Editar en tiempos revueltos: La Felguera

Vándalos, verdugos, asesinos en serie, ladrones de cadáveres. Revolucionarios anarquistas, grupos paramilitares de la Iglesia, pseudociencia nazi, punk extremo y un millón más de cosas bonitas. Si ninguna de ellas activa el resorte cerebral que conecta estos asuntos con la editorial La Felguera es que lleva usted dos décadas transitando por los senderos más plácidos de la cultura. En 1996, mientras moría el felipismo, se fundó el Colectivo de Trabajadores Culturales que le robó el nombre a la fantasía de comunismo libertario de la cuenca minera asturiana, y que más tarde acabaría convertida en una editorial. O haciéndonos creer que lo es.

Nos reunimos en las sombras con Servando Rocha y Beatriz Egea, que comandan la sociedad secreta bajo disfraz editorial. Nos acompaña en la inofensiva charla Javier Lucini, disfrazado a su vez de beatnik. Una de esas charlas luminosas que alternaron los brindis con tacitas de Mr. Wonderful y las citas de Paulo Coelho.  

¿Exponente de contracultura, subcultura? ¿Cómo lleváis lo de las etiquetas?

Servando Rocha: Bueno, hay una parte de teoría en todo ello, porque está claro que venimos de la subcultura y la contracultura, aunque sean cosas distintas. Pero es algo que no meditamos, porque aunque suene forzado nuestra línea la marca lo que sale solo, sin meditarlo. En esto, como en tantas otras cosas de la vida, hay que tener una cierta inconsciencia, ese mirar y no mirar. Hay un poema muy guay de Walt Whitman en Hojas de hierba, en el que dice eso de que le preocupa el amor, el dinero, la enfermedad… Pero cuando termina de enumerar esas penalidades que todos tenemos, dice: «Pero yo no soy eso». Afirma que ante ese tipo de situaciones mira de soslayo, mira y no mira.

Por eso creo que si somos cultura o si somos contracultura es importante pero no tiene ningún tipo de importancia. Nos gustan cosas que para gente más militante pueden parecer atroces o muy heterodoxas, y a la gente más heterodoxa le podemos parecer un hatajo de radicales. En el fondo no hay ningún plan: a nosotros nos gustaría comprarles nuestros libros a otros. Seríamos superfans de esa gente que publicase lo que publicamos, por eso no tiene ningún tipo de importancia el tema de las etiquetas. Y además, ¿qué es contracultura hoy en día? Hay una frase que es buenísima: «No se puede ser rebelde cuando la rebelión es la norma». Es necesario rebelarse, obviamente, porque aunque sepamos que todo va a acabar mal, como posiblemente suceda, nuestra naturaleza es continuar. Aunque nos digan que este barco va a acabar fatal, te tiras. Creo que no hay que darle demasiada importancia a todo eso. Pero al mismo tiempo, hay que ser honestos y sabemos el territorio que pisamos.

Beatriz Egea: Sí, ahí hay algo, llámalo como quieras, «línea editorial» o «camino» que sí existe. Pero no pensamos demasiado en ello. Nos llegan ciertas cosas y las publicamos, investigamos sobre asuntos que nos interesan y armamos libros de la nada, o pensamos: «Vamos a por este autor». Hay un plan, que al mismo tiempo es un no-plan. Tenemos un montón de cosas girando a nuestro alrededor y realmente no tenemos un plan de qué vamos a hacer a largo plazo. Todo se va recolocando.

Javier Lucini: Yo creo que vosotros habéis llegado a un punto en el que si mañana os diera por publicar esto [coge una revista al azar] dirían que es contracultural.

S. R.: Exacto. Pienso que las cosas que publicamos parten del fanatismo y la obsesión. Nosotros somos fans de muchas cosas: del rock & roll, de gran parte del cine, de gran parte de la literatura… Y si unes todo eso en algo, puedes ver cuál es la historia de los últimos años de nuestra vida. No es como cuando Facebook te hace esa cosa atroz de «los recuerdos del año». ¡El otro día me puso que tenía que celebrar un año de amistad con mi madre! [Risas].

Habéis contado muchas veces los inicios de La Felguera, del Colectivo de Trabajadores Culturales original que empezó todo, pero ¿no quedan aún muchas anécdotas por contar de aquello? ¿O es que no se pueden contar?

S. R.: Muchas no se pueden contar, no te lo voy a negar… [Risas].

¿Os las estáis reservando para un libro?

S. R.: Pues se ha pensado en sacarlo, sí.

B. E.: Servan es el adecuado para contar todo aquello, porque La Felguera nace hace veinte años como algo diferente, como otra historia. De hecho ha pasado por diferentes momentos y ha sido diferentes cosas hasta establecerse como editorial y sociedad secreta, que es lo más reciente. Yo entro a formar parte ahí, cuando nuestras vidas se cruzan. Pero claro, el origen y toda esa historia de La Felguera como fanzine, como Colectivo de Trabajadores Culturales… Yo a La Felguera la conozco como revista y como editorial cuando comienza a editar libros, y también por Los días de furia.

S. R.: ¡Pero no nombres eso!

B. E.: ¡Pero es que es así! Un libro que ya está descatalogado sobre la historia de los black panters y todo eso… Lo descubrí en el Rastro, lo leo y me parece muy interesante (aunque también me vuela la cabeza) y desde entonces han pasado no sé cuántos años ya.

S. R.: Muchos. No sé quién gobernaba ahí… ¿Aznar?

El título Los días de furia lo pide, desde luego.  

S. R.: Sí. Es curioso, porque después, en 2011, se soñaba con una organización que en cierto modo ya existía entonces. Éramos un colectivo de trabajadores culturales y había una persona en Barcelona, otra en Bilbao, otra en Berlín…

¿Cuántos erais?

S. R.: Muchísimos… aparentemente [risas]. A ver, había una persona en Berlín, pero había un comité en Berlín. ¿Quién dice que una persona no puede ser un comité? Todos esos saberes que existían en esa etapa de La Felguera no tenían ningún plan, que es lo que la gente valora. Mira, en la presentación de Fuera de la ley hace unas semanas, vinieron quinientas o seiscientas personas e hicimos la ruta nocturna por los bajos fondos del antiguo Madrid, muchos nos decían: «¿Pero cómo tanta gente?». Pues yo creo que es lo normal, porque cuando les invitas a jugar y ven que el juego es honesto, que no hay dobleces ni es una estrategia publicitaria, responden. Nosotros vivimos de ello, evidentemente, pero las cosas que hacemos no han cambiado tanto. Creo que toda esa historia nuestra que tiene que ver más con la guerrilla cultural y las vanguardias artísticas, la política y el arte unidos, con dadá, con los situacionistas…. Todo eso se sigue viendo, y esa comunidad que sigue a nuestro alrededor también se identifica con eso. Nosotros sabemos qué territorio pisamos. Tratamos de ser poco excluyentes.

Es cierto que muchas de las acciones que llevamos a cabo en La Felguera no se pueden contar, pero llegó un momento en el que había como mucha gente y a todo el mundo le parecía guay, sobre todo a gente del mundo del arte, cuando lo que hacíamos era una crítica muy radical a ese mundo del arte. Luego cambian los tiempos y vas cambiando tú también, y eso va teniendo claroscuros. Todo eso salía de forma honesta. Todos esos saberes nunca pensamos que los pudiéramos aplicar a La Felguera. Lo que hacemos y cómo nos comunicamos, el carácter ese de sociedad secreta, lo mantenemos. Aunque creo que es algo que está en todas las editoriales, ¿no? Esa idea de secreto, de dirigirnos hacia minorías, que pueden ser grandes o pequeñas, pero son minorías cada vez más fieles. Y es cierto que siempre hemos pensado que todo eso debería acabar en un libro, porque además hay mogollón de material gráfico de entonces, de carteles y mil cosas. Fueron muchos años e hicimos tantas acciones que a veces pienso: ¿dónde acabó aquella iniciativa en concreto?

¿En cuál estás pensando?

S. R.: Pues mira, hay una que ahora quiere hacer no sé quién, y nosotros lo intentamos también en su día. Quisimos hacer un libro escrito por muchas manos. El proyecto empezaba con una frase, que iba dentro de unos papeles muy chulos, que se enviaban a otra persona, con unas instrucciones. Ella o él añadían la siguiente frase, o un objeto concreto. Las instrucciones ya especificaban que el objeto no fuera muy pesado, para que a las cuarenta frases aquello no superara los ochenta kilos [risas]. Y nos llegaron noticias de que el libro había llegado hasta Inglaterra. Y te estoy hablando de hace una década.

¿No sabéis dónde quedó, dónde se rompió la cadena?

S. R.: No. Pero el otro día leí que había alguien montando algo parecido, de libros colectivos. Nosotros hicimos un montón de historias más, algunas con más repercusión y otras con menos.

Algunas, incluso, llegaron a la prensa, como la deriva por el subsuelo oculto que acabó con Lavapiés tomado por los antidisturbios, ¿no?

S. R.: Aquello fue la leche. La policía del subsuelo saliendo de las alcantarillas, fue un hito. Luego hubo quien lo intentó repetir, pero si lo planificas no sale. Pero si sumas una serie de cosas, y sumas cierta inconsciencia… Es como cuando tienes miedo a la oscuridad, para curarlo no tienes que pensarlo mucho, tienes que salir ahí y ver qué pasa. Hubo otra que también tuvo mucho eco, cuando llevamos los hombres lobo a la puerta del Congreso de los Diputados.

¿Qué decían aquellos carteles que llevaban?

S. R.: «Yo también soy un antisistema». Por eso digo que molaría hacer un libro de algunas de ellas, pero nunca sacamos el tiempo suficiente.

Y por aquel entonces, ¿contemplabais la posibilidad de acabar albergando una editorial bajo el Colectivo? ¿Siempre estuvo ese interés ahí, o surgió con el paso del tiempo?

B. E.: Nunca fue un plan. Llegó un momento en el que pensamos que nos apetecía más editar y fuimos a ello. Había ciertos proyectos que nos apetecían…

S. R.: Tuvimos que resolver ciertas cosas en medio, también es cierto. Fundamentalmente la distribución, porque veníamos de un medio muy militante. Fue una suma de cosas, porque durante esos años empiezas a relacionarte con otro tipo de historias. Por entonces tenía un grupo que se llamaba Muletrain y para mí fue muy importante, porque fue volver un poco al origen de todas las cosas. Yo era una persona hiperpolitizada, que venía del hardcore y siempre iba con el dedo así, señalando. Volver un poco al rock & roll, a esa escena totalmente incorrecta, donde estás rodeado de gente muy auténtica y que al mismo tiempo tampoco están midiendo todas las palabras que dicen. Igual que hoy en día nos reconocemos todavía en ese mundo, durante esos años sí que fuimos metiéndonos en historias que tenían que ver con cosas no tan ortodoxas.

Lo último que publicáis como colectivo y que da paso a la editorial es Las interzonas anarquistas. ¿Ese es formalmente el inicio de la editorial?

S. R.: No, por entonces ya habíamos publicado cuatro o cinco libros.

B. E.: Pero sí hay un momento en el que se materializa todo, con el comunicado de la disolución de La Felguera como Colectivo de Trabajadores Culturales y el nuevo comienzo, la nueva era, de la sociedad secreta.

S. R.: Todo muy pomposo, como debe ser.

B. E.: Y siguiendo un poco con el juego, también. Hay un vídeo por ahí de un señor encapuchado…

S. R.: Con un helicóptero sobrevolando. Es un vídeo importante porque marca la disolución y aparece una foto de William Burroughs, y se quema el comunicado.

Eso es el año 2011, inicio del 15-M. ¿Qué vinculación hay con el movimiento?

B. E.: No, ninguna, ninguna.

S. R.: Sí que es cierto que cuando La Felguera se disuelve como colectivo, la gente que lo formamos en ese momento pensamos que era una manera un poco de engañar a la gente. A ver: los cambios no se hacen escribiendo comunicados, los cambios, desafortunadamente, son más lentos, requieren un trabajo que está en la calle, que es el boca a boca, no se trata de un botón en la red, darle al «me gusta». No haciendo un change.org. O no necesariamente. Se necesitan otro tipo de cosas. Por eso es cierto que en esa época nos disolvemos y entramos en una iniciativa muy bonita que duró muy poco tiempo, que se llamó «lnstituto del tiempo» donde participó mucha gente, y en ese momento está ya justo el inicio del 15-M, aunque empezamos antes. Nosotros empezamos a reunirnos y enterramos una cápsula del tiempo en el parque del Casino, que debe de estar todavía ahí, donde la gente dejó las cosas que pertenecían al viejo mundo: una navaja, un carnet de la CNT… Y manejábamos la idea de volver a lo básico, al colectivo hipervariado pero muy sano, sin sindicatos, sin partidos, algo muy de base y de ir poco a poco, de trabajo de hormiguitas. En ese momento promovemos nosotros, junto con otra gente, los bloques libertarios que acabaron teniendo presencia en la manifestación del 15 de mayo del 2011. Nuestra vinculación viene un poco por ahí. Y también que uno de los que detuvieron era también de La Felguera… Pero con esto no estoy diciendo que nosotros hayamos incitado al 15-M, ¿eh? Solo que nosotros estuvimos ahí nuestra historia.

Sí, porque no queda prácticamente nadie que no fuera el «incitador» de aquello…

S. R.: Exacto. Es como el concierto de Mánchester, que todos estuvieron allí, y en realidad eran setenta personas. Y dices, ¡madre mía! Pero bueno, el que vivía en Madrid estaba en aquello. Es como si hubiéramos estado en París en el 68, ¿dónde habríamos estado? ¿tocando la pandereta por ahí o en el 67 sede de Charles Manson de la Iglesia del Juicio Final? Lo que quiero decir es que en el 15 de mayo de 2011 en Madrid todo el mundo estuvo implicado, prácticamente. Yo tuve mucho trabajo, porque como abogado que era y sigo siendo, entonces defendía a un narcotraficante. Le pedían dieciocho años de prisión en la Audiencia Nacional, lo iban a juzgar, y no sé qué pasó con el abogado que me dieron un procedimiento que tenía cerca de cuarenta mil páginas. Tenía una semana para prepararme el caso del narcotraficante, y era la primera semana del 15-M. Así que viví muchas veces las asambleas desde el despacho que tenía en la calle Arenal, que se escuchaba todo. No tenía otro remedio que estar con el juicio…

¿Ahora sigues trabajando como abogado?

S. R.: Sí, aunque llevo muy poquitas cosas, sobre todo cosas de derechos de autor y de propiedad intelectual, también llevo el caso de Pablo Und Destruktion… Aunque bajo mínimos, porque no hay tiempo material.

¿Hay algún libro, de los primeros, que marcara un punto y aparte? ¿Con el que dijerais: «Hostia, esto va en serio, llevamos una editorial»?

B. G.: Yo creo que hay diferentes momentos. Primero La Felguera edita libros más relacionados con la contracultura, anglosajona principalmente, movimientos políticos… Luego se crea una colección que sí que es un punto y aparte: Zodíaco Negro. Aparecen dos libros en principio, que son tres, el libro de Jim Jones, el de Patty Hearst, y La Iglesia del Juicio Final y El Proceso. Eso sí es un cambio, porque de sacar un libro como Motherfuckers!, los textos de King Mob o Historia de un incendio, etc, de repente, ¡zas! Obviamente el sector un poco más politizado…

S. R.: Una colección más vinculada al ocultismo, a los fenómenos culturales extremos. Por eso mucha gente nos dijo que si habíamos perdido la cabeza…

B. E.: La ortodoxia es que es así. Pero seguidamente hay un momento muy clave, que es cuando aparece La facción caníbal, el libro de Servan que con el boca a boca y el «te lo paso», hizo que mucha gente conociera La Felguera. Cuando en principio había poca difusión, éramos mucho más pequeñitos…

S. R.: De hecho, no teníamos ni distribución comercial. Ahora ya han salido cinco ediciones, pero con la primera ni siquiera teníamos distribución.

B. E.: Ahí fue donde notamos un interés muy grande, y al mismo tiempo la vida te lleva por caminos distintos, empiezan a ocurrirsénos más cosas, empezamos a pensar de manera más seria en editar… Estamos hablando del año 2010-2011. Ese es un punto de inflexión importante, aunque más tarde ya llegó la constitución seria como sociedad secreta. Pero eso es un pequeño cambio que hizo que todo lo demás tuviera sentido, recolocándose y dándonos una dirección.

Y cómo es eso de que una editorial-sociedad secreta, que viene de donde viene, con ese discurso tan trangresor, haya tenido una acogida tan placentera entre la prensa, digamos, «institucionalizada». Porque os tratan bastante bien.

B. E.: Sí, es cierto, pero no sé qué decirte. Tampoco es que estemos en ella todos los días, pero por ejemplo sí hay cosas… La última es una doble página en La Razón de nuestro libro de Fuera de la Ley.

S. R.: ¡Pero es que La Razón está llena de antisistemas! [Risas].

B. E.: ¡Eso desde luego! Pero en los típicos suplementos literarios no solemos aparecer.

S. R.: También pienso que hay algo importante ahí. A la gente le puede parecer bien o mal, pero nosotros no hacemos las cosas exclusivamente para ver esa reacción, aunque sí nos importa. Es como cuando uno escribe, o cuando lo hago yo, siempre hay una persona en la que pienso cuando escribo: «Esto le va a encantar a…». Generalmente a Bea, pero también me digo: «Esto le va a encantar a no sé quién». Cuando estás preparando algo tienes esa perspectiva, pero no puede ser limitante. Por eso hay unos títulos que pueden gustar más a la prensa que otros, pero con los años se ve honestamente el esfuerzo que ponemos en ello. Ponemos empeño en que los libros estén muy cuidados, en la traducción, en la presentación, la imprenta, los materiales… Elegimos cosas que podrían salir más baratas, pero queremos darles un aspecto mejor. Eso se ve en todo, incluso en la calidad o en la rugosidad del papel: quieres que cuando la gente lo toque, piense «Coño, aquí detrás hay seres humanos que quieren editar algo que trascienda a su tiempo».

Ese esfuerzo también lo aprecio incluso en editoriales que me son lejanas. Porque a pesar de que vivimos en una época en la que se vende eso de que las cosas llegan solas, de que te apuntas un programa y das un pelotazo… O el mundo del arte, con esa idea tan falsa de que si publicas con un sello grande ya lo tienes todo hecho, la elevación del escritor, todo ese dinero que uno gana… No se dice la verdad. No se dice que vivimos en pisos pequeños, no se dice que solamente el 0,1% de escritores de este país puede vivir de publicar libros. Son cosas que no se cuentan. Por eso creo que ver nuestros libros, el esfuerzo detrás de ellos, cuenta mucho entre la gente de los medios. Y lo aprecia. Podrá gustar o no gustarle, y reseñarlo o no reseñarlo, pero no vienen a por nosotros. Que también estaría bien, ¿eh?

Hablando de la crítica, creo que en España la profesión de crítico nunca ha existido de verdad, a diferencia de otros países. En Inglaterra tienen hasta una disciplina en las universidades que se llama sociology deviance, sociología de la desviación. Aquí nosotros tenemos gente que ha ido escribiendo sobre eso, no solo yo, porque décadas antes por supuesto hay muchos más, pero creo que en España no nos hemos querido tanto a nosotros mismos ni hemos protegido ese pequeño ecosistema. Y por eso la crítica cultural casi no existe. Al menos en mi opinión. La crítica musical es bastante inexistente salvo excepciones, algunos de ellos nuestros amigos, que sí valen la pena. Pero sí que existe esa actitud de «yo no hago nada, pero cuando lo hace otro, reacciono para mal». Pasa igual con los títulos, por ejemplo. Nosotros hemos escrito a otra editorial —no vamos a decir su nombre— para que nos pasase el contacto literario de un tipo americano que nos interesaba, y nos respondieron a los tres minutos diciendo «no te puedo dar el nombre del agente porque nuestros intereses pueden ser contrarios». Joder, pones el nombre en Google y el contacto aparece…. Es de ser tonto pensar que estamos aquí para pisarnos. Es absurdo. Yo lo que quiero es que la gente publique bien de una vez a Nick Cohn, o todo en español de Greil Marcus, yo qué sé.

J. L.: Es un mezquinismo que abunda mucho en este sector, lo confirmo. El otro día estaba con Rafa, de Valdemar, y de repente surgió el tema de qué libros íbamos a sacar. «Voy a sacar de este autor», nos decimos. «Sí, ¿cuál?», te preguntan, y bien. Pero en otros casos se crea ahí un silencio extraño, y mira que somos colegas y no es para pisarnos, pero hay algo ahí muy chungo…

S. R.: Es que es una pasada lo que está ocurriendo en España con las editoriales. Hace poco he estado en México y están mirando superasombrados este fenómeno nuestro de las editoriales independientes, y toda esta escena. Pensamos que está pasando en más sitios, pero en Madrid especialmente está ocurriendo mucho: ediciones muy cuidadas… Y alucinan.

Está pasando tanto que incluso se habla ya de la «burbuja de las pequeñas editoriales».

S. R.: La burbuja del emprendedor, ¿no? La de «gástate los ahorros y capitaliza el paro…». O «sé aventurero, sé aventurero…». Para después de un año decir: «Mira, intentaste cumplir tus sueños» [Risas].

J. L.: Es que nada es tan luminoso ni amistoso como parece. Porque cuando tú vuelves de México, los que organizan esa reunión, organizaron también una reunión con el Ayuntamiento para juntar a todas las editoriales independientes posibles que hubiera en Madrid, porque en la próxima feria de Guadalajara la ciudad invitada va a ser Madrid. La del Ayuntamiento le dice a la gente que ha estado allí, como Servando y muchos otros, que avise a otras editoriales que él conozca para asistir a esa reunión…

S. R.: Y todos pensamos que nos juntaríamos un montón de gente, porque si cada editorial avisaba aunque fuera solo a uno…

J. L.: Pues Servando me avisó a mí, yo avisé a Óscar de Es Pop y a otra más. Llegamos a la reunión y esos éramos los que estábamos. Ya. Nadie más había avisado a editoriales amigas, no sé si por miedo a que les fueran a quitar el pastel… Estaba también el del gremio de editores, que solo fue él, ni un agremiado más.

B. E.: No les avisó.

J. L.: Fue una cosa tan mezquina, que al final dices, ¿para qué?

S. R.: Nosotros, que siempre hemos estado muy metidos en la música, siempre le hemos dado mucha importancia a la filosofía de los sellos pequeños, que es la misma que la nuestra. Yo llego aquí y cojo Forbes, o Squire, o Jot Down y veo las cosas que me interesan, para maquetar. Observar lo que están haciendo otros, aunque estén en otro planeta distinto, porque esto es como un bricolaje. Cuando empezamos con el primer pasito no sabíamos algo tan básico como que la gente te escribía y te decía «Que tus libros no están en Úbeda». O no sabíamos que era el ISBN o el DILVE, que pensábamos que tenía que ver con el sexo… [Risas]. Y lo vas aprendiendo de aquí y allá, con esa filosofía del bricolaje.

Habéis mencionado a Motherfuckers! antes, a Ben Morea le tuvisteis alojado en casa, ¿no?

B. E.: Sí, ahí estuvo, con sus botas de cowboy y su sombrero. A las siete de la mañana le escuchábamos moviéndose en el salón. Cuando vino la verdad es que no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar. Pero al final fue muy bonito.

S. R.: Sí, pero el levantarte por la mañana y decir, ¿qué le voy a poner? ¡Porque no le voy a poner a Black Flag! [Risas]. Así que le pregunté si le gustaba el Black Flag, y le puse a Bessie Smith.

B. E.: Y él decía «Bueno, a mí me gusta más Billie Holiday…».

S. R.: Entonces se queda así callado y dice: «Yo es que solía meterme heroína con Thelonious Monk, a veces venía el pesado de Miles Davis, que era un plasta…». Y nosotros ahí: «Claro, claro». De hecho nos aterrorizaba un poco salir del dormitorio, porque él se levantaba supertemprano y a las siete de la mañana ya estaba con las botas dando vueltas.

B. E.: Y nosotros ahí en la habitación escuchando detrás de la puerta, «Venga, ya está despierto, salgamos…». Era un hombre alucinante.

S. R.: Lo único de lo que me arrepiento es de una cosa. Él no quiere fotos de ningún tipo, pero al final casi le rogué por una, y le dije que no se la daría a nadie ni nada. Y accedió, pero nos las hicimos muy rápido y bueno… A ver, que es lamentable. Yo salgo en pijama, con una cara terrible, y tenía que haberme aseado por lo menos [risas]. Él impresionante y yo así.

A Alan Moore también teníais la intención de conocerlo cuando le publicasteis, ¿no? Queríais viajar a Northampton a entregarle los libros…

S. R.: Sí, lo intentamos, pero no.

B. E.: A ver, nos emocionamos tanto el día que recibimos el correo… Era un sábado antes de comer, y yo estaba preparando un arrocito y…

S. R.: ¡Pero no digas esas cosas que luego salen!

¡Una sociedad secreta haciendo un arrocito! ¡Y además era arroz con cosas, no era paella!

S. R.: Estábamos preparando un atraco, en realidad.

B. E.: Mientras se hacía el arrocito.

S. R.: Con droga dentro.

B. E.: Total, que recibimos la respuesta y nos emocionamos tanto…

¿Del propio Alan Moore?

B. E.: Qué va, era su agente.

S. R.: Soñábamos con una respuesta de Alan Moore pero no, no. Él está hasta las narices. Pero aun así, fue un gesto muy bonito porque claro, es una persona inmensamente conocida, y sabíamos que nuestra baza era que entrara en nuestra web y viera que hemos publicado muchas de las cosas que a él le gustan. Eso fue determinante, al final. El contrato que nos dio fue la leche. Lo leíamos y no nos lo creíamos: por muy poco dinero nos dio los derechos exclusivos de un libro suyo, era una pasada. Muchas veces valoramos las cosas a las que renuncian nuestros héroes, decimos «hey, qué bien que no ha querido ir a recoger el Nobel», pero no pensamos en las cosas que nuestros héroes aceptan, también por el mismo amor. Y por la misma fidelidad a unas ideas o a un universo. Y no lo hacemos porque esas cosas son invisibles, no se ven.

B. E.: Pero el viaje no salió, no. Fue una cosa del subidón del momento.

S. R.: Sí, nos vimos allí metiendo la cabeza en la panadería de Northampton y diciendo: «Cú-cú» [risas]. Pero no, qué va.

B. E.: Decidimos abandonar el plan.

S. R.: Pero sí le mandamos para allá una supercaja de cosas, eso sí. Aquello fue importante, porque en la presentación de ese libro fue la primera vez que hicimos un paseo psicogeográfico para presentar un libro, que fue por la calle Montera. Recorrimos un itinerario donde aparecía de todo: desde asesinatos, incendios, músicos oscuros, hasta un mural que aún está hoy en día, en frente de los cines, donde está Killers. Y luego hicimos un pequeño ritual, una lectura con imágenes.

J. L.: La primera vez que yo no pude entrar a una presentación porque lo petásteis.

Vamos a hacer una pregunta chunga capitalista: muchos se quejan de que a las presentaciones va todo dios, pero no compra nadie el libro. En las presentaciones que lo petáis, ¿vendéis?

B. E.: Es que la mayoría de nuestras presentaciones no son en librerías, eso para empezar.

S. R.: Y no hay libros para vender. No suele haberlos.

B. E.: Muchas veces pensamos que somos tontos, pero…

S. R.: De hecho, la de la distribuidora flipaba. Le mandábamos las fotos de la que habíamos liado en la presentación, y decía: «Increíble, ¿eh? Pero, ¿cómo hace la gente para comprar el libro?», y yo le contestaba: «Pues van el día siguiente a la librería y lo compran». Es que las presentaciones, aunque suene muy bonito y muy políticamente correcto, no son para eso. Joder, es que ha habido presentaciones en las que nos hemos gastado muchísimo dinero, te estoy hablando de quinientos o seiscientos euros por alquilar un pequeño teatro, además del esfuerzo. Pero porque son actos de celebración, es la manera en la que nosotros podemos ponerle cara a la gente que hace que tengamos una buena estrella. Hacemos esas presentaciones para nosotros mismos, para nuestros amigos, pero también para ellos.

Es un modelo curioso, porque las presentaciones se hacen para dar a conocer el libro, pero fundamentalmente para vender.

S. R.: Sí, y nos viene mucha gente preguntando por un ejemplar, y les recomendamos la librería para que se lo compren.

No hablemos ya de las presentaciones en las que, sí llevan al autor, hay que haber comprado obligatoriamente el libro que presenta para que te puedas acercar a la firma.

S. R.: ¿Ah, sí?

B. E.: Qué rancio. Porque de hecho hay muchísimas editoriales que ni siquiera presentan libros, y es totalmente normal.

J. L.: Es que son totalmente ruinosas. Las haces para vender pero no vendes. En primer lugar porque hay espacios que te cobran un dineral, y cada vez más. Y claro, para qué voy a hacer yo el esfuerzo… Y así pasa, que a esos sitios acabarán yendo a presentar las mierdas que presenten, de los que puedan pagar algo así. En Dirty Works no, desde luego.

Sin ánimo de molestar: ¿no hay algo ahí, en las presentaciones de libros, que se ha quedado un poco obsoleto ya? ¿No son un trámite aburrido, en general? Por mucho que te interese el libro, el guion es previsible.

S. R.: Pues sí, yo no voy a presentaciones, la verdad.

J. L.: Efectivamente. Al final es un acto de vanidad para el autor y un acto de generosidad para el editor, porque casi siempre vas a petar pasta. A no ser que el autor lo pete, y la gente vaya a ver al bicho —como se decía en la Feria del Libro: «¿Con bicho dentro o sin él?»—. Yo tengo siempre este conflicto, porque nosotros hacemos presentaciones pero es ya otro formato. El nuestro consiste en llevar whisky. Porque así no hace falta ni hablar de cosas muy transcendentes ni nada. Además, nuestros autores están muertos y son novelas. ¿En una presentación qué vas a hacer? ¿Vas a hablar de la novela tratando de no hacer spoilers? Es una gilipollez hacer una presentación de una novela de un autor muerto… o no.

Pero es una de las inercias del sector.

S. R.: Sí, hasta los libreros se han dado cuenta de eso. El formato ese de un señor gruñón detrás de un mostrador esperando a que vengan y «si no vienen es porque la gente es muy inculta», ha dejado de existir. Yo no sé si todavía alguien lo tiene en la cabeza, pero todavía hay autores que piensan en que cuando publiquen los libros, a ver qué gira de presentaciones le va a organizar la editorial [risas]. Igual, y solo igual, te hacen una aquí en Madrid y otra en Barcelona, y hasta luego. Después, esa misma persona tendrá que comprar sus propios libros al cabo de seis u ocho meses…

B. E.: Para poder regalárselo a su tía.

S. R.: Es que el escenario es ya completamente distinto. Hay que hacer muchísimos esfuerzos, el escritor tiene que colaborar con medios para sobrevivir, tiene que publicar mucho, el editor tiene que enfrentarse a la calculadora y los números, el librero también… Yo creo que surgen atrocidades como que te alquilen espacios para presentaciones —aunque máximo respeto al librero que lo haga— porque también en el mundo del arte están nerviosos. El modelo de negocio ha cambiado, el formato cada vez se vende menos, se produce mucho pero los niveles de venta son menores que hace años… Está todo el mundo buscando su sitio.

J. L.: En el sector de las pequeñas editoriales obviamente se nota menos, pero en el mundo editorial ya establecido sí que se percibe ese no saber por dónde tirar.

S. R.: De hecho los grandes sellos están yendo a por el tipo de autores que podemos sacar o Dirty, o La Felguera.

Es muy curioso que las grande editoriales empiecen a pescar y a copiar los modelos de las pequeñas. Es un poco como cuando el señor Burns se disfraza de Jimbo y va al colegio diciendo: «Hola, colegas».

S. R.: [Risas] Sí, o la campaña de Nike, cuando diseñó un fanzine para posicionarse con el mundo de los guetos americanos y la gente más vinculada al hip-hop y los barrios negros. Era la época preinternet o Myspace, e hicieron catálogos y revistas que imitaban los fanzines. Aquí también pasó con cierta publicación, que desapareció y cuando volvió a salir teóricamente reinventada, parecía que la había hecho alguien con un daño cerebral. Era una cosa atroz, hasta usaban el Comic Sans pensando que eso era la tipografía de la peña molona. Es algo muy patético, eso de imitar todo para parecer molón.

B. E.: Es como en la serie de League of gentlemen.

S. R.: Eso, eso. Hay un personaje que es mod, y ya es mayor, porque joder, los mod son mayores… Y de repente llegan los amigos de su hijo que son como raperos, y le cuentan que tienen una banda. Y él dice: «Anda, yo también, actué en el 82 en no sé dónde, debo tener alguna…“maqueta”». [Risas]. Le intenta dejar una, que es una cinta de casete, y los chavales no saben ni lo que es.

La pregunta sin respuesta: ¿Qué es ser una editorial independiente?

S. R.: Pues mira, pasó lo mismo con la música. Se decía que Subterfuge era independiente, aunque era un sello grande.

¿Para ser independiente hay que ser necesariamente pequeño?

B. E.: Creo que ninguno de nosotros tiene muy claro cuál es el significado de «independiente». No sé si lo diríamos de nosotros mismos…

S. R.: Bueno, a veces lo decimos como cajón de sastre, pero nosotros somos amigos de la gente que nos cae bien, pero tampoco tenemos muchos amigos en el mundo de las editoriales. De hecho a veces se nos ponen los pelos como escarpias.

B. E.: Sí conocemos, pero no nos relacionamos demasiado, el tema de reuniones y tal.

J. L.: A mí es que las reuniones estas me transmiten infelicidad, me quedo desfondado. Me pregunto constantemente qué hago ahí, es que eso no es lo mío. Porque hay muchas decepciones. Y eso de «independiente»… ¿Independiente de qué? Hay gente que cae con colchón, hay gente que salta desde más alto que otros…

S. R.: El doble salto mortal. Hay editoriales independientes que son completamente dependientes de las subvenciones. Entonces lo de la independencia, ¿qué es? ¿levantarte y cabrearte porque no tienes magdalenas?

Generalmente suele relacionarse editorial independiente con aquellas que no tienen consejos de administración.

S. R.: Nosotros eso no, pero tenemos un consejo de sabios, de nuestros colegas. Nos pasamos contactos de imprentas, de medios…

¿Tenéis alguna cifra de rentabilidad? En el sector de las pequeñas suele hablarse de unos dos mil ejemplares.

B. E.: Es una pregunta complicada. Nosotros no sacamos dos mil quinientos ejemplares así de primeras, sacamos dos mil como mucho. A veces reeditamos pasado un tiempo, pero lo de la «rentabilidad» no me gusta para hablar en esos términos. Porque por suerte y después de mucho tiempo y trabajo vivimos de ello y obviamente no hacemos todo el trabajo nosotros (por desgracia, no somos traductores) y nos mantenemos. ¿Rentabilidad? Bueno, vivimos de ello. Por eso no nos gusta hablar de cifras.

S. R.: Depende del libro. Porque hay algunos que sabes que no tienen una carga de costes muy grande, de la traducción, de las personas que hace las cubiertas, derechos, la imprenta… Y otros libros sí tienen una presión mayor. Por eso los editores tratamos de ajustar eso en el precio. Yo creo que el libro es de los pocos productos culturales en los que no hay demasiada usura. Si conoces todos los que participan en esa cadena, veinte euros no es tanto. Por supuesto que los editores en ocasiones pensamos: «Coño, que la distribuidora a veces se lleve el 56%….» pero es que ellos también tienen que negociar a su vez con otros. Es una cadena en la que intervienen muchísimas personas y donde no hay un margen muy grande. Nosotros le damos muchísima importancia a conocer personalmente a la imprenta con la que tratamos, ver que todo funciona honestamente y que no nos estamos relacionando con el maligno. Está muy ajustado todo. Nosotros hemos pensado en algún momento: «Joder, tenemos que vender el 80% de toda la tirada para sacar algo, y si hago cálculos me da algo».

Y algo que no es medible en términos económicos: el esfuerzo documental que tienen muchos de vuestros libros, las horas de Biblioteca Nacional, de viajes al lugar…

B. E.: Sí, los libros que son propiamente de edición requieren mucho de ese trabajo de investigación, de encargar textos, de hacer notas explicativas…

S. R.: Y mira, creo que son los libros que más nos gusta hacer, los de edición. Los que no existen antes y los creas a partir de muchas fuentes. Son los más complicados, y los que más disfrutamos, como el de Fuera de la ley, que fue un trabajo complicado de Biblioteca Nacional. Pero joder, es que mientras lo preparamos, aprendimos un montón. Y lo aguantamos como pareja en un piso de una sola habitación, eso es duro. [Risas].

La novela es nuestro género menos frecuentado.

B. E.: Y no sé, por algo será. Lo hablamos cíclicamente, que estaría muy bien editar tal o cual cosa…

S. R.: Pero es que ya hay gente que lo hace muy bien.

B. E.: No es nuestro campo, pero si nos llegase una novela, o pensásemos en algo muy claro que viéramos que es para nosotros, nos lanzaríamos. Solo hemos publicado dos.

S. R.: Honestamente, aunque esto sea duro decirlo, y para mí que soy autor también: todos los autores piensan que lo que han hecho es maravilloso. Es lo mejor del mundo mundial. Nos llegan muchísimos manuscritos, pero en muy pocas ocasiones hemos pensado: «Sería genial sacar esto pero nosotros no somos la editorial adecuada»… Además hacen lo que no se debe hacer al mandárnoslo, venderlo de esa manera. Nos han llegado correos en plan: «Buah, he terminado algo tremendo, de una calidad increíble», hablando de sí mismos. U otros que nos decían: «Es una novela ambientada en Cuba muerto el comandante, yo creo que va a tener mucho tirón». Nos han llegado muchos correos en plan: «Esto va a arrasar, vosotros veréis lo que hacéis».

J. L.: Ese tono de «vosotros veréis» es muy habitual.

S. R.: El ego en el mundo del arte es cósmico.

J. L.: Yo creo que en los cursos de cómo escribir hay alguien que da esa clase y les imparte eso: «Tenéis que ir seguros de vosotros mismos». Y no hay vergüenza ajena en todo ese discurso de «cree en ti mismo». A nosotros nos han llegado correos diciendo: «He visto vuestra editorial, me interesa mucho, y yo he escrito esta novela que es genial y podíra mandarla a otros sitios mucho mejores, pero me gusta vuestro rollo». Y eso que nosotros lo tenemos más fácil, porque podríamos decirle, simplemente…

«No estás muerto y no eres sureño, lo siento».

J. L.: [Risas] Eso, eso. Y tu nombre no acaba en y griega, al menos al principio: Billy, Larry, Harry… Nos dicen cosas como «he visto vuestro catálogo y creo que puede encajar», y dan ganas de contestarle: «Pues entonces no lo has visto bien».

S. R.: Pero volviendo al tema de la novela, igual este año damos una sorpresita… Empezar una colección que es la que no tenemos. Nos interesa mucho la novela gráfica, el libro ilustrado… Es algo que poco a poco vamos a ir incorporando, pero teniendo claro que hay otra gente que lo hace muy bien. A veces no hemos publicado muchas cosas que nos apetecían por miedo a «matar» ese libro, porque nosotros sabemos dónde está nuestro público.

J. L.: Y además, la ficción es un suicidio. Porque hay una saturación brutal. Mira lo que le pasó a Es Pop en su colección con Valdemar, que el último número lo tuvieron que financiar con crowdfunding. Él mismo ha renunciado a la ficción, porque se pierde. Hay tanta cosa y tan buena, que meterte ahí o es una cosa muy especial, o yo qué sé. Es muy difícil, porque además cuando la cosa peta va Mondadori y te compra el autor. Nunca sabes, porque esto es una lotería.

S. R.: Además en la ficción tienes que luchar por la faja, todo tiene que ser muy grandilocuente: «La mayor novela del siglo…». Es lo mismo que pasó con las series, «La novela que inspiró al tío del primo que ideó True Detective…».

El mejor no era ese, el mejor era: «El poema que inspiró al autor de El Rey de Amarillo en el que se basó True Detective».

J. L.: ¡Lo compro! Rafa, el de la librería de Salamanca Letras Corsarias, suele inventarse fajas. Con el libro de la editorial Underwood, Fat City, le puso una faja de «Edición 27. Veintisiete mil libros vendidos en Salamanca». Y había salido hace una semana. [Risas].

S. R.: Bueno, en la primera edición de La facción caníbal la faja es falsa también.

J. L.: ¡Terrorista!

S. R.: ¿Pero cómo va a ver reseñas antes de que haya salido el libro? Pues poníamos «International review de no sé qué…» y así. Todo muy grandilocuente.

Una de las fajas que nos contó el librero de Estudio en Escarlata era de Drácula de Stoker, y ponían: «La novela que ha inspirado a la autora de Crepúsculo».

J. L.: Es la lucha por llamar la atención a toda costa. Lo bonito sería llamar la atención por la calidad del producto, pero no. Hay que conseguir que el libro te llame la atención por lo que sea.

B. E.: Se ha caído en una locura que además es contraproducente.

Servando, alguna vez has dicho que si colocaras todos los libros de La Felguera, contarían una historia lineal.

S. R.: Es verdad que es así. Los libros no cambian tanto, y hay muchos mitos en torno a ellos. Ese tipo de cosas de «la derecha debería leer más» o «el fascismo se cura leyendo». Pues es una de las grandes falsedades, porque no se trata de eso. «Cuantos más libros el pueblo es más libre…» y ese tipo de cosas. Yo creo que los libros son puertas que dejas abiertas, y cuando las cruzas puedes hacer lo que creas conveniente. No creo que por leer a Ezra Pound o Marinetti te conviertas en un fascista, y por leer a Eduardo Galeano en una persona muy enrollada. De hecho podría ser lo contrario. Pero pienso que cada libro que hemos editado nos ha llevado a otra puerta, tirando de un hilo, y ese hilo puede ser algo así como los márgenes de la historia, esos fenómenos culturales que han estado alrededor, en la periferia. Aunque el propio concepto de periferia sea falso, porque ha inspirado a la propia historia, y por eso también es el centro. Se puede contar la historia del siglo XX a partir de los asesinos en serie, o se puede contar esa historia a través de los derrotados y no de los triunfadores de mayo del 68, del rock & roll. Hoy en Agente provocador publicábamos una foto de Johnny Cash, que es un personaje muy importante en nuestra historia. Esa foto llegó a través de Mario Riviere, el cantante y guitarra del grupo en el que estuve una década y de los mejores ilustradores de nuestro país. Uno de los puntos de inflexión es cuando él entra en la editorial…

B. E.: El primer libro que hace Mario es El exterminador hizo bien su trabajo, de Burroughs.

S. R.: Entrar a casa de Mario implica entrar a un templo de todas las cosas que nos gustan. Es un museo. Si pusieran un cartel la gente pagaría. Pues cuando cenamos con ellos hace poco, nos contó que había una foto de Johnny Cash con GG Allin, y flipamos. Lo que quiero decir es que todo esto que tiene que ver con el arte y la cultura, la idea del intercambio, pasar un testigo a otro, es importante. Nosotros hace años no sabíamos que existía El Proceso, la Iglesia del Juicio Final, pero acabas escribiendo un libro sobre eso, eso te lleva a otra persona como Genesis Breyer P-Orridge, que te lleva a los inicios de los inicios de la música industrial, que te lleva a Jordi Valls, de Vagina Dentata, que nos escribió un prólogo para el libro de Jim Jones… Es todo un intercambio de trucos, de contraseñas, de bricolaje, al final.

Ya que hablamos de fotos extrañas, ¿cómo llegaste a la fotografía de Kurt Cobain y William Burroughs por el que empezaste el libro de Nada es verdad, todo está permitido?

S. R.: Pues mira, la imagen de Cash que decíamos puede contar la historia del siglo XX, al menos para mí. La que a mí me puede interesar. Y en el caso de Cobain y Burroughs yo tenía la posibilidad de sacar el libro con Alpha Decay, y me pareció muy bonito escribir un ensayo a través de simplemente una fotografía. Recuerdo que empecé a escribirlo, pero había algo que estaba cojo: ¿qué le entrega Cobain a  Burroughs? Eso me lleva a un disco de Leadbelly, al que Cobain versioneó, y se lo entregó a Burroughs. Si sumas todos esos acontecimientos y tradiciones, tienes prácticamente un siglo de lo mejor de la historia cultural. Ahí fue donde me dije: «Tengo la historia». Igual que cuando escribí El Ejército Negro, no solamente era la historia de una banda de motoristas negros, y eso que lo podría haber escrito así. Pero en el momento que descubro que hubo un Billy el Niño negro, me dije: «Joder, ya no es contar la historia tal y como ha sido, sino con subjetividad». Porque a Burroughs fue mucha gente a verlo, pero cuando vi esas imágenes me di cuenta de que era la historia que quería contar, no la plana, la objetiva de la Wikipedia… A nosotros nos interesa mucho eso. Hay una persona muy importante en la editorial, Ramón Mayrata, que es el mayor teórico de la magia de este país, él emplea una palabra que nos hemos apropiado: la singularidad. Lo que nos interesa son las gentes singulares. ¿Qué tienen en común GG Allin y Cash? Incluso habrá gente que dirán que no los mezcles, porque ese hijo de puta era… bueno, un hijo de puta. Pero es que los dos son personas fascinantes… ¿Y qué tiene eso en común con un asesino en serie? Que era gente singular, y la historia de la cultura popular está construida a base de esas personas singulares. Larry Brown, Harry Crews también son así, singularidades absolutas. De hecho muchos de nuestros amigos son singulares.

Imagino que sois conscientes de que Wikipedia os relaciona con Anonymous. Dice, literalmente que «Los seguidores de Anonymous, por ejemplo, han sido vinculados a la editorial, al basarse en manuales de guerrilla de la comunicación, textos anarquistas y situacionistas, el catálogo completo de la editorial La Felguera y cualquier documento filtrado por Wikileaks».

S. R.: Eso fue cuando el 15-M, que el propio Ben Morea decía: «¿Pero qué me han hecho, qué me han hecho?». Vino aquí a pasar unos días porque le organizamos una gira de charlas en Londres, Madrid, Barcelona y Lisboa, y aquí le llevamos a una asamblea del 15-M. Inmediatamente salió como uno de los cabecillas del 15-M en las noticias. En fin. Imagino que la gente de ETA o el GRAPO también habrán leído cosas nuestras, pero eso no quiere decir que haya vinculaciones con nosotros.

Estáis a punto de lanzar Los resurreccionistas. Sin destripar demasiado, ¿cómo llegáis hasta esa historia?

B. E.: Eso lo descubrió Servando, por ahí buscando y llegó al diario…

S. R.: ¡Ya recuerdo! Fue porque con Londres Noir: el libro negro del crimen, nombraba a «the resurrectionist», y nos pareció un nombre fantástico y fabuloso. No sabíamos que los ladrones de cadáveres se llamaban así, y empezamos a buscar todo tipo de mierdas hasta que encontramos un diario, el único escrito por un resurreccionista real en 1812, Jack Naple. Era demasiado bueno para dejarlo pasar. Contactamos con Juan Mari Barasorda, que es un experto de este tipo de temas y del siglo XIX, que debería haber nacido en la Francia o en la Inglaterra de aquella época. Nos escribió un prólogo maravilloso, y hemos conseguido muchísima información. Decidimos vincular el libro con los primeros anatomistas del siglo XIX, con los médicos y las facultades de medicina que eran los receptores de los cuerpos. Es un libro en tapa dura que si lo ves es superbonito, porque es un tema que tiene que ver con los bajos fondos del hampa más abyecta del hombre. De hecho eran ejecutados o linchados públicamente, porque robar un cadáver en aquel momento… Fíjate cómo sería que llegaron a colocar trampas y armas dentro de los ataúdes, y aparecen en el libro fotografías de esas armas que se fabricaban para evitar que robaran el cadáver de tu padre. También había ataúdes de seguridad, que aparecen en Edimburgo sobre todo, de ataúdes cubiertos de cemento, de hierro, con símbolos y calaveras que decían: «No te atrevas a profanar este sepulcro», fíjate cómo era la avalancha de resurreccionistas. Se pusieron también muchos vigilantes en el cementerio que pasaban mucho miedo, porque los resurreccionistas eran peña muy chunga. Todo eso puede verse en el libro, con imágenes de disecciones, con grabados de anatomía superbonitos, en ese ambiente entre lo paramédico de los primeros anatomistas… como en la serie The Knick.

Clásicos atragantados: la pregunta de siempre. ¿Cuál es el vuestro?

S. R.: Yo si tuviera que decir un libro… Destruiría con mis propias manos Ética para Amador.

B. E.: No voy a poder superar eso. No me mola nada el tipo de literatura tipo Johnatan Franzen, me parecen unos farsantes. Y luego sin acabar, pues el Ulises, que jamás he sido capaz de terminarlo.

S. R.: A mí me pasa con la micropoesía, me parece una tomadura de pelo. Eso, y el Estado Islámico deberían estar exterminados de la tierra. [Risas].

Coautor 370


GG Allin: mesías de la infamia

Foto cortesía de ggallinonline.
Foto cortesía de ggallinonline.

En el año 1956, en un pequeño pueblo del estado de New Hampshire, nacía un chiquillo llamado Jesus Christ Allin. El particular nombre de la criatura era culpa de un padre bastante hooligan de la Biblia que aseguraba haber recibido la visita de Jesucristo para comunicarle que su nuevo hijo «sería un gran hombre al estilo del Mesías». Lo cierto es que si esa afirmación divina hubiese incluido además las palabras «sangre», «mierda» y punk rock no habría ido muy desencaminada del destino real del querubín.

El mundo está lleno de cosas hermosas, esta historia no es una de ellas. Los estómagos tiernos harían bien en evitar la digestión pesada y soez que viene a continuación. Y todos los demás deberían ajustarse las gafas de buceo porque ahora mismo están trepando por la escalera del trampolín que antecede a la zambullida en una piscina de la más hedionda mugre.

Esta es la historia de GG Allin.

El último mesías

Jesus Christ Allin era el segundo hijo del matrimonio entre Merle Colby Allin y Arleta Gunther. Tres años antes la pareja había concebido un bebé varón que se había librado del bautismo con temática bíblica al recibir un nombre que optaba por el copia-pega paterno: Merle Colby Allin Jr. O el hermano mayor de la figura que nos ocupa y también el creador involuntario de su nombre artístico al ser incapaz de pronunciar correctamente la palabra «Jesus» y dirigirse a a su hermanito llamándolo «Je-Je», una denominación que evolucionaría en el apodo mucho más estilizado de «GG».

La dicción no sería el más grave de los problemas de la familia Allin, los infantes GG y Merle vivían en una cabaña sin electricidad ni agua corriente por decisión de su padre, un überfanático religioso que impedía a su mujer e hijos llevar a cabo demasiado contacto con el mundo exterior y cultivaba el preocupante hobby de cavar tumbas cuyo número coincidía con el de la unidad familiar, algo que empezó a levantar sospechas ente Arleta y sus dos retoños sobre la viabilidad de conjugar un futuro perfecto. Tras algún intento de fuga, frustrado por un padre que utilizaba a GG como rehén, Arleta acabaría escapándose de las garras de Merle Colby Sr y llevándose a los niños al estado de Vermont. GG Allin resumiría esos primeros años de vida como un infierno dominado por una entidad paterna con aires de psicópata asesino que les trataba como prisioneros.

Al llegar a la escuela Arleta decidió cambiar el nombre de Jesus Christ Allin por el de Kevin Michael Allin para evitar que la criatura se convirtiese en un aparcamiento de collejas. El chaval abordó la vida escolar tropezando con todo: al ser mal estudiante y repetidor acabó sentando el culo tras los pupitres de las clases de educación especial y comenzó a regar el odio por la sociedad en general. En sus años de instituto decidió asistir a las aulas vestido de mujer inspirado por los New York dolls y dedicarse a otro tipo de cosas menos sanas: vender droga, allanar casas ajenas y robar todo lo que era posible.

The sound of music

Esto es pura basura, es decir punk, tan crudo que creerás que tu estéreo está roto. No existe ni una gota de intelecto, talento o innovación en este disco. Las letras son estúpidas y ofensivas. Lo recomendamos. (Crítica de Boston Rock al primer sencillo de GG Allin & The Jabbers, 1979).

El tonteo con la música comenzó de manera temprana, GG Allin arrancaría como batería en el grupo Little Sister’s Date, efímera formación adolescente que versionaba tonadillas de Aerosmith o Kiss. Después fundaría Malpractice, un grupete con el que llegaría a publicar un sencillo pero que tendría una breve vida en activo, según el propio Allin por ser una agrupación «adelantada a su tiempo», algo así como Marty Mcfly en el Baile del Encantamiento Bajo el Mar. Durante aquellos primeros pasos en el mundo artístico Allin aún era un ser de luz, idolatraba a los Beatles, Iggy Pop y The Rolling Stones mientras llevaba una vida personal razonablemente normal: casado con su novia del instituto, con un trabajo corriente y respondiendo al nombre de Kevin si no estaba subido al escenario. Con sus baquetas recién alistadas en la banda The Jabbers, donde se facturaba una mezcla de hardcore punkarra y power pop, comenzó a ejercer de cabecilla de los shows en directo y a dejar crecer su megalomanía: en el primer álbum completo que publicaron (Always was, is and always shall be) Allin decidió eliminar el «The Jabbers» de la cubierta y sustituyó la foto grupal por una propia con cara de gigoló rockero. Un dato revelador es que en la actualidad parece que existe un mayor número de copias de aquel disco autografiadas que limpias de rúbrica alguna, presumiblemente porque las ansias de besar la fama llevaron al cantante a pasear el bolígrafo sobre todas las que pudo. A mediados de los ochenta el resto de componentes decidieron desintegrar la empresa cuando fueron conscientes de que un Allin enganchado a la heroína, devorador de pastillas ofrecidas por su público, amigo de hacer la croqueta sobre cristales rotos durante las actuaciones y con una afición preocupante por visitar la cárcel, estaba empezando a desbocarse demasiado y su perfil apuntaba a lo que se conocía técnicamente como «estar mal de la puta cabeza».

Durante aquellos años GG alternó su posición en The Jabbers con varios berreos en otros grupos. Colaboraría en álbumes y sencillos con Wayne Kramer y Dennis Thompson, de Motor City Five, o Emily XYZ y con agrupaciones de elegante nombre como The Scumfucs, The Texas Nazis o The Cedar Street Sluts. Pero pese a vomitar unas cuantas decenas de temas y ser bastante activo en los bajos fondos del underground el incidente que estaba a punto de hacerle despegar tendría poco que ver con la batería de temas producidos. Porque a la hora de hablar de Allin como músico lo menos importante es hablar de su música: su legado es en su mayor parte una montaña de ruido grabado en condiciones lamentables e incluso las piezas producidas durante la época Jabbers, donde el cantante aún tenía una voz más cercana al ser humano y menos a la rata torturada, eran cortes pegadizos pero sencillos que pasaron de puntillas por la historia. No, para hablar de la leyenda de Allin no es necesario mencionar su producción musical sino explicar que existió un punto de inflexión en su vida: el momento mágico en que en una pequeña ciudad de Illinois el músico decidió generosamente desnudar su alma, revelar sin tapujos el auténtico interior de la estrella de rock y lograr fundirse en un todo con el público en la comunión definitiva entre la audiencia y el artista. En 1985 GG Allin cagó como un aspersor sobre la audiencia.

Once you pop you can’t stop

A mediados de los ochenta, GG se arrastra entre drogas y botellas por la casa infestada de cucarachas de Bloody Mess, músico y colega de tropelías con cresta envidiable, hábitos higiénicos cuestionables y afición por prenderse fuego al propio cabello durante sus directos. Ambos decidieron participar en una actuación en Peoria (Illinois) y se embarcaron en un autobús como alegres colegiales en una excursión. En una de las paradas del viaje a Allin se le ocurrió comprar una caja de laxantes para dar más color a su número musical y acabó decidiendo que lo más coherente era tragárselos todos de golpe en ese mismo momento; como consecuencia de aquella feliz idea el hombre se pasaría el resto del día con las piernas hechas una trenza, apretando la escotilla de descarga y sudando mucho. Una vez en el local Allin contendría el revolucionado tránsito intestinal mientras esperaba su turno para abordar el escenario porque su intervención venía precedida de un grupito (Caustic Defiance) más light y conocido localmente que era el culpable de la masiva asistencia de público adolescente. Tras el show principal la veintena de jóvenes presentes, aquellos que aún no habían abandonado el local para asistir al botellón celebrado en el parking, contempló a un hombre abordar las tablas vestido únicamente con una bata y un suspensorio con un CÓMEME apuntando al pito escrito en la goma. El caballero acarreaba consigo un radiocasete y una cinta instrumental (porque Allin consideraba que no era estrictamente necesario ir de gira con una banda completa cuando era posible aprovechar las ventajas de la tecnología) que diligentemente puso en marcha antes de acercarse al micrófono. De manera sorprendente fue capaz de escupir unas cuantas estrofas antes de que los intestinos le anudasen definitivamente las entrañas y tomara la firme decisión de bajarse el taparrabos, apuntar a la audiencia y sacar lo peor de sí mismo.

Lo que sucedió a continuación tiene aires apocalípticos y debería de imaginarse con la cámara lenta activada y el movimiento «O Fortuna» del Carmina Burana sonando de fondo: una manguera de caca punki arrojó un portentoso caudal a presión repintando medio local y provocando en la chavalada presente una reacción similar a la de un nazi al abrir el Arca de la Alianza. El hedor golpeó como una onda expansiva a tres estados contiguos y Kevin Brashear, encargado de sujetar un micrófono delante del radiocasete, evocaría el momento desde su punto de vista privilegiado, en cuclillas de cara al público y a la vera del artista, con palabras poéticas: «¡GG estaba tirando mierda hacia todos lados!». Entre gritos de pánico y arcadas se produjo una estampida salvaje de gente huyendo de aquella personificación del terror más puro al mismo tiempo que los dueños de la sala con las cejas y las blasfemias en órbita se abalanzaban a toda velocidad contra el cabrón transmutado en surtidor para recriminar amablemente su comportamiento a base de una lluvia de hostias. Pero Allin optó por la estrategia defensiva elaborada y comenzó a rebozarse en sus propias heces. Cuando los encargados y los camareros del local llegaron a su posición ninguno se atrevió a ponerle la mano encima a aquel tarado barnizado de mierda y nadie parecía tener a mano un palo para azotarle desde una distancia prudencial. GG Allin y Bloody Mess escaparon en la furgoneta de la madre de Brashear justo cuando la policía estaba llegando al lugar del crimen y los adolescentes presentes se apilaban en las afueras del local con los ojos llorosos preguntándose unos a otros si existía un Dios. Brashear tardaría semanas en erradicar el olor del vehículo de huida, Bloody Mess se llevaría a casa el micrófono cubierto de excrementos , GG acababa de fagocitar a Kevin Michael. Nacía el poop punk, nacía el asco y la infamia.

GG Allin bromeando con su amiguito horas antes de montar una franquicia de repostería intestinal. Foto cortesía de Bloody Mess.
GG Allin bromeando con su amiguito horas antes de montar una franquicia de repostería intestinal. Foto cortesía de Bloody Mess.

Lo que sucedió a continuación es un encomiable descenso al alcantarillado del buen gusto, si poco tiempo antes el cantante ya era conocido como el «chalado de Manchester» de aquí en adelante haría todo lo posible por elevar a once esa afirmación: se embarcaría en una gira con un Bloody Mess que viajaba armado con una cámara de plástico disparando fotos a todo como un crío en Disneylandia y ambos convertirían la ruta en una excursión salvaje empapada de drogas, materia fecal, vómitos, visitas a bares de travestis, cunnilingus a fans en los pasillos de hoteles y cabezas de skinheads reventadas. En aquel momento asistir a un concierto de GG suponía contemplar un espectáculo grotesco en el que un hombre desnudo defecaba en directo, practicaba la coprofagia, te arrojaba sus deposiciones a la cara, se cortaba con cristales, golpeaba el micrófono contra su calavera hasta chorrear sangre y propinaba hostias aleatorias a su propio público. También implicaba la certeza de que el recital nunca llegaría a completar el setlist previsto porque en la mayoría de los casos antes de que eso fuera posible la policía, los responsables del evento o el público intervendrían de un modo u otro. La banda de inadaptados que asistía a sus actuaciones también demostraban cierta clase y finura: en uno de sus shows el mesías del rock infame cayó inconsciente a causa de las drogas y su audiencia decidió agradecerle la dedicación propiciándole una paliza considerable a su cuerpo inerte. Un anónimo en internet aseguraba que su banda llego a coincidir con el cantante durante una prueba de sonido previa a un evento en la que Allin llegó a ensayar un par de temas antes de tener el detalle de bajarse los pantalones y plantar un pino en el suelo, algo admirable al tener en cuenta que estamos hablando de un mero ensayo sin público alguno. Si esa anécdota es real de lo único de lo que no se podría culpar a al showman es de falta de constancia.

GG Allin se autoproclamó el último rock and roller auténtico. Idolatraba el country y en especial a Hank Williams. Malvivía como una rata sin ningún tipo de posesiones más allá del suspensorio, la chaqueta y cosas como aquel casco nazi con el que fue a rendir sus respetos a Johnny Cash, solo se duchaba por error, sentenciaba que la sociedad y el rock estaban devorados por el corporativismo pero que menos mal que estaba él ahí para devolver al género a sus raíces a base de cagar sobre el escenario. Su obsesión con los asesinos en serie le llevó a cartearse y hacerse amiguito de John Wayne Gacy, el payaso asesino responsable de la muerte y violación de una treintena de niños que sería ejecutado por inyección letal. El propio Gacy diría del cantante que era un buen chico, pero que olía como el demonio, una afirmación a la que hay que otorgarle los bonus points de salir de boca de un puto psicópata. En 1989 Allin declaró al fanzine Maximum RocknRoll que llevaría lo extremo al límite durante el día de Halloween de ese mismo año al suicidarse en el escenario durante uno de sus conciertos, pero finalmente la fecha señalada le pillaría encerrado en la cárcel. Continuó declarando lo mismo durante cada año venidero pero no tuvo la suerte de cumplir su sueño: la víspera de Todos los Santos siempre le sorprendía contando rejas.

Hated

A principios de los noventa un estudiante de la New York University Film School abandonaba la carrera para centrarse en la dirección de Hated: GG Allin and the Murder Junkies, un documental (que se puede ver aquí) sobre la gira que Allin llevaría a cabo junto a los Murder Junkies tras cumplir condena en la cárcel por agredir a una mujer y beber su sangre durante un encuentro sexual. Ese exestudiante de cine se llamaba Todd Phillips, y sería el futuro responsable de cosas como Road Trip, Aquellas juegas universitarias o la trilogía rompetaquillas de Resacón en Las Vegas. Y aquella intrépida aventura underground en forma de documental le llevaría a filmar cubierto con un chubasquero diversas actuaciones infames de los Murder Junkies con el chalado frontman amigo de la repostería intestinal haciendo de las suyas. También registraría varios eventos miserables como aquella performance en la Universidad de Nueva York donde Allin decidiría que lo que necesitaban los jóvenes estudiantes era ver a un adulto metiéndose un plátano por el culo. E introduciría al público al hermano de la estrella: Merle, encargado del bajo en la formación y jardinero de un imposible bigote del inframundo. Y a Dino Sex, el zumbado y pervertido batería que primero trataba de justificar su afición por tocar en pelotas sin tener muy en cuenta que una condena por exhibicionismo pasada le hacía pocos favores a su alegato, y a continuación intentaba convencer al espectador de que la obra de GG Allin era un canto a la paz mundial y no un esperpento protagonizado por alguien que se empana en su propia mierda. Phillips contemplaba todo aquello como quien asoma la cabeza a un accidente de tráfico protagonizado por payasos de circo, con más curiosidad que respeto y tirando de la guasa: se pasaba por el forro la petición de uno de los entrevistado de eliminar en el montaje el nombre de una prostituta contratada para escanciar su propio pis sobre el cielo de la boca del punk rocker (un metraje casero que también se ha incluido en la película). Y decidía ilustrar las palabras de un narrador que mencionaban la extrema fidelidad de los fans de Allin con la instantánea de un hombre cuya boca estaba ocupada por el pene de un GG con pintas de estar inconsciente. Un pene que, todo sea dicho, sería muy punk pero tenía una presencia casi testimonial, algo que proporcionaba bastante comicidad e incertidumbre a las actuaciones del caballero.

Finalmente la bestia protagonista del film asistiría a la proyección pública de un primer montaje de la película y lo haría con el piloto en modo de vuelo: arrojando cervezas contra la pantalla, hiriendo con una de ellas a otra espectadora, y escapando del lugar antes de que apareciera la policía.

El último punk

Presentadora: ¿Es usted feliz consigo mismo?
GG: Soy hermoso.
(Última entrevista televisiva de GG Allin en 1993).

El 27 de junio de 1993 Allin ofrecía un concierto en una pequeña sala de Manhattan cuando el show se suspendió por razones inciertas. Aquello provocó que el artista saliese a las calles desnudo y con una capa de caca como chaqueta para acabar arrastrando a sus seguidores de paseo hasta una fiesta improvisada en casa de Johnny Puke. En algún momento durante aquel guateque Allin palmaría por sobredosis de heroína entre un grupo de colegas que al creerlo borracho y desmayado decidirían sacarse unas cuantas fotos junto al cuerpo cuando este ya estaba siendo abrazado por la parada cardiorrespiratoria. Poco antes, en otra de sus intervenciones televisivas, se había presentado ante la audiencia estadounidense como dueño del destino de los niños de los espectadores mientras se regodeaba explicando que durante sus actuaciones se había zumbado tanto a niñas y niños menores de edad como a animales domésticos poco escrupulosos.

Para su funeral, del cual también existe testimonio visual, su hermano Merle dio la orden de no lavar ni arreglar el cadáver y el chalado de Manchester abandonó este mundo en su caja de madera engalanado únicamente con su clásico suspensorio, su chaqueta de cuero, una botella de Jim Beam (tal y como había solicitado en la balada «When I die») y un walkman con una cinta de sus canciones. Los asistentes a la despedida remataron el espectáculo grotesco aportando el lazo distinguido: bebiéndose el whisky durante la celebración y devolviendo una botella vacía al féretro. A día de hoy los fans (o detractores, a saber) de GG visitan regularmente su tumba para verter en la lápida bebidas alcohólicas, orines propios o directamente defecar sobre ella como quien lleva flores a sus seres queridos.

En New Hampshire esto es lo que entienden por un excusado. Foto:  Wikicommons.
En New Hampshire esto es lo que entienden por un excusado. Foto: Sweed666 (CC)

En el año quince después de Jackass, tras haber contemplado los desbarres de Mayhem y a unos niñatos como Bloodhound Gang reciclando vómitos en el escenario, todo el tema de la escatología festiva resulta bastante menos sorprendente. GG Allin está lejos de ser un héroe o una figura legendaria inadaptada a la que venerar. Porque partirse los dientes con el micrófono y obrar en público para después hacer malabares con el quinto elemento realmente tiene muy poco de acto de valentía y mucho de ser un auténtico gilipollas insalubre. El cantante, a pesar del discurso de alma libre y salvador del R’n’R que promulgaba en aquel manifiesto vital redactado en prisión, dejaba claro en otros diarios carceleros, recogidos en el libro GG Allin: Prison Wars, que en realidad era un adolescente enfadado con el mundo. Uno que garabateaba guarradas ofensivas como un colegial sobre su carpeta y que evidenciaba hábitos masturbatorios de frecuencia similar a los de un primate salvaje, algo que se deducía por aquellas páginas donde el verbo jerk era utilizado casi como signo de puntuación. Un ser despreciable, repudiable y asqueroso que se calificaba a sí mismo como templo del rock and roll y justificaba sus actos resolviendo que sus fluidos corporales eran la manera de entrar en comunión con el público. En la era actual a todos esos protopunkis teenagers y postpunkis cuarentones que se creen muy rompedores proclamando la conducta antisocial entre sus contactos de Facebook o Twitter habría que recordarles que GG Allin murió como una babosa mientras sus amigos se hacían selfies con su cadáver, y que no existe nada más punk que eso. Ni nosotros necesitamos que exista, con un mesías de la infamia hemos cubierto nuestro cupo de heces para un par de generaciones más.

Que te jodan allá donde estés, GG Allin.

GG Allin de buenas. Foto: Wikicommons.
GG Allin de buenas. Foto: Wikicommons.


Grandes misántropos

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Varg Vikernes en 2009. Fotografía: Rustem Adagamov (CC).

El diccionario de toda la vida (que no la Wikipedia) dice que el misántropo es una «persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano». Una definición que resulta un tanto obsoleta y hasta cómica, si tenemos en cuenta las cotas que ha alcanzado la insociabilidad en nuestros días. Si nos guiáramos por ella, la mayoría de los habitantes del mal llamado primer mundo podríamos ser tachados de misántropos. Somos legión los que vivimos aislados en cuevas de hormigón, esquivando a nuestros desconocidos vecinos como si tuvieran la peste bubónica e interactuando con el prójimo a través de maquinitas, sin rozarlo salvo para la cosa sexual y a veces ni eso.

Y los comportamientos insociables son más extremos cuanto más sofisticada es la sociedad en cuestión. En Japón, por ejemplo, brotan como setas los hikikomoris, modernos anacoretas que solo se comunican con el mundo exterior a través del ordenador, los videojuegos on line y otros inventos. En Occidente tampoco somos mancos y desde que las redes sociales son los nuevos bares, poco nos falta para ser autistas. También los guionistas de la tele, de ahí la proliferación de personajes de ficción tan bordes como Sheldon Cooper (The Big Bang Theory), Rust Cohle (True Detective) o Bender Bending Rodríguez (Futurama). Personajes que pese a su presunta misantropía (o precisamente por ella) nos caen muy simpáticos.

Pero en esto de la misantropía también hay clases, grados y tamaños. Y hoy vamos a hablar de misántropos como la copa de un pino de grandes. Ases del pensamiento egoísta que viven o vivieron de espaldas al mundo rumiando un rencor mayúsculo. Genocidas en potencia que a veces (solo a veces) cruzan la línea del pensamiento hostil para caer directamente en el crimen. Apóstoles de la revolución antihumana. Estetas que transformaron su odio indiscriminado en arte bruto. Por separado no constituyen una gran amenaza y, dado que son gentes de pocos amigos y no todos pertenecen al mismo segmento espacio-temporal, es poco probable que se junten en un supergrupo de supervillanos. Si lo hicieran, como lo hago yo en este artículo, podrían ser la avanzadilla que desencadenara el temido Fin de los Tiempos.

«Detesto al género humano y sus fingimientos y suciedades». H. P. Lovecraft

El nihilista, misógino, islamófobo, gabacho y, en definitiva, misántropo escritor Michel Houllebecq da en el clavo al definir a Howard Phillips Lovecraft (Providence, 1890 – Ibídem, 1937) como «un misántropo amable y un materialista visionario. El mundo le enfermaba y no veía ninguna razón para creer que mirando las cosas con mejor perspectiva pudieran parecer diferentes».

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H. P. Lovecraft (DP).

En realidad, la obra de Lovecraft nace de un odio-asco-miedo que no se limita al mundo, sino que va más allá de las fronteras de la Vía Láctea. Para destilar esta aversión, el autor de En las montañas de la locura creó una mitología plagada de todopoderosos y aberrantes seres que solo buscan la merecida ruina de nuestra especie.

No es extraño, pues, que Lovecraft fracasara estrepitosamente en su único conato de relación amorosa y que pasara la mayor parte de su vida solo entre cuatro paredes, durmiendo, leyendo, escribiendo o papando moscas. Eso no quita para que tuviera un raro sentido del humor, muy palpable en su obra, y algunos camaradas de letras con quienes se comunicaba por correspondencia.

Pero cualquiera que se lea la biografía de Lovecraft escrita por L. Sprague de Camp, comprobará que la animadversión de H.P. por sus congéneres era genuina. Y de ello dan fe parrafadas como esta: «Estoy tan bestialmente cansado de la humanidad y del mundo que nada me puede interesar a menos que contenga un par de asesinatos en cada página u ofertas de horrores innombrables e inexplicables más allá de los universos externos».

«La humanidad es un parásito». Nicolas Claux

Pocos misántropos han llegado tan lejos como Nicolas Claux (Camerún, 1972), «Nico» para sus no-amigos y «el Vampiro de París» para la historia. Y eso que, más que un vampiro, era lo que el foclore árabe llamaría «gul» o demonio necrófago.

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Nicolas Claux. Fotografía: Murderpedia.org.

Greñudo, tatuado, satanista y con pinta de heavy, Nico fue detenido por robar sangre de un hospital, profanar tumbas y matar a tiros a un homosexual. Los agentes que registraron su apartamento encanecieron con lo que allí encontraron: dientes humanos por el suelo, vértebras y huesos colgando del techo, la nevera llena de bolsas de sangre, un tarro con cenizas humanas encima de la tele, revistas y vídeos sadomasoquistas por todas partes. Debajo de la cama, el arma homicida y una mochila con instrumental quirúrgico. Le cayeron doce años.

Orgulloso de sus peripecias, en la cárcel redactó textos como «El manifiesto vampírico» (publicado en castellano por Valdemar, dentro de la antología Nueva Cultura del Apocalipsis, de Adam Parfrey), donde afirma que el homo sapiens es una plaga letal para el planeta, y que le corresponde a «superdepredadores» como él, bendecidos con un ADN neanderthal, equilibrar la balanza: «Mi tarea es regular la raza humana. Mi programación genética me dice que cace, mate y coma ganado humano».

En la actualidad, Nico está libre y vive en Dublín, donde sublima sus impulsos homicidas pintando cuadros de asesinos, crímenes y autopsias. Su lista de fobias permanece intacta: «Odio los coches, los deportes de equipo, la tecnología, la superpoblación, los gilipollas, los gordos, la gente maleducada, la gente que se cree guay porque lleva anillos en los pezones…». Y un largo etcétera.

«Saborea el sufrimiento, disfruta del infortunio de los demás». Boyd Rice

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Boyd Rice. Fotografía: Boydrice.tumblr.com.

Artista, fotógrafo, músico, escritor, cineasta, actor, orador, pinchadiscos, diseñador… Podríamos considerar a Boyd Blake Rice (Lemon Grove, California, 1956) como un renacentista apocalíptico. Ha tocado todos los palos, siempre con ánimo de hundir a la humanidad en la miseria. Su prosa, derramada en libros como No o Standing in two circles insulta a la gente y escupe al establishment. Botón de muestra: «A medida que los inferiores marcan los planes, todo el mundo queda reducido a ser tratado igual que el escalón más bajo de este idiotizado estado niñera».

En cuanto a su música, Rice ha grabado decenas de discos, que van desde el noise rompetímpanos al spoken word suicida. Su ira alcanza cumbres insospechadas en «People» (pieza incluida en el disco Music, Martinis and Misanthropy, 1990), donde propone exterminar a todos los lentos, idiotas, mentirosos y feos del mundo, mediante un «jardinero de acero» que, como Genghis Khan, Hitler, Nerón, Mussolini o Vlad el empalador, se encargue de «podar» al mundo de la gente que sobra.

Pero todos envejecemos. Y en los últimos tiempos este gran misántropo ha aflojado un poquito su aversión por el prójimo. En una reciente interviú para la revista Vice asegura que «antes sentía mucha rabia. Me encantaba incomodar a la gente. Hoy aún puedo ser cruel, pero un señor de mi edad no se va a levantar cada día y hacer que otra persona se sienta como una mierda. Ya no es divertido».

«La tragedia del mundo se sirve en mi fiesta». Varg Vikernes

Por si aún queda algún bendito que no lo sepa, Varg Vikernes (Bergen, 1973), alias Conde Grishnackh, es el fundador y único miembro de la «banda» de black metal y dark ambient Burzum, cuyo primer disco fue publicado por el sello Misanthropy Records. Sus letras son una mezcla de nacionalsocialismo, paganismo, ultraviolencia, ufología, nihilismo y ocultismo, berreadas con horrísonos y macabros shrieks.

Varg Vikernes. Fotografía: Rustem Adagamov (CC).

En «War», por ejemplo, Varg chilla «estoy en un terreno invernal rodeado por cientos de cadáveres y de heridos que se arrastran impotentes por todas partes en el suelo nevado manchado de sangre». Parece un buen plan para el fin de semana, ¿no?

Lo cierto es que Burzum ha grabado grandiosos discos de black metal, pero no sería una leyenda si no hubiera quemado tres iglesias y matado a un compinche que atendía por Euronymous. Por estos delitos, la ley noruega, que quería escarmentar a toda la escena blackmetalera, condenó a Vark a veintiún años de cárcel, de los que cumplió quince. En el trullo, el atormentado artista de ojos azules se entretuvo escribiendo el ensayo Vargsmal donde, entre otras cosas, se caga en todas las personas de ojos marrones: «Si miro unos ojos marrones, bien podría estar viendo un culo; el marrón es el color de la mierda».

Ahora, Burzum vive en el bosque con su familia, pero sigue en sus trece, como demuestran sus dos últimas obras, el disco de electrónica pagana Sol austan, mani vestan y el ensayo tradicionalista Sorcery and religion in ancient Scandinavia. En una de las entrevistas concedidas a Michael Moynihan y Didrik Soderlin para su libro Señores del caos (publicado en España por Es Pop), Burzum explica que «puedo ser muy brutal, pero también muy cariñoso. Por una parte, puedo cargarme a esos idiotas con solo chascar los dedos y sin que me importe un pijo; por otra parte, puedo jugar con mi hija».

«Los seres humanos no somos sino recintos de tripas tibias a medio pudrir». Louis-Ferdinand Céline

¿Puede un médico, cuyo fin existencial es salvar vidas, ser un misántropo de campeonato? Pregúntenle a Gregory House, a Josef Mengele o a Louis-Ferdinand Destouches «Céline» (Courbevoie, 1894-Meudon, 1961), matasanos metido a juntaletras (o viceversa) que ejerció ambos oficios con idéntico escepticismo.

Louis-Ferdinand Céline. Fotografía: Meissure / BNF (DP).

En su descomunal novela Viaje al fin de la noche, el protagonista (su alter ego Ferdinand Bardamu) es un médico cuya profesión no le impide sentir una visceral repugnancia por sus pacientes y el mundo todo. Escrito con un lenguaje sórdido, sin escatimar palabrotas y exabruptos, el libro es un demoledor mazazo a la humanidad.

Céline nació en la más absoluta pobreza y sufrió graves lesiones en la Primera Guerra Mundial que lo torturarían de por vida, agriándole el carácter. La cosa no mejoró en la Segunda Guerra Mundial, tras la cual el escritor fue acusado de colaborar con los nazis. Exiliado en Dinamarca, se volvió cada vez más conservador, huraño y antisemita. En el panfleto «Bagatelas para una masacre» tacha a los judíos de «racistas, hipócritas, cortos de luces, frenéticos, maléficos».

De vuelta en Francia, absuelto pero repudiado por sus compatriotas, Céline se instaló en el extrarradio parisino junto a tres perros, dos gatos, un loro y una mujer. Allí siguió escribiendo, alimentado por el odio que recibía de sus congéneres, un odio que él regurgitaba sobre papeles y grabadoras. Las siguientes frases corresponden a una de sus últimas entrevistas, concedida a Marc Hanrez en 1959: «Siéntese en una terraza, observe a la gente: desde el primer vistazo descubrirá todas las especies de distrofia, incapacidades groseras. ¡Son repugnantes, da lástima verlos! Además son feos en todos los países».

«Es tu naturaleza, el máximo placer: matar, matar, matar». William Bennett

William Bennet. Fotografía: MACBA (CC).

En 1980, un adolescente llamado William Bennett (Londres, 1962) fundó Whitehouse con el objeto de «crear un sonido que pudiera obligar a la audiencia a la sumisión». Tras juntarse con Philip Best (de catorce años) lo logró con creces. Y cualquiera que haya asistido a un concierto de Whitehouse sabrá de lo que hablo: más de una hora de ruido blanco, frecuencias subsónicas graves y efectos electrónicos que castigan hasta el aparato auditivo más curtido. En medio del caos, los alaridos de William Bennett gritando cosas que harían sonrojar al mismísimo Marqués de Sade. Cosas como (traduzco) «vas a morir, basura, sangre chorreando de tu culo, te voy a quemar con mi follada, joder debo matarte, caerás, so puta, mientras como tus tripas follaré tus heridas, tu chocho mea sangre, so guarra, follando sangre. Joven clítoris, joven cadáver». En fin, más que un concierto, una sesión de sadomasoquismo auditivo.

En los años noventa, el dúo se convirtió en trío al incorporarse el polémico escritor y creador del fanzine Pure Peter Sotos, que aguantó hasta 2002.

A lo tonto, Whitehouse han grabado más de veinte discos y continúan en activo, aunque Bennett anda más volcado en su proyecto paralelo Cut Hands, una mezcla de ruido y percusiones africanas bastante menos cruel con el oído humano.

«Si hubiera un botón que pudiera apretar, me sacrificaría sin vacilar si eso significara la muerte de millones de personas». Pentti Linkola

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Pentti Linkola. Fotografía: Soppakanuuna (CC).

Según los últimos informes filtrados de la ONU y la NASA, la civilización occidental se hundirá «en algunas décadas». ¿Las causas? El calentamiento global, la sobreexplotación de recursos, las enfermedades ligadas a la mala alimentación, la desigual distribución de la riqueza… la superpoblación.

Verdad o mentira, todas estas cosas lleva décadas diciéndolas el pescador y escritor ecofascista Kaarlo Pentti Linkola (Helsinki, 1932), que piensa que «el mayor enemigo para la vida es el exceso de vida». Entre 1955 y 2004, escribió una decena de libros en los que analiza el desesperado estado de la Tierra y expone las medidas que, a su juicio, acabarían con todos los problemas. A saber: reducir el número de seres humanos a un 10% de lo que es ahora (a través de la eugenesia, el genocidio y el aborto), desmontar la democracia (que el llama «religión de la muerte» por traernos el libre mercado), repoblar los bosques, desindustrializar el mundo y, por último, ponerlo en manos de una élite intelectual que administre los recursos renovables para que los pocos supervivientes puedan gozar de un nivel de vida similar al del Medievo.

Los libros de Linkola solo pueden leerse en finés, aunque están trabajando en su traducción. Entretanto, hay una selección de textos suyos en inglés en www.penttilinkola.com Por lo demás, el tiempo no pasa en balde y el bueno de Pentti es ya un pensionista de ochenta y dos años, pero sigue pescando, escribiendo y soñando con el estallido de la Tercera Guerra Mundial.

«Todo dios es mi enemigo. Joder. Odio a todo el mundo». GG Allin

Es curioso: el punkarra más burro que ha caminado sobre la faz de la tierra fue bautizado por su santo padre como Jesus Christ; un nombre que su madre, una vez divorciada, le cambió por Kevin Michael para evitar la mofa, la befa y el escarnio. Pero él se quedó con la abreviatura GG, que es como le llamaba su hermano.

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GG Allin.

Desde crío, GG Allin (Nueva Hampshire, 1956 – Nueva York, 1993) se dedicó a delinquir y a tocar la batería. Cuanto más crecía, más se torcía, con continuos episodios violentos, líos de drogas y visitas al calabozo. Hacia 1984, harto de tocar en grupos, se lo montó en solitario, fiel a su filosofía misántropa: «No creo en amistades o relaciones, solo convierten a una persona en alguien débil. Odio a la gente. No soy sociable. Soy una serpiente, fría y dura». Fue entonces cuando se empezó a forjar ese fétido personaje que no se bañaba, se alimentaba de droga y componía canciones como (traduzco) «Legaliza el asesinato», «Zámpate mi diarrea» o «Brutalidad y baños de sangre para todos». En sus conciertos se automutilaba y tomaba laxantes para cagarse y revolcarse sobre su propia mierda. Normalmente, la policía lo sacaba del escenario antes de la cuarta canción.

En 1989, GG torturó y violó a una fan y tuvo que pasar una temporada a la sombra. Aburrido, aprovechó para escribir El manifiesto de GG Allin, donde acusaba a los Sex Pistols, a Iggy Pop y a los Ramones de vendidos, y soltaba cosas como «la única carrera que me importa es la criminal. Que se joda la ley y el gobierno. Nunca me someteré a esos jodidos cerdos. Todo lo que tengo cabe en una maleta y no tengo dirección. Nada me ata. No hay reglas para mí».

En cuanto lo soltaron, GG se afeitó la cabeza y el cuerpo. Los únicos pelos que conservó fueron los de un trozo de bigote, que se tiñó de rojo. Se volvió más loco que nunca. Pero al sistema capitalista le tiras una piedra (o una caca) y te la devuelve con su etiqueta y su precio. Y GG Allin acabó saliendo en la tele y cobrando mil dólares por concierto. Ya solo le quedaba reventar. Y así lo hizo: se lo llevó un caballo llamado muerte.

«¿Puedes imaginar una aspiración moral más alta que destruir los sueños de alguien con una bala?». Jim Goad

Jim Goad. Fotografía: Jimgoad.net.

Con las revistas ya escleróticas e internet aún en pañales, los años noventa fueron la edad de oro de los fanzines. Uno de los más peculiares fue ANSWER Me!, publicado por Jim Goad (Ridley Park, Pennsylvania, 1961) y su esposa Debbie, un matrimonio fascinado por las patologías. En las páginas de su criatura solo cabían temas como el suicidio, la violación, la pedofilia, la deformidad, la amputación o el asesinato, cosa que les trajo más de un problema con la justicia y tuvo una malsana influencia en sus lectores. Tras leer el «Especial suicidio» del fanzine, tres neonazis ingleses se quitaron la vida. Y la policía detuvo en Washington a un tipo que disparaba contra la Casa Blanca y llevaba en el bolsillo un recorte de ANSWER Me!

Goad era periodista y montó el fanzine para publicar las machadas que no tenían cabida en Playboy, Details y otras revistas en las que colaboraba. Pero su obsesión con la locura y la violencia se le fue de las manos. Empezó a maltratar y amenazar de muerte a su mujer, mientras mantenía una relación paralela con Anne «Skye» Ryan, una lectora de su fanzine que él mismo describió como «quince años más joven que yo y cien veces más jodida». El desquiciado juntaletras tardó poco en cambiar a Debbie por Anne, la horma de su zapato, que solía decirle que «follas tan fuerte como escribes». Y tan salvajes eran sus polvos que acababan como el rosario de la aurora. En su bronca definitiva, Anne acabó en urgencias con la cara machacada y el cuerpo lleno de moratones, heridas y mordiscos. Goad se declaró culpable y fue a la cárcel, donde parió el texto «Atropellada», que reconstruye y celebra la paliza que le pegó a su ex con frases como «Tu cara es el lienzo. Mi puño es el pincel» o «¿Mereció la pena? Por supuesto. Por el miedo en tus ojos».

Tras salir de la trena, escarmentado pero no arrepentido, Goad formó una familia y retomó el periodismo profesional. Sus obras más cafres continúan reeditándose y tienen fans tan ilustres como Chuck Palahniuk.

«Desde el principio de los tiempos hasta el fin de la humanidad… yo follo y yo mato». Jun Hayami

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Una viñeta de Jun Hayami.

Dentro del hentai (cómic guarro japonés) el subgénero más desviado es el ero-guro, que plasma en sus viñetas orgías de torturas, sangre, mutilaciones y desfiguraciones con todo lujo de detalles, en una suerte de snuff movies de tinta y papel.

En España se han publicado muchas cosas del experimental Shintaro Kago y del granguiñolesco Suehiro Maruo, pero la obra del hikikomori Jun Hayami (Hiroshima, 1978) solo es accesible a través de webs piratas tipo www.guromanga.com. Puede que Hayami no sea tan sofisticado e innovador como sus colegas, pero es bastante más hijoputa. Títulos como «Un buen día para morir», «Trozo de carne de dieciséis años» o «Una hija fea como yo» tienen en común la plasmación de tortuosos y brutales actos de violencia sexual con una estética guarrísima y una ética que brilla por su ausencia. Pornografía misántropa que, página a página, nos viene a decir que el mundo es un gurruño de papel higiénico usado donde solo existen presas y depredadores.

En la mayoría de los mangas de este señor no hay ni gota de humor, aunque sí cierta melancolía en los rostros de las víctimas. Solo en la serie Jun no Koufuku na Hibi, utiliza cierta guasa sardónica para retratar a un pervertido que se llama como él y que consigue placer de las formas más excéntricas y retorcidas. Este toque autobiográfico dice mucho de su autor y, por extensión, de todos los grandes misántropos. Como dijo el visionario J.G. Ballard sobre uno de sus personajes, «su profunda misantropía era solo un reflejo del imperecedero desprecio que sentía por sí mismo».