Mank: no hay obra maestra sin un buen guion

Mank. Imagen: Netflix.

El anuncio de una nueva película de David Fincher siempre suena bien. Y aún suena mejor si la temática es el viejo Hollywood en blanco y negro. Cuando los cineastas homenajean al cine pueden ocurrir grandes cosas. Aún recuerdo cuando vi Ed Wood y tuve la extraña sensación de salir encantado de la proyección de un largometraje del maestro de la muñequería, Tim Burton (aunque, por otros motivos, también salí encantado de la proyección de Mars Attacks). Esta nueva película, Mank, gira en torno a la creación de Ciudadano Kane. Si no ha visto Ciudadano Kane, véala. Después lea una pocas líneas sobre William Randolph Hearst, el personaje que inspiró el personaje de Charles Foster Kane, y sobre su entonces pareja, la actriz Marion Davies. Y después de esto vea Mank, porque hacerlo al revés no tiene sentido.

No me considero exactamente un «fan» de Fincher. No es uno de mis cineastas favoritos, pero sí me gusta cómo dirige y en prácticamente todas sus películas veo decisiones interesantes o sorprendentes. Y hablo exclusivamente de la dirección, porque la mitad de las veces me gusta más su estilo como director que las historias que elige contar. Como película en conjunto, me entusiasma Zodiac, de la que no solo me fascina su argumento, sino que me parece su mejor película: la más fluida, la mejor construida y la que tiene un ritmo más adecuado para lo que se cuenta. En su momento me gustaron Seven, The Game, La red social. Otras películas de Fincher también están bien dirigidas pero cuentan historias que me interesan menos, como El club de la lucha y El curioso caso de Benjamin Button. Pero bueno, como individuo que se pone al frente de un rodaje, Fincher rara vez falla. Es lo mismo que me sucede con Wes Anderson, por citar otro ejemplo conocido: no me interesan todas sus historias, pero su estilo como director es siempre interesante. El estilo Fincher siempre está ahí y es un estilo que me agrada. Me parece carente de grandes defectos. Aunque, por lo general, también me parece carente de ese plus que tienen los Kubricks y Coppolas y Billys Wilder de este mundo.

Sobre el papel, Mank tenía todas las papeletas para ganarme. Siempre supuse que el estilo de Fincher encajaría bien con una recreación del viejo Hollywood, y las imágenes de avance reforzaban esa esperanza. Al final, Mank me ha ganado en unos aspectos, pero en otros me ha dejado más frío de lo que esperaba. Pero no es desdeñable; de hecho, es una película digna de análisis. Por seguir con la dicotomía entre la manera en que una historia es dirigida y la historia en sí misma, diré que Mank es absolutamente fascinante en la parte técnica. Es un prodigio visual, pero Fincher ha volcado todo un arsenal —y casi diría un tesoro— de recursos cinematográficos en un argumento que no lo justifica. Como he leído a algún crítico (creo que británico), «no sé por qué Fincher pensó que esta historia merecía la pena ser contada». Ojo, la historia no es mala, ni es estúpida: es tenue.

En lo técnico, repito, Mank es una absoluta delicia. La imitación del aspecto visual de películas de los años treinta y cuarenta ha sido elaborada con tanto amor que por momentos llega a resultar abrumadora: el omnipresente tono níquel, los brillos, las aureolas, los reflejos, la leve nubosidad. Todos esos pequeños defectos de imagen que el aséptico cine moderno evita como la peste, pero que Fincher ha perseguido con minuciosidad de artesano. Un diez. Por no hablar de la ambientación, que es absolutamente espectacular. Pero espectacular en todos los sentidos: por lo magníficamente bien hecha que está, y porque es un espectáculo constante para la vista. Si tiene usted afición por la edad dorada de Hollywood, sepa que puede contemplar esta película hasta con el sonido apagado y disfrutar del viaje al pasado. Mank es una experiencia visual que no debe perderse. También la música de Trent Reznor y Atticus Ross está muy bien; aunque la banda sonora sufre por momentos del efecto uncanny valley, porque es música que capta bien pero no del todo el espíritu de la música de aquellos años (ya perdonarán que me ponga tiquismiquis con eso). En cualquier caso, con Trent Reznor me pasa como con Fincher: me gustan mucho algunas de las cosas que ha hecho (a un fan declarado de los Young Gods tenía que gustarle esto por narices), pero incluso cuando no me llega, capto la magnitud de su talento. Por resumir el apartado de la imagen: como recreación moderna-pero-no-demasiado del aparataje audiovisual del cine plateado de los treinta y cuarenta, Mank es posiblemente lo más apabullante que puede concebirse hoy en día, al menos dentro de lo que puede hacerse con técnicas digitales.

Otro apartado brillante es de las interpretaciones. Gary Oldman está fantástico interpretando a Herman J. Mankiewitz, guionista de Ciudadano Kane. Supongo que ya lo habré comentado: Gary Oldman me sobraba (y me sobra) en muchas de sus antiguas películas, pero lleva unos años en que me parece otro. En especial desde su excepcional trabajo en Darkest Hour. Aquí es el protagonista absoluto y defiende esa posición con más sabiduría que magia. Cuentan que Mankiewitz era en persona un tipo increíblemente ingenioso, pero eso no se traduce mucho en los diálogos porque no hay nada más difícil de imitar que el ingenio. La mejor frase de Oldman en esta película es una que Mankiewitz realmente pronunció ante testigos después de vomitar, durante una borrachera en una cena social (aunque no en la cena que se muestra en pantalla): «Al menos ha salido el vino blanco junto al pescado». Esta clase de deliciosos toques no se repiten a menudo y el ingenio del Mankiewitz-Oldman es más previsible, pero no culpo a la película por ello, y supongo que muchas de las mejores ocurrencias del auténtico Makiewitz se perdieron en la amnesia de la bohemia, y que las que quedaron no eran necesariamente las mejores.

En fin, Oldman está bien, pero varias escenas se las roba Amanda Seyfried, que se apropia del personaje de Marion Davies hasta el punto en que cuando la película está acabando uno ya se ha olvidado de que está viendo a Amanda Seyfried. Físicamente, la actriz no se parece mucho al personaje original (aunque la caracterización es sensacional), pero Seyfried consigue captar a la perfección ese leve filo que a Davies se le veía en algunas películas, y en particular su manera de clavar la mirada. Otra de las interpretaciones que más me ha gustado es la de Tom Pelphey como Joseph L. Mankiewitz, el hermano del protagonista de esta película, y el cineasta que, después de los hechos narrados aquí, terminó haciéndose más célebre que él. Tom Burke está bien como Orson Welles; tampoco se le parece y desde luego no puede reproducir la poderosísima presencia del original, pero además de aportar la voz, Burke consigue forjar un retrato más que aceptable, y eso no era nada fácil porque se me ocurren pocas personas menos fotocopiables que Orson Welles. Hablando de presencia, el siempre aterrador Charles Dance encarna a William Randolph Hearst; si ha visto usted Juego de Tronos es posible que termine viendo a Tywin Lannister. Pues bien, no se sienta mal, porque Hearst era como la encarnación de Tywin Lannister en el mundo real, así que la sensación de estar viendo a Tywin sería muy indicada.

Vamos con la historia. El problema de Mank es, para mi gusto, que el argumento no cuenta gran cosa. Eso no tendría por qué constituir un problema, ¿no? Muchas películas no cuentan gran cosa pero funcionan. Mank, sin embargo, es una película que utiliza recursos cinematográficos desarrollados para contar un tipo de historia mucho más intensa. Imita recursos de la propia Ciudadano Kane, en especial. Pero Ciudadano Kane contaba una historia grandiosa que requería una parafernalia grandilocuente. Se centraba en un personaje y hacía un análisis íntimo de su evolución psicológica, pero nadie puede decir sin reírse que Ciudadano Kane es una película «intimista». Es una epopeya que tiene tanto de intimista como un terremoto. Uno de los grandes logros de Orson Welles consistió en entender que la biografía de un magnate del periodismo podía ser contada en el mismo registro de grandilocuencia audiovisual que una historia bíblica o que la vida de Cleopatra. Charles Foster Kane no fue Moisés o Julio César, pero en Ciudadano Kane llega a parecerlo. Vean ustedes cualquier película anterior a Ciudadano Kane cuyo argumento trate sobre periodistas, empresarios o políticos. No se le parecen. Pero vean películas sobre Jesucristo hechas antes de Ciudadano Kane: esas se le parecen mucho más.

Lo que Mank cuenta sobre el guionista Herman Mankiewitz no justifica la aproximación grandilocuente (en sí misma, sensacional) del estilo audiovisual que David Fincher hereda de Ciudadano Kane. Es como un guisado hecho con las mejores verduras del mercado, pero donde solo encontramos dos pedacitos de carne. El estilo audiovisual de Mank es el que se usaría para sumergirnos en una sensaciones colosales que no están presentes en la historia. Consigue su propósito de hacernos simpatizar con el protagonista, pero el conflicto central es bastante pedestre: Herman Mankiewitz acepta escribir el guion de Ciudadano Kane renunciando a que su nombre aparezca como autor. Cuando después se da cuenta de que es lo mejor que ha escrito, cambia de idea y le pide a Orson Welles que incluya su nombre en los créditos. Welles, que pretendía figurar como único autor del guion, se enfada, pero accede (esto no es spoiler, todo el mundo sabe que ambos figuran como guionistas). Y eso es todo. Ese es el conflicto central. En el cine hay una cuestión importante que es la de proporción entre forma y fondo. Si la forma es grandilocuente y el fondo es de perspectiva reducida, se produce un desajuste que afecta a las emociones del espectador. Mank es bellísima en lo visual, pero la historia entre Mankiewitz y Welles no daba mucho más que para una secuencia en un despacho.

El que Fincher haya optado por convertir la autoría del guion de Ciudadano Kane en el conflicto central de una película se explica bien, creo yo, por el hecho de que adapta un guion de su difunto padre Jack Fincher, un periodista y escritor que murió sin ver cumplido el sueño de ver materializados dos de sus trabajos para cine. Uno era este guion de Mank, película para la que David Fincher no consiguió financiación antes de que su padre muriese. Y otro centrado en la vida del magnate Howard Hughes estuvo a punto de ser adaptado nada menos que por Martin Scorsese, hasta que este decidió rodar la misma historia usando un guion de John Logan. Y Jack Fincher se fue de este mundo con el disgusto. El argumento de Mank es una defensa del guionista cuyo talento y aportación se ven eclipsados por otras personas, y simpatizo mucho con las ganas que David Fincher tenía de usar un guion que no solamente fue escrito por su padre, sino que además sirve para reivindicarlo, para glosar esa figura del guionista al que se deja de lado. Pero Jack Fincher era su padre, no el nuestro. Entiendo por qué a David Fincher le importa la historia, pero no veo por qué debería importarnos a los espectadores. Y el guion tiene otros problemas. El alcoholismo de Mankiewitz, la relación disfuncional con su mujer y sus (en pantalla inexistentes) hijos, o el que William Randolph Hearst se sintiera insultado por Ciudadano Kane, son conflictos tratados de manera igualmente superficial. La película dedica casi todos sus esfuerzos a justificarse a sí misma. Si recuerdan La ley del silencio, Elia Kazan la rodó para justificar su cuestionable actitud en la era de la persecución ideológica del cabronazo de Joseph McCarthy, con mucha más capacidad para convertir un asunto personal del director en una historia poderosa que trascendía lo personal y se volvía universal, aplicable a muchas otras situaciones que no eran la del propio Kazan.

De hecho, el conflicto central de Mank daba para tan poco que el guion tuvo que añadir muchas cosas inventadas. Por ejemplo (y en este párrafo va algún SPOILER sobre cosas que aparecen en la película pero no sucedieron en realidad): se sabe que Herman Mankiewitz visitó con frecuencia la mansión de William Randolph Hearst. Sin embargo, a nadie le consta que mantuviese una estrecha amistad con Hearst o con Marion Davies. Era uno de tantos invitados. Y tampoco le consta a nadie que Mank osara decirle las verdades a Hearst en su propia cara. Y ojo, no me parece del todo mal que el guion invente, porque el cine es ficción incluso cuando pretende ser biográfico o histórico. Una película no es un ensayo. El medio audiovisual y el medio escrito no funcionan igual, motivo por el que el guionista no es considerado el autor de un largometraje. Y es el motivo por el que una película histórica rara vez funciona sin las debidas manipulaciones o añadiduras. No creo que inventar o tergiversar, cuando se hace bien, reste calidad a una obra artística de ficción, sino que se la añade. El problema de Mank es que las invenciones añadidas, exceptuando esas secuencias finales de la cena con Hearst y el diálogo con Welles, no aportan mucho al conflicto central. La película pasa buena parte de su metraje en la categoría del anecdotario inconexo.

Ya que estamos con las invenciones, no me resisto a comentar que lo que Mank dice sobre la autoría de Ciudadano Kane es básicamente una tontería de la que quizá Jack Fincher no era muy consciente, pero de la que su hijo David Fincher —director de cine— sí lo es. La idea de que el mérito de Ciudadano Kane recae sobre todo en Herman Mankiewitz no tiene mucho sentido. De acuerdo, el guion de Ciudadano Kane es excepcional sin duda, pero suceden varias cosas. Primero, que sin la revolucionaria dirección de Orson Welles es muy posible que hoy nadie estuviese hablando ya de esa película. Segundo, es incierto que Welles se anotase injustamente el tanto de coescribir un guion al que no aportó nada; hace ya años que se demostró que existen copias del guion donde Welles hizo extensivos (y sustanciales) retoques de su puño y letra, incluyendo varias escenas nuevas que Mankiewitz no había escrito en la primera versión. En tercer lugar, gente que participó en aquella producción dejó claro que, una vez Mankiewitz fue incluido como guionista en los créditos y Welles vio eso plasmado por escrito, no solamente lo aceptó sino que dibujó una flecha para indicar al estudio que el nombre de Mankiewitz debía aparecer antes que el suyo propio. En otras palabras: la tesis de la película Mank es un revisionismo absurdo. Lo comento casi como off topic porque ojo, insisto en que esto no tiene importancia a la hora de juzgar la calidad artística o narrativa de la película. Pero no se tomen al pie de la letra lo que se cuenta en Mank. Las invenciones son, como poco, la mitad del argumento. Y las pocas escenas clave son ficticias.

El problema no es que se invente, sino que se haga sin un propósito artístico. La ideología, la moral o la historiografía no son arte. Y el problema de Mank reside en que la película inventa para defender una tesis histórica, y no para mejorar la carga dramática (salvando el par de secuencias comentadas). Como consecuencia, se queda a medias en lo narrativo. Y es una lástima porque todo lo demás es de primer nivel. Puestos a inventar, hubiese funcionado mucho mejor si el empeño de dejar mal a Orson Welles hubiese sido llevado al extremo y la película hubiese volcado todos sus esfuerzos en dejarlo mal de verdad, desarrollando el conflicto entre Mankiewitz y Welles, y reconstruyendo a Welles como un auténtico villano (y no como en cierta escena, como un niño enfadadito). Es posible que Jack Fincher no se atreviese a ir tan lejos por el riesgo de que su argumento pareciera ficticio, pero es que parece ficticio de todos modos. Cualquiera que lea un poco sobre el asunto sabe que Orson Welles también se jugó su incipiente carrera con Ciudadano Kane y pretender que Mankiewitz fue el único valiente es absurdo. Otra posibilidad hubiese sido la de centrarlo todo en el conflicto entre Makiewitz y Hearst, aprovechando (como Mank hace a medias) la figura mediadora de Marion Davis. Esto sí hubiese sido más fácil teniendo en cuenta que Hearst era idóneo para construir en torno a él un villano. Cuando terminé de ver Mank, imaginé todo ese talento cinematográfico aplicado a una lucha sin cuartel entre los creadores de Ciudadano Kane —famosos, pero desprovistos de poder— y el poderoso Hearst. Eso sí hubiese sido una epopeya que encajase con el estilo de la película. En resumen: no era tan buena idea imitar el estilo de Ciudadano Kane para que la idea central de la película sea una pequeña pelea burocrática que, para colmo, se resuelve de la manera más inocua imaginable.

En esta película tenemos al David Fincher quizá más inspirado visualmente de toda su carrera, pero contrapesado por el deslavazado guion de su padre. Al menos se demuestra una de las tesis: sin un buen guion, es casi imposible parir una obra maestra. Con David Fincher tras la cámara, Mank es una carta de amor al cine de los cuarenta, manuscrita con una sensacional caligrafía sobre el mejor y más perfumado papel, pero que no dice nada. Aun sí, merece la pena verla. Es un festín para las retinas nostálgicas. Y pueden pasar años antes que alguien se plantee siquiera hacer algo parecido a esta fastuosa recreación del Hollywood clásico.


Premios Óscar 2018: una autopsia

The Florida Project. Imagen: A24.

—¡Moonee! ¡Scotty!
—¡QUÉEEE!
—¡Moonee! ¡Scotty!
—¡QUÉEEE!
—¡Moonee! ¡Scotty!
—¡QUÉEEE!
—¡Moonee! ¡Scotty!
—¡QUÉEEEEEEEEE!

(Diálogo inicial de The Florida Project)

Ah, los Óscar. Cuando pienso en los Óscar, pienso en El mayor espectáculo del mundo, aquel largometraje dirigido por Cecil B. DeMille, donde Charlton Heston interpretaba al director de un circo y James Stewart encarnaba al payaso triste (no, ¡no me lo estoy inventando!). En tiempos se decía que fue una de las peores ganadoras al Óscar como mejor película. Aunque lo más escandaloso era que, gracias a la insensatez de los académicos del momento, le arrebató la estatuilla a insignificantes naderías como, agárrense, Solo ante el peligro de Fred Zinnemann, El hombre tranquilo de John Ford o Moulin Rouge de John Huston, que competían ese mismo año. Más despropósitos: había sido nominada a despecho de Cautivos del mal de Vincente Minnelli o Cantando bajo la lluvia de Stanley Donen, que se quedaron fuera de la lista. Aquella ceremonia fue la primera televisada en directo, así que podemos decir que semejante escarnio al séptimo arte quedó convenientemente grabado para la posteridad. Siendo justos, en el otro lado de la moneda estuvo Shirley Booth. No se preocupen si el nombre no les suena; era una respetadísima actriz teatral que, siendo ya una mujer de mediana edad, había debutado en el cine aquel mismo año. Ganó el Óscar por un papel que ya le había valido un premio Tony como mejor actriz de teatro, además de un Globo de Oro y la Palma de Oro en Cannes, así que no haberse concedido el Óscar hubiera sido sonrojante incluso para los electores de aquel año. Con su primera película, Booth fue distinguida por encima de cuatro señoras que apenas sabían interpretar: Bette Davis, Susan Hayward, Julie Harris y Joan Crawford. No está mal, ¿eh?

Con los Óscar lo tenemos todos claro, desde siempre. Son un cachondeo. Aun así, también son geniales para hablar sobre películas, directores, intérpretes y demás, que a fin de cuentas es lo que a todos nos interesa. No, esto no es una quiniela. Mi poder predictivo es casi tan inexistente como el de Neville Chamberlain, el mismo que pensaba que a Hitler se lo podía contener a besitos, de lo cual nos habla una de las películas nominadas de este año. No sé quién va a ganar, pero sí puedo decir cuáles son los candidatos que me gustaría que ganen en varias categorías porque creo que se lo merecen. No todas las categorías, pero sí las más importantes. Ah, por cierto, aún no he podido ver Phantom Thread, así que no la comentaré. La veré antes de la ceremonia, aunque después de contemplar el tráiler y diversos extractos, la idea me produce casi tanta pereza como subir el Everest en bicicleta mientras Risto Mejide me habla de su filosofía de vida.

Óscar a la mejor película

Si tuviera que resumir la temporada cinematográfica en Hollywood, diría que 2017 fue el año de las películas que produjeron chaparrones de serotonina a los críticos mientras yo me preguntaba si sus palomitas estaban untadas con éxtasis y las mías no. Quizá sea tema para otro artículo, pero hace unos años miraba la página de Rotten Tomatoes, por ejemplo, y aun sabiendo que cada persona es un mundo, el consenso mayoritario de los críticos me resultaba útil para estimar de antemano la calidad aproximada de una película. No era una herramienta infalible, pero sí orientativa un 80-90% de las veces. Esto ya no me sucede. Entro, veo altos consensos y puntuaciones medias bastante elevadas, y ya no sé a qué atenerme. O han cambiado ellos, o he cambiado yo. Y como diría Arthur C. Clarke, ambas posibilidades son igualmente aterradoras. Pero bueno, los posibles motivos por los que la crítica se está volviendo cada vez menos exigente serán dignos de un análisis aparte.

Imagen: Fox Searchlight Pictures.

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri («Tres anuncios en las afueras»). Después de que haya quedado impune la violación y asesinato de una chica, su madre contrata tres vallas publicitarias en las afueras de su pueblo para denunciar la supuesta inacción de la policía local, que no ha encontrado al culpable. Su furiosa campaña, junto a su conducta desafiante y agresiva frente a casi cualquiera que se le cruce en el camino, desatará todo tipo de tensiones y hará que el ambiente del pueblo se vuelva irrespirable.

Quizá es mi favorita de esta lista. Creo además que tiene algunas posibilidades de ganar porque el inglés Martin McDonagh no está nominado como director y sospecho que los académicos querrían premiarlo. Recordemos que McDonagh ya ganó un Óscar al mejor cortometraje en 2005 gracias al extraordinario Six Shooter. Se le ha comparado mucho con Tarantino por la violencia insensata y teñida de comedia negra que predomina en su trabajo. Sabemos que la Academia tiene poco aprecio por Tarantino, mientras que las películas del londinense, pese a esos paralelismos superficiales entre ambos, contienen algo que se presta más a este tipo de premios: lecturas profundas que dejan al espectador pensando sobre el significado de lo que acaba de ver. Sus películas son farsas, como las de Quentin, pero también son bastante más adultas. Yo más bien situaría a McDonagh en algún punto intermedio entre Tarantino y los hermanos Coen o Jeff Nichols.

Este es el tercer largometraje de McDonagh y, como es típico de él, las frustraciones y disfunciones emocionales de los personajes son frecuentemente expresadas mediante tiros, patadas y demás explosiones de furia. Esto hace que sus argumentos contengan bastantes momentos inverosímiles y Three Billboards Outside Ebbing, Missouri no es una excepción. Su realismo es engañoso; puede parecer un drama convencional a primera vista, pero no lo es. Entiendo las críticas de quienes no capten su estilo, porque no se molesta en explicar al espectador en qué registro está narrando, pero se disfruta más su cine entendiendo que es una parodia hiperbólica. La sucesión lógica y lineal de acontecimientos está siempre supeditada a la metáfora, como en sus dos anteriores trabajos. En cualquier caso, más allá de las peculiaridades de su estilo, Three Billboards Outside Ebbing, Missouri es quizá la mejor película de McDonagh hasta la fecha —que ya es, después de aquella imperfecta pero inolvidable Escondidos en Brujas— y creo que también la mejor entre las nominadas. Al menos me ha parecido la más vibrante, la que mejor representa a un artista en un momento inspirado de su carrera.

Imagen: Universal Pictures.

The Post (Los archivos del Pentágono) narra el momento en que los responsables del periódico The Washington Post se vieron ante la difícil decisión de continuar publicando unos documentos secretos que aireaban las mentiras de varios presidentes sobre la guerra de Vietnam, sabiendo que se arriesgaban a serios problemas judiciales.

Tuve sentimientos encontrados con esta película. La materia prima es buena. El cine sobre periodismo suele ser interesante. La historia real de los «Papeles del Pentágono» fue fascinante (aunque no es exactamente la que se nos cuenta aquí, ahora verán por qué insisto en ello). Tenemos un grande tras la cámara, Steven Spielberg. Tenemos grandes nombres en el reparto. Tenemos la intervención de uno de los guionistas que trabajó en aquella magnífica Spotlight, que también trataba sobre periodismo. ¿El resultado? Correcto. Que es lo mínimo que se puede esperar de uno de los grandes cineastas estadounidenses. Correcto, pero también rutinario. Y lo digo con melancolía, porque soy fan de Spielberg y de verdad esperaba con ansia esta película. Que contiene muchísimo oficio, desde luego, pero carece de la vivacidad y la tensión de Spotlight o Todos los hombres del presidente. La comparación es inevitable. En aquellas otras dos películas uno era arrastrado por la importancia social del momento y por la tensión creciente surgida, creo yo, del hecho de que se centraban en el trabajo a pie de calle de los reporteros, situando al espectador cara a cara con el desarrollo de la investigación y haciéndonos entender lo trabajoso que era abrirse camino para desvelar ciertas historias. The Post, por el contrario, deja ese aspecto de lado. Para empezar, porque quienes empezaron a publicar los papeles —y se llevaron un Pulitzer— no fueron los del Washington Post, sino los del New York Times. Esto no es un detalle tonto. Afecta al tipo de película que vemos, y por tanto a su efectividad. The Post es como una hagiografía de la dueña del periódico, Kay Graham, y trata de convencernos de que toda la historia se centraba en ella. No niego la importancia ni los méritos del personaje, desde luego, pero mientras las otras dos cintas mostraban a los reporteros como soldados en las trincheras, The Post muestra a la generala tomando decisiones en su lujoso despacho, rodeada de sus amigos millonarios. Y el problema de eso que es no da para una película tan intensa como las otras dos.

No me malinterpreten: The Post cumple con el sota, caballo y rey de una producción estándar de Hollywood. No tiene grandes defectos. Profesionalidad máxima. Lo malo es que tampoco tiene enormes virtudes, porque nunca se sale de ese estándar. No creo que vaya a entrar en el grupo de las grandes creaciones de Spielberg. Es una buena película, pero no creo que merezca ser distinguida como la mejor de la temporada.

Imagen: Warner Bros Pictures.

Dunkirk («Dunkerque») nos lleva al principio de la II Guerra Mundial, en 1940, recreando la evacuación marítima de las tropas británicas que, rodeadas por los alemanes, de milagro no fueron aniquiladas en las playas del norte de Francia. Me resulta curioso que sea la película de Christopher Nolan que más me ha entretenido en años, porque es obvio que casi no contiene argumento y es más bien una sucesión de espectaculares secuencias bélicas. Pensándolo bien, quizá me haya entretenido justamente por eso, porque no hay que enfrentarse a la robótica aunque melodramática aproximación de Nolan a las historias humanas ni, en especial, a los diálogos marca de la casa, siempre repletos de explicaciones innecesarias y una solemnidad hilarante. Eso es un alivio. ¿Qué es entonces Dunkerque? Pues un gran despliegue de virtuosismo técnico, aunque por momentos parece más un videojuego. Uno muy bien hecho, eso sí, ¡con aviones de verdad! Me gustan las secuencias con aviones volando y demás malabarismos bélicos en pantalla, pero eso no basta para justificar la nominación de una película entre las mejores del año. Si así fuera, la acojonante secuencia del bombardeo de Pearl Harbor en Tora! Tora! Tora!, en la que también veíamos aviones reales —haciendo vuelo rasante sobre edificios y barbaridades por el estilo—, bastaría para considerar aquel largometraje como una obra maestra del cine. Y no lo era. Era una película normal, o mediocre si prefieren, pero que contenía una secuencia fuera de lo normal. Aquí sucede lo mismo. Todo es visualmente espectacular, hay secuencias muy, muy bien rodadas, pero no hay una historia memorable que las hilvane. No es una película con un argumento profundo y convincente. Es un gran espectáculo visual, especialmente recomendado para quienes disfruten con parafernalia de la II Guerra Mundial. Tiene algunos buenos momentos de suspense. No mucho más. Aunque ojo, y esto quizá sorprenda a los lectores habituales, le tengo reservados unos elogios a don Cristopher. No miento, sigan leyendo.

Imagen: Sony Pictures Classics.

Call Me By Your Name narra la historia de amor clandestina entre un adolescente y un hombre adulto, amigo de sus padres. Ya saben, la película que «emocionó a los críticos en el festival Tal» y «conquistó a los críticos en el festival Cual». Bien, puedo decir tres cosas. Una, que está escrita con madurez, inteligencia y precisión. No es una película «para público homosexual», sea lo que sea que eso signifique; quiero decir que no es Los amantes pasajeros de Almodóvar. Call Me By Your Name es una historia escrita con una perspectiva universal, donde el detalle del género de los protagonistas es lo único que la distingue de una película romántica habitual, y hasta el más heterosexual de los espectadores/as la entenderá sin problemas. Dos, está rodada con un ritmo pausado, muy alejado de los artificios habituales de Hollywood y por momentos casi proustiano, lo cual es un propósito muy loable. Y tres, me pasé la primera hora y media mirando el reloj, pensando qué demonios era lo que había emocionado tanto a los críticos y qué se habían fumado ese día.

Entonces llegó el final de la película, con dos secuencias que realmente resumen el alma de la historia. Una a cargo del actor protagonista, del que ya hablaremos más abajo, y otra a cargo de Michael Stuhlbarg, que aparece en ¡tres! de los títulos nominados como mejor película, y que lleva años demostrando por qué es uno de los actores favoritos de los cineastas, que se pelean por hacerse con sus servicios. Esas dos escenas, que pese a su minimalismo fueron lo que de verdad me sacó del letargo y me dejaron boquiabierto, son, por sí mismas, impresionantes. Si hubiese un Óscar a la mejor secuencia, esta película se merecería dos estatuillas. El problema es que todo lo que conduce a esos dos momentos de clímax emocional, aunque sea de buena calidad, es quizá demasiado lento y quizá demasiado largo. No me apetece volver a verlo por segunda vez; hubiese funcionado tan bien o mejor con treinta o cuarenta minutos menos. Despliegues visuales como los de Tarkovsky o Kurosawa pueden justificar el abuso de metraje, pero aquí no tenemos nada similar. Es más, sin las dos secuencias memorables que menciono, dudo que la película hubiese causado el mismo revuelo entre la crítica. A mí, desde luego, no me hubiese dejado la menor huella. Eso sí, también me parece evidente que la película ha sido planeada pensando siempre en esas dos secuencias, así que el mérito no es casual. Como sea, está muy bien hecha y es muy recomendable para los espectadores que disfruten con historias sutiles a fuego lento. A otro tipo de espectadores les parecerá insufrible. Creo que la nominación es muy merecida, aunque no veo que como conjunto esté por encima de Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, por ejemplo. Mejor película del año, no. Una de las mejores, sí.

Imagen: Fox Searchlight Pictures.

The Shape of Water («La forma del agua») narra otra historia de amor clandestina, en este caso entre una mujer muda y un extraño hombre pez. Para entendernos, lo que Call Me By Your Name describe con un drama realista, aquí es presentado como un cuento de hadas. Seré sincero: no consigo meterme en el universo de Guillermo del Toro. Es un buen cineasta, muy imaginativo y técnicamente impecable pero, aparte de que su mundo mágico me resbala, tengo un par de problemas con esta película en concreto. Uno, que el romance, núcleo del argumento, no es creíble. Y no, no tiene nada que ver con que el tipo sea un pez. En Call Me By Your Name no tengo problema alguno para creerme el romance, por más que yo no sea homosexual ni me identifique con ello, porque está bien construido y presentado. Puedo entender a los protagonistas, al menos hasta donde me resulta factible. Aquí, sin embargo, el romance es simplemente algo que sucede de forma artificiosa, sin apenas construcción previa. Y eso, creo yo, es un gran defecto en una película cuyo tema central es el amor. Hasta John Carpenter, que tenía sus propios defectos, construyó mejor este tipo de romance exótico en Starman. Que no era una obra maestra. Es posible que The Shape of Water sea mejor película en varios aspectos, pero en Starman, al menos, había espacio para que entendiéramos por qué surge el amor entre una mujer humana y un extraterrestre.

El otro problema es que Guillermo el Toro no se ha decidido por un estilo en concreto. The Shape of Water es como un pastiche de Starman, La bella y la bestia, E.T., La criatura del lago, Amélie, y otros títulos, pero no sigue la senda de ninguno en particular. El tono general de cuento de hadas es más un barniz que un lenguaje coherente, como supongo que pasaba en otras de sus películas. En ese sentido, y muy en especial en esta película, Guillermo del Toro es como Tim Burton: con demasiada frecuencia requiere de la complicidad que el espectador le ha entregado de antemano, de sus ganas previas de sumergirse en ese mundo. Como ese no es mi caso, las virtudes del largometraje, que las tiene sin duda, me han parecido tan evidentes como secundarias. Por descontado, sé que esto es subjetivo. En el mundo de Martin McDonagh sí me meto, y me consta que hay gente que no. Ah, un tercer problema a añadir: el mensaje de The Shape of Water será muy bonito pero es simplista, mucho. Basta compararlo con el mensaje de Three Billboards Outside Ebbing, Missouri o Get Out. En el aspecto técnico, eso sí, todo impecable. Que del Toro esté nominado como director me parece razonable. Aunque The Shape of Water no me parece la mejor película de la temporada hollywoodiense ni la mejor en esta lista. Pese a todo, respeto la nominación.

Comento, como curiosidad, que el cineasta mexicano ha sido acusado de plagiar un cortometraje holandés del año 2015. Por entonces, llevaba ya años trabajando en este proyecto, así que no me atrevo a emitir un juicio al respecto. No sé si alguien copió a alguien, o si del Toro decidió «actualizar» su proyecto después de ver el corto. Desconozco si la estadística puede explicar la asombrosa coincidencia, porque soy muy malo con los números y desde luego quiero concederle a todo el mundo el beneficio de la duda. Eso sí, tras ver la película primero y el susodicho corto después, los parecidos me parecieron extraordinarios. No sé muy bien qué pensar.

Imagen: Universal Pictures.

Lo siento, pero esto sí que no lo entiendo. Lady Bird es la historia, que hemos visto mil veces, de la adolescente que está integrándose en el mundo, con exactamente los mismos temas argumentales de siempre. Cree que su madre no la entiende, no valora a su mejor amiga, desengaños con el amor, etc.

Empecemos por el principio: no es una mala película. Seguro que es mejor que muchas de la misma temática hechas en el pasado, porque las ha habido muy malas. Pero está dirigida de manera competente, no descollante. Tiene un guion convencional que contiene lo de costumbre, con un humor que, en el mejor de los casos, resulta funcional. Y un drama que, en el mejor de los casos, resulta rutinario. Las interpretaciones son buenas, eso sí, y algunas por momentos fantásticas, pero para eso están los Óscar que premian a los intérpretes. Si hablamos de la transición entre adolescencia y madurez, Call Me By Your Name lo hace de manera menos entretenida, pero mucho más inteligente y profunda.

El fenómeno en torno a esta película es digno de estudio. Saltó a los titulares porque batió un record en la página de Rotten Tomatoes, donde hubo un momento en que, con alrededor de ciento setenta opiniones de críticos recopiladas, el 100% eran opiniones positivas (además, la nota media era muy alta, de ocho y pico). Algo que no sucede prácticamente nunca, ni siquiera con los títulos más elogiados, porque siempre hay algún disidente que tenía dolor de cabeza ese día, o estaba cabreado porque se le volcaron las palomitas, o lo que sea. Que haya discrepantes es lo normal. Lo más flipante es que, cuando por fin hubo un crítico que envió una mala opinión y rebajó el porcentaje al 99%, empezó a sufrir un furibundo acoso en Twitter. En serio, todo esto se me escapa. Igual soy yo quien está equivocado, seguramente porque la película es demasiado elevada e inteligente para mí, y dentro de una década se considerará Lady Bird una obra maestra, o, como dicen en el New York Times, «perfección en la gran pantalla». Perfección en la gran pantalla, amigos y amigas. Casi me siento mal por no ser capaz de captarlo. Me lo tiene que explicar algún espíritu compasivo. ¿En qué consistirá eso que no consigo ver?

Imagen: Universal Pictures.

Get Out («Déjame salir») trata sobre un joven fotógrafo negro que va a pasar un fin de semana en la casa de los adinerados padres de su novia blanca, a los que aún no conoce. Aunque le preocupa el rechazo por el tema racial, es recibido con cariño y entusiasmo. Pero, conforme transcurre el metraje, las cosas se ponen cada vez más raras y el pobre tipo tiene la sensación de que algo huele a podrido hasta que, en efecto, la agradable visita adquiere tintes de pesadilla.

El debut como director del cómico Jordan Peele fue una de las grandes sorpresas del 2017 porque, aunque no es una película perfecta, sí ofrece cosas que son un cambio refrescante respecto a lo que se suele ver en Hollywood. Es un híbrido entre el cine de terror y la crónica social, una aguda metáfora sobre el racismo que evita todos los lugares comunes que podamos imaginar. De hecho, es lo más positivo del film: la tremenda originalidad con la que aborda un tema muchas veces tratado en el cine. Con una premisa algo tramposa pero muy efectiva, Peele consigue que nos hagamos una ligera idea de cómo se siente un negro estadounidense, incluso uno exitoso y con talento, en relación con la sociedad mayoritariamente blanca. Y lo mejor es que, pese a que al final de la película nos explican qué demonios ha estado pasando antes y se supone que ya disponemos de toda la información, nos sigue dando qué pensar. De hecho, la metáfora no termina con la explicación final: basta escuchar alguna entrevista con el director para entender que la historia contiene incluso más lecturas. Así pues, una intriga muy conseguida sobre un simbolismo novedoso, un uso muy inteligente del humor (el único personaje gracioso apenas tiene intervención en el argumento, así que no perjudica el ambiente general de angustia) y un final que al menos no es el final mucho más facilón que parecía prácticamente cantado y que Jordan Peele, con gran habilidad, esquiva. Quizá mi segunda preferencia para la estatuilla, aunque el tono de cine de terror no suele gustar a la Academia.

Imagen: Focus Features.

Darkest Hour («El instante más oscuro») relata el ascenso de Winston Churchill al poder y su papel como catalizador del ánimo británico ante la guerra contra los nazis, que en aquel momento, a ojos de los menos optimistas, parecía casi perdida. Un asunto muy interesante que es tratado de manera tristemente convencional. La ejecución de la película es irregular. No es mala, como no lo es ninguna otra de la lista. Pero tampoco es inspirada. Va de lo previsible a lo gris, de lo gris a lo ramplón, y pasando a veces por lo decididamente cursi. Los mimbres son buenos, sobre todo un reparto de alto nivel; más abajo glosaremos las hazañas de su protagonista. Está muy claro que el guionista ha visto películas como El hundimiento y series como John Adams, porque contiene elementos que parecen tomados directamente de estas, además de muchos momentos previsibles, en lo que algún crítico ha descrito de forma genial como un «grandes éxitos de Winston Churchill». Pero los diálogos son muy buenos, repletos de un finísimo humor, que daba para una película mucho más vivaz y cercana. El principal problema de Darkest Hour, creo yo, estriba en la dirección. Digamos que tiene mejores diálogos que The Post, pero The Post, aunque también es demasiado convencional, está claramente por encima de esta en cuanto a calidad global. Aquí no está Spielberg, y se nota. El Spielberg menos inspirado es mucho mejor director que el Joe Wright menos inspirado. Wright, me parece, no ha terminado de captar que este argumento requería un tratamiento distinto al de Orgullo y prejuicio, Expiación o Anna Karenina. Hay secuencias correctas dentro de su total falta de originalidad, pero bastantes otras que rayan en el telefilm, y algunos toques de «cine de tacitas» que descolocan bastante en lo que, a fin de cuentas, no deja de ser una epopeya política que hubiese agradecido más mala leche. Que era Churchill, no Torrebruno. Una lástima, porque la interpretación central sí es épica.

Mejor dirección

Imagen: Warner Bros Pictures.

Los lectores habituales no me creerán, pero opino que Nolan, con el que siempre me meto, es mi preferido para ganar la estatuilla este año. Eso sí, porque no han sido nominados tipos como Martin McDonagh o Sean Baker, director de The Florida Project. Dejen que insista en lo de Baker: muchas veces olvidamos que la dirección no solo se ocupa del aspecto visual, del ritmo y del concepto general de la película. También se ocupa de dirigir a los actores, y lo que Baker hace en The Florida Project, consiguiendo que niños de siete y ocho años actúen con una naturalidad y poder de convicción que recuerdo haber visto muy pocas veces antes en una película, si es que alguna vez lo había visto. No es el único motivo, pero sí el más destacado por el que Baker debería haber estado en esta lista. Ya saben lo que decía Hitchcock con mucha razón: «No hagas cine con niños, ni con perros, ni con Charles Laughton». Bueno, Laughton era un grandioso actor, pero parece que a Hitchcock no le entusiasmaba trabajar con él. Pues bien, me pasé todo el metraje preguntándome cómo había conseguido Baker que los niños, por lo general lo más prescindible de cualquier largometraje, fuesen aquí lo más convincente.

Pero bueno, así las cosas y teniendo la lista de nominados que tenemos, Nolan es mi primera opción como mejor director. Los males de Dunkirk básicamente consisten en lo tenue de la historia, pero son culpa del guion. Que lo escribió él, sí, pero lo que aquí se premia es la dirección, no la escritura, y Nolan ha hecho un enorme trabajo detrás de las cámaras. Solo le ha flaqueado la batuta con los actores; basta ver al usualmente infalible Mark Rylance, que parece bajo los efectos del Rohipnol. Pero como cerebro cinematográfico de todas las secuencias de acción y suspense, Nolan ha estado a un nivel formidable. Eso sí, por el amor de Dios, que se contenga de una vez con la música. Que le den el Óscar si promete hacer una película sin banda sonora. Creo que Nolan ha nacido cien años tarde; como director de cine mudo, sin música y sin diálogos, hasta yo sería su fan.

El otro nombre que me parece merecedor por encima del resto es Jordan Peele. Ha hecho una película más redonda que Dunkirk. Nolan ha sabido sacarles todo el provecho a los enormes medios que tenía entre manos, lo cual tampoco era nada fácil, pero Peele ha manejado bien todos los aspectos, incluyendo la dirección de actores. Aun así, tendrá tiempo de ganar su Óscar si continúa por la misma senda. En cuanto a Guillermo del Toro, como de costumbre, dirige lo bastante bien como para que la nominación me parezca correcta con independencia de que su película no me haya gustado. Más problemático veo lo de Greta Gerwig; sé que hay pocas mujeres directoras y que la tentación de premiar a una mujer es fuerte, pero en Lady Bird no hay nada que igual o supere a los mencionados. De momento, Gerwig no es la nueva Kathryn Bigelow. Ojalá llegue a serlo, Dios sabe que Hollywood necesita más mujeres detrás de la cámara, pero no por eso deberían concederle un Óscar a una cineasta que ha debutado con una dirección buena, pero no descollante. Es posible que con sus próximas películas llegue a merecerlo más.

Mejor actriz

Imagen: Fox Searchlight Pictures.

Este apartado sí que está peleado. El nivel es altísimo. Curiosamente, la única que para mí está de más es Meryl Streep, a la que ya nominan sencillamente por ser Meryl Streep. La Academia tiene una especie de fijación hipnótica con Meryl Streep. Es buena, ya lo sabemos, pero su trabajo en The Post no puede, ni debería, eclipsar lo que sus otras cuatro colegas nominadas han hecho en sus respectivas películas. Cualquiera de ellas lo merece más.

Tengo dos favoritas. La primera, por descontado, es Frances McDormand, absolutamente arrolladora como la versión femenina de Harry el Sucio en Tres Anuncios a las afueras. Esta mujer es un prodigio. Siempre que decide que va a ponerse ante las cámaras para hacer cosas que se salen de lo normal, es imposible no rendirse a su trabajo. En 1997, cuando ganó el Óscar por su alucinante, inmaculado, inolvidable trabajo en Fargo, hubiese sido casi una blasfemia que no le hubieran concedido la estatuilla. Este año sucede algo parecido, aunque admito que la competencia es tan fuerte que podría entender —aunque no compartir— que no llegue a ganar. Siempre, eso sí, que no se lo den a Meryl Streep por ser Meryl Streep. No soy muy bueno en las quinielas, insisto, pero me sorprendería muchísimo que no McDormand no gane. Es una fuerza de la naturaleza.

Mi segunda favorita, sin ninguna duda, es Margot Robbie. Despuntó con El lobo de Wall Street, donde tardó bien poco en demostrar que no estaba ahí por su físico; de hecho, no le costó sobrepasar a DiCaprio en una película concebida para lucimiento de este. Cuando una actriz es tan guapa y alcanza la fama con un papel de bomba sexual, es fácil que Hollywood la encasille. Ahora sucede menos, pero recuerden el via crucis de películas malas (o películas mejores, pero menospreciadas) que tuvo que atravesar Jennifer Connelly antes de ganar un Óscar y que la industria se la tomase por fin en serio. Margot Robbie tuvo claro que iba a ser más fuerte que Hollywood. En Suicide Squad se las arregló para ser lo único que se salvaba del desastre generalizado. Y este año, su interpretación de la patinadora Tonya Harding en I, Tonya es algo que hay que ver para creer. Se sube la película a los hombros de tal manera que, al llegar los créditos finales, la pantalla parece iluminarse con la palabra «nominación». Quienes decían que Margot era demasiado guapa para interpretar a Harding no podían estar más equivocados. Sí, la diferencia física entre ambas es evidente, pero esta actriz tampoco aparenta quince años y eso no le impide interpretar de manera creíble, salvo en el aspecto, a una adolescente de pueblo. Todo, absolutamente todo, lo hace bien en una película donde es muy buena en los momentos de drama y muy buena en los momentos de comedia. Un recital. Cualquier que lo haya visto sabe que Margot Robbie tiene un talento enorme y va a ser una grande.

También está fantástica Sally Hawkins en The Shape of Water. Ella fue prácticamente lo único que me creí de la película junto a Octavia Spencer y Richard Jenkins, nominados ambos como secundarios. Ah, y cómo no Michael Shannon, por más que Guillermo del Toro le diera un papel que consistía en hacer una vez más de general Zod. Volviendo a Hawkins, su personaje es mudo, lo que siempre ayuda de cara a los Óscar, pero eso no debe ocultar el hecho de que expresa en todo momento la información emocional que el espectador necesita saber, siempre con exquisita sensibilidad y un tremebundo sentido de la medida. En mitad de un largometraje de registro cinematográfico cambiante, Sally Hawkins sostiene todo el entramado con su magnífica expresividad. Grandísima actriz. En cuanto a la jovencísima Saoirse Ronan, recibe su tercera nominación a los veintitrés años, batiendo por unos meses el récord de Jennifer Lawrence. Bien, ese récord debería haber pertenecido a Isabelle Adjani: nominada dos veces, una a los diecinueve años y, en ambos casos, ¡por películas en francés!, aunque no por otras en las que lo merecía tanto o más (¡no la nominaron por La posesión! Infamia eterna). Pero bueno, aunque Lady Bird no me haya parecido nada para tirar cohetes, no puedo menos que confirmar que Saoirse lo hace de maravilla y con frecuencia se eleva muy mucho por encima de la propia película. Su personaje, nada interesante sobre el papel, cobra vida única y exclusivamente porque ella lo encarna. Tiene una gran intuición para situarse en cada secuencia y responder a lo que el momento requiere, es algo que se nota mucho. En detrimento de sus posibilidades de estatuilla, su papel de chica común da para mucho menos que los papeles de McDormand, Robbie o Hawkins.

Mejor actor

Imagen: Focus Features.

No soy un gran fan de Gary Oldman. Aun así, estuve todo el metraje de Darkest Hour con la boca abierta, contemplando la magnificencia de su apoteósica encarnación de Winston Churchill. No se trata de que lo imite bien, es que, bajo la imitación y el maquillaje, Oldman le confiere al personaje una vida y verosimilitud que excede, con mucho, el tono grisáceo de la propia película. Creo que es la mejor interpretación de toda su carrera, o la mejor que yo recuerdo. Como poco, puedo decir que jamás me había impresionado tanto en un papel. Me quito el sombrero. Lo que hace es tan, tan bueno, que cuando otro actor encarne a Churchill en el futuro, la gente lo va a comparar siempre con Oldman. Nunca pensé que diría algo así de este actor, pero él y su trabajo aquí son el único motivo por el que volvería a ver esta película.

Hay, no obstante, otro candidato muy firme: el joven Thimotée Chalamet, protagonista de Call Me By Your Name. Viendo esa película, cuesta creer que Chalamet sea el mismo que tiene una insulsa aparición en Lady Bird. Su interpretación de un adolescente que experimenta un dubitativo despertar al sexo y al amor es extraordinaria. Si alguien no está convencido de esto durante el metraje, solo tiene que esperar a cierta escena que consiste en un larguísimo primer plano de su rostro. No sé cuánto dura ese plano, pero ahora mismo no recuerdo otro parecido en el que un actor se vea obligado a mantener una expresividad semejante durante tanto tiempo, sin pausas, sin cortes, sin desfallecer y sin dejar caer el silencioso clímax emocional en ningún instante. Creo que no exagero cuando digo que ese plano, por sí solo, bastaría para considerar a Chalamet una de las grandes promesas de Hollywood. Durante el resto del film hace un trabajo tremendamente creíble y se merienda (no solo en sentido literal) a su compañero de reparto, que es bastante más anodino. Chalamet tiene veintidós años, así que debería dar muchísimo de sí en el futuro, si Holywood no lo arruina como a Ryan Gosling (¿Qué fue del Gosling de El creyente? ¿Fue sustituido por un replicante?).

En la lista también tenemos a dos buques insignia que son, además, dos ojitos derechos de la Academia. Denzel Washington va por su octava nominación. Normal; es raro que el tipo flojee en una película. No siempre está al mismo nivel, claro, pero tampoco recuerdo verlo alguna vez en pantalla y pensar que estaba actuando con desgana o demasiado fuera de forma. En esta ocasión, se presenta en una película algo fallida, Roman J. Israel, Esq., donde interpreta a un abogado idealista. Y él es la película. Él hace que su personaje resulte mucho más complejo de lo que podría haber sido, con multitud de pequeños gestos inusuales en su manera de interpretar pero que funcionan de maravilla. El que nos sorprenda a estas alturas con esos nuevos matices es muy meritorio, ya que es un actor al que hemos visto mil veces durante muchos años. Gracias él, la película tiene cierto interés del que carecería con otro actor al frente. Este tipo es un grande, no vamos a descubrirlo ahora. Y bueno, la película de Daniel Day Lewis no la he visto, pero ha dicho que se va a retirar definitivamente y eso, cómo no, huele a posible premio cuasi honorífico. Sobre todo porque, conociendo al tipo, ¡es capaz de retirarse de verdad! Ya saben, se irá a plantar geranios en Eslovaquia, a fabricar embutidos a Teruel, o a hacer alguna de esas cosas raras que hace cuando se agobia.

Daniel Kaluuya también hace un gran trabajo en Get Out. Su rostro es el principal vehículo para que el espectador capte el horror y la confusión que abruman su personaje. Lleva años apareciendo en películas y series, pero este debería ser su pasaporte definitivo hacia el estrellato, y no creo que la factoría de los sueños esté para dejar pasar el talento. Su nominación es más que merecida pero, por desgracia para él, creo que lo tiene complicado con Oldman, Washington, Chalamet y Daniel Day Lewis en la misma lista.

Mejor actriz secundaria

Imagen: Neon Films.

Mis dos favoritas de este año interpretan ambas, curiosamente, a madres problemáticas. Allison Janney, cuya colección de premios y nominaciones no cabría en una nave industrial —aunque es la primera vez que está nominada para un Óscar—, encarna a la gélidamente terrorífica madre de Tonya Harding en I, Tonya. Y bueno, qué decir, lo suyo es acojonante, en todas las acepciones de la palabra. Apenas cambia el gesto en toda la película, si es que lo cambia en absoluto, pero hace ese algo que solo un puñado de intérpretes son capaces de hacer. I, Tonya es una película en la que podrán ver juntas dos de las mejores interpretaciones del último año, si no del último lustro. Los duelos de Janney con Margot Robbie son de esas cosas que se pueden contemplar una y otra vez por puro placer. La manera en que Janney, con lo mínimo, desprende sadismo y amargura por cada poro en cada segundo que la contemplamos en pantalla… bueno, si han visto la película, ya saben a lo que me refiero. Me gustaría que se lleve la estatuilla por esto. No puedo pensar en otra mujer de esta categoría que lo iguale.

Se acerca, eso sí, Laurie Metcalf. La conocerán por su papel de Mary Cooper, la madre cristiana, facha y paleta de Sheldon Cooper en The Big Bang Theory, que es una auténtica delicia de personaje, con su voz cazallera y su endiablado acento tejano. En Lady Bird, Metcalf hace un papel mucho más serio, el de madre atribulada e infeliz con un pasado traumático y dificultades para expresar sus emociones. Resulta increíble lo diferente que puede parecer en un papel y otro, por momentos es difícil creer que sea la misma persona: el acento, la voz, la forma de hablar, de gesticular, de mirar. Impresionante. Creo que la susodicha Allison Janney merece más el Óscar este año, pero no protestaré si Laurie Metcalf lo consigue.

Mención especial para Octavia Spencer, que también brilla en The Shape of Water, aunque en detrimento de su trabajo, y no por culpa suya, va la escasa construcción de su personaje y el hecho de que sea más secundario que el de las dos anteriores. Hace lo mejor con el material que le dan y eso me basta para pensar que su nominación está más que justificada. Eso sí, si dependiera de mí, no debería llevarse el trofeo por delante de ellas.

Mejor actor secundario

Imagen: A24.

Varios favoritos aquí. Sam Rockwell es uno, por el difícil personaje de policía pueblerino, alcohólico y jodido de la cabeza en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri. En manos de un actor menos talentoso, ese personaje podía haberse quedado en una caricatura, pero Rockwell nos va revelando las distintas facetas del complejo individuo y consigue hacerlas creíbles conforme van apareciendo. Por esta misma película ha sido nominado Woody Harrelson. Nunca entenderé lo de Harrelson. Hace bien algunas cosas, pero son siempre las mismas cosas en prácticamente todas sus películas. Y hay otras cosas que nunca consigue hacer, aunque admito que lo sabe disimular, fingiendo que juega al minimalismo. El mismo minimalismo del que se olvida cuando toca hacer algo que sí sabe hacer, no sé si me siguen. Woody Harrelson tiene más talento para parecer buen actor que para serlo de verdad. Pero bueno, eso un talento, al fin y al cabo. Miren a dónde ha llegado, y eso que era el tonto de Cheers. Nadie en su sano juicio hubiese dado un duro por entonces.

Mención especial para Christopher Plummer, nominado por tercera vez desde el 2010 (antes era siempre ignorado y nunca entendí por qué). Nominación merecida, por supuesto, ya que él es lo mejor de All The Money In The World, y además en un papel que interpretó de urgencia porque Ridley Scott decidió prescindir de lo rodado por Kevin Spacey. Ni que decir tiene que, además de apropiarse del papel como si lo hubiesen planeado para él, es hasta gracioso contemplar cómo Plummer, sin el menor esfuerzo, reduce a cenizas al inútil de Mark Wahlberg. Un grande.

Y no podemos olvidar a Willem Dafoe, nominado por la interpretación más sutil y contenida que se le recuerda. Hace de casero gruñón pero de buen corazón en The Florida Project. Sí, así dicho, suena al típico personaje cascarrabias pero en el fondo acaramelado cual abuelito de Heidi. Y no, no es así. Dafoe no concede un puñetero milímetro al sentimentalismo. Es él quien canaliza los pensamientos y sentimientos del espectador adulto durante esta maravillosa, si bien algo anárquica, crónica de la infancia que es The Florida Project. Al principio me costó pillar todos los matices de su interpretación pero, poco a poco, fui entendiendo la grandeza de lo que hace aquí. Es increíblemente minimalista en muchos momentos, algo a lo que no nos tiene acostumbrados. Y desprende ternura en otros, algo a lo que, definitivamente, tampoco nos tenía acostumbrados.

Mejor guion original

Mi favorito es el de Three Billboards Outside Ebbing, Missouri. Martin McDonagh ya fue nominado en este apartado en 2009 gracias al absolutamente maravilloso guion de In Bruges («Escondidos en Brujas»), uno de los más brillantes despliegues de diálogos de la última década. Aquel año debió haber ganado la estatuilla, pero la Academia decidió tirar por el lado del activismo político, o relevancia social si lo prefieren, premiando el guion de Milk, que era manifiestamente inferior. Ese error no debería repetirse. McDonagh podrá gustar más o menos como director, y su particular estilo podrá llegar más o menos a según quién, pero es innegable que hablamos de uno de los guionistas más brillantes del momento. No es casualidad que antes fuese un escritor teatral respetadísimo, algunas de cuyas escenas se usan todavía en escuelas de interpretación. Y desde su llegada al cine, está en estado de gracia. Como dialoguista, sobre todo, es como si Quentin Tarantino tuviese 30 puntos más de CI. En muchas ocasiones su humor es tan directo y simple como el de Tarantino, pero otras veces lo camufla bajo una aparente seriedad y algunos de sus puntos son tan, tan sutiles, que yo al menos no los capté hasta verlos por segunda vez. Su pseudorealismo, además, tiene varias capas, como las cebollas. Todas sus virtudes como guionista se conjugan en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri. Por su parte, el guion de Get Out merece una mención por su originalidad y por lo bien que se convierte el concepto central en una metáfora, pero francamente creo que, en este apartado, Three Billboards es EL guion.

Mejor guion adaptado

Mi favorito es el de James Ivory por Call Me By Your Name. Es curioso, porque él mismo dirigió una buena película titulada Maurice que narraba una relación homosexual —con escenas de sexo incluidas— allá por 1987, muchísimo antes de Brokeback Mountain y demás, cuando un director de verdad se jugaba la carrera por algo así. En Call Me By Your Name ejerce solo como guionista, adaptando una novela que no he leído. La estructura de este guion es sencillamente perfecta, más que la ejecución final del director. Los diálogos son precisos, se dice lo justo en el momento indicado, con naturalidad. Las secuencias se suceden con fluidez, elaborando la historia con una congruencia emocional impoluta. Creo que este es el típico caso de película donde se nota que el guion estaba aún mejor que el resultado final, que es bueno, pero podría haber sido incluso mejor. Ivory estaba inspirado cuando adaptó esto.

Mejor fotografía

La cosa, para mí, debería estar entre Roger Deakins por Blade Runner 2049 y Rachel Morrison por Mudbound. Aunque claro, el aparato visual de Blade Runner 2049 es difícil de igualar. Demasiado espectacular como para desdeñarlo diciendo «nah, es demasiado espectacular». Por más que me asombre la fijación de Denis Villeneuve con el color amarillo, que en mi experiencia es el color preferido de la gente a la que le falta un tornillo, Deakins consigue que incluso las secuencias más amarillas sean pictóricamente fascinantes. Bueno, está la secuencia de la estancia con piscina amarilla que, en fin, no quiero decirles a qué me recordó (un garaje que la gente usaba como local de ensayo, en el que no había retretes, y donde digamos que apareció de la nada un misterioso lago). Disculpen la repugnante referencia, sobre todo si leen esto mientras están cenando o algo así. Lo siento mucho, no volverá a ocurrir. Pero sirva para señalar que incluso ahí, en esa secuencia de áurea e hilarante liquidez, Deakins se las arregla para que la imagen resulte majestuosa. Un tipo que consigue que el amarillo quede bien es un tipo con indudable talento. Creo además que Deakins ganará, aunque solo sea porque Blade Runner 2049 se ha quedado fuera de la batalla por varios trofeos importantes.

Mejor montaje

Sería difícil no preferir el montaje de Tatiana Riegel de I, Tonya, teniendo como tiene ese montaje un papel tan preponderante y visible en el propio estilo de la película. El trabajo de esta mujer ayuda muchísimo a que la película sea endiabladamente entretenida, y juega magníficamente con el ritmo, no dejando que el espectador tenga un segundo de menos, ni tampoco uno de más, para asimilar lo que está viendo.

Mejor banda sonora

Las que mejor han funcionado de las nominadas, para mi gusto, son la de Carter Burwell en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri y la de Alexandre Desplat en Shape of Water. Creo que ganará esta última y no tendría problemas si así fuere.

Y lo siento por sus millones de fans, pero Hans Zimmer me pone de los nervios. Quizá no es exclusivamente culpa suya. Es decir, sé que no es culpa suya que Nolan quiera dejarnos sordos a todos (¡Se lo estoy diciendo a ustedes! ¡Nolan es mala persona!). No es culpa de Zimmer que en Dunkirk se empiece a escuchar el fascinante, amenazador zumbido del motor de un avión nazi, sonido que empieza a construir un magnífico suspense… hasta que, casi de inmediato, el hipnótico momento sonoro es arruinado por completo cuando Nolan decide que es buena idea meter ahí la dichosa musiquita de tensión (arterial) y mezclarla, de manera disruptiva e innecesaria, con ese rumor del avión que estaba funcionando de maravilla.

Mejor canción

No me gusta ninguna. Que le regalen el Óscar a quien les dé la gana.

«Stand Up For Something», que suena en Marshall, podría haber sido aceptable si no pareciese que los instrumentos proviniesen de una fábrica textil y hubiesen sido grabados en un túnel del metro. Para escuchar máquinas hidráulicas en funcionamiento ya tengo a los maravillosos The Young Gods, gracias. La gente decía que por qué estaba siempre nominado Randy Newman. Pues joder, porque hasta su canción para una peli de dibujos animados era mil veces mejor que las nominadas de este año. Es lo que tienen los grandes.

Mejores efectos especiales

The Last Jedi. Y mira que hay otras películas nominadas que también contienen grandes efectos, pero incluso así, la diferencia de The Last Jedi con respecto a la competencia es más que sensible, esto es un hecho. Me llevaré una sorpresa si no gana, y pensaré que Hollywood odia a Disney. Pensaba que cuando en The Florida Project muestra la mísera vida de unos niños marginales que viven a unos centenares de metros de Dinsleyland, esto era una simple casualidad. Es decir, ¿quién podría odiar a Disney? Pero no me crean a mí. Contemplen la siguiente escena y díganme si los efectos de The Last Jedi no están realmente a años luz de todo lo demás:

No, en serio, The Last Jedi debería ganar. Y Nolan también. Lo digo de verdad.


Wikiterrorismo

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The Colbert Report. Imagen: Comedy Central.

En 1970 los Monty Python escribieron un sketch titulado «Dirty hungarian phrasebook» para el duodécimo episodio de la segunda temporada de Flying. En el gag un turista húngaro intentaba comprar en un estanco ayudándose de un diccionario húngaro-inglés de frases útiles, pero como el contenido del libro era incorrecto, solo conseguía construir sentencias disparatadas y alusiones sexuales incómodas hasta provocar que el incidente acabara saldándose con una agresión y una detención. La broma continuaba con el editor del diccionario siendo juzgado por permitir que se publicase una obra tan potencialmente peligrosa, y declarándose en principio «no culpable» y poco después «incompetente». En el sketch el contenido del diccionario provocaba que un turista invitase a un desconocido a acariciarle las nalgas, cuando en realidad estaba intentando preguntar por una dirección, y que otro le espetase a un policía londinense un «Mis pezones explotan con deleite» durante su detención. La idea de que un libro de consulta tan necesario como un diccionario pudiese llegar a contener información no solo completamente errónea, sino además burlona y gamberra, resultaba una ocurrencia descacharrante y maquiavélica porque a ese tipo de producto impreso se le suele adjudicar una precisión absoluta. 

Más de cuarenta años después las cosas han cambiado mucho en lo que respecta a la manera que tiene la sociedad de masticar la información. Hoy las consultas no arrancan en un índice y sí en un casillero coronado por la palabra «Google», y los textos enciclopédicos no se limitan al tamaño físico de las hojas de celulosa y se enlazan entre ellos a base de links estratégicos. Un nuevo modo de consumir información que resulta más dinámico y tiene la ventaja de vivir en constante actualización, pero cuya velocidad de creación y destrucción de contenido implica la posibilidad de que la desinformación asome la cabeza con más facilidad por culpa de noticias erróneas, hackeos o de aquel cafre que editó la Wikipedia para descubrirle al mundo que Gary Oldman en realidad es una jirafa si uno lo mira muy de cerca.

Wikiality

Antes cada persona tenía derecho a tener su propia opinión, no sus propios hechos. Pero ese ya no es el caso, los hechos ya no importan. La percepción ahora lo es todo, es la certeza. (Stephen Colbert, entrevista con The Onion A.V. Club).

Hace diez años Stephen Colbert elogiaba desde su programa (The Colbert Report) al portal Wikipedia por haber concebido y empollado con éxito lo que él denominaba «wikiality»: un nuevo tipo de realidad que se generaba cuando un hecho inventado era apoyado por las suficientes personas como para acabar convirtiéndose en una verdad innegable. Para demostrar la existencia de esa wikiality Colbert se conectó durante el show a Wikipedia y revisó el artículo dedicado a The Colbert Report con la excusa de despejar la duda de si su programa se refería normalmente al estado de Oregón como «el México de Washington» o como «la Canadá de California». Tras descubrir que en realidad el presentador utilizaba indistintamente ambas denominaciones Colbert se dedicó a editar la página para eliminar ambos datos y sustituirlos por uno nuevo que aseguraba que en su programa siempre se aludía a Oregón como «el Portugal de Idaho».

La gamberrada tuvo bastante gracia y el cómico la llevó más allá: bromeó asegurando que no creía que George Washington hubiese tenido esclavos y convirtió dicha afirmación en un hecho dentro del universo wikipédico al editar, en unos segundos, la entrada sobre el primer presidente de los Estados Unidos para añadir al final un «In conclusion, George Washington did not own slaves». Justo después animó a los espectadores a conectarse a la famosa enciclopedia online y convertir en realidad un dato falso que se acababa de sacar de la chistera: que la población de elefantes se había triplicado de manera repentina. Ocurrió lo esperado, y durante unos minutos George Washington fue slavefriendly y los paquidermos vieron cómo se disparaba su vida sexual de golpe. Desde Wikipedia bloquearon el usuario del presentador, pero tuvieron que enfrentarse a una legión de editores obsesionados por multiplicar el número de elefantes del planeta y finalmente acabaron poniendo un candado total a una veintena de páginas habitadas por animales con trompa.

Imagen: Wikipedia.
Imagen: Wikipedia.

Todo aquello de la wikiality enlazaba sin mucho problema con otra palabra que el mismo Colbert había acuñado un año antes: «truthiness», o la capacidad de establecer conceptos o hechos que uno cree o desea que sean verdad en lugar de conceptos o hechos conocidos por ser verdad. Es decir, exponer algo como una verdad porque al orador le sale de las gónadas, sin analizar en ningún momento las evidencias, la lógica o los hechos reales. El comediante consideraba que ambos términos ficticios, wikiality y truthiness, caminaban de la mano y que la propia Wikipedia era muy susceptible de sufrirlos al permitir que cualquiera modificase los contenidos a su antojo. Colbert rebozaba su discurso con su sátira habitual, pero estaba claro que generaba bastantes dudas sobre la fiabilidad de la información libre y su efectividad para enfrentarse a troleadas como las suyas.

Un año después el presentador invitó a su programa a Jimmy Wales, fundador de Wikipedia, para una divertida entrevista donde, tras recordarle que había sido bloqueado de su enciclopedia online acusado de vandalismo, le preguntó si en un medio que perseguía democratizar la información el mismo concepto de vandalismo no podría ser interpretado como un acto de libertad de expresión. Obviamente Wales opinaba que no, y lo cierto es que se le veía bastante sincero a la hora de explicar que el objetivo de su empresa era construir un tipo de acceso a la información fiable y gratuita para todo el mundo. La breve entrevista estaba plagada de más coñas que cuestionaban la potestad de los editores para modificar el contenido y finalizaba con los interlocutores preguntándose si en aquel preciso momento los televidentes más ociosos se estaban dedicando a liarla en los artículos de Wikipedia que ellos mismos habían mencionado durante la cháchara. 

En 2015, Jamie Bartlett, un redactor del periódico británico Telegraph, explicaba que durante un tiempo la entrada de Wikipedia dedicada al estilo de natación mariposa contaba lo siguiente sobre los orígenes del mismo: «Henry Myers pudo haber nadado en este estilo por primera vez en 1933 en el Brooklyn YMCA, aunque también pudo haber sido inventado treinta años antes por Jack Stephens, quien afirmó haber diseñado el movimiento en una piscina pública de Belfast». Lo gracioso es que Bartlett reveló que aquel Jack Stephens mencionado como posible creador del estilo de natación en realidad nunca había existido y solo se trataba de una broma que llevó a cabo un amigo suyo, una mentira que pasó desapercibida para el resto del mundo durante más de dos años a lo largo de los cuales no solo estuvo expuesta como cierta en la enciclopedia digital, sino que incluso llegó a ser mencionada en algún periódico, que obviamente había tirado del Google como método de investigación.

El caso Colbert y el experimento del colega de Bartlett construían unas anécdotas graciosas que servían para discutir la neutralidad de la red en proyectos con un carácter colaborativo tan abierto como la propia Wikipedia. Se trataba de una cuestión interesante que adquiría más importancia cuando se convirtieron en noticia los supuestos chanchullos de Microsoft a la hora de untar a un redactor de Wikipedia a cambio de que favoreciese sus productos, un incidente que también se trataría en The Colbert Report. Pero lo cierto de todo es que, aunque parecía sencillo colársela a los porteros que velan por la integridad de Wikipedia, la enciclopedia siempre ha dado la impresión de tener una comunidad que se toma el asunto de controlar el vandalismo muy en serio. Por eso mismo, las putadillas de los graciosos o los datos con información no verificada tampoco suelen durar mucho antes de que algún wikipedista los volatilice. Al menos en la versión anglosajona, porque en la edición en español aún hay bastante por barrer.

Que el ritmo no pare

Las biografías de celebridades de la cultura pop siempre han sido uno de los objetivos más sabrosos en el arte de editar con sorna. En un momento dado las páginas de la Wikipedia definieron a Charlie Sheen como «mitad humano, mitad cocaína», a Jeremy Renner como «Actor, productor cinematográfico, músico y velociraptor», a Willie Nelson como «el Snoop Dogg de la música country», y Ernesto «Che» Guevara era un magnate de las camisetas. También se afirmaba que Emma Stone había caído del cielo, que The Black Eyed Peas habían ofrecido una actuación en la Super Bowl del 2011 más lamentable que «una obra de instituto», que si la música house hubiese existido en 1930 probablemente la Segunda Guerra Mundial nunca hubiese tenido lugar, que Eminem le ponía voz a Bob Esponja, que el Capitán Planeta listaba mullet entre sus superpoderes, que los Jonas Brothers tenían unas notables verrugas genitales, y que las ocupaciones de Beyoncé eran «Cantante, letrista, modelo, actriz, pateadora, luchadora callejera y problema número 100 de Jay-Z».

En el año 2011 Esperanza Spalding se llevó a casa el Grammy a la mejor artista revelación, un premio al que también estaba nominada gente como Florence and the Machine, Drake o Justin Bieber. Las y los fans de este último se tomaron el asunto bastante mal y se colaron en la wiki para dejar en el perfil de la prodigio del jazz cosas tan de believers como un «JUSTIN BIEBER SE LO MERECÍA, MUÉRETE EN UN AGUJERO, ADEMÁS ¿TÚ QUIÉN COÑO ERES?». En la serie Rockefeller Plaza, un episodio tenía a Jenna buscando información en internet sobre Janis Joplin para interpretarla con fidelidad en un biopic. Y en dicho episodio, otro de los personajes modificaba el perfil de Joplin en Wikipedia añadiendo sandeces del tipo «tenía miedo a los retretes» o «iba corriendo a todas partes» para putear a Jane y su método de interpretación. En el mundo real algún fan del show muy sutil se coló en la página de Janis Joplin y añadió que la mujer iba acelerada por la vida y tenía pánico a los retretes. La entrada para Batman llegó a lucir el siguiente texto: «DUN NUH NUH NUH NUH NUH ¡BATMAN! DUN NUH NUH NUH NUH NUH ¡BATMAN! DUN NUH NUH NUH NUH NUH ¡BATMAN! DUN NUH NUH NUH NUH NUH ¡BATMAN!». En España, en los dominios de Twitter, un usuario le tomó el pelo a Josef Ajram haciéndole creer que iba a ser parte de una campaña de Nocilla. El asunto dio para unas risas y se convirtió en un incidente conocido en las redes sociales como «Nocillagate», pero lo más simpático es que la broma acabaría salpicando a la mismísima Wikipedia cuando alguien tuvo el detalle de añadir la palabra Nocilla al título de todos los libros publicados por Ajram.

Imagen: Wikipedia vandalizada.
Imagen: Wikipedia vandalizada.

Los políticos eran otras de las dianas favoritas de los vándalos de Wikipedia por razones obvias: el perfil de Tony Blair sufriría numerosas modificaciones durante 2006 como consecuencia de su apoyo a la guerra de Irak y cosas como «de adolescente adornaba las paredes de su habitación con pósteres de Adolf Hitler» asomaron de tanto en tanto por su biografía. La foto del político británico Jeremy Corbyn del Partido Laborista fue sustituida por una de Jesús con un corderito en brazos. En 2011 alguien decidió que no era mala idea ilustrar la entrada «Libelo de sangre» colocando la foto de Sarah Palin bajo la palabra «antisemitismo». En 2007 los responsables de la enciclopedia libre se encontraron con que alguien había escrito en el perfil de Fidel Castro que era un «transexual reconocido» y tras rastrear la IP descubrieron que el texto se había modificado desde los ordenadores de las fuerzas militares estadounidenses instaladas en Guantánamo. En 2015 alguien borró toda la información en la página de Donald Trump para sustituirla por la frase «Seamos sinceros, a nadie le importa». Grant Shapps, político británico miembro del Partido Conservador, la cagó por tonto a la hora de pulsar el botón editar: se dedicó a tunear los textos que se referían a él abrillantándolos y eliminando todo aquello que le dejaba en mal lugar y cuando le pillaron declaró que solo trataba de aportar veracidad a los datos.

Pero lo cierto es que no es el único miembro del mecanismo político que se dedicaba a magrear wikidatos: desde la red del Gobierno británico alguien escribió en Wikipedia que una conocida presentadora deportiva (Des Lynam) había fallecido aplastada por una bola de nieve gigante, que el dj Chris Evans era un «ñordo pelirrojo» y su primera mujer una «vaca estúpida», y que Liam Gallagher era en realidad un «cyborg transgénero». También se utilizaron redes gubernamentales para eliminar escándalos de las biografías de varios políticos y una persona acabó siendo despedida por utilizar dicha red para hacer mofa de la entrada que cubría la Tragedia de Hillsborough donde murieron noventa y seis aficionados del Liverpool.

A Ted Kennedy lo mataron con antelación: en enero del 2009 sufrió un ataque durante la investidura presidencial de Barack Obama e, inmediatamente después de haber sido conocida la noticia, un usuario (de nick sospechosísimo: se llamaba «Gfdjklsdgiojksdkf») editaba la biografía del hombre para listarlo como cadáver. El dato erróneo tan solo duró unos minutos online porque algún wikipedista atento subsanó el error rápidamente, aunque lo cierto es que el político tampoco duraría mucho más y acabaría falleciendo unos cuantos meses más tarde a causa de un tumor. De rebote aquella situación también afectó al perfil en internet del senador Robert Byrd, quien abandonó el evento cuando a su amigo Kennedy le dio el ataque y, como consecuencia, también fue declarado muerto por algún otro editor de la enciclopedia bastante cabrito o desinformado.

El trece de octubre de 2016 alguien se paseó por la página dedicada a Hillary Clinton y plantó en el lugar una foto inapropiada, animó a los lectores a votar a Donald Trump y a enviar fotos de culos de chicas, y firmó como la asociación de negratas gais de América. Encantador todo.

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Imagen: Wikipedia vandalizada.

También en Wikipedia se pudo leer en algún momento que el libro infantil Spot the Dog había sido escrito por Ernest Hemingway bajo seudónimo y que Muerte en la tarde (que realmente sí era una criatura de Hemingway) trataba sobre «las ceremonias y tradiciones de las putas españolas» en lugar de sobre el mundo de los toros. A Platón en cierto momento se le describió como un «antiguo hawaiano, hombre del tiempo y surfista» y la página de Leonardo da Vinci sufrió uno de los ataques más inusuales y extraños: alguien la editó y escribió en ella un «LAS PELOTAS GRANDES SON SABROSAS» en gloriosas mayúsculas.

En 2014 los geniales Venga Monjas estrenaron en internet Briel: genio y bocina (Behind M83), una pieza de investigación que descubría que el auténtico talento tras el hit «Midnight City» de la banda M83, aquel tema que tiene casi cien millones de visualizaciones solo en YouTube, era un integrante del grupo llamado Briel que ejecutaba el bocinazo característico de la canción a base de hacer pitar unos globos de fiesta. Alguien tomó nota del asunto y en la Wikipedia en español aquel Briel se coló entre los miembros oficiales de la banda.

Wikimedidas

En Wikipedia se producen una media de quinientas mil modificaciones diarias, la web incluso tiene un listado propio de aquellas páginas que han sufrido la mayor cantidad de vejaciones. Entre ellas hay unas cuantas que destacan por atraer constantemente a una gran cantidad de gamberros, se trata de las relativas a Justin Bieber, Irak, Donald Trump, Jay Leno, Kazajistán, Real Madrid CF, Coldplay, Hanson, Nirvana, Naruto, The Colbert Report (esto no debería pillar a nadie de sorpresa), John Kerry, Ariel Sharon, la mierda, el escroto, el hígado, los pezones, el Ford Mustang, Borat, Jersey Shore, todos los géneros musicales conocidos, Macintosh, el papa Juan Pablo II o la palabra «castores», que en las Américas tiene una segunda acepción sexual similar a la que aquí tiene la palabra «conejo», algo que por lo visto provoca que sea objeto de ediciones por gente que se considera muy ocurrente.

Wikipedia también alberga una página titulada «Wikipedia: adelante, vandaliza» que, curiosamente, se aleja del tono general que suele utilizar la propia enciclopedia, aunque para evitar males mayores advierte en su cabecera que se trata de una entrada humorística. El texto de dicha página comienza de este modo: «¿Disfrutas del vandalismo? ¿Estás aburrido? ¿Es tentador? ¿Es divertido? ¿Quieres hacerlo solo por la emoción del asunto? ¿O estás enfadado? Entonces, adelante, vandaliza la página que te apetezca. Puede que la de un artista, un político o la página de cualquiera, pero no este artículo. La única regla de este juego es que no podrás hacerlo a ninguna de las páginas que muestran un candado plateado en el borde superior derecho de la entrada, como el de este artículo». El tono gallito de la entrada choca por ser poco común con el protocolo wikipédico habitual, pero era comprensible que a la hora de encarar las gamberradas optasen por permitirse la socarronería. La entrada además explicaba las medidas a tomar contra el usuario que anduviese tocando las pelotas, el vándalo más travieso podía acabar con su cuenta bloqueada, su historial de wikipedista ensuciado para siempre y, en caso extremo, completamente baneado del lugar.

La entrevista entre Colbert y Wales finalizaba con el fundador de Wikipedia insinuando en broma que a lo mejor se veía obligado a cerrar durante unos cuantos días la Wikipedia en español por culpa del cómico (Colbert había hecho un chiste a costa de los lectores de la enciclopedia en español al sugerir que a lo mejor deberían de aprender inglés). El comediante cerraba la conversación afirmando que en el fondo Wikipedia era «algo asombroso, el primer lugar que miro cuando voy en busca de conocimiento… o cuando quiero inventarme algo».

En algún momento de la historia de Wikipedia un usuario anónimo se acercó a la entrada «Realidad» de la misma enciclopedia y sustituyó el texto por una frase: «La realidad se ha convertido en mercancía».