Contaminación pop

Samuel L Jackson como Nick Fury. Imagen: Marvel Studios.

Las ediciones norteamericanas de las novelas Harry Potter y el prisionero de Azkaban y Harry Potter y la Orden del Fénix de J. K. Rowling llegaron a las librerías de Estados Unidos engalanadas, como era habitual, con dibujos de Mary GrandPré. En aquellas ilustraciones, realizadas en exclusiva para las tiradas estadounidenses, el lápiz de GrandPré había decidido perfilar a Severus Snape luciendo calvorota, perilla afilada y nariz aguileña. Rasgos que caminaban más cerca de las pintas del Jafar de Aladdin que a las facciones del británico Alan Rickman que interpretaría a Snape en la pantalla grande. Ocurría que Rowling no había descrito en los libros a aquel personaje con el look que le otorgó GrandPré, un detalle que resultaba curioso porque la artista, pese a no tener contacto directo con Rowling, sí que leía las novelas de Harry Potter de antemano para realizar las portadas e ilustraciones de la manera más fiel posible.

En las páginas, Snape era descrito constantemente como un mago de melena grasienta hasta la altura de los hombros, sin alopecia inminente ni vello facial en formato perilla de villano de serie B. Pero en la cabeza de GrandPré, el físico del personaje se había moldeado de manera diferente, ignorando inconscientemente la descripción oficial, algo que le suele ocurrir con frecuencia a cualquier lector a la hora de enfrentarse a una historia. Porque por muy descriptivo que sea el texto, cada uno perfila una imagen particular del personaje en su imaginación.

Rowling también tenía su propia versión de Snape en la cabeza, y también garabateó sus contornos sobre un papel. Ocurrió en algún momento entre 1992 y 1993, antes de haber rematado siquiera el primer libro de la saga Potter. En aquella época la escritora esbozó un dibujo del personaje a modo de calentamiento, una ilustración rudimentaria que no vería la luz hasta que años después fue aireada durante un reportaje de la BBC titulado Harry Potter and Me (que se puede ver aquí). En aquel boceto Rowling dibujó un Severus Snape con pinta de Drácula, envuelto en una capa al estilo vampiro y exhibiendo barba de tres días, melena lisa, cejas espesas y nariz portentosa. Era evidente que lo tosco de aquellas facciones se debía a la poca maña como dibujante de la escritora, pero incluso así aquel aspecto andaba lejos de la futura interpretación de GrandPré.

Lo curioso del asunto es que la imagen del personaje que tenía en mente la propia Rowling acabaría mutando por culpa de las salas de cine: tras ver la primera película de la saga, Harry Potter y la piedra filosofal, la escritora reconocería que la jeta de Alan Rickman se convertiría en el rostro oficial de Snape de manera irremediable. Y también explicaría que escribió los últimos libros de la saga describiendo al personaje como un caballero más cercano al actor británico que al garabato del chupasangres que ella misma había trazado.

Several Severus Snape: el boceto de la propia Rowling (izquierda), la ilustración de GranPré (centro) y el interpretado por Alan Rickman en las películas.

Lo que ocurrió en este caso es un ejemplo de contaminación pop: los cimientos de la obra literaria original se vieron influidos por la película posterior hasta el punto de lograr que la propia autora redibujase en su cabeza la cara de un personaje que había creado. Es un fenómeno bastante habitual, sobre todo teniendo en cuenta que hoy en día los mundos de ficción se expanden a lo largo de medios tan diferentes como el cine, el teatro, los videojuegos, la literatura o los cómics. Terrenos que se retroalimentan, se embarullan y se contagian. La propia Rowling sufrió otros patinazos similares por culpa del séptimo arte: en un momento dado de la novela Harry Potter y el misterio del príncipe, la narración recordaba el puñetazo que Hermione le propinaba a Draco en los morros durante los eventos de Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Pero lo cierto es que aquello no había ocurrido así en el libro de El prisionero de Azkaban (sobre el papel, Hermione abofeteaba a Draco en lugar de estamparle los nudillos) sino en la película que adaptó dicha novela. Rowling había mezclado inconscientemente el recuerdo del film con el de su propia novela.

Contaminación literaria

La contaminación pop no se limita a la fisonomía del profesorado de Hogwarts, porque la propia literatura está plagada de casos similares. Thomas Harris, el escritor que creó al psicópata Hannibal Lecter, aseguró que nunca se sentó ante la película El silencio de los corderos porque no quería que la figura de Anthony Hopkins sustituyese su propia imagen mental del personaje. Una afirmación dudosa teniendo en cuenta que se realizaron entrevistas promocionales en donde el literato alababa el film. Y también porque Harris reconoció en algún momento posterior que inicialmente prefirió no ver la película porque odió la anterior adaptación de una novela suya con Lecter (el film Hunter). Hasta que un día se encontró con El silencio de los corderos en la tele mientras zapeaba, se dijo «Coño, estos diálogos me suenan» y finalmente terminó disfrutando de la cinta.

A pesar de tantas incoherencias y contradicciones, el propio director de El silencio de los corderos, Jonathan Demme, aseguraría que Harris tenía en su momento razones de peso para no querer ver la película: «Por lo visto a Harris se le había quedado grabada una anécdota ajena: el hecho de que John LeCarré dejase de escribir novelas protagonizadas por el espía británico George Smiley tras ver las adaptaciones televisivas de sus libros, producidas por la BBC y con Alec Guinness en el papel de Smiley. LeCarré descubrió que le resultaba imposible escribir nuevos libros sobre el espía porque tras la emisión televisiva consideraba que el personaje pertenecía a Guinness. El miedo de Harris era que le ocurriese a él algo parecido. Que una buena actuación le robase a Lecter de su imaginación».

Y no le faltaba razón: la escritora Ruth Rendell concibió al inspector Wexford en sus relatos de misterio, pero después de que George Baker lo interpretase en televisión no pudo volver a visualizarlo con otra cara que no fuese la del actor. Y por culpa de la serie Inspector Morse, Colin Dexter solo sería capaz de imaginar al detective Morse de sus novelas con las facciones de John Thaw. Aunque Dexter aprovechó el tirón televisivo para reescribir su obra pasando por el garaje: en las novelas, el inspector Morse conducía inicialmente un Lancia, pero cuando la serie se volvió popular las posteriores reimpresiones de sus aventuras sustituyeron el coche del detective por el Jaguar que aparecía en el show de TV. 

El silencio de los corderos. Imagen: Orion pictures.

Cuando Sean Connery fue fichado para vestir la pajarita de James Bond, el propio Ian Fleming que había parido al personaje declaró su disgusto por la elección.  Años más tarde, Connery explicaría que aquel rechazo estaba causado porque el escritor era un puto esnob y no veía a un actor con pinta de clase obrera en la piel del espía británico. Fleming tenía una lista personal de intérpretes ideales para encarnar a Bond, una whislist en la que figuraban Cary Grant, David Nive, James Mason, Patrick McGoohan, Rex Harrison, Richard Burton o Stewart Granger. Finalmente, el papel acabó recayendo en Connery porque el estudio no podía permitirse el caché de la mayoría de aquellas estrellas y al resto no les interesaba nada todo eso de jugar a los espías. Ocurrió que los recelos iniciales del escritor se desvanecieron rápidamente tras el estreno de Agente 007 contra el Dr. No. Hasta el punto de que, cuando película se convirtió en un éxito, Fleming reescribió el árbol genealógico de James Bond: inicialmente, el personaje tenía padre inglés y madre suiza, pero las novelas posteriores a Agente 007 contra el Dr. No revelaron que su progenitor era en realidad escocés, un ajuste realizado para que el acento de Connery, natural de Escocia, no desentonase con las aventuras literarias del agente.

Bernard Cornwell también reinventó a posteriori la biografía del Richard Sharpe que protagonizaba sus novelas, reubicándolo en el norte de Inglaterra durante la adolescencia, para cuadrar con el acentazo de Yorkshire que tenía el Sharpe interpretado por Sean Bean en la versión televisiva. Cornwell incluso aprovechó para importar hasta sus novelas a uno de los personajes creados en exclusiva para la serie (Harris, interpretado por Jason Salkey) tras descubrir que daba mucho juego.

Las reimpresiones del libro Firefox de Craig Thomas modificaron el aspecto del avión que daba nombre a la novela para hacerlo más futurista y a juego con el que aparecía en la película Firefox: El arma definitiva protagonizada por Clint Eastwood. Stephen King en la saga de La Torre Oscura describió a los vampiros de El misterio de Salem’s Lot con el aspecto que lucieron en su adaptación televisiva de 1979, en lugar de con las pintas que tenían en el libro original. Y Michael Crichton se cargó al personaje de Ian Malcom en el epílogo de Parque Jurásico pero, tras ver que sobrevivía en la película de Steven Spielberg (y que se convirtió en uno de los favoritos del público), decidió resucitarlo a la hora de escribir la secuela El mundo perdido.

Un mundo de fantasía convirtió a los Oompa-Loompas africanos en clones de Trump porque Orange is the New Black. Imagen: Paramount Pictures.

Roald Dahl describió a los Oompa-Loompas como pigmeos africanos en el cuento Charlie y la fábrica de chocolate. Unos años después, la famosa versión cinematográfica setentera del libro (Un mundo de fantasía) los reimaginó como gente menuda de pelo verde, piel naranja y ropas exóticas con aires germanos. El nuevo aspecto se hizo muy popular y Dahl reculó para redefinirlos sobre el papel como liliputienses caucásicos originarios de un país llamado Loompaland. El caso de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? fue uno de los más singulares, porque la novela original Who Censored Roger Rabbit? de Gary K. Wolf en la que se basaba la película no tenía mucho que ver con la cinta de Robert Zemeckis. Ambas encarnaciones tan solo compartían cuatro personajes principales y un mundo cohabitado por humanos y dibujos (que en el caso de la novela habitaban un mundo de cómic). Pero Wolf fue listo y a la hora de escribir una secuela decidió hacerlo continuando la historia del film y no la de su propio libro, a sabiendas de que el público solo estaría familiarizado con la película, que en el fondo era mucho mejor que su novelucha.

Gary Wolf escritor con morro de acero, la secuela que concibió para su novela es en realidad la secuela de la película que se inspira vagamente en su novela.

Contaminación teatral

En cierto momento, Orson Welles sentenció: «Drácula es un libro que podía dar lugar a una película maravillosa. Y de hecho, nadie ha hecho una película del libro nunca… porque todas las que existen están basadas en la obra de teatro». Y no le faltaba razón, porque la mayoría de características que se asocian con Drácula, y con los vampiros en general, no nacieron en el manuscrito de Bram Stoker, sino en las obras de teatro derivadas. En el libro original ni Drácula se chamuscaba con el sol, ni vestía capa de cuello alto. Bela Lugosi fue el culpable de dotar al personaje de un acento de Europa del este y de una línea de cabello que le dibujaba un pico sobre la frente. La escenografía de las funciones teatrales remató la jugada al vestirlo con una capa, un complemento ideal que permitía al actor cubrirse mientras simulaba morder a las víctimas y también salir de escena de manera dramática a golpe de capotazo. La película Nosferatu introdujo la idea de que la luz del sol fulminase a los vampiros, y al Drácula de 1973 protagonizado por Jack Palance se le ocurrió incluir en la trama a una reencarnación de la querida del conde. Todos estos elementos, ausentes en el texto de Stoker, acabaron convirtiéndose en rasgos distintivos de Drácula en la cultura popular. Y las películas posteriores, como bien apuntaba Welles, solían aletear lejos de la novela primigenia. Aunque existían algunos casos concretos que intentaron ser un poquito más fieles al volumen original: el Drácula de 1977 producido por la BBC o el Drácula de Bram Stoker firmado por Francis Ford Coppola en 1992.

Bela Lugosi (izquierda) y Gary Oldman (derecha) interpretando a Drácula.

Una imagen recurrente de El fantasma de la ópera es la de un caballero misterioso, muy gótico y muy enjuto, aporreando un órgano y portando una máscara que cubre la mitad de su rostro. Pero lo cierto es que es que en la novela original de Gastón Leroux el Fantasma tenía la cara completamente desfigurada y la careta le cubría el semblante por completo. La media-máscara tan fashion que se acomodó en el imaginario popular era realmente una libertad que se habían tomado las versiones teatrales de la obra. Porque los primeros actores que interpretaron al personaje encontraban bastante complicado cantar con una máscara completa y optaron por recortarla. Otros montajes teatrales basados en éxitos literarios venían con truco en sus cimientos, el musical de Jekyll & Hyde se anunciaba como una adaptación de la obra de Robert Louis Stevenson pero en realidad utilizaba como base la película basada en aquella. Y en el caso de los musicales nacidos sobre las tablas y convertidos en películas la cosa funcionaba a base de retroalimentación: Grease, Cabaret o Sonrisas y lágrimas fueron musicales que incluyeron en su repertorio canciones creadas en exclusiva para las películas que engendraron.

Contaminación cinematográfica

En 1998 a Roland Emmerich se le ocurrió cometer un sacrilegio imperdonable al reimaginar a una de las grandes estrellas del cine japonés: Godzilla. Emmerich perpetró una revisión norteamericana del kaiju tan aguada y palomitera como para ser capaz de sustituir al señor enfundando en un disfraz de monstruo, al que se le veían las costuras, por una criatura creada por ordenador muchísimo menos carismática. La película Godzilla (1998) parecía un producto paralelo a la franquicia de la criatura prehistórica y nuclear, una mera anécdota al margen de la historia del bicho, pero a la larga los japoneses decidieron incluir a la versión americana dentro del canon oficial. Y lo hicieron a modo de coña: lo renombraron Zilla, sustrayéndole el «God» del nombre porque consideraban que no tenía nada de divino, y lo enfrentaron con el Godzilla original en la película Godzilla: Final Wars. Lo gracioso es que se les ocurrió representar a Zilla con un CGI  deliberadamente cutre y, sobre todo, que a la hora de ponerlo a pelearse con el verdadero Godzilla la creación de Emmerich fue despachada de manera indigna en cuestión de segundos. Un corte de mangas al remake americano que se veía venir, porque tres años antes a los guionistas de la película  Godzilla, Mothra, King Ghidorah: Giant Monsters All-Out Attack! se les ocurrió incluir en ella el siguiente diálogo:

—¿Es cierto que Godzilla ha aparecido por Nueva York hace poco?

—Nah, eso es lo que los americanos creen.

Godzilla Hacendado contra Godzilla clásico.

Will Smith protagonizó en 2007 una Soy leyenda que compartía título con el famoso libro de Richard Matheson pero que no estaba realmente basada en aquella novela, sino en otra adaptación cinematográfica del relato: la película El último hombre vivo protagonizada por Charlton Heston, una cinta que se tomaba bastantes libertades con respecto al material original. Por eso mismo el público suele fliparlo un poco cuando se asoma al libro de Matheson esperando encontrar lo mismo que en ambas películas, para acabar descubriendo que se trata de una historia de vampiros de los de ajo y estaca.

Disney es la gran especialista a la hora de contaminar legados ajenos gracias a su devoción por agarrar fábulas clásicas y moldearlas a su gusto. Una estrategia que a la larga ha provocado que todo el mundo esté más familiarizado con las versiones azucaradas de la compañía que con los cuentos originales. En realidad, pocos saben que Blancanieves nunca se despertó con un beso del príncipe, o que la Bella Durmiente fue violada mientras estaba inconsciente. Y por culpa de tanto bombardeo mediático, productos como la serie Once Upon a Time se presentaron erróneamente como historias basadas en las fabulas clásicas, cuando realmente partían (consciente o inconscientemente) de las convenciones establecidas en los dibujos animados.

En el caso de la versión animada de El libro de la selva, Disney rebajó muchísimo el tono oscuro del libro de Rudyard Kipling y aprovechó para inventarse un personaje que le diera vidilla al asunto: el rey Louie, el orangután con la voz del cantante Louis Prima que entonaba la famosa «Quiero ser como tú». Unas cuantas décadas más tarde, Bill Willingham ideó la serie de cómics Fábulas, protagonizada por personajes clásicos de los cuentos. Y entre aquellas viñetas deslizó al rey Louie creyendo que el personaje era una invención de Kipling. Pero cuando le informaron de que había metido la pata ya era demasiado tarde, el tebeo se había publicado y entre sus páginas se afirmaba que Louie era parte de la novela.

Contaminación de cómic

La kriptonita, el personaje de Jimmy Olsen, el inspector Henderson, el jefazo del Daily Planet (Perry White) o el propio nombre del periódico donde trabaja Clark Kent son elementos del universo de Superman que se suele suponer que nacieron entre las viñetas. Pero todos ellos se gestaron inicialmente en un programa de radio basado en el superhéroe y acabaron mudándose más tarde a las aventuras del papel. El «No le gustaría verme enfadado» de Hulk antes de leerse en un bocadillo se originó en la serie de 1978 donde Bill Bixby  ponía cara de Bruce Banner y Lou Ferrigno lucía músculo verde. El Heimdall de los cómics de Thor se volvió negro después de ser encarnado por Idris Elba en la primera película basada en el dios del trueno.

En el mundo de Batman también ocurrieron trasvases similares: La famosa bat-cueva fue una invención de la añeja serie televisiva de los años cuarenta. El bat-gancho se lo colgó en el cinturón Tim Burton al hombre murciélago para la película protagonizada por Michael Keaton. El mayordomo Alfred la palmó en los cómics pero fue resucitado para la serie sesentera de Adam West y volvió coleando a los tebeos. En el mismo show televisivo también se diseñó el traje verde que vestiría por norma el villano Enigma, una ocurrencia del actor Frank Gorshin para evitar calzarse las incómodas mallas verdes del cómic al interpretar al personaje.

Aunque la auténtica reina en lo de maravillar al público y brincar entre las diferentes encarnaciones de Gotham City siempre ha sido Harley Quinn: ella nació como una acompañante del Joker con pinta de arlequín diabólico en la serie de dibujos Batman: The Animated Series, pero demostró tanto potencial como para acabar migrando a los cómics y convertirse en parte del canon principal. A partir de ahí se coló en más dibujos animados, tuvo su propia línea de tebeos, un papel importante en cierta serie televisiva, fue interpretada por Margot Robbie en Escuadrón Suicida y se ganó el derecho a una película propia con Aves de presa. Y hasta su paso por la serie de videojuegos Batman: Arkham acabó creando escuela en el resto de medios: los creadores de los juegos decidieron vestirla con corsés, botas y complementos que navegaban entre lo fashion y lo punk. Y aquella nueva estética se convirtió en un look característico del personaje, relevando a los trajes de arlequín.

La Harley Quinn de Batman: the animated series (izquierda), la de la saga Arkham (centro) y la interpretada por Margot Robbie (derecha).

El Nick Fury original de los cómics era un señor blanco que paseaba su parche en el ojo y su cara de mala hostia por el universo principal de Marvel. Pero en el año 2000 se presentó la línea Ultimate, una colección de nuevas series que reinterpretaban a personajes clásicos de los tebeos, y junto a ella Fury reapareció con un nuevo aspecto. El de un varón negro de vestuario casual y pelo corto, con menos cicatrices y una apariencia en general más joven que la de su predecesor. Un personaje cuyos rasgos no guardaban parecido con ningún famoso del mundo real. Hasta que en 2002 el guionista Mark Millar y el dibujante Bryan Hitch se colocaron al mando de la serie The Ultimates y decidieron otorgarle un rostro más familiar sin saber que aquello acabaría, años después, condicionando el casting de numerosas películas multimillonarias. Porque Miller se emperró en que el nuevo Nick Fury tuviese la cara de Samuel L Jackson, y Hitch se encargó de hacer realidad dicha ocurrencia sin que ninguno de los dos creyese que a lo mejor habría que decírselo antes al actor en cuestión: «Samuel es, como todo el mundo sabe, el tío que más mola del mundo. Y decidimos utilizar su imagen sin pedir previamente ningún tipo de permiso», explicaría Miller, «Hay que tener en cuenta que todo esto sucede en 2001, cuando estábamos preparando el cómic. La idea de que esto podría convertirse en una película parecía absurda porque por aquel entonces Marvel estaba saliendo de la bancarrota. Lo que no sabíamos es que Sam era un fan de los cómics. Por eso, él no tardó en enterarse». Cuando Jackson descubrió que compartía rasgos con aquel nuevo Fury decidió enviar a sus agentes detrás de Marvel para tomar acciones legales por todo aquello de estar utilizando sus pintas. Pero en Marvel fueron muy cucos y contraatacaron con una proposición: la de ficharle como Nick Fury en caso de que en un futuro se hiciesen películas con el personaje, un trato que el actor aceptó. 

Nick Motherfucker Fury.

Miller y Hitch se tomaron sus libertades creativas dibujando a un personaje clásico de cómic, algo similar a lo que hizo antes Mary GranPré al reinventar a su manera a un miembro del reparto de Harry Potter. Pero en el caso de Nick Fury lo simpático es que la cosa fue mucho más allá de la anécdota y la contaminación pop se expandió a todos los niveles. Más de un lustro después de que un tebeo fotocopiase la cara de Samuel L. Jackson, Marvel inició su plan para conquistar el mundo iniciando su Marvel Cinematic Universe al estrenar la película Iron Man protagonizada por Robert Downey Jr. Y la audiencia pronto descubrió que dicho film incluía una escena adicional después de los créditos finales, una brevísima secuencia donde Samuel L. Jackson se colaba en el salón de Tony Stark para presentarse como Nick Fury y anunciar que había un montón de superhéroes guerreando por ahí, y que algo gordo se estaba cociendo. Desde entonces, el actor se convirtió en un personaje indispensable de la franquicia cinematográfica. Y nadie podía decir que aquello no se hubiese anunciado con tiempo, aunque fuese a modo de broma: seis años antes, en una escena ocurrida entre las páginas de The Ultimates, los héroes de Marvel discutían quién sería la estrella ideal para representar a cada uno de ellos en una hipotética versión cinematográfica de sus correrías. Nick Fury respondía a la pregunta sin dudarlo: «El señor Samuel L. Jackson, por supuesto. Eso ni siquiera se pregunta».


¡Santo Batusi! Los superhéroes ya no bailan

Batman, 1966-1968. Imagen: 20th Century Fox Television.

Adam West, el hombre que rellenaba la máscara del legendario Batman a finales de los sesenta, y Frank Gorshin, el actor que interpretaba al antagonista del hombre murciélago conocido como Enigma, mataban entre cervezas la tarde en Los Ángeles cuando recibieron la invitación para asistir a una fiesta en la que no conocían de antemano ni el motivo de la celebración ni a sus anfitriones o invitados. Ambos actores se personaron en el lugar y descubrieron que no habían sido convidados a un alegre guateque sino a una lubricada orgía hollywoodiense, un detalle que en lugar de amedrentar a las estrellas televisivas avivó sus ganas de guasa: los artistas se sumaron a la bacanal interpretando aquellos papeles televisivos de Batman y Enigma que los habían hecho famosos. El resto de asistentes consideraron que las estrellas no se estaban tomando en serio lo de ensamblar un Tetris humano y optaron por indicarles amablemente dónde estaba la puerta. «Fuimos expulsados de la orgía», aseguraría West subrayando lo dramático del asunto.

El Chico Maravilla

Bert John Gervis  Jr. compaginaba los estudios en la Universidad de Los Ángeles con las clases de interpretación y un trabajo como vendedor de inmuebles cuando logró que un productor de renombre, a quien acababa de vender una casa, le rebotase hacia un agente de artistas para encauzar su carrera interpretativa. El agente, sin albergar demasiadas esperanzas en el chaval, lo envió a ciegas a un casting donde John Gervis Jr. tuvo que vestir mallas y realizar payasadas varias, algo que en Los Ángeles es una de las cosas menos extrañas que un montón de señores con cámaras le pueden solicitar a un jovenzuelo. Mes y medio más tarde al chico le telefonearon desde la 20th Century Fox para preguntar por su número de zapato sin que él entendiese del todo a qué venía tanta preocupación por el tamaño de sus pezuñas. Ocurría que John Gervis Jr. había sido seleccionado para interpretar a Robin y coprotagonizar junto a Adam West una serie basada en los cómics de Batman pero nadie se había acordado de comunicarle al mozo que había superado el casting.

El joven actor decidió que su nombre no tenía tirón suficiente para encarar el estrellato televisivo, optó por rebautizarse como Burt Ward y se encaminó al plató de la serie sin haber leído nunca los tebeos del hombre murciélago. El primer día de rodaje le sentaron en el Batmóvil como copiloto de un hombre que no era Adam West pero llevaba el traje de Batman, y charlando con aquel desconocido el inocente Chico Maravilla comenzó a descubrir los secretos del mundo del entretenimiento:

—¿Por qué estás disfrazado de Batman?
—Porque soy un doble de acción.
—Ah. ¿Un doble de acción? ¿Y qué tienes que hacer?
—Me encargo de las escenas peligrosas, aquellas en las que los actores no quieren hacerse daño.
—¿Y qué estás haciendo aquí ahora?
—Bueno, en esta escena tenemos que salir de la Batcueva directos hacia la cámara a noventa kilómetros por hora, tomar una curva cerrada hacia la izquierda y continuar en aquella dirección por la carretera.
—¿Es peligroso?
—Por supuesto. Por eso me contratan, nadie quiere que Adam West se lastime y acabe en el hospital.
—Y si tú eres el doble de Adam, ¿yo no tengo doble?
—Oh, sí que tienes. Está allí tomándose un café con Adam West.

Unos minutos más tarde el director gritó acción, el Batmóvil se puso en marcha, la puerta del vehículo se abrió por accidente y Ward acabó visitando el hospital tras dislocarse un dedo mientras se agarraba para evitar salir despedido del vehículo. Los responsables de la serie le aseguraron que en su caso no podían tirar de doble porque el disfraz de Robin, al contrario que el de Batman, dejaba gran parte del rostro al descubierto y se notaría demasiado que utilizaban un sustituto. Meses más tarde, cuando el chico ya tenía por costumbre aterrizar en la enfermería con frecuencia, descubrió que al estudio le salía más barato utilizarle a él en las escenas de riesgo porque, a diferencia de los dobles de acción, cobraba el salario mínimo.

Tananananananananananananana ¡Batman!

En 1966 la cadena ABC estrenó la serie Batman, un programa ideado por el productor William Dozier y el guionista Lorenzo Semple Jr., dos personas que no habían leído los cómics de Batman y que, tras un par de ojeadas a las viñetas, resolvieron que no tenían intención de hacerlo en un futuro cercano. Ambos se pasaron por la bragadura el material original y optaron por crear un show que tras una sintonía absurdamente pegadiza se burlaba de la formalidad de los tebeos, escupía contra la pantalla onomatopeyas durante las escenas de acción («POW!», «KAPOW!», «BAFF!», «ZONK!» o «ZWAP!» entre muchas otras), recitaba diálogos delirantes y en general masticaba como si fuera un chicle la imagen del superhéroe. Para casi todo el mundo West  fue la primera encarnación humana de Batman, pero lo cierto es que Lewis Wilson y Robert Lowery vistieron la capa del hombre murciélago durante los años cuarenta aunque nadie se acuerde de ellos.

El plátano-bolígrafo. Parece culpa de la traducción, pero no lo es: la ball-point-banana ya formaba parte del diálogo original.

El descaro desinhibido de las aventuras de Batman y Robin dotó de un encanto bobo al programa y lo convirtió en un éxito. En 1966 las familias bien avenidas de los Estados Unidos de América se reunían dos veces a la semana a la misma bat-hora en el mismo bat-canal para ver cómo un hombre adulto (West) y su joven sidekick (Burt Ward) se embutían en mallas y desbarataban a base de mamporros los planes de un reparto de villanos fabuloso: A Cesar Romero le convencieron para interpretar al Joker tras jurarle que en aquella serie los malos eran mucho más importantes que Batman o Robin. Romero aceptó el papel para echarse unas risas pero se negó a afeitarse el bigote y el equipo se vio obligado a realizar un Groucho Marx a la inversa ocultando su mostacho bajo una capa de maquillaje, una decisión estética que marcó tanto al personaje como para que existan muñequitos articulados que simulan aquel bigote de camuflaje. Los nietos de Otto Preminger se hicieron fuertes en su casa y le impidieron entrar, cerrando con llave las puertas, hasta que jurase que iba a aceptar la oferta para interpretar a Mr. Freeze en la teleserie. El legendario Vincent Price interpretó a Egghead, un antagonista que no aparecía en los cómics y hacía cosas tan malignas como lanzar huevos sobre la gente. Eli Wallach y Tallulah Bankhead aceptaron desfilar entre los malos para contentar a hijos y nietos.

Batman, 1966-1968. Imagen: 20th Century Fox Television.

Los guionistas utilizaron una ventana, durante las escenas de escalada con truco evidente, para introducir cameos de las estrellas de la época: por allí se asomaron Sammy Davis Jr., Jerry Lewis, Edward G. Robinson o personajes como el  mayordomo Lurch de La familia Addams, el coronel Klint de Los héroes de Hogan, el mismísimo Papá Noel o la pareja formada por Van Williams y Bruce Lee en sus papeles de Britt Reid y Kato de la serie El avispón verde. Entre los fans declarados del show se encontraban famosos del nivel de Frank Sinatra, Cary Grant, Natalie Wood o el político Robert F. Kennedy, pero los responsables del programa no consiguieron encontrar hueco para sus cameos. Spencer Tracy rechazó una oferta haciendo un thug life: le ofrecieron interpretar al Pingüino pero contestó que solo lo haría si le dejaban cargarse a Batman. Adam West confesó que cuando estaba en la cumbre de la fama televisiva recibió una invitación para conocer al Papa Pablo VI y se presentó en el Vaticano con una resaca tremenda. En aquel momento el actor fue incapaz de arrodillarse frente al pontífice para besar su anillo, temiendo vomitar o no poder volver a levantarse, y optó por darle la mano para acabar encontrándose con un papa que muy alegre le confesó ser un fanboy total de la serie.

En la pantalla aquel Batman hijo de la década sesentera surfeaba, bailaba el Batusi en los guateques, se subía al ring para boxear contra sus enemigos y en general estaba tan acostumbrado a saltar el tiburón como para llevar un repelente de escualos entre sus gadgets. Entretanto su compañero Robin encadenaba frases disparando exclamaciones consagradas como «Santo puré de patatas», «Santa desfachatez», «Santo D’Artagnan», «Santa pianola» o «Santo sorprendente proceso de memoria fotográfica». Había quien cuestionaba la calidad artística del asunto, pero sus participantes se lo tomaron con profesionalidad: West decidió no pelearse con el estudio para mejorar el producto y optó por dejarse poseer totalmente por aquel Batman pop. El fenómeno aguantaría tres temporadas y una película antes de comenzar a perder audiencia y hundirse. En 1968 la serie se canceló oficialmente y poco después la NBC se ofreció para retomar el testigo, pero a aquellas alturas los productores de ABC ya se habían paseado con una bulldozer por los escenarios originales y reconstruir la Batcueva resultaba tremendamente caro, razón por la cual se optó por no sacar la cartera y enterrar el producto completamente.

La revelación: Batman se pone un bañador sobre el traje para hacer surf.

El Chico Maravilla with a vengeance

En 1995 el mundo descubrió que las capas televisivas de los justicieros sesenteros ocultaban un reverso mucho más perverso y lubricado. Por lo visto, la fama de los protagonistas de Batman los convirtió en algo similar a unas rockstars (Ward llego incluso a grabar varios temas escritos y producidos por Frank Zappa) y aquello supuso que ambos actores amaneciesen cada mañana con una fila kilométrica de groupies en la puerta. Señoritas que esperaban su turno con las bragas en la mano y muchas ganas de disfrutar con la anaconda de extraordinarias dimensiones que el Chico Maravilla portaba entre las piernas.

En realidad todo lo anterior no está verificado sino que se basa en la palabra del propio Ward y más concretamente en su libro Boy Wonder: my life in tights (El Chico Maravilla: mi vida en mallas), una biografía sobre su etapa televisiva publicada en el 95 y construida para glorificar a su propio pene e insistir mucho en que las dos estrellas de Batman taladraban sin parar a sus fans entre toma y toma. En aquellas páginas Ward aseguraba que ambos actores se habían convertido en «vampiros sexuales» de apetito insaciable que tenían «sexo superheroico con fans jovencitas», enumeraba una colección extensa de apodos para su pito, confirmaba que junto a su compañero de reparto había estado con más de diez mil mujeres, revelaba que West sentía una tremenda envidia de la longitud de su cola y apuntaba que en aquellos años todas las féminas de Norteamérica soñaban con que «les rellenásemos sus agujeros con nuestro bat-esperma», una afirmación que se olvidaba de que a lo mejor Batman era el único que podría llamar así a su semilla biológica. Que Ward tenía bastante de ectoplasma era evidente: aquel libro había sido publicado por su propia editorial, una empresa que nunca editó nada más. West contestó a algunas de aquellas declaraciones con estilo: «Lo cierto es que nunca he estado con Robin y diez mil mujeres en la misma cama».

Adam Westing

Existen dos personas en el ecosistema Hollywoodiense que han sabido dejar de batallar contra el encasillamiento y convertirlo en un modo de vida. La primera es David Hasselhoff, alguien que en lugar de renegar de su pasado como protagonista de Los vigilantes de la playa o El coche fantástico ha decidido basar su carrera en parodiar su imagen de icono: vistió bañador de socorrista para un cameo delirante en Bob Esponja: la película, realizó la mejor versión de «Hooked on a Feeling» conocida, se apuntó a formar parte del casting de Fuga de cerebros 2, apareció en Los sexoadictos plantando un pino en un avión tras leer un libro sobre el suicidio en el star-system, se montó su propia red social y la denominó HoffSpace, tuvo una serie basada en una versión ficticia de sí mismo (Hoff the record) y un reality sobre su vida familiar (The Hasselhoffs), se encargó de la banda sonora de Kung Fury, se convirtió en personaje de videojuego (Pain, Call of Duty: infinite warfare) y se coló en el universo de Guardianes de la Galaxia. La otra persona es Adam West, el actor a quien la sombra de un murciélago le perseguiría de por vida y aquel cuyo nombre se acabó convirtiendo en un verbo («Adam westing» en inglés) con el que se definía el acto de basar una carrera artística en reírse de uno mismo. Aquellas tres temporadas como justiciero le supusieron al actor una fama descomunal de la que fue imposible escapar, los intentos por atrapar papeles más serios en el cine acabaron estrellándose invariablemente contra muros en forma de productores que opinaban cosas como «Batman no podría acostarse nunca con Fayne Dunaway». Al mismo tiempo la propia elegancia del actor le obligó a declinar oportunidades: cuando un productor le sugirió convertirse en el James Bond de Diamantes para la eternidad, West rechazó rotundamente el asunto al considerar que sería insultante que un americano interpretase al espía británico. Durante los años posteriores al fin de la serie, West se vio limitado a los cameos y arrastrar su imagen por los suelos: en 1976 vistió una televisión de Memphis para promocionar un show local y contra todo pronóstico sacó adelante una interpretación del justiciero en bat-chándal estando completamente ebrio.

En 1979 West y Ward volvieron interpretar al superhéroe y su sidekick en el especial Legends of the Superheroes, una especie de Los mercenarios de la época, y tras colgar las mallas de manera definitiva acabaron vagando entre producciones de escasa calidad y gente sudorosa en convenciones de cómics. Hollywood se avergonzó de su creación y dejó que el personaje masticase a la persona, pero ocurrió algo inesperado: West decidió no pelear contra la imagen de malogrado actor encasillado y optó por la autoparodia como medio de vida.

Batman, 1966-1968. Imagen: 20th Century Fox Television

La serie Batman: The Animated Series le rindió un homenaje nada discreto con el episodio «Beware of the Gray Ghost» donde el propio West interpretaba a un actor acabado encasillado en rol de un superhéroe barato. West también doblaría a personajes similares en las series animadas Kim Possible, Los padrinos mágicos, El crítico, Rugrats o Bob Esponja. Incluso el videojuego Lego Batman 3 escondió a varios Adam West, con la voz del propio actor, esperando ser rescatados en cada nivel. Su otra especialidad fue interpretarse a sí mismo pasado de vueltas, algo que sucedió en The Big Bang Theory, Futurama, Diagnóstico asesinato, Johnny Bravo, El rey de Queens o Rockefeller Plaza. En 2003 volvió a hacer de sí mismo en Return to the Batcave: The Misadventures of Batman and Robin una película donde junto al fanfarrón de Burt Ward se repasaban recuerdos de la serie original.

Curiosamente fueron los dibujos animados los que le ofrecieron un refugio más sólido, en The Batman interpretó al alcalde Marion Grange y gracias a un par de películas animadas (Batman: El regreso de los cruzados enmascarados y Batman vs Two-Face) recuperó el puesto de Bruce Wayne en la franquicia. Padre de familia le proporcionó su segundo rol más celebrado: el de Adam West, el alcalde psicótico de Quahog que comparte nombre y rostro con el actor y tan pronto enviaba a la policía a Colombia en busca de un personaje de la película Tras el corazón verde como intentaba casarse con su mano derecha o vengarse del océano apuñalando las olas con un cuchillo. Mientras tanto, los guionistas de Los Simpson se tiraron años demostrando una obsesión enfermiza por el personaje de Batman y en especial por su encarnación sesentera: en la serie de Matt Groening el propio West se preguntaba durante uno de sus cameos amarillos y animados: «¿Cómo es que Batman ya no baila?».

Santo Batusi, los superhéroes ya no bailan

Con el paso de los años el Batman de los sesenta comenzó a ser juzgado como un producto absurdo y nefasto. Los fans de las viñetas le echaron la culpa al programa de plantar la idea entre la gente de que el mundo del cómic era algo infantil y tontorrón. Y al mismo tiempo muchas personas comenzaron a utilizar la deleznable frase «es tan malo que es bueno» para justificarse cuando les pillaban viendo el show. Pero la realidad es que los porrazos onomatopéyicos fueron fundamentales en la saga del hombre-murciélago: la serie resucitó al mayordomo Alfred (fallecido en los tebeos varios meses atrás), convirtió a Enigma en uno de los grandes villanos de la franquicia (en el cómic era un secundario menor), bautizó a Mr. Freeze (se le conocía como Mr. Zero en las páginas) y logró que un puñado de personajes secundarios saltasen de la televisión hasta las viñetas. Bob Kane, el creador de Batman, apuntó que la popularidad de la serie evitó que el cómic se cancelase al revivir el interés por el superhéroe cuando las ventas de DC Comics iban de culo y sin frenos.

La leucemia se llevaría a Adam West a los ochenta y ocho años el nueve de junio de 2017. En Los Ángeles, el alcalde Eric Garcetti y la policía de la ciudad se reunieron junto a millares de personas para encender una bat-señal a modo de tributo póstumo.

Mil veces más emotivo que el funeral de Lady Di.

En la actualidad las historias de superhéroes creen que ser adulto significa sufrir cantidad, ahorrar en bombillas y mirar mucho al suelo. Una percepción que ha logrado que personajes tan divertidos como Batman se conviertan en seres muy agobiados con cara de tener problemas serios con su circulación intestinal. West aseguraba que las mallas proporcionaban un picor insufrible y que bajo aquella capucha el calor era insoportable, pero más allá de eso todo lo que rodeaba a su personaje era parranda y jolgorio sin tapujos. Hollywood tiene fama de masticar a las personas sin compasión y el único superhéroe posible en un lugar así es el Batman del 66, una lección de Pop Art en movimiento, la más sensata rendición al absurdo, la celebración desvergonzada de las aventuras tontainas como el entretenimiento absoluto. A lo mejor es tan bueno que es bueno. El Batman de Adam West, aquel que llevaba las cejas garabateadas sobre la máscara, es el superhéroe definitivo, la persona a la que expulsan de una orgía porque se la está tomando a cachondeo. Desgraciadamente, los superhéroes ya no bailan.