Manuel Rivas: «Lo mío es una insatisfacción que tiene que ver con una saudade del porvenir»

Manuel Rivas

Manuel Rivas (A Coruña, 1957) tiene barba cana, rizos en el pelo y un maletín como el de los maestros antiguos. Allí guarda papeles, rotuladores, libros y quién sabe qué más. Es poeta, novelista, agitador cultural, practica el contrabando de géneros. Como periodista nunca tuvo miedo a mojarse, a señalar la verdad incómoda, a escuchar lo que otros tenían que decir. También le han dado premios, vio su obra llevada al cine y es de esas figuras a las que se escucha cuando habla. Ah, y ríe, ríe mucho. 

Aprovechando que Rivas viene al CICUS para dar una conferencia sobre la exposición Imago Mundi tomamos un café con él, hablando de lo divino y lo humano, de periodismo y gente que pide refrescos light en una romería. Nada más sentarse saca su último poemario (O que fica fora) y va pasando páginas con la ilusión de un niño chico. Allí las palabras se liberan, escapan a los márgenes del texto, pasan de tipográficas a manuscritas, aparecen dibujos, huellas dactilares. Es la travesura más reciente del gallego. 

Tiene sentido del humor, esto de O que fica fora. A medida que pasa el tiempo ¿te tomas menos en serio? Quizá de joven uno es un poco más grave.

Algo de eso hay. Yo creo que aprender a escribir es tener conciencia de que estás luchando contra la estupidez.

¿La estupidez propia o la ajena?

No, la propia… por supuesto también lo que te rodea, ¿no? Cuando empiezas eres más consciente de la estupidez ajena, pero después, a medida que avanzas… Yo creo que escribir es un andar, un andar campo a través, no por autopistas. Y en ese camino la clave es poner en cuestión ideas, prejuicios que te parecían inamovibles.

Tú, de hecho, escribiste sobre esos «caminos de luciérnagas» que son las autopistas. Comunican sitios, pero pierdes el encanto del viaje. Es como si de La Odisea nos contasen solo el principio y el final.

Pienso que la literatura es, precisamente, tomar los desvíos. Muchas veces incluso la idea de abrir paso, abrir camino donde hay maleza. La autopista es lo contrario al viaje literario, es lo unidireccional. Puede servir para otras cosas. El sermón religioso, por ejemplo, va como una bala. Pero en literatura lo importante es lo que está a los lados, lo que no está bien visto. Porque está oculto o porque te lo ocultan, está marginado. Pero el camino de las luciérnagas sería más parecido al camino literario, entre otras cosas porque está en extinción…

Ya casi no hay luciérnagas.

De chaval eran parte del paisaje de la noche, y ahora encontrar una es muy arduo. Es como encontrar un buen verso…. es complicado. El día que escribo un verso ya cumplí.

Como Joyce, que decía que una frase buena era un día de trabajo productivo.

Sí, esa idea.

Tú acabaste escogiendo un oficio donde te mojas, pese a la recomendación familiar.

Sí, recuerdo perfectamente esa imagen, la estoy viendo. Invierno, mucha lluvia, mi padre trabajaba en la construcción. Entonces no había ningún tipo de seguridad, si no ibas no cobrabas. Los inviernos son largos en Galicia, los andamios eran frágiles. Él llevaba unos días en casa, enjaulado, preocupado. Y dijo «quién me diera estar quince días en la cárcel». Y mi madre, que estaba calcetando, embarazada de un hermano, respondió, «y a mí quince días en el hospital». 

Es una frase durísima.

Lo es. Pero es de ese tipo de diálogos que tienen un humor de fondo… un humor amoratado, pánico, lo que llamábamos retranca, el humor que conecta con el dolor, y que a mí me parece el más interesante. Yo tengo consciencia de escuchar allí, por primera vez, la boca de la literatura. Aunque eso lo piensas ahora, entonces solo quedaba la extrañeza. Y otro día mi padre llega de trabajar, llueve, todos volvíamos a casa empapados. Nosotros de la escuela, él del andamio, mi madre de una huerta que tenía. Ella usaba una pequeña cocina económica, bilbaína le decíamos, para secar los calcetines, pero había un momento donde no teníamos ninguno seco. Y entonces mi madre, en un instante de desesperación, me dijo «búscate un trabajo donde no te mojes». En aquella sociedad estaba esa idea. En el barrio, en Elviña, los únicos que seguimos estudiando después de la escuela fuimos mi hermana y yo. Y yo creí que había encontrado un trabajo donde no me iba a mojar con esto del periodismo… [ríe].

No funcionó. Acabaste en El Gran Sol entre olas de diez metros.

Sí, acabé allí, y mojado con otras historias.

Nunca has tenido miedo a mojarte. 

El periodismo que practiqué era bastante anfibio, me mojé mucho. Tenías que hacerlo. Por la época, por el medio. Recuerdo, por ejemplo, que yo estuve procesado por sedición. Cuando tendría… dieciocho años.

¿Mientras estudiabas en Madrid?

No, en Galicia. Yo volví de Madrid para trabajar en una revista. Iba solo a examinarme y a coger apuntes, aunque acabé Ciencias de la Información. Aquí me llamaron para una revista semanal, en la que me mojé mucho, que se llamaba Teima, la primera que se hacía en galego con ese formato. Era, para su época, muy de vanguardia. Hoy le diríamos de periodismo radical. A mí me gusta esa expresión. Hay que hacer periodismo radical en el sentido etimológico de la palabra: hay que ir a la raíz. Fue una aventura, duró un año, que en aquellas circunstancias era mucho. Lo importante era intentar hacer cosas, pero, aunque tuvo buena acogida, nos ubicaron muy pronto. Mira, no teníamos ninguna página de publicidad. Tuvimos problemas, en algunos sitios te recibían muy bien, pero en otros el poder caciquil era secular, feudal. En un pueblo llamado Santa Comba estuvieron a punto de lincharnos, nos salvaron los caballos. Un 2CV, concretamente.

Manuel Rivas

Siempre se puede confiar en ese coche.

Después empecé a trabajar de freelance, y escribía para El Faro de Vigo y La Región y otros. Entonces hubo una intoxicación alimentaria en un cuartel. Afectó a más de cien soldados, con situación grave, además. Yo tenía información muy buena, porque me venía por dos fuentes: la parte médica y algún amigo que estaba haciendo allí la mili. Así que escribí un reportaje, que estaba convencido nadie iba a publicar. Ninguno lo sacó… salvo La Región de Orense. Una página entera, ningún otro periodista hablaba del asunto. Así que a las ocho de la mañana estaban llamando a la puerta. A mí me pilla dormido, noto barullo, y a mi madre diciendo en voz alta «no está, no está, esta noche no durmió». Y tuve la mala idea de salir del cuarto. Allí estaba la policía militar.

¿Qué se piensa en ese momento?

Me dejé llevar un poco por la fatalidad. Estaba mucho más indignada mi madre, que había gritado tanto para que yo saltase por la ventana. Luego me lo reprochó: «Yo lo que quería es que te marcharas, pero que te marcharas de este país».

No entendiste el código.

No, no lo entendí. Ella había vivido de niña situaciones parecidas. Sobre todo una, que se llevaron a mi abuelo para matarlo. Y te aparece un agente armado, en mitad de la puerta… De ahí vino el proceso por sedición. Solo la amnistía que se produce con la llegada de la Constitución evita que el consejo de guerra terminé llevándose a cabo. Pero tuve que hacer inmediatamente la mili, porque no me dieron prórrogas. En la mili, procesado y con el consejo de guerra en marcha. Me pedían seis años y no sé cuántos meses de cárcel. Yo no revelé las fuentes y… 

Te mojaste desde el principio.

Ahí estuve bastante mojado, sí. Antes de la amnistía habían cambiado el capitán general, y por medio de un oficial con talante demócrata conseguimos una entrevista con él. Me dicen que tal día me presente en Capitanía General, voy andando por los pasillos, llegó al despacho, que era como un despacho de la época de las Indias, una casona preciosa… Estaba allí el hombre, más bien pequeñito, de pie, y me dice: «¿Usted tiene algo contra España?». Oiga, no, yo solo escribí sobre una intoxicación alimentaria, no conecté la idea de España y la intoxicación. Y ahí acabó la historia. Bueno, después vino lo de la amnistía…

Tú vivías en un barrio de A Coruña que prácticamente era una aldea, ámbito rural, por así decir.

Digamos que en mi psicogeografía de infancia y adolescencia, la que te queda y más te marca… el lugar donde nací es Monte Alto, que estaba cerca de la Torre de Hércules. Yo hablo de un triángulo de juegos… A Coruña forma una quilla, y yo vivía en ese extremo. Si mirabas hacia el mar a la derecha estaba el cementerio (un vecino decía que era el cementerio más sano del mundo, por el mar, por el aire). Al lado estaba el cementerio civil, que le decían «Cementerio de los Disidentes».

En Cantabria he conocido algún «Cementerio de los protestantes».

A mí esa idea del «Cementerio de los Disidentes» siempre me impactó. Decía que estaba allí el cementerio, con los sanos católicos y los sanos disidentes, y luego el otro vértice del triángulo, que era la cárcel. Ahora está cerrada, pero entonces era la mayor de Galicia en número de presos. Y, en el centro, la Torre. Todo el resto era espacio verde. Había algún campesino, vacas… Cuando quitaron las vacas yo pedí que pusieran otras en ese sitio, aunque fuesen «vacas funcionarias». 

La cita de Kundera, que «el hombre es un parásito de la vaca».

Sí, y aquellas vacas, además, mirando al mar… la saudade absoluta. Luego llegó la portada del disco de Pink Floyd, y aquellas eran para mí las vacas de Pink Floyd. Hay muchos recuerdos, pero el que quedó como un tatuaje en la memoria fue el tema de los presos. Había allí unas rocas, que ya no existen, y en ellas se colocaban los familiares de los presos algunos días de la semana, comunicándose con ellos a través de pañuelos de colores. 

Las cárceles enfrente del mar, que son las más crueles, porque escuchas en todo momento la libertad.

Claro. Yo estuve dos veces dentro de la cárcel, aun en funcionamiento. Dando recitales, charlando, gracias a un maestro de allí que era amigo mío. Te enseñaban celdas y calabozos. Y en algunos entraban los lampos do mar, las ráfagas de luz del faro. Era una memoria constante para quienes estuvieron en ese sitio. Estar en la cárcel y ver la luz del faro, es un contraste bastante potente.

Esa es tu geografía de infancia.

De allí dimos un salto, alrededor de los cinco años, que llega con la emigración de mi padre. Él estuvo en Venezuela, y cumplió con su palabra. Se fue teniendo yo cuatro meses en el vientre de mi madre, y prometió que, cuando tuviera dinero para comprar una tierra que había visto en las afueras de A Coruña, iba a volver. Quería hacer casa propia. Y cuando vuelve, al año y medio, empezó a construirse él mismo aquello, levantando poco a poco según iban llegando hijos. Al barrio de Elviña, donde fuimos, la gente le decía aldea, y tenía alrededor un castro celta, donde encontraron un tesoro. Nosotros íbamos a buscar tesoros, pero no de broma como en otros sitios.

Los tesoros que guardan mouros en Galicia.

Los guardan los mouros, los guardan los enanos. A mí me gustan mucho los momentos de trastiempo, cuando se mezclan las épocas. Los moros son algo exótico en Galicia, pero fueron incorporados como seres de la mitología. La moura, el mouro, los ananos, que sabían muchos idiomas y si le acertabas en qué lengua te estaba hablando él te daba su tesoro. Estas cosas. Pero lo que había de verdad allí era una torre de alta tensión, clavada en al ara solis, donde se supone que hacían los rituales. Fenosa plantó allí una torre, eran los romanos [ríe]. Así que otra de las iconografías de mi infancia es el dibujito del hombre atravesado por un rayo. Años más tarde llegó una polémica, ya en la época de internet. Que si lo que hubo en Galicia eran celtas, si eran ártabros, si eran no sé qué. Intento no meterme mucho en asuntos de estos por internet, pero ese día no me pude resistir, y expliqué que hubo celtas, pero murieron electrocutados.

Manuel Rivas

Debutas en El Ideal Gallego. Allí te lleva un tal Antonio López Mariño, que tenía firma peculiar.

Sí. P.Q.F. Para qué firmar. Él fue el contacto, digamos. Yo estaba en bachillerato y quería trabajar, pensaba que era la única forma de hacerme periodista, escritor. Yo conocía a Antonio de historias extraperiodísticas… alguna protesta, alguna manifestación. Pero quien realmente me abre la puerta fue la secretaria del director, que se llamaba Ángela. Desde entonces creo en las «ángelas de la guarda». Yo llevé mi libro de notas escolares y unas poesías, ella me dijo que volviese unos días más tarde. No esperé mucho, y ella «tú quédate por aquí». Y, efectivamente, quedé por allí. Al principio era un bulto, comencé haciendo recados, mensajero. El primer trabajo fue ir a buscar crónicas de corresponsales que venían en los coches de línea. Los corresponsales de pueblo hacían un trabajo fundamental en aquella prensa, la sección más amplia era la de «Comarcas». Sabes, además, la dispersión que existe en Galicia, es una especie de «Confederación de Comarcas». Suiza tiene Confederación Helvética, y nosotros esto. El siguiente paso es transcribirlas. Yo tuve el acierto ese verano, en el que pasé de Bachillerato a COU, de ir a una academia para aprender a escribir a máquina. Acierto no solo por el tema práctico, sino porque para mí fue una experiencia sensorial, erótica. Se llamaba aquella academia La Rosa Taquigráfica, y nos enseñaba una chica. Estabas deseando que te viniese a colocar los dedos. Hablamos de un adolescente, claro. Fue un verano feliz. Asociar el teclear de la máquina con los dedos de aquella muchacha creo que me ayudó a querer escribir.

Así escribes una crónica sobre cierta patata grande como una nave espacial.

El siguiente paso era transcribir, como te dije, lo que mandaban los corresponsales. A veces venía a mano, pero otras no. Aquella, en concreto, la envió alguien que firmaba Enmuce, corresponsal en Boiro. Este hombre escribía para los siete periódicos de Galicia y usaba papel de calco para hacer llegar la misma crónica a todos. Pasa que si te tocaban las primeras hojas podías entenderlo, pero las últimas… Un día me pasó Guimaraes la crónica de Enmuce. Guimaraes era el jefe de sección, un hombre delgado, con manguitos, casi como de película de John Ford, muy periodista del siglo XIX. Era prácticamente ilegible, y yo lo que hice fue reconstruirla. Algunas palabras se distinguían. La clave parecía una «gran patata», una patata gigante. Era la época en que estaban muy de moda los ovnis y yo especulaba sobre si la gente pensaba que la patata venía de una nave espacial. Todo en clave literaria. Fue un éxito para Enmuce. Viene a cuento con algo que dice John Berger en El sentido de la vista. Allí hay un capítulo titulado La producción del mundo, y él dice que es un error suponer que imaginación y realidad son algo contrapuesto. La fantasía es otra cosa, pero no podemos llegar a la realidad, y salvar la realidad, sin el recurso a la imaginación. Entendiendo la imaginación no en clave de fantasía, sino de ver más allá del ojo, del decorado cartón piedra que a veces se hace pasar por realidad.

Un poco el constructivismo como decía Gadamer.

Claro. Eso sirve para dar una coherencia a los acontecimientos. El acontecimiento no es la realidad. Puede ser un reclamo de la realidad, incluso un reclamo para despistarnos de ella. Hoy vemos muchos acontecimientos que son fake news, también operaciones militares de falsa bandera… La realidad funciona así. La propia naturaleza, con esas mariposas disfrazándose, con sus ojos de monstruos. Por eso es importante la imaginación. Ahí está la clave del periodismo, que para mí es el «porqué». Eso es lo que marca la diferencia entre un periodismo y otro.

¿Quizá estamos perdiendo eso? Se hace un periodismo más acelerado y se huye del análisis, del «porqué»…

Bueno, eso es una característica del periodismo y del mundo en el que estamos viviendo. Por eso la idea de O que fica fora es una respuesta poética a ese síndrome del fear of missing out, miedo a quedarse fuera. Creo que hay dos síndromes hoy… el primero es este, si estás al margen de lo último, del acontecimiento, de la novedad, desarrollas angustia ante la idea de ser irrelevante. No hablo solo profesionalmente, sino en la propia vida. El otro síndrome sería el burnout, el quemarse, el incendio del alma, podríamos decir, que viene derivado del anterior. Es un tema de foco de atención, de economía de la atención. Es lo que se cuenta en La civilización de la memoria de pez: cuando antes mirabas a un pez en un acuario la atención del ojo humano era de catorce o quince segundos, mientras que el pez tenía solo siete segundos hasta que se daba la vuelta y te dejaba. Lo que ocurre ahora es que el foco de atención humano son seis segundos… el pez está más tiempo mirándote a ti que tú a él. Ese del foco de atención es un problema que tenemos en el periodismo. A la hora de hacerlo y a la hora de recibirlo. Hoy en día estar dos horas leyendo un libro es un acontecimiento para anotar en la agenda. Un triunfo de la humanidad, te dan ganas de levantar 1984 y salir a la calle a celebrarlo. Ese foco de atención tiene que ver con la profundidad. La atención es la principal riqueza que tenemos, pero lo que hay ahora, como dice la filósofa Marina Garcés, es un fracking de atención. 

Hablabas antes de una figura que quizá está en desaparición: el corresponsal local, ese hombrecillo que en su región no se movía una piedra sin que él se enterase, que lo mismo informaba de un accidente de tráfico o del nacimiento de un ternero con dos cabezas.

Nos tocó vivir un momento de crisis existencial del periodismo. Y allí la crisis más profunda es la de estima por el oficio, la autovaloración. Nos metieron dentro esa sensación casi de inutilidad, de un oficio en extinción. Yo creo que podríamos empezar a hablar de un proceso de desextinción. Lo que comentas es cierto, se habló incluso de la desaparición de la prensa local. A este respecto hay una historia simpática. Hicieron una encuesta, a mediados de los años setenta, con directores de los principales periódicos locales de toda Europa. Sesenta y pico directores. La pregunta era «¿Sobrevivirá la prensa local?». Solo dos directores dijeron que jamás iban a desaparecer ese tipo de diarios. Uno era el del Sud Ouest francés y otro fue Álvaro Cunqueiro, director de El Faro de Vigo. Cunqueiro decía que El Faro de Vigo, con los anuncios breves en proa y las esquelas en popa, es un barco que nunca se hundirá. Sigue existiendo, claro. Las esquelas aguantan. Es curioso, no hay esquelas en internet. Igual vienen, pero más tarde.

Ciertos periódicos nacionales tienen las esquelas casi como un género propio.

Totalmente. Pero a nivel local es fundamental, la información más verídica que hay, es lo que da al periódico una pátina de respetabilidad. Pero hablando de la desextinción… yo ese proceso lo noto muchísimo en la cantidad de gente joven que quiere contarte historias de lo que queda fuera, que a veces es lo más importante. En Luzes hay periodistas que te mandan reportajes sobre las escuelas kurdas, sobre las librerías de Vietnam, historias de México, el propio Irán, que nos mandó Anna Serrano unos reportajes magníficos… Cosas que no se cuentan… El árbol que tiene cientos de años y la gente va allí a abrazarse. Con una visión local-universal, sin complejos… 

Tú nunca has tenido complejos para pasar de lo local a lo universal.

Creo, como dice José Manuel González Torga, que lo que llamamos universal es lo local sin paredes. Lo universal es una abstracción, pero, al final, ¿qué cuenta Homero? Pues la historia de un tipo y una tipa y una aldea, que Ítaca no deja de ser como Betanzos. Y fíjate tú lo que salió de allí. Yo siempre sentí que no había contradicción entre local y universal. Cuanto más profundizabas en una historia veías que aquello podía interesar a todo el mundo. Quizá eso tiene que ver con el mar, ¿no?, ser de un pueblo de acantilados, mirar siempre más allá…

La idea de que el siguiente horizonte es América.

Claro, no ves las coordenadas, pero están ahí. Y también que el mundo campesino es muy universal, una persona que se relaciona con la tierra es un personaje bíblico. Nada más parecido que el campesino gallego, o el de China, o Vietnam, o en África, a la espera de que salga la simiente, la relación que tienes con los animales. Hablamos del campesino, claro, no de las industrias cárnicas, que son otra cosa. 

Manuel Rivas

Una de las piezas más conseguidas tuyas es la que trata sobre Eva Lavandeira, aquella niña autista que se perdió en el monte y falleció. A mí me gusta por la sensibilidad… en un momento en que está naciendo lo que conocemos como telebasura tú demuestras que se puede hablar de cualquier cosa desde el respeto, por mucho que sea un tema «complicado». ¿Cómo te acercas a una historia así?

Creo que la mejor tecnología la llevamos incorporada, porque es imposible inventar algo mejor que esa inclinación a escuchar. Yo me recuerdo como un niño un poco pasmao. Me quedaba al lado de las mujeres donde lavaban, en el río, oyendo sus historias. Me gustaba escuchar a los mayores, escuchar en la taberna. Creo que esa aproximación, esa atención, es fundamental para que empiece a fluir el relato. Ocurre también con los personajes de ficción, debes escucharlos, no vale decir «tú vas a ser así, te voy a poner aquí».

Acercarte con humildad

Efectivamente. Ves que la historia empieza a andar y resulta verosímil cuando hay esa relación de respeto con el personaje, por muy cabrón que sea. Porque el personaje sabe que lo vas a escuchar. Es así en la vida real y en la vida de la imaginación. Eso es fundamental para mí. Mira, uno de los primeros reportajes que recuerdo… yo leí en La Voz de Galicia dos noticias de suicidios, antes se daban en los periódicos. Algunas, al menos, ya sabes que en Galicia hay una proporción muy alta. Entonces yo leí que en Ferrol Terra apareció un hombre ahorcado de un manzano. Noticia pequeñita, muy breve, sin entrar en detalle. Al día siguiente, dos suicidios en la comarca de Ferrol Terra, otros dos hombres, otra vez el detalle del manzano. Hostia, qué pasa aquí. Así que me fui a Ferrol. No tenía coche, al autobús con mi cuaderno. Fui a la primera aldea, con los datos, me dijeron dónde era el domicilio, llamé, sale la esposa. Mire, lo siento mucho, soy periodista… bum, me dieron con la puerta en las narices.

Me doy la vuelta, empecé a andar, despacio… sin coche ni hostias, yo era un tío allí, en medio del pueblo, caminando, y escucho un grito detrás… ¡Neno! ¡Neno, ven, ven! Era la mujer, dice que pase. Y entonces me empezó a contar la historia. Yo no abrí la boca, no sé qué vieron, igual tenía necesidad de contárselo a alguien, pero si hago alguna pregunta… Y me acabó la mujer diciendo que él tenía un amor antes de casarse con ella, y que no llegó a puerto, y la otra persona emigró a Suiza, pero cada vez que volvía el hombre entraba en crisis. La mujer me lo contaba con mucho respeto por él, que se había ido, se había muerto y ella sabía la razón. Yo creo que todo el mundo tiene necesidad de contar. Lo que pasa es que estos medios donde prima la cháchara… Allí se utiliza lo que podríamos llamar el temor semántico, como decía Italo Calvino sobre el lenguaje de los autoritarismos. Yo a veces lo percibo en estos programas basados en crear una hostilidad, en crear muchos decibelios sin contenido. Tú no quieres convencer al otro, sino atemorizarlo. Es una especie de guerra fría verbal.

A veces no tan fría.

A veces no tan fría, efectivamente.

¿Echas de menos aquella época de los reportajes?

Sí, a mí es lo que más me gusta. Hice algunas cosas recientes. Incluso en relatos. Escribí uno para un libro que publicó Comisiones Obreras titulado Conciencia de clase. Era la historia de Luis Ferreiro, una persona que estaba enferma y lo remató el covid. Él sobrevivió a la tortura de milagro, lo dejaron hecho un despojo. Yo lo conocía, y me contó su historia, quería hacer un cuento, pero con la vida de este hombre. En las torturas todo giraba sobre dónde estaba la máquina, el aparato de propaganda de Comisiones Obreras, solo había dos personas que sabían el lugar. Una estaba huida, otra era él. Cuento que él de niño era aprendiz de cantero, y una vez la cayó encima de la mano una piedra y se le desprendió una uña. Entonces había una chavalita del pueblo, esto era en los Ancares, que le hacía curas con telas de araña a modo de vendas. Ese era su recuerdo. Luego una de las torturas a las que le sometieron fue arrancarle las uñas, y decía que la única que le dolió fue la primera, aquella que había perdido. Porque no había nadie que le pusiera telas de araña, y él pensaba que no saldría vivo de allí. Era un relato, pero también un reportaje.

Ese contrabando de géneros del que tanto hablas. 

Sí, eso mismo. La historia de la uña. Un relato que creo es muy político, pero solo en el trasfondo.

Es habitual en tu obra. Las ideas son evidentes pero sutiles, no se hace exhibicionismo. 

Eso es una obsesión. Que la voz de la literatura no sea subalterna. Yo tengo mis ideas, pero procuro huir de cualquier fanatismo. En un momento te puedes expresar con pasión, claro. En una manifestación de Nunca Mais, por ejemplo. Pero a la hora de escribir no puede haber ningún intento de dominación, que es lo que pasa con el lenguaje cuando es un sermón, o un discurso. Hay un intento de compartir, pero también conlleva cierta voluntad de dominación sobre el interlocutor. En la literatura tienes que estar alerta, y yo cuando detecto esto… Las palabras son como animalitos, como bichos pequeños que te avisan. En las imprentas antes existía lo que llamaban «el cajetín del diablo», donde guardaban tipos inútiles. Los deformes, los empastados, los que no cumplían tamaño. A caixa do demo. Yo creo que la literatura tiene que trabajar con eso, con lo que no está perfecto y no es discurso acabado, con las palabras heridas, las dubidosas, las cojas, las que sienten. Siempre debes tener a mano el cajetín del diablo.

Me gusta mucho tu labor de periodista a finales de los ochenta y principios de los noventa, eso que se acaba recopilando en Galicia, Galicia. Allí juegas entre la realidad y la ficción, y te inventas cuentos que acaban siendo reales. Como aquella historia en la que Fraga conoce a Fidel Castro…

Había gente que me decía que la idea era mía [risas].

Es un poco raro.

A veces la imaginación… Evidentemente había cosas, Fraga vivió en Cuba de niño, pero de ahí a construir un viaje, con toda su expedición, llevando la Enciclopedia Gallega…

Fue una exhibición del populismo, con Fraga repartiendo cheques por las Casas de Galicia como en un concurso de la tele.

Y Fidel también empezó a preguntar por Galicia, y eso…

¿A quién hubiese votado Fidel en las elecciones gallegas? 

Hombre, pues como buen conservador… [risas]. Él era un guerrero, fundamentalmente. Uno que finalmente se puso a pensar.

¿Fidel o Fraga? 

Bueno, yo creo que más Fidel, Fraga era más comisario. Si estuvieran en el mismo partido uno sería comisario político y al otro lo veo más en el plano de agente, militante. De todas formas tenían criterios distintos, venían de tradiciones distintas, pero los dos eran conservadores. En la concepción del poder, por ejemplo. Por vías diferentes, pero… Y luego eran personajes, a su manera, excéntricos, y esa excentricidad tuvo su momento, creaba cierto factor humano. Fraga en su primera campaña (no iba él, sino Fernández Albor), vio que podía dirigir una especie de renacimiento del Reino de Galicia, y ser rey. El Estado lo tenía muy difícil, y buscó una taifa. Pero en su interior se produjo un cambio. Él vivió muchas metamorfosis. Quedaba el esqueleto, pero era camaleónico. Esto también está, de alguna forma, en la tradición cultural gallega. Martín de Braga, en el siglo VI, escribe De Correctione Rusticorum, que es un sermón donde pregunta a los gallegos de la época cómo pueden creer que las piedras hablan, que los árboles hablan, que las fuentes hablan… y, sobre todo, cómo pueden creer que el demonio tiene más poder que Dios. 

Justo antes de la conquista por los visigodos…

Sí, al final del período suevo. A Prisciliano lo matan en el siglo IV, pero el humus del priscilianismo se mantiene en los suevos. Luego se produce un proceso de cristianización, y esa idea de que el demonio tenía más poder que Dios… Lo piensas con los siglos y parece acertada.

Manuel Rivas

Estábamos con Fraga.

Él empezó con la primera campaña, que era Galego coma ti. Lo que hacen es galleguizarse, Galicia puede votarnos pero nosotros tenemos que galleguizarnos. Esa idea de que el gallego es conservador, pero no reaccionario. Yo creo que no es casual que sea el único sitio donde Vox no tiene ni un representante. Es verdad que hay un dominio muy grande del PP, pero también es cierto que la mentalidad es conservadora.

Es un matiz, eso de la diferencia entre el conservador y el reaccionario, que hoy apenas se contempla. Y mira que es fácil, solo debemos acudir a la etimología.

Totalmente. Yo a veces digo eso de «lástima que en Galicia los conservadores no conserven». Es muy difícil usar hoy en la política española el término «conservador». ¿A quién se lo llamas? ¿A Aznar? ¿A Ayuso?

¿Qué crees que pensaría Fraga del PP de hoy? Entiendo que es complicado meterse en la cabeza de don Manuel…

Sobre todo porque tenía días. Pero yo sí creo que era una persona que, dentro de esa metamorfosis de la que antes hablamos, tenía inteligencia. Cuando se habla de populismo… él era populista. Yo se lo pregunté una vez. «Dicen que usted es populista». [Rivas cambia la voz, imitando a Fraga]. «Hombre, claro, cómo no voy a ser populista. Y usted, ¿qué? ¿Non é populista? ¿Non quere a o pobo? ¿Non le gusta o pobo?». Jugaba con eso, pero él se sentía bien en medio de una romería. Y si había pulpo más. Mira, yo vi a Fraga y a Aznar en la fiesta que hacía el PP con Cuiña

Cuiña era el del «nacionalismo con la frontera de la autodeterminación». Parece mentira que sea el mismo partido.

Sí, sí, y era el que tenía Fraga a la derecha. Un tipo que subía a caballo, si no había gaiteiros se cogía un cabreo de la hostia… Pues en ese mismo acto estaban Aznar y Fraga, aquel Fraga que iba abrazando gente, explicando todo… Tú veías la cara de Aznar, le traían empanadas y las cogía así (hace el gesto de tomar algo con dos dedos, como sin mancharse), pidió una coca cola light… tú imagínate, en una romería… El guardar distancias con la plebe. El tío cuando quería conectaba, pero sobre todo ideológicamente. No empatizaba. Yo los veía juntos y Aznar parecía un marciano. Lo veías incómodo. Y cuando salió Cuiña con los hermanos y el acordeón, a tocar, el tipo se dio la vuelta y se largó. Yo creo que hoy Fraga no estaría a gusto en el PP, como creo que no está a gusto mucha gente. Sucede que nadie está interesado en buscar los matices a lo que es la derecha. ¿No hay gente de derechas que sea ecologista, que sean partidarios de la diversidad cultural? Esos matices, en la tradición gallega, sí existieron. Aquí había, por ejemplo, muchos hijos de madres solteras. Teníamos factores, claro.

Los pescadores, el peligro del mar. 

La emigración, también. Y que la gente del mar es muy abierta. Entonces sí, votas al PP, pero no eres un reaccionario. Yo creo que sería un tema interesante… qué pasa, ¿aquí no hay democristianos? Con la fuerza de la Iglesia… En Italia eran mayoría ¿y aquí no había nadie?

Decías lo del populismo… Ahora tenéis en Galicia un animal perfeccionado de populista que es Abel Caballero. Alguien que hizo su tesis doctoral en inglés y finge hablarlo mal, que empezó en los gobiernos felipistas siendo ministro con traje de oscuro burócrata y ahora es lo contrario. 

Él cambió completamente, lo que hablábamos antes de la metamorfosis. Era un tipo… cómo decirlo… que olía un poco a moho, lo recuerdo hosco. Parecía un burócrata estilo Brézhnev. Pero descubrió a la gente. Mantuvo el ego pero, en lugar de ser expulsivo, encontró el lado placentero del poder.

No hay mayor ego que el de quien sabe remitirlo, quien no necesita exponer.

Efectivamente. Y luego él tenía… hay una diferencia fundamental si analizas los modos del poder. El cacique que tiene éxito es el benefactor, inclusivo, empático, simpático, el que si hacen un chiste sobre él se ríe. Y Abel Caballero descubrió que debía ser un buen cacique. Luego está el cacique que atemoriza…

Que suele mandar poco tiempo.

A veces se eterniza, como pasó con Franco. Pero él no estaba pegado al terreno. Franco acabó siendo un mito, un mito mezquino, pero mito más que figura real. 

¿Sigue habiendo caciquismo hoy en Galicia?

La manera de ejercer política en España… Por ejemplo, las comunidades autónomas podrían derivar a formas de poder mucho más participativa. Frente a la idea del imperio, de grandes espacios, el poder puede ser tanto más democrático cuando su escala sea menor. En Galicia está la comunidad de vecinos, que gestiona lo que es mancomún… los trabajos en el pueblo, los caminos, cuando a alguien se le moría una vaca los vecinos hacían lo posible para que no se viera muy afectado… ayuda y te ayudarán. Hay lugares donde esto se mantiene, gran parte de los montes de Galicia, por ejemplo, son montes de mancomún. Es un resto de algo que en Inglaterra, por ejemplo, ya no existe. Los lores se hicieron con todo, ahí estaba Robin Hood luchando contra ello [ríe]. 

Y luego las enclosures rematan todo.

Sí, claro. Pero ese potencial de que las comunidades dieran lugar a procesos participativos más pequeños derivó, desgraciadamente, a neocaciquismo. Y no solo en Galicia. Hay mucho neocaciquismo en la política española. Que se quedarán a medio caminos cosas como lo que representó Podemos, incluso lo que pudo representar desde la derecha Ciudadanos… Veo pocos espacios realmente participativos. Se volvió un poco a ese esquema antiguo, que es en definitiva el de la Restauración. Galicia es muy variada, con zonas muy diferentes, lo que decía antes, una confederación de comarcas. Pero la tendencia es la misma, al neocaciquismo. De vez en cuando se hace un congreso, pero yo no veo que se haga una reunión de gestores culturales, de sindicatos. Los sindicatos para mí eran muy importantes, aquellas épocas en que lo primero que hacían era una biblioteca, lugares abiertos todo el día. Necesitamos espacios donde puedan estar diferentes generaciones, diferentes géneros, y cada vez hay menos de esos sitios…

Lo que hacía Clarion en Inglaterra, con sus bibliotecas móviles.

Aquí en la época de la República estaba la Barca de los Libros, que iba por la zona de Costa da Morte.

Manuel Rivas

¿Cómo viviste el movimiento del 15-M?

Con bastante ilusión. No de forma militante, en el sentido de entrar en algún partido, pero sí intervine en las acampadas del Obradoiro. Y con activismo periodístico. Fue cuando pusimos en marcha Luzes. Nos decían que estábamos pirados, sin mecenas, sin capital, nada. Yo en Galicia participé mucho en Nunca Mais, que de algún modo anticipa muchas cosas, incluso aquella de que la estética es también política.

Aquello no fue solo un movimiento protestando por el hundimiento del Prestige, había un montón de temas latentes que explotaron.

Sí, y nació una cultura allí, esa idea no sectaria de relacionarse. La transversalidad, los espacios de cultura que se crearon. Hicimos una cosa que se llamaba el Concierto Expansivo, que se celebró a la vez en doscientas ochenta localidades del mundo. Con el mismo Manifiesto contra el Silencio. Cantidad de exposiciones, performances, procesos de participación… Y, sobre todo, la gente no preguntaba a la manguera de qué partido era, sino que la utilizaba para apagar el incendio.  

Eso fue un «prólogo» al 15-M.

Totalmente. Se creó esa forma de comunicarse, de llegar a la gente a través de los problemas y no por lo doctrinal. Hubo, también, una solidaridad. Una solidaridad muy curativa, sin eso que llaman estrés postraumático. Sirvió para darse la mano. Había una cierta alegría frente a aquel tanatos del mar cubierto de negro.

Tan simbólico, casi las banderas negras del barco de Teseo.

Sí, es el Leviatán. Algo histórico, fue la mayor catástrofe. Hubo otros hundimientos con mayor carga de petróleo, pero tanta afectación en tanta costa… Llegó hasta Bretaña, también al sur de Inglaterra. 

Y una década más tarde ¿cómo ves aquello del 15-M?

Bueno, algo hablábamos antes, ¿no?, sobre el proceso neocaciquil, formas más burocráticas de hacer política. Se perdió esa pulsión popular. 

¿Una sensación de oportunidad perdida?

Hay una expresión que es «melancolía democrática». Algo que no se hizo, pero está en potencia. Yo no soy partidario de hacer calendario de derrotas. Derrota es la indiferencia, aceptar lo inaceptable. Intentarlo nunca es una derrota, nunca es un fracaso. Pero sí podemos entrar en motivos de reflexión, qué se hizo mal. Debería reflexionar, de hecho, todo el mundo que se considere demócrata. No es «qué pasa con la izquierda» sino «qué pasa con esta democracia oxidada». Habría que verlo como un periodo de pensar, de divisiones… pienso que si algún tesoro tenemos es que cuando se tambalea el viejo mundo surge una conciencia de unidad. Eso que decían los revolucionarios antiguos de saber cuál es la contradicción principal. Contaba Bufalino, creo que era, que los escritores contemporáneos no se leen, pero se vigilan. A veces me recuerda a lo que ocurre en la izquierda. Yo creo que la rebeldía tiene que ser eficaz, para que no sea un estallido retórico. A mí me parece muy importante que se derogue la Ley Mordaza, que cuando se hable de transición ecológica sea realmente una «transición ecológica». Las palabras son importantes, y no puedes participar de su intoxicación. Aquí los poderes son muy fuertes, y hay uno, el poder mediático, que se comporta muchas veces de forma obscena. 

La neutralidad que no suele ser neutral.

Es que eso de neutralidad… Neutralidad no es que uno diga «llueve» y otro «no llueve» si vemos que está lloviendo. Para eso está la labor periodística, lo otro puede hacerlo cualquiera. Quieren hacer una presa en un río, hacer una cantera en un monte… Alguien tendrá que decir que ese proyecto es un buen negocio para algunos pero van a desaparecer los acuíferos, ya no habrá fauna, las aldeas no podrán recoger leña… Creo que hay una contaminación de la palabra «neutral». Me parece más importante hablar de indiferencia, el periodismo no puede ser indiferente, debe tratar el «porqué». Y en esto hay muchos tiros en el pie, muchos epitafios, pero cada vez vemos más interés en el periodismo. Incluso la dimensión del poder es cada vez más mediática. A los grandes grupos financieros parece que les interesa hasta el último reducto, por pequeño que sea. A veces escribes un grafiti, pero ese grafiti agita las paredes.

Me gusta mucho el título de vuestra revista, Luzes. Muy Pasquale Paoli, muy Ilustración. 

Tiene que ver con la Ilustración, claro, con el enciclopedismo. Hay un guiño ahí, esa «zeta» constructivista o situacionista. A mí me interesa mucho lo que significó el situacionismo, esa importancia que da a «crear lugar», a «producir tiempo». Va más allá de la política tradicional. También la idea gramsciana de que todo verdadero cambio político debe ir precedido por un cambio cultural, la fertilidad cultural. Cuando hablo de cultura hablo también de feminismo, de ecologismo, de luchar contra el pensamiento bruto, que crece porque se lo permitimos. Donde hay vacío crecen las malas hierbas.

Tan reivindicado ahora Gramsci.

Yo creo que es por esta idea. Era, además, muy poco sectario, escribe desde la resistencia frente al fascismo. Y escribe, además, para aportar esas luces que decíamos. Igual que hace Walter Benjamin poco antes de que se tenga que matar, en la frontera, en el límite. Lo último que él escribe son las Tesis de Filosofía, que están llenas de esperanza, que son una rebeldía emitiendo luz con la dinamo a tope. Cuando habla de la memoria como un rescate, de la esperanza, casi una saudade del futuro. Seguramente es lo que llevaba en ese portafolio que apareció vacío, y las mandó a Hannah Arendt.

En los ochenta tú informas sobre toda aquella Galicia marcada por el narcotráfico, te llega a agredir físicamente Sito Carnicero… Cuando ves una fotografía del presidente gallego con Marcial Dorado ¿qué piensas?

Que no es de fiar. Yo creo que debería haber un mínimo de moralidad. También reflexiono sobre un proyecto y una palabra. La palabra es «decoro», que debería llevar a una dimisión inmediata cuando salen esas imágenes, es lo que pasaría en aquel momento en cualquier país democrático. Y luego está el proyecto de que debemos construir una sociedad decente, que va más allá del estado del bienestar. Lo que decía Orwell, una común decencia, donde la economía sea honesta, los comportamientos políticos sean honestos… Sabemos que o demo traballa, claro, y no hablo de una arcadia llena de seres angélicos. 

En una entrevista de hace más de una década en la revista Qué leer dicen que te han ofrecido varias veces el Premio Planeta… ¿qué opinas de este tipo de premios?

Bueno, ya sabes cómo se ofrecen estos premios.

No, yo no lo sé, prometido.

Bueno, intuyo cómo se ofrecen estas cosas. Yo sí que tuve alguna conversación. En el momento en que tuvo mucho éxito El lápiz del carpintero sí llegan sugerencias de este tipo. Que pudiera ser no llevasen automáticamente al asunto, pero uno deduce que, al menos, hay una invitación. En este caso no pasó, ni yo me presenté, así que no tenemos pruebas [ríe]. Pero sí puedo dar una opinión sobre cómo funciona estas historias. En este sentido yo soy uno de os que fica fora, creo que la literatura está más bien en lo lateral, en lo excéntrico, en el acantilado. Es donde se cría, su lugar natural. No me gustan estas cosas. Quizá vuelva a utilizar la expresión de antes… hay poco decoro.

¿Tienes alguna historia que quieras contar pero no te hayas atrevido nunca? Por no saber cómo enfocarla, por miedo a que vuele de forma distinta a como tú la imaginas…

Sí, claro que sí. Soy más de merodear. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo algo que, creo, vencí el miedo a escribir. Pero es verdad que existe esa sensación. No sabes cuánto tiempo dura, y a veces igual ni llega ese instante. Me llevó tiempo merodear y hacer una tarea de limpiar el miedo. Es un error pisar de repente, tienes que hacer trabajo de escucha, las historias tienen que levedar, como el pan.

«Lo que más perdura es la insatisfacción», dijiste en El Cultural hace más de una década, con motivo de la recopilación Lo más extraño… ¿Sigue perdurando?

Sí. No únicamente la insatisfacción, pero sí. Yo no llego a lo que decía Rulfo, que le preguntaron qué sentía después de escribir esa obra maravillosa que es Pedro Páramo, y él respondió: «remordimientos». Lo mío es una insatisfacción que tiene que ver con una saudade del porvenir. Siempre te parece que puedes ir más allá.

Manuel Rivas


El complejo de Dante: la fervenza

complejo de Dante la fervenza
Ilustración: Pablo Auladell. fervenza

Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº4 especial Rutas.

Una de las más abultadas fantasías e ingenuidades humanas (si acaso ambas cosas no son lo mismo) es creer que hemos estado en lugares únicos, excepcionales, tanto si estos fueron maravillosos o lo contrario. Podríamos llamarlo «el complejo de Dante», aquel que hace referencia no solo al hecho de haber estado en el Paraíso o en el Infierno, sino también al de haber regresado para contarlo, o más exactamente, que hemos sido de los poquísimos que hemos entrado en tales lugares y de los poquísimos que salieron para contarlo. De hecho, se diría, que ni Paraíso ni Infierno acaban de cobrar un sentido completo hasta no formar parte de un relato, tanto si lo hacen Dante o Gluck en tercetos encadenados o conmovedoras melodías, como si apenas da para un balbuceo a lo Lucía, Jacinta y Francisco, famosos niños de Fátima.

Uno de los casos más comunes de complejo de Dante suele producirse con relación a Venecia

Todo el mundo sabe, incluso los que jamás han estado en ella, que Venecia es una ciudad bellísima, la ciudad turística por excelencia, el destino de millones de personas de todo el mundo que la eligen por cifrar en sus canales, en sus palacios un tanto decrépitos y en sus callejuelas y campi no solo el dechado de exotismo, perfección, cultura y vida que conocemos, sino la metáfora de todo aquello que, al borde siempre de la muerte, el hundimiento y la desaparición en la laguna, ha logrado sobrevivir de modo jovial y suntuoso durante siglos. Que todo eso se dé cita en apenas unos palmos de terreno arrancado al agua, la hace además excepcional, un gran milagro.

Quiero decir que puede haber otras ciudades tan hermosas como Venecia, incluso más interesantes desde puntos de vista cosmopolitas: París, Londres, Viena, Praga, Lisboa, La Habana, pero solo Venecia, por su carácter restringido de pequeñísima ciudad que puede recorrerse en un día, resulta fascinante para muchos, especialmente en una época acelerada como la nuestra, que ha descubierto las escotillas de los microrrelatos, los haikús, las píldoras teóricas, los aforismos, los titulares, el Twitter y demás espasmos teóricos o sentimentales. Y claro que Venecia no es un descubrimiento moderno. Desde el Grand Tour forma parte de la educación sentimental de algunos privilegiados. Este es el punto en que hay que citar a Goethe o Proust, aunque conviene recordar que en Venecia no estuvieron nunca muchísimos otros sin menoscabo de sus vidas o de sus obras. 

Brevemente: he aquí el hecho. En Venecia muchos tratan (hemos tratado) de descubrir la Venecia de hace cien años o más, antes de caer en manos de la horda turística, o sea, antes de que cayera en nuestras manos y en las de otros como nosotros. Y así nos salimos de las arterias y lugares habituales buscando, a través de venillas cada vez más angostas e intransitadas, con la ilusión de llegar a la pureza del pasado, a lo que no ha sucumbido a esa adulteración que acompaña al uso indiscriminado y abusivo de algo (Benjamin hablaría de la destrucción del aura). Es el momento en el que se manifiesta el famoso complejo de Dante, ese en el que alguien nos dice o nosotros mismos decimos a alguien: «Estuvimos en una Venecia sin turistas, maravillosa, silenciosa, desierta, detenida en el tiempo como en un trozo de ámbar, en fin, una Venecia única». Ni que decir tiene que quien pronuncia estas palabras se considera a sí mismo único también, merecedor de una ciudad que se hurta a la vista de los demás turistas allí presentes y que solo a él se le muestra en todo su secreto esplendor, tal la Virgen de Fátima. ¿Pero quién puede censurar las fantasías y las hipérboles? Sin ellas la vida se haría insoportable.

Y esto que se refiere de una ciudad como Venecia es extrapolable a otros muchos asuntos, libros, vestidos, músicas, vinos, personas… Proust nos habló de Venteuil (acaso Cesar Franck), Mariano Fortuny o Vermeer como de Paraísos que, en aquel momento, pocos conocían, añadiendo a su belleza, el placer de la rareza, muy parecido por otro lado, helas, a la erotización de lo exclusivo que sentía la odiosa madame Verdurin.

Lamento haberme extendido tanto para llegar a la Fervenza. 

La Fervenza es uno de los lugares más hermosos en los que haya estado nunca. Fervenza viene en gallego, según tengo entendido, de la palabra hervir, y se aplica al caudal del río que al romperse se llena de burbujas. Probablemente no volverá uno a estar en ningún otro lugar que pueda comparársele. De hecho lo recuerdo de tal modo que empiezo a dudar de haber estado en él. Puede que yo mismo sea víctima ahora de mi propio complejo de Dante. En todo caso es cosa segura que si tuviese que volver allí no sabría encontrar el camino, pese a que la vieja carretera provincial que conducía a él son a mi modo de ver los once o doce kilómetros más asombrosos que nadie pueda recorrer. Busco en internet y aparece, cierto, el punto de llegada, la Fervenza, pero no soy capaz de encontrar fotografías de esa carretera que partía de Lugo. A la gente se ve que le interesan los puntos de partida o de llegada, pero mucho menos los trayectos que los unen. Pues lo que a nuestro modo de ver no se parecía a nada de lo que hubiéramos visto nunca (y hablo en plural porque íbamos mi mujer y yo como los Hansel y Gretel del cuento), fue ese trayecto, aquellos once o doce kilómetros de una carretera que, ignoro por qué razón, recibe el nombre de carretera del Páramo, transcurriendo como transcurre por uno de los paisajes más amenos, verdes e idílicos que quepa imaginar.

En cuanto advertimos lo extraordinario de ese camino, pusimos el coche a paso de caballo, para poder mirarlo todo a nuestro entero sabor. 

Durante el tiempo que tardamos en recorrer aquellas dos leguas, no nos cruzamos con nadie ni vimos forma humana de vida a excepción del humo dormido en la chimenea de una casa de piedra retirada unos cien o doscientos metros, junto a un bosque. Y esto lo juraría ante el mismísimo Dante. A una y otra orilla había castaños y encinas tan viejos, copiosos y colosales como los que salen en las leyendas druídicas. Las ramas de los árboles de un lado se juntaban con las del otro hasta formar un alto túnel que solo en ciertos tramos filtraba los rayos del sol, que dejaban en la calzaba unos puñados de monedas de oro. Lo asombroso es que aquella visión no parecía acabar nunca, y se prolongaba más y más, tanto como tratábamos nosotros de retrasar el acabarla. Árboles de troncos formidables que precisarían los brazos unidos de tres o cuatro personas para ser rodeados, tan llenos de nudos, agallas y formas caprichosas que no nos hubiera extrañado en absoluto ver que cobraban vida liberando a los animales, trasgos, ninfas y princesas encantadas que vivían apresados en ellos, condenados a vivir de aquel modo como Diana. De hecho abundaban entre las encinas y castaños lauros centenarios de hojas de un verde casi negro.

La carreterita, muy estrecha, recordaba las seculares corredoiras por las que a duras penas podían circular los carros, y serpeaba aquí y allá de una forma muy dulce, como dulces eran los cantos de los pájaros que hablaban de nosotros. Creo que se preguntaban cómo habíamos logrado descubrir aquel lugar, lo mismo que se lo preguntaban los árboles. Cerca de la Fervenza, sentimos el final como una gran pérdida, y se diría que nos culpábamos por no haber encontrado una excusa para habernos quedado allí mucho más tiempo.

La Fervenza, con su pazo del siglo XVII, la pradera verde, los robles milenarios, el tumultuoso Miño y aquel viejo y romántico molino que aprovechaba el ímpetu de su caudal, está a la altura de cualquier lugar mítico, desde luego, pero en nuestra memoria no igualará al recuerdo de aquella carretera que ninguno de los invitados a la boda a la que habíamos acudido parecía conocer. Por eso decía al principio que no está uno muy seguro de si esto que he contado lo he soñado o realmente se trata de un Paraíso al que por alguna razón que se me escapa nos dejaron pasar y del que nos dejaron salir. Para contarlo.


Contrabando o muerte 

Contrabando o muerte
DP.

En Vilardevós (Ourense), durante muchos años, todos los vecinos eran contrabandistas porque todos eran pobres. En la misma línea, todos los ricos eran también contrabandistas. La civilización, a medida que avanza, favorece esa clase de incoherencias, comunes a todos los negocios oscuros. En aquel municipio, arrinconado contra la frontera portuguesa, todos hacían lo mismo. Solo existía esa forma de vida, que te ayudaba a ser pobre, si todavía no eras ni eso, y te apoyaba en tus sueños de volverte más rico, si en alguna medida ya lo eras. En todos los casos, el contrabando era una necesidad, o un vicio. Podías elegir ser otra cosa, a cambio de que siempre fueses contrabandista. No convenía tener sueños: no se cumplirían. Dentro de ese cercado que te impedía rebasarlos, todo se parecía mucho a aquel fugaz diálogo de Henry Fonda en My Darling Clementin, cuando le pregunta a su amigo: «Mac, ¿nunca has estado enamorado?». Mac es rotundo: «No. He sido camarero toda mi vida».

En la disyuntiva «contrabando o muerte», en Vilardevós todos elegían lo primero. La muerte no te daba de comer. Ni siquiera te permitía ser un pobre de medio pelo. Así que todos se volvían contrabandistas. Esa monotonía no estaba exenta de vértigo. De hecho, elegir el contrabando sobre la opción de la muerte —también muy respetable—, significaba a veces morir antes; y en otro país, aunque a pocos metros de tu casa. En la frontera seca —por contraposición a la raya que en otros municipios gallegos marca el río Miño— se jugaba con fuego cada noche, entre rutas imposibles y nevadas, por caminos que ni siquiera existían y hubo que inventar. Hoy está todo señalizado, bien cuidado, y apenas nieva. Hasta morir se ha puesto más difícil. Casi consigues tener la sensación de que las viejas rutas del contrabando eran, en resumidas cuentas, rutas para senderistas con GPS. Y que nadie moría en ellas, solo se arañaba las piernas. Sin embargo, entonces todo era horrible, penoso y feliz. Dependía de si eras rico o pobre. 

En todo caso, ser contrabandista te permitía estar vivo. Los días transcurrían lenta y plácidamente entre penurias y noches a cero grados, pero era porque, en esencia, aquel contrabando era la suma de frío y búsqueda del fuego, siempre a tientas, tratando de adivinar si en los próximos minutos seguirías con vida. En la frontera todo lo grave y bello sucedía en la oscuridad. Pero incluso esa oscuridad daba luz: los buenos contrabandistas no necesitaban ojos, conocían cada metro de sierra. Podían llamar a las piedras por su nombre, incluso acertar su edad. Cuando eres contrabandista, y huyes de la muerte a oscuras, ese tipo de conocimientos pueden salvarte la vida.

***

Entretanto, la Guardia Civil vigilaba para que se cumpliese la legalidad, pero a su estilo, facilitando el contrabando. No en vano, en los primeros años de la posguerra, incluso mucho después, la legalidad era un capricho que aún estaba en pañales. Mirar en otra dirección le proporcionaba a los guardias más beneficios que si actuasen como freno. Bastantes obstáculos pone ya la vida. Entre el final de la guerra y los estertores de la dictadura, existió en aquel paraje de montaña una bella armonía entre ley y crimen. Dentro de los márgenes del municipio, el contrabando funcionaba, en una escala humana, como una gran máquina de hierro, pero afectiva; cruel, pero comprensiva. Todos los vecinos tenían un remo, y todos bogaban en la misma dirección, apartando cucarachas. Nadie deseaba pasar penalidades, si podía evitarlo. Después de todo, nunca es la vida tan emocionante como cuando avanzas arrinconando bichos repugnantes, con la esperanza de encontrar tras ellos un milagro. 

El funcionamiento engrasado de la máquina exigía que, de vez en cuando, pareciese que no funcionaba engrasadamente. Algunas cosas solo pueden ir bien a condición de que vayan un poco mal. La imperfección, la posibilidad de un error esporádico, posee más credibilidad que la excelencia. Eso obligaba a la Guardia Civil a decomisar un cargamento periódicamente, para mantener las formas. No se trataba tanto de tomarla con los contrabandistas, que al fin y al cabo eran todos los vecinos, como de lavarse la cara ante los mandos, y de que los propios guardias pudiesen también ejercer el contrabando. Por esa razón las aprehensiones se resolvían casi siempre sin reo. Guardia Civil y contrabandistas eran una orquesta que ensayaba cada nota desafinada.

Julio Santamarina ingresó en la Guardia Civil en los años 50, y en los 60 estuvo destinado en dos de los tres cuarteles que había en Vilardevós. Hoy solo resiste uno en pie, abandonado y lleno de ratas, pero mucho más pequeñas que cuando estaba habitado. Los guardias eran tan pobres como el que más. A Julio lo conocí cuando ya se había retirado. Su vida era tan penosa como cabía suponer, para aquellos años y para aquel lugar, si no eras un pez ni gordo ni mediano. «Salíamos de patrulla a las ocho de la tarde y no regresábamos hasta las seis de la mañana. Naturalmente, siempre andando. Llovía, helaba, nevaba, daba igual en qué estación del año estuviésemos. En aquellos años, como es fácil imaginar, no teníamos vehículo. Cuando al fin dispusimos de uno, no teníamos gasolina. En el año 1967 yo cobraba tres mil pesetas al mes. Necesitábamos el contrabando como cualquier otro vecino». 

En los treinta y seis kilómetros de frontera que Vilardevós comparte con Portugal, existieron tres grandes rutas para pasar el contrabando, que atravesaban montañas agrestes y, proponiendo caras conocidas y noches rotas en varios trozos, a veces también traiciones necesarias. A lo largo de cincuenta años, el negocio tuvo apenas seis peces gordos: tres curas, el alcalde, el secretario del Ayuntamiento y el juez de paz. Se trataba de una simbiosis perfecta de poder y podredumbre. Oscuramente, sus tentáculos se extendían más allá del municipio. En realidad, cubrían toda la provincia, penetrando en los despachos gubernamentales. No hay gobierno, por altas que estén sus oficinas, que no tenga bajos fondos. Francamente: si la maquinaria del contrabando en aquel paraje fronterizo funcionaba como un reloj era porque existía armonía y el poder se corrompía pacíficamente. Nada une tanto como un buen negocio a medias, y suficientemente sucio. 

En los años 80 conocí a Benito Sánchez y Ramón Núñez. Entonces, el contrabando ya solo era una anécdota verbal, o estaba a punto de serlo con la desaparición de las fronteras europeas. Trabajaban en el Ayuntamiento, y durante años habían sido testigos de los tejemanejes del secretario. Cuando les pedí que me contaran uno, para saber por dónde iban los tiros, me hablaron de una solitaria llamada telefónica en los años 70. Era invierno, se les caían los mocos con el frío y sonó el teléfono, mientras fuera no paraba de nevar. Cogió Benito. Era de la oficina del gobernador militar, que quería hablar con el secretario. Benito le pasó el teléfono, como si fuese una bomba a punto de explotar. El asunto tenía que ver con el contrabando. La cara del secretario, y el tono, permitían intuir la gravedad.

Primero intercambiaron silencios, gestos, pero la conversación se caldeó poco a poco, hasta que hubo más que palabras. Benito y Ramón se miraban entre ellos, y escuchaban. En un momento dado, les llegaron los gritos del gobernador, que se exasperaba e insultaba al secretario, haciendo referencia a sus cortas piernas. En efecto, el secretario padecía una malformación de nacimiento, que había limitado el crecimiento de sus extremidades ostensiblemente. Apenas medían cuarenta centímetros. En ese instante, el secretario explotó: «Sí, tengo las piernas cortas. Y fíjese lo que le digo, gobernador: ahora mismo estoy sentado en una silla que del culo al suelo tiene cincuenta centímetros, y las piernas me cuelgan. Pero los cojones me arrastran, fíjese. No vuelva a molestarme». Y colgó. «Mañana lo fusilan», pensó Benito. Pero no ocurrió nada especial. Los contrabandistas que pasaban por la mesa del secretario del Ayuntamiento, pasaban después por el despacho del gobernador. A esa clase de tentáculos me refiero. Eran, entre unas cosas y otras, los bellos años 60 y 70, y la armonía resultaba perfecta, como una chimenea y su fuego.

***

A la sombra de los peces gordos estaban los peces medianos, los peces pequeños, y la comida para peces, que eran los cientos de personas —un municipio entero— yendo de un lado a otro de la raya cada noche. Era una orquesta caótica, pero bien dirigida. Hace algunos años conocí también a Amable Rodríguez. Entonces él tenía ochenta y cuatro. Le pregunté a qué había dedicado su vida, por preguntar algo. Era un pez mediano. Le gustaba andar a su aire. No le gustaba que le diesen órdenes, así que trabajaba para él. No había más que verlo hablar y gesticular para concluir que dignificó el negocio. Todavía no lo hemos dicho, pero el primer contrabando, incluso el segundo, era un contrabando «sano». Ponía comida y abrigo donde solo había ratas. Después de la guerra, era más de lo que se podía soñar: un gabán y un plato caliente. 

Amable había vivido de cerca todas las etapas del estraperlo, que, en el fondo, es una historia sobre el progreso y el desplazamiento, además de sobre la vida y la muerte, y el frío y el hambre. «Primero traficabas usando tu espalda. Después traficabas con un burro. Y por último, cuando llegó al mercado, y podías permitírtelo, te comprabas una furgoneta. Yo me quedé en el burro». Amable empezó a cargar azúcar a la espalda antes incluso de acabar la guerra. «Lo recogías en Portugal, en sacos de cincuenta kilos, cruzabas la frontera, y aún recorrías veinte kilómetros para distribuirlo. Por esas laderas que ves ahí», decía, y señalaba con nostalgia hacia el horizonte: grandes árboles, pendientes, piedras con nombre y apellidos, el cielo raso… Si tenías suerte, y no morías, o te mataban, ganabas entre dos y cinco pesetas. En aquellos días el lumbago fue un trastorno muy familiar, casi querido. Se alivió cuando los contrabandistas pudieron darse el lujo de los animales. «En mi aldea, algunas noches se movilizaban hasta cien burros, todos en pos de la frontera», en silencio, como apaches. 

Todo empezó con el hambre, que en el caso de los ricos se manifestaba como hartura, que, como todo el mundo sabe, produce más hambre. A fin de saciarla, los vecinos empezaron a cruzar la frontera, acabada la guerra, para hacerse con artículos de primera necesidad, para la pura supervivencia de la población: centeno, trigo, azúcar, sardinas en lata, ganado, almendras, bacalao. Te encontrabas en un país extranjero, de noche, con caras a las que a lo mejor no veías en semanas, pese a ser vecinos de toda la vida. A veces incluso primos carnales. La frontera era un reencuentro, un hervidero, un club social para la familia y amigos, pero en otro país. Aquellos hombres y mujeres estaban predestinados a su único destino. «Fui a dar con una trompeta, estudié y toqué», resumió en una frase Miles Davis su vida. Esta gente no era muy distinta, en el sentido de que adivinaron su camino: nacieron en la frontera, la cruzaron y así sobrevivieron. El contrabando proporcionó aplomo a todo el municipio. En esa medida, se pudo pasar a mercancías más serias, que dejaban mayores beneficios. Cuando al fin eso ocurrió, los pobres pudieron darse el lujo de mantener su estatus de pobreza, mientras que los ricos progresaron y se volvieron todavía más ricos. 

Contrabando o muerte
DP.

Había llegado el contrabando de café. El mundo ya se estaba preparando para no sobrevivir al mediodía sin tomarse una taza. Mientras escasease, pero la humanidad suspirase por él, la frontera sería fértil, de modo que los pobres pudiesen seguir siéndolo, y otro tanto los ricos. Hace veinticinco años conocí también a Nisio Álvarez. Era el chófer del autobús en el que iba al instituto. En sus mejores días, durante la década de los 60, movía cinco toneladas de mercancía cada mes. No tenía jefe. Era un outsider, operando al margen de las redes de los peces gordos. En términos cuantitativos era un pez mediano, ligeramente grueso, pero que se manchaba las manos, como los peces pequeños.

El nuevo maná llegó durante un cambio de paradigma decisivo en los medios de transporte, cuando se dio el salto de la espalda al burro. Nisio debe tanto al autobús de pasajeros con el que distribuía el café, como a los burros con los que previamente atravesaba la frontera. Aquellos animales eran, en cierto sentido, como de la familia. O no. Eran la familia. «No teníamos que hablar para según qué cosas. Eran como personas. Nos bastaba mirarnos para entendernos. Al caer la noche, yo los sacaba del establo, les decía “vamos”, y ellos iban. Solos, eh. Cruzaban la frontera, se dirigían a la casa de mi contacto en Xixirei (Portugal), y allí les cargaban el café. Después, regresaban a España tranquilamente, solos otra vez. En caso de que apareciese la Guardia Civil, nunca había reo». Sencillo, como todo lo complejo. La segunda fase, cuando cargaba el café en el autobús, para su distribución a terceros, tampoco estaba exenta de riesgos. «Alguna vez tuve que atropellar a un guardia civil, pero sin consecuencias mortales», confesaba. No podía sobornarlos a todos, y a los que sobornaba no podía sobornarlos todo el tiempo, así que eso generaba situaciones incómodas. En enero de 1966, de hecho, se presentaron en su casa tres unidades de la Guardia Civil. «Ese día tenía seis mil quinientos kilos de café repartidos por distintas habitaciones. No tenía escapatoria. Estaba acorralado, ya me veía en la cárcel. Pero entonces, antes de que empezase el registro, se me ocurrió una idea, a la desesperada. Le pedí a mi suegra que, cuando entrasen los agentes, fingiese una ataque de ansiedad. Lo bordó. Se tiró al suelo, se retorció, gritó, una barbaridad. Le dije al sargento que estaba al mando: “Esta señora tiene ochenta y nueve años, así que si le ocurre algo lo hago a usted responsable”. No sé cómo, pero retrocedieron y se fueron».

Aquel era el tipo de riesgo personal, si la suerte no estaba de tu parte, que asumías si eras un outsider. En el fondo, la mayor diferencia entre un pez gordo y uno mediano residía en que el segundo algunas veces quedaba expuesto a la ley. No le ocurría eso al secretario del Ayuntamiento, ni al alcalde, ni al juez de paz, ni a los tres curas del municipio, que no solo podían darse la tranquilidad de guardar el contrabando en las sacristías, o los panteones, sino también pedir a las fuerzas del orden que de vez en cuando velasen la mercancía. 

El clero se había adaptado a la «maquinaria» con gran naturalidad. En muchos sentidos, incluso fueron pioneros. Suya fue la idea de crear, en los años 50, una banca para favorecer el juego ilegal. La red se extendió a todo el oriente de Galicia, penetrando incluso en Castilla-León. En esa misma década introdujeron el condón. Al calor del café y el cobre, la frontera había abierto el paso a otros contrabandos, de todo tipo: cuchillas de afeitar, brocas, piedras para mecheros, sierras, jabón, penicilina. «En una de esas, también prostitutas», evoca Ramón Núñez. Definitivamente, el municipio había despertado al comercio. En cierto modo, la frontera era un olmo que daba peras. Peras de todo tipo, como la gonorrea, que impactó con gran ánimo. Al punto que los curas decidieron actuar. Así es como comenzaron a atravesar la frontera los primeros preservativos. Ramón los recuerda como el primer día, como si todavía quedase alguno perdido en las mesillas de noche. «Tenían la gran ventaja de que se podían utilizar varias veces. Se lavaban, se les daba la vuelta y se colgaban en una bodega fresca, para que no se resecasen. Conozco casos de compañeros que se los prestaban unos a otros. “Oye, déjamelo esta noche, que tal y que cual”. Fue un gran contrabando. Costaba siete duros cada uno. Pero a lo mejor uno trabajaba quince o veinte noches». 

***

El vehículo revolucionó el contrabando. A cambio, el contrabando inventó el doble fondo, que revolucionó el vehículo. José Escudero, al que conocí ya como cartero —hace de eso treinta años—, cuando se había retirado del contrabando, era el hombre de confianza del juez de paz, que, como el cargo sugiere, era un pez gordo. «Yo me encargaba de los asuntos delicados». Pronunciaba asuntos delicados en cursiva. Cuando su jefe decidió trabajar a lo grande, al por mayor, se hizo con un Austin de cuarta mano. No era lo que se entiende por cómodo, pero se defendía bien en la montaña. Tenía doble piso. Eso era tan o más importante que la caja de cambios. En cada viaje podía mover tres toneladas de cobre. «En una ocasión cargamos tres mil quienientos kilos, ocultos bajo castañas. Antes de llegar a Ourense, nos detuvo una pareja de la Guardia Civil. No teníamos de mano a todos los agentes de la provincia, naturalmente, y me preguntaron qué llevaba. “Castañas”, respondí. “Pues vamos a inspeccionar esa mercancía”, dijo uno, con mal gesto. “Inspeccionen lo que quieran”, dije. Ya estaba preparado para saltar por un terraplén y matarme, si hacía falta. Tuve suerte y se quedaron tranquilos al ver castañas. Me multaron por no pitar en la curva. Les dije que no tenía un duro, y me quitaron la multa de la curva y me pusieron una más pequeña por llevar suelto el guardabarros. Qué bonito era el contrabando». 

José Escudero supo retirarse a tiempo. En cuanto la mercancía empezó a ser humana, se hizo cartero. «No me gustaba el contrabando que hablaba». Eso comenzó a suceder en los 70. De pronto, las cosas se pusieron feas en Portugal, y sus ciudadanos huían desesperados a Francia, escapando de los reclutamientos de la dictadura para surtir las necesidades del ejército en Angola. Fue el principio del fin. Nunca más el contrabando volvió a ser heroico y digno. Y faltaban por llegar las divisas, el tabaco y las armas de fuego.


La Pescadería de A Coruña: un paseo sin destino

A Coruña, muralla de Pescadería en 1869. DP
A Coruña, muralla de la Pescadería en 1869. (DP)

El que está en Venecia es el engañado que cree estar en Venecia. 

El que sueña con Venecia es el que está en Venecia.

(Ramón Gómez de la Serna, Total de greguerías, 1955) 

Jugar a repasar mentalmente la ciudad en la que habitamos es un ejercicio en el cual la lectura del recorrido cotidiano se establece casi desde una desmemoria, un necesario vacío donde tiene lugar el movimiento, como en aquel cuento de Fitzgerald que narra el paseo por la ciudad de una persona tras una amnesia de diez años. La rutina actúa a modo de veladura sobre el interés del ciudadano acerca del itinerario turístico representado en mil y una guías, un desconocimiento inducido mediante el cual la ciudad se hace propia. Una imagen contraria sería el viaje de luna de miel a territorios exóticos, sobrecargado de imágenes recurrentes y de subida inmediata a la red social, convertidas así en temática genérica primero, para acabar finalmente desprovistas de todo significado. 

Este será un viaje casi amnésico por un barrio concreto de la ciudad de A Coruña, el más céntrico y el más oculto a un tiempo, la Pescadería. Al igual que el largo paseo sin objetivo por París que relatara Julien Green, lo que suele ocurrirnos en la deriva por la ciudad es que, durante el camino, lo buscado no es lo más importante, son los sucesos imperceptibles a primera vista los que configuran la verdadera realidad.

El debate en torno a la neutralización de lo singular alcanza no solo a las grandes metrópolis de las que hablaba Koolhaas en La ciudad genérica de 1994, en cualquier pequeña capital de provincias pueden rastrearse los efectos uniformadores de la mano de la globalización económica. Koolhass describía un paisaje urbano idéntico en todas las ciudades del globo, caracterizado por la uniformidad y la disolución de las singularidades culturales sustituidas ahora por la primacía de las grandes infraestructuras y redes de información, todo ello tamizado por la superioridad económica de las grandes multinacionales convertidas en verdaderas diseñadoras del nuevo paisaje contemporáneo. Escenario materializado en la sustitución del pequeño comercio de barrio por la anodina franquicia y la proliferación del mall. Lo local se desvanece dejando paso a la gran máquina capitalista y la ciudad histórica es cauterizada mediante la gentrificación y el pintoresquismo de «parque temático».

La neutralización del elemento singular se configura en torno a redes de infraestructuras y flujos de movimiento, así encontramos que una pieza singular dentro de la trama urbana, como la torre de Hércules, ha sido expulsada del relato ciudad basándose en su sobreexposición. La peculiaridad de la nueva investigación urbana pasa por el estudio de las morfologías, de cómo las distintas partes de la ciudad logran conectarse. El experimento gira en torno a los nuevos usos ciudadanos y a si es posible todavía aislar la unidad mínima que configura el barrio, el anhelado ser social.  

Cualquier región metropolitana se caracteriza hoy como un paisaje abierto e indeterminado, dislocado mediante yuxtaposiciones y simultaneidades, digamos que el hecho poético del territorio se ha transformado.

No deja de ser inquietante que la Wikipedia en su entrada «A Coruña» tenga un capítulo dedicado a las grandes áreas comerciales, hasta siete localizadas en una ciudad de poco más de doscientos mil habitantes. El ciudadano coruñés ha asistido en la última década a la proliferación de numerosas áreas comerciales tanto en el centro como en los barrios periféricos, las consecuencias del asedio son patentes en la vida cotidiana mientras todo un modus vivendi de pequeña escala, característico de la antigua ciudad marinera, agoniza. 

Pese a todo, A Coruña sigue siendo la gran urbe atlántica, importante puerto histórico localizado en una muy especial posición geográfica. Así, el centro de la ciudad se extiende sobre una península unida a tierra firme por un estrecho istmo, que la hace poseedora de dos fachadas marítimas distintas en un mínimo lapso espacial: la orientada al sur e históricamente portuaria, hacia la ría de A Coruña y otra de mar abierto orientada al norte, hacia la ensenada del Orzán, donde ahora se localizan las principales playas urbanas. 

La peculiaridad morfológica de este estrecho istmo, conocido con el nombre de A Pescadería, confiere en aproximadamente trescientos metros de su dimensión más corta, características opuestas y enfrentadas. Localizado en el centro neurálgico de la actividad institucional e histórica, divide y separa las dos vertientes norte y sur de la ciudad, ambas bañadas por un mismo océano, cuyas distintas orientaciones configuran un paisaje y una sensación emocional antagónicas. Un espacio urbano que constituye, por sí solo, un interesantísimo ejemplo de cómo hacer ciudad. 

La Pescadería, como concepto, se debe a la secular vinculación histórica entre el barrio y el mar, una dependencia progresivamente desaparecida, que es patente no solo en términos de intercambio económico sino también en el lenguaje: el topónimo «A Pescadería» pierde espacio en el imaginario colectivo frente a la nominación «el Centro». 

Pescadería es un «sitio donde se comercia con pescado», que traslada a épocas pretéritas en las que la base económica de la ciudad se encontraba en el sector primario. «El Centro» remite sin embargo al sector terciario de la producción, con sus especializaciones en ocio, turismo, administración y centro financiero. Para el relanzamiento del centro se consideró necesaria una labor de «limpieza» que eliminase las singularidades que pudieran estorbarle. La más evidente en el centro coruñés ha sido el puerto, que con sus olores y suciedades era un evidente obstáculo para la creación de una impoluta ciudad genérica. Las actividades comerciales del puerto se enviaron a otros lugares y a día de hoy, «el Puerto» es un centro comercial.

La instauración planificada de la ciudad genérica no ha impedido que las formas de vida de barrio en la Pescadería hayan sobrevivido. 

La entidad espacial del barrio se extiende en dirección longitudinal este-oeste ochocientos ochenta metros, frente a unos escasos trescientos metros en dirección norte-sur. Delimitada al este por la plaza de María Pita y por la calle Juana de Vega al oeste, por la ensenada del Orzán y la bahía de la Marina al norte y sur respectivamente. El barrio presenta un tejido de gran heterogeneidad cuyas morfologías urbanas originales se adaptan a las diferentes condiciones climatológicas según la orientación de las dos opuestas orillas. Cara a la bahía sur la morfología primitiva se definía a partir de manzanas de grandes dimensiones, con amplias superficies de espacio vacante en su interior, destinadas en su origen a huertas urbanas. En la vertiente norte, el tejido se fragmentaba en micromanzanas (cinco metros de crujía), como modo de asegurar el soleamiento, neutralizando la desfavorable orientación. Aparecían también manzanas longitudinales ocupadas por industrias y almacenes que actuaban como pantalla de protección contra el viento. 

En un recorrido por la Pescadería coruñesa se pueden aprehender los efectos y las formas del ambiente geográfico en las emociones y el comportamiento de las personas.

Si como creían los letristas el espacio físico, su orientación, su distribución, tiene un impacto directo en las emociones y comportamientos de las personas, la especial morfología y localización geográfica de la Pescadería nos permite trazar un mapa de impresiones psicogeográficas con diferentes intensidades, a partir de las sensaciones que producen los distintos pasajes.   

Una confirmación de que cambiando el entorno físico se puede cambiar la forma de vivir, basada en paseos azarosos a través de una trama urbana tan heterogénea y rica que podemos convertir en un laberinto, un paseo sin objetivo donde vivir distintas situaciones anímicas, donde el espacio se convertirá en una sucesión de escenarios que afectarán a las emociones y a la propia conducta. Pequeños ejercicios de resistencia urbana frente a la ciudad genérica en un intento de reinventar lo cotidiano.  

Así, en un recorrido por la Pescadería atravesaremos terrain vagues localizados en las calles interiores del istmo, esos espacios residuales o en situación de desuso, que exceden por algún motivo su calificación urbanística legal con una potencialidad de usos imprevistos, hasta calles perfectamente planificadas, con un uso esencialmente turístico en el paseo marítimo, hasta aquel más institucional correspondiente a la vertiente sur, donde se localizan los Cantones. 

El cambio ambiental que se experimenta de una orilla a otra de la Pescadería reproduce los intensos cambios atmosféricos que sufre la ciudad durante largas temporadas del año, fuertes temporales de viento y agua, acompañados de periodos soleados en cortos intervalos de tiempo durante un misma jornada. La sensación climatológica de una lado a otro del barrio varía de forma sensible, habiendo una oscilación de temperatura, nivel de soleamiento y ventisca notoria. 

Al igual que la variación ambiental que se produce en el barrio basándose en su orientación, encontramos las mismas alteraciones en relación con su funcionamiento. Pese a ser la localización de numerosas franquicias y servicios multinacionales, en la Pescadería encontramos verdaderos micromundos en las calles interiores (calle Alameda, calle Galera, calle Franja…) dedicados a la hostelería de toda la vida, con un rosario de pequeñas tascas y bares donde solo se sirve producto local. El mercado de San Aguntín, actúa a modo de equipamiento de barrio donde todavía se mantiene el intercambio comercial de venta al por menor. Mercerías, tiendas de objetos religiosos, segunda mano, ferreterías históricas, perviven en un ambiente favorable pero cada vez más amenazado. 

La ciudad marinera prosigue sus ritmos, es posible todavía recorrerla sin objetivo, trazar el mapa mental de callejuelas que nos llevan desde el lupanar a la tasca de taza de ribeiro, desde la merluza del muro del mercado de San Agustín hasta la librería de viejo un poco más allá. Pasar de un salón urbano soleado como los jardines de Méndez Núñez a un paseo marítimo abierto al norte con una nada reconfortante sensación térmica. Volver a recorrer la ciudad y reinventarla en cada paseo es un acto de resistencia, tal vez el único posible.   


El pueblo mastica

El pueblo mastica
El pueblo mastica. (DP)

Nativos y sus costumbres

Si uno vive en Galicia hay dos cosas seguras que observará, a poco que se fije; en invierno lloverá algún día, en general muchos días, y en verano, mayormente, se verá obligado a huir de una fiesta o romería gastronómica. Lloverá porque sí, y porque esta tierra tiene imán para las nubes más cargadas, y acabará rodeado de cientos o miles de individuos inmersos en una fiesta gastronómica porque no hay ciudad, pueblo, aldea e incluso barrio o comunidad de vecinos que no organice una. Y me refiero, no a las fiestas en las que se come, que son todas, pues en la que más y en la que menos siempre hay un cabritillo abierto dando vueltas sobre unas brasas o al menos unos chorizos criollos o unas tiras de churrasco o sardinas o la omnipresente pulpeira con su gran olla pescando pulpos en ella. Señalo únicamente las que tienen como excusa la comida; ni santos, ni vírgenes ni milagros viejos. La comida, un alimento concreto con el que situarse en el mapa. El mapa de Galicia es una surtida despensa. 

Así, por ejemplo, Carballiño aparece asociado indefectiblemente a su pulpo, que se celebra el segundo domingo de agosto; y para la ocasión se reúnen ochenta mil almas. Hace casi diez años, según los periódicos, se batió el récord del mundo al cocinarse doscientos sesenta kilos de pulpo que se extendieron en un plato de madera de 3.8 metros de diámetro. Entiendo que haya seres humanos para los que esa gran mesa redonda colmada de tentáculos perfectamente recortados pueda resultar extravagante, o incluso monstruosa. 

Además de la cuestión económica, turística, y de la excelente materia prima culinaria, que también es una gran excusa, quizá haya otras razones que explican la oferta innumerable de celebraciones gastronómicas en este país. Mientras otros pueblos ofrecen más o menos solapadamente los encantos del turismo sexual, el gallego tira sus redes en el caladero de los que, vaya por dios, se conforman con comer mucho y bien. 

Por supuesto, el primero en acudir a este tipo de celebraciones, sin contar al alcalde y al cura del lugar que sea, es el propio pueblo. El pueblo es, cómo no, congregado y dichoso, a la luz del mediodía, toda una exposición de lo que algún día debió ser el humano primigenio, el primer rubio, el bárbaro lejano. Es otra ilusión más; despreciar el concepto de raza observando alegremente en qué mezcla de mezclas ha derivado el pueblo. Pero, por debajo, muy por debajo, saltando entre la multitud, una ceja aquí, una frente allá, una nariz acullá, todas esas caras desubicadas, extirpadas del mundo moderno, conforman ese rostro del pueblo. Ahora, reconocido. Ese rostro imaginario podría, claro, matar a un caballo de un puñetazo, si tuviese puños el pueblo. Que los tendrá. Pero dejemos al pueblo masticar tranquilo. 

Centrémonos en el turista, que viene con su prole, pues los que acuden a las fiestas gastronómicas desde lugares remotos no van solos. El solitario es un individuo que busca acoplarse con otro ser, en general; para ello acude a otros lugares donde ello sea más probable. El que ya se ha acoplado, e incluso reproducido, concentra sus intereses en la gula. Esta ley es tan falsa como cualquier otra, pero al menos no la justificaré con cientificismo barato, que es lo que se suele hacer como ejemplo de periodismo inmaculado. El turista, entonces, no es más que un testigo camuflado, con derecho a masticar como el que más, pero perplejo, inmovilizado por la batalla que le rodea. Lleva su cámara y fotografía la comida, que está por todas partes, que cae del cielo, como el maná bíblico, pero mejor, y a los que comen, orillados a lo largo de tablones que funcionan como mesas interminables. Pero cómo fotografiar el movimiento, todas esas bocas. Su asombro de profano proviene de ahí. El pueblo mastica. Miles de personas, de pie o sentadas, masticando todas al mismo tiempo. La escena merecería a un pintor como el inglés William Hogarth. Él sabría imprimir carácter a todas esas bocas inocentes masticando pulpo. 

Festín pantagruélico

Faltaría más. No solo las fiestas gastronómicas derivan en una apología del exceso, con cantidades monstruosas de pan, vino, mejillones, vieiras, anguila, pulpo, raxo, lacón, nécoras, navajas, empanada, tortilla, xoubas, zamburiñas, pimientos de Padrón, caldo, berberechos, almejas, orejas de cerdo, cachelos, y todo lo que se quiera en carnes, todo, y todo lo que venga del mar y de la huerta a surtir nuestras mesas, incluyendo la brujeril queimada y los licores, sobre todo el de café, natural de Ourense. Sí, en lugar de cubiertos y platos, usaremos palas y grúas. Que tiemblen los austeros, los estreñidos y tacaños. Y decía, no solo en estas romerías se sobrevalora la capacidad de un estómago humano; en toda boda, al menos tradicional, o fiesta familiar, o congregación de comedores, se produce ese fenómeno. Y la comida que, tras arduos esfuerzos de digestión mientras todavía se mastica e ingiere, sobra, se utiliza para continuar esa comida los días posteriores, o si ello no fuese posible, para hacer croquetas o alimentar a todos los perros de la zona. He ahí lo pantagruélico, lo irrazonable y alegre de este pueblo. Nietzsche se hubiese venido abajo al ver los doscientos sesenta kilos de pulpo de Carballiño. Por lo demás los chistes sobre pedos y eructos y toda esa ostentación infantil de lo guarro de Rabelais poco tiene que ver con estas celebraciones.   

Pero, pulpo y sentimiento

Espacio para el sentimiento en un trabajo de campo. Uno, disfrazado de antropólogo, se acerca a una de esas fiestas gastronómicas en la que se congregan unos cuantos miles de personas y se detecta nada más llegar dos espacios; sol y sombra. Bajo el sol se desplazan de un lado a otro los comensales; bajo la sombra, sea de árbol, natural, o bajo unas estratégicas carpas (que a su vez dividen al mundo de masticadores en pueblo y autoridades), se come. En general, todos el mismo manjar, con una sincronía en el masticar casi perfecta. Hay razones justificadas para ello siempre, pero alguna vez más destacada; como decía, el pulpo, o polvo en gallego. Es una carne, como se sabe, que exige un juego laborioso de mandíbula. Incluso en los mariscos de los que prácticamente hay que beber el contenido de la concha, como las ostras o las almejas, es habitual que las miradas se crucen en una especie de hermanamiento antiguo, inexplicable, y eso solo sea posible mientras el manjar homenajeado se disuelve en la boca. 

Debe haber algo erótico en ese paladear lo que da la tierra o el mar, o los seres que se crían en esa tierra y que forman parte de ella. Un erotismo, en todo caso, en el que incurre el cura del pueblo, que rodea las mesas picoteando y repartiendo bendiciones.

Pienso en una de estas fiestas gastronómicas como en una dichosa reunión de individuos dispuestos a masticar en público. El rumor que producen las mandíbulas asombra al principio, después hipnotiza. Entre bocado y bocado salen voces que pretenden civilizar el festín. Eso del habla. Pero la verdad honesta de los celebrantes debe estar en esos gruñidos afirmativos que producen, en un estado casi de ensoñación.

Hambre, señores

Habrá quien crea que ese pueblo, esa bendita ficción, es un gran aparato derrochador, además de goloso y esclavo de su estómago o paladar. Supongamos que se dan ciertas circunstancias atenuantes; el clima, hasta en verano, más suave que en otras zonas, exige cierta contundencia en el comer. Algo así como ganarse la siesta, que poniéndonos dramáticos podría ser un ganarse la muerte. Morir, siempre, solo después de comer. Además del clima tiene que haber una historia traumática de fondo. Todo gran pueblo necesita su trauma colectivo que exacerbe un nacionalismo más o menos desvergonzado y absurdo. A veces son solo niñerías, que a fuerza de llorarlas, con más o menos acierto poético, se convierten en tragedias irreparables y por supuesto imperdonables. Y no se perdona, entonces, a quien corresponda. Creo que la palabra pueblo ha sido tan manoseada por asesinos y sinvergüenzas que ya poco podemos hacer con ella. Honradamente, solo puede ir bendecida por la sátira. Y qué mejor sátira que ese pueblo sano, inocente y manso deleitándose con una mariscada o un lacón con grelos. Una fiesta gastronómica tiene su gracia. Masticar sigue siendo, con la risa, la mejor exposición del ser feliz. Nadie que mastique con más o menos brío siente una pena muy honda. Los italianos en cine han sabido sacarle su partido al comer, quiero decir, al masticar. Fellini saca grandes masticadores en sus películas. En I Vitelloni es hermosa esa imagen del novio abandonado que se come, entre lágrimas, un bistec. Hablo de memoria. Tendría que buscar esa escena. Y Pasolini hace una de las grandes películas sobre el hambre en Occidente, Accattone. El hambre como aburrimiento, y como argumento. 

Y entre nosotros, como atenuante, ese hambre histórico, que dicen los expertos. No tan remotos hambres, no vayamos a pensar. El hambre de nuestros abuelos nos llegó en esa insistencia obsesiva por ofrecernos un bocadillo o un segundo o tercer plato de caldo. Un hambre nunca del todo satisfecho convierte la felicidad en una utopía comestible. Si fuese una historia para niños nos la habrían contado las abuelas, pero del hambre se habló poco aquí siempre. Decía Cunqueiro que el gallego es un gran creyente. Por cierto, que Cunqueiro fue un gran escritor de comidas, o sobre comida, al igual que Camba y Pla. Sospecho que la gran creencia del gallego ideal, ese figurín vestido de gaiteiro, es esta de la comida, y como complemento ideal, claro, la bebida, el vino. Es un nacionalismo de mesa, y en ese aspecto es absolutamente intransigente. Todo lo demás es negociable. Todo lo demás puede esperar y no puede ser tan importante. Teniendo en cuenta la materia prima de la que se sirve la gastronomía gallega este patriotismo de paladar y estómago tiene bastante sentido. Se fía, únicamente, de su marisco y de sus cerdos y del trigo de sus campos, con el que hace su pan. El vino que bebe, bueno o malo, brota de la tierra de sus muertos. Bebe otros vinos porque hay muy buenos vinos en el mundo; pero el país también se bebe, y mucho. La reivindicación más enraizada pasa por masticarse el país.

Dichosa Wikipedia

Ahí está la autodenominada enciclopedia libre, para señalarnos lo que piensa nadie sobre algo. Es como leer un saber que flota en el aire, una media calculada entre las verdades y mentiras canónicas que circulan sobre un tema. Pero qué importante, qué provechoso es saber lo que dice el hombre objetivo sobre cualquier cosa. Es decir, la calle, fiable y tontorrona. En el artículo «Gastronomía de Galicia» encuentro lo siguiente: «La sociedad gallega es, asimismo, muy aficionada a la celebración gastronómica, a veces pantagruélica, y a celebrar cualquier evento, acto o encuentro con una comida, desarrollándose numerosas fiestas gastronómicas». 

Así que eso piensa el hombre objetivo sobre la sociedad gallega. No hay mucho misterio; la llamada celebración gastronómica es, efectivamente, una realidad que inunda el país. Si ese valiente individuo llamado Morgan Spurlock, que osó alimentarse durante un mes exclusivamente con comida servida en los restaurantes McDonald’s, arruinándose el tipo y el hígado (para rodar una película precisamente sobre su progresivo deterioro físico y mental), hubiese hecho una ruta gastronómica por las romerías de Galicia tendríamos un documental muy distinto. Más un National Geographic de los pueblos ancestrales. Comer hamburguesas en un McDonald’s es casi una actividad furtiva, y si se me permite la comparación insultante, a la altura estética de meterse el dedo en la nariz. En los MacDonald’s la visión poética esencial es la de familias reunidas, parejas o solitarios, tragando. No en el sentido vejatorio, animal; no hay nada vulgar en ello. Tragar es una actividad obligada, y tan digna como en asunto de fornicios la postura del misionero. Qué otra cosa podemos hacer en uno de esos locales de comida rápida que deglutir con impaciencia y salir pitando. Hay alguno que incluso se inclina a masticar, a ostentar esa masticación, pero en un McDonald’s es una chulería gratuita. Una reivindicación de la comida plástica, eufemismo por basura que prefiero. Y además el McDonald’s ya es un motivo poético de primer nivel, pero de una poesía que canta precisamente lo que tiene de industriosa y artificial nuestra vida actual. «Y ríen y tragan patatas fritas / Y yo trago patatas fritas. / Y dos maricas están enfrente comiéndose / la misma hamburguesa goteante, / […] Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan. / Y se despedazan», versos de un poema de Manuel Vilas titulado, cómo no, «McDonald’s»

Sin ir más lejos, a mediados de los noventa del siglo pasado, el sociólogo George Ritzer hizo famoso el término «McDonaldización» de la sociedad. Aludía a la progresiva conversión de muchos ámbitos de la sociedad a una racionalidad aparente y supuestamente científica basada en los principios de eficiencia, cuantificación, previsibilidad y control que conformarían el funcionamiento de los restaurantes de comida rápida. Ritzer convierte esos principios en paradigma de la sociedad contemporánea. En conclusión, donde debería darse el comer, ese proceso, esa conquista, se produce otra cosa; una concesión a la supervivencia. Ritzer, por supuesto, no dejaría de señalar en ese éxito de las fiestas gastronómicas nuestras elementos que apuntan a la creciente McDonaldización de todo lo que se mueva. ¿Cómo llevarle la contraria a un sociólogo? No hay forma humana de hacerlo, a no ser que se luche cuerpo a cuerpo, sin estadísticas que arrojarse a los ojos o abstracciones rimbombantes.

Entonces, no hay entonces. En este fragmento del artículo llegamos a una conclusión monstruosa que derrumba toda esa mística de la masticación: las fiestas gastronómicas son una parcela más de ese falso racionalismo, o racionalismo irracional que denunciaba Ritzer. Quizá teñidas de una idiosincrasia autóctona y bendecida por un rumor especial: el de las mandíbulas moviéndose.

The Times They Are A-Changin’

Los tiempos cambian. Dylan lo intuyó hace tanto tiempo que ya han cambiado varias veces desde entonces. Nuestros bocados tienden a ser más apurados y frugales. Se diría que ya no podemos cargar con todos esos pedruscos del cocido, ni con las barbas de unos potentes callos, o con una tortilla gruesa pavimentada con chorizo. Puede que parte de culpa la tengan las japoneserías de los nuevos cocineros estrella, al menos estéticamente. Los estómagos se ablandan, con espumas y otras delicadezas. El gusto, queramos o no, ya es otro. Cada generación, supongo, elige sus excesos, y puede que en ellos tenga su talón de Aquiles. Podría escribirse una historia del mundo centrándose únicamente en los vicios y obsesiones de cada pueblo. Los miedos.

Y acabo estos apuntes con Dylan.

Come writers and critics

Who prophesize with your pen

And keep your eyes wide

The chance won’t come again

And don’t speak too soon

For the wheel’s still in spin

And there’s no tellin’ who that it’s namim’

For the loser now will be later to win

For the times they are a-changin’


Azucre para recordar

Azucre Pepitas de Calabaza
Azucre. de Bibiana Candia. (Pepitas de Calabaza)

Hay historias lejanas, del tiempo en el que los recuerdos todavía se pintaban en blanco y negro, que hoy nadie olvida. No por mérito propio, sino porque alguien —sin rostro ni nombre— se las vio y deseó para que así fuera. Los recuerdos son como un músculo; cuanto más se ejercitan, más fuertes se hacen, más pesan y más difícil resulta obviar su presencia. Aquel que sabe ser maestro de recuerdos lo tienen todo (o casi) hecho. Hay otras historias —lejanas y no tanto— que, por el contrario, no han corrido la misma suerte. No son nada. Solo puñados de palabras escritas en sucios papeles resguardados en algún cajón en el que nadie quiere meter la mano. La memoria conjunta es selectiva. Los intereses, todavía más. Ya lo advirtió en su día George Orwell: «Son los victoriosos los que escriben la historia». 

En el año 1853, mil setecientos jóvenes gallegos pusieron rumbo a Cuba en busca de un futuro. Uno humilde, sin grandes lujos. Uno que ya no les pertenecía en la tierra a la que, desde que tenían conciencia de lo que eso significaba, llamaban «hogar». La necesidad, propia y de los que orbitan alrededor de uno, hace de cualquier promesa un bote salvavidas. Un «algo» a lo que agarrarse. Mil setecientos jóvenes gallegos se echaron al mar en el invierno más frío precisamente con esa esperanza: encontrar en un lugar, del que nada sabían y que bien podía no existir, una vida digna. Mil setecientos jóvenes gallegos fueron engañados y vendidos como esclavos cuando los calendarios recordaban que el siglo XX estaba ya más cerca que el XIX. Es la historia que cuenta Bibiana Candia en Azucre, su primera novela. Un relato ficcionado impecable, pero también y sobre todo, necesario. Un memorable acto de justicia por el que la autora desentierra rostros sepultados bajo montañas de polvo y les otorga el lugar de la historia que se merecen, el que en su momento alguien no supo o no quiso darles; por el que convierte miles de voces en gritos, anudados con precisión entre palabras, para que el día de mañana nadie los pueda olvidar aunque quiera. 

Mil setecientos relatos de horror, vacío y miedo

Es difícil no agarrarse a un clavo ardiendo cuando no se dispone de nada más que dos manos para evitar caer al abismo. Lo mismo que lo es hacer oídos sordos a las deleitosas palabras de un sujeto que promete el cielo a la vuelta de la esquina. ¿Qué se puede perder cuando no se tiene nada? ¿Qué se puede esperar? Poco. Lo urgente obliga a relativizar lo importante. Ninguno de los protagonistas de la trágica historia —y, por desgracia, real— que Candia narra con un detallismo singular, hubieran puesto un pie en un barco hacia Cuba si no fuera porque llevaban como sombra la firme convicción de que su camino pasaba necesariamente por ahí. Que era cosa de Dios, del destino o de la vida. Que no tenían elección, por la responsabilidad para con mismos y con quienes dejaban atrás. El hambre es siempre más fuerte que el miedo. Los instintos más primarios son los que prevalecen cuando el exterior aprieta y obliga a prescindir de todo lo demás. Por eso un par de palabras vacías fueron suficientes para despojar a un millar de jóvenes de todo cuanto eran. Por eso Urbano Feijóo de Sotomayor, el gallego afincado en la isla, tenía la certeza de que su reclamo correría por las gargantas de los rapaces como el agua lo hace por la de alguien muerto de sed. 

Ni siquiera los marineros irían al mar si no fuese porque buscan otra orilla, otro sitio donde vivir lo menos de otra manera, un lugar opuesto al propio porque la tierra los expulsa o porque les quema los pies.

Ninguno de los jóvenes que cruzó aquel lluvioso invierno el mar sabía que al otro lado le aguardaba el horror. Que acabaría sepultado en tierra extraña, a miles de kilómetros de las paredes que le vieron nacer, dejando a los suyos sin la posibilidad de llorarle ni de peregrinar hasta él con flores al menos una vez al año. Que recibiría latigazos por tirarse al suelo a maldecir a la vida por la muerte de un amigo. Que la vida estaba, donde esperaba un milagroso remedio, todavía más nublada que el cielo de donde partía. Azucre es un ejercicio de reconciliación con un pasado terrible del que muchos más nombres de los que una cabeza cualquiera sería capaz de retener fueron víctimas. Un rescate de todo el sufrimiento enterrado en los campos de azúcar de La Habana, donde tanto sudor y tanta sangre fueron derramadas a lo largo de tantísimos años. Un viaje a la oscuridad, guiado por dos manos capaces de dibujar con delicadeza los retales de las vidas quemadas de una larga estela de compatriotas. Azucre es un relato delicado que susurra cosas al oído. Que sacude, evoca y devuelve.

El mundo es pequeño pero grande a la vez, la distancia recorrida no es una línea recta y larga. A veces, muchas veces, es un abismo del que no se vuelve ni aunque uno regrese al punto de partida. 

La brillantez de Azucre, un campo transparente en el que se entremezclan los sentimientos y pensamientos más humanos, reside en la habilidad de narrar la complejidad de realidades anónimas y dispares a través de una simple decena de historias con nombre propio, cara y voz. Unos cuantos personajes que lo sostienen todo: lo que se cuenta y lo que no. Fueron, claro, muchos los Orestes Veiga, los Tísicos y los Tomases de Coruña los que respiraron al aire de Cuba allá por el mil ochocientos. Muchos los Trasdelríos y los Comidos. Muchos, y todos —sin excepción— tienen su homenaje en esta historia en el que los rostros son conceptos y, las palabras, el recogedor de los trozos de cientos de recuerdos perdidos desde entonces por el camino. 

El mundo es, por costumbre, un lugar demasiado frío e inhóspito. Cuando todo cuanto conoces se evapora y tu mundo se convierte en otro, completamente nuevo, y se dicta a miles de kilómetros de tu cuna, esa sensación se multiplica por mil. Uno se vuelve virgen en lo de vivir y eso es siempre un mal asunto. Cuando el dolor, la vergüenza y el miedo se suman a la ecuación, la esperanza y la esencia misma terminan por huir. El relato de Candia es, también, un ejercicio de empatía y conciencia de esa infamia que no es, en ningún caso, tan lejana a nosotros como parece. 

De este lado todo cambia, todo ha cambiado, cambian las palabras, cambia quién eres y, de repente, bailar puede ser volver.

Recordar es un verbo que nos queda todavía demasiado grande. Eso de fallar a la historia es, por desgracia, demasiado nuestro. Olvidamos siempre demasiado rápido. Por eso Azucre tiene una belleza especial, porque es, por encima de todo, ese paso hacia lo que debería ser nuestra memoria: un compromiso eterno con el dolor y las caras del pasado. 


Viaje a la isla de San Simón

Isla de San Simón
Isla de San Simón. Foto: Sgilfra (CC)

Recuerdo la primera vez que estuve en la isla de San Simón. Tan solo he vuelto en una ocasión, un par de años más tarde, para asistir a un festival de música independiente llamado Sinsal cuyo cartel uno desconoce hasta el instante en el que llega a la isla y descubre cuáles son los grupos que, a ciegas, ha pagado por ver. Hay algo divertido y enigmático en todo ese proceso. Al anochecer te subes de nuevo al barco, regresas a la costa y, con el paso de los días, todo lo sucedido esa tarde en la isla se queda atrapado en algún rincón impreciso de tu memoria, como un extraño sueño de verano.

Mi primer viaje a la isla no fue menos misterioso. Recuerdo aquella sensación extraña pero agradable, como si estuviese adentrándome en un lugar secreto, ajeno al mundo, refugiado en alguna parte de la ría de Vigo. A bordo de la pequeña embarcación que me recogió en el puerto de la parroquia de Cesantes, en el municipio de Redondela, contemplaba aquella isla menuda y boscosa a la que nos dirigíamos y tenía la sensación de que no era difícil comprender toda su historia de un solo vistazo.

Al llegar, un guarda nos esperaba sobre una escalinata de piedra que conducía a una gran verja de hierro. En cierta forma, era como llegar a una versión en miniatura de Shutter Island o la isla del doctor Moreau. Yo había reparado en la isla de San Simón cientos de veces desde la carretera, en el trayecto entre Vigo y Pontevedra, pero jamás había considerado la posibilidad de hallarme algún día sobre ella. Era un lugar que, sencillamente, estaba ahí. Como casi todo lo inaccesible.

Unas semanas antes, una plataforma de promoción cultural me había invitado a participar en unas jornadas de debate que se celebraban en la isla y decidí que era la ocasión perfecta para conocerla. La gestión del archipiélago —siendo estrictos, la conocida como isla de San Simón son realmente dos islas, la de San Simón y la de San Antón, unidas por un antiguo puente de piedra— corresponde a la Fundación Illa de San Simón, dependiente de la Consellería de Cultura, y no es fácil conseguir permiso para realizar una visita. De hecho, y salvo durante un par de meses en verano, ni siquiera existe transporte regular.

Contra todo pronóstico, San Simón era exactamente como me la esperaba. Entendí al momento por qué Manuel Vázquez Montalbán la había elegido como escenario principal de su novela Erec y Enide, en la que el viejo profesor de literatura medieval Julio Matasanz es llevado a la isla de la ría de Vigo para recibir un homenaje. Todo en ella es literatura. La de sus senderos y paseos, que unen entre sí, bajo los árboles, las pequeñas plazas empedradas que la adornan. Y la del paisaje impecable que la rodea, reservándole el centro de la preciosa ensenada. Y la de las vistas al fondo y la boca de la ría desde los miradores ubicados en ambas puntas del archipiélago. Y la de los llamativos rincones que salpican sus escasos doscientos cincuenta metros de largo, como el cementerio de San Antón, la capilla de San Pedro o los propios escondrijos de la espesura que cubre la isla.

Es su propia literatura la que sirve de motor a la literatura de otros. No solo a la de Vázquez Montalbán, sino también a la del poeta medieval Mendinho, que se refiere a San Simón en una cantiga cuyo manuscrito aún se conserva y a quien se ha dedicado una estatua en la isla, en la Praza dos Poetas do Mar, junto a los otros dos juglares de la ría, Johan de Cangas y Martín Codax. Pero también a la de Julio Verne, que guio a su Nautilus hasta la ría de Vigo en el capítulo octavo de la segunda parte de Veinte mil leguas de viaje submarino, titulado «La bahía de Vigo», para buscar los tesoros que en el año 1702 se perdieron en el mar durante la histórica batalla de Rande, en la que navíos ingleses y holandeses, unidos contra la Corona de Castilla en la guerra de Sucesión, atacaron a los galeones de la flota de Indias que llegaban en ese momento desde América con el cargamento de varios años.  

Allí, junto a la isla de San Simón, se erige un monumento al capitán Nemo, que contempla las aguas de la ría con uno de sus buzos, visible solamente cuando desciende la marea. Pero no fue la batalla de Rande la única ocasión en la que los ingleses abordaron la isla de San Simón. También lo hicieron Francis Drake y sus piratas unas décadas antes, a finales del siglo XVI. En realidad, la historia del archipiélago está ligada a la de los diferentes conflictos e invasiones que se produjeron en la zona, como las que resultaron de las guerras Irmandiñas o la guerra de la Independencia española. Un panorama inestable que se prolongó durante muchos años hasta que, a mediados del siglo XIX y mediante Real Ordenanza, la isla fue convertida en una leprosería con el objetivo de controlar las epidemias y preservar el desarrollo mercantil del puerto de Vigo. Así, todo aquel enfermo incurable que viajase a bordo de cualquier barco que cruzase la ría era condenado a pasar sus últimos días en la isla de San Antón, reservándose la de San Simón para las tripulaciones obligadas a permanecer en cuarentena.

Desde la guerra civil y hasta el año 1943, la isla fue utilizada como penitenciaría franquista, y a sus celdas fueron conducidos muchos de los presos políticos capturados en el noroeste de España. Hoy en día, sin embargo, y tras más de medio siglo de absoluto abandono, ha sido transformada en un espacio de creación y colaboración cultural que lleva el nombre de Illa do Pensamento (en castellano, isla del Pensamiento) en cuyas instalaciones, restauradas por el arquitecto César Portela, se llevan a cabo actividades esporádicas de carácter artístico o intelectual.

La historia de la isla de San Simón, su pasado convulso como escenario de diversas disputas y las escenas de espanto vividas durante sus etapas como lazareto y cárcel del franquismo —en la isla se pueden visitar las exposiciones As paisaxes do illamento y Rostros da Memoria— chocan con su condición actual, tan en consonancia con la serenidad del hermoso enclave en el que se halla. Al atardecer, mientras me alejaba de la isla en la barquita que me dejaría de nuevo en Cesantes, pensaba en lo difícil que parecía que en un lugar tan mágico y fascinante hubiesen podido tener lugar contiendas y horrores semejantes, pero supongo, al fin y al cabo, que ese es uno más de los muchos e inesperados recodos que esconde la ría.

Lo afirma Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino: «Pues bien, señor Aronnax, nos encontramos en esta bahía de Vigo, y de usted depende conocer con todo detalle el secreto de los misterios que encierra». Sospecho, capitán, que es imposible.


«¡Ayudadme, joder!»

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Yosi, en un concierto de Los Suaves de 2009. Foto: Alterna2 (CC). Ayudadme, joder

Si escribir canciones es verter lágrimas, podemos decir que nadie, absolutamente nadie, ha llorado tanto como Yosi. Nadie ha sabido transformar tanto dolor en tinta como el viejo druida de Ourense. (Kutxi Romero)

Cada año, durante el mes de junio, se celebra en Santa Baia de Losón la romería de O Corpiño, una de las más populares, subvencionadas y concurridas de toda Galicia, incluidas las quintas provincias. La parroquia, localizada en el Concello de Lalín y con una población censada inferior a los cuatrocientos habitantes, recibe esos días a los miles de visitantes que se acercan al pequeño santuario neoclásico con la sana intención de espantarse el meigallo, un hechizo de amplio espectro y origen indefinido que suele afectar, en algún momento de sus vidas, a casi todos los descendientes —directos e indirectos— del rey Breogán. Allí, en el corazón geográfico del país y a las faldas del monte Carrio, se dan cita los más fieles devotos de esta imagen milagreira y especializada que acostumbra a repartir protección y suvenires entre enfermos de todo tipo, adictos al milagro preventivo, amigos del infortunio, mercaderes gastronómicos, malos estudiantes, algunos políticos locales y, desde hace un par de años, una legendaria y casi apagada estrella del rock: Yosi Domínguez.

Antes de aquella primera visita a O Corpiño, en el verano de 2018, el líder y vocalista de Los Suaves había renunciado casi definitivamente a todo cuanto un día fue, incluida su propia voz. Llevaba dos años sin tocar una guitarra, sin entonar ni una triste melodía y recluido en su casa de Ourense, tan magullado por las secuelas de una desafortunada caída que apenas lograba avanzar en el proyecto más ambicioso de su nueva vida: la reconstrucción de un viejo hórreo que languidecía dentro de su propiedad, una metáfora tan perfecta que solo se le habría podido ocurrir a él mismo. Rodeado de libros, árboles y piedras, el druida limitó cualquier contacto humano al amor de su pareja, la periodista argentina Luna Lunardelli, y a las visitas de un grupo muy selecto de amigos entre los que se encuentra el escritor —y fiel escudero en su peregrinación al santuario de Losón— Rodrigo Cota. «En el último instante, amigo Rodrigo, comprenderás que lo único que te llevas de aquí son cien libros, cien poemas y cien canciones. Todo lo demás sobra», le confesó durante uno de esos paseos por la intimidad de su finca, apenas un mes antes de que la Virgen obrara el milagro. 

En 2016, durante el último concierto de la banda hasta el momento, Yosi Domínguez se precipitó al vacío por una trampilla mal señalizada: otra vez la metáfora perfecta. Llevaba tantos años caído que su percance fue recibido con cierto escepticismo generalizado, como si todo formara parte de una performance. A Yosi lo ha matado tantas veces la rumorología —sobredosis, suicidio, caída desde una azotea, cáncer— que nadie parecía dispuesto a dar mayor importancia al incidente de Santander hasta que el parte médico encendió todas las alarmas. El ídolo se había fracturado una pierna y un hombro, pero el verdadero peligro residía en un fuerte traumatismo craneoencefálico que lo sumió en el coma. «Era el final del concierto. Me encendí un cigarro, tomé un trago y dije: “Adiós, espero vernos pronto, gracias por…”. Y, de repente, la negrura», explicaba el artista varios meses después en una entrevista concedida a la revista La Heavy. «Solo recuerdo que vinieron las ambulancias y perdí el sentido durante meses». Los médicos que lo atendieron llegaron a temer por su vida, pero ninguno de los componentes de la banda, presentes y pasados, se molestó en visitarlo. «En estos dos años, en todo el tiempo que he pasado de convalecencia desde el accidente, no he vuelto a verlos», asegura en otro momento de la entrevista. Uno de ellos, el también eterno bajista de Los Suaves, es su hermano Charly.

De pequeño, Yosi vio a la Santa Compaña. Jugaba con uno de sus hermanos en un bosque de Ourense cuando, de repente, se toparon con la procesión de las ánimas. Según le relató a su amigo Cota en alguna ocasión, se quedaron petrificados durante un instante y luego echaron a correr. Pero sucede, claro, que los recuerdos siempre son más rápidos que las piernas, y el de aquel encuentro lo perseguiría toda su vida, de ahí que la muerte sea uno de los temas más recurrentes en sus canciones. Al fatalismo congénito en cualquier hijo del río Miño que se precie, incorporaba Yosi una experiencia traumática que los años y los excesos terminaron por convertir en una de sus señas de identidad: siempre al límite, siempre con un pie en Ourense y otro en el más allá, lo que a menudo resulta ser el mismo sitio. Juan Tallón se lo encontró durante uno de esos descensos al infierno en la cola de un supermercado de la ciudad. Estaba sucio, en zapatillas de casa, perdido… Se quedó mirándolo un momento hasta que el artista se giró y le preguntó si podía pagar la barra de pan que llevaba en la mano. Era el Yosi que se presentaba tarde a los conciertos, que deambulaba por el escenario como si todo le importase una mierda, el que apenas tenía voz para solicitar la colaboración del público en los estribillos con su clásico y desesperado «¡Ayudadme, joder!».

En Galicia, donde los entierros son cultura, esperar el suyo se convirtió en algo parecido a una costumbre. Cada cierto tiempo, un rumor definitivo se propagaba de parroquia en parroquia con la velocidad del fuego y, a veces, era simplemente eso: un fuego, un incendio forestal que algunos confundíamos con una gran pira funeraria diseñada a la medida del gigante. Sus fanes se acostumbraron de tal manera a darlo por muerto que el mero de hecho de verlo vivo sobre el escenario, escrutado por las miradas inquisidoras de sus compañeros, bastaba para regresar a casa con la felicidad intacta por haber asistido al que siempre parecía su último concierto. En aquel tan desafortunado de Santander, cuando el artista había recuperado buena parte de su crédito y hasta la voz, una caída dejó al descubierto lo que ya era un secreto a voces para todo el mundo: que los únicos que habían perdido la fe en Yosi Domínguez eran Los Suaves. 

Nadie sabe si la gran banda del rock nacional por excelencia está definitivamente disuelta: el de las certezas nunca fue su contexto favorito. Todo parece indicar que el de 2016 fue, esta vez sí, su último concierto, pero nada es del todo definitivo con Yosi de por medio y la inestimable colaboración de Nuestra Señora de O Corpiño. El 2 de noviembre de 2018, el gato volvía a maullar en compañía de Rodrigo Cota Jr., el hijo músico del escritor pontevedrés. Se arrancó el segundo con los acordes de «Dolores se llamaba Lola» y a Yosi le explotaron, por fin, los demonios que le atenazaron la garganta durante esos dos años de convalecencia y duelo. Cómo de grande debe ser la leyenda que siempre lo ha acompañado para que la enésima demostración de su más absoluta decadencia se convierta, por obra y milagro de una talla religiosa, en el penúltimo de sus cantos a la esperanza. 


El nacimiento del narcotráfico en Galicia: una historia de amor

Foto: DP.

Seguro que la mayoría de ustedes habrán escuchado más de una y mil veces aquello tan manido de que el dinero solo trae desgracias, sobre todo en boca de quien no tiene el suficiente o, por el contrario, de quien acumula demasiado. Quizás ha llegado la hora de advertir a sus detractores que más desgracias trae el amor, y sin embargo no tiene tan mala fama como el crujiente y cálido peculio. Galicia es un excelente ejemplo de tal afirmación, asolada desde hace décadas por una plaga de proporciones bíblicas todavía por extirpar y denominada narcotráfico que, como podrán comprobar en las próximas líneas, se inició del modo más impredecible y cándido posible: gracias a una sencilla, salvaje y terriblemente inoportuna historia de amor. 

Vilanova de Arousa es un pequeño municipio costero situado en la parte occidental de la comarca de O Salnés al que alguien, no recuerdo exactamente quién, definió una vez como la tierra de los tristes. Ahí fue donde nació y se crio Adelaida, la pequeña de seis hermanos e hija de Manuel y Josefa, en aquellos años ilustres y respetados vecinos de la villa, aunque no faltará quien afirme que el estatus de la familia no ha cambiado demasiado a lo largo de todo este tiempo, pese a todo lo llovido. 

Quienes conocieron a la Adelaida de entonces cuentan de ella que era una persona bastante tímida, de trato agradable y con un punto de ingenuidad que es posible achacar, simplemente, a su tierna edad. Algunos la recuerdan guapa, muy guapa. Otros van más allá y aseguran que era tremendamente atractiva, pese a no contar por entonces con la edad suficiente como para explayarse ahora en las explicaciones sin parecer un depravado sexual. Lo que todos recuerdan como un estribillo de canción del verano es que su pelo negro contrastaba de manera hermosa con su piel clara y delicada, que tenía algo especial en la mirada y que nunca le faltaron pretendientes que la cortejaran en aquellas sesiones de tarde de la discoteca Tótem, donde las jóvenes parejas se besaban acurrucados sobre unos cómodos, y en penumbra, sillones de escay.   

En la plaza de las Palmeras, frente a los ojos inexpresivos de un busto de Ramón María de Valle-Inclán, el nativo más ilustre de Vilanova, se produjo una explosión de euforia vital como nunca se había visto en ningún pueblo de la zona. Allí se reunían las primeras pandillas de jóvenes vilanovenses que comenzaron a coquetear con las drogas. Ángel, uno de los pioneros, había regresado desde San Sebastián a la tierra de sus padres para trabajar a bordo de un barco remolcador propiedad de la empresa familiar. Él fue el primero en introducir LSD y hachís en el pueblo. Solía viajar hasta Ketama, en Marruecos, de donde regresaba con cinco o seis kilos de hachís para sostener su propio consumo y trapichear con los amigos, nada especialmente lucrativo. El ácido lo compraba en Holanda, donde aprovechaba también para hacerse con discos prohibidos por la dictadura, riesgo que alguno de sus amigos consideraba excesivo. Una cosa era que te parase la policía con un poco de costo o de ácido, pues la gran mayoría no sabían ni lo qué eran, pero otra muy distinta era que te encontrasen encima el Sticky Fingers de los Stones, con el pollón de Joe D’Allessandro insinuado bajo unos tejanos ajustados por obra y gracia de Andy Warhol. A Ángel lo asesinó años más tarde la Tigresa de ETA, Idoia López Riaño, en Pasajes de San Pedro. Con una bala en la sien, mientras él comía un bocadillo sentado junto a la puerta del bar Náutico, le segó la vida en nombre de la limpieza y virtud de la patria vasca.

Otro miembro ilustre de aquella pandilla era José Antonio, al que todo el mundo llamaba Chis sin que nadie pueda recordar exactamente el porqué. Como Ángel, Tati y algún otro, bajaba cada cierto tiempo a Sevilla para hacerse con algo de hachís, y con los primeros beneficios abrió una tienda de discos donde los más inquietos consumidores de música podían encontrar una oferta más vanguardista que la habitual de los bares y las gasolineras, lugares donde el gallego medio de entonces se nutría de ritmos. Natural de Sanxenxo, fue uno de los primeros en adoptar una estética descaradamente alternativa que pronto imitarían los demás, y, si uno hace caso del recuerdo y las descripciones de sus vecinos de entonces, bien podría imaginarlo como un miembro de facto de los Ramones pero con rabo, pezuñas y cuernos. 

De Chis se enamoró Adelaida en el Siete Colinas, un local nocturno que el joven había puesto en funcionamiento junto con algunos amigos en su pueblo natal y que, durante algunos veranos, se convirtió en el preferido de los jóvenes más desencantados con la rutina habitual que imponía el costumbrismo gallego y también de los turistas del resto de España y del norte de Portugal que abarrotaban la villa durante tres meses al año. El suyo fue un amor llevado hasta las últimas consecuencias desde el principio, apasionado y visceral, moderno y desenfadado, a la vista de todo el mundo, sin remilgos. A las pocas semanas de conocerse, Adelaida abandonó el hogar familiar para irse a vivir con Chis a una casa que este había alquilado en un pueblo cercano a Vilagarcía de Arousa. La noticia desató la furia del patriarca de la familia, poco acostumbrado a recibir afrentas por parte de cualquiera que hubiese comido alguna vez de su mano. Nadie podía acusarlo de ser la clase de hombre que regalaba confianzas y nunca imaginó que su propia hija, su pequeña Adelaida, sería capaz de humillarlo de aquella manera. 

A las pocas horas se plantó delante del primer nido de amor de la pareja, acompañado por el jefe de la policía municipal. No iba a consentir que aquel desgraciado, aquel hijo de mala madre que había lavado el cerebro a su hija, se saliese con la suya sin pagar un alto precio. Así relata la escena el periodista Felipe Suárez en su libro La Operación Nécora: 

Interrumpieron la animada tertulia musical que, envuelta en el humo de los canutos, mantenía el grupo.

—Venimos a llevarnos a Adelaida y luego os vamos a denunciar por corrupción de menores —dijo el inspector.

Los jóvenes estaban ocultando los porros como podían, cuando la enamorada Adelaida Charlín se levantó y dijo:

—No me voy. Acabo de cumplir dieciocho años y anteayer se aprobó la mayoría de edad.

La pareja continuó con su romance y pronto se unieron a la pandilla dos de los hermanos de Adelaida, Manolito y Melchor. Además de disfrutar del momento y las nuevas sustancias, enseguida se dieron cuenta del filón por explotar que habían introducido aquellos jóvenes que se pirraban por la música rock, practicaban sexo en grupo y se bañaban al amanecer en alguna de las playas vecinas, para dar por concluidos los fastos nocturnos. La infraestructura familiar dedicada al contrabando de tabaco podía resultar más provechosa con aquella nueva sustancia cuya demanda crecía cada día entre los jóvenes de las Rías Baixas; al parque de Las Palmeras de Vilanova llegaban todos los días jóvenes de Pontevedra, Ribadumia, Poio, Marín, Bueu, Cangas e incluso de Vigo, en busca de unas cuantas chinas de costo a un precio nada despreciable. 

El patriarca reconsideró su postura respecto al noviazgo de su hija con aquel tal Chis y, tras contactar con algunos proveedores marroquíes con los que compartían contactos gracias a los canales utilizados para blanqueo del dinero procedente del contrabando, la pareja fue cariñosamente aceptada en el seno de la familia, sonaron campanas de boda, y se trasladaron a vivir al sur de Portugal, al Algarve, a bordo de un barco bautizado como Le Bandit. Desde Portimao coordinaban el envío de kilos y kilos de hachís de Marruecos hasta Galicia, mientras disfrutaban de un amor ya bendecido, y en poco tiempo el clan familiar hizo acopio de tal cantidad de material que incluso la mayoría de los camellos andaluces preferían venir a comprar su mercancía a Galicia. El mayor clan del contrabando de «rubio de batea» conocido hasta la fecha se había convertido en el primer clan del narcotráfico gallego, gracias al amor de dos jóvenes idealistas que soñaron, un día, con algo más que bailar agarrados al ritmo de una buena orquesta en las fiestas parroquiales y comprar un panteón en el cementerio que dejar en herencia a las siguientes generaciones.

No se sabe qué ocurrió, a ciencia cierta, con aquella pasión desbordante y a primera vista inquebrantable. Posiblemente ocurrió lo que suele ocurrir con la mayoría, que simplemente se desgasta con el tiempo y el exceso de roce, enferma y muere. Hace unos años, a cuenta de un nuevo juicio contra gran parte de la familia, esta vez por blanqueo de capitales, la prensa publicó que la pareja se había divorciado, para disgusto de los más románticos lectores. Nos enteramos por el papel de que la ya no tan joven —ni tan ingenua— Adelaida había sido condenada a varios años de prisión junto a su nueva pareja sentimental y padre de sus hijos, un italiano de nombre Pascual Imparato. Y es que, quizás, es un suponer, el amor pueda ser precisamente eso: lo que sucede entre un hombre y una mujer hasta que se cruza por medio un italiano. Como escribió aquel inglés que confundió Charlines con Capuletos y Verona con Vilanova: «La separación es tan dulce pena que diré buenas noches hasta que amanezca».


Tu otro banco

Banco de Loiba. Fotografía: Onioram (CC).

Los acantilados de Loiba, en la costa norte de Galicia, pertenecen a esa clase de lugares desde los que uno tiene la impresión de poder contemplar el mundo entero. A la derecha, Estaca de Bares. A la izquierda, el cabo Ortegal, en Cariño. Cuentan los lugareños que, durante las noches claras, si uno mira hacia el oeste, puede adivinar las luces de Ferrol a lo lejos, como en una realidad remota e inalcanzable.

En el borde de uno de sus precipicios, inmune al vértigo, existe un banco de madera. Una atalaya perfecta para perder la noción del tiempo y zambullirse con la imaginación en la inmensidad del mar, que se extiende hasta el horizonte infinito haciendo desaparecer el mundo a nuestras espaldas. Es conocido en el pueblo como O Pensadoiro, y los formidables paisajes que preside le han valido para ser calificado por la prensa como el banco con las mejores vistas del mundo. Una excusa estupenda para viajar a Galicia, subirse a un coche y descubrir tan bello rincón de la ría de Ortigueira.

Constituye un destino turístico infalible. Imagínenselo. Un banco situado en lo alto de un acantilado, testigo privilegiado del nervio y la tenacidad del océano colisionando una y otra vez contra las rocas, esculpiendo un panorama magnífico. Habría que estar loco para no querer visitarlo…

Así que lo visité.

Lo primero que uno advierte cuando se encuentra en la zona es la gran cantidad de carteles y señales que nos dirigen «al banco», espantando así con gran eficacia la indeseable sensación de estar aproximándonos a un lugar recóndito y alejado del turismo masivo. Todo el mundo sabe lo mucho que nos gusta a la mayoría una buena aglomeración.

De hecho, si uno conduce desde Viveiro, las indicaciones en la carretera general comienzan ya en O Vicedo, a unos quince kilómetros de Loiba. No obstante, y por si acaso sobrevive alguna esperanza de poder disfrutar íntimamente del banco y sus vistas, al llegar al pueblo vemos una valla anunciando que, en efecto, aquella es la localidad donde se encuentra el mejor banco del mundo. Un reclamo que, por fortuna, nos evitará estar solos y tranquilos mientras lo visitamos.

Aunque siempre podemos probar suerte en otro banco cercano. Visto el éxito del primero, muchas localidades vecinas han colocado el suyo propio a lo largo del litoral, presumiendo todas ellas de ser el lugar donde se encuentra el banco con las mejores vistas del mundo. Y lo curioso es que ninguna de ellas miente. Tan es así que incluso a doscientos cincuenta kilómetros de allí, en Redondela, sobre el mirador del Campo da Rata, se ha colocado un banco frente a la ría de Vigo, el puente de Rande y las islas Cíes que, casualmente, también es el mejor banco del mundo. Lo mismo que ha sucedido en Montealegre, Ourense. O en la Serra do Larouco, en la frontera con Portugal. «Disculpe, ¿es este el banco que tiene las vistas esas que salen en las revistas?». «Por supuesto que sí, señora». Y a otra cosa.

Acantilados de Loiba. Fotografía: Onioram (CC).

En su masificación reside parte de su encanto. Lo primero que uno se encuentra si lo visita en fin de semana son recuas de autobuses maniobrando con dificultad para acercarse todo lo posible al banco y vomitar a su lado varias docenas de turistas que se ponen a la cola, se sientan, se hacen un selfie con «las vistas esas que salen en las revistas» de fondo y se van. Momentos mágicos de las vacaciones que los demás envidiamos al contemplarlos en sus redes sociales con el texto «Aquí, sufriendo».

Mientras tanto, para hacer todavía más dulce la espera, podremos disfrutar de un gaiteiro contratado por el Ayuntamiento que colma de galeguidade el acantilado con estridentes melodías que se te clavan a las mil maravillas en el tímpano. Una escena coronada por la agrupación de diez o doce chavales que, con las ventanillas y el maletero de sus coches abiertos, alteran los registros sísmicos con su bellísima música para sordos.

Hasta que por fin te toca a ti disfrutar de O Pensadoiro. Y mientras esperas a que la familia que está delante termine de estar allí sentada sin hacer nada, te das cuenta de que en la parte posterior del banco, en su respaldo, hay una inscripción que dice «the best bank in the world». No dice bench, no. Dice bank. De banco. De entidad financiera. Y entonces uno muy listo que aguarda su turno detrás de ti te dice sonriendo que no, que no te asustes por la errata, que una de las acepciones de bank es «orilla». Que se lo ha dicho su hija, que obtuvo un diez en el First Certificate. Que a todas sus hijas se les dan muy bien los idiomas, como a él. Y que, de haber nacido en otra época, habría sido traductor en la ONU. Y tú te alegras de hacer nuevas amistades y entablar agradables conversaciones con desconocidos y te das cuenta de que ni en sueños podría haber resultado tan satisfactoria la visita al banco de Loiba.

Es entonces cuando al fin te sientas y contemplas las vistas. Son las mismas que cuando estabas de pie haciendo cola detrás del banco, exactamente iguales, pero qué diferencia. Ni punto de comparación. Sentado en el banco comprendes que ha merecido la pena. Y entiendes por qué lo llaman O Pensadoiro. Y te abstraes del mundo y te sientes insignificante ante la vastedad del océano. Y piensas que tal vez se trate del mejor lugar posible para sentarse a no hacer nada. Y te enfrascas en pensamientos románticos y te deleitas con vaguedades poéticas que se te ocurren mientras permaneces allí sentado… Hasta que el cuñado de la ONU te da unos golpecitos en la espalda y, señalando su reloj de pulsera de los chinos, te dice guiñándote un ojo que le toca sentarse a él.

Tú te levantas satisfecho con la experiencia, haces una última foto con el móvil en la que apenas se distinguirá un pedazo de mar y te diriges a tu coche pensando que «el mejor banco del mundo» no es muy buen eslogan. A ti se te está ocurriendo uno que es mucho mejor: «Tu otro banco y cada día el de más gente». Te hace gracia y decides ir a contárselo al tipo de la ONU, pero en su lugar, sentado en el banco, ya está el siguiente grupo de desconocidos.

Vuelves a casa con la sensación de haber aprovechado bien el día y recuerdas que una vez alguien te habló de lo harta que está la gente de la zona de tanto turista. De lo mucho que les gustaría recuperar la tranquilidad en O Pensadoiro. «No hay problema», piensas. «El próximo lunes me planto allí con un montón de ladrillos, un cubo de mortero y una paleta, y levanto una tapia delante del banco en un santiamén». Me juego algo a que los turistas desaparecen. Ahora bien, es posible que los artículos sobre «el banco con las mejores vistas del mundo», las vallas, las señales y los souvenirs también tengan que esfumarse. Ya es mala suerte. Todo no se puede tener.

Acantilados de Loiba. Fotografía: Onioram (CC).