos todos aprender la lección, padre, y desear que cuando no seamos nada ojalá estemos tan cerca del cielo como al mirar hacia él desde el interior del Panteón.

Le envío todo mi afecto y le reitero mi agradecimiento, extensible a mi adorada madre. No quiero que se preocupen por este cambio tan repentino en mí, sino que se alegren de saber que regresaré siendo una persona completamente nueva y transformada gracias a este Grand Tour. Si puede, no olvide hablar con el banco para que den la orden de ampliar mi crédito en Roma: son muchas las obras pías que pueden hacerse aquí y quisiera, en la medida de lo posible, ser recordado como un notable benefactor de esta ciudad que tanto ha hecho por mi humilde persona.

Atentamente,

Su hijo Charles

12 de enero de 1766

Carissimo James,

Come stai? Scusa si al escribirte se me cuela alguna parola, pero el alma y el vino della bella Italia son tan parte de mí como el aire que respiro ogni mattina. Estoy de vuelta en Roma y no sé cuánto tiempo me quedaré aquí. Si fuera posible, tutta la vita! Ah, Roma, chè bella puttana! ¿Sabes? Me gusta aún más esta ciudad tras haber recorrido estos meses Nápoles y Sicilia. No tengo nada que objetar de ellas, claro, pero Roma es como una experta amante a la que se le toma más cariño cuanto más vuelves a ella. ¡Qué delizia de ciudad! Todos los caminos llevan a Roma, sí, pero este Grand Tour es sin duda el mejor de todos ellos. A ti te puedo decir todo esto, James, porque nos conocemos lo suficiente como para no escandalizarnos el uno al otro con nuestros vicios, a los que deberíamos llamar virtudes de los sentidos. Afortunadamente este invierno está siendo más fresco de lo habitual y es fácil convencer alle ragazze para riscaldarsi un tanto. ¡Qué carnes tan prietas tienen las italianas, y cuánto les gusta hacer y dejarse hacer! ¡Y cómo gritan quando sono in letto! También hay por aquí algunas compatriotas nuestras que se han animado a hacer este viaje, pero no me interesan lo más mínimo. Nunca se sabe si van a ser lo suficientemente discretas, aunque ellas mismas son las primeras en disfrutar de los encantos degli italiani. Esto es lo que siempre me dice Stefano, mi cicerone particular desde hace meses: que las inglesas son puritane hasta que llega un italiano susurrando y les quita la sílaba ri. Fue él quien me convenció para visitar las ruinas recién descubiertas de Pompeya, donde me determiné del todo a disfrutar de la vida.

Pompeya ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Te seré sincero: ya había tenido mis primeros escarceos en Milán, pero en Pompeya comprendí que en cualquier momento podemos ser polvo y cenizas. No sabemos lo que seremos mañana, así que no hay más verdad que el cuerpo y sus placeres. ¡Ay, James! ¡Ojalá pudieras conocer a Stefano! Apuesto a que te parecería un joven lo suficientemente interesante como para que los tres juntos pudiéramos retomar aquellos divertimentos privados que tú y yo compartíamos entre clase y clase. Sicilia sería un lugar encantador para ello: apenas llegan los británicos tan al sur por miedo a los piratas, pero es una isla en la que uno puede encontrar lo que quiera: los mejores templos de la Magna Grecia, buena comida, naturaleza…  ¡No me digas que no te atrae la idea de subir a la cima de un volcán!

Te dejo ya, porque hay un baile de disfraces en un palacete privado y aún tengo que asearme para ir debidamente preparado, porque ya sabes que aquí cuando termina el baile empieza «la fiesta». Mi padre sigue creyendo que soy uno de esos beati aburridos que tanto le gustan y no parece tener problema en seguir manteniéndome. Y si en algún momento descubre mi verdadera vida… Pazienza! No hago más que imitar sus faltas de juventud, así que ¿quién sabe? Quizás también logre imitar sus virtudes cuando tenga su edad.

Tuyo siempre,

Charlie

27 de abril de 1766

Elizabeth,

Llevo ya más de un año en Italia y aún no dejo de sorprenderme. He recorrido casi todo el país: tras Roma he pasado por Rimini, Mantua, Padua… Ciudades bellísimas todas ellas que merecen ser descritas con más detalle. Pero ahora estoy en Venecia, una ciudad que parece haber sido construida para que la belleza se adueñe violentamente de cada una de las almas que la pueblan. Se habla mucho del carnaval veneciano, pero nada de lo que se diga jamás podrá hacerle justicia. Y esto no sucede solo con el carnaval: San Marcos, los canales, Murano, Santa Maria dei Miracoli…  Es imposible visitar esta ciudad sin quedarse sin habla.

Venecia ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

He tenido el privilegio de entablar cierta amistad con el pintor más célebre de la ciudad: Giovanni Antonio Canal, al que aquí llaman Canaletto. Se dedica a pintar cuadros de Venecia para que los viajeros del Grand Tour tengan un buen recuerdo de la ciudad al regresar a casa. Yo he adquirido cierta soltura con el dialecto veneciano, pero puedo conversar con él en inglés porque vivió varios años en Londres. Hace unos días estábamos en el patio de uno de los cientos de palazzi que hay por aquí. Le pregunté si echaba de menos Inglaterra. Sin dejar de pintar, me sonrió y dijo claramente: «Ni por todo el oro del mundo volvería a ese país tan grandilocuente». Fue extraño, ¿sabes? Mi padre me envió aquí para adquirir habilidades sociales y diplomáticas, aprender idiomas y desarrollar una personalidad culta para poder ejercer mi carrera una vez de vuelta en Londres. Pero he descubierto que yo tampoco quiero volver.

De eso quería hablarte, Elizabeth. Hay un rincón al que acudo siempre que tengo ocasión: el teatro San Benedetto. Como sabes, durante este año me he convertido en un verdadero aficionado a la ópera. Durante el carnaval se estrenó una muy divertida de Paisiello, un compositor del que posiblemente no hayas oído hablar pero que aquí es muy admirado. Se titulaba Le nozze disturbate. Las bodas interrumpidas. No creo que se me olvide ese título porque yo, Elizabeth, voy a interrumpir la nuestra. Quizás debiera decirte que lo hago con todo el dolor de mi corazón, pero no quisiera continuar con esa hipocresía tan afectada que tanto nos caracteriza más allá del Canal de la Mancha. No soporto la idea de volver allí y no puedo pedirte que hagas tú el viaje hasta aquí. Es más, no estoy seguro de que quiera pedírtelo.

De camino a Venecia entramos en Verona. Una ciudad notable y famosa en el mundo porque entre sus calles transcurre la obra de amor más grande jamás escrita. Hace un año pensaba que cuando llegara a esa ciudad no dejaría de sollozar con tu recuerdo. Pero una vez allí, lo único que me venía a la cabeza era que mi viaje estaba llegando a su fin y no podía imaginarme la vida en el húmedo y próspero Londres sin el rojo de estos ladrillos, sin este olor a pescado, sin este vino que acaricia al tragar. Parecerá una locura, pero sin locuras solo somos un puñado de huesos de esos que se describen en los manuales de anatomía.

Verona ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Rompo contigo, Elizabeth, igual que rompo con mi vida anterior. Quien ha conocido este bel paese sabe que es difícil no enamorarse de estas tierras. Llevo aquí más de un año y siento que no os amo tanto como a ellas. Espero que puedas comprenderlo, igual que te deseo la felicidad que yo no podría darte lejos de este sol que me abraza y esta gloria en los ojos cada día.

Tu amigo,

Carlo


Leonardo Da Vinci: la construcción de un genio

Estudio de la cabeza de un soldado de La batalla de Anghiari, Leonardo da Vinci, ca. 1505.

Gastos por el entierro de Catalina…………………. 27

Dos libras de cera………………………………………. 18

Catafalco…………………………………………………… 4

Por llevar la cruz y colocarla…………………………12

A los que llevaron el ataúd……………………………. 8

A los cuatro sacerdotes y cuatro clérigos……….. 20

Al campanero…………………………………………….. 2

A los sepultureros……………………………………… 16

Al empleado, por el permiso…………………………..1

SUMA…………………………………………………… 108

(Anotación extraída de Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci, Sigmund Freud, 1910)

La nota minuciosamente descrita pertenece a la suma de gastos del entierro de una mujer, Catalina, presumiblemente la madre de Leonardo Da Vinci. Según las crónicas la humilde campesina de Vinci  cae enferma durante una visita a su hijo en Milán y muere durante esta estancia hacia el año 1493. Leonardo, con cuarenta y un años, prepara con reverencia y decoro el sepelio de su madre y atendiendo a la nota que deja escrita podemos intuir su abatimiento.

Esta simple anotación a modo de apunte rápido y exacto constituye para Sigmund Freud un punto de inflexión en las investigaciones en torno a la biografía de Da Vinci.

Leonardo era hijo ilegítimo de un notable embajador de la República de Florencia mientras que su madre biológica pertenecía a una familia campesina de Vinci, localidad próxima a la capital florentina. El niño Leonardo creció en la casa paterna alejado de la familia de su madre pero en contacto intermitente con ella. El efecto que la madre ausente pudo causar en el desarrollo del talento precoz del niño es tan desconocido para nosotros como el motivo que generó su obsesivo interés en la observación de la naturaleza y todo aquello que le rodeaba. Una curiosidad fuera de lo habitual rodeada de un misterio casi místico, ya que es imposible tan siquiera aproximarse a las causas objetivas que convertirían al niño curioso en el arquetipo del hombre del Renacimiento.

Freud trata de aplicar los métodos del psicoanálisis clínico al estudio biográfico del personaje histórico. Así, en Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci de 1910, el recuerdo de la madre ausente se establece como una constante en la vida del maestro, de manera que marca su personalidad en la vida adulta. Desde su sexualidad reprimida hasta la inconstancia en el desarrollo final de cada una de sus obras tendrían que ver con sentimientos de represión y frustración a causa de la privación de la madre desde un punto de vista freudiano.

En cualquier caso, y por más que se empeñe Sigmund Freud, el dato que aporta la añoranza de la madre durante el desarrollo de la psicología de un niño tampoco explicaría el enigma que encierra la asombrosa personalidad de Leonardo da Vinci, cuya obra y pensamiento configuran el estereotipo del genio universal. Existen biografías que hablan de su excepcional belleza física, de su carácter afable y generoso, también se cita su tendencia a la procrastinación, se dice que pintaba hasta la extenuación durante un día completo sin realizar apenas pausas para comer ni beber y que se ausentaba los cuatro días siguientes, motivo este que le generó no pocos problemas con los clientes de sus encargos.

Fotografía: Porfirio (CC).

Pocos hombres en el mundo han sido capaces de comunicar con la eficacia de Leonardo. En el imaginario colectivo Leonardo es el hombre completo, el genio total, hasta tal punto que su impronta ha borrado la de otros talentos coetáneos al genio de Vinci, como el sublime Francesco di Giorgio Martini, entre otros. Se puede afirmar que es el más enigmático de los artistas del Renacimiento cuya leyenda, mitología y mitomanía no han dejado de crecer hasta nuestros días.

¿Elaboró Leonardo intencionadamente esta imagen en vida? Sin duda, no. Su imagen ha sido construida por las generaciones posteriores. De alguna manera la memoria colectiva ha exigido la necesidad psicológica de condensar en la figura de un solo hombre las características esenciales de toda una época.

Una idea esta que contrasta con el estudio somero de la vida de Leonardo. Si comparamos la construcción del genio universal con el análisis de las biografías llegamos a la conclusión de que son prácticamente contrapuestas. El maestro italiano era un individuo atormentado, inquieto e insatisfecho, con una inconstancia crónica que le llevó a dejar inacabadas la mayor parte de sus obras. Un perfil mundano de Leonardo que no hace más que reforzar el enigma que envuelve toda aproximación a su figura.

La trayectoria profesional del artista tampoco nos aporta pistas que nos ayuden a comprender su asombrosa capacidad y virtuosismo en prácticamente todas las disciplinas. Sabemos que antes de cumplir los dieciocho años entró a trabajar como aprendiz en el taller florentino de uno de los mejores artistas italianos de la época, Andrea del Verrocchio, al que pronto superó, y que posiblemente su abuela paterna, ceramista de gran talento, fuera la persona que le inició en las artes.

En poco más de dos años de formación específica en el taller de Verrocchio, Leonardo despuntaría ya como pintor de capacidad inigualable entre sus compañeros, talento que iba más allá de su conocimiento pictórico y maestría técnica. Su interés por la ciencia competía con su pensamiento filosófico y una profunda comprensión de las humanidades.

Apenas cumplidos los veinticinco años empieza a destacar por sus conocimientos en ingeniería, lo que le llevará a petición de Lorenzo de Médici a trabajar bajo el auspicio de Ludovico Sforza, mecenas y duque de Milán. El traslado de Florencia a Milán supone para Leonardo un salto extraordinario en su carrera, y es en esta ciudad donde pinta el fresco de La última cena (1494-1498) para el refectorio del convento dominico de Santa María delle Grazie. Obra maestra de la historia de la pintura, tal vez la más copiada e imitada a lo largo de los siglos y rodeada de la controversia y misterio propios que caracterizan prácticamente toda la obra de Leonardo. Al igual que el resto de sus pinturas nunca la dio por terminada. Reproduce la escena de la última cena de Cristo creando una atmósfera atemporal, en la que cada personaje está minuciosamente caracterizado a través de su movimiento y actitud, expresando un conocimiento profundo de la anatomía humana e interés por la fisonomía. El cuadro es todo un registro de las emociones y las expresiones gestuales de los individuos. Las especulaciones relativas al autorretrato del propio Leonardo como uno de los apóstoles han sido múltiples, así como las referencias que apuntan a la naturaleza andrógina de alguno de los retratados.

Fotografía: Simenon (CC).

Aunque si hay que destacar una obra de Leonardo a la altura del enigma de su figura esta es sin duda, La Gioconda. Pintada inicialmente entre 1503 y 1506 es probablemente el cuadro más famoso de la pintura occidental. La obra representa presumiblemente a la esposa de un comerciante de sedas florentino, Lisa Gherardini. En cualquier caso, la duda que ha suscitado la identidad de la retratada ha perseguido al cuadro y se han elaborado las más extrañas conjeturas en torno a la figura que nos observa, siendo la más popular de ellas la afirmación de ser un retrato travestido del propio Leonardo. La pintura de La Gioconda ha adquirido un estatus de icono cultural, en gran parte y una vez más, por los misterios que la rodean y por su azarosa trayectoria. En agosto de 1911 el cuadro fue víctima de un rocambolesco robo. La repercusión mediática que el caso tuvo en la época convirtió a la Mona Lisa en una imagen omnipresente en el imaginario colectivo y en una especie de lugar común de la iconografía artística. El cuadro alcanzó de esta manera el estatus de auténtico mito e icono del arte contemporáneo. Desde este momento los medios de masas, prensa, cine y publicidad, comenzaron a emplear la obra como reclamo, atendiendo a su popularidad.

El espacio vacío dejado por La Gioconda tras su robo en el Museo del Louvre fue visitado por miles de parisinos que, conmovidos por la presión mediática del suceso, sospecharon que la Mona Lisa se trataba de algo importante. La aparición de dos sospechosos en escena, el poeta Guillaume Apollinaire y el ya célebre por aquel entonces Pablo Picasso, no hicieron más que popularizar el robo hasta el embeleso. Picasso se había visto envuelto en un turbio asunto relacionado con la desaparición de piezas de escultura ibérica del Museo del Louvre, lo que unido a unas declaraciones incendiarias de Apollinaire asumiendo como propias las propuestas futuristas de Marinetti en relación con la quema de los museos para dejar paso al arte nuevo, expuso a ambos artistas como autores culpables del robo de la Mona Lisa. Finalmente se demostró que el robo había sido un acto de vandalismo patriótico italiano. Un antiguo trabajador del Louvre, Vicenzo Peruggia, alias Leonardo, quiso devolver la obra maestra de la pintura a Italia, acusando a Francia del expolio de numerosas obras de arte, o eso fue lo que argumentó para que su sentencia quedara reducida a poco menos de un año de cárcel por el robo del siglo.

Convertida en símbolo de la obra de arte indiscutible hasta nuestra contemporaneidad, ha sido objeto de reproducción comercial hasta el cansancio. También se la reapropiaron las vanguardias del siglo XX sin pudor: Dalí en su conocida egolatría sustituyó el retrato de la Mona Lisa por el suyo propio, Marcel Duchamp reprodujo sobre el rostro de la mujer un bigote. Ambos artistas parecían tener claro el origen travestido de la Mona Lisa. Si es una representación de Leonardo o no, nunca lo sabremos.

Lo que sí parece una certeza es la obsesión que tuvo Da Vinci con la tabla de la Mona Lisa ya que nunca se separó de ella hasta su muerte. Siguió trabajando en la delicada expresión de la sonrisa durante toda su vida hasta conseguir un verismo inalcanzable en la representación de la fisonomía humana. Se dice que es posible adivinar el latido del pulso en la garganta de la mujer, además de la expresión siempre cambiante del rostro, dependiendo de la posición de nuestra observación. Si dirigimos la mirada a la boca, la sonrisa es inapreciable, tan solo se manifiesta cuando apartamos la mirada hacia otras partes periféricas del cuadro. Da Vinci pintó la sonrisa de la Mona Lisa empleando sombras que solo apreciamos con nuestra visión periférica.

Detalle de La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, Leonardo da Vinci, ca. 1508. Imagen: Playing Futures Applied Nomadology (CC).

La sistemática observación de los fenómenos físicos llevó a Leonardo a degradar los colores para marcar la lejanía progresiva y suavizar el dibujo difuminando los perfiles hasta recrear la atmósfera que rodea a figura y naturaleza, de manera que ambas queden unificadas armónicamente. Así, mientras pinta la figura de la mujer y los objetos situados en primer término con una mayor precisión, va suavizando y matizando el trazo a medida que los cuerpos se alejan hasta que quedan difuminados por la masa de aire interpuesta dando la sensación de una auténtica lejanía.

Esta técnica de representación pictórica, empleada por Leonardo desde sus inicios de aprendiz en el taller de Verrocchio, se conoce como el sfumato a cuya perfección dedicó toda su vida, llegando a una expresión casi perfecta de la misma en La Virgen de las Rocas, La última cena y sobre todo en La Gioconda. Leonardo encontró la verdadera solución al problema de la rigidez de las figuras del Quatrocentto. El pintor debía dejar al espectador algo que adivinar. Si los contornos no estaban estrictamente dibujados evitaría la impresión de dureza y rigidez. Empleaba el contorno borroso y los colores suavizados que le permitían fundir una sombra con otra de manera que las formas se apreciaban con cierta vaguedad entre la penumbra, forzando a nuestra imaginación a completar las figuras.

Leonardo mantuvo su vida privada con verdadero celo hasta llegar al extremo de escribir sus diarios utilizando la escritura especular, una forma de encriptación básica en la que era necesario utilizar un espejo para leer los escritos al derecho. Cualquier aproximación a la figura del hombre nos adentra en una vida secreta, llena de veladuras, enigmas y  trucos hechos a medida de la categoría del genio. Anatomista, botánico, arquitecto, pintor, científico, escritor, filósofo, escultor, músico, poeta, urbanista, inventor… descifrar al personaje entre el soberbio empleo de todas las disciplinas se convierte en una labor rodeada de misterio al igual que en sus pinturas donde las formas parecen fundirse a través de ese aire neblinoso junto con el delicado e insinuante claroscuro que recrea la atmósfera etérea, y donde casi por milagro la sonrisa emerge con veracidad demasiado humana.


Las vidas cruzadas de Da Vinci, Maquiavelo y César Borgia

Maquiavelo (Antonio Maria Crespi, ca. 1620), Da Vinci (Francesco Melzi, ca. 1510) y César Borgia (copia de Bartolomeo Veneto, ca. 1500).

En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras, terror, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!

Harry Lime (Orson Welles) en El tercer hombre.

Han pasado cinco siglos, pero su recuerdo lejos de extinguirse parece ampliarse cada día como ondas en un estanque. Cada uno de ellos dejó su particular impronta y no solo en un campo sino en varios, que por algo hablamos de hombres del Renacimiento. Pero a pesar de sus marcadas personalidades el legado de cada uno habría sido distinto sin la presencia de los otros dos. Descubrir cómo fue esa influencia respectiva es una tarea fascinante, que nos muestra que tan importante como aprenderse nombres es conocer las relaciones entre ellos y nos permite comprender esa época tan excepcionalmente violenta… y tan prolífica artística e intelectualmente, como bien nos recordaba Orson Welles en aquel célebre diálogo (por cierto, los suizos ni siquiera inventaron el reloj de cuco).

Autorretrato de Leonardo da Vinci ca. 1512. Imagen: Biblioteca Reale di Torino.

Como un gigante que nos abruma con su tamaño aunque la vista solo nos alcance hasta sus rodillas, el asombro que provoca hoy día Leonardo Da Vinci se queda corto si tenemos en cuenta que se han perdido o quedaron inconclusas varias de las obras a las que más tiempo dedicó, así como aproximadamente la mitad de las doce mil páginas que rellenó con audaces observaciones e invenciones de todo tipo. Su nacimiento tuvo lugar en la localidad de Vinci el año 1452 y a finales de la década de 1460 se traslada a Florencia, donde ingresaría como aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio. Un maestro que pronto se percató de su talento y le iniciaría en diversas artes, sentando así las bases de su habilidad multidisciplinar.

Mientras tanto, en 1469 nacería en las afueras de esa misma ciudad Maquiavelo. Gracias a la biblioteca con la que contaba su padre se sumergió en el estudio de los clásicos romanos que tanto influirían en su obra. En esa época de juventud forjaría además una serie de amistades que conservaría de por vida basadas en la complicidad y el humor. Una cualidad de la que estaba muy dotado y que se reflejaría en su abundante producción epistolar posterior, unas cartas intercambiadas con esos amigos en las que combinaba las observaciones perspicaces sobre la situación política y sus intrigas como diplomático con bromas en ocasiones bastante gruesas sobre sus proezas o fracasos sexuales. Para que nos hagamos una idea merece la pena citar un fragmento de una de ellas, destinada a Luigi Guicciardini:

¡Por todos los demonios, Luigi! Cómo es que la Fortuna te llena el plato y yo me debo contentar con las migajas. Mientras tú te hartas de follar, yo estoy pasando hambre… Estaba la mar de cachondo cuando me encontré con una vieja que me lava y plancha las camisas; vivía en un oscuro sótano… me pidió que entrara porque quería venderme una camisa… Y soy tan inocentón y gilipollas que entré. Y ahí en la penumbra distinguí a una mujer encogida en el rincón, fingiendo modestia, cubriéndose el cuerpo y la cara con una toalla… La desvergonzada vieja me cogió la mano y me atrajo hacia ella diciendo «esta es la camisa que quiero venderte, pero me gustaría que te la probaras primero y pagaras luego». Como ya sabes, en realidad soy un tipo tímido, así que me quedé aterrado cuando la vieja salió de la habitación y cerró la puerta, dejándome solo en la oscuridad. En todo caso, para abreviar la larga historia, me la follé. Aunque sus muslos eran fofos y su coño estaba húmedo… y el aliento le apestaba un poco… yo estaba tan rematadamente cachondo que me puse a ello con empeño. Cuando hube terminado, decidí echar un vistazo a la mercancía, cogí de la chimenea un trozo de madera ardiente para encender la lámpara… ¡Puaj! Era tan fea que por poco me caigo muerto allí mismo.

Pero además de su formación, ingenio y agudeza psicológica para comprender a las personas, como vemos Maquiavelo siempre fue muy consciente de la importancia de la diosa Fortuna para alcanzar cualquier logro, por sublime o mundano que fuera. Esta tocaría su vida cuando, tras la expulsión de los Médici, el nuevo régimen político florentino le asignaría en 1498, con solo veintinueve años, un puesto de gran responsabilidad: canciller y secretario de la Segunda Cancillería. Su ocupación sería nada menos que la de encargarse de las relaciones exteriores de la ciudad-estado y de su defensa. Lo que le permitiría tratar con frecuencia con el mayor ingeniero militar de su tiempo —que no era otro que Leonardo Da Vinci— así como con un joven príncipe de considerable carisma y enorme ambición, César Borgia.

Los papas del Renacimiento eran levemente distintos a los actuales: montaban orgías y fiestas en las que las meretrices debían recoger castañas del suelo con su vagina, tenían numerosos hijos reconocidos o no, conspiraban, asesinaban, sobornaban e incluso organizaban guerras para conquistar nuevos territorios. Es decir, eran mucho más divertidos. La Iglesia en su conjunto era una institución tan corrupta que como sabemos terminaría desatando la reacción de Lutero. Así que cuando César nació en Roma en 1475 como uno de los hijos ilegítimos del cardenal de origen valenciano Rodrigo Borgia, no tardó en obtener cargos como el de obispo de Pamplona aunque solo contara con quince primaveras. Un puesto que se le quedaría pequeño cuando su padre consiguió en 1492, bajo acusaciones de simonía —compra de bienes espirituales—, hacerse papa; sería llamado Alejandro VI. Bajo semejante paraguas la vida de César solo podía ir a mejor… aunque  además tuvo que morir su hermano mayor en extrañas circunstancias, lo que le permitió ocupar su puesto como capitán general del Vaticano y dar rienda suelta a sus ambiciones. El ahora también duque de Valentinois se propuso nada más y nada menos que unificar Italia para recuperar el esplendor del Imperio romano.

César Borgia ca. 1500-1524. Imagen: Altobello Mellone / Accademia Carrara Bergamo.

En 1499 César Borgia comenzó su campaña de conquista del centro de Italia y tres años más tarde mantendría su primera reunión con Maquiavelo. El ejército del primero se había plantado en las puertas de Florencia y nuestro astuto diplomático tenía el encargo de negociar un acuerdo de no agresión. Era su adversario, un potencial enemigo para la ciudad que él representaba, pero Maquiavelo quedó fascinado por su manera de ejercer el poder sin cortapisas. Así es como un príncipe debía ser, comenzó a barruntarse para sus adentros, en cierta línea con lo que mucho más adelante Nietzsche teorizaría sobre el superhombre y El Fary sobre el hombre blandengue. Pero César, precisamente porque se sabía fuerte, casi invulnerable, no perdonaría a Florencia solo a cambio de vagas promesas de lealtad o algo de dinero. Su exigencia fue la de apropiarse de lo más valioso que había por entonces en la ciudad y que le resultaría de gran utilidad. Estamos hablando de Leonardo Da Vinci. Un ingeniero militar dotado de tan portentosa imaginación sería el arma más eficaz para continuar con su campaña expansionista.

Bajo las órdenes de su nuevo mecenas (al que retrató en un dibujo), Leonardo se dedicó a realizar mejoras en sus fortificaciones, diseñó piezas de artillería, catapultas y una nueva máquina de asedio que permitía elevar de una sola vez a trescientos hombres sobre cualquier muralla. También diseñó submarinos, tanques, helicópteros y calculadoras, pero la técnica por entonces no estaba aún lo suficientemente avanzada para ponerse a la altura de su inventiva. Aquellas de sus creaciones que sí se pusieron en práctica influirían en la forma de hacer la guerra desde entonces, pero fueron acumulando un creciente desasosiego en un Da Vinci cada vez más pacifista y desencantado con la crueldad del ser humano. Ya no quería formar parte de todo aquello. Él quería pintar, diseñar máquinas voladoras y ser un científico, no crear máquinas que sembrasen la muerte.

Mientras tanto, a Maquiavelo se le encomendaron misiones diplomáticas en las que debía permanecer largas temporadas en la corte de Borgia, lo que le permitió ir tratándolo y conociéndolo cada vez más, tanto a él como a Leonardo. Con el primero lograba sintonizar por sus sutiles análisis políticos y con el segundo por su perspectiva científica sobre el mundo. Según especula Paul Strathern en El artista el filósofo y el guerrero pudo haber influido en el regreso de Leonardo a Florencia en 1503, en un nuevo contexto político en el que el papa quería aproximarse a la ciudad-estado y su hijo consintió entonces desprenderse de él como gesto de buena voluntad.

Retrato de Maquiavelo de Santi di Tito.

Pero la experiencia no habría sido del todo negativa para el pintor. Durante sus viajes pudo fijarse en paisajes como el del Alto Arno, que según algunos es el que podemos ver al fondo en su obra más célebre, La Gioconda. Además, el velo que cubre su cabello estaría inspirado en el que vio llevar a Lucrecia, hermana de César. Precisamente a ese río, el Arno, estuvo vinculado otro gran proyecto de Leonardo y de Maquiavelo que acabó en un completo desastre, aunque no tuvieron demasiada culpa de ello. En agosto de 1504 comenzaron las obras de una gigantesca obra de ingeniería civil, ideada por el primero y supervisada por el segundo, consistente en desviar el curso del río. Su finalidad era privar de él a su vecina y enemiga ciudad de Pisa, de manera que Florencia volvería a tener una salida al mar. Leonardo no solo realizó planos del proyecto sino que inventó una original máquina excavadora, sin embargo no fue él quien dirigió los trabajos sino un tal Colombino. Sus modificaciones sobre el trazado original parece ser que tuvieron mucho que ver con el desbordamiento de los diques tras una tormenta, lo que provocó la muerte de ochenta trabajadores.

Con el desastre el proyecto quedó suspendido tras haber causado un considerable gasto a una ciudad, pero no supuso el fin para ninguno de los dos. Da Vinci continuó con su  fresco de La batalla de Anghiari en una pared del Palazzo della Signoria, mientras pintaba la de enfrente un joven bastante prometedor, un tal Miguel Ángel, que terminaría abandonando el proyecto para irse a Roma a decorar la Capilla Sixtina. Maquiavelo por su parte pasaría a encargarse de dotar a Florencia de una milicia ciudadana que sustituyera a las tropas de mercenarios, inspirándose para ello en el ejército de la antigua Roma que tanto admiraba. El tercero en discordia, César Borgia, continuó con sus ambiciones imperiales pero la muerte de su padre, Alejandro VI, supuso un golpe que terminaría acabando con él. La misma fortuna que antes lo hizo subir a lo más alto ahora lo dejaba despeñarse sin piedad. No solo perdió a un gran aliado sino que el papa sucesor, Julio II, terminó siendo su peor enemigo. César acabó sus días en España en 1507, durante una emboscada tras haber escapado de su encarcelamiento en el Castillo de la Mota. No llegó a cumplir los treinta y dos años, pero su fugaz paso por el mundo dejó una huella imperecedera. No solo por la manera en que alteró los equilibrios de fuerzas en una península itálica tan caótica, tal como señalaba Welles, sino por inspirar el libro que acabaría convirtiéndose en un clásico del pensamiento.

Julio II no solo acabó con César, también trajo la ruina a Maquiavelo al restablecer en el gobierno florentino a los Médici. Recordemos que nuestro inquieto diplomático había accedido al cargo cuando esta familia de mecenas perdió el poder, así que ahora solo podía esperarle el ostracismo. En la pequeña propiedad rural a la que se retiró perdió toda la influencia de antaño pero comenzó su más fructífero periodo de creatividad literaria. Escribió poemas, comedias teatrales, tratados históricos y militares, así como un libro en el que hablaba de la política de una forma como no se había hecho antes. La franqueza con la que en otro tiempo era capaz de narrar sus desventuras sexuales la emplearía ahora en describir con toda su crudeza la naturaleza del poder.


Vida de Maquiavelo (y III)

Un retrato de Maquiavelo en Opere di Niccolò Machiavelli de 1782. Imagen: Santi di Tito (DP).

Acoja, pues, Vuestra Magnificencia, esta pequeña ofrenda con el mismo ánimo con que yo se la envío, pues si se hace de ella un estudio y lectura diligente, reconocerá en su interior un profundo anhelo mío: que alcancéis esa grandeza que la fortuna y las restantes cualidades vuestras os prometen. Y si Vuestra Magnificencia, desde el ápice de su elevado sitial, posa en alguna ocasión los ojos sobre estos bajos lugares, reconocerá cuán inmerecidamente soporto una enorme y continua malignidad de la fortuna. (El Príncipe, dedicatoria a Lorenzo di Piero de’ Medici [1513]).

(Viene de la segunda parte)

En 1513 Sant’Andrea in Percussina consistía en poco más de dos hileras de edificios a lo largo de una antigua vía postal romana: un puñado de casas, una pequeña iglesia, una posada y el caserón de los Machiavelli. Ubicada en lo alto de una colina, desde la aldea se podía contemplar el ondulante paisaje toscano cubierto de olivos, viñedos, arboledas, flores, etc. y, allá a lo lejos, Florencia. Pero tras una vida consagrada a los asuntos del Estado y la res publica, este marco bucólico y apacible no satisfacía a Maquiavelo en absoluto. «Mi cuerpo está bien —escribió a su sobrino Giovanni el 4 de agosto—, pero estoy mal de todo lo demás».

La mejor manera de acercarnos a su nueva existencia en Sant’Andrea es a través de las misivas que empezó a intercambiar con su amigo Francesco Vettori al poco de salir de prisión. Niccolò intentó conseguir por medio de Vettori algún puesto en el Gobierno Medici, pero el nuevo embajador florentino en Roma parecía incapaz de ayudar a alguien que en aquellos momentos era políticamente radioactivo. Lo que podía hacer era compartir con él noticias y rumores de la corte papal, y los dos diplomáticos no tardaron en entablar un apasionante diálogo sobre la situación de Italia y el equilibrio entre las grandes potencias europeas. ¿Había hecho bien Fernando el Católico en firmar una tregua con los franceses? ¿Qué curso de acción debía tomar el nuevo papa? ¿Atacarían los turcos? Esta correspondencia contiene ejemplos de fina reflexión política y momentos que recuerdan al mejor Bender de FuturamaEmbajador, vos vais a enfermar; me parece que vos no tenéis ningún pasatiempo; aquí no hay mancebos, no hay damas: ¿qué casa del carajo es esta?»), pero alcanza su cenit en una misiva que Maquiavelo envió a su amigo el 10 de diciembre de 1513.

Vista de Florencia desde Sant Andrea in Percussina. Fotografía: Tania Calamassi.

En esta carta, joya del género epistolar italiano, Niccolò describe a Vettori su rutina diaria. Por las mañanas charla con unos leñadores que trabajan en un bosque de su propiedad; lee a Dante, Petrarca o algún poeta menor junto a una fuente; habla con los viajeros que pasan por la taberna para oír qué nuevas traen. Tras almorzar con su familia, vuelve a la taberna y se pasa la tarde jugando a las cartas con los lugareños; cuando anochece, vuelve a casa.

Avanzada la tarde, me vuelvo a casa y entro en mi despacho. Y en el umbral me despojo de mis vestidos cotidianos, llenos de fango y lodo, y me visto de ropas nobles y curiales. Entonces, dignamente ataviado, entro en las cortes de los hombres antiguos, donde, amablemente recibido por ellos, me deleito con este alimento que es solo para mí, y para el que yo nací. Y no me avergüenzo de hablar con ellos, y de preguntarles por las razones de sus acciones. Y ellos, por su humanidad, me responden. Y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, me olvido de toda ambición, no temo la pobreza, no me da miedo la muerte: me transfiero enteramente donde están ellos. Y como Dante dice que no hay saber si no se guarda lo que se ha comprendido, yo he anotado lo que he sacado con su conversación, y he compuesto un opúsculo, De principatibus [De los Principados], en el que profundizo cuanto puedo en las dificultades de esta materia; razonando sobre qué es un principado, de cuántos tipos hay, cómo se adquieren, cómo se mantienen, por qué se pierden…

Este diálogo con los hombres antiguos, que inicialmente había empezado a cristalizar en los Discursos, tuvo su primer fruto en el tratado De los Principados. Publicado póstumo en 1532 con el título de El príncipe, haría a Maquiavelo inmortal. Veamos por qué.

Un príncipe para gobernarlos a todos

La originalidad de El príncipe no radica en el tema que trata: de política se llevaba escribiendo como mínimo desde los tiempos de la República de Platón y el Arthashastra del filósofo indio Chanakya. Tampoco en su formato, pues el subgénero de los espejos de príncipes se remonta a la Edad Media. No, la genialidad de Maquiavelo consistió en abordar el análisis de las dinámicas de poder dejando de lado toda consideración moral, tomando como objeto de estudio la realidad que es y no la que debería ser. Su principal consejo para un gobernante es que procure hacer lo mismo, porque a la hora de salvaguardar el bien común se ha de ser, ante todo, eficaz. Y es que desde su punto de vista el proceder mezquino y caótico de las personas solo puede contrarrestarse con las leyes y las armas, el monopolio de la violencia, el Estado.

Habrá que esperar a los Discursos para profundizar en la doctrina política de Maquiavelo: «El príncipe es una obra breve, rápida y atenta a movilizar» (M. A. Granada, 1981) cuyos principios teóricos se hallan generalmente implícitos en la argumentación que sustenta cada uno de sus capítulos. Además de ser antropológicamente pesimista (que no misántropo), Niccolò consideraba que la naturaleza humana es inmutable. Al ser las pasiones, ambiciones y necesidades de sus contemporáneos las mismas que movían a israelitas, aqueos, y romanos, un príncipe virtuoso puede valerse de las lecciones del pasado —y la atenta observación del presente— para subyugar a la fortuna y perpetuar su Estado. Aunque no sea fácil definir el concepto de virtú maquiaveliana, al leer El príncipe salta a la vista que esta amalgama de cualidades incluye arrojo y audacia en lo marcial y lo político, atención a la imagen pública (1) y una saludable falta de escrúpulos. No es de extrañar que César Borgia sea propuesto al lector como modelo a imitar, ya que antes de ser traicionado por Julio II su curso de acción había coincidido punto por punto con las recomendaciones de Maquiavelo. El opúsculo se cierra con una exhortación a liberar Italia de los bárbaros invasores y fundar un Estado italiano independiente: un arrebato idealista que, aun contrastando con el carácter fríamente analítico de los capítulos anteriores, nos da a entender cuál es ese bien común que Niccolò tenía en mente.

El príncipe circuló inicialmente en copias manuscritas; cuando fue publicado en 1532, ya era lo suficientemente conocido como para haber sido plagiado al menos una vez (De Regnandi Peritia, de Agostino Nifo). El carácter amoral de la obra y el desdén de su autor hacia la Iglesia y el cristianismo aseguraron que este tratado —y todos los escritos de Maquiavelo, de hecho— figuraran en el primer Index Librorum Prohibitorum de 1552, listado extraoficial de los best seller de ayer, de hoy y de siempre. La Reforma también lo rechazó: se decía que Catalina de’ Medici, azote de hugonotes, tenía el opúsculo dedicado a su padre como libro de cabecera. En la condena de las dos ortodoxias europeas a El príncipe entroncó un antimaquiavelismo que ha llegado hasta nuestros días, aunque durante la Ilustración se reinterpretó la obra para convertirla en una velada advertencia al pueblo sobre los excesos del poder absoluto. Los Padres Fundadores leyeron El príncipe, como también hicieron Napoleón, Mussolini, Lenin y Stalin. Pero en 1516, cuando Niccolò entregó finalmente una copia del manuscrito a Lorenzo de’ Medici, este lo recibió con indiferencia y no hay constancia de que llegara a leerlo jamás.

Se ha especulado mucho acerca de los motivos que llevaron a Maquiavelo a escribir El príncipe. Hay quien acepta la interpretación que menciono en el párrafo anterior —defendida entre otros por Rousseau y, en cierto modo, Gramsci— y hay incluso quien ha querido ver en esta obra una sátira contra los Medici (2), pero desde mi punto de vista la explicación es más sencilla. Expulsado de la Cancillería y exiliado en la aldea de Sant’Andrea, escribir sobre política era uno de los pocos lazos que todavía unían al exsecretario con su vida pasada, además de una excelente manera de hacer ver a los Medici que se hallaban ante un estadista avezado al que harían bien en emplear. Aunque fuera, como escribía a Vettori en la carta del 10 de diciembre de 1513, «para hacer rodar una piedra».

Atardecer en los jardines Rucellai

Maquiavelo y Vettori continuaron con su correspondencia a lo largo de 1514: en sus cartas hablan de la política, los impuestos, sus amigos o el amor. Niccolò seguía fuera de la órbita medicea, y en ocasiones no podía ocultar la profunda amargura que sentía al verse aislado, inútil y empobrecido. En una carta con fecha del 10 de junio escribía lo siguiente:

Seguiré tal como estoy, entre mis piojos, sin encontrar a un hombre que se acuerde de mis servicios o que crea que yo pueda ser útil para algo. Pero es imposible que yo pueda estar así mucho tiempo, porque me estoy consumiendo, y veo, si Dios no se me muestra más favorable, que acabaré teniendo que salir un día de casa a trabajar, si es que no hay otra cosa, como pasante, o como secretario de algún dignatario; o establecerme en algún lugar perdido a enseñar a leer a los muchachos; y que los míos se hagan a la cuenta de que estoy muerto. Ellos se las arreglarán mucho mejor sin mí, puesto que yo les supongo una carga, porque desde siempre estoy acostumbrado a gastar, y no sé hacer nada sin gastar…

Pero parece que en diciembre la puerta de los Medici empezó a abrirse, aunque apenas se tratara de una rendija. La tregua entre España y Francia estaba a punto de acabar, y León X dudaba entre conservar su alianza con Fernando el Católico, Maximiliano I y Enrique VIII o pasarse al bando de Luis XII y los venecianos. El cardenal Giulio de’ Medici (primo de Giuliano de’ Medici y del papa) encargó a Francesco Vettori que escribiera a Maquiavelo para sondearle: ¿qué debía hacer Su Santidad? Este abordó la cuestión entusiasmado, y a los pocos días envió a su amigo una larga carta en la que abogaba con elocuencia por una alianza entre Francia y los Estados Pontificios. Cuenta Vettori que tanto León X como Giulio de’ Medici se mostraron impresionados por sus argumentos; no lo suficiente, por desgracia, como para ponerlo a su servicio. Y es que por mucho que pudieran valorar su punto de vista, Niccolò seguía estando vetado: cuando en 1515 Giuliano de’ Medici y Paolo Vettori (hermano de Francesco) se plantearon darle empleo en un hipotético señorío mediceo centrado en Parma, desde Roma llegó una perentoria exhortación a no mezclarse con él.

Resignado quizá a pasar el resto de su vida apartado de la política, Maquiavelo se entregó de lleno a la actividad literaria. No es casual que en torno a 1516 empezara a frecuentar los jardines de la familia Rucellai, que acogían a un círculo de jóvenes patricios intelectuales (escritores, poetas, músicos…) de marcadas tendencias republicanas. Inmerso en este ambiente culturalmente fértil e ideológicamente afín, Maquiavelo terminó los Discursos y escribió La Mandrágora Del arte de la guerratodas ellas obras que —aun siendo brillantísimas— suelen verse eclipsadas por la fama de El príncipe y el aura maldita de su autor. Y es una lástima, porque los Discursos sobre la primera década (3) de Tito Livio son su legado más profundo y ambicioso, Del arte de la guerra se anticipa tres siglos a Clausewitz y La Mandrágora es la obra de teatro más importante del Renacimiento italiano.

Maquiavelo conocía bien a Livio y su narración de la historia de Roma: en 1475 su padre Bernardo había obtenido un ejemplar sin encuadernar del Ad Urbe Condita a cambio de elaborar un listado de sus topónimos. Al no haber para él mejor forma de gobierno que la república ni mejor república que la romana, esta obra suponía un punto de partida inmejorable para reflexionar sobre las causas del éxito de la Roma republicana y el modo de replicarlo en la Italia de sus días. Se ha dicho que resulta algo incoherente escribir un manual para monarquías y acto seguido uno para gobiernos populares, pero esta supuesta contradicción no es tal: aunque la estabilidad y libertad de las repúblicas las hagan superiores a cualquier otro régimen, Maquiavelo —en la línea de Platón— creía que hasta el Estado más perfecto está condenado a corromperse y decaer. Y cuando eso ocurre, solo concentrando el poder en manos de un príncipe se puede dejar atrás la anarquía y refundar un orden institucional sobre los restos del anterior. Por lo demás, tanto en El príncipe como en los Discursos el precepto fundamental es el mismo: bien común mediante Estados libres, Estados libres mediante Realpolitik.

A punto de cumplir cincuenta años, Maquiavelo leyó fragmentos de los Discursos en los jardines Rucellai ante una audiencia de jóvenes republicanos a los que imagino adecuadamente impresionados. Cuando terminó el libro (en 1519, probablemente), se lo dedicó a sus amigos Zanobi Buondelmonti y Cosimo Rucellai, asiduos a estas tertulias. Pensando a bien seguro en la dedicatoria de El príncipe y en un estilo autoirónico típicamente suyo, afirma que:

[los que escriben] suelen dedicar sus obras a algún príncipe y, llevados por la ambición y la avaricia, alaban en él todas las virtudes, cuando deberían vituperarlo por sus faltas. Así que yo, para no caer en este error, he escogido no a los que son príncipes, sino a los que por sus buenas cualidades merecerían serlo; no a los que podrían llenarme de empleos, honores y riquezas, sino a los que, no pudiendo, quisieran hacerlo…

Por esas fechas Maquiavelo también terminó el Del arte de la guerra, un tratado militar presentado al lector a través de un diálogo ficticio entre el célebre condottiere Fabrizio Colonna y figuras habituales de los jardines Rucellai. Si bien es cierto que su fijación con los autores clásicos —que en este libro raya lo dogmático— le lleva a minimizar la importancia de la artillería o a recomendar formaciones sin cabida en un campo de batalla real, estos fallos no desvirtúan en absoluto la dimensión estratégica de la obra. El tratado resulta particularmente brillante e innovador cuando afronta aquellos temas que brotan de la intersección entre lo militar y lo político, porque para Niccolò un Estado no podía ser realmente libre (no podía ser) si carecía de medios fiables para defenderse. De ahí la necesidad de prescindir de tropas mercenarias e instaurar un servicio militar obligatorio: la guerra le parecía demasiado importante como para dejarla en manos de la clase de personas que hacían de ella su profesión.

Esquema de una formación de batalla en Del arte de la guerra, de 1521.

«Niccolò Machiavelli, historico, comico et tragico»

Del arte de la guerra (1521) convirtió a Maquiavelo en una autoridad en el campo de la teoría militar: solo en alguien realmente excepcional podía solaparse ese logro con el enorme talento para la comedia que demostró con La Mandrágora. Después de todo, tanto la política como la comedia exigen un íntimo conocimiento de la naturaleza humana, y… ¿acaso hay algo más humano que la lujuria, la codicia y el engaño? Lujuria la de Calímaco por la bella y joven Lucrezia; codicia la de su anciano marido Nicia, la del parásito Licómaco o la del fraile Timoteo; engaño el que vertebra la obra y por virtud del cual todos y cada uno de  los personajes transgreden las normas morales para finalmente acabar —de un modo u otro— saliéndose con la suya. Estrenada en 1518 (o en 1520, según otras fuentes), La Mandrágora tuvo una gran acogida. En una época de adaptaciones de autores clásicos y teatro sacro, los diálogos de Maquiavelo en prosa vernácula resultan naturales y espontáneos; sus personajes son lo suficientemente creíbles e imperfectos como para que el público no tenga problemas para verse reflejado en ellos. Y la trama, que se desarrolla en la misma Florencia, funciona como un reloj sin necesidad de gemelos secretos, hechiceros entrometidos o intervenciones divinas. Está claro que nos hallamos ante un catalizador del teatro moderno (P. Oppenheimer), una obra innovadora cuyo éxito hizo circular el nombre de Maquiavelo en los ambientes más elevados.

Tras la muerte de Giuliano de’ Medici en 1516, el control de Florencia había pasado a manos de su sobrino Lorenzo. Este sucumbió en 1519 a los efectos combinados de la tuberculosis y la sífilis, pero antes de que su cadáver se enfriara el cardenal Giulio de’ Medici ya se había trasladado a la ciudad para evitar desórdenes y velar personalmente por los intereses de su familia. Los amigos de Maquiavelo en el cenáculo de los jardines Rucellai se mostraron entonces más eficaces en la rehabilitación del exsecretario de lo que Vettori había sido años atrás: Lorenzo Strozzi —a quien Niccolò dedicaría el Del arte de la guerra un año después— le consiguió en marzo de 1520 una entrevista con Giulio de’ Medici; Battista della Palla, en abril, le informó de que León X estaba pensando en encargarle algún proyecto.

Florencia había alcanzado su cénit con Cosme el Viejo y su nieto Lorenzo el Magnífico, pero hacía décadas que la única constante de la política florentina era su volatilidad. Los Medici querían dar con una forma de gobierno que fuera tan estable como la de sus antepasados y perpetuara a su familia en el poder, así que —tras ocho años de ostracismo— Maquiavelo fue consultado sobre el tema. El resultado, entregado a los Medici en algún momento de ese mismo año, fue el Discurso sobre los asuntos de Florencia después de la muerte de Lorenzo de’ Medici, el joven. Me gustaría remitirles a los primeros capítulos de las imprescindibles Sumisiones Voluntarias de Albiac, pero mientras tanto baste con decir que Niccolò se mantuvo fiel a sus ideas en vez de limitarse a escribir aquello que los Medici querían leer. Para Niccolò el esplendor de la Florencia pseudorepublicana del siglo XV era un espejismo, y si no lo fuera daba igual, porque en la Italia del siglo XVI esos modelos políticos tenían los días contados.

No puede, por tanto, Su Santidad, si lo que desea hacer es construir un Estado estable en Florencia para gloria suya y salvación de sus amigos, hacer otra cosa que constituir un principado auténtico o una república plena. Cualquier otro modelo no solo sería vano sino además de brevísima vida…

Como señala Albiac, Maquiavelo podía haber terminado el memorándum ahí.

¿Lo hizo? Claro que no.

Porque ¿por qué construir un principado allá donde tan bien funcionaría una república? Del mismo modo que ¿por qué se construiría una república donde funcionase bien un principado? Eso sería cosa difícil, inhumana, indigna de alguien que desease ser tenido por piadoso, por bueno, y por esa razón a partir de aquí dejaré de razonar acerca del principado y hablaré de la república…

A partir de ahí, el grueso del documento va dedicado a esbozar una constitución republicana que garantizaba un puesto privilegiado a León X y al cardenal Giulio, pero no a las generaciones Medici posteriores. El informe fue ignorado, pero por suerte para Maquiavelo los Medici seguían interesados en contar con sus servicios. Tras ser despachado a Lucca (4) para mediar a favor de unos mercaderes florentinos afectados por una bancarrota, en septiembre de 1520 se le encomendó la redacción de una nueva historia de la ciudad de Florencia, un encargo prestigioso que llevaba asociado un modesto sueldo anual. Maquiavelo aceptó encantado y en mayo de 1525 presentaría su Historia de Florencia ante el nuevo papa Clemente VII, Giulio de’ Medici (5), que se mostró ciertamente satisfecho y le pagó con sus fondos personales el doble de lo acordado. Dice M. Viroli que esta es la decisión más acertada que tomó Clemente VII en toda su vida, ya que con ese dinero Niccolò pagó la dote de su hija Baccina, a cuyo hijo (Giuliano de’ Ricci) hemos de agradecer que recopilara gran parte de la correspondencia de su abuelo. De las otras decisiones de Clemente VII —menos afortunadas, sin duda— hablaremos más adelante.

En mayo de 1521 Maquiavelo hizo una pausa en la redacción de su Historia para representar a Florencia durante el capítulo general franciscano que había de celebrarse en la ciudad de Carpi. Se trataba de una legación de importancia más bien menor, pero vale la pena mencionarla porque puso de manifiesto la complicidad entre Niccolò y Francesco Guicciardini, padre de la historiografía italiana, alto funcionario de los Estados Pontificios y, a la sazón, gobernador de la cercana Módena. Maquiavelo quería divertirse a costa de los franciscanos, y con la ayuda de su amigo hizo creer a los frailes que se hallaba entre ellos por cuestiones trascendentales y secretas. Estos no tuvieron más remedio que creerle: todos los días llegaban desde Módena ballesteros al galope con misivas para Niccolò, misivas en las que los dos amigos iban comentando la jugada y a las que Guicciardini llegó a adjuntar informes diplomáticos de Zurich para hacer bulto. Estamos ante dos mentes privilegiadas —dos gigantes del Rinascimiento—, pero está claro que no se resistían a hacer el idiota de vez en cuando.

Tras la muerte de León X, los oponentes de la casa de’ Medici intentaron aprovechar la coyuntura para retomar tradiciones florentinas de toda la vida: en junio de 1522 fue descubierta en el seno de los Jardines Rucellai una conspiración con respaldo francés para asesinar al cardenal Giulio de’ Medici. En esta ocasión las autoridades consideraron que Maquiavelo no estaba implicado, pero algunos de sus amigos fueron ejecutados y otros, como Buondelmonti, della Palla y Alamanni, tuvieron que huir a Francia. A partir de 1524, y con el círculo de los Jardines Rucellai disuelto, Niccolò empezó a disfrutar de la hospitalidad de Iacopo Falconetti: sus veladas no ofrecían quizá el mismo estímulo intelectual, pero los banquetes eran excelentes. Más allá de eso, solía coincidir en estos encuentros con Barbara «Barbera» Raffacani Salutati, una actriz, cantante y cortesana de la que acabó siendo amante. Maquiavelo era tan consciente como sus amigos de que su enamoramiento por una mujer treinta años más joven tenía cierto componente senil, y para muchos su comedia Clizia —escrita para Falconetti a partir de una farsa de Plauto— no deja de ser Maquiavelo riéndose de sí mismo. La obra, al fin y al cabo, gira en torno a los esfuerzos del decrépito anciano Nicómaco (nótese el juego de palabras) por acostarse con la joven criada Clizia, de la que está locamente enamorado. Sin ser tan brillante u original como La Mandrágora, el estreno de Clizia en enero de 1525 fue un éxito clamoroso que extendió la fama de Niccolò como comediógrafo. Incidentalmente, las piezas que Philippe Verdelot compuso para los entreactos (con letras de Maquiavelo y cantadas por Barbera) están entre los primeros madrigales de la historia.

Con cincuenta y seis años, Maquiavelo ya había dejado de verse a sí mismo como el quondam Segretario de la República florentina, y en una carta de octubre de ese mismo año se autodefine como historiador, cómico y trágico. Pero en las postrimerías de su vida, la Fortuna iba a ofrecerle una última oportunidad de servir a su patria, no como el hombre de letras en el que se había convertido, sino como el hombre de Estado que en su fuero interno nunca había dejado de ser.

Tanto Nomini Nullum Par Elogium

La derrota de Francisco I en la batalla de Pavía (24 de febrero de 1525) abrió un paréntesis en la guerra por la Lombardía que le había enfrentado al emperador Carlos V. Con el rey francés prisionero y camino de Madrid, Clemente VII cerró un acuerdo de protección con el Emperador —pagado por los florentinos— y al mismo tiempo empezó a maniobrar en secreto para frenar el dominio imperial sobre Italia. En enero de 1526 se firmó la Paz de Madrid: a cambio de su libertad, Francisco I renunciaba a cualquier demanda sobre los territorios italianos. En una carta escrita en marzo, Maquiavelo afirmaba lo siguiente:

De manera que yo me atengo a esta opinión: o que el Rey no será liberado, o que, si es liberado, observará lo pactado…

Pero se equivocaba por partida doble, pues Francisco I fue liberado tres días después y el 22 de mayo se uniría a la flamante Liga de Cognac, una alianza contra Carlos V impulsada por el papa y compuesta por los Estados Pontificios, la República de Venecia, el Milanesado y Florencia. En una cosa tenía Niccolò razón, no obstante: «yo pienso que, pase lo que pase, en Italia habrá guerra, y pronto».

En estas circunstancias, la popularidad del Del arte de la guerra no podía sino beneficiar a Maquiavelo. A finales de marzo fue convocado a Roma para discutir sobre el estado de las fortificaciones de Florencia; en abril se le nombró secretario del comité encargado de reforzar las defensas de su ciudad. Y en junio, cuando estallaron las hostilidades en el norte, fue enviado a la Lombardía para supervisar la disciplina de las tropas y hacer de enlace con Francesco Guicciardini, que había sido nombrado teniente general de los ejércitos papales (6). Por esas fechas escribía el propio Guicciardini que

Maquiavelo se encuentra aquí; había venido para reorganizar este ejército, pero, viendo hasta qué punto está corrompido, no confía en obtener ningún mérito. Se conforma en reírse de los errores de los hombres, ya que no los puede corregir…

Aunque los ejércitos italianos cosecharon algunas victorias al principio de la campaña, el retraso de las tropas francesas y los titubeos del papa frenaron a la Liga, que fracasó en su intento de capturar Milán. La situación empeoró el 19 de septiembre: aprovechando que Clemente VII había reducido las defensas de la ciudad, los Colonna (nobleza romana partidaria del Emperador) entraron en Roma, saquearon el Vaticano y obligaron al pontífice a retirar sus tropas de la Lombardía. Dos meses después, y con la Liga a la defensiva, diez mil lansquenetes descendieron sobre Italia sin que los venecianos hicieran nada para impedirlo. Giovanni de las Bandas Negras —el último condottiere— intentó hacerles retroceder a la orilla norte del río Po, pero no tuvo éxito y sucumbió a sus heridas el 30 de noviembre. Aunque el duro invierno ralentizó el avance imperial, a finales de febrero de 1527 las tropas españolas y alemanas retomaron su marcha hacia el sur lideradas por Carlos III, duque de Borbón.

Maquiavelo cabalgó hasta Parma (y más tarde a Bolonia, Ímola y Forlì) para mantener informados a sus superiores de los movimientos del enemigo, cuyas tropas —aun estando mal pagadas y peor alimentadas— mantenían su curso inexorable hacia la Toscana mientras Clemente VII dudaba entre pactar o luchar. Preocupado por la seguridad de su familia, el 2 de abril Niccolò escribía a su hijo Guido:

Saluda a doña Marietta, y dile que yo he estado cada día a punto de partir, y así estoy ahora; y que nunca tuve tantos deseos de estar en Florencia como ahora, pero no puedo hacer otra cosa. Dile solamente que, por más que lo sienta, mantenga el buen humor, que yo estaré allí antes de que suceda cualquier contratiempo…

Lo único que podía interponerse entre Florencia y veintidos mil soldados imperiales era el ejército veneciano del duque de Urbino, que había evitado en todo momento entablar combate con las tropas invasoras y se había limitado a seguirlas desde una distancia prudencial. Para Maquiavelo (y Guicciardini) el problema no era de exceso de prudencia sino de falta de motivación: el Duque solo acudió a defender Florencia cuando los florentinos se comprometieron a entregarle la fortaleza de San Leo (7). Sus fuerzas llegaron el 24 de abril, justo a tiempo para sofocar un levantamiento popular contra los Medici que nos da una idea del estado de ánimo en el que se encontraba la ciudad.

Las tropas del Emperador no contaban con los suministros necesarios para asediar Florencia en esas condiciones, así que aprovecharon la confusión para marchar rápidamente sobre Roma y el 4 de mayo acamparon ante las murallas aurelianas. Del salvaje Saco de Roma se ha escrito mucho, así que seré breve: los soldados de Carlos V asaltaron la ciudad el 6 de mayo, entregándose a una orgía de violencia y destrucción que redujo la población de la ciudad a la mitad, devastó su patrimonio artístico y marcó a fuego el fin del Renacimiento italiano. Maquiavelo recibió noticias de la tragedia estando en Orvieto, donde prestó asistencia a los primeros refugiados antes de desplazarse hasta el puerto de Cittavecchia para organizar una contingente evacuación del papa.

Hay cierta simetría en el hecho de que la carrera política de Maquiavelo —que había comenzado tras la caída de la República de Savonarola en 1498— terminara definitivamente el 16 de mayo de 1527, cuando los florentinos proclamaron una nueva república savonarolista y expulsaron a los Medici (8) de la ciudad. Los esfuerzos de Niccolò por entrar al servicio de la Casa de’ Medici se habían vuelto en su contra: en la nueva República de Florencia no había sitio para él. Derrotado, decepcionado y abatido, cayó enfermo poco después; falleció el 21 de junio rodeado de amigos y familiares.

Cuentan que en su lecho de muerte Maquiavelo tuvo un sueño. En él vio a una fila de personas harapientas y de aspecto miserable: eran los santos y los beatos camino del paraíso. Luego vio a una multitud de personas de porte augusto y nobles atavíos que discutían con elocuencia de cuestiones políticas: eran los condenados al infierno. Al despertar le contó el sueño a sus amigos; confesó que cuando muriera prefería ir al infierno a debatir con filósofos e historiadores antes que aburrirse para toda la eternidad entre santos y beatos.

No sé cómo lo verán ustedes, pero con Maquiavelo en el infierno, la elección está más clara que nunca.

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«No hay elogio digno de semejante nombre». Cenotafio de Maquiavelo en la basílica de Santa Croce, en Florencia. Fotografía: Pierluigi Ruotolo (CC).

BIBLIOGRAFÍA

Además de los libros citados anteriormente (I y II), para esta entrega he consultado las siguientes fuentes:

ALBIAC, Gabriel. Sumisiones Voluntarias. La invención del sujeto político: de Maquiavelo a Spinoza. Madrid: Tecnos, 2011.

GUGLIELMINO, S. GROSSER, H. Il sistema letterario. Guida alla storia letteraria e all’analisi testuale. Quattrocento e Cinquecento. Milano: Principato, 1993.

MACHIAVELLI, Niccolò.

  • Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Arancón, A. M. (trad). Madrid: Alianza Editorial, 1987.

  • Del arte de la guerra. Carrera, M. (trad). Madrid: Tecnos, 1998.

MACDONALD, Don. A biography of Machiavelli in graphic novel form. 2012.Disponible aquí.

SKINNER, Quentin. Maquiavelo. Benavides, M. (trad). Madrid: Alianza Editorial, 2008.

1. Para Maquiavelo la mujer del César no tenía que ser honesta, solo parecerlo.
2. Don MacDonald explica en su blog por qué esta interpretación no se sostiene.
3. La primera década son los diez primeros capítulos del Ad Urbe Condita.
4. En el transcurso de esta legación escribió un Sumario de la corte de la ciudad de Lucca y Vida de Castruccio Castracani, una biografía (muy libre) de un célebre condottiere luqués del siglo XIV.
5. León X había muerto en diciembre de 1521. Tras el breve pontificado de Adriano VI, los Medici se harían de nuevo con el papado en 1523.
6. Ecos del pasado: Giovanni de las Bandas Negras (Capitán General de la infantería de la Liga) era el hijo de Caterina Sforza; Vitello Vitelli (comandante de las tropas florentinas) era sobrino de Paolo y Vitellozzo Vitelli; Francesco Maria della Rovere (duque de Urbino y comandante de las tropas venecianas) era el sobrino de Julio II.
7. La Roca de San Leo, que pertenecía tradicionalmente a los duques de Urbino, había sido tomada por los florentinos en 1516.

8. Y de paso también a los judíos.

Fotografía de portada: Video Villain (CC).


Vida de Maquiavelo (II)

Maquiavelo retratado por Antonio Maria Crespi en el siglo XVII.

Yo la suelo comparar [la fortuna] a uno de esos ríos torrenciales que, cuando se enfurecen, inundan los campos, tiran abajo árboles y edificios, quitan terreno de esta parte y lo ponen en aquella otra; los hombres huyen ante él, todos ceden a su ímpetu sin poder plantarle resistencia alguna. Y aunque su naturaleza sea esta, eso no quita, sin embargo, que los hombres, cuando los tiempos están tranquilos, no puedan tomar precauciones mediante diques y espigones de forma que en crecidas posteriores, o discurrirían por un canal, o su ímpetu ya no sería ni tan salvaje ni tan perjudicial… (El Príncipe, capítulo XXV).

Como venía contándoles en la primera parte de este ensayo, en 1503 tuvo lugar la primera legación de Maquiavelo a Roma. Pero poco antes de partir, este había empezado a trabajar en un proyecto formidable y ambicioso, fruto de la brillante mente de Leonardo da Vinci y con el potencial de doblegar definitivamente a Pisa. ¿De qué se trataba? Lo describiré brevemente, pero sepan que merecería un artículo propio.

Trazado de los canales del Arno (Da Vinci, 1503-1505)

El río Arno nace en los Apeninos y atraviesa Florencia y Pisa antes de desembocar en el mar de Liguria. Esto supuso que cuando los pisanos se rebelaron en 1494, la República de Florencia no solo perdió Pisa, sino también su acceso al mar. Y supuso también que (en los asedios posteriores) esta ciudad contaba con una vía de abastecimiento que Florencia difícilmente podía cortar. Pero a principios de 1503, y en un genial alarde de pensamiento lateral, a Leonardo da Vinci —que hasta hacía muy poco había sido ingeniero militar en jefe de César Borgia— se le ocurrió que si no se podía sacar a los pisanos del río, a lo mejor se podía sacar el río de Pisa: su plan consistía en desviar el Arno hacia un pantano al sur de la ciudad rebelde a través de dos canales, dejándola en dique seco. Además de su utilidad militar, el proyecto haría del Arno un río más navegable y ayudaría a controlar sus peligrosas crecidas. Cabe mencionar que esta no es la primera vez que Florencia intentaba algo parecido: cuenta un historiador de la época que en 1430 Brunelleschi convenció al Gobierno de su ciudad (¡mediante la falsa y engañosa ciencia de la geometría!) de que podía desviar el río Serchio e inundar Lucca, que estaba siendo asediada. En aquella ocasión, sin embargo, lo único que acabó inundado fue el campamento militar florentino.

A pesar de los desafortunados antecedentes históricos, la idea de Leonardo entusiasmó al gonfaloniero vitalicio Soderini, que encargó a Maquiavelo la supervisión del proyecto. La iniciativa fue ganando partidarios, por los posibles resultados que he mencionado pero también —sospecho— por la cara que se les iba a quedar a los pisanos cuando Florencia les dejara sin río. Niccolò y Soderini tardaron casi un año en conseguir que se aprobara la financiación necesaria, pero en agosto de 1504 dos mil jornaleros (protegidos por un millar de soldados) se pusieron finalmente a trabajar a las órdenes del ingeniero hidráulico Colombino, que decidió introducir modificaciones significativas en el proyecto de Leonardo. No está muy claro por qué el propio Da Vinci no se encargó personalmente de dirigir los trabajos, pero quizá fuera porque en esos momento se hallaba ocupado con el fresco de La Batalla de Anghiari y con la Gioconda1. A lo mejor los cálculos de tiempos de Leonardo eran demasiado optimistas o quizá las modificaciones del proyecto fueron contraproducentes, pero en la Cancillería se dieron cuenta enseguida de que los trabajos no estaban progresando adecuadamente y empezaron a preguntarse si Colombino sabía lo que estaba haciendo. El 3 de octubre Maquiavelo explicó a sus superiores que con las reformas adecuadas la situación podía solventarse en siete u ocho jornadas, pero nunca sabremos si tenía razón: ese mismo día una gran tormenta echó abajo los muros de contención de los canales, hundió varios botes que custodiaban la boca del Arno y acabó con la vida de ochenta trabajadores. Cuando a los pocos días de la catástrofe el Consejo de Señores decidió abandonar el proyecto, los pisanos se apresuraron a destruir lo poco que quedaba de los canales. La República de Florencia y la ciudad de Pisa se habían convertido en el Coyote y el Correcaminos del Renacimiento italiano, y en la Señoría no estaban contentos.

Como suele ocurrir en estos casos, resultó que toda Florencia sabía desde el principio que el plan de Leonardo era una locura irrealizable. Soderini y Maquiavelo fueron duramente criticados, así que este último decidió mantener un perfil bajo hasta que las cosas se calmaran. Fruto de estas semanas alejado de la Cancillería es el Decenal, una narración en verso de los últimos diez años de historia florentina. Niccolò es mejor filósofo que historiador —sobre todo si se le compara con Guicciardini— y mejor historiador que poeta; el Decenal, aun siendo poéticamente aceptable, no iba a convertirle en poeta laureado. Los cuatro últimos versos, no obstante, suelen citarse con frecuencia:

Aunque confíe en el piloto diestro,
en los remos, en las velas y en las jarcias,
sería el camino fácil y breve no obstante
si volvierais a abrir el templo a Marte.

El piloto diestro es Soderini. Y el significado de la exhortación a reabrir el templo a Marte está claro: la República de Florencia necesitaba un ejército propio.

La milicia florentina y el papa guerrero

Como buen humanista, Maquiavelo tenía como referencia a los hoplitas de las ciudades-estado griegas y, sobre todo, a los ciudadanos-soldado de la antigua Roma. Como cualquier europeo de la época, sentía además un saludable respeto por la infantería de los cantones suizos, modelo para los lansquenetes alemanes y los tercios españoles. Francia, España, Inglaterra y la República de Venecia llevaban a cabo levas entre su campesinado, y el mismo César Borgia había formado una milicia con campesinos de la Romaña cuando la mayoría de sus capitanes desertaron en 1501. Pero al carecer de ejército propio, Florencia tenía que depender en cambio de tropas mercenarias o extranjeras, tropas que habían demostrado una y otra vez ser muy poco fiables. A lo largo de los últimos años Maquiavelo había tenido sobradas ocasiones de comprobarlo, y es por eso que a principios de 1504 propuso a Soderini crear una milicia florentina formada por campesinos de los alrededores de la ciudad. Pero los optimates, temiendo que se tratara de un plan del gonfaloniero para hacerse con un ejército personal, se opusieron a la iniciativa.

La situación cambió un año después. Tras hacerse con el reino de Nápoles, los españoles planeaban atacar Florencia e instaurar un gobierno Medici que les fuera afín; los franceses se hallaban a la defensiva en el Ducado de Milán y cada vez parecían menos capaces de defender a nadie. Pero el verdadero punto de inflexión tuvo lugar en el verano de 1505, cuando Antonio Tebalducci —veterano hombre de armas florentino y duelista de renombre— dirigió al enésimo contingente mercenario contra los pisanos. Tras varias victorias, el ejército florentino llegó a Pisa, y en septiembre la artillería consiguió abrir varias brechas en las murallas. Pero cuando llegó la hora de asaltar la ciudad, las tropas mercenarias decidieron que eso de la guerra era un asunto muy peligroso, y en dos ocasiones (8 y 12 de septiembre) se negaron a cargar. A Tebalducci le habría gustado ordenar a la artillería que disparara contra sus propios soldados, pero tuvo que conformarse con informar de lo sucedido a la Señoría y el ataque fue suspendido. Maquiavelo aprovechó el resentimiento generalizado contra los mercenarios para impulsar la iniciativa de la milicia y Soderini, esta vez sí, consiguió los apoyos necesarios para comenzar el alistamiento a pequeña escala y en los distritos rurales.

El gélido invierno de 1505 Niccolò lo pasó subido en un caballo, recorriendo aldea a aldea las regiones de Mugello y Casentino, al noroeste y al este de Florencia respectivamente. Sus habitantes atesoraban enemistades seculares con los poblados vecinos, suplementaban sus labores de labranza con el ocasional acto de bandidaje y sentían poca lealtad hacia una república de la que no eran ciudadanos, pero Maquiavelo entrevistó y reclutó a todos los que pudo. El 15 de febrero de 1506 los primeros cuatrocientos reclutas formaron armados y uniformados en la plaza de la Señoría: Luca Landucci escribió en su Diario Florentino que el evento «fue tenido por el más bello espectáculo jamás ofrecido a la ciudad de Florencia». A cambio de la amnistía de sus delitos y la condonación de sus deudas —y tres míseros ducados al mes si eran llamados a filas—, los milicianos mantendrían el orden público en tiempos de paz y lucharían por Florencia en tiempos de guerra. Solo faltaba alguien que liderara a los milicianos y supervisara su adiestramiento: el candidato de Maquiavelo era el infame Michelotto de Corella, otrora mano derecha de César Borgia. De marcadas tendencias homicidas, este hombre de armas valenciano había servido felizmente a Borgia durante años, encargándose entre otros asuntos de organizar la milicia del Ducado de Romaña y de estrangular con sus propias manos a numerosos enemigos de su señor. El nombramiento de Michelotto como bargello (alguacil mayor) el 1 de abril acentuó la paranoia de los optimates, y aunque a finales del verano sus hombres ya se hallaban hostigando a los pisanos, su proceder le enfrentó a menudo con la Señoría.

Julio II, el Papa guerrero (Brugkmair, 1511).

En Romaña, mientras tanto, la República de Venecia y los señores locales habían empezado a llenar el vacío de poder que César Borgia había dejado en la región, que pertenecía de iure al Estado Pontificio. Julio II estaba resuelto a devolver estos territorios descarriados al redil de la Iglesia, por lo que a finales de agosto se puso una armadura y marchó hacia la Romaña al frente de una comitiva que incluía tres mil soldados, nueve cardenales muy desorientados y el coro de la Capilla Sixtina. Maquiavelo abandonó temporalmente las labores de reclutamiento para unirse al séquito de Julio II como representante de la República, lo que le permitió observar las insólitas circunstancias de la toma de Perusa el 13 de septiembre. En el capítulo XXVII de los Discursos, Niccolò escribiría que:

[El papa] quería echar de Perusa a Giampaolo Baglioni, tirano de aquella ciudad, por haber jurado contra todos los tiranos que ocupaban las ciudades de la Iglesia. Llegado a las cercanías de Perusa con esta intención y este propósito conocidos de todo el mundo, no esperó para entrar en aquella ciudad a que su ejército custodiara su persona, sino que entró desarmado, a pesar de que en la ciudad estaba Giampaolo con muchas tropas que había reunido para defensa suya. De esta forma, llevado de aquel furor con el que conducía todas sus cosas, se metió con solo su guardia en las manos del enemigo…

El temerario papa se había puesto a merced de Gian Paolo Baglioni, que tenía mucho que ganar con un golpe de mano al estilo Senigallia. Tal y como señala M. A. Granada en su Antología, desde el punto de vista de Niccolò «la muerte del papa resulta políticamente necesaria y comporta en su siniestra grandeza gloria indeleble», pero Baglioni —fratricida y dado al incesto— no estuvo a la altura y Julio II culminó su campaña militar en Romaña entrando triunfalmente en Bolonia el 11 de noviembre. Ante episodios como este, el científico en Maquiavelo no podía sino preguntarse por qué en política el mismo proceder podía tener resultados distintos, y comportamientos distintos el mismo resultado. En las semanas sucesivas plasmó sus reflexiones en las Fantasías a Soderini (el borrador de una carta) y en el poema Sobre la Fortuna, dos textos que dedicó a Giovanni Battista Soderini, sobrino del gonfaloniero. En ellos Maquiavelo explica que los hombres tienen éxito cuando su naturaleza y talento intrínsecos se hallan en armonía con las circunstancias. No obstante:

puesto que los tiempos y las cosas, particular y universalmente, cambian continuamente, y los hombres no varían su imaginación ni sus modos de proceder, resulta que un mismo hombre tiene durante un tiempo buena fortuna, durante otro tiempo, adversa. Y, en verdad, si existiese alguien tan sabio como para conocer los tiempos y los órdenes de las cosas, y para acomodarse a estos, tendría siempre buena fortuna, o se resguardaría siempre de la mala […] Pero, debido a que estos sabios no se encuentran (al ser los hombres, en primer lugar, cortos de inteligencia y no pudiendo, además, gobernar su propia naturaleza), se sigue que la Fortuna varía y gobierna a los hombres, y los tiene bajo su yugo…

Independientemente de su virtú, todos los hombres —todos los príncipes— están abocados a verse en unas circunstancias a las que no podrán o no querrán adaptarse; abocados, por tanto, al fracaso. Solo se salvan aquellos que mueren antes de que la fortuna les dé la espalda: «se ve al fin que con el pasar del tiempo / pocos son los felices y que ellos murieron / antes de que su rueda atrás tornara / o que girando abajo los portara».

El 1 de noviembre regresó a Florencia. Un mes después fue aprobada la Ordinatio militie florentine, que daba base legal a la milicia y la ponía bajo la autoridad de la recién creada magistratura de los Nueve Oficiales de la Ordenanza y Milicia Florentina. Los Nueve recibieron la orden de reclutar y equipar a una fuerza de diez mil hombres; su primer secretario, nombrado el 10 de enero de 1507, fue Maquiavelo.

La venganza de los optimates

Al principio de su carrera, las relaciones entre Maquiavelo y la clase alta florentina debían de haber sido como mínimo correctas, o de lo contrario nunca hubiera conseguido su puesto en la Cancillería. Pero poco a poco su origen y simpatías populares empezaron a distanciarle de los optimates, un desapego que se vio indudablemente agravado por la propia idiosincrasia de Niccolò. Para él la política era una vocación y un oficio: no tenía paciencia para aquellos mercaderes o aristócratas que, una vez dentro del Gobierno, en el mejor de los casos resultaban ser diletantes y en el peor, arribistas. Biagio Buonaccorsi le aconsejó en más de una ocasión que accediera a contentar a personas que a menudo eran sus superiores, pero su amigo parecía incapaz de tomar parte en lo que hoy llamaríamos política de oficina. Un ejemplo muy conocido de esta actitud se dio durante su primera legación a Roma a finales de 1503, cuando Agnolo Tucci —un alto funcionario del Gobierno florentino y librero de profesión— le exigió cierta información en una serie de misivas arrogantes e inanes que Maquiavelo no se molestó en responder. Tucci se quejó airadamente en la Cancillería, y cuando por fin obtuvo su respuesta, esta fue deliciosamente sarcástica:

He recibido vuestra carta del 21, y aunque no distinguí bien la rúbrica, creo que os reconocí por la grafía y las palabras; […] Y aunque todas estas cosas [la información exigida por Tucci] ya se me hayan preguntado en la correspondencia oficial, y haya ya respondido extensamente a todo (de manera que vos podéis consultarla para asesoraros), para no faltar a mi deber con vos, puesto que me habéis invitado a hacerlo, volveré a responder. Y lo haré en vernáculo, por si aquella correspondencia mía con la Cancillería estuviera en latín, aunque no me lo parece…

Si Maquiavelo se hubiera limitado a burlarse con discreción de la ignorancia y mala caligrafía de individuos como Tucci, el asunto probablemente no hubiera ido a mayores. Pero en una sociedad cada vez más polarizada entre los partidarios de la República popular y los promediceos, ser la mano derecha de Soderini le enfrentó directamente con los próceres florentinos. Los optimates, que se habían opuesto ferozmente a la formación de la milicia, eran muy conscientes de que Maquiavelo era el alma del proyecto, y pronto tuvieron ocasión de vengarse.

Aunque llevaba al frente del Sacro Imperio Romano desde 1493, Maximiliano I de Habsburgo nunca había viajado hasta Roma para ser nombrado emperador por el papa. Cuando en 1507 llegaron a Italia rumores de que el Habsburgo estaba barajando la posibilidad de acudir finalmente a Roma a recoger su corona imperial, en Florencia se desató una tormenta política. Algunos temían que al estar el Sacro Imperio y Francia enfrentados, el viaje se convirtiera en una invasión del Ducado de Milán y puede que incluso de la República Florentina; otros veían una oportunidad para cortar lazos con Luis XII y aliarse con los alemanes. El 19 de junio Soderini decidió enviar a Maquiavelo al Sacro Imperio con un doble objetivo: estimar las probabilidades de que Maximiliano entrara en la península y evaluar sus fuerzas militares. Pero los optimates se opusieron a esta elección: era sencillamente inaceptable que se enviara a la augusta corte imperial a alguien como Niccolò, habiendo en Florencia tantos y tantos jóvenes de alcurnia dispuestos a formarse en las cuestiones de Estado. Así que Maquiavelo se quedó en Florencia, y en su lugar la Señoría envió al aristócrata Francesco Vettori, de alta cuna pero poca experiencia.

Maximiliano I de Habsburgo (Durero, 1519).

Maquiavelo encajó esta humillación como pudo —hay quien atribuye su poema Sobre la ingratitud a este período— y en agosto acudió a Siena para recabar información sobre una legación papal que se dirigía a la corte de Maximiliano para ofrecerle alternativas a su viaje a Roma. Niccolò volvió a Florencia poco después, acompañado por las preocupantes noticias de que la Dieta Imperial (un parlamento formado por los príncipes de los Estados imperiales) se había comprometido a proporcionar al Habsburgo las tropas que había solicitado. En otro orden de cosas, en octubre se vio obligado a prescindir de los servicios de Michelotto de Corella: tanto se habían deteriorado las relaciones del bargello con la Señoría que para evitar problemas futuros alguien llegó a sugerir que «se le arrebatara secretamente la vida». A lo mejor Florencia no tuvo nada que ver —al valenciano no le faltaban enemigos, después de todo—, pero Michelotto fue asesinado tres meses después en las calles de Milán2.

En la corte imperial de Bolzano, entre tanto, Francesco Vettori se estaba viendo sobrepasado rápidamente por los acontecimientos. Sus informes no lograban esclarecer las auténticas intenciones de Maximiliano, del que se rumoreaba que se hallaba en negociaciones con los Medici. Cuando el Habsburgo (irritado por la entente franco-florentina) empezó a exigir a Florencia donativos, Vettori pidió que enviaran a alguien con más experiencia y finalmente Maquiavelo fue despachado a Bolzano el 17 de diciembre. Aun a riesgo de ofender a Luis XII, la Señoría le ordenó que —de juzgar inevitable el descenso de Maximiliano en Italia— comprara la seguridad de Florencia con cincuenta mil ducados. En vez de cabalgar directamente hasta Bolzano, Maquiavelo dio un rodeo pasando por Ginebra y Constanza para observar de primera mano los cantones suizos y el Sacro Imperio, aunque al atravesar la Lombardía tuvo que destruir las órdenes que llevaba para que no cayeran en manos francesas. El 11 de enero de 1508 llegó a la corte imperial, donde entabló una estrecha amistad con Vettori: los dos habían sido instruidos por los mismos maestros, eran compatriotas en una corte hostil y compartían el gusto por las mujeres y la buena vida en general.

Maximiliano quería más dinero del que la Señoría estaba dispuesta a pagar. Niccolò y Vettori alargaron las negociaciones todo lo que pudieron para ganar tiempo, y esta vez parece que temporeggiare funcionó. Harto de esperar a que los venecianos le permitieran atravesar el Veneto, Maximiliano se proclamó «emperador electo» el 4 de febrero y les atacó, pero fue derrotado con tanta contundencia que el 6 de junio se vio obligado a firmar un armisticio y renunciar a varios territorios fronterizos. Con el emperador lamiéndose las heridas, Maquiavelo aprovechó para volver a casa; cuenta Vettori en uno de sus informes que este había empezado a padecer de piedras en el riñón, o quizá una acumulación de humores espesos en la sangre.

Caída y conciliábulo de Pisa

Asaltar Pisa resultaba imposible, así que Florencia decidió someter a esta ciudad mediante el lento pero efectivo método de matar a sus habitantes de hambre. Corsarios genoveses bloquearon sus vías marítimas de suministros, y en verano la milicia florentina se encargó por primera vez de la destrucción de los cultivos pisanos, actividad conocida como guasto. Tan prometedora parecía esta iteración de los esfuerzos florentinos que Luis XII recordó de pronto que la ciudad rebelde se hallaba bajo la protección de Francia desde 1494 y exigió cien mil ducados para mirar hacia otro lado, una manera como cualquier otra de castigar a la República florentina por negociar con el Sacro Imperio. Fernando de Aragón, por su parte, se mostró más comedido: a cambio de mantenerse neutral se conformó con cincuenta mil. Florencia no tuvo más remedio que pasar por caja, pero estrechó el cerco en torno a Pisa.

Cuando en febrero de 1509 Maquiavelo recibió el encargo de supervisar el asedio, no dudó en acudir al frente y dirigir personalmente a un millar de milicianos en primera línea de combate. Sus superiores, alarmados, le instaron a retirarse a un campamento en la retaguardia, pero él respondió que «de haber querido evitar el peligro y el trabajo duro, [se] habría quedado en Florencia». El hambre, entretanto, hacía estragos en la ciudad asediada: el fin amargo y anticlimático de quince años de conflicto llegó a principios de junio con la capitulación de los pisanos. Niccolò estuvo entre los que suscribieron los estatutos de rendición el 4 de junio, y pocos días después entró con las tropas florentinas en Pisa. Para muchos Maquiavelo y su milicia había sido la clave de esta victoria, pero a pesar —o a causa— de su éxito, en los meses siguientes fue acusado anónimamente (algo legal en Florencia) de practicar la sodomía (algo ilegal en Florencia) con cierta dama de afecto negociable conocida como la Riccia, o de estar incapacitado para ocupar sus cargos a causa de las deudas de su difunto padre. Aunque no prosperaron, estas acusaciones son una señal de que los optimates no se habían olvidado de él.

Si bien Florencia estaba en paz, la guerra azotaba el norte de la península. Julio II había afirmado en una ocasión que no descansaría hasta que los venecianos volvieran a ser los humildes pescadores de antaño, y con esa intención había formado a finales de 1508 la Liga de Cambray para acabar con la República de Venecia y repartirse sus restos con Francia, España y el Sacro Imperio. Cegado por el odio, el papa tardó meses en darse cuenta de que con esta alianza los franceses habían salido peligrosamente beneficiados: en febrero de 1510 disolvió la Liga, se alió de improviso con los venecianos e inició los preparativos para una campaña contra Francia. Una guerra entre la Iglesia y los franceses pondría a los florentinos en una situación imposible, por lo que estos empezaron a llevar a cabo intrincados malabarismos diplomáticos para no decantarse por ninguno de los dos bandos. Las tropas papales comenzaron las hostilidades en agosto; Luis XII contraatacó impulsando la convocación de un Concilio de cardenales rebeldes que depusiera a Julio II y eligiera a un papa filofrancés. Por desgracia para Florencia, en enero de 1511 solicitó que este Concilio se celebrara en Pisa.

La Señoría esperó a que Francia concatenara varias victorias contra las tropas véneto-pontificias para aceptar, pensando que así se aseguraban de apoyar al bando ganador. Soderini había escrito a Maquiavelo el año anterior que se un Papa amico non val molto, inimico nuoce assai si bien un papa amigo no vale mucho, enemigo resulta muy dañino»), y es probable que Niccolò recordara esas palabras cuando un iracundo Julio II contrarrestó el conciliábulo de Pisa con la convocación del Quinto Concilio Lateranense y amenazó con excomulgar a Florencia, algo que además de poner en peligro el alma inmortal de sus habitantes dejaría a sus mercaderes sin garantías legales a lo largo y ancho de la cristiandad. Los florentinos intentaron echarse atrás y Maquiavelo cabalgó a matacaballo hasta la corte francesa con ese fin, pero solo consiguió que el concilio cismático se retrasara dos meses y la excomunión fue impuesta en septiembre de 1511. El conciliábulo de Pisa comenzó en noviembre, pero la actitud pasivo-agresiva de los pisanos y el buen hacer de Niccolò llevaron a los cardenales rebeldes a trasladarse a Milán y más tarde a Lión, donde disolvieron la asamblea sin que nadie les hiciera demasiado caso. Esto no apaciguó a Julio II, y a finales de noviembre Maquiavelo echó un vistazo al mapa de Italia y juzgó que era un momento tan bueno como cualquier otro para hacer testamento.

El regreso de los Medici

En octubre de 1511 los Estados Pontificios, la República veneciana, Inglaterra, España y los cantones suizos formaron la Liga Santa, una monstruosa alianza antifrancesa a la que posteriormente también se uniría el Sacro Imperio. Luis XII respondió enviando un gran ejército a Italia para entrar en Roma; a pesar de ganar la cruenta batalla de Rávena el 11 de abril de 1512, los franceses tuvieron que retirarse cuando en junio Fernando el Católico invadió el reino fronterizo de Navarra y los ingleses se dispusieron a atacar el norte de Francia. Los florentinos habían apostado y perdido: las potencias de la Liga reunidas en Mantua decidieron en agosto que el régimen de Soderini tenía que ser abolido.

Giuliano de Medici (Rafael, 1515-1516)

El lector atento habrá notado que desde su expulsión en 1494 los Medici habían sido una presencia ominosa en las lindes de la esfera política florentina, tanteando constantemente en busca de una fisura, un punto débil. Al abandonar la via di mezzo y enemistarse con el papa, la República florentina había brindado a los hijos de Lorenzo el Magnífico la oportunidad que estos habían estado esperando. Tras reivindicar en Mantua el derecho de su familia sobre Florencia, Giovanni de’ Medici (cardenal y legado papal) y su hermano Giuliano pagaron los sueldos atrasados de unos cuantos miles de soldados españoles —liderados por Raimundo de Cardona, virrey de Nápoles— y a mediados de agosto marcharon hacia la Toscana con la bendición de la Liga Santa.

A buen seguro los florentinos pensaron que la suerte les sonreía cuando corrió la voz de que las tropas invasoras acampadas ante Prato (a escasos dieciséis kilómetros de Florencia) carecían prácticamente de suministros. En una carta del 17 de septiembre a una dama desconocida, Maquiavelo describió lo ocurrido:

A todo esto sucedió que el ejército español se había presentado en Prato y realizado un gran asalto. Al no poder rendirlo, su excelencia el virrey comenzó a tratar de un acuerdo con el embajador florentino […] ofreciendo que se daba por satisfecho con una cierta suma de dinero y que la causa de los Medici se remitía a su majestad católica [Fernando de Aragón], quien podía rogar y no forzar a los florentinos aceptarlos en la ciudad…

El virrey presentó su oferta el 28 de agosto: estaba dispuesto a desentenderse de los Medici y llevarse a sus famélicos batallones de vuelta a Nápoles a cambio de pan para sus hombres y treinta mil ducados para sí. No obstante:

… Llegados con esta propuesta los embajadores y referida la debilidad de los españoles, alegándose que se morían de hambre y que Prato resistiría, todo ello suscitó tanta confianza en el gonfaloniero y en la multitud, con cuyo parecer él se gobernaba, que aunque los sabios recomendaban que se aceptara aquel acuerdo [Maquiavelo entre ellos, probablemente], también el gonfaloniero lo retrasó…

Los españoles no estaban para que se les diera largas, y la tarde del 29 de agosto de 1512 tomaron Prato a sangre y fuego. El prestigio de Maquiavelo sufrió un duro golpe cuando los milicianos que defendían la ciudad huyeron como ratas tan pronto como los primeros atacantes escalaron las murallas.

Entonces los españoles, ocupada la ciudad, la saquearon y mataron a sus habitantes en un lamentable espectáculo de calamidad. No voy a referir a vuestra señoría los particulares de todo ello para no causar a su ánimo esta molestia; tan solo diré que allí murieron más de cuatro mil hombres y los demás quedaron prisioneros, siendo obligados a rescatarse de una u otra manera; ni siquiera perdonaron a las doncellas recluidas en lugares sagrados, los cuales se colmaron todos de estupros y sacrilegios…

Mientras las noticias sobre el atroz saqueo de Prato iban llegando a la ciudad, partidarios de los Medici tomaron el Palacio de la Señoría y amenazaron con asesinar al gonfaloniero. Maquiavelo y Francesco Vettori consiguieron negociar su salida: la noche del 31 de agosto Soderini abandonó para siempre su ciudad, a la que no volvería jamás. Al día siguiente Giuliano de’ Medici entró en Florencia como un ciudadano privado; después de dos semanas de equilibrio político inestable —seguidas por un golpe de Estado incruento pero eficaz— el poder pasó a manos de su familia. En el nuevo régimen no había sitio para aquel que había sido el hombre de confianza de Soderini, y el 7 de noviembre a Niccolò se le privó de todos sus cargos. Lo sucesivo solo puede interpretarse como un acto de ensañamiento: en las dos semanas siguientes se le prohibió entrar en la Cancillería o abandonar los confines de la República; también le fue impuesta una desmesurada fianza de mil ducados que solo pudo reunir gracias a la generosidad de sus amigos.

Lo peor, no obstante, estaba por llegar. En febrero de 1513 unos jóvenes florentinos idealistas e ineptos trazaron un plan para asesinar a Giuliano de’ Medici, pero a uno de ellos se le cayó un papel con los nombres de posibles aliados y la conspiración fue descubierta. El de Maquiavelo era el séptimo nombre de la lista, y eso bastó para que el 18 de febrero se le enviara a prisión con el resto de implicados, donde las autoridades intentaron —tortura mediante3— arrancarle sin éxito una confesión. Los líderes de la conjura fueron ejecutados, y no sabemos qué habría sido de Niccolò de no ser por la oportuna muerte de Julio II y la elección de Giovanni de’ Medici (en lo sucesivo León X) como nuevo pontífice. En Florencia se declaró un indulto general como parte de los festejos, y el 11 o 12 de marzo Maquiavelo fue puesto en libertad. Pocos días después daba noticias suyas a Vettori, que había sido nombrado embajador en la corte papal y se hallaba ya en Roma.

Y cada día vamos a casa de alguna muchacha a reponer las fuerzas, y ayer mismo estuvimos viendo pasar la procesión en casa de Sandra di Pero. Y así vamos contemporizando con esta felicidad universal, disfrutando de este resto de vida que me parece estar soñando…

Su alivio acabaría por dar paso a la amargura. El nuevo régimen desconfiaba de él, su carrera (en la que cifraba su identidad) había sido aniquilada y contaba con muy pocos medios para mantener a su mujer e hijos. A finales de abril Maquiavelo se retiró con su familia a Sant’Andrea in Percussina, una pequeña aldea a doce kilómetros de Florencia en la que había heredado de su padre una modesta finca. Daba comienzo así el periodo que él mismo llamaría post res perditas: «después de haberlo perdido todo».

(Continúa)

BIBLIOGRAFÍA (II)

Además de los libros citados anteriormente, para esta entrega he consultado las siguientes fuentes:

INSTITUTO ITALIANO DELL’ ENCICLOPEDIA. Dizionario Biografico degli Italiani. 1960. Disponible aquí.

LANDUCCI, Luca. Diario fiorentino dal 1450 al 1516. 1883.Disponible aquí.

MASTERS, Roger D. Fortune is a River: Leonardo Da Vinci and Niccolo Machiavelli’s Magnificent Dream to Change the Course of Florentine History. Nueva York: Free Press, 1998.

1Curiosamente, son muchos los que han observado que el paisaje a espaldas de la Gioconda es muy similar al del valle del Arno.

2César Borgia había muerto en combate unos meses antes, víctima de una emboscada cerca del castillo de Viana.

3Seis sesiones de garrucha, que es un poco como Pilates.

Imagen de portada: Robert Scarth (CC).


Vida de Maquiavelo (I)

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Fotografía: Joshua Schnable (CC).

En estos tiempos de antipolítica rampante resulta particularmente oportuno evocar la figura de Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna y epítome del hombre renacentista. Con el quinto centenario de El príncipe todavía reciente, Jot Down les propone un recorrido por la biografía de su autor: la obra lúcida, quirúrgica y perspicaz de Maquiavelo es el producto de una vida intensa y agridulce en la que tuvo ocasión de estudiar de primera mano los sucesos y protagonistas de una de las épocas más apasionantes de la historia. Sirva pues el siguiente ensayo para repasar los triunfos y fracasos de un hombre muy poco maquiavélico que nunca dejará de ser nuestro contemporáneo.

… Con todo, si os pudiera hablar en persona, no podría evitar llenaros la cabeza de elucubraciones, porque la Fortuna ha hecho de tal manera que, no sabiendo razonar ni del arte de la seda, ni del arte de la lana, ni de las ganancias o pérdidas, me convenga razonar de los asuntos de Estado… (Carta de Maquiavelo a Francesco Vettori, 9 de abril de 1513).

Niccolò Machiavelli, hijo de Bernardo de Niccolò Machiavelli y Bartolomea de Nelli, nació en Florencia el 3 de mayo de 1469. Los Machiavelli llevaban más de dos siglos viviendo en la región, y doce gonfalonieros de Justicia1 habían llevado ese apellido. «Viviré tal como vine, que nací pobre y antes aprendí a fatigar que a disfrutar»: palabras del propio Maquiavelo, que sin embargo exagera. Su padre Bernardo pertenecía a una rama de la familia venida a menos y había contraído fuertes deudas, pero las rentas de sus terrenos y propiedades permitían a su familia2 vivir con relativo desahogo. El hecho de pertenecer al poderoso gremio de Abogados de Florencia le proporcionaba útiles contactos en la Cancillería florentina, y posiblemente también en los círculos mediceos.

Maquiavelo fue instruido en gramática, aritmética y latín; leyó a Aristóteles, Cicerón, Ptolomeo, Boecio y Tito Livio. No se tiene constancia de ningún suceso particularmente notable en su niñez, pero mientras el pequeño Niccolò empezaba a familiarizarse con las ideas y nociones de los grandes pensadores de la Antigüedad —sobre las que apuntalaría más adelante sus obras capitales—, en Florencia e Italia se sucedían acontecimientos decisivos.

Décadas más tarde, ya en su vejez, Maquiavelo describiría con detalle en la Historia de Florencia la conspiración de los Pazzi, un complot antimediceo con respaldo papal que tuvo lugar en Florencia el 26 de julio de 1478. Durante la misa mayor del Duomo, los Pazzi cosieron a puñaladas a Giuliano de’ Medici e hirieron a su hermano Lorenzo; mientras tanto, el arzobispo de Pisa intentaba asaltar el Palacio de Florencia. No sabemos si Niccolò estaba en el Duomo esa mañana, pero lo que es seguro es que en los días sucesivos no pudo evitar ser testigo de la venganza extremadamente pública de los Medici sobre los conspiradores, cuyos cadáveres —incluyendo el del arzobispo— colgaron durante días de las ventanas del Palacio. El asesino de Giuliano, que a pesar de huir a Turquía no logró escapar de la ira de Lorenzo el Magnífico, fue colgado un año después; tuvo el honor de ser bosquejado post mortem por Leonardo da Vinci.

3
Bernardo Baroncelli, asesino de Giuliano de’ Medici, retratado por Da Vinci en 1479. When you play the game of thrones, etc.

Aunque el papa Sixto IV emitió un interdicto contra Florencia y venció a los florentinos en la batalla de Poggio Imperiale, los Medici salieron reforzados de esta crisis y afianzaron su control sobre los mecanismos de gobierno de la ciudad. Pero Lorenzo el Magnífico moriría en 1492, y después de la humillante capitulación de su hijo Piero ante Carlos VIII de Francia en 1494, los florentinos expulsaron a los Medici de su ciudad y proclamaron una república lastrada desde el primer momento por las luchas entre las familias patricias (los optimates) las clases populares. El vacío de poder resultante fue llenado por Girolamo Savonarola, un profeta y predicador que afirmaba hablar con Dios y que consiguió convertir Florencia —corrupta a todos los niveles— en una verdadera república teocrática imbuida de fervor religioso. Cuatro años y varias hogueras de las vanidades después, Savonarola fue condenado por hereje y ejecutado en la plaza de la Señoría: según Maquiavelo (que no se contaba entre sus seguidores) Savonarola cometió el error de no recurrir a la fuerza para mantener firme la fe de sus seguidores, de ser un profeta desarmado. Curiosamente, a mediados del siglo siguiente Calvino se haría con el control de Ginebra a través de la religión, y al usar el miedo y la fuerza para conservarlo, lo mantuvo hasta su muerte.

Maquiavelo, secretario

Nos hallamos en el año 1498, y arrecian vientos de cambio en Florencia. Maquiavelo, que había intentado anteriormente y sin éxito conseguir una plaza en el Gobierno de la ciudad, fue nombrado secretario de la Segunda Cancillería —encargada de cuestiones bélicas y de política interna— en junio, y secretario de los Diez para la Libertad y la Paz —un comité ejecutivo para asuntos diplomáticos y militares— en julio. Acababa de cumplir veintinueve años.

Como secretario florentino, Maquiavelo redactaba informes y componía misivas para la Señoría y los Diez, pero también (como veremos a continuación) llevaba a cabo misiones diplomáticas de gran importancia ante reyes y papas. Si el trato que se da a los subalternos es una buena medida de la valía de un hombre, Niccolò resulta sobresaliente: sus subordinados en la Cancillería lo tenían en alta estima, y a través de sus ojos podemos ver a un hombre agudo, ingenioso y vivaz que conservaría la amistad de muchos de ellos a lo largo de toda su vida. Uno de sus ayudantes era Agostino Vespucci —primo del explorador Amerigo Vespucci—, y en una carta de 1502 le escribía con familiaridad que «así que ya ves adónde te lleva ese espíritu tuyo, tan ávido de cabalgar, correr de aquí para allá, y marcharse. Te culparé a ti, y no a otro, si ocurre algún incidente». Y es que siempre que tenía ocasión se subía al caballo y dejaba atrás la burocracia de la Cancillería para representar los intereses de su ciudad en el extranjero.

Su labor durante sus primeros años al frente de la Segunda Cancillería se encuadra en el contexto de la guerra contra Pisa, que había pertenecido a los florentinos durante casi un siglo hasta que en 1494 Piero de’ Medici cedió la fortaleza de la ciudad a Carlos VIII para su campaña italiana. Cuando en 1496 los franceses vendieron la fortaleza a los pisanos —que se declararon de inmediato independientes— en vez de devolvérsela a Florencia, la reconquista de Pisa se convirtió en la máxima prioridad de la Señoría. Al no contar con un ejército propio, los florentinos dependían de tropas mercenarias, pero los condottieri (que se estaban quedando obsoletos rápidamente) no eran precisamente honestos ni leales y tenían la fea costumbre de exigir a mitad de campaña más dinero del acordado. Sea como fuere, el nombramiento de Maquiavelo como secretario coincidió con el de Paolo Vitelli —reputado capitán mercenario— como capitán general de los ejércitos florentinos.

Su primera misión como legado tuvo lugar en noviembre de 1498, cuando se le envió a Piombino a reclutar a Jacopo Appiani, señor de esa ciudad y condottiere. Y cuando en marzo de 1499 Jacopo revisó al alza el precio de sus servicios y pidió cinco mil ducados más, Maquiavelo acudió al campamento militar florentino en Pontedera para, con tacto y diplomacia, darle largas y conminarlo a cumplir con su deber. Es importante mencionar que ganar tiempo dando largas y ofreciendo promesas vacías (temporeggiare) era, para irritación de Niccolò, la estrategia diplomática favorita de la Señoría. Tuvo éxito, y en julio de ese mismo año viajó a Forlì para llevar a cabo una tarea similar ante la legendaria Caterina Sforza. El contrato entre Florencia y la compañía mercenaria de su hijo Ottaviano había expirado: a cambio de su renovación Sforza exigía a los florentinos el compromiso formal de defender Forlì ante la expansión de los Borgia en Romaña. La Señoría no tenía ninguna intención de enfrentarse a César Borgia (ni a su padre, el papa Alejandro VI), así que Maquiavelo regresó a la Cancillería sin brindar el apoyo de Florencia a Caterina. César Borgia tomaría Forlì seis meses después.

A principios de agosto la artillería florentina consiguió abrir varias brechas en las murallas de Pisa. La toma de la ciudad era inminente, y en Florencia se empezó a discutir cómo castigar los tres años de rebeldía pisana. Pero pasaron los días y el asalto no tuvo lugar: las tropas atacantes se pudrían en los pantanos que rodeaban la ciudad mientras Vitelli hacía caso omiso de las órdenes que le llegaban desde Florencia y aducía ora un brote de malaria entre sus filas, ora lluvias torrenciales. A principios de septiembre dio la orden de levantar el asedio y los florentinos, que habían gastado ingentes sumas de dinero para nada, sospecharon que Vitelli había sido sobornado por los pisanos, los venecianos o los milaneses. El 30 de septiembre fue aprehendido y torturado: al día siguiente se le ejecutó sumariamente. También se intentó capturar a su hermano Vitellozzo, pero este consiguió escapar y juró venganza. Volveremos a hablar de él.

Fueron muchos, incluso dentro de la Cancillería, los que cuestionaron la culpabilidad de Paolo Vitelli, pero Maquiavelo no era uno de ellos y su irritación por todo este asunto quedó patente. En una carta a un canciller de Lucca que había criticado el proceder de Florencia, escribió sobre Vitelli que:

o por no haber querido (por corrupción) o por no haber podido […] por su culpa han surgido innumerables inconvenientes para nuestra empresa: y tanto un error como el otro, o los dos juntos (que pudiera ser el caso), merece un castigo sin fin…

Y terminó la carta así:

… Solo os recordaré que nos os alegréis demasiado de los acuerdos que, según decís, se están fraguando; y máxime, sin conocer los contraacuerdos que hay en marcha. Y os aconsejo, fraterno compañero, que, cuando en el futuro queráis secundar vuestra pérfida naturaleza, ofendiendo sin que os reporte ninguna utilidad, ofended de modo que, al menos, se os pueda considerar más juicioso.

Pullas aparte… ¿A qué contraacuerdos se refería Maquiavelo?

Primera legación a Francia

Mientras Vitelli hacía como que asediaba Pisa, los ejércitos de Luis XII (sucesor de Carlos VIII) cruzaron los Alpes para hacer valer los derechos dinásticos de su soberano sobre el Ducado de Milán y el Reino de Nápoles. Aprovechando la presencia francesa en Italia, los florentinos se aliaron con Luis XII: a cambio de la colaboración de los florentinos en la invasión del Reino de Nápoles y cincuenta mil ducados, el rey francés se comprometía a defender Florencia de sus enemigos y proporcionar tropas suficientes para tomar Pisa de una vez por todas.

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Florencia y alrededores, 1494 aprox. (Shepherd, 1923)

Estas tropas (quinientos lanceros gascones y cinco mil mercenarios suizos) no se apresuraron en llegar a Pisa. De camino se desviaron para saquear Bolonia y otras ciudades de Emilia; en Toscana derrocaron al marqués Alberigo, señor de Massa y aliado de Florencia. Llegados a Pisa en junio de 1500, se dedicaron a saquear por los alrededores lo poco que quedaba por saquear, y cuando por fin se unieron al asedio y abrieron una brecha en las defensas… se amotinaron. Algunos gascones desertaron y otros se retiraron hacia Florencia; los suizos secuestraron al comisario florentino Luca degli Albizzi y pidieron rescate por él. La Señoría decidió levantar el asedio, se negó a acuartelar a las tropas francesas en su territorio y envió a Maquiavelo (que había sido testigo de estos lamentables sucesos) a la corte francesa para que defendiera los intereses de Florencia ante Luis XII. El 26 de julio llegó a Lyon.

Esta no fue una legación fácil para Niccolò: su padre Bernardo había muerto en mayo y su hermana Primavera fallecería en octubre. Además de esto, los fondos proporcionados por la mezquina Cancillería eran insuficientes, así que para seguir a la corte itinerante tuvo que pagar de su humilde bolsillo —endeudándose— transporte, alojamiento, sirvientes y mensajeros. Pero lo peor fue comprobar que en la obra de teatro que era la corte francesa, Florencia era un personaje muy secundario. Esto es lo que escribió el 27 de agosto en un informe a sus superiores:

… [A Luis XII y sus consejeros] les ciega su propio poder y la ganancia inmediata, y solo tienen en cuenta a aquellos que están armados o están dispuestos a pagar. Esto perjudica gravemente a Vuesas Señorías, porque a sus ojos no cumplís ninguno de estos requisitos. […] Os llaman Ser Nihilo [Don Nadie] […] y achacan la mala conducta de sus tropas a vuestro mal gobierno…

Luis XII, aun estando dispuesto en un primer momento a compensar a los florentinos, terminó exigiéndoles los treinta y ocho mil ducados que había pagado por los mercenarios suizos. Florencia, al no disponer de los medios para hacerse respetar, no sería respetada. Maquiavelo explicó la situación a la Señoría una y otra vez, pero los líderes florentinos creían que podían dar largas al rey francés como si fuera un Jacopo Appiani cualquiera y solo accedieron a pagar cuando Luis XII dejó claro que aunque prefería recuperar su dinero por las buenas, si no tenía más remedio lo haría por las malas.

Maquiavelo abandonó la corte francesa el 12 de diciembre. En una de sus últimas conversaciones con Georges d’Amboise, cardenal de Rouen y principal consejero del rey, este le dijo que los italianos no entendían de guerras. Puede ser —replicó Niccolò—, pero los franceses no entendían de asuntos de Estado. En su campaña para conquistar el Reino de Nápoles, Luis XII se había aliado con sus competidores (los venecianos, el Reino de Aragón y el papa Alejandro VI) y estaba alienando a las pequeñas potencias (Florencia, Forlì, Bolonia, etc.), cuando debería estar haciendo lo contrario. Y no se equivocaba, porque Fernando el Católico acabó arrebatando el Reino de Nápoles a los franceses en 1504.

Las buenas prácticas de César Borgia

Parafraseando a Dante, la guerra siempre estuvo en el corazón de los tiranos de la Romaña. Aunque técnicamente debían lealtad al Papado, los señores feudales de la región rechazaban el yugo de Roma y dedicaban sus energías restantes a luchar entre sí. Pero con el apoyo de su padre y de Luis XII, César Borgia (apodado el Valentino) llevó a cabo una campaña militar despiadada y eficiente, derrocándolos o sometiéndolos uno a uno hasta hacerse con el control de la zona. En 1501, y habiendo sido nombrado duque del flamante Ducado de Romaña, volvió la mirada a sus vecinos florentinos, debilitados por la campaña contra Pisa. En el marco de una expedición contra Piombino, Borgia exigió a Florencia permiso de paso para sus tropas, y una vez en Toscana intimidó a los gobernantes florentinos para que le contrataran como condottiere. La Señoría, en un alarde de temeridad poco menos que suicida, acabaría rompiendo el contrato tras llegar a un acuerdo de protección con los franceses. César Borgia, por cierto, conquistó Piombino pocos meses después.

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César Borgia retratado por Melone c. 1513.

Maquiavelo, mientras tanto, había encontrado tiempo entre misión y misión para casarse con Marietta Corsini en agosto de 1501. Aunque no fue el amor de su vida —y no fue ni mucho menos un marido fiel— sentía por ella afecto sincero y se preocupó siempre por su bienestar y el de los seis hijos que tuvo con ella. Pero los asuntos de la Cancillería lo mantenían alejado de casa y había una crisis en ciernes: los habitantes de Arezzo se alzaron en armas contra el control florentino en junio de 1502 y, tras pedir la ayuda de nada más y nada menos que Vitellozzo Vitelli, lo recibieron en su ciudad como a un libertador. Por si esto no fuera lo suficientemente grave, en esos momentos Vitellozzo se hallaba al servicio de César Borgia.

Los pueblos florentinos en los alrededores de Arezzo se convirtieron en el objetivo de las salvajes incursiones de Vitellozzo, que contaba con el respaldo de Piero de’ Medici. César Borgia, al mismo tiempo que afirmaba que el capitán mercenario estaba actuando por su cuenta, exigía que Florencia adoptara un gobierno del que se pudiera fiar y amenazaba con restablecer a los Medici por la fuerza. Solo la consumada habilidad de la Cancillería para ganar tiempo y la providencial intervención de Francia salvaron a la República florentina: el Valentino se vio obligado a tirar de la correa de Vitellozzo y la rebelión de Arezzo fue contenida. A raíz de esta crisis (que había puesto de manifiesto la fragilidad sistémica de la República) y a pesar de ciertas reticencias entre los optimates, en Florencia se decidió que el cargo de gonfaloniero pasara a ser vitalicio. Hasta este momento el gonfaloniero era poco más que el primus inter pares de un Consejo de Señores que iba renovándose cada dos meses: poco tiempo para familiarizarse con los rudimentos del gobierno, pero suficiente para verse tentado a dejar los problemas correr hasta la elección del siguiente Consejo.

Piero Soderini fue elegido gonfaloniero vitalicio el 20 de septiembre de 1502. Una de las primeras misiones que encomendó a Maquivelo fue la de viajar a Ímola el 6 de octubre para mantenerle informado de los movimientos e intenciones de César Borgia, pues el Valentino nunca estaba muy lejos de los pensamientos de una República que lo despreciaba, odiaba y temía a partes iguales. Entre otros motivos, Soderini le eligió porque ya había tratado con Borgia en el pasado: Maquiavelo había acompañado a Francesco Soderini (obispo de Volterra y hermano del nuevo gonfaloniero vitalicio) en la legación que fue enviada a Urbino a negociar con el duque de Romaña durante la crisis de Arezzo. Fue precisamente durante la legación a Urbino cuando Niccolò, en una carta al Consejo de los Diez, había descrito a Borgia con estas palabras:

Este señor es muy espléndido y magnífico y en las armas es tan animoso que no hay gran cosa que le parezca pequeña, y por gloria y por conquistar Estado no descansa jamás ni conoce la fatiga o el peligro. Llega a un sitio antes de que se pueda oír su partida del lugar de donde se va; se hace apreciar por sus soldados; ha enrolado los mejores hombres de Italia, cosas todas ellas que lo hacen victorioso y temible, a lo que se añade una perpetua buena fortuna…

No, parece que Maquiavelo no odiaba ni despreciaba a César Borgia. Y si lo temía no dio muestras de ello cuando al llegar a Ímola el 7 de octubre se presentó de inmediato ante el duque de Romaña con la ropa de montar todavía puesta y noticias sobre una conspiración contra él: algunos aliados de los Borgia (los Orsini y varios condottieri) habían empezado a preguntarse si eran tan imprescindibles como pensaban y anticipándose a una traición que imaginaban inminente planeaban acabar con el duque. Es evidente que el Valentino estaba al tanto de esto y Maquiavelo lo sabía, pero difícilmente podía hacerse una idea de sus propósitos preguntándole directamente por sus planes.

Los conspiradores habían solicitado el apoyo de Florencia; César Borgia no tardó en hacer lo mismo. Niccolò recomendó a la Cancillería que la República se pusiera del lado del duque de Romaña, pero lo que se le ordenó es que no se comprometiera a nada y temporeggiara todo lo que pudiera. Previendo una legación larga, encargó a su amigo y colega Biagio Buonaccorsi un cargamento de vino y una copia de las Vidas de Plutarco, así como una capa de terciopelo y damasco (con gorro a juego) para causar una mejor impresión en la corte de Ímola. «Espero que te quede bienle escribió Biagio el 21 de octubre, tras encargarla—; si no, ráscate el culo». Aunque a lo largo de los meses siguientes Maquiavelo solo pudo hacer partícipe a Borgia de los buenos —y vacuos— deseos de la Señoría, los hechos que presenció durante esa legación dejarían una marca indeleble en su concepción de la política.

El Valentino entabló negociaciones con los conjurados y a finales de octubre ambos bandos firmaron un acuerdo de paz. Y cuando la brutalidad de Ramiro de Lorca, gobernador de la Romaña, empujó a los campesinos de la comarca al borde de la rebelión, Borgia lo mandó ejecutar. El 26 de diciembre, Maquiavelo escribía a sus superiores lo siguiente:

El señor Ramiro ha sido encontrado esta mañana partido en dos pedazos en medio de la plaza y allí está todavía. Todo el pueblo lo ha podido ver. No se sabe bien la causa de su muerte, excepto que así lo ha querido el príncipe, que muestra saber hacer y deshacer a los hombres a su antojo y según sus merecimientos…

Con este gesto prácticamente teatral Borgia se ganó el amor y la admiración de sus súbditos; a nadie pareció importarle que Ramiro se hubiera limitado a obedecer fielmente las órdenes de su señor. Y aquellos que intuían que el Valentino había empezado a albergar dudas sobre la lealtad de Ramiro… puede que captaran un destello de lo que estaba por venir.

Esa misma mañana César Borgia partió de Imola con su ejército y se dirigió a la ciudad adriática de Senigallia, que los conjurados acababan de tomar en su nombre como ostensible gesto de reconciliación. Borgia llegó a Senigallia el 31 de diciembre: lo que ocurrió a continuación sería narrado por Maquiavelo —que presenció los hechos— en su Descripción de cómo procedió el Duque Valentino para matar a Vitellozzo Vitelli, Oliverotto da Fermo, Paolo Orsini y al Duque de Gravina Orsini. En una maniobra magistral, César Borgia separó a los conjurados de sus tropas, a las que acto seguido atacó por sorpresa y masacró. A Vitellozzo y Oliverotto se les dio garrote esa misma noche; los dos Orsini fueron ejecutados pocos días después. Alejandro VI, por su parte, encerró al cardenal Giambattista Orsini en las profundidades de Castel Sant’ Angelo, donde murió envenenado. Para Maquiavelo, César Borgia había devenido en el paradigma de líder virtuoso —estando el concepto de virtú maquiaveliana desligado de cualquier connotación moral, ojo—. El futuro de Borgia se le antojaba prometedor, pero en su siguiente encuentro, que habría de ser el último, las circunstancias habían cambiado radicalmente.

El mismo brote de malaria (o el mismo veneno) que acabó con el papa Alejandro VI en agosto de 1503 dejó al Valentino postrado en su lecho y al borde de la muerte, incapaz de contener el expansionismo veneciano, hacer frente al oportunismo de los caciques de la Romaña o tomar parte activa en la elección del nuevo pontífice, Pío III. Es posible que Borgia hubiera podido sobreponerse de algún modo a este revés de la suerte, pero cuando el nuevo papa murió a los veintiséis días de ser elegido, el Valentino cometió el error de apoyar en el siguiente Cónclave al cardenal Giuliano della Rovere, enemigo jurado de su familia. Este había prometido al Valentino favor y fondos a cambio de los votos de los cardenales españoles; según Maquiavelo, que se hallaba en Roma desde finales de octubre desempeñando labores diplomáticas, «el Duque se deja llevar por esa animosa confianza suya y cree que las palabras de los demás han de ser más firmes de lo que han sido las suyas». Mientras el Ducado de Romaña se desmoronaba, della Rovere fue elegido papa a finales de octubre y adoptó el nombre de Julio II. El Valentino se dispuso a retomar el control sobre sus dominios y solicitó a la República de Florencia permiso de paso para sus tropas, pero la Señoría (por boca de Niccolò) retrasó su concesión para finalmente denegárselo. El Borgia colérico e impotente con el que trató Maquiavelo en ese noviembre de 1503 poco tenía que ver con aquel «señor espléndido y magnífico» que tanto le había impresionado hace un año:

[El Duque] dijo […] que […] ya no quiere ser engatusado más por vosotros, sino que piensa poner con su mano lo que le queda en manos de los venecianos, y cree que pronto verá vuestro Estado arruinado y él se reirá de ello; y que los franceses o bien perderán el reino o estarán tan ocupados que no os podrán ayudar. Y aquí se extendió con palabras llenas de veneno y de pasión. A mí no me faltaba materia con que responderle ni tampoco me habrían faltado palabras; sin embargo, tomé la decisión de irle calmando y con la mayor habilidad que me fue posible me separé de él, que me pareció una eternidad… (Carta de Maquiavelo al Consejo de los Diez, 6 de noviembre de 1503).

Sea como fuere, Julio II no tardó en renegar de su promesa: mandó encarcelar al Valentino el 23 de noviembre, le despojó de sus títulos y puso fin a su andadura en Italia. Como señala Blanca Llorca (2010), la desilusión que Niccolò experimentó a raíz de la rápida caída de Borgia lo llevó a replantearse los principios políticos que había empezado a formular en sus escritos, dado que, para someter a la fortuna, la virtú parecía ser una condición necesaria pero no suficiente. Pero lo que estaba claro es que en un mundo imprevisible en el que el mismo papa no tenía reparos en pasarse por el cíngulo los principios morales, cualquier gobernante que mereciera serlo debía estar dispuesto a hacer lo mismo.

Quiero imaginar que la decepción de Maquiavelo se vio atenuada por las noticias que recibió desde Florencia en noviembre: su esposa Marietta había dado a luz a su primer hijo varón. Este es un fragmento de la única carta escrita por Marietta que se conserva, con fecha del 24 de noviembre:

El bebé está bien y se parece a vos. Es blanco como la nieve, pero su cabeza parece de terciopelo negro […]. Como se asemeja a vos, paréceme bello. Es avispado como si llevara un año en el mundo, y abrió los ojos nada más nacer y llenó de estrépito toda la casa…

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Retrato de Maquiavelo de Santi de Tito en la segunda mitad del siglo XVI.

(Continuará)

BIBLIOGRAFÍA

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  • Antología. Granada, M. A. (ed). Barcelona: Península, 2002.
  • Epistolario privado: las cartas que nos desvelan el pensamiento y la personalidad de uno de los intelectuales más importantes del Renacimiento. Forte, J. M. (ed. y trad.). Madrid: La Esfera de los Libros, 2007.
  • Il Principe. Milano: Bur, 2000.
  • El Príncipe. Granada, M. A. (ed. y trad.).Madrid: Alianza Editorial, 1981.
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LLORCA, Blanca. «Maquiavelo, César Borgia y las mille mutazioni». Ingenium. Revista Electrónica de Pensamiento Moderno y Metodología en Historia de la Ideas. 2010. Disponible aquí.

1Uno de los integrantes de la Señoría, órgano de gobierno de Florencia.

2Maquiavelo tenía tres hermanos: Primavera, Margherita y Totto.

Fotografía de portada: Jay8085 (CC).