La dulce ciencia: un exquisito viaje al pasado

Detalle de la cubierta de La dulce ciencia.

—Tampoco nos perdemos nada —intervino Graham—. No he visto nunca una buena pelea en el cine, excepto en las noticias del principio. Siempre lo suavizan todo.
—¡Yo vi una película en la que un tipo se estaba entrenando en un gimnasio el día del combate! —exclamó Cohen con los ojos abiertos como platos por la incredulidad—. ¿Qué clase de manáger tenía?
(…)
—Yo vi una —dijo Graham— en la que a los dos tipos les estaban vendando las manos antes de ponerse los guantes, ¿y quién se encargaba? ¡El médico de la comisión!
—¡Y la de veces que tienen que caer al suelo al principio los protagonistas! —siguió Cohen—. Tienen que reventarlos vivos o no pueden ganar. El mejor consejo para saber a quién apostar en una película de boxeo es hacerlo al que pierde los primeros catorce asaltos.
—Se recupera milagrosamente —siguió Graham—. Se le renuevan las fuerzas. Pero lo mejor que he visto en la televisión fue el invierno pasado: el hombre va a defender el título mundial la noche siguiente y le dice a su mujer que está harto de todo.
—¿Está con su mujer la noche anterior al campeonato? ¡¿Con su mujer?!

En el reino de lo físico es imposible viajar al pasado. Nuestro único deambular por el tiempo sigue el camino inverso, pues el mero acto de vivir nos arrastra con lentitud hacia un futuro siempre inminente. Del pasado reciente, el que nosotros mismos protagonizamos, nos quedan los propios, pero de los tiempos en que no todavía no existíamos quedan los recuerdos y las obras de extraños. De la capacidad de esos extraños para condensar en palabras lo que vivieron depende el vigor y la ilusión de autenticidad de la visita imaginaria que, como lectores, hacemos a lugares y momentos que nunca pudimos conocer. Los datos, los nombres y los números de épocas antiguas podemos consultarlos en los manuales; las grandes crónicas cumplen otra función, la de persuadir a nuestro cerebro de que, cuando nos sumergimos en sus páginas, viajamos de verdad a esos otros lugares y otras eras.

Un viaje, vívido y envolvente, es lo que ofrece La dulce ciencia. Por economía de lenguaje podría decirse que es un «libro sobre boxeo», porque lo es, pero tal calificación no le haría justicia del todo. Es un gran libro para cualquier lector que ame la letra impresa, y un gran libro cuyo tema central resulta ser el boxeo. Para que nos hagamos una idea, la revista Time lo incluyó en su selección de los mejores libros de no ficción de todos los tiempos; hace unos quince años, Sports Illustrated lo designó como el mejor libro de temática deportiva.

El particular prestigio de esta obra dentro del mundillo periodístico es comprensible. La dulce ciencia es una recopilación de artículos que A. J. Liebling, publicó en la revista The New Yorker, a la que estuvo vinculado desde los años treinta hasta su muerte acaecida por una bronquitis en 1963, cuando tenía cincuenta y nueve años. Mucho antes de que alguien acuñara la expresión «nuevo periodismo», Liebling ya narraba las cosas desde un punto de vista personal, con un impresionismo alegre y desenfadado que inspira en el lector un poderoso sentimiento de inmersión en sus historias. El escritor David Remnick, ganador del permio Pulitzer y devoto admirador, resumió su obra con una certera sentencia: «Era incapaz de caer en el cliché».

Liebling tenía un amplio historial periodístico y era capaz de escribir con idéntica soltura sobre cualquier cosa y en cualquier circunstancia. Redactó crónicas desde varios escenarios de la Segunda Guerra Mundial. También escribió sobre política y periodismo; escribió sobre ciudades; escribió sobre carreras de caballos; escribió sobre comida. Y escribió sobre su gran pasión, el boxeo, del que era ávido espectador, buen entendido y un antiguo practicante. En todos esos asuntos, incluso en la narración bélica, huyó de la solemnidad y el melodrama innecesarios, pero sin deslizarse en el pantanoso terreno de la parodia. Era siempre sarcástico, pero hacía lo que se supone que un reportero debe hacer: contar las cosas como las había visto. Cuando surgió el mencionado nuevo periodismo como corriente visible, Liebling ya había muerto y sus trabajos circunvolaban el olvido, injusticia reparada por una nueva generación de reporteros que lo consideraron un modelo a seguir y un listón con el que medirse. Quizá su nombre resuena menos en la memoria colectiva que los de Truman Capote o Hunter S. Thompson porque no cultivaba la novela. Supongo que a él mismo, carente de pretenciosidad y desdeñoso de todo lo solemne, le hubiese importado poco. Bon vivant, amante de la buena mesa y retratista de lo pedestre, escribía como vivía: al día. Narraba tan bien que se permitía el lujo de insuflar una traviesa ligereza en su estilo, lo cual era quizá un reflejo de su actitud ante la vida. Incluso le hubiese divertido saber que la fecha de su muerte, un 28 de diciembre, es el mismo día en el que los españoles celebramos el día de las inocentadas. Esta clase de casualidades y datos triviales despertaban su entusiasmo como solo lo pueden despertar en un historiador. Que es lo que, en el fondo, era.

Las crónicas pugilísticas de Liebling iban mucho más allá de la mera disección del combate en cuestión. Que la hacía, y la hacía muy bien, porque era un gran entendido. Como tal era respetado en los círculos de ese deporte; se lo recibía en gimnasios, entrenamientos, oficinas y vestuarios de campeones mundiales, como a alguien ante quien se abría la puerta por derecho. De esta cercanía con campeones hoy legendarios nos llegan pinceladas inesperadas y sorprendentes. Pero Liebling no limitaba ese detallismo a los deportistas, ni siquiera al entorno pugilístico como tal. Sus artículos son como pequeñas películas costumbristas que contienen anécdotas, descripciones pintorescas de personajes y lugares, alusiones históricas imprevistas, comentarios irónicos sobre las minucias más inesperadas. Nos ofrece una galería de individuos representantes, entrenadores, pululantes varios y ciudadanos anónimos— que parecen extraídos de un guion hollywoodiense. Describe los gimnasios y los bares donde se reúnen los profesionales del boxeo con pocas palabras y, aun así, nos hace sentir que estamos allí mismo. Reproduce las conversaciones, describe las mentalidades y manierismos. A veces, cómo no, deja buena nota incluso del menú del día. Y de otros pormenores que no suelen llegarnos en las crónicas deportivas estadounidenses, quizá porque otros periodistas de aquel país lo daban por hecho o lo consideraban un asunto menor, como el feroz (y en ocasiones hilarante) localismo de muchos aficionados, defensores templarios de los púgiles de sus respectivos barrios, ciudades o estados, frente a los «extranjeros» de otros barrios, ciudades o estados.

Uno de los elementos más fascinantes es la facilidad con la que construye secuencias casi cinematográficas ambientadas en la Nueva York de los años cuarenta y cincuenta. Sorprende, porque apenas dedica tiempo a las descripciones físicas de los lugares, dando por hecho que sus lectores neoyorquinos no las necesitan. Y aun así, su poder de sugestión es enorme. Cada noche de combate es una excusa para captar el espíritu de una ciudad y de una época: propenso a conversar con cualquiera que se le cruce, comenta divertido sus intercambios con taxistas, con taquilleros, con espectadores que tiene sentados cerca y que suelen saber mucho menos de boxeo que él, pero cuyas opiniones registra como un elemento más de la vivaz escenografía. Habla de los jovenzuelos sin entrada que fingen buscar su asiento y se acurrucan en las escaleras para poder ver a sus ídolos de cerca, o de los fotógrafos caraduras que tapan con su chaqueta las etiquetas de las sillas de la zona de prensa, robándole el sitio de privilegio a algún periodista (a veces, según deducimos, al propio Liebling). Incluso cuando recomienda una parada de metro o una rutina para esquivar las multitudes a la salida del Madison Square Garden, evoca imágenes y sonidos que casi creemos percibir con claridad; ese autoengaño del lector es el homenaje más elogioso que se le puede dedicar a alguien que escribe. Todo esto es un efecto, me parece, de la manera en que Liebling huye de lo grandilocuente; escribía para sus contemporáneos, para una revista y sin aparente preocupación por la posteridad. Pero sabiendo que, cuanto más cercana está su mirada a lo inmediato, más cercana le resultará esa visión incluso a los lectores del futuro. Esto hay que saber hacerlo, y no es fácil. Era lo bastante astuto como para entender que la pomposidad convertiría sus escritos en antiguallas con rapidez. En cambio, su atención a lo minúsculo y a lo intrascendente, así como su lenguaje desenfadado, es lo que hace que en pleno siglo XXI podamos disfrutar con él más que con otros muchos cronistas de su época.

Liebling tenía buena idea de cómo se termina leyendo la crónica periodística y deportiva al cabo del tiempo, cuando el autor ya ha desaparecido. Su ídolo particular era Pierce Egan, periodista británico que escribió numerosas crónicas pugilísticas en la primera mitad del siglo XIX. Recopiló unas cuantas en la serie de libros titulada Boxiana, publicada entre 1813 y 1824. Egan, cómo no, fue quien acuñó el término sweet science para referirse al boxeo (en español se impuso la traducción literal «dulce ciencia»; aunque quizá hubiese sido más propio traducirlo como «bella ciencia», la primera ya es la tradicional). Liebling menciona a Egan en todos los artículos, comparándolo cada vez con un distinto literato medieval (había estudiado historia de la Edad Media como una excusa para irse a tomar por asalto los restaurantes franceses) y nunca se molesta en ocultar que sus propias estaban inspiradas por las del inglés. El libro La dulce ciencia, en cuanto a formato, es un moderno Boxiana, y el propio Liebling lo deja claro en su prólogo, calificándolo como «Extensión de la Obra Maestra del GRAN HISTORIADOR». Las mayúsculas son suyas; como experto en historia y como antiguo reportero de guerra, se toma la molestia de recordarnos que la crónica deportiva no es menos noble o menos digna de admiración que cualquier otra; eso sí, siempre que contenga verdades y no fantasías manipulativas destinadas a los forofos.

La seriedad del libro, eso sí, está en el contenido, que no en el tono. El agudo sentido del humor y la alegría de vivir de Liebling hombre obeso, de aspecto afable y muy sociable— maquillan la asombrosa erudición de su trabajo. Ironiza con todo; en uno de los capítulos, por ejemplo, finge haberse creído las teorías que unos psicólogos publican en prensa para predecir el resultado de un combate en base a las características psicológicas de los púgiles en liza. En el capítulo, Liebling repite ante quienes lo rodean y ante el lector las susodichas teorías, como si fuesen un pasmoso descubrimiento, solo para poder dejarlas en evidencia después, cuando la lógica de la técnica boxística se impone. Ese mismo juicio burlón se extiende a muchas otras cosas, aunque nunca de manera gratuita. Su concepto del mundo y de la vida es claro y directo; esa mentalidad que en inglés etiquetan con tanto acierto como no nonsense, «sin tonterías». Y, claro, se muestra despectivo aunque nunca displicente— con quienes tratan de barnizar la realidad con romanticismos innecesarios y trascendencia premeditada. Ese desparpajo irónico lo convierte en un narrador divertido y cercano; escribe como si te estuviese hablando en la barra de un bar. Quizá porque muchos personajes le hablan a él en la barra de un bar.

Esta recopilación de artículos fue publicada por primera vez en vida de Liebling, a mediados de los cincuenta. Aparecen nombres familiares para el aficionado al boxeo incluso más casual; hablo de inmortales como Joe Louis, Rocky Marciano, Floyd Patterson, Archie Moore, etc. Los conoció y trató de cerca a todos. También habla de púgiles que gozaron de fama en su día y que después fueron olvidados, y de unos cuantos que nunca sobrepasaron la segunda o tercera categoría, pero a quienes incluye en sus relatos cuando los considera dignos de recuerdo por algún motivo. Después de la muerte de Liebling, fueron añadidos algunos artículos más en los que hablaba de un boxeador en ascenso, un tal Cassius Clay, a quien por desgracia nunca llegó a ver coronado: Clay (que aún no se hacía llamar Muhammad Ali) se proclamó campeón mundial un año y tres meses después de la muerte del escritor. Con una ausencia de ironía desacostumbrada en él, Liebling se refería a Cassius Clay como «el poeta». Nos recuerda que Clay se había descrito como una «primavera» que iba a terminar con el «invierno» del boxeo; Liebling simpatizaba con aquel jovenzuelo virtuoso y todavía invicto a quien el público desdeñosamente calificado por Liebling como «antiintelectual»— abucheaba por ser demasiado carismático y demasiado excelente en su disciplina: meses antes de su propia muerte, el autor de este libro nos dejaba melancólicas reflexiones como esta:

Del vestuario del perdedor, que tenía la atmósfera del de un ganador, me dirigí al de Clay, que transmitía el estado de ánimo de la oficina de una editorial cuando el novelista de la casa ha perdido el Premio Nacional del Libro. Apolo [Clay], sin heridas y tan fresco como una flor recién brotada de un salto, estaba desconsolado; hasta aquella misma noche había pensado que era uno de los artistas más populares de Estados Unidos. Su hermano, Rudolph Valentino Clay, también boxeador y casi gemelo de Cassius, no podía entender nada tampoco.

—Ganó unánime —decía—. Por decisión unánime.
—Lo noquearé la próxima vez —intervino el poeta—. Ya sé cuál es su estilo.
Pero sus ojos estaban tristes. Se sentía agraviado.
—¿Por qué esa gente me abuchea cuando le doy una paliza? —me preguntó—. ¿Por qué no abuchean a mi favor?

Parecía sentir que las hojas no estaban en los árboles, que la hierba y las flores estaban muertas. ¿Será campeón de los pesos pesados? El tiempo lo dirá. ¿Aprenderá a golpear más fuerte? Es una cuestión de tiempo también. ¿Aprenderá a boxear en el cuerpo a cuerpo? El tiempo lo es todo. El mejor amigo de un hombre joven es el tiempo.

En resumen, si se suele citar La dulce ciencia como uno de los mejores libros deportivos es porque no es solo un libro deportivo; es un retablo en el que A. J. Liebling pinta sitios y momentos para sus lectores en The New Yorker y, muy a sabiendas, para los lectores que pudiesen venir en el futuro. Es como una colección de pequeñas novelas, salvo que no son ficción. Por descontado, imprescindible para cualquier aficionado al boxeo, pero también una absorbente lectura para cualquiera que desee desconectar y plantarse en mitad de las calles lluviosas de una Nueva York que ya no existe. Lo suyo es leerlo en inglés, pero si no lo tienen disponible, la editorial Capitán Swing lo ha publicado en español con lo que, he de decir, es una muy buena traducción de Enrique Maldonado, muy respetuosa con el tono del original.

Y, por si fuera poco, podrán encontrar, dispersas por el texto, perlas de agudeza típicas de Liebling, que uno ya no puede olvidar una vez las ha leído. Como cuando justifica su interés por los perdedores: «¿Qué sería Moby Dick si Ahab hubiera tenido éxito? Solo otra historia de pesca».


Floyd Patterson: el boxeador tumbado, el hombre que quería levantarse

26 SEPTEMBER 1962 SONNY LISTON KNOCKS OUT WORLD HEAVYWEIGHT TITLE HOLDER FLOYD PATTERSON IN 2 MINUTES AND 6 SECONDS TO BECOME THE NEW CHAMPION. COMISKEY PARK, CHICAGO, ILLINOIS, USA.
Sonny Liston vs. Floyd Patterson, 1962. Fotografía: Cordon Press.

Es jueves, 27 de septiembre de 1962, y la portada en blanco y negro del diario ABC anuncia la «Catástrofe en Barcelona», las lluvias salvajes que la víspera han provocado el desbordamiento de ríos y arroyos  y la muerte de más de cuatrocientas personas en la provincia. En la misma edición, página 65, el rotativo publica la crónica de un combate de boxeo. «Curiosidades y detalles de la fulminante victoria de Liston», titula. El periódico cuenta cómo el público acogió con silencio la llegada del contendiente, Sonny Liston, «el hombre malo del boxeo», al ring. Y cómo su victoria, la del «hombre abominable», se celebró en la prisión de Misuri como el triunfo de uno de los suyos, de un excolega de galerías que había pasado allí casi tres años por robo a mano armada. La noticia explica que el ganador, Liston el terrible, se llevará casi quince mil dólares por cada segundo de combate que ha disputado. Y también que entre el público esa noche estaban las leyendas Rocky Marciano y Joe Louis. Lo que no dice el periódico es que, mientras sus lectores se enteran de lo que ha sucedido el día antes en Cataluña y la noche del martes en Chicago en aquella velada, Floyd Patterson, el otro púgil, el del batín azul y oro, el vencido campeón del mundo de los pesos pesados, está aterrizando en el aeropuerto de Barajas en Madrid.

Patterson ha nacido veinsisiete años antes en Waco, Carolina del Norte. El tercero de los once hijos de Thomas y Annabelle, una familia sin recursos que pronto se mudó a Brooklyn, donde pronto también Floyd, el niño, calle, calle y pobreza, se convierte en un ratero. A los diez años, sin saber leer ni escribir, es enviado al correccional de Wiltwyck. Dos años después, de nuevo en la calle, calle, descubre el boxeo. «Si no hubiera sido por eso», contaría al final de su vida, «probablemente hubiera acabado en la cárcel o muerto». En 1952 gana el oro olímpico en Helsinki. Patterson, el hombre incipiente, está a punto de convertirse en profesional. Floyd, el niño de la calle, calle, ha encontrado lo que nunca hubiera imaginado que tendría: futuro.

Es noche cerrada ya. Madrugada del 26 de septiembre de 1962. Patterson se ha puesto la barba y el bigote postizos que le han fabricado a medida, una gorra y gafas de sol. Conduce Clem, su ayudante. Él viaja en el asiento trasero. Les quedan por delante treinta horas de viaje. La distancia entre Chicago y Nueva York. Entre la nada y casa. Patterson logra finalmente quedarse dormido y Clem decide hacer una pausa para comer algo en un restaurante de carretera. Una patrulla de policía llega al aparcamiento y ve al hombre estirado en el asiento. Golpea la ventanilla.

—Disculpe, señor, ¿puede bajar del coche?

Dentro despierta Patterson, levanta el pulgar asintiendo y desbloquea la puerta para salir. Al mismo tiempo Clem abandona también el local.

—Buenas noches, señor. Hemos pensado que su vehículo parecía sospechoso, su amigo estaba durmiendo en la parte trasera —le dicen.

Clem está irritado.

—¿Saben quién es?
—No, no lo sabemos…
—Es Floyd Patterson.
—¿Es usted Floyd Patterson?

Patterson se quita la gorra y las gafas y las coloca sobre el techo del coche. Después se retira la barba y el bigote falsos.

—Maldita sea… —dice el policía.
—Buenas noches, agente. ¿Podemos mi socio o yo ayudarles de alguna manera?
—Hemos escuchado la noticia en la radio. Es una vergüenza. ¿Vas a volver a luchar contra él, Floyd?
—Eso espero.
—¿No has terminado demasiado reventado esta noche, verdad?
—No, no pasa nada, estoy bien.
—¿Te importa si nos hacemos una foto contigo? Tenemos una cámara en el maletero.
—Claro.

De nuevo en la carretera Clem conduce hasta Nueva York. Pero Patterson no regresa a su casa, donde le esperan Sandra, su esposa, y sus tres hijos. En su lugar va al aeropuerto. Ha vuelto a ponerse su barba y su bigote. Viste de nuevo su gorra y sus gafas de sol. Ahora finge además una cojera. Está solo. Mira el letrero que anuncia los próximos destinos y compra un billete para el vuelo que está a punto de despegar hacia Madrid.

Patterson ha mentido al policía. No, no está bien. Y sí, sí pasa algo. En Chicago, en Comiskey Park, casi diecinueve mil espectadores abarrotan el estadio. Más de seiscientos periodistas aguardan impacientes con sus lápices afilados y sus libretas. Las entradas a pie de ring cuestan más de cien dólares. Es el combate esperado. En juego está el título de campeón del mundo de los pesados. Floyd Patterson, el campeón, calzón negro, treinta y ocho victorias en cuarenta peleas, veintinueve por KO, contra Charles «Sonny» Liston, el aspirante, calzón blanco, treinta y tres victorias en treinta y cuatro combates, veintitrés por KO.

Patterson conoce su estrategia. Liston es una roca. Un bicho feo y compacto con brazos como vigas. Debe esquivar sus jabs y trabajarle el cuerpo. Cuando suena la campana así lo intenta. Se dobla por debajo de la cintura de Liston y sus golpes le peinan el tupé. Pero a mitad de asalto recibe un uppercut y varios punchs. Patterson está perdido. Pocos segundos después, contra las cuerdas, Liston le asesta un gancho y lo manda al suelo. Han pasado solo dos minutos y seis segundos. Ha pasado una vida. Ha perdido el título. En el primer asalto. Mientras los rezagados aún se sentaban en sus asientos. En el vestuario busca entre su equipaje su barba y su bigote postizos. Se pone su gorra y sus gafas. Cuando abandona el estadio nadie lo reconoce. Floyd Patterson no existe.

Aaron Watson. Con unos dólares extras uno podía apuntarse en un hotel con un nombre distinto al que figura en el pasaporte. Patterson es el señor Watson. Así se lo contó el boxeador al escritor Gay Talese. Hoy resulta casi imposible reconstruir los días del boxeador en Madrid. Ni su familia sabe tampoco qué hizo ni dónde estuvo. En la España gris de comienzos de los sesenta, en la España que entierra a los muertos de Barcelona, Patterson, el excampeón, pasa cuatro días alojado como Aaron Watson en un hotel. Vaga por las calles. Camuflado tras su barba y su bigote, escondido bajo su gorra y sus gafas, perfeccionando la cojera que le mueve lento por la ciudad mientras los madrileños lo miran desconfiados y lo esquivan. Come y cena en el hotel. Salvo un día que decide hacerlo en un restaurante barato. Pide sopa. Odia la sopa. Pero una sopa es lo que un viejo de verdad habría pedido. Patterson se imagina que es otra persona. Que ya no es Floyd Patterson, el boxeador noqueado, el hombre humillado, sino Watson, el desconocido quejumbroso. Le gusta ser otro. Quiere ser otro. Cualquiera menos él.

Cassius Clay with arms raised, is waived to the neutral corner as Floyd Patterson (kneeling) takes a mandatory count of eight in the 6th round of their title fight in Las Vegas. Clay won on a technical knock-out in the 12th round to retain his title. The referee, Mr Krause, had to warn Clay for talking to Patterson early in the fight. "Clay tried from the first round to humiliate Patterson", Mr Krause said. "He tortured him with remarks like, 'Come on American, come on white American'". After the fight, Clay showered Patterson with unstinting praise and then typically demanded plenty of credit for himself from the "American Public". Clay spent nearly 15 minutes in the ring after the fight delivering a long impassioned oration, before finally heading for his dressing room. 22nd November 1965.
Cassius Clay vs. Floyd Patterson, 1965. Fotografía: Cordon Press.

Patterson, el campeón, el defensor, ponía en juego su título contra Liston. En caso de derrota, tenía derecho a un combate de revancha. Así figuraba en el contrato. Diez meses después de la noche de Chicago, el 22 de julio de 1963, ambos vuelven al ring en Las Vegas. Patterson, como lo anuncia el locutor, es el primer boxeador que intentará conquistar el campeonato por tercera vez. A los dos minutos y diez segundos del primer asalto, cae al suelo. Ya ha caído en dos ocasiones los segundos previos. Las dos primeras se ha levantado. El árbitro le ha mirado a los ojos y le ha dejado seguir. En esta ocasión el árbitro ha contado ya hasta diez. Liston sigue siendo el campeón del mundo. Lo será hasta que Muhammad Ali, Cassius Clay todavía, le tumbe siete meses después. Floyd Patterson ha durado cuatro segundos más sobre el ring que en su primer combate.

En el primer round no sabes bien qué pasa. Estás ahí fuera con toda esa gente a tu alrededor, con esas cámaras, con el mundo entero mirando dentro del ring, y todo ese movimiento, esa excitación, y el país esperando que ganes, incluido el presidente… ¿Y sabes lo que eso provoca? Te ciega. Simplemente, te ciega. Y entonces suena la campana y tú vas hacia Sonny Liston y él viene hacia ti y ni siquiera te das cuenta de que hay un árbitro en el ring.

Se lo contaba Patterson, el boxeador, a Talese, el escritor, semanas después, en su retiro de Nueva York, en el club social abandonado en el que se recluía para entrenar. Donde se lamía las heridas, lejos de su familia, lejos del mundo, cerca de sí mismo, lo más cerca que uno puede estar de uno mismo, que es estando solo.

Después no puedes recordar demasiado el resto, porque no quieres hacerlo. Todo de lo que te acuerdas es que de pronto te estás levantando y el árbitro te está preguntando: «¿Estás bien?». Y tú le respondes: «Por supuesto que estoy bien». Y él te pregunta: «¿Cómo te llamas?». Y tú respondes: «Patterson». Y entonces, de repente, con todos esos chillidos alrededor tuyo, estás debajo de nuevo y sabes que te tienes que levantar pero estás demasiado mareado y el árbitro te empuja y tu entrenador está ahí contigo con una toalla y la gente está levantada y tus ojos son incapaces de enfocar nada.

No es una mala sensación ser noqueado. De hecho es buena. No duele. Es solo un mareo profundo. Flotas en una nube placentera. Cuando Liston me noqueó en Nevada sentí durante cuatro o cinco segundos que todo el mundo del estadio estaba en el ring conmigo, que nos rodeaban a mí y a mi familia, y sientes la calidez de esa gente. Sientes amor por todos. Y quieres llegar a ellos y besarlos, a hombres y mujeres. Alguien me dijo que después de esa pelea lancé un beso desde el ring. No lo recuerdo, pero no me sorprende haberlo hecho.

Se lo contaba Floyd, el hombre de la mirada caída, el hombre triste, el hombre herido, a Talese.

Pero entonces esa sensación buena te abandona. Te percatas de dónde estás y de qué estás haciendo y de lo que te acaba de suceder. Y lo siguiente que sientes es dolor; confusión y dolor. No un dolor físico. Es dolor combinado con rabia. Es un dolor por lo que la gente piensa de ti. Es un dolor que te avergüenza de ti mismo.

Cuando Floyd Patterson falleció, el 11 de mayo de 2006, por un cáncer de próstata, todas las crónicas le recordaban como un «caballero». No hubo otro boxeador como él. Nadie que buscara en el dolor y que quisiera explicarlo. Nadie que se atreviera a exhibir en público sus fantasmas, su debilidad. Nadie que hubiera evitado siempre la confrontación más allá del ring. Que creyese en el boxeo como un duelo entre hombres, de igual a igual. Como la búsqueda de uno mismo entre hermanos. Pero le tocó vivir una época extraña.

En 1956 disputó su primera pelea por el título frente a Archie Moore. En la presentación del combate, Moore, de quien Ali aprendería aquella estrategia de desestabilizar también con el verbo, con la palabra, le acribilla. Le menosprecia. Dice a Patterson que le noqueará. Él calla. Cree en la dignidad y en el respeto. No responde. Agotado del ataque de Moore, nervioso, deja la sala del hotel en Chicago donde se encuentra. Sale a la calle y respira hondo. Busca un teléfono y llama a Sandra, su mujer, que lo calma. Ella es su báculo. Su espejo. Su mejor psicóloga. Está embarazada de su primera hija. El bebé nacerá al mismo tiempo que la pelea. Regresa de nuevo a la sala, más calmado, y termina de responder a los periodistas. Moore tendrá muchos años de experiencia, les dice, pero él ha aprendido rápido. Porque Moore es ya un perro viejo de cuarenta años, que lleva dos décadas como profesional, que ha engordado para subir de categoría a los pesados y que ha peleado y perdido contra el gran campeón de los blancos, Rocky Marciano, que se ha retirado ese abril invicto, dejando el trono de los pesos pesados vacante. Moore y Patterson son los dos aspirantes. Pero es Patterson, con veintiún años, en cinco asaltos, quien se convierte entonces en el campeón más joven de la historia. Floyd, el niño de la calle, calle, el del correccional, descubría entonces que el futuro que no tenía y que encontró en el boxeo se había convertido en presente.

Su historia, sin embargo, solo se entiende si se amplía el plano de la fotografía. Si se mira quién está su lado. Si se descubre en la escena a su entrenador y mánager, Cus D’Amato. Un personaje célebre de aquella época dorada del boxeo en blanco y negro. Y célebre por haber lanzado también años después a Mike Tyson. Pero un tipo obsesivo, excéntrico, paranoico. Antes de la pelea con Moore, D’Amato ha instalado su cuartel general en un hipódromo cerrado. Patterson corre por la pista de los caballos y su entrenador duerme tirado en un colchón al otro lado de la puerta de su dormitorio. Teme que alguien quiera envenenar a su púgil. Quien lo intente tendrá primero que sobrepasarlo a él.

By knocking out world heavyweight boxing champion, Swedish Ingemar Johansson, in the fifth round of their title fight in New York, 25-year-old Floyd Patterson, made history as the only heavyweight champion of the world to regain his lost title. The fight was a complete reversal of the contest last June when Johansson, then the challenger, finished the fight and claimed the title in three rounds. Picture shows Johansson, forced against the ropes by Patterson's pushes, uses weird, unorthodox footwork, as he tries in vain to move away. 23rd June 1960
Ingemar Johansson vs. Floyd Patterson, 1960. Fotografía: Cordon Press.

Los años siguientes al título Patterson apenas tiene rivales. D’Amato rechaza peleas y peleas. Se queja del nivel de los rivales. O del reparto de las ganancias. O de que la mafia quiere dominar el boxeo. Todo son excusas. Pero un boxeador solo es un boxeador si boxea. Y un campeón solo es un campeón si lo demuestra. Y a Patterson y a D’Amato les dicen entonces que lo suyo es una farsa, que tienen miedo, que qué clase de campeón del mundo de los pesos pesados es Patterson. El boxeo echa de menos a Rocky Marciano. Los blancos añoran a su mito. A los negros no les gusta su campeón. Quieren también un héroe y Patterson no lo es. En 1959 D’Amato acepta que el sueco Ingemar Johansson le dispute el título y Patterson lo pierde. Cae en el tercer asalto. Ahí descubre la humillación y el dolor. Ahí ve que el presente puede ser pasado. Y ahí empieza a aprender, como contaba, que un hombre solo se encuentra a sí mismo, solo aprende, en la derrota, que la victoria es un terreno yermo del que no brota nada. Patterson se encierra en su club social a un centenar de kilómetros de Manhattan. Rumia y entrena. Piensa y entrena. Se lamenta y entrena. Meses después vuelve a enfrentarse a Johansson, lo tumba con un gancho de izquierdas demoledor y recupera su título mundial.

Nunca dejó de intentarlo. Después de Liston, y el dolor y la vergüenza, llegó Muhammad Ali, el héroe con el que soñaban los negros. Ali llamaba a Patterson el «conejo». Le decía que estaba asustado como un conejo y para molestarlo se presentó un día en los aledaños de su refugio en Nueva York con un manojo de lechugas y zanahorias. Patterson llamaba a Ali «Cassius Clay». Se negaba a utilizar el nombre que este había adoptado. En noviembre de 1965 Ali aceptó defender su título ante el excampeón. Patterson intentaba de nuevo ser el primer hombre que conquistaba el título tres veces. Pero perdió por KO técnico en el duodécimo asalto de un combate a quince en el que sufrió y sufrió castigado por la velocidad y la fuerza de Ali. Aún volvería a intentarlo una vez más, frente a Jimmy Ellis, cuando Ali se había negado ya a combatir en Vietnam y le habían quitado su título de campeón. Cuando el trono, como sucedió con Marciano, se quedó vacío. Pero volvió a perder. En 1972, por fin, se retiró. Fue tras su última pelea, de nuevo con Muhammad Ali, aunque sin nada en juego. Esta vez cayó en el séptimo asalto. «Yo era solo un boxeador; Ali era historia», confesaría años después, antes de que llegaran el crepúsculo del alzhéimer, del olvido y del cáncer.

Patterson fue un paréntesis. Una sombra. El rey asustado de una época incierta. El boxeador que rellenó ese vacío, esa nada, ese tiempo entre Marciano y Ali, que hoy apenas se recuerda. Una nota a pie de página. Un actor secundario de las historias protagonistas de otros. Un hombre con gesto perpetuo de resignación. Un espectro, sí. Pero un espectro maravilloso. «Dicen que soy el boxeador al que noquearon más veces; también soy el que más veces se levantó».

Una década antes del retiro habían pasado Liston y los dos KO en el primer asalto. Había pasado Madrid. Habían pasado el bigote y la barba y las gafas y la gorra y la cojera. Habían pasado los brazos de su mujer, Sandra, de quien se divorciaría porque quería que se retirara y no lo hizo, que sobrevive hoy en las fotografías como ese rostro en el que Patterson se refugia buscando el consuelo en la derrota que no existe. Como ese cuerpo que acepta pero que rehúye como si no mereciera el calor, la comprensión; como si la vergüenza, como hacía, le apartara de los suyos. Como si no fuera capaz de mirar a sus hijos a la cara porque descubrirían la humillación, porque se percatarían de que su padre no era el héroe que imaginaban. Entonces, una década antes del retiro, se lo decía Patterson a Talese. Probablemente, las declaraciones más sinceras y valientes que ha hecho nunca un deportista. Probablemente, la mejor confesión de un perdedor.

Debe preguntarse qué lleva a un hombre a hacer cosas como la de España… Bueno, yo también me lo pregunto. Y la respuesta es que no lo sé. Pero creo que es algo que está dentro de mí mismo, dentro de todos los seres humanos, cierta debilidad. Una debilidad que se manifiesta aún más cuando estás solo. Y yo he pensado que en parte hago las cosas que hago porque… porque… soy un cobarde.

Sonny Liston vs. Floyd Patterson. Fotografía cortesía de The Stacks.


Hovik: “El público no es mi amigo, cuando salgo al escenario los quiero matar”

Hovik Keuchkerian nos recibe —o más bien debería decir que nos acoge— en su gimnasio en el madrileño barrio de Hortaleza donde le paran a cada paso para saludarle. Pero su popularidad no se debe a la reciente fama televisiva por interpretar a Sandro en la serie Hispania ni a su ya larga trayectoria como monologuista; nos cuenta que la fama no ha cambiado nada su vida en el barrio, su reconocimiento se debe al trabajo durante quince años al frente del gimnasio HK y, sin duda, a la afabilidad de estos casi dos metros de boxeador —dos veces campeón de España de los pesos pesados—, humorista, actor y poeta.

¿Qué opinas de que en algunos medios de comunicación el manual de estilo o la política editorial prohíban hablar de boxeo?

Como vivo bastante alejado de las prohibiciones, me molestan en general. En el caso de un deporte como el boxeo, en el que la prohibición nace de un desconocimiento total y absoluto, pues imagínate. Muchísimo más cuando un grupo de personas deciden en un despacho el futuro de muchos deportistas que no van a poder llegar a hacer una carrera deportiva seria; desgraciadamente en este país el boxeo no funciona mucho, quitando dos o tres boxeadores que han dado el salto. Pero a la gente que supuestamente decide esto yo no la conozco, he sido nueve años boxeador y no me he encontrado con ningún político ni periodista que esté en contra del boxeo. Debe de ser que hay determinada gente que no quiere que salga. Luego hay otro problema: que habría que hacer una reforma importante de cómo se organiza el boxeo en este país para que puedan entrar empresarios serios, porque el éxito de todo deporte hoy en día pasa por convertirse en negocio.

¿Tu experiencia en el boxeo fue mala en algún sentido?

Fue mala porque al final lo tuve que hacer yo todo y era muy complicado. Un boxeador tiene que boxear, un promotor se tiene que encargar de promover y un entrenador de entrenar. Cuando lo haces tú todo, lo haces mal. Acabé un poquito “quemadete”.

¿Qué opinas de que el boxeo esté perdiendo cartel frente a las artes marciales mixtas y otros tipos de combate más extremos?

Las MMA es a donde ha evolucionado el Vale Tudo, que conocemos ya desde hace unos añitos, y vienen de EEUU donde están funcionando muy bien. Yo he entrenado WFC y me parece súper completo y muy duro, pero estéticamente no me gusta tanto como el boxeo. En América mueve muchísimo dinero, a lo mejor hasta arranca eso aquí en España antes que el boxeo. Pero el boxeo tiene aquí muchísima afición, muchísima. Marca TV da muy buenas audiencias cuando pone boxeo.

Se dice que la WFC es menos peligrosa que el boxeo, ¿puede deberse a esto que esté mejor visto?

Efectivamente el WFC es mucho menos lesivo que el boxeo. En primer lugar porque puedes jugar con una variedad de golpes y puedes tirar a sitios a los que en el boxeo no puedes —en el boxeo el 80% de los golpes van a la cabeza—, el WFC es pelea de suelo, pelea de pie, una mezcla de todo; y luego mira los guantecitos que llevas, a la que te equivoques dos veces se ha acabado la pelea. Puede haber un cúmulo de castigo, pero una vez que tienes al rival inmovilizado en el suelo, ¿cuánto tiempo le puedes pegar hasta que el árbitro para la pelea?, ¿diez segundos? En cambio un combate de boxeo es más dilatado en el tiempo y es bastante más dañino. Pero bueno, también te pueden matar si toreas.

Hubo una época en que se retransmitía boxeo en canales generalistas, pero no acabó de cuajar.

Pero porque se hizo muy mal. Siento decirlo, pero se hizo muy mal. Otro problema es que hay muchas cosas de las que no se habla. Cómo está el boxeo en este país lo saben todos los grandes periodistas deportivos. Pero no debe de interesar, porque no sale un solo reportaje en serio.

¿Muhammad Ali es la mayor figura deportiva de todos los tiempos?

Para mí Muhammad Ali es el deportista más grande de todos los tiempos, sí. Considero que es el único de la historia que ha trascendido a su deporte. Era un líder, no para un pueblo, sino para una raza. El campeón del mundo de los pesos pesados negro más joven hasta la llegada de Tyson. Un hombre que tenía una cabeza… fue boxeador como podía haber sido político o lo que quisiera.

Humillaba verbalmente a sus rivales, a veces con bastante mala leche.

Es que él se sentía —no lo conozco personalmente por desgracia, pero así lo creo— superior a sus rivales. No ya como boxeador, sino como persona. Se veía más capacitado que cualquier otra persona para afrontar cualquier tipo de reto, pero creo que también tenía que ser muy humilde, porque si no, no sería el campeón que es. Calentaba los combates, pero no se puede ser un campeón tan grande sin tener humildad. Para mí es un referente, desde luego.

Mike Tyson, que tanto bien hizo al boxeo al principio de su carrera, terminó haciéndole tanto o más daño al final.

La de Mike Tyson es una vida tan complicada que, hablar de ella… (Ríe). Podría haber sido el mejor peso pesado de todos los tiempos. Un peso pesado contemporáneo —de la época de los noventa, finales de los ochenta—, con 1,79 m de altura y 100 kilos de peso, lapidar como lapidaba a los rivales era una cosa espectacular. Yo distingo a la gente que no sabe de boxeo cuando dice: “Mike Tyson era un tira hostias, no sabía boxear”, con eso ya es complicado que sigamos hablando, porque tenía una técnica tan depurada y un ataque tan contundente que a mí me tenía enamorado; y en aquella época no se me pasaba por la cabeza pisar un ring ni por todo el dinero del mundo. Y luego me he subido gratis.

¿Qué opinas de la figura de Poli Díaz y lo que significó?

Poli Díaz es un hombre con un corazón salvaje, grande e indomable. Un crack, una fuerza de la naturaleza. Un pedazo de boxeador, amigo mío. No tuvo suerte, no lo hizo bien. Ha sido un referente en este país. Pero bueno, la persona y el deporte tienen que ir de la mano y el Poli ahí… le quiero mucho y le tengo mucho respeto, me parece un gran tipo. Me jode que no llegara a ser campeón del mundo. Después de pelear con Whitaker se le ofreció una pelea con Julio César Chávez, es algo que la gente no sabe. No se hizo nunca este combate, pero hubiera sido muy grande.

En el boxeo ha habido bastantes púgiles famosos que tras su apariencia temible escondían un alma delicada: Joe Louis era la candidez personificada, Floyd Patterson era vulnerable y bonachón, George Foreman era retraído y sensible, incluso en España algunos célebres boxeadores han sufrido depresiones, como Urtain o Pedro Carrasco. ¿Hay mayor proporción de individuos vulnerables dentro del boxeo que en otros deportes?

Creo que en un deporte como el boxeo, que es una metáfora absoluta de la vida, y que es un deporte durísimo tanto en el ring como fuera de él, si el boxeador no tiene una dosis importante de criterio, de equilibrio, de sangre fría, de constancia, de conciencia y de saber rodearse de gente que le va a cuidar y le va a proteger, es un deporte peligroso. Si a eso le sumas que tengas ciertas condiciones, pueden acabar haciendo contigo lo que quieran.

Escritores como Cortázar, Hemingway, Bukowski, Jack London o Mailer ambientaron algunos de sus escritos en el boxeo. ¿Qué es lo que hace interesante para ti el boxeo desde el punto de vista del escritor, no del deportista?

No he escrito hablando de boxeo, pero muchas cosas de las que escribo parten de las experiencias del boxeo. La escritura y el boxeo se parecen en algunas cosas. El boxeo y la búsqueda de la verdad para mí van de la mano, porque cuando subes al ring y suena la campana ahí no hay vuelta atrás. Cuando escribo, escribo desde la verdad y el boxeo tiene una relación con la verdad muy grande.

¿Qué combate o documental recomendarías a un profano para despertar su amor al boxeo?

Soy nulo a la hora de documentarme viendo cosas y tiendo a la vagancia. Cuando éramos reyes desde luego, es espectacular, pero ese lo conoce todo el mundo. Hay también uno de la vida de Tyson muy contundente.

De boxeador a humorista, ¿te suelen preguntar mucho por Jake LaMotta?

En la primera entrevista que me hicieron después de dejar de pelear y empezar a hacer monólogos me preguntaron por él. Hay una similitud sí, pero relativa, porque Jake LaMotta ha sido uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos y yo sólo fui campeón de España.

España no tiene tradición en el género del monólogo al estilo del stand up comedy americana, algo más de una década desde que el canal Paramount Comedy introdujera este género en nuestro país. ¿A qué crees que se debe su éxito?

Una vez más vamos por detrás, porque los cómicos de stand up comedy de EEUU son referentes en el mundo del humor y hay verdaderos templos del stand up. Allí es mucho más habitual lo que me ha ocurrido a mí: ser cómico y trabajar de actor, compaginar las dos carreras. Aquí es más complicado, te encasillan. Pasa lo mismo si cuentas chistes, eres un “cuentachistes”, no un monologuista. Creo que la cultura aquí es muy propicia para que el stand up triunfe.

¿Se ha adaptado la fórmula a nuestro humor? Allí es algo más agresivo en ocasiones.

Eso depende del humorista y del país en cuestión. En EEUU si un cómico sale a un escenario y quiere decir “esto” no es que vaya a decirlo porque sí, sino porque probablemente el humorista dice “este es mi humor y si no puedo hacerlo así no lo hago”.

Tu estilo sí tiene parecido con algún americano, a Bill Hicks podría ser, aunque lejanamente.

Algo he oído, porque me hacen comparaciones compañeros cómicos. A mí me gusta que el público se ría pero también me gusta generar incomodidad, que no esté a gusto e incluso que le moleste lo que estoy diciendo. Se supone que soy cómico, me subo a un escenario y tengo que hacerte reír durante hora y media y que te rías con todo lo que digo. No, perdona, yo soy humorista y tú vienes a ver mi show y te voy a hacer reír, o lo voy a intentar; si vas a ver a tu equipo vas a verle ganar, pero a lo mejor palma, pues yo igual, de las diez cosas que digo te ríes de siete y en tres piensas y al que está a tu lado no le hace ni puta gracia ninguna y se ríe de lo que tú piensas. Creo que hay un cambio, hay cómicos que están arrancando que “quieren decir”. Considero que toda persona que pisa un escenario para lo que sea tiene la obligación de decir algo.

Tus monólogos empiezan con una declamación dramática, ¿el desconcierto es un recurso para que el público se ría?

La risa viene de la incomodidad. Tú vas a ver un monólogo a reírte, cuando ha pasado un minuto y no te has reído te preguntas a qué has ido allí. Yo estaba empezando a experimentar con esto cuando me salió Hispania. Ahora retomo, empiezo en julio en la Chocita del Loro en Gran Vía todos los jueves.

En You Tube hay poquitas cosas tuyas.

Sí, pero porque Paramount las ha quitado, el monólogo de Cocretas tenía un millón de visitas. Yo ahora voy a estar en el teatro y el que quiera verlo que venga al teatro, pero tuvo un tiempo que estaba entero y se vio mucho.

Supongo que te gustará que pongan estos videos para tu promoción y te perjudica que los retiren.

Es la pescadilla que se muerde la cola. Me llamaron para Hispania por el monólogo que tengo en YouTube. Otra cosa es que te cuelguen la hora cuarenta de monólogo, porque juego mucho con la sorpresa y si vienes a mi espectáculo sabiéndote gags, pues me has jodido. Ahora bien, si tú tienes algo muy bueno, lo cuelgas en internet y lo ven un millón de personas, eso es positivo. Con lo que no estoy de acuerdo, ni con Paramount ni con cualquier televisión, es con que me escriba un texto, me lo curre, me lo ensaye y luego resulta que ese texto no pasa a ser propiedad de la televisión pero, vamos, le falta… no sé si esto roza hasta la ilegalidad. Es mi texto, es mi monólogo, lo pongo en YouTube para que la gente lo vea. Y si te pagaran una pasta, vale, escribo el texto y me olvido de los derechos, pero tampoco te pagan una barbaridad.

Tienes alguna imitación de Eugenio. Qué humoristas admiras más y qué tipo de humor es el que más te gusta.

Es que a mí Eugenio me parece, valga la redundancia, un genio. Empecé a ser cómico por Eugenio, porque le imitaba, me vieron un día hacerlo y me llevaron a un garito a hacer monólogos. También me gustan Ozores, Pajares…Yo con todos éstos me muero.

Entonces no tienes una preferencia por la disertación de los monólogos, te gustan también los chistes encadenados…

Sí, sí. He sido un gilipollas toda mi vida. Lo que no esperaba nunca era poder ganarme la vida con ello.

¿Es más importante el guión o la interpretación del monólogo?

Bajo mi punto de vista tienes que tener un buen texto. Un buen texto sin una buena interpretación puede ser un gran monólogo. Hay compañeros —no muchos porque es complicado— que salen una hora al escenario, están plantados con el micro, sin moverse, y revientan un teatro. Me parece inaudito; sin mucho acting, sin mucho gesto y la gente se parte. Yo no podría, juego con eso: voy subiendo, voy bajando, de repente me paro y hago unos minutos muy neutros… Una cosa que funciona en mi espectáculo y que considero que es algo que debería tener todo artista, es que el público que asiste —le guste o no le guste— dice: “este tío se está dejando la piel ahí, está pisando escenario y me quiere ganar”. En este aspecto encuentro una similitud con el rival en el boxeo. Para mí el público no es mi amigo, cuando salgo al escenario los quiero matar. Salgo diciendo “aquí estoy yo y vamos a ver quién gana”. Te quiero matar, te voy a comer el terreno, es la guerra. Cada gag que te tiro —ya sea de coña, sea en serio— es un directo de izquierda y cuando vengo con la buena te meto el directo de derecha y te tengo groggy. Probablemente suelte una que no te rías y me des tú. Cuando termino volvemos a ser amigos, como en el boxeo: suena la campana, buen combate y todos a su casa. Volviendo al tema del guión: si tú tienes un guión malo y tienes un acting espectacular, lo normal es que te pegues el piñazo. Para mí es muy importante lo que dices, y luego cómo lo dices. Y por encima de esas dos cosas, tener muy claro tu personaje. Un cómico en un escenario tiene que tener un personaje, tiene que enganchar. Esto tiene mucho que ver con la energía.

De otros monologuistas, ¿cuál es el estilo que más te gusta?

No veo muchos monólogos, pero en el stand up español a mí Vaquero, aparte de ser un gran amigo, me parece un genio, tiene una máquina en la cabeza; le digas lo que le digas te saca un gag, es impresionante. Goyo Jiménez me parece un maestro, es un referente. Agustín Jiménez, Ignatius me parece fascinante, Luis Álvaro me parece que tiene un humor único, complicado, pero que también es un genio. Y luego hay gente nueva que funciona de puta madre.

¿Te ha servido tu experiencia en los escenarios para interpretar a Sandro en Hispania?

No te podría haber respondido a esa pregunta hace un año, pero ahora sí. El trabajo del cómico de gira, que está todo el día de aquí para allá, curte mucho. Delante de una cámara hay una cuestión de diferencia de técnica. A mí lo que me pasaba cuando empecé es que absolutamente todo lo que decía sonaba gracioso. Decía: “Viriato, vienen los romanos” y la gente se partía.

El personaje tiene un punto de candidez…

Sí, claro. En televisión o en el cine ese peldañito es muy pequeño. En un monólogo te puedo decir “mi padre no se corría, mi padre fumigaba” y te partes, pero un pequeño gesto en una cámara se hace muy grande y no vale. Hay que medir la intención con la que dices las cosas, por qué las dices, cómo las dices. Yo al principio estaba acostumbrado a soltar, a largar el texto como yo quería. Me pusieron una coach de interpretación, Raquel Pérez, que me ayudó muchísimo, pero las primeras semanas era complicado que yo leyera un texto sin la musicalidad y la cadencia de un monólogo. Pero sí te sirve la experiencia, mucho.

La serie ha sido grabada con muy pocos medios en comparación con las grandes producciones americanas ¿Cómo evalúas el resultado?

Hombre, considero que el hecho de que se haya apostado por hacer una serie así en España es un paso importante, porque, para lo que se ha hecho en este país, sí que es una superproducción. Claro, no me compares con Roma o con Spartacus. La gente te dice “He visto Roma…”; ya, y yo he visto un Madrid-Barça y me ha encantado y a lo mejor veo un partido de tercera y no me mola tanto. Roma creo que tenía dos millones de dólares de presupuesto por capítulo y la tercera temporada no la hicieron porque, aun con el petardazo que dio, no cubrían inversión. Realmente no sé el presupuesto de Hispania por capítulo, pero sea el que sea se está haciendo bien; habrá fallos, como en todo. Trabajamos todos con muchas ganas y el equipo se implica mucho y creo que eso se ve reflejado. Estamos dando buenas cuotas de pantalla, así que no nos podemos quejar.

¿Crees que se ha tratado el tema histórico con fidelidad o se ha adaptado a las supuestas expectativas del público televisivo?

Es que si quieres contar la historia realmente y te quieres ceñir claramente a lo que pasó, probablemente no darías tres millones y medio de espectadores. Luego pasa una cosa muy curiosa: tenemos un historiador y por lo visto ni entre los propios historiadores se ponen de acuerdo en cosas como por ejemplo si las casas eran redondas o eran cuadradas. Si con eso hay polémica, imagínate con el tema de dónde llevaban la falcata. El planteamiento de los guionistas es hacer la vida de Viriato, manteniendo una serie de cosas y jugando con otras.

¿Cómo es Ana de Armas en las distancias cortas?

Ana de Armas es una niña encantadora. La primera vez que la vi en vivo, cuando hice el casting para la serie, se pasó una hora tocando los cojones con el “pi-pi-pi” del móvil; le entraban mails o mensajes seguidos y ahí estuvimos de coña ya el primer día. Hemos hecho muy buena amistad con esa niña, que tiene veinte años o así, y con su novio también, que es un chaval de puta madre.

Queríamos haber hablado de tus libros con conocimiento de causa, pero es complicado encontrarlos.

Es lo que tiene la poesía. Voy a editar directamente por Internet, ya he hablado con mi editor y el tercer libro lo voy a sacar en e-book y que la gente se lo descargue. El tema de las editoriales pequeñas o de la gente que vende pocos libros, como es mi caso, es que no les compensa tener dos o tres libros en la tienda. Así que lo voy a colgar en mi web para descargar.

¿Qué influencias tienes?

Leo poquísimo, no he sido un gran lector, y poesía he leído muy poca. Llevo escribiendo veinte años pero porque lo necesito. Empecé a escribir porque necesitaba decir determinado tipo de cosas, porque no soy de hablar de lo que me pueda escocer o me pueda hacer daño, soy más de estar de chufla, y empecé a escribir por una necesidad. Publicar fue un accidente, si no vuelvo a publicar no pasa nada, yo siento satisfacción cuando escribo. Cuando empecé a ser cómico no me costó el cambio, el entrenamiento de sentarme a escribir ya lo tenía, sólo tenía que cambiar el foco. Pero no he leído a muchos poetas, escribo lo que sale.

Fotografía: Gonzalo Merat. Vídeo: Javier Villabrille