Cuando follar significaba no tener que decir «lo siento»

Love Story. Imagen: Paramount Pictures. follar
Love Story. Imagen: Paramount Pictures. follar

Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº 5 Especial Libertinaje.

No escribo esto desde la nostalgia. Cuando se ha tenido, en su debido momento, lo que se quería tener —placer y deber: porque un humano no es completo sin las dos caras de Jano—, la nostalgia constituye una asquerosa pérdida de tiempo.

Pero tanto como me molestan los viejos crápulas, más o menos de mi generación —un poco menos, casi siempre—, que presumen de un hígado cirrótico y desafiante, tanto como me crispa semejante actitud a lo Bogart de medio pelo, me ponen frenética esos momentos de ajuste de cuentas con el pasado que, con frecuencia, encuentro en algunas series de televisión estadounidenses. No me refiero a las soberbias —Los Soprano, The Wire y algunas otras—, de las que tan bien se escribe en estas páginas. Hablo de las producciones post-Reagan (que alargan su mensaje hasta nuestros días), de gran consumo, creadas para familiarizar al público con dos ideas brutales pero eficaces: que la pena de muerte es buena y que los 70 fueron una puñetera mierda.

De pronto la inspectora, que lleva el escote abierto hasta el anochecer y las tetas subidas hasta la barbilla, toda ella bótox y colágeno, le dice a su compañero, ese buen padre desgarrado que no soporta tanto vicio y crimen como ve (por ejemplo, en Ley y Orden): «El violador se crio en casas de acogida, fruto de una unión… ejem, esto, de los 70». «Vaya por Dios», viene a replicar él, con expresión de entendido. «Qué años tan espantosos». Y ahí queda eso.

Porque para este flojo, puritano, cruelmente virtuoso e interesadamente represor mundo en el que vivimos, todos aquellos que fuimos jóvenes en la década de los 70 terminamos formando parte de la familia Manson y asesinando a Sharon Tate y convidados. Como si entre los alucinados trippies de los insanos —y no pocas muertes por heroína de cachorros de grandes familias— no hubiera existido una deliciosa libertad cotidiana e íntima, de clase media, que no considerábamos libertinaje (aunque así lo bautizaban los curas y otras gentes de bien), sino mera y llanamente el ejercicio del derecho a la felicidad y follar.

«Polvo que no echas, polvo que se te escapa», solíamos decir y hacer. Ahora miro los anuncios de támpax suaves para que él no se sienta incómodo, o de compresas cool para que a ellas no les huela el reclamo sexual, escucho conversaciones entre jóvenes machos sobre el dolor que produce la operación de fimosis, y alucino en colores que la amiga LucySD nunca utilizó, por su sosería. ¿En qué momento el sexo se convirtió en algo peligroso? ¿Fue a raíz de la plaga o del miedo al compromiso? ¿O de ambas cosas a la vez?

Los años 70 fueron tan magníficos que empezaron antes, en los últimos 60, y terminaron después, en los 80, el día en que enterramos a Tierno Galván en el sector laico del cementerio de la Almudena e iban los líderes del PSOE detrás del féretro, encabezando la comitiva fúnebre, lívidos de envidia, pues los chavales mensajeros, con sus motos, le hicieron escolta voluntaria al hombre que había devuelto a Madrid la alegría y el orgullo urbanos, y la juerga. En la cara de Alfonso Guerra se podía ver que todo aquello nos lo iban a hacer pagar. 

Mientras tanto, en Barcelona —que fue en donde florecí al mal—, el pujolismo imponía el tedio comarcal. Lo hacía a base de martirilogio y folclore autóctono, algo que, por cierto y contra lo que se diga, el Caudillo nunca prohibió, porque no era imbécil y sabía de su inocuidad.

Precisamente mis primeros escarceos se produjeron en las noches de las Ramblas, con el Paco vivo y nosotros todavía más, lúcidos, sabedores de que solo en lo privado podíamos imponer nuestra ley. Chicas perfectamente decentes nos buscábamos la vida con chicos perfectamente razonables. O no. También podíamos dragar las calles en busca de exóticos o de marines, ya que, en Barcelona, la VI Flota no siempre repartía sus favores entre las profesionales. Se producían idilios de un sola madrugada en la pista del Jazz Colon o en la barra del Kit Kat, o en los sofás del Big Ben, y una escalera en el sótano de un bar bien podía facilitar una postura antinatura ejecutada a la salud de la Santa Madre Iglesia y del que todavía iba bajo palio.

Por nuestra cuenta, las mujeres nos habíamos hecho con la píldora anticonceptiva, y nuestros hombres se habían deshecho del condón. Además, ellos practicaban en verano con las suecas y alemanas que venían a la Costa Brava —doy gracias porque la RDA no dejara salir a Angela Merkell— y, el resto del año, nos favorecían con sus hallazgos. Nosotras no nos quedábamos preñadas para atraparles, aunque a veces nos tentara hacerlo con su mejor amigo, y a ellos con nuestra mejor hermana, pero la sangre nunca llegaba al río, porque no había otra sangre que la de las venas, bullendo en nuestra juventud.

Y todos odiábamos Love Story. Quienes hemos llegado hasta hoy sin nostalgia y también sin arrepentimiento la seguimos odiando, así como 50 sombras de Grey y cualquier otro apósito térmico de la sexualidad.

Llamadlo libertinaje, si queréis. Yo lo llamo felicidad.


Aleister Crowley y las vacaciones en Cefalú

Aleister Crowley cefalú
Aleister Crowley. Foto: Getty.

«Haz lo que quieras», repetía la Bestia aquí y allá a quien lo quisiera escuchar. Es más, añadió una segunda parte al mandamiento para darle a todo el asunto un carácter absoluto, irreversible, burocrático: «Haz lo que quieras será la única ley». Para qué complicarse la vida con más preceptos, con decálogos, con sacramentos, con algún tipo de antiderecho canónico cuyo motto latino bien podría ser Sanctis meis testiculi, cuando todo es mucho más sencillo. ¿Tengo derecho a hacer esto? Sí. Apoyado por la ley y su principio irrefutable, siempre tengo derecho. Por mis santos cojones. Y unos lo llamaron liberalismo y otros Thelema.

Tal y como sabemos desde mucho antes de que apareciera Freud dispuesto a aburrirnos con sus milongas, resulta que lo que quiere hacer todo el mundo es follar. Está descrito bien clarito en la Biblia, versículo aleatorio. Aleister Crowley, el autor de la genialidad ya citada —y es una genialidad porque una vez que sea lo suficientemente conocida y adoptada hará que cualquier estudio de la FAES resulte ser una obviedad— lo sabía muy bien. Cada mañana, después del desayuno, sin apenas tiempo para haber engullido un par de huevos fritos en grasa de carnero y, salvo los viernes, tres salchichas de Warwickshire, su padre reunía en el salón de la casa a la familia, al servicio y a cualquiera que tuviera la mala idea de asomar la cabeza por allí y les hacía leer a cada uno un capítulo de la Biblia en voz alta.

En la sesera del pequeño Alick, como en la de cualquiera que esté bien educado, ya sea en un colegio de curas o no, pronto se empezó a desarrollar una patología con la que hoy en día nos encontramos bien familiarizados, y del mismo modo en que nosotros simpatizamos con malvados legendarios como Tony Soprano, Hannibal Lecter o Freddie Mercury, él muy pronto empezó a animar interiormente al Falso Profeta, la Puta de Babilonia y la Bestia para que en las páginas finales del Apocalipsis triunfaran sobre la fuerzas del bien. Comenzó soñando con un mundo en el que los regalos de Navidad no estuvieran prohibidos por ser un símbolo del paganismo —tal y como pregonaba la Hermandad de Plymouth, una especie de Opus Dei a lo bestia del que era miembro activo su padre— y terminó visualizando escenas en las que la sodomía y el sexo grupal eran un modo de saludo tan natural como entrelazar las manos.

De la idealización pasó a la acción, y dedicó el resto de su vida a reunir en su persona unas cualidades que solamente podrían ser apreciadas en lugares tan acogedores como el infierno, y quizás en alguna convención de la rama más extrema del canibalismo. No es de extrañar que cuando heredó una fortuna que pedía a gritos un modo extravagante de ser dilapidada, el joven Edward Alexander se cambiara el nombre, renegara de Dios, abandonara la Universidad de Cambridge y, a la manera de las comisiones del FMI, se dedicara a recorrer el mundo mientras intentaba por todos los medios cubrirse de vergüenza, para finalmente fundar su propia religión.

El momento era propicio. A finales del siglo XIX y principios del XX las sociedades secretas eran, paradójicamente, muy populares. Era normal que alguien como Crowley, cuyas aficiones eran escalar montañas, escribir mala poesía y jugar al ajedrez —en los círculos más internos de la Universidad de Navarra es inquebrantable el consenso a la hora de definir la simpatía hacia esos pasatiempos como taras de difícil tratamiento— terminara por interesarse en el ocultismo e ingresando en una de esas sociedades. Allí pudo dar rienda suelta a casi todas sus chaladuras, y era feliz conviviendo entre gentes que creían que en alguna cumbre elevada del Himalaya, mediante un proceso que, para acabar de liarlo todo, podríamos considerar una especie de socialismo místico, los JEFES SECRETOS se dedicaban en cuerpo (inmaterial) y alma (también inmaterial, claro) a diseñar el destino del mundo, y que se cambiaban sus nombres de Tom, George y Alfred —o incluso William Butler Yeats— por Vestiga Nulla Restrorsum, Deo Duce Comite Ferro o Causa Scientiae. A Crowley, por novato, calvo y gordito, le dieron el nombre de Perdurabo. Cómo contenían la risa a la hora de pasar lista en sus reuniones es una de las técnicas secretas de control mental más preciadas, y no nos ha llegado entera.

Pero no fue hasta tener una intensa experiencia mística en Estocolmo, que es una manera un tanto rara de decir que un fornido escandinavo lo puso mirando a Katmandú y le hizo descubrir la verdad revelada en forma de sexo anal, que realmente Crowley inició el camino hacia las maravillas de la magia sexual que, si hacemos caso a sus enseñanzas y nos sometemos a sus dictados, pueden poner fin a los sufrimientos tardoadolescentes de tantos y tantos homínidos cargados de energía potencial sexual (con las mochilas cargadas, vaya) y los aún más numerosos seres pacientes que tenemos que soportar sus quejas. Crowley vino para liberarnos a todos.

Mientras viajaba por la costa norte de Sicilia, cerca de Cefalú, Crowley encontró el lugar ideal en el que poner en práctica las enseñanzas que le había dictado durante tres días en El Cairo uno de los Jefes Secretos o un demonio, no hay acuerdo entre los telemitas. En cualquier caso fue un espíritu que se hacía llamar Aiwass. Ese dictado formaba lo que más tarde se conocería como El libro de la ley. Con los últimos restos de su herencia, Crowley compró una casa de una planta en la cima de una montaña y allí se dedicó a practicar los ritos que harían posible encontrar la verdadera voluntad de cada uno.

Aquí, teniendo en cuenta que, como ya tenemos todos bien claro, la voluntad última y universal es follar, y que una de las prácticas más comunes de la abadía del «Haz lo que quieras» para lograr los fines deseados era la magia sexual, encontramos una contradicción que da mucho que pensar y que hace dudar de las capacidades intelectuales de Aiwass. No tuvo importancia, el éxito fue inmediato. En la abadía se jugaba a una especie de fútbol frontón llamado The Game of Thelema, se saludaba al sol todas las mañanas, se decoraban las paredes con pinturas guarras entre las que destacaban, cómo no, los cipotes detalladamente representados, con sus pelillos y sus gotitas, se mantenía una dieta a base de heroína, éter, hachís, cocaína, morfina y brandy, una dieta que haría las delicias de cualquiera que buscara liberarse de lo que fuera, y por supuesto se follaba a todas horas y de todas las maneras posibles e imposibles. Un sueño para las almas inadaptadas de ayer y hoy.

Todo iba como la seda hasta que Frederick Charles Loveday murió allí mismo a causa de una infección de hígado o de una gastroenteritis, probablemente porque aquel lugar, que carecía de electricidad y agua corriente, era lo más parecido a una cochiquera que haya conocido la humanidad. Pero la prensa pronto descubrió que además el joven Charles, bajo las indicaciones de Crowley y buscando un vicesecretariado en algún ministerio, había sacrificado un gato y se había bebido pinta y media de su sangre sin hacerle muchos ascos. De algún modo la historia llegó a oídos de Mussolini que, como sabemos, era poco amigo de las libertades, y la abadía fue cerrada. Crowley volvió a Inglaterra, donde en 1947 aparentemente moriría para en realidad transfigurarse en Iggy Pop, David Bowie o Glenn Close. No está claro, pues las fechas de nacimiento de todos ellos son adecuadas, pero la última opción es la preferida por los telemitas más obscenos.

Es un secreto a voces que hoy en día abundan las agencias de viajes que tienen paquetes turísticos que incluyen estancias en una resucitada abadía de Thelema, aunque no figuren en sus catálogos ni en sus páginas web. Acudan a una agencia, apóyense en el mostrador más cercano, murmuren «paciencia y saliva» y observen lo que pasa. Habrá quien ya esté planeando sus vacaciones en Cefalú; no serán pocos los adeptos de todas las edades que ya estén atiborrando sus maletas con las obras completas de Brandon Sanderson, con sus copias manoseadas de la caja roja de D&D, con sus camisetas XXXL, en varias tonalidades del azul oscuro, negro y magenta, en que se representa la silueta de un lobo aullando sobre una luna llena o la cara de un husky siberiano. Meted también un par de discos de Mike Oldfield, que no se os olvide. Y las Converse Magic Johnson. Infelices. Todos llegáis a la abadía del «Haz lo que quieras» con la promesa de lograr vuestros deseos. Así que ponte esta túnica. Fuma un poco de esto y bébete aquello. Es café, relaja los esfínteres. Adopta la posición del lobo. El culo más en pompa. Más. Más. No cierres los ojos, y mucho menos la boca. Y ahora recuerda la única ley y dime qué viene a continuación.


Me duelen los cojones. Te quiero

Henry Miller, 1969. Fotografía: Cordon.

La correspondencia, en los tiempos del WhatsApp, las abreviaturas y los emojis, es un género literario extinto. Como la épica, que al final se convirtió en novela. O la novela, que gracias a la metaliteratura y la autoficción se ha convertido en onanismo. Las relaciones sentimentales por correo, a diferencia de las digitales, se desarrollaban de un modo lento, descompasado y asimétrico. Carecían de inminencia y de interacción. No era posible la réplica inmediata y, por lo tanto, tampoco el diálogo. Se podría decir que se trataba, en resumidas cuentas, de las relaciones sentimentales perfectas.

Sin embargo, casi todas ellas adolecían del mismo defecto; ese que Anatole France llegó a considerar una espantosa plaga comparable solo con la guerra: un irresponsable y contraproducente exceso de romanticismo. O al menos, de romanticismo mal entendido. Porque la pasión debe ser impetuosa. Vehemente. Por momentos incluso agresiva. La reflexión y la pausa la aniquilan. Su autenticidad pasa por la respuesta impulsiva. Por la reacción irracional. Consiste en arriesgarse, en sincerarse, pero también en equivocarse y arrepentirse. Consiste en llorar. En gritarse. En «desmayarse, atreverse, estar furioso». Consiste en buscarse. Consiste en romper a follar. Si hay dos cosas incompatibles con la pasión hasta lo nocivo son la introspección y, sobre todo, la retórica.

Por eso una declaración de amor no puede redactarse con el meñique levantado ni apelar a las musas. Cuando uno repasa las cartas que Juan Rulfo le envió a Clara Aparicio, publicadas originalmente en el año 2000 bajo el título Aire de las colinas y trece años más tarde, incluyendo tres textos más, como Cartas a Clara, lo primero que sorprende son los apelativos utilizados por el escritor mexicano: «cariñito», «pequeña mía», «chiquilla», «muchachita», «criatura», «madrecita». Pero rápidamente la atención pasa a centrarse en la abundante carga poética de la mayoría de sus frases: «Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye». No parece la clase de frase que a uno se le ocurriría en pleno arrebato pasional. Su objetivo, de hecho, no parece la seducción, sino formar parte de algún poemario de amor adolescente. Desconozco qué esperaba Clara de Juan al recibir alguna de sus misivas, pero puedo imaginar los efectos que sobre su libido fueron capaces de causar renglones como los siguientes:

¿Sabes una cosa? He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar; ni más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá, cuando somos niños. (…) Ayer pensé en ti, además, pensé lo bueno que sería yo si encontrara el camino hacia el durazno de tu corazón; lo pronto que se acabaría la maldad a mi alma. Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas.

Dudo que le pudiese provocar algo más que un par de episodios de hiperglucemia.

Jorge Luis Borges se mostró igualmente timorato en las muchas cartas que a lo largo de su vida envió a las diferentes mujeres de las que irremediablemente se fue enamorando. En algunas de ellas uno puede apreciar los habituales destellos de genialidad del autor argentino —«No sé qué le ocurre a Buenos Aires. No hace otra cosa que aludirte, infinitamente»—, pero al repasar Borges a contraluz, las memorias de Estela Canto, nos damos cuenta de que se repiten tres constantes en sus cartas de amor. La primera de ellas es que la mayor parte del tiempo Borges escribe sobre sí mismo; especialmente, sobre cuestiones literarias, carga de trabajo o algunas dudas o miedos relacionados con la publicación de algunos textos. La segunda es su torpeza, propia de un adolescente, a la hora de cortejar a una mujer que no le correspondía pero con la que algún día esperaba casarse, y que se hace patente tanto en los rodeos que da para expresar algunos sentimientos como en la forma casi reverencial de dirigirse a ella —querida Estela, adorada Estela, imprescindible Estela, lejana Estela—. Y la tercera es la exagerada autocompasión con la que se expresa, dando la impresión de necesitar a todas horas su atención y padecer una excesiva dependencia emocional:

Indigno de las tardes y las mañanas, hateful to myself, indigno de los días incomparables que he pasado contigo, indigno de los lindísimos lugares que veo (el Hervidero, el Uruguay, las cuchillas con algún jinete, las quintas), paso días de pena, de incertidumbre. No he recibido una línea tuya. Pienso en algún inverosímil contratiempo postal.

Anoche dormí con el pensamiento de que me habías llamado y esta mañana fue lo primero que supe al despertar. ¿Tendré que repetir que si no te avisé mi partida de Buenos Aires lo hice por cortesía o temor, por triste convicción de que yo no era para ti, esencialmente, más que una incomodidad o un deber?

A veces a uno le entran ganas de gritarle al pobre Borges que se quiera un poco, carajo, y que no sea tan inseguro y cargante. Una sensación que se produce de forma idéntica cuando se trata de las cartas que envió a Elsa Astete, a quien le explica que piensa continuamente en ella y que no entiende cómo eso no basta —«A veces me asombra ingenuamente que ese continuado pensar no la acerque a usted, no me traiga una línea suya o su voz, o siquiera el encontrarme en la calle con alguien que la conoce»— o a Ulrike von Kühlmann. Llega un momento en el que, dirigiéndose a Estela, él mismo se percata de la forma en que se está comportando, y escribe: «Estas son, lo prometo, las últimas líneas que me permitiré en este sentido; no volveré a entregarme a la piedad por mí mismo». Una promesa que no cumplió.

Esta clase de declaraciones, a veces asépticas, a veces almibaradas, las encontramos también en las cartas que Franz Kafka envió a Milena Jesenská —«La última noche soñé contigo. Lo que pasó no puedo recordarlo en detalle, lo único que sé es que nos fusionábamos uno con el otro»— o en la correspondencia que Francis Scott Fitzgerald mantuvo con su esposa, Zelda Sayre —«Cisne, flota suavemente porque eres un cisne, porque con la exquisita curva de tu cuello los dioses te concedieron un don especial, y aunque te lo fracturaras tropezando con algún puente construido por el hombre, se curaría y seguirías avanzando»—. Pero otras veces la pasión termina imponiéndose al romanticismo más empalagoso, liberando pensamientos menos poéticos pero más sinceros, como en el caso de las cartas que Gustave Flaubert enviaba a la poeta Louise Colet, en las que algunos han querido ver a la propia Madame Bovary:

Te cubriré de amor la próxima vez que nos veamos, con caricias, con éxtasis. Quiero morderte con todas las alegrías de la carne, hasta que desfallezcas y mueras. Quiero dejarte atónita, que te confieses que nunca habías soñado de semejantes trances… Cuando seas vieja, quiero que te acuerdes de esas pocas horas, quiero que tus huesos secos se estremezcan con alegría cuando pienses en ello.

Frida Kahlo y Diego Rivera, 1948. Fotografía: Cordon.

El propio Edgar Allan Poe, en las cartas que intercambiaba con Helen Whitman, le confesaba albergar un único deseo: «Yo puedo creer en la eficacia de las plegarias al Dios de los Cielos, yo puedo efectivamente arrodillarme humildemente, arrodillarme en esta la más formal época de mi vida suplicando de rodillas por palabras, pero las palabras que pueda revelarte, más vale que me permitan yacer desnudo junto a ti, mi entero corazón. Todos los pensamientos, todas las pasiones, parecen ahora mezcladas en este único deseo que me consume». Una necesidad que aparece reflejada también en las postales que Paul Éluard remitía a Gala —«Entiéndeme bien, mi niña hermosa, mi niña querida de ojos y sexo siempre nuevos, en todas estas cuestiones de dinero lo único que me mata es no poder ir a Málaga»— o en la apasionada correspondencia que Frida Kahlo mantenía con Diego Rivera y que, en el caso de la pintora mexicana, se manifestaba a su vez en las confesiones que realizaba por escrito a algunas de sus amistades, como el escritor Carlos Pellicer —«Hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesbiana; es más, se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo. Pero creo que es una mujer lo bastante liberal que, si me lo pide, no dudaría un segundo en desnudarme ante ella»—, o en las cartas que envió a algunos de sus amantes, como por ejemplo al pintor catalán Josep Bartolí, subastadas en el año 2015: «No sé cómo escribir cartas de amor. Pero quería decirte que todo mi ser está abierto para ti».

Se intuye esa misma pasión, aunque quizá de forma un poco más velada, en las confidencias que Alejandra Pizarnik anotaba en sus cartas a Ivonne Bordelois: «Inútil decirte —no, la ciencia de lo obvio es ardua como la lectura de lo inefable— que no solo te extraño sino que te necesito. Acaso porque somos antípodas y nos damos mutuamente garantías acerca de nuestras vías. No voy a hablarte de mí en esta cartuja de esperma». Y se vuelve mucho más evidente cuando se trata de las cartas que Vita Sackville-West enviaba a Virginia Woolf —«Es increíble lo esencial que te has vuelto para mí. Maldita seas, criatura mimada; no conseguiré que me ames más entregándome de esta manera»—, así como las que esta le escribía a Vita, en cuya vida, por cierto, está basada la novela de Woolf Orlando:

Me gusta su caminar a grandes pasos con sus largas piernas que parecen hayas, una Vita rutilante, rosada, abundosa como un racimo, con perlas por todos lados. Veo una Vita florida, madura, con su abundante pecho: sí, como un gran velero con las velas desplegadas, navegando, mientras que yo me alejo de la costa.

Aunque si hay una relación epistolar que nada tiene que envidiar a la de Virginia y Vita es la que mantuvieron Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós, sobre la que la editorial Turner publicó en 2013 el volumen «Miquiño mío». Cartas a Galdós, en el que se recogen noventa y dos de las misivas que la autora gallega remitió al escritor canario. En ellas se puede apreciar a veces un tono cercano a lo melindroso, similar al que Juan Rulfo utilizaba con Clara Aparicio —no en vano, Pardo Bazán se dirige a Galdós utilizando vocativos como «ratonciño», «monín», «compañerito», «miquiño» y mi favorito: «pánfilo de mi corazón»—, destacando en sus párrafos frases como «te muerdo un carrillito y te doy muchos besos por ahí, en la frente, en el pelo y en la boca», «me están volviendo tarumba tus cartitas» o «rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos dulcemente de literatura y de la Academia y de tonterías. ¡Pero antes morderé tu carrillito!». Sin embargo, el melindre deja paso en no pocas ocasiones a declaraciones mucho más ardientes, como la advertencia que Emilia hace de lo que su relación todavía puede dar de sí —«No hemos hecho más que arrimar la manzana a los dientes, esta es la verdad, no hemos agotado, ni siquiera bebido a boca llena el dulce licorcito que nos podemos escanciar el uno al otro»— o el ofrecimiento sin reservas que realiza de sí misma: «Ven a tomar posesión de estos aposentos escultóricos. Aquí está una buitra esperando por su pájaro bobo, por su mochuelo (…). Hay en mí una vida tal afectiva y física, que puedo sin mentir decir que soy tuya toda».

Pero tal vez no hayan existido jamás relaciones por carta tan honestas como las que en su día mantuvieron, respectivamente, Henry Miller con Anaïs Nin y James Joyce con Nora Barnacle. En el caso del escritor irlandés, son célebres las «cartas sucias» que a menudo le enviaba a su esposa y en las que podemos descubrir frases tan inspiradoras como esta: «Mi dulce sucia pajarita folladora. Aquí está otra nota para comprar bragas bonitas o ligueros o ligas. Compra bragas de puta, amor, y trata de perfumarlas con algún suave aroma y de decorarlas también un poquito por atrás». O bien esta otra: «Tenías un culo lleno de pedos aquella noche, querida, y al follarte salieron todos para afuera, gruesos camaradas, otros más ventosos, rápidos y pequeños requiebros alegres y una gran cantidad de peditos sucios que terminaron en un largo chorrear de tu agujero». No resulta fácil elegir un solo párrafo de todos cuantos integran las cartas que el autor de Ulises le envió a su mujer —todos ellos de contenido mucho más explícito que las dos frases anteriormente indicadas—, por lo que tal vez el siguiente, extraído de una carta fechada el 2 de diciembre de 1909 en Dublín, pueda servir para ilustrar el tono general de la correspondencia que mantuvo el matrimonio, ya que es de lo más sosegado que uno se puede encontrar en ella:

Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.

El caso de Henry Miller —de quien también se conserva la lujuriosa correspondencia que, en su vejez, intercambió con la actriz Brenda Venus—, por otro lado, es similar pero distinto. Hay algo extraño, casi peligroso, en profanar su correo. En realidad, husmear en cartas ajenas siempre resulta un tanto violento. Aunque sea muy en el fondo. Aunque nos venza la curiosidad. A nadie le agradaría que un texto suyo, que ha escrito para ser leído por una sola persona, fuese con el tiempo escudriñado por millones. Ni siquiera a Joyce, aunque sospecho que su vanidad se vería en cierta forma complacida. Mucho menos a Juan Rulfo, cuyas declaraciones de amor tienen un carácter tan naíf que incluso podrían compararse con las que Napoleón enviaba a Josefina o Enrique VIII a Ana Bolena. Pero al leer las cartas que Henry Miller le envió a Brenda Venus o a Anaïs Nin, uno es todavía más consciente de estar asistiendo a una conversación privada. Demasiado privada. En donde se roza lo inconfesable. En donde se roza —o se supera— lo prohibido.

En cierta ocasión, el autor de Trópico de Cáncer le escribió a la escritora estadounidense:

Sí, Anaïs, pensaba en como traicionarte, pero no puedo. Te deseo. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco (…). Quiero que seas mía, usarte, follarte, enseñarte cosas. No, no siento aprecio por ti, ¡no lo permita Dios! Tal vez quiera hasta humillarte un poco, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no me arrodillo ante ti y te adoro? No puedo, te amo alegremente. ¿Te gusta eso?

Unas ideas que se repiten en otra carta, esta vez remitida por Miller a Brenda Venus, aunque aquí la cosa va un poco más allá:

Te llamé anoche hacia las diez y media pero no contestaste. ¿Estabas fuera o en la cama con otro amante? ¿Has contestado alguna vez mientras estabas haciendo el amor o te has puesto el teléfono entre las piernas? (…) Dios, si pareces violable. Perdona que te lo diga así pero no puedo evitarlo. Parece como si estuvieses lista para ser forzada.

Por fortuna, el resto del tiempo el autor norteamericano se mostraba mucho más comedido, limitándose a dar rienda suelta a su imaginación: «Pero Anais, cuando pienso cómo te aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué humeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve». Una pensamiento que, comparado con los anteriores, resulta hasta candoroso. Propio de dos tortolitos. Como cogerse de la mano y pasear por el parque grabando un corazón en la corteza de un árbol al atardecer.

En febrero de 1935, cuando Anaïs tenía treinta y dos años y Henry cuarenta y cuatro, este le envió una carta que finalizaba así:

Me duelen los cojones. Te quiero. Quiero joder contigo salvajemente. Lo que tuvimos no fueron más que entremeses. Vuelve aquí y déjame que te la meta, por detrás. Quiero hacer de todo contigo. No hemos empezado a joder todavía.

No me negarán que resulta enternecedor ver a dos enamorados decirse cosas tan bonitas como esa. Puro romanticismo. Puro amor desinteresado. Como el eco de la rama de Juan Rulfo que repite el nombre de Clara Aparicio, pero sin disfraz. Han pasado desde entonces más de ochenta años. En 2018, comparados con Henry y Anaïs, los del sexting se quedan en simples aficionados.

Anaïs Nin, 1970. Fotografía: Cordon.


Así en la sintaxis como en la cama

Aubrey Beardsley, Cinesias Entreating Myrrhina to Coition, en Lysistrata, 1896.
Cinesias Entreating Myrrhina to Coition, de Aubrey Beardsley, (DP)

Ese acto íntimo. El de desnudarse. El de la entrega. El acto de mostrar lo hermoso y lo feo. De sacar al seductor o al monstruo. O a los dos. Ese momento de dejarse llevar. Y de tener miedo. De dar. De adentrarse en lo profundo. De abrirse. Ese acto de derramarse poco a poco. Midiéndolo. Buscando su ritmo. Su momento. Su consagración. El placer. O el dolor de no alcanzarlo. Ese campo de batalla en el que luchar hasta quedarse vacío. Para llenar los ojos del que te mira. Ese subir y ese bajar como de montaña rusa. Ese lanzarse hacia la meta. Y saber que la meta no es la meta. Que lo importante es lo otro. Y el otro. Hacerlo. Y seguir. Y parar. Y volver. Esa vibración de hechizo cuando todo cuadra. Cuando las piezas encajan. Cuando al avanzar sientes que estás en el camino. Y volver tras tus pasos hacia el principio del hilo. Y dejarse caer hacía el final. Sin red. Sin pensar en el impacto. Con el corazón abierto. Descarnando el alma.

Ese acto que tanto se parece al otro. El acto de escribir. De entregarse a las palabras como el que se abandona en un cuerpo ajeno. De cabalgar para poseer. De dejarse ir para volver a uno mismo. Ese acontecimiento entre la generosidad y el exhibicionismo. Sacarlo todo o esconderlo. Escribir y follar. Follar y escribir. Como si fueran lo mismo. Porque lo son. Porque somos en la vida como somos en el sexo. Porque nuestra identidad palpita en nuestras letras. Porque la página en blanco y las sábanas por revolver hablan siempre de nosotros: de cómo somos cuando de verdad surgimos, telúricos y esenciales, de nuestro epicentro.

«Escribir un poema se parece a un orgasmo». Lo dijo Ángel González que comprendió que la tinta mancha tanto como el semen. Que hay que manosear las palabras como quien acaricia la carne. Que la iluminación de las supuestas musas es solo una versión de la epifanía de los cuerpos. González lo contaba sencillo y resignado, con unos versos que eran como una noche de sexo sin erecciones: secos y desabridos, entre la parodia y la vergüenza. «Les hago lo de siempre y, pese a todo, ved: no pasa nada». Pero sí pasaba. El poeta había comprendido que buscar el placer era como buscar la sílaba perfecta.

James Joyce intentaría demostrar que el camino se puede hacer en sentido inverso. Que las letras pueden acariciar hasta estallar sobre la piel. Allí estaba el escritor hermético desnudando sus frases para excitar a su «dulce putita Nora». Nunca Joyce fue tan explícito como cuando jugó a que su literatura se convirtiera en lubricante. «Te habrán impresionado las cosas sucias que te escribo». Aunque a Nora Barnacle no parecía asustarle nada.

¿Sabes lo que quiero decir, amada Nora? Deseo que me abofetees, incluso que me azotes. No como un juego, querida, lo deseo de verdad sobre mi carne desnuda. Deseo que seas férrea, férrea, amor, con tus orgullosos pechos rebosantes y tus muslos macizos. Desearía que me fustigaras, Nora, amor. Y amaría hacer algo que te disgustara, aunque fuera trivial, quizá uno de esas sucias costumbres mías que te hacen reír: y después escuchar que me llamas desde tu habitación y encontrarte sentada en un sillón con tus piernas bien abiertas, tu rostro ruborizado por la ira y una vara en la mano. Y me señalarías lo que he hecho y con un movimiento cargado de rabia me llevarías hacia ti para hundir mi cara en tu regazo. Entonces sentiría tus manos rasgándome los pantalones y colándose en mi ropa, sacándome la camisa, hasta forcejear entre tus brazos fuertes y ya sobre tus piernas ver que te inclinas sobre mí —como si fueras una nodriza furiosa ante el culo de un niño— y tus grandísimas tetas casi me tocan mientras siento tu azote, tu azote, tu azote vicioso en mi carne desnuda y trémula. Perdóname, mi amor, todo esto es estúpido. Empiezo a escribir la carta tranquilamente y la acabo terminando en mi estilo más loco.

Joyce era consciente de lo que le pasaba a su prosa cuando la pasión le arrastraba. Lo mismo que le sucedía cuando su cuerpo se rendía al de Nora. Nora amada. Noretta. Mi Nora. Nora mía. Mi niña querida. Sucia Nora. Nora inocente y descarada dejándose escribir. Y el hombre del parche, coprófilo y perverso glosando sus deleites clandestinos. Basta con leer sus escarceos amatorios para comprender que su sexo era como su prosa: un laberinto plagado de juegos, escandaloso y oscuro, entre el onanismo, la dominación y la fusta. Una corriente de fantasías donde no caben los puntos ni las comas, donde no hay prudencia que se traduzca en pausa. Un lugar, el del sexo, donde Joyce no busca que le entiendan. Sólo quiere ser él pese a todo. Pese a todos. Junto a Nora.

El verbo se hace carne y la carne orgasmo en esos autores que no pueden evitar crear como aman. Así es Jack Kerouac, fornicador insaciable que teclea sin descanso su novela en un rollo. Lujurioso y adicto, escribe sin arrepentimientos, sin pausas, en una continua acometida, de frase en frase y de cuerpo en cuerpo.

«Acaso sea esto la libertad y el dominio —que durante largos y penosos años de trabajo enceguecido me fueron negados. Demasiado conmovido ahora para explicar a qué me refiero. Tiene que ver con todo lo que está en mi naturaleza y, en consecuencia, con mi trabajo». Es noviembre de 1947. Kerouac acaba de volver de California y sigue buscando frenético su identidad, esta vez en las páginas de sus diarios. Ha llegado a la conclusión de que vivir es explorar. Y explorar es un verbo que lo lleva todo, desde los diccionarios hasta las terminaciones nerviosas de decenas de amantes. Kerouac vive en la yema de sus dedos: sobre el teclado, sobre el tacto de los otros.

Esta noche voy a escribir a lo grande y amar a lo grande y a estrangular esta locura. Estoy atrapando estos malditos cambios de propósito en carne viva, con las manos y arrojándolos a los vientos, así de fácil. Desafío todo lo que se atreva a mirarme a los ojos de esa manera, lo desafío en defensa de mi ser: acaso por el gusto de la variedad.

Por el gusto de la variedad va Jack Kerouac de cama en cama. Girando como esa peonza enloquecida que recorrió todos los bares del Village, todos los pecados. Con la rotación perpetua del rodillo de su Underwood. Decía que a veces no podía trabajar porque le llenaba una corriente narrativa demasiado espesa para fluir. Esa misma corriente de vida lasciva y densa que le hacía precipitarse en otros cuerpos, en otras copas, en la cadena de un cigarro que se apaga encendiendo el siguiente, en las puertas abiertas de los paraísos artificiales. «Con todas las almas que quedan por explorar a lo largo de la vida y ojalá pudieras vivir cien vidas ¡o tener la energía de cien vidas en ti! Desde siempre ésta ha sido una de mis ideas favoritas». Tener cien vidas y gastarlas. Derramando tinta o saliva o sudor o semen. Darlo todo y acabar pronto. Acabar también la vida antes de cumplir cincuenta años.

«Escribir, no puedes hacer nada mejor que entregarte, con una comprensión humilde y acaso a disgusto, y que el resultado sea una purga, un deleite, el alivio de comunicar hasta los secretos más personales de uno mismo». Jack Kerouac habla de crear. Pero podría hablar de sexo. De ese momento único en el que rompemos las fronteras que nos contienen para sucumbir ante el otro: ante la página o el amante, ante la posibilidad del placer o el placer de perpetuarse.

Aunque perpetuarse también puede ser contenerse y esparcirse en la tinta húmeda que deja el papel preñado de ideas. Así escribía Marcel Proust, en una cama que ya solo se conmovía con sus palabras. Dejaba en sus cuadernos lo que la realidad no le había concedido al deseo. Había amado a Jaques Bizet sin ser correspondido y había conocido la correspondencia de Reynaldo Hahn.

«Oh, Reynaldo, yo soy tu lamentable basset, que no puede seguirte como un perro verdadero y que habrá de llorar cuando te diga asdieu». Marcel le escribe poemas. Y cartas cómplices para las que inventan un idioma propio.

Pero cuentan que lo que le gusta a Marcel es mirar. Asomarse por el ojo de la cerradura de los burdeles para perderse en la visión de otros hombres. Aquellos ojos grandes en los que cabía el mundo eran los mismos que tomaban nota de cada uno de los detalles que llenarían su obra. Marcel Proust cronista exquisito de lo que dejó el tiempo perdido, de los placeres y los días en los lupanares. Siempre se disculpó por su falta de imaginación: escribía sobre sus recuerdos, de memoria. Como si la vida fuera algo que vivían los otros. Como ese sexo que ocultaba bajo las sábanas.

«Solo un homosexual podría haber escrito En Busca del tiempo perdido». Lo decía Tennessee Williams cuando le preguntaban por la importancia de las preferencias sexuales en los artistas. «No tiene valor ninguno, excepto en el caso de Proust». Quizá era la contención lo que palpitaba en su obra, igual que la dramaturgia de Williams rebosaba de sensualidad bien alimentada. «No soy un obseso sexual, pero la promiscuidad es mejor que nada». Y a continuación el viejo autor recordaba que escribir febril e incansable bajo el efecto de las anfetaminas se había parecido mucho a buscar el romanticismo en incontables erecciones. «Siempre estoy caliente. Mi potencia sexual acumulada sería suficiente para hacer saltar la flota del Atlántico». Cuarenta obras, innumerables los orgasmos, el hedonista compulsivo moriría asfixiado con el corcho de una botella. Pero podía haberse ido de una sobredosis. O de ir y volver a la piel de su amante, Frank Merlo, con quien rompió y se rehízo entre infidelidades y polvos. O morir atragantado de la virilidad que tanto buscó después de que muriera Franky, a los treinta y cinco años. Los huesos de Tennessee aguantarían hasta los setenta y dos. En alguna ocasión había pedido que le enterraran junto al mar, frente al lugar donde se ahogó Hart Crane, poeta, alcohólico y bendito sodomita que también buscaba la consumación en sus versos. Pero su hermano dispuso que fuera de otra forma. Ni con Crane, ni con Merlo. Le darían católica sepultura en el cementerio de Calvary en St. Louis. Su epitafio: «Las violetas en las montañas han roto las rocas». Y como las violetas, seguiría floreciendo su concupiscencia. Nadie la sepultaría bajo la tierra. Quedaría latiendo para siempre en sus obras. Como quedaría en la de Walt Whitman o en la de Bataille, en los sonetos de Lorca o en los poemas de Gil de Biedma o en los diarios de Anaïs Nin. O en la furia creadora de Picasso: imparable en el taller y sobre las mujeres reducidas a boceto en sus manos.

La carne y la obra y la misma actitud ante las dos cosas. Ir con todo. Y para todo. Sin pausa. Sin temor. Sin más blanco que el de las páginas o el de las sábanas. Mancharlas de tinta o de semen. De sudor. De saliva. De voluptuosidad derramada. Poner las palabras contra el papel y la piel contra la boca. Y decir. Y confesar. Medir el tiempo en jadeos. Revolcarse en la forma para llegar hasta el fondo. O alcanzar el fondo para poseer la forma. Reventar de lascivia. De la carne o de las neuronas. Y hacerlo sin corazas: por el supremo gusto de crear, por la explosión que nos justifica, que nos explica, que nos arrasa. Hasta comprender que nunca somos tanto nosotros mismos como cuando nos entregamos. Que son lo mismo el orgasmo y el manuscrito.

Escribir, del verbo follar. Follar, del verbo vivir. Así en la sintaxis como en la cama.


Sinners I’d like to fuck

Fotografía: jamelah e. (CC)
Fotografía: jamelah e. (CC)

Estrellas, apáguense vuestros fulgores!
¡Que no alumbre vuestra luz mis negros y profundos deseos!
Macbeth, Acto Primero, Escena IV.

Conocí a Harey en una playa africana. Su figura me resultaba familiar y le presté una cara conocida. Jamás la toqué, pero fantaseé con ella con violencia, como merecen los cuerpos que quieren ser purgados de sí mismos. Su marido nunca lo supo. Al fin y al cabo, Kris Kelvin, psicólogo de la estación Solaris, ni siquiera estaba vivo. Tampoco ella. «Hay situaciones que nadie se ha atrevido a materializar y que el pensamiento ha engendrado por accidente, en un instante de desvarío, de demencia, llámalo como quieras», me alertó una vez un amigo de Kelvin. Aquel día repasé mi historia con Harey y pensé: «¿Se trataba solo de eso? ¿De un pensamiento desordenado?». Pero ¡silencio, basta! ¿Quién no se ha follado alguna vez a un personaje literario?

Acudo a Ortega —el chico para todo cuando necesito una frase elevada— y hallo alivio en sus Estudios sobre el amor: «La lujuria no es un instinto, sino una creación específicamente humana —como la literatura—. En ambas, el factor más importante es la imaginación. ¿Por qué los psiquiatras no estudian la lujuria bajo este ángulo, como un género literario…?». El autor, por cierto, vincula «el mayor poder imaginativo» de los varones con su propensión a la lujuria. No me resisto a seguir: «La naturaleza, con tiento y previsión, lo ha querido así, porque de acaecer lo contrario y hallarse la mujer dotada de tanta fantasía como el hombre, la lubricidad hubiera anegado el planeta y la especie humana hubiera desaparecido volatilizada en delicias» (1). Uy, sí, qué muerte tan horrible. Pero volvamos al recto camino.

La lista que sigue será breve y arbitraria, como los favores que cabe esperar de los amantes que la componen, y responde a una sola norma: que sean pecadores literarios. Sinners I’d like to fuck. Asesinos, traidores, espíritus envilecidos por el vicio; hombres, mujeres, nínfulas y edipos. «Basuras del alma», que diría Miguel Noguera. Cuerpos al servicio de la impunidad, incorruptibles en su perpetua existencia de celulosa… «El tipo de humanidad que en el otro ser preferimos dibuja el perfil de nuestro corazón», advierte Ortega. Pero ¿quién busca humanidad cuando quiere echar un buen polvo?

No fue mi corazón lo que se estremeció cuando vi por primera vez la Alegoría de Venus y Cupido en la National Gallery. Tenía veinte años y la sospecha de que el sexo estaba sobrevalorado. Shame on me. Madre e hijo se rozan los labios en mitad de la escena. Están rodeados de personajes que representan el Tiempo, la Locura, los Celos y el Placer. El niño sostiene la cabeza de la mujer y atrapa uno de sus pezones entre los dedos índice y corazón de su mano derecha. Él tiene el culo prieto y generoso; ella, los pechos discretos pero redondos como pomelos. Hace poco vi la imagen aumentada de sus rostros en la portada de un libro y descubrí que Venus, rebautizada como Lucrecia en el Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa (1988), asoma tímidamente la lengua, consintiendo y estimulando a la vez el acercamiento de su Cupido (Alfonso, Fonchito, Foncín).

Exuberante corruptora de menores con hechos y palabras: «Tuve un orgasmo riquísimo», le dice al niño —nueve años él, cuarenta ella— después de yacer juntos en ausencia de don Rigoberto, insulso padre y marido obsesionado con la higiene personal («limpiar el vientre es mucho menos incierto que limpiar el alma»). Seamos un cuadro barroco, Lucrecia, diosa de níveas caderas que se desparraman abundantes. Encarnemos la santísima trinidad de la concupiscencia: sintonicemos «la furia del instinto con la sutileza del espíritu y las ternuras del corazón». Concupiscencia que se multiplica por cuatro en el diccionario: «Apetito desordenado de placeres deshonestos». Te haría reina, madrastra, si no lo fueras ya doblemente en tu casa. Clarividente soberana que justifica sus actos sin remordimiento: «Tal vez no tengo la impresión de estar haciendo algo malo porque Fonchito tampoco la tiene».

Nada que ver con el atormentado Humbert Humbert de Nabokov: «Me consumía en un horno infernal de reconcentrada lujuria por cada nínfula que encontraba, pero a la cual no me atrevía a acercarme, pues era un pusilánime respetuoso de la ley». ¿Caigo en el tópico si suspiro por Lo, Dolly, Dolores, Lolita? Oh, por supuesto que sí. Pero no lo haré como esperan. Observen a su padrastro humillarse ante ella —casada, encinta, ninfa caída— en el capítulo 29: «Algún día, si quieres venirte a vivir conmigo… Crearé un nuevo Dios, y se lo agradeceré con gritos desgarradores, si me das una esperanza, aunque solo sea microscópica». Tiene dieciocho años y es un zafio recuerdo de su pubescencia felina, pero le entregaría mi alma a Mefistófeles a cambio de revolcarme con ella en un catre destartalado, como en una pelea de cachorros, sin esperar de ella más que el egoísmo de venirse primero. Quiero decir: de igual a igual, sin engañarla, sin sublimarla, liberándola así de su condena infantil. Un polvo grasiento, ordinario. ¡Le haría el amor incluso! Y esperaría encontrar en sus ojos —como la primera vez, como tantas otras— cierta compasión agradecida.

Te miro, Dolly, y sé que hay algo más. ¿Me lo contarás algún día? Debo volver al trabajo. ¿Respondió tu padre a tu carta? ¿Nos mandará el dinero…?

¡Ay, señor, que me pierde! Vuelvo a Lucrecia para saltar del suyo a otro lecho. El tonto de Rigoberto la amaba con su cetro, pero también con su nariz y sus orejas. «Esta noche no haré sino oiré el amor», musitaba antes de acomodar «uno primero, otro después, los pezones de su esposa en la hipersensible gruta de sus oídos». Los escucharía «reverente y extático, reconcentrado como en la elevación de la hostia, hasta oír que a la aspereza terrosa de cada botón ascendían, de subterráneas profundidades carnales, ciertas cadencias sofocadas, (…) tal vez el hervor de su sangre convulsionada por la excitación». Una lubricante operación que en el pecho de Lady Macbeth resultaría fatal. Nada orgánico susurra en su interior: solo el rumor de un deseo impronunciable atrapado en cavidades de acero; entrañas de pulimentada codicia que amplifican el anhelo de su esposo de matar al rey Duncan. «Te agradaría ser grande, pues no careces de ambición; pero te falta el instinto del mal, que debe secundarla. (…) Ven aquí, que yo verteré mi coraje en tus oídos».

Fotografía: Angela Sabas (CC)
Fotografía: Angela Sabas (CC)

Ella, mujer que invoca a los «espíritus propulsores de pensamientos asesinos» para que borren de su pecho todo rastro de piedad o escrúpulo compatible con la Naturaleza; que se avergüenza del «corazón tan blanco» de su consorte; ¿merece ser empotrada para aplacar sus humores o lamida con ceremonial devoción, empezando por sus manos, para mostrarle dónde descansa el Destino? ¡Lo segundo, mi señora! Y dejar que cabalgue sobre mí con la corona puesta, oro empapado en púrpura que su ardor me ayudó a conseguir. ¡Deje que me sumerja en su regia hendidura y apártense de mí esos espectros que me atormentan! ¡Bien muertos están si la convertí en Alteza! Ahora, ¡ábrase su corazón tan negro —aquel de allá abajo, que por mí palpita— y rebose la miel de su cáliz en mi cara…!

Supera en crímenes a Lady Macbeth el rey de hombres Agamenón. Entre las aficiones del héroe, provocar la cólera de Aquiles, matar al primer marido de su esposa, ensartar enemigos y coleccionar esclavas lesbias, «hábiles en hacer primorosas labores». ¿Macramé? No, felaciones. Su última concubina, Casandra, fue parte de su botín tras ganar la guerra de Troya. Al volver a Grecia, su esposa y su amante, Clitemnestra y Egisto, los asesinaron a ambos.

Los poemas de Homero no son lugares propicios para ser mujer, aunque su anatomía se encuentre en el origen de las disputas: «Ya antes de Helena eran los coños la causa más común de la guerra», escribe Horacio (2). Pero la violencia que los hombres ejercen contra ellas —el rapto y violación de las troyanas, el acoso a la paciente Penélope— no atenúa el inflamado erotismo de sus combates. Agamenón, caudillo que embiste soberbio y sudoroso, lidera un mar de aqueos de larga cabellera y broncíneas corazas; vigorosos servidores de Ares que agitan sus lanzas contra el cielo, como si el Céfiro, dios del viento, «moviese con violento soplo un crecido trigal». Si quieren trotar fuertecito, seduzcan al rey de Micenas, pero sepan que es de naturaleza brutal, y solo desplegará su sensualidad si su objeto sexual —ustedes, yo— está degradado ante sus ojos (3). Si prefieren comulgar con los muslos de un héroe, atraigan a Patroclo y Aquiles. Fieles amigos, amantes bandidos. El sexo de los muslos o intercrural (frotar el pene entre las piernas de alguien sin que haya penetración) era el epíteto del coito entre hombres adultos y mozalbetes. En cualquier caso, griegos y troyanos se empalaban bajo las murallas de Ilión como quien se bate en la cama con un mancebo primerizo: vigilando su retaguardia.

Alguien se preguntará cuál fue el pecado de Aquiles, y la respuesta está en el primer verso de la Ilíada: su cólera funesta, su orgullo herido (Agamenón le había robado uno de sus coños, quiero decir, de sus esclavas) hizo que muchos de sus compañeros muriesen por no luchar junto a ellos contra los troyanos. Entre ellos, su estimado Patroclo. «Dame la mano, te lo pido llorando (…) No dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos separados de los míos», le ruega el alma del difunto. «¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, para saciarnos de triste llanto».

«La gente pensará en Brad Pitt con melena», me comenta un amigo cuando le hablo de Aquiles. O en los fornidos muchachos de 300. O en Russell Crowe en Gladiator, aunque haga de romano. Y tiene razón: la capacidad evocadora del lector tiene que ser muy fuerte —o su exposición a las cintas comerciales muy débil— para que las creaciones de su mente puedan competir con las adaptaciones al cine. No tiene nada de malo que la pantalla estimule las fantasías del papel… siempre que no las sustituya.  

Timothy Dalton, Ralph Fiennes o Tom Hardy han prestado su rostro a Heathcliff, el bastardo que yerma la tierra que pisa en Cumbres borrascosas (1847). Una docena de películas y series basadas en la novela de Emily Brönte han contribuido a que el huérfano gitano, sin ser especialmente atractivo, sea uno de los hijos de puta con más morbo de la literatura inglesa. Niño atormentado que observa el mundo a través de «dos negros demonios que jamás abren francamente sus ventanas, sino que centellean bajo ellas corridas, como si fueran espías de Satanás»; joven despechado por el amor de su hermanastra; hombre enajenado por los efluvios de la venganza. Pero siempre, y por encima de todo, jinete indómito de cabellos al viento que ríete tú de los maromos de Johanna Lindsey.

Como a esa lesbiana a la que un homo erectus le dice «a ti lo que te pasa es que no has probado una buena polla», deja que te redima de tus pecados, salvaje Heathcliff, para que puedas amar con claridad. ¡Pobrecito mío! Baja la guardia conmigo, que yo te cuido…

A modo de epílogo

Lo intenté con Wanda von Dunajew, la Venus de las pieles (1870), pero su afectación me resultó irritante. Pensé en las Cartas de la monja portuguesa, pero no me excitaban sus palabras, sino verla masturbarse en unas espléndidas ilustraciones de Milo Manara. El Marqués de Sade no me pone y Christian Grey QUIÉN ES. Una amiga me recomendó a Harry Potter y a Edward Cullen; pero claro, ella hablaba de follarse a Daniel Radcliffe y a Robert Pattinson, no sé si juntos o por separado. Me acordé de Aliena, ella sabe que sí. Pero la presencia más húmeda de Los pilares de la tierra (1989) no era una pecadora. Les gustará saber que la compartí con mi amigo sin saberlo. Lo confesamos hace poco. Qué maravilla.

Notas:

(1) «La elección del amor» (1927), recogido en Estudios sobre el amor, Revista de Occidente, 1940.

(2) Del original «nam fuit ante Helenam cunnus taeterrima belli causa» (Sermones). También leemos en el Libro segundo de Tristes, de Ovidio: «La Ilíada, ¿qué otra cosa es que una adúltera por la que lucharon entre sí su amante y su marido? (…) ¿O qué es la Odisea sino una mujer solicitada a la vez a causa del amor por muchos hombres, mientras su marido está ausente?».

(3) Una de las taras del protagonista de El mal de Portnoy (1969), de Philip Roth. Su deseo físico hacia las mujeres iba acompañado de un inexplicable desprecio. «¿Será cierto que mi sensualidad solo se liberará si el objeto sexual cumple la condición de que yo lo considere degradado?».

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al pecado #JD13


Best sellers y fist fucking: el día que entrevisté a la autora de Cincuenta sombras de Grey

E. L. James. Fotografía: Cordon Press.

El fenómeno no había estallado aún en España aunque sí en medio mundo. De hecho, aquí ya se habían publicado algunos artículos. Yo había leído uno que hablaba del porno para mamás, así que cuando recibí un mail contándome que E. L. James, la autora de Cincuenta sombras de Grey venía de promoción, se lo comenté a una de mis jefas y mi jefa dijo sí, adelante, ponte con ello.

[Digresión primera: sobre la noble tarea de entrevistar a autores de best sellers. Para entrevistar a un escritor, por supuesto, no hace falta leerte su libro y si ese escritor es un autor de best sellers mucho menos. Incluso puede resultar contraproducente. Entrevistar a un autor de best sellers —hablo de best sellers de verdad: millones de ejemplares vendidos— es una de las mejores cosas que te pueden pasar si lo que buscas es ganarte unas perras, no complicarte demasiado y seguir tirando, lo que ya es una auténtica proeza. Siento un profundo respeto por los escritores de best sellers. Nunca, nunca, nunca he conocido a uno que fuera gilipollas, lo que no quiere decir que sus libros merezcan la pena o que ellos te deslumbren y te reconcilien con la literatura o que la entrevista que tú le hagas aporte algo más que un titular muy vistoso y casi siempre vacío para que el medio en cuestión, el medio que sea, lo publique en su portada.]

[El escritor de best sellers es siempre muy listo y muy profesional, te pone las cosas muy, muy fáciles, es un trabajo aséptico, rutinario, rápido. El escritor de best sellers sabe lo que le vas a preguntar y sabe lo que te va a responder, ni se inmuta ni se sale del guion, aborda hasta las cuestiones más incómodas —acusaciones de plagio, insultos de otros autores, etc.— sin despeinarse ni perder la sonrisa. No se ensucia, no te descubre nada nuevo ni lo pretende. Tampoco se ofende o se cabrea.]

[El escritor de best sellers es como la esfinge, ese símbolo del misterio, que durante los días de la promoción se humaniza ligeramente y se presenta ante nosotros, tristes mortales, para desplegar todo su encanto y para, al mostrarse, hacer aún mayor el enigma que le rodea. Uno de los grandes enigmas de nuestro tiempo y de la historia de la humanidad: el éxito. ¿Por qué él o ella sí y los miles de aspirantes a escritores de best sellers no? Nadie lo sabe y al verles ante ti, tan normales, tan cordiales, etc., todo se vuelve aún más oscuro. Desprenden un aura, algo especial, eso es cierto, pero puede que ese aura no sea la causa de su éxito si no más bien la consecuencia. Todo el mundo sabe cuánta seguridad y cuanto carisma te dan los millones en el banco, y cuanta tranquilidad, y cuanta afabilidad. El problema, en todo caso, a la hora de hacerles una entrevista, son esos otros escritores de best sellers que no saben que escriben best sellers o a los que les jode escribir best sellers y pretenden ir de otra cosa. De esos hay alguno en España y son un coñazo.]

La editorial me mandó el libro a casa. Estaba ahí, encima de la mesa, y yo, no sé muy bien por qué, empecé a leerlo.

[Digresión segunda: sobre la primera parte de Cincuenta sombras de Grey y una teoría acerca de por qué la gente lee best sellers. En general era todo muy tópico y, al mismo tiempo, muy poco o nada creíble. Supongo que fue eso lo que me llevó a seguir y seguir leyendo: una mezcla de bochorno y falsa buena conciencia, ese sentimiento tan asqueroso, tan autocomplaciente, tan hipócrita y tan patético de sentirte muy, muy superior ante lo que estás leyendo, te ríes, lo desprecias y luego te vas a la cama tan contento y creyéndote Dios. Quizá por eso la gente lea/leamos best sellers. Quizá en realidad sean/seamos todos grandísimos lectores que a escondidas disfrutan/disfrutamos como enanos de Quevedo, de Dostoievski y de Beckett pero que luego en el metro o en la intimidad del dormitorio necesitan/necesitamos revolcarse/revolcarnos en la bazofia, auténtica mierda que reconocemos como tal, para poder soportar los trabajos de mierda, las parejas de mierda y las vidas de mierda, para sentirse/sentirnos un poco más listos y un poco más dignos, para no naufragar del todo y hundirnos en ese inmenso océano de mierda que nos rodea y nos sustenta, que constituye el único horizonte posible y al mismo tiempo la tumba futura, una gigantesca, infinita, fosa común. No sé, es solo una hipótesis. No tengo ningún dato que la confirme. Supongo también que a veces me gusta creer en la humanidad y entregarme al pensamiento positivo.]

[Y no digo yo, Dios me libre, que todos los best sellers sean un mierda, no, no voy a entrar ahí, pero Cincuenta sombras de Grey sí que es una tremendísima mierda. Al menos, la primera parte que fue la que leí. Del principio, me gustó, sobre todo, esa escena, cuando los dos se conocen, la primera vez que se ven, y ella literalmente pierde los papeles, se le caen de las manos por culpa de la impresión, o se tropieza, no recuerdo, y queda arrodillada ante la bragueta de él. Así de evidente, así de burdo, así de grotesco. Ni como chiste se podría salvar, aunque si Grey en ese momento se hubiera bajado la cremallera y se hubiera sacado la chorra, cuántas y cuántas páginas nos hubiéramos ahorrado.]

[Porque esa es otra: Cincuenta sombras de Grey es un coñazo, un tostón, una novela sin ritmo, aburridísima, que da vueltas y vueltas para no llegar a ninguna parte o sí, bueno, para llegar a ese lugar que todo el mundo conoce desde el principio: el dormitorio y la mazmorra de él y, entre medias, ni una sola sorpresa, nada que descoloque o enriquezca al lector, nada que le divierta o le eleve, ni un atisbo de inteligencia o de brillantez, ni un solo hallazgo ni un solo matiz ni un solo cuestionamiento de la realidad, del mundo, de las relaciones humanas, de lo que sea. Nada de nada. Los personajes marean y marean la perdiz, huyen y se reencuentran, negocian absurdos contratos sobre si van a practicar fist fucking o no, y si ese fist fucking será anal, vaginal, o ambas cosas al mismo tiempo. Habrá quien diga: pero es que el amor es así —el mareo, la huida, el reencuentro— y, por supuesto, no le faltará razón. Yo se la doy. El problema es saber contarlo, hacerlo interesante y creíble, involucrarte en ese proceso que ya todos conocemos tan bien.]

Una escena de Cincuenta sombras de Grey, 2015. Imagen: Universal Pictures.

[Y follar, lo que se dice follar, se folla poquísimo en Cincuenta sombras de Grey. Al menos en la primera parte. Eso sí me sorprendió: el número de páginas necesarias para encontrar una escena de sexo es tremendo, altísimo, disparatado, un auténtico desperdicio. Aunque lo peor, sin duda, lo más tópico, lo menos creíble, lo de verdad peligroso y reaccionario, lo repugnante son esos dos personajes, esos dos roles, el de ella y de él. La universitaria virgen, de origen humilde y pura, bobita perdida que no tiene ningún atractivo más que esa falsa ingenuidad, la potencialidad de ser pervertida y desvirgada, deslumbrada por el lujo y la riqueza de él, la facilidad para inculcarle el deseo de que la arrastren y la conviertan en un objeto, un juguete, o quizá mejor, el receptáculo y el complemento imprescindible para que él despliegue y utilice su inmensa colección de juguetes: los consoladores, los arneses, los tapones anales, los látigos, los mil y un objetos de los que se habla en el libro y que yo ahora no recuerdo porque ya han pasado más de dos años desde que lo leí y entrevisté a su autora.]

[Y frente a ella, frente a la pavisosa protagonista, se alza él, el magnate tecnológico archimillonario y perverso, el hombre hecho a sí mismo de pasado y presente oscuro, pero capaz de desplegar una impresionante labor filantrópica con obras de caridad repartidas por medio mundo. Un cruce perfecto entre Mark Zuckerberg y Cristiano Ronaldo. O Steve Jobs y Brad Pitt. O, por qué no, Jenaro el de Gowex y Mario Casas. ¿De verdad hay mujeres a las que pone eso? No hace falta responder. Las cifras de venta despejaron cualquier duda: a muchas, millones y millones de mujeres, parece que sí.]

Estaba yo esperando en el pasillo y escuchaba su risa, una de esas carcajadas tremendas y explosivas. Tuve que esperar mucho. Las entrevistas las estaba concediendo en su hotel, en la habitación, una suite de dos plantas, la de arriba abuhardillada, creo, con la cama y el baño, la de abajo con un agradable salón lleno de personas, una especie de séquito, que entraban y salían entre una entrevista y otra: ella, su agente, una traductora, dos de prensa, una editora que había venido desde Barcelona y hasta la consejera delegada de su grupo editorial que, de repente, apareció por allí para saludarla y pedirle que por favor viniera a la firma de libros que estaban preparando para después del verano. La cuenta de resultados de todos sus sellos y los anticipos de un montón de escritores mil veces más valiosos dependían ahora de esa mujer: la esfinge, el misterio, la hasta hace nada desconocida que había tenido que autoeditar su libro en internet. Yo hablaba con mi fotógrafo y con la editora, comentábamos la novela. Yo no decía que era una puta mierda, claro, pero sí que me había parecido que se follaba poco y que no terminaba de comprender el escándalo. La editora, mucho más lista, más prudente, callaba y escuchaba, fingía poner interés, como yo fingía que el libro no era tan, tan malo. En todo caso, decía yo, me había llamado la atención lo del fist fucking, su inclusión en una historia que aspiraba a ser tan masiva.

[Digresión tercera: sobre el fist fucking como frontera. El fist fucking anal, vaginal o combinado marca en muchos sentidos un límite, un punto de no retorno, una frontera. Algo similar a lo que ocurre con el bukkake. No llega cualquiera hasta allí. No es fácil verle la gracia —yo, desde luego, no se la veo— o creer que después de practicarlo vas a salir indemne. Digo creer. Por supuesto, en esta vida se puede salir indemne de todo. O casi. Depende del carácter. El fist fucking también separa y delimita a los que van en serio en eso de la humillación y la dominación, y a los que juegan; a quienes escriben novelitas rosas un poco más guarras de lo habitual y a quienes pretenden llegar mucho más lejos aunque solo sea para perderse y que su manuscrito jamás se publique. Y el fist fucking, por supuesto, no se incluía en la primera parte de Cincuenta sombras de Grey. Se nombraba, eso sí, y los personajes lo discutían al negociar el contrato en el que figuraban las cosas que iban a hacer y las que no. Él quería y ella lo descartaba sin darle la menor opción. La frontera no llegaba a cruzarse. Las lectoras, o los lectores, de Cincuenta sombras de Grey podían sentirse seguros y a salvo: nadie les iba a meter el puño por alguno de sus agujeritos.]

Y entonces llegó mi turno. Por fin me dijeron pasa y entré en la suite. Allí me esperaba la esfinge, el misterio viviente, la mujer de los cien millones de libros vendidos.

Se la veía cansada, quizá un poco hasta los huevos de tanta entrevista y de responder siempre lo mismo a las mismas preguntas. Cansada, vale, pero aún así fuerte, segura, poderosa y con sentido del humor. Nada que ver con su protagonista. De nuevo la esfinge, la personificación del pelotazo editorial, mostraba su faceta más humana y amable, insistía en los tópicos, lo conocido, lo previsto, contaba sus cosas y se reía. Se reía mucho. La carcajada explosiva. Comentaba que el libro surgió de su crisis de la mediana edad y de un trabajo que la tenía harta, que necesitaba evadirse y se puso a escribir, que en él recogía muchas de sus fantasías, y ya no solo sexuales, y esto creo es importante, muy importante incluso, fundamental, una de las claves del deseo de humillación y dominancia: Cincuenta sombras de Grey era también una proyección de sus fantasías proletarias —de trabajadora puteada y descontenta— respecto a cierto estilo de vida marcado por el dinero y el lujo, un universo paralelo e inaccesible en el que habitaban los archimultimillonarios.

[Digresión cuarta y última: Cincuenta sombras de Grey y la extinción de la clase media. ¿Es, quizá, Cincuenta sombras de Grey una metáfora o una consecuencia del aumento de la desigualdad en el mundo?, ¿surge la novela como una expresión de las superélites financieras y tecnológicas, y del sufrimiento de las clases medias en su extinción?, ¿es la sumisión y el masoquismo de la protagonista un reflejo de la complicidad de esas mismas clases medias y obreras en todo este proceso y de las nuevas exigencias que deben afrontar? O sea: ¿hay alguna relación o alguna semejanza entre el placer de la pavisosa al ser golpeada por el magnate y cuando nosotros decimos que la crisis es una oportunidad, buscamos un coach o intentamos «reinventarnos» a toda costa mientras nos roban y destruyen el mundo tal y como lo habíamos conocido? Y de ser así: ¿funciona Cincuenta sombras de Grey como una denuncia y una invitación a dinamitar ese nuevo orden o, por el contrario, sirve de consuelo y de distracción, incluso mucho más: funciona como una nueva promesa que nos anima a aguantar y a seguir siendo golpeados, atados y, sobre todo, a disfrutar del castigo, porque quizá así algún día nos toque el premio gordo y el magnate, tecnológico o no, nos entregue su corazoncito? No sé. No tengo ni idea. Solo leí el primer libro y casi no lo recuerdo. Dejo ahí la hipótesis por si alguien la quiere trabajar. Y aclaro, creo que es de justicia, que la señora de Cincuenta sombras de Grey nunca dijo «fantasía proletaria». Eso y todo lo que sigue es delirio o interpretación mía. Ella se limitó a comentar su descontento en el trabajo y su fantasía respecto a cierto «estilo de vida».]

Siguió la charleta. La señora de Cincuenta sombras de Grey me habló de su marido, guionista de televisión. Me contó que era su primer lector, el que la aconsejaba y la animaba. Yo les imaginé a los dos, ya maduritos y pasados de kilos, tirados en el sofá, quizá también con uno o dos vinos de más. Imaginé el típico hogar británico, descuidado y con moqueta bien gorda en el suelo. Ella veía la tele y él leía lo último que había escrito su señora. Lo iba comentando en voz alta. Decía cosas como «esto sí que está bien» o «joder, honey, aquí te has pasado siete pueblos». La escena servía para que ella me cayera mejor. Pero no resolvía nada. El misterio cada vez resultaba más grande. Pasaron quince o veinte minutos. Se acabó la entrevista.

Luego mi fotógrafo la subió al piso de arriba. Le gustó esa luz y la metió en la bañera. Le hizo un montón de fotos mientras ella se reía y se reía. La carcajada salvaje de la esfinge. Tenía millones de motivos para descojonarse. El enigma, además, se mantenía a salvo e inexpugnable. Ni siquiera ella conocía las claves para descifrarlo.

Fotografía: m01229 (CC).


Cómo ser un escritor de éxito

Agonía de la creación, de Leonid Pasternak.
Agonía de la creación, de Leonid Pasternak.

Ya se sabe cómo funciona la industria de las letras, 50 sombras de Grey vende unas toneladas de ejemplares y a la mañana siguiente tenemos, en la primera fila de las estanterías de cada librería del universo, una docena de novelas con amantes jugando a meterse bolas de billar por el culo. El código Da Vinci arrasa entre las lecturas del metro y nos llueve el marketing salvaje de cientos de thrillers que exploran el significado oculto de las dieciséis estampas de perros jugando al póquer de Cassius Marcellus Coolidge. Crepúsculo consigue aflojar la goma de las bragas de medio planeta y de repente tenemos legendarias criaturas terroríficas convertidas en pálidos adolescentes que suspiran profundo con mirada intensa y pinta de tener una rave en los intestinos. Los hombres que no amaban a las mujeres se corona como blockbuster y una colección de escritores de suspense brotan de golpe en los helados paisajes de Europa del norte. Paulo Coelho publica en papel la copia de seguridad de sus conversaciones de Whatsapp, se convierte en un éxito y sus lectores sentencian que tanta profundidad les ha cambiado la vida mientras miccionan en tonos arcoíris. Alguien escribe un flyer de bienvenida al pensamiento new age, lo titula El secreto, contrata al maquetador de Geronimo Stilton y acaba amontonado bolsas con el símbolo del dólar estampado. Un yuppie dice que una fábula sobre productos lácteos sustraídos es indispensable para cualquier empresa y una muralla de cuentos para críos, disfrazados de revelaciones para encorbatados, acabará atrincherando la sección Actualidad.

¿Cómo ser un escritor de éxito? ¿Quién coño lo sabe? Y sobre todo ¿a quién le importa?

Paso 1: Buscar un editor

En 1887 un poema titulado «Like a Giant Refreshed» llegó a las mesas de cinco editores. Tres lo rechazaron y dos aceptaron publicar la obra si el autor se hacía cargo de los gastos. Entre las respuestas oficiales recibidas se encontraban un «El mercado está lleno de cosas similares», un «Tenemos cubierta nuestra lista de ediciones para la siguiente temporada» y un «Es evidente que tiene algo especial, pero no lo suficiente para asegurar ventas». La persona que había enviado el manuscrito era un corresponsal de St. James’s Gazette, pero lo cierto es que no era el verdadero autor de la obra. En realidad había copiado palabra por palabra el poema «Samson Agonistes» que aparecía en Paradise Regain’d, una obra del poeta John Milton, para algunos el segundo literato más notable de las letras anglosajonas después de William Shakespeare. El objetivo era obvio, demostrar que los ojeadores de nuevos talentos no tienen olfato para detectar la genialidad.

John Milton, no tan bueno como para asegurar ventas. Imagen: DP.
John Milton, no tan bueno como para asegurar ventas. Imagen: DP.

Cien años más tarde, un ocioso Chuck Ross reescribió la novela Steps de Jerzy Kosinski. Firmó la obra como Eric Demos, metió el texto en catorce sobres y los lanzó a los buzones de catorce editoriales. A pesar de que el Steps de Kosinski se había llevado un National Book Award For Fiction, y que más adelante David Foster Wallace se pondría las rodilleras a la hora de elogiar esa obra y trazarle líneas paralelas con Kafka, el texto no pasó el primer corte de ninguna editorial, entre las que para más guasa se encontraba la que había editado originalmente Steps. Y entre las respuestas de rechazo Ross se encontró con esto:

Muchos de nosotros hemos leído tu novela admirando el estilo de escritura. Encontramos un punto de comparación con Jerzy Kosinski cuando leemos los crudos y escalofriantes capítulos que has construido. El problema del manuscrito, tal como está, es que no consigue llegar a ser una obra redonda. Tiene momentos muy espectaculares, pero da la impresión de ser un boceto incompleto. No vemos la manera de publicar este trabajo en particular en su estado actual.

En los ochenta la escritora Doris Lessing, futura nobel de literatura en 2007, sospechaba que su editorial aceptaba sus manuscritos por llevar su nombre estampado y no por la calidad de los mismos. Para corroborar esto presentó dos novelas bajo seudónimo (Jane Somers) y el resultado fue el esperado: ambas fueron rechazadas. En 1991 un periodista de The weekly llamado David Wilkening encargó a su secretaria (evidenciando un conocimiento borroso de las labores administrativas) que copiase la novela The Yearling de Marjorie Kinnan Rawlings, ganadora de un Pullitzer en 1939. El volumen se paseó por veintidós editores (incluyendo al editor original) retitulado como A cracker comes to age, para coleccionar hasta trece respuestas de rechazo. Solo una de las editoriales, Pineapple press, se dio cuenta de la fotocopia y reconoció la obra original. The Sunday Times repitió en 2006 la prueba con cuarenta editoriales, envió los primeros capítulos de dos obras ganadoras del premio Booker, In a free state de V.S. Naipaul y Holiday de Stanley Middleton, cambiando nombres de personajes y el autor. El resultado: una veintena de negativas y solo una respuesta interesada por una de las obras.

Paso 2: Autopublicación = Profit.

«Móntate un blog». Con la autopublicación online comenzó Manel Loureiro narrando un apocalipsis zombi en un blog y hoy el hombre pasea tres libros de la saga Apocalipsis Z y vende montañas en Estados Unidos. Erika Leonard (E.L. James) comenzó a escribir una fan fiction erótico-pornográfica-festiva de Crepúsculo (titulada Masters of the universe y sin relación aparente con He-Man) y la publicó en internet bajo el nick Snowqueen’s Icedragon. El éxito de visitas la animaría a retocar el trabajo para eliminar a los personajes crepusculianos y convertirla en una obra propia llamada 50 sombras de Grey. Aquella creación, pese a su prosa de Cash Converter y de ser una obra calificada despectivamente como mommy porn, le favoreció un contrato editorial y arrasó en ventas (arrebatando el puesto de best-selling author en el Reino Unido a la mismísima J.K. Rowling). Otra que tuvo suerte fue Amanda Hocking, una desconocida que se forró de golpe al poner a la venta sus párrafos en Kindle.

Y luego está el porno con dinosaurios.

Portada de Taken by the T-Rex. La escritora aseguraba que pagaba 5 dólares por el diseño de cada portada, y también que probablemente era demasiado dinero. Imagen: Christie Sims.
Portada de Taken by the T-Rex. La escritora aseguraba que pagaba cinco dólares por el diseño de cada portada, y también que probablemente era demasiado dinero. Imagen: Cortesía de Christie Sims.

Un género completamente nuevo y revolucionario, la dinosaur erotica. De repente varias historias con portadas terroríficas y títulos tan sugerentes como Taken by the T-Rex, Ravished by the Triceratops, Taken by the Pterodactyl o Dino Park After Dark se presentaron en los catálogos de lectura online y empezaron a cosechar lectores sedientos de un nuevo y dilatado tipo de erotismo: aquel que solía orbitar alrededor de dinosaurios montando damiselas.

El caso es que toda esa orfebrería literaria que encamaba lo sensual con lo primitivo era obra de Christie Sims y Alara Branwen, los seudónimos de dos veinteañeras universitarias y compañeras de habitación que, cansadas de sufrir para costearse los estudios, decidieron probar suerte con la autopublicación de la literatura erótica más absurda que se les ocurrió (basada en sus propias experiencias, aseguran). Entregas de extensión ridícula, algunas apenas llegan a las veinte páginas, y que obviamente se basan más en explotar lo disparatado de follar con una criatura prehistórica que en contar algún tipo de historia. El producto tuvo un éxito inesperado (las críticas en Amazon de los lectores de Taken by the T-Rex suelen ser descacharrantes) y como resultado las dos chicas comenzaron a amasar suficiente dinero como para dejar de lado los trabajos basura y dedicarse exclusivamente al noble arte de la escritura, abriendo su producción a nuevas entradas de protagonistas mucho más exóticos: Taken by the Pegasus, Riding the Dragon o Taken by the Gryphon.

A la vista de los beneficios, a las visionarias no les faltaron imitadores: desde la inquietante adaptación a la acera de enfrente de Turned Gay By Dinosaurs de Hunter Fox hasta lo descarado de alguna versión española del fenómeno.

Paso 3: Hacerse un nombre

En 1983 la televisión británica comenzó a emitir un ingenioso anuncio de las Páginas Amarillas de aquellas tierras. En el mismo se mostraba a un anciano recorriendo varias librerías de segunda mano preguntando por un mismo libro: Fly fishing de J. R. Hartley. Al no obtener ningún éxito en su redada librera, el protagonista del spot se refugiaba en su casa entristecido hasta que su hija le arrimaba una copia de las Yellow Pages. El anuncio finalizaba con el octogenario hablando por teléfono con una librería en la que había localizado el perseguido Fly fishing. Y entonces el espectador asistía al desenlace revelador cuando el hombre solicitaba que el libro le fuese reservado y escuchábamos su respuesta a una pregunta del otro lado del teléfono: «¿Mi nombre? Oh, sí. Me llamo J. R. Hartley».

La campaña era original pero para Roddy Bloomfield, escritor de deportes, era mucho más que eso. Era una maniobra publicitaria paralela y enorme de algo que ni siquiera sus responsables habían tenido en cuenta: otro libro. Bloomfield encargó a Michael Russell, un experto en pesca con mosca, la tarea de escribir en 1991 un libro. Lo tituló Fly fishing y lo publicó bajo el seudónimo de J. R. Hartley. En la cara de hormigón de Bloomfield se dibujó una sonrisa cuando el texto se convirtió en best-seller. Aprovechando la inercia y junto a Russell perpetraría otras dos secuelas: J.R. Hartley Casts Again: More Memories of Angling Days en el 92 y Golfing by J. Hartley en el 95, otros dos best-sellers.

J.K. Rowling, intentando despojarse de la maternidad del niño mago, se lanzó a construir una de detectives para un público adulto. El libro llamado The Cuckoo’s Calling (El canto del cuco) fue publicado bajo el seudónimo de Robert Galbraith y pese a las críticas favorables vendió una miseria (presumiblemente unos quinientos ejemplares de una tirada de mil quinientos). Cuando un columnista del Sunday Times investigó un poco se descubrió que el agente del tal Gralbraith era el mismo que el de la señora Rowling; y una vez arrebatado el disfraz (que muchos acusaron de maniobra publicitaria) las ventas de The cuckoos calling se dispararon de manera demencial: de ocupar el puesto número 4.709 en la lista de ventas de Amazon saltó directamente a la primera posición.

Paso 4: Trolling

A mediados de los cincuenta el locutor Jean Shepherd se colaba en los hogares a través de un late night radiofónico. Y se daba el caso de que Shepherd estaba cabreado con el sistema mediante el cual se confeccionaban las listas de best-sellers literarios en aquella época, utilizando tanto los datos de venta como las demandas de libros que estaban a punto de salir. A Shepherd se le ocurrió burlarse de este tipo de listas aprovechando las ventajas de la radio e invitó a todos sus oyentes a encaminarse hacia las librerías y preguntar por un libro que no existía de un autor que tampoco era real. Para hacer las cosas más fáciles el locutor ideó una sinopsis de la trama, un autor ficticio (Frederick R. Ewing) y lo enmarcó todo con un título prometedor: I, libertine. Los oyentes tomaron la empresa tan en serio que al final la obra ficticia acabó realmente entrando en la famosa lista de best-sellers del New York Times.

Cierto tiempo después, Shepherd compartía mesa con el editor Ian Ballantine y el novelista Theodore Sturgeon cuando el primero de ellos se ofreció a publicar una novela escrita por Sturgeon y basada en la falsa obra ideada por Shepherd. En 1956 I, libertine se convertiría en realidad y su portada (obra de Frank Kelly Freas) incluiría un chiste privado delicioso: en un cartel se podía distinguir un esturión y el bastón de un pastor. O lo que es lo mismo, Sturgeon (esturión) & Shepherd (pastor).

Mike McGrady era un columnista del Newsday de los sesenta que estaba convencido de que la cultura americana había abrazado un estándar de vulgaridad tal que cualquier texto de mierda podría llegar a ser un éxito monumental si se le añadían suficientes escenas de sexo. Para demostrar su teoría McGrady reunió a más de una veintena de colegas de profesión delante de una mesa, entre ellos a dos premios Pullitzer (Gene Goltz y Robert W. Greene), y propuso escribir entre todos un libro premeditadamente malo y espantoso. Cada participante se encargaría de un capítulo y eximiría cualquier tipo de calidad de las letras mientras lo rebozaba todo de sexo gratuito. Los implicados se esforzaron todo lo posible en divertirse construyendo un monstruo de Frankenstein incoherente sobre una esposa infiel de gira por las camas de vecindario, aunque hacerlo intencionadamente mal no resultaba sencillo: varios capítulos tuvieron que ser revisados por estar tan bien escritos como para no ajustarse al criterio de calidad en negativo exigido. El resultado final sería una pieza repleta de pasajes descriptivos vergonzosos: «En ese momento ella estaba masajeando su punto de mayor altitud suavemente con una botella de Johnson & Johnson baby lotion de color rosa» o «Entonces él la despojó de sus pantis negros, hubo un sonido de celofán como si estos hubieran sido pelados de las rodillas». Y como remate una soberbia dedicatoria en la primera página: «Para papá».

Varios de los autores de Naked came the stranger. Imagen: Cortesía de Newsday.
Varios de los autores de Naked came the stranger. Imagen: Cortesía de Newsday.

El grupo tituló la obra Naked came the stranger y atribuyó su autoría a una ficticia Penelope Ashe. La hermanastra de McGrady se atrevió a ceder su cara como imagen de la misteriosa escritora y se animó a pasearse por las editoriales con el libro en las manos y cara de buena persona. Lyle Stuart, conocido por fomentar una línea editorial con mucha teta suelta, accedió a publicarla y puso en marcha su procedimiento habitual de edición: mangó sin permiso una foto del culo de una chavala a una revista húngara, la estampó en la portada como reclamo de carnes prietas e imprimió aquello en 1969. El libro zarpó hacia las librerías y semanas más tarde la mujer que ponía rostro a la ficticia autora se paseaba por talk shows y entrevistas.

Cuando Naked came the stranger había vendido más de veinte mil copias, y McGrady ya empezaba a tener agujetas de tanto descojonarse en privado de lo cateto de la sociedad americana, se decidió que ya iba siendo hora de desvelar la broma y el responsable del hoax junto con el resto de implicados dieron la cara para explicar la naturaleza y origen del producto. El público lejos de tomarse a mal que lo hubiesen tratado como idiota reaccionó como era de esperar: saliendo disparado a reservar una copia. Mes y medio después la novela había cuadruplicado el número de ventas. Y unos años más tarde alguien rodaría una versión porno del material original a cuya proyección asistiría la autora de la Naked came the stranger original. O más bien diecisiete pedazos de ella.

Mucho tiempo después, inspirados por la iniciativa de McGrady, un grupo de escritores de fantasía y ciencia ficción acordarían escribir entre todos una obra tan horrenda e incoherente como les fuese posible con un único objetivo: demostrar que en PublishAmerica, una empresa que se jactaba de publicar solamente textos de calidad elevada, no tenían ni zorra sobre la exquisitez literaria. ¿La razón? Que dicha casa había menospreciado a los autores de ciencia ficción y fantasía.

James D. Macdonald escritor y crítico, dirigió el proyecto y coordinó metódicamente a cuarenta autores para gestar un libro prodigiosamente horrible. Se trataba de Atlanta Nights y las imperfecciones de su esqueleto eran una maravilla de la planificación: personajes que cambiaban de raza o género de golpe o resucitaban sin explicación alguna, un par de capítulos distintos creados por diferentes escritores explicando lo mismo, un chaparrón de faltas de ortografía, dos capítulos idénticos letra por letra, un capítulo ausente (el libro salta del 20 al 22) y otro cuyo número se repite (hay dos 12), un capítulo generado enteramente por un programa de ordenador que remezclaba secciones anteriores, un giro de guión en su etapa final que sentencia que todo ha sido un sueño para continuar como si no lo hubiese sido. Y la mofa definitiva: las iniciales de todos los personajes bautizados en la historia deletrean la frase: «PublishAmerica is a vanity press». Alguien definió perfectamente Atlanta nights: «El mundo está lleno de libros malos escritos por amateurs, pero este es un libro malo escrito por expertos».

PublishAmerica, ajena a todo esto, recibió la pieza y dio el visto bueno para publicarla en 2004. Los autores decidieron no seguir adelante con la gesta rechazando el contrato y revelando públicamente la trampa. PublishAmerica dijo que había mirado mal y que mira, que mejor no, nunca, nada.

Paso 5: Intentar no morir siendo objeto de mofa

En 1970 Jim Theis escribió con tan solo dieciséis años una de las novelas de fantasía heroica más emblemáticas de la historia. Publicó su criatura en un fanzine y de algún modo esta llego a las manos del escritor de sci-fi Thomas N. Scortia, quien fascinado con el descubrimiento lo remitió a otra escritora, Chelsea Quinn Yarbro, que a su vez enseñó el manuscrito a otro grupo de autores. Y así, poco a poco como una bola de nieve, el texto de Theis empezó a circular de forma furtiva entre los más selectos clubs de ciencia ficción y fantasía. Aquella novela se llamaba The eye of Argon y encandilaba a todo aquel que la leía. Pero por las razones equivocadas.

The eye of Argon era un accidente de tren literario, un desastre heroico, una pieza tan mal escrita (Theis parecía puntuar a ciegas y usaba tan erróneamente las palabras que muchos dudaban que el autor fuera una persona real y no un chiste) que su lectura resultaba involuntariamente cómica. Era el Ed Wood de la fantasía. Y lo mejor de todo es que la novela llegaría a convertirse en un party-game muy celebrado en el que un grupo de personas se turnaban para leer el texto en voz alta con una única norma: en cuanto el orador no pudiera contener la risa perdía su turno. Dave Langford explicaba cómo funcionaba el juego en las convenciones más importantes de sci-fi: «El reto de la muerte consistía en leer The eye of Argon en voz alta, con gesto serio y sin descojonarse. El reto Gran Maestro consistía en hacerlo tras haber inhalado helio».

Alguien localizó a Theis para entrevistarlo y este declaró que el cachondeo y la burla con los que se había recibido a algo que escribió treinta años antes le cabreaba hasta quitarle las ganas de volver a escribir cualquier otra cosa en un futuro. Theis murió en 2002 pero su obra alcanzo la inmortalidad, entre las carcajadas y convulsiones de sus lectores, por ser increíblemente mala pero involuntariamente jocosa.

Cómo ser un escritor de éxito

¿Cómo ser un escritor de éxito? Preguntádselo a alguien que lo sea.

O poneos a escribir, lo que sea, ahora mismo. Y dejad de perder el tiempo con artículos tramposos que plantean una pregunta para la que ni tienen respuesta, ni les interesa tenerla. Vosotros podéis ser el próximo Jim Theis, eso es lo único importante.


El porno de los otros – XConfessions

Erika Lust, Joel Tomás y Noel Hortas. Making of de Meet me in the stockroom (XConfessions). Foto: Erika Lust Films.
Erika Lust, Joel Tomás y Noel Hortas. Making of de Meet me in the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Uno se pasa la mitad de la vida delante de una pantalla y la otra mitad delante de otra pantalla. El tamaño aquí sí que no importa. Probablemente es el artefacto cotidiano más dado por hecho en estos tiempos y sociedades en las que vivimos. En el trabajo y en el ocio. En cualquier soporte. De ordenador, de móvil, de televisión, de lector de libros. Y si esto es así, por su pronta accesibilidad, entonces el porno podría ser el nuevo sexo. ¿Se ve más porno que se folla? Soy incapaz de decirlo. Pero sí que es cierto que la pornografía parece haber alcanzado las cotas de aceptación en la cultura de masas más altas de su propia historia. Hablamos de porno con los amigos con mucho menos rubor que antaño y seguimos en redes sociales a nuestra actriz o actor favorito de una forma ya no totalmente natural —equiparable a hacer lo propio con tu cantante o futbolista favorito— sino quizás incluso trendy. Así, el porno, un recurso de la autosexualidad habitualmente referenciado a la soledad y a lo raruno, va dando pasos hacia un fenómeno compartido, incluso de comunidad, fuera de oscuros foros de internet. Pierda o no algo de su potencial para el morbo en el proceso.

Consecuentemente, el feedback del público respecto de la producción pornográfica es cada vez mayor. ¿Tenemos el porno que queremos? ¿Basta solo con lo que nos ofrecen los pornógrafos habituales? ¿Queremos un acercamiento a la realidad? ¿Queremos una fantasía exacerbada que jamás seríamos capaces de llevar a nuestras camas? ¿Queremos quince minutos de plano fijo ginecológico? ¿Necesitamos realmente que un actor porno, además de follar, cante?

Un proyecto que se ha planteado tener en cuenta este nuevo paradigma de interconectividad y de cercanía entre espectador y pornógrafo es el que propuso Erika Lust con la serie de escenas cortas arropadas bajo el título XConfessions. Adalid del porno para mujeres, la directora sueca afincada en Barcelona se dirigió a su comunidad de seguidores —labrada durante años a base de compartir con el público su visión particular de la pornografía, dirigida especialmente a mujeres— y les pidió una confesión de su intimidad o de sus fantasías, en el formato de un breve texto publicado en una web con registro creada para el caso. Erika se comprometía a rodar cortometrajes a partir de esas escuetas ideas —a razón de uno o dos al mes— y dar salida así a las lúbricas ficciones —o realidades— ajenas. De esta forma, el espectador se convertía en la chispa inicial de la inspiración erótica y sexual, dejando luego en las manos y la mirada de la directora la materialización de la misma.

Misha Cross y Gai del Bello en Dude looks like a lady (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Misha Cross y Gai del Bello en Dude looks like a lady (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Lo que la pornografía de Lust es y lo que no es

Antes de profundizar un poco más en lo que se ha producido a partir de este proyecto, me parece imprescindible hacer una limpieza de preconceptos establecidos que he podido observar navegando entre comentarios y reacciones a la filmografía de la directora. Porque uno de los aspectos que más me llama la atención de la obra de Erika Lust son las reacciones que a veces provoca entre los espectadores de pornografía convencional. Mi suposición es que buena parte de ellas provienen de espectadores que han visto sus películas de forma parcial o en un día peculiarmente malo. Porque uno no entiende, por ejemplo, la especie de histeria que lleva a pensar que de la aparición de un porno idealmente dirigido a mujeres todo el porno rodado hasta ahora vaya a ser rodado así, como si de una moda totalizadora se tratara y fuera a dejar al público masculino sin sus pajas. Más absurda me parece esta reacción si además tenemos en cuenta que este tipo de producciones siguen siendo un pequeño islote comparado con el océano de porno pensado específicamente para un público masculino, que es lo que ha abundado en la historia del género.

No, Erika Lust hace su pornografía desde su punto de vista particular y difícilmente Brazzers, Reality Kings, Cumlouder o Torbe van a dejar de hacer lo suyo o irse a la ruina por ello. Lo que tenemos aquí es una forma diferente de hacer las cosas que atraerá —o que más correctamente se podría decir que ya ha atraído— a una parte concreta del público consumidor de pornografía. Cierto es que ha habido un surgimiento —quizás sería más correcto decir una visibilización del público femenino espectador de este género— que ha aumentado la demanda, pero difícilmente esto irá en detrimento de la pornografía mainstream que ya se venía haciendo.

Dicho lo cual, vale la pena señalar, a raíz de varios comentarios leídos en lo ancho y largo de internet, lo que la pornografía de Erika Lust —y en concreto la de este reciente XConfessions— es y lo que no es:

—No es X-Art o Hegré-Art o cualquier otra forma de porno o erotismo esteta rodado en camas, sofás o camillas de masaje, con luz matutina y música de intro estilo chill-out ibicenco. Y digo todo esto, aunque no lo parezca, con todo mi respeto para ese tipo de producciones. Lust busca crear piezas bellas y estéticas, sí, pero hay dos razones que lo diferencian de lo anterior. La primera es que nunca rueda dos veces en el mismo sitio. Evita, de esta forma, la repetición y el abuso de los mismos espacios que desvirtualizarían cualquier fantasía rodada, haciéndola largamente aburrida. Es más, quitando el hecho de que casi todo lo rueda en el formato de escenas cortas —no ha trabajado el largometraje todavía— ninguna de sus producciones se parecen entre ellas e incluso apenas repite actores (siendo la excepción, ahora sí, en estas últimas producciones). La segunda diferencia esencial con estas producciones «blancas» es que las escenas de Lust siempre llevan algún componente argumental, por mínimo que este sea. Y en XConfessions esto es más que evidente en tanto que parten de las historias de los espectadores. Es por ello que los comentarios o críticas que asemejan unas y otras producciones se me antojan provenientes de espectadores que confunden el ver toneladas de porno con no ya saber de porno, sino entender lo que tienen delante de sus narices, para poder sentenciar una similitud de estilos y sus técnicas cinematográficas. Es más elaborado y menos industrial hacer lo que hace Lust. Pero algunos, para saber verlo, deberían devolver las neuronas al cerebro un rato.

—No tardan horas en ponerse a follar. Porque precisamente, una de las grandes virtudes de Lust es dibujar la historia con unos cuantos planos. Con unas pocas acciones, en apenas un minuto o dos, nos marca quién son los personajes, donde están y lo que va a suceder. A veces incluso lo hace con la pareja de actores ya en faena. Por lo cual, ni la historia será completamente anónima y aséptica, ni tendremos que esperar mucho a que el sexo empiece.

Sexo desde el minuto cero entre Amarna Miller y Kristopher Kodjoe en Before the guests arrive (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films
Sexo desde el minuto cero entre Amarna Miller y Kristopher Kodjoe en Before the guests arrive (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films

—Es porno para mujeres, sí, pero también lo es para hombres. De hecho, aunque la perspectiva de Lust es feminista y su constante manifiesto lo es, yo señalaría que su punto de vista es un punto de anclaje que le sirve para arrastrar la pornografía convencional rodada para un público masculino hacia un punto más intermedio, más ecuánime, que dignifica un poco más tanto la figura actoral femenina, como la masculina. La actriz ya no es solo un objeto sobre un sofá que va a ser follada por uno o más agujeros y el actor ya no es un pene ambulante de cabeza cortada. De esta forma, vuelve Lust a los inicios «ingenuos» de la pornografía donde la voluntad, más que filmar solo a la fémina, era rodar «el sexo», el encuentro de la pareja en el momento de cama. En sus escenas tanto hombres como mujeres espectadores, podrán disfrutar de cuotas de cámara mejor repartidas para ambos sexos.

—Y, por favor, no es softcore. Toda la filmografía de Lust contiene escenas de sexo explícito. En XConfessions, además hay varios polvazos de los de quitar el sentido. Porque la oferta es variada: tanto a los que gustan del juego erótico suave como a los que buscan ver un buen empotramiento furtivo verán su necesidad satisfecha.

Con lo que fantaseamos

Los microrrelatos del público fueron la materia prima para estas escenas, pues. Una materia prima muy variada que acabó reflejándose en la selección hecha por la directora para los rodajes; también lo ha sido la selección de cortos que se usaron para editar los dos volúmenes en DVD hasta la fecha. Erika no parece haber tirado hacia lo fácil, si bien no ha descartado los fetiches más comunes que pueden funcionar de cara a un amplio público. Muchas de las escenas podrían etiquetarse, como se hace habitualmente con el porno al por mayor: couple, bondage, amateur, voyeur, footfetish, oral sex, milf, threesome, sex at work… Todas esas denominaciones ya frecuentes en el mercado común del porno podrían aplicarse a una u otras escenas que integran en estos volúmenes. Sin embargo, la traslación de estas fantasías del público al corto pornográfico están aquí tan limpias de los vicios y lugares comunes habituales del género —y de eso hay que atribuir una parte del mérito a su origen en los relatos ajenos— que realmente parece algo nuevo, casi ingenuo, como si la pornografía pudiera esquivar los años que estuvo discriminada y se rodaba en feos camastros, se compraba en oscuras tiendas y se visionaba en salas marcadas con una letra escarlata. Como si solo se tratara de rodar y mostrar un aspecto más de la vida, narrar una historia de corte sexual, sí con morbosidad y picardía, pero sin cortapisas y prejuicios. Lo que tendría que haber sido.

Los temas a los que se ha dado ventaja casan perfectamente con las mejores especialidades de Lust como el costumbrismo aplicado al sexo o la fantasía de tinte onírico. Por un lado, destaca la cotidianía erotizada: un polvo en el almacén del curro, una pareja montando muebles en casa a los que les entra una urgencia inesperada de follarse el uno al otro, unos vecinos que se espían mientras se lo montan… son historias con tal plausibilidad que permiten emplazarlas en tonos casi costumbristas: algo que nos podría haber pasado alguna vez o que nos han contado y que nos gustaría que pasara. El otro tema recurrente —algo menos usado que el anterior— es un cierto onirismo, donde los propios protagonistas, en algunas situaciones parecen imaginar o soñar con lo que desean, interviniendo aquí fantasías de rol donde se juega a la persecución, a la dominación, a la sumisión o al voyeurismo. Y el tercer tema que me parece propio a destacar es el de la inversión de roles. Lust juega la carta feminista dándole la vuelta a ciertas cuestiones habituales en la fantasía masculina heterosexual. Por ejemplo, si a un chico le puede resultar erótico una chica en ropa masculina —una camisa o incluso ropa interior—, ¿por qué no un chico al que su pareja lo viste con su ropa, mientras se enrollan?

Alexa Tomás y Joel Tomás jugándose el despido en Meet me at the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Alexa Tomás y Joel Tomás jugándose el despido en Meet me at the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Finalmente, cabe mencionar el casting de actores y actrices seleccionados. Puede decirse claramente, que Lust parece contar ya —como ha sucedido con anterioridad con otros pornógrafos célebres— con su propio casting de referencia. Así como hasta la fecha había rodado muy puntualmente con diversas actrices y actores, apenas sin repetir, aquí cuenta ya con un plantel que le ha funcionado tremendamente bien. Por la parte masculina, se diría que ha encontrado ese modelo de chico alternativo y bello que andaba buscando y que se distancia de los cánones más comunes del género, buena parte de ellos definidos por el exceso de musculación y tatuajes. Bien es cierto que seguramente los actores de esta serie de cortos se pasen alguna que otra hora en el gimnasio, pero Joel Tomas, Kristopher Kodjoe y Maximiliano Gamberro —por decir tres nombres— pasarían perfectamente por modelos de ropa interior masculina o por ese guapo camarero de discoteca. Igualmente, remarcar que no estamos hablando de «niños bonitos» cuando cumplen —y con creces— su función de actores porno. Para las actrices ha habido un tono variado, pero también alternativo. Y esto va a parecer un comentario altamente superficial, pero Erika ha evitado casi totalmente a las rubias, de bote o de cualquier otro tipo. Sí que ha recurrido a actrices ya estrellas del porno mainstream, como la española Carol Vega o la polaca Misha Cross, que han dejado grandes escenas, han entendido bien el tipo de pornografía de Lust y han demostrado tener tanto tablas sexuales como interpretativas, por escasa que sea la interpretación solicitada. Mención especial debo hacer a la pelirroja Amarna Miller que sorprenderá gratamente al público tanto por la forma en que la cámara la adora como por su entrega al sexo de una forma espontánea y bastante salvaje, con una naturalidad desmedida. Y nota también buena para la excelente química entre Joel Tomás y Alexa Tomás y su versatilidad como pareja porno artística. Lust los ha usado hasta en tres escenas con roles y entornos completamente diferentes, por lo que sus escenas difícilmente resultarán repetitivas al espectador.

Cortos recomendados

Para finalizar este artículo selecciono cuatro cortos que, en mi opinión, son excelentes; eso sí, sin querer quitarle mérito al resto.

I fucking love Ikea – Escena que abre el primer volumen, muy bien seleccionada para prender la mecha de la serie de forma divertida, desenfadada y un poco gamberra. El cóctel lo compone un amago de parodia de la pornografía mainstream, un saque de ingenio en la «pornificación» de los catálogos de la célebre marca de mobiliario doméstico —nótese el guiño a la popular relación de amor/odio del público hacia la misma en el título— y mucho mucho sexo sin freno. Carol Vega está en su salsa en esta pieza, precisamente al recordar a estas escenas de corte más convencional. Sin embargo hay que destacar también la versatilidad de la actriz para muy sutilmente interpretar distintos personajes, sin mediar apenas palabra, en otros cortos de XConfessions como We know you are watching o The art of spanking.

Before the guests arrive – En toda serie de cortos o de películas porno de escenas cortas, todo buen amante del porno acaba por señalar su escena favorita. Una a la que vuelve con frecuencia. Muchas de las escenas de XConfessions me han gustado bastante. Pero creo que mi favorita —por la de veces que he vuelto a ella— de toda la serie es esta brevísima pieza de apenas cinco minutos. La situación que ilustra es la de una pareja que empieza a follar en la cocina de su piso, con los fogones en marcha y los invitados llamando a la puerta. La escena empieza ya tórrida desde el primer segundo y el ritmo con el que se desarrolla es perfecto para la idea que busca. Los elementos de la cocina en marcha, la presión del reloj que va marcando los segundos, los súbitos cambios de postura de Kristopher Kodjoe y Amarna Miller, montándoselo por toda la encimera, la premura del timbre de la puerta que suena con los invitados esperando fuera… Es el proverbial «quiqui rápido» materializado en escena porno. La pieza parece sencilla pero entraña una calidad técnica y de montaje excelente. Servidor la ha visto varias veces en bucle. Desnudo de cintura para abajo; ¿o acaso los críticos de música escuchan los discos con tapones en los oídos? De nuevo, quiero distinguir a Amarna Miller : es fascinante cómo clava la mirada en su pareja de baile, todo el morbo que destila y su forma de dejarse llevar hacia auténticos orgasmos ante la cámara. Su talento, además, le ha valido un Premio Ninfa a la mejor actriz en la edición de este mismo año. Sin duda alguna seguiremos su carrera con gran interés.

Lets make a porno (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Lets make a porno (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.

Lets make a porno – Escena que es una deliciosa contradicción. ¿Cómo le damos la vuelta a una escena amateur? ¿Cómo dotamos de calidad a algo amateur sin que se pierda su esencia? La directora se propuso grabar una escena con una pareja que no habían rodado jamás porno en su vida y cuya fantasía —confesión— era precisamente eso. Pero esta pieza no se queda solo en rodar una escena amateur, sino que Lust la aprovecha para jugar al metacine o más bien dicho en este caso, al metaporno. Porque crea dos universos simbólicos. Uno es el de la escena rodada donde invita a dos personas «reales» a follar en un entorno donde la única realidad existente es la pareja retozando en la cama. El otro universo es el de la misma escena, vista desde fuera donde —como en las escenas amateurs— se revela el acto de la filmación del coito casi a modo de documental behind the scenes, con todos sus integrantes, cámaras, ayudantes y la propia Erika alrededor —que parecen casi como silenciosos duendes escondidos en el set—. En el proceso se van recogiendo infinidad de detalles, de pequeñas bellas imperfecciones, casi como las que aparecen en los vídeos amateur, pero cuyos directores no destacan o no saben destacar. Lust lo hace y va alternando uno y otro universo en el montaje final de la escena dando como resultado una reverencia tanto al sexo en sí mismo —con todos sus besos, sudor y orgasmos— como a la pornografía bien hecha.

A blowjob is always a great last-minute gift idea! – Esta escena parece haber quedado fuera de la selección dirigida a las películas, pero puede contemplarse en la página web de XConfessions. La destaco aquí primero por su tremenda capacidad cómica —pude verla en una de las presentaciones de la serie en un cine en Barcelona y el público disfrutó ampliamente con ella— y por lo irreverente que resulta; también por ser una de las pocas piezas homoeróticas. Demuestra un conocimiento total de todos los vídeos de mamadas habidos y por haber y de sus respectivos clichés filmados en primer plano: el juego con la saliva, el lametón de arriba abajo, el agolpamiento del miembro en la cara interna de la mejilla, el deepthroat. La escena empieza casi de forma inocente y poco a poco va aumentando su tono para convertirse tanto en parodia de las escenas habituales de mamadas como en un gran vídeo de temática toy. Y todo ello en un espacio público. Independientemente de la orientación sexual de cada uno, esta escena hay que verla. A quien no le ponga cachondo, una sonrisa al menos le sacará.


¿Qué castillo español compraríamos de estar en venta?

Según nos informaban los medios esta semana, el Castillo de Butrón se ha puesto en subasta por el módico precio de salida de 3,5 millones de euros. Aquellos lectores que estén interesados por esta bellísima fortaleza medieval restaurada en el siglo XIX han de saber que pueden pujar por ella en internet. Nosotros nos abstenemos porque no nos termina de convencer su ubicación, acabados y que además no hay metro cerca. Lo que nos ha llevado a plantearnos la duda de con cuál de estos «harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra», como los definía Machado, nos daríamos el capricho. Ahí van algunas sugerencias. Dado que hay más de dos mil quinientas fortificaciones en nuestro país alguna se quedará fuera, así que voten o añadan la que más les guste.

Alcázar de Segovia

Foto: Miguel303xm (CC)
Foto: Miguel303xm (CC)

Es un castillo roquero y mudéjar, es decir, que se construyó sobre las rocas de un peñasco para controlar mejor el entorno y en su estilo tiene influencias árabes, pues fue construido en tiempos de la reconquista, aunque previamente había allí una fortificación romana. En él vivió Alfonso X y se casó Felipe II y como pueden ver parece un castillo de cuento, aunque para ser exactos son los cuentos los que se parecen a él, concretamente Disney encontró aquí su inspiración para diseñar el palacio de Cenicienta. Actualmente contiene un museo, podrán encontrar más información aquí.

Castillo de Peñafiel

Foto: Lavadodecerebro (CC)
Foto: Lavadodecerebro (CC)

Con más de mil años de antigüedad, este castillo situado en lo alto de un cerro en la provincia de Valladolid se ha convertido en una imagen icónica y es además la sede de un museo del vino. ¿Cabe imaginar entonces un lugar mejor para atrincherarse? Lo que las tropas de la reina Urraca de Castilla no lograron asaltar tampoco lo conseguirá una turba de zombis. Pero si queremos aventurarnos al exterior al lado está la localidad de Penafiel, en la que encontraremos la iglesia de Santa María, que contiene el Museo Comarcal de Arte Sacro. Más información aquí.

Castillo de Guadamur

Foto: Antonio Soler (CC)
Foto: Antonio Soler (CC)

Al Sur de la provincia de Toledo encontraremos esta fortaleza que comenzó a construirse con influencia italiana en el siglo XV y que alojó a personalidades tan ilustres como Felipe el Hermoso y Juana la Loca. Ha sido además escenario de acontecimientos históricos como la invasión napoleónica, las guerras carlistas o la Guerra Civil. Actualmente es propiedad privada aunque hay partes que pueden visitarse.

Castillo de Colomares

Foto: Ismael zniber (CC)
Foto: Ismael zniber (CC)

Este castillo con forma de barco podría estar en Las Vegas sin desentonar pero en lugar de ello ha terminado en la localidad malagueña de Benalmádena. Comenzó a construirse en 1987 en homenaje a Cristóbal Colón, mezclando para ello diversos estilos y pareciéndose a Gaudí más que nada. De un Gaudí bajo los efectos del LSD y de tres temporadas seguidas de Hora de Aventuras, concretamente. No es recomendable utilizarlo para resistir asedios, pues que el enemigo lo bombardearía día y noche por el mero placer de hacerlo pedazos.

Castillo de Almansa

Foto: Mancha-La (CC)
Foto: Mancha-La (CC)

Situado sobre el cerro del Águila que le da así un aspecto imponente, tiene como tantos otros un origen árabe, aunque su aspecto actual se lo debe a su reconstrucción en el siglo XIV. En su interior actualmente se realizan fiestas locales, exposiciones de herramientas de tortura y veladas de terror. Parece un lugar acogedor.

Castillo de Manzanares el Real

Foto: Ramón Durán (CC)
Foto: Ramón Durán (CC)

Junto a la sierra de Guadarrama y al río Manzanares, es el castillo mejor conservado de la Comunidad de Madrid y no está en venta pero sí en alquiler. Comenzó a construirse a finales del siglo XV para la Casa de los Mendoza, aunque por su espectacular aspecto en invierno bien podría pertenecer a la de los Stark. Sobre las diversas actividades culturales que acoge a lo largo del año podremos encontrar más información aquí.

Castillo de Sigüenza

Foto: Randi Hausken (CC)
Foto: Randi Hausken (CC)

Esta mole de piedra da la impresión de ser tan sólida que no importa los milenios que pasen por ella. Sin embargo, desde el siglo XII en que fue construida su deterioro llegó a ser tan grande que tuvo que ser restaurado de arriba a abajo para recuperar su aspecto original y pasar a ser un Parador Nacional de Turismo de la provincia de Guadalajara. Más información aquí.

Palacio de la Aljafería

Foto: DP
Foto: DP

Actualmente ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y es la sede de las Cortes de Aragón. Pero desde que comenzó su construcción en el siglo XI ha tenido una gran variedad de usos que le otorgan un gran valor histórico. Fue inicialmente un palacio árabe, luego perteneció a los Reyes Católicos y sede de la Inquisición y más adelante escenario de la lucha contra las tropas napoleónicas durante el Asedio a Zaragoza.

Castillo de Almodóvar del Río

Foto: Cortesía del Ayuntamiento de Almodóvar del Río.
Foto: Cortesía del Ayuntamiento de Almodóvar del Río.

Su origen se remonta nada menos que al siglo VIII y, una vez más, su construcción corresponde a los musulmanes. Situada en la provincia de Córdoba, de ser una temible y orgullosa fortaleza que dominaba toda la región ha pasado a ser hoy en día un lugar en el que se celebran bodas, «noches de bodas con desayunos románticos» y eventos como team buildings. No lo consintamos más y devolvámosle su uso originario.

Castillo de la Atalaya

Foto: Antonio Bañón Francés (CC)
Foto: Antonio Bañón Francés (CC)

Situado en Villena, Alicante, fue construido por los árabes tal vez sobre una fortaleza romana previa y reconstruido en el siglo XIV. Ha sido asediado en múltiples ocasiones a lo largo de los siglos y durante la Guerra de la Independencia sufrió graves daños, aunque posteriormente ha sido reconstruido. Aquí pueden saber más.

Castillo de La Riba de Santiuste

Foto: Vegafotoswiki (CC)
Foto: Vegafotoswiki (CC)

Fue construido en el siglo IX en lo que ahora es la provincia de Guadalajara, sufrió diversas calamidades a lo largo de la historia hasta que en los años setenta fue adquirido por un particular —como vemos no es tan raro esto de comprarse un castillo—, aunque ahora permanece abandonado. Bueno, no completamente. Al parecer tiene un peculiar habitante al que el prestigioso espacio Cuarto Milenio le dedicó un programa. Resulta que es un castillo con fantasma incorporado, lo cual está muy bien, pues ninguno de los mencionados hasta ahora lo tenían y se echaba en falta. El problema es que a ese espectro sobrenatural los lugareños le han puesto de nombre Manuela. Y francamente, así es difícil aterrorizar a la gente.

Castillo de Cardona

Foto: Josep Renalias (CC)
Foto: Josep Renalias (CC)

Fue construido en el año 886 por Wifredo el Velloso, al que la leyenda atribuye haber creado también la bandera catalana con su propia sangre. Buena la lió. Este castillo, mucho tiempo después, ya en 1714, fue testigo de la Guerra de Sucesión y actualmente ha pasado a ser un Parador Nacional de Turismo. De él cabe destacar también su iglesia románica de San Vicente de Cardona.

Palacio Real de Olite

Foto: Guiex com (CC)
Foto: Guiex com (CC)

Comenzó a construirse en el siglo XIII y fue la corte del Reino de Navarra. Fue considerado en su tiempo uno de los más lujosos de Europa y hoy en día sigue conservando tal esplendor que hace no mucho tiempo una alcaldesa belga de visita, quizá extasiada ante tanta belleza, rompió a follar en uno de sus torreones. Pueden encontrar más información sobre este monumento aquí.

Castillo de Belmonte

Foto: turismocastillalamancha.es (PDP)
Foto: turismocastillalamancha.es (PDP)

El marqués de Villena ordenó construir a mediados del siglo XV esta fortaleza en lo que ahora es la provincia de Cuenca. Posteriormente quedó abandonada sufriendo un progresivo deterioro, hasta que la la emperatriz Eugenia de Montijo, casada con Napoleón III, hizo que se restaurara. En este castillo se rodó la película Los señores del acero y es hoy día sede de diversas actividades culturales, como puede verse aquí.

Castillo de Ponferrada

Foto: Turisleón (CC)
Foto: Turisleón (CC)

Este castillo del siglo XII ubicado en la provincia de León, es también conocido como Castillo de los Templarios, dado que inicialmente estuvo bajo el control de la Orden del Temple. En la antigüedad tenía un foso y un puente levadizo, que hoy en día lamentablemente no se conserva y que hubiera sido una eficaz barrera contra un posible desahucio.

Castillo de Coca

Foto: Rowanwindwhistler (CC)
Foto: Rowanwindwhistler (CC)

Este monstruo está construido en estilo gótico-mudéjar en el siglo XV y no con bloques de piedra como los anteriores sino con ladrillos, aunque no puede decirse que contribuyan a darle un aspecto mucho más esbelto. Quizá con la fosa llena de agua ganaría algo, o al menos se vería menos de él, que es tan grande como feo. Aquí puede encontrarse más información sobre esta fortaleza segoviana.

Castillo de Mota

Foto: Garijo (CC)
Foto: Garijo (CC)

Lo encontraremos en Medina del Campo, Valladolid, y también está construido en buena parte con ladrillo. Comenzó a erigirse en el siglo XIV y llegó a servir de cárcel para una de las personalidades más destacadas del Renacimiento, César Borgia (que tanto inspiraría a Maquiavelo para El Príncipe), y que lograría escaparse descolgándose mediante una soga. Aquí su página web.

Castillo de Loarre

Foto: DP
Foto: DP

Es un castillo abadía de estilo románico del siglo XI situado en Huesca, tiene un singular atractivo por su armonía con el paisaje, parece como si en vez de construirse hubiera sido directamente esculpido en la montaña. Pudimos verlo en la película de Ridley Scott El reino de los cielos.


Cien razones (más) por las que vivir

Siguiendo las de Rubén Díaz Caviedes:

201. Robert E. Howard.

202. El talento brotando de lugares insospechados, como los pies de foto de Vogue donde Dorothy Parker comenzó a ser Dorothy Parker.

203. Twin Peaks.

204. Que en cualquier momento la señora Bates se asome a la Casa Junto a las vía de tren, de Edward Hopper.

Casa Junto a las vía de tren, de Edward Hopper
Casa Junto a las vía de tren, de Edward Hopper

205. Una habitación como la de Richard Jenkins en Six Feet Under. Y todas las escenas de Jenkins en la serie, de paso.

206. La cita cada cien años en «Hombres de buena fortuna» de Sandman.

207. El poema «Beautiful Storm» de Gian Smith sobre el Katrina, utilizado por Tremé después.

208. Los tipos duros reblandeciéndose durante un momentito de nada. Como este.

209. El Corto Maltés.

210. El poema de Robert Browning, «Childe Roland to the Dark Tower Came» que inspiró Stephen King para escribir la serie de La Torre Oscura.

211. El chiste de los aristócratas.

212. La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, igualmente incluida en una hipotética cien razones para morir.

213. Ver amanecer desde (y sobre) las terrazas de arroz de Longsheng.

Fotografía: Bárbara Ayuso.
Fotografía: Bárbara Ayuso.

214. George Carlin derribando por KO a sus oponentes en Politically Incorrect. Y Carlin en general .

215. Las mujeres entrelazadas de Egon Schiele.

216. El chocolate. Salvo en helado.

217. Adam Jones, el responsable de que los videoclips de Tool perturben como perturban.

218. Norma Desmond bajando la escalinata en El Crepúsculo de los dioses.

219. Tipos tan valientes o tan inconscientes como Pino Mariaci y pequeña televisión.

220. Julio Cortázar desentrañando (y desendulzando) a John Keats en Imagen de John Keats.

221. La escena del acordeón de Holy Motors.

222. Las portadas de Life que nunca fueron.

Imagen cortesía de Life.
Imagen cortesía de Life.

223. Primeras novelas como Galveston, de Nic Pizzolatto.

224. Bill Murray cantando «More than this» en Lost in translation.

225. Escribir siempre bajo la máxima de Wislawa Szymborska: «Cuando escribo siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras».

226. La familia Buendía al completo.

227. Al Swearengen y Mr. Wu:

228. La Nueva York de Berenice Abbott y la Costa Este en su American Scene.

229. Que John Trent haya dado con el mejor argumento posible para abrazar el ateísmo: «Dios no escribe noveluchas de terror».

230. Michael Shannon.

231. El olor de las sábanas limpias.

232. La entrevista de Oriana Fallaci a Jomenei.

233. Steve McQueen y la Triumph Boneville.

Imagen de La gran evasión. Mirisch Company/United Artists.
Escena de La gran evasión. Mirisch Company/United Artists.

234. El último origami de Blade Runner.

235. David Simon en Dangerous ideas.

236. El «Pequeño vals vienés» de Lorca. Y de Cohen. Y de Morente. Y de Silvia Pérez Cruz.

237. Las descripciones de algunos de los candidatos a difuntos del año que elabora la web Deathlist. Como la del duque de Edimburgo, por ejemplo.

238. El Etna. En erupción, más.

Foto: Andrea Bellamira (CC)
Foto: Andrea Bellamira (CC)

239. Phil Kaufman y Michael Martin vestidos de cowboy robando el cadáver de Gram Parsons.

240. La antología Writings and Drawings de James Thurber.

241. Flores para Algernon de Daniel Keyes.

242. El café. Expreso y sin azúcar.

243. Benedict Cumberbatch.

244. Louis C.K. de pies cabeza. Mención especial a chiste del gorila y el ballet del segundo episodio de la tercera temporada.

245. El maravilloso universo de las falsificaciones chinas.

246. Esta escena y esta mirada:

247. H.P. Lovecraft y John Carpenter dándose de la manita en En la boca del miedo.

248. La perturbadora belleza de esto.

249: El babermonguer, la chorrimanguera, la batamanta. O lo que es lo mismo: las soberbias madrugadas de la teletienda el sofá y tú.

250. Los billetes de ida.

251. «Jabberwocky» de Lewis Carroll.

252. Isabelle Adjani teniendo un día regular.

253. Contestar «I know» ante una declaración y que sepan de qué va la cosa.

254. Barbara Stanwyc y la Krupa Orchestra en Ball of fire.

255. La voz de Bill Adama.

256. Que Vivian Maier, una de las mejores fotógrafas del siglo XX, jamás le enseñara sus fotografías a nadie, no hubiera imprimido casi negativos y dejara todo su trabajo en cajas de zapatos.

Vivian Maier_NY .2013 Maloof Collection.
Vivian Maier, NY .2013. Foto cortesía de Maloof Collection.

257. «Buenos días, aquí Chris de la mañana, desde la K-OSO, Cicely, Alaska».

258. La infancia de los hijos del fotógrafo Alain Laboile capturada en su colección La Famille.

Foto cortesía de Musée français de la photographie, à Bièvres.
Foto cortesía de Musée français de la photographie, à Bièvres.

259. El optimismo estúpido después de esto.

260. Tener una fortuna llamada abuelos.

261. Que los Coen hagan la película sobre el Tea Party de una vez.

262. Beber, fumar y follar como Jenny Sparks.

263. La lección magistral de la pareja (y de la interpretación) que es esta pelea de Tony y Carmela:

264. El queso. Todos los quesos.

265. El «The streets of heaven are too crowded with angels tonight» y todos los discursos de Jed Bartlet.

266. La boca de Adèle Exarchopoulos en La vida de Adèle.

267. Jeff Bridges.

268. Eduard Limónov. Y Emmanuel Carrère para conocerle.

269. El gazpacho. No cualquiera: el de mi madre.

270. El último plano que rodó Tarkovski en su vida.

271. Dennis Potter. Y la entrevista que le hizo Melvin Bragg.

272. Dos planos secuencia que nada tienen que ver: el de arranque de Boogie Nights y el de la masacre de Lorne Malvo en la serie Fargo.

273. Toni Martínez en Todo por la radio de Cadena Ser.

274. «No eulogies», el epílogo de The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford.

275. Estos tres hombres, y este gif.

276. Ver Metrópolis con un piano en directo.

277. Entregarse a todos los vicios de El Jardín de las Delicias y después sonreír al único hombre vestido.

El jardín de las delicias, de El Bosco.
El jardín de las delicias, de El Bosco.

278. La época en la que Días de cine lo presentaba Antonio Gasset. En realidad, solo Antonio Gasset y sus inenarrables presentaciones.

279. Roberto Bolaño.

280. Beth Gibbons con las entrañas abiertas aquí.

281. Las playas sin niños, sombrillas, chiringuitos ni apartamentos en primera línea.

282. Bailar sin vergüenza en general, y con esto muy en particular:

283. Tumblr y el tag «cat».

284. Que el sonido de una armónica te joda el día y te lo arregle en la misma fracción de segundo.

285. Los locos e hilarantes mapas de Yanko Tsvetkov en su Atlas of Prejudice.

286. Las treinta y nueve páginas que Bill Hicks escribió tres meses antes de morir a John Lahr para agradecerle su perfil. Y que en realidad son mucho más que eso.

287. El sexo como lo describe Leopoldo María Panero en «Necrofilia».

288. Los diez primeros minutos en cualquier ciudad nueva. A veces, los de después también.

289. Los hombres con chaleco:

Escena de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Foto: Village Roadshow Pictures/Warner Bros.
Escena de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Foto: Village Roadshow Pictures/Warner Bros.

290. Ser tan feliz en un lugar como para no querer volver jamás.

291. Dolly Parton y «Joelene».

292. Harrison Ford. Como Han Solo, como Indy… Harrison Ford.

293. Esta intro.

294. El último día en un hospital, pase lo que pase.

295. El banquete de boda de La Parada de los Monstruos.

296. El que sin duda es el mejor discurso de agradecimiento de la historia, de Alfred Hitchcock.

297. Willa Cather y sus santos bemoles.

298. The Ultimates de Mark Millar y Bryan Hitch.

299. Que por suerte, la vida casi siempre es un tronco como cuenta Hernán Casciari en «Finlandia» de El pibe que arruinaba las fotos.

300. Siempre, siempre, a New Hope.