Flying Circus: la verdad es un absurdo

Imagen: BBC.

Esta noche está conmigo Norman John Polevaulter, que lleva los últimos años de su vida contradiciendo a la gente. Señor Polevaulter, ¿por qué contradice a la gente?
—¡No la contradigo!

Lo cuenta un documental sobre los Monty Python en el que los propios miembros del grupo hacen memoria frente a la cámara: en 1969, en la cuarta planta de la Broadcasting House en Westminster, Londres, Michael Mills, jefe de Programación de Entretenimiento de la BBC, observa a seis jóvenes que han entrado en su despacho.

Dos de ellos, John Cleese y Terry Jones, están sentados en sendos butacones. Detrás de ellos, de pie, está Michael Palin y, a su lado, Eric Idle, con una electrificada melena rubia. Junto al otro butacón está Graham Chapman, con una pipa de madera en la boca. Más atrás, protegido por la sombra y el humo, Terry Gilliam.

Ninguno de ellos tiene demasiada experiencia en televisión. El único rostro conocido es el de John Cleese, que había participado como actor en el programa de la BBC At last the 1948 show, en el que Graham Chapman también era guionista. Por su parte, Jones, Palin e Idle habían escrito sketches para Do not adjust your set, un espacio de humor. Los cinco coincidieron antes de eso en The frost report como guionistas, y antes todo se reducía a pequeños programas, obras de teatro y colaboraciones. En el caso de Terry Gilliam, el único estadounidense, ni siquiera eso. Venía de su país de hacer ilustraciones. Ese era el bagaje total en aquel despacho de la BBC. Y con eso propusieron hacer su propio programa.

«¿Qué queréis hacer?», preguntó al fin Michael Mills. «Un programa divertido», respondió Cleese. «¿Sobre qué?». «No lo sabemos», dijo Terry Jones. «¿Cómo se llamará?». «Eh…», dudas. «No sabemos». De nuevo silencio. Mills apagó su cigarrillo y, tras un instante, respondió: «Os doy trece capítulos. Ni uno más».

Aquellos seis jóvenes se convirtieron en ese momento en los Monty Python. El nombre para el programa se les ocurriría días después: El Circo Ambulante de los Monty Python. O lo que es lo mismo: Monty Python’s Flying Circus, una revolución en la historia del humor.

Reducirlo todo al absurdo

La serie se estrenó el 5 de octubre de 1969 y se mantendría en antena hasta 1974. Desde el primer episodio, emitido un 7 de septiembre, se pudo ver que la filosofía iba a ser uno de los mimbres sobre el que se construiría todo el humor de Flying Circus. Los Monty Python buscarán siempre generar una inseguridad para que lo que tomamos por lógico se convierta en absurdo. Es decir, ponerlo todo en duda, crear un caos y de esta forma hacer reír. Así funcionaba Flying Circus: dudaba, lograba inseguridad, caos y por último, dejaba un mensaje. Como la filosofía misma.

Los cuarenta y cinco capítulos no tenían continuidad argumental y estaban compuestos por sketches más o menos inconexos entre sí. Los primeros episodios generaron cierta incomprensión. «El público que venía a ver la grabación era como las señoras que aparecen en nuestra serie: entendían poco y aplaudían con dudas», diría años después Terry Jones. Esta desconfianza se explicaba por su fórmula innovadora de humor.

Flying Circus era surrealista, dadaísta, sin esquema perceptible, orden ni concierto. Deconstruía las situaciones y en el caos encontraba el humor. En el capítulo 5, en la primera temporada, un matrimonio está preocupado porque su gato está apático (en la imagen aparece un gato disecado). El veterinario les explica que está sumido en la rutina y les recomienda recurrir a una empresa dedicada a sacar a los gatos de este estado: Desconciertagatos S.L. La empresa monta un escenario en el jardín y la sucesión de sinsentidos y absurdos que se representan sobre él definen en gran medida a los Monty Python. Y también sacan al gato de su apatía. Otro ejemplo —imposible de plasmar en palabras— es el sketch de los andares tontos. John Cleese, con bombín y paraguas, camina de modo exageradamente absurdo por la calle hasta llegar a un edificio cuya placa de entrada reza: «Ministerio de andares tontos». En su despacho le espera un estudiante que, tras mostrarle su ridícula manera de caminar, recibe una beca.

A partir de ahí, como las flores de las ilustraciones de los créditos de inicio, Flying Circus crece a través del absurdo. Parten de premisas establecidas y las revientan con contextos incompatibles, como el episodio en el que los concursantes deben resumir la obra de Marcel Proust en veinte segundos. No hay esquema fijo, en muchas ocasiones ni siquiera hay esquema. Hasta tal punto que, por primera vez, aparecen sketches sin chiste final: cuando se desinflan, lo cortan, tenga o no sentido hacerlo. Sus guiones arremeten contra todo. La serie habla de historia, de sociología, de moda, de arte… y no indulta a nadie: clases, altas, bajas, políticos, bohemios, pensadores, periodistas, etc.

Pero como base de todo ello, como una gran maceta, está la filosofía. Los diálogos y situaciones de la serie completan un recorrido por casi todas las corrientes filosóficas, de Sócrates a Heidegger pasando por Descartes y Marx. Y todo sin ápice de pedantería, sin que el guiño pueda percibirse. Se podría decir hasta que sin intención. Sencillamente su técnica para hacer humor —histórica e irrepetible— es filosofía.

De la dialéctica de Sócrates a la duda de Descartes

Como la filosofía moderna, Flying Circus descansa sobre los hombros de Sócrates. La dialéctica socrática es el tronco de la serie que se va a ramificar en casi todas las demás situaciones surrealistas. El filósofo griego, dos mil cuatrocientos años después, sigue siendo una figura viva en la mente de los europeos. Su destreza dialéctica ha sido pocas veces alcanzada, de ahí su atemporalidad. Sócrates se presentaba a sí mismo como alguien que no sabía nada y preguntaba a su rival dialéctico, aparentemente seguro de sí mismo, cosas obvias. Después hacía que su interlocutor se enredara en contradicciones, que patinara en algún momento, para acabar mostrándole, ya abatido y desmoralizado, que su supuesta seguridad en lo obvio no era más que una máscara de su ignorancia. En el capítulo 29, Michael Palin, caracterizado como un hombrecillo de bigote y gafas, llega a la recepción de una oficina. «Buenas tardes. Me gustaría tener una discusión», le dice a la secretaria, quien le explica que una discusión de cinco minutos cuesta una libra y le indica el camino. El hombrecillo llega a un despacho y pregunta: «¿Esta es la sala para discutir?». Un hombre trajeado y altivo le responde: «Ya se lo he dicho». «No», replica el hombrecillo. «Sí».

¿Cuándo?
—Justo ahora.
—No.
—Sí.
—Le digo que no.
—Sí. Le digo que sí. —Se enredan un rato hasta que el cliente interrumpe:
—¡Esto no es una discusión!
—Sí, lo es.
—¡Es una contradicción!
—No.
—Sí.
—No. De nuevo se enredan. El cliente, alterado, grita:
—¡He venido aquí a por una discusión, no a por una contradicción! ¡No es lo mismo!
—Puede serlo.
—¡No puede, discutir es hacer exposiciones para establecer una propuesta!
—No.
—Sí. No es contradecir.
—Si discuto con usted debo adoptar una posición contraria —le dice el hombre del despacho. —No es decir no —replica el hombrecillo.
—Sí.
—No. Discutir es un proceso intelectual.
—No
—Sí. Contradecir es negarlo todo automáticamente.
—En absoluto.
—Sí.
—Tiempo. En ese momento suena una campana y termina la discusión. El trajeado discutidor pasa a ignorar por completo al hombrecillo.
—¡No han pasado los cinco minutos!
—Puede, no voy a discutir con usted si no paga.

Hay decenas de sketches socráticos en Flying Circus, que también utiliza la duda y la dialéctica modernas, es decir, el testigo que dos mil años después recogió René Descartes. La duda como base de la reflexión y, por tanto, que deriva en carcajada en Flying Circus, es otro elemento fundamental en la serie. Descartes, nacido en Francia en 1596, rompió con la filosofía teológica de la Edad Media, en la que siempre se conocía de antemano el final: Dios. La imprevisibilidad llegaba ahora gracias a la duda. ¿Cómo adivinar de qué manera acabará una escena de Flying Circus? En realidad puede hacerlo de cualquier forma. De absolutamente cualquiera. Descartes comenzó dudando de todo. Y así encontró el fundamento de todos los fundamentos: si dudo de todo, no puedo dudar de que dudo. Un argumento que da seguridad: Si dudo, pienso. Si pienso, existo. Podemos, pues, negarlo todo, menos a nosotros mismos. Descartes se reencarnó en los Monty Python en forma de presentador enloquecido que duda de todo. «Buenas noches», saluda encorbatado a la cámara. Y arranca sin preámbulo: «¿Es hora de hacer frente a los datos para solucionarlo o es demasiado tarde? ¿Cuáles son los hechos? ¿Qué quiere decir la gente cuando habla de cosas?». El presentador continúa a toda velocidad. «Los números son contundentes, pero ¿qué quiere decir para usted? ¿Para mí? ¿Para la gente de la calle? ¿Es pronto para decirlo? ¿Es lo mismo decir que hablar? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué estoy diciendo? ¿Por qué estoy en este programa? ¿De qué estoy hablando? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué hacemos? ¿Qué decimos? ¿Qué comemos? ¿Qué bebemos?». El vértigo se corta con una imagen de un tren estrellándose.

Descartes hace otra fugaz aparición en la serie cuando una anciana encorvada y medio sorda participa en un concurso para llevarse un golpe en la cabeza. «¡Bienvenida señora!», saluda el presentador antes de preguntarle: «¿Qué gran adversario del dualismo cartesiano se opone a reducir los fenómenos psicológicos a estados físicos?». La señora se queda callada y se queja: «¡No lo sé!». «Pruebe a decir algo», le anima el presentador. Aferrada a su bolso refunfuña: «Henri Bergson». «¡Correcto!». «No me suena de nada», añade entre aplausos.

Hegel, Marx y Hobbes, ¿se puede tener la razón?

Georg Wilhelm Friedrich Hegel nació en 1770 en Alemania. Es considerado por muchos el padre de las ideologías. Hegel, a través de la novela, otorgó a los hombres un papel en la historia a través del que era posible contribuir al nacimiento del espíritu. El pensamiento europeo adopta una nueva forma: la historia. Con ello nace la lucha por su interpretación: el que logra una mejor interpretación de la historia alcanza el derecho al poder y por tanto a encauzarla como considere apropiado. Las interpretaciones con pretensión de exclusividad reciben el nombre de ideologías. Hegel dibuja un escenario en el que no existe quien tenga la razón absoluta, todo es interpretable. Aniquila el dogma. En Flying Circus se lleva al extremo la teoría hegeliana en la cabina de un avión. Piloto y copiloto charlan con una azafata cuando irrumpe un secuestrador, un hombre de gafas que titubea y se muestra inseguro. «¡Que nadie se mueva, esto es un secuestro!», dice empuñando una pistola. Los pilotos le miran. El hombre añade: «Bueno, que nadie se mueva excepto para pilotar el avión, para eso pueden moverse un poco». La azafata interviene. «¿Yo puedo moverme?». El secuestrador se gira alertado: «¡Sí! Puede moverse un poco, sí». Después se dirige a los tres: «Lo siento, no pretendía ser tan dogmático cuando entré. Pueden moverse todos dentro de un límite. Hay movimientos involuntarios que no se pueden evitar. Para reafirmar mi autoridad tengo que tener en cuenta eso». Uno de los pilotos responde: «No se puede evitar que se muevan las tripas».

No, no, claro. Bien dicho.
—La misma vibración del avión puede considerarse un movimiento —añade el copiloto.
—Y estamos moviendo los labios —remata el propio secuestrador.

Así continúan hasta que los pilotos convencen al hombre de que llegará antes a su destino tirándose al vacío que desviando el avión.

Marx también tiene sitio. Contemporáneo de Hegel y asiduo lector suyo, el filósofo alemán recoge el testigo de la interpretación de la historia y hace la suya: considera que el motor de la historia es la lucha de clases y que el dinero suplanta el valor real de las cosas, por lo que el precio de las mismas no es objetivo, sino una forma de ocultar las relaciones de producción que son injustas. Es decir, una maniobra capitalista para presentar sus intereses de clase como intereses del conjunto. El marxismo va más allá de las intenciones y contiene una teoría sobre la conciencia de su oponente: es necesariamente falsa, ya que está condicionada a su pertenencia a una clase social determinada. La primera tarea del marxismo es desenmascararlos. Muriendo el siglo XIX nace en la política europea la sospecha ideológica, mediante la cual se intenta demostrar que las ideologías responden a intereses de clase. Esto mismo, admiten, también ocurre con los marxistas, pero su interés en este caso coincide con el de la humanidad, de ahí que su conciencia —dicen— sea la verdadera. Es lo que les grita a sus aterrorizados guionistas un adinerado productor de cine ataviado con un sombrero de cowboy en el sexto episodio de la primera temporada. Sentados en una larga mesa, todos le dan la razón a sus descabelladas ideas por puro miedo. Lo que parece un capitalista atemorizando a la clase obrera cambia de sentido cuando el déspota ejecutivo invita a uno de sus guionistas a ser sincero:

¿A ti que te parece? Que tenga una idea no quiere decir que sea genial, puede ser mala —le inquiere.
—¿Sí? —responde el guionista.
—Sí. ¿Qué te parece?
—Es mala —admite.
—Ahí está. Ha sido sincero. Ha dicho que mi idea es mala. Pero resulta que mi idea no es mala, así que ¡fuera de aquí maldito subversivo!

Doscientos años antes Thomas Hobbes se refería a la sospecha ideológica sin ni siquiera conocer el concepto. Tras la guerra civil inglesa, Hobbes comprobó que la pretensión de las distintas confesiones de tener la razón había conducido al país a la autodestrucción. Su conclusión: quien en caso de conflicto pretende tener la última palabra en materia de moral, está convirtiendo a su rival en inmoral, con lo que además de criminalizar al oponente genera un conflicto.

Kant, el constructivismo hizo que pareciese gol

Uno de los sketches más memorables de Flying Circus es el que enfrenta a Alemania y Grecia en un partido de fútbol de filósofos. Alemania alinea a Leibniz en la portería con una línea de cuatro formada por Kant, Schopenhauer, Hegel y Schelling. Arriba la dupla Nietzsche, Heidegger con Beckenbauer como «sorpresa en la alineación». Marx está en el banquillo. Capitaneados por Heráclito, Grecia alinea, entre otros, a Platón en la portería con Sófocles y Aristóteles en defensa. Sócrates y Arquímedes son los delanteros. Arbitra Confucio. No ocurre nada durante el partido, los jugadores se dedican a reflexionar deambulando por el césped, hasta que Arquímedes reacciona al grito de «¡Eureka!» y se lleva la pelota para asistir a Sócrates que remata a gol. 1-0 y final. Los alemanes se lanzan en tromba a protestar, entre ellos Inmanuel Kant, quien le grita al árbitro que el imperativo categórico dice que el gol ontológicamente existe solo en la imaginación, mientras Marx pide fuera de juego. Kant, revolucionario de la filosofía moderna, es el padre del constructivismo: somos nosotros quienes construimos nuestra realidad, es nuestra experiencia la que derriba los límites de lo que podemos llegar a imaginar. No hay un mundo de las ideas platónico ahí fuera, está en nosotros mismos. Tal vez por eso el árbitro tan solo imaginó el gol.

Nietzsche y la existencia de Dios en un combate a tres asaltos

Alguien como Friedrich Nietzsche no iba a pasar desapercibido para Flying Circus. Se le rinde tributo en un sketch donde todos los ciudadanos son superhombres, pero solo uno es Supermecánico de Bicicletas. Vela por la seguridad de las bicicletas de todos los superhombres: «Allá donde haya bicicletas estropeadas o amenazadas por el comunismo, estará Supermecánico de Bicicletas». No fueron pocos los que tras la Segunda Guerra Mundial asociaron algunas de las teorías de Nietzsche con el nazismo, sobre todo aquellas referidas al superhombre, quien sustituye a Dios tras su muerte. Son muchos más, sin embargo, los que sostienen que Nietzsche hablaba de valores cuando mató a Dios; hablaba de la necesidad de sacudirse la herencia judeocristiana para conformar una nueva sociedad.

Sobre Dios también habla, y mucho, la serie. Especialmente las ilustraciones de Terry Gilliam, surrealistas en grado sumo y que suelen contar siempre con una presencia superior. Sin ir más lejos, el pie que aplasta el título de la serie en la careta de entrada parece ser el del mismísimo Yahvéh. Su existencia, el debate sobre la misma, queda reflejado en un sketch de la primera temporada. El presentador nos da la bienvenida al programa de debate El Epílogo, en el que tiene como invitados a monseñor Edward Gay, del Colegio Pastoral de Somerset y autor del libro superventas Dios mío, y al doctor Tom Jack, humanista, profesor y autor del libro Hola marinero. «Esta noche —explica el presentador— en vez de discutir la existencia de Dios, han decidido pelear por ella. La existencia o inexistencia de Dios se decidirá por dos caídas, dos abandonos o un KO». Tras lo cual ambos invitados —sotana contra traje— se enfundan unos guantes, suben al ring y comienzan a pelear. Como en la existencia misma de la humanidad, se desconoce el ganador.

El valle de lágrimas de Schopenhauer

Flying Circus supuso un antes y un después en el humor, un producto único que abrió nuevas vías a la creatividad. En una palabra: arte. Sostenía Arthur Schopenhauer, nacido en 1788, que la única realidad es la voluntad. Dado que la voluntad es deseo, y el deseo no se puede saciar, la vida es breve y miserable. Solo hay dos caminos para salir de este valle de lágrimas. Uno es el nirvana, el alcanzar un estado superior de realidad, teoría que también sostienen el budismo y el hinduismo, y el otro es el arte. La contemplación desinteresada del arte calma el deseo. De modo que ya saben: Flying Circus. Lo dice Schopenhauer.

Imagen: BBC.


El árbol del espagueti y otras bonitas mentiras

Panorama, 1957. Imagen: BBC.

Richard Dimbleby era uno de los periodistas más respetados del Reino Unido en los años cincuenta. Había sido el primer corresponsal de guerra de la BBC, emitiendo desde las históricas batallas de El Alamein y Normandía e incluso desde los bombarderos de la Royal Air Force en pleno ataque sobre Berlín. Previamente había trabajado como reportero para un par de periódicos y, a su regreso de la Segunda Guerra Mundial, condujo las noticias en la cadena pública británica. Entre 1955 y 1965, año en que falleció, fue el presentador del histórico espacio de documentales Panorama, que todavía hoy sigue en parrilla.

En 1957, el programa dedicó uno de sus reportajes a «La cosecha del espagueti en Suiza». Mientras se proyectaban imágenes de una familia del cantón del Tesino recolectando espaguetis en una plantación doméstica, Dimbleby iba comentando las ventajas de la labranza tradicional del árbol del espagueti en comparación con su cultivo a nivel industrial: «La cosecha de espagueti aquí en Suiza no tiene nada que ver con la que se realiza a gran escala en Italia. Muchos de ustedes habrán visto fotos de las vastas plantaciones de espagueti en el Valle del Po. Para los suizos, por el contrario, tiende a ser un asunto más familiar».

Su tono era serio y profesional. El tema era tratado con el rigor periodístico habitual del programa. Dimbleby continuaba explicando las imágenes aportando interesantes datos sobre la cosecha: «Otra razón por la que este año podría ser extraordinario está relacionada con la desaparición del gorgojo del espagueti, la diminuta criatura cuyas tropelías han causado tantas preocupaciones en el pasado». Uno de los colaboradores del programa se preguntaba con escepticismo cómo era posible que, tratándose de un alimento que crecía naturalmente en los árboles, todos los espaguetis tuviesen la misma longitud, a lo que Dimbleby respondía que era el resultado de muchos años de esfuerzo por parte de los cosechadores del pasado, quienes habían logrado producir el espagueti perfecto.

El famoso presentador incluso incidió en la frágil situación en la que se encontraban los granjeros a finales de marzo, ya que las heladas tardías podían arruinar sus cosechas o, como mínimo, perjudicar el sabor del espagueti, dificultando su venta a un buen precio en los mercados mundiales. Para finalizar el programa, comentó, dirigiéndose a la audiencia: «Para todos aquellos que amen este plato, no hay nada mejor que unos buenos espaguetis cultivados en casa».

Las llamadas telefónicas al programa comenzaron a sucederse esa misma noche y arreciaron durante todo el día siguiente. Por aquel entonces la pasta no era un alimento habitual en la dieta de los británicos, y fueron cientos los espectadores —de los ocho millones que vieron el programa— que quisieron asegurarse de que los espaguetis, en efecto, crecían en los árboles. Muchos otros, sin embargo, llamaban para averiguar cómo cultivar sus propios espaguetis en casa, a lo que los telefonistas de la BBC contestaban siempre lo mismo: «Coloque usted una ramita de espagueti en una lata de salsa de tomate y espere lo mejor».

Ante el revuelo generado, Richard Dimbleby apareció de nuevo en las pantallas de los británicos al día siguiente para aclarar que se había tratado de una broma con motivo del April Fool’s Day. Charles de Jaeger, el cámara del programa, le había comentado unas semanas antes a su director, Michael Peacock, que uno de los profesores que había tenido de niño en Viena solía meterse con sus alumnos acusándolos de ser lo bastante tontos como para creer que los espaguetis crecían en los árboles. Una idea que sirvió de inspiración a Peacock para llevar a cabo el primer falso documental de la historia.

Imagínense la decepción del pueblo inglés al descubrir que el ingrediente principal de un plato tan exótico podía fabricarse ahí al lado, en cualquier nave industrial del condado de Warwickshire, como si fuese vulgar comida británica. Los espaguetis, lejos de ser recolectados directamente de los árboles en bonitas plantaciones alpinas, no eran más que masa de cereal estirada y cortada en tiras. No muy distinta, en realidad, de su porridge o cualquier otro mejunje de trigo o avena. Lo que Dimbleby había hecho era contarle a su país una bonita mentira para, tan solo veinticuatro horas después, tirarla al suelo y pisotearla con la punta del zapato. Con lo fácil que habría sido respetar la ilusión de los británicos y mantener el engaño para siempre.

A veces la sinceridad es una forma de traición. Uno vive feliz contemplando un mundo falso y perfecto a través de un cristal amañado y de repente alguien aparece y lo rompe de una pedrada. Como si, de antemano, todos prefiriésemos saber la verdad en lugar de vivir equivocados. En 1998, por ejemplo, miles de personas acudieron a los restaurantes de la cadena Burger King para solicitar la nueva hamburguesa especialmente diseñada para zurdos que habían visto anunciada el día anterior a toda página en USA Today. Cómo se les debió de doblar el orgullo al averiguar que la Left-Handed Whopper era una farsa del tamaño del lago Míchigan. Qué les costaba a los dependientes venderles una hamburguesa cualquiera y fingir que la vida es boba y amable.

Miles de clientes pidieron aquel día «la hamburguesa normal para diestros». El anuncio de Burger King estaba dirigido a los treinta y dos millones de zurdos que vivían en Estados Unidos en aquel entonces, pero no había motivos para que un diestro se comiese una hamburguesa que estaba construida al revés. Porque en eso consistía el invento, precisamente. Se trataba de la Whopper original, con lechuga, tomate, cebolla, pepinillo y carne, pero tenía la particularidad de que su interior había sido rotado 180 grados, «con lo que se redistribuye el peso del sándwich de modo que la mayor parte de los ingredientes se desvía hacia la izquierda, reduciendo así el riesgo de que la lechuga y otras coberturas se derramen por el lado derecho de la hamburguesa». El anuncio especificaba que incluso las semillas de sésamo habían sido meticulosamente dispuestas para garantizar la distribución de pesos de tal forma que la hamburguesa no se desequilibrase mientras uno se la estaba comiendo. Pocas verdades se me ocurren más completas que semejante mentira.

Y es que hay engaños que son mucho más admirables que la verdad. En los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, un joven alemán llamado Norbert Sudhaus se incorporó a la maratón poco antes de que Frank Shorter, el estadounidense que corría en primer lugar, finalizase la prueba. En pantalones cortos y con un dorsal falso colocado en la espalda, Sudhaus entró victorioso en el estadio, siendo jaleado al instante por el público asistente. Estaba a punto de ganar una maratón olímpica recorriendo apenas trescientos metros al trote; sin sudar. En mi opinión, el mero hecho de intentarlo le hacía merecedor de la medalla de oro. Los jueces, sin embargo, no pensaron lo mismo y lo interceptaron poco antes de que lograse cruzar la línea de meta. Unos metros más atrás aparecía entonces Shorter, el auténtico campeón, que observaba atónito cómo se llevaban de la pista a un corredor que nadie sabía de dónde había salido. Cuál sería la sorpresa del atleta estadounidense cuando el público, que había comprendido lo que sucedía, comenzó de repente a aplaudir a Sudhaus y a abuchearle a él, cuyo único pecado había sido recorrer los cuarenta y dos larguísimos kilómetros de la maratón en lugar de saltar a la carrera en las cercanías del estadio. Los alemanes, que sabían que algunas mentiras son mejores que la verdad, consideraban mucho menos meritorio el sacrificio de Shorter que la estratagema de Sudhaus. Por ridícula e irrealizable que fuese.

En otros casos, la mentira es tan razonable y sólida que, en realidad, es una verdad indiscutible. Algo así debieron de pensar los responsables de la industria del huevo en Holanda en el año 1973, cuando, ante una evidente caída en las ventas, llegaron a la conclusión de que la causa residía en la excesiva pulcritud con la que se presentaba el producto. Aquel aspecto impoluto, casi cerámico, proyectaba una imagen tan artificial que desmotivaba al comprador. La solución no podía ser ignorar los procedimientos de higienización del huevo, ya que se pondría en peligro la salud de la población, pero sí podía simularse que todos provenían directamente del gallinero. Bastaba con presentarlos como si así fuese. Se añadió, por tanto, una nueva fase al proceso de fabricación que consistía en pegar a la cáscara algo similar al estiércol y el barro una vez se había llevado a cabo su obligatoria limpieza, de tal forma que el producto final parecía completamente natural, ajeno al tratamiento industrial. Era el único modo de que aquellos huevos aparentasen ser tan reales como eran, a pesar de su aspecto artificial. Toda aquella porquería de mentira los convertía en los huevos caseros que más escrupulosamente cumplían con la normativa sanitaria industrial. En los huevos caseros falsos más auténticos de la historia.

Visto así, no le faltaba razón al premio Nobel islandés de literatura Halldór Laxness cuando escribía en su novela Bajo el glaciar que una buena mentira es a menudo mucho más significativa que cualquier verdad dicha con toda sinceridad. Aunque esta máxima sea, en esencia, una trola muy gorda, que es de lo que se trata. De ahí que unos huevos ensuciados a propósito resulten más convincentes que unos huevos impecables: porque una buena mentira tiene más consistencia y disposición que cualquier verdad mustia, por muy cierta que sea. En 1925, la realidad era que París no podía afrontar los gastos de mantenimiento de la Torre Eiffel, un monumento temporal que se había levantado a propósito de la Exposición Universal de 1889 y que las autoridades llevaban desde 1909 queriendo trasladar a otra parte. Cuánto más creíble sonaba, sin embargo, que el Gobierno prefería vender la gigantesca torre como toneladas de chatarra.

El estafador Victor Lustig encontró su oportunidad hojeando las páginas del periódico, donde se relataba el problema que comenzaba a suponer para París la torre del Campo de Marte. Al enterarse de que el Gobierno francés pensaba deshacerse de ella, pensó que tampoco hacía daño a nadie si él obtenía algún beneficio en la operación. Así que se hizo pasar por el subdirector general del Ministerio de Correos y Telégrafos y citó en el Hotel de Crillon a seis conocidos comerciantes de la industria metalúrgica, negocio muy provechoso por aquel entonces. Les comentó que se trataba de una reunión confidencial porque nadie debía enterarse de que el destino de la torre era el desguace, y procedió a ofrecer el cadáver de la misma al mejor postor.

En la calle les esperaba una limusina que les conduciría a la Torre Eiffel, donde se cerraría el acuerdo. Lustig aprovechó el viaje para comprobar cuál de los seis era el más ingenuo y decidió que su presa sería André Poisson, el menos experimentado de todo el grupo de empresarios y el que más deseaba apuntarse un tanto en el competitivo mundo de los negocios parisinos. Organizó otra reunión con Poisson y le explicó que su posición en aquella operación era la de un funcionario mal pagado al que le había correspondido la responsabilidad de adjudicar la adquisición de la torre, no teniendo inconveniente en que su decisión se viese incentivada de alguna forma. Poisson captó el mensaje y entregó a Lustig una cantidad de dinero a modo de soborno, además de abonarle el total por la compra de la Torre Eiffel.

A las pocas horas, Victor Lustig y la persona que en todo momento se había hecho pasar por su secretario, el estafador estadounidense Robert Arthur Tourbillon, se estaban subiendo a un tren con dirección a Viena y efectivo suficiente para varios años. Poisson, timado y humillado, jamás acudió a la policía. ¿Qué podría contarles, al fin y al cabo? ¿Que un tipo más listo que él lo había estafado con una mentira mucho más creíble que la triste verdad?

Poisson ignoraba que hay mentiras tan elaboradas, tan redondas y perfectas que, en el fondo, no son mentira. Como que los holandeses prefieren huevos sucios o que Francia, en 1925, quería vender la Torre Eiffel. Otras mentiras, sin embargo, se alejan mucho más de la verdad, pero vale la pena sostenerlas en el tiempo, aunque sea por puro placer. Como la de los niños pequeños y los Reyes Magos, la de Ricky Martin y la mermelada o la de aquel italiano que decía vender ralladura de queso parmesano pero en realidad eran mangos de paraguas triturados. Si es que aquello resultó ser falso.

Otra gran mentira que su autor mantuvo hasta el final fue la que se le ocurrió a Graham Chapman, célebre miembro de los Monty Python —para que se ubiquen: interpretó a Brian en La vida de Brian—, y que su compañero John Cleese rememoró entre risas durante su funeral. Como cuentan el propio Cleese y Terry Gilliam en Monty Python: casi la verdad, durante sus últimos años de vida, el aspecto físico de Chapman era cada vez peor. Parecía más cansado, más viejo, definitivamente enfermo. Él solía apaciguar los temores de sus amigos recordándoles que era médico y que, por lo tanto, si su salud no fuese buena, él lo sabría.

Poco tiempo después, cuando ya no pudo ocultarlo más, terminó reconociendo públicamente que sufría un cáncer terminal, pero decidió gastar su última broma. El perfecto ejercicio de humor negro. Algo que se podía permitir porque el que se estaba muriendo no era otro, sino él. Se puso en contacto con uno de los principales periódicos del Reino Unido y les explicó que había logrado curarse y que estaría dispuesto a revelar cómo lo había hecho a cambio de una cuantiosa suma de dinero. En el periódico aceptaron, colocaron a Chapman en portada, le dedicaron una entrevista a doble página e ingresaron un buen pellizco en su cuenta bancaria. Con cierta nostalgia, Cleese contaba durante el funeral cómo Chapman describía en la entrevista el método que había seguido para superar la enfermedad y lo fantástico que era su estado de salud una vez había logrado curarse.

«Murió un mes después», dijo Cleese al terminar de contar la historia. Y todo el mundo en la iglesia se partió de risa.

Monty Python. Foto: Cordon.


¿Cuál es la mejor escena de los Monty Python?

Terry Jones nos ha dado una terrible noticia al anunciar que padece demencia en un estado avanzado. Resulta conmovedor leer en Facebook a su compañero y amigo durante medio siglo Michael Palin decir que aún lo reconoce cuando lo ve y sonríe pero que ya apenas puede hablar, víctima de una enfermedad que es «la cosa más cruel que puede suceder a alguien para quien las palabras, ideas, argumentos, bromas e historias fueron el material de la vida». A diferencia de las películas la vida siempre acaba mal, y a veces con un ensañamiento difícil de comprender. En cualquier caso es alguien que puede sentirse muy orgulloso de lo que deja a sus espaldas y que será recordado y querido durante mucho tiempo. Fue miembro de los Monty Python desde su origen y dirigió y escribió La vida de Brian, El sentido de la vida, Erik el vikingo y Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores entre otras, y no podemos dejar de mencionar, por supuesto, la serie Monty Python’s Flying Circus. En todas ellas hay momentos inolvidables, sketches o escenas que ya forman parte de la cultura popular y que no nos cansaremos de seguir viendo. Así que a continuación repasaremos algunas de ellas, aunque pueden añadir las que deseen.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Cuatro hombres de Yorkshire

Esta escena fue ideada en 1967, dos años antes de la formación oficial del grupo y del estreno de su serie Flying Circus, aunque más adelante pasaría a formar parte de su repertorio. Uno de los autores originales fue precisamente Marty Feldman, a quien ya rendimos homenaje en su día. Aunque la mayoría de nosotros no hayamos conocido a ningún caballero de Yorkshire, este perfil nos resulta extrañamente reconocible. Cuanto más humildes son los orígenes de una celebridad o simplemente de alguien bien posicionado más mérito cabe atribuirle a su trayectoria, así que termina siendo un cliché oírles hablar de sus durísimas infancias, como en esta brillante parodia.

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Entrevista de trabajo

Otra escena que también fue previa al grupo y también incorporada posteriormente. Fue emitida en 1968 en la serie How to Irritate People e incorpora ese humor surrealista e imprevisible que pasaría a ser la seña de identidad de los Monty Python.

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El chiste mas gracioso del mundo

Llegamos por fin a Monty Python’s Flying Circus, en cuyo primer episodio de su primera temporada se incluyó este sketch, que ha llegado a convertirse uno de los más recordados. Sí, nosotros también hemos intentado traducir el chiste del alemán aún a riesgo de nuestras vidas, pero no ha habido manera.

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El loro muerto

En dicha primera temporada también se emitió este otro, quizá el más conocido de toda la serie. Para ese personaje que se niega a reconocer la evidencia Michael Palin se inspiró en un vendedor de coches que conoció, aunque fue idea de Graham Chapman darle ese punto de locura al centrarlo en un loro muerto. Desde entonces la broma tuvo un insólito recorrido, como la referencia a ella que hizo Margaret Thatcher con ese gracejo suyo tan característico. Pero como veremos más adelante no fue el único homenaje.

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Spam

La carne enlatada llamada «Spam» se volvió ubicua en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, así que supieron tocar la fibra de muchos ingleses con esta escena en la que todo en el menú la incluye. La camarera es Terry Jones en una de sus múltiples caracterizaciones femeninas y el término, en una de esas imprevisibles derivas de la cultura popular, acabó bautizando a la publicidad basura que inunda internet.

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Partido de fútbol de filósofos

En los últimos tiempos, las diferencias entre Grecia y Alemania han girado en torno a cuestiones materiales, pero en otra época la rivalidad estaba en el ámbito de la especulación filosófica. Qué mejor manera de resolverla que mediante un partido de fútbol entre sus mayores estrellas del pensamiento.

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El ministerio de los andares tontos

Emitido en la segunda temporada de Flying Circus, parece ser que John Cleese acabó bastante harto de esta pieza (escrita a medias con Terry Jones), principalmente por su exigencia física.

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Me gustaría tener una discusión

Este otro se incluyó en la tercera temporada y refleja una discusión tuitera cualquiera varias décadas antes de que se inventara dicha red social. Visionarios.

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Miguel Ángel

Monty Python Live at the Hollywood Bowl fue una representación teatral grabada en 1982 que incluyó algunos sketches de la década anterior. Este es fantástico, con un papa que no deja margen a la creatividad de un artista incomprendido, cuya obra posteriormente algunos han intentado plasmar tal como podría haber sido.

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Es una bruja

En 1975 el grupo protagonizó su primera película, en la que a diferencia de las posteriores Terry Jones compartió la dirección con Terry Gilliam. Aunque inicialmente estaba previsto que montasen a caballo, la falta de presupuesto de Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores les llevó a usar cocos para imitar el sonido del galope… y ya de paso elaborar una escena al respecto. Una cuestión que queda abierta es la manera en que pudo llegar un coco a la Inglaterra medieval. Lo que por el contrario dejan perfectamente zanjado es cómo identificar a una bruja, gracias a este impecable razonamiento.

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Todo esperma es sagrado

Irlanda es un país próspero, de hermosos paisajes y muy nobles costumbres alcohólicas, pero en lo que respecta a la libertad de expresión resulta francamente mejorable. Prohibieron en su día Fantasía, de Disney, por promover una visión materialista de la vida, Pistoleros de agua dulce de los hermanos Marx por incitar a la anarquía, y en lo que respecta a Terry Jones, en fin, las autoridades competentes deben imaginarlo con olor a azufre, cuernos y tridente. Tres películas suyas han sido prohibidas a lo largo de los años en aquel país, desde Servicios muy personales, pasando por La vida de Brian, hasta El sentido de la vida, aunque él siempre lo ha considerado un logro del que presumir en las entrevistas. De esta en concreto se les atragantó esta parte sobre la vida sexual de un matrimonio católico, que arranca con el propio Terry pariendo un hijo mientras friega.

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Frente Judaico Popular

La vida de Brian es, probablemente, la más aclamada de sus películas. Además de figurar como director y guionista (en esta faceta junto al resto del grupo), Terry Jones protagonizó varios papeles, como el de la madre de Brian o el del eremita que pasó dieciocho años en silencio hasta que llegó Brian a pisarle el pie. ¿Qué escena no mencionar de esta cinta? Esa es la pregunta que deberíamos hacernos. Así que por escoger una pues nos quedamos con la de arriba, que nos muestra esas rencillas tan frecuentes en aquellos ámbitos muy ideologizados, así como ciertos desvaríos teóricos que hoy forman parte de nuestro día a día. Unos visionarios, como decíamos.

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Funeral de Graham Chapman

Aquel que encarnó a Brian, Graham Chapman, cantó en la película «Always Look On The Bright Side Of Life» junto al compositor del tema, Eric Idle, y fue coautor de la escena ya mencionada de El loro muerto. Qué mejor homenaje cabía hacerle tras su muerte por cáncer, con apenas cuarenta y ocho años, que refiriéndose a él en los mismos términos que a aquel loro, incluyendo el término «fuck» en el discurso funerario y rematándolo con todos sus allegados cantando a coro aquella canción. El funeral terminó convirtiéndose así en una obra más de los Monty Python, una que nos mostró que aunque no pueda vencerse a la muerte, al menos nos queda el humor y el recuerdo de quienes se van.

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A la mierda: la última vez de Monty Python

Foto: southtyrolean (CC)
Foto: southtyrolean (CC)

Después de cuarenta y cinco años de carrera, Monty Python, como su loro noruego azul, han dejado de existir. Su último show fue en el O2 de Londres delante de quince mil personas. Las entradas para esta última reunión —irónicamente titulada Monty Python: one down, five to go se agotaron en cuarenta y tres segundos cuando salieron a la venta el pasado noviembre. Los Python que siguen vivos (todos menos Graham Chapman, de ahí el título de la cosa) han demostrado dos cosas: una, que siguen siendo unos cómicos excepcionales y dos, que tienen un sentido comercial ejemplar. Cuando descubrieron que las entradas en la reventa alcanzaban sin esfuerzo las doscientas libras, añadieron nuevas fechas. Para la última de ellas, el 20 de julio, añadieron una retransmisión en directo por cine, televisión e internet.

Tuve la suerte de poder verlos en directo hace unos días y de nuevo en una sala de cine en su despedida, y no lamento ni una de las libras invertidas. Había en el aire esa sensación de cita irrepetible, de que cada risotada podía ser la última. En el O2, los puestos a la entrada que anunciaban «Stuff for Money» estaban hasta los topes de gente dejándose los ahorros en merchandising de los mejores cómicos que ha dado el Reino Unido y por lo tanto el mundo.

John Cleese, posiblemente el actor con más talento de toda la troupe, está físicamente cascado. El que creyese que un tipo pasados los setenta y con tres divorcios a la espalda puede subir la pierna como exige su clásico sketch «The Ministry of Silly Walks» es idiota (el Daily Mail lo cree, por cierto). Sin embargo las líneas de diálogo siguen saliendo de la boca de Cleese tan afiladas como el primer día. Y sí, su monólogo sobre el loro muerto sigue siendo sensacional.

Eric Idle y Michael Palin están a otro nivel. Presencia impecable la de los dos, Idle además dirige la función, canta varias canciones y borda su clásico sketch «Nudge, nudge». Palin protagoniza el que probablemente sea el mejor momento del show, el del argumento de cinco minutos. Igual que la Inquisición Española, nadie esperaba que estuviesen en tan buena forma.

Terry Gilliam es el que más disfruta de los cinco. Nunca tuvo un papel destacado frente a la cámara, pero en este caso tiene un par de momentos brillantes en escena, incluido un monólogo con un jarrón de flores descacharrante. Terry Jones tiene que recurrir en ocasiones a chuletas para recordar el guión, pero su interpretación sube un peldaño —como siempre ha sido en cuanto se viste de mujer.

El show incluye animaciones de Gilliam, escenas del Flying Circus original, cuerpo de baile y algún que otro cameo como el de Mike Myers, Eddie Izzard o Stephen Hawking, que en la última noche de los Python se acercó hasta Greenwich para estar con ellos. También hay varios homenajes más y menos sutiles al desaparecido Graham Chapman, el mejor de ellos cuando en pleno sketch Cleese improvisó, pájaro en mano, que el loro descansaba junto al doctor Chapman. La ovación que siguió le obligó a detener el diálogo. Los ingleses, conscientes de que con los Python se va otra de sus instituciones incuestionables, estaban entregados. En las salas de cine la gente aplaudía cada broma como si estuviesen en el teatro.

El final de la función era tan predecible que los propios pythons se adelantaron, anunciando un «spontaneous encore in two minutes», un bis espontáneo que consistió en los cinco genios junto al resto de actores y bailarines cantando a coro «Always look at the bright side of life» con todos los allí presentes, los quince mil del O2 o el resto del mundo a través de una pantalla, haciendo los coros. Cuando los cinco pythons salieron de escena por última vez, las pantallas gigantes proyectaron un rótulo que decía «PISS OFF». Váyanse a la mierda. Imposible reprimir una sonrisa ante semejante genio de despedida.

PS and now for something completely different: por si no lo han visto antes o quieren refrescar la memoria, el sketch de la «Argument Clinic» está en la cadena de YouTube de los Python: