Narradoras del Sur salvaje 

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Ilustración: Tau.

Los pantanos. Los trailer parks. Las mansiones algodoneras. Los banjos. Las bocas podridas. Las sílabas arrastrándose como el lodo. La white trash, la escoria racista. Niños sucios apelotonados en pick-ups, pieles de animales salvajes secándose al sol, petos vaqueros y gorras grasientas. Rifles, chatarra oxidada, alambiques en graneros. Banderas confederadas. Rednecks, damas sureñas, sudorosos vendedores de biblias. Todo lo roñoso que pulula desde el Atlántico hasta el golfo de México: el Sur, el gemelo malvado de Estados Unidos. Fascinante y repulsivo a la vez. Qué bonito el Sur cuando se pone feo, cuánto dura la peste a derrota. No hay ley que lo dicte, pero es así: la decadencia, cuanto más furiosa, más bella. 

Con todo esto habrán pensado en William Faulkner, claro está. En la calamidad de El ruido y la furia, en la oscuridad de Santuario. O quizá en el viejo Sur de Tennessee Williams, en la aspereza del Capote menos neoyorkino, del Cormac McCarthy polvoriento, de las salvajadas etílicas de Jim Thompson. Todos ellos y alguno más configuraron en buena medida la idea que tenemos del Sur norteamericano que trasciende límites geográficos. Nos contaron los pormenores de su miseria esplendorosa, participantes de varias de las corrientes literarias que han alumbrado un territorio artísticamente muy fértil: desde el gótico sureño hasta la literatura de frontera. Escritores con Premio Nobel y merecido sitio en el panteón de las letras de Dixieland

Pero quizá no hayan caído en algo: «Dixie» es nombre de mujer. No es casual que, de todos los que han tratado de aprehender el Sur, de condensar sus mitos, fuera una señora, Florence King, la que más se aproximó a atraparlo en una frase: «Ponga una cerca alrededor del Sur y tendrá un gran manicomio».

La paternidad literaria del Sur la ostenta el río Mississippi, pero la maternidad es compartida, quizá eso explique su bastardía. Las sureñas no solo parían, ordeñaban, atormentaban esclavos o espantaban moscas de los guisos. Escribían y escriben. Y han sido —alerta: osadía— muy superiores a la hora de desentrañar qué es y por qué nos fascina lo que ocurre en ese territorio indómito y sofocante. 

Démonos un garbeo alrededor de esa verja, asomémonos a ese maravilloso frenopático de mano de sus adorables chaladas. No se trata de ajustar cuentas: las suyas son obras maestras levantadas sobre el más oscuro de los abismos. 

No fue la primera, pero es la más prominente: Flannery O’Connor (1925-1964). Lo de que es «la gran narradora norteamericana del siglo XX» se le queda chiquito. Con sus gafas de culo de vaso, su férreo celibato y su lupus, se pasó la vida criando pavos reales y cuentos de gente fea de verdad. De poco sirvió que su madre, tan pía como ella, le implorara a su editor que la convenciera para que escribiera sobre «gente buena». O’Connor publicó la novela Sangre sabia con veintipocos años y ya jamás abandonó la sordidez. O lo grotesco1, término del que se apropió solo a medias: personajes violentos, inadaptados, crueles, embaucadores, lisiados. En sus cuentos, los que realmente le valieron el estrellato, el Sur asfixia físicamente. Es un territorio deformado e inclemente, un escenario de cuento de terror. «Soy blanca, católica y sureña, no podía escribir otra cosa que horror», decía. O’Connor destripa como nadie la malignidad del género humano, hasta dejar la bondad en poco más que un sarcasmo. No se dejen engañar por los títulos: Ni Un hombre bueno es difícil de encontrar ni La buena gente del campo cumplieron los deseos de su madre. O’Connor es despiadada y tapona las rendijas para que no entre ni una gota de aire fresco en ese paisaje atestado de conflictos raciales, pobreza ancestral y primitivismo religioso. De cómo de semejante lodazal puede emanar algo parecido a la belleza solo se percata uno leyéndola, por ejemplo, en los Cuentos completos o en las Novelas (ambos editados por Lumen). 

Antes de morir agarrotada de agonía, la buena de Flannery dejó para la posteridad un vídeo en el que enseña a las gallinas a andar al revés2 —«Después de eso, el resto de mi vida fue un anticlímax»—, una obra literaria que radiografió la identidad insular de una región y sus terrores y un saco de sagacidades impagables: «La narrativa trata de todo lo humano, y estamos hechos de polvo, y si desprecias cubrirte de polvo, entonces no debes intentar escribir una obra narrativa». Olvídense de Raymond Carver, Sam Shepard, Cormac McCarthy o La noche del cazador. Sin ella, jamás habrían existido. 

O’Connor, por cierto, se llevaba a matar con otra de las máximas exponentes del gótico sureño, su coetánea Carson McCullers (1917-1967). En su correspondencia personal no desaprovechaba ocasión para ponerla a caer de un burro, y McCullers acusaba a la otra de plagio a boca llena. Sus biografías tienen multitud de puntos de unión: ambas se borraron el «Mary» del nombre para juguetear con la apariencia masculina, nacieron en Georgia, visitaron la colonia artística de Yaddo, fueron adaptadas al cine por John Huston y vivieron asediadas por enfermedades implacables. Debutaron jóvenes, triunfaron jóvenes y murieron jóvenes. O’Connor no llegó a cumplir los cuarenta y McCullers inauguró los cincuenta por los pelos. Eso sí: menuda vida. Imposible condensarla en unas líneas. 

McCullers iba para niña prodigio del piano —componía desde los cinco años— y acabó como escritora precoz. Contrajo fiebre reumática, la internaron diecisiete veces y la parte izquierda de su cuerpo quedó completamente inmovilizada por una embolia. Escribió con una sola mano gran parte de su obra, que inauguró con El corazón es un cazador solitario (Seix Barral), que es muchas cosas a la vez. Uno de los comienzos más formidables de la historia de la literatura —«En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos»—, el regalo de un personaje memorable (John Singer) y un debut de éxito colosal. McCullers ideó su propio gótico sureño, que hermanaba con los clásicos rusos: «Tanto en la Rusia de los zares como hasta el momento presente en el Sur, una característica dominante ha sido el escasísimo valor de la vida humana», decía. 

En su literatura siempre hay borrachos —reflejo de su propia adicción—, negros que llaman a sus hijos Karl Marx, homosexuales, enanos, jorobados… Y algo más: ternura y compasión. Retorcidas, pero ahí están. McCullers no se aproxima a los seres andróginos, a los deformes o a los enfermos mentales con saña, ni siquiera con ánimo voyeur. Se sumerge en sus miserias, en su sexo atormentado y su pavor a la soledad para mostrar humanidad, incluso una clase muy concreta de candor. De anhelo de ser amado. Quizá el que nunca tuvo, quizá el que siempre buscó. Se casó a los dieciocho con un oficial aspirante a escritor, Reeves McCullers, homosexual, del que se divorciaría y con el que se volvería a casar en un lapso de cinco años. Juntos naufragaron en el alcohol y en una incompatibilidad que les hacía inseparables, algo que ella plasma en la novela Reflejos en un ojo dorado, cuya versión cinematográfica protagonizaron Marlon Brando y Elizabeth Taylor. McCullers dedicó el libro a la escritora suiza Annemarie Schwarzenbach, con quien tuvo una tormentosa relación amorosa hasta que murió en un accidente de bicicleta. Tras ser operada de cáncer de mama, Reeves, consumido por el declive físico de su esposa y su represión sexual, le propuso suicidarse juntos. Ella lo rechazó; él lo hizo de todos modos. 

Y en medio de toda esa turbulencia, el triunfo. Prácticamente todas las obras de McCullers fueron aclamadas: La balada del café triste es una compilación de cuentos magistrales, y aunque la novela Frankie y la boda tuvo una acogida más tibia, su amigo Tennessee Williams la convirtió en un éxito de Broadway. 

McCullers murió en un crepúsculo, no había otra. Seis semanas en coma y desapareció. Niña rara, alcohólica, escritora de una mano, amenazada por el Ku Klux Klan, en guerra contra todos los arquetipos de la beldad sureña y orgullosamente convencida de la valía de sus obras: «Yo tengo más que decir que Hemingway, y Dios sabe que lo he dicho mejor que Faulkner». Con una salvedad: Iluminación y fulgor nocturno, su autobiografía, quedó inacabada. 

Así como O’Connor y McCullers encarnan la pareja de escritoras sureñas enemistadas, Katherine Anne Porter (1890-1980) y Eudora Welty (1909-2001) son su reverso amable. Porter, ya afamada, se quedó prendada de Una cortina de follaje (Anagrama), un volumen de cuentos escrito por una desconocida debutante llamada Eudora Welty, a la que amadrinó artísticamente escribiéndole el prefacio. 

Por entonces Welty no era escritora, sino fotógrafa. Un hecho trascendental que marcaría su forma precisa y afilada de narrar. Durante los años treinta recorrió el Sur registrando el paisaje desolado que había traído la Gran Depresión a un territorio que aún no había superado la derrota. Cuando años después, ya merecedora de los halagos condescendientes de Faulkner y Capote, le preguntaron por la clave de su genio narrativo y de su maestría con los diálogos, no titubeó: «Mucho antes de que empezara a escribir, escuché con atención las historias de la gente», respondió. 

Gente sin un céntimo, desamparada, criados negros, niñas y familias opresivas pero nucleares. Welty fue siempre en contra de la épica para contar lo diminuto, que acababa derivando en lo disparatado y lo grotesco. Y circunscrito a su terruño, ese Sur del que raramente se movió. Aunque sus relatos (Cuentos completos, DeBolsillo) son lo más celebrado «Por qué vivo en la oficina de correos» dio nombre al software de correo electrónico Eudora, en su honor—, las novelas de Welty son joyas por derecho propio. La hija del optimista (Impedimenta) le valió el Pulitzer y calló las bocas de quienes «solo» la consideraban una excelente cuentista poseedora una sobrenatural agilidad oral. Cuando, ya cumplidos los setenta, Eudora Welty publicó una suerte de autobiografía, La palabra heredada (Impedimenta), a nadie sorprendió que se convirtiera en bestseller instantáneo. Porque hay algo indefinible y sugerente en su prosa, en su manera de mirar, que hace que el Sur no sea solo leído, sino olfateado, sentido, presenciado. Publicó ensayos, libros de fotografías y la cubrieron de premios, pero nunca le cegaron los focos. Murió en la misma casa de Jackson (Mississippi) en la que había nacido, la misma en la que se plantó Henry Miller para presentarle su admiración. No le dejaron pasar. 

Katherine Anne Porter sí logró cruzar el umbral de aquella casa estilo Tudor. A saber de dónde sacó el tiempo para ser mentora de Welty: Porter fue periodista, actriz de segunda, cantó baladas escocesas por Texas y Luisiana, pasó la tuberculosis (al final era bronquitis), la gripe española la dejó calva, se casó cuatro veces, se fugó a México para estudiar el arte azteca y maya y acabó metida en la revolución obregonista y un sinfín de cosas más: casi cien años de vivencias extravagantes y leyendas picantes, como que tuvo un rollete con Carson McCullers y que uno de sus maridos la dejó cuando se enteró de su verdadera edad. 

Y claro, escribió. Al principio como negra literaria, hasta que su editor se cansó de su cháchara y le sugirió que firmara algo con su nombre. Fue el relato «María Concepción», en 1920, que enseñó al mundo su mirada aguda, insobornable. Katherine Anne Porter se desenvuelve en un ambiente hostil, más cercano a la violencia de O’Connor, en el que sus personajes tienen que sobrevivir a toda costa. Su Sur lo delimita el río Bravo, y es racista, abusivo, cerril. Hay revolucionarios, rancheras, mamis negras y monstruos, en los que sobrevuela un tenue regusto a realismo mágico. Su única novela, La nave de los locos, fue llevada al cine por Stanley Kramer, y a ella solo le gustó el dinero que se embolsó. Su auténtico legado serán siempre sus cuentos (Cuentos completos, Lumen), por los que fue nominada tres veces al Premio Nobel y ganó el Pulitzer. El pelo volvió a crecerle, pero de un blanco rotundo. 

Aunque tiende a considerarse a Porter como la iniciadora del gótico sureño de O’Connor, McCullers y Welty, no es cierto del todo. Primero estuvo el siglo XIX, antes estuvo Kate Chopin (1850-1904), y las cuatro damas del renacer literario del Sur son sus deudoras. 

Kate Chopin llegó a la literatura para sobrevivir, y eso es mucho decir en 1899. Cuando falleció su marido, propietario de una plantación en Luisiana, la aplastaron las deudas, los cinco hijos y la depresión. Escribió por terapia. Primero relatos, después un escándalo llamado El despertar (Cátedra). Ninguna sorpresa: no era una historia que retratase el Sur racista, opresor: era un desafío frontal y una condena a todos y cada uno de los valores atávicos de esa sociedad. Su protagonista, la icónica Edna Pontellier —considerada una especie de Madame Bovary criolla—, decide romper con toda sumisión. «Daría mi dinero, daría mi vida por mis hijos, pero no me daría a mí misma», dice. Y lo hace, agárrense los machos. Fue tan revolucionario, tan feroz y contundente su desafío al ADN sureño que aún hoy vive gente con lúbricos deseos de profanar el cadáver de Kate Chopin. Por abolicionista, por hereje y por feminazi

Y hablando de herejías, allá va otra: mencionaremos en este caótico repaso a Harper Lee y a Margaret Mitchell, pero solo eso: mencionarlas. Resulta obvio que la impronta de Matar a un ruiseñor y Lo que el viento se llevó3, sus respectivas e icónicas obras, contribuyeron a moldear la idea literaria del Sur como pocas. Y aquí viene el pero: ¿queda alguien sin saberlo? ¿No han recibido suficiente atención?

En lugar de eso, miremos hacia otra chalada genial a la que por nuestras latitudes se ha prestado poca —más bien nula— atención: Florence King (1936-2016), la ideóloga de esa verja. No suele incluirse su nombre en ninguna antología de escritoras sureñas, de entrada, porque era una macarra y una chunga de cuidado. Las etiquetas que se atribuyó son un cacao maravillao: lesbiana conservadora, monárquica, antipopulista, episcopaliana, misántropa hasta el picor. «Estoy levemente a la derecha de Vlad el Empalador», decía. No te apodan «La Reina de la Maldad» por bonhomía, no. En su columna en la National Review, «La esquina de la misantropía», se dedicaba a mofarse de todos, con sátiras que escupían ácido. ¿Lo dudan? «Las feministas no estarán satisfechas hasta que cada aborto sea realizado por un médico negro gay debajo de un árbol en peligro de extinción en una reserva para indios discapacitados», escribió. 

Pero no es en calidad de polemista incendiaria por lo que la resucitamos aquí. Maldades y desfachateces al margen, Florence King fue una magnífica cronista de lo que era el Sur en los últimos coletazos del siglo XX y lo crónico de su miseria. Descendiente de la élite colonial de Virginia, King fue criada bajo los estrictos y rancios estándares de lo que tenía que ser una mujer sureña. Ya crecida —y abandonada su faceta de escritora pulp de relatos cochinos—, dedicó una gran parte de su producción a retratar aquel ambiente de señores sentados en sus porches con rifles sobre las rodillas. Su cima es la biografía Confessions of a Failed Southern Lady (Confesiones de una fallida dama sureña), no traducida al español4; una obra descacharrante y honesta que expone a las claras por qué el Sur luce mejor en la tele que en tus carnes. «El culto a la feminidad dotó a la belleza sureña con al menos cinco imágenes totalmente diferentes y le pidió que fuera lo suficientemente buena como para adoptarlas todas. Se le exige que sea frígida, apasionada, dulce, maliciosa y dispersa, todo al mismo tiempo. Sus problemas surgen del hecho de que lo logra». Es un libro con suficiente maldad para abastecer un continente durante décadas, plagado de excesos retóricos y de comentarios que provocarían úlceras sangrantes en tiempos como los actuales. Pero ¿no querían sur? Pues ahí está: desnudo, sucio y descarnado. 

Y de él se sigue escribiendo, sigue alumbrando corrientes literarias nuevas, como la llamada grit lit, hillbilly noir, country noir o rural noir. Para entendernos: literatura redneck, realismo sucio. Tan sucio, que a su mayor exponente femenina ni siquiera le hace falta ser sureña: Bonnie Joe Campbell (1962), de Míchigan. «La única beneficiaria de una beca Guggenheim que sabe castrar un cerdo», es como suele presentarse. Una escritora con una maldad superdotada para el relato corto, como demuestra Desguace americano (Dirty Works), un catálogo tenebroso plagado de ciervos desollados, camioneros desdentados, embarazos adolescentes y mucha —muchísima— sordidez. Que contiene, por cierto, el piropo más white trash jamás escrito: «Estaba muy guapa con aquel fondo de montañas boscosas y dos camiones enormes con el motor encendido». En la biografía de Campbell consta que vivió en una granja, se unió a un circo, vendió granizados y ascendió los Alpes en bicicleta. Y, además, dejó claro que sabe cómo se hacen novelas sobre el lumpen: Érase un río (Dirty Works) se parece mucho a un viaje de speed. Margo Crane, con sus quince años, su escopeta y su barca se pone a remontar el río Stark, con escasas papeletas para sobrevivir. No desvelaremos si lo hace, baste con decir que el libro supone una relectura de las machadas, las novelas de aventuras y nuestra idea de lo que es el peligro. 

«Yo me crie en medio de todo esto. La ansiedad, la obsesión, el miedo, las peleas: la granja, el dinero, la familia, el pasado». Podría ser Joe Campbell, pero es otra coetánea a la que también le va la marcha de la grit lit: Ann Pancake, «la Steinbeck de los Apalaches». En su compilación de historias Tierra vencida (Dirty Works) está lo mejor de la peor Virginia. Personajes que arrastran un vacío rebosante de Jack Daniel’s, desgraciados que queman su casa para cobrar el seguro, que tienen demasiados hijos demasiado pronto; hay bisabuelas a los cuarenta, fantasmas confederados… Gente que quiere huir, pero ahí se queda, en su cochambre hostil. Sin hacerle demasiadas preguntas a su decepción. 

No nos resistimos, aunque esté cogida con alfileres, a mencionar a la inconmensurable Mary Karr (1955). Sureña en cuanto tejana, podría decirse —y con razón— que su obra encaja un poco a martillazos en la tradición sureña, dada su prolífica obra poética. Pero cualquiera que haya disfrutado como un cochino con El club de los mentirosos o Iluminada (Errata Naturae) sabe que alguien que creció entre serpientes, huracanes, torres petrolíferas y malnacidos puede figurar donde le plazca. Y su historia, y su vida, sureña y góticas son un rato. 

Dos chupitos rápidos para ir cerrando: Jesmyn Ward (1977) y April Ayers Lawson (1979), que no sé si se conocen, pero deberían. Ward ha sido ya multipremiada con el National Book Award, pero hay que insistir: La canción de los vivos y los muertos (Sexto Piso) es una suculenta actualización del gótico sureño que resuena a Welty, a O’Connor y lo mejor de todo: a Jesmyn Ward. Una narradora que escarba entre orfandades, racismo, soledad y miseria moral. Drogas, cáncer, tabaco de mascar, una carretera: tiene todo para que duela como un taburetazo en la mandíbula. Más delicado —que no sutil— es el debut de April Ayers Lawson, Virgen y otros relatos (Anagrama), una colección de cuentos que se introduce en la tradición sureña por su vertiente menos obvia: el sexo, Dios y la represión. Es raro, es fresco, es gótico sureño con smartphones

Hasta aquí esta mezcolanza imposible de vivas y muertas, chaladas y neuróticas, escritoras con el Sur encajado en las entrañas que esperemos que sirva para que la próxima vez que piense en una dama sureña no masculle «señorita Escarlata», ni mucho menos apele al ideal de esas «magnolias de acero» que aparentan fragilidad. Ellas, ya lo decía el propio Faulkner, «son capaces de sobrellevarlo todo porque tienen el suficiente sentido común para saber que lo que debe hacerse con las penas y las preocupaciones es considerarlas hasta la saciedad, atravesarlas de parte a parte, hasta llegar al otro lado de ellas y perderlas de vista». También escribirlas, Faulkner. 


Notas

(1) De la costumbre de denominar su literatura como «grotesca», O’Connor escribió un ensayo interesantísimo: Some Aspects of the Grotesque in Southern Fiction. Un extracto: «Siempre que me preguntan por qué los escritores sureños en particular tendemos a escribir sobre freaks, yo digo que es porque aún tenemos la capacidad de reconocerlos».

(2) El vídeo está disponible en YouTube con el título «Do You Reverse? (1932)». Flannery O’Connor tenía seis años y la productora de cine mudo Pathé News acudió a su granja a grabar a la gallina.

(3) Seamos honestos: en el momento de redactarse este artículo hay semejante jaleo en torno a Lo que el viento se llevó que no está de más cerrar la boca para no contribuir a generar más ruido estéril.

(4) Editores: guiño, guiño, codazo, codazo.


Editar en tiempos revueltos: Dirty Works

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Javier Lucini (Madrid, 1973) se describe a sí mismo como «traductor, escritor, faquir retirado y amigo de un indio». Además de todo eso, también es junto a Nacho ReigRosa van Wyk e Iban Sainz Jaio uno de los fundadores de Dirty Works, la única editorial que existe en España dedicada en exclusiva a lo que podríamos llamar gótico sureño contemporáneo.

Apasionado de la cultura tradicional norteamericana, Lucini se ha enfrentado tanto a los apaches como a Johnny Cash, de quien es un ferviente seguidor. Su paso por editoriales como Mono Azul y Acuarela lo han convertido en uno de los mejores traductores de este país, y su nombre se encuentra ya indisolublemente asociado al de Harry Crews y Larry Brown, dos gigantes de la literatura sureña más cafre.

Aprovechamos la visita de Lucini al Festival Bookstock de Sevilla para charlar con él, largo y tendido, sobre esos «trabajos sucios» que se trae últimamente entre manos.

Disculpa que empecemos así la entrevista, pero traes cara de cansado.

No, disculpadme vosotros, pero es que hace un rato, como quien dice, he terminado de celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón. Estábamos anoche ya a punto de irnos para el hotel cuando de repente nos cruzamos por la calle con un chavalín tambaleante que llevaba una botella en la mano. Le preguntamos dónde podíamos tomar la última, porque antes nos habían mandado a un sitio de música electrónica horrible y nos habíamos quedado con las ganas, y nos dijo: «Yo vengo de celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón. Podéis ir allí». Me fijo en la indumentaria del chaval, y veo que la botella que lleva es de hidromiel [risas]. Nos dio las indicaciones para llegar al sitio, que se llamaba —no os lo perdáis— El Dragón Verde, y allí que fuimos. Todavía no éramos conscientes de la verdadera dimensión del asunto, pero nada más llegar, en la puerta principal, vimos un cartel tallado en piedra anunciando, efectivamente, el cumpleaños de Bilbo Bolsón, y dentro había un montón gente disfrazada de elfo, de hobbit, de orco… Era un sitio como gótico-medieval, decorado al efecto. Y nada, ciento once años celebramos. ¡Cómo pasa el tiempo! [risas]. Gandalf no vino, y la hidromiel ya se había acabado, pero nada más entrar en el local estaba sonando Johnny Cash. Así que al menos descubrimos que en la Comarca lo que se escucha es country, nada de Enya ni música de gaitas [risas].

Bueno, eso lo explica todo. Además, qué casualidad que en el cumpleaños de Bilbo Bolsón sonara Johnny Cash, un personaje tan importante para ti.

Sí, es verdad. A mí siempre me ha encantado su música, sobre todo desde que salieron los discos que produjo Rick Rubin para el sello American Recordings. Esos discos en su día me volaron la cabeza, hasta el punto de que decidí ir a ver a Johnny Cash a su casa. Ya teníamos el billete para Nueva York, y desde allí pretendíamos bajar hasta Nashville. No es que quisiera ir a darle el coñazo al hombre, porque hacía poco que había muerto June Carter, pero sí que me apetecía al menos estrecharle la mano y darle las gracias porque siempre ha sido para mí una figura emblemática. Así que teníamos todo preparado, y el hombre se murió como dos semanas antes de salir para Estados Unidos. Fuimos a Nashville de todos modos, ya en plan como los dos japoneses esos que salen en Mystery Train, que van a Memphis a ver los estudios de Sun Records y tal, porque queríamos ver la famosa casa del lago, esa que luego quemó el hijoputa de Barry Gibb [risas].

A cambio de no poder verlo, sí que puedo decir que en Nueva York conocimos a su hija, a Rosanne Cash. En esa época estábamos haciendo un cómic sobre Johnny Cash para Acuarela, la editorial en la que trabajaba antes, y con ella hubo muy buen rollo. Le gustó mucho.

De Johnny Cash tradujiste también su biografía.

Sí, también para Acuarela. Traduje de hecho su primera biografía, una que escribió en el año 1979. Aquello se publicó cuando Johnny Cash empezó a hacerse muy famoso en España, por la película y tal. Global Rhythm sacó otro libro parecido más o menos al mismo tiempo.

En verdad yo llevo mucho tiempo escribiendo un libro sobre «mi Johnny Cash», lo que pasa que con el rollo de la editorial no puedo dedicarle todo el tiempo que quisiera. La historia de este libro es muy curiosa, porque empezó como un artículo para El Estado Mental, cuando se publicaba en papel. Me dijeron: «Oye, ¿por qué no te escribes algo sobre Johnny Cash, de tu viaje y tal?», y dije: «Venga, vale. Vamos para allá». El de la revista me dijo que si iba a hacer un artículo sobre Johnny Cash tenía que ser «el artículo definitivo de Johnny Cash». Y así lo titulé [risas]. Lo que ha pasado es que el artículo se me ha ido de las manos, lo he extendido mucho, así que ya no será el artículo definitivo sino el libro definitivo de Johnny Cash.

Esto ya me ha pasado otras veces. Cuando empecé a colaborar para Mono Azul, una editorial sevillana que ya no existe, me encargaron un prólogo para las memorias de Gerónimo. Empecé a escribir ese prólogo y hubo un momento en que tuve que llamar al editor para decirle que iba por la página quinientos, y que quizás se me había ido aquello de las manos [risas].

Tu libro «definitivo» de Johnny Cash, ¿saldrá en Dirty Works?

No lo sé, no creo. Ya me han propuesto sacarlo en otro sitios, y me parece que prefiero mantener cierta distancia entre lo que escribo y lo que publico, para que no huela la cosa.

Además, rompería un poco la línea editorial que tenéis ahora, que solo publicáis narrativa extranjera.

En el fondo no dejaría de ser un libro sureño. Y lo que estoy escribiendo es un poco extraño, la verdad, así que creo que podría encajar bien con nuestra línea editorial. Pero bueno, si puede salir por otro lado, mejor. Que se coma el marrón otro [risas].

Nos consta que tu visita frustrada para ver a Johnny Cash no fue tu primer viaje a Estados Unidos. ¿Cómo surgieron tus Apacherías?

Apacherías es un libro que gira en torno a los apaches, pero que me sirvió para hablar de todas las tribus norteamericanas. El origen de este libro fue el prólogo que os he contado antes sobre Gerónimo, que había escrito sus propias memorias, y cuando las leí me quedé fascinado. Yo había estado viajando por las reservas indias, y encontré ese libro en la tienda de regalos que hay al lado de la batalla de Little Big Horn, donde el general Custer perdió contra los indios. Lo bonito de Estados Unidos es que normalmente son más interesantes las tiendas de los sitios que los sitios en sí, porque allí te hacen un museo de la cosa más peregrina. Me acuerdo de que en Arizona visité un museo que se había hecho en un sitio que fue donde a Billy el Niño se le rompió el carromato en el que huía. Y de aquello solo quedaba una rueda. El museo no tenía ningún interés especial, porque lo único que había allí era la rueda esa. Pero luego estaba la tienda de regalos, que era espectacular: libros, fotografías… En fin, que encontré el libro de Gerónimo en una tienda de regalos de esas, y me quedé fascinado. Y de ahí surgió el tema.

Luego continué viajando por Montana. En Nevada hay un pueblo, Elko, donde está la reserva de los shoshone y donde hay una comunidad vasca increíble. Había como competiciones de bertsolaris con los de las otras reservas, que bajaban de la montaña para competir. Y esa era un poco la tónica de mi viaje, y de ahí salió un libraco que se publicó en Mono Azul. Pero como la editorial ya no existe y el libro está desaparecido en combate, he pensado en reeditarlo. Además en su momento ganó el premio al mejor libro de viajes del año y funcionó muy bien. Han pasado muchas cosas desde entonces en las reservas y molaría, sí, reeditarlo y ampliarlo con todo lo que ha pasado. Y lo haremos.

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Esa fascinación que tienes por todo lo norteamericano y sus tradiciones, ¿de dónde viene?

Pues no os sabría decir, la verdad, porque yo soy de Madrid [risas]. Yo creo que viene de mi abuelo, que le encantaban las películas del Oeste desde siempre. Trabajaba en una prisión de mujeres en Tenerife, y las presas le querían mucho porque era un tipo entrañable. Cuando Johnny Cash vino a España, al programa Sábado Noche, yo llegué a fantasear: «Joder, ojalá mi abuelo contratara a Johnny Cash para que tocara en la prisión» [risas]. A él le encantaba ese mundo, y me hablaba mucho de los indios. Sobre todo de los guanches que había allí en Canarias, y de los guanches que viajaron a Estados Unidos para matar indios. Siempre estuvo del lado de los indios.

Luego, cuando era niño, iba a todas las fiestas disfrazado de indio. Una vez, con ocho años, me llevaron a un concurso, y allí había otro dos chavales vestidos también de indio, pero iban más maqueaos que yo. Recuerdo que cuando dieron el primer premio dijeron: «¡El mejor disfraz de la fiesta es el de indio!»», y yo fui todo contento a recoger el premio pero, de repente, otro niño indio me hizo así en el hombro… [da un golpe con la mano]. Luego me di cuenta, al escribir el libro, de que ese niño iba más de sioux, que tienen un look más aparente, porque llevan su penacho de plumas y sus abalorios, y yo iba más como de indio navajo pobretón, y por eso no gané [risas].

Pero por encima de todo está la música sureña. Todo eso del blues, el jazz, el country, siempre me ha fascinado. Y todo lo anterior confluye en Dirty Works.

¿En qué momento decides canalizar toda esta pasión por la cultura norteamericana y volcarla en el mundo editorial?

Todo surgió cuando empecé a trabajar en Mono Azul. Su editor, Jabo H. Pizarroso, me propuso dirigir una colección de literatura norteamericana de la época de Melville y tal. Sacamos cinco libros, que también traduje, en los que el diseño intentaba ser un poco más divertido…

Mono Azul fue de hecho una de las primeras editoriales independientes que empezó a innovar un poco en ese aspecto.

Sí, además fue en la época en la que UDL empezó a trabajar con todas estas nuevas editoriales. También aquello se nos fue de las manos, porque tirábamos cuatro mil ejemplares de una edición y luego vendíamos cien, con suerte… Uno vale, pero si se van acumulando esas cosas, al final es una locura. De hecho Mono Azul quebró, y entonces pasé a trabajar en la editorial Acuarela, con Tomás Cobos, Amador Fernández-Savater y Abel Hernández Pozuelo, que eran amigos. Ellos ya llevaban un tiempo con la editorial, pero en plan: «A ver, ¿cuánto dinero tienes?», y «pues mira, con eso da para sacar este libro». Nunca tuvo afán de convertirse en algo grande. Cuando entré a trabajar con ellos, lo primero que hice fue traducir la biografía de Johnny Cash, que inauguró la colección RECorridos, dedicada a la música. Y luego ya nos aliamos con Machado, que quiso coeditar con nosotros y el ritmo de edición subió.

Lo de Acuarela nos resultó siempre un poco extraño, porque también era un sello de música.

Sí. A la vez, Jesús Llorente creó el sello de música y la editorial en principio estaba vinculada, pero llegó un momento en que tuvimos que separarlo para llevar cada uno sus cuentas, porque si no aquello era un desastre. Y el sello de música sigue, no sé cómo, pero sigue. Cuando hace un año dejé Acuarela para montar Dirty Works todavía seguían allí trabajando por lo menos seis personas, pero poco a poco ha ido cayendo gente.

En la colección RECorridos»sacáis dos libros brutales, que además os ponen bastante en el mapa: Rotten, la biografía de John Lydon; y Really The Blues, las memorias de Mezz Mezzrow, que rescatáis con nueva traducción firmada por ti, porque la que había…

Sí, era una mierda. Tan mierda que había incluso capítulos que el antiguo traductor se había saltado, no porque no fueran interesantes, sino por lo complicados que eran de traducir. Porque claro, en ese libro escriben como hablan, hacen virguerías con el idioma. La primera edición se publicó en Muchnik, cuando estaba con Anaya, y el traductor debió de pensar: «Bah, de esto no se va a enterar nadie», porque además era el típico libro de cubeta de El Corte Inglés, que se compraba por un euro, que fue al desguace directamente. Es acojonante darte de cuenta de que falta texto en una edición. Pero es verdad que es un libro muy complicado de traducir. Incluso en el texto original en inglés venía un glosario para que el propio lector angloparlante pudiera entender bien cómo se trapicheaba la droga en Chicago en los años cuarenta. En aquella primera edición venía una frase de Tom Waits y un prólogo de Barry Gifford, y eso sí lo respetamos. Pero vamos, que ese libro estaba ya descatalogado, en liquidación, y no sé muy bien quién nos habló de él. Creo que fue el propio Abel, que dijo: «Yo creo que este libro es increíble, tenemos que recuperarlo». Funcionó muy bien además, y ahora al menos tiene una traducción digna.

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Por lo que os hemos leído, Dirty Works nace de una necesidad de hacer las cosas a vuestra manera, un poco en plan canalla, hasta el punto de que vuestro distribuidor se echó las manos a la cabeza cuando le contasteis cómo ibais a funcionar.

Así es. El proyecto se cuece un día que mis socios, Nacho Reig y Rosa van Wyk —que son pareja y viven en Mújica, al lado de Guernica de camino a Toledo hacen una parada en Madrid. Y quedamos los tres. Tenía una hora libre y me pillaron en un momento de desencanto laboral, y les dije: «Vamos a un bar que conozco que se llama La Esquinita, y nos tomamos una cerveza». Empecé a soltar lo más grande, a cagarme en todo, y Nacho, que se ha dedicado toda la vida al cine y venía también quemado de lo suyo, se unió a la fiesta, porque también es de los de «no me gusta mi gremio». En un momento dado Rosa se fue al baño, y cuando volvió ya teníamos montada la empresa [risas]. Ella, que ha vivido toda la vida en Londres y es de Sudáfrica, cuando se enteró de lo que habíamos decidido, dijo: «Vale, pero que esta no sea la típica conversación española». Ellos siguieron para Toledo, y a los dos días ya estábamos con todos los papeles hechos y la empresa montada.

Con Nacho tengo además una anécdota muy curiosa: él había rodado una película llamada Amerikanuak, sobre la vida de los inmigrantes vascos de Elko, que se llegó incluso a presentar en el Festival de Cine de Donosti. Pero lo curioso es que cuando yo estuve allí, en Elko, rodando mi documental indio, me enteré de que había otro equipo de cine enfrente rodando lo de los vascos, ¡y era él! [risas]. Algo así pasaba también en una película belga, cuyo título no me acuerdo, en la que un equipo de cine iba siguiendo a un asesino a sueldo, iban grabando la vida cotidiana del serial killer, con el tipo desayunando y tal. Y hay un momento en la película en que se cruzan con otro equipo de cine que va siguiendo, también, a otro serial killer, y cuando se encuentran actúan como si fuera una cosa corporativa, en plan: «Hola, ¿cómo te va?». Era una película acojonante. En fin, el caso es que Nacho venía del mundo del cine y estaba también hasta los huevos, no quería saber nada más de aquello, y así surgió Dirty Works.

A Nacho le gustaba mucho Larry Brown, y en concreto un libro suyo de cuentos buenísimo que había sacado Bartleby: Amor malo y feroz. Pero nunca volvieron a publicar nada más de él. Y me acuerdo de que Nacho me decía: «Si tuviese pasta, my friend, te cogía a ti de traductor y te pagaba para que me hicieses traducciones de Larry Brown para mí solo. Además en plan millonario: una edición de un solo ejemplar, una buena edición, con depósito legal y todo…» [risas]. Y al final es lo que hemos hecho, aunque lógicamente no sacamos solo un ejemplar. Pero el plan de la editorial siempre ha sido: «Vamos a traducir las cosas que nos gustaría leer y que no se traducen, pero haciéndolo para nosotros». El primer título de Dirty Works fue la primera novela de Larry Brown, Trabajo sucio, que gracias a dios da nombre a la editorial porque estuvo a punto de llamarse El Alambique [risas]. Eso hubiera sido ya la ruina. Dijimos tantas tonterías y tantos nombres para la editorial que al final optamos por llamarla «Trabajos sucios», en honor al primer libro que sacamos. Y ahora nos parece que Dirty Works no suena nada mal.

Empezasteis con una campaña promocional bastante fuerte, con vídeos y mucho merchandising.

Sí, desde el principio quisimos que la cosa tuviese buen aspecto, nos gusta mucho cuidar la estética. Nacho viene del cine y Rosa del diseño, así que nos basamos mucho en las páginas web de las series de televisión o de lanzamiento de alguna película. Queríamos que nuestra web tuviera una estética que no se pareciese a la de una editorial. Queríamos una editorial que se pareciese lo menos posible a una editorial, y de ahí surgieron dos blogs: uno de música que llevo yo, y uno de series que lleva Nacho. La idea es acompañar la salida del libro con contenidos adicionales. Si sacamos un libro de Larry Brown, también traducimos entrevistas que le han hecho o artículos que él ha escrito, para que todo sea un poco más completo.

Desde el principio queríamos hacer libros que nos gustasen mucho, que tuviesen una buena y bonita textura. Pero la distribuidora nos decía: «Sois muy sobrios, no metéis nada de fajas». La primera reunión con ellos fue surrealista, porque nos pusieron de ejemplo la mierda que hicieron con el libro de Agassi, que para la promo sacaron un álbum como de plastiquillo con una frase, no me acuerdo de quién era, pero era una horterada de dimensiones descomunales. Nos decían que hiciéramos eso, una faja en la que alguien reconocido recomendase los libros. Y luego, con las citas de atrás lo mismo, que si tenían que ser de gente conocida y tal. Con la coña esta de las fajas, yo propuse que para el próximo libro íbamos a sacar una con una frase de, por ejemplo, Álex de la Iglesia que dijera: «Cómo molan los Dirty Works, que te dejan al final del libro dos páginas negras de cortesía para limpiarte el culo» [risas]. Es que eso de las fajas no tiene nada que ver con nosotros.

También nos decían que, por lo menos, pusiéramos dentro del libro las cubiertas de los anteriores publicados, para que así se viera que teníamos un catálogo. Y tampoco pasamos por ahí. Qué puta obsesión de llenarlo todo con cosas, ¡pero si a nosotros nos gusta el negro!

Pero en alguna cosa habréis tenido que ceder.

No, ceder no hemos cedido en nada. Otra cosa es que no siempre hayamos podido elegir lo que más nos gustaba, por cuestiones económicas. Cuando estábamos eligiendo el tipo de papel que queríamos usar para nuestros libros, solíamos entrar en las librerías para toquetear las páginas de otras editoriales, para palpar así todas las texturas posibles. Era muy gracioso vernos, con estas pintas, toqueteando y olisqueando todos los libros [se levanta y empieza a toquetear extintores]. El día más surrealista fue en La Central de Barcelona, donde entramos un poquito tocados del día anterior, y nos fuimos desplegando por toda la librería, cada uno por un lado, como rodeándola. Cada uno tocaba sus libros, e íbamos avisándonos cuando encontrábamos un papel que nos gustaba, en plan: «Eh, tío, mira, ven, ven». Y el de la puerta de seguridad flipaba muchísimo, viendo a dos tíos tan grandes oliendo libros [risas].

Y sí, al final, por un tema de pasta, no hemos podido utilizar un papel a la altura del que queríamos, porque nosotros hemos empezado de cero, cero, cero. Poniendo cada uno lo poco que tenía ahorrado. Estamos ahora empezando a levantar el vuelo, pero todavía nos queda un poquito. De hecho, ninguno de los tres vive todavía de la editorial. Nuestro objetivo es que Dirty Works funcione algún día como La Felguera. Los dos primeros libros que publicamos están un poco dedicados a Servando Rocha, que es nuestro amigo, por todo lo que ha hecho por nosotros. Es el maestro, una máquina, no solo por lo bien que edita sino por el concepto que tiene de editorial y de vida. Nosotros queremos formar una familia Dirty. En nuestro caso un poco más disfuncional que la de La Felguera, pero familia al fin y al cabo. Desde el principio le hemos fusilado casi todo, diciéndole: «El papel que tú utilizas nos gusta, y te lo vamos a copiar. El de cubierta también». Es más, nosotros trabajamos con Kadmos, la imprenta de Salamanca, gracias a su contacto. Le decíamos: «¡Queremos ser como tú, Servando!». Es que funcionan muy bien, con toda esa secta que se ha generado en torno a ellos, que son gente muy fiel. Muchas veces sacan un libro y antes de que llegue a la librería ya han cubierto los gastos con la venta directa desde la página web, que es algo que nosotros también tenemos. Menos mal que es buena gente y no se enfada, porque les estamos copiando todo.

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¿Cómo das abasto, siendo editor y a la vez traductor?

Sí, es verdad. Yo hago casi todas las traducciones. Algunas las ha hecho Tomás, que trabajaba conmigo en Acuarela y que es un traductor excepcional. Y ya le he tirado el anzuelo a Inga Pellisa para que traduzca a nuestra primera mujer Dirty, Bonnie Jo Campbell. Siempre nos decían: «Sois un poco masculinos, ¿no?», aunque solo lleváramos dos libros [risas]. Pero ya tenemos a varias autoras que, a su lado, Harry Crews se queda, vamos, como un niño haciendo la primera comunión.

Lo que pasa que este año hemos sacado seis libros, que para nosotros es un trabajo descomunal, porque los últimos han salido muy seguidos, y no nos ha dado tiempo de disfrutar de ellos. No hemos podido darle a cada uno su tiempo, su espacio. También vinieron dos autores de los seis que tenemos, de los cuales tres están muertos y uno no se sabe qué pasó con él. Pero a los dos vivos hemos tenido la suerte de traerlos a España y conocerlos en persona.

¿Cómo pudisteis montar eso?

Pues mirad, fue una cosa fantástica. Alan Heathcock, el de Volt, que vive en Idaho, iba a dar un curso en Francia, un taller de escritura, así que traerlo desde allí era muy barato. Le cogimos un piso en Madrid, y el tío encantado de venir. Cuando se enteró de esto Mark Richard se picó, y nos dijo: «Yo tengo muchas de conocer a Heathcock. He leído su libro y me ha gustado mucho», pero como vive en Los Ángeles le dijimos que nosotros no podíamos traerlo desde allí, que no teníamos presupuesto para tanto. Pero el tío nos dijo que se lo pagaba todo él, que necesitaba unas vacaciones. Y así fue. Se pagó el hotel, el viaje y todo lo que consumimos, que no fue poco [risas].

Mark estaba muy agradecido con nosotros, porque había abandonado un poco la escritura y el libro que le hemos publicado es de hace ventipico años. Le hacía mucha gracia que hubiese unos tíos en el otro lado del mundo que lo quisiesen recuperar. Estaba fascinado con nosotros, y nosotros en verdad teníamos el miedo típico de pensar: «¿Y si es un gilipollas?» [risas]. Pero resulta que estamos publicando gente con la que da gusto irse de cañas. Pero claro, con el peligro de que nos maten en el intento.

Con Mark tuvimos un día de sinceridad absoluta en la terraza del hotel donde se quedaba. Nos dijo: «Joder, esta es la mejor semana de mi vida y, ¿sabéis qué? Los derechos de mis otros libros, os los regalo». Nosotros le dijimos que mejor lo hablábamos mañana, cuando no estuviéramos borrachos. Nos dio apurillo y le dijimos: «No, lo hacemos bien, como hemos hecho este, porque al final esto son derechos de autor y tal». El tío entendió nuestro apuro y nos contestó: «Vale, vale, os entiendo. ¡Un dólar! Os lo vendo todo por un dólar». Y, efectivamente, así ha sido. Él decía que sabía que su agente le iba a matar, pero que le daba igual. Y ese mismo día nos compró entradas a todos para ir a ver la exposición de El Bosco, en el Museo del Prado, el día de la inauguración. No sé cómo lo hizo, pero lo consiguió. Fuimos allí en comandita con él y cuando estábamos a punto de pasar por el arco detector de metales, nos echa para un lado y nos dice: «¿Pensáis que dejarán pasar con esto?», y saca el tío un pedazo de cuchillo enorme. Y nosotros: «Pero Mark, ¿a dónde vas con eso?». Y nos contestó: «¡Es que soy de Louisiana!» [risas]. Pero lo más gracioso no fue eso, sino que al final entramos, le enseñamos el cuchillo al de seguridad, y va el tío y nos dice: «Sí, sí, no hay problema». Lo deja a un lado del arco, y tras pasar Mark, coge y le devuelve el cuchillo por el otro lado. Entonces, ¿para qué tanta parafernalia? [risas]. Y antes de irse nos compró un cuchillo a cada uno en una tienda de Madrid. Así que, aunque no soy de Louisiana, ya tengo mi cuchillo para cualquier eventualidad: para despellejar un caimán, por ejemplo, o lo que surja… Ahora no lo llevo encima, ¿eh? [risas].

Conocer a Mark Richard ha sido increíble. Ahora se dedica a hacer series de televisión en Hollywood. Se había ido a buscar localizaciones a México para una movida de zombis, y me recomendó una novela de César Aira que yo no sabía ni que existía. El tío es un crack. Nos ha escrito un prólogo para lo nuevo de Larry Brown que vamos a sacar, y eso que hace tiempo que dejó de escribir. Pero Mark conoció mucho a Larry Brown, fueron de hecho buenos amigos y tiene muchas anécdotas con él, muchas cartas. Estuvo en su funeral, porque Mark es predicador. Tiene su anillo oficial y todo. Ha oficiado tres funerales y una boda.

Casi al revés que la película.

Sí. Nos contó de hecho una anécdota con Larry Brown, en un funeral al que fueron todos, y al terminar, se llevaron las cenizas para esparcirlas por los pantanos de Louisiana, ya en la parte que pega al mar. Las mujeres habían prepararon todo, y se quedaron en la orilla. Y los hombres se montaron en una barquita de remos, con las cenizas, para tirarlas al agua. Pero en verdad iban todos borrachos, y de repente un tiburón empieza a circular alrededor de ellos. Y los tíos, borrachos como cubas, sin saber qué hacer. Hasta que Mark dice: «Tranquilos, que los tiburones estos no hacen nada. Si no tenemos nada de comida en el bote nos respetarán». Y uno de ellos empieza a ponerse nerviosete, y dice: «Yo sí llevo comida». Tenía el tío en el bolsillo un bocadillo de no sé qué [risas], y las mujeres, desde la orilla, viéndolo todo, preguntándose que qué coño hacían, porque al final salieron las cenizas volando, con el tiburón detrás [risas]. De ese nivel son las anécdotas de Mark.

De hecho, en el prólogo que nos ha escrito cuenta anécdotas de ese tipo. Tiene una foto en la que sale él bailando con Larry Brown en el garaje, los dos muy borrachos. A ver si la encuentra, porque me encantaría rescatarla. Por lo visto sus mujeres se odiaban. La mujer de Larry Brown siempre odió a la de Mark Richard, y la de Mark Richard a la de Larry Brown, porque cuando se juntaban eran, ¡uuufff! Me recuerda un poco a mi relación con mi socio, que somos muy de juntarnos a beber y que se te vaya, y que haya tiburones dando vueltas [risas].

Luego Mark Richard también conoció a Harry Crews. Coincidieron en Oxford, en el pueblo de Faulkner, porque durante unos años Barry Hannah un autor que podría ser un futuro Dirty— organizó unos cursos allí de escritura sureña, y los invitó a todos. Sobre esto hay otra anécdota preciosa: a Larry Brown le flipaba Harry Crews. Lo admiraba muchísimo. A Mark Richard también le gusta Harry Crews, pero tampoco es que sea uno de sus autores favoritos. Un día, en uno de estos cursos en Oxford, invitaron a Harry Crews a dar una charla, y coincidió que Mark Richard estaba allí. Larry Brown se puso muy nervioso porque por fin iba a conocer a su ídolo. Fueron los dos juntos a buscarlo al aeropuerto, pararon a comprar cerveza —porque esta gente es muy de cerveza— y por lo visto, cuando llegaron al aeropuerto, se encontraron a Harry Crews giradísimo, en una de estas movidas que le daban. Fue en la época en la que se puso la cresta, y para Larry Brown fue muy decepcionante. Nos lo contó Mark: «Lo sentí mucho por Larry, porque realmente él le tenía una admiración brutal, y me dio mucha pena que el otro fuese como era».

Es que Harry Crews fue un personaje muy difícil. Cuando yo lo empecé a publicar en Acuarela todavía vivía. Kiko Amat y Miqui Otero lo querían traer para Primera Persona, el festival ese que se hace en Barcelona donde le hacen una entrevista y no sé qué. Kiko me llamó para que le diera un teléfono o una dirección donde poder localizarlo, porque iba a ir a Estados Unidos y quería aprovecha la visita para hacerle una entrevista, y le dije: «Mira, yo te lo voy a dar y te voy a decir lo que va a pasar. Te va a coger el teléfono él, en persona, y va a ser el hombre más amable del mundo, que para eso existe eso de la hospitalidad sureña. Te va a decir que sí, puede que incluso te pregunte por tu ciudad y por tu familia, y va a quedar contigo. Pero vas a ir y no va a aparecer», porque eso es exactamente lo que le pasó a un periodista francés, que quedó con él, fue a su casa, llamó a la puerta contentísimo… pero nadie le abrió. Harry Crews no apareció. Se tuvo que volver a Francia con todo pagado por la revista, y sin nada sobre lo que escribir. Salvo lo del plantón, claro. Le conté esto a Kiko y me dijo: «Ah, bueno. Entonces no me des el teléfono» [risas]. Y al poco se murió.

En fin, que este año sacaremos nuevo libro de Larry Brown y nuevo libro de Mark Richard —ese que nos ha salido «tan caro»—. Intentaremos sacar menos libros para centrarnos más en viajar, conocer gente, libreros, etc., que es algo que este primer año no hemos podido hacer.

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De hecho estáis de turné con la furgoneta haciendo una especie de gira ibérica.

Sí, hemos empezado por el sur. Yo siempre cito la canción de Tom Petty de «Southern Accent» que cantó Johnny Cash, y que para mí será siempre una canción de Johnny Cash más que de Tom Petty. Johnny Cash es que ha robado muchas novias, porque cualquier canción cantada por él suena mejor que la original. Pero sí, la gira la empezamos en Málaga, en El Rincón de la Victoria, donde hay unos chavales que han montado allí una librería increíble: La Mínima. Son una pareja extraordinaria. Son maestros de circo, de los que dan clases a los hijos de artistas de circo. Tienen su propio carromato, con aulas para los críos. Llevan siete años viajando por España, y ahora han montado esta librería, casi a pie de mar. Es una librería-bar, la única librería del pueblo, y tienen allí un catálogo espectacular. Son supermajetes además. Fue curioso porque nos dijeron que si íbamos allí a presentar nuestro catálogo íbamos a vender un montón, y allá que fuimos. Cuando llegamos, empezó a entrar gente pero con una media de edad de sesenta años o así, y pensamos que íbamos a vender una mierda. Proyectamos un vídeo con todos estos gamberros haciendo barbaridades y decíamos: «Estos señores se van a asustar». Pero qué va, la gente superinquieta, preguntando muy interesada. Todos se fueron con un libro de Dirty Works.

Luego nos fuimos a Córdoba, invitados por Bandaaparte, que es una editorial hermana. Son muy amigos, y nos han estado acogiendo en su casa. Luego hemos venido con ellos para Sevilla, aquí al Bookstock, y luego iremos a Plasencia, Salamanca y Segovia, para visitar a las tres librerías que se han asociado bajo el nombre de «La Conspiración de la Pólvora». Y acabaremos en Albacete, en la librería Nemo, que son gente que desde el principio contactó con nosotros porque les gustaban muchos los libros que hacíamos, y nos pedían también nuestras camisetas y tal. Respondieron de puta madre, así que lo teníamos pendiente. Luego vamos a montar otra más por el norte, cuando nos recuperemos del sur.

Hasta eso lo estáis haciendo al revés que los demás, porque el primer terreno que se lanzan a conquistar las editoriales de nuevo cuño no suele ser el de las librerías.

Es verdad, pero al final el que vende el libro es el librero. Es el que te lo va a colocar bien si tú lo tratas bien. En todo este proceso de ir derivando el trabajo a otra gente, el librero es al final el que está a pie de calle, y es el que sabe lo que se vende en su librería y lo que no.

O sea, que os preocupa más estar en cualquiera de estas librerías que en la sección de  novedades de El Corte Inglés.

Sin duda. UDL nos coloca muy bien en las cuentas grandes, porque ya tienen un canal de difusión, pero nos queda todavía mucho por llegar porque hay librerías en las que no estamos. También estamos ahí apretándole las clavijas a UDL porque, por ejemplo, fuimos a la librería más importante de Burgos y no sabían ni quiénes éramos. A UDL le estamos apretando para que lo hagan un poco mejor, pero nosotros, en lo que podamos, también tenemos que ir abriendo camino por otros sitios.

Al principio yo creo que UDL no nos supo vender bien, no sabían muy bien qué hacíamos. También es verdad, y supongo que es normal, que todo el mundo tiene preferencias. Ellos venden mucho mejor los libros de Rey Lear, de Periférica, ese tipo de cosas. Eso sí saben venderlo muy bien, pero nosotros tuvimos con ellos al principio nuestros más y menos, porque no sabían lo que éramos. En una reunión con ellos cometieron un error muy grave. Hicimos un vídeo promocional con Ignatius Farray, que es amigo de toda la vida, un vídeo que teníamos colgado en nuestra web desde hacía tiempo, y la chica de UDL nos dijo un día: «Ayer vi el vídeo con el humorista ese». Y entonces le dije: «¿Me estás diciendo que llevamos un año trabajando juntos, y que ayer entraste por primera vez en nuestra web?». Mal. La verdad es que nos está costando mucho que nos muevan bien.

Luego también hay gente que piensa que estamos especializados en novela negra, porque como los libros son de color negro, pues novela negra. Incluso una de las subdelegadas de la distribuidora también nos quería vender en las tiendas de cómics y tal, como si fuéramos unos fanzineros. Si vendes así nuestro producto, pues el sesenta por ciento de las librerías no van a querer nuestros libros, porque… ¡que no coño, que no somos fanzineros!

Pues aprovecha ahora: ¿cómo os gustaría que os vendieran? ¿Con quién queréis que os identifique la gente?

Nuestra línea editorial se mueve en el terreno del gótico sureño posmoderno. Aunque aquí todo lo inventó ya Flannery O’Connor. Todos nuestros libros son muy hijos de ella, y de Faulkner. Son como mamá y papá.

Pero sí, tenemos que aprender a vender mejor la idea de quiénes somos. A lo mejor hemos fallado en eso y no hemos sabido transmitirlo bien, de ahí lo de viajar y conocer a la gente en persona. Por eso hemos montado un vídeo donde recogemos entrevistas a Harry Crews y a Larry Brown, para que la gente vea quiénes somos.

Y en prensa, ¿qué impacto habéis tenido?

La verdad es que nos han tratado de puta madre, porque toda la gente que ha hablado de nosotros ha hablado bien. No hemos tenido por ahora ningún problema, aunque también es verdad que lo que ha salido en prensa ha sido muy puntual, de cuando hemos publicado alguna novedad y tal…

Luego están los blogueros, claro, donde hay gente para echarle de comer aparte. Gente que se está haciendo gratis una biblioteca de libros por la cara, que te escriben y te dicen: «Oye, ¿me puedes mandar los seis libros que habéis sacado, que tengo que hacer una reseña en una página que tengo y tiene no sé cuántos miles de visitas?». Cuando estaba en Acuarela los enviábamos siempre, porque picas y lo mandas a casi todo el mundo. Pero cuando ves las mierdas de reseñas que te hacen, dices: «Mira, no, cómpratelo». Yo hago un blog de música y no voy pidiendo los discos a la gente. Te los mando si realmente te curras tu texto. No te estoy diciendo que me pongas bien. Ponme a parir si quieres, y si lo haces con gracia y con sentido, y te lo curras, pues de puta madre. Pero si no, prefiero regalarle el libro a un librero que a uno de estos figuras. Así que esta es la asignatura pendiente.

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Vuestros libros plantean un universo muy concreto. ¿Qué recomiendas tú para empezar con Dirty Works?

Yo creo que deben empezar por Trabajo sucio. Los libros hablan entre sí porque tienen un poco que ver unos con otros: este conoce a este, o aquel a tal. Y eso que Trabajo sucio no es el más digerible de los seis que hemos sacado hasta la fecha. Quizás el más asequible sea la autobiografía de Óscar Zeta Acosta, que como está ligado a la película Miedo y asco en Las Vegas y se trata de un personaje un poco más conocido, pues se puede tener una referencia más clara de él. Con ese libro sí que hicimos una pequeña concesión al «fajismo» pero sin poner faja. Por detrás, en la contra, pusimos una cita de Benicio del Toro hablando de quién es este señor. Intentamos incluso ponernos en contacto con él, pero al final no pudimos. Como seguramente rescatemos el otro libro de Acosta, nos encantaría sacarlo con un texto de Benicio del Toro sobre cómo fue interpretar a Zeta Acosta en la película.

Después de Trabajo sucio, yo recomendaría Volt, que para nuestra sorpresa no se ha vendido tanto como esperábamos, ya que era el libro más premiado de todos los que hemos sacado. Ha sido también muy recomendado por Donald Ray Pollock, que le hizo la crítica en el New York Times. Además Heathcock es un autor con una proyección muy potente ahora en Estados Unidos. Está acabando su novela, de casi seiscientas páginas. Me contó un poco de qué iba, y tiene una pinta increíble. Lo comparan mucho con Cormac McCarthy. A mí Volt es el que más me gusta, por cómo ha quedado de diseño y todo eso. Tenemos la suerte de que, a pesar de que no se ha vendido como esperábamos, ahora están haciendo una adaptación cinematográfica del primer relato del libro, y Heathcock está metido también en el guion. Va a ser una película muy potente. Nos contó los actores que se estaban barajando para el protagonista y eran nombres como Tom Hardy, Leonardo Di Caprio… y en seguida nos dijimos: «¡Joder, a ver si la hacen pronto y ahí sí que ponemos una faja!» [risas]. Eso nos daría un subidón, la verdad, y eso que parece que hacemos las cosas como si no quisiéramos ganar dinero. Por ejemplo, de Larry Brown vamos a sacar ahora Padre e hijo, su tercera novela. Nos hemos saltado una, y mucha gente nos pregunta que por qué, y la razón es que se acaba de hacer una película basada en el libro que ha tenido mucho éxito: Joe. Para colmo la peli es buenísima, con Nicolas Cage.

Hablando de Nicolas Cage, como abogado vuestro os recomiendo dos páginas de Facebook: una que se llama «Nicholas Cage es todo el mundo», en la que se ve al tipo haciendo de cristo crucificado, de Blancanieves, de lo que sea… es la hostia; y otra que se llama: «La misma foto de Jeff Goldblum todos los días», que también es espectacular.

El catálogo de Dirty Works presenta ciertas similitudes estéticas con la colección «Al margen» de Sajalín. Quizás ellos están más centrados que vosotros en la literatura de rescate, porque en vuestro catálogo al menos se pueden encontrar escritores vivos. ¿Es esta la línea editorial que queréis seguir explotando?

No. Nuestro funcionamiento consiste en que yo me pongo a bichear, y voy leyendo y encontrando, pero no es buscado. Es verdad que desde el principio nos han relacionado con Sajalín, pero creo que somos diferentes. Yo a Dani lo conozco desde hace tiempo. De hecho participamos los dos en un combate cuerpo a cuerpo entre Edward Bunker y Harry Crews (ganó Harry Crews, por cierto). Por otro lado, Bunker es un autor muy Dirty.

Ahora va a salir otra editorial que tiene muy buena pinta, con una estética muy cañera, y creo que va a estar en la misma línea que nosotros. Se llama Underwood, y van a empezar publicando Fat City. Está bien que haya editoriales así. Ahora bien, hay mucho hijo de puta en el sector editorial, hay muchos buitres. Sobre esto, Marta, mi chica, siempre me echa la bronca y me dice: «¡No digas nada!». Con los amigos, por supuesto, me llevo bien, pero creo que amigos de verdad solo tengo a Dani de Sajalín y a Servando de La Felguera. Son de los pocos. Porque luego a mí me han hecho cosas muy feas en este sector.

Cuéntanos alguna.

Llevábamos ya publicados dos libros de Harry Crews en Acuarela, y estaba en la imprenta, a punto de salir, el de Una Infancia. Me llamó alguien que yo pensé que era mi amigo, que era buena gente, y me preguntó si íbamos a publicar ese libro. No diré de qué editorial es, pero el caso es que le dije que sí, y que se lo mandaba, porque al día siguiente salía de imprenta y estaba de puta madre. Ni siquiera me agradeció el gesto de habérselo mandado, y me enteré por otra gente que había alguien que había estado buscando publicarlo. Y resulta que era él. Las cosas no se hacen así. Si me lo hubiera dicho a la primera, le habría contestado: «Tío, yo no soy el dueño de Harry Crews, pero por lo menos dímelo». Dime que vas a sacar un libro de Harry Crews y yo te diré: «Ole tus cojones». A mí qué más me da, si hay un montón de autores. A mí no se me va a ir esto al garete por eso. Si lo sacas tú, yo saco otro. ¡Si hay un montón! Lo que pasa es que hay mucha gente que no trabaja. O sea, que no lee, que solo publican lo que les mandan las agencias o los libros recomendados por gente que lee para ellos. Nosotros, como buceamos y nos metemos ahí en el lodazal, pues encontramos un montón de cosas.

A ver, en este círculo de las editoriales independientes el ambiente es diferente. Hay buen rollo entre los que más o menos solemos vernos en las ferias y tal, pero también hay cada… ¡uff! En fin, que para tener amigos hay que irse a otro lado.

Hablando del ambiente entre editoriales, con Valdemar siempre habéis tenido buen rollo, ¿no?

Sí, a Rafa hay que meterlo en el grupo de amigos, es verdad. Y eso que lo conozco hace no mucho, pero desde el principio le ha gustado nuestra editorial. Le daba al «me gusta» a todo, y cuando lo conocí en persona descubrí que es un tío excepcional. Desde entonces, cada vez que sacamos algo, él hace una publicación con su  muñequito de pincho al lado, y se nota que la gente le hace caso. Estamos superagradecidos.

Antes he citado a los editores que considero amigos; es decir, que si no fuesen editores seguirían siendo amigos. Y decía que no hay caballerosidad en este negocio, y que hay mucho hijoputismo, pero lo peor que tiene nuestro sector editorial son los dinosaurios, que deberían extinguirse ya con la última glaciación. Las editoriales que eran independientes hace años se han convertido ahora en una puta mierda. Como Anagrama, sin ir más lejos. Toda esa gente tiene ya que empezar a dejar espacio a lo que viene, que es muy fuerte y está dando vida a las librerías.

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¿Tenéis en mente seguir con Harry Crews?

Sí, sí. Y no solo seguir con él, pues sacaremos uno nuevo este curso, sino recuperar los que ya traduje para Acuarela y Machado. Me gustaría hacerlo cuando ya tengamos tanto dinero que nos de igual sacar un libro u otro. Larry Brown y Harry Crews lo van a acaparar todo.

¿El que salió de Larry Brown en Bartleby también lo reeditaríais?

Pues me encantaría. Lo que pasa es que la historia de ese libro es la historia del tesón del traductor. Existe porque el traductor lo quiso. En el prólogo al libro explica cómo fue su aventura. Descubrió a Larry Brown en un viaje que hizo a Estados Unidos, lo tradujo por su cuenta y mandó su traducción a un montón de editoriales. Y todos se la rechazaban. Hasta que llegó a manos de Bartleby, que lo publicó gracias a que el traductor dio el coñazo. Lo mandó como a treinta editoriales y ¡joder! A mí no me llegó en ningún momento, ¿eh? [risas].

Hablando de traducciones, ¿por qué los traduces tú casi todos? ¿Porque no quieres soltarlos o porque si no no sale rentable la cosa?

La opción B [risas]. Es que si no no hubiésemos podido sacar los libros que hemos sacado. Está siendo duro sacar esto adelante, porque claro, yo no cobro las traducciones. No me voy a pagar a mí mismo. A Tomás le pedimos que nos echara una mano con uno porque yo ya no daba abasto. Pero hombre, a Harry Crews y a Larry Brown me gustaría seguir traduciéndolos yo. Y creo que está bien además, que cuando un traductor le ha pillado bien el punto a un autor siga traduciéndolo él.

Estaba hablando antes con Raquel Vicedo de las malas traducciones y le decía: «Tendríamos que tener una lista negra de traductores para así no comernos los marrones». Hay cada traducción por ahí de flipar, y eso te puede reventar un libro porque al final es otro acto de fe más: «¿Estoy leyendo este libro o lo que alguien se ha inventado?». Y no hablo solo de estilos, sino de cosas literales.

Recuerdo que a nosotros nos tradujeron una vez la expresión cold turkey (el mono, síndrome de abstinencia), como «pavo frío». Así tal cual, hicieron una traducción literal, y eso son mierdas que al lector le sacan de la lectura. Yo leo el libro antes y, claro, cuando luego leo una traducción me remito a las sensaciones que he tenido al leerlo en inglés. Eso me ha pasado con un libro que íbamos a sacar, que al final no lo sacamos porque la traducción era… en fin. Cuando la leí, para nada me daba la sensación que me había dado el libro al leerlo en inglés. Me pareció hasta aburrido, y me preguntaba qué cojones había pasado ahí.

¿Eso lo haces con todos los libros que editas, los traduzcas tú o no?

Sí. Recuerdo que estando en Acuarela tuvimos que pagarle la traducción a un tipo, decirle que sí, que estaba muy bien, y luego lo retradujimos entero, porque no había por dónde cogerlo.

En el blog que tenías en Acuarela colgaste una vez un texto académico en el que te habías basado para enfrentarte a la traducción del inglés sureño.

Es que la literatura sureña es muy complicada de traducir. Tú coges traducciones de Faulkner de los años setenta u ochenta y ves que lo castellanizan todo. Por ejemplo, John es Juan. Y luego, cuando ves los diálogos, parecen los tíos extremeños [risas].

Sobre Cuerpo, el primer libro que publicamos de Harry Crews, hay estudios relacionados con el lenguaje que se usa en la novela. Sobre cómo Crews subvierte el lenguaje para que suene como habla la gente. Allí hay muchos que hablan como los de Rústicos en Dinerolandia. En esa novela sale un negro con un acento muy marcado, y Harry Crews lo distingue al escribir. Y claro, en la editorial nos planteamos cómo íbamos a hacerlo. Al final nos inventamos una fórmula que más o menos reflejaba esos detalles, distinguiendo los diferentes acentos. Quedábamos los tres de Acuarela, con una botella de whisky, o con cerveza, y nos poníamos a leerlo en voz alta, y luego jijiji, jajaja, y así fue como se tradujeron esos diálogos. Porque al principio parecían andaluces, luego parecían cubanos… [risas].

Por ejemplo, el libro que ha sacado ahora Malpaso escrito por un jamaicano lo ha traducido Javier Calvo, pero la parte en jamaicano la ha hecho Wendy Guerra, traduciéndolo todo al cubano. En uno que sacamos nosotros de Harry Crews también había un jamaicano y, hablando con Tomás Cobos, que es el que más sabe de reggae y de Jamaica del mundo, le dijimos: «Tú que tienes amigos jamaicanos, ¿tienes alguno que viva aquí en Madrid para oírle cómo habla español, para ver si…?». Y lo hacemos así, buscando ese tipo de cosas hasta encontrar la mejor solución, porque si no suena todo simplemente a paleto. Como los negros de las novelas de Faulkner, que traducidos son… ¡Como si bastase con quitar la ese del final de las palabras! Así puede funcionar para un determinado personaje, pero no para todos. Suenan a paletos pero a lo mejor no lo son. Son gente del sur, y tienen un acento muy especial, y es complicado, la verdad. Porque los libros que sacamos nosotros son todos del sur de los Estados Unidos, y Harry Crews es autor muy cabrón para traducir.

Llegó la hora de la pregunta del millón: ¿qué libro clásico se te ha atragantado?

Os he leído esta pregunta en varias entrevistas y traía la respuesta preparada: no tengo ni puta idea. Yo siempre me acabo los libros. No sé si será porque soy idiota o porque tengo un sentimiento judeocristiano de culpa. Os puedo contar, a cambio, la experiencia lectora más desoladora que he tenido en mi vida, de un día que me fui a Nueva York con un puto libro de Antonio Muñoz Molina: Ventanas de Manhattan. Empecé a leerme ese libro y, en serio, me quería ir de Nueva York [risas]. Tal cual, ¿eh? Porque hay cosas de las que uno habla y aunque estén mal contadas siguen molando. Pero es que ese libro me transmitió un tedio que me hizo que me pareciera fea la ciudad, sin nada de glamur, me olía todo a aceituna… [risas]. Es el peor libro que he leído en mi vida. Además me pillé gran rebote leyéndolo, porque, ¿a mí qué cojones me importa que tú estés dirigiendo El Cervantes en Manhattan? ¡Qué coñazo tío! ¡No le des a eso una importancia que no tiene! Así que fue un error muy grande, porque me lo llevé pensado que era un libro muy molón y al final me jodió el viaje. ¡Qué hijo de puta! [risas].

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Tres novelas sucias más

Foto: Karen Apricot (CC)
Foto: Karen Apricot (CC)

Quizá la crueldad que se puede vivir en la ciudad es más fría, más sutil. La crueldad a la que me refiero cuando hablo de una novela sucia solo existe en el mundo rural —de una dureza y un salvajismo animal. Quizá por el aislamiento, por el contacto directo con la naturaleza, que no entiende de normas sociales. Los de las novelas sucias son personajes embrutecidos por la soledad. Carson McCullers, para hablar de la literatura sureña, describía a sus habitantes como «”tipos” nacionales que poseen en común ciertos rasgos psicológicos perfectamente reconocibles (hedonismo, imaginación, pereza, sensibilidad) […] En el Sur, como en la antigua Rusia, se advierte a cada instante el escaso valor que se le otorga a la vida humana. […] La razón no es otra que la sobreabundancia de vida humana. Los niños nacen y mueren, y si no mueren luchan por sobrevivir. Los límites de un campo estéril de apenas unos cuantos acres, una mula, una bala de algodón puede suponer la existencia y todo el sufrimiento de un ser humano». Ese poco valor que se le da a la vida humana, una actitud sudista, no le pertenece en exclusiva al mundo del Sur, sino a la ruralidad de esta. Para hablar de Mientras agonizo, McCullers plantea la confusión de valores de sus personajes y su poca responsabilidad espiritual. Las anteriores tres novelas sucias —Del color de la leche, La niña que amaba las cerillas y Un mal día para nacer— eran así: no se le daba el valor a la vida que la moralidad nos obliga a darle. Por eso conviven con el salvajismo hasta normalizarlo, un ejercicio ligero que avanza y, sobre todo, imperceptible: de pronto ya estás instalado en la barbarie. Y esa frialdad literaria para contárnoslo la hace más descarnada, más sucia, porque parecen no darse cuenta. No hay atisbo de pudor o arrepentimiento en los personajes de ninguno. Bien: he encontrado tres novelas sucias más.

La benévola, o el abuso de poder

benevolaGinny está firmando su sentencia cuando decide seducir al primo de su madre para casarse con él. Su marido, Linus Lancaster, le promete el paraíso, y Ginny se encuentra con una granja fría y un hombre despreciable. Allí convivirá con dos niñas —ella también lo es— y los pocos escrúpulos del hombre al que se ha entregado. Sin embargo, la brutalidad de Linus era necesaria para el equilibrio de todo lo demás: mientras haya una maldad reinante, el resto de maldades quedarán aletargadas. La suciedad empieza, precisamente, cuando el hombre ya no tiene la capacidad de ser cruel con su esposa, sus criadas y sus trabajadores: de ese poder restante nace una nueva maldad: la de aquellos que hasta entonces eran víctimas. Las dos niñas criadas han recibido abusos no solo de Linus, también Ginny ha acabado sucumbiendo a lo animal, y cuando Cleome y Zinnia, las hermanas que recibieron a Ginny y le enseñaron lo que le debían enseñar; cuando Cleome y Zinnia se hacen con ese poder que pertenecía a Linus, el universo rural da un vuelco y queda indefenso, en carne viva. No se lo esperaba nadie, nadie contemplaba la posibilidad de que la superioridad recayera en las niñas. Y las niñas han crecido en el horror, como la protagonista de Del color de la leche, y el horror no les asusta como a los demás. Laird Hunt es un narrador paciente, pausado, y le da a la historia la lentitud de un asesino cruel, la lentitud que necesita una historia sucia como ésta. La novela no se recrea ni enfoca lo repugnante, porque no lo necesita, porque con la memoria de Ginny, cuando ya no es Ginny y ella misma cambia de nombre, la memoria y sus lagunas y sus pequeñas concesiones son más que suficientes para abrumarnos.

Volver, o la memoria

H421197.jpgFrank Money es un veterano de guerra. Huyó de Lotus, un pueblo de Georgia, porque no pasaba nada: esa peligrosa nada que te corroe. No había futuro para él y sus amigos en aquel lugar, así que deciden alistarse y enfrentarse a la vida. Pero la vida ha sido demasiado dura para él, la guerra siempre es demasiado dura para los hombres, y Frank Money es la mitad de la persona que era. Las imágenes, la desesperación y la locura que vive un veterano de Corea al reincorporarse al mundo sin armas es demasiado para él, es demasiado para cualquiera. Ha perdido a sus amigos (aunque a la larga sea la pérdida un refugio perfecto: no tiene cómplices de lo malvado), ha perdido sus raíces, ha perdido a su hermana, lo único que echa de menos de Lotus. La infancia de Frank fue dura y áspera, una infancia carente de sensibilidad, sudista a la manera de Carson McCullers hablando de Mientras agonizo. Al poco valor de la vida humana que había en Lotus debemos añadirle una guerra, y ahí lo tenemos: un hombre deshecho, sin respeto, alcohólico. Y aún peor: negro. Pero hay algo que de verdad lo puede devolver a la cordura, y esa es su hermana, que se quedó en Lotus, después se marchó con el primero que pasó para alejarse también de la nada corrosiva, después la abandonaron, después acabó en casa de un médico: ahí, en esa casa y en las imágenes bélicas de Frank Money, está la suciedad de esta novela. Toni Morrison trabaja la repugnancia con maestría, hasta el punto de abochornarte con lo que describe. Y sin embargo, no hay ningún momento en que juzgues la suciedad, porque la mezcla con cierta compasión. ¡Y ahí está lo perverso de esta novela! Que acabas del lado del salvaje, sucumbiendo a la normalidad de cada una de las imágenes que Frank lleva consigo y que tú, al cerrar contigo, también llevarás.

En el bosque, o el padre y el hijo

en el bosqueTom no conoce nada salvo la granja en la que vive con su padre. Es así como empieza el problema: sin referentes, cómo puede uno darse cuenta de que lo que tiene a su alrededor no es lo que debiera tener. El desprecio en el trato con los criados, por ejemplo, es algo natural. El equilibrio en el que vive Tom es inestable: no conoce hombre salvo a su padre, no conoce mujer salvo a la mujer que su padre le arrebatará, no conoce hogar salvo la granja, no conoce amistad salvo los criados, no conoce raza salvo la blanca. Y de ese desconocimiento empezará a brotar el desamparo, primero, y la ferocidad después. Él, sin haberse dado cuenta, estará en el otro bando, en el enemigo. Del otro lado del padre, del otro lado de la amante, del otro lado de los buenos. El blanco será el opresor y Tom es blanco y, por tanto, opresor: no le quedará nada, todo caerá por su propio peso. Vivir al raso te complica las cosas, vivir sin ejemplos que seguir: pero si incluso esos referentes inútiles y lejanos desaparecen, hay un doble derrumbe. Quedarse sin nada, para alguien que solo conoce lo que tiene a su alcance, es una traición que solo se le puede atribuir, por lo injusto, a Dios. Para crear una atmósfera perfecta para una situación así, en el que el mundo de los colonos está a punto de desaparecer, Katie Kitamura se ayuda del viento que cubrirá toda la granja de ceniza.

Quedar expuesto a la suciedad

Lo malo de la suciedad literaria es que traspasa. El problema no es tanto que el autor se posicione, que los personajes sean crueles, sino cómo tú —lector— vas a acabar sintiendo una gran empatía por todos ellos. Te repugna el médico con el que vive la hermana de Frank Money, te repugna Linus Lancaster, te repugna la abuela Money, te repugna el padre de Tom, te repugnan Katie Kitamura, Toni Morrison y Laird Hunt. Pero los acabas justificando a todos: el médico solo quería experimentar y lo hacía con la única raza que estaba permitida—la negra—, Linus Lancaster es un fracasado soñador que no acepta su propia vida y carga contra los demás, la pobre abuela Money no ha tenido la vida que creía merecer y se vuelve áspera, el padre de Tom es un hombre solo que busca ser efectivo y conseguir todo cuanto quiera. Así, poco a poco, vas aceptando lo inaceptable —ya eres uno de los suyos.