Daniel Kutner: «Llegamos a la conclusión de que Israel sería la única manera de que los refugiados judíos pudiéramos gozar de seguridad»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 32

«Yo soy el embajador de Israel, no del pueblo judío». La aclaración la hace Daniel Kutner al cabo de unos minutos de entrevista. Y pone sobre la mesa una cuestión sobre la que gira casi todo lo demás: la identidad judía. A partir de ella, este argentino que emigró por convencimiento sionista a Israel en 1973 trata de explicar por qué cada judío del mundo parece ser responsable de lo que hace Israel, por qué el pueblo judío tiene derecho a un Estado y por qué no han logrado, tras setenta años de vida, la paz con sus vecinos árabes.

Kutner, un estudioso de Oriente Medio y apasionado de la pintura que nos recibe en la Embajada de Israel en Madrid, cree que la atención que recibe el conflicto Israel-Palestina está sobredimensionada por causa de una herencia antisemita que todavía pervive, afirma, en España.

Su posición en cuanto al conflicto es pragmática: «Podemos estar discutiendo toda la vida sobre si antes estábamos aquí unos u otros o sobre quién tiene la razón. La cuestión es que ambos pueblos nos hemos reconocido y hay que trabajar desde ahí».  

¿Es difícil ser judío en España?

Creo que, en general, ser judío en España no es distinto a ser judío en otros países europeos. Lo que no quiere decir que no haya ciertos desafíos en ciertos lugares. Por ejemplo, me llega que en ciertas universidades públicas la atmósfera puede estar medio enrarecida para aquellos correligionarios, amigos de Israel, a quienes les importa Israel. Pero, en general, la española es una sociedad abierta. Generalmente hablando existe libertad de culto, libertad de expresión…

Todavía queda en nuestro país mucha gente que usa la palabra judío como un insulto…

Para nosotros no lo es.

Obviamente, pero…

Para nosotros llamarnos judíos es motivo de orgullo.

Pero hay una parte española que todavía siente rechazo hacia el concepto de ser judío, ya sea por prejuicio o por desconocimiento. ¿Cree que en España existe antisemitismo o, por no decirlo de una manera tan brusca, judeofobia?

Creo [largo silencio] que hay un estrato, sí, de antisemitismo [largo silencio] del tipo clásico. Un poco con raíces en actitudes religiosas que han cambiado, pero a veces es más fácil cambiar la doctrina que cambiar a la gente. Pero, básicamente, sí. Yo creo que el desafío más serio viene de cierto tipo de izquierda que se ensaña con Israel de forma peculiar y que nos ataca como no ataca a ningún otro país del mundo.

¿Cree que eso tiene una relación con las políticas de Israel en lo que al conflicto con Palestina respecta?

Bueno, seguro que influye. La pregunta es si eso también es una manifestación de ese antijudaísmo del que estamos hablando.

Un amigo judío de Madrid me cuenta que, a veces, cuando dice que es judío, algunas personas le preguntan por el muro, por Gaza o le echan en cara ciertas decisiones militares de Israel. Él me dice que no comprende esto, que es como si él entrase en una tienda regentada por un chino y le empezase a echar en cara la represión en Tíbet mientras le compra unas cervezas. ¿Por qué cada judío parece responsable de lo que hace Israel?

Buena pregunta…

¿Le parece que es así? ¿Que cada judío responde por el conjunto de Israel?

La pregunta es si ese antijudaísmo atávico, que esperamos esté en vías de extinción, si eso no tiene que ver con ese tipo de actitud, de ensañamiento, de singularización de Israel en cuanto a la crítica. Cuando tenemos en el mundo ejemplos mucho más tristes de verdaderas violaciones de derechos humanos y de problemas, de matanzas y de genocidios. Sin embargo, la cantidad de atención que se le dedica al tema israelí no guarda proporción con la relativa importancia del tema. No es que no haya que resolverlo, no es que no haya lugar a opiniones. Pero cuando hacemos un análisis del metalenguaje, la cantidad de páginas, la cantidad de letras y de bytes que se dedican a eso, la ferocidad de la crítica… cabe preguntarse: ¿de dónde viene?

Desde el punto de vista conceptual, ¿qué es ser judío? Porque esto tiene kilómetros de literatura y hasta la esencia misma del ser judío genera debate. ¿Es una condición religiosa, es una etnia, es un pueblo, es una nación?

Bueno, te recuerdo que soy el embajador de Israel, no del pueblo judío. Pero sí somos el Estado judío. Y a nivel personal te puedo responder que ser judío es todo lo que mencionaste. Somos un pueblo muy antiguo en cuya cohesión la religión tuvo y tiene un papel muy central. Hoy en día, en el mundo libre, ser judío consiste en decidir en qué medida uno puede y quiere ser activamente judío. Por ejemplo, la comunidad judía en Madrid es una comunidad tradicional, apegada a sus tradiciones, unida. En otros países es distinto, así que somos todo eso. Somos una religión universal, pero también es una religión muy ligada a la historia del pueblo. Tenemos una historia de tal vez tres mil años. Así que los que ves hoy en día somos herederos de un legado milenario.

Ya que me aclara usted que es el embajador del Estado de Israel y no del pueblo judío, la pregunta que le hago es: ¿Por qué un pueblo tiene derecho a un Estado? ¿Por qué la diáspora judía tuvo derecho a Israel cuando hay muchos pueblos sin Estado?

Eso habría que preguntárselo a esos otros pueblos. Lo que nosotros sufrimos nos llevó a la conclusión en la época del auge nacionalista en el mundo —especialmente en Europa y más específicamente, si queremos entrar en detalles, en Europa Central y Oriental— de que la única solución para lo que en ese momento se llamaba el problema judío era normalizarnos. Convertirnos en un pueblo como todos con un Estado propio, llegamos a la conclusión de que Israel sería la única manera de que los refugiados judíos pudiéramos gozar de nuestra seguridad y volver a tener el control de nuestro destino. Dos mil años de dispersión, de diáspora, nos sometieron a los caprichos de los gobernantes de los pueblos en los que vivíamos. Al principio de la Edad Contemporánea, con la Revolución francesa, hubo una ilusión de que tal vez los judíos podrían integrarse como ciudadanos en las sociedades donde vivían. Pero la experiencia trágica de la Segunda Guerra Mundial convenció al mundo de que no era posible. Que los judíos, incluso en las sociedades donde estaban más integrados, más asimilados, donde habían luchado por los propios países donde vivían, fueron perseguidos y asesinados.

Lo cierto es que antes de la Segunda Guerra Mundial el sionismo era un movimiento en el que la mayoría de judíos europeos no mostraban interés. No tenía mucha repercusión porque se sentían a gusto en los Estados a los que pertenecían. ¿Cree, por tanto, que es la Segunda Guerra Mundial la que establece la identidad judía moderna?

Sí. Uno podría decir que la Segunda Guerra Mundial superó las identidades nacionales. Esas ideologías, junto con su base social, fueron totalmente destruidas por los nazis. Y en cierta medida también por la opresión estalinista en la Unión Soviética.

¿Y por qué ahí? ¿Por qué en lo que se considera Tierra Santa? ¿No son las razones religiosas y bíblicas un poco frágiles desde un punto de vista político y laico?

Porque esa es nuestra cuna. Y el concepto de la tierra de Israel está imbuido en nuestra cultura nacional mucho más allá de su significación religiosa. A pesar de que en un primer momento se decía: «La situación de los judíos es tan grave que hasta que consigamos establecernos en nuestra patria histórica, en la tierra de Israel, tenemos que encontrar una solución aunque sea temporal». Se manejó la zona de El Arish, en la península del Sinaí, se habló de Madagascar, se habló de Uganda. Ninguna de esas soluciones racionales, laicas, produjo ninguna atracción. La que atrajo fue la que apelaba también al sentido de un pueblo que quería autodeterminación en términos modernos, pero ligado a su tradición. Ligado a su ADN histórico, que nos lleva de vuelta al lugar donde nacimos y donde crecimos y donde escribimos. Donde se formó el legado más importante del pueblo judío, la civilización, que es la Biblia. Así que por eso es que históricamente fue el sionismo el que en realidad fue la solución para el problema del pueblo judío y de su persecución en el siglo xx. Y ahora estamos en el siglo xxi tratando de desarrollarnos como un país en este mundo actual.

Israel tiene libertad de culto y, de hecho, tiene presencia parlamentaria de un partido árabe palestino. Pero ¿no cree que un Estado debe tender a limitarse a ser una administración que atienda a sus ciudadanos independientemente de su condición religiosa y nacional? Lo pregunto por la condición de Israel de Estado judío.  

Sí, pero como he dicho el tema de Israel surgió como un país del pueblo judío y para dar solución al pueblo judío. No podemos darle la espalda a la tradición que tiene la religión en la identidad de sus habitantes. Y eso no solamente es exclusivo de Israel, sino también de todos los países de la zona. Pero la ley y nuestro Parlamento, la Knéset, reconocen a las distintas comunidades religiosas que existen. Y que hemos heredado, en realidad, de los regímenes anteriores del mandato británico y del Imperio otomano. En nuestra región somos el país que más… [pausa, no completa la frase], somos un país que se rige sobre la base de las leyes que legisla su Parlamento y de las reglas de la democracia, que hemos adoptado desde antes incluso de la creación del Estado, cuando éramos todavía una comunidad que convivía con otras bajo el dominio británico.

Mi pregunta no era tanto si el Estado de Israel debe tender a despojarse de su condición de Estado judío en un sentido religioso, sino nacional también. Si ese concepto de Estado-nación perdurará en Israel o va a tender a ser una Administración aséptica.

Los pioneros que crearon el Estado de Israel no lo hacían en nombre de la religión, lo hacían en el nombre del derecho de autodeterminación de un pueblo. Un pueblo cuya cultura nacional está íntimamente ligada a su legado religioso. Esto también ocurre en el mundo árabe. Yo le dediqué muchos años al estudio de la región y encontré en ese sentido un gran paralelismo. También los ideólogos del nacionalismo árabe tenían ese dilema de que la cultura, su cultura, estaba íntimamente ligada a sus raíces religiosas. En su caso, el Corán como base de su nacionalidad, idioma, etcétera. De esa manera también nuestra cultura nacional está íntimamente ligada a nuestras raíces.

Algunos compatriotas suyos no creen en el pueblo palestino como tal. Explican que la identidad nacional palestina es posterior a la fundación de Israel y reducen el concepto «pueblo palestino» a árabes egipcios o jordanos que vivían en un territorio sin statu quo, ya que era un protectorado británico.

No sé quién dice esas cosas.

Bueno, en Israel me he encontrado bastantes personas que opinan de esa manera. Que no creen en la esencia de un pueblo palestino, sino que lo ven como una herramienta.

Como sionista yo distingo entre el estudio histórico de nacionalidades y de la historia y el reconocimiento de las narrativas que tiene cada pueblo. Así que, si me preguntas a mí, Daniel Kutner, que estudié sobre el Medio Oriente, te voy a decir que sí, que hay una conciencia singular de los palestinos que se desarrolló con el mandato británico cuando fue separada políticamente del resto de Siria, que quedó bajo mandato francés. Las características peculiares de la época del mandato crearon una conciencia, dentro de los árabes de esta zona, distinta. Que fue diferenciándose paulatinamente del resto de los árabes que quedaron del otro lado de la frontera. Los árabes palestinos tienen su propia narrativa. Nosotros hablamos de los árabes palestinos en el acuerdo que hemos firmado con Egipto, con la Autoridad Palestina, etcétera. Así que me parece que ya hemos superado esa etapa.

Del mismo modo, también me encontré narrativa palestina que habla de un solo pueblo, del pueblo semita. Y que, en todo caso, una diferenciación entre musulmán y judío sería, según esta narrativa, una diferenciación religiosa dentro de un mismo pueblo que siempre creció ahí.

Sí, pero no nos confundamos. Cada uno busca el pasado en el que reclutar, movilizar, cada uno de sus argumentos. Tenemos que superar esa etapa, porque la pregunta es si vamos a seguir excavando en quién estuvo antes y quién tiene más razón, y a mi razón se va a oponer otra razón, y «nosotros estuvimos aquí en la época de David» y «nosotros estuvimos aquí en la época de los cananeos», y vamos a ir hasta Mesopotamia. En 1993 sucedió algo importante, que fue que el líder palestino y el primer ministro de Israel, Yasir Arafat e Isaac Rabin, firmaron documentos de reconocimiento mutuo. Yo creo que tenemos que empezar desde ahí. Decidir si queremos seguir excavando en el pasado e ir haciendo una competición sobre quién tiene más razón, o si queremos buscar una solución. Y la solución está claro que es una solución basada en la convivencia de los pueblos.

¿De dos Estados?

Posiblemente en dos Estados, si no vamos a llegar a otro tipo de arreglo. Pero compartiendo el mismo terreno.

Pero ¿es factible? Porque desde 1993 siguen pasando los años y no parece que haya un atisbo de…

Israel no ha cambiado… El primer ministro Netanyahu, en un discurso pronunciado en la Universidad de Bar Ilán, habló de dos Estados. Israel y un Estado palestino. Siempre que se garantice la seguridad de los ciudadanos israelíes, claro, porque estamos hablando de un territorio muy pequeño. Es que Israel es muy vulnerable. Si estuviste en Israel habrás aterrizado en el aeropuerto de Ben Gurión [aeropuerto de Tel Aviv]. Ese aeropuerto queda a siete kilómetros de la llamada Línea Verde. O sea, aquí estamos hablando de asuntos de vida o muerte. Pero si se garantiza la seguridad de Israel, pues que haya dos Estados.

Pero insisto en preguntarle si es factible. Porque los hechos se empeñan en mostrar que no.

Hoy en día se ve difícil. Israel mira alrededor en la región y no puede menos que tomar una política de extrema cautela, porque Oriente Medio está en llamas. Hay una ola de extremismo yihadista que azota a nuestros vecinos. Tenemos prácticamente una guerra, una insurgencia yihadista, en la península del Sinaí. Tenemos a Al Qaeda y a Daesh, a EI, del otro lado de nuestras fronteras en Siria. Tenemos a Hezbolá, una organización armada más poderosa que el Estado libanés, auspiciada por Irán en el norte. Y Jordania, una monarquía que está tratando de afrontar este reto de millones de refugiados. No es un país rico, es un país sensato, pero carente de recursos naturales, y ha tenido ola tras ola de refugiados a los que está tratando de mantener sin que quiebren a la sociedad jordana. Mirando alrededor, mirando a lo que pasa dentro del territorio palestino, veo muchos signos de interrogación. ¿Con quién vamos a firmar hoy en día un acuerdo? ¿Con el presidente de la Autoridad Palestina? Que fue elegido hace más de, ¿cuánto?, ¿quince años? Hemos visto qué ha pasado con otros líderes árabes en estos últimos años y cómo aquellos que pensábamos que eran baluartes de la estabilidad han caído por presión popular. La Autoridad Palestina está cuestionada por parte de su propio público, no tiene control sobre la Franja de Gaza, está en manos de una organización islamista que no reconoce a Israel y no está interesada en reconocer a Israel. Estoy hablando de la organización Hamás, que tomó el control de la Franja de Gaza en 2007 y mantiene su poder ahí por la fuerza de las armas. Y cuestiona el derecho del presidente de la Autoridad Palestina, de Mahmud Abás, de negociar una paz con Israel. Entonces, ¿con quién vamos a firmar? Por eso es que no lo veo como un asunto muy inmediato.

En época de relativa estabilidad, incluso cuando estuvo cerca la paz, siempre han aparecido unos escollos que parecen ya recurrentes. Que suelen tener que ver con el estatus de Jerusalén, con el retorno de los refugiados palestinos a Israel y con la continuidad territorial del Estado palestino. ¿Cómo cree que se podrían solucionar estos tres escollos?

Hay esos y hay otros más. Por ejemplo, cómo nos vamos a repartir el agua, cómo nos vamos a repartir el espectro electromagnético. Había, hay, toda una serie de temas que en su momento se estaban discutiendo y había comisiones mixtas, en algunas se habían logrado más avances, en otras menos.

Pero en estos tres que le planteo no se logró ningún avance, en ningún momento.

Se habló de opciones, pero no se llegó a ningún acuerdo. Y son, realmente, algunos de los temas más graves. La única manera en que vamos a poder superarlos es sentándonos a hablar de ellos. Y los palestinos, por ahora, no están interesados en sentarse a negociar. Ellos prefieren tratar de ejercer presión internacional, presión indirecta sobre Israel, con la esperanza de que puedan lograr sus objetivos sin tener que hacer ellos ningún sacrificio propio.

Desde su punto de vista, ¿se le ocurre alguna solución para esos tres escollos?

Sí, se me ocurren varias. Lo que pasa es que en esta etapa, hasta que no nos sentemos a negociar, no es época de andar… [silencio]. Es decir, quien tiene posición oficial no puede presentar ideas de este tipo. Para eso hay institutos, estudiosos, académicos y políticos.

Comprendo…

Sí le puedo decir que la posición de Israel en estos temas es muy clara. Jerusalén es la capital de Israel. Los refugiados… [piensa] yo creo que el liderazgo palestino tiene que tener coraje para asumir la realidad. Y es que no va a haber una vuelta masiva de palestinos al Estado de Israel. El problema de los palestinos, de los refugiados, es que muchas veces los palestinos y los árabes en general no lo tratan como un problema humanitario, sino como un problema político. Por eso se han negado, en realidad, a resolver el problema de los refugiados. Israel, en los tres años que siguieron a su independencia, absorbió un número de refugiados judíos igual al número de palestinos que perdieron sus hogares durante la guerra de la Independencia, por distintas razones. Y ya a finales de los años sesenta no había ningún campo de refugiados judíos en Israel. Y éramos un país pobre, un país que salía de una guerra sin recursos, pero sí teníamos voluntad de resolver el problema. También los refugiados de los países árabes que fueron echados de sus comunidades milenarias reconstruyeron su vida en el Estado de Israel. Los árabes, en cambio, tuvieron una política —no es ningún secreto, no es una opinión, es un hecho— de mantener el problema de los refugiados vivo hasta hoy en día. ¡Y el absurdo del absurdo es que, dentro de la Autoridad Palestina, en las zonas controladas por los palestinos, hay campos de refugiados palestinos! No hay voluntad de resolver el tema de los refugiados y, sin embargo, es claro también para ellos que no va a haber una invasión masiva de refugiados en el territorio del Estado de Israel.

La idea general en Palestina dice que, cuando se funda Israel, muchos árabes que están allí son expulsados y que, por tanto, tienen derecho a volver a su casa y el Estado de Israel debería facilitarles esa vuelta.

Mira, si fueron expulsados o si se fueron solos o se escaparon de la guerra es un debate histórico. Podemos debatir hasta pasado mañana. El hecho es que hay quienes sueñan con destruir el Estado de Israel. Y si no pueden mediante las armas, porque saben que es imposible, creen que pueden hacerlo mediante una invasión demográfica. No va a suceder. El problema del asunto de los refugiados palestinos se va a resolver en el marco del Estado palestino, en el marco de los países donde viven, en el marco de otros países que quieran acoger a inmigración.

Me dice que cree en la solución de dos Estados. Pero ¿cómo va a aplicarse esa solución mientras haya asentamientos en Cisjordania?

Nuestra experiencia en la Franja de Gaza no es muy alentadora. Israel, un poco siguiendo el consejo de muchos amigos de buena voluntad, desalojó en 2006 la Franja de Gaza de forma total e incondicional. Incluso retiramos comunidades que habían crecido en la Franja de Gaza y evacuamos a todos los ciudadanos israelíes. Y lo que sucedió fue que Hamás tomó el control de la Franja de Gaza y los lugares donde habían existido comunidades judías y los destruyó. Incluso empresas que fueron compradas por inversores de buena voluntad para que pudieran seguir trabajando bajo control palestino fueron totalmente destruidas. Se supone que iban a proveer lugares de trabajo. Fueron destruidas y usadas como campos de entrenamiento y de bases de esta organización islamista. Así que hoy en día, cuando el público israelí escucha las demandas de retirada unilateral, dicen: «Bueno, pero, mira, no es tan simple, no es un asunto unilateral». Pasó lo mismo en el sur del Líbano, donde teníamos presencia desde la guerra civil libanesa. Cuando nos retiramos de forma unilateral e incondicional, lo que pasó fue que Hezbolá tomó posesión de esa zona y la empezó a usar como base de ataque contra Israel. Nos bombardearon. Así que estos asuntos no son automáticos, tienen que ser negociados. Para resolverlo va a haber que sentarse en la mesa. Dicho esto, mucha gente en Israel lo ve [Cisjordania] como parte de nuestra patria histórica. Sería absurdo que no tengamos el derecho, aunque sea, de vivir ahí. Si bajo soberanía de este o del otro, eso son cosas que se resolverían en el futuro.

Setenta aniversario del Estado de Israel. Si repasamos estos setenta años, no ha sido una existencia tranquila. ¿De qué manera ha afectado a la sociedad israelí vivir en un conflicto permanente, no conseguir unos periodos de paz extensos?

Los israelíes han logrado crearse su paz dentro de esta situación en la que hemos tenido que defendernos de ataques exteriores y al mismo tiempo crear, crecer y llevar una vida normal. Hoy en día Israel ha llegado a logros significativos en distintos campos. Somos un país pequeño, del tamaño de la Comunidad Valenciana, con una población poco mayor que la de Cataluña. Y en este mundo tan complejo, globalizado, hemos encontrado la manera de integrarnos en la economía mundial. Y eso gracias al desarrollo tecnológico, a la investigación, al cultivo de conocimiento como una parte importante de nuestra vivencia nacional. Eso es algo que estaba imbuido en nuestro movimiento nacional desde el primer momento. La piedra fundacional de la Universidad Hebrea de Jerusalén fue puesta durante la Primera Guerra Mundial, cuando los británicos todavía estaban persiguiendo a los turcos-otomanos en lo que entonces se llamaba Palestina. Así que ya ves que el tema este del conocimiento es uno de los pilares de nuestro renacimiento nacional, junto con la creación del idioma, la vuelta a la tierra, etcétera. Y es la clave de cómo Israel, hoy en día, ha logrado encontrar su lugar en la economía mundial. Los sectores de alta tecnología proveen casi la mitad de nuestras exportaciones. Somos un país muy orientado a esas exportaciones, lo que se entiende dado nuestro tamaño. Tenemos un producto interior bruto de trescientos ochenta mil millones de dólares y casi un tercio son exportaciones de productos de alta tecnología. Es la locomotora de nuestra economía.

Son estos aspectos que la mayoría de españoles desconoce. Mucha gente asocia Israel a conflicto y guerra, no se irían nunca de vacaciones o a visitar Israel. Es como si el conflicto absorbiese todo lo demás…

Sí, pero no está justificado. Tenemos tres, cuatro millones de turistas por año que vienen y pueden comprobar por sus propios ojos que Israel es un país que vive en paz, donde hay mucho para ver. Donde se combina el pasado histórico, con una profunda dimensión espiritual, con una ciudad como Tel Aviv, supermoderna, que vive veinticuatro horas por día, que es la cuna de innumerables jóvenes empresas —no solamente en Tel Aviv, también en Jerusalén, también en Haifa, también en Beerseba— y donde muchos jóvenes, junto con investigadores, pueden crear con facilidad empresas con futuro.

En Tel Aviv y en Israel en general nacen cada año decenas de empresas y muchas acaban siendo vendidas por cientos de millones de dólares. Eso surge en un ambiente muy específico. Es un ecosistema, no es una casualidad. Hay una serie de instituciones que tienen una interacción muy positiva entre ellas, pero también se debe a una cultura muy específica de nuestra zona, que está relacionada con nuestra tradición, nuestra manera de ser, con la experiencia que tienen los israelíes habiendo tomado posiciones de responsabilidad en una edad temprana como parte de su servicio militar, etcétera. En fin, una serie de otras características subjetivas que son difíciles de cuantificar y que todas juntas convierten a Israel en un caldo de cultivo muy positivo para este tipo de empresas de las que estamos hablando, startups de alta tecnología.

De acuerdo, pero vuelvo al asunto: todos estos son hechos que Israel no parece estar sabiendo comunicar o mostrar. Es como si hubiera otra guerra, la que tiene que ver con la imagen, la propaganda, que Israel parece perder. La mayoría de la gente en España, cuando opina sobre el conflicto, se alinea automáticamente con Palestina.

Mira, no sé quién es la gente. Yo sé que Israel despierta mucho interés en todos a los que les importa el futuro. Nos llaman nación startup, una nación que produce, que ha tenido seis premios Nobel en la última década. Basada en nuestro insignificante tamaño con universidades de nivel mundial, cientos de compañías startup que surgen cada año. Han surgido en los últimos quince años quince mil compañías, de las cuales cinco mil están activas, quinientas de ellas han sido compradas o han salido a bolsa de forma espectacular. Que atrae inversiones extranjeras en miles de millones de euros. Ese es un aspecto de nuestra realidad que atrae mucho en España. Respecto a lo demás, sí, hay un legado de una visión un poco unilateral influida por una visión equivocada que identifica necesaria, automáticamente, al lado más débil con el lado con más razón. Pero, a medida que la gente entra más en el tema, entiende que hay ahí una complejidad y que las cosas no son claro-oscuro. Las asociaciones no son así, uno-dos-tres y terminamos. Hemos hablado de la necesidad de llegar a un acuerdo, no se pueden tomar decisiones unilaterales. Tenemos que tener en cuenta el entorno violento en el que vivimos, en lo que hace a las relaciones con nuestros vecinos. Pero, habiendo dicho esto, nos concentramos en vivir nuestra vida y en tratar de progresar, al mismo tiempo haciendo nuestra contribución al bienestar del mundo, como nuestras moléculas que se convierten en medicinas, con soluciones, con nuestros físicos, nuestros inventos que se convierten en productos y muchos de los cuales pertenecen a la vida diaria de los habitantes de este planeta, aunque no lo sepan. Aunque no sepan que dentro de su teléfono móvil hay tecnología israelí, dentro de su ordenador. O cuando, si por desgracia tienen que ir al médico y tomar medicinas, esa molécula fue inventada por Israel.

¿Cómo es la relación actualmente entre España e Israel?

Bueno, las relaciones son buenas. Son dos países que tienen una larga historia. Por un lado, son unas relaciones que están arraigadas en la historia del pueblo judío en la península ibérica, que se remonta al menos a la época romana. Que tuvo su trágico fin en 1492 con el edicto de expulsión. Así que eso es parte de nuestro legado. Pero al mismo tiempo son relaciones entre dos países modernos que miran hacia delante. Sin olvidar el pasado, pero mirando hacia delante. Tenemos unas relaciones comerciales bastante profundas. Somos, después de Arabia Saudita, el país del Oriente Medio con el mayor volumen de negocios con España. A nivel político tenemos un diálogo muy abierto, muy profundo. No siempre estamos de acuerdo, pero sabemos hablar de esas cosas alrededor de la mesa. Hay un intercambio bastante intensivo a nivel profesional sobre distintos temas. Además de eso, hay un vínculo cultural. España es muy querida en Israel, desde niveles de cultura popular hasta deportes. El fútbol español es seguido muy de cerca por los israelíes.

¿Hay una buena imagen de España en Israel por lo general?

España se ha convertido en el destino preferido de los israelíes en sus vacaciones. Alrededor de trescientos cincuenta mil israelíes visitan España cada año. Para España es una gota en el océano de turistas que recibe, pero para nosotros es una proporción muy importante de nuestra población. La gente en Israel conoce y les gusta el idioma español, la música, la comida, el fútbol.

No puedo terminar sin preguntarle por lo que está pasando ahora mismo en la Franja de Gaza. Son muchas las voces críticas que hablan de un abuso de la fuerza por parte del ejército israelí en la frontera.

Bueno, quiero contextualizar. Estamos hablando de una zona que está bajo gobierno de una organización, Hamás, islamista, que ha sido calificada como una organización terrorista por la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y otros países. Y está en serios problemas: debido a su carácter, ha saboteado la llegada de ayuda para reconstruir Gaza. La situación en la Franja es realmente miserable y se encuentran ante la urgente necesidad de exteriorizar esa culpa. Y por eso han organizado esta movilización basada en un tema que ellos saben que es sensible para la opinión pública palestina, que es el tema de la movilización para el retorno. Dentro de esta movilización —en la que, objetivamente, estamos hablando de decenas de miles de civiles— está infiltrado el aparato militar de Hamás. Y ellos son los que están tratando de canalizar estas manifestaciones en invasiones masivas contra la cerca fronteriza. Pero esta es nuestra frontera con el yihadismo, nuestra frontera con el extremismo, la tenemos que defender sí o sí. Y cuando estos militantes, aprovechando la cobertura de las manifestaciones, tratan de sabotear la cerca, tratan de infiltrarse, tratan de plantar bombas improvisadas o no improvisadas… ahí se los para. Y estos son los muertos de los que se habla en la prensa. Israel tiene una política muy restrictiva en cuanto a abrir fuego, pero no podemos permitir una situación en que esta frontera sea violada, estas infiltraciones masivas a las que tratan de llevar los yihadistas, los islamistas de Hamás.


Rutu Modan: «Ahora el problema de la libertad de expresión ya no es con el Gobierno, sino con la gente»

Es una de las ilustradoras y dibujantes de cómic más sobresalientes de Israel. En persona es tan auténtica y original como su obra. Hablar con Rutu Modan (Ramat Gan, Israel, 1966) es un placer por su humor inteligente y la forma tan directa con la que aborda cualquier cuestión por peliaguda que sea. Coincidimos con ella en el Tres Festival de la Fundación Tres Culturas en Granada, al que acudió para expresar el valor que tienen las viñetas para ella, su proceso creativo y la utilidad que tienen para expresar lo que siente y lo que piensa.

Te criaste en un hospital militar.

Mis padres trabajaban ahí, antes de la independencia fue una base británica. Era una instalación muy grande y el director del hospital pensó que lo mejor que podía hacer para mantener cerca al personal que trabajaba en él era construir un barrio entero alrededor. Toda la gente que vivía en ese barrio eran doctores, enfermeras o sus familiares.

Crecí en ese barrio hasta que nos mudamos cuando yo tenía diez años. Para mí todo ese entorno era normal, cuando se trata de tu infancia no te cuestionas lo que tienes alrededor. Pero años más tarde, echando la vista atrás, me di cuenta de que era una situación un poco extraña. Cuando salía de la guardería e iba a ver a mi madre, que trabajaba hasta tarde, tenía que atravesar toda la unidad de cuidados intensivos y la planta de cirugía, y veía cada cosa que…

Durante la guerra del 73, tenía siete u ocho años. Mi barrio constantemente era sobrevolado por helicópteros que venían del frente con soldados heridos. Aterrizaban muy cerca de donde solíamos jugar los niños. Es muy extraño, porque, desde pequeña, consideraba y veía mi infancia como muy protegida, muy segura, porque vivía en un lugar sin coches, sin calles siquiera. No necesitábamos que nadie nos cuidase, porque, aunque nuestros padres trabajasen hasta tarde, estaba todo cerrado, no teníamos ni niñeras. Todos nos conocíamos y los niños grandes cuidaban de los pequeños. Me sentía muy segura, pero cuando mucho después encontré los dibujos que hacía cuando era pequeña y me puse a verlos, vi que solo dibujaba helicópteros con soldados heridos.

El sitio todavía existe, pero el hospital ya no tiene ese uso. Supongo que antiguamente se tenía otra actitud hacia los niños, todo era completamente distinto. No se pensaba tanto en qué podía afectarlos y qué no, como ahora.

Tus padres querían que fueses doctora.

Mi hermana sí lo fue, pero querían que fuese yo. Mi padre es doctor y considera que solo existe una profesión en este mundo, que es la de doctor. Si no puedes ser doctor por algún motivo, puedes elegir muy pocas alternativas. Abogado e ingeniero, que todavía las considera profesiones, fuera de eso: nada. No son, en realidad, profesiones para él.

Cuando mi marido vino por primera vez a cenar a casa de mis padres, era estudiante por aquel entonces, le advertí a mi padre: «No te permito preguntarle a qué se dedica su padre». Y me contestó que vale. Pero fue mi novio, ahora marido, el que le preguntó a mi padre qué hacía él. Surgió que el padre de mi novio era psicólogo y la cosa se quedó ahí, mi padre no dijo nada. Dos semanas más tarde, me llegó mi padre y me dijo: «Lo he pensado y creo que psicólogo también es una profesión».

¿Cómo reaccionaron cuando dijiste que querías estudiar Arte?

Tuvimos una gran pelea, claro. Mi padre, fundamentalmente. Mi madre no, ella empezó a reírse. Pero no de mal rollo, simplemente le parecía gracioso que alguien fuera a una universidad a estudiar algo como Arte. Me dijo, de todas formas, que hiciera lo que quisiera, que no le importaba. Pero con mi padre fue una pelea bastante grande. Al final me dijo que era joven y me podía permitir errores durante, al menos, un par de años. Estaba seguro de que lo dejaría y me pondría a estudiar una carrera de las que él consideraba de verdad. Años después vendía mis ilustraciones, hacía cómics, me los publicaban, y él seguía con los suyo. «Con esas manos que tienes podrías ser una maravillosa cirujana plástica», me decía. Y yo: «Venga, anda, papá, mira mis dibujos…».

En las familias askenazis es muy importante lo que estudies. En el judaísmo en general es bastante importante lo que llegues a ser. En la historia todos, las chicas no, pero sí todos los chicos, todos aprendían a leer y escribir sin importar de qué entorno procedían. Algún significado tiene que tener, porque hace dos mil años no era muy común en otras culturas. No sé si será cultural o propio de un pueblo que pertenece a una minoría durante tantos años y quiere que se le respete.

En mi caso personal, mi padre es muy competitivo. Nunca estaba satisfecho, incluso si me hubiera hecho doctora, me preguntaría por qué había cogido una rama en lugar de la otra. Porque incluso dentro de la escala de doctores tienes mejores y peores, más importantes y menos importantes, según su especialidad.

Pasaste tres años por el ejército.

En Israel es obligatorio para hombres y mujeres. Normalmente, las mujeres van dos años y los hombres, tres. En mi caso, no quería ir. Sabía que la vida militar no era para mí. Así que hice una especie de prestación social. En aquella época, algunos jóvenes se habían movilizado para conseguir que hubiera objeción de conciencia. Pude hacer un servicio militar cortito seguido de una prestación que alargaba el total un año más. Por eso yo hice tres años y los chicos objetores, cuatro. Me informé de todo, me invitaron a unirme a ellos y lo hice. En aquella época yo era muy idealista. Pensé que me daban igual los años. Luego fue una experiencia interesante, pero extraña. Era difícil, porque era justo cuando acababas el instituto.

¿No había prórrogas de estudios?

Eso ocurre en los lugares, digamos, más normales. O no, solo lugares que no están en guerra. Nosotros en aquella época todavía necesitábamos el ejército. Hoy en día tienes la objeción, que está más implantada, aunque sigue bajo negociación si eres religioso, pacifista o estás enfermo. Si eres pacifista, no basta con decirlo, te hacen una serie preguntas del tipo: «¿Y si alguien viene a violarte, lo matarías?», para averiguar si de verdad eres pacifista. Creo que al final terminarán abriendo la mano de alguna manera, porque la sociedad va cambiando y la actitud ante el ejército ya no es la misma. Cada vez más gente no quiere hacer la mili y está buscando una salida. Supongo que cambiará o, por lo menos, esta es mi esperanza.

En tu cómic-blog del New York Times, Mixed Emotions, hablas simplemente de tu familia. ¿Son historias reales?

Lo más que hago es cambiar los nombres, por lo general son historias reales. Toda ficción no deja de ser una mezcla de experiencias reales. Yo solo escondo un poco la realidad en una ficción. El origen es que me hicieron el encargo en el New York Times a modo de columna mensual. Trabajo muy despacio, vi que no me iba a dar tiempo y decidí tomar los guiones prestados de la realidad. Así iba a ser más fácil que se me ocurrieran ideas.

Le fui dedicando una historia a cada miembro de mi familia. Como era en inglés, pensaba que nunca lo verían y me solté. Pero lo vieron. Por supuesto, lo encontró uno de mis primos y directamente se lo envió a toda la familia. Tengo un tío que todavía está enfadado conmigo porque le puse de «oveja negra». Cada vez que me ve me pregunta por qué. El resto, en cambio, están muy orgullosos de que cuente historias sobre ellos. Soy muy cercana a mi familia, a mis tíos y tías, y también a mi abuela, que ya está muerta, la protagonista de La propiedad.

Cuando estaba escribiendo esa novela gráfica les preguntaba mucho por cosas, les pedía información, porque mi abuela ya había fallecido. Les hice como entrevistas a cada uno, porque sabían todas las anécdotas e historias que les había contado mi abuela. Cuando luego se vio que era un libro sobre Polonia y sobre la abuela, se quedaron muy decepcionados, porque pensaban que iba a ser sobre ellos.

Se enfadaron, además, porque le cambié el nombre a la abuela. Un primo mío, que sale en la historia, ya se refiere siempre a la abuela por su nombre en La propiedad. Mi tío y su hija me decían que no les gustaba cómo la había representado, que ella no era así, que ni siquiera era su nombre. Pero es que no era la historia de mi abuela, era una historia construida a partir de la personalidad de mi abuela. Y ellos: «Ya, pero es que no es ella».

¿Todas las familias judías son así?

Normalmente es así. Es un entorno muy pequeño. Si quieres huir de tus padres, tienes que dejar el país. No tienes ninguna excusa para no ir a una cena. Como mucho, puedes decir que tienes una hora de coche, pero eso no es una excusa válida. Sí, es algo cultural. No sé si del país o del judaísmo.

Mi otro cómic, Exit Bounds [editado en España como Metralla por Astiberri], tuvo traducciones muy diferentes en cada país. En Israel, que un hijo no tenga contacto con su padre durante dos años, como le pasa al protagonista, es algo completamente extremo. Cuando el personaje lo cuenta, es como wow, algo de verdad no está bien, algo falla. Pero en Estados Unidos, sin embargo, algo así no supone mayor problema. No es nada extraño. Es un problema, pero no es grave. Es distinto. Aquí, en ese contexto, no ver a tu padre en dos años es que algo va muy mal en esa familia.

En el blog del New York Times cuentas una historia sobre tu hijo, que quiere llevar falda.

Esto es muy interesante. Cuando lo escribí, primero, mi marido no quería que lo publicase. Tuve que tomar yo esa decisión. Y su postura era fuerte. Pasó todo hace diez años. Hoy en día creo que publicar algo así sería completamente distinto. Ha cambiado tanto todo que ahora, incluso, sería repetitivo.

Decidí hacerlo y el feedback que me llegó fue diverso. Algunas reacciones que recibí eran de apoyo, pero mucha gente se enfadó. Me decían que ese niño era transgénero y yo: «¡Venga ya! Si tiene tres años». No creo que hoy en día nadie dijese nada, sobre todo por su edad.

Hablas mucho de las reacciones de los lectores de ese blog.

Sobre todo me han impactado las reacciones a algunas historias. En general, lo que conté es cómo era la experiencia de tener tu primer hijo. Cómo cambia todo. Hubo capítulos por los que me llegaron muchas reacciones, como uno en que mi tía me ayuda con el embarazo, pero en realidad también se está metiendo en mi vida.

Luego, cuando conté cómo fue un viaje con mi padre a Nueva York, me escribieron muchas hijas, pero también padres. Uno me dijo: «Gracias por escribir esta historia, porque mi hija no me entiende. Yo quiero a mi hija, pero también quiero que coma bien». Era por esa preocupación que existe entre padres, hijos y la comida, esos padres que siempre están preocupados por lo que comen sus hijos o lo que no comen y no paran de hablar de eso. En las guarderías es el único tema de conversación, no sé si solo pasa en Israel, pero la comida es un tema obsesivo dentro de cualquier familia.

Como cuando tu abuela, cuando tienes treinta años, te sigue poniendo comida en el plato.

Exacto. Soy profesora de dibujo y un estudiante mío acaba de hacer un proyecto sobre este tema. En un ejercicio, en el que había que dibujar los momentos más valientes de tu vida, ilustró uno en el que fue a casa de su abuela y le dijo que no quería comer más [risas]. «Ya tengo suficiente abuela, no quiero más». Una proeza.

En War Rabbit hiciste periodismo en cómic, un reportaje sobre la guerra de Gaza en 2008.

El periodismo me gusta leerlo, pero no me gusta hacerlo. La ficción es mi herramienta. Internet está lleno de opiniones, hay millones. Por todas partes encuentras opiniones. Siento que yo no puedo añadir nada a eso. El periodismo es un intento de crear un punto de vista sobre algo y yo lo que quiero es contar una historia que hable de la vida, de la gente, de las cosas que veo. Expresar mi idea sobre el mundo, sobre la familia, pero no quiero crear opinión. Aparte, también importa aquí mi actitud personal, a mí me cuesta hasta decidirme cada día por lo que voy a comer. Y, encima, con asuntos de Israel, yo soy de ahí pero mi audiencia es de fuera. Eso lo complica todo.

Ese es otro problema que tengo. Cada vez que salgo fuera siento que la gente está esperando mis opiniones, que les explique la situación entre Israel y Palestina, que diga si estoy en contra o a favor del Gobierno, que exprese qué es lo que yo creo que debería hacerse… Necesitan que les dé la señal de que tengo una opinión correcta. Esperan que me posicione.

Y es verdad que estoy en contra del Gobierno de Israel y quiero una solución al conflicto, que no soy religiosa y no me importa tanto la tierra, pero no me gusta que me pongan en la posición de tener que gritarlo. Normalmente, de hecho, trato de evitarlo. La gente que lee mis libros entiende mi opinión, que no es que no la tenga, simplemente no me gusta expresarla de esa manera.

Con War Rabbit, un editor francés me dijo que estaba haciendo una antología sobre la guerra y me preguntó si quería participar haciendo cómics. Dije que no, que no era mi estilo. Estaba viviendo en Inglaterra por aquel entonces, me fui de vacaciones a Israel y estalló la guerra de Gaza. Me quedé en shock, a lo mejor porque vivía fuera, porque generalmente los israelíes estaban todos muy de acuerdo con que la guerra era buena. A mí me pareció tan estúpida…

La guerra es estúpida, no tiene sentido y no resuelve nada. Leí blogs y periódicos de fuera de Israel, vi cómo lo estaban describiendo todo y pensé que había sido un poco irresponsable por mi parte rechazar la oferta que me habían hecho. Intenté que fuese a mi manera, porque tampoco soy especialmente valiente. Conocía a un periodista de un café, de un bar de Tel Aviv, un profesional de la vieja escuela, sin miedo a nada. En mi opinión, porque algo no va bien en su cabeza [risas]. Queda con terroristas, se entrevista con ellos… sencillamente, no tiene ese chip en la cabeza que te hace sentir miedo.

Le pedí que me llevase al sur, él estaba familiarizado con lo que estaba pasando, pero puso la condición de que el cómic lo hiciéramos juntos. Fuimos al sur, por supuesto no pudimos ir a Gaza, pero estuvimos en la frontera y esas colinas. Había montones de equipos de televisión, periodistas, todos grabando las explosiones de las bombas y tal. Para mí eso fue una locura. Así que nos fuimos a un pequeño pueblo que está cerca de la frontera.

Allí vivía gente muy pobre. Cuando estuve en el ejército nos enviaban a este tipo de lugares, pero en el norte. Al final, en todos estos conflictos los que sufren son los pobres, que viven en estos sitios pequeños y no se pueden marchar porque, sencillamente, no tienen adónde ir. Trabajan en fábricas y los niños, cuando hay bombardeos, no tienen colegio, de modo que estaban todos sueltos y solos por ahí todo el día.

Fui con este periodista y nos pusimos a hablar con la gente. Aprendí mucho de mi compañero por cómo hacía las entrevistas, no tenía barreras a la hora de preguntar a la gente sobre todo. Habló con este niño sobre su conejo…

El conejo es real…

Todo pasó como lo hice en el cómic. Fuimos a un refugio, el periodista le preguntó al niño dónde estaban sus padres, este nos llevó a conocerlos. Normalmente, a estos niños nadie les presta atención, de modo que estaban encantados de que alguien le hiciera caso. Conocimos a sus padres y el periodista les hizo preguntas. Todas un poco absurdas. Decía: «—¿Dónde os conocisteis? —En la fábrica. —¿Fue amor a primera vista? ¿Y qué hacíais en la fábrica? —Empaquetar tomates. —¿Qué tipo de tomates, pequeños, grandes?».

Pregunta todos los detalles porque nunca sabes dónde vas a encontrar algo interesante. En ese sentido, fue una experiencia muy buena. Luego hice el cómic, pero no me gustó mucho. Fundamentalmente, porque no es 100% mío. Mi estilo es realista, el dibujo que hago también es muy realista. Por eso no me conviene contar historias demasiado realistas. Creo que queda un poco rígido.

Mi amigo es un gran periodista, me alegro de haber hecho esto, pero… es que no es mío. Añadí un poco de mi cosecha, pero quedó eso, la historia de un niño que quiere tener una granja de conejos y en un contexto de guerra en Gaza, de bombardeos, con las casas derruidas, en medio de ese gran desastre, él tiene su pequeño desastre personal porque se le ha escapado un conejo. Sueña con su granja e ir a ver al Manchester United y le cae encima todo eso.

Entonces, ¿has abandonado el género periodístico?

No diría que no voy a volver a hacerlo, porque no lo sé, pero ahora estoy en otra novela gráfica y, por cierto, me está matando. Me está tomando tanto tiempo que ya me da miedo decirlo, porque tengo miedo de no acabarla y de que al final no salga. Estoy escribiéndola y reescribiéndola una y otra vez. El argumento es un poco como el de Indiana Jones. Va sobre unos arqueólogos piratas que están excavando ilegalmente en el este de Israel.

Porque aquí hay un tema del que nadie habla, la antigua Israel, la histórica, no estaba donde se encuentra Tel Aviv y Haifa ahora mismo, sino al este. En esa zona, bajo tierra, se supone que está la ciudad antigua que demostraría que eso es Israel. La tragedia es que estamos en un territorio tan pequeño, peleándonos por un territorio aún más pequeño.

Para mí no sería problema que estos territorios sean para ellos. No tengo nada en contra, pero para estos religiosos que creen en el pasado, rendirse significa que no tenga sentido nada de lo que han hecho hasta ahora. Se preguntarán: ¿Entonces por qué estamos aquí? ¿Por qué hacemos todo esto? Si nos rendimos, pues mejor irnos a cualquier otro lado. Esta postura, aunque la entienda, muy dentro de mí no la entiendo.

La historia que cuento en este contexto es una aventura graciosa. Una mujer va a excavar debajo de la muralla en busca de no te voy a decir qué, porque lo que está buscando está justo detrás de la pared, y del otro lado los palestinos están también excavando. En definitiva, va sobre esta tierra tan pequeña, donde la pertenencia del territorio se superpone, depende de si es en la superficie o en las profundidades.

¿Y no sabes cuándo saldrá?

Tardará no menos de dos años. Y si son solo dos años, diré ¡yeah! Porque necesito todavía un mínimo de un año para acabar de dibujarlo. Es complicado porque hay muchos personajes. Hay una ventaja que tiene la ficción, me permite tener muchos personajes y que algunos digan barbaridades. Pueden representar muchos puntos de vista. Las diferentes opiniones que hay en Israel, pero también las que hay dentro de mí. Y gracias a que son personajes de ficción, pueden decir todo tipo de cosas horribles que yo nunca diría. Por eso me resulta tan divertido.

En La propiedad hablabas de un viaje a Polonia a recuperar bienes perdidos tras el Holocausto. ¿Qué opinas de la nueva ley polaca que persigue a quien relacione Polonia con el Holocausto?

No soy experta, pero cuando fui a Polonia ya vi que la relación entre los polacos y los judíos es muy complicada. Los judíos vivieron en Polonia ochocientos años, así que tuvo que ser uno de los mejores lugares que encontraron. De parte de mi madre, nuestros antepasados estaban en Portugal, en el siglo XV los expulsaron, con la Inquisición, y se fueron a Polonia. No sé si será cierto, al menos es la historia que cuenta mi familia.

A mi abuelo nunca lo conocí, pero a mi abuela sí. Él se vino a Israel en el año 34 y ella, que vivía al lado de la frontera con Alemania, lo hizo en el año 40, en cuanto empezó la ocupación. Vinieron con veinte y treinta años. Y nunca hablaron de Polonia. Nada. Tampoco hablaban nunca polaco. Mi padre, que llegó con ocho años, es más israelí que todos los israelíes. Ese pasado polaco fue borrado de nuestra familia.

Sin embargo, luego descubrí que no lo habían eliminado completamente. Por cuestiones culturales, ese pasado seguía ahí aunque no se lo mencionara. Mi abuela decía que no quería ni volver a Polonia porque todo ese país era un gran cementerio para ella. Cuando pensé en esta historia para un cómic, me di cuenta de que mi familia me la estaba sirviendo con un lacito. Recuerdo que se me ocurrió un día al irme a la cama, la historia de una abuela y su nieta yéndose a Polonia para recuperar una propiedad familiar. Al despertar, llamé a mi hermana, le pregunté qué le parecía y me dijo que iba a ser una historia excelente.

Me puse manos a la obra, pero no sabía nada de Polonia. Ni siquiera había visto fotos. Como mucho, las películas de Kieślowski. Así que me fui a Polonia, pero no quise mirar imágenes antes en Google. Quedé con gente mayor, también con gente joven, con artistas. Y no judíos, gente que no tuviera que ver con el Holocausto, porque ya sé suficiente sobre eso. Sé todo de los judíos polacos, me interesaba conocer a otra gente y escuchar sus historias.

Y, respondiendo a tu pregunta, lo que descubrí fue una cuestión complicada, los polacos tienen una historia sobre la guerra completamente distinta. Su historia es completamente diferente de lo que yo aprendí en el colegio, de las películas sobre el Holocausto y de las que contaba mi familia, que en resumen decían que los polacos eran peores que los nazis y que siempre hubo antisemitismo en Polonia.

Con los alemanes hemos llegado a la paz, se hicieron las paces muchos años después, pero se hicieron. Ahora tenemos una love story. Con excepciones, pero por lo general existe. Sin embargo, todavía estamos enfadados con los polacos, lo cual es extraño porque, aunque hubiese colaboradores de los nazis entre ellos, el Holocausto no fue cosa suya. Cuando fui a Polonia me encontré con que todos estaban en contra de los nazis, todos decían que nadie pudo hacer nada por los judíos y ellos fueron las mayores víctimas de la guerra. Lo cual sí que es cierto de alguna forma, pero para mis adentros, todo el rato, mientras hablaba con ellos, algo de mí quería saltar y decirles: «No, no, es que no lo sabes, no te han dicho la verdad, yo te la voy a contar».

Era una sensación, un impulso, muy fuerte. Pero al mismo tiempo entendí que lo que yo sé es lo que me habían contado a mí. De repente, tenía delante otra narrativa sobre los acontecimientos, empecé a leer y vi que las cosas sí que eran mucho más complicadas. Pero lo básico es que existen dos historias. Con los alemanes, no directamente después de la guerra, pero veinte o treinta años más tarde sí que llegamos a una misma historia sobre lo que había pasado. A lo mejor los detalles no eran tan parecidos, pero en general era el mismo relato: quién es el malo, quién es el bueno, quién dice lo siento, quién dice que vale, vamos a olvidarlo.

Si no hay una misma historia, es como cuando estás peleada con el novio, o con un amigo, si no puedes estar de acuerdo en qué es lo que ha pasado, a quién se puede culpar, es mucho más difícil resolver algo. Es mucho más fácil decir: «Fue hace mucho tiempo». Y continuar.

Con Palestina e Israel pasa lo mismo, la narrativa es muy distinta. Y los dos somos muy cabezones. Igual que los polacos. Los polacos, judíos y palestinos somos expertos en ser víctimas. Parece que parte de la cultura consiste en ser víctima. Y el victimismo creo que es una de las peores características de las personas. No puedes hacer absolutamente nada con el victimismo y ahora se ha puesto muy de moda ser víctima. Odio ese tipo de carácter, echar culpas no vale para nada, es inútil. La responsabilidad es mucho mejor que la culpa.

Con La propiedad lo que hice fue resolver este problema para mí, resolver el problema de los polacos y los judíos para mí misma. Para entenderlo y poder lidiar con él, hacer las paces. Por otro lado, me encontré con que ellos contaban que habían sufrido más, que durante sesenta años siguieron mal, arruinados, pero llegó a ser un poco irritante este discurso, encima con la ley que impide que se escuche nuestra parte de la historia. Entiendo que ellos tengan su visión y nosotros la nuestra, lo acepto. Es difícil para mí, pero soy liberal. Sin embargo, escuchar su historia sin poder contestar nada porque es ilegal…

En toda tu obra hay una mezcla de géneros, humor negro, tragicomedia…

Lo del humor negro en parte lo he contestado en la primera pregunta sobre el hospital. Cuando te enfrentas a este tipo de situaciones, no te queda otra. El humor negro es muy fuerte en Israel como herramienta para protegerte de la situación que estás viviendo. Aunque me temo que ahora estamos empezando a perderlo. Esta es una época en la que la gente es tan seria, tan prudente…

Gracias al humor puedes afrontar lo complicado y lo kitsch, es decir, a mí me gustan las historias de amor y las del Holocausto, los temas serios, pero son demasiado serios y al abordarlos puedes caer en lo kitsch si no empleas el humor. Te protege. Y gracias al humor puedes decir cosas muy serias. El humor es una cosa muy seria.

No sé cómo será en España, pero en Europa del Este a los escritores les gusta el humor, no creen que ser gracioso signifique que no eres serio. No obstante, existe ese prejuicio de que si eres gracioso significa que no eres serio o no te toman en serio. En realidad, para mí, meterme en ciertos temas sin humor es muy difícil. No puedo concebirlos sin humor. Siempre tiene que haber al menos un poquito.

¿Quiénes te inspiraron para hacer cómics?

De pequeña casi no leía cómics, a lo mejor un poco de Popeye o Tintín. Algo que viniera en alguna revista de niños. Tenía poco, pero todo lo que veía lo adoraba y me lo comía prácticamente. Mis padres estudiaron un par de años en Estados Unidos y mi madre trajo colecciones de cómics de paperback que se quedaron en nada. Tengo las páginas en bolsas de plástico porque de tanto verlos y copiarlos los desintegré, se gastaron por completo. Creo que amé los cómics desde el principio de forma natural.

Incluso siento una conexión con los dibujos que hacía de pequeña, con tres años, porque para mí dibujar siempre era contar historias. Ya de niña, cogía el papel en blanco y lo que dibujaba era una señora que conocía a una mujer y hacía una cosa, y tal y cual. Eran historias que me contaba a mí misma, con bocadillos y todo. Nunca pensé que eso pudiera convertirse en una profesión.

Fue mi manera natural de contar historias, incluso hoy en día para mí es difícil entender por qué la novela gráfica no está en la misma estantería que los libros. Porque para mí los cómics nunca fueron algo separado, yo al menos nunca los separé. Cuando me di cuenta de que era un género distinto no fue hasta que tuve veinte años.

Creo que tuve mucha suerte, porque cuando me empezó a interesar la novela gráfica fue a finales de los ochenta, cuando apareció Maus y me llegó Daniel Clowes. Yo no fui una pionera, pero empecé justo después de ellos, en un momento en el que iba subiendo. Y fue un momento temprano también para ser mujer en el cómic. Eso era guay en aquella época, ahora ha habido un gran cambio, hay tantas mujeres haciendo cómics que igual la proporción es 50%-50%. Y muchas de ellas son mujeres jóvenes, las veo por todas partes donde voy, en festivales, en convenciones. Hace veinte años no era así.

Siempre se ha vendido la imagen de que el aficionado a los cómics era un chico.

Pero a mí nunca me interesaron los cómics mainstream ni los temas que trataban. Ahora tampoco me atraen, aunque lo intento. Como artista de cómics creo que debería hacerlo, pero me cuesta. Todo ese rollo de superhéroes me parece muy aburrido. Lo mismo que los zombis, la ciencia ficción y los vampiros. Necesito que el tema que se trate me atraiga. Por otra parte, cuando un tema es bueno, el cómic es un medio idóneo para expresarse, es muy visual, tiene ventajas que la literatura no tiene. Ni siquiera las películas.

Sí, solo necesitas saber dibujar.

[Risas] A mí me sale fácil

El año pasado contaste en una presentación en Madrid el caso de una alumna tuya que había tenido problemas con un dibujo que hizo en clase, dijiste que te preocupaba la libertad de expresión.

Esto fue una experiencia muy mala. Creo que, en general, Israel no es un país fascista. Todavía se te permite decir casi todo. No creo que haya riesgos, pero el problema de nuestro tiempo ya no es el Gobierno, sino la gente. La sociedad está haciendo el trabajo del Gobierno. Ahora el problema de la libertad de expresión ya no es con el Gobierno, sino con la gente.

No quiero esconder que en Israel se pueden decir ciertas cosas sin ir a la cárcel y en Palestina no, pero en Israel tu vida puede ser muy miserable según lo que digas. Puedes perder tu trabajo, pero no por culpa del Gobierno. Es un tema muy amplio que no puedo explicar aquí, pero a mí lo que más miedo me da y me preocupa es la autocensura.

Muchas veces me sorprendo cuando escribo algo pensando: «Mmm… ¿Por qué voy a hacer esto?». Y no me gusta estar en una situación en la que me pregunto por qué hago las cosas. Me digo que no va a cambiar nada, pero es muy fácil decir eso de que no va a cambiar nada. En Israel, ese fenómeno es más grave que el trato que le dé el Gobierno a la libertad de expresión.

Lo que pasó en nuestro colegio hace un año más o menos fue en una clase de Photoshop en el departamento de Arte, con unos estudiantes de primer año en su primer semestre. La estudiante era una chica árabe de Jerusalén Este. Hicieron unos montajes horribles y el problema estuvo en que el  profesor decidió hacer un tipo de exposición, aunque no fue exposición de verdad. Porque sí que hay un sitio en el colegio para hacer exposiciones de verdad. Él puso estas fotos en el pasillo.

Esta chica hizo una parodia del póster de Obama, el famoso cartel en azul y rojo, y puso a Netanyahu con una soga. Una estupidez, pero no importa, porque era una estudiante y los estudiantes hacen ese tipo de trabajos. Tú, como profesor, les explicas que eso no se debe hacer y no pasa nada, porque el colegio debe ser un lugar seguro donde puedas equivocarte y no pase nada mientras no hagas daño a nadie, solo que aprendas por las reacciones que veas en el profesor o en la clase.

De hecho, si esto hubiera sucedido dentro de clase, no habría trascendido. Pero lo que pasó fue que, al estar colgado en el pasillo, alguien lo vio, porque pasaba por ahí, y lo metió en Facebook. A mí me lo enseñó el jefe de estudios antes, y le dije: «Los estudiantes son estúpidos». Si llego a saber que alguien lo iba a meter en redes, lo habría quitado yo misma.

En cuanto lo publicó, fue un boom. Algo impresionante, no te lo puedes ni creer. Y una vez que se hizo público era imposible explicarlo. Fue una traición a la niña, porque, si hubiera sabido que su trabajo iba a terminar en Facebook, lógicamente no habría hecho eso.

No obstante, fue muy bueno para el colegio en general. La gente pedía que nos cerrasen y la discusión a la que nos llevó fue muy productiva. De alguna forma, ha unido a todos los estudiantes y protegimos a la alumna. Esto fue positivo para el colegio, que además consiguió que viniera más gente.


La paz no va a pagarme el alquiler: Joe Sacco


Joe Sacco es un tipo bajito, con gafas y el pelo rapado que arrastra un bloc entre las ruinas de la miseria humana. Joe Sacco es dibujante de cómics pero esto es anecdótico. Lo suyo es contar historias con dibujos, sí, pero también con palabras, por lo que podemos considerarlo un periodista, que es mucho más de lo que se puede decir de algunos ―quizá demasiados― de los especímenes que pueblan páginas y tertulias en medios de comunicación tradicionales. Nacido en Malta en 1960, fueron los relatos de sus padres durante la Segunda Guerra Mundial ―la isla, entonces parte del Imperio Británico, fue duramente bombardeada por las fuerzas del Eje―, los que provocaron en él un temprano interés por las historias de guerra y ocupación. En 1981 se licenció en Periodismo en la Universidad de Oregón. Su deseo era convertirse en corresponsal. Periodista sí, pero también un apasionado de los cómics en un momento en el que el medio recoge los frutos de la revolución propiciada por una cultura underground que ya daba sus últimos coletazos y cuyo cronista de excepción había sido Robert Crumb.

El 23 de abril de 2012 se publicó en España Reportajes, una recopilación de trabajos inéditos que el autor maltés con nacionalidad estadounidense ha ido publicando en diversos medios convencionales ―The Guardian, Details, Times Magazine, Harper’s Magazine…―, en los que confirma que buena parte del mejor periodismo que se puede leer ―y ver― en los últimos años tiene forma de cómic.

Periodismo en cómic o cómic periodístico son etiquetas que pueden levantar ampollas en ciertos ambientes académicos europeos pero que están plenamente aceptadas al otro lado del Atlántico. Las obras de Joe Sacco, así como la de otros como Ted Rall, Patrick Chappatte, Keiji Nakazawa o Greg Cook por citar a algunos, se han convertido en objeto de estudio de las más prestigiosas universidades. No es baladí que el libro lleve por título original la voz inglesa Journalism despejando toda duda que el lector pudiera albergar al respecto. Pero ya saben cómo son los norteamericanos, entregados a eso que han dado en llamar estudios culturales, mientras los europeos preferimos gastar el tiempo en discusiones sobre el estado líquido del agua en la naturaleza.

Sus primeros trabajos vieron la luz bajo el paraguas autobiográfico propio del cómic alternativo heredero de cómix underground de la Norteamérica de los años sesenta y setenta. Todo cambiaría en los noventa. Entre 1993 y 1995 publica Palestina: en la franja de Gaza ―recopilada en un solo volumen en 2001 por Planeta―, donde plasma sus experiencias en unos Territorios Ocupados en los que sumergió durante dos meses. Aquella obra le proporcionó prestigio y algo nunca desdeñable: premios. En 1996 recibió el American Book Awards, reconocimiento asociado tradicionalmente a la literatura lo que de alguna manera une a Sacco con maestros del noveno arte como Art Spiegelman. Desde entonces, sus lápices han recorrido diversos escenarios. Desde la antigua Yugoslavia en Gorazde: zona protegida, El Mediador; de nuevo Palestina, Notas al pie de Gaza; pero también Irak, Chechenia, su Malta natal o la India, para llevar a cabo pequeños trabajos de encargo que son los que aparecen en Reportajes.

“Hago tebeos periodísticos porque es la mejor manera de unir mis dos pasiones: los cómics y el periodismo. No tengo ninguna teoría que me permita explicarlo. Sencillamente, siempre me he interesado por la actualidad, y a veces, suceden cosas en el mundo que me impelen a hacer algo al respecto. Y lo más útil que se me ocurre es ir allí e informar de qué es exactamente eso que está pasando. Creo que los cómics son un medio estupendo de presentar información compleja. Los tebeos son un medio popular, y me gusta el modo en el que consiguen que haya gente que lea cosas que ignorarían normalmente en cualquier otro medio”.1

En un momento en el que periodismo parece haber perdido la batalla frente a la inmediatez Sacco se mueve en el terreno sin la urgencia de la hora de cierre. Inmerso en la promoción de Reportajes confesaba: “Los lectores tienen hambre de algo con un poco más de sustancia. Creo que estamos dando menos a los lectores por culpa de intentar perseguir la actualización hora a hora. Quieren algo más que ese minuto a minuto”. Por eso cuando le interesa un acontecimiento, se mete de lleno en él. Su camino es lento, a veces tedioso pero no es difícil rastrear en sus historias algunos de los resortes de lo que un día los norteamericanos denominaron Nuevo Periodismo.

El mejor ejemplo de su quehacer hasta la fecha es Notas al pie de Gaza (2009). Una obra larga, 388 páginas y casi un millar de viñetas convertidas en un ejercicio de periodismo de investigación con el fin de reconstruir una matanza de civiles palestinos ocurrida en 1956 y que la Historia oficial ha relegado a una simple nota al pie de página. El libro será llevado al cine por Denis Villenueve, quien ya adaptó Incendies, la pieza teatral de Wajdi Mouawad.

Ficción, realidad, hechos, periodismo

Por su naturaleza conformadora de relatos, el periodismo se ha mezclado con otras modalidades discursivas. Literatura y periodismo se han alimentado mutuamente desde siempre hasta el punto de tener caminos entrelazados. Será en Estados Unidos, especialmente a mediados del siglo XX, donde las representaciones de lo real y lo imaginario, lo ficticio y lo no ficticio, se abracen en una forma que algunos llamaron Nuevo Periodismo.

En el proceso de ficcionalizar los hechos ―pidamos aquí una suerte de bula para dejar a un lado a puristas y demás académicos de cuchillos afilados―, los nuevos periodistas centraron su atención en su papel como mediadores. Más allá de ejercer de filtradores, forzaron a los lectores a considerar la idea de que la verdad nunca es objetiva y que los hechos, por sí solos, no necesariamente revelan la naturaleza de un evento de la forma más adecuada.

Hay en esta posición un poderoso trasfondo político. El modelo periodístico imperante estaba ―entonces como ahora―, alineado con el poder establecido, de ahí la fuerte controversia inicial creada por los escritores del Nuevo Periodismo en sus textos. Hoy, trabajos herederos de aquel en sus muy distintas denominaciones pueblan las estanterías de cualquier librería. Ya no nos referimos a estos títulos bajo esta etiqueta, simplemente como literatura de no ficción o, más concretamente, crónica, un género netamente periodístico que parece hoy vivir una primavera editorial.

El cómic, como medio independiente también ha sufrido su propia evolución. Con unos orígenes sellados a fuego en el desarrollo de la prensa como industria cultural de masas, solo era cuestión de tiempo que cómic y periodismo volvieran a unir sus caminos. Memorias, narrativas documentales, hechos, texto e imagen se funden hoy para dar lugar a un subgénero nuevo dentro del cómic, el cómic-periodismo o periodístico. Basta con acudir a cualquier librería especializada para darse cuenta de que no pocos autores se han dedicado a producir reportajes demostrando las cualidades de las viñetas para explotar y enriquecer el variado menú de literatura periodística. Joe Sacco es el más destacado de ellos.

La razón de esta unión es sencilla. El cómic convierte imágenes detenidas en secuencia, proporcionándoles movimiento y posibilidad de cambio con una intención determinada. Así, el cómic realizado por Sacco aporta un significado mucho más amplio y duradero que el fotoperiodismo, cuya imagen está congelada en el tiempo y en el espacio puesto que los medios de comunicación tradicionales no acostumbran a editar series de fotografías de una misma historia. En el prólogo a Reportajes, Sacco se pregunta si los dibujos pueden aspirar a lo que los puristas denominan “la verdad objetiva”. Su respuesta es afirmativa, y lo argumenta:

“Los dibujos son interpretaciones incluso cuando constituyen serviles representaciones fotográficas, generalmente entendidas como captaciones literales de algo real. Pero en un dibujo no hay nada literal. Un dibujante de cómics ensambla elementos deliberadamente y los coloca con intención en una página (…). Esta elección coloca al cómic en un medio inherentemente subjetivo. (…) Un escritor puede describir alegremente un convoy de vehículos de la ONU como ‘un convoy de vehículos de la ONU’ y continuar con su relato. Un periodista de cómic tiene que dibujar un convoy de vehículos y esto conlleva muchas cuestiones. ¿Qué aspecto tienen esos vehículos? ¿Qué aspecto tienen los uniformes de las dotaciones de la ONU? ¿Qué aspecto tiene la carretera? ¿Y las montañas que la rodean?”.

Sacco pone en entredicho los prejuicios que tenemos hacia la figura de un dibujante de cómics que dice hacer periodismo. Unos prejuicios que, por norma general, desaparecen cuando nos colocamos delante de una crónica en un periódico en la que el lector da por hecho los detalles que en ella se relatan, aunque se desprendan más interrogantes que respuestas, por no hablar directamente de blancos informativos. El detallismo de una imagen, por la propia naturaleza del relato periodístico convencional, desaparece del texto de los periódicos.

¿Nuevo? Periodismo

Es lugar común atribuir a Tom Wolfe cierta dosis de paternidad sobre el Nuevo Periodismo si bien solo sería necesario escarbar un poco para encontrar nombres y obras que comparten algunos de sus supuestos postulados genéricos.2 En una suerte de obra fundacional del género que tituló inequívocamente El Nuevo Periodismo (1973), Wolfe dice desconocer quién concibió una etiqueta que, por otro lado, confiesa que jamás le ha gustado. Más tarde, el hombre del eterno traje blanco adjudicaría el invento a un colega de profesión y elegancia en su forma de vestir: Guy Talese.

Sea quien fuera el padre de la criatura esta surge en los convulsos años sesenta y lo hace como consecuencia de los cambios radicales experimentados por la sociedad de la época y la insuficiencia de las formas discursivas tradicionales para retratarlos. La aproximación a los hechos de forma anónima, mecánica y supuestamente objetiva del periodismo tradicional comenzó a ser denunciada en los escritos de algunos jóvenes periodistas, provocando que el llamado advocacy journalism o periodismo militante se fuera abriendo paso en redacciones como la del Herald Tribune y, especialmente, en revistas como Esquire.

A lo anterior habría que sumar cierta dosis de crisis creativa: cómo representar coherentemente una realidad que había perdido la coherencia de antaño. Wolfe se refería en su libro a la composición de un reportaje que había escrito en 1965 por encargo del New York Herald Tribune sobre una convención automovilística. El autor llegó a escribir dos versiones de la misma historia3. La primera respondiendo a lo que se esperaba de un texto al uso, y la segunda dando rienda suelta a su instinto. En el proceso, dice Wolfe, descubrió que “había algo ‘nuevo’ en periodismo”:

“Lo que me interesó no fue solo el descubrimiento de que era posible escribir artículos muy fieles a la realidad empleando técnicas habitualmente propias de la novela y el cuento. Era eso… y más. Era el descubrimiento de que en un artículo, en periodismo, se podía recurrir a cualquier artificio literario, desde los tradicionales dialogismos del ensayo, hasta el monólogo interior y emplear muchos géneros diferentes o, dentro de un espacio relativamente breve… para provocar al lector de forma a la vez intelectual y emotiva”.

El reportaje es el género periodístico que más libertad otorga al redactor y que goza de mayor prestigio, sin embargo no siempre fue así. A mediados del siglo pasado en la prensa norteamericana el reportaje, según Wolf, era “un artículo que cayese fuera de la categoría de noticia propiamente dicha”. Lo incluía todo y sus autores eran poco menos que seres marginales en el ya extraño ecosistema de las redacciones. “Los redactores guardan sus lágrimas para los reporteros de guerra. En cuanto a los que escriben reportajes… cuanto menos se hable, mejor”, escenifica el autor de La hoguera de las vanidades.

El destino manifiesto de los autores de reportajes no era otro que perseguir esa gran ballena blanca que es La Gran Novela Americana. En el mundo de Wolfe “no había sitio para el periodista, a menos que asumiese el papel del aspirante a escritor o de simple cortesano de los grandes”. El “descubrimiento” de un periodismo que se podía escribir con elementos de novela y leerse como el género rey hizo que esa ballena blanca estuviese más cerca de los arpones que nunca.

Frente la querencia por la frialdad de los hechos convertidos en palabras desnudas de todo sentimiento en pro de la pretendida objetividad de la prensa tradicional, los escritores del Nuevo Periodismo dan un vuelco a la norma: considerar al periodismo como fuente de objetividad es un error de grado. Si en torno a la naturaleza de la Historia, Hyden White (1992) estableció que los hechos, una vez convertidos en discurso no equivalen a verdad pues existe un proceso de interpretación a través de un punto de vista determinado; los nuevos periodistas, aun operando con una base real emplean elementos propios de la literatura en sus obras sin por ello perder un ápice de honestidad: yo estaba allí y esta es solo mi visión. “En última instancia ―escribe Sacco en Reportajes―, un dibujo refleja la visión de cada dibujante individual”, pero no por ello deja de ser veraz y fiel a una realidad determinada.

El periodista entre viñetas

La presencia del periodista en el cómic se rastrea casi desde sus inicios. Clark Kent, álter ego de Superman (1934) ejercía el oficio cuando no se enfundaba el traje azul para salvar al mundo. Spiderman (1962), otro de los iconos de los cómics de superhéroes, era fotógrafo de prensa. Un ejemplo clásico de la representación de la profesión en el cómic es Tintín aunque el personaje de Hergé solo aparece ejerciendo explícitamente la profesión en el primer número de la serie, Tintín y los soviets (1929). Dos ejemplos recientes y muy interesantes de periodistas como protagonistas de un cómic son las series Transmetropolitan (Warren Ellis) y DMZ (Brian Wood y Riccardo Burchielli), ambas publicadas en por DC bajo su sello para adultos Vértigo. El protagonista de la primera es Spider Jerusalem sádico cronista de La Ciudad, trasunto de una Nueva York futurista y decadente a partes iguales. Detrás de Jerusalem no es difícil rastrear el escandaloso rastro dejado por Hunter S. Thompson, padre del llamado Periodismo Gonzo. El segundo título narra las aventuras de Matthew Roth, un joven becario que accidentalmente se convierte en corresponsal de guerra al verse atrapado en la zona desmilitarizada (Nueva York) de unos Estados Unidos convulsionados por una segunda guerra civil.

Si en estos dos últimos títulos vemos que la autorreferencialidad constituye una parte importante de las tramas (ficticias), será en el cómic periodístico de Joe Sacco donde esta pase a ser norma, en una actitud heredada de las obras del Nuevo Periodismo:

“Como siempre, me dibujo en mis planchas. Los lectores entienden así que lo que ven es mi punto de vista personal. Estudié periodismo, pero creo que la objetividad es una ilusión. Cuando preparamos un reportaje seleccionamos el material. No soy objetivo, pero sí trato de ser honesto. Por eso entro en la escena, es mi manera de aclarar que soy filtro y lupa de la historia”.4

Cuando Norman Mailer publicó en 1968 Los ejércitos de la noche —crónica de la marcha pacifista en protesta contra la guerra de Vietnam hacia el Pentágono que tuvo lugar el 21 de octubre de 1967—, la subtituló como La historia como novela, la novela como historia. El genio de Nueva Jersey puso de manifiesto la relación entre lo novelado y lo histórico pero también el carácter testimonial de la crónica periodística. Como si quisiera comprobar las tesis de White acerca de la Historia, Mailer demuestra que el periodismo también puede ser auténtico (veraz) y subjetivo al mismo tiempo. La diferencia entre los textos de este Nuevo Periodismo y la Historia radica, desde este punto de vista, en que la segunda tiende a producir un discurso oficial de igual forma que la mayoría de los medios, frente a un discurso-otro, propio de los nuevos periodistas. Un paso más allá se situará John Hollowell (1977) al insistir en que el trabajo de los periodistas consiste en “revelar la historia escondida bajo la superficie de los hechos”, cuando no desdeñar directamente la historia oficial siendo abiertamente críticos con los poderosos intereses que controlan la comunicación informativa.

El gran ejemplo en este sentido es Despachos de Guerra, la escalofriante crónica de la Guerra de Vietnam escrita por Michael Herr en 1977 que marcó a toda una generación de norteamericanos y cambió, por así decirlo, no solo el modo en el que Estados Unidos afrontaría sus conflictos futuros, sino también cómo estos habían de ser cubiertos. Despachos es la contestación a los comunicados oficiales de prensa y al reportaje conservador de los años sesenta y setenta. Más que relatar la guerra misma, Herr narró cómo le afectaba esta a él y a los que estaban a su alrededor. El resultado fue una pintura expresionista de los horrores que puede provocar el ser humano.

La mirada de Herr es de alguna manera la de Sacco, especialmente cuando la posa sobre el conflicto palestino, escenario sobre el que se mueve como pez en el agua.5 El cómic periodístico de Sacco sigue la senda de poner en duda el discurso establecido. Notas al pie de Gaza comienza precisamente con una reflexión acerca de los discursos oficiales y la Historia hasta el punto de que la obra se lee como un contradiscurso en su totalidad:

“Esta es la historia de unas notas a pie de página de un incidente secundario de una guerra olvidada. De una guerra que, en 1956, enfrentó a Egipto y la extraña alianza de Gran Bretaña, Francia e Israel. El incidente secundario son los ataques y contraataques a lo largo de la frontera de Gaza, entre guerrillas palestinas y fuerzas israelíes. Y las notas a pie de página… Bueno, tal como suele pasar, esas notas al margen quedaron relegadas, en equilibrio precario, al final de las páginas de la Historia. La Historia puede prescindir de las notas a pie de página. Las notas a pie de página son, en el mejor de los casos, innecesarias; y en el peor desvirtúan la parte importante del relato. De vez en cuando al aparecer nuevas ediciones, más genéricas y racionalizadas, la Historia suprime completamente muchas de esas notas. La Historia tiene llenas las manos. No puede evitar generar páginas cada hora, cada minuto. La Historia se atraganta con sucesos recientes y engulle tantos de los antiguos como puede. ¿La guerra de 1956? ¿Qué?” (pp. 8 y 9).

A lo largo de dos páginas, Sacco mezcla tiempos y episodios para conformar un relato revelador. Constantemente repite la expresión “notas al pie” para referirse a los pequeños sucesos que escapan a la Historia oficial. Contra esta dispone su trabajo, reconstruir la matanza de más de un centenar de palestinos a manos del Ejército israelí en la ciudad palestina de Kahn Younis en 1956. Actitudes semejantes pueden ser rastreadas en otros de los títulos de este autor. En Gorazde, por ejemplo, Sacco se refiere a la actuación de las tropas de la ONU diseminadas por Bosnia para proteger a la población civil. Los cascos azules fracasaron completamente en esta tarea por los intereses políticos del momento. Lo sucedido en Srebrenica es el ejemplo más evidente cuando en julio de 1995 los serbobosnios masacraron a unos 8.000 musulmanes ante la pasividad de las tropas holandesas, que previamente habían declarado la zona como “segura”.

En Palestina, Sacco también se sumerge en el discurso que permanece fuera de las grandes cadenas de noticias. Su mirada sobre los peligros de la Historia oficial es especialmente afilada en el capítulo “Hacerse con la película” (127, 128, 129, 130, 132). Sacco da cuenta de un nuevo enfrentamiento entre colonos israelíes y árabes el día anterior en Hebrón, durante el que resultan heridos a causa de disparos israelíes cuatro palestinos. Sacco, periodista, decide investigar cuaderno en mano el suceso y recaba multitud de testimonios sobre lo ocurrido: discernir entre ellos el más cercano a la verdad de lo acontecido es el trabajo del periodista.

Sacco da por buena la versión a cargo de un testigo ocular del enfrentamiento (132). La introducción de este testigo aparece en la última viñeta de la página anterior mediante un primer plano de su rostro para que inmediatamente comience a narrar lo que vio. Su relato se desarrolla en la página siguiente, dividida en dos partes. La primera está constituida por la recreación pictórica de Sacco y la narración (en las cajas) del propio testigo, que desaparece del plano hasta la cuarta viñeta.

En la mitad inferior de la página, Sacco ejerce de conciencia crítica: “De esta manera podemos añadirle otra línea a nuestra desdichada lista… (Sic) Ha habido más ojo por ojo en Hebrón, y supongo que no tardará mucho en haber diente por diente otra vez… (Sic)” (132). A continuación introduce un recorte de prensa del día siguiente aparecido en The Jerusalem Post, periódico israelí en inglés, en la que el autor se hace con “otra versión” del tiroteo. Obviamente, desde el punto de vista israelí en la que los colonos solo abrieron fuego para defenderse “de árabes desarmados”.

Sacco contrapone sus ilustraciones (basadas en el testimonio palestino) a la noticia impresa. Con ello pretende constatar no solo cómo la verdad de un acontecimiento depende de la perspectiva desde dónde se cuente sino de quién lo cuente. No obstante, deja clara la versión que más se acerca a la realidad con el primer plano del testigo mirando al lector a los ojos, mientras que la noticia de prensa aparece como un recorte circunstancial, un fragmento inconcluso de una realidad mucho más complicada. “Si hay dos versiones o más versiones de un suceso ―explica el propio Sacco en el prólogo de Reportajes―, el periodista tiene que investigar y considerar cada afirmación, pero en última instancia el periodista tiene que llegar al fondo de cada versión, independientemente de quien la sostiene. El periodismo tiene que tanto que ver con ‘lo que dijeron que vieron’ como con ‘lo que yo mismo vi’. El periodista debe empeñarse en descubrir qué pasa y contarlo, no castrar la verdad en nombre de la neutralidad”.

En el tiempo de la inmediatez informativa y el consumo masivo de noticias sorprende el detallismo de Sacco al relatar lo que es un simple (uno de tantos) grano de arena en ese mar que es el conflicto palestino. Pero es así porque Sacco dispone del tiempo necesario para contar sus historias de guerra mediante la exposición de la vida de las personas que la sufren. Así lo supo ver el desaparecido Edward Said cuando, en el prólogo a la edición de Palestina, escribió:

“Aquí lo que tenemos, no obstante, es lo que ven los ojos y manera de ser de un sempiterno joven estadounidense de aspecto modesto y con el pelo cortado al rape que ha acabado paseándose por un mundo poco familiar y nada hospitalario de ocupación militar, arrestos arbitrarios, experiencias horribles de casas derruidas y tierras expropiadas, torturas (‘presiones moderadas’) y pura fuerza bruta aplicada con generosidad cuando no con crueldad […] y a cuya merced viven los palestinos cotidianamente, hora tras hora”.

Como escritor, Sacco crea una falsa apariencia de ficción sobre el material que le proporcionarán sus fuentes o su propia experiencia. Ello no implica que, al igual que los autores del Nuevo Periodismo, el dibujante tire de su propia imaginación para recrear ciertas escenas: 

“Hago decenas de entrevistas, como cualquier periodista. Sin embargo, lo que necesito son sugestiones visuales, así que a veces planteo a mis fuentes preguntas muy raras, del tipo: ¿cómo ibas vestido? No paro de tomar fotos de los mismos detalles: un coche, una casa; a la hora de representarlo no quiero inventar nada. Dibujo solo cuando no es recomendable sacar la cámara, en los check point, por ejemplo. Los soldados israelíes no agradecen las fotos, entonces esbozo con el bolígrafo. Cada vez que cruzo voy añadiendo detalles”.6

Todo acto de escritura exige un proceso mental previo, por lo que el periodista interpreta los hechos y procede a una discriminación sobre el material del que dispone. “Primero paso las grabaciones y ordeno todo mi material. Tardé tres meses para Notas. Luego, por fin, arranco. Sin esperar. No quiero que se me vaya de la boca el sabor de las historias”, indica Sacco sin perder de vista lo que John Hersey denominaba la sagrada regla del periodismo: “el escritor no debe inventar. La leyenda debe ser: NADA DE ESTO HA SIDO INVENTADO (Sic)”.

Modus operandi

Frente al novelista que crea un universo a su medida, Sacco se encuentra con un mundo con unas reglas de funcionamiento que le son ajenas. Por eso, en ocasiones, se muestra desorientado y hace partícipes a los lectores reforzando la sensación de realidad que no puede ser dominada por el autor.

En El Nuevo Periodismo, Wolfe perfilaba un cuarteto de recursos técnicos que conforman el texto neoperiodístico y que asociaba con los escritores realistas decimonónicos. La escena, el diálogo, la descripción significativa, y la perspectiva aportan a la noticia, según Wolfe, esa nueva dimensión de la que carecía con anterioridad. Todos y cada uno de ellos están presentes en las obras de Sacco, que desarrolla todas las estrategias propias de la narrativa secuencial al mismo tiempo que comparte una serie de rasgos con los escritores de no-ficción creativa. El primero es el de convertir a las personas en personajes sobre cuyos testimonio e informaciones edifica el armazón de sus obras. Lo suyo ya no es una mera narración, sino escenificaciones actuadas de la información recogida por el periodista, donde la caracterización, las conversaciones y la ambientación añaden una magnitud humana frecuentemente olvidada por el periodismo tradicional. De esta forma, las tradicionales cinco W del periodismo —dónde, cuándo, cómo, quién y por qué— aparecen manipuladas de forma que el centro de la historia recae en las narraciones e intervenciones de los seres humanos convertidos en personajes. En Sacco la acción siempre es una recreación dada por el relato de los testimonios que él, en ocasiones, se ocupa de transformar en imágenes.

Nada más comenzar el capítulo octavo de Palestina, Sacco reflexiona en una evocadora página doble sobre la tarea que se trae entre manos. De un solo plumazo traslada al lector de la desolación y la miseria que rodea a los habitantes de esa esquina inmunda del planeta. Esta labor de contextualización se traduce, por ejemplo, en el detallismo de sus dibujos. Se trata de un ambiente en que los seres humanos solo son marionetas en manos de otros. Así podemos entender el paseo por el campo de Yabalia acompañado de Sameh, fuera de la óptica de las visitas concertadas por las misiones de Naciones Unidas. Con su guía conocerá de primera mano cómo es la vida en los campos. “Sabe por qué estoy aquí ―dice Sacco―, sabe que mi tiempo es limitado, que quiero historias reales, descripciones vívidas, los detalles, tío, el cómic es un medio visual… (Sic) ¿Cuántos soldados? ¿Cómo te golpearon? ¿Y luego qué pasó? Me ayuda a hacer hablar a la gente que entrevisto” (p. 219).

En sus obras se suceden una amplia gama de fuentes. Desde aquellas que, como víctimas, son partidarias de ofrecer sus testimonios ―fuentes ávidas―; hasta las resistentes, que prefieren no darlo a causa del dolor que soportan. Estas últimas están muy presentes en El Mediador, obra que supone un regreso de Sacco al escenario del conflicto de la antigua Yugoslavia años después de que este haya finalizado y donde los personajes que por ella pululan prefieren pasar página para cicatrizar sus heridas.

Si bien la mayor parte de las fuentes consultadas por Sacco son las víctimas, también aparecen las institucionales: desde Warren Christopher, secretario de Estados Unidos entre 1993 e 1997; Ratko Mladic, máxima autoridad del ejército serbobosnio y hoy acusado de crímenes de guerra por el TPI de La Haya como responsable de la matanza de Srebrenica; teniente Janvier, de los Cascos Azules de la ONU y responsable de las zonas de seguridad en Bosnia; hasta Bill Clinton, presidente de Estados Unidos; pasando por Theodor Herlz, fundador del sionismo moderno, Ben Gurion, primer ministro de Israel entre 1948-1954 y nuevamente entre 1955-1963; o Golda Meir, primera ministra israelí entre 1969 y 1974.

Más allá de recoger testimonios, el trabajo del Sacco periodista es ponerlos en duda huyendo de maniqueísmos. Neven, el personaje central de El Mediador es un buen ejemplo de ello. Soldado, mercenario, conseguidor, traductor, es uno de esos oscuros personajes con los que los reporteros de guerra trabajan en zonas de conflicto. Sacco duda en no pocas ocasiones del testimonio que le está ofreciendo su fuente y, en ocasiones, hace notar al lector la incomodidad que le produce su presencia. Desde el principio lo presenta como un criminal: un serbio que luchó en las secciones paramilitares que alimentaban las defensas musulmanas. Sus historias y recuerdos sostienen el libro sin que por ello, Sacco deje de advertir al lector de que conviene poner todo en cuarentena: “Ponte en mi pellejo: acabas de llegar al gran asedio… (Sic) Todavía te castañean los dientes a causa de la vuelta en un vehículo por el monte Ingman… (Sic) Y alguien te acaba de indicar un camino en medio de un silencio horrible… (Sic)” (p. 11).

Nadie es de fiar y Neven mucho menos, como se desprende al cotejar sus historias con las de otros excombatientes (pp. 59, 60, 61, 62). Con ello, Sacco no hace sino mostrar al lector la dificultad de trabajar en base a testimonios: “Querido lector, ponte en mi pellejo… Recuerdas al tipo de combatientes salerosos que saludaban a Neven por la calle… Recuerdas también lo que la gente decía a tu alrededor […]” (p. 62).

Desde el punto de vista formal, Sacco repite las técnicas propias de la literatura de testimonio, subgénero nacido en América Latina en la década de los sesenta como vehículo de la ideología izquierdista para denunciar las violaciones de los derechos humanos provocados por las dictaduras militares. Sus libros ―especialmente los de mayor extensión― más que dividirse en capítulos son una sucesión de episodios que representan pedazos de memoria que el lector debe enlazar para poder abarcar la totalidad de la historia. Así encontramos una sucesión de testimonios de víctimas, civiles la mayoría, resultado de unos conflictos armados en los que su papel es el de ser simples peones en un tablero de ajedrez mucho más amplio. Todo ello puede llegar a constituir un modo de actuar hasta cierto punto tedioso y que el propio autor se ocupa de resaltar en Palestina al confesar su cansancio por “hacer siempre lo mismo”: llegar a una casa, participar en la ceremonia del té y disponerse a escuchar un nuevo drama personal donde se juntan torturas, parientes muertos y derribos de casas.

En una larga secuencia de Palestina se recrean las fases del interrogatorio israelí sobre los detenidos palestinos a partir del relato de un testimonio. Bajo el título irónico de “Presión moderada”, como denominan las autoridades hebreas a este tipo de procedimiento, Sacco dispone una sucesión de pequeñas viñetas en las que la conjunción de claroscuros consigue trasladar al lector la sensación de desamparo e indefensión de la víctima ante las autoridades encargadas de sacar información aunque no haya nada más que miedo.

La tribu

Si Sacco posa su mirada sobre el modus operandi de la profesión periodística no escurre por un momento sus miserias. En El Mediador se sitúa una escena especialmente llamativa a este respecto. Una vez más, Neven es protagonista y aparece acompañado de un periodista alemán al que ha ayudado a realizar un reportaje para una revista titulado «Vida nocturna en Sarajevo». Sacco observa la revista: «Hay una foto de una pelea de perros… (Sic) Una prostituta con las tetas y el coño en primer plano… (Sic)»; y, acto seguido, mantiene un diálogo esclarecedor con su colega alemán:

Sacco: ¿Cómo conseguiste esta foto?

Periodista: Neven lo arregló.

Sacco: ¿Pagaste por esto?

Periodista: Sí… Sé que no es la mejor manera…

Sacco: No insinúo nada. (p. 60)

La pregunta de si es ético o no conseguir reportajes previo pago es algo a lo que debe responder el lector.

Aunque su intención es “poner cara a las víctimas” como vía para involucrar a la opinión pública, no esconde su amargura al toparse con el olvido a la que estas están abocadas. El comienzo de Notas no puede ser más elocuente. De vuelta en Khan Younis, el autor se encuentra con amigos y colegas periodistas (p. 4), va a un bar frecuentado por la profesión y en apenas página y media llena de cinismo explica las sensaciones de aquellos que narran el conflicto a diario. Habla Sacco: “Están todos sacudiéndose el polvo de la jornada de trabajo, se toman el primer trago de la noche y charlan con el palique enrevesado de veteranos y gacetilleros”. A continuación, una viñeta estrecha y horizontal con las bocas de los presentes escupiendo palabras al aire: “¿Dónde has estado hoy? ¿Hebrón? ¿La emboscada? ¿Cuántos muertos? ¿Cómo afectará esto a… (Sic)?” (p. 4). Y de ahí a la siguiente página, donde alguien llama a la camarera para pedirle un menú que se acabará desplegando en una nueva viñeta horizontal en la que una carta desdoblada ofrece a los comensales un autobús en llamas, un coche ardiendo y un tanque disparando. Sobre las ilustraciones, de nuevo la voz crítica del autor:

“¡Bombardeos! ¡Asesinatos! ¡Incursiones! Podrían presentar hoy la noticia de hace un mes ―o del año pasado en realidad―, y ¿quién notaría la diferencia? Han exprimido cada palabra posible de la segunda intifada, han fotografiado a cada madre que gemía, han citado las mentiras de cada portavoz, han detallado cada humillación… ¿Y qué?” (Notas, 5).

En ese “¿Y qué?” final está encerrado gran parte del sentido de los libros de Sacco. No importa lo que suceda, nada cambiará en la espiral de silencio ―o ruido―, en que los grandes medios han convertido los conflictos que a nadie interesa resolver. Los dardos de Sacco apuntan a la comunidad internacional en general pero también a la labor de sus informadores. “No estoy aquí para mediar y aceptémoslo. Mi cómic arrebatador depende del conflicto. La paz no va a pagarme el alquiler”, admite no sin cierta amargura en Palestina (p. 76).

Siguiendo las pautas del Nuevo Periodismo, el autor desarrolla en sus obras un espectacular trabajo de ambientación. La atmósfera en la que viven las víctimas de los conflictos armados es fundamental para llegar a comprender su naturaleza. De ahí el detallismo de sus dibujos, ruidosos y expresivos, especialmente en las páginas que dan apertura a las historias. El grafismo de Joe Sacco radicalmente la estética underground del cómic de los sesenta y setenta y especialmente al lápiz del gran pope, Robert Crumb, cuya influencia ha sido reconocida por el propio autor7.

Al comienzo de Palestina, Sacco perfila en cuatro detalles un retrato certero de El Cairo. Paso obligado antes de llegar a Gaza además de ser Egipto “agente imprescindible” en la región, en sus calles bulliciosas se encuentra de todo: desde el antisemita visceral, hasta aquel que, interesadamente, es ajeno al estallido de las bombas al otro lado de la frontera. Si el propio Egipto vive esta con normalidad bulliciosa no cabe nada que aguardar de un Occidente acostumbrado a una espiral de violencia en la que la intensidad es la única novedad. Como siempre, el Sacco periodista permanece en un segundo plano, testigo impenitente.

El de Sacco es un trabajo periodístico y por tanto no se olvida de los antecedentes y la historia, lo que deja patente en las páginas de su cómic. El origen de un conflicto contradictorio. El juego israelí en torno a la palabra “retorno” y la posibilidad de cualquier judío del mundo de obtener la nacionalidad israelí si quiere establecerse en su tierra prometida es la justificación sionista para la creación del Estado. Un contexto recogido en Palestina, como en otras obras, por medio de testimonios directos, Dave, Mary Ann, judíos de Nueva York y Argentina respectivamente, que defienden el derecho judío a la tierra “de sus antepasados”. Sin olvidar su condición de intérprete del conflicto, Sacco destaca la contradicción inmanente en esta interpretación. La creación de un Estado, Israel, conlleva la destrucción de lo anterior, Palestina. Para ello cambia su modo de contar la historia y opta por un capítulo casi exclusivamente narrativo con el ilustrativo título de “Retorno” (pp. 11, 12, 13, 14, 15) en el que coloca al lector en una suerte de punto de partida para entender que vendría después.

En otras ocasiones las explicaciones de antecedentes y contextos vienen de la mano de un habilidoso uso de los recursos de la narración gráfica, tal y como ya había hecho Spiegelman para detallar el funcionamiento de los campos de concentración o de los escondites judíos. En este caso, el uso de mapas y diagramas orientativos aparecen superpuestos sobre o al lado de ilustraciones y textos, al igual que Spiegelman dibujó en su día el funcionamiento de los campos de concentración nazis.

Por último cabe señalar otra de las características más reveladoras en cuanto a la naturaleza periodística de las obras de Sacco. Esta viene dada por el juego de contrarios. Si una de las limitaciones del periodismo es la temporalidad, el pasado verbal confina el espectro temporal de interés, por un lado, por lo que el relato debe de estar marcado por la inmediatez y la urgencia; al igual que los autores del Nuevo Periodismo utilizaron con frecuencia el presente histórico para superar el aislamiento temporal, Sacco se instala en él para relatar sus historias. El lector se identifica con la experiencia expuesta en el libro porque comparte un mundo que, a fin de cuentas, es el suyo propio y de esta manera se integra mejor en el proceso narrativo. El cómputo general de lo anterior es que su uso de la no-ficción transmite algo que ya sucedió pero que tiene ecos presentes. El propio Sacco lo resalta en su prólogo a Palestina:

“Escribí y dibujé Palestina tras pasar dos meses en los territorios ocupados durante el invierno de 1991-1992. El libro se centra en la primera Intifada contra la ocupación israelí, que empezaba a quedarse sin energía en el momento de mi visita. Mientras escribo estas palabras [julio de 2001] se está llevando a cabo una segunda Intifada porque, en pocas palabras, la ocupación israelí y todas las consecuencias de la dominación de un pueblo por otro, no han cesado. Los pueblos palestino e israelí continuarán matándose entre sí en un conflicto de baja intensidad o con una violencia desgarradora (con hombres bomba o helicópteros armados o bombardeos) hasta que este hecho central (la ocupación israelí) se trate como un tema de ley internacional y de derechos humanos”.

Ya hemos señalado que los autores de cómic periodístico cuentan con una ventaja frente al periodismo tradicional. Sacco emplea detalles visuales que ponen de manifiesto ángulos de la historia que se escapan al anterior. En la historieta The War Crimes Trials (Los juicios por los crímenes de guerra), en apenas seis páginas a color, una excepción en una obra marcada por el blanco y negro, Sacco se acerca a procesos judiciales que siguieron a la guerra de los Balcanes mientras estaba trabajando en Gorazde. En dos viñetas paralelas al comienzo de la tercera página, Sacco sugiere la separación espacio temporal entre las atrocidades cometidas durante el conflicto y los procesos penales que todavía hoy se llevan a cabo en el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Dos paneles altos funcionan como espejos el uno del otro en donde la ilustración, en la que Sacco se dibuja a sí mismo, tiene una simetría composicional pero con detalles muy diferentes y significativos. El primer panel representa un presente posterior a los hechos en el que el autor deambula por las calles de Holanda durante uno de esos juicios; mientras que el segundo, en una situación semejante, puede verse al mismo autor caminando en un pasado por una calle de Bosnia mientras se documentaba para escribir Gorazde.

Es un juego temporal esclarecedor. En el presente, el edificio del fondo promete la comodidad occidental en forma de cerveza y hotel confortable mientras en el panel siguiente, el edificio es apenas un esqueleto, una ruina bombardeada. La visión de la juventud en el presente es una mujer saludable y bien vestida, mientras que la misma imagen en el pasado de la guerra es una joven angustiada. Uno puede leer estos paneles como una suerte de continuación, un presente desde un pasado pero el contraste en el detalle llama la atención sobre la distancia que existe entre los dos mundos y sugiere que no puede haber reconciliación por medio de procedimientos judiciales que, a posteriori, no sirven para prevenir unos crímenes que ahora se trata de castigar. Sacco enfatiza este punto en uno de los últimos paneles de la historia: “Pronunciar la palabra genocidio después del hecho es mucho más seguro que pararlo”.

La imagen de una excavadora metiendo cuerpos en una fosa común no puede ser más elocuente en su intento de denunciar nuestra hipocresía colectiva; es decir, la seguridad de la distancia, calculada en millas o años, no nos absuelve de la responsabilidad de haber permitido lo que sucedió.

Sacco no es el único que practica esta sutileza visual. Otros autores de cómic periodístico como Sue Coe, Delisle, o Nicholas Wild usan estas confrontaciones visuales para enfatizar sus argumentos. En su mirada sobre el Afganistán post 11-S, el francés Wild apuesta por enfatizar su propia experiencia como parte del personal internacional desplazado al país de los talibanes para su “reconstrucción”, tarea que como adelanta en sus viñetas, es casi una pérdida de tiempo por la propia naturaleza de la misión. Si aparentemente Wild se centra en el trabajo de los extranjeros, militares y personal de las ONG, así como en las reglas a las que están sujetos, va más allá y relata lo que no se ve: la vida del personal occidental, las fiestas, los aspectos insólitos de trabajar en circunstancias extremas y su frustración a la hora de enfrentarse a una administración de la que forman parte que, dejando a un lado a la población local, hace casi inútil su trabajo. A fin de cuentas, a estas alturas, la sombra de Joe Sacco en este Nuevo Periodismo en viñetas es ya demasiado alargada.

1 Entrevista a Joe Sacco en El País el 25 de octubre de 2009. Online.

2 Ronald Weber señaló en The reporter as artist (1974) una serie de ejemplos tomados de autores como Twain o Hemingway que, según él, demostraban que el Nuevo Periodismo ni era nuevo ni era periodismo, sino solo literatura hecha por periodistas. Más allá de las discrepancias propias de cualquier género discursivo es fácil ver elementos del llamado Nuevo Periodismo en obras clásicas como Hiroshima de John Hersey (1946), Operación Masacre del argentino Rodolfo Walsh publicada en 1957, por lo tanto muy anteriores a las de los autores clásicos que se relacionan con el género como Wolfe, Capote o Mailer. Remontándonos más algo semejante podríamos decir de obras del español Chávez Nogales o del británico George Orwell.

 3 El reportaje llevaba por título «The Kandy-Kolored Tangerine-Fake Streamline Baby» (1965) y se publicó en el diario. Posteriormente, Wolfe envió una nueva versión a Esquire, titulada “There Goes (Varoom ! Varoom !) That Kandy-Kolored (Thphhhhhh !) Tangerine-Flake Streamline Baby (Rahghhh !) Around the Bend (Brummmmmmmmmmmmmmmmmm)…”.

4 Entrevista a Joe Sacco en El País el 25 de octubre de 2009. Online.

5 Precisamente Michael Herr, Hunter S Thompson y George Orwell han sido señalados por el propio Sacco como sus principales fuentes de inspiración a la hora de escenificar su punto de vista periodístico

6 Entrevista a Joe Sacco en El País el 25 de octubre de 2009. Online.

7 En general es simplemente mi estilo, que como has apuntado tiene influencias de Robert Crumb. Nunca he aprendido a dibujar representativamente, pero la naturaleza periodística de mi trabajo requiere un estilo más realista, creo. En el pasado, mis trabajos eran de forma natural ‘caricaturescos’. Nunca he perdido mi mano para la ‘caricatura’, incluso en mi trabajo más serio, a pesar de mis mejores esfuerzos para dibujar de la forma más realista posible. Pero para mí está bien. Se ha convertido en mi estilo, tanto si es premeditado como si no”. Online.

 


Guía para hacer un reportaje en Palestina

[Palestina es un territorio no reconocido por la ONU formado por dos regiones: la Franja de Gaza y Cisjordania. La primera se encuentra al sur de Israel y está bloqueada por el ejército hebreo. La segunda se sitúa al Este y, aunque no está bloqueada, está separada de Israel por un muro que impide la libre circulación de un territorio a otro. Además, el suelo de Cisjordania está controlado, en su mayoría, por Israel, que ha construido más de 120 asentamientos judíos. El principal acceso a Cisjordania desde Israel está en Jerusalén, ciudad controlada a día de hoy por Israel y desde la que se puede entrar a Belén y Ramala a través de los controles militares. Todos los nombres y lugares que aparecen en este texto son reales]


Esta es una guía dirigida a ese joven periodista que todavía cree que puede vivir haciendo reportajes por su cuenta, vendérselos a medios de comunicación que los quieran publicar y, con el dinero que le paguen por ello, llevar a cabo su siguiente viaje para el próximo reportaje. Y así.

Es a ti, joven periodista que crees en todo ello, a quien dedico este manual que, en unos pocos y sencillos pasos, te permitirá realizar un reportaje de óptima calidad en Tierra Santa. Lo sé, Palestina ‘no vende’. Está todo contado. Los editores, esas personas de mails monosílabos, ya conocen toda la problemática de arriba a abajo y la han publicado cientos de veces. “¿Reportaje de Palestina? Ya lo hemos contado”.

Por lo tanto, este viaje, joven periodista, tiene un único objetivo: entrenarte. Sentir que estás haciendo un reportaje aunque no vayas a colocarlo en ninguna parte. Es necesario foguearte para cuando te toque hacer uno de verdad y para ello ningún lugar mejor que Palestina y, más concretamente, Cisjordania. ¿Por qué? Muy fácil, joven periodista. Hacer un reportaje en Palestina es fácil. Extremadamente fácil. Sólo tienes que seguir las instrucciones de esta guía.

Los palestinos

Lo primero que debes tener en cuenta es que los palestinos podrían hacer el reportaje por ti. Ya saben lo que quieres, a por lo que has ido, y te conducirán directamente a ello en cuanto les expliques que eres periodista. No sólo eso: pueden darte los titulares. Los palestinos dan un titular cada dos frases y además buenísimos, de los que encajan perfectamente con el estilo actual de periodismo: exagerados, indemostrables, no contrastados. De modo que no te hagas el héroe, ni siquiera el intrépido reportero, sólo déjate guiar por ellos. Han sido tantos y tantos los periodistas que han ido a entrenarse a Cisjordania antes que tú que los palestinos saben perfectamente lo que has ido a buscar. En ningún otro lugar te lo van dar tan masticado.

El ‘back office’ del reportaje lo vas a encontrar en el aeropuerto de Tel Aviv, a donde vas a llegar. Bien, esta parte, registros, interrogatorios, tensión, te servirá en un pub con alguien del género opuesto, pero no para el reportaje, así que vayámonos cuanto antes a Cisjordania.

El muro

A tu llegada a Jerusalén, y mientras tratas de atravesar al lado palestino, no consumas demasiado tiempo en sorprenderte. Recuerda que todo está contado. No importa cuánto te impacte el muro de separación, con sus heladores bloques de hormigón de cinco metros de altura segregando dos pueblos y alimentado el desconocimiento entre ellos. Tampoco importa que veas cómo miles de vecinos de Belén y Ramala se agolpan en el control militar del muro a las 5 de la mañana para ir a trabajar a Jerusalén, con colas de hasta 3 horas. Cada día. Todo eso ya lo sabemos y, sobre todo, ya lo saben los editores: lo han visto cientos de veces. En fotos. Tampoco te dejes embaucar cuando, ya del lado palestino y después de pasar el control donde tras un cristal tintado sólo se oye la voz de un soldado israelí gritando en hebreo, contemples el muro: murales, grafittis, mensajes… Olvídalo, todo el mundo sabe que el muro, del lado palestino, es un auténtico museo al aire libre. Deja todas esas cosas atrás y dirígete a Belén, nuestro primer destino.

Belén, la ocupación

Atención, no te atrevas a proponer un reportaje sobre cómo se viven las navidades en esta ciudad, donde se supone que nació Jesucristo. ¡Lo sabemos de sobra! Lo que tienes que hacer, joven periodista, es ir a casa de Claire Anastas sin perder tiempo. Es el lugar clave para cualquier reportero que quiera mostrar el drama del muro de separación. No te preocupes por cómo llegar. Sólo acércate a cualquier persona que veas por la calle en Belén y dile que eres periodista. Añade, si quieres, que estás haciendo un reportaje, aunque tampoco es estrictamente necesario. Él o ella te conducirán inmediatamente al hogar de la familia Anastas mientras te explica que se trata de una casa que está completamente rodeada por el muro. Al llegar, los Anastas saldrán y te explicarán que su casa fue circundada en redondo por el muro y los niños no pueden ir al colegio y están aislados. No es exactamente así, porque tienen salida por un lado, pero los Anastas no van a fastidiarte el reportaje. No lo han hecho nunca con ningún otro reportero. De todas formas, si ves que te quedas sin tiempo para ir hasta allí no importa, tienen web: anastas-bethlehem.com.

De allí debemos dirigirnos al límite municipal entre Jerusalén y Belén. Atención de nuevo, ni se te ocurra pensar en la posibilidad de plantear un artículo sobre cómo Israel ha ampliado los límites del ayuntamiento de Jerusalén. Esto ha provocado que muchos vecinos palestinos que antes pertenecían al ayuntamiento de Belén se encuentren ahora censados en Jerusalén, con lo que su permiso de residencia ha cambiado, ya que los palestinos de Jerusalén tienen uno diferente al resto de palestinos. También implica que muchos vecinos de Belén que antes acudían a su trabajo con normalidad, ahora no puedan hacerlo porque su lugar de trabajo ha quedado absorbido por los límites del ayuntamiento de Jerusalén, en donde no pueden entrar por el permiso. Pero eso no importa. Está muy visto. Y todos sabemos ya los diferentes tipos de permisos que tienen los palestinos. Lo que puede servir, como decíamos, es ir a la frontera entre ambos municipios a visitar la casa de la familia Hadweh. Su casa ha quedado al otro lado de una valla metálica que separa ambos términos municipales. Cuando vayas, te hablarán desde el otro lado de la verja, diciendo que no tienen las llaves de la puerta que les separa de ti y que deben dar un gran rodeo cada vez que quieren salir o entrar. Esto, obviamente, es un atentado contra su libertad y un castigo diario. Impresiona escucharles. No importa que, mientras haces esta entrevista, y tal y como le sucedió al autor de esta guía, uno de los hijos de la familia aparezca de pronto, saque unas llaves, abra la puerta y entre sin inmutarse. Ahórrate este detalle. Los Hadweh te están haciendo un buen reportaje, no lo eches a perder ahora.

Hebrón, los asentamientos

Bien. Vayámonos ahora a Hebrón, la única ciudad de Palestina que, como ya sabe absolutamente todo el mundo, tiene varias colonias judías en su casco antiguo, lo que obliga a la localidad a dividirse en dos partes —H1 y H2— separadas por una enorme valla de hierro y hormigón sobre la que vuelan piedras y basura. Las calles del casco viejo están cubiertas con redes para evitar que los objetos y desperdicios que arrojan los colonos caigan sobre los viandantes.

De camino a Hebrón no compartas con nadie lo que vas a descubrir: que el territorio de Cisjordania está clasificado en tres zonas: A, B y C. Las zonas A suponen el 58% del suelo y pertenecen a Israel. Es en ellas donde están situadas la mayoría de colonias judías. Las zonas B están controladas militarmente por Israel y civilmente por Palestina. Las zonas C (apenas algunos núcleos urbanos) están bajo control exclusivo palestino. Las grandes extensiones de las zonas A están vigiladas por controles militares israelíes, llamados ‘check points’, de manera que para pasar por estas zonas (algo inevitable si quieres ir de un sitio a otro en Cisjordania) debes de atravesar ‘check points’ que no siempre están abiertos. Los colonos, sin embargo, pueden utilizar las grandes carreteras cerradas para los palestinos. En resumen, Cisjordania es un conjunto de núcleos urbanos aislados entre sí por grandes extensiones de tierra controladas por Israel, algo que condiciona absolutamente la vida de los palestinos y que les impide saber si podrán moverse de un sitio a otro, sea cual sea la importancia de su desplazamiento. Pero bueno, eso está contado, así que vayamos al grano.

En Hebrón repite la técnica de Belén. Intercepta al primero que te cruces y dile que eres periodista. Te conducirá sin perder un segundo a la casa de Nidal Farid. Si te consideras un buen reportero tienes que conocer a Nidal: ha sido protagonista de cientos de reportajes. Su casa está, muro con muro, con la de los colonos judíos del asentamiento de Avraham Avniu, en el casco viejo. Le tiran basuras, piedras y hasta le quemaron con una granada parte de su casa, hiriendo a uno de sus hijos y provocándole un aborto a su mujer. No importa si no sabes muy bien qué preguntarle, él te lo contará todo. Su hijo, Said, tiene además un DVD que, por un módico precio, te entregará lleno de imágenes y fotografías. Ya tienes lista la parte gráfica del reportaje.

Si quieres completarlo puedes darte un paseo por el casco viejo, porque en pocos minutos te encontrarás a Abed Sider. Tranquilo, él acudirá a ti. Si te suena su cara, no te extrañe. La suya es una historia todavía más dramática, testimonio perfecto para el relato. Su casa linda con el asentamiento de Beit Romano. A su mujer la ejecutaron en la azotea. A uno de sus hijos le tiraron ácido desde la colonia y su tienda fue cerrada por seguridad, ya que está demasiado cerca del asentamiento. Lleva diez años sin trabajo. Lo cuenta todo en un DVD que también te entregará.

Si antes de irte de Hebrón das un paseo por la Mezquita de Abraham (dividida en dos partes —musulmana y judía— y separada por un cristal antibalas desde que en 1994 el colono Baruch Goldstein asesinara a 29 palestinos que estaban rezando), seguramente te toparás con Yamal Fahusi. Su cara, salpicada por miles de pecas, le hace inconfundible. Está al acecho de periodistas. No hace falta ni que le digas nada: él se encarga de todo. Te llevará a su casa, te invitará a un té y te explicará cómo su vida está limitada por los soldados israelíes. Hay días en que no puede salir de su barrio, por ‘seguridad’. Que se sepa, no tiene DVD de momento.

Listo. Reportaje sobre Hebrón completado. Ahora sí, ya puedes irte. Podrías intentar entrar en la colonia y hablar con algún vecino judío. Pero, ¿para qué? Nunca quieren hablar y si lo consiguieses nadie comprendería el valor de lo que has logrado. No pierdas el tiempo. Lárgate de ahí.

De todas formas, y pensándolo bien, no es estrictamente necesario que vayas a Hebrón. Puedes informarte a través de la web breakingthesilence.org. Se trata de una ONG que recoge testimonios de soldados y ex soldados israelíes que relatan su experiencia en Hebrón. Hebrón es algo así como Córcega para los legionarios romanos de Asterix, el peor lugar donde pueden enviar a un soldado. La tensión en la ciudad es terrible. Los militares explican cómo les ordenan realizar continuos registros nocturnos en casas palestinas, cómo pierden la noción del bien y el mal y, sobre todo, cómo son incapaces de contener la radicalidad de los colonos judíos que atacan constantemente a sus vecinos palestinos. La mayoría de estos colonos son de extrema derecha ligados al partido ilegalizado por Israel, Kach. El problema es que los colonos, como ciudadanos israelíes, se someten a las leyes civiles, por lo que los soldados no pueden hacer más que llamar a la policía cuando hay ataques o agresiones. Al fin y al cabo están ahí para proteger a los colonos, aunque por momentos sea una paradoja. Sus testimonios son los de personas que han visto el odio y no han podido ni les han dejado evitarlo. Es tan impresionante leer sobre el día a día de Hebrón que, si quieres, ni vayas.

Nablus, los campos de refugiados

Lo que deberías hacer ahora, joven periodista, es reflejar la realidad de los campos de refugiados palestinos. Hay 19 en Cisjordania y en ellos viven cientos de miles personas, la mayoría de ellas desplazadas desde lo que hoy es Israel en 1948 (fundación del Estado) y en 1967 (guerra de los Seis Días). Ahí viven desde entonces; en campos que han ido edificando ellos mismos y donde se hacinan generación tras generación sin perspectiva de que vayan a poder regresar jamás a sus casas, en su mayoría destruidas por la guerra. Una realidad trillada y conocida de sobra por cualquier periodista o lector, por supuesto.

¿Cómo entrar en uno de estos campos? Esta guía vuelve a tener la respuesta. Aunque en realidad no es difícil acceder a cualquiera de ellos, los palestinos saben cómo ponértelo fácil. De nuevo, no tienes por qué convertirte en un reportero aventurero, simplemente haz lo que ellos te vayan explicando.

Lo ideal es que acudas a Nablus. Esta localidad, al norte de Cisjordania, fue en su día la capital económica de Palestina. Hoy es una ciudad fuertemente vigilada por el ejército israelí y popular por su resistencia a la ocupación. Puedes pedirle a cualquier vecino que te conduzca al campo de refugiados de Balata. Una vez allí, ya no tienes que hacer nada más. Todo te será concedido para tu reportaje.

Saldrá a recibirte Muhamed Salid, director del centro cultural de Yafa. La labor de este hombre merece un artículo en sí mismo: ha logrado introducir cientos de actividades culturales en el campo y canalizar los esfuerzos de resistencia por las vías del activismo y la protesta argumentada, con campañas, redes sociales y manifestaciones. Con ello ha reducido drásticamente el número de ‘mártires’, jóvenes del campo que han muerto en combate contra los soldados israelíes y cuyos retratos empapelan las paredes de Balata en forma de tributo. Lástima que se hayan hecho cientos de reportajes sobre esto y que esta historia se conozca perfectamente.

Por ello es mejor dejarnos guiar por Salid, que nos explicará que Balata es un campo de un kilómetro cuadrado donde viven 25 000 personas. Fue levantado tras la fundación del Estado de Israel y entonces acogía a 5 000 refugiados. Con el paso de los años, el crecimiento de su población ha obligado a los vecinos a añadir alturas a sus edificios. El resultado, después de varias generaciones, es un campo conformado por viviendas de cinco y seis pisos de distintos colores y materiales, levantados artificialmente, y que apenas distan un metro de un bloque a otro. La sensación al introducirte en este kilómetro cuadrado es claustrofóbica: enormes casas pegadas entre las que serpentean callejones que tocan tus hombros y que tapan casi completamente el cielo. Salid te dará una vuelta, te lo explicará todo en un inglés perfecto y hasta te dará los tiros de cámara pata finalmente ofrecerte ‘merchandising’ del campo, que está a la venta en la oficina del centro cultural. Como en Belén, si te quedases sin tiempo para acudir (o te da pereza) puedes emplear su web: yafacult.ps.eng

Si deseas completar la visión sobre los campos de refugiados, podrías acudir al campo de Yenin. Este lugar, cuna de las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, contiene el Teatro de la Libetad. Juliano Mer Khamis fundó esta iniciativa durante la segunda Intifada. Se trata de una escuela de teatro en la que los alumnos, chicos y chicas del campo, se preparan y sueñan con ser actores y, de paso, esquivan el camino de la lucha armada. Promueven la ‘Intifada cultural’ y sus esfuerzos están salvando la vida a cientos de jóvenes, que abrazan otra manera de combatir la ocupación ajena a la violencia. La iniciativa está teniendo tanto éxito que Juliano fue asesinado el pasado 4 de abril. Estaba desviando a los chicos de su verdadero objetivo: morir por Palestina.

Jerusalén Este, los desalojos

Llegamos al final del reportaje. El material recopilado es abundante y, aunque no vaya a servir de nada, el entrenamiento está siendo positivo. Tanto, que llega a su fin. Un buen remate sería acudir a Jerusalén Este para reflejar los continuos desalojos que padecen vecinos palestinos para que sus casas sean ocupadas por ciudadanos israelíes. En realidad estos desalojos tienen un entramado jurídico detrás elucubrado por Israel para que sean ‘legales’ que merecen un capítulo aparte: títulos de propiedad árabes invalidados, ley del ausente y un largo etcétera. Pero esto a ningún editor le va a interesar porque está más que contando. Así que encontremos lo que hemos venido a buscar: jaleo. Como Jerusalén Este es muy grande deberemos dejar, una vez más, que sean nuestros protagonistas quienes nos guíen y completen el reportaje. Es fundamental acudir el viernes. Ese día, desde hace tiempo, a las 14:00 de la tarde, se celebra una manifestación en los jardines de Sheikh Jarrah. Allí acuden activistas israelíes y árabes para denunciar, al ritmo de percusiones y silbatos, la ocupación israelí en Jerusalén Este. Cantan, gritan y muestran mensajes frente a la policía israelí, que observa impasible armada hasta los dientes. Junto a los activistas siempre hay unos cuantos periodistas entrenándose. Puedes saludar a alguno. Aprovecha también para entrevistar a alguno de los cabecillas de los manifestantes. Y con esto, es suficiente. Bueno, si al final no encuentras los jardines de Sheikh Jarrah, tienen web, cómo no: justjlm.org

Es hora de regresar, satisfecho por el trabajo realizado. Por supuesto, esta guía es absolutamente confidencial. Nadie debe saber que no te fue difícil lograr todos esos testimonios. Todo lo contrario, has de vender que te moviste por sitios impracticables en busca de la historia inédita que mejor refleja el conflicto. Cuando te canses de repetirlo, coge el reportaje, guárdalo en un cajón y ponte a buscar trabajo.