¿Qué comían los dictadores (y otros gobernantes)?

El gran dictador, 1940. Imagen: Warner Home Video.

Un gourmet de los pies hasta el cuello. Así era Mao Zedong. Un exquisito que satisfacía sus gustos culinarios con la misma mano que gobernaba a su país: le encantaba el pescado fresco y exigía que se lo trajeran vivo desde cualquier parte, aunque tuviera que atravesar kilómetros. Lo metían en una bolsa de plástico con agua y listo. Más o menos los mismos remilgos que tenía Kim Jong Il, el anterior dictador de Corea del Norte, que también viajaba la distancia que fuera por comer pescado fresco y que no se cortaba un pelo en gastarse medio millón de euros —al cambio— en coñac.

Todas estas excentricidades de los dictadores se conocen hoy porque así lo han contado sus cocineros. Fíate tú de estos profesionales que parecen estar todo el día entre fogones y a lo suyo, pero no. En los últimos años han aparecido varios libros que son puras confesiones de estos chefs que convivieron durante décadas con estos personajes, que tuvieron que sucumbir a sus gustos extraños, y que luego, claro está, se han cobrado su tajada (por seguir con la metáfora gastronómica). Y no son revelaciones baladíes: así comes, así eres, que es casi lo mismo que el refrán «dime con quién andas y te diré quién eres». Porque no es igual, incluso hoy, tirar más de tasca y de caña de barril que dejarte la tarjeta en el restaurante más «in». Tu carta gastronómica es casi como tu carta astral y si te gustaba gasear a millones de personas en un campo de exterminio, seguro que algo rarito con la comida también eras.

El último libro que desvela cómo comían nuestros dictadores del siglo XX es el ensayo Dictators’ Dinners: A Bad Taste Guide to Entertaining Tyrants, de Victoria Clark y Melissa Scott, que acaba de ser publicado en el Reino Unido. En él se desmenuza cómo estos gobernantes se mostraban en la mesa y también cómo trataban a sus comensales. Y hay anécdotas para todos los gustos.

Comencemos por Adolf Hitler, que ya era un joven algo extraño mucho antes de darle la puntilla a Hindenburg para que le nombrara canciller de Alemania en 1933. Se ha repetido hasta la saciedad que era un vegetariano de pro —con ese rostro de acelga no podemos pensar en otra cosa—, pero las verdaderas razones no están en que se empalmara con las verduras, sino que sufría una flatulencia atroz, gases continuos y malestar intestinal. De hecho, llegó a tomar hasta veintiocho medicamentos para tratar su dolencia, uno de ellos, según cuentan Clark y Scott, hecho a partir de excrementos de campesinos búlgaros.

Pero hay más detalles: según contó en 2013 en la televisión austriaca Margot Wölk, una de las muchas catadoras de comida que tuvo durante la II Guerra Mundial, «nos daban arroz, fideos, pimientos, guisantes y coliflor». Lo que viene a ser una comida casi de hospital. Frugalidad hasta decir basta. Eso sí, Hitler exigía que las catadoras probaran antes tales manjares y si no se morían en los cuarenta y cinco minutos siguientes entonces el dictador atacaba el plato.

No obstante, a veces Adolf se soltaba el pelo e introducía algo de color a la hora de comer. Un artículo de The New York Times publicado en 1937 confirmaba que, en ocasiones, el dictador solía comer jamón, caviar, pescado y huevos. Es decir, tampoco llegaba a vegano el hombre. Ahora bien, se cogía unos cabreos tremendos si la comida no le satisfacía por el sabor o su temperatura. Como casi en todo, comer con esta figura no debía ser ningún plato de buen gusto. Habría sido interesante preguntarle a Eva Braun cómo soportó aquello, aunque igual no hubiera servido de mucho: el amor no atiende a razones y la alemana andaba coladita (esto sí podría ser de psiquiátrico).

La frugalidad de Hitler, sin embargo, no es la constante en los dictadores de nuestra era. Casi al contrario. Lo normal es que se pusieran hasta arriba. Que no faltara de nada. Y de todo, lo mejor, que para eso eran la autoridad y el país, su propiedad. Ese era el caso del georgiano Josef Stalin, que en cuestiones culinarias nunca abandonó su tierra. Como revelan Clark y Scott, lo que realmente le pirraba eran las largas sobremesas. Las comidas podían empezar a las cinco de la tarde y terminar a media noche. Solía reunir a sus amigos o enemigos políticos en su dacha de Kuntsevo y atiborrarlos con todo tipo de suculencias de Georgia. Y era obligatorio comer y beber. Así es como Stalin les tumbaba. Precisamente, Nikita Kruschev reveló años más tarde que tras una comida tuvo una incontinencia imparable; y el mariscal Tito no pudo evitar tener que vomitarse casi encima tras el atracón staliniano. Otra forma de tortura.

En cuanto a los alimentos que Stalin disponía en la mesa, su obsesión es que fueran frescos. Todo un foodie, el amigo. Lo habitual eran los pescados, sobre todo el llamado salmón de Siberia, que solo se puede encontrar en esta zona y que sigue siendo un codiciado manjar. Y de los caros. Todo ello se regaba con vinos de Georgia y con múltiples variedades de vodka y de coñac. Evidentemente, después de tal atiborramiento o firmabas el acuerdo que Stalin te exigía —la cogorza podía ser monumental— o te ibas al baño directo, o ambas cosas a la vez. Lástima que entonces no pudieran tirar ni de Almax ni omeprazol.

Pero siguiendo con la órbita soviética, el antes mencionado Tito tampoco se cortaba con su excentricidad, aunque este era más del mundo vegetal y le daban cierto repelús los alimentos sólidos. Digamos que era más de sopitas, las cuales en su país —y aún todavía en toda la antigua Yugoslavia— son una delicia. Como cuentan Clark y Scott, le gustaba beber zumos de verdura, eso sí, mediante una pajita, ya que no podía tocar nada sólido. Le daba cosa eso de la textura.

Y vamos un poco más hacia el este con el rumano Nikolás Ceausescu, uno que no se andaba con tonterías de texturas ni de pajitas. A él lo que le gustaba meterse entre pecho y espalda eran unos buenos guisos, y a poder ser, con el animal entero dentro. Y rebañaba: que en el plato no quedara ni el pico del pollo. Que sí, que su pueblo podía pasar hambre, pero él, que bastante tenía con dirigirlo, no iba a quedarse tiritando. Igual ante el paredón de fusilamiento en 1989 se acordó de aquellos manjares que ya no iba a probar jamás.

Nikolás Ceausescu, 1965. Fotografía: Corbis.

Sin embargo, leyendo las revelaciones del libro de Clark y Scott, donde más sorprende el asunto de la comida es en Asia. Y Mao y Kim Jong Il se llevan la palma. Los dos por tiquismiquis y porque no tuvieron ningún reparo en hacer lo que les dio la gana. Ya he dicho que Mao era de los que quería el pescado fresco aunque viniera del otro punto del planeta, pero hay más. Por ejemplo, para el arroz, no se podía separar la membrana de la cáscara del grano. Y luego estaban los atracones que se metía de cerdo rojo asado, que es una especialidad del centro de China. Este es un plato que se prepara en cubos de carne de su lomo, caramelizados con vino, azúcar y especias picantes. Igual después se tomaba un té chino, pero esto es como lo del cocido y la sacarina. Apañado el dictador sí se quedaba. Normal que después, como se indica en Dictators’ Dinners, Mao se pasara el día en el baño evacuando. Eso sí, también tenía que ser un aseo especial: en una visita a la URSS para ver al camarada Stalin montó en cólera porque en Moscú no tenían el tipo de váter que él solía utilizar habitualmente.

El caso del dictador norcoreano, padre del actual, también es de traca. Al parecer, tenía todos sus granos de arroz individualmente seleccionados y llegó a crear un instituto cuyo objetivo exclusivo era el de inventar los modos de prolongar su vida. Un experimento que muy bien no le salió ya que murió a los setenta años, edad que ni se acerca a la media de mortalidad.

En el libro Yo fui cocinero de Kim Jong Il, el japonés Kenji Fujimoto —nombre inventado, mejor guardarse ciertas cartas— cuenta cómo entró a trabajar de chef personal del dictador en 1988 y cómo descubrió lo verdaderamente detallista que era con las comidas. Por ejemplo, fue el único que se dio cuenta de que en un plato de sushi había diez gramos más de azúcar del habitual. Era un detallista y un sibarita: de Japón tenían que traerle siempre atún y calamar; de otras zonas como Urumqi, en China, venían las uvas y los melones; de Tailandia y Malasia, la papaya y el mango; de la antigua Checoslovaquia, la cerveza; de Dinamarca, la carne de cerdo, y de Irán y Uzbequistán, el caviar. Y que la cuenta corriente siguiera chorreando. Es más, podía tener su bodega llena de los mejores licores del mundo, que solían estar ahí, de adorno. Como si de una metáfora un poco cutre se tratara, esas botellas eran lo mismo que las cientos de estatuas que brotan por toda Corea del Norte. Cuestión de egos y de poder.

En Europa occidental tampoco han sido mancos nuestros dictadores con los asuntos gastronómicos. Hace unos meses se revelaron los menús de Franco en El Pardo y al señor tampoco le faltó nunca de nada. Lo único que era mucho más soseras que sus homólogos internacionales. Al parecer era muy de los tres platos: primero, segundo y postre. Incluso podía zamparse un cocido con todos sus elementos, pero antes incluía una sopa de pescado. Y como buen amante de los guisos, le daba bien a la fabada asturiana que después podía acompañar con un plato de merluza. Para irse directo a la siesta.

Franco amaba el pescado, pero no era tan finolis. Mucho de merluza y de lenguado, que son productos más de toda la vida que el emperador o el atún, como les gustaba a los orientales. Y también le iban los huevos, ya fuera en tortilla o rellenos y con una capa de bechamel por encima. En cuanto a la carne, no solía probar ni el cerdo ni el cordero. Él prefería la ternera, cocinada en medallones y con una guarnición de verduras.

Si dejamos a un lado a los dictadores y nos centramos en gobernantes que llegaron al poder por el voto, también nos encontramos con algunas curiosidades. En 2012 se estrenó la película La cocinera del presidente sobre la mujer que cocinó para François Mitterrand entre 1988 y 1990. Está dirigida por Christian Vincent y está basada en la experiencia real de Danielle Mazet-Delpeuch y en su libro Cuadernos de Perigord, cocina en el Elíseo, donde afirma que el mandatario francés «era un gourmet» que «sabía lo que quería»: estaba enamorado de las trufas. Y con la grandeur por bandera solía pedir platos franceses como la col rellena de capas de salmón y todo tipo de preparados con foie y setas. Lo que buscaba era recuperar la comida casera y más tradicional de Francia, de ahí que contratara a Mazet-Delpeuch para dirigir una cocina en la que se preparaban más de setenta mil platos al año. Como el propio Mitterrand sentencia en el filme (y la cocinera valida como cierto): «Necesito recuperar el gusto de las cosas, quiero reencontrarme con la comida de las abuelas».

Mucho menos gourmet que Mitterrand —y, posiblemente, menos dado al disfrute— fue José María Aznar, al que le volvía loco, no un plato de cocina fusión a lo Adriá, sino los helados de la marca Häagen-Dasz. Así lo cuenta el cocinero de la Moncloa desde 1979 a 2011, Julio González de Buitrago, en su libro La cocina de la Moncloa (para qué vamos a estrujarnos más la mollera con el título). En él se da muestra de que, en general, los presidentes españoles son en la gastronomía bastante de batalla. No hay demasiadas salidas de tono ni nada muy exótico. Casi como si se hubiera seguido el estilo de Franco en el Pardo.

Por ejemplo, Adolfo Suárez y familia eran muy de los platos de cuchara de toda la vida: patatas con carne, lentejas y cocido. Comida castellana por aquello de que la Transición fuera suave (y modélica). No estaba la cosa para hacer experimentos. Con Felipe González hubo un poquito más de apertura, sobre todo en lo relativo a los pescados y la fritura andaluza, pero tampoco mucho más: paletilla de cordero, rabo de toro y mucho jamón ibérico. Españoladas.

Los Aznar, aparte del antojo del helado, trajeron el estilo del nuevo rico tan de moda a mediados de los noventa. Esa modernidad que a la vez es rancia. El famoso «quiero y no puedo» (en realidad, sí podían, pero les faltaba gusto). Fue la época, como desvela el cocinero, en la que más subieron los gastos de cocina: todo se compraba en El Corte Inglés (que en cuestiones alimenticias es mucho más caro que cualquier otro supermercado). Y tampoco parece que fue fácil la relación entre la familia —sobre todo Ana Botella— y los miembros de la cocina. Según se desvela en el libro, las patatas, por ejemplo, jamás podían estar fritas, sino quedarse a medio hacer. Sí, esas cosas de remilgado.

Por último, Zapatero y Sonsoles Espinosa dieron el toque ecológico-vegetariano-vegano a la gastronomía monclovita. Empezaba el nuevo milenio y el verde era el color de moda (en el resto de Europa llevaban años con esto, pero nosotros tardamos en abrazarlo). Se impusieron las verduras y las ensaladas y la carne perdió peso. Una comida casi de dieta, que era lo que perseguía Espinosa. Pelín soseras.

Después de este repaso a la comida de los que han tenido el poder —por las buenas y por las malas— lo cierto es que tampoco se abre demasiado el apetito. En muchas ocasiones da bastante vergüenza ajena.

Kim Jong Un, 2014. Imagen: KCNA.


Ruanda, los cien días de la barbarie

En la iglesia de Nyamata fueron asesinadas dos mil quinientas personas. La ropa de las víctimas se conserva como tributo.

Llovía, claro. El horror cuida siempre los detalles. Dos mil quinientas personas eran conducidas a pie hacia un descampado por milicianos armados y bebidos. Una de las figuras de aquella espesa procesión era Benuste Karasira. Iba con su mujer y cuatro hijos pequeños. Arrastraba sus pies en el mismo silencio desharrapado que el resto de condenados. Todos ellos llevaban tres días encerrados en una escuela técnica de Kigali, la capital de Ruanda. Allí habían llegado tras esquivar los puestos de control que el Gobierno había instalado por las calles para identificar y asesinar a los vecinos tutsis. Cuando Benuste alcanzó la escuela, se creyó a salvo: los cascos azules de la ONU estaban allí. «Al día siguiente se fueron. ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pudieron dejarnos ahí?». No es una pregunta retórica, Benuste espera con la mirada fija una respuesta que no llega. «Los milicianos hutus nos dijeron entonces que nos iban a trasladar a un lugar seguro, que no debíamos temer nada». «¿Les creíste?». Benuste sonríe, una sonrisa curtida, la mueca de un hombre de sesenta años que perdió un brazo y a casi toda su familia en una matanza a bocajarro. «No. Claro que no les creí. Fue esa mentira la que me hizo comprender que íbamos a morir». Habla pausado en el sillón de su casa, donde las tupidas cortinas no dejan entrar la fuerte luz del sol. Fuera las gallinas picotean perezosas por el calor. A su lado hay una mesa sencilla de madera llena de libros y revistas. La manga de su camisa cubre el muñón del brazo. «Dicen que éramos dos mil quinientos, te digo que allí estábamos más de ocho mil personas. Hombro contra hombro, caminando en silencio bajo la lluvia». Los milicianos les llevaron a un descampado. «Un oficial se subió a un lugar y nos dijo: “A lo mejor alguno de vosotros es hutu. Por favor, si aquí hay algún hutu que nos enseñe el carné y se irá”. Algunos se levantaron y caminaron hacia el oficial, comprobaron la tarjeta y les preguntaron: “¿Por qué estabas con estas cucarachas? ¿Por qué un hombre estaba con cucarachas?”. Recuerdo esa pregunta y yo me vi ahí, al otro lado. Esperando a morir». Minutos después, con la lluvia cayendo igual de ajena que cualquier otro día, los milicianos se situaron enfrente de la muchedumbre y apuntaron sus rifles y metralletas contra la masa compacta de tutsis. En realidad, eso fue todo. Todo lo que alcanza a describirse con palabras. Si acaso cabe imaginar el silencio de esos segundos previos a abrir fuego. O los ojos de quienes esperaban. Cabe imaginar los dedos en los expectantes gatillos goteando lluvia. Pero poco más. «Yo estaba allí, pero entonces en ningún momento pensé que tendría que contar esa historia. Para mí, describir cómo fue el ataque, qué ocurrió exactamente con detalles, es sencillamente imposible. El pánico que sentí fue tan enorme que no me permitió ni siquiera observar, ver lo que estaba ocurriendo. Recuerdo los gritos, el ruido de los disparos. “¡Dónde está mi hijo!”. Recuerdo cuerpos cayendo, gente chocando entre sí y un dolor ardiente en el brazo mientras agarraba a uno de mis hijos. Todo el mundo entró en pánico. Ponte en mi lugar. En realidad puedes describir el ataque como quieras. Trata de imaginar el escenario y describe ese ataque. Yo no puedo ayudarte».

Los hutus y los tutsis

Benuste, su mujer y uno de sus hijos son supervivientes del genocidio de Ruanda, uno de los capítulos más oscuros de cuantos recuerda el siglo XX y que este año conmemora su vigésimo aniversario. En un plazo de cien días entre abril y julio de 1994, ochocientas mil personas fueron asesinadas en el llamado país de las mil colinas. Trescientos treinta asesinatos cada hora. Cinco cada minuto. La mayoría de ellos a golpe de machete.

No pocos antropólogos sostienen que la humanidad —literalmente— echó a andar en Ruanda. Los twas —pigmeos cazadores— eran los habitantes originarios de esta región. Enseguida se les unieron diversos vecinos. Dos de ellos arraigaron: los hutus, un pueblo bantú proveniente de lo que hoy es la República Democrática del Congo; y los tutsis, un pueblo nilótico llegado de Etiopía. Lo explica muy bien el antropólogo ruandés Canisius Niyonsaba en su libro Orígenes de la ideología hutu-tutsi en la tradición de los Grandes Lagos y sus indicios de superación. Los hutus eran agricultores y los tutsis, ganaderos. Étnicamente se fusionaron durante los miles de años que convivieron: se dieron matrimonios mixtos, compartieron lengua, cultura y tradiciones. Hasta los rasgos físicos quedaron reducidos a un estereotipo: se supone que los hutus son más oscuros, de rasgos más rudos y con la nariz chata, mientras que los tutsis son más esbeltos, de tez más clara y con la nariz afilada. La realidad es que la mayoría son indistinguibles para el visitante.

La diferenciación entre ambos pueblos, pues, quedó definida únicamente como social. En tanto ganaderos, los tutsis tenían el poder económico, de modo que, a pesar de ser solo el 14%, tomaron el control del territorio y se erigieron como la clase dominante. Los hutus, agricultores, se conformaron como una casta inferior siendo el 85% de la población. (Los twas —1%— quedaron marginados desde el primer momento). Sin embargo, un hutu que adquiriera vacas podía convertirse en tutsi y viceversa. Además, no en todo el territorio las diferencias eran las mismas. En Burundi y en Uganda, donde la población también se divide en hutus y tutsis, ambos pueblos tuvieron su particular desarrollo. La distinción antes del colonialismo era, pues, permeable. Y en el caso de Ruanda, era pacífica. Así lo recoge al menos la tradición oral ruandesa, que insiste hasta la saciedad en que los problemas violentos entre ambas facciones llegaron con el hombre blanco. Los memoriales del genocidio que pueblan hoy en día el país lo repiten como un mantra.

En 1897 los exploradores alemanes pasearon por primera vez su blanca tez por Ruanda. Actualmente existen infinidad de pueblos y aldeas ruandesas en donde los vecinos —especialmente los niños— contemplan con los ojos desencajados al inusual y pálido visitante. Cabe imaginar la reacción de las tribus del siglo XIX cuando los europeos llamaron a su puerta. Pocos años después de la llegada alemana, la Liga de Naciones concedió el control del territorio a los belgas. Para administrarlo, el Gobierno del rey Leopoldo II decidió aliarse con la élite tutsi y en 1933 dotaron a la población de un documento de identidad en el que se especificaba si se era hutu, tutsi o twa. Por primera vez la diferencia entre ruandeses se tornó racial.

En la Ruanda actual, oficialmente, ya no existen hutus ni tutsis. Las identidades están prohibidas por ley y hasta resulta grosero preguntar por ello. En público es como un tabú. Sin embargo, la realidad de la calle —siempre por delante— muestra que cada ruandés tiene muy claro lo que es y a qué segmento pertenece. Las identidades hutu y tutsi siguen perfectamente definidas y delimitadas. Y aunque conviven y viven mezclados en pueblos y barrios, entre ellos se diferencian, si no es por el físico sí por el vestir o el puesto de trabajo. Mezclados, pero no revueltos.

«Que levanten la mano los tutsis»

«¿Si somos diferentes y somos más, qué hacemos sometidos?». Más o menos esa era la pregunta que planteaba El Manifiesto, un pequeño libro redactado en 1957 por un grupo de intelectuales hutus que tomó conciencia de la raza impuesta. Los belgas debieron oler lo que se aproximaba y decidieron convocar elecciones en 1959 para terminar con el dominio de las familias tutsis. Pero la tensión hacía tiempo que había pasado por encima de su control. El detonante fue la paliza que Dominique Mbonyumutwa, un activista hutu de la provincia de Gitarama, recibió el 1 de noviembre de 1959 a manos (y palos) de un grupo de tutsis. La revolución estalló. Mareas de hutus se echaron a la calle y quemaron cuanto hogar tutsi encontraron a su paso. Miles de familias tutsis fueron asesinadas y más de doscientos mil huyeron a la vecina Uganda. (Aviso: no olviden a este numeroso grupo de refugiados porque pronto cobrarán vital importancia en este relato). Finalmente, los partidos hutus tomaron el control de Ruanda y en 1962 declararon la independencia del país. Nacía un Estado. Y lo hacía con dos naciones enfrentadas bajo el brazo.

RWANDA.KIGALI

En los primeros años de vida Ruanda vivió sometida a una guerra civil de facto. Los tutsis exiliados cruzaban con frecuencia la frontera en guerrillas mal armadas para intentar recuperar el control. Por cada incursión, el Gobierno hutu respondía con matanzas sobre civiles tutsis, acusados de cómplices. Entre medias, el Gobierno aprobaba leyes cada vez más restrictivas contra los tutsis, los apartaba de la escuela, universidad, ejército o cualquier otro puesto o lugar de responsabilidad o formación. La población tutsi vivía completamente marginada y reprimida. Bealta Kabagwira, vecina de Kigali y también superviviente del genocidio, recuerda aquellos años. «En el colegio a los que éramos tutsis nos sentaban en la última fila. La profesora, cuando nos pedía algo, nos decía: “tú, tusti”, en cambio a los niños hutus les llamaba por su nombre. Cada mañana, llegaba a clase y nos decía: que levanten la mano los tutsis».

En 1973 el general hutu Juvénal Habyarimana dio un golpe de Estado y estableció una dictadura militar que perduraría hasta el genocidio. Paradójicamente, la toma de poder de Habyarimana abrió en Ruanda un período de estabilidad. Aunque siguió marginada a todos los niveles, la población tutsi no sufrió más ataques masivos e incluso Ruanda estabilizó relativamente su economía y su maltrecha diplomacia. Habyarimana se reveló como un tipo con la mente más abierta de lo que cabía suponerle y con los años fue ofreciendo concesiones a los tutsis. Una deriva que no gustó a su entorno. En la década de los ochenta las medidas aperturistas del presidente —entre ellas permitir el acceso a la política a partidos tutsis o proponer un diálogo para estudiar el retorno de los refugiados— provocaron que el ala radical de su Gobierno se organizara. Encabezados por su propia mujer, Madame Agahte, se formó alrededor de Habyrimana un círculo de poder, una suerte de lobby, llamado la akazu, que podría traducirse del kinyarwanda (idioma autóctono ruandés) como «la casita». La akazu sería, en pocos años, la encargada de preparar y ejecutar el genocidio.

«Son los del 59, que vuelven»

Joseph Buhigiro, vecino tutsi de la provincia de Nyamata de sesenta y cinco años, estaba bebiendo cerveza de plátano en un bar (beber cerveza es la actividad por excelencia en Ruanda), cuando un conocido le dijo: «Tus familiares han entrado y vienen a matarnos». Otro tipo que andaba por ahí añadió: «Son los del 59, que vuelven». A Joseph aquel comentario le ha quedado grabado casi tanto como el espanto al que sobreviviría posteriormente. «Hasta ese momento, al menos en mi pueblo, todos bebíamos juntos y en paz. Pero esa frase me quedó grabada, todo cambió desde ese momento».

Los vecinos de Joseph le estaban informando de que los tutsis exiliados en 1959 habían vuelto a atacar. Esta vez, sin embargo, no eran un grupúsculo de tipos mal armados. Los refugiados y sus hijos habían guardado silencio durante tres décadas alistados en el ejército ugandés. De la noche a la mañana, sin que nadie lo esperase, desertaron en nombre de una guerrilla llamada Frente Patriótico Ruandés (FPR). Entrenados, organizados y disciplinados, los tutsis volvieron a poner sus pies en Ruanda para, según su anuncio, «acabar con la tiranía y restaurar la paz». Estalló la guerra civil.

Con toda seguridad el FPR se hubiera plantado en Kigali en una semana y con ello se hubiera evitado el genocidio. Pero el primer día se toparon con un obstáculo no previsto: el ejército francés. Preocupados por mantener la francofonía de la Ruanda hutu (excolonia belga), François Mitterrand ordenó hacer frente a los guerrilleros del FPR, provenientes de la anglófona Uganda, para evitar perder el control del territorio. El segundo día de combates los soldados galos abatieron a Fred Rwigyema, cabecilla de los rebeldes, y recluyeron al invasor en las selvas de Virunga, al norte del país. El FPR se atrincheró en los montes reclutando efectivos y esperando una oportunidad. Un joven Paul Kagame tomó entonces el control.

«Exterminemos a esas cucarachas»

Un hombre aparece tumbado en un diván con cara angustiada. A su lado, sentado, un médico toma notas. El hombre le dice: «¡Estoy enfermo doctor!», a lo que el psiquiatra le responde, «¿Qué le ocurre?». Y el paciente confiesa: «¡Los tutsis! ¡Los tutsis!». La escena de este hombre enfermo de tutsis es una viñeta publicada por el periódico Kangura durante la guerra. Kangura, que podría traducirse como «Despiértalos», fue uno de los instrumentos de la cruel propaganda que el Gobierno tuvo a su disposición durante el conflicto y que alentó —y casi mentalizó— a la población para llevar a cabo un genocidio contra los tutsis. Al frente de Kangura estaba Hassan Ngeze —miembro de la akazu— quien redactó los «Diez Mandamientos Hutus». Publicados como un editorial, estos diez mandamientos fueron la base de la ideología que desembocaría en el genocidio. El primer mandamiento decía: «Todo hutu debe saber que una mujer tutsi, sea quien sea, sirve a los intereses de su grupo étnico tutsi. Por ello, consideraremos como un traidor a cualquier hutu que se case con una mujer tutsi, sea amigo de una mujer tutsi o dé empleo a una mujer tutsi». El resto de mandamientos van en la misma y previsible línea.

Kangura fue la punta de lanza de la campaña de odio hacia los tutsis que se basaba en la idea de que el FPR había regresado para asesinar a todos los hutus. El Gobierno llegó a publicar documentos falsos en los que se podían leer los supuestos planes de la guerrilla tutsi, que no eran otros, claro, que exterminar a la población hutu. Se inoculó en la ciudadanía la sensación del callejón sin salida: o ellos, o nosotros. En realidad se estaba poniendo sobre la mesa un miedo atávico, un temor que verdaderamente nunca se había ido. El terror de una población sometida y que solo había gozado de unas décadas de poder. El histórico opresor regresaba a por ellos. Para no pocos estudiosos de la historia ruandesa el genocidio fue la virulenta e impredecible reacción del niño aterrorizado que se revuelve contra lo que le da pavor.

El clima de miedo radicalizó al Gobierno, que pasó a denominarse Poder Hutu, e hizo que la akazu tomase el control de forma definitiva desde la sombra. La primera medida que se decretó fue la creación de unas milicias civiles para defenderse del ataque del FPR. Fueron denominadas Interahamwe, que puede traducirse como «los que luchan juntos», un término que, a día de hoy, todavía asalta las pesadillas de miles de ruandeses. Los chicos de las Interahamwe eran el mal personificado. Jóvenes armados con machetes sin causa ni futuro, adoctrinados en el odio y empapados en alcohol y anfetaminas. «Recuerdo que las Interahamwe cantaban: “¡Os vamos a exterminar, os vamos a exterminar!”. Me los crucé a veces por la calle cantando eso y armados hasta los dientes…», rememora Benuste, el superviviente que abre este relato. Las armas, por cierto, no crecían de la tierra.

«Francia nos las dio. Llegaban cargamentos de machetes y rifles». Toma la palabra Straton Sinzabakwira, de cincuenta y dos años. Cumple condena en la cárcel de Nyanza, en cuyo patio concede la entrevista. Lleva un pijama rosa, de camisa de manga corta y pantalones cortos, el uniforme de presidiario en Ruanda. Straton es lo que en Ruanda se conoce como un genocidaire, el término en francés. Cumple veinticuatro años de pena por organizar el asesinato de seis mil tutsis en el municipio de Nyamubunga, del que era alcalde. «Soy testigo. Vi como llegaban cajas con armas. Lo vi en Kungo, cerca de Muzanze y también vi armas de los franceses en Ku Giti». Straton afirma que las tropas francesas armaron a las Interahamwe y también ayudaron en su entrenamiento. No será lo último que explique Straton sobre el papel de Francia durante el genocidio.

Las Interahamwe comenzaron a protagonizar desfiles con un toque cutre de totalitarismo. Lucían llamativas camisas y cantaban consignas contra los tutsis. Los políticos remataban los actos con discursos inflamables. Los más recordados son los de Léon Mugesera, uno de los líderes de la akazu, que en sus intervenciones recordaba siempre que hutus y tutsis eran dos etnias diferentes y llamaba sin miramientos al exterminio.

El otro medio por donde se extendió el odio fueron las ondas de la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), la radiotelevisión del Gobierno. Dirigida por Féliciene Kabuga, la RTML tuvo mucho más alcance que Kangura, ya que es raro el ruandés que no esté pegado a una radio. Las ondas de la propaganda hutu llegaron a todos los rincones del país. Ruanda se sumió en la paranoia. Los hutus acusaban a los tutsis de ser cómplices del FPR, células coordinadas entre ellas. Es verdad que algunas familias tutsis ayudaban económicamente a los rebeldes y que muchas otras enviaban a sus hijos a enrolarse, pero la gran mayoría no estaba al tanto de las operaciones de los chicos de Kagame. Cualquier gesto era malinterpretado. Evariste lo recuerda con un detalle. «Una familia tutsi de mi pueblo cavó un pozo para el agua y los vecinos les acusaron de que era para enterrar hutus. Cualquier cosa que unos u otros hacían era sospechosa».

El miedo también se alimentaba de las noticias que traían los hutus que huían del norte, donde el FPR avanzaba, y que hablaban de asesinatos, abusos y tropelías de los rebeldes de Kagame. Las represalias se convirtieron en un arma de guerra. Por cada ataque del FPR en el que lograba ganar terreno, respuesta del Gobierno contra civiles. Así murieron miles de personas durante esos tres primeros años de guerra (1990-1993). El FPR atacaba en una punta del país y en la otra eran asesinados cientos de vecinos tutsis como represalia, probablemente sin saber siquiera por qué les estaban atacando. Matar tutsis se convirtió en una práctica como cualquier otra, en una actividad que mantenía unido al pueblo contra el enemigo. «Los políticos llegaban a la plaza del pueblo, daban un mitin, los vecinos les señalaban las casas de tutsis y los milicianos los asesinaban», rememora Straton. Podría decirse que estaban llevando a cabo un gran entrenamiento.

La paz es una farsa

«El que piense que la guerra ha terminado como resultado de los Acuerdos de Arusha, se engaña a sí mismo». Es una de las líneas del editorial de Kangura firmado por Hassan Ngeze al día siguiente del acuerdo de paz. El FPR, contra pronóstico, logró sentar a la mesa de negociaciones al Gobierno del Poder Hutu. Habyariamana, consciente de la superioridad militar de los hombres de Kagame, concedió lo que las milicias tutsis deseaban: una negociación política que les permitiera avanzar y frenara las matanzas a civiles. El 4 de agosto de 1993, en la ciudad de Arusha, Tanzania, ambos bandos firmaron un acuerdo.

«¿Cómo decís vosotros? ¿Una farsa? Pues eso, ese acuerdo de paz fue una farsa». Evariste es el nombre ficticio de un hutu que habla español. Los hutus que se salen del discurso oficial del actual Gobierno ruandés no pueden dar la cara. Su vida y la de sus familias correrían peligro. «Los acuerdos sirvieron para que el FPR ganara terreno. Se acordó que el FPR enviara a doscientos representantes al Parlamento y Kagame envió a doscientos soldados. Habyarimana les dejó entrar hasta la cocina», comenta Evariste con risa burlona, como mofándose de la torpeza del presidente.

De aquella negociación también salió la decisión de enviar una fuerza de paz de la ONU, la Misión de Asistencia de Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR), que se instaló en suelo ruandés en octubre de 1993. Al mando estaba el general canadiense Roméo Dallaire, a la postre testigo crucial de la pasividad de la comunidad internacional cuando estalló el genocidio. Dallaire —que terminó la misión en tratamiento psiquiátrico— empezó a pie cambiado: le dieron cuatrocientos cascos azules en lugar de los dos mil quinientos prometidos y una orden expresa de no poder usar la fuerza.

Solo tres meses después de su llegada, el general Dallaire tomó conciencia —y evidencia— de lo que estaba a punto de suceder. Y se lo advirtió a la ONU mediante un fax. Un fax a la vista de cualquiera que tenga interés en leerlo, un fax mil veces reproducido en la Ruanda actual y que luce, vergonzante, en los memoriales del genocidio de todo el país.

El fax fue enviado, con firma del propio general, el 11 de enero de 1994 con el encabezamiento de «Solicitud de protección para confidente». Dallaire explica en el fax que había logrado la colaboración de un confidente que trabajaba en las esferas más altas de las Interahamwe, entrenando a los milicianos y planeando estrategias de ataque. El confidente, según detalla Dallaire en el fax, aseguraba que cuarenta comandos de milicianos hutus estaban listos y organizados para llevar un ataque a gran escala en Kigali. Describe que desde la llegada de UNAMIR se ha ordenado a las Interahamwe que hagan un censo de todos los tutsis de Kigali. El confidente, reza el fax, sospecha que la intención es exterminarlos. Detalla que tienen capacidad para asesinar a mil tutsis en veinte minutos. Continúa: el confidente afirma que el presidente Habyarimana no tiene control sobre lo que está sucediendo, mucho menos sobre las milicias. Dallaire explicaría más adelante que también informó a Naciones Unidas de la constante llegada al país de armas financiadas por Francia y cientos de contenedores con machetes provenientes de China.

La respuesta a Dallaire no tardó. El mismo día llegó un fax de vuelta desde Nueva York firmado por el entonces jefe de la misión de paz en Ruanda, Kofi Annan: «Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR». La ONU rehusó intervenir en ese momento a pesar de que, en Ruanda, casi todo el mundo presagiaba lo que se venía encima. «Claro que sabía lo que iba a ocurrir», dice Straton desde la cárcel. «Todos sabíamos lo que iba a ocurrir. También la ONU y Francia. Todo estaba preparado y nadie hizo nada».

El horror

«Recuerdo de esa noche algo especial, pude adivinar que algo iba mal. Lo presentí. Esa noche oí muchas más bombas y disparos, todo el tiempo y por todos lados. Tuve un mal presentimiento. A la mañana siguiente lo confirmé. Estaba con mi mujer al lado de la radio y escuchamos que el avión del presidente había sido derribado, que lo habían asesinado. Ella me miró y me dijo: «Vamos a morir».

Benuste, el superviviente que abre este relato, recuerda con detalle la madrugada del 6 de abril de 1994, la madrugada que se desplomó sobre los tutsis. El avión de Habyariamana fue derribado por un cohete cuando estaba a punto de aterrizar en Kigali. Regresaba de Arusha y los restos de la nave cayeron en el jardín de su propia casa, hoy convertida en un museo en el que se pueden contemplar los restos del fuselaje como si hubieran caído ayer. Es otro debate vivo en Ruanda: ¿quién derribó aquel avión? El FPR sostiene que fue la akazu quien asesinó a Habyarimana para propiciar el genocidio. A Evariste, nuestro confidente hutu, le da la risa. «Pretenden que os creáis que derribamos el avión de nuestro presidente. Aquel avión lo destruyó el FPR».

Cuerpos embalsamados en el memorial de Murambi. Veintisiete mil personas fueron asesinadas en este lugar.

Horas después del ataque, Kigali y el resto de ciudades y pueblos ruandeses fueron tomados por las Interahamwe, que instalaron puestos de control en los caminos y carreteras, conocidos en Ruanda con el término en inglés, road-blocks. «Yo vi cómo montaban una trinchera en mi calle. Veía desde mi ventana cómo llegaban los milicianos. Mi mujer no dejaba de repetir que íbamos a morir. Yo también lo pensaba», rememora Benuste. Los tutsis estaban solos. Había llegado la hora de aplicar la solución final. Ya no bastaba con ganar la guerra, ni siquiera con expulsar al enemigo como hacía treinta años. Era necesario terminar de una vez y para siempre con el problema tutsi. El horror se hizo con Ruanda.

Para las Interahamwe la cacería no fue excesivamente complicada. Tenían listas con todos los nombres de los tutsis, esos censos sobre los que el confidente de Dallaire advirtió y que la ONU prefirió ignorar. Los milicianos, casi siempre sobreexcitados de alcohol y anfetaminas, montaban road blocks, pedían en ellos la tarjeta de identidad (la de los belgas) y quien era tutsi era apartado a la cuneta y asesinado a machetazos. A veces, cansados de tanto machetazo, empujaban a los tutsis a un lado, sobre un montón de cuerpos y los mataban al cabo de unas horas. Las cunetas de todo el país se llenaron de cadáveres, entre los que a veces se hallaban vivos haciéndose los muertos, o muertos en vida, inmóviles de terror entre los cadáveres, o simplemente agonizando, en un punto que ya daba igual ser un cuerpo vivo o muerto. Era tanta la sangre, tantos los cadáveres amontonados por todos lados, que era imposible asegurarse de que todo el mundo estuviera muerto. En pocas horas, Ruanda era un desenfreno de violencia rara vez visto en la historia moderna.

Los tutsis que lograban esquivar los road blocks se refugiaban en lugares que ya habían acogido a sus padres y abuelos en otras matanzas. Las iglesias se convirtieron en destinos prioritarios donde miles de personas se encerraban con la esperanza de que no se violara lo más sagrado. Las propias milicias, para evitar que nadie escapara, animaban a los tutsis a refugiarse en estos sitios con la promesa de que estarían a salvo. No era cierto, claro. Aquellas iglesias se convirtieron en mataderos humanos que posteriormente han abandonado su función religiosa y han sido convertidas en memoriales que pueden ser visitados por los viajeros. Ruanda ha tomado como modelo los museos del holocausto judío y conserva hasta el mínimo detalle de la tragedia para que el visitante comprenda la dimensión de lo sucedido: huesos, calaveras, ropas, efectos personales, armas, agujeros de bala, restos de sangre… Sin embargo todo carece de organización, ya que la mayoría de estos memoriales están sin terminar aún. Las ropas se agolpan sobre los bancos llenas de tierra y polvo, las pertenencias de las víctimas están amontonadas al alcance de cualquiera, no hay una sola vitrina; si alguien quisiese, podría coger lo que se le antojara. Hasta los huesos y calaveras están expuestos como buenamente se ha podido, sin espacio suficiente. A veces da la sensación de que se ha entrado un rato después de la matanza.

En la modesta iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, se refugiaron cinco mil tutsis. Fue la propia policía la que indicó a los vecinos que allí estarían seguros. A los pocos días, los muchachos de las Interahamwe, acompañados de soldados, políticos locales, vecinos y de la propia policía atacaron la iglesia con granadas y pistolas. Después accedieron a su interior y remataron con machetes y martillos a los que estaban vivos. A algunas mujeres las separaron, las llevaron a una capilla en la parte trasera de la iglesia y las violaron innumerables veces. Esta capilla es hoy parte del memorial. En uno de sus extremos hay un palo apoyado de cualquier forma contra la pared, un palo de unos dos metros que pasa desapercibido, sin letrero o explicación alguna. El guía lo agarra con rostro serio, lo golpea contra el suelo a modo bastón y añade: «Con este palo violaron y empalaron a unas veinte mujeres aquí». Luego lo vuelve a apoyar en la pared. El horror se supera a sí mismo con la mancha oscura que luce en la misma pared y a la que el guía se refiere a continuación: «Este es el punto donde mataron a los niños golpeándolos contra el muro, por eso quedó la marca».

Jospeh Buhigirio, el hombre al que sus vecinos en el bar le dijeron «tus familiares han vuelto», se refugió con su familia en la iglesia de Nyamata, no lejos de la anterior. «Creíamos que estaríamos seguros. De hecho, el alcalde vino y nos dijo que no nos moviéramos de allí, que estaríamos a salvo. Cada vez llegaba más y más tutsis y los alrededores de la iglesia también se llenaron. El jardín, el patio de la iglesia y las casas. En total éramos unas diez mil personas. Ese mismo día el cura huyó».

El 14 de abril llegaron las Interahamwe. Con ellas estaba el alcalde y la policía. Un miliciano depositó una granada en la puerta de la iglesia y la voló. Dentro, dos mil quinientas personas se apilaban con pánico entre los bancos. «La puerta salió por el aire. Yo no tenía ninguna esperanza. Asumí en ese momento que iba a morir, lo acepté. Empezaron a matar, a matar, a matar…». Joseph reitera el verbo intentando transmitir la cantidad de asesinatos que se precipitaron en minutos. El énfasis se puede aplicar a lo que era Ruanda aquellos días. «Primero dispararon contra todos, contra la gente que gritaba y se desplomaba. También lanzaban granadas. Yo me metí debajo de un banco. Veía cuerpos cayendo por todas partes, también los de mis hijos, y empecé a notar que algo me mojaba. Me fijé que estaba tumbado sobre sangre, la sangre subía a una velocidad increíble y llegó a levantar un palmo. Tuve que subir la cabeza para respirar. Los cuerpos empezaron a caerme encima. Quedé completamente cubierto de cuerpos, oía los gritos, los disparos, cómo lloraba todo el mundo… y ahí ya no sentí nada más. Ahí me convertí en una piedra. No sentía nada, solo estaba inmóvil, cubierto de cuerpos y completamente cubierto de sangre. La verdad es que no había diferencia entre mi cuerpo y el de los muertos». Eso fue, probablemente, lo que salvó a Joseph.

«Cuando el ruido de los disparos y lloros desapareció, los milicianos comenzaron a caminar sobre los cuerpos, iban dando machetazos a todos, a todos los cuerpos, rematándolos. Yo oía gemidos, algunos lloros, pero sobre todo recuerdo el ruido de los golpes, de los machetazos. Yo tenía tantos cuerpos encima que no me golpearon, yo creo que ni siquiera me vieron». Joseph permaneció inmóvil durante horas, en una suerte de shock que salvó su vida. Después salió, tras comprobar que toda su familia estaba muerta, y caminó, cubierto de sangre ajena, hasta la frontera con Burundi, a pocos kilómetros de allí. La cruzó a través del bosque y se salvó.

Aunque en ese momento Joseph no se dio cuenta, otra persona estaba viva dentro de aquella iglesia tras el ataque. Era Euginie Nyirakimuzanye, que entonces tenía veintisiete años. Euginie se refugió en la iglesia con cuatro de sus siete hijos. Como Joseph, sobrevivió a los disparos quedándose inmóvil bajo los cuerpos inertes. En este caso, bajo los cuerpos inertes de sus hijos. «Estuve casi dos semanas dentro de la iglesia después del ataque. No quería moverme, no podía. Solo el olor de los cadáveres me hizo salir». El aspecto de Euginie al abandonar la iglesia —tanto mental como físico— hizo que los vecinos hutus que la vieron la dieran por muerta. «Yo escuchaba, “déjala, ya está muerta”». Euginie logró alcanzar una casa donde estaban escondidos su marido y sus otros tres hijos. La crueldad se cebó con ella. «Al día siguiente llegaron las Interahamwe y mataron a mis hijos y a mi marido con machetes». Euginie recibió un machetazo en la cabeza pero sobrevivió. Hoy, vive marcada por un profundo trauma que cobra forma con una imponente cicatriz en su frente. La verdadera herida, sin embargo, es la de haber perdido a toda su familia y se refleja en dolores crónicos y la negativa a salir de su casa desde aquel episodio.

Euginie Nyirakimuzanye. Superviviente de la iglesia de Nyamata. Recibió un machetazo en la cabeza.

Matar por inercia

Durante los cien días que duró el genocidio se estima que 1,7 millones de hutus participaron, en mayor o menor medida, en la masacre. Fue el Gobierno y las Interhamawe quienes organizaron y llevaron a cabo las matanzas, pero contaron con apoyo. Los políticos locales, gobernadores, alcaldes y concejales, fueron adoctrinados en la matanza y organizaron las listas y los asesinatos en sus provincias y pueblos. Muchos de ellos no se resistieron a participar. La policía también mató. Por debajo de todos ellos, los vecinos hutus.

Edison Zigirikamiro tiene sesenta y ocho años. Es un campesino hutu de las montañas de Bisesero, al oeste del país, muy cerca del lago Kivu. «Al día siguiente de la caída del avión del presidente fui a ver a mi cuñado, que era tutsi, pero cuando llegué a su casa ya no estaba. Al regresar me encontré un grupo de milicianos. Los vi matando vecinos, disparaban contra los vecinos tutsis, gente que yo conocía de siempre. Un miliciano se me acercó y me preguntó qué hacía mirando, por qué no estaba matando. Yo le dije: “Lo siento, pero yo no puedo matar a nadie”. Y me dijo, “entonces te mataremos nosotros”. Me tuve que unir a aquel grupo. Recorrimos mi propio pueblo buscando a un chico tutsi que se había escapado y que yo conocía. Los que iban más rápido lo alcanzaron y lo mataron. Yo no di ningún machetazo, pero soy responsable por formar parte de aquella persecución. Si lo hubiera encontrado yo, lo hubiera tenido que matar».

Edison representa —o podría representar, imposible saber si cuenta toda la verdad— el perfil de vecino hutu que se vio obligado a matar. Casi todos los implicados en la matanza afirmaron lo mismo en los juicios posteriores: fueron obligados. La obligación no era siempre directa. Muchos vecinos hutus explicaron que tuvieron que matar para pasar desapercibidos, para ser «normales». Era tal la ola de violencia en Ruanda que quien no estuviera matando pasaba a ser sospechoso. Se dieron casos de hutus que, mientras refugiaban a tutsis en su casa, mataban a otros en la calle para no llamar la atención. Este era el panorama. Las milicias y el Gobierno lograron un clima por el que matar era obligatorio, era la única salida a una situación extrema. La idea de que matar podría traer consecuencias se diluyó y dejó paso a la certeza de que no matar sí tenía consecuencias. De este modo muchísimos vecinos mataban: profesores mataban alumnos, médicos mataban pacientes, clientes mataban dependientes, vecinos a vecinos, hombres a niños, mujeres a mujeres… Se construyó la idea de que matar a un tutsi era salvar la vida de un hutu. El miedo a morir empujó a miles de hutus a ayudar. Impulsados por el pánico, no dudaban ante la disyuntiva: ellos o nosotros.

Hubo, por supuesto, muchos otros vecinos que no participaron e incluso muchos de ellos ayudaron a los tutsis con refugio o alimentos. En definitiva, se jugaron la vida por los que se suponían que eran sus enemigos. Y es que, a pesar de que el paisaje parece ahora definido entre buenos y malos, la realidad es que en aquella Ruanda los extremistas eran minoría. Con poder, claro, pero minoría. «Solo unos pocos locos se creían aquella propaganda. Nadie consideraba a los tutsis cucarachas. Cuando escuchábamos esas cosas por la radio no las tomábamos a broma, nos reíamos. Pero la situación al final se volvió tan tensa que mucha gente se vio arrastrada», explica Evariste, nuestro confidente hutu, quien da otra clave: «A muchos hutus les decían que, si ayudaban, se quedaban con las propiedades de las víctimas. En aquella Ruanda con un 80% de población con hambre, puedes imaginar el efecto de tal oferta».

En lo que respecta a los genocidas, el Gobierno estima que hubo unos ciento treinta mil, de los que ciento veinte mil fueron arrestados después de la guerra y, de ellos, cuarenta mil continúan en la cárcel a día de hoy. Solo dos mil trescientos eran mujeres. En Ruanda se considera genocida a todo aquel que mató directamente a alguien u organizó una matanza. Israel Duginzigimana es uno de ellos. Cumple veintiún años por participar en el asesinato de un grupo de trescientos tutsis cuando era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu. También viste pijama rosa. Su rostro es serio, rudo. Israel hace de guía por la prisión, nos muestra sus abarrotados patios, su irrespirable saturación y lo hace sin la presencia de un solo guardia. Él parece el jefe del lugar. «De mi municipio solo salieron vivos seis tutsis. Yo ayudé a los milicianos con las matanzas. En una de ellas, rodeamos a un grupo de trescientos vecinos. Yo conocía a casi todos. Disparamos contra ellos. Yo disparé y lancé una granada que mató a un hombre que conocía». «Mi mujer me preguntaba por qué estaba ayudando, por qué mataba. Yo le decía que cumplía órdenes, que no me quedaba otra salida. Hoy me doy cuenta de que estaba equivocado y me arrepiento cada día. Pido perdón. Pido perdón a las familias».

«Actos de genocidio»

El genocidio de Ruanda duró cien días. En esos cien días, según las estimaciones más optimistas, fueron asesinadas ochocientas mil personas, casi todas ellas tutsis.

Por si fuera poco, no se trató de un exterminio sistemático. No fue un genocidio militarizado, «ordenado», como pudo ser el holocausto judío. No se trata de niveles de horror, de comparar qué fue peor, porque a tales profundidades de deshumanización son análisis vacíos. Pero es necesario subrayar la extrema suciedad, la intolerable crueldad de lo sucedido en Ruanda.

El doctor Bizoza Rutakayile es psiquiatra y director del centro psiquiátrico de Ndera Neoro, donde nos recibe. Trata casos de traumas en supervivientes y en los relatos de sus pacientes escucha hasta dónde se aventuró la crueldad en el genocidio ruandés. «Tengo dos casos extremos. Uno es de un chico que fue obligado a beberse la sangre de su madre y a comerse sus órganos sexuales antes de que la mataran. Otra paciente, una mujer que sigue con una depresión grave, fue obligada a comerse a uno de sus hijos a cambio de la vida de los demás». Los milicianos también llevaban a cabo macabros juegos. En el pueblo de Evariste colocaron a los vecinos tutsis en fila y les pusieron pimienta en la nariz. «Al que estornudaba —rememora Evariste—, le degollaban». La crueldad era tal, que algunos tutsis ofrecían dinero por ser asesinados de un disparo. Querían evitar las torturas, ser mutilados o ser quemados vivos dentro de sus casas, prácticas todas ellas muy extendidas entre las Interahamwe, como recuerda Israel: «Tal vez lo peor que vi fue cómo quemaban a las familias dentro de sus casas. No les dejaban salir y al que se escapaba, lo mataban a machetazos». Las mujeres, casi siempre, eran violadas antes de ser asesinadas. Las que lo sufrían por parte de un hombre infectado con VIH, eran indultadas, algo que se cobró un nuevo genocidio en la siguiente década, esta vez lento y silencioso.

En realidad, cuesta creer que cosas así puedan pasar. Pero pasaron. No hace tanto. No tan lejos.

Israel Duginzigimana. Genocida encarcelado desde hace 17 años. Disparó y lanzó una granada contra un grupo de 300 tutsis.

El mundo, mientras tanto, intentaba no mirar. Una resolución aprobada por la ONU en 1948 obligaba —y obliga— a su Consejo de Seguridad a intervenir en donde se esté cometiendo un genocidio. Pero Estados Unidos no quería enviar una nueva fuerza de paz a Ruanda, escaldado por lo ocurrido dos años antes en Somalia, donde un helicóptero Black Hawk fue derribado y diecinueve soldados americanos murieron. Para conseguir escaquearse, el ejecutivo de Bill Clinton esquivó el término genocidio durante más de dos meses. Cada rueda de prensa o intervención desde la Casa Blanca que se refería a Ruanda se llevaba a cabo con el término «actos de genocidio». El 28 de abril, en plena matanza, un periodista le preguntó a la portavoz del Departamento de Estado, Christine Shelley, por qué no podían decir que estaba teniendo lugar un genocidio en Ruanda. Shelley respondió: «Porque, bueno, hay una razón para la selección de la palabras que hemos hecho, y yo he hecho… tal vez lo he hecho… yo no soy abogado. No enfoco esto desde el punto de vista legal, internacional o erudito. Intentamos, lo mejor que podemos, reflejar con precisión una descripción al abordar esta cuestión. Es… la cuestión está ahí. Está claro que la gente está enterada y ha estado mirándola». Aquella rueda de prensa de rodeos y malabares conceptuales duró unos diez minutos, tiempo en el que, de media, cincuenta tutsis fueron asesinados. Era un reloj de arena en el que cada vaguedad en Washington equivalía a una decena de muertes en Kigali.

Desesperado, el general Dallaire solicitó a la ONU el envío de más tropas, asegurando que con tan solo cinco mil hombres garantizaba detener la masacre en una semana. Desde un punto de vista militar nadie puso en duda el juicio de Dallaire, sin embargo aquello no era un asunto militar, era una cuestión política. Dallaire volvió a chocar contra un muro. En lugar del envío de tropas, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, impulsado en esta decisión por Estados Unidos, redujo el número de soldados de dos mil quinientos a dosciento cincuenta. Un grupúsculo que, desde ese momento, tuvo que limitarse a hacer todo lo posible por mantenerse con vida. Ese mismo día Cruz Roja envió una nota de prensa en la que ya estimaba en cien mil los muertos.

Antílopes

Los primeros ataques en la aldea de Jean fueron esporádicos. Algunos milicianos pobremente armados se acercaban, pero eran repelidos con piedras. Al cabo de cuatro días, llegaron las Interahamwe. Jean, que entonces tenía once años, los vio aparecer desde su casa. «Llegaron en todoterrenos que levantaban una polvareda, gritando. Se reían. Salimos corriendo en dirección al bosque. Todos los vecinos salieron despavoridos corriendo de sus casas. Yo corrí con todas mis energías. Conmigo iban mi primo, que era de mi edad, y mis padres». Aquella fue la primera de las muchas carreras que le esperaban a las pequeñas piernas de Jean.

Jean Rwilangura —hoy el presidente de una asociación de supervivientes— se refugió en el bosque de Kayumba donde estuvo semanas corriendo por su vida. Representa el otro tipo de matanzas que tuvieron lugar en Ruanda. En esta ocasión no se reunía a los tutsis en iglesias, se les perseguía por bosques o pantanos como si de un coto de caza se tratase. Así lo retrata el periodista francés Jean Hatzfeld en su libro La estrategia de los antílopes. Eso es en lo que se convirtieron aquellos tutsis: presas que estuvieron semanas esquivando a sus cazadores.

«Cuando llegué al bosque, donde estaban casi todos los vecinos tutsis, no encontraba a nadie de mi familia», prosigue Jean. «Una señora se me acercó al cabo de unas horas y me dijo que habían matado a mi madre. Yo le dije que no, no le creía. Así que volví corriendo otra vez por el camino que había hecho. Me encontré un montón de cuerpos, iba mirando todos, hasta que vi el de mi madre. Entonces empecé a llorar y volví al bosque sin poder parar de llorar, pero esta vez no fui corriendo, fui caminando».

Durante las siguientes dos semanas mi vida se basaba en correr. Corría todos los días, cada vez que llegaban las milicias. A veces me notaba bien y corría muy deprisa. Otras me costaba más y alguna vez algún miliciano llegó a estar muy cerca de mí. Aprendí a correr por las partes más frondosas del bosque, aprovechando mi tamaño pequeño, y también aprendí que si corría en zigzag me dejaban de perseguir antes. Todo descalzo, claro. El resto del tiempo intentaba no moverme, aprendes a ahorrar energía. Me ponía en un sitio alto y si venían de un lado, corría hacia el otro. Si venían del otro, corría hacia el contrario.

Las milicias acudían cada día, incansables, a la cacería. Llegaban por la mañana, rastreaban el bosque, mataban todo lo que podían y se iban al oscurecer. «Solía estar en grupo, de cuatro o cinco personas, pero el grupo era cada vez distinto. Cada vez que echábamos a correr nos perdíamos. A algunos los cogían y otros nos volvíamos a reunir. O acababas en otro grupo. Nos contábamos cómo habíamos escapado o nos enseñábamos las heridas. Algunas veces terminaba solo y no encontraba a nadie durante horas. Esos eran los peores momentos. Solía llorar y pasaba mucho miedo. Una vez llegué a pasar tres días solo».

Las historias de los niños supervivientes de Kayumba son inauditas. «Recuerdo un día que corría con un grupo de niños me tropecé y me partí el labio contra una piedra. También me hice una herida en la rodilla. Me levanté al momento y seguí corriendo con la sangre. De aquel grupo recuerdo que cogieron a casi todos y los mataron. Estaba todo el día corriendo, pero había días que no podía. No podía moverme, era incapaz de correr. ¡Es que tenía once años! Y esos días pasaba mucho miedo porque si me hubiesen llegado a atacar, no era capaz de huir».

Con el paso de las semanas los supervivientes en Kayumba eran menos. Jean fue de los pocos que fue rescatado de aquel bosque con vida. Le sacaron los soldados del FPR en junio, cuando la guerra comenzaba a decantarse a su favor. Solo entonces, con Ruanda sembrada de cadáveres, la ONU despertó.

La gran evasión

El 22 de junio, con el FPR cerca de ganar la guerra, la ONU aprobó la Operación Turquesa. La reacción llegó a regañadientes y tras un informe de Cruz Roja que elevaba los muertos a medio millón. La operación sería llevada a cabo por el ejército francés y consistiría en abrir un corredor humanitario para que la población hutu que ya comenzaba a huir pudiera salir del país. Pero el papel desempeñado hasta ese momento por Francia hizo que los hutus interpretaran la acción de otra forma. Los soldados de François Mitterrand aterrizaron en Kigali entre los vítores de la concurrencia hutu. El periodista del New Yorker, Philip Gourevitch, recoge en su imprescindible libro Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, el testimonio de hutus que recuerdan aquel recibimiento. Había pancartas en las que se podía leer «bienvenidos hutus blancos» y en la RTLM los locutores bromeaban con las mujeres. «Ahora que se han muerto todas las chicas tutsis es vuestra oportunidad con los hombres blancos».

Poco duró la alegría en el bando hutu. El FPR aprovechó que la misión de los franceses era únicamente permitir la salida de refugiados y alcanzó Kigali en menos de un mes. El 13 de julio de 1994 los rebeldes se hicieron con la capital y la guerra terminó. Comenzó entonces el epílogo del horror. Primero con los desmanes y venganzas del FPR, algo que el actual Gobierno ruandés niega rotundamente pero que todo hutu en Ruanda ha vivido más o menos de cerca. Evariste no es una excepción. «Los soldados del FPR entraban en las aldeas que iban tomando y disparaban contra los vecinos hutus. Hubo miles de venganzas, miles de asesinatos contra civiles hutus. Si me preguntas, te digo que creo que murió tanta gente en esas represalias como en el genocidio». Pero ese es un dato que el actual Gobierno ruandés no admite. El gobierno de Kagame no reconoce el dolor de los hutus, algo que sigue clavado en el orgullo de su población.

La segunda parte del epílogo fue la huida de más de dos millones de refugiados hutus a campos de países vecinos, especialmente a los levantados de forma casi improvisada en la vecina República Democrática del Congo (entonces Zaire). En su huida, ocultos entre las mareas humanas, iban los genocidaires. El nuevo gobierno ruandés montó en cólera y acusó a Francia de escoltarles en su evasión. Straton, el genocida que organizó la matanza de seis mil tutsis, salió así del país. «Llevábamos armas y a los franceses les daba igual. ¡Pero cómo no les iba a dar igual si nos estaban protegiendo! ¡Nos escoltaron hasta el Congo!». Straton casi ríe en su énfasis, como incrédulo. Años después el FPR asaltará los campos congoleños en busca de los milicianos huidos provocando, según un informe de la ONU de 2010, un nuevo genocidio, esta vez en el otro sentido. La violencia en Ruanda parece un bucle sin fin.

El sonrojo del mundo

Cuentan que muchos tutsis, durante el genocidio, usaban el cielo como mapa. Desde sus refugios, en bosques, cuevas o pantanos, observaban el cielo y evitaban caminar por donde veían bandadas de buitres. Los buitres les marcaban las rutas prohibidas y les indicaban los caminos despejados. Los caminos sin muerte.

El paisaje que el FPR se encontró tras instaurar un nuevo Gobierno era desolador: ochocientos mil muertos, doscientas cincuenta mil mujeres violadas, cien mil niños huérfanos, pueblos enteros destruidos, cadáveres por todos lados devorados por los perros y riadas humanas de desplazados. Un escenario que, como declararía Paul Kagame días después, «el mundo había observado con las manos en los bolsillos». A día de hoy siguen apareciendo cuerpos en Ruanda. Del casi millón de muertos solo doscientos cincuenta mil han sido identificados. El muro del memorial de Kigali apenas contiene nombres, a la espera de que se complete la lista de víctimas.

El 25 de marzo de 1998 Bill Clinton pedía disculpas a los ruandeses en un discurso en Kigali. Dos meses después, el 7 de mayo, Kofi Annan, ya secretario general de la ONU, hizo lo propio en el parlamento de Kigali. «El mundo debe arrepentirse profundamente por este error. La tragedia de Ruanda fue la tragedia del mundo entero. Todos los que nos preocupamos por Ruanda, todos los que fuimos testigos del sufrimiento, deseamos fervientemente haber evitado el genocidio. Mirando ahora atrás, vemos las señales que entonces no reconocimos. Ahora sabemos que lo que hicimos no estuvo ni cerca de ser suficiente, suficiente para salvar Ruanda y suficiente para honrar los ideales de Naciones Unidas. Nunca negaremos que, en el momento que más lo necesitaba, el mundo falló al pueblo de Ruanda».

Fotografía: Alfons Rodríguez.


El referéndum como arma política

Referéndum en el ayuntamiento de Brisbane, 1944. Fuente: John Oxley Library.
Referéndum en el ayuntamiento de Brisbane, 1944. Fuente: John Oxley Library.

Aunque fue por un margen estrecho, los irlandeses prefirieron quedarse con su senado. El gobierno de coalición del Fine Gael y los laboristas, resultado político de la durísima intervención de la troika,  propusieron un referéndum para su abolición el 4 de octubre. Los principales argumentos del gobierno eran tanto su coste como su irrelevancia. Compuesto por sesenta senadores, esta cámara se ciñe a «mejorar» las leyes en segunda lectura y con sus limitados poderes apenas puede paralizar su tramitación algunos meses (¿os suena?). El principal partido de la oposición y que ha gobernado el país durante más años, el Fianna Fáil, había criticado su supresión y proponía mantenerlo a cambio de reformarlo, pidiendo el no en el referéndum. Aunque apenas se acercaron a las urnas el 39% de los irlandeses, por algo más de un punto y medio la propuesta del gobierno fue derrotada. La prensa irlandesa lo ha leído como un varapalo para el Taoiseach Enda Kenny, en especial tras dilapidar la ventaja que la supresión llevaba en las encuestas. Ahora al primer ministro no le queda más remedio que lidiar con una reforma de la cámara alta que no tenía prevista.

Esta anécdota es ilustrativa sobre el uso político de los referéndums. Sobre estos mecanismos de democracia directa se ha hablado ampliamente en diferentes foros, casi siempre en aspectos normativos ¿En qué supuestos se pueden realizar? ¿Son un buen instrumento? ¿Qué límites y potencialidades tienen? ¿Cómo articularlos para que funcionen bien? Los referéndums, a diferencia de las elecciones, no se basan en la elección de representantes, partidos o candidatos individuales, los cuales se supone que integran (más o menos de manera congruente) una posición ideológica sobre una gran cantidad de asuntos. Consisten básicamente en dar un voto directo a la ciudadanía sobre un tema específico, sea afirmativo/negativo o entre varias opciones. Lo habitual suele ser que se planteen cuestiones políticas de especial trascendencia, los cuales pueden ir desde una reforma constitucional o derechos y libertades individuales. No obstante, también han sido empleadas frecuentemente en el ámbito local en temas que van desde cómo reformar una calle hasta si se hacen fiestas patronales o se destine el dinero para parados.

Antes de entrar en materia, merece la pena distinguir entre tres grandes categorías de referéndums. Los primeros son los referéndums obligatorios, los cuales deben hacerse sí o sí en determinadas circunstancias por previsiones legales. En España, por ejemplo, en los casos de reforma agravada de la constitución o la reforma de algunos estatutos de autonomía (por poner un ejemplo reciente, el catalán en 2006). Una segunda variante de los referéndums son los referéndums abrogatorios, que permiten invalidar total o parcialmente una ley. Esta fórmula, presente en Italia, está condicionada a la recogida de quinientas mil  firmas o cinco consejos regionales y excluye determinadas materias como presupuestos, amnistías o tratados internacionales. Aunque para ser válido exige una participación superior a la mitad del censo, este arma fue empleada con éxito para dar la estocada de muerte a la clase política italiana en el referéndum de 1991 con la reforma de la ley electoral o la de la financiación de partidos en 1993.

La última de las categorías de los referéndums son los opcionales. Los de este tipo no son obligatorios por previsiones legales y casi nunca tienen capacidad para por sí mismos para derogar una ley. De hecho, suelen ser de carácter consultivo. Sin embargo, en determinadas circunstancias los gobiernos deciden convocarlos ante un tema de especial relevancia, pasando a aceptar en dicha política la voluntad mayoritaria de la ciudadanía. Por ejemplo, esta ha sido la regla en la mayoría de países europeos a propósito de la ratificación de los tratados de la CE y la UE. Es más, aunque la iniciativa suele corresponder a los gobiernos, en determinados países también se permite que diputados o los grupos de la oposición puedan solicitarlos.

Hay países que tienen internalizados los referéndums de manera corriente para la toma de decisiones. Por ejemplo, el caso de Suiza es paradigmático, y se hacen sobre cantidad de temas diversos, desde la renta básica hasta el servicio militar (que mantendrán, por cierto). En Estados Unidos esta práctica también está muy extendida, incluso en asuntos tan sensibles como el sistema electoral. La facilidad con la que se permiten ha dado pie a numerosos cambios en San Francisco, por solo poner un ejemplo. Sin embargo, resultan mucho más llamativos aquellos casos en los cuales los partidos políticos disponen de la mayoría parlamentaria para llevar a cabo sus políticas pero prefieren no usarla. Por ejemplo, uno de los cuatro referéndums que hemos tenido en España, el controvertido sobre la OTAN. El PSOE, aunque fuera contraviniendo su programa anterior, disponía de la mayoría necesaria para poder aprobar la permanencia del país en la Alianza Atlántica. Aun así Felipe González optó por llamar a las urnas para votar sobre el tema. ¿Hay un cálculo estratégico detrás?

Lo cierto es que suele, pero los referéndums son herramientas de doble filo. Por ejemplo, en 1999 se realizó uno para constituir Australia como república. Si los australianos querían, el gobernador general (designado por Isabel II como cabeza de la Commonwealth) sería reemplazado como jefe de Estado por un presidente. Lo curioso es que pese a que una mayoría del electorado parecía apoyar la república de acuerdo con las encuestas, esta opción fue vencida en referéndum ante la división de los republicanos sobre el método de elección del nuevo presidente. El politólogo Ian McAllister, a tenor de ese caso, comenta en un artículo suyo lo volátil que son los referéndums como instrumentos políticos (y lo fácil que a un político le salga mal emplearlo tácticamente): «Los referéndums presentan muchas opciones diversas a los votantes. No hay nombres de partidos o de candidatos en la papeleta, y los ciudadanos tienen que hacer con frecuencia elecciones complejas y a las que no están acostumbrados. A falta de un atajo partidista que les pueda guiar, el contexto se vuelve clave. El rol de los medios, de personalidades políticas relevantes o hasta movimientos sociales pasan a ser fundamentales».

Por lo tanto, un presidente o primer ministro que opta por este instrumento incrementa el grado de incertidumbre, con un resultado mucho más dependiente de factores coyunturales. Y sí, por más que la personalidad del político pueda influir en su aversión al riesgo, no es extraño que si pueden evitarlo lo hagan. Véase la última reforma de la constitución española, sin ir más lejos. Pero supongamos que el gobierno se decide a dar el paso y dar la voz a la ciudadanía ¿Qué motivaciones podría tener para fiar una política determinada a un sí o un no de sus ciudadanos? Este artículo las resume de manera muy clara.

Un primer escenario es que haya una intensidad muy fuerte del gobierno por una determinada política pero, para conseguirlo, o bien necesita una mayoría reforzada por encima de la de gobierno o bien convencer a unos socios de coalición reticentes. Ante ese escenario, el presidente podría optar por el referéndum como una vía para sortear el bloqueo institucional que implica su falta de apoyos. Eso sí, la apuesta es a una sola bala y si no sale mal se arriesga a llevarse por delante al gobierno. Un buen ejemplo de este tipo es el referéndum de 1969 promovido por el general Charles De Gaulle. El fundador de la V República había insistido en la necesidad de reformar la constitución para aumentar la descentralización del país y reformar los poderes del Senado y convocó un plebiscito. El presidente declaró en un órdago definitivo que en caso de perder el referéndum presentaría su dimisión, lo que ayudó a movilizar a la oposición a pedir el rechazo de la reforma como moción de censura a las políticas del general. Rechazada la enmienda en referéndum por una diferencia de dos puntos y medio, De Gaulle presentó su dimisión al día siguiente, dejando paso a la presidencia de Georges Pompidou.

Una segunda opción es la de emplear los referéndums como una arma contra la oposición. Sabemos que la mayoría de los votantes prefieren que los partidos estén unidos, que no sean un conjunto de facciones enfrentadas entre sí. De ahí que los gobiernos parlamentarios a veces avancen elecciones para coger a sus rivales a contrapié cuando todavía no han escogido a su cabeza de cartel o están enfrentados internamente. El referéndum puede emplearse de una manera semejante. Cuando un partido está dividido por la mitad, convocar un referéndum sobre un tema en que el partido en el ejecutivo tiene claro puede ser una buena estrategia. En especial si logras provocar deserciones,  que miembros de la oposición te den su apoyo o impedir que hagan frente común contra ti. De nuevo, otro ejemplo de la escuela francesa. Francois Mitterrand convocó un referéndum en 1988 sobre los acuerdos de Matignon entre los partidarios de que permaneciera Nueva Caledonia como parte de la República y los separatistas, a favor de la independencia. Eso le ayudó a dividir a sus rivales. Mientras que la UDF pidió el voto a favor, la RPR (hoy la UMP) pidió la abstención con diferentes posiciones encontradas entre sus miembros.

Sin embargo, también puede ser que la división no se dé en la oposición sino dentro del partido o de los partidos del gobierno. Para abortar el posible coste que tendría tener a la mitad de tu grupo votando contra ti en el parlamento (o una cascada de dimisiones) se busca el referéndum una transacción entre la mayoría y la minoría dentro del partido. Un ejemplo bastante ajustado es el del referéndum de 1998 en Portugal sobre el aborto, el primero nacional de nuestro país vecino. En ese año el Partido Comunista de Portugal propuso una ley para la despenalización del aborto durante las primeras diez semanas del embarazo. Esta ley fue aprobada por la mayoría de izquierdas en la asamblea, pero el problema es que este tema era divisivo en el seno del Partido Socialista. El primer ministro de entonces, António Guterres, se decidió por un pacto con el principal partido de la oposición, el partido socialdemócrata, para instar un referéndum y pasar la pelota a la ciudadanía. De hecho, aunque muchos líderes socialistas apoyaban la reforma, el propio Guteres dijo que votaría no. El resultado fue una ajustada derrota del proyecto por un punto, aunque el PS logró con esta finta evitar que este tema fuera un palo en las ruedas para sus buenos resultados de 1999.

Similares dinámicas hay tanto al norte como al sur. Por ejemplo, en el referéndum que los laboristas de Harold Wilson propusieron en 1975 sobre la permanencia en la Comunidad Económica Europea. Compromiso electoral, el gabinete llegó a dividirse entre los partidarios de una y otra posición. La mayor parte de los ministros e incluso la nueva líder de los conservadores, Margaret Thatcher (!), estaban a favor. Importantes miembros del gobierno, incluyendo al Ministro de Gabinete, y varios grupos y diputados euroescépticos hicieron campaña por el no. Y aunque el referéndum lo ganaron los europeístas con el 67.2% de los votos, la imagen de división de los laboristas ayudó a que los conservadores de Thatcher se impusieran en 1979. El intento de referéndum de Grecia en octubre de 2011 también podría ajustarse a esta idea. Giorgios Papandreu, forzado a un durísimo programa de ajuste y con un PASOK en descomposición (al límite de la mayoría absoluta pero con continuas deserciones), confiaba en que trasladando la pregunta a la ciudadanía podría reforzarse internamente. Obligar a la oposición de Nova Demokratia a alinearse con el gobierno pidiendo el voto por el sí —y compartiendo desgaste—, permitir a los desleales internos defender su postura (sin que se vayan) e incluso intentar manipular la pregunta poniendo en paralelo permanecer en el euro y aceptar el plan de la troika. Sin embargo, abortada esta bala de plata por la oposición dentro y fuera del país, Papandreu acabó dimitiendo días después.

Un cuarto escenario es condicional a la popularidad de los gobernantes. En ocasiones los gobiernos se deciden a hacer un referéndum sobre un tema de consenso en un momento de baja popularidad. En esas circunstancias, lo que se busca es reforzar el gobierno y que aumente la buena consideración hacia el ejecutivo. De nuevo esto es algo muy francés. Mitterrand lo hizo en 1992 cuando intentó aprovechar el referéndum sobre el Tratado de Maastrich como una manera de demostrar que el PSF estaba en forma para ganar las legislativas del año siguiente. Pero atención, quizá la jugada es a futuro y el gobierno se adelanta al desgaste de no hacerlo. Puede ser que el gobierno considere que está obligado a convocar un referéndum ya que de lo contrario podría sufrir una erosión en sus apoyos que comprometiera su reelección. Algo propio cuando es un tema que polariza mucho a la sociedad. Por ejemplo, el gobierno laborista de Noruega se decidió a la realización de un referéndum consultivo en 1994 sobre la entrada en la Unión Europea al ser un tema tradicionalmente muy controvertido en aquel país. De hecho, el no terminó imponiéndose. El referéndum de la OTAN en España también podría entrar en este tipo de cálculo: se hizo intentando legitimar un giro respecto de la posición anterior del PSOE (aunque  hoy día González lo asume como un error).

Por último, puede ser que el referéndum no sea una jugada estratégica sino un compromiso programático entre los socios de gobierno. Esta ha sido el caso del referéndum para la reforma electoral en Reino Unido de 2011. El acuerdo entre los conservadores y liberal-demócratas incluía entre sus cláusulas el compromiso de hacer un referéndum para cambiar del sistema mayoritario uninominal vigente a uno de voto alternativo. Mientras que los conservadores optaron por el statu quo, todos los partidos pequeños llamaron a votar por sí. Los laboristas no tuvieron posición oficial pero lo cierto es que hubo de todo. Por ejemplo, mientras Ed Miliband se mojó por el sí al voto alternativo, la ex ministra de trabajo laborista Margaret Beckett fue la presidenta de la campaña del no. El resultado final fue una clamorosa derrota de la reforma electoral y el compromiso de Nick Clegg, tocado, de no dejarse amedrentar y tomar impulso para la reforma de la Cámara de los Lores. Eso sí, promesa cumplida.

La estrategia, por descontado, no se agota con la mera convocatoria del referéndum. De hecho, quizá uno de los instrumentos básicos de manipulación es el de la propia pregunta (que merecería otro artículo entero). Es bien conocido que el framing en que se realice el plebiscito puede determinar de manera importante el resultado. En el referéndum de Australia, por volver a un ejemplo anterior, es posible que la opción republicana no hubiera salido derrotada si en la pregunta no se hubiera incluido que, abolido el gobernador general, el presidente sería elegido por dos terceras partes del parlamento. Un sector importante de críticos estaba por una elección directa. Si el referéndum de la OTAN en España no hubiera incluido tres condiciones en su propia pregunta (no armas nucleares, reducción bases, no entrar en estructura militar) quizá el resultado habría sido diferente. Por lo tanto, el que controla la pregunta —que suele ser el gobierno— tiene un importante margen de maniobra para configurar el terreno de juego. A su favor, por supuesto.

De todas maneras, atraer a los votantes a las urnas en caso de referéndum no es sencillo. Excluyendo casos de voto obligatorio como en Bélgica, el promedio de participación en los referéndums suele estar en torno a quince puntos menos que en unas elecciones legislativas ordinarias. El referéndum para la reforma de la diagonal en Barcelona cosechó apenas un 12.7% de participación, la aprobación del Estatuto de Autonomía de Galicia un 28.2% o el referéndum para la Constitución Europea en España un 42.2%. Pero ojo, no es un defecto exclusivamente de aquí. El referéndum para la reforma electoral de Reino Unido tuvo una participación del 42%, el del aborto en Portugal un 32%, o incluso el controvertido referéndum sobre los minaretes en Suiza se quedó en el 55%. Por supuesto cuanto más politizado y polarizado sea un tema, más participación es previsible. Del mismo modo, los temas de ámbito nacional suelen tener más tirón que los regionales o locales. Pese a esto, una estrategia para intentar que la participación suba es hacerlos simultáneos con otras convocatorias, colocando una urna al lado. De hecho, en EE. UU. se suele seguir esta vía a veces hasta la confusión.

¿Y qué hay de los votantes? Hasta lo que sabemos las diferencias de recursos e interés político en los participantes se acrecientan en los referéndums. Son los más motivados por la política, los que más recursos socioeconómicos tienen, los que participan más en estas consultas. Y así y todo, no está claro que los votantes se preocupen (solo) de la cuestión que se le plantea. Imaginad un contexto como en el de De Gaulle en 1969 y que Mariano Rajoy se compromete a dimitir si pierde un referéndum favorable a, pongamos, la abolición del senado. Es posible que muchos de los que protestan contra él estén genuinamente de acuerdo con su medida pero la gran mayoría no dejarían pasar la oportunidad de usar el plebiscito para censurar al gobierno. Por eso muchas veces los atajos, como la credibilidad del gobierno, pueden ser tan importantes. A veces el tema es complejo o no se tiene una posición a priori, pero al saberse quién es el que lo propone se puede obrar en consecuencia. Así no me extraña que nuestros gobernantes prefieran no arriesgarse. Las urnas les tiran a dar.