Los puntos de Richard

los puntos

Desde hace un tiempo, con unos amigos tenemos un grupo de WhatsApp que se llama «Viva la ruta», donde usualmente intercambiamos opiniones sobre las noticias del día, escuchamos los problemas del otro y, por supuesto, proyectamos viajes que la mayor parte de las veces no hacemos, o que todo el tiempo procrastinación mediante estamos por hacer. 

Sin embargo, hace más o menos un mes se suscitó una discusión inusual, de índole «metalingüística». Resulta que uno de ellos adquirió una costumbre muy particular: colocar un punto al final de la frase, incluso en oraciones unimembres. Richard —así lo llamamos— dice «hola» y pone punto. Dice «quizás» y pone punto. Dice «chau» y pone punto. 

—Es como si tuvieras un TOC —le dijo alguien. 

Desde luego, yo no soy de esas personas que van por la vida corrigiéndole la ortografía o la gramática a los demás —soy profesor y solo corrijo si me pagan—, pero le dije que, a mi juicio, no se pone punto en un chat de WhatsApp. 

—La verdad es que suena muy raro —escribí. 

Había algo que me hacía ruido, aunque no podía explicar qué. En ese momento, todo lo que podía haberle dicho, y no le dije —evito parecer pedante—, es que sus puntos se podrían describir con la misma metáfora que utiliza Barthes en La cámara lúcida para referirse al «punctum»: son como pinchazos. Pequeños detalles que, de pronto, se nos imponen y nos demandan atención. Ya no parecen venir a representar una mera pausa, frente a la que uno respira y sigue de largo. Los puntos de Richard —los llamó así, desde entonces— quieren ser algo más, como los personajes de las fábulas de Monterroso; pero, ¿qué es lo que pretenden ser?  

Hace unos días encontré una posible respuesta en el ensayo Cómo la puntuación cambió la historia (Editorial Godot), donde el académico noruego Bård Borch Michalsen hace un repaso de las grandes figuras que contribuyeron a erradicar el caos de la scriptio continua: desde Aristófanes de Bizancio, quien fue el primero en introducir un sistema de puntuación, hasta Aldo Manuzio, el célebre imprentero y editor italiano a quien le debemos, entre muchas otras cosas, la estandarización de los signos, la creación del libro de bolsillo y la introducción del temido —y las más de las veces ignorado— punto y coma. El autor lo define como «el Steve Jobs del Renacimiento», en el sentido de que ambos tomaron dos inventos fundamentales —la imprenta, en un caso; las computadoras, en el otro— y los volvieron útiles para mucha gente. 

Pero el punto, o el punctum —volvamos—, es que en uno de los capítulos de este ensayo Michalsen cita un estudio de la Universidad de Binghamton, donde un grupo de psicólogos intentaron estudiar esto que he llamado «el punto de Richard» y llegaron a una de esas conclusiones tan obvias que uno termina por experimentar una suerte de herida narcicista: un punto al final de la frase, en WhatsApp o en otras redes, dicen estos psicólogos, se interpreta de forma negativa. No es lo mismo «No.» que «No». No es lo mismo «Hola.» que «Hola». Y un «Tal vez.» con punto es más un «no» que un «tal vez» (una especie de «no bemol», podría decirse). 

En otras palabras, y de acuerdo con este estudio, hay contextos y géneros discursivos en los que «el punto ya no es un signo neutral», sino que «transmite un mensaje propio», es decir: ya no se trata solo de un elemento gramatical, aséptico, sino también de una pieza que opera sobre el ars retórica del homo digitalis

Pero, ¿qué pasa con los demás signos? ¿También están experimentando alguna mutación ontológica en ámbitos lingüísticos no formales? 

En verdad es muy difícil saberlo, porque, ¿quién usa hoy un punto y coma en medio de un chat? ¿Quién pone comillas? ¿Quién expresa una relación causal a través de los dos puntos? Ni siquiera Richard se atreve a tanto. 

En general, los usuarios de redes se las arreglan con las comas, los puntos y, por supuesto, los emojis; aunque esto no significa que no sepan usar los otros signos. En los últimos años, y esto también lo dice Michalsen, hubo muchas investigaciones que concluyeron que, en la mayor parte de los casos, los jóvenes tienen claro qué convenciones de escritura hay que aplicar en cada contexto. Por eso la ausencia de estos signos no parece representar un problema. Además se trata de un fenómeno que va mucho más allá de las redes sociales, y del cronolecto adolescente. En la literatura hay muchos signos de puntuación que no solo están dejando de emplearse, sino que vienen siendo blanco de ataques desde hace mucho tiempo. Para Kurt Vonnegut, por ejemplo, el punto y coma no se usa: se ostenta. En Un hombre sin patria (2005), escribió que es un «hermafrodita travestido», que «lo único que hace es mostrar que fuiste a la universidad». Scott Fitzgerald, por su parte, recomendaba eliminar todos los signos de exclamación, porque consideraba que utilizarlos es como reírse de nuestras propias bromas. Henry Miller alguna vez dio un consejo parecido: «Mantenga sus signos de exclamación bajo control», escribió. 

En cuanto a las comillas, no tengo recuerdo de algún escritor que las haya fustigado; pero sí es claro que cada vez se las usa menos. Las voces de los personajes en muchos casos se nos aparecen de pronto, sin nada que las anuncie: ni comillas ni rayas de diálogo. En ocasiones ni siquiera hay verbos del decir. Desde luego hay muchos motivos que explican estas ausencias —habría que revisar la poética de cada autor—, pero en términos generales podríamos decir que se trata de lo de siempre: un intento por escapar de aquellas convenciones y artificios que hacen que el texto «huela» a literatura. 

Así las cosas, resulta que los escritores —y no solo los jóvenes en las redes— también se las terminan arreglando solo con puntos y comas, aunque no con emojis (al menos de momento). La tendencia, que ya lleva mucho tiempo, es a economizar cuanto signo se pueda. Los talleres literarios suscitaron miedo a decir o explicar de más, y llevaron tan al extremo las ideas de, entre otros, Flannery O’Connor —eso de que la literatura solo debe «mostrar», no «decir»— que hoy nos encontramos con todo tipo de ambigüedades innecesarias, o vacíos prescindibles. A veces no se sabe quién habla, quién enuncia, quién es quién, pero no porque tras esta incertidumbre se cifre una duda ontológica sobre la naturaleza de lo real, como en Philip K. Dick, sino por un rasgo de estilo que va inaugurando espacios en blanco sobre aquello cuya revelación, a fin de cuentas, no nos aporta nada. Es un hueco superfluo, que demanda un esfuerzo cognitivo que no ofrece recompensa. 

Pero no nos sigamos yendo por las ramas: volvamos al punto, o al punctum, para decir lo que Bård Borch Michalsen, así como muchos otros, vienen diciendo desde hace tiempo: si uno quiere romper las reglas —de puntuación, en este caso— tiene que haber un motivo. No se puede poner coma allí donde corresponde el punto, simplemente porque sí. No se pueden suprimir las comillas solo porque no nos gusta cómo quedan. En literatura, apartarse de una norma debe obedecer a una razón estética. Pero seguir una norma —y he aquí lo interesante, porque muchas veces lo olvidamos— también tiene que tener algún motivo. Nuestra época nos exige reflexionar sobre todo. Por eso si Richard pone un punto donde, en efecto, va un punto, también debería explicar por qué lo hace. En materia de escritura, ya nada se puede dar por sentado. 


Venir al mundo con ganas de hablar

Noam Chomsky imparte una conferencia en Riverside Church, Nueva York, 2009. Fotografía: Corbis.

La gramática es como el bazo o las ganas de llorar: esta ahí desde que nacemos, o incluso antes. La lengua que aprendemos después no es más que un cincel para dar forma a algo que nuestro ADN trae de serie. Queda dicho.

Todo esto les puede sonar muy raro y, de hecho, hay lingüistas que discrepan. No hagan caso; «el intelectual más importante de la actualidad» (New York Times), el que es «uno de los padres de la lingüística moderna» (clamor popular) está convencido de ello. Nos referimos, claro, a Noam Chomsky. Es uno de esos sonoros nombres con los que se da por un sesudo análisis político o por una preclara visión de la lingüística. Uno le empieza a seguir por un camino y, en algún momento, mira a un lado y descubre que este atleta del pensamiento también trota por otro que discurre paralelo. Luego resulta que es velocista y maratoniano; que corre simultáneamente por dos, tres, cuatro, o más pistas y, quizás lo más maravilloso, que estas se entrecruzan para abrir nuevos caminos aún por explorar. Decir que Chomsky es inabarcable resulta una obviedad, por lo que antes de enfangarnos en más metáforas para ilustrar su ubicuidad intelectual, nos centraremos en eso que mencionábamos del lenguaje. 

Hay que remontarse a la década de los cincuenta para dar con la semilla de su aportación principal en este campo. Hasta entonces, los lingüistas consideraban las lenguas como un fenómeno puramente social, un conjunto de códigos arbitrariamente distintos que había que clasificar atendiendo a factores como los sonidos, lexemas u oraciones. Por poner algún ejemplo, hay lenguas SVO (sujeto-verbo-objeto) como el castellano o el inglés (Yo como patatas/I eat potatoes); lenguas SOV como el turco, el vasco o el japonés. Si se preguntaban por el klingon, sepan que es OVS, lo mismo que el hixkaryána, (lengua indígena de Brasil). También hay lenguas con artículos y preposiciones per se, y otras en las que se manifiestan en forma de caprichosas partículas que se añaden a las palabras; lenguas en las que el acento cae siempre en la primera sílaba (islandés); vergeles de consonantes en el Cáucaso, de vocales en la India… 

Toda esta diversidad se estudia, se clasifica y se compara, pero independientemente de la particularidad de cada lengua, Chomsky fue el primero en plantear la hipótesis de que el lenguaje podía ser un esquema mental innato que explicara cómo alguien es capaz de aprender una lengua de forma natural y sin esfuerzo, y también de entender y producir un numero infinito de oraciones gramaticales. Los hablantes, todos nosotros, diferenciamos aquellas expresiones aceptables de las que no lo son en nuestras respectivas lenguas, de igual manera que entendemos que una luz verde en un semáforo significa «pasar», mientras que una roja lo contrario. Esto último lo sabemos porque alguien nos lo ha dicho, pero ¿cómo es posible que podamos conocer las restricciones de nuestra lengua si haber aprendido las expresiones que violan dichas restricciones?

La lingüística, decía Chomsky, tenía que romper las barreras de la mera taxonomía; no solo clasificar las lenguas, sino también formular una «gramática universal» común a todas ellas. Había que dar con esa serie de reglas que ayudan a los niños a adquirirlas, desde el mapuche hasta el frisón. Para que se hagan una idea de la importancia histórica de esta teoría, se la ha considerado el equivalente en lingüística a la teoría de la evolución de Darwin en biología, o la del inconsciente de Freud en psicología. Y así es como llegamos al capítulo de los «universales lingüísticos». Algunos son tan predecibles como: «Todas las lenguas tienen nombres y verbos», o vocales y consonantes, sujetos y predicados, pronombres… Pero a medida que nos adentramos en esta jungla, la vegetación se va haciendo más espesa. ¿Cuál es el número mínimo de vocales que puede tener una lengua? Dicen que todas tienen sendos vocablos para los colores blanco y negro, pero ¿qué ocurre con el naranja o el marrón? En cualquier caso, ¿podemos hablar de certezas en esto de los universales sin haber analizado todas y cada una de las aproximadamente siete mil lenguas que se hablan en el mundo? 

El lingüista americano Joseph Greenberg recogió cuarenta y cinco de esas pautas comunes supuestamente innatas tras un estudio de treinta lenguas, un método inductivo que se oponía al reduccionismo deductivo de Chomsky: si son comunes a todas las lenguas, bastará con analizar una sola de ellas. Pero aquello se les fue de las manos. La selva del «generativismo», que es como se le llamó a la teoría chomskiana de la impronta genética del lenguaje, se iba llenando de exploradores que presumían de dar con más y más universales: «Si hay tres vocablos para los colores, el tercero es el rojo (recuerden que los anteriores son el blanco y el negro)», se oía desde la espesura; «Y si hay un cuarto o un quinto seguro que son el amarillo y el verde», replicaba alguien desde la copa de un árbol. Y así con la distribución de sujetos objetos y verbos en los enunciados, la proporción entre vocales y consonantes, entre fonemas sordos y sonoros… 

Bajo la premisa de que existían docenas, incluso centenares de particularidades y categorías lingüísticas innatas al ser humano, se daban concurridas conferencias y se publicaban trabajos en todas las manifestaciones de la fiebre académica a manos de lingüistas dispuestos a dejarlo todo en su búsqueda del grial de los universales. Hasta que Chomsky dijo «basta». Con el ocaso del siglo XX, Zaratustra bajó de la montaña y anunció a los hombres que eso de que hubiera un carro de universales era una entelequia. Más que en una gramática común, el nuevo paradigma se centraba ahora en un mecanismo simple pero multitarea con el que se producía un nutrido grupo de oraciones. Había algo innato, sí, pero se limitaba a cubrir las necesidades más básicas del hablante. Muy acertadamente, a esta nueva corriente del generativismo se la llamó «minimalismo». 

Entre el pánico y la confusión que generó todo aquello, los generativistas clásicos, ahora huérfanos, se debatían entre seguir adelante o rebajar sus expectativas de búsqueda, como ya hiciera el Creador. ¿Qué habría hecho san Pedro si Jesús le hubiese dicho que lo del reino de los cielos era poco más que una fantasía? «Estamos descubriendo propiedades nuevas e inesperadas de las lenguas hasta un punto en el que resulta imposible probar lo que sabemos que ha de ser cierto: que todas están sacadas de un mismo molde», fue exactamente lo que el dios de la lingüística les dijo a sus apóstoles. 

La resaca tras décadas borrachos del generativismo más añejo dibujaba ahora un mundo distópico en el que Chomsky sumaba su voz a la de aquellos antichomskianos, en oposición a los últimos chomskianos. Eso sí, fue mucho más cauteloso al considerar el minimalismo como un «programa», y no una teoría: admitió que no había una razón concreta para pensar que fuera a funcionar. Si Dios se reconocía a sí mismo como un ser falible, ¿qué motivos tenían los chomskianos más irredentos para renegar de su fe? Probablemente muy pocos. 

Universales interestelares

A sus noventa y dos años, Chomsky sigue dando charlas, escribiendo libros y dando entrevistas literalmente a todo aquel que se lo pida, desde estudiantes de primaria hasta jefes de Estado, pero ya no se prodiga demasiado en el tema de la adquisición del lenguaje. Que su sentido del humor sigue intacto quedaba públicamente corroborado hace un par de años, cuando arrancaba una charla en la Universidad de Arizona con un «Histórico: La primera presentación en PowerPoint de Noam Chomsky», proyectado sobre una pantalla a su espalda. El maestro es ya demasiado sabio para tomarse a sí mismo en serio, por lo que hoy son sus discípulos los que se esfuerzan en desarrollar nuevas metáforas para ilustrar su teoría de lo innato. Mark Baker, por ejemplo, trabaja sobre una «tabla periódica» de lo que él llama «átomos del lenguaje», los cuales se combinarían de la misma manera que las moléculas. Sepan, no obstante, que el generativismo as we knew it aún sigue vivo en los corazones y las mentes de un nutrido grupo de románticos, y que ni siquiera hace falta revolcarse en el fango académico para dar con él. Es disfrutando de una película como La llegada (2016), cuyo eje central es la comunicación con alienígenas, cuando escuchamos un nostálgico discurso que nos retrotrae al siglo XX. Con ocasión de su estreno, la lingüista Jessica Coon (se usó su oficina para el rodaje) insistía en lo de la «gramática universal», a la que consideraba «parte del legado genético que capacita al ser humano para adquirir el lenguaje». Coons, eso sí, matizaba que este podría resultar inútil para llegar a comunicarse con alienígenas. 

Los de la película hablan en heptápodo, una lengua cuyos sonidos son imposibles de reproducir por los humanos por razones biológicas, y que se representan a través de unas formas circulares. Conviene no confundir el instrumento para la realización material de la lengua, el alfabeto, con su gramática. Si una raza alienígena se comunicara a través de feromonas, o frecuencias subsónicas, seríamos obviamente incapaces de interactuar de forma directa con ellos, pero sí sería factible fabricar un dispositivo que lo hiciera por nosotros: se teclea una palabra y la máquina emite la feromona o el infrasonido correctos. La cuestión ahora es si la forma en que las señales funcionan y el modo en que se combinan tienen algún sentido para la mente humana en el caso de que, por ejemplo, los alienígenas sean capaces de procesar cientos de enunciados superpuestos simultáneamente. Esto sería un problema porque nosotros los entendemos de forma lineal, es decir, uno detrás de otro. 

Atravesamos aquí el umbral de la astrolingüística, la ciencia que estudia una potencial comunicación con seres del espacio exterior. En la película acaban apañándose, aunque todos sabemos que la previsibilidad es una cualidad innata de Hollywood. Aunque quizás no sea algo descabellado. «Si el universo está sujeto a las mismas leyes de la física, podríamos esperar que las lenguas interestelares también estén dotadas de bloques de significado que se combinen para crear significados más complejos. Puede que la marciana no sea una lengua tan distinta de la humana», dijo Chomsky en una conferencia en Los Ángeles el año pasado. Algo trama.


¿Qué es la gramática universal? ¿Alguien la ha visto?

Gramática Universal
Verbum, M.C Escher, 1942. Imagen: M.C.Escher Foundation.

Cuando dibujo, siento a veces que soy como un médium espiritista, controlado por las criaturas que convoco. Es como si ellas mismas eligieran la forma bajo la cual van a aparecer. Toman escasamente en cuenta mis opiniones críticas del momento en que nacen, y no puedo ejercer mayor influencia sobre el grado de su desarrollo. (M. C. Escher)

De las palabras de Escher se infiere que los patrones de desencadenamiento de un determinado símbolo no son absolutos, sino que dependen del sistema dentro del cual se activa el símbolo. La mayoría de los pensamientos están compuestos por elementos básicos, cuya dimensión coincide, más o menos, con la de la palabra, como sugiere Verbum, litografía del autor.

Son las palabras los trazos de pincel elementales que habitualmente usamos para pintar el retrato de conceptos más complejos. Están conectadas, en cada individuo, con formas que asimismo son correspondientes entre individuos. Se trata de un verdadero isomorfismo funcional con el que tratamos de caracterizar qué es lo invariante y universal en todos los lenguajes.

La gramática universal es un constructo sospechoso. Poca gente la ha podido ver, y quienes la ven —generalmente lingüistas— no se ponen del todo de acuerdo en qué la compone exactamente. En el año 2000, el lingüista estadounidense Noam Chomsky la definió como la idea de que los lenguajes humanos, que son superficialmente diversos, comparten unas similitudes fundamentales atribuibles a principios innatos exclusivos del lenguaje. «En el fondo, solo hay un lenguaje humano.» Esto es la gramática universal.

Para afirmar esto tranquilamente suscitando una controversia moderada han tenido que pasar décadas de estudio. Aun así, la gramática universal produce tal bloqueo en lingüistas y no lingüistas que todavía cuesta entender el lenguaje que articula dicho constructo.

Durante la primera mitad del siglo XX, el conductismo prevalecía en los estudios de psicología y tenía repercusiones significativas en la lingüística y los estudios sobre adquisición del lenguaje. Según esta línea de pensamiento, toda conducta era el fruto de asociaciones repetidas entre estímulos y respuestas, incluido el lenguaje. Se creía que el aprendizaje de lenguas, como cualquier otro tipo de aprendizaje, podía explicarse por una sucesión de pruebas, errores y recompensas en caso de éxito. En otras palabras, los niños aprendían su lengua materna por simple imitación, escuchando y repitiendo lo que los adultos decían.

Pero este punto de vista fue cuestionado radicalmente por Noam Chomsky. En 1959 publicó un artículo, «Review of Verbal Behavior», en el que criticaba un libro, Conducta verbal, de Burrhus F. Skinner, principal teórico del conductismo en esos momentos. Argüía Chomsky que la capacidad para comprender y producir lenguaje no se podía explicar como conducta aprendida. Cuando aprendemos un lenguaje somos capaces de generar todo tipo de expresiones que antes no hemos oído, por tanto, nuestro conocimiento es más profundo.

Con la publicación de sus trabajos, Chomsky empezó a cambiar la lingüística. Se cuestionó el conductismo, y la idea de la gramática universal y generativa se puso de moda. Se plantearon preguntas como: ¿qué aspectos del lenguaje se pueden manifestar sin ayuda de la experiencia? ¿Aprendemos el lenguaje al imitar a los padres, o tenemos un instinto? Chomsky partía de la observación de que el lenguaje es infinito —no hay límite en el número de oraciones que podemos producir y comprender—. Sin embargo, los elementos que configuran el input que recibe el niño que aprende la lengua sí son finitos. La cuestión es describir cómo el niño es capaz de comprender y producir un número infinito de expresiones lingüísticas utilizando un número finito de elementos.

En opinión de Chomsky, la razón por la que los niños dominan tan fácilmente las operaciones complejas del lenguaje es que tienen un conocimiento innato de ciertos principios que los guían en el desarrollo de la gramática de su lenguaje. En otras palabras, la teoría de Chomsky es que el aprendizaje de lenguas se ve facilitado por una predisposición que nuestros cerebros tienen para ciertas estructuras del lenguaje.

La idea no es del todo nueva. Un grupo de académicos de la Edad Media, los Modistae, y más tarde, durante el Renacimiento, los de la escuela francesa Port Royal, creían que todas las lenguas se basaban en una gramática universal que reflejaba la estructura de la mente de Dios. Chomsky, que de muy joven había leído los textos de estas dos escuelas, desarrolló su oposición al conductismo en esa línea. Él mismo traza la filiación de sus ideas al siglo XVII e identifica su punto de vista con el de los grandes filósofos racionalistas —sobre todo Descartes—, y lo contrasta con el de los pensadores británicos de la corriente del empirismo que mantenían que la mente es una tabula rasa y que todo el conocimiento deriva de la experiencia. Para Chomsky, la mente es un sistema bello, cuya construcción es visible en el lenguaje. El que resuelve el enigma del lenguaje se lleva el premio gordo: el conocimiento sobre la estructura del pensamiento.

Así formuló Chomsky la idea de que la capacidad de controlar las estructuras gramaticales es innata y está genéticamente determinada. La gramática es generativa en el sentido de que se genera, se crea. La pregunta que se debe hacer el lingüista es: ¿cómo hacer una descripción finita de algo que tiende a infinito? Es posible hacerlo si se piensa en la gramática como si fuera un dispositivo que junta frases y trozos de oraciones siguiendo unas reglas precisas, de manera que se generan oraciones correctas. Si hay unas reglas que se pueden aplicar a su mismo resultado, es decir, recursivas, entonces es posible que las gramáticas finitas generen lenguajes infinitos.

¿Pero qué idioma? Para que la teoría de Chomsky sea cierta, todos los idiomas del mundo deben compartir ciertas propiedades estructurales. Y, de hecho, Chomsky y otros lingüistas generativos como él han demostrado que los aproximadamente seis mil idiomas del mundo, a pesar de tener gramáticas muy diferentes, comparten un conjunto de reglas y principios. Creen que esta gramática universal es innata y se produce en algún lugar de los circuitos neuronales del cerebro humano. Y esa sería la razón por la cual los niños pueden seleccionar, de todas las oraciones que les vienen a la mente, solo aquellas que se ajustan a una estructura codificada en los circuitos del cerebro.

La gramática universal, por tanto, consiste en un conjunto de restricciones inconscientes que nos permiten decidir si una oración es correcta. Un par de dados ofrece una metáfora útil para explicar lo que Chomsky quiere decir cuando se refiere a la gramática universal como conjunto de restricciones. Antes de lanzar los dados, sabemos que el resultado será un número del 2 al 12, pero nadie apostaría a que sea el 1111. Del mismo modo, un bebé recién nacido tiene el potencial de hablar varios idiomas, dependiendo del país en el que nazca, pero no solo los hablará de la manera que quiera: adoptará ciertas estructuras innatas preferidas. No son cosas que los bebés y los niños aprenden, sino cosas que les suceden. Imaginemos a hablantes nativos de inglés, español, urdu y ewe, todos los cuales tienen un excelente dominio de sus respectivas lenguas maternas. Sus redes de símbolos ¿serán similares? Lo cierto es que una gran parte de la red de símbolos de todo ser humano es universal.

La investigación posterior pronto apoyó la teoría de la gramática universal. Por ejemplo, los investigadores descubrieron que los bebés de solo unos días de edad podían distinguir los fonemas de cualquier idioma y parecían tener un mecanismo innato para procesar los sonidos de la voz humana. Por lo tanto, desde el nacimiento, los niños parecen tener ciertas habilidades lingüísticas que los predisponen no solo a adquirir un lenguaje complejo, sino incluso a crear uno modificado a partir de un estímulo incompleto si se da el caso.

Un ejemplo de tal situación se remonta a la época de la esclavitud. Sabemos que, en muchas plantaciones, los esclavos provenían de lugares diferentes y tenían lenguas maternas distintas. Por lo tanto, a partir de un input lingüístico incompleto consiguieron desarrollar, para comunicarse entre ellos, lo que se conoce como lenguas criollas.

Pero hay muchos más ejemplos, que podemos resumir en una serie (incompleta, construida para este artículo) de argumentos que apoyan la existencia de la gramática universal.

-Los universales del lenguaje: todas las lenguas comparten ciertas propiedades: los principios.

-Convergencia: los niños están expuestos a diferentes tipos de input y aun así convergen en la misma gramática.

-Pobreza de estímulo: los niños adquieren conocimientos para los que no hay evidencia en el input.

-Ausencia de evidencia negativa: los niños saben qué estructuras no son correctas a pesar de que no están expuestos a evidencia negativa.

-Facilidad y rapidez en la adquisición del lenguaje infantil: los niños aprenden el lenguaje rápido y sin esfuerzo, con una exposición mínima.

-Uniformidad: todos los niños pasan por las mismas etapas en el mismo orden cuando adquieren el lenguaje.

-Efectos madurativos: la adquisición del lenguaje es muy sensible a factores de maduración y relativamente insensible a factores medioambientales.

-Disociaciones entre lenguaje y cognición: algunas personas tienen un lenguaje (relativamente) normal, pero una cognición deteriorada, mientras que otros tienen problemas cognitivos y un lenguaje (relativamente) normal.

No era tan difícil de entender. Definir qué componentes tiene exactamente la gramática universal es algo más complicado. La gramática universal comprende el sistema de categorías, mecanismos y restricciones compartidos por todos los lenguajes humanos y considerados innatos. En general, incluye «principios», es decir, declaraciones generales que especifican las restricciones sobre las gramáticas de las lenguas, y «parámetros», que especifican las opciones para la variación gramatical entre ellas.

En la década de 1990, afinando un poco más, la investigación de Chomsky se centró en lo que llamó Programa Minimista, que trata de demostrar que la facultad del lenguaje de nuestro cerebro es la facultad mínima que puede esperarse, dadas ciertas condiciones externas que se nos imponen de forma independiente. Siguiendo los avances en neurociencia, Chomsky comenzó a poner menos énfasis en la idea de una gramática universal formada en el cerebro humano, y más énfasis en una gran cantidad de circuitos cerebrales plásticos. Y junto con esta plasticidad vendría un número infinito de conceptos. Luego, el cerebro procedería a asociar sonidos y conceptos, y las reglas de gramática que observamos serían, de hecho, solo las consecuencias o efectos secundarios de la forma en que funciona el lenguaje. De manera análoga, podemos, por ejemplo, usar reglas para describir la forma en que opera un músculo, pero estas reglas no hacen más que explicar lo que sucede en el músculo; no explican los mecanismos que utiliza el cerebro para generar estas reglas.

Por esto, entre otras razones, los componentes de la gramática universal se reformulan con los años. Algunos lingüistas ven la gramática universal como una estructura muy elaborada, que consiste en una gran cantidad de principios y parámetros. En el otro extremo, tenemos la tesis minimista, según la cual la gramática universal comprende solo la operación de construcción de estructuras. Pero la mayoría de los lingüistas afines a la tradición chomskiana se quedan con el modelo de gramática universal que mejor sirve a sus propósitos, porque todos los modelos son válidos; si uno quiere estudiar la adquisición del lenguaje, posiblemente escoja el Programa Minimista, pero si lo que quiere es viajar a, por ejemplo, África, y describir una o dos lenguas que todavía no han sido estudiadas, lo más adecuado es que escoja la teoría de los principios y parámetros y tendrá el modelo perfecto para articular formalmente su investigación.

En Verbum, la ya mencionada litografía de Escher, hay una elaboración de oposiciones dentro de unidades ubicadas en diversos niveles. El ciclo metamórfico transita de noche y de día por tierra, aire y agua dentro de un hexágono. Mirando circularmente, vemos un tránsito gradual: de pájaros negros a pájaros blancos, de ranas negras a ranas blancas, y volvemos al comienzo: pájaros negros. Según nos desplazamos hacia el centro, las distinciones se hacen paulatinamente difusas hasta que por fin permanece una única esencia que sugiere la palabra Verbum.


Siete pecados capitales del lenguaje periodístico

Network (1976). Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer / United Artists.

Queridos hermanos en la fe gramatical:

De las semillas pequeñas brotan grandes cosas. Del mismo modo, los pecados lingüísticos más abominables son los que atentan contra los mandamientos elementales. No busquéis aquí grandes escandaleras ni revelaciones morbosas: no hay peor falta que transgredir las normas fundamentales y violar de palabra, obra u omisión aquello que desde la educación básica y obligatoria debería haber quedado grabado de manera indeleble en el proceder ya no de un periodista, sino de cualquiera que se siente a escribir con la aspiración de algo más que juntar unas letras.

Es de justicia, eso sí, hacer constar que el diabólico Titivillus no descansa, que nadie está libre de un lapsus calami o de un desliz dactilar sobre el teclado, pero también debe quedar igualmente claro que una cosa es una errata —equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito— y otra bien diferente un fallo grosero que revela impericia: cuando un redactor o incluso un medio incurren una y otra vez en el mismo error no nos encontramos ante un despiste fortuito, sino ante defectos y vicios ocultos en los cimientos del abecé.

Es muy cierto también que si poner en la calle cualquier publicación sin que se cuele ningún gazapo es una tarea digna de admiración, parir un diario inmaculado se antoja una utopía (no una *«autopía», como más de una vez se ha podido leer en algún noticiero) por la premura desquiciante de plazos con los que laboran sus redactores. Asimismo son disculpa, sin duda, los recortes de personal perpetrados bajo el pretexto de la crisis económica lacerante, que han forzado a que muchas redacciones prescindan de la figura esencial del corrector. Y hay que romper otra lanza (y no *«lanzar una lanza», como también se ha leído por ahí) en defensa del periodista, porque nunca antes sus posibles errores habían estado tan universalmente expuestos: no bien se ha pulsado el botón de publicar un contenido en los actuales medios digitales, cuando un tropel de ventajistas voraces e intransigentes estamos afeándoles un despiste o recriminándoles una metedura de pata sin haberles dado tiempo para la mínima reformulación.

Aun así, se debe exigir al periodista —oficio de maestro de liendres: de todo sabes, de nada entiendes— la excelencia en lo formal y gramatical al tener, la quieran o no, cierta responsabilidad transversal educativa y formativa. Hubo un tiempo en el que prácticamente era posible aprender ortografía y gramática en las páginas de un diario. Aquello que salía negro sobre blanco era doctrina, Palabra de Dios, te alabamos, Señor, y sentaba cátedra. Y no en vano se ha dicho que si el idioma inglés no dispone de una academia de la lengua que lo fije, limpie y dé esplendor, es porque ya The Times, con el escudo de armas del Reino Unido en su cabecera, cumple de modo muy solvente y para satisfacción general esas funciones. No somos pocos los que hemos aprendido ortografía de manera puramente visual, sin necesidad de memorizar ni una sola regla, a base de mancharnos las yemas de los dedos con tinta fresca cada mañana. Hoy en día la situación en los diarios editados en lengua española es, si se nos apura, justamente la contraria: hastiados de tantos errores y horrores, los lectores, desconfiados por método y sistema, hemos aprendido a recelar y poner en cuarentena no solo fondo, sino también forma.

Pasaremos ahora, pues, a denunciar las más bochornosas afrentas gramaticales con las obras espirituales de misericordia en mente: corregir al que yerra, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rogar a Dios tanto por estos plumillas pecadores como por nosotros, para que nos haga fuertes y sepamos perdonarles las injurias que profieren.

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Es el primer pecado capital del periodismo de nuestros días no de naturaleza lingüística, sino tecnológica: consiste esta depravación inmoral, que va en contra del celo profesional y el amor propio, en el uso y abuso del corrector automático y de las aplicaciones predictivas de texto. Plenamente confiados en la tecnología y en numerosísimas ocasiones traicionados por ella, los redactores no ponen la atención necesaria pensando que algún programita hará el trabajo sucio por ellos. Pero un profesional como Dios manda, un verdadero connoisseur lingüístico, trabaja sin red y no utiliza esos dispositivos, porque deberían ser completamente prescindibles y no debería necesitar esos irritantes subrayados en línea quebrada roja. Periodistas: al igual que Hugo Chávez recorría Caracas señalando con gesto inequívoco un inmueble y ordenando «¡Exprópiese!», ustedes escriban deprisa, editen despacio, pero sobre todo, por favor, busquen las opciones de personalización de sus procesadores de texto, cojan sus correctores automáticos, sus aplicaciones predictivas de texto y… «¡Desactívense!». Nota: en la elaboración de este artículo no se ha sacrificado ningún animal ni se ha empleado ningún tipo de corrector electrónico.

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En segundo lugar del pozo de la ignominia —primero en lo estrictamente gramatical— se encuentra la coma asesina, esa deleznable virgulilla (des)ubicada entre sujeto y verbo que últimamente se ha convertido en moda. Un licenciado universitario de una carrera de letras como Periodismo debería saber sin ningún asomo de dudas que al hablar es posible hacer una pausa entre sujeto y verbo, pero que esa pausa, por larga que sea, no es suficiente para marcarla con una coma. También debería estar más que sabido que los signos de puntuación no son cronómetros que sirvan para regular la duración de una pausa, sino que su función es hacer que un texto sea inteligible e inequívoco. En el colmo de la torpeza y descenso vertiginoso al más abyecto infierno ortográfico, incluso existen redactores patrios que, no contentos con introducir una coma asesina entre sujeto y verbo, introducen otra entre verbo y complemento directo, como aquel que tituló «El diario británico The Times, asegura, que la ejecución de James Foley fue algo preparado». Ejecución precisamente es lo que pediríamos desde este púlpito para ese escribidor por habernos provocado una insuficiencia respiratoria sofocante. Ya por último, hay otros que, tal vez obnubilados por la coma de la elisión verbal —utilizada, por ejemplo, en titulares por cuestión de espacio—, se lanzan a sembrar comas por cuanto titular se cruce en su camino, y así hubo quien proclamó para rechifla y regodeo general «Pablo Alborán, reina en la música española», más allá de sus méritos musicales e inclinaciones personales, que nos guardaremos de criticar; o aquel otro que, acaso manifestando de manera inconsciente sus deseos y simpatías políticas, convirtió la mera constatación de un hecho en todo un imperativo al conminar «Aguirre, dimite». ¡Penitenciagite, pecadores!

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El pecado capital de la pereza lleva al desorden, pero, ay, en el idioma el orden de los factores sí puede alterar el producto. Hay que evitar a toda costa la anfibología: ambigüedades y malentendidos. Que se lo digan, si no, a aquel redactor que muy ufanamente tituló «Expulsado por ser gay del Vaticano» en lugar de lo que la lógica y el buen sentido reclamaban: «Expulsado del Vaticano por ser gay». O a un despistado que escribió que «Las mujeres españolas cobran bastante menos que los hombres por su sexo»… ¿se refería al mercado laboral en general o a un muy respetable gremio en concreto? Y no es lo mismo «Hay quinientas mil personas trabajando más que cuando empezó el año 2014» que «Hay quinientas mil personas más trabajando que cuando empezó el año 2014». No caeremos en idéntico defecto y no diremos que «el burro de ese redactor no asistió a clase el día que explicaron la anfibología». ¡Señor, ten piedad con estos plumillas desubicados!

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La repelente vanidad, hermanos, asoma en el uso de calcos y barbarismos innecesarios. Por supuesto, las lenguas son entes vivos y flexibles que evolucionan de diferentes maneras y, entre ellas, una de las más naturales es la incorporación de vocablos extranjeros. Estas incorporaciones son totalmente comprensibles cuando se trata de designar realidades nuevas, pero un vicio muy criticable —por la dejadez, desidia y rendición que supone— es emplear un término extranjero, importado acríticamente, cuando ya existe uno propio que ocupa ese nicho semántico o desempeña idéntica función. Hoy nos asuela, entre otros muchas, la plaga gregaria del «a día de hoy», calco evidente del francés aujourd’hui, totalmente prescindible en español, como acaba de quedar demostrado con una única palabra al principio de esta misma oración. Ahora bien, ¿cómo no van a abusar nuestros periodistas de ese calco cuando una representante de la mismísima Fundéu (Fundación del Español Urgente, organismo que, con el asesoramiento de la RAE, vela por el buen uso del idioma en los medios de comunicación) lo soltó un par de veces en un programa de televisión al que había acudido para precisamente comentar los malos usos lingüísticos del periodismo actual? Es evidente que muchos de nuestros periodistas siguen así una corriente mainstream, pero pecan porque ya no tienen plan ni estrategia, sino que manejan orgullosos su «hoja de ruta» tras haber participado en sesiones de brainstorming, precedidas por su correspondiente briefing, en las redacciones de nuevos medios financiados gracias al crowdfunding y presididos por un CEO. Tal vez actúen de ese modo porque así se lo aconseja el feedback —que siempre les ofrece «evidencias», pero nunca «pruebas» ni «datos»— recibido de su público target, ya que ante todo querrán mejorar la customer experience. Como pueden comprobar, es interminable la lista de extranjerismos superfluos que mancillan nuestros medios. Busquen, busquen, porque esto solo ha sido un spoiler sin ánimo de destripar nada, y después, para recuperar su bienestar, pueden pedir «cita previa» (¿habrá alguna que no sea previa?)  en un centro de wellness y mesa en el hub gastro —sintagma que no significa absolutamente nada en inglés y mucho menos en español— de moda. Íntimamente relacionada con esta perversión está la ostentación afectada y churrigueresca de decantarse por la palabra más larga cuando, en la mayoría de las ocasiones, existe una más corta que perfectamente podría expresar el mismo concepto: «influenciar» por «influir», «obligatoriedad» por «obligación», «culpabilizar» por «culpar», «necesariedad» por «necesidad» y otros archisílabos maléficamente pomposos. ¡Lucifer, llévatelos a todos!

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El porqué de la confusión entre «porque», «por qué», «porqué» y «por que», otro traspié (sí, sin «-s» final, que está en singular) recurrente de la prensa patria, porque nos preguntamos por qué habría de patinar un profesional de la palabra en algo tan simple. ¿Por qué? Es difícil evitar el temor por que este yerro infeliz se pueda perpetuar. ¡Recen un padre nuestro y un avemaría!

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Quiera Dios que no nos condenemos al fuego del averno por caer en el pecado capital de la ira cada vez que oímos o leemos perlas como «Ese sucio agua contamina aquel área». ¡Ay, la concordancia, esa gran desconocido! Algunos desinformados han oído campanas, pero no saben bien dónde. Se creen que, como antes de un sustantivo (recalquemos el término «sustantivo») que comience por /a/ tónica los artículos toman, por razones de fonética histórica, la forma masculina «el» y «un» y los indefinidos pueden (o no) adoptar las formas apocopadas «algún» y «ningún», todo determinante debe tomar también la forma masculina. Nada más lejos de la doctrina gramatical, pues los demostrativos «este», «ese» y «aquel», y cualquier otro determinante como «mucho», «otro», «poco» o «todo» deben concordar con las palabras femeninas siempre en femenino, al igual que los posibles adjetivos que las califiquen. Y no conviene olvidar tampoco que esa regla del cambio de género del artículo del femenino al masculino solo funciona cuando dicho artículo precede de manera inmediata al sustantivo: «el agua», «un área» o «un arma», pero «la pura agua», «una extensa área», «una antigua arma» o «la alma máter». Recuérdenlo, periodistas, redactores, escribanos, escribientes y escribidores: el único «este agua» aceptable en un texto es el Steaua de Bucarest. Oremos: Yo, pecador, me confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos…

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Siete son los pecados capitales y solo siete son los malos usos periodísticos que, para no fatigar al lector, es prudente reflejar en esta lista que de ninguna manera es ni pretende ser exhaustiva. Con los vicios periodísticos podrían llenarse con facilidad las páginas de más de un volumen como este de Jot Down: el triste sino del periodista que no distingue entre «sino» y «si no»; la confusión en la concordancia verbal de número entre pasivas reflejas e impersonales; el uso comodón del gerundio de posterioridad; la errónea pluralidad del uso impersonal del verbo «haber» (*«hubieron muchos periodistas errados»); la acentuación de «fue», «vio», «dio», «fui» o «ti»; laísmos, loísmos y leísmos; vulgarismos como «detrás suyo» o «delante mía»; los pobrecitos habladores del «sedució», «degolla», «piragüa», «hechar de menos» o «xenófogo»; el lío entre «allá», «aya», «haya» y «halla»; el abuso por la falta total de comprensión del significado del adverbio «literalmente»… Y sin embargo, ya que vivimos en los tiempos del periodismo 2.0, conviene dedicar este último apartado a un defecto execrable de muchos profesionales a la hora de conducirse en las redes sociales: el pensar que en su cuentas personales son libérrimos y que en ellas las normas ortográficas —y en ocasiones las deontológicas— son completamente opcionales y prescindibles. «Total es Twitter», alega alguno de estos despreocupados profesionales. Pues no. Un poquito menos de vanidad, señores periodistas, y más humildad, rectitud y sindéresis —del griego synteresis, derivado de syntereo: «yo observo, estoy atento»—. Estén atentos, con discreción y buen juicio, y tengan siempre presente que la mayoría de sus seguidores en las redes sociales no lo son por su carisma ni por su interés personal, no, sino por trabajar para el medio en el que trabajan. Si estos periodistas fuesen usuarios anónimos de Facebook, Twitter o Instagram, ¿cuántos seguidores tendrían? A todos esos seguidores conseguidos en virtud de su posición en la profesión se les debe un respeto… ortográfico y gramatical al menos, porque, como ya publicó Tomàs Delclós cuando ejercía funciones de defensor del lector del diario El País, «los periodistas de un medio han de tener presente que, sea cual sea el tema que traten, se identifiquen o no como tales miembros de la Redacción, muchos de sus seguidores lo son por su condición profesional y la prudencia en las redes sociales nunca será un error», y se apoyaba asimismo en lo propugnado por The Washington Post, en cuya guía de conducta en redes sociales se recuerda a sus periodistas que «cuando intervienen en ellas siempre son periodistas del diario y les recomienda, antes de publicar un mensaje, preguntarse si su contenido suscitará las dudas del lector sobre su capacidad para hacer el trabajo de manera objetiva y profesional».

Y así, hermanos, cuando se detecta en la prensa algún pecado aborrecible, es normal hacerse cruces, musitar «líbranos del mal, Señor» y perder toda la fe en la aptitud de los firmantes, que deberían hacer examen de conciencia, rezar un acto de contrición y plantearse propósito sincero de enmienda. Amén. Podéis ir en paz.


Dejad paso, pedantes

Si de manera general resulta una verdad tan triste como incontestable aquella frase atribuida a Jean-Paul Sartre de «el infierno son los otros», cuando hablamos de la profesión de escritor, el infierno son los pedantes. Esos tipos que cuando leen un artículo, en lugar de saborear su discurso o ponderar el contenido, esperan el desliz en una preposición, el resbalón en un dato o el crimen atroz de una palabra mal escogida que les permita soltar bilis en un comentario. La clase de persona que señala a un periodista (caso real) por emplear mal la palabra diezmar para referirse a una matanza en una población, puesto que eso equivaldría a «uno de cada diez», y según sus cuentas ese pueblo en guerra no ha perdido más que uno de cada cien. En un número del New Yorker tuvieron que matizar la afirmación de un escritor de que una empresa «estaba haciendo facturas treinta y cinco horas al día» porque alguien les recordó que el día, efectivamente, solamente tiene veinticuatro. En una nota educada (demasiado educada para mi gusto) los editores explicaron que se trataba de una exageración expresiva.

Imagínense lo ridículo que resultaría que alguien en un museo dijese que no le gusta Matisse porque se sale de las líneas al colorear, algo que ya se aprende desde la guardería. Pues sí: Matisse, en sus cuadros, hacía que el color viajara más allá de los trazos. Pero eso es algo tan cierto como irrelevante. Igual de irrelevante que calcular en la soledad cáustica del escritorio si los ataques de los que el escritor habla realmente están diezmando a la población. El lenguaje está para estirarlo, retorcerlo, adaptarlo. Y trabajar con él de la manera más expresiva y poderosa que se pueda, sin miedo a que una policía de la gramática te asalte en cada texto.

La primera vez que oí la expresión grammar nazi para referirse a esos individuos que andan a la caza de los errores de los demás casi me muero de risa, entre otras cosas porque yo, como tantos compañeros de profesión, sufría sus actos en silencio sin tener una etiqueta para ello. Los franceses dicen que cuando encuentras un nombre para designar un problema ya casi está resuelto. Y llevan mucha razón. Escriba usted un artículo con pretensión literaria y con un poco de (mala) suerte le leerán más nazis gramaticales que lectores casuales e inocentes.

En Inglaterra, tierra en la que por alguna razón florecen antes que en ninguna otra parte los tics del género humano, de un tiempo a esta parte ha aparecido una especie de Banksy de la puntuación. Un individuo (o individua) que pierde sus noches corrigiendo apóstrofes, guiones y deslices ortográficos en vallas publicitarias, paneles indicativos y signos de cualquier tipo. Son muchas las mañanas en las que la ciudad amanece con una apreciación en forma de trazo de rotulador de este Robin Hood léxico. Lo único que no le convierte en un grammar nazi, para ser justos con este corrector espontáneo, es que no parece alimentar su ego más que de manera privada, ya que jamás se ha dado a conocer y no ridiculiza a nadie, puesto que los textos que corrige en principio son anónimos.

Una de las características fundamentales del pedante es que sus correcciones a los demás surgen de un sentimiento de superioridad y una premisa radicalmente soberbia, sumergido en el pensamiento de «si yo no señalo este error, ¿cómo va la gente a aprender?». El ego del corrector actúa cuando corrige, porque la lógica que entra en funcionamiento es: «Si soy capaz de encontrar un error en alguien que escribe bien, eso significa que yo podría hacerlo aún mejor». Pues la premisa es falsa. Una ilusión. Encontrar errores, si se tiene la formación adecuada, es relativamente sencillo. Pero escribir bien, como sabe todo el que lo haya intentado de verdad, es condenadamente difícil. Pruritos culturales aparte, la situación es muy similar a la del espectador de un partido de fútbol que, ante el error de un jugador profesional, se convence de que él, el individuo que está hundido en el sofá, habría lanzado ese penalti mucho mejor.

Una de esas universidades americanas que parecen haber analizado todo en todas partes envió una serie de mensajes con errores tipográficos, ortográficos y/o gramaticales a un grupo variado de lectores, para estudiar sus reacciones a las faltas de los demás. Llegaron a la conclusión de que las personas introvertidas son menos condescendientes con los errores que las extrovertidas, que tendieron a pasar por alto los errores. También concluyeron que las mujeres apenas corrigen los deslices expresivos de los demás, algo que ya intuíamos: son menos propensas a enzarzarse en batallas de egos. Reconocieron cierto sentido de pertenencia al grupo por parte de los pedantes: los grammar nazis se aplauden entre ellos, alentándose a destrozar la presa. Cuando uno de ellos encuentra que el «escritor probablemente quería decir la misma arma en lugar de el mismo arma», el resto de la horda corre al teclado a reafirmar a su compañero y hacer sangre del hecho. Los editores casuales y no profesionales de Wikipedia han llegado a ser el ejemplo más notorio de esta tendencia. Alguno de ellos ha alcanzado cierta fama en el oficio altruista (no confundir con el editor profesional, que debe ser un águila de la corrección) de destripar los textos de otros. Así ha llegado a conocerse el nombre de Bryan Henderson, el más implacable de todos, quien afirma haber dedicado ocho años de su vida a investigar en Wikipedia el uso incorrecto de la expresión «comprised of». Alarmante.

La pregunta del millón en esto de la pedantería es si, cuando se reprenden públicamente errores en un texto, se está corrigiendo la frase o a la persona que lo ha escrito. Si han asistido a congresos, seminarios o conferencias, habrán comprobado que no resulta difícil toparse con un espécimen que, al final de las disertaciones, levanta la mano para hacer una pregunta en la que no busca ahondar en información alguna sino poner al conferenciante en un aprieto a partir de tal o cual afirmación. Estos preguntadores incómodos son especialmente odiosos cuando se ceban con investigadores jóvenes e inexpertos, que muchas veces llevan al congreso una primera comunicación cogida con alfileres que, por supuesto, tiene sus lagunas, pero que merecen la condescendencia del respeto a la juventud. Nada de eso ocurre: ahí está el pedante para intentar frenarles la vocación.  

Los foros abiertos de internet son las condiciones ideales para que estos fetichistas de las preposiciones proliferen y se diviertan. Artículos con comentarios: el hábitat ideal. Los comentarios en internet se habilitaron para mantener viva la célebre cita de apertura de la gran novela de Kennedy Toole (salida de la mente ácida de Jonathan Swift): «Cuando aparece un gran genio en el mundo se le puede reconocer por esta señal: todos los necios se conjuran contra él». Si no encuentra usted la elección de vocabulario de este autor suficientemente precisa, pues sencillamente no le lea. Pero cállese.

Si las revistas culturales con comentarios son el cielo de los pedantes, porque les ofrecen la materia óptima contra la que descargar sus golpes, en las redes sociales han encontrado su infierno. Plataformas como Facebook, Twitter y no digamos Whatsapp son una especie de armagedón para puristas de la lengua: un espacio en el que la gente escribe lo peor que sabe, sin acordarse de qué es esa práctica llamada puntuación y en la que se reproducen hasta el infinito errores ortográficos del tamaño de África. Una fábrica constante de la gilipollez expresiva contra la que resulta imposible luchar.

La cuestión de los pedantes públicos es aún más bochornosa cuando no se limitan a señalar las faltas de escritores de pequeño o mediano recorrido, sino que se atreven con los grandes. Por supuesto que se pueden encontrar errores en Cela, en Baroja, en Galdós o en Benet. Pero es ridículo señalarlo. Pedante. Francisco Umbral era una ametralladora de laísmos, dequeísmos y tics gramaticales de todo tipo. Pero también uno de los mejores escritores en español del siglo XX. Señalar el error en una preposición a Luis Landero es como afear a Van Gogh que una línea está torcida. Por supuesto que está torcida. Sublimemente torcida, igual que las frases del genio Umbral. Los buenos escritores pueden hacer lo que quieran con el lenguaje, igual que un pintor puede pintar como guste, y ahí está usted para comprar o no la obra, pero calladito.

Existe una subespecie entre los grammar nazis que daría para otro artículo: los especialistas en encontrar anacronismos e imprecisiones en las novelas históricas. La clase de persona que, cuando una novela histórica alcanza cierto éxito, la revisan de arriba abajo con la esperanza de ser el primero en señalar en el foro adecuado que no había naranjas en Cádiz en tal fecha, como el escritor afirma en su novela, o que en el medievo los cerdos no eran rosados sino negros, de manera que la descripción de la página 256 de tal libro no es fiel a la realidad histórica. A esos cazadores de microanacronismos en las novelas históricas les condeno a la pena de escribir en un tiempo inferior a dos años una novela histórica decente (no ya excelente, como algunas de las que critican). Si cumplen la condena, comprobarán que después del esfuerzo titánico que supone escribir un texto así se asume que los cerdos del vecino son del color que él diga. Los buenos escritores (y en novela histórica, en nuestro país, ahora mismo los hay muy buenos) necesitan reverencias y admiración por su trabajo, en lugar de precisiones rigoristas, porque conseguir novelas de ese interés y estilo en el apretado corsé de la historia no es trabajo fácil.  

Se me ocurren muchos, variados e imaginativos castigos para pedantes y grammar nazis, pero optaré por el más civilizado: condenarles a la obligación de escribir un artículo o novela de una calidad al menos aproximada a la última obra que se atrevieron a criticar desde su cómodo sillón de pedante sabelotodo. Este es mi consejo final a esa legión perversa de grammar nazis: hágase escritor o editor. Dedíquese a escribir de verdad, muchas horas a la semana. Entonces sí que se pasará el día entero corrigiendo textos y llegará a entender que hasta los ángeles se equivocan.


Lomonósov o el sueño de saberlo todo

Mijaíl Vasílievich Lomonósov. Imagen: Wikicommons.

Después de visitar la Plaza Roja, el Kremlin, las catedrales, la galería Tetriákov, Gorky Park y, si es bibliófilo, el estanque del Patriarca y la casa de Bulgákov, hay una ruta menos conocida que se revela como una opción muy interesante para el visitante ocasional de Moscú. Comienza en la estación de metro Vorobyovy Gory, al sudoeste de la ciudad. Antes de salir, una mirada a la derecha nos proporciona una preciosa vista del estadio Luzhniki, ya preparado para acoger el próximo Mundial, con el Moscova a sus pies. Tras aparecer en los pilares de un puente, unos escalones de madera nos permiten atravesar un bucólico bosquecillo, y acabar en la calle Kosigina, más bien un amplio bulevar. Ya solo aguarda un corto paseo hasta el mirador que da nombre a la estación, y que permite gozar, si el día es claro, de una maravillosa panorámica del centro de la ciudad.

Sin embargo, lo más brillante del paseo no se ve asomándose al mirador, sino paradójicamente dándole la espalda. En ese momento tendremos enfrente la fenomenal mole del edificio principal de la Universidad Estatal de Moscú, apoteosis de la arquitectura soviética y posiblemente la dependencia universitaria más impactante del mundo —la belleza o no ya queda al criterio de cada cual—. Diseñada por Lev Rúdnev en pleno estalinismo, posee más de treinta pisos en su torre central, habiendo llegar a ser en algún momento el edificio más alto del continente europeo. El viajero no puede evitar acercarse al coloso, y ya más cerca será capaz de leer la inscripción en la fachada principal que anuncia Moskóvskiy Gosudárstvenniy Universitét ímeni M.V. Lomonósova. El inevitable diccionario bilingüe le puede ayudar a traducir Gosudarstvenny (Estatal) e imeni (en honor de), pero no aparecerá Lomonosova porque es un nombre propio. El nombre del tipo que, entre otros miles de cosas, hizo posible que un día esa universidad existiese.

La Universidad Estatal, y al fondo el Luzhniki. Imagen: Wikicommons.

Probablemente Lomónosov no pensaba en fundar universidades cuando recogía pescado de niño con su padre, pero por lo que sabemos es muy posible que ya tuviera grandes ideas en la cabeza. Situémonos un poco. Nos encontramos en los primeros años del siglo XVIII en Mishaniskaia, una perdida ciudad norteña a la orilla del mar Blanco, cerca de Arkhangelsk. Gobierna ya Pedro el Grande desde el San Petersburgo que ha creado casi de la nada, tratando de pilotar la transformación de Rusia en un país moderno. A pesar de ello la movilidad social es muy reducida, y las esperanzas para un chico cualquiera de provincias de salir adelante y medrar sin padrino, sin sangre azul y sin dinero son prácticamente nulas.

Salvo que no nos encontramos ante un cualquiera. Casi desde que sale del nido, el joven Mijaíl Lomonósov manifiesta una curiosidad infinita, la brutal capacidad de aprendizaje que aprovecha dicha curiosidad, el carácter de un legionario y la ambición de un príncipe. Tiene suerte de aprender a leer muy pronto, de que un diácono le pasase abundantes libros desde joven —casi todos religiosos, pero también por ejemplo la Aritmética de Magnitsky— y de que su padre tuviera un trabajo que les obligaba a viajar con frecuencia, y que aguijoneó el interés del niño Mijaíl en temas como la navegación, la ingeniería, las ciencias marinas o la meteorología. Sin embargo, la adolescencia fue dura: comprendía a la perfección que su destino era heredar el pequeño negocio de su padre y un matrimonio de conveniencia en la zona, y que en consecuencia no había ninguna posibilidad de progreso intelectual ni personal en el camino natural que le ofrecía su vida. Además, su situación doméstica no era la mejor, ya que las peleas con su nueva madrastra llegaron a convertirse en el pan de cada día, y su padre se negaba en redondo a permitirle que abandonara el hogar. Era una situación sin salida, puesto que Mijaíl no tenía medio alguno para subsistir fuera de casa y los lugares que a él le interesaban se encontraban demasiado lejos.

Pero como ya hemos dicho, este muchacho no era como los demás. Un buen amanecer cualquiera, con diecinueve años, escapó de casa y se unió a un mercader de pescado que hacía la ruta hacia Moscú, a más de mil kilómetros de distancia de Mishaniskaia. La leyenda cuenta que Lomonósov cubrió la descomunal distancia a pie firme, pero más allá de posibles exageraciones lo que debe valorarse es que al joven Mijaíl no le asustasen ni las privaciones —no tenía un rublo— ni la incertidumbre ni la ausencia de contactos, para cubrir una distancia enorme y encontrarse de pronto en la gran metrópoli fiado solo a su ingenio y a su fuerza física, que por cierto era descomunal. Lomonósov era alto y de gran complexión, y corre la historia de que, ya rondando la cincuentena, fue capaz un día de desarmar con sus propias manos a tres ladrones que intentaban robarle en medio del bosque, e incluso quedarse con la vestimenta de uno de ellos a modo de escarmiento.

Lomonósov, on the road. Imagen: Wikicommons.

Recién llegado a Moscú, la prioridad de Mijaíl era conseguir una educación. De algún modo logró engañar a los frailes del monasterio de Spassky, donde solo se admitía a hijos de nobles, y consiguió que lo admitiesen como estudiante. Un periodo muy duro, donde recibió las burlas de compañeros mucho menores que él y sufrió un hambre por momentos atroz, pues casi solo se alimentaba de pan negro y kvass, una bebida ligeramente alcohólica base de cereales. Además, en algún momento recibió una visita nada amistosa de su padre, que lo conminó sin éxito a volver a Mishaniskaia.

Su objetivo principal, sin embargo, se había cumplido: el monasterio era la sede de de la academia eslava greco-latina, donde se distinguió rápidamente como un alumno de un nivel fuera de lo común. Tanto es así que cursó los ocho años de curso de la academia en poco más de la mitad de tiempo, incluyendo estudios de filosofía, geografía e historia que se añadían a las lenguas que eran la especialidad de la casa. Su valía académica también le sirvió para librarse por los pelos de la expulsión cuando, en un momento dado, se descubrió que su ascendencia era bastante más plebeya que patricia.

Tras unos meses de mala experiencia académica en Kiev, Lomonósov volvió a Moscú para concluir sus estudios, graduándose como el primero de su promoción a los veinticinco años. Sus méritos le sirvieron para ser enviado como becario al centro de educación más prestigioso de Rusia, la Academia Imperial de San Petersburgo. Había sido fundada por Pedro el Grande diez años antes, y los abundantes fondos de los que se la dotó atrajeron a algunos de los mejores cerebros de la época, como Euler o Daniel Bernoulli. Mijaíl aún no lo sabía, pero pasaría una gran parte de su vida entre los muros de su sede oficial, la Kunstkamera. Lo que no es fácil saber es quién fue más importante para quién, y de hecho mucho tiempo después, en una discusión con su colega/jefe Shuválov en la que éste le amenazó de expulsión, Lomonósov le apostrofó: «La Academia no puede echarme, como mucho puedo echarla yo de mí». Así rugía el león.

Pero aún no hemos llegado a este punto. Estamos en 1736, y Mijaíl acaba de llegar a San Petersburgo. Su primer contacto con la ciudad de Pedro es breve, porque tras un año escaso le llega la oportunidad de viajar al centro del continente, concretamente a las ciudades de Marburgo y Freiberg, en Alemania.

En el aspecto profesional, el viaje de Lomonósov debió ser para él algo así como las exploraciones de Marco Polo. Las ciudades mencionadas fueron escogidas sobre todo para que el joven estudiante adquiriese familiaridad con ciertos aspectos de la minería y las factorías químicas. De modo natural, y por influencia de su tutor alemán Christian Wolff, Mijaíl se interesó por la filosofía, muy particularmente por el empirismo. Pero es que además es sabido que estudió a fondo literatura alemana, francés y arte, matemáticas y metalurgia, devoró los libros de Robert Boyle y escribió poesía sin parar, redactando incluso un tratado sobre la métrica del verso. Un poder de asimilación casi sobrehumano.

La Kunstkamera, sede de la Academia. Imagen: Wikicommons.

Es muy probable que el lector esté pensando en este momento en Lomonósov como la típica rata de biblioteca, con sus correspondientes gafas gruesas y la nariz sin separarse del libro correspondiente. La realidad no puede estar más alejada de ello, ya que Mijaíl llevó en Alemania una versión extrema de lo que se conoce como la vida de estudiante. A la vez que se instruía en los saberes detallados más arriba, tomó clases de danza y esgrima, y utilizó convenientemente sus nuevas habilidades para seducir chicas y combatir a espada con otros jóvenes tan bandarras como él. Líder de la pandilla de internos rusos, sus juergas se volvieron legendarias, hasta el punto de que hay declaraciones de estudiantes alemanes agradeciendo al cielo su partida de Freiberg. También se le iba la mano con el alcohol —una constante en su vida—, y se cuenta que una noche unas húsares con ganas de fiesta lo emborracharon y lo alistaron en el ejército prusiano, y que lo pasó realmente mal para poder escapar del compromiso adquirido.

La mala vida de Lomonósov concluyó con un compromiso matrimonial. La elegida fue Catherine Zilch, la hija de la viuda que le alojaba en Marburg. Casados en 1740 y sin poder hacer público el matrimonio, Mijaíl vivió unos meses de zozobra por su incapacidad para mantener a su nueva familia con el magro sueldo que recibía como becario de la Academia. Así, tras haber dejado Freiberg y perseguido por toda Europa al embajador ruso en Alemania para conseguir financiación, Lomonósov consiguió un puesto de adjunto en la Academia, y retornó a su país natal en 1741. Había pasado cinco años en el extranjero.

La vuelta a Rusia de Lomonósov marca de alguna manera el fin de sus años de juventud, y el panorama que encuentra en la Academia a su regreso no es demasiado alentador. Muerto Pedro el Grande, los fondos que la sostenían han decrecido, con lo que varios de los mejores profesores han emigrado y ya no se encuentran allí —de hecho, Mijaíl tendrá problemas para cobrar su sueldo—; la educación de los jóvenes se ha descuidado; la institución la dirige de modo tiránico un alemán, Schumacher, que se ha rodeado de alemanes más por su nacionalidad que por sus méritos científicos, y hay un grupo de profesores claramente alineado contra él, lo cual enrarece el ambiente. No parece la situación ideal para que en ella germine el genio de nadie.

Lomonósov comprende al llegar que el statu quo en la Academia perjudica la finalidad de esta como generador y transmisor de conocimiento, y se ubica desde el principio en el partido opositor de Schumacher. No es Mijaíl un hombre que sepa callarse, y a pesar de que la situación de adjunto no es muy segura se ve envuelto en varias disputas con el director y sus partidarios. En una de ellas se llega a la violencia física, y Lomonósov ha de sufrir ocho meses de arresto y humillarse con una disculpa pública antes de poder retornar a su puesto. Más tarde dirá, como André Weil en su momento, que esos meses fueron los más productivos científicamente de toda su carrera. En particular, esos días consiguió establecer los fundamentos de su teoría de la física de corpúsculos, y resultaron especialmente fecundos desde el punto de vista poético: varios poemas enviados a la zarina Isabel tuvieron que ver en su pronta liberación. De vuelta al trabajo, su posición se fortaleció con su elección como académico al año siguiente, con una cátedra de Química.

A partir de este momento, por fin con un puesto fijo, la protección de la emperatriz y una respeto bien ganado en el establishment científico y político del Imperio, el talento de Lomonósov sencillamente explota. Y hay que decir, sin temor a exagerar, que hay pocos que hayan producido tantas aportaciones de importancia a la ciencia y la cultura, y sobre todo en una variedad de campos tan grande. Sin ánimo de ser exhaustivos ni mucho menos (el lector interesado puede consultar aquí para las contribuciones de tipo científico y aquí para las de tipo humanístico), se podría mencionar:

-En ciencias: aproximaciones a la ley de la conservación de la materia, predecir la existencia de atmósfera en Venus, prueba del origen orgánico del petróleo, un catálogo de tres mil minerales, teoría cinética de los gases, explicación de la formación de los icebergs, predicción de la teoría de la deriva continental y de la existencia de la Antártida, interpretación de la luz como una onda, desarrollo de un prototipo del helicóptero, estudios sobre la electricidad atmosférica (donde se jugó la vida y la perdió su colega Richmann), invención de nuevos modelos de periscopio y telescopio, propuesta de una nueva teoría mecánica del calor, etc.

Lomonósov y Richmann. Imagen: Wikicommons.

-En letras, su Gramática está considerada el punto de partida del idioma ruso moderno, que siempre amó y al que dedicó su famosa frase «El ruso posee la majestad del español, la vivacidad del francés, la fuerza del alemán y la ternura del italiano y, además, la riqueza, expresividad y concisión del griego y del latín». Además, en su época fue considerado poco menos que el poeta nacional: poseía un estilo elevado y formal, de corte clásico, y se le considera un precursor de la fonosemántica. Son famosas sus Odas, y dejó inacabado un gran poema épico sobre Pedro el Grande. Publicó igualmente la que quizá sea la primera historia de Rusia, y dejó abundantes escritos de tipo humanístico y filosófico, muchos de ellos censurados después de su muerte por mostrar ideas demasiado cercanas a los ideales igualitarios de la Ilustración.

Pero como ya hemos ido viendo, Lomonósov no fue solo un fenomenal científico y literato, sino un hombre de acción. Como miembro de la Academia, se involucró en el crecimiento de la institución, colaborando en devolverle parte del esplendor del que gozó en tiempos de Pedro; en particular consiguió financiación para que se construyera en ella un gran laboratorio químico, el primero de Rusia, en el que realizó miles de experimentos y que fue siempre su gran orgullo. Además, junto con su mecenas y amigo Shuválov, sacó adelante el grandioso proyecto de la Universidad Estatal, del que ya hemos hablado, y se encargó personalmente de diseñar los planos para su construcción.

Aunque nunca abandonó la vida sencilla y austera, Lomonósov acabó convertido en una de las grandes personalidades del Imperio, famoso y protegido de la emperatriz Isabel, que le distinguió con honores y dones. Sin embargo, con la muerte de esta y ascenso al poder de Catalina la Grande, su estrella declinó. A una relación complicada con la nueva zarina se añadió el deterioro de su salud —en parte debido al alcoholismo— y las deudas contraídas por una fábrica de vidrio en la cual nuestro hombre se había esforzado en devolver a Rusia el arte del mosaico. Sus últimos años fueron difíciles.

La madurez del genio. Imagen: Wikicommons.

Mijaíl Lomonósov murió el 15 de abril de 1765, a la edad de cincuenta y tres años, de una gripe degenerada en neumonía. Cuentan las crónicas que se enfrentó a la muerte con un estoicismo que raramente había mostrado en vida. Tras ella, Catalina II y sus sucesores homenajearon convenientemente su figura, pero ocultaron gran parte de su legado, a causa de que sus escritos contenían muchas opiniones controvertidas sobre la organización social y política de Rusia. Por ello, sus contribuciones tardaron demasiado tiempo en ser conocidas fuera los círculos de la élite rusa. Hoy es adorado como el héroe nacional que fue, y hay centenares de referencias a su figura. Aparte de la Universidad Estatal, de la que ya hemos hablado, llevan su nombre un cráter de Marte, una estación de metro de Moscú y, un detalle precioso por cuánto dice sobre la vida de un hombre, su ciudad natal, que pasó a llamarse Lomonósova.

No hay mejor manera de ser recordado.


Glosa al puntoycomismo

Imagen de Rebecca Wilson (CC).

Es el punto y coma un signo de puntuación épico, un héroe dentro del amplio abanico de signos de puntuación en castellano. Lo digo así, directo, para dejar claro el tono del discurso.

El punto y coma no es más que ese ente siempre desconocido, que hace de su desconocimiento un arte; ese ente siempre aislado, que hace de su aislamiento un orgullo; ese ente enigmático, como si se empeñara en mostrar solo la patita de la abuela bajo la puerta del cuento. Eso sí, su uso tiende a difuminarse entre la marea de letras que nos invade. No parece bastar para su supervivencia la elegancia de su grafía (;), que combina los dos rasgos genéticos de sus familiares más ilustres: por un lado, la robustez del punto; por otro, la ligereza de la coma. No importa, aun así va desapareciendo poco a poco con cada texto sin nadie que lo remedie. No obstante, su aura permanece ahí, en el corazón de nuestra gramática, esperando a que la subjetividad del escritor decida por él, ansioso por no ser el último de sus hermanos que salga escena. Siempre fue así, hay muchos tipos de pausas: la corta, a la que nos condena la coma; la media, obligada por el punto y seguido; la definitiva, simbolizada con el punto final… y luego está la pausa del punto y coma, que nadie sabe cuál es, pero que es la más refinada de todas ellas. Porque hay veces que la realidad nos pide una pausa sin saber muy bien para qué. Esas son las verdaderas pausas, las provechosas, las que no tienen principio ni fin. Delante de todas ellas, aunque muchas veces no lo sepamos, hay un punto y coma.

Luego está ese plural invariable (la coma, las comas; el punto, los puntos; el punto y coma, los punto y coma), como si una forma valiera por todas. Es como el plural de dios, que en el mundo moderno y occidental pierde sentido. El símil no es exagerado, los puntoycomistas vemos al signo como una especie de deidad a la que tenemos que rendir pleitesía. El propio texto le rinde pleitesía. De hecho, todas las palabras que siguen al punto y coma han de ser escritas con minúscula (excepto, como ocurre con todo en la lengua, en contados escenarios). Esta suerte de humillación narrativa es lo menos que podríamos esperar de una figura tan importante para el castellano como es esta. Su difícil supervivencia responde a un motivo principal: corren malos tiempos para la subjetividad. Es este un mundo marcado por las reglas y, lo que es peor, por la complicidad del habitante del siglo XXI para adaptarse a ellas. El hecho de que el punto y coma ofrezca una cierta libertad es, en opinión de estos párrafos, una licencia que el castellanohablante no está dispuesto a permitirse.

Eso sí, la dignidad de un punto y coma nunca puede ponerse en duda. Por ejemplo, la Real Academia adapta la mayoría de usos de nuestro signo a la utilización de otros signos. Alrededor de este asunto, el puntoycomista siempre encuentra la mirada alta de este signo cuando se enfrenta al Diccionario panhispánico de dudas. Por ejemplo, de su utilización más extendida, la RAE dice: «Separa los elementos de una enumeración cuando se trata de expresiones complejas que incluyen comas». ¿Acaso no queda claro que ceñirnos siempre a la prevalencia de la coma es insuficiente? Un verdadero puntoycomista sabe que hay complejidades (utilizando el mismo término que la RAE) que no caben en una pausa de una coma, como se sugería al principio del texto. Es decir, las reflexiones que más exigen a las meninges salen siempre de un punto y coma, ya lo deja claro el DPD

El segundo uso que del punto y coma recoge la Docta Casa es, sin duda, mi favorito. Lo enuncian así: «Se utiliza para separar oraciones sintácticamente independientes entre las que existe una estrecha relación semántica». La relación semántica. Nunca imaginé que a los puntoycomistas nos pusieran en bandeja la razón de nuestras sinrazones. Solo nosotros somos capaces de encontrar la relación semántica que merece un punto y coma. ¿Y qué relación es?, preguntará el lector. ¿Acaso importa? Lo realmente valioso es el fruto de esa relación. La Academia lo sigue definiendo bien: «La elección de uno u otro signo depende de la vinculación semántica que quien escribe considera que existe entre los enunciados. Si el vínculo se estima débil, se prefiere usar el punto y seguido; si se juzga más sólido, es conveniente optar por el punto y coma». Da en el clavo. Ese vínculo sólido es el que mantiene todavía vivo este texto. 

El tercer uso que recoge el diccionario es, quizás, el minoritario entre todos ellos. Se debe colocar el punto y coma delante de ciertas conjunciones (mas, pero, sin embargo; todo adversidad) siempre que las oraciones a las que da paso la conjunción tenga «cierta» longitud. La Academia utiliza ese adjetivo, «cierta», de nuevo colocando sobre las espaldas del hablante el peso de una decisión tan importante como es imponerle una pausa a nuestra vida. Como si no tuviéramos bastante con decidir la velocidad punta, la aceleración, el rock and roll; ahora también tendremos que hacer hincapié en el freno, en la duda, en el silencio. Dado que se trata de conjunciones en su mayoría adversativas, todo puntoycomista sabe que la mejor manera de contradecir algo o a alguien (en este caso, una idea) es colocando un punto y coma sobre su dignidad textual. Es, al fin y al cabo, el sino de todo «símbolo»: «simbolizar» algo en nuestro imaginario. El último apéndice académico referido al uso del punto y coma es un tanto desconcertante. Reza algo así: «Detrás de cada uno de los elementos de una lista cuando se escriben en líneas independientes y se inician con minúscula». Como no tengo ni idea de a qué se refiere, solo puedo decir que pondré punto y coma como está mandado cuando de saltar líneas se trate; de hecho, la mayoría de lenguajes de programación finiquitan sus sentencias con este signo. Alguien debió de verlo claro.

La vida se decide entre silencios. Es tan simple como eso. Mañana, en el fragor de un texto, la quietud de un punto y coma nos hará grandes. Los días son demasiado largos, los textos demasiado rápidos; pero todo puntoycomista sabe que en el espacio que cabe en un punto y coma (ya saben, menor que un punto, mayor que una coma) se esconde la esencia de cualquier épica.

Que se lo digan, si no, a las trece veces que, a través de estos renglones, se dejó ver.


La encrucijada lingüística

Fotografía: StockSnap (DP)

El lenguaje se bifurca en numerosos caminos, se enreda por páginas de diccionarios, navega por una sintaxis infinita o disfruta con procesos morfológicos inimaginables. Eso, tan simple, uno lo empieza a comprender más tarde. En mi caso, ocurrió el primer día de instituto. En algún barrio de la periferia, muy lejos de los días azules de antaño. El colegio, atrás ya, se mantenía intacto en mi memoria, no lo niego. Con esos muros que nadie quiso saltar y esos jerséis de cuello picudo. Sin embargo, el edificio que ahora ocupábamos invitaba a la fuga y desabrochaba las camisas, cochambroso, como en un régimen penitenciario de primer orden. Qué tiene que ver esta extraña introducción con un texto lingüístico, habrá de preguntarse el lector. Nada, contestaría el autor, si no fuera porque la primera asignatura que cursó dentro de aquella cárcel grisácea fue de Lengua.

En la escuela habíamos asistido a las clases de Literatura de la mano de Teodosia, profesora burgalesa de verbo áspero y seguro, con una preceptiva férrea que aún hoy recordamos. Era el camino oficialista. Sin embargo, aquella mañana de octubre apareció por el aula una mujer joven (al menos, con los parámetros que maneja hoy mi memoria). Marisa, así dijo llamarse, vestía con unas medias negras y unos zapatos que todavía hoy me parecen de cristal. No diré que su verbo fuera menos ajustado que el de Teodosia, quizás todo lo contrario. Digamos que lucía un desparpajo lingüístico que no se averiguaba en las arrugas del rostro siempre serio de Teo.

Entonces aprendimos que no se habla una lengua sino un código marcado por una situación, por un lugar, por un instante. Que hay tantas y tantas formas de corrección. Por eso, decíamos, el lenguaje se bifurca en numerosos caminos, se enreda por páginas de diccionarios, navega por una sintaxis infinita o disfruta con procesos morfológicos inimaginables. Han pasado los años y las puertas lingüísticas siguen abriéndose tanto como cerrándose las de mi memoria. Por eso, y en honor a ellas, me he propuesto enumerar casos ambiguos, de los que saldremos por donde decida nuestra intuición. Opciones lingüísticas que pueden resolverse por varios caminos. Me pregunto cuál hubieran tomado ellas.

Comillas españolas / comillas inglesas

«Comillas españolas» o “comillas inglesas”. En este apartado, la marea parece imparable. El escritor puede decantarse por unas o por otras a la hora de enmarcar un texto o de reproducir una cita. Pero lo cierto es que la jerarquía de las comillas inglesas dentro de los teclados informáticos parece condenar al ostracismo a las siempre dignas comillas latinas, que se pierden entre caracteres ASCII y textos de otro tiempo.

Leísmo / Loísmo

Según la RAE, la marea de hablantes cultos de «ciertas zonas de España» que prefieren utilizar la forma «le» cuando el referente es un hombre ha conseguido que, solo para el masculino singular, el uso de «le» en función de complemento directo sea aceptado. Por tanto, es tan válido «ayer le vi» como «ayer lo vi».

Participio regular / Participio irregular

Hay tres verbos que en la actualidad pueden utilizar tanto el participio regular como el irregular. Así, has freído las patatas tanto como has frito, has imprimido tantas páginas como has impreso y te has proveído de tantos plátanos como te has provisto.

Ir por / ir a por

Otro camino que la RAE tiene la elegancia de dejarnos elegir. Detrás de un verbo de movimiento (ir, venir, salir), el hablante podrá inclinarse por omitir o incluir la preposición «a» siempre con el sentido de «en busca de» («ir a por pan», «ir por pan»). 

Saludo español / saludo inglés 

Esto parece Trafalgar, y es que el dominio del idioma inglés comienza a notarse en distintas fórmulas del lenguaje. Esta, en concreto, tiene que ver con el encabezamiento en cartas y correos. 

La fórmula española consta de dos puntos y mayúscula.

Querido Juan:

Te escribo esta carta…

Mientras, la inglesa elige la coma:

Querido Juan,

Te escribo esta carta...

*Nota: la fórmula inglesa aún no ha sido aceptada por la Academia, pero domina el escenario práctico.

De 2000 / Del 2000

Otra disyuntiva lingüística. En caso de que alguien prefiera referirse a este milenio que nos ocupa, podrá referirse al año con o sin artículo delante. Así, este texto está escrito tanto en el marzo del 2017 como en marzo de 2017.

Septiembre / setiembre 

Ambas formas están aceptadas por la RAE. Gracias a o por culpa de la relajación progresiva que la p cuando esta forma parte del grupo consonántico [pt]. Este grupo, heredado del latín (ejemplo: aptare > «atar»), tiende a morir de la mano de términos como «séptimo» o «corrupto».

Octubre / otubre

Mismo caso que el anterior pero con el grupo consonántico [kt]. Esta relajación también se refleja en evoluciones como pictor > «pintor».

Masculino / femenino

Hay sustantivos que pueden ser utilizados tanto en masculino como en femenino sin cambiar por ello su grafía. Es el caso de la maratón y el maratón, la azúcar y el azúcar, el mar y la mar.

Alrededor / al rededor 

Según la RAE, tanto el adverbio como la locución son correctas. Todo viene del sustantivo rededor (contorno o redor). Eso sí, la Academia etiqueta la locución como «poco usada».

Enseguida / En seguida

«Inmediatamente después en el tiempo o en el espacio». Para referirnos a este significado, la RAE nos sugiere dos grafías: en seguida y enseguida. No obstante, también nos indica que la preferencia ha de ser la escritura en una sola palabra.

Extranjerismo adaptado / extranjerismo no adaptado

Hay quien se toma un güisqui en lugar de un whisky, como hay quien vive en un chalet antes que en un chalé. La adaptación de extranjerismos es un proceso tedioso y largo, cuya aceptación depende exclusivamente de la voluntad del hablante.

Quixote / Quijote

Hasta los albores del XIX, el sonido de j o g antes de e o i podía representarse con x. Las formas que han sobrevivido al holocausto, sobre todo en nombres propios (Texas, México), se consideran hoy más adecuadas bajo el paraguas del arcaísmo.

La Argentina / Argentina

El Perú, los Estados Unidos, la Argentina… Algunos países permiten que su nombre propio sea acompañado por un artículo. Será decisión del hablante utilizarlo o no. Eso sí, no dependerá de su voluntad colocárselo a los que no lo aceptan (España, Portugal) ni a los que lo llevan indivisiblemente consigo (La Habana, Las Vegas).

Post / pos

Ahora que la posverdad está tan de moda, es de justicia recordar que será el hablante el encargado de decidir si el prefijo mantiene la «-t» final o no. Se considera hoy más adecuado suprimirla, excepto si el núcleo empieza por «s» (postsociedad).

Quizás / quizá 

Este adverbio solo recogía en un principio la forma que prescinde de la «-s», aunque por analogía con otros adverbios se decidió añadir al final la consonante, que hoy es igualmente válida y, como en todos los casos anteriormente descritos, será el hablante el que decida la adecuación de cada forma.


Leístas, laístas y loístas: cómo conocerles y entenderles

Foto: Yolanda Gándara.

Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si ya los hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre de la vida. (Miguel de Cervantes)

La cita que encabeza este artículo se puede encontrar en el capítulo XXXVIII de la segunda parte del Quijote, si se consulta una edición que no haya sufrido una corrección de acuerdo con las normas actuales. Cervantes, como otros autores tanto clásicos como modernos, padecía de leísmo y laísmo, además de otros males de los que atormentan a los puristas.

Luce ahí como amuleto, para ahuyentar almas mortificadas que llegaran aquí con intención de acusar de homicidas de nuestra lengua a los que se desvían del camino y para dejar patente que «si Cervantes levantara la cabeza» lo que más le sorprendería es que haya tanta gente cultivada. Y tanta gente, en general.

El conflicto de los pronombres personales está provocado por la tendencia a sustituir el sistema etimológico (basado en el de casos del latín) por uno que privilegia la distinción, por una parte, de persona de cosa y, por otra, de género gramatical. Una singularidad respecto a otras lenguas romances que, sin embargo, está en armonía con la emancipación general del castellano del sistema de casos del latín.

En un ejemplo de leísmo muy extendido en la península: «lo quiero» es entendido por un gran número de hablantes como referido a cosa, mientras «le quiero» les resulta más propio para persona. Esta necesidad del castellano de diferenciar gramaticalmente las categorías de animado e inanimado se percibe también en el uso de a delante de complemento directo, que ya tratamos alegremente aquí. Algunas teorías incluyen un tercer par de opuestos en el engranaje: diferenciación entre referente continuo (no contable) frente a discontinuo (contable) que explica mejor el sistema.

Hay evidencias de leísmo, laísmo y loísmo en nuestra lengua desde época muy temprana. Las teorías más difundidas sitúan el nacimiento del leísmo en la época de Mio Cid o al menos hay «ejemplos reveladores de un nuevo criterio, que menoscaba la distinción casual para reforzar la genérica» según Rafael Lapesa en Historia de lengua española, obra muy recomendable y amena. El laísmo es algo posterior al leísmo y menos extenso, aunque llega a ser predominante en algunos autores del Siglo de Oro. Por su parte, el loísmo ha sido siempre un fenómeno más excepcional, aunque también temprano. En cuanto a los culpables, de sobra es conocido que Castilla fue el origen de todos los males y que Andalucía se libró del contagio a pesar de la Reconquista, de tal modo que sirvió de cortafuegos para el español de América.

Son incontables los estudios gramaticales que han intentado hallar las causas que pudieron desencadenar estos tres fenómenos, ligados entre sí, y de sistematizar el complejísimo entramado de variedades, excepciones y contradicciones que presentan, propósitos siempre ambiciosos para algo tan caprichoso y tan proclive al guirigay como es el lenguaje.

Lingüista intentando descifrar si ese leísmo que detecta es de cortesía o con ganas de guerra. Imagen: Paramount.

Las gramáticas tradicionales tenían como objetivo principal el estudio, como modelo de imitación, de los textos literarios, que reflejan un segmento de la lengua poco representativo, y sin tener en cuenta las variedades dialectales, de modo que consideraban un sistema como válido y el otro una desviación del uso culto. Así, los defensores de un sistema (el de Castilla, llamado referencial) y otro (el del combinado «resto del mundo», llamado etimológico) mantuvieron una encarnizada lucha por el predominio de uno de ellos. Ya sabemos quiénes ganaron, pero hubo un tiempo en el que los divergentes tuvieron el marcador a su favor. Lapesa relata así las primeras ofensivas normativas de la RAE: «En el siglo XVIII la pujanza del leísmo fue tal que en 1796 la Academia declaró que el uso de le era el único correcto para el acusativo masculino; después rectificó haciendo sucesivas concesiones a la legitimidad de lo, hasta recomendarlo como preferible».

Los episodios más beligerantes de las guerras del leísmo, el laísmo y el loísmo son narrados por Rufino José Cuervo (1), quien hace inventario de todo lo aportado al tema —desde Nebrija hasta que alcanzó su conocimiento— con un tono resabiado muy de agradecer, porque sin duda tendría menos interés atender ahora a don Rufino José si hubiera sido aséptico en lugar de aportar sus sensaciones, sospechas y comentarios al relato.

Así, de Gonzalo Correas (autor de la audaz obra Ortografia Kastellana nueva i perfeta) dice, a propósito de sus argumentos a favor del sistema de Castilla que «levantan la sospecha de haberse dejado llevar el gramático del espíritu de provincialismo que, más que en ninguna otra parte, dominaba en Salamanca, donde él era catedrático. Por ese tiempo vivían en constante rivalidad, y aun en guerra abierta, los estudiantes del Reino, ó sea los castellanos, con los de naciones, como eran apellidados, cual si fuesen extranjeros, los andaluces, extremeños, vizcaínos y demás de las provincias».

Con el mismo recelo cuenta las ofensivas del bando contrario: «No faltó uno de naciones que asentase con igual certeza la doctrina opuesta: el P. Juan de Villar, jesuita, nacido en Arjonilla […] escribió muy de propósito, como teniendo entre ceja y ceja a Correas, que había algunas equivocaciones en el uso de los casos de los pronombres; que le y les habían sido siempre dativos para los españoles […] Y concluye con decir que no sabe con qué fundamento se apartan del buen uso algunos modernos».

Igual de inspirado retransmite otros muchos episodios de la competición pronominal, incluidos los avances de la Real Academia Española, que, como ya nos había dicho Lapesa, al principio iba con los modernos. Así fue al menos durante las tres primeras ediciones de la gramática académica. No fue hasta la cuarta, de 1796, cuando condenó el laísmo y el loísmo, aunque se mantenía en el uso de le para acusativo. En 1854 se produjo el cambio respecto al acusativo, que paso a ser lo, a propuesta de Vicente Salvá. En Esbozo de una nueva gramática de la lengua española —obra de 1973 cuyo prólogo avisa con mayúscula sostenida de que carece de toda validez normativa por ser un proyecto de la nueva edición de la gramática— la Academia dice que «ninguna acción lingüística parece más conveniente, en beneficio del orden y la claridad, que dar paso, en lo posible, a las formas etimológicas» apoyando esta afirmación en el hecho de que la lengua literaria evita el dativo femenino en la, las (en un giro inesperado de los acontecimientos, después de dos siglos de represión) y la sospecha de que su mucho uso en el Siglo de Oro se produjera «como reproducción acaso de la lengua coloquial» (aunque se da en todo tipo de textos, no solo dramáticos). En el mismo párrafo considera otros «desajustes más inofensivos» por «plebeyos» (loísmo) o muy minoritarios (leísmos de contacto como el vasco).

En el momento actual, en el que la Nueva gramática es mucho menos rancia en sus planteamientos y exposiciones que el Esbozo, la norma se ha adaptado a un sistema llamado en ocasiones «de compromiso» (desde luego mucho más comprometido con el sistema etimológico que con el referencial) en el que se tolera algún tipo de leísmo, concretamente el más extendido en la zona etimológica. Nocaut.

En definitiva, la norma hizo que el uso se limitara a lo coloquial y actualmente la norma lo desaconseja porque su uso es limitado y no es propio de la lengua culta.

Una vez relatadas someramente las fluctuaciones normativas y antes de abordar el estado de la cosa, conviene señalar que, independientemente de su aceptación o no en un determinado momento, el leísmo es el uso de le(s) en función de complemento directo y que este se puede dar en alguna de sus formas, aceptadas por la norma o no, tanto en la zona cero del leísmo como en la zona de predominio etimológico. El hecho de que algún tipo de leísmo sea considerado correcto o menos grave se debe precisamente a su difusión, pero apartarlo del sistema disidente enmascara su naturaleza. Esta observación está inspirada en una visión popular de la cuestión muy polarizada (nada sorprendente, vista la tradición erudita) basada el la dicotomía erróneo-correcto.

Para conocer el estado actual de la variación dialectal de los pronombres, con mayor profundidad que los breves apuntes que vamos a ver, es recomendable consultar los trabajos de Inés Fernández Ordóñez, académica de la RAE, que investiga estos fenómenos desde una perspectiva sociolingüística —enfoque también emprendido por la lingüista F. Klein-Andreu— mediante el análisis de datos del lenguaje tanto escrito como hablado, de todos los niveles socioculturales, teniendo en cuenta aspectos extralingüísticos antes no considerados.

El análisis de los datos orales permite diferenciar las áreas en las que se da cada confusión y revelar la existencia de sistemas pronominales peninsulares diferentes al del español general, que son fundamentalmente tres: el vasco, el cántabro y el castellano referencial (2). Asimismo, permite descifrar algunas incoherencias que se venían explicando por la tendencia a diferenciar referentes personales de no personales, que no aclara porque se da más en masculino, y género, que tampoco ofrece respuesta a todas ellas.

El romance de la variedad vasca extiende los pronombres del dativo le, les (que no distinguen género) a los objetos directos animados (tanto femeninos como masculinos). Se explica por el contacto con el euskera, en un proceso similar al que se produce en el español de América en contacto con el guaraní o el quechua, lenguas con sistemas pronominales distintos y que tienen en común la carencia de flexión de género. El leísmo vasco no obedece a las mismas reglas que las distintas soluciones referenciales ni a las del leísmo de las zonas etimológicas del resto de la Península. Además de leísmo (con referente animado) presenta duplicación de dativos y elipsis de acusativos (ejemplificada por Miguel de Unamuno: «Si por ahí habláis de un libro, os contestarán: “Ya lo he leído”. Aquí con un “ya he leído” despachamos»).

Algunas teorías apuntan al leísmo del romance en el ámbito vasco, el más antiguo de todos, como origen de la extensión de le, aunque este hecho no explicaría por sí solo el sistema referencial, del que difiere sustancialmente, y tuvieron que intervenir otros factores y condiciones internas para favorecer la permeabilidad.

El cántabro prioriza la elección del pronombre según sea su antecedente continuo (no contable) o discontinuo (contable), distinción que tiene su origen en la influencia del asturleonés. En Cantabria y Castilla occidental el leísmo es para objetos directos solo masculinos y contables, tanto si son personales como no: «El  libro le tengo, le veo (al niño)». No se da con no contables. Esto explica que el leísmo se generalizara con los referentes personales (siempre contables) pero no con los no personales, que pueden ser contables (en ese caso se elige le) o no contables (lo).

El sistema castellano es la evolución del cántabro eliminando totalmente la categoría de caso. Constituye un sistema dialectal paralelo, que se basa en las propiedades del referente atendiendo en primer lugar a la categoría de continuo o discontinuo y, si es discontinuo, al género y al número. Si bien no es unitario y presenta variantes internas y zonas de transición, el sistema referencial castellano se manifiesta con regularidad en la lengua hablada informal, mientras su presencia (salvo la del leísmo personal y masculino) se ve drásticamente reducida en contextos formales, tanto escritos como hablados. Es posible que muchos hablantes del área referencial ni siquiera se reconozcan en este sistema debido al reajuste al estándar. Para obtener registros amplios se recurre a los habitantes de zonas rurales y del estrato sociocultural más bajo, que conservan mayor fijación del sistema ideal de su zona. Se pueden consultar muestras de todos los paradigmas aquí.

Así pues, tenemos un sistema dialectal cuyo origen está en las raíces de la lengua, coherente con la eliminación de los antiguos casos latinos del castellano, persistente a pesar de la poca o nula tolerancia de la lengua estándar con la variación gramatical —y a pesar de conocer sus hablantes este estándar y renunciar a la variación en la lengua formal—, que ha evolucionado con un alto grado de fragmentación y que, aún hoy, no es estable a pesar de las intervenciones de la Academia. La condena del laísmo y loísmo ha conseguido en gran medida erradicar ambos fenómenos de la lengua escrita, pero no de la oral, lo que podría indicar que los hablantes no somos tan dueños de nuestra lengua como se suele decir, al menos sobre el papel, y que el prestigio del estándar normativo conduce a renunciar a rasgos dialectales. Sin embargo, la vertiente leísta —que goza de mayor prestigio y empuja a la ultracorrección ante la duda—­­ sigue extendiéndose.

Tal vez el laísmo desaparezca también de la lengua oral —dicho esto sin aflicción alguna por parte de la que escribe— dejando cojo el sistema referencial sin que lleguemos a saber qué argumento interno motiva que una zona tan precisa del ámbito hispanohablante necesite distinguir entre hombres y mujeres, aunque siempre nos quedará el testimonio escrito de quien refleja en sus obras el habla coloquial:

No sé qué decirla, señora. Una servidora solo sabe cosas sueltas. El señor inglés, cuando ha bebido de más o está cachondo, con perdón de la palabra, siempre habla de un cuadro. Si hay relación o no la hay, servidora no lo sabe, pero se lo comento por si a la señora la sirve de referéndum. (Riña de gatos, Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2016)

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Notas:

1. «Los casos enclíticos y proclíticos del pronombre de tercera persona en castellano», Romania.

2. Fernández-Ordóñez, Inés (2011): «Nuevos horizontes en el estudio de la variación gramatical del español: el Corpus Oral y Sonoro del Español Rural».


¡Feliz cumpleaños, Noam Chomsky!

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Foto: Cordon.

El día 7 de diciembre, Noam Chomsky cumple años. Nacido en Filadelfia en 1928, este octogenario es uno de los pensadores contemporáneos más reconocidos del siglo XX y lo que llevamos del XXI. La política y la lingüística son su fuerte. Corría el año 1957 cuando publicó su primer libro(1), un compendio de clases que había preparado para sus estudiantes del MIT. Tiempo después, Chomsky recordaría que, en aquella época, la editorial Mouton sacaba montones de cosas inútiles y así fue como se colaron sus clases en una publicación europea. Dos años más tarde, en 1959, publicó un artículo(2) en el que criticaba un libro, el de Burrhus F. Skinner(3), cuya teoría, el conductismo, dominaba por aquel entonces la psicología y tenía repercusiones significativas en la lingüística y los estudios sobre adquisición de lenguas. Según esta línea de pensamiento, toda conducta era el fruto de asociaciones repetidas entre estímulos y respuestas, incluido el lenguaje. A esto, Chomsky respondió que la capacidad para comprender y producir lenguaje no se podía explicar en términos solo empíricos, por inducción. Cuando aprendemos un lenguaje somos capaces de generar todo tipo de expresiones que antes no hemos oído, por tanto, nuestro conocimiento es más profundo.

Con la publicación de estos trabajos, Chomsky empezó a cambiar la lingüística. Se cuestionó el conductismo, y la idea de la gramática universal y generativa se puso de moda. Se plantearon preguntas como: ¿qué aspectos del lenguaje se pueden manifestar sin ayuda de la experiencia? ¿Aprendemos el lenguaje al imitar a los padres, o tenemos un instinto? Chomsky parte de la observación de que el lenguaje es infinito —no hay límite en el número de oraciones que podemos producir y comprender. Sin embargo, los elementos que configuran el input que recibe el niño que aprende la lengua sí son finitos. La cuestión es cómo el niño es capaz de comprender y producir un número infinito de expresiones lingüísticas utilizando un número finito de elementos.

La idea no es del todo nueva. Un grupo de académicos de la Edad Media, los Modistae, y más tarde, durante el Renacimiento, los de la escuela francesa Port Royal, creían que todas las lenguas se basaban en una gramática universal que reflejaba la estructura de la mente de dios. Chomsky, que de muy joven había leído los textos de estas dos escuelas, desarrolló su oposición al conductismo en esa línea. Él mismo traza la filiación de sus ideas al siglo XVII e identifica su punto de vista con el de los grandes filósofos racionalistas, sobre todo Descartes, y lo contrasta con el de los pensadores británicos de la corriente del empirismo que mantenían que la mente es una tabula rasa y que todo el conocimiento deriva de la experiencia. Para Chomsky, la mente es un sistema bello, cuya construcción es visible en el lenguaje. El que resuelve el enigma del lenguaje se lleva el primer premio: el conocimiento sobre la estructura del pensamiento.

Así formuló Chomsky la idea de que la capacidad de controlar las estructuras gramaticales es innata, genéticamente determinada. La gramática es generativa en el sentido de que se genera, se crea. La pregunta que se debe hacer el lingüista es: ¿Cómo hacer una descripción finita de algo infinito? Debemos pensar en la gramática como si fuera un dispositivo que junta trozos de oraciones siguiendo unas reglas precisas, de manera que se generan oraciones correctas. Si hay unas reglas que se pueden aplicar a su mismo resultado, es decir, recursivas, entonces es posible que las gramáticas finitas generen lenguajes infinitos. No solo hay que describir el conocimiento sobre el lenguaje sino la competencia lingüística, de ahí que una gramática generativa deba constituirse en una descripción de conocimiento y competencia. Por tanto, la gramática universal se define como el conjunto de principios y parámetros que constituyen las lenguas y que son el resultado de nuestra capacidad y competencia innata.

Los intelectuales están en posición de exponer las mentiras de los gobiernos, de analizar las acciones en función de sus causas, motivos y a menudo intenciones ocultas. (Noam Chomsky)

Del mismo modo que las ideas de Chomsky revolucionaron la lingüística en los años sesenta, sus ideas políticas también han suscitado un enorme interés. La política le preocupó desde niño. Con solo diez años publicó su primera pieza en el periódico de su escuela: un editorial sobre la caída de Barcelona durante la guerra civil española. Cuando en su primer año de universidad se topó con Zellig Harris, profesor de lingüística con ideología de izquierda sionista —opuesto a la idea de un Estado judío en Palestina— el interés de Chomsky por la política y la lingüística aumentó. Más tarde leyó la crónica de George Orwell sobre la guerra civil española, Homenaje a Cataluña, que le sirvió para confirmar ideas que ya tenía sobre el tema, y desde entonces se ha referido a la Barcelona anarco-sindicalista de Orwell como ejemplo de orden libertario y mejor modo de gobierno. Posiblemente por eso, y por haber nacido en el seno de una familia judía, pensó seriamente en trasladarse a vivir a un kibutz de Israel. El sistema de kibutz —comunas agrícolas de ideología socialista sionista— era una de las pocas sociedades donde los principios anarquistas se habían puesto en práctica. Chomsky y su mujer, Carol, lo probaron. La conclusión fue que en el kibutz había una ideología racista y opresora. Volvieron.

Aun así, sus ideas políticas no han cambiado significativamente. En los sesenta, cuando decidió formar parte del movimiento antibelicista, aún no era el fenómeno de masas en que se ha transformado. Hablaba contra la guerra, lo arrestaron varias veces y lo incluyeron en la lista de enemigos oficiales de Nixon. Entonces se convirtió en un héroe para los que como él, se oponían a la guerra de Vietnam. También criticó con dureza las políticas de los Estados Unidos en América Latina, ganándose la simpatía de los liberales de izquierda. Pero muchos, en el siglo XXI, han comenzado a ver la política exterior americana como algo más complicado, y piensan que las ideas de Chomsky son demasiado rígidas y simples, cosas del pasado. Sin embargo, según crece la distancia entre su pensamiento y las ideas más convencionales, más relevante es su papel en el debate político.

Chomsky puede ser brutal en sus argumentos, pero excepto por las palabras en sí mismas, no hay apenas agresividad en sus formas. Solo en los gestos de las manos. La expresión de su rostro no cambia. Nunca levanta la voz. De hecho, su voz es tan suave que si no usa micrófono, es difícil escucharlo. Sus ojos se hunden profundamente en su cara, y son tan pequeños que casi están cerrados, el derecho más que el izquierdo. El 5 de noviembre estuvo en Barcelona y dio una conferencia sobre la crisis de la inmigración. En principio, la conferencia se iba a realizar en el campus de la Ciutadella de la Universitat Pompeu Fabra, que tiene un aforo pequeño. Pero había tanta demanda que los organizadores tuvieron que cambiar la ubicación al Palau de Congressos, mucho más grande. Poco después del cambio, las entradas ya se habían agotado. Ni Bruce Springsteen. En ese momento, Trump todavía no había ganado las elecciones. Su opinión era que, incluso si no ganaba, sería muy peligroso, y en caso de ganar, llevaría al mundo al desastre. Ahora, Chomsky confiesa que la ciudad de Barcelona tiene una resonancia especial para él. El pasado 8 de noviembre le hizo recordar ese primer artículo que escribió de niño sobre Barcelona, en el que se hacía eco de la propagación inexorable del fascismo.    

La ciencia es un poco como el chiste del borracho que busca debajo de una farola las llaves que ha perdido al otro lado de la calle, porque es donde está la luz. No tiene otra opción. (Noam Chomsky)

Parece que a los académicos les cuesta mucho cambiar de opinión; muchos adoptan una posición determinada al principio de su carrera y pasan el resto de su vida defendiéndose. Chomsky, por el contrario, nunca ha dejado de criticar sus propias teorías con el mismo vigor con el que ha criticado las de otros. De hecho, se ha pasado las últimas décadas explicando en qué se ha equivocado. Es el caso, por ejemplo, de una de las ideas con más repercusión en otros campos: la que sostiene que en el lenguaje hay una estructura profunda y una estructura superficial. La estructura profunda sería la forma subyacente abstracta —el significado de una oración— y la estructura superficial, lo que escribimos o hablamos. Aunque la idea es simple, es difícil hacer funcionar la distinción entre estructura profunda y estructura superficial en la complejidad de diferentes idiomas. En su lugar, Chomsky ha intentado desarrollar una teoría más simple, el Programa Minimista. También parece abrir una puerta a una idea que ha criticado durante mucho tiempo: la idea de que la facultad del lenguaje podría implicar partes del cerebro no especializadas en el lenguaje.

Muchos han atacado las teorías de Chomsky. Cada ataque parece que va a ser el definitivo y que por fin habrá otro referente en el mundo de la lingüística. A este respecto, aclara Steven Pinker en un artículo publicado recientemente en Scientific American, nunca ha habido consenso. Si parece que Chomsky representa la opinión dominante en lingüística es porque sus críticos abarcan muchos enfoques y facciones, por lo que no hay una sola figura o corriente alternativa. A pesar de las críticas, la idea fundamental de Chomsky, que el lenguaje es innato, perdurará, en opinión de Pinker. Aunque las ideas de Chomsky no siempre han sido satisfactorias para él o para los demás, ningún lingüista ha sido más influyente. Chomsky no siempre tiene la respuesta correcta, pero sí ha sabido formular la pregunta clave.

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(1) Chomsky, N. 1957. Syntactic structures. The Hague: Mouton

(2) Chomsky, N. 1959. Review of Verbal Behavior. Language, 35: 26-58. 

(3) Skinner, B. F. 1957. Verbal Behavior. New York: Appleton-Century-Crofts.