Se deshace el camino al andar

Fathi Ben Khalifa.

Participar en aquellos encendidos debates en el Komsomol; descubrir el Cascanueces sobre la tarima del Bolshoi o al gran Tetriak, ¡Tetriak!, sobre el hielo del SKA Leningrad. En la Libia de Gadafi lo tuyo podía ser la geología pero, con toneladas de suerte, lo mismo acababas estudiando Química Nuclear en Leningrado.

Fathi Ben Khalifa era uno de esos chavales a los que le encantaba la geología aunque tampoco resulta extraño: Libia es un país donde nueve de cada diez viven en una franja de tierra que no era sino el fondo del mar hasta hace muy poco, y en el que todos beben agua fósil almacenada bajo tierra desde hace cuarenta mil años. Fathi soñaba con una de esas becas en el extranjero; sabía de chavales poco mayores que él que cursaban estudios en Londres, en Canadá, en Estados Unidos… Salir del país era un anhelo que estuvo a punto de truncarse con el asesinato de aquella policía en Londres en 1984. Se llamaba Yvonne Fletcher, y murió por un disparo desde la embajada Libia en la plaza St James frente a la que se había convocado una manifestación contra Gadafi. La muerte de aquella oficial llevó a la ruptura de relaciones diplomáticas entre Trípoli y Londres.

Justo cuando las universidades inglesas y el resto de las accesibles en Occidente se cerraban para los libios, la URSS abrió las suyas. Recién acabado el bachillerato, el expediente académico de Fathi le acreditaba entre los veintiséis estudiantes seleccionados para estudiar en el extranjero. Gadafi acababa de estrenar un reactor nuclear soviético al que se alimentaba con uranio traído de la vecina Níger pero, claro, también hacía falta gente que supiera manejar aquello. Donde Fathi escribió «Geología», el régimen leyó «Química Nuclear». Y así es como el libio acabó en Leningrado.

Rojo

Pónganse en los zapatos de un joven de un país tan hermético como la Libia de Gadafi y embarquen con él en Trípoli en ese vuelo a Moscú. Contemplen la inmensidad de esos bosques y lagos desde el tren a Leningrado, y piensen que se podría acomodar a todo el pueblo de Fathi en el museo del Hermitage. En realidad el parque móvil al completo de Libia entera apenas molestaría en la avenida Nevski. Así es como Fathi empieza a tomar conciencia del universo que se abre ante sus ojos.

El primer año en la URSS para los jóvenes extranjeros se dedicaba a estudiar el idioma en exclusiva. Como se esperaba de él, Fathi sacó la nota más alta en lengua rusa de entre los estudiantes foráneos. A las asignaturas propias de la especialidad —las prácticas las hizo en el laboratorio de Mendeleyev—, se les sumaban las de Historia del Comunismo, Teoría del Marxismo-Leninismo y la Historia de la Religión, más conocida como «Ateísmo». Que el núcleo atómico se podía separar ya lo sabía antes de poner pie en la facultad, pero nada, absolutamente nada, podía disociar la mente de Lenin de la de Marx.

«Tanta doctrina… En muchos aspectos todo aquello me recordaba a Libia; era sustituir el rojo soviético por el verde de la Jamahiriya («Estado de las Masas») libia», recuerda Ben Khalifa, a quien la sensación de déjà vu nunca le impidió disfrutar de aquel estimulante presente. Compartía residencia con estudiantes llegados de todos los satélites de la Guerra Fría, desde Cuba hasta Irak, pero dice que se las ingenió para alquilar una habitación en casa de una familia rusa, algo prohibidísimo por el estricto protocolo reservado a los extranjeros. No todo era malo. Al fin y al cabo solo ellos podían comprar en las Bariuskas, esos centros comerciales en los que se pagaba en moneda extranjera, o en «rublos de oro». Eran la versión soviética de los traveller cheques y estaban solo al alcance del cuerpo diplomático. Tanta era la curiosidad de los rusos de la calle por aquellos lugares vetados que un taxista le llegó a dar veinte dólares para que le comprara unos Levi’s, o cartones de Marlboro; «algo», le dijo. Daba igual qué.

De los soviéticos Fathi dice que eran gente cerrada, pero que aún conserva amigos de entonces como Akop Manoukian, una antigua gloria del patinaje artístico afincada en Estados Unidos. Su hijo Gev fue finalista del Got Talent yanqui bailando breakdance. Es de la edad del Youba, el hijo mayor de Fathi, que nació en Leningrado. No hemos dicho que fue allí donde el libio conoció a María, una bereber de Marruecos que estudiaba Literatura Rusa, y que se convertiría en su pareja hasta hoy. Juntos vieron por televisión cómo caía el muro de Berlín, y ya in situ, cómo se descomponía inexorablemente la sociedad a su alrededor. La gente vendía sus posesiones más valiosas en la calle, desde ediciones originales de los clásicos rusos e iconos milagrosamente conservados, hasta medallas al Donante de Sangre del Año, o incluso de Héroe de la Unión Soviética.   

«Era duro ver a los rusos en ese trance», recuerda el libio. Él pudo esquivar la crisis, pero no así sus compañeros de residencia. La inflación disparada en el país había hecho que cubanos, nicaragüenses y el resto de los centroamericanos tuvieran que elegir entre morirse de hambre o volver a casa. Fathi lo hizo en el 91, nada más doctorarse, y pocos meses antes de que el imperio soviético quedara oficialmente desmantelado.

Verde

Antes de seguir con lo de su regreso a Libia, necesitamos aportar cierta información básica sobre nuestro personaje para entender lo que le esperaba en casa. Ben Khalifa tenía tan solo cuatro años cuando el rey de Libia perdió su trono a manos del apuesto coronel Gadafi (fue en 1969), pero aún conserva una imagen muy nítida de este último. Fue en 1973 cuando el nuevo timonel libio anunció su «revolución cultural» desde el mismo centro de Zuwarah, a escasos cien metros de la casa de Fathi. Eran cinco puntos que pasaban por la purga de la administración para poner a los suyos, islam en vena para combatir el comunismo, el capitalismo y otros «ismos» ajenos al gadafismo, y estopa a la disidencia con ayuda de la Stasi. Sepan que fueron los alemanes del este los que entrenaron a los «mortadelos» del Magreb y buena parte de Oriente Medio.

Resulta que Zuwarah es el único enclave bereber de una costa de casi mil quinientos kilómetros en la que la inmensa mayoría son árabes. Gadafi no había escogido al azar el escenario para anunciar su proyecto de país para las siguientes cuatro décadas. Fathi recuerda visitas a un tío suyo en la cárcel aquel mismo año, o los cuarenta y un bereberes que Gadafi arrestó a finales de los setenta. Ocho fueron ahorcados y el resto acabó pudriéndose en prisión. En palabras de Gadafi, los bereberes, o amazighs, no eran sino «hijos de Satanás», así como un «engendro del colonialismo para dividir Libia». Se prohibieron su lengua, sus libros, su calendario (están ya en 2969) y, en definitiva, todo lo que recordara al mundo que no todos los libios son árabes. Fathi entendió ya de muy jovencito que ser diferente en aquel país iba a ser, cuando menos, complicado.

Ahora sí, pónganse ya en los zapatos de ese libio que vuelve a casa tras siete años en la URSS. Allí se ha formado académicamente hasta doctorarse; se ha casado y ha sido padre. Bajar del avión para recibir el primer bofetón de calor y polvo en suspensión en el provinciano aeropuerto de Trípoli. No importa porque la promesa era volver una vez acabados los estudios. Pero el Ministerio de Energía Nuclear ya no existe. Y nadie sabe qué fue del programa nuclear libio.

«Al principio nos dijeron que no nos preocupáramos, que nos meterían en el Ministerio de Educación. Pero antes tenía que cumplir los dos años que duraba el servicio militar», dice el libio. Con una asignación mensual equivalente a unos cuarenta euros, a Fathi y María no les salían las cuentas, así que deciden instalarse en Rabat (Marruecos). Mientras ella da clases de Literatura Rusa en la universidad, él escribe sobre la causa amazigh, da charlas, y crea una red de contactos a ambas orillas del Mediterráneo. Ais, su segundo hijo, llega en el 95; para entonces, los Ben Khalifa saben que no volverán a Libia; no mientras Gadafi siga vivo. El sueldo de María no da para los cuatro, así que Fathi crea una empresa de limpieza que acabará dando de comer a unas cuarenta familias marroquís. Con la entrada del nuevo milenio, hace ya años que Fathi se ha quedado sin pasaporte. Es el precio por renunciar a los intentos de soborno de los libios. «Abandona tu campaña contra el Estado y te conseguiremos un puesto cómodo en Trípoli con el que vivirás como un sátrapa», dice que le decían. Luego dejaron de ser tan integradores, y será el mismo gobierno marroquí el que le avise de que Gadafi pide su cabeza.

Las presiones de Trípoli sobre Rabat son tan grandes que el libio se ve obligado a abandonar el país. Se instala en Holanda, desde donde seguirá trabajando por su causa y avisando de una revolución en ciernes. Y así fue. En febrero de 2011, el pueblo se levanta contra Gadafi, y el químico se convierte en el único representante bereber del Gobierno interino. Fathi pisa Trípoli por primera vez en el siglo XXI para descubrir que sus nuevos socios son más de lo mismo.

«Seguíamos rodeados de nacionalistas árabes e islamistas. Si antes había un único Gadafi, ahora había miles», dice el bereber, que decidió abandonar el barco de la «revolución» meses antes del linchamiento del coronel.

Nunca tiró la toalla. En noviembre de 2017 Fathi invertía todo su capital y su ilusión en poner en marcha un partido político laico y que apuesta por la igualdad entre géneros y etnias libias con el que pretendía concurrir a los comicios programados para este año. No se han celebrado, y nada invita a pensar que vaya ocurrir a corto plazo. Puede que liderar un partido político en un país sin elecciones sea como ser químico nuclear en Libia: un sueño que te mantiene despierto ante un futuro cargado de imposibles. O igual no. ¿Acaso se atrevía alguien a pronosticar el colapso de la URSS cuando el libio sacaba dieces en Historia del Comunismo? ¿Y qué me dicen de lo de Gadafi?


Día tres: Si tocas a mi hija te mato

No se dejen engañar por la foto, no le hace ninguna justicia al personaje. Ahí donde lo ven, diría que Bendeq es uno de los tipos más sensibles con los que uno se puede topar en Libia. Le debía una llamada desde que llegué la semana pasada y se ha presentado en el hotel en cuestión de minutos. Hay muchos libios que han atravesado el Mediterráneo por las malas, pero Bendeq es el único que conozco que ha vuelto a casa tras esa ruleta rusa.

Antes de retomar esta historia necesito presentarle. Lo conocí en Libia en 2014, justo en mitad de una segunda guerra tras la de 2011 que no se radió al mundo, pero que se saldó con la división del país en los dos gobiernos actualmente en liza. No sabría decir si esto de ahora es la posguerra, o si la guerra continúa desde 2011. Cuándo acaba la guerra, aquí o en cualquier otro lugar, es siempre una pregunta que solo los que nunca pisan el terreno se atreven a responder. En 2014 el bueno de Bendeq, que tiene hoy treinta y cuatro años, era profesor voluntario de tamazight, la lengua de los bereberes prohibida durante las cuatro décadas bajo el mandato de Gadafi. Casi siempre iba a clase vestido de camuflaje porque compaginaba aquello con sus guardias en la milicia local. Además de eso, Bendeq también era conocido por ser el primero en hacer death metal en su lengua materna, aunque el tío le da a todo. Hizo la única versión de estudio que existe de una canción que Matloub Lounes —icónico cantautor bereber de Argelia asesinado— interpretó en un concierto, pero que nunca llegó a grabar. Dicen que la madre de Lounes se emocionó al escucharla.

Durante tres años más Bendeq intentó abstraerse del desastre a su alrededor entre versiones y originales, y esas clases de lengua con las que se desahogaba tras una vida amordazado. Hasta que dejó de ser suficiente. La guerra, la posguerra, o lo que sea que haya en Libia, se le hacía cada vez más difícil de llevar. A estas alturas ya habrán adivinado que es ahora cuando decide irse a Europa. Era febrero de 2017 cuando compraron una barquita de fibra entre tres amigos. Bendeq, Mazin y Tarif se dieron un plazo: si las cosas no mejoraban en Libia en seis meses, intentarían llegar a Europa con ella.

Se hicieron a la mar a primeros de agosto. Dieciocho horas más tarde los sacaba del agua por el golfo Azzuro, que operaban entonces los de Proactiva Open Arms. Hicieron falta tres días para que Italia se decidiera finalmente a permitir el desembarco de aquellos tres libios en Sicilia. Tras ser registrados se plantaron en Roma, aunque no se quedarían mucho porque su plan era llegar a Alemania. El Tirol italiano resultó ser un obstáculo insalvable, por lo que decidieron dar un rodeo por Milán. Allí, un policía de buen corazón les dijo que salieran del país cuanto antes, que Italia tenía «muy buenas relaciones con Libia» y que los podían mandar de vuelta a casa ipso facto.

mil ochocientos euros les costó el viaje a París en aquel coche que conducía un egipcio, aunque Bendeq insiste en que era un buen precio porque había cola para salir de Italia. De París hasta Leipzig en tren, donde el libio tenía, tiene, un pariente. Allí pidieron asilo formalmente y fueron alojados en el primero de los dos centros de internamiento por los que pasarían. La primera impresión fue horrible, y no mejoró durante toda la estancia. Si bien estaban relativamente cómodos en la habitación que compartían, el ambiente no podía ser más sórdido. Bendeq recuerda lo difícil que era dormir por las peleas entre internos, muchos de los cuales se pasaban el día borrachos. Había árabes, tanto norteafricanos como de Oriente Medio, y muchos afganos. Bendeq también recuerda a una chavala que se prostituía por cigarrillos y alcohol. Había heridos a diario por palizas o acuchillamiento. Al libio le viene a la cabeza el momento en el que, estando él en el baño, un afgano borracho intentaba romper la puerta a patadas. Lo habría tirado desde aquel tercer piso sin pensárselo dos veces de haberlo pillado. Se lo contaba todo a los guardias; lo de los robos, las agresiones, los destrozos… pero nadie hacía nada. Uno de ellos le llegó a decir que salía más barato mantenerlos en el campo que llevarlos a la cárcel: doscientos veinte y doscientos cincuenta euros diarios respectivamente. Los tres libios pasaron dos meses en aquel centro y otros tres en otro.

«Nunca pensé que llegaría a sentir lástima por ellos (los alemanes), pero lo hice», dice Bendeq. El libio recuerda las pegatinas que ponían los alemanes en sus coches: «Si tocas a mi hija te mato».

También a un grupo de árabes que lanzaban los fuegos artificiales hacia unos alemanes durante aquellas navidades. Desde luego, no era lo que esperaba de su nuevo país de acogida, pero ya había empezado a estudiar alemán y poco a poco se iba haciendo a aquel entorno. No hemos dicho que además de su talento musical tiene estudios de ingeniero informático con lo que, antes o después, se habría abierto camino. Pero la guerra libia volvía a llamar a su puerta, dejándole el cadáver de Sabhan en el umbral. La única víctima mortal de aquella escaramuza en Zuwarah, en enero de este año, fue ese argelino de sesenta años. Bendeq le quería tanto que decidió volver a casa.

«¿Pero tú no llegaste aquí huyendo de la guerra?», recuerda que le dijo aquel agente de fronteras en el aeropuerto de Berlín. Sigue escuchando la misma pregunta reformulada a diario desde que volvió a Libia: «¿Por qué coño has vuelto si ya estabas allí?». Su respuesta comodín es: «La guerra me hizo irme y me ha hecho volver».

Cuando le dejas explicarse te reconoce que se sentía perdido en Europa. Esto sigue siendo una mierda pero Bendeq, músico, poeta y profesor voluntario, cree que puede contribuir a cambiar las cosas aquí.

Allí, dice, era solo respirar. Estar.


Día uno: Hemos logrado entrar en Libia

(English version here)

En Zuwarah las calles no tienen nombre. Pero no es un tópico, sino un hecho. Tampoco importa demasiado, porque ya nadie manda cartas, ni aquí ni allí, y en Zuwarah tampoco llegan recibos.

Alguien me contó que, en 2012, se creó un cuerpo de inspectores cuya misión era ir casa por casa para cobrar la luz, el gas y la electricidad. Aquello duró poco: las reacciones iban desde del «si mi vecino no paga no voy a ser yo el primo que lo haga» antes del portazo en las narices, al más contundente tiro en la cabeza después de una acalorada discusión. Hay muchas armas en Libia; tocan a unas cuatro por cabeza, niños incluidos. Durante la guerra en 2011 todo el mundo se las llevaba de cuarteles, búnkeres y demás lugares que la soldadesca abandonaba en estampida. Los primeros en llegar salían montados en algunas de las Harley Davidson, que aún se pueden ver circular por Trípoli; luego estaban las armas, y se seguía con puertas y ventanas que se ataban a las bacas de los coches; parecía que iban a despegar. Lo único que quedaba solían ser los uniformes que dejaban los soldados antes de huir y los carteles de Gadafi en las paredes.

Netflix no habría podido competir con aquella guerra tan televisiva: todavía estoy viendo a un tipo con gafas de piloto de la Segunda Guerra Mundial  y camiseta de Slayer gritando «Dios es el más grande» desde un coche negro al que le habían arrancado las puertas y el techo. Decían que los aligeraban para que no activaran las minas anticarro, pero todos sabíamos que era puro postureo. Y luego estaba aquel villano de Mortadelo y Filemón… Recuerdo haberlo visto en la tele por primera vez durante una visita al canal de Suez y diría que iba enfundado en un buzo de esquí Descente. Eran los salvajes ochenta.

Hace pocos días días se cumplían siete años de su linchamiento a manos de los hijos del metal. Las imágenes fueron tan duras como grotescas, y el discurso que escenificó el final de la guerra no desmereció: la primera medida del nuevo gobierno iba a ser «revisar la ley sobre la poligamia». Con Gadafi también existía, pero el hombre necesitaba el consentimiento firmado de su primera mujer para casarse con la segunda. Mahmud Jibril, otro personaje de Ibáñez, comunicó a la población masculina que ya no necesitarían el beneplácito legal de su esposa para añadir otra más al lote. Lo hizo desde el balcón del castillo rojo de Trípoli, y antes incluso de hablar de la reconstrucción del país y de su sociedad civil. Con un par.

Para entonces parecía que ya no quedaba nada por arrancar de paredes, suelos y mentes, pero desintegrar un país lleva su tiempo. Las carreteras se agrietan y las alcantarillas revientan; la arena se come las ciudades y los libios de la costa se quedan sin agua cuando alguien encierra al primo de un hijo del desierto: es tan fácil como cerrar el grifo de agua fósil que Gadafi extrajo de las entrañas del Sahara. Eso sí que lo hizo bien.

Hoy la infraestructura más sólida en Libia es, sin duda, el ferrocarril. El que sea el único país del Magreb sin tren no impide que 800 trabajadores del servicio sigan cobrando. Piensen en esas 800 familias, o en las que los sueldos llegan de los guías turísticos.

Ya con el fin de semana encima, muchos en Zuwarah se plantean una escapada a las montañas para respirar aire fresco. No he dicho que este es un pueblo bereber arrinconado entre el Mediterráneo, la frontera de Túnez y un arco de pueblos árabes. Se llevan a matar pero, con suerte, los vecinos del sur tendrán algún bodorrio que permita el tránsito hasta las montañas sin problemas. Me explico: a los árabes les gusta hacer las fotos de las bodas en la playa y, ya de paso, se quedan. Como la fiesta se alarga hasta las carreras de coches por la orilla (son kilómetros de playa de arena blanquísima), sus primos en la milicia no tienen otra que dejar pasar a los de la costa sin tocarles un pelo, no vaya a ser que la boda acabe en desastre.

En las montañas suele ocurrir algo parecido: cuando los de Nalut arrestan a dos, los de Zintán se quedan con otros dos. El intercambio de prisioneros se suele hacer en un restaurante de carretera a medio camino donde sirven un buen pollo. Tras el canje, se suelen quedar todos a comer, aunque en mesas separadas.

Todo esto tendría cierta gracia si no fuera tan absolutamente devastador. Van ya siete años de desintegración no televisada, y ni siquiera contada. Hace tiempo que no se dan visados a periodistas, y alguien nos ha dicho hoy que es un milagro que estemos aquí.

Pero el milagro es que estén ellos.


¿Pero quién secuestró a Shergar?

Shergar y el jockey Walter Swinburn encabezan la carrera, 1981. Foto: Cordon.

3 de junio de 1981. Ante más de ochenta mil personas, un precioso caballo castaño llamado Shergar se impone en el famoso Derby de Epsom por más de diez cuerpos batiendo el récord en la mítica carrera inglesa. Tras esa brutal exhibición también ganaría con rotundidad carreras tan relevantes como el Derby Irlandés o el King George VI, ambas pruebas catalogadas como grupo I, la máxima categoría que se otorga a una carrera de caballos. Shergar se había convertido probablemente en el mejor caballo de carreras del mundo y en ese momento ningún aficionado dudaba que iba a entrar en la historia de los purasangres por la puerta grande. Pero lo que nadie sospechaba es que su fama no se debería solamente a sus actuaciones en las pistas o a su éxito como progenitor en la yeguada, sino también, y fundamentalmente, a su trágica desaparición. Y es que dos años más tarde, Shergar fue secuestrado a punta de pistola. Y tras eso, nunca más se volvería a saber de él.

«Hemos venido a por Shergar, y queremos tres millones de dólares por él. Nos pondremos en contacto con el propietario antes de las doce del mediodía. La clave de verificación será rey Neptuno»; con ese escueto mensaje se despidió el líder del grupo de hombres armados que se llevaron al campeón de Newbridge, la yeguada donde servía Shergar como semental.

Shergar había nacido cinco años antes en los verdes prados irlandeses, y dueño de un exquisito pedigrí, desde sus primeras actuaciones en pista demostró su calidad como corredor. Luciendo los históricos colores verde y rojo del príncipe de los ismaelitas, el magnate Aga Khan, y tras disputar ocho carreras en las que se impondría en seis de ellas con unas ganancias de más de 400 libras de esa época, en otoño de 1981 se retiraría de las pistas con todos los honores, siendo premiado con el galardón de Caballo del Año en Europa. Pese a las mareantes ofertas recibidas por parte de inversores norteamericanos, el Aga Khan no estaba dispuesto a desprenderse de un caballo que era la plasmación de todos sus sueños como propietario y criador de caballos. Las carreras eran su obsesión, y Shergar, su obra maestra.

Estaba decidido, no iría a Estados Unidos, se quedaría en Irlanda, en una yeguada en el condado de Kildare, centro neurálgico de la cría de caballos irlandesa, donde comenzaría a servir como semental. El campeón se quedaba con ellos. Un orgullo para un país tan amante de los caballos como Irlanda. Sindicado en acciones nada más terminar su carrera como corredor, se vendieron participaciones del caballo a diferentes criadores, por un valor total de unos quince millones de dólares. Pero el sueño se tornaría pesadilla un 8 de febrero de 1983, cuando un grupo de hombres armados irrumpió en la casa del encargado de la yeguada, Jim Fitzjerald.

El secuestro fue efectuado de una manera sumamente profesional. Pasadas las ocho de la noche, y tras retener a los trabajadores que cuidaban de la yeguada, cargaron al caballo en un transporte específico para caballos, mientras que en otro coche se llevaron secuestrado a Jim, que no sería liberado hasta horas más tarde. La fecha no fue elegida al azar. El día anterior al secuestro se había celebrado una de las mayores subastas de caballos del año en Irlanda, con lo que todas las carreteras de la zona estaban invadidas de camiones llenos de caballos que trasladaban a sus nuevos destinos, lo que dificultaría más la búsqueda de Shergar. Uno de los secuestros más extraños de la historia de Irlanda había comenzado.

Para empezar, una vez que Jim Fitzjerald fue liberado, y tras llamar a su hermano, que también trabajaba con él en la yeguada, para decirle que se encontraba sano y salvo, se pusieron en contacto con los accionistas del caballo, con el veterinario responsable de Shergar, con gente conectada con el mundo de las carreras de caballos e incluso con altos cargos de ministerios irlandeses, hasta que el ministro de Economía irlandés Alan Dukes telefoneó al ministro de Justicia, y este a su vez a la policía… habían transcurrido más de ocho horas desde la desaparición del caballo hasta que el hecho fue conocido por la policía. La investigación no despegaba con buena pinta.

Tras una ronda de urgencia entre ellos, los accionistas del caballo deciden que no se pagará ningún rescate por el animal. Y es que, pese al altísimo valor de Shergar, someterse a las exigencias de los captores supondría un peligrosísimo precedente. Irlanda es tierra de caballos (y de incentivos fiscales en lo relacionado con la cría), y muchos de los mejores y más caros sementales del mundo estaban estabulados en la isla esmeralda. Y todos, sin excepción, están sin medidas de seguridad especiales. Son explotaciones familiares, que, pese a albergar a ejemplares valorados en millones de dólares, se siguen manejando de una manera tradicional. Implementar medidas de seguridad supondría un coste incalculable, y el fin de una actividad tan rentable como tradicional en Irlanda. Y, para más inri, la aseguradora Lloyds negó tajantemente la posibilidad de un pago de rescate. Se optaría por la recompensa, descartándose, por lo menos oficialmente, pago alguno a los secuestradores. «En ese momento, todos los propietarios decidieron comenzar a negociar, pero nunca pagar», declararía años más tarde Jackie Astor, uno de los mediadores en el secuestro.

Shergar y Walter Swinburn, 1981. Foto. Cordon.

Curiosamente los secuestradores, que tan eficientemente habían llevado a cabo el secuestro de Shergar, se comenzaron a mostrar sumamente incompetentes para la negociación del rescate. Según se supo luego, hicieron diversas peticiones, en su mayoría irracionales, hasta el punto de que suscitaron la duda de si realmente esperaban recibir el rescate (por ejemplo, llegaron a exigir el pago en billetes de cien libras esterlinas, billete que no existía).

Desde el primer momento se piensa en la organización terrorista IRA como responsable del secuestro. Pero hay algo que no cuadra. Los captores dan por supuesto que el caballo es propiedad por entero del Aga Khan, cuando cualquier aficionado irlandés sabe que el caballo ha sido sindicado en acciones, una circunstancia realmente extraña dada el carácter y el conocimiento de los terroristas irlandeses del terreno en el que se movían. Otro aspecto sorprendente es que los captores minusvaloraron la reacción popular ante el secuestro, ya que en un país tan amante de los caballos y las tradiciones como Irlanda, era fácil suponer que cada habitante de las zonas rurales iba a dar aviso a la policía de cualquier pista que encontraran sobre la desaparición de Shergar. Y es que las carreras de caballos, y Shergar en particular, son uno de los grandes motivos de orgullo en Irlanda, cosa que sin duda los terroristas del IRA debían de conocer. El encargado de la investigación designado fue el detective James Murphy, pero el Aga Khan, que todavía poseía una gran parte de las acciones de Shergar, le ninguneó desde el primer momento, prefiriendo contratar a un ejército de investigadores privados.

Hay que resaltar que el IRA nunca reivindicó oficialmente el secuestro, lo que ha dado lugar a diferentes teorías, como que el acto delictivo había sido llevado a cabo por una célula de la organización terrorista sin contar con la aprobación de la plana mayor de la organización, o que directamente el IRA solo había sido contratado por la mafia marsellesa para llevar a cabo el secuestro, como ajuste de cuentas con el Aga Khan debido a turbios asuntos nunca aclarados. Más descabellada parece la teoría de que el secuestro fue encargado al IRA por el coronel Gadafi para saldar la deuda que tenía la organización irlandesa con Libia por una compra de armas, e incluso basado simplemente en una antipatía por motivos religiosos e ideológicos contra el Aga Khan (durante muchos años circuló el rumor de que Shergar estaba ejerciendo secretamente de semental en algún país árabe). El principal defensor de esta teoría de la conexión Gadafi e IRA.es Colin Turner, un periodista londinense, como defiende en su libro En busca de Shergar (libro que, por cierto, contiene diversos errores de bulto y hechos que se ha demostrado que nunca sucedieron)

¿Y qué tal la mafia de Nueva Orleans? Esta teoría está basada en la conexión del agente de purasangres, Jean Michel Gambet. Parece ser que Gambet tenía cuantiosas deudas con la mafia, y habría planeado el secuestro de Shergar para la mafia como pago de sus deudas. El secuestro no llegó a buen puerto, con lo que Gambet no fue capaz de devolver lo que debía, por lo que se creyó que le prendió fuego al coche y posteriormente se suicidó de un disparo. Sin embargo, el examen forense indicó que había sido asesinado. Todo muy confuso.

Sea como fuere, la opinión más extendida es que de una manera u otra el IRA había estado involucrado en el hecho. Así, años más tarde, Sean O’Callaghan, exmiembro del IRA que acabó trabajando como agente doble para la policía, confesaría haber participado en el secuestro y que tuvieron que dar muerte a Shergar a las pocas horas de su captura al haberse dañado irreversiblemente en las patas, habiéndose llevado a cabo la negociación cuando el caballo ya había fallecido. Pero esta versión tampoco ha acabado de convencer a la policía, ya que la verosimilitud de las informaciones de Sean en el pasado tampoco es que fuera irreprochable. Y, como colofón, Nicky Kehoe, señalado por O’Callaghan como miembro activo en el secuestro, lo ha negado furibundamente, acusando a Sean de mentiroso «mintió en el pasado, y miente ahora. Nadie en su sano juicio le creería», declaró el que es actualmente dirigente del Sinn Féin.

Por otro lado hay otros rumores que indican que Shergar fue ejecutado a sangre fría cuando el cerco policial comenzó a estrecharse. Obviamente este punto nunca ha sido (ni será) reconocido por el IRA. Lo único cierto es que el cuerpo de Shergar nunca ha aparecido, pese al tiempo transcurrido y a la copiosa recompensa ofrecida por la compañía de seguros.

Y es que la plana mayor de los terroristas irlandeses siempre ha negado su intervención en el hecho, incluso su conocimiento de los culpables. Así, Martin Kenny, perteneciente a la cúpula del Sinn Féin, declaró hace poco que no solo no sabe quién estuvo detrás del secuestro, sino que directamente nunca oyó a nadie comentar que conociera a alguien que tuviera alguna información de qué pasó con Shergar, cosa realmente extraña dada la red de informadores que tenía el IRA a todos los niveles. En esa línea se mantiene el historiador Kevin O’Connor, persona muy conocedora de las tripas del IRA, que siempre se ha mostrado contrario a esta teoría, manteniendo que era imposible que en una estructura tan jerarquizada y profesional como era la banda terrorista un hecho tan importante hubiera escapado al control y conocimiento de las más altas instancias de la organización.

Y es que solo en la verde Irlanda, tierra de magia y leyendas, podría darse un caso tan rocambolesco como el secuestro y desaparición del que probablemente sea uno de los caballos de carreras más famosos del mundo, el inolvidable Shergar.


Julio Valdeón Blanco: El presidente y sus espejos

Ciertos comentaristas describen a Obama como un muñeco articulado cuyo carisma disfraza un persistente vacío. Sidney Poitier que primero asusta a Spencer Tracy y luego lo embruja para llevarse a la hija. Dicha caricatura queda corroborada en el imaginario español por la persistente manía de establecer duplas absurdas, digamos Obama/Zapatero. No se equivoquen. La galante figura del presidente estadounidense poco tiene que ver con la del cometa leonés. Obama, aunque peque de seductor, traje deslumbrante de los Demócratas menos recomendables, posee un imaginario político robusto y es más inapresable, refinado y complejo. Para David Brooks su perfil “es postfeminista, de estilo tradicional, hipercompetitivo, poco dubitativo y rara vez autoindulgente”. Transmite una imagen poco o nada “melodramática, sensible, vulnerable o cambiante”, que se corresponde con sus políticas de solapa subida y aversión al amarillismo.

Asunto distinto es que desde la pérdida del Congreso en noviembre de 2010 le cueste horrores sacar adelante cualquier proyecto: vive de lo conseguido durante sus primeros dos años de mandato. Desde 2011 buena parte de su actividad legislativa ha sido electoral, hasta el punto de que en marzo de 2012 ya acumulaba 191 actos de campaña, cifra récord para un presidente. Si bajamos a la mina, o sea, a lo logrado, está la cuestión del seguro médico. A falta de que el Supremo se pronuncie en junio. En la certidumbre de que el sistema, a día de hoy, necesita repensarse, transformado el déficit en una llaga creciente y, al tiempo, con 50 millones de personas sin cobertura médica. Las piezas, empero, siguen donde solían, o sea, en la discusión entre derechos sociales o caridad, Estado del Bienestar o Estado Asistencial. Sin olvidar que durante casi dos años Obama mantuvo el control de las cámaras y no pudo o supo imponerse a los demócratas más conservadores. De su indecisión viene luego una reforma descafeinada sobre la que pende la cuchilla del Supremo, presidido por el polémico John Roberts. Al fondo, como quien no quiere, destaca la vieja lucha entre el poder Federal y el de los Estados. Perpetua batalla en la historia que con no poca habilidad recalentó el Tea Party. Movimiento menos torpe y cómico de lo que pudiera pensarse, en cualquier caso partidario sin quererlo de un humor cercano al gore, perdido en su acartonado laberinto antimoderno, de una rudeza intelectual asombrosa, por el que circulan idealizados fantasmas de un pasado ahistórico.

En política exterior, una de las grandes bazas de Obama, recordemos que sacó a las tropas de Irak, tal y como había prometido. Durante un periodo de tiempo multiplicó la guerra en Afganistán, región montañosa, de pastores hirsutos, clérigos fanatizados y cultivadores de opio, abonada a su condición narcomedieval. Braceó mal durante la rebelión presupuestaria del pasado verano y si te he visto no contesto respecto a ese oasis de derechos, paraíso de la tutela judicial, llamado Guantánamo. ¿Podía haberlo cerrado mientras tuvo a favor el Congreso? Quizá la patata es ya autosuficiente y, cual monstruo de Frankenstein, camina sola. El bombón envenenado de Rumsfeld y cía. tiene difícil remedio sin asistir a una cascada de procedimientos nulos. Por otro lado Al Qaeda está muy debilitada. El uso de aviones no tripulados y fuerzas especiales, los asesinatos selectivos, sólo sorprenderán a los ingenuos o a los cínicos. Obama ha sancionado, incluso reforzado, las tácticas belicistas previas. En la asunción de que desde el 11-S su país está en guerra y de que eficacia y moralidad no siempre riman. Obama nunca ha evitado el contacto con el barro ni pretende gobernar aupado a una columna sin pecado concebida. Dijo no a la invasión de Irak porque no tragaba con los motivos, pero si contemplan Somalia, Afganistán o Yemen, las numerosas operaciones de los SEALS, la enorme cantidad de bombardeos selectivos con drones (diez veces más que durante el gobierno de Bush) o el hecho de que fuera el primer presidente de la historia de EEUU en autorizar el asesinato de un ciudadano estadounidense, si toman esos elementos y los suman, comprenderán hasta que punto, con sobrados motivos, ha sido “uno de los presidentes militarmente más agresivos de las últimas décadas”, al decir de Peter L. Bergen, director de Estudios de Seguridad Nacional de la New America Foundation.

Bergen, que en breve publicará Manhunt: the ten-year search for Bin Laden-from 9/11 to Abbottabad, cita una charla de Obama de 2007: “no voy a dudar en utilizar la fuerza militar para detener a los terroristas que representan una amenaza directa a los Estados Unidos”. O el discurso durante la aceptación del Nobel de la Paz: “Hay que afrontar el mundo tal como es, y no podemos quedarnos de brazos cruzados frente a las amenazas(…) Porque no nos engañemos: el mal existe en el mundo. Un movimiento no-violento no hubiera podido detener a los ejércitos de Hitler. Las negociaciones no convencerán a los líderes de Al-Qaeda a deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no significa recurrir al cinismo. Se trata de comprender la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón”. Frente a Clinton, que según Bergen, “no hizo nada por detener lo que, al menos en 1994, era ya evidentemente una campaña de genocidio en Ruanda”, Obama necesitó “sólo unas semanas para actuar en Libia cuando el coronel Gadafi amenazó con grandes masacrar a la población. Fue a las Naciones Unidas y la OTAN y puso en marcha la campaña militar —duramente criticada por la izquierda y la derecha— que derrocó al dictador”.

Volvamos a 2008. Entusiasmaba contemplar al Obama candidato. Hablaba sin liarse con el discurso escrito. Incluso sin papeles delante, aunque era/es un consumado profesional del teleprompter y, a la par, felino cuando improvisa. Apabullante en las ruedas de prensa. Género periodístico que en otros lares consiste en hacer del plumilla un amanuense al dictado que transcribe panfletos y aquí paz y si preguntas te enchufo risas (enlatadas). Tampoco sorprende nuestro deslumbramiento. Su antecesor fue tan chusco que, por limpio contraste, haría del siguiente una suerte de Churchill. No digamos ya si el elegido, por elegancia, modales y dialéctica, recuerda al Gregory Peck de Matar a un ruiseñor. Cierto, cuesta sobrevivir al mesianismo. Amplificado por la prensa extranjera, mejor europea, pero Obama nunca ha pretendido encajar en los delirios ajenos. No es culpa suya que Europa, la misma Europa sonada que arruga la nariz mientras sus aliados pelean por el mundo, incapaz de coordinar una política exterior conjunta, inútil hasta el delirio, huérfana de altura y liderazgo, siga grogui.

El hombre al que en su país los cínicos con disfraz de patriotas acusan de blasfemo leninista y manirroto rescató a la banca del bestial despelote sub-prime recibido. Sin exagerar el medallero, ojo. La economía avanza despacio y la cifras de paro asustan, en especial si añadimos a quienes han renunciado a buscar trabajo y pasan de registrarse. Condenado a cabalgar semejante ola, lo inaudito es que no se haya ahogado. El citado Clinton, gran publicista, sigue sin contar como referente. Aquel fue “el personaje más fascinante que haya aparecido desde J.R. Esa gran proporción de espectadores estadounidenses no querría que los Clinton dejasen de estar en antena. Pues se trata de un entretenimiento de televisión con la suficiente potencialidad como para superar todos los éxitos televisivos del pasado, hasta el punto de que incluso los Simpson podrían palidecer ante las futuras aventuras de Bill y Hillary” (Norman Mailer, 1996, George Magazine). Por contra, en la operación contra Bin Laden, sobresale el coraje de un Obama que toma una ruta incierta. Hay algo más que cálculo electoral, no digamos ya revanchismo, en esa hora. Una coherencia con lo anunciado, no con lo aireado por los cronistas a la violeta sino con lo que él mismo predicaba antes de alcanzar la Casa Blanca.

Ah, sí, las Super PACs amigas, o sea, los Súper-Comités de Acción Política, organizaciones independientes que apuesten por él, flaquean en comparación a los de Rommey. Por 9 millones a 52. Como explica Thomas B. Edsall, Obama ha recaudado para su campaña cerca de doscientos millones de dólares, pero las Super PACs, con el riñón forrado, son responsables de los spots jarrapellejos, anuncios bala y otros eslóganes de carnívora bayoneta. No es recomendable subestimar la artillería de unos comandos bendecidos por el Supremo en 2010 y más preocupados por la salvación de sus fortunas que de su alma. En una simpática y cordial pirueta, contemplada en el retrovisor la formidable recaudación de las Super PACs enemigas, parece que Obama, antaño enfrentado a que dichas organizaciones oculten a sus mecenas, dice Diego y digo o viceversa, e implora a los ricos partidarios que metan pasta ahí donde más duele. Por lo demás es presidente: esto es, controla una apisonadora. El lunes 14 de mayo presentó un vídeo donde retrata a Rommey como una hiena corporativa. No es el primero. Michael D. Sear, del New York Times, recuerda que “durante las primarias republicanas Gingrich lanzó un vídeo de veintiocho minutos” donde tachaba a Rommey de “carroñero”, y “Perry lo llamo buitre capitalista”. Claro que Rommey tampoco navega solo. Cuenta con la chequera de tipos como Sheldon Anderson, el archimillonario que planea Eurovegas y que mantuvo a puro huevo la candidatura de Gringrich. El jueves 17 el NY Times informaba de la nueva campaña orquestada contra Obama por una Super PAC. Otro ricacho con el presidente atragantado es Harold Clark Simmons. Lean este artículo de Monica Langley para el Wall Stree Journal.  

Mosqueada el ala evangélica del partido Republicano, que no le estima mucho, Rommey también necesitará hacer malabares. Le toca convencer de que lo suyo no es conservadurismo 2×1. Que puede sustituir en sus oraciones a sus jabalís favoritos. En realidad, en términos de inteligencia política, parece bastante superior a Perry y cía. Al tiempo que recolecta hojas de te sin hervir debe de sortear las acusaciones de oportunista, su pasado como gobernador no precisamente cafre, mientras evita el previsible acojone del electorado liberal, que no reaccionario. Un juego malabar que requiere habilidades de trilero al alcance de Houdinis como nuestro Ruiz Gallardón, ora verso suelto y olé, ora cruzado contra violencias estructurales y demás flojeras intrauterinas. La cuestión homosexual, el anuncio de que Obama apoya el matrimonio gay, ha colocado a Rommey ante un momentáneo tembleque hamletiano. Reaccionó oponiéndose, qué otra cosa podía hacer, mientras sus asesores confían en que lo que gana por la diestra pata negra no lo pierda entre los moderados, en la necesidad de que la crisis cumpla su axioma de no respetar presidentes y las cifras de desempleo enturbien los guiños a Ocuppy Wall Street (becas universitarias) y match-points como el del descabezamiento de Al Qaeda. En una campaña estruendosa, cuando ninguno de los dos candidatos arranca como favorito y sometidos ambos a turbulencias externas, la suma de ambigüedades parece inevitable.

Finalmente, para Obama la victoria será inútil si no recupera las Cámaras legislativas. En el Congreso y el Senado se dilucidará la otra gran batalla. Esta por ver si los periódicos europeos, por una vez, se enteran e informan al respecto. Si lo hacen demostrarían que poco a poco comprenden a un país mucho más interesante, complejo e impuro que el proyectado en la penumbra febril de sus elucubraciones. Un país, por cierto, donde gobierna un tipo ambicioso y con enjundia, polémico y falible, no un héroe ni, menos mal, un dios enardecido o un cirujano de hierro, sino apenas un hombre, un estadista, nada menos, de esos que Europa necesita y no encuentra.


Dime cómo te llamas y te diré si eres

La importancia de llamar equis a la equis

Hieroglifos

“La terminología es lo de menos”. Sin anestesia hizo público este enunciado hace unos meses la ministra de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad, Ana Mato. Quiso con ello justificar el haberse referido, días atrás, al asesinato de una mujer por parte de su marido como “violencia en el entorno familiar”, en lugar de “violencia de género”. “Lo importante es que ha muerto otra mujer”. Su intento algo populista de reducir la importancia del nombre que reciben las cosas refleja una inconsciencia total por su parte de que, como todos nosotros, la ministra es presa del nominalismo.

No tiene mucha ciencia el afirmar que una misma cosa (o situación) puede llegar a convertirse en dos o más cosas (o situaciones) distintas entre sí. Todo depende de quién sea el observador. Pongamos el ejemplo de dos amigos que ven una corrida de toros. El primero de ellos, gran aficionado al toreo, siente pasión y admiración con la faena: observar con regocijo la dificultad de los pases de pecho, el arte de las banderillas, el acierto del picador. Al lado, su amigo, está tenso, incómodo: él sólo ve cómo se está desangrando un animal, cómo lucha inútilmente por su supervivencia y cómo finalmente muere. La pregunta es, ¿están viendo lo mismo?

Obviamente la cuestión no es nueva. De hecho, es una de las cuestiones filosóficas más antiguas que recuerda la humanidad. ¿Qué están viendo esos dos tipos que ven la corrida? Si le preguntamos a Platón nos dirá que eso es una corrida de toros. La idea abstracta de la corrida de toros existe más allá de la realidad y lo que ven nuestros amigos es sólo su manifestación dentro del espacio-tiempo que comprendemos. Es lo que se conoce —a grandísimos rasgos— como el universalismo. Otro filósofo, Guillermo de Ockham, no puede estar más en desacuerdo. Él ve una tortura a un animal que, sin embargo, se ha dado en llamar fiesta y tradición, de ahí que la palabra, el concepto, haya cambiado nuestra percepción del asunto. Guillermo es un representante de la corriente opuesta. El nominalismo.

Platón y Guillermo ponen el debate sobre la mesa: ¿Las cosas son porque existen más allá de que las comprendamos? ¿O las cosas comienzan a existir sólo cuando las concebimos y les damos un nombre? Aunque la disputa no tiene ganador (ni falta que hace) el mundo moderno se está empeñando en demostrarnos que, efectivamente, las cosas comienzan a ser sólo cuando les damos un nombre. Los hechos que llegan a nosotros sin etiqueta, sin concepto, son costosamente comprendidos por nuestros conceptuales cerebros. No sólo eso; muchas veces son invisibles. Hemos llegado a tal punto que aunque sea evidente su existencia, si no tiene nombre no lo podemos ver. Adaptándolo a la corrida de toros, Daniel Denett, filósofo estadounidense contemporáneo y de frondosa barba blanca, sostiene que no hay algo que sea corrida de toros en el mundo real. La única circunstancia que lo causa es que el cerebro reaccione  al concepto ‘corrida de toros’. Es decir, si mañana desapareciese el concepto ‘corrida de toros’, al ver una faena desde el tendido sombra sólo veríamos una lucha entre un tipo vestido raro con una espada y un toro con todas las de perder.

El nombre del hecho, pues, va a determinar qué es y —atención— qué se puede hacer con este hecho, qué derechos tiene y cuál será su futuro. Nos hemos convertido en esclavos del nominalismo.

De esta forma, no nos basta con ver un grupo humano, necesitamos comprender si se trata de una nación, una etnia, un pueblo, un estado… No nos llega con ver un acto de violencia, precisamos del concepto para asimilarlo: ¿es terrorismo, resistencia, defensa, intervención, guerra, genocidio? Cuando alguien nos da el nombre, entonces sí, lo asimilamos. Y sobre todo, lo juzgamos y valoramos, estableciendo si es admisible, bueno, repudiable, malo… He aquí la llaga sobre la que se posa el dedo. ¿Quién da el nombre? No es una pregunta menor, recordemos que el nombre determinará el futuro del hecho. Es vital elegir el nombre adecuado. Pongamos algunos ejemplos que, tal vez, nos den la respuesta o, al menos, una pista sobre quién da nombres a las cosas y por qué es tan importante el hacerlo. Veamos, pues, quién es el amo del nominalismo y, por lo tanto, de quién somos esclavos:

Estos días se debate si el genocidio armenio fue tal o no. No se trata de discutir si existió una matanza, que nadie lo niega, sino de darle un nombre a aquello que sucedió. Turquía se niega a llamarlo genocidio ante la desesperación de Armenia, que sabe que si logra unanimidad en que lo que allí pasó fue un genocidio, habrá logrado un nombre que reporta consecuencias muy importantes para su futuro geopolítico. Lo mismo le sucede a Turquía, pero a la inversa.

Del mismo modo, si Palestina logra que Hamas no sea considerado un grupo terrorista, sino un grupo armado con derecho a la resistencia, habrá dado un paso fundamental. Hasta se pueden llegar a producir hilarantes situaciones: los milicianos afganos escuchan cómo les llamamos terroristas con el mismo divertimento con el que lo harían los madrileños que mataban soldados franceses aquel 2 de mayo.

Llegado a este punto, ¿qué es el terrorismo? El terrorismo no era nada, no existía, hasta que se le dio un nombre. Comenzó a tomar forma en la Antigua Grecia y creció con Maquiavelo, pero el primer intento del nominalismo de traer el terrorismo con nosotros al espacio-tiempo no surgió hasta 1937, en una cumbre de la por entonces conocida como Sociedad de Naciones. Entonces se redujo el término a “Cualquier acto criminal dirigido contra un estado y encaminado a o calculado para crear un estado de terror en las mentes de personas particulares, de un grupo de personas o del público en genera”. El concepto fue reformulado en 1996 y retocado en 2004. El problema es que no hay unanimidad a la hora de vincular el hecho violento con el concepto “terrorismo”. Los llamados países alineados coinciden en aceptar la definición del Alto Comisionado, pero Venezuela o Irán proponen revisarla. También lo hacía Gadafi hasta que le animaron a cambiar de opinión, definitivamente. Se puede llegar al extremo de decir que un acto violento siempre tiene una motivación, por lo que el terrorismo no sería más que un concepto, y no una idea abstracta que espera a ser etiquetada unánimemente.

Otro ejemplo de la importancia del nominalismo está en los grupos humanos (antes mencionados). Necesitamos saber si estamos ante una tribu, un pueblo, una cultura, una nación, un estado… Una vez nominalizado se pueden llevar a cabo las reclamaciones a las que tiene derecho cualquier cosa material, de este mundo. Así el “pueblo” judío reclamó un estado, los gitanos se dicen una ‘etnia’ y la ‘nación’ catalana anhela una condición política. Si no tuviéramos nombres con los que percibir estas realidades humanas, si sólo fueran ideas, no tendrían derecho a reclamar nada. No estarían siendo sino sombras fuera del espacio y del tiempo.

Qué decir de la crisis. “Los mercados” han sido una etiqueta clave para entender lo incomprensible y también para justificar lo inexplicable.

Para terminar el asunto traigámoslo a España (eso siempre genera que se calienten los ánimos). Aquí nadie parecer negar el hecho de que los homosexuales tengan derecho a casarse, pero no debe llamarse matrimonio porque “es otra cosa”. ¿Qué otra cosa es? Nadie sabe responder. ¿Unión? Unión ya existe, necesitamos un término distinto, único, que materialice este hecho. De otro modo no existe ni es comprendido. No tiene derechos ni es tolerado.

De la misma forma es necesario preservar la memoria de las víctimas de ETA, clave no olvidarlas. Pero invocar la memoria de otras víctimas, como las del franquismo, es remover el pasado. Aquí es necesario olvidar. Se argumenta que son cosas distintas, mediante cataratas de matices, pero en esencia es lo mismo: recordar víctimas. El problema es que, esclavos del nominalismo, necesitamos cambiar el concepto de esa misma idea.

Y así, millones de ideas abstractas, sombras, sensaciones… esperan a ser nominalizadas, a ser materializadas por el hombre para poder existir. Hemos diseñado un mundo en el que el concepto lo es todo, por encima del hecho: izquierdas, derechas, liberal, socialista, terrorista, miliciano, dictador, demócrata, mercados, nación, etnia, machismo, feminismo, dios, energía, religión… Dime cómo te llamas y te diré qué eres y qué derechos tienes. Explícame lo que eres, pero si no tienes nombre, no lo comprenderé. No existirás.

Vídeo ilustrativo

Visto lo visto la frase de la ministra no puede ser más inapropiada. Mujeres golpeadas en silencio por sus maridos han esperado durante siglos que su violencia fuera traída al mundo real, fuera nominalizada. Ahora que lo han conseguido escuchan que la terminología es lo menos importante. Lo que les hace visibles, reales, lo que hace existir la violencia de género —su nombre— resulta ser lo de menos. Cuando, efectivamente, es lo de más.


Jacques Vergès, en defensa propia

Más sabio por viejo que por diablo, el abogado francés sigue ociosamente entretenido a sus 87 años. Su último pasatiempo fue denunciar al ex presidente Sarkozy de crímenes contra la humanidad por instigación de la revuelta libia. Al tiempo, prepara su segunda obra de teatro, epílogo del Serial Plaideur (Pleiteador en serie) que representó más de cien noches en el parisino Théatre de la Madeleine.

Iconoclasta de arrogancia abrumadora y verbo exquisito. Comunista adorador de De Gaulle. Abogado del nazi Klaus Barbie y lector devoto de Montaigne. Ateo místico convertido (efímeramente) al islam por amor. Jacques Vergès sigue siendo un misterio que exige el matiz para explicarse. Por etiquetas, su castillo de naipes se desmorona. El brillante abogado francés sigue en activo a sus 87 años, recibe en su despacho parisino del neuvième arrondissement, al minuto del Moulin Rouge, en el que se instaló hace dos décadas. Conserva la lucidez y el macabro sentido de la ironía que le encumbraron como uno de los agitadores más brillantes y temidos de su país. Adornan su recibidor una docena de tableros de ajedrez dispuestos para empezar la partida, sigue siendo el inquebrantable fumador de puros en el que el Che le convirtió en su primer y único encuentro en París, cuando el abogado todavía blasfemaba fumando pipa, y reconoce conservar a Mao en su corazón al tiempo que reniega, al menos en el terreno práctico, del comunismo al que se dedicó con devoción durante la década que siguió a la segunda guerra mundial. “Digamos que he perdido optimismo en relación a esta idea”, concede apenas arranca la conversación. Vergès, el abogado y ciudadano antiimperialista, el defensor de Slobodan Milosevic, de Carlos Ramírez ‘El Chacal’, de terroristas palestinos y de mujeres en busca de un divorcio dorado, sigue en pie de guerra.

Su última cruzada apunta al presidente Sarkozy y a su filósofo de cabecera, Bernard-Henry Lévy (BHL), a los que ha denunciado ante la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad por instigación de la revolución libia. Junto al ex ministro socialista Roland Dumas ha publicado el panfleto Sarkozy bajo BHL en el que destripa las interioridades de la sublevación. A saber, que el Gobierno francés, a través de la intermediación de BHL, fue el principal instigador de la revuelta. “Henry Lévy se reunió con la oposición libia [en un hotel de París] para que hicieran una acción que permitiera a Francia intervenir. Francia creó las condiciones para una guerra civil y después intervino en la guerra civil para conseguir que se imponga la anarquía”, resume el menudo abogado con la grandilocuencia que le define. No es que Vergès sea un devoto de Gadafi, ocurre que aborrece al presidente de la República y su “regreso a las políticas coloniales”.

Habla con convicción y conocimiento de causa cuando se trata de colonialismo, acaso su guerra mayor. Hijo de madre vietnamita y padre francés, nació en la colonizada Siam, creció en la Isla de la Reunión y se inició en la abogacía como defensor de terroristas argelinas del FLN que luchaban por la liberación del país africano a finales de los cincuenta. Mujeres como Djamila Bouhired o Zora Driff, que hicieron la revolución poniendo bombas en los cafés frecuentados por los colonos de Argel. En Francia las llamaban terroristas mientras en el resto del mundo las trataban de libertadoras. Vergès, por entonces un insolento abogado en prácticas, tuvo mucho que ver en el matiz lingüístico. A través del proceso de Djamila, más tarde esposa y madre de sus dos hijos, consiguió una campaña mediática por medio mundo en la que se reseñaban los crímenes de las terroristas argelinas, pero también los motivos de sus defendidas para asesinar a veinte civiles de un bombazo sin pestañear. En titulares, se trataba de combatir el modelo colonial impuesto por Francia en Argelia. Más allá del sentido racista de Estado, el ejército francés practicó con recurrencia la tortura, el asesinato y la violación durante los años previos a la revolución, estallada en 1954 y cerrada en 1962 con la independencia que concedió el general De Gaulle. La ilustración de la infamia la sirvió con crudeza el escritor y diplomático Romain Gary en una descripción del cuerpo de una prostituta en Djibouti a la que oficiales franceses habían marcado con sus nombres y fechas de paso. Tatuajes señalando las virtudes y disposiciones sexuales de su proveedora. La chupa bien. No se deja encular, grabaron para el siguiente sobre su cuerpo. “Francia negó la dignidad y la existencia del argelino, negó la lengua árabe, negó la historia del país, los dioses del país. ¡La gran mezquita de Argel fue convertida en una Iglesia!”, dice Vergès acelerando ligeramente su discurso pausado y reflexivo. El proceso a Djamila terminó con una condena a muerte que nunca se cumplió. Fue indultada, sin solicitarlo, por el presidente de la República. “Un juicio es una operación mágica que permite la metamorfosis del acusado. Juana de Arco llegó a su juicio como un jefe de guerra y salió convertida en una santa. Djamila pasó de ser una terrorista a un símbolo mundial de la revolución contra el colonialismo”, recita Vergès usando una analogía nada nueva en su discurso.

Aún con los odios acumulados durante una larga carrera en la que ha tratado de cenutrios a buena parte de sus colegas, la profesión le reconoce más méritos que reproches. Su aportación jurídica no es menor: llevó a los juzgados un sentido estético de la justicia. “Mi posición se explica por oposición a la visión moralizante común a los juristas. Para mí lo interesante es que una infracción, que llamamos delito o crimen, plantea preguntas alrededor del orden público y nos obliga a reflexionar sobre ello”. Conceptualizada en su celebrado ensayo Estrategia judicial en los procesos políticos (reeditado por Anagrama en 2009), su perspectiva estética tomó forma práctica en lo que vino a llamar la estrategia de ruptura, un modelo de defensa tosco y extremadamente agresivo que consistía en negar la legitimidad del tribunal como punto de partida. Si el juez hablaba de terrorismo, el acusado reivindicaba la condición de resistente en una guerra. El juez trataba al acusado de francés, él se reclamaba argelino. “Reconocíamos los hechos criminales como ciertos”, sigue Vergès refiriéndose a su iniciación argelina, “así que dejábamos de discutir hechos con el juez para discutir valores”. No se discutía lo que hizo el acusado, sino por qué lo hizo. En el tribunal el motivo no es necesariamente eximente, pero cruzada la línea de los periódicos, entiende Vergès, el juicio entra en una dimensión política en la que la opinión pública dicta sentencia. En cuanto a la efectividad, los resultados fueron notables. “De todos mis clientes condenados a muerte en Argelia, puedo presumir que ninguno pasó por la guillotina”, se relame el abogado, con pausa dramática de por medio, recurrente cuando está a punto de colgarse una medalla.

Serial Plaideur. Más allá de su ocio batallador, ahora con el presidente francés como diana, a Vergès le quedan tiempo y fuerzas, a sus 87 años, para descubrir el teatro desde el escenario. En abril cerró gira en el Théatre de la Madeleine tras más de cien funciones de su Serial Plaideur, un soliloquio de hora y cuarto en el que vanagloria su paso por la resistencia francesa y repasa su recorrido por los tribunales de medio mundo. Solo omite de su trayectoria la década de los setenta que pasó en la oscuridad, apartado del mundo, cuando huyó de Argelia y de su familia para escabullirse en ¿Oriente Próximo? ¿la Camboya de Pol Pot? para hacer la revolución por su cuenta y riesgo. Nadie sabe decir dónde estuvo. “Fui solicitado por algo que me parecía importante”, se excusa el abogado en el inquietante documental El abogado del terror que le dedicó Barbet Shroeder. ¿Habrá obra póstuma resolviendo su gran incógnita? “Ni eso le puedo responder”, se excusa hoy.

De lo que sí habla sin obviar detalles es de Klaus Barbie, el oficial nazi al que defendió en un macrojuicio celebrado en Lyon en el 87’. El veredicto estaba dictado de antemano. El Carnicero de Lyon había sido el máximo responsable de la Gestapo en la región lionesa y se le acusó de ser el instigador de la tortura y el asesinato de un icono de la resistencia francesa como Jean Moulin. Ni jueces ni periódicos iban a inclinarse a los argumentos de Vergès, por válidos que pudieran parecer. Pero el abogado de ojos rasgados defendió de todos modos al supremacista ario delante de 39 jueces. Su objetivo, más allá de la defensa de Barbie, era formular una pregunta que Francia había rehuido desde la guerra argelina. “¿Qué nos da derecho a juzgar a Barbie cuando nosotros, como sociedad y como nación, somos culpables de crímenes tan parecidos en Argelia?”, repitió en el juicio y ante los micrófonos. Completó la puesta en escena llevando a su lado a un abogado argelino y a otro congolés para la foto: un euroasiático, un negro y un árabe defendiendo a un nazi delante de 39 jueces blancos y franceses que proclamaban los derechos del hombre que Francia se había ventilado tres décadas antes en Argelia. “Intentaron hacer de Barbie un monstruo, un Marqués de Sade, cuando en realidad era un personaje de nuestro tiempo. Era un oficial subalterno que asegura la represión en un país conquistado. Era el oficial francés en Argel. Era el oficial americano en Irak”, explica Vergès recogiendo la tesis arendtiana que asimiló el nazismo al colonialismo tradicional. La salvedad, apuntó el poeta martinico Aimé Césaire, fue el destino de su colonialismo. Si España sometió a indios, Francia a negros e Inglaterra a aborígenes australianos, la Alemania nazi tuvo la funesta idea de intentarlo con blancos europeos. “Al hacer de Barbie un monstruo, estaban exonerando el nazismo y se negaron a comprender cómo llegó un hombre ordinario como él a hacer lo que hizo, rechazaron escuchar las preguntas que planteaba su caso. Y es que incluso el peor de los criminales nos plantea preguntas… siempre y cuando esté bien defendido”, apostilla Vergès con asumida coquetería.

  • ¿Qué preguntas planteaba el grupo terrorista de Carlos Ramírez ‘El Chacal’, al que usted defendió, cuando ponía bombas en los Campos Elíseos a principios de los ochenta?
  • A raíz de lo ocurrido en Múnich [dónde un comando palestino del grupo Septiembre Negro secuestró a once deportistas israelís durante los Juegos Olímpicos de Múnich que fueron ejecutados durante el fallido rescate], una banda del Mossad se paseó por toda Europa abatiendo a los responsables de la Organización para la Liberación Palestina. El Mossad hizo de París un campo de batalla en el que los otros respondieron.
  • Con bombas contra civiles…
  • Cuando hablo de estos atentados no digo que los aprobaría si yo fuera el responsable, pero puedo defender al autor porque soy capaz de entenderlo.

Entender al criminal. No excusarlo, ni justificarlo, ni minimizar su crimen, ni mucho menos absolverlo, solo entenderlo, se explica Vergès. “Comprender”, recitaba en Serial Plaideur, “arma a la sociedad para que el crimen no vuelva a producirse”. Pero más allá de esta función didáctica, meterse en la piel del criminal fue el gran vicio que encontró Vergès para dedicarse a la abogacía. Poder vivir la vida de todos los hombres como la suya propia, pócima nietzscheana de la felicidad reseñada en La gaya ciencia, despertó su vocación. “Descubrí que este era el trabajo que quería hacer cuando me enfrenté a mi primer caso. Era un chico joven, estaba sentado enfrente de él y pensaba: ‘Este tipo soy yo. Comprendo muy bien lo que ha hecho’”. ¿Qué había hecho? “Un asesinato”, responde Vergès escondiéndose tras una carcajada.

  • ¿Ha tenido algún problema moral con el hecho de que un criminal sea liberado por su defensa?
  • Si el fiscal es un cretino incapaz de ofrecer buenos argumentos, él es el único responsable de que el criminal quede en la calle. Si en una orquesta, el pianista toca de maravilla pero el violinista es un desastre, ¿cargaremos el muerto al pianista?

Alimenta Vergès su retrato para la historia con escaso pudor. Asume que su altisonancia, sus insultos a media frase y su natural talento para la provocación le dejarán en el recuerdo como el beligerante abogado de terroristas que se pasó por el forro el principio de autoridad, pero poco le preocupa. ¿Tiene alguna preferencia de cómo quedará en el imaginario colectivo? “Como el príncipe mesopotámico que grabó en su tumba Yo, yo y yo. Los imbéciles ven un signo de pretensión, para mí es un síntoma de modestia. Seré yo y nada más”.

Fotografía: Francesco Luciani


David Gistau: “El trauma del periodista es pasar desapercibido”

Finales de septiembre de 2011 d.C., todo Madrid está ocupado por bares que expenden bebidas alcohólicas a los ciudadanos que deciden salir a torrarse en las calles. ¿Todo? No. Un pequeño bar en el Paseo de la Castellana resiste ahora y siempre al embate de los sedientos, y nos lo encontramos cerrado. Precisamente aquel en el que nos habíamos citado con David Gistau (Madrid, 1970) con la esperanza de emborracharle para que se prestara a posar desnudo en un reportaje fotográfico. Con nuestro plan arruinado por elementos a los que no contábamos enfrentarnos decidimos sentarnos con él en el muy decente y señorial Embassy, rodeados por señoras del barrio de Salamanca que toman el té con el meñique estirado mientras conversan con nietos que lucen un corte de pelo a la manera del casco de Darth Vader. Si no existe un grupo de Facebook de esto, debería. En este contexto se nos antoja difícil ejecutar nuestra idea inicial, así que le arrancamos la promesa de un futuro posado integral y aprovechamos la trayectoria profesional de Gistau para hablar sobre ella. Corresponsal, reportero de viajes, guionista de televisión, recaló en La Razón muy joven, donde empezó a distinguirse por su estilo humorístico, polémico y desacomplejado. Desde 2005 trabaja en El Mundo como cronista, reportero y columnista. Con esta fructífera carrera en mente iniciamos con este gran escritor, excelente periodista y mejor conversador una larga entrevista en la que dialogaremos sobre periodismo, literatura, fútbol, política, boxeo, zoofilia, sodomía y rock and roll.

Cuando empezaste, al hacerlo tan joven, te consideraban un columnista prodigio. Ahora, ya pasados los años, ¿cómo definirías una columna?

No es fácil, porque la columna es muy flexible. Aparte, cada autor tiende a inventarse el género. Lo que ha fijado más la columna en los últimos años es el argumento político. Además, este género, la columna española, creo que es propio de nuestra prensa, no lo he visto en ninguna otra parte. Es una suerte de género híbrido entre literatura y actualidad. Y esa es la decisión que tienes que tomar de entrada: si la columna va a bascular más hacia la literatura o hacia el periodismo. Por decirlo en breve, creo que es un acercamiento muy personal a la actualidad con licencias literarias que no tiene ningún otro género del periódico. Es un descenso del escritor al periodismo, o al revés: el tránsito y ascenso del periodista a la literatura. En mi caso, prefiero que sean periodísticas.

Las columnas periodísticas tienen tanto de ejercicio literario como de tribuna de opinión. ¿No hay algunos columnistas que pecan de hablar demasiado de sí mismos en lugar de aquello que ven?

Para mí eso no es un defecto. La criba la hacen los lectores, y cada uno se queda con los que consigue convencer. A mí no me parece mal lo que haga nadie. Mi columna es ajustada a lo que pretendo o soy. Hay otras que son “yoístas”, hay pajas literarias, o líricas, basadas en ti mismo. Se caen las torres gemelas y tú haces una columna sobre el grano que te ha salido en la frente. Eso ocurre, pero uno de mis columnistas preferidos era Francisco Umbral y él hacía eso. Y si él lo hacía, está bien.

Ahora que con Internet la información circula con mucha rapidez, casi en tiempo real y desde muchos puntos de vista, ¿no te parece que la columna es el último refugio que le queda a la prensa tradicional?

Absolutamente. Los periódicos van a desaparecer como formato papel y van a recuperar urgencia cuando estén en el soporte de Internet. Pero los periódicos han perdido completamente la premura, la urgencia de la información. Y cuando no tienen exclusivas, lo que los puede distinguir de la televisión y la radio, aparte del prestigio del papel, que se conserva, es la interpretación. Eso ya lo dijo Montanelli hace muchos años: el periódico va a quedar para los cuatro gatos a los que les gusta leer la interpretación y establecer complicidad con un autor, mientras que la información llegará por otros cauces más urgentes. Lo que tiene el periodismo escrito es la capacidad de hacer con la escritura tanto la interpretación como el puro placer de escribir o leer. Es la única ventaja que tiene sobre un picadillo radiofónico o un informativo de televisión. Y eso a mí me beneficia, porque como soy del género opinativo-interpretativo-pseudoliterario, encontraré siempre hueco en un periódico.

¿Crees que el lector de opinión es más crítico o prefiere una interpretación masticada de la actualidad?

Supongo que hay de todo, aunque a veces también me lo pregunto porque he conocido lectores de columnas que buscan que amplifiquen sus propias opiniones, sintiéndose prolongados por una firma con la que establecen una complicidad por decir lo mismo; hay otra gente que está dispuesta a confrontarse con un columnista que desafía sus propias convicciones y luego, por último, gente que disfruta del talento sin importarle tanto si el columnista prolonga o no sus propias convicciones. Lo que está clarísimo es que, cuando el lector establece una complicidad con la columna a diferencia de lo que ha leído en la parte de información, donde dominan la actualidad y los hechos, cuando busca ese cuadradito del periódico donde está esa firma lo que busca es, precisamente, esa firma; el acontecimiento le importa menos. Los que me leen me van a leer igual escriba de Gadafi o del Real Madrid. Esa es la gran diferencia con el lector de información, que lo que quiere es comprender cómo es el mundo, quiere saber los hechos, mientras que el lector de una columna lo que quiere es renovar esa pequeña complicidad que tiene cada mañana. Aunque, como ya he dicho, no sé si la gente lo lee para sentirse prolongada o confrontada.

¿Queda información en los grandes medios o ya es todo opinión?

Claro que hay información. El director de mi periódico, por ejemplo, se cabrea muchísimo las mañanas que no tiene información y saca a la gente a buscarla. Si no le traes información se enfada, se desespera. Es como un tiburón, necesita seguir nadando para respirar. Un periódico no se nutre solamente de información o de opinión, está calibrado para que haya de todo. No conozco un solo periodista que no dé importancia a la información, me parecería una barbaridad. Lo que sí conozco son periodistas-columnistas que no se la dan, que creen que con el hecho de acumular unas cuantas firmas se salva el día. Pero editores, directores, redactores-jefe o jefes de sección, que tienen una imagen mucho más real de lo que es de verdad un columnista, saben que sin información estás muerto.

Hablando de tu director, entrevistamos a Juan Pedro Quiñonero y lo definió como “inquietante, temible y siniestro”. ¿Coincides con él en algo?

Siniestro no. Hay un mito que rodea a Pedro J, como a toda la gente con poder y con éxito. Parece que cuando sale de su despacho va a sonar la Marcha Imperial, como cuando Darth Vader pasa por el puente de mando de la nave. Es una persona complicada de trato, es muy complicado establecer con él una relación más allá de la profesional, no es el típico coleguita que te da una palmada en la espalda, pero no es siniestro. Temible sí lo es, porque cualquier periodista capaz de crear opinión y que tenga un periódico tan influyente en la vida social por supuesto que es temible, pero tan temible como el propio periodismo cuando es trascendente. ¿Y lo otro qué era?

Inquietante.

Eso ya parece una interpretación casi sexual (risas). De todas formas, como le veo todos los días, tengo una imagen de él mucho menos espectacular, no lo tengo convertido en una especie de personaje mitológico.

Entonces, ¿no te imaginas la respiración de Darth Vader cuando pasa?

Bueno, reconozco que no es un tipo de trato fácil. Pero me parece que es, con sus defectos, el último de una estirpe de periodistas: el periodismo de autor, el gran estimulador y motivador de una redacción, el gran hacedor de periódicos antes de que se conviertan en una gran corporación y una mera cabecera… para bien y para mal, porque el periódico nunca se emancipará de Pedro J. y el día que decida jubilarse el periódico desaparecerá. Pero es una gran personalidad de nuestro periodismo y de nuestra cultura, con todos los defectos y esa parte poco empática que tenga. Y con la aceptación de que no se puede estar en la gran vida de la influencia siendo Heidi. No he conocido a un solo hombre poderoso que sea absolutamente bueno, no existe. Dicho esto, creo que Quiñonero exageró un poco, no es para tanto.

Hace unas semanas Arcadi Espada arremetía contra Juan José Millás por un artículo que éste escribió en abril cuando Zapatero declaró que no se presentaría como candidato. ¿Ahí ves opinión, un intento de desmontar la imagen positiva de Zapatero que quiere transmitir Millás o un ataque personal?

Esto en particular no lo recuerdo, pero lo que sí está claro es que Arcadi ha decidido que tiene que patrullar la profesión para repartir o negar permisos de circulación. No sé quién le ha investido con ese poder; que lo haga, que nos masacre o nos autorice. Pero este caso en concreto no lo he leído. Millás, muy crítico con Zapatero no suele ser, no sé si iba por ahí la cosa.

Más bien todo lo contrario. Escribió un artículo en abril sobre la despedida de Zapatero en el que enumeraba las acciones positivas de su gobierno y Arcadi, bastante tiempo después, lo desmonta punto por punto.

Sí, un “Deconstructing Millás”. Como ya te digo, no lo vi, pero lo que está claro es que el personaje de Arcadi es eso: el gran gurú y patrulla profesional que nos tiene a todos vigilados. Bueno, si le gusta… Además, Pedro J en eso fue muy cabrón porque le dio un blog que consiste no sólo en vigilar la profesión, sino en vigilar a los propios compañeros. Todo el que escriba un artículo en El Mundo, que sepa que Arcadi está mirando desde su garita dispuesto a lanzarle un trueno como Zeus en cuanto se te vaya una esdrújula sin acentuar. Es el papel que ha elegido para estar en la profesión y además se lo han potenciado en el periódico dándole un blog que es como la policía de asuntos internos. Pues que sea feliz, pero a mí no me gustaría; no me siento capaz de dedicarme exclusivamente a dar lecciones a los demás.

Además de tu columna, has escrito alguna novela. ¿Te interesa la literatura actual o prefieres releer clásicos?

La actual no mucho. Y me da miedo este desinterés porque pienso que, a lo mejor, me pierdo cosas, pero es que no me fío de los suplementos literarios, de la parte industrial de la cultura. Intento leer lo que merece la pena, pero además últimamente en la lectura me he vuelto muy pesado, leo casi exclusivamente historia y apenas novela. Me va por rachas, pero no me fío de las novedades, no me gusta perder el tiempo. No me apetece abrir un libro y, a las cuarenta páginas, darme cuenta de que el suplemento literario de El País o El Mundo me ha engañado porque lo que querían era vender a un autor que es amigo de alguien o que forma parte de la industria. Intento esperar a que el tiempo haga un poco de criba.

Las vanguardias artísticas y culturales nacieron entre las dos guerras, un clima muy revuelto. Ahora el ambiente, salvando las distancias, también lo está, ¿puede esto propiciar una generación con talento?

No lo sé, no estoy siguiendo el advenimiento de ningún movimiento especialmente brillante, al menos en la literatura. Para mí, que soy consumidor de cultura popular, el fenómeno cultural más importante de los últimos años son las series de televisión, más que el cine y la literatura. Lo que más me ha enganchado como una forma nueva de contar historias ha sido la HBO. Ellos han dejado la principal huella cultural de la década. Y si crees que por el hecho de estar en un país en el que se ha caído la sensación o prosperidad ahora está germinando por ahí una suerte de Siglo de Oro literario que viene de los escombros de nuestra sociedad, yo no lo veo por ningún lado. Y si, desde luego, la mayor expresión de inteligencia en la actualidad como consecuencia de esta época turbulenta ha sido el 15M, mi confirmación es que no hay nada que esperar. Sacarán sus novelitas los que las han sacado siempre y te interesará o no, pero que vaya a quedar una gran impronta cultural en la literatura española como consecuencia del desmoronamiento de la España post-transición o algo parecido… de momento no lo veo. ¿Qué ha llegado últimamente? ¿Estos de la Nocilla?

¿Qué piensas de la generación Nocilla?

No lo he leído, pero un amigo del que me fío me dijo: “No entres nunca en un libro de esos”. Y le he hecho caso. No he leído una sola línea.

Ahora que has mencionado las series de televisión, ¿cuáles te han gustado más?

Las que le gustan a todo el mundo: desde Los Soprano a The Wire pasando por Roma o El ala oeste de la Casa Blanca. También ha habido muchas series cáusticas que me han gustado, como Me llamo Earl o Shameless. Si tuviera que decir quién es el narrador que más me ha impresionado en los últimos años diría que es Aaron Sorkin, guionista de El ala oeste de la Casa Blanca en televisión, de Algunos hombres buenos y La red social en el cine… me parece que la gran explosión del talento narrativo en los últimos años ha estado en las series. Los Soprano, por ejemplo, es una mezcla de tantas cosas… ahí está hasta Balzac; no ves nada parecido en la literatura.

O los diálogos de Deadwood, que parecen shakespearianos.

O la de Juego de tronos, que parecía una bobada cuando empecé a verla y es una mezcla de El señor de los anillos con sodomizaciones, lo que la hace mucho más divertida, intrigas palaciegas con puntos shakespearianos… lo más divertido está ocurriendo en televisión. Pero en España no tanto. Tengo entendido que van a hacer una versión de Cheers, así que imagínate los españoles dónde estamos.

Es curioso lo de adaptar la cultura americana aquí. Porque antes mencionabas Me llamo Earl, que es una serie para los que hemos consumido mucha cultura basura americana…

¡Para nosotros!

Exacto. Porque si no es imposible encontrarle la gracia. Y ahora hacemos aquí una serie americana y la estropeamos, que es lo que ocurrirá con Cheers.

Además es una serie muy antigua, y adaptar un mito como ese es condenarte a estrellarte. Pasó con Las chicas de oro. Una serie española que me ha gustado en los últimos años es Crematorio, no estaba nada mal. Y además era muy española y muy oportuna, porque hasta el lugar donde ocurría, con la gran corrupción de la costa valenciana… ese personaje de Pepe Sancho es una emanación de la España que nos tiene obsesionados en los últimos ocho o nueve años, con las grandes operaciones judiciales y las grandes redadas. Ahí sí veías una serie con apego. Y me dijeron que la novela, que la tengo comprada, también es buena. Pero si lo demás es como Hispania, esta versión de los romanos… yo es que soy muy escrupuloso con ese tema porque me gusta mucho la historia de Roma. Acepto que esta gente usó lo de Roma como un pretexto para hacer una serie de adolescentes, pero no ves ese rigor intelectual plasmado en una serie, como la Roma de la HBO. Pero claro, establecer comparaciones es ofensivo, es como compararme a mí con Tom Wolfe, siempre perderé.

También puede depender del público al que vayan dirigidas.

No sé, porque las series americanas de las que hemos hablado antes tienen en España un público gigantesco, y tampoco seamos esnobs, no son series complicadas. Ver El ala oeste de la Casa Blanca no es complicado, es muy divertido, y no te cuento Juego de tronos, que se están dando por culo todo el día; no son series herméticas, es cultura popular, no de una élite. Lost era pura cultura popular, puro entretenimiento, en el espíritu de los 80, como esta película reciente, Super 8, que es un homenaje a esas películas spielberguianas que eran mero entretenimiento. Otra cosa es que también tienes a gente a quien le gusta ver a Pilar Rubio en Piratas. Pero vamos, no quiero tener un discurso esnob. No creo que ver El ala oeste de la Casa Blanca te convierta en élite intelectual. Es puro entretenimiento.

Pero entretenimiento bien hecho, bien producido.

Sí, con buenos guiones, historias bien construidas, apegadas a la actualidad, con personajes creíbles… pero es cultura popular. Es que yo soy consumidor de cultura popular, no tengo una visión especialmente elevada de la cultura, me gusta lo que le gusta a cualquiera.

Quizá la mayor expresión cultural en el conjunto del siglo XX haya sido el rock. Y a ti te gusta.

Me encanta, es la única música que escucho.

Lo digo porque te he leído que la movida madrileña no era la promovida por el ayuntamiento, sino que eran Obús y Barón Rojo.

Y los heavies y los mods de Moncloa. Eso era la movida madrileña. Tampoco tuve tiempo de vivirla. Si la fecháramos, sus comienzos me pillarían con unos 14 años. Yo estaba más en la calle a finales de los 80. Y creo que había una parte muy bien institucionalizada y dirigida por la política cuando España buscaba como una loca cambiar su imagen. El gran advenimiento de personajes de Pedro Almodóvar, aparte del talento, que algunos lo tienen y otros no, es que España está saliendo de la transición y convienen a la búsqueda de modernidad del país, que el alcalde de Madrid de entonces, Tierno Galván, lo comprende y lo promueve muy bien, y hay algo cultural y contracultural más o menos interesante, pero inducido por los poderes, porque un tipo cantando en bata de guata nos viene muy bien en ese momento para olvidar a Millán Astray. Pero luego está la movida real, la espontánea, la que emana de la calle sin ayudas de un ayuntamiento ni subvenciones. Y eso es el rock de Obús, Barón rojo, Leño, Ñu y los grandes conciertos cuando vienen a visitarnos Iron Maiden o AC/DC y las tribus urbanas alrededor del fútbol, la Moncloa, los mods que han visto Quadrophenia y se lo han creído, las bandas de skins que aparecen de repente, las movidas del fútbol que empiezan en el 82…

Cuando se decía que el heavy era violencia.

El heavy tuvo una conexión muy fugaz con el fútbol. Había un grupo de heavies del barrio del Pilar que al principio coquetearon con los rollos del fútbol, pero en seguida se apartaron porque los conceptos heavies nunca han sido violentos. Recuerdo de aquellos años, que yo iba a todo, un muerto. Fue en el campo del Rayo Vallecano, en un concierto de Scorpions, y fue un chaval al que mataron dos americanos de la base de Torrejón. Dos americanos que acababan de llegar a Madrid, que creían que venían a un país peligroso y se fueron al concierto armados. Hubo el típico tumulto y mataron a un chico. Pero aparte de ese acto de violencia producido por militares americanos, jamás vi violencia. Al contrario, el heavy era una hermandad. En las discotecas igual, como la Canciller y la Osiris, donde veías a tipos que llevaban guitarras de madera para bailar cabeceando… fueron años muy divertidos. Y las tribus urbanas igual. Llegabas a Moncloa y te pasaban Lambrettas que parecían sacadas de Quadrophenia. También me he hecho más viejo, y tendemos a creer que la ciudad se ha hecho menos divertida y que antes era cuando molaba.

¿Eras heavy, entonces?

Tuve una época heavy, pero no heavy reglamentaria. Me gustaba mucho el ambiente. Además, el colegio al que iba era muy especial. Soy medio francés y mi colegio lo fundaron en los años 70, con el franquismo aún en pie, una serie de familias francesas que querían crear un oasis de educación francesa en Madrid. Parecido al Liceo, pero más pequeño e íntimo, controlado por algunas familias… seguía el espíritu de la Ilustración. Culturalmente era muy a contrapelo para los cánones españoles de entonces. Se creó un ambiente muy libre y progre, y lo que se llevaba era el heavy. Era ese rollo de progre casi forzado en el que los profesores compartían la complicidad hasta el punto de que te pedían un condón. Pero qué me pides, si yo no tengo. Entonces nuestro plan era ir a Osiris. Nunca me he convertido en un estereotipo, en un personaje completamente identificado con un movimiento, pero la música que escuchaba, y que aún escucho, es rock duro.

¿Qué te parece que Metallica saque un disco con Lou Reed?

Me parece una mezcla rara. Lou Reed me gusta mucho, me gustaba la Velvet underground, y Metallica me gustaba, pero no tanto; pero como diría un cocinero, tengo curiosidad por ver el maridaje cómo queda y escucharlo. El otro día, hablando por Twitter con unos tipos muy aficionados a la música heavy, uno me dijo que lo había escuchado y que le había parecido muy bueno. A veces, cuando dos grupos tan distintos se juntan para hacer algo es el abrazo de los dos ahogados, nunca se sabe quién necesita más al otro pero, desde luego, si estuvieran en su época dorada nunca se les hubiera ocurrido juntarse.

Lo he escuchado y la sensación que da es que el peso de la composición lo lleva Lou Reed, pero pasado por la producción de Metallica.

Es decir, Metallica ha hecho con Lou Reed lo que Pitingo ha hecho con el flamenco y el soul. Hablando de Metallica, yo siempre he sido más de Motörhead. Lou Reed me encanta, hay canciones suyas, como Heroine o Perfect day, que son las canciones que llevo escuchando toda la vida. Pero la mezcla con Metallica la veo rara. Tengo en el iPod un disco de cuando cantaba con David Bowie, pero lo veo como estilos más compatibles.

¿A día de hoy sigues escuchando a Motörhead?

Sí, hace poco me compré un recopilatorio suyo donde salían unas 80 canciones. Me sigue gustando. Me doy cuenta de que debería estar escuchando otra cosa, pero me gusta. Te recomiendo Nashville pussy, que los conocí por unas versiones de AC/DC que hicieron, y como me gustó cómo las hicieron, busqué más cosas de ellos.

Nashville Pussy son buenísimos. El año pasado estuvieron tocando en Madrid con los Supersuckers, y veías el cartel y pensabas que no puede haber mejores nombres para unos grupos de rock.

Además te los imaginas bastante rednecks, como una degeneración de los Lynyrd Skynyrd. Pero son un grupo muy divertido, los vi en Madrid y las guitarristas están buenísimas.

Son muy rednecks, de hecho el cantante tiene un grupo paralelo de cowpunk que se llama Nine Pound Hammer. Pertenece a ese estilo que mezcla el punk rock con el country.

No conocía eso, pero suena estupendo. Lo buscaré. Respecto a Obús, me fui con ellos hace poco de viaje. Me metí en la furgoneta con ellos y me llevaron a un concierto en Valencia.

¿Y no escribiste una crónica?

Llamé al tipo que les lleva y le dije que les quería dedicar una página del periódico… no se lo creía, porque era la época de su regreso y nadie les hacía ni puto caso. En Valencia tocaron en un parking delante de mil tíos. Y cuando les dije que les haría una contraportada en El Mundo no se lo podían ni creer. Y me encantó. Parando a comer… además Fortu es cocinero. Me sentía como el de la película Casi famosos, que se va de gira. Un ambiente impresionante. Fortu se acababa de hacer un tatuaje y tenía que llevar el pie elevado, tuvimos que parar en un galpón de Rivas para recoger la pirotecnia del concierto y nos dieron como una caja de dinamita que llevábamos detrás, y los tíos tirando cigarrillos. Son geniales. Paco es un tío mucho más serio, con su chaletito en Rivas… es un señor de 50 que vive como tal, y va a dar conciertos como quien va a cambiar una rueda a un taller; pero Fortu es un personaje entrañable. Muy buena gente, queriendo vivir como una estrella del rock, pero siendo de un barrio de Madrid, teniendo ya una edad. Parece Ozzy Osbourne, es un despropósito. Igual que en Estados Unidos hicieron un reality con los Osbourne, aquí tendrían que hacer la versión castiza con Fortu, sería divertidísimo. Tenéis que entrevistar a Fortu, o mejor hacerle un reportaje. El 5 de noviembre me parece que hacen un concierto en La Riviera, por el aniversario de algo, y voy a ir a verlos, seguro.

Antes hemos hablado de que tu educación fue francesa. ¿Esto ha hecho que ames a los autores franceses o les has cogido manía?

Siempre me ha gustado leer, desde pequeñito. Pero en mis aficiones a la lectura me ha influido muchísimo mi padre. Fue, junto con un profesor de lengua española que tuve en ese colegio, que fue mi gran Pigmalión, quien formó mis apetitos. Cuando eres niño, supongo que todo lo que viene impuesto harta, pero los franceses me gustan. Estoy enamorado de Camus o del Cándido, o el optimismo de Voltaire desde que era un niño. Lo que ocurre es que, desde que dejé el colegio, he ido perdiendo el francés y, aunque lo hago, ahora es un esfuerzo para mí leer en ese idioma, pero me prohíbo leer un autor francés traducido al español porque me parece un pecado. Hace poco, por ejemplo, leí a Céline, pero representa un esfuerzo, y eso es lo que, en los últimos tiempos, me ha distanciado de los autores franceses; me resulta más fácil leer a un autor inglés traducido o a un español. Pero no les cogí manía, la literatura francesa ha sido clave en mi formación. Es muy pedante decirlo, pero La cartuja de Parma o El rojo y el negro de Stendhal son libros determinantes en mi formación como persona. Y los recuerdo como los primeros placeres de lectura. El 80% de los primeros libros que disfruté fueron franceses, y luego Graham Greene. Bueno, y antes de eso Robert Louis Stevenson y Emilio Salgari, como cualquier otro chaval. Con el tiempo me he dado cuenta de que todos los aspectos culturales que, siendo español, me hacen sentir extranjero, son franceses. Hay una parte francesa en mí que me impide sentirme completamente español para muchas cosas.

¿Jacobinismo?

No, es esa inyección de cultura ajena que te convierte en alguien fronterizo. Hay muchas cosas del arquetipo español en las que yo no me veo porque tengo mezclas de otro arquetipo. Y eso me ha condenado a ser una figura que, por una parte, es algo engorroso, porque no terminas de sentirte en comunidad o tribu con nadie —culturalmente digo, con la familia y amigos sí—; pero por otra parte, gracias a la influencia francesa, me he convertido en lo que España siempre necesitó, que es un espíritu menos racial, menos cañí, menos “España, coño”, menos Manolo el del Bombo… un punto más sofisticado que a mí no me ha venido por un esfuerzo intelectual, sino por la suerte de ser un híbrido cultural. La sofisticación que siempre buscaron los españoles que rechazaban el “Viva las caenas”, que era la Ilustración francesa, Jovellanos y demás, una rebaja al exceso de españolidad, a mí me ha venido de forma un modo natural, porque soy medio francés. A lo mejor me ha salvado de ser Manolo el del Bombo, o de ser tantos españolazos que escriben en prensa, como vemos todos los días. Y retornando a la pregunta, todo esto es gracias a los autores franceses. Camus es mi dique de contención que me impide ser tantos y tantos españolazos a los que se escapa el brazo como a Peter Sellers en Dr. Strangelove. Ha sido una vacuna contra muchas cosas. Y al final me siento culturalmente identificado con gente como Chaves Nogales, gente a la que la gran España de fuerte personalidad, la de un bando o la del otro, me da igual, regurgitaba. Ese tipo de español que nunca encontró su espacio en España, escupido por todos los ismos, radicalismos y guerras.

Chaves Nogales está muy olvidado.

Chaves murió en el 44 o así, pero para mí es un autor increíble que está siendo recuperado ahora y que representa la España con la que yo me quedo. Esa forma de no estar integrado a mí me ha venido de forma natural por mi origen multicultural. Es que yo tengo dos patrias, porque soy español, pero además me siento muy francés, yo voy a ver a mi familia francesa y estoy en casa.

¿Te gustaban las vanguardias? Has citado sobre todo a prosistas.

Sí, yo en aquella época leía a los dadaístas, a Raymond Queneau, que me gustaba mucho, era un cachondo de mucho cuidado, a Boris Vian, me encantaba… aunque luego lo he releído y me ha gustado menos. Me parece que era una buena lectura para lo que éramos entonces: chicos de 17-18 años y que teníamos ese punto extranjero por la cultura francesa y demás, esa inyección casi sesentayochista, que no era muy divertido pero es lo que quisieran ahora ser tantos y tantos humoristas del absurdo.

Hay lecturas de adolescencia que no soportan el paso del tiempo; aguantan las que tenían cierto sentido del humor, no las que trataban de ser trascendentes.

Absolutamente. Y revisitar un libro es complicado, porque hay lecturas que tienen un cometido, que te llevan a alguna parte a una edad, pero que a otra no funcionan. Igual que hay lecturas que son inaccesibles a cierta edad. Por ejemplo, yo ahora estoy leyendo ensayos históricos, libros que no habría soportado a los 16 o17 años. Pero a esa edad Queneau me encantaba y lo seguiría haciendo, era divertidísimo.

Era un cachondo, con esa serie de fotografías, el primer photobomber de la historia, estropeándolas poniendo caras.

En una pared yo tenía cuatro fotos de Queneau como las que hacemos nosotros en los fotomatones poniendo caras raras, unas fotos muy famosas, sí. Y una de Boris Vian tocando la trompeta. Por otro lado, cuando murió mi padre me dejé influir mucho por el padre de un amigo que había vivido en París, y él me descubrió a Salinger. A cierta edad es importante tener a alguien que te diga qué leer, porque si lo tienes que descubrir por ti mismo es muy complicado.

¿Y de los actuales? ¿Houellebecq, por ejemplo?

No, no me apetece. He leído algún libro suyo, pero es una literatura que no me apetece.

¿Crees que hay columnistas que buscan ser polémicos porque la polémica vende?

Ser polémico vende y no está mal. El trauma del periodista es pasar desapercibido. A nadie le gusta lanzar un texto y ver que no ha tenido la mínima repercusión. Lo que no me gusta es el no ser capaz más que de escribir boutades por el hecho de provocar por oficio. Y ya sé en quién estás pensando. Yo también (risas)

En un compañero tuyo por el que te voy a preguntar ahora.

Yo también era así al principio de mi carrera, pero llega un momento en el que tienes que madurar, joder, tienes que ponerte a escribir; o a intentarlo por lo menos. No puedes basar toda tu producción periodística o literaria en bajarte los pantalones delante de un colegio. En epatar al burgués. No puede ser. Por eso, la boutade como jugueteo de vez en cuando o como carta de presentación, como cuando entras en el saloon del Oeste, de acuerdo. Pero tienes que evolucionar, no te puedes quedar ahí. Yo no tengo miedo a la provocación ni a provocar reacciones con lo que escribo, pero me niego a quedarme anclado en el arquetipo del enfant terrible que se levanta diciendo: “A ver qué pongo hoy para escandalizar al burguesito”.

Hace poco entrevistamos a aquel en quien estábamos pensando, que es Salvador Sostres, y la reacción de los lectores ha sido bastante curiosa; se indignaban de que en la entrevista no se mostrara como se muestra en las columnas.

Es que Sostres no es así.

Esa es la cuestión, ¿cuánto hay de personaje en un columnista? Ya no me refiero a Sostres, ¿te has caricaturizado alguna vez a ti mismo para que te quedara más redonda una columna e incomodar un poco más?

Ahora soy un cuarentón casado y con dos hijos, mi vida es casi exclusivamente doméstica, pero cuando empecé a escribir columnas en La Razón me acostaba borracho a las cinco de la mañana todos los días, era un veinteañero. Veo que ahora en mis columnas ya no hago chistes de resacas, hago chistes de que no follas con tu mujer, o de que tu niño no sé qué, porque es lo que estoy viviendo. ¿Cómo voy a hacer chistes de salir hasta las cinco de la mañana si hace un montón de años que no lo hago? Lo que de mi propia vida se cuela en la columna es otra cosa: el desencanto, el descubrimiento de la vejez, el tiempo que se va, lo complicado que es el matrimonio, la responsabilidad del niño por la mañana… Sería absurdo hacer otra cosa a los 41 años. Dicho esto, yo intento no ser un personaje. Cuando empecé en La Razón fue la época más intensa de mi vida, y allí sí que se me escapaba un poco ese rollo pseudo-umbraliano de crear en las columnas a un personaje acodado a la barra de un bar. De hecho, mucha gente debe de tener esa percepción de mí, pero en algún punto decidí que quiero ser periodista en los periódicos, quiero que mande la actualidad sobre lo que escribo, quiero preocuparme de los hechos, quiero escribir sin dar el coñazo a la gente con mi yoísmo. Hay gente que sí es un personaje, pero lo hace con mucha gracia. Como Alvite, que es sólo un personaje, le importa un huevo Gadafi, hace unos textos maravillosos y me parece muy bien, porque los borda. Pero yo no creo estar escribiendo como un personaje, y cuando se me escapa algo personal es totalmente desmitificador, es lo que soy: un tío de cierta edad, con una vida doméstica ordenada sin mayores aventuras. No hay ninfas, como diría Francisco Umbral, en mi azotea escondidas. Y luego Sostres es verdad que es muy distinto de cómo escribe. Desde que estoy en el periódico lo he visto cinco o seis veces para salir a cenar y es un amor de hombre. Es un tío encantador. Lo que pasa es que luego tiene ese monstruo creado para las columnas y yo, que cada vez tengo más confianza con él, un día se lo diré: “Basta ya, ponte a escribir. Deja de epatar, que la gente empieza a pensar que eres un friki”. Porque además creo que tiene talento para escribir, lo que pasa es que está tirando por el escándalo y el trazo grueso porque creo que tiene miedo de quitarse esa etiqueta, quizá porque piensa que le costaría más escribir. 

Supongo que el sentido del humor a la hora de polemizar es importante.

Igual que para muchas cosas soy un pelotudo, soy una persona con mucho sentido del humor; forma parte de no tomarte nada de una forma muy personal porque todo, todo, merece que te descojones de ello.

Precisamente, cuando uno se lee tus columnas sobre el Congreso de los Diputados, da la sensación de que allí te aburres profundamente y por eso lo narras haciendo comparaciones con el cine y la cultura popular, para que el lector no lo padezca.

Pues no me aburro, lo que pasa es que me parece decepcionante. No sé cómo debía ser el cronista parlamentario cuando Cicerón le leyó las Filípicas a Marco Antonio, pero hacer las crónicas de cómo se las hace Carme Chacón a Mariano Rajoy no es divertido. Pero al mismo tiempo sí lo es, porque es estar en un lugar, estar cerca de lo que ocurre, hablar con la gente… yo no me aburro, me gusta mucho ir allí. Lo del humor no es nada impostado ni forzado, es que me sale así, y veo que mi humor se me está yendo al cinismo. Y es que el humor y el cinismo son colindantes, te impiden apuntarte con vehemencia y pasión a aquellas grandes cosas que levantan a la gente. Y yo no me apunto a nada, sólo me he emocionado con cosas muy personales, no con grandes causas. Entonces, esa sensación de humor mezclada con desencanto y cinismo es mi estilo escribiendo. No voy a llevar a nadie a una gran pasión ni a creer especialmente en nada, pero creo que hay un punto de distancia que es mi estilo, lo único reconocible.

Millás decía que Zapatero ha sido el único presidente realmente de izquierdas de la democracia. ¿Cómo explicas esta rapidez que han tenido en aprobar unas medidas tan poco socialdemócratas y no dejarlas para el gobierno del PP? ¿Crees que realmente eran tan necesarias, que han recibido presiones…?

Creo que eran necesarias, pero es que yo no tengo la ideología de Zapatero, no comparto con él las bases ideológicas y morales. Pero la forma en que Zapatero las ha asumido es algo tan sencillo como que gracias a Dios los españoles no somos dueños de nuestro destino. Y digo gracias a Dios porque siempre que lo hemos sido nos ha salido mal. El siglo XX demuestra qué cosas pueden ocurrir en España, como la Guerra Civil, como ser la única dictadura fascista rodeada de países liberales, un tío que en el año 81 entra armado en el Congreso, algo inimaginable en cualquier país a una hora de vuelo de nosotros… los españoles, cuando nos dejan solos, somos todo eso. Y somos también el despropósito de Zapatero, que es menos grave, porque no es lo mismo que un golpista o una guerra, pero lo que le han obligado a hacer demuestra que la frase de Ortega y Gasset funciona, aquella frase de que “España es el problema y Europa la solución”. Y ahora mucha gente reacciona así: “qué vergüenza, qué falta de dignidad, cómo nos han intervenido”. Oiga, pero si intervenidos es como estamos bien. Tengo un amigo argentino que fue ministro allá con el que a veces comparamos los países hablando del peronismo allí, de la corrupción… y yo siempre le digo que la gran diferencia entre España y Argentina es que nosotros hemos sido beneficiados por la geografía. Estamos al lado de países que no nos van a permitir ser como vosotros. Si fuerais vecinos de Alemania estaríais mucho mejor. Lo que le ha pasado a Zapatero, más allá de las adhesiones ideológicas al personaje, es que ha llegado un momento en que este país se estaba desintegrando, literalmente, y a Zapatero le han agarrado los estamentos externos que nos salvan de nosotros mismos y le han impuesto todas estas medidas de las que él ha sido un mero intérprete. Y no se las ha dejado al PP porque tendría que haber dimitido hace un año, pero él no quería convocar elecciones, quería agotar la legislatura. Además tengo la sensación, y esto es totalmente especulativo, de que Zapatero es consciente de lo que ha hecho, no puede no saber el país que deja. Aunque fuera articulado por Europa, creo que este último año ha intentado redimirse, corregir un poco su legado, asumiendo con una actitud sacrificial medidas que él sabía que no iban a gustar a sus votantes.

Sacrificando su imagen ideológica.

Aceptando un sacrificio, que él mismo lo ha dicho. Esto enajena a mi gente, mi ideología, refuta todas las promesas que hice de no cambiar… pero me inmolo, concedo mi vida política, mi carrera y mi prestigio por un sentido de Estado.

¿Está Zapatero sacrificándose por la patria?

De alguna manera, es lo que él quiere expresar. Y además es curioso, porque siempre he pensado que el mejor político es aquel que no necesita ganar las siguientes elecciones. En los EEUU eso se dice mucho, que el segundo mandato de los presidentes americanos es mucho mejor que el primero porque ya no gobiernan para su electorado, sino para la historia, para la sensatez, o para lo que sea. Cuando se vio claro que Zapatero se iba a marchar pensé que, si este presidente no necesita ganar unas elecciones ni salir en las encuestas, quizá sale un presidente mejor. Lo que pasa es que ya estaba devorado por lo que había pasado y era imposible. Pero lo que ha hecho con la reforma constitucional, incluso aliándose con el PP, partido que tenía estigmatizado por razones ideológicas los siete años anteriores, incluido el Pacto del Tinell, era la derecha con la que no puedes estar ni en la misma habitación y con la que de repente pactas una reforma constitucional. Es lo que le pido yo a Sostres: se ha dejado de boutades, se ha quitado al personaje y ha asumido una actitud de sacrificio, aceptando que iba a conseguir la inquina de su propia gente, y ha conseguido una estatura algo mayor. Aunque, por supuesto, ya era tarde para enmendar. Pero a mí el Zapatero de este último año, aunque con algo de lástima por su decadencia personal y por lo solo que se ha quedado, me parece un presidente más serio. Y más serio me ha parecido cuanto menos ideológico ha sido y cuanto más intuitivo. Por así decirlo, cuando le han encarrilado.

Antes de que llegara la crisis, el PP usaba como caballo de batalla algunas de las leyes aprobadas por el gobierno de Zapatero, como la del matrimonio homosexual. ¿Se atreverán a derogarlas cuando lleguen al poder?

No creo que se atrevan. Si lo hacen es que están locos. Creo que es una buena ley, es justa. Traer derechos civiles nunca ha sido malo. Y además creo que es una ley completamente digerida socialmente. Actualmente, ni entre la gente más rancia veo ningún tipo de molestia por esa ley. Mandarían un mensaje tremendo. No sé cómo va a gobernar el PP, pero si sus primeros objetivos son costumbristas o morales se equivoca de medio a medio. Hay que dar trabajo a la gente y no recortar derechos civiles a los demás.

Entonces, ¿no es un poco juego sucio usar eso para desgastar a un gobierno?

Esa campaña fue un error. Fue una trampa muy astuta del PSOE en la que el PP cayó. El PP decía que no rechazaba la ley, solamente su denominación, no querían que se llamara “matrimonio”; un problema etimológico, una estupidez. Pero el PSOE consiguió que por ese presunto problema etimológico el PP desatara tal campaña que se delató como un partido tremendamente reaccionario. No sé hasta qué punto el PP se sintió obligado a contentar a su votante más católico, por así decirlo, pero se equivocó hasta el punto de que en el programa del PP para la siguiente legislatura, de haber ganado, tenía esa ley con una denominación diferente, pero una ley parecida. Con su actitud consiguieron que pareciera que el derecho al matrimonio homosexual se convirtiera en algo de izquierdas, cuando ellos mismos la tenían.

¿Puede ser que fuera una reacción puramente emocional porque a Zapatero se le ha odiado mucho en ese sentido, no sólo en el político, desde la derecha?

Sí, pero en esa reacción emocional hay algo de respuesta, también. La izquierda tiene tal sensación de su propia bondad, su perfección y su narcisismo moral que a veces no se da cuenta del daño que hace y de lo insultada que se puede llegar a sentir la gente por las cosas que dice. La visita del Papa, por ejemplo. No soy católico pero si lo fuera, me tocaría de tal forma los cojones que se metieran con mi fe los mismos que presumen de respetar la libertad de culto y de la pluralidad… Es como cuando Cuerda, el director de cine, agarra un micrófono y suelta: “Todos los que votan al PP son una turba de imbéciles”. Diez millones de tíos, insultados. Estás dividiendo la vida social en banderías. Y la gente insultada reacciona e insulta doblemente. El error está en establecer la vida social española en esos parámetros de colisión ideológica, y eso lo ha hecho Zapatero porque creía que iba a obtener una adhesión gigantesca de su propia gente, que no iba a perder ni un solo voto y que iba a rescatar una suerte de maniqueísmo moral que le iba a convertir en alguien bueno por naturaleza hiciera lo que hiciera. Pero lo que ha conseguido es emputecer mucho la vida social española. Como cuando mandaban a los artistas, con Federico Luppi diciendo aquello de “un cordón sanitario”. ¿Pero esto qué es? ¿Quieres extirpar de la vida social a diez millones de tíos? Pues esos diez millones de tíos se cabrean, porque votar al PP no es algo denigrante, no te convierte en un hijo de puta, por más que Maruja Torres te lo llame. Ese ambiente creado, y estamos hablando de la primera legislatura, antes de la crisis económica, para mí fue lo peor que trajo Zapatero a España: la recuperación de ciertas tensiones políticas e ideológicas que Felipe González no creó. El sentido de Estado de Felipe trascendía mucho más. Una vez conseguido ese ambiente Zapatero también ha sido muy azotado, por supuesto, pero es que ya has creado al monstruo, ¿ahora qué hacemos? A mucha gente le han dolido esas cosas. Si el presidente de la nación llega un día y dice “vuestra nación es un concepto discutible, y lo discuto en función de lo que me dice Carod-Rovira”, a poco que tengas un mínimo de pulsión patriota o identificación con tu país esa mañana, se te caen las pelotas al suelo. Otra cosa es que ellos han conseguido un monopolio moral e ideológico según el cual el que se siente patriota en Cataluña es un progresista pero el que se siente patriota en Burgos es un fascista hijo de puta.

Juan Manuel de Prada nos decía en una entrevista que vivimos bajo una dictadura progre.

Este concepto de dictadura progre me parece muy estúpido y reducido. Todos los movimientos políticos, sociales y religiosos tienen un afán de imponer valores y, en este sentido, este gobierno también ha insistido mucho en ello. Incluso han competido con la Iglesia por el monopolio de la moral. Pero de allí a que vivas oprimido, que te vaya a entrar la policía en casa si piensas según qué… creo que no. Todos los regímenes manejan un concepto oficial de valores, y en todos los regímenes tu obligación es no dejarte ahormar por lo que dice el Estado y buscar otras referencias para formarte tu opinión. En este sentido, este momento no es distinto a cualquier otro. Yo no me siento especialmente oprimido, ni muchísimo menos. No me siento identificado con muchos de los valores oficiales que emanan del Estado, pero no me importa porque no es mi fuente, de ahí no salen mis referencias morales ni vitales. Y cuando me dicen que no fume tampoco me siento como si estuviera viviendo bajo el fascismo, no es para tanto, hay un punto de exageración enorme. 

¿Crees que en este país los medios están al servicio de los partidos políticos, igual que los deportivos con los clubes?

Estoy de acuerdo, lo que pasa es que ahora Internet ha roto un poco ese equilibrio; es un territorio más libre, ha roto muchas de esas dependencias. Pero creo que hasta hace poco tiempo, en los espectros de la izquierda, había un grupo, Prisa, que consiguió absorberlo todo, un monopolio. Todo el periodismo y la circulación de ideas de la izquierda ocurría bajo las siglas de la misma empresa. Nació Público y pareció que iba a romper un poco ese monopolio, pero se ha quedado en nada, una decepción.

Ahora que nombras Público, están inmersos en un ERE. ¿Qué te parece que en un medio progresista los perjudicados vayan a ser de nuevo los trabajadores de base, y no los grandes opinadores y sus sueldos a juego?

Es que no es una arcadia socialista, ni un Shangri-la, es una empresa como otra cualquiera. No conozco en detalle cómo ha hecho Público su ERE, pero imagino que despedirán a la gente en condiciones legales; por más que defienda una ideología asamblearia y comunitaria, es una empresa que pertenece a un empresario, que es quien se juega la pasta y quien decide, dentro de la legalidad, cómo se hacen estas cosas. Lo que lamento es que echen a gente a la calle, evidentemente, y me temo que Público irá a peor, pero no creo que se tengan que comportar como en una república socialista ideal. Roures tendrá su rollo trotskista, pero es un empresario que quiere ganar pasta y despide cuando no le queda más remedio. Pero retomando lo que decíamos antes, la derecha está mucho más fragmentada, hay mucha más competencia entre medios. Mientras que la izquierda tiene un gran periódico, que es El País, la derecha tiene El Mundo, ABC, La Razón. Y en cuanto a televisiones, parece que las TDT están más escoradas a la derecha, las generalistas más a la izquierda y luego está Internet, donde vale todo. Creo que está bastante compensado, lo que pasa es que cuando gobierna un partido de izquierdas los medios de la derecha se vuelven más vocingleros, y al revés. Ya verás, cuando gane el PP cómo los de Intereconomía se van a callar. Y además yo no sé si esa cadena va a sobrevivir sin el tono este de contraperiodismo, porque viven de eso. Pero si ahora estamos oyendo tanto ruido es porque está gobernando la izquierda, y los medios más de derechas están en el contrapoder, que además no les pega, porque la actitud de contrapoder le pega bien a Público. Cuando Público se lo pasa bien es con un gobierno de derechas, porque ser un periódico golfo y a la contra, joven… y aparecer cuando gobierna el mismo tipo que te ha creado es una faena. Imagina cómo se lo hubiera pasado Público con José María Aznar de presidente, la de portadas que habrían hecho… Pero ahora, ¿cómo van a hacer portadas, si los ha creado Zapatero?

Hablando de periodismo, ¿cómo ves el periodismo deportivo? ¿Crees que hay una campaña de El País contra en Real Madrid o Mourinho?

Yo creo que sí. No soy mourinhista, pero estoy empezando a notar cierta tendencia al antimourinhismo. Lo que no voy a valorar es por qué. No sé si es porque se ha convertido en una convención, en una moda, porque la salida de Jorge Valdano ha azuzado a mucha gente con la que él tiene amistad, si es por temas empresariales como cuando Prisa no atacaba a Calderón porque tenían intereses comunes con las televisiones… pero que hay dos convenciones absolutas ahora en el periodismo deportivo que es la beatificación absoluta de todo lo que tenga que ver con Josep Guardiola y el Barcelona, y cierta obsesión por erosionar la imagen del Real Madrid a través de Mourinho, que lo aprovecha todo y se agarra a cualquier cosa para hacerlo, sí lo veo. Hay una pauta continuada. Como cuando el periodista dice que “en la cara que ponía Iker Casillas al subir la escalera para recoger la Copa vi reflejada la tortura psicológica de Mourinho…”

O las narraciones de Diego Torres sobre lo que pasa en el vestuario.

Por ejemplo. Y me da pena, porque a Diego Torres lo conozco y me parece un tío muy majo, pero creo que está obsesionado con eso.

¿Tienes alguna teoría sobre quién es el chivato que hay dentro del vestuario?

No tengo ni idea. Decían que era Pedro León, pero creo que lo decían en broma, para darle caña. Pero luego en esas narraciones se equivocan, como en aquella historia sobre Mourinho acusando a sus jugadores de traición. Si has creado en Mourinho un personaje duro, jodido, un degollador… no me lo pongas luego a llorar de rodillas en un vestuario porque no me lo creo, porque el personaje que me has creado es otro. Como guionista te has equivocado, el personaje no es un llorón.

¿No crees que tanto Mourinho como Guardiola tienen mucho de personaje?

No les conozco personalmente y no sé qué diferencia hay, pero seguro que la hay. Es evidente que Guardiola, por ejemplo, que es un tío muy listo, es perfectamente consciente del personaje que ha armado. Lo defiende y lo matiza, lo vuelve más o menos duro, lo politiza más o menos según le convenga, lo victimiza… y además es muy astuto; sabe perfectamente en qué territorios no tiene que hablar porque no es listo en según qué cosas. Cuando ha emitido juicios en términos políticos, por ejemplo. No es que no tenga derecho a hacerlos, sino que no ha sido inteligente. Mourinho, en cambio, creo que tiene otro personaje, que es el catalizador de emociones, el líder de psicología de masas, el gran redentor alrededor del cual se arracima toda una tropa dispuesta a seguirle. La aceptación y la adhesión que tiene en el Bernabéu son increíbles. Yo no las había visto nunca.

¿El mourinhismo nace porque Mourinho es así o como reacción contra el anti-mourinhismo?

Creo que Mourinho le ha dado al Real Madrid lo que nadie esperaba. Hay un Real Madrid que no conoce a su afición, que permanece en su endogamia y comiendo con directivos; y hay un Real Madrid contracultural que se les escapa, que no tiene nada que ver con la estupidez del compromiso con la huella de los antepasados, el señorío y todo eso. Y es un Madrid con un componente revolucionario, que en un momento de gran humillación y derrota quiere defender al equipo y romper con un montón de tópicos en blanco y negro: a las mocitas risueñas contentas por el juego del Real Madrid… se las van a follar; a esas mocitas no las quieren ni ver. Quieren crear otro Real Madrid que trascienda los complejos que ha creado la era del Barça, no va a aceptar ser corregido por el enemigo ni las interpretaciones sociopolíticas de las identidades actuales de Real Madrid y Barça. Va a luchar contra todos esos complejos y además va a volver a ganar al fútbol. Y el tipo en el que confluyen todos estos afanes es Mourinho. Mourinho se ha identificado con esto, ha hecho suya esta pelea y está dispuesto a librarla por ese Real Madrid, que no es el del tipo que dice que en los años 70 sí que había señorío. Ese nuevo madridista tiene un componente muy joven y  revolucionario.

¿Hay una lucha contra esos supuestos valores?

Es que esos supuestos valores son estúpidos. Para empezar porque no han existido. A ver si el Madrid no ha pegado ni una patada en los últimos 40 años, ni ha tenido futbolistas raciales y duros, a ver si Juanito no le pisó la cabeza a Lothar Matthäus en Múnich y fue expulsado a perpetuidad de Europa por hacerlo. Y ningún imbécil decía que eso era ir contra el señorío madridista. Porque no, porque esto pasa a veces en un partido de fútbol, a veces hay violencia. Esos valores madridistas los está manejando el antimadridismo para bloquear al Real Madrid, porque es Cruyff quien dice que “si haces esto no eres un señor. Resígnate, déjate ganar y serás un señor.” Usan tu imagen contra ti y eso es lo que no acepta este Madrid contracultural: no acepta ser como Cruyff quiere que sea el Madrid. Por ejemplo Santiago Segurola que, por otra parte, me parece un tío muy talentoso. ¿Cómo es posible que el gurú que dice cómo tiene que ser el Real Madrid sea hincha de un equipo antimadridista, como es el Athletic de Bilbao? ¿Va a decir uno del Bilbao cómo tenemos que ser? ¡Si siempre ha sido un equipo enemigo!

¿Y no puede ser que Mourinho tenga cierto despecho o desamor por el Barça?

Meterme en las torturas psicológicas de Mou ya no quiero (risas). Antes de nada ya digo que hay momentos macarras de Mourinho que no apruebo. Y no los apruebo porque están mal y porque nutren al rival del mensaje que quiere dar. Cuando el Madrid arranca la Liga jugando increíblemente bien y cuando se nota que hay un futuro en este equipo, Mourinho ha conseguido que solo se hable de que ha metido el dedo en el ojo de un tipo. Y esas acciones suyas desestabilizan la construcción del nuevo Madrid porque el enemigo las usa. A mí que le meta el dedo a Vilanova me da igual, anda y que se joda, como si le mete el dedo en el culo; pero no nos viene bien, y por eso prefiero que no lo haga. Pero aparte de esos detallitos, de esas cosas que el hombre podría controlar, el equipo que juega ahora me gusta, y no creo que Mourinho esté actuando con una obsesión antibarcelonista, sino que creo que se ha enchufado a librar una pelea donde una parte gigantesca del Madrid estaba buscando a alguien dispuesto a hacerlo. La gente del Madrid estaba buscando un campeón. Y con campeón no me refiero al tipo que gana ligas, sino al tipo que da dos pasos adelante y, ante los muros de Troya, lucha contra el campeón del enemigo con todos los demás mirando detrás. Está buscando un paladín, alguien que dijera: “Dadme vuestra pelea, que yo la libro”. Y Mourinho lo ha hecho. No lo ha hecho Valdano y no lo ha hecho Florentino Pérez. Y los que lo buscaban no son los institucionales, los que están en el mesón Txistu poniéndose morados de filetes y vino. A esos chavales del madridismo contracultural les ha dicho “os comprendo y vuestra pelea la libro por vosotros y con vosotros”. Y de ahí viene la pasión mutua. Y ahí Mourinho ha encontrado una conexión sentimental increíble, y de la que no se han dado cuenta los periodistas de despacho, que se quedan con el tópico del ojo y el dedito. No ha habido más allá. Y no se han dado cuenta de que, a través de Mourinho, se ha abierto ese cauce revolucionario de un Madrid que no interioriza lo que dicen de él ni el personaje malvado que le han creado, que no se resigna, que no se siente oprimido por el pasado y que se quiere reinventar. Y todo eso lo ha catalizado Mourinho. Fíjate todo lo que ha hecho sin haber ganado prácticamente nada.

Pero además proporciona mucho entretenimiento.

En ese sentido yo preferiría que proporcionara menos, que su protagonismo no estuviera en las ruedas de prensa, porque creo que eso perjudica al Madrid, le da munición al enemigo. Pero tampoco quiero un entrenador que sea John Lennon, como Guardiola, al que sólo le falta hacer las ruedas de prensa en la cama con Yoko Ono. O esas declaraciones de Shakira: ojalá el mundo entero se comportara como el Barcelona, viviríamos en la paz universal… tampoco me gustaría vivir en ese ambiente, es todo demasiado empalagoso. Y tampoco me gusta la traslación interesada que se hace de las identidades de Madrid y Barcelona a ámbitos sociopolíticos: el pequeño país oprimido y derrotista, cuando el Barça no lo es; y la gárgola imperialista, que es el Madrid de Mourinho.

Eso también puede ser un error de Guardiola; si Mourinho comete errores con esas salidas de tono que da munición, Guardiola los comete cuando empieza a hablar de pequeños países oprimidos.

Pero no lo hace de forma insultante, eso lo hacía Laporta. Guardiola nunca crea la idea contra otras, siempre crea ideas positivas, y en eso es listísimo. Cuando se inventa el victimismo del Barcelona, que no es tal, hablando de que “somos un pequeño país ahí arriba”, no está ofendiendo a nadie, pero está alentando cierta identidad victimista relacionada con el nacionalismo catalán. Y además es falso, porque el Barcelona es cualquier cosa menos un equipo-víctima; es un equipo hegemónico en todos los sentidos, hasta institucional. Si hasta el presidente de la UEFA reconoce que sus jugadores van a ser protegidos habitualmente, ¿qué victimismo deportivo puedes levantar sobre eso? Pero lo maneja muy bien, ya te digo que Guardiola me parece un personaje muy listo. Y Mourinho también, a su manera, son dos grandes inteligencias tácticas. Pero a mí Guardiola… ¡qué pesado, hijo, tírate un pedo, que no pasa nada! ¡Te podemos ver borracho un día!

No da mucho espectáculo. A ti como madridista no te gusta que Mourinho ofrezca entretenimiento, pero el que no lo es disfruta. Los que no son del Barça también podrían pasárselo bien con salidas de tono de Pep.

Guardiola lo da a su manera. ¿Te acuerdas de la rueda de prensa de la Copa de Europa cuando vino a Madrid, lo del puto amo? Ahí salió un Guardiola que no habíamos visto. Pero estaba todo calculado. Él dijo: nos habéis enrarecido el ambiente, nos habéis desafiado dialécticamente, pues voy a entrar en vuestro juego, y os voy a ganar en él. Y lo hizo. Y es curioso, porque se critica mucho a Mourinho, pero en esa eliminatoria europea Guardiola motivó a su equipo con las tácticas del portugués, buscando la colisión. Y consiguió que su equipo, al volver al hotel, le aplaudiera. Eso fue una lección de Guardiola. Pero una lección haciendo algo que habíamos quedado en que estaba mal. Ganó a Mou en su terreno. A mí lo que me asombra es este doble rasero que condena siempre al Madrid: al Madrid se le acusa de ser un equipo chulo, violento, y de repente la selección española juega un amistoso contra Chile, lo ganas con un robo arbitral en el último minuto y además les das de hostias. Pero la reacción del periodismo es “qué bonito, mira nuestros chicos qué unidos se pegan”.

Muchas declaraciones de que las tanganas son poco edificantes y, de repente, las tanganas son un ejemplo.

Sí, lo que cohesiona a un equipo. Yo me quedé sorprendido, de repente era evidente que no había fisuras internas porque se pegaban juntos. Pero cuando Mourinho cohesiona a su equipo con una tensión que puede hacer llegar a las manos le condenáis porque es un mal ejemplo para los niños, pero si lo hace el puto tiqui-taca es una gozada, incluso después de haber robado a la pobre selección chilena, a la que le han robado hasta el nombre, porque “La roja” es ella, en un partido amistoso.

Entonces, ¿es edificante o no la violencia?

No lo es, pero yo jugué en regional y cualquiera que haya practicado un deporte de equipo sabe que hay unas tensiones terribles y vas siempre a defender a tu compañero. Lo de que un entrenador le meta un dedo en el ojo a otro no pasa tanto, pero que los equipos lleguen a las manos… no pasa nada. Y no te cuento el rugby, que prolonga fuera del campo esa lealtad. Lo sé de cuando viví en Argentina: si tienes un problema con un tío le basta con descolgar su teléfono y viene todo su equipo de rugby. Ese tipo de compañerismo y la camaradería existe, forma parte del deporte. Yo estoy de acuerdo en que la tangana de España cohesionó a la gente, con lo que no estoy de acuerdo es con que me la ensalce el mismo que dice que Mourinho no es un ejemplo para los niños porque dice palabrotas, pega patadas, todo es muy brusco, y no es como diría Shakira. Con esa hipocresía es con la que no estoy de acuerdo. A ver si Shakira va a decir que nos damos patadas.

Para acabar con el fútbol, ¿crees que existe un periodista deportivo actual con el poder que llegó a tener José María García?

Yo creo que no, lo que llegó a ser García… hoy en día está más repartido.

¿Qué opinas del tratamiento que recibe el boxeo? Por ejemplo, en el libro de estilo de El país se prohíbe hablar de él a no ser que sea para hablar mal.

A mí me gusta mucho, lo practiqué y escribo en el periódico todo lo que puedo, para sacarlo un poco del gueto en el que está. Por ejemplo, si un equipo de voleibol femenino, o de amputados, gana la medalla de bronce en los paralímpicos de Vladivostok va a tener una audiencia en La Zarzuela. Tenemos un tío que ha sido campeón del mundo ocho veces, después de Ángel Nieto el español que más veces ha sido campeón del mundo, Javier Castillejo, y no le han recibido ni en el balcón de su pueblo porque es un boxeador y su compañía contamina. Aunque me parece también un signo de estos tiempos: hay ciertas cosas, y podríamos incluir también a los toros, que la moral actual ya no acepta porque no las comprende, porque se va a territorios mucho más dulces, “no queremos ninguna relación con la violencia, y menos aún con la muerte”, y hay una incomprensión absoluta del boxeo, lo están mandando a la clandestinidad, cuando hay una afición soterrada enorme, que está deseando que eso salga, se reúnen 15.000 personas en La cubierta de Leganés, hay ahora buenos boxeadores en España, como Rubén Varón, tenemos un campeón del mundo, Gabriel Campillo. Yo hago lo que puedo: cuando hay una velada voy, si me dejan sitio en el periódico lo meto, he escrito cinco o seis crónicas de boxeo este año, cosa que no ha hecho ningún periódico, ni siquiera los deportivos. Yo no llegué a profesional, pero peleé como aficionado, y como deporte me encanta. Incluso ahora, que ya tengo cierta edad, sigo boxeando todo menos el combate, porque es muy buen entrenamiento. El último fenómeno del boxeo en España fue Poli Díaz. Esta pasada primavera estuve viendo unos combates y se empezó a correr un rumor que acabó a gritos porque habían visto a Poli en la grada. Y el tipo se tuvo que poner de pie y saludar, porque no sabes el griterío de la gente que hubo. El carisma que aún tiene, a pesar del daño que se ha hecho a sí mismo… ha sido el último gran animador del mundo del boxeo español. Porque Castillejo fue mucho mejor boxeador, y campeón del mundo, pero le faltaba un punto de carisma.

Su última oportunidad pudo ser la pelea contra Whitaker.

Como te he dicho antes, aún hago guantes, y entreno con un tipo que fue campeón de Europa de los medios. Me he dado cuenta, después de mucho tiempo de no hacer nada, de que hay cosas que conservas. Te mueves por puros automatismos, lo que has ido entrenando con los años te vuelve a salir solo. Pero hay una cosa de la que te das cuenta que has perdido, que es la ocupación del espacio, las distancias. Estás completamente perdido. Y es lo que le pasó a Poli con Whitaker. El tío con el que boxeé no necesitó ni subir la guardia para que yo no le tocase la cara, porque él dominaba el espacio y yo no. Con un simple paso lateral él me dejaba el golpe descojonado, yo lanzaba la mano y, cuando llegaba, ya no había nadie allí. Y se había puesto en el lugar perfecto para atacarme y contraatacarme inmediatamente. Yo estaba siempre fuera de lugar, o demasiado cerca o demasiado lejos. Y ahí me di cuenta de que eso es lo primero que diferencia a un gran boxeador, más allá de los golpes. Y es lo que le pasó a Poli, si le hubiera metido una mano le habría ganado, pero cuando lanzaba una mano el tipo ya no estaba.

Con toda la épica que ofrece el boxeo es increíble el maltrato que le damos en España.

En los últimos tiempos en España, entre la intelectualidad, ha habido una oleada de desprecio hacia todo lo que fuera popular. Y el boxeo es barrio, es lo popular, lo pobre; y la cultura oficial dice: Pedro Almodóvar sí, pero gente pegándose no.

Y eso que el boxeo podría ser el deporte más intelectual, del que más literatura se ha hecho.

La mitad de los artículos periodístico de Norman Mailer, por ejemplo, tienen ese punto de apoyo. A mí me gusta la literatura deportiva, porque hay gente que la ha elevado a categoría literaria. Pero el fútbol, por ejemplo, se diluye en el equipo; excepto casos como el de Diego Armando Maradona, que es un gran personaje, pero es que el boxeador es un tío épico, homérico, es Aquiles. Que a lo mejor luego es un tarado que no sabe ni abrir la puerta de casa, pero en el ring tú creas un héroe homérico, que contiene todas las virtudes y defectos que esperamos de un semihéroe. Cassius Clay es un personaje literario increíble, por ejemplo, o Chávez, el mejicano, o Poli, dentro de su casticismo o sus debilidades. Pero lo que le ha pasado al boxeador no tiene nada que ver con eso, se ha convertido en un deporte mal visto, y punto. También hubo un momento de crisis de boxeadores que vino con la prosperidad en España: nadie que pueda estudiar Derecho se subirá a un ring, convengamos eso. Nadie que pueda hacer otra cosa acepta que le den de hostias. Y el boxeo en España se mantuvo vivo gracias a la inmigración, cuando los españoles ya no estaban para subirse a un ring y que les pegaran se subían los rumanos y los dominicanos. De hecho, uno de los mejores boxeadores que tenemos ahora en España es Petrov, que es ruso. Y estaba Lacatus, un rumano. Porque el boxeo se nutre de eso, de la pobreza de barrio, de la necesidad. El único boxeador que ha sido boxeador pudiendo ser otra cosa era Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde, que también era poeta y dramaturgo.

Y performancer, porque sus combates de boxeo eran más bien una performance, en esencia, antes de existir el concepto.

Y se peleó con Jack Johnson, el campeón del mundo, en Barcelona, en la plaza de toros.

Y recibió una paliza.

Sí, claro, era mucho mejor que Cravan. Por Jack Jonhnson inventó Jack London lo de “la gran esperanza blanca”. Mucha gente no sabe que lo de “la gran esperanza blanca” fue un concepto que creó London para animar a James Jeffreys, que era el boxeador blanco, en su pelea contra un boxeador negro, porque era terriblemente racista. Escribió una serie de libros en los que decía que un negro no podía pegar a un blanco. Y la gran esperanza es la esperanza de la raza blanca contra el puto negro que nos quiere ganar. Jack Johnson es quien pelea contra Cravan en Barcelona. Y Cravan, finalmente, muere en México de la forma más elegante: coge una barca, empieza a remar mar adentro y nadie lo vuelve a ver nunca más.

Es uno de esos casos en los que la vida del literato es más importante que su literatura.

Sí, sin duda. ¿Cómo era esa revista que hacía en Francia, que se metía con todo el mundo?

No recuerdo el nombre, pero él la editaba y hacía todo. En la Antología del humor negro de André Breton viene la entrevista que le hizo a Guidé.

Ya recuerdo como se llamaba la revista: Ahora. Era el antecendente de La Fiera literaria, el pasquín que tenemos aquí. Eso está ahí. Hace poco me compré una antología de esas revistas y está esta entrevista; cómo va a verle, hecho un dandy, que parece un gay, y Guidé está descolocado.

Sí, llega en plan “soy el sobrino de Wilde”.

Ahí está muy bien contado.

Tu afición a los toros te ha llegado un poco tarde. ¿Alguna vez te lo has analizado desde una perspectiva ética, además de estética? ¿Son los animales sujetos de derechos?

Mi afición es relativa, pero sí. No creo que sean humanos, que se les pueda igualar, como hace muchas veces el movimiento animalista. La muerte de un toro no es la muerte de un humano. No se puede poner a la misma altura ni comparar. Además creo que hay un concepto muy urbano, que es el de la humanización de los animales. Eso en el campo no lo hace nadie. Un animal es un animal, y su muerte tiene una importancia relativa, pero nosotros, como somos urbanitas y educados por Walt Disney, creemos que los ciervos hablan. Y que su muerte es tan importante como la de una persona. Y no es así. Dicho esto, sí creo en el respeto a los animales. Y, de hecho, yo tengo relaciones afectivas con animales.

¿Afectivas de qué tipo?

No sexuales, sin llegar a la zoofilia (risas). He tenido cariño por perros y gatos que he tenido en casa… sin sodomizarlos. Pero con los toros ocurre una cosa, reconozco la contradicción cultural. Te puedo decir todo esto pero, al mismo tiempo, tengo una inducción cultural que me permite aceptar lo que hacen con un toro en la plaza. Porque además, por esa misma inducción cultural, me parece que lo que le hacen no es indigno. ¿Que es una contradicción con el hecho de amar a un setter? Sí, lo es.

¿Puede ser un sentimiento generalizado en la afición taurina?

Pues me imagino.

Porque seguramente el aficionado no es un asesino de animales en su vida privada.

Claro que no, ni cuelgan gatos de la rama de un árbol, no tiene nada que ver. Es una excepción cultural. Pero yo nunca me peleo por los toros, tampoco me gustan tanto; tengo una afición relativa. Y yo comprendo que, si no estás culturalmente predispuesto, no lo puedes entender. Cuando vivía en Argentina me encontraba con gente que lo consideraba una barbaridad, y yo no intentaba convencerles de lo contrario. Yo comprendo que, desde tu formación cultural, te parezca una barbaridad. Es que es indefendible, no puedo decirte lo contrario, pero a mí me han formado culturalmente para entenderlo de otra manera.

Quizá entra un componente emocional. Es más fácil sentir empatía por un perro o por un gato que por una ostra; a la segunda me la comería, a los primeros no.

Yo no tengo ese problema. No me comería a mi golden retriever, pero puedo acariciarle el morro a un cordero y decir “qué bonito, parece el de Norit”. Y después que me lo descuarticen, que me lo como.

Homer Simpson llegó a sentir mucho amor por una langosta y se la comió.

Se comió a Tenacitas cuando ya había muerto y no por su culpa, eso sí. Pero, como digo, tengo una afición relativa por los toros, porque he llegado tarde, no entiendo mucho y voy a verlos tres o cuatro veces al año, nada más. Y creo que lo de prohibirlos en Cataluña ha sido un error, por la simple razón de que se iban muriendo solos. Ahora los han colocado en una dimensión de causa política que les ha dado una segunda vida.

Ya que hemos terminando hablado de zoofilia y sodomía, tú tuviste un consultorio sexual en larevista GQ. Para dar consejos de sexo, ¿hay que haber follado mucho o haber leído mucho sobre follar?

Eran consejos poco autobiográficos, porque me preguntaban cada cosa… Era una página de humor, poco seria, si alguien se la tomaba por el lado científico debo de haber creado varios monstruos sexuales. Si lo que quieres preguntar es si tengo una vida sexual divertida, ya te digo yo que no (risas)

¿Has leído Las once mil vergas de Apollinaire?

No, no lo he leído, aunque lo conozco.

¿Qué pensarías de alguien que te confesara que se excita con literatura así?

No lo sé, pero los que me preguntaban no solían tener referencias literarias, era todo mucho más inmediato: cómo dar por culo a mi mujer y cosas así. No tenían un gran nivel…

Dices que no tienes una vida sexual muy divertida, pero ¿cuál es la experiencia sexual más demencial que has tenido?

Hombre, tampoco tengo una vida sexual aburrida, no seamos así. Pero sí que tuve una época más activa. Recuerdo una vez haber hecho el amor en un autobús de línea Santander-Burgos.

Pero eso es un clásico, y más en esa línea concreta.

No lo sé, no recuerdo ningún momento demencial en mi vida sexual si por eso entiendes una orgía, o algo así. No lo creo.

¿Cuál ha sido tu educación sexual? ¿Has leído mucha literatura erótica, cómic…?

Milo Manara y todo lo demás, trabajo de campo. La primera vez que vi la palabra orgasmo o clítoris fue en un cómic de Manara.

Te iba a preguntar a qué personaje de cómic te hubiera gustado follarte, pero si me hablas de Manara…

Evidentemente, a Miel. Y de hecho Miel lo usé yo como pseudónimo porque, aparte del consultorio sexual, cuando terminé la mili, antes de Internet, en España había una cosa llamada Minitel, que lo conectabas al teléfono y era una especie de precursor de Internet. Había canales eróticos, en los que entrabas para interactuar y hablar de sexo, y yo trabajé en uno de ellos…

Eso cuenta como experiencia sexual demencial.

Y además haciéndome pasar por mujer (risas)

Vas cogiendo puntos, esto supera con mucho a lo del autobús.

Los tíos entraban rijosos a hacerse la paja y yo, que estaba con mi teclado, tenía que hacerme pasar por mujer y conversar con ellos. Y como veía que algunos repetían me tuve que crear personajes. Me creé fichas y uno de ellos, en homenaje a Manara, era Miel, que era una chica de Elche. Y eso duró un año, hasta que ya pude entrar a trabajar en prensa. Era muy divertido, porque era todo fantasía. Tenía un personaje que era una chica que se dedicaba a hacer tríos, entraba un señor de Valencia y te pedía una cita, y había que demorar aquello como fuera para que siguiera conectándose, que era por lo que tú cobrabas, pero sin llegar a la cita, claro. También escribí cuentos eróticos en una revista porno.

¿Te has planteado escribir literatura erótica?

Un amigo mío montó una revista erótica. Era el editor de la revista Renfe paisajes, la primera en la que trabajé. Se planteó montar una revista sobre las putas en Madrid. El soporte publicitario, de donde sacaría la pasta, eran puticlubs. Yo le escribía un cuento erótico en cada número. Y me basaba mucho en experiencias que me contaban los amigos. Por ejemplo, mi primer cuento erótico se basaba en la experiencia real que tuvo un amigo mío: uno se acuesta con una mujer casada y, cuando están juntos en la cama, llama su marido, que está de viaje en Alemania, para hacerse una paja por teléfono. Entonces ella empieza a contarle como si fuera una fantasía lo que mi amigo le estaba haciendo en esos momentos, mientras el otro desgraciado está masturbándose al teléfono.

En una de las consultas te preguntaban sobre atar y ser atado, y no parecías demasiado partidario de ninguna de las opciones.

No me atrae la sexualidad basada en la humillación o dominio del otro, pero no me escandaliza. Si me atan me siento ridículo, pero eso de reducir a una persona a la categoría de cautivo tuyo… no me parece erótico, no me pone. Yo tengo una sexualidad como en Porky’s; chicas de tetas orondas y un ratito, y ya está. Y luego gracias y adiós.

¿Participarías en un body sushi, como bandeja?

De un body sushi me sobra la bandeja, a mí lo que me gusta es el sushi. Ahora que me acuerdo, en Argentina me llevaron a una bacanal. Era un lugar que recreaba bacanales romanas. Y especifico que fue antes de conocer a mi mujer. Entre otras cosas, había unas chicas que se ponían uvas en los pechos o en el sexo y tú te las comías. Pero claro, yo me encuentro con un grano de uva que ha estado en contacto con una vagina y lo que hago es limpiarla. Esas cosas me hacen más gracia que otra cosa. No soy muy sofisticado para el sexo, qué se le va a hacer. Además, a estas alturas de la vida, no me apetece estar tres horas inventándome cosas.

Antes mencionamos Las once mil vergas. ¿Crees que un autor famoso podría publicar algo así hoy en día, con menciones a la pederastia, la coprofilia…?

Me parecería complicado, porque ya estamos hablando, en el caso de la pederastia, de un delito. Si eres una persona adulta y te gusta comer mierda me parece perfecto, pero si eres una persona adulta y quieres robar a mi niño para darle por culo… pues no. Y me molestaría que alguien hiciera apología de eso. En mi opinión la licencia literaria no puede llegar tan lejos. La ley es la frontera, no es otra, ni siquiera el buen o mal gusto.

¿Y si fuera tratado con humor? ¿Hay fronteras en el humor?

No se puede tratar cualquier tema, yo no haría humor con eso.

Por negro que sea y por mucho que se especifique.

De este tipo de cosas yo no me reiría nunca, de la pedofilia en particular. A mí no me hace ni puta gracia un chiste sobre pedofilia, y no me ha hecho falta ser padre para eso, no me parece un tema gracioso. A veces el humor trivializa cosas que no deben ser trivializadas. A mí me parece que un adulto que abusa sexualmente de un niño es algo tan inmensamente repugnante que no hay que reducir su importancia con nada, ni con el humor ni en nombre del arte. Existe la ley, y el hecho de ser un artista no te ubica en un espacio de impunidad legal o moral en el que puedes decir cosas que yo no puedo decir. Lo demás, mientras no infrinjas la ley, ni abuses de nadie, ni violes, ni ates involuntariamente, ni secuestres… haz lo que te dé la gana, cuéntame cómo le chupas la polla a un caballo, me da igual. Pero me escandalizaría si alguien sacara un libro de poesía ensalzando como virtud o pasión la pedofilia.

¿Y Lolita?

Si hablamos de una niña de 16 o 17 años… yo te estoy hablando de robar un niño de 4 y colgar fotos de su violación en Internet. Que una chica de 17 años tontee con un hombre maduro no es lo mismo.

Bueno, en el libro Lolita tenía doce.

Sí, tienes razón.

Y ahora, para terminar, te voy a preguntar si quieres más a papá o a mamá: ¿Florentino Pérez o Ramón Calderón?

Ninguno. Yo querría que el Real Madrid fuera presidido, algún día, por un exfutbolista. Y me gustaría que fuera Manolo Sanchís. Necesitaría el apoyo financiero y político de alguien, pero tengo ganas de que, por una vez, sea un hombre de fútbol quien presida el equipo, y no un tipo que hace casas. Además, Sanchís tiene cabeza para ello.

¿Grupo Godó u Grupo Zeta?

No me siento identificado con ninguno, pero me cae más simpático Zeta, por supuesto.

¿Puskas o Cruyff?

Puskas, de aquí a Roma.

¿Beatles o Stones?

Stones.

¿Motörhead o AC/DC?

AC/DC.

¿George Best o Cristiano Ronaldo?

Best.

¿Jorge Valdano o Zinedine Zidane?

Zidane.

¿Apollinaire o Balzac?

Balzac.

¿Quevedo o Lope de Vega?

Quevedo.

¿Rimbaud o Baudelaire?

Baudelaire, pero Rimbaud me gusta también.

¿Roquefort o Cabrales?

Cabrales.

¿No eres francés por parte de los quesos?

No, además yo soy muy asturiano, mi padre es asturiano. Yo defiendo a Asturias.

¿Manuel Jabois o tú?

Jabois.

¿Arcadi Espada o Juanjo Millás?

Cualquier otro.

¿Sostres o Sánchez-Dragó?

Pues no lo sé, me pones en un compromiso porque ambos son personajes de los que podemos decir cosas malas, pero Sánchez-Dragó es amigo mío. Ambos.

¿Segurola o Alfredo Relaño?

Segurola.

¿Alfredo, el de la barbacoa, o Ferran Adrià?

Alfredo. Además yo voy mucho a Alfredo’s. Empecé a ir cuando sólo tenía el de Juan Hurtado de Mendoza. Debe de estar ya muy mayor.

Sí, muy mayor. Lo ves por allí con la barba y el sombrero y podría pasar por uno de los ZZ Top.

Yo iba de adolescente y ya me parecía mayor. Me encantaba ir allí con los amigos, era un plan cojonudo.

¿Qué opinas de la cocina de vanguardia?

Me gusta conocer esos sitios una vez, que me descubran un sabor nuevo que no conocía… pero luego me quedo con la sensación de todo es muy retórico. No soy contrario, no me ofende, nunca haría la crítica que hizo Sánchez-Dragó de “donde esté un buen cocido…”. Aprecio la creatividad, pero me gusta sólo como experimento. Hace poco estuve en DiverXo, justamente, el de la polémica de Sostres.

No habló demasiado bien de DiverXo.

No, lo puso a parir, pero porque él es de Adrià y punto. Mi restaurante favorito en Madrid es Viridiana. Me encanta ese restaurante porque tiene el punto medio perfecto entre creatividad, donde ves el talento del tío que cocina y que inventa, pero sin llegar a la pijería de negar la materia prima o la cantidad. Estás con un tío que te da de comer de verdad pero al mismo tiempo lleva la materia prima a un nivel de creatividad superior. Para mí es el punto medio absoluto. Yo he comido en lo de Adrià, no en el Bulli, sino en el de Barcelona, el Tickets, donde encuentras sabores nuevos que no habías probado nunca y que te divierte conocer, pero eso de “es una falsa aceituna que nos hemos inventado, que sabe a aceituna…”. Habiendo aceitunas, ¿para qué me traes algo falso que sabe a aceituna? Es rizar el rizo. ¿Somos un país mediterráneo en el que hay olivares y te tienes que inventar algo que no es una aceituna pero sabe a aceituna? Tráeme una aceituna y ya está, es más fácil y el sabor es el mismo. Tampoco niego la creatividad, no soy de cocido, pero cuando llega a ese extremo… Para mí Viridiana es el restaurante perfecto, porque no es irte a una taberna a que te den el filetazo de toda la vida pero tampoco es llevar la creatividad al esnobismo culinario. Y Abraham me parece un cocinero maravilloso. Voy poco, porque allí se engorda mucho, pero cuando voy disfruto mucho.

Fotografía: Antonio Fortes


Javier Gómez: Merkel y su culo “mantecoso e infollable”

Que Zeus me libre de parecerme a Sostres, pero me toca defender a Berlusconi. Y todo, porque esa mezcla de Mussolini de góndola, Alvaro Vitalli y viejo verde en la parada del 53 ha sentenciado que “Angela Merkel es un culo mantecoso e infollable”. Inapelable.

El titular tiene su innegable gracia y un noto sentido de la fórmula. Pero no se trata aquí de zurrarle a las prusianas caderas de la Merkel, no. La frase fue recogida en las escuchas telefónicas ordenadas por los magistrados que intentan empurar a Berlusconi (cuatro procesos judiciales en curso, tres prescripciones, dos amnistías, siete absoluciones, siete acusaciones archivadas) y se filtró a la prensa. Ya conocimos a todas las aspirantes a furcia de lujo a las que se cepilló. Ahora también sabemos que a Merkel la tiraría del bunga bunga. Como si fuera una noticia.

Italia se mesó los cabellos. ¿Cómo puede un primer ministro decir cosas semejantes? Oh, ¿qué queda del galantuomo itálico?, ¿qué hay de la corrección política?, ¿hasta dónde llegará Berlusconi? La verdad, yo digo cosas mucho peores casi todos los días. Por ejemplo, cuando hablo del propio Berlusconi. Un putero hasta las trancas de Viagra que con suerte será condenado por extorsión de menores y terminará pajeándose en una celda con páginas arrancadas de las revistas de mierda que él mismo edita. Un mequetrefe relacionado con la mafia a través de su mano derecha Marcello dell’Utri, senador y condenado por colusión con Cosa Nostra. Un millonetti que empleó como mozo de cuadras en su finca de Arcore a Vittorio Mangano, noto miembro de la famiglia palermitana de Porta Nuova y su referente en aquellos años en el norte de Italia. Un cabaretero del soborno y el tráfico de influencias. Un personaje oscuro que nunca ha podido explicar de dónde salió el puzzolente caudal de dinero para construir su primer imperio inmobiliario, Milano Due. Un cáncer para la democracia. La peor estofa del populismo catódico. Un bochorno para los simposios de cirugía estética, con ese pelo rígido como de muñeca de Famosa, esa capa de maquillaje digna de la momia embalsamada de Lenin, esa papada succionada con saña, como el granizado de un crío. E incluso una pestilente influencia para la sociedad española con sus televisiones construidas a base de culos mucho mejor delineados que el de la Merkel, de eso no hay duda…

Pero ahora resulta que nos untamos de moralina y en una conversación privada no se puede hablar del culo empotrado de la Merkel, lo diga Berlusconi, Nacho Vidal o Dirk Nowitzki. Tenemos que saberlo todo de todos. Es el virus wikileaks aplicado a los susurros. Lo llaman transparencia y sólo es chismorreo. Ahora hemos sabido que a Gadafi le ponía como una moto el rollo ama castigadora de Condoleezza Rice. Normal. ¿Se imaginan lo que dirán los mandatarios que se entrevistan con un chiflado caribeño con galones como Chávez? ¿O los comentarios tras cruzarse con una belleza con trenzas como la ex primera ministra ucraniana Yulia Timoshenko y su rollo Princesa Leia?

Luego tendrán cojones de hacer realidad El palacio de los sueños y el gran Ismail Kadaré será Nostradamus. En el gran ministerio estudiarán y clasificarán nuestros sueños por categorías. Nos dirán lo que podemos imaginar y lo que no. Qué demonios, todo sea por la moralidad y las buenas formas. ¿Qué hay de una policía anti eructos por los bares? ¿No os suena bien la eructzaintza? Acepto que me llamen liberal, con la condición de que no se me compare con Sostres el de los “coñitos tiernos”. Pero por Zeus, que cada uno diga lo que quiera en una conversación privada. Sobre el pervertido y corrupto de aires telecinqueros que es Berlusconi. O sobre el culo “mantecoso e infollable” de Frau Merkel.


Cerveza y Libertad en Oriente Próximo

La cerveza encabeza, junto con el vino, los infieles y los perros, la lista de cosas que todo buen musulmán debe rehuir. Así que tras la revolución islámica iraní de 1979 el cervecero alemán Ekkehard Zitzman vio como los mulás cerraron su fábrica en el país persa y pasó a instalar su negocio en la ciudad portuaria de Adén, al sur de Yemen.

Pero allá no le fue mucho mejor. Si fabricar cerveza en cualquier época y lugar ya es de por sí un acto de filantropía, continuar haciéndolo frente a la intolerancia de los fanáticos pasa a ser algo propio de héroes. Zitzman lo era, ya que a pesar de que cada mes de Ramadán sus camiones eran apedreados, su fábrica atacada con bombas incendiarias y él amenazado de muerte, su respuesta fue dormir cada noche en una habitación distinta de su casa para protegerse y llamar al ejército. Afortunadamente los oficiales al mando eran de formación soviética, “lo que significa que les gusta empinar el codo. Siempre traen el armamento más pesado para protegernos” explicaba Zitzmann.

Así que unos cuantos disparos de mortero bastaban para dispersar a la muchedumbre y salir del paso. Los trabajadores de la fábrica por su parte, sufrían el rechazo de su entorno cotidianamente por su actividad impía, sus familias debían lavar la ropa por separado y sus posibilidades de contraer matrimonio se vieron notablemente reducidas. “Un hombre finalmente tuvo que ir a Argelia a buscar una esposa”, afirmó.

Esta era su etiqueta

No menos complicado resultaba lidiar con las autoridades del país, que cada año por Ramadán dictaban el cierre de la fábrica por pagana. La estrategia de Zitzman consistía en llenar los tanques de producción de cerveza justo antes de cada mes santo y acudir al gobernador y los oficiales —ya de por sí algo reacios a las órdenes llegadas del norte del país— y señalarles el desperdicio que supondría deshacerse de tantos hectolitros del néctar divino que ya estaba preparados… finalmente consentían. Pero gasificar esa cerveza requería a su vez elaborar otra nueva, por lo que la fábrica debía ponerse de nuevo en funcionamiento terminado el Ramadán. Y así vuelta a empezar.

Finalmente ese distanciamiento político y religioso entre el norte y el sur acabó desatando una guerra civil en Yemen a mediados de los 90. Con el ejército centrado en esa contienda la fábrica quedó desprotegida y en 1994 los integristas no encontraron obstáculos para prender fuego a ese símbolo de civilización. Igual que otros de distinto dogma pero similar intolerancia acabaron con la biblioteca de Alejandría dos mil años antes. Ese golpe no pudo ser encajado y supuso el final de la producción de este preciado líquido en toda la península arábiga.

¿Cuál es la moraleja de esta historia?

En primer lugar que nunca abras una cervecera en Adén a menos que dispongas de algunos morteros. En segundo y más genéricamente, que la historia en el mundo en general y muy especialmente en los países árabes no sigue un recorrido hegeliano con más o menos altibajos pero inevitablemente ascendente hacia mayores cotas de progreso y libertad. Vamos, que siempre se puede ir a peor. Esa es una de las ideas claves que sustentan el magnífico ensayo en el que se narra la odisea de Zitzmann y de otros muchos en circunstancias más o menos similares: Hezbolá le desea feliz cumpleaños  de Neil MacFarquhar. Este corresponsal del New York Times pasó más de veinte años recorriendo los países árabes, una experiencia que recoge en este libro a caballo entre la autobiografía y el análisis político. Marruecos, Libia, Bahréin, Arabia Saudí, Yemen, Egipto, Jordania, Líbano… a cada uno dedica un capítulo, mostrándonos sus peculiaridades, su complejidad, con lo que dejan de ser en conjunto un amasijo informe, atrasado y amenazante, tal como a menudo se los representa en Occidente: “los moros”. Entre el fundamentalismo islámico y los represivos y corruptos regímenes dictatoriales, nos dice, hay también espacio para una sociedad civil que con cierta visibilidad en países relativamente modernizados como Marruecos o Jordania y de forma casi subterránea en otros como la muy estricta Arabia Saudí intentan introducir, a menudo con gran valentía, algunas reformas.

En este punto hay que mencionar que MacFarquhar publicó el libro en 2009 y dijo de Egipto “a veces me da la sensación de que está al caer un suceso catastrófico que provocará tumultos generalizados y derrocará al gobierno”. Las revoluciones árabes de este año imprevisibles, lo que se dice imprevisibles, no han sido. Existía y existe descontento entre la población árabe, ya dijo Fernando Savater que al fin y al cabo todo esto demuestra que “los seres humanos nos parecemos mucho más de lo que nuestros folclores políticos dan a entender”. La diferencia es que en esas sociedades la distancia entre la esfera pública y la esfera privada es mucho mayor, debido a su condición de estados policiales que copiaron los métodos de los antiguos estados comunistas. Pocas cosas en ellos escapan a la vigilancia de los agentes de la temida Mujabarat. Esto explicaría en parte el fenómeno del fundamentalismo islámico, ya que en un fragmento especialmente interesante y revelador dice MacFarquhar “dado que cualquier forma de expresión política es ilegal, los yihadis han encontrado una fórmula religiosa para perseguir fines políticos” ¿Significa esto que en un régimen de libertades el islamismo político dejaría de representar una amenaza? Tal vez…

Cagar en el desierto

Una de las características del islam es su descentralización, la variedad de interpretaciones a las que está sujeta esta religión por sus devotos. Los ulemas —doctores en islam— emiten fetuas que pueden consistir ocasionalmente en pedir la cabeza de Salman Rushdie. Pero por lo general son consejos sobre costumbres cotidianas que responden a las preguntas de sus seguidores, a menudo en torno al sexo. Así el Ayatolá Jamenei dicta que el coitus interruptus, los preservativos y la vasectomía son anticonceptivos aceptables para un buen musulmán, mientras que Sheij Jaled el Guindi aconseja rezar y hacer mucho deporte para prevenir la masturbación. La discrepancia entre una fetua y otra da lugar a la “caza de fetuas”, en la que el creyente pide consejo y si el que le dan no le viene bien entonces visita a otro ulema hasta dar con el que le aconseje lo que inicialmente tenía previsto hacer, ahora ya con el beneplácito de la autoridad religiosa. La cosa se complica al entrar en juego las diversas ramas dentro del islam como suníes, chiíes y uahabíes. Ya que una fetua de unos no es vinculante para otros.

La uahabí es la más estricta y la que impera en el país islámico más puro e intransigente del mundo: Arabia Saudí. De raíces beduinas, se consideran a sí mismo los guardianes de la fe musulmana y su inclusión de interpretación más estricta del islam en todos y cada uno de los ámbitos de la vida hacen de Arabia Saudí un país al margen de la modernidad y casi incapaz de organizarse como sociedad, dado que la educación tanto primaria como universitaria está tan centrada en la religión que las profesiones especializadas como ingenieros o médicos deben ser ocupadas por inmigrantes. Hasta el setenta por ciento de las horas lectivas en las escuelas saudíes giran en torno a la religión, con enseñanzas tan valiosas como limpiarse de manera islámicamente correcta y acorde a la tradición con una piedra tras cagar en el desierto. El hecho de que en realidad esos niños utilicen retretes químicos y papel de wc en sus escasas incursiones en el desierto no parece que influya en las materias que deben aprender.

Quizá por eso los saudíes más cultos bromean sobre que para lo único que sirve un licenciado universitario saudí es para servir en la poderosa policía religiosa, conocida como Comité para la Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio. Tan celosa en la aplicación de los dogmas de su fe que en 2002 catorce niñas murieron en el incendio de un colegio de La Meca, al impedirles la policía salir a la calle por haberse dejado en clase -en su prisa por huir de las llamas- los abayas con los que preceptivamente debían cubrir sus cuerpos.

Todas las noches, una fiesta

Pero en regímenes algo más laicos la situación no es excesivamente mejor. Un caso singular es el de Libia, un país que tiene por Constitución un libro escrito por su dictador —Muamar el Gadafi, aunque es muy cuco y prefiere que lo llamen “Guía de la Era de las Masas“— en el que opina de todo lo que se le puso por delante: desde consejos sobre hacer deporte, análisis sobre la alta natalidad de los negros (es porque son vagos y fornican en lugar de trabajar, explicaba ufano) hasta elucubraciones económicas pseudomarxistas.

“En todas las calles un teatro y todas las noches, una fiesta” dice el Libro Verde. No hay duda de que Gadafi predica con el ejemplo

Y es que como modestamente indica el Libro Verde de Gadafi —no confundir con el Libro Gordo de Petete—  en su prólogo: “no sólo soluciona el problema de la producción material, sino que traza el camino hacia la solución global de los problemas de la sociedad humana, para que el hombre logre, definitivamente, su libertad material y realice su propia felicidad”. Nada menos. Pero no me cabe duda de que así será: todo lo que el Libro Verde señala es cierto, puesto que el Libro Verde dice que todo lo que el Libro Verde dice es cierto. Sólo un fanático descerebrado no lo entendería.

El caso es que desde hace unos meses encabeza el top de libros quemados tal como hemos podido ver en numerosas fotografías. Parece que muchos libios prefieren informarse por otras vías, pese a las dificultades connaturales de todo régimen represivo, como el intento de Gadafi de bloquear la señal de Al Yazira, un canal que ha ejercido una notable influencia en estos acontecimientos.

La otra gran fuerza modernizadora durante los últimos años ha sido sin duda internet. Aunque su implantación difiere mucho de unos países a otros y no está libre de censura, en Bahréin por ejemplo este foro crítico con el régimen ha llegado a recibir diariamente una cantidad de visitas equivalente a la cuarta parte de la población del país. El hecho de que algunos blogueros acaben cayéndose por las escaleras es otro indicativo de que la mujabarat de diversos países lleve ya unos años prestándole creciente atención a este medio. Otro ejemplo es el humorista gráfico jordano Emad Hayach, que cuelga en su web todas las viñetas políticas que le censuran en el papel. Respecto a Egipto y pese a la pobreza generalizada del país, ya en 2008 se convocaban huelgas generales en El Cairo a través de Facebook con notable éxito.

Cambios de régimen

Uno de los mantras favoritos del anterior presidente de la Casablanca era el un tanto autocomplaciente “nos odian por nuestra libertad”. Pues bien, sostiene MacFarquhar —y siendo periodista norteamericano en Oriente Próximo cabe suponer que sabe de lo que habla— que el principal motivo de hostilidad hacia Estados Unidos está en la herida abierta que para el mundo árabe representa el conflicto palestino-israelí y el incondicional apoyo a estos últimos por parte de Washington.

La invasión de Irak, dice, tampoco ha ayudado precisamente a mejorar su imagen. Además, su interminable sangría de posguerra lejos de provocar un efecto dominó de democratización de la región, ha servido a esos regímenes para ser más represivos con los reformistas señalando aquello de “Yo o el Caos”. Aunque también señala que la caída de Sadam Hussein mostró a muchos árabes que los tiranos que tantas décadas llevaban asentados en sus países no eran invulnerables. La realidad, como siempre, es poliédrica.

Las revoluciones triunfantes de Túnez y Egipto, así como las que están en marcha en Libia y Siria invitan a la esperanza. Por otra parte, en el momento en que escribo esto se informa de que el ejército sirio acaba de provocar una masacre de un centenar de muertes en la ciudad de Hama, ¿Avanzarán por fin los países árabes en una línea por fin ascendente hacia mayores cotas de progreso y libertad? Quién sabe.