Pla y Beltrán: poemas entre el fusil y la amnesia 

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Detalle de portada de Narja. Poemas proletarios (1932), de Pascual Pla y Beltrán.

El poeta alicantino Pascual Pla y Beltrán fue pionero del realismo socialista en España. Obrero y autodidacta, estuvo vinculado al círculo intelectual del PCE en Valencia. Junto a los hermanos Renau, Manuela Ballester, Max Aub o Ángel Gaos. Su memoria es hoy un lejano eco a punto de apagarse. 

«He pasado años sin saber de nadie. Uno está como metido en un pozo: todo el mundo se olvida de él. Ni una sola vez he visto citado mi nombre en el extranjero. Nadie me ha enviado ni una sola vez un saludo. Esto es doloroso, querido Max». En estos términos trasladaba el poeta Pascual Pla y Beltrán su situación en la España de posguerra a su amigo Max Aub en una de las cartas que se escribían. Hoy el olvido se cierne implacable sobre el que prendiera la mecha poética del realismo socialista en España. 

Pla y Beltrán es el arquetipo de poeta obrero adscrito a los postulados estéticos soviéticos. Su kafkiana personalidad está suscrita por los traumas y la joroba que le acompañaron. La mayoría de sus conocidos están muertos. El rastreo es posible gracias a dos autores. El pionero fue el poeta Antonio Gracia, que en 1984 publicó Pla y Beltrán. Vida y obra (Instituto de Estudios Alicantinos). Por su parte, Manuel Aznar Soler, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona, lanzó una antología al año siguiente. Y tiempo después toda la obra en dos volúmenes: Pascual Pla y Beltrán. Poesía completa (2008, Institució Alfons el Magnànim) y Narrativa, teatro y ensayo (2009, Consell Valencià de Cultura). 

«No me preguntéis quién soy/ porque es muy vulgar mi historia;/ ¡sabed que en la noche voy/ siempre soñando en la gloria!». Esta «vulgar historia» es fruto de un jornalero y una lavandera. Es 1908. El escenario natal se ubica en Ibi, una villa alicantina con unos tres mil setencientos habitantes entonces. Su infancia constituye la primera parada de un itinerario borrascoso. Eran pobres y al gos flac tot són puces. Así que tuvo que cuidar de sus hermanas y pronto de las ovejas. Su padre los abandonó tras separarse el matrimonio. Con esta tesitura, emigraron al poderoso productor textil: la vecina Alcoy. Pla habría de trabajar en las hilaturas mecánicas que «aplastaron mi corazón y mi cerebro» y que calificó como «el oficio que más tenía que ensombrecer mi vida». Tiene veinte años y la decisión está tomada. La familia cogerá un tren destino Valencia. 

En la capital del Turia los días pasan en la biblioteca. «Mi abuela le daba cada bronca. Había que trabajar, no leer tanto. Claro, la entiendo también…», cuenta su hija Yolanda. No obstante, transita entre ambas ciudades. «La línea de mi vida tenía dos paralelos: la literatura o la fábrica. Entre la oscuridad de los dos caminos elegí el primero». Quiere escribir. Quiere hacerle palanca a la vida. Interviene en tertulias y recitales en centros obreros de Alcoy. Publica sus primeros versos en prensa local. Logra que amigos que habían sido dedicatarios de sus poemas financien La cruz de los Crisantemos (1929). La ópera prima. Un conocido empresario alcoyano del papel de fumar puso gratis el soporte. Al año lanzará Huso de eternidad (1930) acompañado de un retrato firmado por Josep Renau que dice: «Al poeta, cara de poeta, alma de poeta, Pla y Beltrán. Su amigo Renau». Y qué década la que entra. 

Pascual Pla y Beltrán
Retrato de Pla y Beltrán firmado por Josep Renau.

Llueven octavillas entre los huecos que dejan los cuerpos apiñados. Sigfrido Blasco-Ibáñez, de la Unión Republicana Autonomista, sale al balcón del ayuntamiento y proclama la República. Es 14 de abril de 1931. Para entonces Pla ha convertido Valencia en su núcleo vital e intelectual. Ingresa en la UJCE, las juventudes comunistas. Ese año fundaría con sus amigos Rafael Duyos y Ramón Descalzo la revista Murta. Experiencia corta, de poca difusión, pero relevante como confirmación literaria. Colaboraron Cernuda, Aleixandre o Max Aub, entre otros. Pero la sombra de la miseria no le abandona. Su hermana, dependiente de él, enferma de tuberculosis y muere. En esta época pasó una corta temporada en prisión por su actividad política. No claudica. En 1933 se afilia a la UEAP (Unión de Escritores y Artistas Proletarios) de Valencia. Aquí están Josep y Juanino Renau, Max Aub, Manuela Ballester, Ángel Gaos o Gil-Albert. La cárcel le había reafirmado. «Era una figura pública del partido en Valencia. No sé si es leyenda, pero me dijeron que cobraba del PCE para ser su representante. Que cada vez que sucedía algo le detenían a él», señala Aznar. 

Con Narja. Poemas proletarios (1932) Pla y Beltrán alcanza un estilo propio. Rompe con la influencia modernista. «Es el primer poemario proletario-revolucionario en España. Él acepta el realismo socialista —que la URSS impondría en 1934—. Esto traducido a la poesía en nuestro país sería el romanticismo revolucionario», aclara Aznar. Luego vendrán Consignas (1933) de Alberti o Calendario incompleto del pan y el pescado (1933-1934) de Emilio Prados. En Narja el verso es libre y largo. Los temas son la opresión de la clase obrera por la burguesía, la violencia como respuesta revolucionaria, el internacionalismo y el hombre nuevo. Clama: «Y un día todo rojo de venganzas, / bajo el fusil del pueblo, ametrallado / te desharás en sangre sobre tierra». Utiliza un lenguaje directo y un tono maniqueo, violento y blasfemo que le distingue. Un Mayakovski salvando las distancias. Una lírica concebida como herramienta del partido. Agitprop: enardecer e instruir. Un estilo que mantuvo hasta el fin de la guerra. Antonio Gracia, su primer biógrafo, lo rechaza actualmente como poeta reivindicable. Y considera sobre gran parte de su obra que «confundió poema con manifiesto, concienciación con fuegos artificiales. El primer poema de Narja es un vociferío encendido y exaltatorio, una ametralladora cuya única función es disparar». 

Paulatinamente va puliendo su voz lírica. «Hablé con muchas personas que lo habían conocido. Todos tenían libros dedicados. Iba con una gabardina forrada de ejemplares. Los vendía y malvivía. Es contradictorio que el destinatario objetivo de estos versos sea un proletariado que no tenía hábitos de lectura. La mayoría de lectores eran amigos. Intelectuales pequeñoburgueses valencianos o comunistas», recuerda Aznar. «También es cierto que esta contradicción es consustancial a una sociedad capitalista y que el poeta luchaba por el socialismo». En Epopeyas de sangre (1933) el campesinado aparece como héroe colectivo. Toma los sucesos coetáneos de Casas Viejas y Castilblanco. La crítica burguesa le ataca en lo político y lo estético.

Asimismo, Casas Viejas dará pie a su único drama: Seis dedos. Tragedia campesina (1934). Edición acompañada de un retrato del poeta firmado por Manuela Ballester. Estrenada en el Teatro Libertad de Valencia —más tarde Teatro Princesa— utiliza el pseudónimo del cenetista Francisco Cruz Gutiérrez que fue asesinado por la Guardia de Asalto. Esta tragedia fue representada en Moscú traducida por el hispanista Fedor Kelin, según contó su amigo escritor José Mancisidor. Al año siguiente publica Hogueras en el sur y Voz de la tierra. En este último desarrolla un neorromanticismo inspirado por la revolución minera asturiana de 1934. Estos hechos llevaron a muchos a escribir «literatura comprometida». En Camarada (1935) aparece por primera vez el amor como tema. En esta época se funda la revista Nueva Cultura, en la que colabora desde el principio.

Pascual Pla y Beltrán
Pascual Pla y Beltrán, dibujado por Manuela Ballester.

El ruido de sables se ha convertido en un conflicto abierto. La UEAP se integra en la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura de Valencia. No hay tiempo para una revolución socialista. La consigna es ganar la guerra en todos los frentes. Por eso Valencia albergó el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura en 1937. Pla no empuñará el fusil impedido por su deformidad. Pero no cesó en su actividad intelectual y escribirá belicosamente en publicaciones como El Mono Azul, Nueva Cultura, Ataque y La Hora de España. En el mencionado Congreso se arrima a la delegación mexicana y conoce a Octavio Paz y José Mancisidor, entre otros. Este último publicará en su país un artículo titulado «Pla y Beltrán, poeta de una España nueva». Sabe codearse con gente importante. Antonio Gracia quita hierro: «Es autobombo. Él no tuvo que yo sepa relación continuada con ninguno. Otra cosa es que los conociera. Todos envidian la fama. Si no la tienes pues te echas la de haber conocido al famoso. Hay una gran distancia entre lo ocurrido y lo que creemos que ha ocurrido. Tampoco dice nada ni a favor ni en contra que Neruda mandase un telegrama el día de su muerte. Son compañeros de tribu».

Los documentos consultados, sin embargo, confirman la amistad que al menos mantuvo con algunos. Por ejemplo, la correspondencia duradera con Max Aub. A otros como Josep Renau o Ballester los conocía desde el nacimiento de la UEAP, cuando «eran cuatro gatos», en palabras de Aznar. En esta época entrevistó a Antonio Machado en Rocafort (Valencia). Pasó unos días en Madrid con Alberti. También viaja. Quiere ver mundo. Y conocer el socialismo de primera mano. Visita Moscú y de regreso hará paradas en Estocolmo, Copenhague o París. Y en Helsinki conoce al escritor Halldor Laxness, futuro nobel de literatura. Madre española y Uno de blindados recogen su visión de la guerra. El Romancero de la guerra civil (1936) incluyó sus poemas junto a otros de Aleixandre, Alberti o Miguel Hernández

Alicante, 30 de abril de 1939. Las tropas italianas han tomado la ciudad. Corrillos de suicidas y ¡BUM! La desesperación se apodera del puerto. Y las madres lloran. Solo una minoría logra embarcar en el Stanbrook y el Maritime. Pla no pasa desapercibido. Su militancia y su físico se lo impiden. Le espera el campo de concentración de Albatera como a la mayoría de los detenidos en el lugar. «Se salvó porque su cuñado lo sacaba de las cárceles. Pero fue terrible, le hicieron hasta un simulacro de fusilamiento», señala Yolanda. Entre treinta mil y cuarenta y cinco personas ingresaron en el centro en diez días de existencia. Max Aub lo noveló en El campo de los almendros convirtiendo a Pla en un personaje. «Mi madre le decía: “Pascual, pero cuéntame” y él no quería tocar el tema… No quería revivirlo». 

Pascual Pla y Beltrán
Pascual Pla y Beltrán con su hija Yolanda. Cedida por Archivo de Ibi

9327 kilómetros. Un océano. La distancia entre la democracia cardenista y la España nacionalcatólica. Entre exilio e insilio. En México residen los hermanos Renau, Manuela Ballester, Gil-Albert, Ángel Gaos y Max Aub. Otros amigos están en una fosa común. Mientras tanto, Pla malvive en Valencia. «La supervivencia se da camuflada con seudónimos o publicada en lugares muy secundarios fuera de la vida cultural pública. Se extinguen esas voces. Deben renunciar a sus planteamientos», señala Jordi Gracia, crítico literario y subdirector de opinión de El País —no confundir con Antonio Gracia—.

El poeta se hace marchante de arte para sobrevivir. Pasan los años y por fin decide recoger lo escrito desde que acabó la guerra en Poesía (1947). Ha tenido que esconderse bajo el pseudónimo de Pablo Herrera. El franquismo ha construido su propio canon literario. «Rosales o Panero se convierten en las nuevas estrellas. Participan activamente de la política cultural del nuevo régimen y se suman a algunos de los valores de esa nueva España: la restitución del lenguaje y de los juegos retóricos del neoclasicismo español, del renacimiento y del barroco». En el poemario conjura a la muerte, al amor, al dolor espiritual o a la angustia de la soledad. Ha cambiado su estilo. Utiliza estrofas clásicas como el soneto o el romance. «Si me tengo que quedar con algo, sería con algunos poemas de este libro. Menos estrafalaria, más comedida» señala Antonio Gracia. La influencia tradicional española como Quevedo o santa Teresa se hace patente. Cierta esperanza. El poemario evoluciona temáticamente desde la soledad y el deseo a la afirmación neorromántica del amor como razón de vida. «El esfuerzo, el ansia de superación y querer escribir cada vez mejor es positivo y reivindicable. Pero que su poesía sea digna de reivindicación es otra cuestión. Una cosa es lo accidental y circunstancial. Quienes necesitan líderes ven líderes en todas partes. Los que creen que la poesía no tiene un filtro pues todo entra», remarca el poeta alicantino. 

«¿Para qué sirve la poesía?». La tuberculosis vuelve para llevarse a su mujer. La muerte guillotina cualquier atisbo de esperanza. La oscuridad y la culpa lo cubren todo. «Él la veía —pues para él los tabiques eran translúcidos— dejar caer pacientemente en el ensangrentado pañuelo las bocanadas de sangre negra», describe el narrador en Cuando mi tío me enseñaba a volar. «Así reconocía su fracaso. ¿Cuántas veces no se había prometido no escribir más, dedicarse a una empresa útil y remunerativa?» y termina: «Mas su conciencia —dura, fría, implacable— le gritaba: ¡Asesino!».

En la posguerra «le entraban al piso y le hacían fogatas con libros en el salón. Querían esconder la obra tras las baldosas del baño y las rompían todas. Siempre se lo llevaban detenido», cuenta Yolanda. Apunta Aznar que «el epistolario entre Aub y Pla es excelente para acercarse a la realidad entre el exiliado en México y el insiliado. Hasta el 48 no saben el uno del otro a pesar de haber sido amigos. El remite es el de la vivienda de la hermana casada con un franquista bien relacionado».

Los años 50 abren una brecha de esperanza. Los amigos que conserva en Valencia fundan la tertulia «La bicicleta voladora», homónima a uno de sus cuentos. Así que se lo llevaron de su habitación al café Gorila de la calle Ruzafa. Y sus poemas vuelven a publicarse con su nombre civil en Panorama de la poesía moderna española de Enrique Azcoaga en Buenos Aires. Ha conocido a Concha, su vecina. Intenta publicar textos en el extranjero. Mira hacia Hispanoamérica. Apunta Jordi Gracia que «mientras el antifranquismo se hace patente en la poesía del exilio. En el interior hay un intento de reconstrucción íntima de una vida propia». Y nace su única hija, Yolanda. «Él tenía mucho miedo de que yo fuera a nacer con esa falla física. No se había estudiado, no habían los adelantos de hoy. Pero ese defecto no fue genético. Tuvo que ver con el mal de Pott, una tuberculosis que le afectó los huesos. No fue en una caída ni en las fábricas como contaba él». Tiene un amigo en Caracas, el pintor Juan Alcalde. Le habla de un lugar próspero. 

Pascual Pla y Beltrán
Pla y Beltrán junto a su familia y amigos en su casa de Caracas visitado por Neruda. Cedida por Archivo de Ibi.

«Mas yo muy asentado tengo en mi ánima que allí donde dije, en Tierra de Gracia, se halla el Paraíso Terrenal». Colón describió así lo que se llamaría Venezuela. Exilio y paraíso son conceptos que no casan bien. Pero sin duda es un respiro para el poeta. Pla y Beltrán desembarcó en el país controlado por el dictador Pérez Jiménez en octubre de 1955. Antes Alcalde había recibido el encargo del también dictador Trujillo de hacer un museo en República Dominicana. Pla finge ser dibujante técnico. España no pone pegas. Y Santo Domingo será el puente a Venezuela. Aquí se nacionaliza. «Le pagaban por la crítica literaria, su salario de la Biblioteca Nacional y un plus por hacer el Boletín Oficial de esta», recuerda Yolanda.

Empieza una nueva vida. Colabora para medios como Revista Nacional de Cultura o los suplementos de El Universal y El Nacional. Y muy pronto irán su mujer, su hija y su suegra. «Cuando nos llevó tenía un piso pequeñito alquilado. Mi mamá era buena administradora. Hambre no pasamos». La política pasa a un segundo plano. «En Venezuela ya no perteneció a ningún partido. Cuando llegó había una dictadura militar de extrema derecha. No se iba a meter en política después de lo que…». Tampoco mantuvo vínculos directos con el PCE. En Caracas sigue rodeándose de intelectuales. Pablo Neruda y Matilde Urrutia en una visita al país fueron invitados a comer a su casa. Sin embargo, su actividad de escritor es escasa en el exilio. «No tengo tiempo», se quejaba. 

Doblan las campanas. Llegan condolencias de María Teresa León, Neruda o Eduardo Ortega y Gasset. El corazón de Pla y Beltrán dejó de latir el 24 de febrero de 1961. Amigos como los pintores Iván Petrovsky y Juan Alcalde o el escritor venezolano Casto Fulgencio López acompañaron el cortejo fúnebre. En adelante solo queda polvo y memoria. «El olvido, en primer lugar, se debe al simple hecho de que somos demasiados. Ocho mil millones de habitantes en el planeta que quieren estar en el recuerdo. En nuestro terreno sufrimos el darwinismo artístico», señala Antonio Gracia. Mientras que Aznar difiere: «En general paga el precio de ser vencido republicano en el 39 y especialmente como comunista».

En 2021 Pla y Beltrán es un vago susurro que da nombre a un colegio en su pueblo. No existe fundación, no se menciona en manuales de literatura y es difícil adquirir sus libros. Hasta el 2008 no se publicaron sus obras completas y cuesta encontrarlas. Todo su patrimonio está en manos privadas, salvo algunas donaciones. Su hija denuncia no poder llevárselo de Venezuela: «Te lo quitan en el aeropuerto. Toda una vida de esfuerzo que no nos regalaron y no me atrevo a sacarlo. Me quitan los cuadros dedicados de Carreño, Petrovsky y Alcalde y me matan. Mi papá no veas cómo se los veía. Quería ver si el Gobierno español me ayudaba con su obra. O el alcalde de Ibi. Yo la donaría al Archivo Municipal. Pero no sé qué garantías habría para sacarla». El año anterior había publicado Caballo y Habrá en algún lugar más claridad. El segundo recibió el Premio de Narrativa de la Asociación de Escritores Venezolanos. 

México, 6 de mayo de 1958. 

Querido Pascual:

Enhorabuena. Todo te lo mereces. 

Un gran abrazo. Max Aub.


¿Qué habrías hecho tú en la Guerra Civil?

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Teruel durante la Guerra Civil, 1936. Fotografía: Getty.

Niño, aquí llevamos dos días que no paran de llevarse hombres, pues seguramente se han llevado sus ciento cincuenta hombres, todos los inútiles, cojos, mancos y tuertos, fueron [a] Almenara y se han llevado al primo del chacho Francisco, al del chacho Manuel y a todos los que han pillado aunque haya sido en las calles, lo mismo ha pasado en Jaén, y en todas partes. 

Carta de Juan Moral Villargordo a Francisco Moral y Moral, octubre de 1938. Zona republicana, recogida en Voces de la trinchera, de James Matthews.

Les contesto yo primero: salir corriendo. Mi padre me dijo que comprendió el significado de las guerras la noche del 23-F. Yo, si llegase el momento de enfrentarme a una situación de esas características, no sé si lo comprendería, pero sí que no me verían el pelo. Solo tendría dignidad para callarme la boca el resto de mi vida, porque soy un cobarde con principios. Igualmente, es por todos conocido que los locos suelen ser muy valientes. De hecho, la propia existencia del término voluntarios para designar a los que van a la guerra motu proprio ya pone bastante de relieve, aunque sea semánticamente, cuál es el parecer del resto, la inmensa mayoría. 

Mis puntos de vista no son muy originales. En caso contrario, el principal motivo para acudir a la guerra —que te matan por traidor si no vas— no existiría. Este es uno de los matices en los que se pierde muchas veces el recuerdo de la guerra civil española. De forma interesada, se ha difundido la versión de que fue un conflicto irremediable, que la situación estaba determinada a resolverse solo de esa manera, lo cual es rigurosamente falso. Todo lo que ocurrió fue accidental, como tantos episodios de la historia aún más célebres. Solo es admisible debatir sobre si ese desenlace fue, por desgracia, el peor de todos los imaginables o todavía podría haber ocurrido algo peor.

La primera falacia o idea de relativo rigor que se ha extendido es lo de la lucha entre hermanos, familias, etc. Una cosa es que se dieran casos, y otra que los españoles estuvieran divididos de igual manera que los dos bandos que entraron en combate y que su deseo fuese matarse a tiros. Un libro de reciente aparición sirve para aclarar esas duras. Soldados de Franco. Reclutamiento forzoso, experiencia de guerra y desmovilización militar, de Francisco J. Leira Castiñeira. En él se indica que, de entre la «media España» que se sublevó contra la legalidad constitucional, amplias capas lo hicieron obligados, lógicamente, a punta de pistola. 

El 10 de agosto de 1936 todos los jóvenes de entre veintiún y veinticinco años de Galicia, Castilla y León y parte de Andalucía fueron obligados a incorporarse a las filas de los insurgentes por decreto. Sus nombres aparecieron en los periódicos, por si había dudas. Fueron entre 69 000 y 75 000, contando con los que ya estaban haciendo la mili. Este reclutamiento tuvo una doble finalidad, señala el autor: no solo fortalecía las tropas golpistas, también servía para controlar la retaguardia, porque militarizaba a muchos individuos sospechosos de poder realizar actos disidentes. En el frente, de la conducta de muchos de ellos dependía lo que pudiera sucederles a sus familias en la retaguardia. Una situación especialmente comprometida para los padres de familia. 

Según explica el historiador: «Con el aislamiento de un mozo, este quedaba fichado, así como su familia y entorno, que quedaba a merced de los designios de su comportamiento en el Ejército, un aspecto vinculado al aparato represivo de los insurgentes». De hecho, nunca antes en España se había impuesto el servicio militar obligatorio de todos los hombres «útiles». Antes, no sin controversia, las quintas habían sido por sorteo, del que se podía quedar exento con el pago de una cuota, algo que no estaba al acceso de todo el mundo y que, en la práctica, servía para que solo fueran los que no tenían recursos económicos. También existía un sistema de sustitución en el que un mozo podía ir a la mili en lugar de otro a cambio de una remuneración. Más de lo mismo. Si no se podía pagar, quedaba huir o automutilarse. Muchos aprovechaban ese momento para emigrar a otro continente.

A estos chavales reclutados en el inicio de la Guerra Civil por el bando fascista se les fueron uniendo los prisioneros que iban haciendo las tropas, los evadidos que se iban encontrando y todos los jóvenes en edad militar de los territorios que iban conquistando. En marzo de 1936 crearon las Comisiones de Clasificación de Presentados y Prisioneros para incorporar también a su ejército a los presos de las cárceles. Solo dejaron dentro a los que tenían delitos de sangre. A toda la nueva carne de cañón se la catalogaba en tres categorías: afectos, dudosos y desafectos. De esta condición dependía estar vigilados o acabar en un batallón de trabajadores, cuando no, directamente, en un campo de concentración. La duración de la guerra iba a ser incierta, por lo que la tendencia fue incorporar al mayor número posible de jóvenes. 

Son hechos que dan buena cuenta del supuesto fervor con el que la mayoría de la población se tuvo que ir a la trinchera, por muchos miles de voluntarios que hubiera en ambos bandos. Una situación que pone de manifiesto la máxima sobre los primeros en morir en las guerras, que no son sino quienes no se lo esperan. Como cuenta el libro: «Así lo recordaría también de por vida un preso al ver cómo el médico gallego Rafael Vega Barrera, de buena posición social y ya condenado a muerte, se daba de cabezazos en el calabozo, lamentando no haber huido en su momento». Aunque Mola, arquitecto del golpe de Estado, era consciente de que se necesitaba un clamor detrás de los soldados, que no fuera solo un pronunciamiento al estilo decimonónico, si exceptuamos Navarra, no consiguió que el apoyo civil tuviese ninguna relevancia en la sublevación. Normalmente, grupos de falangistas sustituyeron o vigilaron a la policía donde se impuso la sublevación y hasta ahí. 

En el otro lado la situación no difería. Es cierto que los militantes de los partidos y sindicatos formaron milicias y exigieron que el Gobierno les entregara las armas. Sin embargo, el resto de la población, conforme se fue estructurando el Ejército Popular de la República, fue llamado a filas obligatoriamente. El origen de estos soldados tuvo que ver con criterios geográficos y de concentración demográfica. Por eso, Cataluña, que aguantó hasta febrero del 39, aportó casi un tercio de los reclutas de ese ejército. No sin resistencias. Como citaba el general Vicente Rojo en sus memorias, ¡Alerta los pueblos!, hubo deserciones que llegaban a contar incluso con la colaboración de los alcaldes: 

En el ambiente político que ha sido bosquejado íbamos a afrontar la acometida más fuerte de todas las realizadas por el enemigo: con una organización del Estado viciada en sus raíces; con una baja moral en retaguardia; con una falta de deseos de cooperar a la guerra en las autoridades subalternas, tan manifiesta, que hasta los propios alcaldes encubrían, cuando no fomentaban, las deserciones (…). La dureza que tenía la lucha me preocupaba, pues no encontraba una solución viable para poderla alimentar. Su consecuencia inmediata era un desgaste extraordinario, no solo por las bajas, sino también por los fugitivos y desertores, procedentes, casi en su totalidad, de los últimos hombres incorporados a las unidades combatientes. Se insistió en el envío de hombres desde la región Central… cuando a las unidades se les pedía un concurso no solían dar lo mejor. Así resultó que los primeros hombres llegados de la zona central eran francamente defectuosos como combatientes, pues en una gran parte eran catalanes que regresaban voluntariamente a la región, y movidos, muchos de ellos, más por el deseo de unirse a sus familias, que por el de luchar.

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Bilbao, 1937. Fotografía: Getty.

El caso de la movilización forzosa de reclutas en el bando republicano ha contado con estudios específicos muy recientes de James Matthews, de la Universidad de Oxford. En su tesis, se centraba en la figura que fue mayoritaria, la de todos aquellos que acabaron en el frente en contra de su voluntad al encuentro de los de los párrafos anteriores, que se hallaban en la misma situación. Un ángulo interesante, porque ponía el foco en los que se enfrentaban sin mediar ideología, que es lo que se ha analizado con más frecuencia de esta guerra, la cuestión política. 

Las cifras hablan por sí solas: si al principio de la guerra la República contó con 120 000 voluntarios, a su término había movilizado a 27 reemplazos obligatorios, un total de 1 700 000 hombres. Los últimos, la llamada «Quinta del Biberón», eran 30 000 soldados, la gran mayoría menores de edad, algunos de catorce años. La movilización forzosa, sostiene este historiador, era fruto del fracaso de las milicias de voluntarios en el terreno militar y de la falta de más voluntarios. Se impuso la obligatoriedad para reclutar tropas y un estricto orden jerárquico para que fuesen eficaces en el campo de batalla. 

La República instituyó para este fin los Centros de Reclutamiento, Instrucción y Movilización. Los CRIM. El poder se concentró en los funcionarios, fundamentalmente alcaldes, que tenían los archivos de partidas de nacimiento y el censo. Ellos decidían y, como es natural, protegieron a los privilegiados que pudieron obtener su favor, como se quejaba Vicente Rojo. La instrucción en el bando republicano fue muy pobre y corta: a veces los reclutas se iban al frente directamente. 

Matthews reflexiona sobre la motivación de estos soldados. Siempre se ha dudado de que un ciudadano se exponga a una muerte horrorosa a veinte grados bajo cero por sus valores democráticos; sin embargo, el historiador considera que los reclutas de los totalitarismos tampoco hacían lo mismo por amor al líder. Con citas de oficiales de la Wehrmacht y del general comunista español, Enrique Líster, llegaba a la conclusión de que lo que motivaba en el combate a soldados de leva eran detalles como tener bebercio por la noche, comida caliente cuando hacía frío y que los sanitarios retirasen rápido a los heridos. El alemán iba más lejos: con estar vivos un día más, ya se encontraban tremendamente felices y motivados.

En Voces de la trinchera. Cartas de combatientes republicanos en la guerra civil española, del mismo autor, una recopilación de la correspondencia de los soldados de reclutamiento obligatorio de las fuerzas de la República en el Frente de Andalucía mostraba que existía la confraternización con el enemigo para hacer trueques con ellos o negociar y pactar algún alto el fuego irregular o al margen de sus superiores y, algo más relevante, el verdadero odio era sobre todo para los extranjeros, los fascistas italianos y alemanes, a los que se les tenía por invasores. Mussolini metió 70 000 soldados. Sin embargo, es su actitud ante el conflicto la que más pone de manifiesto la ganas que tenían de una guerra. Veamos seis extractos de toda esa recopilación de cartas: 

En los 16 meses que llevo, pues ahora, según dicen, se termina, pues en Valencia hay un jaleo en que esto se termina y ojalá sea verdad, pues estoy de la guerra hasta los c… [sic], esto solo es para cuatro pillos.

Juana, hoy hace 15 meses que me incorporé y me parece que hace 15 años, si al menos se acabase bien pronto esta mierda de la que todos estamos muy hartos.

Estoy muy harto de guerra y tierras andaluzas: tengo unas ganas de que esto se termine que no te podrás dar una idea: dos años que llevamos ya derramando sangre por cuatro granujas.

Padre, de lo que me dicen que ya se llevan las quintas 22 y 23 y 24, pues terminarán por no dejar uno y así es como se terminará pronto la guerra, no quedando hombres ni comida.

Recuerdo que hago 27 años: desde los 25 estoy perdiendo el tiempo. Pobre juventud que lo está dejando todo en el frente. Cada día me encuentro más desanimado.

Antonio, sabrás que he estado parlamentando con los fascistas… me dijeron que a ver si podía llevarles un poco de arroz, que hace más de un año que no lo prueban y cuentan que están muy hartos de guerra, pero qué van a hacer, que están obligados… me contestaron que estaban conformes, que al que lo ha liado esto no llegan las balas, que disfrutan de buen coche y buen café y ellos pasando calamidades.

El dato curioso de nuestra guerra es que la República pagó bien a sus soldados. Los milicianos y primeros quintos recibieron diez pesetas diarias. Eran los mejor pagados de Europa. Las comidas abundantes y el coñac se convirtieron en la mejor motivación antes de entrar en combate. El historiador inglés señala que los veteranos ya predecían las ofensivas según la calidad del rancho. Según Líster, en sus memorias Nuestra guerra, no había bandera que compitiera con un plato caliente: «Esa comida, no es para ellos [los combatientes] solamente un alimento material que les ayuda a reparar sus fuerzas, sino que alimenta al mismo tiempo su seguridad en que no están aislados del mundo, su confianza en quienes los mandan, en todo el aparato militar, y refuerza inmediatamente su moral combativa». En otro fragmento, insistía, «el reparto a medianoche de café caliente y un trago de coñac a los hombres que, frente a Trijueque, estaban metidos hasta la rodilla en el agua helada (…). Todo esto tenía, en cada uno de estos momentos concretos, mucha más importancia para los combatientes y causaba en su moral un efecto mayor que diez órdenes militares y veinte discursos». 

Todas estas historias y enseñanzas son más viejas que la tos. Sobre todo, fueron frecuentes tras la Gran Guerra, que dejó a un continente aterrorizado, y ya se ve el éxito que tuvieron, que la posguerra concluyó en la Segunda Guerra Mundial. El caso de la Guerra Civil fue evidente. Cuando era patente para todo el globo terráqueo la tragedia y el cataclismo que supuso en España, los que la provocaron pusieron en marcha la maquinaria propagandística para justificar lo injustificable. En los años posteriores, tal vez exista la ilusión de que no hubo guerras, pero lo que se hizo fue exportarlas lejos del mundo del confort, porque lo esencial sigue repitiéndose en la plácida Europa. Todo el que quiere atentar contra los derechos de los demás se las arregla para desestabilizar con odios y guarrerías varias cuyas consecuencias no le suelen salpicar lo más mínimo o no espera que lo hagan. Ya dijo cierto escritor que se puede confiar en las malas personas porque no cambian jamás. 


Una raya en el monte

Traza una raya en el campo y los niños se pondrán a jugar. Saltarán por encima en un sentido y en el otro. «Yo he llegado más lejos», «Tú la has pisado», «No se vale porque tomaste carrerilla…». Caminarán sobre ella con los brazos abiertos, imaginando un funambulismo a ras de suelo. La utilizarán como meta o como línea de salida para hacer carreras más o menos desenfrenadas. Y, en un alarde de ingeniería trazadora, la ampliarán en rayuela para saltar de una casilla a otra, abriendo y cerrando las piernas, yendo y volviendo.

Traza una raya en el campo y los adultos se pondrán a establecer diferencias en discusiones casi siempre agrias. «Aquí y allí», «este lado y aquel», «nosotros y los otros», «lo nuestro y lo vuestro», «los amigos y los enemigos…». Y no solo establecerán diferencias, también otorgarán a la raya valores simbólicos de obligado cumplimiento. «Por aquí nadie pasa», «prohibido el acceso», «solo se atraviesa con pasaporte, salvoconducto o pagando un canon…». Y, en casos extremos, invadirán para hacer avanzar la raya unos cuantos metros y hasta exterminarán a los que han cometido el grave delito de vivir al otro lado. Para los niños la raya es diversión. Para los adultos la raya es frontera.

A menudo los adultos intentan justificar su infantil intento de poner puertas al campo. Entonces hablan de «fronteras naturales», como si la geografía contuviera en su accidentada extensión las claves de una separación o la semilla, siempre presta a germinar, de un odio interterritorial. Ríos, cordilleras, valles sirven para otorgar carácter infranqueable a marcas que, tarde o temprano, se revelan inútiles, a menudo absurdas. En cualquier caso, por mucho empeño que pongamos en defenderlas o en derribarlas, siempre resultan arbitrarias y, con el paso del tiempo, inevitablemente oscilantes. El pico de una montaña no es separación sino convergencia de laderas, vértice unificador, punto culminante donde se reúnen las pendientes. Convertir el pico en punto de una raya invisible implica negar la existencia misma de la montaña. Y el río, antes que ruptura acuática, es confluencia, demostración vadeable de que las dos riveras se bañan en las mismas aguas. Y qué decir del valle, sino que se trata de una salvable hendidura en la tierra que se sujeta, casi pende, de dos elevaciones.

La propia naturaleza se encarga continuamente de desmentir el carácter natural de estas fronteras, cubriéndolas de vegetación idéntica, sometiéndolas a similar climatología y poblándolas de una fauna que circula sin retención de un lado a otro. La meteorología también se encarga de poner en su lugar lo que, por muchas banderas que icemos, no deja de estar junto, lo uno al lado de lo otro con indiscutible continuidad. La crisis climática en la que ya vivimos resulta igualmente aclaradora y vemos cómo nos afecta de manera global en un juego de interrelaciones que superan naciones, estados o imperios.

En nuestra tozudez delimitadora hemos ido reforzando la raya con verjas, alambradas, muros… Se trata de un obstáculo pretencioso y desafiante que tarde o temprano caerá en la obsolescencia, como ya ocurrió con la muralla china, el muro de Adriano o el de Berlín. Sin embargo, no cejamos en el empeño y en las últimas décadas se han multiplicado las barreras y los sistemas de control. Pero no lo olvidemos. Toda esa prohibición reforzada con cemento y alambrada no prueba la divisibilidad de la tierra sino el afán acaparador de bienes, terrenos e intereses políticos. No hay fronteras naturales, solo ambiciones humanas.

Y de esto habla el libro que a continuación se despliega en viñetas. Cuenta la historia de una raya, mejor dicho, del pequeño fragmento de una gran raya, que, con algunos vaivenes, viene separando Francia de España. La frontera de Ordesa ha sido en el siglo XX un paso estratégico que le ha dado protagonismo histórico. Los que nacieron allí, los que fueron niños de la raya, los que crecieron divirtiéndose con ella saben que, por mucha importancia que se le dé, siempre se puede jugar con ella. Por eso de mayores se han convertido en contrabandistas, guías, pasadores, rescatadores, paqueteros y demás oficios relacionados con el salto de un lado a otro, con el funambulismo fronterizo o con las carreras que tienen la raya como meta o como línea de salida.

La de Ordesa es, además, una frontera mellada por el mandoble gigantesco de la espada de Roldán. Así que, a la porosidad que infiltra cualquier barrera, hay que añadir la brecha honda que obliga a escalada, pero también proporciona escondite y recoveco. El juego con la raya está garantizado. También el peligro que conllevan las extremas prohibiciones que la historia hace flotar sobre ella. Son varias historias las que siguen, pero solo son variaciones de una, la historia de la línea trazada en el monte, mejor dicho, de un fragmento de esa línea, pero que puede representar la de todas que, con disciplina fronteriza, parcelan el planeta.

Mercadeo de capricho con riesgo policial, resistencia estratégica en la guerra civil, vía de escape de los perseguidos por los nazis, la frontera de Ordesa condensa acontecimientos que pueden explicar los síntomas de una historia que ha partido y repartido mucha frontera en un siglo eminentemente fragmentador como fue el pasado siglo XX. Pero las historias que se suceden en este cómic, aun preservando su autonomía, se enlazan una con otra. Es el ejemplo más claro de la negación de la raya. Las historias, en lugar de separadas, están unidas precisamente por la frontera, funcionando así no como lectura del desgarro sino de la sutura, relatos distintos unidos por una misma frontera. Así que, querido lector, ya solo te queda pasar al otro lado del prólogo, vadear la tibia corriente que lleva del texto a la viñeta y jugar. Jugar a saltar los muros, los del tiempo con el recuerdo y los del espacio con el paso al otro lado. Jugar a comprender que, por muchas divisiones que quieran interponer, siempre existirá la convicción de su arbitrariedad, el sentimiento de comunidad que, fronteras aparte, nos une, y la necesidad de saltar por encima. Para demostrar que las fronteras solo son una raya, a menudo invisible, en la inmensidad inabarcable del paisaje.

Este texto es el prólogo del cómic Frontera de Ordesa, de los autores Juanarete y David Tapia, que acaba de publicar GP Ediciones. Se puede adquirir aquí.


El juicio por rebelión a José Antonio Primo de Rivera

José Antonio Primo de Rivera. Foto: DP.

Con el cuerpo de Franco trasladado del Valle de los Caídos se puso fin a un culebrón de una magnitud considerable, pero la historia quedó incompleta. José Antonio Primo de Rivera sigue enterrado en el Valle de los Caídos en un lugar central. Parece que solo se le cambiará de sitio, aunque hubo un amago de debate sobre si el líder falangista era una víctima de la guerra civil o, como el repudiado caudillo, uno de sus promotores. Por lo pronto, lo que es un hecho es que él fue juzgado por rebelión y por ese motivo abandonó el mundo de los vivos, porque la sentencia dijo que era culpable. Las garantías de ese juicio, que duró dos días, ya son harina de otros costal.

Antes, como presentación del personaje, nos valen las palabras de Unamuno en el diario Ahora el 19 de abril de 1935: «Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y ni mucho menos, un dictador. A esto hay que añadir que una de las cosas más necesarias para ser jefe de un partido ‘fajista’ es la de ser epiléptico».

En José Antonio: realidad y mito de Joan Maria Thomàs se apunta a que el escritor estaba molesto porque uno de los motivos para que no le dieran el Nobel pudo ser haber ido a un mitin de Falange. El socialista Luis Araquistáin iba por los mismos derroteros, le calificaba de «señorito», «un mozo criado entre mimos y comodidades», algo que le limitaba como líder fascista porque «el lenguaje demagógico no es posible aprenderlo en los libros». Él mismo dijo, tajante: «serviría para todo menos para caudillo fascista».

En Guerras y vicisitudes de los españoles, las memorias de Julián Zugazagoitia, ministro de Gobernación de Negrín, el socialista consideraba que la ejecución de José Antonio había sido «algo peor que una injusticia, un error». Hubiese sido una baza preciosa para la República haberlo enviado a zona nacional, canjeándolo o dejándolo huir sutilmente, como hizo el ministro Manuel de Irujo con Ramón Serrano Suñer.

Algo que se olvida es que Franco, además de participar en el golpe contra la democracia, también dio un golpe dentro de los golpistas, con el eufemismo de Decreto de Unificación y la fundación de la Falange Española Tradicionalista de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, siglas que le costaron la vida, por fusilamiento, a algunos de los suyos que se opusieron. De hecho, como consecuencia, se fundó acabada la guerra en 1939 la Falange Española Auténtica. En la clandestinidad, pero con un acrónimo que desafiaba el marketing incluso entonces: FEA

Esa lucha por el poder desembocó en una reyerta sangrienta entre los dos grupos rivales, lo cual fue aprovechado por Serrano Súñer para silenciar cualquier foco de resistencia a la unificación (…) En realidad, las estructuras jerárquicas de falangistas y requetés desaparecían también porque el supremo jefe, a partir de ese momento, era Franco. (…) Hedilla pasaba a ser un simple vocal de la Junta Política y no solo no aceptó, presionado por los «camisas viejas» (…) El 25 de abril, Hedilla fue arrestado junto con otros falangistas disidentes (…) Hedilla compareció dos meses después ante dos consejos de guerra sumarísimos (…) Hedilla, acusado de «adhesión a la rebelión» y de resistencia al cumplimiento del decreto de unificación, fue condenado a muerte (…) Franco le indultó, pero pasó cuatro años en la cárcel y, según Javier Tusell, «el resto de su vida lo viviría Hedilla en una situación de ostracismo oficial, pensando en una Falange independiente que siempre resultaría imposible». (Julián Casanova, Historia de España en el siglo XX

Franco a Manuel Hedilla se lo pudo hacer, pero a José Antonio no habría sido tan fácil. Para la República, lanzarlo a él en mitad de la zona sublevada hubiera sido más efectivo que cualquier bomba por la división que habría sembrado. De hecho, consta que Primo de Rivera no deseaba en modo alguno una guerra. Le dijo a un periodista estadounidense que le entrevistó en la cárcel que lo que estaba haciendo Franco era «un error».

Pero no fue posible comprobar la hipótesis de si hubiera enfrentado a los cabecillas de la rebelión, la condena a muerte lo impidió. Para Zugazagoitia, el único que salió ganando de quitarle la vida fue Franco, porque se quedó «sin competidores». Además, para él, «la sentencia fue excesiva». Escribió: «El delito de que debía responder Primo de Rivera se había producido con anterioridad a la insurrección de los militares. Se le condenó, no por lo que había hecho, sino más bien por lo que se suponía que hubiese hecho de encontrarse en libertad».

En cualquier caso, misiones del mismo tipo, como el canje posterior, en 1937, de Raimundo Fernández Cuesta, habían fracaso. Al llegar a la zona sublevada se plegaban a las órdenes de Franco, como dejó escrito en sus memorias Azaña.

Ángel Viñas en ¿Quién quiso la Guerra Civil? revela que José Antonio ya pudo estar en las primeras conspiraciones que se iniciaron desde el mismo 14 de abril para destruir el Estado democrático, aunque por esas fechas no fuese todavía un fascista propiamente dicho. Su conversión fue más adelante, cuando fue recibido por Mussolini y financiado a través de su agregado en la embajada en París y el conde Ciano. Se había visto también con Hitler en mayo de 1934 y lo reconoció durante su juicio en Alicante. Aparece, además, en la solicitud de Von Engelbrechten para entrar en las SS, lo anotó como mérito, haber presentado al hijo del general Miguel Primo de Rivera al Führer. No obstante, no hubo grandes relaciones hispano-germanas a través de los falangistas.

Antes de la contienda, sus hombres tomaron parte en lo que Antonio Goicoechea, conspirador de Renovación Española, describió como «necesidad ineludible de organizar un ambiente de violencia». Sus militantes fueron protagonistas de la famosa violencia callejera del 36. En ocasiones como víctimas, en otros momentos como protagonistas de represalias con muertos. Como cuenta Tusell, en las fichas de afiliación se anotaba quién tenía «bicicleta», esto es, «pistola». Sin embargo, sostiene Viñas que con Falange solo se contó en la etapa final de la conspiración y para que aportara la «carne de cañón». Entonces la Falange era un movimiento marginal y nadie pensó en ella como órgano de poder de un nuevo Estado. Según Tusell, «era un partido político de jóvenes universitarios sin fuerza electoral propia ni menos aún implantación en medios sindicales o proletarios».

Alfonso García-Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera en la fundación de Falange en 1933. Foto: DP.

En noviembre del 35, Primo de Rivera ya planteó la necesidad de un golpe de Estado para hacer frente a «una amenaza de un sentido asiático, ruso, contradictoria con toda manera occidental, cristiana y española de entender la existencia», pero, mientras que Calvo Sotelo defendía abiertamente «una reforma totalitaria del Estado», José Antonio en sus últimos textos lo criticó. Escribió: «La enfervorización religiosa de los pueblos no es tarea política». Desde ese año 1935, en los mítines que había dado el pequeño partido hubo un denominador común, la estrategia propagandística era la de explicar su política como «ni de izquierdas ni de derechas». Cuando la derecha hizo la reforma de la reforma agraria, como apunta Ramiro Trullén en España trastornada, Primo de Rivera sorprendió a propios y extraños criticando la medida en el Congreso: «Teniendo en cuenta que la vida rural española era absolutamente intolerable tendrían que atenerse a las consecuencias». En síntesis, su pensamiento lo que sostenía era la necesidad de encauzar las revoluciones porque motivos no faltaban para que se desencadenasen.

No obstante, desde el primer día de la sublevación los falangistas estuvieron ahí. En las órdenes que dio Yagüe en Marruecos se les tenía bien en cuenta: «Conferir el mando del orden público y seguridad en las ciudades a elementos de Falange». En La columna de la muerte de Francisco Espinosa, está documentado que elementos falangistas ya habían recibido el 16 de julio órdenes para actuar en Extremadura.

Él no. Desde el 14 de marzo estaba detenido. Azaña estaba decidido a atajar la violencia ultraderechista y clausuró la sede de Falange por tenencia de armas el 27 de febrero, once días después de ganar las elecciones. El 5 de marzo la policía se incautó de Arriba, su semanario, y no volvió a publicarse. Siguieron medidas de este tipo que expulsaron al partido a la clandestinidad donde, paradójicamente, empezó a crecer en afiliación. El 19 de mayo el presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, proclamó:

Se han acabado las contemplaciones con los enemigos, claros o encubiertos, de la República (…) Hace algún tiempo yo dije que no estaba dispuesto a tolerar una guerra civil. Pues bien, cuando se trata de un movimiento fascista —digo fascista sin determinar esta o aquella organización, pues todos sabemos qué es el fascismo y cuáles son las organizaciones fascistas—, cuando se trata de atacar a la República democrática y las conquistas que hemos logrado junto al proletariado, ¡ah! Yo no sé permanecer al margen de esas luchas y os manifiesto, señores del Frente Popular, que contra el fascismo el Gobierno es beligerante.

Había sido detenido en marzo por posesión ilícita de armas. Su estancia en prisión se alargó cuando le fueron encontradas en la cárcel dos pistolas. En mayo intentó eludir la justicia por la vía de recuperar la inmunidad parlamentaria, al tener que repetirse las elecciones en algunas provincias pensó que podría presentarse y sacar un escaño, pero la Junta Electoral no aceptó nuevas inclusiones en las listas de febrero. Fue trasladado a Alicante en junio.

Recibió cientos de visitas en su cautiverio, con las que trató el proyecto de la rebelión militar. Pero consta que, iniciada la conflagración, desde su «mesianismo», según Thomàs, José Antonio se propuso parar la guerra desde la cárcel. Abogó por un gobierno de unidad nacional con socialistas, intelectuales, conservadores catalanes y que abordase la reforma agraria y, por otro lado, permitiese la educación católica, para satisfacer a ambos bandos enfrentados. Era agosto del 36 y se ofreció para convencer a los generales golpistas. El Gobierno envió al subsecretario Leando Martín Echevarría a la prisión para entrevistarse con él, pero el plan se rechazó.

En 1963, Franco ordenó borrar todo esto del libro que el falangista José María Mancisidor publicó sobre el juicio. El mito que se había construido no iba, precisamente, en esa dirección. En los sesenta, con los veinticinco años de paz, cundió la preocupación en el régimen por su responsabilidad a la hora de haber iniciado la guerra. Es ahí donde surgen todas las teorías ahistóricas e incluso antitéticas para justificar el 18 de julio, o cargarle la responsabilidad a las víctimas. Falsificaciones que aún circulan hoy.

Paradójicamente, mientras José Antonio barruntaba proyectos para unir a todos los españoles, los militantes de su partido dirigidos con entusiasmo por sus jefes provinciales estaban exterminando a los rivales políticos de cualquier nivel. El propio Hedilla tuvo que pedirles un poco de orden y organización a la hora de matar, con escaso éxito.

El 3 de octubre de 1936 la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo nombró a Federico Enjuto Ferrán juez instructor del sumario «por supuestas responsabilidades en la actual rebelión militar» de José Antonio Primo de Rivera. El fiscal era Vidal Gil Tirado, que el 12 de septiembre había condenado a muerte a cincuenta falangistas que habían intentado liberar al preso. Gil sustituyó a Juan Navarro Serna, que pretendía pedir una pena de dos años por conspiración al entender que no podía acusársele de rebelión por estar preso durante el golpe. Un bombardeo sobre Alicante precipitó el relevo, hubo intentos de la población de entrar en la cárcel a lincharle. El propio juez Enjuto tuvo que dormir dentro de la prisión frente a su celda.

La clave del juicio fue que, desde la cárcel de Alicante, José Antonio escribió a mandos militares «animándolos a la acción», en palabras de Tusell. Consta que Rafael Garcerán Sánchez, el 1 de junio de 1936, ofreció a Mola las milicias del partido. En Los fascismos españoles, Thomàs cita que en junio un boletín clandestino de la organización ya decía:

La guerra está declarada y ha sido el Gobierno el primero en proclamarse beligerante. No ha triunfado un partido más en el terreno pacífico de la democracia; ha triunfado la Revolución de Octubre; la revolución separatista de Barcelona y la comunista de Asturias (…) Estamos en guerra (…) El gobierno se da prisa en aniquilar todo aquello que pueda constituir una defensa de la civilización española y de la permanencia histórica de la Patria: el Ejército, la Armada, la Guardia Civil… y la Falange. 

José Antonio Primo de Rivera en 1935. Foto: Cordon Press.

Primo de Rivera se defendió a sí mismo y a su hermano Miguel y su cuñada Margarita, que también estaba detenida desde la sublevación. El domingo 15 de noviembre tuvo acceso al sumario. El lunes 16 comenzó la vista oral, el 18 fue condenado y el 20 fusilado.

El Tribunal Popular (antes Especial) Provincial de Alicante estaba presidido por tres magistrados y un jurado con representantes de partidos y sindicatos. Su estrategia de defensa pasó por seducir a ese jurado con miembros del PSOE, CNT, UGT y PCE, entre otros. Para ello habló del carácter revolucionario de Falange y dedicó horas a explicar su ideario distanciado del conservadurismo y de tintes sociales. Afirmaba que los preparativos de la sublevación se habían hecho «cuidando especialmente que yo no la conociera», pero mientras esto sucedía, sus hombres desde el 18 de julio estaban asesinando sin control. Su teoría era que para que esto sucediera primero tuvieron que ponerle a él en fuera de juego. La culpa era de la República.

La política de las derechas respecto de mi partido ha sido siempre la misma; querer aprovechar el brío combatiente de mis muchachos (…) Eso sí, querían impedir a toda costa, pero a toda costa, que a estos muchachos los dirigiera yo. ¿Por qué? Porque dicen que estas cosas que yo decía de la tierra y demás eran señuelo que yo utilizaba para atraer a las clases obreras, porque las derechas tienen el error de creer que a las clases obreras se las atrae con señuelos (…) Las derechas tienen esa actitud respecto de mí, pero en cambio dicen: «Esos miles de chicos valerosos, arrojados, un poco locos si queréis, esos son utilísimos. Con estos tenemos que contar nosotros». Y entonces me maquinan disensiones dentro de mi movimiento. (…) surge mi encarcelamiento y la ocasión es «pintipirada»: ahora sí que es fácil levantar el coraje de estos chicos magníficos, valerosos y un poco ingenuos, sin que se nos interponga el majadero ese que nos viene con la cosa de la reforma agraria y del Movimiento-Nacional-Sindicalista.

También se apoyó en que en ninguna de las listas que se habían incautado a los militares detenidos en las zonas donde fracasó el golpe figuraba su nombre. Pero añadió:

De mí, por ejemplo, no os voy a decir hipócritamente que no me hubiera sumado a la rebelión. Creo que en ocasiones la rebelión es lícita y la única salida de un período angustioso.

Y posiblemente metió la pata, en el caso de que no estuviera sentenciado de antemano, que lo estaba. Además, negó las noticias que llegaban de los suyos:

Las ferocidades de que el señor fiscal me da ahora la primera noticia; atrocidades que por otra parte me va a permitir que ponga en cuarentena, porque sé que mis camaradas no son capaces de cometerlas. 

Luego su estrategia pasó por exigirle al Tribunal «alguna prueba positiva» de su participación en el golpe de Estado y sus palabras pasaron a ser más dramáticas:

Os digo que prefiero con mucho no morir (…) Si yo no he tenido parte en esto, si no he participado en esto ,¿para qué voy a venir aquí y hacer el papel de víctima? 

Thomàs señala que fue clave para su condena el cambio de gobierno en el que Largo Caballero colocó al anarquista Juan García Oliver como ministro de Justicia. Este convocó al juez para exigirle la condena. Al mismo tiempo, sentencia el historiador: «José Antonio había participado en la gestación del golpe y había implicado a la Falange de pleno en él, aunque judicialmente fuese difícil de probar… ante un tribunal ordinario, dada la endeblez de las pruebas. Pero el Tribunal Popular no era un tribunal ordinario, sino político, y el veredicto condenatorio estaba asegurado».

El jurado deliberó durante cuatro horas y aceptó todos los cargos del fiscal. Cuando se le comunicó, «conmovido», pidió que se le conmutase la pena de muerte por la cadena perpetua. El jurado volvió a deliberar y se lo denegó. El acusado entró en una crisis nerviosa. Largo Caballero firmó el «enterado». Prieto quiso evitar la condena, pero tuvo más peso García Oliver y el socialista acató la sentencia.

Un año antes, en 1935, en un reunión en el Parador Nacional de Gredos, ya hizo planes de golpe de Estado, que luego él mismo presentó en un informe al gobierno fascista italiano que le financiaba. Otro plan que le mostró más adelante a José Moscardó y Franco, jefe del Estado Mayor de la República en ese momento, fue desechado. El 4 de mayo de 1936 escribió su Carta a los militares de España que circuló por los cuartos de banderas pidiendo a los oficiales que se unieran al golpe. En lo relativo a romper la disciplina y subvertir el orden, decía:

¿Habrá todavía entre vosotros —soldados, oficiales españoles de tierra, mar y aire— quien proclame la indiferencia de los militares por la política? Esto pudo y debió decirse cuando la política se desarrollaba entre partidos. No era la espada militar la llamada a decidir sus pugnas, por otra parte harto mediocres. Pero hoy no nos hallamos en presencia de una pugna interior. Está en litigio la existencia misma de España como entidad y como unidad. El riesgo de ahora es exactamente equiparable al de una invasión extranjera. 

(…)

… lo permanente de España que servíais, ha desaparecido. Este es el límite de vuestra neutralidad: la subsistencia de lo permanente, de lo esencial, de aquello que pueda sobrevivir a la varia suerte de los partidos. Cuando lo permanente mismo peligra, ya no tenéis derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin los que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así: la última partida es siempre la partida de las armas. A última hora —ha dicho Spengler—, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización.

(…)

En las demás naciones el Estado no estaba aún en manos de traidores; en España, sí. Los actuales fiduciarios del Frente Popular, obedientes a un plan trazado fuera, descarnan de modo sistemático cuanto en la vida española pudiera ofrecer resistencia a la invasión de los bárbaros. Lo sabéis vosotros, soldados.

(…)

Medid vuestra terrible responsabilidad. El que España siga siendo depende de vosotros. Ved si esto no os obliga a pasar sobre los jefes vendidos o cobardes, a sobreponernos a vacilaciones y peligros. El enemigo, cauto, especula con vuestra indecisión,

(…)

Jurad por vuestro honor que no dejaréis sin respuesta el toque de guerra que se avecina.

(…)

Si así lo hacéis, como dice la fórmula antigua del juramento, que Dios os lo premie; y si no, que os lo demande. ¡ARRIBA ESPAÑA!

Desde la cárcel, el citado Antonio Goicoechea era el que llevaba sus mensajes a los militares. También pidió una donación a Mussolini de un millón de pesetas para sobornar a oficiales indecisos, que le fue negada, apunta Thomàs. En junio escribió artículos quejándose de que los conspiradores querían utilizar a Falange como tropa para el golpe. «¿Pero qué supone esa gentuza? ¿Que la Falange es una carnicería donde se adquieren, al peso, tantos o cuantos hombres? ¿Suponen que cada grupo local de la Falange es una tripa de alquiler a disposición de empresas?». Entendía que lo que estaba en marcha contaba con ellos, en sus palabras, «como comparsa». En una circular de veintisiete puntos ordenó que nadie tomase parte en un levantamiento.

Al final, sus peores temores se hicieron realidad. Cuando llegó el golpe, las bases de su partido se sumaron a él sin dudarlo. Eso sí, de manera subordinada al mando militar, nunca dirigiendo las operaciones. El único lugar donde el golpe tuvo verdadero apoyo civil fue en Navarra, con los miles de voluntarios tradicionalistas de Mola detenidos en Somosierra por milicianos madrileños. Si en ese momento José Antonio había cambiado su postura manifiesta o no y por qué, es un interesante debate histórico. Por lo pronto, solo queda el testimonio del oficial de prisiones, Abundio Gil, citado por Ian Gibson en su obra En busca de José Antonio, que observó que los días 16 y 17 de julio, José Antonio, en su celda, estaba haciendo las maletas.

Entierro de José Antonio Primo de Rivera, 1936. Foto: Cordon Press.


En los últimos segundos de la Cataluña republicana

Teresa Pàmies. Foto: DP.

No hay mejor homenaje a un escritor ni recuerdo de su legado que no sea leerle. Es lo más recomendable que podemos hacer en el Any Teresa Pàmies con su protagonista. Autora de un libro de memorias que ha servido de referencia sobre la vida en la Barcelona de la guerra civil, Cuando éramos capitanes, más allá de los hechos que constata, es interesante hoy el enfoque que les da. Al igual que con la llegada de la democracia se olvidó la guerra civil, con el regreso del recuerdo de la guerra civil en el siglo XXI se ha olvidado cómo la recordaban sus protagonistas. En la introducción, ella misma refleja que para los jóvenes de los setenta mencionársela era hablarles de «el rollo» y su preocupación ante el panorama era que pudiera repetirse. No hay épica en sus líneas, vivió todo aquello como una tragedia con la contradicción patente de que se trataba de su juventud, sus mejores años de vida.

Lo ocurrido en Cataluña entre 1936 y 39 ha estado siempre en entredicho. No es extraño que se pervierta la historia para hablar ahora de que fue un conflicto entre Cataluña, que era la republicana, y España, la fascista. También es un arma arrojadiza la cifra de muertos por la represión por provincias, que en Cataluña fue menor que en otras zonas como el sur o el noroeste, olvidando que por la frontera francesa salieron en 1939 cuatrocientas mil personas. Muchas de ellas refugiados que fueron acogidos en Barcelona por docenas de miles.

Pàmies habló de esa diferencia entre el frente de Madrid y la retaguardia barcelonesa. Era la primera vez que salía de Cataluña cuando llegó a la capital, solo tenía dieciocho años; la primera vez que estaba en un lugar donde no se hablaba catalán. Notó enseguida la diferencia: «Madrid era esencialmente distinto a Barcelona: la guerra estaba allí y su presencia daba a la ciudad un semblante más grave, menos frívolo y, al mismo tiempo más resuelto a ganarla. En Cataluña teníamos más banderas anarquistas, mayor diversidad de anagramas, más extranjeros con pantalones de golf, más enchufados, más emboscados…»

Sin embargo, el porqué de esta situación, además de por la cercanía amenazante de las tropas de Franco, no era por la idiosincrasia, sino por una situación obvia: «[Madrid] se había liberado de una serie de elementos que, genéricamente, también se llaman pueblo. Habían huido de Madrid, amén de los funcionarios, lo que podríamos llamar la periferia de los ministros (familiares, amigos, protegidos, preferidos, camelistas y otras hierbas), los que buscan el sol que más calienta. Elementos de la picaresca y del monipodio que —en tiempos de sacrificio como los de que la lucha exigía, son más numerosos y repugnantes— habían abandonado la capital».

Las disputas políticas que hubo entre el Estado y la autonomía durante toda la guerra también han servido para disputas posteriores. Julián Zugazagoitia, ministro de la Gobernación (Interior) explicó en sus memorias por qué el gobierno tuvo que sentar su autoridad en Cataluña. Si algo estaba minando allí la autoridad republicana era la ley del más fuerte impuesta por las patrullas de control a las que Companys no podía hacer frente:

Barcelona, con abundancia de todo, hervía de pasiones revolucionarias, que se manifestaban de muchos modos y maneras. Prácticamente, la autoridad estaba en manos de los sindicatos de la CNT, que la ejercían por medio de las llamadas «patrullas de control». El gobierno de la Generalidad, que presidía Companys, litigaba con el gobierno central sobre materias del estatuto autonómico, y conllevaba la situación que le habían creado los sindicatos, a cuya fuerza expansiva no tenía posibilidad de poner límites (…) Los autonomistas catalanes me perdonarán si afirmo, con mis propios datos, que Barcelona se sintió tranquilizada al conocer que el Estado se atribuía la función de garantizar el orden. Ese acto puso término a la época más abusiva y violenta. Se acabó con las patrullas de control y con los tribunales particulares. Cuando se recuerda ese pasado, se advierte bien cómo baja de tono y de importancia la queja de los autonomistas, no obstante tener razón, en muchos casos, para formularla (…) Sin entrar ni salir en esa polémica, bastante sencilla de fallar, sin embargo, un hecho se me imponía de modo indubitable: la transformación operada en Barcelona. Del primero a mi último viaje, la ciudad había cambiado. No parecía la misma. (Guerras y vicisitudes de los españoles)

Pero había algo más. La industria. Vital para la causa republicana y en manos de los sindicatos, estaba en Cataluña.

El gobierno necesitaba instalarse en Barcelona. Coincidía en eso con Prieto, quien también estaba convencido de que la sede del gobierno estaba en la ciudad condal y no porque los edificios fuesen más suntuosos que los de Valencia y la ciudad más hermosa, sino porque el material que se necesitaba para ganar la guerra había que producirlo en Barcelona. Sus amigos le hemos oído afirmar en más de una ocasión que en Cataluña se ganaba o se perdía la guerra. Su afirmación la reforzaba con noticias, de veras impresionantes, sobre los índices de producción de las principales fábricas. La conclusión era desconsoladora. Prieto no hizo secreto de ella ni ante los propios catalanes. (Ídem)

Todo ello supuso finalmente el cambio de sede en noviembre del 38:

«Negrín no descubre su pensamiento. El traslado tiene un designio más hondo: impedir que la Generalidad se entremeta en aquellos temas que, constitucionalmente, no son de su incumbencia; intentar la reconquista de la producción y, en suma, incorporar Cataluña a la guerra, cosa que se estima generalmente que no ha ocurrido. (íÍdem)

En este contexto, la autora habla mucho de la actividad de los teatros catalanes, llenos a rebosar, del interés por la alta cultura que desarrolló una población atrapada por la guerra, pero también queda patente los estragos que causaron los bombardeos aéreos.

Sobre la presencia gubernamental en Barcelona, Pàmies habló de la gran masa de funcionarios que arrastraba. Entre ellos, unos más conscientes que otros del «hecho catalán», lo que levantó muchas suspicacias en la distancia corta con las fuerzas nacionalistas catalanas y sus organismos. Llegaron a coincidir en la Ciudad Condal la presidencia de la república, la presidencia del gobierno, las cortes, lógicamente el gobierno de la Generalitat y, además, el gobierno vasco. Cuando pasaron a Francia, dice la escritora, los guardias de fronteras no podían entender que en un espacio tan pequeño hubiese tantos gobiernos.

Además de los aludidos refugiados de toda España, en Cataluña también se encontraban los heridos del frente. Las páginas más crudas de todas las memorias de Pàmies son cuando hace referencia a su abandono. Estos soldados tenían el carné de su militancia en su propio cuerpo en forma de heridas o mutilaciones. Sin poder caminar, necesitaban huir más que nadie, pero no tenían cómo. La autora les vio con sus propios ojos, envueltos en su vendajes, implorar que les subieran a algún vehículo, pero, en la desordenada huida, todos pasaban de largo.

Cuando las más altas esferas ya conocían que Cataluña no podría mantenerse, lo que la escritora llama «el secreto de los dioses», tuvo que marcharse de gira por Estados Unidos a recaudar fondos y reclamar ayuda para la causa. Es un capítulo muy elocuente sobre la situación de España, perfectamente análogo a los que han vivido otros países y siguen viviendo.

Pàmies confesó: «algunos ricos progresistas me exhibían como a un mono». No obstante, hay escenas realmente sorprendentes. La comitiva también viajó al sur de Estados Unidos, regiones donde la segregación seguía vigente. Lo estuvo hasta mucho después, incluso durante la Segunda Guerra Mundial hubo reticencias para enrolar negros en las Fuerzas Armadas. Inicialmente, tuvieron los ascensos limitados. En la retaguardia, tampoco se les permitió al principio trabajar en la industria de guerra. Por no poder, hasta la Cruz Roja no permitía que se hicieran transfusiones de sangre de negros a blancos, una prohibición que se manutuvo incluso después de que American Medical Associaton hiciera público que la sangre de todos los seres humanos es igual.

Los afroamericanos en aquellos años lucharon contra el fascismo en los frentes de batalla y contra el racismo en su propia casa. Es conmovedor el retrato que hace Pàmies de una escuela negra en St. Louis. Los alumnos, profesores, administrativos, jardineros, cocineros y bibliotecarios eran todos negros. Eso llamó su atención. Le cantaron un góspel sobre España, le hicieron a ella interpretar alguna canción de guerra española. Cuando fue a visitar las habitaciones de los alumnos, todos ellos tenían un mapa de España con banderitas clavadas negras y blancas con las que señalizaban las posiciones de las tropas para seguir el curso del conflicto.

Sobre la ofensiva final franquista, están las palabras de Vicente Rojo en sus memorias ¡Alerta los pueblos!:

… íbamos a afrontar la acometida más fuerte de todas las realizadas por el enemigo: con una organización del Estado viciada en sus raíces; con una baja moral en retaguardia; con una falta de deseos de cooperar a la guerra en las autoridades subalternas, tan manifiesta, que hasta los propios alcaldes encubrían, cuando no fomentaban, las deserciones, y, en fin, con un ejército, como vamos a ver, desgastado, con pocos y malos medios materiales y con escasas reservas. Solamente un contraste satisfactorio se ofrecía en ese conjunto. En vanguardia buena disposición, temple fuerte, espíritu de sacrificio, serenidad. En retaguardia desorganización, moral baja, desorden, cansancio. Por desdicha, y para que la regla general no fallase, iba a triunfar la retaguardia sobre la vanguardia haciendo posible una gigantesca derrota.

El contexto necesario de añadir aquí es que de Cataluña habían salido miles de voluntarios a todos los frentes, habían muerto otros tantos en la ofensiva del Ebro y solo quedaban ancianos y niños para llamar a filas, las llamadas Quinta del Saco, porque habían hecho la mili en la época de la guerra de Marruecos y en esa época los soldados llevaban un saco con su equipaje y la Quinta del Biberón, los nacidos en 1920. En Guerra y revolución en Cataluña, de José Luis Martín Ramos, hay una estimación de la magnitud del esfuerzo bélico en Cataluña medido en tropas:

A finales de julio de 1937 fuentes de Esquerra Republicana sostenían que un 30 % del total del Ejército Popular eran catalanes, 160 000 sobre 500 000. A comienzos de mayo de 1938, el total de efectivos del Ejército Popular era de casi 690 000 y después de la caída del norte, que supuso la disminución del 13% de la población del territorio republicano, la participación catalana hubo de alcanzar una holgada tercera parte cuando menos, unos 230 000. Las últimas incorporaciones de quintas pudieron aumentar esa participación en unos 50 000 más, aunque los de más edad se utilizaran en labores auxiliares y en retaguardia. Si incluimos una parte de las pérdidas, de los 38 500 soldados catalanes muertos no es aventurado estimar el total de soldados catalanes en el Ejército Popular en 300 000 y no es improbable que fueran algo más. Si los movilizables por edad sumaban 475 000, entre 150 000 y 170 000 no llegaron a ingresar en el ejército.

Hay que tener en cuenta también que muchos trabajadores fueron desviados a la industria y que en torno a los diez mil escaparon a territorio francés para incorporarse en la zona franquista a su ejército. En las horas finales, la mayoría de los llamados a filas, ante el avance franquista, no llegaron a entrar en acción ni a ser movilizados. Ni se presentaron. Sí lo hizo, en cambio, el padre de la autora. Como voluntario, estuvo en un batallón de ametralladoras.

Esos días finales en las memorias de Pàmies reflejan la dura realidad en la distancia corta. Las familias separándose. Los que decidían quedarse confiando en que no eran culpables de nada, los que huían atropelladamente. Ella dejó atrás a su madre y apareció muerta en un río meses después. Nunca supo realmente si la mataron, pero eso le dijo una vecina.

Sobre la escena de los heridos pidiendo subirse a algún convoy sin éxito, revela que años después un superviviente español de Mauthausen la consoló confesándola que en el campo ellos robaban harina de la cocina ocultándola en el sobaco. Después, en el catre, repartían en partes iguales las ínfimas porciones que habían reunido, pero solo entre los sanos. No podían malgastar esa «sobrealimentación» con los enfermos.

En los últimos metros antes de Francia, la protagonista de este relato, encargada de la dirección de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSUC), constató que la población civil que huía ya estaba harta de discursos. Al otro lado de la frontera estaba la nueva realidad:

Unos señores con bata blanca sobre los abrigos, antes de meternos en los vagones de ganado, nos preguntaban si cargábamos piojos, si teníamos sarna, si escupíamos sangre, si padecíamos enfermedades venéreas, si llevábamos oro, si teníamos moneda francesa; a las muchachas nos preguntaban si éramos vírgenes. Nuri, que sabía francés, traducía llorando.


La incómoda literatura de posguerra de Agustín Gómez Arcos

Agustín Gómez Arcos en París. Fotografía: Editorial Cabaret Voltaire (CC BY-SA 3.0).

Autor de posguerra

Una escena descrita en María República (1976) podría resumir la obra de Agustín Gómez Arcos (Ennix, 1933 – París, 1998) y la literatura de posguerra más incómoda y deliberadamente escondida por el régimen (y los regímenes que vendrían después). En ella, una prostituta de corta edad y llamada María República, en honor a la época liberal y de apertura internacional que se vivió de 1931 a 1939, en el breve espacio que ocupó la Segunda República española, es violada, reiteradamente, a cambio de sustento sobre la bandera tricolor por parte de los tenientes y coroneles del bando nacional que pasan sus noches de borrachera y victoria en el prostíbulo en que la joven trabaja. «A joderse a la República» proclaman, y es este sentimiento de apaleamiento a los vencidos, de rencor y sed de sangre, el que plaga una bibliografía sorprendente, llena de amargura, pero también de humor, de esperpentos y dolor. La obra de un autor que no solo no fue profeta en su tierra, como se dice de los grandes, si no que durante muchos años ha compartido el mismo destino que los desaparecidos durante el franquismo: escondido en la cuneta, donde no moleste. 

Y, ya que hablamos de ejemplos, quizás la negación del Premio Nacional Lope de Vega en 1962 nos sirva también para comprender los motivos que le llevan a exiliarse. Gómez Arcos, de familia republicana, es un dramaturgo que desarrolla su labor durante la dictadura franquista y es, a todas luces, un personaje incómodo. Sus obras tocan ciertos resortes que la censura no pasa por alto, y de su total producción de casi una docena de obras, solo tres se verían estrenadas, y con importantes recortes. Quizás este golpe, el de declarar desierto el importante premio que le fue concedido por Diálogos de la herejía, junto con el que se repetiría en 1966 cuando finalmente se le reconociera este galardón por Queridos míos es preciso contaros ciertas cosas, pero se prohíbe su puesta en escena, conforman la síntesis de la idea del exilio. La España de Franco no quiere un autor polémico, por lo que este emigra a Francia a mediados de la década de los sesenta, tras un breve coqueteo con Londres.

Dice su amigo Antonio Duque Moros en el prólogo de la reciente edición de Un pájaro quemado vivo (Un oiseau brûlé vif)  por parte de la editorial Cabaret Voltaire: «Para nosotros, Londres fue descubrir el mundo. Todos los muros de contención de la España franquista se derrumbaron al llegar allí para mostrarnos lo que era la libertad, una sensación desconocida que podía respirarse en la propia calle». Una vez asentado en París, Gómez Arcos logra ver estrenadas algunas de sus piezas teatrales en el mismo café teatro en que sirve copas. Los espectadores no sospechan, entonces, que el autor de las obras que comenzaron a ganarse la popularidad estaban escritas por el mismo camarero que les atendía. El salto a la literatura, pues, parece inevitable. Su primera novela, escrita directamente en francés, es El cordero carnívoro, editada en 1975, y que rápidamente le granjea el favor de la crítica y el público. La carrera literaria de este autor en el cercano país galo sería muy diferente a la que acostumbrara en su España natal. Más de una docena de novelas publicadas le valdrían importantes reconocimientos como el finalista del Premio Goncourt, el Prix Thyde Monnier, el Prix Roland Dorgelès y la condecoración de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia. Un autor español que, gracias a la dictadura, acabaría convertido en uno de los mejores autores franceses. 

Sus palabras hablan por él

Quien busque encontrará en la obra narrativa de Agustín Gómez Arcos una obsesión por las heridas sin cicatrizar de la guerra civil. Muchas de las historias perladas de derrota y sometimiento que inundan sus páginas y asfixian a sus personajes son reales: tristes anécdotas que un joven Agustín escuchaba de boca de sus padres y vecinos, condenado al seno de una familia del bando perdedor y atravesando una posguerra y dictadura que ennegreció y envenenó el país durante cuarenta años. María República, El cordero carnívoro, Ana no… las obras de Arcos versan sobre la triste vida tras la guerra civil, el llanto silencioso de una población no solo vencida, sino humillada y sometida. Quizás la amargura, como señalaba anteriormente, sea un tema recurrente en la obra narrativa del autor, pero igual de cierto es que huye de una descripción pormenorizada y, quizás, teatralizada de la miseria de la posguerra.

En la obra de Arcos, el protagonismo lo toman personajes silenciosos, como la madre que en Ana no niega su propio apellido tras perder a su marido y sus hijos en la guerra y emprende un viaje a pie hasta la cárcel «en el norte» para abrazar al único hijo que le queda vivo, preso, y encontrar así la paz necesaria para morir. O como María República, protagonista de la novela del mismo nombre, que narra desde su futuro en un convento la vida de prostituta y madre forzada de su hermano tras perder a sus padres, fusilados. Sin embargo, lo que pudieran haberse convertido en narraciones macabras, nauseabundas y famélicas, son aquí profundas voces llenas de acidez, de rencor, de cabreo. Y es que quizás sea la parte que menos se conoce sobre la posguerra, pero los vencidos no profesan siempre la tristeza propia de la derrota, pues a veces los vapores de la lucha no se apagan con la facilidad con que el régimen hubiera querido. En la lectura de sus novelas, y especialmente la recientemente reeditada Un pájaro quemado vivo (Un oiseau brûlé vif), una especie de humor esperpéntico hace su aparición y colma sus historias de una rabia imposible de ignorar. La misma rabia, si se me permite, que destilan ciertos versos de la conocida Hijos de la ira (Dámaso Alonso, 1944) que eludió la censura. Quizás porque el censor de turno no entendía nada del lenguaje poético. 

Agustín Gómez Arcos fue un autor de ideas claras (políticas y literarias). En su juventud compuso y publicó dos poemarios, uno de los cuales dedicó a su maestra e impulsora en el ámbito literario, Celia Viñas. Un género que no volvería a cultivar hasta su exilio a París (aunque brevemente). Tras su paso por el teatro y la propuesta de escribir una novela directamente en francés, dejaría de lado también este género para centrarse en la narrativa. La poesía de Arcos resulta erótica y visceral (semejante a sus novelas). Habla del amor prohibido, de la negación, de la privacidad y del sexo como acto del lenguaje. Quizás una búsqueda de su propia identidad, una homosexualidad que mantuvo en el ámbito privado y que le ocasionó no pocas disputas. 

Entre su obra en narrativa destaca, además, un sentir adelantado a su tiempo en forma y géneros. La enmilagrada nos narra la historia de una matriarca de familia, Soledad Cuervo, que dirige su pueblo con puño de hierro. Un discurso feminista en que todos los personajes son mujeres y cuenta Arcos la relación de este pequeño pueblo en una España misógina, represiva y castigada por la guerra. La figura maternal y derrotada de Ana Paucha en Ana no que pone de relieve el papel de la mujer en la guerra civil y posguerra, el valor de quienes se encuentran abandonados y sometidos por el sistema, pero también el enfrentamiento entre la mujer y su sociedad. Un discurso que se adelantó varias décadas a los temas que hoy día nos parecen rompedores. 

Claro que todo esto no sería posible sin una labor de traducción a la altura de las circunstancias. Agustín Gómez Arcos comienza a escribir narrativa en francés en torno a 1974. Un año después publicaría El cordero carnívoro. Muy pocas veces volvería a trabajar sobre borradores en castellano. Adoración Elvira Rodríguez, experta en la obra de Arcos, traduce una obra cuyo lenguaje aúna la lírica y la violencia, los dobles sentidos y la pulsión narradora de quien inventa, casi, su propio lenguaje para transmitir un misticismo propia de la España surrealista. Una labor de traducción que pasa por el conocimiento del autor, de su obra, pero también de su metodología de trabajo. Una labor de recuperación y estudio editorial de la que Miguel Lázaro, editor, sabe ya mucho. 

Una labor de recuperación 

Agustín Gómez Arcos es uno de los autores españoles más importantes y con más proyección extranjera de los años setenta y ochenta, pero no fue reconocido en nuestro país. De hecho, señala su actual editor en castellano, Miguel Lázaro, ni siquiera era conocido aquí. El año pasado el parlamento andaluz aprobó por unanimidad una comisión para difundir la obra del autor, aunque en este momento el asunto se encuentra parado por la burocracia, siempre tan ajena a los asuntos culturales. «Una novela como El niño pan», nos cuenta Miguel Lázaro, «que narra la guerra desde el punto de vista infantil, desde el lenguaje de los estudiantes, sería una lectura perfecta para escuelas. Pero ya ni siquiera leen Los girasoles ciegos, qué se puede esperar…».

«Gómez Arcos escribía a mano, llenaba varios cuadernos de espiral y los enviaba a la editorial para que fueran mecanografiados y corregidos» sigue el editor. «En el caso de María República hubo que trabajar con versiones prematuras del manuscrito y también con la obra editada en Francia. Una locura». Cabaret Voltaire, una editorial independiente afincada en Madrid (en el mismo edificio en que, en el siglo XVI, se encontraba el Estudio Público de Humanidades de la Villa de Madrid, al que asistía como alumno Miguel de Cervantes) es la encargada de recuperar a este autor en nuestra lengua. Tan solo unas pocas ediciones anteriores, una de ellas traducida por el propio Gómez Arcos en los años ochenta, habían visto la luz en nuestro país. Ahora, descatalogadas. «Me hablaron de este autor por casualidad durante un viaje a París. Yo tampoco sabía quién era. La labor de recuperación de su obra fue un poco complicada al principio, sobre todo por las reticencias de la familia.» Las traducciones de Gómez Arcos se cuentan en inglés y español, entre otros, y sus obras se estudian en liceos franceses. Se cuenta que el presidente de la república, François Mitterrand, mandaba un coche con el ejemplar recién aparecido en librerías hasta su casa para que se lo firmara. 

«En Arcos hay rabia, hay odio, hay rencor» dice su editor, «pero también hay humor, hay esperpento. Es muy especial. En la editorial le debemos mucho a Adoración Elvira Rodríguez, su traductora, sin ella no sé qué haríamos. Estamos trabajando en otro libro suyo pero cada uno nos lleva un par de años de edición. En el caso de las obras teatrales es más complicado, por tema de derechos, pero seguiremos trabajando en recuperar a este autor».

Según la editorial, Gómez Arcos es cada día más conocido y algunos de sus libros han llegado a vender varias ediciones. Ha encontrado en lectores jóvenes una aceptación que el propio autor no esperaba en España. En Francia, en 2016, se estrenó la ópera de  François Paris Maria Republica, basada en la novela del autor. En España seguimos debatiendo si sus libros entran, o no, a formar parte de las lecturas recomendadas en institutos. Mientras tanto, desde un edificio culturalmente histórico de la capital, una modesta editorial sigue recuperando del olvido a uno de los autores de posguerra más importantes que hemos tenido. 


Viajar en tiempos difíciles

Puente del ferrocarril minero al inicio del Puerto Escandón antes de su adaptación como vía verde.

Si vas a hacerte cargo de un ferrocarril, lo mejor es conocerlo bien. Cuando en 1947 Andoni Sarasola fue designado director de la Compañía Minera de Sierra Menera, empresa explotadora  de las minas de hierro y del ferrocarril que unía a estas con el puerto de Sagunto, no se lo pensó dos veces. Se puso un mono de maquinista y se subió a la cabina de una locomotora de vapor, renunciando a viajar en el lujoso coche-salón para directivos. El viaje nos lo cuenta él mismo en su libro Minas y ferrocarril Ojos Negros-Sagunto. Siderurgia integral (Testimonio de un ingeniero en la dirección de una empresa 1947-1967), y merece la pena que lo reproduzca a continuación:

Me puse el mono y subí a la locomotora; los túneles de Jérica y Caudiel, con fuerte rampa de subida y humedad de carril, con el consiguiente patinaje de la locomotora, me atosigaron de humo, carbonilla y calor asfixiante del hogar de la máquina. En fin, pasé muy mal rato y lamenté mi renuncia al coche-salón; pero el maquinista y el fogonero me instruyeron, pasado el susto, sobre la forma de amortiguar los efectos de la humareda en esas circunstancias de emergencia. El carbón era malísimo, había que limpiar continuamente la parrilla del hogar, con pérdida de tiempo, paradas para hacer presión, taponar algún tubo, etc. 

Este joven ingeniero, que entonces tenía veintinueve años, cuenta que cuando un jefe de estación lo vio descender de la máquina se quedó muy sorprendido y comentó que era la primera vez que veía a un directivo de la compañía que no viajaba en el coche-salón. Y peor aún, porque no contento con el viaje de ida, Andoni Sarasola repitió el viaje en otra locomotora al día siguiente, pero esta vez bajando hasta Sagunto con un tren cargado de pesado mineral. Y sí, lo que cuenta merece ser leído con mucha atención:

Los trenes, además del maquinista y fogonero, llevaban un jefe de tren y cinco guardafrenos, para casos de emergencias, emergencias que eran frecuentes, en especial en la fuerte bajada desde Barracas (…). Los materiales de repuesto para los cilindros de aire comprimido escaseaban; los frenos automáticos fallaban en numerosos vagones de la composición; el maquinista con sus pitidos pedía ayuda a los guardafrenos para controlar el tren en las bajadas; en casos de extrema gravedad se recurría al «contravapor», fórmula antirreglamentaria y peligrosa. Aquellos descensos en aquel año 1947 imponían respeto. Había momentos en que parecía que el tren iba a saltar por los terraplenes; hacía falta valor para conducir los trenes en aquellas circunstancias. La falta de repuestos para mantenimiento era general en todas las actividades mineras e industriales. En aquellos años se trabajaba con lo que se disponía y como se podía.

Estación de Ojos Negros, punto de partida del ferrocarril minero de Sierra Menera y actualmente punto inicial de la vía verde.

Recordemos que la España de 1947 había salido de una guerra civil para encontrarse con una coyuntura internacional totalmente negativa. El régimen de Franco, voluntaria o involuntariamente, estaba abocado al aislamiento y a la autarquía. La cosa no mejoró hasta que la Iglesia (con el concordato de 1953) y el gobierno americano (con el pacto con el gobierno de Eisenhower, también en 1953) le permitieron integrarse en la economía y la política internacional.

Pero qué distinta la postura de Andoni Sarasola con la de un directivo de RENFE que aparece citado en el libro de Manolo Maristany (La epopeya de los directos: de Madrid a Barcelona por Caspe y Mora). Según le contó un maquinista al autor del libro, en cierta ocasión conducía un tren junto con un jefe de división de RENFE. Era un expreso nocturno que hacía el servicio entre Madrid y Barcelona. A mitad camino el jefe de división quiso ponerse al mando del tren. El maquinista le cedió su puesto. Llegaron a un punto conflictivo y el maquinista le dijo lo que la experiencia le aconsejaba hacer:

—Esta cuesta hay que tomarla a setenta kilómetros hora, ni uno más ni uno menos, para no perder arrancada ni pegar bandazos dentro del túnel.

Pero el jefe de división aceleró al máximo despreciando el consejo del maquinista con una frase muy desafortunada:

—Tú déjame a mí que yo sé un rato de locomotoras.

Por supuesto el tren dio un violento bandazo en el interior del túnel y si no descarriló fue por puro milagro, ya que una parte del tren llegó a golpearse contra la dovela del túnel arrancando un pedazo de su recubrimiento. Los pasajeros que dormían se despertaron asustados del golpe. No sabían lo cerca que habían estado de un fatal accidente.

Túnel del ferrocarril minero en Navajas, Castellón, adaptado para su uso como vía verde.

No sabemos si el jefe de división pidió perdón al maquinista. Lo que sí sabemos es que en ese tren viajaba el cardenal Tedeschini, nuncio de su santidad, que era un hombre fundamental en las relaciones de España con el Vaticano. Con lo cual podemos imaginar qué hubiera pasado si se hubiera producido el accidente. ¿Se hubiera retrasado la firma del concordato? ¿Otro nuncio podría haber supuesto otra política? A veces la historia toma un camino no previsto por pura casualidad. O no lo toma por pura casualidad… Como cuando el tren privado del zar Alejandro III descarriló por un sabotaje en 1888 y la fuerza física del zar fue lo que le permitió escapar del vagón y sacar de él a toda su familia. Alejandro III era un hombre fornido, con merecida fama de hombre muy fuerte y vigoroso, pero por lo visto este percance le pasó factura. Al poco tiempo empezó a tener fuertes dolores renales y los médicos diagnosticaron que el gran esfuerzo realizado para salir del vagón medio aplastado eran una de las causas de este dolor. Poco después el zar fallecía repentina e inesperadamente y su lugar lo tuvo que ocupar un jovencito totalmente inexperto: Nicolás. Y lo que viene después ya está contado en los libros de historia.

Volvamos a España. Repensemos bien lo que hace Andoni Sarasola al ser nombrado director de unas minas y un ferrocarril que no conoce. Parece una tontería, pero es muy importante: no viaja aislado en su cómodo vagón. Se mezcla con los maquinistas y fogoneros. Habla con ellos. Les escucha. Comprende bien cómo es su trabajo. Y luego repite lo mismo con los jefes de estación, los mineros, los guardafrenos… Y no contento con eso, rebusca en los orígenes de la empresa, va a buscar un nombre del que nadie habla (Ramón de la  Sota y Llano) para entender por qué se construyó este ferrocarril en lugar de, por ejemplo, llegar a un trato con un ferrocarril de vía ancha cuyo trazado corría casi en paralelo al de vía estrecha. Y cuando se construyó, por qué se construyó del modo en que se hizo, clasificándose administrativamente como «ferrocarril económico», pero dependiente de Obras Públicas y no de Minas, dentro de un ferrocarril de servicio público. Y esto tiene una consecuencia: a diferencia del ferrocarril de Utrillas, también minero y con origen en una localidad de Teruel, no presta servicios de pasajeros, con lo cual las estaciones de ferrocarril se pueden ubicar lejos de los pueblos y por tanto se pueden adaptar al terreno. Eso se ve muy bien en la estación de Los Baños, en teoría la estación de Teruel ciudad, pero muy lejos de la misma, y a mucha más altura que la capital. Detalle nada trivial si se tiene en cuenta que inmediatamente después hay que empezar a subir el terrible Puerto Escandón.

He dicho alguna vez que la historia de un ferrocarril es la historia de sus hombres. ¿Por qué cuando Andoni Sarasola llega a Sagunto nadie pronunciaba el nombre del fundador de la empresa en voz alta? Dejemos que nos lo diga el hijo de Ramón de La Sota, que al llegar la guerra civil continuaba al mando de la empresa de su padre, junto a otro gerente, cuya suerte será muy distinta, como ahora veremos.

Estación de Torás, ferrocarril minero de Sierra Menera, estado actual.

En el diario Deia, con fecha de 6 de agosto de 1978, Ramón de la Sota y Aburto decía:

Fui víctima de la famosa Ley de Responsabilidades políticas. Esta era una ley terrorista: querían aterrar a la gente. Me lo quitaron todo, todos los negocios que heredé de mi padre. Antes de salir de Bilbao tenía a mis órdenes a quince mil hombres. A muchos de ellos les aterraron, les acusaron de cosas que jamás habían hecho. Los embajadores de Inglaterra y Francia me dijeron que yo no duraría veinticuatro horas si entraba Franco. (…) Juzgaron y condenaron a mi padre muerto hacía meses. Incautaron sus bienes e impusieron una multa de cien millones de pesetas (pesetas del año 1937).

¿Su crimen? Haber apoyado a la república. ¿Y qué pasó con el otro gerente, José Luis Aznar, que antes de la guerra tenía una parte de las acciones de la empresa? Al estar en el bando franquista no sufrió represión alguna. Al contrario: se quedó con toda la compañía. Con el camino totalmente despejado por la muerte del fundador y el exilio de su hijo (Ramón de la Sota y Arbuto no volverá nunca a España y morirá en Biarritz), refundó al empresa, que se pasó a llamar Naviera Aznar, y con el beneplácito del régimen,concentró todas las acciones de los diversos negocios que anteriormente formaban el grupo Sota y Aznar a su nombre. Vamos, que le salió muy rentable estar en el bando ganador.

Y así somos testigos de la sorpresa de nuestro joven y temerario ingeniero, Andoni Sarasola, que cuando lee los informes y los libros sobre la compañía, descubre que esta se creó sola, que los párrafos dedicados al origen de la empresa están en blanco, que no hay ninguna alusión a la familia Sota, ni al padre ni al hijo.  Porque claro, el crimen perfecto es el crimen que ni siquiera llega a conocerse. 

El cercanías Valencia-Caudiel visto desde la plataforma del antiguo tren minero, Navajas, Castellón.

La historia de un ferrocarril es la historia de sus trabajadores, de sus viajeros. También es, por desgracia, la historia de sus muertos. En 1911 un temporal hundió el Abanto, un barco cargado con carbón que esperaba para entrar a descargar al puerto de Sagunto. El ferrocarril y los altos hornos consumían mucho carbón. Y el puerto está lleno de barcos, unos cargaban el hierro, otros descargaban el carbón. Pocos días después del hundimiento se encontró una botella que el mar había arrastrado hasta la playa de la Malvarrosa, en Valencia. La botella tenía un mensaje del capitán del Abanto: «Vamos a morir treinta hombres: no abandonéis a nuestras esposas e hijos». El Mediterráneo puede parecer un mar tranquilo. El capitán no se dejó engañar. No tenían salvación. Al mismo tiempo que se encontraba la botella, los cuerpos de los treinta marineros iban apareciendo en las playas. 

No conocí la historia del Abanto hasta que la leí en un libro editado por el Ayuntamiento de La Puebla de Valverde, con la colaboración de los ayuntamientos de Ojos Negros y de Sagunto. ¿Qué une a estos tres municipios? El ferrocarril minero, que ahora es una vía verde. Una vía verde de más de doscientos kilómetros. He recorrido algunos puntos de esta vía verde, he cruzado andando los túneles de Jérica y de Caudiel y he visto pequeñas filtraciones de agua. Ahora estos túneles han sido reparados y acondicionados. Pasan muchos ciclistas y muchos excursionistas. Las filtraciones de agua están controladas y no suponen un peligro para nadie. Ni suponen un problema para ninguna locomotora. Junto a estos túneles tenemos la vía del ferrocarril de vía ancha que comunica Sagunto con Zaragoza. En los viejos tiempos, los maquinistas de los trenes de las dos compañías, los de Renfe y los del tren minero, se saludaban y se gastaban bromas continuamente (y a veces, según he oído, hasta hacían «carreras»). Pero eso no nos puede hacer olvidar lo duro que era ser maquinista en esos tiempos. Los túneles podían ser trampas mortales (en el túnel de Los Palancares, cerca de Cuenca, cinco personas murieron asfixiadas por el humo de la locomotora), y lo incómodo, lentos y peligrosos que podían ser los viajes en tren. Pero las carreteras no eran mejores. Y en aquellos tiempos pocos podían disponer de coche propio.

Por cierto, en el libro donde leo la terrible historia del Abanto (Compañía Minera de Sierra Menera: el futuro de un pasado), encuentro un dato sobre el socio de Ramón de la Sota que desconocía. Eduardo Aznar era primo de Ramón de la Sota y Llano, con lo cual José Luis Aznar, el socio franquista de Ramón de la Sota y Arbuto, el que se quedó con toda la empresa después de la guerra civil, debía ser el hijo de Eduardo Aznar, y por tanto sobrino de Ramón de la Sota y Llano y primo segundo de Ramón de la Sota y Arbuto. ¿No? Yo me lío con estas cosas de familia. Pero una cosa está clara: la familia es la familia, pero las guerras son las guerras. Y esto me recuerda la novela Cambio de banderas de Félix de Azúa, sobre los industriales nacionalistas vascos y la guerra civil. ¿Conocía el autor la historia de la familia Sota? No lo sé, lo que sé es que aún hay muchas historias por contar. Muchas historias que uno no imagina y que le esperan en el lugar más imprevisto. Subí a las minas de Ojos Negros una fría mañana de invierno. Y en Teruel lo de fría mañana no es una metáfora. No había nadie. Nadie. Ni los fantasmas. El crimen perfecto es el que no existe. El que tapa el olvido.

Barrio Minero de Sierra Menera, en el municipio de Ojos Negros, Teruel.


Irene Polo, la mejor periodista de la República

Irene Polo y Buster Keaton fotografiados por Gabriel Casas y Galobardes; imagen de portada de La fascinació del periodisme. Cròniques (1930-1936). Fotografía: Arxiu Nacional de Catalunya.

Hace ya varios años, cuando estaba en la universidad, nos mandaron leer unos cuantos artículos de periodistas catalanes del siglo pasado. Tenía ganas de echar una ojeada a Pla, ese escritor del que todo el mundo seguía hablando, y leer alguna cosa de Sagarra y Maragall. Entre el pack de lecturas me dieron una crónica de una chica de veinticinco años escrita en 1934, que empecé a leer un poco para quitármela de encima y ponerme con los importantes. El título: «Cómo ha dado el primer paso el fascismo de España». Hum, no está mal. Leídas las líneas iniciales: trata de una periodista que se hace pasar por simpatizante de las Juventudes de Acción Popular de Gil Robles y se infiltra en la gran y tensa manifestación que realizaron en 1934 en el Escorial. Vale, interesante. Varios minutos después, acabé el artículo fascinado. Era fluido y eléctrico, con diálogos irónicos e inteligentes, descripción casi cinematográfica y detalles que reconstruían esa vieja realidad en tus retinas. No tenía nada que envidiar a las crónicas de Chaves Nogales, y el estilo era igual de vibrante. ¿Quién era esa joven que a los veintiséis años dejó el periodismo, después de seis años de ganarse la fama y el respeto de sus colegas? ¿Quién era esa reportera a la que la FAI y las milicias paramilitares de ERC se la tenían jurada, y que se suicidó en Argentina a los treinta y dos años? ¿Quién era la fascinante y casi desconocida Irene Polo?

Al cabo de un tiempo me puse a investigar. La periodista que tanto me gustaba —de vez en cuando leía sus crónicas como un intento de que las mías fueran menos aburridas— había nacido en la Barcelona de 1909. Según explicaba en un artículo, recordaba sus días de niña en el barrio de Poble Sec, ese que empezaba (empieza) en la gran avenida del Paral·lel —canalla y obrera, de teatros y cabarés—. Desde su casa podía ver el edificio de la Fraternidad Republicana, donde de vez en cuando se paseaba el famosísimo Alejandro Lerroux. Demagogo, querido por los vecinos, anticatalanista y anticlerical, era asiduo a las grandes butifarradas y comilonas que los «republicanos radicales» celebraban en Viernes Santo para jorobar a la Iglesia. Irene Polo también sería republicana, pero de las catalanistas, alrededor de la amplia hegemonía política que ganaría Esquerra Republicana de Catalunya en los años de la República, mientras el viejo anticlerical Lerroux se escoraba a la derecha y entraba en el Gobierno español con los conservadores contrarios al nuevo régimen.

Polo creció en esa Barcelona prerrepublicana y pasó buena parte de su juventud —hasta los veinte años— trabajando para sacar adelante a su madre y a sus hermanas, después de que su padre, guardia civil, muriera cuando ella era pequeña. Trabajó de oficinista, y allí se dio cuenta de que la dignidad y el sufrimiento de los trabajadores no eran exclusivos de los obreros manuales. Las amenazas y el control «carcelario» de la gente que trabajaba en despachos, «esos hombres y esas mujeres encogidos, de color amarillo cadáver» eran otra forma de explotación menos explícita e idealizada. Pero el trato podía ser el mismo: al quejarse de una reducción de salario de ella y sus compañeros, acabó despedida. Durante esos años se había estado formando de manera autodidacta, leyendo libros y estudiando francés. Y dio el salto al periodismo con la nueva revista Imatges, que dirigía un joven parecido a ella, Josep Maria Planes.

Tanto Planes como Polo son recuerdos de una Barcelona intensa y moderna, que poco tenía que envidiar de París. Si uno lee las crónicas nocturnas de Planes —tours etílicos que hacía en compañía de su amigo Sagarra—, puede ver que el cóctel, el traje y la música hiperactiva no eran solo cosa de ciudades como Nueva York. Polo y Planes fueron jóvenes de la izquierda liberal republicana, defensores del orden y de la justicia social catalanista, que las fuerzas totalitarias aplastarían. Los dos denunciaron el fascismo que llegaba, la guerra sucia de algunos sectores paramilitares de ERC y el anarco-bolchevismo de la FAI, que amenazó a ambos periodistas y que, en el caso de Planes, acabó a tiros con su vida en el margen de una carretera, recién comenzada la Guerra Civil. Eran tiempos vibrantes, peligrosos, esperanzadores e inciertos.

En Imatges, Irene Polo dio sus primeras muestras de calidad periodística. En una de las fotos más famosas que le hicieron, se la ve al lado de Buster Keaton, que está haciendo bromas con su sombrero mientras ella apunta cosas en su libreta y se le escapa la risa. Este retrato se hizo mientras Polo escribía una crónica para Imatges de la llegada de Keaton a Barcelona. Se fue con él, con la actriz y mujer de Keaton, Natalie Talmadge, y con el actor Luis Alonso a pasar el día a la playa de Sitges. A final de su artículo, cuenta que le explicó a Keaton cómo decir «Good bye» en catalán y que, en el momento de decir «Adéu», a Buster Keaton, el hombre que nunca sonreía, se le escapó una gran carcajada.

Otra crónica famosa de Imatges fue su intento de entrevistar a Francesc Cambó, en la que explica cómo ella y su fotógrafo intentan hacerle unas preguntas al gran político conservador catalán, persiguiéndolo por toda Barcelona, pero sin éxito. Como en muchos de sus artículos, Polo simplemente sale a la calle a buscar y a describir, y convierte sus fracasos periodísticos en éxitos narrativos. Es, en versión breve, el método que Gay Talese popularizó en Frank Sinatra Has a Cold.

Cuando Imatges cerró tras pocos números en circulación, Irene Polo fue paseándose por diferentes cabeceras de la época. El panorama de diarios catalanes era inmenso: la explosión política venía acompañada de una gran ola mediática. Polo ficharía por La Humanitat, un periódico vespertino defensor del catalanismo republicano y dirigido por el futuro presidente catalán Lluís Companys. Allí nuestra reportera perfeccionaría el arte de sus entrevistas breves, como la que le hizo a la diputada Clara Campoamor sobre feminismo y el voto de la mujer. Si uno la lee, parece que Polo le haya puesto un micrófono a Campoamor y le esté realizando una entrevista en directo, ágil y espontánea.

El rotativo en el que Polo publicaría buena parte de sus mejores trabajos fue La Rambla, un diario inicialmente deportivo que fue añadiendo reportajes políticos de fuerte interés. La diversidad de temas sobre los que Polo publicó muestra que se divertía escribiendo sobre casi cualquier cosa. Hizo una entrevista a Pío Baroja cuando vino a pasar unos días a Barcelona, charlando de literatura y política entre las paredes del Ateneu Barcelonès, centro de tertulia de los grandes literatos catalanes del momento. Dedicó también varios artículos a la moda femenina, escribiendo crónicas irónicas sobre el escote o la batalla del pantalón contra la falda. Incluso realizó una breve entrevista con Mefistófeles, fumándose un cigarrillo con él y quejándose de la expansión de la cirugía estética en cada vez más rostros.

Una de sus mejores crónicas en La Rambla fue el seguimiento de las elecciones al Parlament de Catalunya que hizo en 1932, paseándose por su antiguo barrio, el Paral·lel, para ver cómo transcurría la jornada electoral en el histórico feudo «radical» de Lerroux. Esta crónica es un retrato del régimen que nacía y de las fuerzas que batallaban en su interior. El Paral·lel, explica Polo, ha pasado de apoyar a Lerroux a votar a Francesc Macià. Hay una nueva hegemonía electoral de izquierda catalanista en Cataluña. Pero Polo no se queda con lo fácil: cruza al otro lado de la montaña de Montjuïc, en la ladera opuesta a la del barrio del Paral·lel, y se encuentra con un panorama muy distinto, con barrios de inmigrantes murcianos, aragoneses o extremeños donde la mentalidad es profundamente anarquista y casi nadie vota. Las paredes están llenas de grafitis de la CNT y la FAI: «OBREROS, NO BOTEIS. FAI», «OBRERS, NO BOTEU. FAI», «VIVA EL COMUNISMO LI VERTARIO». Pese a esta honda diferencia, todo transcurre de manera tranquila. Polo tiene incluso tiempo para entrevistar a un sepulturero del cementerio de Montjuïc que va de camino a votar, y le interroga sobre si los muertos se han portado bien y no han salido a echar papeletas, como en anteriores elecciones.

La conflictividad en tiempos de la República también apareció en sus crónicas de La Rambla. Investigó la revuelta libertaria de Sallent, donde las deplorables condiciones de los inmigrantes españoles —algunos vivían en corrales de cerdos— se mezclaban con la violencia de sus acciones huelguistas. El conflicto entre la población local de Sallent y los recién llegados —donde la incomprensión, la pobreza y la virulencia política hacían de gasolina y mechero— reflejaba de manera cruda el choque entre dos comunidades que se veían lejanas, aun compartiendo su condición de clase obrera y una presunta identidad común española. Polo intentó llegar al fondo del asunto, a las condiciones que generaban este conflicto. Una postura mucho más madura —sin buenismos ni xenofobias— que gran parte del trato que da el periodismo actual a los conflictos entre comunidades locales e inmigrantes, en los que busca más reforzar los prejuicios propios que comprender la realidad.

Polo pasaría por otro diario, L’Opinió, donde mostró su faceta más política. Este periódico era el rotativo oficial de ERC al iniciarse la República. Con el paso de los meses, un grupo de políticos del partido, encabezados por Joan Lluhí, crearon una corriente interna alrededor del diario, crítica con el autoritarismo de Macià y las acciones violentas de los escamots paramilitares de Estat Català, la facción más nacionalista de Esquerra Republicana. L’Opinió se acabaría separando de ERC por estas discrepancias, y el grupo encabezado por Lluhí crearía el Partit Nacionalista Republicà d’Esquerra, junto a políticos de peso como Josep Tarradellas. En ese momento fue cuando Irene Polo entró a trabajar en L’Opinió.

La periodista, comprometida con el sindicalismo —participó en la fundación de la Agrupació Professional de Periodistes— y las mejoras de vida para la clase trabajadora, escribiría duros textos contra la FAI, a la que acusó de jugar con la vida de los obreros en huelgas y revueltas inútiles, y haber degradado todavía más sus condiciones en pos de objetivos extremistas. La «Soli» (Solidaridad Obrera, el diario de la CNT) le contestaría: «Irenita es fresca como su apellido. Ayer tuvo el atrevimiento (no queremos decir poca vergüenza, por respeto al sexo) de presentarse en el Sindicato del Ramo de Construcción para hacer una información (¡bueno, esto de la información es un decir!) sobre el conflicto que estos camaradas tienen planteado […] Doña Irene, la fiera corrupia de las Ramblas, que por su hermosura ostenta el título de “Miss Opinió”, ha visto los “colmillos” de la FAI. Doña Irene, ¿no se la tiraron a usted por la ventana? Es que aún tenemos educación. Lo cortés no quita lo valiente, maca dona de las grandes gafas».

En L’Opinió también publicó el artículo sobre el crecimiento del fascismo en España (con el que he empezado este texto), y —quizá más destacado— no dudaría en criticar a «los suyos», al catalanismo republicano, cuando creyó conveniente. Polo investigó la desaparición de Viriat Milanès, un confidente de las juventudes armadas de Estat Català, enfrentadas en una guerra sucia contra los anarquistas de la CNT y la FAI, lucha en la que abundaron los secuestros, los puñetazos y las pistolas. Explicó las torturas y palizas a las que los jóvenes paramilitares nacionalistas sometían a los anarquistas capturados, e indagó en la desaparición del confidente Milanès, un joven de apenas diecinueve años, consiguiendo pruebas de que había sido secuestrado por las juventudes de Estat Català para silenciarlo. Polo también atacaría a su antiguo periódico, La Humanitat, por intentar tapar este caso y ser «defensores y encubridores de estas hordas brutales que pretenden hacer ver que se toman la justicia por su mano y hoy le rompen la cabeza a Manuel Brunet [periodista], y mañana dan una paliza al señor Vinyals, su esposa y su hija; otro día asaltan el Ayuntamiento pistola en mano y el otro secuestran y atormentan a unos obreros —a unos humildes obreros—, y otro día asaltan una imprenta y amenazan de muerte a los redactores de un semanario». Polo no quería que «con la República y bajo el régimen de un partido titulado liberal y popular, puedan ocurrir en nuestra casa las mismas cosas que nos han contado de las dictaduras americanas».

La periodista escribió en L’Opinió hasta que el diario fue cerrado por el Gobierno español en 1934, argumentando su vinculación con el mundo de ERC, después de que Companys hubiera proclamado el Estado Catalán dentro de la República Federal Española en reacción al nuevo Gobierno conservador de la República, al mismo tiempo que se producían revueltas obreras alentadas por los partidos y sindicatos de izquierda en las cuencas mineras de Asturias y Castilla y León. Con L’Opinió y otros diarios catalanistas republicanos clausurados, Polo empezó a escribir para L’Instant, una cabecera relativamente independiente de los partidos políticos. Cubrió el encarcelamiento del gobierno de Companys y sus juicios posteriores, y entrevistaría a políticos exiliados como Indalecio Prieto en París. Pese a su relevancia, estos artículos aparecerían con multitud de frases tachadas por la censura que el Gobierno conservador había puesto en marcha. Sus pocos artículos que quedarían íntegros serían las «postales» que dedicó a su querida isla de Ibiza, donde ya empezaba a florecer el turismo masivo y en cuyas playas Polo practicó su afición al nudismo y tuvo un desengaño amoroso «ibicenco… y desgraciado» con una mujer (sexualidad que nunca escondió), lo que le haría plantearse pasar una temporada alejada de Barcelona cuando tuviese la oportunidad.

Última hora, un vespertino lanzado por ERC, fue el lugar donde Polo escribiría algunas de sus últimas páginas, en 1936. Una entrevista que realizó a la actriz Margarida Xirgu, donde comentaron la reciente muerte de Valle-Inclán, abrió un camino inesperado en su vida. Xirgu le propuso acompañarla con su compañía teatral por Latinoamérica, y Polo aceptó emocionada. Un centenar de periodistas y personalidades le harían una cena de despedida por todo lo alto. En una foto de esa comida, se ve a Polo rodeada por decenas de hombres trajeados, que la trataron y respetaron como a una igual en ese masculino mundo de las letras. El diario El Diluvio dejó escrito sobre esa velada: «El acto resultó muy brillante, poniéndose de manifiesto las muchas simpatías que ha conquistado la señorita Irene Polo en los medios periodísticos por sus dotes de inteligencia y sencillez, un gran compañerismo y amor a la profesión que ha enaltecido su trayectoria». Varios diarios más se llenaron de elogios hacia ella y su trayectoria. Recordemos: tenía veintiséis años.

Todos sus colegas veían ese viaje a las Américas como un paréntesis, y la misma Polo dejó claro ese plan de acción en una entrevista con el diario La Noche, antes de marcharse:

—Pero ¿serás tránsfuga del periodismo?

—De ningún modo. Amo la profesión con toda mi alma y por ello también me encanta el viaje, ya que pienso preparar grandes reportajes y al regresar me reintegraré a mi labor periodística.

En esos años americanos, Polo se encargó de organizar los tours de la compañía teatral de «la Xirgu» por el continente. En España estallaría la Guerra Civil y el franquismo saldría victorioso. Polo sería una más de esa generación exiliada, de esos intelectuales liberales y republicanos que defendieron el orden ante el extremismo de la FAI, pero que por nada habrían dado apoyo a la dictadura nacionalcatólica y anticatalana de los insurgentes. Cuando la compañía teatral de Xirgu se disolvió en 1939, Polo se quedó viviendo en Buenos Aires, haciendo traducciones del francés y trabajando de directora de publicidad. Consiguió que su madre y sus hermanas pudieran viajar hasta Argentina con ella.

En el exilio, el vigor y la alegría de Irene Polo fueron decayendo. La correspondencia con su amigo Miquel Vilà muestra su descenso a lo más oscuro. 21 de abril de 1941: «[…] estoy muy desanimada; a mí quizá no me pasará nada porque tengo una gran suerte; pero ¿qué me importa eso si tengo que ver lo que le pasa a la gente que quiero? La gente liberal de este país está internada, los españoles reclamados por el Gobierno franquista serán enviados a Madrid […] Es el paso de una era del mundo a otra era […]». 23 de septiembre de 1941: «[…] estoy pasando unos días muy malos. Tengo un decaimiento nervioso terrible, y una angustia que no sé si podré resistir […]». 25 de  noviembre de 1941: «[…] No estoy bien todavía y creo que tardaré mucho en estarlo. Tomo potingues sin parar y por fuera me hacen algún efecto; pero este pequeño efecto no es suficiente. […]». 23 de febrero de 1942: «Ya has visto que el pobre Zweig se ha matado con su mujer, también cansado de América, seguramente. […]».

El 4 de abril de 1942 el diario La Nación de Buenos Aires informaba del suicidio de Irene Polo, a los treinta y dos años. La noticia de su muerte fue llegando, poco a poco, a todos esos periodistas con los que había trabajado, codo con codo, en esos seis años brillantes y excepcionales, tan fascinantes como ella.

(Las crónicas mencionadas están recopiladas en «La fascinació del periodisme», donde, además, Glòria Santa-Maria y Pilar Tur hacen un buen repaso a la biografía de Polo.)


Una rosa es una cebolla

Ernest Hemingway, 1961. Fotografía: John Bryson / LIFE / Getty.

Si la guerra fuese una pregunta que se pudiera contestar, obtendríamos la respuesta desde el tejido mitológico; un lienzo donde destaca la figura del corresponsal que aprovecha las cámaras para difundir su propia imagen. En este caso, se trata de un gigante rubio que bebe vino en bota y se limpia con el revés de la mano; un hombre robusto al que todo el mundo conoce como el profesor Hemingstein y para el cual la guerra nunca fue pregunta, sino todo lo contrario. De ahí su doble mérito.

Contemplar la guerra como respuesta y hallar los interrogantes que la mantienen viva solo es posible después de desalojarla de mitos. El profesor Hemingstein fue construyendo el suyo hasta ocupar la partícula más elemental de la guerra. Transformó el vacío, convirtiéndolo en presencia mitológica ya fuese en Brihuega, Guadalajara, Teruel o Madrid y sus puntos calientes. Lugares como Chicote o el Hotel Suecia serán los decorados íntimos de una guerra que no había hecho más que dar comienzo. Las cámaras de fotos le servirían al profesor Hemingstein para retratarse a sí mismo como protagonista. Si observamos con detenimiento las imágenes que se tomó en el frente, da la sensación de ser una persona de esas que siempre esconden algo. Los que le trataron de cerca dan por hecho que esto era un «efecto» muy acusado en él y que se revelaba cada vez que el profesor se ponía a recordar. Porque, siempre que lo hacía, recordaba en beneficio propio.

Cuando una granada alcanzó el Hotel Suecia —donde se encontraba alojado— y un chorro de arenilla se desprendió del techo —salpicando los vasos y el mapa desplegado sobre la mesa—, al profesor Hemingstein no le quedó otra que preguntar a su auditorio:

¿Qué les parece ahora, caballeros?

Dados los antecedentes, la pregunta fue algo más que una provocación. Un gesto con el que quiso dar a entender que en realidad no se trataba de haber perdido la inocencia, sino de saber encajar su asalto cuando toca remover el whisky con los cascotes del recuerdo. Poco antes del impacto, el profesor Hemingstein estaba explicando la imposibilidad balística de que una granada alcanzase el hotel.

Alrededor de un mapa de Madrid, una variopinta concurrencia —formada por corresponsales junto a milicianos y algún que otro espía— escuchaba atenta la exposición de un hombre que era lo más parecido a un gigante con aire extranjero. No era para menos.  Estaban delante de todo un experto en campañas militares que había sido herido en Italia durante la Gran Guerra y el más famoso autor vivo de la literatura; un hombre siempre tan ocupado en beber como en demostrar quién era. Todo fuese por mantener la hegemonía.

En ese momento —según nos cuenta en su correspondencia de guerra para la agencia NANA— fue cuando se escuchó un silbante rugido como un tren subterráneo y, de inmediato, una granada estalló en la habitación de arriba. Madrid. Hotel Suecia. 30 de septiembre de 1937. «¿Qué les parece ahora, caballeros?».

Es posible imaginar la escena, una de tantas de las que Hemingway se serviría para construir su obra de teatro titulada The Fifth Column (La quinta columna). Un texto donde consiguió que la realidad se pareciese tanto a la ficción como la sangre a la pintura. Porque Hemingway traía aprendido de París el error de la vanguardia cuando se trata de identificar la verdad en la vida con la verdad en la literatura. Ambas nunca son idénticas y Hemingway, que lo sabía por experiencia ajena, se serviría de la ficción para revelar la verdad, expresándola con silencios y mentiras. A partes iguales.  

Bien sabía que cuando se desvela lo que esconde el mundo de la guerra, no solo puede uno encontrarse con personajes y acciones que parecen inventadas por un mal novelista, sino que también puede uno encontrarse con el fracaso. El mero hecho de transcribir los hechos, tal y como los hechos se presentan, hubiese convertido su creación en algo tan obvio como aburrido. De su visita a la guerra civil española no solo nos dejó la citada obra de teatro, también lo haría con algún que otro relato como Old Man at the Bridge (El viejo del puente) además de una considerable novela, For Whom the Bells Tolls (Por quién doblan las campanas).   

Si hay un recurso que vertebra cada una de las citadas obras es el que se mantiene en los diálogos. Sus personajes se expresan con la misma vibración que deja un ferrocarril subterráneo sobre la corteza de la calle. Entre otras cosas, porque son hombres y mujeres que mantienen su discurso desde el lado oscuro. Nunca aman de día. Solo lo hacen cuando llega la noche.

La quinta columna es una obra desarrollada en el Hotel Florida durante la guerra, en Madrid, una ciudad donde todo el mundo lo sabía todo, incluso antes de que hubiese ocurrido. En el citado hotel se alojarían periodistas, chivatos, putas, chaperos, contrabandistas y lo mejor de cada casa junto a espías de doble cruz. Todos revueltos entre la calderilla, el contrabando de pesetas y las informaciones falsas. Con estos materiales, los diálogos surgen apoyados en figuras retóricas que consisten en aparentar que se quiere omitir lo que se está diciendo.

Cuando se trata de escenificar las relaciones del hombre con la guerra, Hemingway mantiene el mismo decorado. Con ello consigue lo más difícil, es decir, demuestra que no existe un contenido distinto para cada guerra, sino un modo distinto de considerar el contenido. Todas las guerras son la misma guerra. Todos los besos son el mismo beso. «Si necesitas tener sueños de día, trata de mantenerme fuera de ellos», asegura el personaje Philip Rawlings, una imitación literaria del mismo Hemingway, tan aficionado a la cebolla cruda como él y como ese otro personaje, protagonista de Por quién doblan las campanas, el dinamitero Robert Jordan.

Fue en un descanso de la guerra, en una mañana de finales de mayo. Cielo claro y viento tibio que acariciaba los hombros, cuando Robert Jordan sacó una cebolla del bolsillo de su chaqueta donde guardaba las granadas. Luego abrió su navaja y empezó a cortar.

—¿Siempre comes cebolla tan temprano? —le preguntó Agustín.
—Cuando la hay.
—¿Todo el mundo lo hace en tu país?
—No —contestó—; allí está mal visto.
—Eso me gusta —le dijo Agustín—, siempre tuve a América por un país civilizado.
—¿Qué tienes contra las cebollas?
—El olor nada más, aparte de eso es como una rosa.
—Como una rosa —dijo Jordan—, es una verdad como un templo. Una rosa es una rosa es una rosa es una cebolla.

De esta manera, en uno de los capítulos, Hemingway pone a Robert Jordan a practicar el exorcismo recitando una letanía silbante, lo más parecido a un reptil mitológico que con su silbido hiciese fundir la corteza de nieve; el blanco sobre la piedra con el que la primavera va a recibir la sangre. Un repertorio de rosas que se identifica con la singularidad de una cebolla que, a su vez, ha sido sembrada en un campo de tensión. El perfume de la vanguardia con el que Hemingway se empaparía en el salón de Gertrude Stein, antes de convertirse en el profesor Hemingstein, cuando París era todavía una fiesta y una rosa era una rosa era una rosa era una rosa. La misma letanía que le acompañó hasta la muerte; fiel como el mal aliento.

Pero volvamos a la guerra. Porque todas las guerras son la misma guerra y una bala es una bala, un beso es un beso y lo de imaginar a Hemingway conjurando palabras, para que nunca llegue el beso de la bala a su chaleco de guerra, es posible. Al igual que tantos otros durante la Guerra Civil, Hemingway se veía a sí mismo como combatiente más que como periodista. Armado con su máquina de escribir, se dispuso a fundar un mito a golpe de tecla. Lo consiguió, a sabiendas de que cualquier corresponsal que haya cubierto una guerra tiene algo que ocultar. Por eso mismo, Hemingway solía expresar lo vivido con silencios, como si estuviese dispuesto a renunciar a la inocencia y beberse el trago de la culpa hasta abrasarse con él.

Ernest Hemingway, sin fecha. Foto: Getty.

Una mezcla de aventura y oficio que se completó en la guerra civil española, cuando Hemingway aprovecha la posibilidad que le ofrece el conflicto para revelarnos lo más oculto del mismo. Bien sabía por experiencia propia que hasta lo más oscuro se trasluce con nitidez en tiempo de guerra, pongamos que con la misma pureza que solo puede verse en el corazón del hielo.

El tableteo de sus despachos de guerra para la agencia NANA sonaba con la convicción del que está construyendo un mito a partir de ciertos hallazgos que le salen al encuentro. Preguntas de las que siempre fue respuesta nuestro conflicto. Esa convicción le acompañaría desde que los Estados Unidos, en una afortunada tentativa de entrar en la historia, lo consiguen participando en la Gran Guerra con Hemingway dentro como conductor de ambulancias.

La noche del 8 de julio de 1918, un mortero le hirió las piernas a orillas del río Piave, en la región verdosa del Véneto. «La muerte es algo muy simple», escribiría después a su padre en una carta. Confiado a la realidad desnuda, el profesor Hemingstein empezaba a construirse su propio mito. A partir de aquí, el corresponsal de guerra se convertiría en lo más parecido a una infección benigna que todo lo contagiaba, excepto el miedo. El siguiente trabajo, como si de un Hércules se tratase, sería el de narrar su aventura por tierras españolas, escribiendo la visión más lúcida de nuestra guerra civil, un conflicto que explicaría escondiendo la pregunta.

Para ello se serviría del «método iceberg», donde el espíritu que emerge con impulsos de hielo blanco no es lo que importa. Lo importante es lo que no se ve, tanto como lo que se evita decir y Hemingway no dice. Ahí reside el secreto. La clave es lo que mantiene a flote la punta de hielo, el cascote con el que el lector choca hasta hacerse la pregunta. ¿De qué respuesta es provocación esta dureza?

Por eso, nadie como Ernest escribiría una novela tan nítida sobre nuestra guerra civil. Narrada desde el bando republicano, con los crímenes que en él se realizaron, Hemingway lanza la pregunta con un silencio provocador que lleva abierto el interrogante: ¿Cómo fue la agresión militar que sufrió la gente humilde para que se levantase de esta brutal manera?

A su valor de narrador, Hemingway suma el valor del protagonista, Robert Jordan, de las Brigadas Internacionales y que carga cebollas y granadas en su bolsillo. El valor, al igual que lo de comer cebolla, era costumbre para ambos. Tal vez fuese también por eso, por lo que Hemingway se enamoraría de nuevo durante la Guerra Civil; para dar salida a su valor y también por la costumbre de sostener breves escaramuzas entre las explosiones de una guerra que sería la muerte de su matrimonio.

En diciembre de 1936, cuando la guerra en España llevaba unos meses, Hemingway todavía estaba al sur de la Florida, al borde de la corriente del Golfo. En su bar de dobles en Cayo Hueso, en el célebre Sloppy Joe´s Bar, el autor norteamericano estaba de pie, apoyado al final de la barra. Comía cebolla cruda y mojaba sus labios en whisky. Con el picor en la lengua, observó a las dos mujeres que acababan de entrar. Una resultó ser la viuda de un ginecólogo. La otra, su hija.   

Meses después, una noche en Madrid, cuando una explosión alcanzó el depósito del agua caliente y los huéspedes del Hotel Suecia abandonaron aprisa las habitaciones, un buen número de compromisos de lo más inesperado quedaron al descubierto. El más notable fue el de Hemingway y Martha Gellhorn, la hija del ginecólogo que había llegado como corresponsal de guerra para la revista Collier´s Weekly. Con una escena así, es posible acertar diciendo que hay veces que la culpa se convierte en una trampa mortal armada por falta de cuidado, y que la culpa que acompaña a Philip Rawlings durante todas las escenas de La quinta columna es la misma culpa que calienta lo suficiente para abrasar la inocencia del profesor Hemingstein, aunque de eso no se trate el asunto, sino de saber encajar su asalto —el asalto de la inocencia— cuando la corteza del suelo vibra como un tren subterráneo y de inmediato el techo se desploma y entonces haya que salir apurado de la cama. Porque en una guerra siempre hay que esperar a que, por lo menos, se manche un poco la alfombra.

La quinta columna estaba acabada justo antes de la toma de Teruel, donde el profesor llegó a tiempo, llevando una copia consigo. Nada más verlo, los milicianos le confundieron con un oficial ruso y le empaparon de vino hasta que vomitó sobre el manuscrito. «Algunas veces un hombre inteligente es forzado a emborracharse para pasar el tiempo con los tontos», parece ser que fue lo que dijo Hemingstein tras el agasajo, una vez hubo dormido la mona. En realidad, hasta entonces, Hemingway había sido señalado por los izquierdistas como un hombre sin conciencia social.

—Eso no es bueno. Cuando alguien deja de creer en la justicia social, empieza a creer en casi todo —le había dicho en el Sloppy Joe´s la hija del ginecólogo, aquella rubia de cabellos largos que respiraba su aliento hasta ponerle en el compromiso.

—No me tientes —dijo él—, no me abras perspectivas —siguió diciendo, después de una pausa.

Todas las noches le pide que se case con él y todas las mañanas le dice que no era eso lo que quería decir. El profesor Hemingstein llegaba a ser tan espantoso cuando se mostraba bueno como entrañable cuando bebía; tan jodidamente mágico que era imposible imaginarlo muerto. Por esto último, a todas partes donde fuese en guerra, le seguía una legión de hombres, mujeres y niños. Un gigante de aspecto extranjero que había cubierto la victoria republicana en Brihuega y Guadalajara, un experto en temas militares que —habiendo inspeccionado las defensas de Madrid y encontrándolas adecuadas— había asegurado que el general Franco nunca tomaría la capital.

Aunque la verdad en la vida y la verdad en la literatura nunca fueron idénticas, el profesor Hemingstein se empeñó en identificarlas en cada uno de sus actos siempre y cuando hubiese alguien delante. Con todo, más que mostrar, lo que hacía era conseguir que su personalidad fuese una obra maestra de la ocultación donde siempre ocultaba lo más importante, es decir, la parte del hielo que reside en su base.

Con frialdad encubierta, el profesor actuaba como si solo la muerte pudiera alterar los cálculos sobre el mapa. Baste recordar que, después de que una granada alcanzase el techo, se sacudió el polvo de los hombros renunciando a la inocencia por un instante, igual que si el capitán del Titanic hubiese dicho: «No se alarmen, no teman, solo hemos parado un momento a coger hielo».


Los olvidados de la Operación Banana contra Franco

Camp Morand Boghari Argelia, 1941 .De pie, cuarto por la derecha: Francisco Bueno Ledesma. Sentado: segundo por la derecha: Luis Ruiz Aguayo.

Sin duda, el momento de mayor desesperación e impotencia del Gobierno republicano durante la Guerra Civil fue el golpe de Casado. Dentro del bando leal se emplearon los mismos subterfugios y excusas baratas para romper la legalidad republicana. En marzo de 1939, que el pueblo español hubiera logrado vencer a las fuerzas de la intervención nazi y fascista era ya prácticamente imposible, pero todavía se podía administrar la derrota. Los golpistas de Casado, sin embargo, esperaban poder rendirse ante Franco a cambio de que no hubiera represalias. Al final, no ocurrió ni una cosa ni otra. Los casadistas fueron a la cárcel y al pelotón de fusilamiento como los demás. Y la derrota no se pudo gestionar, no pudo haber evacuaciones ordenadas ni preparar la salida de muchos de los republicanos más destacados y comprometidos. Algunos de ellos, solamente pasaron de las cárceles de Casado a las de Franco.

En ese momento histórico, en la huida precipitada hacia los puertos de Valencia, Gandía, Cartagena, Almería y Alicante, comienza el documental Espías en la arena de Pablo Azorín y Marta Hierro. Con la desesperación de los republicanos que huyeron a bordo de cargueros de fruta, como el Stanbrook, que se estuvo un mes en el puerto de Orán sin que les dejaran desembarcar. En Argelia fueron ocho mil los refugiados españoles, cuatro mil en Túnez y mil en el Marruecos francés. Y al igual que los que escaparon por los Pirineos, fueron a parar a campos de concentración, especialmente los que se consideraron «peligrosos izquierdistas». Un trato que no esperaban como luchadores antifascistas.

Con la ocupación nazi de Francia y ascenso de Petáin, su situación no hizo más que empeorar hasta que los aliados ejecutaron la Operación Torch, la invasión del norte de África. Los antifascistas españoles entonces fueron liberados, pero lentamente. Y los que habían trabajado en la inteligencia militar de la República o tenían preparación para ese tipo de misiones fueron reclutados por los estadounidenses. En la recientemente establecida OSS (Office of Strategic Services), matriz de la CIA, valoran a los españoles y brigadistas que han perdido la guerra civil por su probado compromiso antifascista.

El documental se ha estrenado en Madrid, Valencia, Palma, Alicante y Málaga y seguramente este año se emita en RTVE e IB3. Marta y Hierro y Pablo Azorín venían de filmar Agente Sicre, el amigo americano, la biografía de Ricard Sicre, ilerdense que fue agente de los estadounidenses, obtuvo información de los nazis apresados durante la contienda y organizó una misión que iba a ser el preámbulo de la invasión de España por parte de los aliados.

Los aliados querían conocer hasta qué punto estaba implicado Franco con el Eje. Los republicanos seleccionados tendrían que infiltrarse en España para informar sobre movimientos de tropas, lo que permitiría a los aliados anticiparse a una ofensiva contra sus ejércitos en el norte de África. Las misiones de los espías en cada ciudad recibieron nombres de frutas. En Barcelona, Operación Cereza; en Madrid, Limón; Cartagena, Naranja; Melilla, Albaricoque y Cádiz, Uva. Y en Málaga, Banana.

Si los nazis hubieran penetrado con sus tropas en España, estaba previsto tomar Ceuta y Melilla para desde ahí bombardear los puestos de artillería y las comunicaciones de la península. En 1943, los cines estadounidenses proyectaron la película Inside fascist Spain para preparar a su población ante la llegada de un nuevo conflicto. Los documentalistas han conseguido imágenes de este film que nunca antes se habían visto en España. Franco a su vez construyó centenares de búnkeres en las costas.

Manuel Lozar Feliz, radiotelegrafista de la Marina de Guerra Republicana.

En julio de 1943, los espías españoles desembarcaron en Río de la Miel, en Málaga. Eran ocho hombres. Manuel Lozar, radiotelegrafista de la Marina de Guerra Republicana, Ignacio López, teniente radiotelegrafista de aviación, Pedro Royo, telegrafista de artillería antiaérea, Jaime Pérez Tapia, comandante de batallón de la 207 Brigada Mixta y Guillermo Garrido de las Heras, sargento del Tercer Batallón de la primera brigada de carros blindados. Junto a ellos, iban tres guías veteranos del ejército republicano que conocían el terreno, Joaquín Centurión, Francisco Bueno Ledesma y Luis Ruiz Aguayo, que tenían como objetivo conectar a la misión con el PCE de Málaga y redes clandestinas que pudieran darles apoyo y lugares seguros para cobijarse y esconder las radios.

Llegaron a las cinco de la mañana. Escondieron su armamento en una cueva y se vistieron con trajes. A quien iba vestido en aquella época con cierto nivel no le paraban, dice el documental. Estuvieron siete meses transmitiendo información. Sobre los movimientos militares y sobre algo que les pilló de sorpresa, la situación en España era mucho más complicada de lo que les habían hecho creer.

Les enviaron al matadero, sentencia uno de los entrevistados. Hablo con Pablo Azorín sobre este aspecto y explica: «En África los responsables norteamericanos y principalmente de Unión Nacional Española, organización pantalla del PCE, crearon un retrato de lo que ocurría en España que nada tenía que ver con la realidad con la que se toparon cuando desembarcaron en la costas de Nerja. Unión Nacional Española, organización que tenía que proporcionales apoyo en la península, simplemente no existía, la vigilancia y represión policial era extrema y fruto de ello el PCE se hallaba muy debilitado, asediado y penetrado por la policía y los delatores».

A la presión de la policía hubo que añadir que se quedaron sin dinero. Las importantes sumas que recibieron para llevar a cabo la misión tenían orden de entregárselas a un enlace del PCE enviado a Málaga desde Francia, Víctor Moreno, que a su vez se lo dio a un contacto del partido en Madrid. Los espías se quedaron sin dinero hasta para los gastos más elementales. Se les rompieron las radios, además, y podían transmitir pero no escuchar a los estadounidenses. Reclamaron fondos de lo entregado, pero el enlace del PCE no volvió a contestar sus demandas.

Desesperados, decidieron arriesgarse y viajar a Madrid a contactar con el PCE. Lo logran, tras un mes intentándolo, con Apolinario Poveda Francisco y enlaces del PCE en Argel, a los que les transmiten su decepción y sentimiento de abandono. Pero a día de hoy no se conoce aún qué pasó con los fondos de la misión, según cuenta Azorín: «No tenemos ninguna evidencia de lo que ocurrió con el dinero que los agentes entregaron al enlace que el PCE envió desde Francia. En un principio pensamos que alguien se lo podía haber apropiado. Tras estudiar el momento que vivía el PCE en el 43 y 44, con una grandísima presión de la policía política, en el que el miedo, la tortura, los infiltrados y delatores acosaban al Partido Comunista, nos dimos cuenta de que la organización de este en el interior de España estaba totalmente descompuesta con enormes problemas de coordinación y comunicación entre los dirigentes y las células activas, sufriendo una gran precariedad de medios. Las necesidades económicas para mantener una organización en la clandestinidad son muy grandes, crearse una cobertura adecuada y moverse en un Estado policial militarizado consumía los escasos recursos económicos con gran celeridad».

Por otra parte, las intrigas políticas también condicionaron la misión. Los comunistas no querían colaborar con los americanos. Si en aquellos días estaban en el mismo bando, resulta extraño. Azorín tampoco tiene respuesta: «La verdad es que lo desconozco, intuyo que el PC quería, con cierta lógica, controlar y dirigir a sus militantes y evitar que fuesen utilizados como carne de cañón por otros. Es la misma directiva que el PCE dictó desde Moscú a todos sus militantes de no integrase en fuerzas regulares de los ejércitos aliados. Por ejemplo, los comunistas españoles tuvieron una fuerte presencia en la Resistencia Francesa en unidades ligadas al Partido Comunista Francés, pero inapreciable en el Ejército Francés Libre del general De Gaulle».

Sumario con al diligencia policial que resume la operación en palabras de la Brigada Político Social de Madrid. (Click en la imagen para ampliar).

Otra desgracia fue que los ingleses, por medio de su embajador en Madrid, Sir Samuel Hoare, habían desarrollado otros planes para España. Por medio de una red de sobornos a los generales de Franco, detallados recientemente en el libro Sobornos (2016, Debate) de Ángel Viñas, pretendían asegurarse la neutralidad del país sin necesidad de intervenir. La Operación Banana podría poner en riesgo todos sus planes. No querían oír nada de agentes infiltrados. De hecho, desde febrero de 1943, la misión Blackbone ya estaba cancelada por el alto mando aliado. Con la neutralidad de España, la guerra finalmente no pasaría por la península.

En marzo de 1944, la Brigada Político Social, a través de un delator infiltrado, Antonio Rodríguez López el Chato, los miembros de la misión son arrestados. Tras los interrogatorios, cayeron doscientas personas involucradas. Fue uno de los golpes más graves recibidos por el PCE en toda su historia. Pero para no tener problemas con los aliados, fueron juzgados por «auxilio a la rebelión», en lugar de por espías, que es lo que eran. La instrucción del caso la llevó el coronel Enrique Eymar Fernández, famoso por solicitar favores sexuales a las mujeres de los presos que acudían a pedirle ayuda, como se detalla en Espías en la arena.

Los aliados se lavaron las manos. A través de Luis Pérez Tapia, hermano de uno de los detenidos, el 13 de marzo en la embajada de Estados Unidos en Madrid recibió una petición de ayuda. En la instrucción que recibieron en el norte de África los agentes, se les dijo que si atravesaban dificultades acudiesen a la embajada a solicitar protección. El 22 de marzo de 1944 se envió desde la embajada en Madrid a Washington un despacho con detalles sobre la operación policial y las detenciones. La prueba de que el Gobierno americano conocía su situación y decidió abandonarlos a su suerte.

El agente Salvador Rodríguez Santana y sus colaboradores José López Iglesias y Francisco Muriel Martín fueron fusilados en Melilla. Salvador Soler López, José Cerezo Fernández, Enrique Tirado Cobos, Antonio González Torres y Adolfo Pacheco Mateos, todos ellos  miembros del PCE que colaboraron con la operación, en Málaga. Manuel Lozar Feliz, Ignacio López Domínguez, Pedro Royo Sanz, Guillermo Garrido de las Heras, Víctor Moreno Cristóbal, junto a los militantes comunistas Jesús Carreras Olascoaga, Félix Pascual Hernández Piedecasas y José Vicente, en Alcalá de Henares. Carreras había asumido la jefatura del PCE en el interior tras las sucesivas caídas de Heriberto Quiñones y Jesús Bayón. Pascual Hernández era el responsable de las estafetas o puntos de enlace del partido.

Ficha policial de Salvador Rodríguez Santana tras su captura en Melilla.

A Jaime Pérez Tapia, Francisco Alaminos y José Jiménez Martín les conmutaron la pena capital por treinta años de cárcel; salieron de prisión a principios de los sesenta. En un informe de la OSS, se califica a la Operación Banana como el mayor descalabro del espionaje aliado en toda la II Guerra Mundial, solo excusable por la inexperiencia de la agencia de espionaje americana en el momento de ponerla en marcha.

Para los agentes reclutados solo hubo olvido. Azorín relata que desgraciadamente era previsible su destino: «Fue algo común a la mayoría de los agentes irregulares de la OSS. Pero, además, la mayoría de los republicanos españoles que participaron en la operaciones de la OSS en España militaban en el Partido Comunista. El advenimiento de la Guerra Fría, el posterior reconocimiento internacional y apoyo a la dictadura por parte de Estados Unidos, los convirtió en personajes incómodos a los que era mejor enterrar en el olvido. Si en su momento, cuando fueron hechos prisioneros, encausados y condenados a muerte, no se les ayudó ni reconoció, ¿qué beneficio puede obtener Estados Unidos en reconocer oficialmente a un grupo de comunistas españoles que sirvieron en su principal servicio de inteligencia militar?».

En los testimonios recogidos por el documental se explica que los americanos veían a los españoles como a una «panda», más que como a unos compañeros. Los tenían como peones. Sin más. La madre de Manuel Lozar intentó pedir clemencia arrojándose al vehículo que trasladaba a la esposa de Franco, sin éxito. Ricard Sicre, coordinador de los espías desde África, quedó marcado por el fracaso de la operación, aunque, como cuenta su documental biográfico, luego volvió a España con una empresa de importación americana —fue el responsable de traer, entre otros productos, la Pepsi-Cola pero, tal y como confiesa su hijo, impactado por el mundo real en el que no contaban las personas ni los ideales—.

Durante su investigación, Marta y Hierro y Pablo Azorín han tratado con familiares directos aún vivos de los represaliados. Ellos también sufren el olvido y el silencio, tal y como cuenta Azorín: «Los más mayores, ya muy pocos, que vivieron directamente la detención, cárcel y fusilamiento de su familiares y las cuatro décadas de dictadura, sufren todavía el trauma del silencio y del temor social sin haber tenido, hasta ahora, la ocasión de reconciliarse con ese pasado tan duro. Los más jóvenes no llegan a comprender ni aceptar que la memoria de sus familiares, defensores de la legalidad republicana y la democracia, sigan siendo ignorada por gran parte de la sociedad, que los juicios sumarísimos, carentes de toda garantía jurídica, por los que fueron condenados a muerte no sean declarados nulos y sus restos debidamente honrados, como todas las víctimas de la Guerra Civil y su larga posguerra, por una sociedad que en su conjunto se declara defensora de la democracia y enemiga del totalitarismo».

«Madre mía, madre mía… Muchachos, mi último adiós», fueron las últimas palabras de Manuel Lozar en la cárcel antes de ser fusilado en las tapias del cementerio de Alcalá de Henares la mañana del 16 de enero de 1945, a menos doce grados, junto a siete personas más. Sus cuerpos están enterrados en las fosas comunes 38 y 39. El responsable de su destino, Dwight Eisenhower, abrazaba a Franco el 21 de diciembre de 1959 en Torrejón.

Última carta de Manual Lozar a sus familiares: «He sido un hombre que luchó por España, perdón por lo que habéis sufrido. Manolo. Besos y valor».