La Codorniz y el cine

Detalle de portada de La Codorniz. De la revista a la pantalla (y viceversa). Cátedra/Filmoteca española.

A comienzo de este año asistimos a la edición del último volumen responsable de la dupla Aguilar y Cabrerizo; su definitivo, y no solo por la cantidad de páginas, La Codorniz, subtitulado De la revista a la pantalla (y viceversa). En él, sus autores establecen sin sombra de duda que: 1) Los creadores que pasaron por aquella revista estuvieron relacionados de una u otra forma con el cine, 2) Fueron los responsables de un «Nuevo Humor» que empezó siendo una cosa y terminó siendo otra, y 3) A pesar del cambio, siguió siguiendo Nuevo Humor, en la revista, y en el cine. 

¿Y qué es, resumiendo, ese nuevo humor, que tanto proclaman dentro de La Codorniz? Pues prescindir de las figuras habituales (sacadas del folclore) para no caer en el «paisanaje», no hacer chistes tradicionales, sí en cambio abrir el foco a otros países y traer las nuevas olas de humor que estaban haciendo en Italia, Francia, Reino Unido,  y que están profundamente unidas a los nuevos movimientos literarios, que son muy bien conocidos por quienes fundan y sacan el domingo 8 de junio de 1941 el primer número de esta revista humorística, que debe su nombre a ser la contrapartida de La Ametralladora, revista en la que estaban casi todos los que la fundan, y que termina poco antes. Porque el nuevo humor ya existía, se venía pergeñando en aventuras anteriores. Miguel Mihura le pide la portada a Tono; y a Herreros la contraportada y la rotulación.

Su formato: 26 x 35 cm., como los periódicos de información general, y veinticautro páginas grapadas a caballete. Hasta 1977 los presentaban sin foliación, y en dos tintas (negro y rojo). En los primeros años la portada era siempre igual, la mancheta en rojo en la parte superior con las letras de codorniz. Luego en la gran parte central un chiste, y en lo que sobraba del título con la esquina izquierda, un espacio en negro donde se ponía desde información sobre la revista o chistes. A veces se ponían tonos sonrosados en los personajes. Más adelante, la portada se fue deconstruyendo. Y la parte interior, también.

Es decir, que La Codorniz no sale por generación espontánea, sus creadores llevan desde la dictadura de Primo de Rivera colaborando juntos en diversas revistas; de humor: Gutiérrez, Buen humor, La Ametralladora;  y de otro género: Vértice, Informaciones

Aunque casi todos saldrán de España por una razón u otra, bien la literaria, bien la realización de películas (Francia, Reino Unido y Italia, hasta Estados Unidos) debemos los primeros ejemplos de films puramente codornicescos a Miguel Mihura, «aquel hombre pequeño y aburrido, pero de buen corazón y de sentimientos intachables», el único que salió poco y muy tarde por sus problemas de salud. «La hija del penal y sobre todo, Don Viudo de Rodríguez, influidas por un lado por los versos cómicos que se llevan haciendo en la revista cómica Gutiérrez, precedente directo de La Codorniz,  y por la película (en la que también participa) o más bien trilogía de géneros:«Una de… (Eduardo Díaz Maroto, 1939), que es la primera que entienden como la primera película cómica nueva, no solo ellos, sino espectadores como un Luis García Berlanga que reconocerá en sus memorias que su afán por dirigir nació tras verla de adolescente y hacer un cine cómico en esa línea.

Sobre el linaje político de La Codorniz, tema sobre el que se ha escrito más que sobre sus linajes cómicos, sus adelantos en prensa humorística y por qué quedó en solitario, en la prensa nacional y el cine, y después, todo volvió a lo de siempre, Cabrerizo y Aguilar se lo despachan en un capítulo más que breve y lo hacen poniéndolo en relación con la situación en Italia, donde al igual que en España, tuvieron un boom de prensa humorística en las décadas del treinta y del cuarenta. Allí tenían también mandando a un fatuo commendatore —amigo de las palabras rocambolescas y sinsentido— con las que impregnó la literatura oficial, y obligó a todas las literaturas (desde la periodística hasta la infantil) a utilizar, pero además de ese lenguaje que apenas se entendía censuró términos que antes utilizaban normalmente, y lo invadió con palabras del pasado. ¿Les suena? Hay, desde luego, semejanzas entre el «Duce» y el «Caudillo», y el carnaval de términos anticuados que usaron tanto en la retórica política como en la propaganda periodística. La invasión de estos nombres por un lado y la censura férrea en el periodismo (ya fuese de noticiario, como de publicación bufonesca), provocó que los cómicos orientasen su trabajo a reírse de las maneras en que el poder se había institucionalizado; es una de las formas en que nació el surrealismo: convertir el humor en abstracto. Utilizar los juegos de palabras y los sinsentidos, y cambiar con ello los significados. Primero fueron los italianos, con las revistas Marc´Aurelio, desde Roma, y Bertoldo, después, desde Milán: esta, convertida en semanario desde su cuarto año (1950), siguió hasta que los bombardeos aliados acabaron con el edificio donde se hacía. Después, los españoles, con La Ametralladora: en vez de enfrentarse con chistes directos, luchar abiertamente, tomaron la misma directriz, se quedaron dentro, pero al margen, y armaron por arriba sus chistes con esa retórica infernal del franquismo, y por debajo con el sustrato del surrealismo y el cubismo, y casi siempre retocándolos con una pátina de crueldad o art déco, según tocara.

Mihura sigue con sus trabajos de carteles de cine, y de usurpador de las viñetas de otro: los dibujos más conocidos de Bertoldo, el Don Veneranda de Carlo Manzoni, tienen una versión en español, a manos de Luis Antonio de Vega con los guiones a cargo del propio Mihura.

En San «Sestabién», como lo llama el grupo de refugiados de la guerra civil —entre ellos, todos los fundadores de La Codorniz— se dan forma a muchas cosas. Miguel Mihura escribe dos comedias, que se estrenan allí. Una escrita de forma natural con Tono, Ni pobre, ni rico, ni todo lo contrario, y otra, escrita forzadamente con Joaquín Calvo Sotelo, ¡Viva lo imposible! para buscar parabienes en la critica que no suceden, más bien al contrario. Así que deciden ponerse con otra cosa, la cual será la que enfrente definitivamente a Jardiel con los de La Ametralladora. Mientras ellos están terminando Un bigote para dos, película de apropiacionismo, es decir, tomar una película ya hecha y cambiarla todo el sonido, este ya tiene lista la suya, Mauricio o una víctima del vicio. Jardiel consigue estrenar unas semanas antes, pero los dos filmes quedaran olvidados al mismo tiempo, y la relación deteriorada para siempre entre los literatos.

La trilogía de la que beben, en mayor o medida, los codornicistas, es Ramón, Julio Camba y Wenceslao Fernández Flórez. Este último, con una carrera establecida cuando nace La Codorniz, llega por petición expresa de Mihura, que lo admira sin tapujos. Además su interés por el cine es desde antes de la guerra, y desde antes es un escritor muy querido por un sector del público. Después se convertirá en miembro de la Junta de Censura y eso hará posible todas las versiones de su cine. Las primeras que se llevan al cine son El hombre que se quiso matar (1942) y Huella de luz (1943), por Rafael Gil en Cifesa. Son un gran éxito, y tras ella viene la adaptación de un cuento corto, «El amigo difunto» (1945), transformado en El destino se disculpa, que no consigue el mismo éxito. Otro director que se anima con un texto de don Wenceslao es Antonio Román, y además con los diálogos de Mihura: Intriga (1942), posiblemente la película más codornicista de este autor. Faltan por mencionar Los malvados Carabel en cine (las tres películas, la perdida de Edgar Neville (1935), la de Férnan Gómez (1959) y la dirigida en Mexico por Rafael Baledon (1962) y que fue interpretada por Julián Pacheco. Queda otro Carabel, en historieta para La Codorniz: llevado a cabo por Mingote y el más fiel al texto original.

En 1944, tras ciento cincuenta números, Mihura, harto de problemas con los dibujantes italianos y con la imprenta, vende La Codorniz al grupo La Española (futura La Vanguardia). Mantiene su contrato, aunque va a dejar como director ejecutivo a Álvaro de Laiglesia, quien lleva con Mihura desde los catorce años y La Ametralladora. Lo primero que hace Állvaro es elevar su tamaño, 28 x 38 cm. Pero reduce el espacio a dieciséis páginas y contrata a muchos más colaboradores

Fernando Perdiguero, que ya ha trabajado en Gutiérrez, se pone a las órdenes de Laiglesia nada más volver a Madrid e instalar la redacción en la Puerta del Sol. Y eso no será todo. Aquí comienza a cambiar el humor de La Codorniz, más moderno, enfrentado con el humor negro de Mihura, una Codorniz más existencial, con apartados nuevos como, «¡NO! Critica de la vida». Y Mihura, en 1944, dejará La Codorniz para encabezar una revista más cercana a sus postulados, Cucú, que desaparecerá enseguida, y dejará a Mihura (mejor dicho, a los hermanos Mihura) solo para el teatro y el cine. A partir de entonces veremos en los créditos de muchas películas sus nombres. Policiacas, por ejemplo, como Confidencia, Cabotaje (perdida), La calle sin sol y Siempre vuelven de madrugada.

Por su parte, Edgar Neville ha abandonado Cinecittà, y por sus problemas con el régimen decide hacer una serie de «sainetes criminales», como titulan los autores del libro, que provocan más de un chiste en La Codorniz, igual que con Tono y sus primeras películas, que son políciacas, Barrio/Viela, rua sem sol, una coproducción con Portugal dirigida por Ladislao Vajda, y «Canción de medianoche, dirigida por el propio Tono.  

Enrique Herreros estrena en 1946 Fernanda la Jerezana. En la década de los cincuenta, Herreros es el creador de una «nueva Codorniz», por sus ilustraciones, más oscuras y más críticas; a este cambio de humor se añaden los brutotes de Gila, que enseguida da el salto al cine, contratado por Iquino para hacer una serie de apariciones en sus películas, a destacar Sitiados en la ciudad (Miguel Lluch, 1955), y su primer papel protagonista: El Ceniciento, (Juan Lladó, 1955), y la que es su mejor película, El hombre que viajaba despacito (Luis Romero Marchent, 1957);  el humor carpetovetónico de Chumy Chúmez, que también tuvo su incursión en el cine, aparte de unas apariciones en televisión y unos cortos: su colaboración en un primer largo es en Topical Spanish (Ramón Masats,1970); aparte de la «pareja siniestra» de Mingote

El grupo femenino es breve pero impresionante: Conchita Montes lleva el Damero Maldito; Remedios Orad y Mercedes Ballesteros, que firma como La Baronesa Alberta, el consultorio que había empezado Miguel Mihura. Este se convierte en el dramaturgo más respetado de los cincuenta, pero no olvida su pasión por el cine. En el libro de Aguilar y Cabrerizo encontraran todos los intentos de llevar al cine Tres sombreros de copa desde los cincuenta hasta los ochenta.

Las que se llevan a las pantallas son Carlota (Enrique Cahén Salaberry, 1958), Una mujer cualquiera y Mi adorado Juan. Sin tener parte en ellas, hay una variedad de películas inspiradas en éxitos del Mihura teatral de años pasados: Ninette y un señor de Murcia, Maribel y la extraña familia (Fernán Gómez, 1965), La decente (José Luis Sáenz de Heredia, 1970), Las panteras se comen a los ricos (Ramón Fernández, 1969).

Noel Clarasó es otro de los cómicos de la primera hornada, que va desde Gutiérrez a La Codorniz, y en ella apunta lo que va hacer en el cine, lo que se denomina «la comedia española»: debuta con José María Forqué en El Diablo toca la flauta (1954), y Un día perdido (1954), luego hace Viaje de novios (León Klimovsky, 1956), y después se embarca con Pedro Lazaga en Las muchachas de azul (1956), Ana dice sí (1958) y Luna de verano (1959). Diez años después retoma la colaboración con Dibildos y Lazaga para realizar una exploixtation de la película de Arthur Penn, Bonnie and Clyde, La dinamita está servida (Fernando Merino, 1968).

La década de los cincuenta verá aparecer el lema que la identificará para siempre: «La revista más audaz para el lector más inteligente». Evaristo Acevedo llega a La Codorniz de la mano de Mingote y es creador de dos obras imborrables, a partir de 1952, «La comisaria» y «La cárcel de papel», dibujadas por Herreros. Se incluirán además aspectos muy relevantes para la sociedad, como el fútbol, titulado, «Deportes hasta en la sopa», y el Diario Informativo, y el Papelín General. Las dos de Ferdinando Perdiguero. Pero el peso de la revista lo llevan ahora los dibujantes, ya no habrá esa calidad literaria de la época de Mihura, a pesar de contar con Azcona, Victor Valdorrey, primer crítico de cine, firmando como Witinowsky, el otro será el gran Alfonso Sanchez, o como firmaba en La Codorniz, Chistera Rafael Castellanos, autentica columna (junto a Perdiguero) de La Codorniz durante muchos años. Igualmente sigue produciéndose un nuevo cine: Tono aparece con una nueva revista, Cámara, y guiones de cine: La pandilla de los once (Pedro Lazaga, 1962). A Azcona le van a buscar a la redacción mientras él dibuja su «Repelente Niño Vicente». Es un productor italiano que ha leído Los muertos no se tocan, nene, y quiere llevarlo al cine. Marco Ferreri y Azcona no encuentran financiación para esta, ni para la siguiente, El pisito. Por fin, con unos medios que dan risa, consiguen poner en marchar el segundo, con el propio Azcona escribiendo el guion en el plató. Luego vendrán El cochecito (1960), y Se acabó el negocio (La donna scimmia, 1963). A continuación llegara la colaboración, casi irreversible, con Berlanga.  

Otro codornicista de pro, Jose Luis Lopez Rubio, ve como tres obras suyas son llevadas a la pantalla: Un trono para Cristy, con su guion original, y dos, Una madeja de lana azul celeste y La otra orilla, esta última gran éxito en el teatro una década antes en la dirección de Edgar Neville, ahora es llevada al cine por José Luis Madrid en 1964.

A finales de los cincuenta ya se atisba un nuevo cambio; las portadas se reparten entre varios y hay más fotos eróticas y «recordatorios» al gobierno una vez que desaparece la ley de censura previa. Cebrián firma dos portadas míticas: una de diciembre del 1965 con una caricatura de Fraga y otra del 27 de octubre de 1965 con el consejo de ministros… pero sin Franco (el lector ocupa su lugar).

Aparecen nuevos colaboradores, como Oscar Pin, Manuel Ferrand, Jose Luis Coll, los Castellano, Alfonso García y Pgarcia, bajo diversos seudónimos. En cuanto a los ilustradores, se incorporan Serafín, Pablo con su «Oficina Siniestra», Puig Rosado, Julio Cebrián, Eduardo

En 1977, La Codorniz echa el cierre, no sin dar un extraño vuelo en la década de los setenta. En un intento por ponerse al día y sobre todo hacer volver a los lectores que se han ido con Hermano Lobo, Alvaro Delaiglesia decide aumentar el formato a veinticuatro paginas, la mayoría a color, y hacer la revista más política que nunca, «encarcelando» a un ministro en cada número. Resultado: la revista es cerrada cuatro meses. Por cierto, Delaiglesia es de todos los colaboradores quien tiene menos interés por el cine. Solo hay tres adaptaciones de sus obras en España: Matrimonio al desnudo (Tito Fernández), Yo soy Fulana de tal y Fulanita y sus menganos (Pedro Lazaga, 1973). Quizá con dirigir La Codorniz y sacar aquellas novelas para Planeta que deben estar en todos los hogares del tardofranquismo ya tenía suficiente,

Se incorporan en esta y última época Juan Español (hijo), Joaquín Vidal, Santiago Loren, Francisco García Pavón… En marzo del 77, Delaiglesia deja la revista, y le pasa el título a Miguel Ángel Flores, aunque Manuel Summers se hace con los controles, al tiempo que desarrolla una interesante carrera filmográfica. A pesar de que llega un gran número de colaboradores de Hermano Lobo, con un espíritu nuevo (la columna de Manuel Vicent, las ilustraciones de Ops, Mingote, Martinmmorales, Cándido, Felipe Mellizo y hasta Ramoncín), al poco de aprobarse la Constitución, la revista no puede con la ola de desnudismo que se nos echa encima y cierra definitivamente.

Queda mucho más cine y colaboraciones de los codornocistas en ese medio, son ellos los que dan un nueva visión a la prensa cómica y al cine, aunque en el cine se difuma su estela al participar muchas más personas. Recomiendo la lectura del libro. De su impronta, y hemos visto por encima la cantidad de caricatos, cómicos, cineastas, guionistas, etc., que salió de allí, en la actualidad no ha quedado nada, salvo ciertos nombres (Oscar Aibar, Santiago Lorenzo cuando hacía cine, Álex de la Iglesia… y ya). Igual que La Codorniz fue algo único, también lo fue el cine que salió de allí: desde Don viudo de Rodríguez (1936), hasta La garbanza negra… que en paz descanse (1971), o Duerme, duerme mi amor (1975), hecho por gente de todos los pareceres y todas las ideologías.


¿Qué personaje cinematográfico nunca debió morir?

«Alguien ha matado a alguien…», «alguien es un asesino…», a base de tales indirectas logró Gila que Jack el Destripador terminara derrumbándose y confesando sus crímenes. Así lo contaba y no tenemos por qué dudar de su palabra. De manera similar podemos decir que alguien ha muerto, concretamente un personaje muy carismático de cierta saga. A ese alguien pese a su carácter difícil se le llegaba a coger cariño y era, para muchos de nosotros, todo un modelo a seguir. No daremos más pistas para que nadie monte en cólera, de lo que sí hablaremos es de películas anteriores en las que la muerte —más o menos inesperada pero siempre injusta de algún personaje nos dejó para el arrastre. Ese guionista nos rompió el corazón y ahora es el momento de ajustar cuentas, a riesgo de incurrir en algún que otro SPOILER (o destripe, recomienda Fundéu) por el que previamente pedimos disculpas. Esta es nuestra lista, aunque pueden añadir sus favoritas.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Danny Archer, en Diamantes de sangre

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

1º) La psicóloga rusa Bluma Zeigarnik observó en cierta ocasión cómo un camarero podía recordar los pedidos pendientes pero no los ya servidos. A partir de ahí concluyó que tendemos a acordarnos solo de las tareas inacabadas (intente recordar algo de lo estudiado después de haber hecho el examen, ¿a que no se puede?) y la idea se mereció un epónimo conocido como efecto Zeigarnik.

2º) Una narración es el recorrido entre el planteamiento de un conflicto y su resolución: se descubre al autor del delito o se consuma la venganza, el malo recibe su merecido, las parejas tras el desencuentro previo terminan felices y comiendo perdices, la justicia, la verdad y el modo de vida americano prevalecen y, en definitiva, se restablece el orden cósmico. El círculo se cierra y quedamos satisfechos. Por eso en las series se recurre al cliffhanger, para que la gente sienta la necesidad de ver el siguiente episodio.

3º) Ahora supongamos que queremos rodar una película con mensaje. Una de estas cargadas de moral y buenas intenciones sobre lo mal que funciona el mundo, que ganen premios en festivales e inciten a los espectadores a hacer algo. ¿Cómo lograrlo? Dejando la impresión de que la injusticia planteada no ha sido resuelta, que el mal no ha sido derrotado (o no del todo), que de alguna manera somos nosotros quienes debemos restablecer el orden, cerrar el círculo y así olvidar esa tarea pendiente que aguijonea nuestra conciencia de acuerdo al efecto Zeigarnik.

Conclusión: de ahí que la tasa de mortalidad de los protagonistas en las películas concienciadas sea tan elevada. No hay nada como cargarse a un personaje decisivo al final, sin posibilidad de vengarlo en una trama que ya concluye, para que la gente salga del cine acongojada y —como es el caso de Diamantes de sangre decidida a no comprar nunca más diamantes de países africanos en guerra. ¡Que habéis matado a DiCaprio!

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Nick, en El cazador

Imagen de EMI Films.
Imagen de EMI Films.

El esquema anteriormente descrito se repite innumerables veces. Uno no puede dar un aldabonazo en la conciencia de los espectadores si muestra a los protagonistas volviendo a su casa tan felices tras mil peripecias. Algún personaje se tiene que quedar por el camino y cuanto más nos duela su muerte, mejor. Si encima están interpretados por actores de la talla de Christopher Walken y Robert de Niro (cuando por suerte para todos aún no había descubierto la comedia) entonces se nos encoge el alma ante ese duelo final y su trágico resultado. Ahí nos damos cuenta de lo que realmente supuso la guerra de Vietnam.

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Guido Orefice, en La vida es bella

Imagen de Miramax International.
Imagen de Miramax International.

El planteamiento de la película era notablemente peliagudo, pues hacer una comedia sobre los campos de concentración puede dar lugar a ciertos malentendidos y herir sensibilidades. Proporcionar intensidad emocional a la historia, evitar la frivolidad a la que ese tono podía llevarla y mostrar la crudeza de semejante episodio histórico exigía un sacrificio humano. Nada como la muerte para imprimir seriedad. Quién mejor que el protagonista, interpretado por el que era también el director y guionista. Así que al final Guido es fusilado porque la realidad del Holocausto no era ningún juego, aunque así se lo hiciera creer a su hijo para hacerle soportable la experiencia.

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Boromir, en El Señor de los Anillos

Imagen de New Line Cinema.
Imagen de New Line Cinema.

El actor inglés Sean Bean no podía faltar en esta lista, dado que ha muerto exactamente en un tercio de su dilatada filmografía, es el Kenny de carne y hueso. De entre tantas su favorita, según ha confesado, es la de Boromir. Así que con ella nos quedamos como si fuera su última voluntad.

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Billy Costigan, en Infiltrados

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

DiCaprio no muere tanto como Bean pero muere bien, cada vez que lo hace se nos queda grabado en la mente. Además de la mencionada al comienzo, acaba innecesariamente congelado en Titanic (había sitio de sobra en esa tabla, así que por tonto no merece ser incluido en esta selección) y en Infiltrados tiene un final tan abrupto que cuesta encajarlo.

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Señor Naranja, en Reservoir Dogs

Imagen de Live Entertainment.
Imagen de Live Entertainment.

Lo vemos agonizar desde la primera escena, pero pasa tanto tiempo luchando por sobrevivir, se esfuerza tanto por resultar convincente en ese escenario de desconfianza mutua, que verlo morir ya en el último momento, cuando estaba a punto de lograrlo… Qué le vamos a hacer, es una película de Tarantino, un narrador que exige más sacrificios humanos que un dios azteca. Solo cabe recomendar de paso el inminente estreno The Hateful Eight.

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Bing Bong, en Inside Out

Imagen de Pixar.
Imagen de Pixar.

Esta historia está tan cargada de simbolismo y abstracciones que casi deja en evidencia lo que realmente hace Pixar, que es crear películas estupendas con las que los adultos podemos engañar a los niños para que nos acompañen al cine a verlas. Como tiene también muchos colorines y movimiento logró colársela a los pequeños, mientras nos iba contando a los demás en qué consiste eso de madurar. El amigo imaginario de la protagonista es un elefante rosa que, en una escena realmente conmovedora, nos muestra cómo hay que saber dejar cosas atrás para seguir nuestro camino.

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Kyle, en El mejor padre del mundo

Imagen de Magnolia Pictures.
Imagen de Magnolia Pictures.

Al estar protagonizada por Robin Williams y por el aspecto de su cartel alguien puede pensar que esto es una comedia. En realidad estamos ante uno de los filmes más oscuros y perturbadores jamás rodados, aunque no esté ambientado en algún país del norte o del este de Europa ni dirigido por algún cineasta de nombre impronunciable.

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Espartaco, en Espartaco

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

El protagonista se sacrifica por la causa de la libertad, por su pueblo o por el mundo entero, emprendiendo una misión sin viaje de vuelta en la que perderá la vida pero alcanzará la gloria. Es más que un cliché cinematográfico, es el mito fundamental del cristianismo, como para no estar familiarizados con él. Podríamos poner un millón de ejemplos, pero este en el que el protagonista muere —precisamente también crucificado por los romanos después de semejante odisea desde la esclavitud hasta liderar la rebelión de esclavos, es sin duda uno de los mejores. Sabemos que su martirio es inevitable y es lo que da sentido a la historia, pero parecía estar tan cerca de salvarse…

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Lennie, en De ratones y de hombres

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

La novela de John Steinbeck ha tenido varias adaptaciones al cine y al teatro, nos quedamos con esta dirigida por Gary Sinise y protagonizada por él mismo y por John Malkovich. Lagrimones.

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Ellen Ripley, en Alien 3

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

Ridley Scott es un director que cuanto menos control tiene sobre sus películas, mejor le salen. Si le dan un buen guion puede adaptarlo con brillantez a la pantalla, pero como tenga ocasión de meter los dedos en la historia… En el rodaje de Alien propuso que la protagonista muriera decapitada al final y el xenomorfo imitara su voz ante el ordenador de la nave. Francamente, no nos imaginamos a semejante bestia poniendo voces y no era el final que la intrépida teniente Ripley merecía después de tanto luchar. Por suerte alguien puso sensatez y el resultado es el que conocemos; su continuación también tuvo el final merecido y con una espectacularidad sin igual. El problema surgió en la tercera. La protagonista incubaba un parásito y finalmente se sacrificaba arrojándose a un mar de metal hirviente justo cuando nacía el revientapechos (sobre su ciclo reproductivo y cuidados básicos ya hablamos aquí). No era justo acabar así, menos aún cuando la saga continuaba y entonces había que recurrir a excusas un tanto disparatadas como que había sido clonada. La prueba de que ese final no satisfizo a nadie es que en Alien 5 —ahora aparcada para dar prioridad a Prometheus 2—, su director Neill Blomkamp pretende, o pretendía, enlazarla con las dos primeras e ignorar la tercera y cuarta.

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Jabba el Hutt, en El retorno del jedi

Imagen de Lucasfilm / Disney.
Imagen de Lucasfilm / Disney.

No podemos concluir sin revelar finalmente lo que insinuábamos al comienzo y ahora llámennos lo que quieran. Como quizá sospechasen, la saga no es otra que Star Wars y el personaje cuyo deceso nos dejó huérfanos, incapaces ya de seguir el hilo de la narración, era este que nos mira tiernamente con sus grandes ojos. ¿Quién no querría tener por esclava a la princesa Leia y gozar de esa bacanal perpetua con todos los placeres a su alcance? Vivió intensamente como si de una estrella del rock se tratase, aunque no dejó precisamente un cadáver bonito. De hecho su muerte fue espeluznante, aquí está por si alguien no la recuerda.

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¿Cuál es el mejor monólogo de humor de la historia reciente?

La pregunta es sencilla pero tiene trampa: estamos refiriéndonos exclusivamente a profesionales de la comedia, a discursos que buscan deliberadamente hacer reír al público. Así que los debates sobre el estado de la nación y toda clase de arengas del político u opinólogo al que más ojeriza tenga cada lector quedarán para mejor ocasión. A pesar de ello el margen de elección sigue siendo amplísimo y sí, nos vamos a quedar muy cortos en la selección, pues este formato da para toda clase de agudas reflexiones sobre las relaciones personales, los hábitos sociales, la política, el lenguaje, la religión, la ciencia o los monos que quieren hacer unas guarrerías españolas con leones. Así que voten, voten, o añadan el que más les guste.

Todas las cosas son moleeds, de Charles Fleischer

Fleischer es un veterano actor y quizá su papel más conocido sea el de poner voz a Roger Rabbit. También siente un gran interés por la astronomía y sostiene ante quien quiera escucharle que el universo se rige por un orden matemático basado en los números 27 y 37 y además tiene forma de hamburguesa con queso. Todo ello lo explica aquí con gran elocuencia mientras pone voces de marcianitos (se puede seleccionar subtítulos en castellano en la parte inferior derecha).

El budista, de Faemino y Cansado

Bien, esto formalmente no es un monólogo sino un diálogo, pero la sintonía que muestran Arroyito y Pozuelón sobre el escenario hace que parezcan tener una mente común, como los niños rubios alienígenas de El pueblo de los malditos pero en Carabanchel. Y como bien dicen «el cerebro gilipollas no es», por mucho que tengan uno para los dos, de ahí dentro les salió esta disertación de lo más metafísica sobre el budismo, los mejillones y una hostia que se rifa.

Politics, de Ricky Gervais

Actor y guionista de series y películas, presentador de galas, músico, escritor de libros infantiles y sobre todo monologuista de lengua venenosa. Este es quizá el humorista contemporáneo más vitriólico y eso tiene su mérito en una época en la que cualquier palabra fuera de lugar es motivo para escandalizar en unos medios y redes sociales como los actuales, tan estiradamente moralistas y donde nadie desaprovecha la ocasión de sentirse ofendido. Aquí tiene otro muy divertido sobre el Arca de Noé.

Los eufemismos y la corrección política, de George Carlin

Precisamente sobre estos asuntos habló también en su día este maestro del stand up. Aunque alude a expresiones anglosajonas no es difícil encontrar sus equivalentes en castellano. Recientemente pudimos ver en un debate político a una candidata corrigiendo a su adversario: «no se dice “discapacitados”, se dice personas discapacitadas”». Intuimos qué palabra hubiera utilizado Carlin para definirla.

Los americanos, de Goyo Jiménez

Cualquier cosa que cuente este humorista —al que tuvimos ocasión de entrevistar aquí— la hará entretenida, tiene un talento innato para ello. Pero sin duda sus monólogos más celebrados son los que giran cerca de los clichés del cine americano. Luego uno ve en cualquier película a un pequeño Timmy coger el autobús escolar o al jefe de policía abroncando a uno de sus mejores agentes… y ya no hay manera de tomársela en serio.

La paja más triste de los Estados Unidos, de Louis CK

Este mexicano-estadounidense de ascendencia judío-irlandesa, además de ser el autor de una serie de culto se ha convertido en los últimos años en uno de los comediantes más conocidos gracias a su visión  ácida y desencantada de la vida. Este que hemos escogido es un buen ejemplo. Centrarse en un tema como el sexo en el matrimonio, mostrarlo en toda su crudeza y conseguir hacer reír a los espectadores en lugar de arrastrarlos a una depresión requiere un talento al alcance de muy pocos.

Las bromas del pueblo, de Gila

Gila no podía faltar en una lista así. Lo cierto es que su repertorio era bastante reducido, básicamente tenía tres monólogos. Pero qué tres. Entre lo buenos que eran y la cantidad de veces que se los oímos recitar, se nos quedaron grabadas para siempre esas imágenes en torno al enemigo que hablaba por teléfono, la madre que no estaba en casa cuando él nació y esas bromas tan brutas que se gastaban en su pueblo: «Me habéis dejado sin hijo, pero lo que me he reído».

Vamos a cazar y matar a Billy Ray Cyrus, de Bill Hicks

Si antes mencionábamos a Carlin, Hicks tuvo igualmente una enorme influencia para todos los que vinieron detrás a pesar de su temprana muerte. Su humor cínico brilló en todo su esplendor en esta colaboración censurada en el programa de David Letterman de 1993, que además de ser una declaración de principios resultó inquietantemente visionaria. Ahora tenemos aún más razones para desear que Billy Ray Cyrus hubiera tenido ese final…

Yo quiero matar a gente, de Berto Romero

Qué decir de Berto, otro personaje con mucha gracia al que también le hicimos una entrevista que podrán leer aquí. Todas sus intervenciones son muy divertidas y es difícil escoger una que destaque sobre el resto, nos quedamos con este desvarío sobre una marabunta de ancianos zombis en Benidorm.

Discurso en la cena de corresponsales de la Casa Blanca, de Stephen Colbert

El 26 de abril de 2006 la Casa Blanca celebró un año más su cena de corresponsales de la prensa extranjera. Esta vez invitaron a la tribuna a un comediante que acostumbra a parodiar el discurso conservador en su programa de televisión, The Colbert Report. Seguramente imaginaban que lanzaría alguna pulla, pero no la brillante y feroz sátira en torno al gobierno y los medios de comunicación que dio tanto que hablar desde entonces, difundiéndose masivamente por internet.

Tengo un sueño, de Dani Rovira

Aquí Rovira se nos descuelga con un monólogo surrealista sobre un sueño que tuvo en cierta ocasión en el que estaba en el castillo de Transilvania para matar a Drácula. Hasta los chistes malos —que alguno que otro ya cuela en la narración tienen gracia si se cuentan con ese desparpajo que le caracteriza.

Las relaciones de pareja y las almas gemelas, de Chris Rock

Este negro que odia a los niggas y que se metería en el Ku Kux Klan si le dejaran, es un magnífico monologuista, aunque aquí lo conozcamos principalmente por las pésimas películas en las que suele intervenir. Tiene observaciones muy agudas sobre el comportamiento de la gente, hasta el punto de que el profesor de psicología de la Universidad de Harvard Robert Trivers suele citarlo en sus libros.

Ultrashow, de Miguel Noguera

Los monólogos de humor si no están elaborados con ingenio corren el riesgo de acabar resultando repetitivos, convertidos en descripciones estereotipadas sobre las relaciones familiares, sobre por qué los hombres hacen esto y las mujeres lo otro y con reproches y quejas interminables sobre lo maleducados o estúpidos que son los taxistas, médicos, profesores, el que se nos sienta al lado en un bar o cine y prácticamente cualquier ser humano sobre la faz de la Tierra. Pues bien, Noguera no hace nada de eso. Lo suyo es algo original que hay gente a la que entusiasma y que otros en cambio detestan o simplemente no le encuentran la gracia por ningún lado. Juzguen ustedes.

Unnatural Act, de Jim Carrey

Es el ser humano más parecido a un dibujo animado que haya existido nunca, con la excepción de Cristóbal Montoro. Es el Shakespeare del lenguaje corporal, si le quitas el sonido su monólogo sigue siendo gracioso por esa forma inimitable que tiene de moverse y de hacer muecas. Estamos ante un talento excepcional, tal como ya lo ha demostrado también en el cine.

El chiste de la mona, de Chiquito de la Calzada

Lo mejor de la mayoría de los chistes que contaba este malagueño universal es que no los pillábamos, o bien eran muy malos o perdíamos el hilo de lo que estaba contando. Pero daba igual. La cuestión era verlo contar cualquier cosa haciendo esos gestos, usando su acento característico e inventándose esas palabras que a continuación sentíamos la necesidad de repetir. El chiste de la hormiga, el del orejón, el de la enana… cada uno era una pequeña obra de arte, pero este del mono lo tiene todo.


Goyo Jiménez: «La obligación del humorista es reírse de todos, como Aristófanes»

Podríamos definir a Goyo Jiménez (Melilla, 1970) como un humorista ilustrado. O como la víctima de la picadura de un payaso radioactivo según sus propias palabras. Además de pertenecer a la prolífica generación de comediantes de stand-up que recorren teatros y locales de toda la geografía nacional, ha trabajado en numerosos programas de televisión y tiene un lado oscuro como actor serio, director, guionista y “lo que surja” en el mundo del espectáculo. Actualmente compagina su labor como presentador de No le digas a mamá que trabajo en la tele con las representaciones en directo del monólogo Aiguantulivinamerica, la puesta en marcha de uno nuevo y las actividades fisiológicas propias de cualquier ser humano. La entrevista tuvo lugar en La chocita del loro de Gran Vía de Madrid, poco antes de salir al ruedo y lidiar con las dos horas de soliloquio enardecido  que recita varios días a la semana.

Estudiaste Derecho y Arte Dramático, disciplinas muy distintas. ¿Te sirvió de algo estudiar cualquiera de ellas? 

Sí, todo lo que estudia uno, si lo estudia bien, le sirve. Sobre todo en este trabajo que tengo yo que consiste en ser un océano de sabiduría con un dedo de profundidad. Todo me ha venido bien; me encanta la Historia, la estudio por mi cuenta; me gusta la Física, sobre todo la Física del Cosmos; me gusta estudiar Publicidad… al margen de las licenciaturas o carreras a las que haya podido acceder, me gusta estudiar de todo. En este trabajo tienes que tener una capacidad de recurso, que es lo que te hace marcar la diferencia con los otros: el poder hablar con cualquier espectador de cualquier cosa.

Los conocimientos en Derecho también te pueden servir para defenderte de lo dicho en un escenario.

 Exactamente, en más de una ocasión.  Además, trabajando en televisión, te viene muy bien saber de Derecho para saber dónde está el límite. Yo a veces gastaba una broma: tenía un Código Penal al lado de la cama y cuando llevaba a una chica le decía “espera un momento, me voy a asegurar de que lo que te voy a hacer no es delito”.

Si tuvieras que ejercer de abogado, ¿preferías defender al diablo o estar en la acusación contra Dios?

Si tengo que ceñirme a los estrictos principios de la abogacía mi obligación sería defender al diablo, porque hasta él tiene derecho a una defensa; y, en cuanto a Dios, lo complicado sería entregarle la orden de comparecencia. A ver qué agente judicial se le acerca. Al diablo es fácil encontrarle, hay un montón de sitios que frecuenta.

Se podría decir que eres un hombre muy precoz. En tu página web pone que desde los 18 años eres autor, director y actor y que has interpretado obras de teatro greco-romano, contemporáneo y obras del teatro clásico español (Cervantes, Lope, Tirso, Shakespeare, Molière). Mucho cuidado no es que hayas puesto en la web…

No, la verdad es que no, Además, es de mi ex. Pero, efectivamente, he tenido la fortuna de tocar un montón de palos en proyectos diferentes. Lo de ser precoz me lo ha dicho más de una mujer y la verdad es que yo me subí a un escenario muy jovencito. La primera vez fue en una de esas obras de la escuela, en la que me daban a mí el papel que tenía más texto porque tenía buena memoria; y de ahí que me dijeran que valía para actor —solo por la cuestión de la memoria— y eso me fue llevando por estos derroteros; y, bueno, he comido de esto, he podido vivir de esto desde muy joven. Igual he trabajado en escenografías, que he iluminando, que he llevado el sonido… he hecho absolutamente de todo, me ha ido bien y he sido feliz. Ese es el resumen que hago. He tenido la suerte de que todos los trabajos que he tenido, salvo rara excepción, me han gustado.

También ofreces en tu página links a  You Tube de tus monólogos que ya no están disponibles por infracción de derechos de copyright. ¿Cuál es tu opinión acerca de los derechos de autor? 

La verdad es que tengo la página como la tengo porque soy un desastre. Antes que autor soy un desastre. Además, como tengo tantísimo lío no me he podido ocupar de la web. Mira, como abogado (ríe), los romanos tenían una ley que se llamaba tabula picta según la cual tenía más valor lo que se había pintado en la tabla que la tabla misma, es decir, el Tribunal Romano le daba la razón al artista porque era el que había pintado. Yo creo que la propiedad intelectual debe existir y debe estar controlada, que debe ser del que la ha generado y que tiene que tener los medios para controlarla. De ahí a todo lo que se ha generado con las sociedades, sobre quién tiene más derechos, si el autor o el interprete… Creo que sin propiedad intelectual se acaba el mundo del creativo. Yo no voy a la panadería a llevarme el pan sin pagar. Te he contado todo este rollo romano para venir a decir que esto ha sido así siempre. Zorrilla murió en la miseria porque vendió los derechos de Don Juan Tenorio a un editor por una cantidad irrisoria y como la ley de entonces no le permitía cobrar derechos de autor, cada vez que se representaba la obra él tenía que ver que aquello era un éxito y no cobrar un duro.

Todos los humoristas a los hemos entrevistado te han nombrado como un referente en el panorama actual, ¿cuáles con los tuyos?

Lo primero, dar las gracias a todos los que me han nombrado por ser tan buena gente. Actualmente tenemos un panorama muy rico en el mundo del humor, no sé si es por la crisis que la gente tiene necesidad de reír. Estamos conviviendo los que fueron nuestros maestros, los que fuimos aprendices y gente que está llegando muy buena. De Faemino y Cansado soy fan a muerte desde que tengo uso de razón. Luego he tenido la suerte de trabajar con gente a la que admiro, como José Mota, con el que en muchas ocasiones he tenido que parar de grabar porque me entraba la risa. Considerando humoristas a la gente que genera su propio material y lo pone en escena, ya sea en radio, televisión, cine o teatro pues: Santiago Segura, Miki Nadal, que me ha enseñado a hacer humor en televisión, Dani Rovira, que trabaja conmigo en el programa y es un tipo que me hace mucha gracia. Tengo una plantilla estupenda: Daniel Perdomo, Raúl PérezIñaki Urrutia… Hay un panorama tan amplio: Ángel Martín, Quequé, Leo Harlem, Dani de la Cámara… En este mismo teatro tenemos a Luis Piedrahita. Es un abanico creativo con estilos muy diferentes. Hovik, yo os recomiendo mucho a Hovik, que es un señor que era boxeador y que tiene una pluma exquisita…

Lo entrevistamos, ha colaborado con la revista posteriormente y hemos venido a verle actuar aquí, en la Chocita del loro. Es genial.

Sobre todo es que él está en otro terreno, trabaja entre la poesía y el humor. Se sitúa en esa delgada línea que separa la tragedia de la comedia y juega con esas tensiones muy bien. Lo que destacaría sobre todo de estos últimos años del humor es que cada vez hay más humor y menos parodia, menos gracieta. Se ha dado importancia al texto, a la idea; hemos prescindido ya del chiste de digestión rápida y hemos pasado al espectáculo, donde se exponen ideas.

Te voy a transmitir el comentario de un lector cuando entrevistamos a Quequé y hablábamos de esto mismo, nos decía: “también estaban como monologuistas Manolito Royo, Fernando Esteso, Andrés Pajares y otros muchos que pululaban por las salas de fiestas. Pero creo que los monólogos de antes de El Club de la Comedia estaban dirigidos a un público más amplio de lo que están ahora. Por ejemplo, Goyo Jiménez hace referencias que mucha gente no sabe de que está hablando…”

No, no estoy de acuerdo. No me voy a meter a valorar lo de los demás ni nadie pretende despreciar el trabajo de otros. A mí hay muchas cosas de Fernando Esteso y de Andrés Pajares que me han hecho reír, pero son gente que contaba chistes. De momento prescindes de la autoría. Cuando escribes algo no te dedicas a contar chistes. Yo cuando monto un espectáculo lo que hago es analizar situaciones, es más, ni siquiera me preocupa rematar en una pegada cómica; estoy analizando fundamentalmente una cosa: la estupidez. Por ejemplo, la primera estupidez que analizo en este espectáculo que represento dentro de un rato es la de dar por hecho un background americano y decir “esto es bueno y lo otro es malo”; aquí todo el mundo dice que el cine español es malo, pero parece creíble que todos los teléfonos empiecen por 555 o que cuando empujan a un tipo por la calle y se da un hostiazo digan: “tenga cuidado amigo, mire por dónde va”. Si hubiese nacido en la época romana, estaría haciendo observaciones sobre el humor íbero y sobre cómo los romanos nos estaban cambiando. No me preocupa el acabado del chiste, me preocupa el mensaje que estoy lanzando. Es otro tipo de trabajo. Hovik hace un trabajo que te hace reflexionar sobre otras cosas. Luis Piedrahita analiza los comportamientos ridículos con las cosas pequeñas. No es ni en técnica ni en contenidos la misma situación que contábamos antes.

Gila sí hacía esto. 

Ves: sí. O Ramper, incluso, que era anterior. Gila está riéndose de la guerra, de la estupidez humana. Vamos a entender una cosa, y no me estoy comparando, El Quijote es un libro de humor, así lo concibió Cervantes y tuvieron que venir unos exégetas alemanes en el s. XIX a decirnos: “no, no, esto es un libro mucho más profundo”; pues alguien tendrá que venir a decirnos que Gila es mucho más profundo de lo que en su momento parecía, pero tendrá que pasar mucho tiempo para que valoremos la estupidez que refleja este señor cuando se ríe de una guerra, ¡un señor que ha vivido esta guerra, al que se fusiló y que se salvó porque no le dieron el tiro de gracia! Si eso es comparable a contar  un chiste sobre preñar a la secretaria o acostarse con la vecina… No. Son dos técnicas, dos mensajes, dos maneras diferentes de hacer humor. Insisto: con todo el respeto a todos, porque los ha habido muy buenos. ¿Sabes quién hacía este tipo de cosas? Pepe da Rosa padre, yo recuerdo las grabaciones que escuchaba en mi casa y era un tipo que se ponía a hablar de la mitología griega desde el punto de vista de un andaluz. Eso no eran chistes. Un chiste es una gracia genérica de autor anónimo que vuela de boca en boca. Cuando alguien prescinde de la autoría ya no es un humorista, en mi opinión; es un cómico o un contador de chistes. Es un intérprete, pero no un creador. Y es una cosa que reivindico: la diferencia entre esta hornada y la anterior es que nosotros creamos nuestro trabajo, lo ponemos en escena y lo interpretamos. Lo digo por mí y por todos mis compañeros. Pero por mí el primero (ríe)

¿Qué tipo de humor sobrevive al paso de los siglos como texto en sí y qué tipo de humor solo sigue haciendo gracia según de hábil sea el comediante que interpreta?

Basta con leer a Ovidio, a los mimiambos griegos o a Aristófanes para entender qué tipo de humor nos sigue haciendo gracia. Aristófanes hacía chistes sobre los políticos corruptos, y piensas: qué poco hemos cambiado. Es curioso, porque en la época franquista se hacía y gustaba mucho Aristófanes precisamente porque se metía con la democracia, porque insultaba a los demócratas atenienses llamándoles corruptos, entonces la intelectualidad lo identificó como un humorista reaccionario y retrógrado, cuando en realidad ha sido el máximo exponente de la libertad de expresión, que es decirle a los mandatarios que tenía sentados en primera línea lo que pensaba de ellos, a través de su actores. Mark Twain: miras EEUU y sigue igual que cuando él escribía. Jonathan Swift  bromeaba con el exceso de natalidad en Irlanda, el hambre que pasan y  propone, él como irlandés, que se coman a sus hijos para resolver tanto el exceso de natalidad como el problema del hambre. El humor moderno es el humor anglosajón y el humor literario. En este país hemos tenido unos exponentes que han estado, otra vez por motivos políticos, minusvalorados, como Jardiel Poncela, Miguel Mihura, que eran personas que vivían de su ingresos teatrales o periodísticos y que tenían una mente evidentemente conservadora,  y aquí muchas veces hemos juzgado el talento en virtud de la posición política del autor. Esto nos ha llevado a dejarnos de reír de según qué cosas. Creo que el humorista debe ser una persona absolutamente libertaria y no debe afianzarse a ninguna idea política porque se estropea como humorista. La obligación de un humorista es reírse de todos, como Aristófanes; de la derecha, de la izquierda, del centro, de la iglesia, de anticlericalismo, de Mahoma… Por Dios, después del esfuerzo que le ha costado a Europa liberarse de sus fantasmas y poder reírse de las religiones, ¿no vamos a poder reírnos de esto?

¿Crees que ahora la corrección política ejerce el papel de la censura?

Sí, por supuesto. Es una cosa que yo he llegado a decir en este espectáculo: miramos al de al lado muchas veces para saber si me debo reír o no,  miramos a ver cómo se está riendo la platea para ver si en según qué momento se le tensa el culillo al público; pero además con cosas absolutamente estúpidas, basta con que menciones “terrorismo” o “violencia doméstica” para que la gente se tense. Hay un chiste sobre bombas, sobre cómo las hacen los americanos que “tú la ves y dices, sí señor, esto es una bomba, con sus cables, su reloj… aquí la meten en una olla o un tupperware. Es que son mierdas hasta para hacer bombas” y hay un momento en que la gente se plantea ¿me debo reír de esto o no me debo reír? Esto a mí me interesa como ingrediente, no como constante ni como línea de definición de un espectáculo, pero sí me interesa que la gente se plantee de qué coño se ríe. ¿De qué te ríes, tío? No hay cosa más reconfortante que reírse, pero visto desde fuera no hay nada más cruel que ver a alguien riéndose, porque la mueca de la risa es la más cercana a la crueldad. En mi nuevo espectáculo, que estoy rodando fuera de Madrid y que se llama “En verdad os digo” hay un momento en el que digo que estoy absolutamente en contra del racismo y que no soportaría que nadie entre el público fuera racista, que estoy dispuesto a devolver el dinero de la entrada al que sea racista y pido que levante la mano. Nunca la levanta nadie. Entonces digo que si hay alguien racista pero no se atreve a confesarlo, yo tengo un método para erradicar el racismo y consiste en exterminar a todos los gitanos y a todos los bomberos. Y pasa lo que te está pasando a ti ahora, que la gente se pregunta: ¿y a los bomberos por qué? Pero nadie se pregunta por qué a los gitanos.

Eso es como lo del código militar aquel que aconsejaba no juntarse con gitanos ni murcianos.

Ah, no, eso es de la Real Pragmática, que decía algo así como “prohibida la entrada a gitanos, murcianos y gente del malvivir”. Aclaro que no es murciano porque sea de Murcia, sino porque “murciar” en castellano cervantino, en germanía, es robar.

Pero al entenderlo como natural de Murcia, se pregunta lo mismo: ¿los murcianos por qué?

Efectivamente. Es como cuando alguien dice “yo no tengo nada en contra de los homosexuales, yo tengo muchos amigos homosexuales”. La gente alardea de los muchos amigos homosexuales que tiene, ¿entonces qué problema hay con la homosexualidad en la práctica si son nuestros amigos? Javier Veiga hacía una línea que se situaba muy al límite, porque decía “estoy en contra de la violencia doméstica, en mi casa no se puede bromear con la violencia doméstica, el día que a mi mujer se le ocurra hacer un chiste de violencia doméstica le meto una hostia que le arranco la cabeza”, el público no sabía si reírse o no. Es el clásico chiste por contradicción, de línea fácil, pero que pone a la gente en esta situación de preguntarse “de qué me estoy riendo”. El humor debe de abarcar todo lo que no haga daño personalmente, es decir, yo estoy totalmente en contra de hacer chistes de “Fulanito Pérez Martín” porque es un hijo de puta y me voy a reír de él. No soporto el humor con nombres, los chistes de Carlos Sainz, de Falete, de Melendi… no los soporto. Es el recurso de la falta de talento. Cuando no sabes qué hacer, tiras del pobre Carlos Sainz. En mi opinión, habría que hacer un chiste sobre el que se ríe de Carlos Sainz. Propongo una cruzada para erradicar esos chistes.

¿Y qué vamos a hacer sin chistes de Carlos Sainz?

Y sin los chistes del tanga de Falete, ¿verdad que sí? Pero es que, ¿ves?, un humorista de verdad hace esta queja y luego dice: esto me agobia más que el tanga de Falete.

Cuando hemos hablado con otros humoristas nos han manifestado su desinterés por trabajar en televisión. Javier Coronas en concreto nos dijo: “si quieres la televisión pase lo que pase tendrás que hacer cosas que luego no podrás contar a tu madre, como el programa de Goyo Jiménez. O que venga un amigo y te diga: “Vaya mierda de programa haces, me gustabas más en…”  ¿Te has sentido así en televisión?

 Como te he dicho al principio, he hecho muchos trabajos, de todo tipo, y en todos he sido muy feliz. He tenido un ingrediente, dos, tres… todos, que me han llevado a la felicidad. Evidentemente, trabajando en televisión hay cosas que te gustan y cosas que no, como trabajando en el teatro. Te puedo hablar de todas las veces que he trabajado en televisión y de lo que me ha gustado o no; ahora estoy presentando y esa es la parte diferente. Parece que presentar un programa te convierte en la cara visible, si las cosas van bien dices “hay un equipo detrás” y cuando vas a recoger premios dices “quiero agradecer a todo el equipo…” pero cuando va mal, las hostias para el presentador. Propongo que cuando las cosas vayan mal le pase el marrón a todo el equipo y cuando recoja un premio diga “esto me lo he ganado yo solo, que le den por culo a la gente”. Yo tengo un equipo con el que me lo he pasado muy bien, puede que nos hayamos equivocado en la elección del proyecto, del formato… Uno no tiene el control del trabajo. Hay una serie de creativos que son los que plantean en qué dirección tiene que ir el programa y uno tiene que ser un profesional, cuando estás ejerciendo de presentador, que intente llevar el planteamiento de quien dirige y quien crea hacia delante. Esa es mi labor en ese programa. Estoy presentando. Si yo hiciese mañana mi show y tuviera la capacidad de decidir hacia dónde va, pues lo haría de otra manera. Ahora estoy presentando un programa, simplemente eso. Y podré estar más o menos de acuerdo con lo que estoy haciendo —que ya te digo que como en todo habrá cosas que me gustan más y otras menos— pero te aseguro que no será por falta de esfuerzo del equipo, porque se han dejado la piel del primero al último, ni será porque Mediaset y la cadena no nos hayan dado todas las posibilidades del mundo, porque nos las han dado. Quejas cero. Yo entiendo que la gente se pueda sentir defraudada y diga “me gustas más cuando haces otras cosas que cuando haces esto”. ¿Quién acaba decidiendo lo que permanece y lo que no? En el teatro la entrada, en la televisión la audiencia; pues bueno, pues si al final no tenemos la audiencia suficiente nos tendremos que ir a nuestra casa y ya está.

Ahora os han cambiado de  horario.

Porque estamos mal de audiencia, no te lo voy a negar. Además es una franja complicada. A mí me han dado todo tipo de retos, por ejemplo, yo trabajé con José Mota y mi labor con él consistió en ayudarle a orientar una carrera que venía de veinte años casi de pareja y transformarlo en otra cosa. Y nos podíamos haber hostiado perfectamente, pero salió bien; entonces eres estupendo y todo es maravilloso, si llega a salir mal, pues qué le vamos a hacer. No voy a dejar de hacer trabajos porque salga pueda salir mal, si me convencen. Yo acepté este trabajo fundamentalmente por la persona que lo estaba generando, Ángel Ayllón, al que quiero mucho y tengo un gran respeto, que es el creador de Sé lo que hicisteis y el último director de El Club de la Comedia cuando estaba yo. No voy a decir ahora, como ha ido mal de audiencia, que la culpa es de otros. La culpa es de que las cosas no cuajan, no funcionan por muchísimos motivos.

En alguna ocasión os han acusado de ser una imitación. Vosotros mismos os parodiáis haciendo imitaciones, por ejemplo, de El Hormiguero.

Nosotros empezamos el programa con una sección que se llama “Culo veo, culo quiero” en la que vamos a hacer lo que hacen otros, de forma descarada. ¿Qué era Tonterías las justas? Era una imitación de Sé lo que hicisteis cuando arrancó, hasta que tuvo su propia personalidad. El hormiguero se ha dedicado a traer secciones sacadas de otros programas, cualquier persona que vea un poquito de televisión internacional se da cuenta. Cuéntame, que es la serie más valorada de la televisión española, es Aquellos maravillosos años. Es que en la televisión está todo inventado desde los años cincuenta.

En la franja horaria de tu programa el líder en audiencia es Amar en tiempos revueltos.

Por supuesto. La televisión tiene que entender que el fraccionamiento que ha habido conlleva otro tipo de audiencias. El programa que hace Javier Coronas, en el que he estado y del que me declaro seguidor, tiene una audiencia mínima que puede tener hueco en una televisión temática determinada.  Las generalistas -por llamarlas generalistas, porque ahora están todas igual en la parrilla digital- se tienen que dar cuenta de cuáles son sus nuevos objetivos, su target de público y a qué pueden aspirar. Porque no es un problema nuestro solo, es un programa de la tarde de la cadena y de la tarde de La sexta y de muchas cadenas. Yo me fui de Antena 3 después de hacer UHF y nos decían que un 17% que hacíamos por la noche no era suficiente, porque estaba Sardá cosechando un cuarenta y tantos. ¿Dónde está la sensatez? Está en lo que tardan la publicidad y las cadenas en adaptarse. Muchas veces pasa como en las empresas: no se trata de ganar más, sino de reducir costes; es decir, hagamos un programa más modesto. Si de algo me arrepiento de este programa —que te vuelvo a repetir que estoy encantadísimo de haber trabajado en él— es de no haber tenido más margen de locura, de decir “que le den por saco a todo, vamos a hacer lo que nos dé la gana y si nos quieren ver que nos vean y si no, no”, porque al final uno ha de fiarse de lo que le hace feliz, de lo que gusta hacer.

Yo os he ido viendo de forma esporádica y me parece que empezasteis mal, al cabo de un tiempo sí se os veía con más naturalidad, pero supongo que ya no habías captado a la audiencia.

Hemos tenido momentos de audiencia que han estado bien, en que hemos superado a Otra movida. Tonterías las Justas arrancó con unos resultados pésimos en Cuatro. La cadena nos ha dado oportunidades y nos ha cambiado de horario para reubicarnos. Intenta salvarnos porque nos ve trabajar con ganas, pero es un programa con varios handicaps, con un equipo formado para una determinada cosa. Es como cuando te planteas por qué el Madrid no lo gana todo sobrado. Pues yo qué sé. Nosotros hemos tardado mucho en encajar entre colaboradores. Y ahora hay una empatía maravillosa, pero hemos tardado mucho, más de lo que da el tiempo en televisión. Pero de verdad te lo digo, incluso con ternura, que es de esos proyectos en los que te fastidia, porque miras a tus compañeros y dices “joder, es que son muy buena gente”. Soy el primero que ha pensado que a lo mejor el presentador no ha calado y no he sabido generar esa empatía para que un proyecto cuaje, y se lo he dicho muchas veces al productor: si me tengo que ir a casa, me voy y buscas otro presentador que solucione el problema. Lo que a mí me preocupa desde el primer día es el resultado general, si no, no me hubiera metido, porque sabía que las hostias iban a ser para mí. He intentado implicarme en todo lo que he podido, en todo lo que se me ha permitido, pero yo al fin y al cabo soy el presentador.

Trabajaste con La Fura dels Baus, ¿cómo son las cenas de empresa en la compañía?

 Bueno, hace tiempo que no sé de ellos, pero hace mucho que dejaron ya de ser punkis; han pasado de okupas a tener una masía en el Pirineo.

Y ahora trabajas para Vasile.

Con Vasile he tenido oportunidad de hablar una vez y me ha parecido un tío muy divertido, te lo digo en serio. No tengo más elementos de juicio que la breve entrevista que tuve con él y me pareció un tipo muy ingenioso; muy fino, muy fino, muy fino. Yo estudié Comedia del Arte en Italia y es ese humor italiano, destilado, fino.

A tu predecesor no le despidió muy elegantemente.

Sí, bueno, cada uno cuenta la corrida según le ha ido. El día de mañana a lo mejor te llamo y te digo: oye, quiero rectificar porque Vasile me ha pegado con un palo en la espalda; pero de momento… Jesucristo decía: Por sus acciones les conoceréis y no por sus palabras. Yo no he tenido más que buenas maneras y, ya te digo, cualquier otro programa con esos resultados estaría fuera hace tiempo y se nos ha mantenido en confianza.

En el mundo del humor ¿ser de Albacete es jugar con ventaja?

¿Sabes qué pasa? Que Albacete es una ciudad muy franca, muy abierta, en la que se conserva lo mejor del pueblo a la vez que es muy cosmopolita y entra lo mejor de fuera. Lo bonito es eso, que sigues manteniendo esa filosofía pueblerina pero de repente tienes unas ínfulas de ciudad del mundo, que es lo que es Albacete. Ya lo decía Azorín: la Nueva York de La Mancha, y no lo decía solo por el skyline que hacía Albacete cuando se acercaba por la carretera, sino porque es cierto que es una ciudad de gente industriosa, que ha viajado mucho, que se ha ido fuera y ha vuelto con innovaciones. Este humor albaceteño se ha plasmado a raíz de José Luis Cuerda que —sin ser de Albacete, porque es de Madrid— se fue a vivir allí por una historia muy divertida, por una casa que su padre ganó jugando al póquer. José Luis entró en contacto con Albacete y con el espíritu manchego y le salió esa película maravillosa que conocemos todos que es Amanece, que no es poco. En Albacete había dos o tres compañías de teatro y aquello nos impresionó, nos marcó eso de vernos desde fuera y decir “ah, pues somos graciosos”. El caso es que nos echamos a las derroteras; yo venía haciendo humor desde siempre y luego tuve oportunidad de contactar con Raúl [Cimas], con Ernesto [Sevilla], con Joaquín [Reyes]. Lo primero que hicimos en plan serio fue haciendo club de la comedia juntos en Albacete, ellos se marcharon a Paramount y yo al El Club de la Comedia. Luego se ha juntado que yo empezara a trabajar con José Mota, que es de Ciudad Real, y utiliza un lenguaje muy propio de La Mancha próxima a Andalucía,  la de Don Quijote. Cuando me puse a trabajar con él lo traicioné, porque en las temporadas anteriores ya tenía agotada su terminología de Ciudad Real y empecé a meter palabros albaceteños, pero además le engañe porque metí cosas de Quevedo y de Góngora y él las decía todo convencido. Luego salió una maravillosa columna de Raúl del Pozo en El Mundo felicitando a la sección de El tío la vara, que la escribía yo, porque recuperaba lo mejor de lo gongorino y lo quevedesco. Fue muy divertido el experimento. Pero lo cierto es que muchas palabras que se utilizan en los pueblos no son otra cosa que castellano antiguo, si te dicen que “sagato” que has liado, se refieren a una palabra que es prácticamente fabla aragonesa en la zona manchega, que significa “humareda”.

Se rumorea tu nombre como posible conductor de “Academia de sexo”, ¿tienes alguna formación especial en el tema para enfrentarte a este reto?

Sí, claro. Evidentemente (ríe). Soy un magnífico amante con una dilatada experiencia sexual. No, a ver: yo tengo un perfil de presentador que consiste en que tengo una cultura amplia que me permite ocuparme de determinados aspectos; cuando la cadena, o en este caso la productora, te pide hacer una prueba —en la que a la vez tú pruebas si te gusta el proyecto— pues es en función de eso, de poder transmitir una serie de ideas con soltura, con naturalidad y poder aportar. Sé lo que es un prepucio, sé lo que es el punto G y tengo determinadas nociones biológicas básicas para saber de lo que estás hablando, cosa que ahorra mucho trabajo. Ya te digo que esto fue un poco probarnos ambos.

Te vamos a poner a prueba. ¿Tú sabes algo del sexo con pulpos?

¿Del sexo con…?

Pulpos.

Sé que Troy MacClure lo hacía con pescados. Yo el sexo con pulpos lo he probado pero más en plan bondage: en lugar de usar cuerdas utilicé pulpos de los de sujetar la vaca del coche, que son muy prácticos.

Para despedirnos, háblanos de tu próximo espectáculo teatral.

No sé cuando lo voy a poder estrenar, porque sigo vendiendo entradas de Aiguantulivinamerica, se me ha parado otro espectáculo intermedio que estoy haciendo en otras salas, que es Al fin solo, y este último, en el que estoy trabajando y con el que estoy apasionado, cuyo título provisional es En verdad os digo que, como su propio nombre indica, tiene mucho de evangélico, en cuanto que se trata de hacer una revelación y en el que yo me creo un iluminado. Habla de las verdades del barquero, de las cosas que nos han conducido al sitio en que estamos. Empezando por la mercadotecnia, siguiendo por nosotros que hablábamos del dinero que costaban los pisos como si lo tuviéramos, de los pisos como si fuesen nuestros sin recordar que son de un banco, de nuestras mujeres y nuestros maridos como pensando que nos van a querer toda la vida… en definitiva, la falsedad en la que vivimos, impuesta o sostenida por nosotros mismos. La única verdad es que te vas a morir. El reto para mí es hablar de todo esto haciendo reír. Y, sobre todo, si hay una solución. Una cosa que me llama la atención es que te acercas a las estanterías de libros de sociología en cualquier tienda y te encuentras un montón de admiraciones: ¡Indignaos!¡Revelaos! ¡No os conforméis!

“¡Iros a tomar por culo!” como decía Xavi Puig hace poco en una parodia en El Mundo Today.

(Risas) Esa es la solución, decir todo entre admiraciones. La solución, no nos engañemos, no consiste en que ahora tenemos que ser más productivos que los chinos; la solución es convertir a los chinos en españoles: hacer que tengan siesta, que sean tan vagos como nosotros, tan quejicas como nosotros, que tengan cientos de sindicalistas, de concejales… O sea, transmitirles todo lo que nos ha frenado a nosotros para frenarlos a ellos. De la misma manera que cuando llegamos a América los destrozamos con la viruela y el sarampión, destrocemos a los chinos con nuestro modus vivendi y verás cómo el mundo se hace español y no al revés. Esta es la idea que transmito en el espectáculo. A mí no me joden la vida y me hacen trabajar más, me ha costado mucho llegar a un modo de vida, ¿la solución va a ser que volvamos a ser esclavos? No, señor, no. Lo irritante de este asunto es que yo entiendo que los alemanes, que venden más de cien mil millones de euros a los chinos, es decir, que tienen la balanza de pagos positiva, quieran tener relaciones sin impuestos con China; pero nosotros compramos a China sin impuestos de exportación para que venda Alemania, porque estamos en la UE, porque nosotros vendemos una mierda y sin embargo comprar todo lo que compramos a China sin impuestos se ha cargado el textil, el calzado, la juguetería… Para que los chinos produzcan como producen sus trabajadores no tienen derechos, tienen que trabajar a destajo… ¿de verdad queremos ser así? No creo que sea el camino, aunque tampoco lo es ¡Indignarse!

 


Quequé: “En la radio pública tengo una libertad que no he tenido nunca”

Nos encontramos con Héctor de Miguel Martín, conocido artística y familiarmente como Quequé en su hábitat natural: la cueva (típica de muchos locales madrileños) de Artebar La Latina. Quequé es de humor austero, de una sobriedad —no sabemos si dada por su naturaleza o prestada por su Salamanca natal— de la que hace gala y explota como recurso humorístico. Hablamos de humor y le damos a probar de su propia medicina sometiéndole a un test inspirado en el que realiza él mismo a los invitados de Abierto hasta las 2, en RNE.

En España, durante muchos años, más que monologuistas había “cuentachistes” como Arévalo, Marianico el Corto o los Hermanos Calatrava. ¿Sientes algún vínculo con ellos? ¿Hay una continuidad o te parece algo totalmente ajeno?

No solo siento continuidad, sino también mucho cariño y admiración. Si no me dedicara a esto también lo sentiría. Me he reído mucho con Arévalo, con los Hermanos Calatrava, con Marianico el Corto y, sobre todo, me he reído mucho con Eugenio. Eugenio era dentro de los “cuentachistes”, digamos, otro estilo; y no creo que sea difícil ver en mí la influencia de ese estilo en esa cosa de estar serio, ese no reírse nunca. Es verdad que muchas veces hablamos con cierto desdén de esta gente. Era lo que se podía hacer en aquella época. Y también estaba Gila haciendo monólogos. Son gente que abrió camino, es posible que ahora hayan quedado un poco desfasados por la nueva moda o lo que sea, pero ahí está Arévalo trabajando con Bertín Osborne en el teatro. Quizá no es un show que yo iría a ver, pero tiene su público. Para mí son pioneros y los respeto mucho.

Ya que mencionas la influencia de Eugenio en tu estilo, ¿es más efectivo el humor cuando quien interpreta está completamente serio?

En mi caso es un recurso que uso y que me gusta. No sé si es más efectivo. Hay gente que usa el recurso contrario, reírse de sus propios chistes cuando va contando la película, y también les funciona. Me parece bien, pero yo prefiero lo otro: estar serio.

¿A qué se debe la explosión del stand up en España?

La verdad es que no lo sé. Llegó el Club de la Comedia hace muchos años, puso la marca, puso el ladrillo detrás, puso el micrófono y dijo: esto son monólogos y esto es humor inteligente. Yo creo que ya existía, con Gila por supuesto, y con alguno más que hizo el intento; Pepe da Rosa, en su estilo, y alguno más. No sé a qué se debe el boom. Bueno, en los bares o locales que hacen monólogos sí hemos notado que la ley antitabaco les ha venido muy mal y en la primera hora que están medio vacíos no les viene nada mal contratar a un cómico, que además les sales muy barato —en comparación con contratar un grupo— y animas hasta que se va llenando. Pero antes las salas de fiesta también lo hacían.

¿Algún monologuista español que te guste, aparte de ti mismo?

Yo a veces me gusto y otras no. Para mí ahora mismo el número uno es Goyo Jiménez por cabeza, por texto y por nivel. Te tiene dos horas descojonado, eso es muy difícil. Es algo que no hacen ni Les Luthiers. Además con un humor nada chabacano, con unos textos muy currados —porque Goyo es un tío muy culto y se le nota— y con muchos recursos. Dani Rovira es buenísimo. Y de los que vienen empujando el que más me gusta es David Broncano.

¿Y americano?

Bill Maher. Tengo una especial debilidad por él. Pero es que en América da la sensación de que son todos buenos.

Son los maestros del stand up.

Sí. En Inglaterra también hay muchos y muy buenos, pero en América ver un monólogo en un teatro con tres mil personas es impresionante. El público es bueno también.

Chris Rock también es buenísimo. El primer Eddie Murphy, el de antes de las películas, es espectacular.

¿Hay algún político que —sin ironía— podría triunfar como humorista?

Rubalcaba.

Es un cachondo.

Efectivamente. Rubalcaba es de los pocos que puede hablar sin tener un papel delante, sin leer, y puede ser gracioso, tiene chispa.

Rajoy tiene su gracia.

A mí Rajoy me parece de los tíos más divertidos, me hace una gracia tremenda, pero me temo que sin querer. Un tío que es capaz de decir en la tele “es que no entiendo mi letra” me parece sublime. Pero claro, es humor involuntario.

¿Qué series de humor españolas y extranjeras nos recomiendas?

¿Españolas? Ninguna. Extranjeras, por ejemplo, The Office —tanto la versión inglesa como la americana están muy bien—; Flight of de Conchords es buenísima, Modern Family, hay tantas…

¿Cómo sería el programa perfecto que te gustaría presentar?

Me encantaría presentar un programa de música. Con humor, claro. Lo que estamos haciendo en la radio: Abierto hasta las 2. Es un programa en el que el artista está dos horas, toca cinco canciones en acústico y después entrevista muy relajada; eso me encantaría hacerlo en la tele. Pero dices “música” a un directivo de televisión y lo primero que piensa es en Operación Triunfo o en politonos. Eso es lo que por música se entiende en la tele ahora mismo, a no ser que sea una cosa marginal como los conciertos de Radio 3 o algo así.

Con la inminente despedida de Buenafuente, ¿ha muerto definitivamente el late night en España?

Si es que alguna vez vivió. Hubo una época buena, en que convivieron Buenafuente y Noche Hache. Por alguna razón que no acabo de comprender el late night se ha trasladado a la tarde, de tres y media a cinco. No sé si ha muerto definitivamente, espero que no, porque yo no sé hacer humor por la tarde, para los niños; lo mío es gente ya formada. Ahora está Tonterías las justas y antes estaba  Sé lo que hicisteis, que se podía considerar un late night en horario de tarde. Tonterías las justas es otro perfil más similar a El hormiguero, más preadolescente.

Espero que el late night vuelva y que lo haga con fuerza. En EEUU ya no es que haya late night, es que hay tres programas: de once a doce el gamberro, de doce a una un poco más gamberro y de una a dos ya es destroyer. Pero claro, duran una hora cada uno, que es algo que todavía en España no hemos conseguido: un programa que dure 45 minutos diarios, no hora y media, que es una barbaridad. Pasa lo mismo con las series, que cada capítulo parece una película.

¿Por qué te has decidido a cantar?

(Me mira con suspicacia levantando una ceja)

¿Había necesidad de ello?

Había una gran demanda en España (ríe)

Siempre he cantado. Hubo una época —con quince años más o menos— en la que me decía “quiero ser cantautor”, pero enseguida me desvié a la canción divertida porque lo que más me influyó para hacer eso fueron los discos de La Mandrágora, del primer Joaquín Sabina, de Toreros Muertos, el primer Gran Wyoming con El Reverendo, Javier Krahe. Mezclar música y humor es algo que me encanta.

Yo canto mal, lo sé, y toco mal.

Voz tienes.

Sí, pero no la sé manejar. Es como el que tiene una pistola. En fin, yo lo siento por el público asistente, pero me encanta mezclar música y humor.

Tienes Twitter, tienes Facebook, seguro que usas el buscador y los mapas de Google, pero ¿para qué sirve Yahoo?

¿Para qué sirve Yahoo? Es verdad, le han comido el pan un poquito a Yahoo. Pero han estado muy inteligentes contratando a un sujeto para volver a estar ahí en primera línea. No sé para qué sirve Yahoo, pero son una gente supersimpática y con mucho criterio.

Sabemos que te encantan las series como The Wire u otras de HBO.  ¿Se puede uno aficionar a ellas sin hacer descargas ilegales?

Es muy difícil. Hay que tener pasta, ir a la FNAC y hacer un saqueo. Pero gracias a internet tenemos la posibilidad —aunque sea ilegal… o “alegal”, vamos a llamarlo mejor así— de verlas y además de verlas en V.O. y subtituladas por voluntarios de la red que han dedicado su tiempo a subtitularlas para que tú las veas el día después que se ha emitido en EEUU. Eso nos lo dicen hace unos años y flipamos. Yo creo que es una suerte lo de internet.

¿Cuándo fue la última vez que la cagaste?

Hace un rato seguramente, porque es continuo lo mío. Tengo una facilidad para cagarla… Además, cuanto más grande es la responsabilidad, más grande es la cagada.

¿Tricicle o Faemino y Cansado?

Faemino y Cansado. A Tricicle también los venero, pero Faemino y Cansado son otro nivel.

Te digo tres frases  y me respondes el autor:

-¿Es la guerra? Que se ponga…

El enemigo. De Gila

-¿Saben aquel que diu?

¡Hombre! El gran Eugenio.

-España alcanzará el pleno empleo…

(ríe) ¿Esa puede ser de Zapatero? Gran humorista.

Sabemos por otras declaraciones que te gustan mucho las mujeres, sobre todo las inteligentes. ¿Quién te pone más, Cospedal o Pajín?

Joder. Madre mía. Pues debo decir que Cospedal. Porque es que Pajín… Pajín, claro, es que ni intelectual ni físicamente, con perdón. Pero Cospedal tiene un punto mature, MILF. Me pone más Cospedal, sí.

¿Has aprovechado alguna vez tu éxito en los medios para triunfar sexualmente?

Jamás. Pero jamás. Me parece obsceno.

Hace poco le hiciste el test malrollero a Modestia Aparte. ¿Podrías tararearnos una canción del grupo que más te gusta?

Tengo en la cabeza el último disco de Extremoduro porque me lo estoy metiendo en vena  y me he quedado con este estribillo maravilloso: (canta)

Arranqué un ramo de flores,

se lo regalé a mi amante.

Dijo que no las quería,

que estaba mejor antes.

El de Extremoduro no lo sabe, pero él hace flamenco. Parece rock, pero en realidad hace flamenco.

¿Qué tres canciones les dedicarías a Eva Hache, Fuentes y Buenafuente?

A Eva Hache una de amor. Esta que te acabo de cantar de Extremoduro. A Fuentes aquella de Malú que decía “Me has enseñado tú…” y a Buenafuente lo conozco menos porque no he trabajado con él, he estado sólo como entrevistado; no tengo tanta relación personal como para dedicarle una canción, pero sería también de amor, porque Buenafuente te puede gustar más o menos, pero el camino que ha abierto para todos creo que lo debemos valorar los demás.

¿Te molesta que te copien? Es que te he fusilado un par de preguntas del test malrollero.

Me ha dado la sensación en algún momento. No me molesta por una razón: soy muy poco copiado y si lo soy no soy consciente. Y mira la inconsciencia…

La pregunta del millón, ¿radio o televisión?

Radio, sin duda alguna. La libertad, el tópico de la magia que tiene la radio —que es verdad—, la inmediatez, el hecho de que puedas hacer otras cosas mientras escuchas la radio; porque la televisión te exige una presencia… A mí la radio me parece maravillosa.

¿Y si dejaran de pagarte en la TV como si estuvieses en la radio?

En la tele la pena es que ya ni se paga bien. La tele ya, ni por dinero. Antes sí, antes decías “hago este truño y tal” —que yo la verdad no he hecho muchos de esos “alimenticios”, he hecho casi siempre cosas que me gustan— y te pagaban muy bien. Pero ahora ya, la verdad, no compensa la exposición que tienes y los efectos colaterales. En Radio Nacional, en la radio pública, que es donde estoy ahora, tengo una libertad que no he encontrado en mi vida. Sobre todo porque no hay publicidad, eso es vital. Los problemas que he tenido alguna vez en la tele han sido por las marcas, por hacer un chiste de El Corte Inglés o de un banco. Es que están acojonados de que quite la publicidad  el afectado ¿Habéis notado que hoy se habla menos en los medios de Botín?

Es duro, pero es así.

Fotografía: Gonzalo Merat