¿Puede Colombia aceptar un presidente de izquierdas? (y 2)

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Gustavo Petro en su restitución como alcalde de Bogotá. Foto: Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

Juan Carlos Iragorri, director de El Wapo —el podcast en español del Washington Post— disecciona el contexto de las elecciones de 2022 en Colombia y lo que se puede esperar del que sería el primer presidente de izquierda del país, Gustavo Petro.

«Los colombianos no son más violentos que el resto de los seres humanos»

Gustavo Petro, exalcalde de Bogotá y principal precandidato de la izquierda a las elecciones presidenciales de mayo en Colombia, es una incógnita. Si cumpliera lo que anuncia en sus discursos, se acercaría a la radicalidad que tanto temen los sectores conservadores, moderados y empresariales del país. Si, por el contrario, imitara el modelo seguido por el nuevo presidente chileno, Gabriel Boric —más moderado al acceder al cargo que durante la campaña— su gobierno se centraría en un cambio de régimen que luchara contra la corrupción y alejado del modelo bolivariano, sombra que le persigue desde que se postulara a la presidencia al dejar la alcaldía de Bogotá. 

Mucho tendrá que ver lo que ocurra en la primera vuelta. Para entender las posibilidades y lo que se cuece en el espectro político alejado de la izquierda, el periodista colombiano afincado en España Juan Carlos Iragorri analiza a los candidatos, las coaliciones electorales y, lo que es más ajeno al lector europeo, los insondables que han dado forma al país, a su terrible impunidad y la enorme complejidad que la caracteriza hoy. 

La difícil tesitura del centro en Colombia

Además del mentado Pacto Histórico de la izquierda, la coalición que lidera Gustavo Petro, en el centro del espectro político «tenemos la Coalición de La Esperanza con una serie de candidatos centristas como Sergio Fajardo, Alejandro Gaviria o Humberto de la Calle como cabeza de lista al Senado». A este grupo se unió temporalmente la célebre Íngrid Betancourt, la política que estuvo secuestrada por las FARC durante más de seis años en la selva colombiana.

Acotación: las elecciones presidenciales en Colombia se organizan en torno a coaliciones que celebran algo parecido a primarias entre ellas. Varios candidatos se reúnen y acuerdan que su ganador será el candidato de todos ellos a una primera ronda de votación por la presidencia de la república. Si en esa primera ronda un candidato supera el 50 % del voto emitido, se le declara ganador. Si no fuera así, se celebra una segunda ronda con los dos más votados. El 29 de mayo se celebrará la primera vuelta y el 19 de junio la segunda, en caso de ser necesaria. El 7 de agosto tomará posesión el nuevo presidente.

El centro se presenta como la promesa de despolarización. Especialmente a través de Sergio Fajardo, un reconocido profesor universitario de matemáticas que sorprendió a la sociedad antioqueña y colombiana con sus triunfos como alcalde de Medellín y, posteriormente, como gobernador del departamento de Antioquia, cuya capital es Medellín. Antioquia es la patria del Pablo Escobar real y de las series de ficción, pero conviene que sea vista por el lector europeo como una especie de Cataluña española o Baviera alemana en cuanto a identidad propia dentro del país, incluido el orgullo por su eficiencia y tejido industrial.

Fajardo alcanzó renombre internacional por lograr importantes éxitos de cambio en esa Medellín condenada —otra fatalidad— a no ser la ciudad de grandes industriales, sino el símbolo del comercio mundial de cocaína. Obseso por la educación como fuente de cambio, fue un outsider del sistema político colombiano que rompió con los métodos de las campañas de los partidos tradicionales (es decir, la compra de votos y los sistemas de reparto de contratos públicos como compensación por favores electorales). Cuando intentó ser presidente en la elección que consagró a Iván Duque Márquez, renunció a llegar a acuerdos que él consideraba contrarios a su filosofía política y, al no llegar a la segunda vuelta, se opuso a apoyar a ninguno de los dos candidatos: elegir a Petro frente a Duque y viceversa era para él alimentar el frentismo de la política colombiana e incumplir su promesa de hacer una política distinta. Fajardo quedó desprestigiado ante el electorado que rechaza el legado de Álvaro Uribe y quedó etiquetado como tibio.

Alejandro Gaviria ha sido rector de la Universidad de los Andes —la principal universidad privada del país— y fue ministro de Salud durante la presidencia de Juan Manuel Santos. Como Fajardo, otro intelectual considerado sereno y representante de una política de hombres ilustrados que busca explorar una tercera vía frente a la polarización. Con ellos, Humberto de la Calle, como candidato al Senado, con una extensa trayectoria de servicio público y, en particular, como jefe negociador del Estado frente a las FARC y, seguramente, con su prestigio intacto.

La contradicción es que estos personajes representantes de la virtud teórica, el alejamiento de extremos o la areté de Aristóteles, si se nos permite el término en honor a la ciudad de Bogotá que fue considerada de toda la vida la Atenas de América, han resultado un conjunto de egos incapaces de mantener cohesión interna y de sostener una estrategia común: en un debate público organizado por las publicaciones El Tiempo y Semana —el diario y la revista de mayor circulación en el país, respectivamente—, Íngrid Betancourt atacó duramente la actuación política de Alejandro Gaviria generando un intercambio agrio de reproches… con un Fajardo de espectador que no pareció asumir el liderazgo del grupo. Íngrid Betancourt se ha retirado de la coalición y ha decidido concurrir por su cuenta. No se la espera en la gran final.

Pero es Sergio Fajardo el que con más ahínco insiste en la necesidad de una nueva conversación en Colombia que supere la polarización vinculada a los viejos presidentes. Y hablar de los viejos expresidentes es hablar de la interminable enemistad entre Álvaro Uribe y su exministro de Defensa y sucesor designado, Juan Manuel Santos, hoy premio nobel de la paz. Entre el hombre que, herido por la muerte de su padre en una acción guerrillera, se levantó y simbolizó la lucha frente el acoso y crímenes guerrilleros, y el que apostó por cerrar un acuerdo que fuera definitivo con la mayor guerrilla de América Latina, las FARC.

El grado de persistencia del legado de Álvaro Uribe

«Los expresidentes en Colombia han tenido siempre mucha influencia y mucho poder. A pesar de que alguno de ellos decía que son como muebles viejos. Pero no es verdad: sigue opinando Álvaro Uribe y está políticamente activo; Andrés Pastrana opina permanentemente; Ernesto Samper opina también, Juan Manuel Santos dice que no opina, pero opina… Yo creo que la gente se ha aburrido, porque se dice: “¿por qué no dejan gobernar a los nuevos?”».

«La impresión que uno tiene, viendo las encuestas, es que es muy difícil que un candidato de Uribe gane las elecciones», explica Iragorri. Parece que la agenda de la elección es otra que las prioridades clásicas del uribismo: «El tema que más preocupa a los colombianos es la corrupción, seguido por el empleo y posteriormente por la educación, la seguridad y hasta la paz incluso. Hay países más corruptos que Colombia, pero en Colombia hay corrupción; hay un problema de empleo a pesar de que el gobierno muestra cifras que no son malas, pero es un país que tiene un 50 % como mínimo de tasa de informalidad, gente que no tiene un trabajo normal». No tener un trabajo normal implica no hacer aportes para una pensión ni garantías laborales y que se tiene que salir, cada mañana, para conseguir dinero para comer y dar de cenar a los hijos en la noche practicando lo que se llama el rebusque: «salir», por ejemplo, «a vender zumos de naranja en una esquina».

Es, por tanto, una situación compleja, «porque la gente quiere que los que estaban ahí se vayan para que no sigan con las viejas y malas prácticas». Y en ello inciden los críticos al gobierno actual, ya en fase final, y que ha tenido que soportar oleadas de protestas de gran descontento: «Aunque las cifras de empleo que muestra actualmente son buenas, el Gobierno no tiene mucha popularidad, tampoco la tiene el presidente Iván Duque y Uribe es impopular a pesar de que en su momento fue el presidente más popular del mundo». Por tanto, «uno pensaría que no va a ganar el candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga».

Con Óscar Iván Zuluaga, echamos la mirada a la derecha. Por un lado, tenemos lo que puede decirse que es una derecha aislada, la que representa Zuluaga en nombre del Centro Democrático. A pesar de su nombre, nadie ubica este partido en el centro. El Centro Democrático se creó a la medida de Álvaro Uribe tras su desencuentro con Juan Manuel Santos y al elegir a Iván Duque como candidato, como ahora hace con Zuluaga, lo que aspira es a defender la agenda, dura para muchos, de lo que representó Uribe en su lucha contra la guerrilla. El lema del partido es Mano firme, corazón grande: una mezcla de dureza para enfrentarse militarmente al terrorismo y ofrecer la reinserción generosa al combatiente. Hay quienes dicen que lo que Uribe hubiera firmado con las FARC no diferiría tanto de lo firmado. Nunca se podrá comprobar. Zuluaga fue ministro de Hacienda de Álvaro Uribe y candidato a las elecciones de 2014, que perdió en medio de escándalos de escuchas ilegales.

La otra derecha es la coalición conocida como Equipo por Colombia (sí, con tintes futbolísticos) que se apoya en el hecho de que sus miembros más representativos son exalcaldes y cargos electos que defienden su experiencia en asuntos públicos como garantía de buen gobierno. En esta coalición, los nombres importantes son los de Federico Fico Gutiérrez, exalcalde de Medellín (para muchos, el verdadero candidato de Uribe); Alejandro Char, exalcalde de Barranquilla y representante de una de las familias más poderosas de Colombia, que se dice controla las grandes contrataciones públicas y presunto paradigma de la compra de votos, y David Bargil, candidato del viejo Partido Conservador. Fico Gutiérrez es el hombre a batir.

Las matemáticas electorales

«Si esta coalición, Equipo por Colombia, elige un candidato más bien moderado (Gutiérrez es cercano a Uribe, pero no es uribista), podría ser el candidato que en una segunda vuelta pudiera recibir el apoyo del uribismo y, creo yo, podría ganar las elecciones». No es fácil. «El 13 de marzo se celebran las consultas de cada una de las coaliciones. Esa gran cantidad de candidatos que hay hoy quedarán eliminados. La gran pregunta es, tras consultas y primera vuelta, quién va a pasar a segunda vuelta. Uribe no tendrá tanto impacto aquí, pero es importante, porque él puede movilizar electorado para apoyar un candidato de derecha moderada o del centro. Si ese candidato se enfrenta a Petro, el apoyo de Uribe será decisivo para él».

Lo es por una doble vía que señala Iragorri: «Como dicen los franceses, en la primera vuelta se vota a favor de, pero en la segunda se vota en contra de. Así que puede que pase Petro pero, ¿con quién pasa Petro? Si Petro pasa con un candidato muy a la derecha, entonces sería probable que Petro ganara, porque mucha gente de centro se iría con él. Pero si pasa con el candidato de centro, por ejemplo Fajardo, todo el centro derecha y la derecha terminarían votando por el de centro y yo creo que ahí el de centro podría ganar las elecciones».

Por tanto, dado el rechazo actual a lo que representa Uribe, «para Petro lo ideal sería pasar con un candidato de derecha, porque creo que le quedaría más difícil ganarle al centro. Ahora: tampoco es que esté seguro de que Petro pase. Según las encuestas, todo apunta a que Petro sí lo hará (más o menos el 30 % de apoyo), pero como en política una semana es una eternidad, no sabemos qué va a ocurrir».

La paz en la otra esquina

El tercer tema de la elección, tras saber si la izquierda gobernaría con normalidad, o si la sombra de Uribe determina el ganador, es qué hacer con un proceso de paz inconcluso tal y como se definió y sin consenso social pleno. Le increpo directamente a Iragorri y le digo: «Profesor, ¿qué ha salido bien y qué ha salido mal del proceso de paz?».

«Como suele ocurrir», e Iragorri lo presenta como un mal digamos que universal sobre las percepciones entre países, «la comunidad internacional no entiende muy bien lo que pasa en Colombia». Un ejemplo para entender las diferencias de criterio entre expectativas exteriores e interiores: Íngrid Betancourt se lanzó a la presidencia, «y la noticia salió en muchísimos periódicos de todo el mundo, el Washington Post, El País de Madrid, pero la gente no es consciente de que Íngrid Betancourt genera un rechazo en gran parte de la población colombiana porque en un momento dado, tras salir libre del drama incomparable de su secuestro, después de que el Estado la rescató, ella dijo que quería demandar al Estado colombiano». Obviamente, no gustó. Este comentarista ha visto cómo las críticas de la señora Betancourt a diversas circunstancias de la vida política colombiana se saludan con desprecio por el mero hecho de residir mucho tiempo en Francia.

Puede suceder lo mismo con la comprensión de por qué el no al tratado fue lo que ganó en el plebiscito que tenía que sancionar una nueva era para Colombia: «Ganó el no porque hay que ponerse en los zapatos de muchos colombianos. Es normal, y uno es partidario de eso, el que a unos señores que están pegando tiros y secuestrando gente se les ofrezcan cosas para que dejen de secuestrar y de disparar. Seguramente se les pueden dar unos beneficios carcelarios o penas alternativas para que entreguen las armas… que fue lo que pasó. Eso es comprensible. Lo que ocurre es que, en el caso de Colombia, entregaron las armas pero no se ha resarcido a las víctimas, no se han vendido los bienes, ni han entregado bienes con valores muy altos para pagarles en dinero indemnizaciones a los familiares de las víctimas».

La enumeración de dudas es más amplia. El acuerdo de paz establece un mecanismo de justicia transicional (en realidad, una excepción a las leyes normales que conlleva penas livianas, sometido a determinadas condiciones de veracidad y no reincidencia) por el que están pasando los dirigentes de las FARC. «Han confesado algunos delitos, no ha habido ninguna condena hasta ahora, pero muchos de estos señores están libres, viven en su casa en Bogotá y, fuera de eso, están en el Senado de la República». La reflexión de Iragorri asume que «el caso de Colombia es singular, pero si en España le hubieran dicho a un español que a los señores de ETA se les hubiera podido ofrecer que se quedaran a vivir en Bilbao el resto de la vida en su casa, que no entregaran ningún dinero para resarcir a ninguna víctima, que podrían tener algunas garantías para trabajar y que fuera de eso les dan unos escaños en el Congreso de los Diputados, los españoles hubieran dicho que no. Dirán que es distinto, pero no es tan distinto en mi opinión».

Iragorri se detiene en pensar qué se puede hacer con lo que parecen platos rotos. «El gran drama en Colombia es que mucha gente aún no entiende que ya no se puede volver atrás y quizás es preferible que los de las FARC hagan política como están haciendo —además, sin éxito, porque no tienen realmente apoyo popular— a que estén secuestrando y matando gente». Si damos por buena esa idea de la justicia poética, puede decirse que sí: décadas de guerra de guerrillas, crímenes de todo tipo, pero siempre en el nombre del pueblo (las FARC se presentaban así, como ejército del pueblo) para que el día en que te pueden elegir sin coacción no te vote nadie. Nadie en términos estadísticos, claro está: la suma del total de votos de las FARC en 2018 no llegó a los noventa mil sumados los de la Cámara y el Senado (en un país de cincuenta millones de habitantes) y no hubieran bastado para obtener un escaño con las reglas normales en ninguna de las cámaras.

«En ese sentido, yo creo que ha salido bien el hecho de que muchos excombatientes de las FARC y muchos líderes de las FARC se vincularon a la vida civil y no han vuelto a apelar a la violencia y no han vuelto a delinquir. Como era previsible, un porcentaje de ellos siguieron delinquiendo y matando gente, pero en términos generales, está bien, no hay los niveles de violencia que había antes». El relato del fracaso tiene que ver con que no se le ha vencido a la violencia: «¿Qué ha salido mal? Que muchos excombatientes han sido asesinados, gente que dejó las armas; ha habido centenares de líderes sociales asesinados, gente que está en distintas zonas del país sin protección… ¿Por qué los matan? Hombre, porque hay venganzas, a veces porque sigue habiendo narcotráfico… Establecerlo es muy difícil, pero lo cierto es que eso no debería estar ocurriendo».

Hay más. «Se esperaba una reducción más drástica de cultivos de coca. Que los señores de las FARC entregaran lo que se llaman las rutas, que dijeran por dónde sacan la cocaína, porque ellos cuidaban los cultivos. Colombia sigue siendo el mayor productor de cocaína del mundo». Finalmente, «los colombianos sienten que la situación puede ser menos grave, pero con las muertes de los líderes sociales y con el aumento de la delincuencia (acentuado por supuesto por la pandemia) como que no les parece que haya salido tan bien como todo el mundo habría pensado». Termina Iragorri algo melancólico: «Naturalmente, no era fácil pensar que se iba a resolver todo».

Dolor, impunidad y reconciliación

Desde los confines de ese paisaje colombiano de selva, montaña y vacíos, en las poblaciones alejadas de los grandes centros urbanos, cada semana la prensa efectúa el recuento del último líder social asesinado. Activistas de poblaciones indígenas, militantes ecologistas, sindicalistas, pequeños traficantes… no hay semana que no aparezca la crónica de un nuevo crimen. Peor aún, se hace el conteo de masacres (tres o más muertos) que parecen sucederse cada vez con más velocidad tras el fogonazo de esperanza de la retirada de las FARC.

Si toda familia española alberga y reproduce dentro de sí el relato de qué le pasó al abuelo o la abuela, a tal tío o tal primo durante la guerra civil, no hay familia colombiana que no tenga el relato, aunque cueste narrarlo al desconocido, de una situación difícil, de un muerto, de un secuestro, de un horror. Sea por el conflicto entre guerrillas y paramilitares, o sea por el impacto del tráfico de estupefacientes en la creación de redes de sicariato y violencia criminal. El padre de Juan Carlos Iragorri también fue asesinado y aún no se tiene claridad de quién lo asesinó ni por qué.

«Mi padre era un bacteriólogo eminente que por hacer negocios se arruinó hasta el punto de que nos embargaron los muebles de la sala cuando era niño. Era un tipo apasionante, un hombre de una gran cultura. Cuando yo tenía dieciocho años, el 20 de diciembre del 79, lo asesinaron en una calle en Bogotá». Iragorri lo relata con la misma serenidad y precisión de sus reportes y comentarios sobre la actualidad latinoamericana. «Yo asumo, por las averiguaciones que hemos hecho, que trató de destapar un caso de corrupción en el organismo estatal donde trabajaba, y me imagino que lo mataron por eso. No sé quién mató a mi papá y hace cuarenta y tantos años de eso». 

El origen de mi pregunta y de los paralelismos con la Guerra Civil española se centraba en la expectativa del fin de la violencia como pilar subyacente de la vida pública y privada colombiana, especialmente tras estas elecciones en las que todo el mundo cree que algo debería cambiar. De si es posible la llegada de un momento de paz, piedad y perdón. Iragorri me hace el mayor énfasis de toda la conversación al llegar aquí: «Uno de los principales problemas que hay en Colombia es la impunidad». La implosión de la palabra impunidad se siente en la vibración de los altavoces. «Los colombianos», frente al tópico tan común que cualquiera puede contrastar en la imaginería audiovisual y en las conversaciones mundanas fuera de allá, «no son más violentos que el resto de los seres humanos, eso es mentira». «Uno trae a un colombiano a Madrid, a Barcelona, o lo lleva a Boston o a Estocolmo, y en términos generales son grandes ciudadanos: no cruzan las calles fuera de los pasos de cebra, nunca le tiran el coche encima a una persona, no se les ocurre sacar un cuchillo, ni mucho menos matar a alguien y, en general, no se les ocurre robar».

De modo más claro: «El problema de Colombia es que, como hay impunidad, la gente hace lo que le da la gana y fue lo que pasó con mi papá. Y es lo que pasa hoy día: si cualquier persona que nos está leyendo sale a la calle y le pegan un tiro, lo más probable es que nadie sepa nunca quién lo mató. Y así no puede funcionar una sociedad. En España hay unos trescientos homicidios al año en un país de cuarenta y seis millones de habitantes. Colombia tiene cincuenta millones y tenemos once mil homicidios al año».

Se interroga Iragorri: «¿Va a haber algún tipo de reconciliación? Yo, la verdad, no la veo tan cerca. El acuerdo de paz ha buscado eso. Ha habido un esfuerzo muy interesante mediante la Comisión de la Verdad, que dirige el padre Francisco de Roux, que trata de establecer la verdad en un país donde prácticamente ningún magnicidio se ha aclarado». El pesimismo sobre las posibilidades de saber qué pasó realmente en décadas de un conflicto cuyos rescoldos están vivos se traslada también a la actitud de la sociedad colombiana del presente: «Yo no veo que la gente esté con ese ánimo de paz… En un país donde hay tanta violencia, donde hay tanta polarización como hay hoy día, yo, la verdad, no veo eso».

Pocos días después de terminar esta conversación, se publican las primeras encuestas cercanas a las consultas que harán de primarias: como segundo candidato en intención de voto aparece el que ya se considera el Donald Trump colombiano: el ingeniero Rodolfo Hernández, constructor como Trump, exalcalde de Bucaramanga, rey de TikTok y paladín contra la corrupción y la clase política. Por supuesto, con zonas oscuras. Todo se torna más impredecible cada vez.


¿Puede Colombia aceptar un presidente de izquierdas? (1)

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Un simpatizante sostiene una bandera con el rostro de Gustavo Petro. Foto: Cordon Press.

Juan Carlos Iragorri, director de El Wapo —el podcast en español del Washington Post— disecciona el contexto de las elecciones de 2022 en Colombia y lo que se puede esperar del que sería el primer presidente de izquierda del país, Gustavo Petro.

Contaba Lluis Bassets, a propósito de Robert Kaplan y su conocido texto La venganza de la geografía, que la geopolítica es «la ciencia de la fatalidad geográfica». Cuando le pido a Juan Carlos Iragorri (Cali, Colombia, 1961) que me resuma en cuatro o cinco párrafos verbales la historia de Colombia de los últimos sesenta años, empieza por explicarme antes de nada y para «situarse sociológicamente» cómo se ubica Colombia en el mapa. 

Dicen los colombianos que su país es el del Sagrado Corazón, porque en él todo puede pasar. Así pues, fatalidad y geografía parecerían estar unidas contra todo pronóstico pues en Colombia hay petróleo, esmeraldas, las tierras más fértiles del mundo, la biodiversidad más esplendorosa y paisajes, playas, montañas y ríos únicos. Algunos diríamos que hasta tiene vallenato, un género que tiene algunas de las piezas de música popular más fascinantes de las habladas en español. Pero Colombia es mucho más conocida por su desgracia, esa que tiene forma de violencia estructural y de refugio de redes mafiosas que generan la mayor producción mundial de cocaína, que por sus maravillas naturales e incluso por su excepcional talento artístico. A pesar de tantas figuras de la música internacional.

«Colombia está en la esquina noroccidental de Suramérica y tiene costa en el Atlántico y el Pacífico. El tamaño de Colombia es como el de Francia y España unidas, o California y Texas. En ese territorio hay dos mitades, una mitad es muy montañosa, la otra mitad está al sur y al oriente, está cubierta por selva y llanuras y prácticamente no hay población. La población está concentrada —cincuenta millones de habitantes— en el lado montañoso». Saquen conclusiones rápidas: en esa extensión alternante de paisajes diversos semivacíos y montañas, la presencia del Estado es reducida en muchos kilómetros cuadrados, es fácil ocultarse con equipamiento militar y puede cultivarse y transportarse cualquier cosa. La geografía parecería ayudar a la fatalidad que están ustedes deduciendo. Por qué no para lo contrario es una de las incógnitas abiertas a las generaciones futuras.

Elecciones entre la esperanza y el temor

En este país entre fatal y luminosamente alegre en sus calles y sus noches, se celebran nuevas elecciones a la Presidencia de la República en mayo de este año de 2022, y puede decirse que representan una encrucijada en el avance de este país en su pugna contra la fatalidad. Hace un lustro llamaron la atención del mundo por un acuerdo de paz entre Gobierno y guerrilla (en realidad, sOlo una parte de las guerrillas, la más importante, las FARC), pero en medio de la sorpresa de la opinión pública internacional, un plebiscito rechazó el acuerdo por muy pocos votos en medio de una fortísima división social.

El acuerdo se solucionó políticamente sin consenso y con la sensación de cierre en falso. Pero en las leyes colombianas quedó el tratado y comenzó a aplicarse, a regañadientes, por el sucesor del presidente que lo firmó, Iván Duque Márquez. Un presidente, a fecha de hoy criticado prácticamente por todos, pero del que debe decirse en justicia que suerte no ha tenido, más allá de sus aciertos y desaciertos personales. La administración Duque parece haberse vivido como un paréntesis mientras se decide, si es que fuera posible, si se vuelve al mundo anterior al acuerdo de paz o se avanza hacia otro con todas las consecuencias de ese acuerdo. Y todo ello con una pandemia por medio.

Juan Carlos Iragorri puede darnos luz a este lado del Atlántico de qué pasa y por qué pasa. Dejó el derecho que estudió en la Universidad del Rosario de Bogotá (una universidad de larguísima tradición jurista) para dedicarse al periodismo, donde ha alcanzado las mayores cotas de prestigio profesional. Ganador del Premio Internacional de Periodismo Rey de España y el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, entre otros, ha formado y forma parte de las cabeceras y medios más relevantes del periodismo internacional: empezando por lo más presente, la dirección del podcast en español del Washington Post (El Wapo, una delicia que deben escuchar) y simultáneamente la dirección de Voces en la cadena de radio RCN.

Anteriormente dirigió el Club de Prensa en NTN24 (desde Washington D. C.), colaboró con la revista Semana, llevó la corresponsalía de El Tiempo de Bogotá en Madrid, pasó por las emblemáticas revistas El Siglo y Cambio en Colombia y fue asesor del director de El País de Madrid en Estados Unidos. Ha pasado por Harvard y Oxford con sendas becas de estudios, ha residido en Bogotá, Washington D.C., Boston, Madrid y… La Cuenca, un pequeño pueblo de Soria: curiosamente, puede que la mejor reivindicación de la España vacía la haga este colombiano a diario produciendo un informativo desde allí para uno de los medios de comunicación más importantes del mundo.

Mostrándome desde su ventana el paisaje soriano móvil en mano, le pregunto: «Profesor, ¿y cómo se le explica a un europeo, para que lo entienda, cómo se ha se ha llegado hasta aquí?». A Iragorri se le suele llamar así, Iragorri, por el apellido, o le dicen «profesor». Yo le digo las dos cosas. Es amable, ponderado hasta la extenuación, riguroso y detallista con todas sus afirmaciones y de respeto escrupuloso hacia todas las personas de las que informa.

Una democracia antigua en permanente reto

«Colombia es una democracia sólida históricamente hablando. Tuvimos solamente un golpe de Estado en el siglo XX, de 1953 a 1957, y es un país donde las instituciones, a pesar de todo, funcionan bastante bien si se compara con los países latinoamericanos». La narrativa de la fatalidad se remonta entonces a 1948, con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la revuelta a la que dio lugar, que el lector curioso encontrará en los libros de Historia referido como El Bogotazo (suceso en el que, por cierto, se curtió de joven un tal Fidel Castro).

«Gaitán era un líder muy importante entre los liberales de Colombia». Anotaremos para el lector español que el Partido Liberal colombiano de la época es una ideología más bien próxima al centro izquierda o la socialdemocracia europea, que a lo libertario a lo que lo asociamos comúnmente. Como no puede sorprender, el crimen genera «un gran rechazo» y el enfrentamiento entre los dos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador (godos, en la jerga local), e inicia «una guerra civil con doscientos mil muertos».

El fin de la guerra trae, como en la España de la Restauración, la alternancia pactada de ambos partidos en el gobierno, pero con una consecuencia no reparada hasta hoy. «Acabó con la violencia entre los partidos, pero marginó a las fuerzas de izquierda». En los años 60 empezaron las guerrillas porque «en Colombia», recuerda Iragorri, «existe una mala distribución de la tierra» y es «un país con unas grandes desigualdades económicas».

Durante los años 70 y 80 toma auge el tráfico de cocaína y el país se encuentra con que, en la lucha por evitar la extradición de sus dirigentes, los carteles de la droga «matan a cuatro candidatos presidenciales» al tiempo que asesinan a «centenares de policías, de jueces, de periodistas, volaron centros comerciales, pusieron bombas en aviones en vuelo…». La ofensiva criminal «se logró calmar con ciertos acuerdos con los narcotraficantes, matándolos incluso… y nos encontramos con que en los años 90 son las FARC las que cuidan los cultivos de coca». Tras años de conflicto en los que, como reacción, aparecieron grupos paramilitares con fuertes conexiones con las élites económicas, políticas y militares del país —que tuvieron un proceso de desmovilización impulsado por el expresidente Álvaro Uribe y sobre el que los colombianos tampoco están de acuerdo sobre su bondad— las FARC negocian con Juan Manuel Santos su acuerdo de paz.

Pequeño alto para darle significado a un elemento imprescindible para evaluar presente, pasado y futuro en Colombia. Aquí se hablará de Álvaro Uribe y de uribismo casi como refiriéndonos a lo mismo: uribismo es el seguimiento de la doctrina, decisiones políticas y legado de Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia entre 2002 y 2010 que, en palabras de un ejecutivo bogotano a este escribidor, fue el hombre que «convirtió un país inviable en otro viable». En medio de la guerra más cruda entre guerrillas, Estado y paramilitarismo, su política de «seguridad democrática» y de enfrentamiento político con los gobiernos izquierdistas de la región (Venezuela, Cuba, Ecuador) generó éxitos innegables de seguridad, condiciones de desarrollo económico y estabilidad.

Pero sucedió a costa de excesos y crímenes por parte de actores estatales y paraestatales cuya huella divide profundamente a los colombianos. Su impacto es tan grande que los dos presidentes posteriores, Juan Manuel Santos e Iván Duque, lo han sido porque han sido promovidos y recomendados por él a su electorado, dado que legalmente ya no puede volver a ejercer una presidencia que seguramente hubiera ganado. Cómo se posiciona cada colombiano con respecto a Uribe es casi imposible de soslayarse. Polarización.

La expectativa de un gobierno de izquierda

Las elecciones encrucijada de 2022 llegan con incógnitas densas. Por ejemplo, ¿puede en Colombia ganar un partido de izquierda las elecciones y que se comporte como un partido de izquierdas a la europea? Una forma de decir que, si gana, no pasa nada, el poder se alterna pacíficamente y no se cae en políticas desastrosas de populismo de izquierdas. Que Colombia se convirtiese en una Venezuela, para entendernos.

En una conversación bogotana no hace tantos años, otro ejecutivo colombiano le decía a este autor que nosotros, los europeos, no podemos entenderlo bien: «Aquí unas elecciones se interpretan como un cambio de régimen». Y debe decirse que tiene visos de realidad, que las decisiones económicas de calado se detienen a la espera de saber qué puede pasar. Hasta la legislación (suspendida ahora) bloqueaba la contratación pública durante los meses anteriores a las votaciones para evitar favoritismos y corruptelas que condicionen el voto. Y es llamativo el rumor, cierto o falso, de que se están firmando contratos mercantiles con cláusulas de ruptura condicionadas a la victoria del líder de la izquierda.

«Tenemos como veintitantos candidatos», cuenta Iragorri. «En las encuestas está primero Gustavo Petro: un hombre de izquierda —nunca Colombia ha tenido un presidente de izquierdas— que fue guerrillero y miembro del M-19». Las elecciones se celebran inmersas en un contexto donde «la mitad de los colombianos pasan problemas para poder comer dos veces al día» y en el que persiste «gran desigualdad a pesar de todo lo que se ha reactivado la economía, más que en otras partes».

Volviendo atrás: ¿puede gobernar? «Hasta ahora la izquierda ha sido identificada con las guerrillas. Es decir, las FARC, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y el M-19 eran de línea Moscú unos y de línea Pekín otros, por lo que para los colombianos la izquierda siempre ha sido guerrilla. Siempre ha sido algo que ha estado fuera de la ley, pero eso ha cambiado». Nos describe a Gustavo Petro: «Es un gran orador, fue un gran congresista, pero no sabemos cómo va a gobernar. Fue alcalde de Bogotá y no fue un buen administrador».

El líder de la izquierda colombiana ha articulado su candidatura a través de un nombre ciertamente ambicioso: El Pacto Histórico. Las administraciones electas colombianas suelen referirse a sus períodos de gobierno enteramente en torno a un lema. Por ejemplo, el Petro alcalde concurrió, ganó y gobernó la ciudad de Bogotá con el lema Bogotá Humana. El actual presidente, Iván Duque, gobierna bajo la leyenda El futuro es de todos. La idea de trascendencia histórica se presenta porque parece que ha llegado el momento de dejar atrás a una serie de capas sociales (las élites económicas y oligárquicas colombianas) que, se dice, siempre han gobernado al país. Y, por otro lado, para superar las presidencias de Álvaro Uribe y sus protegidos posteriores. En cierta forma, se discute si el nuevo presidente será, otra vez, el que diga Uribe u otro que se presume distinto para poder cambiar orientaciones, formas y estilos.

La incógnita de la radicalidad de Gustavo Petro

Si se tiene edad, esa ansiedad de cambio recordará al momento cercano a la victoria de Felipe González en España en 1982 que empleaba un eslogan de simbolismo cercano: Por el cambio. Hay paralelismos: aceptar que un partido de izquierdas gobernara elegido por los votos tras el drama de la guerra civil y la posterior persecución de izquierdas y opositores al régimen militar. La izquierda de la memoria colectiva era la izquierda de la Segunda República, muy cercana a los postulados de la revolución que encarnaba la Unión Soviética, entonces muy lejos de estar desprestigiada como fracaso económico y social.

«Evidentemente, si Petro ganara, cambiaría el modelo». Por ejemplo, el de la concentración de poder actual, dejar de lado a «cinco personas que son los dueños del país o lo que es menos del 1 % de la población», para mutar a un escenario en el que pudiera «manejar el país el 99 % restante». Para ese cambio de modelo, Petro presenta ideas económicas que no coinciden con las ortodoxias actuales: «Dice que el Banco de la República tendría que imprimir billetes para que la gente tenga más dinero en el bolsillo y eso, por supuesto, unos dicen que es lo correcto y otros dicen que es una locura». En definitiva, «no se sabe muy bien cómo sería un gobierno de Petro. Ahora parece que es más moderado, pero hay un sector de la población que piensa que Petro va a llegar a expropiar y que va a ser una especie de Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Daniel Ortega».

Un escenario difícil de creer pues «las instituciones son fuertes en Colombia, a nadie se le ocurre que va a haber un golpe de Estado militar, el Congreso mal que bien cumple sus funciones y los tribunales y la rama judicial funcionan por su lado». De hecho, en las elecciones de 2018, en las que Petro ya fue candidato, la revista The Economist le pidió al expresidente Álvaro Uribe que confiara más en su propio electorado cuando hacía campaña ante una más o menos inevitable deriva chavista de un Petro que, al final, no logró vencer.

«Pero la gran pregunta es esa, ¿podría Petro hacer un gobierno al estilo de un de Felipe González en España o el de Pedro Sánchez o el de Lionel Jospin cuando fue primer ministro de Francia, o el de Olaf Scholz? Da la impresión de que sería más radical y esa es la pregunta: qué tan de izquierdas sería Petro».

En ese caso, para dotarnos de una orientación, ¿dónde podríamos ubicar a Petro con respecto a los otros líderes de la izquierda gobernante latinoamericana: Evo Morales, Boric, Pedro Castillo…? «Evo Morales para muchos trató de quedarse en el poder haciendo reformas que no se sabe si Petro quisiera hacer, uno pensaría que no». Por su parte, Castillo «es un maestro sindicalista que no tiene experiencia gobernando, Petro tiene la experiencia de haber sido alcalde de Bogotá». En su filosofía, «Petro es muy distinto a Evo y Castillo».

Boric, el nuevo presidente chileno, «empezó siendo mucho más radical en la campaña y terminó nombrando un gabinete mucho más moderado». Iragorri menciona el caso de la ministra de Exteriores, Antonia Urrejola, que siendo presidenta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fue muy crítica con Nicolás Maduro, lo que sugiere distanciamiento con el gobierno más temido del socialismo del siglo XXI. «Por lo que ha declarado, Petro quiere darle un vuelco al Estado colombiano», pues asegura que todos los gobiernos habidos hasta ahora «han sido corruptos». Si se cumple esta expectativa debiéramos esperar un gobierno «más bien radical, por lo que sería como el Boric de campaña y no como el presidente electo».

En un modelo de elección de doble vuelta, para la posible elección de Petro tiene mucho que ver lo que ocurra en los espectros del centro y la derecha, que el día 13 de marzo vivirán sus respectivos procesos de primarias. En el siguiente artículo abordaremos qué sucede en ambos territorios electorales y la influencia del expresidente Uribe.

(Continúa aquí)


Correr, soplar la ceniza, seguir

Niños kurdos desplazados de Serekaniye juegan entre las ruinas de un pueblo cristiano en Siria. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

Ir a la boda de tu hermana y volver huyendo de un bombardeo de la OTAN, con los tacones en la mano. A Jihan le entra la risa cuando recuerda la imagen de los comensales, todos muy elegantes, mirándose unos a otros con incredulidad en la trasera de un camión de ganado. Luego vuelve a llorar.

Ya noté algo extraño en la ciudad aquel día. Pregunté y la gente decía que era lo de siempre, una amenaza más de Erdogan (presidente turco) de atacar, que no había que tomárselo en serio. Luego cayó la primera bomba y todo el mundo gritaba y lloraba. Queríamos huir pero no sabíamos cómo, no había coches. Al final mi padre consiguió aquel camión. «Mira cómo se te ha corrido el rímel»; «¿Fuiste a la peluquería hoy a la mañana? Pues vaya pelos tienes ahora», nos decíamos unos a otros para animarnos. 

Un amigo común nos la ha presentado en el campus de Qamishli (noreste de Siria) de la Universidad de Rojava. En otra vida, Jihan estudió Traducción en Damasco; en esta da clases de inglés a chavales que se resisten a arrojar la toalla en una guerra, la de Siria, que dura ya más de ocho años. Jihan no quiere dejarse retratar ahora, pero eso no será un problema casi tres semanas más tarde. Durante ese tiempo, esta kurda de treinta y seis años será nuestra guía por un mundo distópico que veremos a través de sus ojos. Son negrísimos, de esos en los que se pierden las pupilas pero que parecen condensar el drama de un relato que se salda ya con cientos de civiles muertos y el éxodo masivo de los que corren por su vida. 

Fue el pasado 9 de octubre cuando las bombas de la aviación turca extinguieron la alegría en aquella boda y los sueños de cientos de miles en el norte de Siria. De su casa en Serekaniye —así se llama su ciudad— Jihan dice no saber gran cosa. «Nos dijeron que los mercenarios la saquearon, poco más». «Manantial de paz» es el nombre con el que Ankara ha bautizado su última operación militar sobre el noreste de Siria. Los drones y los tanques eran de bandera turca, pero las botas de Ankara sobre el terreno pertenecían a yihadistas del Estado Islámico y de las mil facciones de Al Qaeda en Siria a las que Ankara ha regalado armas, uniformes y un nombre para despistar: «Ejército Nacional Sirio». Ya hemos dicho antes que esto va de distopías. Como que la excusa turca para justificar la limpieza étnica de los kurdos de Siria sea reubicar a más de tres millones de refugiados árabes en sus tierras; eso o mandarlos a Europa, que dijeron en Ankara. Bruselas calla.

«No pararán»

Zekia vive hoy en una de las ochenta escuelas abandonadas de Hassaka. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

Jihan acepta trabajar para nosotros de traductora siempre y cuando pueda compaginar el trabajo extra con sus clases. Para ir a Hassaka, setenta kilómetros y docenas de checkpoints más al sur, no le queda otra que pedir permisos de un día, aunque eso no será un problema. Muchos de sus antiguos vecinos se refugian en casas de familiares a una distancia prudencial de la frontera turca, aunque la mayoría ha acabado varada en escuelas abandonadas donde sillas y pupitres se apilan en los pasillos, como si alguien les fuera a dar fuego. Se trata de hacer sitio para las familias. Tampoco es algo de los últimos meses. En la escuela de primaria Abdul Hadd Mosa nos dicen que llevan recibiendo refugiados de todos los frentes de Siria desde 2011: Alepo, Homs, Raqqa, Deir Ezzor… La última remesa es la de Serekaniye y alrededores, doscientas personas de una riada de más de doscientos mil desplazados internos (ONU) tras la ofensiva. Solo en Hassaka hay ochenta escuelas como esta. El hedor en las zonas de los baños encaja con lo que uno puede esperar  de un lugar público sin agua. ¿Queremos hablar con los desplazados? La primera es Gariba, una kurda de veintiocho años que tiene que bregar con cuatro hijos sobre las baldosas de una clase que comparten con otros dieciocho. Como todos se queja del frío, de la falta de agua pero, sobre todo, del ruido. «No paran, ¿los ves? No hay manera de que los críos estén quietos un solo momento. Desde que abro los ojos cada mañana solo pienso en que caiga la noche para volver a cerrarlos», dice esta kurda. Le han dicho que ahora vive gente en su antigua casa, «probablemente árabes de Idlib (oeste del país)». Su cuñado volvió hace tres días a Serekaniye y los yihadistas le pidieron dinero para poder entrar. Luego pensaron que sacarían mucho más secuestrándolo y ahora no bajan de los cien mil dólares. La familia sigue intentando juntar el dinero. 

Las historias son recurrentes, tarifas incluidas. Como lo de los tractores requisados por los yihadistas. La suma que han de abonar sus dueños para recuperarlos oscila entre dos mil y tres mil dólares. También está lo del saqueo sistemático de las casas del que no se suele librar ni el cableado eléctrico. ¿Y lo de las mujeres que se ensuciaban la cara con barro para que no las violen los yihadistas? No siempre funciona. Jihan se afana en no perder detalle y traduce concentrada, esquivando el impacto de testimonios demasiado familiares. «Yo también soy de Serekaniye», suelta de vez en cuando aquí y allá. No habrá manera más eficaz de mostrar cercanía en tan solo cinco palabras. Seguimos clase por clase. Ya en el segundo piso, Zekia asegura haber perdido a cuatro de sus hermanos desde que empezó la guerra en 2011: dos en las filas del ejército sirio y otros dos en las de la milicia kurdo-árabe. El último murió bajo los drones del pasado 9 de octubre. «Nos odian porque estamos con los kurdos en esta guerra y no pararán hasta acabar con todos nosotros», dice esta árabe que tendrá diez o quince años menos de los que aparenta. Siempre es así. Zekia era la líder de la comuna de Serekaniye. El proyecto político puesto en marcha en el noreste de Siria desde 2011 pasa por la atomización del poder hasta ese nivel. Aún lejos de ser perfecto, no deja de ser una apuesta por los derechos humanos y la igualdad entre géneros, etnias y confesiones sin precedentes en la región.

«Conozco un restaurante muy bueno en Hassaka pero no tenemos tiempo para quedarnos», dice Jihan, tras más de tres horas juntando las piezas de una pesadilla colectiva que también es la suya. Son casi las tres, y a las cuatro empieza a oscurecer. Evitar los desplazamientos nocturnos por carretera es una de las condiciones a las que nos plegamos desde el primer día. No hemos acabado nuestro sándwich de pollo cuando nos cruzamos con un convoy de blindados rusos circulando por el carril contrario. Una hora más tarde será una caravana de tropas estadounidenses la que ralentiza el tráfico a la entrada de Qamishli. «¿Veis qué importantes somos?», bromea Jihan. 

Si hay un lugar donde las placas tectónicas de la geopolítica chocan hoy con más virulencia, ese es el noreste de Siria. A los contingentes de las principales potencias internacionales súmenle la presencia del régimen sirio en el centro de Qamishli y Hassaka y la hegemonía kurda en los anillos exteriores. En el restaurante Mal de la calle Corniche no es difícil ver a rusos y a americanos beber cerveza turca en mesas contiguas. Comparten la estancia libertarios kurdos y árabes leales a Damasco, todo bajo la atenta mirada de un internacionalista occidental que se acerca a fumar narguile a eso de las seis de la tarde. Otra alternativa de ocio es la cafetería Rotana, uno de esos lugares que siempre esconden sorpresas entre la densa cortina de humo de las pipas de agua. En la noche del Real Madrid-Barcelona, el pequeño Ahmed no da abasto limpiando las mesas, soplando la ceniza y cambiando los carboncillos del narguile. Tiene trece años. Tras varias visitas, el dueño del local nos enseña en su teléfono móvil las imágenes de un cuerpo sin vida despedazado. «Es mi tío, el padre de Ahmed. Lo mataron los yihadistas cuando intentó volver a su casa en Serekaniye. Solo quería recuperar objetos personales, ropa, cualquier cosa». Unos días más tarde volvemos con Jihan. Le hemos hablado del crío y dice estar segura de que le conoce, de que fue uno de sus estudiantes de inglés en Serekaniye. A Ahmed se le ilumina la cara cuando ve a su antigua profesora. Será ella la que nos cuente la historia completa. El padre de Ahmed se hizo cargo de su sobrino, el actual dueño de la cafetería, tras morir el padre de este en un accidente de tráfico. Hoy es el hostelero el que le devuelve el favor cuidando de Ahmed y sus dos hermanas.

Ahmed, de trece años, trabaja en la cafetería de su tío desde que su padre fuera asesinado, el pasado mes de octubre, por los yihadistas aliados de Turquía (Andoni Lubaki/Euskal Fondoa). Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

En el decimocuarto día, Jihan pide un nuevo permiso en la universidad antes de enfilar de nuevo hacia el sur, esta vez hasta el campo de refugiados de Washokani. A doce kilómetros de Hassaka, la administración kurdo-árabe del noreste de Siria ha levantado una ciudad de plástico sobre un barrizal. No hay ni casas de familiares ni escuelas suficientes para contener la riada de desplazados. Tampoco busquen a la ONU porque la mayoría de su personal abandonó el país en octubre. Fue el repliegue en la zona de las tropas de Damasco el que provocó una estampida de cooperantes y periodistas internacionales que habían accedido al territorio desde Irak, y sin un visado oficial sirio en su pasaporte. Hoy la Media Luna Roja Kurda hace lo que puede para asistir a los más de cuatro mil habitantes de Washokani, una cifra que, dicen, sigue creciendo cada día que pasa. Hemos visto una docena de excavadoras trabajar sin descanso para hacer sitio a los recién llegados. Como en días anteriores, Jihan saluda a antiguos vecinos y alumnos; al panadero donde compraban a diario; al que vendía tarjetas de recargo para el móvil, o al del taller de coches a pocos metros de su casa. «¿Por dónde empezamos?». Da igual. Le dejamos elegir entre un laberinto de tiendas de campaña idénticas en el que solo la ropa colgada de una familia nos avisa de que hemos caminado en círculos. Desde su nuevo hogar, Alia habla de una huida a pie con su marido y sus siete hijos. «Fuimos de pueblo en pueblo, huyendo a medida que se acercaban, hasta llegar aquí». Desde la tienda justo enfrente, Hussein dice que también huyó andando. Y Abdulrazaq. Y Fatma

Amnistía Internacional habla de «crímenes de guerra por parte de Turquía y sus aliados» y nosotros llevamos ya más de dos semanas escuchando las mismas historias de boca de las víctimas. Cambian los nombres y las fechas, y a veces ni eso. A sus ochenta y dos años, Omar Hamud yace postrado bajo tres mantas de las que asoma la bolsa de plástico en la que orina. Dice que los turcos no temen a Dios. Eso también lo hemos oído. Algo novedoso es la noticia del nacimiento de tres criaturas en este mar de plástico. Son Ayan, Mahmud y Suriya, los primeros naturales de Washokani, que no es sino el antiguo nombre siríaco de Serekaniye. ¿Queremos verlos? Poco después, Jihan tropieza con una antigua compañera del instituto y su familia al completo. Hay abrazos y risas, como si nada de todo esto fuera con ellas. Una foto de grupo en la que todos sonríen da fe de que el drama parece quedar dentro de las tiendas. La temperatura fuera es de cuatro grados. Una niña preciosa nos da la mano antes de despedirse. La tiene caliente. 

Hemos acabado pronto y nos da tiempo de parar en el restaurante de Hassaka que mencionaba Jihan. Se llama Shattoo. Somos los únicos clientes y nos invitan a sentarnos en unas sillas doradas que rodean una mesa de cristal. El mobiliario recuerda al de la escena final de 2001 pero en medio de una fantasía de colores chillones. Jihan pide una selfi de grupo. Sonreímos.

Un dormitorio

Jihan descansa en un dormitorio saqueado por los yihadistas durante la ofensiva al pueblo de Tel Tawil. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

«Mañana vamos al frente, Jihan. No te preocupes porque lo tenemos todo atado con la milicia cristiana. No tienes por qué venir». Nos imaginamos que la kurda insistiría en acompañarnos y le recordamos que lo más probable es que no pase nada, pero que siempre hay una posibilidad de que algo se tuerza. Tampoco sabemos cómo decirle que no. En vez de enfilar hacia el sur como en días anteriores, seguimos por la carretera rectilínea hacia el oeste, con la frontera turca siempre a nuestra derecha. El escaso tráfico circula en dirección contraria. Ya vimos a esas familias enteras huyendo en una sola moto el pasado mes de octubre, o a las que caminan por el arcén en mitad de la nada. También a las que viajan dóciles en las traseras de camiones de ganado sentadas sobre sacas de arroz. Son imágenes congeladas en el tiempo que incluyen a esos pastores guiando a sus rebaños. Siempre parecen los únicos ajenos al desastre. 

A veinte kilómetros de Tel Tamer —la última parada antes de la zona cero—, el conductor quita el seguro del Kalashnikov que descansa junto a la caja de cambios. Ya en la ciudad, la milicia cristiana nos espera en su cuartel general para llevarnos a su posición a siete kilómetros de allí, en la aldea de Tel Tawil. De una población en torno a mil habitantes apenas queda medio centenar, la mayoría viejos que no tienen ya fuerzas para huir. Nos lo cuenta Adai, un chaval de veinte años y que comanda este destacamento a un kilómetro de las posiciones yihadistas. 

«Están justo en ese pueblo. ¿Veis ese coche circulando por la carretera? Son ellos», explica, señalando con su brazo derecho. Tiene su nombre, su fecha de nacimiento y un rosario tatuados en el antebrazo. Tres de sus hombres cayeron prisioneros hace cuarenta días y no saben nada de ellos. Como siempre, será una cuestión de dinero que nadie podrá pagar. Oímos fuego esporádico de mortero en la lejanía, pero nada preocupante. Adai nos invita a dar una vuelta por el pueblo hasta la escuela. Isha Esheia, profesor de primaria, es uno de los que se niegan a abandonar tanto su casa como su lugar de trabajo. «¿Queréis que os enseñe el colegio?». Caminamos por pasillos en los que no hay niños, ni tampoco familias de desplazados como en Hassaka. Solo silencio. 

Realmente cuesta creer que aún quede medio centenar de habitantes en Tel Tawil, pero es que hay que buscarlos dentro de sus casas. Hoshab tarda en abrir la puerta. Cuando finalmente lo hace, intenta educadamente evitar el contacto. Solo es un viejo sin educación, repite desde el umbral; no sabe nada de la guerra ni entiende lo suficiente para contarnos algo que nos pueda interesar. Jihan le explica lo obvio: su testimonio como uno de los últimos residentes de Tel Tawil es valiosísimo. Luego le explica que ella es de Serekaniye. Pasamos hasta la cocina para descubrir que les hemos interrumpido a él y a su mujer, Hadare, en mitad de la comida (pasta con tomate). Hadare parece contenta por la inesperada visita. Chapurrea algo de árabe, pero su lengua materna es el suroyo, la versión moderna del arameo. Jihan la entiende con dificultad, aunque lo suficiente para descubrir que la anciana desconoce siquiera que haya una guerra en curso. 

«Seguimos haciendo las compras en Tel Tamer como siempre, todo es normal, ¿sabes?», le suelta a Jihan justo después de que esta la bese y la abrace. Así se hace siempre con la gente mayor en Oriente Medio. La única decoración en la estancia es el retrato de un primo muerto hace años y una imagen de la virgen María en la cubierta de un calendario de 2007. Entre ambos hay una ventana con vistas a la aldea de Daudie, hoy en manos de los islamistas. Hoshab sonríe como el que intenta quitarle hierro al asunto de la guerra y se vuelve a disculpar por no saber nada y no poder ayudarnos. «No tenemos hijos, ¿a dónde íbamos a ir?», dice, antes de despedirse con esa sonrisa que ha de protegerle del infortunio. Dejamos atrás la casa y una hermosa villa con piscina justo al lado. Ya nos habían dicho en Qamishli que los pueblos de esta zona eran preciosos. «Siempre parábamos por ahí antes de llegar a Tel Tamer», nos dijo nuestro amigo Masud. Jihan incluso habla de comprarse una casa aquí «cuando todo acabe».

Cincuenta metros más adelante encontramos otra villa, pero está destripada por los proyectiles que llegaron desde la aldea de enfrente. Hay que caminar sobre el escombro en la cocina y la sala de estar para llegar al dormitorio: una cama con un cabecero en forma de abanico en madera blanca, armarios y cajoneras a juego. Otro hogar del que se extirpó la vida.

No hemos visto llorar de nuevo a Jihan tras aquel primer encuentro en la universidad aunque hoy parece agotada. Se sienta a descansar y le pedimos que nos deje sacarle una foto. Adelante. Es lo más cerca que puede estar hoy de su casa. Casi le preguntamos qué siente. 

Este reportaje es un avance de Éxodo, huir entre el escombro, un proyecto de investigación periodística de Euskal Fondoa.


El Orden Mundial: «El próximo paso del capital es aceptar que la democracia tiene un límite»

Fotografía: Begoña Rivas

Esta entrevista se puede encontrar en papel en nuestra trimestral nº25 Futuro imperfecto.

Solo una cosa podía presidir las oficinas de El Orden Mundial: un mapamundi. Está debajo de decenas de garabatos, líneas y flechas que interconectan países y continentes que a priori no guardan ninguna relación evidente. Las borran cada día y vuelven a empezar, esa es su elección. Se propusieron —dicen que como hobby— la pírrica tarea de hacer digerible ese concepto tan enmarañado que convenimos en llamar relaciones internacionales. Lo llaman divulgación, pero no se trata de otra cosa que explicar cómo funciona el mundo más allá del telediario. Y de la inmediatez. Sin conspiraciones, aunque les tomen por Illuminati. Sin urgencias ni lenguajes enrevesados. Con mapas, gráficos y contexto. Medio millón de lectores acuden cada mes a leer sus análisis sobre asuntos que ocurren en todo el globo, hasta los que se antojan más insignificantes. Tres son sus siglas, EOM, y tres sus integrantes: Fernando Arancón, Blas Moreno y Eduardo Saldaña. Con una inteligencia y una juventud altamente insultantes, nos dan las claves de cómo será el futuro de ese mapamundi, hasta que se hace de noche.

¿Hasta qué punto vuestro nombre tiene que ver con el libro de Kissinger?

Fernando Arancón: Nuestra fundación es anterior al libro. Surgimos en el año 2012, como un blog totalmente amateur, desinteresado y nada profesional, un hobby para tratar temas internacionales y explicarlos de manera sencilla. Siempre digo que esto se nos ha ido un poco de las manos, porque empezó a tener éxito a través de Twitter, de los mapitas y gráficos… Hasta que te das cuenta de que te están leyendo cientos de miles de personas al mes.

Blas Moreno: Ahora mismo esto da más trabajo del que daría un hobby, pero no da el dinero que daría un trabajo. Pero hace un año y pico decidimos apostar todo y volcarnos profesionalmente en ello.

Eduardo Saldaña: Lo cierto es que nuestras siglas, EOM, son una ventaja porque no se olvidan, como una marca para un concepto del que se habla mucho: «El orden mundial».

F. A.: Es un término muy frecuente en nuestra disciplina, pero también acarrea otra connotación de conspiración. ¡Hay gente que se piensa que somos Illuminati! Sobre todo al principio. Todas las conspiraciones habidas y por haber pasan por nosotros.

No sois un medio de comunicación ni un think tank, sino una plataforma de divulgación. ¿Era un hueco poco explorado en España?

B. M.: Sí, la idea es ir un poco a ese hueco que queda entre medias del periodismo, que cuenta lo que pasa pero no tiene tiempo ni espacio para darle un contexto, y la academia. Esta te lo cuenta, pero tienes que leerte un paper de cien páginas para entenderlo. Queremos explicar lo que pasa, con historia y perspectivas, de una forma accesible al público en general. Somos complementarios, no competimos ni con el think tank ni con el periódico.

E. S.: Tanto nosotros como muchos de los que escriben aquí venimos de la primera oleada de las relaciones internacionales en las universidades públicas. Consumíamos medios anglosajones como The Economist, Foreign Policy, o Le Monde Diplomatique, que tienen esa necesidad de contar las cosas de manera accesible: con mapas, gráficos… Surgió por pura necesidad.

F. A.: No hemos inventado el fuego, solo importado formatos que en España nunca se habían hecho. Nadie se lo había planteado hacer porque nadie había tenido la necesidad como medio, como proyecto, de tener que recurrir a ello. Nosotros sí, porque tenemos algo muy claro, si no vendemos, porque la gente no se suscribe, cerramos. Así de sencillo. Antes de que empezara la crisis de la publicidad institucional, te caía dinero sin tener que trabajártelo mucho, con modelos muy rentistas, y no se fomentaba que los medios fuesen productivos, innovasen y se trabajasen sus propios modelos. Digo con orgullo que esta es una empresa en el sentido bueno, siempre pensamos en cómo hacer bien las cosas y tratar bien a los lectores. Igual que el panadero del barrio o la gente que trabaja en la farmacia, que tiene que tener contenta a la clientela y ofrecer un buen producto.

Históricamente se ha dicho, porque era así, que las secciones de internacional aportaban prestigio al periódico, pero que no eran «rentables» ni se leían mucho. ¿Creéis que podéis revertir eso?

E. S.: Yo te diría que sí. Estamos probablemente en una de las mejores épocas para hacer nuestro trabajo, porque Trump ha dado un empujón al tema internacional. A mí me gusta la anécdota de los rohinyás. Cuando hablamos de ellos estábamos en el programa de radio de Julia Otero, y llevamos este tema antes de que saliera en los telediarios.

B. M.: Salió semanas después y la gente se dio cuenta de que los de El Orden Mundial ya lo habíamos dado. No tengo una certeza clarísima, pero creo que a la gente le interesa mucho el tema internacional, lo que pasa es que no se ha contado bien. No se han empleado las herramientas adecuadas para que le llegue a la gente. No quiero frivolizar, pero la forma de contar es muy importante.

F. A.: Además, que lo que pasa fuera te puede acabar afectando en tu país es algo que hemos visto con la crisis. Que en Berlín, París o Bruselas se decidía algo y aquí te lo tenías que comer. A lo mejor lo que pasa a mil kilómetros de tu casa te afecta.

E. S.: De todo eso ya alertaban los académicos, pero no lo comunicaban bien. La divulgación tiene el peligro de la simplificación, pero no hay que tener miedo a simplificar o adaptar a una plataforma. Nosotros usamos mucho Twitter e Instagram. Y aquí pongo el ejemplo de nuestras madres o gente de esa edad, que a lo mejor lo ve en Instagram o en un tuit y se mete y lo lee. Pero tienes que despertarle ese interés por lo que está pasando fuera. Eso es algo que no se había hecho. Los mapas son parte de la misma estrategia, hacen que la gente se meta a leer un artículo que desarrolle lo que ha visto en la imagen.

B. M.: Hay cosas que, aunque no lo parezcan, tienen política detrás. El cine de Hollywood ha reflejado la política exterior estadounidense durante décadas, por ejemplo. El reto está en contar a la gente estas cosas de forma interesante. En EOM, los dos artículos más leídos han sido uno de política social en Islandia y otro de refugiados. ¿Por qué? Pues porque Islandia fue el país más pequeño en llegar al Mundial de fútbol y eso tiene que ver con una política social que puso en marcha su Gobierno hace años, promocionando el fútbol para sacar a la gente de la droga. Y el tema de los refugiados de Croacia, que acabaron jugando el Mundial y llegaron a la final. A través del fútbol consigues contar política internacional. No engañas a nadie, pero sí que endulzas un poco el primer paladeo.

Mantenéis una atención constante a los sucesos más actuales, pero también publicáis cosas de países alejados de la atención del momento como Liberia. ¿Es complicado equilibrar esa agenda?

F. A.: Creo que hay que hacerle cierto caso a la actualidad, pero con prudencia, no tienes que seguirla como si fuera el palo y la zanahoria. Sí que hay que prestar atención a los temas importantes que están sucediendo, pero también hay que romper un poco con la agenda. Lo que pasa en el mundo va a tener unas repercusiones, y eso lo puedes contar hoy, mañana, pasado o la semana que viene. Nuestros grandes problemas, que son los análisis un poco más sesudos, sirven para comprender cómo funciona a nivel estructural lo que ocurre en los temas internacionales.

B. M.: Tiene mucho que ver con la plataforma. Publicamos grandes temas, que se parecen a los de Jot Down, que son muy largos, de leer con calma, y se preparan con mucha antelación, durante semanas. Si pasa algo en directo, me pongo en Twitter, para explicar la actualidad igual basta con un tuit o un hilo. La herramienta es también una manera de cambiar el discurso. Los temas largos son atemporales, temas internacionales que se pueden leer de aquí a un par de años.

E. S.: Es que el artículo de los rohinyás era de 2015.

B. M.: Ese artículo no podía advertir de que podía haber un genocidio en 2018. Pero sí podía advertir de que había una minoría en Birmania y que estaba en peligro.

E. S.: Pasa lo mismo en China con los uigures; cuando pase, nosotros ya tenemos trabajo que hemos realizado hablando de ello. Al final, lo que hace falta es el contexto para saber qué está pasando

F. A.: Es un poco como educar el paladar. Si siempre cedes a lo que parece que se demanda, realmente al final malcrías un poco la demanda de conocimiento. Nosotros lo que generamos no es información, sino conocimiento, que es útil hoy, mañana o pasado. Para conocer las noticias están los diarios, y nosotros estamos para quien quiere saber de dónde viene esto, qué es lo que va a ocurrir, qué factores hay en juego. Yo creo que uno de los hándicaps que ha tenido internet es que nadie nos ha enseñado a usarlo. Nos han dado una conexión, un router o un móvil y un campo inmenso, y nadie te ha dicho por dónde ir, qué se puede hacer. Es como cualquier otro producto, que hay que evitar intoxicaciones, evitar saturar… si te comes veinte Kit Kat a la vez igual tienes un subidón de azúcar.

E. S.: No podemos competir contra El País o The Guardian en cuanto a cantidad de contenido, pero sí en cuanto a la profundidad de ese contenido.

Vayamos al futuro. ¿Seguiremos hablando del conflicto de Oriente Próximo las próximas décadas?

B. M.: En la medida en que el tema de Israel y Palestina siga roto, se seguirá hablando de ello durante décadas, incluso más. También influirá mucho la gran pelea que hay entre Arabia Saudí e Irán y el papel de Estados Unidos en esa región. Eso va a estar ahí mucho tiempo.

F. A.: Igual dentro de treinta años Palestina ya no existe, pero el Israel que haya absorbido Palestina va a tener muchos problemas. Va a seguir siendo un país muy polémico. También en la región hay que saber qué intereses tiene cada parte, hay que entender cómo están formados los actores, sobre todo los Estados. En Europa son Estados nación, con su cultura compartida, pero Israel ahora mismo es una especie de etno-Estado, que le da mucha importancia a la religión.

B. M.: Acaban de aprobar una ley en la que dicen que son un Estado judío y luego ya, si eso, democrático.

F. A.: Arabia Saudí es una familia supernumerosa con un país a sus pies, como si fuera su finca privada. Una monarquía absoluta de la Europa del siglo XVII. Luego Irak es un Estado que no es un Estado, son varias comunidades mezcladas con una frontera… Entramos en tromba y lo rompimos todo, lo que lo ha complicado aún más. Es lo que pasa en Siria, que el que sostiene el Estado es un dictador que tiene un sistema social que fomenta cierta paz social, como le pasaba a Huseín, o a Gadafi en Libia. La gente no se queja mucho, si tienes rentas del petróleo, puedes dar subvenciones, que la gente viva más o menos bien, y no tienes problemas. Si baja el precio del petróleo y recortas subvenciones, la gente te la lía. Y tienes un Estado fallido, porque ya nadie te debe lealtad a ti.

Otra región que parece que será clave en el futuro de la geopolítica es el Cuerno de África, donde hay una creciente militarización que podría desembocar en un conflicto. Ya no son solo las instalaciones de Francia y Estados Unidos, es que ahora India, China, Turquía, Arabia Saudí y Emiratos Árabes han instalado bases militares en la zona. ¿Será uno de los puntos calientes del futuro?

E. S.: Totalmente. En el Cuerno de África ya no es solo que Turquía está entrando en el mar Rojo, rodeando perfectamente el golfo, es que también están entrando en Somalia. Turquía es uno de los aliados de Estados Unidos, y esa zona sirve para tender un puente entre ellos y Catar con base en Somalia y en la islita que le han dado a Sudán del Sur. Es un cerco muy concreto a la península arábiga.

B. M.: Hay muchas lecturas interesantes ahí. Está el punto de vista geopolítico de Turquía y Catar, y cómo pueden romper ese cerco el resto de monarquías del golfo. Es una ruta comercial por la que también pasan India y China y el petróleo que viene por el golfo Pérsico. Hay otra lectura más a futuro: en la medida en que el Ártico se vaya descongelando, se abrirá una ruta mucho más corta. La habitual pasa por Somalia, Yemen y Suez. El primer barco que cruzó la ruta del Ártico sin necesidad de ayuda lo hizo este verano, y cuando eso se empiece a descongelar va a ser más sencillo todavía tomar esa ruta. Y tendrá un impacto medioambiental y económico. Eso desplazará la atención del sur hacia el Ártico.

E. S.: Y respecto al Cuerno de África, sí es una zona fundamental para el comercio, pero ya te digo yo que va a costar mucho que haya inestabilidad y guerra en esa zona. Pero si se abre una nueva ruta, los Estados potentes como Rusia y China controlarán el paso y es mucho más probable que se líe allí.

F. A.: Sí que parece que el Ártico va a ser uno de los grandes polos de conflicto, por ese desplazamiento del comercio de hidrocarburos. Europa va a seguir siendo un mercado potente. Pero China es distinto: dile que tiene que acceder a todo ese comercio bordeando un montón de estrechos, con el riesgo constante de que le corten el paso si hay malas relaciones. Pero por el Ártico el peor enemigo es el hielo, si no hay, se puede pasar tranquilamente y no tienes problemas, no tienes que andar bordeando.

E. S.: El problema del Cuerno de África es quién está militarizando esa zona. Hay que empezar a ver el mapa del mundo de otra forma, y eso es algo que nosotros también estamos haciendo. Deberíamos empezar a diseñarlos con el centro aquí [señala el Pacífico].

B. M.: O China y Eurasia, mejor.

¿Vamos hacia un futuro geopolítico con mucha más supremacía China?

F. A.: Económicamente sí. La clase media en China, la que tiene una capacidad de consumo normal, ya iguala en cantidad a la clase media europea. Como mercado es incomparable, y acaba de empezar. Fíjate lo del Día del Soltero: treinta mil millones de dólares en un día, facturados por una empresa. Europa no puede competir ya con China. Esa gente en veinte o treinta años nos ha sobrepasado completamente.

B. M.: Hubo la revolución 3G, y después otra 4G. La revolución 5G va a ser la de la inteligencia artificial, los coches autónomos. Si las otras las han dirigido Estados Unidos, Europa o Japón, China se ha propuesto dirigir la 5G y va a ser la potencia que lo haga. De aquí a veinte años el lugar puntero no va a ser Japón, ni Corea, ni Silicon Valley, va a ser China. Están metiendo una gran cantidad de dinero en eso, en su mercado interno y en su mercado externo, para seguir siendo influyentes en el mundo. Quieren ser la vanguardia.

F. A.: Me alucina de los chinos su concepción del tiempo. Esa gente piensa a cincuenta años. Lo que pase mañana o dentro de cinco o diez años les da igual. Tienen un plan, tienen que llegar a un sitio y les da igual cómo, pero tienen que llegar.

B. M.: Con las consecuencias perversas que tenga eso para su población, para el medio ambiente, o para lo que sea.

Otro asunto de relevancia es la carrera espacial china, que será vital en el siglo xxi. ¿Es el espacio la última frontera de Pekín?

E. S.: Yo cada día soy más reacio a decir que China va a gobernarlo todo. Va a gobernar ciertos aspectos, pero en otros será difícil. Por eso, cuando escuchas a algún analista decir eso de que China va a ser la superpotencia, creo que hay que ir con cuidado… que la vida da muchas vueltas. Nuestro trabajo es poner en duda si eso es tan taxativo.

F. A.: A nivel mundial, China tiene todavía hoy una influencia bastante discretita. No está al nivel de Estados Unidos, Rusia…

Robert D. Kaplan dice eso de que el control de las fuentes tecnológicas ha definido muchas veces el orden mundial. ¿Eso puede ocurrir con el espacio?

B. M.: Es cierto, el país que en cada época tiene los mejores elementos tecnológicos acaba siendo potencia. Pero una precisión: no es que China vaya a ser la potencia mundial, sino que va a volver a ser la potencia. Como hace mil quinientos años, antes de que los europeos nos pusiéramos a explorar el mundo, que ellos estaban al mando de la innovación. Dejaron de serlo durante un tiempo, y ahora volverán a serlo otra vez. La tecnología viene de la mano de esto.

F. A.: Su propio nombre significa eso, ‘imperio del medio’. Y como tal se proyectan, como un imperio.

B. M.: Para ellos es un poco vergonzante, porque les pesa mucho aquella historia de cómo los occidentales los dominaron, la guerra de los bóxers, el tema del opio… Quieren recuperar el orgullo que tenían.

E. S.: Es que en eso China son los más realistas, incluso más que Rusia.

B. M.: Aunque Rusia parezca una potencia de la leche, su PIB es parecido al de España. Pensamos que es un país potentísimo, y claro que lo es en aspectos nucleares, históricos o militares. Pero económicamente es un país de la liga media. Lo que están haciendo ellos es procurar golpear por encima de su peso. Proyectar más poder del que realmente tienen. Rusia no es tan poderosa como parece, pero les viene bien que hablemos de ellos como «el coco ruso».

El otro día Eric Schmidt (ex-CEO de Google) pronosticaba que el internet del futuro estará dividido en dos redes independientes gestionadas por los Estados Unidos y por China. ¿Qué os parece, va a balcanizarse internet en el futuro?

F. A.: Ya lo está. China tiene un sistema cerrado en el que tú acatas sus normas o simplemente no entras. La cuestión es, para el futuro, si ese modelo de China se impone fuera de China.

E. S.: Lo más peligroso de esto no es tanto que China aplique censura, sino que Google claudique y acepte esa censura china.

B. M.: Tiene guasa que el ex-CEO de Google diga esto ahora, cuando unos años antes había dicho que no iba a entrar en China porque les aplicaba la censura. Ahora le parece bien, porque es tal mercado que no pueden renunciar a él.

E. S.: El próximo paso del capital es aceptar que la democracia tiene un límite. Por decirlo así. En Silicon Valley la teoría de la creación de Google es la libertad de la red, esa gente ha estado luchando contra Trump y por la neutralidad de la red. Y ahora ha aceptado eso en China, lo cual es muy peligroso. Porque, si lo aceptas en China, ¿por qué no en la Unión Europea?

F. A.: Ahí se ve cómo el Estado influye en la empresa y no la empresa en el Estado. Hablamos de Google como si fuese una pyme, y no. Dile tú a Irlanda que Google se va mañana de allí. Tributariamente tendría un problema, porque perdería a un gigante que le aporta un dineral absoluto. Cuando sea Google el que presione a los Estados para que no le apliquen sus leyes, ahí la tarta se invierte. Es una empresa la que presiona a un Estado para que acate sus normas, so pena de no entrar en su mercado. Con China es diferente, porque, si Google no entra en China, los chinos no pueden saber qué es Google. ¿Es mejor haber amado y haber perdido que nunca haber amado?

E. S.: Le voy a dar la vuelta a mi argumento de antes y voy a decir que también es un éxito para Google y para Occidente, porque China ha aceptado que esa empresa, con una serie de condiciones, entre en su mercado.

B. M.: Históricamente, China ha puesto trabas a la inversión extranjera si no era de la mano de un socio chino. Es la forma de tener controlado el dinero que entra en el país. Mi pregunta sería qué control va a tener Google en China, qué acceso a datos. Quién va a controlar realmente los datos de sus usuarios.

F. A.: La semana pasada salía la noticia de que Facebook había reconocido la culpa en el genocidio de los rohinyás, así que, ¿hasta qué punto seguimos hablando de los Estados como si fueran los únicos actores cuando hay otros actores muy potentes que siguen teniendo un peso gigantesco y decantan mucho la balanza, hacia dónde va un asunto u otro?

¿Qué os parece esa afirmación de que «los datos serán el petróleo del futuro»?

E. S.: No es tanto los datos como la información, y la propia red. Se ve en países africanos, del África subsahariana. Nigeria, donde está triunfando mucho el comercio y la compraventa a través de WhatsApp y con criptomonedas, porque son mucho más fiables que su moneda. Ahí no son tanto los datos de los usuarios, qué también, sino el propio establecimiento de la red. ¿Si corto el acceso a esto? Al país lo tumbas. Internet ha roto cualquier forma de concebir la realidad, incluida la percepción de las potencias y los actores. Los ha diversificado. Siempre hablamos del ejemplo de un pueblo de Macedonia que se lio a fabricar noticias falsas en las elecciones de Estados Unidos.

B. M.: Vivimos en un mundo en el que cuatro chavales en un garaje en Macedonia te influyen en las elecciones de la primera potencia mundial. Por ganar dinero, porque a ellos el resultado ni les va ni les viene. Pero con un 40 % de paro…

E. S.: Y eso, cualquier analista de inteligencia de Estados Unidos lo pasaría por alto en su momento porque ni se le pasa por en la cabeza. Son espías, llegaría a pensar. Pero son cuatro mataos.

B. M.: O hay un espía muy listo que les ha pagado a cuatro mataos.

E. S.: Vienen unos tiempos muy interesantes, muy complejos y muy difíciles. Lo que planteaba Fernando es uno de los grandes retos, enseñar a la población y a la ciudadanía la nueva realidad en la que estamos creciendo. Uno de los fallos que se han cometido es no enseñar las implicaciones que tiene la entrada de internet en la vida del individuo.

¿Qué es «la conspiración de la geopolítica» de la que habláis a veces?

F. A.: En el fenómeno de la geopolítica, al final los temas internacionales se han ido reduciendo a un espectro muy pequeñito de simplificaciones que realmente tienen poco o nada que ver con lo que sucede en realidad. Te encuentras un vídeo en YouTube con un millón de reproducciones que te dice que la guerra de Siria es culpa del petróleo, de Soros, de Israel y de Estados Unidos. O que la culpa de que el Frente Nacional suba en Francia es de Rusia, Perico el de los Palotes y Google, por ejemplo. Te juntan tres piezas, te las hilan de forma golosa y lo petan. Se vende superbién. No diría que todo ahí es falso, pero sí que hay muchas cosas que son falsas o que son difícilmente justificables, porque tienen un soporte intelectual bastante escaso. Así que al final todo conduce al síndrome de la conspiración, de que hay un poder oculto detrás que no te deja conocer la verdad, que hay intereses sibilinos…

B. M.: En el momento en que las certezas se caen y te crees que la ensalada es un engaño con el que te quieren envenenar, ya pones en duda absolutamente todo, la posverdad. Entramos en lo que hablábamos antes del blanco y el negro. Como el negro es muy negro y no me lo creo, tiene que ser blanco. Esto pasa mucho en el mundo multipolar, pero hay gente que todavía piensa en términos del mundo bipolar de la guerra fría. Si yo soy moralmente muy antiimperialista, porque Estados Unidos hizo unas salvajadas en el mundo, entonces tengo que ser prorruso. Esta es la lógica que utiliza esta gente. Si Al-Asad es aliado de Rusia, es el bueno. Porque como soy antiimperialista…

F. A.: Se mezcla velocidad y tocino, se le pone una bechamel, una capita, de toque de conspiración. Muchas noticias falsas se construyen con toques de realidad. Como una pieza sí parece que es cierta, el resto, por tus propios sesgos, lo das por válido

¿Es a eso a lo que vamos, ese es el futuro de la información a largo plazo?

B. M.: Pues puede ser. Como ahora no sé si todo es más complejo que antes, pero desde luego es muy complejo, y tampoco hay tiempo ni ganas de informarse de verdad, pues lo que haces es recurrir a soluciones sencillas. Si no es A, será B. Porque A está contra B.

F. A.: Y también porque no es barato informarse bien, nosotros como medio también tenemos que ser autocríticos. Requiere mucho tiempo. Mucha gente no tiene tanto tiempo en el día a día como para estar relativamente bien informada. Hay quien piensa que por verse el telediario de las nueve lo está, y es que los telediarios sueltan cada pildorita que puf…

¿No faltan analistas internacionales también? De los que estén al alcance de todos, no del «tertulianismo».

E. S.: Sí, es que en España no hay tradición de traer expertos a los medios. Siempre ponemos el ejemplo de la BBC, en la que, si pasa algo en Uganda, te traen a un experto en Uganda. Aquí tienes al mismo de siempre

F. A.: Que lo mismo te comenta un partido de fútbol que te habla de las elecciones en no sé dónde. Y cuando llevan a expertos, tampoco saben hablar bien. Es el problema de la divulgación, el otro escalón.

B. M.: Ya, pero si todo esto funcionara bien, yo también pongo en duda que la gente se informara bien. Porque creo que mucha gente parte de la premisa de que todo lo que le han contado es mentira. Pasa con la política y, como vemos con nuestros compañeros de Maldita Ciencia, pasa también con la salud. Yo no tengo la respuesta de cómo dar la vuelta a esta historia, cómo darle la vuelta a la gente que cree algo fervientemente y no la sacas de ahí. Porque es una fe.

E. S.: Por añadir algo más: es caro para el usuario estar informado, pero también lo es para los medios internacionales asumir los errores que se han cometido. Hay una pregunta que hago cuando hablamos de esto: Si te pregunto si había armas de destrucción masiva, o si te digo ¿ha sido ETA?, ¿qué respondes? Parte de llegar a esos conspiranoicos pasa por asumir que hemos cometido errores, porque la información venía desde un canal y había unos intereses. Cuando lo asumas, va a tener una repercusión negativa, porque vas a fortalecer a los conspiranoicos. Pero es que ha pasado, no podemos concebir la información como algo imparcial, y no lo es.

F. A.: El problema de la gente es la fe irracional, pero es que los medios también se alimentan de ella.

E. S.: Yo creo que de ahí viene lo de los muros de pago en los medios. Es una forma de expiar la culpa, de asumir errores porque tenían la dependencia de quien la tenían, y ese modelo no funciona. Está habiendo un cambio. Pero, en cualquier caso, la conspiración en la geopolítica vende mucho. Hay que entender dónde se consume esa información también, eso es importante. Porque hablamos de teorías de imperialismo desde España, pero es que el español es el segundo idioma más hablado del mundo. Un latinoamericano probablemente se crea esa teoría de la conspiración mucho más fácilmente porque Estados Unidos derrocó a un Gobierno en Panamá, o en Chile. No es tan extraño creer eso cuando has sufrido los resultados. Nosotros lo vemos claramente, porque muchos de nuestros lectores son de allí, y hay una gran tendencia al conspiracionismo y el negacionismo en América Latina.

B. M.: Es en todo el mundo, en realidad. Como ese dicho que existe en Irán, de que todo es culpa de los ingleses. Como en su momento derrocaron al sah y dieron un golpe de Estado, en Irán existe esa teoría conspirativa popular de que todo lo que pase para mal es culpa de los ingleses, y, por extensión, de Occidente. Cada zona tiene su conspiración, y todas coinciden en acabar echando la culpa a los de fuera.

E. S.: Todo esto es la conspiración de la geopolítica: la pseudociencia de la geopolítica.

Os quejáis de que durante estos años de terrorismo islamista apenas se han hecho esfuerzos de pedagogía o divulgación sobre qué es el islam, y eso ha alimentado la islamofobia. ¿Seguirá esto siendo una constante en el futuro?

F. A.: Con la islamofobia, partamos de una base muy sencilla: un español de a pie no te distingue un marroquí de un iraní, y los dos profesan el islam. Son todos «moros», y se piensa que los turcos son árabes. No le intentes meter ya cuáles son las diferencias entre un suní y un chií.

B. M.: Todo eso dejando de lado que los árabes viven en la zona en la que se originó el cristianismo, donde hay cantidad de ramas cristianas y judías que profesa gente de etnia árabe. Dentro de los árabes hay también cristianos, aunque la gente los llame «moros», que la palabra ya va cargadita. Además, también se considera que todos los que viven del Estrecho para abajo, hasta Pakistán, son lo mismo.

F. A.: Si lo piensas dándole la vuelta, tiene más sentido. Si alguien dijera es que «el cristiano es así», ¿qué cristianismo?, ¿el catolicismo, el protestantismo, el ortodoxo, la iglesia luterana, la anglicana, la del quinto día, los mormones…?

B. M.: Es como si ellos dijeran que todos los cristianos tienen doce mujeres y viven en el siglo XIX, como los mormones. Pues diríamos que está simplificando mucho, y eso es lo mismo que hacemos con ellos en el tema de la yihad.

Alguna vez habéis planteado como un problema futuro el de la desradicalización de los actuales yihadistas del Estado Islámico, lo que ocurrirá cuando regresen.

B. M.: Es un tema muy complicado. Primero, porque no creo que el Estado Islámico vaya a desaparecer. Le quitas el territorio, pero empieza a actuar como hace Al Qaeda, infiltrándose en la sociedad y refugiándose en montañas. Ahora mismo casi solo conserva territorios en Irak o Siria, pero sí que sigue actuando. Y en el futuro, si no se llama Estado Islámico, se llamará otra cosa. Y, si no, estará Al Qaeda, que nunca ha desaparecido. El terrorismo yihadista seguirá vivo mucho tiempo.

F. A.: Sí, con las filiales de Al Shabab, Boko Haram…

B. M.: ¿Qué es lo que va a ocurrir con los yihadistas europeos dentro del Estado Islámico? Yo diría que buena parte de ellos están muertos ya, y la otra parte acabarán detenidos. Los que quieran volver serán un problema, entre otras cosas por las cárceles. Si encarcelas a alguien así, te radicaliza a media cárcel más. También hay otro problema enorme con las mujeres y los niños, porque esa gente ha formado familias allí, niños que han nacido allí, en el Estado Islámico. ¿Cómo metes a esa gente en un colegio público de Carabanchel? Esto va a derivar en muchísimos problemas, a pesar de que numéricamente no parezca un problema mayor. Aunque yo creo que la cuestión preocupante no es tanto los que vuelven como los que se van a seguir radicalizando dentro de Europa. Muchos de los últimos atentados gordos, los de París, Londres y Bélgica, los ha cometido gente que ha nacido y se ha educado aquí, y nunca ha viajado a Irak o Siria. Para atentar no hace falta instruirse en la guerrilla de Afganistán, ahora te basta con un cuchillo y una camioneta. ¿Eso cómo se soluciona? Pues no basta con cargarse a Estado Islámico allí. Hay que cambiar cosas aquí, y si no las cambias, seguirá pasando. Si no son musulmanes radicalizados, será otra cosa, pero en cualquier caso van a intentar atentar contra nosotros. O contra cualquier sociedad libre. Hay que hacer ejercicios de introspección que no estamos haciendo, porque esta gente no está entrando en la sociedad.

F. A.: De hecho, haciendo el símil, aunque parezca bestia, el discurso de Estado Islámico en Europa no se diferencia demasiado del discurso populista que han tenido muchos partidos. ¿Cuántos combatientes del Estado Islámico ha habido que viniesen de un país europeo, que ganasen tres mil euros al mes, tuviesen una familia formada y viviesen bien? Muy pocos, por no decir ninguno. En una encuesta reciente preguntaron los motivos de por qué se unirían a Estado Islámico: las primeras respuestas eran «porque no tengo trabajo», «porque hay falta de oportunidades», «por el conflicto entre Israel y Palestina»; y después, ya como séptima razón, decían que era una cuestión de fe. Así que no se trata de que esa gente se vaya a luchar ahí porque crea en un califato islámico, sino más bien porque no ha encontrado trabajo en su vida, no lo va a encontrar y allí les pagan mil euros al mes pegando tiros.

B. M.: Sí, pero tampoco hagamos pensar que todo el mundo que se mete en la yihad es pobre, porque no es así. Los que están al mando tienen dinero. Pero entre los demás cunde la sensación subjetiva —que es muy difícil de cambiar— de sentirse discriminados. Gente de padres marroquíes que ha nacido en Bélgica, que si va a Marruecos le llaman «el belga», y que allí es «el marroquí». Desarraigo, discriminación percibida, aunque no sea real… Todo eso es un problema que tenemos nosotros.

B. M.: En cualquier caso, el yihadismo como tal lleva unos sesenta años, y ahora las condiciones siguen dando para que continúe. En la medida en que siga existiendo una falta de entendimiento entre esas sociedades, esas culturas distintas, y siga habiendo países fallidos como Irán, Siria, Somalia, en los que se ha permitido hacer tales salvajadas… ¿Por qué no van a continuar las salvajadas yihadistas? Yo creo que continuarán.

¿En qué medida el auge de la ultraderecha influirá en ello?

B. M.: Pues en la medida en la que poblaciones inmigrantes como estas perciban un rechazo latente en la sociedad de acogida. Es un círculo vicioso de retroalimentación continua, y en algún momento habrá que parar. Por ejemplo, Bélgica: es el país que más población yihadista mandó a Siria e Irak per cápita, dentro de Europa, y tiene mucho que ver con el hecho de que Bélgica es un país con un partido ultraderechista muy fuerte desde hace muchos más años que el resto de países europeos. Es un factor importantísimo.

F. A.: Y luego la mano de Arabia Saudí, que siempre está por detrás.

B. M.: Exacto. Porque todas las mezquitas que hay en Bélgica las ha pagado, históricamente, Arabia Saudí. El tema de la financiación es crucial. Por ejemplo, en Turquía vas a encontrar muchos menos yihadistas que en Egipto, porque el islam turco es mucho más sufí. Todo influye. Las mezquitas financiadas en Europa tienen conexión con corrientes wahabíes muy radicales.

F. A.: En Bélgica no había nada que contrapesara, un islam más moderado, y si Arabia Saudí hace una mezquita y te coloca a un imán wahabí a tope, ya está. Como la población es homogénea, porque no está integrada en el resto, se refugia en sí misma de esa manera.

B. M.: Y también porque el Gobierno belga abre las puertas a Arabia Saudí todo lo que quiera. La presencia de la ultraderecha flamenca ha contribuido mucho a todo este cóctel, convirtiendo a Bélgica en uno de los países con más yihadistas de toda Europa.

Antes habéis mencionado el rol de los derechos humanos. ¿Qué papel creéis que van a jugar en el futuro las movilizaciones sociales en este sentido?

B. M.: Lo que se llama la movilización de la vergüenza, ¿no?

E. S.: Yo soy muy negativo en este aspecto. Lo vemos cada día. Yo parto de la premisa de que las ONG son actores, y hay unos intereses, esto no es conspiranoia. Los derechos humanos son una herramienta. Parte de esa posverdad con los derechos humanos viene de que se han usado en unos casos sí, y en otros no. ¿Qué credibilidad tiene un premio Nobel a Obama o a la Unión Europea cuando ves las cifras de muertos en el Mediterráneo? Los derechos humanos se han prostituido y se ha acabado con su esencia, en mi opinión. Así que yo te diría que no van a jugar ningún papel. Movilizarán a la sociedad, pero es que la sociedad se moviliza por una cantidad de tonterías… Y esto no es una tontería. Han matado a Khashoggi en Turquía, pero es que Irán se carga a disidentes cada día.

F. A.: O que Arabia Saudí está bombardeando Yemen, dejándolo todo hecho un parking.

B. M.: A pesar de que los derechos humanos sean algo que hay que defender siempre, el hecho de defenderlos a veces está motivado por intereses. Se defienden muchas cosas y otras se ignoran. En el momento en el que se instrumentaliza esa defensa, pierde legitimidad.

F. A.: Y los vacías más de contenido. Dices «derechos humanos, derechos humanos», pero en realidad estás agitando una caja vacía.

B. M.: Así que, en la medida en la que el mundo sea más multipolar y haya más actores implicados, cada uno con sus intereses, a uno le dará igual lo que haga el otro mientras todo esté más o menos en calma.

E. S.: Yo la única lanza que rompo en favor de ello es que la unilateralidad, los intereses de cada actor, les obligue a aceptarlos. Tenemos un ejemplo con Bolsonaro, que cuando llegó al poder decía que ni Amazonas, ni cambio climático, ni poblaciones indígenas. Pero han llegado las empresas y le han dicho: no, si no respetas el medio ambiente y los derechos humanos de estas poblaciones, Europa y Estados Unidos no nos compran. Entonces Bolsonaro ha accedido. Los derechos humanos podrán ser vertebradores de algunas relaciones.

F. A.: Hay una cosa que está clara: los Estados les dan menos peso a los derechos humanos porque ni siquiera en sus propias sociedades eso tiene un valor. Si en el momento en que se violasen los derechos humanos saliesen cien mil personas a la calle a exigir al Gobierno que se respeten, quizás se respetarían. Pero a nadie le importan los derechos humanos. Se esgrimen como algo otorgado, que no se ha luchado por ello, que es un valor vacío. Un ente abstracto donde ni siquiera sabemos a qué nos referimos exactamente, ni emplearlos bien, y acabamos pasándolos por la ley del embudo.

B. M.: Y que los que sufren están lejos, eso también.

E. S.: Además, los derechos humanos se defienden en organizaciones e instituciones que quedan muy lejos de la ciudadanía. Nuestros compañeros expertos en este tema nos argumentan habitualmente que existen resultados. Y los hay, pero en organizaciones que no son capaces de transmitírselo a la ciudadanía, así que no se ve un efecto directo. Por otro lado, hay una politización de los derechos humanos, pero no se sabe qué implican en realidad. Escuchas cómo apelan a ellos los políticos, cuando realmente su ciudadanía no sabe qué son. Es un error de transmisión de conocimiento, de divulgación. Por eso muchas organizaciones acaban siendo disfuncionales, porque nadie las entiende ni sabe qué hacen. Si te pregunto la diferencia entre el Consejo Europeo y el Consejo de Europa, ¿cuántos sabrán distinguirlos? Porque el Consejo de Europa, en teoría, defiende los derechos humanos en todo el continente. O el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que estuvo presidido por Arabia Saudí. Pues eso.

Europa gasta en defensa más que China y Rusia juntas, pero no tiene ejército. ¿Cuál creéis que es el futuro del PESCO, unas fuerzas armadas europeas? ¿Lo veremos o no?

F. A.: El ejército europeo es un truco bastante astuto de los europeístas. Como la hacienda propia, el ejército es uno de los elementos clave del Estado, así que ese era el elemento clave para darle a la UE una entidad más de Estado. Así que se está utilizando como un caballo de Troya para darles un tirón en la caña a los países más díscolos. Es un debate que no creo que vaya a llegar a término. A pesar de que la UE debería ir a una integración mayor, porque si no los países de Europa van a estar muertos de aquí a décadas; yo creo que vamos a una Europa de las dos velocidades. Eso, o que la UE acabe convertida en una simple unión aduanera.

¿Cuál es vuestro pronóstico?

F. A.: Creo que habrá una Europa occidental mejor integrada, y después habrá otra Europa oriental que estará en una UE versión 2.0, a medio gas. Pero todos estos debates de los eurobonos, la unión fiscal, el ejército… no creo que vayan más allá.

B. M.: La Unión Europea no ha conseguido transmitir la necesidad, si es que la hay, de avanzar en esta integración. Los europeos están pensando más en el ascenso de ciertos partidos políticos, o en si la hipoteca les cuesta mucho o poco. No se piensa a cincuenta años. Por eso, el ejército europeo no creo que sea una realidad; si tú preguntas en la calle qué es el PESCO, a ver quién lo sabe.

2018-11-12 MADRID EL ORDEN MUNDIAL JOT DOWN FOTO BEÑA RIVAS

Creo que era Ignacio Ramonet quien decía que la geopolítica, en general, funciona a través de seísmos. Cuando todo parece establecido y previsible, surge un acontecimiento que perturba el panorama. ¿Hace falta algo así en la Unión Europea?

E. S.: Pues era precisamente lo que estaba pensando con todo esto. Hace falta que Estados Unidos, que es el primer ejército, y Turquía, que es el segundo, digan que se van de la OTAN. Eso y verte completamente expuesto. Ahí habría que establecer una unión militar o defensiva, aunque quizás no sea en forma de ejército. Porque ahora estamos en el punto de las guerras híbridas, las nuevas formas de combate, así que no hay que pensar en el formato de un montón de soldaditos puestos en fila. Si llegamos a ese punto, que con estas trazas puede llegar a ocurrir, a mí me encajaría con ciertos movimientos nacionalistas que está habiendo en Europa. Quizá esa creación de un ejército europeo pasa por enfatizar un nacionalismo de la civilización occidental. Y eso son Salvinis…

B. M.: Es que el término de «euroescépticos» ya empieza a ser erróneo. Porque ni Salvini, ni Le Pen, ni Orbán se quieren ir de Europa. Se quieren meter hasta la cocina para ganar las elecciones europeas y conseguir la presidencia de la Comisión. Así, gobernando Europa, la cambiarán desde dentro hacia donde ellos quieren: una Europa mucho más nacionalista, laxa en la relación con los países…

E. S.: El Sacro Imperio. El mejor ejemplo es el fascista de Austria, Strache, que es fascista pero es europeísta.

F. A.: Eurofascismo.

E. S.: Pero es fascismo. Tienes a los países del Grupo de Visegrado, que son ultracatólicos, y son de la misma tendencia que Salvini, todo el día con el rosario colgando. Es el rasgo que estructurará Europa si esta gente llega al poder.

F. A.: A veces hay que verle las orejas al lobo para ponerse las pilas, con el brexit

B. M.: Sí, pero llevamos ya muchos toquecitos. El brexit, la crisis de 2008, los refugiados… y nada. Sobrevivimos.

F. A.: Ya, pero para que se consolidara la Unión Europea con el carbón y el acero tuvimos que pasar dos guerras mundiales. Y era solo el carbón y el acero, no era una construcción loquísima. Y ahora estamos que si el brexit, que si no sé qué… para la federación de un Estado supranacional.

E. S.: Pero la ultraderecha tampoco es idiota. A lo mejor acaban con la base liberal de la Unión Europea, pero los partidos que llegan al poder no son tontos. Serán conscientes de que hay que mantener algún tipo de unidad si quieren sobrevivir.

B. M.: Lo que está por ver en los próximos años es hasta qué punto la UE, que hasta ahora, en su estructura, siempre ha estado llena de ideología liberal, hasta qué punto esa estructura sobrevive con un relleno distinto. Si domina el euronacionalismo xenófobo la estructura, la seguirá utilizando, pero para otra cosa. ¿La estructura y la ideología van de la mano, o la estructura puede sobrevivir formada por otra cosa más perversa, distinta?

E. S.: El tema es que uno de los errores que se comete con estos movimientos es no entenderlos. Hay gente que les vota, y no es poca. Y quizás toda esa gente prefiere una Europa gobernada por estos tíos que por los que han estado hasta ahora, y hay que ver por qué. Si has estado en Bruselas, has visto que el funcionamiento es muy kafkiano.

F. A.: Se parece al Senado galáctico de La guerra de las galaxias.

E. S.: A veces se pasa por alto que el populismo tiene una cosa buena: conecta con la gran mayoría de la sociedad. Y es algo que el liberalismo no ha cogido, no ha dado un toque pop a su ideología.

F. A.: Tampoco pensemos que la UE es un ser de luz. En un momento dado, en la construcción política de la Unión, se dijo: «No, vamos a ir a tope con la construcción económica, más que con la política». Neoliberalismo a tope, tratado de Maastricht, euro… Se dejó aparcado un camino que a lo mejor había que haberse planteado seguir, o llevarlo más acompasado. Pero se tiró por una línea económica a tope, y se metieron mil países a saco. Como la economía era lo más importante, se metió a países poscomunistas que se debían estar pirrando por tener McDonalds, y todos amigos. Algo muy endeble. Y la Constitución Europea cogiendo mierda desde hace treinta años. A ver cómo la rescatas ahora.

E. S.: Y esto lo hablamos aquí, entre nosotros, sabiendo que la Unión Europea es lo que necesitamos. Pero imagínate qué piensa alguien que es completamente ajeno a este sector, que puede llegar a pensar que no necesita para nada a la UE.

B. M.: Y eso es lo que pasa en el brexit, que después de dos años dicen, hostias, a lo mejor hay que volver a votar.

E. S.: ¿Y quién te sale a protestar? La gente joven.

F. A.: La gente que usa la Unión Europea. Entiendo que a una persona que no viaja, o que no tiene relación con la UE, le dé más igual. Pero cuando tienes que coger un avión y solo enseñar tu DNI, piensas que lo de Schengen no es tan mala idea. O el roaming. O si eres un agricultor y te vienen las subvenciones de la UE, porque, si no, a lo mejor tenías que estar haciendo otra cosa o irte a tu casa, lo mismo.

B. M.: Ya, pero Gales es una de las regiones que más dinero recibe de la UE, y votó claramente a favor de salirse. Tiene mucho que ver con que no se cuenta bien, porque la Unión Europea hace muchísimas cosas buenas, pero no conseguimos que la gente se entere de eso. Cuando se queden sin la subvención, ya verás cómo se van a dar cuenta en Gales, pero ¡ya han votado!

E. S.: Pasa como con las conspiraciones: la UE es un ente tan profundamente abstracto que es el objetivo perfecto para cebarse con él. Es el imperialismo de este tipo de populismos. Es muy revelador que partidos de lo que tradicionalmente se conoce como izquierda y derecha sean euroescépticos. El problema no está en esos partidos, sino en que ese elemento no ha sabido hacerse oír y eso facilita el ataque.

En alguno de vuestros análisis habéis dicho que el mayor desafío de lo que se avecina como el nuevo paradigma internacional es la respuesta a las demandas identitarias, cada vez más particulares, en un mundo globalizado. ¿Hacia dónde vamos?

B. M.: Es que la cuestión identitaria es una reacción a cómo se ha globalizado todo de un día para otro, en quince años. Caminar por una calle de Estambul, de Madrid, de Londres, y mirar: tienes exactamente los mismos comercios. Pasa igual con la música, con el cine… Las identidades se pierden, y no olvidemos que la identidad en una persona es algo muy importante. Sentirse representado y arropado en un grupo. Porque, si no lo tengo, quizás me siento perdido, y por eso necesito reclamar esa tradición histórica por más rancia que sea. Por eso creo que la cuestión identitaria es una cosa que va a crecer, mucho y en todas partes.

E. S.: Fíjate, si es algo que se ve hasta en los videojuegos: la búsqueda del sentimiento histórico a través del wéstern. Se manifiesta en todos los ámbitos: desde la Iglesia ortodoxa en Rusia, que es un símbolo de identidad, hasta el resurgimiento de unas corrientes cinematográficas que apelan a una historia que crea una identidad colectiva.

F. A.: Las identidades de ahora son superdefensivas. En realidad, no es una identidad en positivo, que está superbién. El problema es cuando tú antepones esa identidad a los grupos. «Como yo soy del Atleti, pues no puedo tener ningún tipo de relación con los del Real Madrid», por poner un ejemplo estúpido.

B. M.: Lo hemos visto muy claro en Estados Unidos: la política identitaria es capaz de deshacer y descomponer la identidad democrática. Porque tienes a dos polos enfrentados que no se hablan en absoluto, que votan sistemáticamente y, si se llega a un empate, ¿qué? Todo es campo para la pelea política identitaria, incluidas las instituciones democráticas, que a priori no deberían serlo. Todo eso supone un descrédito absoluto para la ciudadanía de sus instituciones y de la democracia como tal. Es la política de trincheras.

F. A.: Y, ¡ay de quien se ponga en medio!

B. M.: Ahora me viene a la cabeza el ejemplo de Mandela, un tío capaz de unir a un país, con todos sus matices. Pero es muy raro que se dé un Mandela, un líder así.

E. S.: Es una situación muy extraña para el punto del que venimos. Lo normal es pensar que una democracia liberal tienda a la cooperación y al diálogo entre partes y partidos. Pero, y en clave nacional, me parece imposible tener una política más allá del partidismo. Y esto es aquí. ¿Cómo vas a romper la idea de identidad si los partidos tradicionales no lo hacen? Tu definición pasa por contraponerte al otro. Con la cantidad de acceso a la información que tienes para entender al contrario…

F. A.: Pues creo que precisamente ahí está la clave. El hecho de que, gracias a internet, has sido capaz de identificar a más personas que piensan como tú. Donde antes eras una persona rara, en tu barrio, colegio o trabajo, si todo el mundo pensaba distinto a ti… pero, en el momento en que tienes una comunidad por la red, todo cambia. Empiezas a tejer pequeñas redes, y esa red se acaba haciendo más grande. Y te acabas encontrando que en tu barrio, donde creías que nadie pensaba como tú, hay más. Antes de internet nuestra burbuja era el medio físico.

Antes habéis mencionado las «guerras híbridas». Dado el desarrollo de la tecnología, con vehículos autónomos y modulares que no necesitan tripulación, ¿cómo serán las guerras del futuro?

F. A.: Las guerras, en un sentido tradicional, ya no son rentables. Todo lo que cuesta el diseño, fabricación, envío y logística de un carro de combate, ¿no es más barato hacer un ataque especulativo contra una moneda? ¿O ponerle un arancel a un país y pegarle una crujida brutal? Las guerras, en muchas ocasiones, han sido una cuestión de costes y beneficios, por eso la guerra tradicional cada vez es menos rentable en multitud de aspectos.

B. M.: Y de nuevo volvemos a los cuatro macedonios en el garaje. Rusia hubiera pagado una barbaridad por haber influido en las elecciones de Estados Unidos hace cincuenta años, y ahora lo hace pagándoles a cuatro señores en Macedonia. A lo mejor no hace falta montar una guerra tradicional, sino batallar de una manera mucho más sutil. Moneda, aranceles, información… Ahora mismo estamos aún intentando entender cómo funciona la injerencia en redes sociales, pero está claro que es poderosísima. Y más que lo va a ser.

E. S.: ¿Hace cuánto que no se ve un enfrentamiento directo entre potencias? Pues eso.

Pero la carrera armamentística continúa.

B. M.: Claro, porque consiste en eso, en una huida hacia delante. En que, si tú dejas de competir, yo te gano.

E. S.: Sí, y lo peor es que a veces hay que usarlo, mira el ejemplo de Yemen o de Siria. Ahí se ha utilizado armamento, pero Estados Unidos no ha estado metido realmente en este conflicto. Lo que ha tenido es una diversificación de los enfrentamientos, que es a lo que vamos en el futuro. Un rollo guerra fría, pero con muchos polos. Creo que es un error hablar de guerras, al menos para lo que va a venir en el futuro. Son y serán conflictos. La guerra tradicional se concibe entre Estados.

B. M.: No habrá guerras entre dos países. Podrá haber guerras, dentro de un país, entre varias facciones que podrán contar o no con apoyo de otros países externos. Mucho más complejo, porque incluirá guerra económica, tecnológica…

E. S.: Fíjate en la complejidad del conflicto sirio. Los rebeldes acabaron volviéndose contra el que los armó y los apoyó, Estados Unidos. Y el Ejército Libre Sirio acabó como un grupo de milicias islamistas. A mí todo esto me recuerda mucho más a las proxy wars de la Guerra Fría, pero mucho más complejas. Pero tampoco creo que haya que quitarles el ojo a los hombres fuertes que dominan el tablero. Arabia Saudí va a establecer su primera central nuclear, y dicen que no desarrollarán armas nucleares a no ser que Irán lo haga. Pasará o no, pero que unos Estados como estos, en un mundo multipolar, tengan ese tipo de acceso a elementos nucleares es muy peligroso.

B. M.: Estados Unidos, Rusia, Francia y Reino Unido están bien educados, entre comillas, en cómo controlar el armamento nuclear. Porque tienen décadas de tradición. Una potencia nueva a nivel nuclear es muy volátil, muy peligrosa. Corea del Norte es un poco eso, que nos da mucho más miedo a pesar de que Rusia tiene setenta armas nucleares y Corea veinte, porque Rusia ya sabes lo que va a hacer. Arabia Saudí es lo mismo.

E. S.: Una cosa que no hemos visto todavía, y que sí que veremos en unos años, es una ciberguerra. México, por ejemplo, recibió un ciberataque que limpió el Fondo Federal durante mucho tiempo.

B. M.: Sí, y Finlandia ha recibido un ataque contra su sistema GPS y parece ser que podría venir de Rusia. Pensemos que el GPS es fundamental en el control de espacio aéreo, por ejemplo. Puede paralizar un país entero.

E. S.: La clave de una guerra siempre se ha dicho que no es matar, sino herir al oponente. En un mundo hiperconectado, la mejor manera de herir a una población es privarla de la vida virtual. Por eso las guerras irán hacia ese enfoque: es más barato y además es mucho más difícil de probar la autoría.

F. A.: Uno de los miedos más grandes que hay en los Estados es un ataque al sistema de refrigeración de una central nuclear. Puede provocar accidentes nucleares brutales. O que te tumben el radar de un aeropuerto durante cinco minutos, imagínate. Mira los famosos hombrecillos verdes de Crimea, todos sabían que eran los rusos. Pero ¿un ciberataque? Ponte a demostrarlo.

B. M.: Y el hecho de que sea tan difícil de demostrar alimenta la conspiración de la geopolítica.

El armamento nuclear será un tema clave en el futuro, algo decisivo en las próximas décadas; ¿lo serán también asuntos como el calentamiento global y las crisis de refugiados?

E. S.: Esos tres y el movimiento feminista como un movimiento clave en la política internacional.

F. A.: Y la robotización.

E. S.: Sí, pero el movimiento feminista tiene algo más: es transversal. Afecta a todos los actores que hemos hablado, en mayor o menor medida. Lo hay en Irán, en América Latina… Lo mismo pasa con la carrera nuclear y el cambio climático. Quizás sea lo único que pueda vertebrar, en cierto sentido, las relaciones entre Estados. Es hacia donde tendríamos que llevar las relaciones internacionales, a que estén marcadas por esos cuatro aspectos.

F. A.: El movimiento feminista a mí me parece clave porque, al contrario que el resto de derechos, ese no se percibe como que es un derecho que ha tocado tope, sino que tiene mucho margen de mejora. Así que sí que hay una percepción de que merece continuar la lucha.

E. S.: Y que en España se proteste por la defensa del aborto en Chile o en Argentina dice mucho. O que se proteste porque casen a una chica en Sudán y la vayan a matar por acabar con su violador…

F. A.: El error que puede haber ahí es llevarlo a algo abstracto. En Argentina o en Chile hubo un éxito muy potente porque enfocaron en una cosa muy concreta, que la ganas o no la ganas. Pero decir solo «queremos más derechos» es demasiado vago. Estructurarlo es clave, porque, si hablas en abstracto, nunca vas a saber si has avanzado o no.

B. M.: Con el cambio climático lo veo más complicado. Hasta que no lleguemos a un punto crítico, no nos vamos a dar cuenta. Y quizás sea demasiado tarde.

E. S.: Más tarde o más temprano, llegará. Porque es de las pocas cosas que nos afectan a todos, porque lo vamos a notar. La pobreza en el Congo no va a llegar a España, pero que los polos se derritan, sí. Porque afecta a los cultivos, a la desaparición de islas, de tierras…

F. A.: Es la metáfora de la rana y el agua caliente. Igual acabamos cocidos.


Xavier Aldekoa: «El error es una oportunidad para llegar a entender las cosas»

Fotografía: Énkar Neil

Emite señales desde un planeta lejano del que, dicen, es un lugar tan vasto como extraño. Salvo en las mesetas nororientales, semeja una gran concavidad en cuyo interior corren ríos y se desploman cascadas. También hay lagos, pantanos, albuferas y, aunque cueste creerlo, auténticos mares bajo miles de dunas. En la superficie puede faltar el agua pero no el wifi, y no es difícil ver rifles automáticos en manos de hombres sin más vestimenta que un pigmento ritual. También hay mujeres que cubren su cuerpo con lodo para protegerse del sol, y otras que se sacuden el polvo de uranio de la ropa; el mismo que respiran. Las que faltan murieron antes de tiempo o, simplemente, huyeron. Llegar a toda esa gente, poner nombres y apellidos a los propietarios de anhelos y decepciones requiere de un viaje a través del espacio, y también del tiempo. Puede que sea esto último lo que ha vuelto gris el pelo de este millennial que anteayer estaba en Congo y acaba de aterrizar en Valencia. Lo hemos invitado a las jornadas organizadas conjuntamente por Jot Down y la Rambleta en las que reflexionamos sobre «el futuro que viene». Empezar con lo de que Aldekoa es catalán del 81, licenciado en Periodismo, corresponsal de La Vanguardia desde 2009, autor de tres libros y ganador de una extensa lista de galardones es una fórmula tan necesaria como carente de sentido cuando hablamos de alguien que se dice «reportero en África». La sala está a rebosar y observa a un hombre que espera paciente en su rincón del sofá. El tiempo pasará volando.

Antes de empezar, ¿quién es Javier Morales?

Aldekoa es el apellido de mi abuela vasca, con la que siempre he tenido una relación muy estrecha. Mi abuela materna, amama, como la llamo aún a sus noventa y cinco años, es de Areatza, un pueblecito en las faldas del Gorbea y es una mujer fuerte. Se quedó huérfana de madre muy pronto y, como mucha gente de su generación, pasó hambre durante la guerra pero salió adelante y años después emigró a Barcelona. Yo siempre le decía que quería ser periodista y ella me animaba, así que cuando entré como becario en La Vanguardia fue algo así como confirmar todas aquellas conversaciones o sueños compartidos. La casualidad, o la desgracia, hizo que pocos días antes de que firmara mi primer artículo en el diario, justo cuando estaba a punto de conseguirlo, o al menos aquello creía entonces que significaba conseguirlo, se quedó prácticamente ciega. Así que cambiarme el apellido no fue algo estético o ni siquiera pensado. El jefe de la sección de cultura me preguntó cómo quería firmar y me pareció algo bonito firmar con su apellido, que era lo único que ella podía ver con una lupa. Ese fue el motivo. Y así se quedó.

«Corresponsal en África»: ¿por dónde empieza uno?

Es admitir una mentira desde el principio. Hablamos de un continente inabarcable en el que cabrían China, Estados Unidos, Europa, India… Es reconocer una derrota, porque para una sola persona es imposible cubrir un territorio tan extenso y tan diverso. Ante esa evidencia solo queda ser honesto y contar lo que uno ve allí donde va; ir mucho al terreno, mancharse las botas e intentar entender. Hace unos años tuve un debate con mis jefes sobre si tenía sentido establecerse en Johannesburgo —viví seis años en Sudáfrica— simplemente por firmar desde África. Al final acabamos optando por la figura de corresponsal itinerante; para recorrer diferentes países africanos. Creo que es una fórmula más honesta que hablar de todo el continente desde Johannesburgo sin moverse. Además, me da la opción de regresar a esos lugares desde los que informo.

Empezó muy joven, ¿no?

El primer viaje a África fue a los veinte años, así que llevo casi veinte recorriendo el continente y regresando a los sitios. Creo que eso le da un valor a mi trabajo. Regresar a esos lugares es imprescindible porque te permite sostener la mirada. Por otra parte, el interés por Johannesburgo y Suráfrica en general cayó tras la muerte de Nelson Mandela (diciembre de 2013) y el foco se movió a otros lugares: el avance del yihadismo en el Sahel y Nigeria; la situación en Somalia; el crecimiento económico de Etiopía o los avances sociales y democráticos en Senegal… Es en ese momento cuando planteo a los jefes del diario dejar Johannesburgo como base fija por un puesto más itinerante. Desde entonces voy a un sitio diferente cada mes.

¿Por qué África?

Siempre me ha llamado. Hay una anécdota que creo que lo ilustra muy bien. Somos cuatro hermanos y, cuando éramos pequeños, antes de ir a dormir, mi padre siempre nos contaba historias. No nos explicaba los cuentos típicos de La Caperucita Roja o El gato con botas, sino libros que él había leído y adaptaba para nosotros: El Lazarillo de Tormes, fragmentos de El Quijote, El viejo y el mar, Un capitán de quince años… Precisamente en este último hay una escena en la que se les rompe la brújula del barco y, creyendo que van a América, los protagonistas acaban en África. Mi padre se lo curraba y nos convertía en coprotagonistas de aquellos cuentos: los cuatro hermanos íbamos en el barco con el capitán adolescente; Blanca nos abría paso a machetazos en la selva; Iván escuchaba un león; mi hermano Dani se subía a un árbol y veía una jirafa… Todo aquello me fascinaba. También recuerdo ir a casa de mi otra abuela, Alicia, y leer mil veces un libro de animales africanos que devoraba año tras año. Poco a poco, ese exotismo infantil, la devoción por la fauna o la naturaleza, fue evolucionando hacia algo más humano, personal, social. Por otra parte, como periodista es imposible que te decepcione África: no solo está llena de historias sino también de gente que no se ve protagonista de lo que le ocurre.

Explíquese.

En otros lugares te encuentras a personas que quieren contarte algo que saben que te resulta interesante, y a veces incluso te quieren embaucar. En el continente africano lo que te encuentras mayoritariamente es a gente que no acaba de entender tu interés por ellos, aunque lo que les ocurra sea absolutamente extraordinario. Y esa gente no interpreta un papel sino que es real; si estás dispuesto a pasar el tiempo suficiente y escuchar lo necesario, es transparente. África está llena de dueños de testimonios que no se creen el invitado principal y están dispuestos a ponerte por delante del tiempo. Eso es un tesoro para el periodista porque esas personas suelen ser las más interesantes.

¿Encuentra respuestas o se le acumulan las preguntas?

Tras varios viajes te das cuenta de que, cuando llegas a un lugar de lenguas, claves y conductas distintas, describir solo lo que ves es una derrota. La única forma de evitar una desastre estrepitoso es escuchar, intentar comprender lo que está pasando y, con suerte, salir del país entendiendo un poco más. Ese poquito es lo que te hace darte cuenta de la complejidad del todo, por eso digo que siempre vuelvo con más preguntas que respuestas. Pero la clave es esa gente que me dedica su tiempo para explicarme su realidad. Yo soy periodista porque me dejan escuchar. Que todas esas personas me regalen tiempo para que yo entienda lo que ocurre, para explicarme códigos que se me escapan, eso, en sí mismo, es un regalo.

Usted habla de gente de la que la inmensa mayoría de nosotros no hemos oído en nuestra vida: hausas, tubus, bambaras, peulas… ¿Es imprescindible meterse en ese charco para descubrir África al común de los mortales?

Es básico, y lo notas en cualquier rincón del continente. Por ponerte un ejemplo, desde fuera siempre hemos contemplado el Apartheid surafricano como una cuestión entre blancos y negros, pero cuando estás dentro compruebas que un zulú y un xhosa no se siente cercanos el uno del otro aunque tengan el mismo color de piel. Es más, en el caso de los sotos (habitantes de Lesoto), estos llevan siglos de enfrentamiento con los zulúes o mejor dicho, de huida, porque históricamente huyeron a las montañas al verse perseguidos por la tribu zulú, cuyos guerreros provocaron el terror en la región. Y son diferencias que también encuentras entre la población local blanca. Recuerdo una vez que íbamos a Suazilandia en coche, se nos pinchó una rueda y vino a ayudarnos un bóer, un descendiente de holandeses. Acabamos cenando en su casa con su familia y, al preguntarles cuáles eran sus raíces familiares, el padre matizó diciendo que todos eran bóers puros menos uno: había un «inglés» entre ellos. Señalaron al novio de la hija pequeña porque él no era descendiente de holandeses sino de ingleses. Era un chico sudafricano de sexta generación pero a esa familia le daba igual porque también entre los blancos de Sudáfrica se siguen marcando esas diferencias. En cualquier caso, esa tremenda diversidad con la que te topas en África es riqueza. Los códigos éticos de los fulanis son fascinantes: su dignidad, su orgullo, su honestidad… Podría hablar también de los himbas, y de un montón de grupos más que me sigo esforzando por entender. La diversidad étnica del continente es fascinante porque cada grupo tiene códigos distintos y una historia que les ha marcado hasta el punto de que algunas cuestiones de actualidad, algunas rencillas o formas de actuar, solo se entienden si se conoce su historia como pueblo.

Y luego hay que contarlo. ¿Hay algunas líneas generales que nos ayuden resolver ese rompecabezas? En el caso de Oriente Medio, podríamos hablar de chiítas y sunitas; de árabes y los que no lo son, por poner dos ejemplos. ¿Cuáles serían unos ejes básicos para empezar a explorar África?

Depende del sitio, pero no hay unos ejes demasiado claros porque es un continente enorme. Por ejemplo, en el Sahel el avance del yihadismo está marcando unas diferencias, pero más que de religión hablaría de pura agresión de los fundamentalistas hacia el resto, se trate de musulmanes que no comparten ese rigorismo o de cristianos. A lo mejor puedes ver unas líneas, como la que divide Sudán y Sudán del Sur, que coincide con la división entre musulmanes y cristianos: los primeros son árabes y viven en ciudades más desarrolladas que los del sur, y eso también bebe de la historia, más en concreto de la del antiguo Egipto, cuando «Sudán» era sinónimo de «esclavo». Lo puedes ver en Mauritania, donde la esclavitud sigue estando aceptada de puertas adentro.

¿El islam sería una de esas fallas? Además del Magreb, donde es evidente, me refiero a países como Nigeria, con población cristiana y musulmana.

Es una de muchas, pero sí que tiene su peso. Quedarse en eso es injusto porque, a menudo, no es solo una cuestión de religión y hay otros factores, como haber sido colonizados por Francia, Reino Unido u otra superpotencia, o no lo fueron prácticamente como en el caso de Etiopía; si se vieron envueltos en las dinámicas destructivas de la Guerra Fría como Angola o Mozambique; si tienen recursos minerales codiciados por potencias o si China es parte estructural de sus relaciones económicas o no. En el caso de Nigeria que comentas, la religión sí es una falla sobre la que vehicula el país. El sur de Nigeria, de mayoría cristiana y animista, está muchísimo más desarrollado porque el poder históricamente, y más aún desde que llegaron los blancos, ha estado concentrado ahí y se ha olvidado un poco al norte, de mayoría musulmana. En el sur, donde también hay mucha desigualdad, hay carreteras, edificios y puentes, mientras que en el norte la escasez es mucho mayor, apenas hay infraestructuras básicas y hay millones de niños sin escolarizar. Desde el norte siempre se ha visto con recelo cualquier intento de acentuar aún más esas diferencias económicas. Y eso explica muchas cosas.

Dígame una.

El germen de lo que ocurre hoy con el grupo yihadista Boko Haram, por ejemplo, nació de esa sensación de agravio. Es cierto que es una región donde ha habido califatos históricos como el de Sokoto, fundado hace doscientos años, o guerras santas fulani en el siglo XVII, pero el detonante de lo que ocurre hoy fue la desigualdad y la sensación de los poderosos del norte de que les estaban dejando fuera de juego. Sin ir más lejos, las demandas independentistas de la región de Biafra a finales de los años sesenta, en un sudeste lleno de petróleo recién descubierto, provocaron que los musulmanes más poderosos del norte reaccionaran al ver peligrar sus privilegios. Y su reacción fue más islam radical, abrazar las diferencias para ganar a los tuyos para tu causa. Es entonces cuando más crece el fundamentalismo en el norte como reacción a esas demandas independentistas. Se aplica la sharia en varias provincias y se empiezan a cometer abusos a los que estamos acostumbrados a ver por parte de los islamistas antes incluso de que llegara a escena Boko Haram. El islam es una línea más de entre muchas en el continente, pero la principal, la que marca la pauta, es la que divide a los que tienen el poder y a los que no. La religión, la nación, la historia son a menudo refugios para los desesperados, y de eso se valen los poderosos. No solo en África sino en cualquier otro sitio.

Según le escucho se me amontonan las preguntas a mí también. ¿Por qué sabemos tan poco de África? ¿Es por falta de interés de los medios?

Yo creo que sí interesa, otra cosa es que los medios de comunicación no le presten la atención que merece. La clave está en la influencia, hay que preguntarse cómo influye la información africana en el resto del mundo. Un tuit de Trump o unas declaraciones incendiarias de un ultraderechista en Europa tienen más influencia que una matanza de doscientas personas en Sudán del Sur. No hablo de importancia ni de una cuestión de distancia física o, como decían en la facultad, del «kilómetro sentimental». La información que nos llega se centra sobre todo en lo que afecta a Occidente. Que unos yihadistas secuestren a unos occidentales en una chocolatería de Australia, a miles de kilómetros, tiene un impacto mayor en nuestro miedo porque nosotros nos reconocemos en esos secuestrados; podríamos ser ellos. África siempre pierde en esa lucha por la influencia, y también en el impacto porque muchas veces no hay cámaras. Recuerdo que unos días antes de los ataques a Charlie Hebdo en París, Boko Haram había matado en cinco días a más de dos mil personas en unas aldeas de la orilla nigeriana del lago Chad. Aquello apenas trascendió, no había imágenes. Mientras tanto, en televisión, podíamos ver escenas sin parar de los yihadistas por las calles de París y de las manifestaciones de repulsa, con miles de enviados especiales de todo el mundo en las calles de Francia, en ese mismo momento había miles de personas que huían a la desesperada por el lago sin que hubiera una sola cámara o un periodista para contarlo. Estamos hablando de cientos de personas asesinadas a sangre fría, de cientos de niños ahogados en su huida. Lo sé porque me lo contaron, semanas después, decenas de personas que estaban allí. Dicho esto, a nivel del público general, sí que creo que hay un interés en lo que ocurre. Probablemente no es un interés mayoritario, como tampoco creo que sea mayoría quien se interesa por la información internacional, pero sí hay mucha gente a la que le interesa lo que ocurre en África. Mi sensación es que cada vez más.

¿Dónde lo nota?

En el público. En la respuesta que han tenido mis primeros libros, por ejemplo, sobre todo el primero, que fue una sorpresa tremenda para la editorial. Hay un público que agradece que se le cuente África desde el terreno. Al fin y al cabo son mil trescientos millones de personas, infinidad de culturas, y también gente que vive muy cerca. Somos vecinos y creo que podemos aprender los unos de los otros. No se trata solo de tender puentes, también de atreverse a cruzarlos. Cuando me metí en esto ya sabía que quizás mis reportajes jamás interesarían como los de Nueva York o París, pero aspiro a que la gente que se interesa por África obtenga algunas respuestas.

Ser prácticamente el único informador extranjero en un país subsahariano elimina a la competencia: ya no hay que pelearse con los colegas para vender una historia. Por otra parte, la responsabilidad hacia la información parece mucho mayor cuando se pierde esa «coralidad» informativa. ¿Está de acuerdo?

Siempre digo que lo peor de África es que no interesa a los medios y lo mejor es que no interesa a los medios. Acabo de pasar dos semanas en Congo. Le dije a mi jefe que no tendría cobertura en siete días y me dijo que no había problema, pero eso se lo dice el de Nueva York y le da un ictus. Este factor me permite trabajar con otros tiempos, y también asomarme a cuestiones que me parecen interesantes y para las que la paciencia es imprescindible. A menudo se necesita tiempo para hacerse invisible, para que los protagonistas de las historias se olviden de tu presencia o las respuestas se hagan más profundas. Ese tiempo es necesario para explicar algunas historias. Respecto a si la responsabilidad es mayor cuando uno se convierte en el único canal de transmisión, creo que no es distinta a la que los periodistas tenemos siempre. Hay que ser honesto y contar las cosas con el mayor rigor posible, estés en Uganda o en Valencia; seas el único o haya mil periodistas a tu lado. El rigor es una exigencia individual. En cualquier caso, yo pocas veces cubro actualidad. En este último viaje he hecho una historia en Congo bastante atemporal gracias a la libertad de la pausa.

¿Puede adelantar algo?

El fotógrafo Alfons Rodríguez y yo llevábamos ocho meses detrás de esa historia, buscando introducirnos en un grupo rebelde en la selva del este de Congo. Sabíamos que el general al mando tenía a dos niños soldado de doce años como guardia personal. Ha sido complicadísimo llegar porque había problemas de seguridad, y el tipo no se fiaba y nos cambiaba constantemente las fechas. Tuvimos que cambiar los vuelos hasta cuatro veces. Una vez allí, ocurrió eso que pasa a menudo en estas coberturas: parece que nada va a salir bien al principio, pero al final, no sabes muy bien cómo, las piezas acaban encajando. Era un sitio muy inaccesible; fueron seis horas de coche, luego otras dos en moto porque habían bloqueado las carreteras con árboles, y después tuvimos que continuar a pie varias horas más. El trato era que teníamos que llegar a un punto concreto de la selva y allí alguien saldría a nuestro encuentro. Aquello era una puta locura: estábamos andando y nos decíamos: «¿Y ahora qué?», ¿hasta dónde andamos?». De repente empezaron a aparecer tipos armados por todos lados. Un tipo se colocó delante de nosotros con los ojos como platos, parecía drogado o borracho, y levantaba una kalashnikov como si fuera una ofrenda. El tipo no se movía ni pestañeaba. Nos miró fijamente y supongo que dio su visto bueno porque a partir de ahí empezamos a andar todos en fila, a toda pastilla. Si salíamos a un claro donde había una aldea y se me ocurría saludar a alguien me pegaban unos gritos tremendos. «¡No saludes a nadie, no sabes quiénes son!», nos decían.  

Siga, por favor.

Al principio no sabíamos qué acceso real tendríamos para hablar con ellos porque todo debía tener el visto bueno del general y, por teléfono, solo había accedido a hablar él. Pero con el paso de los días pudimos no solo hablar con los milicianos, sino también con los niños soldado. Ayudó que los mandos estuvieran borrachos prácticamente todo el día, y que el general se pasara el rato bebiendo y follando, y no nos controlara demasiado. Es lo que decía antes de la necesidad de volverse invisible. Tras varios días dejó de importarles tanto nuestra presencia y eso nos dio la posibilidad de hablar con los chavales y con los demás tipos.

¿Qué descubrió?

Entre otras cosas, fue interesante ver lo inmensamente cutre que es la guerra en algunos puntos de Congo. Uno de los guerrilleros llevaba siempre un gorro de oso de peluche de la cabeza; otros llevaban camisetas del Barça, calzaban chancletas y tenían armas prehistóricas. Pero que sea cutre no significa que no sea un drama. Un  grupo rebelde  formado por los genocidas huidos de Ruanda, el FDLR, les habían atacado de una manera brutal, y ellos decían que habían creado ese grupo rebelde para defenderse. Algunos de aquellos niños habían visto cómo habían matado a su padre, al de uno en concreto a machetazos. El general insistía en que no había reclutado a aquellos niños a la fuerza, decía que los había protegido, y quizás hasta hubiera una parte de verdad en aquello. Es duro porque la vida de esos niños era un infierno, pero la situación es tan jodida que esos chavales, una vez sus padres habían sido asesinados, no tenían otro sitio a donde ir.

«¿Qué demonios hago yo aquí?» es una pregunta que le rondará la cabeza a menudo, ¿no?

Bueno, es una pregunta que normalmente te haces cuando las cosas van mal, no antes. Pero es una sensación extraña: cuando pienso qué narices hago ahí, sobre todo por lo que puede salir mal, al mismo tiempo soy consciente de lo vivo que me siento cuando busco historias, de lo mucho que me gusta este oficio. Creo que la vida no consiste en ponerlo todo sobre una balanza de calma, en buscar la ausencia de riesgos o el punto de seguridad aceptable, sino en sentir las cosas en su plenitud. También hay un punto importante de compromiso con lo que estoy haciendo. Yo sí me creo este jodido oficio. A mí me gusta trabajar en África y me esfuerzo en contarla lo mejor que sé, y en hacerlo, además, de una forma honesta y equilibrada. Al menos lo mejor que pueda. Me preocupa informarme bien, preparar bien los temas o hacer las preguntas adecuadas. Me obsesiona comprobar los detalles y quiero que los textos estén bien hechos, bien escritos, que tengan voluntad de perdurar. Como dice el maestro Alfonso Armada: como si, de alguna forma, la belleza de las palabras pudiera devolver la dignidad a lo que ocurre. Otros factores como la seguridad, el dinero, la fama o la visibilidad son secundarios para mí o directamente no tienen ninguna importancia. He recibido ofertas para trabajar en otros sitios, en la redacción o en secciones distintas con condiciones mucho más cómodas en todos los sentidos, pero las he acabado rechazando. El compromiso con el oficio pasa por mantenerse, por perseverar para poder contar con honestidad tanto la historia de los niños soldado como que el continente está creciendo mucho tecnológicamente, las tradiciones de los himba o los fascinantes claroscuros de Ruanda.

¿En qué proporción se reparten el compromiso y la adrenalina?

Es que la adrenalina no es un factor clave en mi caso. Estos días en Congo lo pensaba: mientras caminaba por la selva, entre unos paisajes brutales, me repetía a mí mismo lo afortunado que soy por poder hacer este trabajo, lo mismo que cuando esos chavales me cuentan su historia. Yo no lo haría, en su lugar no contaría a un desconocido la putada que supone haber nacido en esa aldea de África rodeado de armas y violencia, ni tampoco lo genial que pueda haber en mi vida. Esa confianza que te dan es un auténtico regalo que te hace sentir vivo. Una vez pasé quince días en una aldea himba en el norte de Namibia. Simplemente planté la tienda junto a sus chozas y compartí varios días con ellos. Aquello fue brutal, y son cosas como esa las que me llenan, en ningún caso la adrenalina. Yo no soy corresponsal de guerra, ocurre que en África hay armas y a veces te toca estar cerca de ellas, pero a mí lo que me interesa son los africanos.

En Indestructibles (Península, 2019), su último libro, dedica un capítulo a las rutas migratorias en África en el que encontramos aristas que quedan ocultas en el flujo informativo generalista. Es todo mucho más complejo de lo que creemos, ¿no?

Es un capítulo con subcapítulos en el que cuento una cobertura de varios meses que hice con los fotógrafos de Ruido Photo siguiendo la ruta migratoria desde África del oeste hacia el norte, rumbo a Europa. Era un intento de ir más allá de las cifras y estadísticas, y también incluso de los propios migrantes. Hablo del traficante que hasta hace poco llevaba sal o mercancías por el desierto y que, de repente, empieza a ver que vienen muchos «negros», como los llaman ellos, y acaba cambiando de trabajo para transportar a seres humanos por el desierto. Queríamos ir más allá del fenómeno de la migración como movimiento. La migración africana también es la abuela que lleva tres años sin saber de su nieto y lo da por muerto, o el niño que idolatra a su vecino porque llegó a Italia. O el del único vecino de la aldea que tiene móvil y a quien le toca darle la noticia a una madre de que su hijo se ha ahogado. El proyecto, y el libro en general, es un esfuerzo por buscar el componente humano más allá de los números. No podemos olvidar que el amor es una razón mucha más poderosa que el dinero para migrar. La mayor parte de las veces, la gente se mueve para mejorar la vida de los suyos más que la propia, y eso es algo muy evidente en África. Desde esta orilla del Mediterráneo, atravesar un desierto y un mar, saltar vallas se nos antoja como algo en las antípodas de nuestras posibilidades, pero lo entendemos enseguida cuando comprendemos que se hace por amor a los tuyos. La mayoría lo haríamos si de ello dependiera el futuro de nuestros hijos o el bienestar de nuestros padres o la libertad de nuestros hermanos. Ahí es donde nos reconocemos. Otra reflexión que tenemos que hacer es cuál es nuestra responsabilidad en todo esto. Las farolas y luces de París se enciende con el uranio de Níger. ¿Qué porcentaje se llevan los nigerinos de esa extracción? No es justo.

También sugiere que puede morir más gente en el desierto que en el mar.

Nadie lo sabe a ciencia cierta. La OIM asegura que sí, lo que pasa es que es imposible saberlo porque todos los que caen de uno de esos vehículos en marcha, o los que mueren en algún accidente, quedan enterrados por la arena a las pocas horas. Sí que es verdad que, debido a la externalización de las fronteras europeas, cada vez hay más muertos. Cuando pedimos a Libia, Argelia o Níger que gestione ese tráfico, o que directamente lo detenga, se crean más controles; las rutas son aún más largas y eso implica que, cuando el chófer intuye que le pueden pillar, abandona a su pasaje en mitad de la nada. Todos los que atraviesan el desierto te dicen que ven cuerpos por el camino. Por otra parte, hay migrantes que se niegan a creérselo, dicen que la OIM simplemente busca meterles miedo para que no emprendan la travesía. Ocurre también que el desierto no es la peor etapa. Muchos acaban vendidos como esclavos en Libia, o torturados mientras les pasan un teléfono móvil para que llamen a su familia pidiéndoles un rescate. Conocí a un chico que se negaba a darles un número —no quería que pidieran a su mujer un dinero que no tenía— y le partieron todos los dientes hasta que finalmente accedió a llamar. Casi lo matan. Hay gente, verdaderos hijos de puta, que se está haciendo de oro a costa de ese vacío que hemos creado entre todos.

Según como se mire, los traficantes son gente que ofrece un servicio que no sería necesario de no estar cerradas las fronteras.

Si hubiera una fórmula legal y organizada, no sería necesario su papel. El descontrol facilita que haya abusos, y también que las personas sin escrúpulos se aprovechen de situaciones así. Además, la palabra «traficante» es nuestra, y relativamente moderna. Allí, en zonas como Agadez, en el norte de Níger, se les llama passeurs porque siempre han existido caravanas que atraviesan el desierto, y gente que las guía. El transporte de mercancías y personas era parte de la economía de esa zona en la que se atraviesan países sin visados pero, de repente, ese tránsito se convierte en algo ilegal.

Hablamos de «refugiados» y «migrantes». ¿Es posible trazar una raya tan nítida entre ambos?

Más allá de los conceptos de derecho internacional, hay mucha trampa en esa distinción. Es como si unos tuvieran más derechos que los otros. Creo que la distinción nace, o se acentúa, con Aylan, el niño kurdo que encuentran ahogado en una playa turca. Ahí es cuando se empieza a hablar de «refugiados». Nos reconocemos en ellos cuando vemos que los sirios visten como nosotros, que usan teléfonos como los nuestros…. Ahí se deja de hablar de «migrantes», que para nosotros eran los africanos subsaharianos que llegaban en cayucos desde Canarias, y se empieza a hablar de «refugiados», como si estos tuvieran más motivos para venir que los otros. Como si huir de una guerra mereciera compasión, pero no así la pobreza o la ausencia de futuro. Al final, ¿dónde ponemos la línea?, ¿por qué lo hacemos?, ¿es para conseguir que vengan unos y no otros?, ¿cuál es la vara de medir?, ¿hay que esperar a que se mueran de hambre para dejarles pasar?, ¿a que no tengan futuro? Mucha gente con la que me he cruzado en África me decía que trabajaba y le llegaba para dar de comer a su familia, pero que también querían que sus hijos estudiaran. ¿Dónde trazas entonces las líneas para permitirles o no la entrada?

¿Abrir las fronteras ayudaría a acabar con este drama?

Probablemente estemos en unos de esos momentos históricos en los que hacen falta líderes valientes, pero hay escasez de ellos. Es un debate complicado para el que no valen discursos fáciles; ni el discurso del miedo de la derecha, para conservar lo que tenemos, de cerrar fronteras a cal y canto y punto, porque la propia demografía de África acabará haciendo que la gente supere cualquier valla, por muy alta que esta sea. Tampoco vale el discurso facilón de parte de la izquierda de abrir las fronteras o eliminarlas directamente. Los problemas son complejos, se necesitan políticas con todas las letras, con compromisos y cesiones, y ahí es cuando se echa en falta a los líderes de verdad. Hay que explicar las cosas a la gente sin miedo pero con responsabilidad.

También hay que poner propuestas concretas sobre la mesa.

Antes decía lo de ver la situación como una oportunidad, quizá estableciendo ciertas cuotas. La mayoría de esta gente migra para mejorar la vida de los suyos, y no la suya propia. Es una cuestión familiar. La gente no asumiría esos riesgos si solo fuera por una aspiración propia, al menos no la mayoría. El amor es el motor más fuerte en la historia de la humanidad, y ese amor es el que te hace regresar siempre a casa con los tuyos a no ser que haya una guerra o una situación extrema. Cuántas veces he escuchado de boca de un migrante que solo quiere trabajar unos años en Europa para después volver a casa. Aprovechar esa fuerza y esa pulsión natural por volver es fundamental. De hecho, China ya lo está viendo como una oportunidad. Me da la sensación de que no se han explorado varias alternativas por falta de voluntad y de valentía. A lo largo de la historia los países occidentales han sido capaces de reunirse para repartirse África, de montar bancos mundiales para prestarse dinero, de crear alianzas para luchar juntos y construir mecanismos complejísimos para defender sistemas financieros globales. Pero todos se echan las culpas los unos a los otros por la falta de un acuerdo para defender las vidas de un puñado de africanos que se ahogan en el mar.

Habla usted de la demografía africana: mil trescientos millones hoy, y el doble en 2050. ¿Realmente se exagera el efecto «llamada»?

No todos quieren venir, y la gran mayoría, en torno a un setenta por ciento, se mueve entre países africanos como Etiopía, Nigeria, e incluso Congo, que sigue atrayendo inmigración a pesar del desastre. El componente demográfico es claro, pero siempre se aborda la cuestión africana desde el miedo, y no desde la oportunidad. Europa envejece y, además, se nos olvida que las sociedades que más se han desarrollado a lo largo de la historia han sido las basadas en sociedades de migrantes. Hablamos de gente que quiere tirar adelante, y eso empuja la economía. La vitalidad que veo en África, la iniciativa que veo en las calles, en los negocios… Nadie parece darse cuenta de esos factores porque el discurso es siempre el del miedo, el del temor a que nos quiten lo que tenemos. Es algo perverso y creo que, lejos de solucionar el problema, solo nos llevará al desastre.

África es también la tierra de las oportunidades para ciertas ONG. ¿Cómo lo ve?

Creo que si entonces hubieran existido ONG, la Revolución francesa no habría ocurrido jamás. Las sociedades muy machacadas, basadas en mecanismos de poder injustos, necesitan ese punto de combustión para exigir esos derechos de los que les privan sus gobernantes. Las ONG no son la solución, sino que mantienen un sufrimiento crónico pero soportable. Eso no es positivo, como tampoco lo son los sueldos hiperinflados de algunas de ellas, los proyectos que no sirven para nada… Suceden escenas pornográficas como en Congo, donde hay una importante y carísima misión de Cascos Azules y se sigue matando a gente a diez kilómetros de sus bases. He visto cosas parecidas en Sudán del Sur, donde violaban a mujeres a cien metros de una base de la ONU. Todas las víctimas decían que los Cascos Azules se habían replegado y escondido al ver que había problemas.

No obstante, en la cuestión de la cooperación hablamos de un tema tan grande, de una dimensión tan descomunal, que difamar me parece muy peligroso. También hay gente que se la juega, y que dedica su esfuerzo, su dinero y su futuro a ayudar a mejorar la vida de otra gente que sufre. Hay personas que vivirían mucho más tranquilas en Occidente, ganarían mucho más y deciden dejarlo todo y ayudar. He visto cosas que no me han gustado nada, obscenas; gente cobrando seis mil y ocho mil dólares al mes sin hacer prácticamente nada, cobrando un dineral mientras entrega un puñado de comida a otras personas que se muere de hambre en Níger o Sudán del Sur. Pero también he visto a gente haciendo traqueotomías con pomos de puertas en República Centroafricana, desesperados por salvar la vidas mientras se jugaban la suya, y a cooperantes que se meten hasta el hueso de epidemias en Sierra Leona para salvar a miles de personas. Por eso digo que difamar es inapropiado. Pienso en los religiosos que me encuentro en África. Hace poco conocí a un salesiano, Honorato, que llevaba treinta y ocho años en Congo. Eso significa que, cuando ocurrió el genocidio de Ruanda y entraron millones de personas, epidemias de cólera, etc, se quedó; cuando empezó la guerra de Congo, se quedó. Que hay cosas que no se hacen bien está claro, pero es injusto generalizar. Hay ONG con las que siempre me topo en zonas muy complicadas. También es verdad que en Goma, Nairobi o en Yuba hay un exceso de ellas porque es fácil llegar allí: hay un aeropuerto internacional, ahí pones tu tirita, ya tienes tus donantes y te montas un tinglado. A medida,que te alejas empiezas a ver a pocas ONG. A Médicos Sin Fronteras, por ejemplo, los ves siempre en la avanzadilla, en lugares jodidos. Eso no quiere decir que se lo compro todo. Me he encontrado con tipos despreciables ahí, pero también con otros de quitarme el sombrero.

Desde las más altas instituciones europeas se ha llegado a acusar a la flota humanitaria de rescate de formar parte del tráfico de personas.

Me parece obsceno acusar a gente que pone por delante los derechos humanos y la humanidad. Existe una obligación de socorro y rescate en alta mar que es prioritaria, y las ONG que salvan a gente están dando un ejemplo. No crean el problema sino que intentan mitigar el sufrimiento creado por otros factores, sea la explotación, la guerra o el hambre en el lugar de origen. Generalmente existen unas relaciones comerciales injustas que provocan movimientos de población que acaban empujando a la gente a jugarse la vida en el desierto o en el mar. Que miremos a estas ONG que salvan vidas y se les acuse de formar parte de la cadena del tráfico es obsceno. Si la Unión Europea tiene sentido es porque tiene unos valores cimentados sobre los DDHH y sin eso no queda nada de Europa.

Hablaba usted antes de China. Hay medio millón de chinos en África haciendo negocios. Igual es un modelo que debería explorarse más.

A China le dan igual los derechos humanos porque tendría que barrer mucho en casa, pero ha visto la oportunidad en África, y no solo en la extracción de materias primas sino en la propia economía local. Me parece una falta de visión por parte de Europa no aprovechar esos vínculos, tanto geográficos y lingüísticos como históricos en el caso de antiguas potencias coloniales, para aprovechar esa oportunidad de negocio. Por su bien y por el nuestro.

Pero China no corre el riesgo de tener que gestionar un flujo masivo de migrantes africanos a su territorio.

Más razón para que Europa aproveche esa situación y lidere el cambio. El impacto de unas políticas injustas y de la cronificación del abuso solo arrastrará más gente a jugarse la vida e intentar llegar a esta orilla del Mediterráneo, sea por desesperación o para buscar una oportunidad. Congo es el paradigma de la explotación: a finales del siglo XIX el rey Leopoldo II lo convierte en su coto privado y luego empieza a comerciar con esclavos, con marfil… A partir de ahí se crea una cadena de abusos que continúa con el caucho, cuando Michelin inventa el neumático. Más adelante, cuando hace falta cobre para las balas de la guerra mundial, el mineral también sale de Congo. Esa cadena de abuso llega hasta nuestros días con el coltán para los móviles, o el cobalto para la revolución de los coches eléctricos que han de llegar. ¿Con qué autoridad moral les decimos a los congoleses que se queden donde están cuando nosotros somos una parte clave de su subdesarrollo? Por supuesto también existe una responsabilidad de sus gobernantes, pero hay que recordar que, cuando Patrice Lumumba llega al poder justo después de la independencia y grita que la riqueza de Congo debe de ser para los congoleses, firma su sentencia de muerte. La CIA y los servicios de inteligencia belgas colaboran para detenerle y entregarle a sus peores enemigos para que lo fusilen. Sin una mayor repartición de la riqueza, sin un sistema más justo, la situación será insostenible.

Descolonización tampoco implica emancipación de forma automática.

Sin duda. Pienso en Mali, en cómo el país consigue su independencia y la gente está eufórica al principio, y en cómo se va apagando poco a poco la ilusión. La libertad no es un grito, es algo que hay que trabajar. Nada está garantizado, aunque tampoco me iría tan lejos. En Europa creemos que los derechos son para siempre una vez conseguidos, y luego resulta que no es verdad. Hay que luchar, protegerlos. El de África es un ejemplo clarísimo, llega la libertad pero hay que construirla, no solo proclamarla. El cambio del colonialismo a una manera más sofisticada de explotación en la que las multinacionales hacían tratos con gobernante corruptos. Siempre que alguien ha intentado cambiar esa relación podrida con la metrópoli ha acabado muerto o apartado. Thomas Sankara llega al poder en Burkina Faso con todos sus errores, pero intentando cambiar las cosas, y lo matan. Un caso parecido es el de Lumumba en Congo: llega al poder, intenta cambiar las cosas y acaba asesinado. Mandela tiene un poco más de suerte. Intenta cambiar las cosas y acaba pasando veintisiete años en la cárcel… Hay un interés por perpetuar una relación enferma con un continente que no solo acaba con su economía, sino también con las mentes de los locales, que acaban viendo al foráneo como alguien que viene a machacarle.

Los subsaharianos en nuestras calles tienen fama de ser honestos, buenos trabajadores y gente afable, bastante accesible.

El subsahariano es un ser humano social con toda la profundidad de ese concepto. En África se vive mucho en la calle. Cuando todo se derrumba, son esos vínculos sociales los que te protegen. En Sierra Leona, con el ébola, la situación tenía muchas más aristas que la meramente humanitaria. Había una cuestión económica, porque se habían cerrado las fronteras, las sanitarias porque había caído la red de salud; otra política porque incluso se pensó que se había contagiado a la gente de la oposición pero, sobre todo, estaba la cuestión social. Gente acostumbrada a tocarse, a abrazarse, tenía que alejarse de sus seres queridos cuando más les necesitaban… Eso provocó un terremoto social. Todo esa vida en la calle está muy arraigada entre los subsaharianos. Están acostumbrados a dedicar tiempo al otro, eso es importante. En África es habitual ir a por el pan y pararte dos o tres veces de camino. Ver al otro como alguien a quien necesitas cuidar es un concepto de sociedades que priorizan el contacto con los demás, donde el otro forma parte de tu vida.

¿Cómo prepara sus coberturas? ¿Viaja con una idea central en mente o deja espacio a la improvisación?

Leo mucho antes de ir a cualquier sitio y busco tejer una red de contactos sólida, pero la improvisación es básica. Más que dar espacio a la improvisación, que también, doy mucho valor al error. El error es una oportunidad para llegar a entender las cosas. Recuerdo una vez en la que estábamos en el delta del Níger (Nigeria), una zona reventada por el petróleo en la que ha bajado once años la esperanza de vida en medio siglo y tuvimos que hablar con un rey para que nos diera acceso para meternos en sus tierras, donde se habían producido un montón de vertidos de petróleo. Aquel paraíso estaba destruido. Que se encontrara petróleo fue más una maldición que algo que pudiera reportar riqueza para aquella gente. En un momento dado, notamos que la gente estaba enfadada y nos miraba mal. No sabíamos bien por qué, pero el ambiente se empezó a poner tenso de verdad. El que nos había organizado el encuentro nos dijo que era mejor que nos fuéramos, así que subimos al coche y salimos pitando de allí. Enfilamos por un camino de tierra rodeado de maleza y, de repente, empezó a salir gente de todos lados para cortarnos el paso; decenas de personas cabreadísimas que gritaban al conductor que parara el vehículo. Como no acababa de parar el motor, un tío se colocó delante con una piedra enorme encima de su cabeza y amenazó con atravesar el parabrisas con ella. Al final abrieron las puertas y nos arrancaron las cámaras de las manos. En ese momento no entiendes nada de lo que pasa; no sabes si te quieren robar, matar…

¿Cómo acabó aquello?

Al final, nos llevaron selva adentro hasta una casa y nos dejaron encerrados durante dos horas dentro del coche, rodeados de tipos que nos vigilaban. No hablaban con nosotros así que seguíamos sin saber qué estaba pasando. Fue un momento jodido, pero al final no pasó nada. Y, sin duda, fue una forma de poder entender todo aquel caos y la importancia de los reyes locales. Nos lo explicaron luego: había una disputa entre dos reyes por el control de la zona y teníamos el permiso de uno, pero no del otro. El rey ofendido y sus súbditos habían entendido como una afrenta que hubiéramos entrado en su territorio sin su permiso, solo con el del otro, su rival. Aquel mal trago nos permitió entender la importancia que tienen, en este caso, el territorio y la lealtad de su gente, que eran los que nos habían retenido al haber visto algo raro. No habría llegado a entender todo eso sin haber cometido ese error. Dejando a un lado los nervios de ese día, a mí me resulta fascinante acabar descubriendo realidades como esa.

¿Poner en valor lo que cuesta contar una historia como esa ayudaría a entender al público que hay que pagar por la información?

Marta Arias, compañera de la Revista 5W, dice que tardamos un mes en hacer una historia que se lee en un café. Es un poco así, pero creo que tampoco tenemos que aburrir a los lectores con nuestros problemas. Los bomberos, médicos, camareros, mineros o maestros también tienen sus problemas laborales y siguen peleando y haciendo su trabajo lo mejor que pueden. ¿Protestar y reivindicar? Por supuesto, pero no me parece bien abusar del altavoz que tenemos los periodistas para centrarlo todo en nosotros. Para mí es sagrado que en mi trabajo el protagonismo sea de la gente y de la historia. Eso es innegociable.

En sus libros sí se deja notar su presencia.

En los libros puedo utilizar mi figura como hilo conductor para contar una historia, pero siempre me preocupa muchísimo ese equilibrio. En los libros hay más margen, pero no tanto por el coste de la historia sino para entender su complejidad, para aportar información. En esa última historia en Congo, por ejemplo, un día estaba charlando de fútbol con uno de los niños soldado. Como me dijo que sí, se me ocurrió proponer echar un partido de fútbol alguna tarde y enseguida organizaron una pachanga entre niños soldado y alumnos de una escuela cercana. Al final del partido, charlando de nuevo con el chaval vi que estaba eufórico: me confesó que hacía tres años que no jugaba un partido. Ese detalle, que admitiera que no le dejaban jugar ni siquiera a fútbol, decía mucho de cómo estaba viviendo allí. De cómo el general que supuestamente le protegía, según él, les estaba robando la niñez. Y a detalles así no llegas tanto por las preguntas, sino por estar allí. La línea es muy fina, pero yo tengo a alguien en casa que a menudo me repasa los textos y me controla especialmente que mi presencia esté justificada para aportar algo. Me puedo haber pasado semanas escribiendo algo para que Julia, mi compañera, lo liquide no ya con un «yo mejoraría esto», sino directamente con un «esto no lo publicaría». A veces me pillo unas peloteras enormes, pero creo que es una suerte porque casi siempre tiene razón.

Kapuscinski decía eso de que «los cínicos no valen para este oficio». ¿Está de acuerdo?

Yo creo que el polaco se refería a que es necesario tener empatía y compromiso para escuchar a los demás, para mantener la pasión por regresar a los sitios y dar el protagonismo a los otros. La empatía no es una intención, es un esfuerzo diario y, si eres un cínico, no puedes generar empatía. Al menos no una empatía de verdad. En el periodismo, como en cualquier sitio, hay grandes hijos de puta. Los cínicos no valen para hacer bien este trabajo, pero el cinismo sirve para hacerse rico en este oficio, claro que sí. Si te arrimas al poder, si consigues ser un altavoz de influencia y te da igual todo, puedes ganar dinero porque te conviertes en alguien útil para los poderosos. Y más en días de trincheras como las de ahora. Pero si no eres un cínico y te crees este trabajo, el oficio te recompensa con creces porque te acercas a realidades imposibles. Ander Izagirre, uno de los tipos más nobles en este oficio, dice que es un curro que te da para comer, pero no para cenar. Si esperas hacer planes de futuro y pagar la hipoteca con tranquilidad, mejor tener una alternativa o tener una herencia a punto. De lo contrario estás jodido.

En su último libro describe al fotógrafo Kim Manresa como «alguien que usa su cámara para acercarse a la gente». ¿Cree que la norma bajo el neón de las redes sociales y el autobombo?

Kim es una persona extraordinaria. Es un tipo que se divierte en África y lo pasa bien en la vida. Diría que fue mi primer maestro. Yo al principio llegaba preocupado a África, obsesionado por entender aquello, por haber leído lo suficiente, por llevar suficientes contactos; nervioso por si había preparado bien las historias y que no se me escapara nada. Él se me plantó delante y me dijo: «Abre los ojos y mira». Me enseñó mucho, sobre todo que en este oficio hay que ser riguroso y trabajador, y que hay que madrugar, insistir y tener paciencia, tener compromiso con lo que haces y también que hay que ser lo suficientemente humilde como para saber que hoy todo ese esfuerzo también es necesario. Pero, sobre todo, hay que mantener intacta la curiosidad, preocuparse por el otro. Y hay que pasárselo bien. Kim se lo pasa bien en África. Y hay un montón de momentos jodidos donde te mantiene en pie esa sensación de que este oficio es un privilegio y te da la vida porque lo disfrutas mientras lo haces. Y eso me lo enseñó Kim, así que le debo no haber abandonado, probablemente. .  

Pero gente referencial como Kim parece no existir sin un perfil en Facebook o Instagram. Y se me ocurre más de un caso similar.

Las redes sociales sí que pueden tener ese efecto distorsionador, pero no creo que sea algo que perdure. Te exponen con todo ese neón pero, si tu trabajo es hueco, eso se apaga rápido. Es injusto porque mucha gente buena se queda en la sombra, pero la popularidad no te lleva a ningún sitio. Quizás las redes te pueden hacer despegar muy rápido, pero no llegas lejos si tu trabajo no lo merece. Para mí, las redes sociales son una herramienta más para dar salida a mis reportajes o buscar una relación más próxima con el lector.

Con ciento doce mil seguidores en Twitter, «Xavier Aldekoa» parece casi una marca. ¿Es imprescindible para sobrevivir en esta jungla?

En mi caso no ha sido algo buscado sino una forma más de resistir. Desde siempre, mi manera de trabajar ha sido sintiéndome bastante solo. Nunca he estado en plantilla en un periódico, siempre he luchado por lo que quería hacer y, para mí, las redes sociales han sido una herramienta más, como el acuerdo que tengo con La Vanguardia u otros medios. Forma parte de una estrategia coral en la que las redes son una parte más de un trabajo que me ayudan a poder hacer las historias en las que creo. Lo mismo que tengo una productora o los libros, las redes son una herramienta más. No son centrales ni alteran mi trabajo ni modifican mi visión.

Pero ayudan.

Sí, y te diría que a los jefes les importa porque un buen número de seguidores genera tráfico a esos artículos. Yo tengo la suerte de tener una compañera a quien las redes le importan una mierda, y que me baja mucho al suelo si pongo un tuit imbécil. Eso es importante porque es un espacio tramposo: el aplauso o la crítica en Facebook o en Twitter están vacíos. Por otra parte, no hay un filtro en las redes y supongo que sus focos te pueden llegar a deslumbrar.

Es usted un millennial que empezó en esto cuando el sector entraba en declive. ¿Cómo lo ha vivido?

Yo vi los últimos estertores de la buena época, fui testigo del final de todo aquello en compañeros que están en plantilla más que en carne propia. Cuando empecé en esto tardé dos años en publicar una historia de Tombuctú a base de insistir, y me lo pagaron mejor de lo que me pagarían nada después. Nunca he vuelto a cobrar tanto por un reportaje, y eso fue hace ya quince años. El periodismo en África ha sido siempre una lucha, a veces maravillosa y otras muy frustrante: pasas del «no quiero hacer nada más que esto» al «no puedo más» en cuestión de horas. Sé que cualquier día se acabará, pero esto, que suena muy tétrico, también te da una gran libertad porque cada vez que haces algo lo haces porque estás convencido. Que una cobertura salga mal es una posibilidad que siempre está ahí pero, con el paso de los años, la experiencia acaba aportándote seguridad porque ya sabes de qué va la historia. Sé que si se me cae la cámara al suelo y se me rompe van a ser muchos meses de números rojos. También hay coberturas que sé que no me van a salir a cuenta pero las acabo haciendo porque creo que hay que hacerlas. Desde siempre, y en todos los oficios, ha habido que asumir riesgos para hacer eso en lo que uno cree.

Parece una carrera de fondo con muchísimos obstáculos. ¿Se ve usted aún corriendo con cincuenta o sesenta años?

Ojalá. Para mí este oficio no es un sacerdocio, lo hago porque me gusta y porque existe un compromiso con lo que hago. Ojalá mantenga la ilusión, aunque, como te decía, hay veces en las que no puedes más. Conseguir pasta para los proyectos, gestionar los visados, convivir con desplantes, con recortes, ver que no salen las cuentas… Yo sé que mañana mismo me puede llamar el jefe y decirme que esto se acabó. Toda esta incertidumbre tiene consecuencias, sobre todo cuando tienes hijas, una compañera… A lo mejor te planteas combinar el trabajo con una vida normal, comprar una casa, hacer obras o, simplemente, enviar a tus hijas al colegio y es duro hacer vivir a la gente que quieres con esa incertidumbre constante. Hay una presión psicológica que pesa, y yo llevo así veinte años. Ese desprecio por el tiempo y el trabajo de los demás forma parte de una página oscura de la situación actual, pero no pretendo lamerme las heridas. Esa incertidumbre omnipresente es demoledora y afecta a los que no querrías implicar, pero estoy contento de cómo me ha ido. Y orgulloso de lo vivido. Miro hacia atrás y me siento afortunado por haber hecho este camino. Además, cuando regreso a África, me apasiona tanto que vuelvo a casa cargado de energía para seguir peleando.

¿Tiene alguna meta en particular?

Para mí el éxito es poderme dedicar a esto, o a algo parecido a esto, mientras me dure la curiosidad. Lo veo complicado, pero también veía complicado a los veinte años llegar a los treinta y siete como reportero. A mí me apasiona profundamente escribir. Tengo grabados en la memoria momentos de felicidad absoluta después de escribir un texto en el que, paf, como por arte de magia, todo cuadra y la historia queda redonda. Momentos y lugares donde escribí un texto y acabé riéndome a carcajadas o llorando como un imbécil por las líneas que acababa de escribir. Esos momentos de conexión interior son electricidad pura. Ser reportero en África es uno de los mayores regalos de mi vida porque me ha permitido vivir miles de experiencias absorbentes y conocer a seres humanos fascinantes. Ojalá pueda seguir haciendo lo que me gusta muchos años más.

¿Hay un plan B en el caso de que eso no sea posible?

De tener que optar por un plan B, supongo que me gustaría que el refugio estuviera cerca de los libros. Siempre he escrito como una consecuencia de mi trabajo como reportero, mis libros son extensiones de las historias que he conocido en África, así que ahora mismo no veo cómo separar esos dos mundos. Si se me permite, y ahora que no nos escucha nadie, por mí lo dejamos así unos cuantos años más.


No busquen faisanes en los mapas

La entrevista de Luis XIV y Felipe IV en la isla de los Faisanes, de Jacques Laumosnier (1660).

El 7 de noviembre de 1659, representantes de las monarquías francesa y española se reunieron en tierra de nadie para poner fin a una de las muchas trifulcas desatadas durante la Guerra de los Treinta Años. El llamado Tratado de los Pirineos sellaba una boda —la del rey francés con la hija del español— y el intercambio de varios territorios en disputa, entre ellos el islote del río Bidasoa en el que se celebró el encuentro. Equidistante de las orillas de Irún y Hendaya, parecía que alguien hubiera puesto la isla de los Faisanes a propósito para este tipo de ocasiones (la última hacía la «paz» número veinticuatro), pero aquello solo se sostenía sobre el papel: los pescadores de ambos lados seguían sin entender lo de que había que repartirse truchas y, sobre todo, esos salmones tan lozanos, a partes iguales. Aquello acababa mal a menudo por lo que hubo que reunirse otra vez, en 1901, para determinar que lo de la «soberanía compartida» significaba que la isla sería francesa del 1 de agosto al 31 de enero, y española del 1 de febrero al 31 de julio, a España. Y así hasta hoy.

El que trabajadores de dos municipios se encarguen de que la maleza no oculte una placa conmemorativa tampoco es para tanto, sobre todo si tenemos en cuenta que el desangelado monolito que la sostiene es su único habitante. Pero el asunto cobra interés cuando leemos que la isla de los Faisanes es «el territorio en condominio más pequeño del mundo». La lista no es demasiado extensa pero son todos lugares maravillosos. Piensen en la Antártida, bastante más grande que la isla del Bidasoa pero custodiada igualmente por los países firmantes del Tratado de la Antártida, que es el que la protege de veleidades anexionistas. Ríanse, pero los nazis ya tenían pensado el nombre: «Nueva Suabia». Apenas diez años después de la caída del Reich, una geopolítica brasileña formulaba la llamada Teoría de la Defrontación, que defendía el reparto del pastel helado entre Uruguay, Perú, Ecuador y Brasil. La idea era hacerlo a través de sus meridianos sobre las costas de la Antártida. Si bien más lógica que la de trazarlos desde Berlín, aquella iniciativa tampoco llegó a cuajar.

Otro en la lista territorios a pachas es la Estación Espacial Internacional, a la que solo una red intrincados acuerdos políticos y económicos sostiene allí arriba. Por el momento aguanta y, a día de hoy, doscientos treinta individuos llegados de dieciocho países han compartido sus seis dormitorios y dos baños. Hablamos también de ríos «en condominio», como el Mosela y sus afluentes. Sepan que se incluyen en el paquete quince islotes cuyos zarzales podan a turnos operarios alemanes y luxemburgueses. Austria, Alemania y Suiza van más allá con un condominio a tres bandas sobre el lago Constanza. Suiza insiste en que la frontera pasa por la mitad pero no hay quorum; no busquen ninguna raya sobre el mapa. El Salvador, Honduras y Nicaragua también firmaron algo parecido sobre pedazos de tierra desperdigados por el golfo de Fonseca, aunque, cuando hablamos de condominios acuáticos, la palma se la lleva Iguazú (Brasil y Paraguay). Ya dijimos antes que se trata de lugares maravillosos.

Espejismos

La cosa se complica cuando, en vez de inquilinos temporales como astronautas o científicos antárticos, sus habitantes no solo llevan ahí desde siempre sino que se empeñan, además, en cultivar sus berzas justo en el lugar reservado a las rayas de los mapas. Les pasó a los del condominio de Moresnet, una anomalía cartográfica que existió entre los años 1816 y 1919; apenas tres kilómetros cuadrados entre los actuales territorios de Bélgica y Alemania constituido como «territorio neutral» porque nadie fue capaz de decidir a quién correspondía su soberanía. Al final se optó por la salomónica decisión de que ambas potencias compartirían su gobierno a través de sendos comisionados. Resulta que Moresnet descansaba sobre una enorme reserva de zinc, lo que, unido a ventajas arancelarias que le otorgaban su condición de «limbo» geopolítico, propició que la población se multiplicara por veinte durante sus casi cien años de existencia. Como apátridas, los nacidos en el condominio no tenían que servir en el ejército pero tenían un himno en esperanto (Neutrala Moresneto), una escuela y un hospital. Y solo la presión de los vecinos evitó que su casino y sus destilerías prosperasen. Los muyaidines de la filatelia salivaran lúbricos cuando descubran que también hubo timbre.

Los acuerdos que cerraron el capítulo de la Primera Guerra Mundial pusieron fin al sueño del que estaba destinado a ser el primer Estado esperantófono del mundo (el Congreso Mundial de Esperanto declaró Moresnet capital mundial del idioma en 1908). El territorio fue asignado a Bélgica, invadido por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y devuelto después a Bruselas.

Si después de leer esto se han quedado con las ganas de conocer de primera mano cómo es la vida en un condominio, aún están a tiempo de viajar a Bosnia-Herzegovina y preguntar a los casi cien mil habitantes de Brcko. La mayoría en esta estratégica ciudad fronteriza era bosnia cuando estalló la guerra en 1992 y, como era habitual, hubo un intento serio y por las malas de partir este distrito con la superficie de Jaén capital en tres (croata, serbio y bosnio). El empate técnico en muertos y desplazados, y la imposibilidad de dar con una solución al rompecabezas casi acaba por romper el acuerdo de 1995 que hizo callar las armas en Bosnia-Herzegovina. El nuevo país tendría dos entidades autónomas (serbia y bosnia) y una tercera región, Brcko, que disfrutaría de su propio autogobierno.

De Brcko se dice que es «la única ciudad libre de Europa» aunque ya sabemos que no se trata de un concepto nuevo. Ya hemos hablado de Moresnet, aunque también podríamos citar el puerto báltico de Gdansk (antes Danzig), que era semiautónomo en el periodo entreguerras, o el de Rijeka, administrado por separado por Hungría y el reino de Croacia-Eslavonia. La comunidad internacional inyectó dinero en Brcko para adecentar la zona tras la guerra y, mientras en el resto de Bosnia-Herzegovina la educación sigue siendo segregada, la «Jaén» balcánica presume de que niños serbios, bosnios y croatas comparten las mismas clases. La recóndita Brcko se convirtió en la ciudad «más cosmopolita», «la más exitosa» de Bosnia-Herzegovina (gracias a un presupuesto municipal desproporcionado para su tamaño). Pero una corrupción desbocada unida a una creciente tensión interétnica —espoleada por la combustión de una guerra demasiado reciente— acabó por transformar el sueño de la Arcadia balcánica en espejismo.

Ocurre lo mismo con los faisanes de la isla del Bidasoa, que ni los hay ni los hubo nunca. En tiempos de los romanos al islote se le llamó «pausu» en vasco, «paso», por el peaje que había que pagar por transitar entre Aquitania e Hispania. Los caprichos de la fonética —la «p» muta en «f» a menudo— se encargarían de transformar la «isla de los Paussans» en «la de los Faisanes». Otra ilusión, un poco como lo de las rayas de los mapas.


El fin del mundo puede ser como te lo imaginas

Un insurgente baluche ejerce como vigía en la región de Dera Bugti, Baluchistán, 2006. Fotografía: John Moore / Getty.

Colgaba de la pared de una peluquería al oeste de Londres: en un pedazo de papel amarillento enmarcado, el New York Times informaba de que Kalat, el antiguo reino que corresponde aproximadamente a la actual provincia pakistaní de Baluchistán, era un «Estado independiente y soberano desde el 12 de agosto de 1947».

«Tuvimos un país, ¿sabe usted?», resumió el barbero, mientras remataba la faena con su navaja. Parecía un hombre afable pero de pocas palabras, quizá porque aquel recorte de periódico era una prueba suficientemente elocuente de la existencia de su pueblo. Como la libra palestina que Arafat solía enseñar para denunciar la ocupación de su tierra. Salvando las distancias, eso sí, porque, a diferencia de los palestinos, el resto del mundo ni siquiera sabe que los baluches existen.

Baluchistán es un topónimo sonoro y exótico, tanto que el procesador de textos lo sigue subrayando en rojo. Pero pregunten por el Beluchistán a aquellos que intentaban entender el mundo desenterrando volúmenes de entre el polvo de bibliotecas seculares. Luego dirijan su mente hacia el este, y piensen en aquel peluquero de Londres como un náufrago de un navío que nadie echó nunca en falta. También sobrevivieron camelleros y taxistas; estudiantes, profesores, guerrilleros, refugiados, nómadas… incluso aristócratas. Sus historias coinciden en que empiezan, o acaban, en uno de los lugares más desconocidos e inhóspitos del planeta.

La vida en Marte

La retirada de los británicos del subcontinente indio posibilitó que los baluches declararan un Estado propio durante siete meses antes de ser este anexionado a Pakistán. Era una historia de manual: tras la retirada de las potencias coloniales el pez grande siempre se comía al pequeño; desde el Sáhara Occidental hasta la pequeña isla de Papúa. Irán había hecho lo propio con sus baluches en 1928, mientras que los de Afganistán nunca han sabido realmente quién mandaba en Kabul. ¿Acaso alguien sabe quién manda hoy?

Baluchistán es un erial del tamaño de Francia dividido por las fronteras de tres de los países más convulsos del mundo. Los baluches llaman baluchi a su lengua, que es prima del farsi y hermana del kurdo. Un proverbio pastún dice que viven en el lugar al que Dios arrojó los escombros tras la creación, y un grupo de geólogos norteamericanos fue aún más allá: «Es lo más parecido a Marte sobre la tierra». Pero no se fíen de las apariencias: es oro, uranio y, sobre todo, gas, mucho gas, lo que se esconde bajo las sandalias de los baluches. Mientras en Islamabad llevan más de medio siglo cocinando con gas entubado desde Sui —a novecientos kilómetros al sur—, en Sui lo hacen con estiércol de camello.

«Dígame, ¿qué nos ha dado Pakistán?», se preguntaba Akhtar Mengal desde su residencia en Quetta, la capital provincial del Baluchistán pakistaní. Líder tribal y presidente del Partido Nacional de Baluchistán, Mengal posaba en 2009 con dos rifles sobre un mapa de la región y un retrato del Che a sus espaldas. Como líder político, pedía la independencia de Baluchistán para desligarse de un país que, decía, estaba secuestrado por el ejército y los servicios secretos desde su creación en 1947. ¿Era posible que la provincia más grande y más rica en recursos de Pakistán pudiera convertirse en un Estado soberano? Mengal no arriesgó en su respuesta: «Hace treinta años nadie podía imaginar que la URSS pudiera desintegrarse, pero ocurrió. Y casi de la noche a la mañana».

Camiones en una ruta comercial en Baluchistán, ca. 2010. Fotografía: Bruno Morandi / Getty.

Desde Quetta, el camino hacia un Estado baluche propio parecía largo y, sobre todo, tortuoso. Levantada a mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, la ciudad principal del Baluchistán pakistaní se encuentra a una hora de la frontera afgana y a dos de Kandahar. Decenas de miles de desplazados llegados desde Afganistán han convertido a los baluches en minoría en su propia casa, donde locales y foráneos sobreviven gracias al contrabando en cualquiera de sus versiones locales: ropa interior iraní, opio afgano, armas rusas… Muchos de aquellos pastunes eran talibanes que cerraban filas en torno al mulá Omar, su misterioso y escurridizo líder, muerto en 2013. Cuatro años antes se daba por hecho que se refugiaba en algún lugar de Quetta.

A la luz del día era una ciudad pakistaní más con su tráfico correoso, el bullicio de su bazar, sus muchos vendedores de globos y alguna que otra tienda de alcohol regentada por cristianos. Por supuesto, no faltaba la versión local de una conocida cadena de comida rápida americana: Quetta Fried Chicken. Pero de noche todo era muy distinto: era como si aquella gente que se miraba de reojo entre el marasmo se buscara para matarse cuando caía el sol. Al día siguiente, uno desayuna con té verde, sopa de lentejas y el parte de bajas. El último en caer podía haber sido un conocido pastún, un militar pakistaní o, como aquella noche, un líder baluche. Se llamaba Murid Bugti, y era uno de los hombres más significados del Partido Republicano Baluche. Dos días más tarde, su pueblo declaraba una «jornada de lucha».

¿Que qué se hace en una «jornada de lucha» en Quetta? Fácil: se colocan nuevas banderas baluches en postes y farolas, y se aprovecha para repintar aquellas en muros y fachadas. Y tampoco se descuidan los eslóganes. «¡Abajo Pakistán!» es el menos original pero el más recurrente, además de las siglas BRA (Ejército Republicano Baluche, por sus siglas en inglés) y BLA (Ejército de Liberación Baluche), dos de entre la plétora de grupos armados que luchan contra Islamabad. No se molesten en buscarlos en ningún sesudo manual COIN (acrónimo de «contrainsurgencia»), pero están ahí desde los setenta del siglo pasado. Casi medio siglo de lucha no ha evitado que los cadáveres se sigan apilando: líderes políticos o activistas de base, abogados, camelleros o simples desgraciados. A algunos los arrojan desde el aire —vivos, muertos, a menudo desmembrados— sobre sus aldeas natales. El terror siempre es un arma poderosa ante cualquier conato de rebelión.

El número de desaparecidos a manos de las fuerzas de seguridad se estima en decenas de miles, aunque nadie conoce la cifra exacta. Tampoco es extraño, hablamos de un auténtico «agujero negro» informativo. Declan Walsh, corresponsal en Islamabad para The Guardian y el New York Times durante nueve años, se encuentra entre los muy pocos que se han atrevido a escribir sobre la brutalidad a la que los baluches son sometidos bajo el Gobierno de Pakistán. Ni siquiera llegó a pisar Baluchistán, pero un artículo sobre sus desaparecidos le valió la expulsión del país en mayo de 2013.

«La de Baluchistán —contaba Walsh— no solo es una de las historias más difíciles de cubrir en Pakistán por lo restringido de su acceso, sino también por ser una de las más peligrosas. Al Gobierno no le gusta nada que periodistas extranjeros entren en la provincia sin ser escoltados y raras veces concede permisos. Es una zona donde la violencia llega de todas partes: están los talibanes, los que persiguen a los chiíes, los insurgentes baluches… Islamabad quiere evitar a toda costa que informadores pisen el terreno porque se trata de una provincia que apenas controla, o simplemente porque los servicios de seguridad pakistaníes mantienen estrechos lazos con muchos de estos grupos violentos».

Eran afirmaciones corroboradas por testimonios igualmente kafkianos. Imdad Baloch, miembro de la Organización de Estudiantes Baluches, había sido secuestrado en Quetta en 2005 junto con seis compañeros y torturado posteriormente durante dos meses. Sus raptores le «entregaron» después a la policía en la provincia de Punyab.

Policías paquistaníes en Quetta, Baluchistán, 2014. Fotografía: Banaras Khan / Getty.

«Tuvimos los ojos cerrados en todo momento. Sabíamos que nos habían metido en un avión, pero no adónde íbamos», explicaba aquel joven tocado con un kulla —gorro tradicional baluche— rojo.

«Tras entregar a cuatro de nosotros a la policía en algún lugar de Punyab, los periódicos al día siguiente publicaron que las fuerzas de seguridad habían capturado a unos terroristas baluches que planeaban poner una bomba en el aeropuerto de Hyderabad —suroeste de Pakistán—». Imdad desconocía las causas por las que finalmente fueron puestos en libertad. Fue entonces cuando empezó la segunda parte de su odisea: denunciar ante la justicia lo que había ocurrido.

«Lo has pasado mal, pero ya estás libre. ¿Por qué te empeñas en buscarnos problemas a los dos?», le dijo aquel primer juez. Y el segundo, y el tercero… Cuatro años más tarde, Imdad seguía intentando interponer una denuncia.

A los cerca de veinte mil desaparecidos documentados hay que sumarles los desplazados. Durante la última década, decenas de miles de familias baluches se han visto obligadas a emigrar a las afueras de Quetta o a las provincias de Sindh y Punyab, tras haber sido destruidas sus aldeas en diversas operaciones militares. La campaña se ha cebado especialmente en la zona colindante a Gwadar, un puerto de aguas profundas que está siendo construido por China, pero que se ha convertido en la principal amenaza contra los baluches de Pakistán. Islamabad pretende desarrollar la zona como hiciera con Karachi, cuya población pasó de los doscientos mil habitantes en 1947 a los más de veinte millones a día de hoy. Hacer algo parecido en Gwadar supondría convertir a los baluches en minoría en su propia tierra.

Opio para el pueblo

Aquel saudí de veintiséis años se estaba volviendo loco. Se llamaba Abdulá Mohamed, y llevaba más de dos meses intentando cerrar un trato de camellos baluches en Zahedán, la capital de la provincia iraní de Sistán y Baluchistán.

«Odio esta ciudad, odio este país y a los persas; los putos persas…», repetía desde el lobby de aquel hotel entre bocanadas de una pipa de agua. De vez en cuando decía algo interesante, como que había gente que usaba los camellos para traer heroína desde Afganistán.

«Se les enseña el camino, se les introduce la droga en la joroba y luego hacen la travesía ellos solos», explicó, apostillando que aquel era un negocio redondo que tenía que explorar. Pero llegaba tarde. Para cuando Baluchistán fue anexionado a Irán en 1928, los británicos hacía ya tiempo que habían introducido el tráfico de opio en la región. Comparado con otras partes del país, su uso aquí era aún poco común, limitándose a un puñado de líderes tribales. Ya con los Pahlevi (1925-1979) se arraigaría el consumo de heroína en esta parte de Baluchistán, y aquellas enormes oportunidades de lucro tampoco pasaron desapercibidas a los ayatolás. Cargos públicos locales —nunca baluches— siguen amasando enormes fortunas con la droga que llega desde la vecina Afganistán mientras Teherán mira hacia otra parte. Irán es ese país donde te dan latigazos si te pillan bebiendo una birra, pero te puedes chutar en vena a plena luz del día sin que nadie te levante la voz. Se dice que el 60 % de la población baluche local de Irán está enganchada a los opiáceos. O, lo que es lo mismo, que el número de disidentes se reduce en al menos un 60 %. Y es que, al hándicap que supone pertenecer a una etnia distinta a la persa —la dominante en el país—, la revolución islámica del 79 añadió el religioso. Los baluches son musulmanes sunitas, algo que choca frontalmente con el chii smo imperante en Irán.

Alí Khan, un desplazado baluche, junto a la tumba de tres de sus hijos, fallecidos en un campo de evacuados en Jafarabad, Baluchistán, 2006. Fotografía: John Moore / Getty.

Casi equidistante de las fronteras de Afganistán y Pakistán, en Zahedán todo lo «no persa» es susceptible de ser terrorista, traficante, o ambas cosas a la vez. Los ayatolás acusan a los baluches de colaborar con Occidente y a la organización armada Jaish ul-Adl —‘Ejército de la Justicia’, antes Jundallah, ‘Ejército de Dios’— de recibir ayuda tanto de la CIA como de Al Qaeda. Cualquiera que sea su marca, hablamos de una organización armada que nació en 2002 con una reivindicación autonomista y un fuerte corte religioso suní. Sus acciones iban desde atentados suicidas contra el aparato de seguridad persa a otros más selectivos. En septiembre de 2008 llegaron incluso a secuestrar a un científico nuclear iraní.

La insurgencia baluche en Irán, que no coincide ni en la forma ni el fondo con la de sus hermanos en Pakistán, acostumbra a mandar mensajes contradictorios: un día enarbolan la bandera baluche declarándose nacionalistas; al siguiente, son yihadistas de estandarte negro. En realidad, no se trata más que de globos sonda, de meros reclamos publicitarios, para recibir financiación desde el golfo Pérsico o de Occidente. De donde sea. El problema es que cualquiera resulta sospechoso. En su informe de 2017/18, Amnistía Internacional recoge que centenares fueron ejecutados «tras juicios-farsa» durante el año pasado, y que miles esperan en el corredor de la muerte. Se trate de combatientes, disidentes políticos, blogueros o incluso niños como Kabir Dehghanzehi, arrestado cuando tenía trece años y colgado el pasado año en la vía pública desde una grúa. Se hace a menudo. Las familias tienen que pagar para recuperar los cadáveres.

Paradójicamente, los ayatolás tienen una gran responsabilidad en el aumento del extremismo suní entre los baluches. Tras hacerse con el poder en el 79, la teocracia chií empoderó a sacerdotes suníes a través de dinero y poder para disolver un ideario comunista profundamente arraigado en la zona. En realidad, Jomeini no hizo más que dar continuidad a una política introducida en la región por los británicos. Como ya hicieron con el opio, ellos también fueron los primeros en utilizar el islam como una herramienta política para contrarrestar la expansión soviética.

Fue entonces cuando la viajera británica Rosita Forbes pasó por allí en la década de los veinte. En su libro Conflict: Angora to Afghanistan (Casse, 1931) describe a los baluches como «gente de pelo largo y piel más oscura que los persas» que sustituían sus inmensos turbantes por un sombrero pahleví —el que Reza Shah Pahleví introdujo en 1927 para «modernizar» el país— cuando iban a la ciudad. La aventurera británica aseguraba que en todas las aldeas baluches había al menos uno de aquellos sombreros a disposición de la comunidad. Casi un siglo más tarde, del medio millón largo de habitantes de Zahedán, seis de cada diez son persas. Mientras la población de colonos crece, los baluches se disuelven en la indigencia o, simplemente, desaparecen. Ocurre hasta con los topónimos: la misma Zahedán había sido Duzzap hasta que los persas se hicieron con el territorio.

Desde su campus universitario, Karim Jalabi, uno de los poquísimos profesores de etnia baluche en la Universidad de Sistán y Baluchistán, decía que la proporción entre persas y locales entre sus veinte mil estudiantes es de diez a dos.

Las fuerzas armadas paquistaníes vigilan el puerto de Gwadar, 2006. Fotografía: Jean-Hervé Deiller / Getty.

«En realidad es un reflejo fiel de lo que está ocurriendo aquí. Hace setenta años nuestra provincia se llamaba “Baluchistán”, más tarde “Baluchistán y Sistán” y hoy “Sistán y Baluchistán”», afirmaba aquel profesor de matemáticas.

«De seguir esta tendencia, en el futuro se llamará sólo “Sistán”».

Huir al infierno

Verano de 2014 en el extremo suroccidental de Afganistán. Un mulá cargaba contra el Gobierno en su sermón del viernes:

«¿A qué bolsillos ha ido a parar todo el dinero que llega de países extranjeros? ¿Han sido nuestros pecados tan grandes que no merecemos ni siquiera agua potable?», espetaba el sacerdote, con una voz ronca y airada que retumbaba por las calles vacías de la ciudad. Un centenar de hombres asentían con la cabeza y sudaban sin parar.

A más de un día de coche de la capital afgana, Zaranj es la capital de la provincia de Nimruz, la única que comparte fronteras con Irán y Pakistán. También es la más remota, la más despoblada, la más pobre —recuerden, de Afganistán—.

«¿Acaso es la voluntad de Dios que nos muramos de sed?», insistió el mulá, justo antes de acusar a Teherán de robar el agua de los nimruzíes. Y era verdad: la única fuente de agua en Nimruz es el río Helmand, pero Irán desvía la mayor parte de su cauce a un depósito gigante. Se puede ver por Google Earth. Añadan a eso las necesidades hidrológicas de los talibanes para regar sus campos de amapola y piensen que, antes de los ladrones de agua, la zona ya se llamaba Dashti Margo: el Desierto de la Muerte. Se harán una idea. Han pasado eones desde que el profeta persa Zaratustra calculó que, cuando el sol alcanzara su altura máxima sobre este arenal, sería de día en todo el hemisferio oriental. Así, llamó a este punto Nim Roz, ‘mediodía’ en lengua persa. Mil años más tarde llegaría el islam y Zaranj se convertiría en una de las principales paradas en la Ruta de la Seda hasta que Tamerlán, otro persa ilustre, la destruyó por completo en el siglo xiv. Desde entonces, este lugar donde las tormentas solo escupen polvo y arena quedaría relegado a la periferia de los sucesivos imperios: desde el safávida hasta el soviético.

Trabajadores en el puerto de Gwadar, ca. 2010. Fotografía: Bruno Morandi / Getty.

En el siglo xxi, el único objeto digno de pertenecer al escudo de armas de la ciudad sería uno de esos bidones de plástico omnipresentes por toda la ciudad. Pueden ser amarillos o verdes, con agua o gasolina de contrabando, siempre descargados de carros tirados por un burro o de los moto-rickshaws. Quitando las granadinas de Kandahar, o las uvas y sandías que llegan de la vecina Helmand, casi todo lo que allí se compra llega de Irán y se paga en moneda iraní. Son novecientos kilómetros hasta Kabul pero apenas dos hasta el puesto de frontera persa. Demasiado cerca: Teherán está construyendo un muro de hormigón de cinco metros de altura a lo largo de toda la frontera; exactamente doscientos veinticuatro kilómetros. Si nunca había sido fácil sembrar en mitad de este desierto, para muchos campesinos como Abdul Bazir resultaba ya imposible.

«Es de locos: cada vez que trato de llegar a mis huertas los guardias me disparan desde el muro», se quejaba aquel baluche de cincuenta y dos años que aparentaba veinte más. Aquella aldea de adobe sin agua corriente ni electricidad se llamaba Barichi. Además de con los cultivos, el muro había acabado con el contrabando, único modo de subsistencia para muchos. Dost Mohamed, otro vecino, se levantaba la camisa para mostrar las marcas de dos impactos de bala en su cuerpo. Los persas le habían disparado cuando intentó acercarse a regar sus tierras. Los guardias también disparaban a sus burros y ovejas, decía, «por pura diversión». Hoy Barichi ya no existe, ni tampoco decenas de otras aldeas de las que el mundo jamás tuvo noticia.

A diferencia de como ocurre en Irán o Pakistán, la ausencia de un Gobierno efectivo en el país ha hecho que los baluches aquí no sean masacrados por las fuerzas de seguridad; para sobrevivir basta con un poco de agua y no caer en el fuego cruzado entre talibanes que se matan entre ellos —generalmente por el control de las rutas del opio— o que atraviesan la provincia para atacar a las tropas de la coalición empantanadas en las vecinas Helmand y Farāh. Nimruz es el único lugar del mundo donde se puede ver un programa de televisión en baluchi —de 5 a 6 de la tarde— y donde los niños que van a la escuela pueden estudiar en su lengua materna. La ausencia de un Gobierno central ha convertido el último confín de Afganistán en un inesperado refugio para baluches que huyen de la represión en Irán y Pakistán.

Los hermanos Baloch llegaron en 2012 desde Khuzdar (Baluchistán pakistaní) tras la enésima operación del ejército en la zona. Desde el apartamento que compartían con dos familias más al sur de Zaranj, Karim, el mayor, recuperaba de una carpeta las fotos de dos de los cinco familiares que perdieron aquel día: su hermano Naim, muerto en la operación, y su padre Mohamed Rahim. No volvieron a saber de ellos desde entonces, pero es probable que sus cuerpos estuvieran en las fosas comunes que se encontraron en Khuzdar dos años después de su huida. No era ni la primera ni la última vez que los baluches se tropezaban con huesos humanos entre el polvazal.

Los náufragos llegados desde el otro lado de la frontera también se hacinaban en Haji Abdurrahman, una aldea de adobe sin asfalto, ni luz ni agua corriente a las afueras de Zaranj. Sattar Khan llevaba viviendo allí desde que llegó en 2007. Antes profesor de primaria en Pakistán, lamentaba no poder escolarizar a ninguno de sus cuatro hijos por su situación irregular, aunque los dos más pequeños tenían prioridades más urgentes:

«Tienen hidrocefalia. Conseguimos dinero entre todos para que les pudieran atender en Herāt —al oeste de Kabul—, pero necesitan de una operación cada dos años», explicaba Khan, mientras guiaba a su hija Sarah por la estancia. Había perdido la vista por la enfermedad.

Como refugiados, los Khan, los Baloch y otros muchos habían intentado pedir ayuda en la oficina que ACNUR tenía en Zaranj, pero decían que ni siquiera les habían dejado entrar. Desde la ONG admitían conocer la existencia de dicha comunidad, pero insistían en que ninguno de sus miembros había solicitado asistencia. Las versiones de unos y otros se contradecían igualmente en Kandahar y Kabul, donde ACNUR también tenía delegaciones.

«Tras tu visita nos dieron un número de teléfono, desde el que nos indicaron que teníamos que volver a la oficina a rellenar unos formularios para presentarlos en su oficina. Lo intentamos al día siguiente y nos volvieron a dejar en la calle», me decía Jamal, otro de entre aquel montón de desgraciados. Eso fue antes de pedir entrevista con el máximo responsable de la ONG en Afganistán. Se llamaba Bo Schack, y decía sentirse «muy sorprendido» por la cuestión que se le planteaba. «Ni a los baluches ni a nadie se les había denegado el acceso a ninguna de las oficinas de ACNUR». En cualquier caso, el proceso a seguir por la comunidad baluche para solicitar asistencia de la agencia de la ONU era algo que Schack decía desconocer.

Carreras en Londres

Tres años después de aquella entrevista, los icónicos autobuses de dos pisos rojos y los taxis negros londinenses paseaban el eslogan #freebalochistan por las calles de la capital británica. Hartos del ostracismo al que les había condenado tanto la prensa como las ONG, los baluches recurrían a una campaña que saltaba literalmente a las calles desde las redes sociales, y que incluía denuncias como «Stop a las desapariciones forzosas en Pakistán», o «Salven al pueblo baluche». Como era de esperar, la iniciativa no tardaría en recibir respuesta desde Islamabad, quien acabaría presionando al Gobierno británico para que abortara la iniciativa. El veto se mantuvo durante dos meses, hasta que el 20 de enero de este año el transporte público londinense volvía a denunciar en cada carrera una de las atrocidades más ignoradas de nuestro tiempo.

«¿Se te ocurre alguna otra idea para que el mundo se entere?», preguntaba Ahmad Marri, activista baluche en trámites de concesión de asilo político en Londres desde 2013. Tuvo más suerte que su hermano. Su familia en Quetta solo recuperó su cabeza. Hace cinco meses, Marri decía que salía a la calle solo para ver los taxis y los autobuses.

Una pequeña alegría es mucho.

Uno de entre los muchos baluches refugiados en Kandahar (Afganistán). Fotografía: Karlos Zurutuza.


Geopolítica cosaca

(Clic para ampliar). La respuesta de los cosacos de Zaporozhia al sultán Mehmed IV de Turquía. Pintado por Iliá Repin entre 1880 y 1891.

En Ucrania a los cowboys y a los piratas se los ha llamado cosacos. Todos forman parte de una misma familia mítica de hombres en los confines de la ley, duros, temibles y libres. Nos muestran que abrir nuevos y grandes campos de libertad es siempre algo peligroso y violento. En el caso ucraniano, una tierra de frontera donde han chocado y arrasado grandes imperios, sin apenas referentes históricos fuertes para cimentar la nación, los cosacos han perdurado como símbolo de la libertad del país. Un símbolo heroico y atractivo, tan violento, fanático y oscuro como lo era su época.

Eran fuertes y llevaban grandes mostachos, botas rojas y pantalones anchos. Se afeitaban la cabeza, dejando solo un largo mechón de pelo que les caía hacia delante. Comían y bebían tanto como indica su nombre. Tarás Bulba, el cosaco romántico creado por Gógol, es claro al respecto: «No queremos pasteles con miel ni guisaditos. Danos un carnero entero o una cabra; tráenos aguamiel de cuarenta años; y danos aguardiente, mucho aguardiente; pero no de ese que está compuesto con toda especie de ingredientes, pasas y otras porquerías, sino un aguardiente puro, que bulla y espume como un rabioso». También cantaban y bailaban como si no hubiera mañana, pero su auténtico hábitat era la guerra y la violencia.

Sus orígenes en el siglo XV se desarrollan, como los de los cowboys o los piratas, en un territorio en disputa, inestable y lleno de nómadas: en este caso, en la gran extensión —sin apenas ley— del centro y el sur de Ucrania, zona que actuaba como frontera entre dos potencias rivales, el kanato de los tártaros de Crimea y la Mancomunidad de Polonia y Lituania. La línea de fortalezas que los duques de Lituania crearon para bloquear a los musulmanes tártaros se empezó a llenar de fugitivos de orígenes diversos —algunos nobles, muchos campesinos, antiguos criminales o esclavos— que buscaron, en este territorio alejado del centro de los imperios, un espacio de libertad en el que poder escapar de su pasado y de las imposiciones de su tiempo. Por algo la palabra «cosaco» —que viene del idioma kazajo— significa ‘hombre libre’ o ‘aventurero’. Aunque en principio servían a polacos y lituanos, los cosacos irán definiendo cada vez más una sociedad propia, semiindependiente de los grandes poderes. Aunque siempre serán más un estilo de vida que una comunidad política fuerte.  

El método para conseguir su libertad, para impedir que un gran imperio los avasallara, era la guerra. Era una libertad que, más que progresar, volvía al «estado de naturaleza» del que hablaba Hobbes, donde se es libre para hacer muchas cosas, incluidas las más violentas. Su justificación para batallar era la religión ortodoxa. En sus combates contra los tártaros y turcos —los cosacos quemaron Constantinopla dos veces— varios Estados europeos los vieron como nuevos cruzados contra el islam. Una justificación parecida a la que utilizaban los corsarios católicos y los piratas musulmanes apoyados por los otomanos, que también saqueaban al margen de la ley con el apoyo de una gran potencia y la legitimidad de un credo. Pero la furia ortodoxa de los cosacos no solo iba contra los musulmanes: «Andréi retrocedió involuntariamente a la vista de un monje católico, objeto de odio y desprecio para los cosacos, que les trataban todavía más inhumanamente que a los judíos», dejó escrito Gógol en Tarás Bulba.  

La capital de los cosacos ucranianos fue la Sich de Zaporozhia, una ciudad situada en la isla Jórtytsia en el sur del río Dniéper, que cruza Ucrania de arriba a abajo. Allí se reunían los cosacos de toda la región, tomando decisiones a través de una asamblea semidemocrática llamada Rada. Las normas del Sich de Zaporozhia eran militaristas y los castigos duros y violentos, un poco al estilo espartano, aunque —en buena parte— bastante más libres que las sociedades de las que provenían aquellos fugitivos que se habían unido a los cosacos. Las mujeres no podían entrar en la Sich. Había gran variedad de comerciantes internacionales, armenios, judíos, moldavos o tártaros, siempre alerta ante un arranque de ira cosaca, que podía costarles el negocio y la vida.

Dos factores han determinado el destino de los cosacos ucranianos: su ímpetu guerrero y su situación geográfica. Cuando empezaron a tomar fuerza, sus primeros ataques se dirigieron contra sus vecinos más cercanos, los polacos católicos. Para evitar más ataques de esta nueva fuerza que se estaba formando en su frontera, los nobles de Polonia decidieron «contratar» a los cosacos para que atacaran a dos de sus enemigos: a los del sur, los tártaros y turcos, y a los del este, los moscovitas. Eso hizo que los cosacos dividieran sus lealtades: algunos se pusieron al servicio de Polonia mientras que otros se mantuvieron independientes, aunque la gran mayoría iban variando de bando según las circunstancias, el odio o las ganancias que ofrecía cada oportunidad. El desarrollo de las armas de fuego fue esencial en su lucha contra la potente caballería tártara. Consiguieron muchísimos esclavos de estas batallas, rompiendo el negocio que los tártaros de Crimea habían construido en el mar Negro, con el que proveían de siervos a los turcos y a otros reinos de Europa Oriental.

Pero el impetuoso espíritu cosaco se volvió varias veces contra Polonia, que, a la vez, intentaba dominarlos cada vez más. Esta lucha antipolaca acabaría reconfigurando la relación de fuerzas en el este de Europa. El debilitamiento de la Mancomunidad de Polonia y Lituania —junto con la otomana— daría pie a una nueva potencia dominante en la zona: Rusia. Los cosacos ucranianos tendrían un papel clave en la transformación a un nuevo equilibrio de poder.

(Clic para ampliar). Entrada de Bogdán Jmelnitski en Kiev, de Mykola Ivasiuk, s. XIX.

La rebelión más importante y sangrienta contra los polacos la encabezó el hetman —líder cosaco— Bogdán Jmelnitski, una de las figuras más influyentes de la «mitología» nacional ucraniana. Sus méritos son contradictorios pero decisivos. Para muchos ucranianos es un pionero de la independencia nacional, que luchó para liberar a las gentes del yugo polaco —por eso en Varsovia es visto como el traidor que debilitó la Mancomunidad y propició su extinción—. Para los rusos es uno de los creadores de la gran «hermandad» entre Ucrania y Rusia, lo que, en parte, supuso la sustitución del viejo imperio dominador polaco por un nuevo imperio dominador ruso. Jmelnitski es así una figura potente y equilibrada, defensor de la Ucrania libre y, a la vez, amigo de Rusia: en Kiev, frente a la catedral de Santa Sofía, todavía sobrevive una heroica estatua del hetman, que apunta con su maza en dirección a Moscú. Un símbolo de los equilibrios que Ucrania ha tenido que realizar en los últimos siglos, haciendo de puente —o de campo de batalla— entre Moscú y Europa Central.

La historia de la rebelión de Jmelnitski representa la lucha de poderes de una época, pero también el espíritu espontáneo y violento de los cosacos. El origen, el contexto y la vida joven de Jmelnitski —en principio— lo alejaban de la revuelta. Nació hacia 1595 en una familia noble y ortodoxa de la Ucrania central. Fue educado por los jesuitas en Jarosław, una ciudad polaca cerca de la actual frontera con Ucrania. Después se unió al ejército polaco, como hacía buena parte de la nobleza del momento. Peleó contra quien tenía que pelear, contra los turcos en Moldavia. Lo capturaron durante dos años. Después se retiró a las tierras agrícolas de su familia, donde pasó veinticinco años. Tuvo una vida relativamente tranquila: fue ascendiendo entre los rangos cosacos, evitó meterse en ningún levantamiento o nueva guerra y se ocupó de su familia y sus negocios en paz.

Y entonces sucedió uno de esos hechos imprevisibles, decisiones que nacen de la ira de un hombre y acaban haciendo temblar imperios. Con más de cincuenta años, Jmelnitski se peleó con un vecino polaco y este, cuando el cosaco estaba ausente, aprovechó para saquear sus tierras, matar a su hijo y secuestrar a la mujer con la que iba a casarse. Jmelnitski pidió reparaciones a las cortes polacas, y estas se negaron. En su sangre bullía la venganza. ¿Cuál fue la solución del cosaco? Cabalgar hasta la Sich de Zaporozhia, y alzar a sus hermanos en guerra contra Polonia.

A la venganza personal se añadían cuestiones políticas. El margen de libertad que los nobles polacos estaban dejando a los cosacos era cada vez menor. La aspiración de Polonia de consolidar el control de su territorio chocaba con los deseos cosacos de preservar —e incluso aumentar— su autonomía política y religiosa. La venganza de Jmelnitski abrió la oportunidad para que los cosacos pudieran revertir la presión polaca en el «territorio libre» que consideraban suyo.

Jmelnitski buscó nuevos aliados entre sus antiguos enemigos, unos que quisieran combatir a los polacos tanto como él: los tártaros de Crimea, que vieron el conflicto contra Polonia como una excelente manera de conseguir esclavos para sus mercados marítimos, consiguiéndolos en cada pueblo que saqueaban junto a los cosacos. La alianza fue un éxito: las huestes de Jmelnitski ganaron batalla tras batalla avanzando hacia Varsovia, el corazón de Polonia. Gran parte de los campesinos ucranianos también aprovecharon para alzarse en armas, asesinando nobles polacos, funcionarios reales, monjes y sobre todo judíos. Los pogromos de  la rebelión de Jmelnitski han quedado para la posteridad como uno de los episodios más oscuros de la historia antisemita de Ucrania.

Después de conquistar casi toda la Ucrania central y occidental, Jmelnitski sufrió una importante derrota contra los polacos, después de que sus aliados tártaros lo abandonaran. Si quería mantener su lucha, debía encontrar un nuevo apoyo. Decidió mirar hacia las lejanas estepas del este. Los rusos, a mitad del siglo XVII, no eran una potencia comparable a los grandes poderes europeos. Su población era la mitad que la de Francia, y la mayoría de sus tierras se extendían hacia la despoblada Siberia. Tenían necesidad de expandir su imperio hacia Europa, y la circunstancia límite de Jmelnitski fue un buen camino para conseguirlo. Ucrania, definitivamente, dejaría de mirar hacia Varsovia y lo haría hacia Moscú. El zar pasaría de ser «el autócrata de toda Rusia» al «autócrata de toda la Gran y Pequeña Rusia», término con el que el Imperio ruso se ha referido al territorio ucraniano desde entonces.

Con esta nueva alianza, la guerra en Ucrania seguiría con enfrentamientos entre polacos, rusos, tártaros y cosacos, hasta que Varsovia y Moscú decidieron firmar un acuerdo de paz, que entregaba a Rusia las tierras ucranianas al este del río Dnieper. Es decir, la mitad derecha de Ucrania. Posteriormente, los cosacos mantendrían una relación con el Imperio ruso que, progresivamente, acabaría con su extinción. Durante el reinado de Pedro el Grande, a principios del siglo XVIII, el líder cosaco Iván Mazepa quiso dejar de lado a Moscú, y aliarse con los suecos en contra de Rusia. Fue una mala elección: Mazepa acabó derrotado, y los cosacos tendrían cada vez menos poder e influencia en su territorio natural. Militares rusos tomarían el control de los regimientos cosacos, y Catalina II —que ya no los necesitaba como fuerza de choque contra los turcos— les dio el toque de gracia. Dividió su territorio, destruyó la Sich de Zaporozhia, dio privilegios nobiliarios rusos a varios líderes cosacos, deportó a buena parte de los guerreros e intentó borrar su memoria colectiva. Con el monopolio del poder en una sola mano, Catalina pacificó ese territorio «libre» que había vivido el asedio de cosacos y tártaros durante decenas de generaciones. Ahora mandaba el Imperio.

Aquí finalizaría la historia «real» cosaca, aunque otra perduraría hasta ahora. A mediados del siglo XIX, el poeta nacionalista ucraniano Tarás Shevchenko se dejó bigote cosaco para exaltar mediante su físico el patriotismo de su literatura. En la guerra civil rusa de 1919, huestes «cosacas» blancas masacraron de manera feroz a «judíos comunistas» en múltiples ciudades de Ucrania. Durante la transición democrática postsoviética, el Parlamento nacional ucraniano cogió su nombre de la Rada, la vieja asamblea cosaca. En la actual guerra del Donbás, varios paramilitares se siguen autodenominando cosacos, tanto en el bando nacionalista como en el ruso.  


El oficio más jodido del mundo

Base Tynes, valle de Arghandab, Afganistán, 2009. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

El 11S fue una bendición para el periodismo internacional. El mundo se agitó y había mucho que contar. El terror alcanzó incluso a España en marzo de 2004. La combinación era casi perfecta para la información internacional: fenómeno global que afecta al país y los medios vivían sus años más boyantes antes de las crisis de internet y económica. España estaba en auge y era importante mirar y preocuparse por el mundo, como Irak y Aznar o la alianza de civilizaciones de Zapatero.

La periodista Mónica G. Prieto estaba en Irak en 2003, antes de la invasión norteamericana: «Éramos más de veinte españoles, la nacionalidad más grande acreditada con el régimen de Sadam de todo Bagdad. Era un orgullo. Las teles, las radios, estaba todo dios, éramos una fiesta», dice. El periodismo es negocio y es servicio público. Irak en 2003 reunía ambas condiciones. Prieto estaba entonces en plantilla en un periódico nacional, donde iba de enviada especial a focos de conflicto. Pero quería hacer historias que estuvieran más lejos de la actualidad: «No me compensaba seguir de paracaidista —dice—. Es un concepto arriesgado: ves lo que ves, no te da tiempo a hacer background, pero así funciona el negocio». En 2005 optó por pedir una excedencia e irse a Oriente Medio de freelance.

Prieto canceló la excedencia a los tres años y lleva ahora una década de freelance especializada en conflictos. Antes del 2000 había sido freelance para cuatro medios en Rusia, con la guerra de Chechenia de fondo. Lo recuerda como una época dorada: «Las tarifas eran decentes, te pagaban los gastos de viaje. Había fórmulas para que saliera rentable y había tiempo para hacer las piezas», dice. Eso que parece tan sencillo para cualquier otro oficio en periodismo empezó a esfumarse. Aquellos años no han vuelto, de momento, y nadie los espera.

El periodismo internacional freelance en España es una broma. La CNT sacó un informe con tarifas de medios para piezas desde el extranjero: iban sobre todo de cincuenta a cien euros. Aquí cuentan su experiencia seis periodistas y fotoperiodistas que han sufrido o rechazado estos precios y a menudo han acabado publicando en medios en inglés. La mayoría han trabajado juntos o se conocen de coberturas. Todos subsanan la falta de ingresos fijos con algo que no es su trabajo esencial: clases, becas, vídeos, exposiciones, colaboraciones con ONG. Los españoles que se dedican por su cuenta a conocer bien los conflictos y a contarlos en su lengua o con su cámara sobreviven sin más apoyo que su interés o la creencia persistente en lo que hacen.

Prieto forma parte de este grupo de freelance españoles que dedican su trabajo primordialmente a zonas de conflicto. El nombre que cada uno usa para definirse no es una elección simple: «Soy muy reacio a etiquetas como corresponsal de guerra. Queda bien en Facebook, eso es todo», dice Karlos Zurutuza. La insinuación de un ligero chuleo diluye la candidez y entrega con la que trabajan quienes hacen uno de los oficios más venerados del periodismo: ir a ver sufrimiento para contarlo.

Prieto y Zurutuza sobre todo escriben. Pero ambos deben traer fotografías para que sus textos se publiquen. También han visto cómo se les pagaba mejor en el extranjero por una foto —que no hay que traducir— que por un texto. La variedad de tareas en una cobertura es más compleja de gestionar de lo que parece; aparte de conocimientos, requiere tiempo: «Ahora tengo que hacer texto, foto, vídeo y audio. No puedo pensar en cuatro lenguajes distintos. Me siento un fraude», dice Prieto.

El tipo de trabajo que necesita un texto o una imagen implica un planteamiento de viaje a menudo distinto. El frente de guerra puede ser la base de un reportaje gráfico, pero para escribir es insuficiente: «Yo no soy de frontline —dice Zurutuza—. Con ir una o dos veces me basta, para hacerme una idea, porque hay más información en la retaguardia. Me interesa saber si las escuelas están abiertas, qué hace la gente en los hospitales, si las tiendas están abastecidas. La última vez que estuve en el frente fue cuatro días en Sirte (Libia) y me sobraron tres».

Alberto Arce ha ganado premios por documentales y por coberturas con textos para una agencia. Su trayectoria es un repaso de las dificultades del oficio. A principios de los 2000, pasó unos años en Argentina. Colaboraba sobre todo con revistas sesudas, como Política Exterior o la de la Fundación Cidob: «Me pagaban más de lo que paga Jot Down ahora». Era la época precrisis. Fue entonces a trabajar para una ONG en Oriente Medio. Los buenos contactos en Irak le llevaron de nuevo al periodismo. Vivió la Operación Plomo Fundido israelí en Gaza. Escribió veinte piezas para un periódico nacional e hizo un documental.

Arce creyó que algún medio le abriría las puertas: «El documental ganó en un año más premios que los que la mayoría de directores de documentales españoles ganará en toda su vida», dice. Pero no le llamaron. Tampoco para escribir. Preguntó en redacciones: «¿No tendréis algo por ahí para mí? Dejadme empezar poco a poco. Pero me di cuenta de que ese tipo de enfoque, de meritocracia, llama a risa conmiserativa», dice. En resumen, recuerda Arce, en 2009 tuvo tuvo un «clac» que resume en esta frase que le dijeron en una redacción: «Esto no funciona así, chaval».

En esos años siguió cubriendo conflictos: Afganistán, Irak, Libia. Tuvo una hija, paró un poco, pero cuando necesitaba dinero volvía a la carretera. Fue por ejemplo a Misrata (Libia): «Me voy a hacer caja con Ricardo [García Vilanova, fotógrafo]. Llevamos una cámara de vídeo buena. Ni él vive de las fotos ni yo de los textos, pero te metes en primera fila, en trinchera, y vendes las imágenes a CNN, Al-Yazira o Euronews y te pagan setecientos dólares el minuto. En un mes haces dinero jugándote el pellejo», dice.

El trabajo del freelance es más difícil y peligroso que en plantilla. Los freelance solo ingresan si traen material: tanto traes, tanto vales. Y no siempre logran encargos. El método habitual de trabajo es buscar un destino donde hay o puede haber noticias —elecciones, guerras, revueltas—, avisar a tus contactos en medios —si los tienes— e ir unas semanas: «Voy a lugares donde creo que puedo tener ventas y sacar dinero. Vas con las buenas intenciones en una mano y la calculadora en la otra», dice el fotógrafo Manu Brabo. Luego puede ir bien o puede ir mal. Ricardo García Vilanova ha estado tres veces este año en Mosul. Así le fue: «El primero cubrí gastos; el segundo fue bien: galería de fotos con CNN, un vídeo para ellos, hice de cámara para una tele colombiana. Pero el último ha sido un desastre. Hay un montón de gente», dice.

Mosul, 2017. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

García Vilanova acaba de volver de Libia e ir a Yemen le resulta carísimo. Los destinos se limitan: «Todo es un puto negocio. O tienes pasta o no curras. Es un modelo de negocio insostenible», dice. La competencia es extensa. Más en fotografía o en textos en inglés, donde se compite con periodistas de todo el mundo. La presión por publicar es difícil de asumir, más si eres joven. Esta competencia desigual hunde los precios, según Zurutuza:

A los freelance «de conflicto» se los ha santificado sin tener en cuenta los egos, disparadísimos, y que no valemos un pijo como colectivo. El compañerismo existe, pero también esa jungla en la que muchos se abren paso a codazos, como, por ejemplo, aceptando tarifas ridículas. No se deberían aceptar por pura dignidad, pero también por solidaridad con el resto porque esas tarifas acaban convirtiéndose en las de todos. Con la explosión de las redes hay gente dispuesta a trabajar casi gratis por hacerse un nombre y para que le aplaudan en Facebook. Y muchos de los que aceptan cacahuetes por reportaje se quejan, simultáneamente, de lo poco que se paga, e incluso se erigen en «defensores» del gremio. Más aplausos en Facebook. Antes era distinto. Se pagaba más y había gente haciendo un gran trabajo, y a muchos no los conocía nadie. Hoy es al revés. Nos suenan más las firmas que sus trabajos. Podemos echar la culpa a los medios de la precarización con razón, pero nosotros somos los primeros responsables.

Las redes sociales no han traído buenos amigos al mundo freelance. La guerra no es lugar para fardar. Allí hay gente que sufre de verdad: así que se va, se ve, se cuenta y se calla. El jugueteo emocional de las redes encaja mal en este panorama, según Mónica G. Prieto:

Se ha impuesto una generación de aparentar, «porque yo lo valgo»: soy tan bueno que te voy a contar una historia porque acabo de llegar a tal sitio. Muy bien, pero ¿cuál es tu historia? ¿Cómo me lo vas a contar? Se está imponiendo un tipo de periodismo simplista: Twitter aplicado al periodismo. Demos mensajes, no expliquemos, no contextualicemos. El mensaje suele ser «mi periodista está aquí, qué valiente es». Eso lo hacía la prensa turca en el año 90 y todo el mundo se reía de ellos, ahora los turcos nos dan mil vueltas. Ahora somos los españoles los que vamos a hacernos la foto: «¡Estoy en tal sitio!».

Tras su viaje a Libia, los colegas de Arce van a Siria. Pero Arce se va con su familia a Guatemala. Allí le contrata Plaza Pública: «No puede ser que alguien que no me conoce de nada, en un país que no he pisado nunca, en un digital, sin amistades… En tres días me mandaron un contrato de trabajo», dice. Diez meses después pasa a cubrir Honduras para la agencia norteamericana AP. Tras unos años en Tegucigalpa, tiene ofertas de Los Angeles Times y el New York Times. Escoge el NYT y se establece en México. Cobra un salario de cinco mil cien dólares. Al cabo de pocos meses, las condiciones cambian y abandona el periódico. Arce trabaja ahora para una ONG canadiense en el proyecto de un cómic en Mosquitia (un hormiguero de narcos en Honduras) y, tras ofrecerse a varios medios españoles, acaba de recibir una beca de la Knight Foundation para estar un año en la Universidad de Michigan. Arce no entiende la situación:

Cuando sales de España entras a jugar con «las reglas». Me considero una persona de fuertes convicciones anticapitalistas, pero en el momento en que sales y ves que esas son las reglas, pues juguemos a las reglas. Las reglas de la competencia y del mercado funcionan fuera de España. En España hay otra cosa. Mi lógica es «déjame competir porque sé las reglas». Pero deja que haya competencia, que se valore el coste del trabajo, que se entienda la pertinencia del producto, la conveniencia de esta cobertura en la región. Ahí sé jugar. A lo que no sé jugar es a lo otro. Has tenido por tanto que invertir mucho tiempo en hacer amigos, no en trabajar.

Una vez en el circuito en inglés, el método de trabajo de los medios también es distinto. Los editores tienen labores más minuciosas. Mónica G. Prieto conocía a una persona que trabajaba en una agencia en Beirut (Líbano): «Editaba a un freelance español en Siria y decía que había que reescribírselo todo porque no sabía escribir agencia. Les daba igual. Cualquier cosa que mandara o que contara por Skype o teléfono servía. La disponibilidad de los editores es total. Eso no se lo cuentes a un español», dice. En España los editores tienen otra labor y se exige el producto terminado y con todos los apoyos: «En España van a requerir que el producto esté hecho, con foto y vídeo, que sea por el mínimo coste y le van a dar el enfoque que les dé la gana», dice.

La diferencia en el trato y el interés tiene consecuencias en la tarifa: «Una historia en inglés puede pagarse entre cinco y diez veces más que en España: el año pasado saqué una pieza de mil palabras en inglés con tres fotos pésimas y me pagaron setecientos euros. En España me hubieran dado cien», dice Karlos Zurutuza. Con las imágenes ocurre algo parecido, según Brabo: «Por dos días de encargo del Wall Street Journal en Ucrania puedo cobrar lo mismo que por un reportaje entero en un semanal español». Los medios en inglés ofrecen encargos con más frecuencia, no solo esperan en la redacción a que les lluevan las fotos o los temas: «Los medios extranjeros suelen ponerte encargos, que no suelen hacer los medios españoles», añade Brabo. Las tarifas tienen una repercusión obvia en el interés de los lectores, más allá de la categoría del periodista: «Si un medio ofrece cincuenta euros, recibirá un trabajo mediocre. Si lo publica, la gente no mostrará interés por eso —dice Zurutuza—. Es la pescadilla que se muerde la cola».

A pesar de la situación y de los peligros, estos periodistas van de fregado en fregado, con pausas temporales. El peligro de cada trabajo y cada región es difícil de entender desde fuera. La experiencia, por ejemplo, en Honduras puede ser más terrible que en los típicos agujeros de Oriente Medio, cree Arce:

Yo he llegado a las cotas más altas de miedo en Tegucigalpa, no en Libia ni en Gaza ni en Bagdad. No es lo mismo tener miedo a una bomba random que cae del aire que tenerle miedo a un hijo de puta que viene en motocicleta por detrás a robarte el teléfono. En Honduras no se reconoce que cubres un conflicto, pero he llegado a ver veinticinco cadáveres seguidos en una ciudad en veinticuatro horas. He visto fosas comunes dos veces: en Tegucigalpa y en Líbano. No había sitios donde poner los muertos de cada noche. Yo tengo estrés postraumático diagnosticado no por Gaza, sino por Tegucigalpa.

El riesgo es más difícil de comprender en tensión. Mónica Bernabé pasó siete años en Afganistán. En Kabul los extranjeros no pueden circular con calma. Ella se movía vestida de afgana, de negro y solo con el rostro descubierto: «Vives en estrés constante, aunque lo normalizas. Lo interiorizas», dice. Hasta que sales de allí: «Es como un maratón. Cuando corres no te das cuenta de que te duele el cuerpo. Cuando paras es cuando más te duele». Cuando Bernabé salió de Afganistán, fue a Roma. No quería saber nada entonces de países en conflicto. Pero la tensión del retorno no acaba de mitigarse. Así la explica Manu Brabo:

Hay trabajos que se hacen largos y que cuando terminas piensas «qué ganas tengo de volverme a mi casa». Pero también pasa que, cuando llegas a puerto y llevas un tiempo, lo que te pide el cuerpo o la cuenta del banco es salir a producir. Me cuesta mucho más estar en casa que estar allí. Estás un poco más irascible. Los primeros días cuando vuelves de, por ejemplo, dos meses en Irak cuesta asimilar este mundo, integrarse, volver a ser una persona normal y no un animal de conflicto.

Cuando la tensión está arriba, el país de origen parece un lugar de consentidos inconscientes del mundo real. Pero, cuando esa calma se apodera de uno, el cuerpo pide más. A la vez es el trabajo y lo que mejor uno sabe hacer: «¿Qué vamos a hacer si no? ¿Dejarlo en manos de quién? ¿En manos de sus propios activistas que no sabes si tienen una doble agenda? —dice Mónica G. Prieto—. Es lo único que sé hacer, les doy voz. Es una combinación perfecta: ellos lo necesitan, yo lo necesito».

Los periodistas citan siempre esa frase de que hacen el oficio más bonito del mundo. Algo hay. Pero a veces es bien jodido.


El referéndum kurdo dio mucho que hablar pero queda todo por decir

Fotografía: Ricardo García Vilanova

Fotografía: Ricardo García Vilanova.

La consulta de ayer sobre la independencia del Kurdistán iraquí es un paso más hacia la reconfiguración del mapa de Oriente Medio

Durante los últimos diez años no ha habido cobertura en el Kurdistán iraquí en la que no me haya dejado caer por el spa-fitness de Dohuk. No es tanto por la piscina, que también, sino porque su dueño es amigo mío desde que, en 2006, alguien me avisó de que un kurdo retornado de Estados Unidos estaba construyendo el primer centro de estas características en todo Irak.

Antes de que se me olvide, mi editora me ha pedido que escriba un texto sobre el referéndum de Kurdistán y sus implicaciones, pero prefiero dejar todo eso para después y seguir con la historia de Ibrahim.

Como decía, conocí a Ibrahim —Ibo para los amigos— en 2006, mientras gestionaba los gremios en el esqueleto de hormigón de lo que acabaría siendo Gerdun, «mundo» en kurdo. Así se llama su negocio. Como no podía ser de otra manera, tras aquella apuesta empresarial tan atrevida había un hombre con un pasado fascinante.

A Ibo, que cumple cuarenta este año, le pilló de crío la campaña de genocidio contra los kurdos de Iraq lanzada por Saddam Hussein en la década de los ochenta. Hablamos de la concienzuda operación de exterminio que incluyó fusilamientos colectivos, desplazamientos de población masivos y bombardeos, tanto con armas convencionales o químicas.

Se habla de cifras de muertos que rondan los doscientos mil, y de más de un millón de desplazados. El pequeño Ibo fue de los que consiguió huir con su familia y un burro sobre el que cargaron lo que pudieron a través de las montañas. Allí se protegieron de las bombas y del frío en cuevas, hasta que llegaron a Turquía. Tras permanecer dos años en un campo de refugiados, a los Abdulatif se les comunicó que su petición de asilo había sido aceptada en Estados Unidos.

Seré breve: Ibo fue a la escuela por primera vez en su vida en Nashville, Tennessee, a la edad de doce años; luego al High School y de ahí a la universidad. Era demasiado pequeño para el equipo de fútbol americano, pero lo suficientemente hábil para sacarse un dinero extra haciendo chapuzas: carpintería, levantar un tabique, un baño atascado… Lo que sea.

Un día reunió la cantidad suficiente para comprar una casa en ruinas; la arregló él solito y la vendió por el doble de lo que le había costado. Y así unas cuantas veces, hasta reunir una pequeña fortuna que dejó a buen recaudo en Tennessee mientras trabajaba de traductor con el Ejército americano en Kirkuk (Irak), tras la invasión de 2003. Allí conoció a Media, su mujer y la madre de sus tres hijos. Volvió con ella a Nashville pero la morriña kurda pudo con él; cogió su pequeña fortuna y la invirtió en el spa. Y así hizo realidad su plan de vida: formar una familia y vivir con un pie en Tennessee y otro en Dohuk.

La bola de cristal

De los kurdos se dice que son la nación más grande sin Estado; unos cuarenta millones de individuos repartidos por las fronteras de Turquía, Siria, Irak e Irán. Viven en esa encrucijada que afean antiguas fronteras coloniales trazadas hace cien años, pero en las que nacen las principales reservas de agua de Oriente Medio —ni más ni menos que el Tigris y el Éufrates—, y entre enormes bolsas de petróleo y gas.  

Tras la República de Mahabad, una ciudad kurda de Irán que fue independiente durante once meses después de la Segunda Guerra Mundial, el Kurdistán de Irak es lo más parecido a un Estado que han tenido nunca, independiente de facto desde la retirada de las tropas iraquíes en 1991, durante la Primera Guerra del Golfo.

Lo sé, sigo sin hablar del referéndum kurdo y su impacto en la región, pero he hablado mucho de política kurda con Ibo durante todos esto años y juro que me voy acercando. Llevo años escuchándole decir que un Estado kurdo no es solo una idea que barajan ellos, los kurdos, sino que también está en los planes de Washington, «por mucho que los americanos digan públicamente lo contrario».

No soy fan de teorías conspiranoicas pero sí creo que Ibo tiene una bola de cristal. «¿Te acuerdas de lo que te decía en 2006?», me ha repetido más de una vez durante la última década, mientras la historia kurda en curso corroboraba sus predicciones. Todas conducen a una tesis que podría formularse así:

Existe un plan para reconfigurar las fronteras de Oriente Medio, y los kurdos serán un factor clave en el proceso.

El único cambio, me decía el pasado agosto, es que está sucediendo mucho más rápido de lo esperado. Y tiene razón.

Ni el kurdófilo más optimista podía prever el sorpresivo levantamiento de los kurdos de Siria hasta convertirse en el bloque de oposición principal al Gobierno de Assad. Si bien su proyecto político rechaza la concepción clásica del «Estado-nación», lo cierto es que el noreste de Siria es ya otro territorio independiente de facto.

Vale, el apoyo norteamericano está resultando inestimable, como lo fue para la liberación de Kobani pero, a día de hoy, los kurdos y, sobre todo, las kurdas, son la cara más visible para el mundo de la lucha contra el monstruo del ISIS.

Fotografía: Ricardo García Vilanova.

Puede que sigamos sin saber gran cosa de este pueblo al que la historia dio siempre la espalda, pero ya no nos resulta extraño. Quien más quien menos ha oído hablar de los peshmergas. O de los yezidíes, que conservan la religión original —o una de ellas— de este pueblo. O que celebran su año nuevo, durante el solsticio de primavera. Lo llaman Newroz, pero seguro que ya lo sabíais.

Al levantamiento de los kurdos de Siria y la internacionalización de su causa habría que sumarles los espectaculares resultados en las elecciones generales turcas de 2015 conseguidos por una coalición prokurda. Ese fue, entre otros, uno de los detonantes del golpe de Estado en Turquía de 2016, que resultó ser un «autogolpe» para purgar opositores en todo el espectro de la compleja sociedad turca.

Y, ahora sí, llegamos la última variable que confirma la tesis de Ibo —la del incipiente papel de los kurdos en la reconfiguración de Oriente Medio—: el referéndum de ayer.

Ahora sí: el referéndum

La consulta ha sido controvertida desde el principio. Fue convocada el pasado junio por Massud Barzani, el presidente de la Región Autónoma Kurda de Iraq, y no por el Parlamento kurdo. La Cámara lleva bloqueada dos años, desde que Barzani se negara a abandonar su cargo tras expirar su mandato. Para la oposición fue la gota que colmó un vaso a punto de rebosar por la corrupción en el Kurdistán iraquí en el que dos familias, los Barzani y los Talabani, se reparten el pastel en una de las zonas más ricas en petróleo del mundo.

Mientras tanto, los kurdos iraquíes de a pie siguen sin contar con un suministro eléctrico en condiciones, y con escuelas que empiezan el curso en noviembre y cierran cada dos por tres. Los sueldos no llegan; son legión los profesores, también policías, peshmergas… que tienen que doblar sus jornadas de trabajo conduciendo taxis.

Pero quizás lo más flagrante es el acoso, e incluso asesinato, de más de un periodista que se ha atrevido a retratar a los Barzani como lo que es: una satrapía más de Oriente Medio. A pesar de todo, el pasado 15 de septiembre, el Parlamento kurdo recuperaba la actividad para aprobar in extremis la celebración del referéndum de ayer.

Los kurdos de Irak han votado en masa: con entusiasmo los seguidores de Barzani, y tapándose la nariz los de la oposición porque todos son conscientes de que se trata de un momento histórico. Como apunta Manuel Martorell, la mayor autoridad en el Estado español sobre el tema kurdo, la identidad de los kurdos de Irak hunde sus raíces en el rechazo a Irak, principalmente por el genocidio sufrido a manos de Saddam.

La desconexión emocional, por usar una fórmula de moda estos días, llega hasta el punto de que muchos kurdos han cambiado sus nombres y/o apellidos árabes por otros de origen kurdo. El mismo Ibo se desprendió del Abdulatif familiar para sustituirlo por «Aryan» hace dos años. No solo fue Saddam, dice siempre, sino también «siglos de asimilación arabo-islamista». Pero más ilustrativo que todo esto es que la nueva generación de kurdo-iraquíes ni siquiera habla el árabe.

Volviendo al tema del referéndum, Ankara y Teherán han hecho el gesto de movilizar a sus ejércitos hacia la frontera, pero eso lo hemos visto antes. Muchas veces. Ambos saben que una operación militar estaría condenada al fracaso, tanto como que Bagdad intentara mandar a cinco mil policías al norte insurrecto. Jamás podrían entrar en el territorio.

Hubo una consulta similar en 2005, que se simultaneó con la de la nueva constitución iraquí. La independencia no se declaró entonces, ni probablemente tampoco cuando se sepan los resultados. ¿Para qué hacerlo si nadie la va a reconocer? Por otra parte, ¿no sería algo redundante para una entidad política que lleva funcionando como un Estado independiente desde hace veintiséis años?

Esto mismo le pregunté a Ibo ayer mismo. Había votado con su mujer; estaban los dos emocionados. Decía que ella había llorado.

«Ya sabemos que no es vinculante, pero dejamos nuestras intenciones por escrito, y sobre la mesa. No tendremos un Estado propio ni hoy, ni mañana, ni dentro de un año. Pero igual sí dentro de cinco, o de diez», me decía por teléfono desde Dohuk.

Las paradojas de la historia más reciente han puesto sobre el tablero a dos bloques radicalmente distintos entre sí, pero que han desafiado la territorialidad de Oriente Medio: el ISIS y los kurdos. El sueño del califato está a punto de extinguirse, pero el de los segundos no ha hecho más que empezar. Al tiempo.

Fotografía: Ricardo García Vilanova.