Earnie Shavers: el boxeador que casi mató a Stallone

Combate entre Shavers vs Muhammad Ali, 1977. Foto: Cordon Press.

Sylvester Stallone estaba sumido de lleno en la preproducción de la película Rocky III cuando decidió tomarse el boxeo en serio. Se sometió a una estricta dieta consistente en diez claras de huevo y una tostada de pan al día. Dos o tres veces a la semana, como complemento extraordinario, añadía algunas piezas de fruta. Aquella dieta debía sostener un duro programa de entrenamiento que incluía varios kilómetros de carrera matutina, algunos más de natación, dos horas de pesas y dieciocho asaltos de sparring pugilístico sobre un cuadrilátero. El actor, por lo que parece, llegó a pensar que podía medirse con boxeadores de verdad.

Como su intención inicial era la de contratar a un púgil profesional para interpretar al nuevo rival de su famoso personaje Rocky Balboa, Stallone ideó un peculiar proceso de casting: contactar con algún peso pesado de élite para que intercambiase unos golpes con él sobre el cuadrilátero de su gimnasio. En eso consistiría el primer paso de la audición. Envalentonado por lo que podemos calificar como un irrealismo rayano en la insensatez, Stallone hizo llamar a Earnie Shavers. Y eso era una mala idea.

Shavers contaba por entonces treinta y siete años. Cuando Stallone lo llamó, su trayectoria deportiva estaba ya en la cuesta abajo, aunque la alargaría todavía una década por cuestiones monetarias. No obstante, la potencia en los puños es una de las últimas cosas que un púgil pierde con la edad. Y los puños de Shavers no eran cualquier cosa. Habían inspirado una leyenda propia. Para quienes no sienten interés por el boxeo, Shavers no tiene el renombre de Muhammad Ali o Mike Tyson, puesto que nunca llegó a ser campeón. Sin embargo, a principios de los ochenta tenía justificada fama de lanzar algunos de los golpes más potentes en toda la historia del boxeo. Todos sus antiguos contrincantes lo señalaban como el pegador más duro con el que se habían enfrentado y no había un solo peso pesado que no hablase con terror de sus golpes. Incluso quienes nunca los habían probado, como George Foreman, que durante una entrevista en el programa del presentador David Letterman dijo que los tres mayores pegadores que se había topado eran Gerry CooneyRonnie Lyle y Cleveland Williams: «Los tres te dan tan fuerte que todo tu cuerpo vibra, aunque bloquees sus golpes». De inmediato, Letterman le preguntó: «¿Y Earnie Shavers?». La respuesta de Foreman provocó la risa del público asistente: «Nunca me he enfrentado a Earnie Shavers… ¡gracias a Dios!».

Preguntado Muhammad Ali sobre el rival «más fuerte» de su carrera, respondió de inmediato que Earnie Shavers: «Es más fuerte que Joe Frazier y George Foreman. Pegaba muy duro». Aunque en su autobiografía lo expresaba de manera más pintoresca: «Cuando Shaversme golpeaba, oía campanadas y pitidos».

No obstante, a Shavers le habían faltado algunas cualidades para llegar a ceñirse la corona. Enfrentado a púgiles más técnicos y mejores estrategas que él, fue incapaz de vencer en los dos momentos cumbre de su carrera. Intentó dos veces el asalto del título mundial de los pesos pesados, primero contra un Muhammad Ali que estaba en decadencia y después contra Larry Holmes. Fracasó en los dos intentos, aunque ambas veces estuvo muy cerca de noquear a sus rivales y habla mucho de la resistencia y sabiduría pugilística de estos que consiguieran permanecer en pie y ganar.

¿Cómo fue que un hombre con semejante potencia nunca consiguió el título? El boxeo, pese a lo que mucha gente pueda creer, no se limita a una competición de ver quién pega más fuerte. Ni siquiera en los pesos pesados. De haber importado solo la potencia, Earnie Shavers hubiese sido invencible. Pero el boxeo comprende un amplísimo rango de habilidades y, como sucede en el tenis o el ajedrez, el resultado de un enfrentamiento suele depender de la manera en que el conjunto de habilidades de un rival supera al conjunto de habilidades del otro, más el estado de forma general de cada uno. No se trata solo de pegar fuerte, sino también de evitar que a uno le peguen fuerte, por no mencionar muchas otras consideraciones generales y circunstanciales.

Como muchos otros grandes púgiles, Shavers había crecido en la pobreza. Nacido en Alabama, toda su familia se dedicaba a la recogida del algodón, pero no tardarían en trasladarse por motivos más bien siniestros: «Cuando tenía cinco años, nos mudamos a Ohio. Mamá dijo que, en el mismo día que nos fuimos, el Ku Klux Klan registró nuestra casa en busca de mi padre. Era por algo relacionado con no haber pagado el coche de un miembro del Klan. Lo hubiesen matado. Un lunes por la mañana, mi padre se hizo con una pistola. Por la noche se había ido. El martes, todos los demás estábamos en un tren». Su padre consiguió empleo en una fábrica del norte industrializado, algo que permitió que Earnie encontrase una salida de la pobreza: «Lo mejor que pudo haberme pasado».

La vía de escape fue el cuadrilátero, aunque Earnie empezó a boxear bastante tarde, a los veintidós años, lo cual explica buena parte de sus carencias técnicas. No obstante, apenas había pisado su primer entrenamiento cuando su tremenda pegada dejó atónitos a los presentes. Su primer entrenador exclamó: «¡Este chico le va a hacer daño a alguien!». En sus primeras cuarenta y siete peleas profesionales, Shavers solo perdió dos, ganando cuarenta y cuatro por KO, incluyendo una racha en la que noqueó de manera consecutiva a veintisiete rivales (¡veinte de ellos en el primer asalto!). Eran números impresionantes sobre el papel, pero no tanto si se analizaba la estatura de sus rivales. Demostraban que era un tremendo pegador, sí, pero de ahí a demostrar que estaba preparado para llegar a lo más alto había un trecho. No obstante, se fijó en él un tal Don King, delincuente metido a promotor pugilístico de quien Shavers, por cierto, siempre ha hablado bien. Opinión, como sabemos, no compartida por amplios sectores del negocio.

Combate entre Shavers vs Muhammad Ali, 1977. Foto: Cordon Press.

Fue el enfrentamiento con el experimentado excampeón Jimmy Ellis lo que permitió que Shavers alcanzase la celebridad. Ellis no había sido el campeón mundial más imponente, pero había sido un campeón al fin y al cabo. Además llegaba al combate precedido por una racha de ocho victorias consecutivas en las que había noqueado a los ocho rivales. Era un rival más que respetable. Pero tuvo la mala fortuna de toparse con la derecha de Shavers. Apenas comenzado el primer asalto, tras unos breves intercambios, Shavers pilló desprevenido a Ellis con un solitario uppercut de derecha que lo mandó a la lona. Incluso antes de que el árbitro llegase a la mitad de la cuenta quedó claro que el tambaleante Ellis no iba a poder levantarse a tiempo y que, de levantarse, no iba a estar lo bastante despabilado como para que le permitieran seguir en la competición.

No cualquier boxeador tiene el poder de arruinar la trayectoria de un antiguo campeón con un único golpe; después de semejante demostración de poder, el público tenía muchas más ganas de ver a Shavers en acción. Aunque a los espectadores les gustan los combates largos, sobre todo si han pagado una entrada, los noqueadores natos despiertan un tipo particular de expectación, como sucedió durante el fulgurante ascenso de Tyson. Tras la victoria sobre Ellis comenzó el tramo más importante de la carrera de Shavers. Y el más lucrativo; ganaba mucho dinero, aunque la administración de sus ganancias nunca fue su punto fuerte y lo gastaba tan pronto como lo recibía. Siguiendo los consejos de antiguos campeones no fumaba ni bebía, pero las faldas se convirtieron en su debilidad. Casado y con hijos, Shavers se convirtió en un mujeriego empedernido mientras su esposa soportaba este hecho con resignación, algo que sería el principal motivo de arrepentimiento de Shavers años después, cuando se metió de lleno en la religión como un cristiano «renacido».

La mano derecha de Shavers sirvió para apagar las luces a un buen número de contrincantes, varios de los cuales habían empezado a considerar la retirada después de vérselas con él. Otros rivales lo evitaron. Algunos púgiles, pese a ser muy superiores en el aspecto técnico, no quisieron arriesgarse a que un derechazo de Shavers añadiese una derrota a sus respectivos historiales. George Foreman nunca quiso subirse al cuadrilátero con él. Cuando Shavers indagó a Joe Frazier sobre la posibilidad de organizar una pelea, Frazier se limitó a decirle: «De ninguna manera, Earnie». De cualquier modo, en 1977 Shavers había conseguido mejorar mucho su currículum y sumaba sesenta combates de los que había ganado cincuenta y cuatro, incluyendo cincuenta y dos knockouts. Era reconocido como el pegador por excelencia de su generación y había ascendido en el escalafón hasta el punto de que el vigente campeón Muhammad Ali no tuvo más remedio que aceptar defender su título ante la temible derecha de Shavers.

Ali ya no se parecía en nada al prodigioso bailarín que había volado como una mariposa y picado como una avispa en los años sesenta, pero en 1974 había recuperado el título mundial venciendo contra todo pronóstico a otro pegador, George Foreman. Ali era un mal trago para los pegadores. Ya no era tan rápido esquivando, pero su capacidad para encajar golpes y castigos prolongados estaba fuera de lo común. Eso, sumado a su genialidad estratégica, su inteligencia y su experiencia, le hizo ganar combates y mantener el cinturón de campeón en una etapa claramente crepuscular. Foreman, por ejemplo, había terminado agotado después de que Ali le hubiese permitido soltar golpes asalto tras asalto. Después, Ali había defendido el título ocho veces, contando su tercer combate contra Joe Frazier: celebrado en Manila en 1975, fue un enfrentamiento épico —y doloroso de contemplar— en el que ambos púgiles soportaron un desgaste que llegó a preocupar a los médicos presentes. En 1977 Ali continuaba portando el cinturón, pero su declive físico era evidente, aunque se achacaba a la edad y a una mala preparación. Todavía no había un diagnóstico público de su enfermedad de Parkinson; hoy se especula con que ya podría estar mostrando síntomas. Con todo, las apuestas estaban a su favor. Era sabido que una derecha limpia de Shavers podía tumbar a cualquiera, pero no es fácil acertar golpes limpios y menos a un rival como Ali, que había sabido suplir el declinar de sus reflejos con toda clase de triquiñuelas técnicas y psicológicas. Además, Shavers presentaba una debilidad bien conocida: la falta de fondo físico en los combates prolongados. Y prolongar un combate para agotar a un contrario con mayor pegada era la habilidad más característica de Ali en aquellos años.

Shavers adolecía de una técnica quizá insuficiente para el enorme reto que suponía ganar el campeonato. Una manera fácil de explicar sus puntos flacos es comparándolo con Mike Tyson. En sus buenos tiempos, Tyson no solo contaba con la potencia de sus golpes, sino con la velocidad y precisión de los mismos, así como con unos excelentes reflejos y unas habilidades defensivas nada despreciables. Tyson sabía colocarse y encontrar huecos en la guardia rival; aunque no era tan estilista como Ali ni tan escurridizo como Floyd Mayweather, desde luego sabía esquivar y contratacar. De hecho, buena parte de la decadencia competitiva de Tyson tuvo que ver con el abandono de los entrenamientos específicos que le permitían defenderse. Earnie Shavers nunca poseyó estas habilidades. No se defendía bien, ni lanzaba combinaciones veloces. Tampoco tenía el encaje de Rocky Marciano, aquel otro gran pegador de limitada técnica que se había retirado imbatido —el único campeón mundial del peso pesado en conseguirlo— gracias a una táctica de acoso constante que podía ejecutar gracias a su enorme capacidad de encaje de los golpes ajenos. Pero Shavers tampoco poseía ese encaje. No podía decirse que tuviese una mandíbula de cristal, pero era mucho más vulnerable que los dos campeones a los que iba a tratar de arrebatar el trono.

En su primer combate por el título se dio de bruces con la increíble astucia de Ali y perdió por decisión de los jueces al final de los quince asaltos programados, pero no sin dar que hablar. El espectáculo de Ali recibiendo los tremendos golpes de Shavers desagradó a muchos aficionados para quienes el campeón ya no actuaba de manera sensata aguantando tantos asaltos de castigo. Puede sonar extraño que digamos esto de un campeón reinante que en aquella velada venció y retuvo su título, pero no era la primera vez que Ali ganaba un combate a costa de recibir una somanta que hubiese acabado con otros muchos púgiles. Y eso era preocupante.

Shavers, de hecho, tuvo la victoria al alcance de los dedos. En el segundo asalto acertó con un dañino derechazo que hizo tambalearse a Ali. Sin embargo, los reflejos mentales y la fuerza de voluntad de Ali fueron siempre asombrosos, así que convirtió lo que pudo haber sido su final en una comedia. Exageró su tambaleo para que Shavers pensara que se estaba burlando de él porque el golpe, en realidad, no le había hecho tanto daño. Parecía una de tantas payasadas habituales del campeón y Shavers, ingenuo, se tragó el anzuelo. Decidió tomar precauciones y se abstuvo de continuar su ataque ante la posibilidad de un contrataque, táctica en la que Ali era un consumado maestro.

Dejar respirar a Ali fue un tremendo error. Quizá uno de los más notorios en la historia de las finales mundiales de los pesados. Shavers empezó a perder en el momento en que se creyó la manipulación mental de Ali, quien sí estaba a punto de caer, como él mismo reconoció después usando su frase típica para estos casos: «Ese golpe lo notaron hasta mis antepasados de África». Varios segundos después, Shavers vio que el campeón parecía ralentizado y entendió por fin que Ali estaba tocado. Se decidió a seguir atacando y puso al campeón en serios problemas, pero ya era tarde. Había pasado de largo eso tan importante en el boxeo que es el momento justo en que el rival solo necesita uno o dos golpes limpios para resultar noqueado. Esos pocos segundos en los que Shavers se mostró dubitativo fueron la clave de la pelea. Con su legendario y casi suicida aguante, Ali sobrevivió al resto del asalto y se las arregló no solo para encajar bien otros golpes de Shavers en los siguientes asaltos, sino para obtener la puntuación que le permitiese ganar la pelea. La decisión de los jueces no fue escandalosa, desde luego, porque Ali había hecho gala de todo su oficio, pero cabe decir que no ganó con la soltura que habían previsto los apostadores. Shavers había enseñado las garras.

Tiempo después, cuando se conoció el diagnóstico de Parkinson de Ali, hubo no pocos aficionados que especulaban con la posibilidad de que los zambombazos que Shavers le había propinado en 1977 hubiesen sido, en buena parte, los responsables. Esta hipótesis, como mucho, es una verdad a medias. Pero la gente no andaba desencaminada cuando decía que Ali debería haberse retirado después de enfrentarse a Frazier en Manila. El propio Shavers está de acuerdo en que Ali se había sacrificado más de la cuenta durante el tramo final de su carrera: «Si recibes demasiados golpes, lo terminas pagando». Ali había sufrido antes buenas golpizas por parte de Joe Frazier o George Foreman, pero un puñetazo de Shavers duele incluso a través de la pequeña pantalla.

El que quizá es el más famoso puñetazo de Shavers llegó en su segunda intentona por el título mundial. Una vez más, un único golpe estuvo muy cerca de acabar con el vigente campeón de los pesos pesados. El desinteresado receptor fue Larry Holmes, quien había empezado el combate dominando, pero estuvo a punto de perder su cinturón por culpa de un terrorífico derechazo con el marchamo de Shavers. Holmes dice que cuando un rival lo tumbaba, él siempre seguía consciente del entorno y que la excepción fue aquel martillazo de Shavers: «Vi lo que parecía el flash de una cámara de fotos. Después no supe dónde estaba. ¡Cristo bendito! Estaba tumbado y luchando por ponerme en pie. Por encima del rugido del público, había una voz en mi cabeza que gritaba: ¡Levántate! ¡Levántate, joder! ¡Se está llevando tu título! ¡Tu título!». Holmes, para asombro de periodistas y espectadores, y para asombro del propio Shavers, se levantó. Consiguió terminar el asalto en pie. Después, para evitar otro knockdown, trató de tomar el control, moviéndose en el exterior para evitar nuevos impactos limpios. Prolongó el combate como había hecho Ali, lo cual desgastó al aspirante. Como dijo el narrador de la televisión estadounidense: «Esta es la manera de pelear contra Shavers. Pero, si cometes un error, estarás fuera en un instante porque Shavers es, sin duda, el mejor pegador vivo». Holmes no cometió nuevos errores. Hizo valer su superioridad técnica y castigó a Shavers hasta que este ya no podía defenderse y el árbitro decidió detener el combate en el undécimo asalto. Para Shavers, ya no habría una tercera oportunidad de conseguir la corona.

Lo más curioso de todo es que, según Holmes, Shavers no lo dejó inconsciente con aquel legendario puñetazo porque, de manera casi irónica, el puñetazo había tenido más potencia de la debida: «Me pegó demasiado fuerte como para hacerme KO». Holmes cayó tan a plomo que su cabeza rebotó en la lona y fue ese rebote lo que consiguió despertarlo de su momentáneo letargo. En cualquier caso, una imagen (y un sonido) dice más que mil palabras:

En sus dos finales mundiales, Shavers había tumbado a los campeones, para terminar perdiendo debido a la falta de aguante. ¿A qué se debía ese talón de Aquiles?

La potencia de pegada de un boxeador depende de muchos factores. Empezando por el tipo de entrenamiento; Shavers insiste en que desarrolló su potencia cortando leña: «¡Todo lo que necesitas es un hacha!». Además está la ejecución: «Golpeaba apuntando al cuello porque los rivales, cuando ven venir el golpe, tienden a bajar la cabeza. Así los alcanzaba justo en la mandíbula». No obstante, en la potencia también entran en juego factores genéticos como el tipo de fibra muscular o incluso el lugar donde los músculos se unen al hueso. Es posible que el tipo de fibra muscular que le permitía pegar tan fuerte estuviese, al mismo tiempo, impidiendo el desarrollo de una mayor resistencia. Frente a púgiles tan hábiles como Ali o Holmes, esto implicaba la necesidad de noquearlos al principio del combate o, de no conseguirlo, terminar perdiendo. Como —por motivos bastante inexplicables— no los consiguió noquear con los dos terroríficos derechazos que acabamos de mencionar, el tren de la corona mundial pasó de largo. Su escaso repertorio técnico y sus poco elaboradas tácticas también estuvieron por debajo de lo necesario frente a los dos extraordinarios púgiles que detuvieron su ascenso a lo más alto.

Shavers, como decíamos, tampoco fue hábil con la gestión de su fortuna. En sus propias palabras, «Dios me permitió perder todo lo que tenía. Perdí mi mansión, todo el dinero de mi cuenta bancaria, a mi mujer, y a las otras mujeres, que en su mayoría se fueron cuando descubrieron que ya no me quedaba dinero». Un día escuchó decir a un predicador que «el dinero puedo comprar cualquier cosa excepto tu admisión en el cielo». Tras su retirada, él mismo se convirtió en pastor. Se mudó a Inglaterra y trabajó como portero de discoteca en Liverpool, donde los habituales del local lo describían como un individuo afable; como es obvio, nadie con dos dedos de frente se arriesgaba a recibir un derechazo suyo. En el año 2001 publicó una breve aunque interesante autobiografía, Welcome to the Big Time. Hoy acude a eventos pugilísticos y convenciones donde su carácter plácido sigue conquistando a los aficionados.

Pero habíamos empezado este texto hablando de la audición entre doce cuerdas con Sylvester Stallone. Así que retrocedamos de nuevo hasta unos pocos años antes de la retirada definitiva de Shavers, cuando aún tenía la ilusión de poder trabajar en el cine.

Su competitividad deportiva empezaba a decaer, así que la exitosa saga cinematográfica podía convertirse en una buena salida profesional. Llegó al gimnasio donde Stallone lo había citado, deseoso de conseguir el papel antagonista en Rocky III. Saludó al actor, se puso los guantes y subió al ring. Stallone parecía impaciente porque empezase la «verdadera» acción, pero Shavers se limitaba a soltar flojos jabs, golpes rápidos y directos que los boxeadores ejecutan alargando el brazo y que suelen usar para medir o mantener las distancias con el rival. Eran golpes que no tenían un gran efecto. Stallone, sin embargo, no dejaba de pedirle que incrementara la intensidad. Viendo que Shavers se mostraba reticente, el actor pegaba con más intención para provocar una reacción. O, como Shavers recordaba después con sorna, «Stallone empezó a pegarme más fuerte… más o menos».

Como cualquier púgil de élite, Shavers era lo bastante sensato como para no responder en serio a los golpes de un aficionado. Sobre todo porque no quería perder la posibilidad de trabajar en la película. Sin embargo, el actor seguía diciendo cosas como «¡Venga! ¡Dame uno de verdad!». Y lo hacía con tal insistencia que Shavers terminó soltando un golpe profesional —aunque con su mano «mala», la izquierda— que aterrizó en el abdomen de Stallone, «allá donde los boxeadores tenemos el hígado, aunque los actores no sé qué tienen».

Stallone se dobló sobre sí mismo. Alzó una mano para detener la sesión. No tenía aliento. No podía ni caminar. Sus asistentes tuvieron que ayudarlo a salir del cuadrilátero, acompañándolo hasta un retrete donde el actor se puso a vomitar. «Es lo más cerca que he estado de la muerte», diría después Stallone, que pasó una semana con problemas para respirar con normalidad. Aquel único golpe acabó con las calenturientas fantasías boxísticas de la estrella de Hollywood, que acababa de probar una muestra de aquello que tanto temían los mejores pesos pesados del planeta: un puñetazo del «Destructor Negro». Una muestra quizá modesta porque, al hacerse pública la anécdota, los entendidos sospecharon que Shavers ni siquiera había empleado toda su potencia por miedo a causarle verdadero daño a Stallone.

Earnie Shavers no consiguió el papel. El personaje terminaría siendo interpretado por Mr. T, la estrella de la «lucha libre». No lo hemos comprobado en persona, pero suponemos que Mr. T no era capaz de pegar con tanta dureza.

Porque el bueno de Earnie Shavers resume así la cuestión de su legendaria derecha: «Solamente Dios puede pegar más fuerte».

Rocky III (1982). Imagen: United Artists.


In memoriam: Muhammad Ali

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.

Muchos de nosotros todavía éramos niños cuando descubrimos ese maravilloso espectáculo llamado boxeo de competición, pero la disciplina vivía un momento extraño. Había perdido buena parte de su relumbrón. Excepto en el cine, donde las películas de boxeadores habían protagonizado una fugaz pero intensa moda. A veces, de hecho, me pregunto si aquella fiebre por el pugilismo cinematográfico no fue de alguna manera un arrebato de nostalgia hacia los aún recientes estertores del pugilismo clásico, una nostalgia provocada por la decadencia y retirada del último grande de la era del blanco y negro, que fue además el más grande. Era casi como si el público echase de menos las viejas gestas del cuadrilátero y se lanzase en tropel a recuperarlas en versión de celuloide. Más que ningún otro escenario deportivo, ese cuadrilátero producía epopeyas y héroes dignas de las más nobles páginas. No porque es un deporte duro, pues otros los hay también muy duros, sino porque es algo más que un deporte. El boxeo es cine, y sería cine aunque nadie lo hubiese filmado. El boxeo es literatura, aunque nadie hubiese escrito sobre ello. El boxeo es la vida, aunque quienes ignoran o desprecian la disciplina no consigan entenderlo.

En mi generación abrimos los ojos al mundo sin tener un gran campeón de los pesos pesados; a finales de los setenta la competición se había dividido en dos. No era la primera vez, pero sí la definitiva y también la más dañina; la corona mundial de los pesos pesados, diluida en una sopa de siglas, dejó de ser vista como la Excalibur de los deportes, la más alta distinción deportiva del planeta, que lo había sido durante todo el siglo. Esto cambió durante algunos años, desde el mismo momento en que un huracán llamado Mike Tyson se ciñó el cinturón de campeón. Pero no duró. El reinado de Tyson fue el canto del cisne de esa preponderancia. Para entonces ya habíamos aprendido que Tyson, la última leyenda universal de los pesos pesados, se había limitado a recuperar parte de la atención perdida tras la retirada del más grande de los colosos emergidos de la antaño inagotable mitología pugilística: Muhammad Ali, o Cassius Clay, como por costumbre lo llamaban todavía quienes lo habían visto emerger durante los años sesenta. Cuando los niños de aquella generación veíamos pelear a Tyson, terminamos comprobando que todas las comparaciones, favorables o desfavorables, incluían a Muhammad Ali como primer término. De repente, para toda una generación de aficionados novatos, un Ali al que apenas habíamos visto en fugaces secuencias de televisión se reveló como la medida de todas las cosas. Supimos que su ausencia de los cuadriláteros había ensombrecido el boxeo con el sordo pesar de la orfandad; que no importase cómo de grandes pudiesen llegar a ser las hazañas de sus herederos, su figura sería siempre incomparable. Muhammad Ali, como Bobby Fischer en el ajedrez o Michel Jordan en el baloncesto, ya no podría ser eclipsado. No se trata de que pueda surgir alguien igual o mejor en lo deportivo; eso es lo de menos. No puede haber otro Ali como no puede haber otros Beatles ni otra Marilyn Monroe. Ali había sido mucho más que un campeón. Trascendió su profesión y las glorias condensadas en el metal de unas vitrinas. No era solamente un púgil, como Einstein no era solamente un científico y Elvis Presley no era solamente un cantante. Muhammad Ali fue mucho más que un deportista. Fue un icono universal, una referencia cultural de primer orden, la clase de material sobre el que los demás escriben ensayos y novelas, ruedan películas o componen canciones. Y él creció con una extraña e inexplicable predisposición a la inmortalidad. Como cuando decía que había odiado hasta el último minuto de sus entrenamientos, pero se había motivado diciéndose «¡No lo dejes! Si sufres ahora, vivirás como campeón el resto de tu existencia». La inmortalidad, pues, fue su verdadera vocación. Desde aquella vez en que sin tener todavía un título mundial ceñido a la cintura osó proclamarse como «el más grande», el mundo debió haber entendido que sus hazañas no iban a pertenecer a los titulares de los periódicos, sino a los libros de historia.

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.

Su inmensa fama, sus títulos, sus gestas deportivas, eran solamente una parte de su inmensidad. Es verdad que fue el rey de los pesos pesados más célebre desde Joe Louis. Es verdad que su técnica y su estilo lo situaban entre los mejores púgiles de todos los tiempos. Es verdad que volvió de un retiro impuesto, cuando técnicamente era ya una sombra del virtuoso innovador que había sido durante sus primeros años, y todavía fue capaz de ganarle el pulso a aquel Joe Frazier con el que parecía disputar los rencores de alguna vida pasada. Es verdad que cuando era ya una sombra de su sombra, pudo vencer a aquel gigante joven y poderoso llamado George Foreman. Es verdad que recuperó la corona tres veces, algo por entonces nunca visto entre los pesos pesados. Todo esto y muchas más cosas son verdad. La carrera deportiva de Muhammad Ali fue una ejemplar combinación de talento, coraje, determinación y espíritu ganador. Pero no fue solamente esto lo que le convirtió en lo que ahora es. Hubo más. Pero, ¿con qué palabras podríamos expresarlo?

En las listas clásicas de mejores boxeadores, Ali solía aparecer por detrás de Sugar Ray Robinson, el hombre sobre quien había modelado su estilo y al que muchos consideraban el púgil de mayor talento técnico que había existido nunca. Es decir, no por necesidad hemos de considerarlo el mejor. Tampoco se retiró invicto como Rocky Marciano. Pero eso no impidió que en otra clase de listas, las que enumeraban a los deportistas más importantes del siglo XX, apareciese siempre como el número uno. Esto no lo explican sus triunfos. Es que Muhammad Ali era una fuerza de la naturaleza en todos los sentidos. Siempre admitió que nunca había sido «el niño más brillante de la clase», pero sus genialidades verbales conseguían quedarse marcadas a fuego en la memoria de los aficionados. Era el Bob Dylan del trash-talk, el Sergio Leone de las provocaciones previas a cada combate. Su verborrea inagotable era casi siempre pueril, pero también brillante; una de las tantas facetas que lo convirtieron en el Napoleón de la explosión mediática de finales de los sesenta y principios de los setenta. Llegó, vio, habló y venció. No se trata ya de aquella su más famosa frase, «flota como una mariposa, pica como una abeja, y sus manos no podrán golpear lo que sus ojos no ven», que pronunció, irónicamente, cuando la edad ya no le permitía volar sobre la lona (fue antes de su combate con Foreman, que ganó, sí, pero no cual mariposa, sino cual Maquiavelo de la estrategia pugilística). Antes de cada combate siempre tenía una declaración sensacionalista preparada. Sus poemas, casi siempre nefastos pero hilarantes, se convertían a veces en fragmentos líricos de un homérico infantilismo: «Me he peleado con un cocodrilo», dijo una vez, «he forcejeado con una ballena. Le he puesto esposas a un relámpago y he metido al trueno en la cárcel. La semana pasada asesiné a una roca, herí a una piedra, metí a un ladrillo en el hospital. Soy tan duro que hago enfermar a la medicina». Como pueden comprobar, Herman MelvilleJoseph Conrad y un bocazas fanfarrón, todos ellos combinados en una misma cita. Con él, imagino, había que tener siempre el cuaderno bien a mano, sobre todo cuando se acercaba una pelea. A veces caía en el insulto pueril, pero otras veces dejaba tras de sí perlas que resonaban con el nervioso roce de docenas de lápices apuntando con afán lo que iba a convertirse en el penúltimo titular y, con suerte, en una futura referencia enciclopédica. Muhammad Ali no quería ser un campeón, quería ser un gigante, y leyendo su propia época con la clarividencia de quienes nacen con el gen de la grandeza, entendió que los medios de comunicación eran la manera de conseguirlo. Modeló su personaje con tanto cuidado que se metió al mundo entero en el bolsillo, incluso a quienes le habían odiado. Muchos, en sus inicios, se habían burlado de las payasadas constantes de aquel excéntrico aspirante al título al que, no sin razón, apodaban «el loco de Lousville». El único personaje con el que se me ocurre establecer un paralelismo justo es Salvador Dalí. Qué más da que te conozcan por pintar cuadros o por posar junto a la cabeza de un rinoceronte; lo importante es que te conozcan.

Cuando no estaba inventando ripios para humillar a sus contrincantes, estaba batallando por tener el derecho de defender sus ideales. Se convirtió al islam, se cambió el nombre y escandalizó a casi todo el país, incluida su propia madre. Empezó a dejarse ver como el gran trofeo del más hábil proselitista de la Nación del Islam, el carismático Malcolm X. Parecía evidente que la inteligente e inatacable retórica de Malcolm X había deslumbrado al nuevo campeón. Pero Ali era algo más que una marioneta. Respondía con coherencia y una afilada eficacia cuando le preguntaban por sus ideas. Es cierto que repetía muchas ideas del brillante Malcolm X, pero no menos de las que Malcolm X tomaba de su líder sectario, Elijah Muhammad. Por lo demás, Ali sabía construir su propio discurso, algo en lo que pocos habían confiado. Era más fácil burlarse de él o calificarlo de radical peligroso que atacar algunos de sus argumentos, sobre todo en lo referente a la cuestión racial. Contra todo pronóstico, la marioneta se reveló como un ideólogo. Cuando decía que no tenía nada en contra de los vietnamitas porque «ninguno de ellos me ha llamado negrata» estaba poniendo el dedo en la llaga, una herida nacional cuyo reguero de sangre muchos de sus compatriotas se empeñaban en ignorar. Mientras estaba en lo más alto de su carrera aceptó con entereza la posibilidad de acabar en la cárcel («hemos estado en la cárcel durante cuatrocientos años; podría afrontar tener que ir cuatro o cinco años más»). Se vio despojado de sus títulos, apartado de la profesión para la que se había preparado con tanto esfuerzo desde que era un adolescente. A nosotros, los espectadores, se nos arrebataron varios grandes combates del más exquisito peso pesado defensivo que viera el siglo, pero a él le partieron la carrera deportiva en dos y le privaron de su principal fuente de ingresos. Todo por no querer alistarse, aunque no le hubiesen hecho pelear fuera del cuadrilátero. Todo para no «matar gente pobre mientras los negros en Louisville no disfrutan ni de derechos humanos básicos». Muhammad Ali, el deportista más famoso del mundo, estaba paseando las vergüenzas de su propio país. Un país racista donde la guerra era un requerimiento estándar de la política exterior, una guerra a la que iban quienes no tenían dinero para comprar la posibilidad de no morir casi imberbes, o de no pasar años en una celda de cañas en mitad de alguna selva.

Foto: Cordon.
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Ali no era perfecto. Cuando denigraba a Joe Frazier llamándolo «Tío Tom», estaba siendo cruel, injusto y además desagradecido, pues Frazier, pese a tener ideas políticas muy distintas, le había defendido y ayudado. Cuando ante los congoleños presentó a George Foreman como un esbirro de los malvados blancos —en el Congo, claro, no habían olvidado la sanguinaria frialdad del imperialismo belga— estaba siendo incluso más injusto. Pero sus acusaciones no dejaban de tener un tinte de referencia a la realidad. En sus hirientes ataques expresaba una rabia nueva, la de querer, pretender, necesitar romper con la vieja dinámica de agradar al hombre blanco pareciéndose lo más posible a él. Antes de Ali, la mayoría de los campeones negros habían peleado por la dignidad de su pueblo presentándose como individuos de imagen intachable. Joe Louis o Floyd Patterson. Y los que no, como Sonny Liston, habían cuando menos evitado meterse en jardines. Lejos quedaba ya el recuerdo del primer campeón de los pesos pesados, Jack Johnson, cuyo sistema de reivindicación era tan valiente que podía calificarse como suicida; Johnson se acostaba con mujeres blancas y sonreía mientras decenas de miles de espectadores blancos le deseaban la horca y él no tenía manera de saber si no acabarían invadiendo el cuadrilátero para, en efecto, lincharlo. Muhammad Ali era más Johnson que Louis, pero aportaba algo revolucionario. Su imagen era más poderosa que intachable, quizá, pero sus reivindicaciones estaban expresadas de forma política y con un enorme poder de convicción. Él ya no pensaba que hubiese que agradar a los blancos. Por ello, fue el campeón idóneo para su generación. El primer peso pesado que lo era también cuando salía de entre las doce cuerdas.

Cuando pudo volver a pelear ya no era el mismo y, sin embargo, en ese retorno produjo sus más memorables noches de boxeo. Impulsado más por el hambre de eternidad que por una condición de favorito a la que por cuestiones físicas ya no podía optar, recuperó la corona, la perdió, y la obtuvo por una tercera vez, excitando la pluma de escritores, periodistas, historiadores del deporte. Muhammad Ali era el sueño de todo narrador. Por ejemplo, la película que se rodó en torno a su combate con George Foreman, Cuando éramos reyes, es probablemente el mejor documental deportivo de todos los tiempos. Ahí vemos al Muhammad Ali de los años de retorno en todo su esplendor. Ni siquiera esa película puede resumirlo, porque Ali es imposible de resumir, pero sí demuestra que sus combates de boxeo no eran eventos deportivos, sino sucesos que por motivos intangibles estaban destinados a adornar las estanterías de todo buen amante de la epopeya. ¿Cómo lo hacía? Siempre pensé que cuando Ali olfateaba la gloria se dejaba el alma para superar sus limitaciones. En África se dejó acorralar por un Foreman que a usted y a mí podría habernos matado de un único golpe, pero al que Ali consiguió agotar con una táctica que dejó boquiabiertos incluso a los más expertos analistas. En Filipinas, frente a Frazier, fue él quien se dejó agotar hasta poner en peligro su vida, pero no sin que antes se hubiese desplomado Frazier. No fueron sus mejores combates, ni mucho menos, pero sí los más importantes. Y él lo sabía. Es lo único que puede explicar la manera en que se condujo en ellos. Los bautizó, claro, con ripios sencillos y sin esplendor (Rumble in the JungleThrilla in Manilla) que ahora sin embargo nos suenan a gesta, a títulos de romance medieval, a grandeza. Muhammad Ali tenía el instinto de un novelista para entender qué episodios de su carrera eran los que iban a cimentar su leyenda, y entendía que la elegancia del nombre que les puso es lo de menos. Pero debían tener un nombre. Lo habitual es que los deportistas hagan cosas y los buenos cronistas las conviertan en fascinantes historias. En el siglo XIX, un cronista británico bautizó el boxeo como the sweet science of bruising («la bella ciencia de hacer moratones»), una feliz expresión que revivió después de la Segunda Guerra Mundial. Pero Muhammad Ali lo convirtió en la bella ciencia de hacerse inmortal. Siempre daba sus historias ya hechas.

Desde que nos ha dejado, los periódicos de medio mundo están repletos, más que de ninguna otra cosa, de las declaraciones del propio Ali. Como en un Evangelio, es en sus palabras, y no en las nuestras, donde está el auténtico mensaje. Él sin duda sabía que el día en que muriese todos nosotros terminaríamos ejerciendo como simple caja de resonancia de su genio. Porque Ali fue un genio como boxeador, pero también como artista. Su propia vida fue su principal obra de arte. Nos dejó las citas, los hechos, las gestas, los fracasos, como quien hace regalos de Navidad: en un montón de cajas que quienes alguna vez hemos escrito sobre boxeo abrimos con el entusiasmo de un niño. Todo lo que Ali tocaba lo convertía en historia. Todo cuanto le sucedía, bueno o malo, lo terminaba acuñando en una moneda con su propio rostro. La suya fue una biografía increíble, un tesoro que dentro de mil años alguien encontrará, para descubrir con pasmo el argumento inigualable del ascenso al Olimpo cultural de este nuestro gladiador moderno. Parafraseando a Gandhi: primero se rieron de Ali, después trataron de acabar con él, después quedaron asombrados por sus hazañas, después empezaron a respetar sus ideas y finalmente le terminaron venerando como a un héroe. Díganlo sin miedo, porque los siglos les darán la razón: fue el más grande de todos los iconos del deporte. Hay figuras que nunca desaparecerán de la memoria colectiva, y Muhammad Ali es una de ellas. Ya no puede haber otro Ali, como no puede haber otro Ulises, como no puede haber otro Quijote.

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.


Guillermo Ortiz: La última bravuconada de Muhammad Ali

Muhammad Ali. Foto: Cordon Press.
Muhammad Ali. Foto: Cordon Press.

Ali se levanta a las 5 de la mañana y sale a correr por las afueras de Nassau. Dice que ha llegado a correr diez kilómetros como si nada pero la prensa solo le ve correr cinco y subirse a una limusina que le lleva de vuelta al hotel. Por el camino, un muchacho le reconoce y le pregunta, confuso: «¿Usted sigue boxeando?» y Muhammad Ali no pierde la sonrisa y le explica que sí mientras sigue trotando, fondón, 107 kilos bajo el pantalón de deporte, es decir, diez más que cuando tumbó a Liston allá por 1964, cuando aún no era más que un aspirante lleno de arrogancia, fotos con los Beatles y medalla de oro olímpica arrojada al río Ohio.

Quedan pocos días para una pelea que nadie sabe si se va a celebrar, los rumores señalan serios problemas para llegar a acuerdos con la televisión estadounidense y sin televisión no hay combate que valga. Aparte, la venta de entradas sigue por los suelos, apenas trescientos turistas han aceptado pagar los tres euros que cuesta pasarse por el gimnasio para ver al gran Ali entrenar, intercambiar golpes con el sparring de turno, asegurarse de que no recibe ni un golpe de más.

¿Por qué Nassau? ¿Por qué este último combate? Ali dice que quiere empezar de nuevo la batalla para recuperar el título de campeón del mundo de los pesos pesados, pero a sus treinta y nueve años eso suena ridículo. Es de suponer que lo que quiere es borrar su anterior combate, la imagen de un boxeador inmóvil, grogui, incapaz siquiera de levantar la guardia, mirada perdida mientras los puños de Larry Holmes le llegaban a la cara una y otra vez sin llegar a hacerle daño del todo porque no hacía falta. Holmes gritando al árbitro: «Para esto de una vez, le voy a acabar matando» y el árbitro mirando a cualquier otro lado.

Es diciembre de 1981 y ha pasado más de un año de eso pero su estado físico y sobre todo neurológico no parece haber mejorado. El rostro que antes se retorcía en muecas y agresividad, ahora se muestra hierático, como ausente. George Foreman, su rival en aquel memorable combate de Zaire, ha declarado a la prensa estadounidense: «Si acaba luchando, va a resultar embarazoso para todos los que le apoyaron entonces». Nadie en Estados Unidos ha querido albergar lo que se supone que va a ser una carnicería, ni siquiera está claro que Ali hubiera podido conseguir una licencia en su actual condición.

Cuando entra la prensa a preguntar, el gran campeón intenta mostrarse tan excitado y engreído como siempre pero es imposible creerle. Un circo vacío. Repite que asombrará al mundo y que ganará su cuarto campeonato del mundo y que está más guapo que nunca y después de arrastrar las palabras lentamente y quedarse en silencio un buen rato entre frase y frase, aún presume con rabia: «¿Daños cerebrales? ¿Hablo como una persona que tuviera daños cerebrales?». Y, de hecho, todo el mundo en la sala parece estar de acuerdo en que sí, eso es exactamente lo que parece.

Con Larry Holmes, visitando Waterloo

La historia viene de atrás, de tres años atrás, probablemente el momento en el que Ali debería haber dejado el boxeo profesional: 15 de septiembre de 1978, revancha contra el sorprendente Leon Spinks, aparecido de la nada siete meses antes para quitarle el campeonato. Aquella tenía que haber sido su última pelea, haberlo dejado en lo más alto. Su propio médico, Ferdie Pacheco habría parado toda esta locura mucho antes, de hecho, para el segundo combate contra Spinks, Pachecho ya no está en el rincón de Ali, lo ha dejado, harto de que Muhammad no le haga caso, que no vea que sus riñones no están para competir más, que no se dé cuenta de que su sistema neurológico se va deteriorando a marchas forzadas. El Madison Square Garden anuncia que no volverá a programar un combate con Ali por motivos de seguridad y salud. Su deterioro es más que un rumor, es una evidencia para cualquiera que tenga un televisor.

Sin embargo, Spinks no es suficiente para Ali. Tiene que seguir demostrando que es el mejor, el GOAT, Greatest Of All Times, como rezan los carteles de su casa rural. Don King anuncia el combate contra Larry Holmes para octubre de 1980, y se enfrenta a una serie de problemas que solo sus influencias consiguen vencer. De entrada, necesita que la comisión médica de Nevada le dé una licencia, y para ello no le queda más remedio que pasarse dos días en la Clínica Mayo de Minnesota para someterse a controles continuos. El prestigioso doctor Howard determina que no hay daños significativos en los riñones y pasa por alto los problemas neurológicos: un agujero en su membrana cerebral, problemas en el habla y fallos incluso en el básico «dedo a nariz».

Don King ha puesto mucho dinero de su bolsillo y no va a dejar que ningún Howard le pare, así que consigue que la comisión apruebe el combate en el Caesar´s Palace y después, de manera sorprendente, sale a la prensa para declarar: «Este va a ser el Waterloo de Muhammad Ali, Holmes le va a ganar por KO».

Lo que pasa después es difícil de explicar: una mezcla de destino y envenenamiento. Ali no está para luchar contra nadie y menos contra un excelente boxeador como Holmes, con un registro de 35-0 antes de la pelea, pero su médico tampoco le ayuda: viendo su debilidad le diagnostica una hipoglucemia sin analítica alguna que la demuestre y empieza a medicarle con Thyrolar y Benzedrina, una mezcla de hormonas y anfetaminas que no solo no levantan al boxeador sino que lo hunden cada día más: lento en los entrenamientos, cansado en la carrera… dos días antes del combate apenas es capaz de correr dos kilómetros seguidos. Aquello no tiene sentido y sin embargo los intereses son demasiados como para quitarse de en medio.

En el décimo round del combate, todos los temores se ven expuestos de una manera patética. Ali parece una momia que apenas distingue a su enemigo, se mete en las cuerdas pero no como recurso —el famoso rope-a-dope de 1974 contra Foreman, cuando se dejó golpear sin merced por el gigantón hasta que el gigantón se quedó sin fuerzas, sin resuello y lo acabó noqueando al primer contraataque—, sino por necesidad.

Ya no es 1974 sino 1980 y los seis años cuentan. Eso y la cruel sensación de que aquel es un hombre ido, enfermo, que no debería estar ahí. Es ahora cuando los gritos de Holmes al árbitro, los 125 puñetazos que recibe Ali en solo dos asaltos hasta que finalmente Angelo Dundee, su técnico de toda la vida, le deja claro al árbitro que él es el que manda en ese rincón y que el combate se ha acabado. Aún hay tiempo para oír algún «no, no, no» de uno de los asistentes, pero, ¿qué quería ese hombre?, ¿qué mataran a su boxeador? Ali, mientras, no dice nada, se queda sentado, en shock, y es Holmes el que va a abrazarle, a explicarle que todo ha acabado, que él nunca quiso hacerle daño.

Waterloo, en perspectiva, se queda incluso corto.

Drama in Bahama

¿Qué sentido tiene seguir después de esto, huir de nuevo de la isla de Santa Elena para retar a las nuevas generaciones? Ninguno. Apenas hay dinero en juego, porque los promotores no quieren participar de este espectáculo. Ali cree que aún tiene un par de buenas peleas en el cuerpo pero es el único que lo piensa. Recurriendo a amigos y moviendo algunos hilos consigue que le acojan en Bahamas y le organicen una pelea decente, contra Trevor Berbick, un canadiense que viene de perder contra el propio Holmes pero a los puntos, aguantando los quince asaltos de rigor.

Puede ser una masacre —el título que le pone la organización es «Drama in Bahama» y tiene pinta de que esa es exactamente la sensación que quieren dar— y la duda no es si Ali ganará sino si saldrá vivo de esta. Su mente está ahí, sus intenciones… pero la realidad le ha abandonado. La capacidad de expresarse a una velocidad normal, los reflejos. Para que no sea demasiado duro, a Berbick se la juegan también. «Cada día que he pasado aquí en Nassau me han hecho una putada», dice a la prensa. «Ha sido agotador física y psicológicamente, una batalla continua». Berbick es joven, veinticinco años, y no está empezando pero casi. Le ha tocado el rol de enterrador y parece que le gusta. Cuando llega el 11 de diciembre de 1981, aún tiene el cuajo de hacer esperar en el ring a Ali durante cinco minutos. Las gradas están semivacías y sobreprotegidas por militares caribeños. Solo alrededor del ring —los invitados— se palpa cierto ambiente. Un John Travolta con pelo largo y sonrisa de sábado noche charla con una chica guapísima, su acompañante de esa noche.

Sin embargo, nadie mira a Berbick ni a su troupe de animados ayudantes. Los ojos están en Ali y los ojos de Ali no se sabe dónde están. Más que una entrada en un combate de boxeo ha sido una entrada a un funeral. Ali está serio, muy serio, y todos alrededor, Dundee incluido, presentan sus respetos. La cabeza aún no le tiembla pero apenas puede moverla. Todos sus rasgos de expresividad se limitan a un guiño o una sonrisa en un momento dado. Parece mucho peor de lo que las crónicas apuntaban. Es inverosímil que a este hombre le dejen pelear a este nivel.

Y, sin embargo, la duda, veintiún años después de darse a conocer en los Juegos Olímpicos de Roma sigue siendo la misma: ¿Hasta qué punto está jugando con nosotros?, ¿hasta qué punto no es esta sino la última actuación teatral del gran histrión del boxeo moderno? No habrá que tardar mucho para descubrirlo.

El último baile de la mariposa Ali

La pelea se ha establecido a diez asaltos, lo habitual en combates que no deciden campeonatos. Es una cifra razonable y permite a Ali empezar con un poco más de energía, dentro de lo que cabe: su ritmo es lento en comparación con sus mejores años pero solo en el primer round ya hace más que en todo el combate ante Holmes. El jab de izquierdas entra bien y Berbick solo puede golpear en el cuerpo para desgastar. En la grada resuena el grito que acompaña a Ali desde Zaire: «Ali, bomaye», «Ali, bomaye». Berbick incluso se cabrea cuando ve al público tan volcado en su contra, pero, ¿qué esperaba, que la gente animara al verdugo?

Pasan los asaltos y Ali se mantiene en pie. Hay cierta sensación de alivio. No va a ganar la pelea porque es imposible, porque Berbick es más ágil, golpea cuando puede y le manda contra las cuerdas cada tres por cuatro. No es que el canadiense esté en su mejor estado de forma: cuando tiene que volver al rincón resopla como un caballo cansado, pero le basta… así hasta que llegamos al octavo asalto, un momento que nadie esperaba ver en esta pelea y Ali empieza a bailar como una mariposa. Aquello tiene algo de espejismo, casi de broma, como si quisiera darse un último homenaje. Berbick no se lo cree, aquel hombre de casi cuarenta años que apenas podía andar dos asaltos antes de repente se pone a dar vueltas al ring con una soltura inaudita.

Lo dicho, es un momento mágico, el momento que Ali estaba esperando y quizá el que da sentido a este último combate. Quiere que la gente le recuerde como en estos últimos tres asaltos y no contra las cuerdas y noqueado. Por supuesto, insisto, va a perder, porque el baile no es el de 1964 y aunque la mariposa esté ahí, asomándose tímidamente, la abeja no aparece por ningún lado y no hay posibilidad de que vaya a tumbar a Berbick, sobre todo porque cuando lo intenta, lento de reflejos, la cabeza y los brazos a distintas velocidades, golpea sonoramente al aire.

Y así acaba todo. El décimo asalto acaba con la mariposa contra las cuerdas de nuevo. Pura lógica. Ali está agotado pero aguanta de pie. Esa era la única intención, acabar de pie, aguantando, encajando con su agujero en el cerebro, con su desorden neurológico, con su hablar cada vez más pastoso, la mirada perdida ante el entrevistador al que reconoce antes incluso de bajar en el ring, que sí, que este es el final, que no va a repetir nada de esto, mientras los comentaristas americanos dicen rezar a dios para que no cambie otra vez de opinión, que esta sea de verdad su última bravuconada.

Cosa que no hará porque su tiempo ha pasado —«todos los ídolos de los sesenta han muerto, solo quedo yo», dice a la prensa— y porque el Parkinson le cambia la vida en 1984. Desde entonces, un poco de todo: árbitro invitado al WrestleMania de 1985, último portador de la antorcha olímpica de los Juegos de Atlanta de 1996, colaborador activo junto a Michael J. Fox en la lucha contra las enfermedades neurodegenerativas, mediador de paz en la primera Guerra del Golfo… Dicen que Ali ha sido feliz durante estos treinta años de enfermedad y quién soy yo para negarlo. En las entrevistas, que son pocas, lo parece. Siempre ha negado que el boxeo tuviera que ver con su enfermedad porque admitirlo sería una especie de derrota. Los últimos rumores apuntan a un empeoramiento, pero los rumores siempre son así, cenizos.

Por su parte, Berbick siguió compitiendo hasta el año 2000, que no es poca cosa: fue campeón del mundo en 1986 durante siete meses, lo que tarda Mike Tyson en tumbarle con estrépito. Desde entonces, retiradas y combates de segunda división durante catorce años. Cuando tuvo la oportunidad de volver a los focos, luchando contra «Buster» Douglas, no supo aprovecharla. En 2006 fue asesinado a navajazos por dos adolescentes en Jamaica. Uno de ellos era su sobrino.


Poli Díaz: “Lo que gané en mi primera pelea lo repartí entre mis compañeros”

Policarpo Díaz Arévalo (Madrid,1966), ocho veces campeón de Europa de los pesos ligeros, subcampeón mundial, el púgil más popular de la historia del boxeo español y máximo exponente los últimos coletazos de la época gloriosa de este deporte, denostado y censurado en nuestros días, concedió a Jot Down Magazine esta entrevista por mediación de un amigo  —porque sin duda así consideramos en esta redacción al también campeón Hovik Keuchkerian— que tuvo lugar en Madrid, en un ring: el lugar más adecuado para un enfrentamiento tan singular. El Potro de Vallecas, con la chispa y la naturalidad que siempre le ha caracterizado, bromeó continuamente con Hovik, el cual debutaba como entrevistador e intentaba parar al esquivo peso ligero con dedicación pero falto de reflejos. Poli habló de lo suyo: el boxeo, y ganó por puntos al peso pesado, que disfrutó tanto como nosotros del encuentro.

Sentado entre doce cuerdas con un amigo, un maestro, un hombre para quien el ring durante muchos años fue su casa, su hábitat natural, el lugar donde hacía lo que mejor sabía hacer: boxear. Tengo delante de mí ni más ni menos que al Potro de Vallecas, uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos y, sin duda, un absoluto fenómeno mediático, el último dentro del mundo del boxeo en España. La afición te adoraba porque eras sincero, natural, contundente, un hombre con un carisma excepcional, ¿lo sigues siendo?

Sí, porque no me he muerto (ríe). No sé, yo no me veo a mí mismo.

Te lo digo yo que sí. Y te voy a contar una historia de la que seguro no te acuerdas: yo trabajaba en el restaurante de mi padre cuando tenía diecisiete años…

Pues no me acuerdo, fíjate. Eso es que no me lo has contado.

Pero te lo voy a contar hoy. Yo no seguía el boxeo en aquella época pero te conocía. Apareciste en el restaurante y en diez minutos te habías hecho con todo el mundo. Luego entraste en la cocina, hiciste allí “sombra” un rato, te metiste a la gente en el bolsillo como haces siempre y cuando te ibas fui a parar un taxi y me dijiste: “no, no, ya lo paro yo”, te quitaste la americana y paraste un taxi con un pase torero.

Eso es de una película que has visto.

No, no, no (risas). Te pusiste en medio de la calle y lo paraste con la americana, te lo digo yo. Esa fue la primera vez que te vi, luego ya empecé a boxear y te conocí personalmente. Comencemos con la entrevista, vamos a ir en orden cronológico. Tu última pelea profesional fue el 16 de marzo de 2001.

De fechas no me acuerdo. ¿Fue en Barcelona?

En Barcelona, correcto. Somos muy dados a destrozar la vida de alguien que ha estado arriba y luego está abajo…

Eso se hace en España. Fuera no ocurre. Al revés, se le ayuda; mira Maradona y otra mucha gente.

Aquí es deporte nacional. Hay gente que olvida que para caer de muy alto hay que haber subido antes. Pero no tengo ninguna intención de hablar de esto. Me gustaría que me dijeras en estos diez años que hace que dejaste el boxeo qué has sentido, qué sentimientos has tenido hacia la gente del boxeo, hacia la crítica.

A nadie le gusta que le critiquen, creo yo. Pero no, no me he sentido muy bien, no me he portado tan mal como la Federación se porta conmigo.

Me contabas antes fuera de cámara que siendo siete veces Campeón de España, ocho veces Campeón de Europa y aspirante al título mundial, no tienes ni un solo cinturón.

No, no valen para nada. Solo para el recuerdo.

¿En estos diez años no ha habido gente que te haya querido ayudar?

La única ha sido mi chica. Siempre se ha portado muy bien. Llevo con ella diez u once años.

El 27 de julio de 1991 peleaste con Whitaker…

Yo las fechas es que no…

Yo te las voy refrescando. Peleaste con Pernell Whitaker en Norfolk, Virginia, y sé —aparte de porque lo he leído, porque conozco a gente de tu equipo— que esa pelea la hubieras podido ganar.

Hombre, si no me hubieran sujetado los ayudantes y me hubieran echado crema en la cara, que ni veía… Eran peores los de mi esquina que el contrario. Y el árbitro le ayudaba, pero bueno… Cuando era joven no me daba cuenta de esos fallos; ahora cuando lo veo es cuando me doy cuenta.

¿Preparaste esa pelea?

Sí, estaba bien preparada.

¿Y tú estabas preparado físicamente?

Sí, estaba fuerte entonces y tenía fondo. Lo que tienen que mirar los entrenadores cuando uno está fuerte y tiene fondo es si con el que vas a pelear es zurdo o diestro y prepararte con un sparring zurdo si vas a pelear con uno. Yo no sabía que era zurdo.

¿Pero tú no viste ningún video de Whitaker?

No, para qué. A lo mejor lo veo, me da miedo y no peleo (ríe). No, en serio, yo no veía a mis contrarios porque me daba mucho respeto.

¿Pero tú sabes lo que estás diciendo? Subirse a pelear un mundial de los pesos ligeros con Pernell Whitaker, que es de los mejores boxeadores que ha habido en la historia, un zurdo escurridizo al que era imposible pegarle, en su casa, sin haber visto un video suyo, es de inconscientes.

La inconsciencia sería del que me llevaba, ¿no? Si el entrenador no me comunica bien las cosas… El veía los combates, pero que los vea él no quiere decir que los vea yo.

Te voy a contar una cosa y me dices si es cierto. Hablando con tu entrenador, que también fue el mío, Ricardo (Sánchez Atocha), me contaba que antes de pelear con Jacobsen te puso el video, te levantaste, dijiste: “bah, a este tío le noqueo antes del sexto” y te fuiste. Luego llegaste a Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid y lo noqueaste en el sexto asalto.

Sí. Me quería meter miedo el entrenador. Yo dije: esto está hecho.

¿Y es cierto que te quedaste dormido en alguna ocasión antes de salir a pelear?

Sí, alguna vez me he dormido. Yo le decía a mi entrenador: “¿Por qué no me llevas al cine y media hora antes yo voy?” Pero no me dejó nunca. Era muy aburrido estar esperando.

Hombre, yo he estado en un vestuario antes de pelear, y quedarse dormido…

Daba muy pocas pulsaciones. Me divertía. El trabajo estaba en el gimnasio, que es donde se tiene que trabajar, lo otro era un desfile de modas.

Existió la posibilidad de que te enfrentaras con Julio César Chávez, habría sido un combate importante: El Guerrero mexicano contra el Potro de Vallecas. ¿Te hubiera gustado?

Tenía pinta de luchador. Era un tío pesado, de los de mantener la distancia. No se hizo porque no me querían pagar lo que merecía. Yo no pedí ninguna cantidad, pero cuando me lo ofrecieron me pareció que merecía más, no hubo comunicación. Ellos bien que ganan con publicidad, ¿y yo qué?

¿Qué cambiarías si empezaras ahora a boxear?

El dormir bien, cuidar las comidas, no rebajar peso a última hora siempre; eso es muy malo, le regalas fuerzas al contrario. Entrenar, siempre he entrenado bien, la carrera sobre todo.

Tengo entendido que cuando entrenabas te subías el Puerto de los Leones todos los días.

Eso es fácil, es como abrir ganas para el almuerzo. Luego hacía aeróbico – digo aeróbico porque yo trabajaba sin pesas, con mi propio peso, que para cargar me pongo a llevar sacos de cemento – y por la tarde guanteaba, tenía un buen compañero, Alfredo Cáceres, un colombiano que boxeaba muy bonito. Me hacía trabajar bien, aprendí mucho con él.

Elio Guzmán, que en paz descanse, me contó que cuando eras todavía amateur entrenabas, te duchabas, y si entraban unos chavales con ganas de hacer guantes, te volvías a vestir para guantear. Te pasabas todo el día entrenando.

Con Elio Guzmán aprendí mucho, sólo hablando con él te enseñaba más que el entrenador mil veces. Me enseñó el golpe de Foreman. Era el más inteligente. Me entretenía mucho entrenar, sí, me pasaba el día entero.

Te voy a decir otra fecha: 30 de noviembre de 1986…

¡Que yo de fechas no!

Calla (risa)… 30 de noviembre de 1986. En esa fecha te proclamas por primera vez campeón de España profesional.

Estaba en el Metropolitano. Trabajaba de obrero en un taller de costura y vino un día Ricardo con Elio, que me conocía ya y sabía que estaba allí, me dijo que si peleaba: dejé la herramienta y empecé a pelear. Lo que gané en mi primera pelea lo repartí entre mis compañeros.

¿Has sido excesivamente generoso?

Sí, siempre digo que no voy a ser tan generoso, pero cuando tengo dinero no me acuerdo. Muchas veces le digo a mi chica que no hay que gastar y luego soy yo el primero en invitar. Eso que no tenemos ni un duro.

Cuando hiciste tus primeros combates en el campeonato de España, ¿tú pensabas que ibas a llegar tan alto?

No pensaba ni siquiera que iba a llegar a profesional. Pensaba: “voy a pelear el campeonato de España y luego ya veremos”. En los primeros combates del campeonato peleé dos veces con el mismo, la primera pelea me la robaron y la segunda, que la hice peor, me dieron ganador. En la que me dieron perdedor me puse a llorar como el crío que era, decía a los árbitros: “¡pasteleros! (como van de blanco) que le den al boxeo, no vuelvo a boxear más”. Luego pensé que no había empezado y ya lo quería dejar, así que me olvidé de aquella pelea y seguí.

¿Te acuerdas de la primera vez que subiste al ring?

Fue en la Plaza del 2 de mayo. Era juvenil, un crío.

Tienes un record de 47 peleas, 44 victorias, 3 derrotas, 28 K.O.

De amateur tengo 61 combates y una derrota. Peleaba igual de pluma que de ligero. Hasta de gallo. Hacía muchas tonterías con el peso, incluso alguna vez hice trampas en la báscula agarrándome a una viga.

Dime algún momento triste de tu carrera.

Ninguno. Siempre he estado bien, haya ganado o haya perdido.

Y algún recuerdo bueno, imborrable.

El mejor: En Italia, cuando quedé por primera vez Campeón de Europa. También cuando peleé con Hernando y gané el primer campeonato de España, que tenía dieciocho años. En realidad eran diecisiete, pero para la licencia eran dieciocho (ríe).

¿Qué golpes te han hecho más daño?, ¿los del ring o los de fuera?

Los de fuera, los de boca. Hay gente que tiene la lengua muy larga y tiene más que callar.

¿Has sentido la soledad en este tiempo?

No, porque tengo a mi perrita que me sirve de terapia.

Supongo que eres consciente de que tu vida es como para llevarla al cine.

Cada vida de cada persona es como para llevarla al cine.

Hablamos el otro día que hay un proyecto para llevar tu vida al cine, ¿te gusta la idea?

No estaría mal, es entretenido hacer cosas, pero lo que de verdad me haría ilusión es que me pagaran bien.

Supongo que te quedan muchas cosas por hacer, ¿qué proyectos tienes?

No sé… ¿no dicen que Dios proveerá?

¿Te gustaría tener más hijos?

Tengo un hijo. Me gustaría tener una niña, la parejita.

¿Tienes algún ídolo?

Sugar Ray Leonard y La Cobra Hearns. Marvin Hagler, me hubiera gustado tener un combate con él. Boom Boom Mancini… ¿los conoces?

¿Cómo no los voy a conocer? Poli, que yo he sido boxeador.

No me digas. Yo creía que hacías monólogos. (Risas)

¿Fuera del mundo del boxeo tienes algún ídolo?

No.

¿Crees en Dios?

No.

¿Cuando peleabas tampoco?, ¿no tenías charlas con el de arriba?

No, no jodas. Si no me va a oír nadie.

¿Qué les dirías a los chavales que empiezan a boxear?

Que entrenen, que duerman bien y que den el peso a tiempo. Mi peor contrario era el peso, el que más miedo me daba. ¿Tú nunca le has tenido miedo a la báscula?

Yo era peso pesado, con pesar más de 90,6 kg estaba en peso. Mi problema era que pesaba poco.

Qué suerte.

Tengo grabado mi debut de profesional y sales sentado al lado del ring. Tú tendrás tus peleas grabadas y estarán en You Tube, ¿las sueles ver?

¿En You Tube hay peleas mías? Están sólo la de Whitaker y la de Steve Boyle, que la subí yo.

Me decías que en un día te habías visto cinco películas, que te gusta mucho el cine. Dime tu película favorita.

El Bola. Además el protagonista se parece mucho a mí cuando hice la comunión, mi madre nos cortaba el pelo casi al cero para no gastar dinero en peluquerías.

Juan José Ballesta, gran amigo mío. ¿Y al teatro te gusta ir? Te voy a invitar al teatro, a verme con tu señora.

A ver si es verdad, que no salimos mucho.

Permítanme que me tome esta licencia final:
Les puedo asegurar que  en la distancia corta,
en una conversación con Poli Diaz, 
en algunas de sus respuestas, 
en su reacción inmediata, 
hay una chispa especial…
hay un destello de genialidad.
Suerte, amigo Poli, y gracias.
Hovik.

 

Fotografía: Jorge Otero


Hovik: “El público no es mi amigo, cuando salgo al escenario los quiero matar”

Hovik Keuchkerian nos recibe —o más bien debería decir que nos acoge— en su gimnasio en el madrileño barrio de Hortaleza donde le paran a cada paso para saludarle. Pero su popularidad no se debe a la reciente fama televisiva por interpretar a Sandro en la serie Hispania ni a su ya larga trayectoria como monologuista; nos cuenta que la fama no ha cambiado nada su vida en el barrio, su reconocimiento se debe al trabajo durante quince años al frente del gimnasio HK y, sin duda, a la afabilidad de estos casi dos metros de boxeador —dos veces campeón de España de los pesos pesados—, humorista, actor y poeta.

¿Qué opinas de que en algunos medios de comunicación el manual de estilo o la política editorial prohíban hablar de boxeo?

Como vivo bastante alejado de las prohibiciones, me molestan en general. En el caso de un deporte como el boxeo, en el que la prohibición nace de un desconocimiento total y absoluto, pues imagínate. Muchísimo más cuando un grupo de personas deciden en un despacho el futuro de muchos deportistas que no van a poder llegar a hacer una carrera deportiva seria; desgraciadamente en este país el boxeo no funciona mucho, quitando dos o tres boxeadores que han dado el salto. Pero a la gente que supuestamente decide esto yo no la conozco, he sido nueve años boxeador y no me he encontrado con ningún político ni periodista que esté en contra del boxeo. Debe de ser que hay determinada gente que no quiere que salga. Luego hay otro problema: que habría que hacer una reforma importante de cómo se organiza el boxeo en este país para que puedan entrar empresarios serios, porque el éxito de todo deporte hoy en día pasa por convertirse en negocio.

¿Tu experiencia en el boxeo fue mala en algún sentido?

Fue mala porque al final lo tuve que hacer yo todo y era muy complicado. Un boxeador tiene que boxear, un promotor se tiene que encargar de promover y un entrenador de entrenar. Cuando lo haces tú todo, lo haces mal. Acabé un poquito “quemadete”.

¿Qué opinas de que el boxeo esté perdiendo cartel frente a las artes marciales mixtas y otros tipos de combate más extremos?

Las MMA es a donde ha evolucionado el Vale Tudo, que conocemos ya desde hace unos añitos, y vienen de EEUU donde están funcionando muy bien. Yo he entrenado WFC y me parece súper completo y muy duro, pero estéticamente no me gusta tanto como el boxeo. En América mueve muchísimo dinero, a lo mejor hasta arranca eso aquí en España antes que el boxeo. Pero el boxeo tiene aquí muchísima afición, muchísima. Marca TV da muy buenas audiencias cuando pone boxeo.

Se dice que la WFC es menos peligrosa que el boxeo, ¿puede deberse a esto que esté mejor visto?

Efectivamente el WFC es mucho menos lesivo que el boxeo. En primer lugar porque puedes jugar con una variedad de golpes y puedes tirar a sitios a los que en el boxeo no puedes —en el boxeo el 80% de los golpes van a la cabeza—, el WFC es pelea de suelo, pelea de pie, una mezcla de todo; y luego mira los guantecitos que llevas, a la que te equivoques dos veces se ha acabado la pelea. Puede haber un cúmulo de castigo, pero una vez que tienes al rival inmovilizado en el suelo, ¿cuánto tiempo le puedes pegar hasta que el árbitro para la pelea?, ¿diez segundos? En cambio un combate de boxeo es más dilatado en el tiempo y es bastante más dañino. Pero bueno, también te pueden matar si toreas.

Hubo una época en que se retransmitía boxeo en canales generalistas, pero no acabó de cuajar.

Pero porque se hizo muy mal. Siento decirlo, pero se hizo muy mal. Otro problema es que hay muchas cosas de las que no se habla. Cómo está el boxeo en este país lo saben todos los grandes periodistas deportivos. Pero no debe de interesar, porque no sale un solo reportaje en serio.

¿Muhammad Ali es la mayor figura deportiva de todos los tiempos?

Para mí Muhammad Ali es el deportista más grande de todos los tiempos, sí. Considero que es el único de la historia que ha trascendido a su deporte. Era un líder, no para un pueblo, sino para una raza. El campeón del mundo de los pesos pesados negro más joven hasta la llegada de Tyson. Un hombre que tenía una cabeza… fue boxeador como podía haber sido político o lo que quisiera.

Humillaba verbalmente a sus rivales, a veces con bastante mala leche.

Es que él se sentía —no lo conozco personalmente por desgracia, pero así lo creo— superior a sus rivales. No ya como boxeador, sino como persona. Se veía más capacitado que cualquier otra persona para afrontar cualquier tipo de reto, pero creo que también tenía que ser muy humilde, porque si no, no sería el campeón que es. Calentaba los combates, pero no se puede ser un campeón tan grande sin tener humildad. Para mí es un referente, desde luego.

Mike Tyson, que tanto bien hizo al boxeo al principio de su carrera, terminó haciéndole tanto o más daño al final.

La de Mike Tyson es una vida tan complicada que, hablar de ella… (Ríe). Podría haber sido el mejor peso pesado de todos los tiempos. Un peso pesado contemporáneo —de la época de los noventa, finales de los ochenta—, con 1,79 m de altura y 100 kilos de peso, lapidar como lapidaba a los rivales era una cosa espectacular. Yo distingo a la gente que no sabe de boxeo cuando dice: “Mike Tyson era un tira hostias, no sabía boxear”, con eso ya es complicado que sigamos hablando, porque tenía una técnica tan depurada y un ataque tan contundente que a mí me tenía enamorado; y en aquella época no se me pasaba por la cabeza pisar un ring ni por todo el dinero del mundo. Y luego me he subido gratis.

¿Qué opinas de la figura de Poli Díaz y lo que significó?

Poli Díaz es un hombre con un corazón salvaje, grande e indomable. Un crack, una fuerza de la naturaleza. Un pedazo de boxeador, amigo mío. No tuvo suerte, no lo hizo bien. Ha sido un referente en este país. Pero bueno, la persona y el deporte tienen que ir de la mano y el Poli ahí… le quiero mucho y le tengo mucho respeto, me parece un gran tipo. Me jode que no llegara a ser campeón del mundo. Después de pelear con Whitaker se le ofreció una pelea con Julio César Chávez, es algo que la gente no sabe. No se hizo nunca este combate, pero hubiera sido muy grande.

En el boxeo ha habido bastantes púgiles famosos que tras su apariencia temible escondían un alma delicada: Joe Louis era la candidez personificada, Floyd Patterson era vulnerable y bonachón, George Foreman era retraído y sensible, incluso en España algunos célebres boxeadores han sufrido depresiones, como Urtain o Pedro Carrasco. ¿Hay mayor proporción de individuos vulnerables dentro del boxeo que en otros deportes?

Creo que en un deporte como el boxeo, que es una metáfora absoluta de la vida, y que es un deporte durísimo tanto en el ring como fuera de él, si el boxeador no tiene una dosis importante de criterio, de equilibrio, de sangre fría, de constancia, de conciencia y de saber rodearse de gente que le va a cuidar y le va a proteger, es un deporte peligroso. Si a eso le sumas que tengas ciertas condiciones, pueden acabar haciendo contigo lo que quieran.

Escritores como Cortázar, Hemingway, Bukowski, Jack London o Mailer ambientaron algunos de sus escritos en el boxeo. ¿Qué es lo que hace interesante para ti el boxeo desde el punto de vista del escritor, no del deportista?

No he escrito hablando de boxeo, pero muchas cosas de las que escribo parten de las experiencias del boxeo. La escritura y el boxeo se parecen en algunas cosas. El boxeo y la búsqueda de la verdad para mí van de la mano, porque cuando subes al ring y suena la campana ahí no hay vuelta atrás. Cuando escribo, escribo desde la verdad y el boxeo tiene una relación con la verdad muy grande.

¿Qué combate o documental recomendarías a un profano para despertar su amor al boxeo?

Soy nulo a la hora de documentarme viendo cosas y tiendo a la vagancia. Cuando éramos reyes desde luego, es espectacular, pero ese lo conoce todo el mundo. Hay también uno de la vida de Tyson muy contundente.

De boxeador a humorista, ¿te suelen preguntar mucho por Jake LaMotta?

En la primera entrevista que me hicieron después de dejar de pelear y empezar a hacer monólogos me preguntaron por él. Hay una similitud sí, pero relativa, porque Jake LaMotta ha sido uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos y yo sólo fui campeón de España.

España no tiene tradición en el género del monólogo al estilo del stand up comedy americana, algo más de una década desde que el canal Paramount Comedy introdujera este género en nuestro país. ¿A qué crees que se debe su éxito?

Una vez más vamos por detrás, porque los cómicos de stand up comedy de EEUU son referentes en el mundo del humor y hay verdaderos templos del stand up. Allí es mucho más habitual lo que me ha ocurrido a mí: ser cómico y trabajar de actor, compaginar las dos carreras. Aquí es más complicado, te encasillan. Pasa lo mismo si cuentas chistes, eres un “cuentachistes”, no un monologuista. Creo que la cultura aquí es muy propicia para que el stand up triunfe.

¿Se ha adaptado la fórmula a nuestro humor? Allí es algo más agresivo en ocasiones.

Eso depende del humorista y del país en cuestión. En EEUU si un cómico sale a un escenario y quiere decir “esto” no es que vaya a decirlo porque sí, sino porque probablemente el humorista dice “este es mi humor y si no puedo hacerlo así no lo hago”.

Tu estilo sí tiene parecido con algún americano, a Bill Hicks podría ser, aunque lejanamente.

Algo he oído, porque me hacen comparaciones compañeros cómicos. A mí me gusta que el público se ría pero también me gusta generar incomodidad, que no esté a gusto e incluso que le moleste lo que estoy diciendo. Se supone que soy cómico, me subo a un escenario y tengo que hacerte reír durante hora y media y que te rías con todo lo que digo. No, perdona, yo soy humorista y tú vienes a ver mi show y te voy a hacer reír, o lo voy a intentar; si vas a ver a tu equipo vas a verle ganar, pero a lo mejor palma, pues yo igual, de las diez cosas que digo te ríes de siete y en tres piensas y al que está a tu lado no le hace ni puta gracia ninguna y se ríe de lo que tú piensas. Creo que hay un cambio, hay cómicos que están arrancando que “quieren decir”. Considero que toda persona que pisa un escenario para lo que sea tiene la obligación de decir algo.

Tus monólogos empiezan con una declamación dramática, ¿el desconcierto es un recurso para que el público se ría?

La risa viene de la incomodidad. Tú vas a ver un monólogo a reírte, cuando ha pasado un minuto y no te has reído te preguntas a qué has ido allí. Yo estaba empezando a experimentar con esto cuando me salió Hispania. Ahora retomo, empiezo en julio en la Chocita del Loro en Gran Vía todos los jueves.

En You Tube hay poquitas cosas tuyas.

Sí, pero porque Paramount las ha quitado, el monólogo de Cocretas tenía un millón de visitas. Yo ahora voy a estar en el teatro y el que quiera verlo que venga al teatro, pero tuvo un tiempo que estaba entero y se vio mucho.

Supongo que te gustará que pongan estos videos para tu promoción y te perjudica que los retiren.

Es la pescadilla que se muerde la cola. Me llamaron para Hispania por el monólogo que tengo en YouTube. Otra cosa es que te cuelguen la hora cuarenta de monólogo, porque juego mucho con la sorpresa y si vienes a mi espectáculo sabiéndote gags, pues me has jodido. Ahora bien, si tú tienes algo muy bueno, lo cuelgas en internet y lo ven un millón de personas, eso es positivo. Con lo que no estoy de acuerdo, ni con Paramount ni con cualquier televisión, es con que me escriba un texto, me lo curre, me lo ensaye y luego resulta que ese texto no pasa a ser propiedad de la televisión pero, vamos, le falta… no sé si esto roza hasta la ilegalidad. Es mi texto, es mi monólogo, lo pongo en YouTube para que la gente lo vea. Y si te pagaran una pasta, vale, escribo el texto y me olvido de los derechos, pero tampoco te pagan una barbaridad.

Tienes alguna imitación de Eugenio. Qué humoristas admiras más y qué tipo de humor es el que más te gusta.

Es que a mí Eugenio me parece, valga la redundancia, un genio. Empecé a ser cómico por Eugenio, porque le imitaba, me vieron un día hacerlo y me llevaron a un garito a hacer monólogos. También me gustan Ozores, Pajares…Yo con todos éstos me muero.

Entonces no tienes una preferencia por la disertación de los monólogos, te gustan también los chistes encadenados…

Sí, sí. He sido un gilipollas toda mi vida. Lo que no esperaba nunca era poder ganarme la vida con ello.

¿Es más importante el guión o la interpretación del monólogo?

Bajo mi punto de vista tienes que tener un buen texto. Un buen texto sin una buena interpretación puede ser un gran monólogo. Hay compañeros —no muchos porque es complicado— que salen una hora al escenario, están plantados con el micro, sin moverse, y revientan un teatro. Me parece inaudito; sin mucho acting, sin mucho gesto y la gente se parte. Yo no podría, juego con eso: voy subiendo, voy bajando, de repente me paro y hago unos minutos muy neutros… Una cosa que funciona en mi espectáculo y que considero que es algo que debería tener todo artista, es que el público que asiste —le guste o no le guste— dice: “este tío se está dejando la piel ahí, está pisando escenario y me quiere ganar”. En este aspecto encuentro una similitud con el rival en el boxeo. Para mí el público no es mi amigo, cuando salgo al escenario los quiero matar. Salgo diciendo “aquí estoy yo y vamos a ver quién gana”. Te quiero matar, te voy a comer el terreno, es la guerra. Cada gag que te tiro —ya sea de coña, sea en serio— es un directo de izquierda y cuando vengo con la buena te meto el directo de derecha y te tengo groggy. Probablemente suelte una que no te rías y me des tú. Cuando termino volvemos a ser amigos, como en el boxeo: suena la campana, buen combate y todos a su casa. Volviendo al tema del guión: si tú tienes un guión malo y tienes un acting espectacular, lo normal es que te pegues el piñazo. Para mí es muy importante lo que dices, y luego cómo lo dices. Y por encima de esas dos cosas, tener muy claro tu personaje. Un cómico en un escenario tiene que tener un personaje, tiene que enganchar. Esto tiene mucho que ver con la energía.

De otros monologuistas, ¿cuál es el estilo que más te gusta?

No veo muchos monólogos, pero en el stand up español a mí Vaquero, aparte de ser un gran amigo, me parece un genio, tiene una máquina en la cabeza; le digas lo que le digas te saca un gag, es impresionante. Goyo Jiménez me parece un maestro, es un referente. Agustín Jiménez, Ignatius me parece fascinante, Luis Álvaro me parece que tiene un humor único, complicado, pero que también es un genio. Y luego hay gente nueva que funciona de puta madre.

¿Te ha servido tu experiencia en los escenarios para interpretar a Sandro en Hispania?

No te podría haber respondido a esa pregunta hace un año, pero ahora sí. El trabajo del cómico de gira, que está todo el día de aquí para allá, curte mucho. Delante de una cámara hay una cuestión de diferencia de técnica. A mí lo que me pasaba cuando empecé es que absolutamente todo lo que decía sonaba gracioso. Decía: “Viriato, vienen los romanos” y la gente se partía.

El personaje tiene un punto de candidez…

Sí, claro. En televisión o en el cine ese peldañito es muy pequeño. En un monólogo te puedo decir “mi padre no se corría, mi padre fumigaba” y te partes, pero un pequeño gesto en una cámara se hace muy grande y no vale. Hay que medir la intención con la que dices las cosas, por qué las dices, cómo las dices. Yo al principio estaba acostumbrado a soltar, a largar el texto como yo quería. Me pusieron una coach de interpretación, Raquel Pérez, que me ayudó muchísimo, pero las primeras semanas era complicado que yo leyera un texto sin la musicalidad y la cadencia de un monólogo. Pero sí te sirve la experiencia, mucho.

La serie ha sido grabada con muy pocos medios en comparación con las grandes producciones americanas ¿Cómo evalúas el resultado?

Hombre, considero que el hecho de que se haya apostado por hacer una serie así en España es un paso importante, porque, para lo que se ha hecho en este país, sí que es una superproducción. Claro, no me compares con Roma o con Spartacus. La gente te dice “He visto Roma…”; ya, y yo he visto un Madrid-Barça y me ha encantado y a lo mejor veo un partido de tercera y no me mola tanto. Roma creo que tenía dos millones de dólares de presupuesto por capítulo y la tercera temporada no la hicieron porque, aun con el petardazo que dio, no cubrían inversión. Realmente no sé el presupuesto de Hispania por capítulo, pero sea el que sea se está haciendo bien; habrá fallos, como en todo. Trabajamos todos con muchas ganas y el equipo se implica mucho y creo que eso se ve reflejado. Estamos dando buenas cuotas de pantalla, así que no nos podemos quejar.

¿Crees que se ha tratado el tema histórico con fidelidad o se ha adaptado a las supuestas expectativas del público televisivo?

Es que si quieres contar la historia realmente y te quieres ceñir claramente a lo que pasó, probablemente no darías tres millones y medio de espectadores. Luego pasa una cosa muy curiosa: tenemos un historiador y por lo visto ni entre los propios historiadores se ponen de acuerdo en cosas como por ejemplo si las casas eran redondas o eran cuadradas. Si con eso hay polémica, imagínate con el tema de dónde llevaban la falcata. El planteamiento de los guionistas es hacer la vida de Viriato, manteniendo una serie de cosas y jugando con otras.

¿Cómo es Ana de Armas en las distancias cortas?

Ana de Armas es una niña encantadora. La primera vez que la vi en vivo, cuando hice el casting para la serie, se pasó una hora tocando los cojones con el “pi-pi-pi” del móvil; le entraban mails o mensajes seguidos y ahí estuvimos de coña ya el primer día. Hemos hecho muy buena amistad con esa niña, que tiene veinte años o así, y con su novio también, que es un chaval de puta madre.

Queríamos haber hablado de tus libros con conocimiento de causa, pero es complicado encontrarlos.

Es lo que tiene la poesía. Voy a editar directamente por Internet, ya he hablado con mi editor y el tercer libro lo voy a sacar en e-book y que la gente se lo descargue. El tema de las editoriales pequeñas o de la gente que vende pocos libros, como es mi caso, es que no les compensa tener dos o tres libros en la tienda. Así que lo voy a colgar en mi web para descargar.

¿Qué influencias tienes?

Leo poquísimo, no he sido un gran lector, y poesía he leído muy poca. Llevo escribiendo veinte años pero porque lo necesito. Empecé a escribir porque necesitaba decir determinado tipo de cosas, porque no soy de hablar de lo que me pueda escocer o me pueda hacer daño, soy más de estar de chufla, y empecé a escribir por una necesidad. Publicar fue un accidente, si no vuelvo a publicar no pasa nada, yo siento satisfacción cuando escribo. Cuando empecé a ser cómico no me costó el cambio, el entrenamiento de sentarme a escribir ya lo tenía, sólo tenía que cambiar el foco. Pero no he leído a muchos poetas, escribo lo que sale.

Fotografía: Gonzalo Merat. Vídeo: Javier Villabrille