El arte del azote

Secretary (2002). Imagen: Slough Pond / TwoPoundBag Productions / double A Films.

No conozco nada más magnífico que unas nalgas que se sacuden bajo una mano, se endurecen y a continuación vuelven a suplicar otro azote. Se entregan y se rebelan en el mismo movimiento…

El arte del azote, Jean-Pierre Enard

19 de agosto de 1996. En el Radio City Music Hall de Nueva York, la cantante Carly Simon se siente aterrorizada ante la perspectiva de actuar en pocos minutos, en función privada, con motivo del quincuagésimo cumpleaños de Bill Clinton. Para calmar su miedo escénico recurre a un remedio habitual en sus giras, y lanza un gesto nervioso a su orquesta. Sonriendo, el saxofonista, el trompeta y el trombón se turnan para poner a Carly sobre sus rodillas y darle unos juguetones azotes en el culo. Desgraciadamente, el telón se levanta antes de tiempo, en plena azotaina. «Estoy segura de que a Clinton le encantó», recuerda la cantante… El dolorcillo físico la distraía del paralizante malestar mental; la azotaina funcionaba como disipador de tensiones y nudos emocionales. Sin embargo, de entre los múltiples usos de las palmadas en las nalgas, no es este el que más me interesa.

En el mismo 1996, la periodista Daphne Merkin escribió un controvertido artículo en The New Yorker hablando de su atracción erótica por el spanking, es decir, por verse azotada en las nalgas «por una firme mano masculina». Es una lectura interesante a pesar de su innecesario aire de disculpa y autojustificación: como veremos, no hay nada extraño en gozar de la estimulación extra que ofrecen los azotes interpretados como dolorosas caricias. Por supuesto, el arte de la azotaina no tiene nada que ver con el machista e impotente axioma nietzscheano («si vas a ver a una mujer, llévate el látigo»), ni tampoco con los castigos infantiles, afortunadamente ya en desuso. En este artículo libertino planeo compartir con los lectores y lectoras el placer de las nalgas enrojecidas y los azotes firmes, sea como acompañantes del frenesí sexual, sea como práctica erótica en sí misma… Así que desabróchense los cinturones y vamos allá.

El sutil equilibrio entre golpe y caricia

Pregunté a Michèle si la azotaina le había hecho daño. Ella dijo que sí, con un tono cuya modestia sugería de forma irresistible el orgullo y un placer, una felicidad incluso, sordas y salvajes.

Elogio de la azotaina, Jacques Serguine

Cuando el azote se practica como juego libertino, no se corre el riesgo de que el presidente Clinton abra la puerta en cualquier momento… Pero sí hay que tener cuidado con qué se hace y cómo, a riesgo de acabar convirtiendo un juego erótico en una inesperada batalla a muerte.

Pongámonos un momento la bata de laboratorio y analicemos la azotaina desde un punto de vista puramente físico. Durante un spanking el cuerpo azotado reacciona aumentando la producción de adrenalina, lo que incrementa los niveles de respuesta y excitación. Si los azotes se propinan con maestría (es decir, con el ritmo adecuado y un medido crescendo de intensidad), el cuerpo no tarda en producir endorfinas, una droga endógena que no solo palia el dolor sino que resulta placentera por sí misma. Cierta configuración del gen SCN9A predispone a generar grandes cantidades de endorfinas: he ahí un estímulo para la manipulación genética que dejo encima de la mesa.

La clave para una azotaina placentera es saber dónde y cómo azotar. Este texto no pretende ser una guía práctica, pero me permito un par de consejos: la mano desnuda suele proporcionar una mejor experiencia (ah, el tacto de piel con piel, la intimidad física inesperada), aunque no se debe desdeñar el uso de instrumentos si se quiere jugar con más intensidad… Pero los azotes con látigo, fusta, Jot Down en papel u otros implementos de tortura quedan para un futuro artículo. Las zonas más azotables del cuerpo son la parte baja de las nalgas, los muslos (con cuidado) y el ocasional manotazo que parece errar su objetivo y casualmente aterriza en la zona genital.

Todo aficionado al spanking se acaba convirtiendo en connoiseur de los diferentes tipos de nalgas. En un memorable párrafo de El arte del azote (divertido librito de Jean-Pierre Enard ilustrado por Milo Manara) el autor desgrana su propia enumeración: «Hay culos traviesos, sin apenas curvas, su forma encerrada en pantalones tan apretados que se puede ver la línea de las bragas. Culos anchos y fuertes, que llaman la atención con autoridad, culos que te hacen sentir que no podrías ser su amo jamás (…); culos temperamentales, rígidos o relajados según su humor, ahora animados y alegres, luego amenazadores, tensos; culos lánguidos, que se contonean de forma holgazana y se retraen al ver acercarse la mano; (…) culos dormidos que aguardan el beso que los haga despertar».

Por supuesto, la parte psicológica es la que más excitación aporta, más allá de que evoque situaciones de intercambio de poder o autoridad (jefe-secretaria, profesora-alumno). En una azotaina hay desnudez, indefensión voluntaria y deseada, calor, brutalidad controlada. Una ternura salvaje, animal, primaria y jadeante, aunque el spanker azote con una serena y profunda calma, con precisión casi quirúrgica, siguiendo su propia música de las esferas… o de las nalgas. Los azotes tienen su propia respiración, su ritmo intuitivo y no calculado, como no se calcula el número de movimientos de un coito.

Lo más importante del arte del azote es que no hay que azotar jamás con rabia en el corazón. El spanking no debe ser nunca una vía por la que desahogar la ira o materializar reproches hacia la persona azotada. Una azotaina puede simular juguetonamente un castigo, nunca serlo; depende de un sentimiento, no de un resentimiento. Quien azote debe hacerlo con ánimo placentero, irónico y lúdico, lo que no significa haciendo el payaso. La azotaina ritualiza eróticamente una forma de agresión y la convierte en un placer mutuo y consentido. En palabras de Jacques Serguine: «la azotaina, a condición de ser admitida por las dos partes, tiene el mágico privilegio de convertirse en un gesto de amor, exorcizando lo que en el amor reside y residirá siempre de violento, de hostil, de desigual, de divergente y agresivo». Por eso mismo es tan importante no dejarse llevar, una vez se levanta la mano, por la rabia o el lado oscuro de la Fuerza. Añade Serguine poco después: «es un gesto de amor, y como todos puede ser alterado, degradado, se puede corromper su uso, profanar su sentido».

No hay que olvidar jamás que el azote es una variante reforzada de la caricia.

«Un delicioso calor, probablemente sexual…»

El azote no es fuerza, ni obligación, ni violencia. Quien lo utilice para castigar o para obligar no entiende nada de este arte. Aún más, hay muchas posibilidades de que el acto degenere rápidamente en una serie de golpes y heridas que no tienen nada que ver con el azote.

El arte del azote, Jean-Pierre Enard

Tanto el citado librito de Enard como el fundacional Elogio de la azotaina de Jacques Serguine se centran en el azote erótico femenino… Y, sin embargo, es igual de frecuente el masculino, aunque históricamente se haya camuflado mucho más.

20 de noviembre de 1917. Thomas Edward Lawrence, alias Lawrence de Arabia, se infiltra como espía en la ciudad de Deraa, ocupada por los turcos, y es capturado por los hombres del bey local. En su celda Lawrence es desnudado, manoseado por el bey y azotado con un rebenque, una especie de látigo corto. Cuenta el propio Lawrence en Los siete pilares de la sabiduría: «Recuerdo que el cabo me daba puntapiés con su bota herrada para que me incorporase (…) Recuerdo que le sonreí perezosamente, ya que un delicioso calor, probablemente sexual, crecía dentro de mí». La cursiva, junto con la sospechosa exactitud con que describe el látigo en el capítulo, han hecho sospechar a muchos biógrafos que Lawrence era masoquista en el sentido literal del término, es decir, que extraía placer sexual del dolor físico. Nunca quedó del todo claro qué ocurrió esa noche en Deraa, y hay quien cree que todo fue una fantasía febril… De cualquier modo, el masoquismo de Lawrence ayuda a comprender muchos puntos oscuros de su biografía, desde su tendencia al ascetismo mortificador hasta sus peticiones posteriores a su amigo John Bruce para que le azotara, esgrimiendo excusas cada vez más peregrinas.

El hecho de que los azotes se utilizaran frecuentemente como recurso disciplinario infantil, más con los niños que con las niñas, tuvo a veces consecuencias inesperadas. Jean Jacques Rousseau recuerda así en sus Confesiones las azotainas que le proporcionaba a los ocho años la maestra Lambercier, de 30: «no imaginaba entonces que iba a influenciar mis inclinaciones, deseos y pasiones para el resto de mi vida; caer a los pies de una dómina autoritaria, obedecer sus órdenes o implorar su perdón siempre fueron para mí agradabilísimos placeres…». Por su parte, el poeta británico Algernon Swinburne disfrutaba profundamente de la disciplina inglesa (ejem), y en particular de los duros castigos corporales con vara de fresno que se infligían regularmente en Eton.

Estos ejemplos podrían hacer pensar que hay una fuerte correlación entre el haber recibido azotes de pequeño y el gusto por el masoquismo en la edad adulta… Pero algunos estudios, como el dirigido por el sociólogo Murray Straus en los 70, muestran que puede ser un factor contributivo pero ni mucho menos suficiente; más bien un catalizador oblicuo para reconocer una tendencia y disfrute propios que un factor creador de preferencias sexuales.

De la severidad a la voluptuosidad

No se trata de hacer daño, sino más bien de hacer el daño suficiente, dentro del interior limitado y espacioso de una convención: es lo contrario de la crueldad.

El arte del azote, Jean-Pierre Enard

No resulta sencillo bucear en los orígenes históricos del azote como juego erótico, aunque parece que el impulso de dar un par de estimulantes cachetes de vez en cuando es universal. El Kama Sutra propone cuatro tipos de golpes con los que estimular y expresar la excitación: con el dorso de la mano, con la palma, con el puño y con los dedos levemente contraídos. Varios manuales sexuales chinos, como los recopilados en Artes del dormitorio, de Douglas Wile, mantienen que un poco de dolor sabiamente administrado aumenta la potencia del orgasmo.

En la así llamada «Tumba de la Flagelación» de la Necrópolis de Monterozzi, en Italia, se conserva un fresco etrusco datado en el siglo v a. C. que muestra a dos hombres y una mujer enzarzados en lo que parece una fellatio acompañada de latigazos en las nalgas. Algún tipo de ritual erótico-religioso de origen dionisíaco, tal vez… Imágenes similares pueden verse en los frescos pompeyanos.

En esa época los azotes, propinados o recibidos, se consideraban mano de santo para revigorizar los ardores masculinos. En el Satiricón de Petronio la impotencia (languor) del narrador se cura con unos buenos azotes en el miembro… Durante las fiestas lupercales, que se celebraban a mediados de lo que hoy es febrero, los sacerdotes luperci corrían por el monte Palatino azotando a los paseantes con látigos de cuero llamados februa. Estos azotes aumentaban las posibilidades de embarazo de una mujer y la virilidad de los hombres… Desgraciadamente en el siglo vi se prohibieron estas fiestas por indecentes, sustituidas por el hortera San Valentín. Desde hace unos años unos cuantos libertinos intentamos recuperar la tradición pagana original, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

El mayor auge del spanking erótico llegó, previsiblemente, con la disciplina inglesa de la época victoriana. Buena parte de la pornografía de la época muestra flagelaciones y azotes eróticos, anticipando y fijando gran parte de las fantasías del spanking contemporáneo: la institutriz severa y el alumno rebelde, la espía capturada, la doncella revoltosa…

Durante la primera mitad del siglo xx se vivió otra edad de oro de las representaciones gráficas y literarias del spanking, un extraño y potente boom localizado en Francia. En Histoire de la fessée, de la sévère a la voluptueuse, Jean Feixas recuerda esa etapa con una cierta admiración desconcertada, sin que hayan quedado nunca claros los motivos del auge repentino. La publicación más frecuente en aquellos años era la novela para adultos ilustrada con grabados más o menos bien conseguidos de azotainas; discretas obritas de consumo rápido vendidas por correo o en librerías especializadas. Tras la Segunda Guerra Mundial el interés decayó un tanto, aunque puede seguir rastreándose la pasión francesa por las azotainas en la cultura popular… Por ejemplo en la canción La fessée de Georges Brassens, escrita en 1966, en la que unos azotes propinados como castigo corporal se convierten en algo muy diferente.

En la segunda mitad del siglo xx, Estados Unidos y en particular Hollywood tomaron el relevo como productores de ficción spanker camuflada de «azotes correctivos». En muchos sketches televisivos Lucille Ball acababa sobre las rodillas de algún azotador (generalmente su marido Desi Amaz), adoptando ambos un aire juguetón que hacía sospechar cierto entusiasmo. Además, en Estados Unidos existe una bonita tradición por la que la persona que celebra un cumpleaños recibe el mismo número de azotes en el culo que años cumple, más uno «para que crezca»… Una versión hardcore de los tirones de orejas. La actriz Natalie Wood, al cumplir los 18, acabó tumbada sobre las rodillas de su compañero de reparto Tab Hunter, inmortalizados ambos en una magnífica foto. Tan famosa se hizo esa imagen, que muchos años más tarde Hunter repetiría azotando a Natasha Wagner, la hija de Natalie, en exactamente la misma postura…

El periodista Joe Hyams explica en su autobiografía una anécdota interesante ocurrida en 1955 durante una entrevista con Ava Gardner, en un bar de California, para la revista Look. Tras una pregunta incómoda del columnista, Ava respondió con un soberbio puñetazo en la mandíbula que le arrojó al suelo. En un acto reflejo, Hyams se levantó, tumbó a la actriz sobre sus rodillas («era la primera vez que la tocaba: me sorprendió que fuera tan ligera, tan suave y femenina») y levantó la mano para propinarle unos azotes en el culo. En ese momento ambos se quedaron inmóviles, conscientes de que todo el bar les estaba observando, y volvieron poco a poco a sus asientos. Hyams esperaba encontrarse con una gélida mirada de odio, pero la Gardner sonreía de oreja a oreja… Es inevitable preguntarse si durante las entrevistas de Jot Down se producirán momentazos similares.

Aun violando las reglas del azote de Serguine que antes comentábamos (no azotar con rabia o como castigo), el carácter inesperadamente lúdico de este intercambio lo convierte en esencialmente inofensivo, con un sutil subtexto sexual aparentemente bienvenido por ambas partes. Volvemos a la anécdota con que se abre este artículo: el azote o su amenaza como liberador-de-tensiones, incluyendo la tensión sexual no resuelta.

Sin embargo, no todas las actrices reaccionan igual ante la perspectiva de unas nalgas enrojecidas. Keira Knightley estuvo a punto de rechazar el papel de Sabina Spielrein en Un método peligroso, incómoda por las dos escenas de spanking del guión… Finalmente los azotes fueron fingidos mediante un cuidadoso enfoque de cámara y una especie de caja interpuesta ante las nalgas de la actriz. Justo antes de rodar la escena, Keira amenazó medio en broma medio en serio al actor Michael Fassbender, diciéndole que si se le iba la mano y le azotaba de verdad durante el rodaje, le diría a su guardaespaldas que le rompiera las piernas. No es de extrañar que con tantas precauciones el resultado final sea sobreactuado y tan falso como para provocar vergüenza ajena.

Afortunadamente, por Hollywood ha pasado gente más interesante. De Warren Beatty se ha comentado a menudo que es aficionado al spanking, entre otras cosas porque poco después de su tórrido affaire con Madonna esta compuso la canción Hanky Panky, con versos como «Trátame como si fuera una mala chica, aunque sea buena contigo / no quiero que me des las gracias, limítate a darme unos azotes…». Sin duda, esto le da un nuevo ángulo a la frase de Woody Allen: «me gustaría reencarnarme en las yemas de los dedos de Warren Beatty». El mismo Jack Nicholson atesora, entre sus muchos apodos surreales, el de Spanking Jack. Una de sus parejas, la ya fallecida Karen Mayo-Chandler, le recuerda con esta imagen imborrable que parece salida de las tomas falsas de Las brujas de Eastwick: llevando boxers de satén azul, calcetines naranja fluorescentes y una amenazante pala de ping-pong en las manos… A menudo el asunto se limita a un cierto postureo fotográfico, como en las famosas fotos de Jane Birkin posando en actitud spankee ante Gainsbourg o la de Sofia Coppola en Vanity Fair recibiendo una fingida azotaina de su amante Marc Jacobs.

Y ya que hemos trazado un estimulante rumbo por Hollywood, parece apropiado terminar este artículo con dos recomendaciones cinematográficas y una televisiva. Hablando de azotainas es imprescindible mencionar Secretary, esa pequeña joya que cuenta con alguna de las mejores y más auténticas escenas de spanking de la historia del cine. Ah, esa Maggie Gyllenhaal inclinándose sobre el escritorio ante la mirada severa y algo sorprendida de James Spader… Menos conocida pero igualmente pertinente para el tema tratado es la coreana Mentiras (Gojitmal), en la que se narra la tormentosa relación de un escultor sadomasoquista de 38 años y una jovencita de 18. Ambos se alternan como spanker y spankee en una historia de amor y moratones que resulta a la vez tierna, divertida y cercana.

La recomendación televisiva con la que voy a despedirme es una broma, lo reconozco, pero una que todavía me hace sonreír cada vez que la recuerdo. Y es que en cierto capítulo de The Big Bang Theory (el décimo de la sexta temporada) el mismísimo Sheldon Cooper se deja engatusar por su novia Amy y acaba «castigando su mal comportamiento» mediante unos científicamente calculados azotes en el culo… La cara de Amy al recibirlos podría ser, en realidad, un buen resumen fou de este artículo.


Juan de Pablos: «La radio ha sido para mí tanto una válvula de escape como un refugio»

Una vida consagrada a la radio musical, eso es Juan de Pablos (Cáceres, 1948). El locutor más personal de la radio española lleva cincuenta años relatando sus experiencias entre los surcos de sus discos, sirviendo a su vez de puente entre generaciones.

Sus oyentes lo siguen con el mismo asombro de siempre, por su brutal sinceridad y por la sensible erudición que ofrece en sus comentarios musicales, ya sea sobre un artista de la canción francesa de los años sesenta o un grupo debutante del pop español.

Personaje irrepetible, dotado de una mirada especial, conduce desde Radio 3 su programa-leyenda, Flor de Pasión, como muy pocos se atreverían. La figura de Juan de Pablos tiene, sin duda, un lugar de honor entre ese grupo inolvidable de divulgadores de la música popular que convirtieron emisoras como Radio Popular FM, Radio España FM Onda Dos o Radio Juventud en auténticas academias de actitud y renovación, culturizando por el camino a miles de jóvenes de este país. La vida de Juan de Pablos es por tanto la historia de la radio musical en España. Su trabajo es, por encima de todo, una impagable fuente de inspiración.

¿Sabes cuántos discos tienes?

Sé que tengo demasiados, porque me mudé hace poco y fue horrible. Tendría que haber hecho antes un desbroce. Como me cambié muy cerca, a cinco minutos de donde he vivido siempre, me los fui llevando poco a poco. Mi mujer me ayudó bastante, porque ella hacía las cajas, con mucho cuidado, estuvo midiéndolo todo, y encargó unas estanterías para la nueva casa, porque hasta entonces los tenía puestos en cualquier sitio. La mudanza ha sido una ganancia, pero hay cosas que tendría que haber tirado a la basura durante el proceso. Es que no me organizo. Lo que me interesa lo tengo muy a mano, pero lo demás lo tengo al tran tran. Ahora con las nuevas estanterías me manejo un poco mejor, es una cosa más civilizada. Antes era un caos. Ordenar mis discos me ha cambiado mucho la vida, porque he tenido auténticas depresiones intentado buscar tal o cual canción. Así como de libros me desprendí de bastantes, a los discos les tengo mucho respeto, y no termino de deshacerme de los que ya no quiero o necesito.

Seguro que todos tienen para ti mucho peso sentimental.

Así es. Además, como muchos los he comprado duro a duro, recuerdo perfectamente dónde y cuándo los compré. Que si en Pamplona, que si en Zaragoza… Cuando iba a Londres compraba muchos, eso sí que era comprar discos.

¿Cuándo supiste que la música te había cambiado la vida?

Viviendo en Cáceres, donde nací. Allí escuchaba mucha canción española: Juanito Valderrama, Antonio Farina, Lolita Garrido, Antonio Machín… Era un poso que se me iba quedando sin yo darle importancia. De música anglosajona recuerdo escuchar entonces el «Only You» de los Platters. En los primeros sesenta, me obsesioné con los Platters, con ese doo-wop ad tempo. Fue un impacto grandísimo. Cuando me mudé a Pamplona, recuerdo escuchar en la radio el «Diana» de Paul Anka, que fue determinante para mí. También ponían su «Lonely Boy», aquí bautizado como «El Muchachito Solitario». Elvis no sonaba entonces en la radio. Luego el «Blue Moon» de los Marcels fue capital para mí, y eso que tardé mucho en encontrar el disco. Lo conseguí en el Rastro, cuando ya estaba en Madrid, en forma de extended play.

Más tarde llegó el folk-rock. Escuchar a Bob Dylan, aunque con retraso, porque lo suyo no tenía al principio distribución aquí, me cambió los esquemas. Ya en 1965, Discophon editó «Mr. Tambourine Man» en extended play. En el verano de 1966 salió «Like A Rolling Stone» y eso fue… Yo estaba acostumbrado a canciones de dos minutos, de dos minutos y medio, y aquella era una canción de seis minutos. Además el disco había que pagarlo como si fuera de cuatro canciones, como un EP.

En esa época, la música empezó a desplazar al fútbol, que era lo que más me gustaba entonces. Me gustaba mucho practicarlo, y pensaba que podía ser un buen futbolista. Solía jugar sobre todo por la derecha, porque con la izquierda solo soy capaz de apoyarme [risas]. Siempre he sido seguidor del Real Madrid. Esas cinco Copas de Europa seguidas, que escuché por la radio, me marcaron para los restos. Hace algunas semanas jugamos un partido entre los compañeros de Radio 3. Fui a pesar de que estaba un poco magullado, porque una semana antes había tenido una caída bastante aparatosa, estuve a base de calmantes y tal. No me fracturé nada de milagro. Incluso así metí un gol. De penalti, pero bueno [risas]. Tuvieron mucha consideración conmigo. Me nombraron capitán del equipo y todo.

Dejas el fútbol por la música y te pones a comprar discos como un loco. ¿No tuviste problemas en casa?

Mi padre me llegó a decir un día: «Los discos nos han echado de casa». Más expresivo no pudo ser. Y tenía toda la razón. Mi madre, que en paz descanse, también los aborrecía. Los metía en casa de tapadillo, me los metía debajo de la chaqueta. Tuve verdaderos problemas con esto, porque lo mío con los discos se volvió algo obsesivo.

Para complacer un poco a mis padres me puse a estudiar la carrera de  Agrónomo. En el bachillerato no me habían ido mal las cosas, pero en la carrera lo pasé fatal. Había asignaturas que no estaban mal, como Química, en la que sacaba buenas notas. Pero Física y Matemáticas eran una cosa superior a mí. Aquello fue un poco masoquista, lo reconozco, porque sabía que no las iba a aprobar nunca. Además pasé de estar en un colegio de curas, con los jesuitas, donde de alguna manera me protegían y me llevaban como en volandas, a entrar en la universidad, donde no tenía esa protección, donde veía que en cualquier momento me iba caer en el vacío, y así sucedió. Allí no conocía a nadie, estaba como perdido. Hice un curso horrible en Zaragoza. En Matemáticas estudiábamos cálculo infinitesimal y la teoría de los conjuntos, y yo me iba desinflando poco a poco. Cuando llegué a Madrid, elegí la especialidad en la que menos matemáticas había. Deseché Topografía, porque la Geometría no era lo mío, y elegí Industrias Agrícolas, porque tenía mucha Bioquímica y no había tanta Física y Cultivos, pero luego, la verdad, es que nunca aprendí a distinguir los árboles ni nada. No había nacido yo para eso.

Cáceres, Pamplona, Zaragoza, Madrid. Todos estos cambios de domicilio en tan poco tiempo se debían al hecho de que tu padre era militar y lo cambiaban constantemente de destino.

Sí, y eso también me influyó mucho, claro. Hasta que no llegué a Madrid no pude nunca echar raíces, así que la radio ha sido para mí tanto una válvula de escape como un refugio. Yo era muy seguidor de El Gran Musical. Era un programa muy interesante porque ponían todas las listas de éxitos: la americana, la inglesa, la francesa, la italiana incluso. Luego, en el diario Pueblo publicaban las listas semanales, con los diez primeros títulos, y tú estabas ahí pendiente, porque si un disco entraba en esa lista lo publicaban luego en España. Yo veía que ahí estaban los Byrds, The Mamas & The Papas con «Monday, Monday», y yo, ahí, expectante: «¡A ver si lo editan!».

Una vez escribí al programa contestando a un concurso que habían organizado, en el que querían saber un poco de las vidas de sus oyentes, de nuestros gustos y tal. Me acuerdo que fue en un verano en el que me habían quedado muchas asignaturas. Me iba a tirar todo el mes de julio en Madrid, prácticamente hasta septiembre, así que para desahogarme escribí la carta aquella, pero luego me olvidé. Después de los exámenes de septiembre estuve en la playa, y mi padre, un día que volvió para buscarnos y regresar a Madrid, me dijo que me habían estado llamando mucho de Radio Madrid. Por lo visto me habían convocado a una reunión importantísima para el primer sábado de octubre, y allí que fui yo al edificio de Gran Vía 32, a la segunda planta, y quedé deslumbrado. Me topé con Tomás Martín Blanco, Rafael Revert, José María Íñigo (que era entonces corresponsal en Londres), Miguel de los Santos, Mariano de La Banda

Ese verano comenzaron a emitir, en pruebas, Los 40 Principales, y yo entré como de asesor, o algo así, para ayudar a seleccionar aquellas canciones que podían convertirse en un éxito. Rafael Revert conducía el programa, que en el fondo estaba muy influido por Caravana, de Ángel Álvarez. Sabían que aquel programa iba a ser importante, porque los discos que pinchaban estaban en las tiendas y se podían comprar. Me acuerdo que empezaron poniendo canciones de los Four Seasons, «The Sun Ain’t Gonna Shine Anymore», de los Walker Brothers, el «Bus Stop» de los Hollies… Allí escuché por primera vez a los Yardbirds. Había una especie de kiosco allí mismo donde podías comprar los discos. Cada semana, Rafa Revert presentaba una lista nueva, y yo iba al kiosco aquel corriendo como un loco. Aquello me influyó de forma muy clara. Yo pensé que había entrado en La Meca. El propio Revert me lo decía de vez en cuando: «Has empezado a trabajar en el Real Madrid, pero en realidad tendrías que haberte fogueado antes en otras divisiones» [risas].

Por lo visto los discos que tú escogías no los seleccionaban nunca.  

Sí, es verdad. Todo lo que yo seleccionaba para el programa lo descartaban directamente [risas]. Mi intervención era como una reducción al absurdo, pero con eso se aclaraban. Me acuerdo de que en aquellas semanas, entre los primeros discos, seleccioné uno de los Herd, «From the Underworld», que estaba en el Top 10 y que a mí me conmovía. Me gustaban mucho los Walker Brothers, con esa solemnidad y esas orquestaciones majestuosas que tenían. Me acuerdo de que me pareció también un cambio cualitativo el primer disco de Status Quo: «Pictures of Matchstick Man». Pero nada, ese tipo de discos estaban fuera de lugar.

El primer disco que seleccioné a mi llegada a Radio Madrid fue «The Days of Pearly Spencer», de David McWilliams, un pedazo de canción con muchísima clase, que pasó totalmente desapercibida. Fui a la primera reunión de objetivos y dije que ese single había que apoyarlo a muerte, como se había hecho antes con algunos lanzamientos de los Bravos o de los Canarios, incluso de los Equals, que habían publicado sus canciones en unas ediciones especiales que sacaba El Gran Musical a cinco duros, pero nada. Fue como predicar en el desierto. Lo único que me dejaban hacer de verdad era escribir reseñas de discos en el periódico que tenían, donde se publicaba la lista de los cuarenta principales. Allí reseñé, por ejemplo, el Voilà de Françoise Hardy.

En la radio tenías también una especie de miniespacio, ¿no?

Sí, es verdad: «Los cinco minutos Schweppes». Aquello me subió a las alturas, porque coincidí allí con Carmina Pérez de Lama y Mariano Albert. Eso fue en el verano de 1968. Al final, me dijeron que no daba la talla como profesional, que lo mío era como un híbrido entre diletante y quinceañero, y que así no iba a ninguna parte [risas].

Al final me echaron de Radio Madrid, pero tuve una especie de prolongación del trabajo en la revista de El Gran Musical, que llegó a ser semanal. Allí formé equipo con Aurelio González. Tuvimos una buena temporada, desde la primavera de 1969 hasta la de 1970. A la vuelta del veraneo con la familia —yo me pegaba un mes, dos meses, en la playa—, me encontré con que habían cambiado al equipo del programa. Fue el propio Rafael Revert quien habló conmigo. Me dijo: «Ya sabemos tus gustos y tal, así que cuando salga algo de los Byrds te llamaremos». Aquello ya lo llevaba Nacho Artime, que era muy buena persona, muy comprensivo, y Benito Rodado, que hacía muy buenos programas, yo lo admiraba mucho. Pero yo ya no contaba con su confianza, así que tuve que centrarme en la carrera.

En cualquier caso, aterrizar en Madrid te cambió la vida.

Sin duda. Ahora en julio hará cincuenta años que llegué. Recuerdo que en el otoño de 1967, por casualidad, me invitaron, en calidad de jurado de El Gran Musical, a ver a los Brincos en Picadilly. Su «Lola» había sido la canción del verano, así que hicieron allí una entrega solemne del premio. Picadilly, como sabéis, fue luego la sala Rock-Ola. A mí el «Lola» de los Brincos nunca me ha gustado mucho, pero en aquel concierto estrenaron «Nadie te quiere ya», y eso me marcó para los restos. La tocaron en directo, sin trampa ni cartón.

En Madrid empecé también a comprar discos de forma desaforada. Iba mucho a las tiendas que dependían de Radio Madrid, que también tenían un servicio de electrodomésticos. Había una en la sede, como os he contado antes, y tenían también una sucursal en la calle Raimundo Fernández Villaverde, cerca de Cuatro Caminos. Me compré un tocata ahí, porque el mío lo fundí nada más llegar a Madrid. La luz que teníamos en Zaragoza era a 125 y aquí en Madrid era a 220, así que fue poner «Like A Rolling Stone», que fue el primer disco que puse nada más llegar, y el tocadiscos se me quemó [risas].

Claro, ¡era una canción incendiaria!

[Risas] El nuevo tocadiscos lo compré a plazos. Era de estos que llevaban el altavoz en la tapa, y que se podían cerrar. No era estéreo porque yo lo quería como los discos que compraba: monoaurales. Elepés compraba muy pocos. Compraba muchos singles pero sobre todo extended plays, porque al cambio salían más baratos.

¿Y en la radio qué programas escuchabas entonces?

En esa época recuerdo que me agarraba mucho al Vuelo 605 de Ángel Álvarez, que era a la hora de comer. Para mí era como una liberación. Me quedaba enfrascado ahí, escuchándolo…

Luego, en 1971, empezó a emitir Popular FM y muchos de los que yo había conocido durante mi breve paso por la radio comenzaron a trabajar allí, como Julio Ruiz, por ejemplo. Vicente Cagiao, a quien conocía de las tiendas de discos de Radio Madrid, también consiguió tener su programa, Ciclos, con Antonio Valdivia. Yo, lo reconozco, me moría de envidia, estaba deseando que alguien de allí me llamara. En esa época, no obstante, gracias a la intervención de un amigo, José Manuel Cuevas, un chico muy dinámico y avanzado que siempre sabía dónde estaba la acción (él fue, por ejemplo, quien me introdujo en la música soul), conseguí entrevistarme con Alfonso Eduardo, que era entonces el director de programas de Radio Juventud, pero no hubo suerte. Así que un día, harto, me planté en la calle Juan Bravo 49, sede de Radio Popular, y me cogieron. Y ahí fue donde empezó mi carrera de verdad como locutor.

Entraste sustituyendo a Moncho Alpuente.

Cierto. Empecé colaborando en el programa que Moncho Alpuente hacía junto a Julio Palacios, Autorretratos. Lo tuve que sustituir una temporada, porque él estaba haciendo la mili. En esa época yo estudiaba con Manuel Domínguez en la Escuela Central de Idiomas. Él era vecino mío, estudiaba Arquitectura, y era muy aficionado a la música, sobre todo a la música francesa. Hablábamos mucho de Brassens, y coincidió en la mili con Moncho Alpuente. Ese fue nuestro contacto. Y a través de él conseguimos hablar con Gonzalo García-Pelayo, que era entonces el jefe de programas de Radio Popular FM, y le planteamos hacer un programa propio. El título del programa le encantó: Ozono. Y nos dijo: «No sé lo que vais a poner, pero es que me gusta tanto el título, que adelante». El nombre al programa se lo pusimos por una canción que nos gustaba mucho de Commander Cody: «Lost In The Ozone».

¿Qué tipo de programa era Ozono? ¿Qué clase de música ponías?

Era un programa centrado en el country-folk. Al principio era semanal y nos solíamos centrar en una figura concreta. Recuerdo que el primero especial se lo dedicamos a James Taylor. Luego hicimos otro a Ian Matthews. El programa lo hacíamos Manuel Domínguez y yo, pero a menudo solía venir Juan Romero, otro vecino nuestro que tenía muchos discos. Más tarde se fue a vivir a Ecuador de agregado de la embajada, porque era diplomático.

Luego, Manuel y yo hacíamos una cosa en otro programa que había a mediodía llamado Contrapunto, en el que la primera parte, una media hora o así, era nuestra, y la otra de Adrián Vogel. Para entonces Manuel ya estaba muy ocupado con la carrera y empezó a dejarlo poco a poco, así que tuve que rescatar a mi amigo Aurelio González, de los tiempos de Radio Madrid, porque yo en esa época siempre necesitaba un interlocutor para hacer los programas. Era muy cortado. Ahí fue cuando nos abrimos a la música yeyé de los años sesenta, a los conjuntos españoles, a la música italiana…

Radio Popular fue una emisora imprescindible en esos años dorados, algo así como una universidad musical. ¿Cuál es tu mejor recuerdo?

Estar cerca de gente tan brillante como Gonzalo García-Pelayo, Moncho Alpuente, Luis Mario Quintana, Adrián Vogel… A través de ellos conocí a Carlos Tena, también a Ramón Trecet. A Joaquín Luqui ya lo conocía de Radio Madrid, pero también estaba por allí, al igual que a José María Goñi, que era su control. Ambos venían de Radio Pamplona, que se llegó a llamar Radio Requeté [risas]. Yo la oía, en tiempos. Era la emisora más importante de Pamplona en los cincuenta y sesenta.

Recuerdo que en esa época, en verano, había que hacer muchas sustituciones, porque coincidía que la mayoría estaba haciendo la mili. Así que me llamaba Moncho Alpuente, por ejemplo, y me decía: «Oye, Juan, que mañana tengo imaginaria, no puedo hacer el programa». Y yo, en un cuarto de hora, porque vivía al lado de la emisora, salía pitando, cogía los primeros que veía, y llegaba allí con mucha excitación. En una ocasión que le sustituí, a la media hora de programa o así, apareció el propio Moncho, porque había logrado escaparse. Así que hicimos el programa mano a mano, los dos. Fue graciosísimo. Yo llevaba preparado un repertorio muy afrancesado. Cosas de Michel Polnareff, Sylvie Vartan, Françoise Hardy. A Moncho le gustaban mucho los cantautores: Brassens, Brel, Serrat. Él me descubrió a Fabrizio de André, que hacía unas adaptaciones maravillosas de Brassens. Recuerdo aquel disco que se llamaba: «No al dinero, no al amor, ni al cielo». Los dos juntos éramos una especie de antinomia. En lo único en lo que coincidimos aquel día fue en Mina. «¡La grande de verdad! ¡Por fin nos hemos puesto de acuerdo!», decía. Yo había llevado «El cielo en casa», y lo pusimos. Fue todo muy improvisado.

En aquella época, la música y la política iban muy unidas. ¿Te definiste en algún momento como contestatario?

No. Yo nunca fui muy contestatario, pero Manuel sí, él estaba muy implicado. Solía acudir a recitales de cantautores con gente como Antonio Gómez o Álvaro Feíto, que era muy cercano a Elisa Serna e Hilario Camacho. Pero yo era más bien un espectador de aquella escena. A Manuel, de hecho, lo llegaron a detener por ser delegado de curso. Dieron un soplo por algo que no llegó a ser ni un amago y saliendo del metro, cerca de la Cibeles, le echaron mano y estuvo una temporada preso.

Recuerdo que en 1974 nos llamó uno a la radio, porque entonces permitíamos llamadas de los oyentes, y nos retó a poner «El rey de los estúpidos», de Brassens. Aurelio dijo que sí, que claro que se atrevía, y la puso. En esa canción se hace referencia al «viejo Franco». Ese disco no se publicó aquí, pero nosotros la teníamos en la emisora. Curiosamente, «La súplica para ser enterrado en la playa de Sète» sí que se había editado en España. Fue de hecho uno de los primeros discos que se editaron aquí de Brassens. A Brassens siempre lo he estimado mucho, es una gran referencia. Lo descubrí por un amigo de mi hermano pequeño, que, por cierto, estuvo en Radio Madrid. Paco Ibáñez había adaptado muchas canciones suyas. La canción que más me gusta de Brassens es «No existe el amor feliz», adaptación de un poema de Louis Aragon. Es que una cosa te lleva a la otra, un descubrimiento a otro. Luego compré más discos suyos en rastros.

¿Recuerdas si la policía llegó a entrar alguna vez en la radio?

No, pero los grises estaban siempre en la puerta. Tenían de hecho allí su garito, dentro de la emisora, por si alguien ponía alguna cosa poder cortar rápido la emisión. Tenían sus turnos y tal. En Prado del Rey estuvieron mucho tiempo, hasta que llegaron los de la seguridad privada.

Ozono comenzó siendo un programa de radio pero derivó en revista. ¿Cómo surgió aquel proyecto?

Los que trabajábamos en Radio Popular llevábamos un tiempo tratando de hacer algo juntos. Teníamos unos amigos en el Colegio Mayor Chaminade, seguidores acérrimos de la emisora, que estaban haciendo una revista llamada Apuntes Universitarios, conocida también como AU. Tenían una buena subvención, y su publicación tomó mucha entidad. Nosotros colaborábamos bastante con ellos. Recuerdo que hicimos un monográfico sobre Bob Dylan, otro sobre el gay rock, que es como se llamaba entonces a la música glam. El de Bob Dylan llegó incluso a aparecer publicado como libro de bolsillo por la editorial Fundamentos. Fue un libro muy pequeñito. Creo que salió en el año 70. Cuando en el Chaminade les restringieron todo, les quitaron incluso la cabecera, se quedaron con la idea de hacer una revista nueva. Entonces, Gonzalo García-Pelayo, que era el jefe, una lumbrera, de esos hombres con carisma, se erigió como líder de la nueva aventura y decidió ponerle a la revista Ozono. Y nada. Ni Manuel Domínguez ni yo opusimos ninguna resistencia.

El problema fue que tuvimos que esperar mucho tiempo a que nos dieran la cabecera. Estuvimos un año en barbecho, y para cuando nos dieron por fin el plácet, y ya podíamos sacar el primer número, nos habíamos desangrado por el camino. En ese tiempo organizamos muchas cosas, hicimos mucho gasto. Establecimos nuestra sede en la calle Goya, en la esquina con Doctor Esquerdo, nada menos. Allí teníamos las oficinas, con un alquiler altísimo. Así que llegamos muy mermados al primer número. Luego sacamos otros dos, y ya no nos quedó más remedio que buscar un socio capitalista y mayoritario, que fue Alberto Corazón. Tuvimos una votación, las cifras cantaban. En fin, que todo aquel dinero que pusimos voló. Yo había puesto veinte mil pelas de la época, que perdí.

Al principio, Ozono iba a ser una revista de música, pero al final se convirtió en una revista de cultura, donde la música tenía un porcentaje muy pequeño.

¿Por qué dejaste Radio Popular?

En 1973, el día de mi cumple, el 19 de febrero, ocurrió una cosa muy extraña en la radio. Era un domingo por la tarde y estaban emitiendo uno de esos programas de fin de semana en los que hablan de todos los temas en plan tertulia. Estaban hablando de fútbol y de repente cortaron la emisión. Hubo entonces un replanteamiento importante dentro de la FM, que de hecho estuvo suspendida un tiempo. Por lo visto la dirección lo hizo así porque decía que el Ministerio de Información y Turismo tenía pinchada siempre Popular FM, así que para evitar cualquier posible intervención se cortó la emisión de golpe y porrazo.

Cuando volvieron las emisiones, fueron recuperando, poco a poco, a aquellos trabajadores que la dirección pensaba que eran de confianza. Y ahí yo me quedé fuera. También Jorge Muñoz, que hacía el programa de blues. Pensé entonces que se había acabado el asunto, pero me volvieron a llamar en abril de 1974, y regresé con Ozono. Me pusieron el programa a las ocho de la tarde, que era un horario muy bueno. Así estuve hasta 1976. Por aquel entonces ya había conocido a Rafa Abitbol. Juntos viajábamos a Londres para comprar discos. Empezaban el punk y la new wave. Era un momento muy interesante, pero económicamente nos daban lo comido por lo servido. Solo había un control de continuidad, y queríamos más. Mejor sueldo, sobre todo. Hubo unas cuantas reuniones para eso, con propuestas en firme incluso, pero el director de la emisora, que tenía bastantes problemas familiares, cortó un día por lo sano y nos echó a todos. Se quedó prácticamente solo, con el control de continuidad, que era entonces Vicente Cagiao. Y ya sí que me quedé completamente fuera. Fue una época muy mala, porque seguía bloqueado con la carrera, no sacaba ninguna asignatura…

¿Todavía seguías estudiando?

Sí, yo perseveraba. Ya en 1978 la carrera acabó conmigo. Tuve buenos momentos, y llegué a tener buenos profesores en las asignaturas de cuarto y quinto curso, como Bioquímica y Bromatología, que trataba sobre la alimentación. Ahí saqué una nota buenísima. Me hice muy amigo del entonces encargado de la cátedra, don Cipriano Aragoncillo. Ha sido el mejor profesor que he tenido. Íbamos juntos a ver películas, de las que recomendaban en la revista Triunfo. Era una lumbrera. Consiguió que su departamento se convirtiera en tierra de promisión para mí. Luego en la carrera había otras cosas, como la Estadística o los Cultivos de la Fitotecnia, que se me atragantaron completamente. De cara a las Navidades de 1978, cuando peor estaba con la carrera, me llamó Jorge de Antón de Onda Dos. Él me conocía ya porque también había estado en el consejo de redacción de Ozono. Me llamó y me dijo que en Onda Dos había quedado libre el espacio de las seis de la tarde y que había pensado en mí para cubrirlo. Yo le respondí enseguida que sí, y el 22 de enero de 1979 cambió completamente mi vida.

Ese día comenzó Flor de Pasión. ¿Por qué lo llamaste así?

Porque el nombre de Ozono me lo habían quitado, por así decirlo. Así que sobre la marcha empecé a pensar en otros nombres, cosas muy estúpidas como por ejemplo Emociones Baratas, es decir, Cheap Thrills [risas]. Ese iba a ser en principio el nombre del programa, pero el día que empecé fui antes a la radio a ver a mi amiga Cucha Salazar, que en paz descanse, que fue quien consiguió que Jorge de Antón se acordara de mí. Ella llevaba la promoción de Ariola. Era una mujer con muchísimo estilo y clase, era arrolladora. Fui para hacerle un buen regalo por el favor que me había hecho. Entonces, al llegar a la emisora, veo que en el programa de la mañana tenían como objetivo el disco Emociones de Julio Iglesias. Y en ese momento me dije: «¿Emoción? Bueno, este nombre lo voy a descartar» [risas].

Decidí entonces ponerle Flor de Pasión, que era el título de una canción de Stoneground, «Passion Flower», un grupo de San Francisco formado por los músicos que habían participado en el musical Hair, y que siguieron tocando juntos con Sal Valentino, el guitarrista de los Beau Brummels. No tuvieron mucha suerte, pero en su época hicieron muchas actuaciones. Aparecen, por ejemplo, en Los últimos días del Fillmore. De «Passion Flower» tienen una versión en estudio, pero a mí la que me gustaba era una en directo que salía en un elepé doble. Esa versión la había utilizado muchas veces para cerrar Ozono, así que me servía bien para enlazar las dos etapas.

En ese primer Flor de Pasión, ¿ya utilizabas la sintonía de Paul Mauriat?

Sí, sí. La había oído en los sesenta, fugazmente, en un programa de televisión, cuyo nombre ahora no recuerdo. Tenía mucho gancho. Luego la recuperé gracias a unas chicas que eran como un club de fans mío. Dos hacían Biología y la otra Medicina. Estudiaban todas juntas. Yo las llamaba «Las Tres Gracias», y a veces venían a verme al estudio de Juan Bravo, cuando estaba en Popular FM. Un día me trajeron unos discos que habían encontrado en casa de la tía de una de ellas, y el primer disco que me pusieron fue el «Attends ou va-t’en», el tema que Gainsbourg le hizo a France Gall, en la versión de Paul Mauriat. Recuerdo que también me pusieron otro de Claude François, «Igual que si tú volvieras», y cosas de Aznavour, aquella de «Ayer cuando era joven», tan melodramática, que es para echarse a llorar constantemente [risas]. Aquello me marcó bastante, sobre todo la versión de Mauriat, que me retrotraía a los tiempos de la televisión de la segunda mitad de los sesenta. Así que pensé que podría ser la sintonía ideal.

Da sin duda un toque muy especial al programa. En cuanto la oyes, sabes que va a empezar algo distinto, te pones como con otra actitud.

Sí, es que la canción ya te lo dice: «Espera o vete». Con esto pretendo enganchar al oyente, y mientras dura la sintonía yo reflexiono y me concentro para dar forma a las sensaciones. La escucho además con cierto apremio, porque es una música que me llama, que me dice que tengo que espabilar, que el programa empieza. Es muy de bulevar. Piensas en París y en tardes lluviosas. Es una presentación muy poética. Lo cierto es que es como un semiplagio de una que cantaba Neil Sedaka: «One Way Ticket», la vuelta de «Oh, Carol».

Tras la sintonía, la primera canción que pones en Flor de Pasión es «Enter Maurice», de la Steve Miller Band. ¿Por qué esa canción?

Fue un homenaje a Alberto Azqueta, que había muerto unos meses antes en un accidente. Es una canción que yo descubrí gracias a él. Yo escuchaba mucho su programa. Él estuvo en los primeros tiempos de Radio España FM. Coincidió que tenía esa canción a mano y me pareció un compendio de cosas muy agradables. Era de paso un homenaje al doo-wop, porque la canción va sobre Maurice Williams. Es como un talismán.

Este primer Flor de Pasión duró tan solo cuatro años, porque te llegó una oferta que no pudiste rechazar.

Así es. Me hicieron una oferta de Radio El País. Me llamó José Manuel Costa y me dijo: «Pide lo que quieras». Fue un salto importante para mí, lo cogí con muchas ganas. Incluso antes de que se emitiera oficialmente, en el principio del verano del 83, ya estaba yo por allí. Fue muy intenso. El horario era por la noche, a las doce y media, después de las noticias, que las hacía Juan Ramón Lucas. Algunas veces se pasaba un poco. Pero yo cerraba siempre la emisora, claro. Terminaba a las dos. Fue tremendo, fantasmagórico.

Pero esa etapa no la recuerdas con mucho cariño, ¿verdad?

Es que fue una etapa muy rara. Estaba muy aislado por culpa de ese horario. Además la emisora se encontraba en Miguel Yuste. Yo tenía carné de conducir desde hacía mucho, pero tuve que ponerme al día dando clases. Hacía el viaje todos los días en el coche de mi padre, que en paz descanse, pero como soy un pésimo conductor aprendí a hacer todos los movimientos como si fuera un autómata, porque he tenido unos percances horribles. Temo no ya por mi integridad física sino por la de los demás. Soy un peligro público. Desde entonces no he vuelto a coger el coche.

En esa época, además, he de confesarlo, puse mucho a los Hombres G. Me habían mandado los dos primeros singles y los machaqué. Un poco al estilo de Gonzalo Garrido, que cuando se encariñaba con una canción la machaba. La verdad es que les hice muy buena promoción. Pensé que eran como la continuación de los Nikis, que me gustaban muchísimo. Los había visto cantidad de veces y eran mis preferidos, y entonces vi a los Hombres G como unos discípulos aventajados. Pertenecían también al sello Lollipop, y hasta llegué a pensar que lo mismo también eran de Algete [risas]. Luego los vi tocar en Rock-Ola algunas veces, pero la verdad es que no… Pero en el 83 fueron los reyes.

Estando en Radio El País, te llaman para la televisión.

Sí. Me llamó Carlos Tena, que siempre me ha querido mucho, y ya había tratado de meterme como colaborador en el programa Caja de ritmos, precisamente presentando a los Nikis. Luego hizo otro programa, Pop qué, que era un concurso en el que quería que yo hiciera como una especie de Don Cicuta, papel que luego hizo su primo, José María TassoTachuela. De ese programa se hizo un piloto conmigo, pero no salió. El caso es que cuando ya estaba fraguándose el A uan ba buluba balam bambú, Carlos Tena me llamó y aquello me pareció como un programa a medida. Fue trepidante.

Se te veía muy suelto, con una gran vena cómica. Con lo tímido que pareces en antena, ¿cómo te atreviste a participar en ese programa?

Porque había que hacerlo todo. En principio entré como asesor. Estaban también conmigo Patricia Godes y José Miguel Nieto. Pero Carlos Tena nos dijo un día que todos teníamos que hacer de todo. Así que hubo que tirarse a la piscina, y, lo confieso, yo mismo me sorprendía [risas]. Entonces fumaba muchísimo, aprovechaba todas las pausas para fumar en el plató. Tanto es así que tuve un día una subida de tensión y casi me quedo pajarito. Ya me había dado una parecida en un viaje a Italia, que casi no lo cuento. Cuando me tomaron la tensión, me dijeron: «Pero usted, con estos parámetros, ¿cómo está vivo?» Se quedaron… [risas]. Mi médico de cabecera quería quedarse con mi cuerpo para estudiarlo, porque decía que lo mío era un caso único [risas]. ¡Cada vez que me daba una subida de esas me saltaban los plomos! Como mi tocadiscos aquel, era la misma sensación [risas]. Me cortocircuitaba a lo bestia. Tuve que cambiar todo los hábitos, porque me asustaron de verdad: «Tiene usted días de vida», me dijeron. Así que me fue muy fácil dejar de fumar, claro. A pesar de todos estos contratiempos, continué en el programa, y cada vez con más gusto.

¿Cuál es el momento más loco que recuerdas del programa?

Haciendo de Diablo Cojuelo me pusieron una malla de un tamaño muy pequeño. Tenía que estar ahí embutido como si fuera una morcilla. Menos mal que no tenía diálogo ni nada. Era como jugar sin balón. Tenía que estar gesticulando así como un loco [pone cara de loco]… con una cola. Me salió muy bien, porque en verdad estaba ahí pasándolas canutas, muy apretado, con unos dolores horribles, y ese estado de crispación le vino muy bien a la escena [risas].

Hice también una vez de faquir, para un vídeo llamado «Me llaman Ali baba». Yo era como un intruso en el edén, y había una chica allí guapísima, que era de figuración, y yo tenía que estar a su lado mirándola como un sátiro, con un pedazo de turbante, un taparrabos… Tenía una pinta infame. Luego ese vídeo lo utilizaron para la promoción del programa, porque salía yo en una alfombra mágica, que salía volando con aquellos trucos cutres de la tele, con esas transparencias…

Ese atrevimiento como actor que mostraste en A uan ba buluba balam bambú lo explotaste luego en el cine, participando en algunas películas muy importantes.

El cine para mí es algo también sublime. Cuando me pongo en casa a ver películas que me gustan me pongo a llorar como una magdalena. ¡No te digo ya en pantalla grande! [risas]. Sobre todo, siento una admiración enorme por el cine español de los cincuenta y primeros sesenta, por esos actores de reparto tan grandes que hemos tenido, como Antonio Riquelme, Pepe Isbert, Manolo Morán, Gracita Morales, Lali Soldevilla, Manuel Alexandre… Ahí hay actores que es que me pueden. Ese cine costumbrista me ha marcado mucho. Berlanga sobre todo, las primeras de Marco Ferreri. Entonces, cuando Fernando Trueba me llamó para hacer de cura en El año de las luces, me acuerdo que me dijo que, haciendo el guion con Rafael Azcona, los dos habían pensado en mí para el papel. Yo decía: «Pero ¿cómo se van a acordar estos dos de mí?». Así que tuve que hacer de cura.

Confesaste a Manuel Alexandre.

¡Fíjate qué momento! Trabajar con Manuel Alexandre, con Sazatornil… Hice además el viaje con él. Primero a Vigo, luego al norte de Portugal, a una zona muy deprimida, en la serranía, que no tenía ni luz eléctrica ni nada. Era como España en los años cuarenta. Allí podías comer por dos escudos, el equivalente a dos pesetas.

Aquellos actores imponían mucho, pero ese papel creo que es mi capo lavoro. Estaba muy impresionado por todo, y la verdad es que me costó mucho trabajo, pero se quedaron todos muy satisfechos. Incluso la caída esa que me pegaba yo en el confesionario cuando Jorge Sanz me contaba sus pecados salió muy bien. Era muy de cómic [risas]. ¡Sapristi! Menos mal que no hubo que hacer muchas tomas, porque cada vez que me caía me daba unas costaladas… Estaba sometido a muchísima presión. Pero así salen las cosas. Es milagroso.

Y sí, yo creo que fue gracias al influjo de la televisión que me llamaron de muchos sitios. Tuve suerte. Llegué a tener rodajes solapados. Recuerdo que una mañana tuve que rodar una escena para Bajarse al moro, de Fernando Colomo, y por la tarde tenía otra para un capítulo que hice para la serie La mujer de tu vida, de Martínez Lázaro, con Victoria Abril. Por la tarde tenía que ir a un chalet que no sé ni por dónde caía, más lejos de Somosaguas, y por la mañana tenía que estar en Lavapiés, para rodar una secuencia en exteriores, que además era muy importante para la película. Por allí estaba Aitana Sánchez Gijón, que era su primer papel así protagonista, fue una revelación, y luego yo salía con Luis Perezagua, que intervino en algunos rodajes de A uan ba buluba balam bambú, haciendo los dos de ejecutivos. Tenía entonces que suceder todo en una toma, sin contratiempos. Me acuerdo de que le conté a Fernando Colomo que yo tenía luego otro rodaje, y que estaba muy nervioso, porque me tenían que recoger a las dos en Moncloa, y él me dijo: «No me digas más. Te va a dar tiempo de volver a casa, ducharte, comer, y llegar a las dos al otro sitio como un señor». Y, efectivamente, así fue [risas]. Fue providencial.

Lo del cine es que es un disparate. Me llamó también Berlanga para Moros y cristianos. Salgo en dos planos-secuencias de estos que son tremendos, que no puedes meter la pata, que tienes que hacerlo todo seguido porque no hay posibilidad de insertos, y… ¡buf!… El segundo de ellos fue horrible, la pifié muchas veces. Tuvimos que hacer cincuenta tomas, no sé. Luego no pude doblarla, porque no soy un buen doblador. Esa película la hizo Berlanga doblada, todavía trabajaba así. Por eso algunos ni me reconocen, porque voy con otra voz. Me dobló Julio Carabias, que tiene voz de pito. Fue un desastre, pero, bueno. Ahí quedó: estuve en una peli de Berlanga [risas].

Has estado en una película de Berlanga pero también has hecho de jurado en Operación Triunfo. ¿Cómo acabaste allí?

Porque soy muy blandito [risas]. A Mina la volví loca, la exasperaba [risas]. Fui un poco por obligación, porque me llamó Beatriz Pecker, la directora de entonces, y me dijo que al programa ya habían ido Jesús Ordovás y Julio Ruiz, dándome a entender que todos los que estábamos en Radio 3 teníamos que pasar por allí, tarde o temprano. Era una época de mucha decadencia en el concurso, y yo no calibré aquello, qué le vamos a hacer. Fui muy a regañadientes. El problema, además, es que yo no veía el programa, así que no preparé nada. Luego, eso de tener que ensañarse con los pobres aspirantes, de tenerlos ahí un poco de punching ball, no iba conmigo. Pero, bueno, había que hacerlo y lo hice. Me comporté como me sentía en aquel momento. No me preparé nada, y no me volvieron a llamar. Mejor para mí, claro, porque aquello fue abrasivo.

¿Cuándo te repescan en Radio 3 para Flor de Pasión?

Nosotros ya sabíamos que los días de A uan ba buluba balam bambú estaban contados. Yo solía comer entonces en Prado del Rey, y allí coincidía mucho con Fernando Argenta, que me conocía de los tiempos en que estaba en Radio España FM Onda 2. Era un seguidor mío, hablábamos de todo. Me pasó en su día discos de Micky y los Tonys. Siempre me saludaba muy efusivo, y en una de estas, en el mes de noviembre, cuando ya se sabía que lo de la televisión no iba a continuar, Fernando me contó que lo habían nombrado director de Radio 3, y me dijo que quería que Flor de Pasión estuviera en su emisora. Y yo encantado, claro. De mil amores. Entonces me puse en una especie de cuarentena, porque entre contrato y contrato en el ente tenía que pasar un tiempo. Así que tuve que esperar hasta abril de 1987, que fue cuando  empecé a trabajar en Radio 3, hasta ahora.

El programa reaparece en un momento de pos-Movida, en el que comercialmente la música española está muy fuerte. ¿Quién escuchaba tu programa entonces?

En esa época tenía muchos seguidores rockers, por el doo-wop sobre todo. Ellos se quedaban en cosas más elementales, tipo Elvis, o el Blue Velvet de Bobby Vinton, que me la pedían mucho, porque estaba la película entonces. También estaba la película sobre Jerry Lee Lewis y La Bamba, sobre Ritchie Valens. Loquillo era muy respetado entonces. También los Rebeldes, con Carlos Segarra. Pero todo esto derivaba del doo-wop que yo ponía, hasta el punto de que en España empezaron a salir grupos de este estilo, como Del Prince, Sparkles, Velvet Candles, los ChaflansYo he ido a muchos conciertos de ellos.

Luego me involucré mucho con el pop español, con personajes como Charly Misterio o Fresones Rebeldes. Me gusta también mucho Colajet Set. Felipe «Fresón» es un tío que sabe rodearse de la gente apropiada, y para las canciones tienen un olfato buenísimo. Pedro Vigil también me parece un músico muy bueno, y me alegra que con Petit Pop haya encontrado un filón. Vigil también es un hombre que sabe rodearse de la gente adecuada. Esa promoción asturiana, de Gijón, a la que pertenece Mar Álvarez, que viene de los tiempos de Undershakers, me influyó mucho. Ella es fabulosa, me parece un encanto, y tiene una presencia en el escenario arrebatadora.

Luego, no sé, está toda esa gente de Castellón de la Plana, ya desde los tiempos de los Auténticos, que fueron un grupo incomprendido en su momento, con Miguel Ángel Villanueva al frente, que es un tío que sigue y sigue. Es tremendo. Luego la parte de Shock Treatment, Depressing Claim, ReactivosJosé, el cantante de Shock Treatment, ha hecho con Luis, de los Reactivos, un grupo buscando el sonido de los grupos de chicas de los años sesenta. Estoy deseando verlos en directo.

Flor de Pasión es también muy celebrado por esos especiales tan exhaustivos que hacías. Hiciste algunos sobre los Hollies, Richard Thompson, Lovin’ Spoonful, el Brill Building, el surf. El que hiciste sobre el rhythm and blues de Nueva Orleans fue una pasada. ¿Cómo levantabas todas esas historias?

Mi interés por la música de Nueva Orleans, por ejemplo, tiene mucho que ver con una película que me gustaba mucho: Mi querido detective. Salía Solomon Burke y todo. Había también un libro, I Hear You Knocking, llamado igual que el tema de Smiley Lewis, compuesto y producido por Dave Bartholomew, que me abrió muchas posibilidades. Por suerte, gracias a Ace y a EMI empezaron a salir muchas antologías sobre este tipo de música. De Fats Domino salió un cofre con muchos discos. Luego la EMI sacó una recopilación sobre el rhythm and blues de Nueva Orleans, con cuatro cedés completísimos y un libreto fenomenal. Charly también empezó a sacar recopilatorios con las producciones de Allen Toussaint, y se reeditaron sus discos de los años sesenta y setenta. Salieron cosas de Ernie K-Doe, de Benny Spellman, de Eddie Bo… Hubo una eclosión de reediciones que me vinieron de perlas. Todo coincidió. En aquel especial puse también a los primeros grupos vocales que hubo en Nueva Orleans, que fueron muy pocos. Puse muchos temas de los Spiders, cuyos discos eran muy difíciles de encontrar. La verdad es que me lo curré [risas]. Luego yo iba aprendiendo al mismo ritmo que iba preparando los programas, fui descubriendo muchas cosas sobre la marcha.

Y los programas normales, ¿cómo los preparas? ¿Tienes alguna rutina?

¡Uf! Los hago aprisa y corriendo [risas]. En verdad me dejo llevar por la inspiración del momento. Yo me sigo llevando los discos a la emisora. Me están diciendo todo el rato que por qué no me llevo un pen drive, pero me resisto. Voy siempre cargado. Tengo allí un par de armarios repletos, que son como mi reserva especial. Siempre puedo llegar allí e inspirarme rápidamente. Pero no tengo ningún guion ni nada. El problema es que cuando estás bien, se nota muchísimo. Te puedes hacer el programa en un minuto. Empiezas y ¡chas, chas, chas!… Pero como me pille el día malo, lo sufro mucho. Empiezo a poner pegas, me veo lastrado… A veces me siento como Curro Romero [risas], porque no sé cómo me va a salir la faena. Pero hay que meterse con todo.

Ningún locutor de radio se ha comprometido con la audiencia como tú lo has hecho.

Siempre me he sentido muy cortado en los exámenes orales. Suspendía muchos. Incluso el PREU fue un examen oral. Me acuerdo de que era de francés, lo llevaba muy trabajado, pero la lectura que hice fue horrorosa porque iba muy tocado. Siempre me ha afectado hablar en público. La gente siempre me ha impuesto mucho. Y gracias a la radio yo he ido rompiendo esa barrera. Al principio estaba todo el rato asustadísimo. Pensaba que no iba a poder ser capaz de dedicarme a esto. Así que vivo todo esto como un desafío: imagino al que me escucha como un examinador. Luego me siento muy afectado. Esa es otra cosa que tengo superar. Tengo ese atavismo ahí, que va como en carne viva… Entonces para mí el programa es como un combate, en el que tengo que fajarme a mí mismo. A veces me digo: «No voy a terminar, no voy a ser capaz». Y me desfondo. Es una tensión terrible.

En directo te has roto muchas veces. Como cuando tuviste aquel accidente de tren, en el que murió tu chica, y lo contaste en antena.

Es que no podía hacer otra cosa. No podía canalizar lo que me había pasado. En aquel accidente lo di todo por perdido. La sensación primera fue: «Estoy vivo», pero no podía ver con el ojo derecho, lo tenía ensangrentado. Salí por la ventana de emergencia. La suerte es que la gente acudió en mi auxilio muy rápidamente. Salté del tren despavorido, porque aquello estaba ardiendo. Y nada, me tumbaron en el suelo, en un prado. Recuerdo que hacía una mañana muy bonita de sol. Era un 5 de enero, sobre las diez y media. Y ahí tirado pensé: «Aquí ya me quedo. Acepto todo lo que venga. Después de esto, lo que sea». En el accidente me partí la columna, y eso me ha influido mucho, porque me he quedado mucho más envarado. Ya no tengo la prestancia de entonces. Y además ahora tengo unas caídas de lo más tontas. Hace menos de un mes me tuvieron que llevar a urgencias en ambulancia. ¡Me di una! Iba a coger el tren. Llevaba los discos encima, una maleta llena de vinilos, y subiendo unas escaleras, me caí para atrás. No me podía ni levantar. Me cogieron los de seguridad, llamaron a la ambulancia, y estuve horas pensando que me había roto la espalda, porque me di en el mismo sitio que entonces, en la zona lumbar. Me quedé paralizado, como una ballena, ahí varada. Menos mal que el celador del hospital era oyente mío. Me miraron a fondo, y me dieron el alta enseguida. Estas son las secuelas que me quedan de aquel accidente. Fue sin duda un antes y un después en mi vida. Fue un impacto tremendo. Además pensaban que me había roto el cráneo, porque tenía la cabeza ensangrentada… Fue espantoso, una masacre. Mejor no recordarlo más.

Cambiemos de tema entonces. ¿Cómo viviste el ERE de Radio 3?

Lo viví con extrañeza. Jesús Ordovás ya me había anunciado que le llegaba la jubilación, porque él era fijo de la casa. Pero luego me extrañó que se prejubilaran otros amigos, como Chema Rey, Jorge Muñoz o Juan Antonio Fernández, que en paz descanse, porque ellos eran bastante más jóvenes que yo. No sé, pensarían que era el momento oportuno, porque lo cierto es que conservaban prácticamente el sueldo. Me decían: «Sigue tú, que tienes afición» [risas]. Y era verdad, por eso he seguido. Es que no veo otra manera ya de vivir. Además, al tener el contrato este que tengo, que es un contrato por obra, porque yo no soy fijo, estoy siempre en ese fondo de inseguridad. Me lo van renovando de forma automática, eso es verdad, pero en Prado del Rey quedamos solo dos personas con un contrato así. Por otra parte, me dejan hacer, no me siento encorsetado. Tengo esa libertad, y eso es lo que me ha permitido seguir tantos años. Lo cierto es que cada programa es un milagro.

Con semejante devoción por la música, ¿no te dio nunca por hacerte músico o cantante?

En Zaragoza estuve en el coro de una iglesia, y reconozco que aquello para mí fue un momento sublime. Cantábamos cosas de Palestrina, de Tomás de Victoria, de Haendel… Era lo máximo, sin duda, casi más que el fútbol. Pero yo hubiera querido ser, sobre todo, compositor. A veces pensaba que tenía un tonillo de estos que podía resultar, que era como una mezcla de muchas cosas, pero luego, al encajar las letras quedaba todo tan ramplón y delator… Se notaba claramente que era un semiplagio de otra cosa [risas].

Pero cantar, para mí, es realizarse del todo. No sé si tendría yo resuello suficiente, pero para mí cantar es lo más cerca que se puede estar del cielo. Por eso a veces me encuentro tan deprimido, porque las canciones se apropian de uno. Te ponen en  trance. Para mí han sido verdaderos clavos ardiendo. Qué bien traído está el nombre de Discos Medicinales, la tienda y el sello discográfico que tiene Miguel Ángel Villanueva en Castellón, porque es verdad. Las canciones funcionan así. Cuando estás en lo más alto, todo ayuda. Vaya, te atreves con todo. Cuando estás deprimido, aunque te esfuerces muchísimo, a veces no encuentras las canciones adecuadas. Pero cuando estás entero, pruebas y pruebas, y al final sale, das seguro en la diana. La música, al final, es un poco baratija, es una cosa intrascendente, pero me influye mucho.

Lo decía Nik Cohn en su libro Awopbopaloobop Alopbamboom. Él ponía en claro lo que me pasa: las canciones tienen que llegar y ¡paf!, adueñarse de uno. Estás en un supermercado, tienen puesto el hilo musical, y cuando menos te lo esperas, ¡paf! Es un chispazo que aparentemente no tiene trascendencia, no es una cosa a la que le veas un gran fundamento. Es muy difícil teorizar sobre esto. Solo los grandes intelectuales son capaces. Serge Gainsbourg lo expresaba muy bien, porque él lo que quería en realidad era ser pintor, y para él lo de componer era un arte menor. Aun así consiguió hacer lo más grande, pero tuvo siempre ahí ese resquemor…

¿Cuál ha sido el concierto de tu vida?

Uy, he ido a tantísimos… Recuerdo mucho el de los Ramones con Nacha Pop. Fue en el mes de septiembre, y hacía un calor horrible. Sentía esa claustrofobia que tenía entonces, que no sé cómo pude entrar y salir. Me sentía aprisionado, pero estaba que no tocaba el suelo, levitaba.

Luego vi a Jethro Tull en el Palacio del Madrid, en 1972 o así. Yo estaba entonces muy influido por Thick as a Brick y Aqualung. Aquello sonó de miedo. Estaban en un momento dulce, fue un lujazo. Me invitó Juan Casado, que en paz descanse, que entonces trabajaba en Ariola, y tuvo ese detalle. Fue un momento cumbre.

Recuerdo también ver a los Kinks, pero ya un tanto mayores, en el Rockódromo. Sentí una claustrofobia como nunca, pero no tocaba suelo tampoco. Fue tremendo.

Ver por ejemplo a Status Quo, cuando vinieron al Monumental, en la primavera de 1975, me marcó. Tenía un dolor de muelas tremendo y se me pasó con el rasca-rasca ese… [risas]. Estábamos todos subidos sobre los asientos. Fue genial. En el Monumental también vi a Kevin Ayers. Fue mucha gente además.

A Kevin Coyne lo vi en una cosa que organizó Virgin y fue… ¡uf! Me acuerdo además del pundonor que tenía, porque el tío quería seguir tocando y le echaron el telón. Fue tremendo. ¡Me galvanizó!

Y ya más temprano, hace un año justo, ver aquí a Black Lips, me pareció portentoso. Eran muy jóvenes, pero les salía todo. Dominaban todos los palos. Yo quería huir de la transmisión de la final de la Champions [risas], así que me dije: «De perdidos al río. Veo un concierto. Paso de todo». Y estos de Black Lips me salvaron la vida. Sonaban divino. Entré tropezándome con las mesas, y me llegué a poner en primera línea. Estaba aquello petado. Me inspiró. Fue un antes y un después.

Luego, nunca vi a los Beatles, y tendría que haber disfrutado más la vez que fui a París a ver a Bob Dylan ex profeso. Pero estaba muy cerca Catherine Deneuve, vestida de rojo, y me pasé todo el concierto mirándola, no me podía concentrar… [risas].

Y tu artista favorito, ¿quién es?

Michel Polnareff es mi favorito. Por lo inesperado, siempre.

¿Qué disco te llevarías a una isla desierta?

¡Urgh! [pone cara de horror]. No sé. Highway 61 Revisited, por su trascendencia. Es el disco en el que Dylan se electrifica.

Y, para terminar, ¿cuál es la canción de tu vida?

Por influencia debería decir que la canción de mi vida es «Like A Rolling Stone», pero luego hay cosas sueltas que han ejercido una influencia en mí muy benéfica. Esa canción que se llama «La marcha nupcial», de George Brassens, por ejemplo, pero en la adaptación al italiano de Fabrizio de André, me parece conmovedora. Siempre la utilizaré. Y luego, en castellano, una que me trae grandes recuerdos, y eso que es de hace siete u ocho años, es «El hombre del tiempo», de Lois Casino. Esa canción me deja desarmado. Tiene un fondo como de melancolía, que es algo que me empapa siempre.

 


El Chivi: «Creo que mis canciones son un canto a la libertad»

Fotografía: Ángel L. Fernández Recuero

José Córdoba, el Chivi. El Chivi, José Córdoba. Estas son las dos caras de nuestro entrevistado. Un cantautor que ha tenido que pasear por lo extremo, lo sórdido y lo sexual para hacerse un hueco en ese mundo que llaman de la canción. En su haber está el título honorífico de haber sido un fenómeno viral casi antes de que los fenómenos virales existieran tal y como los conocemos. Con sus canciones, los adolescentes de finales de los noventa y principios de la década del 2000 crecimos descubriendo pinceladas de poesía entre los escombros de la moralidad más laxa. Una pluma ágil, unas canciones que dicen cosas que te excitan o te incomodan, tal vez al mismo tiempo. Un artista luchando por colocar su nombre entre nuestras listas musicales mientras convive con un pornoautor que se le esconde por dentro.

En los escolapios te conocían.

No es que me conocieran, es que me imagino que el psicólogo que había cuando yo era pequeño se jubilaría, y pusieron a otro psicólogo que fue a verme a un concierto, y al final de la actuación se acercó y me pidió una firma para sus compañeros de los escolapios. Y yo le dije: «Pues yo estudié en los escolapios». Y me dijo: «Pues que sepas, como hay varios colegios en Madrid, que en este colegio, en la calle tal, tienes muchos seguidores». Dije: «Ha sido mi colegio, estudié allí toda la vida. EGB, BUP y COU».

Llegaste hasta a ser delegado de la clase y todo.

Era delegado pero cuando era más niño. He sido buen estudiante, y buen niño, pero luego fui un cabrón, era el que imitaba a los profesores y les traía por el camino de la amargura. Pero era muy formal y muy buen niño. Me decían: «De cualquier otra persona podríamos haber pensado que hiciera estas canciones, pero de ti nunca nos lo hubiéramos podido imaginar».

¿Y alguno de tus profesores se llevó alguna desilusión?

Cuando yo estudiaba eran casi todos laicos ya. Había pocos curas. Pero de los curas que había y me habían dado clase… Mientras yo repartía discos de regalo en la sala de profesores hubo algunas caras un tanto extrañas.

Además cantaría todo el mundo «Radikal».

Claro, era la época justo del primer disco. «Radikal», «El abuelo es gay»… todas estas canciones. Pero luego he tenido la suerte de que han querido ir a verme. Mi profesor de Historia me llevó a la clase que iba a dar en ese momento él, y dijo: «Hoy os va a dar una clase magistral un antiguo alumno, que tenéis que aprender mucho de él». Y dijo: «No sé si del tema musical tenéis que aprender demasiado, pero como estudiante, sí, porque fue un gran estudiante». Y a partir de entonces todos los chicos se daban la voz: «Este es el Chivi». Y estoy muy orgulloso de haber sido escolapio, yo aprendí mucho y bien en ese colegio.

Y a tus vecinos les gustan mucho tus canciones, ¿no?

Eso lo vamos a obviar [risas].

Siguen siendo vecinos.

Claro, siguen siendo vecinos. Vivo con mi novia ya, pero siguen viviendo en el bloque de mi madre. Pared con pared.

¿Quién es José Córdoba?

José Córdoba es una persona de lo más normal. Una persona a la que le gusta lo que le gusta a la gente normal: el fútbol, el cine, el teatro, salir con los amigos… de lo más normal. Que no destaca por nada especialmente.

Eso es ya una manera de destacar, porque hay muy poca gente que lo reconozca. ¿Quién es, entonces, el Chivi?

El Chivi es un personaje que ha creado José Córdoba para cantar un tipo de canciones que le daría cierto reparo que se cantasen con su nombre normal, como José Córdoba. Cuando yo empecé a hacer ese tipo de canciones, de cachondeo, bizarras, mis amigos, que me llamaban Chivi por esa época, porque llevaba perilla, empezaron a decirme que me pusiera un nombre artístico para cantar, y qué mejor nombre que con el que me apelan mis amigos: Chivi. Y me pareció un nombre divertido, así que… Chivi es esto: un personaje que yo he creado para subirme en el escenario y cantar estas canciones.

¿Cómo ve José Córdoba a Chivi?

Ahora, con la perspectiva que da el paso del tiempo, que siempre se dice esa frase, hay algunas canciones del Chivi que me parecen aberrantes. Sobre todo las primeras, que eran canciones que yo escribía para mis amigos sin pensar que las iba a grabar en un disco, y que iba a escucharlas un público que no solamente eran mis amigos, que iba a dar conciertos con ellas y a hacer giras, cantando en directo. Hay canciones que obviamente yo hacía para ellos y ahora me parecen superfuertes y con frases, además, que me hacen preguntarme cómo he podido escribir eso.

¿Han podido hacerte daño en algún sentido?

No, daño no, pero me producen incluso cierto pudor. Eran canciones que no tenían ningún tipo de censura, porque yo con mis amigos el lenguaje que usaba era así. Tenemos confianza unos con otros como para decir todo tipo de bestialidades cuando estamos juntos. Yo creo que son también parte del éxito de cómo empezó el Chivi. Eran canciones frescas, que el tío no se corta ni un pelo, dice lo que piensa y lo que se le viene a la cabeza.

Lo que le sale de la punta del boli.

Eso es.

¿Alguna vez te has mirado en el espejo y has pensado: estoy hasta los cojones de este disfraz? Acabas de decir que el Chivi es un personaje.

No. Chivi… me ha dado muchísimas cosas buenas, casi todas buenas, he podido conocer España haciendo conciertos, he podido conocer a mi público, al que le gustan las canciones, del cual he hecho amigos a lo largo de estos años, y sobre todo he tenido la satisfacción de hacer lo que me gusta, de hacer canciones de humor, que creo que es algo bastante complicado. Escribir canciones de humor y hacer reír a la gente es una satisfacción: ver que hay gente que se lo pasa bien, que se olvida de sus problemas durante el tiempo que dure el concierto, y se está riendo y está con la sonrisa en la boca, es una de las cosas por las que sigue valiendo la pena hacer canciones del Chivi. Estar hasta los cojones… no. Sí me ha dado cosas malas, pero no como Chivi en sí, sino por causas ajenas a lo que es el personaje. Yo creo que lo único negativo que he tenido en estos años ha sido que se colocaron una serie de canciones a mi nombre en internet, que tenían tintes racistas, y yo estaba en una discográfica pequeña y no tenía medios para llegar a las televisiones, a los grandes medios, para desmentirlo y para decir: «Oiga, estas canciones las han colgado a mi nombre pero no tienen nada que ver conmigo ni con mis ideas», porque mis canciones hablan de sexo, de cosas surrealistas, de burradas, son canciones que critican sobre todo el Gobierno del PP, critican a los pijos… siempre desde una postura del cachondeo. Ni yo soy una persona homófoba ni racista, y que te tachen de eso es bastante duro, sobre todo cuando no lo eres y cuando eres todo lo contrario. El que se diga: «Es que eres un racista al hacer canciones de estas», y caérseme conciertos por eso. Llamarme el dueño de la sala: «Esto no lo podemos hacer porque ha venido gente y nos han dicho que eres un racista». Si yo fuera así, pues no me importaría, pero como soy todo lo contrario… Creo que mis canciones son un canto a la libertad, y que desde luego con esas ideas en otra época me hubieran fusilado. Es lo único negativo que me ha dado Chivi, todo lo demás ha sido positivo.

¿Por lo que podemos asegurar que José Córdoba no es racista?

Todo lo contrario. Soy una persona a la que le gusta la multiculturalidad, vivo en Lavapiés, que es el barrio multicultural de Madrid, el más étnico… he tenido una novia colombiana durante años. Ni mis ideas ni mi persona tienen nada que ver con esas canciones que colgaron a mi nombre. Es jodido sobre todo por eso, porque no tengo los medios para defenderme y poder decir que yo no soy así. Y luego que vaya gente a los conciertos a escuchar esas canciones y me digan: «Oye, no has cantado esa canción». Y tener que decir que no es mía, y que me digan: «Pero por qué, pero si mola un montón». Y tener que decir: «Pues a mí me repugnan esas ideas, y me parece detestable lo que dice esa canción». Igual a algunos les parece muy gracioso, pero a mí me parece algo detestable. Pero es lo único, y pesan más las cosas positivas que me han pasado.

¿Y sabes por qué te dieron la autoría de esas canciones?

Las colgaron a mi nombre porque yo fui uno de los primeros cantantes en internet que colgó sus canciones. Entonces colgar una canción con el nombre de Chivi era sinónimo de que la gente se la iba a descargar y la iba a escuchar. Y no sé cómo surgió que colgaron un par de canciones racistas. Además de eso… la del negro ni siquiera es una canción racista, uno hasta se tiene que informar de lo que han colgado. Efectivamente, esta es de un tío argentino que a lo que se refiere, igual que aquí a los del Atlético de Madrid se les llama vikingos y a los del Madrid, indios, y a los del Barça culés, pues no sé si los del River, o el Boca, se les llama negros de la cabeza grande. Y el argentino les llama negros a unos que no son negros ni nada… a un tipo de gente de allí, de hinchas. Y ni siquiera es una canción racista, pero aquí la gente la cogió como si fuera racista. A mí lo que me sorprende es que «no, no somos un país racista», y joder, esa canción es de las más escuchadas que hay. Es acojonante.

¿Cómo ves el panorama musical en España?

Lo veo con tristeza porque sobre todo soy una persona a la que le gusta la música, y la gente que quiere dedicarse a la música lo tiene complicado, por no decir imposible ahora mismo. Es tristísimo que ahora mismo unos amigos que forman un grupo en su barrio para tocar y quedan para ensayar no puedan salir de su barrio o de su ciudad a hacer conciertos porque no hay apoyo de pequeñas discográficas. Han cerrado prácticamente todas las pequeñas y las medianas. Las grandes no quieren a nadie que no sea un producto.

Un muñeco.

Un muñeco, sí. Un grupo que les funcione dos años, tres años a lo máximo, y a los tres años sacar a otros y que no les funcionen exactamente por la música que hacen, sino por la cara bonita que tienen. Es así de crudo. Es que si Pablo Alborán fuera un tío como yo y cantase esas canciones, a lo mejor no se comía un colín.

«Tú, y tú, y tú, y solamente tú…», eso igual te llega al alma aunque no fuera guapo.

Y creo que Pablo tiene muy buena voz y canta muy bien. A mí no me gustan precisamente sus canciones, pero es un tío que tiene voz y tendrá talento, seguramente. Pero creo que si tuviera otro tipo de físico, le hubiera sido mucho más difícil. A lo mejor también habría llegado, pero habría sido mucho más difícil. Porque últimamente lo que sale es eso, productos para chavalas jovencitas. Que está muy bien que haya estos productos, pero lo triste es que solo hay eso y nada más. En los años ochenta y en los noventa había eso, pero también había otros grupos detrás que estaban empezando.

Yo escuchaba a Pedro Guerra, que no es de los guapos oficiales. A lo mejor hoy lo tendría más difícil, ¿no?

Puede ser. Es mi opinión, que seguramente no tendré razón, pero creo que la música se ha vuelto un producto. Las discográficas han dejado de creer en la música porque su negocio era vender discos y no se venden, y cuando eso pasa, dejas de creer y de apostar por lo que es tu negocio, y se han pasado a los artistas que están consagrados ya, a mantenerlos y dedicarse al negocio de los conciertos, que es lo que realmente da de comer a los cantantes. Te hablo de cantantes como Alejandro Sanz, Sabina o gente consagrada ya. Mantenerlos y que den conciertos que sean negocios.

Como José Córdoba, que me conste, has sacado un disco, Estado natural, con unas letras muy trabajadas. ¿A quién se parece José Córdoba componiendo?

Hombre, tengo muchas influencias de Joaquín Sabina, que como letrista es el que más me gusta. Pero escucho todo tipo de música. Me gustan mucho los clásicos como pueden ser Serrat o Aute, que son ya gente que se pueden considerar clásicos. Y me gustan mucho los nuevos, Pedro Guerra, Ismael Serrano. Como Chivi, a la hora de hacer canciones, Javier Krahe, que falleció va a hacer un año. Me parece uno de los genios y pioneros haciendo canción de humor en España, trayendo lo que llevó Brassens a Francia. Y siguiendo esa estela de hacer canciones era un maestro escribiendo. Ya te digo, me gusta todo tipo de música. Sobre todo me gusta la música clásica y la ópera, que es lo que más escucho, pero vamos, escucho desde AC/DC, Springsteen, U2. Música en general.

Música clásica y ópera.

Nunca ha habido en mi casa afición a la música, a ningún tipo de música, y cuando tenía catorce años, empecé a hacer una colección de esas de los kioscos. Me compraron mi primer equipo de música, con el compact-disc, que entonces era algo muy novedoso, el no va más, pero decían: «Esto es sobre todo para escuchar música clásica». Y empecé a hacer una colección, iba todas las semanas al kiosco a comprarlo y me empecé a aficionar poco a poco, es algo que me ha llegado y que me emociona siempre que lo escucho. Me gusta todo tipo de música clásica, desde la barroca hasta la contemporánea, y la ópera, que llegué a ella más tarde y me costó más entenderla.

Dime una ópera y una obra clásica.

En música clásica y ópera es de lo poco en que me puedo considerar un pequeño experto. No un grandísimo experto, pero de lo poco que puedo decir, porque he leído mucho sobre ello, además de escuchar. En ópera sobre todo mis dos autores preferidos son Puccini y Richard Strauss. La ópera de Richard Strauss que me encanta es El caballero de la rosa, y la escena de la entrega de la rosa es de mis preferidas. Y el conjunto que hay al final de voces femeninas me gusta especialmente. En música clásica, si tuviera que quedarme con dos o tres compositores, serían Chaikovski, me gustan también las sinfonías de Shostakóvich, y los de siempre, Mozart y Beethoven me encantan… Bach me parece un genio.

¿En ópera eres wagneriano o de Mozart?

Me gusta todo tipo de ópera. Pero soy más wagneriano. Mozart me parece que tiene unas óperas muy pesadas, porque es muy repetitivo. Claro que tiene melodías buenísimas, pero Wagner son palabras mayores. Fue el que innovó todo. Fue quien inventó la ópera moderna. Hacía el libreto y la música: todo. El concepto de obra total. Wagner era el rey de Baviera. Se montó el teatro solo para él, para que se estrenaran sus obras. Y me gusta mucho la ópera francesa: Massenet, GounodBizet, etc.

¿Y la zarzuela?

La zarzuela me encanta. Es la gran olvidada. Creo que hay zarzuelas que musicalmente superan a muchas óperas y la gente no las conoce. Doña Francisquita, o La Dolores de Bretón. El gato montés de Penella, que es una maravilla. Es una de mis grandes aficiones, la música clásica y la ópera.

Estás preparando un disco nuevo a nombre de José Córdoba.

Lo he terminado de grabar, estamos empezando las mezclas, y la masterización, que es lo que queda, y he tenido la suerte de poderlo grabar con uno de los grandes productores, además de ser un regalo trabajar con él, porque es una persona a la que admiraba. Admiraba su trabajo, sus producciones: José Antonio Romero. He podido grabar con músicos de Sabina, como Jaime Asúa y Mara Barros que han hecho los coros, Antonio García de Diego, que ha venido con la guitarra en una de las canciones… José, que ha grabado las guitarras en todo el disco, Anye Bao, que es el batería de Estopa. Ha sido un lujo y un regalo, de esos que te da la vida, poder grabar el disco con ellos. Y que a José le gustase el proyecto y dijera que sí… ha sido un regalo. Sale en octubre, se va a llamar Polos opuestos, que es el título de una de las canciones. Y estoy como loco con él, como un niño con un juguete que acaba de abrir. Es ahora mismo lo único que escucho, mi disco, las mezclas… una y otra vez, y esperando a que llegue la mezcla definitiva.

¿Te ves comiendo de la música?

No. Nunca he hecho música pensando en ganar dinero. En principio porque soy una persona que no da valor al dinero, creo que el dinero es para divertirse y gastárselo con la gente que quieres. Y no seré el más rico del cementerio, creo que eso es una gilipollez. Como nunca he hecho música para dedicarme a esto, siempre me lo he tomado como un hobby, pues nunca he pensado en hacerme rico con la música. Que si llega, pues mira qué bien. Sobre todo me serviría para viajar, que es lo que más me gusta… viajar con mi novia, y con mis amigos, con la gente que quiero. No sé si me veo viviendo de la música o no, pero es algo que tampoco me importa. Me importa en el sentido de cómo está ahora de mal el trabajo, y que dedicarme a lo que yo he estudiado, al derecho, es complicado ahora mismo, pero, bueno, solo por eso, no por ganar más o menos dinero con la música.

Las letras de tus canciones están llenas de pollas, de coños, de enanos sodomitas, de embarazadas en celo, de lumis, de carcas que van a misa, etc., pero de vez en cuando hay algunos destellos de historia, de filosofía, de pensamiento profundo… ¿es porque te sale, o porque lo quieres meter para que se vea que además de pollas y coños hay más?

Eso es porque lo quiero meter ahí. Yo quiero que en todos los discos haya algunas canciones que en el fondo están protestando por algo que no me gusta de la sociedad. Ya en las primeras maquetas, la canción de los pijos, es una crítica al pijerío… no a la gente que lleva ropa de marca, sino a la forma de ser. «Porque yo soy hijo de papá y soy así y qué guay es todo» [tono afectado]. Esa gente me parece que está vacía, que no tiene nada. Puede tener el dinero de papá, pero no tiene nada en la cabeza, ni grandes intereses, ni conoce cosas que hay que conocer de la vida.

Pero esta entrevista es para Jot Down. ¿Tienes algo en contra de las camisas de cuadros y las barbas  y las gafas sin cristales?

[Risas] No tengo nada en contra de las maneras de vestir.

Es que si no, tendríamos que censurar.

Mientras haya una higiene y una limpieza…

Eso no lo podemos asegurar porque no los conocemos a todos.

Lo que quiero decir es que siempre hago crítica, por ejemplo a la telebasura. Crítica con dureza a la nadería absoluta, que es una manera de abducir a la gente para que no piense y solo se preocupe de lo que no se tiene que preocupar.

Pero los programas de telebasura son los más vistos.

Sí, sí. A mí no me gustan. Ojo, lo critico y lo veo también. Para criticar algo hay que verlo, y saber de lo que estás hablando. El otro día estuve con una periodista, y canté una canción que se llama «Nos hemos vuelto locos», que habla de la telebasura, y le decía: «Ojo, que yo te estoy criticando esto, pero yo soy una maruja que veo Sálvame y veía Crónicas marcianas». Para criticarlo hay que verlo. Y creo que sí, que puede estar muy divertido en un momento dado, pero que todo se reduzca a eso, eso es lo que me parece mal. Que llegue un momento en que todo se reduzca a si fulanito se ha acostado con menganito, o si le ha puesto los cuernos a fulanita. Hago crítica por ejemplo en canciones como «Salsa rosa», o la canción de la prima de riesgo, que es un relato de España, con sus cosas buenas y sus cosas malas, y el momento que estamos pasando ahora mismo. Canciones que he escrito a lo mejor hace cuatro o cinco años, siguen estando vigentes, por desgracia. Y más que nunca. Intento que en mis canciones, además de caca-culo-pedo-pis, haya algo más. Que en el disco haya dos canciones que sean un divertimento, que solo sean para jiji jaja, pero siempre quiero que haya algo más. «Mi princesa», que es cuando se casaron Felipe y Letizia, es una canción protesta pero hecha con respeto. No hay por qué insultar a nadie para dejar claras mis ideas republicanas, en este caso. Un poco de todo.

¿Cuáles son los autores o grupos inexcusables para José Córdoba a día de hoy?

Hombre, yo es que no soy nadie para dar consejos, pero para mí la obra de Joaquín Sabina se debería de estudiar en los colegios. Sobre todo en un curso sobre cómo escribir canciones deberían estar Sabina, Serrat y Aute, que son los tres pilares de la canción de autor en España.

¿Y de la nueva hornada?

Luis Ramiro me parece un genio. Le conozco personalmente, estuve viéndole hace tres semanas o así en Libertad 8. Creo que ha ido mejorando a pasos agigantados. De su trayectoria, este último disco me parece buenísimo. Marwan me gusta también. Andrés Suárez, Antílopez, que se dedica al humor, también… muy bueno. Y creo que hay nuevas generaciones que son muy, muy buenos.

Todavía hay futuro, ¿no? Hay gente que viene apretando fuerte.

Sí, todavía hay futuro. Lo incomprensible es que, por ejemplo, Luis Ramiro no esté tocando ya en el Palacio de los Deportes, por ejemplo. Que tiene mucho éxito, pero para mí es ahora mismo de los que más valoro. Creo que tiene unas letras y una música excepcionales.

Háblame del desencanto. En muchas de tus letras se trasluce un poco de desencanto con la vida, con el sistema, con la economía, con la política…

Yo creo que es normal para quien viva lo que estamos viviendo, aunque no me gusta que me pueda el desencanto en las letras que escribo, se refleja lo que está pasando. Cómo está la política, los refugiados, el terrorismo, la sinrazón de matar por matar, de la violencia porque sí que hay en el fútbol ahora mismo, por ejemplo. Gente que sale a la calle a pegarse con otro. Yo, que soy en el fondo una persona muy pacífica, aunque mis canciones puedan ser violentas, no me he peleado nunca, y creo que por encima de todo tiene que estar la palabra y el entendimiento antes que la fuerza bruta. Creo que es una locura lo que está pasando con la violencia, gente a la que le gusta la violencia. Luego dicen: «no, es que es culpa de los videojuegos». Yo creo que es culpa de la sociedad, que está enferma. Y que cada vez hay gente que está más enferma. La gente que va a pegarse porque sí es gente que tiene un problema y serio.

¿Crees que hay salida, o esto huele demasiado a siglo XX?

Pues no sé qué decirte. Me gustaría pensar que sí hay salida, y que las cosas pueden cambiar, pero yo creo que mucha de la culpa de lo que está pasando es de un sistema educativo en el que estamos educando a las nuevas generaciones en unos valores y en unas ideas que no son las que deberían. Yo creo que a nuestros padres, y el fútbol ha existido desde hace muchísimo tiempo, nunca se les pasó por la cabeza salir a pegarse con otros solo porque son de un equipo contrario. O de liarla como los antisistema, y quemar coches que son de gente que a lo mejor ha pedido un crédito para poder pagar, que son curritos, y salir a quemar coches y a liarla parda. Yo creo que eso a la generación de nuestros padres y nuestros abuelos les parece impensable.

En aquellas generaciones no era muy recomendable salir a protestar…

Ya, bueno. Pero de lo que hablo es a nivel global, no solo nuestro caso. Guerras sí ha habido, pero es que guerras sigue habiendo. Es verdad que media España mató a la otra, pero fue por obligación, no por salir a buscarlo. Fue porque se enfrentaron los dos bandos y se dieron de hostias, pero no salieron a pegarse, y te tenías que ir al ejército a un bando sí o sí. Esto no es salir de tu casa a buscar pelea. La violencia no era como ahora, que es salir a buscar gresca con alguien sin conocerle y sin saber cómo piensa. Había una pelea entre dos bandos que pensaban distinto. No creo que haya unas grandes diferencias ideológicas entre los hinchas de Rusia y los de Inglaterra. Pegarse solo porque es hincha de otro equipo… En aquel caso, se estaban jodiendo unos a otros, y hubo un momento en que estalló. Pero no creo que los hinchas de Rusia estén jodidos por los hinchas de Inglaterra todos los días.

Yo de pequeño quedaba con los del pueblo de al lado para tirarnos piedras.

A mí es que eso no me entra en la cabeza.

Eso se hacía habitualmente.

Yo creo que es un problema educacional. Creo que se está educando en unos valores equivocados.

¿Y no te da miedo que tu discurso sobre los valores se interprete como un discurso de derechas, conservador?

Yo es que educaría a la gente en la no violencia, no creo que eso sea un discurso ni de derecha ni de izquierda. Se trata de respeto a los demás.

Me refiero por la frase que utilizas.

Sí, entiendo. Pero lo que defiendo es que se respete, nada más. A mí me han educado así. Soy del Madrid y puedo estar con una persona del Barcelona y no se me ocurre darle una hostia solo porque sea del Barcelona. Pero es que no se me pasa por la cabeza. No puedo entender a un tío del Madrid que se pegue de hostias con uno del Barcelona solo porque es de un equipo de fútbol diferente. Igual que creo que salir a quemar coches y contenedores y liarla parda no me parece que sea la mejor manera de hacer una protesta. Creo que una protesta no puede perjudicar a los comerciantes, por ejemplo, que tienen su negocio y les están fastidiando. A mí me parecería bien que jodan a los políticos, que son los que realmente tienen la culpa, pero coño, ahí no hay huevos.

Chivi empezó en internet e internet estuvo a punto de matar al Chivi. Has dejado claro que no eres racista, pero ¿has tenido problemas con el feminismo de las redes?

Es curioso, pero no.

¿No te consideran un machista?

No me consideran un machista. Solo he tenido problemas por canciones que no son mías, pero por mis canciones, no. Yo creo que mis canciones no es que sean machistas, es que están escritas desde la óptica de un hombre, de un tío. Si lo hiciera desde el punto de vista de una mujer, se me tacharía de feminista. No soy para nada machista. Yo soy quien cocina, hace la casa… de machista tengo muy poco. Y sería incapaz de levantarle la mano a una mujer… ni a una mujer ni a un hombre. No le pegaría a nadie, pero a una mujer, menos. Y sobre todo a una pareja, a una persona con la que a lo mejor ya no tienes relación o quieres romper con ella, pues rompe con ella. El maltrato es algo que se me escapa de la cabeza. Si no quieres estar con una persona, déjala, rompe con ella y punto.

Eres licenciado en Derecho. ¿Elegiste la carrera más obscena por puro morbo o también consideraste el periodismo?

Yo querría haber sido periodista.

Lo sabía.

Pero en mi casa me dijeron: «No, que te vas a morir de hambre. Periodismo puedes hacerlo cuando termines Derecho». Y lo hubiera hecho si no se me hubiera cruzado la música en el camino en el último curso de Derecho, llegó una discográfica diciendo que podía grabar un disco, que era mi ilusión de toda la vida dedicarme a cantar y hacer canciones, y ahí ya se quedó aparcado el proyecto de periodismo.

¿Y cuándo descubre uno que tiene una voz agradable y que puede hacer canciones?

No considero que tenga una voz agradable. Ni tengo una gran voz ni soy un virtuoso. Rasco la guitarra. La música me ha gustado desde siempre, desde muy pequeño. A hacer canciones empecé con trece o catorce años. Canciones, obviamente, que no eran Chivi, que llegó cuando estaba en la facultad. Uno no descubre que sirve para hacer canciones. Yo escribo canciones, y no sé si sirvo o no. Cuando sí me di cuenta de que lo que hacía tenía sentido, fue cuando el público empezó a ir a los conciertos y a tener los discos y a escribirme e-mails y mensajes por Facebook diciéndome que le gustaban las canciones. Y piensas: a lo mejor no estoy equivocado haciendo canciones y tiene sentido dedicarme a esto.

¿Dónde te ves dentro de diez años?

Dentro de diez años  me gustaría verme en la Tercera República Española.

Me duele preguntártelo, pero… ¿has olido alguna bolsa de basura alguna vez, has follado con difuntos, tu abuelo fornica con efebos de falos fabulosos? ¿Eres un provocador o un iluso?

Un provocador.

Y un poco iluso, ¿no?

Bueno, sí. Decir todo eso sin haber practicado ninguna…

¿Te sigue hablando tu abuelo?

Mi abuelo murió cuando yo tenía dos años, o un año y medio. Mi abuelo fue legionario… imagínate si hubiera escuchado «El abuelo es gay». Mi madre siempre me dice: «Pues le hubiera gustado, porque eras su nieto»; soy hijo único, nieto único… y habría claudicado. Al que tiene un nieto, se dedique a lo que se dedique, le va a parecer bien.

Un provocador, entonces.

Soy un provocador. Además, me gusta provocar porque lo que detesto profundamente son las personas moralistas. Y la falsa moral. Mis canciones son un poco para provocar, para meter el dedo en la llaga a esas personas que son tan biempensantes y «Ay, esto tiene que ser así porque siempre ha sido así». Las canciones, en general, son un canto a la libertad, a todas esas cosas que no podíamos decir hace años, pero que sí podemos decirlas ahora. Probablemente las hubiera dicho hace cincuenta años y me habrían fusilado, siempre se lo digo a mi madre. Mi madre es una persona muy tradicional, hija de legionario, trabajó en el ABC, pero trabajó en máquinas, en la imprenta, no era periodista… pero viene de una familia tradicional. Cuando discuto con ella de política, que me dice: «Es que antes no había tanta delincuencia». Y le digo: «Lo que no había antes era libertad. Es que tú ten en cuenta que a mí a lo mejor me habrían fusilado solo por cantar estas canciones». «No es para tanto», dice [risas]. Sí, seguramente habría estado en la cárcel. A ella le gustan mis canciones, a pesar de ser tan tradicional y de otra época.

Te voy a lanzar unas cuantas palabras y tú eliges una: izquierda, derecha, arriba, abajo o Kafka.

Yo me quedo con izquierda. Izquierda y con la gente de abajo.

¿Has percibido la erótica del escenario y la guitarra?

Poco. Me hubiera gustado percibirla más, pero claro, mis canciones no dan para enamorar a las quinceañeras. Todos los que nos dedicamos a cantar, y ya lo decía Serrat, «era para tocar el culo a las tías». O algo parecido. Pues claro, yo también, joder. Los que no hemos sido muy agraciados teníamos que hacer algo diferente para intentar follar, coño [risas]. Así de claro. Ahora menos, gracias a la música mucho menos, pero siempre he sido una persona muy tímida, muy callada, y la música me ha servido para abrirme y para dejar ese escudo de timidez y abrirme un poco a los demás. Y claro, yo empiezo a hacer canciones para eso, para la chica que me gustaba, para hacerle llegar esa canción con esa cinta… para esas cosas. Hombre, sí me ha servido, alguna vez me ha servido. No tantas como habría querido, pero bueno… Pero sí que me ha servido para conocer a la chica con la que llevo nueve años, y seguramente va a ser la definitiva. No seguramente, seguro. Y la conocí gracias a la música. Para qué vamos a pedir más.

¿Trabajas las composiciones o eres de los que las lees en un rincón oculto de tu cabeza?

Yo soy muy de flashes, de ideas que me llegan a la cabeza, melodías. Suelo trabajar las dos cosas a la vez, me llega ya con letra y música. Y sobre esa melodía que me ha venido y esas dos o tres frases, trabajo y hago las canciones. Soy muy vago, escribo rápido pero soy muy vago. A lo mejor entre canción y canción me tiro meses sin escribir, me tiene que pillar la inspiración.

¿Cuál de tus canciones te da más pudor?

Me dan pudor frases en canciones. Por ejemplo, en «Radical», cuando digo lo de beber de los pechos de las embarazadas, son frases que me digo: «Cómo he podido escribir esta burrada». Era un chaval cuando escribí esa canción, un descerebrado.

No lo veo tan mal.

Hombre, violar a premamás…

Eso sí está feo.

Ya solo la palabra violación es feísima. Y es más, hay trozos de esa canción, por ejemplo lo de follar con una enana y hacerla reventar… eso lo cambio en los conciertos. Ahora digo otra cosa, me da pudor decirlo ahora.

¿Con qué edad la escribiste?

Veintipocos, veintiuno o veintidós. Era un joven alocado. [Risas].

¿Y tu madre cuando veía esas letras?

Yo creo que mi madre a algunas canciones directamente no les ha prestado atención [risas]. Ha escuchado ruido y no se ha parado a pensar lo que dice realmente.

Y cuando tus hijos las escuchen…

No soy de tener hijos. Soy más de la práctica. Pero me daría mucho pudor que escucharan ciertas canciones.

¿Cómo reacciona la gente que conoce a José y después descubre al Chivi?

Yo creo que reacciona muy bien, porque ve efectivamente que el Chivi es un personaje, y que yo como persona soy una persona normal.

¿Te ha pasado alguna vez que te reconozcan y alucinen?

Claro. Y me dicen: «Tú no puedes ser así. No bebes, no te drogas, no eres un golfo». Y digo: «Bueno, lo he sido». Pero claro, tengo casi cuarenta tacos, canto esas canciones, pero ya no soy como cuando tenía veinte años, que era un loco, un tío alocado y sin moral.

Ahora toca responder con moral o sin ella: ¿abrazos o mamadas?

Hombre, por supuesto que me voy a quedar con las mamadas. Pero los abrazos, no solo los abrazos con la pareja, sino a lo mejor un abrazo que das a un amigo que hace tiempo que no ves…

Las mamadas también pueden ser con amigos.

[Risas]. Eso, como mucho, pajillas [risas]. Hay mucha magia en un abrazo. No solo un abrazo de amor que le das a una pareja, o una chica que te gusta, sino un abrazo con un amigo. Es un momento mágico. Las mamadas son mucha mamada, pero hay tiempo también para la ternura. Que conste que me quedo con las mamadas.

¿Sufres del síndrome del calvo cabrón, acuñado por un afamado psicólogo español?

No. Empecé a ser calvo desde muy joven y lo tengo totalmente asumido. Mi novia dice que tengo la autoestima muy alta, y que gracias a eso no me deprimo. Uno es como es, lo tengo asumido. No soy un tío como Alejandro Sanz o Bertín Osborne. Y sobre todo yo sabía que iba a ser calvo desde los veinte años, que empecé a perder pelo. Eso sí, soy un calvo con dignidad, eso de dejarme el pelo largo… ¿Soy calvo? Pues llevo el pelo corto, al cero casi, pero no me voy a poner una peluca ni voy a ser un calvo indigno de los que se peinan hacia delante. Y calvo cabrón no soy. No me afecta nada lo que me digan por ser calvo o que me llamen calvo. ¡Es lo que soy!

¿Y te deprime que alguien te diga que no le gustan tus canciones, aunque nosotros llevemos un buen rato alabándote?

Hombre, vamos a ver, es que mis canciones no pueden gustar a todo el mundo. Sería horrible. Sería Corea del Norte [risas]. Sería muy raro. Hay gente a la que mis canciones le pueden parecer una mierda, y yo lo respeto, y a mí me parecen una mierda otras cosas, y ya está. Cada uno tiene sus gustos. Había un tío que me decía que él solo escuchaba a Bob Dylan y que no había escuchado mis canciones, pero que seguro que eran una mierda. Y pensé: me parece bien. Tiene buen gusto porque escucha a Bob Dylan, que es uno de los grandes, creo que también podría escuchar a más gente, pero yo no soy tampoco de los que voy a hacerle cambiar de opinión. No le digo: «Tienes que escuchar mis canciones, que te van a gustar». Si piensas que no te van a gustar o no te gustan, ya está.

Recomiéndanos dos películas y dos libros.

Me quedo con El buscón, de Quevedo, que me gusta mucho, y con Cien años de soledad, de García Márquez. Y películas…

Dime otro libro, porque en Jot Down todos los modernos dicen Cien años de soledad.

Es que tengo un gran defecto, y es que leo poco. Es uno de mis mayores defectos, que voy a intentar corregir, lo estoy intentando ya. Lo que leo no es alta literatura, me gusta Stephen King. Sé que tendría que meterme a leer a Faulkner o a Conrad antes que a Stephen King, sé que hay escritores más interesantes que debería leer… Si tuviera que elegir otro me quedaría con Unamuno, San Manuel Bueno, mártir, que lo leí por obligación en el colegio y me gustó mucho.

Y ahora dos películas.

Ahí lo tengo más complicado porque soy muy cinéfilo. Te diría La vida es bella y La lista de Schindler, que son el mismo tema y a la vez no lo son. Son de mis películas preferidas. Y de cine clásico El crepúsculo de los dioses.


«¿Qué me dices, cantautor de las narices?»

Javier Krahe. Foto: Daniel Lobo (CC)
Javier Krahe. Foto: Daniel Lobo (CC)

La idea ya estaba ahí, pero exponerla ahora resulta complicado: abordar un artículo sobre la llamada «canción de autor» en España poco después de haberse hecho pública la muerte de Javier Krahe es una tarea adobada con el polvo acre de los obituarios. Cuando por fin se pone a ello, a uno se le escapan de los dedos unos cuantos tópicos: que si La Mandrágora, que si la influencia perenne de Georges Brassens. Que si las guerras más o menos sordas declaradas contra su arte por Felipe González y la Conferencia Episcopal, que si su reciente acercamiento a Podemos. Tópicos que, por suerte, ocupaban un rincón muy pequeño de aquella estampa afilada, como de hidalgo librepensador en un retrato del Greco.

La imagen de Javier Krahe no se ve desbordada por esos lugares comunes debido a un hecho comprobado in situ por quien suscribe: ante sus canciones, casi todo el mundo cedía a la sonrisa, e incluso a la admiración. Estos ojos que han de comerse los gusanos han visto a rojos, a fachas, a indies e incluso a opositores a notarías respondiendo favorablemente ante las pullas y los aforismos contenidos en «No todo va a ser follar», en «Salomé», en «Kriptonita» o en casi cualquier otra de las piezas de su cancionero. La razón principal: un dominio del lenguaje, arrimado siempre a la palabra justa, que se sobreponía a una cosa melódica en ocasiones repetitiva. Las letras de Javier Krahe son de esas que aguantan un recitado en voz alta sin perder un ápice de virtud: pocos textos de música popular sobreviven a esa prueba.

En todo caso, y siempre desde la subjetividad, parece que la palabra «cantautor» les da una justificada grima a casi todos los españoles que no van de progres old school, con Javier Krahe como infrecuente excepción a la regla. ¿Por qué? Tal vez parte de la respuesta esté en la Real Academia, cuyo diccionario define el sustantivo de marras como «Cantante, por lo común solista, que suele ser autor de sus propias composiciones, en las que prevalece sobre la música un mensaje de intención crítica o poética». Y el desmenuzado revela que, aquí, la palabra clave es «mensaje», ese valor que se impone a lo sonoro hasta estrangularlo. Un mensaje cargado a menudo de vocación literaria mal entendida, o de machacón ánimo de prédica, o de ambas cosas. Saber que el vocablo fue acuñado durante los años de la dictadura añade otra capa más de significado: cómo no envidiarles a los franceses sus Brassens y sus Ferré, sus Cohen y sus Joni Mitchell a los canadienses, sus De André y sus Battiato a los italianos o a los británicos sus Nick Drake y sus John Martyn, si esos talentos pudieron desarrollarse en un marco menos restrictivo que el de aquí.

Entre la tradición garbancera de cierta literatura en lengua castellana, las presiones de todo tipo propiciadas tanto por un régimen autoritario como por su oposición y una industria discográfica renqueante, las posibilidades de grabar «Avalanche», «River Man» o «Furry Sings the Blues», no digamos ya proezas alienígenas como el «One World» de Martyn, decrecen en progresión geométrica. En su lugar quedan la obligación del «compromiso» (valerosa, sí, pero entendida casi como automatismo), lo críptico como estrategia de supervivencia condenada a la caducidad, el recurso a poetas emblemáticos como forma de tocarles las pelotas a quienes corresponde. Si la música popular es siempre música juvenil, aunque sus autores ya anden bien entrados en el climaterio, todos estos valores tienen bien poco de juveniles, y es normal que acaben agrietándose con el paso de los años. Y con el de los devenires políticos, también.

Porque los devenires políticos son eso, devenires, y por tanto pasan. Poco después de que Francisco Franco expulse su última hez fecal en forma de melena, se incubará ese monstruo que algunos dan en llamar «Cultura de la Transición», en cuyo seno muchos cantautores experimentarán una mutación de lo más terrible. Ahora gozan del prestigio debido a los héroes de la Resistencia, y por lo tanto son figuras épicas que no tardarán en dormirse en los laureles. Para muchos y muchas de quienes ahora nos acercamos a los cuarenta, los cantautores son la música «de padre» por antonomasia, esa de la cual uno huye como alma que lleva el diablo en cuanto la edad del pavo llama a su puerta.

Son esos cantantes que aparecerán a tres columnas y con foto en las secciones de Cultura, cuyos conciertos se retransmitirán ocasionalmente por TVE y cuyos discos, en el noventa por cien de los casos, aburrirían a una oveja. En algunos casos (véase a Joan Manuel Serrat), estarán revestidos además de un paternalismo que quiere pasar por humanitario y solo provoca cansancio. En otros, darán ganas de arrancarles la piel a tiras, a ver si bajo ese personaje que les recubre como el vendaje de una momia sigue habitando un ser humano. Pero mejor dejamos de pensar en esto último, no vaya a ser que nos acordemos de Joaquín Sabina. Otros ejemplos, como el tonante Paco Ibáñez, acaban reducidos en la conciencia colectiva a una («A galopar») o dos («Palabras para Julia») piezas emblemáticas. Y también están aquellos que, como Lluis Llach, pierden todo morbo para quien suscribe una vez se empeñan en envolverse con coros y orquestas. Pero, aunque el LP Viatge a Itaca, todo él, sea una pomposidad a costa del pobre Kavafis, siempre podrá llegar un tiempo tan desesperado que lleve a desempolvar «L’estaca» en concentraciones multitudinarias.

Asumiendo que más de uno se habrá enfadado leyendo lo de arriba, servidor debe recalcar que habla desde lo subjetivo. Y, como matizar es una obligación, lo hará refiriéndose a los ejemplos más punteros: de Serrat, le inspiran mucha simpatía sus primeros trabajos en catalán, le merece mucho respeto su discografía hasta el álbum 1978, y guarda mucho amor por su elepé publicado en 1969, el primero en castellano de su discografía, que contiene tres canciones deliciosas: «Balada de otoño», «Poco antes de que den las diez» y «Tu nombre me sabe a hierba» (cómo no iba a ser un temazo, y con clavicordio, teniendo a Pepa Flores por destinataria). Por lo demás, pues ni «Hoy puede ser un gran día», ni leches en vinagre. Con Sabina lo tiene más crudo: aun asumiendo que esto le hará acreedor de collejas por parte de seres queridos (¡Chema, amigo y maestro!), ni los comienzos del jienense como bardo acústico, ni su posterior reconversión rockera a partir de Ruleta rusa ni sus derivas subsiguientes le inspiran más que deseos de salir corriendo.

¿Cuándo sufre la puntilla la figura del cantautor? Pues más de un lector se lo habrá imaginado ya: a mediados y finales de los noventa, cuando (porque la agonía del PSOE felipista y el ascenso del Aznarato volvían receptivo al mercado) llega a las tiendas esa segunda generación cuyos nombres duele escribir. ¿Que no queda otra? Pues allá vamos: el joven sex symbol de izquierda regeneracionista Ismael Serrano, las siempre inaguantables Ella Baila Sola, el chicharrero Pedro Guerra (veterano con década larga de carrera a cuestas, cuyo «Contamíname» se volverá hit por culpa de Ana Belén y Víctor Manuel), esa Rosana dispuesta a carbonizarnos los tímpanos «A fuego lento», más otros productos perecederos, como Tontxu o como esa Merche Corisco más cercana a pavisoserías foráneas (las de Natalie Imbruglia y Tracy Chapman) que a los modelos de toda la vida.

Dejando aparte a Javier Álvarez (quien, por raro y por aventurero, esbozó una carrera digna de mejor suerte), toda esta cuadrilla de viejóvenes se agotará pronto. Lo último de Guerra (20 años libertad 8, 2014) es un disco de duetos, Serrano nunca ha vuelto a ganarse tantos titulares como cuando croaba el «Papá cuéntame otra vez», la inquina mutua que se profesaban las bailasolas ha pasado a ser motivo de chiste (casi tanto como la carrera en solitario de Marta Botía), y en general todos ellos suenan ahora más pasados de fecha que las novelas de José Ángel Mañas. Pero el daño ya estaba hecho.

De cielos y rescates

Así nos encontrábamos, denostando lo caduco y execrando a los nuevos engendros, y no nos dábamos cuenta de todo lo bueno que estábamos rechazando. Pero nunca es tarde para epifanías, y estas pueden darse bajo cualquier luz y por cualquier pretexto: comprobando, sin ir más lejos, que en la discografía temprana de Silvio Rodríguez (cubano, pero emparentable por asociación con lo que estamos hablando) se esconden joyas entre el pop refinadísimo y la psicodelia tales que «El mayor», «Como esperando abril» y «Sueño con serpientes». O, en el mismo plan, alcanzar un perverso regodeo escuchando por ahí que «Ojalá», una canción tantas veces empleada por universitarios de coletilla y pana para triunfar con jovencitas Erasmus (las dulzuras de la lengua, ya se sabe) era en realidad una diatriba contra Augusto Pinochet. ¿Que aquello era una leyenda urbana? Pues será, pero cuánto gustito que daba aquello…

Dejemos de relamernos, y prosigamos. Para un servidor, no puede haber mayor prueba de que, en España, el oficio de cantautor sí ha dado frutos sabrosos que la carrera de Evangelina Sobredo Galanes, alias Cecilia. A cada cual sus opiniones, pero, salvando un par de las canciones que grabó en inglés, todo lo que grabó esta hija de diplomático suena sólido y nutritivo, por más que su materia prima fuera en muchos casos la desesperación pura y dura. Dotada ya de crédito entre los exquisitos, la figura de Cecilia merece una reivindicación inmediata y a gran escala, para empezar por esa imagen de tía rara, de «hippie con ropa del Rastro» (como la describió su hermana Teresa hace cuatro años) que nunca terminaría de encajar en ningún ámbito de este país siempre borracho de testosterona.

Si se tiene alma, resulta casi imposible no conmoverse al ver cómo las canciones de Cecilia se sobreponen a los arreglos impuestos «desde arriba», a la sobreexposición radiofónica (más de uno quisiera haber escrito «Un ramito de violetas» para que Manzanita se la pusiera por rumbas) y al paso de los años, para seguir manteniendo una vigencia escalofriante. Una vigencia que no solo alcanza a sus labores de intimismo a corazón abierto (la práctica totalidad del álbum Cecilia 2, para empezar, y también cristalitos coloreados como «Mi gata Luna» y «Mi pobre piano»), sino también a aquellos temas escritos a priori desde una mayor contemporaneidad. Sin ir más lejos, una canción tan conocida y tarareada como «Dama, dama» ¿no resulta pasmosa, aparte de por su brío melódico, por lo bien que cala aún hoy siluetas habituales en ciertos mítines, y en ciertas ruedas de prensa de los viernes? Pues eso.

Por cosmopolita y por aguerrida (las historias sobre su forma de torear a la censura son, cuando menos, dignas de una sonrisa cómplice) Cecilia queda como una figura casi única: de la misma manera que Pepa Flores hubiera podido ser nuestra Françoise Hardy de haber crecido en un contexto menos horripilante, ella hubiera podido ser una Emmylou Harris o una Joni Mitchell ibérica de no haberse estrellado su coche contra un carro de bueyes, el 2 de agosto de 1976. ¿Qué figuras femeninas le son equiparables? Pues, está claro, las Vainica Doble, aunque por lo rockeras y dispuestas a irse por la tangente tal vez no encajen aquí del todo. ¿Y figuras masculinas? Pues lo mismo vamos a soltar una burrada, pero quizás la de Luis Eduardo Aute. Aunque sea por compartir parcialmente su posición de outsider.

Si bien constatando que la letra de «Una de dos» da vergüenza ajena (obsérvese cómo el macho-narrador se dirige a su macho-interlocutor sin que la opinión de la hembra cuente para nada) y que el grueso de su carrera puede mover fácilmente al bostezo, Aute merece un vistazo de cerca. Por haberse curtido como compositor de encargo («Rosas en el mar», cantada por Massiel en 1967, sigue siendo uno de sus mejores temas), por haber compaginado la música con las artes plásticas y por haberle dedicado una enorme parte de su producción a las cosas del follar: escúchese «Dentro» (contenida en Rito —1973—, su segundo álbum) para entender que los suntuosos arreglos de cuerda son compatibles con una letra sobre el arte de hacerse pajas. En el mismo vinilo, además de la exquisita «De alguna manera», figura «Autotango del cantautor», una letra cuyo cuento deberían haberse aplicado muchos de sus coetáneos, y más de uno de los nuestros, también.

Aute daría para más espacio. Y no necesariamente para hablar de «Al alba», sino de cosas como Forgesound, su álbum de tributo a Forges aparecido en 1977. Pero el espacio apremia, así que reivindiquemos otro nombre: Pablo Guerrero. El autor de «A cántaros» (una canción que, en su versión de estudio —1972—, habría sido materia prima para que unos Byrds hiciesen maravillas) tiene también en su haber un disco de rara belleza, publicado en 1976 y de título Porque amamos el fuego. Un disco que ofrece, como reza el título de su primer tema, «Un rincón de sol en la cabeza», y cuyo segundo corte explica su excepcionalidad: si antes reprochábamos a los cantautores del tardofranquismo su obcecación con según qué poetas, aquí el extremeño Guerrero pone en música sin vacilación (pero con minimoog) unos versos del sublime José Ángel Valente, haciéndoles plena justicia.

El siguiente álbum de Pablo Guerrero, A tapar la calle, aparece en 1978, y en él se nota mucho desencanto: como si aquello que parecía que iba a ocurrir hubiera acabado resultando de una manera muy distinta a la esperada. Aun así, lo siguiente de su escasa discografía (pasarán siete años hasta su cuarto trabajo, Los momentos del agua) está marcada por la colaboración con otro heterodoxo español de altos vuelos, Suso Sáiz, y en general por el afán de hacer lo que le da la realísima gana. Bien por él. Y bien también por Hilario Camacho, que firmó dos álbumes tan estupendos como De paso (1975) y La estrella del alba (1977) antes de todo aquello de la tristeza de amor, un juego cruel. También son dignos de mención Don Francisco y José Luis, o, lo que es lo mismo, dos individuos tan aparentemente ajenos a lo que nos ocupa como los excomponentes de Fórmula V Paco Pastor (futuro magnate de la distribución de videojuegos) y José Luis Moreno Recuero. En 1975, la pareja firmó un álbum que fracasó comercialmente pese a incluir joyitas como «Necesitas saber caer» o «Mil estrellas en un calcetín», inesperadamente reflexivas para venir de los autores de «Eva María» y «La fiesta de Blas».

Gatos (periféricos) con chichonera

Hasta ahora, nuestro repaso ha tenido un tono austero, casi mesetario. Pero es el momento de adentrarnos en otros territorios, así que debemos pasar de puntillas por el trabajo de Rodrigo García (autor de, al menos, un disco estupendo tras su abandono de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán) o por el de Simone, seudónimo de Luis Gómez Escolar, expareja de Cecilia, futuro componente de La Charanga del Tío Honorio y autor de temas eurovisivos.

Tras centrarnos tanto en cantantes en lengua castellana, toca hacer un repaso (siquiera somero) por artistas que se expresaron en otros idiomas. El vasco Mikel Laboa goza de un respeto casi universal, y como una de sus virtudes es la del hermetismo bien entendido, mejor lo dejamos en que sus álbumes arrojan una obra muy seria, muy poco dada a alharacas tanto en lo musical como en lo literario. Acerca de Andrés Do Barro, gallego, debo recordar que tiene una biografía recién editada por La Fonoteca (Andrés Do Barro: Saudade). Y, sobre la proliferación del fenómeno en tierras catalanoparlantes (un fenómeno por el cual siente debilidad quien suscribe), pues hay que decir que no todo se acaba en Jaume Sisa, por mucho que «Qualsevol nit pot sortir el sol» siga poniendo pelos como escarpias. Hay que recordar al dúo Ia & Batiste, lindante con el rock progresivo en dos álbumes formidables (Un gran día y Chichonera’s Cat) que cualquier aficionado ibérico a la psicodelia debería rescatar. Habría que poner en su justo lugar a María del Mar Bonet. Y habría que recordar la historia sonrojante, por tantas razones, que le tocó vivir a Ovidi Montllor. Entre otras cosas.

Vamos, que para hablar con propiedad de todo esto haría falta una enciclopedia. Pero, al menos, esperamos haber contribuido a rectificar prejuicios: la figura del cantautor, o de la cantautora, no siempre ha sido sinónimo de señor o señora con guitarra de palo presto a atorrarnos con sermones, sino que a veces ha generado músicas y letras memorables, dispuestas a evitar o al menos a esquivar lo convencional. Aunque parezca raro, en España también lo ha sido. Llámenme tonto, pero, lo que es a mí, eso a veces me da esperanza.


Deseos humanos

El invento este español del día de Reyes tiene como único propósito acabar con los propósitos. Con los de año nuevo, naturalmente, que son los que uno se formula con mayor empuje. Como si fuera nuevo. El sabotaje de estos primeros días tontos hace que lleguemos al 6 de enero con el 2015 ya desperdiciado. Se acabó la Navidad y se acabó todo. Desde mañana, otro año viejo.

De niños no nos hacíamos propósitos: simplemente esperábamos los regalos. De adultos la cosa se complica. Georges Brassens dice en una de sus canciones más bonitas que la primera novia es «el último regalo de papa Noel». En efecto, con el amor (y el sexo) se abandona la infancia y los otros regalos pasan a un segundo plano: el que más deseamos es ese, con sus venenos. Me acuerdo del epitafio de un artista que hay en el cementerio inglés de Málaga: «El arte y las mujeres le hicieron la vida más hermosa, pero también más difícil».

En estos días de espera (desilusionada ya) de los Reyes Magos, me entregó un papelito un africano, que podría ser Baltasar vestido de calle. Era uno de esos anuncios de brujo, cuyas prestaciones se enumeraban. Lo cogí solo por cortesía (por hacerle ese regalo al hombre), e iba a tirarlo a la papelera unos pasos más allá cuando me di cuenta de que en que en él se resumían los deseos humanos esenciales. (Los deseos del humano adulto, claro está, porque el niño lo que quiere son sus juguetes). Así que me lo guardé. Lo tengo ahora delante.

africano

«No hay problema sin solución», reza el encabezamiento. Y a continuación el maestro Amadou, «gran vidente especialista en todo tipo de problemas y dificultades», enumera esos problemas, en tres bloques: «Problemas matrimoniales – sentimentales»; «Suerte en los negocios, en el trabajo y exámenes…»; y «Protección de vida de familiares». El amor, el dinero y los seres queridos. El más pormenorizado es el primero. La parte del león de la felicidad, como quien dice. Para quien ya goza de ella, resulta conmovedor lo de «amarres»: siempre está el miedo de que se pueda perder. Y si además de amor se tiene financiación (cosa que ofrece el segundo bloque), la cosa va que chuta. Al final se asegura que el «profesor» Amadou (ha pasado de maestro a profesor en once líneas) «arregla casos muy desesperados con rapidez y resultados positivos y garantizados».

Me imagino a esos desesperados acudiendo al brujo, y el alivio que sentirán solo por pensar, durante la consulta al menos, que lo suyo puede arreglarse. Pero hay que bregar con lo que no tiene arreglo. El psicoanalista André Green dice que la salud mental está en lo que él llama «posición depresiva»: no prescindir de la conciencia de lo que va mal, pero sin paralizarse por ello. Tenerlo como un trasfondo de (ligera) melancolía permanente.

Me he acordado del mejor párrafo de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que no se engañaba sobre lo que no puede ser, aunque lo reincorporaba al encanto acre de la vida: «Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros sueños: todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas».  

Hay, pues, en contra de lo que promete el maestro o profesor Amadou, problemas sin solución. Aunque se le podría dar la vuelta, de un modo más profundo, casi zen, como hizo Duchamp: «No hay solución, porque no hay problema». No se trataría de frivolidad, sino de seriedad despreocupada. Para que el adulto vuelva al niño, según Nietzsche: «Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar».


Sketch Down: enero

sketch down

Una habitación sin ventanas con dos sofás orejeros flanqueados por sendas mesitas con lámparas de lectura de dudoso gusto no era lo que nos esperábamos cuando los mandamases de Jot Down nos anunciaron que habían fabricado un departamento dedicado a las viñetas a nuestra medida. No tenemos dónde colgar las chisteras y nadie nos ha dicho en qué esquina podemos aliviar las necesidades fisiológicas. Pero en el fondo tampoco nosotros tenemos tiempo para tonterías: hemos venido aquí a hablar de tebeos.

¿Será la grapa el nuevo rock’n’roll?

Pues no lo sabríamos decir con seguridad, pero sí que es cierto que algunas editoriales están probando suerte con el tebeo publicado en su formato más humilde pero cuidado como si del libro más precioso se tratara. El formato que más ha respondido a las necesidades del cómic publicado en masa (revistas de cómic, cuadernos de aventura, colecciones de superhéroes, tebeo humorístico) está viendo su puesta de gala en algunas publicaciones algo más fuera de los circuitos comerciales y cercanos al concepto artístico y el diseño, apadrinando al “relato breve gráfico” autoconclusivo. La No Brow londinense en el 2010 lanzaba la colección 17×23, de apenas palmo por medio palmo de tamaño y tres o cuatro colores en la mayoría de casos, historias contadas en apenas 24 páginas. Otro caso británico interesante aparecía al año siguiente, el de la colección Chalk Marks de Blank Slate Books, inspiradas a su vez en las series Ignatz de Fantagraphics: historietas con tamaño de revista y una cubierta blanda adicional con solapas, una suerte de corazón de tebeo y armadura de libro. The Survivalist de Box Brown y el Dinopopolous de Nick Edwards son dos ejemplos recomendables de esta iniciativa.

La cuestión es cómo llamaremos ahora a esto: ¿Prozines? ¿Fanzinovelas gráficas? ¿Neocomic? ¿POST-TBO? Por si no teníamos ya suficiente con decidir si llamarlos tebeos, cómics, novelas gráficas o historietas.

La respuesta a ese fenómeno en nuestro país viene de la mano de ¡Caramba! La editorial de Manuel Bartual y Alba Diethelm, quienes llevan ya unos meses bombardeando el mercado con la colección Jaimito: unas historias autoconclusivas en formato 24 páginas de curiosos y variados autores.

El otro caso local a mencionar ya lo hemos comentado por aquí, y viene muy relacionado con la facilidad de este tipo formato para la autoedición. El Usted de Esteban Hernández es un extraño y valiente “a medio camino”, el fanzine de autor vestido de etiqueta. No dejen de echarle un ojo a su séptimo número.

Y a colación de la cuestión de la autoedición, les reseñamos el evento de este mes. O el evento en proyecto en este caso para mediados de marzo. Las jornadas culturales de cómic y autoedición KBOOM son el esfuerzo de un grupo de noveles dibujantes de la Ciudad Condal que andan montando su propio salón del tebeo con autores invitados, exposiciones, colaboradores varios y algún concierto para amenizar el encuentro. Su proyecto en Verkami cierra en breve, así que si se sienten afines a su objetivo, toda ayuda y colaboración será recibida con alegría.

Lecturas:

Los entusiastas
Brecht Evens
Ediciones SinsEntido, 2012
216 págs. 19,5×24 cm
Rústica con solapas, Color

los entusiastasBrecht Evens es el chico prodigio que el año pasado situó su obra Un lugar equivocado en la mirilla de los Eisner y con la que empuñó un merecido premio a la audacia en el prestigioso Angulema. En aquel volumen demostraba un talento innato para arrasar a golpe de pinceladas los espacios, límites y convenciones de la página de tebeo tradicional, y por eso resultaba bastante lógico esperar con ansia nerviosa su próximo trabajo. En Los entusiastas se acomoda en un escenario más orgánico, en una trama menos diluida y presenta un elenco coloreado más amplio que el de su anterior obra. Propone una sátira social de clases que cuestiona las inquietudes, percepciones y valoraciones del arte y las personas.

Pieterjan, artista profesional de discreto éxito, es invitado a la ficticia localidad belga de Beerpoele donde un grupo de entusiastas artistas amateurs pretenden celebrar una bienal de arte. El recién llegado es recogido con adoración por estos habitantes locales que se pelean con la naturaleza indómita del proyecto. Pieterjan asumirá las riendas de la muestra y la misma se acabará erigiendo como una gigantesca e insólita estatua de papel maché. Evens firma el grueso narrativo girando alrededor de las relaciones humanas, centrándose en la naturaleza del arte y la contraposición áspera del artista técnico y el artista amateur. Y lo hace de manera correcta, sin desentonar ni salirse del margen, algo que aunque compacta el resultado también le hace perder cierta frescura: el camino y la propuesta de Los entusiastas ya había sido emprendido con anterioridad por otros. El relato y sus personajes funcionan y no cometen ningún error de renombre, pero tiende a apoyarse en convencionalismos que nos pueden ser conocidos.

Y entonces viene la parte técnica.

Y aquí es donde el autor arrasa: el belga es una maquina apisonadora de lo visual. Machaca y atrapa al lector utilizando pinceles como anzuelo. Evens demuestra que no proviene tanto de la cultura del cómic contemporáneo como de la educación pictórica clásica y eso resulta irónicamente novedoso: sabe beber del paisaje de Charles E. Burchfield, del cubismo urbano de George Grosz, de la tridimensionalidad plana de David Hockney, del uso del color de Blexbolex e incluso de esos tapices medievales de unicornios en cautividad. Su acuarela le sirve para canalizar estados a través del color, para caracterizar a los personajes y simplificarlos en rasgos (unas manos grandes, una cara de payaso) sin que pierdan personalidad en el proceso, para experimentar todo lo que se le ocurre (ignora la viñeta y la secuenciación clásica) y mostrarnos un escarceo sexual sobre una página casi en blanco que explota a la vuelta de la hoja con una estampa enorme de agua y esperma. Evens superpone las tintas, juega con la silueta translúcida y con la acuarela imperfecta, insinúa los contornos necesarios y acaba por componer la escena de manera magistral. En ese sentido el Evens visual es enorme, superlativo, virtuoso y desbocado.

Quizás da igual que la historia, pese a no pecar en nada grave, no aspire más alto y se diluya ligeramente como los cuerpos de los personajes que la forman. Quizás Evens es la joven promesa a tener en cuenta que en algún momento lo dinamitará todo. Quizás Los entusiastas, a pesar de que su autor parezca ser capaz de redondear más lo que nos muestra, sea una de las obras más cautivadoras con las que podemos encontrarnos hoy.

Brassens, la libertad
Joann Sfar
Fulgencio Pimentel, 2012
120 páginas, 22 x 29 cm
Rústica con sobrecubierta. Color

brassens“—A todo esto, ¿cómo lleva papá los dibujos? —Los vamos a hacer nosotros. Nadie notará la diferencia.”

Érase una vez que Joann Sfar recibiera el encargo de comisionar una exposición sobre el chansonniere Georges Brassens. El dibujante aceptó con alegría en tanto que el célebre trovador galo era uno de sus autores favoritos y se propuso, para la especial ocasión, hacer lo que mejor se le da: lo que le dio la gana.

Fulgencio Pimentel edita en nuestro país el libro que recoge los trabajos elaborados para aquel evento, entre páginas de cómic, numerosos retratos a diversos estilos e ilustraciones con textos (cartas y escritos del poeta-músico). Para la ocasión, a Sfar se le ocurre fabular sin límite. Se autoparodia a sí mismo sin vergüenza alguna como un adulto en gayumbos enganchado a la consola cuyo encargo de investigar sobre el artista caerá en manos de sus hijos que viajarán a lugares ficticios, buscando el paradero del cantautor francés. Hallado este, Brassens cobrará vida en el marco de la historieta, celebrando su forma de entender la vida, narrando algunos pasajes suyos o explicando cómo elaborar unos deliciosos canelones. Efectivamente, un Sfar desencadenado imaginará a su admirado artista en el mundo contemporáneo disfrutando de placeres actuales como los videojuegos o los hoteles japoneses, todo ello de forma coherente y continuadora de la personalidad del trovador. Igualmente aprovechará la circunstancia para imaginar el imposible encuentro de los dos, entrañables e irremediables pícaros, entre charlas y copas. Sfar consigue llegar de esta forma, si no al retrato histórico preciso, sí a la representación del espíritu libre que subyace en la figura de Brassens a través de su imparable imaginación.

Un acierto pues, por parte de la edición de Fulgencio Pimentel, completar el trabajo del francés con cuatro excelentes textos periodísticos: una introducción del artista por parte de Juan de Pablos, un entretenido relato biográfico por Dildo de Congost, un análisis de la lírica de Brassens de Patricia Godes y un artículo sobre el peso del mismo en nuestro país, de la mano de Vicente Fabuel. La edición se remata con una afinada encarnación material: híbrido triple de tebeo, texto e ilustración con textos por dentro impreso en papel de dibujo y unas relucientes cubiertas que le dan un aire de libro o revista de música que convierten el producto final en un bello objeto.

De este libro, para concluir, se podría recurrir a la coletilla fácil y un tanto estúpida de “para fans del autor y/o del autor objeto del autor”. Pero no. Este es un libro excelente que pueden disfrutar tanto los conocedores como los desconocedores —de haberlos— de cualquiera de los dos.

La niña de sus ojos
Mary M. Talbot y Bryan Talbot
Ediciones La Cúpula, 2012
104 páginas, 17 x 24 cm
Cartoné, Color

la niña de sus ojosAlgunos dicen que hasta se parecía a Joyce. Siempre musitaba frases de Joyce. Me parecían tonterías. Pero él parecía disfrutarlo”.

La de los Talbot es una interesante doble pirueta: supone una vuelta de tuerca del relato autobiográfico en clave de memorias al combinarlo equilibradamente con el relato de una biografía ajena; y a la vez —en esta última— aporta una nueva perspectiva de la vida del irlandés universal ofreciéndonos gráficamente la historia de su hija, Lucía Joyce.

El relato se inicia una mañana en la que Mary M. Talbot encuentra un viejo carné de su padre, James S. Atherton, filólogo experto en la obra de James Joyce. Este fortuito hallazgo sirve para provocar toda una serie de recuerdos de la infancia sobre su progenitor, un hombre de difícil trato que media buena parte de la relación con su familia —y en particular con su hija— a través de citas del escritor irlandés. Junto a su historia personal, Mary también nos va intercalando momentos de la vida de Lucía Joyce. Esta aproximación diacrónica le permite exponer paralelamente las vidas de las dos mujeres a través de su infancia, juventud y madurez, mostrando las discriminaciones de género a las que se enfrentaron, ilustrando sus frustraciones y victorias, siempre con las sombras de sus respectivos padres y sus carreras, muy cercanas. La autora narra las dos vivencias, nos cuenta coincidencias curiosas (nombres de los progenitores y fechas), similitudes y diferencias vitales, pero no emite juicio comparativo alguno al respecto, dejándolo en todo caso a la reflexión personal del lector.

Por su parte Bryan Talbot ya nos mostró en su portentoso Alice in Sunderland su talento para tomar un estilo gráfico sencillo con un punto naïf y transmutarlo —sin perder la conexión con el estilo raíz— según le convenga a cada narración contenida en el libro mayor. Repite en esta obra: si en La niña de sus ojos se desarrollan tres tiempos, también se ejecutan tres variantes de un mismo estilo diferenciadas, en este caso, por el uso del color. La historia de Mary queda narrada en tonos cálidos y claros, dejando trazas de lápiz en la página y dando algunos apuntes de color muy específicos que remiten a la virtud mnemotécnica de este; en estas páginas se respira la materia de un viejo cuaderno, personal e íntimo. En contraste, el salto a las escenas de la vida de Lucía nos lleva a una acuarela fotolítica de tonos oscuros y fríos, marcando simbólicamente la distancia temporal y personal con el primer relato. Finalmente, el momento de la vida de Mary en el tiempo presente —que ocupa pocas páginas, pero que encuadran el libro en su principio y final— está elaborado en un tono neutro, pero donde cada lugar, objeto y persona tiene los colores que percibiríamos al instante y quedan enmarcados en las viñetas transmitiéndonos la tangibilidad del ahora. El resultado final de este trabajo estilístico no solo es útil como guía visual del lector a través de los diferentes momentos e historias, sino que además resulta visualmente agradable y armonioso, dándole cuerpo y coherencia a la obra en su totalidad.

Para mayor reconocimiento, La niña de sus ojos ha recibido recientemente un Costa Book Award, prestigioso premio literario británico, en la categoría de biografías, sentando un precedente al convertirse en la primera novela gráfica que recibe un galardón en este certamen.

Apocalipsis según San Juan
Varios autores
Editores de Tebeos, 2012
96 páginas. 16,6×23 cm
Cartoné con lomo redondo. B/N.

apocalipsisProbablemente el lector se haya topado con el Génesis de Robert Crumb en las librerías. De hecho en algunas hasta es posible que lo utilicen como mostrador. Aquel tomazo de 200 y pico páginas fue una locura en la que el dibujante (agnóstico y bastante alejado de instituciones religiosas) se dedicó a ilustrar todos y cada uno de los pasajes del génesis bíblico con un anunciado respeto por el contenido original. Funcionó porque Crumb podría ilustrar las instrucciones de una lavadora y aun así nos resultaría interesante asomarnos a contemplar eso a través de los cristales de sus gafas, y porque su editor probablemente recibiría sin muchas pegas cualquier cosa que el hombre decidiera parir. Por estas tierras otros Editores De Tebeos arriesgan con una excentricidad comunal similar pero antagónica en alma: ilustrar el apocalipsis.

Cuenta José Luis Forte que todo surgió en un improvisado brainstorming durante un repostaje gástrico en la II Salita de Cómic de Granada. Dario Adanti, Antonia Santolaya, Fermín Solís, Lluïsot, Borja González Hoyos, Ed Caroisa, Fidel Martínez y Enrique Flores discutían sobre los cimientos para fabricar un libro compuesto por un pedacito de cada uno de ellos. “El Apocalipsis de San Juan. Lo tiene todo: ángeles que anuncian desastres, plagas, horrores, muertes por doquier, pecadores a mansalva, serpientes gigantes y fuego celestial. Si Crumb ha contado el Génesis, el principio de todas las cosas, ¿por qué no podéis contar vosotros el Apocalipsis, el final de todas ellas?” se espetó en aquella mesa. Y aquel sería el comienzo de la gestación. Al grupo inicial se unirían Luis Pérez Ortiz, Victoria Martos y Javier Márquez, y el trabajo sería dividido en ocho páginas (repletas de fuego, putas de Babilonia y monstruos con un número poco común de cabezas) por cada uno de los artistas.

Apocalipsis según San Juan es exactamente eso, una versión ilustrada del texto en la que varios artistas fuerzan al relato a una gymkana que le hace saltar continuamente de un estilo a otro: los monigotes underground de Adanti, la ilustración laboriosa a página completa de González Hoyos, las pinceladas de Martínez, la admirable geometría estilística de Mr Ed o la curiosísima reinterpretación del escrito que nos propone Vázquez a través de un montón deimágenes contemporáneas y ajenas. Es bastante cierto que el Apocalipsis como lectura casual no es lo más ameno del mundo a pesar de toda la ira celestial que derrama, y por eso mismo es muy probable que alguno se pueda atragantar. Pero aquí la propuesta está en la forma y no tanto en el fondo. Y la forma es la de una alienación de dibujantes remodelando el Armagedón y anunciados con las trompetas de un ilustrado prólogo de Juan Gabriel Lopez Guix.

jaimitoColección Jaimito
¡Caramba!, 2012
24 páginas. 17 x 24 cm.
Cuaderno grapado con solapas. Color.

Infame
Néstor F.

Néstor F. escribe y dibuja un eslais of laif o algo en clave de humor negro-absurdo-chanante (sí, ya sé que lo segundo que he dicho prácticamente anula lo primero) sobre la vida de un crítico de tebeos fantasma, gafapasta y pagafantas a partes iguales, muy en la línea con las historias que nos contaba en Moowiloo/Woomiloo junto con Molg H. Incluye viajes iniciáticos a dimensiones paralelas, violencia callejera, espíritus totémicos y caninos repelentes. Buen material de guarnición y complemento en la antecubierta y solapas.

Ser un hombre. Cómo y por qué.
Albert Monteys

A Albert Monteys lo conocéis de sobra. Y quizás por eso mismo os temáis que el título de su Jaimito parezca insinuar una versión extendida del famoso Para ti que eres joven. No andaríais muy equivocados, pero hay un pequeño matiz: Ser un hombre es un Monteys desbocado, hilarante y en estado de gracia. En sus grapas El Sargento nos guiará a través del arduo sendero de la masculinidad. Aplausos para el Mapa del Sexo y para el conjunto general, y aquí un extracto como botón de muestra de su excelencia didáctica: “Guía de animales comestibles: TODOS”.

La muerte en los ojos
David Sánchez

No lo hemos entendido. Ninguno de los dos. Pero tiene una virtud esencial: mola. Digamos algo más: este es un corto en viñetas de espíritu setentero, lynchiano y castizo en el que el autor nos deja ver la progresión de la historia y la evolución del personaje, con unas elipsis del tamaño de un elefante rosa. David Sánchez nos da la opción de leer este delirio como viene o tanto como nos da la opción de rellenar los huecos de información con nuestros propios razonamientos lógicos y/o palomiteros.

CosmicDragon
Carlos Vermut

Carlos Vermut y su pasión por pervertir y remezclar los universos de géneros antagónicos. Fascinante es como poco el cachondeo de gesto muy serio que se trae el hombre cuando se dedica a cruzar la ficción con la realidad más cruda (y en su labor paralela como director esto es muy evidente, desde su corto Maquetas a su película Diamond Flash e incluyendo ese Don Pepe Popia a medias con Vengamonjas). Cosmic Dragon es lo que ocurriría si Goku tuviese que batirse contra la vileza del ser humano. Una broma gamberra a raíz de la famosa sentencia “porque puedo” que pronuncian tantos villanos de la ficción.

¡Noticias de última hora!

O de hace unos días, más bien. Ficomic celebró su presentación del 31 Salón del Cómic este pasado martes y Carles Santamaría con Toni Guiral al flanco nos anunció algunas características generales del evento de este año: el potencialmente interesante —habrá que ver su ejecución— género de fondo será el western. Los aniversarios de este año recaerán sobre Superman (75 años) y los Vengadores y la Patrulla X (50 años). Y nos confirman cuatro autores para ir abriendo boca: Guy Delisle (a ver si este año, sí), Manu Larcenet, Liniers y Lorena Canottiere. Por lo demás, se nos confirman las secciones habituales (talleres, clases magistrales, zona de editores, concursos,…), respecto a las cuales hay pocas novedades, si bien todavía queda bastante hasta las fechas del Salón —mediados de Abril— y alguna sorpresa o novedad estaría de agradecer. Se anunciaron también las exposiciones pertinentes hasta el momento: la gran exposición del tema de fondo, las de los premios del año pasado y las de los aniversarios. Quizás la que más nos ilusiona —y nos dio la impresión de que a Guiral, comisario de exposiciones de este año, también— sea la del gran premio del año pasado, la del maestro José Ortiz. Añadir significativamente que este año habrá subida de precio en la entrada y que se ha realizado una iniciativa para recuperar la presencia del sector de las librerías —siempre deseable— en el salón. En definitiva, nos espera un salón de tejanos y mallas a tutiplén con las acostumbradas presencias comerciales de lo audiovisual, lo videojueguil y lo mercadotécnico. Por lo pronto, nos quedamos con la imagen del fantástico cartel de este año, obra de Alfonso Zapico.

Ilustración: Diego Cuevas