El fuego fatuo 

Una imagen de la British Antarctic Expedition, enero de 1911. Fotografía: Herbert Pointing / National Library New Zealand (DP).

El explorador Stanley, seguido de sus porteadores, encuentra en un poblado de indígenas cerca del lago Tanganika a un hombre blanco, entrado en años, de salud bastante quebrantada, y supuestamente le saluda con la frase que ha quedado en la historia como ejemplo paradigmático del estilo inglés, una frase que denota dignidad y reserva, understatement, suave humorismo, respeto a las formalidades de la urbanidad incluso en las más extrañas circunstancias, y la idea… no: la convicción de que el ancho mundo no es, para un súbdito de su Graciosa Majestad, sino el patio trasero de su casa (enmoquetada de techo a suelo).

Doctor Livingstone, I suppose?

Oh, bonito, muy british, pero hay un par de cositas que puntualizar.

Primero, la famosa frase no la pronunció jamás Stanley, sino que es un invento posterior para sazonar su reportaje periodístico sobre su periplo —un reportaje absurdo, pues Livingstone se negó a volver con él— y asegurarse de dejar un perfil elegante en los manuales de divulgación de la historia del descubrimiento de África, un pequeño recurso retórico para contribuir a la buena reputación de Gran Bretaña como madre de los pueblos irredentos. ¿He dicho buena reputación? Sobran cuatro sílabas aquí. 

Segundo, Stanley era un maniaco homicida. El también explorador Richard Burton observó que «le dispara a los negros como si fuesen monos». 

Bajo la piel de la leyenda cuaja y se condensa la verdad, como la oscura mancha sospechosa en la moqueta de cualquier hogar británico, ahí donde coaguló una salpicadura de sangre junto a los manchurrones de la cerveza derramada y el vómito, y el pegote de cabellos atrapados en la grasa del paquete de fish and chips que se cayó, ay qué torpe soy, y frente a la chimenea donde está encendido un simulacro de fogata, con llama de gas, cuando estabas mirando en la tele un ñoño programa sobre alguna boda de la familia real más indiscutiblemente ostentosa, kitsch y desagradable del mundo entero, cuya vulgaridad sustancial alcanzó una apoteosis insuperable con Lady Di. Y por cierto que, entre cursilada y cursilada de los Windsor, todos los anuncios son ofertas para viajar al sur, a Grecia, Italia, Turquía, España, que es el más ardiente deseo de los británicos.

Es una rareza difícilmente explicable la anglofilia de tantos ciudadanos españoles.  

El otro día estaba yo tratando de entender esa querencia por Albión con la lectura de mi flamante ejemplar de Pompa y circunstancia, libro muy ameno y bien escrito por Ignacio Peyró, aunque claramente anglofílico —nadie es perfecto, estimado tocayo—, cuando mis ojos cayeron sobre una frase que venía a decir que en la época, tan larga, de su dominio sobre el mundo, dominio con sus inevitables sombras pero con más luces, los británicos por lo menos no tienen que reprocharse ningún Auschwitz. O algo parecido me pareció leer.

Y se me demudó el semblante y es cuando me dije que la admiración que numerosos compatriotas míos, especialmente del estamento intelectual, sienten o dicen sentir por la forma de ser, las graciosas excentricidades, el sentido del humor, las costumbres, los valores… y las victorias militares de los británicos (que eso es lo que gusta y gusta mucho de verdad: ganar), a quienes con frecuencia se nos pone como modelo de nación a imitar, si no nos impidiera hacerlo nuestra incurable inferioridad y simpleza, requiere un correctivo como el que recibieron hace unos años los afrancesados con el libelo Contra los franceses. Sobre su nefasta influencia, que como recordará el lector llevaba como epígrafe la sentencia «Siempre su vanidad fue mayor que su talento», y cuya atenta lectura recomiendo vivamente al señor Marc Fumaroli

No seré yo quien escriba el necesario libelo contra los británicos pues tengo cosas más apremiantes de las que ocuparme, mi partida de mus comienza dentro de media hora, pero de todas formas y por si alguien se anima a emprender esta urgente tarea intelectualmente higiénica apuntaré a vuelapluma algunos temas por si pudieran serle de ayuda. Vaya por delante que el sistema de la Shoa no admite parangón, y el genocidio de los kurdos, de los armenios, del campesinado ucranio en los tiempos de Stalin, las atrocidades de los ustachi contra los serbios, son clamorosos, pero algo se podría decir también de los seiscientos mil civiles alemanes que se calcula que murieron durante los bombardeos, en los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial, de Dresde, Colonia, Hamburgo, y así hasta ciento treinta y una ciudades y pueblos de Alemania, que fueron reducidos con sus habitantes a ceniza con el objetivo oficial de desmoralizar al adversario pero también como venganza: «Los alemanes sembraron vientos y ahora van a cosechar tempestades», como gráficamente explicó el comandante Arthur Harris, encargado de la aciaga tarea, rebautizado en la prensa británica como «Bomber Harris» y por los mismos pilotos de la RAF como «Butcher» (carnicero) Harris. En reconocimiento al gran número de muescas que pudo marcar en la culata de su revólver, Churchill hizo que le distinguieran —justo, aunque leve, castigo— con el título de «baronet».

 (Y así, como aristócrata, podrá juntarse con otros de la casta superior de esa sociedad que es, después de la portuguesa, la más clasista de toda Europa, y decir con una sonrisita cuando algún advenedizo se cuele en sus salones: «inqiuiliudi», o sea NQLUD, o sea «Not Quite Like Us, Darling», o sea: «ese no es del todo como nosotros, querida»).  

Si queremos exonerar a los británicos de la desaparición de los pieles rojas, a cuenta de que entre los colonizadores de América del Norte hubo también suecos o alemanes, y de que al fin y al cabo al independizarse de la Corona británica aquellos colonos renegaban de su nacionalidad y ciudadanía y ya no eran propiamente británicos, vale, sea; pero el exterminio infligido a los aborígenes australianos, o la supresión fríamente planeada de toda la población de Tasmania son ciertamente episodios de la historia merecedores de algunos párrafos. La campaña en Tasmania comenzó con las autoridades ofreciendo una modesta suma de dinero como recompensa a cualquiera —colono, soldado, o cautivo del penal— que redujese a un indígena, y fue rematada con el «cordón negro» compuesto por dos mil doscientos soldados desplegados en una línea de fuego a lo ancho de la isla y que fue avanzando y abatiendo como perdices a cualquier indígena que encontraba.

Los británicos llegaron a Tasmania en 1803 y en 1876 murió la última mujer de esa etnia. A ese genocidio lo llamaron «la guerra negra», en referencia al oscuro color de la piel de las víctimas y no al corazón de la reina Victoria, que subió al trono cuando la «guerra» acababa de concluir y cuyo largo reinado, caracterizado por un puritanismo hipócrita y por la anexión por la fuerza de medio globo al Imperio británico, se estrenaría —y eso sí es marcar el tono de una época y de una manera de dar a entender al mundo quién es uno y quiénes son los demás— con las guerras del opio: la imposición a China, por la fuerza de las cañoneras y en nombre de la libertad de comercio, del opio cultivado en India e Irán, que proporcionaba a los negociantes ingleses beneficios suculentos y que el Gobierno de Pekín, alarmado por los efectos de ese veneno sobre la salud pública, se había atrevido ilusamente a prohibir. El perjuicio que el opio británico causó a generaciones de chinos, a millones de adictos, y a sus familias, es inconmensurable.

¿Hay que multiplicar los ejemplos de abyección imperial gracias al arma que constituye la espina dorsal de la todavía hoy asombrosa arrogancia inglesa, las cañoneras de la Navy, la Navy, cuyas bases puso el rey uxoricida Enrique VIII, asentada en tiempos de Isabel I gracias a esos héroes nacionales que fueron los piratas Drake y Hawkins? ¿Aquel imperio que fue la mayor y más rapaz empresa de piratería que han visto los tiempos? La curiosa autoestima y complejo de superioridad de los británicos les llevó a arrogarse no solo el derecho de saquear y devastar todos los pueblos que encontraron en África, Asia y Oceanía, muchos de los cuales aún no se han recuperado —y algunos no se recuperarán jamás— de su intromisión, sino también el de agredir cuando les conviniese a amigos y aliados europeos con destrucciones y matanzas «preventivas». Es lo que hicieron en 1807 en Dinamarca, que era país neutral en las guerras napoleónicas. Wellington atacó sin previa declaración de guerra la inerme Copenhague mientras la Navy bombardeaba el puerto causando dos mil muertos, destruía un tercio de la ciudad y por fin, una vez obtenida la rendición, se llevaba a casa los barcos daneses, y todo para evitar que estos pudieran caer en manos de los franceses. Es lo que se llama extremar la prudencia, táctica que se repitió en 1940 cuando la Navy envió a pique la flota francesa anclada en Mers el Kebir, Argelia, matando a 1297 marineros franceses, por si los alemanes se apoderaban de ella.

Aunque librada victoriosamente, la Segunda Guerra Mundial marcó el final de los buenos tiempos, los tiempos en que la superioridad técnica que permitía a John Bull someter a los pueblos que no habían accedido a la revolución industrial iba acompañada de esa retórica de sólidos principios morales, democracia parlamentaria, estoicismo, moderación, gallantry y otros placebos exaltados por Kipling en su repulsivo poema «If», en el que da la fórmula para a la vez reinar y ser un hombre cabal, un caballero. «Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud / o caminar junto a Reyes, sin menospreciar por ello a la gente común, / si ni amigos ni enemigos pueden herirte, / si todos pueden contar contigo, pero nadie demasiado, / si puedes llenar el implacable minuto / con sesenta segundos de diligente labor, / tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, / y más aún: ¡serás Hombre, hijo mío!».

Las cosas han cambiado. El dominio sobre los mares se ha transformado en el control de otro fluido, el de los capitales financieros desde la City londinense, sin el que Gran Bretaña tendría hoy poca importancia más que, digamos, Eslovenia. Aunque flamean aún de vez en cuando los rescoldos de la antigua llama, por ejemplo, cuando Thatcher envía a sus gurkas a librar la guerra de las Malvinas… flamean cuando Blair acompaña a Bush en la destrucción de Irak y desestabilización de la zona (¡y luego es nombrado «enviado para la paz» en Oriente Medio!)… flamean cuando unos cuantos chicos montan camorra a la salida del pub, pues tienen muy mal vino… flamea la llama falsa, la llama de gas en la chimenea de millones de hogares donde las familias viven en una atmósfera viciada que explica elocuentemente ciertas estadísticas aberrantes, la superabundancia de parafilias raras. En la chimenea, la falsa fogata; en el enmoquetado suelo, la lata de cerveza y el tabloide con los últimos cotilleos sobre el señor Jones y la señorita Smith; y en el televisor el bautizo de la princesita Charlotte de Gales. Menudo programa.  


Masturbación con soga al cuello, coprofagia, pornografía y chutes de heroína: la amena vida privada de los políticos británicos

Mandy Rice-Davies, una de las protagonistas del caso Profumo, a su salida de los tribunales en Old Bailey en julio de 1963. Fotografía: Cordon Press.

Contó Ian Gibson que cuando los victorianos tramitaron en el siglo XIX la legislación contra la homosexualidad no tuvieron en cuenta el lesbianismo porque nadie se atrevía a explicarle a la reina en qué consistía. Es curioso, porque si ha habido un país obsesionado con el sexo en este mundo ese ha sido la España católica, especialmente durante el periodo franquista, pero parece que el pudor británico caló mucho más hondo que nuestra cegadora luz de Trento. Tal vez el tabú se deba a que fue uno de los países civilizados que más tardaron en abolir los castigos corporales en la escuela. Hasta 1986 estuvieron flagelándose las posaderas en los colegios. Culpa y rectitud están en el ADN nacional británico, con todas repercusiones sexuales en el individuo que acarrea semejante cóctel. Y lo prueba el hecho de que si yo, un humilde españolito lector de prensa, tuviera que pensar qué es lo que más me ha impactado a lo largo de toda mi vida de la actualidad llegada del Reino Unido, no fue ni la guerra de las Malvinas, ni los terribles años de Thatcher, los atentados del IRA o la clonada oveja Dolly; para mí el Reino Unido se traduce clara e inequívocamente en el manantial de un fenómeno concreto: los escándalos sexuales de políticos. 

Nuestros eximios representantes no es que se corten un pelo a la hora de romper a follar con quien se tercie, pero por una cuestión de discreción y vergüenza, no pocas veces de la ajena, sus escarceos no se airean. La doble moral está tan asentada en estas tierras latinas que echarle en cara a alguien algo así es hasta contraproducente. Trasquilado salió, por ejemplo, el socialista Miguel Sebastián cuando le sacó una amante a Alberto Ruiz Gallardón en un debate televisado previo a unas elecciones municipales a la alcaldía de Madrid. Aquí estas cosas pertenecen al terreno personal de cada uno y si trascienden es porque los affaires contienen problemas más importantes que el sexual. Como el caso del senador Casimiro Curbelo, por ejemplo, que se llevó a su hijo a un puticlub madrileño donde organizó un altercado con evidentes síntomas de embriaguez y terminó agrediendo a un policía. El problema no era que gustara de irse de putas, sino el abuso de poder. O el de Javier Rodrigo de Santos, ultracatólico concejal de Urbanismo del PP en Palma de Mallorca, que se metía noches toledanas de cocaína y chaperos, de siete en siete, gramos y chavales. Y su afición no hubiera trascendido de no ser porque los servicios los pagaba con la visa del Ayuntamiento y dejó un cargo de 50 804 euros, amén de que también se le acusó de haber metido mano a unos chiquillos de quince años que frecuentaban la parroquia donde su mujer era catequista. Su esposa le perdonó porque entendía según sus creencias que solo se trataba de una enfermedad y la sociedad alucinó un par de telediarios, pero luego siguió a lo suyo. A sus labores, a su paro y a sus deportes. 

Pero en el Reino Unido esto no ha sido así, bastaba una amante para cargarse toda una carrera política. A veces solo la mera condición de homosexual. La excusa inquisitorial era normalmente que sus señorías quedaban expuestos al chantaje del enemigo. Un subterfugio como cualquier otro, pero que sí que hay que admitir que durante la guerra fría podía tener un pase. De hecho, en ese periodo tuvo lugar uno de los escándalos político-sexuales más sonados de la historia británica, el caso Profumo. Aquí nos enteramos los chavales por una canción de Alaska y Dinarama en su época más gótico-siniestra, «Señora Kleenex». Se refería al ministro de Defensa británico, John Profumo, quien tuvo un affaire con Christine Keeler, una bailarina, que a la vez se estaba tirando al capitán soviético Yevgeny Ivanov, reconocido espía en territorio británico. El suceso acabó con su carrera política, pero peor terminó el que organizó la fiesta donde se supone que se conocieron. Un osteópata, Stephen Ward, que se suicidó después, tras ser acusado de proxenetismo por haberles presentado. Tomen nota los que gusten del tan socorrido rol de alcahueta. 

No obstante, la situación de los homosexuales era bastante peor que la de los adúlteros. Hasta 1967, las relaciones entre hombres estaban perseguidas y sujetas a duras sanciones. Jeremy Thorpe, líder de un entonces en auge Partido Liberal, tuvo que ver conforme subían sus votos cómo salía a la luz un romance que mantuvo en los sesenta, cuando estaba prohibido, con Norman Scott, un modelo. Hasta fue denunciado por este de conspiración para asesinarlo contratando a un sicario, Andrew Newton, que a quien sí se cargó de un disparo fue al gran danés del maniquí. Y el de Thorpe fue tan solo el caso más sonado, con la emoción del perro muerto y tal. Porque durante los cincuenta y sesenta muchos políticos cayeron por esta causa. Como William J. Field, brillante diputado laborista que vio hundirse su carrera cuando en 1953 un agente le detuvo mientras hacía cruising en un urinario público del centro de Londres. 

También, en otras ocasiones, los delitos cometidos por el político de turno eran reprobables, nada que ver con lo sexual, pero cobraban importancia precisamente por ese matiz. Un ejemplo fue el caso de John Stonebouse, laborista, condenado por fraude, robo, falsificación y estafa. En el juicio, su mujer alcanzó cierta fama en Gran Bretaña al mantenerse fielmente a su lado, incluso después de que él fingiera haberse ahogado en una playa para escapar de los acreedores. Pero cuando se conoció durante el proceso que había tenido un lío con su secretaria, la cosa cambió. Inglaterra también se sintió engañada y fue mucho más importante la petición de divorcio de su esposa que los veintiún delitos por los que le estaban juzgando. 

El matrimonio es sagrado, ya se sabe. En los setenta, la primera lesbiana reconocida públicamente del Partido Laborista, Maureen Colquhom, no pudo repetir candidatura a su circunscripción por este motivo. Había abandonado la vida matrimonial y se había ido a vivir con la directora de una revista de lesbianas. Demasiado hasta para la izquierda. Aunque en aquellos tiempos la hipocresía en Gran Bretaña era imposible de ocultar. En 1976, el propietario de una cadena de tiendas de pornografía del centro de Londres admitió que pagaba a la policía para que no se inmiscuyera en su negocio, pero también para que los propios agentes vendieran el material más duro. Teníamos a Scotland Yard, por un lado, distribuyendo en las calles el porno extremo y en la Cámara de los Comunes, en 1979, un diputado laborista, Wille Hamilton, descubrió un armario «lleno hasta los topes» de publicaciones clasificadas equis. «Hay al menos sesenta volúmenes de libros pornográficos que se mantienen bajo llave. Diputados de todos los partidos y especialmente conservadores muestran un interés especial en estos temas», se quejó inútilmente. 

Un año antes la policía ya se había encontrado en un autobús un paquete lleno de pornografía infantil, que, investigación mediante, se averiguó que pertenecía a un diplomático, Sir Peter Hayman. Además, rastreando el origen del envío, dieron con un piso en el que el político almacenaba más material pornográfico y cuarenta y cinco diarios en los que describía sus fantasías sexuales con prostitutas y niños. Al menos al final el servicio secreto decretó al concluir la investigación que la seguridad del reino no había estado en peligro por las debilidades de Hayman. Caso contrario que el de Geoffrey Prime, un funcionario de la Royal Air Force acusado de agresiones sexuales a niñas menores de edad. La policía descubrió en su casa un archivo con 2287 fichas con teléfonos recopilados de anuncios en prensa de adolescentes. ¿Era un pervertido más? Sí, pero no. O no solo eso. Hundido al ser descubierto como pederasta agresivo y metódico, le confesó a su mujer un detallito más sobre su pequeño espacio de intimidad tan necesario en la pareja: también era espía soviético. Ella le denunció ipso facto, Scotland Yard volvió a registrar su casa y, efectivamente, encontró todo el kit. Códigos de radio y cámaras en miniatura. Geoffrey trabajaba en el cuartel general del Foreign Office descifrando los mensajes y señales del Pacto de Varsovia. 

Lo gracioso es que mientras en el resto del mundo se iba digiriendo la revolución sexual de los sesenta y setenta, en Reino Unido, con Margaret Thatcher, la cosa no hizo sino empeorar en su nivel de puritanismo en las altas esferas. En 1983, la prensa británica no se preguntaba por cabos sueltos de la guerra de las Malvinas del año anterior. El 7 de octubre los diarios londinenses abrieron con una pregunta: «¿Desde cuándo sabía Margaret Thatcher que su ministro de Industria mantenía relaciones amorosas extramatrimoniales?». Ya ven qué drama. Cecil Parkinson acababa de dejar preñada a su secretaria. El quid de la cuestión era que la Dama de Hierro tenía que conocer sus hazañas sexuales porque durante la guerra contra Argentina se debió estrechar el cerco de vigilancia sobre los políticos, una vez más, susceptibles de ser chantajeados por el enemigo. Delirante. 

En defensa de este ministro llegó a haber hasta una avioneta dando vueltas sobre el edificio donde se celebraba el 100.º Congreso del Partido Conservador con una pancarta que decía «No echéis a Cecil». Pero, antes de la clausura del acto, presentó su dimisión. La jerarquía de la iglesia anglicana había pedido su cabeza. «Si alguien no es capaz de ordenar dignamente su vida privada difícilmente podrá ordenar la pública», sentenciaron los curas y los tories obedecieron. En la prensa hubo después un acalorado debate. El Daily Telegraph se quejaba porque la secretaria no había abortado para evitarle la ruina política al ministro. Y el Times, por el contrario, decía que la política no podía justificar un aborto. Para salvarle la reputación mínimamente, un compañero de filas declaró a este diario que Parkinson le había ofrecido en innumerables ocasiones a su secretaria casarse con ella, pero no sirvió de nada. 

Y en 1984, solo un año después, cayó Keith Hampson, secretario del ministro de Defensa, Michael Heseltine, por haber sido detenido en un club gay de Londres. El diputado hizo un «asalto obsceno» a un policía de paisano que estaba en el garito. El suceso sirvió al menos para poner de manifiesto en pleno 1984 el exceso de celo de la policía británica para perseguir la homosexualidad en los lugares públicos. «Estamos hartos de que policías con aspecto de homosexuales vengan a nuestros locales, esperen a que alguien les haga una señal y, a renglón seguido, lo detengan por indecente», declaró airado el propietario del club donde empapelaron al aludido diputado conservador. Nuestra opinión sobre la causa de ese exceso de celo de Scotland Yard nos la reservamos para no desencadenar un incidente diplomático. 

La situación era más chunga que en nuestro propio país, donde también, incluso con la democracia, había acoso a los homosexuales en sus bares o clubes de reunión, pero en casos aislados, no en campañas metódicas y concienzudas como se denunciaba en el Reino Unido. La prueba fue que, cuando se debatió en la Cámara de los Comunes por estas fechas qué clase de enseñanza se daba en los colegios sobre la homosexualidad, la sesión fue una trifulca de mucho cuidado. Los laboristas pretendían que la homosexualidad fuese enseñada como una relación familiar aceptable —ahí nos llevaban ventaja— pero los de Thatcher lograron tumbar la propuesta entre gritos de «fascistas» y menciones a los campos de concentración de Himmler donde se exterminaba a los que lucían el tristemente célebre triángulo rosa. Ni siquiera los liberales lograron colar que se explicara a los alumnos que la homosexualidad era una opción sexual más, para los conservadores se trataba de un principio bíblico: era intrínsecamente mala e inmoral. Desgraciadamente, años después, Ron Brown, el diputado laborista que más se significó en esta iniciativa, tuvo que responder ante la ley por destrozar los muebles del piso de su amante, Nonna Longden, que le había dejado por otro. Todo encajaba en sus mentes cuadriculadas. 

Tener una amante era el fin de la carrera política de un diputado automáticamente. Le ocurrió, en el mismo año que a Ron Brown, a Sir Anthony Meyer, rival en las filas conservadoras de Thatcher, cuando el Sunday Mirror publicó que durante veintiséis años tuvo una amante, cantante de blues para más señas. Cuando la prensa española dio la información, explicó de paso que para los ingleses la tolerancia que mostramos los mediterráneos con este tipo de escarceos allí era percibida como propia de una sociedad machista. Toma tomate. 

En este sentido, en 1992, un organismo independiente, la Comisión de Reclamaciones de Prensa británica, proclamó que la vida privada de los políticos era de interés público. La sentencia tuvo lugar días después de que los medios denunciaran que en ministro de Patrimonio Nacional, David Mellor, tenía como amante a Antonia de Sancha, actriz británica de padre español. Los tabloides se lo pasaron pipa con este romance. Contaron que Mellor, cuando se acostaba con ella, recitaba a Shakespeare solo vestido con una camiseta del Chelsea. Como premio de consolación tras ver tambalearse su carrera, el diputado fue ovacionado en el estadio del mencionado equipo cuando volvió a ver un partido. El primer ministro entonces, John Major, no aceptó su dimisión, y justo un año después tuvo que querellarse con dos revistas por publicar que tuvo un romance con una de las cocineras de Downing Street, la residencia presidencial. Los cuchillos morales estaban bien afilados. 

Pero se opuso resistencia y para cuando tener una amante o supuesta querida empezaba a resultar irrelevante, los medios se lanzaron a por Steve Norris, viceministro de Transportes, porque en lugar de cuatro amantes, como se había denunciado públicamente que tenía, resultó que eran cinco, tal y como descubrió The Sun. Solo a eso podía jugar ya la prensa, al no va más. El político estaba casado y tenía dos hijos, pero John Major esta vez se puso de lado de su hombre de confianza. En su defensa, además, salieron las diputadas de su partido que reconocieron que tenía «gran popularidad entre ellas» porque las trataba «con mucho más respeto que los demás diputados» y era «amable, afectuoso y divertido». ¿Acaso es delito ser un donjuán? 

Parecía que estaba pasando algo, que por fin cambiaba esa asfixiante sociedad, pero qué va. De eso nada. En 1994, Tim Yeo, ministro de Medio Ambiente, dimitía al conocerse que una de sus hijas era fruto de una relación extramatrimonial con una concejal de su mismo partido, el conservador. Le tocó en gracia que Major en ese momento estuviese llevando una campaña de defensa de los valores tradicionales y propusiera un regreso a los «principios esenciales de la sociedad». El pobre ministro defenestrado declaró: «He sido un loco, es cierto, pero no creo que nada de lo que haya hecho fuera de mis horas de trabajo deba oscurecer mi labor». 

Y en estas andaban, tratando de salvaguardar mínimamente la intimidad de los diputados, cuando apareció muerto en una «compleja sesión de masturbación» el diputado tory Stephen Milligan. Así lo describió Enric González en El País

Al diputado se le paró el corazón mientras se asfixiaba a sí mismo, tendido sobre la mesa de la cocina, con el objetivo de obtener satisfacción sexual. El cable eléctrico ceñido al cuello y la bolsa de plástico sobre la cabeza fueron los instrumentos mortales. La media naranja en la boca, el liguero y las medias, solo compusieron un extraño decorado de una trágica fiesta personal (…) Tratándose de un hombre de solo cuarenta y cinco años, soltero, no mal parecido, popular, diputado y, según sus compañeros de partido, con un formidable futuro político por delante, ¿no tenía un sábado por la noche nada mejor que hacer que travestirse y tumbarse en la cocina para solazarse con unos minutos de masoquismo doméstico? Su familia, sus amigos y sus antiguas novias, que le recuerdan como un hombre sociable y animoso, no consiguen explicárselo. 

Ahí la cruzada por la moralidad de Major hizo aguas. En ese fatídico 1994 también se vio forzado a dimitir el diputado Hartley Booth, casado y con tres hijos, predicador metodista, al que la prensa le descubrió una amante de veintidós años. «Hice lo que tenía que hacer con mi mujer, quererla, durante muchos años», declaró al Sunday Mirror. «Luego llegué al Parlamento y Emily me dejó patidifuso»; la tal Emily era una trabajadora de la Cámara de los Comunes que, oh, ah, antes había posado desnuda. Tras esta lección, pocos meses después, Michael Brown, diputado tory del ala más derechista, vio como News of the World publicó que tenía una relación con Adam Morris, un chico de también veintidós años. Y cinco días después, dimitía además Paul Martin, del Ministerio de Defensa, que también se había tirado al zagal. No se sabe por qué luego dicen que los «diez días que conmovieron al mundo» fueron los de la crisis de los misiles cubanos.

La fiesta no tenía fin. Al año siguiente Rupert Pernnan-Rea, brillante economista, subgobernador del Banco de Inglaterra, también tuvo que dimitir. El hombre había tenido un lío con una periodista económica, Mary Ellen Synon. Se conoce que en un momento dado su mujer, tercera esposa, lo descubrió y le hizo elegir. El banquero se quedó con la familia y la amante montó en cólera. Ya saben cómo es un periodista cabreado. Synon entregó al Sunday Mirror un dosier con todos los datos sobre su romance. Hasta detallaba que follaban en el despacho del gobernador del Banco de Inglaterra y en su baño privado. Pero créanme, a John Major se le quedó peor cara cuando se descubrió un mes después que el doctor Clive Froggatt, asesor médico del Partido Conservador para la reforma del sistema sanitario del Reino Unido, era adicto a la heroína. Le condenaron a doce meses por procurarse la variedad farmacéutica del caballo, la diamorfina, con recetas falsas. Llegados a este punto, la pregunta era por qué los tories nunca habían montado un grupo de rock

Un año más tarde, 1996, le tocó el turno a un diplomático, Robert Coghlan. Le habían destinado a la embajada de Madrid y, en el traslado desde Japón, Coghlan se trajo su colección de ciento nueve cintas VHS pornográficas con menores. Tan seguro se sentía que tenía las casetes perfectamente etiquetadas. Por eso le cogieron en aduanas en una inspección rutinaria. En 1997, a otro diputado conservador, Jerry Hayes, casado y padre de dos hijos, News of the World lo sacó en portada tras descubrir que entre el otoño de 1991 y el invierno de 1993 estuvo liado con Paul Stone, un activista conservador que entonces tenía dieciocho años, cuando por esas fechas las relaciones homosexuales con menores de veintiuno estaban prohibidas en Inglaterra. Su amante lo rajó todo en el tabloide. Cenas caras, estancia en hoteles de lujo y mucho sexo: «Lo que más le gustaba era apretarme contra la puerta de su despacho», confesó a cambio de, suponemos lógicamente, un dinerote. Tres días antes del escándalo, John Major había pronunciado otro encendido discurso en defensa de la familia. Una vez más, en vano. Además, dos meses después, Allan Stewart, diputado conservador escocés, dimitió tras conocerse que tenía relaciones con una mujer casada a la que había conocido, pues nada, en alcohólicos anónimos. Rock and roll a volumen once, kolegas.  

Cambió el Gobierno en los noventa, pero a Tony Blair las cosas en esta materia no le fueron muy distintas. Nada más tomar el poder, tuvo que dejar dimitir a su diputado Ron Davies, asaltado a punta de navaja entre la maleza de un parque frecuentado por aficionados al cruising homosexual. Pero Blair pronto quiso parar esta deriva enfermiza como pocas y cambió la forma de afrontar estos escándalos. A su ministro de Agricultura, Nick Brown, le apoyó sin fisuras tras presentar este su dimisión por la amenaza de un antiguo amante homosexual de contar su romance en la prensa. 

La postura del primer ministro desató una caza del político homosexual en su gabinete. El conservador Lord Tebbit equiparó ser gay a pertenecer a una sociedad secreta, como los masones. Pero Blair no se dejó amedrentar. Y, tal vez por su firmeza, el exministro de Defensa aspirante a la Secretaría General del Partido Conservador, Michael Portillo —hijo de un republicano español, por cierto— confesó abiertamente que tuvo encuentros homosexuales durante sus años de estudiante en Cambridge. La prensa dio a bombo y platillo que uno de sus amantes murió de sida, pero la puerta del armario ya estaba abierta y, en 2002, el diputado tory Alan Duncan fue preguntado en The Times a las claras: «¿Es usted gay?», y contestó: «Bueno, ya que me lo pregunta, pues le diré que la respuesta es sí, por supuesto». Ganar la Segunda Guerra Mundial fue un juego de niños comparado con esta batalla que libraron los gobernantes británicos. 

Mientras todo se normalizaba, el escándalo más grave que tuvo que afrontar el Gobierno presuntamente laborista de Blair fue que el hermano del ministro de Exteriores, Jack Straw, fuese incluido en el registro oficial de delincuentes sexuales por intentar abusar de una menor amiga de la familia. Y también se murió de sida el capellán de la escuela a la que acudían sus hijos, los del propio Tony Blair. Un cura que había abusado de varios alumnos, pero esa pelota caía en el tejado de la Iglesia católica, confesión a la que pertenecía dicho centro educativo. Este solo era uno de los treinta casos de pedofilia que se descubrieron en la segunda mitad de los noventa en la iglesia romana del Reino Unido.

En el siglo XXI, pese a todo, siguió pegando fuerte el moralismo. Boris Johnson, diputado en aquel momento, dimitió cuando se supo que tuvo un idilio extraconyugal con Petronella, hija de otro diputado de su partido, a la que dejó embarazada y obligó a abortar. Era noviembre 2004. En diciembre, David Blunkett, ministro laborista del Interior, dimitió tras conocerse que facilitó un visado a la niñera filipina de su amante, Kimberly Quinn. Y resulta que no era un favor a su amada, pues el político, aparte de esa relación extraconyugal, también tuvo una durante tres años con esa asistenta. Del tremendo culebrón, con varios niños sin reconocer, se perdió el rastro en una sucesión de pruebas de ADN. 

En el partido bisagra, los Liberal Demócratas, no se crean, la cosa era igual o peor. Cuando Charles Kennedy, su líder, tuvo que dimitir por sus problemas de alcoholismo, nada menos, uno de los aspirantes a sucederle, Mark Oaten, casado y padre de dos hijos, fue denunciado como cliente habitual de un prostíbulo donde solía acostarse con un chapero de veintitrés años con el que montaba tríos y, según informó el siempre preciso News of the World, actos de coprofagia. El político liberal se defendió alegando que todo se debió a la crisis de la mediana edad. Igual no mentía. 

El caso es que en otros ámbitos de la vida británica las cosas no eran muy diferentes. Por citar algunos ejemplos, el seleccionador nacional, Sven Goran Erickson, desató una crisis nacional cuando se descubrió que se había acostado con una empleada de la Federación Nacional de Fútbol, que a su vez se estaba tirando también al director general. O el sonado caso de Max Mosley, capo dei capi de la Fórmula 1, del que se publicaron fotos de sus orgías sadomasoquistas con prostitutas vestidas de nazis. Hasta el mayordomo de la reina madre, William Tallon, famoso por los gin-tonics que le servía a la viuda de Jorge VI —«nueve partes de ginebra y una de tónica»—, tenía montado en palacio un templo de dominación sexual homo sobre el resto de sirvientes de la madre de la reina Isabel II, con severos castigos para los que no accedían a sus deseos cuando estaba borracho. Porque el hombre, de paso, era alcohólico. Lo que no se precisaba en las informaciones vertidas era si lo fue por culpa de ponerle semejantes «pelotis» a la reina madre. 

Solo podemos decir que amainó la lluvia de aquelarres, y lo hizo solo un poco, con el cierre de News of the World por el escándalo de las escuchas ilegales hace unos pocos años. Su última tirada fue de cinco millones de ejemplares ni más ni menos. Un final en alto para el diario más vendido de toda historia de la prensa mundial. Rupert Murdoch, mentor internacional de nuestro José María Aznar, cerró el periódico cuando The Guardian destapó cientos de casos de escuchas ilegales por parte de sus periodistas. Pinchaban los teléfonos tanto de los famosos como de los políticos, incluida la realeza, y hasta hubo un pinchazo al móvil de una niña desaparecida y asesinada, el desencadenante final del escándalo. El periódico se cargó a tantos políticos por asuntos de bragueta que, además de vender ejemplares como churros, consiguió que nadie desde el poder se atreviera a poner en cuestión las campañas racistas y antiinmigratorias que Murdoch orquestaba desde sus páginas. Y lo mejor es que la policía conocía de sobra estas prácticas ilegales, pero llevaban muchos años lucrándose vendiendo información al periódico como para ser ellos quienes lo denunciaran. Todo esto ocurrió en el país considerado paradigma de la libertad individual. No es de extrañar, por tanto, que la palabra «libertad» esté tan envenenada hoy día y haya que desconfiar por obligación de todo aquel al que se le llena la boca con ella. En la historia occidental reciente, la Inquisición han sido ellos.


«Ese horrible país llamado extranjero»: los británicos en el continente

Ilustración: Jesús Cisneros.

Enamorado de la politesse a la francesa, Lord Chesterfield describe París como «refugio de las Gracias»; menos impresionado, Horace Walpole simplemente la verá como un amontonamiento de «casas sucias, calles feas, tiendas aún peores e iglesias llenas de cuadros malos». Quizá haya que tener la libertad de espíritu de un Walpole —gran presencia dieciochesca— para deplorar París en tales términos, pero a lo largo del tiempo no fueron pocos los viajeros ingleses que acusaron el desfase entre sus expectativas de belleza entresoñada y una realidad continental mucho más áspera. Así, si «el inglés común» emprendía su voyage en Italie sin más propósito que «arrancar un racimo de la parra con sus propias manos y que una muchacha de ojos negros le sirva el Falerno», Hazlitt, ante las grandezas de Roma, constata con decepción que «el olor del ajo prevalece sobre el olor de la antigüedad». 

Tal vez no fuera el caso de los prohombres citados, pero, ante la imposibilidad de volver del continente con una educación sentimental, muchos británicos iban a regresar con unas bubas sifilíticas. Era, sin duda, la penitencia debida después de cambiar «las arboledas, los ríos y las praderas» de la dulce Inglaterra por «ese horrible país llamado extranjero». Y ya desde el primer aliento del Grand Tour, allá entre los siglos XVII y XVIII, el estamento moralista de las islas no dejaría de arremeter contra el exceso de aquellos milordi que, tras darse a «vinos extranjeros y putas extranjeras», aún podían llegar a la iniquidad de «besar los pies del papa». 

Sería tentador reducir la censura a clérigos tronantes, pero la polémica iba a tener el empaque de un debate nacional: Constable intentó disuadir a sus discípulos de peregrinar en pos de los restos clásicos, e incluso Adam Smith se mostraría contundente: «el típico viajero joven», escribe el escocés, «regresa a casa más presuntuoso, más amoral, más disipado y más incapaz de aplicación» que de haber permanecido en Gran Bretaña. Es el continente como lugar de perdición, y el cliché estaba destinado a conocer tan larga fortuna que, ya avanzado el XIX, el príncipe Bertie cruza el canal y la prensa lo dibuja en el trance de abandonar a la matrona Britannia por una ramera francesa. De la Corona a las gentes del común, Frances Trollope condensa las percepciones con el diálogo de dos londinenses al poner pie en Calais: «¡Qué horrible olor!», se queja el joven; «Es el olor del continente», aclara el preceptor. A saber si no era aquel olor a ajo que sintió Hazlitt en Roma y Victoria Beckham en Madrid. 

A la vista de los precedentes, extraña poco que Sutherland se permita escribir con efectos generales que «el gentleman inglés no va al extranjero», salvo «en tiempos de guerra». En verdad, el gentleman podía moverse a placer dentro de los anchurosos límites del Imperio, llevado siempre del deseo —como postulaba la publicidad tan incorrecta del jabón Pears— de «iluminar los rincones más oscuros de la Tierra». Su noción del continente, sin embargo, quedaría reducida apenas a «Francia y Suiza, pequeñas partes de España y Portugal, partes aún más pequeñas de Bélgica», islas selectas como Corfú, «a pesar de ser griega», y una Italia solo esencial hasta que «tomaron el lado malo» en la última contienda. Para el resto, ahí estaban unos acantilados de Dover que ya la autoridad de Shakespeare consagró como «foso protector» contra esos «países menos venturosos» que, a ojos británicos, han sido, aproximadamente, todos los demás. Sí, guste o no guste, desde aquel «afortunado día» en que un golpe de tierra abrió el Canal de la Mancha, ingleses de ayer y de hoy han pensado que lo mejor que puede haber entre las islas y el continente es el mar. 

*

Alphonse Halimi derribó a Freddie Gilroy, se alzó con el campeonato de Europa de boxeo y, de las mil fórmulas a su disposición para celebrarlo, eligió una de las más sorprendentes: «hoy he vengado a Juana de Arco». Macerada durante siglos, la sobrecarga de rencor entre el continente y las islas ha dado lugar a estas expectoraciones, pero por lo general se ha manifestado en un sentimiento más sofisticado y más oblicuo. Desde la aparición de los primeros tourists por la vieja Europa, en efecto, sus contrapartes continentales no dejaron de alimentar una mezcla compleja de admiración y de rabia —como escribe Huxley— ante «su confianza, su desenvoltura, su manera de dar por hecho su lugar en el mundo, un prestigio que el resto les querrían negar pero no pueden». La riqueza de los británicos era fenomenal: tous riches!, cita Flaubert. Incluso su misma excentricidad parecía revelar, como afirma Morand, su carácter de gran pueblo. Y de Oporto a Nápoles y de Hamburgo a la Riviera, en sus estaciones de recreo, en sus establecimientos mineros o sus vías férreas, la lenidad de costumbres de las colonias británicas —inglese italianato, diavolo incarnato— iba a prender como emulación o como escándalo. De esa crédula fascinación nacería, tan satirizado, el anglómano continental, seducido por una civilización «más atractiva cuanto más de cerca se la viera». 

No pocos, sin embargo, terminarían por recorrer el camino de la subyugación al odio tras comprobar que «el resultado de la anglofilia es un amor rechazado», en tanto que los británicos, según John Lukacs, «suelen alejar de sí a las gentes que los admiran». Esa misma frustración sintió, anglófilo pionero, Voltaire en Gran Bretaña. Y la arrogancia cultural con que los hijos de Albión se acercaban al continente no iba sino a afirmar las distancias: en Francia, Toutain se pregunta cómo soportar que los ingleses consideren que el suyo es «un pueblo de peluqueros y cantores de romanzas»; en cuanto a los españoles, bastante tuvimos con que Richard Ford, allá por los clubes de Londres, trazara similitudes entre la Península y el Níger. Nada nuevo: de las «prácticas españolas», alusivas al fraude laboral, al «valor holandés» que aporta el alcohol, los británicos han tenido una soltura especial para equiparar lo negativo y lo foráneo.

Se ha querido situar el origen de ese excepcionalismo inglés en los tiempos de Cromwell, pero —de ponderar la poesía sobre la historia— también podemos hablar, con Ballard, de la insularidad como «estado del alma». «Una isla es un destino», escribe Llop, que remarca el «peso metafísico» del ser insular, con el mar que otorga «un carácter de frontera, de alejamiento del mundo, de creación de un mundo autárquico». Y si esto es cierto en el Mediterráneo, en el caso británico cobra calidad de paradigma: de la Nueva Atlántida de Bacon a la Utopía de Moro o el Robinson Crusoe, los ingleses han mitificado no poco su propia condición de ínsula extraña. Tal vez esté ahí la proyección de una cultura que —como el personaje de Defoe—  no ha conocido mejores momentos que aquellos de mayor soledad.

Por supuesto, si la lírica no convence, siempre se puede echar mano de la geopolítica y recurrir a la virtud estratégica del «espléndido aislamiento». A esa cláusula se acogió Disraeli, ante los problemas de Europa, para definir a Gran Bretaña como «una potencia asiática». Continente adentro, esa diferencia inglesa permitió al concierto de las naciones mitificar la política británica como «un lago plácido»; en las islas, la conciencia de una separación expresa acompañaría a su vez lo mejor y lo peor del camino nacional. De un lado, ha sido un fertilizante para el jingoísmo y para esas alusiones destempladas a la tierra «que nos dio el Holocausto, la Inquisición y la Revolución francesa», en una retórica de la little England que hoy extiende la peste a la Unión Europea. De otro lado, la asunción de la insularidad ha tenido sus momentos honorables, y cuando Duff Cooper presenta su dimisión tras el Acuerdo de Múnich, se acoge justamente al recuerdo de la política tradicional del país: una lucha contra la tentación de la hegemonía, en todo lo que va de Napoleón a Felipe II y el káiser. Con todo, lo más llamativo tal vez radique en que el celo de la independencia no ha sido mera cuestión de parlamentos y cancillerías, sino que también caló entre los apegos de un pueblo afecto a unas tradiciones vividas como orgullo. Baste considerar que la implantación de los pesos y medidas de origen francés fue vista como «abandonarse a un mar turbulento de revolución y locura». 

«Mártires métricos» iba a haber hasta nuestros días, quizá porque, británicos o no británicos, es difícil separar la idea de Gran Bretaña de aquel país «tradicional, formalista y ocioso» que, con sus guineas y coronas de sabor dickensiano, se afianzó tan hondo en la imaginación continental. No solo en ella: sencillo y llano en sus gustos, el arquetipo de John Bull como representación del inglés medio encarna expresamente una instintividad conservadora frente a las sofisticaciones —y agitaciones— del continente: saludables asados frente a los afeites de la cocina francesa, libertades antiguas frente a declaraciones de derechos, 1688 frente a 1789, tradición —en definitiva— frente a revolución. Y a despecho de los acercamientos, del Jockey Club en París, del rugby en Aquitania o del Stendhal que se esfuerza en aprender inglés, los contactos de orilla a orilla no han sido, con gran frecuencia, sino una añadidura de vejación. 

Tomemos el caso de la actividad —tan gentlemanesca— de la guerra en el continente: es congruente que, tras la derrota de Waterloo, los franceses no guardaran un cariño particular a Wellington; no lo parece tanto que el propio duque confiara en que los ingleses se ganaran a perpetuidad «el odio» del francés. Pero incluso sus aliados peninsulares deplorarían su arrogancia: ha habido pocas complicidades mayores que la de Portugal e Inglaterra, y he ahí que Wellington afirma que la frase más enajenada de su vida se la había oído a un general luso —«¡Acordaos de que sois portugueses!»— arengando a la tropa. Esas son cosas que duelen. 

También son celos que sedimentan. Ya en la Gran Guerra, Orwell constata la convivencia «irrepetible» de «la clase obrera inglesa» con los extranjeros: «el único resultado es que trajeron consigo un odio a todos los europeos, salvo a los alemanes, cuyo coraje admiraban». Las memorias bélicas de Graves abundan en ese mismo anecdotario de «un sentimiento antifrancés» que «llegaba casi a la obsesión», y cita, por ejemplo, a aquel muchacho británico que se conjura para no participar en una sola guerra más, «salvo contra los franceses». En verdad, que los campesinos picardos aguaran la cerveza a la soldadesca distaba de ser un signo cortés, pero tampoco se interpretó como una cortesía aquel manual de seducción acelerada —Cinq minutes de conversation avec des jeunes femmes— que repartieron los británicos a sus hombres. El opúsculo permitía pasar en unas pocas frases del Voulez-vous accepter un apéritif? al Permettez-moi de vous embrasser, en lo que constituye un trámite veloz incluso para los estándares de Francia. You may forget the groans and yells / but you’ll never forget the mademoiselles, cantaría, no sin razón, una canción de guerra inglesa del género pícaro. Los cincuenta y cinco mil casos de venéreas serían no menos inolvidables, pero esa sonrisa de picardía ha sido una constante entre los británicos, maestros en el arte de hacer de menos a los demás. Incluso hoy sigue presente: al inaugurarse el Eurotúnel, el primer tren llegado de Francia tuvo como destino mortificante la estación de Waterloo. Wellington, sin duda, se hubiese sonreído. 

*

John Keats arranca su poema con un «¡Feliz es Inglaterra!», pero antes de terminar el soneto ya se siente «languidecer» por «los cielos de Italia» y clama por no hallarse sentado «en el trono de los Alpes». He ahí el continente como tentación innombrable o, al menos, como muestra de esa otra Inglaterra abierta a Europa, capaz de un encuentro fecundo en tensiones creativas. No en vano, el genio británico ha sido un genio asimilador: sus casas paladianas y georgianas, sus catedrales góticas o su paisajismo dieciochesco —por no hablar de sus curries— dan indicio de una cultura hábil para la recepción, apropiación y elaboración de la influencia foránea hasta arraigarla en tradición propia. Quizá por eso tantas estampas de tipismo inglés comenzaron por ser artículos de importación, de los motivos clasicistas de la porcelana de Wedgwood a la tradición novelesca que prende tras la lectura del Quijote o el eterno jerez de los clubes del Mayfair. Hasta sus dinastías reales desembarcaron de outre-Manche. Ha habido, también en Inglaterra, un prestigio de lo ajeno, y tras la hegemonía del gusto de un Handel o un Van Dyck, apenas choca que Hogarth se quejara de su gran lastre para triunfar como pintor en su país: precisamente, ser inglés. Como sea, ese pasaje Inglaterra/Europa será siempre un billete de ida y vuelta: en los mismos años en que Ruskin descubría «las piedras de Venecia» y Newman prestigiaba la doctrina de Roma, las nannies británicas llegan a Rusia y un casinista de La Regenta finge, sin entender una palabra, leer el Times

En el rapport anglo-continental, los europeos de tierra adentro también copiarán —de las finanzas a la monarquía parlamentaria— no pocas ideaciones británicas. La deuda del continente, sin embargo, se ciñe ante todo a aquella Inglaterra que —como escribió Alcalá Galiano— hizo las veces de «madre de estrangeros (sic) y amparo de afligidos». Sí, Gran Bretaña fue, durante siglos, el mejor país al que huir del propio y, ola tras ola, los británicos acogieron todo lo que el continente rechazaba: hugonotes franceses, aristócratas tras la Revolución y revolucionarios tras 1848, judíos en el XIX y en el XX, resistentes gaullistas y —por supuesto— románticos y republicanos españoles. Todos ellos vieron en Inglaterra, como cifra la vieja emotividad de La pimpinela escarlata, «la tierra de la libertad y la esperanza». Y aun cuando un liberal anglófilo como Mazzini criticara «la indiferencia inmoral» de su política exterior, solo hace falta contemplar el mechón pelirrojo de Robert Boyd en El fusilamiento de Torrijos para saber del patrocinio inglés de «la libertad constitucional como el culmen de la felicidad humana y de la perfección política». Expresada con más o menos candor, esa libertad fue la verdadera diferencia inglesa

De orilla a orilla, el diálogo entre Reino Unido y el continente ha sido tan matizado que Eduardo VII, recibido en París al grito de Vivent les beurs!, terminaría despedido entre aclamaciones de Vive notre roi! Sí, también ha habido «ententes cordiales», vuelos del Concorde, esos mismos trenes que atraviesan el canal, de igual modo que nunca faltarán continentales que vean en las islas «el Japón de Europa», ni británicos dispuestos a creer que «los negros comienzan en Calais». Por algo Nelson y Napoleón, de columna a columna, de la plaza de Trafalgar a la plaza Vendôme, se miran con reproche todavía. Pero al final, siempre podemos pensar qué hubiese sido de todos nosotros si un tal Winston Churchill no llega a ser tan gran ami des grenouilles. Si la enemistad es hija de la vecindad, la misma cercanía —como quiso Lamartine— hace imposible no quererse. Son afectos que solo se comprenden entre «dulces enemigos». 


Gran Bretaña nos hizo así

The Benny Hill Show, 1986. Fotografía: Cordon Press.

Siempre hemos sentido recelo hacia todo lo británico. Quizás la única excepción sea la práctica del fútbol, que acogimos con entusiasmo en los últimos años del siglo XIX, justo cuando los penúltimos restos del Imperio español arrastraban a toda su población a un estado de melancolía, pesimismo e introversión del que aún no hemos salido del todo, y puede que no lo hagamos jamás. Y aunque el ímpetu con el que la marinería y parte de la oficialidad de los cargueros procedentes de Southampton y Plymouth, e incluso hay quien dice que de más allá de las Órcadas y las Shetland, no tuvo muchos escollos que salvar a la hora de montar pachangas en las playas de Guetxo o Punta Umbría, no es difícil imaginar las acusaciones de delitos de lesa patria que en aquel entonces se cruzaron comunidades enteras de vecinos hasta entonces bien avenidos de las márgenes más industrializadas del Nervión y el Río Tinto.

Porque al español le gusta presumir de ser el rey de la festa, pero realmente la vida social en España, la vida social en este país, como al parecer es preceptivo decir ahora, quizás para mantener una ambigüedad respecto a quién debe uno rendir cuentas que puede ser muy útil en alguna situación de la que no estamos plenamente seguros, pero que intuimos que está a la vuelta de la esquina —y este es un ejemplo de esa introversión a la que se hacía referencia y que en principio parece tan poco característica de nuestro élan vital— la expresión de alegría popular que tanto asociamos a lo más característico de sea lo que sea España, no deja de ser un lamento prolongado al que unas veces damos salida en forma de saeta y muchas otras de golpe de Estado. Y en las demás ocasiones, en todas esas situaciones en que tratamos de disimularlo, simplemente refleja una alegría terriblemente triste y hueca.

Para curarnos de nuestros males echamos mano de los británicos. Nuestros amigos los ingleses, pues ya sabemos que la auténtica identidad nacional es tener un equipo de fútbol que te represente, y esa es toda la geografía que necesitamos, son pomposos, engreídos y cargantes. Su humor es negro, mustio y atribulado; beben la cerveza caliente y untan con salsa de menta las chuletas de cordero, cerdo, pato y otros animales, de granja o no, cuya clasificación taxonómica levanta disputas aparentemente irreconciliables, muchas veces de carácter violento, en oscuras publicaciones especializadas a las que nadie confiesa estar suscrito, pero que todos han leído. Los adolescentes que pasan unos meses de verano en las ciudades costeras de East Sussex y Kent regresan con sombrías historias de incursiones nocturnas a la cocina en busca de alimento, y detallan los elaborados planes necesarios para llevarlas a cabo, no siempre a buen fin, y al contarlas les brillan los ojos y se les queda la boca seca. Hablan de restricciones a la hora de usar la ducha y otros servicios imprescindibles para mantener los estándares civilizados de higiene personal; describen, con una precisión técnica que hace temblar al oyente de temperamento más impasible, candados, cerraduras, seguros, pasadores y, en ciertos casos, dispositivos de seguridad electrónica aplicados a cada uno de los electrodomésticos que en cualquier hogar normal serían de uso diario. Buscan los rayos del sol y los absorben siguiendo un proceso fotosintético no del todo explicado, pero que les hace derramar lágrimas de gratitud. Tiemblan al oír la palabra sándwich, aunque sea de lejos.

Todo esto es cierto. En muchos aspectos Gran Bretaña es un lugar terrible, y es difícil no pensar en tasas de suicidio y casos de demencia colectiva cuando se pasea al anochecer por la calle principal de cualquier ciudad de un tamaño respetable, buscando una cena reconfortante y un poco de compañía. Los que gocen de una sensibilidad especial no podrán evitar iniciar una conversación sobre vampirismo y hombres lobo. Pero no todas las acusaciones son justas, especialmente aquellas que tratan sobre la gastronomía británica y sobre su peculiar sentido del humor. La comida británica está muy cerca de constituir una categoría del horror por sí misma, más cercana al splatter y al torture porn que al terror clásico, y no son descabelladas las hipótesis que sostienen, apoyadas en sólidas bases documentales, que el verdadero propósito de la Armada Invencible era evitar mediante la conquista de Inglaterra la expansión por todo el orbe de la costumbre de impregnar cualquier alimento con salsa Perrins; pero esa indigencia culinaria tan querida por los súbditos de su majestad, de la única majestad que queda en el mundo, es fruto de una actitud meditada y tiene sus compensaciones.

Mientras allí no pasaban de desarrollar distintas variaciones del pastel de carne que en 1877 desembocarían en esa oda a la tosquedad que es el shepherd’s pie, que junto al deleznable foater australiano constituye uno de los más auténticos iconos del mal gusto que solo los antigurmetitas convenientemente titulados sabrían apreciar, en España alcanzábamos cotas tan excelsas como la almohada de aceite de oliva con sorbete de agua de tomate o el crujiente andaluz de algas. Un somero ejercicio de gestión de recursos donde el objeto de estudio sea la limitada cantidad de energía intelectual de la que es depositaria cualquier sociedad, y cuya unidad de medida aún está por definir, nos indicaría sin dar lugar a error que el tiempo empleado en inventar o descubrir la máquina de vapor, el radar, la insulina, el protón y el neutrón, la penicilina, el acero inoxidable y otros artilugios más mundanos pero no menos útiles como el retrete, la tostadora, las cerillas, el cepillo de dientes y (postrémonos) el tweed; que el esfuerzo dedicado a desarrollar distintas corrientes filosóficas de no poca importancia como el nominalismo, el empirismo y, si lo podemos considerar así sin traicionar ningún principio fundacional de la idea Juche, el capitalismo; todo el sacrificio necesario para conseguir esos logros y algunos daños colaterales de nefasto efecto como el brit pop, es exactamente el mismo, medido hasta al menos la décima posición decimal, que el invertido para lograr esferificar una aceituna y cocinar un aire de melón.

Hubo un tiempo, a finales de los años setenta, unos años en los que España aún se debatía entre el bien y el mal, en el que pudimos aferrarnos a las series de humor británico para tomar la senda correcta. Eran series de un humor sencillo, inocente, algo ramplón, que aquí enseguida la autoridad competente se encargó de sabotear, ya sea esgrimiendo atentados a unos principios morales que impedían que un hombre, que además se fingía homosexual, compartiera piso con dos mujeres —es difícil olvidar que ese era el único motivo por el que Un hombre en casa estaba calificada con dos rombos—, ya en aras de un curioso concepto del feminismo según el cual el bueno de Benny Hill, de quien quizás lo más patológicamente siniestro que se puede decir es que profesaba un amor enfermizo por su santa madre, atentaba contra la dignidad de la mujer por tener una irrefrenable, divertida y a duras penas salaz querencia por correr detrás de señoras en paños menores. Después llegaron las Mamachicho, Pepelu, el doctor House y el humor inteligente.

En un sketch de El show de Benny Hill aparecen bien alineados una serie de personajes, siete hombres y una mujer, vestidos de uniforme marinero infantil azul celeste, formando un coro estrambótico que, bajo la dirección del mismo Benny, que previamente da la clave golpeando y colocando el diapasón sobre la mítica calva de Jackie Wright, se dispone a representar una particular versión a capela de la «Marcha Turca» de Mozart. Llegado cierto momento de la actuación, tres de los hombres se adelantan, se arrodillan y se descubren la cabeza para que Benny Hill pueda interpretar el famoso rondó golpeando con unas baquetas las calvorotas de sus compañeros, como si fueran una suerte de xilofón alopécico. Cuando llegue el día en que semejante escena nos arranque unas carcajadas con las que cualquier sitcom de producción nacional, presente o pasada, solo sea capaz de soñar, ya estaremos listos para salir de esta miseria moral. Entonces nos compraremos un bulldog, le pondremos un nombre compuesto y lo declararemos nuestro heredero. Fumaremos en pipa, tomaremos el té con pastas de relleno inefable, el pipermín servirá, y discutiremos amigablemente sobre el mejor modo de abonar las petunias. Y por fin desterraremos las bermudas, las chanclas y otros atentados sartoriales para ir adecuadamente vestidos cada amanecer, cuando salgamos del jardín de nuestra minúscula casita adosada después de haber dado cuenta de un desayuno a base de scones y porridge, con el paso firme de quien se sabe capaz de someter al mundo, con seguridad y aplomo, sin reminiscencias de lo peor de nuestro pasado y luciendo en la corbata un nudo Windsor del que hasta la mismísima Inglaterra esté orgullosa.


El mito de la Dama de Hierro

Margaret Thatcher fotografiada por Jane Bown, 1983. Foto: Cordon.

Now is the winter of our discontent
Made glorious summer by this sun of York.

William Shakespeare, Ricardo III.

Prólogo. Crisis, What Crisis?

Los diarios británicos no suelen ser tan eruditos o tan aficionados a citar poesía como sus homólogos franceses, pero el Sun dio con el verso exacto. Era el invierno de 1979, y el Reino Unido estaba atenazado por una huelga de camioneros que había paralizado el país. Con el transporte de gasolina cortado, el Gobierno estaba preparando planes para declarar el estado de emergencia y movilizar el ejército. 

James Callaghan, entonces primer ministro británico, decidió dar una conferencia de prensa improvisada en el gélido aeropuerto de Heathrow de vuelta de una cumbre en Guadalupe, en las Antillas Francesas. Un periodista le preguntó qué iba hacer ante el caos creciente que parecía estar apoderándose del país. Callaghan respondió que no creía que «otra gente en el mundo comparta esa opinión» de que había «un caos creciente». 

Al día siguiente, el Sun tituló así su portada: «Crisis? What Crisis?». El título de su editorial era la primera frase del discurso en Ricardo III: «Now is the winter of our discontent». Ese fue el verso por el que sería conocido el último invierno del Partido Laborista en el poder. 

The winter of our discontent

Todo había empezado seis años antes, cuando la crisis del petróleo sumió al Reino Unido en una dolorosa crisis en la que se mezclaban el estancamiento económico y una inflación fuera de control. El gobierno del conservador Edward Heath, atrapado en una espiral de huelgas, parecía incapaz de solucionar el problema. Los laboristas se presentaron entonces como una alternativa de paz social, un partido con estrechas relaciones con los sindicatos que pondría fin a las huelgas y pararía la subida de los precios. 

Harold Wilson, primero, y James Callaghan, después, establecieron una política de concertación salarial. El Gobierno pactaría cada año con los sindicatos las subidas salariales máximas para toda la economía, pero mantendría los tipos de interés bajos y no recortaría el gasto público, para evitar que aumentara el desempleo. La moderación salarial se mantendría hasta que dejaran de subir los precios. 

La cosa funcionó, al menos al principio. La inflación, que había alcanzado el 27 % en agosto de 1975, cayó por debajo del 10 % a finales de 1978 sin que eso comportara un aumento apreciable de la tasa de paro. Los ingresos de los trabajadores, sin embargo, estaban cayendo en términos reales, y a finales de año los sindicatos no pudieron contener la ira de sus miembros. Cuando el Gobierno les pidió restringir las subidas salariales por debajo del 5 % anual, se levantaron de la mesa para no volver. 

La moderación salarial se había terminado. Todo empezó con una huelga en Ford que acabó con subidas de sueldos muy por encima de lo marcado por el Gobierno. A las pocas semanas, cientos de empresas veían como sus obreros abandonaban sus puestos de trabajo y se sintieron obligadas a negociar. El ala izquierda del partido empezó a protestar ruidosamente, obligando a Callaghan a abandonar las sanciones para las compañías que vulneraran los topes salariales.  

Fue el disparo de salida. Entre septiembre de 1978 y febrero de 1979, el país vivió unos meses de locura. Los transportistas exigieron subidas salariales del 40 % y los sindicatos consiguieron acordar una subida del 15 %, pero sus miembros la rechazaron y fueron a la huelga igualmente. Las gasolineras cerraron y los supermercados quedaron desabastecidos. En Hull, los camioneros se negaron a llevar pienso a las granjas. Ganaderos iracundos lanzaron cerditos y pollos muertos a las sedes sindicales. 

A los camioneros les siguieron las enfermeras, los ferroviarios, las ambulancias, los hospitales y los servicios sociales. En Liverpool y Tameside, los enterradores fueron a la huelga, obligando al ayuntamiento a tener que almacenar cientos de cadáveres en una fábrica mientras negociaban salarios. Los trabajadores de limpieza también pararon; Leicester Square se convirtió en un vertedero improvisado donde se acumulaban toneladas de basura. La inflación volvió a dispararse. En medio de uno de los inviernos más fríos que se recuerdan, el Reino Unido parecía dirigirse a la anarquía. 

El 28 de marzo, su gobierno perdía una moción de confianza después de que los nacionalistas escoceses le retiraran su apoyo, forzando unas elecciones. Los laboristas las perderían por siete puntos apenas un mes después, en medio de terribles peleas internas. 

Fue en este contexto cuando Margaret Thatcher llegó al poder. 

Simpatizantes del Partido Conservador celebran la victoria electoral de Margaret Thatcher, 1987. Foto: Cordon.

La fortuna de tener malos enemigos

Margaret Thatcher es vista como la figura colosal, ciclópea, heroica del conservadurismo occidental. Una mujer de convicciones profundas, talento infinito y voluntad inquebrantable. La Dama de Hierro, alguien capaz de arrastrar al Reino Unido a la modernidad y el futuro tras años de sopor y decadencia imperial, todo a base de liderazgo y perseverancia. Esta historia es, en gran parte, una leyenda. 

Thatcher tuvo la enorme suerte de tener enemigos espantosos: no por malvados o destructivos (aunque, como veremos, los laboristas en 1983 algo de miedo sí que daban), sino por lo malos que eran en eso de ser enemigos de nadie y ganar elecciones.

La cosa empezó con Callaghan, el torpe, desafortunado, ingenuo primer ministro que fue linchado por sus aliados sindicalistas. Callaghan era Pericles comparado con Michael Foot, su sucesor.

Los laboristas y los sindicatos británicos siempre habían tenido una relación muy cercana desde la fundación del partido. Tras la derrota electoral de 1979, os podéis imaginar lo feliz que era este matrimonio. Incluso antes de la dimisión de Callaghan (18 meses después de perder las elecciones; el tipo era tan gafe como testarudo), los sindicatos, militantes y diputados se dedicaron a atizarse entre ellos y dividirse entre un ala militante intransigente bajo Tony Benn y los moderados, que eran mayoría entre cargos electos. Foot, un tipo desaliñado de 67 años que había sido informante del KGB durante su juventud (no, no es broma, aunque esto no se hizo público hasta mucho después), fue elegido gracias a los votos del ala izquierda, y procedió a convertir el partido en un sainete. 

La cuestión es que, cuando Thatcher llega al poder y empieza a aplicar su programa económico, la cosa resultó ser un desastre. Los conservadores cuentan, como parte de la leyenda thatcheriana, que la crisis inicial era inevitable, un duro ajuste para deshacer los excesos de un país que estaba viviendo por encima de sus posibilidades. La realidad, sin embargo, es que los tories empezaron su mandato implementando políticas monetaristas radicales y les salió horriblemente mal. 

El monetarismo es una de esas ideas típicas de los conservadores de los ochenta, que parecen brillantes en su simplicidad pero que tienden a estrellarse al entrar en contacto con la realidad. Thatcher y su equipo económico creían que el principal problema del Reino Unido era la inflación, y que la mejor forma de reducirla era limitando la oferta de dinero, no con acuerdos salariales y hablando con sindicalistas salvajes. Lo que había que hacer era subir los tipos de interés, recortar el gasto y darles a los británicos una ración de austeridad purificadora. 

La historia os sonará familiar: al cabo de dos años, el Reino Unido estaba sumido en una recesión monumental, la tasa de paro se había duplicado, el PIB había caído en picado y la popularidad de Thatcher se había hundido hasta un raquítico 23 % de aprobación. La inflación, mientras tanto, seguía tozudamente por encima del 15 %. Las huelgas no cesaban. El desastre era tal, que los laboristas iban por delante en las encuestas.

Hasta que Michael Foot, Tonny Benn y sus muchachos empezaron a explicar qué querían hacer, claro está. Los sindicatos y el ala izquierda del partido, en medio de alegres batallas internas, impusieron una agenda que incluía el desarme nuclear unilateral (en plena guerra fría, nada menos), abandonar la comunidad europea (¿os suena?) y la nacionalización de la banca y la industria. El ala derecha del laborismo, harta de que los tipos que habían volado a un primer ministro por los aires insistieran en un programa más radical, se escindieron en 1981 para formar un nuevo partido, el SDP (socialdemócratas), dividiendo estúpidamente el voto de la izquierda en un sistema mayoritario. 

Entonces llega 1982, y Argentina decide invadir las islas Malvinas. Thatcher responde militarmente de inmediato: una decisión que, hay que reconocerlo, tuvo agallas. El ala izquierda de los laboristas se opone a la intervención. 

La victoria británica hizo a la primera ministra inmensamente popular. El año siguiente, a pesar de que el paro seguía subiendo (llegó a rozar el 12%, una cifra inaudita desde la gran depresión), la combinación de la gloria militar, las constantes luchas fratricidas laboristas, un programa electoral que fue jocosamente conocido como «la nota de suicidio más larga de la historia» por su radicalidad y la competencia del SDP hicieron que Thatcher derrotara a Foot por casi 15 puntos.

Lo que no se dice casi nunca, sin embargo, es que los conservadores obtuvieron un 42 % del voto. La suma de los laboristas y la coalición liberales-SDP se llevó un 53 % de los sufragios. La izquierda, como de costumbre, se había derrotado ella sola. 

La primer ministro Margaret Thatcher en el 10 de Downing Street. Foto: Cordon

La economía bajo Thatcher

Margaret Thatcher había llegado al poder prometiendo reducir el gasto público, bajar impuestos, sacar a la economía británica de su sopor y destruir el poder de los sindicatos. De las cuatro promesas, solo cumplió la última a rajatabla. 

El gasto público apenas se redujo en la década de Thatcher: solo disminuyó dos años; en 1986, el Gobierno británico tenía más peso en la economía del país que en 1979, cuando los conservadores llegaron al poder. Las políticas de austeridad, paradójicamente, crearon tanto desempleo que los recortes en programas sociales no ahorraron dinero, ya que la economía estaba creando demasiado pobres. No fue hasta 1987, cuando la tasa de paro bajó del 10 %, que el gasto público empezó a moderarse, y en 1989 era casi seis puntos inferior a 1979 en porcentaje del PIB (un 39 %, comparado con el de 45 años antes). No es que fuera duradero; cuando la relativamente modesta recesión de principios de los noventa golpeó a sus sucesores, el gasto público volvió a rozar enseguida el 44 % del PIB. 

En suma, la pequeña caída del gasto se debió por encima de todo a las privatizaciones del enorme sector público industrial británico. Por algún motivo incomprensible, el Reino Unido había nacionalizado cosas como la fabricación de automóviles de lujo (Rolls-Royce) o del azúcar (British Sugar), así que muchas de estas privatizaciones tenían sentido, y Thatcher hizo bien en aguantar la radical hostilidad de los sindicatos para completarlas. 

En materia fiscal, Thatcher, más que bajar impuestos, cambió quién los pagaba: redujo el impuesto de la renta a los ricos y subió el IVA a todo el mundo. Esto, junto con la demolición sistemática de los sindicatos (que, como hemos visto más arriba, no es que fueran del todo razonables), nos dio el legado más importante de la economía thatcheriana: un aumento gigantesco de la desigualdad. La pobreza prácticamente se duplicó durante su mandato, pasando del 13 % en 1979 a más de un 22 % en 1990. Las diferencias de renta entre ricos y pobres se incrementaron drásticamente, al igual que las enormes diferencias regionales, fruto de la colosal desindustrialización. 

Lo más relevante de toda esta historia, sin embargo, es que esas reformas no hicieron gran cosa para aumentar el crecimiento económico, que fue bastante mediocre durante toda la década de los ochenta. La economía nunca creció por encima del 2 % de forma sostenida; Thatcher provocó una recesión monumental al empezar la década y cuando dejó el cargo el país apenas crecía un 1 %. En suma, los gobiernos de Thatcher solo fueron extraordinarios en la distribución de la renta hacia arriba, pero nada más. 

Cuando la fortuna le dio la espalda

El sucesor de Michael Foot fue Neil Kinnock, un galés encantador que resultó ser excelente en perder elecciones. Parte del problema es que los laboristas se dieron cuenta de que el partido estaba sufriendo una campaña organizada de entrismo por parte de organizaciones trotskistas (la Militant Tendency), y Kinnock dedicó gran parte de su tiempo y esfuerzo a purgarlo. La izquierda de Tonny Benn, obviamente, se lo tomó a mal, así que el labour se pasó los siguientes siete u ocho años a tortas entre ellos, que en el fondo es lo que más les gustaba hacer. 

Tras otra victoria cómoda en 1987 (cuando los laboristas seguían a tortas y los sindicatos estaban aún poseídos por un espíritu militante que los llevó a huelgas kamikazes), Thatcher llega al final de la década con dos problemas graves. Primero, su agenda es horrendamente impopular, pero ella siguió insistiendo en reformas fiscales cada vez más regresivas. Incluso con Kinnock, los laboristas estaban catorce puntos por delante en los sondeos. 

Segundo, dentro de su partido empezaban a estar hartos de ella. Para empezar, tenían miedo de que, si seguía de primer ministro, fuesen camino de caer derrotados en las urnas en 1992. Además (y nótese aquí la ironía), el sector moderado del partido no compartía el creciente antieuropeísmo de Thatcher y su negativa a entrar en el sistema monetario europeo. 

No está claro si las divisiones sobre Europa fueron el motivo o la excusa para que su partido la echara. El 14 de noviembre, Michael Heseltine anuncia su candidatura para dirigir el partido conservador. Seis días después, Thatcher gana la votación entre diputados por un margen estrecho, lo que requirió una segunda votación. Anticipando su derrota inminente, la Dama de Hierro presentó su dimisión. Cuando los laboristas dejaron de hacer el ridículo, fue su propio partido quien acabó por deshacerse de ella.

Un legado de imágenes más que de resultados

Thatcher tuvo sus momentos de gloria, indudablemente. Tras las Malvinas, era inmensamente popular. Su política exterior fue, en general, acertada; su demolición de los sindicatos británicos fue tan épica como necesaria. Además, tenía razón al decir que el euro y el sistema monetario europeo estaban fundamentalmente mal diseñados, e hizo más bien que mal con las privatizaciones. 

Thatcher, no obstante, nunca fue la gran política que cuenta su leyenda. Su popularidad fue en buena parte un espejismo fruto de la tremenda incompetencia de sus enemigos. Sus políticas económicas generaron pobreza y desigualdad, no un milagro económico. 

Aun así, viendo la clase política británica en años recientes y la triste serie de primeros ministros antes y después de su mandato, la mediocridad de Thatcher se vuelve relativa. Heath, Wilson, Callaghan, Major, Cameron y May han sido primeros ministros lamentables, absurdamente malos en su trabajo. Tony Blair apenas rozaba la mediocridad. Solo el pobre Gordon Brown, que tuvo la mala suerte de llegar al cargo justo antes de la gran recesión (y que compartía la opinión de Thatcher sobre el euro) ha sido genuinamente bueno en el cargo.

Quizás Thatcher no fuera gran cosa, pero al menos no era un desastre absoluto. Durante el último medio siglo, esto en el Reino Unido te hace un estadista. 


La mano de hierro que azotó la novela

Margaret Thatcher cruza el paso de cebra de Abbey Road, inmortalizado en el álbum homónimo de The Beatles. Fotografía: Cordon Press.

1975, Londres. Los tories celebran una recepción en el Salón Rosebery de la Cámara de los Lores para presentar el libro de un tal Lord Butler. Un joven Christopher Hitchens acude a la cita, alguien le ha soplado que la nueva líder del Partido Conservador se va a dejar caer por allí. Es Margaret Thatcher. Una mujer sobre la que Hitch ha escrito un par de artículos, su favorito es el del New Statesman, donde la calificaba como una mujer «sorprendentemente sexy». Es inevitable que un interlocutor, Sir Peregrine Worsthorne, haga las presentaciones. Thatcher parece complacida, sabe quién es, y Hitch se revuelve y decide buscar la polémica enzarzándose en una discusión sobre la política de Rodesia / Zimbabue. En cuestión de minutos el periodista acaba ofreciéndole las nalgas y la líder tory azotándole en el trasero con unos papeles enrollados en forma de cilindro. Aquel fue el primer manotazo de hierro a la cultura.

Cuatro años después, Margaret Hilda Thatcher ganó las elecciones y se convirtió en la primera mujer elegida primer ministro del Reino Unido. Fría, liberal, autoritaria, siempre con un collar de perlas al cuello, permaneció once años en el cargo y un tsunami liberal asoló al país durante su mandato. «There is no alternative» se convirtió en el lema para justificar sus decisiones en materia económica. Entre sus reformas se incluyó la supresión de la financiación del Consejo de las Artes, un organismo establecido después de la Segunda Guerra Mundial para poner la cultura al alcance de todos. Maggie, como empezaron a llamarla sus detractores, consideraba que los artistas debían arreglárselas por sí mismos, como el resto de la población. La ira del mundo de la cultura creció en paralelo a las políticas que destruyeron empleos en minas e industrias, las que socavaron el estado de bienestar. Su postura con los presos del IRA, su alianza con Estados Unidos contra el comunismo y la participación de Gran Bretaña en la guerra de las Malvinas avivaron la revuelta social. Nunca hubo una sociedad tan polarizada. Lo que veías, lo que escuchabas, lo que leías… te definía. Eras pro- o anti-Thatcher, sin medias tintas.

El descontento social provocado por sus políticas ultraliberales sirvió como caldo de cultivo a la novela, un género que se reinventó ante la adversidad. Bajo (y contra) el thatcherismo floreció una de las mejores generaciones de la narrativa británica. Entre los nombres propios de aquella corriente están Malcolm Bradbury, Martin Amis, Salman Rushdie o Ian McEwan. El propio McEwan explicó, en un artículo publicado en el diario británico The Guardian, la fijación que la líder tory despertó en aquella generación:

«No es habitual que un Gobierno pueda presumir de haber fomentado las artes, pero Thatcher, que siempre tuvo una actitud impaciente ante la reflexión detallada sobre la vida, llevó a los autores a nuevos terrenos». La obsesión por su figura se convirtió en un deporte nacional, no podían hablar de otra cosa. Incluso personajes de ficción se dirigían a ella, como Adrian Mole, creado por la escritora Sue Townsend y que escribió un poema a la primera ministra en el que le preguntaba si era capaz de llorar.

Michael Dobbs fue un personaje de carne y hueso. Jefe de Gabinete del Gobierno conservador de Thatcher hasta 1987, cuando la Dama de Hierro fue reelegida por una amplia mayoría. Dobbs había estado siempre cerca de ella, pero lo que antes habían sido sonrisas y palmaditas en la espalda se transformaron en la frialdad y crueldad por la que era famosa. Una discusión de esas que eleva los decibelios de cualquier edificio acabó con la renuncia de Dobbs, que en lugar de llorar o lamentarse se largó de vacaciones y alumbró una novela sobre intrigas políticas en la que aúna realidad y ficción, y en la que los parlamentarios británicos aparecen como unos hijos de puta divertidísimos. Su título es House of Cards.

La animadversión que provocaba la Dama de Hierro agitó la pluma de autores como Hanif Kureishi, uno de los mayores detractores del thatcherismo y de su legado. Hijo de pakistaní e inglesa, criado en el mismo barrio que David Bowie y Billy Idol, sacudió los cimientos de la literatura británica con El buda de los suburbios. Una historia que se interrumpía con la llegada al poder de Thatcher. En El álbum negro, Kureishi fue un paso más allá, situando la historia en la Inglaterra de 1989, con un país tratando de sobrevivir al legado de los conservadores.

Entre el resquemor, el odio y los gritos de «¡Maggie, fuera, fuera!» que repetía la izquierda como un mantra, el nobel de literatura, Harold Pinter, se arrepintió públicamente de haberla votado. Algunos contemporáneos de Pinter estaban en el bando contrario, en el de los pro-Thatcher. Anthony Burgess, Philip Larkin o Kingsley Amis consideraban su llegada al poder como el restablecimiento de una autoridad perdida. Unos viejos rockeros que no solo admiraban su forma de hacer política, sino que cayeron rendidos a sus encantos y cualidades físicas. Kingsley Amis llegó a afirmar que la primera ministra era una de las mujeres más guapas que había conocido. Años después, su hijo Martin —férreo detractor de la Dama de Hierro— dijo en una entrevista que creía que su padre tenía sueños húmedos con Thatcher. Para Burgess era una «Venus madura». Y Larkin posó complacido con ella durante una visita a Downing Street.

En 1990 Margaret Thatcher abandonó el poder convertida ya en un icono pop. Fuente inagotable de inspiración, algunas de las mejores novelas sobre la época en que gobernó el Reino Unido se escribieron después. En 2004 Alan Hollinghurst se alzó con el Booker, el máximo galardón de las letras británicas, por La línea de la belleza. Una novela en la que describe la sociedad gay inglesa durante el segundo mandato de Thatcher, una etapa marcada por las políticas liberales, pero también por la aparición de la epidemia del sida. A través de los ojos de Nick, un veinteañero que está escribiendo una tesis sobre Henry James, Hollinghurst radiografía la sociedad de la era thatcheriana en una historia por la que desfilan familias conectadas con las altas esferas económicas y políticas. Jonathan Coe realizó una crítica mordaz de esas élites en Menudo reparto, una novela en la que daba un repaso a la polémica política de privatizaciones del thatcherismo. Y entre tanto anti- y tanto pro-Thatcher, Javier Marías, que le concedió un cameo estelar a la Dama de Hierro en Corazón tan blanco, donde aparece conversando con Felipe González.

Margaret Thatcher murió el 8 de abril de 2013, pero sigue siendo un filón, se siguen publicando biografías y ensayos sobre su legado. Hillary Mantel ha ido un paso más allá con El asesinato de Margaret Thatcher, matando a Maggie antes de que Inglaterra se convirtiera en la Inglaterra de Margaret Thatcher. De haber sido real ese argumento, ¿el mundo y la literatura británica habrían sido muy diferentes? ¿Cuántas buenas novelas se habrían perdido sin la mano de hierro que azotó a Hitchens?


¿Cuál es la mejor canción sobre la historia británica?

De acuerdo a las noticias que nos han llegado estos días del Reino Unido podemos afirmar sin riesgo de pillarnos los dedos que concluye una semana histórica —al fin y al cabo todas lo son— y que algún avance ha debido haber, aunque desconocemos en qué dirección. Lo importante es que hemos podido seguir con detalle el pintoresco ritual de la Cámara de los Comunes: bajo el mando de un Speaker con voz de trueno si hay suficientes gritos de «aye» y de «no» se procede a hacer sonar las campanas de votación, momento en que unos parlamentarios que ni siquiera tienen asiento propio en la cámara tienen ocho minutos para ir a uno u otro pasillo en función de su voto.

Nos burlamos de los ingleses por su manía de tirarse de los balcones y lo que ocurre es que no los entendemos. En vista de todo esto tal vez haya un significado oculto en esa práctica, un sacrificio humano ante sus dioses o algo así, y lo más prudente sea respetar dicha costumbre sin juzgarla. En cualquier caso, decíamos, este país de singular idiosincrasia anda ahora escribiendo otro capítulo de su historia, lo que nos lleva a fijarnos en aquellas canciones de su abundante producción musical que de una u otra forma la han reflejado, a veces con orgullo patriótico, otras con ironía o también con amargura. De todas ellas hemos escogido las siguientes, voten su favorita y si quieren añadan algún otro ejemplo en la sección de comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Camelot Song», de Monty Python

Allá por el 55 a. C. comenzó la primera incursión romana en las islas, que debido al color blanco de sus acantilados fueron bautizadas como Albión (luego tiempo después alguien con buen criterio le añadió un «pérfida» delante, pero esa es otra historia). El Imperio romano logró establecerse durante unos cuatro siglos, hasta que llegaron otros invasores, los anglos y los sajones, y a ellos de acuerdo a la leyenda les hizo frente el rey Arturo. El paso del tiempo lo embellece todo, así que por ahí aparecen luego dragones, magos, amores imposibles, el Santo Grial… Este breve número musical incluido en Los caballeros de la mesa cuadrada puede decirse por tanto que tiene tanto rigor histórico como cualquier otra narración previa al respecto. Aunque es probable que el Arturo real, si acaso existió, sí montara a caballo en lugar de caminar trotando mientras hacía el ruido con la boca.

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«Barbarian», de The Darkness

Pero las islas británicas han sido invadidas desde entonces en más ocasiones a lo largo de su historia. No atraídos por su clima, suponemos, sino para realizar pillajes, como era el caso de las incursiones vikingas en el siglo IX sobre las que trata este tema, que menciona a Edmundo Mártir y a uno de los hijos del célebre Ragnar Lodbrok, llamado Ivar el Deshuesado, quien aparte de huesos tampoco debía tener entrañas a juzgar por la crueldad hacia sus enemigos.

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«William the Conqueror», de DMX Krew

Dice la leyenda que Ivar ordenó que tras su muerte lo enterrasen en la costa inglesa para que sus huesos (alguno tendría) impidieran la entrada de cualquier invasor a modo de maldición. Y así fue hasta que llegó Guillermo el Conquistador a su tumba, ordenase profanarla y para sorpresa de todos ahí estuviera el cuerpo de Ivar incorrupto, que a continuación fue quemado en una pira. Entonces ya resultó posible que tras la batalla de Hastings en 1066 se convirtiera en el primer rey normando de Inglaterra.  

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«King and Lionheart», de Of Monsters and Men

No parece probable que al cantar «Anarchy for the UK» los Sex Pistols estuvieran haciendo un guiño erudito al periodo del siglo XII conocido como «La anarquía inglesa» (la época de Los pilares de la tierra, para entendernos) que terminó con la dinastía fundada por el citado Guillermo. Así se dio paso a otra en la que estaba Ricardo Corazón de León, al que esta banda islandesa menciona en un tema que formó parte del disco que los lanzó a la fama.

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«Remember», de John Lennon

Si el Parlamento de Westminster del que hablábamos al comienzo sigue existiendo es para disgusto de Guy Fawkes, soldado católico de los Tercios que puso su mejor empeño en volarlo por los aires en la Conspiración de la Pólvora del 5 de noviembre de 1605. Descubierto horas antes de ejecutar su plan, pasó a ser considerado un villano en la tradición cultural inglesa a la que se alude aquí  («Remember the 5th of November») antes de terminar la canción con una explosión que evoca a esa pólvora que no llegó a estallar.

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«Kurious Oranj», de The Fall

Ese mismo siglo hubo otra conspiración que sí fructificó, derrocando al rey Jacobo II para dar lugar a un régimen de monarquía parlamentaria que haría entrar al país en la modernidad. En 1988, año en el que se cumplieron tres siglos de aquel acontecimiento, esta banda punk de Mánchester lanzó este tema en el que se cita a la nueva dinastía, de quienes dice «They built the world as we know it».

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«Rule Britannia!», de la Royal Philharmonic Orchestra

Espoleados por un impetuoso espíritu explorador, conquistador y comercial, los ingleses pueden jactarse de haber ido prácticamente a todas partes del mundo (salvo al dentista, claro): el Reino Unido atesora el  mérito de haber invadido en algún momento de su historia a todos los países del planeta salvo veintidós. Está claro que se tomaron muy en serio el mandato de «Rule Britannia!». Tras la unión en 1707 de Inglaterra y Escocia, James Thomson, originario de esta última, quiso contribuir a una construcción de una identidad británica que abarcase a ambas con esta composición, que el tiempo ha convertido en todo un himno.

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«Amazing Grace», de Mumford & Sons

Una parte importante de ese dominio sobre los mares resultó ser el comercio de esclavos. John Newton, como miembro de la Royal Navy, fue parte de él hasta que un incidente en el que estuvo cerca de morir le hizo ver la luz y se convirtió en un pastor protestante. Con el tiempo trabó amistad con el parlamentario inglés William Wilberforce y juntos lucharon por la abolición de tal práctica, que se vio recogida en una ley del año 1807. Este tema compuesto por Newton que alude metafóricamente a ese pasado y a su conversión ha tenido desde entonces infinidad de versiones, como la que vemos sobre estas líneas.

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«All Together Now», de The Farm

El siglo XX trajo dos guerras mundiales que terminaron quebrando aquel imperio «donde nunca se pone el sol», según decían apropiándose de una expresión ya acuñada para el español. Envidiosos. La primera de esas guerras causó cerca de un millón de bajas al país y como vimos recientemente ha sido una gran fuente de inspiración para muchos músicos. Pero alguna de ellas hay que escoger y esta es tal vez la más conocida, con permiso de Metallica.

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«Love, Love Alone», de Harry Belafonte     

Ante la encrucijada de conservar el trono o seguir junto a la mujer que amaba Eduardo VIII optó por lo segundo, no es de extrañar por tanto que tal muestra de sacrificio por amor sirviera de inspiración a canciones románticas como la presente.

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«Mr. Churchill Says», de The Kinks

El día a día en Reino Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, tal como ya contamos en este artículo, representó para quienes lo vivieron una época de penurias, miedo y, también, un sentimiento de comunidad como ya no vivirían desde entonces, todos estaban en el mismo barco. Esa épica nacional tuvo como guía los discursos de Churchill, tan inspirados que bastó con reunirlos en una misma letra, tal como hicieron The Kinks en este tema del álbum Arthur (Or the Decline and Fall of the British Empire).

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«Sunday Bloody Sunday», de U2

Podemos escuchar a Bono presentando la canción en el concierto diciendo que «esta no es una canción rebelde», con ello se refería a todo un subgénero musical vinculado al nacionalismo irlandés y de tono a menudo abiertamente beligerante. Pero aquí la intención era solo recordar aquel treinta de enero de 1972, cuando una manifestación en Derry provocó una respuesta del ejército británico que se saldó con catorce muertos y el posterior recrudecimiento del conflicto norirlandés en lo que pasó a llamarse  «The Troubles».

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«This is England», de The Clash

Concluimos con un tema que formó parte del último disco que publico esta banda punk, en el se alude a la crisis que azotó al país durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX. Casi todas las colonias se habían perdido, el empuje industrial de otro tiempo estaba agotado y la sociedad británica, en resumen, había sufrido una profunda transformación en todos los órdenes que llevó a cierto desencanto vital, tal como quedaba reflejado aquí.

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Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores (1975). Imagen: Michael White Productions / National Film Trustee Company /  Python (Monty) Pictures.


La vida diaria en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial

Bomba sin explotar en Londres, 1941. Foto: Defense Imagery (PD).

Me dirijo a ustedes desde la sala del Consejo de Ministros, en el 10 de Downing Street. Esta mañana, el embajador británico en Berlín le entregó al Gobierno alemán una nota final, manifestando que, a menos que para las once horas recibamos respuesta diciéndonos que están preparando el inmediato retiro de sus tropas de Polonia, existirá el estado de guerra entre nosotros. Debo decirles ahora que tal compromiso no ha sido recibido y en consecuencia este país está en guerra con Alemania. Ustedes pueden imaginar lo duro que este golpe es para mí, ahora que mi largo empeño por lograr la paz ha fracasado…

Así comenzaba la declaración de guerra que el primer ministro Neville Chamberlain transmitió por radio la mañana del tres de septiembre de 1939. Un anuncio que trajo preocupación aunque difícilmente sorpresa para ningún británico, tal como contaba Norman Longmate, un historiador que tuvo el privilegio no muy frecuente en su profesión de vivir aquellos acontecimientos a los que más adelante dedicaría su obra How We Lived Then: a History of Everyday Life during the Second World War, que nunca ha llegado a ser traducida al castellano aunque merece nuestra atención. Habituados a un enfoque de los acontecimientos históricos en el que priman las batallas y los grandes líderes, a veces se echa en falta también conocer de cerca la vida cotidiana de los ciudadanos anónimos en la retaguardia, al fin y al cabo en torno al noventa por ciento de la población británica fue civil durante toda o gran parte de la guerra. Su manera de percibir el conflicto en que estaba inmerso el mundo fue la más frecuente, así que en ella nos centraremos.

Decíamos que la declaración del primer ministro no sorprendió, dado que desde marzo del aquel año, con la ocupación alemana de Checoslovaquia, la pregunta que flotaba en el ambiente ya no era si llegaría a estallar la guerra, sino cuándo. Las noticias de la prensa y radio, las instrucciones a la población civil difundidas por las autoridades, los ensayos militares y de evacuación durante los meses siguientes, crearon una conciencia sobre la inevitabilidad de la guerra que llevó a muchos a aprovechar las vacaciones del verano ante la sospecha de que serían las últimas en mucho tiempo. Por si no fuera bastante, el 1 de agosto el Gobierno anunció su intención de racionar el combustible en cualquier momento, así que había que viajar a donde fuera mientras aún fuera posible… hasta que el anuncio del pacto Ribbentrop-Mólotov aguó toda intención ociosa. Formalmente firmado el 23 de agosto, se dio a conocer en realidad un par de días antes y era la señal de que, ahora sí, la guerra estaba a punto de comenzar. Aquellos que estaban fuera regresaron apresuradamente a sus localidades, desde donde poder enviar telegramas a amigos y familiares y seguir atentamente los boletines de la radio.

El día 24 el parlamento aprobó la  Emergency Powers (Defence) Act 1939, una batería de medidas que dotaba al Gobierno de poderes excepcionales, establecía normas en torno al racionamiento, respuesta a ataques aéreos y mantenimiento de orden público que incluía las detenciones sin juicio y la pena de muerte ante ciertas infracciones. Fue aprobada inicialmente por un año de duración, aunque finalmente se prolongaría durante toda la guerra e influiría de forma excepcional en la vida de cada súbdito inglés. Ese mismo día todos los profesores de escuelas del país fueron movilizados para participar en la evacuación de los niños de las grandes ciudades y desde el día siguiente la programación radiofónica sufrió una drástica reestructuración para mantener a la población informada. El 31 se llamó a filas a todos los reservistas y solamente un día después, el 1 de septiembre, el mundo entero se estremeció ante la noticia tanto tiempo esperada: Alemania había iniciado la invasión de Polonia. Una mujer que menciona Longmate dijo que ese día fue al cine y vio llorar al público cuando se informó de ello en el noticiero previo a la película. Fue el tema que centró las conversaciones a lo largo y ancho del país, que sintió ese momento como el verdadero inicio de la guerra pese a que aún no hubiera una declaración oficial. Ese mismo día las calles se llenaron de carteles anunciando el estado de emergencia y dio comienzo la evacuación de los niños en las principales ciudades, con trenes y autobuses desbordados. Una movilización general entorpecida por la primera noche que se aplicó un apagón generalizado con el fin de evitar posibles ataques aéreos, costumbre que llegaría a arraigarse en el modo de vida inglés durante mucho tiempo después. Fue también el día en que los apenas veinte mil televisores con los que contaba por entonces Gran Bretaña dieron su última emisión, concretamente con dibujos de Mickey Mouse. No volvieron a recibir una señal hasta 1946.

Un niño recoge la madera de las casas bombardeadas, 1941. Foto: Cordon.

Por ello, cuando el domingo día 3 a las once y cuarto de la mañana Chamberlain inició su discurso radiado, todos los oyentes fueron conscientes del momento trascendental que estaban viviendo. La memoria de la Primera Guerra Mundial aún estaba fresca pero esta prometía ser aún más terrible. Apenas habían pasado ocho minutos desde el discurso cuando comenzaron a sonar las sirenas antiaéreas en Londres, seguidas poco después por otras en el resto de las grandes ciudades británicas. Era una señal para la que la población ya estaba adiestrada a responder corriendo a los refugios y poniéndose las máscaras antigás. Aunque según ciertos testimonios algunos se quedaron paralizados por el miedo ante un bombardeo que finalmente no se produjo. Desde ese momento la radio suministró de forma constante toda clase de instrucciones que, al margen de la utilidad real que pudieran tener, proporcionaron seguridad psicológica a los oyentes. Se estaban enfrentando a algo desconocido, pero recibir órdenes paso a paso les hacía percibir que la situación estaba bajo control, que todo el mundo estaba siendo movilizado de acuerdo a un plan racional dictado por el Gobierno y solo había que seguirlo para estar a salvo. Longmate recoge numerosos testimonios de cómo ese día, apenas unas horas después del anuncio, surgió un espíritu de hermanamiento entre todos los habitantes del país. Como contaba una mujer de Kent «íbamos a las casas de los vecinos, hablábamos a los extraños en el autobús o en las tiendas», y otro residente en Chelsea «vi a vecinos que jamás habían intercambiado una palabra charlar animadamente, todo el mundo, reuniéndose en pequeños grupos para hablar de lo ocurrido esa mañana». Dice el escritor Houellebecq que el nacionalismo alcanza su punto de incandescencia en la guerra, así que la percepción de un enemigo común, de depender unos de otros en un esfuerzo patriótico por la supervivencia colectiva, disolvió de inmediato cualquier rencilla o distanciamiento en una nación unida sin fisuras. Ese sentimiento de camaradería y hermandad fue precisamente lo que muchos ciudadanos, tiempo después, recordaban sin dudarlo como lo más positivo de aquellos años de guerra.

A las cuatro y media de ese mismo día se anunció la instauración del gabinete de guerra y el cierre de todos los lugares de entretenimiento hasta nueva orden. Se pedía a los ciudadanos mantenerse fuera de la calle todo el tiempo posible y portar siempre la máscara antigás, así como no emplear la iluminación en las carreteras tras el atardecer. Poco después, a las seis de la tarde, tuvo lugar otro discurso para la historia, uno de esos momentos que todo abuelo cuenta a sus nietos, diciéndoles «yo estuve allí». Jorge VI no tenía el don de la elocuencia, pero la solemnidad de la ocasión prevaleció por encima de alguna puntual dificultad en la pronunciación, como puede escucharse aquí. Cómo no quedarse con la piel de gallina y mirando al infinito cuando se escuchaba que «es por este alto objetivo que ahora llamo a mi pueblo en sus hogares y a los que están en ultramar, para que hagan propia nuestra causa. Les pido que se mantengan firmes, en calma y unidos en este tiempo de prueba. La tarea será difícil. Pueden haber días oscuros por delante, y la guerra ya no se limitará al campo de batalla. Pero solo podemos hacer lo correcto, como vemos lo justo, y con reverencia comprometer nuestra causa a Dios». Tras un día tan intenso fueron muchos los ingleses que quisieron concluirlo yendo esa noche a rezar a la iglesia, pues intuían la magnitud de lo que se avecinaba: había comenzado una guerra que costaría la vida de uno de cada cien habitantes del país y que cambiaría para siempre la de todos los demás.

Niños evacuados en Montgomeryshire, 1939. Foto:  The National Library of Wales(DP).

El gas no había sido un arma particularmente mortífera durante la Gran Guerra y sin embargo lograba causar pavor tanto en combatientes como en civiles, tal vez por los estragos físicos que provocaba o por la indefensión frente a algo ante lo que no sirve ponerse a cubierto. Las autoridades británicas se tomaron muy en serio la posibilidad de un ataque a gran escala de este tipo sobre las grandes ciudades, así que se repartieron máscaras antigás a todos los ciudadanos del país, a quienes se les recordaba constantemente la necesidad de llevarla consigo a todas partes mediante cuñas radiofónicas, anuncios en el cine o carteles como este: Hitler will send no warning – so always carry your gas mask. De manera que el día 4 de septiembre todo el mundo llevaba una máscara antigás encima, y si algún trabajador la había olvidado en su casa se le hacía regresar a por ella. Legalmente no era obligatorio llevarla, aunque en muchos locales podían denegarte el acceso si no portabas una en su correspondiente funda. Pronto la moda se adaptó a ellas, vendiéndose por ejemplo bolsos con un compartimento para llevarla. Incluso se llegó a fabricar una máscara infantil de Mickey Mouse. Si bien aquellos muy pequeños mostraban resistencia a que se les pusiera una máscara, en general los niños la aceptaron de buen grado y consideraban un juego los ensayos diarios en la escuela, compitiendo por ver cuánto tiempo aguantaban leyendo con ella puesta hasta que el cristal se empañaba. Incluso pasó a ser mencionada en una canción popular que cantaban durante sus juegos en el recreo: «Under the spreading chestnut tree / Neville Chamberlain said to me: / If you want to get your gas mask free, / Join the blinking A.R.P.».

Con el paso del tiempo el hábito de llevar una máscara encima fue decayendo a medida que se constataba que los ataques aéreos no recurrían a esta clase de armas. Bombardeos que, por otra parte, fueron muy intensos y devastadores: Londres fue asolada por la Luftwaffe nada menos que durante cincuenta y siete noches consecutivas, hasta que la RAF pudo imponer finalmente su dominio sobre el cielo. Esa lucha que se desarrolló sobre las cabezas de los británicos fue conocida como la Batalla de Inglaterra, dio lugar a una memorable cita de Churchill y curiosamente no ha sido retratada en el cine con la frecuencia de otros escenarios bélicos (hace unos días Ridley Scott ha anunciado que está trabajando en una película al respecto, ya veremos el resultado).

En cualquier caso influyó notablemente en la vida civil. Dada la tecnología de la época una buena manera de evitar los bombardeos era dejar completamente a oscuras las ciudades para que los pilotos alemanes no pudieran localizarlas. Para ello se colocaron planchas de contrachapado en cada vivienda del país (en España hubiera bastado con bajar las persianas, lamentablemente en el resto del mundo no disfrutan de nuestros avances) que trajeron consigo la posibilidad de ser empleados como pizarras para escribir toda clase de mensajes y burlas sobre ellos. También se bromeaba sobre la minuciosidad con la que eran colocados, pues nadie quería servir de faro al enemigo, como por ejemplo en el chiste: «—Puedo ver una grieta en tu ventana. —¿Es que no reconoces al embajador japonés cuando lo ves?». Imagino que la gracia está en que la grieta es como los ojos rasgados de un japonés, aunque con el humor inglés a veces me pierdo. Más juego daban las bromas sobre la vida entre tinieblas fuera del hogar, con abundantes guiños picantes sobre amantes que aprovechan la oscuridad y los descubre un policía, o este otro chascarrillo: «Una chica va en tren y dice ¡quita la mano de mi rodilla! ¡Tú no, tú!». También, inesperadamente, esas largas noches sin contaminación lumínica sirvieron para incentivar el interés por la astronomía de unos cuantos jóvenes.

A pesar de tales precauciones, los bombarderos alemanes a menudo lograron soltar su carga sobre las zonas habitadas y por ello resultaba fundamental seguir una serie de instrucciones sobre cómo ponerse a cubierto y, en especial, disponer de un refugio. Los locutores de la BBC que explicaban cómo construir un refugio se hicieron tan ubicuos en la programación que no fueron pocos quienes bautizaron a sus mascotas con sus nombres, Frank y Alvar. Cualquiera podía levantar el suyo, de acuerdo a una estructura denominada Anderson, el apellido del secretario de interior. Durante el primer año de guerra llegaron a construirse 2,3 millones de refugios Anderson, capaces de proteger a más de doce millones de británicos. Se trataba de refugios semisubterráneos —dada la acentuada afición nacional por la jardinería, hubo quienes los cubrieron de flores y plantas— descritos alguna vez como «iglús marrones», aquí pueden ver uno. En Londres el metro sirvió de refugio a casi doscientas mil personas cada noche, hasta el mismo Churchill utilizó con ese fin la estación de Down Street junto al resto de su gabinete de guerra. No obstante, un espacio tan desangelado, entre el ruido de las bombas y la compañía de extraños, no era obstáculo para socializar mientras se hacía ganchillo o para entretener con alardes gimnásticos.

El metro de Londres durante un ataque aéreo, 1940. Foto: Imperial War Museums (DP).

A pesar de todas las precauciones que se tomasen, las grandes ciudades inglesas eran un entorno peligroso y, como decíamos anteriormente, desde antes incluso del estallido de la guerra hubo una evacuación que afectó en torno a tres millones y medio personas, especialmente niños (junto a sus madres si eran muy pequeños), hacia zonas rurales más seguras. Carteles como este se encargaban de recordarlo. Allí eran acogidos niños de parientes de la ciudad más o menos lejanos y a menudo también sin ningún vínculo familiar. Había quien comparaba de forma un tanto ácida el reparto de niños con un mercado de esclavos de otra época, pues las familias receptoras tenían ciertas preferencias y a algunos pequeños costaba más encontrarles destino. Particularmente a los niños católicos, generalmente provenientes de familias numerosas y considerados más sucios y asilvestrados, o los de origen cockney, a quienes a veces ni siquiera entendían al hablar. Hubo varias oleadas de evacuados a lo largo de los seis años de guerra, pues muchas familias hacían volver a sus hijos en cuanto percibían que el peligro había disminuido. De hecho para enero de 1940 más de la mitad de los niños ya habían regresado, por lo que las autoridades distribuyeron carteles como este, con un espectral Hitler tentando a una madre como la serpiente a Eva en el mito bíblico. De todas formas vivir fueras de las ciudades no aislaba a los niños de lo que estaba ocurriendo, aunque sí le daba un enfoque menos dramático. Como recordaba uno de ellos «fue una experiencia emocionante para alguien de catorce años, un grupo de nosotros iba en bicicleta donde había caído un avión o aterrizado en paracaídas un soldado enemigo, siempre intentábamos coger algún souvenir de los aviones derribados».

Si como vemos la guerra aérea tuvo una influencia crucial en la vida civil, también se hizo notar —con menor intensidad— la Batalla del Atlántico (a la que en su momento ya dedicamos este artículo). Es decir, el empeño del Tercer Reich por bloquear los suministros a las islas mediante la guerra submarina, lo que trajo consigo la necesidad del racionamiento. Desde 1939 el petróleo y a partir del año siguiente también los alimentos, a los que se accedía mediante una cartilla familiar. El beicon, la mantequilla y el azúcar fueron los primeros en limitarse, posteriormente les siguieron la mermelada, la carne, las galletas, el té… Alguien podría responder con malicia que lo bueno de la gastronomía británica es que si se reduce tampoco nadie la echa en falta, pero tal y como era de esperar a la sombra de esta restricción terminó floreciendo un mercado negro. Más adelante incluso la ropa pasó a racionarse.  

Ante tal austeridad material, añadida a un clima psicológico de constante amenaza en el que la simple vida diaria se convertía en un acto de heroísmo, las autoridades inglesas pronto comprendieron que la población necesitaba ciertas vías de escape. Poco después de iniciada la guerra la mayoría de los cines y locales de ocio volvieron a abrir, lo que contribuyó a mantener alta la moral de la población. Alternaban las películas de evasión como el musical Me and my girl o la película de aventuras La posada de Jamaica de Alfred Hitchcock con otras propagandísticas como The Lion has wings. La BBC, inicialmente reacia a introducir música popular en su programación, acabó cediendo a los estilos modernos representados por el jazz y el swing, traídos por los soldados americanos destinados a las islas británicas. La música era por lo general alegre y hablaba sobre el amor con temas como «Moonlight Becomes You» en la versión de Bing Crosby y «We’ll meet again» de Vera Lynn. Como dice Longmate en el libro que hemos citado en varias ocasiones, «para las chicas que amaban el baile la guerra fue un tiempo feliz» y menciona el ejemplo de aquellas que, aún teniéndose que levantar cada día a las cinco de la mañana para acudir a las fábricas, nunca desaprovechaban la ocasión de ir a una fiesta, maquilladas y vestidas de la mejor manera que la situación permitía, donde flirtear con soldados de permiso. Las salas de baile abrían hasta las once de la noche y siempre estuvieron repletas, incluso en las temporadas en que los bombardeos fueron más frecuentes. Como dice el Eclesiastés todo tiene su tiempo bajo el cielo y hay un tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de morir y tiempo de nacer; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de bailar. Así fue, también, la vida diaria en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial.  

Una calle de Londres tras un bombardeo. Foto: National Archives and Records Administration (DP).


Españoles vs. británicos

Imagen: Getty.

Los españoles dicen de los españoles que la característica que les define es la envidia. Lo he oído mil veces pero no me convence. No creo que los españoles posean esta universal debilidad en más abundancia que el resto de los ciudadanos de la Tierra. En cambio, cuando mi hijo me sorprendió hace unos días con el comentario de que los británicos envidiaban a los españoles ahí sí me pareció detectar algo que sonaba a verdad.

Él vivió de los cero a los trece años en España y ahora lleva dos, como yo, en Londres. Yo soy de madre española y de padre británico y he vivido quince años en España y quince en Inglaterra. Se supone que tengo más criterio que mi hijo para comparar las virtudes, vicios y vanidades de ambos países pero aquella observación se me había escapado y me impactó por su agudeza.

No es ningún secreto que los británicos, y en particular los ingleses, se consideran una gente aparte. Por el mar que los separa del resto del continente europeo, por su historia imperial, por sus victorias en dos guerras mundiales, por sus inventos durante la Revolución industrial, por los deportes que han exportado a todos los rincones de la tierra, por haber ejecutado a su rey casi ciento cincuenta años antes que los franceses y haber instalado la democracia parlamentaria más antigua del mundo. Pero en el fondo, aunque nunca lo dirían y quizá muchos ni siquiera sean conscientes de ello, creo que quisieran ser más como los españoles.

La envidia de los británicos se basa en la percepción de que en España la gente es más cálida, menos estirada, más alegre (sin alcohol), menos apegada a la tiranía de los horarios; de que los españoles viven más en el momento, que no sienten culpa a la hora de echarse una siesta, que disfrutan con más sosiego de una larga comida, con más espontaneidad de una fiesta, que tratan con más afectuosa naturalidad a los niños y a los ancianos. En resumen, que saben vivir mejor.

Sí, son tópicos, pero los tópicos no salen de la nada y sí, por supuesto, estoy generalizando: cada persona es un mundo, sea española, británica o japonesa. Pero generalizar es lo que toca aquí y creo que los británicos no se equivocan ni en la impresión que tienen de los españoles ni en la envidia sumergida que les provocan, y que creo les deberían provocar. Mi mitad británica envidia a mi mitad española. A no ser que ocurra algo inesperado, como que me me atropelle un camión, o me muera de un infarto, tengo toda la intención de volver a España y vivir la mayor parte de los días que me quedan aquí, donde hoy mismo estoy de vacaciones.

Eso no quiere decir que desprecie a los británicos. Más bien todo lo contrario. Ni significa que ame a España de manera incondicional. Hay cosas de los españoles que me irritan, entre ellas la falta de meritocracia en el trabajo y la naturaleza del debate político.

Muchas veces me viene a la mente la historia de un joven cordobés que conocí en Londres en 2012. Llegó de camarero a un restaurante londinense. Hizo su trabajo con mucho encanto y esmero y a los doce meses fue nombrado gerente del restaurante. Pasaron unos cuantos años y fue ascendido a gerente de la cadena de seis restaurantes al que el suyo pertenecía. Me dijo que echaba de menos el sol y los amigos pero no tenía ninguna intención de volver, al menos a corto plazo. «Si hubiera entrado de camarero en un restaurante de mi tierra hace el mismo tiempo que estoy en Londres seguiría hoy en el mismo puesto, por muy bien que hubiera hecho mi trabajo», me dijo. «A no ser, claro, que hubiera tenido un tío que conocía al dueño…».

La moraleja de la historia es que con demasiada frecuencia en España el mérito en el trabajo no tiene su justa recompensa. Si hay muchos españoles que, llegado un cierto punto en su vida laboral, dejan de dar lo mejor de sí nada tiene que ver con su predisposición biológica y todo que ver con la percepción de que, en cuanto a promociones y sueldo, les va a ir igual de bien independientemente de la calidad de su rendimiento, con lo cual, ¿pa’ qué?

Ahora, tampoco quiero decir que los británicos son como los alemanes (o como supongo que son los alemanes). No son la expresión más elevada de la ética protestante del trabajo. Tengo un buen amigo inglés muy conservador que desprecia la Unión Europea casi tanto como al Partido Laborista. Pero él mismo me ha confesado que cuando tiene necesidad de un fontanero o alguien que le arregle una ventana, busca en las páginas amarillas, llama y si le contesta alguien con voz de inglés cuelga. Solo trata con alguien que hable con acento extranjero, preferentemente polaco, porque sabe que el precio será más justo y la calidad del servicio mejor.

Sin embargo, la historia del joven cordobés no es ninguna anomalía y mi propia experiencia me dice que es mucho más probable que al que trabaja bien en Gran Bretaña se le recompense bien. Como consecuencia, el británico acepta la centralidad del trabajo en la vida no solo con más sana resignación que el español, sino con mayor entrega y entusiasmo. Si tuviera que trabajar en una oficina elegiría hacerlo en Londres antes que en Madrid.

En cuanto al debate político en España, el problema es el hábito mental cerrado, absolutista, de prácticamente todos los que participan en él, desde los líderes de los partidos a los tuiteros, a los que discuten en el bar. Por supuesto que el diálogo de sordos no es una característica exclusiva de la conversación política en España, pero en Gran Bretaña veo una mayor tendencia a aceptar que en algunos casos el antagonista pueda tener una pizca de razón y, también, una mayor amplitud mental en el sentido de que es más común aceptar que una persona pueda tener un cierto punto de vista sobre cierto tema sin que eso tenga que significar que se identifica con un partido, con una tendencia ideológica, o con determinado grupo tribal.

Un ejemplo personal para explicar lo que quiero decir. He escrito más artículos para la prensa británica que para la española, pero en Gran Bretaña nadie me ha acusado de adoptar la posición X o Y debido a que me asocie con una ideología o con un equipo de fútbol, y mucho menos a que esté obedeciendo los dictados de la empresa dueña del medio en cuestión. En España se me ha acusado de escribir lo que escribo por ser un reaccionario de derechas, un culé, un «inglés», de sucumbir como un esclavo a la línea editorial del Grupo Prisa, incluso de ser racista. Lo chistoso es que también se me ha acusado de ser un progre, un rojo, un merengue. La cuestión en España es encasillar a la gente en una tendencia definida, sin aceptar la posibilidad de que uno puede cambiar de opinión cuando cambian los hechos o de que uno adapta su punto de vista según el tema que trata, sin estar maniatado por una visión única de cómo debe ser el mundo.

Si hay una cosa que me atrae de los británicos es su inclinación a sospechar de cualquiera que intente venderles una solución ideológica que pretenda tener la respuesta utópica a los enredos, miserias e injusticias de la vida. Al menos en los últimos tres siglos y medio. Allá, la guerra civil acabó en 1649; en España, en 1939 y en el terreno político de hoy, como muchas veces se comenta, se sigue librando. Me inclino a pensar que tiene que ver con el pensamiento religioso ancestral, que en España penetra el mundo terrenal y contamina los procesos mentales de quienes hablan de política, sean de izquierda o derecha, ateos o creyentes. En Gran Bretaña son más empíricos, más prácticos, son gente menos anclada en la fe.

Por estas razones digo que me irrita la relación que tienen muchos españoles con la política y el trabajo, y por esto mismo creo que el secreto para mí de una feliz estancia en España en el futuro consistirá en involucrarme lo mínimo posible en el ámbito social laboral y pensar en la política española solo cuando sea estrictamente necesario.

Pero, pero… al final, si hay una gran verdad con la que me quedo es la siguiente: que habiendo vivido en ocho países, y visitado decenas más, cada nación tiene sus pros y sus contras y decir que una es superior a otra es una ridiculez. A mí me gusta más España, me caen mejor los españoles. Pero esto, como cualquier opinión que tenga sobre cualquier tema, obedece a la multiplicidad de factores a lo largo de mi vida que me han hecho lo que soy. Quizá porque he vivido más de la mitad de mi vida en países de habla hispana, incluso siete de los primeros diez (en Argentina); o porque mi padre murió cuando yo era muy joven y mi madre ha tenido mayor influencia sobre mí; o porque comer bien es de de central importancia en mi vida; o por quién sabe qué razones relacionadas con mi vida sentimental, el hecho es que yo —como, por cierto, también mi hijo— prefiero la manera de vivir de los españoles. Se trata de eso que mencioné al principio de vivir más en el momento, del trato con los niños y los ancianos, de no tener que estar planeando los momentos de ocio con la agenda en la mano, de disfrutar de la amistad y la comida y las copas de manera más natural que los británicos, demasiadas veces presos de una lamentable necesidad de emborracharse antes de poder liberarse de lo que parece ser una congénita represión emocional. Tal es la inhibición de los británicos que ni siquiera saben cómo saludarse. Me presentan a una mujer en España y nos damos dos besos. Me presentan a una mujer en Gran Bretaña y me entra la duda, y a ella también. ¿Darle la mano, darle un beso, darle dos o quedarnos ahí mirándonos, reconociendo nuestra mutua existencia con, como mucho, leves movimientos de cabeza?

No sé a qué se debe tanta torpeza. Quizá sea que a los británicos les asusta más la intimidad, o quizá sea una cuestión de proteger el espacio personal.

Por otro lado, los británicos son más solidarios con la sociedad en abstracto, tienen más conciencia cívica que los españoles, se apegan más a las leyes. Pero el español es más solidario con sus conocidos, más cariñoso con ellos y ellas e incluso, me atrevería a decir, más generoso.

En fin, un lío. Pero un simpático lío que me conduce a la conclusión de que soy un afortunado por tener la oportunidad de poder reclamar una porción de ambas nacionalidades. Si me apuran, si me obligan a definirme y a resumir por qué prefiero vivir en el país donde nació mi madre, diría lo siguiente: siento más admiración por Gran Bretaña, pero más afecto por España. Y, si me apuran un poco más, haría una confesión: en el fondo envidio un poco a los dos.


Owen Jones: «Lo que ha ocurrido en Gran Bretaña es un aviso para Europa»

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«Socialismo y gatos», pone en su cuenta de Instagram como toda biografía. Y quizá sea la mejor manera de presentarle, porque no hay forma de hacerlo por la vía convencional. Por su título es historiador, pero le preocupa solo el presente; por su currículo es escritor, pero no le gusta escribir; y por su oficio es periodista, pero reniega frecuentemente de la prensa. Y desde la publicación en 2011 de su aplaudido Chavs. La demonización de la clase obrera es también una de las voces más lúcidas de la nueva izquierda británica y europea, pero incluso en eso hay cierta contradicción. La suya es la enésima nueva izquierda, porque él mismo se define como socialista de cuarta generación. Solo una cosa es segura: Owen Jones (Sheffield, 1984) no es un político. Aunque sea precisamente eso a lo que más se parece.

Nos encontramos con Jones en Gijón, donde acudió invitado por Unidos Podemos. Participó en varios actos electorales y pidió el voto para la formación. Los morados le ganaron el día que renunciaron a la liturgia, dice. Y por eso ha puesto sus armas a su servicio, que no son pocas. No hay celebridad progresista en Europa que no haya pasado ya por el canal de Owen Jones en Youtube, desde Yanis Varoufakis a Manuela Carmena, Ian McKellen o Michael Moore, en el año escaso que lleva en marcha. En Twitter le siguen casi medio millón de almas. En Facebook casi un cuarto. Y con esas cifras, mira por dónde, lo de menos es la columna fija en The Guardian. Es hijo de su tiempo, aporta él como explicación. Solamente ocurre que vivimos tiempos poco ortodoxos.

¿Analista? ¿Periodista? ¿Escritor? ¿Gurú? Ayúdame con las etiquetas.

Gurú seguro que no. Yo me considero un activista. Técnicamente soy periodista, porque escribo para periódicos como The Guardian. Pero no me gusta escribir. Lo encuentro aburrido. Y de todas formas tampoco soy un gran escritor [ríe]. No escribo porque me guste hacerlo ni para presumir de lo que pienso; lo hago con el objetivo de contribuir a un objetivo más amplio.

En realidad, todo lo que hago, ya sea a través de la tele, de la radio, escribiendo o en Youtube, tiene esa misma finalidad. Lo hago con una motivación política. Se trata de transmitir ideas, causas o creencias de algún tipo. O de hablar de gente que está siendo ignorada y no tiene una plataforma desde la que expresarse. Por eso me veo como un activista, como un elemento más dentro de movimientos más grandes. Unos movimientos en Gran Bretaña, pero también en Europa y en todo el mundo, que intentan construir —sin querer parecer presuntuoso— otro tipo de sociedad. Y mi idea de cómo conseguir ese cambio no pasa por los individuos, sino a través de gente organizada que intenta forzar un cambio colectivamente. Digamos que es un ataque en muchos frentes, que incluye a sindicatos, comunidades, movimientos sociales, gente en los medios, políticos, cultura… Todos tenemos nuestro papel. Aunque sea también escribiendo, como es mi caso, que es algo que no me entusiasma.

Sueles mostrarte muy escéptico con la prensa occidental, y en particular la británica. Con frecuencia has criticado su filiación con el poder.

Aquí el Gobierno no controla las televisiones y los periódicos, como sí pasa en Corea del Norte. Eso es evidente. No quiero establecer comparaciones porque en otros países los periodistas son perseguidos, torturados y asesinados, lo que sin duda es mucho más grave. Pero en Occidente, especialmente en Gran Bretaña, los medios son cada vez más propiedad de una serie de magnates políticamente muy agresivos, por una parte,  y quienes escriben y trabajan en ellos proceden cada vez más de un entorno social privilegiado y muy reducido, por la otra. Esto último se debe a cosas como las becas periodísticas no remuneradas, por ejemplo, en las que tienes que trabajar gratis. Es algo que se pueden permitir solo quienes tienes padres pudientes. También al hecho de que el acceso al oficio sea a través de cursos y procesos de cualificación que, de nuevo, solo se pueden permitir unos pocos. Y eso cambia la manera de hacer las cosas, evidentemente. Y las cosas que se dicen y las que no. Nos decimos que en Occidente disfrutamos de libertad de prensa pero en la práctica existe un repertorio de ideas políticas que resultan aceptables y existe otro de ideas que no son aceptables.

¿Tiene eso que ver con tu salto Youtube?

Youtube me permite llegar a la gente más joven, a muchos a los que no llego con las columnas en The Guardian. Empecé hace cerca de un año y hasta ahora ha ido muy bien. Cuando se trata de llegar a la gente creo que es el mejor camino. En particular a la gente más joven, que me parece algo importantísimo.

Hace tiempo una artista pop británica —Paloma Faith, en España seguro que se la conoce también, su familia es española— hizo una gira de conciertos por Gran Bretaña y me pidió que la acompañara, pero solo pude ir a dos: el del O2 Arena en Londres y el de Brighton. Y abrí los conciertos con un discurso político. Es algo muy inusual pero lo hice por eso mismo, para llegar a una audiencia distinta a la de los canales convencionales. Youtube presenta esa misma ventaja. Cuando voy a la tele es más una confrontación. Tienes que discutir con gente. En Youtube, sin embargo, hablas con quien quieres, estés o no de acuerdo con sus ideas, y te expresas con más informalidad. Y relajadamente.

En parte, tiene que ver con la misma razón por la que me llama tanto Podemos. Intento rebelarme contra las formas de la izquierda tradicional. Mis padres son trotskistas, mi abuelo era comunista y luchó en la Segunda Guerra Mundial, mi bisabuelo participó en la gran huelga general de 1926, etcétera. Conozco la historia, las tradiciones, la manera que tenemos de hablar, todo eso. Crecí rodeado de gente muy involucrada políticamente, en el sentido más convencional. Me interesa llegar a quienes están menos familiarizados con eso. No se trata de rechazarlo, sino de decir lo mismo de otras formas, porque se lo estás contando a otras personas, a otra generación. Y en Youtube puedo hacerlo. Es más relajado, es más directo y es más divertido.

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Y es eficaz, no cabe duda. De hecho, Pablo Iglesias ha hablado mucho de esa futilidad del discurso tradicional y de la necesidad de abandonar determinados símbolos si se quiere conquistar electoralmente. Es algo que ya no funciona, dice.

Es uno de los problemas de la izquierda tradicional. Si no usas sus símbolos y su lenguaje se sienten traicionados. Pero el hecho de que quieras llegar a la gente y para ello renuncies a la retórica tradicional y los símbolos no quiere decir que te estés rindiendo a tus enemigos.

Quizá no es algo tan nuevo, al menos en España. En la derecha se hizo antes, y por cierto con mucho éxito.

Exacto. Suele decirse que la derecha busca conversos y la izquierda busca traidores. Mi impresión es que en la derecha predican el individualismo, pero frecuentemente trabajan colectivamente; mientras que en la izquierda se promueve un enfoque colectivo, pero frecuentemente se comporta de forma muy individualista. También creo que a la izquierda le cuesta reconocer que la mayoría de las personas no piensa ya en esos términos, en derecha o en izquierda, sino que piensa en asuntos que deben solucionarse.

Einstein decía que la locura es hacer las cosas siempre igual y esperar resultados distintos. Y yo estoy cansado de eso, de esperar diferentes resultados. Tengo treinta y un años y solo he conocido derrotas. Derrotas, derrotas, derrotas. Mis padres son de una época en que la izquierda tenía un cierto optimismo, creía que la historia estaba de su lado. Pero yo no. Estoy harto de perder. Y no estoy interesado en perder y consolarme pensando que tengo razón. Lo que me interesa es hacer las cosas de manera distinta. Eso no es rendirse. No quiere decir que apoyes las privatizaciones o que optes por reducir los impuestos a los ricos, sino que pretendes comunicar de forma distinta para alcanzar los mismos objetivos. Pero no por eso eres una subcultura, como los hipsters. Eso no me interesa, quiero ganar. Quiero que gane la izquierda.

Por eso te encontramos hoy en España, entiendo, involucrado activamente en la campaña electoral de Podemos.

Estoy aquí por muchas razones. Creo que Europa se enfrenta a una crisis existencial. Nuestra generación da por sentado demasiadas cosas. Miramos a la década de 1930 como si fuera un universo distinto, como algo que está muerto. Pero lo cierto es que, desde la caída del régimen genocida de Adolf Hitler, la extrema derecha no ha sido tan poderosa en Europa como lo es hoy.

Por un lado hoy tienes a los políticos del miedo y del odio, como Amanecer Dorado en Grecia, la extrema derecha en Austria, el Frente Nacional en Francia o, en mi país, el UKIP; y por el otro a la política que se fundamenta en la esperanza, como los verdes austríacos, el fenómeno Corbyn en Reino Unido o Unidos Podemos en España. Y mi percepción es que si no triunfan las políticas que ejemplifican Unidos Podemos y el resto, se verá contestado por los otros. Políticamente, es ellos o nosotros. Y esto trasciende la escala nacional.

Hay una batalla en curso por el futuro de Europa. Para decidir si Europa quiere retar a los poderosos y ganarse el interés de la mayoría o si quiere culpar de todos sus males a los inmigrantes y a los extranjeros, a los propios vecinos, lo que supondría el final de la Unión Europea y un retroceso al estado en el que estábamos hace muchas décadas. En mi opinión, el enfoque que representa Unidos Podemos no afecta solo a España, sino a toda Europa. Si a Unidos Podemos le va mal será una derrota para todas las fuerzas europeas de izquierda y una gran victoria para todas las fuerzas de derecha radical. Lo que pase en España es de una importancia vital.

¿También para Reino Unido?

Como parte de Europa, sí. Esa es otra razón por la que estoy hoy en España, porque quiero aprender. Mira, la situación política en Gran Bretaña es terrible. Amo a mi país y nunca he temido más por su futuro, porque da auténtico miedo. Muchas cosas se han hecho mal hasta vernos en este punto, y en eso me incluyo a mí mismo.

En Gran Bretaña da la impresión de que la gente como yo no quiere hablar de inmigración, y eso es falso. Yo mismo y muchos como yo estamos encantados de hablar de los miedos y las preocupaciones de la gente asociados al asunto de la inmigración. Pero es que en mi país la gente tiene muchos problemas —la ausencia de viviendas asequible, la caída de los sueldos, la degeneración de los servicios públicos, etcétera— que tienen poco o nada que ver con la inmigración, que empiezan porque vivimos en una sociedad que pone los intereses del mercado por delante las aspiraciones de la mayoría. Y, sin embargo, hemos fracasado al explicar eso, y ese fracaso comporta que hoy todo ello se reduzca al prisma de la inmigración.

Ese fracaso dio alas a la campaña a favor de la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el Brexit, que por eso mismo se fundamentó en odio y en intolerancia, cuando no sencillamente en mentiras. En decir que los extranjeros e inmigrantes son violadores, asesinos y criminales, sin más, o que Turquía está a punto de entrar en la Unión Europea, algo que es sencillamente falso. Es una retórica que estaba arrinconada en el espacio de comentarios de los diarios online y que ahora es una campaña mainstream. Y así vimos cosas como aquello que ocurrió un par de semanas antes del referéndum, cuando Jo Cox fue asesinada. Una diputada laborista proeuropea que venía defendiendo sin cesar la causa de los refugiados y luchando contra la islamofobia, asesinada a plena luz del día por un terrorista neonazi.

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Tristemente, aquello sirvió otro ejemplo de la importancia de la retórica, porque muchos euroescépticos se niegan todavía a calificar al asesino de terrorista.

En su momento lo calificaron como un enfermo mental, eso quisieron hacer ver. ¿Habrían hecho lo mismo si el autor hubiera sido un musulmán? Claro que no. Desde que supieron de este ataque terrorista entraron en pánico, porque pensaron que podía decantar el referéndum, y no tuvieron reparos en llamarlo de otra forma.

Por eso me preocupa tanto el futuro del país, porque han desatado un huracán, han liberado fuerzas que no pueden controlar. Gente como Boris Johnson, que es un charlatán. Ni siquiera él cree lo que dice, pero le da igual, y eso es lo que lo hace todavía peor. O Michael Gove, el secretario de Justicia con David Cameron y unos de los líderes de la campaña por el Brexit. Él sabe perfectamente que la adhesión de Turquía a la Unión Europea no es inminente, ni muchísimo menos, pero cuando se amplió el plazo para inscribirse como votante dijo que solo quedaban cuarenta y ocho horas para evitar que Turquía entrara en la UE y frenar la libertad de movimientos y evitar que los delincuentes turcos vinieran a Gran Bretaña. Es increíble, literalmente increíble, porque ni él mismo se lo cree. Sabe que es mentira y debería ser condenado por la historia por lo que ha hecho. Ha incitado y legitimado la intolerancia y unos prejuicios racistas muy, muy peligrosos.

No sé cuál es el futuro de Gran Bretaña. Crecí en un pueblo cuyo mayor problema es que la gente no se muda allí, el porcentaje de inmigrantes ronda el 4 %. La mayoría son irlandeses, país con el que tenemos un tratado de libertad de movimiento desde hace décadas. Después vienen los pakistaníes, que representan el 0,8 %. Y aun así mucha gente de allí dice que los problemas que afrontan, como la falta de vivienda, de trabajos estables y la caída de los salarios, es por culpa de los inmigrantes. Solo es un ejemplo, pero demuestra el fracaso de la gente como yo y tenemos que aceptarlo. Lo que ha pasado en Gran Bretaña es un aviso para Europa. Y por eso España es tan importante, un país del que debemos aprender. Tenéis unos problemas mayores que los nuestros y no culpáis de ellos a la inmigración.

Eso es cierto. Hay un grado de xenofobia en la política pero no es tan alto como en otros países de nuestro entorno ni llega a jugar un papel tan determinante. ¿A qué crees que se debe esta singularidad?

A muchas razones. Primero, que aún tenéis reciente en la memoria el sometimiento a una dictadura, y también que muchos españoles tuvieron que huir del país por pobreza o la dictadura. Eso mueve cierta empatía pero no basta por sí mismo, como demuestran los hechos. En muchos otros países también concurren estos factores. Grecia, por ejemplo. Muchos griegos han tenido que emigrar y también tuvieron una dictadura, pero allí tienes a los neonazis de Amanecer Dorado ganando espacio político.

Sí creo que el movimiento del 15-M ha sido decisivo en este sentido. Ese 2011 millones de personas se movilizaron en mayor o menor grado para recordar quién es responsable de los problemas que afronta España. Creo que ese movimiento es de importancia crítica para explicar el escenario actual. Y no creo que los españoles os deis cuenta de que sois un ejemplo, en este sentido, y de que habéis ofrecido un cierto liderazgo a las izquierdas en Europa. ¿Qué pasaría en Europa si no tuviéramos al menos un país importante en el que la gente se une en movimientos nuevos para denunciar que la culpa es de los que están arriba y no de los vecinos?

Pero el éxito de esa movilización cívica también es algo excepcional, sabemos que en Europa ha tenido efectos distintos. Tú mismo, al entrevistar a Yanis Varoufakis en tu canal de Youtube, decías que el júbilo que se desató en Grecia con el ascenso de Syriza al Gobierno fue lo que dio miedo a mucha gente y precipitó su derrota. ¿O es que a lo Grecia no hay que considerarlo una derrota?

Por supuesto que lo de Grecia fue una derrota. Mira, en enero de 2015 estuve en Atenas y viví en persona la alegría y la esperanza que despertaba Syriza, eso que tanto inquietó a las élites europeas. Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, dijo entonces que no les asustaba el contagio económico o financiero, sino el político. El razonamiento es sencillo: si consiguen algo, eso puede motivar a otros a intentarlo también. Naturalmente, esta gente no es idiota. Sabe que lo mismo que pasa en Grecia puede pasar en Italia, en Irlanda o en España. Así que el mensaje que lanzaron es claro: «Mirad qué os puede pasar, ellos lo intentaron y ahora están castigados. Si vosotros también lo intentáis os pasará lo mismo».

Y funcionó, al menos en parte. Castigaron a Syriza como ejemplo, y Podemos bajó entonces en las encuestas. La diferencia es que la economía de Grecia representa el 2 % de la europea y tiene 11 millones de habitantes. Es un país precioso, están orgullosos de su historia, inventaron la democracia, pero es un país muy pequeño. Es imposible que le pudieran hacer lo mismo a España. Si lo hicieran la UE se derrumbaría. España representa la cuarta o quinta economía de la zona euro, es inimaginable que pudiera suceder lo mismo. Así que es distinto.

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Hablando de las circunstancias singulares de España debemos considerar también el derrumbe del sistema bipartidista. Demos por sentado que en un hecho así siempre concurren muchos factores pero detengámonos en algo que te dijo a ti mismo Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, cuando la entrevistaste. Ella lo aducía a la «mediocridad» en la que se han instalado las dos fuerzas del bipartidismo, PP y PSOE, con el paso de los años. ¿Compartes esta visión?

No sé si usaría esa palabra, pero es cierto que se han vuelto unos partidos tecnócratas inflexibles y sin capacidad de maniobra. Y su base se ha reducido mucho. Son partidos dominados por tecnócratas de carrera y oportunistas, gente sin raíces que se toma la política como una carrera. «Si me hago político tendré contactos y experiencia, y acabaré trabajando para una gran empresa porque sabré cómo funciona el Estado». Ese es el problema: la democracia ya no es una vocación de servicio, sino un trampolín para conseguir contactos lucrativos en el sector privado y mejorar tu carrera.

No es que vengamos de una época dorada en la que esto no ocurría, pero inevitablemente es un problema que se agudiza cuanto más grande es un partido y cuanto más tiempo pasa en el poder. Y así aparecen las puertas giratorias. Eso ha minado al sistema bipartidista en España, porque la gente se da cuenta de ello. Por eso incido en la importancia que tienen partidos como Podemos, con un sustento firme en movimientos sociales como los de los indignados o las fuerzas antidesahucio. Si un partido no se nutre de eso, de una base amplia y diversa, se nutre de trepas motivados no por principios, sino por oportunismo. Es uno de los grandes problemas que tiene hoy la socialdemocracia en toda Europa, sin ir más lejos.

De eso quería hablar también. Decías antes que si la nueva izquierda no triunfa en Europa lo hará la extrema derecha. Hablas como si la socialdemocracia ya no existiera.

Hay que decir que los problemas de la socialdemocracia son muchos y comenzaron hace ya mucho tiempo. Piensa en el auge de la nueva derecha, el thatcherismo y todo eso, y la derrota entonces de los sindicatos, que venían siendo sido el pilar histórico de la socialdemocracia; piensa en la globalización, que redujo aún más el margen de maniobra de los gobiernos socialdemócratas; piensa en el final de la Guerra Fría, cuando se estableció en política la idea de que no existía una alternativa no solo al capitalismo, sino al libre mercado; piensa en la reducción de la antigua clase trabajadora industrial europea, que era la base electoral de la socialdemocracia; piensa en el crash financiero; etcétera. Hasta llegar al punto en el que estamos hoy, cuando fácilmente te encuentras con socialdemócratas apoyando la austeridad, e incluso poniéndola en marcha. Si eres socialdemócrata y no crees en la inversión pública no tienes nada más que decir. La socialdemocracia se ha derrumbado como fuerza política independiente con una visión del mundo coherente.

Y ese espacio que antes ocupaba la socialdemocracia, y que la reciente recesión económica ha contribuido a vaciar más, lo ocupan o partidos políticos de derechas populistas y antiinmigración —como el Frente Nacional francés, los Demócratas Suecos, los True Finns en Finlandia, UKIP en Gran Bretaña, Amanecer Dorado en Grecia— o nuevas formaciones de izquierda, como Podemos, Syriza, los verdes de Austria o Jeremy Corbyn en Reino Unido. Todos son productos específicos de la cultura política y la historia y el contexto de cada país, por supuesto, pero comparten esa característica. No nos hemos recuperado aún del crash financiero, claramente ha sido una década perdida, y todo apunta a que viviremos una nueva recesión en los próximos dos años. Todo el resentimiento que eso genera ha de canalizarse en alguna dirección. Pero eso digo que si no triunfa la nueva izquierda lo hará la extrema derecha.

Y por eso incido mucho en la importancia de la situación en España. Si a Unidos Podemos no le va bien en España a corto plazo eso tendrá un gran impacto en el resto de Europa, porque querrá decir que la extrema derecha, la antiinmigración, tiene más posibilidades de ocupar ese espacio. Y si le va bien servirá de ejemplo y aumentará la confianza de los otros en Europa. Hoy España es de enorme importancia desde el punto de vista político. Es un ejemplo de país europeo que sufre social y económicamente en el que la extrema derecha, sin embargo, no ha triunfado. Aquí no habéis sucumbido ante estas políticas, no tenéis un gran partido antiinmigración. Eso demuestra que aunque se caiga en una crisis económica de enorme magnitud no es inevitable que se acabe culpando a los extranjeros. España tiene una importancia crucial. ¿Cómo podría siquiera sugerirse lo contrario? Y, valoraciones políticas aparte, es algo de lo que los españoles debería estar muy orgullosos, aunque tengo la impresión de que internamente no se percibe así. Es algo que quizá se ve mejor desde fuera del país.

Como ocurre con frecuencia.

Y particularmente en la izquierda británica, que mantiene una relación con España y un cierto grado de atención del que aquí, soy consciente, no se está tan al corriente. El año pasado hablé en el Annual International Brigades Memorial y pude comprobar que aún persiste esta noción en Gran Bretaña de «si nosotros, las fuerzas progresistas, hubiésemos actuado en España, podríamos haber detenido la II Guerra Mundial». Es una simplificación enorme, por supuesto, pero piensa en lo que siguió a la caída de la República en España. Y persiste aún la idea de que mucho empezó aquí, en España, y de que podría haberse atajado. George Orwell, Ken Loach… Existe un cierto afecto en la izquierda británica por España. De hecho, no solo en la izquierda. Ted Heath, recordemos, que más tarde fue primer ministro conservador, apoyó en su día a la República y estuvo en España durante la Guerra Civil. Hubo gente entonces que tuvo la lucidez de comprender la importancia del caso español y su trascendencia a largo plazo, y hoy ocurre algo parecido. Hablamos de paralelismos, claro. No estamos en la década de los 1930, evidentemente hablamos de escenarios muy distintos, pero aun así resuenan ciertos ecos que recuerdan a aquella situación.

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Has hablado del populismo de derechas, pero no del de izquierdas. ¿Acaso no es Podemos un partido populista?

Ocurre que «populismo» es un término abierto a diversas interpretaciones, muchas de ellas peyorativas. Y se entiende de forma distinta en inglés y en español. Por ejemplo, aquí «radical» es un término con connotaciones muy negativas, mientras que en Gran Bretaña no es así. Es algo a lo que tengo que prestar atención en España, porque la palabra se entiende de forma distinta. David Cameron, ex primer ministro conservador, decía que sus políticas eran radicales. Del mismo modo, en Gran Bretaña «populista» puede ser algo negativo, pero no necesariamente. Ningún primer ministro se autodenominaría populista, pero eso no significa que no pueda significar algo positivo en según qué contextos.

El populismo negativo, tal y como suele entenderse aquí, se refiere generalmente a la demagogia, a apelar a los instintos más básicos de la gente, pero Podemos no hace eso, claramente. Lo que está intentando hacer es aceptar el hecho de que no puedes ganar si haces lo mismo de siempre, haciendo ondear banderas rojas y hablando de neoliberalismo, capitalismo y socialismo. Tienes que ir al lugar donde está la gente. Tienes que basarte en las experiencias de la mayoría de la gente. Lo que molesta a la izquierda tradicional, incluyendo la británica, es el mensaje que se lanza desde Podemos cuando dicen que no se trata de izquierda o derecha, refiriéndose en cambio a mayorías y minorías o a los de arriba y los de abajo. Incluso en la izquierda británica se ha criticado a Podemos por eso —aunque deberían ser más humildes, para empezar, porque si comparas el estado de una izquierda y de otra, no hay color—. Podemos acepta que nuestro interés común compartido es distinto del de los que están arriba, y eso es una manera muy lúcida de mirar el mundo. Y no creo que se trate de populismo, de verdad, sino de comunicar de una manera que llegue mejor a la gente. En Gran Bretaña y otros lugares la izquierda está en peligro, pienso. Mucha gente vive su ideología como si consistiera solo en tener una manera de hablar y una manera de vestir. Como si fuera una subcultura de la que resulta guay formar parte. Yo no quiero participar en eso. Y no creo que lo contrario, que es lo que representa Podemos, sea ser populista.

¿Y no crees que Podemos, a fuerza de evitar las terminologías, corre el riesgo de evitar los propios temas? Es un reproche que se les hace con frecuencia, su indefinición. Si evitas hablar de separatismo, si evitas hablar de la monarquía, si evitas hablar de socialismo…

Mira, yo me considero socialista y he comprobado de primera mano que, en el contexto británico, eso no le dice mucho a gran parte de la población. Sin embargo, esas mismas personas están de acuerdo conmigo en muchas cosas: en que los ricos deberían pagar más impuestos de los que pagan ahora, en que se debería luchar fieramente contra la evasión fiscal, en que el sistema de ferrocarriles es un bien que debería servir al interés común, en que la política de recortes que estamos viviendo debería cesar, etcétera. Eso es socialismo y sin embargo ya nadie asocia esas palabras, «socialismo», «socialista», con esas ideas. No veo por qué se tienen que usar esas palabras cuando estamos de acuerdo en que no sirven para comunicar nuestras intenciones, o por qué sería peor contar directamente nuestras intenciones. Y en cuanto al republicanismo, mira: yo creo en los jefes de Estado electos. ¿Qué mejor forma de celebrar la democracia que tener un jefe de Estado elegido democráticamente por el pueblo? Pero acepto que formo parte de una minoría en Gran Bretaña, de solo entre el 20 % y el 25%. Es una corriente muy marginal. La reina es muy popular.

Esa popularidad puede cambiar, es otro ejemplo que puede brindar España.

Sí, claro. Pero si fuera político e hiciera una lista de prioridades probablemente estaría en el puesto 526. Es una batalla que algún día me gustaría ganar, claro, pero antes tengo otras prioridades: que la gente rica pague más impuestos, acabar con los recortes, todo eso de lo que acabamos de hablar. Aneurin Bevan, el fundador del Sistema Nacional de Salud, un icono de la izquierda británica, dijo que el socialismo es el idioma de las prioridades. Y con eso quiso decir que no podrás conseguir todo aquello en lo que crees, que no tiene sentido que pretendas que se haga todo lo que quieres. Lo que hay que hacer es aceptar que tienes que empezar ganando algunas batallas, y entonces quizá, más adelante…

Sí, pero eso mismo debes decirlo. Debes explicar al ciudadano que evitas ese tema porque no es prioritario.

Pero es que no tiene sentido volver loca a la gente. Mira, uno de los mayores problemas que tiene España, y es devastador, es que la gente joven no encuentra trabajo. Y no es solo un problema ahora. Si pasas tu juventud sin trabajo en el futuro tendrás peores puestos, estarás más frecuentemente en el paro, disfrutarás de peores sueldos, etcétera. Con el desgaste que eso apareja psicológicamente y las consecuencias sociales que trae en el largo plazo. Es terrible. Es algo que debe atajarse sin demora porque, además de ser un problema fundamental en la economía, sencillamente trae sufrimiento y frustración a la gente. Muchas cosas más deben ir cambiando, claro, pero esa es la primera y la más urgente. Y la actitud responsable, como político, no es no ponerle solución porque lo quieres todo o nada. Uno, porque no es realista políticamente, no lo vas a conseguir; y dos, porque no se trata solo de ti, se trata de toda la gente que sufrirá las consecuencias. Ser progresista significa no satisfacerte a ti mismo, sino conseguir para la mayoría de la sociedad la justicia de la que ahora carece. Y ellos pagarán el precio de tu determinación ideológica si no aceptas que algunas cosas no sean como tú quieres. Si yo fuera un político y pudiera conseguir algo en Gran Bretaña, ya sea que los ricos paguen más impuestos, desarrollar una estrategia industrial para crear empleo seguro y de calidad, acabar con los recortes que están destrozando la vida de mucha gente… eso sería una transformación para la vida de millones de personas. Y solo entonces podría seguir con el resto de asuntos que quiero conseguir.

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Me gustaría hablar contigo del odio en internet, aunque intuyo que la palabra se queda corta cuando se trata de calificar muchas de las cosas a las que te tienes que enfrentar.

Hace poco, durante una charla, me hicieron una foto con una pizarra blanca en la que me dediqué a exponer por qué yo, como ciudadano británico, me quería quedar en la UE, incluyendo argumentos como que me gustaría ver a los pueblos de Europa unidos mediante instituciones más democráticas, etcétera. Los activistas de extrema derecha manipularon la imagen para que dijera que quería a Reino Unido en la UE para privar al país de independencia como castigo por el colonialismo. Y esa imagen trucada se hizo viral en Britain First —movimiento del que era afín activista el asesino de Jo Cox—, ya que la colgaron en su perfil, y la gente comenzó a discutir abiertamente cómo me iban a matar: degollarme, patearme la cabeza hasta que se me salieran los sesos, quemarme vivo, a golpes de machete…

A eso me refería. También he leído que se han llegado a distribuir imágenes del edificio en el que vives, señalando específicamente las ventanas de tu casa y la puerta que cruzas cada mañana, y que en ciertos foros neonazis en internet se ha llegado a hablar de la puesta en marcha de una campaña con el objetivo de infectarte con el virus del VIH. Intimidaciones como esta ocurren constantemente en internet y llamarlas «odio» o «troleo» es mostrarse condescendiente con ellas, y de esta forma darle alas. Es brutalidad, es criminalidad y es inaceptable. ¿Por qué lo consentimos?

Primero, creo que la mayoría son keyboard warriors [malotes de teclado], fracasados patéticos y, en algunos casos, gente con problemas mentales. Y segundo, yo no voy a cambiar porque algunos intenten cambiar las cosas a base de infundir terror. No me voy a asustar de ellos, tengo cosas más importantes de las que asustarme. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Encerrarme en mi piso, recubrirlo de acero y sentarme aterrorizado en un rincón? Yo me muevo por Londres en bicicleta, tengo más posibilidades de ser atropellado que de ser asesinado por gente de la extrema derecha. Evidentemente tengo que ser prudente hasta cierto punto, pero ni estoy asustado ni quero darles la satisfacción de estarlo. Tampoco se puede hacer mucho más, quizá es la propia naturaleza humana: hay gente a la que le gusta aterrorizar a otras personas. ¿Y qué puedo hacer al respecto? Nada. No sé, tengo que seguir viviendo mi vida, igual que todo el mundo, no voy a vivir con miedo. Más que miedo, me da pena la gente que ha hecho esos vídeos fantaseando sobre cómo me van a volar los sesos.

Imagino que no ha mejorado en fechas recientes. Hace poco, tras la matanza de cincuenta y nueve personas en una discoteca gay de Orlando, abandonaste el estudio de televisión de Sky News en directo cuando el presentador se negó reiteradamente a calificarlo como un ataque contra el colectivo LGTB y en su lugar hablaba de un ataque contra «personas», como si la homofobia no tuviera parte.

Soy la última persona que abandona en directo un estudio de televisión, me gustan muy poco ese tipo de cosas. Pero es que me rendí, no podía más. Orlando ha sido la mayor matanza de personas LGTB desde el Holocausto. Ese día estaba desolado, muy consternado, y no estaba de humor para discutir si había sido un ataque contra la gente LGBT, para discutir obviedades.

Si eres LGBT en Gran Bretaña o en España creces en una sociedad que te rechaza. Hemos avanzado mucho, pero ese prejuicio aún es endémico. No puedes cogerte de la mano con tu pareja en muchos lugares públicos porque te asusta hacerlo, oyes que la gente aún usa la palabra «gay» como insulto y en muchos casos eres objeto de amenazas y de violencia verbal y física. Un bar gay es un lugar, el único aparte de tu casa, y en muchos casos ni eso, donde todo eso queda en suspenso. Donde puedes ser tú mismo. Y para mí la idea de ser atacado y asesinado en un sitio así es insoportablemente angustiosa. Y no lo querían aceptar. Lo comparé con un ataque a una sinagoga en la que docenas de judíos fueran asesinados a tiros. A nadie se le ocurriría proclamar que aquello sería un ataque «contra personas» y negar que fuese un ataque contra judíos. Y, desde luego, no se le ocurriría negarlo si otra persona lo dijera, que fue lo que pasó. Cada vez que yo decía que era un ataque a gente LGBT me corregía diciendo que era un ataque contra la gente. ¿Qué intentas decir? ¿Por qué discutes eso? Los LGBT sufren prejuicios, discriminación, crímenes de odio e intolerancia, y entre quienes se supone que les apoyan te encuentras a mucha gente con actitudes así. «Ya habéis conseguido derechos, dejad de quejaros». Esa mentalidad existe.

Sí, se llama homofobia.

Exacto, homofobia. Falta seriedad en lo que concierne a las personas LGBT. A muchos, cuando salen del armario, se les traslada el mensaje de que no interesa su vida sexual, se cuestiona por qué tienen que decir nada acerca de ella o hablar de su vida en público. Antes era un «sois asquerosos» y ahora es un «deja de decírnoslo, es cosa tuya». Alguna gente no ve la gravedad de que maten a gente LGBT. Por eso Orlando se debe describir como lo que fue.

Al menos, me quedo con el apoyo que recibí, que no buscaba pero que agradezco. Nunca en mi vida he recibido tanto, me llamaron incluso parlamentarios conservadores, periodistas del The Telegrapah, Daily Mail, The Times… Todos me daban su apoyo. Así que no me arrepiento lo más mínimo, en particular porque también tuve muchos mensajes de gente LGTB joven, y si consigues infundir coraje de alguna manera, bienvenido sea. En todo caso, marcharme del plató de Sky News no fue un acto político, me marché porque no lo podía soportar, no estaba pensando como activista ni nada parecido. De hecho, hasta entonces muchas personas ni siquiera sabían que yo mismo soy gay. Creo que nadie debería salir del armario contra su voluntad pero, pese a que ya hacía años que yo lo había hecho, sentía que no había hecho suficiente, dada mi posición y plataforma. Y me conforta la idea de que aquello, al menos, haya servido para algo, aunque solo sea llamar la atención contra los esfuerzos que se ponen en negar la homofobia.

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