Paul Canoville: cuando tus hinchas son tu peor enemigo

Paul Canoville. Foto Cordon.
Paul Canoville. Foto: Cordon.

Ganar un trofeo en fútbol vale una buena onza de gloria. Venderlo, eso ya depende de lo enganchado que estés al crack. A Paul Canoville le bastaron un ticket de metro a Dalston, norte de Londres, cinco minutos en una joyería y setenta libras para empeñar su medalla de campeón de la Segunda División inglesa con el Chelsea. Por la recompensa, el joyero, o no era futbolero, o no era del Chelsea. Pero bastó: «Cogí ese puñado de billetes y me largué directo a comprar crack».

Canoville hizo historia en el fútbol sin darse cuenta. Fue el primer jugador negro en ponerse una camiseta de los blues en partido oficial y a nadie le importó un carajo. Una de esas páginas en minúscula que adquieren valor solo décadas después.

Fichó en diciembre de 1981. Los duros ochenta de Thatcher. El fútbol británico era obrero, frío y racista. En el Chelsea, todavía peor. Los hooligans del Chelsea eran una banda de ultraderechistas con malas pulgas, afiliados al National Front. El 12 de abril de 1982, cientos de ellos se desplazaron hasta Selhurst Park para seguir a los blues en el derbi contra el Crystal Palace. Mediada la segunda parte, el míster, John Neal, lanzó un silbido a Paul Canoville: «Canners, ¡calienta!».

«¡Lárgate, puto negrooo!». «¡Fuera de aquí, monooo!». A Canoville empezaron a caerle patadas de las que no dejan hematomas pero duelen durante años. Jamás pensó que la afición de Selhurst Park —donde, años después, Éric Cantona reventó la cara a un hincha listillo de una patada voladora— fuera tan despiadada con los rivales. Miró de reojo hacia atrás, a las gradas su banda. Los gordos desencajados que le mandaban a la copa de un árbol no llevaban bufandas del Crystal Palace. Iban de azul. Agitaban banderas del Chelsea. Eran los suyos, por así decirlo. Entonces, un plátano aterrizó a sus pies. Y los gritos aislados se convirtieron en un coro organizado: «No queremos al negro, no queremos al negro, lalalaaaa, lalaaaaa».

«Me sentía revuelto hasta físicamente. Estaba aterrorizado. El balón salió y entré por Clive Walker, que había marcado el único gol del partido. Los gritos fueron a peor. Por suerte, el partido acabó pronto y me refugié en el vestuario, con aquellas crueles voces persiguiéndome», escribe Canoville, en su autobiografía Black and Blue.

Sentado, con la cabeza entre las manos, recibió alguna palmada, algún prescindible «¿todo bien?» y unas palabras del entrenador: «Paul ¿qué tipo de gente crees que son? Pagan un dinero que les cuesta mucho ganar para ver a su equipo en casa y fuera, y abusan de uno de los jugadores que puede ayudarles. Así de estúpidos son». La única gasa que llevarse a la herida. Pensó que, partido a partido, la cosa cambiaría. Se equivocó. Cuando , con 0-0, marcaba, algunos coreaban: «Seguimos 0-0, el del negro no cuenta».

Pasó cuatro años y medio en Stamford Bridge: 79 partidos y 11 goles, incluyendo un hat-trick al Swansea. Era un esforzado comodín para las dos bandas del mediocampo. Un zurdo al que casi siempre le tocaba jugar por la derecha. Un tipo que siempre fue por el lado equivocado.

En una concentración de pretemporada, un compañero suyo de vestuario, un John Terry de la época donde todos eran John Terry, le llamó «puto negro» en una salida nocturna. Canoville se dio cuenta de que estaba borracho e intentó apagar el fuego. Impertérrito, su colega le repitió: «Puto negro». Volaron hostias, como es menester, y a la mañana siguiente el blanco le esperaba con un palo de golf, versión rudimentaria de Craig Bellamy buscando a John Arne Riise por un hotel en La Manga. En caso de duda, la culpa solía ser del negro. Y Canoville fue traspasado de inmediato, al Reading, por 50 000 libras. Al poco tiempo, una lesión le retiró.

Y aquí termina la parte feliz de la historia. Canners nunca conoció a su padre. Su madre, inmigrante caribeña, multiplicaba horas en el hospital. Paul dividía su tiempo entre la delincuencia y el balón, lo que no le dejaba mucho para sus estudios. No era el cliente ideal de una empresa de seguros, no. Ni tampoco un gran ahorrador. Cuando dejó el fútbol, sin un penique, empezó a trabajar como conductor, mientras sacaba unas libras como semiprofesional los fines de semana. Primero llegó el aburrimiento. Luego, la cocaína. Después, el crack. Casi sin darse cuenta, se gastaba quinientas libras a la semana en papelinas.

Cuando conseguía un trabajo precario, como guarda, repartidor o reponedor, le duraba unas semanas, hasta que llegaba drogado, y saltaba a la siguiente casilla. Como con las mujeres. Conseguía un lecho en casa de alguna chica, seducida por un exjugador de fútbol, la dejaba embarazada, y saltaba a la siguiente casilla. Así, hasta sumar once hijos con diez mujeres. Uno de sus pequeños, Tye, tuvo problemas de salud recién nacido. No dejaba de toser. Paul lo llevó al hospital. Falleció en sus brazos. 

Desafortunado en el juego y en amores, los refranes no suelen sonreír si eres pobre y negro. Tampoco su salud era de acero. Lastrado por las drogas, un cáncer casi acaba con su vida. En 1997, postrado en un hospital mientras se recuperaba de la quimioterapia, vio al Chelsea alzar la FA Cup. Su entrenador, Ruud Gullit, un negro con rastas, aplaudido en pie por todos los bufandas azules.

Hasta que un excompañero suyo en el Chelsea se topó un día en la calle con un fantasma que le recordó vagamente a Canners. Era Canners. Hablaron y decidió llevarlo a un centro de rehabilitación. Salió de la droga, consiguió un empleo como asistente en una escuela, superó un segundo cáncer, y se dio cuenta de que se le daba bien hablar con los críos. Poco a poco llegó lo demás. Su historia en los periódicos. Su fundación, llamada Motivación para Cambiar (MTC). El homenaje en el descanso de un partido del gran Chelsea de Drogba, Anelka, Essien y otros jugadores negros como él. Su vendida autobiografía. Las charlas a jóvenes del centro de formación de los blues. Y un solo recuerdo de su época en Stamford Bridge: el balón de su único hattrick. Su madre lo había escondido. Si no, también lo habría vendido por una papela de crack.


¿Sos del River o del Boca? Una historia del superclásico

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Mientras los hinchas de River abandonaban el Monumental tras la derrota con Boca en 1997, Diego Maradona hizo pasar a un periodista al vestuario y explicó el partido: «Boca jugó a lo Boca y River a lo River».

Desdibujado, apenas estuvo cuarenta y cinco minutos en la cancha en lo que terminó siendo el último partido de su carrera. Su análisis futbolístico reconocía que cada equipo tenía un estilo propio. A lo largo de sus más de cien años desde sus respectivas fundaciones, los dos gigantes de Argentina compartieron una historia llena de encuentros y desamores.

El inicio del siglo XX en el país estuvo marcado por la llegada de los inmigrantes. Pasó de menos de cuatro millones de habitantes en 1895 a 7 800 000 en 1914, según los censos. La mayoría llegaba de Europa e ingresaba por el antiguo puerto de La Boca, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires. A pocas cuadras alquilaban una vivienda, ponían su negocio y organizaban su vida en torno a actividades sociales, culturales o deportivas. 

En 1908, cuando se disputó el primer superclásico, todavía los dos eran del mismo barrio y estaban en el Campeonato de la Segunda División. Boca ganó el amistoso 2-1 con goles de un inmigrante gibraltareño, Rafael Pratts. La familia Priano tuvo intereses cruzados: en River jugó Francisco y su hermano Juan Bautista estuvo enfrente. Nacidos en Buenos Aires, su padre era un pizzero genovés que se había instalado en Argentina. Los jugadores también eran directivos, como Luis Cerezo, que jugó ese día y era el expresidente del xeneize.

Si algo caracteriza al superclásico argentino es la permanente tensión entre dos versiones. Respecto al primer cruce, River en su sitio oficial dice que fue en 1913. En realidad, ese fue el primero por los puntos. El Millonario, al que todavía no lo llamaban así, ganó 2-1. La rivalidad ya había nacido con el infaltable condimento de los medios de comunicación. Dos años antes, el diario La Mañana había realizado un concurso de popularidad y se publicaban incendiarias cartas de lectores de hinchas de ambos equipos, según reveló el historiador de Boca, Sergio Lodise.

Después de varios años deambulando sin sede, en 1923 River se mudó hacia la zona norte de Buenos Aires y terminó inaugurando su estadio a aproximadamente nueve kilómetros de su lugar original. Un año antes a pocas cuadras, como parte de la expansión de la ciudad, se había inaugurado el Cementerio de la Recoleta. La llegada al nuevo barrio y el abandono de la zona sur había sido el mismo camino que las familias pudientes habían optado años antes escapando de la epidemia de fiebre amarilla en los barrios de La Boca y el lindero San Telmo. Así nacería un nuevo motivo de enfrentamiento en el superclásico: Boca como el club «popular» y su alter ego de la clase alta. La masividad de ambos desmiente en la práctica esta idea que sobrevive en el imaginario. Otra vez con las dos versiones en tensión, el relato xeneize dice que la mudanza se definió en un partido que le ganaron a su eterno rival y lo obligaron a irse. 

Boca a lo Boca y River a lo River siguieron en su propio barrio y en su propio torneo, ya que entre 1919 y 1927 participaron en diferentes asociaciones de fútbol. Durante nueve años no hubo superclásicos, pero la rivalidad seguía vigente. En 1931 jugaron por primera vez en un torneo profesional y terminó en escándalo: el referí echó a tres jugadores de River que se negaron a abandonar la cancha y suspendió el partido. La revista El Gráfico publicó esa semana: «La mayoría atribuirá la culpabilidad principal al referee que pública y notoriamente es otra víctima propiciatoria del ambiente en que actualmente, y desde hace años, se desenvuelve el fútbol».

Durante la década de los 30 se dividieron la conquista de los diferentes campeonatos y cada vez que les tocaba enfrentarse lo vivían como un torneo dentro de otro. El superclásico se empezó a vivir de una forma más similar a la actual. River se ganó el apodo de Millonarios por comprar a Carlos Peucelle y a Bernabé Ferreyra en miles de pesos. Durante esos años también se tuvo que mudar y ocupó definitivamente el barrio de Núñez, donde actualmente tiene el estadio más grande del país y las instalaciones que lo transformaron en una referencia de los alrededores.

No son los títulos ni la historia de cada uno los que explican el fenómeno que supone este partido. Para el diario inglés The Guardian es el primero de los cincuenta espectáculos deportivos que hay que ver antes de morir y lo que destacan es cómo se vive. Si Buenos Aires es la ciudad con más estadios del mundo, el encuentro entre los dos más populares es el punto máximo de adrenalina y tensión futbolística.

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

La alegría de unos supone la desgracia del otro. La construcción del relato circula en paralelo y mientras en Boca engrandecen la figura de Antonio Roma por atajar un penal en el último minuto a Delem (1968), en River recuerdan el triunfo con juveniles de 1971. En pocos hechos de la historia coinciden en la interpretación. Durante muchos años, se conoció al 5-4 millonario de 1972 como «el mejor superclásico de la historia», mientras que la mayor tragedia fue lo que pasó en 1968 con la Puerta 12: a la salida del Monumental, setenta y un hinchas de Boca fallecieron en una avalancha bajando una escalera. El promedio de edad de las víctimas era de diecinueve años. 

Las familias solían replicar el fanatismo de sus padres, pero nadie estaba exento de algún díscolo. Pudo serlo, nada más y nada menos, que Diego Armando Maradona. En mayo de 1980, la revista El Gráfico advirtió que River era la solución para destrabar su situación contractual en Argentinos Juniors. Su padre, fanático de Boca, hubiera sufrido un disgusto. Meses después cuando la negociación se cayó, el joven de veinte años llamó a un periodista del Diario Crónica y le manifestó sus deseos de jugar en el xeneize. Así, metió presión para que la transferencia sucediera. En su primer superclásico, en 1981, anotó un gol para el 3-0 final.

River, que había estado dieciocho años sin salir campeón entre 1957 y 1978, sacó el pecho en 1986 y dio la vuelta olímpica en La Bombonera antes de jugar. Después ganó 2-0 en un partido que se jugó con pelota naranja porque se esperaba que los hinchas tiraran papelitos para los festivos recibimientos de los equipos cuando salieran a la cancha. A fin de ese año, conquistó la Libertadores y la Intercontinental.

Durante los 90, Boca llegó a estar trece superclásicos invictos, pero River se las rebuscó para ser campeón ocho veces en torneos locales. En 1996, el Millonario ganó la Libertadores con figuras como Enzo Francescoli, Ariel Ortega y Hernán Crespo, pero tres meses después perdió el superclásico 3-2 ante un Boca deslucido que terminó festejando por un gol con la nuca de Hugo Romeo Guerra. Al terminar el partido, Ramón Díaz, director técnico del equipo derrotado, dijo: «Boca gana partidos y River gana campeonatos».  

El supuesto equilibrio se rompió en los inicios del 2000 con la llegada de Carlos Bianchi como director técnico. Boca siguió ganando clásicos y también empezó a ganar títulos internacionales. Levantó la Libertadores en 2000, 2001 y 2003 y se consagró dos veces campeón del mundo. 

En 2004, por semifinales de la Copa se jugó por primera vez un superclásico sin público visitante. Fue el inicio de una medida excepcional que se volvió regla desde 2013 en todo el fútbol argentino. La excusa fue la seguridad, pero la realidad indicaba que a los dos clubes más importantes les quedaba mejor, ya que habían alcanzado una cantidad de socios que no entraban en su propia cancha. 

El superclásico se originó como un fenómeno popular, pero a partir del siglo XXI presenciarlo se transformó en un espectáculo exclusivo. Los hinchas concebidos como consumidores generaron una altísima demanda que los clubes aprovecharon para generar ingresos económicos. La Bombonera inauguró costosos palcos y plateas preferenciales, se armó un ranking de socios para que los «más fieles» tuvieran prioridad y hasta se creó una categoría de «socio adherente», que es como una gran sala de espera para algún día ser «socio activo».

En 2011, River descendió por primera vez en su historia. Si la Era Bianchi ya había marcado una diferencia en la eterna competencia entre ambos, la pérdida de la categoría pareció juzgar de forma definitiva una lucha con más de cien años. No fue suficiente que volviera a Primera al año siguiente, porque los hinchas de Boca ya se habían aprendido una canción de memoria: «River decime qué se siente haber jugado el Nacional, te juro que aunque pasen los años nunca lo vamos a olvidar».

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Pero la historia no podía quedar ahí. En 2014, Marcelo Gallardo llegó a River como entrenador y empezó a escribir un nuevo capítulo en la historia del superclásico. Los títulos estaban directamente ligados a la desazón de su rival. Lo eliminó de la Copa Sudamericana 2014 y fue campeón; lo eliminó de la Copa Libertadores 2015 y fue campeón; y le ganó la final de la Supercopa Argentina 2017. 

La tensión llegó a su punto máximo en 2018, cuando se cruzaron por la final de la Copa Libertadores. Boca tenía la oportunidad de terminar con la supremacía millonaria moderna y volver a conquistar un título internacional, como no sucedía desde antes de que River descendiera. 

Luego del empate en la ida, el partido de vuelta se suspendió por un piedrazo al colectivo de Boca. Como en 1931, el superclásico fue reemplazado por largas editoriales y llamados a la reflexión sobre la manera de vivir el deporte. Aquella rivalidad nacida en 1908, alimentada por el diario La Mañana y sostenida durante más de cien años con hitos variopinto, tuvo uno de sus momentos más dramáticos. Símbolo de los tiempos, la resolución fue montar un espectáculo internacional en Madrid, ante los ojos del mundo y diferente a aquel primer partido entre inmigrantes. 

River ganó en tiempo suplementario, fue campeón y, en un intento de cerrar la histórica tensa relación con Boca, los hinchas empezaron a cantarle a su rival que «murió en Madrid». Por popularidad y rendimiento, el fútbol argentino quedó reducido prácticamente a los dos más grandes del país. En las redes sociales, los hinchas de los demás equipos empezaron a hablar del fenómeno «Bover». Después de tantos años de desencuentros, el acrónimo los unió como cuando compartían barrio.

Los medios de comunicación se alimentaron de la tensión y debatieron permanentemente por esa competencia hasta el día de hoy. De tanto hacerla en cafés, reuniones y paneles periodísticos, hay una pregunta que se volvió cliché: ¿es peor descender o perder una final continental contra tu máximo rival? 

En más de cuatro años nunca se pudo alcanzar una respuesta unánime. Esa es una de las claves del éxito que se puede ver a través de la historia del superclásico: la tensión se sostiene y se construye desde dos polos opuestos. Boca a lo Boca y River a lo River.


Guerra y fútbol en Ucrania

Dinamo de Kiev v Shakhtar Donetsk ucrania
Jugadores del Dinamo de Kiev apoyan a uno del Shakhtar Donetsk tras sufrir insultos racistas. Imagen: F. K. Shajtar Donetsk.

La cuenta de Instagram del Dinamo de Kiev, el club de fútbol capitalino, ha estado subiendo fotografías de la ciudad bombardeada desde que comenzó la invasión rusa a Ucrania. La vida ha cambiado allí en todo sentido. Las últimas noticias que nos han llegado nos hablan del reciente hermanamiento, insospechado hasta hace unos años, entre ultras del Dinamo de Kiev y seguidores del Shakhtar Donetsk, enemigos acérrimos en los últimos tiempos. Se han hermanado por causa de la guerra y la visión común que ahora comparten sobre Ucrania. Putin los ha unido. Vivir para creer.

El devenir del Shakhtar Donetsk en este siglo XXI ha fluctuado entre la gloria deportiva y cierta logística del disparate. Antes de la invasión hacía uso del Olímpico de Kiev para poder disputar la liga ucraniana. Hasta hace dos años el equipo venía jugando sus partidos como local en el estadio Metalist, en la ciudad de Járkov (la segunda del país y una de las plazas más castigadas por los bombardeos rusos). Lo hacía muy lejos de su región natural, el fatídico Dombás, foco prorruso y excusa por parte de Rusia para invadir Ucrania. Cada fin de semana el club al completo tenía que hacer el trayecto de Kiev a Járkov para disputar sus partidos. Pero antes incluso de Járkov, recién estallada la guerra en el Dombás, el Shakhtar jugó sus partidos como local en la lejana Lviv (hasta 2016), también llamada Leópolis, la ciudad más occidental y europea de Ucrania. 

El forzado sello viajero del Shakhtar tiene su explicación en todos estos últimos y horribles años. Desde que en 2014 estallara la guerra en las regiones prorrusas de Donetsk y Lugansk, el equipo y su directiva se vieron obligados a emprender su peregrinaje por distintas ciudades de Ucrania. El Shakhtar instaló su sede administrativa en la propia Kiev, mientras sus bien pagados jugadores, incluidos sus muchos brasileños de color caoba, fueron distribuidos en pisos de lujo de la capital. En 2017 trasladó su sede a Járkov, más al nordeste del país y menos lejos de las separatistas Lugansk y Donetsk.

Por todo ello, la delicada situación de Ucrania ha tenido su peculiar influjo sobre el fútbol. Los citados Dinamo de Kiev (el más añejo e histórico) y Shakhtar Donetsk (el nuevo rico del siglo XXI) nos resultan conocidos por ser habituales en las competiciones europeas (sobre todo el Shakhtar y su vistosa elástica de color naranja). Pero otros equipos como el Dnipro o el Karpaty Lviv, con sus nombres casi impenetrables, nos resultan mucho más peregrinos, pese a que ahora la guerra nos permite redescubrir su historia y su avatar como parte de la génesis de este país doblado en dos: Ucrania.

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Antes de esta guerra frontal y analógica diseñada por Rusia (incluso antes del conflicto en el Dombás siete años atrás), tuvo lugar una simbólica guerra de camisetas azules y naranjas entre el Dinamo de Kiev y el Shakhtar Donetsk. La guerra de las elásticas se produjo con la llamada Revolución Naranja de 2004, cuando el por entonces presidente y vieja momia política, Leonid Kuchma, fue desalojado del poder por corrupción. Tuvo que ceder su puesto al vicepresidente Víktor Yanukovich, líder del prorruso Partido de las Regiones (referente político de la rusofilia en la Ucrania del este). Las elecciones de 2004 fueron un fraude y su repetición hizo presidente al nacionalista Víktor Yúshchenko (el recuerdo de este buen hombre nos produce repelencia: envenenado con dioxina, su rostro se recubrió de bubas y deformaciones horripilantes).

La Revolución Naranja de 2004 tuvo su rocambolesco episodio en el fútbol ucraniano. El presidente del Shakhtar Donetsk, el millonario prorruso Rinat Akhmetov, obligó a sus futbolistas a jugar con atuendo blanco para evitar que los colores del club se identificaran con los de la revolución que impulsaban los ciudadanos más proeuropeos desde la capital. La ironía cromática consistió en que el Dinamo de Kiev vestía de azul y apoyaba a los revolucionarios naranjas, mientras que el Shakhtar de color butano apoyaba al Partido de las Regiones, asociado al azul. La otra gran ironía añadida y posterior es que diez años después el Shakhtar se vio obligado a hallar abrigo en Kiev por el estallido de la guerra en el Dombás.

A todo esto, ¿quién era y de dónde venía el tal Rinat Akhmetov? De origen tártaro, su familia había llegado en tiempos a la pródiga cuenca del Don para trabajar en las minas de carbón. Igual hicieron tantos y tantos trabajadores de lengua rusa venidos desde distintos enclaves de la URSS. Como otros próceres iguales a él, que de pícaros y trajinantes callejeros se transmutaron en potentados del gas, Akhmetov se hizo dueño del Shaktar Donetsk a medida que, con gran listeza y olfato, se iba convirtiendo en uno de los grandes referentes del poder en Ucrania.

Poco a poco los aficionados al fútbol fueron habituándose a las atrevidas formas del Shakhtar Donetsk, lo mismo en la Champions que en la Europa League. Aparte de su llamativo resol naranja, lo que lo hacía peculiar era su nutrido cuerpo de jugadores color tostado. Como dijimos, la mayoría de ellos eran brasileños, fichados a golpe de talonario gracias al ricachón Akhmetov. El Shakhtar era en sí mismo un mejunje enriquecido en una coyuntura frenética. Akhmetov levantó el elefantiásico estadio del Donbass Arena en 2008. Era el mismo estadio que sería bombardeado en la guerra de 2014 entre las milicias separatistas prorrusas y el ejército ucraniano.

Ajeno por entonces a la posibilidad de cualquier conflicto armado, en 2009 el prócer Akhmetov fletó de su bolsillo cinco aviones llenos de aficionados, muchos de ellos mineros, para presenciar en Estambul la final de la Europa League ante el Werder Bremen alemán (en semifinales el Shakhtar consiguió apear con todo su escozor al mismísimo Dinamo de Kiev). Los ucranianos del este se alzaron con el triunfo y, con ello, el frente prorruso del país consiguió extender su influjo político y deportivo hasta las entrañas de Kiev.

El equipo de Akhmetov siguió jugando como gran embajador del Dombás hasta que estalló la guerra en 2014, en respuesta a la revuelta conocida como el Euromaidán. El prorruso Yanukovich, ganador de las elecciones, fue desalojado del poder al ucraniano modo (quiere decirse sin muchas miras democráticas). El Euromaidán se produjo cuando Yanukovich decidió mirar más al lado ruso, lo que le llevó a suspender un acuerdo de acercamiento a la Unión Europea, la cual, de forma insensata, había ofrecido sus brazos a la antigua y mítica Rus de Kiev para enojo de Moscú.

Así las cosas, a Akhmetov el rebufo del Euromaidán lo llevó a un insólito giro político y logístico también. Defendió entonces la unidad de Ucrania (en parte para defender los intereses comerciales del Shakhtar Donetsk). Los separatistas prorrusos, muchos de ellos hinchas del Shakhtar, asaltaron e incendiaron las oficinas empresariales de Akhmetov. El prócer tuvo que exiliarse en Kiev en un clima de rareza y desubicación sentimental.

 Equipo medio huérfano y medio peregrino. Esta ha sido el sino del Shakhtar Donetsk en todos estos años, los que van de la primera guerra en el Dombás a la invasión total de Ucrania por parte de Rusia.

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En 2015, el orbe futbolístico europeo conoció que existía un equipo con nombre parecido al de un cotizado mineral: el Dnipro. Hoy por hoy ya sabemos que Dnipro es otra de las ciudades que ha estado sufriendo los bombardeos rusos. Su nombre responde a la zona del óblast de Dnipropetovsk, cuyo contorno es atravesado por el curso del río Dniéper.

El caso es que en 2015 el desconocidísimo Dnipro alcanzó la final de la Europa League ante el Sevilla Fútbol Club. En semifinales consiguió dejar en la cuneta al Nápoles entrenado por Rafa Benítez. Un año antes había estallado ya la guerra en el Dombás entre el ejército ucraniano y los separatistas prorrusos de Lugansk y Donetsk. El Dnipro alcanzó la final espoleado por la fibra nacional y como homenaje a los soldados ucranianos caídos en el frente del este. Incluso algunos de sus hinchas se enrolaron en la guerra como voluntarios. De entre ellos los había afines a sectores radicales de la extrema derecha ucraniana (sus detalles los veremos más adelante).

En Varsovia, sede de la final, se presentó la heroica comitiva del Dnipro ante el Sevilla, quien al cabo logró su tercera Europa League. Pero para los anales quedó la hazaña deportiva y el halo bélico que por entonces envolvía al bravo y correoso equipo ucraniano. Cierto es que no todo el mundo conocía el pormenor de aquella guerra extraña y lejana que había estallado en el este de Ucrania, en la región minera del Dombás (ahora sabemos que agentes secretos rusos habían estado alimentando la secesión con triquiñuelas y un seductor aroma vintage a KGB).

A menudo el tiempo discurre como una ironía demoledora. Uno de los más finos estilistas del Dnipro, Yevhen Konoplyanka, acabó siendo fichado por el Sevilla Fútbol Club (jugará después en el Shalke 04 y hasta en el propio Shakhtar Donetsk). El entrenador Juande Ramos, que logró los primeros grandes éxitos del Sevilla a partir de 2006, acabó entrenando al propio Dnipro años después. Pero el mayor mazazo irónico fue que el propio club acabó desapareciendo en 2019 de la escena del fútbol ucraniano por sus desarreglos económicos.

Últimamente ha sido refundado en parte con los pocos pertrechos que quedaban tras la bancarrota. Ahora se llama Dnipro-1. Hasta que el oso ruso decidió echarse vorazmente sobre Ucrania, el Dnipro-1 figuraba en un meritorio tercer puesto de la Premier Liga ucraniana, tan solo por detrás de los poderosos Dinamo de Kiev y Shakhtar Donetsk (como detalle, el equipo de la castigadísima ciudad de Mariúpol ocupaba el último puesto en la clasificación).

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El equipo de fútbol del Karpaty no dice nada a casi nadie. Hasta ahí normal. Solo les sonará a los forofos y creyentes en el balón, ese dios redondo. Pero la ciudad de Lviv (Leópolis) ayuda a ubicar a este equipo que viste de blanco y verde y cuyo sonoro nombre remite a la región ucraniana de los Cárpatos, situada en lo que antaño fue la Galitzia oriental. Desde la histórica, mestiza y cultivada Lviv (también en ruso Lvov, en alemán Lemberg), muchos periodistas y enviados especiales a Ucrania nos han venido informando acerca de la triste mara de refugiados ucranianos que huía de la guerra hacia esta última ciudad fronteriza con Polonia.

La estación de trenes art nouveau de Lviv, de altiva traza austrohúngara, es la última parada para los expulsados por la guerra en Ucrania. El edificio tiene muchísimo más predicamento histórico que el estadio deportivo del Lviv Arena. Este estadio se erigió y bautizó con nula originalidad en cuanto al nombre para albergar una de las sedes de la Eurocopa de fútbol de 2012, que fue concelebrada entre Ucrania y Polonia (esta Eurocopa la ganará, por segunda vez consecutiva, un país llamado España).

El Lviv Arena es el recinto donde juega sus partidos el Karpaty. Actualmente juega en una división terciaria del fútbol ucraniano, la rudimentaria Persha Liga. Curiosamente, un equipo más nuevo y producto de varios refritos fundacionales, el Lviv a secas, sí que estaba disputando la Premier Liga, la máxima competición ucraniana, hasta que se produjo la invasión rusa. El Lviv ocupaba el honroso puesto número doce en la clasificación.

Como decíamos, solo los forofos del fútbol saben que existe el equipo del Karpaty. Pero puede que haya algunos más a los que sí les suene. De hecho, los seguidores del Sevilla Fútbol Club sí lo conocen desde hace unos años. Sí, el Sevilla otra vez. El club sevillano se enfrentó al Karpaty en los partidos de la fase de grupos de la Europa League de la temporada 2010-2011. En el estadio de Nervión los sevillistas vencieron por un ceremonial 4-0. En su visita al Lviv Arena ganaron por 0-1.

El viaje al oeste de Ucrania tuvo el añadido de dar a conocer la bella, historiada y monumental ciudad de Lviv, auténtico cruce de caminos en lo que en tiempos se conoció como el melting polt polaco. Por entonces, un periodista preguntó al futbolista argentino del Sevilla Diego Perotti si conocía algo sobre Lviv. El muchacho, que no obstante cursaba Criminología y no era ningún botarate, puso cara de alga. Normal.

La actual guerra en Ucrania nos permite desempolvar la historia del Karpaty. Su idiosincrasia ha estado asociada desde sus orígenes al nacionalismo ucraniano y al espíritu más europeísta, como es común en todas las regiones occidentales de Ucrania (a diferencia, claro está, de las regiones más orientales y declaradamente prorrusas).

Fundado en 1963, bajo la égida de hierro de la URSS, el Karpaty ofrece la singularidad de haber sido el único equipo que, aun jugando en la segunda división rusa, se alzó en 1969 con la Copa de la Unión Soviética. El glorioso triunfo ocurrió en el estadio Lenin de Moscú, tras derrotar al SKA Rostov del Don. El detalle añadido —y no menor— fue que sus hinchas, desplazados desde Lvov (su otro nombre en ruso) hasta Moscú entonaron en las gradas del estadio Lenin la balada conocida como «Cheremshyma», especie de oda romántica y nacionalista ucraniana.

En 1981 el Karpaty fue obligado a fusionarse con otro club de Lviv de aquel entonces, llamado SKA. Adoptó una equipación roja y blanca, que era por completo ajena a sus históricos colores albiverdes. Ya en 1991, con el desplome de la URSS, recuperó sus tintes de toda la vida. Incluso el estadio dejó de llamarse Druhzba (Amistad), de viejas resonancias socialistas, y tomó el nombre de Estadio Ukraina. El nuevo rumbo había empezado tras expirar el último hálito soviético.

El nacionalismo extremo de cierto sector de sus aficionados se asocia a movimientos de ultraderecha, que beben del antaño líder ucraniano y pronazi Stepán Bandera (radicales como Sector Derecho, paramilitares del Batallón Azov o afines al movimiento Svoboda). En los graderíos del Lviv Arena no era infrecuente ver ondear las esvásticas.

En la temporada 1996-1997 y en los años 2010 y 2012, el Karpaty lució como segunda equipación camisetas y pantalones en rojo y negro. Eran los colores asociados en la Segunda Guerra Mundial a la Organización de Nacionalistas Ucranianos y al Ejército Insurgente Ucraniano del controvertido Stepán Bandera. Para muchos ucranianos Bandera es un nazi que directa o indirectamente participó en el holocausto de los judíos ucranianos (Ucrania fue otra de las grandes fosas de la Shoah). Sin embargo, para otros muchos ucranianos de hoy, Bandera fue el líder de la Ucrania independiente y un mártir asesinado por la KGB en el tardío año de 1959, cuando su figura ya había entrado en cierta fase de olvido y patetismo personal.

Hoy por hoy la culta ciudad de Lviv lo recuerda con un monumento. Fue aquí, en Lviv, donde Bandera proclamó en junio de 1941 el Estado Independiente de Ucrania (los propios nazis, temerosos, lo confinaron en un campo de concentración hasta 1944, con la intención de domeñarlo en sus desmedidos propósitos). Otras ciudades occidentales de Ucrania también han levantado estatuas en honor a Bandera, como ocurre en Ternópil.

Igual que ciertos sectores de hinchas radicales del Dnipro, se conoce que los ultras del Karpaty y de otros equipos de fútbol de Ucrania marcharon a combatir en la guerra del Dombás de 2014 contra las milicias prorrusas. Por tanto, este es en parte el aguardiente pronazi y fascista que dio argumentos a la secesión en el Dombás (sin olvido del citado Euromaidán) y lo que hoy arguye el sibilino Putin al hablar de «desnazificar» Ucrania (en la era del envenenado presidente Víktor Yúshchenko, Bandera fue elevado a la categoría oficial de Héroe de Ucrania, título que revocó después Yanukovich, el posterior mandatario prorruso).

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No es difícil imaginar que ahora muchos de estos grupos forjados en los graderíos ultras de los estadios estén formando parte del ejército ucraniano, bien agrupados en temibles unidades propias (como ocurrió en el Dombás) o bien como soldados y voluntarios integrados sin distinción alguna en las fuerzas armadas de Ucrania. De igual modo, tampoco resulta impensable que hinchas aún fieles al Shaktar Donetsk o al Zorya de Lugansk estén luchando también en apoyo a los invasores rusos, igual a como hicieron en al anterior guerra del este de Ucrania de 2014.

Al igual que ocurriera en el sangriento aquelarre de los Balcanes de los 90, el fútbol casi siempre aporta su contorno a la cartografía general de la guerra. Ahora sabemos algunos de los intríngulis futboleros relacionados con Ucrania antes y después de la invasión rusa. Solo los buenistas creen que el fútbol es independiente de los ardores de la política y, llegado el caso, de la devastación que trae consigo la guerra. Pese a la situación del país, la Federación Ucraniana de Fútbol confía en poder jugar el Mundial de Qatar 2022 en caso de que su selección pudiera superar las eliminatorias que aún le aguardan. Por ahora, como dicen, solo están pensando en salvar vidas y en ganar otra cosa: la guerra.


Soy ponta

Luís Sílvio Danuello soy ponta
Luís Sílvio Danuello. soy ponta

Si hay países que albergan una simbiosis especial con el mercado de fichajes ese es Italia, el inventor del término universal calciomercato. Se trata de una experiencia lisérgica que se produce dos veces al año, aunque no se sabe muy bien dónde termina y cuándo comienza. Se habla de ello durante los trescientos sesenta y cinco días. Sin excepción. 

La retórica en torno al periodo de calciomercato —quizás— comenzó a escribirse hace cuarenta años… Y no precisamente por la calidad de un nuevo fichaje ni por el brillo refulgente de sus fintas y sus goles, sino por algo mucho más potente, más profundo. Algo que trasciende la lógica racional para acercarse a lo espiritual.  

Todo comenzó el 9 de mayo de 1980. El Consejo Federal Italiano acababa de aprobar el retorno de los extranjeros a la Serie A tras casi quince años de abstinencia obligada como castigo ante la pésima imagen ofrecida en el Mundial del 66. Un cierre de fronteras tras el oprobio ante Corea del Norte. La imagen, la estética siempre fue importante para el país.

Italia, al inicio de la década, atravesaba un período complicado, agravado por el escándalo de las apuestas ilegales (Totonero), que provocaría la sanción —entre otros— del mítico delantero Paolo Rossi. En ese año llegaron a la liga italiana Paolo Roberto Falcao (Roma), Ruud Krol (Nápoles), Liam Brady (Juventus), Michel Van de Korput (Torino), Herbert Proshaska (Inter), Daniel Bertoni (Fiorentina), Juary (Avellino), Eneas (Boloña), Herbert Neumann (Udinese) y Sergio Fortunato (Perugia). La cuadratura se cerró con el brasileño Luís Sílvio a la Pistoiese, que en Italia sirvió de inspiración para la cult-movie de Lino Banfi: L’allenatore nel pallone

Se trataba de un futbolista de veinte años. Un paulista de Julio Mesquita que llegaba al club toscano para consolidarlo en una categoría a la cual acababa de ascender. Era delantero, y se incorporaba a un club serio con jugadores importantes en sus filas como Frustalupi (ganó un scudetto con la Lazio), Bellugi y Borgo. En el banquillo, el míster Lido Vieri. A priori, se presentaba como un equipo rocoso y no como la gran cenicienta de la categoría. El Calcio estaba ya pidiendo la vez para convertirse un lustro después en el mejor campeonato del mundo. Al menos durante quince años. No fue casualidad que llegaran —primero— Zico, Platini, Maradona o Sócrates… Después, Matthaus, Gullit, Van Basten o Batistuta… Y por último Verón, Thuram y Crespo, entre otros. Era la flor y nata del fútbol mundial, Italia. Una academia de fútbol con matemáticos en los banquillos y estetas en el verde. El laboratorio del balón estaba allí, donde llegó Luís Sílvio

Fue el segundo entrenador —Beppe Malavasi— a liderar las negociaciones por el punta. También tuvo que ver Juan Figer, un potente representante amigo de periodistas italianos. Lo cierto es que Malavasi inicialmente salió de Fiumicino rumbo a Brasil para fichar otro bomber, pero las altas pretensiones económicas hicieron que finalmente se decantara por Sílvio. Crónicas de la época cuentan que al verlo quedó ensimismado. Concretamente en el amistoso organizado por el Ponte Preta, donde estaba cedido por el Palmeiras. Ahí ya dejó constancia de su instinto letal en el área el bueno de Sílvio, quien llegó a Italia —por trescientos millones de liras— en el mismo avión que Falcao. Un negocio para los paulistas, conscientes de las necesidades imperiosas de Italia por fichar extranjeros sin mirar la letra pequeña… Ni siquiera la grande. Sílvio pasó desapercibido entre la multitud que se agolpaba en Fiumicino, deseosa de encumbrar desde el inicio la nueva estrella romanista. Su prodigiosa melena oscura y un físico no precisamente escultural le sirvieron para disuadir, aunque en el fondo la gente solo estaba atenta al que sería el octavo rey de Roma. Sílvio cogió un tren en la estación de Termini rumbo a la Toscana. Y allí se perdió para siempre. 

El periplo del delantero brasileño se resumió en seis partidos y ningún gol. La directiva del club, desesperada, le preguntaba a menudo: Ma sei una punta? (¿Eres delantero?). Él siempre respondía: Sí, soy ponta, que en portugués significa extremo. Así se escribe la historia de Luís Sílvio, quien a su manera comenzó la leyenda del mercado italiano, lleno de gratas sorpresas y una gran profusión de misterios aún sin resolver. De estrellas y bidoni, que en castellano significa paquete. De eso no hay dudas. Tampoco que en ese maravilloso 1980 cinco de los dieciséis equipos de Serie A (Ascoli, Brescia, Cagliari, Catanzaro y Como) decidieron jugar solo con italianos, y que Luís Sílvio Danuello inspiró a Aristóteles en la película de Banfi. Pensándolo bien, todo se comprende mejor con la filosofía. Especialmente si es complicado de entender. 


Cuando deporte y política chocan: los otros Peng Shuai

Peng Shuai po
Peng Shuai. Foto: Cordon.

A estas alturas todos ustedes han oído hablar de Peng Shuai. Sí, la tenista china. 

¿No? 

Esperen.

Peng Shuai destacó bastante a mediados de la década anterior. Disciplina de dobles, sobre todo. Campeona en Wimbledon, en Roland Garros (las dos veces junto a Su-Wei Wsieh), finalista por Australia. Hasta llegó a ser número uno del mundo. Individuales algo peor… catorce como tope. Pero vamos, que bien.

La cosa es que el 2 de noviembre de este 2021 Peng Shuai publicó un mensaje en Weibo (una plataforma de microblogging) donde acusaba a Zhang Gaoli de haber abusado de ella sexualmente diez años atrás. La cosa estuvo en la red solo veinte minutitos, pero bastó para desatar un enorme escándalo. Porque Peng Shuai no era cualquiera, pero Zhang Gaoli… en fin. Alto mandatario del Partido, antiguo viceprimer ministro. Primera vez que alguien así sufría acusación de este tipo.

Después de aquello, Peng Shuai estuvo unas semanucas inencontrable. Ni redes sociales, ni actos públicos. En estos últimos días se han filtrado imágenes y fotos sin fechar, e incluso apareció en una videoconferencia con miembros del COI. Que se respete su tranquilidad, que se la deje tranquila un tiempo…

Antes de eso (y después) no fueron pocos los que temían por la moza. Que si desaparecida, que si algo peor, que si ya verás qué pronto lo olvidamos, porque el mundo gira vertiginoso. Su caso iba más allá del deporte, y entroncaba directamente con la defensa de los derechos humanos. Que no me censuren, que no me denigren por ser mujer, que no me obliguen a aguantar lo inaguantable. 

Evidentemente desde Jot Down no podemos más que apoyar todas esas reivindicaciones, y por eso dejamos esto escrito acá. Otras historias, en otros lugares. Algunas con final trágico, feliz los menos. No lo tomen como premonitorio en ninguno de los dos casos. Si pasado mañana Peng Shuai da una entrevista a la BBC y dice que no estaba retenida, que estaba de parranda… en fin, nosotros estaremos contentísimos, aplaudiremos con las orejas y echaremos sonrisitas tontas. Este es uno de esos artículos que nos encantará comernos con patatas por haber errado en su concepción.

Prometido.

El Mozart que no fue

Matthias Sindelar es joven, es guapo, es talentoso. Es, era, el mejor jugador de fútbol que hubo en aquella selección austriaca inolvidable de los años 30, el Wunder Team. Elegancia en estado puro, conducción, olfato, efectividad. Le llamaban Mozart del fútbol. Hijo de familia obrera, símbolo vienés. Un díscolo con pies de artista.

Sus problemas empieza el 3 de abril de 1938. Estadio Prater. Último partido de la selección austriaca, porque Austria ya no existe. Se la paparon los nazis, amigos. Y eso, que antes de unirnos… pues fiesta a lo grande. Despedida de soltero. «Sed benevolentes, ahora ellos mandan». Pero Sindelar, ascendencia judía y checa, ideas socialdemócratas, tenía otra opinión. En las calles sí, pero en el césped ellos eran mejores. Segunda parte y Karls Sesta adelanta a los austriacos. Un accidente. Pero, luego… el caos. Sindelar marca un segundo gol, se planta mirando al palco, y empieza a celebrar con un baile grotesco. Sentencia de muerte.

Sindelar no iba a jugar para los nazis. Cada vez que llama la selección él está lesionado. Dolencias. Malestar físico. Y, claro, empieza a oler rarete. Sepp Herberger, seleccionador nazi, deja de cursar invitación. Para qué. Si no quiere.

El 23 de enero de 1939 Matthias Sindelar acude a una timba en su Viena natal. Bebe vino, celebra la vida. Luego acude a su pequeño apartamento, donde vive con su novia Camilla Castagnola. Nunca despertará. La explicación oficial es que ambos jóvenes fallecen por inhalación de monóxido de carbono. El futbolista, borracho, dicen las autoridades, abrió la llave del gas sin darse cuenta. Muy oportuno para la Gestapo. Oigan, que igual se suicidó. En fin. Al Mozart del fútbol lo entierran delante de quince mil austriacos. Su memoria seguía viva. 

El nazismo hace desaparecer más deportistas, claro. Los hermanos Alfred y Gustav Flatow, gimnastas con seis medallas en Juegos Olímpicos que fueron arrastrados hasta Theresiendstadt por judíos. Murieron allí. En Mauthausen fallecen János Garay u Oszkár Gerde, también preseas en esgrima y natación. ¿Janusz Kusociński, atleta? Palmiry. ¿El boxeador Víctor Pérez? Auschwitz. ¿Attila Petschauer, esgrima? Davidovka. ¿Johan Trollmann, boxeo? Neuengamme. La lista es inmensa.

El tal Benito, italiano grotesco de mentón al aire y poses ridículas, también trinaba cantidad cuando le decían «oye, mira, no». Y mucho más si eran atletas, coño, con esas pintas de mariconas. El fascismo fue régimen muy deportivo que aborrecía casi todos los deportes, porque no le parecían suficientemente «viriles». A ver… dignos de macho, de macho-macho, pues tres o cuatro cosas. Atletismo, boxeo, claro. Ah, y las carreras de coches, que a los futuristas les flipaban y nosotros somos muy de Marinetti (o Marinetti es muy de nosotros, oigan). 

Y eso, que cuando alguien no nos gusta… fuera de circulación. De forma simbólica o explicita. Vamos, que para allá que se van unos cuantos Camicie Nere y hacen el trabajo sucio (muy sucio). Dicen que si eso le ocurrió a Ottavio Bottecchia, que era ciclista transalpino muy exitoso a mediados de los años veinte. Sendos Tour de Francia se cepilló, el bueno de Ottavio. En 1927, mes de junio, lo encontraron en una cuneta, cara destrozada, bici unos metros más allá. Falleció poco después. Y, entonces, teorías. Que si un tropezón malo, que si se estaba viendo con cierta muchacha y al marido aquello le olió a cuerno quemado, que si robaba uvas (en junio, ejem) y los agricultores son muy suyos. Lo cierto es que Bottecchia tenía ideas socialistas (aprendió a leer con pasquines obreros), y siempre mostró discrepancias con el naciente fascismo. Vamos, que no fueron pocos los que vieron en su muerte un crimen político.

A Gino Bartali no lo pudieron matar, porque era el tipo más famoso de Italia en la época (junto con el Duce y el papa… mira, Gino es, de los tres, el único con nombre sin artículo delante) y esa ausencia hubiese cantado en exceso. Pasa que Bartali es poco fascista en aquel país de muy fascistas. Vamos, que el tío tiende a meapilas, y le da las gracias a la Virgen en vez de postrarse, como menester resulta, ante el poder señoro del fascio. ¿Resumen? Proscrito en vida. El 9 de agosto de 1938 la Ufficio Stampa, oficina de prensa del Gobierno, envía boletín secreto a todos los medios de comunicación de Italia. Oigan, que solo pueden hablar de Bartali en faceta deportiva. Ninguna otra referencia a vida ciudadana. Sus éxitos… nuestros. Su vida, secreta.

Luego llegó la Segunda Guerra Mundial y todo ese asunto.

Extremo izquierda en el gulag y amenazas antes del derby

El jugador avanza con el balón pegado a los pies, driblando contrarios. Cuando llega al punto de penalti amaga una, dos, tres veces, antes de chutar, flojito y pegado a la base del poste. Sonríe con gesto de niño triste, e imagina (el pelo raleando, los ojos profundos, la cara como de pelota) público enfervorizado. A su alrededor bosques mudos observan. El jugador se llama Eduard Anatolyevich Strelstov y hace solo unos años tuvo el mundo a sus pies.

A Streltsov le llamaron el Pelé soviético. Primer error: el George Best soviético le hubiera ido mejor a su personalidad luminosa y diferente. Su biografía, escrita por Marco Iaria, se titula Mujeres, vodka y gulag, y define perfectamente la vida de este atípico futbolista, fichado por el Torpedo de Moscú, club vinculado a la sazón con la productora de automóviles ZIL, quinto en importancia de la capital. Quizás allí empieza a torcerse el futuro de Eduard.

Porque él es bueno, buenísimo. «Tiene la estatura de un semidiós», dirá Gabriel Hanot, editor de L’Equipe. Pronto destaca en la liga soviética y los clubes más importantes pretenden ficharlo. Streltsov demuestra fidelidad y sigue con su Torpedo. Rechazar al CSKA era rechazar al equipo del ejército y rechazar al Dynamo era rechazar al equipo de la KGB. No me gusta cómo caza la perrita…

Además, Streltsov era atípico. Joven, guapo y arrogante. Los aficionados dicen que si Pelé bebiera tanto café como vodka trasegaba Eduard seguramente estaría muerto. Pero no importaba, él saltaba al campo y era feliz. En 1957 completa los llamados «cien días de Streltsov», tres meses donde marca veintiséis goles oficiales para su equipo. Nada podía pararle. O sí.

Mayo de 1958, la selección soviética se concentra en la localidad ucraniana de Tarasovka preparando el Mundial. La noche del 25 Streltsov acude a una fiesta organizada en casa de Eduard Karakhanov, oficial del Ejército Rojo. Allí conoce a Marina Lebedeva, veinte años de belleza gélida. Pasan la noche juntos. Al día siguiente la chica lo denuncia por violación. 

El héroe de toda la Unión Soviética, el hombre que enfervorizaba a las masas, pasa a ser un villano. Supuestamente coaccionado por las autoridades, firma una confesión en la que se declara culpable. La prensa lo llama decadente, «Tiene la enfermedad de la estrella», escribe Pravda, «fuma, bebe y provoca peleas». 

Doce años de trabajos forzados en un gulag siberiano, mil doscientos kilómetros al noreste de Moscú. Cumplirá solo cinco. Cinco años cargando troncos a cuarenta grados bajo cero, trabajando en la transformación de uranio para su uso en un reactor nuclear o picando en la mina de granito. Y jugando al fútbol en el gulag, claro, porque «cada día en que no jugué al fútbol fue un día perdido en mi vida». El director era aficionado, y organizó un equipo solo para ver a Streltsov.  

¿Era Eduard inocente? Es lo que la historia tradicional nos dice, y fijando además el punto en el que se convierte en un apestado para las autoridades: una recepción en el Kremlin donde Ekaterina Furtseva, primera mujer en acceder al Politburó soviético, habla con Streltsov para que este se case con su pequeña hija Svetlana, de solo dieciséis años. «Lo siento señora, ya estoy comprometido», dicen que dijo. Nada grave si no fuera porque efectivamente el futbolista mantenía en aquel tiempo una aventura con Svetlana… 

Así que tenemos la causa, tenemos al falso culpable y tenemos la conspiración perfecta. Pero, ¿fue realmente así? El periodista británico Jonathan Wilson no lo tiene tan claro. Su figura rápidamente se convierte en icono en Occidente, el jugador desenfadado y de talento, el rebelde que era acusado injustamente por el opresivo régimen soviético. Así que se pasaron por alto las pruebas del proceso. Arañazos en el rostro, declaraciones de testigos…

Al salir siguió jugando al fútbol, siguió siendo uno de los mejores, volvió a la selección soviética. Pero nada era igual, ni su físico ni, sobre todo, su brillo, su forma alocada de vivir la vida. Ese Streltsov quedó en Siberia y nunca volvió. 

En Rumania pasaban cosas parecidas. Sobre todo durante los partidos de la máxima. El Eternul Derby, le dicen. Asunto de Estado… y de familia. Valentin Ceaușescu, hijo de Nicolae, es presidente del Steaua de Bucarest es. Enfrente, el Dinamo, conjunto de la Securitate, policía secreta. Allí, Elena. Elena Ceaușescu, decimos. Madre de Valentin, esposa de Nicolae. Unas risas. Presiones, todos quieren ganar, sin importar cómo. El Steaua recluta cuantos jugadores quisiera durante los dieciocho meses que duraba el servicio militar en Rumania. La Securitate amenaza. Antes de cada derbi, la policía arresta al padre de Tudorel Stoica, sempiterno capitán del Steaua, donde jugó entre 1975 y 1989. También intentaba entorpecer fichajes del máximo rival recurriendo al chantaje, amenazando con los inmensos archivos que había en aquel Ministerio de Interior.

Falta indirecta y desaparecidos

Los décadas de los setenta y los ochenta anduvieron fuertes en esto de las represalias a deportistas. En fin, que años convulsos, qué les vamos a contar a ustedes que no manejen gracias a la Wiki. 

Lo que igual no saben es el origen de una jugada famosísima. Mundial de 1974, Alemania Federal. Zaire contra Brasil, tercera jornada de la fase previa. A priori, totalmente desequilibrado. En la práctica aun más. Digamos que Zaire jamás había estado en una de esas, y pagó la novatada. Dominio ante Zambia y Marruecos para clasificación, caída en un grupo jodidillo. Pero jodidillo de verdad, con Yugoslavia, Escocia y la canarinha. ¿Resultados? Horrible. Cero goles a favor, catorce en contra, incluyendo nueve que les metieron los colegas de Tito.

Así el tema parece que a Mobutu le salió regular lo de exhibir internacionalmente su poder. Mobutu lleva ya catorce añucos domeñando la política del Congo y Zaire (depende del momento), y su popularidad andaba pelín baja. Vamos, que sí, que imagen icónica, con su sombrero, y su apodo, y su sonrisa a medio camino entre el colega de parranda y el depredador hambriento… Pero no. Que se lo lleva a manos llenas, colegas, que no podemos mirar hacia otro lado. Una imagen cada vez peor que igual podía arreglar con el fútbol. Y ahora esto. ¿Qué me hacéis, mozucos, qué me hacéis?

Así que amenaza un pelín, porque con caricias no llega uno a dictador. Mirad, que si perdéis por cuatro goles o más ante Brasil… bueno, no os molestéis en volver a casa. Y que vuestras familias tampoco se esmeren mucho. Porque no va a haber casa. Ya me entendéis. Las risas. Igual ahora entienden ustedes la no-tan-cómica acción de Mwepu Ilunga cuando salió a despejar con fuerza un balón… que estaba detenido, esperando a que los brasileños lo pusieran en juego. «Quería que me expulsasen de ese partido», dijo años después al periodista José David López. «Igual así me salvaba de todo aquello. Primero hice una entrada fortísima, pero el árbitro sacó solo amarilla. Y ni siquiera me la enseñó a mí, sino a otro compañero, porque para él todos los negros éramos iguales. Luego hice lo otro. Nada, otra vez amonestación. Claro, sabía lo ridículo del asunto, cómo no iba a saberlo. Pero quería marcharme del partido. Los brasileños se reían, el público se reía… yo me sentía muy enfadado, no sabían la presión que estábamos sufriendo». 

Los jugadores de aquella selección fueron olvidados por decreto nacional. Nadie podía hablar de ellos, ni del Mundial de 1974, ni de las particulares circunstancias que lo rodearon. Bajo amenaza del mismísimo Mobutu.

Cuatro años después pues miren, no progresa mucho el tema. Mundial para la dictadura argentina, que exhiba bien su orden y su limpieza. La FIFA, siempre tan simpática. En 2022 vamos a tener una preciosa Copa del Mundo en Qatar, así que la cosa no va a mejor. 

Los argentinos también arrastran bastantes deportistas desaparecidos a sus espaldas. Un total de doscientos veinte recoge un libro, Deporte, desaparecidos y dictadura», escrito por el periodista Gustavo Veiga. Aclaremos: a veces tiene truco, porque por sportsman aparece todo aquel que alguna vez anduvo federado. Vamos, consta Rodolfo Walsh como ajedrecista, y ustedes ya saben que hizo más cosas. Pero nos vale. En su lista hay jugadores de fútbol, de baloncesto, de hockey, de rugby, tenistas, boxeadores, ciclistas, atletas, ajedrecistas, jugadores de voleibol, alpinistas… de todo, vaya, que esta gente no hace distingos para lo de comportarse como auténticos hijos de puta. 

El rugby fue el deporte más afectado, quizá por su vinculación con movimientos de izquierdas y universidades públicas. En el balompié destacan dos nombres. Ernesto David Rojas, delantero de Gimnasia y Esgrima de Jujuy, y Antonio Piovoso, que guardó la portería de Gimnasia y Esgrima, también, pero esta vez de La Plata. Silvina Parodi, campeona nacional de natación, estaba embarazada de seis meses cuando se la llevaron en marzo de 1976. Tenía veinte añitos. Dio a luz en pleno encarcelamiento, delante de Silvia Ester Acosta, otra reclusa. «Yo estaba en la camilla de al lado. Ella estaba esposada, torturada, picaneada y con quemaduras de cigarrillos»…

En Chile, lo mismo. Quizá el caso más conocido sea el de dos ciclistas. Sergio Tormen, Luis Guajardo Zamorano. El primero era tipo importante, bicampeón de su país en persecución. Qué importa. Un 20 de julio de 1974 agentes de la DINA se llevan a ambos desde el taller que los Tormen tienen en la calle San Dionisio, pleno Santiago de Chile, hasta la tristemente célebre Londres 38. A ninguno de ellos volvieron a verlos con vida. Sumen que el Estadio Nacional, sito en la capital chilena, fue usado como campo de concentración y… vaya, menudas referencias más deportivas nos quedan en el infierno, ¿no creen?

Esa historia tan repetida. Ese grito sin aire.


Ese país que escribe de pelotas

escribir de pelotas
Oscar Mas (izquierda) y Xavier Stierli (derecha) durante un partido entre las selecciones de Argentina y Suiza, 1966. Fotografía: Getty.

Un tío corre. Con los pies va dando pataditas, así, tac, tac, a una pelota de cuero. Se la pasa a otro tío que viste la misma camiseta. Ambos van en calzoncillos ridículos. El segundo golpea con fuerza la bola, que pasa entre un rectángulo de madera y choca con una red. Dicen que ha sido gol, pero tampoco sé muy bien qué es eso.

Tú al fútbol le quitas relato y se te queda una cosa de lo más insulsa. Hay que reconocerlo, no pasa nada. Eso lo entendieron muy pronto los argentinos, que son quienes mejor han jugado —a veces— y vivido —siempre— este bendito deporte. Por eso llevan más de un siglo escribiendo de pelotas. De pelotas de fútbol, se entiende. Acompáñenos el lector por este sendero que combina wings derechos y delanteros de izquierdas con Jorge Luis Borges. Lo juro.

Pioneros del balón y la pluma

Qué de sueños, el balón. Qué de historias. La Argentina lo entiende pronto. Quizá quiso cambiar cuchilladas en lunfardo por gritos que exaltan a caudillos y cebollitas. Ya ven, más higiénico, más exportable, que nosotros somos Europa, pero más que Europa y, además, tan lejos de Europa. Fíjense si será importante el football que hasta llegamos a la final en la primera Copa del Mundo, año 1930. Contra Uruguay, nada menos, que es enemigo cercano —lo que resulta enemigo dos veces—. Montevideo. O, como decimos nosotros, el Buenos Aires del otro lado. En fin. Aquella vez jugaron cada mitad con el balón que dispuso uno de los contrarios, porque no se ponían de acuerdo en la esfericidad necesaria para el esférico —y, en habiendo charrúas y argentinos de por medio, las discusiones amenazaban con llegar hasta el ocaso—. Cada equipo ganó con su pelota —algo hubo de haber, ¿no?— y Uruguay logró la victoria final. Qué descrédito. Qué inmensa pena.

Precisamente fue un uruguayo, Horacio Quiroga, el primero en fundir fútbol y literatura de ficción. Porque, oigan, si tanto nos gusta esto, del todo natural es que queramos leer sobre ello, ¿no? Que lo del hincha iletrado e imbécil parece cosa pinturera y divertida, pero falsa en todo extremo. Así que en eso también allá nos ganaron. Pero luego remontamos, ¿eh?

José Gabriel, por ejemplo, hablaba de «El jugador de ‘football’: ejemplo de arte» allá por 1929. Y aprovecha para meterse con otros, que es también cosa muy de escritores —y de argentinos—. «Nada de esto vale lo que un partido de fútbol», dijo de cierta actuación que había dado Anna Pávlova, ojo al nivel. «En esa pantomima rusa todo movimiento es arbitrario (…) mientras que en el fútbol la destreza y la agilidad obedecen a un objeto y un canon». Ya ven, haciendo amigos. Que se durmió en el balé, coño, a todos nos ha pasado. También Roberto Arlt tocó el tema. Y Carriego. Y Martínez Estrada. Y Humberto Costantini, unos años más tarde. Sumen las crónicas —convertidas a veces en pequeñas obras de arte—, los análisis y, en fin, los comentarios de bar —que por certeros y poéticos deberían tener antología propia— y verán que lo de las pelotas y la pluma estaba ya muy extendido en el país. 

El fútbol se vuelve barra brava

A Roberto Fontanarrosa lo llamaban «el Negro». El Negro. Que es nombre de central, central duro, de esos que pasa balón o jugador, pero nunca ambos. Otra vez con diez, ¿qué hizo el Negro? y esas cosas. Roberto Fontanarrosa siempre quiso ser wing de la selección argentina o, en su defecto, cantante de tangos, que son dos profesiones que tienen un aire. Por lo golfas, principalmente. Solo que no, que menudos pies, que dónde vas con esas caderas que ni mover podés. Así que Roberto («con el número cuatro, el Negro») empezó a dibujar, y más tarde a escribir, y como hacía ambas cosas bastante bien, pues se ganaba la vida con ello. Y, ya puestos, empezó a meter allá parte de sus obsesiones. 

Que eran, sobre todo, una. O varias. El fútbol, la pelota, selección albiceleste, Rosario Central. Sobre todo esta última. Rosarino, como Messi, solo que Lionel tifa por Newell’s Old Boys, ese equipo con nombre británico, y Fontanarrosa salió de los otros. «Canallas» y «Leprosos» se escupen unos a los de más allá, porque el amor queda fuera del estadio en la Argentina.

Pues eso, que Fontanarrosa escribió mucho y bien sobre deporte. E inició, quizá, una nueva raza. Escribidor que se acerca a la pelotita sin vergüenza, sin querer esconderse detrás de elementos metafóricos o simbólicos para hablar de lo que más le gusta. No, no, oigan, este es un cuento de fútbol, y trata sobre fútbol, y a mí me encanta el fútbol. Y, pese a ello, no soy analfabeto. Sí, sí, como lo escuchan. Un milagro.

No es el único, que en los últimos tiempos parece que nos cuesta menos deshacernos de complejos. Al menos de estos, ustedes me entienden. Osvaldo Soriano, por ejemplo, tipo sesudo, y tramas milimétricamente planeadas… con copitas de por medio. Copitas de campeonatos, digo, que de las otras también. Césped, barras bravas, locutores al borde de un colapso cardiaco. O Eduardo Sacheri, alguien que escribió una cosa tan delicada, tan bonita, como La pregunta de sus ojos, y todos lo miraron sorprendidos después, oiga, don Eduardo, y cómo es que se dedicaba antes a boludeces de fútbol en vez de tocar temas serios. Él resoplaba, intentaba poner la mejor sonrisa posible, explicaba otra vez que siempre escribe sobre las mismas cosas, sobre seres humanos, y la vida, y el amor, y el destino, solo que a veces hay balompié y mediocentros entre esas frases, y que no por ello son más o menos trascendentes. El mismo Sacheri que hasta guionizó cierto cuento de Fontanarrosa basado en un jugador de futbolín —estamos resumiendo, ojo—, que debe de ser el fútbol literario llevado hasta la máxima potencia.

Qué vas a esperar, en fin, del sitio donde nació Jorge Alberto Francisco Valdano, que un día jugó al fútbol y ahora ya —casi— solo se le recuerda por cosas de la literatura, el verbo florido y las frases largas. Y no es que fuese malo, ¿eh? Como pelotero, digo. Si hasta ganó el Mundial, que —me cuentan por el pinganillo— es torneo de cierto espesor en esto del fútbol. Lo hizo, además, rodeado por veinte tíos a los que les habían inyectado virilidad en vena y otro que bajó directamente del cielo, qué bueno que viniste, para trotar sobre el Estadio Azteca. Vamos, que debían de mirar raro al bueno de Jorge cuando leía en mitad de la concentración.

Fervor de fútbol. O algo así

Y Borges, claro. Siempre Borges, Borges siempre. Volver a Borges, que es como volver a casa. O, bueno, igual no a casa, pero sí a esa biblioteca que tenía el ricachón del pueblo cuando eras niño, esa donde te colabas gracias a tu amistad con su hija, lo que acabó en escarceos de corte lejanamente erótico hasta que os descubrió una doncella —y menos mal, porque doncella habría dejado de serlo la duquesita cualquier tarde— y aquello fue un escándalo, y todos hablaron del tema, y jamás volviste posar tus ojos de lector glotón sobre aquellos lomos tan bien dispuestos. Historia clásica. Más o menos. Ustedes me entienden. 

¿Les asombra encontrarse a Borges aquí? Lo digo porque…, bueno, digamos que la animadversión de Georgie por el fútbol es bien sabida. Él era más de ajedrez, y de peleas de gallos, y de universos que se esconden en un pequeño agujero parecido a una ratonera. En esas cosas, cada cual tiene sus aficiones. Y, sin embargo, impacta ver todo lo que habló y escribió Jorge Luis sobre la pelotita de cuero. Aunque fuese para denostarla, aunque tuviera ganas de insultar. Sí, ahí hay algo.

Pues eso. Ironía esnob, quizá, que es la única forma de esnobismo que no da ganas de matar. Borges fue salpicando vida, obra y entrevistas con referencias despreciativas al fútbol. Que si el fútbol es un juego insensato, y no intelectual como los escaques. Que si el fútbol es popular porque la estupidez es popular —como si no hubiera otro montón de estupideces en la tele, balompié al margen—. Que si no entiendo a la gente que se fanatiza viendo a veintidós hombres en pantalón corto. Ese ritmillo, ustedes me entienden.

¿Acudió alguna vez Borges a un partido de fútbol? Nos dice él mismo que sí, solo que quizá se lo inventó, porque cualquier biografía ficticia vale más que la real, o, si no, miren lo majo que era Honorio Bustos Domecq, o lo bien que contaba chistes Ricardo Reis. Pues eso, que Borges fue a ver un match. Qué digo: la más enconada rivalidad que se puede tener sobre el césped. Uruguay-Argentina, nada menos. Dicen que lo llevó Enrique Amorim, escritor charrúa. Que se tiraron todo el tiempo hablando de libros, sin mirar al césped, y salieron tras ver que los jugadores se retiraban. Que alguien los avisó. Oigan, ustedes, los dos raritos: esto es solo el descanso, queda toda la segunda parte. Qué importa. Al final Borges no vio ni un partido entero…, solo medio. Ya en la calle se confesaron el uno al otro que querían la victoria del contrario, por asuntos de cortesía. Y qué coño nos importa, debieron de solazarse. 

La historia cuenta que nunca supieron el resultado final.

¿Quieren más hechos concretos? A Borges, el gran anglófilo del mundillo cultural hispano —lo de meterle mano a El Quijote en inglés da hasta pudor decirlo— le horrorizaba que sus adorados descendientes de Enrique VIII hubiesen creado algo tan bárbaro como el fútbol. «Late una idea de dominación en esto de tener que derrotar al contrario», dicen que dijo en una ocasión, seguramente porque no hacía quinielas y por ello ignoraba la existencia del signo X. Ni siquiera aquel Mundial que llegó para mayor gloria de Videla (antiguo coleguita de mesa y mantel, «es todo un caballero» llegó a decir del bigotines) le hizo cambiar de opinión. «Mientras dure el campeonato iré a cualquier parte donde no se hable de fútbol. El Mundial es una calamidad que por suerte ha de pasar». Ya ven, pelín estirado. Provocación de provocaciones, contraprogramó el debut de la albiceleste frente a Hungría impartiendo a la misma hora una conferencia sobre la inmortalidad. Dicen las crónicas que hubo más de media entrada, y que varios monóculos se cayeron al suelo ante las osadas invectivas del genio.

Dos anécdotas más. Una de ficción, otra cierta, si es que ambas cosas no vienen a ser la misma. Borges escribió un cuento sobre fútbol. Sí, sí, como lo oyen. Algo un poco raro, tirando a metafísico —tampoco esperarían crónica de periódico deportivo, ¿no?—, pero fútbol, al fin y a la postre. Solo que ni siquiera era suyo del todo, porque lo hizo a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares. Y no firmó, quizá por coquetería. Esse est percipi aparece como obra de Bustos Domecq, y representa casi un oxímoron en sí mismo. 

La otra historia nos habla de cuando César Luis Menotti fue a conocer al maestro. Pocos meses después de ganar el Mundial, quién iba a negarle nada al gran héroe de la patria —a ver, los héroes de la patria llevan uniforme y charreteras, pero ustedes me entienden—. Que me hace mucha ilusión, que no puedo admirarlo más. Y allá que organizaron el encuentro. Dicen que Borges recibió a Menotti con una frase levemente irónica. «Usted debe de ser muy famoso, porque mi asistenta me dijo que le pidiera un autógrafo suyo. Para ella». ¡Bum! Ya ven, creando buen rollito el bueno de Jorge Luis.

Desengañémonos: Borges tiene pinta de odiar tanto el fútbol no por repulsa inicial, sino por los recuerdos asociados a ser siempre el último niño a quien escogen en los recreos. Situación dantesca y humillante que no les recomiendo, pero que dibuja, a la larga, escritores con cierto talento. O, al menos, escritores. Sí, eso debió de ser. Y, en venganza, pues hala, a despreciar. Sin más razones.

Porque, estarán conmigo, Borges era otro que escribía de pelotas.


¿Cuánto sabes sobre entrenadores de fútbol?

¿Crees que sabes mucho de fútbol, concretamente sobre entrenadores? Pon a prueba tus conocimientos en la materia. ¡Suerte!


El inagotable ingenio argentino para el insulto

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Ilustración: Tau.

«Pelotudo». El insulto argentino más universal se pronuncia con la pe y/o la te muy marcadas, aun en estos tiempos de covid-19, donde las diminutas gotas de saliva que expulsamos suponen un riesgo nuevo. «Pelotudo» puede escucharse en los prolegómenos de una pelea callejera, se grita a menudo de un automóvil a otro por una mala maniobra de tránsito, frente al televisor al ver un partido y, más fuerte que en ningún otro lugar, en el estadio de fútbol. 

«La cancha de fútbol es un lugar hecho para insultar, para descargar un montón de tensiones», admite el polifacético Pablo Marchetti, autor de Puto el que lee. Diccionario argentino de insultos, injurias e improperios. Hasta las personas más formales se transforman en las gradas del estadio en máquinas de lanzar barbaridades, una tras otra, con una inventiva tal que su fama ha traspasado fronteras. 

Uno de los blancos favoritos de los últimos años de la selección argentina ha sido Gonzalo Higuaín. «Cementerio de canelones», «Terrorista de choripanes», «Arruinador de alegrías», «Andá a la concha de tu trola madre hijo de un camión Iveco lleno de putas, gordo fofo y la madre que te re mil parió», «¿Por qué no te atas la pija en la punta del obelisco y das vueltas como si estuvieras en una calesita?», pudo leerse en Twitter después de que el delantero fallase una clara oportunidad de gol en los primeros minutos del amistoso que Argentina jugó contra España en 2018. 

El técnico de la selección en ese partido, Jorge Sampaoli, también recibió una catarata de improperios, centrados especialmente en su calvicie. «Sampaoli, hijo de un sistema solar rebosante de putas, cabeza de rodilla, salame, forro, la concha de tu hermana, metete en un cohete y aterrizá en una galaxia donde no se te pueda ver ni con un satélite, dedicate a esquilar ovejas, hacete coger por King Kong con malaria hdmp», escribió un tuitero. «Tobogán de piojos», «Flequillo de carne», «Cabeza de desodorante a bolilla», le dedicaron también. 

A Lionel Messi le persigue desde hace años la etiqueta de «pecho frío», en la eterna comparación con Diego Armando Maradona, el jugador más idolatrado del país y autor de célebres insultos como «la tenés adentro», conocida incluso por sus siglas, LTA, o «se te escapó la tortuga», entre otros. 

Las puteadas en el fútbol no se limitan al estadio, a los livings de las casas ni a las redes sociales, sino que a veces son proferidos también por comentaristas de partidos, como Alberto Raimundi, hincha declarado de Gimnasia de La Plata, quien se ensañó con el árbitro tras un partido de su equipo contra Boca Juniors: «Totalmente ilícito y me chupa un huevo lo que piensen los demás. Se borró de la cancha, lo cual me da en las reverendas pelotas. La camiseta de Gimnasia hay que defenderla más allá de la hija de recontraputez total de este sorete hijo de cuatro cientos setenta sistemas solares repletos de putas hasta en los anillos de los planetas y los rayos de los soles».

En Argentina, el fútbol y la política tienen relaciones muy estrechas, por lo que no es de extrañar que uno de los insultos más famosos de los últimos años contra un mandatario naciese en la cancha para propagarse después por todo el país. El cántico arrancó en febrero de 2018, en el estadio de San Lorenzo, cuando recibió la visita de Boca Juniors, en ese momento en lo más alto de la tabla clasificatoria. En medio de un partido tenso, empezó como un susurro y de a poco aumentó su volumen, hasta volverse ensordecedor: «Mauricio Macri, la puta que te parió, Mauricio Macri, la puta que te parió».

En pocas semanas, el cántico contra el expresidente de Boca Juniors y en ese momento jefe de Estado de Argentina se popularizó en protestas callejeras contra el gobierno, actos culturales, bares y fiestas con mayoría peronista, mientras las siglas, MMLPTQTP, se estampaban en banderas, pines y camisetas. 

«Los insultos son una de las áreas más dinámicas de la lengua y mi diccionario tendría que actualizarlo. No incluye, por ejemplo, la irrupción de insultos feministas», dice Marchetti. Estos son toda una novedad en una sociedad que tiene el sexo y el machismo como pilares de las palabrotas, donde sobresalen verga, pija, poronga, pingo, garompa o nabo como sinónimos vulgares del miembro viril masculino y concha y argolla del femenino en mil combinaciones que van desde el «¿por qué no me chupás/agarrás/lamés la pija?» al «andate a la recalcada concha de tu madre, forro».

En las multitudinarias manifestaciones a favor del aborto legal a mitad de 2018, el cántico contra el presidente se transformó así en «Mauricio Macri, la yuta [policía] que te parió». Ese mismo año, empezó a cobrar fuerza la palabra despectiva machirulo, definida por la Fundéu como «de origen incierto, aunque podría tratarse de un acrónimo a partir de macho y chulo o de macho y pirulo», que se emplea como neologismo para el “hombre machista, en ocasiones asociado a quien hace gala de esa condición”». 

La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner la usó para referirse a su sucesor, Macri, cuando él pidió a los senadores y gobernadores peronistas «que no se dejen llevar por las locuras de Cristina». «Tratar de loca a una mujer. Típico de machirulo», escribió. Llamarse Tincho o Raúl en estos días tampoco goza de mucho prestigio, porque ambos nombres han quedado convertidos en sinónimos de machirulo

En la actualidad «hay grupos insultados que se hacen cargo del insulto, lo usan y de esa manera lo neutralizan. Pensemos en los términos puto —con los putos peronistas a la cabeza —, el término puta —con las putas feministas a la cabeza— o negro villero y el orgullo villero de la cumbia villera. Algo que ya había comenzado con los equipos de fútbol. Bosteros, gallinas, leprosos, canallas, cuervos, quemeros, tatengues, negros, etcétera. Son todos términos que nacieron como insultos y de los que los hinchas de esos clubes se hicieron cargo», subraya Marchetti. 

El exceso de uso ha transformado algunas puteadas clásicas en vocativos neutros, como pasa con boludo en toda Argentina —che, boluda, ¿venís al asado hoy?—, o con culiao en el norte — ¿Qué hacé’, culiao?, ¿vamo’ a comer, culiao?—. Otras, en cambio, conservan intacto el poder de décadas atrás, como el pelotudo que defendió el escritor Roberto Fontanarrosa en 1994 frente al Congreso Internacional de la Lengua. «Hay palabras de las denominadas malas palabras que son irreemplazables, por sonoridad, por fuerza y por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o sonsa que es un pelotudo», dijo Fontanarrosa durante su discurso, en el que pidió una amnistía para las malas palabras. 

La sonoridad es clave también en el desprecio que rezuma «sos un sorete», que podría traducirse como «pedazo de mierda», y su hipérbole, «sorete mal cagado». O en «forro», con la erre bien remarcada. Pero algunos insultos solo funcionan por escrito, como el de Riber —en vez de River Plate—, pintarrajeado hasta el cansancio en paredes y muros de redes sociales por sus rivales futbolísticos tras haber descendido de división en 2011.

Para Marchetti, es bueno «ponerle el cuerpo a un insulto, porque puede llegar a tener consecuencias», al ser a menudo la última frontera antes de la violencia física. «Hijoderemilputas pitocorto, bolsa de cuernos, hacé lo que se te cante del orto, infeliz», le dedicó una conductora a quien acababa de adelantarla sin poner el intermitente. El otro se limitó a levantar su dedo corazón como respuesta, pero poco después, cuando recibió un nuevo ataque verbal por otra maniobra incorrecta, detuvo el coche con ánimo de llegar a las manos. 

Cuanta más distancia hay, más sencillo resulta insultar. En la cancha, uno insulta de lejos, y en Argentina, además, desde hace años, sin hinchada visitante. En cuarentena, encerrados en casa, esas largas enumeraciones de improperios tienen menos vías de escape. Esto supone un peligro para aquellos que, como Fontanarrosa, les atribuyen propiedades terapéuticas. «Mi psicoanalista dice que son imprescindibles incluso para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría —no quiero hacer, repito, una teoría ni nada— lo único que yo quería reconsiderar es la situación de estas malas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar», se despidió ante los atónitos académicos de la lengua. 


Éric Cantona: el campo y el reino

Éric Cantona en 1993. Foto Cordon Press
Éric Cantona en 1993. Foto: Cordon Press.

We’ll drink a drink a drink 

To Eric the King the King the King 

 He’s the leader of our football team 

He’s the greatest centreforward 

That the world has ever seen

(Cánticos en honor al «rey Eric»)

Llegó a Inglaterra al poco de la creación de la Premier League y no le hicieron falta ni diez partidos para convertirse en su más insigne abanderado. Gastaba las maneras y la autoridad de un mariscal napoleónico, organizando con su genio el juego de ataque de los Diablos Rojos. El marsellés que defiende que ser francés no es sentir arrobo al cantar «La Marsellesa» —«eso es de gilipollas» (sic)— sino sentirse íntimamente revolucionario no dudó en clavarle los tacos en el pecho al único insensato que se atrevió a recriminarle su origen. El privilegiado lugar que ocupa Éric Cantona (Marsella, 1966) en el imaginario colectivo del aficionado medio inglés no radica en la excelencia de su juego o en lo portentoso de su talento futbolístico. Rara vez fue el mejor sobre el campo. Tampoco fue el más goleador, ni el mejor recuperador, ni siquiera era una referencia indiscutible en el apartado de asistencias. Pero imponía carácter al equipo y organizaba su escuadra con autoridad, liberando el talento de los jugadores que lo acompañaban.

Cantona nunca fue un genio del balón a la altura de otros franceses ilustres como Zidane o Platini: fue un jugador técnicamente correcto, brillante a ratos, con un ligero sobrepeso casi siempre, más célebre por sus monumentales cabreos y su irresistible carisma que por sus goles. Y, sin embargo, es una referencia para millones de aficionados que aún se reconocen en su poliédrica personalidad y que lo admiran como a un héroe balompédico imperfecto, un jugador de a pie que transcendía en ocasiones su condición mortal para elevarse al Olimpo de los dioses del fútbol con un vaselina o un pase al hueco. Un rebelde sin causa con el talento suficiente para marcar la diferencia pero no para ser una estrella de ese deporte.

El francés ha sido siempre, en realidad, un matón de barrio metido a futbolista que paseó su indómita naturaleza por los campos europeos con la desidia del que parece estar deseando que llegue el tercer tiempo. Era, ante todo, un transgresor, una bestia que se conducía dentro y fuera del campo con el aplomo de quien se sabe especial; un jugador que rezumaba tanto espíritu competitivo que a sus compañeros no les quedaba más remedio que arrollar al rival en cada partido. Eric Cantona, el mismo que comenzó su andadura por tierras inglesas siendo rechazado por el modesto Sheffield United, se retiró cinco años después de su debut siendo el jugador más querido del mejor equipo de las islas, el Manchester United, después de haber enamorado a unos aficionados reds que no dudaron en elegirlo en 2001 como el jugador más importante del siglo XX por delante de figuras legendarias como George Best o Bobby Charlton

La historia futbolística de este volcánico marsellés comienza en Francia, donde se pasó la juventud fracasando en su país natal (Auxerre, Martigues, Olympique de Marsella, Burdeos, Montpellier y Nîmes fueron sus equipos) hasta que el pelotazo que le propinó a un árbitro le obligó a hacer las maletas. Su destino fue Inglaterra, tierra difícil donde el único equipo interesado en hacerse con sus servicios fue el modesto Leeds. Deseoso por enderezar su carrera, en su única temporada en el modesto Leeds (1991-1992) le dio tiempo a conducir al equipo hasta su primer campeonato, antes de ser rescatado para el Manchester United por su padre futbolístico, sir Alex Ferguson

La situación del United recién estrenada la década de los noventa era difícil. No solo el ánimo de la plantilla estaba por los suelos después de haber perdido in extremis un título que llevaban veinticinco años persiguiendo, sino que además el gran fichaje de ese verano, Dublin, acababa de romperse la pierna y los esfuerzos de Ferguson por atar a buenos jugadores que apuntalaran el equipo—como Shearer, Hirst o Chapman— habían fracasado. Con apenas nueve goles y dos victorias en los doce partidos anteriores a su llegada, el rendimiento de los Diablos Rojos era bajísimo. Y sin embargo, a pesar de la mala situación, la reputación de personaje conflictivo que precedía al francés suscitó muchas dudas acerca de la idoneidad de un fichaje que parecía la última bala que le quedaba a un técnico en la cuerda floja.

La llegada de Cantona fue el revulsivo que el equipo, y la Premier, necesitaban para afianzarse. Pronto su actitud en el campo de entrenamiento —en el que pedía siempre entrenar más que nadie— enseñó a sus compañeros el valor de la práctica exhaustiva y de la primacía del carácter y del compromiso por encima del talento. Su efecto en el rendimiento del equipo fue espectacular: ocho victorias y dos empates fue el balance de sus primeros diez partidos, en la mitad de los cuales el equipo se impuso con apenas un solitario gol del francés. Si en los treinta y siete partidos anteriores a su fichaje el United apenas había conseguido sumar unos decepcionantes treinta y siete puntos y treinta y ocho goles, treinta y siete partidos después, ochenta y ocho eran los puntos y setenta y siete los goles. La era Cantona, que acababa de empezar, se antojaba brillante.

Sus años de gloria en Manchester revolucionaron el equipo hasta extremos insospechados, llevándole a ganar año tras año el campeonato y a forjar un espíritu competitivo que mamaron muchos de los que a la postre fueron las mejoras internacionales del club, juveniles como Neville, Scholes o Beckham que por entonces debutaban a las órdenes de Ferguson. Jugadores, todos ellos, que han reconocido en más de una ocasión la deuda que el club tiene con el carismático jugador francés. De hecho, es probable que sin ese fichaje amarrado a la desesperada la fulgurante carrera posterior de sir Alex Ferguson hubiese sido radicalmente diferente: si antes de Cantona Ferguson no había cosechado ningún título, después de la irrupción del francés el equipo no ha bajado de la 3.ª, acumulando cuarenta y nueve títulos en dos décadas al frente del equipo hasta su retirada. Los cinco primeros años, todavía con el francés en sus filas, trajeron seis meritorios títulos que hubiesen sido siete si no le hubieran suspendido ocho meses en 1995 por agredir, patada voladora mediante, a un aficionado del Crystal Palace que lo insultaba desde la grada de Salhurst Park cuando se marchaba expulsado al túnel de vestuarios. 

En 1997, recién cumplida la treintena, el irreductible centrocampista al que la prensa apodaba «Eric el Rojo» anunció su retirada, hastiado de la alta competición.

El genio que Cantona irradiaba en jugadores y aficionados no se resume en palabras o se refleja en las estadísticas: sus casi cien goles en doscientos partidos no hacen justicia a la impronta que dejó en su paso por Old Trafford. «Ningún extranjero ha conseguido entender como él lo que significa ser parte del Manchester», afirmó años más tarde Ferguson. El impacto de Cantona en la afición del United fue espectacular, estableciéndose desde el primer momento un vínculo tan fuerte que aún hoy, más de veinte años después de sus grandes noches de gloria, todavía se corea su nombre en la grada de Old Trafford. «No puedo y no quiero explicarlo. El nuestro es un vínculo especial, como el amor» resumió agradecido el ídolo al que siguen llamando King Eric, probablemente el único francés que ha conseguido ganarse la admiración y el respeto de los ingleses.  

Y es que siempre fue diferente. Su inflamable carácter le hacía reaccionar impulsivamente obedeciendo a un código de honor propio que en muchas ocasiones chocaba con lo apropiado. Era la suya una actitud irreverente que enmascaraba un espíritu rebelde y que, a pesar de haber deslucido un poco su carrera en lo futbolístico, le ha acabado convirtiendo en la leyenda que Old Trafford invoca cuando las cosas se ponen difíciles. 

Su brillante trayectoria en el fútbol inglés no le sirvió, sin embargo, para destacar con los Bleus. En 1987, después de apenas cinco convocatorias, soltó delante de una cámara que el seleccionador francés Michel no era más que «un saco de mierda» por no haberle convocado una sexta, lo que le mantuvo apartado del equipo hasta su relevo un año después. Los siguientes seleccionadores —Platini, Houllier y Jacquet— organizaron el equipo alrededor de su capitanía, pero el mediocre desempeño general de la selección hizo que los mejores años de Cantona se desperdiciaran intentando llevar sin éxito al equipo a la fase final de un Mundial o Eurocopa. El incidente de Salhurst Park le tuvo apartado del equipo una temporada, y a su vuelta Jacquet ya había elegido a otro, Zinedine Zidane, para que liderase al equipo que se llevó la victoria en la Copa del Mundo de 1998. Un trofeo que hubiese constituido un broche de oro a la trayectoria profesional de Cantona si no se hubiese retirado un año antes. 

Fuera de los terrenos de juego su actividad ha sido igual de frenética, y la resonancia de sus actos, tanto o más amplia. Además de formar parte de la selección francesa de fútbol playa, Cantona ha paseado sus ganas de aprender por el cine, la publicidad y la fotografía, deseoso de aplicarse con la misma pasión en esas actividades que en el fútbol. «La técnica es secundaria, lo importante es la humildad y la actitud» suele defender cuando se le cuestiona por ese lado artístico que viene explotando desde su retirada de los terrenos de juego. A lo largo de su sólida carrera cinematográfica —acumula roles menores en una veintena de películas— destaca Buscando a Eric, un drama en el que se protagoniza a sí mismo y en el que ayuda a salir de un bache personal a un fan red que lo invoca, desgranando su personalísima visión del mundo en chuscos consejos de sobremesa. En 2011 volvió al fútbol como director técnico de los New York Cosmos, se estrenó como actor de teatro e hizo una incursión en el cine erótico con la película Encuentros después de medianoche, en la que encarna un personaje de nombre «el Semental». No hay límites para Cantona. 

Tampoco se le ha resistido la política. En 2010 lanzó un vídeo en el que animaba a sus compatriotas a sacar masivamente el dinero de los bancos para hundir el sistema, en represalia por la crisis bancaria. Dos años después, con motivo de las presidenciales francesas, publicó en L’Humanité una carta abierta en la que se postulaba como candidato, un gesto que formaba parte en realidad de una estrategia para recaudar fondos para la Fundación Abbé Pierre, la más importante de cuantas se ocupan en Francia de las personas sin hogar. 

Cantona es, en definitiva, el tipo de persona que los americanos llaman larger than life, un personaje con una libérrima visión de la vida que se ha labrado una notable carrera en diversos oficios gracias a su arrolladora personalidad, tan desprovista de mesura como de artificio. No son pocas las marcas que han contado con este indómito francés para sus anuncios, conscientes de que es precisamente su tan explotado lado oscuro lo que le conecta a los aficionados más que ninguna otra estrella. 

Quizá el ejemplo más notorio de su absoluta falta de complejos es una frase: la lacónica sentencia que le soltó a la jauría de periodistas que esperaba su reacción a una sentencia judicial que lo condenaba a realizar todavía ciento veinte horas de trabajo comunitario, una vez cumplida ya la suspensión de ocho meses. Requerido por su jefe de prensa, Cantona balbuceó una frase absurda, desgranada lentamente para el asombro de los allí congregados: 

Si las gaviotas [pausa, trago de agua] persiguen a un pesquero… es porque saben… que acabará soltando sardinas… en el mar. 

Preguntado unos años más tarde a propósito del significado real de esa frase, Cantona respondió ufano «que no tenía ningún sentido». Y que «se había divertido mucho leyendo las elucubraciones de la prensa al respecto». Puro genio.


Ese vecino tan odiado

vecino odiado
Cardiff, Gales, 2005. Fotografía: Getty.

Mira, míralo. Otra vez, si es que no para, lleva así tres años. Con esos ojillos, con esa pinta de superioridad. Espera que no vaya a darle dos hostias. Espera, espera…, esto no tiene final bueno, no. 

En fin, que al vecino se lo odia. Es así. Tranquilos, queridos lectores, no se alarmen; algo natural, no pasa nada. Te pilla cerca, cómodo, casi una tradición. Una que aparece en todo el mundo, ojo, no vayan a pensar mal de sus paisanos. Así que, ¿por qué no traspasarlo al fútbol? Oh, sí, los derbis, esos partidos donde personas que viven en el mismo edificio acaban discutiendo a gritos y jurándose odio eterno. Los hay por todo el mundo. Y muchos, además, esconden historias alucinantes. Pasen, pasen, nosotros les contamos algunas.

Ah, y no lo olviden: pueblos pequeños, infiernos grandes. 

Aquel bonito condado en la campiña

Caballos.

Todo empezó con caballos. Y hace un montón de tiempo, además. Vean, vean.

Año 1778, Inglaterra. Una cena de amiguetes. Pero amiguetes importantes. Lores y esas cosas. Vamos, que no había calimocho, sino brandi del bueno, purazos y calzas bien blanquitas. Pero, y esto es lo importante, al final somos todos iguales y allí los tipos hablaban de sus cosas. Qué guapa salió la condesa de Burgocochino. Qué gordaco se está poniendo el baronet de Villafilfa. ¿Y el hijo de Wesley? Dicen que es un chaval avispado. Ese tono. Y lo otro. Lo otro. Bravuconadas, apuestas, desafíos. «No hay huevos». «Aguántame el cubata». Así.

Allí brota la idea. Que si mi caballo es más rápido que el tuyo, que si tengo una yegua que corre como el viento. Al final la cosa sube de tono —al menos como suben de tono las cosas entre aristócratas, es decir, con palabras largas y referencias al árbol genealógico— y se toma una decisión: dos de ellos organizarán una carrera para ver quién tiene la cuadra más valiosa. Apretón de manos. Oye, ¿y cómo vamos a llamar al asunto? Nuevas dudas. Tiremos una guinea al aire y que el azar decida. La suerte sonríe a sir Edward Smith-Stanley —ya ven, nombre como para repartir pizzas a domicilio—, que era duodécimo conde de Derby. Así que con «Derby» se quedó el asunto. (Fuimos afortunados, porque el otro socio era sir Charles Bunbury, y soportar un «Bunbury» cada poco tiempo podría haber sido una turra importante).

Unos cuentan que aquella primera carrera la ganó Bridget, elegante yegua propiedad de Derby. Y que después el tema se oficializó, y la edición inaugural «a gran escala» se celebró en el hipódromo de Epsom, en pleno Surrey, que es algo tan inglés como los monóculos o la comida regular. Allí se impuso Diomed, caballito de Bunbury. Otros, más taimados, dicen que todo es mentira, y que la tal Bridget no hizo nada, y que todo se comenta por embellecer la historia. Vayan ustedes a saber. Ah, el Derby de Epsom se lleva celebrando de forma continuada desde 1780. Siempre tiene lugar el miércoles antes de Pentecostés, y es una locura de competitividad, pasta a mansalva y sombreros extravagantes.

La cosa es que, por mucha hidalguía que cargues en la sangre, la honrilla personal siempre está ahí. Qué coño, igual hasta más, si vas de aristócrata por la vida: miren todo el asunto ese de los duelos. Dicho de otra forma, que había piques. Piques gordísimos. Piques que eran mayores cuanto más cerca estaba la yeguada del contrario, porque no hay nada que joda como ver ganándote a quien comparte lindero contigo. De los otros puedes soltar injurias. Su forraje, que es más tierno. Sus campos, que son más llanos. Su estiércol, que es más oloroso. Pero el otro, el que cría a pocas millas de ti… A ese tienes que machacarlo, hombre. Así que se empezaron a formar piques. Pequeños derbis dentro del Derby.

Como pueden ustedes imaginar, el salto a otros deportes era cuestión de tiempo. Un concepto fácil de comprender por cualquiera —chinchar al vecino es aspiración universal— y muy vendible —¿quién no tiene un conciudadano cabrón?—. Primero en el rugby, y en el fútbol más tarde. Dicen que el primer derbi futbolero tuvo lugar en Sheffield, entre el Hallam F. C. y el Sheffield F. C. allá por 1860. El segundo tiene laureles reconocidos como primer club del mundo, pues lo fundaron tres años antes. Ya ven, aquí andábamos con Narváez y Peñaranda y por Inglaterra ya pasaban las tardes sacando equipos de balompié. Por si les interesa ampliar, el primer derbi (la RAE ha castellanizado esa palabra) al sur de los Pirineos lo jugaron el Barcelona y el Espanyol. Fue en 1900, en el campo del hotel Casanovas. Empate a cero, apunta a coñazo. 

¿Quieren una paradoja? El equipo de Derby, ciudad, es el Derby County. El único. Que no tienen otros allí, al menos de una cierta categoría. O, dicho de otra forma, en Derby no hay derbi. Qué salados, estos British…

Religión, política y pelotas de fútbol

El problema de enfrentarte con el vecino no es que lo veas a diario —que también—, o llegar el lunes a la oficina y aguantar al gracioso de turno comiéndote la oreja grotescamente. Eso jode, pero nada más. Lo grave son otras cosas. Cuando el tipo que nació en tu misma ciudad es, directamente, enemigo tuyo. Por bandera, por religión, por política, por historia. Ya ven, qué cantidad de palabras de esas que algunos ponen en mayúsculas. Acá van todas con letra chica…

El caso más conocido seguramente sea Glasgow, con su derbi interminable, al que todos llaman Old Firm. Desde mayo de 1888 llevan enfrentándose allí el Rangers y el Celtic. Instituciones que iban más allá, mucho más allá, del simple fútbol. Otros deportes, sociedad, vida en común. Ser de uno u otro equipo no era algo que escogieses, sino que te llegaba de cuna. El Glasgow Rangers era un equipo de protestantes, identificado con las clases más altas de la ciudad, anglófilo, contrario a cualquier cosa que oliese a secesión al norte del muro de Adriano o más allá de Moyle. Enfrente, el Celtic. Marcando desde el mismo nombre. Fundado por un sacerdote irlandés en una iglesia. Católico hasta el mismo tuétano. La idea fue recaudar dinero para obreros pobres que habían cruzado el canal buscando una vida mejor en los astilleros. También, claro, alejarlos de tentaciones, del alcohol, el juego, las pendencias. Orgullo de raíces, visión social. Era el club de las clases bajas, el que exhibía por igual banderas de Escocia o Irlanda. Lo contrario al Rangers. Dos comunidades que se enfrentan. En los últimos años la cosa se ha calmado un poco, pero tradicionalmente era uno de esos partidos que son, siempre, mucho más que un partido.

En Belgrado tienen su Derbi Eterno. El Partizan contra el Estrella Roja. Aquí ocurre algo curioso, y es que los ultras de ambos equipos comparten plenamente ideario político. Ultranacionalismo, querencia por la extrema derecha, facilidad para resolver las cosas por la vía menos diplomática. La clave es esto último. Lo de la violencia, vaya. En otras palabras, que es uno de los eventos más conflictivos de toda Europa. Sumen a eso la participación que ciertos grupos vinculados al fútbol tuvieron en las guerras de la antigua Yugoslavia y les queda un cóctel de lo más simpático.

En Nicosia el tema está más dividido. Históricamente, incluso. ¿Eres del APOEL? Pues representas a la élite fascista y opresora. ¿Tifas por el Omonia? Vives en un barrio de esos de no caminar por las noches, te lavas poco y tiendes al comunismo, rojazo, que eres un rojazo. A esto hay que sumar el hecho de que podría haber más equipos en Nicosia, pero la ciudad está dividida por una frontera de esas tan raras que casi nadie conoce, y que separa la parte turca y la parte chipriota de esa isla. Vamos, que siguen oficialmente en guerra, y mejor no ir de un sitio a otro. Un lío.

Ojo, que a veces hasta los enemigos más irreconciliables se pueden unir. Sucedió en Estambul, por ejemplo. Allí el derbi clásico enfrenta al Fenerbahçe y al Galatasaray. Política y geografía. El Galatasaray lo fundan jóvenes universitarios, pijillos que viven en la parte europea. Al otro lado del Bósforo brota el Fenerbahçe, con raíces mucho más humildes. Como los turcos son de natural calientes, este partido era uno de los más calientes y conflictivos del mundo… hasta 2013. En ese año, ambos equipos apoyaron las manifestaciones contra el Gobierno que se estaban llevando a cabo en la Plaza Taksim (también hizo lo propio el Beşiktaş, otro club de la ciudad). Pelillos a la mar, todos colegas, al final no era para tanto lo del fútbol. Quien no se lo tomó demasiado bien fue Recep Tayyip Erdogan, personaje conocido por su escaso sentido del humor. Así que decidió promocionar públicamente al Başakşehir​, que representa a un barrio cuqui, muy conservador y con sus zonas verdes, surgido a las afueras de Estambul en 1995, cuando el alcalde de la ciudad era… oh, vaya, qué casualidad, el mismo Recep. Ya ven, todo sorpresas. Un espacio modelo para un club modelo que nunca iba a ponerse en contra de su presidente modelo. Política y fútbol. Eso sí, fichando a gente como Robinho, Adebayor o Arda Turan no sé yo qué futuro tienen.

vecino odiado
Múnich, 2019. Fotografía: Getty.

Mi Buenos Aires querido…

En América Latina la cosa también tiene su importancia, claro. Allí son, digámoslo así, pelín apasionados. Con lo suyo. Sus colores, su cuadra, sus chicos. Lo que da lugar a rivalidades históricas, irreductibles, de esas que jamás van a terminarse. El Clásico Paisa, por ejemplo, entre el Nacional y el Deportivo Independiente. Medellín. Busquen, busquen, ya verán qué de relatos. La gracia del asunto —es frase hecha, gracia no tiene ninguna— es que aquí la figura de Pablo Escobar resulta omnipresente, claro. Unos cuentan que si se compró él solo una Copa Libertadores para su amado Atlético Nacional (año 1989, quizá quieren rastrear el asunto). Su hijo, por el contrario, sostiene que el patrón era hincha del Independiente. «Solo había dos opciones que llevasen el nombre de Medellín, y él escogió esa». A partir de ese fallo, monta toda una teoría sobre la base histórica de quienes hablan…

En Brasil tienen varios de estos derbis, porque su fútbol está polarizado en dos grandes ciudades (Sao Paulo y Río de Janeiro) y ningún equipo ha monopolizado títulos a lo largo del tiempo. Quizá el más conocido sea el Corinthians contra el Palmeiras, que llaman Derbi Paulista y se ha jugado más de trescientas cincuenta veces. En la ciudad carioca destaca el Flamengo-Fluminense (Fla-Flu, como ustedes comprenderán), que arrastra hasta sus raíces políticas, donde el primer equipo representa a las clases populares de Río y el otro está compuesto, tradicionalmente, por descendientes de británicos, jugadores de polo y otros esnobs por el estilo. En Uruguay encontramos el derbi más antiguo de todos los que se celebran en América, pues nace con el mismísimo siglo XX. El Peñarol y el Nacional también mantienen tensiones desde su mismísimo origen, puesto que el primero se formó, sobre todo, para asueto de los ingleses que trabajaban en la Central Uruguay Railway, mientras que el Nacional era, como su propio nombre indica, un club orgullosamente criollo. La misma historia se repite en todos sitios, ya ven. 

Al otro lado del Río de la Plata aparece el Clásico Platense. El Estudiantes contra el Gimnasia y Esgrima —que es uno de los nombres más acojonantes que existen para un equipo de fútbol, justo por detrás de Cultural y Deportiva Leonesa—. Anécdotas por doquier, claro, porque los argentinos son muy suyos para estas cosas. Helicópteros que vuelan a ras de césped para secar el terreno de juego, equipos que siguen jugando con once después de una expulsión y nadie protesta (las dos cosas pasaron en 1986, debió ser un derbi interesante para ver por la tele), Bilardo repartiendo patadas por doquier, Hugo Gatti con la nariz vendada… Fútbol argentino en estado puro.

Pero ustedes lo están esperando, redoble de tambor…, el grande entre los grandes. Ese derbi que todos quieren disfrutar y muchos no se atreven a ver en directo. El termómetro más genuino del país. De su economía, de su sociedad, de lo que nos avergüenza y de lo que nos enorgullecemos. El River-Boca. O Boca-River, no se me enfaden.

La locura. Otra vez con toque social al asunto. El River Plate nace siendo más elitista, con un toque British. El Boca Juniors, por el contrario, representa, o eso dicen ellos, a las clases populares del barrio de la Boca. Primer derbi en 1908. El segundo, ese mismo año, llevó premio: quien gane se queda con once libras esterlinas. Victoria de River y para allá que se fueron los metales y un apodo que aun dura: «Millonarios». Ojo, algunos dicen que, si les llega en los años treinta, después de que fichasen a Carlos Peucelle por diez mil pesos. En fin, historias.

De esas tiene a cientos el derbi de Buenos Aires. Tantas que hasta lo han llamado «Superclásico», porque, si nos ponemos grandilocuentes, hagámoslo como es debido. El día que Di Stéfano jugó como portero. O el día que Di Stéfano campeonó con Boca (desde el banquillo). Cuando al capitán de los «Xeneizes» lo expulsaron por celebrar un gol, no vaya a ser que se nos pusiera violento el público. Maradona y Fillol. Pasarella y Gatti. La casa de Ruggeri ardiendo justo después de que anunciase su fichaje por el River, proveniente del Boca (casualidad). También dramas. Setenta y un muertos en 1968, por avalanchas. Gas pimienta en 2015. Y la más reciente. Año 2018. Cuando el Boca y el River jugaron la final de la Copa Libertadores en… Madrid. El partido se había pospuesto hasta en dos ocasiones por problemas de seguridad. Tiempos de redes sociales, bengalas pegadas a los niños, autobuses apedreados y emboscadas por doquier. 

Tan cerca estás, delicioso enemigo…