Claroscuros de un trepa, mujeriego y egoísta que hizo grandes cosas por la paz

Richard Holbooke en Vietnam del Sur en 1967. Foto cortesía de editorial Debate/Vladimir Lehovich.

En Nuestro hombre (Debate, 2020), la biografía de Richard Holbrooke, hay dos páginas que producen escalofríos. Transcurría el año 1991. El diplomático norteamericano llevaba más de una década sin desempeñar un cargo importante en el gobierno y se acercaba su cincuenta cumpleaños. Dos amigos le propusieron una cena con los más íntimos; a lo sumo ocho personas.  Holbrooke, ya por entonces con el ego muy inflado y consciente de la importancia de las buenas relaciones en política, los convenció para que le montaran una fiesta por todo lo alto. Los organizadores reservaron una gran sala en el 21 Club de Nueva York, local en que solían cenar los presidentes cuando visitaban la ciudad y donde Donald Trump y Frank Sinatra tenían mesas con su nombre. El día señalado se reunieron más de cien personas para celebrar el aniversario. Entre ellos había directores de medios de comunicación, políticos, artistas y financieros de Wall Street. La «aristocracia» neoyorquina. Además, fueron invitados la madre, el hermano y los hijos del diplomático. 

Cuando todos los comensales habían ocupados sus sitios en las mesas y comenzado a servirse los primeros platos, los mejores amigos de Holbrooke empezaron a desfilar por el estrado para decir unas palabras sobre él. Lo que tenía visos de convertirse en una aburrida enumeración de los méritos del homenajeado salpicada con cuatro o cinco anécdotas simpáticas, sin saber cómo, se convirtió en algo horrible. Los amigos del diplomático, años después, se preguntaban cómo habían podido contribuir a que algo así ocurriera. Era como si un diablillo juguetón hubiera sobrevolado la sala y confundido con mala idea las intenciones de los allí presentes. Uno de los oradores se rio de su libido descontrolada y de su debilidad por las «mujeres de mundo». Otro recordó su afición a dejarse invitar y a no pagar los taxis compartidos. Una novelista chino-estadounidense señaló que Holbrooke había nacido en el año de la serpiente, lo que explicaba su carácter insidioso y sibilino. El más viejo de sus amigos contó una anécdota que lo señalaba como demasiado ambicioso y como trepa. El director de un periódico, en el cenit de la crítica maliciosa, se lució con lo siguiente: «Probablemente os habréis dado cuenta de que tengo el hombro izquierdo más bajo que el derecho. Es por hablar tanto con Richard, que siempre está mirando por detrás de mí para ver si encuentra a alguien más interesante». Hasta su hijo David se animó a relatar cómo lo había marcado tener un padre así.

Así lo explica George Packer, el autor de la biografía:

Aquello estaba torciéndose. Los oradores improvisaban y trataban de mejorar el discurso del anterior, lo que llevó a algunos a denunciar el alto peaje que cobraba Holbrooke por su amistad. No supieron ser ingeniosos y los chistes eran demasiado crudos y aludían a realidades muy en carne viva. Hicieron sangre y el olor de la sangre hizo que se saliera todo de madre. Holbrooke, que jamás se reía de sí mismo —según decía porque no se conocía lo bastante bien—, se reía a carcajadas desde su mesa, al pie del estrado. Entendía que era la única manera de sobrevivir a aquella catástrofe. Se reía y no dejaba de mirar alrededor para que el resto de los invitados lo secundara. No tuvo éxito. Nadie más reía.

Al final, le llegó el turno a su amigo más íntimo y no se le ocurrió mejor idea que bromear acerca de la condición de judío de Holbrooke, algo que este solía negar y sobre lo que no le gustaba hablar. A la conclusión del evento, el diplomático, fingiendo estar feliz, pero en el fondo muy dolido, dio las gracias y celebró los discursos. «Fue el peor día de mi vida», le confesó meses después a su hermano.

Richard Holbrooke (1941-2010) fue uno de los diplomáticos norteamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Llegó a ser nombrado subsecretario de Estado para dos regiones, Asia y Europa. Fue embajador ante Naciones Unidas y en Alemania. Jugó un papel fundamental en la negociación de los acuerdos de paz de Dayton que pusieron fin a la guerra de Bosnia y fue enviado especial del presidente en la guerra de Afganistán. Además de todo eso, fue director de la revista Foreign Policy, financiero en firmas de primer nivel de Wall Street, miembro de clubs económicos y de asociaciones pro derechos humanos y asesor de diferentes lobbies y think tanks. Incluso fue durante quince años uno de los miembros más activos del controvertido Grupo Bilderberg. En los diferentes puestos de responsabilidad que ocupó realizó importantes servicios a su país y a favor de la paz mundial.

Richard Holbrooke aprobó el examen del Servicio Diplomático en 1962. Había leído a Stephen Crane y a Ernest Hemingway y quería vivir una guerra. Entonces, la de Vietnam era la única disponible. Pidió destino en el sudeste asiático y terminó aterrizando en Saigón una noche de asfixiante calor y agotadora humedad del verano de 1963. En Vietnam se integró en el departamento de Asuntos Rurales. Este organismo, que dependía de la Agencia de Desarrollo Internacional, ayudaba a los campesinos del sur de Vietnam a mejorar su situación económica. Les entregaban semillas, fertilizantes, cemento y otros materiales y les enseñaban nuevas formas de agricultura. En el fondo era una forma de contrainsurgencia. Entendían los americanos que los humildes habitantes de aquellas zonas no escucharían los cantos de sirenas de los comunistas del Vietcong si conseguían aumentar su nivel de vida. Idealismo de los sesenta al estilo norteamericano.

La experiencia en Vietnam marcó profundamente a toda una generación de políticos y diplomáticos norteamericanos. En sus notas y diarios Holbrooke denuncia la arrogancia de su país y, en especial, de sus dirigentes. Como se terminó demostrando, intentar imponer aquellas políticas de laboratorio en un país tan alejado geográficamente y con una cultura tan diferente era descabellado. Nuestro hombre se queja con amargura en sus escritos de que los informes que relataban la realidad de lo que estaba ocurriendo sobre el terreno nunca llegaran a las mesas donde se tomaban las decisiones. Más todavía le duele que los calendarios electorales tuvieran más influencia sobre la gestión de la guerra que los números de soldados muertos y el sufrimiento de las incontables víctimas civiles. Finalmente, el que tuvieran que ser los periodistas los que terminaran relatando la verdad de aquel desastre enseñó a Holbrooke el poder y la importancia de los medios de comunicación. Tanto aprendió en este terreno que filtrar noticias a la prensa se convirtió en una de sus herramientas favoritas para ganar influencia y escalar en el escalafón. A pesar del fracaso de su misión en Vietnam, el contacto directo con familias de campesinos que al día siguiente podían ser masacradas imprimió en Holbrooke un sentimiento humanitario que nunca lo abandonó.

Donde se pudo ver la mejor expresión de Holbrooke como diplomático fue en la guerra de Bosnia de los años noventa del siglo pasado. Habían pasado los tres mandatos republicanos seguidos (dos legislaturas de Reagan y una de Bush padre). Holbrooke había aprovechado ese tiempo en que no gobernaron los suyos para ganar dinero trabajando como directivo de diferentes consultoras y bancos internacionales. El demócrata Bill Clinton ganó las elecciones y Holbrooke estaba convencido de que él sería nombrado secretario de Estado ( el equivalente a ministro de Asuntos Exteriores). Su decepción fue grande cuando designaron a Warren Christopher, un hombre poco brillante, pero con menos enemigos que Holbrooke. Aun así, el diplomático viajó a los Balcanes como miembro del Comité Internacional de Rescate (CIR), organización dedicada a la ayuda a los refugiados y de la que formaba parte a título personal. Esta visita, que realizó en el primer año de la guerra, le permitió hacerse una idea bastante aproximada de lo que estaba ocurriendo. Aunque no se los habían pedido, Holbrooke mandó numerosos informes a la Casa Blanca; quería estar en la pomada fuera como fuera. Sus buenas relaciones con personas influyentes del partido demócrata como Averell Harriman y su insistencia en ofrecerse como experto en conflictos armados terminaron dando el fruto deseado.

En 1994, fue nombrado subsecretario de Estado para Europa con especiales responsabilidades en los Balcanes. En sus informes recomendaba que Estados Unidos se implicara militarmente en la guerra. Había dejado de ser una paloma para pasar a ser un halcón. El equipo de Clinton, ante el miedo a repetir lo ocurrido en Vietnam y verse atrapado durante más de una década en un conflicto regional, era reticente a intervenir. Al final, cuando las salvajadas de los serbobosnios alcanzaron su punto máximo con varias masacres de civiles en mercados del centro de Sarajevo, el presidente Clinton entendió que no había otra salida; comprendió que la inacción le podía salir políticamente más cara que el uso de las armas. La ONU terminó aprobando la intervención de la OTAN. El 30 de agosto de 1995 comenzaron los bombardeos de los aliados sobre las zonas ocupada por las milicias serbobosnias. En ese momento, se encargó a Holbrooke reunir un equipo y trasladarse por unas semanas a la zona de conflicto. Se trataba de negociar un acuerdo de paz con los tres presidentes de las repúblicas en guerra: Alija Izetbegović (Bosnia), Slobodan Milošević (Serbia) y Franjo Tuđman (Croacia). Hasta sus más enconados enemigos en Washington entendieron que Holbrooke era el hombre perfecto para negociar bajo las bombas.

La misión del diplomático y su equipo comenzó de forma desastrosa. Llegando por carretera a Sarajevo en dos vehículos, uno de ellos, un blindado del ejército francés, se despeño por una ladera y fallecieron cuatro hombres. Holbrooke viajaba en el segundo automóvil. Aquel accidente lo enfureció y, en el viaje de vuelta a casa, con los féretros envueltos en banderas americanas, se prometió que acabaría con la guerra. Durante aquellos días de continuos viajes entre Belgrado, Sarajevo y Split, capitales de las repúblicas en conflicto, Holbrooke vivió intensamente. Pasaba noches sin dormir, comía a deshoras y bebía en abundancia. Presionaba a los dictadores balcánicos y los engañaba contando en cada ciudad versiones diferentes de lo acordado en las otras. En las reuniones Holbrooke daba puñetazos en la mesa, gritaba y amenazaba, pero sobre todo persuadía. Sus interlocutores sabían que tenía poder para parar los bombardeos o hacer que aumentaran; o al menos así se lo hizo creer a todos. En el lenguaje serbio llegó a acuñarse un nuevo verbo inspirado en su apellido, holbrukciti, que significaba abrirse paso a base de fuerza bruta. 

Uno de los miembros de su equipo escribió esto en su diario:

No hay nadie más en el gobierno estadounidense que pueda sacar esto adelante. R. H. es incansable, intuitivo. No tiene miedo a Washington ni a la gente con la que tiene que lidiar aquí. Es un encantador de serpientes y sabe llevar a quien tiene enfrente por el camino que le conviene, con el enorme riesgo que ello conlleva. Tiene muchos enemigos y detractores. Si la misión fracasa, será el único responsable. Es muy valiente y hábil. Se esfuerza porque todos nos involucremos al máximo, pero manipula al equipo como a todos los demás. Es todo un personaje, no puedo evitar que me caiga bien. Hay que verlo en acción. 

Alija Izetbegović, presidente de la República de Bosnia Herzegovina y uno de los interlocutores con los que tuvo que negociar a cara de perro, no sintió nunca mucho afecto por Holbrooke. Sin embargo, escribió lo siguiente en su autobiografía:

Dicen que la diplomacia y el poder son los dos extremos de la misma escala. Cuanto más poder posees, menos diplomacia necesitas. En el caso extremo y según esta teoría, una verdadera superpotencia no necesita diplomacia de ningún tipo. Holbrooke refuta al completo esta teoría. Representaba a la mayor superpotencia, la única autentica superpotencia del mundo, pero era diplomático en toda la extensión de la palabra, y usaba sus habilidades de persuasión como la más poderosa de las armas.

Con el presidente serbio Slobodan Milošević mantuvo muchas y largas reuniones. Durante esos encuentros daban cuenta de grandes fuentes de cordero con patatas y los licores típicos de la tierra eran consumidos en abundancia. El dictador balcánico se excusaba siempre diciendo que no tenía autoridad sobre Karadžić y Mladić, los genocidas serbobosnios que estaban masacrando a los musulmanes dentro de Bosnia. En septiembre de 1995, a petición de Milošević, volvieron a verse. Lo hicieron a las afueras de Belgrado, en uno de los pabellones de caza de Tito, último mandatario de la extinta Yugoslavia. En el encuentro, el dictador serbio se quejó de que los bombardeos de la OTAN estaban causando víctimas civiles, entre ellos mujeres y niños, y pidió un alto el fuego general en Bosnia. Holbrooke objetó que parar los bombardeos estaba solo en la mano del general Mladić. Milošević, sorprendiendo al norteamericano, le dijo que se lo podría decir personalmente en unos minutos. Mladić y Karadžić se encontraban en la cabaña contigua. Holbrooke se quedó paralizado y pidió consultar a su equipo. Los norteamericanos discutieron si era ético darse la mano y sentarse a la misma mesa con dos asesinos en masa como aquellos. Decidieron hacerlo («Acabemos con esta pesadilla de una vez, Dick», le dijo uno de sus colaboradores) y aquella tarde se consiguió firmar un preacuerdo que dio lugar, meses más tarde, a los acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra. Como siempre en su trayectoria profesional, los méritos de Holbrooke se vieron empañados por su afán de reconocimiento. Las presiones que intentó ejercer para que le concedieran el Premio Nobel de la Paz avergonzaron a quienes las conocieron. No consiguió su objetivo.

Richard Holbrooke y el fin del siglo americano

Al final del libro, en la página de agradecimientos, el autor cuenta que en 2010, un mes después de la muerte de Holbrooke, su tercera mujer, Kati Marton, le entregó el archivo personal de su marido. Allí había un tesoro: cuadernos de notas, diarios, grabaciones de audio, apuntes para artículos, informes confidenciales, fotos, correspondencia… Holbrooke lo anotaba todo, se desahogaba en sus diarios y guardaba cualquier referencia que se hiciera sobre él en los medios de comunicación. Kati Marton, además, animó a los amigos, compañeros y conocidos de su cónyuge a colaborar con Packer. Esto le permitió hacer más de trescientas entrevistas y disfrutar el privilegio de revisar los diarios, cartas y fotografías de importantes cargos de las administraciones Carter, Clinton y Obama y de otras personas que, sin dedicarse a la política, influyeron en la vida privada y pública de Holbrooke. Leído el libro, uno duda si lo que hizo la tercera mujer del diplomático (entregando los archivos al completo) fue más una venganza contra su esposo que una contribución a la historiografía. Dice el autor que la única condición puesta por Marton fue escribir el mejor libro de que fuera capaz. 

La personalidad de Holbrooke era compleja y densa. El autor de su biografía, con remarcable esfuerzo, utiliza la capacidad de análisis del mejor psicólogo y la persistencia de un buen detective privado para desentrañarla y hacerla comprensible al lector. Holbrooke fue inteligente, idealista, compasivo y un hábil negociador. Además, como quedó de manifiesto en su fiesta de cumpleaños, fue egoísta, manipulador, mujeriego y mezquino. Por encima de todo fue ambicioso, muy ambicioso; para lo bueno y para lo malo.

George Packer, el autor de esta biografía, escribe en la revista The Atlantic. Previamente lo hizo durante quince años para The New Yorker, publicación de la que fue corresponsal durante la guerra de Irak. Entre sus libros destaca El desmoronamiento, (DEBATE, 2013). En este volumen, siguiendo la trayectoria profesional de quince estadounidenses (unos conocidos y otros anónimos), levanta acta del final del sueño americano. Su relato comprende desde 1978 hasta 2012 y muestra los pasos que han llevado a la mayoría de los norteamericanos a caer en el pesimismo. Explica cómo el dinero ha terminado haciéndose dueño de la política, lo que ha tenido como consecuencia que la brecha salarial entre las élites y las clases medias se haya agrandado hasta límites difíciles de tolerar. Cuando este libro se publicó nadie podía imaginar que Donald Trump llegaría a ser presidente. En una nueva lectura, el trabajo de Packer explica mejor que muchos ensayos más recientes los motivos que llevaron a muchos millones de norteamericanos a votar al millonario y los antecedentes que han conducido al país a la situación en que hoy se encuentra (masivas manifestaciones contra el racismo, treinta y tres millones de desempleados y más de ciento diecisiete mil fallecidos por COVID-19).

Con una estructura y un enfoque diferente, Packer completa el retrato de su país con la biografía de Holbrooke. Si en El desmoronamiento describía el declive americano dentro de casa, con Nuestro hombre se ocupa indirectamente de la decadencia progresiva de la política exterior norteamericana. 

El último libro de Packer ha sido mayoritariamente elogiado en los medios anglosajones. Walter Isaacson (biógrafo de Steve Jobs y de Henry Kissinger) ha dicho en The New York Times Review of Books que «si solo se pudiese leer un libro para entender la política exterior estadounidense y sus incursiones quijotescas en otros países a lo largo de los últimos cincuenta años, sería este». 

Hay dos asuntos dentro de esta biografía en los que la opinión de la crítica no ha coincidido: el regodeo del autor en el relato de la vida sexual y amorosa del protagonista y la afición que George Packer tiene a incluir su propia opinión sobre los errores y aciertos de Holbrooke.

Respecto a lo primero, es verdad que Packer parece disfrutar relatando chismes de la vida privada de Holbrooke. En una ocasión —Pág. 314— cuenta que el diplomático hizo el tramo final de un viaje en coche por Francia conduciendo con una sola mano. La otra mano «palpaba la calidez de la entrepierna» de la que en breve sería su tercera mujer (Kati Marton). Al comienzo del volumen desvela un affaire amoroso entre Holbrooke y Toni Lake, la esposa de su entonces íntimo amigo Anthony Lake (alto cargo de la administración Clinton). Hasta la publicación de esta biografía, esta relación extramarital que se produjo hace más de cuarenta años no se conocía. ¿Era necesario contar todo eso para escribir la mejor biografía de que fue capaz? Entendemos que, dado el profundo análisis psicológico que el autor hace sobre el biografiado, todos estos datos íntimos ayudan a ofrecer un retrato más preciso sobre su personalidad y su carácter. Es cierto que Packer se salta a la torera las reglas, pero también es verdad que, como lectores ávidos de conocer los motivos últimos que mueven a los personajes de la historia, debemos estar agradecidos al autor por su poca ortodoxia a la hora de componer su relato.  

Toda esa información (íntima, personal y profesional) que la viuda puso a su disposición es, además, utilizada con maestría por el autor para dar un salto mortal y realizar un ejercicio literario de altura pocas veces visto en una biografía. Lo más fascinante de este libro es disfrutar de algo muy sutil y al tiempo profundo: de la semejanza que, en diferentes planos, establece Packer entre la vida del biografiado y la política exterior de su país a lo largo de los últimos cincuenta años. Con esta comparación el autor trata de ejemplificar con los diferentes aspectos de la psique de Holbrooke los defectos y virtudes de Estados Unidos en sus acciones en el extranjero. Dicho paralelismo, aunque no es explícito, se percibe entre las líneas de las más de seiscientas páginas del volumen. A continuación, van algunos ejemplos de esta equiparación. El autor denuncia la arrogancia de los Estados Unidos en sus relaciones internacionales y para ello disecciona el gran ego y la prepotencia de Richard Holbrooke. En numerosas ocasiones a lo largo de la vida de Holbrooke la formula egoísmo+idealismo=eficacia (mérito de Packer) se convierte en la mejor manera de explicar sus éxitos profesionales; algo parecido ha ocurrido en la forma de actuar de los Estados Unidos fuera de sus fronteras cuando las cosas han salido más o menos bien. A través del relato de los años en que Holbrooke —que no tenía ni idea de finanzas— disfrutó de millonarias remuneraciones en bancos de inversión a cambio de sus contactos en la escena internacional, Packer encuentra la manera de subrayar cómo el poder del dinero acabó corrompiendo la política estadounidense y ensuciando los principios y valores de los padres fundadores. Dando un paso más en profundidad psicológica, el autor desnuda la inseguridad crónica del biografiado y la equipara al complejo de inferioridad que Norteamérica ha sentido siempre a la hora de relacionarse con países que tenían muchos más siglos de historia y culturas bastante más ricas y antiguas. Quien haya entendido el auténtico sentido de una película como Forrest Gump sabe a lo que nos referimos. La falta de seguridad suele disfrazarse de prepotencia y el complejo de inferioridad es a menudo un síntoma del narcisismo, aunque parezca un contrasentido. Eso ocurrió con Holbrooke y con el país que representó como diplomático.

En cuanto a la segunda crítica de la prensa internacional sobre este libro, es verdad que están de más las incontables ocasiones en que Packer aprovecha para incluir sus comentarios subjetivos y reírse de Holbrooke. Ya en el prólogo lo llama «egoísta monstruoso» y en la página 312 lo compara despectivamente con el gran Gatsby cuando manipula a una familia de conocidos para que inviten a una chica a su casa de Los Hamptons (localidad de veraneo de la alta sociedad neoyorquina). Es curioso, parece que George Packer termina haciendo en su biografía lo mismo que los mejores amigos de Holbrooke hicieron en su fiesta de cumpleaños. Richard Holbrooke era un hombre tan inteligente y con una personalidad tan compleja que puede que la única manera racional de llevarse bien con él fuera criticándolo.


Capitalismo indignado: ¿Sirven las empresas para hacer la revolución?

Un manifestante frente al edificio de Goldman Sachs en Nueva York. Fotografía: Cordon Press.

«Follar cada cuatro años no es vida sexual; votar cada cuatro años no es vida electoral», «Lo llaman democracia y no lo es» y «Que no, que no nos representan». Las ansias de más y mejor democracia envolvían las proclamas del 15M y las de la indignación que se estaba generalizando en España en 2011. Había que refundar las instituciones, había que buscar nuevos medios para comunicarse con los demás y con el poder, y había que transformar un mercado pasto del «saqueo»[1] o «la estafa[2]», que coronaría su siniestro reinado con hasta 1700 causas abiertas[3] por corrupción en los tribunales solo tres años después. Muchos creían que el capitalismo no estaba en crisis, sino que este capitalismo era la madre de todas las crisis. ¿Por qué? Por falta de democracia, porque los controles del sistema habían saltado por los aires, porque el ser humano ya no era patrón sino marinero de su propia vida. Ellos sentían que su momento había llegado: «Cerrado por revolución: disfruten las molestias».

Con independencia de si su conclusión era correcta, lo cierto es que muchos de los que creían en una alternativa al capitalismo tal y como lo habíamos conocido se lanzaron en tromba a fundar sus propios negocios, a sumarse como clientes si les encantaban las ideas o a aprovechar la catapulta de la ira popular para que los vientos de semejante monzón multiplicasen la velocidad de crucero de los proyectos que llevaban años en marcha. Incluso en Estados Unidos las llamadas benefit corporations, un tipo de empresas que asumen firmes compromisos sociales hasta el punto de que sus accionistas pueden denunciar al consejo de administración si no los cumplen, pasaron de no recibir ninguna protección o regulación favorable en todo el país en 2010 a disfrutar de ellas en diecinueve estados solo tres años después.

En 2012, la inscripción de las primeras benefit corporations en el registro de California desató un enorme boom mediático y en agosto de 2013 se incorporó a la ola de cambio Plum Organics, una de las quinientas mayores cotizadas de la primera economía mundial y la gigantesca filial de Sopas Campbell dedicada a la alimentación de bebés. Todo ello ha abierto la discusión[4], en la misma cuna donde nació la desregulación financiera a finales de los noventa, sobre si ha llegado el final de una era en la que las compañías podían limitarse a satisfacer las demandas de las leyes o el apetito de consumidores y accionistas sin preocuparse (y dedicar ingentes recursos) a cuestiones como el impacto social, la ayuda a los más desfavorecidos o el medio ambiente. Republicanos y demócratas fueron de la mano en uno de los peores momentos de polarización política de la historia reciente del país y sacaron adelante las normas que necesitaba este nuevo modelo para operar y expandirse rápidamente. Aunque estos «negocios con conciencia» no formaron parte de las grandes discusiones que surgieron en las acampadas del parque Zuccotti en 2011, muchos de los miembros del movimiento Occupy Wall Street los consideraron más adelante una alternativa al sistema que merecía ser explorada a fondo. Según Nielsen[5], entre 2011 y 2013 el porcentaje de consumidores dispuestos a pagar más por un producto que ofreciese algún beneficio social como donaciones a una ONG pasó del 33% al 44% en Estados Unidos y del 31% al 40% en España.

Fotografía: Fibonacci Blue (CC).

La euforia y, por supuesto, el miedo al fracaso se extendían como fuego sobre gasolina entre los españoles que habían pasado de la indignación al emprendimiento… Pero un momento: ¿Iban a convertirse en empresarios para luchar contra el capitalismo? ¿Pedirían créditos a las entidades financieras para atacar a los bancos que se los concedían? ¿Se estaban traicionando haciéndose trampas al solitario y arrastrando a otros muchos a creer que se podían ganar millones siempre que cuidasen su etiqueta y ademanes revolucionarios? ¿Convertirían en negocio unos valores que nunca habían sido negociables? «Necesitábamos crear una empresa para destruir la lógica del mercado», afirmó uno de los socios, Xavier Artigas, de la galardonada productora audiovisual Metromuster.

Se había producido un cambio de mentalidad que habría mareado hasta la náusea al propio Copérnico. Algunos de sus vértices fueron la devastación del mercado de trabajo, la quiebra de grandes empresas que ofrecían un empleo para toda la vida y la convicción para muchos de que la única alternativa razonable era fundar sus propias pymes[6] con el dinero de la indemnización por el despido, capitalizando el subsidio del paro o recurriendo a amigos y familiares para empezar a navegar por su cuenta a pesar de la ventisca, el crudo oleaje o la fragilidad de las diminutas embarcaciones. Era sentarse en casa a esperar un teléfono que no sonaba (a veces, porque ni siquiera había línea) o romper la baraja para depender exclusivamente de sus propias cartas. Miles rompieron la baraja y saltaron por la ventana de oportunidades que ellos mismos habían abierto: tenían la esperanza de que solo fuera un primer piso. Algunos vivían en un quinto sin ascensor y el golpe contra la acera los marcaría para siempre. Otros, como el director de eldiario.es, Ignacio Escolar, salieron de un edificio en llamas y lanzaron iniciativas de gran éxito y repercusión a pesar de convertirse en «empresario de la comunicación en contra de mi voluntad». En contra de su voluntad pero a favor de uno de sus principales instintos: «Necesitábamos comprar nuestra independencia y eso hoy se hace con dinero y sin deudas».

Los datos sobre la evolución de la actividad emprendedora durante la crisis poseen sobre todo valor orientativo, pero todo parece indicar que se ha producido un incremento sustancial. Algunos estudios afirman[7] que si en 2010 había un 17% de personas que trabajan por su cuenta en España, cuatro años después el número había escalado hasta más del 32%. Por supuesto, ni todas pensaban en mejorar o reemplazar el capitalismo ni todas veían un negocio propio como la solución definitiva a sus problemas laborales. Podía ser, por ejemplo, un campamento de invierno con forma de autoempleo que les permitiese acreditar que habían permanecido activos cuando llegasen la primavera y el deshielo. Los había también que, a pocos años de la jubilación, aspiraban a seguir cotizando un poco más para que les cuadrasen los ingresos en sus años más vulnerables.

Las pensiones y la dedicación de los abuelos se convertirían en la principal fuente de equilibrio[8] de muchas familias, algunas de las cuales habían enviado previamente a sus mayores a las residencias[9], porque decían que atenderlos les costaba un tiempo y un espacio ciertamente inasumibles. Casi el 34% de los hogares, advertía un informe[10] del Instituto Nacional de Estadística, vivían en 2013 gracias esencialmente a las pensiones, entre las que destacaban por número y estabilidad las de sus nuevos chicos y chicas de oro. Del «¡Otra vez la suegra!» muchos españoles habían pasado, dando un quiebro de discutible elegancia, a «Dile a tu madre que venga más a veces a comer». Olé torero.

Recuperar el equilibrio

Los motivos para emprender bebían de la fuente de esa estabilidad perdida no solo por culpa de los escurridizos y anoréxicos ingresos, que transformaron a los abuelos en improvisados vigilantes de la playa y a sus apetitosas carteras en chalecos salvavidas, sino también por culpa del miedo a no conservar el puesto de trabajo hicieran lo que hicieran: «Manolo, el INEM está lleno de currantes que se creyeron imprescindibles». Manolo había visto cómo el empleo para toda la vida había ido muriendo desde los noventa hasta que, en 2006, más de un tercio de la población activa[11] era pasto de la temporalidad. Aunque el Instituto de Estudios Económicos recogiese que en 2013 las cifras habían descendido hasta poco más del 23%, la realidad es que el desempleo había rebasado los seis millones de personas y que los parados de larga duración, los que llevaban en el dique seco más de un año, se habían catapultado hasta los tres millones y medio en 2014. La última paletada de tierra seca de este peculiar entierro la protagonizaron el hundimiento y los ERE masivos de docenas de multinacionales que parecían prometer un matrimonio con altibajos, más por dinero que por amor, pero que sería para siempre y, a veces, hasta hereditario. «Ha caído el mito del puesto de trabajo para toda la vida», proclamó[12] en abril de 2014 Jesús Terciado, vicepresidente de la patronal CEOE, el lobby que más ha promovido, para ganar en productividad y competitividad, la simplificación y el abaratamiento de la contratación y el despido, y con ello la inestabilidad en el empleo, en las seis reformas laborales que se han aprobado desde 1994. Mission accomplished.

Pero si muchos indignados se lanzaron a abrir sus propios negocios o a apoyar en bloque los de otros como ellos, esto no fue solo porque necesitasen mantenerse activos o barajar sus propias cartas. También jugó un papel la fe en la tecnología, es decir, la confianza en que internet, las redes sociales o los nuevos dispositivos electrónicos les dejaban libre el paso para experimentar con otro capitalismo, para reinventar otro mundo posible en el ciberespacio que transformase el planeta de corrupción, desesperación y nepotismo que creían habitar. El contrabando de fotocopiadoras Xerox o mimeógrafos había servido, según el investigador de la Brookings Institution, Stephen Grand, para introducir y difundir masivamente una literatura subversiva o «samizdat» en el bloque soviético que terminaría espoleando la disidencia y minando fatalmente el poder de los dictadores. El propio Grand estableció una relación directa[13] entre aquellos artilugios y los teléfonos móviles, blogs y redes sociales que atizaban el fuego de la revolución durante la Primavera Árabe que tanto influyó en el 15M. La tecnología había sido amiga antes del cambio de régimen y la revolución pacífica… ¿Por qué no podía serlo ahora en España?

Los vectores de la llamada «ética hacker» apuntaban además en la misma dirección que muchos valores tradicionalmente democráticos y progresistas. Yolanda Quintana, coautora de Ciberactivismo: Las nuevas revoluciones de las multitudes conectadas, ha resumido[14] ese nuevo código de caballería en cuatro puntos cardinales: primero, la ausencia de estructuras rígidas y la presencia de formas de acción distribuidas, es decir, que se pueda realizar una acción, como por ejemplo acampar en Sol, en la que intervengan múltiples sujetos que accedan desde distintos dispositivos esparcidos geográficamente y bajo el paraguas de un relativo anonimato; segundo, la cultura debe ser colaborativa, es decir, el conocimiento se crea colectivamente y se pone en alguna medida al servicio de la comunidad como en el caso de las entradas de la Wikipedia; tercero, hay que garantizar el libre acceso a la información, que debe ser fácil de consultar y básicamente gratuita, aunque se admitan donaciones voluntarias como sucede en el sistema de socios de eldiario.es; cuarto, la consideración de que el espacio público, en el que todos construimos nuestras experiencias en comunidad, ya no está regulado por nadie, especialmente por los medios de comunicación, que filtre, jerarquice o imponga sus valores unilateralmente.

Fotografía: Michael Fleshman (CC).

Silicon Valley ofrece un modelo en el que convergen esos ideales de piratas informáticos, las redes sociales que admiran y exprimen los movimientos sociales de todo el mundo, los principios progresistas y, aunque pueda resultar sorprendente, los valores de los liberales. Allí fue donde, en las cruciales elecciones presidenciales de 2012, Barack Obama y el Partido Demócrata recibieron más de la mitad[15] de las donaciones que hicieron los superricos del valle, es decir, veinticuatro millones de dólares. Allí también es donde la revolución (entendida como cambiar radicalmente el mundo o la sociedad a mejor y a toda velocidad dando más poder a la gente) y la «disrupción» se convertirían en conceptos intercambiables. La vieja revolución la capitaneaban clases sociales oprimidas, pueblos humillados o líderes carismáticos dependiendo de la ideología de cada cual. La disrupción era cosa fundamentalmente de emprendedores y empresas. Se podía hacer la revolución siendo un empresario de éxito.

Emprender la revolución

La disrupción nació en 1997 con el nombre de «innovación disruptiva» tras un parto editorial sin cesárea: el del libro The innovator’s dilemma del hoy legendario profesor de la Universidad de Harvard Clayton M. Christensen. Sus comienzos fueron humildes, porque se limitaba a un fenómeno por el que un producto más barato y de peor calidad se dirigía en primer lugar a consumidores poco atractivos, triunfaba con ellos y, finalmente, se hacía con todo el mercado previa expulsión de una competencia que había preferido ningunearlo y seguir añadiendo mejoras incrementales a su oferta. En estos momentos, la idea ha evolucionado hasta convertirse en una lucha por la supervivencia entre empresas que, en muchas ocasiones, destroza sectores enteros mediante avances tecnológicos o propuestas revolucionarias y los redefine para conectar a los consumidores directamente con los productores que mejor se ajustan a sus necesidades, entre los que suelen encontrarse más negocios diminutos que grandes emporios multinacionales. La disrupción ofrece así una cara bonita, que por supuesto esconde otras, para hackers y progresistas: los piratas observarán que sin disrupción de lo establecido (por ejemplo, la de los medios de comunicación tradicionales) no existe el espacio público que anhelan, mientras que los progresistas caerán en la cuenta de que las nuevas tecnologías parecen arrancar el poder de las grandes empresas (por ejemplo, los imperios discográficos) y devolvérselo a la comunidad (en este caso, a los consumidores y pequeños productores de algo tan esencial en nuestra cultura como la música).

¿Y qué hay de los valores liberales? George Packer[16] escribió un reportaje[17] para The New Yorker donde explica, entre otras cosas, la forma en la que la hostilidad hacia la intervención del Estado ha echado profundas raíces en Silicon Valley. Al fin y al cabo, los liberales también creen que hace falta otro capitalismo y admiran las empresas que no solo apuestan por la colaboración y no por la coerción, sino que además revientan muchas veces sectores regulados (como ha empezado a hacer Uber con el taxi[18]) o minan la relación privilegiada de las grandes corporaciones con un poder político que siempre las favoreció porque pagaban muchos impuestos, las identificaba con los intereses del país en su conjunto o, simplemente, le servían para colocar a sus miembros en sus consejos de administración. Para ser directivo de Red Eléctrica, Gas Natural o Endesa, parecían sostener muchos inquilinos de coches oficiales, hacía falta ser enérgico y estar bien conectado, pero no era necesario saber de energía. Felipe González, José María Aznar y otros muchos exministros, ministrables y defenestrados de lujo lo demostraron[19] sentándose en sus sillones durante la crisis.

Existen numerosos ejemplos en España de cómo se ha producido esta relación promiscua entre la disrupción y su harem de conceptos piratas, progresistas y liberales. Uno de ellos es el de la productora progresista Metromuster, liderada por Xavier Artigas y Xapo Ortega. Realizaron en 2011 y 2012 el documental Ciutat morta para denunciar con «nombres y apellidos» a los jueces y miembros de las fuerzas de seguridad que habían acusado, según ellos falsamente, a unos presuntos okupas de responder durante el desalojo de un cine abandonado en Barcelona con una violencia tal que acabó dejando tetrapléjico a un antidisturbios. Los detenidos aseguran que los torturaron[20] fuera y dentro de dependencias policiales y que los sometieron durante los dos años de juicio y diligencias previas a una presión tan inmensa que llevó a uno de ellos, a la joven y psicológicamente frágil Patricia Heras, a suicidarse tras varios meses en la cárcel cumpliendo condena por lanzar una valla contra un policía. Financiaron este trabajo mediante la cultura colaborativa y sin recurrir a subvenciones, porque las consideraban «una forma de planificación soviética» (un liberal, probablemente, no lo hubiera dicho mejor) con la que se intentaba controlar, castrar o excluir las expresiones culturales que no fuesen políticamente correctas.

Ciutat morta, premiada por el Festival de Málaga, fue posible gracias a los casi cinco mil euros que captaron en la plataforma de crowdfunding Verkami y a la aportación de trabajo voluntario y equipo de docenas de amigos y colaboradores que habían conocido en su mayoría en la acampada de Barcelona. Haciendo también las delicias de los hackers, la disrupción no solo se produjo por las técnicas vanguardistas de la obra, sino también porque crearon un contexto social, capitaneado en buena medida por el puño de acero de los más de dos mil seguidores de su cuenta de Twitter y los de medios afines como el semanario La Directa (con una infantería de 34.200) o el diario Diagonal (liderando a sus 64.000 followers), que doblegó al canal público que pastorea en buena medida el sector de los documentales en Cataluña, TV3, obligándolo a emitir, según Artigas, un producto en el que nunca quiso participar. No habían desnudado al emperador, como en el cuento de Andersen[21], sino que le habían apartado el caluroso armiño para enfundarle el bañador fluorescente de Borat[22] y arrojarlo a unas playas de Salou tan desbordadas que casi hay que hacer cola para bañarse. Habían transformado lo instructivo en disruptivo y esto último en una horda de veraneantes abalanzando sus ojos y sus manos, llenas de crema, arena y sudor, sobre la última novedad playera. Maldito Twitter.

Cooperativas frente a multinacionales

No parece extraño que Metromuster se plantee ahora convertirse en una cooperativa, porque este sector ha buscado durante años su propio camino a la disrupción: quieren democratizar la economía creando comunidades de productores y consumidores concienciados con las ideas de un sistema que consideran más justo, más verde, más solidario, más igualitario y más responsable. Para muchos estas empresas son un fin en sí mismas y servirán para reorientar y mejorar sustancialmente el capitalismo. Para otros son el puente natural entre un mundo capitalista y otro donde se aprovecharía la fuerza motriz de los mercados para generar bienestar, impedir la dominación del Estado o reducir la pobreza, pero siempre poniéndolos al servicio de unos determinados intereses sociales que desplazan de la escena a la prima donna del capital o sus propietarios y colocan en su lugar las necesidades del ser humano y los límites que, según ellos, impone el medio ambiente.

Por eso, muchos han llegado asumir que crear una empresa de éxito y ganar dinero puede ser luchar contra el capitalismo o, como mínimo y para los menos progresistas, proponer un capitalismo ético y solvente frente al sistema que buena parte de la sociedad española empezó a ver durante la crisis como corrupto y profundamente disfuncional. Félix Pardo, un ensayista de izquierdas muy respetado en ámbitos como la educación y el cooperativismo, publicó lo siguiente[23] en Quaderns d’autogestió i Economia Cooperativa: «Es una imbecilidad demonizar, como hacen algunos demagogos del cooperativismo, la obtención de beneficios para los propietarios de los medios de producción si estos propietarios son los trabajadores y las plusvalías se destinan al desarrollo del mercado social en beneficio de todos. La injusticia no está en la generación de riqueza sino en la pobreza. La existencia de un mercado de bienes y capitales no es en sí mismo una injusticia, sino que lo es su apropiación privada, por los efectos negativos que produce en el hombre y en el medio, tal como sucede en el capitalismo».

Las aguas que revolvieron la indignación y la crisis abonaron un terreno excepcionalmente fértil para aquellos que quisieron cambiar el mundo, o al menos mejorar la sociedad, creando sus propias empresas o convenciendo a otros para que se sumaran a las que ya estaban en marcha. Los motivos adyacentes serían desde la necesidad de mayor independencia hasta el drama del desempleo, pasando por la fe en la capacidad revolucionaria de la tecnología o la convicción de que el cooperativismo o el emprendimiento social traían bajo el brazo las llaves del paraíso. Frente a unos bancos rescatados o implicados en la crisis que no prestaban su dinero, abrirían unos bancos y cooperativas de crédito que lo harían éticamente; frente a las «subvenciones soviéticas» a la cultura o los recortes, configurarían plataformas de financiación colaborativa como el crowdfunding  o de creación colaborativa como el crowdsourcing que ayudarían a los emprendedores sociales; frente a los mil veces deslocalizados conglomerados multinacionales que se limitaban a rendir cuentas a gobiernos, consumidores y accionistas, presentarían unas grandes cooperativas y redes que acatarían unos sólidos principios de los que responderían ante todos sus consumidores, ante todos sus trabajadores y ante la sociedad en su conjunto.  Era tiempo de soñar. No era tiempo de dormirse.

Fotografía: Nekenasoa (CC).

[1] http://bit.ly/1u9plrT

[2] http://bit.ly/1ksu5Wi

[3] http://bit.ly/1lyPBDH

[4] http://nyr.kr/1l7aVQX

[5] http://bit.ly/1taCo8T

[6] http://bit.ly/1kkhvIu

[7] http://bit.ly/UQBG56

[8] http://bit.ly/1oePRwI

[9] http://bit.ly/1y511VJ

[10] http://bit.ly/1spIt1Q

[11] http://bit.ly/1lvJksQ

[12] http://bit.ly/1ox4KKu

[13] http://bit.ly/1miy9DY

[14] http://bit.ly/1nYDTql

[15] http://bit.ly/1o99iIn

[16] http://bit.ly/V119IR

[17]http://nyr.kr/1lz7uTa

[18] http://bit.ly/1oiPRfe

[19] http://mun.do/1oeAfJA

[20] http://bit.ly/1smUpDY

[21] http://bit.ly/1oBtwZX

[22] http://bit.ly/1nrtNK9

[23] http://bit.ly/1vaeQpH