Los inicios de Javier Marías (y 2): la vanguardia como forma de antifranquismo

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Javier Marías. Fotografía: Gonzalo Merat.

(Viene de la primera parte)

La insatisfacción de Javier Marías ante el estado de la literatura española heredera de las condiciones de la posguerra, lo había inducido a buscar sus referentes y modelos en las tradiciones literarias extranjeras (sobre todo la de lengua inglesa, entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta emprendería traducciones de autores difíciles de esa tradición como Laurence Sterne, Joseph Conrad o sir Thomas Browne) y en un autor español contemporáneo como Juan Benet, quien además compartía con él la visión negativa del realismo y el costumbrismo españoles.

Dentro de este panorama, Benet, a través de su magisterio personal, fue una figura trascendental en la formación de Javier Marías como escritor. Y, en un sentido más amplio, tuvo un enorme efecto revulsivo en la literatura española de la época. Porque el ejemplo que pragmáticamente representaba la obra de Benet conectaba con unas ansias de renovación generacionales que pretendían dejar atrás los presupuestos políticos y estéticos que habían sido dominantes en el campo literario del franquismo. Benet fue muy contundente y supo argumentar con brillantez su desdén hacia muchas de esas propuestas literarias dictadas por el antifranquismo, demasiado dependientes de la coyuntura sociopolítica y que, además, a su entender, carecían del necesario empaque literario (esa fue la tesis fundamental que expuso en su imprescindible ensayo La inspiración y el estilo, y sobre la que volvió una vez y otra en sus escritos sobre literatura a lo largo de su vida). 

El rechazo de cierta estética realista, que es uno de los nexos de unión más evidentes entre los dos novelistas, lo hará también suyo Javier Marías, un realismo asociado a la novela de costumbres y, en particular, al tipismo español, lo que Marías parece englobar también en el concepto de «novela castiza», lo mismo que el rechazo del «didactismo», o moralismo, en literatura, es decir, la transmisión de un mensaje con ínfulas moralizantes, que es la idea motriz que regirá el proyecto de los irónicos «cuentos didácticos» firmados junto a Azúa y Molina-Foix. Por el contrario, creo que con la obra primera de Javier Marías, se volvía a poner el énfasis en lo puramente literario y se estaba volviendo a legitimar en los años setenta, la idea de una vanguardia artística: al lector se le pedía que activase unos nuevos mecanismos de lectura, una manera distinta de acercarse a la literatura; un lector que no era aún entonces demasiado numeroso en España, pero cuyo perfil prefiguraba el del lector español de la democracia. 

Todo este despliegue inicial, visto con la suficiente perspectiva y tomado en su conjunto, consiente que se establezca un paralelismo con «el ideal de tabula rasa» que el estudioso del arte de vanguardia Renato Poggioli identificó como una fase inicial por la que atraviesan los movimientos de vanguardia: es decir, una actitud de beligerancia ante la autoridad de la tradición del pasado. Dicho en otras palabras, que uno de los principales elementos constitutivos del espíritu del arte de vanguardia es esa actitud de antagonismo polémico frente a aquello que lo precede en el campo artístico.

De la misma manera en que desde el romanticismo hasta las vanguardias históricas de los veinte y treinta del pasado siglo, el arco temporal durante el cual el arte se autonomiza y socializa al mismo tiempo, todas las manifestaciones artísticas organizadas se han articulado sobre la entidad dinámica del movimiento, un grupo social cohesionado de artistas, frente a lo estático de la tradición anterior al romanticismo, fundamentada en la escuela, el taller y el respeto a lo tradicional. Por esta razón, Poggioli vio también en el «mito romántico» del Zeitgeist, el espíritu del tiempo que los jóvenes artistas, de modo semiconsciente, se proponen encarnar, el principal elemento constitutivo de la actitud de vanguardia. Unos artistas lo bastante jóvenes y lo bastante recién llegados como para que su visión del arte no esté comprometida por las reglas determinadas para la mayoría de sus contemporáneos de más edad, que agrupan sus fuerzas para marcar el campo en la batalla por la legitimidad como una demostración de unidad ante las fuerzas de aquellos a quienes perciben como enemigos. Y a menudo, claro, son inflexibles e intransigentes, taxativos y contundentes en sus juicios negativos, y no muestran ni el menor rastro de voluntad de consenso.

En la irrupción de los escritores de la generación de Marías, vamos a encontrar todos esos elementos comúnmente asociados a la vanguardia: el activismo, la autopropaganda, el fuerte deseo de incidir socialmente en el medio literario. Síntomas todos ellos de esa actitud agonística, de enfrentamiento, iconoclasta, hasta nihilista, en el sentido de querer hacer esa tabula rasa de los valores del pasado. El vituperio del pasado reciente es evidente, en fin, que formó parte de sus enseñas más destacadas. Esta clase de rechazo radical es el que, por encima de otras consideraciones, cohesiona inicialmente a los grupos de vanguardia. En política, en el caso estudiado, ello conllevaba también el rechazo del régimen franquista y el campo cultural asociado a él, cosa que incluía asimismo la literatura social y comprometida del antifranquismo, lo que equivalía al rechazo de la España de Franco en su conjunto. El franquismo era aquello que lo deformaba y contaminaba todo, algo así como el pecado original de todo el estado de la cultura española de ese tiempo. 

Muchas de las tentativas primeras de esos escritores fueron simplificadas como «esteticistas», y «esteticismo» fue también una crítica habitual a las primeras novelas de Javier Marías, puesto que en tanto que novelas que parodian la forma del relato de aventuras eran autorreferenciales (y se correspondían bastante cabalmente con el eclecticismo culturalista e irónico de los «novísimos» en el ámbito de la poesía; por supuesto, un tratamiento pleno de la cuestión nos llevaría a ocuparnos de las reales diferencias entre ellos, pero lo que aquí más me interesa es destacar sus semejanzas) y por ello conllevaban un enfoque distinto al del realismo sobre la forma literaria y, por ende, sobre el lenguaje como manifestación primordial de la cultura. Y, por eso, precisamente, no es menos cierto que ese llamado «esteticismo» vehicula por igual las ansias de transformación social, de crear un campo literario nuevo en un país nuevo, e impensado por la cultura de la oposición a la dictadura y su ética de resistencia al franquismo.

Marías ya había dejado atrás el paradigma propio de la cultura que dominó el campo literario español de la dictadura a partir de los años cincuenta, sustentada en la lucha contra el régimen mediante la praxis literaria como medio de circundar la censura. El suyo era un nuevo enfoque, propio de los campos literarios de los países democráticos, y podría resumirse parafraseando las palabras de Félix de Azúa en su poética de Nueve novísimos: juzgar la literatura desde la literatura, y no desde la tribuna electoral. Para llegar a él era necesario negar radicalmente el paradigma anterior. El propio Javier Marías escribiría en Desde una novela no necesariamente castiza que la novela del realismo comprometido manifestaba tácitamente una desconfianza hacia «”lo puramente novelesco”, como si ese género en efecto híbrido precisara, para su existencia y práctica, de alguna justificación externa que lo redimiera de su inanidad y frivolidad. La novela social […] de aquellos decenios era […] el fiel reflejo de la indigencia intelectual que vivía la España de Franco».

Esta aparición puede verse como un acontecimiento disruptivo que derriba la anterior concepción de lo artístico, aunque no siempre sea fácil poder trazar una línea que marca un límite preciso entre el «antes» y el «ahora». Este complejo proceso de renovación, restitución o reconstrucción de la lógica literaria interrumpida por la guerra civil, las circunstancias de la posguerra y la dictadura, puede esclarecerse mediante la analogía de la aplicación al campo artístico del concepto psicoanalítico de la «acción diferida», de modo parecido a como lo ha aplicado el crítico de arte Hal Foster para explicar la lógica interna de las vanguardias históricas y la neovanguardia de finales del siglo XX en las artes plásticas y visuales. Así, apoyándose en las ideas de Freud y Lacan, de quienes toma el concepto a propósito de la configuración de la personalidad individual, Foster, en El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo, escribe que «la subjetividad no queda nunca establecida de una vez por todas; está estructurada como una alternancia de anticipaciones y reconstrucciones de acontecimientos traumáticos […] un acontecimiento únicamente lo registra otro que lo recodifica; llegamos a ser quienes somos sólo por acción diferida (Nachträglichkeit)».

Foster utiliza así esta idea para dar cuenta de la imposibilidad de delimitar de manera clara y unívoca el paso de transición temporal entre las diferentes etapas de ese mismo continuo que es la modernidad artística; una modernidad que ya hacia 1859-1860 Baudelaire definía como «lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable».

Esta noción de la «acción diferida» que recodifica el pasado no solo nos sirve, al hilo de Foster, para explicar el funcionamiento asincrónico de la modernidad, o el modo en que las obras innovadoras son incorporadas a la tradición, una tradición que resultar ser así dinámica y no estática, según la define Poggioli, que así tradicionaliza y asimila en su propio engranaje la idea de «ruptura», como ya vio Harold Rosenberg en La tradición de lo nuevo y después Octavio Paz en Los hijos del limo, sino que puede emplearse para ilustrar igualmente la dificultad de periodizar con rigidez la mutación en España de la cultura del franquismo hacia la cultura de la democracia. Dicha cultura perteneciente al franquismo estaba fatalmente asociada a él e incluía la cultura del antifranquismo, y por eso la nueva generación debía reaccionar contra los presupuestos de esta última también. Acabar, en efecto, con la España de Franco; con la que está del lado de la dictadura y con la opositora también.

El recorrido lo habían iniciado algunos de los escritores de la generación del 50 y fue coronado por la siguiente generación, que, en su ejercicio literario, da muestras ya evidentes en los últimos años de la dictadura, de formar parte de una cultura democrática que anticipa a un público lector propio de sociedades desarrolladas y libres. Como también lo hace en su actitud pública al establecer una distancia nítida entre su labor de creador y su actitud como ciudadano (algo muy evidente en el caso de Javier Marías, que desarrollaría una importante labor articulística a partir de los años noventa). 

En suma, la labor de aquella generación consistió en una reincorporación de España a las corrientes estéticas internacionales, y una recuperación de la modernidad literaria de la que España había quedado aislada. En mi opinión, en este sentido, la obra de Marías se inscribe dentro de una corriente de normalización cultural, de reconstrucción de una lógica interna de la literatura española, que llevaba aparejada también de manera tácita la recuperación de una «razón» democrática (la expresión «reconstrucción de la razón democrática», es la acertada fórmula con que Vázquez Montalbán, en La literatura en la construcción de la ciudad democrática, describió lo sucedido en este periodo), unos cimientos democráticos que iban a terminar por emerger a la superficie una vez muerto el dictador.

Esta reconstrucción de la «razón democrática» conllevaba una recuperación de la modernidad literaria cercenada por la guerra civil y la represión y la autarquía del franquismo, y tuvo que pasar por un momento inicial de repudio de todo lo español. Como ha explicado Javier Marías, para él y para muchos de los escritores de su generación, la cultura del antifranquismo estaba también «manchada» por el régimen, y era en su estrechez de miras un signo más de la pobreza intelectual de la España de Franco. Por eso la rechazó, como rechazó la imagen oficial del país, su folcrorismo, una abstracción separada de los españoles y construida por la propaganda de la dictadura, y en este sentido la negación inicial de España es un rechazo de un nacionalismo con el que no se identificaba.

Como he tratado de explicar con estas líneas, esta acción inicial negadora del pasado inmediato se corresponde con la típica actitud vanguardista que estudiaba Renato Poggioli en el marco de las vanguardias históricas. En no escasa medida este relativo extrañamiento con respecto a la tradición nacional explica la duradera imagen pública de Javier Marías como autor extranjerizante, que lo ha acompañado durante mucho tiempo, y tal vez explica también algún malentendido más reciente relativo a su figura. 


Pepe Ribas: «La cultura es cómo vives, no cómo piensas»

Pepe Ribas

A Pepe Ribas (Barcelona, 1951) le brillan los ojos cual hombre de la pradera a la hora de habar de contracultura. No se ha tomado ningún ácido, que sepamos. Tan solo notamos que le fascina divagar sobre un período que vivió en primera persona y que luego se ha dedicado a estudiar con profesionalidad y ahínco. Como juez y parte, desde que publicara Los 70 a destajo, sus imprescindibles memorias, hasta el día de ayer, recién clausurada la magna exposición sobre contracultura catalana comisariada por él y Canti Casanovas, visitable durante los últimos meses en el Palau Robert de Barcelona, Ribas ha ido construyendo un relato detallado de cuanto aconteció al margen de los márgenes durante los últimos coletazos del franquismo y el cada vez más polarizante proceso de transición. 

La presentación en Sevilla del impresionante catálogo de la citada muestra -que podrá visitarse de nuevo en Madrid el próximo mes de octubre en el CentroCentro- nos ha dado la oportunidad de sentarnos con él para hablar largo y tendido sobre la aventura que fue el primer Ajoblanco y por todo aquello que nuestra historia viene queriendo que se entienda o no por contracultural. 

La contracultura en España, ¿crees que tuvo algún rasgo propio significativo o fue, como afirman algunos, una mera imitación de la extranjera?

El movimiento contracultural en España no fue para nada una copia del movimiento internacional, sobre todo porque nuestra contracultura estuvo sustentada en muchos aspectos por la cultura popular, que no existe tal cual en otros países. En España, además, especialmente en Andalucía y en las áreas mediterráneas, ya había un fuerte movimiento libertario a finales del siglo XIX, mucho antes de que hubiera nada parecido en Estados Unidos. Nuestra cultura popular y nuestro pasado libertario hicieron que la contracultura española fuera una contracultura totalmente diferente a la de los demás. ¿Crees que Ocaña copiaba a alguien? ¿Crees que Nazario lo único que hacía era imitar a Robert Crumb? ¿Se parece Ajoblanco a alguna revista contracultural francesa?

Dicho esto, sí creo que no debería hablarse en términos generales de contracultura española, pues hubo una contracultura catalana, una contracultura andaluza y poco más. En Madrid, por ejemplo, no hubo apenas contracultura, por una cuestión lógica además. Para que la contracultura surja es necesario que existan zonas liberadas, espacios de libertad, y en Madrid no los hubo sencillamente porque Madrid fue siempre una ciudad republicana, que fue burocratizada y represaliada por el franquismo cuando este tomó el poder. Barcelona, en contra, fue siempre una ciudad libertaria, «arrepublicana», podríamos decir, por lo que el franquismo la «premió» con más industria, lo que provocó que la ciudad desarrollara un tejido productivo propio independiente de lo oficial y con poquísimos funcionarios.

Cataluña se convirtió así en un lugar lleno de agujeros de libertad, no solo en Barcelona, también en Manresa, Reus, Mataró… Madrid y Barcelona eran mundos distintos. Cataluña, dada su alta pluralidad cultural y con un amplio tejido productivo independiente, comenzó entonces a reivindicar su propia cultura. Surgió así la nova cançó, surgieron los estructuralistas, surgió el clan Barral y a su alrededor se asentaron en Barcelona los grandes escritores latinoamericanos del momento, con los que podías hablar de tú a tú, no iban todavía de divos. Surgieron luego los Novísimos, que eran otro mundo, como lo eran también los de la Gauche Divine, pero eran en todo caso submundos que no existían en Madrid, donde lo más que te podías encontrar era a los de Fuerza Nueva o a los Guerrilleros de Cristo Rey atemorizando por todas partes. Por eso en Madrid hubo solo pequeños núcleos underground, no pudiendo desarrollarse una verdadera contracultura al no haber territorios liberados, mientras que en Barcelona había barrios enteros. En Sevilla también hubo en algún momento zonas liberadas, gracias a la cultura y a la música gitana, que fue siempre muy libertaria. Ahí tienes el caso de La Cuadra de Paco Lira. Un lugar así no hubiera podido existir en Madrid. 

Viviendo como vivía España bajo una dictadura, ¿no podría entenderse como contracultural cualquier transgresión cultural de la época?

No debería, pues fue precisamente en los territorios en los que había agujeros de libertad en los que se desarrolló esta contracultura propia. La contracultura significa por encima de todo vivir al margen, sea este el margen que sea, una dictadura como la española o una democracia como la estadounidense. Para poder vivir al margen necesita uno espacios abiertos donde poder socializar, donde poder gestar transformaciones, donde poder funcionar a través del trueque, que era nuestra moneda de cambio. El franquismo se vivía entonces sobre todo dentro de las casas, residía en las figuras paternas, y por eso nos quisimos independizar todos tan pronto. Es cierto que aquello pudo hacerse realidad gracias a la situación socioeconómica en la que se vivía entonces, donde con el quince por ciento del sueldo de un cartero se podía pagar el alquiler de una vivienda de cien metros cuadrados en el centro de cualquier ciudad, sobrando luego dinero para hacer muchas cosas. Estoy hoy día es imposible, porque lo que ha cambiado es el valor del dinero. Hoy con un buen sueldo apenas puedes alquilar un piso. En aquella época fueron así viables muchas cosas que hoy resultarían impensables.

En cualquier caso, el franquismo en Barcelona, insisto, no llegó a integrarse nunca del todo en las estructuras de poder, que siguieron en gran medida en manos de los industriales. Mi padre, por ejemplo, que había luchado en Burgos en el 39 con los nacionales, a cuyo padre además lo habían matado los anarquistas, destruyendo de paso su fábrica, cuando vio que tenía el carnet de la CNT lo único que me dijo fue: «Haz lo que quieras, pero sin violencia». Mi padre era falangista, liberal, pero sus libros de cabecera eran los Ensayos de Montaigne y La decadencia de Occidente de Splenger. Fue una persona que me dio una cultura impresionante. 

Pepe Ribas

¿La contracultura española fue una revolución burguesa?

Para nada. Para empezar porque no sabíamos ninguno de dónde venía la gente, nadie tenía apellidos. Fue una mezcla social absoluta. En Ajoblanco estábamos: Quim Monzó, hijo de un obrero y de una costurera; Toni Puig, que venía de un pueblo pequeño donde su familia regentaba una mercería; Claudi Montañá, hijo de unos panaderos; Albert Abril, hijo de una estanquera; Fernando Mir, que era clase media-alta y bohemia; Luis Racionero, que era pequeño burgués; y yo, que sí era burgués. Pero nadie se preocupaba de saber de dónde venía el otro. Fuimos además nosotros quienes protagonizamos la ruptura sobre este hecho con las generaciones anteriores al no hacer juicios sumarísimos contra nadie, cosa que hasta los comunistas hacían entonces, por ejemplo, contra los homosexuales. 

En aquella época, todos estábamos huyendo de forma espontánea de los autoritarismos, no solo del franquismo sino también del marxismo, del maoísmo y del leninismo. Nos guiaba nuestro instinto y por supuesto nuestras lecturas, a las que llegábamos muchas veces por casualidad. Esta es otra prueba de que nuestra contracultura no fue imitación de nada, porque nadie comenzó a ser contracultural siguiendo un «programa» ideado en el extranjero, fue todo mucho más natural. La realidad fue que al enfrentarnos en la práctica a ideales como el de la libertad sexual, por ejemplo, muchos lo pasamos fatal. Todo esto que se cuenta ahora sobre lo salvajes que eran las orgías de aquellos años y tal, fue durísimo para mi generación, que llevaba dentro todavía latiendo todo el tema de la culpa cristiana. Fuimos una generación con mitos, sí, pero sin maestros, totalmente autodidacta.

Dentro de la llamada Gauche Divine, ¿no crees que hubiera conexión alguna con la contracultura?

La Gauche Divine no tuvo absolutamente nada que ver con la contracultura. Eran otra cosa. Eran todos burgueses y universitarios, mientras que en la contracultura hubo siempre de todo, gente incluso que dejaba la universidad, sí, pero también hijos de la clase trabajadora. Cuando Barral presentaba sus libros en Bocaccio, nosotros íbamos a tirarles bombas fétidas, con eso te lo digo todo. Nos reíamos de Félix de Azúa, a quien imitábamos así todo afectado, diciendo: «¿Ha muerto ya la novela? ¿No ha muerto ya el arte?» [risas]. 

La Gauche Divine, además, no fue nunca colectivista como sí lo fuimos nosotros. Eran gente que competía muchísimo entre sí y nosotros no. Ni siquiera entre las distintas cabeceras. Ajoblanco nunca compitió con Star, porque cuando vi que Juanjo Fernández tiraba más hacia el cómic, nosotros decidimos dedicarnos a otros contenidos, para no pisarnos, para compenetrarnos en definitiva. Fíjate, si nosotros hasta colectivizábamos los sueldos, lo que se ganaba se repartía luego entre todos a partes iguales. Los de la Gauche Divine tenían todos sillones y tresillos de diseño en sus casas, mientras que nosotros con suerte teníamos algunos almohadones en casas compartidas. Nosotros cocinábamos, mientras que ellos tenían servicio. Nuestra forma de vida era totalmente distinta. No teníamos nada que ver con los de la Gauche Divine, como tampoco tuvimos luego nada que ver con sus hijos —Llàtzer Moix, Sergio Vila-Sanjuán, Ramón de España, etc.—, que eran profesionales que  pertenecían ya a la «generación del yo». ¡Iban a los sitios con sueldo! La prueba de que nunca fueron contraculturales se vio clara también cuando llegaron las Olimpiadas del 92 y a los hijos de la Gauche Divine se les encargó todo, mientras que a los de Ajoblanco no se les llamó para nada.

En la contracultura es cierto que había gente que vivía de manera más underground que otra, pero ni siquiera los más burgueses de nuestra generación tuvieron nada que ver con los de la Gauche Divine. La cultura es cómo vives, no cómo piensas.

¿Y Anagrama? ¿No crees que al menos sus primeras publicaciones tuvieron algo de contracultural?

Nuestra editorial contracultural de referencia entonces fue Kairós, no Anagrama. Y si me apuras, más contracultural que Anagrama fue Tusquets con su colección «Acracia», que contó con cerca de cincuenta títulos. Anagrama sacaba, sí, pequeños textos de corte contracultural pero que en realidad eran resúmenes que nos obligaban luego ir a buscar los libros completos al extranjero. Recuerdo de hecho ir a París con Juanjo Fernández —el de Ajoblanco no el de Star— a comprar La Internacional Situacionista, que había publicado Anagrama resumida. En ese viaje conocimos a Agustín García Calvo, que vivía en un apartamento donde tenía su mesita, su máquina de escribir, un montón de folios en blanco al lado, e iba vestido con un traje que nos dijo tenía todos los colores de los pájaros del Caribe. A mí me pareció genial el personaje, pero Juanjo, que era situacionista puro, se enfadó mucho tras conocerlo [risas].

El libro clave para nosotros en aquella época fue California Trip, de María José Ragué, que sacó Kairós. No fue, como se ha dicho en algunos sitios, El nacimiento de la contracultura de Roszak, que, aunque lo publicó también entonces Kairós, nadie leyó porque era un tostón. En cambio, el de Ragué era un libro práctico que te explicaba de primera mano lo que estaba pasando en ese momento en Estados Unidos, contado además por uno de los nuestros.

En esto de qué es o no contracultural, creo que ha creado confusión el ensayo Culpables por la literatura, de Germán Labrador, que es un libro impecable desde el punto de vista literario, pero que da como contracultural cosas que claramente no lo son. Mezcla muchas historias. El caso más llamativo es el de Leopoldo María Panero, que era una persona muy compleja, muy interesante, muy underground, pero contracultural no era. 

Pepe Ribas

¿Por qué el PSUC terminó encontrando más afinidades entre los integrantes de la Gauche Divine que entre vosotros?

La cultura que promovía el PSUC era una cultura de mitin. Ellos querían el poder y nosotros queríamos cambiar la vida cotidiana desde la libertad, que son cosas muy diferentes. Ellos querían arrebatarle el poder al franquismo y nosotros cambiar las mentes que había gestado el franquismo pero también el comunismo, por lo que no había forma de coincidir con ellos. ¡El PSUC te decía hasta cómo tenías que vestir! Tenían unas cabezas antiguas, amuebladas con cosas del siglo XIX mientras que nosotros estábamos ya en el siglo XXI, hablando de ecología, de feminismo, de salud y naturismo, de temas que siguen vigentes ahora. Si tú lees los que escribíamos entonces al respecto en Ajoblanco verás que son los mismos debates que tenemos hoy día. 

Nosotros tuvimos un fuerte encontronazo con ellos durante una manifestación en la que se pusieron todas las locas y los travestis delante de la fila y estos las echaron de allí escandalizados. Hubo ahí una escisión grande entre ellos y nosotros. Nuestra idea era que cada uno hiciera lo que creía que tenía que hacer, pero eso iba en contra totalmente de los preceptos del partido. 

Para entonces, Vázquez Montalbán era una persona de lo más autoritaria, que jugaba además a un doble juego, ya que en paralelo a su militancia estaba ganando dinero y construyéndose una piscina y una pista de tenis en su casa. Los fines de semana, además, se dejaba ver con todos los ricachos de Pals, como Helen Portabella. Lo que pasa es que Manolo era un humanista, un ser muy contradictorio, dominado por su mujer, catalanista acérrima. Manolo en el fondo era un gamberro muy tímido. Con todo, no deja de ser significativo que el día de las primeras elecciones democráticas, cuando los comunistas obtuvieron el dieciocho por ciento de los votos, a los señoritos del partido, a Vázquez Montalbán entre otros, les tuvieron que poner por delante las sillas para celebrar la noticia y quienes lo hicieron fueron los obreros. Esto me lo han contado algunos dirigentes del PSUC, ¿eh? No me invento nada.

Nosotros rompimos con toda esa concepción anquilosada de la sociedad, básicamente porque fuimos la primera generación que comenzó a convivir en pisos compartidos. Ana Castellar, secretaria de Barral, nos dejó su casa para que fundáramos allí nuestra comuna, donde nos mezclamos gente de todo tipo. Teníamos un calcetín gris donde cada uno metía el dinero que podía para poder pasar la semana. Había gente que no metía nada, porque no tenía, por eso el calcetín era gris, para que no se transparentara. Esta idea se la copiamos a los anarquistas. Llegamos luego a formar parte de la ODAF, la Oficina de Ayuda al Freak, una organización que prestaba servicios colectivos de todo tipo a las comunas. 

¿Cómo nace Ajoblanco?

Ajoblanco nace en el bar de la facultad de Derecho, donde nos reuníamos un grupo de estudiantes entre los que estaban Antonio Otero, José Solé, Alfredo Astor, Tomás Nart y yo. Montamos juntos una asociación política influida por nuestras lecturas de entonces: mucho surrealismo, mucho centroeuropeo… Nos bautizamos como el grupo Nabucco. Otero y Solé eran muy cultos, lo habían leído todo, leían además cosas muy atípicas. La verdad es que éramos un grupo bastante insólito.

Un día quisimos montar una obra de teatro en la facultad, pero la comisión de cultura, que estaba formada por gente del PSUC, no nos dejó. En la facultad sufrimos varias traiciones, una de ellas por parte de Bandera Roja, que en el marco de la organización de un encierro estudiantil en el que habíamos tomado una decisión que a ellos no les convenía estratégicamente nos delataron a la policía. Luego, por culpa también de un miembro del PSUC, nos clausuraron la facultad. Como no podíamos seguir estudiando, decidimos entonces hacer un largo viaje en coche y llegamos hasta Grecia, donde estuvimos dos meses viviendo, tocando la guitarra por las calles, haciendo trueques, y esa experiencia nos unió de una forma distinta. Experimentamos en aquel lugar otra forma de vivir y de pensar y vimos que lo que habíamos leído sobre la contracultura en los libros era real. De algún modo allí nació la necesidad de hacer algo, pero no sabíamos todavía qué. 

En el verano de ese año, te hablo de 1973, me fui a Ámsterdam y a París con Ana Castellar. Estuvimos viviendo primero en el Vondelpark, junto a más de cinco mil personas. Vimos a David Bowie en el Paradiso, cantando como una lagarterana valenciana, o al menos esa fue la sensación que tuve [risas]. De Ámsterdam fuimos a París, y allí me encontré en un bar con Panero, que me insultó y me echó por no ir al hotel donde él vivía. Me fui entonces andando hasta un pequeño parque donde hay una estatua de Apollinaire y allí mismo tuve una revelación. Estaba leyendo un libro de André Breton, Los pasos perdidos, donde se decía algo así como: «Para ganar algo tienes que perder algo antes, porque si no pierdes nada no te quedará nunca hueco para lo que quieres hacer». Y me dije: «Tengo que hacer una revista». Vi claro entonces que había mucha gente a mi alrededor muy perdida que no sabía dónde estaba y vi claro también que tenía que ser una revista legal, realizada además fuera del ámbito de la universidad, sin dependencias de ningún tipo. 

Nada más llegar a España, convoqué a todos los Nabuccos y a Ana Castellar en el restaurante Putxet, al que habíamos ido alguna vez ya, y les conté lo de la revista. «Quien quiera seguirme que me siga», les dije. Y todos se apuntaron. La revista acabó llamándose Ajoblanco, porque la camarera del restaurante, una malagueña que nos quería mucho, nos hizo esa noche el plato típico de su pueblo, el ajoblanco.

Después vino todo como muy rodado, gracias a un sinfín de coincidencias y casualidades. Tres semanas después de aquel encuentro en Putxet, en la librería del drugstore, donde se vendían en Barcelona todos los libros prohibidos, compré Utopía de Tomás Moro y me crucé por la calle con Toni Puig, que estaba tomándose un chucho de azúcar. Al verlo, nos pusimos a hablar, él con el pastel en la mano y yo con el libro de Tomás Moro, y nos dio un ataque de risa al darnos cuenta de la estampa. Nos fuimos luego a su casa. Toni vivía entonces en una comuna en la que también estaban un miembro de Els Comediants, otro de Els Joglars más una feminista anarquista, y pasamos una noche gloriosa porque allí se juntaron las dos Cataluñas, la burguesa culta y la rural anarquista. Gracias a Toni conocí luego a Pep Rigol y a través de Rigol conocí a Quim Monzó, a Albert Abril y a Claudi Montañá. Como los Nabucco se fueron todos al poco a hacer el servicio militar, me vi solo justo cuando íbamos a empezar a montar la revista, así que empecé a hacerla con estas nuevas amistades.  

Pepe Ribas

Me imagino que los inicios fueron complicados. ¿Cómo conseguisteis daros a conocer? En España, no había tradición alguna de revistas de ese tipo.

El primer escollo que tuvimos que sortear fue el tema de los permisos, que conseguimos gracias a las gestiones que hizo Félix Vilaseca, un abogado recién licenciado amigo mío a quien conocía de los tiempos del colegio. Nos los dieron también porque, en paralelo, Roger Jiménez, director de Europa Press en Barcelona, que había cubierto muchas ruedas de prensa del PSUC durante los encierros estudiantiles, nos ayudó a dar con las personas claves con las que había que hablar. Localizamos así a José Mario Armero, jefe de Europa Press en Madrid, con muchos contactos dentro del Ministerio. Decidí entonces ir a verlo, pero antes me quise enterar qué era lo que le gustaba a este tal Armero. Me enteré así que lo que más le gustaba era el circo, así que me pasé unos días con la gente de Els Comedians hablando sobre el mundo del circo, para entender bien lo que era y cómo funcionaba.

Cuando nos vimos en Madrid y empezamos a hablar, recuerdo que Armero me dijo: «¿Pero tú de dónde sales?» [risas]. Acabamos luego cenando, lo pasamos genial. Armero me presentó al poco a Pío Cabanillas, que era un ministro muy progre, y este terminó dándome los permisos para publicar Ajoblanco el 18 de julio de 1974. Recuerdo que ese día en Madrid no había quien se moviera por las calles, estaba todo lleno de fascistas. No había visto una cosa igual en mi vida. Asustado, me metí en el bar Anselmo mientras pasaba la marabunta, y el camarero me dijo: «Allá hay dos muy progres también muertos de miedo». ¡Eran Alberto Corazón y Sara de Azcárate! [risas] Me senté con ellos a hacer tiempo y acabamos siendo amigos. Mi vida ha sido siempre así. 

Con los permisos concedidos, lo primero que hice fue buscar a un periodista con carnet que hiciera de redactor jefe. Lo intenté primero con los progres de Tele/eXprés, pero no me echaron mucha cuenta. Conseguí al menos que me presentaran a Ramon Barnils, que nos dijo: «Si me invitáis a un par de Cardhus en el Boadas os dejo el carnet de periodista unas semanas para que hagáis lo que queráis con él». Y así empezamos. 

El dinero para hacer la revista, ¿de dónde salió?

De un amigo de mi hermana que se acababa de separar. Nos dio cien mil pesetas. Estaba muy amargado con la separación. Ganaba mucho dinero porque tenía una empresa textil, que todavía existe, por cierto. Era un luchador. Nos vio con tanto ímpetu montando la revista que quiso participar de algún modo. Mi madre me prestó también cincuenta mil pesetas. Luego hicimos bonos y tal, pero fue complicado sacar aquello adelante. Hubo un momento que tuvimos que pedir un crédito. Nos lo dieron gracias a que Toni Puig tenía una nómina, porque daba clases por las mañanas en una pequeña escuela infantil experimental. Era de esas escuelas que se llevaban a los niños al parque a dar allí las clases. Si te fijas, todo giraba en torno a la contracultura. Ahí estaba el tema de la nueva educación. 

¿Qué ocurrió exactamente con vuestro primer logo, aquel que tomaba la tipografía de la Coca-Cola?

Que la Coca-Cola nos mandó una carta diciendo que si no lo cambiábamos de inmediato nos pondrían un pleito. Nosotros les respondimos, a través de este amigo mío abogado, Félix Vilaseca, que no habíamos copiado el logo de la Coca-Cola sino el logo del Cacaolat. Aquel primer logo lo hizo Quim Monzó. Tras recibir la carta de la Coca-Cola, decidimos por si acaso modificarlo ligeramente. Recuerdo ir al despacho de Quim a ver el logo retocado el día que murió Franco

¿Cuándo veis que la revista empieza a despegar?

Los dos primeros números nos provocaron un déficit tremendo. Yo estaba ya en la mili y veía como el Ajo se hundía, así que fingí allí un ataque al corazón tremendo, tanto que los militares se lo creyeron y me dejaron volver a casa. Pedimos entonces el crédito del que te hablaba antes. Con ese crédito sacamos los números 4 y 5, con las portadas diseñadas por América Sánchez. Eran números muy pop, pero no terminaban de funcionar. La gente estaba en aquella época obsesionada con Andy Warhol, un personaje que siempre me ha parecido muy comercial, pero como necesitábamos que la revista despegara, metimos a Warhol en el número 6. Y ahí recuperamos un poco. 

¿Recuerdas cifras de venta?

Del número 1 tiramos diez mil ejemplares y vendimos cinco mil; del número 2, vendimos dos mil; del número 3, vendimos dos mil doscientos; del número 4, vendimos tres mil: del número 5, vendimos dos mil cien; y del número 6, volvimos a vender cinco mil, recuperando la tirada del primer número. 

Ocurrió no obstante que pronto nos volvimos a quedar sin dinero. Estuvimos todo el verano y todo el otoño del 75 sin sacar ningún número. El verano del 75 fue, como sabes, el «verano negro», como lo calificó en su día Luis Vigil. Fue el verano del Canet Rock, pero también cuando secuestraron La piraña divina de Nazario y cuando la censura suspendió temporalmente el Star alegando que era una revista de tebeos, no teniendo permiso para ello. Fue igualmente el verano en el que un tal Wilson, supuesto militante de ETA, estuvo pasando unos días en casa de Toni Puig. Al enterarnos de aquello, decidimos todos marcharnos de Barcelona, por si acaso. Los de El Rrollo Enmascarado se fueron a Ibiza, porque a Mariscal le dio la paranoia con el secuestro de La piraña divina. Fue allí en Ibiza de hecho donde aprendieron a utilizar el color en los dibujos. Y nosotros nos fuimos algunos a Menorca.

En Menorca me tome un ácido junto a Fernando Mir, Luis Racionero y su mujer. Estando en ácido vi claro que Racionero tenía que poner dinero para la revista [risas] y nos dio doscientas mil pesetas. El empresario textil que nos había apoyado al principio puso cien mil pesetas más. Con ese dinero me hice solo el número 7. Lo maqueté y diseñé yo entero. Mi hermana me ayudó a picar los textos. Fernando Mir, que trabajaba en Salvat, venía de vez a cuando a ayudarme a corregirlos. Ese número fue doble, tenía el desplegable. Era un número totalmente libertario. Para entonces, todos los catalanistas que colaboraban con nosotros se habían ido ya de la revista. Se dieron cuenta de que no tenían cabida en un sitio que no iba contra nadie. 

Fernando Mir dejó luego Salvat y juntos hicimos los siguientes números. Con el 10 nos llegó el primer escándalo y vendimos doce mil ejemplares. Ahí fue donde la cosa cambió para siempre. 

Pepe Ribas

Entiendo que ese fue el número dedicado a las Fallas.

Efectivamente. El Consejo de Ministros suspendió la revista entonces durante cuatro meses por su contenido sexual y de la peineta rebelde de la portada. Nos multaron también, pero la multa no la llegamos a pagar. Muchas de las multas que se imponían no se pagaban nunca. Star tampoco las pagó. Esto me lo ha confirmado el propio Juanjo. Nos llegaron además denuncias de todos los sitios, desde el Ayuntamiento de Valencia, desde la Junta General Fallera… Nos achacaban primero que el número, que ofrecía una visión pagana de las Fallas, lo habían escrito solo catalanes, lo cual era mentira porque casi todos los que participaron en él eran valencianos. Allí estaba Javier Valenzuela, que era de la facción joven de Ajoblanco, y también Amadeu Fabregat, que era de la facción catalanista. Fabregat había hecho además junto a Lluís Fernández aquella película tan transgresora, que nadie ha visto en verdad porque solo se conservan algunos fragmentos, titulada La fallera mecánica, para cuyo rodaje colaron a un travesti durante la celebración oficial de las Fallas y nadie se dio cuenta de aquello hasta que en la revista lo comentamos. Con el Ministerio negociamos en aquel momento para que nos dejaran sacar el número de julio a cambio de tomarnos unas vacaciones largas hasta diciembre. En ese tiempo nos replanteamos la revista, nos fuimos de nuevo a Menorca en comunidad y nos empollamos todo el anarquismo español. 

El número 16 de Ajoblanco lo tiramos ya en rotativa, porque fueron cincuenta mil ejemplares. Del número 25, dedicado a las Jornadas Libertarias, vendimos cien mil ejemplares. Buena parte del dinero que ganamos entonces lo destinamos a asociaciones de mujeres maltratadas, también invertimos en proyectos ecológicos. Pero las Jornadas Libertarias fue el principio del fin. La CNT no supo cómo asumir todo aquello y comenzó la guerra sucia. El caso Scala fue un horror. Detrás de aquello no estuvo Martín Villa, como se ha dicho siempre, sino que estuvo la OTAN, pues lo sucedido formó parte de la Operación Gladio. A partir de ahí, los nacionalistas catalanes se izquierdas se dedicaron a destruir los ateneos libertarios para que no lograran hacerle sombra a las asociaciones de vecinos, que era donde la izquierda estaba preparando su burocracia de cara a las futuras elecciones municipales. En pocos años pasaron cosas tremendas. Mi generación se radicalizó o se volvió neorrural cuando empezaron a mandar los partidos democráticos que habían pactado con el franquismo. Radicalización, dispersión o integración. 1976 fue el año de la libertad, 1977 fue el año de lo libertario y en 1978 prácticamente se acabó la contracultura y se consolidó el punk ibérico. Al año siguiente cerramos Ajoblanco y yo decidí irme a Madrid, donde viví de primera mano el nacimiento de toda la movida, hasta 1983.

Los de Ajoblanco en este sentido fuimos puramente contraculturales y precisamente por ello nos tocó a nosotros matar a la contracultura. Matamos a la contracultura norteamericana para así poder asumir el pasado libertario español, coincidiendo con el retorno a España de los exiliados, sobre todo los de la autogestión, los que hicieron las colectivizaciones y tal. Cuando nos contaban sus experiencias nos quedábamos verdaderamente alucinados. Nosotros tuvimos siempre conciencia social y por eso no hay ningún muerto por heroína en Ajoblanco. Ni uno. Porque sabíamos perfectamente lo que estábamos haciendo. Desparecimos así de manera muy consciente.

En Ajoblanco colaboraron al principio muy activamente Quim Monzó y Karmele Marchante. ¿Qué opinión te merecen sus derivas?

Al poco de irme yo a Madrid, Quim Monzó se fue a vivir becado a Nueva York y allí, de algún modo, se hizo en serio escritor, se interesó por la literatura y a eso se dedicó después de haber pasado por Ajoblanco. Monzó es un tipo muy interesante. Es justo decir que ya era nacionalista en aquella época, luego lo fue menos, y ahora lo es de nuevo. Es verdad que entonces era un nacionalista raro, que lo mismo se emocionaba al conocer a Jaime Gil de Biedma que se iba al Ateneo a leer poesía con Biel Mesquida

Karmele Marchante se dio pronto cuenta de que el periodismo era un chotis, porque a partir de 1978 la libertad de prensa dejó realmente de existir en España. Cuando Antonio Asensio comenzó a negociar con los periodistas sus dosieres en Interviú, se acabó todo. Karmele vio esto claro y acabó metida en la prensa rosa porque tenía que ganarse la vida. Pero Karmele ha sido siempre una feminista radical y a día de hoy sigue trabajando con mujeres necesitadas, haciendo un trabajo magnífico. Lo de la Karmele es muy fuerte, es una historia muy bonita la suya. Deberías entrevistarla.

Muchos consideran que buena parte de los contenidos del primer Ajoblanco eran en el fondo muy utópicos, por no decir ingenuos. ¿Cómo lo ves ahora?

Estoy de acuerdo. Sin utopía no hay camino que recorrer, dependes tan solo de las circunstancias. La utopía te marca unas fuentes, unas ilusiones, y yo creo que la ilusión en los setenta fue esencial para vencer al franquismo, porque teníamos tanta… Si ahora estamos tan perdidos es porque no tenemos perspectivas utópicas. Es verdad que en Ajoblanco fuimos utópicos e ingenuos, pero porque la ingenuidad fue lo que nos dio la libertad. La libertad es ingenua o no es libertad. Nosotros no tuvimos miedo nunca, al menos al principio. Lo tuvimos, fíjate, a partir de las Jornadas Libertarias. Fernando Mir, de hecho, se fue de Ajoblanco tras las Jornadas Libertarias, que fueron un éxito social pero un fracaso político. Tengo claro que en España las cabezas de muchos cambiaron radicalmente a partir de entonces. Aquello fue un trabajo colectivo realizado por un pequeño grupo de personas que, por más que estuviera detrás la CNT, eran por encima de todo libertarias. De aquel logro no quiero yo sentirme protagonista de nada, porque yo lo más que fui entonces fue coordinador. Yo dejé hacer a los demás, nunca firmé nada. Fue todo cooperativo y así debe recordarse.

De aquellas Jornadas Libertarias se recuerda como especialmente transgresora la intervención de Ocaña, tan reivindicado hoy día.

Ocaña fue un personaje muy complejo. El primer artículo serio que se escribió sobre él salió en Ajoblanco. Nos contactó él a nosotros y nos contó que estaba harto de la forma en la que estaba siendo tratado por algunos medios. Quería contar públicamente con sus propias palabras quién era, no dejar que otros le pusieran etiquetas. Ocaña representaba entonces la cultura andaluza de verdad, la cultura del gitano de verdad, que se ponía la vida por montera y hacía lo que le daba gana. Ocaña no era un travesti, era simplemente Ocaña. No se habla nunca además de la influencia que tuvo en él Lola, la mujer de Paco Lira, y es fundamental para entender al personaje.

Hay que tener cuidado, por otro lado, con los procesos de mitificación, porque a veces algunos parecen querer dar a entender que la contracultura nació y murió con Ocaña. Pero la contracultura tuvo muchos padres, muchos sin nombre. Ahora está de moda decir que nuestra revolución fracasó, pero no es verdad. Julià Guillamon, por ejemplo, sostiene que el sistema de comunas de entonces fracasó, y yo le digo que no. Porque hoy en día las familias funcionan como comunas gracias al cambio que provocamos nosotros. Antiguamente, a los padres se les hablaba de usted. En la mesa, los críos no podían hablar. Las niñas, cuando tenían la regla, eran castigadas. Los niños, si tenían una eyaculación precoz, eran castigados.

Cuando nosotros empezamos a vivir en comunas, a los niños se les enseñó a convivir en otros ambientes. Para empezar, lo hicieron en un ambiente feminista, donde muchos éramos bisexuales, de ahí que estos niños crecieran sin complejos en cuanto a la identidad sexual. España es hoy día el país menos religioso de todo Occidente. Las iglesias están en verdad vacías. En Francia y en Alemania están llenas. No es casual que el primer país que eliminó los manicomios fuera España, tampoco que fuera prácticamente el primero en legalizar el matrimonio homosexual. Todos estos logros traen causa de unos debates sociales asumidos por las nuevas generaciones, debates que por otro lado ya estaban en Ajoblanco, las cosas como son.

En retrospectiva, de Ajoblanco me parece hoy día especialmente interesante la sección de cartas que publicabais, donde tanta gente perdida os escribía tratando de encontrar afinidades con quien fuera. Son cartas que demuestran lo desesperada que estaba mucha gente entonces, sobre todo fuera de las grandes ciudades.

Me alegra y me apena que destaques esa sección, porque conservo todas esas cartas y nadie me ha pedido nunca verlas. Tendré unas veinte mil. Son un documento sociológico fundamental para entender el tipo de sociedad que era entonces España, pero nadie se ha interesado nunca por ellas, ningún investigador. La gente habla así de oídas, porque ahí está todo. En esas cartas, la gente nos contaba, por ejemplo, su vida sexual. Muchas mujeres maltratadas nos confesaban sus dramas. Precisamente, a raíz de estos testimonios, decidimos fundar una revista feminista llamada Xiana, que dirigió de hecho Karmele Marchante. La gente nos escribía al Ajo como si la revista fuera una persona: «Querido Ajo», nos decían. 

Pepe Ribas

¿Qué gran relato crees que falta por contar sobre la contracultura catalana?

En término generales, está todo dicho ya, aunque sería sin duda interesante conocer en detalle las historias personales de más protagonistas del período. Fernando Mir, por ejemplo, tendría muchas cosas que contar, pero no quiere. Canti Casanovas, con quien he comisariado la exposición en el Palau Robert, también debería escribir sus memorias, porque su experiencia es muy distinta a la mía, por ejemplo. De hecho fue por eso por lo que quise contar con él a la hora de armar el relato de la exposición, porque nunca quise que fuera mi visión personal de las cosas, quería que se contara la historia total. 

El cómo ha surgido esta exposición es muy interesante. A mí me llama un día un señor de la Generalitat y me propone desde el primer momento hacer una exposición sobre la contracultura catalana. Como comprenderás, yo me quedé atónito. La propuesta en un principio iba dirigida a mí y a José María Lafuente, pero Lafuente se quitó rápidamente de en medio, porque él no tenía ninguna pulsión de contar ningún relato. A él, como coleccionista, lo que le interesa son los artistas y su obra, pero yo veo esas obras como parte de un cambio social, nacidas al hilo del mismo. A la Generalitat le puse entonces dos condiciones no negociables para hacer la exposición: por un lado, libertad absoluta a la hora de definir sus contenidos, bajo la advertencia de que yo era una persona sensata y si tenía que meter en la exposición alguna polla, por ejemplo, lo haría sin abusar; y por otro, que con el dinero que me iban ellos a dar, me dejaran subcontratar a alguien con quien me pudiera pelear para dar forma al relato. Ahí fue cuando pensé en Canti Casanovas, que es más catalanista que yo, estuvo metido en el mundo de la heroína… y era en definitiva un perfil mucho más radical que el mío. Como ya presentía, hemos acabado siendo como hermanos. Él me ha cambiado muchísimo la cabeza y yo creo que también se la he cambiado a él en muchos aspectos. 

La exposición ha sido finalmente vista por más de cincuenta mil personas. Ha dado lugar a unas jornadas de reflexión muy interesantes. Yo he visto a muchos jóvenes ir allí y emocionarse. Sinceramente, no me esperaba tanto éxito. 

¿Por qué los pintores tienen tan poca presencia en la exposición? 

Es posible que falten pintores, sí. En la contracultura, la parte pictórica tiró más hacía el comic y la ilustración, porque la verdad es que la pintura conceptual no es contracultural, y mira que los primeros Ajoblanco fueron todos conceptuales, a nivel de maquetación digo. ¿Quién sería para ti un pintor contracultural? 

¿No te lo parecen los del colectivo Trama?

No, porque eran muy estructuralistas. Y el estructuralismo no es contracultura. Eran más posmarxistas, pienso. Tampoco estaban muy relacionados con nosotros, la verdad. 

¿Los pintores de la Nueva Figuración Madrileña no te parecen tampoco contraculturales?

En Madrid, como ya hemos hablado, no pudo haber contracultura debido a la falta de espacios libertarios. El único lugar digno de mención fue La Vaquería, que recibió un bombazo, porque en el piso de enfrente estaba la CNT. La CNT madrileña no entendió nada. Fue parte del conflicto, de hecho. En Madrid sí que surgieron, de forma aislada, dos figuras importantísimas. Por un lado, está la figura de Ceesepe, que era anarquista desde el principio. El primer articulo suyo lo publicamos nosotros en Ajoblanco. Es un artículo que salió sin firmar y que luego él recuperó en El Carajillo, un fanzine que tuvo que imprimir en Barcelona. A Ceesepe luego se le ha relacionado mucho con el fotógrafo Alberto García-Alix, a quien creo que se la ha dado una relevancia en los setenta que no tiene. Ceesepe en cualquier caso es un personaje clave de la contracultura española.

Y el otro es alguien cuyo nombre no te puedo decir todavía pero cuya historia no ha sido contada. Te diré solo que es un personaje que conecta con otros cinco, entre ellos Fernando Márquez el Zurdo. Todos estos montan las Ediciones Antípodas y publican en 1976 el fanzine Mmm…! Uno de estos alquiló un despacho en la calle Augusto Figueroa, donde conocí a Bernardo Bonezzi y a Alaska. Alaska tenía entonces trece años. Al verla, le dije: «¿Tú que haces aquí?». Y me respondió: «Quiero ser petarda» [risas]. Me pareció genial. La cosa es que se ha encontrado hace poco una caja entera con información de este grupo y pretendo en breve escribir sobre ellos. Moncho Alpuente los invitó una vez a salir en televisión, pero este personaje que te digo no pudo ir porque se había inventado una personalidad… Es un poeta visual increíble que aglutina a mucha gente a su alrededor. Es un tipo verdaderamente libertario, como Ceesepe, de los pocos contraculturales que hubo en Madrid. En Madrid sobre todo lo que hubo es underground. Ahora estoy de hecho coleccionando la revista Bazofia, que es sorprendente.

¿Tendría sentido hacer hoy día una revista contracultural? 

Sí. Es más, es el momento de hacerla. Pero nos tendríamos que unir gente muy distinta. Porque el principal problema que tenemos todos ahora no es generacional, sino de necesidad: necesitamos buscar perspectivas utópicas. El tercer Ajoblanco fracasó porque cometí el error de darle el relevo a los veinteañeros, pensando que generacionalmente tendrían el mismo ímpetu que nosotros, pero lo cierto es que no estaban preparados. Tras aquello me di cuenta de que el relevo tiene que ser transgeneracional, nos tenemos que entender gente muy distinta, gente que ha estado en bandos distintos y ha vivido en momentos distintos de la historia. 

La contracultura exige en principio una forma de vida que tal y como están las cosas hoy día es imposible materialmente poner en práctica. No podemos vivir contraculturalmente, pero sí podríamos hacer una revista que, sin ser radical, fuera contra el sistema, tanto el educativo como el cultural. Debería hacerse esta revista. Hay un hueco, de hecho. Debería hacerse además desde la periferia, entre Sevilla, Barcelona y algún sitio de Galicia. Habría que romper ciertas susceptibilidades estúpidas, crear primero una red para hacer viable la revista en papel, al menos cada tres meses. Con un crowdfunding funcionaría. La exposición ha demostrado que hay un público para ello. Estaría bien que no firmáramos ninguno, para romper con la autocensura. Yo estoy dispuesto a lo que queráis.

Pepe Ribas


Los inicios de Javier Marías (1): aires de cambio en la literatura española

Javier Marías Fotografía Gonzalo Merat 1
Javier Marías. Fotografía: Gonzalo Merat.

Para dar cuenta de la escritura novelesca que Javier Marías ha desarrollado, creo que es necesario remontarse a los comienzos de su carrera, que se ubica en los últimos años del franquismo. Los elementos atómicos y definitorios de lo que ha sido la poética literaria de Marías y que, en cierto sentido, han funcionado como una matriz de toda su obra posterior, se encuentran ya en sus primeras novelas y relatos. Especialmente, en el período comprendido entre el año 1970, en que se publica la famosa y polémica antología Nueve novísimos poetas españoles, y en que Javier Marías daba por terminada la escritura de su primera novela, Los dominios del lobo (si bien esta no se publicaría hasta el siguiente año, 1971), y 1975, el año de la muerte de Franco y en el que se publicaba también Tres cuentos didácticos, un volumen que Javier Marías firmó junto a otros dos compañeros de generación, Félix de Azúa y Vicente Molina Foix, y en el que incluyó el relato «La dimisión de Santiesteban». Entre los años 1970 y 1975 se había afianzado en el panorama español una nueva concepción de lo literario, lo que no era sino la culminación de un proceso iniciado mucho antes, e impulsado por los integrantes de más de un grupo generacional de escritores, y entre los que cabe contar destacadamente a Javier Marías. Su caso es muy representativo de las transformaciones vividas en el marco de la literatura española en unos años que fueron trascendentales, porque marcarían el rumbo de la producción literaria en España durante las décadas posteriores. Tener en cuenta la esfera social e ideológica española de ese tiempo, y cómo esta se expresa en novelas y escritos narrativos, es imprescindible para poder ver el paso de la cultura de la dictadura a la cultura de la democracia. 

Cuando en 1971, Javier Marías publica su primera novela, en España todavía colean las polémicas acerca de la obligatoriedad del realismo estético como vehículo que debe articular el compromiso político de los escritores contra la dictadura. Cosa que en no poca medida instrumentalizaba políticamente la literatura. Recordemos que los años cincuenta y los sesenta han sido los tiempos de la «operación realismo» orquestada por el Partido Comunista y su agente en el interior de España que fue Federico Sánchez (Jorge Semprún), de los muy influyentes trabajos de crítica preceptiva de José María Castellet, como la antología Veinte años de poesía española, Notas sobre literatura española contemporánea, y La hora del lector, y, en un marco más amplio, del prestigio y la difusión de los que gozan las ideas de Sartre sobre el compromiso político de los intelectuales y los escritores. No es posible aquí demorarse en las implicaciones éticas y políticas que conllevó la escritura literaria en España durante la dictadura y que rodearon el «problema del realismo», pero esa es una cuestión que no puede perderse de vista. Lo mismo que no puede obviarse la idea de responsabilidad social a través de la escritura que subyace a la idea del «compromiso». 

En este contexto, conviene recordar la relevancia en el marco literario español de los años setenta de los «novísimos» en tanto que «grupo generacional». Con independencia de los méritos literarios de la antología poética de Castellet, que marcaba un sorprendente, y todavía estudiado por los historiadores de la literatura española, punto final a su anterior etapa de defensa y promoción del realismo histórico y la literatura social y políticamente comprometida, y de las polémicas que la rodearon, sobre el carácter de oportunismo mercantil de su lanzamiento, o sobre la nómina de autores incluidos, lo cierto es que puso en el mapa a una generación de escritores que exhibía unas características diferenciadas de las de sus mayores, y que, por las mismas razones, estaban condicionados por unas circunstancias de formación y de crecimiento distintas.

Los escritores de esta nueva hornada se veían hermanados por unas actitudes que recuperaban los planteamientos y la revalorización de una vanguardia artística que había quedado sofocada por las consecuencias de la guerra civil y de la dictadura. Su aparición era un síntoma de las transformaciones sociales en el campo literario que se experimentaban en España en el periodo final del franquismo. A este impulso generacional se habían sumado novelistas que, como Javier Marías, manifestaban la conciencia de pertenecer a una «generación literaria» distinta.

Muchos de los poetas «novísimos» profesionalizaron, además, su escritura en el ámbito de la novela en las décadas siguientes, y a ellos se podría juntar a novelistas como José María Guelbenzu, autor de la emblemática novela El mercurio, de 1968, o incluso a un joven Enrique Vila-Matas, cuya fama como novelista llegaría mucho después, pero cuya primera novela (Mujer frente al espejo contemplando el paisaje) se publicó en 1973, el mismo año que la segunda novela de Javier Marías. Aún más, podríamos ver un equivalente de esta transformación también en el ámbito del pensamiento con el proyecto colectivo En favor de Nietzsche, que juntó los primeros pasos de filósofos y eruditos de la filosofía tan dispares como Fernando Savater, Eugenio Trías o Andrés Sánchez Pascual, descontentos ante el clima de la filosofía académica española de entonces y al mismo tiempo del marxismo, cada vez más residual pero dominante aún en la cultura de la oposición, una situación en todo comparable al hartazgo de muchos poetas y novelistas jóvenes frente a la preeminencia del realismo comprometido.  

En 1984, Javier Marías pronunciaba una conferencia en Estados Unidos titulada Desde una novela no necesariamente castiza donde, en mi opinión, con lucidez retrospectiva explicó muchas de las circunstancias de época relacionadas con la publicación de sus primeras novelas. Del mismo modo que con su obra había conseguido captar aquel Zeitgeist de la época, o «aire del tiempo», en expresión del crítico Guillermo de Torre.

Puede resultar útil, para acercarnos a ello, la noción sociológica de «campo literario», en tanto que espacio de lucha por la legitimidad artística, que propuso Pierre Bourdieu, para considerar los elementos más relevantes del estado en el que se encontraba la literatura española en el momento en que Marías hizo su debut. El impulso del novelista madrileño trabajaba en concomitancia y complicidad con los esfuerzos de otros creadores de parecida edad. Así, sus dos primeras novelas, Los dominios del lobo, y Travesía del horizonte, en lo que tienen de entretenidos relatos de aventuras, que subvierten con ironía las estructuras de sus respectivos géneros a la vez que rinden homenaje a sus convenciones (lo mismo que «La dimisión de Santiesteban» imprime una extraña variación al molde del cuento de fantasmas tradicional), preludian la hibridación posmodernista de Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta, y, de la misma manera, la actitud desenfadada que por la vía práctica demostraba con la escritura de esas novelas entroncaba con la irreverencia ilustrada de Félix de Azúa o Manuel Vázquez Montalbán (y de la que habían dado muestra ya en sus respectivas poéticas «novísimas») o la resabiada recuperación de la sentimentalidad infantil que llevaban a cabo en sus versos y primeras tentativas narrativas Leopoldo María Panero o Ana María Moix, y que encontraría su más brillante explicitación teórica en La infancia recuperada de Fernando Savater en 1976.

Marías no fue el único escritor de su generación en emprender esa senda, ni la suya fue una «ruptura» en un sentido estricto, puesto que contaban con el precedente y el estímulo de algunos autores de la generación anterior, en el caso de Javier Marías con Juan Benet a la cabeza. Un maestro en quien hallaría una fuente de inspiración, un modelo de excelencia literario y una piedra de toque con la que medir la valía de su propia obra. Se ha escrito mucho sobre la «ruptura» o «renovación» en la literatura española de los años sesenta y setenta respecto a las tendencias de la posguerra, y es un asunto que todavía discuten los especialistas, pero creo que es posible desarrollar una línea argumentativa que considera que en la obra de esa generación más joven hay una continuidad, antes que una verdadera ruptura, con las propuestas renovadoras de algunos autores de la promoción anterior, así la obra de no pocos novelistas de la hornada de Javier Marías prolonga los planteamientos inaugurados por gentes como Juan Benet o Luis Martín-Santos, en sus empeños de volatilizar el realismo, o de ponerlo boca abajo. Planteamientos narrativos que habían empezado a iniciarse en la década del cincuenta y que se consolidaron a partir de los sesenta. Es en este movimiento de renovación, iniciado anteriormente, en el que se inscriben los primeros esfuerzos literarios de Javier Marías. 

En efecto, hacia 1970, en España se había estado viviendo un momento de «pretransición» (una expresión que tomo del libro La doble transición, de Ramón Buckley), una transición cultural que se anticiparía a la transición política, y que significaría la transformación de una cultura literaria condicionada por el régimen franquista (falta de libertades políticas, represión de la disidencia, censura…) a un campo literario que empezaba a regirse ya por las pautas de las sociedades democráticas avanzadas, aunque la libertad política no hubiese llegado aún a España.

Sean cuales sean las fronteras que se elijan para delimitar este periodo histórico, la Transición, que en la política institucional se inicia con la muerte de Franco pero que culturalmente puede abarcar hasta las primeras décadas de la democracia, es la época en la que la generación de Javier Marías aparece en el panorama literario, y su obra muestra inequívocamente la sintonía con la del resto de países democráticos occidentales antes de que la democracia hubiera llegado a España, y sobre todo, lo mostraba de manera más clara de lo que lo hacía la literatura de la generación anterior.

Marías se inscribe así en una corriente estética imbricada en este período, y que da idea de un espíritu de época. No perder de vista la emergencia de una nueva concepción de la literatura enraizada en un paradigma neovanguardista ayuda a la comprensibilidad general del periodo y de sus ondulaciones. Un espíritu de época que refleja, pues, las transformaciones vividas en el conjunto del mundo occidental tras la Segunda Guerra Mundial y que con retraso afectan también a España. Atender a todas estas circunstancias que otorgan a esos escritores un «parecido de familia», en la conocida metáfora de Wittgenstein, permite hacer extensible el término «novísimo» al conjunto de la generación, un hecho que también han subrayado numerosos estudiosos al englobar a los novelistas, poetas y pensadores surgidos en ese periodo bajo un mismo marbete generacional; y es lo que justifica que un crítico como Juan Antonio Masoliver-Ródenas definiese a Javier Marías en los años setenta como el «novísimo por excelencia».

El humus de crecimiento intelectual y social de esta generación no sería el mismo que el de aquellos escritores que se vieron más directamente afectados por las repercusiones de la guerra civil y lo más duro de la posguerra, los autores encuadrados dentro de la generación del 50 o del medio siglo. Estas circunstancias compartidas de crecimiento y de aparición, que en el ímpetu de su despliegue enlazan con el espíritu de las vanguardias, justifican que se vea en los jóvenes escritores que debutan alrededor de 1970 una nueva promoción diferenciada de la de sus mayores. Un grupo unido en su alborear, antes, como diría el propio Marías, «de que cada cual siguiera su propio camino». Y así se iniciase lo que puede verse como una dispersión estética tras un período inicial de militancia y fidelidad a una concreta visión artística, que no es sino una circunstancia que se dio ya en las vanguardias históricas. Un efecto de dispersión que se acentuaría con la consecución de los objetivos apetecidos: el descrédito del compromiso político en la obra de creación literaria, de las convenciones de la literatura realista y el anhelado final del franquismo. 

La corriente principal de la literatura española característica del periodo perteneciente a la cultura del franquismo (tanto la oficial del régimen, como la opositora) es una de las principales modalidades de lo que denigratoriamente Marías va a llamar pues «novela castiza». La crítica de Marías fue a veces desairada, exagerada o injusta, como él mismo reconocería con los años, pero es sintomática del énfasis con que negativamente reacciona ante lo que percibió, hacia 1970, que era todavía el «discurso» sobre lo literario en España. El suyo es el malestar de muchos de los autores jóvenes de aquel tiempo ante lo que creen que es el estado de la literatura española. Esta reacción es fundamentalmente una reacción ante la «noción dominante» de lo que creen que todavía impera en la literatura española. Eso se vio muy claramente en el caso de los poetas «novísimos», pero es perfectamente extrapolable al conjunto de la generación, incluidos los novelistas como Javier Marías.

(Continuará)


Plaza Pieyre de Mandiargues

Plaza Pieyre de Mandiargues
Fotografía: Alberto Gamazo. Pieyre de Mandiargues

Casa Leopoldo es uno de los pocos –—no llegan a la media docena— restaurantes que me devuelven a mi infancia. Siempre recordaré el día en que mi padre me llevó a almorzar aquella célebre parrillada de pescado y marisco, seguida del descomunal muslo de pavo —¿o era pava?— y, de postre, la oronda, olorosa y sabrosa naranja alicantina con que me obsequió el señor Leopoldo y que yo me guardé para el desayuno del día siguiente, antes de ir al colegio, bien peladita, cortadita en rodajas con unas gotitas de moscatel y espolvoreada con azúcar, del blanco.

Eso debió ocurrir entre 1948 y 1950, a nuestro regreso de París. El Teatro Romea, situado en la vecina calle del Hospital, había vuelto a abrir sus puertas al teatro catalán y mi padre se movía por el chino —lo que hoy se conoce como barrio del Raval— con la ligereza y el respeto con que se movía en sus años mozos, cuando era la joven estrella de la escena catalana, el sucesor de Rusiñol y de Guimerà.

A la sazón, Casa Leopoldo era una bodega convertida en casa de comidas y su fama, al margen de la célebre parrillada de pescado y marisco, le venía por su clientela, en parte taurina —atraída por el puterío del barrio y por la persona de Germán Gil, el hijo del señor Leopoldo, también conocido como el Exquisito, novillero sin fortuna pero simpatiquísimo— y en parte por lo que unos años antes de la guerra incivil se conocía en Barcelona como «la brigada del amanecer», gentes de la alta burguesía que bajaban al chino a «encanallarse». Cenas famosas, las de Casa Leopoldo, en las que un rejoneador rondeño compartía mesa con Carmen de Lirio —«Menos lirio y más carne», que gritaban los estudiantes de entonces—, la sobrina del gobernador civil y Alberto Puig Palau, el «tío Alberto» de la canción de Serrat.

De ese Leopoldo nocturno y canalla supe más tarde, cuando empecé a pisar las redacciones de los diarios y los viejos periodistas adoctrinaban a los jóvenes sobre la geografía moral y carnal de «la gran encisera», como decía don Joan Maragall i Gorina. Fue precisamente en aquellos años, a mediados de los 60, cuando volví a frecuentar la Casa Leopoldo de mi infancia. Seguía siendo un restaurante de toreros, pero no quedaba ni rastro de la «brigada del amanecer». La célebre parrillada de pescado y marisco había sido sustituida por unos rodaballos y unas lubinas —salvajes, como se dice ahora— impresionantes, y el descomunal muslo de pavo se había convertido en un rabo de toro —de lidia, cuando la había— que hacía las delicias de los comensales. Curiosamente, fue con los chicos del barrio, del chino, que volví a Casa Leopoldo. Chicos que sabían de su existencia pero que jamás lo habían frecuentado, como Terenci Moix, o que tan solo sabían de él por haber ido a tomar el vermú un par de veces en compañía de su padre, como Manolo Vázquez Montalbán, que más tarde contribuiría a acrecentar la fama del local, convirtiéndolo en uno de los favoritos del detective Pepe Carvalho.

Fue por aquellos años en que, junto a Terenci, descubrimos una novela de André Pieyre de Mandiargues, un escritor francés de pura raza surrealista, en la que aparecía Casa Leopoldo: La Marge. La novela la publicó Gallimard en 1967 y se hizo con el Premio Goncourt, el más importante premio que otorgaban y siguen otorgando los franceses. La noticia de la concesión de este premio, así como la personalidad de su autor y el contenido —y el continente— de la novela, fueron prácticamente silenciados en España. Oficialmente, se habló tan solo en los papeles de un panfleto antifranquista, y la persona de su autor, próximo, a la sazón, del partido comunista francés, pasó a engrosar la larga lista de los enemigos de la patria.

 El escenario de La Marge era la ciudad de Barcelona a mediados de los años 60, poco después de que se celebrasen los «veinticinco años de paz» (1964), de paz franquista. Un escenario que, para ser más preciso, arropaba la parte baja de la ciudad, lindando con el mar, entonces prácticamente invisible: el denominado barrio chino, el territorio de la prostitución, al cabo de la Rambla, una zona que Mandiargues, como buen surrealista, identificaba con las partes vergonzosas del cuerpo humano, ya sean del hombre o de la mujer. Ahí, en el sexo de la ciudad, en los cojones de la ciudad —rematados por el falo increíble, colosal, que es el monumento a Colón—, Sigismond Pons, el protagonista de la novela, se mueve a través de un laberinto de calles bañadas en sangre y oro, es decir, en sangre y mierda: el oro y los excrementos son, en la simbología y el psicoanálisis, una misma cosa. Sangre y mierda que, mezcladas, dan un color anaranjado, de butano, el color de moda entre las prostitutas del barrio chino —y de otros barrios menos canallas, menos pintorescos, más como Dios manda, abutanados como Dios manda— en aquellos años de paz.

La sangre y la mierda, los colores de la bandera franquista, hoy constitucional y monárquica, borbónica (Mandiargues, cuando escribe sobre España lo hace, claro está, en clave republicana). Sangre y mierda que, en 1964 o 65, cuando Mandiargues llega a Bareclona para escribir Le Marge, sirven de orla, una veces brutal, las más, y otras patética al  FuhroncleFürher/forúnculo/culo—, es decir, el general Franco, omnipresente en la novela, como la araña —el yugo y las flechas— en las novelas de la infancia barcelonesa de Juan Marsé, y en las que se mea esa infancia. El símbolo y la actualidad se dan constantemente la mano en La Marge, no en vano, su autor es, como les decía, un surrealista de pura cepa.

De todos los personajes que aparecen en La Marge, el único real, —amén del omnipresente Fuhroncle—, según confesaría años después el propio Mandiargues, (Le désordre de la mémoire, Gallimard, París, 1975), es una prostituta, de nombre Juanita, que el escritor francés conoció en el bar Pigalle, que él mismo sitúa en la calle Marqués de Barberà esquina a la de Sant Olaguer. Ambos, Sigismond/Mandiargues y Juanita, fueron, dice, a fornicar un par de veces —doscientas pesetas el polvo— en una habitación situada en el número 20 de la calle San Ramón, y después del segundo encuentro, Sigismond la llevó a almorzar a Casa Leopoldo, donde él (Mandiargues) tenía por costumbre ir a comer. A Mandiargues le agradaba Casa Leopoldo, o «Chez les Leopoldos», como dice en una ocasión. El local era limpio, el trato agradable, familiar, y el menú rico y abundante, pudiéndose elegir entre carne y pescado. Aquel día, Sigismond/Mandiargues y Juanita «la putilla de ojos amargos y nariz húmeda», se comieron una escudella y un plato de criadillas. El menú costaba entonces, según leemos en la novela, veinte pesetas, más diez de un porroncillo de blanco, y el postre, claro está.

En Le désordre de la mémoire, Mandiargues, tras evocar aquella Barcelona «cadáver, hoy en día —escribe—, de una ciudad que fue la más libre (libertaria, diría yo) de la península ibérica, hoy pisoteada por la soldadesca franquista»; tras evocar a Juanita, la putilla de Medinaceli, y sus almuerzos en Casa Leopoldo, confiesa: «El odio es una forma accesoria del amor. Hay asesinatos en la historia que esta no puede olvidar. Por el honor de todos los hombres y mujeres de las diferentes razas que forman esto que se ha convenido en llamar el pueblo español, al que quiero, me sabría muy mal que Franco, como parece lo más probable, muriese en su lecho y no de muerte violenta».

Hoy, sacado Franco del Valle de los Caídos y Mandiargues (fallecido en 1991) enterrado en el PèreLachaise, de París, las razas en este bendito país son cada vez más plurales y diversas. El barrio chino que conoció Mandiargues ha desaparecido prácticamente, pero aún alberga prostitutas como Juanita, nacidas, eso sí, a cientos, miles de kilómetros de Medinaceli. El laberinto se ha venido abajo, las calles se han ensanchado y han surgido nuevas plazas, duras, donde por fin llega el sol y se respira la brisa del mar.

Una de esas plazas lleva el nombre de Andrè Pieyre de Mandiargues, pero el vecindario ignora quién fue, y por descontado, nadie ha leído su célebre novela La Marge, una novela que, una vez muerto Franco, se publicó en España primero traducida al catalán y posteriormente al castellano, aunque resulta difícil dar con un ejemplar de esas traducciones en las librerías. A Juanita, la busqué pero no la encontré. Conocí, en el bar Marsella, a una amiga suya que me dijo que se había vuelto a Medinaceli poco después de publicarse la novela. Vayan ustedes a saber… En Casa Leopoldo ya no sirven escudella ni criadillas. La bombona de butano ha vuelto a subir de precio y la mierda —«la merde, la merde toujours recommencé», como decía el tío Larry (Durrell)— sigue siendo un elemento imprescindible para orientarse en «la gran encisera», desde el templo expiatorio del Tibidabo hasta el falo increíble, colosal del monumento a Colón.


Working class heroes: las huelgas contra Franco

huelgas
Los grises cargan contra manifestantes durante una huelga en 1968. (DP)

Quizá no exista un periodo de la historia reciente de España que interese más mantener oculto bajo cuatro tópicos mal trabados que la dictadura del general Franco, se mire al lado del espectro político que se mire. Para los nostálgicos suponen cuatro décadas ininterrumpidas de orden, estabilidad y ausencia de paro donde no ocurrió nada que se saliera de lo que Dios y la Patria mandan. Para otros muchos, existe un bloqueo psicológico ante la vertiente represiva del franquismo; las dictaduras no son precisamente simpáticas. Lo que se cuenta en el cole es la represión, los apuros de la posguerra y desde ahí ya derechitos al advenimiento de Juan Carlos I para salvarnos del caos y las tinieblas, todos nos damos la mano en amor y compañía y el mundo entero nos admira. Por eso puede que últimamente abunden los que no tienen ni pajolera idea de lo que ocurrió cuando sus padres o abuelos aún tenían pelo. Todo esto obedece al sesgo politizado con el que se suele analizar este periodo.

Legiones de tertulianos maduros han transmitido la distorsionada imagen tardofranquista de los estudiantes universitarios (casualmente ellos mismos) corriendo delante de los grises como héroes de la lucha contra la Lucecita de El Pardo. Las protestas estudiantiles existieron desde finales de los cincuenta y cobraron mucha importancia en los estertores del franquismo, pero se trata de una oposición puramente política y minoritaria. La población universitaria la componían vástagos de gente acomodada y afecta al régimen. La revuelta estudiantil proviene de las mismas entrañas del franquismo: tras las algaradas de 1957 ilustres apellidos de victoriosas familias patearon las cárceles peninsulares buscando a sus nenes, impasible el ademán.

Sin embargo, existió una oposición constante, espontánea, valiente y aunque de carácter mucho menos político, a la postre bastante más efectiva. Esta oposición ha permanecido durmiendo el sueño de los justos durante años, condenada al ostracismo puesto que no está plagada de prohombres destacados. Esta oposición consiguió plantar las semillas del Estado del bienestar en España a costa de mucha sangre, sudor y hostias como panes. La conflictividad laboral durante la dictadura no fue en absoluto testimonial; durante unos cuantos años fue la más alta de Europa y sin embargo ha desaparecido del relato posterior. 

Acto I: Represión y autarquía

Desde el inicio del alzamiento, los militares sublevados tenían muy claro cuál iba a ser su objetivo principal: «erradicar» de España la «enfermedad marxista». Al menos hasta 1947 se emplearon a fondo para conseguirlo: a la represión de retaguardia llevada a cabo por falangistas y carlistas le siguió un metódico terrorismo de Estado de la mano de los Tribunales Militares que, con la Causa General en ristre, no daban abasto para crujir a tanto rojo real o imaginado. Las cárceles españolas, con capacidad para veinte mil reclusos, alojaban una cifra que oscila entre doscientos y cuatrocientos mil presos políticos. Los ejecutados se cifran en cine y ciento cincuenta mil, sin contar fallecidos por enfermedad, hambre o malos tratos en prisiones y centros de acogida —niños o mujeres, por ejemplo—. Los exiliados superaban el medio millón, aunque una buena parte acabó volviendo. La represión no se termina ahí, sino que incluyó una depuración de funcionarios públicos, sobre todo en la enseñanza y la judicatura (sustituidos por curas y militares, respectivamente) pero que también llegó a capas más modestas, como los servicios municipales. La magnitud de la represalia franquista en los primeros tiempos desarticuló a la oposición política desde el centro hasta la extrema izquierda y la redujo a un estado de lamentable impotencia del que ya no salió: hay una discontinuidad evidente entre la izquierda de antes de la guerra y la actual.

Este programa «depurador» incluía los cuadros de mando de muchas empresas, que fueron también purgados y se procedió al sometimiento de la fuerza de trabajo, sospechosa de izquierdismo. Los principios que rigieron la economía española estaban indisimuladamente calcados del corpus doctrinal fascista italiano: los militares vencedores, sin mucha idea de economía, impusieron el ideal mussoliniano de la autosuficiencia en un país que se moría de hambre casi literalmente. Otro de los pilares ideológicos del fascismo era la negación de la lucha de clases y los conflictos sociales. La aproximación a este ideario se alcanzaba a base de hostias a los obreros por parte del Estado, que intervenía las relaciones laborales. 

Falange, el inicialmente minúsculo partido fascista fundado por Primo de Rivera Jr., jugó un importantísimo papel como tonto útil durante y después de la guerra, falleciendo de éxito al convertirse en el Partido Único, una vez fusionado con los otros ilusos aliados del franquismo: los carlistas. El Frankenstein bautizado como FET-JONS pronto se encontró ante la realidad de que, pese a su apariencia de poder omnímodo, era marginado por los militares, pues para eso habían ganado ellos la guerra y se habían enseñoreado del país. Así que el ámbito de Falange se vio reducido a aspectos concretos de la sociedad española, entre los que se encontraba la regulación laboral.

El Fuero del Trabajo de 1938, copiado de la Carta di Lavoro fascista, imponía una «organización corporativa» del trabajo —es decir, por ramas de la producción—, prohibía las huelgas, que eran delito juzgado por tribunales militares y consagraba el papel del Estado como una especie de «Empresario Supremo». Los empresarios eran los «jefes» de la empresa (en el sentido fascista de la palabra, como Duce o Führer) y respondían frente al Estado de cualquier alboroto que sus trabajadores protagonizaran. De esta manera se forjó no solo una relación de explotación asalariado-empresario sino también de subordinación neofeudal, puesto que debían mostrarse leales al patrón en todo momento; lo contrario podía costar la cárcel y la marginación social.

Siguiendo esta filosofía fascista de que una vez sujetos a guantazos los obreros, los conflictos laborales no existen, los sindicatos de clase desaparecieron y se obligó a todos los trabajadores a encuadrarse en lo que se conoció como Sindicato Vertical (u OSE, Organización Sindical Española). El encargado de poner en pie este peculiar edificio fue Gerardo Salvador Merino, uno de los escasos palentinos que pululan por la historia de España, y que además era bastante nazi. Suficiente como para que albergara planes para convertir el sindicato en una fuerza autónoma y poderosa, lo que provocó que Franco se deshiciera de él y encargara la tarea al más manejable Arrese. Con ello, la teoría nacionalsindicalista se fue a la pragmática porra: el sindicato no estaba unificado ni era vertical más que en teoría, puesto que el asalariado era un monigote en manos de la patronal, ni mucho menos dirigía la actividad económica. Eso quedó para el Estado, que para controlar de verdad el mondongo creó las Magistraturas de Trabajo. El sindicalismo falangista se convirtió en una organización burocrática limitada a vigilar a los revoltosos y a formar cuadros para el régimen.

Con estos planteamientos, la vida del obrero español era más bien lúgubre; la negociación colectiva desapareció sustituida por un paternalismo empresarial otorgado, con un embrión de Seguridad Social inspirado en el republicano, obras benéficas como leyes de Accidentes de Trabajo, famélicos subsidios familiares, seguros de vejez y otras rudimentarias migajas de caridad para evitar conflictos. Esta ausencia de mecanismos legales para conseguir mejoras sociales coincidió con la etapa más oscura de la economía nacional; el primer franquismo y su estúpida utopía autárquica llevó a España varias décadas hacia el atraso. Resulta inexplicable que las cartillas de racionamiento, procedimiento de emergencia en periodos de anarquía, perviviesen la friolera de trece años desde el final de la guerra si no es por la incompetencia y avaricia de los responsables económicos.

Desmantelados los antiguos sindicatos y en plena represión, el malestar obrero por las pésimas condiciones de vida se limitó a una resistencia pasiva; abundan los informes sobre indolencia, desobediencia y «sabotaje». Pero en 1947, dado el aislamiento internacional de la España franquista y las malas perspectivas de supervivencia del régimen, las redes clandestinas de UGT, PSUC y CNT organizaron una huelga abierta en Cataluña y el País Vasco, casi las únicas zonas industriales del país. Sin embargo, fue el canto del manido cisne, el fracaso final de las maniobras de la impotente oposición política en el exilio. El aflojamiento de la presión exterior, el afianzamiento de la dictadura y el declinar de la guerrilla comunista acabaron de finiquitar la acción directa de los escasos supervivientes.

Lo que no cambiaba era la autarquía, que en 1951 amenazaba con hundir definitivamente la economía nacional. Es aquí cuando una inesperada tormenta se desatará en las narices de los dirigentes franquistas. Barcelona, el País Vasco, Madrid y Pamplona estallarán espontáneamente en una protesta sin contenido político, puesto que estaba motivadas por el insoportable malestar que provocaba la miseria endémica española. Los protagonistas son sustancialmente diferentes a los de la época republicana; el recién creado parasindicalismo católico (las Hermandades Obreras de Acción Católica y la Juventud Obrera Católica) y la nueva política de algunos sindicalistas llamada «entrismo», que consistía en infiltrarse en los cuadros del sindicato como enlace para desde ahí dar salida a reivindicaciones laborales.

Ocurrió que a finales de 1950 el Consejo de Ministros decretó una brutal subida del transporte público barcelonés, más hiriente si cabe por el hecho de que una idéntica subida para Madrid había quedado congelada. Como todo el que conozca a algún catalán sabe bien, esta es la afrenta más grave que se les puede hacer: en marzo del 51 tuvo lugar un boicot masivo al tranvía, seguido por una huelga general convocada por los propios enlaces sindicales. Ni que decir tiene que la policía se puso las botas en una actuación que sería la marca de la casa: politizar los conflictos y militarizar la represión de las huelgas. Actitud que a la larga será contraproducente para el franquismo porque conducirá inevitablemente a la recíproca politización obrera. Para el 25 de abril la protesta se había extendido al País Vasco y Navarra, donde se sucedieron tres huelgas generales. En mayo le tocó el boicot tranviario a Madrid en señal de descontento por el alto coste de la vida. A pesar de las detenciones y los palos recibidos, el precio del tranvía volvió a ser el que era: no solo había hecho acto de presencia una forma completamente nueva de resistencia al franquismo, con tácticas y organización diferente, sino que Franco tuvo que remodelar el gobierno y destituir al ministro del ramo. La primera piedra para desmontar el disparate de la autarquía estaba puesta.

El siguiente asalto tuvo lugar en 1956-57, justo después de la primera algarada de estudiantes que siguió a la polémica entre las familias católica y falangista de la intelectualidad del régimen. El objetivo seguía siendo la simple mejora de unas condiciones patéticas, sobre todo salariales; la organización será mayoritariamente espontánea y ciudadana, y la geografía, la habitual todos estos años: Cataluña, el País Vasco, Madrid y la cuenca minera asturiana. La mayoría eran obreros procedentes del campo, sin relación directa con la guerra civil y cuyas reivindicaciones eran de tipo práctico. Para conseguirlas, usaban profusamente la huelga y la formación de comisiones ad hoc que después se disolvían; el rosario de conflictos obreros, principalmente metalúrgicos y mineros, se sucedió (SEAT, ENASA, Batlló, Hispano-Olivetti). El gobierno respondió de nuevo politizándolas, lo que tenía su lógica puesto que por un lado ponían en entredicho las bases nacionalsindicalistas del Estado y su presunta armonía entre capital y trabajo, y por el otro alteraban el orden público, esencia del régimen. Otra vez, bajo el aparente triunfo represivo, el franquismo se batía en retirada: en 1958 se promulgó la Ley de Convenios Colectivos, que legalizaba la negociación laboral, dejándola en manos de la OSE. Además, la reforma económica estaba en marcha, auspiciada por expertos internacionales e impuesta a Franco, que aceptó a regañadientes («Haga usted lo que le dé la gana», le espetó a su ministro de Hacienda). El Plan de Estabilización de 1959 finiquitó el sueño económico fascista.

Acto II: Desarrollismo o muerte

El reajuste económico que siguió a la estabilización trajo muchas apreturas a la población, pero la mejora posterior fue todavía más sangrante, ya que los trabajadores eran muy conscientes de que no les llegaba nada de la recuperación. Por otra parte, en los años sesenta habían cristalizado, al calor de los enfrentamientos de los cincuenta, las nuevas formas de actuación obrera. La fórmula mágica consistía en la infiltración y utilización de la OSE como forma legal de lucha, la huelga como forma ilegal y la creación de fugaces comisiones obreras para negociar puntos concretos, impulsadas por jóvenes católicos y comunistas; es el origen de las actuales CC. OO. 

La protesta en estos años comenzó en primavera de 1962 con la gran huelga de la minería asturiana, de dos meses de duración y más de sesenta mil participantes que terminó con cientos de detenidos, despedidos y deportados. Se sumaron de nuevo Barcelona y el País Vasco para contabilizar unos cuatro cientos mil huelguistas de nada que reclamaban su parte del pastel del meteórico e inesperado desarrollo económico. Arreciaban las reivindicaciones de mejoría de nivel de vida, recogidas en los informes policiales, y los actos de indisciplina. Eran los años de negociación de convenios colectivos, proceso especialmente frustrante si tenemos en cuenta que la parte social la representaba la OSE, o lo que es lo mismo, el Estado franquista. Que firmaba con la patronal a espaldas de los obreros (prácticamente consigo misma), por lo que estos se veían obligados a lidiar tanto con patronal como con «representantes», no siempre por los escasos cauces legales. Sin derechos de huelga, organización o asociación, los trabajadores se encontraban con la triple presión de una inflexibilidad empresarial que podía sancionar legalmente «indisciplinas», una organización sindical oficial que velaba por la «normalidad laboral» y un poder ejecutivo que veía todo esto como un problema de orden público y a la mínima lanzaba a los grises a la carga.

No sorprende que a partir de 1966 la conflictividad obrera vaya en imparable aumento hacia su apoteosis setentera, puesto que la única vía para salir de aquello era la militancia y el conflicto de clase. Canalizado sobre todo a través de las CC. OO., que aprovecharon bien un resbalón aperturista del responsable de la OSE, José Solís. En las elecciones sindicales de aquel mismo año, ensayaron un asalto en toda línea destinado a ocupar cuantos más cargos sindicales mejor. Solís se asustó terriblemente ante el crecimiento de la organización y en el 67 fue ilegalizada por el Tribunal Supremo que la tildó de «filial del Partido Comunista», descripción que como hemos visto se queda bastante corta ya que estaba llena de católicos, socialistas e independientes. La persecución solo sirvió para acrecentar la red de solidaridad alrededor de esta organización seudosindical de tipo sociopolítico. Hasta los setenta la criatura fue creciendo, apareciendo nuevos fichajes en otros sectores de actividad (textil, banca, sanidad, enseñanza) y otras zonas geográficas (El Ferrol, Valencia, Valladolid, Sevilla, Vigo). Todo este desarrollo del activismo militante y el enorme crecimiento de la reivindicación laboral es el verdadero responsable de la elevación del poder adquisitivo de los trabajadores españoles y de las sucesivas mejoras en las condiciones laborales. Con mucho esfuerzo se estaba arrancando a un Estado dictatorial, que no dudaba en emplear la violencia indiscriminada para reprimir los «desórdenes», todo un andamiaje de protección social y derechos laborales. No solo eso, sino que el círculo vicioso de politización mutua facilitó que el centro del antifranquismo real pasara a ubicarse en las clases trabajadoras. Proceso cuya culminación tendrá lugar al final de la dictadura.

Acto III: Tardofranquismo y modélica transición

Los setenta trajeron un recrudecimiento de la represión, impotente el régimen para buscar cualquier otra solución al marrón laboral que tenía entre manos. Empezaron a aparecer los muertos, en Granada (70), Barcelona (70,73) o Ferrol (71) y las consiguientes condenas internacionales. También apareció la brutal crisis económica mundial de 1973 y afectó gravemente a una economía como la española, que crecía desaforadamente sobre bases más bien flojas. Las horas perdidas en huelgas superaban los diez millones anuales por estas fechas y por una vez España lideró algún ranking en esto de la cosa reivindicativa. Estudiantes y asociaciones vecinales se unían a la fiesta; el franquismo se venía abajo en el terreno económico, social y laboral así que, hablando en marxista, a la superestructura política le quedaban tres días.

Igual que a la momia andante del Caudillo, que finiquitó el 20-N de 1975 dejando como legado una frase ambigua. En el incierto camino que se seguiría después, esta paciente obra de organización obrera iniciada de la nada y con su tributo de sangre a cuestas, ocupaba el centro de la movilización social. La politización subió muchos enteros y había motivos para pensar que iría en aumento (la huelga general de Vitoria en 1976 acabó con seis muertos a manos de las fuerzas del orden), pero hete aquí que la Modélica Transición pivotó alrededor de un rápido movimiento de las elites salientes, que pactaron con los líderes surgidos de la oposición, interlocutores escogidos por ellos (la importancia del PSOE en 1974 era bastante relativa, por poner un ejemplo de la falta de representantes políticos en el movimiento obrero), lo que propagó una sensación de desencanto cuya puntilla fue el abrazo que se dio Carrillo, cabeza visible del PCE, con la monarquía. Esperable, puesto que regresaba del exilio totalmente ajeno a los nuevos comunistas que se rompían los cráneos contra las porras de la policía. En 1976 se pactó el desmantelamiento de la OSE, que con el tiempo ha sido sustituida por dos organizaciones similares: UGT y CC. OO., cuyos dirigentes suelen aparecer en pareja a hacer declaraciones conjuntas mientras mantienen un perfil bajo en cuanto a conflictividad laboral. Quién sabe si no se ató todo después de muerto el dictador.


Carme Molinero y Pere Ysàs: «El objetivo de Juan Carlos en la transición era asegurar la monarquía de la manera que fuese»

La transición no es solo un simple periodo histórico, desde hace años su interpretación tiene un valor político de primer orden. Simplificando, podríamos decir que por un lado hay una creencia en que el franquismo derivó en una democracia por su desarrollo económico y buen hacer de Juan Carlos, heredero designado por Franco, junto a unos hábiles políticos surgidos de la dictadura pero que habían evolucionado. Por otro, se difunde exactamente lo mismo, con el añadido de que la dictadura logró amnistiarse a sí misma y se impuso, mediante la violencia, una constitución que no fue más que un trágala. Tan parecidas, pero sirviendo a intereses tan distintos, estas dos versiones sobre lo ocurrido al final del franquismo y en la transición, si por algo se caracterizan, pese a estar tan extendidas, es por prescindir del hecho histórico.

Carme Molinero y Pere Ysàs son dos historiadores de la Universitat Autònoma de Barcelona especializados en este periodo y cuentan con una serie extraordinaria de obras publicadas en las que lo analizan. En 2004, cuando se había intentado colar que la dictadura fue ampliamente aceptada por los españoles y el famoso «Franco murió en la cama», había que leer su Disidencia y subversión (Crítica, 2004) para entender que el franquismo tuvo una fuerte contestación popular que hizo imposible su continuidad. Ahora, es necesario recurrir a La transición, historia y relatos(Siglo XXI, 2018) para no caer en el mito de que la transición estuvo pilotada y planeada por las elites de la dictadura como se intenta difundir desde dos sectores opuestos. La transición fue un proceso accidental, no exento de improvisaciones, donde el único hecho incontestable fue que se cumplieron las demandas y objetivos de la oposición democrática. 

En La captación de las masas, se explicaba que el eslogan de «España una» del franquismo no hacía referencia a la unidad del territorio, sino que reivindicaba una comunidad nacional sin lucha de clases; una forma de anular las reivindicaciones de los trabajadores, al mismo tiempo que se establecían una serie de servicios aparentemente parecidos a los de un Estado asistencial. 

Carme Molinero: Ese libro tenía como objetivo poner en cuestión algo que se afirmaba de manera poco rigurosa. Los primeros trabajos historiográficos sobre el franquismo venían a defender que el régimen había sido una dictadura tradicional, militar, se señalaba en algunos casos. Se convirtió en una tesis fuerte, y cuando se asienta una determinada línea, en aquel caso sin investigación detrás, luego cuesta modificarla. Nuestra tesis, en cambio, fue que el régimen franquista quería construir un nuevo Estado y hacer frente a los grandes retos de la sociedad de masas. España no era diferente al resto y no podían restablecer, que es lo que se pretendía, un orden antiliberal de estricto control social con las herramientas antiguas, que se reducían, si sintetizamos, a la represión, tal y como había ocurrido en décadas anteriores. Por eso, el franquismo, desde el 37, sienta las bases de un nuevo Estado y toma como referencia básica el modelo fascista, que, aunque sea bien diverso, resolvía, desde su punto de vista, los grandes problemas del momento. 

En ese marco, la política social fue un elemento de identificación franquista de primer orden. No se puede entender el régimen franquista sin tener en cuenta la importancia que se dedicó a la retórica de las políticas sociales. No porque hicieran grandes realizaciones, porque no hubo una política fiscal que pudiera crear servicios y el alcance de sus políticas sociales fue escaso, pero el discurso social fue un elemento constitutivo del franquismo, que se presentaba como una tercera vía, algo muy propio de los fascismos. Ni liberalismo ni socialismo, querían superar la lucha de clases a través de la hermandad nacional-sindicalista. 

Además, antes de ese libro, en 1998, publicamos Productores disciplinados y minorías subversivas, clase obrera en la España franquista, donde defendimos que se eliminó la lucha de clases por la vía de la eliminación de las organizaciones de los trabajadores. Pero una cosa es la realidad de la política y otra el discurso, y para el franquismo la cuestión social, retóricamente, fue fundamental. 

¿Qué alcance tuvo ese estado asistencial franquista? En el libro se habla, de todos modos, de que para mucha gente en España fue la primera vez en su vida que veían al Estado preocuparse por sus necesidades. 

C. M.: Con sus instrumentos, ya sea el Sindicato Vertical o la Sección Femenina, en muchos pueblos fue la primera vez que el Estado estuvo presente en la realidad de cada día, ya sea con algo de alimentos, con clases para aprender a bañar a los niños y no sufrir enfermedades, etc. El alcance de esa política asistencial, de todas formas, fue muy pequeño. Sin embargo, habría que distinguir. Los trabajadores industriales catalanes o vascos ya tenían sus seguros, pero para la mayoría de la población eso no existía. El franquismo se presentó como el régimen que se preocupaba por las condiciones de vida de los españoles. Eso tuvo efectos limitados, pero para el discurso oficial resultaba muy potente. Luego, en los sesenta, para el propio desarrollo del país, era imprescindible invertir en educación y sSanidad… la Seguridad Social. El estado del bienestar en España se construyó con la democracia, pero eso no quiere decir que antes no se aplicaran determinadas políticas sociales con un cierto impacto.

Sin embargo, y esta es la cuestión, el régimen no logró amplios apoyos sociales. Como mucho logró la apatía de sectores de la sociedad, pero no la adhesión. 

C. M.: Creo que este es un elemento fundamental para entender la larga trayectoria del franquismo. Eso que se llamó franquismo sociológico en un tiempo de transformación social tan intensa como la que se desarrolla en los años sesenta era gente a la que su propia actividad le absorbía la mayor parte de sus energías. Sí que habría gente para la cual el franquismo era el régimen con el que se identificaban, pero para muchos era, simplemente, el régimen que existía. Evidentemente, también existían sectores no adictos que, sin embargo, no estaban dispuestos a asumir ningún riesgo.

Pere Ysàs: Explicar el franquismo a partir simplemente de unas oligarquías o elites que dominan militarmente a la población es absolutamente insuficiente. El franquismo tuvo apoyos sociales a lo largo de toda su trayectoria. No hay más que ver las elecciones de febrero del 36: el Frente Popular ganó, pero lo hizo por la mínima. Hay un bloque heterogéneo internamente, conservador, tradicionalista, fascistizado o fascista, que cubre casi la mitad del electorado. Son capas de la población que defienden una ideología y una identidad con cierta transversalidad, aunque el golpe de Estado viniera de una iniciativa muy minoritaria de una parte, no de todo, el ejército. 

Cuando se establece el nuevo Estado, hay una continuidad notable a lo largo del tiempo en los apoyos. Aunque luego se fueran erosionando, es cierto que el crecimiento económico de los sesenta jugó un papel neutralizante del posible desgaste. Y al final de la dictadura la sociedad estaba mucho más movilizada, el cuestionamiento del régimen era mucho más amplio, pero este seguía conservando apoyos sociales que no son desdeñables. Eran más pasivos que activos, pero ahí estaban. Es un tema complejo, como casi todo, pero es indispensable para analizar el franquismo tanto en sus orígenes como en su etapa final. 

En los aspectos sociales del régimen, ¿la Iglesia ocupó un espacio que quisiera haber ocupado Falange con sus políticas fascistas? 

C. M.: No creo que se deban confundir los espacios. Las políticas asistenciales eran del Estado, fundamentalmente a través de la Falange. Toda la estructura que generó el Sindicato Vertical actuó a muchos niveles. Ahora bien, hay terrenos donde la Iglesia tuvo un espacio fundamental, como la educación. Precisamente, por la falta de inversiones. Las escuelas públicas, denominadas «nacionales», fueron escasas y de mala calidad durante prácticamente todo el franquismo. No se construyeron institutos de enseñanza media hasta los sesenta. El bachillerato, en una proporción muy significativa, estaba en manos de la Iglesia. Ahora, la Iglesia también intentó tener un espacio universitario y no lo consiguió nunca. Deusto y la Universidad de Navarra son casos particulares y excepcionales. Hasta la democracia la Iglesia no tuvo sus universidades. Sin embargo, pese a ese control de la enseñanza superior, el régimen desde los años cincuenta perdió el control de las universidades, más allá de la estructura, como era el nombramiento de las cátedras, lo cual no era poca cosa. En definitiva, la influencia de la Iglesia en la dictadura fue extraordinaria, porque logró mantener el control del ciclo vital, nacimiento, bautizo, comunión, matrimonio, etc. Algo básico en la vida de los ciudadanos, pero en las políticas sociales hay que distinguir los espacios. 

P. Y.: Hay que tener en cuenta que Falange asumió el catolicismo a diferencia de otros movimientos fascistas. Hubo un amplio margen de acuerdo con la Iglesia en cuestiones fundamentales, pero una cosa es que Falange considerase que el Estado tenía que ser confesional, que la moral católica y el dogma tenían que estar presentes, y otra es que aceptaran otorgar a la Iglesia determinados espacios de poder. Falange quiso afirmar el papel del Estado y el del partido único. En este marco, un punto conflictivo fue la socialización de los jóvenes. Por ejemplo, Falange quiso que se hiciera en el Frente de Juventudes básicamente. Tenían sus asesores eclesiásticos y sus misas de campaña, pero tenía que ser todo en el Frente de Juventudes. 

Ahí hubo elementos de tensión que no se resolvieron favorablemente a la Iglesia, la capacidad de Falange se mantuvo hasta el final. Aunque luego cambiaran los términos, la filosofía era la del Estado totalitario. La educación tenía que ser católica, pero controlada por el Estado, mientras que la Iglesia quería su propia red y expandirla. Esto al final derivó en una brecha clasista muy fuerte. La Iglesia acabó dando la formación a clases medias y burguesas; fuera de la España urbana no había apenas escuelas de la Iglesia. Los pueblos de Andalucía y Extremadura tenían la Escuela Nacional. Se ha dicho mucho que la educación estaba en manos de la Iglesia, pero no fue del todo así. Luego es cierto que, al final de la dictadura, determinadas órdenes religiosas jugaron un papel más progresista, pero aunque fue un fenómeno adaptado al caso español, pasaba a nivel general en todo el mundo católico. 

C. M.: El fascismo español fue católico desde el primer día y así lo definían ellos mismos, que decían que el suyo era un fascismo de tipo católico. Por eso pensaban que el papel de la Iglesia quedaba asegurado con ellos. Lo que pasaba es que la Iglesia lo que siempre había defendido era tener un espacio propio desde el que ejercer influencia social, cultural, en definitiva, política. Tras el año 45, dado el escenario internacional, la posición de la Iglesia se reforzó muy notablemente. Después de la Segunda Guerra Mundial el único aval que tuvo el régimen fue la carta anticomunista y católica. La Iglesia, desde entonces, utilizó aún más esa necesidad que el régimen tenía de ella para defender sus espacios. 

Sea como fuere, en los setenta los trabajadores urbanos le pusieron la proa al régimen, aunque me ha llamado la atención que mencionan en sus trabajos que las amas de casa y los albañiles eran el mayor apoyo del régimen. 

P. Y.: Eso es una encuesta que citamos, pero no significa que sea la realidad. 

Los estudiantes también se rebelaron. Martín Villa dijo en un momento «hemos perdido la juventud», la Iglesia postconciliar empezó a distanciarse y al final al régimen solo le quedó el aparato represivo. 

P. Y.: Una forma muy esquemática y simplificada de presentar el franquismo es como un régimen que pretendía controlar la sociedad por la vía represiva y todo lo demás le importaba poco. Esto no tiene ninguna base, justamente la propaganda sobre la política social consideraba que, como los demás fascismos, había que dar una respuesta propia a los problemas de la sociedad de masas. Pero cuando la situación se hizo más difícil para asegurar el futuro de la dictadura, hubo intentos continuados de desactivar los factores de malestar social y mantener o, si era posible, ampliar apoyos. 

Lo que pasó fue que todas las fórmulas que intentó el franquismo para esos objetivos acabaron fracasando y, en última instancia, no les quedó más remedio que apelar a la represión, que era la última línea de defensa; una represión que fue contraproducente para vender la imagen de que se estaban intentando solucionar los problemas o abrir formas de participación. El ejemplo paradigmático fue la Ley de Prensa que, junto a una mayor tolerancia, hizo más visible la represión y la actuación de la censura. Este fue el drama del franquismo, cuanto más se esforzaba por asegurarse la continuidad y veía que sus fórmulas no solucionaban los problemas, empezó a debatir internamente sobre los cambios a efectuar, siempre con muchas voces advirtiendo sobre el riesgo de desnaturalizarse. Llegó un momento en el que su continuismo tan pensado y preparado no es que fuera imposible, pero casi, y el escenario acabó desembocando en un proceso de transición. 

Franco pronunció en cerro de Garabitas ante los alféreces provisionales eso del «Atado y bien atado». ¿Qué ha pasado con la historiografía que esta frase se utiliza hoy para reflejar algo que es lo contrario de lo que sucedió?

C. M.: La frase del 62 tomó significación desde el 69 una vez que ya había nombrado sucesor a Juan Carlos. Para nosotros, esa fecha está conectada al inicio de crisis del régimen que desemboca en la transición. Otra frase que se utiliza mucho hoy es que «Franco murió en la cama», que sería la continuación del «atado y bien atado» y evidentemente no se corresponden ninguna de las dos con la realidad. Cuando Franco muere, el régimen sufría una crisis profundísima. 1969 se inicia con un estado de excepción por las movilizaciones de los estudiantes. Entre el 62 y el 69 el régimen intenta hacer reformas porque era consciente de que la sociedad estaba cambiando y necesitaba nuevos instrumentos para asegurarse su control y su aceptación. Desde el año 66 crecían las movilizaciones, la oposición y sobre todo la disidencia. Había muchos sectores que, aunque no se movilizasen, reclamaban cambios. El régimen con el estado de excepción quiso mostrar que tenía el control de la situación y dar un aviso a navegantes, pero le salió muy mal. En pocos meses esa movilización se fue desarrollando de forma aún más creciente. 

En la historiografía sobre la guerra civil hay un nivel de estudio yo diría que detallado y muy preciso, pero sobre el franquismo prevalecen estos mitos del «atado y bien atado» o «Franco murió en la cama» con sus connotaciones. ¿En qué estado está la historiografía sobre el franquismo«?

P. Y.: Creo que está en un punto en el que existen grandes acuerdos con discrepancias en los márgenes. La caracterización del franquismo como la variante española de los fascismos de la época está muy aceptada, o su versión como régimen fascistizado que no alcanzó la pureza de los otros, pero estaba impregnado del fascismo y no fue algo transitorio, sino que existió hasta el final. 

La controversia llega por la ciencia política, cuando Linz plantea que el caso español es un «régimen autoritario» complementado con elementos tradicionalistas como la Iglesia. Ahora, la caracterización como régimen conservador creo que está absolutamente fuera de encuadre. También se emplea la expresión de dictadura militar, pero nunca lo fue. Nunca hubo una junta militar que tuviera el poder político. Donde hay un grado notable de acuerdo es en su desarrollo. La formulación la centralidad de la crisis de la dictadura para explicar su final creo que está muy aceptada. Habrá quien dude de que la movilización social fuese más importante o no, pero hay niveles de acuerdo bastante amplios. En la transición ya es otra cosa… 

En este caso, el «atado y bien atado» se refería a la formulación de la monarquía del 18 de julio, que no es la monarquía del 78. Esa formulación franquista es un proyecto fracasado. Después, en lecturas con muy poca base histórica y muy ideologizadas desde el presente, dicen que hay una continuidad de la monarquía y de las elites económicas, pero eso no es el «atado y bien atado» que pretendía el franquismo. Antes, había historiadores que consideraban que la dictadura había sido muy fuerte y la oposición tuvo un papel insignificante, pero cuando se analizan las respuestas que dio la dictadura a la oposición, que están en mi libro Disidencia y subversión, queda demostrado que los grupos de oposición no eran el motor, pero tenían una onda expansiva muy relevante. 

C. M.: Entre los historiadores que estudian estos temas no hay gran discusión. Ahora hay una tendencia a estudiar más otros movimientos sociales, porque las movilizaciones obreras ya están muy investigadas. El otro día me llegó un libro sobre el servicio doméstico en el franquismo. Estamos ya trabajando en temas muy específicos y en lo sustancial hay poca discrepancia. Otra cosa es cuando es un politólogo el que escribe un libro o un escritor se pone a hablar del franquismo y pone lo que él cree que fue, ahí ya no se puede hacer nada. 

P. Y.: Pasa en todos los países. A veces en el discurso político está muy presente la historia reciente y al mismo tiempo hay una gran publicística que no se puede encuadrar dentro de la historiografía, pero que tiene una gran difusión, sobre todo en los grandes medios de comunicación, a veces con una notable simpleza, y hace que según qué formulaciones que la historiografía o no ha defendido nunca o ha superado hace tiempo, sigan presentes o se reproduzcan una y otra vez. Eso nos crea cierto problema a los historiadores. Te encuentras con gente discutiendo cosas que hace muchos años que están fuera de toda duda y tienes que volver sobre ello. Ahora las polémicas con hechos susceptibles de utilización política están cada vez más presentes. 

En los treinta, la facción del PSOE de Largo Caballero y el anarquismo ya decían de la II República que había una continuidad con la dictadura de Primo de Rivera, que nada había cambiado. Básicamente, lo mismo que sucede ahora. 

C. M.: Una cosa es la historia y otra las convicciones de algunos de sus protagonistas. También la izquierda radical tras el 78 ha defendido que había una continuidad con el franquismo. Eso es algo que responde a esquemas políticos, pero no solo de propaganda, sino también de íntimas convicciones.

P. Y.: Pero la historia siempre es cambio y continuidad, continuidad y cambio, no hay…

C. M.: Hay procesos rupturistas como la Revolución rusa… (risas)

P. Y.: ¡Pero hasta ahí hubo elementos de continuidad! Otro ejemplo, el cambio alemán. Alemania año cero, en el 45 ¿no hubo continuidad? Buena parte de la clase política… Claro que hubo desnazificación, pero hasta cierto punto. También hubo continuidades en la Italia postfascista…

La situación al final del franquismo era que la vía inmovilista se había quedado sin futuro y una familia del régimen hablaba de reforma, todo ello en el contexto de que muchos franquistas también consideraban que con el desarrollo económico no tendrían contestación… 

C. M.: En los sesenta había necesidad de cambios y todos los franquistas eran conscientes de que tenían que adaptarse a la nueva realidad, cada uno a su manera. Los falangistas eran los que creían que, controlando siempre la situación, había que buscar medidas que ampliasen la participación. Por ejemplo, para eso necesitaban asimilar Comisiones Obreras, eso nuevo que estaba surgiendo, pero CCOO no se dejó asimilar. De hecho, fueron ilegalizadas. Mientras, Carrero Blanco y los tecnócratas van en una dirección diferente, lo que defendían era un gobierno fuerte como poder fundamental del régimen. Creían que el desarrollo económico traía un aumento del nivel de vida, pero querían mantener el control de la situación porque pensaban que si daban la mano les tomarían el brazo y después de eso sería imposiblemantener el control. 

Todo esto creó contradicciones internas, especialmente a partir de los setenta. Los setenta fueron años muy difíciles para los dirigentes franquistas; surgieron grandes disidencias, y ya después de 1974, tras el asesinato de Carrero, la necesidad de reformas era apremiante, pero el régimen había perdido el control de la situación y la propia represión les impedía realizar esas mismas reformas. El gobierno de Arias Navarro preconiza un programa aperturista, «el espíritu del 12 de febrero», y en marzo es ejecutado Puig Antich

P. Y.: Las dos facciones del régimen fracasaron. Los tecnócratas con su idea de que la clave estaba en el desarrollo económico, porque el bienestar económico no aseguraba la aceptación política. No tiene nada de especial, es algo bastante frecuente. Las movilizaciones sociales no suelen aparecer en las situaciones más críticas, sino cuando hay expectativas de que se puede mejorar sustancialmente. A la sociedad de los sesenta el régimen le estaba diciendo constantemente lo bien que iba todo, el España va bien de Aznar, sin embargo, la gente se lo planteaba al revés. Si todo iba tan bien, los salarios eran muy bajos. Las condiciones de vida en la periferia de las ciudades tras la emigración interior eran extremadamente desfavorables. El gran proyecto de los tecnócratas, asegurar la estabilidad política por esa vía del desarrollo, fracasó. Y los intentos de los falangistas de ampliar la participación dentro de las instituciones existentes, no desactivan la conflictividad o incluso la aumentan. Llegados a los setenta, las dos tendencias para asegurar el «atado y bien atado», aunque fuese por vías distintas, han fracasado ya. Ahí ya se puede especular sobre las dificultades que iba a tener cualquier política de continuidad. Al margen de esto, hay que tener una cosa clara y romper con los estereotipos. Los tecnócratas por muy liberales en la economía que fueran, no eran reformadores políticos. Los reformadores eran los falangistas, que no eran los inmovilistas instalados en los años cuarenta que la gente cree, aunque alguno hubiera, pero sus propuestas políticas fracasaron, entre el continuado recelo de los tecnócratas y el rechazo de la parte más movilizada de la sociedad.

Eso no quiere decir que los falangistas no quisieran el desarrollo económico o que no hubiese tecnócratas que no pensasen que había que flexibilizar el régimen, pero unos y otros pretendían lo mismo: asegurar la continuidad. El inmovilismo absoluto de Carrero Blanco no lo compartían todos. Javier Tusell decía que en el fondo todos eran inmovilistas y todos eran aperturistas. Eran inmovilistas porque no querían acabar con el franquismo y eran reformistas porque todos veían que había que hacer algo para asegurar su continuidad. 

C. M.: Además, el escenario europeo e internacional a partir de 1974 empieza a cambiar. Con la crisis económica, se produce una radicalización del movimiento obrero. Las empresas eliminan las horas extras y eso es un golpe para el poder adquisitivo de los trabajadores de entonces. El gobierno empezó a tomar medidas antieconómicas para que no se notasen las consecuencias de la crisis, trató de retrasar sus efectos, pero en cualquier caso la situación económica empeoró. A la vez, la movilización social tenía como referentes la Revolución de los claveles, la caída de la dictadura en Grecia, al final solo quedaba la dictadura española, y el régimen intentó la «apertura» con el Espíritu del 12 de febrero, pero ya no tenían iniciativa para hacer cambios ni sabían cuáles hacer para que no se les descontrolase la situación. La crisis que es clara desde el año 70 se profundiza en el 74 y 75. 

«No queremos estar solos, pero no le tenemos miedo al aislamiento», se llegó a decir.

C. M.: Tras el decreto ley antiterrorista de 1975 se vio que los gobernantes estaban desesperados y no sabían qué hacer, porque eran conscientes de las consecuencias que podía tener la represión desencadenada. Se podía volver al aislamiento. 

P. Y.: La frase es de Arias Navarro. Después de las ejecuciones, tras la retirada de embajadores y el asalto de la embajada en Lisboa, Arias sale en televisión en una intervención absolutamente defensiva, se vuelve al año 46 con la concentración en la Plaza de Oriente, y pronuncia frases muy duras de queja, de que habían colaborado con todos los países y otra vez volvían a ser maltratados y que si tenían que volver a estar solos, lo estarían para defender su honor. Una visión trasnochada que, como las ejecuciones, lo que expresaba era pura desesperación con tintes de patetismo, con Franco en la Plaza de Oriente hablando del contubernio. 

El régimen intentó atraer para sí a algunos miembros de la CNT para el Sindicato Vertical. ¿Funcionó? ¿En qué quedó?

P. Y.: En nada, es una anécdota. En esa política de ampliar las bases de participación en la política sindical, de eliminar filtros, que se eliminaron y por eso ganaron tantos candidatos de CCOO; en esa misma línea se buscó una interlocución con sectores cenetistas para integrarlos en un Sindicato Vertical que los falangistas pretendían que ganara autonomía del Estado y capacidad de actuación. Hubo conversaciones que no llegaron a ninguna parte, amparadas por Solís, pero el proyecto fracasa. Cuando en el Consejo de Ministros se conoce que se está hablando con CNT, le dan carpetazo en el acto. No hubiera llegado a nada, porque los interlocutores procedían de la CNT, pero no eran representativos. Algunos exmilitantes cenetistas sí que llegaron a ocupar cargos, en el sindicato del metal de Barcelona, por ejemplo, pero no lograron atraer a nadie detrás. No tuvo consecuencias. Por otra parte, la CNT estaba muy desmantelada y los del exilio estaban muy lejos. De hecho, cuando a veteranos militantes de la CNT se les acercaban jóvenes que querían hacer algo, en muchos casos los remitían a activistas de CCOO. 

C. M.: En los sesenta, CCOO era bastante diversa. Actuaba como autor intelectual el PCE, pero su desarrollo fue muy espontáneo, había católicos de la HOAC, incluso gente de la CNT, aunque fueran muy pocos. La CNT se caracterizó en ese periodo por no tener un relevo generacional. La media de edad de los dirigentes va aumentando, es decir, eran los mismos

La transición. Muere Franco, llega Juan Carlos y hereda a Arias Navarro. ¿Qué juicio de intenciones de su papel se puede hacer antes de que designe a Suárez?

P. Y.: Solo tiene una intención, consolidar la monarquía, la institución y la forma de gobierno del Estado español. A ese objetivo se subordina todo. Eso implica adoptar actitudes que van a ser cambiantes y que exigirá que lo que haga el gobierno sea acorde con las cuestiones fundamentales, lo que Juan Carlos avala. En principio, la monarquía tenía el cuestionamiento de la oposición, en la medida en que Juan Carlos es el heredero  de Franco. Luego se ha dicho que si había mostrado actitudes reformistas, pero no fue nada que pasara de lo anecdótico. La sociedad española había tenido actitudes antimonárquicas muy claras en la historia contemporánea y la dictadura estaba en crisis. Asociar la monarquía a la dictadura hubiese sido hacerla partícipe de esa crisis. Esa es la cuestión fundamental y lo que hay que tener en cuenta, más allá de las actitudes y opiniones personales de Juan Carlos. La defensa de la institución pasaba por encima de todo. El objetivo de Juan Carlos en la transición era asegurar la monarquía de la manera que fuese.

C. M.: En ese marco, creo que se puede afirmar a estas alturas que la figura de Arias Navarro fue una imposición. Parece que quería nombrar a Torcuato Fernández Miranda, pero no se diferenciaban mucho ideológicamente…

Para Torcuato, Fraga era un antisistema…

C. M.: Sin entrar en eso, era una cuestión de confianza. Juan Carlos confiaba absolutamente en Torcuato, pensaba que era la opción más favorable para él y quería situarlo en la posición más preeminente. Lo que es cierto es que él llevaba desde 1948 preparándose para ser rey de España, plantearse si lo que quería traer era la democracia es estéril. Como historiadora, creo que no vale la pena entrar en hipótesis sobre cuál era su modelo. Lo que no parece es que pusiera en cuestión las intenciones del primer gobierno de la monarquía. ¿Qué pasó? Que durante esos meses se produjo una movilización extraordinaria que hizo que a partir de marzo de 1976 se viera la imposibilidad de continuar con el proyecto de reforma liderado por Manuel Fraga, que tenía una gran contestación social y política. Cuando se formó Coordinación Democrática, esta reunió a toda la oposición, incluso a Gil Robles, que no era importante en sí, pero sí simbólicamente. 

Mientras se intenta desarrollar el franquismo sin Franco, las movilizaciones, como la de Madrid, que se tiene que militarizar el metro, son las que le ponen un muro de hormigón a cualquier tipo de continuidad. 

C. M.: El continuismo es lo que se pretendía, eso representaba la monarquía del 18 de julio, lo intentaron pero no pudieron. El proyecto de Fraga no pudo romper el muro opositor y eso forzó a Juan Carlos a buscar un personaje que estuviera dispuesto a impulsar cambios mucho más rápido y salir de esa situación. 

P. Y.: Es conocido que Juan Carlos tuvo una mala relación personal con Arias y este tenía una opinión muy poco favorable de Juan Carlos, lo consideraba un niñato. Ahí faltó de todo, física, química y geología. Pero el proyecto del gobierno no era el de Arias, era el de Fraga, y Juan Carlos tenía buena sintonía con Fraga. Sin embargo, el proyecto de Fraga era un modelo de democracia que no era lo que se entendía en el resto del mundo por democracia. 

Muy restrictiva en participación y manteniendo estructuras no democráticas.

P. Y.: Introducir fórmulas más liberales dentro del marco institucional franquista. Las Cortes no serían orgánicas, como en el franquismo; serían elegidas por sufragio universal a partir de unas agrupaciones políticas que previamente el gobierno habría decidido cuáles podían existir y cuáles no; unas Cortes que serían una cámara representativa, pero no un parlamento con capacidad de designar al presidente del gobierno y controlarlo. Por otra parte, con la libertad de expresión muy restringida, etc. Ese era el modelo de su «democracia española». 

C. M.: No se conoce que Juan Carlos pusiera en cuestión ese modelo. 

Si cuela, cuela.

P. Y.: Si funciona… Además, desde Estados Unidos lo que se dice a los dirigentes del régimen es no vayan ustedes muy deprisa, no se dejen influir por los europeos estos. La frase de Kissinger de que «hay que mantener el fuerte», tiene ese sentido. Ese proyecto de «democracia española» de Fraga, con una sociedad desmovilizada que aceptara lo que se dijera desde el poder, habría funcionado, al menos un tiempo, no sabemos cuánto. En los setenta estaba en el debate político internacional el fracaso de las democracias y el auge de las tecnocracias, pero el proyecto del primer gobierno de la monarquía fracasa porque hay una movilización social que no es nueva, tiene antecedentes, pero en 1976 se encuentra en unas condiciones más favorables. De hecho, cuando la policía la reprime lo que demuestra es que no hay ningún proyecto de democratización. El fracaso es inapelable y Juan Carlos es consciente de que no puede asociar la monarquía a un sistema en crisis. Solo tiene claro que eso hay que cortarlo sin tener ni idea de los límites a los que quería llegar. Sabía que para estabilizar la situación política había que ir más más deprisa, pero a un lugar poco preciso. Por otra parte, hay testimonios que muestran sus dudas, como cuando Juan Carlos le dice a un embajador que no estaría mal que en el referéndum para la reforma política hubiera muchos votos negativos para que mostraran que había que ir más despacio. Eso indicaría que su previsión, todavía a finales de 1976, no era una democracia plenamente homologable con las europeas. Otro indicador significativo es el nombramiento de senadores de designación real, en junio del 77; casi todos tenían muy pocas credenciales democráticas. 

C. M.: Algo que era normal por el ambiente en el que se había movido hasta ese tiempo. Lo que pasa es que después se ha construido un relato para alterar la realidad de los hechos. 

P. Y.: Porque nada de esto quiere decir que, a la vista de los hechos, no se fueran modificando sus posiciones hacia actitudes que facilitasen un cambio real. 

C. M.: Cuando Adolfo Suárez vio que para lograr su objetivo tenía que ir cada vez más lejos, ciertamente, contó con el apoyo de Juan Carlos. Sin su apoyo no hubiera podido hacer o no se hubiera ni atrevido a hacer muchas cosas, como la legalización del PCE. Juan Carlos en todo ese proceso ejerció un papel positivo. En el 77, en las conversaciones habituales con los mandos de los ejércitos, trata de tranquilizarlos. 

P. Y.: En otoño del 76 hay sectores militares que empiezan a inquietarse, cuando dimite el general De Santiago. A partir de ahí, Juan Carlos apoya sistemáticamente al gobierno y tranquiliza a los militares. Hasta en la legalización del PCE consigue frenar la dimisión del ministro del Ejército, que sumada a la del de Marina, Pita da Veiga, le hubiera creado una situación muy complicada, que es lo que pretendían muchos militares, crear una crisis de gobierno. 

Suárez es curioso también en este punto. Cuando era secretario general del Movimiento hizo un discurso criticando los cambios que pretendía introducir Fraga, le escandalizaba su intento de instaurar un sistema que, como hemos visto, era muy poco democrático. ¿Experimentó un cambio radical?

C. M.: Tuvo gran olfato político. No tenía un proyecto, pero sí un objetivo: la estabilización de la monarquía e impedir el proyecto de la oposición: la ruptura. Dicho esto, lo que hace Suárez desde el mes de julio del 76 no se puede entender sin el fracaso de la etapa de Arias y Fraga. Lo tiene absolutamente presente. Por otro lado, era muy consciente de la importancia política de los medios de comunicación porque tenía experiencia por su paso por la dirección de TVE. El discurso en el que dice «Si a los españoles les preocupa encontrar un trabajo adecuado o que aumente el paro, a mí también. Si les preocupa, a pesar de todas las explicaciones estadísticas, la subida de los precios, por ejemplo, a mí también»… No dice nada, pero a diferencia de lo que había pasado hasta entonces, rompe la imagen franquista. Logra que la gente le escuche. Sale en el salón de su casa, sonriendo, eso nunca se había visto antes en un político desde que existía la televisión. 

Más allá de la imagen, establecido el objetivo, Suárez debía dar con el procedimiento. Políticamente, lo que más le influyó fue el Informe Ollero, de agosto del 76, donde se decía que había que desnaturalizar el concepto de reforma —que al fin y al cabo siempre implica mantener la esencia de lo anterior, en este caso de la dictadura—, e intentar que la oposición aceptase sus planteamientos. Luego, la cuestión procedimental fue aportada por Fernández Miranda, que planteó realizar todos los cambios en una sola ley para que los procuradores no tuviesen artillería para impedirlos, que es lo que habían hecho seis meses antes. Suárez no sabía hasta dónde se debería llegar, pero tenía ojos en la cara, veía el contexto, sabía que tenía que negociar o hablar con la oposición, algo que Fraga no estuvo dispuesto a hacer. 

P. Y.: Suárez había sido contrario a los cambios, pero la sensación que había dejado el periodo Arias-Fraga fue de un impasse y no se podía seguir así con la movilización social tan importante que había en la calle. Luego, hay que tener en cuenta cómo se desarrollaron los acontecimientos. La primera amnistía, que no fue una amnistía propiamente dicha, se aprobó en el mismo mes de julio del 76. Ahí cree que el tema ya se ha acabado, que ya ha solucionado la demanda más importante y principal de la oposición a la dictadura. Las decisiones se fueron tomando al hilo de la propia situación, que fue muy dinámica. Quería estabilizar la situación política y eso le fue exigiendo ir cada vez más allá de todo lo que se había contemplado antes. Inicialmente no tenía un proyecto en concreto, pero está claro que su proyecto no eran las elecciones del 77 tal y como se celebraron. Pero si lo creía necesario, Suárez no dudaba en tomar decisiones que fueran contradictorias con lo que se le había dicho antes, por ejemplo, a la cúpula militar. De la necesidad hizo virtud, eso se debió a su olfato político, aunque los militares ahí cortaron con él. 

C. M.: Hay que reconocer que fue una persona atrevida.

Quería ir anestesiando a la oposición…

P. Y.: Pero lo que hizo fue ir asumiendo sus demandas. En esta dinámica, llega un momento en que Suárez, al final, lo que hace es aplicar, bajo presión, buena parte del programa de la oposición. 

El hecho histórico es que la oposición democrática puso las siete condiciones encima de la mesa y él, una por una, las cumplió todas. 

P. Y.: Tiene que ceder y actuar conforme a las condiciones que le pone la oposición porque si no sus objetivos políticos irían al colapso. Tiene que ir cediendo y tomando decisiones hasta llegar finalmente a la decisión última de aceptar que no se van reformar las instituciones existentes, sino elaborar una constitución de nueva planta. 

C. M.: Nuestra tesis en este punto, y el tema es importante, es que el gobierno, aunque siempre tiene el control de la situación procedimental, sin la presión de la oposición no hubiera actuado como lo hizo. Porque es la oposición la que impulsa continuadamente la acción del gobierno. No es desde el régimen franquista, ni desde personas salidas del régimen, que, como se ha dicho muchas veces en el discurso político, se trae la democracia a España. La democracia fue el resultado de un proceso muy dinámico en el que la oposición tuvo un papel fundamental exigiendo el mínimo imprescindible para otorgar legitimidad a la acción gubernamental. 

La oposición no pudo tomar el poder en el primer trimestre de 1976, pero las condiciones que puso al gobierno se cumplieron todas. ¿No fue una victoria?

P. Y.: Fue una victoria, ciertamente. Lo que es difícil de comprender es que una victoria evidente se interprete con el paso del tiempo como una derrota. Si se tienen en cuenta los objetivos máximos de los partidos radicales, es cierto, en España no se creó una república socialista autogestionaria. Pero tampoco en Francia después del 68, ni en Italia, ni en ningún sitio. No obstante, incluso en los partidos radicales, aunque tuvieran un horizonte de revolución socialista, en aquel momento su objetivo inmediato era el establecimiento de un sistema democrático que asegurara las libertades, aunque solo fuera para organizarse y poder actuar en mejores condiciones para alcanzar los objetivos máximos de su programa. Esta posición no fue novedosa, es la que había sostenido la oposición durante toda la dictadura franquista, donde se pedía un gobierno provisional para convocar unas elecciones constituyentes. En este caso, tanto para unos como para otros, las elecciones de 1977 fueron las determinantes para lo que se podía hacer y lo que no. 

Quedó un parlamento parecido al actual.

P. Y.: Uno en el que, o había acuerdos, o no había posibilidad de crear un nuevo marco normativo. 

C. M.: Una cosa es lo que ocurrió y otra la relectura de los acontecimientos pasado un tiempo: el desencanto. Buena parte de la militancia antifranquista tenía claro que el objetivo del momento era asentar la democracia, pero deseaban que los cambios fueran más significativos de lo que fueron. Sin embargo, la coyuntura de finales de los setenta no fue el mejor escenario para la obtención de derechos sociales. Para la Constitución sí, porque como ahora nos recuerda Pablo Iglesias, el texto da mucho de sí. Pero justo antes de los ochenta se encadenaron dos graves crisis económicas y desde los ochenta se impuso el neoliberalismo en Europa y en todo el mundo occidental. Ahí, el modelo de democracia participativa que demandaban muchos de los que se movilizaban no pudo salir adelante. 

P. Y.: El cambio político se produjo en un contexto de crisis económica que se tradujo en un aumento exponencial del paro después de quince años de crecimiento y pleno empleo. La percepción de mucha gente fue que la democracia no mejoraba sus condiciones de vida, frustrando las expectativas al respecto. La gente quería libertades, pero también desarrollo y se encontró con desempleo y un paro juvenil, que se convirtió en un fenómeno desarticulador. Cuando la extrema derecha empieza a decir eso de «con Franco vivíamos mejor» no lo dice en términos retóricos, lo dice en término sociales. 

La república era una aspiración que queda desarticulada por el primer resultado electoral. En porcentaje de votos había un empate más o menos, pero en escaños ganaron las fuerzas monárquicas. 

P. Y.: Las elecciones no se plantearon como un referéndum sobre monarquía o república. Además de la posición de UCD y AP, que sumaban la mayoría absoluta del Congreso, hay que tener en cuenta que las derechas nacionalistas subestatales no eran republicanas. El PNV y Convergencia no cuestionaban la forma de gobierno. En definitiva, en las Cortes elegidas había una amplia mayoría favorable a la democracia, pero no a la república. Según las encuestas, tampoco existía una mayoría republicana en la sociedad. 

¿Y la famosa encuesta a la que se refería Suárez con Victoria Prego?

P. Y.: Es una encuesta que nadie ha visto. El mejor biógrafo de Suárez, Francisco Fuentes, dijo que era más fiable hablando del futuro que del pasado. En esa intervención o se inventa lo que está diciendo o hace una composición a partir de retales. Pero, por todo lo que conocemos, se puede afirmar que es absolutamente imposible que las cancillerías europeas le presionaran para que sometiera a referéndum la forma de gobierno y que lo hicieran porque se lo había pedido Felipe González, como afirmó en dicha conversación. Todos los datos que tenemos indican es que la apuesta de todas las cancillerías europeas fue por Juan Carlos y por un proceso de democratización que asegurara la estabilidad política. Giscard o Helmut Schmidt se pronunciaron en esa dirección. Por otra parte, no tiene sentido la afirmación que la inclusión de una mención a la monarquía en la ley para la reforma política la legitimaba. La forma de gobierno se discutió después, cuando se elaboró la Constitución, y se votaron varias enmiendas a favor de la república como forma de gobierno de la naciente democracia española, incluida la del PSOE. Por otra parte, todas las encuestas que se conocen mostraban lo contrario de lo que dijo ahí Suárez. Es más, las tendencias iban en sentido contrario. Era muy importante la corriente que pensaba que el rey tenía que tener algún poder. Hay un artículo de Julián Marías en El País muy significativo, en el que se queja de que para que la izquierda aceptase la monarquía la estaban vaciando de toda función y dejándola como algo meramente testimonial o simbólico. 

Un florero.

P. Y.: Herrero de Miñón defiende en la ponencia constitucional que el rey tenga mayores poderes. Monarquía casi sin monarquía no le satisfacía, creía que lo que se necesitaba era un jefe de Estado con autoridad. Otros diputados y senadores compartían dicha posición. Pero las enmiendas en ese sentido fueron rechazadas en el debate constitucional.

Hablemos de la amnistía, que cuando se plantea en el parlamento es ya la tercera, había habido dos indultos pero ahora esos mismos indultados, elegidos diputados, quieren que la amnistía abarque todavía más.

C. M.: En contra de tantas cosas que se han dicho, la amnistía era una reivindicación del antifranquismo. Tenía un objetivo a corto plazo y otro de carácter general. El general es, si se quiere, simbólico. La amnistía supone demostrar que no es delito aquello por lo que tanta gente ha ido a la cárcel durante tanto tiempo. Por ejemplo, la amnistía laboral era importante para que muchos trabajadores reclamasen su readmisión en las empresas que les habían despedido por haber participado en huelgas. Y luego había un objetivo inmediato, que era acabar con la violencia de ETA. Presos condenados por delitos de sangre no habían podido acceder a los indultos anteriores y esa era la vía con la que se quería acabar con el terrorismo. Con todo lo que sabemos ahora sobre ETA, somos conscientes de que una facción había generado ya su propio mundo, pero eso no era patente en aquel momento. Las decisiones políticas se tomaron con los datos y los elementos que había en ese momento y con la amnistía se buscaba una legitimación de la democracia ante la población vasca. 

En un paper suyo la conclusión era que se pretendía establecer una página en blanco para que a las siguientes generaciones nadie pudiese enmendarles la democracia. 

P. Y.: En el debate parlamentario de la ley de amnistía se expresa muy claramente esa idea. Vamos a acabar con la serie de guerras civiles que ha vivido la sociedad española, incluida la última, la del 36, y empecemos de cero. Aunque tampoco es exactamente así, puestos a buscar matices, no hay que olvidar que los grupos de ultraderecha se quedaron fuera de la amnistía. Se hizo un auténtico encaje de bolillos para sacar a todos los miembros de ETA. La amnistía se aplicaba hasta las elecciones del 77 siempre que las acciones que habían comportado las condenas hubiesen sido para lograr el restablecimiento de las libertades públicas o de la autonomía de los pueblos de España. Es decir, dejaron fuera al terrorismo de extrema derecha, que siguió en la cárcel, pero es que no era aceptable que saliera gente como los autores de la matanza de Atocha. 

La parte que se incluyó relativa a las fuerzas de seguridad del Estado, por la que ahora muchos discursos consideran que el régimen se indultó a sí mismo, en su momento nadie le dio importancia. Incluso los comunistas publicaron en Mundo Obrero que esa era un apartado redundante porque ya se sobreentendía que la amnistía era para todos. Así lo reivindicaba, de hecho, el PNV, que pedía literalmente «perdón de todos para todos». 

P. Y.: Inicialmente, la ley de amnistía no la quería ningún grupo de derecha, ni siquiera UCD, que consideraba que con los indultos del mes de marzo habían cerrado el tema. AP no la apoyó.

C. M.: Pero una amnistía como tal era importante para la izquierda porque servía para deslegitimar el franquismo. 

Ahora mismo es más norma que excepción pensar que los franquistas hicieron la amnistía para ellos. ¿Por qué?

C. M.: A finales del siglo XX y sobre todo en el siglo XXI toma fuerza la justicia transicional, sobre todo con Chile, Argentina… es un cambio de cultura política fundamental. Desde los noventa, toma relieve la figura de la víctima. En ese marco, hay nuevas lecturas de la historia en cada país. En España, apareció con fuerza la reivindicación de lo que se denominó la memoria histórica, una expresión poco ajustada, es mejor memoria democrática. Hasta entonces, no se habían hecho políticas públicas sobre esta cuestión. Los socialistas pusieron su mirada en la modernización, en el cambio social, pero no se actuó en el plano simbólico respecto al pasado dictatorial. En el año 86, la declaración del gobierno por el cincuenta aniversario de la guerra no podía ser más insulsa. No se quiso volver la vista atrás por diferentes causas. 

A finales de los noventa, ya no fue así. Apareció esta reivindicación y coincidió con los precedentes de América Latina contra los aparatos represores del Estado. Ahí, el símil era muy fácil con el caso español. También había torturadores, etc., pero hay que tener presente que la mirada de la oposición en los setenta estaba fijada en el futuro, no en el pasado. En 1956, en su Declaración de Reconciliación Nacional, el PCE habla de agrupar las fuerzas de todos los que estén dispuestos a luchar por la democracia olvidando en qué lado estaban en la guerra civil. Ocurría también que muchos jóvenes que se incorporaban a las filas comunistas y de la oposición en general procedían de familias franquistas. El PCE afirmaba que, echando la vista atrás, ellos eran los que más víctimas tendrían que reivindicar, pero que había que mirar hacia delante. 

Esa declaración del PCE tiene una frase significativa. El mejor homenaje que se puede hacer a los que han muerto por la libertad en España es que haya libertad en España. 

P. Y.: Por eso en el 77 dijeron lo de la redundancia, subrayando que cuando se referían a amnistía era para todo el mundo. Es más, hay algo que se ignora hoy desde cierta sobrecarga ideológica y escasos conocimientos, que es que en la retaguardia republicana durante la guerra también hubo mucha violencia. Una violencia mayoritariamente impune. 

C. M.: El franquismo organizó la Causa General…

P. Y.: Sí, pero la mayor parte de las acciones de violencia en la retaguardia republicana no fueron juzgadas por los tribunales franquistas aunque condenaran a todos los opositores y resistentes que atraparon. Se les acusaba de haber participado en la guerra, de «rebelión» etc., pero no necesariamente de haber matado a alguien en concreto. 

Por otra parte, hay que tener en cuenta la mirada del antifranquismo de los setenta hacia los años treinta, hacia la guerra civil. En el PSOE hubo una ruptura generacional. Cuando el PSOE conmemoró sus cien años, fue con atención a la figura de Pablo Iglesias, no se quiso situar la memoria del partido en la república y la guerra. 

Por su parte, el PCE tenía jóvenes dirigiendo el partido, pero también muchos veteranos y la memoria pesaba mucho. Durante la transición se pidió sin descanso desde determinados sectores derechistas que a Carrillo se le juzgase por Paracuellos y a Federica Montseny por los crímenes anarquistas. Al mismo tiempo, la extrema derecha denunció constantemente la «violencia roja» durante la guerra civil. Por todo ello, eso de que hubo silencio en este periodo sobre el pasado es otro mito, porque no lo hubo. Por eso, pasar la página venía de esa situación y el concepto de justicia transicional todavía no existía. Este concepto no estuvo presente en el final de ninguna dictadura de los setenta, aunque hubiera algún proceso o depuración, pero no era bajo esa teoría y, ni mucho menos, tan exhaustivo. 

Al elaborar la Constitución, ¿qué era la mayoría mecánica?

P. Y.: La que se forma entre UCD y AP cuando el anteproyecto es revisado por la ponencia después de la presentación de enmiendas y que comportó que se modificara el texto en sentido conservador.  Sin embargo, cuando esa mayoría puso en crisis acuerdos esenciales, el PSOE abandonó la ponencia. Entonces, ahí, en UCD se encendieron las alarmas ante el peligro de que la Constitución fuera aprobada por una mayoría parlamentaria, pero con apoyos políticos y sociales insuficientes. Pronto se vio que esa vía no funcionaba. Una cosa era colar artículos y otra cosa poner en peligro todo el proyecto. Entonces UCD tuvo que desandar lo andado con la «mayoría mecánica», volver a reunirse con el PSOE, todas aquellas cenas, encabezadas por Abril Martorell y Alfonso Guerra, y recomponer acuerdos que luego se ampliaron a los demás grupos, excepto AP que los rechaza. 

Ese es un punto clave. A partir de ahí, para redactar la Constitución se decidió que hubiera consenso y, si no era posible, que fuera un consenso que dejase fuera a AP. 

C. M.: Una parte significativa de UCD, pero particularmente Adolfo Suárez, a esas alturas y viendo los resultados electorales, opta por lo que se llaman políticas de consenso. Medidas con un amplio consentimiento en el conjunto de las fuerzas políticas. En la fase de configuración de la democracia y dados los grandes problemas que hay en el país, se habían aprobado los Pactos de la Moncloa. Suárez está convencido de que son necesarias políticas de estabilidad que necesitaban forzosamente el apoyo de la izquierda. Evidentemente, la izquierda exigía que se aceptaran algunas de sus reivindicaciones.

En ese escenario, AP era una pieza suelta. Era la cuarta fuerza parlamentaria, pero todavía se estaba produciendo una discusión interna muy importante en su seno después del fracaso en las elecciones. Los resultados electorales les habían sorprendido y mostrado que el país era muy distinto a lo que ellos pensaban. A partir de ese momento, la opción de Fraga era que no podían quedarse marginados, que tenían que participar, pero no todos entre los Siete Magníficos estaban de acuerdo. 

P. Y.: Vamos a colaborar en la elaboración de una Constitución que no queremos, fue la decisión tomada. 

C. M.: Se dio la paradoja de que muchos personajes de AP, como Fernández de la Mora, según iban aprobando artículos de la Constitución, ellos se iban manifestando en contra. Cuando se vota la Constitución en las Cortes solo lo hacen afirmativamente la mitad de los diputados de AP, el resto se abstiene o vota en contra. En la Junta Nacional de AP la votación quedó casi empatada, y eso que Fraga se esforzó en convencerles de que no podían quedar fuera del nuevo escenario político. 

P. Y.: UCD se sigue presentando hoy como los herederos del franquismo y eso facilita la confusión. Desde la formación de la coalición convertida después en partido, hubo gente que venía de la dictadura, como Suárez, pero también pequeños grupos liberales, democratacristianos y socialdemócratas no marxistas, que eran pocos pero que tenían personajes políticos de gran relevancia, como Fernández Ordóñez, Álvarez de Miranda, que venía del Contubernio de Munich, es decir con antecedentes y actitudes inequívocamente democráticas. De hecho, muchos amigos de Suárez se habían quedado fuera de UCD porque se consideró que estaban demasiado vinculados a la dictadura y que su tiempo político había pasado, pese a que algunos eran relativamente jóvenes. 

Todo ello lleva a que el acuerdo de UCD con AP sea imposible, tanto para la Constitución, como en los años siguientes. Fraga se pasó años pidiendo constantemente un acuerdo porque veía que incluso después del 79 tenían suficientes diputados para una mayoría conservadora y UCD no acepta, incluso con tensiones internas que luego les llevarían a la ruptura. Llegó un momento en que los únicos interlocutores válidos para UCD estaban a su izquierda, así que tanto para los Pactos de la Moncloa, que AP no firmo los de carácter político, como para la Constitución, UCD tuvo que ponerse de acuerdo con la izquierda. 

Presiones a la hora de redactar la Constitución. La Casa Real, la primera, ya mencionada. Su duda inquietante, transmitida por Sabino Fernández Campo, de que les iban a dejar de florero. Dos, las Fuerzas Armadas. La introducción de la indisolubilidad de España como Estado, algo que en realidad solo se hace para poder meter lo importante, que eran las nacionalidades. Tres, la Iglesia. Y cuatro, la patronal, que denuncia que la Constitución española de 1978 consagra el intervencionismo… 

 P. Y.: Hay artículos de la Constitución que permiten una economía socializada. La parte económica de la Constitución permite un modelo más liberal tanto como un modelo más estatal o socializante, depende todo de las mayorías que existan. No hace falta cambiar la Constitución para nacionalizar o socializar, tampoco para tomar medidas neoliberales, aunque en este caso sí que hay límites. Por ejemplo, no se pueden privatizar las pensiones, como se hizo en Chile. Los empresarios quisieron consagrar la economía de mercado y les quedó una puerta abierta a medidas socializantes, eso les dejó muy insatisfechos y Fraga se quejó de que la Constitución permitía sovietizar la economía española. Sin embargo, la virtud con la que fue presentada la Constitución era que ahí cabían actuaciones de derecha y de izquierda según lo que votasen los españoles. 

C. M.: La Iglesia, como es lógico, quiso un mayor papel. Los democratacristiano de la UCD querían que la Iglesia lo tuviera. Pero hubo negociaciones paralelas. Se negoció la cuestión de los centros educativos, que para la Iglesia era muy importante. Aparte, la Iglesia de aquel momento era consciente de los cambios sociales que se habían producido y no tuvieron una actitud beligerante como la que pudieron tener tiempo después. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que el PNV en aquel momento se definía fundamentalmente como democratacristiano, al igual que Pujol. Por eso no hubo ningún problema para introducir en la Constitución una referencia explícita a la Iglesia católica.

P. Y.: Lo más duro fue lo de la enseñanza. El acuerdo al que se llegó fue suficiente para la izquierda y UCD, pero no para AP, que quería asegurar que la financiación de los centros privados no estuviera sujeta a control público, como establece la Constitución. No obstante, para la Constitución, la Iglesia, excepto los sectores más conservadores, no dio la batalla que dio después con otras leyes, como la primera de educación socialista. 

C. M.: Nos quedan los militares. Tenían el poder de las armas, que es mucho, pero no tenían una posición política relevante, por lo que en todo este proceso estaban completamente desubicados. Hubo varios intentos de golpe de Estado, como la Operación Galaxia, etc. En los cuarteles se estaba en contra de la Constitución porque afectaba a una línea roja infranqueable, la unidad de España y la aceptación de las autonomías. La influencia militar se percibe en el artículo segundo que hace referencia a la unidad indisoluble del Estado, pero era absurdo, porque la unidad ya estaba consagrada al señalar que la soberanía reside en el pueblo español. Sin embargo, se introdujo la redundancia para facilitar la referencia a las nacionalidades. Esto no convenció a los militares y todas sus conspiraciones golpistas, hasta la del 23F, tuvieron como objetivo acabar con lo que significaba la Constitución. 

P. Y.: La redacción del artículo segundo, tan retórica, fue utilizada como una fórmula de tranquilizar a los militares, que no querían ni ver la palabra nacionalidades. Hay que tener en cuenta quién influenciaba a los militares. En los cuarteles se leía la revista de Fuerza Nueva y esas cosas. También hubo parte de UCD que estuvo en contra del concepto nacionalidades, pero todo eso entró en los mínimos de acuerdo con la izquierda. Ese es el motivo por el que se añadieron partes redundantes que no aportan nada, aunque en la actualidad se hayan usado como prueba de que el Ejército tomó parte en la redacción de la Constitución. AP rechazó frontalmente el artículo 2.

El derecho de autodeterminación, entendido desde el punto de vista nacionalista primordialista, como en la actualidad, tampoco lo defendía nadie, ni siquiera el PNV o los partidos catalanes. 

P. Y.: Lo cual no impidió que fuera objeto de debate, que se votase y que el resultado lo rechazase muy mayoritariamente. 

C. M.: Se discutió todo.

P. Y.: Otro tópico es que se vetaron temas, pero se discutió todo y se resolvió con las votaciones de las fuerzas presentes. Francisco Letamendia, diputado entonces de Euskadiko Ezkerra, que después se fue a Batasuna, defendió una enmienda con un derecho de autodeterminación que, por otra parte, era muy exigente, establecía que para aprobarse una propuesta de separación era necesario el voto favorable de la mayoría absoluta del censo electoral de cada circunscripción. No de los votantes, sino del censo. Convergencia votó en contra, dijeron que ellos no estaban por eso. El PNV se abstuvo porque su sector más abertzale exigía según qué poses. Y el artículo de que la soberanía residía en el pueblo español no lo discutió casi nadie, sin embargo, era y es el que consagra la unidad. 

¿Qué continuidad hubo entre la Constitución de 1931 y la de 1978? ¿De qué manera los del 78 estaban releyendo y continuando la del 31?

C. M.: Sobre la débil nacionalización española, el fracaso del Estado español, etcétera, hay numerosos estudios. Existe un acuerdo amplio en que ya durante la República quedó asentado que la diversidad de España y sus culturas implicaba que la democracia debía contemplarla autonomía política. Como experiencia, es posible remontarse incluso al Sexenio Democrático. Durante el franquismo, el binomio democracia-autonomía se reforzó entre otras cosas porque el discurso nacionalista de la dictadura era excluyente, y porque el antifranquismo catalán era, en términos relativos, fuerte, y jugó un papel destacado en el impulso a la acción unitaria en otras zonas de España. Además, evidentemente, los ponentes constitucionales tuvieron muy presente la Constitución del 31, tanto en lo que convenía conservar como y, sobre todo, lo que había que evitar de todas, todas. Hasta la UCD era muy consciente de que no se podía prescindir de las autonomías en la Constitución.

P. Y.: Hay que tener en cuenta que mientras se elabora la Constitución se están creando instituciones preautonómicas. Hay algunos casos todavía indefinidos, pero hay creadas juntas en Valencia, Andalucía, Murcia… Excepto la cuestión de Madrid, que quedó para el final y las Castillas, que no estaba claro cómo se iban a configurar, lo demás ya estaba definiéndose. Que el franquismo fuera una dictadura centralista en su máximo grado incrementó más que la democracia fuera acompañada de autonomías. No solo el País Vasco y Cataluña la reclamaban, también, reitero, Andalucía, Murcia, Valencia… aunque fuera en grados distintos. Esto prefiguraba que el sistema democrático comportaría que se estableciera una fórmula de ese estilo, aunque nadie tuviera pensado que saliese el modelo que salió. También hay que tener en cuenta que socialistas y comunistas defendían un modelo federal, con lo cual, la izquierda era tendente a un lenguaje que convergió con sectores nacionalistas y regionalistas. Al mismo tiempo, la Constitución volvía a dejar un modelo abierto. Los ponentes, según sus testimonios, tenían pensado un modelo autonómico fuerte para Cataluña, País Vasco y Galicia, y un modelo más cercano a la descentralización administrativa para el resto. Esas dos vías no impedían que si alguna de las comunidades quería alcanzar la máxima autonomía, tenía abierta la puerta. El marco competencial se fue desarrollando como lo conocemos hoy, pero la Constitución permitía distintas fórmulas. No había nada prefigurado. De hecho, las últimas transferencias de competencias se producen tras un pacto entre PP y PSOE en los noventa que deriva del marco constitucional, pero no del proceso constituyente. 

C. M.: También es muy propio de la cultura española el no aparecer como menos que nadie. En Andalucía eso fue muy importante o en el estatuto valenciano de 2008, donde se puso que lo que tuvieran los demás, también lo tendrían ellos. Forma parte de la cultura política, o quizás de la cultura a secas.

Un momento clave de todo este proceso que trae una democracia plena a España. ¿Se debió al impulso que supuso que Suárez, tras las primeras elecciones, no le debiera legitimidad al dedazo del rey y sí al sufragio universal? ¿No tuvo esto que ver con las tramas conspirativas de golpe de Estado de segunda mitad de los setenta, esas de «hemos perdido el control, hay que hacer algo»?

C. M.: Las distancias entre Juan Carlos y Suárez fueron de otra naturaleza. Hubo quienes insistían ante el rey en que Suárez le había dejado sin papel, que se establecía una monarquía sin prerrogativas, pero en realidad Suárez había logrado constitucionalizar la monarquía, que era lo importante, aunque indudablemente Juan Carlos hubiera preferido tener un mayor papel. Una cosa era no tener los poderes de Franco, que los tenía todos, y otra un papel simbólico, con muy poco espacio, como le había dejado la Constitución. Ahora bien, entre Suárez y Juan Carlos hubo un proceso de distanciamiento desde las elecciones de marzo del 79, cuando desde dentro de UCD se presiona por cerrar la etapa de consenso con la izquierda e ir a políticas de un marchamo mucho más conservador. Suárez, tal vez por su pasado falangista, estaba convencido de que no lideraba una fuerza de derechas, sino realmente de centro. Por tanto muy transversal, y no podía aceptar el programa que trataba de imponerle la CEOE, que presionaba para que llegaran a acuerdos de una vez con AP. 

Adolfo Suárez y sus apoyos más importantes dentro del partido no querían confundirse con AP y eran contrarios a esa alianza. Desde los sectores más conservadores se desarrolló una dura campaña contra Suárez. A Juan Carlos le decían que la situación era de catastrófica e insostenible y que Suárez debía abandonar la presidencia del gobierno. Por otra parte, Suárez perdió el control del partido, como se vio en el congreso de Mallorca, y en sus conversaciones con Juan Carlos percibe claramente que ya no tiene su apoyo. Eso le decide finalmente a dimitir, probablemente para detener una posible moción de censura. Hay que tener en cuenta que, desde las elecciones de 1977, hay conciliábulos en sectores muy conservadores para reconducir una situación que consideran cada vez más negativa.

P. Y.: Lo que sí es cierto es que Suárez ganando elecciones reforzó su posición y empezó a actuar como un gobierno de democracia parlamentaria, no tenía por qué consultar al rey. Hay una relación entre Suárez y Juan Carlos antes de las elecciones y luego otra. Antes, la dependencia del presidente del rey era absoluta, luego ya no. 

¿Entre algunas conspiraciones militares estaban las encaminadas a devolverle poderes al rey?

P. Y.: No, la cuestión no era devolver poderes al rey sino, en los más radicales, acabar con la democracia, y en otros adoptar políticas nítidamente conservadoras y recentralizadoras, incluyendo si era preciso la reforma de la Constitución.

La posición de Armada se situaría en esa segunda opción, en el golpe de timón. Armada fue un liante, habló con mucha gente, a cada cual le dijo lo que quería oír y si obtuvo apoyos fue por lo que dijo, no por lo que quería hacer. Era un personaje que se aprovechó de que todo el mundo le veía como alguien muy cercano al rey. Habló con el alcalde de Lleida y le dijo cuatro vaguedades sobre lo mal que estaba la situación y luego con Milans del Bosch ya habla de otras cosas. Vendía que la situación era muy mala, había violencia terrorista, y hacía falta un gobierno de autoridad con apoyos parlamentarios amplios y que efectuara cambios a los cambios ya hechos. Pero posiblemente Armada era consciente de que no podía volver, por ejemplo, al proyecto de Fraga del 76, que ya era una involución excesiva. Se podía minimizar el papel del parlamento en la línea gaullista, meter al Ejército en el País Vasco si la situación no se controlaba, etc. Pero luego se demostró que Armada no tenía los apoyos de los que presumía. Cuando dimitió Suárez, habría bastado con designarlo a él candidato a la presidencia del gobierno en lugar de a Calvo Sotelo. En el golpe de estado del 81, cuando Armada llega con su plan al Congreso, Tejero lo rechaza porque lo que quería era una junta militar. Y Milans ahí estaba a medias. Pero es muy relevante que todos los capitanes generales dudaran, que su actitud inmediata no fuera la de defender la legalidad. Fue la de ver qué hacía el otro, hablar con la Zarzuela… Lo dijo claramente Quintana Lacaci, el capitán general de la Primera Región Militar: yo obedezco al rey porque me lo ha ordenado Franco, el rey me ordenó parar el golpe y lo paré, si me hubiera ordenado asaltar el Congreso, lo asalto.


Billete de ida y vuelta en el «convoy de los 927»

La 11ª División Acorazada del Ejército de los Estados Unidos durante la liberación del campo de concentración de Mauthausen el 6 de mayo de 1945. Escrito en sábanas, «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras». Fotografía: Donald R. Ornitz (?) / Francisco Boix (?) / National Archives and Records Administration (DP).

La ausencia de una cultura antifascista oficial en nuestro país sirve para que, entre otras cosas, los niños españoles no puedan aprender en el colegio que uno de los primeros trenes de ganado que se llenó de personas para enviarlas a un campo de concentración nazi en Europa estaba compuesto por españoles. Fue el tristemente célebre convoy de los 927 que salió del campo de refugiados de Angulema, en el sur de Francia, con dirección a Mauthausen, en Austria. 

En Madrid, en el barrio del Pilar, quedo con Eufemio, de ochenta años en el momento de escribir este reportaje. Tenía siete cuando subió a ese tren con sus padres el 24 de agosto de 1940. Es viernes, la boca de metro está rodeada de chavales arreglados para irse de fiesta. Gritan, ríen. Atravesamos los corrillos para buscar una cafetería y veo que cojea, pero anda a buen ritmo y no para de hablar. No se le notan los años que tiene. Por el camino me explica por qué cuando he llamado a su casa he preguntado por un tal Jaime. Él no se llama así, se llama Eufemio, pero Jaime es el nombre que le pusieron cuando le robaron, cuando le arrancaron de la mano de su madre de vuelta a España. Es que es una larga historia. 

Eufemio es hijo de Eufemio García y García. Nació en 1934. Tras sorber por primera vez el café cortado que nos sirven en un bar de La Vaguada atestado de gente, me enseña una foto de sus padres: «Es de 1932, mira qué bien vestidos estaban, él lleva traje y corbata, me han contado que vivíamos muy bien, que mi padre tenía secretaria y empleada del hogar». La guerra les sorprendió en Extremadura y de ahí huyeron a Barcelona. Me pregunto por qué, si eran de clase acomodada. Tal vez su padre fuese un alto funcionario republicano. Eufemio tampoco lo tiene claro: «Solo sé que iba con pistola, quizá tuviese algo que ver con las fuerzas de orden público. Lo que es seguro es que mis padres eran republicanos, porque no estaban casados por la Iglesia. Me contaron en su pueblo que tenía mucha labia, que una vez había dado un discurso en Madrid de varias horas. En el 36 era demasiado mayor para ir al frente, tenía cincuenta y seis años».

Días después busco en la hemeroteca referencias a su padre. Encuentro solo una en el Heraldo de Madrid, pero es plausible. Viernes 24 de enero de 1936, Eufemio García y García es nombrado presidente del Partido Republicano de Emancipación Española, una organización constituida años atrás a raíz del golpe de Estado de Sanjurjo en 1932, cuyo primer presidente se dirigía así en una carta al ministro de la Gobernación, Santiago Casares Quiroga: «Tengo el honor de participarle que puede contar con quinientos afiliados de Madrid dispuestos a ofrendar la vida cuantas veces fuera necesario para defender esta República contra las acometidas de los monárquicos malditos». 

De ser el padre de Eufemio, queda claro su compromiso con el régimen democrático y eso explica que se viera obligado a huir de los fascistas. «Nos fuimos hasta Barcelona —sigue Eufemio hijo—, allí nació mi hermana, que se llamó Libertad. Al volver a España, los curas no dejaron que se llamase así y le pusieron Pilar, por imposición, pero así se llama ahora».

Con dos hijos pequeños, al igual que tantos republicanos españoles, la familia de Eufemio huyó de la ofensiva fascista sobre Cataluña y terminó en uno de los campos de refugiados del sur de Francia, el de Les Alliers, en Angulema. En seis meses, cerca de quince mil españoles murieron en aquellos centros por el hambre y las enfermedades: «Recuerdo a los soldados senegaleses, muy duros con nosotros, allí estuvimos un año hasta que Francia entró en guerra. Muchos republicanos se fueron voluntarios al frente o a trabajar en las fortificaciones. Mi padre tenía ya sesenta años, era demasiado mayor y mi familia se quedó allí hasta que todos fuimos capturados por los nazis». 

En este punto, Eufemio me recomienda el libro de Carlos Hernández Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B, 2015), dice que ahí viene bien explicado todo lo que no es capaz de recordar puesto que era un niño. Abro el libro en casa y leo el relato de José Alcubierre, que entonces tenía catorce años. Su hermano había sido alto cargo de la Generalitat de Catalunya y su padre fue asesinado después de una paliza en el campo de concentración de Gusen. Él también subió al tren con su familia, que no tenía adónde huir: «No sabíamos adónde iba. Algunos decían que a Noruega, otros a Alemania, nadie sabía hacia dónde íbamos. Hoy día lo puedo decir, entonces no, pero hoy lo puedo decir: si hubiésemos sabido lo que íbamos a sufrir, muchos nos habríamos tirado del tren o hubiéramos intentado escapar o hacer algo. Lamentablemente no lo sabíamos y no lo hicimos». 

El suelo del vagón estaba cubierto de paja y solo había un bidón con agua en una esquina. Muchos creían que les llevaban a España, pero los que podían ver la orientación del sol por las rendijas del vagón sabían que iban hacia el norte, hacia el Reich. En cada parada que hacían, chavales de las Juventudes Hitlerianas les escupían y miraban con desprecio. Dice el libro: «En el primer convoy de la muerte de la historia, los lamentos que se escuchaban tenían acento andaluz, aragonés, murciano o catalán». 

Cuando llegaron a su destino, nadie sabía dónde estaban. No conocían ese pueblo austriaco, Mauthausen. Fue el momento que Eufemio nunca olvidará: «Mi padre estaba afeitándose, entonces llegó un intérprete y dijo que se bajasen todos los varones mayores de catorce años. Mi padre en ese momento no tenía la camisa y mi madre le dijo al hombre que esperase a que se la pusiera, pero este intérprete contestó: “Donde va a ir este señor no le va a hacer falta”. Mi padre se bajó y nunca más volvimos a verlo».

Otros niños, sigue Eufemio, fingían que tenían catorce años para poderse ir con sus padres, para no separarse de ellos, sin saber el tormento que les esperaba. En los vagones se quedaron solo las madres con los críos. Alcubierre recuerda en el libro: «Empezaron las mujeres a chillar: “¡Mi marido! ¡Mi hijo!”». Otro niño citado en la obra, Lázaro Nates, fue de los que bajó del tren. Según recuerda en estas páginas, los primeros en caer fueron los inválidos, los mutilados de guerra: «Yo vi cómo les subieron a un camión descubierto y se los llevaron. Y ya no les vimos más. Se ve que los liquidaron enseguida». Se sabe que las SS contaron cuatrocientos noventa prisioneros en el andén aquel día, pero en la entrada al campo solo registraron cuatrocientos treinta. Eufemio y su madre pensaron que a su padre también lo habían fusilado nada más bajar.

Mientras tanto, el tren, con las mujeres y los niños, permaneció cinco horas parado en la estación. Fue el tiempo que tardaron los oficiales, cuenta el autor, en consultar con sus superiores y estos con el Gobierno de Franco. El campo de concentración no estaba preparado para mujeres y niños. Berlín y Madrid acordaron repatriar a esos deportados. Eufemio se libró del campo de concentración, pero lo que vino después no fue ningún alivio, lo recuerda como lo peor de la experiencia. «Fuimos hasta Hendaya y de ahí a Irún, al llegar nos estaba esperando la policía y la guardia civil. De repente unas señoras se acercaron a mí y me cogieron. Se me querían llevar. Decían que eran mis tías, pero no las conocía de nada. Los guardias civiles intercedían por ellas. Mi madre se puso a gritar, pidió que se llevasen a mi hermana de dos años en lugar de a mí, pero no quisieron y me tuve que ir con ellas, me robaron. A muchos les pasó como a mí, nos separaron de nuestras madres. Fuimos los primeros niños robados del franquismo, como se hizo después en las maternidades de los hospitales».

La desinfección de presos españoles en el patio central del campo de concentración de Mauthausen, ca. 1941. Fotografía: Francisco Boix / German Federal Archives (CC).

Eufemio deja el café y se pide un Baileys. «Ahí comenzó lo peor», dice, y se me acerca para enseñarme las cicatrices que tiene en un lado de la cabeza. «Me daban palizas, me mordieron sus perros. Lo pasé fatal. Vivíamos cerca de Las Ventas, en Madrid, no sé para qué me cogieron si no me querían, eran dos mujeres, se llamaban Cristina y Amelia. Ellas me pusieron el nombre de Jaime». La vida en su casa fue tan espantosa que un día decidió fugarse. Cogió un tranvía y le dijo al policía que lo encontró que lo estaban maltratando. Tuvo que mediar el Tribunal Tutelar de Menores y Eufemio fue internado en un colegio. Allí, entre misa diaria y cantar el «Cara al sol», permaneció durante diez años en los que pudo aprender el oficio de zapatero. 

Cuando un día alguien fue a buscarle, se escondió aterrorizado. Todavía tenía grabada a fuego la experiencia en aquel andén de Irún, cuando literalmente le arrancaron de los brazos de su madre. Le sacó del colegio interno su padrastro, otro indeseable. Un hombre que había hecho fortuna en América en plantaciones de tabaco que se había casado con su madre. Lo quería para explotarlo trabajando: «Me sacó a los dieciocho años, tendría que haber estado allí hasta los veintiuno, la mayoría de edad en aquella época. Este hombre era un mujeriego y un desgraciado, nos tenía a mí, a mi madre y a sus otros hijos hacinados en veinte metros cuadrados en Aranjuez, no teníamos ni agua, la bebíamos de una alberca donde se regaban los campos». 

También escapó de esa pesadilla. «Un día le dije: como maltrate más a mi madre le pego con esta azada en la cabeza». Eufemio acabó en el norte, trabajando en las rutas de abastecimiento de metal de los altos hornos de Baracaldo: «Allí me puse malo, cogí coxalgia, una enfermedad de origen tuberculoso. Estuve dos años ingresado en el hospital de Basurto, pero me operaron mal, la herida ni cicatrizó y me dieron el alta». Con la cadera abierta, terminó en otro hospital, esta vez en Santander: «La herida estaba mal y no me hicieron ni análisis, ni radiografías, ni nada. El médico venía una vez al mes y no me atendía. Me dijeron que como ya no trabajaba, me habían dado de baja en la Seguridad Social y ya nadie pagaba por mí». 

Al final le hicieron un transplante de tibia en la cadera. Se quedó cojo para toda la vida. «Lo único bueno de todo aquello es que recuerdo la solidaridad de la gente de Bilbao, uno me daba de comer, otro me daba de dormir, se portaron conmigo de maravilla». Más tarde pudo dirigirse a Madrid y en la capital encontró un trabajo de administrativo donde conoció a su actual mujer, aunque se jubiló como portero de finca urbana. Había salido adelante en la vida, pero le quedaba el vacío tremendo de no saber qué había sido de su padre. 

«Varias personas con familiares en Mauthausen pedimos los certificados de defunción de nuestros padres. Mirando sus datos como prisioneros, vimos que habían sido trasladados el mismo día de Mauthausen a Gusen, un campo de concentración a cinco kilómetros. Y que allí habían muerto también el mismo día por enfermedad. ¡Cómo era posible la coincidencia!». La realidad era que los habían asesinado en las cámaras de gas.

«Hasta 2011 no volví a Mathausen. Vi la escalera, de ciento ochenta y seis escalones, que habían subido los prisioneros una y otra vez cargando con las piedras de la cantera ¡allí les molían a palos!». Los prisioneros españoles llevaban un triángulo azul. Oficialmente eran apátridas, pero sobre el triángulo les bordaban las iniciales «SP», de españoles. La esperanza de vida de estos reclusos fue de seis meses. En el cercano castillo de Hartheim, en Gusen, se gaseaba a doce españoles al día. También se les inyectaba gasolina directamente en el corazón y se les empleaba para toda suerte de experimentos médicos. «Lo peor de mi regreso a Mathausen fue entrar en los hornos crematorios, todavía olían a algo, estaban como sucios, no los habían tocado». 

Cuando Eufemio se enteró de que en Europa había indemnizaciones para los hijos de muertos deportados en la Segunda Guerra Mundial, fue a la sede del Ministerio de Defensa de España: «No me dijeron nada, ni siquiera dónde tenía que ir para pedir la pensión, me trataron con indiferencia, como que no iba con ellos». Entonces se fue a la embajada francesa en Madrid: «Ahí, cuando dije a qué iba, se dirigieron a mí con toda la atención y amabilidad, con muchísimo respeto, me facilitaron todos los documentos y llamaron a París para interesarse por mi caso. Mi hermana y yo no tardamos en recibir ese dinero y ahora trato de localizar a todos los que tienen ese derecho para que se lo den también a ellos antes de que mueran». 

Pasa un rato y ahora Eufemio por fin bromea. Me dice que pese a su cojera llegó a ser árbitro de fútbol durante muchos años. Pero pronto vuelve al asunto. «Cuando ya supe todo lo que había pasado, me di cuenta de que nunca había llorado, ni siquiera cuando me dijeron que mi madre se había muerto, que me quedé como estaba, porque no sabía sentir, ni placer ni dolor, y a partir de ahí por fin pude llorar». 

Me cita una frase repetidamente: «Los muertos no existen, salvo en nosotros». 

Eufemio García y García fue gaseado en diciembre de 1941. 4816 españoles murieron en los campos de exterminio de Mauthausen y Gusen.


«Un beso de amigo»: crónica negra de la transición

Toni Romano en un detalle de la portada de Un beso de amigo, editorial Alfaguara.

En los convulsos años treinta de la depresión económica, los estertores de la ley seca y el gangsterismo, la aparición de la novela negra estadounidense supuso una ruptura con la tradición literaria policiaca previa, al sacar el crimen de los salones de la alta sociedad para devolverlo a las calles y, en consecuencia, dar carta de nacimiento a un nuevo tipo de literatura popular. En su libro Talking About Detective Fiction, la británica P. D. James comenta que la narrativa detectivesca tradicional «pertenece a la tradición de la novela inglesa que ve el crimen, la violencia y el caos social como una aberración, y la virtud y el orden como la norma por la que luchan las personas razonables, y que confirma nuestra creencia, a pesar de las pruebas que demuestran lo contrario, de que vivimos en un universo racional, comprensible y moral». Por el contrario, la novela negra que surge al otro lado del Atlántico es producto de las radicales transformaciones de la sociedad capitalista, y en sus páginas subyace un permanente cuestionamiento del sistema. La clave de la trama ya no reside en descubrir al criminal (¿quién?), sino en analizar sus motivaciones (¿por qué?) e investigar las causas que le empujan al delito, circunscrito en un entorno social basado en la explotación, el consumo y la marginalidad.

No por casualidad, el auge inicial de la novela negra coincide con la explosión de una nueva cultura marcada  por el crecimiento urbano y los medios de masas, que permitiría la aparición de las revistas de quiosco impresas en pasta o pulpa de celulosa, material a base de madera barata que pone al alcance del lector medio cabeceras como Black Mask, donde comienzan a publicar novelistas como Dashiell Hammett, autor de Cosecha roja, considerada la obra fundacional del género, que fue editada como libro en 1929, pero había comenzado a aparecer por entregas en noviembre de 1927 en la citada revista. 

El nuevo estilo literario, también conocido como hard-boiled y representado por autores como el mismo Hammett, Raymond Chandler, James M. Cain, Chester Himes, Horace McCoy o Jim Thompson, se caracteriza por su tono marcadamente realista, la ambigüedad moral de sus personajes y el traslado del protagonismo de la policía (corrupta y brutal en la mayoría de casos) al investigador privado de perfil escéptico y actitud descreída. Como explicó el propio Chandler en El simple arte de matar, la novela negra describe «un mundo en el que nadie puede caminar tranquilo por una calle oscura, porque la ley y el orden son cosas sobre las cuales hablamos, pero que nos abstenemos de practicar. No es extraño que un hombre sea asesinado, pero a veces resulta extraño que lo asesinen por tan poca cosa y que su muerte sea el sello de lo que llamamos civilización». 

Es, también, una narrativa heredera tanto del lenguaje fílmico (el cine, por su parte, no tardará en adaptar algunos de sus títulos señeros) como de la prosa periodística, que sin embargo no llegará a publicarse con normalidad en España hasta los años setenta, precisamente por su permanente cuestionamiento de los valores morales y éticos que rigen la sociedad moderna. No son pocas las obras clave del género que se traducen antes en países latinoamericanos que en España, donde la prolífica tradición de la novela por entregas siempre había incluido tramas criminales, aunque desde una óptica relacionada con la concepción británica del género: se trata mayoritariamente de novelas de misterio o de detectives (según el modelo que podía representar el refinado Hercules Poirot creado por Agatha Christie) antes que de relatos de estilo hard-boiled.

Penetración en España

A finales de la década de los sesenta, la situación cambia y se inicia un progresivo descubrimiento del género por parte de la clase intelectual española. El especialista Salvador Vázquez de Parga, en La novela policiaca en España, recuerda que en 1967 Alianza Editorial había comenzado a publicar las obras de Hammett en su colección «El libro de bolsillo», pero es en la segunda mitad de los setenta, con el fin de la dictadura franquista, cuando se suceden los artículos divulgativos, los estudios analíticos (con mención especial para los de Javier Coma) y las colecciones monográficas. En 1977, la división «Libro amigo» de editorial Bruguera crea la serie Novela negra, donde van apareciendo todos los clásicos estadounidenses, y un poco más adelante surgen colecciones de quiosco como «Club del Misterio», que se inicia en 1981 con la seminal Cosecha roja, o la más ecléctica «Círculo del Crimen», que aparece en 1982 y amplía el abanico de autores, incluyendo a John Le Carré, Graham Greene o Mickey Spillane. En ambos casos, tanto las portadas como el papel en que se imprimen los títulos remiten directamente al pulp americano. También en 1981 aparece una revista especializada de efímera trayectoria, llamada Gimlet (en homenaje al combinado que suele beber el detective Philip Marlowe, creado por Chandler). Volviendo a Vázquez de Parga, «la novela negra norteamericana puso en contacto el crimen de ficción con la realidad social, dando testimonio de esta y, en algunas ocasiones y de modo directo, criticando esa realidad, pero lo hizo siempre desde las diversas ópticas y las distintas ideologías personales de sus autores. Sin embargo, para los intelectuales españoles, en un primer momento la novela negra no solo fue la variante realista de la novela criminal sino también la variante progresista y de izquierdas y la única novela policiaca válida por razones éticas y no estéticas».

Fue precisamente en la convocatoria de otra colección llamada «Círculo del Crimen», dedicada a autores españoles y publicada por la editorial Sedmay en 1980, donde lograría un accésit Un beso de amigo, la primera novela de Juan Madrid, que se enmarca en el nacimiento de una novela negra española heredera del estilo americano pero con rasgos identificativos propios.

La literatura policial tenía cierta tradición en España, como demuestran los libros del catalán Rafael Tasis, publicados en los años cincuenta, o algunas obras de Manuel de Pedrolo, aunque suele considerarse El inocente, de Mario Lacruz (1956), como el título inaugural de un modo diferente de concebir el relato criminal, haciendo mayor hincapié en su vertiente psicologista. En los años sesenta llegaría Francisco García Pavón, que da un aire castizo a la tradición policial mediante la creación de Plinio, jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso y protagonista de varias novelas, pero hay que esperar a las fechas ya señaladas para asistir a la verdadera eclosión del género en España. Como ha recordado Manuel Quinto, «en 1979 se publica la primera novela de Andreu Martín, Aprende y calla; la de Martínez Reverte, Demasiado para Gálvez; y Vázquez Montalbán gana el Premio Planeta con Los mares del sur. Al año siguiente, aparece la primera novela de Juan Madrid, Un beso de amigo, y de Julián Ibáñez, La triple dama». 

Quinto ya cita a Manuel Vázquez Montalbán, sin duda la figura precursora de un estilo que arraiga con fuerza en un país recién salido de un régimen dictatorial cuyos residuos siguen muy presentes en la realidad cotidiana. El autor barcelonés había publicado en 1972 una inclasificable novela titulada Yo maté a Kennedy, donde asoma por primera vez el personaje de Pepe Carvalho, exagente de la CIA reconvertido en detective privado que reaparece como protagonista en Tatuaje (1974), la primera de una larga serie de novelas en las que Vázquez Montalbán lo retrata como un tipo hastiado y escéptico, que se mueve como pez en el agua por las alcantarillas de la ciudad condal. Caracterizado por sus exquisitas inclinaciones culinarias y su costumbre de encender la chimenea usando libros, Carvalho es el eje en torno al que se desarrollan unas historias que tienen como objetivo trasladar los rasgos de la novela negra americana a la realidad española del momento.

El propio Juan Madrid afirmó que «en España no podemos encontrar una novela negra hasta 1975 aproximadamente, ya que hasta entonces no existe un desarrollo capitalista suficiente, ni grandes urbes modernas. La aparición del cine y la prensa de nuevo cuño no surgen en nuestro país hasta los años setenta. Además, no existen libertades políticas hasta la muerte de Franco, lo cual dificulta la denuncia social, implícita en gran parte de estas novelas».

El género, por tanto, es una herramienta perfecta para explicar el presente en transformación del país, un tipo de novela social que, de nuevo según Madrid, «no plantea ningún tipo de solución, y al mismo tiempo que se descubre al criminal desvela todas las lacras sociales, la explotación y la crueldad del mundo actual, donde el capitalismo y el gangsterismo utilizan los mismos métodos». 

Desde una perspectiva contemporánea, se da la paradoja, además, de que la novela negra es la herramienta más útil para aproximarse a la realidad española del postfranquismo y los primeros años de la transición. Tal como ha revelado la periodista y crítica literaria Carolina León, el canon novelístico de la cultura de la transición ha aceptado tímidamente los libros sobre la memoria histórica, pero no se plantea demasiado el presente, que es precisamente lo que hizo la novela negra en el cambio de los setenta a los ochenta. Mientras que en la actualidad «se ha perdido, en lo hondo del retrete, el convencimiento de que los actos literarios tienen, con o sin intención, significación política, y en el contexto de las publicaciones de amplia difusión la crítica ha perdido la batalla que desmonta visiones del mundo», en la incipiente novela negra española encontramos una mirada crítica sobre la sociedad del momento, probablemente la única que actualmente permite reconstruir aquellos años a nivel literario.

Manuel Vázquez Montalbán abundaba en la idea en Mirones de subsuelos, el texto que escribió para introducir la antología Negro como la noche: «Del dato sociocultural de una España en la que las ciudades ya eran definitivamente más importantes que el campo y el neocapitalismo duro se hacía el dueño cultural de la situación bien fuera bajo el palio del Opus, bien bajo el “preyupismo” pragmático de los cabezones del servicio de estudios de este o aquel banco, surgió lo que se llamó literatura policiaca española». Y añadía, de manera premonitoria: «Sin pretenderlo pretextualmente, hemos aportado la textualidad de la evolución social de España (¿y la transición?) en estos últimos veinte años».

En esa literatura realista en la que, según afirma Juan Madrid, «no hay buenos ni malos, no existe la figura romántica del detective y todos luchan por sobrevivir en la jungla, la nueva y despiadada ciudad», es donde se inscribe Un beso de amigo, su debut como novelista, publicado en 1980, que participa de una manera clara en una incipiente corriente literaria cuyo objetivo es adaptar los rasgos y estilo de la novela negra estadounidense a la realidad sociopolítica española posfranquista.

Tras los pasos de Chandler

Un beso de amigo comienza con el protagonista, Toni Romano, en busca de una díscola adolescente de clase acomodada, un encargo fácil que sirve para que el lector conozca al personaje y se familiarice con él. Poco después, su sobrino Alfredo le presenta a una seductora mujer que le contrata para descubrir el paradero de su marido Otto Schultz, chófer del empresario Elósegui, que ha desaparecido tras robar unos importantes documentos. En sus pesquisas, Toni Romano se reencontrará con algunos personajes de su pasado, al tiempo que descubrirá una trama que relaciona los intereses inmobiliarios con las organizaciones ultraderechistas.

Vázquez de Parga no duda en situar a Juan Madrid «en la más pura línea de la serie negra americana», calificando como chandleriano al protagonista de su primera novela. No le falta razón. Toni Romano es un investigador privado sin licencia que ejerció como boxeador y que, tras retirarse del ring, ingresó en la policía, que abandonaría para trabajar por cuenta propia. Un personaje duro, lacónico y cínico que, efectivamente, se mira sin rubor alguno en el Philip Marlowe de Chandler.

Como aquel, Madrid echa mano de la primera persona para contar la historia desde un punto de vista subjetivo, y recurre a un lenguaje directo y marcado por las frases coloquiales y el uso de argot. Aún más: la presentación del personaje en Un beso de amigo remite directamente a El sueño eterno, la primera novela de Chandler, que también daba a conocer a Marlowe. En la primera, Toni Romano debe localizar a una menor huida del acomodado domicilio familiar; no le resulta difícil, y pronto la encuentra en el salón de un chalé, donde descansa desnuda en un sofá. Inevitable evocar el momento en que Marlowe encuentra a la casquivana Carmen Sternwood en casa de Geiger en El sueño eterno

Del mismo modo, es lícito  establecer un paralelismo entre el trato que recibe Romano por parte de la madre de la joven descarriada con el que Mistress Regan dispensa a Marlowe en la novela de Chandler. A todos los niveles, Madrid se nutre de su predecesor estadounidense para establecer tanto los parámetros de conducta de sus personajes como diversas situaciones que desarrolla en la novela, en un ejercicio que alcanza incluso al modo de realizar algunas descripciones: No hay una excesiva diferencia entre «la puerta de entrada, capaz de permitir el paso de un rebaño de elefantes» (Chandler) y «una mesa capaz de dar cabida a una compañía de infantería» (Madrid), frases ambas que definen el modo de expresarse de los respectivos protagonistas. En el caso de Romano, incluso con alguna alusión directa al lector: «Me volví y le apliqué un directo a la boca que me hubiese gustado que hubiesen ustedes visto», comenta tras noquear a un matón, estableciendo de este modo una relación de cómplice empatía con su interlocutor literario.

Como Marlowe, Toni Romano es un personaje prototípico. En su caso, un exboxeador y expolicía de extracción obrera, hijo de un limpiabotas, que con el paso de los años se ha convertido en un tipo solitario, fumador y aficionado a la bebida, siempre con la casa manga por hombro. Es duro, resabiado, de puño fácil y posee un sarcástico sentido del humor: «La lechuga parecía la lija del tres para metales y si aquello era carne yo era el amante secreto de Carolina de Mónaco», dice para describir una comida. En ese sentido, Toni Romano se ajusta como un guante al arquetipo de género. Descreído, con códigos morales propios, forma parte de una larga tradición literaria y cinematográfica heredera de los clásicos del género. Sin ir más lejos, también tiene pasado como púgil el bostoniano Spenser, personaje creado por Robert B. Parker, un autor considerado heredero de Chandler hasta el punto de encargarse de concluir la novela que dejó inacaba: La historia de Poodle Springs. Y solo cuatro años después del nacimiento de Toni Romano como personaje literario, en 1984, hacía su aparición Toni Butxana, otro exboxeador reconvertido en detective, esta vez de la mano del escritor valenciano Ferran Torrent, en la novela No emprenyeu el comissari. Los tres, además, protagonizarían otras novelas de sus respectivos autores.

Otro de los elementos que conecta Un beso de amigo con el género americano clásico es el protagonismo de la ciudad. Madrid se convierte en un personaje más de una novela de corte urbano, que serpentea por sus calles y plazas en itinerarios perfectamente reconocibles, fundamentales para impregnar el texto del tono realista que persigue, aunque Toni Romano se mueve por una ciudad a menudo oculta, unos bajos fondos inequívocamente castizos poblados de bares, tugurios, porterías, gimnasios, aparcamientos y pensiones baratas por donde al caer el sol pululan putas, macarras, confidentes y perdedores de toda clase y condición. Una fauna entre la que el detective sin licencia se encuentra cómodo, en su salsa, especialmente por el barrio de Malasaña, zona de marginación y exclusión social de la época en la que tienen lugar algunos de los turbios manejos que desarrolla la trama, y que estrechan la distancia entre el bajo y el alto mundo, mostrando las relaciones entre el universo del crimen y las altas finanzas.

La galería de secundarios de Un beso de amigo tampoco tiene nada que envidiar a los de muchos títulos clásicos del género: Cuquita, confidente y chapero; Yumbo, boxeador venido a menos que malvive como informador y trabajando en un aparcamiento; el proxeneta Botines; Dora, la prima segunda de Toni y dueña del bar Torre Dorada; Charli, un matón violento y con pocas luces… Todos ellos forman parte de una geografía humana en cuyo trazado destacan algunas figuras de especial relevancia, como Torrente, el encargado de un gimnasio que funciona como tapadera de otros asuntos turbios y que emigró a Argentina, de donde ha regresado con dinero en los bolsillos y cierta respetabilidad pública. Por el contrario, cuando Romano visita la casa de Elósegui se encuentra con un empleado, un jardinero que ocupa el puesto que le corresponde en el escalafón social: «Yo combatí con los republicanos», aclara. Ecos de un pasado reciente que también sirve para explicar las relaciones entre Otto y Elósegui: «Se conocieron durante la guerra». 

Torrente tampoco es el único personaje que se ha reciclado tras pasar una temporada en el extranjero y aprovechando los nuevos aires que corren en el país, como deja bien clara la descripción de otro proxeneta, el Vasco Recalde: «Era un tipo delgado y de estatura media, con barbita y modales finos. Se había educado en La Habana en tiempos de Batista y echado fama como reventador de huelgas y confidente de la policía en Madrid y Barcelona en la década de los sesenta. Supe que con la democracia se ganaba la vida como guardaespaldas de políticos y financieros». Una vez más, Madrid señala las conexiones con el pasado de personajes que se han adaptado con facilidad a la España de la transición.

Pero el personaje que sobresale por encima del resto y que, además, sirve al novelista para hacer una aportación singular y crucial al imaginario del género negro es el de Ana Schultz, la despampanante y aparentemente ingenua mujer que contrata a Romano para que localice a su marido. Una femme fatale arquetípica desde su entrada en escena: «Volví la cabeza. Era una aparición que caminaba hacia nosotros entre las mesas, deshaciendo conversaciones. Una mujer como aquella podía, ella solita, volver locos a la Curia. El alegre Alfredo se había quedado corto. Ella y su vestido verde hierba parecían haber crecido juntos. Aparentaba treinta años y llevaba el pelo rubio recogido detrás en dos trenzas. Toda ella exudaba un aire exótico y maléfico como el de un pecado». Una entrada en escena espectacular, puramente cinematográfica, que define al personaje antes incluso de que pronuncie una sola palabra.

Siguiendo el canon, a medida que avance la novela el lector descubrirá que esa mujer angustiada por la desaparición de su marido, y que trabaja como manicura en el Hotel Metropol, no es tan inocente como parece, ni en realidad está tan preocupada, ni es la esposa de Otto Schultz… Ni siquiera es una mujer: «Su pecho era liso como una tabla de planchar. El sujetador tenía forro plástico gomoso, perfecta imitación. No me costó mucho rasgarle sus braguitas blancas. Al romperlas, de su interior emergió, como un diminuto gusano que buscara la luz, un pene de niño sobre una ligera protuberancia peluda». En un brillante giro, Juan Madrid rompe en pedazos uno de los mitos por antonomasia del género y convierte a la femme fatale en un hombre.

La mirada periodística

Pero el mayor acierto de Un beso de amigo es su condición de crónica, su descripción de un aquí y ahora que, como ya se ha apuntado, la novela española va a ir eludiendo en el futuro. Probablemente, a causa de las similitudes entre la idealizada transición y el momento presente. Cuando a Toni Romano le preguntan por qué abandonó la policía, contesta: «Había veces que no distinguía entre ladrones de bolsos y ladrones sentados en despachos con secretarias y cargos sindicales. Cosas que había que callarse y otras que no. Ciertas actuaciones contra muchachos y muchachas cuya actividad más delictiva consistía en soñar un mundo mejor. Y quienes mandaban aplicar los correctivos eran casi siempre gente tan corrupta y manchada de sobornos que daba asco». Juan Madrid habla del presente que le toca vivir, pero cada palabra podría ser aplicada a la España actual, donde siguen si aclararse las circunstancias del caso 4F en Barcelona y los casos de corrupción policial y política ocupan titulares cada día. Una realidad que la novela negra supo radiografiar con toda su crudeza, pero que la literatura española del nuevo siglo suele eludir, con contadas excepción como la de Rafael Chirbes. Bajo la apariencia de una historia de género, de un clásico argumento «de policías y ladrones», Madrid está retratando un país que se vanagloria de salir indemne de la dictadura camino de una democracia de cuento de hadas, mientras esconde la basura bajo la alfombra. 

De hecho, Un beso de amigo se gesta entre 1979 y 1980, un momento clave en la historia de España. En marzo de 1979 han tenido lugar unas elecciones legislativas en las que la Unión de Centro Democrático (UCD) liderada por Adolfo Suárez consigue una amplia victoria. Suárez, que había sido nombrado presidente del Gobierno en 1976 por el rey Juan Carlos I, repetía presidencia, puesto que ya había ganado las elecciones generales de 1977. Así pues, todo estaba «atado y bien atado», y España se preparaba para entrar en la modernidad de las democracias occidentales sin sobresaltos, sepultando bajo una capa de desmemoria su pasado reciente, que no solo resurgiría muy pronto (el frustrado intento de golpe de Estado de 1981), sino que seguía muy presente en la sociedad, tal como ponía de manifiesto la existencia del partido Coalición Democrática (antecedente directo del actual Partido Popular), de muy irónico nombre, si se tiene en cuenta que agrupaba, entre otros, a la Alianza Popular de Manuel Fraga (exministro franquista), la Acción Ciudadana Liberal de José María de Areilza (exministro franquista y Consejero Nacional del Movimiento) y el Partido Democrático Progresista de Alfonso Osorio (sobre quien pesó hasta su muerte, en 2018, una orden de captura internacional por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la matanza del 3 de marzo de 1976 en Vitoria). 

En esos comicios, la extrema derecha consigue representación parlamentaria por primera vez en España, ya que la coalición Unión Nacional (donde se enmarcan Fuerza Nueva y Falange Española) obtiene un escaño, que ocupará su líder, Blas Piñar. Solo unos meses después, Un beso de amigo establece claramente las relaciones entre la especulación inmobiliaria, la delincuencia de bajo perfil y la ultraderecha, involucrando en la trama a un personaje también llamado Blas, de apellido Sandoval, que preside el ficticio partido fascista Resurrección Española. De nuevo resulta inevitable establecer el paralelismo con la situación política del país. 

La novela abunda en alusiones a la época y a la relación de los personajes con ella. En el domicilio familiar al que Toni Romano devuelve a la adolescente descarriada en el comienzo de la novela, se encuentra con un «gran retrato de Franco dedicado al dueño de la casa y enmarcado en bronce». En el reservado de un bar, una mujer lanza «unos sollozos más falsos que la declaración de renta de Girón», en alusión a la escasa fiabilidad de un personaje, José Antonio Girón de Velasco, que durante el tardofranquismo trató de frenar cualquier posibilidad de reforma dentro del régimen y que, solo unos meses después, aparecería entre los implicados en las conversaciones para la organización del intento de golpe de Estado de 1981.

En otro momento del libro, Juan Madrid describe un rellano diciendo que «estaba más oscuro que las intenciones de Millán Astray en el monte Gurugú», recordando al siniestro teniente coronel de la legión que reconquistó Melilla. Finalmente, cuando Romano se adentra en un bar marginal, comenta que «entonaba tanto allí como Virna Lisi en casa de López Rodó», utilizando de nuevo a un personaje directamente relacionado con el régimen franquista (el ministro Laureano López Rodó, conocido por su adscripción al Opus Dei), para establecer una comparación teñida de ironía, al imaginar en su domicilio a la exuberante actriz italiana de los sesenta. Alusiones y referencias que sirven a Juan Madrid para contextualizar los hechos y al mismo tiempo dotarlos de un carácter netamente español.

Ya se ha dicho que Juan Madrid retrata el ambiente de Madrid en los últimos años setenta y primeros ochenta haciendo hincapié en la sensación de continuismo que producen la corrupción policial o la conflictividad social entre diversas ideologías. En concreto, el caso que trata de resolver Toni Romano está relacionado con la presión que las bandas de ultraderecha ejercen sobre el barrio de Malasaña. Lo que inicialmente parecen enfrentamientos callejeros de cariz social y político, se revela pronto como una trama financiada por constructores inmobiliarios interesados en que el miedo se extienda por el barrio y, de este modo, los vecinos lo vayan abandonando progresivamente, con objeto de rebajar el precio del suelo y poder construir en él en condiciones ventajosas. Tampoco es casual que entre 1977 y 1981 se recrudezca la violencia fascista en nuestro país. De nuevo, Madrid refleja una realidad presente en la sociedad del momento: la ultraderecha haciendo el trabajo sucio de una clase dirigente económica que se encuentra detrás de la violencia, pero no se ensucia las manos. Lo explica Romano hablando de Elósegui, el empresario inmobiliario: «Es un capitán de industria, un consejero de empresas y hombre de negocios con la ley y el orden de su parte. Las estafas, la fuga de capitales y el soborno se convierten, cuando lo hace él o cualquiera de los que son como él, en jugadas maestras y en agilidad en los negocios que merecen una sonrisa de aprobación y comentarios que ensalzan su buen ojo. Es inútil enfrentarse con Ignacio Elósegui». Cualquier parecido con la España de 2020 es pura coincidencia.

La relación directa entre la ficción novelesca y la realidad, así como el modo de abordar la literatura desde una perspectiva directamente emparentada con la crónica, se explican por la formación de Juan Madrid como periodista. Aunque licenciado en Historia por la Universidad de Salamanca, el escritor se dedicó durante años al periodismo de investigación, que había empezado a ejercer en 1973. De hecho, Un beso de amigo está dedicada, entre otros, a Juan Tomás de Salas (a quien Madrid se refiere usando solo sus iniciales, J. T. de S.), el primer director de la revista Cambio 16, que «en vez de aceptar mi dimisión, me envió a casa con una excedencia de dos meses, con lo que terminé la novela». La publicación, que aparece citada en la novela, fue una de las cabeceras más importantes de la transición española, y destacó por la relevancia de sus contenidos políticos, hasta el punto de que varios de sus números fueron secuestrados por las autoridades de la dictadura, en fechas anteriores a que culminara la aprobación de la Constitución Española, en 1978.

Madrid deja claro que las cosas tampoco habían cambiado demasiado un par de años después. En el final del libro, por ejemplo, evidencia las presiones políticas sobre la libertad de expresión y manifiesta su frustración al comprobar que el trabajo periodístico que ha realizado el periodista Tomás Villanueva no puede salir a la luz por culpa de las presiones del poder, poniendo de este modo de manifiesto la pervivencia del sistema represor a través de la censura: «A Tomás no le dejaron publicar nada. Su director no quiso y sus razones tendría. Hay quien dice que la revista comenzó a llenar, desde entonces, sus páginas de publicidad, pero esto son habladurías. Lo que sí es cierto es que el pobre Tomás recibió espeluznantes anónimos con una cruz gamada y, aconsejado por su director, que le aumentó el sueldo, se tiró un mes en Marruecos tomando el sol».

La huella del trabajo periodístico previo de Juan Madrid se convierte así en uno de los elementos definitorios de Un beso de amigo, que utiliza sus herramientas y técnicas literarias para reflejar los hechos mediante una narrativa directa, inmediata, que ofrece una instantánea del presente con la urgencia propia de la información de sucesos. Más aún: La novela describe a la perfección y con minuciosidad los métodos del trabajo periodístico, desde las complejas relaciones de los redactores que viven a pie de calle con los despachos de sus superiores, siempre marcadas por la contraposición entre los intereses informativos y los ineludibles peajes políticos o económicos, hasta los modos de acceso a las fuentes y las diferentes maneras de obtención de información, que sirven para ir desenredando la madeja de oscuros intereses que relata la trama.

Aunque los ejemplos a lo largo del texto son numerosos, Madrid resulta modélico en el capítulo en que hace coincidir a Toni Romano y Tomás Villanueva en una plaza del barrio de Malasaña, momentos antes de una manifestación vecinal en contra de las agresiones fascistas. La necesidad del fotógrafo de ocultar la cámara para pasar desapercibido, la precariedad de medios frente a la potente competencia (el corresponsal de El País cuenta con dos redactores gráficos), la estrategia a la hora de tomar posiciones y estudiar la manera de enfocar los hechos que comienzan a desencadenarse a su alrededor… La pluma de Juan Madrid adquiere connotaciones documentales en su descripción de la situación, al tiempo que el detective y el periodista se ponen al día de los avances en sus respectivas investigaciones. De fondo, el lector puede escuchar el rumor creciente de los manifestantes, que comienzan a gritar «¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!», y detecta a los policías de paisano infiltrados entre la multitud. El escéptico Romano no tarda en abandonar la escena en busca de un bar, sabe perfectamente lo que está a punto de ocurrir. Tomás también, pero se queda para levantar acta de los hechos. Los ecos provocados por los disparos de las pelotas de goma y las sirenas policiales funden a negro la escena, como en las mejores películas de genero.  

Aunque es un personaje secundario en la novela, Tomás Villanueva funciona como un segundo alter ego del autor. Si bien la narración en primera persona y el protagonismo central de Toni Romano obligan a considerarlo el reflejo de Juan Madrid en el libro, la presencia del periodista conecta la narración con su realidad más inmediata y cercana, permitiendo que su imaginario literario aúne dos discursos complementarios (el ficcional y el realista) que, unidos, configuran la mirada del autor sobre su entorno. Una mirada que el escritor malagueño seguirá desarrollando en sus libros posteriores, pero que en Un beso de amigo ya establece con firmeza los elementos que la articulan: herencia de la novela negra americana, visión sólidamente anclada en la realidad local del momento y enfoque de clara vocación periodística. Tres pilares sobre los que se sustenta una obra de importancia incuestionable en el desarrollo de la novela realista española de los años ochenta. 


Alfonso Grosso, viento del pueblo

Alfonso Grosso. Foto: Ateneo de Córdoba (DP)

Siempre hace veinticinco años, medio siglo o siglo y medio de un suceso cultural importante. Al menos, lo suficientemente curioso o raro para que el comentarista rellene su demanda de contenidos. En este caso concreto, la celebración es personal y no responde a ningún oportunismo de calendario. Me sirve para acudir a una serie de personajes que no quiero olvidar.

Pretendo despertar —como todos los hombres honestos de mi generación— una inquietud política y cultural en mi país, así como dar testimonio de los días de oscurantismo que a mi patria y a sus hombres les ha tocado vivir. Mi actitud es de denuncia. (Alfonso Grosso Ramos,1928-1995)

Todas las primaveras, cuando comienza el ruido de noticias sobre el Rocío, me acuerdo de las novelas de Alfonso Grosso. Pasan por los telediarios las imágenes de la fantástica caravana de carros, carretas, tractores, folclóricas y burros, aquel año con extra de agua y barro hasta las rodillas cubiertas de lunares y paño fino. La fanfarria de salves, loores a la virgen y coplas con olor a manzanilla se mezcla con las protestas por el rastro de basura y caballos muertos que va dejando por donde pasa. Recuerdo la prosa del escritor sevillano. Para la literatura actual el nombre de Grosso es tan desconocido como los misterios de Pentecostés. Su obra ha corrido un destino que ni aquellos que le amenazaban de muerte en los años sesenta hubiesen imaginado: la mayoría está perdida para la lectura, solo recuperada en estudios y tesis doctorales. A menos que se tenga suerte en las librerías de segunda mano, es difícil hacerse con un ejemplar de sus novelas, en el pasado tan celebradas. Unas, por la crítica, otras, por el público.

Grosso llamaba al Rocío «la romería de la muerte». Como decía Francisco Umbral, casi todos los artistas españoles caen, antes o después, en el fatal «funebrismo». Grosso, con su estilo deudor del plateresco andaluz, fue uno de ellos, a pesar de su vitalismo y su vehemencia. Funcionario desde 1950 en el Instituto Nacional de Previsión de Sevilla, su actitud política, comprometida contra el régimen franquista, lo llevó camino del «destierro» a Barcelona en 1961 por «subversión política». Allí consiguió un contrato con la editorial Seix Barral y renunció a su carrera de administrativo del Estado. En Sevilla había escrito un buen número de relatos y parte de sus primeras novelas, pero la obra de la censura y la lejanía con centros editoriales postergaron su publicación. En algunos casos, hasta veinte años. En 1962 escribió De romería, sobre la famosa fiesta del Rocío. Iba a ser la segunda novela de una trilogía que él había titulado A la izquierda del sol. Empezaba con su libro Un cielo difícilmente azul y terminaría con Testa de copo. La primera se publicó en 1961, tras su debut en la novela con La zanja. Un cielo difícilmente azul fue la segunda de su etapa «realista», la que le dio más problemas pero también la que le ganó un nombre dentro del mundo literario, erigiéndose como uno de los mejores prosistas del país. 

No es para menos. Su dominio de la palabra era apabullante. Grosso manejaba un amplísimo léxico, capaz de combinar términos culteranos con las expresiones y los giros del habla popular. Su minuciosa atención a los detalles se tradujo en páginas repletas de brillantes descripciones sobre objetos, paisajes y personas, y la enumeración continua en frases puntuadas con imágenes (adjetivos pictóricos, olfativos y auditivos), un estilo que se volvería mucho más radical en los años siguientes. Todo este despliegue de belleza, convulsa o no, trazada con amplitud de campo narrativo, tenía un único fin: la denuncia política y un negro fatalismo. Sus historias presentan a personajes condenados desde la primera página en un paisaje de belleza atroz (el campo reseco por el sol, el bosque verde, la playa o las marismas de Sevilla o Huelva), que contempla impasible la desgracia de los protagonistas. Grosso contaba, implicándose como parte defensora, las vidas de los jornaleros que trabajaban en pésimas condiciones por un parco salario, cuyas relaciones familiares y sentimentales estaban marcadas por la injusticia. Ya lo había hecho en su primer libro, La zanja (1961), relato casi cinematográfico sobre los habitantes de un pueblo de Sevilla y la lucha por la subsistencia de hombres y mujeres frente a la autoridad y los extraños: la guardia civil, los propietarios de los campos de olivos y los militares de la base norteamericana. Con la anécdota de una obra de canalización de agua, los jornaleros cavando la tierra, Grosso destripa los dramas de la sociedad andaluza: la enfermedad y el hambre, la falta de recursos, el atraso secular, los privilegios de unos pocos, el silencio cómplice de los intermediarios, el abuso sobre las mujeres y la emigración a Europa como única y soñada salida.

Un cielo difícilmente azul vuelve sobre el mismo tema, pero con tintes aún más siniestros. La novela es publicada, pero mutilada: varios fragmentos quedan fuera de la edición. La acción se desarrolla en un pueblo extremeño perdido en la sierra. Como si fuese una tragedia mexicana de Buñuel, hay un cacique brutal, una familia que obliga a abortar a la protagonista, adolescente, por haber sido deshonrada (por el cacique), a resultas de lo cual muere, un intento de robo y unos camioneros que perecen de mala manera. Pese al destrozo de los lectores del ministerio, Grosso no se arredra y emprende el Rocío. En la primavera del 62, hace el camino. Él no va en el camión de la hermandad a la que pertenece la familia del periodista y escritor Antonio Burgos, pero una vez allí, este le hará de cicerone por las carretas y los fenómenos de la feria. Burgos admira el personaje excesivo y el talento de Grosso. El escritor pierde la cámara de fotos en la borrachera del último día y culpa a Burgos: tardan años en volverse a hablar.

A finales de ese año, la editorial presenta a la autoridad el manuscrito. Los censores son unánimes: o se publica quitando las tres cuartas partes del texto o nada. Y lo más importante de todo: esta novela no puede, bajo ningún concepto, salir de España y ser leída en Europa. En opinión de los censores, la imagen de la moral y el sistema político quedarían severamente dañados. El libro es prohibido, a pesar de los recursos interpuestos por Carlos Barral. Saldría en 1981, con el texto íntegro y revisado por el autor, en la editorial Cátedra y con nuevo título, Con flores a María. En esos años de democracia, el libro pasó sin pena ni gloria. Los relatos sobre la injusticia social pasaron de estar prohibidos a no interesar al público. Sin embargo, un año antes, el escalofriante documental Rocío, filmado en los setenta por el director Fernando Ruiz Vergara, fue secuestrado tras su estreno, al haber interpuesto una demanda los familiares de alguno de los personajes que en él aparecían. Hoy sigue siendo una película maldita. Su director no volvió a trabajar como cineasta.

Pero ¿qué cuenta De romería? No es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Ni siquiera es una de sus mejores novelas, pero es comprensible la alarma de las autoridades. Dividida en dos partes, en la primera —la mejor y más interesante— nos presenta a una prostituta mulata, descendiente de los esclavos negros que llegaron en el siglo XVIII vía Portugal a trabajar en las minas de Huelva y de los que todavía quedaban descendientes en localidades como Gibraleón o Niebla. La chica es una adolescente que vive en un prostíbulo (inmueble que pertenece a la diócesis, que cobra un diezmo de las ganancias) y atiende a los hombres que pasan por el territorio. Recuerda a su familia, hacinada en una chabola, y a su padre, el negro que murió en el tiroteo de los mineros de Río Tinto en julio del 36. La acción se corta de forma abrupta y comienza la segunda parte. Un señorito andaluz cuenta en monólogo interior sus cuatro días en el Rocío como parte de una de las hermandades más poderosas. La afirmación del lobby ganadero, el aristócrata, frente al agrícola. Grosso adorna al personaje con todos y cada uno de los defectos del cacique: machista, hipócrita, cínico, cursi, homófobo, iletrado, clasista, avaricioso… tanto tira de estereotipo y tanto exagera sus pecados que lo convierte en una caricatura, que mueve más a la risa que al lado tenebroso que debería encarnar. Esta parte apareció publicada en una antología de escritores españoles en Dinamarca. Como era de esperar, fue traducida al castellano y distribuida en fotocopias de extranjis por los cenáculos de Sevilla. Unos fanáticos amenazaron al escritor y le conminaron a abandonar Andalucía. 

Grosso se fue a Suecia una temporada. Cuando volvió en el 64, las cosas no solo no se habían tranquilizado, sino que estaban peor. Su novela El capirote, que también fue prohibida por la censura y se publicó en una editorial mexicana, había hecho enfurecer a las hermandades de Semana Santa. Esta es una de sus historias más conseguidas dentro de la fase realista. El terrible vía crucis de un joven jornalero que siega el arroz dentro de una cuadrilla en las marismas sevillanas. Grosso describe la situación de estos trabajadores nómadas que van cambiando según la estación, sus dificultades frente a los latifundistas. Juan, el protagonista, es detenido por error. Le acusan de haber robado una medalla de la virgen del Rocío. Tras un juicio absurdo, es enviado a la cárcel. Cuando se demuestra que todo había sido un montaje, es puesto en libertad. Sin posibilidad de volver a los campos de trabajo, él y su mujer prueban fortuna en Sevilla. Es Semana Santa y, para ganarse un salario, se apunta como costalero en la procesión (los costaleros eran entonces trabajadores, no hermanos de las cofradías). La descripción del paso del Cristo en la madrugá del Viernes Santo es un cuadro de crueles contrastes entre la opulencia de los hermanos y los desgraciados que cargan con la imagen del Cristo, entre los que se encuentra el protagonista de la novela, y su patético final.

Las presiones políticas y policiales no disuadieron al escritor de sus objetivos. A pesar de los problemas, detención incluida a manos de la Brigada Político-Social por un ridículo malentendido, Grosso seguirá en sus trece. Viaja por Europa y Sudamérica en los primeros años sesenta. Además de reportajes para prensa, escribe interesantes libros de viajes, en la tradición realista de sus compañeros de generación. Lo hace a dos manos: uno, con Armando López Salinas, dirigente del PCE en la clandestinidad: Por el río abajo (1960-61), y A Poniente desde el Estrecho (entre dos banderas), con Manuel Barrios (1962). El primero sufrió los rigores de la censura, por documentar en un viaje a pie por el delta del Guadalquivir las condiciones de vida, el origen de la propiedad de la tierra o la reconstrucción de edificios con mano de obra de presos políticos del campo de concentración próximo a Sevilla. No vería la luz hasta 1977 y fue una de las referencias para escribir el guion de la película La isla mínima (2014). El segundo corrió peor suerte. Fue prohibido y hasta 1990 no se publicó, siendo imposible de encontrar. Otro libro de viajes, Hacia Morella, escrito por Grosso con José Agustín Goytisolo hacia 1961, se perdió en el tráfago de instancias y peticiones burocráticas.

En 1963, Seix Barral publica el libro que cerraba su trilogía imposible de dos, Testa de Copo (reeditado en 2006 por Clásicos Castalia). En él se demuestra con claridad que el estilo de Grosso no es, como muchos han creído, posiblemente porque no se han molestado en leer un libro suyo, un realismo simplón y acartonado. Su obra se hace cada vez más compleja en lo formal, y utiliza una gran cantidad de recursos (estilo indirecto, diversas voces en el discurso, elipsis e hipérbatos…). Esta novela nos lleva a la pesca del atún, una tragedia en el mar con aires de Melville, pero a la manera de la almadraba en dos épocas, las de su protagonista, el marinero Marcelo Gallo después de salir de la cárcel y cuando rememora su vida. Este estupendo libro es la transición entre la etapa del realismo y la «nueva novela» de Alfonso Grosso. Antes hay que mencionar la colección de cuentos que el autor escribió a finales de los cincuenta y fue publicada en 1962, tras haber ganado varios certámenes. 

Germinal y otros relatos (reeditada en 2002 por Viamonte) es una de sus mejores obras. Textos directos, llenos de ternura, humor y rabia en los que refleja problemas urbanos de Sevilla.

La mía personal se mueve en dos niveles: uno, inevitablemente estético de proclamar su belleza, y otro crítico, en razón de sus condiciones económicas, de su feudalismo y de su subdesarrollo, el cual estoy obligado a denunciar. (Sobre el interés por Andalucía, en Ideal, 20-2-1975)

La nueva novela

En la opinión de los críticos más autorizados, la obra de Grosso aún no había alcanzado el grado de excelencia. Como simple lectora, creo que hay novelas y relatos de estos años que son más que sobresalientes, pero el autor tuvo que realizar una vuelta de tuerca en su estilo, que no sobre sus temas, para ser aplaudido por el exigente escrutinio de la crítica. La forma se retuerce hasta extremos casi ininteligibles, con recursos que utilizaron otros compañeros de generación, mucho más respetados y recordados como, por ejemplo, Juan Benet. Grosso utiliza su enorme dominio del léxico para supeditar la historia a su envoltorio, unidad de orfebrería preciosista en la que no importa tanto el protagonista o las tramas, sino el curso de los acontecimientos, siempre marcados por la fatalidad, la injusticia sociopolítica, y cuyo fin siempre es la muerte. Las tres obras son Inés Just Coming (1968), Guarnición de silla (1970) y Florido mayo (1973). 

La primera se sirve del ciclón que se abatió sobre el Caribe para hacer una crítica de la situación no solucionada por el régimen de Castro en Cuba con un trasfondo melodramático, influida por los autores sudamericanos. La segunda es un caleidoscopio donde se superponen las imágenes/movimientos de una serie de personajes que se desplazan arbitrariamente en el tiempo y el espacio: una familia, estirpe de bodegueros de Jerez, y cuatro viajeros (un camionero desde Santander, acompañado de un autoestopista portugués, el conductor de un Cabriolet y el de un Land Rover, todos en dirección a Andalucía, que chocan fatalmente en algún punto de la meseta central). Florido mayo es la obra más personal del autor y la más hermética. En ella vierte sus recuerdos, sobre este monumento a la literatura que es el auge y caída de la familia Gentile, una acomodada estirpe de sevillanos (la «Ciudad Fluvial») que no soporta el paso del tiempo y los cambios. Allí está su infancia durante el inicio de la guerra civil, los miedos de la adolescencia, la enfermedad que padeció de joven, la desesperanza en la edad adulta, el amor no correspondido y una muerte sobrecogedora frente a los cuadros de Valdés Leal en la Capilla de la Caridad.

Los best sellers

Grosso fue muy prolífico. Tras los premios y los parabienes de la crítica, su estilo se volvió «convencional» en las formas y echó mano de temas siempre relacionados con la vida andaluza, pero esta vez del lado de lo detectivesco y la crónica negra, consiguiendo las ventas que no había tenido hasta entonces, así como las iras y las envidias de sus correligionarios. Escribió La buena muerte (1976) y Los invitados (1976), sobre el famoso crimen de los Galindos; un austero y seco libro-crónica que se ha revalorizado, y mucho, con el tiempo. Las dos fueron finalistas del Premio Planeta. En esta editorial publicó diversas novelas, buscando siempre el éxito, pero no estuvieron a la altura.  

En 1990 Grosso había tocado fondo. La miseria económica y la enfermedad se apoderaron de su cuerpo y su mente. Quiso suicidarse en varias ocasiones, y el cuadro agudo de depresión se agravó con una pérdida de memoria que le hacía dar tumbos por las calles sin saber quién era, más la diabetes y el alcoholismo que arrastraba desde hacía años. El entonces ministro de Cultura, Jorge Semprún, y un grupo de intelectuales pidieron ayuda monetaria para enfrentar sus últimos años, igual que hicieron para Rosa Chacel y Javier Celaya. Gracias a esa especie de subvención de caridad, Grosso fue ingresado en un psiquiátrico de Málaga, conocido popularmente como «San José de los Locos». Salió para morir en su casa de Valencina de la Concepción, en 1995. Se fue antes de convertirse en otra autoridad apoltronada de la socialdemocracia. Su camino siempre fue el más difícil, el que se hace solo, acompañado de una portentosa voz para la literatura.


De marcha con la memoria de Paco Ignacio Taibo

Foto: Cordon.

En octubre de 1978 en la calle Culiacán, Colonia Condesa, Ciudad de México, Paco Ignacio Taibo I convocó una manifestación. 

Aquí las llaman marchas. Pero el que redactaba las cuartillas era asturiano y exiliado. Mantenía, por tanto, las buenas costumbres. Para él no se trataba solo de caminar, litúrgicos, sino de protestar. Como habían hecho siempre. Además, en Asturias, marchar solo puede significar una cosa: irse. Y si hay algo ante lo que los protagonistas de esa historia protestaron, algo que no quisieron hacer nunca, fue irse. Tener que irse. Exiliarse de su Oviedo, de Asturias.  

Esa marcha es el centro y el final de Para parar las aguas del olvido, las memorias de Paco Ignacio Taibo I, un asturiano más mexicano que el chile, en palabras de su hijo, Paco Ignacio Taibo II, un mexicano más asturiano que la tronera de un nido de ametralladoras. 

Paco Ignacio Taibo I dejó escrito que producía diez páginas diarias así que la protesta duró al menos un par de días. En ella participaron como núcleo duro los amigos: el escritor Paco Ignacio Taibo I y su hermano Amaro, exiliados en México, Manuel Lombardero, exiliado en Barcelona, Ángel González y Benigno Canal, en Caracas.  

Como invitados, Unamuno, que no osó protestar por la elección musical de los jóvenes —el bolero le quedaba ya grande al viejo sabio vasco—, Machado, nicotínico, que tuvo que quitarse el abrigo para seguirles el ritmo, su héroe de la infancia, el vaquero Ken Maynard, Alberti y Federico, felices, cogidos del brazo y hasta el burro de Juan Ramón. Quizás aprovecharon las alforjas para cargar la bebida y ya, que siempre hemos sido todos bastante interesados. 

Taibo I respondió a una provocación de Rubén Darío al convocar la protesta. Le había dicho «No se dejen robar» en algún sueño previo. 

Y no se dejaron robar y se convirtió en título: Para parar las aguas del olvido

El libro nace de la luz de esa protesta, nocturna y republicana, que sigue viajando por la galaxia. Transformándose. No las pararon, las aguas, no. Todo acabó en una gran meada sin pañal, la que nos huele mal ahora a nosotros. Pero Taibo I supo recordar sin rencor. Por eso, al menos, la juerga fue antológica. Escucharon música y bebieron. Invitaron a marrasquino para todos. Aunque el licor de cereza deje una resaca larga, oscura, de estómago revuelto, era útil. 

Esas botellas labradas, con rugosidades en forma de rombos, servían para azotarle, cuchara mediante, la paciencia al policía. 

Durante la manifestación, Taibo I, el que la sueña, porque esa manifestación no fue más que un sueño, le pregunta a Ángel González, otro de los participantes: «¿Hemos sido tan mierdas?», y el poeta le responde: «No, no fuimos tanto. Es que el tiempo fue duro». 

Tan duro como para recordar, y blasfemar. Las verdades políticamente incorrectas de quienes estuvieron allí no se dicen, se blasfeman. Y a Taibo, cuando le duele, es tanto lo que sufre que le duele el cerebro. 

A Paco Ignacio Taibo (Oviedo, 1924) le marcaron la guerra, que vivió dentro del Oviedo cercado, y el periodismo, que mamó desde la cuna. 

Taibo se formó de niño en una casa donde las bellas artes eran el periodismo y la revolución. Creció bajo la influencia de Avance, el gran periódico socialista asturiano, donde su tío era redactor jefe y su abuelo miembro de la administración del periódico. Creció bajo la influencia del director del diario, Javier Bueno, ejecutado a garrote vil en Madrid en 1939. Su padre, también condenado a muerte por haber sido comisario político del batallón Sangre de Asturias, se salvó tras meses interno en La Vidriera de Avilés, uno de aquellos centros de detención en los que cada noche se leía una lista de nombres y luego se escuchaba la detonación del pelotón de fusilamiento. Vivió porque ninguno de los internos delató a su responsable político. Otra época, germen de fidelidades. 

Y con un carácter forjado así, no solo contra los consejos de toda su familia, sino contra la experiencia y el país en el que vive, en 1946 Taibo entra a trabajar en El Comercio de Gijón. Testarudo, lo hace como reportero C, el chaval que está en la entrada de redacción para ir a por café. 

«Paquín. No vas a poder escribir de nada ahí, la censura es brutal». 

Paco Ignacio Taibo II, su hijo, recuerda a «papá» con una anécdota que marca igualitarismo y sentido del humor, dos características que no abandonarían a Taibo padre: «Nunca abandonó esa primera mesa a la entrada de la redacción. Conforme fue ascendiendo, y ya siendo director en funciones del periódico, cuando llegaban visitas y alguien decía: “Chaval, tráeme un café”, primero iba, lo traía, y sonreía: “Acaba usted de mandar por café al director del periódico”». 

Según su hijo, Taibo padre comienza haciendo el periodismo que puede. «Dentro de los márgenes que le quedan, muy estrechos. Hace nota roja sobre el pequeño bajomundo gijonés de la época, que no a bajomundo llega: la muerte de un pianista gay, la historia del pedómano, uno que tocaba La Marsellesa a pedos. O una columna que se llama “El milano del parque se va del pico” en la que cuenta chistes del Ayuntamiento. Pero en la que llega a molestar tanto a la jerarquía local que le envenenan al pinche milano del parque. Sí, había un puto milano en una jaula en el parque y lo matan con carne envenenada». 

En 1954, se jubila el director de El Comercio, Alfredo García, Adeflor, y Taibo, que ya había llegado a jefe de redacción, asume la dirección del diario informalmente, sin nombramiento. Pero en aquella época, y aunque El Comercio fuera una empresa privada, todos los directores de periódico de España tenían que ser miembros del Movimiento Nacional. Así que, como explica su hijo, dos años después, en 1956, se reúne con el delegado nacional de Prensa, que le espeta: 

«Taibo, tú nunca más vas a ser director de periódico en España: eres hijo de rojo». 

Y ponen a un gallego camisa azul, falangista, Francisco Carantoña, que dirigiría el periódico durante cuarenta y un años, hasta su muerte en 1997.

En 1956, Taibo, consciente de que en Gijón, en España, no hay carrera profesional posible, empieza a irse al ciclismo como manera de escapar. Cubre el Tour de Francia varios años. Se divertía, su nombre crecía, pese a no saber nada de ese deporte. «Manillar y biela son dos ciclistas italianos», le decían sus compañeros bromeando, como recuerda su hijo. 

Así que, entre broma y reinvención, comienza a armarse el esquema para que el clan Taibo, abuelos, tíos, hermanos, esposas, hijos, familia completa, emigrara a México. España era asfixiante. Todo el clan tenía pasado político. 

Taibo II recuerda un momento concreto de su despedida de Gijón en 1958. Ya en la cubierta del transatlántico, sus tíos, su padre, miran atrás, hacia el puerto de El Musel, y dicen:

«Ahí os quedáis, que os den por culo». 

En un año, veintiocho miembros del clan emigran en un barco de pasajeros que, con paradas en Lisboa, Nueva York y La Habana, les deja en Veracruz, como a miles de compatriotas. 

En los más de treinta años que tardó en regresar a España, Paco Ignacio Taibo trabajó en los informativos de Televisa, en el diario en El Universal y en varios medios de comunicación mexicanos. Escribió sobre comida —su Breviario de la fabada no puede ser más que añoranza de Asturias—, glosó el cine de su época e hizo teatro y novela. Prolífico y activista, como tantos. No se le pasó por la cabeza regresar a España tras la muerte de Franco. Su nieta, Marina, recuerda que la primera vez que propuso sacarse un pasaporte español el enfado del abuelo fue monumental. 

Taibo II glosa en detalle el sentir de su padre en aquella época: «Cuando regresé a Gijón, a organizar la Semana Negra, papá me dijo: “¿Qué cojones estás haciendo en ese país, en esa ciudad, en ese país, en esa ciudad de mierda?”. No sé si era odio o rabia. El mejor retrato de la mentalidad de mi padre al haberse ido de Gijón y su relación con España era ese de Goytisolo en El conde Don Julián, “tierra espuria e ingrata, nunca volveré a ti”. Hay una mezcla de coraje, de rabia contra el mundo pueblerino y reaccionario que dejó atrás». 

Algo que se lee en Para parar las aguas del olvido

La sociedad que Taibo recuerda es permanente, ha sobrevivido. Se dividía en dos y se divide en dos. En los mismos dos, demasiadas veces. La imagen elegida para mostrarla es perfecta: recuerda su primer desfile. Son los hijos de los vencedores, «el porvenir, la unidad de criterio, la moral y las buenas costumbres y el odio al poeta de tendencias extrañas». Los que miran desde las aceras, asustados, saben que los muchachos del uniforme, los hijos de, construirán un imperio y que el imperio necesita esclavos. 

Tal cual, Taibo niño, ya profeta. Fue un hijo de vencedor quien levantara la nueva Abisinia narrativa, quien reescribiera nuestra historia. Que mira aún a los lados mientras desfila y trata de castigar a quien no sepa levantar bien el brazo, llegando tarde a las reuniones, gordo, emprepotentado enrojecido por el mezcal, haciendo esperar a los lacayos, porque lo vale, para insuflarles el ademán. Setenta años de derrota heredada no son nada para coronillas bien disciplinadas aún, compañeros. Vencedores ayer y hoy. Derrotados ayer y hoy. Heredamos los apellidos y casi nunca pasamos al otro campo más que en fila, haciendo méritos y esperando turno. 

Imaginen a Aub, que sí regresó al cara a cara del exiliado con el país que dejó atrás. A darse hostiazo tras hostiazo, golpe de memoria contra golpe de realidad, y sobremesa con amigo deshonesto tras paseo con sobrino impertinente y encuentro tras encuentro con quienes sonreían con miedo a quedarse más allá de una comida hipócrita. A visitas con miedo a imaginarse lo que pudo haber sido. 

Imaginen ahora a Taibo diciéndole a Aub de paseo por Álvaro Obregón: «No regreses. Harán que no se acuerdan, que no te conocieron, que no te leyeron. No regreses». 

Lo hizo, Aub, a sabiendas. Regresó y escribió sobre esa gallina ciega que se dio golpes en una jaula de hielo, con barrotes de cristal, que siga el espectáculo, mientras pasaba de café en café, de tertulia en tertulia. Mientras cambia de tema para no discutir con quien fue amigo, con esa frialdad entristecida para no romperle la cara a alguien que te traicionó. Solo por el respeto que le tienen los caballeros al pasado. 

«No vuelvas, Max, no regreses, olvídalo. Perdimos». Y no le hizo caso. 

Taibo empuja fuerte en su memoria. Dejémonos. Luego, la literatura. El estallido de un polvorín y sus restos que vuelan, caen, con la suavidad de los pétalos. El equilibrio de una botella que sobrevive ante el estruendo del edificio que vuela en pedazos. Una ciudad asediada convertida en puzle y, de repente, sin avisar, mutilaciones, una mano. Una pareja fusilada. 

La guerra les debía mucho a los niños, explica Taibo, y para resarcirse, de entre los escombros saqueaban libros en latín que no entendieron en su momento, pero que les permitieron ser quienes fueron después. En la mirada de un niño y en el recuerdo de un exiliado, hasta la guerra es poesía. 

Me pregunto: ¿Puede contarse así una guerra? ¿Cabe esa belleza ente las amputaciones, el frío y el miedo? ¿Dónde está el balance entre la descripción de lo que uno recuerda y la invención de cómo lo recuerda uno? 

Cabe. Y el libro de Taibo lo demuestra. 

Hay otra variante de la visita de Aub derrotado, a herirse, a España, la contraria a la que Taibo, sin rencores, muestra con coherencia y poética. 

Es fácil topársela ahora en cualquier amistad de tres al cuarto. El que gana —ganar nunca es para siempre y eso es algo que se olvida fácil— tiene que rendir penitencia ante el que perdió. Pura fórmula, puro complejo. Por el pasado, y para evitar el debate, se viste de perdedor. Es la manera más fácil de no cuestionar que unos eligieron el exilio y otros la colaboración. 

Levantan el brazo, pero poquito y obligados, dicen. Solo hacen como que cantan, insisten. Tratan de no mirarte a los ojos, cuentan el tiempo para que regreses al barco que te llevará de nuevo al exilio y no volver a verte. 

La frase más oída por quienes nos fuimos de España y hemos estado estos años debatiéndonos sobre el regreso, dilucidando si no regresábamos porque no podíamos o porque no dejaban que pudiéramos, es la variante del amigo culposo. Es «tú no querrías estar aquí. Vosotros no aguantaríais ni dos meses aquí». Dicho siempre por esos que sí están, que se quedaron. Que incluso se fueron y regresaron. Pero te dicen que tú no lo hagas, que es mejor. Claro, claro que es mejor. Limitar la competencia siempre es mejor para quien ya está dentro. 

A fin de cuentas, como Taibo explicaba de los miedos de después de la guerra, siguen estando los afectos, los funcionales y adeptos, al régimen, y los desafectos, los del documento que les señalaba en letras rojas. Los que hoy, interiorizando, se sobran en Twitter. Se marcan a sí mismos y dicen: soy desafecto. Con orgullo. Sin miedo al espía tras el visillo pasando informe al jefe. Para unos, el empleo, para otros, la mirada aprensiva. Antes. Y ahora. Lo de batirse en justa lid no es español desde el Quijote. Que nos den los molinos para rompernos la crisma contra ellos. No en vano, el insigne hijo de Gijón, el de las placas y recuerdos, sigue siendo Carantoña, el falangista nombrado a dedo para dirigir el periódico que un hijo de rojo no podía dirigir. 

Todo está en Taibo padre. Todo estuvo en el asedio de Oviedo. En los perros. En los gatos que se comieron cuando se acabaron los perros. En reconocerlo, entenderlo y seguir. 

Dicen que el rencor de quienes nos sentamos a miles de kilómetros a regurgitarnos, tribales, pensando hoy que somos exiliados, es un color gris frustrado. Como de una envidia estúpida a perder la guerra y la Transición, tan sobrevaloradas en el cine, la literatura y la exaltación —tipo catecismo— de la memoria histórica. 

Y me pregunto, un día, en una taberna mexicana, bebiendo con un amigo —por hacer memoria y ficción, para parar las aguas del olvido—, cómo habrían sido las vidas paralelas de los que ganaron y perdieron de poder intercambiarse. Exámenes generacionales. 

Taibo padre, Paco Ignacio Taibo I, se fue de España. El franquismo le aprisionaba en El Comercio de Gijón. Perdieron el 34, perdieron el 39. La historia se abre. Dos continentes. En México, fundó los informativos de Televisa y la sección cultural de El Universal. Escribió a espuertas. Tuvo un hijo, Paco Ignacio Taibo II, que siguió escribiendo a espuertas y fundando. Desde la Semana Negra de Gijón a la Brigada para Leer en Libertad, que hoy reparte miles de libros baratos por México. 

En España, en Asturias, el éxito y el reconocimiento a los falangistas de primera hora, convertidos luego en demócratas, también de la primera hora. ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido al revés? ¿Qué hubiera pasado si ruptura en vez de reforma? ¿Qué hubiera sido de España, su periodismo, si los otros se hubieran ido y Taibo se hubiera quedado? En definitiva, ¿y si los Taibo hubieran escrito la narrativa de la Transición?