Joe Abercrombie: «Los nerds heredaremos la Tierra»

Cuesta ver a Joe Abercrombie (Lancaster, 1974) como el cínico y nihilista que dice ser. Aquí parece más una mezcla entre un niño entusiasmado en un parque de atracciones y una estrella del rock sobrevenida. Aquí es España, donde los fans abarrotan sus presentaciones y hay tortas para conseguir una entrevista con él. Parece lo propio cuando has vendido seis millones de ejemplares, has fulminado la lista de bestsellers del New York Times y después de dos trilogías y alguna novela suelta, empiezas una nueva saga y agotas edición en unos días. 

Pero esto no tiene nada de cotidiano para él. Lo normal es que, allí de donde viene, les traiga sin cuidado sus mareantes ventas o la sólida fidelidad de sus lectores. Al fin y al cabo, Abercrombie escribe de ahorcamientos, de guerreros, de brujos e inquisidores. Es el suyo un universo de sangre a borbotones, humor negro y héroes de poca hazaña. 

Podría, quizás, haberse ganado el respeto del canon cultural si se hubiera ceñido a los valores del género, apegándose a su limpia solemnidad. Pero es que ni eso. Abercrombie optó por ensuciar la noble fantasía heroica, revolcarla por el lodo y seccionarle las extremidades a hachazos. Estaba harto de armaduras brillantes y epopeyas con moraleja. Si Tolkien fue su maestro, George R. R. Martin fue su corruptor. Hace solo dieciséis años que dejó de ser editor cinematográfico para iniciar la Trilogía de la Primera Ley, autoproclamándose (dice que fue una broma, pero a ver quién recula ahora) Lord del grimdark, subgénero oscuro y denostado. Con la primera página perdió la oportunidad de ser profeta en su tierra, fértil como pocas (Tolkien, Terry Pratchett, Clive Barker, J. K. Rowling, Neil Gaiman) en asuntos fantasiosos. Sabe que cuando le adapten a la pantalla, las tornas cambiarán.  

Se nota que ya le da igual. Viene con nueva novela bajo el brazo, Un poco de odio, un libro de Kubrick asomándole del bolso y una impaciencia indisimulada por el baño de masas que se dará tras la entrevista. Confiesa que se siente como una rockstar, pero es demasiado british para adoptar pose de divo. Ríe en pequeñas explosiones y se hace selfis con un ejemplar de atrezzo de su libro, de metro y medio. «Aquí sí que vais a lo grande», bromea.  

Menuda bienvenida dulce, ¿no? El libro salió el viernes y el lunes ya están reimprimiendo. 

¡Sí, es cierto! Menuda locura. Aunque también puedes conseguir eso si en la primera edición solo imprimes cinco ejemplares, ¿no? [risas]. Aunque no creo que sea el caso. 

Cuando vendes millones de libros, ¿sigue dándote miedo el fracaso? ¿Eres de esos que «espera lo mejor y se prepara para lo peor» aunque seas bestseller

En general, me preparo para lo peor y también espero lo peor. Por supuesto es genial agotar ediciones, porque significa que ahí hay gente a la que le interesa lo que escribes, que es exactamente lo que deseas como escritor. Pero si te soy sincero, siempre estoy a la espera de que vaya mal. Todos los escritores tenemos esa especie de ying-yang. Tienes que tener un exceso de confianza enorme en ti mismo, una gran vanidad, porque sin esa parte de ti que te dice que es genial lo que haces nunca escribiríamos nada de nada. Pero a la vez, nunca asumes del todo que la gente está interesada en lo que tú tienes que decir y necesitas también esa parte interior que te dice «esto es una basura» para mantenerte en un estado de mejora constante. Así que no creo que sea yo solo: todos los escritores estamos siempre a la espera de que todo vaya mal, agobiados por ese sentimiento de pensar «esto no es suficiente, ¿por qué no lo hago mejor?». 

De hecho, no eres lo que se dice un optimista, una de tus frases más célebres es: «La vida es, básicamente, una puta mierda. Mantén las expectativas bajas. Y quizás seas sorprendido placenteramente».

Sí, es cierto. ¡De hecho hace poco me citó el mismísimo Andrzej Sapkowski! Me hizo ilusión, porque cuando te citan es como que suenas muchísimo más inteligente. En realidad, creo recordar que las frases las decía uno de mis personajes, no es que sea mi filosofía vital. 

Pero sí eres un poco cínico…

Sí, saludablemente cínico, diría yo. Ya lo sabes, has leído mis libros [risas]. Creo que es importante ser cínico, para ser sensato y mantener bajas las expectativas. 

Un cínico con una cola que da la vuelta a la manzana para verle. 

¿Están ahí? ¿Hay gente esperando para entrar? ¡No los he visto! Nunca esperas que venga demasiada gente a tus presentaciones, porque es muy diferente, dependiendo del sitio, incluso del país. Puedes tener cientos en un sitio y en el siguiente prácticamente nadie. 

¿Alguna vez has dado una presentación para nadie? 

Hace tiempo que no, pero en el pasado sí, muchísimas veces. Dí una charla en Holanda para un público de dos personas. Es verdad que estaban encantados de estar allí, pero eran dos [risas].

Ya que mencionas tus inicios, el titular más repetido entonces, cuando empezabas a tener algo de éxito, era «Joe Abercrombie, ¿el siguiente George R. R .Martin?». ¿Te has librado ya de ese sambenito? 

Ahora pasa muchísimo menos, eso es cierto. Quizás porque él ahora se ha vuelto tan universal que suena ridículo establecer esa comparación. ¡Especialmente porque yo no tengo ninguna serie de televisión! Pero aun así, entiendo que usaran esa referencia, es lógico. Todos los escritores nuevos son comparados con otros, para localizarles por temática o por género y para animar a los lectores de uno a leer también al otro. Yo creo que ya gozas de entidad cuando dicen de otra persona «este es el nuevo Joe Abercrombie», y eso ya ha pasado conmigo [risas]. 

¿Y lo de que eres el «traidor de la herencia de Tolkien»? Porque hay un gran movimiento que te acusa de estar «ensuciando» la fantasía heroica. ¿Te lo siguen diciendo mucho?

Sí, continúan. Es parte de la guerra cultural, en mi opinión. La gente es muy tribal en estos momentos en internet, les encanta odiar o amar algo con mucho énfasis. No hay términos medios. Y respecto a esto… esa gente, la que se siente ofendida porque la fantasía sea sucia, arenosa, desagradable, o antiheroica como ellos dicen, creen que lo que yo hago es una traición al legado de Tolkien. A mí siempre me ha resultado un poco extraña esa percepción, porque para mí es pescar en el mismo estanque pero de una manera diferente. Es como los spaghetti western, ¿son irrespetuosos con los wéstern? Yo creo que no. Creo que precisamente nacen del amor profundo por el género, al que quieren llevar a un nuevo territorio, nada más. Es lo mismo con George Martin y los escritores que vinieron después: nadie entrega años de su vida a escribir libros de un género que no ama. 

Hablando de influencias; siempre que se mencionan las tuyas, se habla de las más obvias: Tolkien, Martin, Terry Pratchett… pero, ¿no hay algo en tu fantasía sucia que tomas prestado de otros autores como James Ellroy, o incluso Sergio Leone? 

Guau, muchísimas gracias. Grandísimos nombres. Y sí, no puedo negar que algo de influencia han tenido en mí. Especialmente de Ellroy, de una manera definitiva e incluso explícita. Leí muchísima fantasía cuando era un niño, en los ochenta y principios de los noventa, y supongo que provengo de ese terreno, donde se repetía lo mismo una y otra vez. Eran cosas muy heroicas, muy predecibles y moralmente muy simples, de héroes y villanos. Desde la primera página podías anticipar cómo iba a acabar eso. Después empecé a leer muchas otras cosas, y ahí James Ellroy tiene un espacio muy particular. Cuando lo descubrí saltaron chispas. Sobre todo porque tiene una cosa: cuando lo lees estás realmente en la cabeza de los personajes, que era algo que muy difícilmente encuentras en la fantasía, donde se suele mantener una especie de distancia muy digna. Ellroy tiene una capacidad para el lenguaje realmente visceral y arenoso, y te mete en la cabeza de los personajes. Creía que era algo que faltaba en la fantasía de entonces… hasta que leí Juego de tronos al final de los noventa. Ahí fue cuando vi esa forma de enfocar y aproximarse, insólito en la fantasía, que nunca había visto antes. En cada escena podías sumergirte en el punto de vista de un personaje, saturarte con sus sentimientos y pensamientos. Me resultó excitante y renovador que se pudiera hacer eso con la fantasía, y quise hacerlo por mí mismo. Quería replicar ese enfoque. Por supuesto que también me influyeron muchos tipos de películas, de series, y por supuesto, el wéstern, no solo de Leone. 

De hecho tu pasado como editor cinematográfico se refleja, de alguna manera, en la propia estructura de tus libros. 

Sí, es cierto. No es algo que haga a propósito, pero a raíz de que algunos me lo habéis dicho, he ido siendo más consciente de ello. Sí que es cierto que un trabajo como ese te provee de ciertas herramientas de narración universal, aunque con un libro tú no manejas de qué manera transcurre el tiempo, por ejemplo. No existe un equivalente a medir cuánto dura una escena en una película, la gente lee al ritmo que ellos mismos se marcan. Hay otros aspectos narrativos que sí comparten, en cómo les llevas a esa escena, lo que enseñas y lo que dejas fuera, que sí son más universales. Así que, en cualquier caso, ha sido un conocimiento muy útil.

¿Y Ursula K. Le Guin? ¿No hay algo de Terramar en ti?

Sí, ella es otra de mis referencias, aunque la mencione menos. Ella y  Michael Moorcock, entre otros. Con Le Guin me pasó una cosa curiosa, porque creo que sus libros fueron los primeros de fantasía que leí que no estaban bajo la influencia de Tolkien, por decirlo así. Parecían como algo muy suyo, muy diferente en todo: la manera de narrar, el mundo en el que se desarrollaban, el lenguaje me fascinó… Creo que tuvo una gran impacto e influencia en mí. Tenían un tipo de ethos muy punk. 

Hablemos de tu relación con el fandom. Alguna vez has dicho que es complicado manejar las expectativas que tienen con tus libros, que no quieres dejarte guiar demasiado por ellos porque si les preguntas qué quieren, querrán lo mismo una y otra vez. ¿Cómo te posicionas en toda la polémica con George R. R. Martin y su libro inédito? ¿Crees eso de que «the writer is not your bitch», como dijo Gaiman?

La conclusión de todo eso es clara: solo George R. R. Martin puede escribir una novela de George R. R. Martin. No hay otra forma, no hay atajos. La realidad es que tienes que esperar. Si quieres ese libro, que gimas para conseguirlo no va a marcar la diferencia. El libro llegará cuando llegue. Así que desde un punto de vista estrictamente práctico no hay nada que puedas hacer. Y además… la gente que se queja más alto será la primera que acampará en la puerta de la librería cuando salga. Es la gente que se ha sentido herida la primera que lo comprará, porque aman esos libros. 

Cuando escribes una saga, ¿existe un contrato moral con el lector que te obliga concluirla? 

Sí. Es que existe. Pero el matiz está en lo que tú dices: es un contrato moral, no vale el papel en el que ni siquiera está impreso. Lamentablemente no vale nada. Hablando desde un punto de vista práctico, no ayuda pensar en ello de esa manera. Al final cada escritor tiene su proceso, se trabaja en los libros de maneras muy diferentes. Yo produzco de una manera relativamente constante, y espero continuar así, pero también he tenido mis momentos. He tenido libros en los que he ralentizado mucho el ritmo, en los que me he detenido, he perdido la confianza o he tenido que reescribir. Así que entiendo que es perfectamente posible tener problemas graves con un libro, problemas para seguir progresando en él, y creo que de alguna manera cuanto más exitoso seas, mayor será la expectativa. Así que no siento nada más que simpatía por estos tipos a los que también les ocurre eso. 

Y claro que yo también tengo ganas de seguir con la historia. Y la compraré en cuanto salga, sintiéndome agradecido de que haya salido. Pero es importante señalar algo: no puedes separar esos libros de la manera en la que están hechos. No puedes decir «ojalá George fuera el tipo de escritor que saca un libro al año», porque entonces estarías pidiendo unos libros sustancialmente distintos. Son lo que son, y tienes que aceptarlos en su totalidad. Así que, como fan, por supuesto que quiero que salga cuanto antes, pero quizás la gente podría encontrar algo que leer mientras salen. A mí, por ejemplo [risas]. Es broma. Pero que prueben otros escritores. 

¿Cómo es tu relación con George R. R. Martin? Además de fan y de «maestro», como alguna vez le has llamado. 

Nos hemos visto varias veces. Cuando le conocí teníamos el mismo editor, así que fue bastante pronto. Creo que mi editor organizó una cena entre los dos con la esperanza de tener algo de propaganda de Martin… y la verdad es que sí me apoyó. Después de eso, cuando la serie de Juego de tronos iba a comenzar, Sky News organizó una entrevista con él, y querían que otro escritor británico fuera el entrevistador. Me lo pidieron, y lo hice. Después nos hemos ido encontrando en eventos y demás. Él tiene un cine en Santa Fe, donde vive, y allí organiza entrevistas y demás. He ido unas cuantas veces, hace años.

¿Como fan o como escritor? 

Me gustaría decirte lo contrario, pero creo que como fan más… ¡Él de mí, por supuesto! Creo que fue un gran honor para él conocerme, estrecharme la mano y decirme cuánto me admiraba [risas]. Ahora en serio: es un tipo muy guay. Creo que siempre ha sido parte del fandom, parte de la escena fantástica, y el éxito le llegó razonablemente tarde, y ahora con todo esto está como «castigado». Él entiende la suerte que tiene, bueno, suerte no es la palabra…

… ¿un gran poder conlleva una gran responsabilidad? 

Sí, eso. Entiende la responsabilidad que acompaña a todo este éxito, y siempre está tratando de ser muy preciso con lo que hace, alentando a otros escritores… Yo no puedo tener más que buenas palabras hacia él, conmigo ha sido maravilloso. Hablamos mucho, más que de escribir, de temas televisivos, porque en ese momento era algo que yo también me planteaba y él acababa de empezar con el tema de la serie. Así que el consejo que me dio fue claro: «Involúcrate en el proyecto tanto como puedas». No sé si él tenía remordimientos, y quizás estoy diciendo demasiado porque no recuerdo exactamente sus palabras, pero sí recuerdo el sentido de lo que me dijo. Martin lamentaba no haber estado más libre para poder involucrarse más en la serie de Juego de tronos. Querría haberlo estado. Y eso lo que me aconsejó hacer o no hacer. 

Luego hablaremos de tus proyectos cinematográficos, pero antes podríamos hablar de Dungeons & Dragons.

¡Síii! No me preguntan casi nunca por eso. 

Lo menciono porque es curioso que muchos creadores (cinematográficos o literarios) tenéis ese pasado en común: jugabais al D&D de jóvenes. Kevin Smith, aquí en España Álex de la Iglesia, Dan Harmon, D. B. Weiss y David Benioff…

Es cierto, es algo bastante común. También Steve Erickson, Scott Lynch, Peter V. Brett... somos un montón. Aunque creo que ellos siguen jugando, yo, lamentablemente ya no. No tengo la enorme cantidad de tiempo libre que requiere, y mucho menos soy capaz de reunir a mis amigos al mismo tiempo. Hay hijos, en fin… De hecho, lo que es más triste, es que ni siquiera sé si volveré a jugar, aunque me siguen invitando a una convención en Estados Unidos enorme, creo que allí tiene más arraigo. 

De hecho existen canales de YouTube extremadamente populares dedicados a eso, y monta partidas con celebrities como Vin Diesel..

¡Lo sé, lo sé! Incluso sentarme a ver esos vídeos me consume demasiado tiempo. Así que supongo que tengo que asumir que fue algo importante para mí cuando era joven, mi principal pasatiempo. 

¿Siempre eras master? 

La mayor parte de las veces sí, aunque también fui jugador. Éramos un grupo de ¿chicos? ¿hombres? Supongo que algo entre medias de eso, y pasábamos larguísimos fines de semana jugando al D&D, aunque no era el único juego, también el Warhammer, donde siempre era el master.  

¿Y solías dirigir partidas canónicas de fantasía heroica o ya eras grimdark? 

Pues ya eran grimdark, o algo parecido, sí. Sucias, más oscuras… porque ya entonces era algo que echaba en falta en la fantasía. Dirigir partidas de rol fue mi primera experiencia de narración creativa. No es como si mis libros fueran versiones noveladas de esos juegos, pero ciertamente muchas de las ideas de mi mundo, incluso personajes, pueden remontarse ahí. A diferencia del Dungeons, el Warhammer ya de por sí era más grimdark, se desarrolla en un mundo sombrío que se despeña hacia el abismo, y eso me encantaba. El hecho de que en las campañas el enemigo estuviera escondido, que la campaña se llamaba así, The Enemy Within… adoraba lo inusual que era eso. 

¿Y qué tipo de master eras? ¿Master madre, de los que ayuda a que sus jugadores no la caguen, o eras retorcido, como en tus libros? 

[Risas] No lo sé… Diría que era desagradable, pero también justo. No intentaba matar a los personajes, a los jugadores, porque eso siempre me pareció barato. Y porque, pensado ahora, siempre he tenido ese deseo de contar una historia y quieres acabar con los personajes que empezaste para completar su recorrido, su historia. Me gustaba que se sintieran en peligro, pero para eso no necesitas necesariamente matarlos. ¡Puedes herirlos! [Risas]. No era de esos que mataba a todo el mundo en diez minutos.

Y tus personajes actuales. ¿Tienen alineamientos? ¿Es Logen caótico neutral? ¿Jezal neutral malvado?

[Risas] No, creo que no tienen alineamientos. Creo que clasificarlos en alineamientos es interesante mientras se desarrolla la historia, pero estos no corresponden de manera muy significativa al tipo de personas que realmente son. Los alineamientos son interesantes para discutir sobre ellos, pero no es una herramienta que use para construir mis personajes. 

Pues este es uno de los temas que se debaten muchísimo entre tus seguidores. Que, por cierto, parece que tienes un público muy creativo: hay muchísimo fanart basado en tus libros. ¿Sueles verlo?

Si se me cruzan, claro que las veo. Pero tienen que cruzarse…

¿No googleas tu nombre? 

[Risas] Bueno, sí, lo he hecho. Pero no suelo encontrar nada demasiado interesante. Encuentro un montón de reviews, claro, y hasta hace tiempo las leía todas, lo reconozco. Ahora muchísimo menos de lo que lo hacía al principio. Y sobre todo el fanart, tengo sentimientos encontrados, porque hay cosas buenísimas, sorprendentemente fascinantes, y otras un poco vergonzosas. Pero bueno, en cualquier caso es alucinante que la gente se tome el tiempo de hacer todo eso, basándose en un material literario. Porque cuando algo es más visual, como una serie de televisión, hay una gran diferencia en términos de compromiso, la gente puede hacer cosplay de lo que ve, pero con los libros no es tan fácil. 

Volviendo al rol: si ahora figuras tan famosas y exitosas como Terry Crews, Joe Manganiello, Stephen Colbert, Deborah Ann Woll o Joseph Gordon-Levitt juegan al rol y es visto como algo cool, no como algo que juegan adolescentes vírgenes en sus sótanos… ¿eso significa que hemos ganado los nerds

Por supuesto. Los nerds heredaremos la Tierra. Cuando yo era niño, la cosa menos guay del mundo era jugar al D&D o leer mucha fantasía, no me imagino para una chica, ¿no?

Peor. 

Pues eso. Y ahora ha cambiado muchísimo, es alucinante. Creo que las películas de El señor de los anillos marcaron una diferencia en cómo se percibe la fantasía, cómo se ve socialmente; lo mismo que hizo Juego de tronos años después, o el éxito de Marvel u otras compañías de ciencia ficción. La mayoría del material de entretenimiento actual es material nerd. Así que sí: no solo es que los nerds heredarán el mundo, es que ya lo hemos heredado. Quizás plantearse un juego de rol con la esfera de Dyson es demasiado trabajo para mucha gente, requiere mucho más esfuerzo y más interés el tema de los dados, las cifras, los números… Eso aún es es demasiado duro para ser mainstream. Pero en general sí, hemos conquistado el mundo bastante. Ya no tienes que forrar tu libro de fantasía con una portada de un libro de Dickens para que no te miren mal. De todas formas, es fácil exagerar todo esto.

¿Lo de la mayor aceptación del panorama fantástico? 

Sí. Porque seamos claros: ya había muchos escritores que eran superventas cuando yo era un niño, como Stephen Donaldson, Terry Brooks o David Eddings. Ahora es un poco más cool leer fantasía que entonces, pero creo que también influye que según te haces mayor, te preocupa menos lo que es cool y lo que no. Lo único que quieres es hacer lo que te gusta… y no hay nada más cool que eso, ¿no?

Hay una idea que se repite mucho en tus libros, creo recordar que es en Los héroes, donde dices «Los héroes tratan de evitar la guerra en lugar de provocarla», que recuerda mucho a Terry Pratchett. ¿Eres una especie de Pratchett más malvado?

[Risas] Bien visto, sí. La verdad es que Pratchett es otra de esas influencias que no puedo negar. Recuerdo cuando salieron sus primeros libros, que eran fantásticos pero sobre todo muy cómicos, y cómo luego con el tiempo se fueron volviendo más profundos sin dejar de lado el humor, y también algo más oscuros, abordando temas más duros a medida que avanzaban. Sus libros siempre estuvieron muy presentes cuando era niño, y supongo que eran el antídoto ante la muy solemne y seria fantasía que existía en ese momento. Siempre he amado el enfoque de Pratchett, es como la quintaesencia de lo británico. De formas elegantes, pero absurdo a la vez, y también profundo. Una profundidad que ni siquiera está oculta, o necesita una doble lectura. Amo las cosas que me hacen reír y pensar, y él lo conseguía, tenía un ingenio irrepetible. Es en parte el culpable de que yo introduzca también el humor en mi escritura. 

Para el establishment literario, la alta cultura, qué es más difícil de digerir de tus libros: ¿el humor, la sangre o la magia? 

No lo sé, supongo que la combinación de los tres. Cuando empecé a enviar mi libro para buscar un editor, lo que había escrito respondía exclusivamente a mi gusto. No pensé en lo que el mercado querría o buscaba, o lo que la gente estaba dispuesta a comprar, ni siquiera lo que engancharía a un editor. Literalmente escribí el libro que me habría gustado leer.

¿Te refieres a la primera vez que intentaste escribir (a los veinte años) o cuando lo retomaste una década después? 

El de después, sí. Cuando ya me puse en serio, lo que acabó siendo La voz de las espadas. Empecé recibiendo muchos rechazos de varios agentes, y realmente me preocupó que fuera un libro demasiado extraño, que quizás fuera una mezcla divertida pero desagradable. ¿Quizás era demasiado sangriento? ¿O no era suficientemente desagradable? No lo tenía claro, me lo cuestionaba muchísimo. Pero al final, creo que tienes que fiel a tu propia voz, a tu visión como escritor, porque es lo único que tienes. Tienes que escribir para tu gusto, porque si escribes pensando en lo que el mercado busca o quiere, nunca producirás nada verdaderamente interesante.

Piensas alguna vez en todos esos que te rechazaron entonces? ¿En si estarán tirándose de los pelos al ver tus cifras de ventas actuales? 

[Risas] Bueno, a ver. Creo que cuando eres agente literario, o editor, siempre tendrás que rechazar cincuenta libros por cada uno que publiques. Cuando tu trabajo es rechazar, mucho más que aceptar, tu campo de batalla es que alguna vez se te pasará algo que tendrías que haber publicado. Así que no tengo resentimiento, supongo que lo entiendo. 

¿Y qué cara puso tu editor cuando le dijiste que ibas a escribir un libro de seiscientas páginas sobre una batalla de tres días? 

Dicho así impresiona, es verdad. Pero creo que nunca se lo planteé de esa manera. No voy a decir que puedo escribir lo que me dé la gana, pero mis editores siempre me apoyan en lo que quiera hacer, quizás porque siempre me mantengo en la misma línea, aunque, como en ese caso, tome riesgos. Si les asustó el planteamiento nunca me lo dijeron [risas]. Cada uno de mis libros es como un desarrollo del anterior, no son solo espadas, hombres, juramentos y todo eso por lo que soy conocido. De alguna manera, la historia pedía exactamente eso. El reto fue el tiempo y el espacio, concentrarlo de esa manera en tan pocos días y tantas páginas. Fue un desafío interesante para mí como escritor y un abordaje de la fantasía de forma inusual, porque normalmente las batallas no se extienden tanto.

Tuvo que ser un trabajo extenuante de documentación, ¿no? Porque hay muchísima jerga militar y estratégica.  

Sí, todo empezó con un buen mapa. Lo coloqué en mi despacho, y planeé el campo de batalla con muchísimo detalle, obsesionado con que tuviera la mayor variedad posible porque en tres días de batalla no puedes estar viendo todo el rato lo mismo. Necesitas un poco del pueblo, de los bosques, de tener el mayor rango posible. Después, planifiqué los días en función del clima, porque eso influye en la luz que haya durante la batalla, y en lo que podrán o no hacer los personajes para llevar a cabo su acción. Puede sonar muy difícil, porque probablemente lo es, pero creo que me salió bien porque en el fondo soy bastante técnico e inconscientemente siempre oriento las tramas de esa manera. No sentí nunca que era complicado de hacer, la verdad. Me costó más editarlo porque, por ejemplo, si estás escribiendo dos escenas de acción que suceden en puntos distintos, simplemente las intercalas. Pero cuando suceden en el mismo escenario, todas tienen que funcionar juntas. Es más complicado, pero al mismo tiempo te brinda más oportunidades. 

Sueles ser bastante disciplinado en el ritmo de publicación, casi un libro al año, ¿con Los héroes fue igual?

Sí, no estrictamente, porque algunos me suponen un desafío mayor que otros. Los primeros me costaron cerca de cinco años cada uno, pero salieron casi todos juntos, y dio la impresión de que los iba escribiendo casi al año, pero no fue así. 

«La inspiración le llega al que ya está trabajando».

Sí, es frase es mía. Me gusta tanto que a veces pienso en ponerla sobre mi escritorio, porque siempre me ha parecido que el pensamiento mágico es peligroso en la escritura. Esa idea de que algo mágico, especial, te visitará… es una patraña. Todo eso de esperar a que te visite la musa y tal… puff. No, no te visitan.

Quizás están ocupadas. 

[Risas] ¡Sí, eso! Las musas están ocupadas trabajando mientras tú estás ahí no haciendo tu trabajo. No lo había visto así, me gusta. Pero vamos, que hay que ponerse a trabajar.

¿Estás libre del infame «bloqueo del escritor»?

Bueno… sí me pasa, pero solo en el sentido de que a veces no estoy muy seguro de cómo avanza el libro. Me ocurrió especialmente con La mejor venganza, que fue la más difícil. Había escrito la primera trilogía, me había enfrascado en ella durante años, y volver a ella y contar algo nuevo fue un gran desafío. Tuve muchas dudas, y hubo días en los que escribirlo supuso un grandísimo esfuerzo simplemente teclear, y tenía que forzar cada palabra. A mí el bloqueo normalmente no me sucede al inicio del libro, porque para mí los comienzos son emocionantes. Piensas en todas las posibilidades, es como si todo estuviera abierto ante ti. A mí me ataca hacia la mitad del libro, cuando me pongo a pensar ¿esto es bueno, es malo? ¿Es una basura? Es como si me perdiera en la bruma, como si perdiera el camino. Pero lo bueno es que con el paso del tiempo he aprendido a manejarlo, a ser consciente de que eso me sucederá y cuando ahora me pasa, ya no entro en pánico. Simplemente sé que se trata de un trabajo diario, y que a veces sentirás que solo estás escribiendo basura… Al final, lo que me ocurre es que yo no creo en toda esa imagen romantizada sobre la escritura. De hecho, me gustaría arrancársela.

Al final es un trabajo que se hace en pijama..

Sí, eso es. Hay muchísimo trabajo en pijama, por qué vas a romantizar eso. Basta de sentirnos así de importantes. Al final, un yesero no puede decir «oh, hoy no estoy de humor, no tengo ganas», tendrá que hacerlo de todos modos, no vas a perder tiempo lamentándote. Como escritor es lo mismo, trabajamos con palabras. Si no te gustan, las reescribes al día siguiente. Y muchas veces cuando regresas a ellas te das cuenta de que no eran tan malas. 

Otra de las cosas que desromantizan mucho lo que suelen decir los escritores es que odian editarse a sí mismos, que es como mutilarse. A ti sin embargo te encanta, ¿no?

Sí, me encanta. Además creo que es la parte que más disfruto, la edición, la revisión. En general, cuando termino un primer borrador ya sé lo que voy a quitar y lo que voy a priorizar, cómo voy a reelaborar los personajes de una manera u otra. Y pasar de ese primer borrador al segundo es cuando todo va cobrando sentido, todo está en el lugar adecuado, y la historia fluye en la dirección que quiero. 

Cuando escribiste la trilogía de El mar quebrado decías que querías atraer a lectores más jóvenes, como tu hija, que por entonces tenía nueve años.  

Sí, ahora tiene trece años. Tengo otros dos de ocho y otro de diez. Verles cómo iban creciendo, y cómo iban respondiendo a lo que estaban leyendo, y qué emocionados están comprando nuevos libros me hizo pensar en mis propias experiencias cuando era niño. Creo que los libros que lees a esa edad tienen un impacto que dura toda tu vida. Nunca te deshaces del todo de ellos. Puedes adorar libros que lees de adulto, admirarlos de mil maneras, pero no tienen ese tipo de nobleza emocional de los que lees de niño. Así que quería escribir algo que la gente leyera a una edad temprana e impresionable, y con suerte tendría ese impacto ellos. También me apetecía escribir algo de diferente longitud, y esencialmente distinto. 

¿Y funcionó? ¿Tu hija lo leyó? 

Pues… no. Mis hijos aún no lo han leído, tengo que confesarlo. De hecho no han leído nada de lo que he escrito. Leen otras cosas [risas]. Pero bueno, lo lee otra gente. Al menos lo intenté.

¿Qué tal crees que te ha tratado la crítica cultural? ¿Te han dado mucho la espalda por ser un autor de género fantástico?

Bueno… Es cierto que en las secciones de cultura de los periódicos británicos la fantasía no recibe mucha atención. Casi nada, de hecho. Aquí en España es completamente distinto, ¡solo hoy he hecho seis entrevistas! Y todos sois de prensa seria, os tomáis la fantasía como algo con entidad. En Reino Unido no tengo esta clase de tratamiento, ni de lejos. Te ignoran más que te critican, la mayor atención me viene de publicaciones específicas del género. En general, siento que esas publicaciones sí me han tratado muy bien. Creo que soy suficientemente literario para que ser tomado razonablemente en serio, suficientemente comercial para vender libros. Así que quizás esa es una buena posición en la que estar, pero ciertamente hay personas que odian lo que escribo y siempre lo odiarán. Si es escribes, siempre valdrá la pena, aunque haya gente que lo odie. He tenido mal trato a veces…

¿Cuál es la peor cosa que han dicho sobre ti en los medios? 

Me llamaron «hastiada cloaca literaria». Me dijeron que había ensuciado la herencia mítica de Tolkien… Y ese tipo de cosas. La gente que dice esto suele responder a la agenda que tienen, y juzgan todo en función de eso. Para los muy izquierdistas, a veces soy demasiado conservador, otras veces sucede al revés. 

Especialmente con este último libro, donde das una visión nada habitual de las revoluciones obreras y del auge del fascismo.

Sí, exacto. Porque no es demasiado positivo en lo que toca a la revolución popular, no necesariamente. Y no digamos con el auge del fascismo. A la vez, la gente de derechas considera que es desagradablemente progresista, irrespetuoso con la piedra angular de la fantasía tradicional. Creo que si molesta a las personas de ambos extremos, aunque probablemente no sea lo que busco hacer, no estoy haciéndolo tan mal. 

Y todo eso sin incluir demasiado sexo, a diferencia de Martin. 

Supongo que yo incluyo el sexo en mi narración donde realmente siento que es apropiado incluirlo, como parte de la experiencia humana. Intento mantener la misma actitud hacia el sexo que hacia la violencia, con la intención de no romantizarlo, de que sea antiheróico, arenoso, y tan honesto como pueda. Intento quitarle todo el artificio, ese siempre ha sido mi enfoque. Aunque a mucha gente no le guste, o no le entiende. 

Ganaste un premio LOCUS, pero me ha sorprendido ver que no tienes ni el Nébula, ni el Hugo, ni siquiera el británico David Gemmell… ¿Cómo es eso?

No lo sé, porque son estúpidos y no entienden mi valor, ¡obviamente! [risas].

Pero en serio, ¿qué le ocurre a la industria en la fantasía en tu país? ¿No te quieren? 

Bueno… Creo que tienen un gusto concreto que… 

¡No seas tan educadamente british! 

[Risas] Me has pillado. A ver, sí que es cierto que tiene que haber alguna razón. Los premios Hugo dicen que votan por la membresía en el Worldcon, que es un grupo con unos gustos muy concretos, que tienden a ser norteamericanos, y a primar la ciencia ficción por encima de la fantasía. Aunque siempre hay excepciones. Según han ido pasando los años han empezado a estar más interesados en ciertas corrientes de fantasía, en ciertos estilos, dejando de lado otros. Así que todo va variando por el gusto de la agrupación, y en general la fantasía comercial ni les interesa enormemente, ni les entusiasma particularmente. Ni siquiera George Martin ha salido bien parado, y él va mucho antes que yo en esto…

De hecho, él tuvo una polémica acusando al jurado de rendirse a los lobbies de derechas.

Sí, así fue, hace unos años. Yo no me voy a meter en tanto jaleo [risas]. El caso es que los Hugo tienen su importancia, pero no son un premio que reconozca el estatus de un escritor, ni su importancia en el mercado, su penetración. Las ventas son un premio en sí mismas.

¿Es lo mismo que el tema de los Óscar? ¿No premiar a cintas muy taquilleras de Marvel porque ya tienen su rédito en taquilla? 

Sí, es algo parecido. Bajo mi punto de vista, los premios son útiles cuando llaman la atención sobre algo. Por eso es genial que Parásitos haya ganado un Óscar, porque ahora la gente verá algo que no habría visto sin ese premio. ¿Si Vengadores ganara un Óscar marcaría alguna diferencia en esos términos? No, no lo creo. Lo veo desde las dos perspectivas. Yo podría estar molesto por no ganar el Hugo, pero ¿cuál es el punto? Al final, es mejor continuar escribiendo lo que amas, y si la gente quiere darte un premio, genial. Pero si no… pues vale. 

«Mantener las expectativas bajas», otra vez. 

[Risas] Sí, eso.

¿Cuál sería tu objetivo soñado dentro del mundo literario? 

Inspirar el mismo aliento que han hecho Tolkien o Martin, u otros de los grandes. Y seguir escribiendo libros que me hacen estar feliz conmigo mismo. Y que la gente lo compre lo suficiente. Sería genial ver mis libros adaptados a la pantalla, de una manera u otra… es algo en lo que he estado trabajando bastante tiempo, y espero que suceda en algún momento. Creo que ahora estamos en un punto en el que las adaptaciones son esenciales, y hay muchísimo material siendo adaptado. Es como una barrera para ser completamente aceptado. Eso de que te digan, «Ah, sí, he escuchado sobre ti, están adaptando algo tuyo ¿no?».

Lo cual lleva a la pregunta del millón: ¿Cuál es el problema con las adaptaciones cinematográficas o televisivas de tus libros? Porque ha habido proyectos, pero todos parece que se mueren por el camino.

Sí, he estado trabajando con un tipo de Estados Unidos durante cuatro años, y estuvimos muy cerca. Muy, muy cerca, un par de veces. Hubo mucho desarrollo del proyecto, yo mismo escribí un montón de guiones, invertí mucho trabajo en ello. Hay gente que se ha gastado una gran cantidad de dinero en ese desarrollo, pero no sucedió por una razón u otra. Son proyectos muy difíciles de implementar, y eso los hace muy frágiles, se desmoronan muy fácil y muy rápidamente por razones que nunca entiendes completamente. 

Entiendo que no es problema del material de base, porque es muy fácilmente adaptable. 

Estoy de acuerdo. Pero el tema es que puedes ceder el control sobre él, o puedes intentar retenerlo. Y si lo intentas retener será mucho más difícil hacerlo, rozando lo imposible.

Que es lo que te ha ocurrido a ti. 

Sí. Porque eso implica un ensamblaje muy complicado, y necesitas una gran cantidad de dinero para hacerlo. Y ese dinero vendrá de alguna parte, de otros tipos que también tendrán opiniones, a veces razonables. Otras veces no. Así que ya veremos. Si simplemente hubiera vendido los derechos y me hubiera alejado del proyecto, ya habría una película, aunque con un resultado desagradable. 

¿La adaptación es para la Trilogía de la Primera Ley? 

Sí. Aunque también ha habido intentos con la del Mar Quebrado. Supongo que todos los que han publicado series de fantasía han recibido muchas llamadas últimamente. 

Tus fans están ansiosos, hay un debate constante en internet sobre por qué no estás ya en la pantalla.  

Lo sé, lo sé. Pero tendrán que esperar, porque aún hay algunas cosas moviéndose, sucediendo, así que veremos. Quizás sea este año, o esta década… Quizás sean mis nietos quienes recojan los beneficios de esa adaptación, quién sabe si se sentarán sobre sus culos haciendo nada, diciendo «mi abuelo escribió este libro y ahora yo vivo de eso». 

Así que ni hablamos del casting que harías para Logen, Glotka o Bayaz, ¿no?

Es que todo el tema del casting es muy extraño para mí. Me resulta dificilísimo hacerlo, especialmente con los personajes centrales, porque es algo muy personal. Sé que hay muchas quinielas por internet, y apuestas de quién lo interpretaría mejor, pero me resulta extraño incluso mirar sus caras pensando en mis personajes. Además, me suele parecer que un reparto memorable se construye con gente de la que nunca antes has oído hablar, para que puedan habitar un personaje de una forma más creíble. 

Como Juego de tronos, que…

¡Sí, eso mismo! Empezaba con Sean Bean, pareciendo que era el gran protagonista, pero ahora casi todo el mundo ha olvidado que estaba ahí.

Otro asunto polémico. Te han dado mucha cera con el tema de tus personajes femeninos, la escasez de ellos o su construcción. Ya en el Mar Quebrado ampliaste el elenco, pero ahora has inaugurado esta nueva trilogía de la locura con Un poco de odio, con protagonistas absolutamente maravillosas, Savine, Rikke y Victarine. «Hay muchas maneras de introducir mujeres en tu historia si piensas en ello diez segundos», has dicho. ¿Recuerdas por qué empezaste a dedicar esos diez segundos? ¿Fue por las críticas?

Creo que fui yo mismo. Opino que tu propio gusto es siempre lo primero. Cuando estaba escribiendo la primera trilogía era consciente de que podría haber hecho mucho mejor trabajo, introduciendo más mujeres. Y es algo que no pensaba inicialmente, me agradaba bastante que las mujeres que aparecían resultasen interesantes, o inusuales… pero básicamente había solo dos, era un pocola  fiesta de la salchicha. Y eso no es ningún éxito, es cierto, porque podría haber habido más mujeres, no hay razón para que no las hubiera. En esta época y en estos momentos todo se escruta mucho más desde la crítica feminista. No es que cuando yo empecé a escribir no la hubiera, sino que comúnmente no se miraba, no estaba toda esta conversación en internet… porque ni siquiera había internet. 

Y además era una de las inercias del género, que siempre ha arrastrado cierta deriva misógina.

Exacto. Si escribías fantasía, la convención dice que tiene que haber un viejo mago que le revele a un joven su especial destino, y si hay una mujer…

Es una bruja sexy. 

Justo eso. Se construye con los arquetipos masculinos. Así que eso fue lo que involuntariamente hice inicialmente. Con el tiempo he ido intentando que las mujeres participen en la historia, y que no necesariamente sean mujeres en roles masculinos, sino que desempeñaran roles en variedad de formas. Lo que a mí me interesa al escribir es la recurrencia de mujeres que sean interesantes, pero que no necesariamente tengan que ser guerreras adoptando roles masculinos, como solemos ver. No tienen por qué ser forzudas pateando traseros, sino que para ellas ser mujer pueda ser tanto un problema como una solución. 

¿Qué tal ha sido la respuesta? 

Buena, en general. Aunque, ¿cómo evalúas estas cosas? Es difícil de saber. Sí, lees reseñas en Amazon o en Goodreads…

Pero eres una persona bastante pública, tienes contacto mucho los lectores, en convenciones, e incluso en Reedit. 

Sí, pero quizás este libro en concreto es aún demasiado nuevo como para asentarse y generar una opinión. He acudido a muchísimos eventos en Reino Unido, pero en la mayoría aún no habían leído el libro, eran más bien de presentación. Hay un pequeño grupo de personas recurrentes, perceptibles, estridentes y eso, pequeño, a los que realmente no le gustan mucho las mujeres…

Los incel. 

Sí, puedes llamarlos así. Son de los que usan muchas palabras de moda del tipo SJW-type (Social Justice Warrior), y verás que en sus reseñas siempre son parecidas. Dicen cosas como «mira, realmente me gustan las mujeres, pero…».

Como decía Ned Stark, cualquier cosa que se diga antes de un pero no vale una mierda.

[Risas] Tal cual. Hay mucha gente a la que le gustaron mis libros por su acción masculina, por todos esos aspectos viriles, y que no saben muy bien por dónde voy con todos estos personajes femeninos. Asumen que más mujeres significa más romance, más suspiros. Pero no es verdad. No sé a quién piensan que han estado leyendo. Creo que simplemente querían otro libro de Logen. Siempre habrá gente decepcionada por que el libro que he escrito no es libro que ellos querían, así que… Si no te gusta, puedes irte. Está bien. Y más con este tema en particular. 

Hay un diálogo en tu libro muy ilustrativo: «Solo hay una cosa que los hombres odien más que a otros hombres: a las mujeres».

Sí, ahí hay un recado. Pero es una frase de mi personaje, eh. 

Cambiemos de tercio. ¿Vas a revelarnos qué obsesión loca tienes con la manos? 

Manos heridas, manos aplastadas, dedos… ¡Es muy yo! Supongo que viene de que toda la fantasía que leía de pequeño estaba libre de consecuencias. Por ejemplo, Aragorn. Lucha muchísimo, escala, se cae… pero nunca sale terriblemente herido de nada. Ni Legolas, que bueno, tiene una explicación distinta. Estos tipos se meten en batallas cuerpo a cuerpo, pero jamás hay consecuencias físicas, como yo creo que habría en situaciones así. A mí me gustan las personas que están marcadas, jodidas de una manera u otra. Tener la cara machacada, o la mano, sería el estándar del luchador medieval, ¿no? O eso supongo. Así que lo mío es una reacción a toda esa limpieza, por eso hay tantos personajes que están muy jodidos, muy heridos, masacrados. Encuentro a esos tipos más interesantes, más reales… No me interesa tanto el juego glorioso, o las personas que tienen un éxito brillante y superan todo: quiero que la gente muestre sus cicatrices. 

De hecho has dicho alguna vez que tus estudios en psicología no te sirvieron mucho en la construcción de personajes, pero sí te hicieron interesarte en el error humano. 

Efectivamente. Los libros elegantes suelen ser la historia de escandalosos éxitos. «Tienes que llevar este anillo a Mordor, en esta misión suicida que seguro fallará, porque solo hay una oportunidad entre un millón…». O como Luke Skywalker, que también tenía una oportunidad contra un millón. Y finalmente sale bien. Yo estoy más interesado en lo contrario: cuando tienes todas las buenas cartas sobre la mesa, todas las posibilidades de frente, pero la jodes. Lo encuentro fascinante. 

En la carrera de Psicología estudié la psicología del fracaso, ya sabes, por qué los barcos se hunden, la crisis de los reactores, por qué las cosas van mal y el cómo diseñar sistemas para que no vaya mal. Y siempre me han interesado los desastres militares, como la carga de la Brigada Ligera y este tipo de acontecimientos; el cómo funciona realmente la guerra, la historia del fracaso y los errores. Sí, suele contarse la historia de valentía y genio, pero no veo mucha diversión ahí, me interesa más la otra historia, el porqué del fracaso. 

El fracaso y la tortura. Muy efectivo tu modo de hacerlo…  

Sí, quizás no es la más sofisticada, pero sí que es la más efectiva. Todo vino de pensar, sencillamente, qué es la tortura y qué hace con la mente del que la sufre para cumplir su objetivo. Hay mucho fetiche con la tortura en la fantasía, es un poco excéntrico eso de tratar de lastimar a la gente por el simple hecho de hacerlo. Y los torturados salen indemnes, sin daños y sin perder nada. Para mí la tortura se basa en una idea simple: te voy a arruinar la vida para siempre en lo siguientes diez segundos. Progresivamente. Y ni siquiera se trata de que me digas lo que quiero saber, porque esto no va de contarme los hechos, va del control que ejerzo sobre ti.

Uno de tus mejores consejos para escribir que recibiste vino de tu madre, que decía..

«Sé honesto». Exacto. Con la tortura también. 

Me recuerda mucho a lo que dice Stephen King: «La narrativa consiste en descubrir la verdad dentro de la red de mentiras de la ficción».

La recuerdo, la subrayé en Mientras escribo

¿Y tu madre sigue siendo la primera lectora de tus borradores? 

Sí, ella y mi hermano siguen siendo mis primeros lectores, siempre. Y no me dejan pagarles, aunque sea un trabajo muy duro. Especialmente ahora… Quizás antes les resultaba más divertido, pero ahora se ha convertido en trabajo duro de verdad. Aun así, creo que ahora tienen menos que decir, porque con el tiempo he mejorado un poco. Mis primeros borradores ahora son mejor de lo que solían ser. Pero siempre han sido mi mejor público y mis críticos más duros, de alguna manera.

Tu madre, con el primer borrador de La voz de las espadas, te dijo que «no era tan malo como esperaba». 

[Risas] ¡Sí! Aunque ahora ella jura y perjura que nunca dijo eso, yo sé que fue así. Es una crítica despiadada, por eso me fío. Sigue siendo importante obtener su opinión y sentir que estoy haciendo algo que les gusta, me siento como si no me estuviera imaginando todo, como que he escrito algo que vale la pena. 

Dices que ya no lees casi fantasía para no intoxicarte involuntariamente en tu escritura. ¿No la echas de menos?

No, no la añoro. ¿Quieres que te sea sincero? 

Por favor. 

La verdad es que ya casi no leo… de nada. Paso el día leyendo mi propio material, y eso agota. No sé, supongo que un conductor de autobús lo último que quiere hacer cuando deja de trabajar es conducir. O que un pescadero no pasa los fines de semana pescando. Supongo que un conocimiento muy profundo de algo te distrae de disfrutarlo. Cuando leo, lo poco que leo, tiene que ser algo muy distinto. No puedo leer ya solo como un lector, sin activar mi personal y profesional tic editor. Alguna vez sí que leo cosas que me encantan, no me entiendas mal, pero no siento como una pérdida haber dejado de leer fantasía. Cuando leo, leo no ficción. 

Hace poco vi un vídeo en el que enseñabas tu biblioteca. Cotilleando, haciendo zoom, se ve bastante fantasía, bastantes rusos… y cero cómics. 

Es cierto, lo sé, lo sé. Qué buen ojo. Nunca he sido un gran lector de cómics, no era parte de mi panorama, en la juventud y en la niñez. La mayor parte de lo que leía entonces, cuando era un crío y no existía internet, era lo que leían mis amigos y lo que la gente recomendaba. Los cómics nunca entraron en escena. De mayor he tratado de enmendarlo, pero creo que solo he leído las novelas gráficas básicas, las que todo el mundo tiene que leer, como Watchmen y demás.

¿Pero has tenido una adaptación a cómic, no?

Me sorprende que lo hayas encontrado. Se adaptó La voz de las espadas, pero parece ser que no fue muy bien. 

Aquí es bastante inencontrable.

¡Aquí y en ninguna parte! Se publicó online originalmente, como una colección, que ahora cuesta una cantidad absurda de dinero porque fue una cosa única. Así que serías muy afortunada si encuentras un solo ejemplar. Yo solo tengo un par. 

Te suelen describir habitualmente como un escritor de diálogos, batalla y humor retorcido. ¿Cuál es más duro de escribir?  

Lo más natural para mí son los diálogos. Si escribo una escena suelo empezar por ahí, por los diálogos la mayor parte de las veces, porque es lo que me sale más rápido y más natural. Luego voy encajando lo demás. Y con las escenas de acción me sucede parecido, suelen salirme de manera natural. La comedia es algo que sucede a medida que avanzas, no me preocupa sonar divertido porque sé que es algo que siempre me acaba saliendo, aunque después tenga que refinarlo. Lo que más me cuesta escribir es la parte descriptiva, lo que enlaza todo, ahí soy mucho más lento. 

Con las batallas escritas suele suceder una cosa: leída una, leídas todas. Son bastante parecidas entre sí, pero tú pareces tener la fórmula mágica para no repetirte. 

Es que eso es de lo más difícil. Y según pasa el tiempo, aún más. Me voy encontrando cada vez menos interesado en escribir acción de lo que estaba antes. Porque, como dices, un duelo de espadas pueden parecerse a otro, pero las conversaciones nunca son iguales. Creo que con los combates y las peleas el objetivo siempre es estar en la cabeza de la gente, y transmitir la sensación de estar allí más que perderse en el tecnicismo. Bajo mi punto de vista, cada lucha es nueva porque estás en la cabeza de alguien distinto y su actitud hacia ella es diferente. Cuando te concentras en eso, te ayuda a aportar algo nuevo. Y como te decía antes, a través del clima, de los diálogos, trato de dotarlo de tanta variedad como sea posible. Pero creo que al final esa es la cuestión: una lucha de espadas es muy parecida a cualquier otra. Tienes que continuar buscando maneras de hacerla interesante, y quizá por eso estos últimos libros son un poco más ligeros en términos de acción que los previos. Pero siguen teniendo, eh, no huyáis [risas].


Futuro Imperfecto #6: La década que pone fin al Imperio Millennial

Deberíamos haber visto cosas que no creerías, como ataques a naves en llamas más allá de Orión. O rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Al fin y al cabo estamos en 2019, momento en que transcurría el Blade Runner de Ridley Scott, y también cierre de la segunda década del siglo XXI. Pero nos la han vuelto a pegar, así que tendremos que conformarnos con el caos urbano, mezcla de polución y turistas de la película, y resignarnos también a que los coches no vuelen. En todo lo demás los acontecimientos nos han superado, y lo harán aún más en la década siguiente. Esa en que, según los sociólogos, los millennials se harán viejos y la generación Z, que quizá lleve esa letra porque el clima puede convertirla en la última, será la dueña del mundo. Ok, boomer. Vamos con el repaso de la década y la previsión de tendencias.

De generación en generación, ¿regeneración?

Cuatro generaciones, baby boomers, la generación X, millenials y generación Z, han competido a la vez en el mercado laboral. Bueno, es un decir, porque el paro juvenil en España superó el 50% y el futuro del empleo no pinta bien. Las generaciones vienen definidas por la edad y por los impactos sociodemográficos que las dan forma, hasta que adquieren una manera común de entender la sociedad y el entorno. En los próximos años nos encontraremos con varios impactos generacionales. La jubilación de los baby boomers, con los problemas económicos asociados a su salida del mercado. El futuro de las primeras generaciones que van a vivir cien años… o quizá simplemente «sobrevivir», ya que la mala calidad de vida empieza a ser motivo de preocupación desde la adolescencia. La baja natalidad, que algunos postulan buena para «salvar al planeta», otros postulan terrible «para la economía», y quizá simplemente sea una consecuencia natural de los ingresos y el estilo de vida. Nos encontraremos también con el problema del empleo y el déficit, en un entorno donde la deuda es imparable e impagable, donde los países están virando hacia un mayor proteccionismo tras décadas de apertura, y donde tarde o temprano el dinero para pagar todo lo que ahora se considera un derecho se acabará. 

El impacto de estas tendencias sociodemográficas está llevando ya a replantear derechos fundamentales. Quién puede votar y quién no: Podemos propuso rebajar la edad a los dieciséis para ejercer ese derecho, al modo de Austria y Grecia, ya que es la edad legal para trabajar. Privación de libertad con penas más altas para criminales irrecuperables, como la prisión permanente revisable, aprobada por el gobierno del PP, y ya aplicada a casos como el del Chicle, asesino de Diana Quer, fue recurrida ante el Tribunal Constitucional en 2015 por todos los grupos de la oposición. Unos y otros parecen eludir el debate de fondo sobre el asunto, tomando decisiones a golpe de tuit. 

Ese apresuramiento puede estar detrás de la pérdida generalizada de confianza, no solo entre generaciones —millennials achacan sus problemas a boomers—, sino también en los políticos, expertos, y a este paso, en todo lo que nos rodea, con la consiguiente búsqueda de algo nuevo en lo que creer. El nivel de polarización en la opinión pública de la mayoría de los países crece y crece, mientras los políticos confirman, cuando creen que no les escuchan, que les conviene que haya tensión. Vienen tiempos de conflicto y de conflictos.

No parece nada nuevo. Repasando la historia hemos vivido este tipo de situaciones antes ¿La culpa esta vez? En gran parte, de la tecnología

Tecnológicamente, esta ha sido la década del 4G, y ahora viene el 5, con rima

Parecía muy banal cuando lo escuchamos por primera vez, pero ese 4 posibilitó que nuestros teléfonos móviles se convirtieran en pequeños ordenadores. Quién iba a decirnos que nos condenaría también a una conexión permanente con el trabajo, los amigos, y los grupos de Whatsapp. Con el 5G llegará el siguiente paso, el de que nuestros coches y neveras estén conectados a internet. Parece una memez.  

Pero el caso es que no lo es, y en breve todo electrodoméstico, desde una batidora a un timbre, estarán conectados a internet. Es lo que se llama IoT, internet de las cosas, que además de hacernos más vulnerables, posibilitará al fabricante del 5G tener todos nuestros datos. Quien lidera la implantación de esta tecnología es la china Huawei, y eso ha disparado todas las alarmas. Si la compañía es obligada a ceder todos sus datos a China, el país asiático tendría en sus manos el control de nuestro ejército, sistema financiero, comunicaciones, suministro de energía, agua, neveras, etc. Una invasión militar efectiva, sin disparar un solo tiro, y sin enviar tropas.

Estados Unidos puso el grito en el cielo, colocando a Huawei en la lista de empresas con las que no pueden comerciar sus ciudadanos, y obligando así a Apple a dejar de trabajar con ellos. Acaba de seguirle Alemania, con una legislación que pretende ser generalista, pero redactada especialmente para que la empresa no pueda ser la encargada de instalar el 5G alemán. El gobierno chino ha montado en cólera, amenazando con no comprarles un solo coche. Veintiocho millones de automóviles para los que no será fácil buscar un mercado alternativo. La ofensiva ha alcanzado también a Dinamarca, donde el embajador chino ha amenazado a miembros del gobierno de las Islas Feroe con restringir la exportación de salmón a China si no aceptan implantar el 5G… de Huawei. Obviamente, a la noruega Ericsson, con más capacidad de instalación que Huawei, pero patria del salmón, no van a pedírselo. 

¿Y qué defensa hace de sí misma la empresa asiática? La peor posible, afirmando que ellos son buenos y no venderán datos al gobierno chino. ¿El mismo gobierno que les defiende con extorsiones y amenazas en medio mundo? 

Menos mal que en nuestro país tiene vía libre: su consejero delegado asegura en los foros internacionales que España va a ser el ejemplo de Europa en su instalación. Ay, que nos va a tocar la rima del cinco con el 5G chino. 

Esta movida tiene una vertiente imprevisible, porque Estados Unidos está empujando a China hacia su independencia tecnológica completa. Como sea capaz de sacar su propio sistema operativo, distinto a iOs y Android, dejará de necesitar a los desarrolladores estadounidenses. Y es que las guerras, desafortunadamente, suelen tener como positivo el desarrollo de nueva tecnología o conocimiento. Aunque el principio de acuerdo alcanzado puede hacer pensar a muchos que las dotes negociadoras de Donald Trump funcionan, esto es solo el prólogo de lo que está por llegar

Resurge la política de bloques de la Guerra Fría

El presidente Donald Trump y el vice primer ministro Liu He, 2019. Foto: Shealah Craighead / Cordon.

El secretario de defensa estadounidense, máxima autoridad del Pentágono, ha afirmado que China ha desplazado la preocupación militar de EE. UU., para quien Rusia pasa a ser el segundo mayor enemigo, no el primero. Ha afeado al gigante asiático sus intentos por dominar el espacio marítimo al sur del mar de China, así como su injerencia en otros países saltándose leyes internacionales. No solo eso, anuncia una nueva geoestrategia, centrada en limitar la expansión del gigante mediante sus principales aliados en la zona, especialmente Corea del Sur. Los analistas coinciden: esta nueva situación ha venido para quedarse, y ahí tenemos el conflicto que protagonizará los titulares militares de la próxima década.  

De momento, Taiwán ha hecho un llamamiento para no acabar como Hong Kong, y ese abierto desafío al gobierno de Pekín puede entenderse como un intento de alinearse con un posible nuevo bloque de presión estadounidense. 

China no es democrática y tenemos que convivir con ella

Si algo molesta al gobierno chino es que se le denuncie como dictadura. Es lo que tiene reconvertirse al capitalismo, que se abandona la famosa dictadura del proletariado, tan comunista, pero sin abrazar la democracia. Tendríamos que repasar su historia para entenderlo, pero podemos resumirlo en que China, más que un país, es un continente mezcla de varias etnias, lenguajes y creencias, que lleva intentando unificarse bajo la etnia Han desde los tiempos de Mao, y aún antes. Va a hacerlo por las buenas o a la fuerza, y la última minoría con la que se está intentando acabar, con un sistema demasiado similar a los campos nazis, es la etnia uigur. Chinos musulmanes con idioma propio. 

Era un rumor no confirmado hasta que se filtraron una serie de datos de la provincia de Xinjiang, donde están esos nuevos campos de concentración. Ahora sus autoridades destruyen a toda prisa las evidencias del genocidio. Este es el país que nos va a instalar el 5G, del que dependemos tanto económicamente que el aumento de tensión en la guerra comercial con EE. UU. puede hundirnos en una crisis. Coja al azar cualquier producto, cualquier etiqueta, y comprobará que un 80 % de lo que posee tiene la etiqueta Made in China. ¿Vamos a afearle sus costumbres dictatoriales a nuestro proveedor? 

No, y además tendremos que comerciar con él. Quizá debamos hacer caso a Rafael Poch, y aceptar que es un país al que no entendemos lo suficiente, pero que está muy bien gobernado.  

Hemos pasado del presidente negro al blanco, y no nos ha ido mejor

Barack Obama, 2014. Foto: Andrew Harrer / Cordon.

Si algo tuvo la era Obama, el presidente elegido seis meses después de desatarse la crisis de 2008, fue un elogio generalizado del primer negro en la casa blanca. Will Smith llamó a su hijo, llorando, para que viera que, por primera vez, un hombre de su raza gobernaría en Estados Unidos. Poco después le concedían el Nóbel de la Paz al tipo de la gran sonrisa cuyo segundo nombre era Hussein. Menudo chiste después de tanta guerra en Oriente Medio. Al menos Obama reconocía en una entrevista de empleo antes de dejar el cargo que no sabía por qué se lo habían dado. Cosas de suecos.

Y tras el negro, hombre de color, o afroamericano, llegó el blanco, o el zanahoria, según le dé la luz. Donald Trump tiene tan mala prensa como buena tuvo Obama, pero ¿de verdad son tan diferentes? El resumen de los ocho columnistas estadounidenses de The Guardian aseguró al fin de su mandato que no. La sensación es que bajo Obama se instauró la precareidad entre los trabajadores estadounidenses. Ahí estuvo razón del éxito de la gorra roja de Trump con el «Make America Great Again», ligada a hacer regresar las fábricas para sus votantes rurales, los rednecks. Cosa que, claro, no ha sucedido. 

Obama se declaraba adalid de la lucha contra el cambio climático mientras financiaba con fondos públicos mayores explotaciones de crudo en países extranjeros. Deportó a más de 2,5 millones de personas hasta ganarse, concedido por los latinos, el título de «deportador en jefe», imitando el de «comandante en jefe» que todo presidente tiene como mando supremo del ejército. 

Menos mal que nos queda el Impeachment

Si Trump resume los males de nuestro tiempo, siempre podemos echarle. Los demócratas han lanzado el Impeachment, un equivalente aproximado a nuestra moción de censura, que terminaría con su mandato. ¿Funcionará? La aprobación en el Congreso de hacerle un juicio político en el Senado no debe llevarnos a error. Ambos partidos han votado en bloque, y eso quiere decir que los republicanos se han mostrado en contra. Pero para echarle de la presidencia se necesitarán sesenta y siete votos fundamentales que dependen de senadores de su propio partido. 

Lo que van a hacer a Trump en el Senado estadounidense es un juicio, y los senadores norteamericanos no son como nuestros diputados, monos que pulsan el botón que el partido les dicta. Llevan tan a gala su independencia como la honradez, y si unos pocos miembros del jurado consideran que su líder ha cometido traición a sus sacrosantos Estados Unidos de América, le tumbarían. No parece que vaya a ser así, porque el presidente tuitero ha sido listo, y está polarizando el debate como una contienda preelectoral entre demócratas y republicanos, con vista a las próximas elecciones de noviembre de 2020.

Recordemos lo que nos explicaba Roger Senserrich, ningún presidente americano tendría las manos libres para hacer nada, fuera de emergencias, antes de 2020. Nos lo dijo en 2014, usando el término gerrymandering, que, la verdad, parece sacado de las Alicias de Lewis Carroll. Agiliscoso brumeaba. 

O les echamos, o nos echamos todos a la calle. Otra vez.

Protestas desencadenadas por la muerte de Mohamed Bouazizi. Foto: Cordon.

Si algo ha sido esta década, es la de las revoluciones en la calle. Queremos recordar aquí a Mohamed Bouazizi, que no era un activista, ni un revolucionario, ni un héroe. Tan solo un humilde vendedor de frutas, tan desesperado por la confiscación de su puesto por la policía, y las humillaciones posteriores cuando fue a pedir explicaciones, que se quemó a lo bonzo. Su llama incendió Túnez, hizo huir al dictador que llevaba veinticuatro años en el poder, e inició una serie de revueltas denominadas Primavera Árabe

Aunque para ser honestos lo que nos sacudió a nosotros, y con extremada fuerza, fue un movimiento denominado 15M. Nadie tenía muy claro qué era, y lo único seguro en 2011 es que un montón de gente, ya hasta las narices de prometidos brotes verdes, y apaleada por la crisis, acampó en las plazas de media España. No era un movimiento político, sino la sensación de que habíamos dado un gigante paso atrás, con una clase política indiferente e impune, además de soberbia. El movimiento de los indignados lo cambió todo y aquí estamos, todavía sin gobierno, y sin paraíso.

Y eso que durante unos meses pensamos que quizá esta vez íbamos a asaltar, por fin los cielos. Podemos aglutinó el malestar del 15M y puso un partido en las urnas para entregarle nuestra rabia. Bueno, y para que el PP pusiera el grito en el cielo anunciando que regresaban los comunistas, los cuales después decretarían alertas fascistas, y vuelta a empezar. En realidad pocos de sus líderes eran marxistas, casi ninguno estuvo en las plazas, y hasta hubo oportunistas que ascendieron allí declarándose miembros de la PAH. Esta entrevista a Simona Levi explica un poco esa «visión tan particular de la realidad personal» (también conocida como «hechos alternativos»), pero sobre todo históricamente es oro para comprender lo que «Pudieron» ser, y no fue. 

Y esta otra trata de explicarnos que si queremos salir de la crisis tenemos que abandonar o reformar el capitalismo. Hay que darle la razón a Mónica Oltra, la crisis es, o fue, en realidad, una gran estafa. Como las falsas víctimas del 11S o del 11M, o los padres de Nadia, representantes de una nueva moda, el victimismo lucrativo. Curiosamente en todos los casos el resultado es una gran deuda que destruye la confianza.

Tampoco la Primavera Árabe, que nos hizo confiar con esperanza, trajo grandes cambios. Nicaragua, Bolivia, Chile, Colombia, Hong Kong, se han sucedido de revuelta en revuelta, y en todas tiene uno la sensación de que reivindican, con justicia, lo mismo que nuestros indignados, y que los inspirados por Bouazizi. Merecerían tener la razón, pero quizá estemos en el siglo donde toda lucha es estéril. O quizá, poco acostumbrados a pelear, nos demos por vencidos demasiado pronto. 

También es posible que simplemente los que piden cambios en realidad solo quieren uno: «quítate tú para que me ponga yo». No se busca cambiar el sistema o mejorarlo, solo revanchismo con los anteriores para hacer lo mismo que hacían ellos. Ada Colau explicaba cómo la gente le pedía por la calle trabajo para amigos y vecinos, es decir prevaricar. Y basta con un ratito en la cuenta de Twitter de @mejoreszascas para comprobar cuánto político que se quejaba del comportamiento del de al lado lo repite con minucioso mimetismo. Es la moda. Y claro, los políticos han pasado a ser una de las primeras preocupaciones para los ciudadanos de a pie.

La conclusión es que hemos ido de manifestaciones y protestas a movimientos, que se reforzarán cada vez más, saliendo una y otra vez a la calle. Esta vez, educados en no convertirse en partidos políticos, sino en marcarles el camino. Es lo que intentan hacer en Francia la suma de colectivos contra la reforma de las pensiones de Macron, o el Movimiento de las Sardinas en Italia. 

De cincuenta sombras de Grey hasta «El violador eres tú»

Mujeres cantando «Un violador en tu camino». Lima, Perú, 2019. Foto: Carlos Garcia Granthon / Cordon.

Ni la revista Times, al nombrarla persona más influyente en 2012, ni la propia escritora L. E. James imaginaban que al cabo de una década Cincuenta sombras de Grey habría vendido cien millones de ejemplares. Reconocemos el mérito de conseguir esas ventas tras escribir «Oh my» más de setenta veces en el primer libro de la trilogía. Su éxito es una lección para especialistas en marketing y medios de comunicación, responsables últimos de hacer viral algo que no estaba destinado a serlo

Pero hay algo más que pareció pasar desapercibido a las lectoras de entre veinte y treinta años, que han constituido el 70 % de sus compradoras. El protagonista masculino es un maltratador, que trata de controlar lo que ella come, cómo viste, qué coche conduce, y que se cabrea cuando ella no le obedece. Anastasia está lejos de estar empoderada, todo esto la halaga, y mientras nos lo cuenta no para de decir «guau» y hablar de la diosa del sexo que lleva dentro. 

La clave está en las sensibilidades cambiadas, lo que ayer era malo, ahora que estoy en la cima es bueno. Empodera la faja de Kim Kardashian, y Perez Hilton pide perdón a las celebrities a las que haya podido hacer daño con sus comentarios en su blog… ahora que él es una celebrity y no quiere que le hagan lo mismo. El ciclo de la vida, vida en la que debemos evitar o neutralizar a toda la gente tóxica que nos iremos encontrando. Cada vez serán más.

Un grupo de investigadoras publicó un estudio en 2014 advirtiendo del modelo tóxico de relaciones que reflejaba la novela, y su posible negativa influencia en las jóvenes lectoras. Es el eterno debate en que estamos sumidos, ¿no tiene derecho absoluto la ficción a desarrollar su libertad creativa? Error de foco, porque la cuestión aquí es si hoy Penguin Random House se hubiera atrevido a comprar los derechos de una obra erótica publicada en un sello ínfimo de Nueva York. 

Se nos viene encima con mayor fuerza el problema sobre la libertad de expresión. Ya no vale hacer boicots usando nuestra capacidad de compra, es decir no comprando, tal y como explica Enrique Dans en su último libro. Ahora lo moderno es escrachar, prohibir la libertad de expresarse a cualquiera que no nos guste, por cualquier motivo, convirtiendo lugares como las universidades en parques temáticos de lo pírricamente correcto, y actualizando la tradicional quema de libros

Adiós diálogo, negociación, civilización, bienvenidos al conflicto por el conflicto. Cualquier problema, la más mínima molestia, la percepción personal de incomodidad, torna en violencia. La generación blandita lo es para indignarse, pero deja su pasividad para estallar anónimamente en redes o con la cara tapada fuera de ellas. El problema es que a esa generación nunca se le enseñó a luchar, ni aquí antes ni allá en el futuro, por lo que puede llegar a ser utilizada como su Luca Brasi particular por aquellos que mejor sepan venderles el relato o el himno adecuado. 

Terminamos el año en que el himno «El violador eres tú» ha sido coreado en América, Europa, y hasta por las diputadas del Parlamento Turco. Su estribillo, creado por el colectivo Lastesis en Chile, deja claro el problema que persiste todavía en muchas partes del mundo: «Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía». Todo, porque la mujer aún debe demostrar en los tribunales que no deseaba ser violada cuando lo fue. Aquí, con una legislación específica que en lo penal pena más al hombre que a la mujer, vivimos una época que será recordada por «las manadas», grupos de hombres contra una mujer sola. Recordada y distorsionada, tanto, que incluso algunos políticos confunden las manadas con otras… cosas. 

Esta distorsión empieza a suponer un posible riesgo para la presunción de inocencia, que algunos insisten en eliminar; pero sobre todo para la confianza en la justicia, que se ha visto afectada por el populismo y el espectáculo mediático continuado en que viven grandes medios y políticos. En la época de los realities, baratos, rentables y con contenidos tan inevitables como Thanos, incluso el reality por antonomasia, Gran Hermano, no pudo verlo venir ni evitarlo… o eso dicen. 

Es entonces todo un reality, realidad incluida, y por eso hemos confundido ficción con realidad: el artista que creó una falso tour de la Manada de Pamplona ha sido condenado a un año y medio de cárcel y una multa de quince euros. Los medios que tomaron erróneamente por verdadero su falso montaje, creado para denunciar el despreciable tratamiento que realizan en estos casos dichos medios, no han sufrido ninguna consecuencia. Vendrán más condenas y más límites a la libertad de expresión y a otras libertades. 

Es complicado saber el precio que esta sociedad está dispuesta a pagar para que hombres y mujeres lleguen a relacionarse en condiciones de igualdad. Curiosamente se busca ir rápido en el proceso cuando se prevé que la igualdad de género no se alcance hasta 2119. Quizá ni siquiera lo haga nunca. 

Queríamos más mujeres en las carreras STEM y ahora el problema es que cada vez hay menos gente de cualquier tipo en las ingenierías. Queríamos paridad, pero que haya más profesoras de primaria o enfermeras no motiva al cambio. Hay más juezas que jueces, pero a los puestos más altos llegan más ellos. Al menos de momento. 

Quizá no sea tan simple como los himnos y las frases lapidarias de fácil difusión tuitera, quizá haya que entender el problema en detalle para conocer los motivos de algunas de esas diferencias y así plantear posibles soluciones. Lo que es seguro es que podrán identificar a quién vive del problema y no quiere que este desaparezca: repetirá consignas, pedirá que se haga callar a cualquiera que sea crítico o discrepe, y luchará denodadamente por su pan, ocultando datos que puedan arrojar luz sobre el tema. Al menos siempre nos quedará París, donde gritaremos a pleno pulmón «Vive la difference!» y seguiremos combatiendo la intolerancia desde la resistencia.

Nos ha dejado Juego de tronos y el kilogramo, pero tenemos a Rosalía

Rosalía. Foto: Cordon.

Hemos vivido la década del sindiós cultural, por las mezclas de género y la masa decidiendo la creatividad de los autores. Uno de los problemas de los cambios demográficos. De películas en el cine a series en casa. De esperar a la hora señalada cada semana a encerrarnos para ver toda la temporada de un tirón. De recordar a Chanquete con nostalgia a exigir en redes sociales que nos den el final que queremos recordar. Nos quedamos con la explicación de Bárbara Ayuso, que lo resume todo: el escritor no es tu puta

George R. R. Martin vivió acosado para que terminase Canción de hielo y fuego, en parte porque a los fans les obsesionaba ver el final de su serie de televisión, estrenada en 2011. Finalizó antes de que Martin haya acabado de escribir su saga, sin contentar a muchos. Oigan, igual es que faltaba su creador. Será el signo de los tiempos durante la próxima década: la prisa, el atropello. El autor explicaba que los showrunners tuvieron trescientos sesenta minutos, es decir trescientos sesenta páginas de guion, para contar el final, mientras que él no va a bajar de tres mil páginas en su versión. Casi nada.

Y vendrá la limpia, porque lo de crear con calidad no entiende de prisas, ya pueden estar Netflix y HBO obsesionadas con llenar su catálogo. Lo único que consiguen, de momento, es que el 80 % de su producción sea pasable o abiertamente mediocre. El talento de Pareto, de toda la vida, aunque de vez en cuando salve los papeles alguna joya. 

En cuanto al rock, ha muerto. Larga vida al rock. O no, si acaba siendo un producto minoritario, una delicatessen. Led Zeppelin cumple cincuenta años, también el primer festival de Woodstock, y aquel concierto en una azotea de The Beatles. Cuando rebasamos los treinta dejamos de escuchar nueva música, y los rockeros nostálgicos no son más que un producto de la conducta, analizado por la ciencia. El subdirector de esta revista ama el metal, el director es más del indie, todos amamos a Rosalía aunque no la escuchemos. El futuro es el trap y el autotune a tope. Lo dice Jaime Altozano. Y cuando pasa a nuestro lado un chaval con un móvil escuchando algo que no le pondríamos ni a nuestro peor enemigo, un escalofrío nos recorre la espalda. ¿Nos habremos hecho viejos? 

Para saber lo que viene nada como los youtubers, el futuro del entretenimiento disponible hoy en cualquier pantalla. Con ellos podemos entender arquitectura gracias al culo de Kim Kardashian y Ter; entretener a cinco millones de suscriptores con las cosas de niños de MikelTube y LeoTube; o abandonar a los Manolos para ponernos al día con el fútbol de los chavales de Campeones. Sí, también ciencia, magia, una abuela de dragones y mucho más. Cualquiera puede serlo, los niños le dicen a Addeco que es una de sus profesiones preferida, aunque solo unos pocos pueden vivir de ello. Pero quieren ser eso y mucho más.

Pero ya no más…

El nuevo prototipo de la nave de Elon Musk y su compañia SpaceX. Foto: Cordon.

… aunque hay más. Claro que lo hay. Nos ha faltado lo nacional, no le hemos hablado del procés, ni de el día electoral de la marmota, ni del Valle de los Exhumados y su depreciada momia, ni de tantas y tantas cosas que marcaron esta segunda década del siglo XXI. Tampoco del último ataque a la libertad en internet, de las limitaciones en el copyright en la UE, del incendio del Amazonas de París y del Notre Dame de Brasil (los de California ya tal), ni del primer actor y humorista elegido presidente, Volodymyr Zelensky, en Ucrania. No hemos hablado de la nueva carrera espacial, de Musk y Bezos mirando a Marte, de China e India camino de la Luna, o de los fundadores de Google creando alta biotecnología. Tampoco mucho de economía, ni de la deuda, ni del empleo ni de casos como el de Thomas Cook, que quebró por esa dinámica mundial de morir o matar por turismo, sin saber adaptarse a los nuevos tiempos. Sobre todo no le hemos hablado del fin de la risa, y eso que esta vez nos hemos puesto serios. 

Pero no sufran ni se preocupen. Otros les hablarán de todo ello. De un modo u otro, tarde o temprano, siempre encontrarán algunos de esos que viven defendiendo esta bandera negra, con una J y una D. Porque, ¿saben? por encima de cualquier otra noticia, esta ha sido…

… La década Jot Down

El 1 de mayo de 2011 aparecieron, de golpe, trece artículos en una mínima página de internet, otra más en el marasmo de direcciones IP.  Sabemos que se han saltado todos esos enlaces que ponemos para que amplíe la información, pero haga el favor de clicar en este porque fue el primer día de esta revista. Es cierto. Lo sabemos. Viéndolo, nadie hubiera dicho que esos locos de la bola negra fueran a refrescar el periodismo de este país, la forma de escribir artículos, de hacer entrevistas, de mostrarse macarra o erudito, científico, tierno, gonzo, etc. Pero apenas unos meses después, en junio de aquel año, aparecía el primer artículo con el reconocible estilo Jot Down, «El sueño húmedo de la mujer del pescador». 

Jot down significa «apunte rápido y breve», por lo que era evidente que el estilo «yotdaunesco» iba a implicar artículos de dos mil quinientas palabras y entrevistas de dos horas, en persona, en directo y con fotos en blanco y negro. Luego salieron los imitadores, y hasta los jetas que copiaban y pegaban en sus revistas artículos y entrevistas como si fueran suyos, al más puro estilo del sucedáneo homeopático de turno. 

A los primeros se les agradece, como decía el maestro Quino «la diferencia entre el plagio y la inspiración es que inspirarse es lo que hacen tus amigos». Así los vemos, como amigos de la cultura que se han inspirado en unos enamorados del tema, que siendo pioneros parece que han creado escuela. A los segundos no se les guarda rencor. No mucho. No tenemos tiempo para dedicárselo, ya que por aquí pasa medio millón de visitantes únicos cada mes. No personas que repiten, no, 500 000 lectores distintos. Que leen cada artículo durante una media de 14 minutos 23 segundos. Que en sus inicios llegaron a dedicarnos 53 minutos cada vez que venían a saludarnos. Que nos hacen 25 millones de visitas al año. Gente maravillosa como usted, pero también crítica y meticulosa, que incluso a veces nos dejan sus comentarios. Exigentes como para que pensemos en ellos continuamente cuando aporreamos nuestros teclados como estajanovistas pianistas en medio de un complicado concierto. Personas que nos hacen pensar que merece la pena seguir con esto otra década más. Junto a ese hermano pequeño del que no hablamos mucho. Una comunidad a la que queremos ofrecer una visión independiente, un lugar donde se puede hablar de todo y de todos, donde el deporte y el sexo son cultura, y donde el pensamiento crítico nos impide callar, por más que nos exijan silenciar a unos u otros. Y donde, además de escribir, organizar eventos y promover el conocimiento, remamos sin parar.

Ahora que estamos en confianza, es cierto que no hemos cumplido todavía diez años, ya que confesamos que Jot Down nació en 2011. También que la segunda década del XXI no ha acabado todavía realmente. ¡Fake news! Es la moda que viene. Así que no nos tomen demasiado en serio. Que igual que les decimos que las matemáticas desaconsejan jugar a la lotería, les deseamos buena suerte mañana con el bombo. Puede que les toque, o puede que no. En cualquier caso vuelvan por aquí para suscribirse. En Jot Down tienen la seguridad de que siempre saldrán con más de lo que entraron. ¡Tomen nota!


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¿Cómo tenía que haber acabado Juego de tronos?

No, si ya. Qué me va a contar. Así estamos todos, no se crea: con un regusto raro en el paladar y un gesto en el semblante como de estar oliendo mierda. Juego de tronos acabó y contento, contento, lo que se dice contento, no ha quedado casi nadie. Pero soñar es gratis y también es gratis algo todavía mejor: criticar sin saber y a toro pasado. Y eso es lo que queremos proponerle hoy. ¿Cómo tendría que haber acabado Juego de tronos? Sírvase, hay opciones surtidas, o añada la que se le ocurra en los comentarios.

(La caja de votación se encuentra al final de esta pieza)


Daenerys vence y destruye el trono

Y luego de eso se va a Mereen, a otra región de Essos o a la mierda mismamente, el destino es lo de menos. Lo determinante es que consume su venganza contra la conga interminable de facinerosos, usurpadores y señores coñones en general que se reparten la merienda en Poniente desde los tiempos de Maricastaña.


Daenerys mata a Jon

Y motivos no le habrían faltado, eso bien los sabe R’hllor. Apunte los cargos: conspiración, alta traición, hacerte la tres catorce. Jon planearía pero no conseguiría consumar el asesinato de Daenerys, como sí ocurría en la serie, y sería ella quien dijese: ¿ah, sí? Pues tocotó. ¿Que no le gusta esta opción porque es usted #teamJon? Como para no, perdone que le diga yo a usted en su cara misma. A Daenerys, pobrecita mía, la sacaron al final que le faltaba solo comer niños, ñam ñam, con cuchillo y tenedor. Y todo para naturalizar la victoria moral del poca cosa este, que es más flojo que la mierda de pavo. Así también gano yo, nos ha jodido mayo.


El Rey de la Noche vence 

Y mira que un escenario como este (un posapocalipsis zombi) tuvo que tentar en HBO, donde ofrecieron a D. B. Weiss y David Benioff un volquete de dinero ya no para que hiciesen más temporadas, que también; incluso para que hiciesen la temporada final más larga, tal y como se ha sabido después. El oro y el moro, para entendernos, con tal de que no acabasen a martillazos con la máquina de imprimir billetes. La derrota de los héroes habría sido una forma de cerrar la historia en falso y naturalizar una continuación con parte del elenco en un contexto ya puramente zombi, que nunca es mala idea. Le recuerdo que The Walking Dead va por la décima temporada y lleva dos spin-offs y tres películas aparte. Si eso no es petarlo, que baje Dios y lo vea.


Daenerys, reina de los Seis Reinos; Jon, consorte; Sansa, reina en el Norte

Y como Daenerys morirá sin descendencia serán los futuros hijos de Sansa quienes gobernarán finalmente todo, bien reunificándolo como los Siete Reinos, bien mediante la figura de la unión personal entre el Norte y los Seis Reinos. Si le resulta embrollado, le recuerdo que esto mismo pasó en Inglaterra y Escocia. Isabel I reinaba en Inglaterra, María Estuardo lo hacía en Escocia y, dado que la primera murió soltera y sin hijos ni sucesores, fue el hijo de la segunda quien se ciñó finalmente ambas coronas.


Daenerys y Jon ascienden juntos al trono

Él lo haría como rey en el Norte y ella como reina de los Seis Reinos. Algo al estilo Isabel y Fernando, ya sabe, tanto monta, monta tanto. Inconveniente: se nos ha dicho que Daenerys y Jon no tendrán hijos. De nuevo, serán los futuros hijos de Sansa (o los de Arya, todo podría ser) quienes hereden finalmente el Trono de Hierro, ahora con el aval dinástico de ser los parientes más cercanos del rey, Jon.


Tyrion y Sansa ascienden juntos al trono

Una variación de la fórmula anterior, esta con más continuidad con el desarrollo final de los acontecimientos. Daenerys muere y Jon se une de nuevo a la Guardia de la Noche, tal y como ocurrió la serie, pero es Tyrion y no Bran quien resulta proclamado rey de los Seis Reinos. En la práctica, la vigencia de su matrimonio con Sansa haría que la pareja gobernase el Norte y los Seis Reinos y que fuese su hijo quien heredase el poder sobre todo Poniente en conjunto. Ah, y se trataría de un matrimonio político, no por amor. Si pretende usted anticipar cómo acabará George R. R. Martin la historia de los libros, tolón tolón, por aquí suenan campanas. Algo así es bastante más consonante con la historia real de la Europa medieval.


Gendry asciende al trono

Y mire, hablando de realismo: Gendry. Recuerde, es la dinastía Baratheon la que retiene oficialmente el trono. Da igual si los poderosos de Poniente acaban acordando que Joffrey, Tommen y Cersei (los tres puramente Lannister, los tres Baratheon de apellido) fueron reyes legítimos o no; en ambos casos el único Baratheon vivo al final de Juego de tronos es Gendry y Gendry desciende directamente de Robert, lo que le convierte en el heredero natural. Y le digo más: incluso si a los poderosos de Poniente les da igual ocho que ochenta y consideran también legítima la brevísima restauración Targaryen que obró Daenerys, Gendry sigue siendo uno de los principales aspirantes a sucederla si Jon queda descartado, como ocurría en la serie. A diferencia de lo que ocurre con las otras grandes familias, los Baratheon y los Martell tienen sangre Targaryen.


Gendry y Arya ascienden juntos al trono

Una opción redondísima, no me diga que no. Consumaría la unión Baratheon-Stark que planearon Robert y Ned pero no en las figuras de Joffrey y Sansa sino en las de Gendry y Arya. Haría falta, claro está, que Arya consintiera en casarse, cosa que no hizo al final de Juego de tronos, en cuyo caso ejercería como reina consorte. Pero si se aparta a Sansa del escenario (se resbaló en la ducha, por ejemplo), Arya se convertiría en reina en el Norte mientras que Gendry lo sería de los Seis Reinos y el hijo de ambos, de nuevo, estaría en posición de reunificar Poniente (o, en todo caso, de gobernarlo completamente).


La abolición de la monarquía

Y si le parece muy lunático, eche usted el freno. Uno, porque las Ciudades Libres y otras regiones de Essos no tienen rey y funcionan como lo hacían en la Edad Media la ciudad-estado de Florencia o las repúblicas marítimas, sin ir más lejos; y dos, porque este curso de los acontecimientos era tan plausible que en el episodio final tuvieron que sacar a la carcunda ponienti riéndose en la cara misma de Sam cuando propuso esta misma idea. Entre usted y yo: para acabar tomando una decisión tan problemática como la de coronar a Bran, mejor no coronar a nadie.


Bran es el Rey de la Noche

Porque, insistimos: es algo muy problemático que Bran acabe entronizado. Mejor dicho: es problemático que entonces conserve su cualidad heroica. Al final de la serie se nos sugiere que Bran, facultado con el poder de terciar en los acontecimientos del pasado, ha intercedido en todo aquello que hemos visto en los últimos ocho años para garantizar la victoria de los vivos. Problema: si esto es así, entonces Bran se ha convertido en rey a sí mismo. Y le ocurre lo que a Dios según el viejo razonamiento: o es todopoderoso o es bondadoso, pero ambas cosas a la vez son incompatibles. Solución: no es bondadoso. O Bran ha controlado mentalmente al Rey de la Noche o el Rey de la Noche ha hecho lo propio con Bran, la vuelta es la misma: el villano, al final, ha sido proclamado rey de Poniente.



Juego de tronos: crónica de un desencanto anunciado

Imagen: Helen Sloane / HBO.

La octava temporada de Juego de tronos ha sido como esa fiesta que se prolonga hasta el amanecer y de la que casi todo el mundo ya se ha ido. Nadie se preocupa por que la música sea buena, o por el que suene música siquiera. Hay colillas en las bebidas y es imposible encontrar algo para comer. Los que aún quedan balbucean sin saber muy bien qué hacer y algunos protestan por la repentina decadencia del jolgorio: «¿Por qué esta fiesta ya no es lo que era?». Bueno, llevaba cuatro horas sin ser lo que era, pero no te estabas enterando porque el impulso de la euforia acumulada te lo impedía. Hace cincuenta minutos seguías diciendo que «esta es la mejor fiesta del mundo». Y lo decías cuando los más sensatos estaban ya en su casa, durmiendo confortablemente con el pijama puesto.

«Oiga, pero cómo dice usted, pedazo de imbécil, que todo el mundo se ha ido, si la serie ha tenido mucha audiencia y la gente no deja de hablar de ella». Sí, los espectadores han seguido ahí hasta el final. Pero la presencia de muchos espectadores no determina la calidad de un programa. Quienes se habían ido de la fiesta son las ideas, junto con la inspiración, la coherencia, los diálogos inteligentes y los personajes interesantes. Todo eso había desaparecido. Algunos espectadores solo se han sentido decepcionados en la octava temporada, otros se desencantaron en la séptima, y otros pensamos que Juego de tronos llevaba cuatro temporadas siendo un cadáver andante. Lo digo con pesar y sin ningún ánimo de hacerme el esnob: la he seguido viendo por inercia (o curiosidad, como prefieran) y porque es un producto cultural masivo sobre el que conviene estar al tanto, pero no soy masoquista. Realmente me hubiese gustado ver estas cuatro últimas temporadas con el mismo placer con el que vi las primeras. No me ha sido posible.

He contemplado este desenlace con la cabeza más centrada en el episodio semanal de Chernobyl que en el hecho de quién terminaba reinando en la escombrera de Poniente. Y eso es decir mucho para alguien que, como yo, suele preferir malo conocido. Pero es que el desenlace de Juego de tronos ya no dependía de la lógica. Al final la Khaleesi muere, Cersei también, Jaime también, Tyrion deja el alcohol y las mujeres, Bran es el nuevo rey, Sansa gobierna el Norte, Arya se va a descubrir América, y Jon es enviado más allá del Muro. A estas alturas, después de varias temporadas de flagrante arbitrariedad, todo podría haber concluido con los papeles intercambiados entre esos mismos personajes y yo, por lo menos, no hubiese notado mucho la diferencia. ¿Recuerdan aquel primer año, cuando la decapitación de Ned Stark fue cuidadosamente preparada episodio tras episodio, ante nuestras propias narices y sin que nos diésemos cuenta? Cuando sucedió fue chocante, pero luego mirabas hacia atrás y decías: es verdad, esto no podría haber terminado de otra manera para Ned. Ahora, sin embargo, uno mira hacia atrás y piensa que casi cualquier final era posible porque casi nada estaba bien establecido o preparado.

Imagen: Helen Sloane / HBO.

A quienes queden decepcionados con este desenlace, que son quienes esperaban algo bueno de él, les diré que estaba claro desde hacía mucho tiempo que no había manera de terminar esto bien. Daba igual quién matase a quién, daba igual quién se sentase en el Trono de Hierro, o si fundían el trono para llenar Desembarco del Rey de bocas para mangueras antiincendios. Toda narración es un proceso; por muy bien que empiece, si se desvía del camino durante casi toda su parte media, es imposible llegar bien al final. En ajedrez tienen un concepto llamado zugzwang: una vez el jugador ha cometido ciertos errores, cada nuevo movimiento que haga está condenado a ser malo también. Por mucho que se esfuerce, por mucho que piense, cada nuevo movimiento contribuirá a que pierda la partida porque los errores previos le han impedido disponer de opciones buenas. Un equipo de fútbol puede jugar fatal y arreglarlo con un gol de rebote en el último minuto, pero en el ajedrez eso es imposible, como es imposible en la narración. Una vez se han echado por la borda ciertos principios (coherencia, lógica, etc.), no pueden ser rescatados en el último minuto.

Recuerdo cuando empecé a ver Juego de tronos sin saber muy bien qué esperar. Las primeras temporadas de la serie me parecieron muy, muy buenas. Una serie sin concesiones a la manías del espectador, que describía un mundo medieval inclemente e imprevisible, trasunto de los defectos de nuestro propio mundo.  Me enganché. Hacia la cuarta temporada, creo recordar, empecé a notar algunos desconchones aquí y allá, pero nada especialmente grave porque lo normal es que las series empiecen su declive a los tres, cuatro o, en casos excepcionales, cinco años. De hecho, hasta podía decirse que Juego de tronos mantenía el tipo con dignidad en un punto donde otras series ya se habían derrumbado. En algún momento, sin embargo, todo se vino abajo. El cambio fue, para mí, tan repentino y chocante como incomprensible. No era el declive habitual producto del tiempo, sino una especie de metamorfosis completa que me dejó perplejo. No he leído los libros, pero todo esto me ha producido la fuerte sensación de que la magia provenía del señor George R. R. Martin. He visto varias entrevistas suyas y parece ser un tipo con las ideas muy claras. No sé si escribe bien o mal, pero me ha quedado claro que, sin su material literario como fundamento firme de la serie, los showrunners D. B. Weiss y David Benioff no tenían ni puñetera idea de cómo mantener vivo ese universo. Incluso habiéndome enterado de que el propio Martin estaba empezando a desvariar con los argumentos de los libros, hay muchas cosas que debían de provenir de él porque ya no están ahí. Los diálogos y la definición de los personajes. La mala leche. La ironía.

Mucho antes de esta octava temporada que no ha gustado a casi nadie, la decadencia ya era flagrante. Hablo de las últimas cuatro tempoaradas, nada menos. Personajes complejos quedaron reducidos a estereotipos. Los diálogos, hasta entonces repletos de giros sugestivos, se convirtieron en sucesiones de ocurrencias y banalidades. El mejor ejemplo era Tyrion Lannister, que en las primeras temporadas fue uno de los mejores personajes de la ficción audiovisual reciente, interpretado por uno de los mejores actores del mundo, Peter Dinklage. Todos tenemos en mente aquella secuencia en el juicio a Tyrion. Una secuencia que, para mi asombro y alegría, recordó muchísimo al legendario arrebato que Al Pacino rodó en una sola toma y a la primera en la película …And justice for all de 1979 (si no conoce usted la escena de Pacino, ¡no la busque en YouTube! Véala en el contexto de la película, porque le dejará sin aliento). A partir de la quinta temporada, todo el encanto de Tyrion se volatilizó. El más listo de los Lannister quedó como emisor-receptor de chistes olvidables, aunque ahora no me sorprende, dada la insistencia del guion en pretender que Sansa Stark es más lista que él (¿en serio?). El propio Dinklage pareció ser presa de la desidia, aunque sería imposible echarle la culpa, porque había pasado de tener un material excelente con el que trabajar a verse obligado a defender frases estúpidas dichas por un personaje que cada vez pintaba menos en el argumento.

Imagen: Helen Sloane / HBO.

El bajón incluyó a las propias tramas, infladas, sin dirección clara, y, por efecto de las constantes muertes, vaciadas de personajes sustanciales. El cambio fue tan brutal que me parece admirable que intérpretes como Nikolaj Coster-Waldau, Maisie Williams o la gran Lena Headey se hayan esforzado muy visiblemente por mantener el nivel de su trabajo en mitad del declive de sus propios personajes. Me parece muy significativo que el final de Juego de tronos haya estado dominado por algunos de los personajes menos interesantes de estas ocho temporadas, como Jon Snow, Daenerys Targaryen o Sansa Stark. Son personajes que, o bien carecieron de agencia durante buena parte de la serie, o bien estaban en manos de intérpretes mediocres (Kit Harington y Emilia Clarke, os estoy mirando a vosotros). Y ojo, esto no tiene nada que ver con mi simpatía o antipatía hacia esos personajes en concreto. No me quejo si aparece Emilia Clarke en pantalla, ¡para nada!, pero cualquiera con dos dedos de frente sabe que un minuto de pantalla de Liam Cunningham contiene más oficio que doscientas escenas de ella o del pánfilo de Kit Harington. Y lo peor, son personajes de los que se ha querido hacer una reestructuración para convertirlos en lo que el desenlace necesitaba que fuesen. Y eso incumple una regla bien conocida de la narración: el final de una historia debe ser el resultado coherente de los caracteres de los personajes implicados y de las interacciones lógicas entre ellos. Es mala narración aquella que prefiere cambiar a los personajes solo para hacerlos encajar en un final predeterminado. Los personajes deben evolucionar. No puede ser que Daenerys y Jon Snow se amen profundamente después de un par de polvos. No puede ser que intenten convencernos de que Sansa Stark es más inteligente que Tyrion Lannister. No puede ser que Lord Varys cometa una torpeza como la de proponer una traición a cielo abierto. Hay muchas cosas que no pueden ser. No es que me gusten o me dejen de gustar, es que no tienen sentido.

Mi sensación de que sin George R. R. Martin no había Juego de tronos fue reforzada al saber que algunos de los pocos episodios que yo rescataría de las últimas temporadas partieron de ideas proporcionadas por él. La coherencia artística proviene de visionarios, de gente que tiene determinadas obras en su cabeza. Una obra artística no es una cosa democrática que podemos votar todos. El arte no es, o no debería ser, Operación Triunfo ni Eurovisión. George R. R. Martin tenía ese mundo en la cabeza, los demás no lo teníamos. Sin libros que adaptar, los showrunners han pasado años escuchando a un «fandom» advenedizo, arrasador y de un histérico maniqueísmo. La serie se había convertido en un festival de concesiones hacia un tipo de espectador que busca recompensas emocionales relacionadas con lo que sucede dentro del argumento, y no tanto recompensas estéticas relacionadas con los valores artísticos de la narración en su conjunto. Mucha gente confunde la calidad de una narración con el hecho de que el argumento satisfaga sus simpatías y antipatías hacia ciertos personajes, o aún peor, que satisfaga sus posiciones políticas o sociales (¡intentar convertir una serie de fantasía medieval como referente político y moral! Qué tiempos vivimos). Lo cual explica que, cuanto menos racional era la serie, más audiencia tenía. La jugada ha funcionado comercialmente, ahí están los números para demostrarlo, pero también ha puesto de manifiesto que el «fandom», una vez se ha acostumbrado a ser contentado siempre, no entiende un nuevo matiz por respuesta.

Imagen: Helen Sloane / HBO.

Al final, Weiss y Benioff han recordado súbitamente lo que Juego de tronos fue en un lejano día y han intentado recuperar el impacto retornando (con reservas) a la imprevisibilidad de los inicios. Haciéndolo, como era de esperar, han dejado infelices a quienes confiaban en seguir recibiendo su dosis de fan service, pero también han decepcionado a quienes esperaban una segunda epifanía como aquella decapitación de Ned. El episodio final ha sido flácido, situado en punto intermedio muy poco atractivo, la culminación de años de intentar contentar a todos. Este episodio final ha contenido, eso sí, uno de los grandes momentos de los últimos años de la serie y el mejor de la octava temporada junto a aquel «¡Siempre he tenido los ojos azules!». Hablo de cuando Tyrion Lannister se pone a ordenar sillas en el salón del consejo real, una respuesta neurótica maravillosamente apropiada.

Semejante arbitrariedad ha precipitado, además, una hilarante cascada de análisis insensatos que he leído y escuchado por ahí. Por si no era bastante con que los personajes fuesen manipulados torpemente por las necesidades de un argumento sin rumbo, algunos (o muchos) comentaristas han pretendido que se adaptasen además a su propia idiosincrasia moral o política. Este fenómeno me tiene fascinado. Juego de tronos la han visto millones de personas, incluidos usted y yo, y ninguna de esas personas podía pretender verse reflejada personalmente en el desenlace. Entiendo las simpatías y antipatías hacia personajes concretos, pero insisto en que el juzgar la calidad de una serie según el destino que el argumento reserva a esos personajes es absurdo. Lo importante es que el argumento esté bien estructurado, que la narración cumpla unos criterios que llevan siendo estudiados desde la antigua Grecia y que seguirán siendo estudiados dentro de otros tres mil años, si es que para entonces queda alguien vivo. La identificación personal, emocional, política o moral de un espectador hacia un personaje concreto de ficción no le importa a nadie más. Ni importa a los demás espectadores (por más que las «comunidades» de protestones de Twitter y Facebook se empeñen en que sí), y desde luego no importaba a quienes escribieron el guion pensando no en usted o en mí, sino en un conjunto amorfo conocido como «audiencia», al que se intenta conocer y complacer de manera más bien estadística.

Usted y yo no somos nadie, cuanto antes lo asumamos, mejor. Por poner un ejemplo: a mí me era muy simpático el personaje de Ned Stark. Yo no sabía nada sobre los libros. Sin embargo, cuando le cortaron la cabeza al final de la primera temporada, no me dio por «enfadarme» con los guionistas, ni por decir que el guion era obra de malvados anarcocapitalistas que pretendían lanzar el ofensivo mensaje de que la honradez es castigada y que lo mejor para la supervivencia es ser un hijo de puta. No vi ningún escándalo moral en ese giro de la historia. Era un suceso terrible dentro del contexto de Poniente, sí, pero un suceso magnífico como elemento estructural de la ficción. Era algo poco habitual, como cuando Hitchcock se cargó a Janet Leigh al principio de Psicosis. Simplemente admiré el coraje de matar a Ned, el protagonista, que además era uno de los pocos personajes que destacaba por sus virtudes y no por sus defectos o carencias. También admiré la manera en que ese sorprendente desenlace de temporada había sido narrado: su construcción, los muchos elementos que habían contribuido a la llegada de ese instante. Del argumento de una serie no espero justicia, espero calidad y coherencia. Para la justicia están los tribunales, y hablo de la vida real. Pedirle justicia y moralidad a lo que sucede dentro de la ficción es un claro síntoma de imbecilidad funcional a la hora de relacionarse con el mundo.

Imagen: Helen Sloane / HBO.

La cuestión es que Juego de tronos necesitaba un final y que, después de cuatro temporadas de decisiones inconsistentes por parte de los guionistas, o de los últimos libros, o de ambas cosas, el zugzwang impedía que fuese un final a la altura de los comienzos. Respeto a quien se divierta analizando en detalle la mitología de este desenlace, ya sea para defenderlo o para atacarlo, pero esto es como lo de Star Wars: el daño estaba hecho desde mucho tiempo atrás. Los detalles concretos sobre qué personaje pierde y cuál gana ya no importan tanto como el hecho de que llevamos años asistiendo a la demolición descontrolada de un universo que antaño fue fascinante. No había manera de reconducir lo que estaba hecho pedazos. Después de recurrir una y otra vez a resortes fáciles, a resurrecciones de personajes, a romances que empiezan de la nada, a justificaciones incomprensibles, ¿qué esperanza había de contemplar un final digno de aquellos fantásticos episodios que antaño nos engancharon a esta serie? Ninguna. Vi a Jon Snow en solitario ante un ejército en marcha, un plano pensado para los trailers, y sobreviviendo como cuando Glenn de The Walking Dead se cayó en mitad de una manada de zombis y salió tan campante sin un mísero mordisquito. Cuando una serie recurre a este tipo de trucos no una, sino varias veces, es porque está agonizando artísticamente. De hecho, Juego de tronos ha terminado a tiempo: una temporada más y también el público hubiese empezado a marcharse de la fiesta.

Lo gracioso del asunto es que Disney quiere que Benioff y Weiss realicen una trilogía de películas de Star Wars. Y como la temporada final de Juego de tronos no ha contentado a casi nadie, los ejecutivos de Disney deben de estar haciendo arder sus teléfonos. Ya tenían bastante con capear los efectos del temporal de relaciones públicas provocado por el tontaina de Rian Johnson y del subsiguiente, aunque no necesariamente correlativo, fracaso financiero de la película de Han Solo. Lo bien que les va a Disney con Marvel Studios, y con Lucasfilms parece que les haya mirado un tuerto. En cualquier caso, a favor de ellos está el que Juego de tronos haya sido un hito cultural. Se dice que el desenlace puede haber tenido cerca de mil millones de espectadores; no es descabellado, puesto que era ofrecida al mismo tiempo en ciento cincuenta países, aunque la propia HBO reconoce que es muy complejo conocer las cifras totales, y eso sin tener en cuenta la piratería. Es difícil comparar la popularidad entre series de diferentes épocas, pero es algo histórico. El episodio de serie más visto en los Estados Unidos sigue siendo el final de M*A*S*H, emitido en 1983; el único programa no deportivo que ha entrado en la lista de las veinte emisiones con mayor audiencia de la TV estadounidense. Aquel episodio de M*A*S*H tuvo más de cien millones de espectadores solo en aquel país, aunque en el resto del mundo es difícil saberlo, dado que por entonces no se emitían las series de manera coordinada a nivel internacional. Pero vamos, aunque en su país reunió una audiencia oficial mucho mayor que el final de Juego de tronos, parece imposible que M*A*S*H fuese vista a la vez por tanta gente.

Así pues, Bran termina en el Trono de Hierro, aunque lo primero que ha hecho ha sido marcharse a sus cosas, como Mariano Rajoy. Es curioso que quien era básicamente un «no personaje» haya terminado siendo el personaje más prometedor (en el caso de que la serie hubiera continuado, claro). Quizá se deba al aire ultramundano y místico que le confiere Isaac Hempstead-Wright, que se ha pasado temporadas enteras interpretando a un mueble para, en los últimos episodios, desplegar una hipnótica majestad que amenazaba ya con merendarse al resto del reparto. Yo voto por una futura comedia en plan La extraña pareja donde el rey Brandon y su mano derecha Tyrion intentan ajustar sus respectivas personalidades. Una especie de Frazier medieval, con súbitos planos de Bran apareciendo en mitad del pasillo y mirando hacia un punto fijo, mientras Tyrion, que caminaba distraído ordenando sillas, se pega unos sustos de muerte al encontrárselo. La verdad es que pagaría por ver algo así. ¿Juego de sillas sería un título demasiado obvio?

Imagen: Helen Sloane / HBO.


The writer is not your bitch

George R. R. Martin, 2014. Fotografía: Denis Balibouse / Cordon Press.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista trimestral número 22, especial bibliofilia.

Está escrito en las enciclopedias: jamás sabremos quién mató a Edwin Drood. La única de las novelas que Dickens no concluyó era la única que realmente necesitaba una conclusión. «Tengo una nueva idea muy curiosa para su final», le confesó a su biógrafo, John Foster, antes de morir. Lo que no dejó dicho es que esa curiosidad sería un letal vitriolo que duraría tanto como lo hiciera el mundo. Y que lo cambiaría drásticamente. Al principio solo parecía una psicosis moderada. Un combate de especulaciones mórbidas. Pugnaron entre sí imitadores, estudiosos dickensianos, discípulos, locos ilustrados malgastando energías en revelar el misterio de quién acabó con la vida del joven arquitecto de la novela. Todo y nada valía, a la misma vez. Ni el muerto ficticio (Drood) ni el muerto real (Dickens) intervendrían por alusiones. O sí.

En octubre de 1872, un mecánico de Vermont, Thomas P. James, entró en trance tras una sesión espiritista y empezó a escribir en contra de la voluntad de su mano. Se proclamó copista al dictado de un espíritu, el de Dickens, que le susurró el final de El Misterio de Edwin Drood. Esa «escritura automática (1)» podría ser el capítulo más estrafalario de lo que se bautizó como «literatura Droodiana», pero es difícil escoger. Charley, el hijo de Dickens y el novelista Joseph Hatton formularon una versión teatral con culpable incluido; y el científico Richard Proctor contribuyó al caos con Watched by the dead, una hipótesis psicológica del verdadero final que el escritor imaginó. Que contradecía, por cierto, la que propugnaba el ilustrador oficial de Dickens, Luke Fildes, detallada en las páginas de The Times y basada en las prerrogativas que le marcó para las ilustraciones de los personajes.

La boutade se vistió de gala el 8 de enero de 1914, en Covent Garden. Ese día se subió al estrado de los acusados —quizá por ver primera— un personaje no solo novelesco, sino novelado. El tío de Edwin Drood, John Jasper, había sido el sospecho más sospechoso durante casi un siglo, y a él se le acusó. Con G. K. Chesterton como magistrado de la sala y otros ilustres colegas de la Hermandad Dickensiana (como George Bernard Shaw) de letrados, se celebró un lunático y solemne juicio contra Jasper. Impresiona ver el gesto de gravedad de sus rostros en las fotografías del evento. Chesterton acabó acusando a todos los presentes salvo a él mismode desacato y según la crónica de The Manchester Guardian: «El misterio de Edwin Drood pinta ahora peor que nunca». Porque, dicho sea de paso, ni siquiera apareció el cadáver.

«Los papeles de Pickwick (2) mostraron cuánto podía hacer Dickens con las sugestiones de otras personas, El misterio de Edwin Drood muestra qué poco pueden hacer otras personas con las sugestiones de Dickens», escribió un lacónico Chesterton.

Dickens se fue al otro mundo con una deuda. Y el mundo, más o menos, se lo perdonó. Al fin y al cabo, había fallecido sobre (encima de) el capítulo veintitrés del manuscrito, hasta las cejas de laúdano para soportar el dolor y sin dejar que las menudencias de su extensísima familia el recuento va por once hijos y un número indefinido de mujeres gestantesle importunaran ni distrajeran de su sagrada misión literaria. Pero el mundo también aprendió una lección: no volverían a dejarle una historia a medias.

Just write it!

Flashback a cualquier día al azar de 2007. O de 2008.  

«De una vez por todas: deja de jugar con tu propia mortalidad de hombre obeso y viejo. Ponte a escribir», lee en un correo nuevo. El hombre, efectivamente rubicundo, efectivamente superando la sesentena, coloca el mensaje en la misma carpeta mental utiliza internet de una manera algo rudimentaria donde va apilando esa clase de improperios, frecuentes desde 2005.

Ese año hizo lo peor que puede hacérsele a una promesa: ponerla por escrito. La soga se la enroscó él solito al pescuezo: «Tyrion, Jon, Dany, Stannis, Melisandre, Davos Seaworth y el resto de personajes que os apasionan, o a los que odiáis apasionadamente, estarán aquí el año que viene (¡eso espero!) en Danza de dragones […]», garantizó en el epílogo de su último libro. Añadió que, en realidad, tenía medio volumen ya escrito pero prefería dividirlo. Pero el año siguiente, (ni al siguiente), tampoco al siguiente, cumplió el compromiso. Seis años de retraso macerados por el monstruoso éxito de la adaptación televisiva de la saga, Juego de Tronos, que terminó por adelantar la trama literaria. ¿Hace falta que enumeremos lo de los veinte millones de ejemplares vendidos o o su impacto cultural masivo? Ha quedado claro que hablamos George R. R. Martin.

Al escritor estadounidense se le celebra, muy merecidamente, haber transgredido algunas de las convenciones más sólidas del género fantástico. También el haberse convertido en un escritor pop, una celebrity literaria reconocible hasta en los parajes más ignotos, ungido por la revista Time como «el Tolkien estadounidense». No es tan común subrayar que  Martin ha movido de sitio las fronteras de otros asuntos, casi todos los que tienen que ver con la relación escritor-lector, ese frágil statu quo. En plata: que la lió parda.

Lo crean o no, lo de menos fue que se restregara por la pernera un buen puñado de fechas, varios deadline y la santa paciencia de sus editores. Tampoco el cacareado «bloqueo del escritor». El problema fue que se sintió perfectamente legitimado para hacerlo y no se avergonzó ni se escondió como un animalito acurrucado y asustadizo. ¿Recuerdan cómo se escabullían por los rincones de la facultad/colegio para evitar toparse con ese profesor al que habían jurado entregarle un trabajo, un capítulo? Bien: George hizo exactamente lo contrario.

Mientras la demora se atocinaba, asistió a un chiflado número de convenciones, se hizo fotos y más fotos con fans. Firmas, charlas, entrevistas en las que exhibía un jacarandoso ánimo. Actualizó su blog con entradas sobre las películas, series o libros que le iban apasionando, sobre partidos de fútbol, política o el noble arte de mesarse las barbas. Viajaba mucho y se vanagloriaba del éxito de su obra en HBO. Felicitaba, cumplidamente, las pascuas. Lo hizo durante los cinco años de retraso, y también después, cuando ya publicado Danza de Dragones (en 2011) prometió que Vientos de Invierno, la sexta entrega de la septualogía, estaría listo en un par de años. Algo que, por supuesto, no pasó. Y sigue sin pasar. Entretanto, lectores de todo el mundo aporreaban sus teclados poseídos por la más voraz de las abstinencias: ACABA LA HISTORIA, GEORGE.

El sosiego, si lo hubo, duró poco. Pronto todos los que se presentaban en su blog lo hacían con el Bloq. Mayús activado y una hilera de saliva espumosa escurriéndose de la boca. Gente que necesitaba saber qué ocurría con Jon Snow para poder continuar con su vida; individuos en pleno uso de sus facultades que amenazaban con los crueles masacres si no se les proporcionaba la ración de páginas anunciadas. En esos días, asomarse a la sección de comentarios era, para cualquiera, algo similar a que un torturador vietnamita te aplicara descargas en el píloro. Una histeria inmanejable. Salvo que fueras el propietario de la página, claro está. El siguió a lo suyo, respondiendo socarrón cuando le interpelaban por la tardanza. Hasta que la oleada de odio tomó un cariz perverso y a George R. R. Martin se le agotó esa mansedumbre de ballenero beodo: el nombre de Robert Jordan se repetía más que el suyo en los comentarios. Entonces, estalló.

No fue por protagonismo, sino más bien una cuestión de entrañas. Robert Jordan era el pseudónimo de James Oliver Rigney, Jr, el escritor fantástico de la saga La rueda del tiempo. Murió como Dickens: sobre su obra. En 2007 la amiloidosis acabó con él a los cincuenta y ocho años, antes de que diera fin a la duodécima entrega, que otro autor (Brandon Sanderson) remató y ensambló. «¡No nos hagas un Robert Jordan! ¿Cómo se atrevió a morir? Qué injusto para nosotros» le increpaban a Martin, los más considerados. Pero para George R. R. Martin no hablaban de otro autor que cambiaba de mundo dejando tras de sí una obra inconclusa. Hablaban de Jim, su amigo Jim.

«A mis detractores», tituló la entrada. En ella vino a decir que asumía su obesidad y su vejez; y recibía el mensaje, alto y claro. Sus fans no querían que hiciera otra cosa que no fuera acabar Una canción de hielo y fuego. Su réplica fue la bellísima canción de Ricky Nelson, «Garden Party». Por si aquello no era suficientemente elocuente, aprovechó una entrevista en televisión para, mirando a cámara, contraer todos los dedos de su rechoncha mano derecha, salvo uno: «Fuck you», profirió, dedicado los que estaban convencidos de que el reventón de coronarias llegaría antes que un nuevo soberano al Trono de Hierro. Desde aquella memorable peineta, su asistente se encarga de monitorear todos los comentarios del blog y de eliminar aquellos ofensivos rogamos por tu salud mental, Ty Franckcomo quien barre el desierto con un cepillo de dientes. «Si quieres comentar sobre otros asuntos, incluyendo, entre otros, la tardanza de Danza de dragones, está bien, simplemente hazlo en tus propios blogs», incluyó, como advertencia.  

Dicho y hecho. Martin había amasado una monumental masa de odio, tan poderosa, que encontró trillones de plataformas para canalizarse y fagocitarse a sí misma. En webs como Finish the book, George («Acaba el libro, George») Is winter coming? («¿Llegará el invierno?») o la más caústica Is George Martin Dead («¿Está George Martin muerto?», una especie de casa de apuestas), los fanáticos salían de las sombras y se convertían en apóstatas del autor y todo su universo. Se llaman a sí mismos «GRRuMblers». Un culto creciente de ansiosos, desafectos, impacientes y arrepentidos por un ardor lector considerado en balde. Millones de usuarios que hoy en día siguen, diligentemente, escupiendo su cósmico cabreo en sarcásticas consignas. «¿Por qué no has acabado el libro en el que has estado trabajando durante cuatro años, Master Procastinador? Han organizado juegos olímpicos completos desde entonces, George. Verano e invierno. Y sé cuánto te gustan esos Juegos de Invierno» y otro montón de cosas bonitas. Seres contrariados por la interna batalla de desear una cosa y su contraria: la muerte agónica, inminente y dolorosa de Martin (por no dignarse a cumplir con su deber ahora que amasa fortuna) que a su vez les privaría del desenlace tan largamente esperado. Como a Dickens, también le montaron un juicio, «El pueblo contra a George R. R. Martin», que contempló penitencias que no se atreverían a llevar a cabo ni los dothraki. El término «vago» era una vara de medir insuficiente para atizar a los escritores que se saltaran las fechas de entrega, así que también idearon el cántico Write Like the Wind para recordarle al escritor su mortalidad: «Lewis tardó cinco años en hacer una crónica de Narnia / A Tolkien le llevó doce años y a Rowling, diez/  Lucas invirtió casi tres décadas en Star Wars /Y todos sabemos cómo resultó eso al final», tarareaban.

La excentricidad del propio Martin, hay que reconocerlo, ha supuesto siempre un terreno fértil para el troleo escribe utilizando solo los dedos índice con un procesador de textos de 1987— y en ocasiones parece resignarse a su condición de hombre odiado. Bromea con el asunto, contesta sin evasivas y ofrece su rostro abundante para promocionar otros de sus proyectos (adaptaciones de sus novelas en HBO y Netflix). Pero en realidad tiene la genitalia a punto de ebullición. En lugar de decirlo, utiliza la boca de otros (3) para decir lo que realmente opina del rencor desaforado que suscita: que esos lectores son una panda de mimados, pertenecientes a lo que llama la «Entitlement Generation» («Generación de los derechos»). Creen que tienen derecho a ese nuevo libro.

¿Lo tienen?  

En el fondo de toda esta invectiva, la pregunta sigue sin respuesta desde Edwin Drood: ¿Qué deber tiene exactamente un escritor con su audiencia?

Not your bitch

La decepción es un hueso tan difícil de tragar que acostumbra a pudrirse en muchas gargantas. Antes de abandonarse a la ira, uno de los lectores de Martin acudió al también escritor fantástico Neil Gaiman, en busca de consejo espiritual. Como muchos, estaba ansioso por la dilatada espera y le importunaba que el autor se dedicase a otras novelas o actualizase su blog: «[…]  Al escribir una serie de libros, como hace Martin con Canción de hielo y fuego, ¿qué responsabilidad tiene de terminar la historia? ¿No es realista pensar que, al no escribir el próximo capítulo, Martin me defrauda?», planteó.

La respuesta de Gaiman no pudo ser más taxativa: «George R. R. Martin no es tu puta», contestó. La publicación que merece ser leída en su totalidad, hagan caso explica pormenorizadamente a Gareth, como se llamaba el lector, por qué él también se había saltado varios deadline y cómo se había estancado con algunas historias. Y, sobre todo, porqué comprar el primero de una saga de varios libros no implica un contrato con el escritor a perpetuidad, ni te autoriza a controlar cómo maneja su tiempo. «Las personas no son máquinas. Los escritores tampoco», adujo. «No tiene por qué estar ahí afuera tecleando lo que tú quieres leer ahora mismo».

Las palabras del autor de Sandman provocaron un cisma literario que también tuvo himno propio (la canción «George R. R. Martin Is Not Your Bitch», del músico John Anealio) que recrudeció aún más la batalla. De un lado, otros escritores bestseller como Charlaine Harris, Nora Roberts o Patrick Rothfuss aprovecharon para sincerarse sobre cómo la presión de sus aficionados, internet mediante, les sometía a un escrutinio implacable. Stephen King recordó que, tras ser arrollado por un camión, la angustia global no versó sobre si sobreviviría, sino sobre cuántas páginas tenía ya escritas de La Torre Oscura. «Un libro no viene con una caja de sugerencias, y el escritor no está obligado a esculpir una historia según tus necesidades específicas. […] Bite me(4)», dijo Roberts. La novelista Joanne Harris intentó infructuosamente poner paz. En el festival literario de Manchester presentó un bienintencionado manifiesto de doce puntos para conciliar las posturas de lectores y escritores, y los deberes de estos en el panorama de la interconectividad. Entre otras cosas, reconocía que los autores tienen el «deber moral» de proporcionar un final a sus lectores, una especie de sentido de clausura narrativa.

No se han detectado síntomas de que aquello produjera ningún efecto balsámico: del otro, continúan hiperventilando ante la pantalla quienes consideran que veinte años es demasiado tiempo para cualquier final.

La «literatura droodiana» y la «literatura GRRuMbleriana (5)» son algo más que subproductos literarios basados en obras inconclusas de escritores populares. Son espejos de sus siglos y de su tiempo. Uno es cóncavo y otro convexo, como aquellos del Callejón del Gato que deformaban en Don Quijote y Sancho a todo el que se miraba en ellos. En uno, los lectores son rechonchos y de apariencia más ramplona, pero parecen satisfechos y agradecidos por lo que reciben. Puede descifrarse en su mirada la devoción. En el otro, hay individuos enajenados, resabiados por su propia fantasía e intolerantes con la frustración de no ver complacidos sus deseos. Cualquiera podría confundirlos con clientes, no con lectores.

Ninguno, a fin de cuentas, sabrá quien mató a Edwind Drood.

Un escritor es como un mendigo con un cuenco. Nadie tiene que leer ficción. Un hombre siempre puede gastar su dinero extra en cerveza.

Robert Heinlein, autor fantástico.


(1) Si no tienen mucha faena, pueden echar un vistazo al estudio que realizó la Universidad John F. Kennedy de Orinda (California) sobre los estilos literarios de Dickens y el mecánico. Un parapsicólogo y un programa informático dicen que, bueno, podrían ser de la misma persona.

(2) Primera novela de Dickens, que fue creada a partir de los grabados de Robert Seymour.

(3) En un reportaje en The New Yorker de Laura Miller se recogían las declaraciones del asistente de Martin: «Cree que todos son jóvenes, adolescentes y veinteañeros. Y que su generación solo quiere lo que quiere y lo quiere ahora. Si no se lo dan, se cabrean».

(4) La traducción literal aquí no es la correcta. La expresión viene a significar algo así como «¡Vete al infierno!» o «que te jodan».

(5) Algunas editoriales se han lanzado a publicar libros recopilatorios que se mofan del bloqueo de George R. R. Martin: Waiting for Dragons (Esperando dragones), A Feast for Trolls (Festín de Trolls), A Dance with Detractors (Danza de detractores) o la Encyclopedia GRRuMbliana. Una asombrosa cantidad de esfuerzo para denigrar al autor de unos libros que uno confiesa amar.


Hipótesis no del todo estrafalarias sobre el final de Juego de tronos

Si fuera por nosotros, Juego de tronos acabaría así:

Jon se convierte en zombi y los demás zombis cogen la baja por depresión; a Daenerys se le escinden los partidarios en mareas y confluencias y al final acaba de alcaldesa de Braavos y da gracias; Sansa muere atragantada con brócoli; Bran es su propia abuela paterna; y al final aparece Olenna Tyrell en dragón y los mata a todos.

Pero no podrá ser, qué más quisiéramos. Ni este ni cualquier desenlace que violente, aunque solo sea un poquito, las normas elementales del género fantástico, las que se llevan repitiendo desde los tiempos de Homero. Demasiados ojos mirando, demasiados millones en el aire, demasiados spin-offs pendientes del regusto que deje la season finale. La octava y última temporada de Juego de tronos empezará el 14 de abril y tenga por seguro que acabará de una forma convencional, con arreglo a las leyes clásicas de los cuentos. Las que compiló Propp, las que afinó Barthes, las que integran la wiki TV Tropes. Y a eso vamos dedicar este artículo: a intentar dilucidar los movimientos finales que tendrán lugar sobre el tablero y a lanzar algunas hipótesis no del todo estrafalarias sobre del final de Juego de tronos.

Pero antes una advertencia: Juego de tronos, la serie de televisión de David Benioff y D. B. Weiss, echa el cierre en mayo de este año. Pero a la Canción de hielo y fuego, la saga literaria de George R. R. Martin, le quedan todavía dos tomos gordos y lustrosos como dos cajas de campurrianas. ¿Acabarán igual la serie y los libros? A nosotros nos parece obvio que no. Los libros que faltan se venderán por volquetes, eso seguro, pero se venderán todavía más si comportan cambios sustanciales en la trama. Esos cambios ya existen, dirá usted; bueno, pues serán todavía mayores. Y en particular lo será el final, o eso nos parece a nosotros. Probablemente no tendrá nada que ver en un medio y en el otro. Aviso: en este artículo no tratamos el posible final de los libros sino el de la serie. Y lo hacemos precisamente porque, a diferencia de lo que ocurre en los libros, el cierre es ya inminente en televisión; ahora es cuando resulta más fácil acertar. Las jugadas sobre el tablero son limitadas, las fichas son las que son y las fórmulas para acabar historias de un modo convencional están bien documentadas.

¿Acaso pensamos, entonces, que se puede anticipar el final preciso de Juego de tronos? No. Repito: no. Esto es ficción, no es álgebra. ¿Acertaremos con las hipótesis que proponemos en artículo? Mire usted, ni en Jot Down somos tan engreídos. Nos contentamos con hacerlo una o dos veces y solamente de refilón. Ah, y claro está: SPOILERS, por el amor de Dios. Desde ya, desde ahora mismo. Si no ha acabado usted la séptima temporada, póngase con eso y vuelva usted mañana. Como dijo Petyr Baelish, que R’hllor lo tenga en su gloria: el que avisa no es traidor.

Desembarco del Rey será destruida por el Rey de la Noche

Y lo será en primer lugar, antes del ataque a Invernalia, que quizá sea lo verdaderamente chocante. Invernalia es la primera gran capital que encontrará en su camino el ejército de espectros, que al final de la última temporada franqueó el Muro y puso rumbo al sur. El Rey de la Noche, no obstante, ahora vuela a lomos de Viserion. ¿Qué necesidad tiene de esperar al avance lentísimo de sus tropas, que son más lentas que el desarrollo de una berza, ahora que él mismo surca los cielos como un auténtico pepino? Esta criatura, recordemos, no recluta ejércitos; los crea. ¿No sería una gran tontería que no comenzase a levantar nuevas hordas de espectros por todo Poniente? ¿No es, a fin de cuentas, a lo que ha venido?

Esta es nuestra predicción: bien pronto, como muy tarde a mediados de temporada, el Rey de la Noche habrá sembrado nuevos focos de espectros en las grandes capitales de los Siete Reinos. Como poco, en Desembarco del Rey, que probablemente contemplemos completamente destruida. Pongámoslo así: ¿cuántas películas, libros y series de zombis recuerda usted en los que los protagonistas no integren un grupo de supervivientes pequeñísimo y los muertos vivientes no sean, en la práctica, el resto de la humanidad? A nosotros solamente nos viene a la cabeza Braindead, y hasta en aquella los zombis eran mayoría dentro de la casa (que era el universo cinematográfico, a fin de cuentas). Es el escenario clásico del género, el punto al que se llega casi en cualquier historia sobre muertos vivientes, y eso no debe extrañar: ¿acaso resulta verdaderamente emocionante si es de otra manera?

Y como somos así de rumbosos le precisamos todavía más: si ocurriera de esta forma, el ataque sobre la capital probablemente tendría lugar en el tercer capítulo de la temporada (el primero de los dos que dirigirá Miguel Sapochnik, el realizador de las grandes batallas de Juego de tronos) y se saldaría con la transformación en espectros de todos los habitantes de la ciudad. Invernalia, que no atacaría primeramente por cuestión de economía (es la gran fortaleza al alcance de su ejército; si atacara incurriría en redundancia, un error tanto táctico como narrativo) se convertirá así en la última plaza de los vivos y allí seguramente tenga lugar la segunda y última gran batalla, la del quinto episodio, el segundo que dirigirá Sapochnik.

Varias pistas apuntan en esta dirección: las visiones que tuvo Daenerys en la Casa de los Eternos (donde vio la Fortaleza Roja reducida a ruinas), el hecho de que Desembarco del Rey se haya quedado prácticamente vacía de personajes principales (con la excepción de Cersei, cuya soledad se nos ha sugerido varias veces que será la causa de su derrota) y, sobre todo, el extrañísimo vertido de datos demográficos que nos metieron por el gaznate en el último capítulo de la última temporada, durante el concilio en Pozo Dragón, con el objetivo de convencernos de la ruina que comportaría la caída de la capital de los Siete Reinos. Daenerys dijo entonces que el ejército de espectros contaba con «al menos cien mil» miembros y Jon dijo que Desembarco del Rey tenía un millón de habitantes, que fácilmente podrían convertirse en «un millón más de soldados en el ejército de los muertos». Guiño, guiño, codazo.

Cersei no morirá a manos del valonqar

Que dirá usted: pero si eso lo auguró Maggy la Rana, y en esta serie las profecías tienen rango de ley. Que el valonqar, el «hermano pequeño», le pondría las manos alrededor del cuello y le arrebataría la vida. Y lo del mapa, esa es otra. Y YouTube. Pues anda que no hay vídeos en Youtube sobre el dichoso valonqar, dirá usted. Y mire, sí, pero no. Todo eso ocurrirá seguramente en los libros y Tyrion o Jaime (seguramente Jaime) sea quien asesine finalmente a Cersei. Pero en la serie no parece que vaya a ser así. La razón más obvia: la profecía del valonqar se extirpó de la adaptación y además con explicitud. David Benioff y D. B. Weiss pusieron mucho empeño en incluir el encuentro entre la niña Cersei y Maggy la Rana (es el único flashback puro que se ha hecho en ocho años de Tronos, sin mediar visiones proféticas ni viajes en el tiempo, de las varias decenas que se podrían haber hecho) y entonces la bruja no mencionó al valonqar. Usted lo ha dicho: aquí las profecías tienen rango de ley. Y Weiss y Benioff no quisieron hacer una promesa que luego no pensaban cumplir. Recordará usted la TED Talk que nos dio Jon acerca de esto mismo.

¿Sobrevivirá Cersei en la televisión? No lo descarte ni un solo segundo. ¿Que es más mala que la tiña? Razón de más. A estas alturas su muerte es quizá lo único que el espectador tiene por seguro que ocurrirá y solamente por eso es mucho menos probable que ocurra. Solo su final narrativo está prácticamente garantizado y eso no implica derramamiento de sangre; para eso se inventó el mutis por el foro. Y será que no se han hecho mutis por el foro en los Tronos, madre de Dios. Sea como sea, en este punto de la partida el tablero parece dispuesto, efectivamente, para acorralar a Cersei y darle la estocada, sea real o figurada. Y si acudimos de nuevo a Maggy la Rana un pequeño detalle sugiere que está ya en el tiempo de descuento: en la profecía televisiva la bruja sí le dijo, como hacía en los libros, que solamente llegaría a tener tres hijos, y que a los tres los vería morir. Eso ya ha ocurrido y Cersei, ahora mismo, está embarazada de su cuarto. ¿Implica esto que debe morir antes del parto, para así no violentar la profecía? Probablemente pero, ojo, tampoco es imperativo. Puede no llegar a tener su hijo o que su hijo no sobreviva al parto. O se puede concluir fácilmente que la profecía de Maggy es demasiado vaga acerca al recuento de hijos como para ser tenida en cuenta. Haga memoria: Cersei tuvo en primer lugar un niño de pelo oscuro que murió de fiebres, según ella misma explicó a Catelyn Stark. Si se cuenta, y debería contarse, Tommen habría sido su cuarto vástago y el que está en camino, el quinto; y los presagios de Maggy sencillamente carecerían de validez.  

Nuestra predicción: Cersei muere. ¿Cómo? Precisamente a manos de cualquiera que no sea susceptible de poder considerarse un valonqar, un «hermano pequeño»: ni a manos de Jaime o Tyrion ni a manos del benjamín de cualquiera de los grandes linajes. La candidata más obvia es Arya Stark, pero tampoco se crea; el protagonismo que ha adquirido en la última temporada su puñal de acero valyrio sugiere que a Arya la esperan destinos altamente paranormales. ¿Quiere que nos mojemos? Nos mojamos: veremos juntos al Rey de la Noche y a Cersei y aquello será su final, el de ella. Tocotó. Y ni siquiera creemos que un encuentro como este incurriría en mamarrachada, fíjese lo que le digo. De nuevo, algo así sugieren las convenciones narrativas: que los polos de antagonismo, que suelen proliferar durante la narración, acaben confluyendo en uno solo antes de enfrentamiento final. Los villanos de rango secundario son neutralizados poco antes de la gran batalla final. A Saruman, al conde Dooku y a Snape me remito.

El Rey de la Noche hablará

Y mire, ya que mentamos a Alan Rickman, ¿recuerda cuando hizo de Metatrón en Dogma? Algo parecido, pero al revés, suele ocurrir en la fantasía y la ciencia ficción: que al final, antes del choque definitivo, las fuerzas del mal conjuran a un portavoz a través del cual emiten su advertencia al héroe. Ejemplo 1, ejemplo 2, ejemplo 3.

Poco más que añadir, solamente apuntar que algo así es muy probable a estas alturas de Juego de tronos. ¿Hablará el Rey de la Noche en la temporada octava? Sería lo tradicional y más lo sería incluso que lo hiciese por boca de alguien, no con la suya propia. ¿Quién? Ay, eso ya es más complicado. Un difunto, eso por descontado. Y con lo que le gusta a esta gente el chopped dé por seguro que sería alguno de los más dolorosos de ver muerto y coleando. En este punto Benjen Stark es un buen candidato, pero no nos haga caso; todavía morirán muchos antes del clímax y cualquiera de esos estará más fresco para entonces.

Melisandre devolverá a Viserion a la vida

Problema: ahora mismo, gracias a Viserion, el Rey de la Noche goza de ubicuidad y de inmunidad. Puede ir donde quiera, levantando allí nuevos espectros a su servicio, y puede rehuir en todo momento un enfrentamiento cara a cara, única forma posible de que deje de hacer eso mismo. Por supuesto, puede ocurrir que los realizadores elijan que el Rey de la Noche no aproveche plenamente estas ventajas y que desplieguen algún ardid cinematográfico para disimularlo; así, con arte de birlibirloque, es como se han desembarazado de Dorne. Pero pongamos que no lo hacen. Con Viserion, el Rey de la Noche tiene el éxito prácticamente garantizado y en esta fábula es casi imposible que los buenos puedan derrotar a los malos. No sin hacer un Perdidos, sin improvisar atropelladamente una nueva lógica interna con la que acometer el chimpún final. Y sabrá usted ya que George R. R. Martin nos juró por lo más sagrado que este no sería el caso.

Es casi imperativo: hay que matar a Viserion. Y como Viserion ya está muerto, entonces hay que resucitarlo. ¿Es posible? Usted me dirá. En la gran batalla del lago helado, donde murió el dragón, únicamente murió otro personaje principal y fue Thoros de Myr. El único allí, dese cuenta, investido con el poder de revivirlo. ¿Lo ve? Birlibirloque. En eso Weiss, Benioff y Martin tienen mucha maña.

Predicción: esta es la gesta que le queda por acometer a Melisandre y en ella perderá la vida, tal y como anunció durante su conversación con Varys en la última temporada. O la entregará voluntariamente a cambio de la del dragón, que es lo más probable, ejecutando así su más que previsible redención final. En la serie no ha ocurrido que el rito de la resurrección comporte la muerte de quien lo ejecuta, pero en los libros sí (así fue como perdió la vida Beric Dondarrion, devolviéndosela a Catelyn Stark). Y en la lógica interna de una fábula mágica no resulta estrambótico que una resurrección tan afanosa exija una inversión de energía al alcance solamente de alguien como Melisandre, que sabemos que goza de una longevidad sobrehumana. Quizá, quién sabe, hasta Viserion recupere su aspecto lozano y vigoroso, como si nada hubiese pasado. ¿No es eso para lo que sirve el collar de la hechicera?

Tyrion es el tercer Targaryen

Para que vea que no tenemos nada en contra de las teorías más cacareadas, esta la vamos a desempolvar: si Viserion regresa al bando de los vivos, y creemos que así será, todo parece indicar que necesitamos de nuevo la esquiva figura del tercer Targaryen, o no habrá jinetes suficientes para los tres dragones. Y aunque en los libros es también posible que acabe siendo Meera Reed, en la serie sería muy raro que no se tratase de Tyrion Lannister.

Se lo resumo: muchos creen que Tyrion nació fruto de la unión de Joanna Lannister y Aerys II Targaryen, el Rey Loco, a quienes se atribuye una prolongada historia juntos, siempre referida con meticulosa vaguedad. Podría haber sido auténtico amor, podría haber sido solamente que Aerys la deseara a ella o podrían ser solo habladurías. ¿Es Tyrion hijo de Aerys y hermano mayor, entonces, de Daenerys? Cosas más raras se han visto. Está aquello que le dijo Tywin Lannister, «tú no eres hijo mío»; está el pelucote rubio platino que le plantaron en el episodio piloto original, del que luego se arrepintieron y que solo quedó en algunas escenas del segundo y definitivo episodio piloto; y está su famosa secuencia con los dragones bajo la pirámide de Mereen, que lo convierte en el único personaje, además de Jon y Daenerys, cuyo contacto íntimo han consentido las bestias.

Ah, y otro detalle más, verá usted qué conspiranoia: si Tyrion es medio Targaryen, eso haría que todos los partos de medios Targaryen a los que hemos asistido en Juego de tronos se saldasen con la muerte del miembro no Targaryen de la pareja. La muerte de la madre si la madre no es Targaryen, como no lo eran Joanna Lannister y Lyanna Stark, y la muerte del padre si el padre no es Targaryen, como no lo era Khal Drogo. Los hijos de Elia Martell con Rhaegar Targaryen nos cuentan: los Martell tienen sangre Targaryen. Y si le tienta aducir la muerte de Drogo a Mirri Maz Duur, que ella misma se arrogó pero que nunca vimos en pantalla, le digo lo que le dijo Jon a Daenerys acerca de la bruja nada más y nada menos que el último capítulo de la última temporada: ¿acaso no se la ocurrido que podría no ser una fuente de información segura?

Asistiremos a la refundación de la dinastía Targaryen

Es otra de las grandes revelaciones que podría traer la octava temporada: los Targaryen no se casan y reproducen entre ellos por capricho, por tradición o para evitar la disolución de su sangre, sino porque solamente pueden reproducirse con otros Targaryen o con otros linajes de ascendencia valyria. O podría ser así al menos durante las últimas centurias. Mire su árbol genealógico: entre los consortes de los Targaryen quienes no son igualmente Targaryen es porque pertenecen a linajes de Poniente con sangre Targaryen (como los Martell, los Baratheon o los Penrose) o a linajes de Essos de ascendencia valyria (como los Rogare o los Velaryon). Hay excepciones, claro está; pero seguro que recuerda usted el propósito al que sirven las excepciones. Y la misma existencia de Jon (medio Stark y medio Targaryen) y el embarazo de Daenerys en la primera temporada confirmaría que la procreación con un no-Targaryen no es imposible, solo peligrosa y con frecuencia mortal para el citado no-Targaryen. Es algo que los Targaryen sabrían, claro, o no habrían obrado en consecuencia durante siglos, pero que preferirían hacer pasar como un capricho decadente propio de una dinastía que ostenta un trono. Lógicamente, esto nadie se lo llegó a comunicar jamás a Viserys y Daenerys, menos todavía a Jon, antes de que su estirpe fuese casi aniquilada. Como todo en esta serie, llegado este punto tendría que ser Bran Stark quien revelase algo así.

Es una teoría muy loca, lo admitimos. Pero es también un tema recurrente en la fantasía que emparenta más estrechamente con los Tronos. En El Señor de los Anillos, sin ir más lejos, encontramos algo así: la sangre de Númenor (que, como la de Valyria, confiere a su portador características paranormales; se remonta también a una antigua civilización caída en desgracia; y caracteriza a la estirpe a la que pertenecen los monarcas), los semielfos, todo eso. Rasque por ahí, si gusta, y ya verá que suena muy parecido. Y no habría naturalización mejor para la unión ahora de Jon y Daenerys, ambos Targaryen; solo entre ellos dos y con nadie más en el mundo podrán producir descendencia viable y refundar la dinastía. Sus hijos, luego de ellos, tendrían que proceder igual y engendrar sus vástagos con aquellos que porten sangre Targaryen o de la antigua valyria. No sufra, nadie les obligará al practicar el incesto; entre unos y otros son un porrón de gente.

Daenerys sufrirá la peor traición de todas (y otras hipótesis poco estrafalarias)

Y antes de ponernos finalmente con el resultado final, un último picadito surtido con algunas predicciones menores.

-A última hora, Daenerys, Jon o ambos sufrirán una traición de las gordas, al estilo Judas. Es una manera de ilustrar la estulticia de la raza humana: ponerle al mesías palos en las ruedas en el momento mismo de la batalla del bien contra el mal. Y en Juego de tronos la traición es un tema machacadísimo, ambos las han sufrido tanto por parte de personajes menores y periféricos (Olly a Jon; Doreah a Daenerys) como de personajes de confianza (Theon a Jon; Jorah a Daenerys). Olvide la profecía que emitieron en los libros los brujos de Qarth, anticipando las tres que sufrirá Daenerys; en la serie esos augurios nunca tuvieron lugar. Ocurre, más bien, que el asunto se ha traído mucho a colación en la última temporada y cuesta pensar que haya sido para nada. El cebo, como siempre, es Varys, así que no muerda usted ese anzuelo. Las más lógicas vendrían de Tyrion Lannister o Daario Naharis; las más dolorosas serían Davos Seaworth o Missandei. Nuestra candidata es esta última.

-Arya Stark podría acabar con lo que a veces se llama ambigous clone ending, un final de clon ambiguo. O podría ocurrirle, en la práctica, a cualquier personaje secundario susceptible de ser, en realidad, Arya Stark. La mayor pista: el terreno está preparado al efecto, a esto mismo ya se ha jugado en los Tronos.

-Syrio Forel, el maestro de esgrima de Arya, reaparecerá al final de todo y será (lo habrá sido siempre) Jaqen H’ghar. Sería un final redondo para Jaqen, a quien perdimos de vista hace tiempo y nunca intuimos durante el paso de Sam por la Ciudadela, como sí ocurre en los libros. Y ocurre también que esta manera de rematar la historia del personaje seguramente tienta mucho a Weiss y Benioff; la otra es reincorporar a Jaqen al inicio de la octava temporada, involucrarlo en la trama y darle un final convencional. Jaqen es un personaje complicadísimo de manejar y ellos son unos adaptadores agudísimos, pero no exactamente valientes; la vía Forel, que se limita a una aparición final, constituye una revelación y rinde mucho más a efectos dramáticos, tiene bastantes más posibilidades. Habrá que ver, eso sí, cuánto pide por ello el actor que interpreta al maestro de esgrima braavosi. Esperamos que sea mucho.

-Los dragones pondrán un huevo. ¿Cómo? Cambiando de sexo o revelándose el verdadero sexo femenino de alguno de ellos. Es otro giro frecuente en la fantasía y la ciencia ficción. En palabras de Ian Malcolm: la vida encuentra un camino.  Y en palabras de David J. Peterson, lingüista y creador de las lenguas dothraki y alto valyrio, los dragones son hermafroditas.

-Es muy probable que Theon Greyjoy muera de forma absurda. ¿Por qué? Su disposición en este momento anticipa un trayecto órfico: el héroe desciende a los infiernos para rescatar a la dama (Yara, en este caso) pero no lo consigue (frecuentemente, por incurrir él mismo en un error tonto) y es devuelto al mundo de los vivos; carente de motivación, acaba por morir absurdamente. Detallito: hasta en su abstinencia sexual Theon cumple, hoy por hoy, con el arquetipo de Orfeo.

Y ahora sí que sí, la mayor pregunta de todas: ¿quién se sentará finalmente en el Trono de Hierro? Nuestra apuesta es esta.

Nadie nuevo se sentará en el Trono de Hierro

Así, sin rodeos: Cersei Baratheon, de soltera Lannister, será la última monarca que ocupe la silla. No por falta de aspirantes, claro está; más bien ocurrirá que, después de ella, no habrá trono en el que sentarse. O lo destruirá el Rey de la Noche o, más probable, lo hará la propia Daenerys, que viene advirtiéndolo desde hace tiempo. Tendrá que ser, en todo caso, con la ayuda de un dragón. A su forja contribuyó el fuego de Balerion, el Terror Negro (no sé si le suena) y parece razonable que solamente otro dragón pueda obrar su destrucción física. Motivos para eliminarlo: todos. Narrativos, simbólicos, románticos, pida usted por esa boca. El trono dichoso representa el tesoro envenenado, la alhaja maldita. Si esto fuera Harry Potter, sería un horrocrux; y si fuera El Señor de los Anillos, sería el anillo. Nada en Juego de tronos parece más cantado que esto.

En el escenario más cursi y coñón tanto Daenerys como Jon sobreviven al choque final contra el Rey de la Noche y refundan los Siete Reinos desde sus mismísimos cimientos: nueva corona, nueva organización, nuevo todo. Sería espantoso pero, eh, así acaba El retorno del rey. Y del conflicto sucesorio entre ambos ni se ocupe: la nueva Corona tendrá dos cabezas al estilo Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto. O ni siquiera. Por más que sea rey por aclamación en el Norte y rey del Trono de Hierro por derecho sucesorio, lo más probable es que Jon acabe haciendo un Paul Atreides, otro giro muy frecuente entre personajes como el suyo: después de acometer el destronamiento del villano, el propio héroe, de estilo de vida rústico, renuncia al trono y elige exiliarse, vivir en la naturaleza o desaparecer completamente.

Otra resolución plausible, y un poquito más dramática, es que ninguno de los dos sobreviva a la gran batalla final y que lo haga solamente su hijo. Su tuviéramos que apostar, nosotros lo haríamos a esta opción. Y si Tyrion Lannister fuese finalmente un Targaryen, incluso podría ocurrir que detentase una especie de regencia en nombre del hijo de Daenerys y Jon. No descarte incluso que le toque criarlo, porque eso también lo avala una convención narrativa muy popular en la fantasía: en el epílogo de la historia, al solterón le acaba cayendo un bebé del cielo. Obi-Wan, mire usted. Madmartigan en Willow.  Bilbo Bolsón.

Y hasta aquí las predicciones. Se lo advertimos al principio: ninguna es completamente estrafalaria. Y si se lo parecen, le recuerdo que hay gente convencida de que Varys es una sirena, de que Tyrion fue un feto que viajó atrás en el tiempo y de que los dos continentes principales, Poniente y Essos, son realmente uno solo que se repite eternamente. Se lo digo con el corazón en la mano: ojalá las suyas sean ciertas y las nuestras, equivocadas. Hasta abril no lo sabremos.


Risk, Cluedo y Monopoly: cuando los juegos de mesa invaden otros mundos

Risk Juego de Tronos (Batalla). Disponible aquí.

Jot Down para Eleven Force

Cluedo The Big Bang Theory

Anthony Ernest Pratt es probablemente una de las pocas personas del planeta a las que les ha salido rentable abandonar los libros de ciencia para iniciar una carrera como músico. Y todo por culpa de un juego de tablero, un montón de novelas de detectives y una guerra mundial. Pratt nació a principios del siglo XX en la Birmingham inglesa, abandonó la escuela durante su adolescencia y comenzó a trabajar como aprendiz de un fabricante local de productos sintéticos con la idea de intentar labrarse un futuro en la química, una ciencia que le apasionaba. Pero no tardó demasiado en abandonar la vocación científica y centrarse en su otra gran afición: la música. Pratt se convirtió en un pianista profesional y se ganó un sueldo poniendo cara de bohemio y tocando el piano en cruceros y hoteles rurales. Fue en estos últimos donde el hombre sopesó la idea de diseñar un pasatiempo de tablero detectivesco tras descubrir que los dueños de aquellos hoteles de campiña divertían a sus huéspedes organizando juegos de misterio en vivo. Entretenimientos guionizados donde los gerentes del lugar y un grupo de actores invitaban a los clientes a matar la tarde buscando pistas para localizar al asesino de un crimen ficticio.

La afición del propio Pratt a las novelas de Agatha Christie y Raymond Chandler, sumada a lo populares que parecían ser aquellos divertimentos entre el público de la época, acabó convenciendo al pianista de que un juego basado en una temática similar podría convertirse en un éxito de ventas. La Segunda Guerra Mundial obligó a Pratt a dejar de acariciar teclas y comenzar a toquetear armamento pesado al verse destinado a trabajar en una fábrica de piezas para tanques y carros de guerra. Odiaba aquel trabajo, pero aprovechó la monotonía del mismo para abocetar las normas del juego de mesa que había imaginado y pronto comenzó a diseñarlo junto a su mujer, Elva Rosalie Pratt. A finales de 1944 el matrimonio rellenó la patente de un pasatiempo llamado «Muder!» («¡Asesinato!») y se presentaron con la misma en las oficinas de Waddingtons, una empresa especializada en publicar entretenimientos que implicasen cartas y tableros. En Waddingtons rebautizaron el invento con un nombre menos tétrico: «Cluedo» (un remix de clue, ‘pista’ en inglés, y ludo, ‘jugar’ en latín) y apostaron por producirlo.

Pero el juguete tardaría un lustro en llegar a las tiendas, la guerra había exprimido los recursos del país y hasta 1949 no se fabricó en condiciones. Desde entonces, y de esto hace ya sesenta y nueve años, aquel vodevil de misterio se ha convertido en uno de los juegos de mesa más reconocibles de la historia. Un cadáver, seis posibles sospechosos interpretados por los propios jugadores, seis posibles armas del crimen y nueve habitaciones de una mansión entre las que encontrar al asesino. La fama de Cluedo ha dado lugar a una película, una serie de televisión, un musical, cómics, videojuegos y una colección de libros. Y también a más de una treintena de versiones diferentes del Cluedo original, entre las que se encuentra la protagonizada por una tropa de frikazos televisivos.

The Big Bang Theory (conocida simplemente como Big Bang por estos lares) nació cuando Bill Prady telefoneó a Chuck Lorre, productor de renombre y archienemigo oficial de Charlie Sheen, para proponerle una serie basada en los compañeros de trabajo que conoció cuando ejerció como programador informático, «Gente muy, muy inteligente que se movía por el mundo de manera distinta a nosotros». Lorre aceptó y comenzó a moldear junto a Prady un programa protagonizado por tipos muy listos pero muy incompetentes a la hora de realizar tareas mundanas, personajes que los propios productores aseguran que nunca fueron imaginados como nerds. El episodio piloto fue un fiasco, pero alguien vio potencial en el tema y, tras un segundo piloto (algo inusual en estas producciones) más prometedor, Big Bang se convirtió en parte de la parrilla de la CBS en 2007.

Sus inicios fueron discretos, pero a partir de la tercera temporada comenzó a atrapar espectadores hasta trepar al podio de las series más vistas. Desde hace seis años congrega a veinte millones de norteamericanos frente a la pantalla y sus actores principales se han convertido en las estrellas mejor pagadas de la televisión. La famosa sintonía de cabecera que abre el show también nació de un modo curioso: Lorre y Prady asistieron a un concierto de Barenaked Ladies y se encontraron al líder de la banda, Ed Robertson, rapeando sobre los orígenes del universo (el hombre se acababa de leer un libro sobre el asunto y estaba emocionado con el tema). Aquella coincidencia les hizo bastante gracia y poco después se pusieron en contacto con él para proponerle componer la música que abriría la serie, algo a lo que Robertson se mostró inicialmente reacio: «Les dije: mirad, estoy en mi casa de campo y tengo un par de semanas libres. Si resulta que también les habéis pedido que escriban un tema a los Counting Crows, Jack Johnson y a gente de ese palo, yo no quiero perder el tiempo». Cuando los productores le juraron que él era su única opción, Robertson aceptó y así nació Big Bang Theory Theme. Entre tanto, los actores de la sitcom se las tuvieron que ver para tocar instrumentos en la pantalla: Mayim Bialik (Amy) asistió a clases de arpa, Johnny Galecki (Leonard) de violonchelo y a Jim Parsons (Sheldon) le tocó lidiar con un theremín.

Años más tarde, aquel juego ideado por un músico profesional y aquella serie protagonizada por actores que se vieron obligados a convertirse en músicos convergerían en un mismo producto: Cluedo The Big Bang Theory. Una versión del juego de Pratt, protagonizada por el elenco de la sitcom de Prady y Lorre, donde el objetivo de cada partida pasa por descubrir qué miembro del reparto ha metido mano en las pertenencias de Sheldon.

Cluedo The Big Bang Theory, disponible aquí.

Monopoly Juego de tronos

En 1903, Elizabeth J. Phillips (Lizzie para los amigos) ideó un juego de mesa llamado The Landlord’s Game de ambiciones educativas. Lizzie era una fiel seguidora del georgismo, una filosofía política y económica creada por Henry George, y por extensión estaba totalmente en contra de cualquier monopolio económico. Y aquel The Landlord’s Game que había parido a mano era un modo divertido de demostrar a la sociedad los peligros del monopolio y las bondades del sistema ideado por su reverenciado George. Pero ocurrió que en 1932, durante una noche de juego junto a sus vecinos, uno de sus amigos (Charles Darrow) tomó nota del diseño y las normas del pasatiempo para plagiar la idea por su cuenta y comercializar un producto idéntico, pero con un diseño más elaborado, retitulado como Monopoly. El juego-fotocopia de Darrow fue un éxito de ventas durante la temporada navideña del 34 y en Parker Brothers le compraron los derechos para distribuirlo a lo bestia, pero cuando la compañía se enteró de que aquello era un plagio descarado también pagó por la patente original de Lizzie. Desde aquel momento, Monopoly se instauró como un clásico de las tardes alrededor de una mesa.

George Raymond Richard Martin (George R. R. Martin para los amigos de la fantasía medieval) ya había cultivado el éxito literario antes de sentarse en el trono de hierro de Juego de tronos. Aquel autor de Nueva Jersey había comenzado a escribir durante los setenta, acumulaba tres premios Hugo y dos Nebula por sus historias cortas y trabajaba como guionista hollywoodiense en cosas como el revival de The Twilight Zone (Más allá de los límites de la realidad) o una versión ochentera de La bella y la bestia en formato serie que además de trasladar el cuento al Nueva York moderno estaba protagonizada por la mismísima Sarah Connor (Linda Hamilton) y el mismísimo Hellboy (Ron Perlman). Entre tanto, Martin se dedicaba a parir guiones y episodios pilotos que nunca llegaban a convertirse en serie y a continuar navegando en el ecosistema literario como editor y también como escritor de nuevas novelas. De repente, mientras elaboraba el borrador de una novela de ciencia ficción que iba a titularse Avalon, tuvo un ramalazo de inspiración y comenzó a rubricar las primeras hojas de la saga Canción de hielo y fuego. Una serie de novelas, inspiradas por la obra de J. R. R. Tolkien, el Ivanhoe de sir Walter Scott, Los reyes malditos de Maurice Druon y la guerra de las Dos Rosas que tuvo a la Casa de Lancaster y a la Casa de York guerreando por el trono de Inglaterra.

El tono de aquellos libros (que algunos califican como grimdark), adulto y alejado de la dualidad entre el bien y el mal típica de la fantasía, encandiló a los lectores y la HBO convirtió la épica en una serie televisiva de la que ha oído hablar cualquier persona que tenga un ligero contacto con la civilización. Mientras tanto, Martin se toma las cosas con calma: en 2011 seguía mecanografiando sus textos en un ordenador basado en DOS (un sistema operativo que dejó de utilizarse a mediados de los noventa) y, a pesar de que en un principio ideó una trilogía donde cada tomo sería escrito en un plazo de dos primaveras, en la actualidad solo hay publicados cinco volúmenes de los siete que tiene planeados. Han pasado trece años desde que se publicase la primera entrega de la serie y los retrasos parecen desesperar más a los fans que al propio escritor. Cuando los lectores más impacientes comenzaron a apretarle por las redes sociales, otro escritor famoso llamado Neil Gaiman publicó una célebre frase en su blog: «George R. R. Martin no es vuestra putilla».

Monopoly Juego de tronos combina los dos grandes hobbies de fantasía con los que sueña la sociedad moderna: Juego de tronos y la idea de convertirse en un magnate de las finanzas que someta a sus oponentes bajo el yugo del monopolio económico. Porque hay pocas cosas más divertidas que encaramarse al trono de hierro a base de desplumar a todas las casas rivales.

Monopoly Juego de Tronos, disponible aquí.

Risk El Señor de los Anillos

El director de cine Albert Lamorisse saltó a la fama en 1956 tras filmar una historia de treinta y cinco minutos protagonizada por un niño y un juguete hinchable. El globo rojo (Le ballon rouge) fue galardonado con una Palma de Oro en Cannes (la Palme d’Or du court métrage en el 56), y con un Óscar al mejor guion, convirtiéndose en el único corto de la historia que ha sido nominado en una categoría que no fuese la del Óscar al mejor cortometraje. El realizador también firmó películas como Crin blanca, Viaje en globo o Fifi la plume, pero lo que nos interesa ahora es que un año después de inflar aquel globo rojo Lamorisse se empeñó en conquistar el mundo y permitir que otros lo conquistaran en el salón de casa: en 1957, el francés presentó en sociedad La Conquête du Monde, un divertimento estratégico para picarse con la familia. Un par de años después, Parker brothers compró los derechos y lo convirtió en Risk, el pasatiempo basado en conquistas más famoso de la historia. Un juego de mesa de estrategia y diplomacia donde los jugadores se enfrentan con sus respectivos ejércitos para invadir los continentes del globo, afianzar sus fronteras y aniquilar al enemigo. No era poca cosa para alguien que meses antes había conquistado medio mundo con un globo flotando entre callejuelas.

Es difícil calcular el enorme legado y la influencia que ha ejercido J. R. R. Tolkien en el imaginario fantástico universal. Su inmortal saga de libros El señor de los anillos, secuelas muy tardías de El Hobbit, se colocan entre las novelas más vendidas de toda la historia y acumulan más de ciento sesenta millones de copias despachadas. Tolkien creó aquellos mundos de manera meticulosa, estableciendo sus propios cimientos e imaginando en un principio todos los terrenos sobre los que transcurrirían las aventuras. En 1920 dibujó el primer mapa ubicado en la Tierra Media, un plano sobre cuya superficie había apuntado cosas como «avanzadillas orcas» «gnomos errantes» o «carretera de enanos», y en cuyo interior habitarían elfos, medianos, guerreros, magos y dragones. A finales de los años cuarenta, aquel mundo había crecido tanto como para que Tolkien se hubiese visto obligado a pegar más hojas de papel con las que expandir el dibujo en nuevas direcciones. El atlas de fantasía se evidenciaba como una de las piezas más importantes para entrar en aquellos mundos. «Se me ocurrió comenzar del modo más inteligente: hice un mapa y después encajé la historia en él», sentenció el literato.

Risk El señor de los anillos es el crossover definitivo de los juegos de tablero. Porque atrapa esa pasión por los mapas como pieza angular del universo de Tolkien y la combina con una necesidad humana vital: la de liderar los ejércitos de la Fuerzas de la Luz y las Fuerzas de la Oscuridad hacia la conquista de nueve regiones de la Tierra Media.

Risk El señor de los anillos, disponible aquí.

Risk Juego de Tronos, Risk El Señor de los Anillos, Cluedo The Big Bang Theory y Monopoly Juego de Tronos están desarrollados y distribuidos por Eleven Force.


La trilogía Binti: Ciencia ficción en África

Detalle de la cubierta de Binti, de Nnedi Okorafor. Editorial Crononauta.

La literatura de ciencia ficción fue cortada siguiendo los patrones de la cultura europea y estadounidense. Su lengua vehicular siempre ha sido el inglés; incluso en aquellos países donde se hablan otros idiomas las traducciones de relatos anglosajones han ayudado al construir el canon del género. Y hablo de los lugares más inesperados: no es infrecuente encontrar relatos de la era soviética, escritos en ruso, donde los protagonistas tenían nombres anglosajones.

Muchos autores procedentes de otros rincones del mundo han imitado estos patrones occidentales y anglosajones de manera muy consciente y no por falta de imaginación, sino como una declaración de fidelidad al género y una muestra de respeto al canon. Al igual que no se puede hacer pintura impresionista sin referirse a los franceses o música flamenca sin referirse a España, la ciencia ficción ha de alimentarse de lo que se ha hecho en países como Estados Unidos o el Reino Unido. Esto implica, entre otras cosas, la adopción de esquemas de pensamiento derivados de la Ilustración y la Revolución Industrial: racionalismo, materialismo, escepticismo, libre albedrío. La ciencia ficción suele ser humanista e idealista, pero también agnóstica y poco espiritual. Es algo fácil de percibir en la psicología de los personajes —al menos, de los personajes humanos—, que acostumbran a definirse por el individualismo, herramienta con la que afrontan los procesos de metamorfosis en el entorno que casi siempre conforman el núcleo de este tipo de narración.

Ha habido algunas excepciones a la regla, por descontado. Pocas, porque es difícil, si no imposible, abandonar los esquemas occidentales de pensamiento para hacer ciencia ficción sin que esta se transforme en otro género, ya sea fantasía o realismo mágico. Por ello resulta casi irónico que en los últimos años haya sido precisamente una escritora estadounidense, Nnedi Okorafor, quien se ha convertido en uno de los puntales de un enfoque alternativo al occidentalismo anglosajón en el género. No tanto en el estilo y estructura de sus relatos, que pueden recordar a los de Jack Vance o Ursula K. Le Guin (quien, por cierto, le dedicó a Okorafor sonados elogios). La escritora ha viajado con mucha frecuencia a Nigeria, el país del que proceden sus padres, desde muy pequeña, y suele ambientar sus relatos en África. Ella misma llama «afrofuturismo» a la decisión consciente de trasladar los mecanismos clásicos de la ciencia ficción a un ambiente distinto, acentuando de forma deliberada aquellas peculiaridades culturales que contrastan más con el pensamiento occidental. La propia novelista admite que basa sus mundos en un África mítica, de la memoria, «un África que existe, pero no existe». El pensamiento mitológico de los pueblos que describe es uno de los elementos que la enlazan con Vance o Le Guin, aunque más enraizado en tradiciones verdaderas.

Nnedi Okorafor lleva escribiendo desde principios de siglo y empezó a dar que hablar en 2012 con su novela ¿Quién teme a la muerte?, una historia posapocalíptica ambientada en África que trataba asuntos como el genocidio tribal. Esa novela, que es quizá la más oscura de la escritora, está siendo adaptada a serie de televisión por HBO, con la intervención como productor ejecutivo de George R. R. Martin, autor de la saga Canción de hielo y fuego. Con todo, su verdadero salto a la fama se produjo en el 2016, cuando su novela corta Binti ganó dos de los más importantes premios del mundo de la ciencia ficción, el Hugo y el Nebula. A esa novela breve siguieron dos secuelas, Hogar y La mascarada nocturna. Una trilogía que, supongo, está esperando también una adaptación a la pantalla.

La trilogía Binti no tiene un trasfondo político y social tan marcado como ¿Quién teme a la muerte?. Parece estar mucho más influida por circunstancias biográficas de la propia autora. La protagonista ha estudiado Matemáticas, como la escritora; se siente una mestiza, como la escritora. Trata de armonizar mundos diferentes entre sí, como la escritora. Esto hace que la «africanidad» del relato adquiera matices más personales y profundos. La trilogía discurre en un futuro donde la humanidad se ha expandido por la galaxia y ha entrado en contacto con razas alienígenas. La protagonista, una adolescente llamada Binti, pertenece a una tribu africana que combina la elaboración de tecnología para terceros con arraigadas creencias ancestrales y un modo de vida aferrado a la tierra. En su tribu, por ejemplo, las mujeres se cubren todo el cuerpo y las trenzas del cabello con una arcilla roja sin la que se sienten desnudas. El vínculo con el hogar de sus antepasados es muy intenso. Todos los miembros de la tribu tienen un papel que cumplir, determinado tanto por sus capacidades como por su genealogía. Binti posee una mente matemática genial y curiosidad por el mundo exterior, pero comparte las supersticiones de sus mayores.

En las novelas protagonizadas por adolescentes, por lo general, la figura central se rebela contra el mundo adulto. Binti, aunque disgusta a su familia cuando decide estudiar en una universidad interplanetaria, no pretende rebelarse. Desde el momento en que decide abandonar su aldea, es presa de los sentimientos de vergüenza, aislamiento y alienación. La lucha entre sus deseos y sus prejuicios se convierte en una constante fuente de angustia. Sigue sus instintos exploradores, propios de la edad, y aun así se siente abrumada por un respeto reverencial hacia las costumbres de los suyos.

El pequeño disgusto familiar quedará en nada cuando la nave en que Binti viaja —un enorme crustáceo vivo capaz de transportar pasajeros de un sistema estelar a otro— sea atacada por un grupo de medusas espaciales, raza belicosa y orgullosa que está en guerra con los humanos. Aunque Binti sobrevive, se verá metida de lleno en una encrucijada cultural que pondrá a prueba la percepción que tiene de sí misma. El acierto de Okorafor como narradora consiste en no cargar la mano con un melodrama centrado en los prejuicios ajenos; de hecho, la progresiva transformación de Binti en una mestiza multirracial será acogida con relativa tolerancia por quienes la rodean. Esto es un paralelismo con la sociedad occidental actual, donde las diferencias, aunque con mayor o menor entusiasmo, suelen ser bendecidas por el discurso colectivo. De manera hipócrita muchas veces quizá, pero el que la idea de tolerancia forme parte del discurso público es un avance y en el universo de Binti, aunque los prejuicios interraciales aún existen, no siempre dominan la relación entre los pueblos y pueden ser vencidos.

Es la propia Binti quien encuentra difícil deshacerse de los prejuicios que ella misma alberga para asimilar los cambios que experimenta. Su extraña posición como individuo excepcional que se convierte en el enlace entre varias razas la hará caer en frecuentes estados de pánico que trata de combatir «ramificando», esto es, desarrollando ecuaciones matemáticas en su mente (habilidad muy apreciada en su tribu y por la que se esperaba que Binti cumpliese determinado papel en la sociedad y economía locales). Aferrada a sus frascos de arcilla y su creencia en diosas ancestrales, atenazada por el terror ante lo desconocido, es asaltada por pensamientos recurrentes como «¿Por qué no me quedé en casa?», y por sentimientos de culpa que chocan de manera frontal con el estereotipo genérico de adolescente iconoclasta. De hecho, iremos descubriendo que Binti puede mostrar una resistencia al cambio mental tanto o más fuerte que sus mayores.

Tanto la primera novela como sus continuaciones ahondan en ese vértigo existencial mientras describen un pintoresco universo poblado por civilizaciones, razas, etnias y subgrupos culturales que conviven como pueden, sin llegar a entenderse, pero en última instancia dispuestos al entendimiento. Incluso las razas más susceptibles y guerreras parecen inclinadas al diálogo cuando las circunstancias lo permiten, aunque la violencia detona con facilidad y todos dudan sobre las intenciones de los demás. Eso sí, en este universo no existen los villanos, no hay una civilización de maldad intrínseca deseosa de imponerse al resto; casi todos los problemas surgen del malentendido.

Los tres libros de la saga son breves y contienen argumentos sencillos; su punto de apoyo no son las complicaciones argumentales, sino los mecanismos psicológicos de la protagonista y la recreación de un mundo alienígena en todos los sentidos de la palabra. La propia cultura de la tribu de Binti, los himba, es una combinación entre tradiciones africanas reimaginadas y artilugios futuristas que, a pesar de ser terrícola, nos resulta tan ajena (al menos, a quienes no conocemos en profundidad la base tradicional real que pueda haber inspirado a la escritora) como la cultura de las medusas espaciales o la omnipresente biotecnología de tintes casi mágicos. Conociendo la biografía de Nnedi Okorafor, resulta fácil deducir que la historia de Binti refleja preocupaciones nacidas de su condición de estadounidense hija de africanos, de su paso por la universidad o de sus problemas de salud (una afección en la columna vertebral la hizo retirarse de los deportes siendo todavía muy joven y solo una complicada cirugía evitó que quedase en una silla de ruedas). No solo la vida es frágil, no solo son frágiles la salud y la paz; también es frágil la identidad.

En estos relatos, la pérdida de la identidad es la principal fuente de pesadillas. O lo que, sin ser una pérdida de identidad, se percibe y se siente como tal. Porque la construcción de la identidad no es una decisión exclusiva del individuo, sino que depende en buena medida de las circunstancias que lo rodean durante su vida. Binti apenas puede tomar decisiones sobre las cosas que sucederán a su alrededor, que serán cada vez más extrañas. Por tanto, no puede decir cómo la vida terminará cambiándola y reacciona con aprensión. Lo único que puede hacer, como cualquier otro individuo, es intentar descubrir cuál es el núcleo verdadero de ella misma, cuál es el elemento central de su identidad, el elemento central que nunca cambia. El problema es que, en mitad de la tormenta, el individuo no siempre recurre a lo que desearía, sino a lo que tiene más a mano. Las pregunta «¿Quién soy?» se transforma en «¿Quién he decidido ser?» y después en «¿Quién han permitido las circunstancias que yo haya decidido ser?». Hasta que, de manera inevitable, llega la más incómoda de estas preguntas: «¿De verdad soy quien yo quería ser?». La respuesta honesta, por supuesto, siempre es «no».


Guillem López: «No creo que la novela sobreviva medio siglo. La literatura sí, pero será otra cosa. Tal vez un videojuego»

Me dijo de quedar en el café del Teatro Rialto (Valencia) porque tiene «un rollo Philip K. Dick». Y la verdad, lo tiene. Del K. Dick reducible a cuatro epítetos: decadente, atemporal, añejo y extraño. En este espacio, Guillem López (Castellón, 1975) va atenuando todo lo demás hasta quedar solo él bajo el foco principal. ECCE y HOMO sobre sus nudillos. El cráneo afeitado reflejando con crudeza la luz. El rostro desnudo de ego o manierismos, encogido en agobiantes preguntas para las que no hay respuesta, pero que precisamente por ello deben ser formuladas.

Guillem y yo somos compañeros literarios, de los que sangran en el mismo barro y se beben las mismas madrugadas. He podido vivir de cerca su despegue a bordo del cohete Challenger, el que protagoniza su novela homónima más célebre, una suerte de hijo bastardo entre La Colmena de Cela y una pesadilla borgiana ambientada en una Miami alternativa que se diluye en esos setenta y tres segundos que tardó en estallar el cohete.

Hoy nos hemos juntado para hablar de todo un poco. De Cifuentes y las pajas literarias. De sus insectos: Arañas de Marte (Valdemar, 2017) y La polilla en la casa del humo (Aristas Martínez, 2016). De su estreno en una majorEl último sueño (Minotauro, 2018). De qué se siente al ganar premios internacionales y ver tu nombre cruzando la frontera cuando a la vez sabes que no puedes vivir de esto. Pero, sobre todo, de literatura. ¿Qué es? ¿Adónde va? ¿Va a alguna parte?

Empecemos por el principio. El principio del principio.

[Risas] El principio está muy lejos, eh.

Volvamos a él. A cuando eras niño. ¿Tenías claro lo de ser escritor? ¿Hubo epifanía o llegó después?

Hostia… No lo sé, tío. No lo sé. Ahí es un poco fácil caer en el romanticismo, la imagen que todos tienen de su infancia; el: «No, yo siempre había soñado con ser escritor»… Sí que es cierto que siempre he escrito. Pero no piensas que quieres ser escritor. La palabra escritor, además, me produce últimamente mucho rechazo. Hay mucho blog de autoayuda del tipo: «Reafírmate, eres escritor». Y a mí ya me está cansando un poco tanta reafirmación en el «eres escritor». Qué obsesión por ser escritores. Qué mito hay ahí.

Así que si te dijera ahora que sí, que siempre quise ser escritor, te mentiría. Porque la imagen que tengo de mi infancia ahora no es la real. Así que dejémoslo en que sí, siempre he escrito, pero no sabía que quería ser escritor. Esa fue una decisión que tomé de adulto, con veintipocos años.

¿Cómo la tomaste? ¿Cuál fue el cambio que te hizo elegir la profesión?

Un amigo mío, que era dibujante. Creo que se dio cuenta de que estaba un poco perdido. Un poco no, bastante. Estaba en ese momento en que dejas la adolescencia, te haces adulto y no sabes adónde vas a ir. Fue él quien me dijo: «¿Por qué no te lo tomas en serio y te pones de verdad a escribir?». Y tío, le hice caso y… La cagué [risas]. La cagué porque desde entonces escribir ya no fue tan divertido como era antes; ni tampoco leer.

Porque se lee analizando los engranajes.

Claro. Lees de otra manera. Escribes de otra manera. Te vas metiendo en un callejón en el que el placer de leer lo pierdes o de alguna manera lo transformas. Y eso es una buena putada.

¿Cómo fuiste creando al Guillem escritor? Lo digo porque tú escribes fantástico pero es evidente que bebes también de los clásicos y de la novela contemporánea. Así que cuéntame lo que leía ese niño que no sabía que quería ser escritor.

Pues yo leía lo que había en casa de mis padres. Ahora en las estanterías de los chavales hay mucha literatura juvenil. Pero en mi época, que ya va lejos [sonríe], no había una literatura juvenil tan marcada. Sí, tenías las novelas de los Cinco, las de Guillermo el Travieso… Pero, fuera de casos aislados, las novelas que se suponía que debía tener un niño eran Stevenson, Verne, Wells. Estas son las novelas de un preadolescente en aquella época, totalmente distintas a las que tiene un preadolescente hoy en día, que ya tiene a un gran mercado dedicado a él. Ahora un chaval no se le acercaría, pero en aquella época lo normal era leerte un Ivanhoe, que es un clasicazo, porque es lo que tenías en la estantería de casa.

Así que por un lado tenía esa literatura que se suponía que era la propia de los niños y luego tenía la de mis padres, sobre todo mi abuelo y mi madre que son los grandes lectores de mi familia. Y lo que tenían era la novela realista de la época. Clásicos.

¿Qué clásicos?

Clásicos como Tarás Bulba. Te estoy hablando de los años ochenta. También, mucha novela española, Cela, Delibes. Y luego, los latinoamericanos, como Márquez o Vargas Llosa. Esto es lo que solías encontrarte en una estantería de buenos lectores de la época. Por lo menos en mi casa es lo que había. Yo realmente me introduje en el género tarde.

Tarde es…

Como a los dieciocho, diecinueve. En la adolescencia.

¿Y por qué? ¿Amigos?

Pues, afortunadamente, porque empecé a jugar a rol.

¿Por eso empezaste a leer género?

Sí. Y empecé a leerlo en inglés. Es que a mí el rol me salvó la vida.

Eso tienes que explicarlo bien.

[Risas] Pues entré en él en unos años de la adolescencia en los que pasé por un montón de cosas y me salvó el tener una pandilla con la que me pasaba los fines de semana alrededor de una mesa jugando una partida de rol. Eso es lo que a mí me ha formado mucho la imaginación.

¿Recuerdas algo en concreto de esas partidas de rol?

Tengo un montón de recuerdos, tío. De hecho, el mejor recuerdo de mi adolescencia es ese: mis amigos jugando a rol. Nos pasábamos los fines de semana así. Todos los días había partida… Y hay que entender qué es eso, que un chaval de dieciséis se encierre en su habitación a leer manuales en inglés, porque de aquella no teníamos internet. Por aquel entonces lo publicaba todo Joc Internacional. La rutina era venirnos de Castellón (yo soy de allí) a Valencia a comprar cómics y manuales de rol en inglés. Y los teníamos que traducir. Claro, que un chaval se compre manuales en inglés y los traduzca al español para poder jugar partidas de rol con sus amigos es un regalo.

¿Por qué estabas pasando por algo difícil en la adolescencia? ¿Por qué te hacía falta un refugio?

No, a ver, no creo que fuera más turbulenta que la de cualquier otro adolescente. Digamos que es ese momento en el que te encuentras frente a la bifurcación. Y hay que elegir. Yo elegí el rol y los libros de género, y eso forjó el adulto que años después sería. Ese impás en el que puedes elegir seguir estudiando y acabar en una plaza pública o seguir jugando al rol con tus amigos y ser el friki del colegio. Yo en realidad siempre he sido eso, un friki de colegio. Mi pandilla siempre ha sido la de los nerds, la de los inadaptados. Pero, en verdad… A mí me encanta ser inadaptado.

(Risas)

Sí, ¡lo digo en serio! ¿Por qué me voy a adaptar a algo que tampoco quiere que me adapte, que no me acepta?

Tú te das cuenta de que todo esto está en el tuétano de El último sueño. Que has retratado a una pandilla de inadaptados y parias orgullosos de serlo.

Sí, sí. El último sueño es una novela de inadaptados. De gente que ya no es solo que el sistema los rechace; es que ellos no quieren ser aceptados por el sistema. Al final, si el mundo en el que vives no te gusta lo que deberías de hacer es crear tu propio mundo. No sé, supongo que algo de eso sí viene de esas partidas del rol.

Pinta que sí. Es una novela dura. No tan dura como La polilla…, pero sí dura. Sin embargo, hay un oasis de ternura en los pandilleros. Llevan una vida de mierda, pero desde su punto de vista, esa vida deja de ser de mierda porque es exactamente la vida que quieren llevar.   

Es la vida que quieren llevar porque, después de todo, son libres. Uno elige si quiere homogeneizarse y pasar a formar parte de la sociedad o si prefiere seguir en su grupo y vivir a su manera. Esto creo que hay que ponerlo en valor. No tienes que buscar que el mundo te acepte. Primero, tienes que aceptarte tú mismo. Y si el mundo no te acepta, pues que le den al mundo.

Veo la parte personal ahora clara. Pero hay otra parte, el reflejo desde el fantástico de aquellos a los que no queremos mirar. Los que nos piden un eurillo a la puerta del Carrefour. Los que duermen bajo cartones en un cajero. Los que se hacinan en los campos de refugiados.

Claro. Quería escribir una novela sobre la gente que está totalmente fuera del tablero de juego. La gente que no cuenta cuando hay grandes revoluciones sociales, grandes procesos históricos… Siempre van a quedar fuera porque son los perdedores del sistema. Y siempre van a perder. De alguna manera, están condenados a perder. Pero eligen seguir adelante en la derrota.

Esto era complicado, porque no estaba hablando de antihéroes. El antihéroe, por ser lo contrario de un héroe, no deja de ser también un héroe.

Resulta atractivo. Lucha y triunfa por lo suyo.

Tiene unos patrones diferentes a lo que entendemos por héroe. Pero estás retratando a un héroe. A su manera, gana. A su manera, triunfa. Los personajes de esta novela no podían ser antihéroes; tenían que ser marginados. Juegan desde los márgenes. Y su rebeldía, su elección personal, es: «¿No queréis aceptarme? Pues no voy a luchar por que me aceptéis. Y ya que vuestro mundo se está descomponiendo voy a crear mi propio mundo con la gente a la que amo y la gente que me respeta». Ese es un poco el mensaje final de la novela.

Es una novela que tiene también mucho punk. El espíritu do-it-yourself. ¿No existe la música que te gusta? Crea una banda. ¿Que no sabes tocar? No importa. Tú hazte con unos instrumentos y toca. ¿No hay una emisora de radio que quiera poner esa música que creas y te gusta? Pues monta una emisora. ¿No hay prensa? Haz un fanzine. ¿No hay ropa que te gusta? Recicla la ropa de tu abuelo, la de tu padre, ponle afileres… Llevándolo al extremo: ¿no hay un mundo que te satisfaga? Pues crea tu propio mundo, ¿vale?

A pesar de que los pandilleros son el corazón de la novela, describes también el otro mundo, el de las élites. Y son unos cabrones de cuidado, pero son unos cabrones muy humanos.

Tienes sus intereses y ya está. Son las élites. No es que sean malos, que son unos hijos de puta, eh, pero…

Hombre, cuando descubren que pueden sustituir la energía en la que se basa su mundo por otra generada a partir de algo terrible y piensan: «Coño, modelo económico cojonudo, dejamos de ser políticos y nos quedamos como poder en la sombra», rollo Club Bilderberg, pues sí, dejan bastante claro que son unos hijos de puta.

Pero ellos realmente solo hacen su trabajo e intentan salvar el pellejo. Es lo que hacen las élites políticas y sus subordinados.

Es lo que hace, en general, todo el mundo.

Sí claro. Pero ellos con más éxito, porque tienen los mejores contactos. Ellos tienen los grandes contactos con el mundo empresarial.

Hay un tramo en el que describe… Ay, cómo se llama el personaje del primer ministro, que no me sale.

Nimbará.

Eso. Nimbará les suelta a sus colegas de conspiración, sudorosos por el golpe de Estado que van a dar, que hay que apostar por la democracia. Y cuando se escandalizan, les dice algo así como: «No os preocupéis, porque si un tío del pueblo llega a las élites, sus hijos van a colegios de pago, empieza a vestir caro y a hacer chanchullos con las empresas… Entonces, ¿quién es ese tío? ¿No lo veis? ¡Es uno de nosotros!».

Claro. Básicamente, si cogemos a alguien de abajo y lo subimos arriba, ¿en qué se convierte? En uno de nosotros. Y eso lo que te dice es que no son las élites las que están mal, sino el sistema. Las élites simplemente usan el sistema corrupto para corromper. Es algo que vemos mucho hoy en día. La corrupción se extiende porque el sistema está dado a la corrupción.

Cifuentes.

Es un ejemplo. Hemos visto muchos últimamente. Y ojo, esto no es porque el tío que sube a la élite sea malo de nacimiento. Esto es porque el propio sistema provoca que se corrompa.

He leído cinco de tus seis libros…

Te falta Dueños del destino, ¿no?

Ese mismo. Pero de los otros cinco, saco en conclusión que no tienes mucha esperanza en las figuras mesiánicas. En los líderes. En los héroes. Tus personajes son, normalmente, gente que intenta tirar con lo que tiene y salvar el culo mientras pueda. Supervivientes.

Supongo que es porque lo percibo como algo más real. No tienes que esperar a que venga un mesías. Convierte al mesías en verdugo y el pueblo le seguirá al cadalso. Sí que hay gente capacitada y dotada para ser un líder. Y está demostrado que los grandes grupos sociales necesitan de un líder para funcionar; que canalice la voluntad de muchos. Pero no creo en un mesías redentor que se perpetúe en el tiempo.

Tú te das cuenta que esto es ir, como poco, contra el noventa por ciento de la narrativa mundial. Aún recuerdo el vídeo de YouTube que explica con teleñecos cómo hasta una peli de Adam Sandler sigue el ciclo del héroe de Campbell. Y, por lo tanto, del mesías. De Cristo.

Volvamos a las novelas juveniles de hoy. Mi novela va muy en contra del mensaje que dan. El mensaje que dan sagas tipo Los juegos del hambre, que le dicen al lector: «Tú tienes razón. Tú eres especial. Y si luchas demostrarás que tienes razón y todo el mundo está equivocado y cumplirás tus sueños». Lo que yo digo es: «No eres nada especial, no tienes razón y al intentar cumplir tus sueños, te meterás la gran hostia». Lo hemos visto con la crisis. Yo lo sé bien, que vengo de una familia trabajadora que durante unos años se creyó clase media para acabar siendo lo que era, clase trabajadora. Tus sueños no se van a cumplir. Aunque seas un nuevo rico y ganes millones y millones, siempre serás un nuevo rico a ojos de los ricos.  

Todo esto va en contra justamente del rollo mesiánico y sobre todo individualista. De tú contra el mundo. A mí lo que me interesa es el afecto que comparte el grupo, la tribu. Y quería cargar también en contra de la unidad familiar tradicional sustituida por el valor de la tribu. La familia es el primer escalón de la propiedad privada. Y la novela antepone el criarse todos juntos. Hay un mandamás que es el que canaliza la energía de todos, sí. Pero no es un cargo que dure mucho tiempo, dura muy poco tiempo, y cuando lo terminas, te vas y lo cedes a otro. Además, tienen el Habladero, que es donde se reúnen a debatir y absolutamente todo el mundo tiene derecho a expresar su opinión. Solo existe la figura de la Justicia, que es la que da la voz, y nada más.

En este sentido la novela es un poco Los niños salvajes o El señor de las moscas.

Qué novela El señor de las moscas.

Bueno, claro, es que Golding… El Premio Nobel para una novela fantástica.

Pues es verdad. No lo había pensado.

Claro, claro. En el 84, creo recordar. Los niños de Golding tenían la caracola. Y los míos tienen la Justicia, para lo de darles palabra.

Esa escena está muy bien para marcar el contraste. El concepto perverso de la democracia corruptora que tiene Nimbará en contraposición a lo que es una democracia de verdad.

Es así. Ellos tienen una democracia real en la que todos hablan y todos tienen que encontrar un acuerdo. Pero Nimbará lo que hace, desde la corrupción de su sistema, es llegar a la democracia corrompiéndola. La propia palabra. Es algo que vemos también mucho hoy en día. Cogemos cualquier término y lo degradamos. Al capitalismo se le da de puta madre.

Ahora, por ejemplo, le ha tocado al terrorismo. A mí, que me he criado en los años ochenta, me sorprende mucho cómo se ha degradado la palabra terrorismo de lo que se ha vivido aquí en esa época, a lo que pasa ahora; cosas que oyes como golpe de Estado. Cuando la corrupción llega a las palabras es muy peligroso. Porque viste la mentira, a sabiendas, como si fuera verdad. Y eso es lo que hace Nimbará con la democracia.

E incluso decide terminar su carrera política porque le sale más lucrativo ser del sector privado. Es una crítica durísima a las puertas giratorias. Porque es un poco como señalar que los políticos son títeres elegidos por los poderes económicos. Por eso un político, que lo sabe, prefiere salirse y ser parte del verdadero poder en la sombra.

Si esto está claro. ¿Quién controla el devenir del mundo? Las élites.

Y a los candidatos que podemos votar. Porque el sistema no está pensado para que podamos votar a cualquiera.

No. Tú votas al que hay. Los partidos eligen a sus candidatos que defienden los intereses… ¿De quién? ¿De los ciudadanos? La democracia siempre está en conflicto con los intereses económicos, del capital. Siempre. Lo que interesa al pueblo no es lo que interesa a las élites. Y esto es algo que en algún momento habrá que poner sobre la mesa, para que el gran público se dé cuenta. Por eso el mundo va hacia dónde va, por eso tenemos guerras, cambio climático y desigualdad. Porque son la consecuencia de los intereses de las élites [a tenor de lo dicho aquí, cabe comentar que uno de los últimos capítulos de El último sueño se abre con una cita ficticia de un tal Ciento Herros que dice lo siguiente: «Una sociedad justa es una sociedad pacífica»].

Vamos a despedirnos de El último sueño hablando de cómo construyes mundos. Porque no usas info-dump [la práctica de explicar el contexto de una narración interrumpiéndola de manera antinatural]…  

Bueno, sí uso, eh. Como todos, algo se me escapa.

Pero muy poco. Confías en el lector lo suficiente como para que la explicación del mundo acompañe al conocimiento de los personajes. ¿Qué método hay detrás? ¿Es exhaustivo y previo a la narración o las cosas van surgiendo como en un sueño de vigilia?

Trabajo mucho esa palabra que está tan de moda, el worldbuilding, que no es otra cosa que trazar escenarios. Yo este libro lo escribí prácticamente al mismo tiempo que La polilla. Escribí El último sueño como un borrador, pero en ese momento ya tenía una idea de utilizar este worldbuilding para escribir La polilla... Escribí La polilla…, porque es un libro que tenía que salir al momento; es un libro muy explosivo. Lo escribí muy rápido. En un mes o mes y medio. Y luego volví a El último sueño; y lo volví a abandonar para escribir Arañas de Marte. Y luego lo volví a retomar por segunda vez. Es un libro que he escrito en tres tandas.

¿El primero que escribes así?

Sí. Normalmente es del tirón. Pero este tuvo que reposar mucho tiempo. Pero respecto al infodump y el worldbuilding, tú me dices: confías en el lector. Yo con mis lectores intento tener un juego. En Arañas de Marte y Challenger se nota más. Parto de una premisa: que el lector no es imbécil.

Es que me parece que muchas veces que el infodump va en ese sentido. Asume que hay que mascarle mucho las cosas, cuando yo asumo que el lector es inteligente, independiente y que va a estar mucho mejor lo que él construya en su cabeza que lo que yo construya en la mía y le cuente. Esto es una cosa que viene un poco del teatro. Muchas veces hablan más los silencios que mil palabras. Dale espacio al lector, deja que rellene los huecos.

Esto no le gusta a todo el mundo. Y yo respeto mucho a cada lector. No suelo decir la manida frase: «Es que no lo has entendido», ¿vale? Todo el mundo entiende los libros. A su manera. Le ha gustado más, le ha gustado menos, hay cosas que le llegan y cosas que no. No pasa nada. Tampoco pretendo gustarle a todo el mundo.

Y con el infodump es justo esto. Doy solo unas pinceladas y luego tú vas a rellenar los huecos que falten. Hay gente a la que eso le gusta mucho porque lo que construyen va mucho más allá de lo que yo podría haber inventado. Y eso está muy bien también. La fuerza colectiva es muy superior a la fuerza individual. Lo que vamos a imaginar yo y mis lectores juntos siempre va a ser mejor que lo que imagine yo solo.

Para los lectores que prefieran descripciones más prolijas y más infodump, no pasa nada. Yo no soy su tipo de escritor y ya está.

Pero a la vez das mucho detalle. Entonces, ¿cómo funciona ese instinto para decir bueno, aquí tengo que decir que el fajín tiene un bordado de hilo rojo, aquí tengo que describir la lengua de humo lila subiendo de la boca del cañón para reforzar la idea de la Kamé, aquí entro en una habitación y describo esa cúpula que se advierte dese la ventana este, la chimenea y el escritorio? ¿Cómo se elige lo relevante y se descarta lo superfluo?

Ostras… Eso es totalmente intuitivo. Hace unos años que imparto talleres. Me lo he dejado bastante últimamente porque… El tema de la escritura es un cambio constante. Tomas una posición inicial, luego la vas matizando. Es como que tú te vas formando a ti mismo. Hace unos meses me he dejado de los talleres porque mi propio proceso me indica que no sé si estoy preparado para enseñar a nadie, porque estoy sufriendo unos cambios dentro de mí que me están llevando otro sitio.

O sea, que sientes que estás mutando.

Bueno, es que todos mutamos. Y hay que aceptar estas mutaciones, porque si no, haríamos siempre lo mismo. Si miras mis obras, de Challenger a La polilla… y luego viene Arañas… Hay cambio. Y eso creo que es una marca personal mía. Que mis lectores piensan: «Joer, a ver con qué nos viene ahora». Pero es mi libertad creativa. Quiero tener esa libertad para poder moverme, dentro del género, por territorios muy distintos.

Pero se te reconoce. Aunque cambies mucho de un libro a otro, se te reconoce.

Tampoco sé si cambio tanto. Exteriormente, me lo dicen, y por eso lo sé. Pero una de las metas que debe tener todo autor, y en esto hay un acuerdo bastante homogéneo dentro de la profesión, es tener un lenguaje propio. Es decir, que alguien se lea un texto tuyo y sepa que es tuyo.

Sí. Pero dentro de ese lenguaje propio hay gente que no varía mucho, que tienen un léxico cerrado, una forma de construir las frases determinada, etcétera y otros, como tú, que sí lo modulan mucho. A mí me recuerdas más a un Dan Simmons, que modula el cómo para cada narración, que a, por buscar un referente cercano, un Ismael [Martínez Biurrun].

Jo, es que es muy reconocible, Ismael.

Lo es. Pero tú, sin embargo… Te lees un párrafo de Challenger, de la Polilla y de Arañas… Son muy distintos.

Es que yo cambio, tío. Esto sale también en El último sueño. El mundo cambia, ¿por qué no cambias tú con él? Yo tengo una defensa cerrada a lo que dijo Groucho Marx: «Tengo unos principios y si no le gusta tengo otros». Todo el mundo se centra en el lado crítico e irónico, de chaquetero. Y yo creo que para nada. Que todo lo contrario. Tenemos que estar preparados para aceptar que nos equivocamos, aceptar nuestros errores y cambiar. Tú no puedes tener treinta años y pensar que siempre vas a pensar igual. Yo ni siquiera soy el mismo de hace dos meses, ¿vale? Tienes que aceptar que a la vez que el mundo cambia, tú cambias también. Y no hay ningún problema en ello, tío. Si pudiéramos aceptar que todos podemos cambiar, a lo mejor no teníamos todos estos grandes problemas que tenemos. Es decir: «Bueno, no pasa nada, tío, me equivoqué. Sí, antes pensaba esto. Pero he visto que no, que estaba equivocado y he cambiado de idea».

Otra cosa son los valores. Yo tengo unos valores humanos y éticos invariables. Es importante que los valores de uno sean éticos, que no morales. Los valores éticos son universales y se comparten entre todos. Los valores morales pertenecen a una cultura. Los morales son una morada, una cueva cultural que nos encierra. Y hay que ir con mucho cuidado con la morada. Pero tener una ética humana, universal, es básico. Y dentro de esa ética humana, tú puedes cambiar y cambias. No sé cómo pensaré dentro de diez años. No sé ni cómo pensaré en dos. Pero sé que voy a tener unos valores éticos constantes.

Vamos a viajar en el tiempo. A los inicios de tu carrera. A tu primera editorial. AJEC.

Vale [sonríe].

No sé qué piensas tú, pero creo que representa una época muy concreta. Un grupo de tíos y tías, de los últimos setenta a los primeros noventa, que escriben fantástico. Tú y Jesús Cañadas tuvisteis AJEC. Darío Vilas, Ignacio Cid Hermoso, yo y otros tantos tuvimos 23 Escalones. Los primeros tiempos de Dolmen con la Línea Z. Y luego, la hecatombe, la burbuja que estalla. Pero de ahí salió, esparcida por toda España, una generación de escritores. Pero la cosa empezó por ahí, por las pequeñas editoriales. ¿Cómo llegaste tú? Además, recuerdo perfectamente que fuiste referente con tus dos primeras novelas.

Mis dos novelas de fantasía épica [sonríe]. Las veo ahora muy, pero muy lejanas. Pues mira, yo llegué después de una reafirmación. Yo empecé negando que jamás escribiría género. Hice mío, como tantos otros, el perjuicio contra el género. Y esto es internacional, que nadie se crea que es solo un problema de España. Ahora vengo de estar en Italia en una feria en Milán y me preguntaron una y otra vez lo mismo: el perjuicio contra el género; si en España estaba también. No es que esté en España, es que está en todas partes. Se lo considera siempre algo secundario, algo menor. Cuando decidí tomarme en serio escribir, hice mío ese prejuicio. Creo que fue innato, algo que viene dado por la sociedad, por la cultura en general.

No vas a escribir chorradas con elfos y hadas. Conozco la sensación.

Claro. Te pones a escribir lo que crees que debe ser profundo, personal.

Tópicos.

Claro que son tópicos. Pero, a ver, eres una chavala o chaval joven, con poca idea, así que, ¿por dónde vas a empezar? Por los tópicos. Por lo que crees que es profundo o por lo que te han dicho que es profundo. Yo escribí tres novelas y un montón de relatos antes de darme cuenta de que había hecho mío un prejuicio que no quería. Que yo quería escribir fantástico.

¿De qué eran esas tres novelas?

[Risas] Pues mira, dos no te las voy a decir. La tercera variaba a algo así como un terror urbano e inquietante. Son novelas que nunca van a salir del cajón. Pero la primera, para más inri y vergüenza propia, era una novela sobre la Guerra Civil.

¿En serio?

En serio. ¿No estaba mal, eh? Una novela con su saga familiar… Vamos, que no se podía hacer nada con eso. Era una novela sobre los sucesos de mayo del 37 en Barcelona. Y la verdad es que, claro, cuando lo miras en perspectiva, ves que me estaba negando el derecho a escribir género fantástico. Cuando lo acepté y aparqué esas tres novelas que tenía… Lo cierto es que la primera era esto que te conté. La segunda probé con realismo mágico. La tercera, horror urbano…

Ibas permitiéndote un poquito de cada vez.

Iba deslizándome por una pendiente de negación. Cuando me di cuenta de esto…

Saliste del armario.

Salí del armario del fantástico. ¡Pero por la puerta grande! ¡Me voy a escribir una novela de fantasía épica! Y me escribí La guerra por el Norte, que funcionó maravillosamente. Dueños del destino [la secuela] tuvo la mala suerte de que al mes de salir AJEC echó la persiana.

Como NGC o 23. Murieron muchas.

Sí. AJEC particularmente porque hizo una apuesta salida de madre. El editor se fue de madre, hizo una inversión tremenda, y pasó lo que pasó. Y hoy en día está pasando otra vez. Lo vamos a volver a ver. El nicho del fantástico es algo que aguanta muy bien. Pero los lectores son los que son. Y crecen. Es verdad que crecen. Los datos están ahí. Pero crecen al ritmo que crecen. Y están creciendo mucho más rápido las editoriales pequeñas y los sellos de las grandes para entrar en este nicho. Por eso yo tengo mi pequeña duda de si hay lectores para soportar todo el conjunto de la industria editorial dedicada al fantástico.

Esa época fue un Big Crunch. En un par de meses cerraron NGC, 23 Escalones y AJEC. Y alguna más que se me olvida.

Fue un desastre. Un desastre. Yo estuve desde 2011 que salió Dueños del destino hasta 2015 que salió Challenger sin publicar nada. Dejé de publicar. Fue una etapa muy dura para mí. Eso sí, escribí Challenger. Pero encima Challenger me la rechazaban. Hasta que llegó Aristas Martínez, alabados ellos, me la rechazaron en bastantes sellos. Y me dijeron que nunca jamás la publicaría en España. Y luego fue publicada y, a su escala, muy exitosa [amén de acumular un aluvión de premios nacionales e incluso internacionales].

Entonces, lo de que fueran fantasía épica era pura reivindicación.

Claro. Era mi pequeño día del orgullo. Salí de mi armario montado en una carroza con música en los altavoces y bailando. Tal cual. Cuando estaba escribiendo Dueños del destino, ya tenía la idea de Challenger. La idea me vino en 2010. Y la publiqué en 2015. La empecé a escribir en 2012.

Digestión lenta…

Sí. Es que era una idea… Tenía claro que quería escribirla. Apuntaba mis notas, de tanto en tanto. Challenger, setenta y tres historias…

O sea, que ya se parecía mucho a lo que es.

Sí, sí, sí, sí. Ya desde el principio, al empezar un poco la investigación, me encontré con lo de los setenta y tres segundos [los que tardó en estallar el infausto cohete] y ya supe que tenían que ser setenta y tres historias. A los primeros a los que se lo conté recuerdo que fueron David Mateo y Juande Garduño, en un bar justo antes de entrar a una charla. En 2011, o así. Les dije: «Chavales, estoy pensando en escribir esta novela». Y… Silencio tenso [risas]. Silencio tenso en plan: «qué me estás contando». Es que Challenger, en aquel momento… Intentabas explicar que querías escribir esto y costaba entenderlo.

No había referentes.

Era muy difícil comprender algo así. Pero claro, como idea… Y a mí me gustan mucho los retos. Siempre que me viene una idea, me pregunto: «¿Por qué no? ¿Por qué no puedo hacerlo?». Soy muy cabezón con las historias. Claro, eso me lleva muchas veces a callejones sin salida. Porque siempre me pregunto: «¿Y si sale?». Y hay historias que están condenadas a no salir. Tengo muchas historias que acabo descartando y me rompo muchos los cuernos y…

Y no te sale.

¡Y no te sale! ¡Porque, a veces, las cosan no salen! O no estás preparado para sacarlo. Cuando me leí La cúpula de Stephen King, recuerdo perfectamente que decía que tardó veinte años en sacarla del cajón porque no había manera de escribirla. Yo también tengo ideas para las que sé perfectamente que no estoy preparado. Que no soy lo suficientemente bueno para ejecutarlas. Que quizá no llegue a serlo nunca. Es frustrante por una parte, pero también es gratificante porque te vas conociendo a ti mismo. Y te tienes que conocer muy bien para poder escribir.

Tengo la suerte de que soy muy buen mecanógrafo. Hay capítulos de Challenger que me escribí… En Challenger jugué mucho. No me cerré ninguna puerta. Hay capítulos que los escribí con los ojos cerrados y la luz apagada. Hay un capítulo que lo escribí tumbado, casi en fase de sueño. Luego, evidentemente, requerían mucha edición, porque había cosas que eran mierda pura. Pero me atrevía a jugar con esas cosas. El estar escribiendo un capítulo y que de pronto el párrafo se tuerza y acabe en otro sitio… En realidad te estás hurgando a ti mismo, a ver qué encuentras.

Joder, la literatura es un juego. Es una cosa que comenté en Italia. A ver, la situación allí es distinta. Allí me estoy construyendo un público que en España ya tengo. Tengo que empezar de cero. Ahora empiezan a conocerme. Y a final de año voy a sacar otro libro allí… El caso es que se lo digo a mis posibles lectores italianos. Que yo establezco un juego con ellos. Porque los libros son un poco juego también. Y hay que jugar con ellos.

Y si te lo cargas, el elemento lúdico, te cargas una parte muy importante. Pero parece que los popes de la cultura han desterrado el jugar como si fuera una bajeza.

Sí, claro, tío. Porque al final hay libros que solo son una masturbación. Una paja. ¡De otra persona, además! ¡Ni siquiera es una paja tuya! No es algo que te esté dando placer a ti. Se lo está dando a sí mismo.

Y te lo está cobrando.

Claro, es la creación artística como elemento masturbatorio. Y eso me parece deleznable. No puedes olvidar que hay una persona que va a leer tu libro. Yo aviso al lector, de alguna manera, de cómo vamos a jugar. De que lo nuestro va a ser una relación larga. Y de que sí, soy yo el que ha escrito el libro. No puedes echar el telón y hacer creer que no hay nadie detrás del libro. Y el que crea que no plasma sus ideas e ideología en su libro, ese es el más peligroso de todos, el más fascista. No, no, no. Este libro lo he escrito yo. Y este libro refleja mis ideas y mi pensamiento en el momento que lo escribí. Así que este libro fui yo. Y tu relación con lo que fui va a ser larga, porque te va a llevar un tiempo leerlo. Y durante ese tiempo te voy a contar una historia.

Y me vas a conocer.

Claro, tío. Te voy a contar cosas de mí que son muy íntimas, porque mi manera de ver el mundo es muy emocional. No ves el mundo a través de los sentidos, lo ves a través de las emociones. Entonces, vamos a tener una relación. Hay libros en los que esa relación la planteas más lejana y otros más cercana. De ese último tipo, el más cercano para mí es Arañas de Marte.

Es terriblemente maravilloso de leer. Para un padre reciente, es muy duro.

Porque lo escribí afrontando un problema que me había generado tener un hijo: el miedo. Hasta Arañas de Marte yo nunca había pensado en la muerte. Ni en la de nadie, ni en la mía. Y he llevado una vida peligrosa en algunos sentidos, al punto de decir, tío, que te vas a matar. Pero, como padre, no sufres por ti; sufres por la incertidumbre de lo que le va a pasar a una persona indefensa a la que no puedes proteger de ninguna manera.

Desde antes de ser padre, ya tenía una idea de Arañas de Marte. Funcionamiento cuántico del cerebro, percepción alterada de la realidad, sueños y recuerdos… Toda esa idea ya la tenía. Lo que no tenía es el drama familiar. El drama que tira de la acción. Pero el trasfondo real es hablar de la locura, de la depresión profunda…

Así que necesitabas ser padre.

Sí, porque en el momento que fui padre enlacé las dos cosas. Un poco como Batman. Los escritores tienen que ser un poco como Batman: cuando tienes un miedo, vas a por él. Yo tuve unas semanas con una ansiedad… Lo sabrás; sufres realmente.

A mí me pasa. Lo próximo que me pide el cuerpo escribir también es sobre el miedo a ser padre.

Porque es un miedo muy visceral. Yo me cogí toda esa angustia, todas esas noches sin dormir y desvelos, y los metí en Arañas de Marte. Por eso es más cercana. Y es más cercana porque yo estoy muy involucrado emocionalmente en el libro, en el narrador. Hay párrafos que salen de mí mismo. El narrador de Arañas de Marte es una mano que te coge por el cogote y te obliga a leer. Es muy violento. Porque yo mismo me estaba obligando a enfrentarme a esos pensamientos.

Por eso tenía que ser muy breve.

Claro. Es una novela muy breve porque es muy intensa. Tú en un libro puedes tener elementos como la acción continuista que va hacia delante o el trabajo en la caracterización de personajes, pero luego puedes tener intensidad. Yo no creo que haya una novela larga que pueda mantener la intensidad mucho tiempo. Lo intenso es un guantazo. Arañas de Marte y La polilla… son breves porque son muy intensas.

Y son menos narrativas. Son más una experiencia.

Porque están más basadas en las emociones, en otra clase de emociones, de ansiedad vital.

En Arañas de Marte hay personaje del fantástico literario que se reencuentra con un personaje análogo del pulp… En un el párrafo se describe esa conexión de la heroína literaria con la pulp cuando mira la portada.

Para mí lo que hay es lo metaliterario. Lo de meter la novela dentro de la novela. Realmente es el tema que más se repite en mis libros: el cuestionamiento de la realidad. Quizás el que menos El último sueño; pero bueno, también de alguna manera porque cuestionan el mundo que se derrumba y cuando los sueños intervienen en la realidad… Este cuestionamiento, que es muy Philip K. Dick, está ahí. Aunque todavía estoy viendo por dónde lo quiero llevar. K. Dick lo llevaba por su psicosis y paranoia y yo voy trazando mi rumbo hacia otra parte. Estoy buscando todavía cuál es mi lugar en ese cuestionamiento de la realidad.

Pero volviendo a Arañas de Marte, dices que ella se ve reflejado en el personaje pulp. Pero, ¿y si ella es el personaje? Porque en Arañas de Marte hay una relación entre los recuerdos, los sueños y la realidad. Y hay un gráfico difuso de estos datos que se altera de un capítulo a otro. Esto es lo que realmente me interesaba. El hilo que une todos los capítulos.

En el fondo, esto es continuista con Challenger. Allí, el lanzamiento y detonación o no detonación del cohete es lo que fractura la realidad. Rompe las reglas y crea reglas nuevas.

Lo que más me interesaba en Challenger e incluso La polilla… era que quedara una pregunta en el lector cuando acabara el libro. O incluso a medida que avanzaba la lectura del libro, ¿sabes? Ahí estableces ese juego. El lector empieza a preguntarse: «A ver, qué es real. No, esto es lo real. No, esto no lo es». Va descartando cosas. Y de pronto se da cuenta de que está equivocado, vuelve sobre sus pasos. Es el leitmotiv de estos libros.

Es igual con La polilla… A mí me gusta preguntarle a los lectores, ¿muere o no muere Veintiuno [el protagonista]? El final de La polilla… es una trampa metaliteraria porque él como narrador elige engañar al lector. «Yo soy el narrador, yo cambio la historia, yo tengo el poder. Y mi única manera de salvarme es inventarme otra narración». Esta es la base del narrador no fiable. Y creo que Veintiuno es ejemplarizante como narrador no fiable. Tú te vas a leer la historia, ¿vale? Pero al final hay que contestar a la pregunta. ¿Muere o no muere? Yo tengo mis dudas.

En Challenger yo mismo me tiendo la trampa y no sé cuántas realidades comparten universo y tiempo. No solo quiero que el lector crea en ello; es que yo me lo creo. No lo sé. ¿Muere Veintiuno al final de La polilla…? No lo sé. Puedo tener mis respuestas, pero no son más válidas que las del lector.

Todo depende de qué sea Veintiuno a esas alturas de la historia. Porque ya no sabes qué tipo de entidad es.

Veintiuno es un pobre canalla que evidentemente quiere ser feliz. Y salir de ahí. Lo que pasa es que se equivoca. Alberto Torres Blandina, escritor amigo mío de aquí [Valencia], me dijo un día: «Claro, es que tú no has contado la historia verdadera de La polilla… Esa sería la historia de la hermana y su compañero que traman un plan para escapar. Y luego hay alguien que se lo jode. Y tú has contado la historia del que se lo jode». La hermana es la verdadera polilla, la que busca la luz en la casa del humo.

La trama que va por debajo está claro que es un Romeo-Julieta.

Sí. Es una trama muy clásica pero contada desde el punto de vista de Cuasimodo. Del que te va a fastidiar la historia. Veintiuno se equivoca de camino, pero se equivoca porque el mundo en el que vive solo le da esas salidas. En ese sentido La polilla… también es una novela optimista porque te hace plantearte: «¿Sería Veintiuno, Veintiuno fuera del Pozo?» Y por eso creo que la gente le acaba cogiendo cariño. Es un trepa y una persona que nadie querría a su lado. Pero te llegas a plantear: «En otra situación, ¿quién sería Veintiuno?» Al fin y al cabo, solo es un soñador que quiere escapar. Es vulnerable. Y creo que eso provoca un desasosiego en el lector. Porque quieres que las cosas le salgan bien por una parte, pero por otra quieres que le salgan mal, porque es un cabrón. Creo que es de los mejores personajes que he hecho. En el fondo, es un adolescente pasando a la madurez.

Es la etapa vital en que uno puede ser más antiético.

Pero porque estás muy perdido. Y también muy solo. La adolescencia es la época en que no te llevas bien con tu familia, estás en conflicto continuo con todo a tu alrededor, tienes a tus amigos como único puntal, pero también los puedes perder de repente, porque es la época donde se forjan las amistades para siempre, pero también las grandes traiciones. Te encuentras como una isla, y en esa isla, en la que estás tan solo, puedes hacer lo que quieras, porque es tuya.

Es casi tu novela juvenil.

[Risas] Juvenil… No creo que sea muy recomendable… Bueno, a ver, yo se la recomiendo leer a todo el mundo. Cada uno es adulto para leer lo que quiera. Tampoco sale nada que no pase en la realidad. Y a ver, que los libros son mentira. Todos los libros son ficción.

Me parece que era Márquez el que decía que son un «ensayo de la vida».

No sé, tío, no sé. Creo que el verdadero valor de los libros es que tienen que producir una catarsis; tienen que perdurar en el lector. Es lo que siempre he dicho, el cliffhanger metaliterario. Coger un cliffhanger que es intrahistoria y convertirlo en posthistoria. Es decir, cierras el libro; pero, de alguna manera, el libro sigue así. Por eso lanzo esas preguntas: ¿Muere Veintiuno? ¿Cuántos capítulos de Challenger coinciden en el espacio y el tiempo? ¿Qué pasa realmente en Arañas de Marte: es ella la que sueña, son sus recuerdos o son los recuerdos de otra persona que no sale ni en el libro?

No darle respuestas. Darle muy buenas preguntas.

¡Darle preguntas! Al lector no hay que darle respuestas de nada. Vamos a ver, ¿por qué tanta gente quiere ser escritor? ¿Por qué hay una mitificación del escritor? ¿Por qué en las películas hay tantos protagonistas que son escritores o escritoras? ¿De dónde viene esto? Pues viene de lo más antiguo de nuestro pensamiento mágico. ¿Quién era el escritor antes? ¿Qué era? ¿Un chamán, un brujo? ¿Alguien que salió de la cueva, vio las estrellas y cuando volvió adentro les dio a los otros una interpretación del mundo? ¿Por qué todo el mundo quiere ser escritor? Porque los escritores interpretan la realidad para la gente.

Como la religión. Es un relato en el que creer.

Claro. Yo como escritor interpreto la realidad, la experiencia humana de lo real. Y por eso los lectores lo que hacen al leer es buscarse a ellos mismos en mi interpretación que hago del mundo.

Pero si das respuestas, te sale la Biblia.

Por eso no hay que dar respuestas. Por eso la responsabilidad del escritor es que, sabiendo que vas a interpretar el mundo para que el lector se vea reflejado en él, debes dar preguntas, nunca respuestas. Porque hay que vivir en la pregunta. Hay que cuestionarse la realidad, a los otros y a uno mismo. Así veo la creación literaria: como dar preguntas.

Va una dura; por toda nuestra generación. Hemos salido del armario. Muchos. Los que quieren hacer fantástico más canónico y los que como tú prefieren estar en el lindero de muchas regiones literarias para dar su propia interpretación del fantástico. Pero prácticamente nadie de los nuestros vive de ello; todos tienen otro oficio. Tú también. ¿Qué consecuencias tiene todo esto? Primero para ti, pero también para toda esta generación. ¿Qué pasa al constatar que ese abismo de mil o dos mil lectores no lo ha saltado prácticamente nadie?

Hay una dificultad para conseguir la profesionalización. Si tú te pudieras levantar cada mañana y escribir, pues serías mucho mejor escritor. Si lo hiciéramos todos, pues lo seríamos todos.

Pero aún así, los tenemos. Buenos escritores, me refiero.

¡Sí! ¡Aun así los tenemos. Pero porque nos lo curramos mucho. No es algo nuevo, realmente. Le leí quejarse de esto a Pío Baroja. No podemos ganarnos la vida escribiendo. Personalmente, es algo a lo que he renunciado. Es un poco triste… Pero bueno, yo he condicionado mi vida a poder escribir. Rechazando trabajos mejores, buscando la manera de tener siempre tiempo para escribir.  No sé hasta qué punto ha sido una buena idea. Creo que muchas veces todos tenemos dudas de si lo estamos haciendo bien. Le estás robando tiempo a tu familia, a tus amigos…

A ti mismo.

Claro. Yo no tengo ocio, tío. He perdido mi tiempo de ocio. Porque quiero estar con mi hijo, quiero estar con mi pareja, con mis amigos ya apenas estoy… Pero he perdido mi tiempo de disfrutar de un videojuego, por ejemplo. Y claro, no sé hasta qué punto merece la pena.

¿Y hay una forma de modularlo o moderarlo? ¿O es lo contrario, un «o estás dentro o estás fuera»?

Es que no puedes ganar mucho dinero con los libros. No hay tantos lectores. No quiere decir que no puedas llegar a conseguirlo.

Alguno sale. Ahí están Laura Gallego y Félix J. Palma.

O Elia Barceló con su último libro. Que no es de fantástico, todo hay que decirlo. Entonces, ¿qué pasa? ¿Que para ganar más pasta tenemos que dejar de escribir fantástico? Bueno, si estás escribiendo fantástico antes que nada tienes que conocer el mercado al que te vas a dedicar y saber dónde van a salir tus libros y qué vas a hacer. Si eres consecuente con eso, ya sabes lo que hay. Nadie te va a engañar; esto es lo que hay. No vas a ser a ser George R. R. Martin. No. No lo vas a ser porque esa es otra realidad muy diferente a la tuya. Lo que hay que hacer es intentar hacerlo bien. Aportar cosas nuevas… Siempre aportar cosas nuevas. Porque para el poco tiempo que vas a estar escribiendo…

Yo, personalmente, estoy muy quemado. Por una parte, estoy sacando novelas bastante potentes, sí, pero me estoy exigiendo también mucho. Y ahora este año ya he aceptado que en algún momento voy a bajar mi propio listón. Estoy en fase de búsqueda personal. Estoy pensando si voy a escribir otro Challenger. Si podré algún día escribirlo. Porque tengo ideas muy buenas, pero no sé si las voy a poder ejecutar. Tú no puedes estar siempre creciendo, tío.

No. Porque te rompes.

Claro. En algún momento vas a decepcionar a tus lectores. Y en algún momento una editorial te va a devolver una novela. A mí, de momento, no me pasa. Tengo más trabajo del que puedo asumir. Escribo ya sabiendo con quién va salir y cuándo. Pero esto va a llegar un día que deje de ser así. Por eso debes aprender a autogestionarte tu propio trabajo. Porque todas estas tribulaciones, todos estos pensamientos angustiosos, van en contra del proceso creativo real. Yo escribí Challenger porque era libre a nivel creativo. Me dijeron que esto no se iba a publicar y dije: «¡Ja! Me da igual».

Y te pasaste cinco años sin publicar.

¡Sí! ¡Pero escribí Challenger! Entonces… Hoy en día, a lo mejor, sale más a cuenta publicar menos, pero publicar mejor. Yo ahora estoy publicando mucho, pero…

Quieres bajar.

No. No quiero bajar. Yo nunca quiero bajar. Ya te he dicho que me gustan los retos. Publicar más y mejor siempre me atrae. Pero no sé hasta cuándo lo voy a poder mantener.

A lo mejor incluso es hasta contraproducente. Y te conviene parar tres años para cocinar lo siguiente.

Sí, sí, sí. Pero el ritmo que te impone el mercado, vamos, si te pasas tres años sin publicar… ¡Tres o dos! Desapareces. Desapareces en seis meses… Y te diría que hasta en tres. El ritmo de novedades es inasumible, no solo para la industria, para los libreros. También para los escritores, que tenemos que crear.

¿Y no te puedes bajar del caos?

¡No! Porque estamos todos metidos. Libreros, editores, escritores y lectores… Este ritmo es una locura. Este ritmo es enemigo de la literatura. El ritmo de la literatura es pausado… Yo me quité de Goodreads porque al principio me pareció una idea maravillosa para llevar una lista de lecturas que estaba haciendo y lo dejé porque me generaba ansiedad por leer más. Yo tengo una biblioteca y lo que tienes que hacer con una biblioteca es ir, elegir un libro y leerlo. Leerlo atento y pausado. No estar atento a las novedades, a todo lo que va a salir, a todo lo que no has leído todavía. Porque si no lo que consigues es la famosa pila, que todos tenemos. Yo también. Pero eso es algo criminal. La pila es criminal. Es contrario al placer de la lectura. Estamos todos metidos en este ritmo y nos va a explotar. Y es muy difícil salir. Yo no puedo salir.

¿Realmente crees que no puedes plantarte y decir: me voy a pasar tres años cocinando lo siguiente?  ¿Crees que perderías toda la relevancia, que no te lo publicarían?

No. No te digo que no me lo publicarían. Lo que te digo es que no estoy preparado para asumirlo. No estoy preparadao para asumir el desaparecer de todo el ruido, que luego es solo ruido, de todo el mundillo literario. Pero de alguna manera pienso: ¡Tengo que salir! Porque todo este ruido no es literatura. De hecho es lo opuesto a la literatura.

Lo que pasa es que te estoy diciendo esto y ya estoy escribiendo la del año que viene… Pero también es verdad que he empezado tres novelas después de El último sueño y las he tirado las tres. Eso es un síntoma. De muchas presiones, de mucha confusión por todo este ruido, de demasiada atención a los lectores. Todo esto va en contra de tu creación.

Ahora sí, me he vuelto a centrar y estoy con mi novela. Yo, realmente, si fuera independiente del mundo mi reto sería una novela al año. Podría hacerlo. Pero no soy independiente del mundo. Ese es el gran problema. Tengo que vivir, por una parte. Pero soy muy afortunado, porque tengo un trabajo de medio año y el otro medio año vivo de los libros. Yo de mi vida personal no me quejo porque es maravillosa. La tengo muy bien montada. Pero hay que conjugar la personal, la profesional y luego la imagen que proyectas en redes.

Y los festivales.

Bueno, hoy en día los festivales creo que son más la excusa para encontrarte con gente, con amigos y amigas del oficio y con lectores. Eso no es el trabajo. El trabajo es cuando te encierras en el despacho y tienes que sacar lo que tengas adelante. Y te exiges sacarlo mejor que la última vez. Te lo exiges tú y te lo exigen los lectores. Yo he sacado últimamente cuatro novelas y es muy difícil que mis lectores no hagan comparaciones entre ellas. Este me gustó más, este me gustó menos.

Pero eso es capitalismo otra vez. ¿No deberíamos plantearnos, de cara a los lectores, un: «Oiga, lo próximo que voy a hacer no es más grande; es, simplemente, lo que quiero hacer»?

Eso es lo que te decía, la aceptación del fracaso. Fracasó hasta Dan Simmons. Y luego se sacó El Terror. Eso es el caerte y levantarte. Y luego también tenemos la presión del choque generacional que viene plasmado con el ellos contra nosotros que últimamente se está viviendo dentro del fandom.

¿Por qué crees que pasa en esto en un mundo que ya de por sí es tan pequeño?

Pues a mí es algo que me pone muy incómodo, porque es una situación que busca el conflicto. Y, ¿por qué hay que buscar el conflicto? No hay que buscar el conflicto de nada. Yo a la gente de mi generación anterior los respeto muchísimo. No estaré de acuerdo en muchas cosas que hayan hecho o dicho. Pero da igual; los respeto. Por su trabajo. Porque trabajaron tanto o más que nosotros.

Y muchos consiguieron más éxitos.

Construyeron la casa que ahora tenemos. Y a mí me incomoda porque me siento en tierra de nadie. Una carrera literaria… A ver, una carrera literaria la construyes desde que tienes veinte años hasta los ochenta. Es toda tu vida. Podrás escribir hasta que te mueras. Pero el ritmo que le estamos dando a las generaciones de escritores. Los jóvenes que aprietan fuerte, el ellos contra nosotros, lo de antes y lo de ahora… Esto va también contra la literatura. No vas a escribir tu mejor libro a los veinte años. A lo mejor sí y eres Rimbaud y no lo sabemos; puede ser, siempre puede ser. Pero a lo mejor tu mejor libro lo escribes cuando tienes cuarenta tacos. O sesenta. Porque vas a crecer con tus libros.

Buscar el conflicto y la sustitución en esto… Esto no es el deporte, que te jubilas a los treinta años. Esto es para siempre. Tú no puedes coger a un tío ya no de cincuenta o de sesenta, sino de treinta y cinco y decirle que es lo de antes. No, perdona, esa persona, que te puede gustar más o menos, va a cambiar y le quedan cuarenta años de vida literaria por delante. Así que basta de conflictos. Cada uno irá haciendo el camino como pueda. Y el que se adecúe a los tiempos, se mantendrá. Y el que se lo deje porque está cansado, por situaciones personales o porque se ha secado creativamente, será decisión suya. En fin, que no me mola nada, tío.

Además, hay muy buen rollo entre muchas individualidades intergeneracionalmente.

¡Si yo solo me he encontrado buen rollo! Bueno, a ver, como en todo. Hay gente que te caerá bien o mal, pero yo tengo una relación maravillosa con escritores a los que admiro. Ismael, Laura Fernández, Sofía Rhei, Jesús Cañadas. Jesús… ¡Jesús Cañadas y yo somos a-m-i-g-o-s! Y eso es muy importante. Sin embargo luego te encuentras que viene gente muy joven, que viene con un conflicto y sus propios grupos.

 

Tú me contabas que el tema de la juventud como amenaza te interesa.

Sí, de hecho está en lo que estoy escribiendo ahora. El retrato que se hace de las jóvenes generaciones como amenaza apocalíptica. Es decir, la criminalización de la juventud por (se les achaca) falta de valores, radicalidad, que no respetan, que vienen a destruirlo todo… Ese es un poco también el otro lado de la moneda. A lo mejor ese conflicto que buscan las nuevas generaciones viene de esta criminalización de los adultos. Puede ser.

Habrá de las dos cosas.

Sí. Hay de las dos cosas. Yo estoy un poco en el medio. Agacho la cabeza. Porque si la levantas, te pegan un tiro.

¿Y no crees que se vaya a calmar?

No. No, no lo creo.

Pero, ¿por qué? No se está compitiendo por ganar millones de euros. Ni siquiera por vivir medianamente.

Yo además soy una persona muy competitiva. Pero en el sentido sano de la competición. Compito con mis amigos y si juego con ellos, me gusta competir. Soy un tío muy físico y eso se traslada también a mi creación literaria. Pero yo no quiero ponerle la zancadilla a nadie; solo competir. No sé… Estas nuevas generaciones tienen su propio lenguaje y sacarán sus creaciones por sus canales. Pero no hay que olvidar que ellos en realidad están construyendo sobre la misma gente que los criminaliza, que pusieron los cimientos.

Yo recuerdo con agrado la sintonía y mutuo respeto en una entrevista en el Celsius, dónde si no, entre Somoza y Ruescas.

Pero es que Somoza y Ruescas son autores muy cabales. Yo apunto a ese conflicto en redes sociales y normalmente viene de gente de segunda línea. En realidad, la gente de primera línea, ya asentada, no sueles verla en estos conflictos. Hablemos de juvenil, adulto o de lo que sea. Estos conflictos pasan más en el lodo.

Entre los trepas.

Sí. En esa lucha intestina se producen comentarios superdesafortunados. Luego en los festivales te encuentras otra cosa. Lectores y compañeros maravillosos. Sobre todo encontrarme con gente a la que quiero con la que compartir momentos. Más que en ninguna parte en el Celsius, que es el punto de encuentro de todo el fantástico de España.

Es el lugar donde nos tomamos las cañas y las copas.

Los bares de Avilés son el palco del Bernabéu del género fantástico en España. Estamos todos allí. Se cierran los contratos allí. Se hacen muchas amistades muy útiles. Conoces a tus lectores… Hoy en día, es el pilar sobre el que se sostiene todo. No sé, yo el fantástico en España lo veo muy bien. Lo llevo viendo bien desde hace mucho tiempo, la verdad. Seré yo.

Lo cierto es que desde la época AJEC mira que no han salido novelas buenas de las que presumir. Ya solo en AJEC: Jitanjáfora de Sergio Parra, Los horrores del escalpelo de Daniel Mares, las tuyas, la de Cañadas. Y luego NGC, Dolmen, 23 Escalones, Salto de Página, Equipo Sirius…

Y ahora está Daniel Pérez Navarro, también. Fafner con Antipersona. Muy bueno. Y luego Sofía, Laura, Jesús, Ismael. Gente muy buena haciendo cosas muy interesantes.

Para terminar. Un Goliat al que todavía no te has enfrentado y al que te gustaría tirar la onda de aquí al final de tu carrera.

¿Un Goliat en qué sentido?

En el literario. Un proyecto que tienes pero para el cual el concilio de tu mente ha decretado, como dice Cormac McCarthy, que todavía no estás preparado.

Tengo unas cuántas ideas a las que estoy seguro de que no me puedo ni acercar. El problema no es la historia. Lo que yo estoy pensando es cómo puedo cambiar el libro. Ya desde los cincuenta y sesenta se viene diciendo que la novela está agotada como elemento de ocio burgués. Agotada. Mi pregunta es: ¿cómo puedo transformar la novela en algo parecido a lo que fue en su época de apogeo? ¿Cómo puedo cambiarla? ¿Cómo puedo convertirla en otro artefacto que sea más útil, que inicie un camino diferente?

Alterar todos los pilares pero que siga siendo literatura…

Que siga siendo literatura, eso siempre, por supuesto. Pero que siga siendo lo que en su momento entendimos que era una novela y que hoy en día es cierto que está totalmente agotado.

¿Pero tú crees que después de Joyce, Faulkner, Woolf o Proust, después de todo lo que se hizo a comienzos del siglo XX, esa vía puede retomarse?  

¡Bueno, luego vino Cortázar y lo hizo!

Es verdad.

Seguimos con la misma estructura de novela… A ver, los pilares a lo mejor no se pueden cambiar, el contar una historia, con sus personajes, su trama… Pero bueno, también vino Danielewski con su Casa de hojas y otra vez todo patas arriba. Por lo tanto sí hay caminos y ángulos muertos que se pueden explorar.

Y luego que realmente no sé si los libros como los conocemos hoy en día van a sobrevivir al futuro. No a cinco o a diez años. Ni a veinte. No. Hablo de que yo no veo las novelas sobreviviendo dentro de medio siglo. Solo en un nicho reducido de lectores que todavía leen libros. A finales de siglo XXI no creo que perduren.

¿Tú crees que nos tenemos que transformar?

Es que a lo mejor ya estamos inmersos en esa transformación. Y creo que deberíamos empezar a cuestionarnos cómo transformar los libros en lo que deberían ser. O quizás ese camino no sean las novelas. A lo mejor ese camino son los videojuegos. A lo mejor todos deberíamos estar escribiendo videojuegos porque los videojuegos son la literatura de finales del siglo XXI. Así que no creo que la novela sobreviva medio siglo. La literatura, sí. Pero será otra cosa. Tal vez, un videojuego

Es algo a lo que llevo dándole vueltas desde hace poco tiempo. ¿Por qué estoy escribiendo libros? ¿Y por qué los estoy escribiendo como los hacían hace cien años? ¿Y dentro de cincuenta años van a existir estos libros?

Cada vez estoy más convencido de que los videojuegos van a ser la literatura de finales del siglo XXI. A lo mejor deberíamos estar probando ya otros formatos: realidad virtual, aumentada, hardware para acceder a la literatura, transmedia, por ejemplo. Encajar las novelas con el mundo al que vamos. No con el mundo que habitamos, sino al que vamos. Todo esto va a cambiar. Está cambiando ya. Y la literatura puede encajar ahí.

Hay que recordar que la novela nació como ocio y escapismo para una sociedad que necesitaba novelas. Lo que hay que preguntarse es: ¿hoy la sociedad necesita novelas? ¿Para leer? ¿Vamos a convertir la literatura en videojuego? Porque la literatura va a sobrevivir. Tiene que sobrevivir.


Rock & Roll & Ficción

Los Simpson (1989– ). Imagen: Twentieth Century Fox Animation / Antena 3 Televisión.

Homer Simpson proclamaba en un episodio clásico: «Todo el mundo sabe que el rock alcanzó la perfección en el 74». (The Simpsons, Matt Groening, 1989). La ficción de la simpática familia amarilla ha ido unida al rock and roll de manera muy intrínseca y continuada, ya sea en parodias o cameos sonados como los de The Who, REM, Metallica, Aerosmith Y la lista sigue. Tal vez porque sea una música realmente perfecta (y algunas voces se alzarán a favor y en contra de esto), o bien porque su naturaleza de puesta en vivo va muy ligada a la ficción (Alice Cooper se inspiró en el guignol para sus conciertos), la ficción se ha visto seducida por este tipo de música desde que la carrera de Elvis Presley despuntara en el cine. Todas las facetas artísticas en que se mueve la ficción se han visto influenciadas por los solos de guitarras, las melenas al viento, la estética oscura y glam, y el nihilismo del que hace gala una música que algunos consideran hoy día en sus horas bajas. Sin embargo, ha nutrido algunas de las más descabelladas, punteras y retorcidas propuestas:

Californication

La serie creada por Tom Kapinos y que tuvo por protagonista a David Duchovny encandiló al público durante siete temporadas, nada menos. En ella se narra la vida y obra del disoluto y rebelde autor Hank Moody, una suerte de rockstar de la literatura, alcohólico y adicto al sexo que hace lo que puede para recuperar al amor de su vida, ser un buen padre, y no ser devorado por la industria de Hollywood. Con semejante puesta en escena y coqueteando con la fama, las drogas y el sexo desenfrenado, era imposible que el rock and roll no hiciera acto de presencia. Desde la segunda temporada se introduce el tema a través del personaje de Lew Ashby (interpretado por Callum Keith Rennie), un productor que perdió al amor de su vida y vive en una continua fiesta, y que encarga a Moody que escriba su biografía. La historia de Ashby ejemplifica la decadencia del mundo del rock y su relación con la literatura americana.

En la tercera temporada, el cantante australiano Rick Springfield aparecía interpretándose y parodiándose a sí mismo como una estrella en franca decadencia que busca una segunda oportunidad, pero demasiado adicto a las drogas y al sexo sin límites como para hacer algo de peso. Y es que Hollywood, el gran personaje abstracto de la ficción creada por Kapinos y producida por Showtime, aparece como una suerte de vampiro que absorbe el alma de los artistas. Aunque la redención, como aprende Moody hacia el final, siempre estuvo en el amor y el hogar.

En la cuarta temporada, Showtime introdujo un grupo musical original, Queens of Dogtown, del que Becca Moody (interpretada por Madeleine Martin) forma parte como guitarrista, junto a una joven Zoë Kravitz que es cantante y frontlady. El grupo saltó de la ficción a la realidad en Myspace, incluyendo algunos temas de la banda que se podían escuchar gratuitamente y un videoclip cover de la canción «Would?» del grupo Alice in Chains.

Coqueteando con el mundo del hip hop en su quinta temporada, sería en la sexta y penúltima donde los caminos de Hank Moody se meterían de lleno en el decadente mundo del rock and roll al juntarse con la ficticia rockstar Atticus Feth (magistralmente interpretado por el cómico Tim Minchin) para escribir una ópera rock basada en su famoso libro (que también dio el salto a la realidad y acabó escrito y publicado por Jonathan Grotenstein) God Hates Us All. Un título que los fans del grupo Slayer ya conocerán. En esta temporada, además de Minchin, que terminaría grabando algunos temas originales y formando parte de las campañas de publicidad de Showtime (a destacar la pieza «So Long As We Are Together», un bonito resumen de la historia de amor entre Hank y Karen), hizo su aparición en dos episodios, interpretándose a sí mismo, Marilyn Manson, quien además se declaraba fan incondicional de la serie.

Se ve que a Duchovny, que cerró la serie en 2014 con una irregular séptima temporada, le gustó su propia ficción y publicó su primer libro en 2015. Cosa que no es de extrañar, pues aparte de pasarse más de un lustro interpretando a un escritor, se licenció summa cum laude en Literatura Inglesa. También debió impactarle el mundo del rock y en 2015 sacó al mercado su primer disco, Hell or Highwater. Además, durante el rodaje de la serie se conocieron el productor y músico Tyler Bates y el cantante y compositor Marilyn Manson, quienes más tarde colaborarían en dos álbumes de estudio (The Pale Emperor, Heaven Upside Down), formando Bates parte de la banda para sus giras mundiales.

The Armageddon Rag

Las novelas sobre rock and roll son una rara avis si las desvinculamos de las biografías y anécdotas de las estrellas. Hablamos de ficción pura y dura, y en esto tiene mucho que decir George R. R. Martin (1948). Antes de ser conocido (y acosado) a nivel mundial por la saga Canción de hielo y fuego (que los no lectores conocerán sencillamente como Juego de tronos), el autor de fantasía se movía entre la ciencia ficción y el terror con novelas menos extensas, pero igual de impactantes. Coqueteó con la literatura de terror en la novela Sueño del Fevre (1982), y parece que la fórmula le gustó y repitió con una novela que estaría llamada a destruir su carrera.

El propio Martin lo ha proclamado en numerosas ocasiones para todo el que quisiera escuchar: The Armageddon Rag casi acabó por completo con su carrera en 1983. Una novela sobre el mundo del rock and roll en las palabras de un periodista que sigue la pista de una serie de crímenes relacionados con la ficticia banda The Nâzgul. Al estilo Hunter Thompson y con una publicación detrás que emula los mejores tiempos del periodismo de Rolling Stone, el protagonista, Sandy Blair, recorre Estados Unidos tras la pista de los miembros de la banda, cuya historia de éxito y caos se vio truncada al ser asesinado su cantante y frontman durante un gran festival al estilo Woodstock. Los asesinatos relacionados con la banda parecen repetirse, esta vez empezando con el que fuera el mánager del grupo.

Aunque The Armageddon Rag es una gran novela, y un punto diferente dentro de la carrera literaria de Martin, más apegado a la realidad (los dos primeros tercios de la misma ni siquiera presentan un elemento sobrenatural definible), y pese a que los editores apostaron fuerte por esta publicación y se aseguraron de que Martin recibiera una pequeña fortuna por los derechos, el fracaso fue muy sonado. Tuvo la mala suerte de competir en librerías con la mejor época de Stephen King, y el varapalo fue tremendo. Martin tuvo que devolver gran parte del dinero recibido y se encontró de la noche a la mañana casi en la ruina. La historia que sigue es la clásica de caída y redención: Martin encontró trabajo escribiendo series de televisión (de esta época datan sus guiones en producciones como Beauty and the Beast) y comenzó a escribir en sus ratos libres una saga de fantasía épica inspirada por la historia medieval europea. Lo que acabaría convertido en Canción de hielo y fuego y le otorgaría el estatus de rockstar literario que durante demasiado tiempo se le escapó.

Pero los problemas de The Armageddon Rag no terminaron ahí: durante el relanzamiento de todas sus obras anteriores gracias al éxito de la serie de televisión basada en su saga, un problema legal hizo que su novela sobre el mundo del rock se retrasara y se publicara en último lugar. El mismo problema legal que ha impedido su traducción y publicación en castellano: cada capítulo de la novela arranca con una estrofa de una canción original de grupos como The Beatles, The Who, The Doors, Jimi Hendrix, y un extenso etcétera que ha resultado un dolor de cabeza para autor y editores desde hace dos décadas. Los permisos y comisiones necesarias para reproducir estas letras han hecho muy difícil la exportación de esta notable novela a otros países, e incluso para las clásicas ediciones de bolsillo y reediciones. Una lástima, pues The Armageddon Rag es también una de las novelas más interesantes y complejas del autor.

Brütal Legend

Brütal Legend.

Tim Schafer (1967), padre de la aventura gráfica (Maniac Mansion, Monkey Island, Grim Fandango, Full Throttle…) no es, ni mucho menos, ajeno al mundo del rock. Como tampoco lo son los videojuegos. Dejando a un lado propuestas como Guitar Hero (Activision) o Rock Band (Harmonix Music Systems), si hay un solo videojuego que represente el mundo del rock and roll con toda su parafernalia y toda su fuerza, ese es Brütal Legend.

Una serie de movimientos empresariales casi dan al traste con el estreno de este curioso videojuego que mezcla humor, aventura, épica, mundo abierto y mucho, mucho rock and roll. En él, con el característico estilo cartoon que forma parte de la firma de Schafer, se nos narran las andanzas de Eddie Riggs (cuya voz en versión original pone Jack Black, y en castellano Santiago Segura) tras morir en un accidente durante un concierto. El pipa (término con que se define al personal de apoyo y técnicos de luces y sonido que acompañan a un grupo durante sus giras) se ve teletransportado entonces a un mundo de fantasía a medio camino entre El señor de los anillos y Mad Max donde el rock es el hilo conductor y la magia más poderosa. Allí conocerá a la gótica Ophelia y se enfrentará al temible Doviculus. Influenciado por la cultura nórdica y con una banda sonora de infarto, Brütal Legend incluyó también cameos tan sonados como los de Ozzy Osbourne o Rob Halford. La extraña mezcla de humor, acción y rock dio como resultado una de esas obras imposibles de catalogar, y tal vez la mejor producción de Schafer desde los tiempos de LucasArts.

Para ejemplificar el rock como sistema jugable, en determinados momentos de la aventura el jugador deberá enfrentar ejércitos entre sí al más puro estilo estratégico. Pero, en lugar de utilizar recursos o gestión de tropas, deberá dar un concierto. La calidad de las canciones, la resistencia del escenario, la pirotecnia e incluso el merchandising determinan las estadísticas con que cuentan las tropas aliadas (los fans) para enfrentarse y derrotar a los enemigos.

Aunque el juego se publicó en diversas plataformas y gozó de una buena aceptación de la crítica (una media de ochenta en el portal Metacritic), lo cierto es que la secuela, en la que Schafer ya trabajaba a través de su estudio Double Fine, fue cancelada por Electronic Arts, lo que supuso poner al estudio al borde de la quiebra. Tras este varapalo, y aunque Schafer ha declarado en múltiples ocasiones su interés por seguir desarrollando el mundo de Brütal Legend, el proyecto pareció caer en el olvido, convirtiéndose así en una obra de culto para los amantes del rock.

El vampiro Lestat

A medio camino entre la literatura y el cine, el famoso personaje creado por Anne Rice e interpretado en la gran pantalla por Tom Cruise (Interview with the Vampire, Neil Jordan, 1994) y Stuart Townsend (Queen of the Damned, Michael Rymer, 2002), tuvo un escarceo con el mundo del rock que anduvo saltando la línea entre la ficción y la realidad durante el estreno de la segunda película basada en la saga Crónicas vampíricas. La publicación de la primera novela en 1976 supuso un éxito inmediato para su, por aquel entonces, joven autora y el resurgir de la tendencia vampírica más decadente y oscura que más tarde seguirían películas como The Lost Boys (Joel Schumacher, 1987). Pero sería la llegada de una segunda y tercera parte, escritas casi sin interrupciones y publicadas con tres años de diferencia (frente a los nueve años que separan la primera y la segunda parte de la saga), la que nos brindaría la oportunidad de conocer a Lestat de Lioncourt, ese aristócrata cruel y sádico cuyos orígenes se revelan humildes, pero cuya ambición le lleva en el futuro (años ochenta) a convertirse en estrella del rock y desvelar en sus canciones y videoclips la historia secreta de los vampiros.

Y aunque la película de 2002 ha sido, justamente, olvidada, cabe destacar dos cosas: por un lado, la interpretación de la fallecida Aaliyah como reina vampira; por otro, la banda sonora. Jonathan Davis, cantante y líder de Korn, compuso las canciones del grupo ficticio El Vampiro Lestat, y estas fueron grabadas —e incluidas en la banda sonora— por artistas del calado de Marilyn Manson, Chester Bennington o Jay Gordon, ya que Davis no podía grabar él mismo las canciones debido a problemas legales con Sony BMG. El resultado fue una mediocre película que muy poco tenía que ver con el espíritu de la novela, pero con una gran banda sonora que incluía a algunas de las primeras espadas del rock experimental de principios de los 2000. Secretos vampíricos incluidos.

Tu madre es puta

España se encuentra a la cola de muchos fenómenos, pero el rock and roll como medio que rompe las barreras de la ficción ya no es uno de ellos. En 2016 hacía su aparición en YouTube un grupo de estética extrema heavy metal con una serie de canciones satíricas que hablan sobre pedofilia, escatología, sexo y violencia. Tras esto, el documental Tu madre es puta: detrás del éxito, que narra el ascenso, caída y retorno de un grupo políticamente incorrecto que pone el dedo en la llaga de cuantas heridas sociales estén a mano. Detrás del anonimato, para no enturbiar el proyecto, nos responde un portavoz del grupo: «Somos gente ofensiva. No es una pose. No solo es un corte de mangas de 360 grados, la idea es poder hablar de cosas de las que antes se podía hablar con más libertad». En el documental se juega a esconder la verdad tras la mentira, y la mentira tras la verdad. No se sabe qué es real y qué no. Con más de doscientas mil reproducciones como respaldo, el grupo sacó un álbum al mercado, Ensalada de coño, cuya portada sería censurada en Spotify y Apple Music. Los medios los han vetado, pero el grupo sigue en la brecha. «El rock está muerto», declara esta fuente anónima. «Por eso usamos el rock. Estamos en un momento en que, si dices A, es que piensas A, y no es así. No podríamos usar entonces recursos literarios como la sátira. En un contexto tan peligroso, es cuando es más divertido dar por el culo a la gente».

Jugando al despiste, a que se confundan ficción y realidad, lo que hay detrás de esta propuesta es un uso de la publicidad y las estrategias de marketing creativas para dar como resultado… una patada en la boca. Y es que no dejan títere con cabeza. «Se habla mucho de la corrupción de la derecha, pero no de la doble moral de la izquierda». Pero no todo tiene que ver con el sexo y la fórmula del caca-culo-pedo-pis. En su pieza «Canción protesta» declaran: «La mejor forma de protestar son Facebook y las redes sociales. El Che Guevara mató gente, pero por las razones correctas. Quéjate de algo, di lo que sea. Mete aquí tu estribillo de mierda».

En el contexto del rock and roll en la ficción, Tu madre es puta es un grupo de funambulistas que no se mojan: todo es al mismo tiempo verdadero y falso. Por parte del espectador que vea su documental, o del oyente que asista a sus conciertos y escuche su disco, queda juzgar cuánto de verdad hay en lo que está experimentando.

El rock encaja tan bien con la ficción quizás porque tenga mucho de ficción en sí mismo. Grupos que se crean un trasfondo, una historia propia; símbolos y eslóganes que sus fans pueden blandir como señas de identidad. Pertenecemos al movimiento, conocemos los códigos. Y otros tantos son los grupos o artistas que han hecho el camino contrario, «ficcionándose» a sí mismos: Alice Cooper como personaje de cómic en The Last Temptation (Neil Gaiman, 1994) o las incursiones en el cine y los cómics por parte de Kiss como superhéroes. Las fronteras entre la ficción y la realidad no están tan claras cuando hablamos de rock and rollpero este sigue siendo la banda sonora de muchas vidas, muchas épocas y muchas historias, reales o ficticias. Como dijo David Lee Roth, de Van Halen: «Cuando muera, esparcid mis cenizas por los ochenta».

La última tentación de Alice Cooper. Imagen: Norma Editorial.