Historia de las pandemias (IV): La invención de las vacunas

Variolación
Campaña vacunación Viruela, colegio Londres. Fotografía:Topham Picturepoint (DP).

(Viene de la tercera parte)

La vacunación fue inventada en las granjas. Antes de que la ciencia hubiese podido comprobar que los microorganismos eran responsables de las epidemias, y antes de que se comprendiese cómo funcionaba el sistema inmunitario, el procedimiento fue descubierto no como resultado de una investigación médica, sino de la observación cotidiana de inexplicables anomalías en los procesos de contagio. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando el mundo conoció la primera vacuna, nadie sabía por qué funcionaba. Pero funcionaba.

La viruela fue la primera enfermedad en la que se aplicó un procedimiento exitoso para generar inmunidad de manera artificial. Pero la vacunación no surgió de la nada. Tuvo una precursora histórica, una técnica llamada variolación o variolización, que no había servido para desarrollar inmunidad ante la viruela, pero sí había aminorado sus síntomas en un significativo porcentaje de pacientes. Los primeros registros documentales sobre el uso de la variolación proceden de la China del siglo XVI (se discute sobre referencias escritas más antiguas, demasiado vagas como para demostrar un uso anterior). Era bien sabido que las personas enfermaban de viruela una sola vez, y que quienes sobrevivían serían inmunes durante el resto de sus vidas. En algún momento, alguien decidió provocarle un contagio «controlado» a una persona sana antes de que esta resultara contagiada en la vida diaria; para ello, se solía extraer pus de las vesículas que se forman en la piel de un enfermo con un caso no muy grave. Ese material infeccioso era inoculado en la persona sana de varias maneras: los chinos solían desecar el material, machacándolo para esnifarlo en forma de polvo, mientras que en la India se solía inyectar bajo la piel con una aguja, o se frotaba contra un pequeño corte. Como es lógico, nadie estaba dispuesto a inocularse una de las enfermedades más letales del mundo si no esperaba obtener algún beneficio, pero la práctica parecía demostrar que la variolación ofrecía una mayor probabilidad de pasar la viruela con síntomas menos graves y con una tasa de mortalidad no tan alta como en un contagio convencional. El sistema no era perfecto, pues había personas inoculadas que sufrían síntomas severos de todos modos, y algunas morían. Aun así, en regiones donde la viruela era endémica y el contagio accidental probable, muchos preferían optar por pasar la enfermedad de manera voluntaria y confiar en la suerte.

A principios del siglo XVII existían algunas comunidades asiáticas que inoculaban de manera sistemática a los bebés menores de seis meses. En Turquía, la variolación empezó a usarse en los harenes para prevenir que las esclavas se contagiasen y sus rostros quedasen marcados por las cicatrices de las pústulas, pero la práctica pronto se extendió a la aristocracia y otras clases sociales. Fue precisamente en Turquía donde la escritora Mary Wortley Montagu, famosa por sus crónicas sobre el país otomano, conoció el procedimiento. Convencida de su eficacia, regresó a Inglaterra y comenzó a insistir sobre la necesidad de aplicarlo allí. A veces se dice que los médicos desdeñaron las informaciones de lady Montagu porque era una mujer, pero esto no es cierto; otros europeos como Emmanuel Timoni o Giacomo Pilarino habían descubierto la variolación en Turquía  un poco antes, pero habían sido ignorados al regresar con las noticias. Fue la insistencia de la pertinaz lady Montagu —quien llegó a inocular públicamente a sus propios hijos— lo que animó a la comunidad científica inglesa a investigar sobre la variolación. El primer experimento europeo se realizó en Inglaterra; siete presos aceptaron inocularse de viruela bajo la promesa de que, si sobrevivían, quedarían en libertad. Los siete sufrieron formas leves o medianas de la enfermedad, pero se curaron y terminaron saliendo de la cárcel.

La variolación, pues, era un sistema de inmunización, pero no de prevención, pues los inoculados enfermaban. Hoy, puede sonar a ruleta rusa epidémica. Sin embargo, visto desde los ojos de sus defensores de aquella época, podía tener sentido. Los europeos del siglo XVIII descubrieron algo que otros pueblos ya conocían: la viruela contraída mediante inoculación tenía menos probabilidades de ser grave que la viruela contraída por contagio natural. Varios estudios médicos mostraron, para sorpresa de muchos, que la variolación rebajaba la mortalidad del 20 % al 2 %. Dicho de otro modo: si uno se contagiaba de viruela en su entorno, la probabilidad de morir era de uno contra cinco. Si uno se inoculaba, era de uno contra cincuenta. Esta mortalidad considerablemente menor explica que muchos optasen por aquel procedimiento de contagio que ofrecía mejores perspectivas de supervivencia. Los niños, en particular, se convirtieron en objetos frecuentes de variolación, ya que se daba por hecho que, de no ser inoculados de pequeños, terminarían contagiándose con peores síntomas en algún momento de la vida.

La variolación era una medida desesperada ante una enfermedad para la que no existía curación. Y una medida discutida; algunos detractores llamaban «asesinos» a los médicos que la aplicaban, y no faltaban profesionales sanitarios que albergaban recelos. Pero si consideramos los efectos estadísticos sobre grupos amplios de población, la inoculación era indudablemente útil. Esto quedó muy patente durante la guerra de independencia estadounidense, donde se pudo comprobar qué efectos tenía la variolación sobre dos grupos bien controlados, bien localizados y demográficamente equivalentes: los soldados de ambos bandos. Durante la guerra se produjo un brote de viruela que hizo estragos entre los soldados americanos. Esto tuvo serias consecuencias militares, pues los americanos tuvieron que renunciar a varios de sus avances. Por el contrario, las consecuencias del brote fueron mucho menos intensas entre los soldados ingleses, quienes habían sido inoculados antes de partir a la guerra. George Washington, líder del bando americano, tomó ejemplo de sus enemigos y ordenó inocular a sus propios hombres. Eso redujo la severidad de la epidemia en su propio bando y, con el tiempo, le permitió retomar las operaciones militares con relativa normalidad. Este éxito de las inoculaciones en la guerra tuvo mucho eco en Europa, donde los escépticos que seguían señalando —no sin su parte de razón— los inconvenientes del procedimiento, empezaban a quedar en minoría.

Pandemias
Giving Prisoners the Smallpox in Gaol. The Print Collector. (DP)

La variolación también sirvió como lucrativo negocio para aquellos que lograron disminuir aún más la mortalidad. El cirujano Robert Sutton inoculó a sus hijos, como ya era habitual entre gente de clases medias y altas, pero resultó que uno de ellos sufrió una viruela muy grave. Sutton se preguntó por qué no todos sus hijos habían enfermado con igual severidad y llegó a la conclusión de que importaba mucho la manera concreta en que se realizaba la inoculación. Empezó a experimentar con una inoculación que consistía en un raspado muy suave y superficial, evitando todo tipo de cortes o sangrados, y eligiendo únicamente material infeccioso de los pacientes con los cuadros más leves. El «método Sutton» fue todo un éxito: sus inoculados desarrollaban menos casos graves y una tasa de mortalidad que, según él y sus partidarios, era casi residual. Pronto tuvo pacientes por miles, hasta el punto de que se vio obligado a comprar varias casas de su vecindario para ampliar su consulta. No mucho después, estableció una cadena de franquicias médicas. Sutton exigía a sus socios, empleados y pacientes la máxima discreción sobre el procedimiento que lo estaba haciendo rico, con el fin de evitar la aparición de competencia; irónicamente, sería uno de sus propios hijos quien decidiría hacer público el secreto.

El hecho de que la variolación solamente pareciese funcionar con la viruela hizo que esta enfermedad empezase a acaparar estudios científicos con la esperanza de descubrir algo más sobre el mecanismo de las pandemias. Pero el principal impulso para la inmunología moderna iba a nacer no en los laboratorios, sino en las granjas. Justo por entonces se estaba produciendo un extraño fenómeno en el norte de Europa, donde se estaba extendiendo una forma de viruela que atacaba a las vacas. Entre otros síntomas, los animales desarrollaban pústulas cutáneas, que aparecían también sobre la piel de las ubres. Las personas que ordeñaban a las vacas, que solían ser las mujeres de la casa, se contagiaban y enfermaban de la viruela bovina, pero sus síntomas eran mucho más leves que los de la viruela humana. Lo más sorprendente para los observadores de aquella época era que estas mujeres quedaban inmunizadas para siempre no solo ante la viruela bovina, sino también frente a la viruela humana.

Como es lógico, nadie conseguía explicarse esta misteriosa relación entre las viruelas de vacas y humanos, pero empezaba a ser conocida en las áreas rurales. En 1765, la Sociedad Médica de Londres recibió una carta firmada por un tal «doctor Fewster», en apariencia un médico rural, donde se afirmaba que la inoculación con materia infecciosa procedente de las vacas podía servir para generar inmunidad frente a la viruela humana. La academia no hizo mucho caso, quizá por los prejuicios hacia el uso de pus animal. Así que fue el boca a boca, más que la divulgación científica, lo que propició el nacimiento de una nueva corriente inmunológica, y existen casos documentados de personas que, sin ser médicos y por su cuenta y riesgo, decidieron probar con la inoculación de la viruela bovina. En 1769, el funcionario alemán Jobst Bose se inoculó a sí mismo y a sus familiares con el pus procedente de una vaca enferma. El granjero inglés Benjamin Jesty lo hizo en 1774. El alemán Peter Plett lo hizo en 1791, cuando empezó a trabajar como profesor en una zona rural y las mujeres encargadas de ordeñar a las vacas le contaron que estaban protegidas ante la viruela humana porque se habían contagiado de la bovina.

Se cree que el enigmático «doctor Fewster» que había avisado sobre esto a la academia londinense pudo ser John Fewster, colega y amigo personal de Edward Jenner, el primer estudioso que comprobó de manera científica la eficacia de lo que ya empezaba a ser una información extendida entre los granjeros. Cuando una lechera de su zona se contagió de la viruela bovina, Jenner extrajo materia de sus pústulas y se la inoculó al hijo de su jardinero, un niño de ocho años llamado James Phipps. El niño enfermó levemente al cabo de una semana, quejándose de dolor de cabeza, escalofríos, y molestias en las axilas (seguramente producidas por una inflamación de los ganglios), pero estos síntomas fueron suaves y desaparecieron al cabo de veinticuatro horas. Después, el pequeño James se recuperó por completo. Así, supo que el pus «de segunda mano» obtenido de una persona enferma de viruela bovina apenas provocaba síntomas, y que en el inoculado la enfermedad ni siquiera llegaba a desarrollarse más allá de un malestar inicial.

Dos meses después llegó la comprobación científica de la validez del procedimiento, cuando Jenner hizo lo que nadie había hecho: comprobar de manera fehaciente que la viruela bovina proporcionaba inmunidad frente a la viruela humana. Inoculó de nuevo a James, pero esta vez con la viruela humana. Esta vez, el niño ni siquiera mostró síntomas leves o iniciales. Con el paso del tiempo, James fue inoculado un total veinte veces. Nunca enfermó. Edward Jenner había demostrado que la inoculación de pus bovino procedente no de una vaca, sino de un ser humano, confería inmunidad frente a la viruela a cambio de padecer un breve malestar.

Edward Jenner bautizó la viruela bovina como variola vaccina —«viruela de la vaca» en latín— y en 1798 publicó la primera descripción científica del nuevo procedimiento en el libro An Inquiry into the Causes and Effects of the Variolae Vacciniae (Un estudio de las causas y efectos de la viruela de la vaca). El libro provocó un gran impacto en círculos científicos y supuso el nacimiento de la inmunología moderna. Ya no se trataba de habladurías populares que ningún médico importante se había molestado en comprobar, sino de un estudio minucioso por parte de un científico que había seguido paso por paso los efectos del procedimiento. Esto sí era aceptable para la academia, y en tres años el libro de Jenner se publicaba ya en el resto de Europa. El nuevo sistema, mucho más seguro y efectivo, empezó a sustituir a la variolización tradicional. En 1801, cuando el médico Richard Dunning escribió sobre los avances de Jenner con la variola vaccina, usó por primera vez el término vaccination, «vacunación».

El mundo médico experimentó una revolución. Aunque nadie sabía por qué la vacunación garantizaba la inmunidad sin necesidad de transitar por la enfermedad, el efecto era innegable. La vacuna de la viruela tuvo un éxito resonante. Su consagración internacional se produjo entre 1803 y 1806, cuando el médico español Francisco Javier de Balmis comandó la llamada «Real Expedición Filantrópica de la Vacuna», que fue la primera campaña masiva de vacunación de la historia. Balmis, tras obtener financiación del rey Carlos IV (cuya hija María Teresa había muerto de viruela), seleccionó a una veintena de niños de entre ocho y diez años que procedían de orfanatos, y los inoculó con la viruela bovina. Una vez inoculados, todos ellos eran portadores de la inmunidad y sus pequeñas muestras de sangre servirían para introducir la vacuna en nuevos territorios. Eran pequeñas vacunas andantes. Durante tres años, Balmis llevó la inmunidad frente a la viruela por los territorios españoles de América y Asia. Cuando Edward Jenner supo de esta expedición, se emocionó y escribió: «No imagino que los anales de la historia luzcan un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como este». También el propio Jenner recibió todo tipo de parabienes, incluso de los enemigos de su país. En 1805 Francia estaba en guerra con Inglaterra y Napoleón, que había hecho vacunar a sus soldados, insistió en concederle a Jenner una medalla, pese a que Jenner era inglés. El médico respondió pidiendo la liberación de algunos prisioneros de guerra. Napoleón accedió a la petición de Jenner, diciendo: «No puedo negarle nada a uno de los más grandes benefactores de la humanidad».

viruela
Campaña vacunación contra la viruela en los años 20. Fotografía: Cordon press.

La viruela, la pandemia que había matado por decenas de  millones y que había causado más víctimas después de la peste bubónica, empezó a retroceder con las sucesivas campañas de vacunación de los siglos XIX y XX. El último caso provocado por transmisión espontánea tuvo lugar en 1977. El joven Ali Maow Maalin, de veintitrés años, era cocinero en un hospital de la ciudad somalí de Merca. Participaba en las campañas de vacunación aunque irónicamente, él mismo había evitado vacunarse debido a su fobia a las agujas, pese a que era un requisito obligatorio para el personal sanitario. Cuando un grupo de niños nómadas que tampoco habían acudido a las campañas de vacunación enfermaron en la campiña y las autoridades decidieron ponerlos en cuarentena, fueron transportados en un Land Rover. El conductor era Ali Maalin, de quienes sus jefes creían que era inmune. Pese a que el viaje duró menos de quince minutos, Maalin resultó contagiado. Cuando a los pocos días desarrolló fiebre y fuertes dolores de cabeza, los médicos lo trataron como si hubiese contraído la malaria. Al aparecer las pústulas, cambiaron el diagnóstico a varicela y le permitieron irse a casa para recuperarse. Pero los síntomas empeoraron, y los médicos se dieron cuenta de que se hallaban ante un caso de viruela. Hubo que rastrear todos los contactos de Maalin y las múltiples visitas que había recibido, para verificar que estuviesen vacunados y, en caso contrario, ponerlos en cuarentena. El brote fue contenido con éxito, pues nadie más desarrolló la enfermedad.

La penúltima víctima mortal de la viruela fue una niña del grupo de nómadas, Habiba Nur Ali, que solo tenía seis años de edad. Ali Maalin, en cambio, se recuperó casi sin secuelas. Habiendo aprendido la lección, dedicó el resto de su vida a promover la vacunación de la poliomielitis, contando su propia historia para convencer a las poblaciones rurales más reacias. Maalin se convirtió en un héroe de la vacunación cuando, durante una de esas campañas en territorio rural, contrajo la malaria, que lo mató a los cincuenta años.

En 1978, tras la curación de Maalin y la contención del brote somalí, la Organización Mundial de la Salud estaba ya preparada para comunicar de forma oficial que la viruela había sido erradicada. Pero el portentoso anuncio tuvo que aplazarse. Aquel mismo año, una fotógrafa británica de cuarenta años llamada Janet Parker, y especializada en publicaciones médicas, estaba visitando un laboratorio de la Universidad de Birgingham, en el que se estaba estudiando un cultivo del variola virus. Aunque nadie sabe exactamente cómo, fue expuesta al patógeno por accidente y de manera inadvertida. A los pocos días, empezó a sentir un fuerte dolor de cabeza, además de fiebre alta y un malestar que se agravaba con rapidez. Pronto aparecieron «desagradables» puntos rojos sobre todo su cuerpo. Acudió al hospital diciendo que nunca en su vida se había sentido tan enferma. Los médicos, engañados por la aún muy reciente publicidad en torno al «último caso de viruela» del año anterior, fueron incapaces de reconocer los síntomas y le dijeron que estaba sufriendo la varicela. La madre de Janet, que había trabajado como enfermera y la había estado cuidando, se opuso al diagnóstico. Alegó que Janet ya había sufrido la varicela de pequeña, por lo que era inmune, y que aquellas nuevas pústulas eran «distintas». Cuando por fin los médicos decidieron examinar muestras bajo el microscopio, se dieron cuenta de que Janet, por increíble que pareciese, había contraído la viruela.

La aislaron y rastrearon a todos sus contactos cercanos. El pánico se apoderó de Birmingham. Doscientas sesenta personas del círculo extenso de Janet investigadas y puestas en cuarentena. Su madre fue vacunada de urgencia, pero ya se había contagiado, aunque fue el único contagio conocido, y además cursó con síntomas leves y se recuperó pronto. Pero la desgracia iba a cebarse con la familia: el padre de Janet murió de un ataque cardíaco, quizá producto de la tensión nerviosa, mientras la visitaba en el hospital. Es posible que esta noticia tuviese influencia sobre otro hecho luctuoso. Henry Bedson, jefe del departamento de microbiología de la universidad donde se deducía que Janet se había contagiado, guardaba cuarentena en su casa, junto a su familia. Al día siguiente de la muerte del padre de Janet, Bedson se ocultó de su mujer e hijos en el cobertizo de su jardín, escribió una nota y se quitó la vida mediante un corte en la garganta. Culpándose por el contagio, decía en su nota que lamentaba «haber traicionado la confianza» de sus colegas de profesión. Pocos días después, la propia Janet Parker moría por los efectos de la viruela. Fue la última víctima conocida de los muchos millones de víctimas que había provocado una de las pandemias más terribles padecidas por la humanidad. Tras el tropiezo de 1978, la Organización Mundial de la Salud hizo en 1980, por fin, el anuncio de que la viruela había sido erradicada. Desde entonces, no se ha vuelto tener noticia de ella.

(Continuará)


En busca de la sonrisa perdida

Fotografía: monica y garza (CC).

La felicidad tiene mejor prensa que la tristeza. Sus manifestaciones en el rostro también. Al ser humano se le tiene casi censurado el llorar, pero se celebra la sonrisa, sin importar el motivo. Existe un bombardeo cotidiano argumentando que «es preferible reír que llorar». Este ingrediente se mezcla con otro muy habitual en nuestros tiempos, el culto a lo bello, para dar cabida al desarrollo de una disciplina cada vez más promocionada en diversas ramas de la medicina, la estética. En odontología es frecuente ver congresos sobre el tema, encuentros, reuniones y clínicas privadas que se especializan en «estética dental».

Adornos en la boca

Investigando sobre historia de la odontología se constató que, antes de los primeros empastes por caries, los «médicos-brujos» que hacían de dentistas se dedicaban a la estética. Los mayas, por ejemplo, perforaban sus dientes para incrustarles piedras de jade. También los aztecas y los incas se especializaron, por motivos religiosos, en el tallado dentario, la coloración y la incrustación de piedras preciosas. No fueron quienes acuñaron la frase «para presumir hay que sufrir», pero podrían haberlo sido.

Los etruscos fueron los primeros que, quizás más allá de lo religioso, realizaron reposición de piezas con diversos materiales, conchas marinas, dientes de buey. Con metales nobles hacían prótesis dentales muy elaboradas, sosteniendo huesos u otras piezas muy trabajadas por artesanos.

También los egipcios incrustaban piedras preciosas, como adorno o por motivos religiosos, para marcar el linaje. Al parecer fueron los primeros en usar crema dental para la higiene. Algunos autores aseguran que usaban orina como enjuague bucal. Quienes defienden la «orinoterapia» rescatan esa costumbre. Los enjuagues, no con orina por cierto, también se cree que se usaron en la Roma antigua, junto con la costumbre de limpiar los dientes con palillos. Aunque el cepillo de dientes actual  fue un invento de la China antigua (de la región, no de una anciana oriental).

En África se descubrió el limado de dientes con motivos rituales. Algunas tribus cambiaban la forma de sus dientes para parecer más agresivos durante las guerras.

Algunos grabados asiáticos muestran a unas geishas pintando sus dientes de negro, al parecer para diferenciar el papel de la amante del de la esposa.

El uso de joyas y tatuajes se mantiene en algunos grupos étnicos y tribus urbanas (ver La La land, perdón, hubo un error, la que tiene un protagonista con un  adorno para dientes es Moonlight).

Una rama de la filosofía

Lo curioso es que la estética es la rama de la filosofía que estudia la esencia y la percepción de la belleza. Aunque los carteles publicitarios parecen señalar que «es la especialidad que te pone los dientes blancos». Existe un concepto más amplio, que marca a la estética como el estudio de las experiencias y juicios, de la naturaleza y principios de la belleza. Algunos autores hablan de «calología», ciencia de lo bello. En cambio, otros filósofos como Mario Bunge dicen que la estética no es una disciplina. Elena Olivares agrega el factor subjetivo cuando define la estética como la marca de modernidad de ese momento.

Muchos filósofos han hablado de estética. Desde Platón («también decimos que hay algo bello en sí y bueno en sí») hasta Schopenhauer: «La belleza consiste en la representación fiel y exacta de la voluntad en general».

Existe también una rama de las ciencias sociales llamada historia de la estética. Y no podía faltar el concepto de «antiestético» y sus defensores, como decía el Marqués de Sade: «Lo horrendo, grotesco y desconcertante, lo atrozmente impactante, también puede ser bello». El año pasado, Demi Moore defendió, sin saberlo, dicha teoría colgando en sus redes sociales una foto sin uno de sus dientes frontales.

Parece evidente que estamos ante un concepto dinámico, subjetivo y que cada grupo humano establece en un tiempo determinado. Por esa medida  se relaciona con la palabra «moda».

El culto a lo joven, y a veces a lo exuberante, marcó una sonrisa grande y blanca como atractiva.

La sonrisa rota

Prótesis dental de George Washington. Imagen: The Library of Congress.

Más allá de la estética, los tiempos modernos, de la mano con la elaboración de azúcares refinados, trajeron la epidemia de caries dentales, y su posterior ennegrecimiento de dientes y pérdida masiva de piezas en algunas personas. Se agrega el factor del tratamiento, ya no con tantas opciones y por motivos más cruentos. En la prehistoria, los ancianos, de unos cuarenta años, morían con sus dientes erosionados por el uso. Nuestros ancianos están asociados a las prótesis dentales. Es posible que las generaciones futuras, con otra educación sanitaria, vuelvan a tener dientes naturales. Lo que no queda tan claro es como será los dientes tuneados por motivos estéticos.

Las necesidades estéticas han sido motor clave en el desarrollo de la odontología. Famoso es el caso de las prótesis dentales de George Washington, de diversos materiales; una leyenda afirmaba que eran de madera, pero se supo que, después de varias pruebas, su dentista John Geenwood le elaboró una de oro y marfil de elefante. Usó varias, con dientes humanos (en plan «Berenice») y piezas de caballo, vaca y burro, incluso de hipopótamo. El presidente de los Estados Unidos tuvo una vida de sufrimiento debido a la necesidad de masticar, sonreír y soplar las velitas en sus cumpleaños. De ahí su fama de no sonreír ni en los billetes.

Podemos diferenciar la necesidad de función de la estética. Los primeros empastes e incrustaciones metálicas eran señalados como antiestéticos, refiriéndose a su aspecto metálico, y por el contrario el avance de los acrílicos, las resinas compuestas y las cerámicas les agregaron el factor de reponer la estética hasta el momento actual, en que es difícil diferenciar un diente  natural de uno artificial.

Las coronas-fundas deben reemplazar no solo la estética, sino la función, lo que ha obligado al uso de metales. Al principio eran totalmente metálicas, luego se les dio estética revistiéndolas de cerámicas y porcelanas, y actualmente son más estéticas, con los núcleos de zirconio, un metal del color del diente. Tanto en las prótesis fijadas a dientes naturales o implantes como en la prótesis que el paciente puede retirar, la estética ha logrado muchos avances.

Blancos y derechos

Si cerramos los ojos e imaginamos una sonrisa hermosa, nos deslumbrarán una fila de dientes blancos perfectamente alineados, armónicos con la cara en cuanto a tamaño. Esa imagen se usa como sinónimo de salud, aunque las principales enfermedades bucales pueden estar presentes. El cáncer de boca se manifiesta como una herida que no cura, duele y tiene un ganglio, la periodontitis se manifiesta con movilidad de los dientes, la gingivitis tiene como síntoma principal el sangrado de las encías e incluso las caries suelen ser más frecuentes en molares posteriores y caras proximales, siendo difícil su detección hasta estados avanzados.

Irónicamente, una sonrisa amarillenta puede ser por dientes muy calcificados, pero no implica que no sean órganos limpios y sanos, aunque no sean del tamaño armónico con la forma de los labios.  

Este error es especialmente grave cuando se señala a poblaciones enteras y hasta se envían sanitarios para resolver el «gran problema». Hay numerosos casos de odontólogos enviados en una comisión sanitaria a los campamentos saharauis, por ejemplo, o a zonas rurales de África, porque quienes veían los dientes con líneas marrones creían que estaban muy afectados por caries u otras patologías. Ese color no es producto de una enfermedad bucal, sino de fluorosis, por exceso de consumo de agua con minerales, en especial flúor, que en altas dosis produce ese oscurecimiento que no tiene tratamiento ni especial consecuencia, salvo que creas que deben ser blancos porque así lo dice tu entorno.

En definitiva, que se puede ser feo y sano, aunque la publicidad diga lo contrario. No sería necesario señalar esta obviedad si no fuera porque la influencia de los medios de comunicación ha generalizado el concepto de salud asociado a un tipo de estética determinado, que además contamina toda nuestra civilización, donde se quiere imponer que lo bueno es lindo y lo malo es feo.

Sonrisas y lágrimas

Fotografía: Daniel Oines (CC).

Hace pocos años, ver a un peque con ortodoncia era un pequeño estigma. Los brackets y las gafas completaban la caricatura de la «fealdad» (ver Betty la Fea, cuyo paso de patito feo a cisne fue la retirada de la ortodoncia). Esto ha cambiado. La menor incidencia de caries y la mayor frecuencia de visitas al dentista han establecido nuevas prioridades. Actualmente es más común detectar las maloclusiones (que son el diagnóstico que lleva al tratamiento de ortodoncia). Esta disciplina también ha evolucionado. Una maloclusión no solo es tener los dientes torcidos, se puede tener alterada la mordida y generar problemas más importantes que incluso comprometan la vida del diente a largo plazo. Para prevenir las maloclusiones son importantes los hábitos, la lactancia materna, respirar bien, no chuparse el dedo, no perder piezas de forma prematura. Pero, aun así, factores óseos o genéticos pueden hacer que haya problemas de este tipo. Si se actúa en edad infantil, la ortopedia (‘niño derecho’) puede hacer que, cuando los dientes permanentes aparezcan, los huesos maxilares estén en mejor posición. Aun así, según el caso, es frecuente recurrir al tratamiento de ortodoncia (‘diente derecho’). Actualmente los brackets clásicos son más pequeños, pero además existe la ortodoncia lingual, los brackets color diente e incluso la ortodoncia invisible (una serie de férulas a medida que, con unas guías y mucha paciencia, resuelven algunos casos). En teoría todos apuntan a un mismo patrón, una forma de mordida más sana, armónica, estética. La moda trajo llamativas excepciones: Algunos fans de Madonna querían imitar su diastema (separación de dientes anteriores). A pesar que Ronaldo, Luis Miguel y otros famosos lucharon para que estos desaparecieran.

Las fundas de coronas y las carillas fueron creadas para recuperar estética en dientes afectados. En general por caries o por un golpe se pueden ver alteradas tanto la forma como el color. Si por cualquiera de estos casos el diente queda desvitalizado (lo que comúnmente se llama «sin nervio»), la imagen suele verse muy afectada. O sea, los dientes endodonciados (se sustituye la pulpa y los nervios por un materia de relleno en el interior del diente, un tratamiento más complejo que «matar el nervio»), al perder su riego interior pierden brillo, y en ocasiones se oscurecen, y, lo peor de todo, pierden elasticidad. La metáfora sería un bosque con un árbol seco: si viene una tormenta, el que se fractura es ese. Tanto para devolver la estética (el color y el brillo) como para prevenir una fractura por la deshidratación, en general conviene hacer una funda. Para ello hay que tallar unos milímetros en todo el contorno del diente, luego, con un molde muy preciso, el laboratorio fabrica una nueva corona que se fija a el diente gastado, una funda, que puede mejorar en algo la forma y a la que hay que elegirle un color; en caso de un solo diente, lo más adecuado es el color de los dientes vecinos, que no se note que es «falso». O sea, son tratamientos creados para rehabilitar una pieza, aunque se proponen para «rehabilitar», o mejor dicho «habilitar», una nueva estética.

Pero hasta los más fanáticos de la «estética» entienden que para tener una nueva sonrisa hay que intervenir la natural. O sea, para hacer coronas más blancas hay que gastar varios milímetros del diente o los dientes que se quieren sustituir. Por eso se han buscado formas de mejorar la estética sin métodos invasivos. Las carillas por ejemplo, en que deben ser talladas solo las caras visibles, o métodos más avanzados (y costosos) que superponen una especie de «azulejo», con la forma y el tamaño deseado, y que va pegado al diente natural. Ese método, como todos, no es inocuo. Sin ir más lejos: al envejecer los dientes se ponen más amarillos, opacos, gastados. En teoría, una estética armoniosa busca no resaltar en la cara. ¿Cómo creen que se verán esas carillas en un anciano? ¿Deberán ser sustituidas por otras más amarillentas?

Existe una leyenda urbana de una paciente que llega con una corona en una servilleta y le dice al dentista: «Me vengo a pegar esto que me tragué hace unos días».

Todo lo relacionado con la estética, en medicina y odontología, ha evolucionado y lo seguirá haciendo. Ya lo dijo Eduardo Galeano, se investiga más en siliconas y Viagra que para el alzhéimer, por lo que nos espera una generación de ancianos con penes erectos y senos gigantes (y dientes blancos) que no recordarán como usarlos.

Para gustos, los colores

En teoría, la elección de un color para los dientes postizos busca no destacar en el rostro. Por eso los «colorímetros» van del blanco puro al banco-amarillento, blanco-grisáceo y blanco-marrón, en diferentes grados. Además de ir con los dientes vecinos (los de arriba con los de abajo, por ejemplo), hay medidas para los tonos de encía y de piel.

El color de los dientes suele ser el producto de varios factores. El esmalte es transparente, el color que vemos brilla a través de sus prismas y tiene que ver con la dentina, el tejido interior. También importa la forma, los dientes anteriores son más blancos que los caninos (los colmillos, que en las películas de vampiros se resaltan poniéndolos más blancos, incurriendo en un gravísimo error conceptual que a nadie le importa). Su forma cilíndrica hace que la luz se refleje de forma diferente. En todo caso, si alterar el color de los dientes es posible sin mucha consecuencia más que el buen gusto, alterar la forma es más delicado. Hay un tamaño de maxilar, hay tejidos blandos y hay una forma de ocluir, una manera de morder, cuya alteración puede tener consecuencias graves para la articulación temporo-mandibular (la que nos permite abrir y cerrar la boca) y para la propia integridad de los dientes (que también articulan con el hueso que los sostiene). O sea, todo tratamiento, desde la ortodoncia hasta la prótesis de uno o todos los dientes, tiene un límite de resultados. Un límite que no suele ser recomendable pasar.

Las pastas de dientes blanqueadoras realmente no blanquean. A lo sumo, eliminan las manchas extrínsecas a base de erosionar la superficie, por lo que no parece buena idea usarlas de forma frecuente. Los geles de blanqueamiento clínico o de aplicación domiciliaria pero supervisados por un profesional son diferentes, tienen peróxido y blanquean, según el caso, varios tonos. Pueden dar sensibilidad, en general reversible. Todo esto muy variable según el caso, y jamás como las publicidades cuentan. Varía según las características del diente, la concentración del peróxido, la forma de aplicarlo, etc.

Todo tiene un límite… ya lo dije. Pero es cierto que suele haber un fenómeno de percepción del color por el que suele ser conveniente hacer un registro del antes y el después, ya que se puede perseguir algo que no llega nunca.

Servicio vs. resultado

Al ser un modelo casi exclusivamente privado, la odontología está en el centro de una discusión que la publicidad ha empeorado. La estética agrega el factor subjetivo del paciente y de su entorno. El «resultado» de un tratamiento pasa a ser una opinión que puede debatirse, discutirse y cuestionarse. Un diagnóstico, un pronóstico y su plan de tratamiento quedan supeditados al resultado final, en que ni siquiera se plantea la evolución del mismo.

Si se prioriza la salud y el pronóstico a medio y largo plazo, el tratamiento es un servicio sanitario que tiene que ver con el bienestar, y que por supuesto incluye un buen resultado estético, pero nunca cuando este es el que compromete la integridad biológica.


¿Es Harvard de izquierdas?

Barack Obama cuando estudiaba en Harvard, c. 1992. Foto: Getty.

¿Es Harvard de izquierdas? Una pregunta sorprendente que quizás nadie se haya planteado. Y que probablemente muchos descarten de inmediato, al ser la universidad que lleva más de un siglo formando a las élites del país dominante del mundo occidental (y también a las de otras latitudes). Solo espero que después de leer estas líneas alguien se replantee los lugares comunes.  

La Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts), fundada en 1636, es la más antigua de Estados Unidos (la más antigua de América es la de San Marcos en Lima). En realidad, fue la primera en las colonias británicas de América del Norte (en la Colonia de la Bahía de Massachusetts). Originalmente no se llamó Harvard y estaba dedicada a la formación de clérigos de la Iglesia congregacional.

El congregacionalismo, derivado del calvinismo, nació del movimiento puritano de la Iglesia anglicana a caballo de los siglos XVI y XVII. Fue en las colonias norteamericanas donde más arraigo tuvo y aún tiene (Barack Obama, juris doctor por Harvard, es miembro de esta Iglesia). En esta organización religiosa cada congregación se rige de manera independiente y autónoma. No reconocían la autoridad papal (al igual que todas las ramas del protestantismo) y eliminaron las jerarquías eclesiásticas (obispos, cardenales, etc.). Las comunidades se regían por asambleas formadas por fieles y pastores religiosos (de ahí la importancia dada a su formación). Las funciones y responsabilidades se repartían. Y crearon sistemas de controles y equilibrios (checks & balances). Las iglesias eran los ayuntamientos de Dios. Y buscaban el entendimiento y alianzas con otras congregaciones (como en un sistema federal, que fue el desarrollado tras la independencia de la Corona británica).

Estas comunidades religiosas tuvieron mucho peso en la vida política, social y cultural de Estados Unidos. Su forma de organizarse influyó en el establecimiento de las primeras instituciones democráticas en Nueva Inglaterra (la región geográfica formada por los estados de Maine, Vermont, New Hampshire, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut). Los expertos atribuyen a estas primeras comunidades religiosas en Massachusetts la adhesión a unos principios legales fundamentales, las limitaciones sobre la autoridad humana con el fin de evitar abusos y situaciones de privilegios, el libre consentimiento, el autogobierno y una amplia participación laica en el mismo. Conceptos asumidos hoy en día, pero no a finales del XVI. La creación de muchas de las primeras universidades como Harvard y Yale también están en su haber.

En 1638 la universidad, que pasó a llamarse Harvard al año siguiente, dispuso de la primera imprenta en el Nuevo Mundo anglosajón (la primera data de 1536 en México). Lo primero que imprimieron fue el Freeman’s Oath, documento que daba fe de que el portador estaba libre de cuentas pendientes con la justicia (además de jurar su lealtad a Massachusetts y su Gobierno). A esta especie de certificado de buena conducta le siguió un almanaque y posteriormente los Salmos de David, el rey músico.

El Freeman’s Oath protagonizó la Constitución de la República de Vermont en 1777, la primera del mundo occidental donde todos los hombres tenían derecho a voto, independientemente de su condición económica. Con el tiempo pasó a denominarse como el juramento del votante (Voter’s Oath) y se aplicó en distintos estados del nuevo país independiente. En 2007 Vermont modificó por ley algunos pasajes para facilitar su uso y adaptarlo a estos tiempos digitales.

John Harvard, clérigo de la Iglesia congregacional, fue el gran impulsor de la universidad, que tomó su nombre en 1639. Estudiante de la Universidad de Cambridge en Inglaterra, dejó en herencia la mitad de su patrimonio (setecientas setenta y nueve libras) y cuatrocientos libros. Así nació la que hoy es la mayor biblioteca académica del mundo con 20,4 millones de ejemplares, cuatrocientos millones de manuscritos, diez millones de fotografías, ciento veinticuatro millones de páginas web archivadas y 5,4 terabytes de archivos digitales. Ochocientas personas trabajan en las más de setenta unidades que conforman la biblioteca (cuyo grueso es subterráneo y se extiende por debajo del patio principal de la entrada, donde está la estatua de John Harvard, y varios de los edificios colindantes).  

Harvard y la fundación de Estados Unidos

A lo largo del siglo XVIII la Ilustración tuvo una gran acogida en su claustro. El llamado Siglo de las Luces, el del poder del conocimiento y la razón encontró en Harvard a un gran aliado en las colonias británicas de América del Norte. Y como faro de Massachusetts su luz fue decisiva en la independencia del Reino Unido de Gran Bretaña. La influencia de la Ilustración británica (y la francmasonería) tenía hilo directo con los puertos de las colonias; la influencia de los ilustrados franceses se resume en tres de los padres fundadores: Benjamin FranklinThomas Jefferson y John Adams. El primero, natural de Boston, inventor del pararrayos y de las lentes bifocales además de periodista y editor, fue el primer embajador en Francia de Estados Unidos desde 1778. Le sustituyó en el cargo el virginiano Thomas Jefferson, quien sería el primer ministro de Exteriores de la nueva república (secretario de Estado). Estos dos, Franklin y Jefferson, más John Adams (quien sirvió en Francia bajo Franklin) formaron parte del Comité de los Cinco: elaboraron el primer borrador de la Declaración de Independencia de las trece colonias. Jefferson quería que el texto definitivo fuese de Adams, licenciado por Harvard. Pero este declinó y convenció al Comité de que fuese Jefferson quien rematase el documento final. Ambos se comprometieron a colaborar estrechamente en su elaboración.

En esa Declaración de Independencia de 1776 se encuentra el texto que es el principio fundacional de la izquierda: «todos los hombres son iguales». Además cita como derechos inalienables el de la vida, la libertad y la consecución de la felicidad. Esta declaración se considera como la primera de la historia en hacer referencia a derechos humanos. La Revolución francesa, otro hito de la izquierda, es posterior, de 1789.

John Adams fue el segundo presidente de Estados Unidos, sustituyendo a George Washington, de quien había sido vicepresidente. Y es el primero de los treinta y dos jefes de Estado graduados por Harvard. Thomas Jefferson fue su vicepresidente y le relevó como tercer presidente.

Abigail Adams, esposa de John Adams y madre de John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos y también de Harvard, fue una activista por los derechos de la mujer, empezando por el acceso a la educación, que ella no tuvo (fue autodidacta y organizaba círculos de lectura e instrucción para mujeres). Peleó por la independencia económica femenina y el derecho de las esposas a tener propiedades a su nombre (y dio ejemplo llevando las finanzas e inversiones de su familia). Se opuso abiertamente a la esclavitud.

Harvard y las mujeres

Gertrude Stein, 1935. Fotografía: Carl Van Vechten / Library of Congress.

Radcliffe College fue fundado en 1879 como la universidad hermana de Harvard. Empezó llamándose Harvard Annex. El banquero, escritor y pedagogo Arthur Gilman y su esposa Stella Scott impulsaron el proyecto. Rápidamente se convirtió en el principal centro de educación superior para mujeres del país, además de ejemplo a seguir. Formaron parte de la asociación The Seven Sisters (cuatro eran de Massachusetts, dos de Nueva York y una de Pensilvania). En 1894 el Anexo pasó a llamarse Radcliffe College. Y seguían contando con los profesores de Harvard para dar clases. A medida que iban pasando los años, las reticencias iniciales de los preceptores fueron vencidas y las tensiones se trasladaron al ámbito salarial.

En la turbulenta década de los sesenta, las diferencias entre los alumnos de ambas universidades eran notorias. Los códigos eran más estrictos en Harvard y más laxos en Radcliffe (donde, por ejemplo, ellas ya podían vestir pantalones). Y comenzaron las conversaciones para fusionar ambos centros. La «fusión-no fusión» no se produjo hasta 1977. Implicaba compartir funciones administrativas, recursos económicos, levantaba el techo de admisiones en Radcliffe, que salía reforzada, y las estudiantes podrían usar las instalaciones de Harvard. Aunque los campus, sobre todo las residencias de estudiantes, continuaron separados físicamente. La plena fusión no se produjo hasta 1999.

Algunas de las mujeres importantes que pasaron por Radcliffe son Jill Abramsonque fue editora ejecutiva del New York Times; la autora Margaret AtwoodDeborah Batts, la primera afroamericana LGTB en ser juez federal (en Nueva York); Susan Berresford, presidenta de la fundación Ford; Benazir Bhutto, expresidenta de Pakistán; la escritora Marita Bonner, asociada al Harlem Renaissance y al New Negro Movement; Eva Beatrice Dykes, la primera afroamericana en conseguir un doctorado; la historiadora Elizabeth EisensteinBarbara Epstein, fundadora de The New York Review of Books; la periodista y presentadora de Democracy Now! Amy Goodman; tres ganadoras de premios Pulitzer, Linda Greenhouse, Maxine Kumin y Alison LurieAmy Gutmann, presidenta de la Universidad de Pensiilvania; la ganadora de un Óscar Josephine Hull; la espía de la II Guerra Mundial Virginia Hall; la cofundadora de la NAACP y activista de los derechos de la mujer Mary White Ovington; la sufragista Maud Wood Park; la rockera Bonnie RaittEdie Sedgwick, musa de Warhol en los sesenta; Gertrude Stein, etc.

La historiadora Drew Gilpin Faust pasó de ser decana de Radcliffe a la presidencia de Harvard en 2007. Es la primera mujer que accedió a la cabeza de la institución. Sigue en el cargo.

Harvard y la música popular

El descubrimiento y auge de la música popular y tradicional estadounidense pasa por tres organizaciones (el Partido Comunista de Estados Unidos, Harvard y la Biblioteca del Congreso) y dos apellidos (Lomax y Seeger, padres e hijos).

John Lomax (1867-1948) nació en un pequeño pueblo del estado de Mississippi. Con dos años, su familia se trasladó a Texas. El viaje lo hicieron en un carro tirado por bueyes. Su padre había comprado tierras en medio del estado, donde invirtió en ganado y cultivó maíz y algodón. El joven Lomax aprendió las canciones de los vaqueros. Y un esclavo negro liberado, contratado por su padre, le enseñó otras canciones y los bailes afroamericanos de la época. Al llegar a la mayoría de edad, veintiún años, sus obligaciones familiares (el trabajo en el rancho) dieron paso a su necesidad de aprender. Con las ganancias ahorradas por sus padres emprendió el camino universitario. Dos años después ya estaba dando clase en una escuela rural. Encontró otro empleo mejor, pero seguía aspirando a más: una universidad de prestigio. Para eso necesitaba una intermedia, para poder dar el paso. Con veintiocho años se matriculó en la Universidad de Texas en Austin. En su equipaje llevaba cuidadosamente anotadas las canciones vaqueras que había aprendido. Sus profesores las despreciaron. En dos años se graduó en Literatura y consiguió un trabajo en la universidad que compatibilizó con otras actividades en el campus. Su afán de superación mantuvo su interés por reforzar su formación. Aceptó una oferta de la Universidad de Texas A&M. En septiembre de 1906 cumplió su sueño de entrar en una de las grandes, la más grande, Harvard. Había logrado una beca del sistema educativo texano para obtener el doctorado. Ahí se encontró con dos profesores vivamente interesados en su legado de repertorio vaquero. Ambos le aconsejaban la labor de campo, salir y buscar el repertorio y estudiar sus fuentes. Harvard era el centro neurálgico de los estudios sobre el folclore americano. Un campo nuevo de estudio, en el que fueron pioneros. Esta faceta de investigación y descubrimiento se encuadraba dentro de la Facultad de Literatura. George Kittredge era el catedrático que había heredado el puesto de su mentor, quien había iniciado una obra magna de ocho volúmenes, Popular Ballads of England and Scotlandque Kittredge completó. El presidente Franklin D. Roosevelt, William Burroughs, Lomax, Robert Winslow Gordon y otros relevantes folcloristas, alguno tejano, fueron sus alumnos más destacados. Kittredge era desde 1904 el presidente de la Sociedad de Folclore Americano.  

Cuando John Lomax logró el doctorado, volvió a Texas A&M. Con el impulso de sus profesores de Harvard formó la Sociedad de Folclore de Texas con un compañero de facultad. Publicó un libro, el primero de varios, que le dio a conocer fuera de Texas: Cowboy Songs and Other Frontier Ballads, con prólogo de otro graduado de Harvard, el expresidente Theodore Roosevelt. Su actividad ahora incorporaba el circuito de conferencias y seminarios. Lo que de alguna forma impidió que completase el libro sobre el folk afroamericano.

Su creciente reputación impulsa a Kittredge a proponerle como su sucesor al frente de la Sociedad de Folclore Americano. Lomax aceptó a cambio de que su maestro fuese el vicepresidente.

Texas era terreno fértil para un folclorista y musicólogo como Lomax. Convivían tres músicas: la blanca, la negra y la mexicana. Recopiló más de diez mil grabaciones para el Archivo de Canciones Folk Americanas de la Biblioteca del Congreso. La creación del Archivo en 1928 es otra iniciativa surgida desde Harvard, bajo la dirección de Robert Winslow Gordon (alumno de Kittredge)

Lomax no se limitó a Texas. Amplió sus horizontes a otros estados del sur, descubriendo y manteniendo viva la tradición del blues original. Su hijo Alan ya le acompañaba y estuvo presente cuando descubrieron a Leadbelly en la cárcel estatal de Luisiana.

Charles Seeger (1886-1979) nació en Ciudad de México de padres estadounidenses. En 1908 se graduó por Harvard y se fue a completar su formación a Colonia (Alemania), donde llegó a dirigir la orquesta de la ópera de la ciudad. Problemas auditivos le forzaron a dejar la música activa y entró a trabajar de profesor de música en la Universidad de Berkeley (1912-1916), impartiendo el primer curso de Musicología en una facultad de Estados Unidos. Fue despedido por su posición contraria a la entrada de EE. UU. en la I Guerra Mundial. La Escuela Julliard le contrató. Colaboró con otras universidades de primer nivel como UCLA y Yale. De 1935 a 1953 trabajó en diferentes programas gubernamentales nacidos al amparo del New Deal de FDR (Franklin Delano Roosevelt, otro Harvard man). El proyecto más destacado fue el Federal Music Project, que, bajo la dirección de Seeger, abarcó la música popular y no solo la clásica.

Mucho se ha especulado sobre la pertenencia o no de Charles Seeger al Partido Comunista de Estados Unidos. La versión definitiva la fijó su hijo, Pete Seeger, cuando confirmó que su padre abandonó el partido en 1937. Sucedió tras leer unas transcripciones de varios testimonios de unos juicios en Moscú: comprendió que las confesiones habían sido obtenidas bajo tortura. Pete militaba en las juventudes comunistas desde los diecisiete años (1936) y con la mayoría de edad se afilió al Partido. En 1949 se dio de baja.

Woody Guthrie, 1943. Fotografía: Al Aumuller / Library of Congress.

En la década de los cuarenta los artistas folk eran asiduos en los actos del Partido Comunista norteamericano. Pete Seeger era un fijo. Woody Guthrie y otros como Lee Hays, Josh White o Burl Ives eran habituales. Varios de ellos formaron grupos, como los Almanac Singers y The Weavers. Tenían su base en la ciudad de Nueva York, donde floreció el renacimiento del folk desde el Greenwich Village y se expandió al resto del país. Con Pete Seeger al mando. Y bajo el manto protector de Alan Lomax, el hijo de John. Todos ellos formaron en 1945 la organización People’s Songs (Canciones Populares), bajo el paraguas de una federación sindical en la que el Partido Comunista pesaba mucho. El objetivo era «crear, promover y distribuir canciones de trabajo y del pueblo americano». De 1946 a 1950 editaron una revista trimestral del mismo nombre y un boletín semanal de noticias. Las vicisitudes de la II Guerra Mundial y las circunstancias que la provocaron dejaron muy tocado al Partido Comunista. El cambio de rumbo del pacto HitlerStalin a la URSS formando parte del bando aliado tras la invasión nazi tuvo su reflejo en las actividades de los integrantes. Y los cambios de posición se escuchaban por las ondas. Alan Lomax simultaneaba su trabajo en Washington en el Archivo de Folk de la Biblioteca del Congreso con un programa semanal de radio en CBS junto a Nicholas Ray, futuro director de Rebelde sin causa y que sería un personaje fundamental en la escena pionera del rock & roll madrileño de principios de los sesenta. La postura de promover la no intervención de EE. UU. en el previsible conflicto armado cambió en cuanto las tropas nazis avanzaron hacia la URSS. La gente se olió que se promovían los intereses de otro país y no los del propio.

Alan Lomax (1915-2002) continuó la labor iniciada por su padre. Y en muchos casos podemos decir que la superó porque tuvo la tecnología de su parte. Pudo viajar fuera de Estados Unidos. Su labor de campo en España, auspiciada por Columbia Records, acabó siendo la base de inspiración para el álbum Sketches of Spain de Miles Davis (y Gil Evans). Una grabación indispensable para entender parte de la música española de fusión desde finales de los sesenta. Su faceta de promotor musical sirvió de apoyo financiero y plataforma para muchos de los artistas y autores que se dieron a conocer gracias a sus esfuerzos.

La II Guerra Mundial cortó los fondos destinados al Archivo. Lomax hijo no se amilanó. Estaba acostumbrado desde pequeño a sufrir dificultades. Problemas graves de salud impidieron su plena asistencia escolar. Aprendió en casa. Cuando llegó la hora de enrolarse en Harvard, los problemas de salud fueron maternos. Su madre falleció en primavera. La Gran Depresión debilitó las finanzas familiares. Harvard ayudó económicamente. Y Alan Lomax pudo completar su segundo año de carrera ahí. Sus ideas políticas son de este periodo (ya saben, el ambiente universitario). Las complicaciones de salud entonces aparecieron en forma de neumonía. Sus notas se resintieron. Y esto afectaba financieramente. Se tomó un año sabático y, una vez recuperado, acompañó por primera vez a su padre. Alternaba sus estudios (ahora ya en Texas) con los desplazamientos ayudando a su progenitor.

Un estudiante, Joe Boyd, organizaba mientras los conciertos de blues en Harvard. Después de graduarse trabajó con George Wein, promotor de los festivales de jazz y folk de Newport y propietario del club y sello discográfico Storyville. Boyd estuvo al frente de la mesa de sonido en 1965 cuando Bob Dylan se presentó en el Newport Folk Festival con una banda eléctrica. Su relato del escándalo es el más fidedigno y pone de manifiesto la bochornosa actitud de Pete Seeger, quien quiso cortar la fuente de corriente eléctrica a hachazos. Al año siguiente, Boyd montaba la filial británica de Elektra Records en Londres. En 1966 abrió el club UFO en Londres con el activista John Hopkins (abandonó la física nuclear por la fotografía y el underground). Pink Floyd era la house band. Produjo su primer single, «Arnold Layne». Continuó produciendo: Incredible String Band, Soft Machine, Fairport Convention, Nick Drake, Maria Muldaur, REM, los dos Songhai (ante la insistencia de Lucy Durán, hija del compositor republicano Gustavo Durán) de Ketama con Toumani Diabaté y Danny Thompson en coproducción con Mario Pacheco de Nuevos Medios, las bandas sonoras de A Clockwork Orange de Kubrick y Deliverance de John Boorman, etc. En 1973 produjo A film about Jimi Hendrix.

Harvard y el humor liberal

El concepto estadounidense de liberal difiere del europeo. Ahí es sinónimo de progresista mientras aquí es un término económico que define una opción de derechas. Por otra parte, el humor siempre ha llevado una carga crítica en su mochila. De más peso si es de carácter político-social. En la tradición anglosajona las caricaturas de los poderosos estaban y están al orden del día (salvo si afectan a la Corona británica). Los rumores y maledicencias en forma de viñetas o chistes eran y son frecuentes. Y ha sido un arma usada también por los cuerpos diplomáticos y servicios secretos. Se decía en su día que los populares «chistes de Morán» eran fruto de la embajada de Estados Unidos en Madrid, para desprestigiar al entonces ministro socialista de Exteriores.

Imagen: Harvard University Archives.

En 1876 siete estudiantes de Harvard fundaron el Harvard Lampoon (La sátira de Harvard) ante el rechazo del Harvard Advocate (1866) a publicarles una historia satírica. El Advocate es la revista decana de arte y literatura de las universidades en EE. UU. Por sus páginas han desfilado Theodore Roosevelt, E. E. Cummings, T. S. Eliot, Malcolm Cowley (víctima de la caza de brujas y cofundador de la izquierdista League of American Writers), James Agee (Pulitzer 1958), Leonard Bernstein, Norman Mailer, Adrienne Rich de Radcliffe (feminista que rechazó el premio Nacional de las Artes y finalista del Pulitzer póstumo por su obra poética). Algunos escritores como Ezra Pound o Tom Wolfe publicaron en la revista sin estar asociados a Harvard. Hoy en día, desaparecidas Punch (1841) y Puck (1871), en las que se inspiraron, son la segunda revista más longeva del mundo.

Los rechazados, ni cortos ni perezosos, imprimieron su artículo y lo clavaron en los árboles del campus. El éxito fue rotundo y los alumnos pidieron más historias. Así nació el Harvard Lampoon. El foco estaba puesto en la sociedad de Boston. Entre los principales primeros miembros y socios de la revista encontramos al futuro magnate de los medios W. R. Hearst y al filósofo George Santayana. Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás (Madrid, 1863-Roma, 1952) llegó a Boston desde Ávila con ocho años. Escribió en inglés y mantuvo su pasaporte español. A los cuarenta y ocho años abandonó su profesorado en Harvard y regresó a Europa. Su último deseo fue ser enterrado en el panteón español de Roma, donde murió tras haber residido en Ávila (donde había permanecido su padre), París y Oxford. Billy Joel en su «We Didn’t Start The Fire» (1989) cita su fallecimiento como uno de los hechos relevantes de 1952.

La labor de Santayana como editor y dibujante del Lampoon era simultánea a su presidencia del Philosophical Club, que había fundado, a O.K., la sociedad literaria de la que formaba parte, y al Harvard Monthly, revista literaria mensual de la que era cofundador. Formó parte de la Edad de Oro de la Facultad de Filosofía de la universidad. Entre sus alumnos más destacados están T. S. Eliot, Robert Frost, Gertrude Stein, Horace KallenWalter LippmannW. E. B. Du Bois. Ya en Europa, apoyó decisivamente a Bertrand Russell.

Su The Sense of Beauty (1896) es el primer ensayo sobre estética escrito en Estados Unidos. Los cinco volúmenes de The Life of Reason (1905-1906) son el primer tratado sobre el pragmatismo. Ateo, con respeto por las creencias y valores cristianos, fue un firme defensor de las teorías evolucionistas de Darwin. El aforismo más conocido de Santayana, traducido al español, es el de «Quienes no conocen su pasado están condenados a repetirlo».

A principios de la década de los sesenta, el espíritu crítico y sarcástico del Lampoon comenzó a traspasar el reducto de Harvard. Sus especiales para revistas (Mademoiselle, Esquire) aumentaban las ventas de las mismas. Sus parodias de James Bond (1962), Playboy (1966), Time (1968), Cosmopolitan (1972) y Sports Illustrated (1974) fueron éxitos en kioscos y librerías. Ante el impacto de El señor de los anillos entre los hippieslos editores del Lampoon editaron en 1969 el libro Bored of the Rings. La notoriedad alcanzada llevó a la creación de la revista National Lampoon y del espectáculo Lemmings en 1973, que supuso el debut escénico de John Belushi en Nueva York y cuya segunda parte era una parodia del festival de Woodstock. El espectáculo contaba con Chevy Chase como actor, músico y guionista. También empezaron a hacer un programa semanal de radio, The Lampoon Radio Hour (1973-1974). En este espacio encontramos el embrión de los Not Ready For Prime Time Players del programa de TV Saturday Night Live (SNL): Chevy Chase, John Belushi, Gilda Radner y Bill Murray. De primeras se llamó NBC Saturday Night.

Douglas Kenney, Henry Beard y Rob Hoffman son la santísima trinidad de esta evolución, que revolucionó la comedia y el humor estadounidense (y cuya influencia se extendería a los programas en directo de TV). Kenney y Beard renovaron la revista satírica de Harvard. Juntos escribieron Bored of the Rings y con Hoffman, otro alumno de Harvard, fundaron la revista National Lampoon. En 1974 distribuían ochocientos treinta mil ejemplares de media cada mes. Batieron su récord en octubre de ese año con un millón de copias. En 1975 los tres fundadores vendieron la revista por 2,8 millones de dólares y abandonaron la publicación. Uno de los «alumnos» aventajados del trío en la revista era Michael O’Donoghue.

Cuando Saturday Night Live inició sus emisiones en octubre de 1975, O’Donoghue era el jefe de guionistas (y suyas fueron las primeras palabras del programa). Desde finales de noviembre Chevy Chase comenzaba el informativo del espacio anunciando: «El Generalísimo Francisco Franco sigue muerto». A veces variaba y anunciaba: «El Generalísimo Francisco Franco sigue luchando valientemente por permanecer muerto».

SNL ha sido la más formidable cantera de cómicos estadounidenses (guionistas y actores). La raíz de Harvard en el espacio se mantiene hoy en día con Colin Jost, guionista desde 2005, supervisor de guiones entre 2009 y 2012, guionista en jefe desde 2012 hasta 2015 y actualmente copresentador del informativo.

El éxito del show televisivo, que recogió la herencia Lampoon, facilitó la salida profesional de muchos escritores surgidos de Harvard: pasaron a trabajar para programas como The SimpsonsFuturamaLate Night with David LettermanSeinfeldFriends, etc. Por no mencionar los libros y películas originados gracias al ingenio de estudiantes y graduados de Harvard.

La gran traición

El sentimiento de pertenencia es muy acusado entre los graduados de las universidades estadounidenses. Y cuanto más exitosas sean, tanto a nivel académico como deportivo, mayores serán las ataduras. Los alumnos de Harvard, considerada la primera del mundo, no son ajenos a esta circunstancia. Y su rivalidad con el vecino Massachusetts Institute of Technology (MIT), fundado en 1861, es legendaria. La lista de bromas, trastadas, barrabasadas y dislates daría para un libro. Por eso, la fuga de Noam Chomsky fue especialmente dolorosa.

De 1951 a 1955 Chomsky, graduado por la Universidad de Pensilvania, fue elegido por Harvard para formar parte de su Society of Fellows, donde preparó su doctorado. Esta sociedad está formada por un selecto grupo de estudiantes designados por su potencial. Si eres seleccionado, se te asigna una beca que cubre los tres años que se precisan para desarrollar las investigaciones encaminadas a la obtención del doctorado. La permanencia en la Sociedad es vitalicia. Los nuevos deben venir avalados por un doctor miembro. El único requisito es residir en el campus durante los tres años de labor.

Chomsky, activista contra la guerra del Vietnam, no solo cometió el pecado de «abandonar» Harvard y aceptar la oferta para dar clases en el MIT. Se metió en la boca del lobo. En sus propias palabras, el MIT estaba financiado en un 90% por el Pentágono. Y en sus dependencias se desarrollaban avances tecnológicos para mejorar el potencial armamentístico de los Estados Unidos. Estaba en el centro de la acción, el Research Laboratory for Electronics, un laboratorio militar. Algo bastante alejado del pacifismo que predicaba…

Dando un repaso a los cuarenta y ocho premios nobel de Harvard, aparte de los avances científicos, económicos y médicos, encontramos galardonados por su labor a favor del medio ambiente alertando de los peligros del cambio climático, por acciones a favor de la paz, estudios sobre la viabilidad del Estado del bienestar o la erradicación de la pobreza y las hambrunas. Espero, como decía al principio, que este recorrido por el devenir de Harvard despierte preguntas y despeje tópicos. Es probable que Harvard no sea de izquierdas, pero es indudable que ha sido una cantera de ilustres izquierdistas. Y los valores de esta universidad buscando el progreso y mejora del ser humano, basado en la excelencia de la educación, son los mismos que han sido el foco del ideario progresista.


Mercurio en las muelas

At the Dentist, por S. Cygler, ca. 1930. Imagen: National Museum, Warsaw (DP).

Algunos arqueólogos afirman que el agujero en la parte lateral del cráneo hallado correspondía a un tratamiento dental. El médico-(dentista)-brujo lo hacía para que el demonio causante del dolor pudiera abandonar el cuerpo. Posteriormente, se descubrieron perforaciones similares en las piezas dentales. Hace catorce mil años se creyó más oportuno que la puerta de salida del demonio no le costara la vida al paciente. En el año 4500 a. C. se encontraron, por fin, piezas dentales que habían sido rellenadas. Al igual que la civilización maya, que usaban jades y piedras preciosas con fines cosméticos o religiosos.

La salud, el dolor, la religión, la superstición, la riqueza. Todo esto viene de lejos.

En 1816, Auguste Taveau (un dentista francés nacido en Le Havre, el 28 de agosto de 1792) desarrolló su propia amalgama dental a partir de monedas de plata y mercurio; tenía que calentarse para que la plata se disolviera. La fórmula de Taveau ofrecía un menor costo y una mayor facilidad de uso en comparación con los materiales existentes, como el oro, pero tenía muchos problemas prácticos, incluida una tendencia a expandirse después de la colocación. Esta fórmula fue abandonada en Francia. Sin embargo, en 1883, dos europeos no profesionales, Edward Crawcour y su sobrino Moisés, llevaron la amalgama de Taveau a los Estados Unidos bajo el nombre de «Real Sucedáneo Mineral». La historia de Taveau, el padre de la amalgama, terminó con acusaciones de pederastia y haber contraído sífilis. No se sabe la fecha de su muerte.

Los molares, órganos complejos, brillantes cuando están vitales, diamantes con un pequeño corazón delator y una curiosa geografía con cúspides y valles, si en lugar de los surcos tienen una obturación (empaste) de color gris (puede ser oscura o brillante según esté más o menos pulida), suele ser una amalgama. Se pueden ver hasta el día de hoy y numerosas instituciones la defienden como un material útil de uso justificado e inocuo para la salud.

Como su nombre indica, están hechas con mercurio (amalgama es todo metal mezclado con mercurio). El nombre completo es amalgama de plata, ya que el mercurio (ese poético metal líquido del que estaba hecho el malo de Terminator 2) está mezclado con limaduras no solamente de ese metal que le da el apellido, sino de otra aleación que tiene en menores cantidades cobre, estaño y zinc.

En abril el Consejo General de Dentistas de España informó de lo siguiente:

El Consejo de la Unión Europea ha acordado prohibir, a partir de julio de 2018, el uso de empastes de mercurio en los tratamientos de dientes de leche, menores de quince años y mujeres embarazadas o en periodo de lactancia. El objetivo es eliminar de forma progresiva la amalgama de mercurio dental en el año 2030.

Las caries son muy complejas; la lesión que produce el ácido proveniente de la colonia de bacterias que madura en los surcos, fosas y caras proximales de nuestros dientes hace un agujero que hay que limpiar y luego tapar. En los dientes anteriores el problema siempre fue la estética, en las muelas que el material soporte la masticación.

La historia de la odontología tiene muchos momentos curiosos. Fue ejercida por barberos, por charlatanes que decían conocer métodos únicos, por empresarios que aprovechan que es una disciplina sanitaria de ejercicio privado más que público, pero también ha aportado a la ciencia. El dentista americano Horace Wells fue en 1844 el pionero de la anestesia en cirugía. Aunque también hay una historia oscura detrás: su colega Morton fue quien patentó el invento y Horace terminó quitándose sus propias muelas, adicto al cloroformo y exiliado en París, donde se suicidó.

A nadie se le ocurre pensar en lo complejo que es sustituir un diente hasta que lo pierde. Se experimentó con muchos materiales y parece haberse encontrado en las resinas compuestas mejoradas algo estético, mecánico, biocompatible y adhesivo (porque aunque no lo crean las amalgamas están encajadas, no pegadas al diente). Fue Michael Buonocore en 1955 quien inventó los rellenos blancos de resina.

Entonces, ¿por qué tenemos mercurio en las muelas?

Según una declaración de la OMS (que repite cada cierto tiempo), una vez mezclada y eliminado el excedente, la amalgama dental es un bloque estable, el mercurio no se libera y no es perjudicial para la salud. Además aseguran que es una dosis muy baja para ser tóxica. Lo dice la OMS, lo repiten las asociaciones de dentistas y colegios profesionales, o sea, no se deja lugar a discusión…

Sé lo que están pensando. Si no es tóxico: ¿por qué lo prohíben?

Aprovecho esa buenísima pregunta para adelantar un concepto en el que estamos todos de acuerdo. Quitar amalgamas ya instaladas, sin el protocolo adecuado, es más tóxico que dejarlas en la boca.

Ilustración de  John Collier (1708-1786). Imagen: Wellcome Library (DP).

Abramos un oportuno paréntesis para tocar dos conceptos: la bioética tiene varios pilares; uno es el principio de maleficencia, que establece el abstenerse intencionadamente de realizar acciones que puedan causar daño o perjudicar a otros. Distinto es la iatrogenia, que es un daño producido por una droga, procedimiento médico o quirúrgico, que el sanitario administra o realiza dentro una indicación correcta. El pequeño matiz está en usar un procedimiento correcto, de forma adecuada y que sea dañino aunque nadie lo sepa o lo demuestre de forma clara. El punto es el siguiente: un tratamiento médico no debe ser juzgado de forma descontextualizada, lo que no implica que pueda ser revisado para poder avanzar hacia lo único que importa, que es el bienestar humano.

No siempre. En los años veinte, el  doctor Henry Cotton, director del Hospital Estatal de Trenton (New Jersey, E.E. U.U.), afirmaba que los problemas psiquiátricos venían  de los focos sépticos, por lo que extraía a sus pacientes todas las piezas dentales, afectadas o sanas. Cuando fue cuestionado tuvo una crisis nerviosa, por lo que él mismo se quitó las muelas (eso es coherencia). Murió en 1933, con su reputación intacta. Hoy se sabe la magnitud del disparate, pero sus prácticas llegaron a 1950. «Bacteriología quirúrgica», se llamaba.

Se supone que se siguen haciendo amalgamas,  pero muy pocas. ¿Por el mercurio? ¿Por la contaminación del medio ambiente? No, por la estética.

En un informe sobre la «enfermedad del sueño», la que trasmite la mosca tse-tse (lejos del simpático nombre esa tragedia diezmaba poblaciones enteras, se producían parálisis que terminaban en la muerte, se trataban con un derivado del arsénico, etc.),se cuenta que su cura dependía del desarrollo de un producto que se usaba en un cosmético. O sea, si e los países del norte nos daba por ponernos esa crema, se iba a experimentar con ella lo suficiente como para desarrollar una cura para una enfermedad mortal en el sur.

Hace unos años las resinas compuestas o «composites» eran usados para los dientes anteriores, pero aparecieron algunas que eran para posteriores, más duras. Estas fueron mejorando en la medida que los pacientes reclamaban más estética para que no se viera el diente tratado. Es cierto que se caían más, eran más difíciles de hacer y se podían romper con algo duro. Pero hablando sobre las ventajas y desventajas los pacientes solían entenderlo. Actualmente las resinas posteriores han superado a las amalgamas, sobre todo por la estética.

Quienes estudian odontología holística aseguran que las amalgamas interfieren con las líneas de energía. También lo dicen de las endodoncias. Lo que no dicen es cómo tapar un agujero en la boca, o cómo evitar una extracción dental.

No es necesario alejarnos de la ciencia. Cuando estudiamos las amalgamas nos explican sus «desventajas» (el último punto es su «toxicidad no demostrada»). Entre los problemas que se describían sobre las amalgamas estaba que eran antiestéticas. Tardaban veinticuatro horas en fraguar, se suponía que una vez fraguadas ya no liberaban mercurio pero luego había que pulirlas para dejar la superficie lisa y adaptada. Pulirlas, dejarlas brillantes como un espejo, salía polvito que el paciente tragaba… Hay más (todos los materiales tiene desventajas), como ya dijimos, la amalgama no se pega al diente: para que no se caiga, además de limpiar la caries hay que tallar el diente sano, darle forma al agujero, hacer retenciones para poner el material blando y que una vez compactado en el interior de la cavidad endurezca. En una época se usó la «extensión por prevención» (les sonará a «guerra preventiva»), es algo así: para que no se hagan caries en los surcos sanos se proponía agujerearlos y rellenarlos de empaste. Por eso, si tiene amalgamas en tus muelas, estas ocupan todos los surcos y fosas de las caras con las que se mastica (en 1890 G. V. Black estandariza la preparación de cavidades y el proceso de manufactura de rellenos).

Hay otro efecto secundario que siempre me impactó. Es más eficiente si tiene otro material metálico en la muela opuesta (una corona de acero por ejemplo), pero sirve si es una amalgama contra otra. Si se muerde un papel metalizado se recibe una descarga eléctrica (no lo hagan en sus casas). Créanme, en un medio húmedo por la saliva, los dos metales conducen una corriente galvánica. Eso produce un dolor agudo, pero lo dicho, no muerdan papeles plateados y estarán a salvo. De esto aprendemos que la amalgama, como todo objeto metálico, es un buen conductor. Conduce mucho los cambios de temperatura, por eso había que hacer una base aislante, sobre todo si el agujero era muy profundo. El nervio del diente es muy primitivo, solo trasmite dolor. Ante el frío, el calor, la presión o el ataque de los ácidos, la respuesta es el dolor. Tenemos treinta y dos dientes; si cada uno le mandara un estímulo distinto al cerebro, en un medio expuesto como la boca, no podría procesar esa información (el primer premolar te hace cosquillas y el diente de abajo te pica). Para simplificar los mensajes, la sabia naturaleza pone alarmas: si algo va mal, duele.

Otra desventaja de las amalgamas: se deforman con los cambios de temperatura, incluso se corroen. Con el paso del tiempo la zona de interfase —la unión entre diente y empaste— se perjudica. Hay una reacción electroquímica en  los bordes, depende del tipo de amalgama, del tiempo, de cómo están hechas. No se caerán fácilmente, pero se estropean con el tiempo. Quién de nosotros no.

Por su composición a veces manchan la encía o el diente, produciendo el llamado «tatuaje de amalgama». Esto es inocuo salvo que se confunden con caries en los dientes y porque da la sensación de que la estabilidad en la química del material tampoco es muy segura, pero se insiste en que la dosis es muy pequeña y nada tóxica para el organismo. También pasa con el flúor, en poca cantidad hace el diente más resistente al ataque de los ácidos, en grandes dosis provoca fluorosis.

Llegado este punto está bien plantear, entonces ¿por qué se hacen desde hace más de cien años? No es fruto de una conspiración maligna para hacer contrabando de mercurio. Había que curar el diente de una lesión compleja, devolverle la función masticatoria en un medio húmedo, no era cuestión de dejar un agujero.

En 1919 la armada estadounidense solicitó a la Oficina Nacional de Normatividad la evaluación y selección de las amalgamas para ser usadas en los servicios odontológicos federales. En 1928, la Oficina Nacional de Normas se integra en la Asociación Dental Americana; esto permitió la organización de los primeros consensos sobre los materiales dentales en Estados Unidos, que repercutirían en todo el mundo. Desde entonces la ADA, junto con las asociaciones de cada país, se comprometió a investigar las características físicas y químicas de las sustancias que se usaban en odontología. En Latinoamérica es frecuente justificar cualquier tratamiento porque lo recomienda la Asociación Dental Americana. No hay muchos informes sobre estas evaluaciones, ni evaluaciones sobre la calidad de las evaluaciones. Un ejemplo que conozco de cerca: en los años noventa en la Asociación Odontológica Uruguaya se realizó un estudio con muestras de orina de profesionales: el resultado en efecto fue negativo, no había signos de intoxicación por mercurio. Años después supe un «detalle». La intoxicación por mercurio no se evalúa así, sino en un estudio específico en el pelo.

Muerde la bala, 1975. Imagen: Columbia Pictures.

En la película Muerde la bala hay una escena donde reponen una corona dental con un casquillo de bala. Se han encontrado dientes postizos hechos de hueso de buey. George Washington usaba una prótesis completa de materiales como el hule o la madera. Las caries dentales (no es redundante, existe una caries vegetal) producen una lesión en un órgano muy sensible y muy visible. Solo es posible curarlas en las primeras fases, cuando solo el esmalte está afectado, cuando apenas es visible una mancha blanca por la descalcificación. En ese momento, con el tratamiento adecuado se puede remineralizar. Si continúa, hay que pensar en algo para rellenar la lesión. Y tiene que ser duro para aguantar el choque de las muelas del otro lado, y masticar de todo y vivir mojadas por la saliva. Lo cierto es que si están viendo amalgamas en el espejo, las tienen allí hace años. Vamos, que durar, duran.

Pero vamos a suponer que quieres cambiártelas. No porque creas que te interfiere en la energía, sino por estética. Incluso puede pasar que por la corrosión tienes caries en los márgenes, o se te rompió un pedazo de muela o empaste. Como hemos señalado, no se pueden quitar así sin más. Por lo pronto hace falta mucha refrigeración. El calor por fricción que producen los instrumentos de alta velocidad (popularmente se conoce como torno o taladro, el nombre tampoco ayuda mucho a que la gente no le tenga fastidio al ruido de la turbina, inventada en 1957 por John Borden), si no está refrigerado además de hacerle daño al diente (recuerden la reacción del nervio al calor) se producen vapores de mercurio que son muy tóxicos. Entonces, tomen nota, mucha refrigeración. Además es conveniente proteger al paciente (gafas, mascarilla), aislar bien, aspirar y hacerlo con cariño, evitando tragar amalgama durante el proceso. 

Otro punto en el que todos estamos de acuerdo es en que no se pueden retirarr muchas al mismo tiempo. Hay que evaluar tamaños y situaciones. Lo ideal es hacerlas de a poco, con tiempo de por medio.

Otra pregunta recurrente es si el cambio de empaste es inocuo. Ningún procedimiento médico lo es del todo. Puede haber sensibilidad posterior y si bajo la oscura capa de metal hay caries debe ser limpiada, lo que aumenta el tamaño del agujero. Pero en fin, si hay caries es mejor saberlo cuanto antes. Y no, las caries no siempre duelen. Puede estar allí calladitas hasta llegar al nervio, incluso necrosarlo sin mucha sintomatología. Cada caso es un mundo. Por eso, con lo que leyeron, y otro tanto que seguramente averiguarán por su cuenta, vayan a un dentista de confianza y hablen con franqueza. Lo más importante es que ustedes deben dar su consentimiento para lo que a su salud respecta y para ello nada mejor que estar informado.


Ellis y Castle Garden, las islas de los corazones rotos

Immigrants view the Statue of Liberty while entering New York harbor aboard an ocean liner en route to Ellis Island, New York City, 1910s. (Photo by Edwin Levick/Getty Images)
Inmigrantes contemplando la Estatua de la Libertad, 1910.Fotografía: Getty Images.

1910. Un barco se adentra en la desembocadura del río Hudson. Los viajeros se agolpan junto a las barandas y, entre ruidosas muestras de euforia, reciben la impertérrita bienvenida de la Estatua de la Libertad, la gigantesca mujer de piedra que han ansiado contemplar durante semanas de travesía. A proa está su destino final, la populosa isla de Manhattan; Nueva York todavía procesa la inmensa mayoría de la inmigración en los Estados Unidos. Pero los pasajeros del buque no pisarán la ciudad de inmediato. Será medio kilómetro más adelante de la famosa estatua donde el barco se detendrá para que desembarquen, llevando consigo maletas, bolsas o cajas sobre los hombros. Forman una larga cola ante un enorme edificio de ladrillo rojo; varios funcionarios, mediante gestos, los van conduciendo hacia al interior. Allí, en un amplio espacio que recuerda a la nave de un mercado, aguardan turno para que los agentes de la autoridad aduanera y los sanitarios los sometan a un examen que no todos ellos aprobarán. Son gente pobre; la mayoría proceden de Europa. La isla de Ellis, la última puerta hacia una nueva vida.

Quienes muestran síntomas de alguna dolencia infecciosa pasarán una cuarentena en las celdas habilitadas al efecto en el edificio. Algunos, quizá la minoría más infortunada, morirán allí, separados de su sueño por unos pocos centenares de metros de agua. Aun así, la cuarentena es el menor de los males para quien ha bajado del barco tosiendo, demacrado, o aparentando mala salud. Quienes dan signos de padecer alguna enfermedad contagiosa peligrosa o un trastorno mental, podrían ser rechazados, al igual que quienes por cualquier otro motivo son juzgados como una potencial carga pública. Durante un día típico en Ellis, de cada millar de inmigrantes examinados habrá entre veinte y cuarenta a los que no se permitirá entrar en los Estados Unidos. Tendrán que volver a embarcar con rumbo a Europa, perdiendo una oportunidad única y desperdiciando un pasaje cuya adquisición les había supuesto años de esfuerzos. A menudo, ese rechazo significa que habrá familias que quedarán partidas por la mitad; que habrá padres e hijos, esposos o hermanos que tendrán que despedirse, sabiendo que quizá nunca volverán a verse. Ellis es conocida también como «la isla de las lágrimas» o «la isla de los corazones rotos».

Las amargas despedidas o las cuarentenas no fueron la única ni la peor de las tribulaciones que padecieron quienes buscaban empezar de nuevo en los Estados Unidos. Antes de que se generalizase el uso de barcos que funcionaban a vapor, durante los peores tiempos de la navegación trasatlántica a vela, casi una décima parte de los emigrantes morían en pleno océano a bordo de «los barcos de la muerte». Algo que, por desgracia, se parece más de lo que nos gustaría a ciertas desgracias que continúan sucediendo hoy.

Un país necesitado de inmigrantes

circa 1921: Poles and Czechoslovaks emigrating to America from Southampton. (Photo by Topical Press Agency/Getty Images)
Fotografía: Getty Images.

El propósito de Castle Garden, como el de Ellis Island después, era negar la entrada a los extranjeros considerados indeseables. Esta categoría incluía prostitutas, estafadores, mano de obra barata china, y «cualquier convicto, lunático, idiota, o persona incapaz de valerse por sí misma sin convertirse en una carga pública». (Morton Coan, Ellis Island Interviews).

Los Estados Unidos se declararon independientes en 1776; aprobaron su Constitución dos años después. Por entonces ocupaban un tercio del territorio actual. Su población total estaba asentada a lo largo de la costa este continental y no llegaba a los cuatro millones de personas. El censo de 1790 estudiaba su distribución étnica: algo más de tres millones de «ciudadanos libres blancos», algunas decenas de miles de ciudadanos libres de otras razas y más de setecientos mil esclavos negros. Canadá aparte, las Naciones Indias todavía ocupaban casi todo el resto del territorio norteamericano, dos tercios, aunque con una bajísima densidad de población. Quedaban unas seiscientas mil personas de una población que no mucho antes se componía de varios millones. Entre los siglos XVI y XVII se había producido un aterrador cataclismo; varias oleadas de enfermedades infecciosas llegadas desde Europa o África, para las que los organismos de los nativos no tenían defensas, acabaron con la vida de la mayor parte de ellos, con tasas de mortandad muy superiores a las causadas por la peste negra en nuestro continente. Resulta difícil estimar el número de indios que había antes del desastre, pero se sabe, por ejemplo, que la costa occidental albergaba comunidades muy populosas. En 1524, el marino Giovanni da Verrazzano, que exploraba la región por orden de la Corona francesa, registró sus impresiones sobre el litoral norteamericano, al que describió como «densamente habitado», incluso «humeante» por causa de las hogueras de los poblados indios; tantos eran los fuegos que el humo podía olerse a millas de distancia. Cuando los europeos empezaron a asentarse, la población india no tendría tiempo ni ocasión para recuperarse. El imparable avance de los colonos y la política expansionista de los recién proclamados Estados Unidos lo iba a impedir.

Hacia finales del siglo XVIII, los Estados Unidos recibían una inmigración que hoy se nos antoja anecdótica; unas cinco mil personas al año llegaban a un país que por entonces era ya casi tres veces más extenso que la España actual. Ese pequeño número no impedía que la inmigración despertase controversias. Por extraño que parezca, no faltaban voces diciendo que los EE. UU. no tenían capacidad para albergar más población. Otro motivo para la polémica era la extremada sensibilidad nacionalista de un país que acababa de nacer y vivía bajo la amenaza de un intento de invasión por parte del Reino Unido. Según algunos, dejar entrar a los extranjeros iba a desvirtuar el espíritu nacional. Pero estas opiniones, al menos en el ámbito político, no eran las únicas. Otros pensaban que un crecimiento demográfico debía ser uno de los motores que impulsaran una necesaria revolución económica, y la inmigración era la principal herramienta para garantizar ese crecimiento. Tanto era así, que la inmigración llegó a convertirse en un anhelo expresado sin tapujos por algunos gobernantes: durante la festividad de Acción de Gracias de 1795, George Washington difundió un mensaje pidiendo a los ciudadanos estadounidenses que rezasen con el fin de que su país se convirtiese «en un seguro y propicio asilo para los infortunados de otras naciones».

Dos décadas después la realidad iba a ratificar la imperiosa necesidad de esa revolución en el tejido productivo. En 1812 estalló la guerra entre los Estados Unidos y su antigua metrópoli. El conflicto terminó en 1815, sin vencedores ni vencidos; el tratado de paz decretó el mantenimiento del statu quo anterior a la guerra, esto es, un empate técnico. Los ciudadanos estadounidenses celebraron el resultado como una confirmación de su independencia y una ola de euforia patriótica recorrió el país; tres años más tarde, las tropas americanas ocuparon una mal defendida Florida, obligando a España a vender el territorio. Sin embargo, el golpe económico había sido terrible. Durante la guerra, el bloqueo naval enemigo sobre el comercio exterior estadounidense redujo de tal manera los ingresos del país que el presidente James Madison tuvo que recurrir a préstamos para cubrir los gastos bélicos. Como consecuencia, la deuda pública se había triplicado. Por debajo del fervor patriótico, la Administración empezó a comprender que sus infraestructuras estaban atrasadas y que, entre otras cosas, también se requería con urgencia la construcción de una flota para defenderse de nuevas invasiones y bloqueos británicos. Esto no podía hacerse sin un tejido industrial potente. Por entonces predominaba una economía de escala reducida, bien rural, bien de pequeños comercios y talleres. Había que cambiarlo, y entre los requisitos estaba el aumento de la mano de obra.

La necesidad estadounidense de un incremento demográfico coincidió con el aumento de las oleadas migratorias. Las guerras napoleónicas y otros conflictos bélicos o sociales estaban animando la salida de europeos hacia el Nuevo Mundo. Durante la década de 1820 Estados Unidos registró el doble de llegadas, hasta rondar los 12.00 inmigrantes anuales. En la década de 1830 ya eran cincuenta mil. Hacia 1845 llegaban a Estados Unidos más de ciento ochenta mil inmigrantes al año; en medio siglo la tasa de extranjeros se había multiplicado casi por cuarenta. Mientras tanto la actividad económica se disparaba, favorecida por la veloz expansión del país a tierras antes habitadas por los indios y el florecimiento de un nuevo sector industrial a la sombra de la construcción de infraestructuras como el ferrocarril o el crecimiento de las ciudades. Hasta entonces, la inmigración no era un asunto que requiriese de intervención gubernamental, o por lo menos eso habían considerado las sucesivas administraciones. Los extranjeros llegaban y se asentaban como podían en una sociedad que no paraba de crecer y donde, ahora quedaba claro, había sitio para mucha más gente. Sin embargo, era cuestión de tiempo que la masificación del proceso empezase a ser percibida como un problema. Lo más curioso es que los primeros en considerar esta masificación como un problema no fueron funcionarios del Gobierno estadounidense, sino los propios inmigrantes.

Los barcos de la muerte

Una joven inmigrante ca. 1905. Fotografía: Getty Images.
Una joven inmigrante ca. 1905. Fotografía: Getty Images.

Enfrentados al hacinamiento, la comida detestable, la certeza de un mareo implacable y la abrumadora amenaza de enfermedades como la diarrea, la «boca de trinchera» y el escorbuto, así como el sarampión y el cólera, es motivo de asombro el que solamente uno de cada diez pasajeros muriese. En algunos barcos ingleses que transportaban inmigrantes irlandeses, casi una cuarta parte de los pasajeros murió. A estos buques con frecuencia se los llamaba «barcos ataúd» como severo recordatorio de las condiciones perpetuadas por sus capitanes. (John T. Cunningham, Ellis Island: Immigration’s Shining Center).

Con frecuencia escuchamos decir que el carácter de los barcos de emigrantes de Irlanda es descrito como peor que el de aquellos barcos que se empleaban en el tráfico de esclavos de África. (Montreal Advertiser, 27 de septiembre de 1834)

Entre 1845 y 1852, Irlanda padeció el mayor desastre de su historia, el cataclismo conocido como la «hambruna de la patata». Una plaga asoló las plantaciones de patatas, tubérculo importado del Nuevo Mundo que había adquirido un papel preponderante en el modo de vida del país. Para casi un tercio de los habitantes de la isla las patatas constituían casi la única fuente de alimento. La hambruna produjo un millón de muertos. Otro millón más salió hacia América huyendo del hambre, la enfermedad y una terrorífica sucesión de calamidades secundarias. Hacia la misma época, en 1849, se produjo una revolución en Alemania. Tras ser sofocada por los aristócratas conservadores, muchos simpatizantes de la revuelta y muchos campesinos decidieron abandonar el país, huyendo de la persecución política o de una pobreza que el fracaso de la promesa revolucionaria amenazaba con hacer crónica. Estos dos sucesos, por sí solos, aumentaron la tasa de inmigración en los Estados Unidos hasta rozar los trescientos mil extranjeros al año, de los cuales la mayoría procedían de Irlanda (45%), Alemania (30%) y el Reino Unido (15%). La demanda de pasajes hacia América se disparó sin importar que su precio no resultase asequible —el equivalente de unos mil doscientos euros para los adultos y unos seiscientos para los niños—, y las compañías navieras demostraron tener pocos escrúpulos a la hora de aprovechar la situación. Los barcos eran sobrecargados con pasajeros que se hacinaban en condiciones infrahumanas. Pese a que varios países europeos aprobaron leyes para limitar el número de pasajeros en cada barco, casi ningún capitán las cumplía. La triquiñuela habitual consistía en admitir el número legal de pasajeros en un puerto para después ir a otro donde, escondiendo a parte del pasaje en las bodegas para no llamar la atención, se dejaba subir a más. Las autoridades locales tampoco se esmeraban en controlar la aplicación de las leyes. Algunos Gobiernos, como el británico, aprovechaban para deshacerse de lo que consideraban una carga, vaciando cárceles u otras instituciones y metiendo a sus antiguos ocupantes en los buques con destino a América.

A mediados del siglo XIX, atravesar el Atlántico en un velero podía suponer dos meses de viaje. Incluso algo más, si las circunstancias no eran propicias. Los emigrantes podían enfrentarse a nueve o diez semanas de calvario. Dormían en el suelo de la bodega o sobre simulacros de camastros confeccionados con paja. Raros eran los barcos que tenían algún médico entre su personal y el suministro de medicinas, de haberlo, era muy escaso porque costaba dinero mantenerlo. Peor aún; al no haberse inventado todavía mecanismos adecuados de conservación o refrigeración de los alimentos, era habitual que la comida almacenada a bordo se estropease. No era excepcional que se sirviese comida que había empezado a pudrirse. Pocos de aquellos buques tenían retretes para los inmigrantes. Cabe imaginar lo deplorable de la situación sanitaria, que ayudaba a que apareciesen brotes de enfermedades derivadas de la desnutrición, la suciedad o el contagio. Los brotes epidémicos, en caso de ser graves, podían llegar a provocar que los marineros encerrasen al pasaje durante buena parte del viaje, lo cual originaba situaciones dantescas en las bodegas. La mortalidad en aquellos barcos era muy alta; se estima que uno de cada diez pasajeros fallecía durante el viaje. Todavía se conserva correspondencia de emigrantes que desde América escribían a sus familiares y amigos para prevenirles de lo que les esperaba si decidían embarcar; les aconsejaban que evitasen los buques más abarrotados y llevasen consigo alimentos imperecederos —legumbres, harinas, etc.— como para procurarse el sustento por lo menos durante dos meses, ya que conforme pasaban los días los marineros solían aprovechar la desesperación de los pasajeros para venderles ciertos alimentos a precios abusivos. La travesía era una auténtica odisea de la que algunos no salían vivos y de la que otros heredaban problemas de salud que arrastrarían durante el resto de sus vidas. En el mejor de los casos, los emigrantes sufrirían un trauma psicológico imposible de olvidar.

Los buques, a su llegada a los Estados Unidos, atracaban en puertos como Boston, Baltimore y sobre todo Nueva York, que ya por entonces canalizaba un 70% de la inmigración. Las comunidades de europeos que ya se habían establecido en América contemplaban con aprensión las terribles condiciones en que llegaban las nuevas oleadas, porque ellos mismos las habían experimentado en primera persona. Las asociaciones de inmigrantes empezaron a presionar para intentar cambiar las cosas; en 1847, por ejemplo, se produjo la fusión entre las dos mayores asociaciones de Nueva York, una de irlandeses y otra de alemanes, para ofrecer ayuda a los recién llegados. Sobre el terreno, sin embargo, había poco que se pudiera hacer. No existía nada parecido a un centro de recepción y acogida. Las autoridades se limitaban a efectuar inspecciones superficiales; antes de que los barcos atracasen, subía a bordo un inspector que realizaba un veloz examen médico —visual, más que nada— y repasaba el cuaderno de bitácora para tener noticia de los brotes epidémicos o los fallecimientos que se habían producido durante la singladura. Era tal la cantidad de barcos que los inspectores no daban abasto. Entre el común de los neoyorquinos empezaba a cundir la preocupación no solamente por el calvario de los inmigrantes sino por las enfermedades que estos pudieran traer consigo. La presión para que las autoridades tomasen medidas aumentaba. Pero el estado de Nueva york, que era el que tenía las competencias, apenas disponía de herramientas para controlar el flujo migratorio. Para empezar, ni siquiera tenía en propiedad un emplazamiento costero adecuado en el que edificar un centro.

El castillo de los sueños

Immigrants sit on benches with their luggage at Castle Garden, the island used for processing immigrants between 1855 and 1890 prior to the development of Ellis Island, New York City, 1880s. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)
Castle Garden, ca. 1880. Fotografía: Getty Images.

Castle Garden es tan conocido en Europa que pocos emigrantes pueden ser convencidos para embarcarse con otro destino. Sus amigos en este país les escriben diciéndoles que vayan a Castle Garden, donde estarán seguros y donde, si se quedan sin dinero, pueden permanecer hasta que se les envíe. Los comisarios reciben frecuentes quejas de emigrantes que han desembarcado en Halifax o Boston, pese a que se les había prometido ser llevados a Nueva York. Así pues, quienes transportan a emigrantes en el extranjero buscan pasajeros incluso mediante el engaño. (New York Times, 21 de febrero de 1874).

Los edificios tienen su propia biografía, que a menudo resulta muy elocuente respecto a la historia de la ciudad o el país donde han sido construidos. Retrocedamos de nuevo a principios del siglo XIX. En 1807, ante la posibilidad de una invasión británica —preocupación que, como hemos visto, estaba justificada—, el Gobierno estadounidense adquirió una pequeña isla cercana al extremo sur de Manhattan y comenzó la construcción de un puesto de artillería destinado a repeler los buques enemigos. De planta circular y armado con veintiocho cañones, el fuerte fue terminado en 1811, apenas unos meses antes de que estallase la guerra contra el Reino Unido. Bautizado como Fort Clinton, no llegó a entrar en acción y sirvió más que nada como arsenal. En 1824, cuando su función defensiva ya no parecía prioritaria, el ejército decidió deshacerse de él. Fue vendido al Ayuntamiento de Nueva York, que rellenó el brazo de agua que lo separaba de Manhattan, quedando el islote unido a la ciudad. Rodeado de un parque (Battery Park), situado a pocos metros del agua en el que entonces era uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, el fuerte parecía un enclave privilegiado. Unos empresarios lo alquilaron, lo reformaron y volvieron a abrir sus puertas, convertido en un auditorio con capacidad para seis mil espectadores. Conocido como «Castle Garden», se convirtió en uno de los escenarios favoritos para la actividad social de las clases altas, en especial conciertos y grandes bailes. Su interior era muy lujoso, ornamentado con profusión para compensar el adusto aspecto de la fachada exterior, y además disponía de una imponente cubierta sostenida por altas columnas.

En 1854 el barrio vecino continuaba albergando población acomodada, pero había pasado de moda y los más ricos se estaban trasladando a otros puntos de la ciudad. Los empresarios de Castle Garden decidieron no renovar el costoso alquiler y el Ayuntamiento se encontró de nuevo con un edificio vacío en sus manos. Un edificio que era justo lo que el Gobierno estatal estaba buscando. El Ayuntamiento lo cedió y se comenzó a construir el primer centro neoyorquino para la recepción de inmigrantes. El anuncio detonó una oleada de protestas callejeras por parte de los habitantes de la zona, que decían temer una oleada de delincuencia y la propagación de enfermedades. El asunto produjo tanto revuelo que terminó en manos de los jueces, y la subsiguiente lucha política y judicial se convirtió en el reflejo de cómo funcionaban los poderes contrapuestos en la ciudad; por un lado las clases altas, y por el otro, los cargos públicos —sobre todo quienes eran de origen irlandés— que debían responder a la preocupación que sus votantes, muchos de ellos también irlandeses, sentían por las condiciones en que llegaban los ocupantes de los infames «barcos ataúd». El caso llegó hasta el Tribunal Superior de Nueva York, que ordenó la paralización de las obras. La autoridad estatal prometió vallar el edificio para garantizar la tranquilidad de quienes vivían cerca y además buscó la opinión de médicos que refrendasen la seguridad sanitaria de las instalaciones. De manera paralela, una investigación del Senado sobre la elevada mortalidad en los barcos europeos puso de manifiesto que el asunto de los «barcos ataúd» iba de mal en peor. Se decretó una ley por la cual ningún barco europeo sería aceptado en el país si no cumplía dos condiciones: una, la garantía de un acomodo decente y unas mínimas condiciones de vida para los viajeros. Y dos, un manifiesto obligatorio que enumerase los pasajeros que había a bordo, para evitar el hacinamiento causado por la avaricia de los capitanes. Aunque en la práctica ninguna de estas medidas se aplicó de forma satisfactoria, estaba quedando patente que se necesitaba hacer algo. Unos meses más tarde, el tribunal levantó la veda sobre la construcción del centro de Castle Garden, que pudo ser inaugurado en el verano de 1855.

El centro llegaría a canalizar el 70% de toda la inmigración a nivel nacional, es decir, toda la que pasaba por Nueva York. Los barcos procedentes de Europa se detenían primero en Staten Island, donde se comprobaba que no supusieran un riesgo sanitario. Después se les permitía seguir hasta Manhattan, donde atracaban frente a Castle Garden. Al entrar en el centro, claro, los recién llegados contemplaban con asombro lo que había sido una lujosa sala de conciertos. El centro, que fue diseñado con intenciones altruistas, era una combinación de aduana médica, institución benéfica y centro de orientación. Además de permitir que terceras partes —asociaciones benéficas, religiosas, etc.— trabajasen allí para ayudar a los recién llegados, el Estado también proporcionaba una serie de servicios públicos que iban desde la comunicación postal y telegráfica hasta facilitar el transporte (incluyendo las funciones propias de una agencia de viajes, ya que se vendían a buen precio billetes de tren con destino a las ciudades más importantes del país). Incluso existía una oficina de empleo donde aquellas personas que mostraban los perfiles profesionales más demandados podían encontrar ocupación apenas desembarcados, con la garantía de un salario y un lugar donde dormir; esto les evitaba tener que deambular o recurrir a la caridad de parientes y amigos que ya se hubiesen establecido en el país. Quienes no encontraban acomodo inmediato tenían a su disposición hostales en los alrededores. El precio de cada servicio, cuando no era gratuito, se regulaba desde el departamento de inmigración. Todo esto hizo que la fama de Castle Garden se extendiese por el Viejo Continente. Enviaba el mensaje de que América, la tierra de las oportunidades, ofrecía para (casi) todos una bienvenida cálida, bien organizada y humanitaria. Este hecho animaba a quienes tenían que enfrentarse a las penosas travesías trasatlánticas. Como en tantas otras cosas, sin embargo, el encantamiento del castillo ajardinado no estaba destinado a durar.

Leibnitz, el Barco de la muerte

Inmigrantes a bordo del Patricia, 1906. Fotografía: Cordon Press.
Inmigrantes a bordo del Patricia, 1906. Fotografía: Cordon Press.

Sentimos decir que nuestras leyes prestan una base muy insuficiente para el castigo de estos crímenes contra la humanidad y que, en la mayoría de los casos, la institución de procedimientos legales para su corrección, así como la persecución de los culpables, son casi una imposibilidad. Mucho del sufrimiento, enfermedad y muerte a bordo de los barcos de emigrantes podría haberse prevenido, y la recurrencia de tales abominables escenas podría evitarse de ahora en adelante, con la adecuada legislación del Congreso, impuesta mediante las penas adecuadas. («Informe de dos inspectores de inmigración a a la Junta de Comisarios de Inmigración de la ciudad de Nueva York», 21 de enero de 1868).

Durante sus primeros años Castle Garden era, si no una institución perfecta, el ejemplo de cómo manejar la llegada de extranjeros con un espíritu pragmático, pero también humanitario. Según crónicas de la época, pudo haberse parecido al ideal. Sin embargo, la corrupción y la pillería no tardaron en campar a sus anchas. Cuando el centro ya estaba en pleno funcionamiento, las autoridades actuaron como si el asunto estuviese ya resuelto, imponiéndose la dejadez y la falta de supervisión. Un buen ejemplo: las compañías ferroviarias terminaron imitando a las navieras; para aprovechar el tirón, vendían en Castle Garden más billetes de lo permitido por la capacidad de sus vehículos. Los inmigrantes empezaron a ser apelotonados en vagones de mercancías; como es lógico las consecuencias no eran tan tétricas como en las largas travesías en barcos, porque los viajes en tren duraban un máximo de dos días, pero la situación no dejaba de resultar lamentable. En 1861 estalló la guerra civil, que se prolongó hasta 1865. Esto no ayudó a mejorar las cosas. No hace falta decir que si semejante empeoramiento se producía en tierra, sobre las aguas las cosas no cambiaron lo más mínimo. Las leyes no se hacían cumplir, ni en Estados Unidos ni en Europa. Puertos como Liverpool o Hamburgo continuaban siendo terreno abonado para las empresas sin escrúpulos y a bordo de sus barcos los horrores se prolongaban, ante la completa ineficacia e indiferencia de autoridades británicas o germanas.

Uno de los más dramáticos casos fue el del buque alemán Leibnitz. A finales de 1867 partió de Hamburgo con quinientos cuarenta y cuatro pasajeros alemanes a bordo, muchos de ellos familias trabajadoras de la ciudad de Mecklenburg que habían aceptado una oferta para establecerse como empleados en granjas y plantaciones de Wisconsin e Illinois. Una vez en el Atlántico, según la versión del capitán, el Leibnitz se desvió hacia el sur por culpa de los vientos. Durante varias semanas deambuló por aguas tropicales donde la media de la temperatura ambiente —en el exterior— se aproximaba a los treinta y cinco grados centígrados. Los pasajeros, que venían del invierno europeo, estuvieron encerrados en la bodega durante la travesía, padeciendo un calor asfixiante. La comida almacenada, que como se trataba de un barco rápido había sido prevista para menos tiempo de viaje, empezó a escasear, así como el agua potable. Los suministros médicos se habían agotado al poco de abandonar puerto. Y, como solía suceder en cuanto empezaron a producirse signos de epidemia, la tripulación impidió a los pasajeros salir de las bodegas, ni aun para eliminar los productos de sus evacuaciones (aunque el capitán declararía después, cosa poco creíble, que eran los propios pasajeros quienes se habían negado a salir a cubierta para echar las deposiciones por la borda). En el interior solamente había seis primitivos retretes para varios cientos de personas. Pronto empezaron a producirse las primeras muertes. No pocas veces los cadáveres permanecían en la bodega durante uno o dos días, lo cual, en aquellas condiciones de calor extremo, provocaba que algunos hubiesen empezado a ser recorridos por los gusanos antes de que se permitiera sacarlos para arrojarlos al mar.

Cuando el Leibnitz por fin llegó a Nueva York, ciento cinco pasajeros habían muerto; esto es, uno de cada cinco. Los dos inspectores que visitaron el buque, pese a estar acostumbrados a ver escenas de lo más lamentable, quedaron tan horrorizados que afirmaron no haber visto nada parecido «en años». Escandalizados, escribieron un informe en el que narraron los horrores del viaje, diciendo que no había un punto de las bodegas donde no se acumulase la suciedad y describiendo la cubierta inferior como «perfectamente calculada para matar al más saludable de los hombres». Calificaban el trato que se daba a los inmigrantes como «crimen contra la humanidad», y denunciaban la inutilidad de la legislación vigente en aquel momento. Pedían que se obligase a las compañías navieras a emplear barcos de vapor para el transporte de personas. Es verdad que con el tiempo las condiciones de las travesías iban a mejorar —despacio—, pero gracias al progreso mismo de la tecnología de navegación, no a la aplicación de las leyes. Las autoridades solamente prestaban atención cuando determinados sucesos provocaban la repulsa o incluso el miedo, caso de la epidemia de cólera de 1881, que, originada en Asia, golpeó con dureza Hamburgo, uno de los mayores puertos de salida de la inmigración hacia América. Varios miles de personas murieron en la ciudad alemana (aunque el cólera no se extendió tanto como se temía ni por Europa ni por América). Pero sucesos como el del Leibnitz sí servían para que en los Estados Unidos cambiase la percepción sobre el tema migratorio.

Ellis Island

Women immigrants undergoing a physical examination at Ellis Island, N.Y., about 1910
Mujeres pasando el reconocimiento médico en la isla de Ellis ca.1910. Fotografía: Cordon Press.

Estábamos desayunando a las seis de la mañana cuando se escuchó una voz que llegaba desde la torre del vigía: «¡Tierra a la vista!». Todo el mundo salió corriendo hacia la proa del barco. Ya sabes, para ver tierra, para ver el primer indicio de América. Pero no pudimos ver una maldita cosa. El horizonte era todo mar. Fue conforme el barco avanzaba, despacio, cuando empezabas a ver Nueva York, apareciendo a lo lejos, como si emergiese del océano. Lo primero que vimos fue el edificio Woolworth, que por entonces era el más alto del mundo. Su punta era lo primero que veías salir del agua. Todo el mundo se puso a exclamar: «¡América!». Dios mío, todos gritaban y lloraban y se daban besos. Al seguir avanzando, por supuesto, la isla de Manhattan empezó a tomar forma. Vimos esta cosa tremenda –yo nunca había visto nada más alto que un edificio de cinco plantas–, la Estatua de la Libertad. Todo el mundo sabía lo que era. Quiero decir… allí estaba. Aunque para mí no tenía esa significación, no la entendía demasiado. La conocíamos, pero en términos muy vagos. Muy vagos. Sabíamos que era la Estatua de la Libertad, sí, pero no creo que hubiesen podido decirte nada más sobre ella, ¿sabes? En cualquier caso, ahí estaba América. Eso era lo que sí sabíamos: América. (Manny Steen, irlandés, pasó por Ellis en 1925, a los diecinueve años de edad).

Cuando vi la isla de Ellis, había un edificio grande; me pregunté qué íbamos a hacer allí. Agarramos el equipaje. El sitio estaba abarrotado de gente que hablaba y lloraba; la gente lloraba. Atravesamos algunos de los vestíbulos, eran grandes espacios abiertos. Vi dos barras y, detrás de ellas, a personas que hablaban en varios idiomas. Yo estaba muerta de miedo. Creí que estaba en una cárcel. Nadie sabía lo que estaba pasando. Luego te decían que todo estaba bien y que debías ser examinada por un médico. Formamos una gran cola, hombres y mujeres, cada cual con su equipaje al lado. Gradualmente, uno tras otro, íbamos entrando en una habitación pequeña, de forma irregular, una habitación que hacía esquina. Allí estaban un médico y una enfermera. Había el sitio justo para que te examinaran, para darte la vuelta. Tenías que desnudarte. (…) Si en aquel momento hubiera podido volver atrás, nunca hubiese salido de mi país. (Mary Margaret Mullins, irlandesa, pasó por Ellis en 1927, a los veintiún años de edad).

El siniestro destino del Leibnitz causó un revuelo periodístico y político que se sumaba a varios anteriores. El famoso editor Joseph Pulitzer, que había llegado a América como inmigrante húngaro a los diecisiete años y había desembarcado en Castle Garden, denunció que el edificio había perdido su propósito original de proteger y orientar a los recién llegados. Según Pulitzer, ahora los inmigrantes eran tratados «como ganado» y puestos en manos de toda suerte de explotadores, entre ellos una mafia ferroviaria que les cobraba precios exorbitantes para amontonarlos en «malolientes vagones de mercancías» cuyo destino, para colmo, los inmigrantes ya no podían elegir; pese a la cantidad de dinero que desembolsaban, debían conformarse con el destino que les tocase en suerte. Además, claro, de tener que pagar cantidades suplementarias por el equipaje y otros conceptos arbitrarios. La corrupción y la dejadez se unieron al hecho de que Castle Garden, por su ubicación, había dejado de ser idóneo para albergar el centro de acogida, porque el ritmo de llegadas había seguido creciendo con nuevas oleadas procedentes de la Europa del este, de Escandinavia y del sur de Europa, sobre todo Italia. Las cifras rondaban ya el medio millón de inmigrantes al año. En 1887 ya parecía evidente que al estado de Nueva York el asunto se le había quedad grande. El presidente demócrata Grover Cleveland inició una investigación. Después se puso en marcha un comité del Congreso donde un empleado de alto nivel del departamento de inmigración del estado de Nueva York testificó para calificar la actividad de la institución en la que él mismo trabajaba como «una farsa». Al final se decretó que la inmigración pasara a convertirse en asunto federal, lo cual significaba que dejaba de depender del gobernador de Nueva York (u otros estados) y que sería gestionada desde Washington.

La primera consecuencia fue el cierre de las instalaciones de Castle Garden en 1890 (seis años más tarde, la antigua fortaleza sería reabierta con fines lúdicos, albergando el acuario municipal). Al mismo tiempo, el  aprobaba la construcción de un nuevo centro para inmigrantes en la isla de Ellis, más alejada de la ciudad y con mayor capacidad para el tráfico constante de buques. En tiempos pasados se la había conocido por diversos nombres, como isla de las Ostras, debido a las abundantes colonias de moluscos que habían servido para el sustento de los primeros habitantes europeos de la zona, o isla de la Horca, porque había servido como escenario para la ejecución de piratas. A finales del siglo XVIII ya se la consideraba un terreno de escaso valor; tan poco, que su propietario, un comerciante galés llamado Samuel Ellis, nunca consiguió venderla. Como ya había pasado con el islote donde se había construido Castle Garden, fue el ejército el que, poco antes de la guerra con Inglaterra, terminó alquilando la isla para construir un puesto de artillería y un cuartel, que estuvieron en uso durante varias décadas. En 1892, la isla pasó a albergar el segundo centro de inmigración neoyorquino, que en este caso no era la mera reforma de una fortificación, sino un edificio de nueva construcción (aunque algunas instalaciones militares encontraron uso como dependencias anejas). Durante cinco años, el imponente edificio de tres plantas albergó el centro de llegada, bajo una nueva administración, la Oficina Federal de Inmigración. Pero tenía un serio inconveniente: estaba hecho de madera. En 1897, por causas que no se pudieron determinar pero que se estimaron accidentales, se declaró un incendio que no pudo ser contenido. Aunque no hubo muertes, el fuego destruyó el edificio por completo. Un nuevo centro fue construido sobre las cenizas del anterior. Hecho esta vez de ladrillo rojo, recordaba a un enorme mercado central, o a una imponente estación. Conocido como Great Hall, estaba dotado con un hospital y otros servicios, iba a servir a un nuevo concepto del manejo de la inmigración. Fue inaugurado en 1900; la primera persona que entró en el país a través del Great Hall fue una chica irlandesa de diecinueve años a la que las autoridades regalaron, a efectos conmemorativos, una moneda de oro puro que, al cambio, valdría unos trescientos euros. La chica dijo que nunca había tenido tanto dinero.

Por entonces la marea humana que llegaba desde Europa estaba acercándose a su punto álgido; rozaba el millón anual, cifra que sería alcanzada en 1904. Un buen porcentaje de ese aluvión de desesperados continuaba siendo canalizado a través de los muelles de Nueva York. Como consecuencia de los nuevos números y sobre todo de la nueva política federal, que ya no estaba influida por el poder político de determinadas comunidades de la ciudad, los nuevos procedimientos administrativos empezaron a volverse mucho más mecánicos. El trasiego era constante; a principios del siglo XX desembarcaban en Ellis entre cinco y diez mil personas en un solo día. Largas filas de recién llegados se sometían a un examen médico y un cuestionario. A algunos enfermos se los ingresaba en el hospital para que hicieran cuarentena, a otros se los rechazaba. En ocasiones, incluso los sordomudos o ciegos tenían que permanecer internados mientras las autoridades decidían si iban a convertirse en una carga para el erario público o no. El enfoque paternalista que había marcado los primeros años de Castle Garden no imperaba en Ellis y la actitud del Gobierno federal con respecto a los extranjeros era mucho más pragmática y fría; por ejemplo, se terminó adoptando la política de que los inmigrantes demostrasen que poseían una cierta cantidad de dinero antes de permitirles entrar en el país. En el lado positivo, el control era mucho más estricto y esto ayudó a reducir el pillaje a manos de terceras partes involucradas en el proceso. Por lo general, el trato que el personal de Ellis daba a los inmigrantes era correcto. En cuanto a las condiciones de vida a bordo de los buques, iban mejorando década tras década. Los nuevos barcos, más rápidos, más grandes (y la invención de sistemas para conservar los alimentos) permitían una travesía aún dura, pero menos homicida. Poco a poco, los buques dejaron de ser conocidos como los ataúdes flotantes. Esto no impedía que siguiera produciéndose el drama de las familias rotas, de aquellos que tras haber jaleado a la Estatua de la Libertad tenían que volverse a su país para enfrentar de nuevo aquello de lo que hubiesen huido, pero las escenas dantescas propias de la decadencia de Castle Garden no volvieron a repetirse. La mortalidad descendió. Someterse al examen médico o a una cuarentena eran experiencias desagradables, desde luego, incluso traumáticas en algunos casos. Pero el trato mejoraba, y más cuando la masificación de la isla empezó a descender a partir de la década de los veinte, con la disminución de la inmigración, lo cual permitió que su personal hiciera las cosas con un poco más de tacto. Por ejemplo, durante la II Guerra Mundial llegó a haber dos comedores distintos en las instalaciones: uno general y otro con comida kosher, como gesto hacia los judíos que llevaban años escapando de una Europa contaminada por la barbarie nazi.

Inmigrantes en Ellis ca. 1920. Fotografía: Cordon Press.
Inmigrantes en Ellis ca. 1920. Fotografía: Cordon Press.

A partir de mediados de los años veinte, además de ser la principal puerta de entrada (o para algunos, barrera) de la inmigración, Ellis fue convertida también en la puerta de salida. A la isla eran enviados, como paso previo a su embarque, aquellos individuos que iban a ser deportados. En muchos casos por causa de su historial delictivo, pero en otros sin otro motivo que el que sus ideales políticos fuesen mal vistos por las autoridades. Cuando EE. UU. entró en guerra también sirvió como cárcel para albergar cierto número de extranjeros, sobre todo alemanes e italianos, a quienes se encerraba bajo llave ante la posibilidad de que pudiesen convertirse en espías o saboteadores. Eso sí, dentro de lo que cabe, solían estar en mejores condiciones que los japoneses que eran llevados a campos de concentración en la costa oeste. Unos años más tarde, durante la breve pero intensa fiebre anticomunista que barrió el país a principios de los cincuenta, también albergó presos políticos (hasta mil quinientos, la mayor parte de ellos izquierdistas). En 1954, Ellis cerró sus puertas. El último inmigrante registrado fue un marinero noruego que había sido detenido por saltar de un barco para intentar entrar en el país de forma ilegal; encerrado en Ellis, obtuvo la libertad condicional y un permiso de trabajo de tres años, al término del cual fue deportado a Noruega. El Great Hall terminaría convertido en museo. El estatus oficial de Ellis Island como parte del monumento nacional de la Estatua de la Libertad fue aprobado por el presidente Johnson en 1965. Según puede leerse en el Código de Regulaciones Federales de aquel año —una suerte de Boletín Oficial del Estado— por la isla habían pasado más de dieciséis millones de inmigrantes entre 1892 y 1954.

Entre tanto, el foco de la inmigración cambió del este al sur. Las nuevas oleadas entraban por la frontera de México, ya no bajaban de barcos. Esto conllevaba un nuevo enfoque de las autoridades sobre el asunto, y aún hoy es tema de discusión. Los hay, como Donald Trump, que han llegado a sugerir la construcción de un muro. En cualquier caso, los dramas de la inmigración europea a los Estados Unidos se viven hoy, por ejemplo, en las inmediaciones del Mediterráneo. Aunque no existe un Castle Garden europeo, mucho menos algo que lo mejore. La historia, como se dice siempre, tiende a repetirse. Por desgracia.


John Adams, la pequeña epopeya patriótica de HBO

john adams

Estamos ya condicionados a asociar el logo de HBO con series de gran calidad, y evidentemente no todas son The Sopranos, The Wire, Deadwood o la que quieran ustedes nombrar. Pero es raro que una producción de esta cadena decepcione. Para quien haya terminado ya las típicas gemas de HBO y busque un buen placebo, esta miniserie de siete capítulos que se emitió originalmente en el año 2008 podría constituir una opción más que interesante.

La serie está centrada en la figura de John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos de América y sucesor de George Washington en el puesto. Como puede deducirse, esto es una excusa para narrar el proceso de independencia de las trece colonias británicas en Norteamérica, las mismas que dieron lugar a los Estados Unidos de América. Así pues, es una serie donde la historia y la política juegan un amplio papel… pero que nadie se asuste, porque los guionistas han sido lo bastante astutos como para introducir las dosis necesarias de drama de personajes entre tanto suceso histórico. Por ejemplo, las peripecias personales del propio Adams y su familia bastan para mantener el interés de aquellos que quieran evitarse una mera lección de historia.

Tom Hollander en su indescriptible encarnación del rey Jorge III.
Tom Hollander en su indescriptible encarnación del rey Jorge III, mi momento favorito de la serie.

También ayuda bastante el nivel medio de las interpretaciones, que como de costumbre en HBO, es muy bueno. El reparto no es tan impecable como en otras series de la cadena, pero en lo principal está muy conseguido. Paul Giamatti brilla con su encarnación del propio Adams (muy hábil a la hora de ganarse subrepticiamente la simpatía del espectador) y tanto o más convincente es Laura Linney interpretando a su mujer. Otros secundarios memorables son, por ejemplo, Tom Wilkinson como el excéntrico Benjamin Franklin o un Stephen Dillane (o lo que es lo mismo, Stannis Baratheon en Juego de Tronos) que está fantástico dando vida al taimado idealista Thomas Jefferson. No todo el elenco raya a la misma altura, lo cierto es que contiene algún ligero altibajo, pero en general la labor de casting es muy acertada.

Como era de esperar en una producción de HBO, la escenografía es perfecta y la recreación visual de la época pasmosamente verosímil. No voy a entrar en la veracidad histórica del argumento, esto queda para los entendidos en la historia de ese periodo. Pero sí es aquí donde podemos encontrar algunos puntos discutibles en el guión. Por ejemplo: en los primeros episodios cuesta entender los bruscos cambios de opinión de John Adams con respecto a la posibilidad de que las colonias se independicen de Inglaterra. Esto podría parecer un detalle secundario, pero no lo es: desde el punto de vista dramático y de configuración del personaje, su actitud respecto a este asunto resulta central. La personalidad de Adams evoluciona junto a sus ideas políticas, así que este hueco en el tramo inicial del argumento supone un handicap. No sé si se debe a que los estadounidenses dan por sobreentendidas ciertas cosas o sencillamente a que se apresuraron con el guión, o —más verosímilmente— se vieron obligados a recortarlo. Pero bueno, es un pequeño bache en el arranque de la historia que luego se supera sobre la marcha.

Por otra parte, y al menos bajo una mirada europea, se echa de menos el cinismo y la crítica que otras series de HBO suelen contener en gran cantidad. Entiendo que para los estadounidenses se trata de narrar el hecho fundacional de su nación, pero hay algunos aspectos que aparecen tan mitificados que (y más estando ya en pleno siglo XXI) resultan un tanto forzados. Por ejemplo, esa especie de aureola sobrenatural que parece rodear al personaje de George Washington, al que por lo visto no han querido dotar de aristas —como sí hacen con otros «padres fundadores» como Franklin, Jefferson o el propio Adams— y que termina resultando un personaje plano e inesperadamente neutro, cuando lo que supongo que se pretendía era proyectar una imagen de grandeza . O el momento del nombramiento de ese mimso Washington como primer presidente, instante de una solemnidad supuestamente lacrimógena que termina resultando un tanto risible y más propia de películas patrioteras de otros tiempos. Pero bueno, son pequeños matices que de todas formas no estropean el resultado general.

George Washington, inexpresivo cual polvorón navideño.
George Washington, inexpresivo cual polvorón navideño.

Porque John Adams es un producto de HBO, con casi todo lo bueno lo que ello conlleva. No es el mejor producto HBO, pero tampoco es malo, en absoluto. Incluso contiene algunos momentos memorables. Mi favorito —de hecho una de mis secuencias favoritas en varios años— es la increíble entrevista de John Adams con el rey Jorge III: desde los preparativos protocolarios en donde explican a Adams cómo proceder, hasta el fin de la alucinógena conversación entre ambos, creo que se producen algunos de los momentos cinematográficos más brillantes que nos ha proporcionado HBO. Y eso es decir mucho, por más que se trate de una secuencia aislada. Creo que no me equivoco al pensar que a Stanley Kubrick le hubiese encantado esa escena: una increíble tensión acumulada, la contagiosa sensación de incomodidad y sobre todo el extraordinario trabajo del actor Tom Hollander encarnando a un envarado rey Jorge. Es la única secuencia de Hollander en toda la serie, pero ¡qué secuencia! Pocas veces he visto a un individuo personificar la majestad con semejante aplomo y contención: su expresión altiva y la mirada con la que mantiene a Adams convertido en un corderillo son tan impresionantes como —a su manera— hilarantes, porque en realidad todo el momento es como un brillante ejercicio de comedia camuflada. Pero, en todo caso, Hollander convierte su rostro en un auténtico espectáculo con un ejercicio sublime de supuesta inexpresividad que, más bien al contrario, expresa en cada momento precisamente lo que quiere. No suelo creer que un actor podría merecer premios por una sola secuencia… pero qué demonios, lo de Hollander en sus escasísimos minutos como Jorge III es sencillamente inolvidable.

Por lo demás, los siete episodios de John Adams basculan entre lo bueno, lo muy bueno y lo correcto, pero nunca se llega a lo precario y mucho menos a lo decepcionante. Es una muy buena miniserie, bien escrita (aunque diría que mejor filmada que escrita), bien interpretada y con un trabajo de producción encomiable. La prueba de que un producto relativamente menor de HBO sigue siendo esencialmente superior a lo que pueden llegar a hacer muchas otras cadenas.

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Los dos alicantinos que Washington enterró

“¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿Hallará el valor suficiente para librarse de sí mismo en el último momento? Solo Dios lo sabe. A mí no me importa. Esta es, en verdad, la hora de mi muerte, y lo que de ahora en adelante ocurra ya no me concierne a mí sino a otro. Así pues, al depositar esta pluma sobre la mesa y sellar esta confesión, pongo fin a la vida de ese desventurado que fue Henry Jekyll”.

Último párrafo de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson

Los dos nacieron en Petrel, provincia de Alicante, a las seis de la mañana del día 23 de julio de 1713. Casi sesenta y siete años después, el 28 de abril de 1780, ambos fallecían a causa de una pulmonía en la mansión Ford, residencia del general George Washington en Morristown, Nueva Jersey. Por qué la Historia ha preferido ignorar prácticamente sus vidas, es algo que quizá este artículo nos pueda ayudar a comprender.

Juan de Miralles y Trayllon, espía

El primero de estos dos hombres, hijos ambos de Juan de Miralles, capitán de infantería galo al servicio del duque de Anjou en la Guerra de Sucesión, y Gracia Trayllon, natural de la población francesa de Arbus, fue bautizado como Juan de Miralles y Trayllon. Actualmente, su infancia en Petrel todavía continúa siendo una gran incógnita. Lo único que sabemos con seguridad es que en 1728, a la edad de quince años, se mudó con parte de su familia a la mansión de Manaud, en el Bearne, una vez hubo fallecido su abuelo. Su padre, que compartía su procedencia bearnesa con la mayoría de los franceses radicados en el levante español en aquella época, se había mudado a Alicante como oficial de las tropas felipistas para liderar los combates contra los partidarios del archiduque Carlos de Austria que se estaban librando en las inmediaciones de Petrel. Habiendo heredado la hacienda familiar, cercana a la villa de Monein, regresó a la Navarra francesa con la intención de restaurar la mansión —todavía se puede leer la inscripción “1731” en la clave del arco de entrada— e instalarse definitivamente en ella con su familia. Algo con lo que el joven Juan no parecía estar muy de acuerdo, pues cuatro años más tarde retornaría a España para no volver nunca más a Manaud.

De nuevo, se desconocen los particulares de la vida de Miralles hasta 1740, cuando 8.500 pesos atesorados en España a lo largo de ocho años lo convierten en uno de los vecinos más acomodados de la ciudad en la que residiría durante las siguientes tres décadas y media: La Habana.

El destino elegido no era casual. Ese mismo año se había creado la Real Compañía de Comercio de La Habana, que controlaba la distribución y el transporte de tabaco y azúcar desde la isla hasta España, y habiéndose convertido en el principal puerto del Nuevo Mundo debido a su idónea situación geográfica para el tráfico mercantil en el Caribe y el Golfo de México, su elección como residencia por parte de un joven aspirante a comerciante es más que comprensible. Miralles no tardó en iniciar sus negocios de exportación y representación de empresas británicas, y cuatro años después de desembarcar en la isla, el 22 de agosto de 1744, contrae matrimonio con María Josefa Eligio de la Puente y González-Cabello, perteneciente a una de las familias más importantes tanto de La Habana como de la Florida, posibilitando así la expansión de los intereses económicos del alicantino al continente americano.

Desde la Guerra de Sucesión, las Coronas española y británica mantenían una severa aunque discreta pugna por el dominio del comercio marítimo en el Atlántico. La incipiente Revolución Industrial en Gran Bretaña provocaba la necesidad de encontrar nuevos mercados que pudiesen asumir el aumento de su producción, y el riesgo de ocupación de los territorios españoles de ultramar era notable. Como medida preventiva, España dictó la prohibición de mantener actividades mercantiles más allá de los límites de su imperio y de establecer acuerdos económicos con cualquiera que no fuese uno de sus súbditos o súbdito de un estado leal. En este marco de tensión y hostilidad, las misiones diplomáticas comenzaron a recaer en aquellos que, en palabras de Manuel Belgrano, no conocen más patria, ni más rey ni más religión que su interés. En aquellos cuyos servicios a la Corona no fuesen siquiera sospechados: los comerciantes.

Que Juan de Miralles actuaba en secreto a las órdenes de Carlos III de Borbón se demuestra, por ejemplo, en una de las cartas que escribió antes de fallecer, en la que refiriéndose a la colonia británica de Jamaica afirmaba haber estado en la isla “más de nueve meses con comisión pública del Real Servicio”. De igual modo, su labor como informador real quedó de manifiesto durante los dos años de ocupación británica de La Habana. En 1761 la fiebre amarilla diezmaba la población de la isla y el gobernador Juan de Prado Mayera Portocarrero y Luna encargó a Miralles la conducción de provisiones desde Jamaica. Ante la escasez de mercancías, el alicantino continuó hasta Gran Bretaña, donde su don de gentes le permitió relacionarse con diversas personalidades de su misma condición social. Al descubrir que Inglaterra pretendía conquistar La Habana se apresuró a comunicarlo por carta al rey de España y personalmente al gobernador de la isla, pero la escuadra del almirante George Pocock apresó su barco antes de que lograse llegar al Caribe. Una vez hubo pisado tierra firme, no obstante, informó de la estrategia y los planes enemigos, pero era demasiado tarde. Tras un bienio de sitio británico, el final de la Guerra de los Siete Años supuso en 1763 la recuperación del control de La Habana por parte de España —así como la anexión al imperio de la Luisiana francesa y la pérdida de la Florida a favor de Gran Bretaña— que castigó implacablemente a quienes habían colaborado con los ingleses en la ocupación. La actuación de Miralles, que en los años siguientes aumentaría sus negocios en el continente a través de Nueva Orleans, capital de la Luisiana, había servido sin embargo para que la Corona española depositase en él su confianza como espía. El gran encargo estaba aún por venir.

El 4 de julio de 1776 se produce la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Las colonias británicas de la costa atlántica de Norteamérica aprueban una resolución en la que declaran que “son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes”. Un año antes, la instauración del Congreso Continental en Filadelfia y la formación de un ejército propio bajo el mando de George Washington supusieron la ruptura definitiva de relaciones comerciales entre las posesiones británicas en el Caribe y las Trece Colonias, lo que favoreció el tráfico mercantil entre los futuros Estados Unidos y La Habana, controlado fundamentalmente por Juan de Miralles. España —que veía en la Guerra de Independencia y el posible debilitamiento de Gran Bretaña una oportunidad para recuperar tanto la Florida como su estatus de primera potencia europea en el comercio atlántico— comenzó a tolerar la presencia de navíos norteamericanos en el puerto de La Habana, que bajo el pretexto de haber sufrido una avería o de necesitar alimento y agua, aprovechaban para llevar a cabo toda clase de actividades comerciales.

Ante la sospecha de las posibles opciones de victoria por parte de los insurgentes, la corte madrileña decidió enviar agentes secretos a Jamaica, Haití, la Florida y las Trece Colonias. Era vital determinar si la posición de la Corona debía continuar siendo la aparente neutralidad que garantizaba un cierto pacto tácito de no agresión con Gran Bretaña o si urgía el apoyo a las Trece Colonias para asegurar las posesiones españolas al otro lado del Atlántico en caso de victoria. Juan José Eligio de la Puente y Regidor, primo de la esposa de Miralles, fue enviado clandestinamente a la Florida para investigar los movimientos de las tropas británicas e intentar forzar una revuelta entre las poblaciones indígenas. Con similares funciones de espionaje se destinó al coronel Antonio Raffelin y al comerciante Luciano de Herrera en Haití y Jamaica. En reconocimiento a los servicios prestados a la Corona, Juan de Miralles fue recompensado con el posicionamiento clave de los intereses españoles: Filadelfia.

De nuevo, la condición de comerciante en un escenario de conflicto y colisión entre los grandes poderes europeos y norteamericanos fue determinante en la transgresión pacífica de fronteras. Tras hacer testamento en La Habana, Miralles embarcó el 31 de diciembre de 1777 en el bergantín Nuestra Señora del Carmen dejando bien claro a todo aquel a quien pudiese interesar que su destino era Cádiz y sus intenciones, por supuesto, puramente comerciales. Haciendo uso de la vieja práctica de la arribada, desembarcó en Charleston, Carolina del Sur, con la excusa de que el mal tiempo no permitiría a su embarcación continuar el viaje a través del océano. Cuando por fin cesó el temporal y las supuestas averías de su barco fueron reparadas, este partió hacia España dejando en tierra a Miralles y su acompañante, quienes se hicieron pasar por simples comerciantes cubanos hasta despistar a los espías de la Corona británica. Extraoficialmente, el 21 de enero de 1778 Miralles fue nombrado por Real Decreto “observador y representante en Estados Unidos”, lo que le convertía en comisionado español con un presupuesto de 39.000 pesos para desarrollar su labor como espía. Fue acogido por el gobernador de Carolina del Sur, Edward Rutledge, e inmediatamente comenzó su investigación al servicio de la Corona española enviando cartas con descripciones estratégicas, noticias sobre posibles ataques británicos e informes sobre posiciones y movimientos de las fuerzas armadas inglesas. Cuando Francia se une en febrero a la guerra, Miralles asiste por fin como representante oficial de España al banquete celebrado en Charleston con motivo del reconocimiento francés de la independencia de las Trece Colonias.

En mayo de ese mismo año, tras entrevistarse con Abner Nash, gobernador de Carolina del Norte, y visitar en Virginia a su homónimo Patrick Henry, Juan de Miralles llega a Filadelfia para iniciar su relación con el Congreso Continental, valorar la viabilidad de una posible declaración de guerra a Gran Bretaña y comenzar las negociaciones para la recuperación de la Florida en caso de apoyo manifiesto a la revolución norteamericana. La ayuda de la Corona española era innegable —dos meses antes, el ejército estadounidense había recogido en Nueva Orleans una donación consistente en nueve mil varas de paño azul, dieciocho mil varas de paño tinto de lana, mil setecientas varas de paño blanco y casi tres mil varas de estameña blanca provenientes todas ellas de las fábricas de Alcoy, lo que significaba que toda la ropa de los uniformes del ejército de George Washington procedía de Alicante, así como otros envíos españoles consistentes en docenas de cajas y barriles con medicina, pólvora y fusiles—, pero era necesario guardar las apariencias con Gran Bretaña hasta que Madrid decidiese unirse oficialmente a la guerra.

Cuando el diplomático Conrad Alexandre Gérard de Rayneval llegó a Filadelfia en agosto de 1778 para desempeñar el recién creado cargo de embajador francés en los Estados Unidos, la proximidad de sus funciones y las de Miralles pronto derivó en el estrechamiento de sus relaciones personales. Al poco tiempo, el alicantino ya había entablado amistad con las personalidades más importantes de la ciudad. En la Navidad de ese mismo año, y aprovechando la estancia en Filadelfia de George Washington y su Estado Mayor, Miralles ofreció una fiesta en honor del general el día 31 de diciembre a la que asistieron, entre otros, La Fayette, Friedrich Wilhelm von Steuben y Johann von Robais. El matrimonio Washington comenzó a asistir habitualmente a las cenas organizadas por Juan de Miralles y la amistad entre el español y el estadounidense no tardó en surgir, como demuestran los numerosos informes y cartas al capitán general de Cuba Diego José Navarro en los que alababa las virtudes del militar y recomendaba a la Corona española la defensa de la causa independentista. Como ha señalado el profesor Portell Villá, una buena prueba del afecto que los unía es el hecho de que el santo y seña en el campamento de Washington solía ser “Don Juan y Gérard”, en homenaje al representante español y al francés.

El 12 de abril de 1779, como renovación de los Pactos de Familia entre los monarcas de la Casa de Borbón —que habían conducido a la intervención de la Corona española en la Guerra de los Siete Años en 1761—, Francia y España acuerdan la intervención de ésta en la Guerra de Independencia mediante la firma del Tratado de Aranjuez con el objetivo último de recuperar la Florida, Menorca y Gibraltar, fundamentalmente. Dos meses más tarde, España declara oficialmente la guerra a Gran Bretaña, aumenta considerablemente la ayuda económica al joven país norteamericano —es justo mencionar que, a pesar de que la mayoría de los historiadores han atribuido esas ayudas a Francia debido a que las transferencias de dinero se efectuaron a través del conde de Aranda, embajador español en París, era bastante común escuchar hablar de los “spanish milled dollars”— y encarga a Juan de Miralles la propuesta formal de actuación conjunta sobre los territorios británicos ante el Congreso Continental. Como recompensa por su labor, Carlos III hace saber al alicantino que será nombrado ministro plenipotenciario de España en Estados Unidos, y éste decide trasladarse a Morristown para discutir con el general Washington los pormenores del ataque de los ejércitos español y estadounidense en la Florida.

Cercano a cumplir los 67 años, Miralles no logró vencer al frío del invierno siguiente. Cuando el 19 de abril llegó a Nueva Jersey, una pulmonía acompañada con vómitos de sangre le postraron en una cama durante más de una semana. Los médicos personales del mandatario y su propia esposa se encargaron de sus cuidados, pero fue imposible salvar su vida. Juan de Miralles exhaló su último aliento el día 28 de abril de 1780 en la mansión Ford, residencia del futuro primer presidente de los Estados Unidos de América. Fue enterrado con las ropas más lujosas y la pedrería más valiosa en la iglesia protestante de Morristown, en una ceremonia que siguió el protocolo correspondiente a un entierro nacional y que el propio Washington se ofreció a sufragar a pesar de las críticas que la celebración de una misa católica le podría suponer. Al funeral asistieron, además del militar y su esposa, el gobernador de Pensilvania, un representante del gobierno francés, algunos miembros del Congreso Continental y varios oficiales del ejército.

Las palabras que el general Washington dirigió en sus cartas al embajador francés —“Las atenciones y los honores rendidos al Sr. Miralles fueron dictados por la sincera estimación que siempre le tuve”—, a su viuda —“Todas las atenciones que me fue posible dedicar a su fallecido esposo fueron dictadas por la amistad que sus dignas cualidades me habían inspirado”— y a Diego José Navarro —“Con el mayor placer hice todo lo que un amigo podría hacer por él durante su enfermedad” y “debe ser de algún consuelo a sus familiares saber que en este país se le estimaba universalmente y del mismo modo será lamentada su muerte”—, son quizá el testimonio más evidente de la profunda amistad que le unía al alicantino y de la importancia de su colaboración con la causa independentista, sin la cual es muy posible que la revolución de las Trece Colonias hubiese fracasado.

Juan de Miralles y Trayllon, mercader

En el análisis de la vida de nuestro segundo hombre, me temo, no encontrarán ustedes hechos cercanos a lo heroico ni dignos de admiración. El nombre de este alicantino, cuya infancia continúa siendo una incógnita salvo por el hecho de que con quince años se mudó con su familia al Bearne para volver a la edad de diecinueve, es Juan de Miralles y Trayllon. Tal vez le suene.

Tampoco existen hechos documentados sobre la vida de Miralles entre su regreso a España y 1740, cuando se traslada a La habana con veintisiete años. Su familia era muy conocida entre los comerciantes franceses radicados por aquel entonces en Alicante, y si atendemos al descubrimiento efectuado por Arturo G. Lavín consistente en un testamento que Miralles otorgó en el año 1752 a causa de una grave enfermedad en el que indicaba que cuando se casó con María Josefa Eligio de la Puente su capital ascendía a 8.500 pesos, es de suponer que sus lucrativas actividades tras su retorno de Francia se habían centrado esencialmente en el comercio. Sin embargo, ni su nombre ni el de su familia figuran en la nómina de comerciantes de Alicante, ni consta en ningún registro que se hubiese dedicado a actividad mercantil alguna. Habida cuenta de que es imposible que atesorase tanto dinero en el Bearne y sabiendo en qué consistieron sus negocios en La Habana, podemos dar por buena la tesis del profesor Vicent Ribes y concluir que se dedicó al tráfico de esclavos.

Una vez hubo contraído matrimonio, los contactos de la importante familia de su esposa le sirvieron de base para ampliar su actividad económica en el Caribe. Como ya se ha dicho, Gran Bretaña no cesaba en sus intentos de controlar el tráfico mercantil trasatlántico, y España no dudó en adoptar una política proteccionista que impedía los acuerdos comerciales con súbditos de estados con los que no guardase buena relación. Consciente de la fantástica ubicación geográfica de La Habana, próxima tanto a las colonias británicas como a las francesas —la Luisiana y las Antillas, fundamentalmente—, Miralles organizó un sistema de representación en territorio español de empresas extranjeras, abriendo la puerta a un provechoso negocio de contrabando internacional. Hasta 1740, la actividad económica de la isla había consistido en un escaso intercambio de productos con el Virreinato de Nueva España y el Nuevo Reino de Granada. De la mano de Miralles, el tráfico ilegal de mercancías con las Trece Colonias a través de la Florida y en todo el Caribe gracias a la estratégica situación de La Habana desplazó implacablemente al tímido mercado anterior.

No obstante, una parte importante de los negocios de Miralles era el comercio negrero. Si bien es cierto que desde el Tratado de París el contrabando entre La Habana —cuyo control había sido recuperado por España— y las colonias británicas —entre las que a partir de entonces se incluía la Florida— había aumentado notablemente, y con él las ganancias del alicantino, es innegable que el tráfico de esclavos era una de sus mayores fuentes de ingresos. En palabras del profesor Ribes, “Miralles fue la pieza clave en el comercio negrero hispánico durante los años sesenta y setenta del siglo XVIII, y su nombre aparece asociado a cualquier empresa negrera de mayor o menor envergadura, actuando por sí mismo o a través de prestanombres de la ciudad de Alicante”. Es cierto que la esclavitud no fue abolida por completo en España y sus territorios de ultramar hasta la segunda mitad del siglo siguiente —en concreto, en Cuba, en 1880—, pero eso no significa que el comercio negrero no consistiese, en cualquier caso, en el tráfico desalmado de seres humanos. Cuando en 1766 se creó la mayor empresa negrera del imperio español, la Compañía Gaditana de Negros, Miralles se convirtió en uno de sus máximos accionistas adquiriendo setenta de las novecientas sesenta acciones de la sociedad, así como en el representante de la misma en La Habana. Diez años más tarde, presentó un proyecto para sustituir a la compañía de Francisco de Aguirre y Lorenzo de Arístegui en el monopolio de la introducción de esclavos en territorio español, en el que garantizaba el precio de 225 pesos por cada esclavo, lo que mejoraba considerablemente la oferta de Aguirre y Arístegui. A cambio, solicitaba 200.000 pesos anuales durante la duración del asiento. Su intención era introducir en La Habana la inhumana cifra de tres mil negros al año. La razón por la que el Consejo de Indias no aceptó la propuesta de Miralles fue la consideración del alicantino como un “hombre de más tramoya y apariencia que solidez y sustancia”. Tal vez fuese una decisión adoptada para que la Corona británica no posase su mirada en un hombre que por aquel entonces ya estaba desarrollando su labor como espía real. Tal vez Miralles fuese exactamente un hombre de más tramoya que solidez y sustancia. Quién sabe.

Sea como fuere, es posible que su actuación durante la ocupación británica de La Habana años atrás arroje algo de luz sobre esta cuestión. Anteriormente se ha mencionado que en 1761 la población de la isla se había visto afectada por una epidemia de fiebre amarilla. Quienes más sufrieron esta enfermedad fueron los esclavos que estaban construyendo una muralla alrededor de la ciudad, y ante sus numerosas muertes, Miralles encontró una nueva oportunidad para lucrarse. Decidió hacerse con más esclavos en Jamaica para venderlos en Cuba, pero al descubrir que no serían suficientes, optó por poner rumbo a Gran Bretaña. Allí descubrió los planes de ocupación de la armada inglesa, y en su regreso a La Habana fue apresado por el almirante George Pocock. Es sabido que envió cartas tratando de avisar de las intenciones enemigas y que una vez en tierra intentó poner sobre aviso a las autoridades de la isla, sin embargo extraña mucho a los historiadores que la escuadra británica le liberase varias millas antes de llegar a su destino. Y les extraña aún más que durante los dos años que duró la ocupación británica, Miralles pudiese llevar a cabo sus negocios sin ningún tipo de restricción. Las sospechas de un posible pacto con Pocock a cambio de información sobre los puntos estratégicos y las posiciones militares de los españoles en La Habana son, en todo caso, comprensibles. Hay quien sostiene que el hecho de que no fuese castigado junto a los demás habaneros y españoles que colaboraron con los ingleses demuestra que, de haber existido tal pacto con Pocock, la información entregada a los británicos no era más que un engaño. Que fuese designado como informador al servicio del rey parece corroborar esta teoría. Sin embargo, también hay quien opina que semejante encargo real tal vez no fuese efectivamente un reconocimiento sino una penitencia obligatoria. Al fin y al cabo, en aquellos tiempos convulsos, desarrollar tales tareas de espionaje en territorio británico era sinónimo de arriesgar la propia vida en el intento. Tal es así, que en una carta de 1776 Miralles confesaba “haber expuesto muchas veces mi vida y expedido mi caudal” en servicio a la Corona. Baste añadir que en 1774, encontrándose con su antiguo amigo Manuel José de Urrutia en la casa de Francisco Javier Rodríguez, Miralles fue literalmente barrido a bastonazos entre acusaciones de traición a Carlos III. Pero la función de juzgar corresponde a los jueces. No a mí…

Una vez se hubo producido la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776 y habiéndose roto las relaciones comerciales entre las Trece Colonias y los territorios británicos, el mercado brindó a Miralles una nueva ocasión parece hacerse de oro con el tráfico de buques, armas, pólvora, medicinas, etc. Tras haber desembarcado clandestinamente en Charleston para cumplir su misión de investigación e información acerca de los planes británicos y las opciones de los insurgentes, y habiendo sido designado en enero de 1778 como comisionado real en Estados Unidos —aunque de forma extraoficial, para eludir sospechas—, Juan de Miralles vuelve a aprovechar su situación para incrementar su volumen de negocio. Incluso podríamos afirmar que un eventual acercamiento entre Estados Unidos y España le convenía no solo políticamente, sino sobre todo económicamente. Y no cabe duda de que a ello se entregó. Poco tiempo después de llegar a Filadelfia comenzó a colaborar con Oliver Pollock, comerciante de Nueva Orleans y responsable de gran parte del tráfico marítimo entre La Habana y el continente. En verano de ese mismo año, Pollock le puso en contacto con Robert Morris, un traficante de esclavos proveniente de Liverpool que supo pescar en un río revuelto por la guerra y terminó siendo el ministro de Hacienda de Estados Unidos. Conocido como el “financial wizard of George Washington”, se convirtió en el compañero ideal de Miralles. Unos meses después, el alicantino ya había importado desde La Habana azúcar, tabaco, vino, pasas y chocolate en concepto de regalos diplomáticos pagados por España por valor de 3.842 pesos. A finales de año, y a través de la compañía que fundó con Morris, ya era el principal abastecedor del ejército estadounidense y uno de los más importantes exportadores del país, con la importancia que ello suponía para une economía tan inestable como la norteamericana. Sirva de ejemplo que en noviembre de 1778, Morris y él habían enviado a La Habana un total de dieciséis mil barriles de harina.

Mientras tanto, el alicantino continuaba desempeñando el cargo de “observador y representante en Estados Unidos” a la vez que sus lazos de amistad con el general George Washington seguían estrechándose y la ayuda de España continuaba incrementándose —el carácter extraoficial de las aportaciones españolas hace que actualmente no podamos calcular las enormes cantidades de dinero enviadas a través de Miralles, pero los datos que se han ido aportando pueden ayudar a hacernos una idea—. Tal llegó a ser la admiración que sentía por Washington que incluso compró varios retratos del general firmados por Charles Willson Peale y los envió al capitán general de la Habana y a varios de sus amigos elogiando la causa independentista. Algunos autores como Light Townsend Cummins opinan que su entusiasmo por la revolución norteamericana era absoluto. No se correspondía con el talante neutral de un representante diplomático. Es probable que sus informes a la Corona española recomendando el apoyo a las Trece Colonias en la guerra contra Gran Bretaña respondiesen más bien a su deseo personal de defender la independencia estadounidense antes que a los intereses del país al que servía, pero hoy en día es muy difícil llegar a una conclusión justa sobre ese extremo. En cualquier caso, que dedicase gran parte de su propia fortuna a sostener económicamente la causa es un hecho que, a primera vista, parece confirmar esta hipótesis.

El suyo fue, prácticamente, un Funeral de Estado. El afecto que le unía el jefe del ejército estadounidense y el apoyo moral, político y económico que brindó a los revolucionarios fueron definitivamente tenidos en cuenta en su inhumación. Las salvas de artillería que acompañaron al cortejo fúnebre hasta la iglesia de Morristown denotaban la distinción, honor y respeto que los asistentes profesaban al difunto. No obstante, llama la atención que la historiografía norteamericana haya ignorado en buena medida la figura de Juan de Miralles. Tal vez se deba al carácter secreto de su misión en las colonias sublevadas o al desapego que lo estadounidense siempre ha tenido por lo católico y por lo español, pero es algo que llama indudablemente la atención. Llama la atención que Alexander Hamilton, secretario personal de George Washington, apenas mencionase en sus textos la importancia de la colaboración de la Corona española ni comentase la amistad que unía a Washington y a Miralles. Llama la atención que Washington no insistiese en destacar la importancia de un hombre a quien él mismo se había referido como alguien estimado universalmente. Llama la atención que Robert Morris, su socio y confidente, vendiese los caballos de un negocio de Miralles por 27.432 pesos y que sin embargo no intercediese por la hija del alicantino cuando ésta se desplazó a Nueva York para cobrar la deuda que Estados Unidos había contraído formalmente con su padre en concepto de préstamos a la causa independentista. “Ese momento no llegará nunca”, dijo Morris cuando su hija le preguntó cuándo cobraría. Es algo que, desde luego, llama la atención. Llama la atención que Francisco de Rendón, secretario de Miralles, al negociar directamente con Robert Morris tras la muerte de su principal socio, advirtiese a Madrid de que estaban ante el contrabandista más grande de textiles y de harina. Llama la atención que Oliver Pollock fuese detenido en La Habana por falsedad de declaración, intento de soborno a un oficial de la Corona española y negocios ilegales por valor de 25.000 pesos. Son muchos los detalles que llaman la atención. Para ser un hombre enterrado con la mayor de las solemnidades en una ceremonia presidida por el futuro primer presidente de los Estados Unidos y a la que asistieron congresistas, diplomáticos, gobernadores y oficiales del ejército, que la Historia haya preferido dejarlo atrás junto a sus secuaces, es algo que evidentemente llama la atención. O bueno… quizá no tanto.

 

 


Trenton, una sorpresa por Navidad

 

Veinticuatro muertos. Eso es todo. En los Estados Unidos mueren más personas al año partidas por un rayo. Pero cada rayo homicida no cambia el curso de los acontecimientos humanos.

Durante la resaca de la Navidad de 1776 tuvo lugar en Trenton, Nueva Jersey, poco más que una trifulca tabernaria si la comparamos con las batallas que se luchaban en Europa en la misma época. Unos 2.400 hombres del Ejercito Continental sorprendieron a 1.500 mostachudos hessianos aún bajo los efectos de las celebraciones. Un día que bien podría ser la fiesta nacional de los EEUU en lugar del 4 de Julio.

Las colonias se hacen mayores

Con una población heterogénea que ya había sumado una gran cantidad de alemanes, irlandeses, holandeses y un cuarto de millón de negros a los originales peregrinos ingleses que comenzaron la aventura en Plymouth, salían las Trece Colonias de la victoriosa guerra de los Siete Años. El triunfo contra el francés, aún de la mano de la Corona, en realidad era el punto de partida de la emancipación de unos colonos que, liberados del peligro de verse absorbidos por el Canadá borbónico y con cada vez menos lazos afectivos hacia Inglaterra, comenzarían a preguntarse qué necesidad había de seguir manteniendo otro tipo de lazos con la metrópoli. Sensación que se acrecentó al llegar desde Inglaterra la declaración de la Línea de Proclama y el pacto con los indios aliados, que impedía a los futuros estadounidenses llevar a cabo lo que ellos entendían como la consecuencia lógica de la victoria: la expansión hacia el Oeste.

No solo eso. Además, la guerra, como todas las guerras, había que pagarla. Y no son baratas. Los ingleses consideraban que los habitantes de las colonias eran los principales beneficiarios del asunto mientras en casa se había soportado la carga económica de la contienda y, basándose en esto, pretendieron exprimir la boyante economía americana. Un territorio de ultramar que ya por entonces mantenía mejor nivel de vida que la propia sede del Imperio, entrando en juego la personalidad del nuevo rey, Jorge III —digamos que un poco desequilibrada y con cierta querencia absolutista— que ya en Inglaterra no se le permitía expresar, encontró en Las Colonias el lugar ideal para ello. O eso pensó, con una evidente falta de visión política.

Revolución y primeros movimientos

Aunque es complicado establecer un inicio concreto de la Guerra de la Independencia Americana, suele aceptarse que los disparos que conmovieron al mundo fueron los que se detonaron en Lexington-Concord el 19 de Abril de 1775, cuando una fuerza de 700 casacas rojas con base en Boston intentaron hacerse con un almacén de armas y pertrechos de la milicia de Massachusetts y fueron rechazados en el North Bridge donde 500 minutemen, alertados por la cabalgata de Paul Revere que Longfellow inmortalizaría en su poema, hicieron retroceder a tres compañías del Rey.

Los británicos comprendieron que fuera de Boston su ley no llegaba más allá de la punta de sus bayonetas y decidieron refugiarse en la ciudad a la espera de que Londres enviara nuevas tropas, con la esperanza de que un despliegue de fuerza intimidatoria pudiese hacer entrar en razón a los rebeldes. Las milicias, granjeros y comerciantes mal armados, con nula disciplina y experiencia militar, sin otro punto a favor que un casi infantil entusiasmo y un animoso espíritu de frontera, se aprestan entonces a poner sitio a una ciudad defendida por el ejército mejor equipado y más profesional del mundo. A mediados de Junio y con los refuerzos llegados por mar, el General Howe intenta romper el cerco en una salida que acabaría siendo la batalla de Bunker Hill, pero pese a derrotar a los yanquis, las pérdidas que sufren los británicos son tan numerosas que no pueden explotar el éxito y el sitio se mantiene. En una condiciones difícilmente sostenibles, en las que los sitiadores más parecen los sitiados, viene a tomar el mando por parte americana un hombre que, consciente de sus limitaciones militares, sería capaz de mantener unida no solo ya frente a los ingleses, si no frente al propio Congreso Continental a aquella amalgama de hombres en armas que solo con mucho cariño uno podría calificar por entonces como ejército. Ese hombre era George Washington. Durante el otoño y el invierno siguientes Washington lidió con la falta de dinero, con unas tropas que cuando consideraban que habían tenido bastante aventura ya simplemente recogían sus cosas y volvían a sus hogares, soldados que ante el asombro de sus mandos marchaban con balas de cañón en el morral para moler grano en sus granjas, un Congreso que aún nadaba entre las dos aguas del pacto con el Rey o la definitiva Independencia y, sobre todo, una incapacitante escasez de pólvora que le impedía llevar a cabo cualquier ofensiva y temer cada noche que otra decidida salida británica desbandase a lo que a duras penas conseguía sujetar bajo su mando. El punto muerto se extendió hasta la primera, cuando Henry Konx apareció en una pintoresca cabalgata con un regalo que haría inclinar la balanza de parte de los patriotas: los cañones del Fuerte Ticonderoga, capturados por el futuro traidor Benedict Arnold y transportados con no pocas penalidades durante dos meses, bajo un clima atroz y un terreno inhóspito, desde el norte de la colonia neoyorkina a los Altos de Dorchester donde dominarían toda la Bahía de Boston y la propia ciudad haciendo insostenible la posición británica dentro de la misma y forzándoles a abandonarla. Claro que con esta derrota no se consiguió otra cosa que desplazar el centro de gravedad de la campaña hacía otro enclave no menos importante y ciertamente menos defendible para la causa colonial, Nueva York.

Mapa de la batalla de Trenton

Quemarla o defenderla. Esta era la disyuntiva a la que se enfrentaban los americanos para con Nueva York, la clave del continente entero en palabras de John Adams, cuya asunción de este hecho ante el Congreso convencería a los yanquis de que no podían desentenderse sin más y conformarse con dejar a los ingleses sin cuarteles para el próximo invierno destruyendo la ‘capital monárquica’ —por el gran número de lealistas que la poblaban— de América. Cuestión esta que el aspecto y comportamiento del reorganizado ejército de Nueva Inglaterra no ayudaría a cambiar al llegar a Nueva York. Los hombres de Washington distaban de ser los idealizados héroes de Bunker Hill y los neoyorkinos vieron a una muchedumbre andrajosa y violenta que supuestamente debía defender una industriosa y próspera ciudad de 20.000 habitantes del esperado ataque del Rey. Ya por entonces Nueva York era otra cosa.

Washington se dispuso pues a defender a quien en no pocos aspectos no quería ser defendido, y no veía en aquellos paletos yanquis comandados por un estirado virginiano a sus conciudadanos. La Unión todavía no existía, y las lealtades y amistades distaban mucho de estar claras entre las distintas colonias. En ese verano del 76 se pondría la primera piedra, la Declaración de Independencia del 4 de Julio, en la que se abstuvo el representante de Nueva York, pero que quemaba las naves en lo que respectaba a la posibilidad de un arreglo pacífico con Inglaterra. No había marcha atrás para los cabecillas de la rebelión, la horca o la libertad. Durante agosto y septiembre los continentales recibieron correctivo tras correctivo de los británicos, que por fin habían arribado en fuerza a las costas de Long Island con 22.000 infantes entre soldados regulares del Rey y mercenarios de los dominios alemanes de Jorge III. Brooklyn Heights, Manhattan, White Plains… El ya Ejército Continental no era rival para las fogueadas y experimentadas tropas de la vieja Europa y generales como Howe o Clinton, nacidos y criados en la aristocracia inglesa con ningún otro propósito que mandar las tropas de Su Majestad. Tan solo la meritoria retirada nocturna a través del East River hacia Nueva Jersey hizo que la Revolución no fuese aplastada en aquellos días. Con esta ‘escapada’ Washington logró mantener la ilusión del triunfo al conservar gran parte del ejército aunque vistas las perspectivas, los lealistas se armaban de razones para seguir debilitando la consistencia del recién nacido país. No tenía futuro, no había posibilidad de derrotar a los británicos y los mejor sería que cada colonia pactase por si misma un benévolo perdón real.

El retorno, Trenton

El maltrecho ejército de Washington, apaleado y despreciado por su enemigo a la vista de su comportamiento en batalla abierta, continúa su retirada en unas condiciones lamentables con los británicos bajo el mando de Cornwallis pisándoles los talones, mientras intentan replegarse hacia Pennsylania para proteger a sede del Congreso la más populosa ciudad revolucionaria, Philadelphia. Evitando cualquier enfrentamiento campal, casi milagrosamente, consiguen llegar a primeros de diciembre vivos y atravesar el río Delawere, poniendo de por medio una barrera natural con sus perseguidores que, como era práctica habitual en la época, ya casi dan por concluida la campaña anual al comienzo del invierno. No era costumbre de un caballero inglés el someterse a los rigores de una campaña invernal, y las tropas del Rey buscan ya cuarteles de invierno donde reagruparse y prepararse para descabezar definitivamente la rebelión en la siguiente primavera. Nadie en el Estado Mayor de Howe da un duro porque esos patanes continentales sean capaces de hacerles frente en el futuro, así que ni siquiera plantan frente a ellos al ejército regular, si no un destacamento para fijar a los yanquis al otro del río consistente en 1.500 hessianos bajo las órdenes de Johann Rall.

Realmente, no era de extrañar la confianza británica. Los diversos contingentes del ejército en retirada que iban llegando al campamento de Washington aparecían aún más exhaustos y derrotados que los anteriores. Esperaban 4.000 hombres con Lee, y aparecían 2.000; Gates, con 600 tan solo y literalmente sin zapatos la mayoría. Finalmente el número total de soldados reunidos es de 7.500, siendo realistas 6.000 con capacidad creíble de combate. Washington piensa que el enemigo solo espera a que el hielo cuaje en el Delawere para cruzarlo y acabar de una vez con los restos de un ejército que él mismo duda ya de que no acabe disolviéndose por si mismo cuando el día de Año Nuevo expiren todos los reclutamientos en vigor, como lo dudan incluso varios congresistas que dando por finalizada la guerra se pasan al bando unionista. Parece que no queda esperanza alguna más allá de esperar la compasión del Rey.

Washington cruzando el Delaware

En esos momentos es cuando la principal virtud del comandante americano sale a relucir y, negándose a aceptar la derrota, mantiene viva la Revolución de la única manera que demanda aquella situación: necesita una victoria, por pequeña que sea, para demostrar al Congreso, a las Colonias, a sus mandos y a sus tropas, que los invasores no son invencibles y la tenacidad y la convicción de que su causa es justa, puede hacer del Ejercito Continental un instrumento con el que lograr la independencia total pese a los graves reveses sufridos en Nueva York y Nueva Jersey. Desde hace meses ha ordenado evitar cualquier tipo de batalla general a sus oficiales, pero ha llegado el momento, bajo una acuciante necesidad, en el que no queda otra opción que arriesgar para conseguir al menos un golpe de efecto que encienda la moral de sus hombres no solo en el campo de batalla si no en las casas de los revolucionarios.

Conociendo la presencia en Trenton de los mercenarios de Rall, decide que esa es la oportunidad que estaba esperando, y durante unas angustiosas reuniones con su Estado Mayor presididas por el más absoluto secreto deciden que la noche del día de Navidad volverían a cruzar el río, pero está vez en sentido contrario y con distintas intenciones. Ya no van a retirarse más, es el momento de pasar a la ofensiva.

Los espías han informado de que la fuerza enemiga consiste en unos 2.000 hombres y Washington pretende sorprenderles en tiempo y forma oponiéndoles casi el doble de soldados. Para ello, es vital que todo el plan y su ejecución sea mantenido en el más estricto de los secretos. Ni la tropa, ni siquiera los mandos intermedios, sabrán hacia donde se dirigen hasta el momento en que entren en contacto con los hessianos. Durante el cruce del Delawere y la posterior marcha hacia Trenton se conminará a los hombres a permanecer en absoluto silencio, cualquier hombre que abandone la formación afrontará la pena capital. El plan de cruce implicaba tres puntos y fuerzas, la primera columna, bajo el mando de Cadwalader y que consiste en 1.000 hombre de Pensilvania y 500 veteranos de Rhode Island cruzarán río abajo hasta Bristol, en la medianoche del 25 de diciembre. La seguiría la columna de Ewing, que habrá de asaltar Trenton directamente con sus 700 milicianos para impedir que los hessianos puedan escapar por el puente de madera, y la tercera y más numerosa columna que comandará el propio Washington cruzará 15 km río arriba para avanzar luego hacia el Sur con 2.400 soldados y los cañones de Knox.

Aquel 25 de diciembre amaneció con presagios de tormenta, cosa que a los mandos yanquis no terminaba de disgustarles. Si bien es cierto que el cruce sería mucho más complicado, el factor sorpresa era la clave de bóveda del plan y el fragor de los elementos ocultaría el ruido de un ejército en marcha y orden de combate hasta el último momento. Mientras, en Trenton, ya a media tarde, Rall recibía informes de que algo se preparaba en la otra orilla del río, pero no pareció dar mayor importancia a estos avisos y uniéndose al tono general de autocomplacencia decidió que como mucho sería una más de las patrullas de hostigamiento que uno y otro bando se dedicaban cada noche, más aún teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, era Navidad.

El cruce comenzó a medianoche, y no terminó hasta casi las tres de la madrugada por el lugar asignado a la columna principal, lo que suponía un considerable retraso sobre el horario previsto y ponía en peligro el poder atacar Trenton al amanecer, pero Washington sabía que aquella posiblemente fuese su última oportunidad y asumió que esta vez apostaría sin red. Empapados, ojerosos, ateridos de frío y con una determinación mortal en la mirada, los hombres dejaron las pértigas y los remos y se echaron el mosquete al hombro, bajo la ventisca –dos hombres murieron congelados- y por unos caminos que a esas de altura de año apenas podían calificarse como tales, se encaminaron hacia aquel pueblo de poco más de cien casas que iba a marcar un antes y un después en la Historia de la superpotencia sin saber que iban a enfrentarse ellos solos a los alemanes. Las otras dos columnas habían suspendido sus ataques debido a la imposibilidad de cruzar por los enormes témpanos de hielo que se acumulaban en el Delawere.

La primera patrulla que se topó con el enemigo en las inmediaciones de Trenton se retiró tras un leve intercambio de fuego, lo que provocó que Rall, al enterarse, creyese lo que deseaba creer, que ese sería todo el ataque que iban a sufrir esa noche. Cuando amaneció y los 2.400 americanos se lanzaron por las desiertas calles de Trenton como poseídos por el demonio era demasiado tarde para reaccionar. Los casacas verdes—pues de este color era su uniforme— de Hesse fueron pillados en falta. Las primeras descargas les despertaron de su sueño y de las celebraciones navideñas de una forma poco agradable, y para cuando se quisieron dar cuenta de lo que sucedía estaban saliendo a las calles a trompicones, logrando formar a duras penas algunas líneas con las que enfrentar a lo que era un ataque en toda regla del Ejercito Continental. Un cañón de campaña alemán logró hacer fuego un par de veces atemperando momentáneamente el asalto yanqui, pero una vez rehechos del impacto, media docena de virginianos corrieron hacia la dotación a bayoneta calada apoderándose de ella. El efecto de la artillería de Knox hizo que los alemanes se dispersaran por el pueblo, donde multitud de enfrentamientos individuales cuerpo a cuerpo tuvieron lugar, aunque el resultado de la batalla ya estaba decidido. Tras poco menos de una hora los últimos hessianos que resistían decidieron que ya había sido suficiente y rendían las armas cuando su coronel, el desdichado Rall, era herido de un mosquetazo que más tarde acabaría con su vida, mientras trataba de organizar una retirada coherente. Rall insistió en ser él mismo, con sus últimas fuerzas, el que rindiese la plaza ante Washington. En su guerrera se encontraría después la nota en la que se le avisaba del ataque.

Panfleto The American Crisis

Toda esta violencia desatada en un combate callejero suele cobrarse muchas bajas pero en esta ocasión, increíblemente, ningún yanqui acabaría muerto en combate y tan solo 21 hessianos verían allí su último día. El resultado no podía ser más espectacular: Al coste de dos soldados muertos por congelación y cinco heridos, los americanos habían capturado 900 mercenarios del rey y dado muerte a otros 21, incluyendo su comandante.

Pero si espectacular fue el golpe de mano militar trascendentes fueron sus consecuencias, que terminaron de explotar en la batalla de Princeton. Tengamos en cuenta que la bandera de los incipientes EEUU tenía como motivo la Union Jack, que ni mucho menos estaba claro a donde conduciría todo aquello y que el desasosiego había calado hondo, muy hondo, en las filas rebeldes. Antes de Trenton, cada día, suponía un espíritu revolucionario abandonado, una desilusión resignada a la aplastante superioridad militar británica y un preguntarse si merecía la pena todo aquello. No en vano Thomas Paine publicaría justamente el día 23 de diciembre The American Crisis, en la que en un intento de templar los ánimos se leía: “Es en estos momentos cuando se ponen a prueba las almas de los hombres. El soldado de verano y el patriota de los días de sol, en esta crisis, se alejarán del servicio a su país; pero el que ahora aguante, ese merecerá el amor y agradecimiento de hombres y mujeres”.

La falta de unión y de identidad abatía y destrozaba las iniciativas no solo del Ejercito, si no del propio Congreso. Al fin y al cabo, ¿para qué?, se debían preguntar los tibios. Trenton cambió todo aquello. Como decíamos al principio, militarmente hablando no pasa de ser una escaramuza, pero demostró a los americanos que había algo con lo que luchar por algo que merecía la pena ser peleado. Demostró al mundo que los yanquis iban en serio.