Miles de perlas de sudor sobre la piel de Shuai Peng

Image #: 31758194 Shuai Peng from China wipes her head in the first set of her match against Caroline Wozniacki of Denmark in the semi-finals at the US Open Tennis Championships at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in New York City on September 5, 2014. UPI/John Angelillo /LANDOV
Shuai Peng durante el US Open de  2014. Fotografía: Cordon Press.

En la penúltima grada del Arthur Ashe Stadium el calor y la humedad no son tan altos como en los tornos de entrada al recinto. Un par de horas después, frente a la puerta grande de la pista central situada en la zona opuesta del acceso al complejo tenístico de Flushing Meadows, la jugadora china Shuai Peng abandona una de las pistas exteriores en dirección a los vestuarios con la piel recubierta de miles de perlas diminutas de sudor que brillan con mayor fulgor bajo los focos eléctricos que la sonrisa de satisfacción que le produce el hecho de haber alcanzado los octavos de final del último Grand Slam del año.

Frente a los tornos de entrada al recinto, el público se aglomera para la sesión de tarde. Un frente de sombrías nubes espesas descarga una tormenta de lluvia y viento que sorprende a los visitantes sin medios ni lugar para resguardarse. Se produce una estampida casi de terror. El intenso temporal, que apenas dura quince minutos, ha dejado a los emocionados futuros espectadores calados hasta los huesos. Media hora después, la nueva población del village, ventilada y renovada como el aire de una habitación por la mañana, se desplaza por el interior del Centro Nacional de Tenis de los Estados Unidos ataviada invariablemente con la ropa promocional del US Open 2014: la lluvia ha sido providencial para el merchandising.

En lo alto de la fachada del Louis Armstrong Stadium, la segunda pista en importancia del USTA Billie Jean King National Tennis Center (nombre del complejo desde 2006 en honor a la gran campeona californiana), un hombre sujeto a la pendiente como un alpinista hace algunos ajustes en el enorme marcador. No parece un hombre sino un gnomo con arneses. Nadie repara en él hasta que una señora gruesa con visera y un vaso de Heineken en la mano se percata de su existencia y se le queda mirando como tratando de averiguar qué clase de ser vivo es aquel que se mueve casi imperceptiblemente (igual que un koala) en las alturas. Parecen ser estas, el tamaño de todo lo que se levanta allí en mitad del bosque de Flushing Meadows, lo que confiere a todas las cosas, incluidas las personas, una sensación de irrealidad. Algo fabuloso como si al superar cualquier esquina (en realidad esto no hace falta) uno pudiera toparse con los habitantes de la Tierra Media.

La meteorología ha hecho que buena parte de esas decenas de miles de inquilinos luzcan sus flamantes camisetas, polos y sudaderas con vistosos y coloridos dibujos alrededor del lema monotemático impreso en grandes letras (USOPEN2014) sobre sus recién adquiridas prendas. Parece una reunión de friquis extraordinariamente numerosa y heterogénea, quizá la mayor que se haya visto nunca. El estadio Arthur Ashe, que desde fuera parece una enorme bañera, una gigantesca piscina desmontable para niños con sus enormes soportes (la entrada principal parece un coliseo del interior de cuyos arcos quisiese salir el mismísimo Waldorf Astoria) convierte a los tenistas en liliputienses, en brownies de la película Willow incluso con sus voces de pito desde una localidad alta, donde corre una brisa salvífica lejos de la suerte de reverberación que se observa en las localidades bajas.

El suizo Roger Federer está disputando su partido de tercera ronda frente al español Marcel Granollers y ambos tenistas parece que empuñan varitas mágicas mientras compiten en conjuros. La grada son las paredes verticales de un embudo que certifican la asistencia a un mundo fantástico. Las gomas de las suelas de las zapatillas de los jugadores chillan sobre el cemento como extrañas criaturas cuyo eco resuena en la noche neoyorquina. Federer se mueve igual que un boxeador delgado y dispara su esbelto brazo con una armonía a la que quizá solo supere su rapidez asombrosa. Federer desenfunda y dispara a cada golpe en movimiento, un golpe de revólver, lo cual es un estilo completamente opuesto al de Marcel, que parece resistir el tiroteo al límite de la asfixia en desplazamientos laterales tan forzados y heroicos y tan medianamente exitosos que el público se ve abocado a aplaudirle como a un valiente al que no le importa morir atravesado por las balas de Billy el Niño.

Marcel Granollers during his Second round men's singles match against Roger Federer on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Marcel Granollers durante un partido contra Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

El público grita. Levanta los brazos como la tribu de los ewoks en la fiesta final de El retorno del Jedi. El US Open vivido en esa pista vertiginosa es como estar en una pelea de gallos por el bullicio y la pasión salvaje del graderío que asiste a un divertimento de primera clase. Y eso que solo es la tercera ronda de la competición. No es el tenis sino el US Open. El espectáculo no es absolutamente maravilloso pero sí lo suficientemente emocionante. Uno puede pensar, además, si es aficionado al tenis, que allí abajo han jugado el partido final Sampras y Agassi, o Nadal y Djokovic, y la emoción sube como la temperatura que a esas horas de la noche ya es casi soportable. El puesto de perritos calientes de Nathan’s de la tercera planta está a pleno rendimiento. Federer acaba de ganar el segundo set y empata el partido. Al lado de los panecillos y las salchichas y los distintos condimentos de Nathan’s, un carrito de helados de Ben & Jerry se ha tomado un descanso igual que los jugadores en su largo recorrido por la parte alta. El vendedor de rasgos indios que lo empuja observa su teléfono móvil mientras allá afuera, desde el mirador, el estadio de los Mets también bulle aunque de una forma distinta, como si algo prendido por dentro, un incendio, estuviese a punto de hacerlo saltar por los aires.

Abajo, en el village, lujosos stands de bebidas alcohólicas de primeras marcas aguardan entre pequeños jardines floridos de los que hacen el efecto de salir, como ninfas del bosque, hermosas y sonrientes jóvenes con visera. Sobre los bancos de tablones de madera adyacentes se sientan repantigados lo que parecen ser turistas millonarios, probablemente rusos, con sombreros de safari y pantalones cortos y calcetines y mocasines de piel, que beben combinados de vodka Stolichnaya mientras observan las grandes pantallas de la Louis Armstrong que muestran los resultados de los partidos aún en juego.

Es martes. El ambiente parece dulcificarse y el calor deshacerse en la noche de Queens. Resiste casi comprimido como una nube de humo en una partida de póker en la pista Grandstand, donde lo mantiene el búlgaro Grigor Dimitrov con su remontada ante el belga David Goffin. Un hombre negro con uniforme de cocinero y calzado con unas Crocks negras fuma un cigarrillo sentado en el suelo y apoyado en una pared esquinada y secundaria que linda con un acceso a las entrañas del Open. Es como si Koji Kabuto se hubiese bajado un momento de Mazinger Z. Es un descubrimiento. Si uno mira los rincones y las calles estrechas del USTA Billie Jean King National Tennis Center ve una oscuridad del Bronx con sus peligros y su literatura, pero no es nada más que una impresión. Puede que Nueva York sea la ciudad más segura del mundo. Sin embargo, sigue existiendo algo intangible y oscuro bajo las luces de neón, o bajo las luces de la «Unisfera» que se asoma extramuros sobre el «valle de cenizas» de Scott Fitzgerald (donde se ubica actualmente el parque de Flushing Meadows) por donde había que pasar desde Manhattan para llegar a la casa del Gran Gatsby en Long Island.

El Dr. T. J. Eckleburg ahora es una más de las especies que moran en el US Open 2014. Decenas de oculistas con gafas redondas caminan y observan. También está Tom Buchanan, y Daisy y Jordan Baker. Y todo es como si lo estuviera narrando el mismísimo Nick Carraway, pero no solo la desafortunada historia del millonario enamorado Jay Gatsby, sino todas las historias con todos los personajes que han ido postulándose, como los caballos o los camellos o las tortugas de carreras de las ferias que avanzan cuando se logran colar las pelotas de goma en el casillero numerado desde el mostrador, para ser parte de La Gran Novela Americana. El Open de 2014 es una fantasía absoluta tan tenebrosa y al mismo tiempo tan alegre como estar Dentro del laberinto de Jim Henson.

Es un parque de atracciones en medio o como representación de la vorágine del cosmopolitismo, del american way of life, del deporte y de la naturaleza y del espectáculo en el que aparecen magos, hadas, princesas, ogros y monstruos y criaturas extraordinarias en torno al argumento bello y profundo y nada superficial del tenis. Nada tan duro, tan arriesgado y tan incierto para un niño como golpear miles de pelotas cada día. Los niños que fueron esos profesionales (algunos aún lo son) soñaron con enamorarse un día de Sarah Williams (que no es precisamente Serena Williams sino Jennifer Connelly) en el Arthur Ashe Stadium mientras el enano Hoggle, el monstruo Ludo o el caballero Sir Didymus y su perro Ambrosius les observaban atentamente desde las gradas. Uno se siente en el US Open 2014 un miembro de pleno derecho de los goblins que poco tienen que ver con aquellos que parecen más humanos y que ocupan las localidades bajas de la pista principal. Allí abajo está Peter Falk contándole a su nieto Fred Savage en su perfecta habitación americana con banderines triangulares de los equipos de la NBA y de la NFL y de la NHL en las paredes el cuento de La princesa prometida, que en este momento es el asunto que tienen entre manos Marcel y Roger.

Roger Federer in action during his Second round men's singles match against Marcel Granollers on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Roger Federer durante un partido contra Marcel Granollers. Fotografía: Cordon Press.

Federer es un tenista que se ha vuelto con la edad un príncipe ideal de fantasía infantil. Federer juega hoy más rápido y más arriesgado y más artísticamente que en sus años jóvenes. Parece más poderoso y genial, pero no lo es. Lo que sucede es que sus típicas desconexiones se han ido haciendo cada vez más largas, lo cual produce momentos de intenso y efímero virtuosismo frente a otros en los que el marcador cae irremediablemente del otro lado. El gran tenista suizo realiza momentáneos milagros sobre el cemento de la Arthur Ashe que no han impedido que Granollers se anote el primer set, circunstancia que años atrás hubiera sido difícil de imaginar. Federer ensaya dejadas inverosímiles y lanza su derecha como si en vez de una raqueta Wilson con la impronta de la Adidas de Ivan Lendl empuñara un guante de béisbol al mismo tiempo que falla un revés de cada tres tan monumental como el escenario. Ya no parece jugar para ganar sino para soliviantar a los goblins, a los peks, a los trolls o a los elfos de esta cordillera arthurashesiana.

El tenis de Federer ha trascendido del marcador y eso es algo que ningún otro jugador del circuito puede permitirse. El público de esta Tierra Media vestido con estridencias de Nike y de Adidas y de Ralph Lauren (con el símbolo del caballo y el jugador de polo inusualmente grande sobre el pectoral izquierdo que se ha puesto de moda), fundamentalmente, lo celebra, aunque «lo más hot» de los últimos años (lo dice una señora esquelética con el pelo blanco que bien podría ser natural de Concord, Massachussetts, a otra muy bronceada y con un maquillaje espeso que perfectamente podría haber venido en vuelo directo desde Cayo Vizcaíno) ha sido el español Rafael Nadal, que este año no disputa el Open por lesión. Nadal ha encarnado el prototipo de perfecto héroe exótico y sin embargo cercano, el paladín isleño y humilde que podría ser Westley o Atreyu, el Tom Cruise de Legend o incluso el Aragorn de Viggo Mortensen. «No recuerdo, you know, haber visto unas actuaciones tan poderosas y elásticas como las de Nadal en 2010 y 2013», afirma el hombre de mediana edad con gafas redondas metálicas que se ubica ufano entre las dos señoras, al que le cubre la cabeza de un modo excepcionalmente raro al estilo de Axl Rose un pañuelo de flores.

Cuando Dimitrov finalmente da cuenta de Goffin en la pista Grandstand el silencio es como un ejército de caballería que se acerca. Salidos de las entrañas del parque recreativo puede verse ahora a otros trabajadores con la mirada torva y el gesto cansado. Son apariciones o los supervivientes de una hecatombe o los habitantes secretos de las cloacas. No se muestran a la luz, sino que se mantienen tras una especie de cerca invisible en la penumbra. No pisan la alfombra roja de Flushing Meadows ni salen a las fluorescentes avenidas como si tuvieran el ADN de las cucarachas. El público ilusorio se marcha sin que se sienta, desaparece más allá de la oscuridad de los tornos mientras aquellos parecen asomarse temerosos con sus mandiles y sus gorros manchados. Parece imposible que un lugar como el USTA Billie Jean King National Tennis Center pueda transformarse por un momento en algo parecido a una parada del viaje por La carretera de McCarthy. Aunque puede que solo sea un espejismo. O puede que también sean los trabajadores de la sala de máquinas de un Titanic de casi un siglo y medio de edad que nunca podrá hundirse. Pocos podrían resistirse a ensayar la idea de que son los únicos verdaderos humanos en este gran circo de muñecos (muñecos incluso, y no habitantes de mundos de fantasía como el hombre que escalaba el marcador o la señora con el vaso de Heineken que lo observaba), ni a la de que todos esos hombres y mujeres se mantienen en la sombra para no desvelar la realidad de la mágica fantasía del US Open 2014, que más que un Titanic de siglo y medio de edad, desde los tiempos del Newport Casino o los del West Side Tennis Club de Forest Hills, podría ser una suerte de Disneyland de la raqueta donde todos esos que parecen salir de las cavernas en realidad son los hombres y mujeres que hacen posible que hablen y se muevan los goblins gracias a una tecnología secreta que solo ellos conocen.

Aún hay encuentros en juego en dos pistas exteriores. Las luces del complejo parecen estar conectadas ahora en modo de emergencia, quizá para que nadie vea salir a los humanos al final de la jornada de sus puestos de control. No se sabe cómo ni cuándo el estadio Arthur Ashe se ha vaciado después de que Federer destrozara a Granollers por un triple 6-1 en el segundo, tercer y cuarto y definitivo set del partido. Todo es definitivamente irreal en el US Open 2014. Definitivamente tan fantástico que doce días más tarde será la primera vez en diez años que no alcanza la final masculina ninguno de los últimos cuatro grandes jugadores de la década; aunque la culminación de lo fantástico, lo sumamente fantástico, son las miles de preciosas perlas de sudor que brillan a última hora bajo los focos sobre la piel de la jugadora china Shuai Peng.

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Arthur Ashe Stadium, US Open 2014. Fotografía: Michael Vadon (CC).


Novak Djokovic y el último reto de la generación perdida

Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.
Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.

John McEnroe acabó 1984 como número uno del mundo con un registro impecable: ochenta y dos victorias y solo tres derrotas en diez meses de competición. Entre los trece títulos que sumó aquel año se contaban su cuarto US Open y su tercer Wimbledon. En Roland Garros llegó a la final pero cayó en cinco sets ante Ivan Lendl después de haberse apuntado los dos primeros parciales. Si no ganó en Australia fue simplemente porque, como era habitual en la época, decidió no participar.

El estadounidense tenía veinticinco años y una década por delante condenada a llevar su nombre. Sin embargo, no volvió a ganar ni un solo título de Grand Slam en toda su carrera. Estas cosas en tenis pasan más a menudo de lo que creemos. Por ejemplo, Roger Federer ganó su decimosexto «grande» en enero de 2010. Con veintiocho años y después de ocho finales consecutivas, ¿quién iba a suponer que en los siguientes seis años solo ganaría uno más, en Wimbledon 2012? Lo mismo se puede decir del Nadal que arrasó en 2013 a los veintisiete años y que acabó número uno después de ganar su segundo US Open. Desde entonces, dos años ya, solo ha conseguido sumar un Roland Garros.

Nunca hay que dar la victoria por sentada. El año de Novak Djokovic, que acaba de cumplir veintiocho, ha sido tan espectacular —tres Grand Slams, la Masters Cup, seis Masters Series…— que todo el mundo se ha dedicado a proyectar hasta dónde puede llegar el serbio. Efectivamente, no se ve alternativa, como no se le veía a McEnroe ni a Federer ni a Nadal… pero, cuidado, porque la alternativa se abre paso cuando menos te lo esperas.

Lo que sí parece claro es que mientras los rivales sean los mismos, no hay que esperar resultados diferentes. La media de edad de los diez primeros de la ATP está en unos excesivos 29,7 años y no se puede decir que los que vienen detrás sean jóvenes hambrientos de gloria. En el grupo que va del número once al número veinticinco de la clasificación el promedio apenas baja a los 28,8 años. Son edades a las que el jugador de tenis, al contrario que el futbolista o el baloncestista, suele empezar su declive. En los tiempos que corren, sin embargo, parece que es al revés: cuantos más años en el circuito, más posibilidad de mejora.

¿Quién será el encargado entonces de ponerle el cascabel al gato? De los presentes en la pasada Masters Cup solo el japonés Kei Nishikori aún no había cumplido los veintiséis años, cosa que hará en menos de un mes. Nishikori tiene también el «honor» de ser el jugador más joven del circuito con una final de Grand Slam en su palmarés. De entre los nacidos en la década de los noventa, solo Milos Raonic ha conseguido al menos clasificarse para una final de Masters 1000, el siguiente nivel de competición. Del resto, no hay noticias.

Estamos ante un extrañísimo caso de «generación perdida». No está nada claro que ellos vayan a ser capaces de tomar el relevo y desbancar a los Djokovic, Murray, Nadal y Federer pero lo mismo podríamos haber pensado de Stan Wawrinka el año pasado y, cercano al crepúsculo de la treintena, ha conseguido ganar en Australia y en Roland Garros. Por si acaso, vamos a hacer un repaso de quiénes son los nacidos en los noventa que más posibilidades tienen a corto plazo de dar guerra en grandes torneos.

Los últimos bastiones de la generación perdida

Si buscamos entre los treinta primeros de la clasificación ATP solo encontramos seis jugadores nacidos después del 1 de enero de 1990. Entiendo que si rozando los veinticinco años de edad ni siquiera te asomas por estos puestos es complicado que llegues a ser una estrella. Vamos a hacer un repaso de quiénes son y cuáles son sus posibilidades:

Milos Raonic (Canadá, 1990).- La gran decepción de la temporada, culpa sin duda de sus continuas lesiones. Es curioso que en una élite donde abundan los treintañeros las lesiones se ceben con los más jóvenes como Nishikori, Del Potro o el propio Raonic. Durante la temporada 2014 pareció que mejoraba su movilidad en la cancha, pero este 2015 ha dejado la mejora entre paréntesis. Si mantiene su efectividad al saque y esa derecha brutal como acompañamiento puede aspirar a algo, sin duda. Tendrá que mejorar (mucho) el revés y la capacidad de sufrimiento. Pese a todo, rascando aquí y allí y con los cuartos de final de Australia como mejor resultado del año, además de la victoria en un torneo menor como el de San Petersburgo, ha conseguido acabar el 14º de la clasificación.

David Goffin (Bélgica, 1990).– Lleva años amagando sin llegar a dar del todo. Jugador de fondo de pista, con un buen revés a dos manos y gran consistencia, brilló sobre todo en los torneos de verano, cuando las grandes estrellas descansaban antes de empezar la gira americana. Fue finalista en Gstaad y en Hertogenbosch, mostrando su capacidad de brillar en todo tipo de superficie. Por lo demás, en las grandes citas no se ha sabido nada de él: octavos de final en Wimbledon y cuartos de final en Roma, eso es todo. Da la sensación de que su físico le limita demasiado. Aún puede salvar la temporada llevando a Bélgica a ganar la Copa Davis. En la actualidad, ocupa el 16º lugar del ranking ATP.

Bernard Tomic (Australia, 1992).- Desde su irrupción como adolescente en el Open de Australia de 2011 siempre se ha esperado mucho de Tomic, enorme sacador y de una potencia descomunal. Cuando está entonado puede plantarle cara a cualquiera y así lo ha hecho a lo largo del año. Cuando no está entonado, olvídate. Puede ir perdiendo un set 4-0 y ganarlo como ir ganando 5-2 y perderlo. Completamente imprevisible, a su favor hay que decir que este año ha ganado en regularidad y que lo que parecía una bala perdida, un muñeco roto, vuelve a ser un rival de entidad. Ganador en Bogotá, ha acabado 18º en la clasificación.

Dominic Thiem (Austria, 1993).- Nadie daba un duro por Thiem hasta que de repente se fue colando en el top 100, top 50, top 25… No hay nada que haga especialmente bien pero tampoco tiene grandes carencias. Igual que le pasara a Goffin, centró sus esfuerzos en la parte intermedia del calendario, la más asequible, encadenando el título de Umag y el de Gstaad con unas semifinales en Kitzbuhel. Parecía que eso iba a ser el preludio de una brillante gira de cemento pero no se volvió a saber nada de él. Es el más joven del grupo, pero ha de aspirar a algo más que una tercera ronda en un Grand Slam. Ocupa el puesto 20º en la clasificación.

Jack Sock (Estados Unidos, 1992).- La crisis del tenis estadounidense es algo nunca visto en la historia de este deporte. Desde el triunfo de Roddick en el US Open de 2003, ningún compatriota ha vuelto a ganar un torneo del Grand Slam. El último en jugar una final fue Andre Agassi en 2005. Diez años sin saber nada de los americanos es mucho tiempo. El perfil de jugador que sale de su cantera es siempre el mismo: gran sacador, con buena derecha, cierta torpeza en el movimiento lateral y poca capacidad de sufrimiento en la pista. Sock, sin salirse del todo del perfil, parece que al menos intenta no caer en el estereotipo. En Roland Garros le dio mucha guerra a Rafa Nadal y eso no es cualquier cosa. Ganó en Houston y alcanzó semifinales en Basilea y en Newport. No pasó de tercera ronda en ningún otro gran torneo, terminando la temporada como el 26º del mundo.

Grigor Dimitrov (Bulgaria, 1991).- A su favor tenía hasta la magia de los números: Sampras nació en 1971, Federer en 1981 y él en 1991. La comparación con el suizo fue constante desde su triunfal época de junior y en algunos momentos del año pasado vislumbramos la posibilidad de que el búlgaro diera el gran salto. Sin embargo, los años pasan y, sí, la calidad esporádica, el revés a una mano a la línea o la derecha imposible están ahí, pero de la cabeza y el sacrificio seguimos sin saber nada. Ha sido para él un año horrible. Cuando más se esperaba su explosión, se ha hundido hasta el puesto 28º de la clasificación. No hay que descartar que de repente tenga uno o dos años brillantes, con títulos grandes incluidos, pero el tiempo pasa y desde luego nada apunta a que vaya a ser el dominador que todos pensábamos.

La generación sin miedo: abran paso a la adolescencia

Sinceramente, de los arriba mencionados solo veo a Raonic y Dimitrov como posibles ganadores de un torneo de Grand Slam, así que el relevo, que tarde o temprano tendrá que producirse, ha de estar en la siguiente generación. Jugadores entre los diecisiete y los veinte años que ya han ido apuntando maneras. Hacer un repaso de jugadores a estas edades tiene un punto de temerario porque siempre hay deportistas de explosión tardía que pueden romper cualquier molde. Sampras, por ejemplo, ganó el US Open con diecinueve años, pero con dieciocho nadie daba un duro por él, perdido en la competencia con los Agassi, Courier, Chang y compañía.

Por si acaso, vamos a poner aquí algunos nombres para que los vayan siguiendo. A su favor está que no llevan años y años estrellándose contra los veteranos y por lo tanto no deberían tener tanto respeto. En algún caso incluso se han saltado ya el escalafón con todo el morro del mundo.

Nick Kyrgios (Australia, 1995).- El enfant terrible del circuito. Una especie de Bernard Tomic pero aún más macarra. Kyrgios apareció casi de la nada para ganarle a Nadal en Wimbledon 2014 y este año derrotó a Federer en Madrid después de tres tie-breaks. Tiene una pinta estupenda a poco que calme determinados impulsos. Jugador muy agresivo, con gran saque, tiró su temporada a la basura en Canadá, cuando se impuso a Wawrinka después de dedicarse a hacer chistes sexuales sobre su novia. El mundo del tenis se le echó encima y desde entonces solo fue capaz de ganar seis partidos en tres meses. El año que viene será decisivo. Ya ha jugado cuartos de final en Australia y en Wimbledon y durante una semana pisó el top 25 de la ATP. Ahora es el 30º.

Borna Coric (Croacia, 1996).- Tiene los altibajos propios de un adolescente, pero muchos ven en él al próximo Novak Djokovic. Empezó el año al filo del top 100 y ya se ha metido entre los cincuenta mejores del mundo. En Dubai ganó a un Andy Murray en racha para perder contra Federer en semifinales. También llegó a semis en Niza y eliminó a Robredo en segunda ronda de Roland Garros, aguantando cinco sets ante uno de los ironmen del circuito. Es cierto que a partir de ahí bajó un poco el pistón pero aun así le ganó un set a Nadal en el US Open. El año que viene tiene pinta de ser clave. Lo empezará como el 44º mejor jugador del mundo.

Hyeon Chung (Corea del Sur, 1996).- Acaba de recibir el premio al jugador con mayor progresión del año y no es para menos: ha pasado en doce meses del 167º al 52º. Ahora bien, hay algo de truco: casi todos sus puntos los ha ganado en challengers —torneos de segunda división— y jugando en Asia y Australia. Cuando ha pasado por el circuito ATP apenas se le ha visto. Complicado pronunciarse con jugadores así, esperemos que el año que viene se decida a viajar más.

Thomas Kokkinakis (Australia, 1996).- No sé qué pasa con los jóvenes australianos hijos de inmigrantes pero parecen llamados a montarla cada vez que pueden. De Kokkinakis se dice que es el mejor de su generación, mejor incluso que Kyrgios, pero va más despacio y la propia amistad con Kyrgios ya levanta sospechas. En lo que podría haber sido sin problema un año muy bueno para él se ha limitado a quedar el 78º de la clasificación, aunque quizá sea demasiado joven como para pensar ya en un estancamiento. En el pasado Open de Australia ganó en cinco sets a Ernests Gulbis y perdió también en cinco con Sam Groth. Se ve que cuando quiere se agarra a la pista. No siempre quiere.

Alexander Zverev (Alemania, 1997).- Número uno del mundo en categoría junior, el talento y la contundencia de Zverev están fuera de toda duda. Queda, como siempre, la sospecha de su compromiso. Su hermano Mischa también iba a comerse el mundo y las lesiones le han acabado machacando. Para ser casi un niño tiene ya unas cuantas victorias contra rivales de nivel medio, incluyendo una heroica en Wimbledon contra Gabashvili que acabó con 9-7 en el quinto set. A partir de ahí, brillantes semifinales en Bastad y cuartos de final en Washington, ganando a Anderson y Dolgopolov. Después de perder en primera ronda del US Open, también en cinco sets, su temporada se vino abajo hasta acabar el 81º de la clasificación. El año que viene debería rozar el top 25.

Yoshihito Nishioka (Japón, 1995).- De Nishioka hablan verdaderas maravillas, aunque su ámbito de juego sigue siendo Asia y eso, a los veinte años, empieza a ser peligroso. Solo ha jugado nueve partidos a nivel ATP este año, perdiendo seis. Está en esa clase media, junto a Elías Ymer, Jared Donaldson o Kyle Edmund, que no se sabe por dónde van a tirar en el futuro. Sus puntos obtenidos en challengers no le han permitido pasar de la 142ª posición en el ranking.

Andrey Rublev (Rusia, 1997).- Otro niño con una pinta descomunal a poco que consiga centrarse. En principio, lo tiene todo, especialmente una derecha fantástica. El problema es que no ha tenido muchas oportunidades para demostrarlo más allá de la eliminatoria ante España en la Copa Davis, en la que pasó por encima de Pablo Andújar, por entonces número 32 del mundo. Cumplió los dieciocho hace solo un mes, así que es difícil evaluar una temporada en la que en vez de refugiarse en los challengers ha decidido participar en bastantes torneos ATP, fajándose en las previas para entrar en el cuadro principal. Eso ha dañado su ranking (173º) pero puede suponer una gran inversión cara al futuro.

Frances Tiafoe (Estados Unidos, 1998).- El benjamín del grupo. Para hacerse una idea, nació el mismo año que Federer debutaba en el circuito. De él se vienen hablando tales maravillas que cuando uno le ve jugar contra hombres no puede evitar soltar un «no es para tanto». A los quince años ya ganó la prestigiosa Orange Bowl y dos años más tarde se convirtió en el estadounidense más joven desde Michael Chang en participar en Roland Garros. Su experiencia duró un partido. Tres sets, en concreto. A veces, tiende a mostrar cierta apatía en la pista, algo muy adolescente por otro lado. Si se pone las pilas, tendrá su parte del pastel del futuro. Si se sigue dejando llevar, puede acabar como un Donald Young cualquiera.

Estos son solo algunos de los candidatos. Muchos de ellos no llegarán a nada. Otros puede que acaben con el dominio de los treintañeros. En cualquier caso, si se les ocurre alguno que debería estar en la lista y no está, no duden en presentárnoslo en los comentarios.