Algo sobrevalorado

Ser inglés implica, tradicionalmente, gozar de un paladar ecuménico. La sociedad inglesa es capaz de consumir cosas como la Marmite (una pasta de levadura con sabor a salitre y pescado podrido), las bangers (salchichas de cerdo que en realidad son de pan), las beans on toast (tostada con judías de lata), las jellied eels (anguilas convertidas en mermelada) o el spotted dick (pudin de sebo), y seguir viviendo como si nada. Lo que se come en los cuarteles del ejército británico está pensado, supongo, para estimular la combatividad por la vía digestiva, aunque a mí me daría ganas de rendirme sin condiciones. No hablemos de lo que se ingiere en los siniestros y carísimos internados para chicos de clase alta. Nos estamos refiriendo, en resumen, a paladares sin escrúpulos. Pues bien, esa gente con garganta de teflón inventó el gin & tonic en sus posesiones indias para ingerir quinina de una forma soportable. No agradable, solo soportable.

Resulta que hoy el gin & tonic se ha convertido en una bebida universal. Es el pelotazo de los que no beben, el recurso de quienes no saben qué tomar, el pequeño jardín botánico de quienes aprecian que en su vaso floten cositas no identificables, el signo de identidad de las sobremesas cacofónicas, el factor común de las borracheras tontas.

Volvamos al origen del artefacto. Un señor llamado Johann Jacob Schweppe patentó en 1811 un sistema para introducir burbujas de dióxido de carbono (ese que propicia el efecto invernadero y el calentamiento climático) en cualquier líquido. Muchos años más tarde, en 1873, la compañía que había fundado en Londres, Schweppes, decidió introducir quinina en un refresco de agua carbonatada con esencias cítricas. El imperio estaba en su apogeo, las posesiones indias eran gigantescas (lo que hoy constituyen India, Pakistán, Myanmar-Birmania y Bangladesh), muchísimos funcionarios y aventureros se afincaban en aquel territorio y había que combatir el paludismo. El refresco con quinina, hoy denominado agua tónica, se hizo popular en el Raj victoriano porque suavizaba la obligatoria toma del medicamento. Como el sabor no era nada del otro jueves, surgió el hábito de mezclarlo con ginebra. Y ya está. A nadie se le ocurrió que se tratara de una exquisitez.

La ginebra era entonces el alcohol más barato. Era lo que podían permitirse los matarifes y las prostitutas de Whitechapel, el barrio más pobre de Londres. Disfrazar una ginebra infame con agua tónica tampoco parecía mala idea.

Ya no se encuentran ginebras infames en los abrevaderos occidentales. Las hay normalitas, buenas y excelentes. Por supuesto, con una buena ginebra es posible hacer muchas cosas. Puede beberse a palo seco o mezclarse con lima en un gimlet, pero hay mejores opciones: la perfección de un dry martini, la desfachatez de un negroni, la frivolidad de un gin-fizz o, si uno desea despertarse al día siguiente como Gregorio Samsa, un French 75. Puede hacerse casi cualquier cosa, menos arruinarla con agua tónica.

¿Por qué el gin&tonic ha alcanzado tanta popularidad? Aventuro unas cuantas hipótesis. Una: nos inquieta la epidemia de paludismo en nuestro barrio, y tomamos precauciones. Dos: carecemos de criterio. Tres: estudiamos en un internado inglés, luego servimos en el ejército británico y a estas alturas todo nos da igual. La primera resulta bastante absurda. La tercera, bastante improbable. Nos queda la segunda.

En serio: ¿a alguien le gusta realmente el gin&tonic? No me vengan con que es un buen aperitivo. Para eso están el fino o la manzanilla, el champán, un whiskey ahumado (el óptimo es el Talisker, rebosante de turba y sal) con un poco de agua o incluso el Campari. Tampoco es digestivo. Ningún alcohol fuerte contribuye a digerir. Mejor otra vez el champán, o un dedalín de amaro italiano, o un vino oloroso, o un Chartreuse verde rebajado con agua, o, pasando de tonterías y yendo al placer, un buen whiskey, afilado (Caol Ila) o robusto (Lagavulin), o un aguardiente, o incluso (lamento tener que escribir esto) un carpetovetónico «cubata» a la manera vasca.

Llega ese momento incierto del día, ya no tarde, todavía no noche, y el gin&tonic parece propicio. A hora confusa, bebida confusa. Yo mismo caigo a veces en la tentación. Luego, cuando apuro ese último trago decididamente horrible (todos los gin&tonic mueren de forma ignominiosa, convertidos en un brebaje entre amargo e insustancial, como merecen), me arrepiento. Cualquier cosa habría sido mejor. Lo ideal, en la hora confusa, en el tránsito entre el trabajo y el descanso, es para mí la transparencia severa de un dry martini. Pero también valen una cerveza, un vino, un tequila. O un vaso de agua.

Si se trata de farra nocturna, eviten las bebidas gaseosas y azucaradas como la tónica. Tragos de buen alcohol, agua abundante y amanecerán casi intactos.

Hagan lo que les parezca. Pero antes de pedir el próximo gin&tonic pregúntense si de verdad les apetece o se trata simplemente de pereza mental. Si les apetece, adelante. Recomiendo que acompañen el gin&tonic de tostaditas untadas con Marmite. Seguro que les gustan. 


Nuestro contacto en Ginebra

Ginebra
Fotografía: PA Wire. Cordon Press

Supongo que en cualquier otra circunstancia no habríamos simpatizado, ya que nuestros caracteres apenas tenían nada en común. D. era extrovertido, charlatán, brillante hasta decir basta y animado de una energía sobrehumana. Yo siempre fui reservado, casi huraño, parco en palabras, tímido hasta la médula. D. quería comerse el mundo, como a él le gustaba decir, «d’une seule bouchée». Yo me conformaba con que no me comieran a mí. 

Pero cuando nos encontramos por primera vez, en un talgo nocturno que nos llevaba a la ciudad de Ginebra, descubrimos vínculos que nos unían mucho más de lo que nos separaba la diferencia entre nuestras personalidades.  

Uno de ellos era la física. Los dos habíamos obtenido una de las primeras becas de estudiante de verano que el CERN ofrecía a España como parte de los acuerdos relacionados con el ingreso (en realidad con el reingreso) de nuestro país en la todopoderosa Organización Europea para la Física de Partículas y los dos éramos conscientes de gozar de una oportunidad única, un billete que nos permitía colarnos en la meca de la ciencia, donde los mejores físicos del mundo investigaban la naturaleza de la realidad. 

El segundo vínculo fue, de hecho, lo que propició la conversación durante el viaje, iniciando una amistad que ha sobrevivido a los vaivenes de la vida durante más de treinta años. La casualidad nos llevó a encontrarnos, en el vagón restaurante del tren, fumando un cigarrillo (todavía se podía fumar por la época) y leyendo el mismo libro, la obra maestra de John le Carré, El espía que surgió del frío.

«¿Nuestro contacto en Ginebra, supongo?», me preguntó al verme, parafraseando la famosa frase de Stanley, mientras me tendía una mano firme que apreté con fuerza.

«El mismo», sonreí. 

Apenas pegamos ojo. Conversamos durante horas, D. mucho más comedido de lo que más tarde descubriría que era, yo inusitadamente locuaz. Nos confesamos mutuamente la intención de no regresar a nuestras respectivas universidades cuando terminara el verano, buscando la manera de quedarnos durante tanto tiempo como pudiéramos en el CERN. Enumeramos largamente todas las novelas de espías que ambos habíamos leído. Nos juramentamos lealtad eterna, con la convicción de dos náufragos que se encuentran en una isla desierta. 

Aquel verano y los tres años que siguieron los recuerdo como una larga trasnochada. Mis jornadas en el laboratorio se extendían de sol a sol, o más bien de estrella a estrella, ya que solía irme a la cama sobre las seis o las siete de la mañana, aún de noche en invierno, y cuando me espabilaba, sobre las dos o las tres de la tarde, apenas quedaba ya luz. El horario de minero, los bolsillos vacíos en una ciudad extravagantemente rica y mi reconcentrada timidez no ayudaron a que aquel fuera un tiempo feliz. No tenía otro amigo que D.

En cuanto a él, se desenvolvía en el CERN con la soltura de un cardenal en Roma, hablaba fluidamente media docena de idiomas, había alquilado un apartamento en Ginebra —aunque nunca hablamos del tema, pronto entendí que su familia gozaba de todos los recursos de los que la mía carecía— y su casa, siempre de bote en bote, se había convertido en una de las estaciones obligatorias en el circuito de la beautiful people de la ciudad. 

Y, sin embargo, tras los fuegos de artificio, D. era capaz de rendir más que yo, a pesar de que mi sensación era la de no hacer otra cosa que trabajar. En cierto modo era una simple cuestión de resistencia física, yo necesitaba dormir seis o siete horas cada día para ir tirando, a él le bastaba con alguna siesta a trasmano para funcionar a plena máquina. Pero también nos diferenciaba la intensidad con la que abordábamos los problemas. Yo trataba de resolverlos con tesón y firmeza, pero me enfrentaba a ellos a la defensiva, consciente de mis limitaciones. D., en cambio, los perseguía hasta agotarlos para después devorarlos a feroces dentelladas, como un lobo hambriento. «D’une seule bouchée», reía. 

Solíamos darnos cita hacia las seis de la mañana cada día en la cantina del CERN para tomar un último café antes de irnos a dormir (huelga decir que una de las cosas que teníamos en común eran unos niveles de cafeína lo bastante altos como para fulminar a un rinoceronte). Para mí era, a menudo, el mejor momento del día. Hablábamos sobre todo de nuestro trabajo, pero a menudo la conversación divagaba, azuzada por la irrealidad del alba, hacia fantasías en las que la neblinosa Ginebra se transformaba en la ciudad de los espías y nosotros en protagonistas de una guerra sin cuartel entre bandos enfrentados. 

Pasaron tres años. D. ascendía en el CERN como la espuma. Yo era valorado en mi equipo, pero no me hacía ilusiones. Era el primero en darme cuenta de que carecía del liderazgo necesario para empujar mis proyectos, lo que me llevaba inevitablemente a acabar siendo lugarteniente de otros. Aquello me amargaba, pero no podía remediarlo. Me faltaba una cualidad que a D. le sobraba, esa extraña mezcla de inconsciencia y atrevimiento que le permitía apostar por ideas, a menudo descabelladas, acertando más veces de las que se equivocaba. Lo más desesperante es que muchos de sus triunfos se debían a la suerte, no eran pocas las ocasiones en las que, persiguiendo una idea equivocada, daba por el camino con otra acertada y mucho más importante que la original. D. daba por supuesto que aquella metodología demente era la forma correcta de hacer ciencia.

«No te entiendo», protestaba yo. «Es como si te propusieras caminar sin rumbo por la ciudad, con la esperanza de encontrar tu casa por puro azar». 

«Así es, hermano», afirmaba él, exhibiendo aquella sonrisa lobuna suya, siempre hambrienta. «La ciencia no recompensa el tesón, sino la locura».   

Lo decía completamente en serio. Y en eso también diferíamos. Yo aspiraba a que en mi vida hubiera algo más que la entrega absoluta a una profesión bella pero tiránica. Me daba perfecta cuenta de que el precio que se nos exigía por la olla de monedas de oro al final del arco iris (la felicidad exultante de dar con una idea original o desarrollar una técnica nueva, no digamos ya de realizar un descubrimiento) era demasiado alto. Ya por entonces, los experimentos de física de partículas empezaban a masificarse y realizar una contribución visible a la causa común era muy difícil, la mayoría de los científicos e ingenieros que trabajábamos en una de aquellas empresas nos conformábamos con aportar nuestro grano de arena y recibir las dosis de crédito que nos correspondían, aunque a todos nos constaba que el sistema era injusto.

«Winner takes it all», afirmaba D., y no le faltaba razón. El sistema tendía a recompensar a los más brillantes entre nosotros, en detrimento de los que, sin serlo tanto, hacíamos posible que el experimento funcionara. Mi amigo se contaba, por supuesto, entre los ganadores, era, de hecho, el ganador por antonomasia. A cambio, su entrega a la física era absoluta. Yo sabía mejor que nadie que su agitada vida social, los coches deportivos y la ropa cara que podía permitirse, las fiestas en su apartamento, los ligues de fin de semana… no eran otra cosa que humo, el disfraz de un espía que disimula, tras una bien elaborada fachada, sus auténticas intenciones. Todo aquello que tantos le envidiaban (el dinero, la popularidad, los amoríos, el éxito del que gozaba) a él le traía sin cuidado. D. solo aspiraba a una cosa.

«Quiero ser el amante de la sacerdotisa más sagrada de Cartago, hermano, el consorte de la reina más bella de Thule, el chulo de la más puta de todas las meretrices de Babilonia».

Se refería a la ciencia y yo sabía que, tras su arrebatada forma de hablar, decía la verdad.

Seis meses antes de terminar la tesis doctoral, D. ya tenía una oferta de la Universidad de Stanford. Yo no tuve tanta suerte. Opté sin éxito a un puesto de plantilla como científico del CERN y tuve que conformarme con una plaza de profesor ayudante en una universidad de provincias española. 

Después de doctorarnos, nuestros caminos se separaron. Yo regresé a España, donde tuve que lidiar con el exceso de clases, la falta de recursos, la poca tradición investigadora de mi universidad y una burocracia espesa que dificultaba hasta el paroxismo mi trabajo. A cambio, recuperé amigos, volvía a gozar de unas pequeñas dosis de tiempo libre, salí del embrutecimiento en el que me había sumido durante los años en el CERN (rescaté del olvido el hábito de la lectura, del cine, de los paseos indolentes un domingo por la mañana, el placer de visitar un museo o tomar un café sin prisas en mi barrio, disfrutando del fresco de la tarde y el azul del cielo). Me enamoré y fui correspondido, me casé, tuve hijos. Al cabo de una década había conseguido montar un pequeño grupo y decidí volver a participar en los experimentos del CERN. 

CERN
Fotografía: Cordon Press.

Para facilitar la integración de mi equipo, solicité un año sabático y regresé al laboratorio diez años después de aquel primer verano. Un poco por nostalgia, decidí viajar de nuevo en tren, a pesar de lo poco práctico que resultaba, comparado con el avión. También decidí releer por el camino mi vieja novela de espías. 

Cuando me encontré a D. en el mismo vagón-restaurante en el que habíamos coincidido tanto tiempo atrás (el tren era distinto, el vagón más lujoso, ya no se podía fumar y los dos empezábamos a peinar alguna cana, pero la sensación de déjà vu no fue menor por eso) casi no me sorprendí. Por increíble que la casualidad fuera, las novelas de espías estaban repletas de tales coincidencias. 

«Nuestro contacto en Ginebra, supongo», me saludó, con aquella sonrisa suya en los labios, que tanto había echado de menos. 

Tampoco dormimos aquella noche. Nos pusimos al día de nuestras respectivas vidas, aunque en realidad no habíamos perdido nunca del todo el contacto. Le enseñé fotos de mis hijos y él me hizo reír con chispeantes historias de sus amantes. Le conté mis planes de integrarme en uno de los experimentos que arrancaban en el nuevo acelerador del CERN y le pregunté por los suyos. No fue hasta el segundo armañac que me confesó que había aceptado la oferta del laboratorio para dirigir precisamente el experimento en el que yo quería participar. 

—Me alegro muchísimo —le aseguré—. Contigo a los mandos un descubrimiento es inevitable.

—No sé, hermano —protestó él—. El CERN ya no es lo que era. Hace unos años hacían falta soldados que supieran manejar la espada, ahora prefieren cortesanos hábiles con la daga. 

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Quiero decir que la física de partículas siempre fue un mundo de clanes. Es verdad que las tribus luchaban a veces entre sí pero también que se adentraban juntas en la selva. Los experimentos eran caros, pero podían pagarse del presupuesto del laboratorio y los equipos se seleccionaban exigiendo talento y trabajo a sus miembros. Hoy las cosas son muy diferentes.

—¿En qué sentido?

—Los experimentos son mucho más complejos y mucho más caros. Para pagarlos es necesario montar consorcios que involucren a muchas universidades y el precio a pagar es que se te llene el laboratorio de inútiles, que no tienen la preparación técnica ni la devoción necesaria para dedicarse a esto.

—Como yo, quieres decir.

—Tu caso es diferente. Tú eres de los nuestros.

—Técnicamente soy uno de esos inútiles despistados que viene por unos meses al CERN, mendigando algo que hacer. 

—Pamplinas. Ojalá fueran todos como tú.

Lo cierto es que D. no se equivocaba. La física de partículas derivaba hacia los esquemas de la gran ciencia, esto es, de la ciencia muy cara para las arcas de una sociedad cicatera que siempre ha escatimado el grano a la gallina de los huevos de oro. No solo los proyectos eran cada vez más costosos, también los tiempos se dilataban. Cuando un experimento está en plena producción, cuando un descubrimiento puede ocurrir en cualquier instante, la selección natural exige el talento, la obsesiva devoción y la ferocidad que exhibía mi amigo. Cuando, por el contrario, los equipos necesarios para llevarlo a cabo demoran años en construirse y el esfuerzo involucra a miles de personas (como era el caso con el nuevo acelerador), aparecen nuevas especies que se adaptan mejor al entorno. 

«En el CERN», me decía, «ya no hacen falta físicos brillantes. Ahora lo que se precisa son capataces, mánagers y administradores». 

D. solo ocupó el puesto directivo que le ofrecía el CERN un año, antes de renunciar para empezar un nuevo experimento, buscando materia oscura, en Estados Unidos. La víspera de su partida nos dimos cita para cenar juntos en uno de los bares de emigrantes que frecuentábamos en nuestra época estudiantil. No hablamos mucho hasta haber vaciado un par de botellas de albariño. 

—Te sorprenderá que abandone —me dijo al fin.

—No del todo —contesté—. He tenido tiempo de ver cómo van las cosas aquí. Es verdad que los tiempos han cambiado.

—Ni te imaginas cuánto. Ya no queda sitio para los espías, hermano. En el CERN ahora mandan los funcionarios. 

—Se va a hacer extraño estar aquí sin ti.

—Quizás —asintió él—. Lo cierto que no queda espacio para las balas perdidas como yo. Demasiado respondón, me temo. Es el tiempo de la gente seria, responsable, paciente y bien mandada.

Pensé que diría: «como tú». Pero en lugar de eso vació su copa, de un solo trago, antes de pedir la cuenta. 


Brockmans Gin y la verticalidad del limón

Hay crisis en el periodismo, ¿acaso alguien no se ha enterado? ¿Tanto nos tenemos que rascar los bolsillos que ya nadie pisa los bares por las mañanas, se tenga un empleo remunerado o no, siempre muy temprano, cuando las conversaciones son más sensatas y profundas porque a esas horas tenemos el puente de Varolio y otras partes de los hemisferios cerebrales —de cuya existencia dudan algunas sectas creacionistas de Arkansas y del Barrio de Salamanca— en estado de semiparálisis, actuando por instinto, o intuición, o mandato divino, un puro acto reflejo de cordura antes de que nuestra alma empiece a tomar posesión sobre la Naturaleza? ¿Nadie ha tomado el pulso a la calle como si fuera un concejal que aún no sabe que esa expresión mueve a risa e incita a la violencia entendida como un acto festivo? ¿Nadie se ha molestado en aguzar el oído y captar los entresijos de las conversaciones de barra de bar que entre carajillo y sol y sombra debaten sobre el futuro de la prensa en papel, la decadencia de las exclusivas —¡ya no hay exclusivas!—, los nuevos modelos de pago y un ente ontológicamente inextricable llamado Periodismo en la Era Digital, que según no pocos teóricos del asunto presenta más de una característica que lo podría definir como orgánico; y otras discusiones sobre códigos éticos mucho más maleables de lo que aconsejaría la decencia y un fiscal misericordioso, si es que existe alguno? ¿Ningún ciudadano ha sido testigo de las airadas disputas que ocasiona la remilgada “filosofía de lo lento”, de las discordias que tratan de resolver, mediante la coacción, una cuestión que de otro modo no presenta solución posible, problemas tanto de carácter teórico como práctico, relacionados estos últimos con la tendencia a consumir horas leyendo artículos glosando el toque de clarín de algún afeminado general prusiano, y que por tanto dificultan de un modo desesperante la maniobra destinada a encontrar un hueco en la barra lo suficientemente holgado como para permitir maniobrar los churros y porras con naturalidad y desparpajo, según mandan largos años de tradición no consensuada pero más innata en el ser humano que ciertos picores y otros reflejos que igualmente incitan a esos procesos placenteros que son el más glorioso fruto de la evolución? ¿Tres mil palabras frente a 140 caracteres y entonces varios heridos por arma blanca, algunas de ellas simples utensilios caseros ingeniosamente modificados, furgones policiales panza arriba y ardiendo en mitad de la vía pública, compañeros y alborotadores mezclados sin orden ni concierto, suplicando, la cara empapada de sangre y lágrimas de frustración, las hembras con el pecho a los cuatro vientos en honor a Isis y los varones sin atreverse a corresponder del todo, salvo los más degenerados, que ya habían tenido episodios de precognición y han estado esperando este Armagedón toda una vida, cada uno de ellos desquiciado, todos voceando, delirando, dirigiendo al unísono su pregunta a un ente superior, que podría ser un redactor de Jot Down pero nunca se estará seguro del todo: “¿PERO QUÉ COÑO ES ORBYT?” ¿En serio que nadie ha visto nunca esto?

Para imponer la paz social, el periodismo moderno debe ocuparse de los temas que realmente preocupan a la comunidad, pero los medios de comunicación siguen ciegos. No es la prima de riesgo, no es Obama, no es la voluntat d’un poble. Hace años, cuando la tracción animal aún reinaba en las calles de nuestras ciudades formando un paraíso ecológico de mierda de caballo y orines, los periodistas se acicalaban con sus mejores galas, entre las que no faltaba una derringer o un bastón de punta afilada y en muchos casos retráctil, se daban un homenaje ya fuera en una tasca o en una casa de putas, los mejor pagados en ambas, y se dirigían en busca de noticias de interés que se vendieran como rosquillas en las ediciones de la tarde. Como la hombría en aquellos años se cotizaba bastante más cara que hoy en día, podían acudir a una sesión del Congreso de los Diputados con la fundada esperanza de que un anarquista arrojara en medio del hemiciclo una bomba, que podía estallar o no. ¿Qué noticia podemos cubrir hoy en día que se pueda equiparar a semejantes primicias? (“¡el encierro de Animalario al completo en el Teatro de España durante una jornada de huelga general!”, gritan al unísono las últimas filas, y después se carcajean y lanzan con notable puntería toda clase de hortalizas en avanzado estado de descomposición).

Una cata de gintonics. Eso es lo que le interesa al pueblo. La sociedad, en su perpetua lucha por cumplir con el devenir de la historia, necesita saber cómo comportarse ante una tónica que presente un diámetro de burbuja incorrecto, desmesurado o insignificante según sea el caso, pues al divino Carlos Marx, con tanto materialismo por aquí y por allá, se le olvidó, ja ja, entrar en materia, y no tuvo ocasión de centrarse en lo verdaderamente importante. Un liberal nos diría que cada uno se hace los gintonics como le sale del higo, pero para eso se creó la prensa, para cercenar libertades absurdas y guiar a los descarriados por la senda más conveniente a los poderes fácticos. Para lograrlo, unos periódicos regalan baratijas, y muchas veces resulta difícil distinguir si la bagatela es el regalo o el mismo diario; otros publican con una periodicidad nunca abusiva portadas a todo color del Cristo Legionario; y las revistas culturales como esta, dado que su redacción rebosa de doctorados de todo tipo y por tanto sus redactores gozan de una percepción especial de las tendencias sociales, asisten a una cata de gintonics a ver qué se puede ofrecer allí. Y ya de paso, para comprobar si es verdad que en semejantes reuniones puede hacer acto de presencia el mismísimo Diablo, representando una especie de ratificación del absurdo que sería apropiadísima en muchas otras ocasiones, como por ejemplo al finalizar un consejo de ministros. Como podrán apreciar los más pacientes, los que mantienen esa creencia no andan muy desencaminados.

Brockmans es una pequeña empresa familiar que, según más tarde nos hace saber su director en España, es el fruto de la afición de los miembros de una familia británica hacia la ginebra que en otras épocas se podría haber considerado adicción, pero que hoy en día no hace sino elevar la condición social de sus practicantes. En cualquier caso, la popularidad de la ginebra no es algo nuevo; ya en el siglo XVIII, la Edad de la Razón —apuntémoslo para los admiradores de la mente humana entendida como una máquina perfecta— en Gran Bretaña se desató una fiebre de la ginebra como consecuencia del rechazo que generó el afrancesado y por tanto católico (es decir, satánico y jesuítico) coñac. En una guerra contra el francés no solo militar sino también comercial que no estamos seguros de que haya finalizado hoy en día, el gobierno de Su Majestad, mediante las malas artes habituales, apoyó con entusiasmo el consumo de la ginebra, entonces trasegada a palo seco o ligeramente rebajada con agua, abocando a la práctica totalidad sus súbditos en un estado de embriaguez permanente que estuvo muy cerca de destruir las sólidas bases morales del imperio y cambiar la historia para siempre. Pero si nos fiamos de lo que por aquel entonces declamaban las autoridades que se decidieron a tomar cartas en el asunto para restablecer el orden, y que se referían a la ginebra como “the principal cause of all the vice & debauchery committed among the inferior sort of people”, el público objetivo de Brockmans es muy distinto del que en aquel entonces se bañaba en galones de ginebra, y esta nueva Gin Craze que parece no tener fin presenta unas características en nada semejantes a las de aquel entonces, excepción hecha de los oscuros intereses económicos que dejaremos sin investigar para dejar el campo libre a los amantes de las conspiraciones.

Los directivos de Brockmans —ya sean miembros de una familia bien o mal avenida, ya profesionales contratados para lograr el mejor retorno posible para el accionista—, no necesitaban de una educación especial para darse cuenta de que actualmente en España el derecho a consumir gintonics premium está muy cerca de ser considerado un derecho básico, por encima de otras necesidades prescindibles como la sanidad, la educación o la justicia, y que fácilmente se puede establecer una correlación entre el derecho a ser felices y la práctica de agarrarse una moña de cuya resaca uno pueda estar orgulloso, y por lo tanto sería de locos dejar pasar la oportunidad de mostrar su producto del mejor modo posible y empezar a competir en la carrera por ser la ginebra subvencionada por el Estado. Para ello, para lograr una diferenciación con sus competidores que vaya más allá de aumentar el diámetro de la botella hasta llegar a extremos absurdos, y que además es una práctica que presenta un límite físico que todavía no se ha conseguido vencer —y no es descabellado pensar que lograr la botella de ginebra de radio infinito sea el verdadero propósito del gran colisionador de hadrones suizo— nada mejor que exhibir las propiedades excelsas de la ginebra Brockmans en un exclusivo curso de olfatismo que solo los genios del marketing y algún teórico loco de alguna perdida rama del menchevismo podrían haber ideado.

Si existe un manual que detalle cómo preparar con éxito una cata de ginebras, sin duda en Brockmans tienen la única copia guardada bajo las más modernas medidas de seguridad. Apuntaremos aquí que es cierta la historia que asegura que el directivo que propuso protegerlo siguiendo el absurdo método de dejarlo donde nadie se esperaría encontrarlo —es decir, en el lugar más conspicuo de la sede de Brockmans en Lutidine House, Ripley, Surrey GU23 6BS—, fue despedido sin indemnización y ahora suspira por un voluntariado en el sótano más oscuro de las oficinas de Larios. En dicho manual, dado que todo el mundo conoce de un modo u otro que la ginebra por sí misma es un licor de sabor repugnante, los primeros capítulos están enteramente dedicados a la creación de una ciencia olfativa que sirva de apoyo a “una experiencia aromática, única y original”. El golpe de genialidad que experimentamos aquí lo personifica Alexander Schmitt, creador de perfumes y experto en aromas vinícolas según reza su tarjeta de visita, que cualquier coleccionista guardará entre sus trofeos más preciados, quien se encargará de manejar la sesión como una suerte de médium entre nuestras narices y el fascinante mundo de los olores exóticos. Para ello, Alexander, que viste de un modo tan impoluto que nuestros cornetes y meatos ya pueden apreciar su acento francés antes de que comience a hablar, se sitúa en un extremo de una mesa en U a la que los asistentes se sientan no sin antes haber luchado por los asientos más alejados de la cabecera, pues hay miedos atávicos que nunca se lograrán vencer, y el pavor a la exposición en primera línea de una aula es uno de los más potentes. Allí situado, bajo el apropiadísimo techo versallesco de la sala de juntas del Hotel Catalonia en el que nos encontramos, y en el que los asistentes díscolos, ya imbuidos en el espíritu escolar que le invade a uno siempre que se le entrega un folleto en el que figura la palabra “seminario” en el título y se le sienta a esperar las órdenes de un tutor, empiezan a buscar referencias eróticas que se puedan compartir con el compañero de al lado, Monsieur Schmitt pone orden entre las decenas de frasquitos monodosis que se agrupan desordenadamente a su alcance, y que si bien nadie duda de que contienen aromas destilados desconocidos para cualquier persona normal, no dejan de dar la impresión de formar un ingrediente esencial de un consejo de administración consagrado a la difusión del mal y presidido por un mandatario politoxicómano. En este caso Alexander, que además, para reforzar esa impresión, y vista la laxitud que en cuanto a etiqueta van demostrando los asistentes al curso según van llegando, cada uno más vulgar que el anterior, se quita la chaqueta y se remanga el brazo izquierdo hasta la altura del codo.

Antes de entrar en materia, estalla la habitual batalla de hashtags de la que toda reunión de adultos con ínfulas 2.0 es testigo, y que en este caso alcanza niveles post-apocalípticos cuando Ken, una especie de muñeco de Mattel hipertrofiado que ya desde los primeros instantes se ha dedicado a repartir tarjetas y a declamar en un tono innecesariamente alto que él mismo organiza unas catas de ginebras que podrían lograr sin mucho esfuerzo la resurrección de la mismísima Reina Madre, ve que su propuesta de #brockmansgintonics puede verse amenazada por la más oficial #encuentrosbybrockmans. No podemos dar testimonio del desenlace, pues los redactores de esta publicación, haciendo gala de una ausencia de valor con pocas equivalencias en la historia del periodismo moderno, se dedicaron a intercambiar entre ellos notitas sin sentido, atarse los zapatos aunque no tuvieran cordones, buscar pañuelos kleenex usados en bolsillos de complicadísimo acceso, y otra serie de maniobras más o menos disimuladas que tenían como único propósito el no verse obligados a tomar partido al respecto. Pero ya desde el principio quedan definidos dos bandos, uno de ellos liderado por Ken y su mano derecha, en este caso sentado a su izquierda, de cuyas virtudes morales da fe el nudo de su corbata, que resulta ser notablemente más grande que su cabeza. Llegará un momento de la conferencia en el que quedará claro que Ken y el Doctor Maligno forman parte de una intriga muy bien definida, y no tardarán en derrocar al señor Schmitt como guía de la sesión de olfatismo y pasar a presentar ellos mismos su propio Plan de Negocio, muy detallado, incluso con sus respectivas diapositivas de Misión y Visión, destinado a desarrollar una aplicación nativa para el iPhone que reproduzca fielmente toda esta experiencia olfativa. Pero todo eso ocurrirá más tarde. Mientras tanto Alexander Schmitt extiende los brazos hacia todos nosotros, levanta la cabeza con algo que parece ser dignidad, pero que sin duda es algo más que escapa a nuestra percepción, abre un poquito la boca, al modo francés, y exclama, casi recitando: “¡vamos a oler juntos!”.

Una sesión de olfatismo consiste en distribuir una serie de palotes planos humedecidos en los aromas destilados contenidos en los frasquitos que anteriormente hemos mencionado —y que siguen formando un caos intencionado, de modo que nadie pueda adivinar por su disposición sobre la mesa qué olor nos van pasar a continuación—, bastoncillos que los aspirantes a connoisseurs huelen siguiendo una técnica al parecer innata, pues afortunadamente aún resta algo de sentido común en la sala y nadie se ha molestado en indicarnos cómo se debe oler un palo. La mayoría opta por situarlo debajo de la nariz y juguetear con él mientras se fantasea con poseer un bigote del que la sociedad no le haga a uno avergonzarse, mientras que Ken, que en sí mismo es una idiosincrasia y no ceja en su empeño de demostrar su excepcionalidad, se lo introduce por uno de los orificios nasales, indistintamente el izquierdo o el derecho, hasta alcanzar en unas ocasiones la epiglotis y en otras provocar daños irreversibles en el cerebelo que podrían explicar muchas cosas de las que estamos siendo testigos.

Después los más atrevidos dan su opinión al respecto, generalmente definiendo vagamente las sensaciones que experimentan. Si bien es verdad que la mayoría de los asistentes —entre los que una Cleopatra que ha llegado con algo de retraso y que se ha sentado en el extremo más alejado de la mesa demuestra una habilidad asombrosa para clasificar los olores, y que por tanto podría dar lugar a más de una tesis doctoral que estudiara la relación entre la perfección morfológica de las narices con su agudeza olfativa— se conforman con hacer descripciones bastante vagas de lo que perciben (un trastero húmedo, un estuche de lápices, un cuadro al óleo), el bando kensiano va un paso más allá y da lugar a que se comiencen a apreciar movimientos inquietos entre el resto de la audiencia. Si alguien dice que el palo huele a madera, Ken dirá que a él le recuerda a la madera de cedro. Si uno confiesa percibir el olor a pimienta, Ken afirmará reconocer sin lugar a dudas el aroma a pimienta de Sichuán. Si se trata del limón, especificará que es limón verde. Y si a un determinado cronista se le ocurre decir, y a ver qué pasa, que él lo que tiene clarísimo es que el palo le huele a pis de gato, Ken llegará un poco más lejos y sostendrá, mientras lucha por sacarse el palo de las narices, que el gato es siamés.

Así, olfateando palitroques y debatiendo sobre las diferencias entre la menta y el mentol (no tienen nada que ver), solventando las diferencias que pueda haber entre la resina y la savia (finalmente no queda claro); contemplando padres y madres de familia que afirman saber a qué huele el coriandro y que se refieren a “la vodka” una y otra vez, de modo que no puede tratarse de un accidente o de un error; fingiendo sentir interés en seguir una disertación sobre la verticalidad del limón y el carácter más redondeado de la lima que deriva en una lección de química orgánica de la que sacamos en claro que la molécula trans-2 cis-6 nonadienal es la responsable de la nota vegetal a pepino; haciendo todas estas cosas y además siendo testigos de cómo personas con una estado mental aparentemente sano preguntan sobre la influencia de la copa en el sabor de la ginebra, se preocupan sobre las maldades de amargor (“el amargor es muy peligroso”) y toman fotos de un vaso de ginebra, es decir de un vaso sin ninguna característica destacable que contiene un líquido incoloro que podría ser agua y tendría el mismo interés fotográfico, llegamos a la conclusión, en un instante que más tarde reconoceremos como una epifanía, de que se dan muy pocas ocasiones en la vida de un hombre recto y de principios católicos en las que sea apropiado ponerse en pie, sacarse la chorra y golpear fuertemente con ella la mesa de juntas, aun a riesgo de sufrir daños irreversibles, al tiempo que se exclama mirando fijamente a la nada y mordiéndose el labio superior: “¡a bergamota!”. Hay un momento de complicidad entre los redactores de Jot Down que no hace falta expresar con palabras, sino mediante miradas rápidas, guiños sincopados y otras manifestaciones de nerviosismo extremo que hacen evidente que cada uno sabe lo que piensa el otro. Somos conscientes de estar muy cerca de dar un paso irreversible. Es entonces cuando Ken, que a estas alturas ya presenta claros síntomas de necesitar una rinoplastia que no está al alcance de cualquier especialista, pregunta con entusiasmo:

—¿Vamos a oler el enebro?

Y, zas, ya está.

Y ahora, ¿quién va a salvar al periodismo?¿Eh?¿Quién? ¿Quién?