Juego de tronos: crónica de un desencanto anunciado

Imagen: Helen Sloane / HBO.

La octava temporada de Juego de tronos ha sido como esa fiesta que se prolonga hasta el amanecer y de la que casi todo el mundo ya se ha ido. Nadie se preocupa por que la música sea buena, o por el que suene música siquiera. Hay colillas en las bebidas y es imposible encontrar algo para comer. Los que aún quedan balbucean sin saber muy bien qué hacer y algunos protestan por la repentina decadencia del jolgorio: «¿Por qué esta fiesta ya no es lo que era?». Bueno, llevaba cuatro horas sin ser lo que era, pero no te estabas enterando porque el impulso de la euforia acumulada te lo impedía. Hace cincuenta minutos seguías diciendo que «esta es la mejor fiesta del mundo». Y lo decías cuando los más sensatos estaban ya en su casa, durmiendo confortablemente con el pijama puesto.

«Oiga, pero cómo dice usted, pedazo de imbécil, que todo el mundo se ha ido, si la serie ha tenido mucha audiencia y la gente no deja de hablar de ella». Sí, los espectadores han seguido ahí hasta el final. Pero la presencia de muchos espectadores no determina la calidad de un programa. Quienes se habían ido de la fiesta son las ideas, junto con la inspiración, la coherencia, los diálogos inteligentes y los personajes interesantes. Todo eso había desaparecido. Algunos espectadores solo se han sentido decepcionados en la octava temporada, otros se desencantaron en la séptima, y otros pensamos que Juego de tronos llevaba cuatro temporadas siendo un cadáver andante. Lo digo con pesar y sin ningún ánimo de hacerme el esnob: la he seguido viendo por inercia (o curiosidad, como prefieran) y porque es un producto cultural masivo sobre el que conviene estar al tanto, pero no soy masoquista. Realmente me hubiese gustado ver estas cuatro últimas temporadas con el mismo placer con el que vi las primeras. No me ha sido posible.

He contemplado este desenlace con la cabeza más centrada en el episodio semanal de Chernobyl que en el hecho de quién terminaba reinando en la escombrera de Poniente. Y eso es decir mucho para alguien que, como yo, suele preferir malo conocido. Pero es que el desenlace de Juego de tronos ya no dependía de la lógica. Al final la Khaleesi muere, Cersei también, Jaime también, Tyrion deja el alcohol y las mujeres, Bran es el nuevo rey, Sansa gobierna el Norte, Arya se va a descubrir América, y Jon es enviado más allá del Muro. A estas alturas, después de varias temporadas de flagrante arbitrariedad, todo podría haber concluido con los papeles intercambiados entre esos mismos personajes y yo, por lo menos, no hubiese notado mucho la diferencia. ¿Recuerdan aquel primer año, cuando la decapitación de Ned Stark fue cuidadosamente preparada episodio tras episodio, ante nuestras propias narices y sin que nos diésemos cuenta? Cuando sucedió fue chocante, pero luego mirabas hacia atrás y decías: es verdad, esto no podría haber terminado de otra manera para Ned. Ahora, sin embargo, uno mira hacia atrás y piensa que casi cualquier final era posible porque casi nada estaba bien establecido o preparado.

Imagen: Helen Sloane / HBO.

A quienes queden decepcionados con este desenlace, que son quienes esperaban algo bueno de él, les diré que estaba claro desde hacía mucho tiempo que no había manera de terminar esto bien. Daba igual quién matase a quién, daba igual quién se sentase en el Trono de Hierro, o si fundían el trono para llenar Desembarco del Rey de bocas para mangueras antiincendios. Toda narración es un proceso; por muy bien que empiece, si se desvía del camino durante casi toda su parte media, es imposible llegar bien al final. En ajedrez tienen un concepto llamado zugzwang: una vez el jugador ha cometido ciertos errores, cada nuevo movimiento que haga está condenado a ser malo también. Por mucho que se esfuerce, por mucho que piense, cada nuevo movimiento contribuirá a que pierda la partida porque los errores previos le han impedido disponer de opciones buenas. Un equipo de fútbol puede jugar fatal y arreglarlo con un gol de rebote en el último minuto, pero en el ajedrez eso es imposible, como es imposible en la narración. Una vez se han echado por la borda ciertos principios (coherencia, lógica, etc.), no pueden ser rescatados en el último minuto.

Recuerdo cuando empecé a ver Juego de tronos sin saber muy bien qué esperar. Las primeras temporadas de la serie me parecieron muy, muy buenas. Una serie sin concesiones a la manías del espectador, que describía un mundo medieval inclemente e imprevisible, trasunto de los defectos de nuestro propio mundo.  Me enganché. Hacia la cuarta temporada, creo recordar, empecé a notar algunos desconchones aquí y allá, pero nada especialmente grave porque lo normal es que las series empiecen su declive a los tres, cuatro o, en casos excepcionales, cinco años. De hecho, hasta podía decirse que Juego de tronos mantenía el tipo con dignidad en un punto donde otras series ya se habían derrumbado. En algún momento, sin embargo, todo se vino abajo. El cambio fue, para mí, tan repentino y chocante como incomprensible. No era el declive habitual producto del tiempo, sino una especie de metamorfosis completa que me dejó perplejo. No he leído los libros, pero todo esto me ha producido la fuerte sensación de que la magia provenía del señor George R. R. Martin. He visto varias entrevistas suyas y parece ser un tipo con las ideas muy claras. No sé si escribe bien o mal, pero me ha quedado claro que, sin su material literario como fundamento firme de la serie, los showrunners D. B. Weiss y David Benioff no tenían ni puñetera idea de cómo mantener vivo ese universo. Incluso habiéndome enterado de que el propio Martin estaba empezando a desvariar con los argumentos de los libros, hay muchas cosas que debían de provenir de él porque ya no están ahí. Los diálogos y la definición de los personajes. La mala leche. La ironía.

Mucho antes de esta octava temporada que no ha gustado a casi nadie, la decadencia ya era flagrante. Hablo de las últimas cuatro tempoaradas, nada menos. Personajes complejos quedaron reducidos a estereotipos. Los diálogos, hasta entonces repletos de giros sugestivos, se convirtieron en sucesiones de ocurrencias y banalidades. El mejor ejemplo era Tyrion Lannister, que en las primeras temporadas fue uno de los mejores personajes de la ficción audiovisual reciente, interpretado por uno de los mejores actores del mundo, Peter Dinklage. Todos tenemos en mente aquella secuencia en el juicio a Tyrion. Una secuencia que, para mi asombro y alegría, recordó muchísimo al legendario arrebato que Al Pacino rodó en una sola toma y a la primera en la película …And justice for all de 1979 (si no conoce usted la escena de Pacino, ¡no la busque en YouTube! Véala en el contexto de la película, porque le dejará sin aliento). A partir de la quinta temporada, todo el encanto de Tyrion se volatilizó. El más listo de los Lannister quedó como emisor-receptor de chistes olvidables, aunque ahora no me sorprende, dada la insistencia del guion en pretender que Sansa Stark es más lista que él (¿en serio?). El propio Dinklage pareció ser presa de la desidia, aunque sería imposible echarle la culpa, porque había pasado de tener un material excelente con el que trabajar a verse obligado a defender frases estúpidas dichas por un personaje que cada vez pintaba menos en el argumento.

Imagen: Helen Sloane / HBO.

El bajón incluyó a las propias tramas, infladas, sin dirección clara, y, por efecto de las constantes muertes, vaciadas de personajes sustanciales. El cambio fue tan brutal que me parece admirable que intérpretes como Nikolaj Coster-Waldau, Maisie Williams o la gran Lena Headey se hayan esforzado muy visiblemente por mantener el nivel de su trabajo en mitad del declive de sus propios personajes. Me parece muy significativo que el final de Juego de tronos haya estado dominado por algunos de los personajes menos interesantes de estas ocho temporadas, como Jon Snow, Daenerys Targaryen o Sansa Stark. Son personajes que, o bien carecieron de agencia durante buena parte de la serie, o bien estaban en manos de intérpretes mediocres (Kit Harington y Emilia Clarke, os estoy mirando a vosotros). Y ojo, esto no tiene nada que ver con mi simpatía o antipatía hacia esos personajes en concreto. No me quejo si aparece Emilia Clarke en pantalla, ¡para nada!, pero cualquiera con dos dedos de frente sabe que un minuto de pantalla de Liam Cunningham contiene más oficio que doscientas escenas de ella o del pánfilo de Kit Harington. Y lo peor, son personajes de los que se ha querido hacer una reestructuración para convertirlos en lo que el desenlace necesitaba que fuesen. Y eso incumple una regla bien conocida de la narración: el final de una historia debe ser el resultado coherente de los caracteres de los personajes implicados y de las interacciones lógicas entre ellos. Es mala narración aquella que prefiere cambiar a los personajes solo para hacerlos encajar en un final predeterminado. Los personajes deben evolucionar. No puede ser que Daenerys y Jon Snow se amen profundamente después de un par de polvos. No puede ser que intenten convencernos de que Sansa Stark es más inteligente que Tyrion Lannister. No puede ser que Lord Varys cometa una torpeza como la de proponer una traición a cielo abierto. Hay muchas cosas que no pueden ser. No es que me gusten o me dejen de gustar, es que no tienen sentido.

Mi sensación de que sin George R. R. Martin no había Juego de tronos fue reforzada al saber que algunos de los pocos episodios que yo rescataría de las últimas temporadas partieron de ideas proporcionadas por él. La coherencia artística proviene de visionarios, de gente que tiene determinadas obras en su cabeza. Una obra artística no es una cosa democrática que podemos votar todos. El arte no es, o no debería ser, Operación Triunfo ni Eurovisión. George R. R. Martin tenía ese mundo en la cabeza, los demás no lo teníamos. Sin libros que adaptar, los showrunners han pasado años escuchando a un «fandom» advenedizo, arrasador y de un histérico maniqueísmo. La serie se había convertido en un festival de concesiones hacia un tipo de espectador que busca recompensas emocionales relacionadas con lo que sucede dentro del argumento, y no tanto recompensas estéticas relacionadas con los valores artísticos de la narración en su conjunto. Mucha gente confunde la calidad de una narración con el hecho de que el argumento satisfaga sus simpatías y antipatías hacia ciertos personajes, o aún peor, que satisfaga sus posiciones políticas o sociales (¡intentar convertir una serie de fantasía medieval como referente político y moral! Qué tiempos vivimos). Lo cual explica que, cuanto menos racional era la serie, más audiencia tenía. La jugada ha funcionado comercialmente, ahí están los números para demostrarlo, pero también ha puesto de manifiesto que el «fandom», una vez se ha acostumbrado a ser contentado siempre, no entiende un nuevo matiz por respuesta.

Imagen: Helen Sloane / HBO.

Al final, Weiss y Benioff han recordado súbitamente lo que Juego de tronos fue en un lejano día y han intentado recuperar el impacto retornando (con reservas) a la imprevisibilidad de los inicios. Haciéndolo, como era de esperar, han dejado infelices a quienes confiaban en seguir recibiendo su dosis de fan service, pero también han decepcionado a quienes esperaban una segunda epifanía como aquella decapitación de Ned. El episodio final ha sido flácido, situado en punto intermedio muy poco atractivo, la culminación de años de intentar contentar a todos. Este episodio final ha contenido, eso sí, uno de los grandes momentos de los últimos años de la serie y el mejor de la octava temporada junto a aquel «¡Siempre he tenido los ojos azules!». Hablo de cuando Tyrion Lannister se pone a ordenar sillas en el salón del consejo real, una respuesta neurótica maravillosamente apropiada.

Semejante arbitrariedad ha precipitado, además, una hilarante cascada de análisis insensatos que he leído y escuchado por ahí. Por si no era bastante con que los personajes fuesen manipulados torpemente por las necesidades de un argumento sin rumbo, algunos (o muchos) comentaristas han pretendido que se adaptasen además a su propia idiosincrasia moral o política. Este fenómeno me tiene fascinado. Juego de tronos la han visto millones de personas, incluidos usted y yo, y ninguna de esas personas podía pretender verse reflejada personalmente en el desenlace. Entiendo las simpatías y antipatías hacia personajes concretos, pero insisto en que el juzgar la calidad de una serie según el destino que el argumento reserva a esos personajes es absurdo. Lo importante es que el argumento esté bien estructurado, que la narración cumpla unos criterios que llevan siendo estudiados desde la antigua Grecia y que seguirán siendo estudiados dentro de otros tres mil años, si es que para entonces queda alguien vivo. La identificación personal, emocional, política o moral de un espectador hacia un personaje concreto de ficción no le importa a nadie más. Ni importa a los demás espectadores (por más que las «comunidades» de protestones de Twitter y Facebook se empeñen en que sí), y desde luego no importaba a quienes escribieron el guion pensando no en usted o en mí, sino en un conjunto amorfo conocido como «audiencia», al que se intenta conocer y complacer de manera más bien estadística.

Usted y yo no somos nadie, cuanto antes lo asumamos, mejor. Por poner un ejemplo: a mí me era muy simpático el personaje de Ned Stark. Yo no sabía nada sobre los libros. Sin embargo, cuando le cortaron la cabeza al final de la primera temporada, no me dio por «enfadarme» con los guionistas, ni por decir que el guion era obra de malvados anarcocapitalistas que pretendían lanzar el ofensivo mensaje de que la honradez es castigada y que lo mejor para la supervivencia es ser un hijo de puta. No vi ningún escándalo moral en ese giro de la historia. Era un suceso terrible dentro del contexto de Poniente, sí, pero un suceso magnífico como elemento estructural de la ficción. Era algo poco habitual, como cuando Hitchcock se cargó a Janet Leigh al principio de Psicosis. Simplemente admiré el coraje de matar a Ned, el protagonista, que además era uno de los pocos personajes que destacaba por sus virtudes y no por sus defectos o carencias. También admiré la manera en que ese sorprendente desenlace de temporada había sido narrado: su construcción, los muchos elementos que habían contribuido a la llegada de ese instante. Del argumento de una serie no espero justicia, espero calidad y coherencia. Para la justicia están los tribunales, y hablo de la vida real. Pedirle justicia y moralidad a lo que sucede dentro de la ficción es un claro síntoma de imbecilidad funcional a la hora de relacionarse con el mundo.

Imagen: Helen Sloane / HBO.

La cuestión es que Juego de tronos necesitaba un final y que, después de cuatro temporadas de decisiones inconsistentes por parte de los guionistas, o de los últimos libros, o de ambas cosas, el zugzwang impedía que fuese un final a la altura de los comienzos. Respeto a quien se divierta analizando en detalle la mitología de este desenlace, ya sea para defenderlo o para atacarlo, pero esto es como lo de Star Wars: el daño estaba hecho desde mucho tiempo atrás. Los detalles concretos sobre qué personaje pierde y cuál gana ya no importan tanto como el hecho de que llevamos años asistiendo a la demolición descontrolada de un universo que antaño fue fascinante. No había manera de reconducir lo que estaba hecho pedazos. Después de recurrir una y otra vez a resortes fáciles, a resurrecciones de personajes, a romances que empiezan de la nada, a justificaciones incomprensibles, ¿qué esperanza había de contemplar un final digno de aquellos fantásticos episodios que antaño nos engancharon a esta serie? Ninguna. Vi a Jon Snow en solitario ante un ejército en marcha, un plano pensado para los trailers, y sobreviviendo como cuando Glenn de The Walking Dead se cayó en mitad de una manada de zombis y salió tan campante sin un mísero mordisquito. Cuando una serie recurre a este tipo de trucos no una, sino varias veces, es porque está agonizando artísticamente. De hecho, Juego de tronos ha terminado a tiempo: una temporada más y también el público hubiese empezado a marcharse de la fiesta.

Lo gracioso del asunto es que Disney quiere que Benioff y Weiss realicen una trilogía de películas de Star Wars. Y como la temporada final de Juego de tronos no ha contentado a casi nadie, los ejecutivos de Disney deben de estar haciendo arder sus teléfonos. Ya tenían bastante con capear los efectos del temporal de relaciones públicas provocado por el tontaina de Rian Johnson y del subsiguiente, aunque no necesariamente correlativo, fracaso financiero de la película de Han Solo. Lo bien que les va a Disney con Marvel Studios, y con Lucasfilms parece que les haya mirado un tuerto. En cualquier caso, a favor de ellos está el que Juego de tronos haya sido un hito cultural. Se dice que el desenlace puede haber tenido cerca de mil millones de espectadores; no es descabellado, puesto que era ofrecida al mismo tiempo en ciento cincuenta países, aunque la propia HBO reconoce que es muy complejo conocer las cifras totales, y eso sin tener en cuenta la piratería. Es difícil comparar la popularidad entre series de diferentes épocas, pero es algo histórico. El episodio de serie más visto en los Estados Unidos sigue siendo el final de M*A*S*H, emitido en 1983; el único programa no deportivo que ha entrado en la lista de las veinte emisiones con mayor audiencia de la TV estadounidense. Aquel episodio de M*A*S*H tuvo más de cien millones de espectadores solo en aquel país, aunque en el resto del mundo es difícil saberlo, dado que por entonces no se emitían las series de manera coordinada a nivel internacional. Pero vamos, aunque en su país reunió una audiencia oficial mucho mayor que el final de Juego de tronos, parece imposible que M*A*S*H fuese vista a la vez por tanta gente.

Así pues, Bran termina en el Trono de Hierro, aunque lo primero que ha hecho ha sido marcharse a sus cosas, como Mariano Rajoy. Es curioso que quien era básicamente un «no personaje» haya terminado siendo el personaje más prometedor (en el caso de que la serie hubiera continuado, claro). Quizá se deba al aire ultramundano y místico que le confiere Isaac Hempstead-Wright, que se ha pasado temporadas enteras interpretando a un mueble para, en los últimos episodios, desplegar una hipnótica majestad que amenazaba ya con merendarse al resto del reparto. Yo voto por una futura comedia en plan La extraña pareja donde el rey Brandon y su mano derecha Tyrion intentan ajustar sus respectivas personalidades. Una especie de Frazier medieval, con súbitos planos de Bran apareciendo en mitad del pasillo y mirando hacia un punto fijo, mientras Tyrion, que caminaba distraído ordenando sillas, se pega unos sustos de muerte al encontrárselo. La verdad es que pagaría por ver algo así. ¿Juego de sillas sería un título demasiado obvio?

Imagen: Helen Sloane / HBO.


The writer is not your bitch

George R. R. Martin, 2014. Fotografía: Denis Balibouse / Cordon Press.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista trimestral número 22, especial bibliofilia.

Está escrito en las enciclopedias: jamás sabremos quién mató a Edwin Drood. La única de las novelas que Dickens no concluyó era la única que realmente necesitaba una conclusión. «Tengo una nueva idea muy curiosa para su final», le confesó a su biógrafo, John Foster, antes de morir. Lo que no dejó dicho es que esa curiosidad sería un letal vitriolo que duraría tanto como lo hiciera el mundo. Y que lo cambiaría drásticamente. Al principio solo parecía una psicosis moderada. Un combate de especulaciones mórbidas. Pugnaron entre sí imitadores, estudiosos dickensianos, discípulos, locos ilustrados malgastando energías en revelar el misterio de quién acabó con la vida del joven arquitecto de la novela. Todo y nada valía, a la misma vez. Ni el muerto ficticio (Drood) ni el muerto real (Dickens) intervendrían por alusiones. O sí.

En octubre de 1872, un mecánico de Vermont, Thomas P. James, entró en trance tras una sesión espiritista y empezó a escribir en contra de la voluntad de su mano. Se proclamó copista al dictado de un espíritu, el de Dickens, que le susurró el final de El Misterio de Edwin Drood. Esa «escritura automática (1)» podría ser el capítulo más estrafalario de lo que se bautizó como «literatura Droodiana», pero es difícil escoger. Charley, el hijo de Dickens y el novelista Joseph Hatton formularon una versión teatral con culpable incluido; y el científico Richard Proctor contribuyó al caos con Watched by the dead, una hipótesis psicológica del verdadero final que el escritor imaginó. Que contradecía, por cierto, la que propugnaba el ilustrador oficial de Dickens, Luke Fildes, detallada en las páginas de The Times y basada en las prerrogativas que le marcó para las ilustraciones de los personajes.

La boutade se vistió de gala el 8 de enero de 1914, en Covent Garden. Ese día se subió al estrado de los acusados —quizá por ver primera— un personaje no solo novelesco, sino novelado. El tío de Edwin Drood, John Jasper, había sido el sospecho más sospechoso durante casi un siglo, y a él se le acusó. Con G. K. Chesterton como magistrado de la sala y otros ilustres colegas de la Hermandad Dickensiana (como George Bernard Shaw) de letrados, se celebró un lunático y solemne juicio contra Jasper. Impresiona ver el gesto de gravedad de sus rostros en las fotografías del evento. Chesterton acabó acusando a todos los presentes salvo a él mismode desacato y según la crónica de The Manchester Guardian: «El misterio de Edwin Drood pinta ahora peor que nunca». Porque, dicho sea de paso, ni siquiera apareció el cadáver.

«Los papeles de Pickwick (2) mostraron cuánto podía hacer Dickens con las sugestiones de otras personas, El misterio de Edwin Drood muestra qué poco pueden hacer otras personas con las sugestiones de Dickens», escribió un lacónico Chesterton.

Dickens se fue al otro mundo con una deuda. Y el mundo, más o menos, se lo perdonó. Al fin y al cabo, había fallecido sobre (encima de) el capítulo veintitrés del manuscrito, hasta las cejas de laúdano para soportar el dolor y sin dejar que las menudencias de su extensísima familia el recuento va por once hijos y un número indefinido de mujeres gestantesle importunaran ni distrajeran de su sagrada misión literaria. Pero el mundo también aprendió una lección: no volverían a dejarle una historia a medias.

Just write it!

Flashback a cualquier día al azar de 2007. O de 2008.  

«De una vez por todas: deja de jugar con tu propia mortalidad de hombre obeso y viejo. Ponte a escribir», lee en un correo nuevo. El hombre, efectivamente rubicundo, efectivamente superando la sesentena, coloca el mensaje en la misma carpeta mental utiliza internet de una manera algo rudimentaria donde va apilando esa clase de improperios, frecuentes desde 2005.

Ese año hizo lo peor que puede hacérsele a una promesa: ponerla por escrito. La soga se la enroscó él solito al pescuezo: «Tyrion, Jon, Dany, Stannis, Melisandre, Davos Seaworth y el resto de personajes que os apasionan, o a los que odiáis apasionadamente, estarán aquí el año que viene (¡eso espero!) en Danza de dragones […]», garantizó en el epílogo de su último libro. Añadió que, en realidad, tenía medio volumen ya escrito pero prefería dividirlo. Pero el año siguiente, (ni al siguiente), tampoco al siguiente, cumplió el compromiso. Seis años de retraso macerados por el monstruoso éxito de la adaptación televisiva de la saga, Juego de Tronos, que terminó por adelantar la trama literaria. ¿Hace falta que enumeremos lo de los veinte millones de ejemplares vendidos o o su impacto cultural masivo? Ha quedado claro que hablamos George R. R. Martin.

Al escritor estadounidense se le celebra, muy merecidamente, haber transgredido algunas de las convenciones más sólidas del género fantástico. También el haberse convertido en un escritor pop, una celebrity literaria reconocible hasta en los parajes más ignotos, ungido por la revista Time como «el Tolkien estadounidense». No es tan común subrayar que  Martin ha movido de sitio las fronteras de otros asuntos, casi todos los que tienen que ver con la relación escritor-lector, ese frágil statu quo. En plata: que la lió parda.

Lo crean o no, lo de menos fue que se restregara por la pernera un buen puñado de fechas, varios deadline y la santa paciencia de sus editores. Tampoco el cacareado «bloqueo del escritor». El problema fue que se sintió perfectamente legitimado para hacerlo y no se avergonzó ni se escondió como un animalito acurrucado y asustadizo. ¿Recuerdan cómo se escabullían por los rincones de la facultad/colegio para evitar toparse con ese profesor al que habían jurado entregarle un trabajo, un capítulo? Bien: George hizo exactamente lo contrario.

Mientras la demora se atocinaba, asistió a un chiflado número de convenciones, se hizo fotos y más fotos con fans. Firmas, charlas, entrevistas en las que exhibía un jacarandoso ánimo. Actualizó su blog con entradas sobre las películas, series o libros que le iban apasionando, sobre partidos de fútbol, política o el noble arte de mesarse las barbas. Viajaba mucho y se vanagloriaba del éxito de su obra en HBO. Felicitaba, cumplidamente, las pascuas. Lo hizo durante los cinco años de retraso, y también después, cuando ya publicado Danza de Dragones (en 2011) prometió que Vientos de Invierno, la sexta entrega de la septualogía, estaría listo en un par de años. Algo que, por supuesto, no pasó. Y sigue sin pasar. Entretanto, lectores de todo el mundo aporreaban sus teclados poseídos por la más voraz de las abstinencias: ACABA LA HISTORIA, GEORGE.

El sosiego, si lo hubo, duró poco. Pronto todos los que se presentaban en su blog lo hacían con el Bloq. Mayús activado y una hilera de saliva espumosa escurriéndose de la boca. Gente que necesitaba saber qué ocurría con Jon Snow para poder continuar con su vida; individuos en pleno uso de sus facultades que amenazaban con los crueles masacres si no se les proporcionaba la ración de páginas anunciadas. En esos días, asomarse a la sección de comentarios era, para cualquiera, algo similar a que un torturador vietnamita te aplicara descargas en el píloro. Una histeria inmanejable. Salvo que fueras el propietario de la página, claro está. El siguió a lo suyo, respondiendo socarrón cuando le interpelaban por la tardanza. Hasta que la oleada de odio tomó un cariz perverso y a George R. R. Martin se le agotó esa mansedumbre de ballenero beodo: el nombre de Robert Jordan se repetía más que el suyo en los comentarios. Entonces, estalló.

No fue por protagonismo, sino más bien una cuestión de entrañas. Robert Jordan era el pseudónimo de James Oliver Rigney, Jr, el escritor fantástico de la saga La rueda del tiempo. Murió como Dickens: sobre su obra. En 2007 la amiloidosis acabó con él a los cincuenta y ocho años, antes de que diera fin a la duodécima entrega, que otro autor (Brandon Sanderson) remató y ensambló. «¡No nos hagas un Robert Jordan! ¿Cómo se atrevió a morir? Qué injusto para nosotros» le increpaban a Martin, los más considerados. Pero para George R. R. Martin no hablaban de otro autor que cambiaba de mundo dejando tras de sí una obra inconclusa. Hablaban de Jim, su amigo Jim.

«A mis detractores», tituló la entrada. En ella vino a decir que asumía su obesidad y su vejez; y recibía el mensaje, alto y claro. Sus fans no querían que hiciera otra cosa que no fuera acabar Una canción de hielo y fuego. Su réplica fue la bellísima canción de Ricky Nelson, «Garden Party». Por si aquello no era suficientemente elocuente, aprovechó una entrevista en televisión para, mirando a cámara, contraer todos los dedos de su rechoncha mano derecha, salvo uno: «Fuck you», profirió, dedicado los que estaban convencidos de que el reventón de coronarias llegaría antes que un nuevo soberano al Trono de Hierro. Desde aquella memorable peineta, su asistente se encarga de monitorear todos los comentarios del blog y de eliminar aquellos ofensivos rogamos por tu salud mental, Ty Franckcomo quien barre el desierto con un cepillo de dientes. «Si quieres comentar sobre otros asuntos, incluyendo, entre otros, la tardanza de Danza de dragones, está bien, simplemente hazlo en tus propios blogs», incluyó, como advertencia.  

Dicho y hecho. Martin había amasado una monumental masa de odio, tan poderosa, que encontró trillones de plataformas para canalizarse y fagocitarse a sí misma. En webs como Finish the book, George («Acaba el libro, George») Is winter coming? («¿Llegará el invierno?») o la más caústica Is George Martin Dead («¿Está George Martin muerto?», una especie de casa de apuestas), los fanáticos salían de las sombras y se convertían en apóstatas del autor y todo su universo. Se llaman a sí mismos «GRRuMblers». Un culto creciente de ansiosos, desafectos, impacientes y arrepentidos por un ardor lector considerado en balde. Millones de usuarios que hoy en día siguen, diligentemente, escupiendo su cósmico cabreo en sarcásticas consignas. «¿Por qué no has acabado el libro en el que has estado trabajando durante cuatro años, Master Procastinador? Han organizado juegos olímpicos completos desde entonces, George. Verano e invierno. Y sé cuánto te gustan esos Juegos de Invierno» y otro montón de cosas bonitas. Seres contrariados por la interna batalla de desear una cosa y su contraria: la muerte agónica, inminente y dolorosa de Martin (por no dignarse a cumplir con su deber ahora que amasa fortuna) que a su vez les privaría del desenlace tan largamente esperado. Como a Dickens, también le montaron un juicio, «El pueblo contra a George R. R. Martin», que contempló penitencias que no se atreverían a llevar a cabo ni los dothraki. El término «vago» era una vara de medir insuficiente para atizar a los escritores que se saltaran las fechas de entrega, así que también idearon el cántico Write Like the Wind para recordarle al escritor su mortalidad: «Lewis tardó cinco años en hacer una crónica de Narnia / A Tolkien le llevó doce años y a Rowling, diez/  Lucas invirtió casi tres décadas en Star Wars /Y todos sabemos cómo resultó eso al final», tarareaban.

La excentricidad del propio Martin, hay que reconocerlo, ha supuesto siempre un terreno fértil para el troleo escribe utilizando solo los dedos índice con un procesador de textos de 1987— y en ocasiones parece resignarse a su condición de hombre odiado. Bromea con el asunto, contesta sin evasivas y ofrece su rostro abundante para promocionar otros de sus proyectos (adaptaciones de sus novelas en HBO y Netflix). Pero en realidad tiene la genitalia a punto de ebullición. En lugar de decirlo, utiliza la boca de otros (3) para decir lo que realmente opina del rencor desaforado que suscita: que esos lectores son una panda de mimados, pertenecientes a lo que llama la «Entitlement Generation» («Generación de los derechos»). Creen que tienen derecho a ese nuevo libro.

¿Lo tienen?  

En el fondo de toda esta invectiva, la pregunta sigue sin respuesta desde Edwin Drood: ¿Qué deber tiene exactamente un escritor con su audiencia?

Not your bitch

La decepción es un hueso tan difícil de tragar que acostumbra a pudrirse en muchas gargantas. Antes de abandonarse a la ira, uno de los lectores de Martin acudió al también escritor fantástico Neil Gaiman, en busca de consejo espiritual. Como muchos, estaba ansioso por la dilatada espera y le importunaba que el autor se dedicase a otras novelas o actualizase su blog: «[…]  Al escribir una serie de libros, como hace Martin con Canción de hielo y fuego, ¿qué responsabilidad tiene de terminar la historia? ¿No es realista pensar que, al no escribir el próximo capítulo, Martin me defrauda?», planteó.

La respuesta de Gaiman no pudo ser más taxativa: «George R. R. Martin no es tu puta», contestó. La publicación que merece ser leída en su totalidad, hagan caso explica pormenorizadamente a Gareth, como se llamaba el lector, por qué él también se había saltado varios deadline y cómo se había estancado con algunas historias. Y, sobre todo, porqué comprar el primero de una saga de varios libros no implica un contrato con el escritor a perpetuidad, ni te autoriza a controlar cómo maneja su tiempo. «Las personas no son máquinas. Los escritores tampoco», adujo. «No tiene por qué estar ahí afuera tecleando lo que tú quieres leer ahora mismo».

Las palabras del autor de Sandman provocaron un cisma literario que también tuvo himno propio (la canción «George R. R. Martin Is Not Your Bitch», del músico John Anealio) que recrudeció aún más la batalla. De un lado, otros escritores bestseller como Charlaine Harris, Nora Roberts o Patrick Rothfuss aprovecharon para sincerarse sobre cómo la presión de sus aficionados, internet mediante, les sometía a un escrutinio implacable. Stephen King recordó que, tras ser arrollado por un camión, la angustia global no versó sobre si sobreviviría, sino sobre cuántas páginas tenía ya escritas de La Torre Oscura. «Un libro no viene con una caja de sugerencias, y el escritor no está obligado a esculpir una historia según tus necesidades específicas. […] Bite me(4)», dijo Roberts. La novelista Joanne Harris intentó infructuosamente poner paz. En el festival literario de Manchester presentó un bienintencionado manifiesto de doce puntos para conciliar las posturas de lectores y escritores, y los deberes de estos en el panorama de la interconectividad. Entre otras cosas, reconocía que los autores tienen el «deber moral» de proporcionar un final a sus lectores, una especie de sentido de clausura narrativa.

No se han detectado síntomas de que aquello produjera ningún efecto balsámico: del otro, continúan hiperventilando ante la pantalla quienes consideran que veinte años es demasiado tiempo para cualquier final.

La «literatura droodiana» y la «literatura GRRuMbleriana (5)» son algo más que subproductos literarios basados en obras inconclusas de escritores populares. Son espejos de sus siglos y de su tiempo. Uno es cóncavo y otro convexo, como aquellos del Callejón del Gato que deformaban en Don Quijote y Sancho a todo el que se miraba en ellos. En uno, los lectores son rechonchos y de apariencia más ramplona, pero parecen satisfechos y agradecidos por lo que reciben. Puede descifrarse en su mirada la devoción. En el otro, hay individuos enajenados, resabiados por su propia fantasía e intolerantes con la frustración de no ver complacidos sus deseos. Cualquiera podría confundirlos con clientes, no con lectores.

Ninguno, a fin de cuentas, sabrá quien mató a Edwind Drood.

Un escritor es como un mendigo con un cuenco. Nadie tiene que leer ficción. Un hombre siempre puede gastar su dinero extra en cerveza.

Robert Heinlein, autor fantástico.


(1) Si no tienen mucha faena, pueden echar un vistazo al estudio que realizó la Universidad John F. Kennedy de Orinda (California) sobre los estilos literarios de Dickens y el mecánico. Un parapsicólogo y un programa informático dicen que, bueno, podrían ser de la misma persona.

(2) Primera novela de Dickens, que fue creada a partir de los grabados de Robert Seymour.

(3) En un reportaje en The New Yorker de Laura Miller se recogían las declaraciones del asistente de Martin: «Cree que todos son jóvenes, adolescentes y veinteañeros. Y que su generación solo quiere lo que quiere y lo quiere ahora. Si no se lo dan, se cabrean».

(4) La traducción literal aquí no es la correcta. La expresión viene a significar algo así como «¡Vete al infierno!» o «que te jodan».

(5) Algunas editoriales se han lanzado a publicar libros recopilatorios que se mofan del bloqueo de George R. R. Martin: Waiting for Dragons (Esperando dragones), A Feast for Trolls (Festín de Trolls), A Dance with Detractors (Danza de detractores) o la Encyclopedia GRRuMbliana. Una asombrosa cantidad de esfuerzo para denigrar al autor de unos libros que uno confiesa amar.


Hipótesis no del todo estrafalarias sobre el final de Juego de tronos

Si fuera por nosotros, Juego de tronos acabaría así:

Jon se convierte en zombi y los demás zombis cogen la baja por depresión; a Daenerys se le escinden los partidarios en mareas y confluencias y al final acaba de alcaldesa de Braavos y da gracias; Sansa muere atragantada con brócoli; Bran es su propia abuela paterna; y al final aparece Olenna Tyrell en dragón y los mata a todos.

Pero no podrá ser, qué más quisiéramos. Ni este ni cualquier desenlace que violente, aunque solo sea un poquito, las normas elementales del género fantástico, las que se llevan repitiendo desde los tiempos de Homero. Demasiados ojos mirando, demasiados millones en el aire, demasiados spin-offs pendientes del regusto que deje la season finale. La octava y última temporada de Juego de tronos empezará el 14 de abril y tenga por seguro que acabará de una forma convencional, con arreglo a las leyes clásicas de los cuentos. Las que compiló Propp, las que afinó Barthes, las que integran la wiki TV Tropes. Y a eso vamos dedicar este artículo: a intentar dilucidar los movimientos finales que tendrán lugar sobre el tablero y a lanzar algunas hipótesis no del todo estrafalarias sobre del final de Juego de tronos.

Pero antes una advertencia: Juego de tronos, la serie de televisión de David Benioff y D. B. Weiss, echa el cierre en mayo de este año. Pero a la Canción de hielo y fuego, la saga literaria de George R. R. Martin, le quedan todavía dos tomos gordos y lustrosos como dos cajas de campurrianas. ¿Acabarán igual la serie y los libros? A nosotros nos parece obvio que no. Los libros que faltan se venderán por volquetes, eso seguro, pero se venderán todavía más si comportan cambios sustanciales en la trama. Esos cambios ya existen, dirá usted; bueno, pues serán todavía mayores. Y en particular lo será el final, o eso nos parece a nosotros. Probablemente no tendrá nada que ver en un medio y en el otro. Aviso: en este artículo no tratamos el posible final de los libros sino el de la serie. Y lo hacemos precisamente porque, a diferencia de lo que ocurre en los libros, el cierre es ya inminente en televisión; ahora es cuando resulta más fácil acertar. Las jugadas sobre el tablero son limitadas, las fichas son las que son y las fórmulas para acabar historias de un modo convencional están bien documentadas.

¿Acaso pensamos, entonces, que se puede anticipar el final preciso de Juego de tronos? No. Repito: no. Esto es ficción, no es álgebra. ¿Acertaremos con las hipótesis que proponemos en artículo? Mire usted, ni en Jot Down somos tan engreídos. Nos contentamos con hacerlo una o dos veces y solamente de refilón. Ah, y claro está: SPOILERS, por el amor de Dios. Desde ya, desde ahora mismo. Si no ha acabado usted la séptima temporada, póngase con eso y vuelva usted mañana. Como dijo Petyr Baelish, que R’hllor lo tenga en su gloria: el que avisa no es traidor.

Desembarco del Rey será destruida por el Rey de la Noche

Y lo será en primer lugar, antes del ataque a Invernalia, que quizá sea lo verdaderamente chocante. Invernalia es la primera gran capital que encontrará en su camino el ejército de espectros, que al final de la última temporada franqueó el Muro y puso rumbo al sur. El Rey de la Noche, no obstante, ahora vuela a lomos de Viserion. ¿Qué necesidad tiene de esperar al avance lentísimo de sus tropas, que son más lentas que el desarrollo de una berza, ahora que él mismo surca los cielos como un auténtico pepino? Esta criatura, recordemos, no recluta ejércitos; los crea. ¿No sería una gran tontería que no comenzase a levantar nuevas hordas de espectros por todo Poniente? ¿No es, a fin de cuentas, a lo que ha venido?

Esta es nuestra predicción: bien pronto, como muy tarde a mediados de temporada, el Rey de la Noche habrá sembrado nuevos focos de espectros en las grandes capitales de los Siete Reinos. Como poco, en Desembarco del Rey, que probablemente contemplemos completamente destruida. Pongámoslo así: ¿cuántas películas, libros y series de zombis recuerda usted en los que los protagonistas no integren un grupo de supervivientes pequeñísimo y los muertos vivientes no sean, en la práctica, el resto de la humanidad? A nosotros solamente nos viene a la cabeza Braindead, y hasta en aquella los zombis eran mayoría dentro de la casa (que era el universo cinematográfico, a fin de cuentas). Es el escenario clásico del género, el punto al que se llega casi en cualquier historia sobre muertos vivientes, y eso no debe extrañar: ¿acaso resulta verdaderamente emocionante si es de otra manera?

Y como somos así de rumbosos le precisamos todavía más: si ocurriera de esta forma, el ataque sobre la capital probablemente tendría lugar en el tercer capítulo de la temporada (el primero de los dos que dirigirá Miguel Sapochnik, el realizador de las grandes batallas de Juego de tronos) y se saldaría con la transformación en espectros de todos los habitantes de la ciudad. Invernalia, que no atacaría primeramente por cuestión de economía (es la gran fortaleza al alcance de su ejército; si atacara incurriría en redundancia, un error tanto táctico como narrativo) se convertirá así en la última plaza de los vivos y allí seguramente tenga lugar la segunda y última gran batalla, la del quinto episodio, el segundo que dirigirá Sapochnik.

Varias pistas apuntan en esta dirección: las visiones que tuvo Daenerys en la Casa de los Eternos (donde vio la Fortaleza Roja reducida a ruinas), el hecho de que Desembarco del Rey se haya quedado prácticamente vacía de personajes principales (con la excepción de Cersei, cuya soledad se nos ha sugerido varias veces que será la causa de su derrota) y, sobre todo, el extrañísimo vertido de datos demográficos que nos metieron por el gaznate en el último capítulo de la última temporada, durante el concilio en Pozo Dragón, con el objetivo de convencernos de la ruina que comportaría la caída de la capital de los Siete Reinos. Daenerys dijo entonces que el ejército de espectros contaba con «al menos cien mil» miembros y Jon dijo que Desembarco del Rey tenía un millón de habitantes, que fácilmente podrían convertirse en «un millón más de soldados en el ejército de los muertos». Guiño, guiño, codazo.

Cersei no morirá a manos del valonqar

Que dirá usted: pero si eso lo auguró Maggy la Rana, y en esta serie las profecías tienen rango de ley. Que el valonqar, el «hermano pequeño», le pondría las manos alrededor del cuello y le arrebataría la vida. Y lo del mapa, esa es otra. Y YouTube. Pues anda que no hay vídeos en Youtube sobre el dichoso valonqar, dirá usted. Y mire, sí, pero no. Todo eso ocurrirá seguramente en los libros y Tyrion o Jaime (seguramente Jaime) sea quien asesine finalmente a Cersei. Pero en la serie no parece que vaya a ser así. La razón más obvia: la profecía del valonqar se extirpó de la adaptación y además con explicitud. David Benioff y D. B. Weiss pusieron mucho empeño en incluir el encuentro entre la niña Cersei y Maggy la Rana (es el único flashback puro que se ha hecho en ocho años de Tronos, sin mediar visiones proféticas ni viajes en el tiempo, de las varias decenas que se podrían haber hecho) y entonces la bruja no mencionó al valonqar. Usted lo ha dicho: aquí las profecías tienen rango de ley. Y Weiss y Benioff no quisieron hacer una promesa que luego no pensaban cumplir. Recordará usted la TED Talk que nos dio Jon acerca de esto mismo.

¿Sobrevivirá Cersei en la televisión? No lo descarte ni un solo segundo. ¿Que es más mala que la tiña? Razón de más. A estas alturas su muerte es quizá lo único que el espectador tiene por seguro que ocurrirá y solamente por eso es mucho menos probable que ocurra. Solo su final narrativo está prácticamente garantizado y eso no implica derramamiento de sangre; para eso se inventó el mutis por el foro. Y será que no se han hecho mutis por el foro en los Tronos, madre de Dios. Sea como sea, en este punto de la partida el tablero parece dispuesto, efectivamente, para acorralar a Cersei y darle la estocada, sea real o figurada. Y si acudimos de nuevo a Maggy la Rana un pequeño detalle sugiere que está ya en el tiempo de descuento: en la profecía televisiva la bruja sí le dijo, como hacía en los libros, que solamente llegaría a tener tres hijos, y que a los tres los vería morir. Eso ya ha ocurrido y Cersei, ahora mismo, está embarazada de su cuarto. ¿Implica esto que debe morir antes del parto, para así no violentar la profecía? Probablemente pero, ojo, tampoco es imperativo. Puede no llegar a tener su hijo o que su hijo no sobreviva al parto. O se puede concluir fácilmente que la profecía de Maggy es demasiado vaga acerca al recuento de hijos como para ser tenida en cuenta. Haga memoria: Cersei tuvo en primer lugar un niño de pelo oscuro que murió de fiebres, según ella misma explicó a Catelyn Stark. Si se cuenta, y debería contarse, Tommen habría sido su cuarto vástago y el que está en camino, el quinto; y los presagios de Maggy sencillamente carecerían de validez.  

Nuestra predicción: Cersei muere. ¿Cómo? Precisamente a manos de cualquiera que no sea susceptible de poder considerarse un valonqar, un «hermano pequeño»: ni a manos de Jaime o Tyrion ni a manos del benjamín de cualquiera de los grandes linajes. La candidata más obvia es Arya Stark, pero tampoco se crea; el protagonismo que ha adquirido en la última temporada su puñal de acero valyrio sugiere que a Arya la esperan destinos altamente paranormales. ¿Quiere que nos mojemos? Nos mojamos: veremos juntos al Rey de la Noche y a Cersei y aquello será su final, el de ella. Tocotó. Y ni siquiera creemos que un encuentro como este incurriría en mamarrachada, fíjese lo que le digo. De nuevo, algo así sugieren las convenciones narrativas: que los polos de antagonismo, que suelen proliferar durante la narración, acaben confluyendo en uno solo antes de enfrentamiento final. Los villanos de rango secundario son neutralizados poco antes de la gran batalla final. A Saruman, al conde Dooku y a Snape me remito.

El Rey de la Noche hablará

Y mire, ya que mentamos a Alan Rickman, ¿recuerda cuando hizo de Metatrón en Dogma? Algo parecido, pero al revés, suele ocurrir en la fantasía y la ciencia ficción: que al final, antes del choque definitivo, las fuerzas del mal conjuran a un portavoz a través del cual emiten su advertencia al héroe. Ejemplo 1, ejemplo 2, ejemplo 3.

Poco más que añadir, solamente apuntar que algo así es muy probable a estas alturas de Juego de tronos. ¿Hablará el Rey de la Noche en la temporada octava? Sería lo tradicional y más lo sería incluso que lo hiciese por boca de alguien, no con la suya propia. ¿Quién? Ay, eso ya es más complicado. Un difunto, eso por descontado. Y con lo que le gusta a esta gente el chopped dé por seguro que sería alguno de los más dolorosos de ver muerto y coleando. En este punto Benjen Stark es un buen candidato, pero no nos haga caso; todavía morirán muchos antes del clímax y cualquiera de esos estará más fresco para entonces.

Melisandre devolverá a Viserion a la vida

Problema: ahora mismo, gracias a Viserion, el Rey de la Noche goza de ubicuidad y de inmunidad. Puede ir donde quiera, levantando allí nuevos espectros a su servicio, y puede rehuir en todo momento un enfrentamiento cara a cara, única forma posible de que deje de hacer eso mismo. Por supuesto, puede ocurrir que los realizadores elijan que el Rey de la Noche no aproveche plenamente estas ventajas y que desplieguen algún ardid cinematográfico para disimularlo; así, con arte de birlibirloque, es como se han desembarazado de Dorne. Pero pongamos que no lo hacen. Con Viserion, el Rey de la Noche tiene el éxito prácticamente garantizado y en esta fábula es casi imposible que los buenos puedan derrotar a los malos. No sin hacer un Perdidos, sin improvisar atropelladamente una nueva lógica interna con la que acometer el chimpún final. Y sabrá usted ya que George R. R. Martin nos juró por lo más sagrado que este no sería el caso.

Es casi imperativo: hay que matar a Viserion. Y como Viserion ya está muerto, entonces hay que resucitarlo. ¿Es posible? Usted me dirá. En la gran batalla del lago helado, donde murió el dragón, únicamente murió otro personaje principal y fue Thoros de Myr. El único allí, dese cuenta, investido con el poder de revivirlo. ¿Lo ve? Birlibirloque. En eso Weiss, Benioff y Martin tienen mucha maña.

Predicción: esta es la gesta que le queda por acometer a Melisandre y en ella perderá la vida, tal y como anunció durante su conversación con Varys en la última temporada. O la entregará voluntariamente a cambio de la del dragón, que es lo más probable, ejecutando así su más que previsible redención final. En la serie no ha ocurrido que el rito de la resurrección comporte la muerte de quien lo ejecuta, pero en los libros sí (así fue como perdió la vida Beric Dondarrion, devolviéndosela a Catelyn Stark). Y en la lógica interna de una fábula mágica no resulta estrambótico que una resurrección tan afanosa exija una inversión de energía al alcance solamente de alguien como Melisandre, que sabemos que goza de una longevidad sobrehumana. Quizá, quién sabe, hasta Viserion recupere su aspecto lozano y vigoroso, como si nada hubiese pasado. ¿No es eso para lo que sirve el collar de la hechicera?

Tyrion es el tercer Targaryen

Para que vea que no tenemos nada en contra de las teorías más cacareadas, esta la vamos a desempolvar: si Viserion regresa al bando de los vivos, y creemos que así será, todo parece indicar que necesitamos de nuevo la esquiva figura del tercer Targaryen, o no habrá jinetes suficientes para los tres dragones. Y aunque en los libros es también posible que acabe siendo Meera Reed, en la serie sería muy raro que no se tratase de Tyrion Lannister.

Se lo resumo: muchos creen que Tyrion nació fruto de la unión de Joanna Lannister y Aerys II Targaryen, el Rey Loco, a quienes se atribuye una prolongada historia juntos, siempre referida con meticulosa vaguedad. Podría haber sido auténtico amor, podría haber sido solamente que Aerys la deseara a ella o podrían ser solo habladurías. ¿Es Tyrion hijo de Aerys y hermano mayor, entonces, de Daenerys? Cosas más raras se han visto. Está aquello que le dijo Tywin Lannister, «tú no eres hijo mío»; está el pelucote rubio platino que le plantaron en el episodio piloto original, del que luego se arrepintieron y que solo quedó en algunas escenas del segundo y definitivo episodio piloto; y está su famosa secuencia con los dragones bajo la pirámide de Mereen, que lo convierte en el único personaje, además de Jon y Daenerys, cuyo contacto íntimo han consentido las bestias.

Ah, y otro detalle más, verá usted qué conspiranoia: si Tyrion es medio Targaryen, eso haría que todos los partos de medios Targaryen a los que hemos asistido en Juego de tronos se saldasen con la muerte del miembro no Targaryen de la pareja. La muerte de la madre si la madre no es Targaryen, como no lo eran Joanna Lannister y Lyanna Stark, y la muerte del padre si el padre no es Targaryen, como no lo era Khal Drogo. Los hijos de Elia Martell con Rhaegar Targaryen nos cuentan: los Martell tienen sangre Targaryen. Y si le tienta aducir la muerte de Drogo a Mirri Maz Duur, que ella misma se arrogó pero que nunca vimos en pantalla, le digo lo que le dijo Jon a Daenerys acerca de la bruja nada más y nada menos que el último capítulo de la última temporada: ¿acaso no se la ocurrido que podría no ser una fuente de información segura?

Asistiremos a la refundación de la dinastía Targaryen

Es otra de las grandes revelaciones que podría traer la octava temporada: los Targaryen no se casan y reproducen entre ellos por capricho, por tradición o para evitar la disolución de su sangre, sino porque solamente pueden reproducirse con otros Targaryen o con otros linajes de ascendencia valyria. O podría ser así al menos durante las últimas centurias. Mire su árbol genealógico: entre los consortes de los Targaryen quienes no son igualmente Targaryen es porque pertenecen a linajes de Poniente con sangre Targaryen (como los Martell, los Baratheon o los Penrose) o a linajes de Essos de ascendencia valyria (como los Rogare o los Velaryon). Hay excepciones, claro está; pero seguro que recuerda usted el propósito al que sirven las excepciones. Y la misma existencia de Jon (medio Stark y medio Targaryen) y el embarazo de Daenerys en la primera temporada confirmaría que la procreación con un no-Targaryen no es imposible, solo peligrosa y con frecuencia mortal para el citado no-Targaryen. Es algo que los Targaryen sabrían, claro, o no habrían obrado en consecuencia durante siglos, pero que preferirían hacer pasar como un capricho decadente propio de una dinastía que ostenta un trono. Lógicamente, esto nadie se lo llegó a comunicar jamás a Viserys y Daenerys, menos todavía a Jon, antes de que su estirpe fuese casi aniquilada. Como todo en esta serie, llegado este punto tendría que ser Bran Stark quien revelase algo así.

Es una teoría muy loca, lo admitimos. Pero es también un tema recurrente en la fantasía que emparenta más estrechamente con los Tronos. En El Señor de los Anillos, sin ir más lejos, encontramos algo así: la sangre de Númenor (que, como la de Valyria, confiere a su portador características paranormales; se remonta también a una antigua civilización caída en desgracia; y caracteriza a la estirpe a la que pertenecen los monarcas), los semielfos, todo eso. Rasque por ahí, si gusta, y ya verá que suena muy parecido. Y no habría naturalización mejor para la unión ahora de Jon y Daenerys, ambos Targaryen; solo entre ellos dos y con nadie más en el mundo podrán producir descendencia viable y refundar la dinastía. Sus hijos, luego de ellos, tendrían que proceder igual y engendrar sus vástagos con aquellos que porten sangre Targaryen o de la antigua valyria. No sufra, nadie les obligará al practicar el incesto; entre unos y otros son un porrón de gente.

Daenerys sufrirá la peor traición de todas (y otras hipótesis poco estrafalarias)

Y antes de ponernos finalmente con el resultado final, un último picadito surtido con algunas predicciones menores.

-A última hora, Daenerys, Jon o ambos sufrirán una traición de las gordas, al estilo Judas. Es una manera de ilustrar la estulticia de la raza humana: ponerle al mesías palos en las ruedas en el momento mismo de la batalla del bien contra el mal. Y en Juego de tronos la traición es un tema machacadísimo, ambos las han sufrido tanto por parte de personajes menores y periféricos (Olly a Jon; Doreah a Daenerys) como de personajes de confianza (Theon a Jon; Jorah a Daenerys). Olvide la profecía que emitieron en los libros los brujos de Qarth, anticipando las tres que sufrirá Daenerys; en la serie esos augurios nunca tuvieron lugar. Ocurre, más bien, que el asunto se ha traído mucho a colación en la última temporada y cuesta pensar que haya sido para nada. El cebo, como siempre, es Varys, así que no muerda usted ese anzuelo. Las más lógicas vendrían de Tyrion Lannister o Daario Naharis; las más dolorosas serían Davos Seaworth o Missandei. Nuestra candidata es esta última.

-Arya Stark podría acabar con lo que a veces se llama ambigous clone ending, un final de clon ambiguo. O podría ocurrirle, en la práctica, a cualquier personaje secundario susceptible de ser, en realidad, Arya Stark. La mayor pista: el terreno está preparado al efecto, a esto mismo ya se ha jugado en los Tronos.

-Syrio Forel, el maestro de esgrima de Arya, reaparecerá al final de todo y será (lo habrá sido siempre) Jaqen H’ghar. Sería un final redondo para Jaqen, a quien perdimos de vista hace tiempo y nunca intuimos durante el paso de Sam por la Ciudadela, como sí ocurre en los libros. Y ocurre también que esta manera de rematar la historia del personaje seguramente tienta mucho a Weiss y Benioff; la otra es reincorporar a Jaqen al inicio de la octava temporada, involucrarlo en la trama y darle un final convencional. Jaqen es un personaje complicadísimo de manejar y ellos son unos adaptadores agudísimos, pero no exactamente valientes; la vía Forel, que se limita a una aparición final, constituye una revelación y rinde mucho más a efectos dramáticos, tiene bastantes más posibilidades. Habrá que ver, eso sí, cuánto pide por ello el actor que interpreta al maestro de esgrima braavosi. Esperamos que sea mucho.

-Los dragones pondrán un huevo. ¿Cómo? Cambiando de sexo o revelándose el verdadero sexo femenino de alguno de ellos. Es otro giro frecuente en la fantasía y la ciencia ficción. En palabras de Ian Malcolm: la vida encuentra un camino.  Y en palabras de David J. Peterson, lingüista y creador de las lenguas dothraki y alto valyrio, los dragones son hermafroditas.

-Es muy probable que Theon Greyjoy muera de forma absurda. ¿Por qué? Su disposición en este momento anticipa un trayecto órfico: el héroe desciende a los infiernos para rescatar a la dama (Yara, en este caso) pero no lo consigue (frecuentemente, por incurrir él mismo en un error tonto) y es devuelto al mundo de los vivos; carente de motivación, acaba por morir absurdamente. Detallito: hasta en su abstinencia sexual Theon cumple, hoy por hoy, con el arquetipo de Orfeo.

Y ahora sí que sí, la mayor pregunta de todas: ¿quién se sentará finalmente en el Trono de Hierro? Nuestra apuesta es esta.

Nadie nuevo se sentará en el Trono de Hierro

Así, sin rodeos: Cersei Baratheon, de soltera Lannister, será la última monarca que ocupe la silla. No por falta de aspirantes, claro está; más bien ocurrirá que, después de ella, no habrá trono en el que sentarse. O lo destruirá el Rey de la Noche o, más probable, lo hará la propia Daenerys, que viene advirtiéndolo desde hace tiempo. Tendrá que ser, en todo caso, con la ayuda de un dragón. A su forja contribuyó el fuego de Balerion, el Terror Negro (no sé si le suena) y parece razonable que solamente otro dragón pueda obrar su destrucción física. Motivos para eliminarlo: todos. Narrativos, simbólicos, románticos, pida usted por esa boca. El trono dichoso representa el tesoro envenenado, la alhaja maldita. Si esto fuera Harry Potter, sería un horrocrux; y si fuera El Señor de los Anillos, sería el anillo. Nada en Juego de tronos parece más cantado que esto.

En el escenario más cursi y coñón tanto Daenerys como Jon sobreviven al choque final contra el Rey de la Noche y refundan los Siete Reinos desde sus mismísimos cimientos: nueva corona, nueva organización, nuevo todo. Sería espantoso pero, eh, así acaba El retorno del rey. Y del conflicto sucesorio entre ambos ni se ocupe: la nueva Corona tendrá dos cabezas al estilo Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto. O ni siquiera. Por más que sea rey por aclamación en el Norte y rey del Trono de Hierro por derecho sucesorio, lo más probable es que Jon acabe haciendo un Paul Atreides, otro giro muy frecuente entre personajes como el suyo: después de acometer el destronamiento del villano, el propio héroe, de estilo de vida rústico, renuncia al trono y elige exiliarse, vivir en la naturaleza o desaparecer completamente.

Otra resolución plausible, y un poquito más dramática, es que ninguno de los dos sobreviva a la gran batalla final y que lo haga solamente su hijo. Su tuviéramos que apostar, nosotros lo haríamos a esta opción. Y si Tyrion Lannister fuese finalmente un Targaryen, incluso podría ocurrir que detentase una especie de regencia en nombre del hijo de Daenerys y Jon. No descarte incluso que le toque criarlo, porque eso también lo avala una convención narrativa muy popular en la fantasía: en el epílogo de la historia, al solterón le acaba cayendo un bebé del cielo. Obi-Wan, mire usted. Madmartigan en Willow.  Bilbo Bolsón.

Y hasta aquí las predicciones. Se lo advertimos al principio: ninguna es completamente estrafalaria. Y si se lo parecen, le recuerdo que hay gente convencida de que Varys es una sirena, de que Tyrion fue un feto que viajó atrás en el tiempo y de que los dos continentes principales, Poniente y Essos, son realmente uno solo que se repite eternamente. Se lo digo con el corazón en la mano: ojalá las suyas sean ciertas y las nuestras, equivocadas. Hasta abril no lo sabremos.


Juego de tronos VII, segunda parte: lo mejor

(Lo prometido es deuda: después de repasar ayer los siete patinazos de la última temporada de Juego de tronos, toca señalar los siete mayores aciertos. Y lo haremos con muchos SPOILERS).

Lo mejor

1. Farewell, Olenna

Pues qué pena que no sea yo Westley y tú Vizzini. Imagen: HBO España.

A estas alturas del culebrón es como si Weiss y Benioff le hubieran dado pasaporte a Logroño entero, lucroniense arriba, lucroniense abajo. Y no es un decir. El número de muertes desde que comenzó la serie se estima en más de ciento cincuenta mil, por la cuenta de la vieja. Pregunta: ¿cuántas recuerda usted que se produjeran con higiénica placidez? No se esfuerce: muy poquitas. Exceptuando al maestre Luwin, Aemon Targaryen y Hoster Tully, lo de irse al otro barrio dignamente se lleva poco en Poniente. Como mucho, te conceden una elipsis. Pero en general el canon son las decapitaciones a gogó, desmembramientos rumbosos y unos venenos con más efectos secundarios que el Mentos y la Coca-Cola. Incluso cuando tocó quitarse de en medio a una dulce e inocente niñita, D. B. Weiss y David Benioff no racanearon en sadismo. Equivocadamente.

Pero, claro, Olenna era Olenna. A uno de los personajes favoritos de la audiencia no se le podía finiquitar de cualquier manera, ni jugársela con un adiós falto de la elegancia y el carisma arrollador de la Redwyne. Ya da igual lo que nos temiéramos, porque Weiss y Benioff lo han clavado. Una escena sobria y contenida que (además de plantear paralelismos nada sutiles entre los mellizos Lannister dando matarile a sendas enemigas) rebosa coherencia narrativa. Tras asomarse al balcón y divisar las tropas entrando en Altojardín, Olenna entiende que le queda un pasmo en este mundo, pero, cuidado: no se va a lanzar al foso (aunque, como ya señalamos al revisar los puntos flacos de esta temporada, eso le habría salvado los muebles a Jaime) ni a beberse la lejía. Pues solo faltaba. Que una es señora. Y hay algo todavía más satisfactorio que privarles a los Lannister de acabar con la última Tyrell: amargarles la victoria.

Y vaya si lo hizo. Despachó al manco con su característica sarta de zurriagazos dialécticos. Él se las deseaba muy felices porque venía en plan misericordioso a quitarle la vida pero ahorrándole lo de acabar vomitando fosforito, y salió de los aposentos escaldado. Atiende, Jaime, que Olenna te va a cantar las verdades del barquero: ¿Que vienes a matarme? Pues una cosa te digo: a tu hijo lo maté yo, que lo sepas. Lo que le costó morir al niñato, ¿eh? Y tú ahí, a por uvas, que se supone que tenías que proteger al crío. Que, por cierto, estaba loco. Como tu doña, por otra parte. De chiflada nada, una puta psicópata, eso es lo que es. La peste. Y tú, un memo. Un alfeñique, un tontaina. Que no te enteras. Que de sus hermanas ya se habían enamorado antes otros, pero el encoñe patético que tienes tú es para hacérselo mirar. Te estás poniendo tú solito los clavos del ataúd y encima dando las gracias… ¿¡Pero qué!? ¡No se te ocurra ponerte a hacer pucheros! Tira, anda, corre a llorar en el regazo de Cersei.

Y así, damas y caballeros, es como se muere la Reina de las Espinas: a soplamoco limpio y con una copita de vino. Triunfal, digna, espléndida y sin brizna de esos arrepentimientos tan cinematográficos y tramposos. Entonando el «soy una mala bicha y lo volvería a ser», con la barbilla apuntando al cielo. Regodeándose en la estupidez ajena. Mofándose de su propio fracaso. Dejando tras de sí un reguero de afilados consejos no pedidos. Y honrando la naturaleza misma de su personaje, la quintaesencia del robaescenismo: tú me matas, pero gano yo. «Es el único personaje que se ganó la escena de su muerte», dicen Weiss y Benioff. Esperemos que también una entrada al infierno a hombros y por la puerta grande. Y un volquete de putos.

2. Daenerys y Jon: tentamos a la suerte, tenemos que ir a muerte

El camino estaba tan empedrado para el encuentro de estos dos (hashtag Jonaerys, hashtag baephew, hashtag SOPOR) que no quedaba una carpeta en Occidente por forrar con el romance en ciernes. En ese sentido todo ha discurrido como era previsible, con una fábula muy de Quimi y Valle de excursión en Navacerrada. Miradita por aquí, miradita por allá, que si jijí, que si jajá, y al final, tocotó: casquete triunfal en el barco del amor. Y con culo, lo cual significa que flojito, como la gente que se quiere. Por lo menos nos ahorraron la escalada de mamoneo, porque solo faltaba: ha sido la historia de la tensión sexual más anticipada de la historia de la televisión.

— Hola, Quimi. —Hola, Valle. Imagen: HBO España.

Y a eso vamos. En el capítulo de las alabanzas no incluimos el romantiqueo de tía y sobrino sino su encuentro en Rocadragón, allá por el capítulo tercero de esta temporada. Eso sí que fue épico. Épicamente estúpido, vamos. Jon y Daenerys tenían un mensaje para nosotros y se cuidaron de transmitirlo con minuciosa claridad: «Somos a cada cual más idiota». La una declamando títulos como la lista de los reyes godos, el otro con cara de susto porque los helechos se menean, que si tú, que si yo, y entre los dos Rocadragón sin barrer y la rodilla sin hincar. Festival del reproche y de antepasados muertos, competición de sufrimiento acumulado en sus estirpes. Pero no nos confundamos: esta oda a la repelencia era completamente necesaria para el relato de la serie, y no solo para crear conflicto.

Juego de Tronos idealizaba mucho a estos dos, de eso ya hemos hablado. Daenerys y Jon tenían que molar y sanseacabó. Ahora nos lo explicamos mejor, claro: el destino del mundo, que se dice pronto, acabaría reposando sobre sus hombros. Y ya desde hace tiempo, si te fijas bien, puede verse una constelación de expectativas de hielo y fuego sobrevolando sus respectivos pelazos. Quizá sea precisamente por eso que sus tramas, en ocasiones, han incurrido en el bostezo por puro empacho (si no nos creen, repasen, repasen temporadas anteriores). Pero ahora que se aproxima el desenlace, Weiss y Benioff quieren dejar que se tambaleen algunas convenciones que parecían inamovibles: ni Daenerys es la impecable estadista de retórica revolucionaria que tanto admiran en Essos ni Jon tan espabilado ni incorruptible como un héroe que sigue el camino de Joseph Campbell. Ambos tienen lealtades, egos, privilegios y servidumbres personales. Y a ambos, también, el traje y la situación les vienen muy grandes. A una la criaron para acumular poder (no para luchar por él) y al otro para no ambicionar nada; si acaso, un apellido (no para luchar por él). A Daenerys la legitima su linaje, y a Jon la democracia de su entronización. Por eso es acertado que colisionen, que se suban cada uno a su burra y hagan ñi-ñi-ñi, aunque sea una desavenencia circunstancial entre un (ex)bastardo y una ungida por los dioses. La alianza (como el fornicio) eran inevitables, no instantáneos. Construirlos a partir de un choque garantiza su solidez y también su verosimilitud. Le han sacado jugo, no vamos a negarles el mérito. Pasión encendida, la emoción servida.

3. Rocadragón, oh Rocadragón

Que, por cierto, menudo portento Rocadragón. Cómo se las han maravillado para que la cima de ese camino empedrado y sinuoso la corone una fortaleza escarpada, oscura; sin rastro de la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Ni de los acantilados irlandeses donde también se rodaron parte de las escenas. Tan logradísimo cinematográficamente, tan 360 y tan realista geológica y geográficamente, que casi nos olvidamos de que habíamos estado allí antes. Con Stannis Baratheon, concretamente. Lo recordarán de capítulos anteriores como «Cuando Melisandre se embarazó y parió un puag» o «Sir Davos refunfuña por los rincones porque esto es una casa de locos» de la tercera temporada.

Pero hacía falta más leña. Rocadragón no era (solo) una fortaleza, un castillo góticomedieval que, según George R. R. Martin, fue levantado en la falda de un volcán por los magos de Valyria. Rocadragón posee un significado trascendental para Daenerys, el enclave que encarna su vuelta a casa tras una laaaaaaaarrrga travesía. Por eso toca teatralmente la arena al bajar de la barca, por eso deambula por los corredores como en trance, por eso casi besuquea el suelo como si fuera ella el papa… En definitiva, por ESTO se han guardado Weiss y Benioff todo el esplendor de la arquitectura dragónica, para enseñárnoslo ahora y no antes. Muy listos. No han defraudado ni las colosales cabezas de dragón que custodian la entrada ni la sala de de audiencias, con ese encanto desconchado de oler a cerrado. Tampoco los fugaces detalles de los pasadizos, construidos replicando la arriscada orografía de la costa vizcaína. Y ese trono de rocoso dramatismo, intimidante, en el que curiosamente nunca vimos que Stannis se sentara a juntar las yemas de los dedos y maquinar sus planes. Hemos pillado por qué.

Ocho apellidos valyrios. Imagen: HBO España.

Con los dragones sobrevolando los acantilados fue ya para volverse del revés del gozo; y lo de Daenerys pavoneándose de ellos en un clarísimo «aquí está mi coño moreno» ante un ojiplático Jon Snow, eso ya de ovación cerrada. Otro sobresaliente también para el emplazamiento de ese Pozo Dragón, una Itálica a la que le han exprimido toda la grandiosidad decrépita que se le presumía al único encuentro entre (lo que queda de) las casas Stark, Targaryen y Lannister. Y ha sido donde debía ser: en un anfiteatro en ruinas.

Ahora, tampoco vais a iros de rositas, Weiss, Benioff. Nunca mejor dicho. ¿Podéis explicarnos, por favor, qué narices es esto y esto otro? Porque Roca Casterly y Altojardín no, desde luego. El asentamiento Lannister tenía que meter miedo, literalmente. Que tú lo vieras y dijeras pies, para qué os quiero. No se trataba de subir un castillo a una roca y hala, solucionado. Será que no hay castillos, en España concretamente, para auparlos ahí en lo alto y que quedaran más resultones. Y de Altojardín ni hablemos. Cuatro arboletes sobre una peñasco pelao y a correr. Es un jardín (porque hay verde) y está en todo lo alto, ¿no? Pues eso: alto-jardín. Pues no, mirad, no. Hasta en Francia había alternativas mejores para caracterizar la capital del Dominio. Vergüenza nos da tener que decir esto. Que Peter Jackson rodó las Minas Tirith con maquetitas hace veinte años y como escarpias, miren. Encarecidamente os pedimos que no os pongáis chapuceros con estos particulares, que una cosa es tirar de alfombras de Ikea para maquear los vestuarios y otra arruinarnos visualmente la fiesta. Pero sigamos con lo bueno, no nos envenenemos.

4. Davos, Tormund y otros señores descolgados

Tía, fóllatelo. Imagen: HBO España.

¿Recuerdan cuando Juego de Tronos era una serie repleta de tramas y subtramas, con un cholón de personajes a los que costaba ubicar en el mapa? Pues olvídenlo, porque ya no. Por lógica pura (se van matando entre ellos) y cinematográfica (hay que ir recogiendo, que esta gente querrá irse) la galería de personajes es progresivamente menor. Es una obviedad que, para encajar en pantalla, Weiss y Benioff han restado complejidad para subirle decibelios a la espectacularidad.

Lo que sucede es que por el camino hemos perdido la paja, y el grano resulta que aún no está maduro del todo. Muchos de esos personajes y subtramas desaparecidas ayudaban a digerir el hilo principal y, de paso, a dar tiempo a que Daenerys acabase de peregrinar. Y a que su sobrino espabilara. Perdimos al afable Mag, a Mance Rayder, Barristan Selmy, a Oberyn, a Dorne entero… Y ahora los frentes están más que definidos, casi compactos. De las casas que iniciaron la disputa, solo quedan tres en pie (cuatro, si contamos a los Greyjoy, o la parte lunática de los Greyjoy). Solo una de ellas tiene lealtad oscilante (los Arryn). Y del otro lado, los chungos del muro. Por eso se agradece especialmente la presencia de «agentes libres» o correas de transmisión, personajes que han ido desempeñando misiones diversas, reciclándose a empujones y librándose del paredón, para que desengrasen esta dicotomía buenos-malos tan perentoria.

Hablamos, entre otros, de sir Davos Seaworth. Los pellizcos de monja que le ha pegado a Jon Snow esta temporada (oyoyoy, le estás poniendo ojitos a la oxigenada) hacían más falta que un nuevo burdel en Poniente, y en cierta parte hereda el rol de Olenna de senil gruñoncete cuyos consejos atiende básicamente nadie. A pesar de todo, el Caballero de la Cebolla no se ofusca y, además, aligera la serie con su sola presencia.

Lo mismo que el mastuerzo de Tormund y sus sicalípticos comentarios (un Emmy para esa mirada de «¡En tiempo de guerra, todo agujero es trinchera!») que tanta falta nos hacía, ahora que el Perro se ha sumido en una oscuridad y misticismo que ríete tú de Iñárritu. O Bronn, nuestro Han Solo de misión en Poniente, probablemente el personaje con la motivación más sólida (y macarra) de todo el elenco.

Weiss, Benioff: gracias por esto. Son detalles tontos y por eso, importantes. Muy incierto sería que estos personajes equilibren la balanza de un lado o de otro, pero la serie necesita respirar de vez en cuando. Y ellos soplan bien fuerte. Otro año hablaremos de la tremenda injusticia que insistís en cometer con Varys: ¿quizá el personaje más menospreciado de la serie? Quizá. Hemos disculpado lo de su teletransporte, así que, igual merecíamos algo a cambio. Dadle una vuelta.

5. D&D versión Poniente

Lo que no me mata me da puntos de experiencia. Tiro iniciativa. Imagen: HBO España.

Pues sí, señores y señoras, nos la han colado. Porque no van ganando los malos, como siempre parece en los Siete Reinos. Lo curioso es que los buenos tampoco. Y no, en tablas no están. Entonces, ¿quién? Pues los nerds, ni más ni menos.

Ya está dicho y requetedicho que Juego de Tronos es un hito histórico televisivo, una serie que es más que una serie porque es un fenómeno de sincronía colectiva. Tu madre la ve por las intrigas palaciegas y los romances locos, tu jefe lo goza con el pezonerío, la sádica de tu prima por las batallas hemoglobínicas y su hermano, por los zombis. Los hay que lo consumen como una lección de política pactista y teorías sobre el poder. Y luego, están los que llevan (llevamos) salivando más de siete años con que Drogon, Viserion y Rhaegal pegaran el estirón, rabiando porque la fantasía explotara definitivamente en un acabose de espadas mágicas, mamuts gigantes, fuegos valyrios, redivivos sin putrefacción y árboles con caras.

Está claro quién llevaba razón: ni culebrón pseudohistórico con intrigas de salón ni ficción medievalista con destellos de sci-fi. Esto es, era y será una FAN-TA-SÍ-A. Repetimos para que entiendan el sentido de esta frase inobjetable: Fan-ta-sí-a. Juego de Tronos se ha erigido como una de las producciones más relevantes de su época, apostando todo a las tres cartas teóricamente más estigmatizadas por el academicismo cultural: el género fantástico, la televisión y el fanfiction. Y da rematadamente igual cómo se las compongan algunos para enmascararlo.

¿No le convence? Pues vuelva al sexto capítulo de esta temporada. Sí, el la expedición extravagante que parte de Guardiaoriente en busca de un zombi random, que ya ves tú los brillantes estrategas. ¿Qué tenemos? Recapitulemos: un explorador (Jon Snow), un clérigo (Thoros de Myr), un paladín (Beric Dondarrion), un bárbaro (Tormund), y varios guerreros (el Perro y un número elástico de extras según las circunstancias). Añadan un mago y vuelvan a mirar: ¿Qué es esto? ¡Una partida de Dungeons & Dragons! Una en la que los jugadores derrochan más química que un Wild Bunch en la Antártida.

En el fondo y en la forma, un cliché tras otro, magistralmente apilados y aptos para digerir incluso por los paladares más selectos, a los que todo lo que huela a juegos de rol o cruzadas épicas entre el bien y el mal les suena a bufonada adolescente salpicada de efectos especiales. ¡Já! Ahora estamos todos en el mismo nido: con el pico abierto, a la espera de que Weiss y Benioff regresen con más bocados de fantasía para saciarnos. A que lancen los dados en otra tirada de hechizar. Y, por qué no, dinamiten de una vez por todas las fronteras entre la baja y la alta cultura. Por el momento, el nerdismo se ha anexionado otro territorio del mainstream, y eso siempre es algo que celebrar.

6. Choque de reinonas

Es un bonito espectáculo, qué menos se puede decir. Una mujer de maldad jupiterina, Cersei, se pasea sobre un mapa con aires de gigante de Goya; y en torno a otro mapa, uno con forma de mesa y de tablero, le disputan la partida cuatro mujeres más: Ellaria, Olenna, Daenerys y Yara. Les acompañan tres eunucos, una libérrima criada y un (la palabra es suya) mediohombre. Echen las cuentas de penes, que salen a devolver. ¿Saben lo mejor que tiene esta guerra? Que en ningún momento lo es de sexos, aquí metáforas ni media. Es la guerra, punto. Y no porque la libren mujeres se le ha añadido un apunte, un matiz, una pincelada de rosa. Quizá eso, más que cualquier otra cosa, es la auténtica (y sanísima) novedad.

¡Y reina, y reina, y reina, reina, reina! Imagen: HBO España.

Se le celebra mucho a Juego de tronos, y más en las últimas temporadas, el protagonismo que vienen adquiriendo los personajes femeninos. Contexto: cuando empezó, esta serie no era diferente de cualquier otra. Unos señores conspiraban contra otros señores y ellas ocupaban los roles tradicionales bajo el techo de cristal: la madre sufriente, la pérfida esposa, la hijita inocentona. Siete años después la cosa ha cambiado mucho y las testas coronadas de Poniente son casi todas mujeres. Y a ver, sí: bienvenido sea. Aplauso, plas, plas, plas. ¿Ustedes han visto la realidad? Toda ayuda es poca. Pero ocurre eso mismo, literalmente: que toda es poca. Y si vamos a aplaudir, pondremos también un pero. Y recordemos a tal efecto lo que Ned Stark pensaba de los peros.

He aquí una idea disparatada, loquísima y extravagante: Caminantes Blancas. Una o dos, con eso bastaba. No nos lo diga, ya lo sabemos: los Caminantes convierten a los bebés entregados por Craster, todos varones, y por eso ellos mismos son varones. Al menos para esto se nos ha aportado una explicación; peor fueron los Hijos del Bosque, que en la serie son todos hembras, aparentemente. ¿Recuerda que un párrafo más arriba censurábamos pintar las guerras de azul y rosa, convertirlas en guerras de sexos? Allí donde triunfa Juego de tronos a la par fracasa, porque entre los seres de fantasía la cosa es dolorosamente convencional: ellos son las criaturas tenebrosas y ellas las gentiles. Ellos los magos feúchos y envejecidos, ellas las hechiceras jóvenes y hermosas. Y en los libros no es así. Ni los Hijos del Bosque son hembras ni los Caminantes son machos (de hecho, el primer Rey de la Noche «contrajo» su condición de una mujer); ninguna norma obliga a las hechiceras a ser hermosas; ni se nos priva de Lady Corazón de Piedra, una mujer entrada en años que se convierte en el monstruo sobrenatural más temible al sur del Muro. Sobre aquel desastre ya nos detuvimos el año pasado.

Al menos Daenerys se ha pasado la temporada comportándose como una auténtica garrula, eso sí. Al menos, cuando quedan solo dos dragones en el bando de los buenos, existen razones narrativas para intuir que uno pueda cambiar de sexo y producir descendencia (los dragones de Juego de tronos son hermafroditas secuenciales, sabe usted, como los peces payaso y los dinosaurios de Parque Jurásico). Y hasta quizá ocurra (ya verá que idea más loca se nos ocurre, estamos que lo tiramos) que el que lo haga sea Drogon, el más poderoso y sanguinario, en lugar de Rhaegal, el secundario. ¿Recibirán las criaturas de fantasía el mismo tratamiento que se ha puesto en práctica en el orbe humano, y podremos entonces aplaudir sin poner un pero, como quisiéramos? Quedan seis capítulos de Juego de tronos y se nos ha prometido que en ellos se abundará más que nunca en la FAN-TA-SÍ-A: quizá todavía no esté todo perdido.

7. El caos es una escalera

Seguro, segurísimo que usted se maliciaba ya lo de Meñique, que apestó a pino toda la temporada. La engañifa de las Stark tirándose de los pelos no le convenció ni un minuto. Lo mismo que lo del villano (inserte carcajada aquí) de esta temporada: la espantada con el rabo entre las piernas de Euron Greyjoy fue de no dar crédito. Y de Cersei, qué nos va a contar. Ni con la oxitocina desbocada iba esta pájara a jugar limpio con los bandos rivales. Mejor ni hablar del asunto de la falsa bastardía de Jon o del revolcón con Daenerys, vox populi desde hace meses, oiga. ¿Y a santo de qué iban a resucitar un dragón los Caminantes si no eran para echar abajo el muro? Cantadísimo.

Bien. Dirá usted entonces que la traca final de esta temporada ha sido «previsible». Que en el capítulo de cierre la sorpresa ha alcanzado mínimos históricos. Es probable que su sagacidad haya adelantado por la izquierda a los guionistas, como un Bran en diferido, oliéndose todo lo que iba a ocurrir punto por punto. O quizás ocurra otra cosa.

Detengámonos un segundo: ¿Quién dijo que Juego de tronos era una serie de Shyamalan? ¿Que todo tenía inexorablemente que acabar en un titánico twist-plot que torciera culo y mandíbula? Que sepamos, hasta la narrativa en la que se basa (o basó, hasta donde pudo) la serie, estaba preñada de augurios que predecían el desarrollo de los acontecimientos. George R. R. Martin disfrutaba (sí, conjugado en un doloroso pasado) desperdigando guijarros durante los libros, pequeños o grandes indicios de lo que estaba por venir. Pistas vagamente ocultas que iban preparando el terreno para los giros sorprendentes. Todo era previsible… siempre que se pudiera discernir lo que era señuelo y lo que no, claro está.

Díganos, ¿cuánto llevaba sin morir un personaje fundamental, protagónico? Porque hemos interiorizado tanto el mantra ese de que «en Juego de tronos no te puedes encariñar de nadie porque está claro que puede morir cualquiera» que quizás no nos hemos fijado que desde la cuarta temporada ninguno verdaderamente central (no confundir con «querido» o «carismático») ha sido sacrificado.

Allí donde vamos (el apocalipsis venidero) está el caos. Y nosotros ascendemos por una escalera. A veces, a trompicones. Otras, de dos en dos. Con sus caídas y peldaños tambaleantes. Pero en general se mantiene una regla: después de un escalón, viene otro. Punto. Y eso es lo que está ocurriendo en Juego de tronos: que si miramos hacia delante, somos capaces de vislumbrar lo que está por venir, con un margen de error cada vez más pequeño. ¿Es esto intrínsecamente malo? No necesariamente. A los pies de la escalera, antes de iniciar el ascenso, era más difícil divisar lo que había en lo alto. En parte por nuestra limitación visual y en parte por la bruma que rodea esta metáfora que se está haciendo demasiado larga.

Dicho en plata: que es muy fácil confundir la previsibilidad con la coherencia. Que sí, que en el último capítulo no ha habido un gran OYOYOY que nos haya arrancado alaridos de desconcierto. ¿Y entonces por qué estamos aquí, incluyéndolo en lo mejor de la temporada?

Porque en el encuentro entre Cersei y Tyrion honestamente nos temimos lo peor, y sufrimos como una madre mandando el hijo a la guerra. Porque la conversación cómplice entre el Perro y Brienne nos masajeó el corazoncito. Porque el capítulo arrancó con un chiste de pollas a cargo de Bronn. Porque a Cersei por fin le vimos una mueca nueva (la del canguelo) y otra genuinamente cerseica («¡Qué voy a ir yo a matar zombis ni qué niño muerto, hombrepordios!»). Porque cuando estaba a puntito de mandar a Jaime a su habitación a reflexionar por lo que había hecho, el Matarreyes despertó. Porque la reunión del G-5 fue teatral, calamitosa y, con tanta gente vestida de negro que por momentos nos colamos en una cita de góticos que han quedado para mirarse mal. Porque no hubo Cleganebowl, pero casi. Porque en Invernalia por fin las cosas se enderezaron: la coreografía Stark funcionó a la perfección, y nos regaló a un Meñique viviendo el primer Sansaexplaining de la historia. Porque las muequitas del intrigador al verse acorralado fueron patéticamente deliciosas. Porque nos devolvió a unas hermanas unidas, cómplices, comprensivas y poderosas. Porque regresaron los diálogos de grabar en mármol. Porque nos vamos a tener que zampar la intriga de qué cojones acordaron Cersei y Tyrion a puerta cerrada, y por qué el enano asistió como un voyeur enfurruñado al ayuntamiento Targaryen. Porque escuchar eso de «nunca ha sido un bastardo. Es el heredero del Trono de Hierro» intercalado con planos de las magnas nalgas del heredero anteriormente conocido como Jon Snow fue turbiamente satisfactorio.

Sí, en términos de espectáculo quizá faltó fuego valyrio y sobró la desbandada Euron, el truco menos creíble de la historia de las jugarretas. O el espanto de Theon haciendo capoeira en la playa (si solo le habían privado de la flauta, ¿acaso tampoco duelen los rodillazos en los platillos?). Y un poco menos de rotulador amarillo para subrayar Aegon Targaryen tampoco habría venido mal.

Y qué. Tenemos estas dos escenas para revolcarnos un año (o dos más).

ESTA.

Imagen: HBO España.

El invierno. La manada. El padre perdido. El reconocimiento del sufrimiento ajeno. La madurez peleada. Todo está aquí.

Y ESTA.

Imagen: HBO España.

El Rey de la Noche a lomos de Viserion. La otra manada precipitando los terrores que alberga la noche. El adiós del muro. El hola del apocalipsis.

Coautor 62


Juego de tronos VII, primera parte: lo peor

Más Darth Maul que nunca. Fotografía: HBO España.

Ha llegado a su término la séptima temporada de Juego de tronos, la más vista hasta el momento, la más corta que se ha emitido y con toda seguridad la más peculiar de todas. Y en esta casa es tradición, llegado este punto, repasar los siete patinazos y los siete los aciertos en la última entrega de la adaptación de la magna obra de George R. R. Martin. Como siempre, trataremos primero los siete puntos flacos de la temporada; mañana habrá otra entrega con los siete momentos de gloria. Y en ambos casos incurriremos en SPOILERS, así que continúa usted leyendo bajo su propia responsabilidad. ¿Entendido? Estupendo, todos amigos. Como dijo Randyll Tarly, el que avisa no es traidor.

Puntos flacos

1. Los cuervos supersónicos

No lo busque usted, ya lo hemos hecho nosotros: 1500 millas. Unos 2400 kilómetros. Es la distancia que separa Madrid de Varsovia, para que usted se haga una idea. Y es la distancia que recorrieron un hombre y un cuervo durante el sexto episodio de la séptima temporada de Juego de tronos en lo que pareció ser una sola noche. Eso según el cálculo más generoso, que no es el único.

Alan Taylor, el director del episodio, ha dicho con gran papo que fue una noche «en términos de la experiencia emocional», no de las literales. Y también que en Juego de tronos son mejores, atención, los hechos «imposibles plausibles» que los «posibles no plausibles». No se lo reproche; el episodio acababa con unos zombis sacando a flote el cadáver de un dragón y nosotros aquí echándole en cara la escala de un mapa de mentira. ¿Sabe usted lo mejor? Que ni mapa les hacía falta. La distancia entre el glaciar Svínafellsjökull, en Islandia, donde se rodaron los grandes planos de la batalla del lago helado, y San Juan de Gaztelugatxe, donde se hizo lo propio con Rocadragón, es casi exactamente esa: 1526 millas, para ser exactos. Y David Benioff y D. B. Weiss tuvieron que hacer ese vuelo en algún momento. Si miraron por la ventanilla y echaron cuentas, eso no lo sabemos. O quizá se dijeron: «bueno, pues ponemos antes un oso de las cavernas polar zombi en llamas, y ya con eso despistamos».

Taza y media: definición gráfica. Fotografía: HBO España.

Lo decimos de bromi, claro. En realidad, Weiss y Benioff han perdido el interés en despistarnos, y lo han perdido de forma súbita. Y seguramente ese es el auténtico problema. ¿De verdad cree usted que el tiempo de Juego de tronos se ha vuelto inconsistente ahora, como tantos claman alzando al cielo los puñitos temblorosos? Pues qué poquita memoria, así se lo decimos en su cara misma. Los más hooligans recordarán que hubo una temporada, la tercera, que consistió principalmente en gente yendo a sitios: Bran y Meera iban de Invernalia al Muro, Sam y Elí del Norte al Muro y Jaime y Brienne de la Tierra de los Ríos a Desembarco del Rey. Y que a estas road trips se dedicaron diez capítulos, porque solo al final de la temporada los personajes llegaban a sus destinos. Qué coñazo, amiga. Si aquello no fue peor que esto, que baje R’hllor y lo vea.

Y sí: entonces se lo aplaudimos. Y no porque aquel ritmo fuese más naturalista, el naturalismo para quien lo quiera. Se lo aplaudimos por la maña con que Weiss y Benioff conciliaron estas tramas lentísimas con el progreso de las demás, mucho más rápido. Por engañarnos bien, en resumidas cuentas, que es todo lo que se le puede pedir a un narrador. Pregunte usted a un cosmólogo: si el tiempo malamente existe en la realidad, en la ficción ya ni te cuento. Y no cambiar de velocidad aparente (la cursiva es enfática) no solo es imposible en cualquier historia: tampoco es lo deseable. Pero resulta imperativo que ocurra mientras los espectadores miramos a otro lado, y más cuando el cambio de ritmo es tan abrupto, o entonces empiezan los lloros. En esta temporada, Weiss, Benioff, os habéis despachado con una elipsis de periplos que en la tercera duraban diez capítulos. Diez. Literalmente. Así que dejad de sacar brillo a los Emmys y dadnos una zanahoria que perseguir, un pajarito al que mirar, algo. Esmeraos un poco con el birlibirloque. Os quedan solo seis episodios de convento, lo entendemos, pero vamos a intentar entre todos no cagarnos dentro. Que esto luego lo echan por la tele y nos lo tenemos que creer. Poned de vuestra parte.

2. El Matarreyes pasmado

Veamos una selección de los mejores momentos de Jaime Lannister en esta temporada:

Jaime sorprendido porque su hermana está como unas putas maracas:

Jaime sorprendido porque Euron Greyjoy es más marrano que el agua de fregar:

Jaime sorprendido porque le van a hacer la caidita de Valyria:

Jaime sorprendido porque le está troleando fuerte una señora mayor:

Jaime sorprendido porque su ejército va acarreando por medio Poniente una ballesta antidragones que pesa tres toneladas por si aparece un dragón pero que aparezca un dragón es una cosa que él personalmente no se la esperaba:

Jaime sorprendido porque los dragones echan fuego por la boca:

Jaime sorprendido porque hasta Bronn, HASTA BRONN le toma por el pito del sereno:

Jaime sorprendido porque su hermana está que le da la mano al mismo dos veces (se le había olvidado):

Jaime sorprendido porque su hermana está que da ella sola vueltas de campana (se le había vuelto a olvidar):

Queremos darle la enhorabuena a Nikolaj Coster-Waldau, eso sí. Si no se ha dislocado las cejas durante la grabación de la séptima temporada cerca le habrá andado. Qué furioso subirlas y bajarlas, oigan. Qué vertiginoso recorrido por los matices del caerse del guindo. Qué paleta de miradas de cordero degollado. Qué cosa.

Ahora en serio: Jaime era un señor que tú le invitabas a tu casa y él tiraba a un hijo tuyo por la ventana. No era en plan «huy, soy moralmente ambiguo porque claro, las circunstancias», no. Era un psicópata. Un chungo. Una rata de callejón. Lo dejó él mismo bien explicadito con aquella exposición de motivos obscena que le cascó a Edmure Tully: que él, por Cersei, hasta comer cristales. Y acto seguido amenazó a Edmure con coger a su hijo recién nacido, atención, Y LANZARLO CON UNA CATAPULTA. Insistimos: todo por meter la ciruela. Así que mirad, Weiss, Benioff. Bien está que con el tiempo Jaime haya ido evolucionando y cambiando de signo porque en Juego de tronos los malos se hacen buenos y blablablá. Pero hombre, a ver. A ver.

Y además, bueno de qué. Si es más malo que la tiña. ¿Queréis que Jaime Lannister sea de repente un dechado de virtudes? Estupendo, no hay problema: atribuidle virtudes. He aquí una lista: la honradez, la justicia, la integridad. He aquí cosas que no son virtudes: tener pamplinas, ser un cagalástimas. Ned Stark se negó a planear el asesinato de Daenerys; Robb se negó a ejecutar a los niños Willem Lannister y Tion Frey; hasta Theon evitó en su día ejecutar a Bran y Rickon. El héroe no mata caprichosamente, punto. No solo es una convención con rango de ley en el género de la épica; es un tema central en Juego de tronos desde el mismísimo arranque de la serie. Y Jaime no solo mata ahora igual que antes; es que solo en esta temporada ha asesinado 1) a una señora mayor, 2) a sangre fría, 3) para robarle dinero, porque aquella fue toda su motivación. PARA ROBARLE LA CARTILLA Y LOS AHORROS Y LAS JOYAS A UNA ANCIANA SEÑORA, Weiss, Benioff. Que es una mierda muy jodida. ¿No podía haber asesinado otro a Olenna Tyrell? ¿Randyl Tarly? ¿Euron Greyjoy? Incluso Jaime podría haber atacado Altojardín y que Olenna se hubiese suicidado al verse derrotada, tomando veneno por su propia iniciativa pero a tiempo de entrevistarse finalmente con Jaime y hacerle su confesión.

Ya, ya: al final de todo, durante los últimos minutos del último capítulo, Jaime cambiará de opinión y al final, ya sí que sí, tendrá un gesto honroso. Pues bueno, pues vale, atenuaremos nuestra crítica: el pastel espantoso, pero la guinda muy bonita. Y casi peor, si quiere usted nuestra opinión: demuestra que los showrunners están dispuestos a caracterizar honestamente a su personaje pero solo a la hora del cliffhanger, cuando esa honestidad rinda a efectos promocionales. Desastrosa la ejecución y la ejecución no es ni siquiera el problema. El problema, en realidad, es algo de lo que nos quejábamos ya el año pasado: este empeño que ponen Weiss y Benioff, tan porcojónico, en que tengamos que simpatizar a golpe de zoom y violín dramático con quien ellos dicen, y no con quien corresponde. El melodrama, por llamarlo por su nombre. Y nos atrevemos decir que es suyo porque esto no ocurre en los libros ni ocurría antes en la serie, cuando los libros se adaptaban con fidelidad. Ahí están Tywin Lannister, Robert Baratheon o Khal Drogo, entre otros héroes y villanos que desafiaban su condición. Vivieron, murieron y no se le dieron al espectador instrucciones sobre el grado de pena que debía darle. En esta temporada Jaime ha sido una de las grandes víctimas, pero hay más. Y la peor, quizá en todo lo que llevamos de serie, ha sido Arya.

3. Arya Stark, Mata Hari de chichinabo

Sarita Montiel. Fotografía: HBO España.

Arya está pasando un pavo muy tonto, nos van a perdonar. Vale que ha tenido una infancia un poco rara y que luego estuvo estudiando con los ninjas mágicos aquellos, pero vamos a ver. Qué miradas. Qué entradas por esa puerta como si fuese el sursuncorda. Qué aires. «Es que es una asesina sin rostro y no sé qué»; ya, bueno, a ver. Se puede ser asesina y ser menos diva.

INVERNALIA. INTERIOR. NOCHE.

Arya:  Tú siempre quisiste ser fashion influencer, no como yo, que rompo con los convencionalismos y soy guay.

Sansa: Pues serás muy guay pero el castillo lo he recuperado yo.

Arya:  Pero porque te mola ser la señora de Invernalia y ser la dueña de tus propios destinos, no lo niegues.

Sansa: Sí, me mola que no me rapten y no me casen y no me violen. Llámame excéntrica.

Arya:  Pero traicionaste a Padre porque escribiste el papelito ese.

Sansa: Me obligaron porque me tenían raptada, de hecho es una cosa muy habitual cuando te raptan, payasa.

Arya:  Ya pero cuando le mataron estabas ahí supercontenta.

Sansa: Ah, sí, contentísima, estaba yo pataleando como una loca y desmayándome de lo contenta que estaba. ¿Y tú qué hiciste, por cierto?

Arya:  Ya, bueno, mira, me da igual, te voy a rajar.

Nos gustaba mucho la nueva Arya, en serio. Nos caía mal bien, no sé si me explico. Y su transformación nos parecía una idea felicísima. De niña bonita de Juego de tronos a millennial ponienti con un cuadro severo de tirria y pelusilla. Ojalá hubiese sido así y Arya hubiese heredado de Lady Corazón de piedra su ciclón de paranoia. Pero no, vaya por Dios. Era un teatrillo. Otro más, como el de Jaime. Uno de esos falsos conflictos que tanto abundan últimamente en Juego de tronos, esos que parecen tan buena idea cuando se dibujan con flechitas en un croquis. La razón: en la séptima temporada ya no hay fuentes de tensión en los dos polos morales del cuento, Desembarco del Rey e Invernalia. Los Lannister ocupan uno y los Stark el otro. Y Weiss y Benioff lo han querido enmendar con los hermanos pequeños de ambas reinas, Jaime y Arya. Un bueno en el seno de los malos y una mala en el seno de los buenos.

Y eso, por supuesto, no es jugar al ajedrez; es ponerse a pintar de blanco algunas figuras negras y de negro algunas figuras blancas y que parezca entonces que la partida no está en tablas. Solo en los últimos minutos del último capítulo estas figuras se han movido de verdad por el tablero, Jaime en dirección al bando opuesto y Arya para comerse a ese alfil portentoso que era Meñique. Pues bien, pero, je: un movimiento en toda la temporada, y antes de eso seis capítulos de humo y más humo. Plantear un juego y no jugar es un problema siempre, pero en una serie cuyo título empieza por «juego», ya ni te cuento.

¿Habría sido deseable que otros personajes menores activasen estos focos de conflicto? Sí. ¿Son Weiss y Benioff conscientes de esto? Completamente. ¿Entonces por qué han forzado que lo hicieran Jaime y Arya, que por su posición solo pueden escenificar, y no encarnar de verdad, un cambio de signo? Ah, misterio. La maestría no se pierde fácilmente pero el valor sí, y quizá eso le está ocurriendo a nuestros showrunners. Aunque aquí pensamos que esto tiene que ver más bien con la HBO y con el dineral absurdo que los actores protagonistas están ya en posición de negociarle a la cadena. ¿Pagaría usted un gritón de dólares a Maisie Williams y Nicolaj Coster-Waldau para tenerlos toda la temporada mano sobre mano, mientras otros actores menos conocidos y con muchísimo menos tirón comercial desarrollan las tramas trascendentes de la temporada? Pues eso.

4. Hay un hombre en Poniente que lo hace todo.

Los Simpson, capítulo 11, versículo 4:

Y ahora cambie usted «lo hizo un mago» por «lo leyó Sam en un libro». Nos sigue, ¿verdad?

¿Vidriagón? Lo leyó Sam en un libro. ¿Psoriagrís? Sam en un libro. ¿La daga de Meñique? Sam en un libro. ¿La ascendencia de Jon? Sam en un libro. Menos mal que Sam solo ha pasado cinco capítulos en la Ciudadela, hija de mi vida; tres más y descubre la fusión fría, encuentra el monte Ararat y funda Snapchat. Eso es emprender y no lo de Elon Musk. Todos los enigmas los ha resuelto Sam con su libro menos el único que le compete directamente y que lleva cinco temporadas, cinco, sin respuesta. ¿Por qué, POR QUÉ no le atacó aquel caminante blanco al final de la segunda temporada? Se conoce que no le intriga porque, total, es muy normal que los caminantes blancos te vean pero no te ataquen. Muy normal es. Es supernormal.

Resolver enigmas a golpe de libro antiguo es un recurso muy viejo, por supuesto. Particularmente en el género fantástico. Ejemplo 1, ejemplo 2, ejemplo 3. Ni siquiera es la primera vez que ocurre en Juego de tronos. No es un pecado, pero resulta obvio que cuando se abusa de ello la cosa empieza a parecer un chiste. ¿Por qué unos narradores tan diestros como Weiss y Benioff están incurriendo, y tanto, en un tic tan feo y tan tonto? Pista: la otra manera de documentar los hechos del pasado es el flashback. Y en sesenta y ocho horas de Juego de tronos solo se ha hecho un flashback puro, el de Cersei y Maggy la Rana. En todas las otras ocasiones en las que hemos presenciado hechos del pasado Weiss y Benioff se las han ingeniado para meter a Bran, a veces con calzador. No entraremos en si esas visiones o viajes en el tiempo deben considerarse también un flashback, estamos nosotros como para discusiones taxonómicas a estas alturas de nuestras vidas; pero en todo caso es evidente que Weiss y Benioff se esfuerzan mucho por disimular estas disgresiones hacia el pasado y conferirles continuidad con los hechos del presente.

De ordinario correspondería aplaudirles esta alergia suya a una técnica tan facilona, algo que demuestra su ambición y apuntala el rango naturalista de Juego de tronos, pero esto es ya cabezonería. Por cada flashback que no se hace, Sam lo lee en un libro. Así que dejad los libros quietos de una vez, Weiss, Benioff, por favor. Y haced un flashback, que no pasa nada. O mira, mejor: que nos resuelva la duda algún custodio de sabiduría antigua. Melisandre, sin ir más lejos. O Kinvara. O Jaqen H’ghar. O Quaithe. De ambas cosas tenéis muchas (enigmas y personajes en posición de resolver enigmas) y mirad una cosa: la pe con la a, pa. Que todo hay que decirlo.

5. Quaithe, Kinvara y otras chicas del montón

Ejemplo: la psoriagrís. ¿Acaso no era Quaithe el personaje que debía sanar a Jorah Mormont? Determinismos así no convienen en la ficción, ya lo sabemos, pero nos van a perdonar: esto era de cajón de madera de arciano. Y si había que recuperar al señor coñón este para que volviera por enésima vez a joder con el tatachín (algo que criticamos mucho en la revisión de la temporada anterior), qué menos que hacerlo poniendo final a la historia de Quaithe, un personaje que, en la adaptación de televisión, casi parecía insertado exclusivamente para anticipar la infección de Mormont con psoriagrís. Juntar a Mormont con Sam ha sido un invento, Weiss, Benioff. Un invento. Y de la transición de la herida abierta a un señor comiendo crema catalana es que mejor ni hablar. Y solo se justifica si Quaithe no ha podido reaparecer ahora porque lo hará en el futuro desempeñando alguna tarea que, a esas alturas, ya solo podrá ser muy trascendente. Y eso, perdonad la poca fe, dudamos que vayáis a hacerlo.

¿Y Kinvara? ¿Tampoco? Muchos de los personajes menores, místicos y sabios que se incorporaron a la adaptación televisiva de la Canción de hielo y fuego (la Vieja Tata, los brujos de Qarth, el hechicero que castró a Varys, etcétera) han desaparecido ya, en la mayoría de los casos mediante un mutis por el foro discretito, que es como deben ser los mutis. Nada que reprochar. Pero los hay singularmente enigmáticos, como Quaithe de la sombra o Kinvara, que hicieron apariciones de medio minuto, nos dejaron en suspenso y luego puf, nunca más se supo. Precisamente ahora, cuando Weiss y Benioff están atando todos los cabos sueltos, corresponde ponerles final, o al menos explicar su pertinencia en la historia. Y es digno de mención que cualquier explicación vale, así sea solo verbal y de pasada. Pero ¿es aceptable que no volvamos a saber de ellas? No. Repetimos: no. Incluso menos que si no volvemos a ver a Melisandre o a Daario Naharis; puede que aquellos desaparecieran de forma atropellada y patatera, pero al menos completaron un curso de acción. ¿Recuerda usted el caballo y el oso polar en Perdidos? Pues eso. Salvo sorpresa, en la séptima temporada se nos ha confirmado que Kinvara y Quaithe se insertaron sin otro propósito que marear la perdiz. O, si prefiere el alto valyrio, joder la marrana. Y a los Tronos no hemos venido a eso. Si queremos que nos tomen el pelo, sabemos en dónde buscar.

6. Festín de lerdos

La Oreja de Van Gogh se pasan al metal. Fotografía: HBO España.

Tú tienes un dragón, ¿no? Vale. Y estás tú con tu dragón tranquilamente sembrando el pánico y la devastación y todo eso, ¿no? Vale. Y de repente le clavan una lanza a tu dragón y tienes que aterrizar para quitársela, ¿no? Vale. Y cuando aterrizas aparece uno todo flipado a caballo, tocotó, tocotó, que resulta que es el general del ejército enemigo y que además es el mismo tío que mató a tu padre hace veinte años, ¿no? Que no me digas tú que no es casualidad con toda la gente que había ahí, pero bueno, vale. Y viene a matarte. Y entonces el dragón le escupe fuego pero el tío se salva porque aparece otro (que es el mismo que disparó a tu dragón hace diez segundos), le tira del caballo y los dos se caen al río (a medio metro de donde estás tú). ¿A ti no se te ocurre, hija de mi vida, no sé, ir a rematarlos, por ejemplo? ¿Al que mató a tu padre y al que ha demostrado una grandísima destreza derribando objetivos aéreos, que en un entorno medieval no puede ser una habilidad muy frecuente? ¿O vigilar la ribera del río, por si salen? No sé, digo yo. Casi inmediatamente después, ya de vuelta en Rocadragón, te veremos con Tyrion hablando de su hermano Jaime en tiempo presente y haciendo planes para concertar un encuentro con él. Tendremos que dar por sentado 1) que le disteis por muerto, 2) que después llegó la noticia a Rocadragón de que había sobrevivido, todo esto en off, y 3) que dijiste: «ah bueno, pues nada, oye, qué se le va a hacer. Me alegro por él. Pelillos a la mar».

Pero entonces, otra cosa: ¿por qué carajo no rescatas a Yara y Ellaria? Si las noticias de Jaime llegaron a Rocadragón, más tuvieron que hacerlo las suyas: a ellas las pasearon encadenadas por todo Desembarco del Rey y luego, de nuevo en público, no fueron ejecutadas, ni siquiera sentenciadas a muerte. ¿Ni un cuervo miserable ha llegado? ¿Ni siquiera Varys se ha enterado? En la cumbre que tiene lugar en el último capítulo sabremos, por Euron, que al menos Yara sigue viva; ¿Y Ellaria? Porque ni preguntar por ella, amiga. Ni concertar con Cersei su liberación, acaso su supervivencia. Si una tregua no consiste precisamente en eso, tú me dirás. Ya no te digo por humanidad, Daenerys; es que vas por Rocadragón dando voces porque has perdido las Islas de Hierro, Dorne y el Dominio. Y mira, no, te pongas como te pongas. Con la captura de Yara has perdido las Islas de Hierro (que ya tienen un rey, Yara aspira solo a reemplazarlo) y con el asesinato de Olenna has perdido el Dominio (cuya capital, Altojardín, además ha sido ocupada por los Lannister). ¿Pero Dorne? ¿Qué tontería es esa de que has perdido Dorne?

Zapp Brannigan. Fotografía: HBO España.

En la serie se ha establecido que Dorne, como ocurre en los libros, es un socio histórico de los monarcas Targaryen; que los dornienses, por encima de todo, detestan a los Lannister; y que ninguna casa noble de Dorne capaz de relevar a los Martell como príncipes de Dorne (como hicieron los Bolton en el Norte, por ejemplo) se ha pasado al bando Lannister (o Cersei y Jaime la habrían contado al hacer recuento de sus aliados o tras la captura de Ellaria). Incluso si renuncias, por alguna razón, a liberar a Ellaria a la fuerza o con la diplomacia, ¿no puedes simplemente subirte a un dragón, ir a Lanza del Sol y reeditar una alianza con quien esté al mando? En la serie se ha establecido también que Oberyn tenía ocho hijas, como en los libros: quedan cuatro. Y los ejemplos de Jon Nieve, Ramsay Nieve, Lyanna Mormont, Ned Umber y Alys Karstark prueban que ser muy joven o ser bastardo no es problema para convertirse en cabeza de la casa cuando la casa corre peligro de extinguirse, como ocurre con la Martell. Incluso si ninguna de ellas reinase, y en Dorne entrase en vigor una especie de regencia tras la captura de Ellaria, en la serie se ha establecido también que el pueblo de Dorne acabó por despreciar Doran Martell por su tibieza con los Lannister y que el complot de Ellaria para asesinarlo contó con la aquisciencia de la corte: es sencillamente imposible que quien gobierne Dorne, sea quien sea, no apoye la restauración Targaryen. Pero Daenerys dice que no, que ha perdido Dorne, y hala, sanseacabó. Lo dijo Blas, punto redondo.

En la adaptación televisiva el arco de Dorne ha sido un patatal absurdo desde el primer minuto, eso no es nuevo. Nos quejamos de eso mismo el año pasado y el anterior. Hasta hubo una campaña de crowdfunding para intentar rodar una versión de la historia de Dorne alternativa a la de HBO, así de griega es la tragedia. Pero esto ya es de aurora boreal. Descartadas todas las posibilidades que han descartado Weiss y Benioff, solo queda una: tras la captura de Ellaria los Lannister han sometido Dorne por la fuerza, como hicieron con el Dominio (y antes que eso, con Aguasdulces). Cersei ha conquistado ella sola, en un pispás y en off, el único reino que los antiguos Targaryen no pudieron conquistar ni siquiera con sus dragones, que fue anexionado a los Siete Reinos solamente siglos después y mediante matrimonios concertados. Pensamos que no llegaría el día en que usaríamos esta palabra, nosotros que no nos tenemos por grandísimos puristas, pero ha llegado: blasfemia, Weiss, Benioff. Es blasfemia.

7. Ay, Bran

Patriarcado: definición gráfica. Fotografía: HBO España.

¿Por qué Bran no les dice a Sansa y Arya que su tío Benjen sigue vivo?

¿Por qué Bran no les dice a Sansa y Arya que Jon es Targaryen?

Howland Reed, el padre de Meera Reed, es el único testigo vivo de que Jon es Targaryen. ¿Por qué Bran no se lo dice a Meera cuando se despide de ella? ¿Por qué Bran no le pide a Meera que ella encargue a su padre viajar a Invernalia o Rocadragón, o en todo caso entrevistarse con Jon?

¿Por qué Bran, que no les dice nada sobre Jon a Sansa y Arya (que son sus hermanas) ni a Meera (que es la hija del único tío en Poniente que puede probar la autenticidad de la historia), se lo casca alegremente a Sam, que es literalmente uno que pasaba por allí y entró a decir hola?

O mira, directamente: ¿por qué Bran no le dice a Jon en su mensaje que tiene sangre Targaryen? A lo mejor es una información relevante si uno pertenece al único linaje capaz de cabalgar dragones y está en la única isla donde hay dragones y está a punto de desatarse el apocalipsis zombi. ¿Es porque Varys leerá el mensaje? Bran toma el control de una bandada entera de cuervos; ¿no puede controlar el cuervo mensajero a Rocadragón y hacer que entregue el mensaje a Jon o Davos? ¿Sería demasiado lunático? ¿Eso sería demasiado lunático pero un oso de las cavernas polar zombi en llamas no? OK.

¿Por qué Bran advierte a Jon sobre la cercanía de los Caminantes Blancos pero no dice nada en Invernalia? ¿No habría que dar la orden de evacuar la región cercana al castillo de Guardaoriente del Mar, a las pruebas me remito? ¿Estamos tontos o qué?

¿Por qué Bran no le proporciona a Jon la ubicación exacta del ejército de los Caminantes? ¿Acaso no los acabará encontrando en el mismo sitio en el que Bran los había localizado? Porque se parece mucho. ¿Acaso la montaña «con forma de flecha» que Sandor vio en las llamas, única pista que tienen para llegar, no es la misma que presidía el lugar en el que los Caminantes fueron creados, de nuevo en presencia de Bran? Porque ya no es que se parezcan; es que en ambos casos es el monte Kirkjufell, en Islandia. Bran ha estado ya dos veces en ese lugar, dos. ¿No puede dibujar un mapita?

¿Por qué Bran no conduce a Jon hasta los Caminantes con la ayuda de un ave? Él no sabe que Jon se propone franquear el Muro, pero ¿por qué Jon no le anuncia sus planes y se lo pide expresamente? Jon ha visto con sus propios ojos que los salvajes usan pájaros controlados por cambiapieles para moverse por la región más allá del Muro. ¿No sabe que su hermano, como poco, es capaz de hacer lo mismo? Si no atribuye a Bran la habilidad de controlar pájaros, ¿entonces por qué da por buenas sus palabras cuando le avisa con la ubicación de los Caminantes? ¿Y entonces por qué los Maestres sí reciben un mensaje que menciona que Bran es el Cuervo de Tres Ojos?

(Y hasta aquí el repaso a los patinazos; mañana a la misma hora cantamos las alabanzas. Les esperamos).

En la puerta del Titanic cabía Leonardo DiCaprio y en ese caballo también cabía Benjen. Fotografía: HBO España.

Coautor 62


Juego de Tronos Medieval Warfare: la batalla de los ineptos

Imagen: HBO.
Imagen: HBO.

Por si alguien no lo ha visto a estas alturas, este artículo contiene SPOILERS

Sin duda alguna el momento estrella de la sexta temporada de Juego de tronos fue el esperado choque entre los dos bastardos norteños más famosos, que además parece preconfigurar lo que será la séptima, una factible ensalada de guantazos de tono épico. A esas alturas no quedaban muchos que no le tuvieran ganas al sádico a tiempo completo de Ramsay Bolton —que no psicópata, pues es más que evidente que encuentra placer torturando gente y esperasen ansiosos que Jon cara-de-pena Snow le diera por fin su merecido. La cuenta de episodios donde el resucitado excomandante hacía de comercial a puerta fría por todas las casas del Norte intentando recuperar los antiguos clientes de su padre se perdía en las nieblas del tiempo.

Y hete aquí que antes de poder disfrutar de la transformación de Ramsay en un saco de pienso para perros parlante, a los guionistas se les ocurrió que tocaba por fin una buena vieja batalla medieval como las de antes. No solo eso, sino que además de poner todo el presupuesto en el asador para utilizar medios clásicos como señores a caballo y especialistas a tutiplén, han declarado haber sido inspirados por episodios históricos como la mítica batalla de Cannae, la guerra civil estadounidense o el shakesperiano encuentro de Agincourt. Nada excesivamente original, pero sí un buen augurio para todo aficionado al periodo medieval, subsección alicatarse la cara a leches.

Pues llegados a ese punto, tras atravesar un espeso camino de spoilers, y visto el capítulo de marras, uno se pregunta cómo es posible que con estos mimbres tan prometedores se haya llegado a perpetrar un atentado semejante al conocimiento no ya histórico, sino conocimiento a secas. El desarrollo general de la batalla es tan lamentable que hasta un lego en la materia necesita realizar una suspensión de juicio con doble salto mortal y tirabuzón con tal de ver a Ramsay pagar su repelente malignidad, y rapidito. No, ni todo cabe bajo la etiqueta «ficción», ni comprendo la afición por pensar que el espectador es un imbécil que se traga cualquier cosa. No hablamos de la celebrada carrera en línea recta de Rickon o del incidente de la espada de goma valyria de Jon, sino de un desastre mucho más estructural. Pero para esto hay que ponerse a analizar la batalla seriamente desde el principio.

Que es bastante interesante, puesto que se plantea de manera similar a las batallas reales del medievo: con la llegada de los ejércitos al escenario seguramente planeado de antemano. La guerra en la Edad Media consistía en su inmensa mayoría en asedios o rápidas incursiones de saqueo en territorio enemigo —razias, aceifas o cabalgadas, como se les llamaba entonces, siendo las batallas campales muy escasas, por lo que tenemos cumplida información de casi todas. Esto, que parece un sinsentido hoy en día, tenía sus motivos, como por ejemplo dar tiempo a los nobles a preparar toda la cacharrería que llevaban encima para la guerra. Como quiera que el que llegaba antes al lugar cogía sitio, tenemos minipunto para Ramsay Bolton, que juega al ladito de casa.

Pero por si no fuera suficiente la cosa, Jon Nieve además presenta una notoria inferioridad numérica; si hacemos caso de las cuentas que salen en la serie y las de los fans de internet, Jon dispone de poco más de dos mil efectivos, entre los que se cuentan los salvajes infantería tribal desorganizada que desconoce el concepto de flanco, más un puñado de caballeros reclutados de aquí y allá, incluidos los sesenta y cuatro hombres que le cede la mini-Churchill de la casa Mormont, unos cuantos arqueros y pare usted de contar. Ah, y un gigante, contribución a la fantasía que podríamos homologar, qué se yo, a una unidad de elefantes de guerra. El tarado de Ramsay junta más de cinco mil hombres, entre arqueros, caballería e infantería pesada, organizada en unas curiosas unidades a medio camino entre una falange griega clásica y los famosos piqueros suizos de la Edad Media y principios de la Moderna.

La terrorífica espada de goma valyria en acción. Imagen: HBO.
La terrorífica espada de goma valyria en acción. Imagen: HBO.

Con este panorama, lo más prudente que puede hacer nuestro bastardo favorito (el Stark, no el otro) sería desplegarse en posición defensiva e intentar evitar lo que durante todo el Medievo era el temor de cualquier líder militar en inferioridad: verse rodeado por el enemigo. Para eso habría sido interesante colocar su caballería como reserva móvil o en los flancos, para interceptar movimientos enemigos. Esta es la teoría, claro, pero después resulta que ocurre la cosa esta de Rickon, Jon se pone todo loco y se lanza en solitario contra las tropas de Ramsay como si fuera del mismo centro de Bilbao, lo que lógicamente implica ordenar una carga frontal de caballería. Y aquí empiezan los facepalms continuos, que me faltan dedos para teclearlos.

El papel de la caballería en el Medievo ha sido muy importante, aunque se ha visto magnificado por el hecho de que los miembros de la misma fueran la élite nobiliar y por tanto los que acababan contando la película. Es cierto que la caballería podía decidir una batalla, pero resultaba imperativo utilizarla en el lugar y el momento oportuno para ello o la cosa podía acabar en desastre absoluto, arte en el que los franceses tienen un máster dada la legendaria ineptitud de sus caballeros. A grandes rasgos, había de dos tipos, pesada y ligera, cuyos cometidos eran bastante diferentes: si la pesada estaba formada por nobles fuertemente blindados y equipados con lanzas para el choque, la ligera se concentraba en hostigar, evitar maniobras de flanqueo y pillar a la caballería enemiga a contrapié.

La que trae Jon Snow al combate parece estar compuesta de lo que se conocía como men-at-arms en Inglaterra, serjeants en Francia y caballeros villanos en Castilla; soldados profesionalizados que no llegaban a la categoría de noble y por tanto su armamento y equipación no acaba de ubicarlos como caballería pesada, pero que combatían junto a los nobles. Los caballos carecen de protección más allá de la silla de montar, y los jinetes oscilan entre cotas de malla, placas y armaduras de cuero, con una lanza ligera en ristre. Poco músculo si de lo que se trata es de chocar frontalmente contra la formación enemiga. Aparte del hecho de que cargar toda la distancia que te separa de las filas de Ramsay cuesta arriba y a galope te asegura que los caballos pierdan toda la fuerza por el camino, pero bueno, todo sea por mantener la tensión dramática.

Esta táctica era la favorita de los reinos cristianos hispanos, ante la ligereza con la que la infantería musulmana iba equipada, y dado que los andalusíes no disponían a su vez de caballería pesada propia. Sin embargo, el infante don Juan Manuel nos da mucha información de cómo se podía resistir una carga de caballería: en algunos combates los musulmanes llegaban a acumular hasta cinco haces de infantería en el centro, o bien simulaban una retirada para esperar que se agotase la fuerza de la carga y pillarlos a la contra. También utilizaban obstáculos naturales o artificiales para impedir un posible reagrupamiento y segunda carga, como en la batalla de las Navas de Tolosa. Y es que no era sencillo cargar, pues debías llegar al choque con el máximo ímpetu para arrollar al enemigo (el galope solo se ordenaba en los últimos metros), todos a la vez formando un frente homogéneo algo que traía de cráneo a los teóricos militares de la época y esperando romper la formación contraria. Si no, podías verte fácilmente descabalgado y encarando a la infantería enemiga superviviente en solitario, con una maza o espada en la mano. Si te encuentras frente a campesinos penosamente armados esto no es un problema, pero no todos los días es domingo, así que más valía tener infantería de los tuyos detrás para echarte un cable. Teniendo todo esto en cuenta, a estas alturas de la batalla los Stark tienen la derrota ya garantizada con la carga suicida que se marcan porque Jon lo vale. Pero si hay un recurso infinito en esta vida es la estupidez humana, y aquí viene el otro bastardo a meter la pata hasta el cuezo.

El caso es que el sádico empieza bien, pues lo de arrojarles una nube de flechas es el recibimiento estándar para debilitar el ataque del oponente, si bien el cine nos ha distorsionado un poquito el asunto de los arqueros. Esta es una manía heredada de una querencia muy anglosajona por magnificar sus fazañas bélicas, que podríamos llamar el efecto english long bow por el cual todos los arqueros de las pelis tiran unas flechas que atraviesan lo que se les ponga por delante: escudos, armaduras, Rickons… Todo excepto a Jon Snow, cuya habilidad involuntaria para esquivar los proyectiles resulta incluso risible.

Adultos modernos jugando a guerritas medievales, versión english longbowmen. Imagen cortesía de aya-life.com
Adultos modernos jugando a guerritas medievales, versión english longbowmen. Imagen cortesía de aya-life.com

La épica británica ha elevado a los arcos largos ingleses a la categoría de mito; decisivos en el campo de batalla, disparan unas salvas terroríficas que ríase usted de los SS-20 soviéticos. Las matan bien muertas, como el Cucal, aciertan siempre y hacen unos agujeros que ni el casco del Prestige. Crecy y Agincourt son lugares tópicos de masturbación patriótica británica… Pero, ¿había para tanto? Pues parece que el tamaño del arco, el peso y constitución del proyectil y las crónicas dicen que eran temibles, aunque las pruebas de la arqueología moderna de reconstrucción son bastante dispares. Resumiendo, según cómo y a qué le den resultaban mortíferos. Es más, si se tiene en cuenta que la guerra donde adquirieron fama, la de los Cien Años, la acabaron perdiendo los ingleses (igual que en la guerra civil castellana, donde aparecieron también), que se tardaba como diez años en conseguir un arquero competente, o que la nobleza aristocrática no parece haber dicho ni pum de este arma revolucionaria mientras ponía el grito en el cielo con los ballesteros o los primeros arcabuces, hay que matizar esta mítica un poquito. Aparte de que es fácil eliminar a caballeros acorazados franceses si están amontonados o atascados en el barro, como los almogávares hicieron en el río Céfiso en 1311 sin un puñetero arquero. Ya les dije que la ineptitud de los nobles francos es legendaria.

Había dos maneras de disparar las flechas: en tiro parabólico o bien directo en línea cuando el enemigo cargaba ya cerca de la formación de arqueros, que lo mejor que podían hacer para entonces era retirarse detrás de alguna unidad más pesada. Salvo los susodichos longbowmen o los arqueros montados turcos, que disparaban un arco doble curvo con muchísima fuerza, era raro que las flechas tuvieran la potencia suficiente como para matar a cualquier atacante; lo normal era que muchas se clavaran en la armadura, escudos o protecciones causando heridas de diversa consideración o dejando inservible el equipo. Se trataba sobre todo de desbaratar la formación enemiga. Cuanto más desprevenido o ligeramente armado el sufrido receptor de la salva de saetas, peores los efectos, y aquí los caballos sin guardas eran la víctima favorita. Justo, justito, los que llevan los caballeros de Jon Nieve, por lo que el efecto en los animales es muy destructivo.

Así que la cosa sigue estando muy guardia negra para nuestro héroe, pero cuando ya solo tiene que empujar la pelota dentro de la portería, Ramsay decide una gilipollez: lanzar su caballería frontalmente contra la de Jon. Vamos a ver… pero… ¿por qué? Si tienes una estupenda infantería de lanceros ahí mismo, ¿para qué desperdicias lo más caro de tu ejército en un improbable e innecesario choque de caballitos cuando puedes convertirlos en pinchitos sin esfuerzo? Huelga decir, además, que esto de embestir de frente una caballería contra la otra era extremadamente raro más allá de las justas individuales precisamente por lo primero: si puedes sacrificar peones, no gastas la flor y nata de tus filas. Pero queda todo muy cinematográfico, claro. Para redondear la idiotez, el tipo decide seguir lanzando salvas de flechas sobre el mejunje resultante del impacto, por si le sobrevivía algún caballero propio. Si alguno de ustedes recuerda Braveheart, se podrá hacer a la idea de cuán sencillo es desbaratar una carga de caballería pesada con unos cientos de picas bien puestas, tal como hicieron los escoceses en Bannockburn en 1314 y se dará cuenta de la amplitud de la memez.

¡¡¡Hola, Ramsay, venimos a explicarte algo!!! Imagen: 20th Century Fox.
¡¡¡Hola, Ramsay, venimos a explicarte algo!!! Imagen: 20th Century Fox.

Es en este punto donde ya la tontería se desborda y tiene lugar uno de los episodios más bochornosos que uno recuerda en cuanto a batallas medievales, la montaña de cadáveres. Por mucho que se inflen la cara a guantazos a campo abierto y se junten caballos y hombres tirados por el suelo, que alguien me explique cómo se forma exactamente una pila de cuatro o cinco cuerpos de alto ahí en medio. ¿Escalan a los muertos para alicatarse la cara a leches en lo alto? ¿Para qué? ¿Quién acumula fiambres así, alguna unidad de palas excavadoras que no vemos? Es cierto que en muchas crónicas se habla de campos cubiertos de cadáveres que dificultan el paso por allí (por ejemplo, en Hastings la infantería normanda tiene problemas para cruzar el campo sembrado de despojos de combates previos, aunque ¡¡subían una colina cuesta arriba!!), pero tomarse tan literalmente licencias poéticas de la época queda francamente ridículo.

En fin, el caso es que alrededor de la absurda pila de despojos tiene lugar un combate de infantería muy confuso, donde se juntan los salvajes de Snow con los infantes de Bolton (no confundir con Michael), y acaban rodeados por la falange esta famosa, que de pronto se mueve como si tuvieran un petardo en el culo y forman un bonito círculo perfecto. Aquí los guionistas querían transmitir la angustia que debieron sentir los romanos al verse rodeados en Cannae aunque en este caso los cartagineses se fueron retirando gradualmente y dejando que la masa de infantería romana en el centro se fuera metiendo poco a poco en una trampa. Para ello agitan la cámara como si Jon estuviera en una rave con chirridos a todo trapo, en plan 28 días después, aunque a él la cara de pena y confusión le permanece impávida, mientras la falange de Ramsay va apretando el cerco.

Y aquí uno se pregunta si el gigante no podría haber hecho algo más que dar manotadas, no sé, coger una lanza larga y arrojar al que la maneja bien lejos, romper la fina línea enemiga, algo. Que esto fue lo que los romanos no pudieron hacer en la famosa batalla, pues estaban rodeados por una agrupación profunda y compacta. Menos mal que llegan a tiempo los jinetes de Rohan del Valle de Arryn, para chocar contra los lanceros y deshacerlos. Que también es curioso ver cómo chocan, pues logran la hazaña de desviarse en el último momento para no llevarse por delante por el mismo precio a los supervivientes de la infantería Stark.

En estas que el ejército de Ramsay se ha quedado de pronto sin más efectivos, cual Alemania en 1918 aunque parecieran muchos más y nuestro sádico decide consecuentemente salir pitando a refugiarse en su castillo. Se trata de otra escena rarísima, porque una extraña prisa se apodera del hasta entonces amuermado gigante, que corre en solitario a derribar la puerta principal de Chez Bolton. O era un gigante muy antipático o se me escapa el motivo por el cual el afortunado Snow no reagrupa a su gente y le proporciona cierta protección al grandote, que es puntualmente convertido en alfiletero por los arqueros contrarios. Que sí, que más drama y más sacrificio, pero hombre, se agradecería con cierto fundamento al menos. Quédense con que en la «vida real» la gente con cerebro no realiza estos dispendios militares. Total, que aquí termina el combate, con arqueros disparándose a bocajarro como si llevaran subfusiles de asalto, tanto rollo para llegar a lo que todos estábamos esperando: la cruel venganza contra Ramsay, por asesino y por mal actor.

No dudo que a muchos esto les disculpa todas las memeces anteriores, pero algunos de los finolis del tendido siete militar vintage estábamos ya completamente abochornados. Así que toca poner una vela al Cid y otra a santa Juana de Arco a ver si aprenden de cosas como la Gaugamela de Stone (lo único entretenido de la peli de Alejandro) y nos tratan un poco mejor en la próxima temporada, GoT, Hostias & Dragones. Vale, peor fue Troya, pero a la HBO hay que pedirle un poco más.

¿He cerrado el gas antes de salir del campamento? Imagen: HBO.
¿He cerrado el gas antes de salir del campamento? Imagen: HBO.


El peor capítulo de la historia de las series

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Negan, Rick y Lucille. Imagen: AMC.

(Este artículo contiene SPOILERS de The Walking Dead)

Como a los americanos solo les interesan los propios americanos, juguemos según sus reglas: diecisiete millones vieron el nuevo capítulo de The Walking Dead. Ya llegarán en algún momento las cifras globales, que son las que importan. Mientras tanto, digamos que «Llegará un día en que no estarás» casi alcanza los 17,2 millones de espectadores estadounidenses que vieron el inicio de la quinta temporada en 2014. Una audiencia brutal. Una audiencia a la que se agarra AMC como a un clavo ardiendo, porque cuando estaban en antena Mad Men y Breaking Bad era la gran cadena del momento, la digna sucesora de HBO, y en vez de lograr que la sucesión pasara por series interesantes como The Killing o Rubicon, o realmente artísticas, como Better Call Saul, se han tenido que conformar con esa montaña rusa, capaz de momentos sublimes y de mucha basura narrativa, que es The Walking Dead.

Hace tiempo que la serie nos convirtió en zombis que la vemos por inercia. Pero sus momentos de épica o de golpe de efecto a veces han conseguido que nos olvidáramos durante un rato de las toneladas de aventuras inverosímiles y de los millones de tedio metafísico. La llegada de Negan se pareció mucho a la de Michonne: nos colmó de esperanza. Y su irrupción en este primer capítulo de la séptima temporada es absolutamente satisfactoria. Es un gran villano. La interpretación de Jeffrey Dean Morgan —que en The Good Wife nos enamoró en su rol de investigador duro y sentimental— es impecable. Y su comportamiento, que consigue doblegar la voluntad y el espíritu de Rick, sigue a rajatabla la lógica narrativa y psicológica del personaje. Cuyo precursor para los televidentes, por cierto, no está tanto en el cómic original que adapta la serie como en Ramsay, de Game of Thrones. El modo en que Negan rompe a Rick es muy parecido al que inventa Ramsay para quebrar a Theon.

Negan tiene, pues, precedentes seriales; lo que no lo tiene es el modo en que se muestran sus fechorías. Con los planos insistentes e innecesarios de las cabezas reducidas a pulpa de carne de dos personajes importantes, Glenn y Abraham, el director del capítulo (Greg Nicotero) comete un grave error. Un error tan inapelable que convierte «Llegará un día en que no estarás» en el peor capítulo de la historia de la televisión. Representa a dos miembros de la comunidad protagonista en el mismo estilo en que se ha representado en la serie a los zombis. Los iguala, en el momento de su muerte, que es el momento en que el espectador inicia su duelo, con los extras que no han tenido ninguna importancia emocional durante estos seis años. Las trampas de los flashbacks en blanco y negro, que te hacen dudar de si habrá muerto alguien más, son marca de la casa: la serie se ha caracterizado por esos engaños de show mainstream. Pero si comparamos la falsa muerte de Glenn en la quinta temporada —cuando parecía que era devorado por una turba de muertos vivientes, con una música que le hacía justicia y con una planificación adecuada a su presunto asesinato— con estos primeros planos de su cuello con una protuberancia sanguinolenta, nos daremos cuenta de que se comete un exceso absolutamente injustificado.

Esa falta de respeto es inaceptable. Es una falta de respeto por la ficción y por su recepción. Es una ofensa.

No se trata de un absoluto: en la nueva temporada de American Horror Story se ve en plano frontal un destripamiento. Pero con ese personaje no tenemos ningún tipo de relación afectiva. En cambio, con Glenn y con Abraham sí la tenemos. Rodaron varias muertes alternativas, para que la filtración fuera imposible, para que nadie supiera a quien asesinaba Negan con Lucille, su bate de béisbol cubierto de alambre con púas, parodia de Excálibur y otras armas míticas, en el mundo antiépico de The Walking Dead. Nos hicieron esperar doscientos tres días. Y ahora, nos tratan sin respeto. Como si fuéramos realmente zombis, telespectadores sin una posición ética que defender, rebaño. La audiencia lo es todo. La audiencia somos todos nosotros. No las cifras abstractas: tú, yo, miradas concretas. Aunque los mundos seriales sean cada vez más oscuros, más nihilistas, su representación no puede olvidar que todo depende de nuestras miradas. Que ellas son su razón de ser.

Tal vez la profesión más dura de nuestros días sea la de moderador de contenidos de Facebook. Cuando la empresa los contrata les hace firmar cláusulas de confidencialidad, pero aún así sabemos que solo pueden dedicar unos pocos segundos a autorizar o censurar un vídeo, una foto o un estado que haya sido denunciado. Y que pueden ver en un día cientos de imágenes terribles de violencia extrema. Ese espectador forzoso es nuestra antítesis. En AMC parecen no haberlo entendido.


Juego de Tronos VI: vientos de infierno (parte II)

Cuando vas a las fallas. Fotografía: HBO.
Cuando vas a las fallas. Fotografía: HBO.

(Atención: este artículo contiene SPOILERS)

Lo prometido es deuda, y un Lannister siempre paga las suyas. Después de repasar ayer los siete puntos flacos de la sexta temporada de Juego de tronos vamos hoy con la segunda parte de nuestra revisión anual, ahora con los siete grandes aciertos. Repetimos: spoilers, muchos. Si no ha acabado la temporada o el último libro de la Canción de hielo y fuego, mejor venga otro día. Como dijo Ellaria Arena, el que avisa no es traidor.

1. Hold the door

Cuando eres la única que no tiene poderes y se te queda la cara que se te queda. Fotografía: HBO.
Cuando eres la única que no tiene poderes y se te queda la cara que se te queda. Fotografía: HBO.

Preste atención, que le vamos a poner deberes.

Tiene usted que filmar una secuencia de acción decisiva en la serie de fantasía más vista de todos los tiempos y tiene que hacerlo con los siguientes elementos:

-Una especie de zombis.

-Una especie de superzombis que controlan a los zombis normales mediante una especie de wifi mental que tienen, o algo así.

-Una especie de duendes mágicos pero que tiran granadas.

-Un señor mayor que también es un árbol y que hace viajes astrales.

-Un niño que en ese momento está con el señor mayor viajando atrás en el tiempo para ser testigo de cómo a un señor grandote le da un perrenque.

-El señor grandote, que también está aquí, no te lo pierdas.

-Una muchacha que es la única normal y que está flipando no, lo siguiente.

Remedando a Ian Malcolm, ¿ve usted algún dinosaurio en su parque de dinosaurios? ¿Ve usted algo estrictamente fantástico en esta secuencia de fantasía? A lo mejor lo parece, porque todo el mundo va vestido como los que venden jabón artesano en los mercados medievales. Pero no. Es demasiado Ubik, demasiado Minority Report, demasiado Terminator. Por no hablar de que la gente se muere como en Matrix. Pista: es ciencia ficción. O no: es fantasía, pero contada con el lenguaje y los convencionalismos del lenguaje de la ciencia ficción. Y además, en avalancha. Eclosionando repentinamente y precipitándose en un gran aluvión. Ah, y con chimpún, porque encima hay chimpún. Al final de todo conocemos el esperadísimo background de un personaje muy querido por los espectadores mediante un flashback de efecto retroactivo, ahí es nada. Y después sacrificarlo. Y procurando que dé pena, claro.

Cuando tus amigos son LA MIERDA. Fotografía: HBO.
Cuando tus amigos son LA MIERDA. Fotografía: HBO.

Otros no podrían, pero D. B. Weiss y David Benioff lo han hecho. Y considere la dificultad. Habría sido una conquista simplemente que la secuencia no quedase mamarracha, y que en este punto no estuviésemos todos hablando del momento en el que a Juego de tronos se le salió la cadena. Solo con eso, notable alto. Si encima se considera que todo en esta secuencia está bien, sobresaliente y gran tirada de cohetes. Los adaptadores no han hecho solamente cumbre; han hecho cumbre y sobre la cumbre han hecho malabares, equilibrismo y el número de la cabra. Se han visto secuencias más espectaculares en Juego de tronos y más complejas técnicamente, sin duda. Pero en seis temporadas seguramente ninguna mejor que esta demuestra su tronío como guionistas y su grado de ambición como narradores, no tan frecuente en televisión. Medio aplauso.

2. El huevo de Colón George R. R. Martin.

Y el otro medio se lo dedicaremos, ex aequo, a George R. R. Martin. Pero antes de hacerlo le vamos a pedir que haga memoria. ¿Recuerda usted aquel acertijo que Varys planteaba a Tyrion en la segunda temporada, y en Choque de reyes, sobre un rey, un sacerdote y un hombre rico que compartían habitación con un mercenario? Cada uno de ellos le pedía al asesino que matase a los otros dos. ¿Recuerda quién vivía y quién moría?

A George R. R. Martin le gustan los acertijos. A George R. R. Martin, concretamente, le gusta plantearnos acertijos. En cierto modo Juego de tronos es precisamente eso: un grandísimo acertijo. Porque funciona igual que uno. Martin nos sirve los personajes y su circunstancia y con eso debemos adivinar el resultado.

Hodor era un buen ejemplo, y por cierto uno de los que más nos traían de cabeza. Si las teorías de los seguidores en torno a la identidad de Jon Nieve, Benjen Stark o Jaqen H’ghar abarcaban todo el espectro de lo peregrino antes de consumarse la sexta temporada, las de Hodor ya eran directamente de aurora boreal. Que si era una especie de dios, que si un gigante, que si ser Duncan el Alto redivivo. Todas propuestas a partir de las circunstancias aportadas por Martin —hay un personaje, este personaje solo dice una palabra como resultado de un trauma y esta palabra es «hodor»— y de la pregunta implícita: ¿cuál fue ese trauma?

Cuando representas el mayor desafío en la historia del doblaje. Fotografía: HBO.
Cuando representas el mayor desafío en la historia del doblaje. Fotografía: HBO.

Todas las teorías se equivocaban, menos una. E incluso esa acertó, pero solamente en parte.

Alguien, no se sabe quién, adivinó hace tiempo que Hodor habría tenido que verse forzado a aguantar una puerta, y que en el curso de aquella empresa habría perdido la cabeza. Desde entonces Hodor solo dice eso, «hodor», por «hold the door». Aunque se manejaban muchas posibles ubicaciones, la teoría más repetida decía que había ocurrido en Invernalia. Aguantando una puerta, Hodor habría ayudado a Lyanna Stark a que escapara para reunirse con Rhaegar Targaryen. De esta manera, el mozo de cuadras sería el único testigo, convenientemente mudo, de que la hermana de Ned Stark no fue raptada por el príncipe Targaryen, sino que ambos huyeron juntos. No ocurrió así, como sabemos solamente ahora. Y de hecho no «fue», sino que «sería». O «iba a haber sido», por decirlo con precisión. El hecho ocurriría en el pasado y el futuro. En la cueva del Cuervo de Tres Ojos y en Invernalia. De alguna manera sorprendentemente verosímil, en ambos momentos a la vez. Palabra clave: verosímil.

El acertijo de los tres hombres no tenía una solución, como seguramente recuerda. Ninguno era el más poderoso, ni siquiera el propio mercenario, y no puede anticiparse quién vivía y quién moría en esta situación hipotética. «El poder reside donde los hombres creen que reside», acababa revelando Varys entonces. «Es una farsa, una sombra en la pared». Esa era la respuesta, o lo más parecido que tenía a una. Es trampa, dirán algunos. Y no lo es. Solo ocurre que el acertijo no era una acertijo, era una lección. Y precisamente eso, su verdadera naturaleza, era lo que constituía el acertijo.

Y Hodor, ahora lo sabemos, era un enigma parecido. En una ficción el tiempo es una farsa, le ocurre lo que al poder de la otra parábola: que no existe por sí mismo, solo porque creemos que lo hace. Y llegado el momento preciso Martin ha hecho que dejemos de creerlo, y lo ha conseguido con una maniobra terriblemente sencilla: cambiando de lenguaje. Suspender la causalidad del tiempo no se contempla en la lógica de la fantasía pero sí en la de la ciencia ficción. Paradojas, loops, matar al padre. Lo hemos visto en innumerables películas y libros del género. Pero eso es trampa, dirán algunos de nuevo. Era imposible anticiparse completamente al acertijo de Hodor, así que no era un acertijo. Y no, no lo era. Era una lección, pero eso no significa que fuese trampa. Como no lo era ir a las Indias por el Atlántico. Chafar un huevo por debajo, sin romperlo, y así conseguir que quede de pie. Y ubicar el pasado del personaje en su futuro, sin más. ¿A que era sencillo? Bien, solo teníamos que haberlo adivinado.

3. R + L = J

Cuando Paradores Nacionales tiene retenida a tu hermana. Fotografía: HBO.
Cuando Paradores Nacionales tiene retenida a tu hermana. Fotografía: HBO.

Y no del todo distinto de lo anterior es lo que reseñaremos como siguiente gran acierto de la temporada: la revelación de la verdadera paternidad de Jon Nieve.

Esta vez sí había respuesta, nada de mind games traicioneros. La cacareada tesis «R + L = J» —es decir, «Rhaegar + Lyanna = Jon»— ha sido, con mucho, la gran teoría acerca de Juego de tronos, la que ha encendido más debates y ha hecho correr más ríos de tinta. Y cuando Brann visitó de nuevo la Torre de la Alegría en el capítulo final de esta temporada, quedó formalmente confirmada —si le hace dudar que Lyanna solo lo susurrase, sepa que la HBO se ha preocupado de reafirmarlo expresamente con esta supersencilla infografía—. Y no después de seis años, que son los que lleva emitiéndose la serie; después de veinte, que son los que hace que se publicó el primer volumen de la Canción de hielo y fuego. Mucho tiempo para que los seguidores más veteranos elucubrasen con todas las posibilidades y consiguiesen anticipar la verdad. Y mucho para que el propio George R. R. Martin se sintiese entonces tentado a dar marcha atrás y establecer otra paternidad para Jon Nieve, una que sorprendiera más a la parroquia. Podría haberlo hecho, claro que podría. Esto es ficción, determinismos ni medio. Y los Tronos han cambiado mucho desde su esbozo original. Pero no lo ha hecho. Pese a los intereses de miles de millones de euros que median ya en Juego de tronos, y pese a la posibilidad de alargarse más y hacer todavía más millones, Martin se ha mantenido fiel a la R + L = J. Si eso no es respetar al telespectador, al lector y a la propia obra, entonces ya no lo es nada.

Cuando uno entra con buen pie en la vida. Fotografía: HBO.
Cuando uno entra con buen pie en la vida. Fotografía: HBO.

Así que sí: Lyanna Star concibió un hijo del entonces heredero al Trono de hierro, Rhaegar Targaryen, y ese niño se crió en Invernalia con el nombre de Jon Nieve y el estatus de bastardo. Da igual que Nieve fuera fruto del amor —lo más probable— o de una violación —como sostiene la historia oficial de Poniente—; el caso es que Robert Baratheon, que precipitó el destronamiento de la dinastía Targaryen para recuperar a su amada Lyanna, no toleraría la existencia del pequeño. Ya supimos de sus pocos escrúpulos con estas cosas. La única manera que tuvo Ned de salvar a su sobrino y de legitimar la causa Baratheon fue hacerlo pasar por su propio hijo bastardo ante todos los ojos, también los de Catelyn. Y cuando el niño se hizo mayor, la única manera de mantenerlo definitivamente alejado del Trono de hierro y del peligro era dejar que ingresara en la Guardia de la Noche. Por esa razón, cuando ambos se separaron en la primera temporada de Juego de tronos, Ned no mentía al decirle a Jon que era un verdadero Stark y que llevaba su sangre pese a no llevar su apellido. Y por eso le prometió que la próxima vez que se vieran le hablaría sobre su madre, algo que seguramente también se proponía cumplir. Ned confiaba en que, para entonces, Nieve habría entonado el juramento de la Guardia —«no tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria»—, y debería ya obediencia de por vida a sus votos.

Pero muchas cosas han cambiado desde entonces, y más muchas más lo harán a partir de ahora. Muchos seguidores de Juego de tronos piensan ya que Jon y Sansa, que son primos y no hermanastros, acabarán casándose, incluso enamorándose y concibiendo hijos. Otros sostienen que lo más probable es que Jon haga eso con su tía, Daenerys, dando continuidad a la costumbre Targaryen de casarse y concebir con miembros de la propia familia —y que tal puede deducirse ya de la abrupta marcha de Daario Naharis en el último capítulo de esta sexta temporada—. ¿Importan mucho estos detalles? No. La Stark-Targaryen es ya una alianza de facto, encarnada físicamente en la figura de Jon Nieve. No hace falta una unión; la unión ya tuvo lugar y él es el resultado. Y eso tiene ya implicaciones inmediatas en lo que veremos en la séptima temporada, y seguramente en el propio final de Juego de tronos.

Cuando ibas a petarlo pero al final ya veremos. Fotografía: HBO.
Cuando ibas a petarlo pero al final ya veremos. Fotografía: HBO.

La mayor de todas, que en Poniente no hay tres bandos en contienda, sino dos. Uno de ellos es el combo Stark-Targaryen, representado políticamente por Daenerys Targaryen, Sansa Stark y Jon, que pertenece a ambos linajes. Por los acontecimientos que se han precipitado ya al final de esta sexta temporada sabemos además que la mayoría de las grandes casas que quedan en pie se han sumado a la causa de la restauración Targaryen —la facción Greyjoy representada por Yara y Theon, y más que presumiblemente también los Tyrell y los Martell— o han jurado lealtad a los Stark —incluyendo vasallos como los Mormont y los Glover, entre otras casas del Norte, y a los parientes directos: los Arryn del Valle y los Tully de Aguasdulces—. Además de reunir todas esas lealtades, el combo Stark-Targeryen suma las fuerzas de los salvajes del Pueblo Libre, leales a Jon, y de los dothraki, leales a Daenerys. Los Stark ocupan ya Invernalia. Rocadragón, el histórico fuerte Targaryen, pilla de camino a la flota de Daenerys y está vacante desde la muerte de Stannis y Shireen Baratheon. Y tienen tres dragones. Detalle tonto: siendo de sangre Targaryen, también Jon puede cabalgar uno. Y hay muchos que creen conocer ya la identidad del tercer jinete.

Después de la caída de las casas Frey y Bolton, el otro bando lo constituyen solo los Lannister. Y políticamente solo le queda un representante: Cersei.

4. V de Vendetta

Cuando en tu mente suena Tchaikovsky. Fotografía: HBO.
Cuando en tu mente suena Tchaikovsky. Fotografía: HBO.

Y por ahí llegamos a otro de los grandes aciertos de la temporada: la entronización de Cersei Lannister. Y el hecho de que nos haya conseguido pillar a todos —o a una mayoría— por sorpresa.

Como para no. No hace tanto, cuando Varys quiso decir lo peor que se podía decir acerca de Petyr Baelish, dijo que sería capaz de quemar un país con tal de ser rey de las cenizas. Y aquello era solamente una forma de hablar. Pero Cersei Lannister acaba de hacer algo muy parecido a eso mismo, y quizá no debería sorprendernos. Cersei solo es capaz de discurrir literalmente, como dice John Cleese que corresponde a los idiotas. Su padre, por ejemplo, lo sabía. «No desconfío de ti porque seas mujer —le dijo Tywin a su hija en cierta ocasión—, desconfío de ti porque eres menos inteligente de lo que piensas». Y los espectadores debimos haber seguido su ejemplo y desconfiar también.

Ahora lo vemos claro, por supuesto. Ella no pulsaría resortes sutiles, ni neutralizaría conjuras ni armaría después complejas conspiraciones. Qué va. No sabe, no puede. No quiere. Ella jamás desollaría un ciervo tras matar Baratheons, no quemaría una piel de lobo luego de decapitar a la casa Stark, ni se dedicaría a machacar peces después de masacrar Tullys. Eso es maquiavélico, y ella no es maquiavélica. Es literal. Es honesta. Es mala como un dolor y más burra que un arado. Y lo que es peor: era la única que no quería para sí el Trono de Hierro. Y eso la convertía en la más firme y la peligrosa de todos sus aspirantes.

—Nosotras las madres hacemos lo que podemos para mantener a nuestros hijos alejados de la tumba —recordaba Lady Olenna entre los mármoles solemnes del Gran Septo de Baelor—, pero ellos parecen anhelarla. Los bañamos de buen sentido y les resbala como la lluvia sobre las alas.

—Y, aun así, el mundo les pertenece —contestaba entonces Cersei.

—Un arreglo ridículo, a mi entender.

Bum. Y ese mismo septo voló por los aires. Quién es ahora la ridícula, vieja pajarraca. Quién la brillante estratega. El mundo no pertenece a los hijos; pertenece a mis hijos. Tanta sabiduría, tantas espinas, y aún no has aprendido que las guerras no existen, solo los determinantes posesivos. Mira ese cuervo blanco. El invierno no se acerca; el invierno ya está aquí. Y yo quemaré un país con tal de que mis hijos sean reyes de sus cenizas.

Cuando eres lo mejor que ha habido desde Angela Channing. Fotografía: HBO.
Cuando eres lo mejor que ha habido desde Angela Channing. Fotografía: HBO.

Es la única cualidad redentora de Cersei, advirtió Tyrion. El amor por Joffrey, Myrcella y Tommen. Eso y sus pómulos. Y en su entendimiento literal de las cosas, lo de menos es que sus hijos hayan muerto. Puede quererse igual a una estatua en una cripta, como Robert quería a una más de lo que la quería a ella misma. Se puede seguir siendo regente en nombre de los hijos perdidos, aunque a los ojos del mundo el título tenga que ser de reina. Y reinar sobre las cenizas convertida en una leona enajenada. Probablemente, ni el dragón ni el lobo blanco podrán con ella, solo los otros leones. Uno la quiere, y no podrá hacerlo. El otro también la quiere, pero ya mató a un rey por la espalda, y lo hizo por mucho menos que esto.

5. El noveno episodio

Empecemos por lo evidente: entre esta gran tomadura de pelo y esta maravilla no hay color. En lo concerniente a las batallas, Juego de tronos ha ido de cero a cien. Allí donde más renqueaba es precisamente donde más brilla ahora. Ni todos los realizadores se proponen recorrer ese camino ni mucho menos todos consiguen hacerlo. Así que sí: con «La batalla de los bastardos», Weiss y Benioff han conquistado otro ochomil, quizá el último que les faltaba antes de su ascenso final al Everest. Y han demostrado algo que debe probarse constantemente, porque constituye la clase de obviedad que se olvida con frecuencia: cuando se hacen bien, hay cosas en las que un libro nunca será superior que su adaptación en la pantalla. Y se nota el esfuerzo de Weiss y Benioff por morder precisamente ahí. Nunca hasta ahora habíamos visto en Juego de tronos un despliegue de producción mayor y nunca antes una realización tan ambiciosa, tan solvente y tan lírica. Eso debe reconocérsele también a Miguel Sapochnik, director del capítulo y del excelente capítulo final y artífice también de la estupenda batalla de Casa Austera en la temporada anterior. Por qué no dirige él toda la serie, o todo lo que le dé tiempo, es algo que todavía nos preguntamos.

Cuando vas a un concierto de Slayer. Fotografía: HBO.
Cuando vas a un concierto de Slayer. Fotografía: HBO.

PERO. Pero. ¿Es el 06×09 el mejor capítulo en seis años de Juego de tronos, como se viene oyendo desde el mismo momento de su emisión? Quizá es decir demasiado. Mire usted estos seis minutos de El Señor de los Anillos, y son solamente seis. Hágalo, en serio. En ellos encontrará cumplidamente casi todo lo que vimos en la doble batalla en Mereen e Invernalia, y hasta en el mismo orden. No es que eso esté mal, obviamente. Que le pregunten a Propp. Pero si se calca con tanta fidelidad una coreografía tan tradicional en el género, tan vista y tan bien conocida, el espectador anticipa los acontecimientos. Lo dijeron con mucha precisión en The Atlantic a la hora de reseñar el episodio: «Como resulta ya típico últimamente, el show eligió la ruta más obvia, que luego ejecutó con maestría cinematográfica y una dosis justa de suspense». En otras palabras: «La batalla de los bastardos» fue algo impresionante pero no chocante en una serie que habitualmente es chocante, y no tanto impresionante. Como cambio resulta refrescante, sí. Pero eso no es aspirar a la excelencia, y por tanto tampoco es conseguirla. ¿Recuerdan El despertar de la fuerza? Pues eso. Cuando quieran ejecutar con virtuosismo y a la vez sorprender, y encima consigan ambas, entonces sí. Pero eso es algo que seguimos esperando.

6. El cuarto episodio

Y dirá usted: ¿cuál fue el cuarto, que tengo ya la cabeza loca y no me acuerdo? Y yo le digo: ajajá, querida amiga. Exacto. Esa fue parte de la hazaña: hacernos piruetear sin que nos diésemos cuenta.

Y eso que la pirueta tenía tela. Le recuerdo: en este episodio convergieron algunas tramas y otras solo giraron, pero lo hicieron todas a la vez y con una misma forma: el reencuentro de los hermanos largamente separados. Sansa y Jon, Margaery y Loras y Theon y Yara. Para más complicación, se omitieron completamente las tres tramas principales en las que no se involucraba aún ningún otro par de hermanos —las de Arya, Bran y Sam— pero se conservó la de Jaime y Cersei, a quienes veríamos físicamente reunidos, como a los otros tres pares, en su caso para urdir la conjura contra el Gorrión Supremo. Si eso no es forzar, que baje R’hllor y lo vea

Cuando algo te recuerda a La guerra de las galaxias. Fotografía: HBO.
Cuando algo te recuerda a La guerra de las galaxias. Fotografía: HBO.

Otros más evidentones nos habría contado expresamente que hoy la función iría sobre hermanos, pero Weiss y Benioff no lo hicieron. Regardé la gilipolluá, que dirían los profetas: ni siquiera era este capítulo el que titularon «Blood of My Blood», sangre de mi sangre. Ese fue el sexto. Los realizadores no querían llamar la atención sobre esta concatenación de reencuentros en el cuarto, y por eso ni lo titularon así ni trazaron paralelismos entre las secuencias en las que ocurrían. Simplemente las reunieron todas en un mismo episodio, le dieron cuerda al reloj y la dejaron funcionar. A ver qué pasaba.

Y algo pasó.

7. Choque de hermanos

Aunque antes de comentarlo, se impone hacer un inciso. Con demasiada frecuencia se olvidan las virtudes narrativas del cine y la tele, como hemos más arriba. En particular cuando hablamos de adaptaciones de libros. Y se da por sentado que el libro era mejor porque, je, el libro siempre es mejor. Pero existen técnicas meramente narrativas habituales en las pantallas, exigentes y meritorias, que no suelen encontrarse en los libros. Ejemplo: el montaje. Tiene un papel protagonista en la narrativa audiovisual, entrecortando y desnaturalizando la continuidad, mientras que a su correlato en la literatura (la estructura) solemos pedirle justo lo contrario: que actúe discretamente y se pliegue al objetivo de contarnos la historia de la forma más naturalista. Excepciones hay muchísimas, por supuesto. Esto no es una ley, es algo que ocurre en los libros y las películas que recurren al estilo más convencional, habitualmente por su vocación comercial. Y Juego de tronos es un ejemplo singularmente claro de esta diferencia. En los libros la historia se cuenta mediante capítulos focalizados en un personaje, relativamente largos y habitualmente sucesivos, sin solaparse. Pero Juego de tronos, la serie, es capaz de enmendar esa ausencia de sintaxis, y elige hacerlo, simplemente recurriendo al lenguaje cinematográfico de toda la vida: las secuencias se alternan entre sí, y con la forma de hacerlo nos cuentan también cosas. ¿Por qué es mejor esto, se preguntará usted llegados a este punto del párrafo más soporífero que se recuerda en la historia de Occidente? Respuesta: porque se consiguen efectos. Efectos que no se consiguen en los libros de la Canción de hielo y fuego. Y eso es enriquecedor.

Cuando lo tienes que hacer tú todo porque tu familia es de traca. Fotografía: HBO.
Cuando lo tienes que hacer tú todo porque tu familia es de traca. Fotografía: HBO.

Eso fue lo que Weiss y Benioff consiguieron en este cuarto capítulo, y además con elegancia. Entrecortado y reordenando sucesos, hicieron que apareciera un tema. No porque ningún título lo anunciase, sino porque se consiguió invocar verdaderamente. La lucha de quienes comparten la sangre contra quienes lo hacen solo figuradamente —como los dothraki a quienes atacaba Daenerys, también en este capítulo, y los «hermanos» de la fe contra quienes se conjuraban, también en este episodio, Jaime y Cersei—. A todos estos pares de hermanos les han desplazado del poder, de una manera o de otra. Y en menos de una hora los veremos a todos, Starks y Lannisters, Greyjoys y Tyrells, replegarse y proyectar su ofensiva para reconquistarlo. Sangre contra lealtades, hermanos contra hermandades. Y lo hacen acudiendo y reuniéndose en su punto de partida figurado, en su casilla de salida narrativa: el Castillo Negro, Pyke y Desembarco del Rey. Incluso Daenerys —que constituye una excepción porque obviamente no se puede reunir con Viserys— reedita su triunfo sobre los dothraki y vuelve a ganarse un khalassar por la vía de la mascletá. Y lo hace, y para estos casos se inventó la palabra «inopinado», en Vaes Dothrak.

Pura filigrana, casi relojería. Y mucha anticipación. Poco después sabremos que algunos de estos hermanos no lo son realmente, y que algunos pares mantienen lazos de sangre entre sí. Weiss y Benioff tuvieron que darse mucha maña para que todos estos acontecimientos convergieran en un punto, pero casi merece más celebración que supieran contenerse y no nos restregaran por la cara la hazaña formal, y en lugar de eso dejasen obrar su efecto. ¿Recuerda cuando Daenerys decía, a punto ya de acabar la temporada, «nuestros padres eran hombres malvados, los de todos los aquí reunidos»? Se diría que usted y yo ya intuíamos el cariz decididamente generacional que acaba de adquirir el Juego de tronos, pero no se engañe; se nos había dicho ya, solo que no verbalmente. Por eso, cuando haya que trazar el punto de inflexión de Juego de tronos, la ubicación precisa en que se acabó el nudo y empezó el desenlace, tenemos la intuición de que será exactamente ahí: en el cuarto capítulo de la sexta temporada. A partir de ahora, todo irá encajando solo.

Cuando llegas a la sección de comentarios. Fotografía: HBO.
Cuando llegas a la sección de comentarios. Fotografía: HBO.

Coautor 370


Juego de tronos VI: vientos de infierno (parte I)

Cuando el invierno no es lo único que se acerca. Imagen: HBO.

(Atención: este artículo contiene SPOILERS)

Avisaron, eso no se les puede negar. Lo dijeron bien clarito: «La sexta temporada de Juego de tronos es la mejor que hemos hecho». Baja Modesto, que suben David Benioff y D. B. Weiss. Y eso que no son ellos mucho de ponerse así de chulos. Por eso había muchas expectativas puestas en la última temporada de la serie, cuya emisión se completó el pasado domingo en HBO. Y porque, con ella, la adaptación televisiva de la Canción de hielo y fuego superaría el punto de la historia hasta el que han avanzado los libros de George R. R. Martin. Resultado: cuatro estrellitas. Aunque «la mejor temporada de Juego de tronos» quizá sea mucho decir, nos parece justo reconocer que ha sido la mejor de los últimos años.

Eso no quita, claro, que no vayamos a dar nuestro paseo anual por Poniente perdonando vidas y haciendo como si Weiss y Benioff nos debieran dinero. Y aplaudiéndoles las piruetas, eso también. Honrando la que ya es tradición en esta casa, hoy traemos un surtido picadito de impresiones acerca de la sexta temporada de Juego de tronos. Siete para lo mejor, siete para lo peor. Y esta vez en dos entregas; en la de hoy señalamos los puntos flojos de la temporada y en la segunda, mañana, cantaremos las alabanzas. Y le invitamos, como siempre, a que alce el dedo y a que se encarame con nosotros al tonel de pontificar, que arriba siempre hay hueco. Y a que no se lo tome muy en serio, que tampoco es esto la reforma educativa. Habrá SPOILERS, obviamente. Y unos spoilers del copón, porque hemos superado los libros y ahora ya sí que sí hablaremos de todo. Advertido queda si aún no ha acabado la temporada o el último libro, Danza de dragones. Como dijo Edmure Tully, el que avisa no es traidor.

1. Alliser Thorne y la banalidad del mal

«Espera, que te voy a explicar AHORA por qué no soy el malo». Imagen: HBO.

A lo mejor es que David Benioff y D. B. Weiss se han leído ahora a Hannah Arendt, puede ser. A lo mejor quieren entonar una sentida trova a la constitución contradictoria del alma humana, Dios no lo quiera. Pero observamos que últimamente ningún villano se va de Juego de tronos sin recibir lo suyo, no digamos lo de su prima. Porque a la hora de morir, zas: discursito redentor. Yo no soy mala, es que me han dibujado así. Y hala, tira. Espadazo, chorrito y títulos de crédito. Ni-no, ninoni-no, ninoni-no. Y usted en su casa como Kevin Kline cuando aquello. Y cae en la trampa, porque cae. No, si en el fondo no era tan malo. ¿Ves? Ahora me da pena.

Y no, mire. Alliser Thorne, no jodas. Desde el tercer capítulo dándole pellizquitos de monja a Jon Nieve. Desde el tercero, y van sesenta. Y al pobre Sam que si gordi, que si floji, que si no sé qué. Y al final no, yo es que cumplía con mi deber. Y en realidad soy muy íntegro, si lo piensas. Y un dechado de virtudes, por qué no decirlo. Por eso me han puesto un niño al lado en la horca, qué te crees. Lenguaje cinematográfico. Pues vale, Weiss, Benioff. Pero mirad una cosa. Yo he venido a que ahorquen a este señor, eh, con mis palomitas y mis gafas de 3D, eh, a reírme y a patalear como una hiena. Y quiero un ahorcamiento como Dios manda. Con su saña y su revancha. Y eso no es enseñarlo con obscenidad, amiga. Como si no lo enseñas. Basta con que el malo llegue a su muerte siendo eso, el malo. Y con que al final, por hache o por be, no me tenga que ir yo a mi casa con la bajona.

Roose Bolton, tres cuartos de lo mismo. El gorrión Supremo, igual. Incluso el único gesto humano que le vimos a la Niña Abandonada en todo Juego de tronos fue cuando ofreció consuelo a Arya —«todo acabará pronto»— y la posibilidad de morir de pie o de rodillas, justo antes de morir ella misma.

Cuando corres poniendo esta cara, que es una cosa muy normal que pasa mucho. Imagen: HBO.

Todos tuvieron su minutito de oro poco antes de caer, con la excepción de Ramsay Bolton y Walder Frey —y quizá solo porque se ha establecido que esos dos personajes, más que motivados, están cucú de la cabeza, y eso no hay background que lo enmiende—. Es trampa, porque el objetivo no es obrar una transformación de verdad: es dejarle a usted mal cuerpo caiga quien caiga. Cuando lo hacen los buenos porque son buenos y cuando lo hacen los malos porque resulta que también eran buenos, aunque vayamos a descubrirlo a última hora y por la vía del discurso. Los showrunners no dirán eso en las entrevistas promocionales y los junkets de prensa, por supuesto. Dirán que en Juego de Tronos también los villanos tienen sus estratos y sus motivaciones y rollos superguapos, bla, bla, bla. Y los periodistas lo repetiremos como cacatúas, porque a ver si se cree usted que las páginas se llenan solas. Pero no, mentira. Varys, Melisandre, Jaime o Theon, sí. Los que cambiaron de bando en vida, y esa transformación constituyó buena parte del cuento. Pero ya, fin. Alguien debe montar guardia en los extremos del espectro, y ser verdaderamente los buenos y los malos. Esto es ficción, no realidad. No rigen los principios de la psicología, sino las leyes de los cuentos. A ver si llevamos seis años, seis, rodando las cabezas, y resulta que aquí no era nadie el malo.

En el fondo, la culpa es también suya y mía, no se crea. Somos nosotros, los espectadores, los que nos hemos dejado convencer de una gran tontería: que las ficciones no deben ser maniqueas. Como si eso fuera posible, o acaso deseable. O como si algo tuviera de excitante un personaje virtuoso que se enfrenta a otro personaje virtuoso porque claro, las circunstancias. Yo no he venido aquí a eso, ni a que me eduquen el espíritu, Weiss, Benioff. Muchas gracias. Al fútbol y al ajedrez voy a emocionarme con las jugadas. Y Juego de tronos es eso, o eso pone en el cartel de la entrada: un choque. Con su sacrificio de los peones y sus tarjetas rojas injustas. Si todos somos buenos, entonces estamos jugando al chinchón apostando garbanzos. Y la epopeya se nos queda en coaching. Para eso me voy a ver Anatomía de Grey.

2. Sandor Clegane y el Palmar de Troya

«Un septo es, un septo es, un septo eees, una ventana en la mañana y disfrutaaar». Imagen: HBO.

Por dónde empezar, Weiss, Benioff. Por dónde empezar.

Aquí tenía que haber un monasterio, punto uno. Ubicado en una isla, y la isla ubicada en una ría en la desembocadura del Tridente. A la que se accede atravesando las marismas que descubre la marea baja. Una especie de monte Sant-Michel, en resumen. Era caro de hacer, vale. No era estrictamente necesario ceñirse a los detalles, vale. Ni siquiera hacía falta que llegásemos de la mano de Brienne, como en los libros, o que Sandor Clegane ejerciera como el enigmático sepulturero de la congregación. Hasta admitimos que Isla Tranquila era complicada cinematográficamente, porque en ella rige el voto de silencio y ya me dirás tú cómo hacemos televisión con todo el mundo callado. Y que, precisamente por eso, parece el sitio ideal para que economicemos en la partida de producción, que estamos en la sexta temporada, los dragones son ya muy grandes y las batallas de los bastardos no se hacen solas. Vale. Pero hombre, yo qué sé. Es que esto tampoco, Weiss, Benioff, perdonadme. Ya no porque la Isla Tranquila no sea una isla; es que no es nada. No hay nada. Que lo están construyendo, diréis. Ah, claro, muy bien. Pero, mientras tanto, esto es el equivalente en la ficción de una esfera ideal suspendida en el vacío: gente en un prado, Weiss, Benioff. Gente en un prado.

Y qué gente. Qué caras. ¿Esto qué es, una secta? Porque lo parece. La granja-secta-polígama de Playmobil, edición Esperando al ovni. Con el opening ese, de verdad. Qué cursi. Y qué cliché tan grande. Y el aluvión que viene después: el parto leña; el yo estuve en Vietnam; el tú eras Jeremy Irons y yo Robert De Niro y al final nos queman la aldea; etcétera. Y el Hermano Mayor, que esa es otra. Se hace reiki, se hace coaching de vida, se vende Ford Focus. Hasta le tenéis que haber sacado diciendo expresamente, y cito, «soy un puto septón», porque era talmente uno que entra en un bar. Y encima sin decir nada que no haya dicho Paulo Coelho. Barato todo. Baratísimo. Eso no se le hace a Ian McShane, Weiss, Benioff. Perdonadme que os lo diga.

Cuando eres duro pero no tienes un saco de boxeo porque esto era una ficción medievalista. Imagen: HBO.

Y menos que nadie a Sandor Clegane. Porque el Perro, más que ningún otro personaje, necesita vuestra ayuda. O sea: hombretón vueltadetódico, robusto físicamente, devoto de sus obligaciones y atormentado por su pasado. A lo mejor es el protagonista de cualquier película de Bruce Willis. A lo mejor. Y de la mitad de películas de acción de los últimos cuarenta años. ¿Es eso malo? No. Contar con un prototipo tan reconocible es hasta deseable, más entre tanto personaje extravagante como hay en Juego de tronos. Engrasa, resulta digestivo. Y más si da las mejores ensaladas de hostias de la serie. Pero, lo dicho, que entonces necesita ayuda, no que le hagáis las jugarretas relacionadas con el presupuesto precisamente a él. No que lo ubiquéis como protagonista en un escenario tan abstraído que ha quedado reducido a la égloga pastoril. Si se sumerge a un personaje cliché en un universo de clichés y lo echamos a andar por sí solo, como si fuera un muñeco a cuerda, entonces pasa esto. Mi hermano me quemó la cara: trauma. Mato porque tengo trauma: más trauma. Como tengo tanto trauma por matar, me meto en una secta absurda pero los matan a todos: supertrauma. Y así seis años sin que al Perro le ocurra realmente algo, porque todo lo que le pasa acaba siendo lo mismo. Y la casa sin barrer, y la pistola de Chèjov sin aplicar. Y la gente se marea y el público se mea.

Para hacer volver al Perro así, garbanceramente y mal, y sin que luego concurra más que tangencialmente a los acontecimientos importantes de la temporada —ni siquiera aparecía en el capítulo final—, os lo podíais haber ahorrado. Que reapareciera más tarde, en la séptima temporada, ya integrado directamente en la Hermandad sin Estandartes. Total, sería casi más plausible que encontrarlo donde lo hemos hecho. Y todo ese metraje tontamente invertido en una fábula de Samaniego podría habernos servido para no incurrir en algunas de los omisiones más incomprensibles de la temporada —cof, cof, el pasado del Cuervo de Tres Ojos como Brynden Ríos, cof—.

3. Esta muerta está muy muerta

Marear la perdiz: definición gráfica. Imagen: HBO.

Y mira, hablando de omisiones dolorosas. Nos vamos a dar el gusto de reventar el que ha sido uno de los spoilers más peligrosos de Juego de tronos, fundamentalmente porque ya ha dejado de serlo. Si no ha leído los libros, agárrese a algo. ¿Ya? Va:

Catelyn Stark no murió en la Boda Roja. O sea, sí. Pero revivió al tercer día, hosanna en el cielo. Y ahora es un zombi, o algo parecido. Un zombi superjodido. Y se hace llamar Lady Corazón de Piedra. Y es la líder de la Hermandad sin Estandartes. Y está enfadadísima, porque tú me dirás. Y le da igual ocho que ochenta. Y están los Frey ahora mismo que no tienen Poniente para correr. Y los que no son Frey, también.

¿Y quiere saber lo mejor de todo?

Weiss y Benioff han eliminado todo esto de la adaptación.

Durante mucho tiempos no quisimos creerlo, y confiábamos en que la espectacular rentrée de Catelyn —que en los libros ocurre poco después de la Boda Roja, en el epílogo de Tormenta de espadas— solo se estaba posponiendo. Y por eso no incurrimos en spoiler a la hora de criticar su ausencia, como hicimos cumplidamente en las revisiones de la cuarta y la quinta temporada. Parecía evidente —esa cursiva es enfática— que Lady Corazón acabaría llegando, y no queríamos estropear la sorpresa. Pero cuando ha terminado la sexta, y es obvio que el personaje ha sido eliminado de la adaptación, ya no tiene sentido guardar el secreto, porque resulta que no lo era. Weiss y Benioff no mentían, ni piadosamente ni de la otra forma. Ni George R. R. Martin. Ni Michelle Fairley. En la tele, Catelyn murió, punto. ¿Usted da crédito? Nosotros ni un poco.

Dirá usted, porque usted es así, que no es tanta la tragedia. Beric Dondarrion ha resucitado. Jon Nieve ha resucitado. Benjen Stark ha hecho algo parecido a resucitar. Gregor Clegane también, e incluso su hermano Sandor, a efectos narrativos, ha vuelto figuradamente a la vida, reenganchándose de nuevo a las tramas cuando se le daba por abatido. ¿No resultaría machacona otra resurrección?, dirá usted. ¿No sería casi un chiste? Respuesta: sí. Matiz: ahora. Porque a Catelyn le correspondía volver no después de todos ellos sino antes, en segundo lugar tras Dondarrion. Y en la sexta temporada solo debía involucrarse con decisión en los acontecimientos. El más relevante, la masacre de la estirpe Frey, pero también la muerte definitiva de Beric Dondarrion y la (posible) de Brienne de Tarth. En lugar de eso, Beric y Brienne siguen vivos y las dos hijas de Catelyn han acabado con las dos casas que ella se proponía extinguir: la Frey y la Bolton. Pues bueno, pues vale. No diremos que el puzle no se ha reencajado con habilidad. Pero nos sigue pareciendo que, sin Lady Corazón de Piedra, Juego de tronos ha perdido una gran oportunidad.

«Hoy en Masterchef: pastel de tus hijos, gilipollas». Imagen: HBO.

Y el porqué ya lo mentamos en su día, a colación de la Boda Roja. Después de ejercer como esposa en la primera temporada, como viuda en la segunda y como madre en la tercera, «Catelyn Stark, de soltera Tully, ha recorrido todos los roles que le reservaba su papel de gran matrona en Juego de Tronos», y por eso murió. Haciéndola volver Weiss y Benioff habrían contravenido este principio, y ojalá lo hubieran hecho. Ojalá en la ficción rompedora que presume ser Juego de tronos también las matronas, las madres y las viudas, las señoras, pudieran trascender sus roles femeninos —la madre abnegada, la cortesana conspiradora, la luchadora corajuda en un entorno de hombres— y convertirse, ellas también, en esos personajes aparentemente unisex que luego nunca lo acaban siendo: las criaturas, las fieras sobrenaturales. Nada tiene de valiente ni de nuevo que un guerrero joven, un Cid campeador como Jon, vuelva a la vida para seguir blandiendo su espada; pero sí lo tiene que lo haga la esposa del héroe, la madre del guerrero. Que Catelyn recupere la vida —no Ned, no Robb, no Jon; Catelyn— constituye la singularidad, el acontecimiento feliz y poderoso que habría distinguido a Juego de tronos entre las grandes ficciones comerciales y lo habría hecho ganar dignidad respecto al texto original, la Canción de hielo y fuego. Algo en lo que pensar para todos los que celebran el papel de las mujeres en esta sexta temporada, quizá demasiado impresionados por el caramelito —y solo caramelito— que constituye la joven Lady Lyanna Mormont, y porque no recuerdan demasiado bien los libros. Lady Corazón de Piedra no está. Arianne Martell no está —de eso hablaremos luego—. Y por más que otros personajes femeninos hayan conquistado un protagonismo formal y muy visible en la política de Poniente, no vemos que reciban un tratamiento narrativo distinto del convencional, quizá solo con la feliz excepción de Yara Greyjoy y el papel, siempre sui generis, de Arya Stark.

4. Jon Nieve, crónica un «meh» anunciado

Cuando eres Kit Harrington y la potra que tienes es una cosa que no te la puedes ni creer. Imagen: HBO.

Y quizá lo peor de todo es que la amputación de Lady Corazón de Piedra no ha servido para nada. La omisión perseguía un objetivo, pero ese objetivo no se ha cumplido.

Recordará usted que al acabar la quinta temporada dejamos a Jon Nieve más muerto que Mufasa. Pues bien; el pasado abril, justo antes empezar la sexta temporada, en la casa de apuestas online BetWay la resurrección del Lord Comandante se cotizaba 1/100, lo que significa que el 99% de las apuestas eran a favor —eso y que los vencedores se habrán embolsado a estas alturas la friolera de un euro por cada cien apostados—. Y no, le anticipo que no todos eran eminentes exégetas de la obra de George R. R. Martin. De hecho, solo el 80% apostaron a que abandonaría seguidamente la Guardia de la Noche, y eso que el juramento lo dice bien claro: «La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte». Es decir, que muchos ni siquiera conocían demasiado bien la obra de George R. R. Martin, y pese a eso acertaron. Les bastó con la intuición. Con sumar dos y dos.

Y a usted también, no diga que no. Lo sabían ellos, lo sabía usted y lo sabía yo. Y por eso, cuando finalmente ocurrió, pues hombre: meh. Y qué gran meh, dese cuenta. La muerte y resurrección de Jon Nieve deberían haber constituido un hito en Juego de tronos a la altura de la decapitación de Ned Stark y el desenlace de la Boda Roja, e incluso provocar más conmoción. Uno, porque su asesinato también estaba previsto en los libros publicados, pero no su resurrección, y ni siquiera los lectores sabían que pasaría; y dos, porque Weiss y Benioff habían preparado cuidadosamente el terreno para que el regreso de Nieve resultase todavía más chocante para los televidentes, y lo hicieron a costa de grandes sacrificios. El mayor de todos, Lady Corazón de Piedra. Aunque sabíamos que la resurrección de la carne se contempla también en la adaptación —y además de dos maneras: como zombi, si median los caminantes blancos, o volviendo a la vida tras la intercesión de un sacerdote de R’hllor—, en la tele nunca le había ocurrido a un gran protagonista. Y solo ahora podemos saber por qué. Si Catelyn hubiese vuelto a la vida cuando tocaba, al final de la tercera temporada o al inicio de la cuarta, habría ejercido como precedente. La muerte ahora de Nieve habría carecido de emoción, porque habríamos anticipado que resucitaría; y cuando resucitase tampoco resultaría chocante, porque sabríamos que iba a pasar. Como la muerte de un gran protagonista —la de Ned—, la sorpresa de la resurrección de otro gran protagonista era también una suerte de virginidad, algo que el espectador solo podía perder una vez, la primera. Había que elegir: o Catelyn tempranamente o Jon mucho después, ya en la sexta temporada. Y eligieron a Jon, confiados en que así darían una campanada mayor.

¿Y qué ha ocurrido? Justo lo contrario. Un epic fail rigurosamente literal, en lo epic y en lo fail. Campanada, ninguna. Sorpresa, cero. En todo momento supimos que la muerte de Jon Nieve era cierta, pero no definitiva. ¿Por qué? Por la poca maña del texto y la realización. Concretamente, porque Weiss y Benioff, o quizá la HBO, quisieron que funcionase como cliffhanger al final de la quinta temporada. Y, más concretamente, por la factura de la secuencia que ejerció como cliffhanger, convencional hasta decir basta. Con su plano cenital, su zoom, su sangre y su apestosa tromba de violines. Y su ubicación exactamente al final del último capítulo de la temporada. ¿Desde cuándo son las cosas así en Juego de tronos? Hasta entonces, las muertes de los grandes héroes habían ocurrido con una realización sobria y muy singular, desprovista de manierismos melodramáticos; y en capítulos intermedios de las temporadas en lugar de al final, contraviniendo todavía más los convencionalismos televisivos. Por eso nos sorprendieron tanto y por eso no dudamos que fueran ciertas.

Bastaba con hacer lo mismo. Con matar a Jon igual que a Ned, Catelyn y Robb. No al final de la temporada, sino en el octavo capítulo o el noveno. No mostrando sus restos en primer plano, sino veladamente, de lejos o sin hacerlo en absoluto. Habríamos creído efectivamente que Jon Nieve estaba muerto, para gran flipar, y al resucitar en esta sexta temporada nos habríamos quedado muertos en la bañera. Bastaba, en suma, con haber repetido la fórmula, esa forma honesta de crear sorpresas a través de la técnica, en lugar de optar esta vez por la forma industrial, la que tiene más que ver con el marketing, los teasers y los trailers. Una pena, la verdad.

5. Jorah Mormont, Jorah que te Jorah

«Dime que me quieres o me enveneno». Imagen: HBO.

Y mira, hablando de pena, hablemos de darla. Tres veces se han separado ya Daenerys y Jorah Mormont. Tres. Una, dos y tres. Desde la primera vez en la cuarta temporada hasta esta última, a mitad de la sexta. Casi veinte capítulos dura ya la cruzada hazmecásica, pagafántica y nuncafollista del caballero de la triste figura para conquistar el amor de su Dulcinea particular, o al menos darle pena. O recabar su perdón, que es una manera de representar lo mismo. Algunos dieron de sí, estamos de acuerdo. Pocas secuencias hemos visto en Juego de tronos mejores que la del paso de Jorah y Tyrion por la antigua Valyria, donde el caballero contrajo la psoriagrís. Pero son dos temporadas ya sin que cambie realmente nada en esta historia de amor que no es tal cosa, porque Daenerys ya eligió y eligió como Macarena, darse a su cuerpo alegría y cosa buena. Con Daario Naharis, nos ha jodido mayo. Y se llegó entonces a un arreglo con los espectadores: Daario se comería el sándwich y Jorah gozaría de mayor confianza como consejero, un plus por objetivos y un asiento permanente en lo alto de la pirámide con unas magníficas vistas a la friend zone. Fin de la historia.

Esto no es un triángulo amoroso. No lo es en los libros y en la serie tampoco puede, porque no se han practicado cambios en este sentido. Pero Weiss y Benioff insisten en retratarlo como si lo fuera. Con los clichés a los que acostumbra el cine y la tele en estos casos: secuencias a tres bandas, duelos de cornamentas y lo dicho, esos reencuentros machacones entre Daenerys y Jorah que se resuelven siempre igual, con la «Lacrimosa» de Mozart, el mutis de Mormont por el foro y la certeza —ya impepinable— de que esto mismo volverá a ocurrir en no más de cinco o seis capítulos. Y la próxima vez, será la cuarta. ¿Por qué está pasando esto? Por falta de valor, intuimos. Weiss y Benioff quieren representar formalmente algo que, en realidad, no está pasando. Y seguramente lo hacen porque piensan que no tienen elección. En Hollywood y en la gran tele persiste un miedo atroz a que un gran protagonista no mantenga algún tipo de tensión romántica, la que sea. No digamos ya si es mujer y en edad de merecer. Y ocurre que en este punto de Juego de tronos, cuando Ygritte, Shae, Talisa, Robb y Renly han muerto, hemos consumido ya la mayoría de las historias de amor, y desde luego todas las emocionantes. Y se conoce que tiene que haber alguna, por cojones. Weiss y Benioff casi lo admitieron con el subtexto del diálogo en el que Daenerys manda a Daario a tomar mismamente por donde amargan los pepinos.

Nunca hasta ahora hemos recomendado matar a un personaje, menos todavía a uno que sigue vivo en los libros. Pero a Jorah debieron haberlo fulminado hace tiempo, e inexcusablemente en esta temporada. Las razones, parecidas a las que dimos con Sandor: lleva seis años, seis, interpretando un mismo papel, el de un Humbert Humbert coñón. Demasiados para que nos resulte deseable su más que probable reunión con Daenerys por cuarta vez —¡cuarta vez!—, o acaso emocionante. Repetimos: las leyes de la vida son unas y las de la ficción son otras. Hace ya tiempo que Mormont es un zombi narrativo. Por eso esperamos que cuando vuelva, porque volverá, al menos lo haga convertido en un hombre de piedra. O en vampiro, qué más da. Pero que le pase algo, por Dios.

Posdata. Parte del metraje de Mormont podría haberse invertido en abundar en las tramas de Essos, que falta hace. Y particularmente en la de Varys, el eterno olvidado de Juego de tronos.

Tip y Coll. Imagen: HBO.

Que sí; en esta partida de ajedrez, Varys y Meñique son los caballos. Saltan por el tablero y eso es parte del encanto. Empieza a parecer que tienen un jet supersónico cada uno, pero bueno, vale. Aceptamos pulpo. Ahora bien; después de su profunda transformación televisiva –porque el Varys de los libros comparte solo filosofía con el de la serie, y sus actos son completamente distintos–, que la Araña no se encuentre con Daenerys era una línea roja, y Weiss y Benioff no es que la hayan pisado; es que han bailado el Kalinka sobre ella. Antes del último capítulo de esta sexta temporada había gente en internet diciendo ya que Varys era una alucinación de Tyrion, no le digo más. Y cuando por fin Daenerys y Varys compartieron su primer plano ocurrió literalmente en la última secuencia de la temporada. Y sin cambiar antes palabras. ¿Imagina usted que cuando ser Barristan se unió a la delfina Targaryen hubiera ocurrido así, apareciendo directamente a su vera? ¿O que se hubiera prescindido, en esta temporada, se la secuencia en que ella pacta su alianza con los hermanos Greyjoy? Pues eso.

6. A buenas horas, Manosfrías

Es un hecho ampliamente documentado que el diablo está en los detalles. Quedémonos con esta idea preliminar.

No, no le vamos a reprochar a Benioff y Weiss que nos hayan privado hasta ahora de Manosfrías, ese personaje enigmático y razonablemente sobrenatural que campa a sus anchas por la región más allá del Muro. En la cronología televisiva le correspondía efectuar su entrada mucho antes, cuando Sam y Gilly escapaban del torreón de Craster en la tercera temporada, y después quedarse largo tiempo durante la cuarta, al menos hasta que Bran llegaba a la cueva del Cuervo de Tres Ojos. Durante todo ese tiempo, en los libros, lo conoceremos por este apodo y lo veremos siempre embozado con un pañuelo, sin llegar a saber nada sobre su identidad. Y nos diremos: es Benjen. Pero es que lo mismo nos dijimos en su día sobre Mance Rayder, el rey más allá del Muro, y luego mira. Y además contemplamos la posibilidad de que Benjen sea Daario Naharis, porque en Juego de tronos ya, lo que veas. Así que Manosfrías era quizá un secreto a voces, pero un secreto. Y en eso estaba la gracia, por supuesto.

Benioff y Weiss, en cambio, no podían sostener el mismo enigma, y de hecho ningún enigma. Lo suyo es televisión, y alguien debía interpretar al personaje. Si lo hubiera hecho Joseph Mawle, el mismo actor que interpreta a Benjen, blanco y en botella; y si lo hubiese hecho otro, habríamos descartado que Manosfrías fuese el hermano de Ned Stark. Así que, en realidad, no se trata de que hayan retrasado simplemente su aparición; han dejado al personaje en off hasta superar el punto de la historia al que han avanzado los libros y entonces lo han hecho entrar, procediendo con todas las revelaciones de sopetón: pum, Manosfrías, pum, y es Benjen Stark, pum, y además está muerto. O muerto como la gente está muerta últimamente en Juego de tronos, que no es realmente mucho. ¿Que la cosa pierde? Nos ha jodido. Pero no había otra manera. Desventajas que tienen las pantallas frente a las páginas. A cambio, el sexo en la tele gana una cosa bárbara. Y los septos explotando, ni te cuento.

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«Madre mía, y para esto seis temporadas». Imagen: HBO.

Y eso es precisamente lo que vamos a reprocharle a Weiss y Benioff, porque aquí hemos venido a perdonar vidas. No los dragones, sino algo parecido: el alce. El alce en el que cabalga Manosfrías. Que tampoco es un alce, cuidado. Como el mismo Martin escribe, el animal mide diez pies de altura hasta la cruz, unos tres metros, y debe ponerse de rodillas para que suban los jinetes. Y en otros puntos le dedica los apelativos de «gran» y «gigante». Aunque a veces se propone que podría ser un alce americano simplemente muy grande, suele convenirse que se trata de un alce irlandés, también conocido por su —elocuente— nombre científico: megaloceros giganteus. Se trata de una especie de ciervo, la más grande que ha existido, extinguida hace diez mil años, a finales del Pleistoceno. De hecho, en los libros, Martin también se ocupa de mencionar expresamente que la cornamenta del animal es como la de «uno de los alces gigantes que una vez vagaron libremente a través de los Siete Reinos, en tiempos de los Primeros Hombres». Una cornamenta de tres metros y medio de lado a lado, para hacernos una idea.

¿Cuánto mola la megafauna de finales del Pleistoceno? Muchísimo. ¿Cuánto mola esa megafauna en Juego de tronos? Muchísimo más. Ya lo dijimos a colación de los mamuts: la aparición de animales no estrictamente fantásticos, sino reales pero extintos, ubican a la serie en un punto muy singular, muy suyo, entre el realismo y la fantasía, pero escorándose hacia lo primero. Una gotita de Parque Jurásico, plicy solamente una. Lamentablemente, parece que solo Martin lo sabe apreciar, o al menos que Weiss y Benioff no lo aprecian más que lo que aprecian la factura de los efectos especiales. La cuenta es la misma: después de haber omitido en televisión a la gran osa polar que cabalga Varamyr Seispieles (que por su altura de trece pies, casi cuatro metros, más parece una variación ártica del extinto oso de las cavernas que un oso polar moderno) y de que no hayamos visto tampoco a ningún ejemplar de gatosombra, el alce gigante de Manosfrías ofrecía a Weiss y Benioff una última posibilidad de establecer que la megafauna es la norma más allá del Muro, y de conseguir así lo mismo que Martin en los libros: invocar con eficacia las grandes extinciones perpetradas por el hombre prehistórico y la última gran glaciación, entre otras ideas que visten muy bien a la región más allá del Muro, y por extensión al mundo mismo en el que tiene lugar Juego de tronos.

El diablo está en los detalles, decíamos. Vaya que si lo está. Y con este se ha asomado. Tanto que debemos decir que al menos ya hay una cosa que la hacen mejor en El Hobbit que en Juego de tronos. Quién nos lo habría dicho.

7. Marina Dorne, ciudad de vacaciones

«Cobarde, fistro, te viasé pupita en el diodenor». Imagen: HBO.

¿Se acuerda usted de los Martell? Haga memoria: pelo negro, constitución chupada, tez aceitunada. ¿No? Pues fueron la Next Big Thing, los Martell. Por la mala follá, sobre todo, pero no solo por eso. También practicaban el poliamor, conspiraban que daba gloria y pasaban los dedos por velas, que es una cosa no verbal que los hacemos españoles cuando hay una cámara delante. Eran ellos así, sandungueros y españolazos. Y un poco indepes. Ya lo dijo Tywin Lannister: «No seremos siete reinos hasta que Dorne vuelva al redil». Así que Dorne volvió, y para ello Juego de tronos tuvo que desplazar su monumental aparato de producción a España. Juego de tronos no era Juego de tronos sin el arco de Dorne, o eso pensaban entonces Martin, Weiss y Benioff. Ahora se conoce que han cambiado de idea y han hecho que el reino del sur desaparezca pero así, pin, pan. Drexit fulminante de Dorne en el primer capítulo de la temporada. Y nunca más se supo hasta minuto y medio nueve horas después, en el capítulo final. Spain, one point. Lamentablemente.

Contexto: Muchos lectores de George R. R. Martin ya se quedaron fríos en la temporada pasada, cuando supieron que media familia Martell ni siquiera formaría parte de la serie. En particular la princesa heredera, Arianne Martell, que juega un papel protagonista en los libros y es uno de los personajes que asume el punto de vista narrativo en Festín de cuervos y Danza de dragones; y su hermano Quentyn Martell. No revelaremos los detalles; baste decir que las subtramas de estos personajes tienen implicaciones muy grandes en la contienda por ocupar el Trono de Hierro, por no decir que decisivas en este punto de la Canción de hielo y fuego. Sin embargo, en televisión, tampoco sus actos le fueron legados a otros personajes, simplemente se amputaron de la narración. Si además se considera que Oberyn lleva criando malvas desde la cuarta temporada, las muertes ahora de Doran y Trystane hacen que la familia Martell, que en los libros sigue relativamente completa y ganando protagonismo, haya sido completamente desterrada de la adaptación televisiva. Y lo que es más significativo: Weiss y Benioff también se han asegurado de acabar con todos los personajes del arco dorniense que retienen cierto foco en los libros: Areo Hotah y Myrcella Baratheon. Ha sido una purga, sin más. Se trataba de acabar con el arco.

Pero ¿por qué? Misterio. Aunque doctores tiene Westeros, por supuesto. En Io9, optimistas ellos, decían al empezar la temporada que Ellaria Arena, la responsable formal y única superviviente de esta masacre, «puede haberse cargado completamente Dorne como país pero puede haber salvado Dorne como trama». Ojalá, pero no. Ni siquiera se ha reemplazado una gran historia por otra pequeña, porque a minuto y medio tras nueve capítulos sin Dorne malamente se lo puede considerar una trama. Y menos cuando los verdaderos protagonistas de ese minuto y medio son los carismas arrolladores de Varys y Olenna Tyrell. ¿Podría ser distinto? Seguramente no. Ellaria y las tres Serpientes de Arena mayores, Obara, Nymeria y Tyene, son cuatro personajes poco menos que intercambiables entre sí, y tremendamente prescindibles, con una esperanza de vida narrativa de un cuarto de hora. De hecho, la perfección con que Weiss y Benioff han abortado el curso de los acontecimientos en Dorne y la forma atropellada con la que han atado sus cabos sueltos al remolque Tyrell en el último capítulo invita a pensar en que aquí no median razones narrativas, sino industriales. Alerta conspiranoia.

Precisamente mientras se emitía esta sexta temporada George R. R. Martin ha prepublicado un capítulo del siguiente libro de la Canción de Hielo y Fuego, Vientos de invierno, que tiene por protagonista y punto de vista a Arianne Martell. Parece poca casualidad que, mientras ella misma y sus satélites ganan protagonismo en la saga literaria, sosteniendo un gran arco e implicándose cada vez más en los demás, en la televisión sean precisamente ellos los que resultan completamente eliminados. Si tuviéramos que apostar, diríamos que Weiss, Benioff y Martin (que también es productor de la serie y comparte el mando en las decisiones ejecutivas, detalle importante) acaban de dar un tajo profundo en Juego de tronos para separar libros y adaptación, y lo han hecho en Dorne.

Ese tajo estaba previsto y abierto ya, por supuesto. De ahí la omisión en televisión de Arianne y que tampoco se retrate la implicación activa de los Martell en la causa Targaryen. Pero los acontecimientos han obligado a Weiss, Benioff y Martin a acometerlo de raíz, extrayendo Dorne al completo. La razón: el retraso forzoso de la publicación del próximo libro, Vientos de invierno, para después de la emisión de la serie en lugar de antes, tal y como se planeaba en un principio. De esta manera, el inminente volumen literario ya no será donde se desvele la resurrección de Jon Nieve, la verdadera identidad de Manosfrías o la destrucción del Septo de Baelor, por ejemplo; pero cuenta con un arco inmenso, cedido ex profeso por su hermano televisivo, del que los espectadores —los potenciales lectores, los potenciales compradores— lo desconocen todo. Y ese arco, lo dicho: gana más relevancia con cada momento que pasa. Tanto que no parece descabellado que sea ya determinante en la contienda final por el Trono de Hierro, al menos en los libros. Oh, porque sí: Juego de tronos tendrá un ganador, y alguien se sentará finalmente en el dichoso trono. Pero la Canción de Hielo y Fuego, los libros, tendrán también un ganador, y será otro. Habrá dos finales distintos, uno en la pantalla y otro en las páginas. ¿Que no? Al tiempo.

Y hasta aquí las siete críticas a la sexta temporada. Mañana a la misma hora cantaremos las alabanzas. Le esperamos.

Cuando te lees seis mil palabras y resulta que eso era solo la mitad. Imagen: HBO.

Coautor 370


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