Bob Mitchum, el penúltimo machote

Nice Girls Don’t Stay for Breakfast (2018)

El mejor actor es o debería ser el camaleónico. Robert Mitchum lo fue hasta el punto de tocar los extremos. El hombre que miraba con los dedos tatuados en La noche del cazador era la viva imagen de alguien que te quiere cortar la garganta con un tenedor. «Un auténtico hijo de puta», dijo el propio Mitchum cuando acudió a San Sebastián hace treinta años. Tanto fue así que los productores metieron la película en un cajón en su día porque les parecía inestrenable. Sin embargo, en La hija de Ryan era un marido sensible y delicado, comprensivo con que le pusieran los cuernos. Tan bellísima persona que acababa la película alejándose con los brazos extendidos, casi como Jesucristo, mirando a los ojos al cura del pueblo. Son solo dos ejemplos de un actor con una dilatada carrera, absolutamente excepcional, pero que también destacó por detalles más prosaicos. Nada especialmente escandaloso. Sencillamente, es que, en esencia, todo le daba igual.

Un documental, presentado este año en el Festival Play Doc de Tui, Nice Girls Don’t Stay For Breakfast de Bruce Weber, realizado al fin tras muchos años de trabajo, indaga como nunca se ha hecho en estos aspectos de su personalidad. El director lo planteó de forma muy sencilla. Rodeó al actor de mujeres y dejó que, ante su presencia, comenzase a soltar sus mejores recuerdos y anécdotas.

Sin duda era una persona singular, porque de todas las excentricidades y extravagancias por las que les da a los actores cuando la fama ya no les llena y necesitan más, a Mitchum le dio por encerrarse en sí mismo, dudar de sus habilidades, venderse como una mentira y admitir ante todo el que quisiera escucharle que él en realidad era un vago.

La definición más curiosa que se hace de él es la de que se comportaba como el típico atleta de instituto que persigue a las animadoras, pero que luego en su habitación tenía pinturas y libros de poesía. Clint Eastwood, en lo referente a la profesión, sostiene que era un actor interesante porque le importaba una mierda fracasar.

Con una vivencia, su nieta intenta explicar que ese hombre con una presencia tan imponente en público y seductor, en realidad era una persona atormentada. Un día estaban bebiendo tequila juntos y empezó a decirle que todo el mundo estaría mejor si él muriese. «Mis hijos solo quieren dinero y Dorothy [su mujer] siempre está cabreada», confesó. Estuvo casado cincuenta y siete años con ella, de todos modos. Pero esa tarde, borracho, cogió un rifle que guardaba en una habitación, se fue a la piscina y se apuntó a la cabeza. La nieta se lo apartó, pero él insistió: «Todos seréis más felices sin mí». Ella le convenció para que tirase el arma diciéndole que su nieta sí que le necesitaba. Al final Mitchum apartó la escopeta y siguieron bebiendo. Nunca jamás volvieron a hablar del tema. Aunque ella considera que nunca nadie se suicidaría delante de su nieta, el intento debió ser una forma de compartir con ella el dolor que sufría. Un abuelo entrañable.

Pero era un hombre hecho a sí mismo, aunque hiciera poco por sí mismo. Criado por su madre —su padre había muerto— fue un chico sensible, pero difícil. La primera expulsión del colegio se produjo porque se meó en el sombrero del profesor. Con catorce años se marchó de casa y recorrió su país, casi como un vagabundo, durante la Gran Depresión. Llegó a Los Ángeles a buscarse la vida cuando solo tenía dieciséis años. Con esa edad desempeñó los trabajos más duros. Bajó a la mina, fue bracero en el campo, trabajó en los muelles, llegó a probar suerte con el boxeo. Fueron los demandados papeles de cowboy los que le mostraron el camino del negocio del celuloide.

Mostró gran aprecio por su profesión. Cuando le decían «tienes suerte de ser actor», contestaban «es lo mismo que le puedes decir a un minusválido en silla de ruedas: tienes suerte de que exista la silla». Sobre su salud iba por los mismos derroteros. Siempre que le preguntaban qué tal estaba, contestaba que peor. Recordaba a Lex Barker, sustituto de Johnny Weissmüller en el papel de Tarzán. Le habían hecho un reconocimiento médico y estaba perfecto. Quedó con un amigo para comer, le preguntó qué tal se encontraba, respondió que estupendamente y falleció en el acto de un infarto en plena calle. Por eso Mitchum siempre decía «peor», «para no quedarme corto».

Durante el rodaje de La hija de Ryan, que ya les contamos que varias escenas las hizo completamente borracho, hasta el punto de que le tenían que sujetar por detrás, no tuvo valor para despedirse de la gente a la que había estado más unida durante el rodaje; un rodaje que duró nueve meses, como un embarazo. Tenía esos detalles sorprendentes. Cuando David Lean le llamó para ofrecerle el papel, Mitchum le contestó que en las próximas fechas pensaba suicidarse. Lean le convenció diciéndole que con la película podría pagar el entierro. Se ve que el sentido del humor le derrotaba.

Nice Girls Don’t Stay for Breakfast (2018).

Su vida estuvo plagada de incidentes y peleas. Solo su esposa lograba calmarle. En un rodaje en Trinidad perdió los nervios y ella tuvo que acudir en avión desde Estados Unidos para amansar a la fiera. Su nieta cuenta que una vez, borracho, se peleó en un bar y su mujer tuvo que quitarse los zapatos y golpearle con el tacón para que parara de repartir leches.

Tras La hija de Ryan, su amistad con Sarah Miles, con la que se lió, perduró, pero ella odiaba a su mujer. Estaba tan celosa que en su cumpleaños se sentó enfrente de ella, la insultó y clavó un consolador en la tarta. Mitchum podía tener amantes, pero nunca se le pasó por la cabeza separarse de su señora. Antes, tampoco le dio la gana cambiarse su apellido. En los estudios no les gustaba, pensaban que no tenía gancho comercial, pero el actor se negó a desprenderse de lo único que le quedaba de su padre.

Estuvo preso en una ocasión. La anécdota de su cautiverio no pudo ser más arrabalera. Como un guardia se mofaba de él y le decía que su carrera había acabado, tramó venganza por esas humillaciones. Fue bastante sofisticada; la cuenta Brenda Vaccaro, su mejor amiga. Se hizo amigo del funcionario de prisiones y se enteró de donde vivía. Su casa estaba en la misma prisión y su esposa era polaca y con curvas. Cuando salió libre, llenó una nevera con vodka, subió al piso, se presentó, se emborracharon y folló con ella hasta que cayó inconsciente. Con un bote de mercromina que encontró le escribió en el culo: Robert Mitchum. Seguramente sea mentira.

Cuando hizo El cabo del terror en 1962 con Polly Bergen, la actriz pudo comprobar in situ que estar como una maraca le iba bien a su carrera. En la escena en la que se encontraban, la agarró y abrió una puerta con su cuerpo. No estaba en el guion, pero chafó unos huevos que se encontró ahí mismo en la mesa con la mano. Perdió el control, subió la fuerza con la que luchaban y ella gritaba y lloraba, pero en serio, hasta que dijeron corten. En ese momento salió de su trance y se quedó muy preocupado por si podía haberle hecho daño. Ella le dijo que estaba bien y, confiesa, se enamoró de él. También ya le vale a ella.

Es gracioso que en una escena con Gregory Peck en la que desnudaban a Mitchum, este nunca le miró directamente. Cuando el actor se percató de ese detalle y le pidió explicaciones a Peck, este contestó: «Temía que intentaras follarme». Gran reputación la de Bob.

Al principio del documental aparece Johnny Depp. Dice que a Mitchum le precedía su leyenda y cuando se conocieron en Dead Man de Jim Jarmusch esperaba encontrarse a un tipo supervaronil, pero en realidad fue muy cariñoso, amable y gentil, lo que le sorprendió. El autor, Weber, confiesa que de pequeño su madre lo llevaba a hacer los deberes a un bar. Allí, los asiduos al local se ponían a ayudarle para echar el rato mientras se tajaban. Mitchum, explica, se parecía mucho a aquellos hombres. Sin embargo, posicionarse a favor de la guerra de Vietnam le cerró muchas puertas y su legado tardó años en ser reconocido como merecía.

Era profundamente tímido, en realidad, incapaz de expresar deseos. Esa parálisis la compensaba con un poco de ingenio y resultaba un personaje temido y admirado. De ahí sus declaraciones en su día de que solo tenía dos registros para actuar, con o sin caballo. Ante la prensa, resultaba impenetrable. No obstante, se atrevió con lo más difícil que hay para una persona retraída: cantar. Sacó seis singles y dos álbumes entre 1957 y 1982. El más famoso es Calypso Is Like So, en cuya portada salía pimplando en un bar con una chavala, pero suena como una charlotada. El realmente interesante para quien esto escribe es That Man, Robert Mitchum, Sings de 1967 donde el country le sentaba bastante bien a su personalidad. Hasta se atrevía con un tema con toque garajero, «In My Place», traía el tema con el que lo petó en 1958, «Ballad of Thunder Road», y un molón «Sunny» de Bobby Hebb.

El papel que interpretó en su vida privada, en la real, era el de una persona que no parecía tan inteligente como realmente era. Alguien sin nada de lo que enorgullecerse, pero nada de lo que avergonzarse. Una persona a la que no le importa nada. Lo que pone de manifiesto este documental es que esa fue su mejor actuación. Y hasta después de muerto, pues su última voluntad fue que no se celebrara ningún ceremonia en su honor.


Un rodaje infernal

Waterworld. Imagen: Universal.

La reina de África contra la disentería extrema

A John Huston se le ocurrió trasladar la mitad del rodaje de La reina de África hasta los terrenos del Congo y Uganda en una época, principios de los cincuenta, donde las productoras y las estrellas del cine no estaba acostumbradas a filmar en localizaciones reales teniendo a mano la comodidad de un estudio construido a medida. Huston se salió con la suya gracias al carácter independiente de un film británico que había sido financiado por Sam Spiegel y los hermanos John y James Woolf en lugar de por una compañía hollywoodiense. Porque en aquellos años hubiera sido poco probable que los grandes estudios se arriesgaran a poner pasta sobre la mesa para rodar una película en Technicolor, un producto que requería de cámaras enormes y aparatosas, en un terreno potencialmente hostil y salvaje. La cinta se estrenó en 1951, estaba basada en una novela y llegaba protagonizada por dos leyendas tan rotundas como Katharine Hepburn y Humphrey Bogart. Treinta y seis años después, la propia Hepburn publicaría un libro titulado El rodaje de La reina de África, o como me fui a África con Bogart, Huston y casi me vuelvo loca. En aquellas páginas la actriz dejaba bien claro que el trabajo fue cualquier cosa menos agradable: «La histeria reinante durante la filmación de cada escena fue una pesadilla».

El rodaje en tierras africanas duró siete semanas durante las cuales el equipo tuvo que lidiar con enfermedades diversas, fauna local, problemas logísticos y un director que desapareció a mitad de rodaje porque le apetecía irse de safari a cazar elefantes. Lo cierto es que las escenas filmadas en Uganda no supusieron demasiados dolores de cabeza, pero cuando la producción se trasladó al Congo las cosas se torcieron del todo. Técnicos y actores se vieron obligados a vivir en un campamento cercano a la jungla, teniendo mucho cuidado de no tropezarse con serpientes o cocodrilos, procurando no ser devorados por las hordas de mosquitos que se presentaban durante la noche y sobrellevando las picaduras de avispas, hormigas y escorpiones.

Pero el peor enemigo con el que batallaron durante la producción no vestía escamas ni zumbaba por el aire, sino que fluía a lo largo del río. Porque se trataba del agua de la zona, un líquido que el equipo miraba con desconfianza cada vez que se veían obligados a lavar la ropa en el caudal extrañamente rojizo del río. Por desgracia, y aunque era evidente que la cosa no parecía ser muy salubre, dicho agua resultó estar contaminada y propició que la mayor parte del personal acabasen enfermando de disentería y con el estómago condenándoles a pasarse la mitad del día vomitando y la otra mitad sentados en la taza del váter. Tal y como explicaba uno de los cámaras, Jack Cardiff, la propia Hepburn llegó a estar tan tocada como para pasarse la jornada vomitando entre tomas. En muchas de las escenas los de realización le colocaron un cubo fuera de plano, por si no la mujer no era capaz de contener las arcadas hasta llegar al excusado. En su libro sobre las desventuras de la filmación la actriz recordaba que en una ocasión se apresuró hasta un lavabo para echar la pota, y acabó encontrándose en el interior del servicio con una mamba negra que la obligó a huir en dirección a la jungla para poder vomitar con cierta intimidad.

Sonríen porque lo estipula el contrato. Imagen: United Artists.

Entre todo el equipo tan solo dos miembros no acabaron contrayendo problemas estomacales: Humphrey Bogart y John Huston. Dos caballeros que evitaron enfermar gracias a a su severo alcoholismo, porque tanto el actor como el director tenían la sana costumbre de beber whisky en lugar de agua de manera diaria. El propio Huston se había preocupado de llevar al rodaje un voluminoso cargamento de botellas para desgracia de una Hepburn que se referiría a aquella pareja como dos borrachos insoportables. Bogart rememoraría con guasa sus hábitos alimenticios durante la estancia en África: «Yo solo comía judías, espárragos enlatados y bebía whisky escocés. Si un mosquito me hubiera picado a mí, o a Huston, se habría muerto al instante».

La profecía contra las maldiciones

Entre los sesenta y los setenta el mundo del séptimo arte vio nacer un nuevo subgénero al que nadie había invitado a cenar: el de las películas malditas en el mundo real. La semilla del diablo inició la tendencia cuando la gente empezó a conectar la muerte de Sharon Tate (a manos de la familia Manson), el fallecimiento del compositor y hasta las piedras en el riñón que sufrió el productor, William Castle, con una supuesta maldición que perseguía a todo aquel que hubiese participado en el film. La tradición continuó con El exorcista y un mal fario al que los paranoicos echaban la culpa del fallecimiento de unos cuantos implicados en la producción (entre los que figuraban varios técnicos, un carpintero y los actores Jack McGowran y Vasiliki Maliaros) pero también de un incendio que arrasó con el set, la lesión que deslomó de por vida a Ellen Burstyn o la caída en desgracia de Linda Blair. Y luego llegó La profecía para confirmar que todas aquellas películas en las que Satán formaba parte del reparto parecían estar condenadas a sufrir montañas de desavenencias.

La profecía (The omen) se estrenó en 1976 y su trama dejaba claro que adoptar a un niño que es la reencarnación del Anticristo a la larga siempre trae problemas. Pero lo más interesante es que aquella película de Richard Donner no tardó en ganarse el aura de cinta maldita gracias a la tremenda y sorprendente colección de desgracias que acontecieron durante (y después de) el rodaje: tanto el avión en el que viajaba el actor Gregory Peck en dirección a Inglaterra (la cinta era una coproducción británico-americana) como el otro avión en el que viajaba el guionista, David Seltzer, en la misma dirección fueron alcanzados por sendos rayos en pleno vuelo. Entretanto, en Roma a uno de los productores de la película casi lo deja frito otro rayo que no llegó a aterrizarle en la cabeza por poco. Donner fue atropellado por un coche y el hotel donde se alojaba se convirtió en objetivo de una bomba del IRA. Varios miembros del equipo se vieron implicados en un accidente automovilístico durante el primer día de rodaje. Los rottweiler que aparecen en el film atacaron de manera repentina a sus entrenadores y el cuidador de los babuinos que también se asoman por la pantalla fue devorado vivo por un león del zoológico. Y un avión privado en el que estuvo a punto de subirse Peck acabó estrellándose y matando a todos sus pasajeros.

Este chico es un demonio. Imagen: 20th Century Fox.

La leyenda popular remata el asunto con el trágico destino de John Richardson, el técnico de efectos especiales que se encargó de idear y diseñar una simpática y muy llamativa decapitación ocurrida en la película. Unos meses después de finiquitar La profecía, y mientras trabajaba en Holanda en el rodaje de Un puente lejano, Richardson sufrió un aparatoso accidente de coche junto a su novia, Lizz Moore. El hombre acabó bastante magullado tras el siniestro, pero la mujer corrió peor suerte y murió decapitada durante el choque. El mito de la maldición asegura que cuando Richardson salió tambaleándose del vehículo accidentado, lo primero que vio fue un cartel que ponía «Ommen» junto al kilómetro 66,6. De ser cierto, a lo mejor Belcebú había comenzado a tomarse en serio lo de cobrarse su parte por los derechos de imagen cinematográficos.

Uepa. Imagen: Universal.

David Seltzer, el hombre encargado del libreto original, solía quitarle todo el encanto a lo diabólico de su guion: «Escribí el texto porque necesitaba el dinero y estaba sin un duro. Lo situé en Londres para pegarme un viaje a Inglaterra. Y me parece horroroso la cantidad de gente que se cree todas las tonterías que ocurren en la película».

La historia interminable contra la integridad de Atreyu

La historia interminable resultó ser una mala adaptación de un gran libro y al mismo tiempo un icono de la fantasía pop ochentera cinematográfica. También fue la película más cara que se facturó en Alemania durante aquellos años y un hermoso dolor de cabeza para todos los implicados en ella, incluyendo al propio autor de la novela original.

El plan inicial de rodaje suponía tres meses trotando con las cámaras entre Múnich, Canadá y la costa almeriense, pero una tromba de calamidades alargaron la filmación hasta casi un año entero. A los mandos del film se colocó un Wolfgang Petersen que venía de comandar la notable El submarino (Das Boot). Un realizador alemán poco ducho con el inglés cuyo perfeccionismo irritó a unos actores que se vieron obligados a repetir las tomas hasta más de cuarenta veces para un señor que no era Stanley Kubrick y una película que no era El resplandor. Entre aquel reparto se encontraba un chaval de doce años llamado Noah Hathaway a quien el papel de Atreyu le proporcionó más magulladuras que éxito profesional. Antes de iniciar el rodaje, y mientras aprendía a montar a caballo para cabalgar a Artax en la gran pantalla, el jamelgo con el que entrenaba lo derribó y aplastó al errar al saltar una valla. El accidente trituró un par de vértebras del chaval, lo encamó durante dos meses en el hospital, le regaló un dolor de espalda de por vida y se convirtió en el prólogo de sus problemas.

Más adelante, filmando las escenas de los Pantanos de la Tristeza, su pierna se quedó atrapada en un ascensor que lo arrastró bajo el agua y cuando el equipo logró sacar al chico a la superficie el pobre hacía rato que había perdido el conocimiento. Y la secuencia donde Atreyu se enfrentaba a Gmork casi le cuesta a Hathaway un ojo de la cara, de manera completamente literal: durante la primera toma el pesado robot animatrónico del villano peludo se desplomó sobre el crío chafándolo y golpeándole la cara con una gigantesca garra que aterrizó muy cerca del globo ocular. En aquella ocasión el director decidió conformarse con dicha toma en lugar de repetir la secuencia tras razonar que salía más a cuenta hacer eso que cometer un infanticidio sobre un chico que ya estaba hecho migas. A pesar de tanto gafe el sufrido actor de doce años tampoco generó demasiada compasión entre los miembros de la producción. Porque años más tarde uno de los encargados de efectos especiales, Brian Johnson, reveló durante una entrevista que el chico fue «un dolor en el culo» para todos y en especial para el director. En la actualidad Hathaway regenta una tienda de tatuajes en Los Ángeles, visita convenciones donde la gente hace cola para hacerse una selfi con el Atreyu de su infancia y se tropieza con admiradores del Reino de Fantasía a diario: «Decidí que no volvería a tatuar ni un Auryn más cuando me tocó hacer quince de ellos en una misma semana».

El equipo de maquillaje intentó pintar de verde la piel de Atreyu siguiendo la descripción del personaje en el libro, pero finalmente decidieron descartar la idea porque el chaval parecía un hongo con patas. Imagen: Warner Bros.

Más allá de las tiritas de Atreyu la producción estuvo rodeada de todo tipo de problemas. Parte de la misma se rodó durante el verano más caluroso en Alemania en veinticinco años, bajo unas temperaturas que fundieron la maqueta de la Torre de Marfil y estropeaban con frecuencia el equipamiento. Las secuencias filmadas en platós y estudios especiales se encarecieron tanto como para que se optase por recortar gastos eliminando otras escenas importantes que brillaban en el libro. Y Michael Ende, el autor de la novela original, se pilló tal cabreo al ver el resultado final como para solicitar que se retirase su nombre de la película (en lugar de eliminarlo lo colaron entre los créditos del final, en una fuente de letra minúscula), requerir que le cambiasen el título al film y meterle una demanda a todos los implicados que finalmente perdió. En la cabeza de Ende los directores que hubiese deseado para adaptar a su criatura eran el polaco Andrzej Wajda o el japonés Akira Kurosawa. Apañado iba.

Contrariamente a lo que dice una popular leyenda urbana, el caballo que hacía de Artax no se ahogó durante la escena del pantano. Aunque sí llegó a desquiciar a sus entrenadores y al realizador, porque no es nada fácil convencer de manera lógica a un rocín para que meta el morro bajo el agua y simule que se está ahogando.

Tirarse desde este arbolito fue lo menos doloroso que tuvo que hacer Hathaway. Imagen: Warner Bros.

Waterworld contra la lógica de Kevin Costner

A mediados de los noventa Kevin Costner se encaprichó con producir una versión en chanclas y bañador de Mad Max. Una aventura titulada Waterworld y ubicada en un futuro postapocalíptico donde la mayor parte del planeta estaba cubierta de agua por culpa de unos casquetes polares a los que les había dado por derretirse. Pero la verdadera catástrofe navegaría más allá de los límites del celuloide, porque la producción de aquel film se convertiría durante años en el manual ideal sobre cómo no hay que hacer las cosas.

El asunto ya comenzó mal con un Costner (que además de estrella principal también ejercía como productor) con el ego muy subidito que decidió prescindir de un realizador tan competente por aquel entonces como Robert Zemeckis (¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Regreso al futuro, Forrest Gump) para colocar en la silla del director a su amigo Kevin Reynolds. Se trataba de un fichaje con enchufe teniendo en cuenta que actor y director tenían cierto colegueo desde años atrás: Reynolds se encargó de colar a Costner en el reparto de la película ¿Dónde dices que vas?, de echarle una mano y ofrecerle consejo cuando el actor se puso al mando de Bailando con lobos, y de dirigir cintas protagonizadas (Robin Hood: príncipe de los ladrones) o producidas (Rapa Nui) por el artista.

Waterworld. Imagen: Universal.

Con el proyecto en marcha comenzó a fraguarse el desastre. Waterworld requirió de la construcción de un gigantesco set flotante de mil toneladas de peso en el océano Pacífico, bastante alejado de la costa hawaiana. Un decorado cuyo montaje agotó todo el acero disponible en Hawái obligando a importar más material de California, y una decisión que se convertiría en un gigantesco dolor de cabeza para todos los que curraban en el lugar. Emplazarse en medio del mar supuso costear a una flota de barcos y lanchas para que transportasen diariamente al equipo desde la costa hasta el plató y viceversa. Viajecitos recurrentes agravados por el hecho de que en aquel gigantesco y carísimo set a nadie se le había ocurrido instalar un retrete, y por tanto a cualquiera que le apeteciese hacer de vientre sentado sobre cerámica, en lugar de enseñando el culete a la fauna marina, le tocaba comerse una travesía en embarcación hasta el mundo civilizado.

Pero lo mejor de todo es que a nadie se le ocurrió revisar los pronósticos del tiempo antes de construir en aquella zona el gigantesco atolón que ejercería de escenario. Porque de haberlo hecho a lo mejor habrían descubierto que se trataba del peor lugar posible para colocar un montón de hierros a flote al ser una ubicación azotada por vientos de setenta kilómetros por hora y con un temporal especialmente agresivo. Como consecuencia de tan astuta previsión el rodaje se canceló en numerosas ocasiones durante los vendavales más belicosos, los aires del Pacífico arrastraron con frecuencia las instalaciones obligando a contratar embarcaciones para remolcarlo todo, y un par de huracanes destrozaron por completo el decorado, que tuvo que ser reconstruido de nuevo.

Pero los desperfectos en la decoración eran solo la parte más aparatosa de la montaña de desgracias que inundaron el rodaje. Porque las actrices Jeanne Tripplehorn y Tina Majorino (que contaba con nueve años en aquella época) casi se ahogan rodando una escena durante los primeros días de la producción. Un doble de acción de Costner, el afamado surfero Laird Hamilton, se perdió en el mar durante horas hasta que fue localizado por un helicóptero. El coordinador de las escenas submarinas, Norman Howell, sufrió una embolia gaseosa tras una inmersión fallida. Más de cincuenta miembros del equipo tuvieron que ser atendidos por médicos al sufrir enfermedades y mareos diversos. Varios extras anónimos casi acaban reposando en el fondo del mar y el propio Costner estuvo a punto de diñarla tras participar en una secuencia donde se hundió el barco a cuyo mástil estaba atado por exigencias de la historia. El guion fue reescrito y revisado por más de treinta y seis script doctors, entre los que se encontraba un Joss Whedon (guionista de Buffy, Toy Story y director de Los Vengadores) que definió el trabajo como «siete semanas en el infierno, trabajando como el escenógrafo mejor pagado del mundo» a pesar de asegurar que Costner era un señor bastante amable, y también un señor al que no le podías tocar los cojones modificando las partes del guion que había escrito personalmente. Tripplehorn explicó que le obligaron a llevar los mismos roñosos andrajos que vestía en la película durante seis meses. Majorino sufrió tantas picaduras de medusa como para que la apodasen Jellyfish Candy (chuchería para medusas). El compositor Mark Isham fue despedido antes de empezar a darle forma a la banda sonora. Y el equipo al completo comenzó a sentir cierta aversión por un Costner superstar que, mientras ellos estaban alojados en cochambrosas casas prefabricadas, se hospedaba en un apartamento costero de lujo, con chef personal, piscina privada y soltando cuatro mil quinientos pavos por noche.

Dennis Hopper se hizo con el Razzie 1996 al peor actor de reparto gracias a Waterworld. Imagen: Universal.

Kevin Reynolds y Kevin Costner acabaron peleándose durante la producción y el cineasta (que recordemos, era un amigo personal del artista) optó por abandonar el rodaje dejando la dirección en manos del actor para que finalizase el trabajo de edición por su cuenta. En su momento Reynolds declaró que «Kevin Costner solo debería de participar en películas que él mismo dirija. De ese modo podría trabajar con su actor favorito y también con su director favorito». Diecisiete años más tarde, ambos señores hicieron las paces y colaboraron de nuevo en la miniserie de tres capítulos Hatfields & McCoys.

El periodista Quentin Curtis resumió la producción de Waterworld con números y guasa: «Inversión personal de Costner: 22 millones de dólares; duración del rodaje: 220 días; empleados trabajando en el decorado: 300; número de matrimonios rotos: 8 (incluyendo el de Costner; coste del acuerdo del divorcio de Costner: 80 millones de dólares; número de personas que confiaban en la elección de Kevin Reynolds como director: 0». La película inicialmente iba a ser una cinta de baja estofa, Roger Corman se negó a producirla porque pintaba demasiado cara, hasta que llegó la Universal y le endosó un presupuesto inicial de 100 millones de dólares. Tras todas las desavenencias sufridas los costes del rodaje sumaron 165 millones (la cifra más cara invertida en una película en aquella época) que se convirtieron en 235 millones de pavos una vez sumados los gastos de distribución y promoción. Waterworld no resultó rentable hasta que comenzó a venderse la edición en Blu-ray, en 2009. A lo mejor si Costner no hubiese despilfarrado el dinero en construir un escenario en el peor sitio imaginable, en ampliar el aeropuerto de Hawái para recibir el utillaje necesario del que se había encaprichado y en contratar a un equipo de efectos especiales para que disimulasen digitalmente su calvicie en cada plano, el proyecto no habría naufragado de manera tan espectacular.

John Waters contra el mundo

Pink Flamingos de John Waters fue esa película a la que le daba igual todo, aquella que la revista Daily Variety calificó como «Una de las películas más viles, estúpidas y repulsivas jamás hechas» otorgándole al producto una de las mejores campañas publicitarias de la historia (la frase, junto a otras similares de diferentes medios, se utilizó para los carteles promocionales). Una cabalgata del mal gusto que  tan pronto bromeaba con la zoofilia, el secuestro, la violación o la venta de bebés como mostraba escenas explícitas donde su flamante protagonista, la drag queen Divine, masticaba una caca de perro real o felaba a su hijo en la ficción. Además de lucir tantas virtudes, Pink Flamingos también fue un ejemplo exquisito de cómo afrontar lo que hubiera sido un rodaje infernal por culpa de un presupuesto inexistente. El director del departamento de arte de dicha película explicó que el coste de la escenografía había sido de doscientos dólares invertidos de la mejor manera posible: «Con la mitad del dinero compramos una caravana, y con la otra mitad la decoramos. Y en cuanto nos quedamos sin pasta nos dedicamos a robar cosas». Toma nota, Kevin Costner.

Pink flamingos. Imagen: Saliva Films.


Pedro Rivera: «El cómic, el cine y la literatura me han ayudado a tener una mente abierta»

Pedro Rivera Barrachina (Cartagena, 1974) es licenciado en Derecho por la Universidad de Murcia y desde 2016 forma parte del Consejo de Gobierno de la CARM, primero como consejero de Fomento y actualmente como consejero de la Presidencia. Firme defensor de la justicia gratuita ejerció como letrado y luego como coordinador del turno de oficio del Colegio de Abogados de Murcia.

Pedro nos recibe en su despacho presidencial y a primera vista ya observamos que esta entrevista no se va a centrar en cuestiones políticas. Las paredes, tapizadas con láminas y pósteres de cómics y películas clásicas, nos muestran la admiración del consejero por personajes como Tintín, Corto Maltés o Alack Sinner.  También por Ransom Stoddard, Sherlock Holmes o Atticus Finch, del que se confiesa admirador y quien a la postre le ha inspirado su nick en Twitter.

Alfonso Zapico dedicó un ejemplar de su Dublinés al consejero de la Bande Desinée del Gobierno de Murcia. ¿Cómo es la relación de consejero de la Presidencia con el consejero de BD?

Me gusta mucho Alfonso Zapico. Y me encantó esa dedicatoria que me hizo. Soy un apasionado del cómic en general desde que tengo uso de razón y no lo oculto, como puedes ver en mis redes sociales e incluso en la propia decoración que adorna mi despacho en la Consejería. De las distintas corrientes existentes, la que más me gusta es la europea y dentro de ella el cómic franco-belga. Empecé a leer precisamente con los álbumes de Astérix y los de Tintín y a partir de ellos me interesé por otros cómics.

¿Por qué el cómic franco-belga tiene tanta riqueza y goza de tan buena salud y el cómic español no?

Es una buena pregunta y creo que la respuesta pasa por la conciencia que tienen los propios lectores respecto del cómic. En España el cómic, o tebeo como lo hemos llamado tradicionalmente, se ve como un arte menor y encuadrado dentro del mundo del entretenimiento, con minúsculas. Sin embargo, tanto en Francia como en Bélgica, los lectores lo equiparan a la literatura y ya desde los años sesenta comienza a ser objeto de investigaciones y estudios académicos. En cualquiera de los dos países es prácticamente imposible entrar en una casa sin que haya un cómic; es un regalo habitual y tiene lectores en todas las franja de edad. No es infrecuente ver en librerías de cómic especializadas a niños con sus abuelos. En su momento se dio el salto de considerar el cómic como un mero entretenimiento a verlo como un arte capaz de producir obras muy interesantes. Tal es así que  podemos encontrar cómics en cualquier librería o museo. En España, sin embargo, el cómic está entrando en las pinacotecas ahora precisamente: los museos del Prado, Reina Sofía o el Thyssen le han dedicado exposiciones e incluso han editado cómics.

Hay un dato muy curioso y revelador y es que este proceso de prestigio de los cómics en nuestro país comienza sacándolos de los quioscos, que era donde se vendían habitualmente, para llevarlos a las librerías. Y esto se ha conseguido pasando a denominar determinadas obras con el término novela gráfica, ideado por Will Eisner, que se ha demostrado muy eficaz. En el momento en que la gente ve una publicación en una librería generalista con una edición bien cuidada se supera la dificultad inicial. En cualquier caso hay mucho que hacer todavía. Está ayudando también en España que se haya creado el Premio Nacional de Cómic, un prestigioso galardón que concede el Ministerio de Cultura.

El año pasado lo ganó la obra El paraíso perdido del ilustrador Pablo Auladell y escoció un poco en el mundo del cómic.

Pablo Auladell es un dibujante extraordinario y es verdad que hubo algo de polémica con la obra porque su formato se asemeja más a un libro ilustrado.  Ahora bien, me pregunto por qué se ha generado esa discusión cuando el cómic, del mismo modo que ocurre con otras artes, no se debe encorsetar. Eso sí, veo positivo que se entable ese debate precisamente entre críticos, porque ayuda a la consideración del cómic como el arte que es.

Estudiaste derecho y tu nick en twitter es @pedroatticus. ¿Cuándo descubriste Matar a un ruiseñor? ¿El cine influyó en tu decisión de hacerte abogado?

Pues yo diría que sí. Matar a un ruiseñor es una película  que a mí me impactó mucho cuando la vi. De hecho hace poco presenté la película en un ciclo de la Filmoteca Regional que se llamaba La película de tu vida donde invitan a personas de la Región de Murcia de distintos ámbitos a elegir un filme que para ellos haya sido importante en su vida. Mis dos películas preferidas son El hombre tranquilo, de John Ford y Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan. El hombre tranquilo ya había sido escogida, y aunque tengo especial debilidad por ella por encima del resto, pensé que en realidad a mí vitalmente me había influido mucho más Matar a un ruiseñor, por el personaje de Atticus Finch. En todos mis lugares de trabajo siempre ha habido una imagen de Gregory Peck interpretando a Atticus. Como podéis ver, tengo aquí en el despacho el cartel de la película. En mi vida profesional he procurado regirme por una ética intachable y Atticus Finch siempre me ha inspirado en mi ejercicio como abogado. También es el padre que me gustaría ser para mis hijas.

Fuiste coordinador de la Comisión de Turno de Oficio y Justicia Gratuita de la Comunidad. ¿Es la justicia igual para todos los españoles?

Efectivamente, tuve el honor de coordinar durante ocho años el turno de Oficio del Colegio de Abogados de Murcia y ser el representante en la Comisión de Justicia Gratuita de la Región de Murcia de los tres colegios de abogados de nuestra comunidad autónoma: Murcia, Cartagena y Lorca. Durante ese tiempo pude constatar la importancia que tiene el turno de oficio y la justicia gratuita para que la justicia sea igual para todos. El abogado de oficio tiene una cualificación y una profesionalidad incuestionable: se le exige llevar varios años ejerciendo la abogacía y realizar unos cursos de especialización para poder acceder al turno. Gracias a esos abogados se puede decir que las personas sin medios, sin recursos, tienen la posibilidad de defenderse ante los tribunales de justicia en igualdad de condiciones que el resto de ciudadanos. Son grandes profesionales. Estoy muy orgulloso del trabajo de mis compañeros y de haber sido letrado del turno de oficio.

«La libertad de expresión no es patrimonio de nadie. Es de todos y la seguiré ejerciendo. Le pese a quien le pese». ¿Es una frase de Valtonyc?

Es una frase mía que escribí como reacción a varios comentarios injuriosos vertidos en redes sociales sobre cierto tema que había generado polémica. Me gustan las redes sociales, especialmente Twitter, y suelo utilizarlas para comunicarme. Respeto todas las opiniones por distintas que sean, pero siempre con un límite, los derechos de la otra persona. Las cosas dichas con respeto enriquecen, aunque no nos gusten. La libertad de expresión es un derecho fundamental que tenemos todos y que hemos de defender. Pero ciertos comentarios injuriosos y calumniosos no se deben consentir. Hay veces que en las redes sociales la gente, incluso con sus propias identidades, traspasa esos límites sin darse cuenta que están utilizando un medio de expresión público.

El eternauta fue una obra censurada por la dictadura Argentina desde 1976. Además fue la causa del asesinato y la tortura de su autor, H. G. Oesterheld. Actualmente, Mauricio Macri también la ha prohibido en las escuelas por el supuesto adoctrinamiento que puede provocar su lectura. ¿Qué te pareció este cómic? ¿Crees que los cómics pueden adoctrinar?

Oesterheld fue uno de los desaparecidos durante la dictadura argentina, posiblemente fuera torturado y asesinado. Sigo preguntándome y seguiré preguntando, como hacen muchos, ¿dónde está Oesterheld?

Oesterheld era maravilloso. Como guionista fue absolutamente extraordinario, estaba dotado de una gran sensibilidad. El hecho es que lo que Oesterheld escribía molestaba a algunos porque ejercía su libertad de expresión y además lo hacía con belleza. Sus cómics siguen siendo actuales. Los valores que Oesterheld muestra en su Eternauta son valores positivos y universales. No sé qué pudieron ver en la dictadura argentina para entender que Oesterheld era un peligro. Lo que él contaba consigue emocionarte todavía años después de su muerte. Si han prohibido el cómic en Argentina es un craso error porque ni los cómics ni los libros adoctrinan motu proprio.

¿En esa línea no te parece que el cómic tiene un elemento subversivo que va un poquito más allá que el libro?

Puede que tengas razón y se dé ese componente más subversivo en el cómic que en otros medios. En cualquier caso es un medio de expresión que da pie, como ocurre con el resto, a realizar cualquier tipo de planteamiento ideológico. Y no hablo necesariamente del cómic satírico pues hay muchos autores, por ejemplo Oesterheld, que hacen una crítica política muy interesante, consiguiendo despertar conciencias y hacernos reflexionar y pensar. Escuchar solo lo que quieres oír y lo que tú piensas es lo más cómodo, pero no te aporta nada. Conocer lo que opinan quienes tienen ideas distintas a la tuyas te enriquece. Y a mí el cómic, el cine y la literatura me han ayudado a tener una mente abierta. Otro de mis autores preferidos, que me han marcado mucho a la hora de desarrollar un pensamiento crítico, es Hugo Pratt. Su Corto Maltés representa a ese tipo de persona libre, que no se casa con nadie y que cuando interviene en los acontecimientos lo hace siempre poniéndose del lado del más débil. Los guiones de Pratt son un canto a la aventura y a la libertad, a lo que contribuyen, sin duda, los paisajes en los que ambienta gran parte de sus historias: la mar, la sabana, las estepas siberianas…

Otro gran personaje es el Capitán Trueno de Víctor Mora. ¿Tiene algún parecido con Corto Maltés?

Creo que llegué demasiado tarde al Capitán Trueno porque es un personaje de una época muy anterior a cuando yo empecé a leer cómics, aunque conservo algunos álbumes guionizados por Victor Mora y dibujados por Ambrós. Sí que diría que comparte elementos y valores con Corto Maltés porque vive aventuras por todo el mundo, participa en acontecimientos históricos importantes de su época y porque entra en relación con los débiles para ayudarlos.

Corto Maltés destaca por esa forma de ser silenciosa con la que contempla la realidad que le rodea.

Corto Maltés recorre uno de los períodos más interesante del siglo XX: desde la Primera Guerra Mundial hasta su desaparición en la Guerra Civil Española, a la que Hugo Pratt llamó la última guerra romántica. Yo, sin embargo, niego que se la pueda denominar así porque en ella se usaron armas muy destructivas y se cometieron grandes infamias por ambos bandos. En cualquier caso, es cierto que la Segunda Guerra Mundial superó a ambas y las armas que se emplearon causaron una muerte y una destrucción como jamás había conocido el ser humano. Esa guerra jamás le habría gustado a Corto Maltés vivirla.

Respecto de su papel en el mundo que le toca vivir, hay quien ha definido a Corto Maltés como una especie de Doctor Who, que se mueve por distintos lugares y acontecimientos como actor pero no protagonista, más bien como personaje secundario. Está en la sombra y su intervención siempre es discreta, se pone de lado de los débiles, sí, pero apenas actúa, y si toma partido en algo su actuación nunca es determinante en la producción del hecho histórico destacado al que está asistiendo. Lo mismo ocurre con el Capitán Trueno. La diferencia entre ambos es el carácter cínico, descreído, del marinero frente a Trueno. Aunque hay quien diría que el Maltés es un cínico pretendido que en el fondo es un héroe…

Hablábamos de que el cómic no adoctrina.

A ver, cualquier obra puede ser utilizada para adoctrinar, todo depende de quién y cómo la explique. Lo importante es que los chicos en el colegio puedan, además de leer literatura, acercarse al cómic a través de distintas obras bien seleccionadas que puedan ayudarles a pensar, a plantearse cosas, a formar un pensamiento crítico, en definitiva.

Desde luego estoy en desacuerdo con que el Eternauta sea una obra que adoctrine. Contiene un mensaje muy potente acerca de la importancia de la colectividad, del grupo frente a una amenaza exterior representada por una invasión alienígena. Es cierto que tras la lucha de la especie humana contra esa invasión se esconde una segunda lectura, la de la lucha contra la dictadura y es ello lo que hacía temer a los militares argentinos. No sé si la prevención del gobierno de Macri irá en la misma línea de no querer que la gente identifique determinados gobiernos con ese poder frente al que ha de luchar el pueblo. En cualquier caso no lo entiendo porque sus políticas no tienen nada que ver con las dictaduras que tanto rechazaba Oesterheld.

Como cartagenero conocerás bien la historia del Cantón de Cartagena que se declaró independiente de España en 1873 e incluso pidió su adhesión a Estados Unidos con tal de no caer en manos del gobierno de Madrid. ¿Es Cartagena una aldea irreductible como la de Astérix?

La historia del Cantón de Cartagena es un episodio histórico muy curioso. Si queréis acercaros a él recomiendo leer Mister Witt en el cantón de Ramón J. Sender.

El cartagenero comparte con los galos de la aldea de Astérix un firme orgullo por su tierra y sus tradiciones. Y no le faltan razones para ello porque Cartagena es una ciudad maravillosa con casi tres mil años de historia y que tiene unas potencialidades tremendas. Además de ser el centro industrial de la Región de Murcia es uno de sus principales motores turísticos.

También habéis tenido al alcalde más chulo de España.

Es una lástima que de Cartagena se haya estado hablando en medios de comunicación nacionales por las impertinencias, groserías y otras salidas de tono del que fue dos años alcalde de nuestra ciudad. Alguien que llegó a Cartagena merced a una carambola pues su partido no ganó las elecciones de 2015, sino que las ganó el Partido Popular. Sin embargo llegó a un pacto con el PSOE para «repartirse» la alcaldía dos años cada partido. Un extraño pacto contra natura que acabó como el rosario de la aurora entre el anterior alcalde y la actual alcaldesa, que gobierna en solitario una ciudad de más de doscientos mil habitantes con tan solo seis concejales de un total de veintisiete. El resultado ha sido que estos cuatro años se han perdido completamente para el municipio. Sin embargo, estoy convencido que tras las elecciones la cosa va a cambiar para mejor.

La Cartagena de entre 1960 y 1970 era una Cartagena pobre donde la gente no decía que tenía vacaciones, decía «estuve de permiso», era una Cartagena donde siempre había un uniforme detrás de todo. ¿En qué se parece esa Cartagena a la Cartagena de ahora?

Pues se parece bien poco. Recuerdo perfectamente la crisis espectacular que Cartagena sufrió de finales de los ochenta hasta mediados de los noventa por la desafortunada confluencia de varios factores: el servicio militar obligatorio desapareció, cerraron varias empresas públicas importantes que había en Cartagena y se produjo también la llamada desindustrialización de la zona. Eran los principales motores económicos de la ciudad, Cartagena se hundió en una depresión tremenda y parecía que no iba a levantar cabeza. Sin embargo, desde el año 95, coincidiendo con la llegada del Partido Popular al gobierno regional y al ayuntamiento, la ciudad experimentó una transformación espectacular. Me atrevo a decir que hay pocas ciudades de España que hayan tenido una metamorfosis tan importante, tan extraordinaria, tan revolucionaria como Cartagena en los últimos veinte años.  Ahora es una ciudad nueva, distinta y eso es un hecho que está ahí y que se puede constatar perfectamente.

Cartagena hizo algo importante como Barcelona: abrirse al mar. El  derribo del muro que delimitaba la zona del puerto comercial fue revolucionaria. Con él desapareció una barrera que impedía que la gente pudiera pasear frente al mar. Se trasladó la actividad comercial del puerto a otra zona y se transformó en lugar de paseo y de recreo, situando allí el puerto deportivo y conectando la explanada del puerto con el eje principal de las calles más emblemáticas del centro histórico de Cartagena. Se han recuperado los más importantes edificios modernistas y junto con la recuperación del teatro romano, se ha conseguido que Cartagena sea una ciudad de gran interés turístico. Se añade además la apuesta del gobierno regional por el turismo de cruceros que hace que lleguen a Cartagena miles de turistas, casi doscientos treinta mil en 2018.

Eres fan de Eduardo Mendoza. ¿Sigue siendo Barcelona la ciudad de los prodigios?

La ciudad de los prodigios es mi novela preferida de Eduardo Mendoza, uno de los autores españoles que más me gusta. Y Barcelona es una de las ciudades en las que me hubiera gustado vivir. Soy un enamorado de Barcelona. El problema de Barcelona, y de Cataluña, es la irresponsabilidad de muchos de sus políticos que han generado artificialmente un problema donde no existía, convenciendo a muchos catalanes de la falacia de que el resto de España les robaba para ocultar así su pésima gestión en unos casos así como  la corrupción de muchos de sus dirigentes. Es una lástima y espero que en Cataluña las cosas vuelvan a su cauce, pero va a ser un proceso largo porque llevamos casi dos generaciones con un adoctrinamiento constante a través de la educación y la televisión pública que recuerda a la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la que se sometía desde el nacimiento a los niños a adoctrinamiento durante el sueño, empleando drogas y técnicas hipnóticas. Ello ha hecho que Barcelona haya pasado en apenas unos años de tener una vocación de polis cosmopolita a desarrollar planteamientos de aldea.

Aprendiste a montar en bicicleta en el mar Menor. ¿Tuviste allí algún verano Diabolik? ¿Llegaste a vivir esos veranos de tres meses donde todo iba lento?

Un verano Diabolik es un cómic fantástico, con un dibujo de Alexandre Clérisse muy pop que ilustra un gran guion de género negro a cargo de Thierry Smolderen; ganó el premio al mejor thriller en el prestigioso Salón de Angouleme. Lo recomiendo.

Los veranos de mi infancia no se asemejan, afortunadamente, a los sucesos narrados en aquel. Los recuerdo con mucho cariño y se asocian con La Manga del Mar Menor. Y sí, tengo grandes recuerdos de paseos por La Manga en bicicleta con mis amigos, recorriéndola de arriba a abajo. Aquellos largos y cálidos veranos comenzaban el 20 de junio cuando acababan las clases y terminaban casi a mediados de septiembre cuando volvíamos al colegio.

Al vivir en Cartagena y tener la suerte de tener mi familia una casa en La Manga podíamos disfrutar de esos veranos porque nuestro padre, los días que estaba trabajando podía ir y venir cómodamente en el día. Lo mismo ocurría con Semana Santa, que se acaba convirtiendo en una semana de cerca de diez días junto al mar Menor…

Es un estilo de vida que se nos ha olvidado, ahora parece que las vacaciones tengan que ser un apresurado tres días aquí, tres días allá, y a ser posible irme a Cancún o Japón…

Hoy día ya no son posibles esos veranos y las vacaciones son muy distintas. Creo que probablemente el cambio tiene que ver con el papel que desempeñaban nuestras madres. La mayoría de ellas eran amas de casa que sacrificaron en muchos casos su vida profesional para estar en casa y dedicarse íntegramente a cuidarnos como ocurrió con la mía y la de muchos de mis amigos.

Lo habitual hoy en día es que trabajen fuera de casa tanto el padre como la madre, lo que ha condicionado completamente el modo de disfrutar las vacaciones y la duración de las mismas.

Eso sí, lo que hemos perdido por un lado, lo  hemos ganado con creces por otro, pues la incorporación de la mujer al mundo laboral ha sido un importante elemento transformador de la sociedad y nos ha enriquecido mucho. A mis dos hijas, que aún son pequeñas, les digo constantemente que tienen que estudiar y trabajar muchísimo para poder hacer en su vida lo que quieran y no depender absolutamente de nadie.

Por cierto, si tienen niñas, recomiendo que les compren Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes de Elena Favilli y Francesca Cavallo, editado por Destino sobre mujeres extraordinarias.

El mar Menor es la mayor laguna litoral de todo el Mediterráneo occidental y se está muriendo, a pesar de tener siete figuras de protección. ¿Cuál es su futuro?

El mar Menor es una de las joyas de la corona de la Región de Murcia, un patrimonio no solo de los murcianos, sino de todo el país. Hay muy pocas lagunas en el mundo como ésta. Entre 2015 y 2016 la transparencia del mar Menor, una de sus características más propias, dio paso a una turbidez verdosa que apenas permitía ver unos centímetros como consecuencia de la proliferación de pequeñas algas que se estaba produciendo en la zona por distintas causas, según apuntaban los científicos.

El gobierno regional se encontró con esta situación  y no se quedó quieto, abordó el problema tomándoselo muy en serio. Se creó, en primer lugar, un comité de expertos para analizar el estado de la laguna, cuáles eran las causas que habían provocado esa situación y, sobre todo, cuáles eran las medidas para revertirla y que en el futuro no volviera a producirse. Tanto se ha hecho desde entonces que la situación actual del mar Menor es radicalmente distinta. La transparencia y visibilidad han mejorado ostensiblemente y lo dice todo el mundo, no hay más que venir a verlo y a disfrutarlo. Hoy día es, probablemente, la laguna más analizada y estudiada desde el punto de vista científico que existe. Somos optimistas en el gobierno regional, pensamos que va a ir todavía a mejor y lo que hemos hecho es adoptar las medidas necesarias para que no vuelva a repetirse. Quizá esto se pueda ver como un aviso importante para que todos nos detengamos a pensar que es una especie de ser vivo que requiere respeto, cuidado y mimo.

En mayo de 2016 te nombran consejero de Fomento por «tus inquietudes intelectuales y tu formación jurídica», con dos retos enormes: el nuevo aeropuerto y la llegada del AVE ¿Cómo están ambos proyectos?

Cuando el anterior presidente de la Comunidad Autónoma me ofreció incorporarme a su equipo no me lo esperaba, era algo que no estaba en mi horizonte. De hecho esa semana tenía varios juicios. Pero me pareció un reto tan interesante, que no supe decirle que no, a pesar de carecer de experiencia política. En ese momento había varios proyectos estratégicos que se encontraban estancados, entre ellos la llegada del AVE y la apertura del nuevo Aeropuerto Internacional de la Región de Murcia, que ya estaba construido pero se encontraba inmerso en una especie de laberinto jurídico, con varios nudos gordianos que cortar, que no permitían su puesta en marcha. Finalmente y gracias a un extraordinario trabajo de equipo salió a concurso la explotación del aeropuerto por los próximos veinticinco años resultando adjudicataria AENA. El pasado 15 de enero fue inaugurado por su majestad el rey.

El aeropuerto es una infraestructura absolutamente imprescindible para aumentar el número de turistas que vienen a nuestra Comunidad Autónoma. El anterior aeropuerto era una infraestructura militar con un uso  autorizado civil pero incapaz de desarrollar todas nuestras posibilidades de crecimiento de turistas. Este aeropuerto es capaz de llegar a los cinco millones de turistas al año y creemos, desde luego, que va ser un auténtico revulsivo para nuestro turismo. Tenemos muchísima confianza en esta infraestructura.

Respecto al AVE, se llegó a compromisos importantes con el anterior gobierno para que en el año 2019 estuviera absolutamente operativo, sin embargo el gobierno de Pedro Sánchez lo ha retrasado.

¿La vía ya está hecha?

Lo único que queda es la electrificación de la vía, que es precisamente lo que permite la circulación de trenes de Alta Velocidad. Y se ha paralizado. Algo absolutamente incomprensible porque la Región de Murcia es, junto a Extremadura, la única región de España que no tiene un solo kilómetro de línea férrea electrificada. Tenemos el mismo trazado del siglo XIX. El AVE nos hubiera permitido saltar, automáticamente, del siglo XIX al siglo XXI, en materia de infraestructuras ferroviarias.

Una ciudad como Murcia que tiene cerca de cuatrocientos mil habitantes, la séptima ciudad de España, carece de AVE mientras que otras muchas ciudades mucho más pequeñas de España sí cuentan con red de Alta Velocidad. Es una infraestructura absolutamente necesaria que iba a estar operativa en 2019, como estaba negociado y acordado con el anterior gobierno del PP, el de Mariano Rajoy. Sin embargo, de una manera absolutamente incomprensible, cuando se produce el cambio de gobierno se cambia de planes.

¿El famoso muro?

El verdadero muro lo constituyen las vías del tren que llevan más de ciento cincuenta años rompiendo, marcando como una cicatriz la ciudad y separándola en dos mitades. Es una herida abierta en la trama urbana y se iba curar precisamente con la llegada del AVE. Era el AVE el que iba a permitir que se soterraran todas las vías del tren a su paso por la ciudad de Murcia y eso iba a ser así, estaba pactado, había presupuesto, licitaciones abiertas y obras. De hecho, ya se había iniciado el soterramiento de las vías. La idea inicial era que mientras se ejecutaba el soterramiento se iba tender una vía paralela para que provisionalmente discurriera por ella todo el tráfico ferroviario, incluido el AVE. Y habríamos tenido AVE en la ciudad de Murcia funcionando en 2019. Tras la moción de censura, el gobierno socialista cambió los planes y frenó las obras para que llegara directamente soterrado, algo que se producirá, como pronto, en 2022.

Eso sí, los trenes van a tener que seguir circulando por una vía provisional que estará separada de los barrios por las mismas pantallas, muro les llaman algunos, que iban a colocarse para el AVE. Pero no tendremos AVE. Es algo kafkiano. Creo que es un error que vamos a lamentar mucho los murcianos porque el AVE hubiera sido un importante catalizador de la actividad económica de toda la región. Una infraestructura que no era solo para que lo usáramos nosotros, sino para que llegaran turistas. Se había calculado que podrían llegar a multiplicar por cuatro el número de viajeros. Imagínese lo que es eso para una ciudad como Murcia desde el punto de vista turístico y empresarial. Es un error muy grave del que los murcianos nos vamos a resentir por una decisión meramente electoralista del PSOE sin valorar el interés general.

En abril de este año López Miras hace la primera remodelación de su ejecutivo y dejas Fomento para llevar Presidencia. ¿A qué se debe el cambio?

En mi caso, comencé en el gobierno de Fernando López Miras como Consejero de Presidencia y Fomento. En aquel momento había dos proyectos importantes, la apertura del nuevo Aeropuerto y la llegada del AVE que estaban por concluir y decidió que era conveniente que el equipo que estaba trabajando en ellos y que mejor los conocía pudiera continuarlos. Quizás por mi formación jurídica añadió la Consejería de Presidencia a mis funciones para ayudarle a coordinar la acción de gobierno.

Luego decidió reconfigurar el gobierno volviendo a dotar a Fomento de una consejería específica que se centrara exclusivamente en el impulso y desarrollo de los proyectos estratégicos de infraestructuras. Y yo continué en Presidencia. El presidente ha querido que en su gobierno se conjugue la política con la experiencia profesional y ha procurado que todos sus consejeros tengan una trayectoria profesional que pueda aportar experiencia a la acción de gobierno. En cualquier caso, las razones últimas de los cambios solo las conoce el presidente, que es quien tiene esa prerrogativa de conformar el gobierno. Yo solo puedo dar las gracias por la confianza depositada pues es un honor servir a todos los ciudadanos de la Región de Murcia.

Explícanos qué hace la Consejería de la Presidencia de un gobierno regional.

La Consejería de Presidencia tiene sus propias competencias en materia de seguridad ciudadana, emergencias, acción exterior, Unión Europea, cooperación o administración local y luego tiene una parte de relaciones institucionales en general y con la Asamblea Regional en particular, preparar los contenidos de los consejos de gobierno y la coordinación de la acción de gobierno, es decir, ayudar a que se desarrollen todas las políticas marcadas por el presidente de la Comunidad. Para un jurista es una consejería muy bonita. Está siendo una experiencia apasionante.

La CARM va a convocar 8194 plazas de empleo público la mayoría para el Servicio Murciano de Salud. ¿Cuál es la salud del SMS?

La mejora de los servicios públicos es una de las principales prioridades del gobierno del presidente López Miras. Y ello a pesar de que somos la comunidad autónoma peor financiada de todas merced a un sistema de financiación muy injusto. Los presupuestos generales de la comunidad autónoma destinan ocho de cada diez euros a sanidad, a educación y a servicios sociales. A sanidad, en concreto, cuatro de cada diez. Contamos con uno de los mejores servicios sanitarios regionales. Las valoraciones que hacen los ciudadanos del servicio murciano de salud son muy positivas en cuanto a la calidad del servicio y la atención recibida por sus profesionales.

Tú has sido profesor de la UCAM. ¿Qué opinión te merece esta universidad privada?

En la Región de Murcia contamos con dos magníficas universidades públicas, la Universidad de Murcia y la Politécnica de Cartagena y con una universidad privada, la Universidad Católica de San Antonio.

He sido profesor del Máster de Acceso a la Abogacía, tanto en la universidad pública como en la Universidad Católica de San Antonio. En ambos casos impartía asignaturas relacionadas con la deontología profesional así como la materia correspondiente a la asistencia jurídica gratuita y turno de oficio, precisamente por mi condición de responsable en el colegio de abogados durante ocho años de esa materia.

El gobierno regional entiende que el hecho de que haya tres universidades nos enriquece. Respecto de la Universidad Católica, cuenta con miles de estudiantes y está generando miles de empleos directos e indirectos, está apostando por la investigación y también por el deporte, llevando el nombre de la Región de Murcia más allá de nuestras fronteras. Todo ello justifica que reciba el reconocimiento y apoyo del gobierno regional.

Uno de los mejores divulgadores científicos españoles es el investigador murciano de la UM José Manuel López Nicolás, autor de Vamos a comprar mentiras: alimentos y cosméticos desmontados por la ciencia. ¿Conoces su trabajo?

Conozco a José Manuel. Es un tipo genial y uno de los mejores divulgadores científicos del momento. Consigue explicar la ciencia de una manera muy amena. Y además es un gran fan de Star Wars y de Tolkien.

En tus redes sociales siempre estás animando a la lectura, sin embargo Murcia tiene los índices más bajos de lectura en prensa y libros. ¿Qué se hace para fomentar la lectura desde la comunidad?

La lectura es una de mis pasiones desde pequeño. En casa ya no me caben más libros. Además de ser un placer es muy importante para aprender a expresarte, adquirir vocabulario y, por supuesto, para conformar un pensamiento crítico.

Conscientes de esa importancia, desde el gobierno regional estamos desarrollando un ambicioso plan de fomento de la lectura que está dando muy buenos frutos y que tiene su epicentro en las bibliotecas públicas. La Región de Murcia tiene una red de bibliotecas muy interesante y cuenta con una biblioteca regional, en la ciudad de Murcia, con unos magníficos fondos, no solo de libros sino también de películas, series y documentales. Y su comicteca es una de las más importantes de España.

Sé que te gusta Jiro Taniguchi. ¿Sueles acudir al Salón del Manga de Murcia o te pilla mayor tanto cosplay?

Suelo acudir cada año con mis hijas al Salón del Manga de Murcia, un certamen que se ha consolidado como uno de los mejores del país. Al igual que me ocurre con la literatura y el cine, no me encasillo en géneros con el cómic. Hay buen cómic franco belga, americano, español…y también hay muy buen manga, que es como los japoneses denominan al cómic. Dentro de él hay histórico, para adolescentes, más intimista, de acción, de ciencia ficción… Tengo bastante manga en casa y hay dos autores de los que he comprado prácticamente todo lo que se ha publicado en España, que son Osamu Tezuka, al que se conoce como el padre del manga y, por supuesto, Jiro Taniguchi, que es mi preferido. Lamentablemente ha fallecido recientemente, dejándonos huérfanos a millones de lectores.

Taniguchi es un poeta, cada una de sus viñetas es como un cuadro. Creo que es el más europeo de los dibujantes japoneses. Tiene un dibujo muy limpio que entra muy bien por los ojos y sus historias son pura poesía. Utilizo a Taniguchi para introducir a la gente en el mundo del cómic. Barrio lejano o El almanaque de mi padre, son dos de sus mejores novelas gráficas y son perfectas para regalar a una persona con inquietudes que nunca ha leído cómic.

Taniguchi tiene un éxito gastronómico: El gourmet solitario, ¿lo conoces? Como asociado al Murcia Club Gourmet, ¿cómo recomiendas el arroz? Ojo con lo que contestas que el lobby de la paella valenciana en Jot Down es tremendo.

También he leído El gourmet solitario, por supuesto. Combina dos de mis grandes pasiones, el cómic y la gastronomía.  Respecto de la paella, y que me perdonen los valencianos, me quedo antes con cualquiera de los arroces que se hacen aquí en la Región de Murcia, en especial con el caldero, el arroz con verduras o el de conejo con caracoles. Cuando quieras entablamos un duelo gastronómico al respecto. El guante está lanzado.

¿Cómo surgió el Murcia Club Gourmet?

El gusto por la buena mesa es la que nos llevó hace ya más de diez años a tres amigos a fundar un club gastronómico, el Club Murcia Gourmet. Hoy tiene cerca de cuarenta socios que una vez al mes visitamos un restaurante en la Región de Murcia al que le pedimos que nos presente una cena con un menú degustación con los platos más significativos de su carta maridado con vinos. Tenemos una página web que tiene un gran número de visitas y se ha convertido en una auténtica referencia de la Región de Murcia para buscar y conocer nuevos restaurantes. Somos muy respetuosos con los restaurantes que visitamos, hacemos crónica de la cena, con fotografías de los platos y luego hacemos una valoración atendiendo a varios parámetros, como maridaje, servicio, presentación del plato….

Al mejor restaurante visitado le damos un premio, que se llama Mursiya Mezze, dos vocablos en honor a dos civilizaciones que han tenido una gran importancia en la historia de la Región de Murcia: Mursiya es como llamaban los árabes a Murcia y Mezze es un término fenicio que significa degustación de platos con distintos sabores, colores y texturas.

Me encanta disfrutar de una buena mesa con buenos productos, bien regados con buen vino pero, sobre todo, acompañado de buenos amigos. En la Región de Murcia tenemos unos vinos excelentes, unas frutas y hortalizas espectaculares y también buen pescado y buenas carnes. El turismo gastronómico está en auge y es uno de los grandes valores, de los grandes activos que tiene nuestra comunidad y en el que estamos trabajando mucho desde el gobierno regional para reforzarlo.

En tus palabras «Somos lo que somos por quienes nos rodean». ¿Es una frase aplicación universal?

Sin duda alguna. La escribí en cierta ocasión pensando en mi buena suerte por contar con la familia y los buenos amigos que tengo. El problema es que muchas veces, por la vorágine de la vida, no eres consciente de ello. A mí me pasa demasiado. A veces has de pararte, mirar a tu alrededor, dar las gracias por lo que tienes y disfrutarlo.

En un duelo sacado de un spaghetti western de Sergio Leone, ¿quién ganaría? ¿La gamba roja de Águilas o el langostino del mar Menor?

Me haces una pregunta muy complicada, porque me he criado en el mar Menor pero desde que me casé con María, mi mujer, veraneo en Águilas donde ella ha veraneado toda la vida. No me atrevo a elegir ninguno de los dos pues son dos productos absolutamente extraordinarios, únicos. Lo que si haré es invitar a los lectores a acudir a la Región de Murcia a disfrutar de ambos y de la gran cantidad de productos del mar que podemos ofrecerles. No se arrepentirán.

¿El excomisario Villarejo daría para personaje de cómic? ¿Quien tendría que dibujarlo? ¿Podría ser un villano de Superlópez, de Marvel o de Mortadelo y Filemón?

Villarejo ha sacado a la luz lo peor del Estado, sus cloacas. Tanto en mi condición de abogado como de político me repugnan esas prácticas. Cuesta creer que puedan producirse cosas así en un Estado de derecho como el nuestro.

Respondiendo a tu pregunta, lo que se ha conocido por los medios parece más bien una combinación de lo más cutre del Anacleto de Vázquez con lo más miserable de los personajes del dibujante francés Vuillemin.

Durante la construcción del Parador de Lorca permitió sacar a la luz la Sinagoga de la Judería. ¿Por qué es tan importante esta sinagoga?

Porque a diferencia del resto de las sinagogas halladas en Europa nos ha llegado prácticamente como fue diseñada en el siglo XIV, además de que en ella solo se ha celebrado la liturgia hebrea. Es algo único que merece ser visitado. Se encuentra en la zona de la antigua judería de Lorca. Actualmente el ayuntamiento está intentando integrar a la ciudad en la Red de Juderías de España. Si se consigue será un auténtico revulsivo para el turismo de Lorca y de la Región de Murcia.

¿Has leído Maus de Art Spiegelman?

Por supuesto. Y varias veces, pues me interesa mucho la cultura y la historia de los judíos y dentro de esta última, la Shoah, el Holocausto. Un horror como no ha conocido otro igual la historia de la humanidad pero que muchos todavía se atreven a negar, por un antisemitismo que no acaba de desaparecer de la vieja Europa. Creo que Maus es una obra que debería de estudiarse en los colegios.

Para acabar, recomienda a los lectores un cómic y un motivo para visitar Murcia.

Voy a recomendar dos La balada del Mar Salado de Hugo Pratt y El almanaque de mi padre de Jiro Taniguchi.

Y respecto de la Región de Murcia os diré que es una tierra maravillosa donde puedes encontrar todo lo que buscas, desde una costa magnífica a un paisaje interior absolutamente extraordinario, combinado con una de las mejores gastronomías de España y con una gente muy amable y muy acogedora.

No puedo darte un solo motivo porque literalmente hay mil. Te costará irte de aquí y volverás seguro si vienes. Venid, no os defraudará.


La Roma de Audrey, el poema de Keats

Vacaciones en Roma (1953). Imagen: Paramount Pictures.

Los ricos también lloran. Y se cansan. Y se aburren.

Se aburren de las cosas normales. De los asuntos comunes y corrientes que aburren a cualquiera. Pero a veces también se aburren de ser ricos, de igual forma que los reyes, en algunos casos, se aburren de ser reyes. Hasta la vida más singular se vuelve monótona cuando se integra en ese manto de uniformidad que es la rutina. Cuando todos los días son el mismo día. No importa lo amplia y lujosa que sea la jaula del hámster si su existencia, a fin de cuentas, se reduce a dar vueltas una y otra vez en la misma rueda.

«Yo no. Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar muerto», dice Holly Golightly en Desayuno con diamantes. Capote sabía que la rutina consiste precisamente en habituarse. En vivir anestesiado por la fuerza de la costumbre. Y sabía que esa fuerza únicamente se quiebra con lo inusual. Con lo raro. Con lo extraordinario. Sin olvidar que aquello que es extraordinario para algunos es ordinario para otros y viceversa, del mismo modo que lo que para un individuo resulta exótico puede ser frecuente y vulgar para el de al lado —por algo en Tailandia a la comida tailandesa la llaman sencillamente «comida»—. De ahí que a nadie le extrañe que lo extraordinario para un rey, especialmente para uno aburrido de serlo, esté formado por lo popular y lo mundano.

Esa es la historia que se cuenta en Vacaciones en Roma. La de una princesa que desea ser plebeya. La versión en negativo de La Cenicienta de Charles Perrault. Como Holly Golightly en Desayuno con diamantes, pero exactamente al revés. Es una historia contada innumerables veces —tiene razón Borges en El oro de los tigres: «Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas»—. La princesa Anna, atiborrada de rutina y de agenda y de protocolo, necesita sacudirse de encima la realeza y descubrir en qué consiste la vida de una chica normal. Como el príncipe Eduardo en El príncipe y el mendigo de Mark Twain. Como Sigfrido en El lago de los cisnes. Como la princesa Jasmín en Alladin. Como la misteriosa amiga griega de Jarvis Cocker —posiblemente, Danae Stratou— en «Common People» de Pulp.

Pero el personaje de Audrey Hepburn no descubre la injusticia, ni la desigualdad social ni la corrupción del sistema, como el príncipe de Mark Twain. Vacaciones en Roma no quiere esconder esa clase de moraleja. La princesa Anna solo ansía comerse un helado en la piazza di Spagna; cortarse el pelo en los aledaños de la piazza del Popolo; divertirse en una verbena próxima al Castel Sant’ Angelo. Quiere experimentar la mundanidad y saborear el anonimato. Descubrir qué se siente siendo uno más, sin llamar la atención de todo el mundo.

Y así empieza a disfrutar con la tranquilidad de una conversación en una terraza, con el entusiasmo de los comerciantes y los compradores en el mercado, con el vértigo de un trayecto a bordo de una Vespa. Siempre hay algo emocionante y exótico en la cotidianidad cuando se trata de la cotidianidad de otros. Cuando nos es ajena pero se nos permite entrar un ratito a husmear. Y la princesa Anna, durante sus breves vacaciones de día y medio en Roma, descubre que se ha enamorado de esa otra cotidianidad que no es la suya.

Y de pronto se da cuenta de que se le da bien ser una chica corriente. De que no le resultaría difícil valerse por sí sola. De que incluso estaría dispuesta a probar. Pero llega un momento en que la realidad la sujeta por una oreja y la obliga a regresar a la normalidad. Una normalidad atiborrada otra vez de rutina y de agenda y de protocolo. Una normalidad de doncellas y asistentes personales. Una normalidad de palacio. Y en ese cuento de hadas invertido y antagónico que es Vacaciones en Roma suenan por fin las doce campanadas de medianoche. Y el relato de la princesa que desea ser plebeya, como no podría ser de otra manera, por oposición al original, termina sin felicidad.

Sin embargo hay algo paradójico en toda esta historia. Algo que quizá tenga que ver con la propia magia de Vacaciones en Roma. Y es lo mucho que en realidad se acercó la intrahistoria de la película al estereotipo de relato de princesas del que su trama tanto se esforzó por huir. Porque si alguna vez ha habido un proyecto de Hollywood obligado a ser un poco la Cenicienta, una producción cinematográfica que, a pesar de los obstáculos del destino, ha acabado convirtiéndose en una de esas películas que reinan para siempre en la historia del cine desde su estreno, siendo todos felices y comiendo perdices, esa es Vacaciones en Roma. Encarnando en este caso los directivos de Paramount Pictures a las malvadas hermanastras y a la madrastra de la criatura.

Todo fueron impedimentos desde el principio. Los derechos para filmar la película pertenecían a Liberty Films, una compañía fundada por Frank Capra que, al hallarse en serios apuros financieros, fue absorbida por Paramount. Y la primera medida de los nuevos productores, como suele ocurrir en estos casos, fue reducir considerablemente el presupuesto. El propio Capra había decidido dirigir personalmente la película, pero al descubrir que contaría con mucho menos dinero del que creía, confesó que no se veía capaz de sacar adelante el proyecto. Cuentan las malas lenguas que en realidad tomó la decisión cuando se enteró de que el guion no había sido escrito por Ian McLellan Hunter, sino por Dalton Trumbo, perseguido por el Comité de Actividades Antiestadounidenses —lo que le habría supuesto a Capra ser relacionado con los «Diez de Hollywood»—, pero nunca ha habido evidencias de que ese fuese el verdadero motivo de su decisión. En todo caso, Vacaciones en Roma dejaba de ser el nuevo proyecto del oscarizado director de Sucedió una noche, Caballero sin espada, Vive como quieras y Qué bello es vivir. Las cosas parecían torcerse incluso antes de empezar.

Pero fueron a peor. El elegido para dirigir la película sería William Wyler, quien ya había firmado alguna gran cinta como La loba y constituía una apuesta segura —aunque todavía no había dirigido Ben-Hur—. Algún tiempo antes, Wyler y el resto de miembros del Sindicato de Directores Estadounidenses se habían reunido en el hotel Beverly Hills de Los Ángeles para decidir la postura que debía adoptar la agrupación con respecto a las conocidas como «listas negras» y «caza de brujas» propias del macartismo. Un sector de los participantes, liderado por Sam Wood y Cecil B. DeMille, se mostró claramente a favor de los métodos y principios del Comité de Actividades Antiestadounidenses —que, al depender de la Cámara de Representantes, no guardaba relación formal con los procesos desarrollados por el senador McCarthy, pero sí compartía los mismos objetivos—, lo que provocó cierto malestar en el conjunto del sindicato. Ante dicha reacción, Wood se apresuró a manifestar públicamente que tal vez hubiese una infiltración comunista en el Sindicato de Directores, lo que fue duramente reprobado por William Wyler. Debido a lo enrarecido que estaba el ambiente en Hollywood, este decidió proponer a Paramount que todo el rodaje de Vacaciones en Roma se realizase en la capital italiana, lejos de la lupa del macartismo. La productora aceptó trasladar toda la producción a Italia, pero a cambio de nuevas restricciones en el presupuesto.

Y la primera gran víctima de la política de austeridad de Paramount Pictures fue el color: la película debía ser filmada en blanco y negro para abaratar costes. Wyler ya había tomado la decisión de rodar en Technicolor, pero el traslado a Roma —que en todo caso garantizaba una mayor autenticidad de la historia narrada en la película— estaba condicionado a la aceptación de una serie de recortes. Que la película fuese en blanco y negro incluso podría tener un lado positivo, llegaría a pensar Wyler, ya que los escenarios y paisajes de la capital italiana no adquirirían demasiado protagonismo y no deslucirían las soberbias interpretaciones que a buen seguro realizarían Elizabeth Taylor y Cary Grant. Y justo ahí es donde se produjo el siguiente problema. Uno que dejaría el tema del color en una mera contrariedad sin importancia: con el nuevo presupuesto, no había posibilidad de contratar a Elizabeth Taylor, quien además se acababa de incorporar a otro proyecto; tampoco a Jean Simmons, la siguiente de la lista y con quien también se produciría un problema de agenda; ni siquiera a la tercera de las opciones que se manejaban, la canadiense Suzanne Cloutier. Habría que conformarse con una actriz totalmente desconocida y que, por consiguiente, tuviese un caché muchísimo menor.

Y la elegida para esa película que se llamaba Vacaciones en Roma y que cada vez se parecía menos a lo que debía ser Vacaciones en Roma fue Audrey Hepburn, una jovencísima chica belga que acababa de iniciar su prometedora carrera como actriz en Londres hacía apenas dos o tres años y que en ese momento se encontraba interpretando el musical Gigi en Broadway. Wyler vio las pruebas de cámara que se le realizaron expresamente para la película y enseguida decidió que ella sería la princesa Anna. Pero cuál sería su sorpresa cuando Cary Grant, de cuarenta y nueve años de edad, se negó a interpretar a Joe Bradley al descubrir que doblaba la edad de su compañera, lo que, en su opinión, le haría parecer un viejo pervertido en lugar de un galán. Wyler hizo lo que pudo para convencer al actor de que no abandonase el proyecto, pero no lo consiguió. Hubo que encontrar con urgencia a un sustituto y el elegido fue Gregory Peck, quien casualmente deseaba dar un vuelco a su carrera con un proyecto como el que se le estaba planteando.

Finalmente, la película escrita por Ian McLellan Hunter que se iba a rodar a todo color en Estados Unidos con Frank Capra a los mandos y Elizabeth Taylor y Cary Grant como pareja protagonista era ahora una película ideada por el proscrito Dalton Trumbo que debía conformarse con ser rodada en blanco y negro en Italia bajo la dirección de William Wyler y una desconocida Audrey Hepburn como actriz principal junto a Gregory Peck. Lo tenía todo para ser la Cenicienta de la era dorada de Hollywood. Y tal vez fue precisamente eso lo que la salvó. El hecho de que todos los cuentos de hadas, incluso cuando consisten en la aventura de una película que aspira a integrar la categoría más alta y es obligada a aceptar un rango inferior, acostumbran a terminar con un final feliz.

Y a partir de ahí, el final del cuento es historia. Gregory Peck se quedó tan asombrado con el talento de aquella chica recién llegada a la industria del cine que pidió a Paramount Pictures que incluyesen su nombre al lado del suyo al principio de la película, antes del título, como si se tratase de una estrella consagrada. Estaba convencido de que ganaría el Óscar por aquella interpretación y no se equivocaba. Como tampoco se habían equivocado los productores con la idea de Dalton Trumbo, cuyo argumento también fue premiado con un Óscar que, sin embargo, y debido a su inclusión en la lista negra de Hollywood, no pudo acudir a recoger —aunque se le entregó una réplica a su esposa en 1993, diecisiete años después de la muerte del guionista—. William Wyler fue nominado a mejor director y mejor productor, de igual forma que el genial Eddie Albert fue nominado a mejor actor de reparto. La célebre diseñadora Edith Head fue nominada al Óscar a mejor vestuario y logró llevarse a casa el galardón. En la actualidad, Vacaciones en Roma todavía está considerada como una de las mejores películas de siempre y algunas de sus escenas, como la del paseo en Vespa de Hepburn y Peck o la conversación de ambos frente a la Bocca della Verità, forman parte de la historia del cine.

Personalmente, yo me quedo con un momento del largometraje en el que, a propósito de la relación inicial de Joe Bradley y la princesa Anna, se dice casi todo con muy poco —algo en lo que, en el fondo, también consiste el arte de narrar—. Durante el primer encuentro entre los dos personajes principales, se produce una leve discusión sobre quién es el autor de un determinado poema. Él acaba de decirle a ella que, si su intención es dormir con él en su habitación, debe hacerlo en el sofá y no en la cama, a lo que ella contesta recitando unos versos: «Arethusa arose / from her couch of snows / in the Acroceraunian mountains». A continuación, la princesa Anna se refiere a John Keats como autor del poema —pésimamente traducido en la versión en castellano, por cierto—, a lo que Bradley objeta que el autor es Percy B. Shelley. Muy seriamente, ella insiste en que el autor es Keats, pero Bradley, que no parece tener gran interés en ganar la discusión, le repite que es Shelley. Para cuando ella reitera que el autor del poema es Keats, él ya está abandonando la habitación, evitando contestarle a pesar de tener razón.

Siempre me ha parecido que esa escena refleja con maestría la condescendencia de quien cree hallarse ante un estorbo en lugar de ante aquello que estaba buscando. Es el proceso inverso al del príncipe que recorre el reino con el zapato de cristal. Una actitud que, de hecho, se vuelve diametralmente opuesta cuando Bradley descubre que la chica que duerme en su habitación es en realidad la princesa.

En el fondo siempre he sentido cierta lástima por el personaje de Hepburn en esa escena. Así que, aunque no tenga razón, aprovecho este artículo para ponerme de su parte y afirmar que el poema de Vacaciones en Roma, en efecto, no es de Shelley. A partir de ahora y por lo que a mí respecta, en la Roma de Audrey, el poema es de Keats. Y ese será mi particular final feliz.


El tigre de Tarzán (II): La función 32

El compromiso (1969). Imagen: Athena Productions.

(Viene de la primera parte)

Donde terminan los cuentos

La inmensa mayoría de las películas del cine comercial anterior a los años setenta terminaban con un beso. Los protagonistas, coloquialmente denominados «el chico» y «la chica», se encontraban por azar, él la cortejaba de manera más o menos explícita, superaba algún tipo de prueba o peligro y acababa «conquistándola». Y la rendición se sellaba con un beso, que inevitablemente daba paso a la palabra FIN, puesto que después de aquel ósculo definitivo —y definitorio— no quedaba nada por contar: se daba por supuesto que los protagonistas serían felices comiendo perdices, y la felicidad ajena no interesa a nadie. Beso y final.

Es evidente el paralelismo de las historias del tipo «chico encuentra chica» —que hasta hace poco eran casi todas y siguen siendo mayoría— con los cuentos maravillosos tradicionales. Y el beso final se corresponde claramente con la función 31 de Propp: el héroe se casa y asciende al trono. Dicho en términos más coloquiales y modernos, el chico triunfa y se liga a la chica.

Incluso algunas películas clásicas que parecen sustraerse al tópico del beso final, en realidad restituyen su mensaje en forma de perífrasis. En la última escena de El mundo en sus manos (1952), de Raoul Walsh, Gregory Peck maneja el timón de su nave con una arrobada Ann Blyth entre los brazos, mientras Anthony Quinn —por si la imagen y el propio título del filme no fueran lo suficientemente explícitos— nos anuncia que el protagonista «tiene el mundo en sus manos».

Inciso: como detalle curioso y seguramente interpretable, aunque no es el momento, el título original de la película es The World in His Arms, lo que significa que para los angloparlantes el mundo es principalmente la chica (o sea, el amor), que es lo que está entre los brazos del héroe, mientras que para los hispanoparlantes el mundo es el timón (o sea, el poder), que es lo que está en sus manos. Fin del inciso.

Tanto los cuentos maravillosos tradicionales como las innumerables películas que repiten su esquema básico terminan donde empieza la vida adulta: son —aunque no solo eso— ritos de iniciación, y por ello se alude coloquialmente a los protagonistas de los filmes como «el chico» y «la chica», aunque hayan dejado muy atrás la adolescencia.

¿Y en qué consiste la vida adulta? Hasta hace muy poco solo había una opción «respetable»: casarse y tener hijos, crear una familia, y la única alternativa socialmente admitida era el sacerdocio o el monacato. Alguien que permaneciera célibe más allá de los cuarenta se convertía en un «solterón» o una «solterona», un tipo raro —cuando no sospechoso— en el primer caso y una pobre infeliz que no había sido elegida en el segundo. La familia era «la célula de la sociedad», en palabras de José Antonio Primo de Rivera, y familia no había más que una: la nuclear patriarcal, la que todas las dictaduras han utilizado y potenciado —por no decir impuesto— como forma de control social, empezando por la Iglesia.

Pero la estadística —por si no bastara el sentido común— demuestra que, en muchos, muchísimos casos, el matrimonio no es un final feliz, y menos aún el comienzo de la felicidad eterna. Sobre todo para las mujeres, para las que la familia nuclear patriarcal ha sido durante siglos —y para muchas sigue siéndolo— una solapada prisión domiciliaria. En muchos, muchísimos casos, el verdadero final feliz, el comienzo de una vida propia, es el divorcio. Sobre todo para las mujeres, que antes tenían que enviudar para librarse del yugo marital; pero en los treinta años que van de La viuda alegre (1905) a La alegre divorciada (1934), se gestó un cambio radical, una revolución permanente —el feminismo— que se convertiría en la gran fuerza transformadora del siglo XX y lo que va del XXI. Función 32: el héroe y la heroína —verdadera protagonista por primera vez— se divorcian.

Abdicación

¿Y qué pasa con el trono? Si la ficticia felicidad del matrimonio se supera, o cuando menos se relativiza, con el divorcio, ¿cómo se supera el ficticio empoderamiento vinculado a la creación de un hogar? ¿Cómo se abdica del cargo de «cabeza de familia» o de «ama de casa»? Se podría pensar, ingenuamente, que el mero hecho de romper el vínculo matrimonial pone fin a las funciones asociadas a él; pero los conceptos de éxito y de realización personal que nuestra sociedad nos inculca desde la cuna están tan profundamente arraigados que la tendencia a reproducir los roles familiares solo se puede contener mediante un esfuerzo deliberado y consciente; de lo contrario, quien haya tenido que renunciar a ser cabeza de familia intentará compensarlo siendo un ejecutivo agresivo o un donjuán, y la ex ama de casa buscará otros ámbitos a regentar u otras personas a las que cuidar para sentirse necesaria y querida.

Una significativa parte de la novelística posterior a la Segunda Guerra Mundial y del cine de los últimos cincuenta años gira, de forma más o menos explícita, alrededor del tema —la función— de la abdicación: el abandono meditado o compulsivo de supuestos roles de poder y de prestigio. Como pioneros de esta desencantada tendencia cabría citar un par de filmes de culto protagonizados por el incombustible Kirk Douglas: Dos semanas en otra ciudad (1962), de Vincent Minelli, y El compromiso (1969), de Elia Kazan. Y precisamente el compromiso personal, la responsabilidad de elegir, es lo que empieza donde termina el trillado camino de los cuentos.

(Continua aquí)


Miguel Bosé: «Soy europeo, cartesiano y profundamente latinoamericano»

Con esa barba cana en punta y revuelta, la osamenta facial marcada, dura, y unos ojos perfilados de negro profundos como dos dagas persas, Miguel Bosé podría ser tanto una estrella de la música como un severo pastor luterano o un gentilhombre del Greco. Aquellos rasgos agudos de juventud, esa cara icónica de los tiempos de la modernización española, se mantienen pero entornados, con más rincones, envueltos en la mística del tiempo. Bajo su americana negra, Mickey Mouse nos recuerda sonriente, estampado en la sudadera que se ha vestido esta mañana en vísperas de un concierto en Miami, que este señor es, también, un padre entregado a sus dos parejas de gemelos. El artista está de nuevo embarcado en una gira, Estaré, que lo tiene recorriendo sin pausa Latinoamérica y Estados Unidos y lo llevará en verano de vuelta a España. A sus sesenta y un años, Miguel Bosé Dominguín no se detiene.

¿No te fatigas?

No, si te gusta no, en absoluto, al revés. Hay gente que detesta los conciertos, que detesta la vida de la carretera, que detesta incluso ponerse delante del público, y otros como yo —como la mayoría, creo— lo tenemos metido en vena desde hace mucho tiempo. Lo más estimulante es el directo. Es una vida dura, por no decir una vida de mierda, porque no sabes bien lo que va a pasar. Lo único que tienes seguro es que vas a llegar a un lugar y tienes una serie de actividades alrededor, como entrevistas, ruedas de prensa, reuniones, lo que sea, y luego no sabes cuánto vas a dormir, si vas a poder dormir, cuándo vas a comer. Pero es la naturaleza que tiene esta actividad lo que engancha.

¿Cómo mantienes la energía?

Familia. Yo soy italiano, y mi parte italiana me lleva a crear familias. Tengo muchas familias. Tengo mi familia-familia, que es la de origen; la familia que yo he deseado y que me he creado con mis niños; la familia de mis técnicos, la de mis músicos, la de mi agencia, la de mis amigos, la de mis perros. Son todas mis familias y son familias muy numerosas. Yo no sé trabajar sin tener un contacto íntimo con todas y cada una de las personas que son parte de mi gira.

¿Cuidas tu físico?

No lo cuido nada. Me acabo de meter ahora mismo una hamburguesa de dos pisos con queso cheddar, bacon, etcétera. A ver, soy el hombre acordeón. Engordo, adelgazo, y luego ya, cuando tengo crédito, vuelvo a comer. O sea, he perdido la voluntad. Me queda la disciplina, el método, me queda la constancia, me queda el rigor, pero la voluntad, y menos con respecto a la comida, no. Aunque he dejado todos los vicios.

¿No haces ejercicio?

Hago estiramientos, pero por una necesidad felina, por las mañanas, cuando me despierto. Y luego hago inmersión. Soy buzo de profundidad. Lo hago cada vez que puedo.

¿Cuánto bajas?

Tengo licencia para bajar hasta sesenta y cinco metros, pero mi récord son setenta y tres metros en Indonesia, hasta un pecio. Esa vez estaba el agua turbia, con mucho fitoplancton. Cuando entran las corrientes más frías llega la cadena de peces, desde los de menor tamaño hasta el tiburón ballena. Van unos comiéndose a otros, el agua está más turbia y no ves tanto, te quita mucha luminosidad.

Pero eres claustrofóbico.

Pero claustrofobias son muchas las que hay. ¿No conoces los tipos de claustrofobia?

No.

Bueno, una es la de la piel, otra es la de la vista y otra es la del oído. Son muy diferentes. Yo no buceo con calota porque me da claustrofobia. No puedo taparme los oídos. Incluso en Galicia he buceado a once grados de temperatura, con un frío tremendo, en las islas Cíes, sin calota. No puedo, no lo soporto.

¿Cómo han cambiado tu cuerpo y tu mente?

Mi cuerpo aquí lo ves, es obvio que mi caja ha aumentado, mi esqueleto se ha hecho mucho más amplio, y hay determinadas cosas que solo una máquina rebanadora sería capaz de llevárselas. Determinados lípidos que se incrustan, se meten entre el tejido y ya se fosilizan. Espérate a que cumplas cincuenta años. Te acostarás un martes así, habiendo comido pizza y pasta, y el miércoles te vas a levantar con diez kilos más, reventado. Habrás reventado como una bolsa de palomitas de la noche a la mañana, y todos los excesos que hayas cometido, de un día para otro te caen. No te va previniendo, no, no, no. Es de golpe, ¡PLAS!, así, y empezarás a notar que las ITV son necesarias. Es un proceso biológico.

En cambio, la cabeza es todo lo contrario. La cabeza va cada vez más para atrás. Yo soy un creativo, y el que tiene ese proceso mental lo lleva siempre con él. A mí me gusta explorar, y una vez que he hecho una cosa y que la he agotado me gusta pasar a otra. Y siempre descubro algo nuevo, siempre sucede algo nuevo en la música. Eso hace que de alguna manera estés siempre muy alerta y muy despierto, y eso yo creo que rejuvenece. Ten en cuenta que la mayoría de mis amigos, que no sean los de mi infancia, son todos más jóvenes de treinta años. Tengo un entorno muy joven que es mi alimento y un retroalimento también para ellos.

¿Cómo es tu creatividad?

Desordenada, muy desordenada, muy caótica. Yo he compuesto muy pocas canciones de un tirón. Normalmente suelo trabajar muchas ideas que voy relacionando como en un corta y pega, y si luego falta alguna parte la fabrico a medida. Esa parte del proceso es desagradable además, porque estás solo, no hay confrontación. Es difícil en mi caso que entre alguien en ese momento y que me dé opiniones, porque cuando creo no necesito opiniones, lo que necesito es vomitar con urgencia todas las cosas que en ese momento están sucediendo y que necesitan ser vomitadas. Después, una vez tengo armado el núcleo de todo el material sí que me gusta tener un punto de vista de otra gente que me diga: «No toques esto». «Esta parte es floja». «Intenta otra cosa». «Esta armonía es demasiado inteligente, simplifícala». Entonces hay una segunda revisión. Luego ya me meto con las maquetas, las mezclas, la masterización, la producción, etcétera. Pero, repito, el proceso inicial de creación es doloroso, caótico, desolador y lleno de grandes dudas.

Pronto vuelves a España. ¿La echas de menos?

A ver, echo de menos España, sí, y echo de menos Europa, porque España en el fondo es la posibilidad de un París, un Londres, una Roma, un Berlín, ese alimento que existe en el Viejo Continente. Yo soy muy europeo, soy milanés, muy suizo, porque Milán es Suiza, Milán no es Italia. Y de ahí lo que me salva: el método, la disciplina, el sistema.

Cartesiano.

Sí, soy europeo, cartesiano y profundamente latinoamericano.

¿Cómo se engrana lo latino con lo cartesiano?

¡No se engrana! ¡Qué va! Pero eso es lo bueno. Se complementan. Cuidado, y desde Europa y Estados Unidos se tiene la visión de que el resto es todo tercer mundo. Pues mucho más tercer mundo va a ser Estados Unidos a este paso. Chile, por ejemplo, es un país de una estabilidad brutal. Ecuador es un ejemplo de progreso. México es un país maravilloso que funciona mucho mejor que muchos países europeos, incluso. Funciona como un reloj, con una seriedad impecable para trabajar en lo nuestro, y eso es común a toda Latinoamérica. Y en la cesta diaria de los latinoamericanos vienen el pan, la leche, los huevos y el directo, ¿eh? La gente no se lo quita de la boca. Se quita de la boca otras cosas para ir a ver conciertos en directo. Es sagrado. Y sagrados son los artistas. En eso Latinoamérica se asemeja a países como Italia, Francia o Inglaterra. Una vez que un artista es un artista con carrera, una vez está hecho, se convierte en un dios. Se le protege.



¿Por qué enganchaste tanto con México?

Son cuarenta años ya de conocernos. ¿Y por qué enganché con Chile? ¿Por qué enganché con Ecuador o con Colombia o con Perú? ¿Por qué he enganchado con Venezuela? ¿Por qué he enganchado con todos? Con Guatemala, con Costa Rica. Porque son años de presencia. Son generaciones que han crecido con mi música. Soy parte de ellos. Yo alardeo, porque es cierto, de que conozco México mejor que el 90 % de los mexicanos, porque en la época en que yo empecé, en el 77, no había aeropuertos y se viajaba en autobús, de Chihuahua a Chiapas y otra vez para arriba, haciendo palenques que no eran grandes anfiteatros o coliseos como los de ahora, en los que te ponen una alfombra para tapar la arena. Aquellos eran palenques en los que salías a cantar con la sangre de gallo y las plumas en la arena.

Bosé sobre sangre de gallo.

Así es. En palenques que tenían tres o cuatro metros de diámetro. Eso no lo hacían nada más que los mexicanos de raíces, los de música norteña, banda, ranchera y pocos más.

Te habrán pasado cosas extrañas por este lado del mundo.

Bueno, la anécdota más rara de mi vida me ocurrió en Guayaquil. Imagínate esto. Una chica y un chico, novios, fans de Bosé. Llegan, compran las entradas y se ponen a la cola para entrar al concierto. Faltan cuatro horas. Allí están ellos, bajo el sol de justicia y la humedad de Guayaquil, esperando. Y de repente ella oye gritos, ve a la gente corriendo, se gira para mirar a su novio y siente de golpe una enorme presión que la aplasta contra el suelo. A partir de ahí no recuerda nada. Hasta que se despierta en un hospital con la cabeza vendada y le dicen: «Has sido víctima del ataque de una leona». Y le cuentan, además, que su novio se tiró encima de la leona a puñetazos para salvarle la vida. Y le cuentan que luego, una vez que la leona estaba sometida, agarrada, dándole la patita a su cuidador, que se había dejado la puerta abierta al cambiarle la paja y el agua, hubo un valiente, uno de esos hombres muy hombres, que se acercó, sacó su pistola, le pegó dos tiros y se la cargó.

Y ahora tienes tu casa por aquí.

Panamá. Me vine por mis hijos. Cuando nacieron, los dos primeros años me tenía que ir tres meses de gira y se me partía el corazón. No podía. Y decidí irme a un lugar donde pudiera estar con ellos, tener mejor calidad de vida familiar y estar más cerca del trabajo, que en un 90 %, como siempre ha sido desde 1977, ha estado en este continente.

¿Qué debería aprender España de América Latina?

Los españoles somos unos bordes, somos muy bordes. Deberíamos aprender de su lealtad, de su educación, de su respeto. No sé, a mí me gusta mucho, a lo mejor porque soy alumno del Liceo Francés, el llamar de usted, pues lo hago con toda la gente que no conozco. En un taxi, aunque el taxista tenga veinticinco años, le digo: «Oiga, lléveme usted a tal sitio». Me sentiría incómodo haciéndolo de otra forma. Puede que esos modales resulten muy literarios, pero a mí me gustan mucho, y en América todavía existen. Ese respeto, esa buena educación, ese buen trato y esa amabilidad. Son cosas que en España se fueron, se fueron.

¿Antes estaban?

Toda la vida estuvo. Pero como somos tan modernos… Es el típico ejemplo nuestro de modernidad mal entendida. Y eso no ha pasado en Francia, ni ha pasado en Inglaterra, ni ha pasado en Italia, ni ha pasado en ninguna parte. Es ese belenestebanismo tan nefasto.

¿Ves mal a tu país?

Hay países que están peor en Europa, pero lo que nunca perdonaré a Rajoy y su Gobierno es haber privatizado todo lo que con nuestros impuestos habíamos conseguido que fuese justamente repartido en la sociedad, consiguiendo unos estudios públicos extraordinarios, una sanidad pública ejemplar en la cual se fijó Obama, un sistema de vivienda cada vez más mejorado, un sistema de retiro digno. Todo eso que yo entiendo que son deberes del Estado para cualquier ciudadano que nazca entre el suelo y el cielo español. Todo eso que se está yendo a la mierda… A propósito, ¿Esperanza Aguirre ha dimitido ya?

Sí.

¿De verdad? Ha dimitido seis veces ya. Hago una apuesta: a que vuelve.

¿La has conocido?

Me la he cruzado.

¿Hablasteis?

Una conversación breve, cordial, educada. Ella ha construido con dinero público hospitales que luego ha dado para gestión privada a sus amigos. Eso no se lo voy a perdonar jamás al Partido Popular, no se lo voy a perdonar en la vida. Porque esto va a tardar mucho tiempo en recuperarse. Es más, una vez que se entra en esos vicios, que se establecen estos vicios, es difícil sacarlos por muy progresistas que sean los Gobiernos que vengan después.



¿No piensas volver a vivir a España?

Eso dependerá de la familia. A lo mejor cuando tengan diez o doce años llega un día en que les digo, «Chicos, nos vamos a Europa», y ellos me responden, «Ay papi, qué güeva, nosotros preferimos quedarnos aquí, que se está bien con el calorsito tú-sabes». Haré lo que quieran ellos. Uno por ejemplo quiere ser paleontólogo, lo tiene clarísimo. Para él solo existen los dinosaurios, se sabe todos los nombres, colecciona huesos, monta esqueletos. Pues quisiera que fuese a donde estén las mejores facultades de Paleontología.

¿Los otros tres tienen vocación?

Sí, cada uno lo suyo, pero tampoco ahora es muy fiable.

¿Habías imaginado que serías padre?

Sí, lo que pasa es que primero me dije: «Vamos a ver, Miguel, ¿sabes hacer dos cosas importantes, grandes, bien a la vez?». Y me respondí: «¡No!». «Entonces, primero establece tu carrera, y después te metes en la aventura de la familia». Y así sucedió. Pero siempre supe que sería padre y que mi familia sería numerosa. Todas mis familias lo son.

Incluida la de los perros.

Veintitrés.

Tienes veintitrés perros.

Sí.

¿Dónde?

En Madrid. Están en una casa con jardín y hay gente que los cuida. Cuando voy paso tiempo con ellos. En Panamá tengo cuatro niños y creo que es suficiente.

El mes pasado los llevaste a Disney.

Sí, lo pasamos fenomenal. Yo fui cuando tenía diecinueve años y me compré una camiseta parecida a esta que me compré ahora, coloreada, de Mickey Mouse también. Pero lo que más les gustó a mis hijos fue Legoland. ¡Bingo! Porque yo crecí con Lego, con las construcciones danesas originales. Todavía guardo las cajas. Tengo pasión por los Lego y conservo montones hechos hace treinta años y más. Es una colección de Lego y de otras figuras que están en el cuarto de papá, aunque saben que esas no se deben tocar. Tenemos todo eso en común. Y también crecí con las historietas, por ejemplo, de Los Vengadores, que yo leía en cómic y ellos tienen ahora en cine. Un buen día repartieron los personajes de Los Vengadores y a mí me dejaron a Thor, porque tenía el pelo largo y era el más grande. Luego está el pobre del pequeño, que en realidad tiene pasión por Spiderman y siempre que vemos la película de Los Vengadores pregunta por él. Y le digo que el Hombre Araña se ha ido a ver a su tía.

Leí que nombraste la gira Estaré pensando en ellos.

No. Es por la gira. Estaré en México, Estaré en Colombia…

Eso había leído…

No te fíes jamás de lo que escriba la prensa. ¡Jamás!

¿Fake news?

Fake news, specially when it comes to familly. Es un título funcional, idea de mi mánager.

 

¿Qué música estás escuchando?

Lo que más escucho son sesiones DJ hechas online, a veces por gente muy desconocida. En las sesiones DJ es donde está la mayor creatividad hoy por hoy. Pero no solo en cuanto a tendencia, sino en el mundo de la música en general. Me interesa explorar los sonidos que están apareciendo. Esa tarea forma parte al cien por cien de mi producción musical.

¿Cómo está sonando la electrónica?

Hay cosas que no se han ido. El trance, por ejemplo, sigue ahí, hibridado. Igual que el house, que se pensó que iba a desaparecer y para nada, se ha mezclado perfectamente. Incluso hay un cierto retorno del drum&bass, que me encantaría que pegase fuerte.

Eres un arqueólogo de la electrónica.

Sí, pero hago una arqueología hacia el futuro, para repescar, no para ir patrás. Y aparte de eso te diría que escucho poco pop y mucha música clásica. Yo crecí con una educación volcada en la música clásica. Mi madre es una melómana milanesa. Ópera, mucha ópera sonaba en mi casa. Brahms, Debussy, Beethoven y, por supuesto, Bach y Mozart.

Has mencionado dos veces tus raíces maternas. ¿Qué hay de la paterna? ¿Qué tienes del torero Luis Miguel Dominguín?

El carácter. Físicamente soy Bosé. Pero de carácter soy Dominguín.

Tu madre ha dicho que eres «cruel» como tu padre pero más «refinado».

Mi madre siempre tan amable. Menos mal que solo hay una. No, mi padre no era cruel, pobrecito. El marido de Lucía Bosé a lo mejor lo era. Pero eso es cosa de pareja.

¿Y qué es el carácter Dominguín?

Es el arrojo, la osadía. Esa parte de Miguel Bosé tan echada palante o tan plantá. Yo tengo que lidiar con miles de personas todos los días, como un torero. Me acuerdo de cuando me ponía las mallas y mi padre me decía: «Pero, chico, qué haces con esas cosas, que son como de nenaza». Y yo le decía: «¿Y tú? ¡Mira quién habla! ¿Tú no te has visto, que encima llevas lentejuelas? Yo las llevo lisas al menos, pero tú llevas lentejuelas, bordaditos de oro y vas marcando paquete. Con medias rosas, con un moñito aquí detrás… Vamos a ver, maestro, comparado contigo me quedo corto».

¿Qué decía?

Nada. «Qué cabrón…».

No le molestaba tu feminidad.

Feminidad no había, lo que había era mucha androginia, pero feminidad no había. A ver, si tú ves mis fotografías con catorce o quince años, o las de mis hermanas o las de mis amigos, yo no sé qué pasó en la genética de aquella época, pero todos éramos o podíamos ser chico o chica; era una cosa muy genética, no sé si de evolución o qué pasaba, pero algo pasaba. Igual que mis hijos te agarran una tableta o te agarran un smartphone o lo que sea y saben usarlo de inmediato, como si fuera un bagaje generacional, nosotros teníamos esa especie de androginia. Pero, bueno, con mi padre había una enorme complicidad, inmensa. Se divertía muchísimo con lo que yo era, con lo que yo hacía, con lo que decían de mí. Y mucho más porque veía cómo me resbalaban las cosas, algo muy torero también. Estaba superorgulloso de su hijo, no se paraba en nimiedades.

Pero era un señor tradicional.

A ver, mi padre, Luis Miguel Dominguín, públicamente tenía que ser siempre Luis Miguel Dominguín. Igual que mi madre, Lucía Bosé, Miss Italia, actriz, musa del neorrealismo, tenía que ser Lucía Bosé en público. Luego en privado y en familia eran otra cosa muy diferente. Aunque me acuerdo de estar con Isabella Rossellini de niños y decir siempre: «Joder, ¡qué coñazos de madres tenemos!». Y un día alguien nos escuchó y dijo: «¿Cómo? Niños, estáis hablando de la señora Lucía Bosé y de la señora Ingrid Bergman». Y dijimos: «Sí, pero son dos coñazos». Era su madre. Era mi madre. La imagen que daban tenía que ser una imagen coherente con lo que eran y estar a la altura de las expectativas, del misterio, del glamour, de la actitud y del protocolo, sobre todo en aquella época. Hoy salimos todos en chándal al supermercado. Ellos no. Si acaso iban de sport, iban impecables, como una forma desenfadada de salir. Pero ellas sin maquillaje no iban ni a la vuelta de la esquina. Al parque con los niños se iba con gafas, maquillaje, tacón, medias, guantes y bolso.

Creciste entre gente bella. ¿Qué es para ti la belleza?

¿Tú crees que el color azul sabe exactamente lo que es el azul? Yo no sé qué es la belleza. Yo sé qué es el concepto de belleza para mí, pero probablemente no sea el concepto al uso. Para mí una mujer guapa es Anouk Aimée. Por poner una belleza del pasado. Y si te pones a verla, con esos grandes ojos y esa boca enorme no es el canon de belleza, pero para mí eso es belleza, porque además existe algo que viene de dentro; una cierta inteligencia, una sensibilidad, unas emociones. Es un compendio. Y, desde luego, la belleza es algo que se transforma, o se va en el caso del físico. Por propia naturaleza.

Aunque siempre queda un rastro muy potente. Mi madre sigue siendo una mujer bella. Fue, como decía Gregory Peck, «la mujer más bella del mundo». Una vez que fue a Hollywood a recibirla al aeropuerto, al verla aparecer con esa tez cérea que tenía y con ese mechón que le caía perfectamente sobre la cara, contaba él, pensó: «Pobre Bergman, pobre Hepburn, se les acabó la carrera».

¿Es la mujer más guapa que has conocido, tu madre?

Es una de las mujeres más bellas.

¿Alguna otra?

Ava Gardner, que era nuestra canguro de pequeños, cuando éramos niños. Además, cuando se fue a vivir a Londres yo vivía allí también, y estuve con ella casi hasta el final de sus días. Era espectacular. Hasta los pies los tenía perfectos. O Audrey Hepburn. Pequeñita, delgadita, pero tan amorosa. Lauren Bacall también era impresionante, aunque la llamábamos tía Donald porque se nos parecía al Pato Donald.

¿Y el hombre más guapo?

El hombre más bello que yo he conocido es Paul Newman. Era irreal. Reducido en tamaño, pero de una belleza espectacular, le mirases por donde le mirases. Tengo en mente el primer plano de La gata sobre el tejado de zinc donde está él de perfil. Esa gota de lluvia que le cae. Como una estatua griega. Y Zinedine Zidane. También es guapísimo.

¿Cristiano Ronaldo?

No es mi tipo de estética. Es un tío guapo, pero no es el tipo de hombre con el que se me van los ojos.

Al menos en eso le gana a Messi.

Es que Messi es un peluche.

Aparte de la gira, ¿qué otros retos tienes en lo que queda de año?

Uno muy importante es la gala que dirijo de la Fundación Lucha contra el Sida. Empezó en Barcelona hace trece años y este año repite en Madrid, y damos el salto al Palacio de los Deportes. El año pasado recaudamos más de un millón. Todo va destinado a la investigación de la vacuna terapéutica, y depende del dinero que podamos aportarle al doctor Bonaventura Clotet, director de la Fundación, que los avances vayan deprisa.

¿Recuerdas la primera vez que escuchaste la palabra sida?

La primera vez que oí hablar del sida fue por un amigo mío, un modelo de Nueva York que se llamaba Joe McDonald. Era un tipo guapísimo, estupendo, un modelo como esos que se ven hoy pero en los setenta u ochenta. La última vez que lo vi fue en París y estaba bien. Pero más tarde me enteré de que había muerto de sida. Yo no sabía que era gay ni nada de nada. Pero sé que Andy Warhol, que era un cabrón, anotó un día en su diario: «He visto a Miguel y a Joe McDonald juntos. Espero que Miguel sepa dónde se mete». Por esos tiempos ya empezaba a correrse la voz de la enfermedad. Y lo que recuerdo muy bien es que yo mismo fui acusado —valga la palabra— de tener sida varias veces. Una vez lo dijo aquella locutora que falleció, la que vivía en Marbella. Sí, ¿cómo se llamaba?

¿Encarna Sánchez?

¡Encarna Sánchez! Esa. Encarna Sánchez, en su programa, en la radio, con un tipo que escribía en Fotogramas que se llamaba Jorge Fiestas, que también murió. Encarna Sánchez dijo que se había enterado de que Miguel Bosé tenía esa enfermedad «que estaba tan de moda». Le puse un pleito, gané y lo doné a una fundación de niños.

El sida se veía como un delito.

A ver, era peor la sociedad que la enfermedad. Hasta que Magic Johnson no aparece y dice «tengo sida» y en cierto modo se normaliza, la sensación que había era como si aquello fuese un castigo de Dios hacia los drogadictos y los homosexuales. Y, en mi caso, la gente que no tenía huevos de llamarme drogadicto o maricón lo tuvo en bandeja. Dijeron: «Acusado de sida». Recuerdo estar años más tarde rodando en Normandía una película con Bartabas sobre la vida del pintor Théodore Géricault, que muere joven, cayéndosele el pelo. En fin. Yo lo interpretaba y estaba por allí rapado, muy delgado, paseándome vestido con un camisón, y unos fotógrafos me toman unas imágenes que luego se publican. Ahí empezó a correr el bulo de que yo estaba enfermo de sida, a tal punto que un día en Radio Intercontinental a las siete de la mañana se dio la noticia, acompañada por el Réquiem de Mozart, de que el cantante y actor Miguel Bosé había muerto. Y yo rodando en Francia.

¿Qué pasó cuando escuchaste la noticia?

Me llamaron enseguida Mercedes Milá y Pedro Almodóvar.

Te llamaron para decirte que habías muerto.

Sí, para decirme que había muerto y que tenía que decir algo. Mercedes empezaba la semana siguiente un programa nuevo y cambió lo que tenía previsto para empezar entrevistándome a mí. Recuerdo cómo arrancó: «Buenas noches, señoras y señores, empiezo el primer programa de esta serie con una terrible noticia. Se ha anunciado que el cantante y actor Miguel Bosé, mi amigo Miguel Bosé, ha fallecido terminal de sida. Buenas noches, Miguel Bosé». Cambio de cámara y allí estaba yo. Se armó la de Dios. Y desde entonces, entre todos los amigos que perdí por el sida y lo que me había afectado a mí todo aquello, me dije: «Algún día tendré que hacer algo». Y heme aquí.


¿Quién ha sido el mejor padre del cine y la televisión?

El próximo sábado será el Día del Padre y si echamos un vistazo al cine y la televisión de los últimos años no es una figura que tienda a salir muy bien parada. Cuando no es mostrado como un bufón y ridiculizado hasta la extenuación (de eso ya hablamos aquí), es descrito como una figura despótica (también le dedicamos su espacio) o en el mejor de los casos su aportación brilla por su ausencia. Quizá para la mentalidad contemporánea toda autoridad es irremediablemente autoritaria, quizá los guionistas arrastren unos traumas infantiles del carajo o la explicación esté simplemente en que las familias felices no dan juego dramático. Sea como fuere, ahora, para variar, nos fijaremos en los que sí merecen la pena, en aquellos que nos valdrían como un ejemplo a seguir. Allá van unos cuantos para que voten cuál prefieren, o añadan alguno más si lo desean.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Atticus Finch, de Matar a un ruiseñor

Imagen de Universal.
Imagen de Universal.

La autora de la novela, Harper Lee, se inspiró en su propio padre para describir a este abogado viudo de Alabama tan compasivo como firme en sus principios. Todo un héroe kantiano que se debía al dictado de su conciencia y que no desaprovechaba la ocasión de inculcar esos valores a sus hijos: «Uno no comprende realmente a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista… hasta que no se mete en su piel y camina dentro de ella». Nadie pudo haberlo encarnado mejor que Gregory Peck.

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Lincoln Hawk, de Yo, el halcón

Imagen de Cannon Group.
Imagen de Cannon Group.

 

Definida como «la mejor película de pulsos de la historia» es una emotiva historia sobre un padre que enseña a su hijo saberes arcanos que se transmiten de generación en generación, como vencer al macarra del local en un pulso sobre una máquina de pinball. Una de las muchas lecciones de vida que transmite a su hijo, al tiempo que mientras conduce el camión lo vemos ejercitar el brazo con una máquina que ha instalado en la cabina. Eso muy seguro no debe de ser. Pero no importa, la tensión con su suegro crece mientras tanto, pues incomprensiblemente considera que esa no es una buena educación para su nieto, hasta que llegamos al espectacular desenlace: un campeonato mundial de pulsos en Las Vegas con un camión como premio. Qué grande es Norteamérica.

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Julien Doinel, de Los 400 golpes

Imagen de Les Films du Carrosse.
Imagen de Les Films du Carrosse.

El protagonista se empecina en una actitud cada vez más rebelde, siendo cada castigo un aliciente para comportarse peor, aunque su entorno no tenga en realidad ningún interés en amargarle la vida. Su padrastro parece un buen tipo que no se entera ni de los cuernos que tiene, que solo aspira a continuar con su rutinaria vida de clase media, sus pequeñas distracciones y sus batallitas del trabajo durante la cena. No es excepcional, pero hace lo que puede, como tantos otros.

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Furious Styles, en Los chicos del barrio

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

Esta película, culpable para siempre de que Ice Cube diera el salto al cine, nos mostraba un conflictivo barrio de Los Ángeles en el que una mala decisión podía acabar costándote la vida. De ahí que fueran tan importantes las enseñanzas que el personaje de Laurence Fishburne inculcaba en su hijo.

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Vito Corleone, de El Padrino

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

Don Vito es un hombre que siempre se desvivió por su familia, construyó un pequeño imperio con sus manos desde la nada y aún cuando está en lo más alto le parece poco legado para su hijo, para quien siempre tuvo la esperanza de obtener algo mejor, tal como se sinceraba en esta escena. Un padre simplemente ejemplar.

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Bryan Mills, de Venganza

Imagen de EuropaCorp.
Imagen de EuropaCorp.

No deja de ser curioso que un señor de sesenta y tres años sea actualmente la mayor estrella del cine de acción. En su considerable ristra de filmes de la última década siempre está dando patadas y disparos por algún motivo intercambiable y ya confundimos unas con otras, pero sí recordamos que en una es por salvar a su hija adolescente secuestrada. Eso es un padrazo, aunque por edad sería más bien su nieta. El problema es que dicha película, Venganza, tiene una segunda y una tercera parte en las que ocurre lo mismo, así que tampoco le falta razón a Deadpool al señalar que tan buen padre no debe ser entonces.

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Tatsuo Kusakabe, de Mi vecino Totoro

Imagen de Studio Ghibli.
Imagen de Studio Ghibli.

En el cine de Miyazaki nunca encontramos villanos. Todo el mundo es benevolente o tras algún malentendido inicial termina siéndolo y en el caso de Tatsuo, un profesor universitario que se traslada junto a sus hijas a una casa en el campo, queda a la vista desde la primera secuencia. Su carácter es en todo momento amable, generoso y cómplice de los juegos de las niñas y su búsqueda de los duendes del polvo.

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Hal, de Malcolm in the Middle

Imagen de Fox.
Imagen de Fox.

Bryan Cranston interpreta estupendamente ese arquetipo de padre estrafalario y risible que mencionábamos al comienzo, del que Homer Simpson sería su ejemplo más acabado. Pero hay una diferencia sustancial y es que pese a todo no hay desprecio a su figura, que se trata con humor pero sin sarcasmo. A veces es un poco lelo, pero cae simpático y sabemos que es un buenazo. Sobre esta serie y otras muchas ya hablamos más aquí. Del siguiente papel del actor, aunque diametralmente opuesto, también podría decirse que era un buen padre. O al menos cumplía bien con su rol tradicional de proveedor dejando una muy buena herencia.

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Rick Grimes, de The Walking Dead

Imagen de AMC.
Imagen de AMC.

No se distingue por su carácter afable y bromista, pero qué duda cabe de que su hijo Carl lo es todo para él y no habrá peligro que no esté dispuesto a afrontar para protegerlo en ese mundo posapocalíptico que les ha tocado vivir.

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Gwillyn Morgan, de ¡Qué verde era mi valle!

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

«Todo lo que aprendí de niño se lo debo a mi padre, y nunca me enseño nada malo o sin valor. Las sencillas lecciones que me enseñó están tan definidas y claras en mi mente como si las hubiese escuchado ayer». Con estas palabras arranca este clásico de John Ford que le quitó el Óscar a la Mejor Película a Ciudadano Kane. Esta familia de mineros de Gales que siempre reza antes de comer y se dirigen a su progenitor diciendo «padre» hoy nos resultará rematadamente anticuada, pero se les ve felices, que es lo que importa.

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Big Chris, de Lock and Stock

Imagen de PolyGram Filmed Entertainment.
Imagen de PolyGram Filmed Entertainment.

Ser un implacable criminal no está reñido con ejercer de padre ejemplar. Puede que se ganase la vida robando y dando palizas, pero no podía consentir que su hijo dijera palabrotas o jurase, hasta ahí podíamos llegar. Sobre el peculiar actor que lo interpretó, el exfutbolista Vinnie Jones, ya publicamos esto en su día.

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Mason Evans, de Boyhood

Imagen de IFC Productions.
Imagen de IFC Productions.

Este curioso experimento de Linklater tenía algunos defectos su duración y la falta de un guion más definido pero también algunas virtudes muy apreciables. Entre ellas la madurez de mostrarnos una pareja divorciada que no se reconcilia, pero que es consciente del nexo que les une, sus dos hijos. Mason Evans no se desentiende de ellos a pesar de llevar una vida un tanto desnortada y vemos cómo pasan los años, pero él siempre está ahí. Acompañándolos en su crecimiento, dándoles consejos no solicitados sobre su vida sexual y afectiva, preocupándose por sus estudios, enseñándoles a disparar… Lo que todo padre debe hacer, en definitiva. Sobre esta película pueden leer un análisis más detallado aquí.

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Ray Ferrier, de La guerra de los mundos

Imagen de Amblin Entertainment.
Imagen de Amblin Entertainment.

Los personajes que más parecen gustarle a Spielberg son tipos normales capaces de hacer cosas excepcionales, espoleados por el sentido del deber o el amor a su familia. De acuerdo al signo de los tiempos en este caso dicha familia también ha pasado por un divorcio, pero los hijos siguen ahí. Y estos son además bastante insoportables, pero hay que quererlos, qué remedio.

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Lou Solverson, de Fargo

Imagen de FX.
Imagen de FX.

La segunda temporada de esta serie resultó aún mejor que la primera y no hubo en ella un personaje que no fuera memorable. Uno de ellos era Lou, buen patriota que combatió en Vietnam para luego ejercer como insobornable oficial de policía firme con el malhechor y generoso con sus compañeros, que es además un buen hijo, mejor marido y padre ejemplar que siempre tiene tiempo para leer algún cuento a su hija. Es tal dechado de virtudes que uno espera de un momento a otro que se descubra en su sótano una mazmorra con artefactos sexuales infernales, que alguna válvula de escape hay que tener en esta vida, pero nada.

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El wéstern: notas sobre un género difunto

Escena de Centauros del desierto. Imagen Warner Bros. Pictures.
Escena de Centauros del desierto. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Aunque periódicamente algunos cineastas vuelven la mirada hacia el género norteamericano por excelencia, sin lugar a dudas el wéstern murió tiroteado por el siglo XX. Se agradecen, no obstante, briosos intentos de reanimación tales como los de Joel y Ethan Coen en su personal y respetuoso remake de Valor de Ley (2010) o el emotivo tributo al género de Tommy Lee Jones, en funciones de actor y director, en Deuda de honor (2014). Más controvertida es la exhumación reciente de Quentin Tarantino del wéstern. Si en Django desencadenado (2012) logró pergeñar un delirante, hilarante, violento y abigarrado alegato antirracista, en la interminable Los odiosos ocho (2015) confirma su capacidad para la verborrea incesante y la demencia visual más plúmbeas e insufribles.

En cualquier caso, este retorno a los añejos paisajes naturales, los revólveres raudos, el fantasmagórico acecho de los indios, el tintineo de espuelas, las cantinas y sus tragos contundentes y ásperos, el rítmico y majestuoso cabalgar de los caballos y un lejano etcétera polvoriento nos recuerda que una vez existió un universo (geográfico/temporal/iconográfico) creado justo cuando la realidad se convertía en leyenda mitológica. Así lo certificó el crítico André Bazin: «El wéstern es el encuentro de una mitología con un medio de expresión».

Por su parte, el historiador George-Albert Astre, en su canónico Universo del wéstern, escribe: «El wéstern es una de las pasiones contemporáneas más universales. Los innumerables amantes del cine del Oeste en todo el mundo encuentran en él la materialización de una sorprendente mitología, el desarrollo más o menos suntuoso, más o menos esotérico, de un cierto ceremonial: la celebración de una fiesta ritual en la que se consume, en el reencuentro con la libertad de los grandes espacios, una visión irrisoria de las civilizaciones occidentales».

Y el crítico y guionista Ángel Fernández Santos, en el memorable ensayo Más Allá del Oeste, señala el componente ritual del género:

El cine del Oeste expulsa hacia sus contempladores una impresión de equivalencia con algunas ceremonias sociales muy arraigadas. Esto quiere decir que, desde hace casi un siglo, forma parte de la memoria cotidiana de multitudes humanas, como cualquier ritual de convivencia. Al igual que en estos rituales, en el wéstern, la repetición de un patrón ceremonial preexistente no solo excluye la sensación de variedad, sino que la presupone, ya que la identidad reiterada de cada filme es una parte esencial de su originalidad, una singularidad tanto más difícil de alcanzar cuanto más vulnerables son las leyes a que ha de sujetarse.

Leyenda, mito y ceremonia. El wéstern es a una nación bisoña como la estadounidense lo mismo que La Iliada La Eneida a la cultura grecolatina; los poemas épicos medievales, el ciclo artúrico y las novelas de caballería a la sociedad europea: la necesidad de construir un territorio imaginario y fantástico que, de alguna manera, respete una señas de identidad históricas y comunes.

De esta manera, al marco físico reconocible (a pesar de que en ocasiones se presente de manera abstracta) se une una galería de personajes aferrada al imaginario colectivo y con trasunto real: Wyatt Earp, Doc Holliday, Pat Garrett, Billy the Kid, Buffalo Bill, Wild Bill Hickok, Calamity Jane, Jesse y Frank James, Butch Cassidy, Sundance Kid, los jefes indios Gerónimo, Toro Sentado y Cochise… Asimismo, las coordenadas del género definen unos arquetipos y delimitan el desarrollo recurrente de las narraciones: los duelos entre pistoleros justicieros y su némesis encarnada por bandidos despiadados, la lucha de los colonos por establecerse en el salvaje Far West, la aventura de pioneros y buscadores de oro y prosperidad, las refriegas con las tribus indias o los conflictos entre ganaderos y agricultores. Así pues, a partir de la simplicidad de una literatura de quiosco avant la lettre (Zane Grey o James Fenimore Cooper) por una parte, y de todo un arsenal de relatos legendarios por otra, las películas del Oeste se convirtieron en uno de los géneros más populares de un arte eminentemente popular.

scena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Escena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Prueba de ello es que algunos de los estudios apostaron por la producción en cadena de wésterns y, desde los inicios de la industria, un buen número de cineastas se apuntó al pelotón de los especialistas en el género. De los pioneros más audaces, influyentes y brillantes cabe mencionar a John FordRaoul WalshWilliam WellmanCecil B. De MilleAllan Dwan, King Vidor y Howard Hawks.

De igual manera, encontramos a unos actores que supieron encarnar el espíritu del género gracias a unas características físicas y a cierto rictus fatalista acordes con la estética del Far WestJohn WayneJames StewartHenry FondaGary CooperGregory PeckRobert MitchumRichard Widmark y Randolph Scott, principalmente.

Pese a su aparente encorsetamiento, la permeabilidad temática y genérica del wéstern es notable. Amoldado a sus anchuras advertimos la presencia del (melo)drama, la comedia, el thriller, la aventura o el relato gótico. También resulta significativa su capacidad de transmutarse, influir e incluso retroalimentarse. Por ejemplo, Easy Rider (1969) y el subgénero de las buddy movies no dejan de ser wésterns contemporáneo a la manera de Dos cabalgan juntos (1961); Taxi Driver (1976) está concebido como un wéstern urbano con reconocido homenaje a Ford; la saga Mad Max debe al género tanto su iconografía del pistolero errante y abismal como la vibrante planificación de las persecuciones.

Por otra parte, la fascinación por los filmes del Oeste marcó el ciclo samurái de Akira Kurosawa, quien a su vez fue fuente de inspiración para Hollywood. De esta manera, John Sturges versionó Los siete samuráis (1954) con Los Siete Magníficos (1960), mientras que Martin Ritt adaptó Rashomon (1950) en Cuatro confesiones (1964). También la aparición del spaghetti western supuso un revulsivo para la iconografía del género, que se tornó, más si cabe, descarnada, árida, lacónica y letal. A este respecto, la composición de los pistoleros fantasmagóricos de Clint Eastwood debe mucho al «hombre sin nombre» de la trilogía del dólar de Sergio Leone. Personalmente, considero que la única contribución de Leone al wéstern fue esa deuda que Eastwood contrajo con él.

Nacimiento de la épica

El wéstern, en sus primeros balbuceos fílmicos, aparece como documento descriptivo de la vida en el Oeste. Desde 1894 y 1903, las casas de filmación Edison y Biograph realizan una sesentena de filminas documentales que servirán de base al posterior desarrollo y consolidación del género. En cualquier caso, Asalto y robo de un tren (1903), dirigida por el periodista Edwin S. Porter, se considera el primer wéstern de la historia del cine. Porter narra el asalto a un tren, la persecución de los atracadores y la refriega armada entre bandidos y representantes de la ley. Con este simple esquema argumental, las bases genéricas están asentadas. Sin embargo, el crítico Quim Casas, en el ensayo descriptivo El wéstern, subraya la aportación trascendental de Thomas H. Ince:

Incansable e intratable durante el período comprendido entre 1910 y 1925, Ince supervisó o dirigió personalmente cerca de ochocientas películas de distintos formatos, un buen porcentaje de ellas dedicadas al wéstern y ambientadas, por lo general, en la época de los pioneros, colonos y buscadores de oro (…) La capacidad de trabajo de Ince y sus rapidísimos métodos de rodaje le llevarían a construir en solitario uno de los mosaicos wésternianos más complejos de la era silente, apoyado en una poética del paisaje que crearía escuela. Hacia 1913 concibió, con el actor William S. Hart, el personaje de Río Jim, un cowboy de rostro y maneras monolíticos que hizo frente a los otros dos actores emblemáticos del género en esa época de aprendizaje, Gilbert M. Anderson (…) y Tom Mix (un auténtico ranger de Texas que antes de aparecer en una pantalla capturando bandidos ya los había detenido en su trabajo cotidiano).

Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.
Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.

A esta producción pertinaz de wésterns en serie hay que añadirle los cánones narrativos establecidos por David W. Griffith en El nacimiento de una nación (1914). En esta gran producción, que contó con la presencia de John Ford como figurante y de Raoul Walsh como asesino de Lincoln, Griffith marca las pautas sintácticas características del lenguaje cinematográfico clásico y abre las vías para la solidificación del género.

De esta manera, en las décadas de los veinte y treinta del pasado siglo, la industria se afana en la realización de wésterns épicos, epopeyas enmarcadas en paisajes naturales y con el punto de mira argumental centrado en las vicisitudes de pioneros y colonos. La caravana de Oregón (1923), de James Cruze, El caballo de hierro (1924), de Ford, La gran jornada (1930), de Walsh, Cimarron (1931), de Wesley Ruggles, o Unión Pacífico (1939), de De Mille, son ejemplos de la construcción afanosa de la sociedad moderna. Al mismo tiempo, la figura prototípica del pistolero se iba moldeando en espacios fronterizos, silvestres y propicios a la violencia. Gary Cooper en El virginiano (1929), de Victor Fleming, y Fred MacMurray en The Texas Rangers (1936), de King Vidor, demuestran el auge de jinetes justicieros de gatillo precoz. Sin embargo, será el maestro Ford quien, mediante la encarnadura aportada por John Wayne, cree al primer pistolero inolvidable con el Ringo Kidd de La diligencia (1939), además de revolucionar el género con este film, inspirando e influenciando a infinidad de cineastas.

Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.
Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.

La consciencia del wéstern

Salvo en el apartado de la serie B, la Segunda Guerra Mundial conllevó un cierto relajamiento de la producción de films del Oeste. Entre los principales motivos no es el menor el hecho de que la industria se pusiera en pie de guerra propagandística priorizando historias que sirvieran de acicate a la moral de la población estadounidense. Como excepción, William A. Wellman rodó The Ox-Box Incident (1943), sobresaliente crítica a la infame masa cobarde y, como también había hecho Fritz Lang en Furia (1939), alegato en contra de la ley de Lynch.

Después de la guerra, el wéstern se vuelve más reflexivo, dúctil y consciente de sus patrones y posibilidades expresivas. En cierta manera, la contienda bélica oscureció la visión de la violencia y sus trágicas consecuencias. Esta nueva perspectiva sombría y con unas coordenadas morales mucho más ambiguas se aprecia en la mayor parte de los wésterns de Anthony Mann —Winchester’73 (1950), La puerta del diablo (1950), Colorado Jim (1953), El hombre de Laramie (1955), Cazador de forajidos (1957) o El hombre del oeste (1958), de Ford Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (1949), Centauros del desierto (1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o en Río Rojo (1948), de Hawks.

Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.
Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.

Al mismo tiempo, la llamada generación de la violencia aportó un reflejo virulento de la misma a través de relatos heterogéneos que además insuflaron aires renovadores y enérgicos. En este punto cabe mencionar algunas de las aportaciones al género de Sam Fuller —I shoot Jesse James (1949), Yuma (1957), Forty Guns (1957)Richard Fleischer Arena (1953), Bandido (1956), Duelo en el barro (1959)Don Siegel Duelo en Silver Creek (1952), Estrella de fuego (1960), Dos mulas y una mujer (1969), El último pistolero (1976)Richard Brooks La última caza (1956), Los profesionales (1966) y Muerde la bala (1975)Robert Aldrich Apache (1954), Veracruz (1954), El último atardecer (1961), La venganza de Ulzana (1972).

El género, pues, experimentó una transformación que paulatinamente lo alejaba del primitivismo original. Es así como el wéstern reviste análisis psicológicos, tórridos romances y velada crítica social. Para esta nueva fase del género, los franceses (¡cómo no!) acuñaron el término superwésternSolo ante el peligro (1952), de Fred ZinnemannRaíces profundas (1953), de George StevensJohnny Guitar (1954), de Nicholas RayHorizontes de grandeza (1958), de William Wyler, entre otras.

Por otra parte, acorde con la realidad social norteamericana, el wéstern aborda la revisión sobre la colonización y sus efectos sobre la población indígena. La comprensión del otro marca filmes como las citadas Flecha rota y Apache, El último combate (1964)de Ford, o el panfleto progre Pequeño gran hombre (1970), de Arthur Penn. La mala conciencia no es ajena a la consciencia.

Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.
Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.

La belleza sanguínea del atardecer

En los sesenta, los grandes pioneros del género sufrían la (pre)jubilación forzosa. Los tiempos estaban cambiando y el wéstern empezó a adoptar un rictus nostálgico, cuando no anacrónico. Los directores Andrew Victor McLaglen (hijo del actor fordiano Victor McLaglen) y Burt Kennedy (guionista de Bud Boetticher) intentaron con buena voluntad volver a galvanizar el ajado lejano Oeste. Pero las intenciones honestas no iban acompañadas del talento necesario. Sin embargo, ahí estaba un tipo para iniciar la tarea de demolición del mito: Sam Peckinpah, quien junto al David Miller de Los valientes andan solos (1962), inaugura el crepúsculo irremisible del wéstern con Duelo en la alta sierra (1962). Tiroteará implacablemente al género en Grupo salvaje (1969), La balada de Cable Hogue (1970) y Pat Garrett y Billy The Kid (1973). Y pese a que el wéstern todavía atraía a cineastas (muchas veces alejados de su lenguaje e iconografía) tales como Sydney Pollack en Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), Michael Cimino en La puerta del cielo (1980), Lawrence Kasdan en Silverado (1985) y Wyatt Earp (1993) o Kevin Costner en Bailando con lobos (1990), fue el heredero de los viejos y curtidos clásicos quien disparó la última bala. Clint Eastwood en Sin perdón (1992).

A veces, sin embargo, el espectro del wéstern (re)aparece y nos devuelve aquel nimbado universo legendario. La última vez lo hizo en pantalla pequeña. Con las tres temporadas de la monumental Deadwood (2004-06).

Escena de Deadwood. Imagen: HBO.
Escena de Deadwood. Imagen: HBO.

Veinticinco wésterns para quitarse el stetson

Advertencia: como suele suceder en este tipo de cribas, no están todos los que son pero son todos los que están. La lista, además, y pese a pretender una panorámica amplia y razonable, es personal e intransferible. Manda la entraña.

La diligencia (1939), de John Ford

Con La diligencia, el wéstern llega a su mayoría de edad. Partiendo del relato Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Ford inaugura la madurez del género y deja su rúbrica indeleble. La cámara abalanzándose sobre John Wayne para encuadrar al mítico pistolero o la frenética persecución de la tribu india marcan un antes y un después en el wéstern, la filmografía de Ford y la carrera de Wayne.

Dodge, ciudad sin ley (1939), de Michael Curtiz

Pura artesanía del aplicado Curtiz. Este film sobresale en la producción seriada de wésterns por armonizar buena parte de los elementos iconográficos y temáticos del lejano Oeste. La llegada del ferrocarril a tierras inhóspitas, las grandes esperanzas, la construcción de núcleos urbanos como base de la civilización moderna, los nobles pistoleros y los malvados outlaw.

El forastero (1940), de William Wyler

Wyler aportó sentido y sensibilidad, una mirada reposada y reflexiva que le vino bien al wéstern. En este caso, el cowboy Gary Cooper encarna la ecuanimidad enfrentada a la arbitrariedad atrabiliaria y prevaricadora del legendario juez Roy Bean.

Murieron con las botas puestas (1941), de Raoul Walsh

Errol Flynn moldea a un Custer campechano, simpático y extravagante. A su medida. Según parece, en realidad el general fue un botarate inconsciente en toda regla. Walsh exhibe su maestría en las escenas de acción a campo abierto. Aunque los hechos no ocurrieron tal y como los narra el film, para un servidor la batalla de Little Bighorn siempre será la de Murieron con las botas puestas.

Duelo al sol (1946), de King Vidor

El productor David O. Selznick y el director consiguieron fraguar la historia de un triángulo amoroso fatal con trasfondo bíblico. Entre el pasmarote Joseph Cotten y un turbio y retorcido Gregory Peck, la ígnea morenaza Jennifer Jones lo tiene clarísimo, vamos. Ardores de bajo vientre, humedades caliginosas y amor fou entre rocas impávidas. Junto a Pradera sin ley (1955), el mejor wéstern de Vidor.

Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman

Espectral, oscuro y desasosegante, Cielo amarillo parte de una historia del escritor W. R. Burnett que narra la escapada a través del desierto de unos forajidos hasta llegar a un pueblo fantasma. Tintes góticos y siniestros para uno de los wésterns más insólitos, misteriosos y magnéticos.

Winchester 73 (1950), de Anthony Mann

Casi como MacGuffin, el robo de un rifle (bien pudiera ser la caza de una ballena blanca) sirve para trenzar una historia errante y aventurera. Stewart compone un personaje que se repetirá en sus siguientes trabajos con Mann: un tipo obcecado, persistente en sus fijaciones y con un contorno moral difuso.

Flecha rota (1950), de Delmer Daves

Primerizo film de la tendencia pacificadora. El jefe Cochise y su tribu dejan de ser una masa amenazante y presta siempre a la batalla. Toman la palabra y tienen sus razones. También su corazón.

Encubridora (1952), de Fritz Lang

El rancho Chuck-a-Luck bien pudiera estar ubicado en Shangai, habida cuenta de que su propietaria es Marlene Dietrich. Un joven llega al tugurio repleto de delincuentes en busca de venganza. Entonces Dietrich, seductora y malévola, se marca el «Get away, young men», y el pipiolo vengativo queda hecho un flan. Una obra maestra heterodoxa.

Raíces profundas, (1953), de George Stevens

El superwéstern por excelencia. A lomos de un inmaculado corcel (tan blanco como el del Cid) llega de la nada un pistolero misterioso (tal es la potencia visual del film que la suspensión de la incredulidad incluso es capaz de pasar por alto el protagonismo del bajo Alan Ladd) que, cual ángel guardián, socorrerá a la población atemorizada y chantajeada por los matones locales. Stevens demuestra su prestante pericia en la plasmación hiperrealista de la violencia. Memorables peleas a puñetazo limpio sin los amaneramientos coreográficos tan en boga en el cine de acción actual.

Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray

Lírica, tórrida, sublime. El romanticismo de Ray en todo su fulgor. Faltan líneas para enumerar sus virtudes y transcribir sus diálogos sin desperdicio. Valga, por lo menos, la mención a la célebre escena de «miénteme»:

Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú has amado.

Ya le gustaría a Tarantino.

Centauros del desierto (1956), de John Ford

Para muchos, entre los que me incluyo, Centauros del desierto no es únicamente el mejor wéstern, sino que es la película (léase en mayúsculas enfáticas). La odisea de un hombre en busca de su sobrina (en verdad, su hija) esconde un abismo obsesivo de odio y venganza. Solo John Wayne podía arrastrar los pies y contonearse lentamente hacia el yermo olvido final. Solo Ford podía filmarlo con tanta dignidad, emoción y belleza.

Seven men from Now (1956), de Bud Boetticher

Otra de las sobresalientes historias de venganzas del wéstern. Seven men from Now pertenece al ciclo Ranown Cycle, en referencia a la productora Ranown, que fundó el actor Randolph Scott. Scott y Boetticher colaboraron en siete filmes de bajo presupuesto pero altísima calidad. El perspicaz Bazin era un enamorado de esta película.

El tren de las 3.10 (1957), de Delmer Daves

Howard Hawks consideraba que el sheriff de Solo ante el peligro (1952) era un llorica y carecía de ética profesional. Siguiendo las reservas del maestro, me inclino por El tren de las 3.10 como representación de la corriente psicológica. Angustiosa espera y congoja general ante la inminente llegada de los bandidos.

Forty Guns (1957), de Sam Fuller

Escrita, producida y dirigida por Fuller, Forty Guns supone uno de los filmes más personales y sugestivos de la filmografía del cineasta. Enérgica, expeditiva, original y con algún toque barroco en su planificación marca de la casa.

Río Bravo (1959), de Howard Hawks

El maestro de la profesionalidad y la camaradería trasladó su concepción del trabajo bien hecho en equipo al wéstern. Después de este film (que versionaría con variantes en 1966 con El Dorado y en 1970 con Río Lobo), mil veces hemos visto en pantalla a un grupo atrincherado y defendiéndose de todo tipo de ataques. Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) de John Carpenter tal vez sea el homenaje más rendido a Río Bravo.

El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytryk

La ciudad de Warlock sirve de escenario a una historia de amistad, viejos rencores, antagonismo y redención. Violencia contenida, verbalizada y finalmente resuelta a balazos. En la tensión confrontada de primeros planos se masca la tragedia, que diría un radiofonista futbolero.

El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford

Enésima y última lección insuperable de Ford. Tanto es así que algunos la consideran su mejor obra. Por encima de Centauros… En todo caso, el ocaso del género se inicia con el asesinato de Liberty Valance. Y un apotegma a manera de epítome: «Cuando la realidad se convierte en leyenda, imprimimos la leyenda».

Los profesionales (1966), de Richard Brooks

Desencantados, cínicos, achacosos y con la melancolía corroyéndoles las miradas. Así son estos profesionales que no por ello dejan de hacer bien su trabajo. Brooks firma un wéstern de supervivientes incapaces de tomarse en serio ni a sí mismos. Saben demasiado sobre las derrotas de la vida.

El póker de la muerte (1968), de Henry Hathaway

Como en La noche del cazador, Mitchum interpreta a un predicador atípico en este no menos atípico film del eficaz artesano Hathaway. Mezcla de thriller, suspense, policiaco, El póker de la muerte gira en torno a una mesa de juego y el asesinato de los jugadores. Agatha Christie con sombrero stetson y revólver al cinto.

La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah

Un año después de Grupo Salvaje, Peckinpah rodó este canto triste a un pasado perdido. El público esperaba tiroteos a mansalva y se encontró con esta lúcida balada sobre el desarraigo de un hombre que se refugia en el amor de una prostituta (¡cuántas putas en la vida y en el cine de Peckinpah!). Nada acompaña a la épica, sino más bien a una aceptación resignada de su pérdida y a la añoranza de tiempos míticos (y mitificados) en los que esta era posible.

El día de los tramposos (1970), de Joseph L. Mankiewicz

Trampantojo, farsa de pícaros, comedia dramática, charada. Mankiewicz finge filmar/firmar un wéstern, pero en realidad está rodando otra cosa. El día de los tramposos no es un wéstern. ¡Qué más da! Es un Mankiewicz, y por lo tanto, merece la inclusión en cualquier lista de los mejores.

El juez de la horca (1972), de John Huston

Tal vez no sea un wéstern tan bien construido como Los que no perdonan (1960). Tal vez adolezca de arritmias y caídas de interés, digresiones deshilachadas y cierta desidia formal. Sin embargo le tengo mucho cariño a este excéntrico Roy Bean escu(l)pido por Newman. Como el propio Huston, el juez hace lo que le da la real gana.

La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich

Tras Apache y Veracruz, el dúo Lancaster/Aldrich se despide del wéstern con un film que es más mirada al pasado que recreación del presente. La última misión antes de la jubilación merecida está filmada con sabiduría provecta y un escepticismo acumulado con los años al galope persiguiendo indios. Reflexiva y crepuscular.

Sin perdón (1992), de Clint Eastwood.

El último clavo del ataúd. La obra maestra solitaria y final. Otra vuelta de tuerca al discurso fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance. La realidad que esconde la leyenda es profundamente sucia, desagradable y soez. El mejor tirador no es el más rápido y audaz, sino el que tiene sangre ofidia e instintos criminales. Eso sí, paciente lector: si ha pensado en decorar su pocilga con el cadáver del amigo de William Munny, le recomiendo que consiga un revólver y olvide los escrúpulos a la hora de apretar el gatillo.

Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.
Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.


Cine contra el racismo: cuando las buenas intenciones no bastan

“El infierno son los otros”, dijo Sartre. No sabemos si ese día tuvo que usar el transporte público o tal vez sufría una resaca de órdago, pero así quedó escrito para la posteridad. Claro que sería injusto despacharlo como un simple cascarrabias, dado que era francés y llevaba gafas: se trataba por tanto de un existencialista.

Sea como fuere no le faltaba razón, dado que los otros resultan efectivamente un infierno cuando son eso, otroS. Es decir, un grupo diferente y opuesto al “nosotros”. Porque las personas a menudo nos caen bien, pero los grupos rara vez lo hacen. Por ello cuando al valorar a alguien dejamos que su identidad individual sea absorbida por su identidad grupal, cuando pasa de ser una persona con la que cooperar a representante de una tribu con la que rivalizar… mejor para él que salga huyendo. Es un sesgo cognitivo que nos viene instalado de serie desde la época de las cavernas.

Si no me creéis haced la prueba en vuestras casas. Imaginad a algún amigo o conocido que os caiga bien que viva en otra comunidad autónoma: recordad sus virtudes, sus rarezas, las aficiones que podáis tener en común, los rasgos de su personalidad que más os agraden… es un buen tipo, sí. Y ahora pensad en esa persona única y exclusivamente como un catalán o un madrileño… ¡ahhh, qué asco! En este punto invirtamos el proceso y recordémoslo de nuevo como el individuo que es: sorprendentemente recupera su apariencia humana previa y ya no dan ganas de comenzar un coqueto collar de orejas con las suyas. Podéis hacer este experimento mental cuantas veces queráis y siempre os dará el mismo resultado, es increíble. También vale con gallegos y andaluces, con murcianos no he hecho la prueba.

Pues bien, en esta tarea de humanizar, de poner cara y ojos a los Otros para que pasen a ser nuestros iguales, es curioso cómo la narración cinematográfica tiene una singular fuerza. Tal vez porque en una pantalla no pueden representarse abstracciones como la raza o la patria, pero sí personas que si las pinchas sangran, tal como el malo de la película acostumbra a confirmar con deleite.

Mencionar todas y cada una de las películas con mensaje contra el racismo, la xenofobia, el etnocentrismo y a favor de la fraternidad universal requeriría un artículo que por su tamaño podría resquebrajar los cimientos de internet. Una tarea que excedería las fuerzas de este famélico redactor, que para saciar la sed pasa la lengua por las paredes de su celda y calma la gusa royendo los huesos del último incauto que se dejó entrevistar por esta web. Como aquí estamos para pasar un rato distraído y no tener que volver a ese documento Excel que tienes abierto en otra pestaña dándote mala conciencia, nos limitaremos entonces a un breve recorrido por algunas de ellas. Que por clásicos del cine y admirables en sus pretensiones que resulten tienden a ser en algunos casos bastante malas, la verdad. El racismo es aborrecible por muchas y buenas razones, entre ellas por varias de las películas que ha generado en su contra. Quizá porque lanzar un mensaje tan claro y directo no suele ser señal de respeto por la inteligencia del espectador, conlleva que los aspectos artísticos previsiblemente queden en segundo plano ante la urgencia de evangelizar y finalmente desemboca en que algunas películas sean elevadas a los altares del gran cine por una cuestión de adhesión ideológica. No vayan a tacharle a uno de racista y nazi si empieza a ponerles pegas.

Cómo convertir a un negro en un blanco perfecto

Adivina quién viene a cenar esta noche

Aunque así a ojo la mitad de todas las ganadoras de un oscar cuentan con un mensaje más o menos centrado en denunciar la discriminación racial, el cine no comenzó con demasiado buen pie en esta tarea: desde la aparición del Ku Klux Klan como salvadores al final de El nacimiento de una nación a los desdichados porteadores de las películas de Tarzán. Unas secuencias extremadamente racistas estas enlazadas, sí, pero… ¿Y lo que te ríes?

Una de las primeras películas en llevarnos por el buen camino fue Matar a un ruiseñor. Un abogado de rectos principios interpretado por Gregory Peck defiende a un negro injustamente acusado de violación en una pequeña localidad sureña. Correcta y entrañable (pese al repelente doblaje de los niños) aunque con personajes maniqueos, como era costumbre en el cine clásico.

La siguiente, como no podía ser de otra manera, es Adivina quien viene a cenar esta noche. Como es sabido trata sobre un acomodado matrimonio formado por Spencer Tracy y Katharine Hepburn que recibe estupefacto la noticia de que su hija va a casarse con un negro, interpretado por Sidney Poitier. Las ideas liberales del padre son puestas a prueba —ya que él es quien realmente se opone al enlace— hasta que finalmente el amor se abre camino, con la ayuda moral de un cura que no deja de beber whisky a lo largo de toda la película.

No hay duda de que es una historia bienintencionada y edificante, puesto que el  personaje interpretado por Poitier rompe los estereotipos que pesaban sobre su raza. Es inteligente, atractivo y exquisitamente educado; tiene una gran ambición y éxito profesional pero es al tiempo un filántropo que ayuda al tercer mundo a salir de la pobreza; reúne la seguridad en sí mismo y la firmeza en sus convicciones de un líder de masas con la mansedumbre y humildad de un criado; pone ojitos a su amada aunque ella se suene sin pañuelo como los futbolistas, pero simultáneamente se niega a mancillar su honra hasta que no hayan pasado por el altar.

Arde Mississippi

Francamente, en los años 60 en Estados Unidos no existía un solo negro así. Tampoco ningún blanco. Los espectadores de la época debieron pensar que se trataba de un film de ciencia ficción. Si la vía para la integración racial —y según se ve a regañadientes— pasa por cumplir unos cánones tan exageradamente altos, entonces los negros del mundo real ya podían descartar toda posibilidad de ascenso social. Así que por buena que sea la apariencia del mensaje del este film, no deja de tener su fondo perverso. Tampoco parece muy acertado mostrar el recelo hacia la boda por parte del padre blanco y del negro como paralelo y equivalente. El primero en la sociedad de la época gozaba de una leve ventaja, por decirlo así. Aparte de lo irritante que acaba resultando ese afán por hacerse perdonar del protagonista. Claro que también da que pensar la enormidad del prejuicio racial al que se oponía, si para compensar un color oscuro de piel se requiere poner al otro lado de la balanza semejante dechado de virtudes. Sidney Poitier protagonizó también En el calor de la noche ese mismo año, ganadora de varios Oscars, entre ellos el de mejor película. Aunque no aborda el tabú del matrimonio multirracial, es de tono menos amable y el protagonista tiene más sangre.

En Arde Mississippi, igualmente ambientada en los sesenta aunque rodada dos décadas después, podemos ver a un William Dafoe en un papel que, para variar, no explota su cara de tío raro. Muy al contrario, es un formal agente del FBI que acude a investigar el asesinato de tres activistas de los derechos civiles en compañía de Gene Hackman a un pueblo sureño donde “nosotros ya sabemos cómo tenemos que tratar a nuestros negros”. La complicidad silenciosa de los lugareños, el miedo a quedar excluido del grupo, el aire viciado del “aquí nos conocemos todos” y el “no nos gusta que vengan de fuera a decirnos lo que tenemos que hacer”, son de un localismo universal, valga la paradoja. A esos lugareños sólo les faltaba calarse una boina y en vez de Mississippi eso hubiera parecido Elorrio. Una buena película.

La reivindicación de las minorías

Como también lo es Infierno en el Pacífico, protagonizada por Lee Marvin y el hiperactivo Toshiro Mifune, sobre dos soldados —uno americano y otro japonés— atrapados en la misma isla durante la Segunda Guerra Mundial. Un homenaje a este film, o más bien una parodia involuntaria, es lo que resulta ser Enemigo mío. Una historia de ciencia-ficción protagonizada por Dennis Quaid, que encarna al piloto de una nave que acaba estrellándose en un remoto planeta junto a un extraterrestre contra el que su civilización está en guerra. Enemigos acérrimos inicialmente, van pasando los días y poco a poco cada uno va pensando del otro: “bien mirado tiene un pase…”. Todo un canto a la fraternidad cósmica, la paz entre los mundos y, especialmente, al dicho aquel de “cuando las ganas de follar aprietan, etc”. El extraterrestre, endiabladamente feo, inicialmente parecía de género masculino pero se descubre que en realidad es hermafrodita. A nuestro piloto con eso le vale y de la coyunda nace un bebé híbrido. Si tenemos en cuenta que el alienígena estaba además interpretado por Louis Gossett, Jr. (el severo instructor de Oficial y caballero) la interpretación de Quaid suspirando de amor merece no ya un Oscar sino una medalla al valor.

El amor triunfa por encima de la raza, género y especie

Pero la cuestión racial no se agota en la relación entre blancos/negros, blancos/amarillos, blancos/alienígenas, dado que hay otras minorías tradicionalmente sojuzgadas a las que reivindicar por medio del cine. Bailando con lobos es el ejemplo más emblemático de lo que casi constituye un género propio. El del occidental que entra en contacto con una tribu indígena donde descubre sus tradiciones ancestrales y su vida sencilla, entra en comunión con la naturaleza y acaba aborreciendo a sus antiguos compatriotas por imperialistas y desalmados carentes de espiritualidad al haberse entregado a la tecnología y el progreso. Un género, he de decir, insufriblemente demagógico, sentimentaloide y reaccionario que siempre logra ponerme del lado de los malos. La alternativa a aniquilar indígenas no está en considerar que una invocación a Pachamama será de tanta ayuda como una tomografía axial computerizada. O que conservar intacto el hábitat amazónico de unos pocos salvajes en taparrabos bien merece dinamitar una presa que dará empleo a cientos de trabajadores, como en La selva esmeralda.

Estas películas son fruto de la mala conciencia por el pasado imperialista, en el caso de los europeos, y el exterminio de los indios, en el de los norteamericanos. Padecen una doble confusión: la del buen salvaje rousseauniano al idealizar el exotismo indígena (la violencia en las tribus de cazadores recolectores es muchísimo mayor que en la sociedad actual, tal como explica aquí con brillantez Steven Pinker) y la de trastocar la igualdad entre las personas con la igualdad de las tradiciones culturales. Y luego surgen cosas como Avatar, claro.

Pero volvamos con los negros, dada la importancia que han tenido en el país que genera más de la mitad de todo el cine mundial (por número de espectadores). Ali, Malcom X o Huracan Carter son biografías de dichos célebres activistas a favor de los derechos de esta minoría. Quizá la primera sea la más destacable, aunque para acercarse a Muhammad Ali no hay nada mejor que el magnífico documental Cuando éramos reyes, que aborda de lleno la cuestión racial. American History X y The Believer, por su parte, se acercan al racismo pero desde el lado no de las víctimas, sino del de los verdugos (el segundo caso narra concretamente la historia de un judío neonazi). Son películas interesantes, desde luego, pero al querer aproximarse a ese mundillo sin caer en la parodia… más de un espectador podría quedarse con los argumentos y la actitud de los protagonistas —con esa propensión del cine a hacer atractivos a los personajes violentos— antes de su inevitable redención. Por eso son películas que hay que ver hasta el final, como todas aquellas en las que los protagonistas hacen cosas feas como drogarse, ser infiel, robar bancos, etc. Si asumimos que las películas con mensaje y carga moral realmente son efectivas y ejemplarizantes, entonces un espectador que se quede dormido en el sofá a mitad de la película, antes de ver cómo las malas acciones reciben su castigo… podría acabar hecho un delincuente, ¿no?

Si abordamos el cine más estrafalario, en Tiempo de matar podemos ver a Sandra Bullock haciendo de intelectual liberal y activista pro derechos civiles. Interpretando el papel de Samuel L. Jackson habría desentonado menos. Mientras que Crash (no confundir con Crash) es un drama de historias entrecruzadas que busca indagar en las causas del racismo: el que sufren unos provoca en ellos un comportamiento que a su vez convierten a otros en racistas… es decir, el racismo es la causa del racismo. Acorde con tamaña reflexión también aparece por ahí Sandra Bullock en un papel que, ésta vez sí, le viene como anillo al dedo. Bastante más sutil e interesante es Manderlay —aunque la sola mención de su director Lars Von Trier, pueda espantar a más de uno— sobre una plantación de algodón en Alabama en la que los antiguos esclavos pasan a comportarse como amos, en clara referencia orwelliana.

La última noche

En un repaso de este tipo evidentemente no puede faltar Spike Lee. Todas sus historias abordan de forma directa o indirecta la intolerancia racial. La mejor de todas ellas en mi opinión es La última noche, una excelente película protagonizada por Edward Norton de la que hay que destacar esta soberbia escena que representa aquello que señalábamos al comienzo, sobre la reducción de la identidad individual y de los múltiples grupos de pertenencia simultánea a un simple estereotipo étnico que lo abarque en su totalidad. Y uno lo más denigrante posible y hecho desde el resentimiento. Como debe ser, qué cojones, puestos a estereotipar para qué andarse con rodeos.

Si Lee es un director con gran conciencia racial, su equivalente en el ámbito interpretativo sería Denzel Washington. Un actor que quiere encarnar la dignidad del hombre negro… y acaba haciéndose un poco cargante en el intento. Una de sus más sentidas interpretaciones —ganadora de un Óscar— fue como soldado en un regimiento de voluntarios negros en Tiempos de gloria, sobre la Guerra de Secesión americana. No recuerdo si era buena o mala, pero su trailer tiene una música muy vibrante, eso sí. También ha participado en Grita Libertad, film de denuncia del Apartheid. Régimen político que daría para otro subgénero, con otras como Atrapa el fuego, Invictus, Una árida estación blanca… ¿Y qué podríamos decir las relacionadas con el ascenso del nazismo en Alemania y el Holocausto? Mejor nada y lo dejamos para otro artículo, que empiezo a oír los cimientos de internet resquebrajarse. O quizá sean mis tripas, que Jabois tenía menos carne que una bicicleta.