Orhan Pamuk, «el difamador»

Orhan Pamuk Las noches de la peste
Detalle de portada de Las noches de la peste, de Orhan Pamuk .

No es la primera vez —ni probablemente será la última, muy a su pesar— que el nobel turco en 2006, Orhan Pamuk, se las ve en los agitados tribunales de su país. Este año, tras publicar su última novela en Turquía, titulada Veba geceleri (Las noches de la peste), un abogado de la ciudad de Esmirna, Tarcan Tülük, interpuso una denuncia al entender que el escritor había insultado a Kemal Atatürk, vate de la Turquía laica nacida en 1923 y, desde entonces, el considerado padre putativo de todos los turcos (es lo que de hecho significa Atatürk).

El leguleyo de Esmirna entiende que en la novela la figura del oficial Kolagasi Kamil es un trasunto del propio Atatürk, a quien se retrataría, siempre según su juicio, de forma harto irrespetuosa. Pamuk ambienta su nueva obra en 1901, en una isla ficticia del mar Egeo, llamada Minger (el estado número veintinueve del Imperio otomano), situada en un punto inconcreto entre Creta y Chipre (tan ficticia es la ínsula pamukiana que, en efecto, no existe isla alguna en esas coordenadas geográficas). A inicios del siglo XX el Imperio otomano, gobernado por el viejo sultán Abdülhamit II, se halla en estado terminal a ojos de Europa y, también, a ojos de los turcos más implicados y renovadores (lo que se conocerá como el movimiento de los Jóvenes Turcos, cuyo ideario apoyará el propio Mustafa Kemal).

Kamil respondería, pues, a la figura de un joven militar, ambicioso y nacionalista, quien se convierte en presidente de la isla de Minger, de ahí el supuesto parecido con la figura, esta vez real, del propio Atatürk. Es lo que piensa el togado y aparente crítico literario Tarcan Tülük, lo que le ha llevado a mantener en firme su denuncia. Al parecer, ya en abril pasado, un juez desestimó su primera acusación y el fiscal, tras interrogar incluso al propio Pamuk, archivó la causa. Tülük recurrió y ahora, de nuevo, otro juez de Estambul ha ordenado reabrir la investigación a la espera de si formula acusación o si, por segunda vez, se vuelve a archivar la causa.

La pregunta es la siguiente: ¿qué lleva al abogado a decir que se insulta a Atatürk en la nueva novela de Pamuk? Por un lado, a su entender, resultan harto evidentes las semejanzas entre su persona y la del oficial Kolagasi Kamil. Pero, aparte de esta suposición y según lo que ha trascendido (Las noches de la peste se publicará en España en marzo del año que viene), lo que solo sabemos es que a) en un momento dado del libro el citado oficial llega a agitar una bandera de Grecia (en la isla conviven ortodoxos y musulmanes), y b) en la novela aparecen varias cornejas volando, tal cual.

Y bien, ¿es tan grave el asunto? Vayamos por partes. Por un lado, como es bien sabido, Turquía y Grecia no son países históricamente cordiales, empezando por los siglos de dominación otomana que acabaron con la independencia griega (1827), siguiendo por la guerra que griegos y turcos libraron atrozmente en Anatolia (1919-1922) y terminando, hoy por hoy, con la disputa territorial en torno a posibles reservas de gas y petróleo en aguas, precisamente, del Egeo. Por otra parte, respecto al peregrino asunto de las cornejas, al parecer se conoce que en su infancia a Atatürk le gustaba cazar esas aves de color negro, de ahí la especulación ornitológica y sospechosísima que extrae el abogado Tülük.

Salvo para el propio escritor, desde fuera todo se observa con humor relajado o, al menos, con no poco asombro disfuncional (digámoslo así). Sin embargo, conviene recordar que en la República de Turquía, antes y ahora incluso, con la actual deriva islamista propiciada desde hace años por el presidente de la nación Recep Tayyip Erdogan, insultar de forma expresa o velada a Atatürk y a los símbolos nacionales se pena con la trena. Así se recoge en el código penal turco (artículo 301/1), que señala lo que es considerado «agravio a la identidad nacional turca».

La cuestión armenia

Decíamos al inicio que, en efecto, no es la primera vez que Orhan Pamuk visita los pasillos de los tribunales en Estambul. Sus declaraciones al rotativo suizo Der Tages-Anzeiger lo llevaron en 2005, un año antes de la concesión del Nobel en Estocolmo, al tribunal estambulí de Sisli por el citado «agravio a la identidad nacional turca». Dijo por entonces, literalmente, que «Treinta mil kurdos y un millón de armenios fueron asesinados en aquellas tierras [sudeste de Anatolia y parte de Siria] y nadie sino yo se atreve a hablar de ello». El juicio se pospuso indefinidamente y acabó archivado, tal vez, como muchos dedujeron en su día, por no manchar la reputación internacional de Turquía.

Curiosamente, la expareja del escritor, la novelista Elif Shafak, también fue encausada por idéntico motivo tras publicar en Turquía La bastarda de Estambul (sesenta mil ejemplares vendidos). Contada a modo de entrecruces familiares (Estados Unidos, Turquía, Armenia) y con protagonismo especial reservado a las mujeres, en algún pasaje se dice expresamente que «los turcos o son ignorantes o son nacionalistas», se habla de los «carniceros turcos» y de que los armenios «fueron sacrificados como ovejas».

Al igual que señalara Pamuk al diario suizo, a lo que ambos casos remiten es al delicadísimo asunto del llamado genocidio armenio causado por los turcos otomanos en 1915, un hecho discutido —el término genocidio— por la historiografía oficial turca —y no solo turca— y que formó parte, como cola añadida, de los avatares producidos por la Primera Guerra Mundial en la Anatolia profunda. Shafak fue declarada no culpable por el tribunal, al cual no acudió a escuchar la sentencia exculpatoria por haber dado a luz hacía justo seis días (como curiosidad enternecedora, el entonces primer ministro Erdogan —ahora es presidente de la nación— la llamó para preguntarle por el estado de su criatura).

En su defensa, respecto al argumento de Las noches de la peste, Pamuk arguye que jamás se planteó «faltar al respeto a Atatürk y a ninguno de los heroicos fundadores de los estados nación nacidos de las cenizas del Imperio otomano». Y añade: «Esta novela fue escrita desde el respeto y la admiración hacia aquellos líderes de la liberación. Como verán todos los que lean el libro, Kamil es un héroe con muchas virtudes a quien la gente admira».

Queda claro que el togado de Esmirna no ve lo mismo. Zeynep Oral, presidenta del literario e internacional PEN Turquía, se ha llevado las manos a la cabeza. Considera que quienes hacen daño al país no son los escritores, sino la gente que no lee libros, los abogados obtusos que no entienden lo que leen y que no saben cómo funciona la literatura como mecanismo de creación. Por su parte, el afamado pianista turco Fazil Say habla de «gran infamia en nombre del país». Todo el mundillo literario, incluida la Unión Turca de Editores, pide que no se inventen delitos donde no existen.

Azar o profecía

Pongámonos ahora en la piel del escritor. Debe causar desazón que uno haya estado cuatro años alumbrando en soledad y silencio una novela sobre un brote de peste en 1901 en una isla ficticia y que, una vez escrita (vencidos al fin los demonios e inseguridades de todo escritor), la vulgaridad venga a desmontar todo este trabajo de creación intelectual, de idas y venidas entre el tempo interior del novelista y el tiempo exterior —y a veces soez— de la vida.

En 2018 Pamuk se hallaba de gira promocional en Estados Unidos para presentar su anterior novela: La mujer del pelo rojo. La periodista que fue a entrevistarlo a su apartamento en el Upper East Side de Nueva York advirtió que sobre su mesa el escritor reunía varios libros sobre historias de plagas y pandemias. Pamuk estaba moldeando ya Las noches de la peste, cuyo cuadro de fondo se basa en los efectos de la llamada tercera pandemia de peste que, con origen en China (sí, China otra vez), asoló buena parte del Imperio otomano. Fue un terrible brote de peste bubónica, pero que afectó por entonces, a inicios del siglo XX, más al oriente y a Asia que a Europa, donde apenas si se tuvo conocimiento de sus estragos.

Sea como azar o como profecía, mucho antes de que estallara el coronavirus, Pamuk ya se había adentrado literariamente en su propio y pandémico mundo de ficción. Espigó por libros de medicina y novelas sobre plagas (Diario de la peste de Defoe, Los novios de Manzoni, la epidemia sobre Atenas que relata Tucídides, la viruela antonina de la que Marco Antonio acusó de propagar a los cristianos por negarse a venerar a los dioses, la llamada peste de Justiniano en el siglo VI dentro del Imperio bizantino, etcétera).

En particular, como él mismo ha contado, a Pamuk le interesó tirar de un hilo histórico concreto, pero vinculado al ingénito fatalismo con el que los pueblos musulmanes suelen aceptar el destino, la predestinación de la muerte, lo que incluye también aceptar la mortandad que cíclicamente causaban las epidemias.

El propio Defoe, mientras describe minuciosamente la peste que asoló Londres en 1664, refiere el citado fatalismo musulmán. Mucho antes, en el siglo XVI del gran Solimán el Magnífico, el embajador austriaco de los Habsburgo en la Sublime Puerta, Ogier Ghiselin de Busbecq (floricultor también e introductor, dicho sea de paso, del tulipán en los jardines de Europa), dio cuenta de lo poco celosos que eran los turcos para prevenir los contagios de la plaga que asoló el Estambul en el que se hallaba como encomendero. Hacían caso omiso de la cuarentena y evidenciaban, según razona el extranjero, que eran fatalistas debido al influjo de su religión: el islam. Busbecq se refugió de la peste en la isla de Prinkipo, dentro de las islas Príncipe del mar de Mármara, cercanas al Bósforo.

Injustamente o no, lo cierto es que la mentalidad europea llegó a asociar el origen de las plagas en Asia con las prácticas orientales de cultura y movimiento. Sobre la frontera del Danubio las diferencias culturales marcaban su humus. En el Imperio otomano las medidas de cuarentena eran mucho más difíciles de aplicar, entre otras razones porque, a inicios del siglo XIX, para hacer la cuarentena se exigía que quienes accedieran al hogar fueran galenos turcos y no cristianos, que eran la práctica mayoría, por aquello de preservar la moral y la modestia referida a la mujer musulmana.

Los flujos de peregrinos a La Meca y Medina también crearon sus bolsas de propagación y ayudaron, como queda visto, a que se remarcara el estereotipo del fatalismo sobre el concepto mismo de lo oriental, vinculándolo al atraso cultural, a la impenetrabilidad del positivismo, la ciencia o, incluso, el higienismo, que era otro de los reclamos del progreso y la civilización. A ojos de los europeos todo formaba parte del embrujo capcioso del oriente.

Es este, pues, el contexto sociológico sobre el que Orhan Pamuk ha querido dirigir su novela en la ficticia isla de Minger, asolada por la peste bubónica (no ficticia) de 1901. A lo largo de más de setecientas páginas, se contrapone el citado fatalismo musulmán con las ideas de laicismo y modernidad que iban calando en nuevas generaciones de turcos. Es el caso, llevado a la ficción, del oficial Kolagasi Kamil. Nada que ver, por tanto, con un ultraje explícito o figurado a la figura de Atatürk.

De hecho, como veremos ahora, ni siquiera es la primera vez que alguien pone el grito en el cielo porque se ofrece una perspectiva inadecuada o fuera de foco sobre Kemal Atatürk (quiere decirse fuera del foco educador al que han sido acostumbrados los turcos desde la niñez).

Atatürk, fumador y bebedor

En 2008, coincidiendo con el 85 aniversario de la República de Turquía, se estrenó un documental sobre Atatürk dirigido por el periodista y documentalista, hoy exiliado, Can Dündar: Mustafa. El héroe de los turcos aparecía fumando cual carretero y bebiendo raki en público y casi a cualquier hora (los sultanes otomanos —caso de Selim II el Beodo— bebían en privado). El alcohol le llevaría de hecho a morir de cirrosis hepática un 10 de noviembre de 1938 en el palacio Dolmabahçe de Estambul.

El trabajo de Dündar, extraído escrupulosamente de archivos históricos, es un formidable retrato de una de las figuras más atrayentes de la primera mitad del siglo XX. Hay quien ha querido comparar a Atatürk con Winston Churchill, si bien sigue siendo un estadista poco conocido entre los europeos más allá de los habituales cumplidos como reformador y adalid de la nueva Turquía. Incomprensiblemente, la monumental biografía que sobre su vida y obra escribiera Andrew Mango no está traducida al castellano.

La cinta de Dündar no difumina ni oculta datos sobre su vida privada, como sus lances amorosos o su brevísimo y extraño matrimonio con Latiffe Ussaki. Atatürk no tuvo hijos, pero sí se mostró cálido y paternal (hoy diríamos que patriarcal). Adoptará un niño y hasta un coro de siete niñas (entre ellas Sabiha Gökça, quien sería la primera mujer piloto de guerra del mundo).

En el año de su estreno el documental de Dündar causó conmoción en Turquía (hubo colas en los cines para verlo). El por entonces presidente del parlamento turco protestó porque Atatürk salía innumerables veces fumando. Voces del CHP, discípulos políticos del kemalismo, veían aturdidos cómo el idolatrado líder se bebía casi todas las noches una botella de raki, la popular leche de león sin la que no se concibe la idiosincrasia social de los turcos (como bebida nacional sin alcohol Erdogan ha querido promover el ‘ayran’, bebida de yogur, agua y sal y que, curiosamente, la asociamos ya al argumento de Una sensación extraña, otra novela anterior de Pamuk).

El documental también recogía otros aspectos duros de digerir. En razón del contexto histórico y puntual, Atatürk se deja ver incomprensiblemente como un «amigo» de Lenin (célebre, no obstante, sería su frase de que el comunismo era el principal enemigo de Turquía). Respecto al agudo problema de los kurdos (Atatürk los llamará «turcos de la montaña»), en el trabajo de Dündar se insinúa que el gran estadista pudo haber bosquejado alguna suerte de autonomía para la minoría kurda del país.

Además de todo esto, que el venerado líder se mostrara en la cinta como un ateo más o menos declarado hizo torcer el bigote a los seguidores islamistas del partido de Erdogan y, en fin, a la Turquía más sensible y religiosa («todas las religiones están en el fondo del mar», dirá Atatürk, para quien el Imperio otomano de sultanes y califas había sido un largo error histórico).

Se nos saldría de madre esta crónica si siguiéramos tallando aquí el busto histórico y político de Kemal Atatürk (1881-1936). Nos daría para un largo apéndice añadido a la biografía total de Andrew Mango. En cualquier caso, como queda dicho, no es la primera vez que su imagen queda expuesta sin tapujos a ojos de los turcos de piel fina.

Por todo ello, a vueltas con el nuevo libro de Orhan Pamuk, tendremos que esperar a leerlo en marzo para ver si es verdad que el oficial Kolagasi Kemal es realmente un perverso trasunto de Atatürk. Mientras tanto, esto es lo que hace mantenerse en sus trece a Tarkan Tülük, de oficio abogado y, por lo que parece, crítico literario de lo más esclarecido.

Todo pinta, más bien, a un chusco episodio. Sonará frívolo desde esta esquina de occidente, pero el menudeo de la actualidad en Turquía no suele defraudar. 


Hermafrodito

Hermafrodito
Hermafrodito.

La sexualidad en la Grecia clásica tenía unos patrones muy diferentes a los que luego se impusieron con el patriarcado cristiano. Para empezar, las relaciones sexuales que primaban en aquella sociedad eran las homosexuales masculinas. Lo que allí estaba bien visto era que un maestro acogiera a su discípulos y practicaran sexo entre ellos. Un ejemplo de ello lo veremos dentro de unos capítulos, donde hablamos del lienzo La siesta de Alma-Tadema. Pero aquí no acaba la cosa: los griegos se plantearon además temas como la ambigüedad sexual o la bisexualidad. Esto se veía en figuras como el andrógino, que era el hombre con rostro ambiguo y que podía pasar perfectamente por ser una mujer, o el hermafrodita, que es el caso que vamos a ver ahora, que era un ser con los dos sexos y que se representaba con pechos femeninos y con genitales masculinos.

El término «hermafrodita» o «hermafrodito» proviene de un mito griego. Este personaje fue hijo de Afrodita, la diosa de la belleza, y Hermes, el dios mensajero. A su hijo le dieron el nombre compuesto del de sus padres. Pero es que este vástago fue fruto de un amor adúltero por parte de Afrodita y decidió abandonar al pequeño en uno de los montes de Frigia. El hermoso joven, en su plena juventud, decidió partir de allí para recorrer las tierras de Grecia. Sus pasos le llevaron hasta Halicarnaso y allí, en una jornada de intenso calor, decidió bañarse en un lago. Allí habitaba una náyade, esto es, un espíritu protector de aquellas aguas, de nombre Salmácide, que observó cómo el joven Hermafrodito nadaba desnudo en sus aguas. Al contemplar tal belleza, la náyade quedó prendada de él y trató de seducirlo. Hermafrodito la rechazó, pero este espíritu acuático lo agarró con fuerza y suplicó a los dioses que nunca separaran aquellos dos cuerpos. La súplica fue atendida por los dioses y ambos cuerpos se fusionaron conformando así un ser con los dos sexos. Hermafrodito, por su parte, hizo también otra petición: que el joven que se bañara en aquellas aguas corriera su misma suerte, lo cual también le fue concedido. Como vemos, este mito griego podría servir muy bien para explicar la intersexualidad. 

Pues bien, este personaje fue representado varias veces en la estatuaria griega y la representación que más éxito tuvo fue el Hermafrodito durmiente de la Galería Borghese (actualmente en el Louvre), que fue reproducido en Roma en el siglo II. Según parece, la estatua original fue descubierta próxima a las termas de Diocleciano hacia 1608. La obra fue llevada al cardenal Scipione Borghese, quien la consideró todo un tesoro y pasó a ser una de las piezas clave de su colección.

Esta estatua tuvo un gran éxito y por ello la vamos a ver replicada en numerosas ocasiones. Como no, en Madrid contamos con varias copias del siglo XVIII de esta figura: una en el Museo del Prado y otra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. La de la Academia es una copia en mármol anónima, que es copia de la estatua del Louvre. En su colección tenemos también, sobre el tema, un dibujo de Hipólito Rovira y Brocandel, que es una copia de Annibale Carracci del siglo XVIII, en el que aparecen Salmacis y Hermafrodito, un Atlante y la figura de un joven sentado.

La obra del Museo del Prado destaca por su calidad. Es obra de Matteo Bonuccelli y está fechado en 1652. A diferencia del original, está esculpido en bronce. Podemos observar cómo, pese a tratarse de una copia, el maestro ha trabajado la pieza con un cuidado excelente. Podemos destacar el trabajo en la belleza del rostro, en la realización de las formas así como la precisión en todos los detalles. Por todo esto, esta pieza se ha considerado una auténtica obra de primera magnitud, equiparable incluso a la original. 

También en el Museo del Prado tenemos otra pieza que nos narra la historia de Hermafrodito. Se trata de una fuente con la historia de Hermafrodito y camafeos de los Doce Césares. Está realizada en una sola pieza de cristal y podemos considerarla una obra maestra. El caso es que la decoración de esta pieza nos lleva a múltiples cuestionamientos. Se ha pensado que puede leerse en clave filosófica, política e incluso alquímica. En este último caso, la trama representada podría simbolizar la transmutación. 

Sin duda alguna el motivo del doble sexo proveniente del mundo clásico pudo reforzar uno de los principios de la alquimia, disciplina en auge en esa época y que podría haber encontrado una referencia remota a su práctica. De hecho, podría simbolizar la perfección alquímica, que vemos figurada en múltiples tratados alquímicos donde el ser perfecto o Rebis se representa con un cuerpo único con dos mitades: una masculina y otra femenina. 

Como vemos, lo que fue en principio una vieja historia mitológica cuya imagen estuvo perdida hasta comienzos del siglo XVII alcanzó una gran auge e incluso se convirtió en un referente alquímico. Así que somos afortunados de contar en Madrid con diversos registros de este singular personaje.

Este texto es un capítulo del libro Crónicas del Madrid secreto. Un recorrido único y fascinante por las calles y los secretos mejor guardados de la Villa y Corte.


The Crown ha muerto, larga vida a The Crown

The Crown. Imagen: Netflix.

El 22 de agosto de 1954, los monarcas de toda Europa y sus hijos mayores de quince años se dieron cita en el puerto de Nápoles y embarcaron juntos en el Agamemnon, un crucero que les llevó durante trece días por el mar Egeo y las islas griegas. Eran ciento cuatro pasajeros en total, todos monarcas reinantes, reyes y reinas en el exilio y jefes y jefas de linajes depuestos de su trono, como los de Francia, Italia y España. Fue una reunión inaudita, un acontecimiento como no se recuerda otro en las crónicas de sociedad. Si las monarquías hubieran regresado aquel día por arte de magia a todos los territorios del mundo, los pasajeros de aquel barco habrían sido los soberanos de un tercio del planeta.

El objetivo oficial del viaje, organizado por la reina Federica de Grecia y costeado por la corona griega, era promocionar el Egeo como destino del turismo marítimo. El verdadero propósito del Agamemnon, sin embargo, era recomponer los lazos entre las dinastías europeas, muy maltrechos tras la Segunda Guerra Mundial, y promover conexiones sentimentales entre los herederos de las casas reales. Allí se conocieron, sin ir más lejos, el entonces infante Juan Carlos y la propia hija de Federica, Sofía, que contaban ambos dieciséis años.

El filósofo Roland Barthes habló sobre el Agamemnon en su Mitologías de 1957, un clásico de la semiología donde disecciona algunos procesos de mitificación que tienen lugar en nuestro tiempo al calor del cine, la televisión y otros medios de comunicación de masas. Barthes nos cuenta que, lo mismo que los reyes del mundo parecieron modernizarse todos de golpe aquella mañana en el puerto de Nápoles, también lo hicieron los reporteros que cubrieron el evento durante las dos semanas siguientes. Era la primera vez que los monarcas se reunían en número semejante con ocasión de algo que no fuese una boda, una coronación o un funeral de Estado. No iban a completar ninguna liturgia, nadie llevaría joyas históricas ni valiosísimas tiaras, no había indumentarias cargadas de simbolismo que requiriesen una pormenorizada decodificación, pero la prensa se adaptó enseguida a la nueva situación que comportaban todas aquellas carencias. Ahora se insistiría en la humanidad rasa de los personajes, se informaría con machaconería sobre su condición de personas corrientes y molientes. Seres humanos haciendo cosas propias de seres humanos, esa era la noticia a bordo del Agamemnon. Se trataba, a decir de Barthes, de una nueva forma de deificación. Lo que vino a decir fue esto:

Los gestos neutros de la vida cotidiana en el Agamemnon cobran carácter de exorbitante audacia, como esas fantasías creativas donde la naturaleza transgrede sus reinos: ¡los reyes se afeitan solos! Este rasgo fue comentado por nuestra gran prensa como un acto de singularidad increíble, como si, con él, los reyes aceptaran arriesgar toda su realeza y en ese acto afirmaran su fe en la naturaleza indestructible de la misma […]. Otra manifestación democrática: levantarse a las seis de la mañana. Esto informa, por antífrasis, sobre un ideal de la vida cotidiana: llevar puños, hacerse afeitar por un siervo, levantarse tarde. Al renunciar a esos privilegios, los reyes los elevan aún más en el cielo del sueño; su sacrificio […] coloca en la eternidad esos signos de la dicha cotidiana.

La patología de tal entretenimiento es grave; uno se divierte con una contradicción cuando se suponen muy alejados los términos de esta. Dicho de otro modo, los reyes son de una esencia sobrehumana y cuando toman temporalmente ciertas formas de vida democrática, solo puede tratarse de una encarnación contra natura, posible, únicamente, por condescendencia. Mostrar que los reyes son capaces de prosaísmo es reconocer que esa situación les resulta tan natural como el angelismo al común de los mortales; es verificar que el rey sigue siéndolo por derecho divino.

Si se cuenta usted entre los espectadores de The Crown, la serie de Netflix en la que se recrean los azares de la familia real británica, sabrá que el estreno de la cuarta temporada ha levantado una polvareda terrible en Reino Unido. El problema, dicen, es la verosimilitud. Es una serie tan verosímil, tan verosímil, con unos escenarios tan realistas, tan realistas y unos personajes tan humanos, tan humanos, que se corre el riesgo de que muchos espectadores la confundan con la propia realidad. Hasta el ministro de cultura británico, Oliver Dowden, ha pedido públicamente a Netflix que incorpore una cartela al inicio de cada episodio indicando que se trata de una serie de ficción. Roland Barthes, tan aficionado a salpimentar sus ensayos con unas gotitas de venenito, decía en su Mitologías que «nuestra prensa semanal es la sede de una verdadera magistratura de la conciencia y del consejo, como en los más bellos tiempos de los jesuitas». Tiembla uno de pensar qué diría hoy, si viviera, sobre ciertos ministros de cultura.

El Agamemnon no apareció en la primera temporada de The Crown, cuando le correspondía hacerlo cronológicamente. Hay una buena razón: todos los linajes reales europeos respondieron a la invitación de Federica de Grecia excepto los Windsor (aunque Felipe de Edimburgo, el marido de la Isabel II, emparenta directamente con la familia real griega, Grecia y Reino Unido se disputaban entonces el control de Chipre y aquel conflicto no se resolvió hasta varios años más tarde). Lo que sí apareció retratado en la serie fue la filmación de Royal Family, un documental televisivo producido por la BBC en 1968 que explotaba este nuevo tratamiento de la realeza que puso de moda el Agamemnon y del que la familia real británica no había disfrutado hasta entonces sencillamente porque no habían formado parte de aquella expedición. Fue en el cuarto capítulo de la tercera temporada.

A diferencia de lo que ocurrió con los pasajeros del barco griego, los Windsor no salieron favorecidos en aquel retrato, o eso fue lo que ellos mismos consideraron. Se emitió por primera vez en junio de 1969 y fue visto por la friolera de treinta millones de personas, pero la corona acabó pidiendo que no se repusiera en televisión y se arrogó los derechos de emisión del documental, que lleva requisado desde entonces. Se dijeron muchas cosas acerca de la pieza, pero quizá todas pueden resumirse en aquello que le reprochó David Attemborough, entonces director de programación de BBC 2, al director del documental, Richard Cawnston: «Estás matando a la monarquía con la película esa que estás haciendo. Esa institución depende del misticismo y del jefe tribal en su choza. Si algún miembro de la tribu consigue echar un vistazo dentro de la choza todo el sistema de jefatura tribal se ve dañado y, al final, la propia tribu se desintegra».

En otras palabras: era un espectáculo demasiado verosímil, con escenarios demasiado realistas y personajes demasiado humanos. Era eso mismo que ahora es The Crown.

¿Es cierto, entonces, que la humanidad neutraliza a la majestad, como decía Attemborough? ¿Es cierto eso mismo que nos explicaba el exrey Eduardo VIII en la propia The Crown a colación de la coronación de su sobrina? ¿Acaso se equivocaba tanto Roland Barthes cuando decía exactamente lo contrario, que dispensar a los reyes el mismo trato que a los mortales mientras se les permite seguir siendo reyes es una forma terrible, quizá la peor, de someterse al vasallaje? A nosotros no nos lo parece. Insistir en la normalidad de los monarcas, presentar como noticia que ellos también hacen pis y caca, que no desaparecen de la existencia cuando se les deja de mirar, como si fuesen partículas cuánticas, constituye una afirmación: que todo eso, lo normal para nosotros, es extraordinario para ellos, aunque vivan sometidos igualmente a ello. Y que acatar el régimen de lo obligatorio comporta, en su caso, cierto grado de heroicidad moral.

Tiene usted que ver The Crown, eso puede tenerlo claro. Es una serie soberbia, un verdadero hito en la historia misma de la televisión. Oro puro y nada más. Ni siquiera vemos necesario puntuarla pormenorizadamente en las distintas disciplinas cinematográficas que existen; para qué, si The Crown es excelente en todas. Si le duele que sus picotazos y pellizquitos de monja acaben cimentando todavía más la mitificación de los reyes ingleses, aunque sea de forma un tanto abstracta, tenga presente lo evidente: que no podría ser de otra manera. Una serie sobre los Windsor solamente podría ser buena poniéndolos a caer de un burro, como hace The Crown cumplidamente, y eso, mientras los propios reyes existan, solo tendrá el efecto de encumbrarlos todavía más, como advertía Barthes. Si no le gustan a usted los reyes, el problema que tiene no es The Crown y ni siquiera lo son los reyes. El problema que tiene usted es que siete de cada diez británicos, que es una barbaridad de gente, se confiesan monárquicos y dicen estar encantados con la idea de tener un dios encarnado viviendo en el palacio de Buckingham. Y si le extraña que luego sean ellos los que más disfrutan crucificándolo, eso es que no ha leído usted la Biblia atentamente.


Demokratía y guerra fría (II): El Telón de Bronce

Temístocles. Fotografía: Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

En estos momentos Atenas y Esparta son un remedo primitivo de los Estados Unidos y la URSS de finales de la Segunda Guerra Mundial; son aliados contra el mismo enemigo y tienen el conflicto de cara, y aparentemente son amiguitas. Pero se están jugando muchas papeletas para malos rollos futuros. Sus sistemas políticos son la noche y el día y ambas están destinadas a jugar papel de superpotencia. La diferencia es que Esparta no tiene ningunas ganas de gobernar el Egeo, por lo que esto implica en cuanto a crecer y transformarse, mientras que Atenas no solo lo mira con ojitos, sino que su metamorfosis ya ha comenzado. Cosa que a los lacedemonios tampoco es que les haga mucha gracia. Aunque hay buen rollo oficial entre ambos, quien vio venir el futuro con claridad fue, cómo no, Temístocles.

En cuanto las operaciones bélicas se alejaron de la Grecia continental, los espartanos propusieron, muy sutiles ellos, que estaría genial que se desmontaran todas las fortificaciones y murallas de las polis, con la excusa de que muchas ciudades aliadas del persa se habían tenido que tomar por asalto. Las risas fueron grandes en Atenas, que había sido saqueada por el enemigo y que en aquel mismo momento se encontraba enfrascada en poner sus muros en pie, objetivo en el que estaban pensando realmente los laconios. Temístocles, cual capitán Panaka, urdió una estratagema, plantándose en Esparta a entretenerlos con una patraña mientras mujeres y niños acababan las obras corriendo (479 a. C.). Para cuando los espartanos se asomaron por Atenas, la muralla se había completado a una velocidad que ni las constructoras hispánicas. Esto no les hizo demasiada gracia a los rústicos chicos sureños, que tomaron buena nota de la matrícula del ateniense.

Para acabar de liarla, el «Alto Mando Aliado» despachó la flota ateniense bajo mando espartano a pegar guantazos por ahí y tuvo lugar el feo asunto de la corrupción de Pausanias. Una vez destituido el lacedemonio y puesto al mando un ateniense, un «Telón de Bronce» iba a caer entre las polis. Esparta se desmarcó del asunto mientras que Atenas aceptó encantada de la vida ponerse al mando y para ello Arístides fundó una coalición, la Liga de Delos (477 a. C.). Delos-que-pagan, porque en esencia Atenas ponía los barcos, soldaditos y caballos y los demás aflojaban la cartera. Esta subcontratación de la cosa bélica traería consecuencias inimaginables. Pero de momento quedémonos con que los espartanos no olvidan, así que se las apañaron para acusar a Temístocles de estar implicado en la subversión de Pausanias. ¿Qué tiene que ver esto con la democracia? En pocas palabras, va a ser su sustento.

La flota ateniense. Fotografía: Cordon Press

La flota ha ganado la guerra, y ya no son los propietarios agrícolas y sus lanzas los que defienden Atenas en solitario. La marina no solo es el orgullo de la polis, sino su futuro. Es imprescindible para continuar las operaciones, mantener la Liga (y el cobro de contribución correspondiente) y arrojar al persa del resto de Grecia, así que los modestos van a querer ver su poder político aumentado e irrumpir a saco en la fiesta de la democracia. La facción «democrática» va a salir muy reforzada de la guerra y los acontecimientos posteriores, adquiriendo un tono claramente antiespartano y proexpansionista, como su líder. De hecho, una de las primeras medidas que tomará el demos es quitarse de en medio a la figura oligárquica del momento, Arístides, votando su ostracismo.

Pero paradójicamente, la facción aristocrática también va a reforzarse. Los hoplitas se han batido como machotes y el Areópago, reducto aristocrático, ha adquirido mucho prestigio tras dirigir la evacuación de la ciudad en momentos de grave peligro. Además, cuenta ahora con una joven promesa, el hijo de Milcíades, Cimón, que además ha heredado la inmensa fortuna de papi. Para colmo, muchos de sus cabecillas son strategos del ejército que tan brillantemente conduce la guerra contra Persia; el propio Cimón es puesto al mando de la expedición de la Liga para correr a gorrazos al persa hasta su tierra. Sin embargo, esta facción es partidaria de la amistad con Esparta, «home of the hoplites» polis oligárquica por antonomasia. La lucha política, pues, se va a recrudecer y tendrá como objetivo al hombre que ahora ostenta el título de «más popular de Atenas», el hombre en el cénit de su carrera, Temístocles, que se ha puesto además un poco chulito y al que los espartanos y sus amigos difaman. En 472 es condenado al ostracismo en una votación de la que se han encontrado abundantes ostrakón prefabricadas con su nombre ya impreso. Las irregularidades se inventaron ayer, como se ve.

Mientras tanto, la Liga de Delos se consolida a la vez que el fantasma del peligro persa se aleja. Cimón se hincha a repartir leches de tal modo que los aliados empiezan a plantearse que a lo mejor no hace falta ya la pseudo-OTAN esta. Sin embargo, a los atenienses les va muy bien esto de cobrar sus servicios militares por adelantado, y ese dinerito está haciendo mucho bien en Atenas, porque entre otras cosas servirá para sufragar la adquisición de muchos esclavos y la presencia en las asambleas de los más modestos; el imperialismo ateniense sostiene la democracia popular.

La organización de la Liga ya tiene mala pinta y no responde que digamos al modelo democrático: se reúnen dos órganos por separado, el de los atenienses y el del resto, así que ya se pueden imaginar qué clase de igualdad garantiza eso si el voto de Atenas vale por el de todos los demás juntos. Cuando se huelen que la Liga es un instrumento al servicio de la polis ática, algunas ciudades tratan de salirse. Pero la Liga de Delos es una especie de antecedente de instituciones futuras como la Iglesia católica o las compañías de telefonía móvil; es muy fácil entrar, pero salir es harina de otro costal. Naxos en 470 y Tasos en 465 tratan de borrarse del club y son correspondientemente represaliados por los atenienses, que mandan colonos —clerucos— a todas partes y se aseguran por encima de todo el cobro de sus servicios. ¿El persa? Bien, gracias.

Así están las cosas ahí fuera, pero… ¿qué ocurre en Atenas mientras tanto, una vez expulsado Temístocles? Pues el partido aristocrático, con Cimón a la cabeza, tratará de mantener a raya a los demócratas con un recurso muy actual; el evergetismo. ¿Qué es esto? Pues sencillamente que Cimón gastará parte de su dinero en abrir sus huertos, sus terrenos y su bolsillo para regalar al personal comida y sustento. Como nada es gratis en este mundo, una vez que pasas a ser mantenido de alguien te conviertes en su clientela, y como si de un precursor del camello moderno se tratara, si quieres seguir chupando del bote, en la ekklesía votarás lo que yo te diga. El pesebrismo se inventó hace veinticinco siglos. Así es como Cimón cree manejar el sistema político, pero un oportuno resbalón dará alas a sus enemigos políticos. En 462 a. C., Esparta sufre un tremendo terremoto y pide ayuda ante la rebelión de sus montones de hilotas. Cimón, que es muy proespartano él, convence a la asamblea de que le deje ir con cuatro mil hoplitas.

Cimón. Fotografía: Cordon Press.

Aparte de que los lacedemonios lo envían rápido a hacer gárgaras, porque no quieren saber nada de los atenienses y sus peligrosísimas innovaciones políticas, en su ausencia los cabecillas demócratas, Efialtes y el gran Pericles, han reformado la constitución de Atenas, sin referéndum ni nada. El Areópago es despojado de sus poderes auditores, que pasan a la boulé y la Asamblea del demos y se queda en lo justo para ver casos penales; los thetes ven su poder incrementado. 

Cimón volvió de Esparta con sus hoplitas todo despechado después de que sus amigos espartanos le dijeran que preferían una relación a distancia y que se fuera por donde había venido… solo para encontrarse un bonito ostracismo que le dejará fuera de combate en 462 a. C. Los ánimos en Atenas andaban revueltos y la respuesta de los lacedemonios no gustó mucho; de esta manera, la torpeza espartana demostró no tener límites, porque la influencia en Atenas de los partidarios de llevarse bien con los madelman peloponesios se redujo al nivel del salario mínimo español.

Esto dejó las manos libres a los demócratas para «rediseñar» la política exterior ateniense sin deberle nada a los pueblerinos del sur, por lo que se dedicaron a reforzar su imperio, con la flota en una mano y la lanza en la otra. Atenas no podía renunciar al pingüe negocio de la Liga de Delos, puesto que los ingresos que obtenían son directamente responsables de lo que exageradamente se conoce como «el siglo de Pericles», momento cumbre de la cultura, las artes y todo eso en lo que se gasta la pasta cuando sale por las orejas. Hay que decir, eso sí, que al menos tuvieron la deferencia de prescindir de parques temáticos desiertos y resquebrajados diseños de Calatrava y erigir obras de las que aún pueden verse. Pero no solo se empleaba el dinero para eso; lógicamente se invertía en barcos, caballos y guerreros, y también en una creación del propio Pericles: la subvención. También conocida como óbolo.

¿Para qué este invento del demonio? Básicamente porque para ejercer la politeia hay que ser un ocioso con mucho tiempo libre, y dicho perfil suele coincidir con el aristocrático. Las bases de la democracia, los marinos, se encontraban lejos de Atenas, persiguiendo al persa y metiendo aliados en cintura por el Egeo. Los hoplitas también tenían la cosa difícil para acudir a las asambleas, puesto que los que no guerreaban se dedicaban a sus tierras, y en general, para quien debía buscarse la vida currando era complicado pasarse por allá. Así que si bien la desarticulación (temporal) de la facción aristocrática acabó con la compra de voluntades que Cimón practicaba, la democrática tenía problemas para ejercer el poder desde una asamblea casi vacía compuesta por los más pudientes. En realidad, el óbolo no era mucho dinero, ni la mitad de un salario diario normal; pero poco es mejor que nada, así que los tribunales y las sesiones de la ekklesía comenzaron a llenarse de gente menesterosa que iba allí a cobrar, y si se tercia, a venderse. Una medida que en principio parecía una buena idea, destinada a que el pueblo pudiera tener algo de independencia política, acabó a la larga convirtiéndose en una fuente de problemas. Cosa que al pobre Pericles le va a pasar bastante a menudo, pero eso ya se verá más tarde.

Sea como fuere, finiquitada la práctica del evergetismo y por tanto el control de los ricachos sobre el demos a golpe de talonario, este volvió a tomar las riendas del Estado de la manita del gran Pericles. Que era un señor paradójico, puesto que se trataba de un líder democrático de origen y talante aristocrático; este extraño equilibrio contribuye también a la no menos paradójica situación de que los ciudadanos atenienses y su democracia se vuelvan bastante «aristocráticos» en sus decisiones. Que estaban estaban sobre todo encaminadas a mantener, ampliar y fortalecer el sistema que les permitía gobernarse: el imperialismo. Vamos a patearnos la política exterior de Washington… Atenas.

Se basó esta en dos líneas principales de actuación; una consistió en mangonear en el área alrededor del Ática, lo que incluía Grecia Central y las ciudades de la costa norte del Peloponeso. Un juego bastante peligroso, puesto que si bien los atenienses se limitaron a molestar a algunos miembros de la Liga del Peloponeso (quienes, como buenos griegos, peleaban entre ellos), afectaba indirectamente a Esparta, riesgo que al parecer les importaba tres pepinos. Así, Atenas se alió con Tesalia (expartidaria del persa en las Guerras Médicas) y Argos, en virtud de sus malas relaciones con Esparta, y también consiguió atraerse a Mégara, que como tenía un contencioso con Corinto, no vio mayor problema en pasarse a la Liga de Delos. Por fin Atenas podía rendir cuentas pendientes con potencias marítimas vecinas como Egina, Corinto y sus amiguitos.

Ciudades todas ellas que veían con mucha alarma la enorme expansión ateniense, que amenazaba con estrangularlas y someterlas, y ahí entroncamos con la segunda línea: la guerra con Persia como excusa para incorporar ciudades a la Liga de Delos, ergo a la cuenta de resultados. Después de la galleta tremenda que se llevaron en Eurimedonte los persas a manos de Cimón (antes de que lo largaran), la marcha de las operaciones iba cuesta abajo, y cada vez más los atenienses estaban más ocupados en instalar clerucos por ahí y en favorecer al partido del demos de las ciudades de la Liga que en otros asuntos. Esta exportación de la democracia en realidad era solo aparente, puesto que, si bien los atenienses en política interna no se metían, el demos de cada ciudad aliada en política exterior ni pinchaba ni cortaba, así que se trataba de una democracia bastante poco soberana que nos recuerda algo a todos.

Todo esto, además de suponer una escalada de tensión que acabará muy mal, como el agorero de Tucídides no se cansa de repetir, exigirá a Atenas un esfuerzo muy grande, y como ya sabían las viejas castellanas en su día, «quien mucho abarca, poco aprieta». Para resumir, la triple alianza Atenas-Argos-Mégara empezó a darse piñazos con Corinto & Asociados, lo que preocupó lo suficiente a los lacedemonios como para sacar a sus muchachos a pasear por Grecia central. Además, por entonces Atenas se había metido en Egipto a chinchar al persa; demasiados frentes abiertos, así que Pericles echó marcha atrás. En democrático consenso con la facción aristocrática y aprovechando que el ostracismo de Cimón caducaba, consiguió que el forrado ateniense negociara con sus amiguitos espartanos una tregua para acto seguido ir a hacer lo que más le gustaba: correr detrás de los persas cual toro sanferminero en pos de un grupo de australianos borrachos. Pero hete aquí que en Chipre Cimón palmó, y muerto el mayor partidario de la guerra, no quedó otro remedio que firmar la paz (de Calias, en 449 a. C.), muy necesaria para ambos bandos.

Sin embargo, este armisticio dejó a Atenas en un compromiso; una vez finiquitado el objetivo para el que se creó la Liga, los aliados comenzaron a pensar que iba siendo hora de disolver el club de los paganos. Cosa que a los atenienses ni se les pasaba por la cabeza, ya que los subsidios les permitían mantener veinte mil bocas de ciudadanos aproximadamente. Así que hizo justo lo contrario, reforzar el control sobre la Liga, animar amistosamente a punta de lanza a entrar a nuevos «amigos», reprimir las rebeliones contra esta hegemonía (Eubea, el incidente de Samos, Bizancio) y buscarse nuevos conflictos que la justificaran. Vuelta la burra al trigo: Esparta se enfada, se da un paseo por Beocia, se enseñan todos los dientes, se va salvando la situación como se puede, etcétera. Pero en el fondo, dado que ni Esparta ni Atenas modificaban sus políticas esenciales, todos sabían que el equilibrio no se podía mantener siempre y que al final se iba a liar parda. Uno de estos listos era por supuesto Pericles, que ya había creado un fondo de reserva de mil talentos de oro y tenía un plan bélico diseñado para cuando estallara lo que al final estalló en 431; la guerra mundial griega, más conocida como Guerra del Peloponeso.

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Demokratía y guerra fría (I): Y en el principio fue Atenas

Los héroes de Maratón. Fotografía: Cordon Press

Ni siquiera la irrupción de la pandemia en el escenario mundial ha borrado del todo el debate sobre a dónde vamos como sociedad, políticamente hablando. Se ha instaurado en diversos ámbitos una reclamación de más democracia como el medio para atajar la desigualdad, tanto real como supuesta. De hecho, es una palabra que continuamente aparece por todas partes en boca de cualquiera, ya sean medios de comunicación o conversaciones de barra de bar y que, junto con «libertad», debe ser una de las dos excusas más manidas para cometer cualquier tipo de tropelías. A cualquiera le vienen unos cuantos ejemplos a la cabeza. Se reclama incansablemente como remedio a todo mal político una variedad de democracia más «directa», con una supervisión más cercana por parte de la ciudadanía.

Aunque pueda parecer gratificante ver lo arraigado que está el concepto de democracia en la mentalidad popular, se pueden albergar ciertas sospechas de que sea solo de boquilla, o una adaptación libre de la novela. ¿Cuánto sabemos de un tipo de gobierno que, como nos contaron en el colegio, nació hace mucho, mucho tiempo en la Grecia clásica, concretamente en una ciudad que no hace mucho sufría los embates de una oligarquía adinerada cada día más insolente y desvergonzada, la antiguamente bella Atenas? El primer ejemplo de una democracia en funcionamiento no solo es excepcional, sino que se trata de un caso de estudio esencial para comprender en qué consistía, qué condiciones son necesarias y cuáles son sus ventajas e inconvenientes —que los tiene—. Resulta llamativo que un escolar español actual solo trate el asunto de pasada, con solo doce años de edad, sin la profundidad necesaria como para captar sus implicaciones, así que urge llenar este agujero negro.

Allá por el siglo VI a. C., Atenas, como cualquier otra polis arcaica que se precie, estaba dirigida por un tirano con un nombre de dudoso gusto, Pisístrato.  Esto no significa que el hombre se paseara de uniforme y se divirtiera enviando gente a prisión mientras reía malignamente; originalmente un tirano se refiere a un miembro de la oligarquía de la ciudad, un aristócrata que gracias a apoyos y maniobras políticas se erigía con el poder, ejercido personalmente. Este tipo de gobierno en un principio no se veía como algo necesariamente malo; de hecho, era el típico de las pequeñas ciudades-Estado griegas de entonces, que se componían de una capital con su templo, su ágora y su gimnasio, por un lado, y del campo circundante por el otro, con sus campesinos en sus chozas y su ganado. Las polis las gobiernan un reducido grupo formado por los ciudadanos más pudientes, que además son los que salen a partirse la cara por ella. Lógico, puesto que son los únicos que se pueden costear el armamento.

Pero hete aquí que las ciudades se organizan, prosperan y crecen. También el comercio, la economía y la población. La sociedad se vuelve más compleja, aparecen nuevas facciones políticas más amplias y la aristocracia se divide en bandos. Más ciudadanos propietarios implica más personas pidiendo acceso a la política, y el sistema de tiranías obviamente no les satisface. Ni tampoco a algunos de los ilustres, que deben disputar e intrigar continuamente para ocupar los cargos. ¿Todo este rollo qué quiere decir? Que, en las ciudades más pujantes como Atenas, la tiranía «pasa de moda», ya no sirve. Es tiempo de crisis internas, o como lo llamaba Tucídides, de stasis, una especie de bloqueo de fuerzas enfrentadas. A leches si hace falta, por supuesto. A la muerte de Pisístrato hay unas cuantas de estas luchas por el poder (con sus imprescindibles asesinatos) que ahorraremos para ir directos al final: hacia el 514 la tiranía está bastante desacreditada y sin embargo nos quedan dos candidatos a la gloria, de los que se alzará triunfante un personaje de sugerente nombre, Clístenes. Este aristócrata de la controvertida familia de los Alcmeónidas, habitual en todos los follones políticos atenienses, va a sentar las bases de la posterior democracia popular. Aupado al poder por la vía tradicional, parirá una «reforma electoral» que ríanse ustedes de la modélica transición española.

Los atenienses, como buenos indoeuropeos, se dividían en tribus por cuestiones de parentela, clanes y demás asuntos familiares. Las tribus, además, servían como una especie de unidad política tradicional, y hacían de centro de reclutamiento, colegio electoral y asamblea de tipo social. Pues bien, Clístenes dividió el Ática en tres partes (la ciudad, la costa y el interior) y cada una la dividió a su vez en diez, según la distribución de aldeas con entidad administrativa (los demos, origen de nuestra palabreja) y la voluntad emanada de su escroto. Después procedió a inventarse diez tribus nuevas cogiendo un cachito del campo, un cachito de la ciudad y uno del interior para cada una de ellas, les puso nombre y un lacito, y a correr. ¿Para qué este manejo? Los expertos con pajarita y gafas de culo de vaso todavía discuten los motivos de Clístenes, porque en realidad nadie lo sabe, pero se pueden adivinar algunas intenciones detrás. Por un lado, esta reordenación lo dejaba todo atado y bien atado; el poder político de los partidarios de la tiranía quedaba repartido y por tanto diluido. Por el otro, todas las tribus tenían una patita puesta en el centro del meollo; Atenas, y por tanto desde ahí se podía controlar y participar en la política. Nada se cocinaba fuera de la ciudad.

¿Cuál era la utilidad de este «rediseño creativo» del mapa electoral? Pues qué pregunta, elegir al nuevo gobierno. Aquí va la explicación de cómo se organizaba el mondongo político; no dolerá mucho, un pinchacito nada más. En la antigua tiranía, en Atenas mandaban nueve magistrados o arcontes, elegidos por la asamblea de tribus antiguas entre los que importaban algo. Su labor estaba supervisada por un grupo de ex altos cargos que decidían además sobre cualquier cosa: justicia, política interior y exterior, legislación, etc. Esta banda de vejetes estirados se reunía en la colina de Ares y por eso se llamaba el tribunal del Areópago. En otras palabras, las clases más altas lo controlan todo.

Ahora la cosa cambiará bastante y el demos hace su entrada triunfal en política. Al aristocrático Areópago se le deja en paños menores y conservará únicamente el poder judicial y la «auditoría» de los magistrados. Los otros asuntos pasan al Consejo de los quinientos, o mucho más bonito en griego, la boulé. Cada flamante comunidad autónoma-tribu elige cada año entre sus varones mayores de edad a cincuenta representantes para la boulé. Como es un jaleo juntar a quinientos tipos cada pocos días para tratar asuntos, sobre todo tipos que se dedican a otras tareas, se establecía una «comisión permanente» rotatoria de cincuenta , así que cada tribu se encargaba del Consejo una parte del año (este consejo redux se llamaba pritanía). ¿Y a qué se dedicaban exactamente? Pues a preparar los temas que se iban a tratar en el epicentro del sistema, el lugar donde se ventilaba todo, el corazón de la demokratía… la asamblea popular. En griego, la ekklesía.

La asamblea ahora tomaba en última instancia las decisiones; política exterior e interior, si se iba a la guerra, votaba las leyes… siempre siguiendo el «orden del día» preparado por el Consejo. Aquí se elegían los cargos de magistrado y los strategos del ejército de entre los propuestos por cada tribu. El sistema se completaba con toda una serie de medidas para impedir pillar el sillón y enquistarse en el poder, incluido el sorteo o la imposibilidad de presentarse más de dos veces a la pritanía. Pero la joya de la corona de Clístenes, el arma definitiva antitiranos para el mantenimiento del equilibrio político y la paz social, era el famoso ostracismo. Una vez al año el demos ateniense podía votar si se expulsaba a alguien de la ciudad, cual Gran Hermano VIP, siempre que acudieran más de seis mil, que debía ser, siguiendo la metodología ojimétrica, algo más de la mitad de la asamblea popular. El nombre se grababa en un trozo de teja (ostrakón) y el que obtenía mayor número de votos debía exiliarse. Este procedimiento va a dar grandes ratos de diversión en el futuro, como veremos.

Esto puede parecer una democracia, y en el fondo lo era, aunque en una fase bastante embrionaria y bastorra. Porque aún nos falta un cacho de trozo de trecho para llegar a la auténtica democracia radikal popular, entre otras causas porque como buenos indoeuropeos (otra vez), los atenienses se clasificaban y ordenaban por clases sociales en función del algoritmo «tanto tienes, tanto vales». Había un par de grupos que se quedaban marginados en esta idílica e innovadora felicidad política: los thetes, los que trabajaban alquilando sus servicios para otro, no podían acceder a los cargos aunque participaran en la asamblea. Lo que dejaba al cincuenta por ciento de los varones adultos atenienses fuera de la cosa pública. Pero no se vayan todavía, aún hay más; los hektemoroi, aquellos que tenían deudas que pagar con parte de la cosecha, los «hipotecados», esos ni podían ir a la asamblea siquiera. ¿Las mujeres? No me haga reír, hombre, this is Hellas.

Aun así, era un invento revolucionario sin igual en toda Grecia, producto entre otras cosas de la riqueza y la importancia que iba adquiriendo Atenas en el mundo griego. Y ahora que ya conocemos cómo se gobernaban los habitantes del Ática, pasaremos a ver a la joven democracia en acción, porque se avecinan muchas curvas y unas cuantas pruebas de fuego para el sistema, que lo dejarán bastante cambiado. 

La primera —y decisiva— patata caliente que cae en campo ateniense es nada menos que la primera expedición persa. Tras pedirles la tierra y el agua y que los mandaran a freír espárragos, nuestros amigos orientales desembarcaron en Maratón, el único sitio llano disponible que encontraron. Claro que también se encontraron a un montón de hoplitas atenienses al mando del noble Milcíades, con el resultado de todos conocido. La rotunda victoria dio mucho prestigio a la recién estrenada democracia y salvó el primer punto para el equipo griego, pero pese a lo que pudiera parecer, en vez de convertirse en un factor de unidad, dividió las opiniones y complicó mucho la política de la polis, como si de españoles se tratara. A grandes y groseros rasgos, Maratón dio lugar a dos bandos principales; uno era el «aristocrático», en el que militaban algunas de las mayores fortunas de la ciudad y que encabezaba entre otros el propio Milcíades; representaba a la fuerza de hoplitas, propietarios de la tierra, la forma tradicional de hacer la guerra. Así que no hace falta insistir en el prestigio que tenían después de la batalla y lo convencidos que estaban de que esa era la manera correcta de hacer las cosas. No solo eso, sino que Milcíades era dueño y señor del Quersoneso y por tanto tenía el riñón forrado, hasta el punto de que se le acusaba de haber ejercido la tiranía por allá.

La otra facción había visto motivos de inquietud tras el primer asalto; no en vano los persas habían movido su flota como Pedro por su casa. No era de recibo que a una ciudad costera como Atenas le chorrearan así en su cara; el arma definitiva debía ser una flota como Zeus manda y un puerto nuevecito (El Pireo), conjuntamente con una serie de fortificaciones que debían ir desde la Acrópolis hasta allí, lo que se conocería como «los Muros Largos». La figura más destacada de esta «corriente de opinión» era el visionario de Temístocles, y no se trataba de un oportunismo a causa de la guerra. En realidad, el auténtico motivo para proponer estas medidas era un enemigo mucho más modesto pero que llevaba pintándoles la cara a los atenienses desde ni se sabe: la polis de Egina. Los modestos eginetas disponían de una respetable flota y hostilizaban a los áticos dónde y cuándo querían desde hacía años, impidiéndoles dominar las aguas egeas. Así que Temístocles y sus partidarios en realidad estaban mirando más allá de la cuestión persa y planeaban una futura expansión ateniense, que debía ser, sí o sí, marítima. El problema es que construir una flota era algo carísimo, y una muralla ni les cuento, y la pasta gansa estaba en el otro bando. Además, también estaba el problemilla persa en la agenda: más o menos todo el mundo esperaba la próxima iniciativa de Oriente, así que las opiniones oscilaban entre los que rechazaban un hipotético dominio del rey de reyes y los que pensaban que a lo mejor no era para tanto.

Arístides. Fotografía: Cordon Press.

Las primeras bofetadas en la arena política correrán a cargo del dúo mencionado. Tras su gran victoria, Milcíades se animó a perseguir a los persas (lo cual indica que la facción aristocrática tampoco le hacía ascos a eso de expandirse) y trató de liberar las islas Cícladas, llevándose una derrota en Paros que además le dejó malherido. Temístocles y sus partidarios estrenaron aquí el ostracismo, acusando al derrotado de «decepcionar al pueblo ateniense» y le condenaron al exilio y a pagar un multazo que no se llegó a cobrar, pues Milcíades se murió antes. El invento de la teja no solo se emplea ya para alejar personajes peligrosos, sino como modo de «regular» el efecto del exceso de fama y prestigio de individuos concretos en la democracia.

No se sabe mucho de los acontecimientos de los años posteriores en la ciudad, pero el baile de figuras condenadas al ostracismo y la indecisa política exterior ateniense, que daba un pasito-palante-pasito-patrás en sus relaciones con los persas nos hace suponer que no se aburrieron precisamente. A Temístocles le saldrá un rival en la figura de Arístides, con fama de justo, virtuoso, incorruptible y repelente niño Vicente, si bien ambos coincidían en política exterior. Pero hay dos hechos que van a decantar la balanza definitivamente del lado «naval»: el primero, el descubrimiento accidental de un montón de plata en las minas de Laurión, con lo que el asunto del dinero quedaba resuelto. El segundo, que Jerjes —convertido en drag queen en 300—optó por invadir Grecia y jugar la revancha. Los partidarios de dar la mano blandita al persa tuvieron que largarse o quedarse callados, y el proyecto de Temístocles salió adelante. En un plazo razonablemente corto de tiempo y justo para estrenar en la guerra, Atenas puso doscientos trirremes en el agua. Que no funcionaban solas, por cierto; hubo que reclutar a los thetes para que sirvieran como remeros en la marina, lo cual a la larga tuvo la previsible contrapartida política, como nuestro hombre ya preveía y esperaba, no en vano contaba con su apoyo social.

Como todos sabemos, Atenas y Esparta se coaligaron para rechazar la invasión y el «muro de madera» flotante que erigió Temístocles sirvió para poner a la población ateniense a salvo del ataque persa, acabar con su flota en la espectacular victoria de Salamina, salvar a Grecia y en última instancia, al mundo occidental como lo conocemos, si nos ponemos épicos. Después por tierra, en Micala y Platea, los espartanos remataron la faena. Es el triunfo en las Guerras Médicas el que va a transformar decisivamente a Atenas en una democracia «completa» y en muchas cosas más.

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Historia de las pandemias (I): Plagas en la Antigüedad

Plague in an Ancient City, de Michael Sweerts.

Por fuera, el cuerpo no estaba muy caliente al tacto. Tampoco pálido en apariencia, aunque sí rojizo, lívido y cubierto de pequeñas pústulas y úlceras. Por dentro, sin embargo, el cuerpo ardía. El paciente no podía soportar ropajes o sábanas incluso de la más ligera factura, ni estar de otro modo que completamente desnudo. Lo que más deseaban los enfermos era arrojarse al agua fría. Así lo hicieron quienes no estaban siendo atendidos; padeciendo las agonías de una sed insaciable, se sumergieron en los depósitos que recogen el agua de lluvia. Sin embargo, [para el alivio de los síntomas] no suponía mucha diferencia el que bebieran poco o mucho. Nunca cesaba de torturarlos la miserable sensación de no ser capaces de descansar o dormir. (…) Era el horrible espectáculo de los hombres muriendo como ovejas. (Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso)

Al siglo V antes de nuestra se lo suele apodar «el siglo de Pericles», pero bien podríamos llamarlo el siglo de la primera pandemia. O, para ser más precisos, el siglo de la primera pandemia ampliamente documentada: la «plaga de Atenas». No fue la primera epidemia que traspasaba fronteras, pues habían ocurrido otras, pero estas no dejaron crónicas tan detalladas que hayan sobrevivido hasta nuestro tiempo. La plaga empezó a provocar estragos en Atenas en el año 430 a. C., apenas unos meses después de que hubiese estallado una guerra que enfrentaba a dos alianzas griegas: la Liga de Delos encabezada por Atenas y la Liga del Peloponeso encabezada por Esparta. Sin que lo hubiese esperado ninguna de las dos partes, un tercer combatiente invisible demostró ser más letal que cualquier ejército; durante tres oleadas ocurridas en un periodo de cinco años, la horrorosa plaga aniquiló a decenas de millares de griegos. Solo en Atenas hubo cien mil víctimas; la ciudad perdió la cuarta parte de la población en menos de un lustro.

La enfermedad había llegado desde el mar. Afectó primero a la ciudad costera de El Pireo, situada a unos pocos kilómetros de Atenas, que ejercía como puerto de entrada para los alimentos y mercancías que se consumían en la capital. Cuando empezaron a enfermar y morir cientos de personas, muchos creyeron que un comando de espartanos había conseguido sortear las murallas, infiltrándose en El Pireo para envenenar los depósitos de agua y alimentos. Poco después, la enfermedad se extendió a la propia Atenas, así que la hipótesis del envenenamiento se quedó corta para explicar una marea de mortalidad cuyas cifras empeoraban día tras día. El historiador ateniense Tucídides fue quien compuso la crónica clásica de aquella pandemia. No solo fue testigo testigo directo del brote de Atenas, sino que resultó contagiado él mismo, aunque estuvo entre los afortunados que pudieron recuperarse y contarlo. En sus escritos, Tucídides expresó un profundo horror ante «una pestilencia de tal extensión y mortalidad como no se recordaba en lugar alguno». Enumeró una larga lista de síntomas que piban presentándose con cada nuevo estadio de la enfermedad: fiebre, estornudos, dolores, inflamación ocular, tos, halitosis, sangrado faríngeo, vómitos, insomnio, llagas, pústulas, sensación de calor intolerable, sed insaciable, y, por último, una etapa de agresivas diarreas que provocaban una «extrema debilidad corporal» a la que, en un pavoroso porcentaje de casos, seguía la muerte. La enfermedad ni siquiera entendía de clases sociales. Pericles, el famoso y respetado líder de los atenienses, estaba dirigiendo las tropas de la alianza de Delos cuando recibió la noticia de que sus dos hijos habían contraído la plaga y habían muerto. Quedó sumido en el llanto y la desesperación. Pocos meses después, él mismo desarrolló síntomas y quedó tendido en una cama, incapaz de levantarse. No tardó en fallecer también.

Tucídides comentó con pesar que la mayor tasa de mortalidad se daba entre quienes cuidaban a los enfermos: «Los médicos no fueron de utilidad porque ignoraban cuál era la manera indicada de tratar la plaga, y ellos mismos morían en mayor cantidad que nadie, pues eran quienes visitaban a los enfermos con mayor frecuencia». Los atenienses pronto entendieron que no había manera de hacer frente al desastre. Ningún sistema de contención funcionaba. Quien tenía que morir, moría. La medicina no servía. Los recursos religiosos y mágicos como rezos, sacrificios y adivinaciones también se probaron inútiles, hasta el punto de que «la abrumadora naturaleza del desastre puso fin a todas esas prácticas». Ni los médicos ni los dioses podían aliviar los síntomas.

A pesar de la detallada descripción que Tucídides hizo de los síntomas, es muy difícil determinar qué enfermedad concreta provocó la plaga de Atenas. Es posible que nunca se llegue a saber. Se han formulado hipótesis para todos los gustos. Algunos creen que pudo ser una enfermedad hoy desaparecida, o una enfermedad que sigue existiendo pero ha perdido su poder letal, motivo por el que ya no somos capaces de reconocerla en el relato. Otros han señalado candidatas como la peste bubónica, la viruela, el tifus, o algún tipo de fiebre hemorrágica, pero la sintomatología no cuadra a la perfección en ninguno de los casos. Se ha especulado incluso con la posibilidad de que fuese una epidemia de ébola: se sabe que la plaga ateniense procedió de África, desde donde zarpaban casi todos los barcos que atracaban en El Pireo, y el propio Tucídides averiguó que el primer brote se había producido en Etiopía, desde donde la enfermedad se había extendido a Egipto, Libia y Persia antes de desembarcar en Grecia.

De las pandemias anteriores a la plaga ateniense se sabe poco, y conforme se retrocede en el tiempo, más difícil es obtener información fiable. En el año 1200 a. C., por ejemplo, una plaga mortal viajó desde China hasta Mesopotamia; hoy se cree, aunque no con seguridad, que pudo tratarse de la gripe. En el 1320 a. C., el Imperio hitita se vio sacudido por una oleada epidémica, probablemente de viruela, cuyos sucesivos rebrotes se prolongaron durante veinte años y diezmaron la población. Hubo epidemias todavía más antiguas que carecen de menciones escritas, pero que han podido ser confirmadas mediante descubrimientos arqueológicos. Por ejemplo, en algunas de las más antiguas momias egipcias se ha encontrado ADN del bacilo Mycobacterium tuberculosis; además, sus columnas vertebrales presentan lesiones consistentes con las que cabe esperar en la espondilitis tuberculosa, también conocida como enfermedad de Pott. Otro ejemplo: en algunos yacimientos de la Edad de Bronce se han encontrado restos humanos con material genético de la bacteria Yersinia pestis, responsable de la peste bubónica.

Las grandes pandemias, no obstante, eran mucho menos frecuentes en tiempos prehistóricos. Con anterioridad a la aparición de grandes ciudades, la extensión de las epidemias debió estar limitada por lo reducido y disperso de una población humana que, además, rara vez viajaba grandes distancias. Desde una perspectiva histórica, casi siempre han sido dos factores fundamentales los que han favorecido la rápida extensión de las pandemias: primero, una alta densidad de población; segundo, un intenso movimiento de personas y mercancías. Dicho con otras palabras: es un hecho probado que la civilización trajo consigo una mayor tasa de contagios. El aumento de asentamientos urbanos donde miles de personas compartían espacios reducidos, y la proliferación del comercio internacional, establecieron las condiciones que permitieron que las epidemias, hasta entonces localizadas en territorios concretos, empezasen a ser vez más catastróficas. Las epidemias localizadas habían causado dolor en poblaciones pequeñas, de eso no cabe duda, pero las pandemias que arrasaban diversos enclaves geográficos (y, en desgraciadas ocasiones, continentes enteros) adquirieron el poder de cambiar la faz de las naciones y hasta el rumbo de las épocas.

¿Cómo se explicaban las pandemias en tiempos antiguos? La respuesta es que depende de la época y el lugar. Aunque hoy nos parezca extraño, el concepto de contagio no siempre fue aceptado de manera universal. Hoy entendemos que el contagio de persona a persona es, junto a las picaduras de ciertos insectos como los mosquitos, el mecanismo fundamental por el que las epidemias se extienden. Pero, si hoy estamos seguros de que existe el contagio, se debe a que sabemos de la existencia de los gérmenes. Quienes no conocían los virus o las bacterias, no siempre tenían motivos para creer en la teoría del contagio. Es verdad que, aun sin haber descubierto los gérmenes, la teoría del contagio fue defendida por estudiosos de distintas culturas, ya desde la antigua Grecia. Pero esa idea no siempre fue aceptada por la gente de a pie (o por las autoridades), y muchos se resistieron a reconocer la existencia de un mecanismo puramente físico mediante el cual un individuo enfermo pudiese transmitir su mal a un individuo sano. Todavía menos habitual era que se contemplase la posibilidad de una transmisión asintomática. Así, muchas personas a lo largo de la historia desoyeron a los estudiosos y atribuyeron las enfermedades colectivas a los dioses y la magia. Incluso cuando optaban por explicaciones más terrenales, atribuían las epidemias a debilidades corporales provocadas por el estilo de vida, o a factores accidentales con potencial para afectar a toda una población, como los envenenamientos alimentarios o las contaminaciones de las fuentes de agua. Y, sobre todo, la explicación física preferida por muchos: la pestilencia procedente de lugares insalubres, en especial aquellos donde había cadáveres o materia orgánica en descomposición.

Hipócrates en la plaga de Atenas. (Alamy)

Los antiguos estudiosos griegos sí estaban entre quienes creían en el contagio, sobre todo después de haber experimentado la plaga ateniense. Tucídides vivió dos milenios antes de que fuesen descubiertos los microbios, pero nunca albergó dudas sobre el hecho, para él indiscutible, de que la plaga se había trasmitido de una persona a otra. Los griegos llegaron a considerar contagiosas enfermedades como la tuberculosis, la lepra, la rabia, la sarna y la oftalmía o inflamación de los ojos. No eran los únicos. Por aquella misma época, en la India, el médico Súsruta escribió un tratado conocido como Sushruta Samhita, (El tratado de Súsruta), donde explicó que enfermedades infecciosas como la lepra, la tuberculosis, los procesos febriles y diversas afecciones oculares podían transmitirse entre personas. De hecho, enumeró varias prácticas cotidianas en las que, según él, existía riesgo de contraer esos males: el acto sexual y otros tipos de contacto físico, el dormir en una misma cama aun sin contacto físico, el hablar cerca de otra persona, el comer en la misma mesa aun sin compartir alimentos y cubiertos, y el prestar ropajes, guirnaldas u otros accesorios de la vestimenta. Además de en textos griegos o indios, también en la Biblia hebrea se pueden encontrar referencias a males que los antiguos israelitas consideraban transmisibles, en especial enfermedades de la piel como la lepra, la leishmaniosis cutánea (que en realidad no es contagiosa, pero ellos pensaban que sí) o el bejel, una afección infantil causada por una bacteria idéntica a la que provoca la sífilis venérea.

Tucídides y Súsruta no supieron describir el mecanismo interno de la enfermedad, pero sí compartían la creencia de que el contagio no necesita necesariamente del contacto físico, y que la cercanía a un enfermo, aun sin tocarlo, bastaba para contagiarse de su mal. Otros autores antiguos llegarían a compartir esta misma observación, más llamativa durante las grandes epidemias. Pero, si desconocían los microbios, ¿cuál pensaban que era el agente contagioso? Una hipótesis común, tanto en Europa y África como en Oriente, achacaría las infecciones al aire contaminado que procedía de la corrupción de los tejidos. Este gas recibió diversos nombres: en la Europa grecolatina se lo llamaba miasma, término griego que significa «contaminación». En China se lo conocía como zhangki, y en India tenía el para nosotros los hispanoparlantes sonoro nombre putigandha, que significa «pestilencia». La aceptación tan extendida del concepto de miasma se debía a una observación universal: toda carne en descomposición produce gases pestilentes. Eso hizo que en diferentes culturas se interpretase el proceso infeccioso como el resultado de la aspiración de los gases procedentes de materia putrefacta.

La escuela médica imperante en la antigua Grecia era, por descontado, la teoría hipocrática. Según Hipócrates, la salud precisaba del equilibro entre los cuatro fluidos corporales fundamentales del cuerpo humano, o humores: sangre, bilis amarilla, bilis negra, y flema. El desequilibro de los humores se producía como efecto de un mal estilo de vida y una mala alimentación, o de diversos factores ambientales. Dependiendo de cuáles humores fuesen afectados, se manifestaban los síntomas de una u otra enfermedad. Los griegos, siempre amantes de la armonía teórica, vieron que los cuatro humores encajaban de forma bella y elegante con la teoría física de Empédocles, que definía toda materia como una combinación de cuatro elementos básicos: agua, fuego, tierra y aire. También encajaba con las cuatro estaciones del año. Y con las cuatro etapas de la vida humana: infancia, juventud, edad adulta y vejez. A la vista de estas cosas y de las pruebas físicas de las que disponían por entonces, la hipótesis de los humores se volvió casi indiscutible. De hecho, a Hipócrates se lo considera el padre de la medicina porque fue el primero en proponer un mecanismo físico, y no apoyado en lo sobrenatural, con el que explicar los procesos patológicos. También aportó cosas importantes a la epidemiología. Primero, como observador: en el 412 a. C. describió una gran epidemia, con síntomas que hoy pensamos compatibles con la gripe, y que afectó al norte de Grecia durante un año (de manera independiente, el romano Tito Livio escribió sobre una enfermedad similar ocurrida también en el año 412, así que hablamos de una pandemia europea). Hipócrates, además, fue el primero en clasificar las infecciones contagiosas en dos tipos: endémicas (con presencia constante en una población) y epidémicas (llegadas desde fuera). También distinguió entre patologías agudas y crónicas. Dividió las enfermedades en fases,  y para las más graves señaló una fase concreta, a la que llamó crisis, como el momento que determinaba si el paciente vivía o moría. La influencia de Hipócrates fue tan importante que hoy, más de dos mil años después, seguimos hablando del estado crítico.

En cuanto a la idea del contagio por miasma, encajaba bien dentro de la medicina hipocrática, aunque fue tomando varias formas conforme pasaba el tiempo. En su forma básica, el contagio por miasma se producía cuando una persona lo inspiraba. Una vez dentro del cuerpo, el miasma provocaba una pérdida de balance entre los humores, y esta ocasionaba la corrupción de los tejidos. Dicha corrupción sería responsable de dos procesos: por un lado, los síntomas de la enfermedad; por el otro, la creación de nuevo miasma. En esta fase, cuando el paciente respiraba, exhalaba el miasma procedente de la corrupción de sus propios tejidos, que podía a su vez ser inhalado por personas cercanas. De esta manera, los estudiosos griegos se explicaron tanto el contagio a distancia como las cadenas de contagio. Pero se toparon con una duda. El miasma no podía contagiar por el mero hecho de ser un gas pestilente, pues hay muchos tipos de aire pestilente y no todos ellos provocan infecciones. Así pues, ¿qué era exactamente lo que hacía que el miasma transmitiese una enfermedad contagiosa? Dedujeron que el aire corrupto no provocaba enfermedad como lo haría un gas venenoso, esto es, por efecto de su propia toxicidad intrínseca. Debía provocar la enfermedad mediante alguna sustancia invisible que no era el propio aire, sino que estaba contenida en él, y que era la verdadera responsable de la infección. Imaginaron que el miasma estaba repleto de pequeñas partículas de materia orgánica corrupta que no podían ser vistas, pero tenían el poder para causar enfermedades; los llamaron miásmata. Al ser inspirados por una persona, los miásmata quedaban depositados en su organismo, donde iniciaban un proceso de corrupción de manera parecida a como una manzana podrida hace que se pudran las demás manzanas de un cesto.

¿Cómo detectar el miasma? En principio, pensaban que era invisible y que su única característica física perceptible era el hedor. Pero Tucídides, durante la plaga ateniense, observó que muchos contagios se producían de manera inadvertida. En esos casos, los contagiados no habían sido capaces de detectar el olor del miasma. Dedujo que la pestilencia contagiosa no siempre tenía por qué ser detectable para el olfato humano. Se preguntó, en cambio, si los animales eran capaces de olerla, y esta curiosidad sirvió para demostrar (a ojos de los antiguos estudiosos griegos) la existencia del miasma. Durante el brote de Atenas, Tucídides fue testigo de un hecho que al principio lo dejó desconcertado: no pudo ver animales carroñeros en torno a los cadáveres humanos que eran depositados en el exterior de la ciudad. Esto era anormal. Por lo general, después de un desastre o una batalla, los cadáveres abandonados siempre atraían animales carroñeros; los más visibles y fáciles de distinguir en la distancia eran las aves. Pero las víctimas mortales de la plaga no atraían a los animales, y ni siquiera aparecían las aves rapaces sobrevolando a los muertos. Tucídides, intrigado, pensó que solo había dos maneras de explicar este fenómeno. Una posible causa era que durante los primeros días los animales carroñeros hubiesen acudido para alimentarse de los cadáveres y que, al contagiarse ellos mismos por comer carne contaminada, hubiesen muerto en masa, motivo por el que ya no se los veía. La otra posibilidad era que los animales, que por lo general tienen mejor olfato que los humanos, hubiesen sido capaces de detectar el miasma, y sencillamente hubiesen rechazado alimentarse con la carne contaminada. Cualquiera de esas dos opciones parecía probar la existencia del miasma: o bien era detectado por los animales salvajes, o bien les provocaba el contagio.

Esta deducción tan lógica, sin embargo, planteaba un nuevo problema. Si se asumía que el miasma era contagioso porque portaba miásmatas que eran producto de la putrefacción, el comportamiento de los animales carroñeros antes de la plaga parecía desmentirlo. Es decir: cuando no había plaga, los animales carroñeros comían carne descompuesta y por lo tanto teóricamente repleta de miásmatas, y no parecían contagiarse de nada. Esto hizo que los estudiosos griegos empezaran a sospechar que el miasma no era contagioso por el hecho de contener partículas de putrefacción. No era la putrefacción en sí misma la que provocaba enfermedades contagiosas. Tenía que existir otra sustancia que a veces surgía de la carne putrefacta o enferma, pero otras veces no estaba presente. Para explicar esta discrepancia, redefinieron la naturaleza teórica de los miásmata. Los compararon con otras partículas bien conocidas que flotaban en el aire, como las del polen o las esporas; partículas que, pese a no ser siempre visibles, tenían la capacidad de crear nuevas plantas desde la nada. El filósofo romano Lucrecio propuso la existencia de «semillas de enfermedad», que ya no eran simples partículas corruptas. Muchos otros autores, a lo largo de los siglos, recurrieron al mismo paralelismo con semillas o esporas. Del mismo modo que de una diminuta semilla puede nacer un gran árbol, de una diminuta partícula invisible, o de determinado número de ellas, puede surgir una enfermedad grave.

Ya en nuestra era, en tiempos del Imperio romano, el famoso médico griego Galeno se enfrentó a una pandemia conocida como «peste antonina» que comenzó con un brote, probablemente de viruela, entre los legionarios romanos estacionados en Persia. Los soldados que regresaron a casa diseminaron la enfermedad y esta, al cabo de poco tiempo, se extendió por todo el imperio. A lo largo de dos oleadas separadas por nueve años, se contagiaron veinte millones de personas  La tasa de mortalidad era aterradora: uno de cada cuatro pacientes sintomático fallecía. Llegaron a morir dos mil personas al día solamente en la ciudad de Roma. El historiador hispano Paulo Orosio, al rememorar aquella plaga, escribió que hubo aldeas españolas e italianas que quedaron «completamente vacías». También se contagiaron los galos y germanos que habitaban en las fronteras del imperio, aunque, dado el carácter iletrado de estos pueblos, están peor documentados los efectos demográficos que la plaga tuvo entre ellos.

Galeno, para explicar la rapidez con que se había extendido la pandemia, retomó la idea de unas esporas invisibles que provocaban la enfermedad. Además, sugirió que la acumulación de estas semillas en el organismo podía explicar el hecho sorprendente de que individuos que parecían recuperados recayesen de repente en la fase de síntomas más graves. Teniendo en cuenta que la microbiología no existía porque no había manera de detectar los gérmenes, las semillas y esporas continuaban siendo una muy buena explicación. Aunque hubo quien se acercó más a la verdad: el militar y erudito romano Marco Terencio Varrón llegó a especular con la existencia de criaturas tan pequeñas que eran invisibles y podían flotar en el aire. Al ser inspiradas, estas criaturas podían provocar enfermedades de manera activa. Varrón, claro, no podía demostrar la existencia de tales criaturas, pero estaba completamente convencido de su existencia. Las llamó animalcula (animálculos, animalillos), y no creía que estuviesen en todas partes, sino que se concentraban en los humedales, donde surgían por generación espontánea. Casi podríamos decir que Varrón fue el primer microbiólogo de la historia, aunque las criaturas que él imaginaba debían de parecerse poco a las bacterias y virus como los conocemos hoy. En este sentido, los animálculos de Varrón eran como los átomos de Leucipo y Demócrito: hoy no se consideran científicamente válidos, pero continúan asombrando porque demuestran una profunda intuición y una inteligencia clarividente en personas que no tenían medios tecnológicos para llegar a semejantes conclusiones mediante la observación. Eso sí, la ocurrencia de Varrón no ganó la partida a la teoría de las semillas, más querida por la mayoría de estudiosos. Quizá se explica en parte porque Varrón no habló de los animálculos infecciosos en un texto médico, sino en un tratado sobre agricultura, y lo hacía para advertir a los campesinos sobre los peligros de establecer sus hogares cerca de zonas pantanosas (antes de Varrón, la comprobada peligrosidad de las aguas estancadas ya había preocupado al agrónomo Lucio Jonio Columela, que también estaba convencido de que los pantanos eran fuente de enfermedades. Pero Columela se atuvo a la noción habitual de pestilencia y nunca imaginó criaturas microscópicas).

El ángel de la muerte golpea la puerta en la plaga de Roma. Grabado de Levasseur a partir de un original de Delaunay.

Las pandemias empeoraron con la llegada del primer milenio de nuestra era. Se extendían con rapidez por las regiones ricas porque estas eran las más densamente pobladas, las que disponían de mejores comunicaciones, y las que mantenían una mayor actividad comercial. regiones muy civilizadas, como las dos mitades del Imperio romano, Egipto o China, eran terrenos abonados para las pandemias. Asia central no estaba tan densamente poblada, pero las caravanas comerciales y las hordas nómadas atravesaban la región, portando las infecciones de un lugar a otro. En los territorios costeros, el atraque de un solo barco infectado podía desencadenar un caos sobre tierra firme. Tenían mejor suerte territorios insulares donde el comercio exterior aún no era intenso, como las islas británicas o Japón; eso sí, cuando una epidemia llegaba a las costas de estas islas, se encontraba con una población no solo menos acostumbrada a afrontar estos cataclismos, sino, lo peor, desprovista de inmunidad.

A partir del siglo VI, Europa empezó a ser asolada por una enfermedad que permaneció como misterio para muchos historiadores posteriores,pero que hoy es identificada como la primera gran pandemia de peste bubónica, anterior en varios siglos a la segunda (y mucho más famosa) pandemia bubónica, la Peste Negra. En un proceso típico de la peste bubónica, aunque también propio de otras pandemias como las de viruela, la peste golpeó con gran fuerza durante una oleada inicial muy extensa y destructiva; después llegaban otras oleadas que, aunque con impacto y extensión decreciente, se producían cada pocos años o cada pocas décadas. También era típico de esta enfermedad la aparición inesperada de rebrotes en regiones muy localizadas que habían sufrido una ola reciente. Sumando todas las oleadas y rebrotes, la primera gran pandemia de peste bubónica se prolongó durante más de doscientos años.

Comenzó en el año 541 con la llamada plaga de Justiniano, que duró unos ocho años y afectó a muchos territorios, cebándose con el Impreio Bizantino, mitad oriental del antiguo Imperio Romano. Aunque en la memoria colectiva y en la cultura general de nuestro tiempo no quede un recuerdo tan marcado de aquella pandemia como de la Peste Negra medieval, su poder de devastación fue comparable. La plaga de Justiniano mató a decenas de millones de personas, y se estima que pudo desaparecer entre un tercio y la mitad de la población europea en menos de una década. En términos mundiales, conllevó la pérdida, según diferentes estimaciones, de entre una décima parte y una cuarta parte de la población mundial. Durante el pico pandémico morían cinco mil personas al día solo en la ciudad de Constantinopla. La fase más cruenta de aquella primera oleada terminó en el 549, aunque aún habría rebrotes localizados durante varias décadas más, sobre todo en ciudades de Francia, región donde la plaga no se extinguió hasta comienzos del siguiente siglo. Después de aquel asalto inicial de peste bubónica, que fue con mucho el peor, la enfermedad retornaría a Europa y Próximo Oriente de manera esporádica durante algo más de dos siglos.

Cuando la plaga llegaba a una ciudad, había poco que se pudiera hacer salvo confinarse. Ya por entonces se hablaba de la higiene como una necesidad en el caso de brotes infecciosos, lo cual era muy razonable, pero, al menos en el caso de la peste bubónica, inútil. Solo el distanciamiento social era efectivo. Una vez más, las clases sociales importaban poco. Por supuesto, los pobres vivían hacinados y eran víctimas propiciatorias para el contagio, pero los ricos no siempre podían aislarse por completo, pues necesitaban del comercio para mantener su nivel de vida o siquiera para llenar sus despensas. Y el comercio era el método ideal para la transmisión de la peste. Algunos terratenientes agrarios quizá podían aislarse en una residencia campestre, pero los ricos solían vivir en las ciudades donde, por lo general, todos los alimentos eran importados. Así, cuando en el año 590 se produjo un brote en la ciudad de Roma, pobres y ricos enfermaron por igual. El brote llegó a matar al mismísimo papa Pelagio II, demostración de que nadie estaba a salvo. En el 627, cuando la peste se cebó con el reino sasánida de Mesopotamia, no solo mató a la mitad de la población (lo cual equivale casi a decir que mató a la mitad de la población pobre, pues pobre era casi todo el mundo), sino que el propio rey Kavad II se contagió y murió.

Hoy hablamos de las transformaciones sociales provocadas por el coronavirus SARS-CoV-2, pero las antiguas pandemias no solamente provocaban muertes y más pobreza, sino que, además de debilitar imperios enteros, originaban cambios imprevistos en términos étnicos y hasta religiosos. Entre los años 638 y 639, una ola de peste bubónica asoló Siria, país que justo entonces estaba sufriendo una terrible sequía. La peste diezmó la población nativa, que era mayoritariamente cristiana. Los musulmanes asentados en el territorio habían sido, hasta entonces, una minoría árabe ubicada en destacamentos militares. Encerrados en sus propias fortalezas, los árabes se libraron del contagio. Cuando Siria quedó despoblada, los soldados musulmanes animaron a que sus correligionarios la ocuparan. Eso sí, no olvidaron que habían sido los desastres los que les habían permitido conquistar el territorio, y recordarían la terrible época de la sequía y la peste como «el año de las cenizas».

En el 664, las islas británicas, hasta entonces indemnes, fueron asoladas por un brote de peste que se prolongó durante cinco años. Su inicio coincidió con un eclipse solar y un terremoto, así que los nativos se sintieron desconcertados y una fiebre supersticiosa se extendió por las islas. El territorio menos afectado por la peste fue Escocia, lo cual dio lugar a pintorescas creencias religiosas. En Escocia era habitual la presencia de misioneros irlandeses que viajaban hasta allí para extender la fe cristiana entre los habitantes locales, los pictos. Uno de esos misioneros irlandeses había sido Columba de Iona, que había ejercido como abad del monasterio situado en la isla escocesa de Iona. Tras su muerte, Columba fue santificado. Pues bien, cuando la peste llegó a las islas, era otro misionero irlandés, Adomnán de Iona, quien ejercía como abad en el mismo monasterio. Adomnán era un individuo muy influyente no solo en el plano religioso, sino también en el político, y siempre se escuchaba lo que él tenía que decir sobre casi cualquier asunto. Al llegar la plaga y resultar Escocia poco afectada, Adomnán afirmó que la enfermedad era un castigo divino y que los escoceses se habían salvado porque el difunto santo irlandés Columba había intercedido ante Dios. Por supuesto, Adomnán se consideraba uno de los protegidos por su ilustre compatriota celestial, y estaba tan convencido de la inmunidad que se le había concedido como premio a su tarea evangelizadora, que no tuvo inconveniente en relacionarse con los enfermos de peste. Como detalle curioso, ni Adomnán ni los miembros de su reducido séquito llegaron a enfermar, cosa que sin duda lo llenó de piadosa satisfacción, aunque quién sabe cuánto contribuyó él a extender la enfermedad sin saberlo, ejerciendo un papel que entonces no se concebía: el papel de portador asintomático.

Las dos últimas grandes oleadas de la primera pandemia de peste bubónica de la Antigüedad se produjeron en los años 698 y 746, cebándose una vez más con el Imperio bizantino y Oriente Medio, y golpeando, ya de paso, algunas regiones africanas. Después, en Europa se produjo un largo periodo de relativa calma pandémica que se vio favorecida, entre otros motivos, por la despoblación. De manera paradójica, el empobrecimiento de los antiguos imperios ayudó a protegerlos de las pandemias. Baste señalar que las oleadas de Europa occidental fueron teniendo menos impacto conforme la población se disgregaba en un proceso de ruralización que daría lugar al feudalismo. De hecho, y exceptuando la mencionada oleada británica, la mitad occidental del antiguo Imperio romano, sumida en el declive después del año VI, apenas volvió a ser tocada por la peste  Mientras tanto, la mitad oriental, más rica y más poblada, tuvo que soportar oleadas graves hasta bien entrado el siglo VIII. Tras eso, la peste bubónica desapareció del Mediterráneo y no se volvió a tener noticia de ella durante cientos de años,. Hasta el punto de que, cuando retornó en el siglo XIV para desatar una segunda pandemia internacional, los europeos pensaron que se enfrentaban a una enfermedad nunca vista, y no consiguieron asociarla con la pandemia del primer milenio.

(Continúa aquí)


Futuro Imperfecto #24: Los días que vendrán

En estos veinticuatro números de #FuturoImperfecto ya hemos tropezado cien veces, porque nos obligamos a reflejar la realidad semanal tal como sucede. Aunque ahora mires atrás y pienses, como un idiota, que tú afirmaste aquello de «si no es más que una gripe». Pero en el fondo eso es lo que queremos hacer, compartir el latido del mundo y transmitirlo. Esta semana hemos elegidos hechos que parecen indicar cómo será nuestra época a partir de ahora. La época de la pandemia. 

Cuarentenas intermitentes y experimentos arriesgados

No llegará el día D y la hora H de regreso a la normalidad. Nuestro país anuncia cuarentenas que serán recurrentes, y medidas que se aliviarán o se harán más duras según toque, a partir de junio. Existe la posibilidad de que la COVID-19 vuelva en oleadas recurrentes como la gripe común. En ese caso distanciamiento social, medidas restrictivas, saturación de hospitales y encierros serán el «new normal». Se espera una grave oleada para este otoño. Así que como le dicen en Argentina, reanudaremos con barbijo

Nuestra única ventaja es contar con un laboratorio mundial de medidas experimentales: Trumplandia. Miles de manifestantes en Estados Unidos pedían que acabara el confinamiento comunista. Trump alentaba a los ciudadanos a que liberaran Minnesota, Michigan y Virginia. En Kentucky, gracias a ese entusiasmo, ya han repuntado los casos después de estas reuniones masivas, sin distanciamiento ni medidas de protección

Las Vegas, en pleno éxtasis de amor por la ciencia, se propone como «grupo de control». Este noble sacrificio en aras del bien común y el conocimiento proviene de la alcaldesa, no de los ciudadanos. Y en el «Dilema diabólico entre la bolsa y la vida» que plantea Juan Ignacio Pérez, el juego y las actividades que caracterizan a la ciudad del pecado no parece que entren en categoría buena. 

El gobernador de Texas va a reabrir su estado; ha dicho que hay cosas más importantes que la vida, y si algunas personas mueren tendrán que aceptarlo en pro del futuro de todos los demás

Otros gobernadores, como el de Nueva York, se niegan a dar por terminada la cuarentena. El dilema es que gran parte de la población no cuenta con paro, ahorros ni ayuda de abuelos pensionistas. Quieren volver a trabajar par comer. Y culturalmente entienden la solidaridad como caridad. Trump va a repartir cheques de ayuda gubernamental, en los que ha puesto su nombre como otro acto de propaganda más. 

En el extremo opuesto, Grecia. Apenas tenían ochenta y seis casos cuando se encerraron. Habían recortado su sistema sanitario en un 60% desde 2008, y solo contaban con quinientas sesenta y cinco camas UCI para once millones de habitantes. Eligieron cuarentena salvaje, y les ha ido muy bien. ¿Han sido las medidas más extremas en países con menos recursos sanitarios? No miramos a nadie pero podemos estar ante una de las curas de humildad más costosas de la historia reciente.

La anulación de toda fiesta colectiva

El deporte fue el primero en ponerse a temblar cuando se habló de encuentros sin público. Los derechos de emisión en televisiones son una jugosa fuente de ingresos, y un partido sin espectadores la cosa más sosa que pueda emitirse, más allá de poder escuchar los gritos de la estrella de turno. Es lo que hay, y lo que habrá hasta el verano de 2021. La expansión del virus en Italia se agravó por el partido de fútbol Atalanta-Valencia y es difícil confiar que permitan eventos masivos antes de tener una vacuna. 

Lo confirmaban las grandes cancelaciones de esta semana: Oktoberfest, y Sanfermines. Rafael Nadal da por finalizado el tenis en 2020, aunque Roland Garros ha dicho que simplemente movía su fecha a después de verano. Las grandes ligas confían en terminar: la NBA retomar en breve la competición, la NFL ha celebrado su draft y planea comenzar en septiembre. LaLiga quiere entrenar ya, aunque sus futbolistas no están tan seguros

La fiesta individual también se transforma. Ahora arrasamos con el alcohol y no con el papel higiénico. El pasado lunes 20 tuvimos el día de la marihuana, con las 4:20 como hora de fumarla: si quieren saber la razón aquí están recopilados los posibles orígenes culturales del asunto. La cuarentena ha creado una «ley seca» contra beber en grupo y drogarse, que es solventada mediante «fiestas clandestinas en domicilios»

En general ha habido casa, sofá y mantita o no se hubieran disparando los beneficios de las plataformas de vídeo. Aunque Netflix, HBO y las demás no tienen idea de cómo se dotarán de contenidos ahora que no es posible rodar con garantías, más allá de que hayan salido normas al respecto. La conclusión: podrán capear los estrenos de 2020, pero si esto sigue así, en 2021 solo tendremos reposiciones, directos o quizá ¿monólogos?

El fin de los libros, del transporte público y de la ropa barata

Aquí la odisea en relato coral de los autores que lanzaron obras justo antes de la pandemia. La caída de ventas está siendo demoledora con las librerías de barrio. En el mundo anglosajón las llaman «librerías indie» y temen también su desaparición a raíz de esta crisis. En nuestro país varias iniciativas tratan de combatir el mismo fenómeno, pero lo que falta es una sola plataforma de venta para todos estos comercios. 

Puede ser una solución puntual, pero ¿es sostenible? Antes de esta crisis el comercio online en España era simbólico, apenas el 2% de las ventas totales. La compra es un impulso que gratifica y nos gusta hacerlo en directo, para libros y para todo lo demás. Pero la cuarentena ha convertido en un lastre la ventaja de tener tienda física: Primark, conocido por sus colas y masificación, tiene un problema gigante que puede llevarle a la quiebra. Nunca adoptó el modelo de venta online y no puede compensar su caída de ventas.

El escenario de distanciamiento social para transporte de pasajeros plantea 0,5 personas por metro cuadrado, algo económicamente inviable. Pero en Europa trabajan para ser viables económicamente con una media de cuatro pasajeros por metro cuadrado. El modelo de movilidad de nuestras ciudades va a tener que repensarse ya.

Porque no podemos olvidar lo que decía Merkel esta semana. Esto no es el final, es apenas el principio. Vamos a estar conviviendo con el virus durante meses, casi seguramente años. La crisis sanitaria remitirá, pero la crisis económica nos va a hacer modificar los manuales y encontrar nuevas palabras para definir lo que se nos viene encima. Esperemos que en el proceso no volvamos a cometer errores del pasado (sic). 

Adiós (quizá) a la fábrica China, no a la asiática

Ya se vislumbraron los efectos de tener toda la producción mundial en una fábrica con los dos tsunamis, el del sudeste asiático y el de Japón. En ambos casos la carestía de los productos que dejaron de fabricarse no tuvo gran impacto. Ahora la diferencia entre poder hacer tests, como Alemania, o no, como España, está siendo notable. 

Así que ha comenzado el debate sobre reindustrializar países, especialmente para recuperar el control de la fabricación de productos con alto valor agregado. El ministro de Japón apuesta por ello. Estados Unidos en cambio quiere diversificar la cadena de suministro trasladando la producción a otros países asiáticos que no sean China. Al fondo de estas intenciones está una pregunta de espinosa respuesta: ¿qué productos podemos renacionalizar y cuáles no? A priori, no tiene sentido hacerlo con productos cuyo precio se basa en fabricar en regiones con salarios muy bajos. Porque los mil euros del precario europeo son muy altos en comparación. 

También es cierto que la crisis actual nos está haciendo replantearnos los patrones de consumo. Ahora es menos necesario lo que antes parecía imprescindible. Demanda y oferta están dando un repaso notable a sus prioridades, lo cual impactará en empleo y calidad de vida. Esperemos que no en seguridad y otros factores a los que estábamos acostumbrados por estos lares, porque si no entraremos en el terreno de la supervivencia.

Siguen los ensayos del apocalipsis

Que igual va a ser que sí, oye. A la erupción volcánica del Krakatoa se ha sumado el Etna y algún otro volcancillo de nada por las américas, por pura solidaridad tectónica. La plaga de langostas de África se convertirá pronto en la mayor de la historia, hambruna incluida. El oeste de Estados Unidos va a sufrir su peor sequía en los últimos mil doscientos años, en un país cuya cadena de suministro alimentaria no parece preparada para muchos trastornos. El filósofo surcoreano Byung Chul nos advierte que la vigilancia digital nos acerca en esta pandemia al modelo feudal copiado de China. Al hilo de eso, Europa ha abandonado el proyecto de rastreo de código abierto mientras Apple y Google han decidido que en la próxima actualización de sus tiendas de apps nos instalarán un programa tipo malware sin nuestro consentimiento, para vigilar si hemos estado en contacto con personas con coronavirus. 

Pero no se preocupen demasiado. Sobre predicciones de futuros y finales terribles, apliquemos lo que dijo Marcos Mundstock: «Yo conozco todo Shakespeare en inglés. No lo he leído porque no sé inglés, pero lo conozco». Por si no conocen a Marcos, fue fundador y autor en Les Luthiers. Aunque nos dejaba esta semana, es inolvidable para quienes le hemos visto en directo, leído, escuchado o conocido. Entre otras frases gloriosas son imprescindibles creaciones suyas con Les Luthiers como el magnífico «Sendero de Warren Sánchez» o la oda al mayor compositor de la historia «Johan Sebastian Masstropiero». Pero para despedirnos, su despedida, una visión crítica pero resoluta a los problemas de la RAE con los términos confusos de nuestra lengua: Marcos Mundstock, damas y caballeros.


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El buen ladrón

Detalle de Diógenes, por John William Waterhouse, 1882.

Con el gesto pedía clemencia, o eso dijeron algunos periodistas. Otros aseguraron que aquello (las palmas juntas, reverencia con la cabeza) fue un saludo a la japonesa. Seguro que recuerda usted la escena, como para no. Coletita respingona, desaliño riguroso, accesorios new age, barba blanca de proporciones victorianas. «Me he llevado de todo», anunció a los reporteros congregados ante el Juzgado de Instrucción número 6 de Valencia. «De todo: dinero, caja y comisiones». Se llama Marcos Benavent, pero eso qué más dará. Usted y la posteridad le recordarán como el «yonqui del dinero», porque así se denominó a sí mismo. Pero ya no más. Ni corrupto, ni plutócrata, ni del Opus. De la gomina, ni gota; del Porsche Cayenne, ni el rastro. Después de abandonar el país, el exgerente de Imelsa, empresa pública de la Diputación valenciana, pasó por el Amazonas, Japón y Ámsterdam y así regresó a España: iluminado y arrepentido, por ese orden de importancia. Con el semblante beatífico del Buen Ladrón en los pasos de Semana Santa y los aires flipados de quien ha cambiado el ron cola por la ayahuasca. Y presto a colaborar con el juez y a sacar «mierda a punta pala», citando de nuevo sus palabras. «He hecho un viaje hacia fuera, lo he perdido todo para ganarme a mí mismo», explicó más tarde a los periodistas. «La revolución está dentro de uno mismo, no está fuera», añadió. Entre sus nuevas aficiones citó «mis talleres», «mis historias», «mis animalitos» y «mis rollos». Entre sus proyectos de futuro, «biodinámicas conectadas con el cosmos» y el tantra.

Con Diógenes de Sinope le pasará más o menos igual, que por su nombre le sonará poco. Quizá más por el síndrome que lo lleva, aunque no debería llevarlo: Diógenes solo poseía cuatro objetos (un bastón, un zurrón, un manto y una escudilla) y la escudilla la tiró, por innecesaria, un día que vio a un muchacho sorber lentejas directamente de las manos. Pero si decimos «el de la tinaja», entonces sí. Ha pasado a la posteridad por eso, por vivir en una tinaja, y porque un día Alejandro Magno tuvo la deferencia de visitarlo en persona y ofrecerle lo que quisiera, y Diógenes solo le pidió que se apartase, que le estaba dando sombra. Seguramente no es cierto, pero da igual. De Diógenes ha perdurado esa imagen: la de antisistema mendicante, la de fucker insobornable, la de azote por igual de reyes, sabios y legisladores. En suma: la de gran crac.

Pero Diógenes fue un corrupto, un chupóptero de la peor calaña. No se eche las manos a la cabeza, que esto lleva veinticinco siglos publicado. Su principal biógrafo, su tocayo Diógenes Laercio, explica en sus Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres que Diógenes tuvo que abandonar Sinope, su ciudad natal, después de que le pillaran con las manos en la masa. «Habiendo sido hecho director de la Casa de Moneda [por su padre, Icesio, que era banquero y acuñador], Diógenes se dejó persuadir por los oficiales para fabricar moneda falsa». No se sabe con seguridad si Diógenes fue juzgado y desterrado o si huyó por miedo a eso mismo, que parece lo más probable (1); también lo es que aquellos tejemanejes fueran cosa familiar y que su padre estuviera en el ajo. Sí se puede concluir que ocurrió, pues el propio Diógenes lo reconocía (2), y que el fraude seguramente fue significativo, infligiendo un daño devastador a la economía local. Dos mil quinientos años después, todavía se siguen desenterrando dracmas con el sello de IKEΣIO en la antigua Sinope, hoy en Turquía.

A nosotros no nos ha llegado el libro en el que Diógenes confesaba, el Pordalo, ni ningún otro de los que se le atribuyeron en la Antigüedad. Solo sabemos de él lo que cuentan sus cronistas, principalmente Diógenes Laercio, y a partir de que llegase a Atenas, donde acabó pernoctando en la famosa tinaja durante una buena temporada. Recordemos: ni una cosa ni la otra fueron por voluntad. Lo primero fue para escapar de la justicia de Sinope y lo segundo porque estaba arruinado y no le quedaba otra (3). Aun así, se dedicó entonces a pontificar y estableció que aquella vida que él llevaba (como de perro, kyon, en griego; de ahí la palabra «cínico») era la virtuosa.

Diógenes fue filósofo porque lo decidió la posteridad y gran patriarca de la escuela cínica porque ninguno de los demás lo superó en mamarrachería; pero si algo se lee entre líneas es que sus coetáneos le tenían por friki, poco más (4). Y Platón, en particular, le acusaba de escenificar su miseria, de vacuidad intelectual y de ser un cantamañanas, en resumidas cuentas. «Una vez le daba encima un canal de agua», escribe Laercio, «y como muchos se compadeciesen, Platón, que también estaba presente, dijo: «Si queréis compadeceros de él, idos». Con esto quiso significar su gran deseo de gloria».

No juzgue usted a Platón con severidad, esto se entiende mejor con contexto. El contexto es como sigue. Este señor se la cascaba en público:

Solía hacer todas las cosas en público, tanto las de Ceres como las de Venus (5). Ejecutando a menudo operaciones torpes con las manos a la vista de las gentes, decía: «¡Ojalá que frotándome el vientre se me fuera también el hambre!».

Te faltaba porque sí:

Clamando una ocasión y diciendo: «¡Hombres, hombres!», como concurriesen varios, los ahuyentaba con el báculo diciendo: «¡Hombres he llamado, no heces!».

Si le invitabas a cenar, te escupía:

Habiéndolo uno llevado a su magnífica y adornada casa y prohibiéndole que escupiese en ella, arrancando una buena flema se la escupió en la cara diciendo que no había hallado lugar más inmundo.

No le podías dejar dinero:

Cuando necesitaba de dinero se lo pedía a sus amigos, no como prestado, sino como debido.

Y le daba igual ocho que ochenta, en resumen:

Preguntado qué vino le gustaba más, respondió: «El ajeno».

Para colmo, les decía cosas chunguísimas a los niños:

Viendo al hijo de una meretriz que tiraba una piedra a la gente, le dijo: «Mira no des a tu padre».

Más que cualquier otra cosa, Diógenes quería atención y la obtenía a cualquier precio. Laercio reseña ocasiones en las que lo hizo cantando por la calle, caminando al contrario de las multitudes y haciendo grafitis en las puertas. También una vez se dedicó a comer altramuces a puñados y con la boca abierta, como el monstruo de las galletas, obteniendo la atención mediante el método de dar muchísimo asco. En este punto, un experto en filosofía dirá que forma parte del método, que los cínicos no solían legar palabra escrita y que recabar la atención era la manera de emprender el diálogo, única forma verdadera de impartir sabiduría. Bueno, vale. Estas tonterías las hacen igual los youtubers de catorce años (6), pero aceptemos pulpo como animal de compañía. Cuesta ver más, se mire por donde se mire, que lo que Diógenes impartiese a continuación fuera verdadera sabiduría. Empezando por su misoginia ferocísima, con mucho, peor que la de cualquiera en la escuela socrática:

Habiendo visto una vez unas mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá que todos los árboles trajesen este fruto!».

También era un viejo verde:

Habiendo visto a un joven muy hermoso que dormía sin que nadie lo cuidase, lo despertó diciéndole: «Levántate, no sea que durmiendo por detrás con su dardo alguien te hiera».

Hacía victim blaming:

A un mozo que se quejaba de la turba popular que lo perturbaba, le dijo: «Deja tú también de dar indicio de lo que deseas».

Hacía body shaming:

Habiendo ido a ver al retórico Anaxímenes, que era muy recio de cuerpo, dijo: «Danos también a nosotros pobres un poco de tripa, y con eso tú te aligerarás y a nosotros nos serás útil».

Hacía slut shaming:

A un joven hermoso que iba a un banquete, le dijo: «Peor volverás». Como este volviese al día siguiente y le dijese: «Fui y no volví peor», le respondió: «Si peor no, más laxo sí».

Hacía bullying:

Viendo a un arquero inhábil, se sentó junto al blanco diciendo: «No sea que me hieras».

Ponía motes:

A un citarista y cantor a quien siempre desamparaban los oyentes, lo saludaba así: «Dios te guarde, gallo». Preguntándole él la causa de esto, respondió: «Porque cantando haces levantar a todos».

Era homófobo:

Como dos muy afeminados se escondiesen de él, les dijo: «No temáis, que el perro no come acelgas».

Era tránsfobo:

Viendo una vez que cierto joven se afeminaba mucho, le dijo: «¿No te afrentas de hacerte peor de lo que la naturaleza te hizo? ¡Ella te hizo hombre, y tú te esfuerzas a ser mujer!».

Y era un machista cavernario:

Visto un mocito que se adornaba mucho, le dijo: «Si lo haces por los hombres, es inútil; si por las mujeres, malo».

De nuevo dirá nuestro experto hipotético que no se puede juzgar a un hombre por compartir los valores de su época, y tiene razón. Pero Platón, hagámonos una idea, defendió en el libro V de La República ideas acerca de la mujer que resultaban radicales en su tiempo y que todavía hoy desafían las convenciones de medio mundo, si no del mundo entero. Entre otras, la igualdad fundamental de los sexos —con la excepción de sus roles desiguales en la procreación y su fortaleza física diferente, y hasta eso se ocupó de matizar que con excepciones (7)—, la idoneidad de impartir la misma educación a las mujeres y los hombres (8) y la incorporación de las mujeres a todos los oficios —a todos, incluyendo la guerra y el gobierno(9)—. A Diógenes se le conocen varias menciones a las mujeres e invariablemente son descalificaciones (10), cuando no auténticas salvajadas.

En fin. Diógenes acabó perdiendo su condición de hombre libre y fue subastado como esclavo. Aunque Laercio lo atribuye a un encuentro con piratas, es más probable que tuviera que ver con su negativa a pagar impuestos en Atenas (11). Laercio escribe que «habiéndosele una vez pedido cierto impuesto público, le dijo al recaudador: “A los otros desnuda, pero de Héctor apartarás tus manos”» (esta última frase es un verso de Homero, por lo visto; así era él de estupendo con las referencias). O quizá fuesen sus ataques a los políticos, algo que suena muy bien hasta que te acuerdas de que vienen de uno caído en desgracia que incurrió en nepotismo, fraude, evasión fiscal y huida de la justicia. «En una ocasión, habiendo visto a los diputados llamados hieromnémones que llevaban preso a uno que había robado una taza del erario, dijo: “Los ladrones grandes llevan al pequeño”». O seguramente fuesen ambas y alguna más de la que no tenemos constancia. Los poderosos de Atenas estaban de aquel señor hasta el mismísimo gorro.

Lo compró un tal Jeníades, de Corinto, que lo empleó como tutor de sus hijos. Y cuando algunos quisieron recomprarlo y devolverle la libertad, Diógenes dijo que no, que a santo de qué, que allí estaba él, ya ves, como un marqués. Así que también de aquello acabó diciendo que constituía la verdadera vida virtuosa e improvisó una nueva visión del mundo en la que él, de alguna manera, acababa siendo de nuevo la hostia en patinete: «Los leones no son esclavos de los que los mantienen, sino que estos lo son de los leones, pues es cosa de esclavos el temer, y las fieras son temidas por los hombres». Laercio explica que existen versiones contradictorias acerca de su muerte, y que solo es cierto que «en la olimpiada 112 era ya viejo». Probablemente murió en el año 323 antes de Cristo, con cerca de noventa años. Casi (casi) a la vez que Alejandro Magno, por cierto.

¿Qué lecciones podemos extraer de esta historia? Para qué mentirle, no lo tenemos claro. Pero sí le diremos que ahora juzgamos al «yonqui del dinero» con mucha menos severidad: al menos él se arrepintió, aportó al proceso judicial grabaciones imprescindibles para encausar a los cabecillas de la trama de corrupción y se puso a disposición de la justicia. No descarte que entre sus proyectos de futuro (recordemos: «mis talleres», «mis historias», «mis animalitos» y «mis rollos») esté también la filosofía. Y que dentro de veinticinco siglos (año 4500, hágase una idea) se le recuerde como gran profeta de alguna doctrina llamada «yonquismo» o algo así. Parecido hizo Diógenes al llamarse a sí mismo kyon: conseguir que a lo suyo lo llamásemos «cinismo». Aunque fuera solamente un buen ladrón.

***

Ahora en serio. Es evidente que desconocemos la doctrina de Diógenes de Sinope, y que por principio se deben poner en duda todas las palabras que se le atribuyen. Sus textos no han llegado a nuestra época y Diógenes Laercio, el principal cronista de su vida, nos legó principalmente anécdotas, muchas con tono de parábola, y en varios puntos advierte sobre la incompatibilidad de las diferentes versiones de las historias que relata. Por añadidura, Laercio vivió en el siglo III de nuestra era, ochocientos años después que Diógenes. Sí consta por otras fuentes la continuidad del pensamiento de Diógenes con el de Antístenes, su mentor; y que sus enseñanzas encontraron predicamento, al menos en su vejez. También resulta evidente que Diógenes criticó, sobre todo, las convenciones sociales, y que ponía en valor el pragmatismo, el naturalismo, el ascetismo y, en cierto grado, el antiintelectualismo, en particular contra la escuela socrática. Era también antiestatista, y en esto sí fue pionero. Si desea conocerlo, ahí tiene las Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, que es una lectura divertidísima. Eso sí, permítanos un consejo: si solo va a leer una cosa, entonces lea La República.


(1) En las polis griegas la jurisdicción alcanzaba la metrópolis y sus colonias, y solamente intramuros. Si un acusado lograba escapar de la ciudad, eludía el procesamiento. Era habitual que los culpables de crímenes menores, cuya pena máxima era el destierro, eligiesen someterse a un juicio y exiliarse solo si se les condenaba a ello; los culpables de crímenes graves, en cambio, frecuentemente escapaban de la ciudad antes de llegar a juicio. En la práctica aquello era igual que sufrir destierro, pero evitaban exponerse a una condena más severa, como la esclavización o la ejecución.

(2) Diógenes Laercio especifica que «incluso él mismo dice de sí en su Pordalo que se dedicó a falsificar moneda».

(3) Sobre esto Laercio escribe: «Habiendo escrito a uno que le buscase un cuarto para habitar, como este fuese tardo en hacerlo, tomó por habitación la cuba del metroo, según él mismo lo manifiesta en sus Epístolas».

(4) Una manera licenciosa de decir que, al menos en su juventud, Diógenes no gozó de popularidad. Antes de pedir nuestra cabeza lea la nota al final del artículo.

(5) Las de Ceres es hacer caca. Las de Venus es hacerse pajas.

(6) Busque en YouTube «chubby bunny challenge». Buena suerte.

(7) Platón escribe: «No existe en el regimiento del Estado ninguna ocupación que sea propia de la mujer como tal mujer ni del varón como tal varón, sino que las dotes naturales están diseminadas indistintamente en unos y otros seres, de modo que la mujer tiene acceso por naturaleza a todas las labores, y el hombre también a todas; únicamente que la mujer es en todo más débil que el varón».

(8) Platón escribe en su diálogo con Glaucón:

—Démosles [a ambos sexos] generación y crianza semejantes y examinemos si nos conviene o no.

—¿Cómo? —preguntó.

—Del modo siguiente. ¿Creemos que las hembras de los perros guardianes deben vigilar igual que los machos y cazar junto a ellos y hacer todo lo demás en común o han de quedarse en casa, incapacitadas por los partos y crianzas de los cachorros, mientras los otros trabajan y tienen todo el cuidado de los rebaños?

—Harán todo en común —dijo—; solo que tratamos a las unas como a más débiles y a los otros como a más fuertes.

—¿Y es posible —dije yo— emplear a un animal en las mismas tareas si no le das la misma crianza y educación?

—No es posible.

—Por tanto, si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas.

—Sí.

—Ahora bien, a aquellos les fueron asignadas la música y la gimnástica.

—Sí.

—Por consiguiente, también a las mujeres habrá que introducirlas en ambas artes, e igualmente en lo relativo a la guerra; y será preciso tratarlas de la misma manera.

—Así resulta de lo que dices —replicó.

—Pero quizá mucho de lo que ahora se expone —dije— parecería ridículo, por insólito, si llegara a hacerse como decimos.

—Efectivamente —dijo.

—¿Y qué es lo más risible que ves en ello? —pregunté yo—. ¿No será, evidentemente, el espectáculo de las mujeres ejercitándose desnudas en las palestras junto a los hombres, y no solo las jóvenes, sino también hasta las ancianas, como esos viejos que, aunque estén arrugados y su aspecto no sea agradable, gustan de hacer ejercicio en los gimnasios?

—¡Sí, por Zeus! —exclamó—. Parecería ridículo, al menos en nuestros tiempos.

—Pues bien —dije—, una vez que nos hemos puesto a hablar, no debemos retroceder ante las chanzas de los graciosos por muchas y grandes cosas que digan de semejante innovación aplicada a la gimnástica, a la música, y no menos al manejo de las armas y la monta de caballos.

—Tienes razón —dijo.

—Al contrario, ya que hemos comenzado a hablar, hay que marchar en derechura hacia lo más escarpado de nuestras normas, y rogar a esos que, dejando su oficio, se pongan serios y recordarles que no hace mucho tiempo les parecía a los griegos vergonzoso y ridículo lo que ahora se lo parece a la mayoría de los bárbaros, el dejarse ver desnudos los hombres, y que, cuando comenzaron los cretenses a usar de los gimnasios y les siguieron los lacedemonios, los guasones de entonces tuvieron en todo esto materia para sus sátiras. ¿No crees?

—Sí, por cierto.

(9) Platón escribe: «Pero si aparece [después de dispensar a los dos sexos la misma educación] que solamente difieren en que las mujeres paren y los hombres engendran, en modo alguno admitiremos como cosa demostrada que la mujer difiera del hombre en relación con aquello de que hablábamos [su idoneidad para incorporarse a los oficios que tradicionalmente ocupan los hombres]».

(10) Laercio escribe: «Habiendo una vez visto que una cierta mujer se postraba ante los dioses indecentemente, queriéndola corregir, le dijo: “¿No te avergüenzas, oh mujer, de estar tan indecente teniendo detrás a Dios, que lo llena todo?”».

(11) En Atenas, el impago de impuestos comportaba la pérdida de la ciudadanía, y a menudo se saldaba con la esclavización del deudor. Dejó de estar permitido con las reformas de Solón, en el siglo VI antes de Cristo, pero siguió practicándose cuando el deudor lo aceptase voluntariamente. Tampoco debe descartarse que Diógenes accediese por su propia voluntad al estatus de esclavo, algo frecuente entre los indigentes. Tal se consideraba indigno y comportaba humillación: habría sido normal que un dato así desapareciese pronto de las leyendas apologéticas sobre su persona y que se contase, en su lugar, una historia como la de los piratas.


Una lengua perdida en un Matisse

Un hijo de Roma en algún rincón del Pindo. Fotografía: Thede Kahl.

Lukas y Alexia habían tomado la decisión mucho antes del parto: no hablarían en su lengua a la criatura. Jamás. Era su manera de evitar la transmisión de una enfermedad congénita. Así lo veían ellos. —La pesadilla se ha acabado. Agatha tiene ya ocho años y solo habla griego—, cuenta el padre de una preciosidad a la que sí legó una intensa mirada azul. De eso también se siente orgulloso.

La conversación podría haberse escuchado en cualquiera de esos lugares en los que la lengua propia se convierte en un estigma ante la comunidad en la que uno ansía encajar. En el caso de Lukas y Alexia, tenemos que trasladarnos a un rincón de Grecia completamente ajeno al imaginario alimentado por la industria del turismo o el cine. No busquen Metsovo en un folleto turístico al uso; es más, recuerden que deben avisar al conductor del autobús si quieren que pare y, aun así, no verán más que una garita de madera a un lado de la Egnatia. Es la autopista que atraviesa Grecia de este a oeste por su montañoso y fascinante norte.

Cuando el tiempo acompaña, uno puede llegar dando un agradable paseo (son seis kilómetros) aunque, en invierno, lo más sensato es recurrir a los servicios de taxi que se anuncian en la caseta. Enfilar hacia Metsovo pasa por empequeñecer ante la inmensidad del macizo del Pindo. Densos bosques de coníferas trepan desde el valle hasta esa línea imaginaria donde ya no pueden crecer. Desde ahí, las cumbres aún nevadas bien entrada la primavera se elevan por encima de los dos mil quinientos metros. Y así, sin dejar mirar a cielo, hay un momento en el que notamos que el asfalto se convierte en adoquín bajo nuestros pies. Ya estamos en Metsovo. 

En 1850, el viajero inglés George Bowen escribió que las casas de esta localidad de seis mil habitantes parecían precipitarse monte abajo, pero que permanecían inmóviles «como por arte de magia». Ha sido en su plaza, auténtico ágora de un pueblo con forma de anfiteatro, donde hemos conocido a Lukas y Alexia de forma puramente casual. Se sentaban en la mesa contigua de una concurrida terraza. Querían saber por qué estamos aquí, y no en Santorini. O Corfú. 

—Nos interesan más las lenguas que el sol o las piedras. 

Nuestra respuesta les desconcierta, y hasta parecen sentirse incómodos. Lukas incluso se pone a la defensiva esgrimiendo un sonoro «Aquí todos somos griegos». No tenemos la más mínima intención de ponerlo en duda. Lo cierto es que Metsovo «Aminciu» en la lengua local es el centro neurálgico de la comunidad vlach, o vlaja, de Grecia, también llamada armanesti. Aquí se habla arrumano, una variedad romance que comparte un origen común con el rumano vlach tiene la misma raíz que «Valaquia». Fue hablar en una lengua «de pastores» en la patria de Sócrates lo que llevó a Lukas y Alexia a cortar la transmisión familiar del romance balcánico. Y es que es en la enorme presión social, cultural, e incluso institucional, donde hay que buscar las razones tras la drástica decisión de la pareja. Llámenlo diglosia. 

A día de hoy, Atenas sigue sin ratificar la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales, un acuerdo de los Estados miembros de la UE para la protección de lenguas que carecen de carácter de oficialidad. El griego sigue siendo la única lengua oficial del país, a pesar de la existencia de otras lenguas autóctonas como el turco, el albanés y el búlgaro, además del arrumano. No esperábamos que el tríptico de Metsovo que ofrecen en la oficina de turismo tuviera una versión en vlajo, pero tampoco que no hubiera una sola mención al mismo. 

Pioneros y emigrantes

Un domingo de verano cualquiera en Metsovo. Fotografía: Karlos Zurutuza.

Para unos, la limba armaneasca, la lengua de los armanesti, llegó a través de los legionarios romanos desperdigados por la Via Egnatia, la antigua ruta comercial entre Roma y Constantinopla. Teorías más científicas apuntan a un origen común con el rumano: la división entre este y el arrumano se habría producido allá por el siglo IX. El primero se habla hoy al norte del Danubio e incorpora léxico eslavo y húngaro, pero fueron el griego y el albanés las que habrían tamizado durante siglos esta inesperada voz románica en el sur de los Balcanes. Hoy cuenta con aproximadamente quinientos mil hablantes repartidos por las fronteras de Albania, Macedonia del Norte y Grecia, aunque su latinidad es más que evidente ya en los numerales (una, daua, trei…), los nombres de las estaciones (primuveara, veara, toamna y yarna), o en el noapti buna con el que se despiden antes de irse a dormir. 

Más allá del cliché que los convierte en un pueblo de pastores analfabetos a ojos de la Grecia más clasista, lo cierto es que hablamos de una comunidad puntera en muchos aspectos, y durante siglos. Las imponentes casonas de piedra de Metsovo no solo rinden tributo a la habilidad de los que las levantaron, sino que hablan de un pueblo próspero que floreció a la vera de esa ruta comercial entre las dos capitales del imperio romano. Eran pastores, sí, pero también hábiles negociantes, comerciantes y contrabandistas, y mucho más. Sepan que Geórgios Karajánnis, el tatarabuelo de Herbert von Karajan, abandonó su Rumelia natal para convertirse en uno de los padres de la vibrante industria textil sajona, y que fueron un par de hermanos vlajos, los Manaki, los pioneros del cine en los Balcanes y todo el Imperio otomano. Aquel plano fijo de su abuela cardando lana de 1906, grabado con una cámara que se habían traído de Londres, sería el pistoletazo de salida de una prolífica carrera. Los Manaki no solo se convertirían en los fotógrafos oficiales del sultán otomano en 1911 y del rey de Yugoslavia en 1929; en el intervalo, abrieron su propia sala de cine en Manastir (actual Bitola, en Macedonia del Norte), donde proyectaban documentales sobre la vida en su ciudad natal.  

Queda aún mucho por contar sobre este lugar fundado por Filipo de Macedonia en el que brotan estrellas de David en la forja de los balcones. Hasta hace poco, se decía que el último judío de la ciudad era un sefardí ciego que había perdido la cabeza. Ciertamente, sigue siendo mucho más fácil dar con los armanesti. 

—Puedes ver nuestros pueblos desde el aire. Ten por seguro que los que están construidos en la cima de una montaña son vlajos, o lo fueron algún día—, explicaba Nicola Babovski, activista por la lengua, desde la Casa Armanesti de Bitola. A diferencia de como ocurre en Grecia, ser vlajo en Macedonia del Norte no es algo de lo que avergonzarse. Dentro de sus humildes posibilidades, Skopje promueve esta lengua latina vernácula en prensa y radio, y también la incluye en el currículum de las escuelas donde esta minoría tiene unas cifras significativas, al sur del país. A día de hoy, la mayor amenaza para los armanesti a este lado de la frontera es la crisis económica que lleva a muchos macedonios, vlajos o no, a emigrar al oeste de Europa. La situación es aún más grave en la vecina Albania. A mediados del siglo XVIII, la ciudad arrumana de Moscópolis (hoy Voskopojë) era una de las más prósperas de la región. Sus cifras eran de vértigo: cincuenta mil habitantes, veintiséis iglesias, una universidad, un hospital y la primera imprenta de los Balcanes. Hasta que se encadenaron los desastres: los turcos la arrasaron tres veces en el XVIII, los italianos en la Primera Guerra Mundial y los alemanes en la segunda. Y luego llegaron los cincuenta años de colectivización forzosa bajo el régimen albanés. En una visita anterior conocimos a Vasile, un octogenario que decía haber llegado a tener dos mil cabezas de ganado antes de que el Estado se las expropiara. No había salido del pueblo desde entonces.

—¿A dónde iba ir sin mi rebaño? ¿Y para qué?—, se justificó aquel anciano de un solo ojo antes de señalar una de las iglesias abandonadas con su bastón. No era más que una cuadra sin techado en la que las ovejas contemplaban frescos centenarios. Simon Vrusho, un profesor de secundaria que luchaba por la preservación de lo poco que quedaba en pie en Voskopojë negaba que su comunidad estuviera discriminada en Albania. —Es simplemente que a nadie le importa ya nada aquí—, sentenciaba. Fue solo gracias a su quijotesca intervención que una ONG decidiera restaurar algunos de aquellos frescos. En cuanto a la lengua, Vrusho lamentaba que fuera mucho más complicado. 

—En el ámbito institucional está totalmente ausente. Además, mis alumnos prefieren aprender inglés o griego. Todos quieren emigrar.

Tierra móvil

Comitiva de boda en acción. Fotografía: Karlos Zurutuza.

De vuelta en Metsovo, la visita a la casa-museo Tosizza resulta obligada para entender el pasado de este rincón del Épiro, pero resulta mucho más interesante asistir a cualquiera de las muchas bodas arrumanas. Duran dos días en los que se una procesión que asciende por las callejas empedradas de Metsovo busca a los novios en su respectivas casa familiares. Él pide la mano de ella a sus futuros suegros y luego todos cantan. Luego se le afeita y acicala en público; mas canciones y mucho baile, sobre todo en la plaza. Así lo exige la tradición. A pesar de estos y otros coloridos rituales colectivos, muchos temen que la cultura vlaja en Grecia acabe reduciéndose a una mera manifestación folclórica.

—Las bodas, las exposiciones de aperos o artesanía… Todo eso está muy bien, pero no se hace nada por preservar nuestra lengua—, se queja Iannis, un chaval de veintitrés años que redondea su sueldo de panadero con clases de escalada los meses de verano. Dice que aprendió el arrumano de sus abuelos, que sus padres siempre le hablaron en griego. Nos suena. El que nunca tuvo problemas fue Mahmud, hijo de un libio y una metsovita que desafía a la ortodoxia heleno-cristiana cubriéndose con un velo islámico y hablando en su lengua de cuna. Mahmud asegura no sentirse «ni más ni menos griego» que ninguno de sus vecinos. Antes de adentrarnos en el laberinto de las identidades, preguntamos a Thede Kahl, investigador de la Universidad de Jena (Alemania) cuyo trabajo ha sido recogido en una tesis doctoral y multitud de innumerables sobre los armanesti y otras minorías de los Balcanes.

—En arrumano no existe un término para el concepto de «nación». Cuando intentan describirlo, utilizan fórmulas como miletea armaneasca (del turco millet), laou armanescu (del griego laós) o ghimta armaneasca (del albanés gjnt). Solo unos pocos utilizan natsie, que es un vocablo moderno—, explica Kahl, vía telefónica. Según el experto, el sentimiento identitario de este pueblo se ha repartido durante los dos últimos siglos entre su cercanía cultural y mental a los griegos y la de su lengua al rumano. —Debido a su dispersión geográfica, los arrumanos viven en el perímetro de otros grupos étnicos, lo que los conduce a una identidad dual o a la completa asimilación—, acota Kahl.

En mayor o menor medida, todos los pueblos balcánicos durante la ocupación otomana demostraron una gran flexibilidad para adoptar aspectos de las culturas vecinas. Además, ¿no son los propios vlajos helenos, ilirios, tracios, dacios, o vaya usted a saber qué, asimilados por el empuje de Roma? Fue a principios del siglo XX cuando el Kokoshka emborronado y de límites difusos que era el mapa de los Balcanes se transformó en ese Matisse de colores definidos y estridentes: uno para cada nuevo estado. Los armanesti, como muchos otros, no habían sido más que gotas de pintura sacudidas desde una brocha que no toca el lienzo.

Sabemos que los Balcanes no tienen el monopolio de las fronteras desafortunadas, pero las nuevas lindes aquí también se convirtieron en fallas por las que se desplomaron los parias de la geopolítica. Uno de los episodios más dramáticos lo vivieron los meglenitas, otro componente balcánico de habla románica al que la coyuntura otomana obligó a convertirse al islam en el siglo XVIII. El intercambio de población entre Turquía y Grecia (firmado en Lausana en 1923) los arrastraría hasta Anatolia, un lugar tan extraño y hostil para ellos como lo era el Peloponeso para los griegos llegados del mar Negro. Añádanle a eso dos guerras mundiales y una recesión económica brutal, y entenderán el éxodo masivo de vlajos hacia el valle y más allá. Emigraron a Atenas, a Tesalónica, o a países tan lejanos como Australia, que cuenta con una de las comunidades más numerosas de su diáspora. Algunos, pocos, volvieron. Gente como Apostolis, para quien la vida en Atenas era demasiado asfixiante, por no hablar del clima. La cafetería que regenta a pocos metros de la plaza le da para vivir sin lujos pero tranquilo, lo cual le permite reconciliarse con sus orígenes en el pueblo donde nació.

—Mientras los turistas sigan viniendo a Metsovo, yo no tengo intención de volver a Atenas—, dice el hostelero, ahora concentrado en organizar sillas y mesas en su terraza. La competencia es grande, y Apostolis sabe que tiene que desmarcarse del resto para atraer a su clientela. Hoy ha contratado un veterano cantante griego de melena blanca y cinturón de pirata que promete un revival de los Doors. El lugar está ya abarrotado mucho antes de que empiece el evento. Nada más ponerse el sol, los primeros acordes de «Light My Fire» retumban desde un remoto valle balcánico. 


Buques rusos frente a ruinas griegas

Fotografía: kvitlauk (CC).

Al llegar en autobús a Sebastopol, la ciudad nos da la bienvenida con un gran arco de triunfo soviético coronado por el perfil de Lenin, bajo el que pasan todos los coches que llegan a la ciudad. Llevo varios días en Crimea y los escenarios se repiten: monumentos dedicados a los soldados fallecidos en la Gran Guerra Patriótica (la Segunda Guerra Mundial) junto a un fuego que nunca se apaga, iglesias ortodoxas de aspecto nuevo y sencillo, mezquitas tártaras en los bordes de la carretera y añejas estatuas de Lenin, en las que la gente ha dejado flores hace poco. Algunas gaviotas cruzan el cielo.

Llego a la estación de autobuses de Sebastopol y espero a Lena. Su hermano, al que conocí en Moscú, me dijo que ella me guiaría por la ciudad, que me enseñaría todo, ya le ha llamado diciéndole a qué hora llegaré. No tengo ni idea de cómo es Lena ni cómo podremos comunicarnos. Apenas me he topado con crimeos que hablen inglés.

Espero sentado en un banco de la estación con mi mochila al lado. Miro mi móvil. Espero que Lena me pueda llamar, desde que he cruzado a Crimea mi tarjeta SIM rusa dejó de funcionar. Activo el roaming y cruzo los dedos. Mi tarjeta de crédito tampoco funciona. Según Booking, no hay hoteles disponibles para turistas en toda Crimea.

De repente, Lena aparece frente a mi. Sé que es Lena por su sonrisa, una sonrisa de bienvenida muy agradable, un poco nerviosa. Sus ojos son oscuros y chispeantes, enmarcados en sus arrugas de babushka. Como si fuera una ceremonia, casi un juego, me saluda en dos palabras, y me sorprendo porque la entiendo perfectamente: «Buenos días», me dice en castellano.

Y todavía con la sorpresa en mi cara cogemos el autobús para ir al centro de Sebastopol. Lena paga al conductor y me empuja cariñosamente hacia el fondo del vehículo, al asiento que da a la ventana, y va señalándome con el dedo hacia fuera, dejándome claro que no debo dejar de mirar ni un instante esos edificios blancos, marciales y aristocráticos; o a esos jóvenes marinos rusos que pasean en uniforme por la ciudad, con el mar abriéndose al fondo; o al cielo azul grisáceo por el que se deslizan las aves marinas.

Fotografía: Nick Savchenko (CC).

Cuando bajamos del autobús por fin puedo preguntarle a Lena por qué sabe hablar castellano, y me contesta que no lo usaba desde hace casi cuarenta años, cuando lo aprendió gracias a sus amigos cubanos —creo entender que hubo una historia de amor— que habían venido de intercambio a la Unión Soviética, cuando ella estudiaba Farmacia en la universidad. Me explica su historia y a veces, a media frase, se detiene, mira al suelo y busca una palabra enterrada en su mente que no consigue recordar, me mira sonriendo y me la dice en ruso, pero yo no la entiendo, así que los dos nos ponemos a pensar cuál podría ser. La conversación es como un músculo: cuanto más me habla Lena más frases se afianzan en su lengua, y el repertorio de términos que usa va creciendo. Sonríe: «Estoy muy contenta de volver a hablar español».

Llegamos hasta los pies de una pequeña colina convertida en parque, donde nos encontramos grandes estatuas de marinos e ingenieros rusos mientra subimos a la cima. Lena me recuerda que Sebastopol es una «ciudad heroica», una de las decenas de localizaciones donde los rusos han librado grandes batallas. En Sebastopol hubo dos guerras. La primera fue contra los turcos, franceses, británicos y el reino de Cerdeña, entre 1853 y 1856. La gran potencia rival eran los ingleses: esta enemistad abarca desde «el Gran Juego» (la lucha) por el dominio de Asia Central y el Cáucaso durante el siglo XIX hasta los recientes envenenamientos de exespías rusos en Reino Unido, pasando por la intervención británica en la guerra civil rusa posterior a 1917, al bastión anticomunista en Europa que supuso Londres durante la guerra fría. Lena me cuenta que, si uno quiere rememorar esta «primera guerra de Sebastopol», puede hacerlo en compañía de Tolstói, que combatió en este conflicto y lo narró en Relatos de Sebastopol, mezclando la psicología literaria con una descripción casi periodística. En ese momento me doy cuenta de que Tolstói luchó en esta misma colina donde me encuentro, en la que todavía hay cañones antiguos junto a barricadas de sacos de exposición. «Allí podrá observar a los defensores de Sebastopol, allí vera espectáculos terribles y tristes, grandiosos y divertidos, pero todos ellos admirables y que engrandecen el alma», dejó escrito. Perdieron la guerra.

Lena me cuenta que el otro gran conflicto de Sebastopol fue contra los alemanes, contra los nazis, y que fue trágico y heroico porque volvieron a perder, aunque ganaron la guerra. Me lo cuenta con ese brillo en los ojos con el que muchos rusos te hablan del único momento histórico del que todos —comunistas, demócratas, izquierda, derecha— pueden sentirse orgullosos, porque su Madre Rusia aplastó a los extranjeros que la querían violar y avasallar. Lena me propone que vayamos hacia el mar.

Cruzando la ciudad nos encontramos con una estampa típicamente rusa: una estatua de Lenin encarada frente a una iglesia ortodoxa. Le digo a Lena que me encanta el aroma que sale de los templos rusos, y ella me confiesa que recuerda perfectamente la primera vez que lo olió, que fue paseando en Budapest cuando solo era una niña, su padre escribía en el periódico del Ejército ruso y lo habían enviado a la República Popular de Hungría por unos años. Me pregunta si quiero una foto con la iglesia y después una con la estatua de Lenin.

Llegamos hasta el mar. Atardece. Una gran columna con un pájaro negro en la cima crece en medio de las aguas. Lena me dice que la gente recuerda esta columna toda su vida. Hay varias placas y monumentos dedicados a los barcos hundidos en las guerras de Sebastopol. Las tiendas venden sombreros de marino ruso a los turistas. Gaviotas y pájaros negros sobrevuelan cerca de la orilla. Las nubes son altas e inmensas, y la gente se para a mirar el mar Negro en silencio.

Esta es la ciudad rusa fundada en tiempos de Catalina II, el paisaje militar y blanco frente al mar, Tolstói y los cañones, la hoz y el martillo en los buques de guerra.

Pero hay algo más antiguo en esta tierra, algo que desconozco.

Y Lena me dice: «Mañana iremos a Jersonés».

¿Jersonés?

*

Fotografía Aleksandr Konchikhin (CC).

Lena me dijo que quedáramos en la plaza donde ayer me ayudó a cambiar euros a rublos. Solo los locales pueden hacer esta operación. Mi tarjeta de crédito sigue siendo igual de inútil: «Esta operación no está disponible». Llego a la plaza y busco a Tolstói. Lena me dijo: «Quedamos debajo de Tolstói». No lo encuentro por ningún lado, pero veo a Lena de lejos. Me saluda cogiéndome ambas manos y sonriendo. Le digo que no he visto a Tolstói, y me señala un cartel donde sale un joven militar de bigote recortado y pelo negro, colgado de un edificio blanco. ¿Qué es Tolstói sin su barba espiritual? ¿Qué es Tólstoi sin el espesor de ese símbolo bicéfalo, ese símbolo santo que todos los rusos amaban y, a la vez, tanto atormentaba al escritor en su interior, a esa alma cargada de contradicciones y sentimientos de culpa? ¿Qué es Tólstoi sin esa barba con la que quería parecer el hombre más humilde y acabó siendo el ruso más famoso?

Lena me vuelve a colocar en el asiento junto a la ventana del autobús. Nos alejamos del centro de la ciudad y cruzamos bloques de pisos de jrushchovkas y stalinkas —cada líder ruso construía a su manera, Lena me cuenta que los edificios de la época de Stalin son los mejores, de techo alto y espacio decente, después de la Guerra Patriótica la gente tuvo que apretarse dentro de pisos mucho más incómodos y feos—.

Y por fin llegamos a Jersonés. En un campo verde frente al mar veo antiguas ruinas que me parecen griegas, pero que también son romanas, y también bizantinas. Las columnas clásicas de un antiguo templo brillan grises, casi blancas, al sol. Muros derruidos de piedra muy vieja delimitan los lugares donde habían casas. La hierba crece en medio de ellos. Una muralla troceada defiende un flanco de la ciudad. En medio de un templo derruido, florece un pequeño altar pagano. Entre los restos de una basílica bizantina hay grandes piedras que llevan grabada la menorá judía. A lo lejos veo un anfiteatro romano. ¿Realmente estamos en Crimea?

Voy leyendo los carteles situados entre las ruinas y voy enterándome de la historia, que lo que Lena me repetía como Jersonés es la colonia griega del Quersoneso, que los dorios de Heraclea Pontica —en la actual costa turca que se opone a Crimea— fundaron en el siglo IV a. C., en la tierra de los táureos, los habitantes locales. La localización del Quersoneso lo hizo perfecto para el tráfico marítimo, y la ciudad fue creciendo como uno de los grandes enclaves griegos del mar Negro. Se sucedieron las batallas por su control contra los escitas y los táureos, acabando finalmente en manos del Imperio romano, que hizo del Quersoneso su guarnición. De allí despegaban sus naves hacia los enemigos asiáticos.

Mientras yo paseo entre las ruinas, Lena se queda sentada mirando a lo lejos. Le duelen los tobillos desde hace meses. Cuando me acerco a ella, me dice: «Esta es la cuna de Rusia». Y me cuenta que aquí, en el Quersoneso, bautizaron al rey Vladimiro de Kiev, y que a partir de entonces Rusia ha sido cristiana. Todo sucedió aquí, cuentan las crónicas del momento. Recuerdo que en Moscú vi una gran estatua de Vladimiro, apoyado en una cruz gigantesca. ¿Qué es Rusia sin el cristianismo ortodoxo?  

Al desmembrarse el Imperio romano, el Quersoneso pasó a ser el enclave más importante para Bizancio en el norte del mar Negro. La lucha por la hegemonía religiosa entre paganos y cristianos en Europa Oriental no estaba para nada decidida. Cuando una insurrección proveniente de Asia Menor puso en juego a Constantinopla —incluyendo su control sobre el Quersoneso—, el emperador Basilio II pidió ayuda al rey bárbaro Vladimiro de Kiev. Este exigió como pago la mano de Ana Porfirogéneta, la hermana del emperador bizantino. Para superar el escollo de casarla con un pagano, se exigió a Vladimiro su conversión al cristianismo. Su bautizo, cuentan los rusos, se produjo en el Quersoneso.

Lena se levanta y me acompaña a caminar entre las ruinas. A lo lejos vemos la catedral del Quersoneso, reconstruida y de estilo neobizantino, que conmemora el bautizo de Vladimiro de Kiev. Fue cerrada por los bolcheviques y después destruida por los nazis. Cuando nos acercamos a pocos metros de unas hermosas columnas clásicas, Lena me coge de las manos y me dice: «Yo voté en el referéndum». Y me pide que mire sus ojos, de los que casi le caen las lágrimas de emoción. Me dice que cuando votó para volver con Rusia fue uno de los días más felices de su vida. Que ella ama a Ucrania, pero que con la caída de la Unión Soviética se encontró de golpe como extranjera viviendo en Sebastopol. Pero que ahora ha vuelto con su Madre Rusia, y es feliz. Yo no sé qué responderle. Se limpia las lágrimas y me dice que siga caminando solo, que a ella le duelen los tobillos.

Ya pasado el legendario bautismo de Vladimiro, la decadencia del Quersoneso empezaría a profundizarse. En el siglo XIII, los mongoles y los tártaros destruyeron buena parte de la ciudad mediante ataques y saqueos. Ya en el siglo XV, de la antigua colonia griega solo quedaban estas ruinas.

Sentado en el muro derruido de una casa griega o romana, miro el mar Negro. Un buque de guerra ruso cruza por delante de la playa, haciendo un sonido extraño. Varios aviones militares atraviesan el cielo, dejando una estela blanca.

*

Balaklava. Fotografía: Alexey Tishin (CC).

¿Qué significa Crimea para los rusos? Llegamos a la última parte de nuestro viaje, a la bahía de Balaklava. Con el autobús hemos pasado por delante de la farmacia donde Lena todavía trabaja algunos días, a pesar de su edad.

Al llegar a la bahía, dos paseos marítimos se abren a cada lado. Hacia la derecha está el pasado comunista. Lena me explica que varios de los edificios abandonados que vemos son talleres donde antes se reparaban los buques de guerra soviéticos. También hay una pequeña fábrica vacía, probablemente de siderurgia. Más adelante encontramos la base secreta de submarinos soviéticos, que ahora es un museo. Estaba protegida de manera que pudiera soportar una explosión nuclear. Al final del paseo hay una pequeña playa, y placas de recuerdo a los marineros rusos caídos contra los nazis.

Junto al mar hay viejos con cañas de pescar tiradas al agua, que pasan el tiempo mientras el sol va descendiendo. Hace pocos días, una amiga crimea me dijo que los hombres rusos van tanto a pescar porque así tienen una excusa para salir de casa y beber vodka sin que la mujer los vea. Yo me reí, hasta que me di cuenta de que mi amiga lo decía con una cara muy seria.

Cruzamos al paseo marítimo del lado contrario, a la izquierda. La Rusia postsoviética. Hay tiendas de souvenirs y objetos para la playa, yates atracados en el puerto y bares de los que sale música tecno. Caminamos hasta el final, donde hay un pequeño sendero que lleva a una de las montañas que delimita la bahía. Las piedras del camino no se lo ponen fácil a los tobillos de Lena, pero me dice que va a subir igual. Le ofrezco ayuda varias veces y me dice que no. Después de un rato andando por el sendero, el mar Negro se abre ante nosotros. Es inmenso y embobante, oscurecido por los colores de la tarde. «Te acordarás de Crimea», me dice Lena.

Subo hasta una torre derruida de la cima de la montaña, mientras Lena se queda mirando el mar. La construyeron los genoveses en el siglo XV, como hicieron en otros puntos claves de Crimea. A los pies de la torre, una pareja vestida de chándal mira el paisaje mientras suena música electrónica en su teléfono móvil. Yo camino hasta la parte más alta de la edificación, desde donde se ve toda la antigua bahía soviética, otras torres genovesas y el inmenso mar Negro.

Y me doy cuenta de que Crimea es mucho más que el puro presente. Que las ruinas griegas y romanas donde caminé o la torre italiana en la que estoy no se pueden desligar de los edificios blancos de la vieja Sebastopol zarista, de las iglesias ortodoxas donde se besan iconos de santos o de las placas soviéticas que recuerdan a marineros muertos. Que Crimea es tanto Europa como Rusia, una doble frontera y una doble entrada, donde se mezcla la historia y el pasado, donde hay un equilibrio entre lo común y lo distante. Y que por eso seguirá siendo tan importante.