Eduardo Rózsa-Flores y los militantes de extrema derecha en la guerra de Croacia

Eduardo Rózsa-Flores. Imagen: Hunnia Filmstúdió.

Hace unas semanas, apareció en las redes sociales una mención a Eduardo Rózsa-Flores, apodado «Chico», como ejemplo de periodista infiltrado en un país en conflicto que trabaja para la extrema derecha. Sin tener ninguna simpatía por Rózsa-Flores (al que conocí en su día) creo que no es mal momento para hacer un pequeño recorrido por su periodo en la guerra de independencia de Croacia y aclarar, de paso, cuál es el papel de muchos extranjeros que lucharon en esos conflictos.

Los voluntarios extranjeros en el conflicto no están investigados de manera sistemática ni existe un estudio serio, con datos reales, sobre su peso e implicación. Esto hace que, desde distintas ideologías, se haya hecho eco de una presunta participación en el conflicto de «unidades» que recibieron formación militar. El caso más «sonado» en España es el de un grupo de voluntarios catalanes y valencianos que dicen haber luchado por la independencia de Croacia. Ni los archivos oficiales del gobierno croata ni las distintas asociaciones de combatientes del HVO tienen constancia de su presencia, lo que me hace suponer que lo más próximo que ese grupo estuvo de Croacia fue a través de un catálogo de viajes.

El primer punto que habría que destacar es que han pasado ya treinta años del inicio de las hostilidades, lo que provoca distintas «distorsiones» sobre aquel periodo. Es cierto que en todos los ejércitos en conflicto hubo voluntarios extranjeros, pero lo correcto sería hablar de voluntarios individuales que se fueron organizando o fueron agrupados en unidades específicas del ejército en el que combatían una vez allí. 

El caso más particular es el de los muyahidines en la ArmijaBiH, el ejército de la República de Bosnia Hercegovina. Si su presencia en el conflicto está fuera de duda, no existen datos claros sobre su número total (que según las estimaciones más objetivas rondarían el medio millar) pero la mayoría de los testigos de la guerra apuntan a que su presencia era puntual, sin que hubiera un apoyo organizado y coordinado por parte del wahabismo. El motivo principal para la «ausencia» de este factor saudí era la influencia que la Libia de Muammar el Gaddafi (el principal apoyo económico de los musulmanes de Bosnia) y en menor grado, la República Islámica de Irán, tenían en Sarajevo. 

Ninguno de estos dos gobiernos permitiría que el wahabismo, de manera organizada, tuviese influencia bélica en Bosnia y Hercegovina más allá de una participación puntual de varios cientos de individuos. Un detalle que se suele pasar por alto en la mayoría de los trabajos de historia es que el interés de Washington en Bosnia aumenta a medida que crece la influencia de Teherán en la zona, en particular y a nivel militar a partir de 1993. Además, es importante recordar que la guerra civil en Argelia a principios de los noventa fue el lugar de destino favorito de los wahabís con experiencia bélica en Afganistán.

Por parte del ejército serbio, la mayoría de los voluntarios procedían de países de religión cristiana-ortodoxa (griegos y rusos principalmente) y que veían la guerra en Bosnia como una cruzada contra el enemigo turco, visión esta que compartía —a modo de continuación de las luchas contra el ocupante otomano— la cúpula de la Republika Srpska. El papel de estos voluntarios de motivación religiosa es público, y es posible visitar sus tumbas en Visegrad, por ejemplo, además de que su apoyo fue objeto de distintos programas realizados por la RTRS, la radio televisión de la Republika Srpska, en los últimos años.

El ejército croata, en la que sirvió Chico, es probablemente el más organizado en lo tocante a la participación «extranjera». Es necesario, antes de empezar, hacer una pequeña puntualización. Consideraremos como participantes extranjeros a aquellos combatientes sin relación familiar con Croacia. Es relevante hacer esta puntualización porque el apoyo que la diáspora croata, en especial desde Australia y Canadá, realizó a la causa independentista. Es importante también destacar que el grueso de este apoyo llegado del exterior era más radical, en un principio, que las propias fuerzas políticas en Croacia y que el de la diáspora europea de trabajadores emigrados de Yugoslavia en los años sesenta y setenta, en especial por sus vinculaciones familiares con exiliados croatas acusados de colaboración con el estado títere nazi, el NDH, de los años cuarenta. Tanto es así, que el ejército croata (HVO) purgó al principio de la contienda en Hercegovina a su ala más derechista, las HOS, de marcado carácter fascista y con importante apoyo de los círculos emigrados.

Esta presencia de ciudadanos «croatas» sin vínculos directos con el país, en algunos casos con un dominio rudimentario del idioma, sirvió para que desde un primer momento el ejército croata organizase unidades «adaptadas». Sin embargo, el grupo importante de combatientes extranjeros en el ejército croata, con los que Chico Rózsa tuvo contacto más directo a pesar de que su llegada al país balcánico fue diferente, tenía su origen en Latinoamérica.

El personaje principal en esta historia es Ante Gotovina, teniente general del ejército croata, juzgado y absuelto (tras una apelación) por crímenes de guerra y cabo primero en la Legión Extranjera francesa, cuerpo este en el que recibió su formación militar. Hace un año se estrenó en Croacia una película sobre este héroe de la guerra de independencia que pasa por alto su trabajo tras licenciarse en la Legión y hasta llegar a Croacia. 

Ante Gotovina trabajó, entre otros, como guardaespaldas de Le Pen, el histórico líder ultraderechista francés, al que siguió un periplo de varios años en Latinoamérica, llegó a estar casado con una ciudadana colombiana y trabajó principalmente en Argentina con varios grupos de seguridad privada relacionados con la extrema derecha. Se dedicaban —principalmente— a extorsionar a trabajadores y a «defender» los intereses de la patronal de los «ataques» sindicales.

El grueso de los voluntarios extranjeros croatas procedía de Latinoamérica y no tenían relación —como se indicó erróneamente en su día— con la diáspora croata asentada principalmente en Chile, sino con los distintos grupos con los que trabajó Gotovina, teniendo todos pasado en la Legión Extranjera. Huelga decir que era un grupúsculo organizado: la mayoría de los voluntarios eran aventureros y venían de manera individual. El caso de Rózsa es uno más, pero con una peculiaridad: su amplia formación militar y experiencia en los servicios secretos.

Rózsa no era el único latinoamericano sin vinculación con Croacia del que se tenga constancia en el conflicto. De conocimiento público es la historia del argentino Rodolfo Barrio Saavedra, excombatiente en las Malvinas y que, según el propio Barrio, alcanzó el rango de general de brigada en el ejército croata. El devenir de Barrio Saavedra es paradigmático: comenzó como soldado en la 4. Gardiska Brigada entre 1991 a 1992 para posteriormente formar parte de las fuerzas especiales (dirigidas por Gotovina) hasta el final del conflicto en 1995, con varios cargos en los servicios de inteligencia militar.

Barrio Saavedra se define a sí mismo como una persona reivindicadora de los valores patrios, por lo que vio en la agresión «serbo-comunista» a la independencia croata un motivo para su participación en el conflicto. El otro fue el apoyo implícito de Reino Unido, «enemigo común» a los intereses croatas en su lucha por la independencia.

Esta visión es especialmente interesante teniendo en cuenta que las interpretaciones sobre el conflicto en la antigua Yugoslavia se suelen realizar siempre desde una perspectiva «ajena» a la evolución interna del conflicto. Así, una visión muy extendida en Europa occidental que acusa a Alemania, el Vaticano y otras potencias europeas como Reino Unido de apoyar la desintegración de Yugoslavia, son incompatibles con las convicciones que llevaron a Barrio Saavedra a desplazarse hasta la Croacia preindependiente a principios del conflicto.

El relato público de Barrio Saavedra deja a las claras lo difícil que resultó enviar grupos organizados al conflicto debido, según él, a el «quito-columnismo» por parte de algunas autoridades croatas que jugaban a dos bandas al comienzo del conflicto, además del riesgo que supondría su seguridad, al ser posible que fuesen utilizados —los voluntarios extranjeros— de carne de cañón. Aun pudiendo ser esta visión una opinión subjetiva, es necesario destacar que su relato es veraz y sus actuaciones en el conflicto son conocidas, y se deben tener en cuenta sus posicionamientos claramente anticomunistas y fortísimamente conservadores. Que en la actualidad se dedique a la «consultaría privada de seguridad estadounidense en Irak» (destino habitual de numerosos excombatientes balcánicos) deja a las claras la existencia de un mercado de profesionales de la guerra que sí sirve para entender el devenir postbélico de todas esas personas con experiencia bélica.

En el caso de Chico, la mayor parte de la información pública que hay sobre este período de su vida no es tan nítida. Una parte importante de los datos disponibles proceden de una película «autobiográfica» (Chico, producción húngara del año 2000) y de una serie de entrevistas y estudios parciales publicados en Hungría. Rózsa participó, además, en varias conferencias universitarias por Hungría explicando su experiencia bélica en los primeros años del siglo XXI, antes de marcharse a Bolivia, donde moriría en el año 2009.

Chico es una obra de ficción, pero permite entrever la formación ideológica y militar de su protagonista (interpretado por el propio Rózsa). Hijo de húngaro y catalana, Eduardo Rózsa-Flores nació en Bolivia y residió en Chile y Suecia hasta asentarse con su familia en el país de su padre. Rózsa nunca ocultó la ideología de su padre, militante comunista, y su formación por distintas academias militares, tanto en Hungría como en la Unión Soviética. Si hacemos caso al film y a lo expuesto públicamente por el propio protagonista, fue la actitud del ejército popular yugoslavo en los primeros compases del conflicto en Eslavonia y su contacto con los habitantes hungarófonos de esa zona (que le hacen entender que la guerra los hace luchar contra familiares en el otro bando) lo que le hizo renegar definitivamente de sus convicciones marxistas y le dotaron de un apodo, Chico, que no es más que un apelativo en croata para referirse a una persona desconocida. Hasta aquí su periplo según el propio Rózsa.

Otras fuentes indican que la razón fue más prosaica: Chico Rózsa habría sido un trabajador de los servicios secretos húngaros que, usando como tapadera ser un periodista freelance para medios en español —como las que se han sacado a colación en La Vanguardia—, se sitúa en aquellos conflictos que podrían afectar a la seguridad interna de Hungría: la caída de Ceauceșcu en Rumanía, con especial atención a las repercusiones que esta podría tener de manera inmediata para la seguridad de la minoría hungarófona de Transilvania, muy activa en las protestas en Timișoara, e inmediatamente en el conflicto que paralelamente se desataba con la desintegración en su vecino sur.

La misión de Chico Rózsa sería cubrir el conflicto, de nuevo como periodista, en Eslavonia, prestando especial atención al contrabando de armas que se desarrollaba en la frontera húngara en la Baranya e intentando entrar en contacto con húngaros locales para establecer un sistema de control que pudiera servir a la maltrecha economía húngara.

Es importante tener presente que el sur de Hungría, en especial las localidades de Pécs y Szeged, se convirtieron en los primeros compases del conflicto en un auténtico hervidero de «hombres de negocios» dispuestos a sobornar y a conseguir abrir vías de entrada de armas a las partes en lucha, en especial la croata. Es también importante destacar que Hungría es el único vecino común de ambos Estados y que la frontera estuvo siempre abierta. Hungría, consecuentemente, se convirtió en el lugar perfecto para todo tipo de trapicheos e intrigas, en especial porque a diferencia de Austria (muy activa en el apoyo de la independencia eslovena, tal y como el expremier Drnovšek destaca en sus memorias), Budapest mantuvo una situación neutral en un primer momento, intentando apostar a ambos caballos para resultar ganador.

¿A qué se debe ese cambio de actitud de Rózsa? También aquí existe disparidad de opiniones. Por una parte, varias personas consideran que Budapest prescindió de sus servicios, bien sea por motivos políticos o bien sea por motivos económicos. Otras fuentes consideran que el salario que recibía de varias fuentes latinoamericanas que financiaban la lucha por la independencia resultó ser más apetecible. La verdad nunca se sabrá, pero viendo su devenir como soldado de fortuna en Bolivia, podría ser esta segunda opción la más plausible.

¿Estuvo implicado Rózsa en crímenes contra la población civil e incluso en el asesinato de un periodista de la BBC? Según el propio Rózsa, obviamente, no. La unidad formada por extranjeros —de la que según Rózsa él fue el primer mando— desaparece en los libros de historia. Según fuentes consultadas, no estaría en la zona en la época del asesinato del periodista; sin embargo, los primeros meses de la guerra en Croacia, especialmente en Eslavonia, están sumidas en un manto de información contradictoria de todo tipo, tanto por parte de las autoridades crotas —Vukovar se convertiría en el símbolo de la resistencia y tenacidad croata para su independencia— como por parte del ejército popular yugoslavo. Lo que sí es cierto es que fue en Eslavonia donde murió el primer voluntario extranjero del ejército croata, el francés Jean-Michel Nicolier, y donde hizo acto de presencia la primera unidad paramilitar serbia, liderada por Arkan. Creo que tampoco será posible tener nunca la certeza de qué ocurrió en esa zona en aquellos meses.

Es difícil saber quién era Rózsa-Flores. Sus escritos, sus declaraciones, sus conferencias son una sucesión de contradicciones y patadas a seguir. Desde sus supuestos vínculos con el Opus Dei a su conversión al islam (llegó a publicar una obra titulada 47 versos sufís) pasando por sus apoyos a Hugo Chávez o al propio Evo Morales a la vez que preparó un golpe de Estado en Bolivia. El caso paradigmático de estas contradicciones aparece reflejado en un artículo en El País, con fecha de 27 de febrero de 1992: Hermann Tertsch indica que fue un ataque de las fuerzas yugoslavas a su Renault 5 debidamente indicado lo que provocó su decisión de dejar su puesto de periodista y alistarse. Sin embargo, los datos de la vida del propio Rózsa que relata el periodista de El País dejan a las claras lo que podría ser una pista falsa relativa a su persona: hijo de uruguayo y madre húngara y no de española y húngaro, error este demasiado obvio como para ser un lapsus del periodista madrileño.

Tras su periplo bélico y un hiato de diez años en los que viaja por el mundo, participa en varias películas y publica obras literarias, Rózsa realizará su último viaje, a Bolivia, en 2008, concretamente a la provincia de Santa Cruz. Acompañado de otro ciudadano croata (es muy probable que Rózsa entrase en su país natal con su pasaporte croata adquirido al haber combatido en la guerra) y de un ciudadano irlandés. El objetivo de su viaje era provocar un conflicto que acabase con el gobierno de Evo Morales o que en su defecto consiguiese la secesión de esta rica región boliviana. Lo curioso de esta misión es que su contacto en Santa Cruz era el empresario local de origen croata Branko Marinkovic que entraría en contacto con Rózsa en Croacia. La muerte de Rózsa se produjo en un tiroteo con la policía boliviana que asaltó su habitación del hotel de Santa Cruz de la Sierra donde se alojaba y donde encontraron un importante arsenal de armas destinado a dicha acción. 

Esta biografía fragmentaria debería servir para desmitificar las guerras de Yugoslavia. No fueron un antecedente de la presencia del wahabismo organizado en Europa. Tampoco lo fueron para unidades de ultraderecha, infiltradas como periodistas, para desestabilizar situaciones ya de por sí calientes, como la que le costó la vida a Rózsa. La antigua Yugoslavia no fue Rojava ni tampoco Donbass. Es un conflicto perteneciente a otro periodo, la Guerra Fría, aunque esta ya hubiese acabado, donde los servicios de inteligencia (a los que probablemente pertenecía Rózsa) tenían redes mucho más extensas de control de grupos organizados, a diferencia de la actualidad, donde el peligro son individuos que, de manera particular, hacen la guerra por su cuenta. 

Rózsa sería uno de tantos excombatientes convertidos en una suerte de soldados de fortuna, bien en el boyante negocio de la seguridad privada «paramilitar», auténticos ejércitos particulares como Blackwaters en su día (Academi es su nombre actual) para el que trabaja el citado Barrio Saavedra y que se puso tan de moda desde la invasión de Irak (donde se cumple la misión original de que las propias empresas petrolíferas pagan por su seguridad) o bien en aventuras geopolíticas que los eleven, algún día y si todo sale bien, a un cargo de relevancia en un nuevo ejército en un Estado de reciente creación, para poder así recuperar rangos soñados y mejorar sustancialmente sus cuentas corrientes.

Por motivos laborales este artículo se firma con seudónimo


Claroscuros de un trepa, mujeriego y egoísta que hizo grandes cosas por la paz

Richard Holbooke en Vietnam del Sur en 1967. Foto cortesía de editorial Debate/Vladimir Lehovich.

En Nuestro hombre (Debate, 2020), la biografía de Richard Holbrooke, hay dos páginas que producen escalofríos. Transcurría el año 1991. El diplomático norteamericano llevaba más de una década sin desempeñar un cargo importante en el gobierno y se acercaba su cincuenta cumpleaños. Dos amigos le propusieron una cena con los más íntimos; a lo sumo ocho personas.  Holbrooke, ya por entonces con el ego muy inflado y consciente de la importancia de las buenas relaciones en política, los convenció para que le montaran una fiesta por todo lo alto. Los organizadores reservaron una gran sala en el 21 Club de Nueva York, local en que solían cenar los presidentes cuando visitaban la ciudad y donde Donald Trump y Frank Sinatra tenían mesas con su nombre. El día señalado se reunieron más de cien personas para celebrar el aniversario. Entre ellos había directores de medios de comunicación, políticos, artistas y financieros de Wall Street. La «aristocracia» neoyorquina. Además, fueron invitados la madre, el hermano y los hijos del diplomático. 

Cuando todos los comensales habían ocupados sus sitios en las mesas y comenzado a servirse los primeros platos, los mejores amigos de Holbrooke empezaron a desfilar por el estrado para decir unas palabras sobre él. Lo que tenía visos de convertirse en una aburrida enumeración de los méritos del homenajeado salpicada con cuatro o cinco anécdotas simpáticas, sin saber cómo, se convirtió en algo horrible. Los amigos del diplomático, años después, se preguntaban cómo habían podido contribuir a que algo así ocurriera. Era como si un diablillo juguetón hubiera sobrevolado la sala y confundido con mala idea las intenciones de los allí presentes. Uno de los oradores se rio de su libido descontrolada y de su debilidad por las «mujeres de mundo». Otro recordó su afición a dejarse invitar y a no pagar los taxis compartidos. Una novelista chino-estadounidense señaló que Holbrooke había nacido en el año de la serpiente, lo que explicaba su carácter insidioso y sibilino. El más viejo de sus amigos contó una anécdota que lo señalaba como demasiado ambicioso y como trepa. El director de un periódico, en el cenit de la crítica maliciosa, se lució con lo siguiente: «Probablemente os habréis dado cuenta de que tengo el hombro izquierdo más bajo que el derecho. Es por hablar tanto con Richard, que siempre está mirando por detrás de mí para ver si encuentra a alguien más interesante». Hasta su hijo David se animó a relatar cómo lo había marcado tener un padre así.

Así lo explica George Packer, el autor de la biografía:

Aquello estaba torciéndose. Los oradores improvisaban y trataban de mejorar el discurso del anterior, lo que llevó a algunos a denunciar el alto peaje que cobraba Holbrooke por su amistad. No supieron ser ingeniosos y los chistes eran demasiado crudos y aludían a realidades muy en carne viva. Hicieron sangre y el olor de la sangre hizo que se saliera todo de madre. Holbrooke, que jamás se reía de sí mismo —según decía porque no se conocía lo bastante bien—, se reía a carcajadas desde su mesa, al pie del estrado. Entendía que era la única manera de sobrevivir a aquella catástrofe. Se reía y no dejaba de mirar alrededor para que el resto de los invitados lo secundara. No tuvo éxito. Nadie más reía.

Al final, le llegó el turno a su amigo más íntimo y no se le ocurrió mejor idea que bromear acerca de la condición de judío de Holbrooke, algo que este solía negar y sobre lo que no le gustaba hablar. A la conclusión del evento, el diplomático, fingiendo estar feliz, pero en el fondo muy dolido, dio las gracias y celebró los discursos. «Fue el peor día de mi vida», le confesó meses después a su hermano.

Richard Holbrooke (1941-2010) fue uno de los diplomáticos norteamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Llegó a ser nombrado subsecretario de Estado para dos regiones, Asia y Europa. Fue embajador ante Naciones Unidas y en Alemania. Jugó un papel fundamental en la negociación de los acuerdos de paz de Dayton que pusieron fin a la guerra de Bosnia y fue enviado especial del presidente en la guerra de Afganistán. Además de todo eso, fue director de la revista Foreign Policy, financiero en firmas de primer nivel de Wall Street, miembro de clubs económicos y de asociaciones pro derechos humanos y asesor de diferentes lobbies y think tanks. Incluso fue durante quince años uno de los miembros más activos del controvertido Grupo Bilderberg. En los diferentes puestos de responsabilidad que ocupó realizó importantes servicios a su país y a favor de la paz mundial.

Richard Holbrooke aprobó el examen del Servicio Diplomático en 1962. Había leído a Stephen Crane y a Ernest Hemingway y quería vivir una guerra. Entonces, la de Vietnam era la única disponible. Pidió destino en el sudeste asiático y terminó aterrizando en Saigón una noche de asfixiante calor y agotadora humedad del verano de 1963. En Vietnam se integró en el departamento de Asuntos Rurales. Este organismo, que dependía de la Agencia de Desarrollo Internacional, ayudaba a los campesinos del sur de Vietnam a mejorar su situación económica. Les entregaban semillas, fertilizantes, cemento y otros materiales y les enseñaban nuevas formas de agricultura. En el fondo era una forma de contrainsurgencia. Entendían los americanos que los humildes habitantes de aquellas zonas no escucharían los cantos de sirenas de los comunistas del Vietcong si conseguían aumentar su nivel de vida. Idealismo de los sesenta al estilo norteamericano.

La experiencia en Vietnam marcó profundamente a toda una generación de políticos y diplomáticos norteamericanos. En sus notas y diarios Holbrooke denuncia la arrogancia de su país y, en especial, de sus dirigentes. Como se terminó demostrando, intentar imponer aquellas políticas de laboratorio en un país tan alejado geográficamente y con una cultura tan diferente era descabellado. Nuestro hombre se queja con amargura en sus escritos de que los informes que relataban la realidad de lo que estaba ocurriendo sobre el terreno nunca llegaran a las mesas donde se tomaban las decisiones. Más todavía le duele que los calendarios electorales tuvieran más influencia sobre la gestión de la guerra que los números de soldados muertos y el sufrimiento de las incontables víctimas civiles. Finalmente, el que tuvieran que ser los periodistas los que terminaran relatando la verdad de aquel desastre enseñó a Holbrooke el poder y la importancia de los medios de comunicación. Tanto aprendió en este terreno que filtrar noticias a la prensa se convirtió en una de sus herramientas favoritas para ganar influencia y escalar en el escalafón. A pesar del fracaso de su misión en Vietnam, el contacto directo con familias de campesinos que al día siguiente podían ser masacradas imprimió en Holbrooke un sentimiento humanitario que nunca lo abandonó.

Donde se pudo ver la mejor expresión de Holbrooke como diplomático fue en la guerra de Bosnia de los años noventa del siglo pasado. Habían pasado los tres mandatos republicanos seguidos (dos legislaturas de Reagan y una de Bush padre). Holbrooke había aprovechado ese tiempo en que no gobernaron los suyos para ganar dinero trabajando como directivo de diferentes consultoras y bancos internacionales. El demócrata Bill Clinton ganó las elecciones y Holbrooke estaba convencido de que él sería nombrado secretario de Estado ( el equivalente a ministro de Asuntos Exteriores). Su decepción fue grande cuando designaron a Warren Christopher, un hombre poco brillante, pero con menos enemigos que Holbrooke. Aun así, el diplomático viajó a los Balcanes como miembro del Comité Internacional de Rescate (CIR), organización dedicada a la ayuda a los refugiados y de la que formaba parte a título personal. Esta visita, que realizó en el primer año de la guerra, le permitió hacerse una idea bastante aproximada de lo que estaba ocurriendo. Aunque no se los habían pedido, Holbrooke mandó numerosos informes a la Casa Blanca; quería estar en la pomada fuera como fuera. Sus buenas relaciones con personas influyentes del partido demócrata como Averell Harriman y su insistencia en ofrecerse como experto en conflictos armados terminaron dando el fruto deseado.

En 1994, fue nombrado subsecretario de Estado para Europa con especiales responsabilidades en los Balcanes. En sus informes recomendaba que Estados Unidos se implicara militarmente en la guerra. Había dejado de ser una paloma para pasar a ser un halcón. El equipo de Clinton, ante el miedo a repetir lo ocurrido en Vietnam y verse atrapado durante más de una década en un conflicto regional, era reticente a intervenir. Al final, cuando las salvajadas de los serbobosnios alcanzaron su punto máximo con varias masacres de civiles en mercados del centro de Sarajevo, el presidente Clinton entendió que no había otra salida; comprendió que la inacción le podía salir políticamente más cara que el uso de las armas. La ONU terminó aprobando la intervención de la OTAN. El 30 de agosto de 1995 comenzaron los bombardeos de los aliados sobre las zonas ocupada por las milicias serbobosnias. En ese momento, se encargó a Holbrooke reunir un equipo y trasladarse por unas semanas a la zona de conflicto. Se trataba de negociar un acuerdo de paz con los tres presidentes de las repúblicas en guerra: Alija Izetbegović (Bosnia), Slobodan Milošević (Serbia) y Franjo Tuđman (Croacia). Hasta sus más enconados enemigos en Washington entendieron que Holbrooke era el hombre perfecto para negociar bajo las bombas.

La misión del diplomático y su equipo comenzó de forma desastrosa. Llegando por carretera a Sarajevo en dos vehículos, uno de ellos, un blindado del ejército francés, se despeño por una ladera y fallecieron cuatro hombres. Holbrooke viajaba en el segundo automóvil. Aquel accidente lo enfureció y, en el viaje de vuelta a casa, con los féretros envueltos en banderas americanas, se prometió que acabaría con la guerra. Durante aquellos días de continuos viajes entre Belgrado, Sarajevo y Split, capitales de las repúblicas en conflicto, Holbrooke vivió intensamente. Pasaba noches sin dormir, comía a deshoras y bebía en abundancia. Presionaba a los dictadores balcánicos y los engañaba contando en cada ciudad versiones diferentes de lo acordado en las otras. En las reuniones Holbrooke daba puñetazos en la mesa, gritaba y amenazaba, pero sobre todo persuadía. Sus interlocutores sabían que tenía poder para parar los bombardeos o hacer que aumentaran; o al menos así se lo hizo creer a todos. En el lenguaje serbio llegó a acuñarse un nuevo verbo inspirado en su apellido, holbrukciti, que significaba abrirse paso a base de fuerza bruta. 

Uno de los miembros de su equipo escribió esto en su diario:

No hay nadie más en el gobierno estadounidense que pueda sacar esto adelante. R. H. es incansable, intuitivo. No tiene miedo a Washington ni a la gente con la que tiene que lidiar aquí. Es un encantador de serpientes y sabe llevar a quien tiene enfrente por el camino que le conviene, con el enorme riesgo que ello conlleva. Tiene muchos enemigos y detractores. Si la misión fracasa, será el único responsable. Es muy valiente y hábil. Se esfuerza porque todos nos involucremos al máximo, pero manipula al equipo como a todos los demás. Es todo un personaje, no puedo evitar que me caiga bien. Hay que verlo en acción. 

Alija Izetbegović, presidente de la República de Bosnia Herzegovina y uno de los interlocutores con los que tuvo que negociar a cara de perro, no sintió nunca mucho afecto por Holbrooke. Sin embargo, escribió lo siguiente en su autobiografía:

Dicen que la diplomacia y el poder son los dos extremos de la misma escala. Cuanto más poder posees, menos diplomacia necesitas. En el caso extremo y según esta teoría, una verdadera superpotencia no necesita diplomacia de ningún tipo. Holbrooke refuta al completo esta teoría. Representaba a la mayor superpotencia, la única autentica superpotencia del mundo, pero era diplomático en toda la extensión de la palabra, y usaba sus habilidades de persuasión como la más poderosa de las armas.

Con el presidente serbio Slobodan Milošević mantuvo muchas y largas reuniones. Durante esos encuentros daban cuenta de grandes fuentes de cordero con patatas y los licores típicos de la tierra eran consumidos en abundancia. El dictador balcánico se excusaba siempre diciendo que no tenía autoridad sobre Karadžić y Mladić, los genocidas serbobosnios que estaban masacrando a los musulmanes dentro de Bosnia. En septiembre de 1995, a petición de Milošević, volvieron a verse. Lo hicieron a las afueras de Belgrado, en uno de los pabellones de caza de Tito, último mandatario de la extinta Yugoslavia. En el encuentro, el dictador serbio se quejó de que los bombardeos de la OTAN estaban causando víctimas civiles, entre ellos mujeres y niños, y pidió un alto el fuego general en Bosnia. Holbrooke objetó que parar los bombardeos estaba solo en la mano del general Mladić. Milošević, sorprendiendo al norteamericano, le dijo que se lo podría decir personalmente en unos minutos. Mladić y Karadžić se encontraban en la cabaña contigua. Holbrooke se quedó paralizado y pidió consultar a su equipo. Los norteamericanos discutieron si era ético darse la mano y sentarse a la misma mesa con dos asesinos en masa como aquellos. Decidieron hacerlo («Acabemos con esta pesadilla de una vez, Dick», le dijo uno de sus colaboradores) y aquella tarde se consiguió firmar un preacuerdo que dio lugar, meses más tarde, a los acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra. Como siempre en su trayectoria profesional, los méritos de Holbrooke se vieron empañados por su afán de reconocimiento. Las presiones que intentó ejercer para que le concedieran el Premio Nobel de la Paz avergonzaron a quienes las conocieron. No consiguió su objetivo.

Richard Holbrooke y el fin del siglo americano

Al final del libro, en la página de agradecimientos, el autor cuenta que en 2010, un mes después de la muerte de Holbrooke, su tercera mujer, Kati Marton, le entregó el archivo personal de su marido. Allí había un tesoro: cuadernos de notas, diarios, grabaciones de audio, apuntes para artículos, informes confidenciales, fotos, correspondencia… Holbrooke lo anotaba todo, se desahogaba en sus diarios y guardaba cualquier referencia que se hiciera sobre él en los medios de comunicación. Kati Marton, además, animó a los amigos, compañeros y conocidos de su cónyuge a colaborar con Packer. Esto le permitió hacer más de trescientas entrevistas y disfrutar el privilegio de revisar los diarios, cartas y fotografías de importantes cargos de las administraciones Carter, Clinton y Obama y de otras personas que, sin dedicarse a la política, influyeron en la vida privada y pública de Holbrooke. Leído el libro, uno duda si lo que hizo la tercera mujer del diplomático (entregando los archivos al completo) fue más una venganza contra su esposo que una contribución a la historiografía. Dice el autor que la única condición puesta por Marton fue escribir el mejor libro de que fuera capaz. 

La personalidad de Holbrooke era compleja y densa. El autor de su biografía, con remarcable esfuerzo, utiliza la capacidad de análisis del mejor psicólogo y la persistencia de un buen detective privado para desentrañarla y hacerla comprensible al lector. Holbrooke fue inteligente, idealista, compasivo y un hábil negociador. Además, como quedó de manifiesto en su fiesta de cumpleaños, fue egoísta, manipulador, mujeriego y mezquino. Por encima de todo fue ambicioso, muy ambicioso; para lo bueno y para lo malo.

George Packer, el autor de esta biografía, escribe en la revista The Atlantic. Previamente lo hizo durante quince años para The New Yorker, publicación de la que fue corresponsal durante la guerra de Irak. Entre sus libros destaca El desmoronamiento, (DEBATE, 2013). En este volumen, siguiendo la trayectoria profesional de quince estadounidenses (unos conocidos y otros anónimos), levanta acta del final del sueño americano. Su relato comprende desde 1978 hasta 2012 y muestra los pasos que han llevado a la mayoría de los norteamericanos a caer en el pesimismo. Explica cómo el dinero ha terminado haciéndose dueño de la política, lo que ha tenido como consecuencia que la brecha salarial entre las élites y las clases medias se haya agrandado hasta límites difíciles de tolerar. Cuando este libro se publicó nadie podía imaginar que Donald Trump llegaría a ser presidente. En una nueva lectura, el trabajo de Packer explica mejor que muchos ensayos más recientes los motivos que llevaron a muchos millones de norteamericanos a votar al millonario y los antecedentes que han conducido al país a la situación en que hoy se encuentra (masivas manifestaciones contra el racismo, treinta y tres millones de desempleados y más de ciento diecisiete mil fallecidos por COVID-19).

Con una estructura y un enfoque diferente, Packer completa el retrato de su país con la biografía de Holbrooke. Si en El desmoronamiento describía el declive americano dentro de casa, con Nuestro hombre se ocupa indirectamente de la decadencia progresiva de la política exterior norteamericana. 

El último libro de Packer ha sido mayoritariamente elogiado en los medios anglosajones. Walter Isaacson (biógrafo de Steve Jobs y de Henry Kissinger) ha dicho en The New York Times Review of Books que «si solo se pudiese leer un libro para entender la política exterior estadounidense y sus incursiones quijotescas en otros países a lo largo de los últimos cincuenta años, sería este». 

Hay dos asuntos dentro de esta biografía en los que la opinión de la crítica no ha coincidido: el regodeo del autor en el relato de la vida sexual y amorosa del protagonista y la afición que George Packer tiene a incluir su propia opinión sobre los errores y aciertos de Holbrooke.

Respecto a lo primero, es verdad que Packer parece disfrutar relatando chismes de la vida privada de Holbrooke. En una ocasión —Pág. 314— cuenta que el diplomático hizo el tramo final de un viaje en coche por Francia conduciendo con una sola mano. La otra mano «palpaba la calidez de la entrepierna» de la que en breve sería su tercera mujer (Kati Marton). Al comienzo del volumen desvela un affaire amoroso entre Holbrooke y Toni Lake, la esposa de su entonces íntimo amigo Anthony Lake (alto cargo de la administración Clinton). Hasta la publicación de esta biografía, esta relación extramarital que se produjo hace más de cuarenta años no se conocía. ¿Era necesario contar todo eso para escribir la mejor biografía de que fue capaz? Entendemos que, dado el profundo análisis psicológico que el autor hace sobre el biografiado, todos estos datos íntimos ayudan a ofrecer un retrato más preciso sobre su personalidad y su carácter. Es cierto que Packer se salta a la torera las reglas, pero también es verdad que, como lectores ávidos de conocer los motivos últimos que mueven a los personajes de la historia, debemos estar agradecidos al autor por su poca ortodoxia a la hora de componer su relato.  

Toda esa información (íntima, personal y profesional) que la viuda puso a su disposición es, además, utilizada con maestría por el autor para dar un salto mortal y realizar un ejercicio literario de altura pocas veces visto en una biografía. Lo más fascinante de este libro es disfrutar de algo muy sutil y al tiempo profundo: de la semejanza que, en diferentes planos, establece Packer entre la vida del biografiado y la política exterior de su país a lo largo de los últimos cincuenta años. Con esta comparación el autor trata de ejemplificar con los diferentes aspectos de la psique de Holbrooke los defectos y virtudes de Estados Unidos en sus acciones en el extranjero. Dicho paralelismo, aunque no es explícito, se percibe entre las líneas de las más de seiscientas páginas del volumen. A continuación, van algunos ejemplos de esta equiparación. El autor denuncia la arrogancia de los Estados Unidos en sus relaciones internacionales y para ello disecciona el gran ego y la prepotencia de Richard Holbrooke. En numerosas ocasiones a lo largo de la vida de Holbrooke la formula egoísmo+idealismo=eficacia (mérito de Packer) se convierte en la mejor manera de explicar sus éxitos profesionales; algo parecido ha ocurrido en la forma de actuar de los Estados Unidos fuera de sus fronteras cuando las cosas han salido más o menos bien. A través del relato de los años en que Holbrooke —que no tenía ni idea de finanzas— disfrutó de millonarias remuneraciones en bancos de inversión a cambio de sus contactos en la escena internacional, Packer encuentra la manera de subrayar cómo el poder del dinero acabó corrompiendo la política estadounidense y ensuciando los principios y valores de los padres fundadores. Dando un paso más en profundidad psicológica, el autor desnuda la inseguridad crónica del biografiado y la equipara al complejo de inferioridad que Norteamérica ha sentido siempre a la hora de relacionarse con países que tenían muchos más siglos de historia y culturas bastante más ricas y antiguas. Quien haya entendido el auténtico sentido de una película como Forrest Gump sabe a lo que nos referimos. La falta de seguridad suele disfrazarse de prepotencia y el complejo de inferioridad es a menudo un síntoma del narcisismo, aunque parezca un contrasentido. Eso ocurrió con Holbrooke y con el país que representó como diplomático.

En cuanto a la segunda crítica de la prensa internacional sobre este libro, es verdad que están de más las incontables ocasiones en que Packer aprovecha para incluir sus comentarios subjetivos y reírse de Holbrooke. Ya en el prólogo lo llama «egoísta monstruoso» y en la página 312 lo compara despectivamente con el gran Gatsby cuando manipula a una familia de conocidos para que inviten a una chica a su casa de Los Hamptons (localidad de veraneo de la alta sociedad neoyorquina). Es curioso, parece que George Packer termina haciendo en su biografía lo mismo que los mejores amigos de Holbrooke hicieron en su fiesta de cumpleaños. Richard Holbrooke era un hombre tan inteligente y con una personalidad tan compleja que puede que la única manera racional de llevarse bien con él fuera criticándolo.


Un hombre lee en Sarajevo

Las ruinas de la Biblioteca Nacional, destruida durante el sitio de Sarajevo. Era, junto a la biblioteca Gazi Husrev-beg y el Instituto Oriental, una de las mayores bibliotecas de la ciudad. Fotografía: Hidajet Delic / Cordon Press.

Sabed, oh, amados, que el hombre no fue creado en broma o al azar,
sino maravillosamente y para un gran fin. A pesar de no perdurar, vive para siempre;
y aunque su cuerpo es malo y terrenal, su espíritu es excelso y divino. 

Ante la prueba de la abstinencia, purgado de las pasiones carnales,
alcanza lo más alto, y en lugar de ser un esclavo de la lujuria y el odio
es investido con cualidades angelicales. 

La alquimia de la felicidad, Abu Hamed al-Ghazali (1058-1111).

Con el cerco, con los morteros y los cañonazos del cerco, llegaron los francotiradores; sombras crueles que asomaban por los boquetes de los edificios y tumbaban a mujeres con la permanente recién hecha, a niños o perros extraviados, a ancianos que volvían de juntar unas pocas ramas o de llenar un par de garrafas a orillas del Miljacka. A veces, una sábana blanca con un PAZI SNAJPER! para avisar de su presencia, como alucinada señal de tráfico del nuevo mapa de Sarajevo que convenía conocer. «He aquí la estrategia del sádico», escribió el periodista Alfonso Armada en una crónica para El País. Unas catorce mil personas murieron en los mil cuatrocientos veinticinco días de asedio de fuerzas serbias y serbobosnias apostadas en las colinas que atenazan la ciudad. 

«Para su información, el Dr. Mustafa Jahic trabaja todavía aquí», contesta en un e-mail una amable empleada de la biblioteca Gazi Husrev-beg de Sarajevo. Jahic está vivo. Responde al día siguiente: «Me hará muy feliz contestar a las preguntas que me envíe». En abril de 1992, cuando estalló la guerra que iba a desangrar Bosnia, Mustafa Jahic tenía treinta y ocho años y era director de la biblioteca. En su fondo, unos diez mil manuscritos en árabe, persa, turco otomano —la colección más grande fuera de Turquía— y arebica —variante bosnia del árabe—, más de veinticinco mil libros impresos, periódicos, edictos, pósteres, decretos, pasquines y fotografías. «No tenía a ningún superior a quien preguntar. Tomé la decisión a solas», recuerda. La decisión no era otra que la de salvar los libros de la artillería, de las bombas incendiarias, de los morteros, de la desaparición que —aún no sabía— iba a ser el destino de las otras dos grandes bibliotecas de la ciudad. 

Gazi Husrev-beg fue el gobernador otomano que llegó a Sarajevo en 1521 para tomar control de la provincia de Bosnia. Nombrado por su primo, el sultán Solimán I, Gazi trajo una enorme colección personal de leyes y manuscritos. En 1537, hizo construir la madrasa —escuela de estudios coránicos— y la biblioteca, que albergaba su propia colección y obras de filosofía, historia, geografía, matemáticas, lógica, medicina, veterinaria, astronomía, literatura y tantas otras disciplinas. Las órdenes de Husrev-beg de abastecer a la nueva institución hicieron florecer un bazar de libreros y copistas. Los estudiosos bosnios que viajaban a Damasco, Bagdad, La Meca o El Cairo volvían con más y más manuscritos. Bajo su mandato, conocido como «la Edad Dorada», Sarajevo pasó de ser un pueblo a la tercera ciudad europea más grande del Imperio otomano, tras Salónica y Edirne.

Jahic y los otros nueve empleados a su cargo trasladan los diez mil manuscritos al sótano del edificio y los cubren con materiales ignífugos. El techo es de madera. La biblioteca no está en la madrasa original, pero ahí es donde ahora llevan los manuscritos después de que el Instituto Oriental, con miles de otros manuscritos, archivos históricos de Bosnia y literatura científica acabe reducido a cenizas el 17 de mayo de 1992. La madrasa tiene gruesos muros de piedra. El método de transporte es acorde a las penurias que la población de Sarajevo sufría ya en su segundo mes de sitio. Jahic consigue unas cajas de cartón en el mercado. Cajas de plátanos. Los bibliotecarios cruzan la ciudad. Se detienen en las esquinas, pasan uno a uno los cruces, aprietan los dientes. PAZI SNAJPER! Abbas Lutumba Husein, el vigilante nocturno de la biblioteca, inmigrante de la República Democrática del Congo y miembro de esta patrulla improvisada de salvación, dirá en un documental de la BBC: «Era mejor morir con los libros que vivir sin ellos». 

El 25 de agosto de 1992, el ejército serbio lanza bombas incendiarias contra la Biblioteca Nacional, junto al río Miljacka. Los bomberos tratan de controlar «la enorme bola de fuego», dirá uno de ellos también en el documental de la BBC, pero han perdido la presión en las mangueras y los francotiradores no descansan. Las cenizas de más de dos millones de libros suben al cielo de Sarajevo para luego descender sobre la ciudad en una lluvia lenta de papel quemado y olvido; es su propio pasado el que cae. La noticia abre los informativos; las ventanas del edificio vomitando fuego. Jahic dice que fue un día muy doloroso, pero que le dio moral para seguir protegiendo los libros de la Gazi Husrev-beg, ya los últimos.

Alfonso Armada y el fotoperiodista Gervasio Sánchez presenciaron el incendio de la Biblioteca Nacional y la visitaron unas horas después. Un niño llamado Edo les hizo de guía. Parece un cuento de hadas estropeado: «Por la intensidad del calor se quedaron ahí congeladas. Estanterías enteras intactas, todavía se veían las siluetas de los libros. Era una cosa como milagrosa, parecían esculturas de humo. Tocabas con el dedo y, de repente, se convertían en polvo. A Edo le fascinaba, parecía magia», dice Armada al otro lado del teléfono, que escribió una crónica para El País titulada «Edo, el guardián de las cenizas». Gervasio tiene una foto reproducida cientos de veces: una columna de sol que cae desde la cúpula negra hasta el patio negro del lugar.

La casa de Mustafa Jahic está a siete kilómetros de la madrasa y a quinientos metros de las líneas serbias. No contento con tenerlos en el escondite, quiere revisar que los libros siguen en él. Lo hace muchos días. Deja atrás a su mujer e hijos. Para llegar hasta el casco antiguo de Sarajevo, Jahic cruza por un enorme cementerio. Las lápidas de las tumbas musulmanas son delgadas y blancas; mala cosa para esquivar la puntería de los francotiradores. Se desvía por la parte ortodoxa y cristiana del camposanto, con lápidas más grandes, de grueso mármol. A veces pasa horas detrás de una hasta que se hace de noche o se detienen los disparos. Cuando llega a la madrasa, se sienta sobre las cajas. Entre las obras está Iḥyāʾ ʿulūm al-dīn o El renacimiento de las ciencias religiosas, del maestro sufí Abu Hamed al-Ghazali, nacido en Irán a principios del siglo XI. Es una copia del original, pero se hizo cinco años antes de la muerte del autor, en 1106. Ghazali tradujo una versión reducida al persa, conocida como La alquimia de la felicidad, y sus primeras palabras aparecen al inicio de este texto. Es la joya de toda la operación, aunque crea que cada libro es insustituible como cada persona. 

Tras el incendio de la Biblioteca Nacional, Jahic decide mover de nuevo la colección —lo hará ocho veces—. Los quinientos manuscritos más valiosos son depositados en la caja fuerte de un banco (entre ellos, el de Al-Ghazali) y ahí se quedarán hasta el final de la guerra. Los demás vuelven a ser transportados en cajas de plátanos a la nueva madrasa de la ciudad y, poco después, a la estación central de bomberos y luego a un teatro y luego de vuelta a la madrasa. En uno de los cientos de trayectos, unos chavales paran a Jahic: «Nosotros no tenemos ni para pan y vosotros con plátanos». Miran en el interior de las cajas y solo hay libros viejos, los mismos a los que muchos, ante la escasez absoluta, arrancaban las páginas para hacer cigarrillos. «Nos dejaron seguir y se quedaron con caras de verdadera desolación», escribe Jahic en el e-mail de respuesta. 

En 1995, con el sitio en su tercer año, Jahic consigue importar desde Viena una máquina de microfilmado que entra en Sarajevo por el túnel bajo el aeropuerto, la única conexión con el mundo exterior. El aparato resulta ser muy complicado. Necesita electricidad, químicos y demás materiales inimaginables en una ciudad hambrienta. Jahic hace correr la voz: busca a un técnico de microfilmado. Muhamed Music responde a la llamada. Jahic le enseña los diez mil manuscritos y le pregunta cuánto va a tardar en copiarlos. Music contesta: «Veinte años». Conectan dos baterías de coche para que la máquina no se apague con los constantes cortes de luz. Cuando las baterías mueren y la máquina se para, el trabajo se va al garete y hay que volver a empezar.

El 29 de febrero de 1996 terminó oficialmente el sitio de Sarajevo. Escribe Jahic: «Sentí alegría y pena a la vez. Había salvado la biblioteca y sobrevivido a los horrores de la guerra junto a mi familia, pero habíamos perdido el Instituto Oriental, la Biblioteca Nacional y muchas otras pequeñas colecciones privadas y valiosas de libros y manuscritos». La Gazi Husrev-beg es ahora un edificio moderno con todos sus fondos catalogados, microfilmados y digitalizados gracias a un fondo gubernamental de Qatar. Le pregunto a Mustafa Jahic qué hacía cuando llegaba al escondite, después de cruzar el cementerio y media ciudad: «No solía abrir las cajas y sacarlos, solo a veces lo hice. Me sentaba y leía para recordar el tiempo que pasaba con ellos en la biblioteca. En tiempos así, los libros pueden ser un consuelo para los hombres».


La decadencia de Yugoslavia

Viejos partisanos de la II Guerra Mundial se reúnen alrededor de la tumba de Tito.

Hay menos quince grados en Belgrado. Nieve por todas partes, hielo en cada esquina. Te puedes partir el espinazo como te descentres un segundo al caminar. Los autobuses han estado días sin funcionar. Un taxi tardaba ochenta minutos de media en recogerte. La ciudad colapsada. Se fue la calefacción en el barrio central y el responsable de Energía tuvo que ir a dar la cara al día siguiente en prime time en la televisión pública en una dura entrevista. Un pequeño caos.

Y en medio, los refugiados, cuyo flujo nunca se ha interrumpido; los que no querían dormir en los albergues recibían mantas y abrigos para pasar la noche en largas colas cuyas fotografías se han difundido por las redes sociales de toda Europa. El temporal ha sido tan duro que por las mañanas aparecían perros callejeros congelados por las esquinas.

Cuando haces el recorrido habitual del aeropuerto al centro de la ciudad el taxista, al ver que eres extranjero —no falla—, te señala con precisión dónde está el restaurante de los padres de Djokovic, héroe nacional. Luego pasa irremediablemente por delante del antiguo Palacio de la Federación, donde se hizo en 1961 la primera conferencia de los jefes de Estado y Gobiernos de la agrupación del Movimiento de Países No Alineados, pero ahí ya no dice ni moco. Serbia ya no es Yugoslavia.

Tampoco se pronuncia al cruzar con el taxi el río Sava por el puente Stari Savski. Lo construyeron los alemanes durante la ocupación, pero cuando estaban retirándose acosados por los partisanos decidieron volarlo. Sin embargo, un maestro de escuela que vivía al lado, Miladin Zaric, vio las cargas colocadas y cortó los cables de los detonadores. Fue el único puente de toda Europa, junto al de Remagen, que los nazis quisieron y no pudieron dinamitar. No te mencionará a este héroe de Yugoslavia. Al ver que eres español, te chinchará con Nadal.

El camino seguirá por la plaza Slavija hasta el antiguo edificio del Estado Mayor del Ejército yugoslavo, que es una ruina de escombros en el mismo centro de la ciudad. En el esqueleto que queda en pie todavía se ven los agujeros de los misiles de la OTAN que lo destruyeron en 1999. Es ahí donde quedo con Miguel Rodríguez Andreu, director de la revista Balkania, la empresa más duradera hasta el momento para acercar la realidad e historia de la región a nuestra lengua.

Los restos del ministerio contiguo han estado desde entonces al descubierto, cargados de simbolismo, pero por fin los están retirando, bajo la atenta mirada de un cartel mastodóntico de promoción de las fuerzas armadas serbias con una bella soldado saludando. A Miguel, que lleva aquí muchos años viviendo, le parece bien. Cree que ya es hora. Cambia la faz de la ciudad. Hasta hoy ha sido lo primero que veía el turista recién llegado. Eso condiciona cualquier experiencia, eclipsa los múltiples atractivos culturales y de todo tipo de la región y pone el foco en la guerra ante todo, explica. Basta ya de exportar esa imagen de muerte y destrucción. Sobre todo, porque de aquí emanó uno de los lemas ideológicos más nobles: «Bratstvo i jedinstvo» («hermandad y unidad»). Gran ejemplo para todos los pueblos del mundo.

Le pregunto si van por ahí los tiros con el nombre de su revista, Balkania, que me suena al viejo sueño de Tito de establecer una confederación balcánica que incluyera a Bulgaria, Albania e incluso Grecia. Hubiera sido una Unión Soviética del sur, pero se fue al traste, entre otros motivos, por el boicoteo que hizo Stalin de la política exterior yugoslava en los años cuarenta.

A Miguel le hace algo de gracia la comparación: «La gran diferencia entre Tito y Stalin en aquella época era la descentralización. Tito era muy consciente de lo ambicioso y arriesgado de su proyecto porque conocía muy bien la fortaleza de la nación. La II Guerra Mundial en Yugoslavia fue un conflicto ideológico, pero también una guerra civil, e incluso étnica. El genocidio de serbios a manos de croatas ustaše y las matanzas de musulmanes por serbios četniks fueron crímenes nacionalistas. Tito sabía que establecer un solo país era un desafío mayúsculo y, en parte por su ascendencia austrohúngara, quiso implantar un pequeño imperio, algo como la monarquía dual, pero en comunista».

La federación yugoslava se constituyó con seis naciones y el reconocimiento de las nacionalidades minoritarias albanesa, húngara, turca, rutena, romaní… hasta dieciocho, incluyendo la de los que se consideraban solamente yugoslavos. Una prueba de que no fue fácil establecer un armazón legal para esta complejidad étnica fue que se escribieron y aprobaron cuatro constituciones en treinta años. En el 46, 53, 63 y en el 74.

El motivo de tanta corrección del marco legal elemental fue que el rumbo del país nunca estuvo del todo claro. Yugoslavia fue más estalinista que el estalinismo hasta que rompieron con Moscú e iniciaron entonces una línea basada en un socialismo mucho más benevolente que el soviético. El invento no estuvo exento de duras purgas a los llamados estalinistas mientras en los demás países socialistas europeos se purgaba a los acusados de titistas, pero marcó una línea que apreciaron en Occidente.

Este nuevo modelo contó con la ayuda y financiación estadounidense, del FMI y del Banco Mundial. Pero cuando, llegado el momento, en los sesenta, la evolución económica y social lograda precisó reformas democráticas que, como señaló el historiador François Fejtö, ya no podían ser solo teóricas como hasta entonces, Tito echó el freno y reculó. Yugoslavia era un carrusel de emociones políticas un tanto impredecibles.

Stari savski most, el puente viejo sobre el Sava en Belgrado.

No obstante, durante esos primeros años de comunismo picapedrero, el nivel de vida alcanzó cotas hasta entonces nunca soñadas. Tal y como cuenta Miguel: «En esta parte del mundo, en la primera mitad del siglo XX, vivieron las guerras balcánicas, luego en la Primera Guerra Mundial se perdió un tercio de la población y, después, en la Segunda Guerra Mundial, murió la octava parte. Fueron cincuenta años de historia terroríficos. No hay una familia que no tenga muertos en alguna de esas guerras o directamente en todas. No encontrarás a nadie que no estuviera afectado. Por eso, lo que vino después con Tito fue una bonanza económica con la que en solo diez años, entre los cincuenta y sesenta, las condiciones de vida multiplicaron sus niveles».

A finales de los setenta, por el contrario, el desarrolló económico se estancó definitivamente y rápidamente el país enfiló la cuesta abajo. Por primera vez empezó a haber problemas para pagar la deuda externa y la productividad no respondía. En estos años, el déficit del país se llegó a cubrir en un 60 % con las remesas que enviaban los trabajadores en el extranjero, detalla Miguel.

Nevenka era economista en los ochenta, ahora está jubilada. Pero no guarda un recuerdo especialmente malo de esa década, para ella lo realmente duro llegó después, en los años noventa, con las guerras de secesión. En cualquier caso, me cuenta: «En los ochenta, los sueldos empezaron a ponerse un poco inestables y yo lo que hacía, cuando podía, era irme a Turquía y a Hungría a comprar ropa y productos de limpieza que luego vendía en Belgrado, donde no había o escaseaban».

Otra mujer jubilada, Marija, coincide en que lo grave de verdad fueron los noventa, en los que estuvo varios años yendo a trabajar sin cobrar ni un solo mes, pero sin poder abandonar su puesto de trabajo para poderse luego jubilar. Ella recuerda: «En el 84 me casé y todavía podíamos coger un crédito para un piso, no estaba mal. Aunque mi primo por aquel entonces se iba a Turquía a traer gasolina, que no había. A los que nunca les faltaba nada era a los que estaban relacionados con el partido o trabajaban en fábricas controladas por los sindicatos estatales. A ellos les daban carne, aceite… Eran los únicos que en sus casas siempre tenían detergente, por ejemplo».

Pero la crisis en los ochenta era en todo el mundo socialista, no solo en Yugoslavia. Marko, un obrero de cincuenta años, en la época, cuando escaseaba el trabajo, cogía la furgoneta y se iba a Rumanía a vender productos básicos: «Yo era contrabandista, pero de pimienta [se ríe]. Llevaba pimienta a Rumanía porque allí sí que no podían comprar nada. A los guardias de fronteras les sobornaba con queso. Una vez uno me pidió algo más, yo no tenía nada que darle, y se conformó con mi chaqueta. Con eso ya pude cruzar. Con otro policía de la aduana hice amistad y un día me pidió que le trajera algo a su hijo. No entendí muy bien lo que pidió, porque nos comunicábamos como podíamos en dos idiomas distintos, pero le llevé chicles y chucherías. Al llegar, el policía me estaba esperando con él en la frontera y el crío se llevó un disgusto. Lo que me había pedido era ¡pašteta! [paté]. El chaval lo que quería era comer paté».

«Dinero no faltaba, pero había problemas para comprar lo que necesitaras —sigue Miguel—; los húngaros iban a Subotica, en el norte de Serbia, a comprar lo que no había en Hungría, y los yugoslavos se movían de república en república, o iban a Budapest, Tesalónica o a Trieste porque ahí sí contaban con otros productos que no encontraban en su propio país. El caso más paradigmático que describe muy bien toda esta situación es cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Invierno en Sarajevo. Muchas tiendas de Yugoslavia se quedaron vacías para suministrar a la capital bosnia. Estabas en Belgrado, tenías dinero, pero no podías comprar papel del WC. Eso sí, en los noventa ya no hubo ni bienes ni dinero».

Le pregunto a Jasna, de veintiocho años, cómo recuerda su infancia en esa década maldita, los noventa, si es cierto lo que dice Miguel, y sí. Lo confirma: «Lo que nunca olvidaré de la carestía que hubo de todo eran los chicles Orbit. Aquí, al ser de importación, eran carísimos, prohibitivos, un paquete costaba un salario, pero había gente que los traía del extranjero de contrabando. Entonces, por la calle te encontrabas a los traficantes de divisas, de marcos alemanes y dólares, que iban por las esquinas diciendo “Devize, devize”, que parecía un zumbido de moscas, y entre medias salía otro “Orbit, Orbit, Orbit”, que traficaba con chicles. Así estábamos».

Sin embargo, Miguel considera que el trauma de la guerra de los noventa ha sido muy dañino por motivos obvios, pero muy especialmente porque ha impedido ser autocríticos con los problemas económicos que venían ya de los setenta. «No hay más que ver toda la excelente cinematografía yugoslava —explica—, localizaciones más y más decadentes, en la que los guiones no pueden eludir la picaresca, la pequeña corrupción y el tráfico de influencias que se iban extendiendo por la sociedad».

Miguel de repente para un momento, piensa, y matiza: «Pero, claro, a veces es cierto que no les queda otra que hablar bien del régimen, les había proporcionado mucho. Ahora hay, por ejemplo, muchos jubilados que han pasado más tiempo como pensionistas que trabajando. También los permisos de maternidad eran largos, y siguen siendo de los más amplios de Europa. Cuando empezaron las movilizaciones en los países socialistas, aquí hubo huelgas, pero el nivel de agitación social no llegaría a ser tan alto hasta finales de los ochenta. Hay, de hecho, un vídeo de una exposición que hubo en el Museo de Historia de Yugoslavia, el que está anexo al mausoleo de Tito, donde se ve a un periodista durante los ochenta entrevistar a la gente por la calle en esa época y preguntarles si creen que se merecen lo que tienen… y los entrevistados dudan [risas]».

La yugonostalgia actual es un fenómeno apreciable en todas las antiguas repúblicas. En Belgrado hay varios restaurantes decorados al estilo partisano, con carteles comunistas, donde no faltan referencias a la guerra de España, y bustos de Tito en cada estantería. El último de estas características que ha abierto, en el bohemio barrio de Savamala, se llama directamente SRFJ (República Socialista Federativa de Yugoslavia) y tiene seis mesas, una por cada república con el nombre y el mapa de cada una. Los propietarios son un bosnio y un montenegrino, que me dicen: «Cuando hay un cumpleaños o algo así, tenemos que juntar todas las mesas, entonces tenemos la Yugoslavia unida otra vez y ahí tenemos la señal de que eso es un fiestón».

Quizá Croacia pueda ser la más reticente a este tipo de guiños al pasado, pero si buscas un bar en Zagreb a altas horas de la madrugada verás que en los flyers y carteles el atractivo que destacan de cada local es que pinchan yugo-rock, grupos de punk y nueva ola de los ochenta que en Yugoslavia fueron prácticamente coetáneos a los del Reino Unido.

Un chaval visita la tumba de Tito con su padre en Dan mladosti, el viejo Día de la Juventud que supuestamente coincidía con el cumpleñaos de Tito.

Entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué tantos sectores se refugiaron en el nacionalismo cuando vinieron mal dadas y acabaron reventando el país? Miguel cree que en tan poco tiempo la sociedad no pudo cambiar tanto como para crear un hombre nuevo, socialista y yugoslavo, que nada tuviese que ver con el pasado: «Hay que tener en cuenta que Tito cogió un país en el que un 75 % de la población eran campesinos. Cuando luego ponía fábricas, lo hacía en el interior, lejos de las fronteras por si la URSS los invadía. No hay que olvidar que esa amenaza existió durante muchos años, y se cumplió en Hungría y Checoslovaquia, y fue utilizada para cohesionar a la población frente a un enemigo exterior que cada vez lo fue menos. Los trabajadores de esas factorías eran obreros industriales, sí, pero luego el fin de semana se volvían al campo. El vínculo con el pueblo nunca se acababa y por eso no se podía terminar de desactivar el nacionalismo étnico. Si hasta los trabajadores yugoslavos que fueron a Alemania como Gastarbeiters decían que sus vecinos se quejaban de que tenían el balcón lleno de pimientos colgados para hacer ajvar (una sabrosa salsa local). Eran trabajadores urbanos, pero su mente y costumbres seguían en el pueblo de origen».

En este punto, Nevenka me cuenta un chiste: «Preocupación en serbocroata se dice briga, en la época de Tito teníamos muchas: Bulgaria, Rumanía, Italia, Grecia y Albania [risas]. Pero quién nos iba a decir que la más gorda éramos nosotros mismos». No le falta razón, pero no solo por los manidos tópicos sobre los nacionalismos y odios atávicos de los Balcanes. El problema también estaba en la propia Constitución del país, que pretendía ser un impulso contrario, de conciliar diferencias, pero cuya lectura en el momento crítico estuvo caracterizada por sus ambigüedades y pasajes francamente contradictorios.

Isidro García está en Jordania trabajando con los refugiados sirios. Fue cooperante durante años en Bosnia y Herzegovina. Su tesis doctoral, presentada el año pasado, investiga la relación entre el derecho al desarrollo y el derecho de autodeterminación según el caso de la desintegración de Yugoslavia. Conoce muy bien la Constitución del 74 y decido pegarle una llamada: «Fue un tema de agria disputa —me comenta de entrada—. El prólogo decía claramente que eran los pueblos de Yugoslavia los que por su derecho de autodeterminación, que incluía el derecho a la secesión, libremente se agrupaban y creaban una comunidad federal y socialista. Ahora bien, eso era el prólogo, nada más».

El problema estaba en los principios ideológicos que habían inspirado el texto. Sigue Isidro: «Esa Constitución en su articulado asumía que el problema nacional ya lo habían dejado atrás. En la ideología marxista tradicional, la cuestión nacional se superaba con la creación de federaciones que avanzarían juntas hacia el Estado comunista. Había un principio y un final definido. No necesitaban mayores aclaraciones. Entonces se asumía que los pueblos ya se habían autodeterminado y esas repúblicas eran la expresión de su autodeterminación. Sin más».

A las guerras se llegó por muchos motivos más, pero uno de ellos, nada desdeñable, fue la interpretación de este texto, concluye: «Se distinguía entre nación, nacionalidades y minorías, pero todas eran, de acuerdo con el artículo 265, iguales, para no caer en el principio que tanto aborrecían de que hay pueblos inferiores a otros por su propia naturaleza. La disputa se articuló por tanto en torno a si el derecho a la secesión era tal, porque estaba en la Constitución, o no, porque estaba solo en el prólogo. Y, luego, ¿de quién era? Unos nacionalistas argumentaban que de los pueblos, cuyos límites no coincidían con las fronteras de las repúblicas que formaban Yugoslavia, y los nacionalistas a los que la división territorial les favorecía sostenían que ese derecho recaía en las repúblicas. Especificado no estaba nada, eso está claro. Tanto que al final tuvo que llegar la Comisión de Arbitraje de Badinter de la comunidad internacional y decidió que serían los límites de las repúblicas, y ese fue el criterio que se siguió. Pero no era nada fácil decidir si eran las repúblicas o los pueblos porque para la doctrina política yugoslava los pueblos ya se habían manifestado y su voluntad era unirse».

Había otro problema más en ese texto. Como apuntó en sus investigaciones publicadas en Balkania Antonio Moneo-Lain, actualmente en el Banco Interamericano de Desarrollo, la arquitectura estatal que diseñó estaba descentralizada hasta tal punto que vació de contenido al Gobierno federal. «Para un político yugoslavo de la época terminaba siendo más atractivo ser alguien en el Gobierno de la república, en Liubliana o Zagreb, que en el Gobierno de toda la Federación yugoslava. Cuando se dan esos desequilibrios es que algo pasa», advierte Miguel. A la hora de emprender reformas económicas en el momento en el que el país iniciaba la deriva, no hubo una dirección central que pudiera marcar una sola línea. Sin un poder ejecutivo real del Gobierno federal, los intereses de las repúblicas ricas eran contrapuestos a los de las menos desarrolladas. En consecuencia, los ochenta se caracterizaron política y económicamente por una gran parálisis.

En esos años, la brecha entre el partido, los burócratas y las élites, y el resto de ciudadanos no hizo más que acentuarse. Milovan Djilas, el viejo camarada de Tito, ya lo advirtió en su libro La nueva clase, donde denunciaba la aparición de una burguesía roja dominante equiparable a la capitalista. Los conflictos en el seno de la federación, antes de perfilarse las primeras independencias de Eslovenia y Croacia, tuvieron este signo. De hecho, las protestas más relevantes se llamaron «antiburocráticas». Pero quienes supieron explotar ese descontento fueron los políticos nacionalistas, que, con el apoyo recibido, ahora sí, encaminaron al país hacia la desintegración traumática.

Miguel cree que la clave estuvo después del 68. Tito a principios de los setenta confrontó las manifestaciones, pero también purgó a destacados líderes de la Liga Comunista, de corte liberal, sobre todo en Croacia y Serbia, como Miko Tripalo o Latinka Perović, y los sustituyó por gente del ala dura y autoritaria. El director de Balkania entiende que ellos, si hubieran seguido en puestos de importancia, podrían haber sido capaces de liderar la transición que, por otra parte, tuvieron que afrontar más tarde o más temprano todos los países socialistas europeos. Pero la oposición al socialismo solo la protagonizaron los nacionalistas. Nadie tuvo más fuerza que ellos en aquella etapa crítica.

Por eso es importante subrayar que la desintegración no fue inevitable. El italiano Alfredo Sasso, autor de una tesis sobre los movimientos no nacionalistas en Bosnia entre 1989 y 1991, me cuenta con un café que, en realidad, en las primeras elecciones croatas los nacionalistas ganaron por un estrecho margen. Hubo una resistencia, no suficiente, pero sí importante, a la sinrazón.

Sin embargo, con un discurso nacionalista en cada república, ya no hubo prácticamente nada que hacer. Aunque las conclusiones de su investigación coinciden con algo que me ha comentado antes Miguel: «Quizá no hubiera muchos yugoslavos a favor de Yugoslavia, pero muy pocos estaban en contra».


Arturo Pérez-Reverte: «Somos lo que queremos ser, cada uno tiene el mundo que se merece»

Arturo Pérez-Reverte para Jot Down 0

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) vive en una casa que evoca el universo de sus novelas. Tiene más de treinta mil libros. Y maquetas de barcos. Y armas antiguas. Y un montón de artefactos maravillosos, como un viejo catalejo de ballenero que le regaló su amigo Javier Marías. El entrevistador le conoce de hace tiempo, de cuando era reportero y coincidieron en algún conflicto, y comprueba que no ha cambiado. Es amable, pero no dócil; es fiel a sus amigos, pero no compadrea con cualquiera. La conversación se desarrolla en su biblioteca.

¿Nunca tienes un pinchazo de nostalgia por el periodismo?

Tengo el impulso. Ocurre como cuando has sido torero o cura. Hay oficios que marcan. Pero otras cosas se superponen a cualquier pinchazo de nostalgia: soy consciente de la edad que tengo, de que el tiempo ha pasado, de que el mundo actual no es el de antes, de que el periodismo que se hace ahora no es el que yo hacía, de que la técnica ha cambiado, de que la psicología del público también ha cambiado, de la inmediatez de la transmisión, de que internet le ha dado la vuelta a todo… eso me consuela y me templa la melancolía. Sé que ahora tendría que hacer un esfuerzo técnico y psicológico enorme para reciclarme y poder hacer el periodismo que hay que hacer ahora; y me da pereza. Trabajé veintiún años como reportero y ya está bien. Digamos que la melancolía o la nostalgia quedan compensadas por la lucidez.

¿Cuándo has tenido el último pinchazo de periodismo?

Pasa siempre. Estás viendo lo de Libia o lo de Siria en el telediario y te dices, «¿por qué están en la frontera?, ¿por qué transmiten desde ahí, por qué no están dentro?». Además conoces el país, la frontera, los montes, y piensas que tú habrías entrado por tal sitio, que habrías llamado a Fulano para que te metiera, que habrías sobornado a tal aduanero… y notas que la experiencia del viejo zorro que fuiste en tu tiempo iría bien para ese tipo de situación. No con todos, evidentemente, hay gente que lo hace mucho mejor de lo que yo lo hacía, pero tienes esa sensibilidad hacia el oficio que es imposible de perder. Fueron veintún años, fueron muchos ratos de todo tipo… Pero todo eso se contrapesa con la certeza de que tengo sesenta y cuatro años y ya no podría estar tres días sin dormir, ni recorriendo mil kilómetros a pie… Ya no puedo hacer esas cosas, acepto que es otra vida la que estoy recordando, y no la presente.

¿Planeaste la transición del periodismo a la literatura, o simplemente ocurrió?

Nada estaba planeado. Yo soy un escritor tardío. Empecé a escribir novelas con treinta y cinco años. No tenía vocación literaria. Para mí los libros eran una compañía, una herramienta que me permitía comprender el mundo y consolarme de un montón de cosas. Y un día, a la vuelta de uno de esos viajes largos y duros, me senté y me propuse escribir. Pero en vez de escribir una experiencia autobiográfica, que estuve en Eritrea, que me pasó esto y lo otro, dado que me causaba cierto pudor hablar de mí (de hecho tardé muchos años en hablar de mí como escritor), lo que hice fue situar una acción y unos personajes en la guerra de la Independencia, y mi historia, las cosas que yo había vivido y sentido, las volqué en la novela. Me pareció una forma púdica de dar salida a esa mirada. La novela [El húsar, 1986] me hizo sentir bien, aunque nadie la leyó. A la vuelta de otro viaje hice otra que se leyó un poco más [El maestro de esgrima, 1988]. La tercera, que fue La tabla de Flandes, se publicó en 1990, poco antes de la guerra del Golfo. Para mi sorpresa me fui a la guerra siendo un reportero y a la vuelta mi novela era un best seller. Y no en España: empezó vendiéndose fuera, en Francia, Italia y Estados Unidos, y luego en el mercado español. Vender novelas me permitía tener independencia económica. Entre 1990 y 1994 hubo un periodo de transición en el que seguí siendo periodista y escritor pero llegó un momento en el que comprendí que había que elegir, una cosa era incompatible con la otra. El tiempo pasaba, venía un periodismo diferente al que yo no me iba a adaptar con facilidad y vi la solución; si podía vivir de los libros, mejor. Entonces escribí Territorio Comanche, que fue la primera vez que hablé de mí, aunque el personaje se llamara Barlés, y con eso me despedí del oficio.

Es que Barlés eras tú.

Evidentemente, todos esos recuerdos son míos. He hecho ese ejercicio solo dos veces, una en Territorio Comanche y la otra en El pintor de batallas. Las dos están hechas con recuerdos personales y son novelas autobiográficas (especialmente Territorio Comanche), pero en ninguna aparezco como Arturo. No me gusta escribir memorias. No es algo que me haga sentir cómodo. La literatura es un buen filtro para suavizar las luces demasiado fuertes sobre la vida propia.

En esa transición que marcas con Territorio Comanche también hay un texto más privado en el que dices «me voy».

Sí, me voy. En la novela hablaba de la profesión con todo el amor y toda la lucidez que puede tener cualquiera que conoce el oficio de verdad. Yo contaba las cosas como son: con humor, mala leche, recordando anécdotas, bromeando y con ese toque de cinismo profesional que se adquiere en ese oficio que tú conoces tan bien o mejor que yo. Eso no gustó a mis jefes en Televisión Española e intentaron tocarme las narices. Alguien me avisó: «Arturo, me han dicho que use tu libro para empapelarte». Y pensé que a esas alturas no merecía la pena aguantar a esos cretinos teniendo la vida resuelta, no dependiendo de la tele para vivir, con veintiún años de trabajo a mi espalda… Discutir con tontos supone tener que bajar al nivel de los tontos y ahí son imbatibles. Recuerdo que acababa de volver de un reportaje en la antigua Yugoslavia y tenía que ir a Colombia a hablar de una novela nueva. Estaba en casa dormido, me desperté a las dos y dije: «Me voy de la tele». Yo era funcionario, era fijo del Estado, por lo que no me podían echar, me tenían que mandar a otro sitio; decidí renunciar a veintiún años, no necesitaba esa seguridad laboral ni merecía la pena. Así que me fui a la tele, escribí una carta de dimisión en la cual decía que les dieran morcilla a mis jefes y, después de enviarla a un amigo de la agencia EFE, la colgué en el tablón de anuncios y me fui. Eso es todo. Creo que fue una de las decisiones más acertadas de mi vida. Ese día volví a casa y me sentí libre. Ya no tenía la seguridad del Estado pero tenía independencia para escribir. Me la jugué y salió bien.

Pero dejaste de ir a ciertos sitios para hacerte escritor.

No, seguí yendo. Ahí tenemos dos factores complementarios. Primero, que soy marino, navego desde hace veinte años, soy capitán de yate y tengo un velero, por lo que paso mucho tiempo en el mar. A partir de ese momento en lugar de a la guerra me iba a navegar. En lugar de adrenalina en Sarajevo tenía adrenalina en un temporal en el golfo de León. La vida nómada y con ciertos sobresaltos el mar me la siguió y me la sigue proporcionando. El mar me mantuvo vinculado a la aventura, la acción y el viaje. Segundo, soy un novelista no estático; es decir, mis novelas son muy documentadas y muy complejas, viajo a los lugares en que ocurren. Para mí una novela significa un año o año y medio de viajes para, digamos, localizar exteriores. Antes de La reina del Sur estuve viviendo en Sinaloa, me hice amigo de los narcos, me emborraché con ellos… Ese trabajo de campo se parece mucho al de periodista. Es una inversión económica y profesional que hasta ahora nunca me ha salido mal. En ese sentido sigo viviendo con la maleta a medio hacer, viajando mucho; y en cuanto a emociones fuertes, el mar proporciona tantas como la guerra, o más.

¿Cuándo es la última vez que has navegado?

Hace muy poco, quince días. No tengo horarios fijos ni jefes. Mi jefe soy yo, lo que me hace ser mucho más exigente que si fuera otro. Trabajo mucho, todos los días, incluso en festivos. Y cuando llevo un mes o mes y medio y no puedo más cojo el barco y me voy a navegar. Me largo un mes o quince días. Doy la vuelta a Baleares, me voy a Italia… es un velero, por lo que depende de los vientos que haya. Y con eso calmo los diablos. Vuelvo y sigo otra vez. El mar es mi vía de escape.

Hablando de trabajo, hiciste un experimento curioso con www.novelaenconstruccion.com.

Un día, mientras escribía El tango de la Guardia vieja, se me ocurrió que esas notas que uno toma, los apuntes de trabajo, podían tener interés, como juego, para alguien. Que yo sepa no lo había hecho nadie. Es ir metiendo notas dispersas: tal restaurante que por tal motivo aparecerá en la novela, y cuelgo una foto del restaurante; contar que estoy en tal lugar buscando a tal personaje; decir cómo resuelvo determinado problema técnico de algún pasaje, o que necesito una partida de ajedrez y llamo a Leontxo García, o que llamo a unos expertos en abrir cajas fuertes porque el protagonista lo hace… Pero dejé de hacerlo al cabo de un tiempo. No me gusta tener más compromisos que los imprescindibles. Ahora cuelgo cosas de vez en cuando, o me asomo a Twitter. Pero sin periodicidad fija.

¿Expertos de cajas fuertes por lo legal o por lo ilegal, para aquella novela?

Abrían cajas fuertes. La vieja agenda. Es que un reportero tiene una agenda así de grande, y yo todavía la uso para mis novelas, como La reina del Sur. Fui metiendo notas pequeñas, cortas, casi tuits, en esa página. Para mi sorpresa, ese experimento de Novela en Construcción tuvo mucho éxito. No era un manual para hacer una novela, pero a cualquiera que le interesara eso… Más que el trabajo era la cabeza del novelista.

Arturo Pérez-Reverte para Jot Down

Dices que como periodista habrías tenido que reconvertirte por las nuevas tecnologías, pero te manejas muy bien con ellas.

Por partes. Aquí soy mi jefe, nadie me obliga. Te voy a poner un ejemplo: el día que pensé que había que dejar este oficio fue en la guerra del Golfo, cuando entramos en Kuwait, y fue porque ese día desde Madrid me pidieron cinco transmisiones en directo. Entonces, ¿cuándo diablos querían que fuese dar una vuelta para saber qué pasaba en Kuwait? Eso les daba igual. La televisión, la que me pagaba y todas las demás, solo quería que se notara que tenía allí un enviado y no le importaba lo que ocurría. Les importaba un carajo lo que les contase, y encima me sugerían que dijera tal cosa o tal otra porque lo habían leído en algún periódico. Yo era un cazador, salía a cazar a la calle cada día. En Sarajevo trabajamos mucho. En Croacia, en Bosnia, hicimos cosas que estaban muy bien, pero era una continua lucha con mis jefes en Madrid: «No, es que mañana…», «yo mañana me quiero ir al frente porque quiero filmar», «no, es que necesitamos un directo desde el hotel»… verdaderas broncas. Incumplía órdenes, desertaba, para irme tres días a trabajar, y a la vuelta broncas. Les mandaba un material estupendo, gracias a los cámaras magníficos con los que trabajaba, pero no les importaba, querían tenerme de busto parlante en la terraza del hotel diciendo que «en Sarajevo…». Me di cuenta de lo que venía y es lo que hay ahora. 

No digo que eso sea malo o bueno, sino que yo he trabajado de otra manera. Cuando estaba en el diario Pueblo me iba a África, pasaba allí dos meses y a la vuelta decía: «Mira, tengo esto», y lo ponían en primera. Pero eso se acabó. En la guerra del Golfo lo intuí, y en la guerra de Yugoslavia lo comprobé, así que era el momento perfecto para decir adiós y marcharse. En Sarajevo me iba con Márquez, o con Custodio, o con Miguel de la Fuente [cámaras muy expertos de Televisión Española] a una calle del barrio viejo, nos pegábamos a una pared a esperar los tiros (los serbios disparaban por la tarde), y bumba, empezaban a caer y corríamos al lugar de los impactos. Conseguíamos unas imágenes extraordinarias, porque los cámaras eran buenísimos, eran lo mejor que había, no digo ya en TVE, sino que estaban a la altura de los mejores del mundo. Tienes que estar en la calle, tienes que patearla. ¿Cómo iba a usar a Márquez en el hotel con un trípode, haciendo una entradilla, todos los días varias veces, y no salir a la calle? Ese no es mi periodismo, que lo hagan otros. Cuando ahora me preguntas por la melancolía, digo «sí pero no», porque ahora estaría enviando entradillas y no me apetece nada, con todo el respeto para quien tiene que hacerlo porque es lo que le piden.

De vez en cuando incendias Twitter.

Por edad, por carácter y por muchas cosas nunca voy a hacerme esclavo de las tecnologías o de la Red. Pero hay un mundo que está ahí, que no puedes negarte a aceptar, e intento compatibilizarlo con mi vida. Trabajo en un ordenador que no está conectado a internet, entre otras cosas para que no entre un hacker y me piratee y reviente la novela. Trabajo en un mundo cerrado de libros, notas y papeles. Y en otro lugar de la casa tengo otro ordenador conectado a internet en el que veo mi correo electrónico una vez a la semana. Viajo sin internet. A veces no se lo creen, pero es que no llevo ni tableta, yo viajo con libros. También sé que la juventud, el futuro, el entorno, lo inmediato tiene mucho que ver con las redes sociales e internet. Lo que no voy a hacer es negarme como un carcamal a aceptar la parte de ese mundo que me beneficia, me divierte o me interesa. Tengo lectores que no están solamente en España. Están también en Alemania, Italia, Israel, Japón… Eso me permite un contacto con ellos y una correspondencia. Y ahí entramos en una fase que es muy importante para mí. Por la suerte que he tenido, por el privilegio de ser un escritor al que leen, recibo una correspondencia muy intensa que no puedo atender personalmente. Yo me dedicaría un mes entero a contestar cartas, pero es imposible, no puedo. Tengo el remordimiento de no poder corresponder a gente que confía en mí, me lee, me sigue, me cuenta sus ideas. Y me siento muy mal. 

Por otro lado, tampoco quiero que sean otros quienes atiendan por mí las redes sociales, porque eso sería engañar. Twitter me permite satisfacer la demanda de contacto con los lectores. No puedo tuitear todos los días, entre otras cosas porque no llevo con qué, pero si estoy aquí me siento tranquilo durante dos horas e intento contestar a la gente, opinar, a veces se monta el cirio… Digamos que soy honrado: correspondo, estoy ahí, doy la cara, asumo, discuto e intento contestar a todo el que puedo. Pero claro, tengo un millón trescientos cincuenta mil seguidores, y en una tarde han llegado a entrarme dos mil quinientos o tres mil tuits. No puedo hacer más. Necesito trabajar cada día. El tipo de novelista que soy vive con su mundo. Durante el año y medio que tardo en escribir las novelas que no son de la serie Alatriste, lo que como, lo que camino, lo que hablo, lo que veo, lo que sufro, lo que oigo… todo tiene que ver con la novela. Vivo con ese mundo en la cabeza. Lo que necesito es levantarme cada día a las ocho y ponerme a trabajar sin interrupción con lo que hice el día anterior. Lo mío es un trabajo continuo. No puedo arriesgarme a tener rupturas de estado de ánimo o de gracia, conflictos que se mezclen y que no tengan nada que ver con eso. Es un lujo que me perturbaría mucho en mi trabajo de cada día. Lo que hago es mantenerlo a raya. Entro un día un ratito y me voy. Entro y salgo, es como una habitación de la que sales y la cierras, no dejas que te invada la vida. Y así voy a mantenerlo mientras pueda.

¿Te interesa crear polémicas en Twitter?

No me interesa, pero ocurre a veces sin que lo pretenda. Opinar en las redes es exponerse a eso. ¿Te acuerdas de la que se lió cuando lo de Moratinos? Hay una cosa que ocurre en España y que dice mucho sobre la cultura del país, un problema de comprensión lectora. Imagina que un día digo que un taxista me ha estafado. Al día siguiente habrá gente gritando que he insultado a los taxistas y que soy un hijo de puta. Esto es así, y más en las redes sociales, donde todo es tan superficial. La gente no habla de lo que has dicho, sino de lo que dicen que has dicho, con lo cual tras la cadena hay uno que dice que yo he dicho que todos los taxistas deben ser ejecutados por sinvergüenzas y analfabetos. Eso es muy frecuente, y no se puede estar como un bombero intentando apagar fuegos. Es imposible porque escapa a la capacidad de control, con lo cual cuando digo algo asumo la consecuencia, la manipulación, la tergiversación y la viralidad patológica de lo que he dicho. No pasa nada, porque al fin y al cabo, qué diablos, quien me lee desde hace veinticinco años sabe perfectamente de qué estoy hablando y de qué va la cosa. 

Yo no perdí lectores con Moratinos, gané tuiteros. Dije: «Moratinos creo que ha hecho una política, como ministro de Exteriores, débil y claudicante», lo cual es cierto y nadie puede negar. Y llora al irse, se va como fue ministro: llorando. Es decir, se va como un perfecto mierda, porque «mierda» en el diccionario de la RAE significa, entre otras cosas, «hombre débil y falto de carácter». Ese es mi comentario en Twitter. Y de ahí a «ha llamado mierda a Moratinos porque llora, y los hombres no lloran». Total: «Reverte machista, porque ha dicho que un hombre por llorar es un mierda». Y al final se aparta de la idea original y «Reverte ha dicho que el hombre que llora es un mierda». Eso es el ejemplo clásico de lo que es internet. Si a mí eso me angustiara nunca más volvería a conectarme, pero es que me da igual. Otra cosa es que yo en Twitter utilizo un lenguaje de coleguilla de bar, porque es el que me apetece. No voy a Twitter a hablar como un catedrático, hablo en un tono de colega. Entonces, cuando uno lo saca de ahí, la gente dice: «¡Mira lo que ha dicho!». Pero es que yo lo he dicho como el que charla con unos amigos en un bar tomando una caña. Pero vamos, la prueba de que estoy a gusto es que sigo haciéndolo. Aunque los días en que hay poca noticia, algunos lo conviertan al día siguiente en titulares de prensa. Lo gracioso es que no te juzgan o discuten por lo que dijiste, sino por lo que quienes no te leyeron dicen que les han contado que dijiste.

Arturo Pérez-Reverte para Jot Down 2

¿Cómo es tu sistema de trabajo?

Primero hago un esquema muy sólido, con unas estructuras muy complejas que me llevan bastante tiempo. Pienso qué quiero contar, con qué personajes, en qué escenarios, qué época… Si por ejemplo la primera parte transcurre en Buenos Aires me voy allí, veo a los amigos, trabajo, pregunto, miro, fotografío, como, duermo, compro libros, documento… ¿Que son delincuentes? Pues averiguo cómo se revienta una caja fuerte. ¿Que están en el narcotráfico? Pues me tomo copas con los narcos, me hago amigo de los que no conozco… Con todo eso voy reuniendo el material necesario. Una vez en casa organizo mi trabajo. [El entrevistado se levanta y se acerca a su escritorio, N. de R.] Al lado de la mesa tengo estas estanterías, en las que voy metiendo y sacando libros y materiales que me hacen falta. Un Marie Claire de los años treinta, el Blanco y negro de tal época, La nueva sorrentina italiana… revistas y libros de todo tipo. Libros que a lo mejor leo para escribir solo una línea o media página, pero eso es lo bueno de mi trabajo: me permite leer cosas inútiles que nunca leería si no estuviera con una novela. Leer cosas inútiles es maravilloso. Por ejemplo, yo ahora sé un montón de moda de los años treinta, cosa que antes… A eso añádele unos esquemas de trabajo, muchos cuadernos de notas, cuadernos con cotizaciones de las monedas en 1937… Un cúmulo de material que, aparte de ser divertido, le enriquece a uno. Cosas sobre taxidermia, cómo degollar a un tipo sin que haga ruido… Con todo eso, cuando tengo ya la base estructurada, empiezo a trabajar y ya, sobre la marcha, voy ampliando y modificando. Es un proceso muy dinámico, no estoy todo el tiempo cerrado en la novela, sino que estoy leyendo y enriqueciendo todo lo que puedo. Un caso típico es La reina del Sur.

Hay mucho de reportaje en esa novela.

Es que La reina del Sur es una novela muy complicada de contar y después eso no tiene que notarse, tiene que parecer muy fácil. Es como hacer una casa con un andamio y después quitar ese andamio para que solo se vea la casa. Pero ese andamio es muy complejo y costoso de levantar. La reina del Sur es una novela muy complicada y me preguntaba cómo estructurarla. Me di cuenta de que mi propia labor de documentación para ese libro podía servir como estructura del libro: un escritor indagando sobre una mujer. Los pasos que yo di para construirla a ella los da el narrador para investigarla a ella. De tal manera que cuando yo iba avanzando él avanzaba. Utilicé la misma investigación como trama novelesca. Me fui a Sinaloa y la Costa del Sol, hablé con los narcos, con los policías, con los guardias civiles, con los traficantes… estuve allí mucho tiempo porque dio la casualidad de que unos amigos relacionados con el narco estaban allí. Además yo soy un viejo reportero que conoce los códigos y tengo una buena agenda. Sé comportarme. Tú lo sabes, nuestro oficio nos da un don especial, caemos al río y nos salen aletas. Sabemos convencer a un tío que te quiere matar de que eres más útil vivo. Y eso vale para todo en la vida. En Sinaloa con los narcos apliqué lo que había aplicado con los bosnios, los palestinos, los israelíes, los iraníes, los chadianos o los angoleños. Dame confianza, tómate una, esta botella la pago yo… Me gasté una pasta invitando narcos. Entré en un mundo absolutamente espectacular y fascinante. El narco no se había envilecido tanto como ahora. Entonces no se mataban mujeres y niños, aún había códigos y reglas. Total, que La reina del Sur es un ejemplo clásico de cómo yo trabajo.

En esa novela aparecen, en mi opinión, varios de tus mejores personajes.

Quizá porque están vivos. Lo que yo nunca hago es meter en una novela a un personaje entero, sin cocer, crudo. Porque eso es muy peligroso y no funciona bien. Ningún personaje de la vida real puesto en una novela funciona si no lo has hervido. Ese hervor significa trabajar con ellos y hacerlos literatura. Nuestro oficio es una escuela estupenda de muchas cosas. Aprendí que cuando en un reportaje hay literatura es un mal reportaje, y cuando en una novela hay periodismo es una mala novela. Uno debe utilizar los conocimientos, pero no las técnicas. Y eso es lo que hago: nunca meto documentación cruda ni periodismo crudo en una novela. Las novelas verité nunca me han convencido.

¿Esa pasión tuya por la documentación, el verismo y la verosimilitud tiene algo que ver con la meticulosidad con que trabajaba Hergé, el creador de Tintín?

No sé, de pequeño hacía maquetas de barcos y me gusta la línea clara, tintinesca. Me defino como un novelista de línea clara. Y sí, tiene que ver con eso. Ahí tengo toda la colección de Tintín, con lomo de tela, como debe ser. Soy ordenado y metódico, e imagino que eso me ayuda a hacer ese tipo de novelas. No estoy en absoluto menoscabando el valor de los que no hacen eso. Hay escritores, muy respetables todos, algunos de ellos amigos míos, que se nutren de su imaginación. Pueden escribir trescientas páginas sobre cómo una tía mira no sé qué. Hay que valer para hacer eso, yo soy incapaz. Cuando yo hablo de violar, de matar, de degollar, de muertos, de soledad, de miedo, de incertidumbre, de viajes… no me lo estoy inventando, estoy buscando en mi memoria, en mi archivo personal. Cuando una novela mía funciona no es por mérito narrativo del autor, es porque todo eso lo he vivido antes ya. Recurro mucho a mi memoria, a mis sensaciones, a las personas que conocí. Alatriste es un personaje de ficción, pero está basado en veinte tíos que tú y yo hemos conocido y que son así. Tengo un álbum de fotos propio al que recurrir cuando debo hacer una novela como Un día de cólera, porque he corrido ante un tanque serbio y sé lo que es correr con los malos detrás saltando tapias como un loco.

Además, ese que corre no va diciendo «¡córcholis!»

Claro. Yo estoy manejando un material real que me permite visualizar y hacer que el lector visualice, a lo mejor con un poco más de intensidad, esas escenas dramáticas, violentas y trágicas. He vivido tragedias y también las he leído. Me crié en una casa llena de libros.

Dicen que eras un niño malísimo.

Era un niño soñador y aventurero, como todos los críos imaginativos. El típico niño al que expulsan del colegio. Me crié con Jenofonte, con Homero, con La Ilíada, con La Eneida, con Los tres mosqueteros, con Dumas, con Verne, con Stevenson, y salgo al mundo con una mochila de libros pero también con un montón de libros en la cabeza. Cuando llego a Beirut estoy viendo Troya. Esos libros me permiten digerir con un mayor aprovechamiento las circunstancias dramáticas que la vida de reportero me pone delante. Y eso te marca. Yo he visto a Héctor despedirse de Andrómaca. La primera vez que los vi fue en Chipre en 1974, cuando los paracaidistas turcos asaltaron la isla. Esa mañana salí a la calle y vi a los griegos corriendo a alistarse. Las mujeres llorando, los hombres con escopetas de caza… Todo eso te va creando un imaginario, una densidad, una serie de estratos: libros leídos, vida vivida, libros leídos después de haber vivido la vida… Y además otra cosa: tengo sesenta y cuatro años, cada vez van muriendo más amigos… Hay un montón de factores que narrativamente son muy intensos. Y de ese material salen mis novelas. Pueden gustar más o menos, pero lo que no se puede negar es que hay en ellas una carga de vida real intensísima.

Por lo que dices, debió de resultarte fácil escribir una novela, que a mí me pareció espléndida, como El pintor de batallas. Pero también debió ser terrible.

No, fácil no fue. Primero porque es una novela muy dura en cuanto a conceptos y segundo porque es muy complicada en cuanto a estructura. Esa novela no es como las otras, es distinta. La escribí como ejercicio personal. Yo volví de los Balcanes con una sensación de desolación extrema sobre el ser humano. Hasta entonces, quizá también por la edad, siempre había creído que puedes encontrar justicia en cualquier causa. Pero en los Balcanes, no. Me di cuenta de que todos eran unos hijos de puta. En las guerras anteriores siempre había sentido cierta simpatía por el bando en el que estaba. En Angola estuve con los dos bandos, UNITA y FNLA, y los dos me cayeron bien. Estuve con los palestinos y los israelíes, los libios y los chadíes, con los iraquíes e iraníes, en El Salvador estuve con el ejército y con los muchachos, en Nicaragua estuve con los de Somoza y con la guerrilla…

Hay un punto de empatía.

Siempre, tú sabes que es así. Pero en los Balcanes, paradójicamente, sentía desprecio por todos los bandos en conflicto. Las mujeres me parecían tristes y los hombres, violentos y brutales. Cuando escucho un idioma eslavo, aunque sea ruso, todavía me siento incómodo, me recuerda aquello. Quienes hemos estado en las guerras balcánicas sabemos lo que fueron. La vileza humana con la que aquellos hijos de puta se mataban los unos a los otros. Por primera vez en mi vida no tuve simpatía por nadie. Sufría con todo, evidentemente, como con las mujeres y los niños en los hospitales, pero no conseguía simpatizar con nadie, ni siquiera con las víctimas. Me daba cuenta de que todos eran culpables. De odio, de rencor, de vileza, de brutalidad… Y en los Balcanes comprobé que estaba cambiando de punto de vista: ya no era capaz de ver el lado bueno de las cosas y las personas, la guerra me estaba haciendo sombrío, hosco y malhumorado. Tuve en directo una enganchada muy seria sobre el ministro Solana, porque dijo que todo estaba resuelto y tuve que responder que yo estaba en Sarajevo y él estaba mintiendo. La prueba es que tardó años en resolverse.

Tú estabas allí.

Es lo que le dije: «Yo estoy aquí, ¿qué me está contando?». Me di cuenta de que me estaba cabreando hasta con los espectadores. «No, no mandes crónica que hoy hay fútbol». ¡No contamos que hay no sé cuántos muertos porque hay fútbol!

El pintor de batallas fue una especie de terapia.

Fue una forma de digerir todo eso. Fue la consecuencia de esa mirada. Con la evolución de esa mirada amarga que me traje de los Balcanes, con los restos de eso, escribí la novela. Nadie puede decir que he ocultado mis sentimientos. El pintor de batallas es una crítica feroz hacia mi mirada de reportero y mi actitud frente a la guerra. El primero que se destroza moralmente soy yo. Ese ejercicio de violencia hacia mi mirada, de escepticismo y amargura respecto al ser humano y de asunción de la crueldad y la violencia como parte natural del ser humano… es el libro. Intenté decir: «No se equivoque, usted es un hijo de puta como lo pueden ser Milosevic o Mladic, solo que usted no ha tenido la ocasión de ejercer como tal. Pero usted, puesto en el lugar adecuado, con sus viejos impulsos de cazador, guerrero, depredador…».

O por cobardía.

O por cobardía. O porque no violen o maten a su hijo. Usted es capaz de hacer cualquier cosa. Estos señores lo han hecho y se seguirá haciendo porque esto es la humanidad. La mujer como botín y el hombre como depredador. Es la historia del mundo, y quien no asuma que eso es así y que únicamente la cultura, la civilización, la educación y el sentido común nos protegen de nosotros mismos, quien crea que eso está superado y que es algo que la humanidad ya ha dejado atrás, está cometiendo un error suicida. Lo estamos viendo y lo veremos. El pintor de batallas es mi novela que menos se ha vendido con relación a las otras, porque no es una novela fácil ni cómoda. Pero creo que es mi mejor novela.

Arturo Pérez-Reverte para Jot Down 3

Por razones obvias (Alatriste y demás) se te relaciona con el Siglo de Oro, una época que conoces bien. ¿Tu afición por esa época de la decadencia española sobreviene cuando decides crear un personaje en esa época o era anterior?

Era anterior. El Siglo de Oro [siglos XVI y XVII en España] era una época que conocía bien, porque a mi padre le interesaba mucho y crecí en el respeto a Quevedo, Lope de Vega, Calderón, Cervantes, Ruiz de Alarcón… autores que para mí eran tan normales como Dumas, Stevenson o Galdós. Me era muy familiar ese mundo. Por otra parte, como lector, creo que es el momento más interesante cultural y narrativamente de la literatura española. Hay sonetos de Quevedo que describen España mejor que Unamuno y Ortega y Gasset juntos. Además es una época en la que cuaja lo mejor y lo peor que tenemos, sobre todo lo peor. La España actual debe mucho, para mal, a los siglos XVI y XVII. Es cuando en el norte de Europa aparece un dios moderno que dice que si trabajas eres respetable, si eres respetable ganas dinero y si ganas dinero y creas trabajo y riqueza alrededor la sociedad progresa. Haz negocios, sé un hombre respetado y honrado. Nosotros, los españoles, nos quedamos con otro dios oscuro, triste, reaccionario, hipócrita, que te impide leer libros. Es el dios de algunos obispos actuales, no me refiero a todos, pero los hay ciertamente ruidosos. Esos fanáticos indeseables que no están quemando gente porque no pueden. Creo que ese siglo nos explica muy bien, y lo que somos ahora se debe mucho a lo que fuimos en los siglos XVI y XVII, cuando apostamos por un dios equivocado en todos los sentidos. ¿Por qué hay burocracia en España? Porque el rey Felipe II, o Felipe III, le dice al noble de turno, Medina-Sidonia o el que fuera, «toma, te doy las aduanas, te doy esto o aquello, fórrate porque yo no puedo pagarte, me pagas todos los años tanto dinero y haz lo que quieras». Y el noble monta un sistema. Toda esta burocracia del sello, el timbre, etcétera, es un sistema inventado hace cinco siglos para que los parásitos a los que el rey no pagaba pudieran cobrar a costa del ciudadano.

La ventaja es que lo tenemos todo registrado. La historia de España está completa en los archivos.

Sí, eso está muy bien. Disponemos de muchísima documentación sobre esos dos siglos en los cuales nos definimos perfectamente. Empezamos a perder oportunidades, ya con el Concilio de Trento. Perdemos la Enciclopedia, la Ilustración, la guillotina… Perdemos un montón de oportunidades hasta llegar a las que seguimos perdiendo ahora. Es un momento histórico muy interesante. Entonces, a la hora de montar un personaje en una España decadente, un mercenario sin fe que no lucha por la bandera sino por su propia ética personal… pensé que el Siglo de Oro ofrecía un buen contexto.

Mi impresión es que tú también tienes algo de la época.

Es un error buscar eso. Yo sé muy bien en qué mundo vivo.

Es que eres de las pocas personas a las que yo he oído mencionar la palabra «honor».

Bueno, no es culpa mía que eso esté devaluado. Es que las palabras «honor», «lealtad», «dignidad», «orgullo» —bien entendido, si no es soberbia— definen virtudes. Lo que pasa es que ahora si dices de un hombre que es bueno y honrado, estás diciendo que es tonto. Entonces claro, siento melancolía y nostalgia de cuando esas palabras significaban virtudes y se utilizaban con naturalidad. Cuando mi padre murió, lo estaban bajando a la tumba y alguien dijo: «Era un hombre honrado y un caballero». Creo que es el mejor epitafio que he oído en mi vida y fue dirigido a mi padre. ¿Pero a quién tienes ahora que sea honrado y caballero? ¿De quién dices eso? Ni de nosotros mismos se dice. Pero eso no son conceptos del XVI o el XVII; son conceptos naturales.

Sí, pero la sociedad española ha ido degradándose, volviéndose superficial y…

Sí, ¿y qué quieres que te diga?

No, si esto lo estoy diciendo yo.

Sí, ¿y?

Estamos jodidos.

Es lo que hay. Y esa sociedad ha ido generando políticos, banqueros, economistas, hipotecas, vacaciones, chiringuitos… todo a su medida. Y esta España que tenemos ahora no es más que la consecuencia, el reflejo del espejo de la España que hemos querido tener. Somos lo que queremos ser. Cada uno tiene el mundo que se merece, que se cuestionen a sí mismos. Hemos hecho un país analfabeto, un país inculto, un país insolidario, un país maleducado… Lo hemos hecho nosotros. Lo que pasa es que algunos tenemos un refugio, una trinchera donde cerrarnos, y otros no la tienen. Yo lo tengo muy claro: a mí la España actual no me gusta. Entonces, como ves, intento atrincherarme, y sueño con mis novelas, tengo mi mundo, y los uso como analgésicos. Pero vamos, somos consecuencia de nosotros mismos: PSOE, PP, Convergència i Unió, PNV, ETA, el asesino de la katana… yo qué sé… el banquero de turno, Mario Conde, El País, Intereconomía, La Cope, Sálvame, las tertulias de radio, las autocomplacientes galas de los Goya: somos nosotros. Es lo que queremos tener. Pero no me gusta, desde luego. El conjunto no me gusta nada.

¿Crees que un momento fatídico es el Concilio de Trento?

Sí, la Contrarreforma es lo que nos deja en el calabozo durante siglos. Todavía hoy estás oyendo hablar como en Trento: pones la televisión o la radio y tienes obispos hablando con el lenguaje del Concilio de Trento, de la Contrarreforma, todavía ahora, en este momento. Es algo terrible. Y además te das cuenta de que en un país como este, un país analfabeto con un escasísimo nivel de educación y cultura, esos discursos son peligrosísimos.

¿Es solo España o es Europa?

Es Europa. Esa Europa que nace en Grecia y Roma, en el Medievo, con la Biblia, el latín, el Renacimiento, la Enciclopedia, la Revolución Francesa, la democracia, los derechos del hombre y del trabajador… esa Europa ya ha desaparecido y no va a existir nunca más. Esa idea de Europa como referente cultural y moral de Occidente, es ahora un negocio en Bruselas, en manos de una casta política de sinvergüenzas y de mercachifles analfabetos. Esa Europa de la cultura como moral está extinguida. Eso de que la cultura tiene que ser popular es mentira. La cultura tiene que ser siempre elitista.

No estoy de acuerdo.

Tú no, pero yo sí, y soy el entrevistado. Te lo voy a razonar: la cultura siempre ha sido élite. «Popular» está en contradicción con «cultura». Lo que sí que hay que procurar es que lo popular tenga los cauces de acceso a la cultura absolutamente fluidos y limpios. Que nadie se quede atrás ni por economía, ni por sociedad, ni por nacimiento ni por raza ni por nada, pero que acceda quien quiera a la cultura. Es decir: no sacar el Museo del Prado a la estación de Atocha para que la gente lo vea; la gente que lo quiera ver, que vaya al Prado. Que se busque la vida. Que pase los filtros de interés y voluntad que le hacen merecer el Prado. A eso me refiero cuando te hablo de élite.

Ya, pero ¿dónde colocarías el folletón popular de Dickens o Dumas?

Sí, lo que estás haciendo entonces es abrir cauces para que la gente acceda; tú no le metes el folletón en el bolsillo al que pase por la calle. El que quiere puede acceder porque tiene un mecanismo fácil, que es una novela por fascículos a bajo precio, pero la tiene que leer. Tiene que hacer un esfuerzo por merecerla. Tú le estás facilitando acceder a la cultura, pero él tiene que leer, tiene que pagar su precio personal de interés y sacrificio. Lo que pasa es que el chico que ahorra para ir al Louvre a ver la Gioconda, que sueña con verla y coge la mochila y se paga el viaje —como he hecho yo cuando tenía dieciséis años—, llega a la Gioconda y hay cincuenta mil turistas a los que les importa un pito la Gioconda, pero están en un circuito y hay que ir por cojones, y entre una cosa y otra el chiquillo se va sin ver la Gioconda, porque está todo lleno de Belenes Esteban para quienes la Gioconda es una etapa más del recorrido turístico obligatorio al que llaman cultura popular; gente que va por el mundo fotografiando cosas sin entenderlas. Lo que quiero decir es que hay que abrir las puertas de la cultura para la gente que quiera hacer el esfuerzo de acceder a ella. Pero de ahí a rebajar la cultura hasta el nivel popular para que el pueblo se sienta culto, me parece que es una perversión de la cultura y es una causa más de los males educativos y culturales, incluso sociales, que estamos teniendo hoy día.

Dumas o Dickens, con sus folletones, hacían un esfuerzo tremendo para llegar a cualquier audiencia.

Claro, pero no tienes que ir a leer sus obras en voz alta en el mercado a quien no le interesa. Lo que algunos entienden por cultura popular es ponerse a leer a Dumas, o a Kafka, en voz alta en el mercado. Y eso no funcionará jamás. En cuanto a la popularización de la cultura, te voy a poner un ejemplo clarísimo: tú tienes la sala de Goya en el Museo del Prado. Hay días en que vas y no hay nadie. Yo suelo ir. Ahora bien, tú dices «Semana de Goya en el Corte Inglés» y hay colas que dan la vuelta a Madrid para ver a Goya, cuando está ahí todos los días desde hace dos siglos. A eso me refiero.

Arturo Pérez-Reverte para Jot Down 4

Siguiendo con estas cuestiones, tú vas a la Academia.

Claro, todos los jueves.

¿Qué tal te lo pasas? ¿Qué haces?

Bien, aunque no estoy de acuerdo en todo con la Academia. Javier Marías y yo somos bastante disidentes en muchas cosas, como somos disidentes activos en la ortografía. Nos hemos negado a aceptar algunas de las normas ortográficas que la Academia ha asumido, como el este, ese, esta, esa, aquel, aquella… no acentuados, y otras cosas también, y además lo decimos públicamente. Pero oye, es un sitio respetable, es un trabajo interesante. Y el vínculo con Latinoamérica es fundamental. Algunos imbéciles que critican a la Academia desde España no saben lo que la Academia está haciendo con América, y lo mucho que supone el que quinientos millones de personas hablen la misma lengua, con la misma ortografía, la misma gramática, el mismo diccionario. Eso es algo que no ocurre ni con el inglés ni con el portugués, y estos bobos no se dan cuenta de que la Academia es la que mantiene ese puente. Si un colombiano, un mexicano, un argentino y un español se entienden de una manera fluida y manejan la misma autoridad común es porque hay un montón de organismos y trabajo que permiten mantener ese territorio común. En ese sentido sí estoy orgulloso de la Academia, e intento cumplir lo que se me pide, incluso cuando no estoy de acuerdo. Otra cosa que no me gusta es que se están muriendo los viejos, la gente, digamos, más venerable. Los sabios. Y al escalón de ahora, quizá sea porque es mi mismo escalón, ya no le tienes el mismo respeto. Y a alguno en concreto, algo menos que respeto.

Y lo que menos me gusta de la Academia es el conformismo. Así como hay un sector muy activo, hay un sector muy conformista que no busca complicaciones. Ignacio Bosque, por ejemplo, hizo un artículo excelente sobre el supuesto sexismo en la lengua y los manuales piratas que salen por todos lados para evitarlo, que la mayor parte son un disparate. Tuvimos un debate tremendo, y muchos en la Academia dijeron: «No saquemos esto, no busquemos polémica». Esa actitud cobarde de no querer opinar para no crear polémica, de no arriesgarse nunca, no me gusta nada.

Es decir: ¿la cultura y la erudición no nos hacen mejores, es el ambiente que se encuentra en cualquier otra parte?

No, uno culto puede ser tan cobarde y conformista como uno inculto. Incluso más. La cultura no nos hace mejores.

¿De qué nos sirve?

Para no gritar cuando se cae el avión [risas]. ¿Te cuento porqué te digo esto? Un día iba volando de Chipre a Beirut. Cuando subo a un avión, sé que se puede caer, porque soy razonablemente culto, como cualquiera con un mínimo de vida y lecturas, y sé que según la ley de la gravedad las cosas que pesan se caen. A veces se caen. Y cada Titanic tiene su iceberg. Porque he leído, y eso es ser culto: saber que cada Titanic tiene su iceberg o que cada avión se puede caer. Y ese día, volando en ese avión cayó un rayo, y al perder altura la gente empezó a gritar, y yo me dije: «Fíjate, estos idiotas gritando, no sé de qué se sorprenden, si los aviones se caen, ¿qué esperaban? Me voy a morir entre gente gritando, vaya forma más idiota de morir». ¿Por qué yo no grité? Porque sabía que los aviones se caen, y esos bobos creían de verdad que el avión no se iba a caer nunca. Suben al Titanic pensando que no se va a hundir. Lo creen de verdad. Creen que el coche en el que viajan no se va a estrellar contra el árbol, creen que son inmortales. Y la cultura te permite saber que no lo eres. La cultura da una actitud asuntiva, o como se diga, frente a la vida y la muerte. La parte positiva de la cultura es que, cuando llegan los bárbaros, tú estás en tu biblioteca, apoyado en la ventana, viendo cómo gritan las matronas, cómo las violan, cómo arde Roma, y todo el mundo gritando, y tú dices: «Pero gilipollas, ¿qué esperabais? Los bárbaros hacen estas cosas. Si hubierais leído sabríais que tarde o temprano pasan estas cosas».

¿Te relacionas con algo parecido al estoicismo?

Es que no es estoicismo, es lucidez, es decir: sé que me voy a morir. Tú y yo hemos visto la guerra, que es una escuela magnífica. La guerra es un lugar de hijos de puta, pero también es una escuela de lucidez extraordinaria. No hay nada como la guerra para ver lo que es la vida de verdad. No hay nada como ver al ser humano usando la violencia para ver lo que es la vida de verdad. Entonces llegas y te dices que vas a morir, que todos vamos a morir.

Sí, pero piensas que tú no, de momento. Que la vida es como una novela en la que tú siempre tienes sensación de seguridad.

Sí, lo que pasa que asumes que esas son las reglas. Yo el primer muerto lo vi en el Líbano en 1973, y me senté enfrente y estuve mirándolo durante unos veinte minutos, intentando descifrar el enigma de la esfinge. Me di cuenta de que a los muertos nadie les quita el polvo de encima. Que los muertos tienen expresión de asombro, porque no se esperaban morir. Que los muertos pueden ser más jóvenes que yo. Que los muertos tienen dentro una sangre que luego se derrama y cunde muchísimo, como cinco litros o así. Y te das cuenta de que basta un fragmento diminuto de metal para matarte, y estuve ahí durante ese rato, teniendo yo veintiún o veintidós años, y para mí esos veinte minutos fueron una lección de vida interesantísima. Desde entonces he pasado la vida haciendo ese ejercicio con los muertos, con los vivos, con los heridos, con el taxista, etcétera. Y cuanto más miras, más asumes que esas son las reglas. Por eso cuando veo el avión caer y observo que alguien no grita, me fijo en él y me digo «este tío es interesante, esta tía, esta sabe». Ese tipo de persona es a la que estudio, y me interesa.

A eso iba. Tú reivindicas un cierto tipo de persona en tus novelas.

Sí, yo siempre tiro del mismo personaje. Distintas situaciones, momentos distintos, circunstancias históricas y personales variables… pero en realidad el personaje siempre es el mismo. Es un tipo de hombre o mujer ante unas circunstancias exteriores que le obligan a pelear, o a veces tiene que salir afuera a un mundo hostil, o es un Jenofonte buscando el mar, pero siempre es un tipo de ser humano con una vida concreta, que es la que yo tengo.

Es un personaje propenso al sacrificio inútil, a cumplir su deber de una forma resignada.

¿Sabes qué pasa? Que yo ya perdí la inocencia. Mis héroes no pueden ser inocentes, porque yo no lo soy. El héroe de corazón puro, noble y tal, que se sacrifica por la causa… está muy bien, no me meto con él, pero no me lo creo. No puedo trabajar con eso porque no me lo creería. Mis héroes no tienen fe, desde el cura de La piel del tambor al reportero de Territorio Comanche, pasando por Alatriste o el maestro de esgrima. No tienen fe, porque la vida les ha despojado de ella. Justamente ahí está el drama: ¿qué haces una vez te quitan la bandera, la ideología, a Dios, cuando dejas de ser Héctor y Aquiles y pasas a ser Ulises, cómo sobrevives entonces? A mí me interesa Ulises, claro, no Héctor y Aquiles, a los que no me creo. Yo hago novelas con el Ulises que la vida ha dejado en mi mirada.

Sí, pero tu Ulises tiende a sacrificarse.

Sí, claro, hay factores: están el amor, el arrebato, la amistad, el orgullo, los cojones… siempre hay un móvil. Pero para mí tiene más mérito el héroe cansado que el héroe sin cansar. El héroe inocente puede ser cualquier imbécil. Ser Héctor o Aquiles está chupado: te matan, sí, pero mueres por la patria, por Dios, vas al cielo, te ponen un monumento en tu pueblo… El otro es el que las pasa mal. El héroe que no tiene a nadie mirándolo, el que tiene remordimientos, que mató y violó en Troya y degolló a niños, y que además está atormentado porque sabe que su mujer le está poniendo los cuernos, y pierde a sus compañeros… Es un tío al final que no tiene más que sus redaños y su espada, y ahí hay una épica que sí me interesa mucho, de ahí salen mis novelas. No es un heroísmo normal, es un heroísmo retorcido: no lo haces por la patria; lo haces por una mujer, por echar un polvo, por ser rico, por venganza… Por pasiones sólidas, oscuras y sangrientas, pero no por una gilipollez como la patria o Dios. Esos son mis héroes, y por eso el lector que me lee y al que le gustan mis libros sabe, reconoce y le gusta moverse en ese territorio, porque se siente cerca de ese tipo de heroísmo. Si mis novelas funcionan es precisamente por ese lector que se identifica con —o al menos comprende o le fascina, o fue o quiere ser— ese tipo de personaje. Mi éxito como escritor se basa menos en mis tramas que en mis personajes.

Hombre, todo ayuda.

Sí, pero ya entiendes lo que quiero decir: sin esos personajes, mis novelas serían aventuras. Y en realidad, la aventura es solo un pretexto. Lo que me gusta es que un lector mío reconoce las novelas por su personaje, y dice: este tío es revertiano. Para un autor es un orgullo que te reconozcan más por tus personajes que por tus tramas.

Entonces ¿todo lo que es la documentación, los viajes y tal, lo haces por vicio?

Todo tiene que ir bien vestido. A la chica más guapa del mundo la vistes de ordinaria y es una ordinaria, y la vistes elegante y es otra cosa completamente distinta. Lo mismo sucede con una novela.

¿Te puedo hacer una pregunta sobre tu amigo Javier Marías?

Sí, claro.

A primera vista, sois los tíos más diferentes del mundo.

Pues no te creas, tenemos muchas cosas en común. Tuvimos una infancia parecida. Llegó un momento en el cual empezamos a crecer, y él quería escribir novelas y yo quería vivirlas, y eso nos llevó a los dos, desde un punto de partida semejante, a un recorrido muy diferente, y a un punto de llegada muy distinto. Pero los dos, cuando nos hemos tratado, nos hemos reconocido. Si nos imagino en el colegio, él quizá habría sido el chico aplicado, y yo habría sido el gamberro que era, pero habríamos sido amigos y nos habríamos apoyado mutuamente. Él me habría soplado en los exámenes y yo le habría defendido cuando se metieran con él. O al revés, es una forma de decir. Marías no tiene un pelo de blando, eh. Es bastante duro, aunque no lo parezca. Somos muy distintos, sí, pero tenemos en común que nos respetamos mucho. Y nos queremos, tenemos una relación muy honorable. Somos hombres de honor. Tenemos códigos a los que somos fieles. Esos códigos que siguen en pie cuando todo lo demás se va al carajo. Es más de lo que suele esperarse de otro ser humano en el tiempo en que vivimos.

Arturo Pérez-Reverte para Jot Down 5

Fotografía: Lupe de la Vallina


Fernando León de Aranoa: «El creador tiene que ser capaz de crear sin lastre en las alas de ningún tipo»

Fernando León de Aranoa para Jot 0

Licenciado en Imagen y Sonido por la Universidad Complutense de Madrid, Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) es dibujante, exguionista de Martes y Trece, documentalista, escritor, productor, director de cine. Es un contador de historias que no entiende de formatos. Su sexta película es Un día perfecto, un viaje a la guerra de los Balcanes en el que retrata el trabajo de los cooperantes en zonas de conflicto. Esta entrevista se desarrolla en una cafetería cercana a las oficinas de su productora, Reposado, bautizada así por el tequila. Hoy bebe agua y no para de sonreír.

Tu última película es Un día perfecto, un largometraje sobre el trabajo de los cooperantes en zonas de conflicto, pero es una película que choca con el concepto de cine de guerra: no es una película oscura, no hay bombas, suena música rock… ¿Tenías necesidad de huir de los clichés del cine bélico?

Algo de eso hay, creo que hay muchos clichés que no me parece interesante repetir, sobre todo cuando sientes que tampoco se acercan del todo a la realidad. Dentro de estos trabajos que he hecho con cooperantes el primero fue en la guerra de Bosnia, en febrero o marzo del año 1995, cuando todavía estaba la guerra en marcha y visualmente uno de los recuerdos que tengo está en la película, que es esa luz tan brillante, ese contraste entre el azul del cielo, entre lo increíble del paisaje, el brillo de la luz y el color en contraste con todo lo dramático que estaba pasando allí. Ese contraste que no es habitual en películas bélicas me parecía más interesante, más fuerte, más chocante, y con el director de fotografía de la película, con Álex Catalán, hablamos de intentar llevar eso a la película.

También tiene mucho de road movie, ¿no?

Sí, tiene mucho de road movie porque es un cine que sale de la experiencia. He estado tres o cuatro veces en lugares así, te pasas la mitad del tiempo subido a un coche. Los desplazamientos son largos, las esperas son largas… Una de las ideas que tengo muy asociada al trabajo de los cooperantes es la espera. Hay mucho trámite administrativo, burocrático. En los controles militares, sean de organismos internacionales o sean de bandos locales, tienes que presentar salvoconductos, te tienen allí tres horas. A veces simplemente por el placer de tenerte allí esperando o por razones que no te explican, en esos escenarios nada está argumentado ni aceptado. Tienes que aceptarlo porque te toca. Pero es verdad que son elementos que no estaba acostumbrado a ver en las pelis.

La película está basada en Dejarse llover, una novela de Paula Farias que, además de escritora, es la responsable de operaciones de Médicos sin Fronteras en el Mediterráneo, alguien que conoce el trabajo de cooperante de primera mano. ¿Qué te dijo Paula cuando vio la película terminada?

Ella participó en el guion y chequeábamos con ella, también trajo algunas aportaciones que ya no eran de su novela, sino que procedían de otras experiencias suyas en conflictos. Digamos que teníamos a mano a la mejor fuente de información para decidir si algo era creíble o no. Vino la última semana al rodaje y luego vio la película casi terminada y el montaje y allí la discutimos… También era una reunión de trabajo. Sobre el resultado final le tendrías que preguntar a ella, pero yo creo que está contenta. Si no lo estuviera lo diría, lo tengo muy claro.

Un día perfecto está ambientada en los Balcanes, pero en realidad podría estar ambientada en cualquier parte del mundo…

Pretendía ser eso, un microcosmos donde están presentes todos los elementos de la guerra y donde domina algo que pertenece a cualquier conflicto: esa sensación de irrealidad, de falta de sentido común. Quería contarla como un laberinto en el que es fácil entrar, pero de donde es muy difícil salir. Y yo creo que eso sirve para casi cualquier conflicto armado. De hecho me lo planteé, dónde emplazar la acción, porque se podía desarrollar en cualquier otro lugar. En la novela de Paula aunque la acción varía, no es exactamente igual, el pretexto argumental es el mismo… Esa novela está ambientada en Kosovo porque es allí donde ella realizó su primera misión.

¿Y tú te la llevaste a Bosnia porque habías estado en Bosnia?

Sí, me sirvió para aportar cosas a la historia de mi propia experiencia. La película toma de la novela el principio, el final y algunos elementos en medio. Luego se separa, la novela era más reflexiva y yo quería que la película tuviera más acción. Hay tramas y personajes que no existen en la novela y es verdad que el hecho de trasladarla a Bosnia era por añadir cosas interesantes que yo había vivido, pero sobre todo porque a la hora de dirigir a los actores y al equipo en general la experiencia de haber estado te ayuda también a estar conectado con el material.

Al final tengo la sensación de que tienes la necesidad de llevarte las películas a cosas que has visto, que has vivido…

Yo creo que aunque sean cosas un poco ajenas como este caso, que aunque haya estado cuatro veces en conflictos no deja de ser una cosa ajena a mí, tienes que encontrarte en ella, tienes que encontrarte en el material que vas a filmar, encontrar una conexión para poder defender ese trabajo. Al menos a mí me pasa para poder hacerlo bien y defenderlo. Si me sintiera muy desvinculado del material que estoy rodando no sería capaz de dedicar tres años a una historia con la que no conecto.

La trama de la película gira en torno a la necesidad que tienen los cooperantes de sacar un cadáver de un pozo para que la población local vuelva a tener agua potable. ¿En una guerra el agua es un arma?

El agua es el primer objetivo de los conflictos armados, porque el agua es vida y sin ella no se puede sobrevivir. De hecho, esta práctica que cuenta la película de corromper el agua de los pozos con cadáveres o con animales es algo que viene de muy atrás y se practica en muchas guerras, también en las africanas. No deja de ser una guerra bacteriológica muy primitiva. Había una imagen que para mí era importante, que es esa imagen subjetiva del cadáver desde el fondo del pozo donde se ve el círculo de cielo y nubes como un objetivo que representa la esperanza de salir del pozo, no tanto para el cadáver sino para los cooperantes y para la gente que está viviendo esa guerra.

Fernando León de Aranoa para Jot 2

Sin desvelar nada, en Un día perfecto los que no salen muy bien parados son los cascos azules de la ONU. ¿Qué papel juega la burocracia en un conflicto armado?

Los cascos azules y Naciones Unidas en la película son un obstáculo más en el trabajo que intentan hacer estos cooperantes. Pero en realidad para mí en la película forman parte de un paisaje, que es ese paisaje en el que es como si todo el sentido común estuviera corrompido, como si el eje de coordenadas estuviera desplazado y nada es como debería ser, como era antes de la guerra. Elementos como una cuerda o una pelota a los que la situación dota de otro significado. En Un día perfecto la pelota pasa de ser un juguete a un salvoconducto. Todo ese juego me interesaba mucho y viene condicionado por esa idea de explicar cómo todo el sentido común está trastocado, cómo la primera víctima del conflicto es el sentido común y la razón. Y dentro de ese microcosmos está también Naciones Unidas.

Después de haber hecho varios documentales sobre el trabajo de los cooperantes en zonas de conflicto, ¿por qué tenías la necesidad de rodar una película de ficción sobre el tema? ¿Te faltaba algo por contar?

La convicción no surge hasta que no leo la novela de Paula. Ahí encuentro una manera muy eficaz y muy eficiente de contar una historia que incluye todo lo que se vive ahí, las dificultades para hacer su trabajo. Sobre el absurdo que es al final una guerra. Sobre esas sensaciones que yo me había traído en el 95 sobre aquella guerra, que tienen que ver con confusión e irrealidad, con que todo es una especie de mal sueño. La gente que la vivió no sabía explicarla. Son sensaciones que creo que se encarnan en el relato de Paula y ahí es donde surge la necesidad de hacer la película.

Un día perfecto es tu sexta película como director, pero es la primera con un reparto internacional (protagonizada por Benicio del Toro y Tim Robbins) y la primera rodada en inglés. En el Festival de Cannes no convenció a la crítica. ¿Uno se prepara para que una película a priori muy ambiciosa no funcione?

Uno se prepara para todo, tú trabajas para el público, es aquello de los comercios pero con mucha mayor atención. Al final el que tiene razón es el espectador, que es para el que trabajas. Y del paso en Cannes, aparte de la première que fue el primer termómetro para la película, también es el momento en que la película empieza a viajar internacionalmente. La carrera comercial de la película en principio está asegurada y es grande. Empieza ahora. El único momento previo aparte de Cannes importante ha sido su presentación en Bosnia, en Sarajevo. Me parecía un lugar muy importante donde estar, yo siempre imaginaba el momento en que se proyectara allí, en enseñársela a la gente que había vivido esa guerra de los Balcanes. Es una especie de listón que te pones y quieres que a la gente que le afecta, que lo ha vivido, le resulte bien contado. Y fue un pase bastante espectacular, al aire libre y para cuatro mil personas. Entraron muy bien en la película, se rieron con ella. Me dijeron que tenía un sentido del humor bosnio, cosa que me recordó a la primera secuencia de la película y les dije que creo que su sentido del humor y el nuestro se parecen. Algo que ya pensé cuando estuve allí hace veinte años, seguramente porque somos pueblos con un origen similar, de mezcla de culturas. Y la acogieron con muchos aplausos.

Te voy a leer una crítica que se ha publicado sobre tu última película: «Está bien contada, pero le falta algo; huye del maniqueísmo, pero me resulta fría; dispone de muchos elementos y situaciones para conmover, pero la veo y la escucho distanciado. Es honrada, pero no brillante». ¿Sabes quién la ha escrito?

No tengo ni idea.

Carlos Boyero…

Pues no tenía ni idea, es posible que lo leyera en Cannes, pero no lo recordaba.

¿El cine español le tiene miedo a una mala crítica de Boyero?

No sé, no lo creo, la crítica es parte de tu oficio. Yo recuerdo que Boyero habló muy bien de alguna película mía cuando se estrenó, de Los lunes al sol, extremadamente bien incluso. Y es algo que celebras, pero yo creo que al final colocas todo en su sitio. Las críticas buenas y las malas. Si te crees mucho las buenas estás tan perdido como si te crees mucho las malas. Tú tienes también que seguir tu camino y recibir las cosas, no digo que ser impermeable a ellas, pero saber dónde colocarlas. Es como los premios, porque si no este puede ser un trabajo donde te zarandeen mucho, hay muchas fuerzas soplando en muchas direcciones y es bueno tener muy claro cuál es tu raíz. Recibir las cosas, escucharlas.

O sea, que tú no le tienes miedo a Boyero.

Miedo no. Si querías un sí o un no, la respuesta es no. Le tengo respeto a sus opiniones, me gusta leerle. Pero no le tengo miedo.

Fernando León de Aranoa para Jot 3

Si buscas Fernando León de Aranoa en Google en uno de cada dos artículos definen tu cine como cine social, ¿por qué no te gusta esa etiqueta?

En general tengo una lucha contra las etiquetas que sé que nunca venceré, contra esa etiqueta y contra cualquiera porque me parecen simplificaciones y yo no me encuentro cómodo dentro de ninguna simplificación, pero también te diré que aunque luche contra las etiquetas puestos a sostener una la de cine social no me parece mal en absoluto. Entiendo por qué es así. Pero más allá de ese retrato de lo social a mí me interesan mucho los personajes, hablar de personas, no de contextos sociales y me gusta mucho inventar personajes, que cobren vida y luego ponerlos en la pantalla. Y creo que ahí caben muchos otros temas que van más allá de los problemas sociales, incluso en películas como Los lunes al sol, que hablaba de un problema social como el paro, yo me reservo mucho el derecho a inventar, no me gusta quedarme pegado a la realidad, no me interesa. Para eso ya hay otros géneros. Yo creo que el cine tiene que trascender eso y formar un relato que se entienda dentro de veinte, treinta, cuarenta años… Y para eso la ficción tiene herramientas maravillosas que van más allá de lo inmediato, de lo social, de lo coyuntural. Cuando hablo de la realidad me gusta pisar el otro lado de la línea porque creo que en lo real hay mucho de surreal.

Hablas de crear un relato que trascienda y has hecho una película que habla sobre la prostitución como Princesas, una película que habla del drama del paro como Los lunes al sol, una película que habla de inmigración como Amador… ¿Tienes la sensación de que las películas de Fernando León de Aranoa podrían conformar el álbum de fotos de la España reciente?

No, de hecho siempre he creído que para que exista un álbum de fotos de la España reciente, el álbum de fotos en realidad o el mejor álbum no serían mis películas ni las películas de nadie. Sería el total de las películas que se producen, yo creo que al final difícilmente una película puede ser el retrato de una sociedad o de un momento que vivimos, sino que todas las películas que se produzcan ese año conformarán ese retrato, creo que al final no es tanto un retrato como un mosaico que conforman también las películas más comerciales, los thrillers, las comedias y también mis películas, claro.

Entre película y película siempre trabajas en documentales y no solo sobre temas de cooperación. Ahora mismo estás trabajando en un documental sobre Podemos, ¿la idea es vuestra o es Podemos quién os reclama?

Es un planteamiento nuestro que nace al terminar el rodaje de Un día perfecto, justo habían pasado las elecciones europeas y viendo lo que había pasado sentimos que era algo que podía llegar a coger tamaño, que era algo inimaginable y que un par de años atrás nadie habría pronosticado que iba a pasar. De hecho, yo me pregunté si alguien estaba contando eso y cuando me dijeron que no nos propusimos para contarlo nosotros. Empezamos a contarlo incluso antes de que se construyeran como partido, empezamos a grabar en verano de 2014, cuando todavía eran un movimiento.

En estos meses que lleváis grabando las encuestas se han ido desplomando para Podemos, parecen haber perdido fuerza en ese viaje de movimiento social hasta convertirse en un partido político. ¿Cómo se va a reflejar eso en el documental?

La intención de nuestro documental es documentar todo ese proceso, todas esas fluctuaciones son parte del relato y eso es lo interesante. Todo lo que está pasando tiene de manera natural una estructura narrativa muy intensa, algo que nos ofrece la realidad y que ahora estamos siguiendo. Pensamos rodar hasta las elecciones.

Desde el principio les contamos que nos interesaban los momentos buenos y malos y nos interesan los actos públicos, pero sobre todo los momentos privados. Queremos mostrar la cocina, cómo se monta un partido político desde dentro. No queríamos mostrar la mesa puesta.

¿Conocías antes a los dirigentes de Podemos?

No, apenas… quizá algún cruce por el barrio de Lavapiés donde yo vivo y por donde hemos deambulado todos durante muchos años. Pero no, no los conocía.

Otro proyecto inconcluso es un documental sobre Joaquín Sabina, ¿esa idea nace más por la necesidad de contar algo o por lo que significa para ti?

Es un proyecto que aparece y reaparece como el Guadiana, y que vamos grabando en los huecos que encontramos, ahora mismo por desgracia está parado. A mí me gusta Sabina desde que era muy joven, lo escuchaba con dieciséis, diecisiete años, y después de hacer Los lunes al sol nos conocimos y ya era muy fan antes, pero después de conocerlo soy más fan aún, porque me gusta mucho y me cae muy bien, es un tipo de una generosidad enorme. Siempre estamos diciendo «deberíamos hacer tal cosa, tal otra» y al final nunca la hacemos. Este documental era un intento de hacer algo y ahí está, en algún momento lo terminaremos

Por si eso no fructifica, ¿en algún momento utilizarás una de sus canciones en la banda sonora de tus películas?

A lo mejor, pero es verdad que, hablando de la música en general y no solo de la de Joaquín, cuando las canciones son muy narrativas —y esto ocurre con las de Sabina, las de Springsteen o tantos otros— son muy difíciles de utilizar en una película porque están contando otra historia. Y eso es muy difícil de encajar en tu propia historia.

Hablando de narrativa, tú también escribes. Publicaste hace un par de años un libro de cuentos, Aquí yacen dragones (Seix Barral).

Y también escribo las películas, en realidad empiezo a hacer cine como guionista, que es en lo que trabajé muchos años. Luego ya empiezo a dirigir, aunque durante muchos años dije que no lo haría. Pero me gustaba mucho y me sigue gustando mucho el trabajo de escribir el guion sobre todo. Y junto con eso, en paralelo, he ido escribiendo relatos porque a la novela no solo le tengo mucho respeto, sino que hace falta mucho tiempo y hasta ahora no lo he tenido. Entonces he publicado algún libro de cuentos, pero la novela es algo que voy a hacer, que lo quiero hacer, estoy casi convencido. No me perdonaría no hacerlo.

Y ese libro, Aquí yacen dragones, ¿te ha dado más o menos satisfacciones que una película?

Ese libro solo me ha dado satisfacciones, cosa que no se puede decir de las películas, pero ya solo por el proceso… Las películas en general son una lucha, el libro solo me ha dado satisfacciones porque se trataba de la parte más divertida, que es la de inventar, también tiene reescritura, pero por el tipo de piezas que son no tanto como una novela o una película. Y además es un libro que se recibió muy bien.

Fernando León de Aranoa para Jot 4

Ahora mismo tenemos una generación de gente del cine publicando buenas novelas. Hablo de David Trueba, de Manuel Gutiérrez Aragón… ¿Se os queda corto un medio como el cine y tenéis la necesidad de abordar otros formatos?

Siempre he pensado que no son oficios tan distintos. Hacer películas consiste en contar historias, lo más irrelevante es con qué lo hagas, que sea con un lápiz o con una cámara. Con lo que más disfruto es contando una historia y creo que al final tiene sentido, somos narradores también. Parece que por hacer cine estuvieras especializado en contar de otra manera, pero Trueba, Gutiérrez Aragón, yo mismo, somos guionistas, somos contadores de historias.

Sé que algunos de tus cuentos los has escrito en bolsas de mareo para los aviones; Nick Cave acaba de publicar un libro escrito en esas bolsas, ¿te ha dado eso alguna idea?

[Ríe] He visto lo de Nick Cave y me ha fastidiado, porque tengo yo alguno escrito de hace doce años… Cuando lo leí me hizo gracia, pensé «otro loco, otro zumbado que va en los aviones escribiendo en bolsas de mareo y el pasajero de al lado pensando “a este tipo qué le pasa”», que es un poco lo que a mí me pasa. Una vez, que creo que fue la primera vez que escribí en una de esas bolsas, hice el ejercicio de escribir qué escribiría si supiera que el avión se iba a caer, que me queda poco tiempo de vida. Era un cuentito que se llama Historias de aviones que se caen y era una ficción sobre las últimas palabras… Y en un ejercicio de escritura automática es lo que quise hacer, y la persona que estaba a mi lado lo vio y estaba un poco… Imagino que diría: «este tipo sabe algo que yo no sé».

En el último cuento de Aquí yacen dragones escribes: «No temas a las palabras, son como pequeños milagros».

En eso creo, hay una cosa en el libro que es muy particular, que empieza con una epidemia de palabras y termina con un diagnóstico. Para mí, dentro de lo anárquico que puede ser un libro como ese, intentaba que tuviera una cierta estructura por debajo. Y es verdad que es un libro que habla de las palabras y que las cuida mucho, yo las he cuidado mucho e intentado elegirlas al escribir. No ponerlas, sino buscarlas. Y al final en ese último cuento era importante dar esa imagen de las palabras. Al final habla de la comunicación, de lo importante que es explicar las cosas y ese miedo que le tenemos a veces a explicar lo que sentimos.

Y eso que dice la Wikipedia de que fuiste guionista de Martes y Trece, ¿es verdad?

Todo cierto… Y aquello era, como te puedes imaginar, muy divertido. Son esos comienzos escribiendo como guionista, empecé muy pronto y lo hice escribiendo para Martes y Trece, de hecho empecé en Un, dos, tres… responda otra vez y justo a la vez con Martes y Trece y era muy divertido. Para mí fue una escuela fantástica, yo tenía veinte años y era un poco la mascota del grupo de guionistas. Estaba recién llegado y me divertía mucho. Aparte, trabajar con Ibáñez Serrador o con Millán Salcedo era muy interesante. Aprendías mucho.

¿Ese humor de Martes y Trece está presente en tus películas?

Yo es que siempre he escrito mucho humor, sobre todo en esa época. Lo que te pedían en la tele era eso. Luego empecé a hacer cine y escribía guiones por encargo y la mayoría de lo que se hacía en aquel momento era comedia, escribí mucha comedia. Es verdad que no era exactamente lo que yo quería hacer, porque no quería hacer género. Así que cuando yo empecé a dirigir empecé a mezclar otros géneros, pero también está presente el humor. Y seguro que algo ha influido.

Tú hablas de la televisión como una escuela, pero ¿por qué se ha denostado tanto el medio? ¿Es culpa de la propia televisión, del público…?

No lo sé, supongo que también estaba denostada en aquella época. Al final es un medio de comunicación de masas y eso es como cuando haces esas películas que dicen que están dirigidas al gran público. Eso obliga a veces, la tele obliga teóricamente a bajar el estándar porque no se tiene fe en el espectador. Está esa gran duda de cuando se dice «es que la gente no quiere ver eso», a mí eso siempre me hace mucha gracia cuando lo escucho en una reunión porque pienso «qué sabrás tú lo que quiere ver la gente». No sé, en realidad la pregunta es si haces la televisión que quiere ver la gente o si tú formas a la gente haciendo ese tipo de televisión. Entonces yo creo que es un debate interesante y confío mucho en la inteligencia del espectador y creo que hay que hacer cosas, tanto en televisión como en cine, bajo la bandera de que sean accesibles pero que no sean cualquier cosa.

¿Tú harías televisión ahora mismo?

Por qué no, a mí me gusta mucho la ficción. Si encontrara la historia perfecta para hacerla en televisión, por qué no… No digo yo que no a casi nada, me gusta mucho experimentar y probar cosas. Cuando con veinticinco años me voy a Bosnia a hacer un documental no digo que no tampoco y nunca había hecho documental. Tengo un poco ese impulso como guionista, como contador de historias tienes que probar cosas.

Ese espíritu zascandil que te lleva, y volvemos a lo mismo, a romper clichés…

Yo creo que lo más aburrido que puedes hacer es hacer una película convencional. Es mejor hacer una mala película que una película convencional, mejor es hacerla buena y no convencional, por supuesto. Pero creo que contar una cosa que ya se ha contado cien veces o hacerlo de una forma que ya se ha hecho antes es algo que no me interesa, para eso prefiero irme a mis dragones y escribir cuentos tranquilamente. Pienso sobre todo en el cine, porque hacer una película es un esfuerzo de años, les dedicas dos o tres años y tienes que invertirlos en hacer algo que te interese.

Fernando León de Aranoa para Jot Down

Películas, documentales, libros de cuentos… Y todo esto es porque llegaste un día tarde al examen de ingreso en Bellas Artes, ¿no?

Bueno, eso tiene mucho que ver, seguramente ahora estaría haciendo otra cosa más relacionada con el dibujo que es lo que me gustaba hacer. Y pasé a perder la oportunidad de entrar en Bellas Artes porque llegué tarde al examen, efectivamente, pero no fue culpa mía, me dieron mal la fecha de ingreso… Yo llegué con mis carboncillos y mis papeles y mis cosas y me pasé un verano completo dibujando figura humana, y cuando llegué ya había sido el examen. Y dije «¿entonces ahora qué hay?», y me dijeron «cine», bueno, Imagen y Sonido. Y empecé a estudiar esa carrera. Y es verdad que tampoco es que en ese momento fuera lo que más me interesaba en el mundo, pero hice un taller de guion de tres semanas fuera de la universidad en el que daban clase tres grandes guionistas como Joaquín Oristrell, Manolo Machi y Lola Salvador, que son un poco a los que yo considero mis padres profesionales. Y en ese taller tuve una especie de flechazo con la escritura y empecé a escribir un poco con ansiedad, tratando de recuperar el tiempo perdido. Pero seguí dibujando, de hecho trabajé cuatro años en una agencia de publicidad como dibujante, haciendo ilustración. Pero en cuanto sentí que empezaba a trabajar como guionista, en esos programas como Martes y Trece, que tenía un trabajo y podía permitírmelo, pues dejé el dibujo.

¿Haces los storyboards de tus películas?

Los he hecho, sí. No siempre completos, el de Princesas sí. En Un día perfecto, por ejemplo, solo he dibujado diez o doce secuencias, pero sí lo hago yo.

¿Y con un libro de dibujos o un libro ilustrado no te atreves?

Fíjate que eso no, si escribo yo prefiero que otra persona lo interprete. Me parece más interesante. Aparte de que hay ilustradores buenísimos y no me veo yo con esa capacidad, lo que me encantaría es, si eso sucede, contar con otra persona.

Sabina hace libros ilustrados, igual es vuestra oportunidad de confluir por fin.

No lo sé, no lo sé… Pero lo entiendes, ¿no? Si escribes tú algo lo interesante es que alguien dé otra perspectiva, lo que tengo claro es que sería muy endogámico ilustrarme a mí mismo.

¿Por qué tenemos la necesidad en España de que la gente de la cultura se signifique ideológicamente?

Yo no haría esa generalización.

Te lo pregunto de otra manera: ¿Tú crees que la gente de la cultura tiene que posicionarse ideológicamente?

Yo no creo que nadie tenga que hacer nada que no quiera, eso lo primero. Uno debe hacer lo que quiera hacer. Del mismo modo que tampoco habría que prohibírselo, a veces está esa tentación de decir: «los del cine no deberían expresar sus ideas políticas», me parece una aberración tan grande como lo contrario. Hay un escrito de Cortázar que define esa idea de maravilla, habla de que el creador tiene que ser capaz de crear sin lastre en las alas de ningún tipo, no adquirir compromisos que no quieras o que no seas capaz de cumplir. Siempre he dicho que mi primer compromiso es con mi trabajo, con mi oficio, que es la ficción, y creo que una película tiene que apelar a la emoción del espectador, tiene que agarrarle por algún sitio, emocionarle, hacerle reír, hacerle pasar miedo, llorar… Esa es la base, si no tienes eso ya puedes contarle cosas de política que no vale para nada.

Entonces digamos que son dos ámbitos distintos: uno es tu trabajo y el otro es lo que tú opines como ciudadano, lo que quieras decir.

Fíjate que para mí es indisociable. Lo que tú haces, lo que tú escribes, es tu forma de ver el mundo y cómo piensas es parte de cómo ves el mundo. Es eso que decía Chéjov de que el autor lo que tiene que hacer no es contar las cosas como son sino como él las ve y al final eso es inevitable. Y de hecho yo, en general, siempre he querido expresar más mis ideas a través de mi trabajo que en una entrevista, por ejemplo. Me siento más cómodo haciéndolo en mis películas o en mis cuentos.

Pero hay momentos como la gala de los Goya de 2003 —en la que tú triunfaste con Los lunes al sol—, que se convirtió en un acto de reivindicación política contra la guerra de Irak.

Hay momentos que son así, sí. Que sientes las ganas, la necesidad o lo que sea de expresar lo que piensas y lo haces y no creo que nadie deba limitar eso. Pero es curioso que me preguntes si sentimos esa necesidad de identificar ideológicamente cuando en esta entrevista tú me has hecho varias preguntas sobre política. En realidad es un poco qué genera qué, creo que los medios son muy dados a preguntar ese tipo de cosas, filiación política… El otro día me llegaron a preguntar que a quién iba a votar y eso es un descaro, no me parece muy profesional. Creo que también son los medios los que tiran del hilo, yo no te habría sacado el tema y te habría dicho «por cierto, quiero añadir una cosa sobre la situación política en España», pero tú me preguntas por ella y yo contesto.

En Un día perfecto trabajas con un actor muy comprometido como es Tim Robbins, ¿cómo llegaste a él?

Tim Robbins llega a través de Benicio del Toro, se cruzaron en un aeropuerto y Benicio me cuenta que habían estado hablando de la película y entonces Benicio me preguntó a mí si yo consideraría a Tim Robbins para la película y me pareció una oferta de oro. A los veinte minutos le estábamos enviando el guion a Tim Robbins, yo todavía no me había acercado con el guion a nadie, no había hecho ninguna propuesta.

Tú insistes mucho en la idea de que tu cine es un cine de personajes; cuando escribes, ¿piensas en el actor que va a interpretar a ese personaje?

Intento no hacerlo y esto es deformación profesional de guionista, no piensas en los actores. Primero porque como guionista no te está permitido, son los directores los que luego eligen a los actores, y yo después de tantos años como guionista sigo pensando así. Y creo que es lo mejor, porque si escribes pensando en alguien y luego no quiere hacer la película o no puede hacerla no tiene mucho sentido. Y hay otro riesgo añadido, creo que cuando escribes para alguien corres el riesgo de escribir cosas que ya le has visto hacer antes muy bien, porque hay un actor que te fascina porque le viste hacer en una película algo que te encantó y es muy fácil caer en la tentación de escribir eso mismo o algo muy parecido para ese actor. Es decir, buscar un registro en el que ya le has visto hacerlo muy bien. Lo mejor es hacer tu propia historia.

Cinematográficamente hablando, ¿te han dado muchas calabazas?

Algunas, algunas… por supuesto. Un día perfecto es de las películas en que menos.

Fernando León de Aranoa para Jot 6

Tú has escrito guiones para otros, pero ¿dirigirías el guion de otro?

Yo creo que eso me costaría hacerlo, no digo que no. Igual pasaría por ese proceso de hacerlo tuyo, ver en un guion algo que te interesa pero que no es como tú lo contarías y rehacerlo, reescribirlo trayéndolo un poco a tu terreno. En realidad lo ideal sería encontrar un guion perfecto, rodarlo sin tocar una palabra. Pero sí, me cuesta imaginarme rodando material totalmente ajeno.

Escribes las películas, las diriges, controlas hasta el cartel de la película. ¿Es la promoción lo más agotador?

Es cansado, pero yo me divierto. Al final cuando haces una película estás tres años de media contando la misma historia y estás obligado a reinventar constantemente la pasión por la historia que estás escribiendo. No es un trabajo creativo por destello, es un trabajo creativo por resistencia, somos más corredores de maratón los que hacemos películas, frente a los corredores de cien metros lisos que son los que hacen canciones y en tres minutos ya lo tienen. Nosotros estamos alumbrando durante tres años y eso te obliga a reconectarte con la historia, a tener que volver a enamorarte de ella.

¿Y te has desenamorado de algún guion después de mucho tiempo tratando de conectar con él?

Tengo algún guion que he dejado. Me viene a la cabeza una historia concreta que he escrito como diez veces y que he dejado no tanto porque me haya aburrido, me enamora mucho la historia, pero no he encontrado la mejor manera de contarla en un guion. Y esto es un clásico pero seguro que en algún momento la retomo o se la doy a alguien, que es algo que no he hecho mucho, pero tal vez sea la manera, dársela a alguien que puede encontrar la llave, la manera de cómo entrar.

Tu próximo proyecto es una película sobre el narcotraficante Pablo Escobar en la que te reencuentras con Javier Bardem. ¿Qué se puede contar ya de esa historia?

Se ha publicado que es un biopic, pero no lo es. Hemos decidido contar un periodo amplio de su vida pero no es un biopic. Es pronto porque estoy reescribiendo el guion y los planes son hacerla ojalá el año que viene. No se puede contar mucho porque no tiene forma, más allá de que es algo que queríamos hacer Javier y yo hace tiempo. Es algo de lo que hemos hablado desde que hicimos Los lunes al sol, un proyecto que nos apetecía hacer juntos.

Y es un guion escrito pensando en quién lo va a interpretar, pudiendo caer en esos vicios de los que hablabas antes…

En este caso sí, pero aquí hay otra figura que manda mucho en la historia que es don Pablo Escobar, con lo cual no tiene tanto problema. Pero tienes razón que no es lo mismo que cuando haces un personaje en el aire, que te lo puedes llevar donde quieras. Aquí está el personaje real.

¿A partir de ahora vamos a ver a Fernando León de Aranoa rodando en inglés o en castellano? ¿Un día perfecto, rodada en inglés, marca un punto de inflexión?

Escobar aún no sé si se rodará en castellano o en inglés. Dependerá un poco de la historia, pero me gusta mucho rodar en español. Además, yo no escribo en inglés. El guion de Un día perfecto lo escribí en castellano y después se tradujo. Trabajo con Toni, que es un gran traductor con el cual puedo trabajar después mano a mano. Yo me siento más seguro reescribiendo un guion ya traducido al inglés que escribirlo directamente en inglés. Prefiero escribir en castellano porque puedo ser más preciso y luego que un buen traductor haga su trabajo.

Con Bardem vas a repetir, pero si en la próxima carta a los Reyes Magos pudieras pedir un actor con el que trabajar, ¿qué nombre escribirías?

Hay muchos actores muy buenos. Pero por decirte uno, Marion Cotillard me parece una actriz increíble y me gustaría trabajar con ella, supongo que es difícil. También Jake Gyllenhaall. Decir dos es una lástima.

Una mente tan creativa como la tuya, que no para de trabajar, que incluso tiene el impulso de escribir en bolsas de mareo, ¿cómo consigue desconectar?

La verdad es que depende del momento, por ejemplo este último año ha sido muy difícil desconectar, y tienes razón en eso de que uno ve un posavasos o una bolsa de mareo y se pone a escribir, y no es sano. De hecho, me gusta conducir porque me ayuda a relajarme, me gusta escuchar música también. Y desde luego lo mejor para sacarme de mis historias es meterme en otras historias, leer o ver cine. Pero es cierto que cuando estás muy metido en algo la historia tiene que ser muy buena para que tire de ti. Ahora estoy leyendo a Nabokov, que sin duda lo consigue. Julio Ramón Ribeyro es un cuentista que me encanta y que me permite leerle en momentos sin adquirir el compromiso de una novela. Me gusta también Richard Ford, una novela como Canadá.

Fernando León de Aranoa para Jot 7

Fotografía: Lupe de la Vallina


Las heridas de Bosnia veinte años después

10 Mar 2012, Bosnia and Herzegovina --- The armored train of the aggressor that was stopped in Gradacac by the people in 1992, now a memorial site. Gradacac is a town and municipality in the northeastern part of Bosnia and Herzegovina, located roughly 40 km (25 mi) south of the Sava river. Administratively, Gradacac is part of the Tuzla Canton of the Federation of Bosnia and Herzegovina. It was severely bombed during the Bosnian war 1992–1995. --- Image by © Manca Juvan/In Pictures/Corbis
Tren blindado detenido por la población civil en Gradacac en 1992 , ahora convertido en monumento conmemorativo. Fotografía: Corbis.

Después de los disparos y los morteros quedan las heridas. Y los muertos. Y los desaparecidos. Como Amar y Alja, los hijos de Jasna Ploskiç. Así hasta más de mil personas de las ocho mil que fueron asesinadas solo en una pequeña región cuyo nombre ha pasado a la lista negra de los lugares malditos: Srebrenica-Potocari, en la República Sprska (zona serbia), dentro de Bosnia-Herzegovina, después de la división marcada por los Acuerdos de Dayton. Allí todavía se afanan médicos forenses, arqueólogos y antropólogos por buscar hasta la saciedad en las fosas comunes. Por hallar huesos y todo tipo de restos para darles un enterramiento y para que sus familiares y amigos supervivientes puedan despedirse al fin de ellos. Allí trabajaba hasta hace no mucho la doctora forense Ewa Klonowski. La protagonista de Como si masticaras piedras. Sobreviviendo al pasado en Bosnia, el largo reportaje que el reportero polaco Wojciech Tochman escribió en 2002 sobre las consecuencias de la tragedia bosnia y que ahora acaba de ser traducido al español por Libros del KO.

Quedo con Tochman en una terraza del centro de Madrid. Ha venido unos días para presentar su libro y dar una charla sobre la guerra en Bosnia y la masacre de Srebrenica, de la que el próximo 11 de julio se cumplirán veinte años. El periodista es alto y viste como si fuera un galerista de arte. No tiene el clásico aspecto del reportero de guerra. Tal vez porque él tampoco se considera uno. «Soy escritor de libros de no ficción, ya no soy más periodista, no escribo regularmente en los periódicos», me dice mientras se pide un cortado y enciende —y ofrece— un cigarrillo.

Es serio. Igual porque el asunto del que vamos a hablar lo es. Igual porque ha visto demasiadas cosas. Esas que nadie quiere ver.

Su relación con los Balcanes comenzó en las Navidades de 1992, cuando la guerra ya se había iniciado aunque el mundo todavía mirara para otro lado y aquello fuera cosa de nacionalistas impetuosos. Tochman llegó a Bosnia con un convoy que había puesto en marcha la ONG Polish Humanitarian Action, que también había organizado un autobús para periodistas. Un chollo en la Polonia de entonces. «El colapso del comunismo era reciente, los medios eran pobres y era la mejor forma de ir sin cargas económicas», cuenta el periodista, que entonces tenía veintitrés años y trabajaba para la Gazeta Wyborcza. Dice que hasta la frontera aquello fue un cachondeo. «¡Imagínate un autobús lleno de periodistas! ¡Una juerga!». Todo cambió una vez atravesada la línea. La atmósfera festiva se diluyó cuando empezaron a aparecer los pueblos en ruinas, carreteras cortadas y los disparos. La constancia de la guerra quedó clara al llegar al perímetro que los serbios habían creado en Sarajevo para cercar la ciudad. Aquello sucedió la noche del 31 de diciembre de 1992. No pudieron pasar hasta la mañana siguiente. Fue la primera vez que sintió miedo. «Había disparos por todas partes», relata. Bienvenidos al año nuevo en Bosnia.

«La guerra de Bosnia ha generado miles de teletipos, reportajes, exposiciones, libros, álbumes fotográficos, documentales y películas. Pero cuando terminó, los reporteros guardaron sus cámaras y se marcharon rápidamente a cubrir otras guerras». Esto está escrito al inicio de su reportaje. Por eso, su texto no va de la guerra. Va de lo que ocurrió después. Tochman volvió a Sarajevo en 1993 y en febrero de 1994, justo un día después de la masacre del mercado de Markale en el que murieron sesenta y ocho personas y ciento cuarenta y cuatro quedaron heridas por un mortero. Lo que allí sucedió lo escribió para el periódico. Lo que pasó a partir del año 2000 cuando regresó para ver cómo vivían los bosnios es lo que ha dado el contenido duro, cruel y dramático de Como si masticaras piedras.

16 Jul 2014, Tuzla, Bosnia and Herzegovina --- A lower jaw bone on a medical table in the ICMP DNA identification facility in Tuzla, Bosnia-Herzegovina. --- Image by © Martyn Aim/Corbis
Una mandíbula inferior en las instalaciones de identificación de ADN del ICMP en Tuzla. Fotografía: Corbis.

En aquel primer año del nuevo milenio fue cuando Tochman conoció a la médico forense Ewa Klonowski, que trabajaba para el Comité Bosnio de Desaparecidos, financiado por los Gobiernos de Islandia y Estados Unidos desde 1996. Era toda una experta en huesos. «Los amo, me hablan», le decía al periodista. Ella y su equipo habían sido capaces de desenterrar ya mil cuerpos en toda Bosnia, depositarlos en bolsitas —los body bags— y, con suerte, entregárselos a sus familias. El reportero vivió este proceso con ella durante dos años. Conocieron a muchas mujeres bosnias que buscaban a sus maridos e hijos, la gran mayoría asesinados por las fuerzas serbobosnias del general Ratko Mladic en Srebrenica y Potocari. Se hicieron amigos y vivieron el primer gran funeral por aquellas víctimas que tuvo lugar en 2003.

Este funeral se celebra desde entonces todos los años. Y Tochman acude puntual. «Ahora ha cambiado. La gente que todavía espera encontrar huesos son la minoría. Antes eran la mayoría. La gente sigue viniendo de Nueva York, Australia, Nueva Zelanda, y de todo Bosnia para encontrarse con los vecinos, y por la noche en Srebrenica hay una sensación de mayor relax. Es ya la siguiente generación, una generación que recuerda Potocari de niños, y ellos se encuentran con otros, pero no es tan emocional, dramático como antes. No estoy seguro, pero creo que si vas por la noche allí el 11 de julio igual no recuerdas por qué se hace eso. Ellos están sentados en la calle, bebiendo. Y es lo natural. La vida sigue. El problema es que la limpieza étnica fue muy exitosa en Srebrenica y esta ciudad ya no es una ciudad musulmana. Y cuando digo musulmana me refiero a nación no a una etnia. Actualmente es un pueblo serbio», me relata de corrido.

Srebrenica es un pueblo que está entre montañas y que tiene una calle principal. Antes de la guerra la mayoría de la población era musulmana. Pero cometió un único gran error. Estaba dentro de lo que los serbobosnios consideraban la República Sprska y, por tanto, debía ser serbia. Nada de mezquitas ni de Coranes. Durante el conflicto, muchos musulmanes acudieron allí también a refugiarse porque Naciones Unidas lo consideró zona segura y envió allí a las fuerzas de UNPROFOR. El pequeño pueblo llegó a tener hasta treinta mil habitantes completamente hacinados y sin apenas recursos durante los años de la guerra. No llegaba suficiente comida, ni medicamentos ni nada que hiciera la vida vivible. Pero todo acabó el 11 de julio de 1995. Un día de calor insoportable en el que entraron los serbios y después de discutir con las fuerzas de la ONU holandesas —el general Thomas Karremans— comenzó la matanza. La OTAN llegó tarde. Todo el mundo llegó tarde. Y miles de personas murieron.

Le digo a Tochman que recuerdo esas imágenes —que he visto muchas veces en vídeo— y que siempre está la misma pregunta: ¿No se pudo evitar? ¿Por qué la ONU no hizo nada? ¿Por qué a Mladic se le permitió esa arrogancia mientras hablaba a los bosnios humillados y aterrorizados tras las vallas del campo de refugiados? ¿Por qué se le permitió que diera caramelos a los niños como si no pasara nada?

El escritor se queda pensativo. Me dice que la respuesta no es fácil, pero sí tiene algo claro: «No Holanda, pero las estructuras europeas, la OTAN y la ONU sobre todo podrían haber acabado con la guerra, y, de hecho, después de Srebrenica sucedió. Es decir, parece que tuvo que ocurrir un Srebrenica para que la guerra acabara. Incluso hay gente que acusa a los musulmanes de provocar lo de Srebrenica. Recuerdo cuando el secretario general de la ONU [Brutos Galli] entonces dijo: “Estamos muy tristes por la masacre de Srebrenica y por la próxima masacre de Zepa, por lo tanto ya tenemos suficiente”». Y de ahí se saca su propia teoría sobre por qué durante tres largos años el mundo solo miró a los Balcanes con lástima pero sin hacer nada. «Imagina que Sarajevo, que estuvo bajo asedio durante tres años, con la gente muriendo porque no había medicinas, por los francotiradores, por veinte grados bajo cero… Era un desastre humano, pero era una ciudad musulmana asediada por cristianos [serbios]. Imagina que en algún lugar de Europa, la ciudad estuviera asediada por musulmanes. Yo creo que Europa hubiera tratado este problema inmediatamente», recalca.

«¿Estamos hablando de que no se hizo nada porque eran enclaves musulmanes?», le pregunto.

«Bueno, la pregunta no es para mí. Tendrías que hacérsela a Bill Clinton y otros líderes de entonces. Lo que yo creo es que no se consideraba a los bosnios de los nuestros. Y por eso se les dejó a su suerte durante tres años», responde.

Bosnia, año 2000

Srebrenica genocide was the genocidal killing of more than 8000 Bosniaks, mainly men and boys around the town of Srebrenica during the Bosnian War. The killing was perpetrated by units of the Army of Republika Srpska (VRS) under the command of General Ratko Mladic. In April 1993, the United Nations declared the besieged enclave of Srebrenica a "safe area" under UN protection. However, in July 1995, the United Nations Protection Force (UNPROFOR) contingent of Dutch peacekeepers did not prevent th --- Image by © Arne Hodalic/Corbis
Acto por el 18º aniversario del genocidio de Srebrenica donde fueron asesinadas más de 8.000 personas de etnia bosnia musulmana. Fotografía: Corbis

Y la suerte corrió para mal. Para muy mal, incluso algunos años después de la masacre. En el año 2000 muchos musulmanes intentaban regresar entonces a aquellas ciudades cerca de Srebrenica. Principalmente mujeres, que fueron las que más sobrevivieron —y las que más se han afanado luego en la búsqueda de sus seres queridos—. ¿Con qué se encontraban? Con que sus casas ya no eran suyas, sino de familias serbias. Tochman recuerda la historia de Mubina, de treinta y seis años, que perdió a su marido Hasan. Vivía en Bratunac. Con el estallido de la guerra ella se fue a Belgrado con su madre y sus hijos. Hasan se quedó y cuando las cosas se pusieron feas marchó a Srebrenica como zona segura. Nunca más le volvió a ver.

Mubina decidió volver a Bratunac y Srebrenica cinco años después de la matanza. La casa de sus padres ya no era suya, sino de los serbios. Tochman la conoció precisamente en el autobús que acudía ese día a Srebrenica. «Fue brutal, cuando entramos en el pueblo en todas las casas colgaba un cerdo ensangrentado. Era un aviso contra los musulmanes. Era puro odio», comenta. Y era el año 2000. Una huella tan indeleble que también había quedado en el propio traductor del periodista que ni siquiera quiso entrar en la ciudad porque era musulmán.

En el reportaje del reportero polaco también hay sitio para el sufrimiento de los serbios que viven en Bosnia. Así lo recoge en la visita que hizo a Nuevo Sarajevo y Sokolac. Ambos están en la República Sprska —la zona serbobosnia—. A comienzos del milenio en los dos pueblos había pobreza, muchísimo desempleo y ni cines ni teatros ni nada. Muchos de sus habitantes, serbios, vivían antes en Sarajevo, donde con la guerra empezó a mirárseles con odio. Como escribe el reportero, «son las consecuencias del aislamiento del mundo, que ha durado varios años, y del embargo comercial contra Serbia, que Occidente impuso durante la guerra (…) Hay quejas contra los musulmanes, Europa, Estados Unidos y el propio Gobierno, el de la República Sprska (…)». Como le contó uno de estos serbios, «el mundo nos convirtió en salvajes, pero nosotros éramos gente normal. Solo defendíamos nuestras casas, mujeres y niños. Sé lo que pasó en Srebrenica, pero en Sarajevo murieron más serbios que musulmanes». No es verdad, pero también hay historias terribles, como la de Stojanka, de treinta y seis años, que vivía en Sarajevo y huyó junto a su marido hasta que este fue reclutado por los serbios y llevado a disparar hacia su propia ciudad desde las montañas. Murió a causa de la metralla.

El periodista se incomoda cuando le comento que para Occidente, los serbios fueron los malos. Los grandes criminales de guerra. Desde el presidente de Serbia, Slobodan Milosevic hasta el de la República Sprska, Radovan Karadzic y generales como Mladic. Y, por supuesto, la población que participó de las matanzas. Y se lo digo porque él no toma partido. Escribe, señala, apunta. «Un autor de no ficción o un reportero no debe sentirse ofendido. No puede sorprenderse del mal porque el mal también es humano. Si al periodista le molesta no puede ser un periodista. El periodista lo que debe hacer es intentar comprender por qué esa persona cometió ese acto de horror. Por qué lo hizo, porque esa persona también es un ser humano. Yo no podría escribir nunca “es un monstruo”», me dice. Una crónica maniquea no es una crónica, es una opinión. Y eso no es periodismo. Lección primera.

De ahí que su texto sea también afilado como un cuchillo. Sus frases son gélidas. No juega con recursos estilísticos. No introduce más drama al trauma. «Quien escribe sobre el sufrimiento humano debe ser muy fuerte para recoger toda esa información y las emociones, pero a la vez debe ser débil. Porque una persona muy fuerte, con piel dura, nunca entenderá a una persona con ese trauma. Cuando hablo con gente en Bosnia nunca evito mis emociones, pero no puedo comportarme más sentidamente que la gente que sí ha perdido a sus seres queridos. Porque es su sufrimiento, no el mío», sostiene. Y a la hora de escribir todas las emociones deben quedar fuera, insiste. Hay que teclear con estilo quirúrgico, aconseja, «porque es un drama tan grande que no necesita ninguna figura retórica». Lección segunda.

Bosnia, año 2015

11 Jul 2014 --- Graffiti made by local teenagers in one of the abandoned buildings at the disused battery factory that served as the Dutch UN peacekeepers headquarters at Potocari near Srebrenica. The buildings were the site of the 1995 Srebrenica massacre of over 8000 Bosnian Muslim men and boys by Serb forces. The Dutch UN peacekeepers offered no resistence or protection. --- Image by © Martyn Aim/Corbis
Grafitis hechos por adolescentes en el edificio donde ocurrió la mascare de Srebrenica. Fotografía: Corbis

Tochmann ha regresado muchas veces a Bosnia, tanto a la parte de la Federación Bosnia como a de la República Sprska. Me comenta que todo ha cambiado mucho desde que escribiera el reportaje en 2002. Ya no solo los funerales que aún se siguen llevando a cabo en Srebrenica. Sarajevo está «renovado», la vida se disfruta en las calles. La sombra de la guerra es cada vez más débil. Pero aún quedan cosas. Heridas sin cicatrizar. Odios sin diluirse. «Por ejemplo, ya no hay matrimonios mixtos entre musulmanes y serbios, cuando antes era lo normal. La falta de confianza aún es muy fuerte entre unos y otros. Quizá la división del país fue la mejor solución en 1995 con los Acuerdos de Dayton, pero ahora es la peor, veinte años después esa división es contra la unidad de la sociedad. Ahora tenemos tres sociedades en un país, croatas, bosnios y serbios. Imagina el sistema educativo, con lecciones de historia en una escuela serbobosnia y en una bosnia, es diferente», explica. Y como indica, aún hay parte de los serbios que no entienden que ellos sean los perseguidos por la justicia. No conciben que Karadzic o Mladic estén en prisión tras haber sido juzgados por el Tribunal Superior de La Haya. «A veces en casas serbias de la República Srpska todavía hay fotos de Karadzic como un gran héroe», apostilla. Y hay otros que se siguen escondiendo, que no quieren salir en fotos y documentales «por si alguna víctima les reconoce».

Para un extranjero son situaciones apenas perceptibles. Si se pasea por Sarajevo se observan recuerdos del conflicto como las famosas rosas que señalan el punto donde una bomba mató a varias personas en la calle, alguna casa aún sin rehabilitar —las menos, y están así porque no encuentran comprador—, pero, en general, es una ciudad bulliciosa, con gente yendo de compras a los centros comerciales, bebiendo en los bares o jugando en parques —llenos de tumbas, eso sí—. No obstante, si se agudizan algo más los sentidos se ven cosas como, por ejemplo, el orgullo de ser una ciudad que resistió el asedio serbio. En Mostar, donde, aunque se volvió a construir el puente, no se puede evitar la sensación de cierta división, por una parte el lado musulmán con sus mezquitas y llamadas a la oración, por el otro la católica (croata) con sus grandes cruces. Algo late.

«La guerra siempre puede ocurrir en cualquier lugar tal y como la historia nos ha enseñado. Por ejemplo, incluso, en Polonia hay gente que tiene miedo de la guerra por culpa de la política agresiva de Putin. Podemos decir que todas las guerras fueron inesperadas, hasta el comienzo de la guerra nadie podía pensar que esa guerra sería posible. ¿Quién podía pensar en los años treinta que sucedería la II Guerra Mundial?», sostiene Tochman, para quien la única solución pasa por que tanto Bosnia como Serbia se integren en la Unión Europea. «Aunque no es fácil. Serbia tiene una relación muy cercana con Rusia y a la Unión le preocupa que Bosnia sea musulmana», añade.

El próximo 11 de julio volverá a celebrarse un gran funeral en Srebrenica. Volverán a salir cientos de ataúdes verdes, la mayoría muy ligeros porque apenas se pueden reconstruir esqueletos completos, con dirección hacia aquella nave industrial en la que aquel día de 1995 se refugiaron miles de personas pensando que serían protegidas por las fuerzas de la ONU. Antes de llegar a su destino, los camiones serán llorados por cientos. Después se rezará el Corán, se les dará sepultura, y se seguirá buscando. Ewa Klonowski, la doctora forense que trabajó a destajo prácticamente desde que culminó el conflicto, ya está jubilada, pero los hijos de Jasna, que tenían cuatro años y nueve meses respectivamente, aún no han sido encontrados, como me dice Tochman. Como tantos otros. Es la gran herida bosnia. La memoria de un país que aún necesita decirle adiós a sus muertos.

El escritor se despide de mí y me pregunta por la dirección de un centro de arte donde quiere ver una exposición. En Occidente, la vida sigue.


Francisco Veiga: «Modificar fronteras no soluciona los conflictos, en todo caso crea otros nuevos»

Francisco Veiga para Jot Down 0

Profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona. Francisco Veiga (Madrid, 1958) estudia regiones tan complejas y difíciles de entender como el sudeste europeo y el espacio exotomano; zonas sin embargo tan dadas a ser despachadas en los medios a través de tópicos y frases hechas. Además, está especializado en los últimos treinta años de historia, momentos de cambios cruciales, sujetos a manipulaciones e intereses vigentes. Siente, entre risas, que sus libros e investigaciones no arrojen las conclusiones definitivas, el relato perfecto de los hechos donde todo encaje. Quizá por eso sean tan estimulantes para el lector inconformista. Una de sus obras más importantes fue La trampa balcánica. Queremos recorrer la historia desde ahí, desde la I Guerra Mundial y la formación del nuevo centro y sur de Europa y Oriente Medio hasta el nuevo orden mundial, en una conversación no exenta de anécdotas, digresiones, dudas y a veces certezas.

¿Vuelve la guerra fría?

No tiene sentido afirmar tal cosa. La guerra fría terminó. Ahora ha venido otra cosa. Incluso la posguerra fría ha terminado, hay muchos indicadores que así lo demuestran. Son fenómenos diferentes. Tal vez me equivoque y todavía le queden años a la posguerra fría; pero en todo caso ya no es la guerra fría. La historia no se repite. Cuando escucho esas cosas pienso que no habla un historiador, un profesional. Y esto que decía Mark Twain de que no se repite, pero rima, suena bien y tal, pero no. Lo que si podemos hacer es comparar fenómenos que tienen lugar, por ejemplo, en la I Guerra Mundial y en la guerra fría porque en ambas confrontaciones hay un empate militar. Eso es la historia comparativa.

En su último libro se propuso explicar la I Guerra Mundial desde un punto de vista no anglosajón.

Hoy en día la historiografía está muy colonizada por el mundo anglosajón en general, tanto el americano como el británico. Ellos vencieron en las dos guerras mundiales y los que ganan las guerras son los que las cuentan. Por eso entendí que faltan aún muchas explicaciones sobre este conflicto. La I Guerra Mundial, de hecho, fue durante muchos años una guerra ganada por los franceses, pero tras la derrota de estos en la II Guerra Mundial, dejan de tener importancia sus historiadores. Hoy en día cuentan los anglosajones; o un chino que haya estudiado, por ejemplo, en Yale; o un indio de una universidad inglesa. Siempre hay que haber pasado por el mundo cultural anglosajón para tener a favor el eco internacional necesario.

Un ejemplo de este fenómeno es que la gente conoce de la I Guerra Mundial operaciones especiales como la de Lawrence de Arabia levantando a los árabes contra los turcos, pero desconoce lo que se denomina la «yihad alemana», los esfuerzos de Max von Oppenheim, un arqueólogo alemán que organizó la oficina de operaciones del este, desde donde se intentó, aunando a nacionalistas indios e irlandeses, que se levantasen las tropas nativas de la India contra Gran Bretaña, que organizó una expedición en Afganistán para que estos invadiesen la India. De todo esto se sabe más bien poco, o se minusvalora.

Y a esos historiadores anglosajones, además, se les puede considerar buenos escritores.

Lo que hacen muy bien es vender sus productos. Todos, desde los comerciales a los culturales. Rematan bien los relatos, algo que no sabemos hacer nosotros. En Imitation Game, la última película sobre la máquina Enigma que empleaban los nazis en sus comunicaciones, es evidente que no se cuenta la historia exactamente como sucedió, hay ahí mucha licencia narrativa, pero el relato sale redondo. Igual que en American Sniper, la de Clint Eastwood. Nosotros en cambio dejamos finales abiertos, no llegamos a conclusiones claras. Lo que escribe Robert Kaplan, por ejemplo, tiene una carga ideológica importante y un mensaje concreto, pero está bien hecho. Otra cosa es que refleje cómo es realmente aquello de lo que habla. Pero como producto tú lo lees y todo te encaja. Clinton tras leer su Fantasmas balcánicos dijo que por fin había entendido la región. [Risas] ¡Ni de coña! [Risas]

Creo que los historiadores tenemos que acostumbrarnos a pensar desde puntos de vista alternativos. Le insisto mucho a mis estudiantes en que hagan ensayo, porque ese tipo de trabajo universitario que se hace en España con largas y prolijas notas a pie de página puede ser artificioso. Las notas pueden ser forzadas; que un artículo esté lleno de ellas no te garantiza credibilidad absoluta. Luego te llega un historiador inglés como Eric Hobsbawm, que casi no las añade, y la gente cae de rodillas. Y lo adora. Como con Kaplan: si escriben bien, te lo lees bien, te lo terminas creyendo y lo asumes. De hecho, el actual sistema, a escala global, conduce a generar una narrativa única, a la que cada uno puede añadir las notas a pie de página que quiera (los lectores se las saltan: son demasiadas y contradictorias).

En Las guerras de la Gran Guerra sostiene que lo que empieza es la globalización.

Creo que cuando comienza realmente, más que en 1914, es en la Belle Époque. Eran los tiempos del cancán, ya sabes, y quizá la prensa y la historia canónica han creado una imagen de esta época, como un bloque de cemento, que es muy difícil de mover. Pero luego cuando tú buscas documentos, correlaciones, detalles que no se conocen, ves que es también la época donde lo significativo es que se inicia la primera globalización. Gran Bretaña era el gran poder financiero del mundo, podía hacer negocios en cualquier rincón del globo, aparte de ser también el banquero de todo el planeta. Había comunicaciones fluidas, quedaba poco por descubrir y el nivel de negocios, expectativas y progreso era como muy de globalización, tal y como luego fueron los conflictos.

A partir de 1871 nace una Europa bismarckiana con unas reglas diplomáticas que quedan desbordadas cuando el tablero se extiende hacia el resto del mundo. Alemania controla Europa, pero no el resto del orbe. Y cuando intenta salir para fijar el marco de las reglas internacionales ahí se encuentra con Francia e Inglaterra unidas. No tiene un imperio como el de ellas, y de ahí nace una gran frustración alemana. Niall Ferguson dice que los alemanes siempre han querido ser amigos de los ingleses, por eso crearon una gran flota, no para competir con ellos, sino para que los respetaran; pero en Londres eso lo vieron como una gran amenaza.

Así que el mundo occidental, a la altura de 1914 posee un cierto parecido al actual. Incluyendo guerras exóticas aquí y allá, causas revolucionarias no muy claras y nacionalismos a la deriva. Las fuerzas no están muy bien definidas, como ahora. Inglaterra es la triunfadora, pero no está claro. Como le pasa ahora a Estados Unidos. A la vez, hay un nacionalismo ruso que se siente fuerte y está asentado porque se alía con los franceses e ingleses. El matiz hoy sería que ese nacionalismo ruso lo que quiere es volver a ocupar la posición que tenía. Mientras que la Alemania de Guillermo II es un poco como la de Merkel hoy, que intenta controlar la situación en Europa pero el marco internacional la desborda.

Francisco Veiga para Jot Down 1

Se llega al conflicto y se abre un paréntesis con las guerras mundiales que llega hasta nuestros días.

Lo de la guerra del 14 fue un cortocircuito brutal. El año pasado en el centenario de la I Guerra Mundial salieron muchos libros, casi todos anglosajones. Tengo que decirte que cuando yo escribí La trampa balcánica sugerí de broma ponerme un nombre anglosajón para que tuviera más repercusión y en la editorial se lo tomaron en serio. Incluso anduve dándole vueltas a algunos alias posibles. [Risas] El caso es que esos libros, unos nuevos, otros meras reediciones, no aportan nada nuevo desde un punto de vista historiográfico. A cien años vista, aún no está claro por qué estalla la Gran Guerra; increíble pero cierto. Hay quien carga toda la responsabilidad en Rusia, como el historiador Sean McMeekin, con una obra muy bien documentada. El asesinato de Francisco Fernando no tenía por qué llevar necesariamente a la guerra generalizada, pasó un mes entre el atentado y el inicio de la contienda, se intentó arreglar pero se fracasó. ¿Por qué? Según esta teoría porque los rusos fueron a saco, a piñón, a aprovecharse de que por primera vez eran aliados de los franceses e ingleses y quieren cuestionar el control alemán de Europa Central, y hacerse con los Estrechos para salir, por fin, al Mediterráneo. Fueron a por todas. Pero esa gran guerra rápidamente terminó en el empate en las trincheras.

Estalla así una guerra nacionalista, una lucha entre democracias, excepto en el caso ruso. Había socialdemócratas en los parlamentos alemán y francés. Y esa guerra absurda se quedó hundida en las trincheras, con el agua y el barro hasta las rodillas. Hasta el 17 no llegaron las soluciones, americanas y rusas. Lenin por un lado propuso una solución revolucionaria: autodeterminación de los pueblos y revolución, salida de la guerra y de esa forma nunca más volverán a producirse. Y Wilson contestó con sus catorce puntos. Autodeterminación, sí, pero de algunos pueblos [risas] y fin del imperialismo. Esto era una respuesta a Lenin. Hasta se habla de que la guerra fría empieza ahí, en el primer choque entre Lenin y Wilson, es la aportación de Powaski o Arno Mayer. Pero lo importante es que se empieza a desarrollar la URSS que es un fenómeno que ocupa todo el siglo XX, del 19 al 91.

En el 14 el nacionalismo pudo mantener a los soldados en aquellas infames trincheras y la izquierda no logró sacarlos. Se subestima el poder del nacionalismo, mucho más poderoso que la izquierda.

Las trincheras eran tremendamente perversas. Mi teoría es que fueron un sistema que surgió del propio fracaso militar, de la guerra de movimientos se pasó al empate en las trincheras y los generales lo aceptaron en cierta manera, pero no como un fracaso. Era la guerra como una forma de control social extremo. Estaban ahí todos hacinados, como en un matadero, no había momento para pensar, todo el mundo sabía lo que tenía que hacer en cada momento. A mí las trincheras me recuerdan mucho a los campos de exterminio nazis. Porque no habían margen para pensar que aquello podía ser una monstruosidad que no llevaba a ninguna parte; poseía una lógica inabarcable, no podía ser un error o algo perverso en sí mismo: solo cabía salir de la trinchera cuando llegaba la orden, ir a tomar la de enfrente y morir. Las trincheras estaban aisladas, no cerca de la población civil, no pasaban por el medio de las ciudades. El civil en la ciudad, el soldado en la trinchera. Era un mundo cerrado, con sus reglas, que tenía enormes cantidades de detractores, pero también de muy importantes defensores. Ahí está Jünger hablando del «nuevo hombre de las trincheras», o el fascismo, que tuvo todo un discurso sobre el hombre de las trincheras, el valiente, todo eso tan ardito (audaz) de ensalzar a los que toman la trinchera enemiga con el cuchillo entre los dientes y las bombas de mano. La camisa negra, de hecho, formaba parte del uniforme de las tropas de choque italianas de la I Guerra Mundial.

Mi tesis incluso es que estas trincheras previenen la revolución, más que impulsarla. La Revolución rusa, al contrario de lo que a veces se pueda creer, no empezó en las trincheras, sino en la retaguardia, en San Petersburgo; una ciudad enorme donde hay un montón de soldados de guarnición. Los que no hacen una mili normal, los que tienen algún problema o son mayores; soldados al fin y al cabo ociosos, pero que sufren la falta de alimentos, los problemas del frío. Porque la economía rusa se había centrado en el frente, en intentar parar a los alemanes, contenerlos en las trincheras, y todo se va hacia allí: el trigo, los alimentos, la gasolina. La retaguardia quedó desabastecida. En ese contexto, cuatro campesinos en un pueblo no tenían nada que hacer, pero sí miles de ciudadanos en la capital de Rusia en aquel momento, decenas de miles llegados del campo para trabajar en el esfuerzo de guerra en las fábricas, con una guarnición de ciento ochenta mil tíos más ciento cincuenta mil en los alrededores, que no hacían nada en todo el día, que en cierta manera son emboscados porque no están en el frente. En cambio, en las trincheras francesas a partir del año 17 hubo intentos de sublevación, pero fueron reprimidos sin que contagiaran al resto del ejército o de la sociedad.

En su libro menciona que el general Nivelle a punto estuvo ocasionar una revolución en Francia al insistir en la estrategia de trincheras.

Nivelle fue el que dio aquel famoso y contundente discurso a los oficiales en vísperas de la batalla de Verdún: «Caballeros, mañana atacaremos. La primera oleada morirá, la segunda también, así como la tercera; algunos de la cuarta alcanzarán el objetivo y la quinta oleada capturará la posición». Y concluyó: «Muchas gracias, caballeros». Ahí es nada. Con el desarrollo de la guerra algunos militares franceses, como Pétain, habían buscado alternativas, pero este era un tío muy ambicioso, centrado en su promoción personal, y todo lo que se había alcanzado positivo lo desmontó. Volvió a los ataques frontales masivos y continuó con ellos, inasequible al desaliento, incluso cuando ya se había desencadenado la revolución en Rusia. La guerra llevaba mucho tiempo sin salida, siempre era lo mismo, intentar tomar por asalto las trincheras del adversario, ocupar algunos kilómetros y luego vuelta a lo mismo otra vez. No había ninguna solución. Los americanos cuando ya iban a entrar en guerra, que se lo tomaron con calma, dijeron que lo iban a hacer a su manera. No se identificaban con los aliados, como parte de la Entente. Iban a su juego y la suma de todos estos factores en Francia creó una enorme impaciencia.

Dice que la guerra no fue inevitable, que se desdeña el papel del azar.

En 2008 se publicó un libro de Nicholas Taleb, Cisne negro, que tuvo mucho éxito en el mundo de las finanzas y en la sociología. Es interesante, aunque le sobran muchas páginas, pero la idea que contiene es muy buena. Dice que muchos acontecimientos históricos no son tan previsibles. Yo suscribo eso. No es que la guerra fuese evitable, es que fue bastante imprevisible. Se dice que era algo que todo el mundo esperaba, pero eso no está ni mucho menos claro. Ferguson cuenta que la bolsa, por ejemplo, no se hundió hasta el último momento. A principios del siglo XX había muchos pequeños inversores, gente que si hubiese visto algún problema hubiese sacado el dinero rápidamente. El asesinato del archiduque no se percibió como algo que fuese a llevar a una guerra generalizada. Se pensó que se podía arreglar, porque al fin y al cabo las familias reales estaban emparentadas entre sí, el zar y el káiser eran primos, Nicky y Willy. Parecía imposible que todo fuese a descarriar de esa manera.

Se pensaba además que de llegar la guerra sería muy distinta.

Lo que estaba previsto era que si se producía alguna guerra importante a principios del siglo XX, se lidiaría fuera del territorio europeo. En el mar. La carrera de armamento era marítima. Los barcos ciertamente eran las armas más avanzadas, los acorazados, los submarinos… En el año 39 las armas de última generación del año 18 eran antiguallas, esos biplanos y triplanos, pero la única arma que casi no cambia entre la I Guerra Mundial y la segunda era el submarino. A comienzos del siglo XX el desarrollo tecnológico militar se había centrado en la marina. Se pensaba realmente que la guerra se podía lidiar en el mar y que cuando se hundieran varios acorazados o cruceros de los alemanes o los británicos, enseguida se negociaría la paz.

Los ejércitos tenían tantos soldados, hasta un millón o más, porque eran herramientas de control social. El chico que estaba haciendo la mili no estaba en el sindicato, ni en la cafetería anarquista; estaba haciendo la mili y le estaban poniendo la cabeza como un bombo de ideas patrióticas; e inculcándole una disciplina despersonalizadora.

Hay mucha diferencia entre haber hecho la mili o no. Aquí se llegó a decir que Narcís Serra fue el primer ministro de Defensa procedente del ámbito civil porque precisamente no la había hecho. Si la hubiera cumplido, quizá le habría quedado un resquicio de temor ante los militares. Pasar un año en filas marca mucho. Y este era el sentido de los ejércitos de tierra. El problema es que en el mar esa guerra tecnológica también quedó empatada. Los barcos eran tan perfectos, las tripulaciones estaban tan bien adiestradas, que los primeros combates navales terminaron en tablas. Además, los navíos de superficie eran carísimos, tecnología punta, no se podían perder así como así.

Francisco Veiga para Jot Down 2

También ha dicho a propósito del genocidio armenio que con la I Guerra Mundial empiezan las primeras guerras de datos.

El periodista al final siempre termina escribiendo lo que supone que la gente quiere leer. Por eso la prensa habitualmente suele orquestar unas explicaciones con unos datos más o menos sesgados y unos puntos de vista que finalmente no son un trasunto de lo que realmente pasa. Por ello está extendido eso de que la Gran Guerra se veía venir, porque así lo explicaban los periodistas, vendían ese producto. Sin embargo, en los años sesenta y setenta también decían lo mismo sobre una hipotética III Guerra Mundial y nunca llegó. Había montones de películas, novelas, artículos, declaraciones de políticos, presidentes con refugios antiatómicos y, a pesar de ese tremendismo que auguraba la llegada de otra guerra, no sucedió nunca. Esa comparación vale también para otras épocas. Las cifras, los mapas, los gráficos y datos de la prensa más o menos sesgados, más o menos manipulados, se convierten en verdades incontestables que al público en un momento determinado le pueden influir mucho. Con el genocidio armenio ocurre algo similar. Podemos abordar el asunto de otra manera.

Por ejemplo, desde el año 94, con el genocidio ruandés, que bate todas las marcas, ochocientos mil muertos en tres meses, una ratio de asesinatos/día mayor que el conseguido por los nazis en los años cuarenta. Y se llevó a cabo con machetes, palos, piedras y cuchillos de cocina. Desmonta la teoría de que para organizar un genocidio hace falta tecnología, que los alemanes pudieron hacerlo porque tenían cámaras de gas. No. Es mucho más terrorífico aún. Solo se trata de concienciar a la población. Y en Ruanda el 56% de la población son católicos; nada de yihadistas fanáticos. Hay matanzas en iglesias, sacerdotes que liquidaron a sus feligreses. Ahí está el horror de la iglesia de Kibuye. Fue algo extraordinario. ¿Y ha dicho algo el papa sobre esto? Diría que tenemos más cerca en el tiempo el genocidio ruandés sobre el cual en su momento no se dijo nada. Incluso hubo periodistas que fueron retirados de Ruanda antes de la matanza, quedaron pocos de agencias importantes. Casi no hay imágenes. La televisión entonces estaba superdesarrollada, ya existía el envío de datos por satélite y sin embargo no hay imágenes del genocidio ruandés. Hay muchísimas más de lo que pasó en Bosnia. Srebrenica se convirtió en un mito porque murieron siete mil personas y Ruanda, un año antes, con casi un millón es olímpicamente olvidado.

En este sentido, el genocidio armenio ¿lo es?, ¿no lo es? Hay una guerra de terminología. Es evidente que muere mucha gente, civiles; el argumento turco insiste en la desorganización y no en la planificación genocida. Bueno, en parte se puede aceptar, en parte no, pero da lo mismo. Porque realmente muere mucha gente víctima de una operación de contrainsurgencia. A comienzos de la Gran Guerra los rusos habían apoyado un levantamiento guerrillero armenio en la retaguardia otomana. La respuesta consistió en deportar a la población civil armenia para que no apoyara a los insurgentes. Algo así hizo el general Weyler en Cuba «reconcentrando» a unos cuatrocientos mil civiles en 1896; o los británicos con la población civil bóer, en África del Sur, a comienzos del siglo XX. Esas muertes por inanición y por hambre, el traslado forzoso de poblaciones, la guerra de exterminio en definitiva, es la típica estrategia de guerra colonial. Así se hacía en el Magreb, en el África negra, en Asia.

Ocurre lo mismo con los armenios. Hay una insurrección armenia, deciden llevárselos a otra parte, que es Siria. Hace mucho calor, hay muchos ancianos, no hay camiones, van a pie, van a morir y ya sabes cómo es la mentalidad militar en tiempos de guerra: les da exactamente igual. También se les deja en manos de paramilitares y los kurdos tienen un papel muy importante en el exterminio, tienen a sus espaldas un porcentaje altísimo de muertos armenios. Entonces ordenas datos, ¿y qué hay detrás? Para empezar, dos comunidades armenias. Una, en el exterior, la diáspora, en Estados Unidos o Francia, que tienen un concepto más negativo de su república y es la que mantiene más viva la llama del genocidio. Quieren que el Gobierno turco pida perdón, pero entonces se pondrían en marcha una serie de reclamaciones legales a gran escala, por vía de Estado, sobre las propiedades, qué ha pasado con la finca o el negocio del bisabuelo; y eso lo complicaría mucho todo porque no solo está el Gobierno turco, sino también los kurdos, que son los que viven hoy en día en buena parte de la región donde estaban antes los armenios. Por el contrario, a los armenios de la república les pesa el recuerdo del genocidio, claro, pero también quieren sobrevivir hoy. Ir a buscar trabajo a Turquía. No llevan bien que en la diáspora insistan tanto porque ellos lo que quieren es normalizar relaciones con Turquía, que es lo que les conviene. Mientras tanto, creo que tampoco se ha levantado este año demasiada polémica en el centenario del genocidio armenio. Supongo que tendrá que ver con que los kurdos están conteniendo a los yihadistas del Estado Islámico en Irak, defendiendo a los cristianos asirios, y Oriente Medio está todo él con las tripas abiertas: Yemen, Siria, Irak, Egipto… Una situación desgarradora.

Precisamente la I Guerra Mundial es crucial para entender los problemas actuales de Oriente Medio.

Sí, creo que actualmente más que hijos de la II Guerra Mundial somos nietos de la primera. Ahí se marcan muchas circunstancias que llegan hasta nuestros días. Europa del Este se queda más o menos como está ahora, porque luego los soviéticos no liquidaron en 1945 Albania o Hungría; pero los inventos occidentales en Oriente Medio, Jordania, Siria, Irak, ideas del año 18 o 19, continúan ahí como referentes; seguimos en el Oriente Medio heredado de la I Guerra Mundial, el que surge tras la caída del Imperio otomano. O al menos era así hasta el verano de 2014.

Usted orientó su carrera hacia el sudeste europeo, viajó muy pronto allí, en los años setenta. ¿Qué es lo que se encontró?

Empecé a ir por allí en el año 76, justo después de la muerte de Franco. Fui de la generación del InterRail. En Europa del Este era más fácil acceder a unos países que a otros. Yugoslavia estaba chupada, Rumanía era fácil, pero la RDA, por ejemplo, era muy complicada. Tenías que explicar dónde ibas, reservar el hotel con antelación. Yo opté por Yugoslavia y Rumanía. Esos fueron mis primeros encuentros con el «socialismo real», como se decía por entonces. La gente no hablaba con un extranjero sobre las cosas malas de sus países. Te decían que Tito era un gran hombre, que Ceaușescu era maravilloso, así como su madre, su abuela y su mujer. Al cabo de un rato te podían mencionar algún «quizá…», pero poco y muy cauteloso. En todo caso eran épocas en las que se hablaba mucho en los trenes. Recuerdo un viaje de la capital de Macedonia, Skopje, a Pec o Pejë, en el actual Kosovo, ciento cincuenta kilómetros, ¡que duró horas! Los viajeros eran tíos con turbante, kosovares, que hablaban italiano. Tenías tiempo de hablar de todo tipo de cosas y en la cuarta fase de la conversación, después de agotar el fútbol y las mujeres, cuando pasabas a beber rakija, las lenguas se soltaban más.

Un dato relevante de la mentalidad que imperaba entonces lo ejemplifica un encuentro que tuve con una familia húngara de Transilvania en un tren de Rumanía. Iban todos muy formales, jugando al ajedrez, imagínate el cuadro; y me recibieron muy bien por ser de Barcelona. Entonces apareció el revisor rumano y me interrogó, empezó a decir que no conocía mi billete, me montó una escenita felliniana, lo típico, quería una pequeña mordida, el bacsis de toda la vida. Cuando se fue el revisor, me dijo el señor húngaro con aire condescendiente: «Esto no es civilización, nosotros sí somos civilización». Al final volvió el revisor y me invitó a una cerveza. Eso era lo habitual, la autopercepción de qué era civilización y qué no. Visiones nacionalistas al fin y al cabo, mal vistas en el bloque comunista. Luego te decían por lo bajini, pesarosos: hemos perdido tal o cual rincón de la patria pero, ya sabe…

En Yugoslavia, en cambio, recuerdo quitarme a un pesado de encima, que nos estaba molestando porque íbamos con unas chicas, hablando mal de Tito. Le empecé a preguntar: «¿Qué, está enfermo, es verdad que se va a morir?». Y salió escopeteado gritando «¡Calla, calla!». [Risas] Las diferencias entre Rumanía y Yugoslavia en todo caso eran abismales. En Yugoslavia podías ver automóviles Mercedes, en los kioscos revistas con tías en tetas; en Rumanía la prensa tenía dos páginas, la televisión era muy cutre… era otro mundo. En ese país estuve a punto de ser detenido y me salvaron unos comunistas chilenos que estaban refugiados allí por el golpe de Pinochet. Nos hicimos muy amigos y durante algunos años tuve casa en Bucarest.

Francisco Veiga para Jot Down 3

Sin embargo, en el sudeste europeo es donde más porcentaje de la población tenía la percepción de que el comunismo había mejorado sus vidas.

En Macedonia occidental o Kosovo había zonas en las que parecía que volvías al siglo XIX. Sin embargo, una vez estando por allí tuve un brote de eczema en la cara. Me mandaron a la farmacia y me encontré con una licenciada que hablaba inglés, me dio una crema muy baratita y me curó perfectamente. Es decir, el régimen había llevado servicios a todos los rincones del país, por precarios que pudieran ser, que antes no existían ni remotamente. Cuando hablabas con la población, tenían envidia por el nivel de vida español u occidental en general. Pero les explicabas lo que pagabas de alquiler, cuando ellos tenían la casa gratis, los colegios también y la universidad muy barata, y la comparación ya no era tan desigual. Veías ventajas sociales que te hacían sospechar que el día en que se acabase todo eso y llegara la competitividad occidental se iban a acabar esos pequeños «paraísos». En el este comunista podías llevar vida de clase media, pero no ostentar un estilo de clase media. Ahora apenas puedes llevar esa vida, solo intentar aparentarlo.

Yo acuñé un término para todo esto, la paradoja estalinista, que iría ligada a la aparición de unas clases medias nacionales. Ese fue el gran quid de la cuestión a la hora de aceptar la revolución, las diferencias sociales entre los Balcanes y Europa Central. En Checoslovaquia había una burguesía desde el siglo XIX. En Rumanía había una clase media-alta que manejaba mucho dinero, pero entre ella, junto con la aristocracia, había un boquete social gigantesco con el campesinado, numeroso, pobre, analfabeto y explotado. En Bulgaria también había un campesinado que hizo dinero con el tabaco y los pétalos de rosa para perfumes, o con la horticultura, mucho más cooperativistas, pero en todo caso en el sur faltaban clases medias.

Entonces, cuando llegaron los regímenes comunistas, los caudillos hicieron réplicas exactas del régimen estalinista. La URSS se había industrializado, construyó locomotoras, vías férreas, tractores, cemento, cañones y gracias a este desarrollo cuando atacaron los nazis pudo contraatacar y ganar. El modelo a seguir estaba muy claro: industria pesada a cascoporro. Además, al crear industria creabas proletariado, que no lo había ni en Bulgaria, ni en Albania, ni en la mayoría de estos países. Pensaron: con una industria pesada defenderemos la revolución y encima tendremos un proletariado que será el dueño de las fábricas. Lo que pasa es que las fábricas no se montaban solo con trabajadores, hacían falta técnicos, ingenieros, arquitectos, y de eso no había.

Por ello se programó la creación de una clase técnica profesional. Las universidades empezaron a generar ingenieros y técnicos de toda clase como churros. Por cierto: ¿sabías que la primera universidad en la historia de Albania data de 1954? Así que eran tíos que directamente venían del campo. Yo eso lo vi con mis propios ojos. En Rumanía, en los setenta, los trenes bajaban de los Cárpatos, de las provincias, de los distritos más pobres y primitivos; se hacinaban en los vagones cientos de estudiantes, algunos bajo el calor del verano con sus gorros de lana, que iban a hacer la selectividad a Bucarest, Cluj, a Craiova… La gente que estaba conmigo me decía que algunos de esos chavales no habían visto un teléfono en toda su vida. Pero lo que ocurría es que el maestro local, si descubría que el hijo de un campesino era bueno en matemáticas, decidía que ese chico tenía que estar en la universidad y lo mandaba directo. El Estado le pagaba la carrera y se convertía en matemático, ingeniero, químico o lo que fuese. Se creó una clase técnica donde no la había. Los padres eran picapedreros, cabreros, campesinos y sus hijos técnicos de alto nivel. Surgieron de la nada. Y aunque las diferencias luego no es que fuesen muy acentuadas, no es que ganasen mucho más, pero sí que tenían un prestigio social. Un ingeniero en Rumanía recibía el trato de «Señor ingeniero». Todo lo contrario que aquí. A mí, que soy profesor de universidad, me llegaban los alumnos (ahora ya soy más mayorcito) y me decían: «Hola, Paco, a ver si me apruebas, ¿no? Tronco, qué mal te lo montas, colega». Porque aquí en realidad tienden a verte como un tronco-funcionario; sobre todo, y paradójicamente, si eres de letras. Pero allí… en Turquía, no te digo nada, los profesores de universidad tienen hasta dos secretarias, que luego no hacen nada, se liman las uñas en la antesala, pero es solo como demostración de poderío [risas]. En fin, el caso es que sobre esta especie de nueva clase media que antes no existía, se asentaron los regímenes socialistas en los Balcanes.

Es curioso que en la Europa tras el telón de acero, los problemas que se produjeron al tratar de integrar las economías con el COMECON fueran análogos a los que vivimos ahora en la UE. Es decir, el norte, Alemania, industrializado, se intenta imponer económicamente al sur. En aquella época, fue la RDA frente países como Rumanía.

Hubo una base nacionalista en todo aquello. El sentimiento nacionalista funciona de esa manera: lo que es mío es mío y lo que es de los demás, pues quizá también [risas]. Si tú quieres a tu país tiendes a considerar que es mejor que el resto. En este periodo, los soviéticos hicieron inicialmente una interpretación racionalista de la economía de la Europa que controlaban, pero el nacionalismo ruso, al no tener en consideración que los demás también tenían su corazoncito, también estuvo presente. De modo que decidieron que los rumanos, por ejemplo, se tenían que dedicar a lo que mejor sabían hacer, que era la agricultura. Y los búlgaros, igual. En cambio, para los alemanes del este, la industria. Lo que ya funciona para qué lo vamos a cambiar, pensaron. Y claro, esto provocó una rebelión en toda regla en los países del sur, sobre todo porque el orden económico del COMECON, el mercado común del este, creado en 1949, amenazaba a las nuevas clases de técnicos profesionales que he mencionado. ¿Qué iba a ser del señor ingeniero si de repente se desmonta la fábrica y hay que ponerse a recolectar cebollas? ¿Vuelve al campo ese hombre? El COMECON amenazó toda esa nueva estructura social que a su vez sustentaba a los regímenes socialistas del sur.

También ha dicho que existía una diferencia generacional entre los líderes comunistas de Moscú y los de las democracias populares.

Tito, por ejemplo, era de la cantera de líderes comunistas de segunda generación. La primera era la de Lenin y Trotski, y la segunda fue la de Tito, Ho Chi Min, Mao, líderes que ellos mismos estuvieron con la guerrilla en la montaña, en el combate, trazando la estrategia, en el papel de líderes antiimperialistas. Aunque Trotski fue en parte un líder militar, no lo fue de este tipo. Y luego apareció una tercera generación, la de Castro o los líderes del África negra, que estaban más alejados del eurocentrismo de la Revolución bolchevique. Tienes a Gadafi que se saca de la manga un socialismo islámico o a Siad Barre en Somalia. Estudié el Yemen del Sur, el único experimento soviético en el mundo árabe, y los rusos no sabían qué hacer realmente, no entendían cómo manejar el sentimiento islámico.

A Yemen, también a Somalia, los utilizaron en la medida en que les fueron útiles como aliados estratégicos, para poner bases. La URSS no tenía las cosas claras. Hubo una guerra entre etíopes y somalíes, los dos prosoviéticos, y en lugar de mediar tomaron partido por los etíopes porque les venía mejor, ya que era una zona la suya estratégicamente más favorable. Los soviéticos tenían planteamientos en los setenta y ochenta de Realpolitik, más pragmático o más cínico, pero Fidel Castro, por ejemplo, llevó un montón de gente a Yemen del Sur a ocuparse de los hospitales, de la enseñanza. Estuve allí y me encontré con muchos técnicos que hablan español por este motivo. Y los rusos, con estas nuevas generaciones de comunistas, chocaron. Y eso fue el final de la URSS.

La primera, la herejía titoísta.

El titoísmo nace de la lectura que hacían los yugoslavos de que no habían dependido de los soviéticos para liberar el país. Por eso Tito se iba a negociar todo farruco con Stalin, allá por el 1944. Y Stalin, como georgiano, conocía el nacionalismo y todo lo que le oliera a vías nacionales hacia el socialismo no le gustaba nada. Al acabar la II Guerra Mundial, le dijo a Molotov que eso de las vías nacionales se tenía que acabar, que el PCUS de la URSS iba a dictar cómo tenía que ser. Pero Tito hacía sus planes, quería una federación balcánica en todo el sudeste europeo. Milovan Djilas me lo contó personalmente, en Belgrado, un par de años antes de morir. Me explicó toda la idea que rápidamente fracasó porque se enfrentaron con los búlgaros porque, ¿dónde ibas a poner la capital de la federación, en Belgrado o en Sofía? Y claro, lío.

Luego a Stalin no le interesaba tampoco que Tito tuviese intereses en Grecia y que ayudase a los comunistas en la guerra civil que se desencadenó en este país. Stalin era un tipo bastante realista en cierto sentido. Entrar en una guerra con los occidentales por Grecia… Todo eso ya lo tenía hablado con Churchill. Circula por ahí esa nota que le pasó Churchill y Stalin aprobó, en octubre de 1944, por la cual el 90% sería de influencia anglo y el 10% soviética. Acordaron que Grecia se quedase así y de repente hay un levantamiento comunista, una guerra civil, los búlgaros y los yugoslavos ayudando… Todo esto comprometía a Stalin.

Francisco Veiga para Jot Down 4

Después llegó Hungría.

En 1956, sí. Eso ya fue más difícil de entender. En la memoria histórica actual, sí, todo cuadra, existía una conciencia nacional y entonces entraron los soviéticos con los tanques y mataron a muchos que ansiaban la libertad; pero en realidad eso no está tan claro. También hay que tener en cuenta que estamos hablando del año 56, que solo habían pasado once años desde el final de la II Guerra Mundial. Había mucha gente en Hungría que todavía sabía manejar fusiles, organizarse militarmente. El background de la resistencia es que haya dos mil personas que sepan organizarse y disparar, con eso puedes montar un gran follón. A mí me dicen que monte y desmonte un Kalashnikov y organice un batallón y no sé por dónde empezar, pero la gente que hacía solo diez años que había estado en la guerra sí que sabía cómo hacerlo. Además, hubo episodios de gran crueldad, como por ejemplo ese policía que sacaron del hospital, lo lincharon, lo colgaron de un árbol y lo abrieron en canal. Hay fotos sobre esas cosas, y son accesibles, generan incomodidad, porque se puede identificar quién hizo esto o aquello.

Un detalle gracioso es que cuando se hacen documentales sobre el 56 húngaro, ves a unos tíos disparando desde unas ventanas que no dan la sensación de ser Budapest, si conoces la ciudad. ¿Sabes cuáles son? Las ventanas de la Generalitat de Cataluña. Como aquí, en tiempos de Franco, se interpretó que era una sublevación de católicos contra el comunismo, se hizo una película que se rodó en Barcelona, lo más parecido a Budapest que teníamos. Con los años, se ha debido mezclar y confundir de tal modo que los que montan los documentales involuntariamente meten algunos segundos de escenas ahí en medio procedentes de la peli española.

Pero el 56 es algo políticamente difícil de explicar. De una manera muy rápida se pasa a ese escenario bélico. Hay que tener en todo caso en cuenta que los húngaros estaban muy resentidos por el reparto de Europa. Austria, con la que hacía cuatro días formaban un imperio, se quedó en la parte occidental, aunque con rango de neutralidad, y los húngaros no. Se preguntaban si es que acaso ellos no eran lo suficientemente europeos.

Es una polémica recurrente en el sudeste europeo, qué es Europa y qué no, cuando lo somos todos, ¿no?

Ellos se consideraban más europeos que Occidente. Sale muy rápidamente este tema siempre que estás por allí. ¿Y si los griegos no hubiéramos parado a los turcos? ¿Y si los polacos no hubiéramos derrotado a las hordas ruso-asiáticas? ¿Y si los serbios no hubiéramos clavado a los musulmanes? ¡Todos sabemos que Napoleón tenía sangre búlgara! ¡Es sabido que Cristo era magiar! [Risas]

Apropiarse de personajes históricos ocurre en todo el planeta.

Más o menos. Ahora, aquí en Cataluña, no ha faltado quien afirmara con rotundidad que Santa Teresa, Cervantes o San Ignacio de Loyola eran catalanes, en esta especie de brote tardobalcánico del nacionalismo local que experimentamos. Pero en los Balcanes le ponen un gracejo especial, muy barroco. Lo pulen más. En su día, en Albania explicaban que algunos personajes de Cervantes eran albaneses. Sí, el propio director de la Biblioteca Nacional albanesa, que era un hispanista, contaba que, según esta teoría, a Cervantes no le capturaron los berberiscos, sino piratas albaneses, que se lo llevaron a Ulcinj, en Albania, donde se enamora de Dulcinea, que por supuesto significa «de Ulcinj» ¿O es que acaso en España es un nombre muy común, el de Dulcinea? Recuerdo que esto lo publicó también una revista cultural montenegrina, MobilArt, con ínfulas de cosmopolitismo, allá por el 2000.

También es muy gracioso lo que le sucedió a un profesor de historia búlgaro, Dragomir Draganov. Me contó que allá por el 86 o el 87 le llamaron del Ministerio de Cultura y le preguntaron: «¿Crees que se puede investigar hasta qué punto el navegante y conquistador español Alonso de Ojeda, quien dio nombre a Venezuela, era búlgaro?». Parecía «inequívoco»: Ojeda por Ohrid, natural del lago de Ohrid, que ahora está en Macedonia. Pues el hombre se puso a investigar y, claro, no encontró nada. Alonso era de Cuenca y punto pelota. Pero cuando alegó que la investigación no había llegado a ninguna conclusión, que no se podía demostrar la hipótesis, le cayó una denuncia por estafa, traición y no sé cuántas cosas terribles más. Cuando se hundió el régimen comunista, en 1989, pensó que se había librado de una buena; pero como tres años después volvió la denuncia y ya le exigían el pago de una multa ¡en marcos alemanes!

¿Son pertinentes las analogías entre el sureste de Europa y el suroeste, nosotros?

Hay dos cosas que unen mucho a España y los Balcanes, y es que estamos en los límites del islam. Dos penínsulas montañosas en los extremos de Europa. Y hay complejos similares en ambos lados. Todos nos ponemos morados de cerdo en sus diversas variantes culinarias, cosa que nunca haría un musulmán. Como en Serbia y Rumanía, donde al invitado siempre se le infla de cerdo porque somos muy cristianos a pesar de nuestro tono moreno [risas]. Es la postura de los judeoconversos, o los musulmanes conversos, que sobreactúan en su conversión precisamente porque están en los límites. Por eso ocurre que aquí, al igual que en los Balcanes, molestaba mucho cuando llegaba un extranjero y no nos veía como tan europeos. España, qué país tan exótico. Respuesta mosqueada: ¿cómo que exótico? Y ellos: torero, bandolero, sombrero, fiesta, siesta… Pereza levantina, navaja y celos. ¡Pero si aquí hay más cosas! Yo qué sé, mira la SEAT, nuestros plásticos y cementos, el Chupa-Chups, y tal. Pero a ellos les daba igual. Luego te ibas a Novi Pazar, una ciudad musulmana en los confines de Serbia, y te encontrabas un cartel enorme al entrar en la ciudad que ponía: «La capital mundial del blue jean» ¡Aquí fabricamos los mejores pantalones tejanos! Y veías al lado el río lleno de restos de algodón hecho una mierda… [risas]. Nos molesta que no se asuma nuestra modernidad y se nos relacione con el exotismo, el misterio oriental, con elementos culturales propios del islam, y durante años nos esforzamos en demostrar que no nos ha quedado ni gota de eso. A ellos les sucede lo mismo.

Hice una vez un viaje por Kazajistán y me preguntaban cómo se vivía en España la pérdida del imperio. Como si hubiera pasado ayer, nadie se acuerda ya de eso. Pero ellos sí y preguntaban «¿Cómo? Si España era un imperio descomunal, ¿y ya no queda nada y os estáis peleando ahí entre vascos y catalanes? No se entiende. ¿Cómo se ha olvidado semejante imperio?». Tuve que explicar que no juega ningún papel, pero luego lo piensas y hay detalles relevantes de afinidad cultural. Por ejemplo, tú te encuentras a un argentino en Moscú y es como si fuese de tu pueblo de toda la vida. Ves a un cubano en Yemen y te entra una especie de orgullo absurdo. Porque en España hay ese rechazo «al panchito», pero la realidad es que hemos hecho nuestra la música latinoamericana, venga rumbas y habaneras, su literatura no puede ser más influyente, tenemos su comida, sus bailes. Y lo gracioso es que las cosas que nos molestan del latinoamericano, no nos engañemos, ¡son nuestras! La tendencia española al caudillismo. Los populistas salvadores de la patria que se pasan veintitantos años en el poder, las cacicadas, los patronsitos, el enchufe, los clanes, los negocios megamillonarios de grandes compañías y estraperlistas, la manía a los yanquis pero la admiración real por lo yanqui. Es que esto a veces recuerda mucho a Latinoamérica. Más que a los Balcanes.

¿Y en clave política, de nacionalismos, qué tenemos de balcánicos?

Aquí hay una frustración de base que aparece cuando se reconfiguran las fronteras europeas. En ese proceso Cataluña y País Vasco no consiguieron nada. Ni en Versalles, tras la I Guerra Mundial ni cuando cae el telón de acero en los noventa. Yugoslavia se desintegra, Checoslovaquia se separa, surgen las repúblicas bálticas, la OTAN va en apoyo de Kosovo. «¡Cómo es que van en apoyo de Kosovo cuando eso es un agujero negro lleno de impresentables y a nosotros ni caso, que somos tan europeos!», piensan muchos. Porque hay un error y es no ver que Washington entiende que hay crisis del Este y crisis de Occidente, y no son lo mismo.

Un acontecimiento como el asesinato del archiduque en Sarajevo, una ciudad perdida en la geografía balcánica, que terminó contagiando al resto de Europa fue algo muy raro. Las crisis orientales siempre se quedaban acotadas allí. Una masacre en Grecia y una crisis en Bulgaria, pues vale. Iban allí a pelear los filohelenos o los garibaldinos o cualquier puñado de románticos, pero nadie traspasaba ese fenómeno a Occidente. La I Guerra Mundial es un caso único, de hecho, en 1918 termina al guerra en el frente occidental, pero no en Rusia, ni en Turquía, no en Oriente, donde dura hasta 1923. Las guerras yugoslavas tampoco contagiaron a Occidente, pero aquí seguimos pensando que todo es lo mismo. A veces creo que es por el complejo de que en realidad no nos acabamos de creer que somos europeos. Yo mismo pasé el 23F en Francia y sufrí una vergüenza espantosa. Veía en la tele a Tejero con el bigote, el tricornio y la pistola e intentaba que no se notara que yo también era español.

Ahora, cuando los países balcánicos están entrando en la UE, cuando se están acortando las distancias que nos separan, se esgrimen analogías de andar por casa, cada vez más recurrentes. Hace años, en los noventa, en una fiesta de la comunidad yugoslava en Barcelona una croata nacionalista me dijo que ya había llegado la hora de la independencia de Cataluña. Le contesté que lo veía difícil; ella inquirió: ¿Acaso no hay un nacionalismo local capaz de soportar ese peso? Por supuesto que sí, de sobras, pero la diferencia con Croacia era que nosotros ya estábamos en la UE. No tiene sentido crear fronteras para disolverlas otra vez. En Yugoslavia tú preguntabas: «¿Queréis entrar en la UE?». Y todos: Sí, sí, sí. Pues la frontera entre Croacia y Serbia desparecerá. Y ellos: Bueno… pero la conversación se extinguía. En realidad, si hubieran continuado unidos seguramente estarían ya en la UE todos, desde 2004 o 2007.

Francisco Veiga para Jot Down 5

Una gran diferencia del Este con respecto a nosotros es que los antagonismos izquierda/derecha a los que estamos acostumbrados aquí, allí son completamente diferentes.

Elementos de la nueva clase de técnicos de los que he hablado, los que antes trabajaban al servicio del socialismo, ahora se han pasado a la ultraderecha. Porque la extrema derecha puede ejercer temporalmente un papel de izquierda sustitutiva, no es marxista, pero puede exhibir un lenguaje igualitarista: el pueblo unido (de este país) jamás será vencido, expulsaremos a los extranjeros reales o imaginarios y viviremos todos mucho mejor, porque en cuanto Rumanía sea solo para los rumanos, Ucrania para los ucranianos, Rusia para los rusos, etcétera, moraremos todos en el paraíso. Ese no es el discurso de la derecha neoliberal, de la competencia, la meritocracia y quien vale, vale. Es un discurso más protoizquierdista. Además, y dado que, por ejemplo, en Rumanía se prohibió el Partido Comunista por ley, al igual que en Ucrania, el verdadero abanico político de estos países es de derecha suave, derecha centro, derecha-derecha y ultra derecha. Una extrema derecha que se alimenta de su gente, pero también de los excomunistas. Porque existe un discurso nacionalista, pero a la vez vagamente social e igualitarista. Todos somos lo mismo y entre todos nos ayudaremos.

Por desgracia la izquierda, llegado el caso, pacta con el nacionalismo porque se traga eso de que es una forma de izquierda alternativa, que el sustento de la base popular nacional es, a la postre, base popular. No quiere saber nada de las élites sociales nacionales que intentan manejar a esa base popular.

En Hungría en los ochenta, como el Partido Comunista estaba perdiendo afiliados, se sacaron de la manga un discurso antirrumano hablando de los hermanos húngaros que estaban en Transilvania oprimidos por la Rumanía de Ceausescu. El lenguaje era de derecha y ultraderecha y cuando cae el comunismo, los extremistas se hacen con el lenguaje de izquierdas. Eso mismo pasó en la URSS con Pamyat. Ahora los tenemos en la UE. Recuerdo diputados rumanos en el Parlamento Europeo, de România Mare, diciendo barbaridades sobre lo de echar a los gitanos. Y había encogimientos de hombros en Bruselas porque, oye, es que eran anticomunistas.

Cuando no directamente se les exculpaba. Mira la matanza de Odessa del año pasado. Quemando viva a la gente. Yo recordé las persecuciones de judíos en Ucrania al ver eso. Pero bueno, es que las víctimas eran izquierdistas, sindicalistas. En Lituania, en Kaunas, durante la II Guerra Mundial hubo una masacre de judíos a los que mataron a golpes, con barras de hierro. Además, hay fotografías en las que se ve que lo hacen, mientras uno toca canciones nacionales en el acordeón. Fotos que existen porque las tomó un sargento alemán. Se le llama el pogromo del garaje de Lietukis, en junio de 1941. Y a veces te encuentras en los foros explicaciones en clave exculpatoria de que eso ocurrió porque el NKVD —antiguo KGB— antes de retirarse había asesinado a los presos que tenía en las cárceles. Los patriotas lituanos estaban exaltados y a todo soviético que pillaron lo mataron. Pero luego miras la lista de muertos y dices, carajo, no hay nadie del NKVD, resulta que son todos judíos ¡uy, qué extraño!

Una masacre como la de Odessa podría haber justificado un bombardeo, una invasión, por menos se ha hecho. La interpretación de las masacres es muy relativa.

En la asociación Eurasian Hub intentamos crear terminología y para este caso acuñamos la de trigger massacre, la «masacre-gatillo». Cuando se busca una excusa para intervenir se utiliza una masacre como pretexto. Unas se obvian, como la de Ruanda, como la de Odessa, sobre otras se pone todo el foco. Antes ocurrió al revés. Los regímenes comunistas cayeron suavemente, como interesaba, porque lo que se quería poner de manifiesto entonces era lo demócratas, capitalistas y occidentales que eran todos estos países. Polonia con el papa Wojtyla. Checoslovaquia, revolución de terciopelo, etcétera. Pero de repente los balcánicos metieron la pata. En Rumanía ejecutaron a Ceaușescu tras un juicio espantoso, le meten cuatro balazos a los viejos, a él y su esposa. Hay tiroteos en las calles, contra las ventanas, sin enemigo a la vista, todo oliendo a cerveza y tuica, su aguardiente. Hace frío. La gente sin afeitar. Y hay una masacre, la de Timisoara, a base de cadáveres que se presentan como víctimas de la policía secreta, torturados hasta morir; pero resulta que procedían del depósito forense civil de la ciudad. El cadáver de una mujer que murió con un bebé en brazos, que no era suyo; el de un tío que se cayó borracho por una chimenea y lo sacaron con cables. Los medios entraron en Rumanía a toda leche y se dieron el batacazo en la primera curva. A eso los franceses lo denominaron, en plan fino, «le dérapage médiatique».

En el caso de Eslovenia y Croacia, donde hubo un fuerte nacionalismo, igual olvidamos también que su empujón hacia la independencia lo dieron antes de que cayera la URSS en el 91, que este sentimiento nacional, más que un chovinismo, era un deseo de entrar en Europa occidental, un ahora o nunca, aprovechando la debilidad del imperio que perfectamente se podía percibir como transitoria, hasta hubo un golpe de Estado que pudo hacer involucionar todo lo andado hasta entonces por Gorbachov.

Cuando llegó Reagan al poder, la doctrina fue identificar qué países comunistas eran susceptibles de aceptar la entrada del capitalismo y trabajárselos. Así surgieron todas esas asociaciones supuestamente filantrópicas, como Open Society, Freedom House, Albert Einstein Institution, etcétera. Los primeros elegidos fueron Hungría y Polonia, y se consiguieron resultados también porque al margen de otros factores, la Polonia socialista se había quedado trincada en el capitalismo internacional.

En los setenta, al principio, hubo una bonanza económica en las repúblicas populares. Y los polacos se lanzaron a la construcción de barcos en el Báltico. De modo que en un momento dado se produjo un fenómeno paradójico, Polonia pidió créditos a los mercados, a los americanos y los ingleses, y se endeudó. Luego llegó por sorpresa la crisis internacional del petróleo, en los ochenta, y nos encontramos con una Polonia llena de pufos. Y con un pie en Occidente y otro en Oriente, porque su economía tenía financiación capitalista, aunque no lo era, en otras palabras: ya no era exclusivamente comunista. En Hungría ocurrió algo parecido, pero de forma menos dramática.

Y todo esto también se intentó hacer en Yugoslavia. Eran los años del que luego fue su último primer ministro, Ante Markovic. La gente que vivió aquellos años escasitos de Markovic, del 89 al 90, estaba encantada. Lo vivían con ilusión. Parecía que iba a hacer una transición suave, que se iba a desmontar el armatoste comunista y pasarían a un socialismo, una socialdemocracia, con democracia a la occidental. Pero pronto aparecieron dos fuerzas que tiraron en sentidos contrarios. Los eslovenos extienden el argumento de que Yugoslavia, si era controlada por Serbia, sería un país orientalizado. Y Croacia y Eslovenia entienden, tras la caída del Muro, que esa Yugoslavia nunca iba a poder entrar en Europa con agujeros como Macedonia o Kosovo. Cuando encima tienen que aportar fondos de cohesión para el sur pobre, enviar allí sus policías, aportar a la gobernabilidad de Yugoslavia, piensan que todos sus recursos se los va a tragar que la cosa no tiene solución porque es un absoluto desastre económico.

Al mismo tiempo, a Milosevic, en Serbia, mantener la federación no le traía muchos beneficios y tampoco podía usar la carta europea, así que jugó también al secesionismo, con el caramelo de crear un país nuevo que reuniera a todos los serbios de la federación, a los que estaban fuera de las fronteras de Serbia y dentro de Yugoslavia. Al final Occidente tomó partido por el bando que mejor se acoplaba a su discurso y premisas. Carlos González Villa, asesor de Javier Couso en el Parlamento Europeo, fue alumno mío y ha terminado una tesis muy buena sobre Eslovenia. Demuestra que este país dio muchos pasos hacia la secesión que se conocían previamente en Occidente. Parte de las armas con las que hizo su breve guerra de independencia se compraron en Singapur, pasaron por Israel, fueron escoltadas por navíos americanos. En Bruselas se sabía lo que se estaba preparando y lo que podía pasar. Y en Eslovenia, sí, eso se vivía como un: «O nos integramos ahora o no nos integramos nunca en Europa»; y se produjo el desgarro.

En su libro sobre la guerra fría, La paz simulada, señala que Vietnam se entendió como una victoria del socialismo, pero que en realidad fue pírrica, puesto que al mismo tiempo Estados Unidos había convertido países como Taiwan, Corea del Sur o Malasia en potentes capitalismos.

Sí, creo que Vietnam ganó la guerra, pero Estados Unidos entendió que actuando como una potencia abiertamente imperialista, a la brava, no podría ganar la guerra fría, salía carísimo, en dinero y moral civil; y cambiaron el chip. En cambio, la URSS cayó en ese error con Afganistán; se arruinó y el sistema colapsó temporalmente; pero fue suficiente para que no hubiera vuelta atrás. Ahora bien: la cuestión es que cuando se hunde la URSS se nos vende la moto de que se ha acabado el comunismo para siempre; y un jamón: todavía está China. Hoy en día nadie admite que sea una potencia comunista. Para la derecha y liberales es un país corrupto lleno de millonarios, con las élites buscando una salida para cambiar las cosas conservando el poder y el dinero. Para las izquierdas, es un país con millonarios, desigualdades, no se puede decir que sea comunista. Ni a izquierda ni derecha le interesa reconocer que es un país socialista.

Pero ahí hay un Partido Comunista, que controla todo, incluso al ejército, que dice la última palabra, está llevando purgas a cabo que recuerdan a las maoístas. En el último congreso volvieron a reunificar todos los criterios, replantearon los términos marxistas y parece que se está intentando reconfigurar el régimen. Algunos recuerdan a Lenin, cuando montó la Nueva Política Económica que permitía que la gente tuviera sus propios negocios. ¿Veremos una China que regresa al comunismo sobre bases de una mayor igualdad económica? No lo sabemos, probablemente no lo sepan ni ellos, pero me parece muy arriesgado enterrar el comunismo chino. A nosotros no nos afecta tanto, pero en Vietnam esto genera muchas esquizofrenias. ¿Qué seguimos, el modelo soviético que se hundió o el chino que parece que da resultados?

Y como trasfondo la paradoja de que el capitalismo americano aguantó la recesión porque se apoyó en la mayor economía socialista existente en el mundo, que es la china. Tienen la deuda americana y les tienen cogidos por el cuello.

Francisco Veiga para Jot Down 6

En este nuevo orden mundial, dice que a la UE, cuando parece que le puede ir bien, le surgen conflictos en sus fronteras: Yugoslavia, norte de África, Ucrania…

Los americanos aparecen y desaparecen de una forma muy simpática. El Nuevo Orden Internacional de Bush padre tiene dos obstáculos: China y el mundo islámico. Se deja entender que si hay algunos dictadorzuelos, serán eliminados, como Sadam. Pero si hay problemas que no puedes resolver, no puedes decir que el nuevo orden se está aplicando. Cuando envías a Somalia a las mejores tropas de Estados Unidos, te dan una paliza en Mogadiscio, mueren no sé cuántos soldados SEALs y Delta Force a manos de unas milicias astrosas, amigo, ahí no has llevado el nuevo orden. Solución: los americanos desaparecen, pasan de África. ¿Se matan en Ruanda? Pues que se maten. ¿Las guerras del coltán donde han muerto millones desde el 96? Pues nadie se entera. Costa de Marfil, Liberia… ¡es que aquello es ingobernable! Eso te dicen.

En Bosnia, no: llegaron ellos y con Dayton lo arreglaron todo. Se llevaron a los líderes a Estados Unidos a repartirse ese pequeño país con un moderno programa de mapas en 3D, con Milosevic ahí manejando el joystick. Por fin se firma la paz en París. Y entonces se rebotan los albaneses. Estuve ahí en el 96 antes de la guerra de Kosovo y había ya una especie de embajada americana con una bandera enorme cuyo encargado no me concedió una entrevista. También un centro internacional de prensa en Prishtina con ordenadores, teletipos, material que muy claramente solo podían estar pagando ellos. Y lo mismo para Grecia. ¿Quién falseaba sus cuentas? Goldman Sachs.

¿Cuál sería el objetivo de ese hipotético acoso a Europa?

Estoy empezando a trabajar en un concepto que es el de políticas de alianza con formato oposición. Es decir, hay enemigos que parecen muy enemigos y se van a matar. Pero a la hora de la verdad, caramba, la sangre no llega al río y de repente es un tercero el que sale perjudicado. Este año con todo el problema de Ucrania, cuando se dice que hemos vuelto a la guerra fría, el intercambio comercial entre Rusia y Estados Unidos no ha decaído mucho pero sí que han quedado muy tocados aquellos que mantienen la Unión Europea y Rusia. ¿Cuál es la razón? Los USA no tienen capacidad ni demasiado interés en lanzar una guerra comercial o financiera contra Rusia: necesitan del concurso europeo, porque estos sí que pueden hacer pupa, dada la envergadura de sus relaciones con los rusos. Es un poco como aquellos tiempos de la guerra fría, cuando sabíamos que en caso de un conflicto a gran escala, soviéticos y americanos procurarían que quedara localizada en el teatro europeo y no terminara a misilazos directos entre las dos superpotencias.

Estados Unidos teme que firmemos una alianza con Rusia algún día. Un mercado descomunal, de Lisboa a Vladivostok, toda la energía rusa… Se dice que no podemos depender de Rusia, ¿y sí podemos depender de Alemania? Si diversificamos las fuentes de abastecimiento energético nos tenemos que ir a Argelia y Libia que son muy problemáticas. Y el nacionalismo europeo en Estados Unidos lo representan siempre ese típico polaco emigrado, haciendo de asesor, personificado en Brzezinski, cuya receta para las relaciones con Rusia es clara: Destruir Rusia, machacarla y liquidar a Putin [risas]. Con todo este planteamiento radical Estados Unidos evita que haya un acercamiento decisivo entre Europa y Rusia. E imagínate si el acercamiento incluye a China. La UE se convertiría en un cohete, impulsado por materias primas baratas, un gigantesco mercado…

¿Está siendo patosa la política exterior de la Unión Europea?

Tenemos un enorme mercado y la relación comercial más importante sigue siendo con América, sería muy difícil decir que ahora vamos a pactar con los rusos y hacer girar el buque de la economía 180º. Hay muchos intereses, militares, estratégicos, económicos. Pero Estados Unidos muchas veces sí que fuerza las cosas de forma muy evidente. El «Fuck the EU!» de Nuland en Kiev fue una metedura de pata descomunal que reveló hasta qué punto Estados Unidos tiene aquí dos peones en Polonia y Ucrania. Pero al final, ya digo, los que se benefician son los americanos y los rusos. Hay una política antinatura que no digo que esté pactada, pero que tampoco les sale mal.

En su libro La fábrica de fronteras resulta llamativo un dato, que Gran Bretaña esperó a cerrar la paz en Irlanda del Norte antes de permitir que se proclamase la independencia unilateral de Kosovo y reconocerla.

Los ingleses se empeñan en llamarlo «problemilla», «the troubles», pero Irlanda del Norte fue una guerra, de baja intensidad, pero con el ejército por ahí, los paracaidistas y una agenda negra con sus asesinatos selectivos. Hubo algún caso más por esa época. También estaban los kurdos y los turcos. Antes de la ofensiva de la OTAN de 1999 se echa una mano a los turcos para que capturen a Öcalan y llegan a hacerlo justo poco antes de que comiencen los bombardeos. Porque si se estaba diciendo que los serbios actuaban brutalmente contra los albaneses, qué hacías con Turquía, miembro de la OTAN, y lo que estaba haciendo en Kurdistán, también con pueblos ardiendo y demás. Pero luego en el 99 Turquía participó en la ofensiva para liberar al oprimido pueblo kosovar. Y sí, para reconocer la independencia de Kosovo, se esperan a que se solucione lo de Irlanda del Norte, pero esto solo te demuestra una cosa: que la diplomacia de la UE no es tan patosa [risas]. Tenemos una manera diferente de hacer las cosas que EE. UU., pero quizá no nos metemos tantos goles en propia puerta como ellos.

Otro asunto que entró en esta agenda estratégica fue el de ETA, pero que no se logra arreglar a tiempo. Durante una temporada de hecho el modelo Kosovo resulta ideal para ETA y ellos pretenden tirar por ese escenario. Sin embargo, todo tiene un corto recorrido porque ahí echa una mano Estados Unidos con la inteligencia electrónica. Ahora, después de las revelaciones de Snowden, no debería resultarnos tan extraño. En realidad estamos todos vigilados [risas]. Aunque si en aquel momento la tecnología de Estados Unidos ayudó a neutralizar a ETA, lo que nadie se esperaba es que al final la declaración unilateral de independencia de Kosovo, con la sentencia en la mano de que no fue ilegal para el Tribunal Internacional de La Haya, donde iba a tener cierta repercusión iba a ser en Cataluña.

¿Qué más consecuencias ha tenido internacionalmente la independencia de un país tan pequeño como Kosovo?

Kosovo genera un síndrome que consiste en que de repente los grandes empiezan a hacerle caso a unos tíos que son un grupito en el que hay de todo: en el UCK encontrabas desde maoístas a nacionalistas de toda la vida, pasando por el añejo clan de los Jashari. La OTAN aparece en su ayuda, arranca la soberanía kosovar a Yugoslavia y se cargan definitivamente el acta de Helsinki porque alteran las fronteras, dado que Kosovo era una provincia, no una república federada. La lectura parecía ser la siguiente: si armas un follón lo suficientemente serio, al final por conveniencia y para que no se líe más, siempre aparecerá alguna potencia que vendrá para convertirse en tu abogado. En realidad es una falacia, no funciona así, pero generaron esa sensación. Ahora lo puedes ver perfectamente en Ucrania con Poroshenko. Parece que haya tratado de utilizar el servicio de OTAN-TAXI-Dígame. «Hola, quisiera encargar un bombardeo contra los rusos». Pero el modelo del UCK tiene limitaciones. Se vio que funcionaba contra Serbia, y les costó decidirse, pero contra Rusia es algo ya muy serio. Poroshenko no tenía en todo caso otra carta que jugar que no fuese esa, porque por muchas armas que le envíen, el ejército ucraniano no está bien estructurado, sus mandos han sido entrenados en la URSS, su doctrina es la soviética, además de que todos los sistemas de inteligencia electrónica que tienen se han diseñado en o en colaboración con Rusia. Hubo muchas reticencias a combatir contra los antiguos camaradas, entre la oficialidad y unidades completas.

Por motivos similares en las guerras yugoslavas el ejército federal y los serbios se vieron obligados a recurrir a los paramilitares, Arkan y los chetniks, para que hicieran el trabajo sucio. En Ucrania, como el ejército regular no operaba, tuvieron que recurrir a los milicianos, algunos neonazis, el batallón Azov, la Guardia Nacional, y todo ese tipo de unidades paramilitares que funcionan a base de vodka, ideología radical y dinero de los oligarcas. En un país como Ucrania, con una crisis descomunal, estar en el batallón Azov o similar, con veintiún años, es sacar dinero más lo que te llevas de botín. Se ha convertido en una especie de industria. En Yugoslavia fue igual. Al final en cualquiera de los bandos lo que había en las milicias era gentuza. Tanto en las filas de los serbios y croatas como entre los defensores de Sarajevo, donde había traficantes, con ajustes de cuentas entre ellos, y delincuentes de toda clase. Esto lo cuentan muy bien los cómics de Joe Sacco.

Francisco Veiga para Jot Down (1)

En el libro que dirige, El retorno de Eurasia, hay un capítulo dedicado a las revoluciones de colores, ese método de injerencia que se escuda en el lógico descontento de la población ante los déficits democráticos que sufren en sus Estados.

Bueno, aquí hay tres problemas, como mínimo. De un lado tenemos ese afán de los vencedores de la guerra fría por legitimar el hundimiento de los regímenes socialistas del Este como «revoluciones democráticas». Y de presentarlos como contrapunto o incluso como «antídotos» de fenómenos como la Revolución de los claveles, la cubana o incluso la misma Revolución bolchevique. Lectura deseada: no solo se ha ido al garete el socialismo real de la URSS, sino que el liberalismo genera sus propias revoluciones; la rueda de la historia gira en sentido contrario, todo vuelve a escribirse desde la primera página, en 1900. Y de paso, se confunde a la izquierda europea más radical, que desarrolló un complejo de fracaso en 1991.

Pero mucha gente en las calles no quiere decir que necesariamente sea un acto democrático o de izquierdas. Significa tan solo que hay mucha gente en las calles, por las razones que sean. Pero no son unas elecciones. La tele, las redes sociales pueden sacar mucha gente de sus casas. Como en los años treinta del siglo pasado, la derecha actual le ha dado la vuelta a un icono de las izquierdas: lo masivo es revolucionario y democrático por definición. ¿Estamos seguros de esto? ¿No se trata, precisamente, de la contrarrevolución? ¿Estaba presente en Tahrir 2011 la gente que después se volcó en Tahrir 2013? ¿Y qué quiere decir «gente»? Circulan pocos datos sociológicos sobre los protas de estas concentraciones que ocupan toda la pantalla de la tele.

En definitiva, las «revoluciones de colores», reproducción en laboratorio de las de 1989, pueden salir adelante o no. Pero lo que si te puedo garantizar es que si no hay luz verde desde Washington, no despegan. Y hay datos de sobra sobre esto. Siempre recomiendo el impresionante reportaje de Manon Loizeau sobre las «revoluciones de colores», que se puede encontrar en YouTube solo con teclear: «Los Estados Unidos a la conquista del Este». Tiene escenas absolutamente turbadoras: ¿cómo diablos las ha conseguido?

Precisamente, se está hablando de revolución de colores en Macedonia. ¿Pero no es ya un abuso? Parece que en este caso a Putin le conviene explotar esa situación, que ha existido, y al presidente Grushenko poder decir que las justificadas protestas que hay en el país son en realidad inducidas por una amenaza exterior.

Es pronto para saber qué está sucediendo realmente en Macedonia. Las alegrías interpretativas y los entusiasmos son el peor enemigo de cualquier periodista o analista que quiera hacer carrera en la zona. La regla es: mucha calma, una buena dosis de escepticismo y no tomar partido por nada o por nadie, si no te obligan a ello a punta de pistola [risas]. Dicho lo cual, vale la pena tener muy presente que cuando nuestra tele le da mucha cobertura a una protesta popular en el Este, malo. Fíjate cómo pasaron de puntillas sobre las impresionantes protestas sociales del año pasado en Bosnia. Vaya, eso no interesaba mucho cubrirlo, quizá porque era auténtico malestar social en bruto, sin color político, no manipulable.

Además vale la pena recordar que estamos hablando de países muy pequeños. Kosovo tiene el tamaño de la provincia de Murcia, Bosnia es como Aragón más la Rioja, Macedonia es más pequeña que Galicia. ¡Chechenia es más pequeña que Cáceres! Eso hace todo muy imprevisible. Tres mil tipos armados pueden organizar una limpieza étnica espantosa (o una matanza), comprometen a toda la población, de tres millones y dejan fuera de juego a los treinta mil pacifistas, si es que llega a haber ese porcentaje.

El otro día, cuando la tele sacó a unos vecinos de Kumanovo diciendo que el tiroteo aquel era poco menos que un invento de la poli o del Gobierno, recordé un viaje a Kosovo en 1996, cuando ya empezaban a producirse algunos atentados menores. Llego a Prishtina, empiezo a hacer entrevistas y los albaneses me dicen que a esos que pegan tiros «nadie los conoce por aquí». Que son de la policía serbia, pura provocación. Ahí va, la hostia. O sea que en sus orígenes, los del UÇK eran la propia policía serbia. Y fueron unos cuantos los que mantenían esa versión. El mismo Rugova llegó a decirlo.

En esos países no se pueden hacer análisis de política interior como si estuviéramos en Italia, Francia, o España. Son muy pequeñitos, das unos pasos y estás en el de al lado, y además parte de la población es de ese mismo país vecino; y el nacionalismo es pannacionalismo. Lo interior y lo exterior se confunden. Eso facilita cualquier manipulación exterior. Recuerdo al croata Stipe Mesic, allá por 1991, a la sazón todavía teórico presidente federal de Yugoslavia pero ya trabajando para los secesionistas de su país, recomendando a De Michelis, el ministro de Asuntos Exteriores italiano, que comprara Montenegro para completar el frente europeo contra Serbia. «¡Cómprelo, cómprelo, le saldrá barato, no tienen nada por allí!», le decía.

Lo trágico es, volviendo al principio, lo inesperado de los acontecimientos, cómo se precipitan. Ucrania celebraba una Eurocopa hace poco, todo era fiesta, televisiones de todo el mundo y fuegos artificiales, y en nada estalla una guerra civil espantosa.

El Cisne negro de Taleb. A veces parece que conducimos mirando el retrovisor y como vemos la carretera recta, imaginamos que seguirá siendo recta. Pero no, puede haber una curva y que te la comas. Lo que da miedo es eso, que ocurrió de un año para otro. Hace poco en The Atlantic un periodista hizo un reportaje muy bueno sobre Oriente Medio. Hablaba de la creación de países, cómo hemos jugado a reformar la región, dibujar fronteras con el tiralíneas; y la conclusión del artículo era: ¿Alguien está seguro de que los cambios de fronteras significan la solución de los conflictos? Modificar fronteras no soluciona los conflictos, en todo caso crea otros nuevos, no es la solución.

Francisco Veiga para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo


Goran Bregovic: «La primera vez que escuché flamenco en directo fue como sexo salvaje»

Goran Bregovic para Jot Down 0

Hijo de una serbia y un croata, casado con una musulmana, la de Goran Bregovic (Sarajevo, 1950) es una de esas familias mixtas balcánicas que solo pueden identificarse con Yugoslavia. Él siempre insiste en que esa sigue siendo su nacionalidad, pero no desde una perspectiva política, sino como un sentimiento, un lugar emotivo. Eso que muchos de sus compatriotas recuerdan como «The good old times». Y la banda sonora de aquellos tiempos tenía un grupo que destacó por encima de todos, Bijelo Dugme, la banda rockera de Goran Bregovic. Años después, mientras las guerras hundieron la región y segaron miles de vidas, él se reinventó a sí mismo e internacionalizó la música tradicional de los Balcanes, primero con el cine de Emir Kusturica, después con sus orquestas. Ahora es un artista conocido en todo el mundo.

Cuéntanos la historia de tu familia.

Mi madre era serbia. Su padre, mi abuelo, en la Primera Guerra Mundial estuvo en el frente de Salónica. Y luego, en la segunda, luchó contra los nazis con los partisanos. Murió en la batalla del río Sutjeska, en 1943. Mientras él combatía en la guerra, a mi madre y a mi abuela se las llevaron al campo de concentración de Jasenovac, pero fueron canjeadas en el último momento por prisioneros alemanes. Si no hubiese sido por ese intercambio, no estaríamos hablando aquí ahora. Después de la guerra, mi madre para sobrevivir fue traficante de tabaco de Herzegovina a Belgrado. Llevaba la mercancía en ferrocarril y saltaba del tren en marcha antes de llegar a las estaciones.

El hermano de mi madre, mi tío, también fue partisano. Artillero. Al terminar la guerra, como era joven, se quedó de juerga por ahí y tardó más días que los demás soldados en llegar a casa. Cuando por fin apareció, le cogió mi abuela y le dio una paliza. Abofeteó a todo un artillero partisano victorioso, esa era mi abuela.

Esta rama de mi familia, la materna, viene de la frontera con Montenegro, donde todo el mundo es altísimo. Como ves, yo he salido más a mi padre, soy más pequeño. Mi padre era croata. Fue el único de su pueblo, Zagorje, que se unió a los partisanos y llegó luego a coronel. En el pueblo decían de cachondeo que se fue con ellos solo porque con los antifascistas estaban las mejores tías.

Los militares en Yugoslavia, cuando se jubilaban, podían elegir donde vivir. Mi padre primero se fue a Split, pero cuando se vio a sí mismo plantando tomates en la terraza del piso, se dio cuenta de que eso no era lo que quería hacer el resto de su vida. Además, el cura de Zagorje le había pedido que por favor volviera porque no tenía ningún partisano enterrado en el cementerio. Pero hubo un motivo mucho más importante para regresar.

Mi padre bebía mucho, por eso mi madre se divorció de él. Pero en aquella época en Yugoslavia la mayoría de los militares eran alcohólicos. Yo tenía diez años y mi hermano cinco cuando se separaron. Fue una pena porque entre mis padres existía un amor muy grande; un amor que sufrió por el alcohol, pero que luego quedó confirmado por los hechos. Cuando mi madre enfermó de leucemia, la ingresaron en el hospital de Split. La segunda mujer de mi padre me contó que descubrió que por las noches se escapaba. Un día decidió seguirle para ver adónde iba y se encontró con que se pasaba toda la noche fumando enfrente de la ventana del hospital donde estaba ingresada mi madre.

Lo curioso es que, con el divorcio, del disgusto, mi padre había dejado el alcohol, pero tras la muerte de mi madre, decidió finalmente volver al pueblo, puso unos viñedos, esperó unos años a sacar el primer vino y volvió a beber. Se tomaba cerca de mil litros de vino al año. Todo lo que le daba la viña. Murió feliz en ese pueblo.

Pero el amor entre mi padre y mi madre se acabó por el alcohol. Por eso luego yo llamé así a un disco. Y tuve que añadir una explicación en el libreto para que la gente no pensase que con esas canciones les invitaba a beber, sino que tenía otro significado más sentimental.

Te echaron del conservatorio por no tener talento y ser un vago.

No creo que en las escuelas de música se exija tener mucho talento (risas), pero sí. Yo era muy vago para el solfeo. Tocaba el violín y tenía que dar demasiado solfeo. Ahora estoy notando que a mis hijas, hoy en día, también les cae muy mal el solfeo. Por eso me echaron. Luego quise matricularme en la escuela de arte, pero mi tía le dijo a mi madre que ahí solo entraban maricones, de modo que terminé en la escuela técnica. No tenía vocación, fue por un arreglo que hice con mi madre. Me matriculé ahí a cambio de que me dejase llevar el pelo largo. Los niños hacen muchos tratos de ese tipo con sus padres. La moda para mi madre en aquel momento era Jovanka Broz, y le copiaba el look como muchas mujeres en la Yugoslavia comunista. Porque la mujer de Tito era como un icono fashion en aquella época. Por supuesto, el colegio técnico se me dio muy mal y también me echaron de ahí. No entiendo cómo alguien puede acabar eso, a mí me parecía imposible.

Goran Bregovic para Jot Down 1

Trabajabas con dieciséis años.

Cuando se divorciaron mis padres, mi madre tenía que mantener toda la casa, a mi hermano y a mí. Se tuvo que ir al mar a trabajar. Yo me quedé en Sarajevo y tuve que empezar a currar muy pronto. Pero me gustaba la sensación de tener mi propio dinero y no tener que rendir cuentas ante nadie. De esta manera, con quince años empecé a tocar en una kafana (restaurante balcánico donde nunca falta música) en una estación de autobús en Konjic, un pueblo bosnio bajando hacia el mar.

¿Qué recuerdas de las movilizaciones estudiantiles de 1968, que en Yugoslavia fueron importantes?

Recuerdo todo aquello perfectamente. La tía de la que yo estaba enamorado entonces estaba enamorada del tío que llevaba las protestas. Yo iba a las manifestaciones por ella y tenía que soportar que los policías me pegasen como locos y comerme el gas que nos echaban. En aquella época tenía también una orquesta, como ahora, pero sin trompetas, porque las hacíamos con la boca. Éramos jóvenes… El caso es que iba por las noches debajo del balcón de esa chica a cantarle canciones con la orquesta y ella… nada. Estaba enamorada de este tío. Hace unos años conocí en Bruselas a uno de los líderes de las protestas de mayo del 68 en Francia, Daniel Cohn-Bendit, Dani «el Rojo», que llegó a eurodiputado. Me preguntó qué opinaba de aquella época y le contesté que me parecía el periodo más estúpido de la historia humana.

En esos años, has confesado que lo que te perdía era el LSD.

Con dieciséis o diecisiete años había dejado las kafanas para tocar en bares de striptease. Primero en Croacia y después en Italia, en Nápoles, donde se nos llevó un tío que nos vio tocar. No te puedes imaginar lo que era salir del país. Dejar el comunismo y entrar en ese Disneyland. Era incapaz de resistirme a las tentaciones. Lo que más recuerdo, fíjate, es que en ese viaje fue la primera vez que vimos pan tostado en nuestra vida. ¡Nos pusimos a comerlo como locos! También jugábamos al pinball día y noche, porque de eso tampoco había en Yugoslavia. Y luego estaba el LSD. Esos años setenta fueron los más locos de mi vida.

Allí en Nápoles, además, descubrimos a Cream. Aprendimos a tocar música de forma más libre. Por primera vez encontré algo que iba más allá del pop de estrofa-estribillo. Nos pusimos a tocar esa nueva música inmediatamente. Supongo que por eso y por el LSD nos echaron del bar. Nos quedamos sin dinero y tuvimos que llamar a nuestros padres para que nos rescataran. Le prometí a mi madre que dejaba la música y que iba a estudiar. Fueron cuatro años en los que no toqué nada, fui al instituto y llegué a la universidad. Pero en la facultad en el último año nos juntarnos otra vez la pandilla de amigos que nos habíamos escapado a Italia, volvimos a tocar y nos pusimos de nombre Bijelo Dugme (botón blanco) y no terminé la carrera, me convertí en una estrella en cuestión de días.

Sarajevo en los años setenta era una ciudad con una vida cultural alucinante.

Se tocaba mucho, pero sobre todo se recitaba mucha poesía. A los recitales de poesía que se hacían por las noches iban miles de personas, eran como conciertos de rock. Había una generación fantástica de poetas, de Dusko Trifunovic o Rajko Nogo al famoso Radovan Karadzic. Durante la guerra, me encontré con Karadzic en Belgrado, entonces él era el presidente de los serbios de Bosnia y poco tiempo después el criminal más buscado por La Haya. Yo le conocía como poeta. Ya sabes cómo es alguna gente, bajo condiciones buenas, sacan lo mejor de sí; bajo las malas…

Karadzic podría ser ahora el psiquiatra que escribía poesía si no hubiese sido por la guerra. Igual que muchos de mis profesores de la universidad. Si no fuese por la guerra podrían tener unas vidas normales, en todos los bandos, en el serbio, el croata y el musulmán. Pero cuando empezaron los enfrentamientos y la guerra, todos intentaron ajustarse a esas nuevas condiciones y unos estuvieron a la altura y otros no.

En aquel Sarajevo, yo tocaba en muchos grupos, pero como era un chico de la periferia, siempre estaba con grupos de la periferia. A los diecisiete años empezaron a ficharme grupos buenos del centro y me mudé al corazón de la ciudad. Siempre ha existido una separación entre centro y periferia; una separación mucho mayor y más importante que la que pudiera haber entre diferentes tribus urbanas.

Te interesaba el socialismo, aunque fuera en un sentido kitsch.

Era tan exagerado que me tenía que gustar. Me vestía con un abrigo alemán de cuero largo, por debajo de la rodilla, como el de Tito. Con ese abrigo me sentía tan importante como un monumento. La verdad es que las simplificaciones me dan miedo, pero dentro de la estética socialista se difundía un gran ideal, teníamos unas metas más importantes que las pequeñas tragedias personales. Era ambicioso, pero me parecía que tenía sentido en un país como el nuestro donde las cosas siempre solo podían ir a peor. Ese periodo del comunismo y Tito para mí es el mejor periodo que conocemos de nuestra historia.

Goran Bregovic para Jot Down 2

¿Qué opinas de Tito?

En la historia no se dan casos en que los grandes políticos vengan de los países que no tienen fuerza o no son tan poderosos como puedan serlo, por ejemplo, Rusia o Alemania. Porque la política es fuerza, en diferentes formas, pero fuerza. Y Tito fue el primero en la historia que no tuvo ninguna fuerza detrás, pero llegó a ser muy importante en el mundo. Figúrate que Nikita Kruschev, el sucesor de Stalin, antes de entrar en Budapest con su ejército, atravesó en avión una tormenta y aterrizó en Brioni para ver a Tito y que le diera permiso. Cuando murió Tito, yo estaba en Suiza y la televisión dio su entierro todo el día. Como político era extraordinariamente talentoso. Pienso que a lo mejor perdió la oportunidad de introducirnos en la democracia con menos dolor, pero es evidente que él sabía más de nosotros que nosotros mismos. Puede que simplemente no se atreviera a hacer nada porque sabía con qué jauría tenía que lidiar. De hecho, todo esto luego se confirmó.

Tito llamó a tu grupo, a Bijelo Dugme, para que tocaseis para él.

En el 75, el nieto de Tito estaba siempre cantando una canción de Bijelo Dugme, «Tako ti je mala moja kad ljubi Bosanac». Como no paraba de cantarla, Tito pidió que le trajera a ese grupo para escucharlo él. El sitio elegido fue el Teatro Nacional de Zagreb, en Croacia. Pero la actuación duró solo unos segundos porque rápidamente Tito se llevó la mano al oído indicando que eso era demasiado alto para él. Así que nos sacaron en el acto del escenario. Creo que es el récord mundial del concierto más corto.

Llegasteis a grabar en Estados Unidos.

A los Estados Unidos íbamos porque la discográfica ganaba tanto dinero que nos inventábamos motivos para hacer viajes de placer. Fuimos por capricho puro a grabar en el mejor estudio americano. Nos criticaron mucho, pero como siempre nos estaban criticando… Éramos demasiado grandes para que todos pudieran querernos, pero esto es normal en un país pequeño.

Pero un día decidisteis iros a hacer trabajos comunitarios.

Creo que lo necesitábamos como grupo, porque estábamos demasiado locos, todo era lujo, y teníamos que bajar un poco a la tierra. Así que decidimos irnos a hacer trabajos comunitarios y, ciertamente, no nos vino mal estar un mes durmiendo en barracones. Estuvimos construyendo una carretera. Nos hicimos heridas en las manos y no tocamos música para nada. El rock and roll era demasiado, queríamos tranquilizarnos un poco. Echar el ancla. Dormir en ese sitio y comer con todos los obreros de una cazuela enorme, estar con las chicas que no se depilan las piernas ni los sobacos. Volver a unas coordenadas normales, para no olvidar de dónde vienes.

El concierto de despedida antes de que te fueras a la mili reunió a setenta mil personas.

Pensaba que tenía que organizar algo grande antes de irme al ejército. Afortunadamente, solo tuve que estar un año porque había pasado por la universidad, pero normalmente se iban dos. Fue una experiencia surrealista. Pero allí te encuentras o ves lo que es realmente tu país. Me enviaron a Nis, durmiendo en una habitación con ciento tres personas. Imagina lo que era eso. En cada momento, por lo menos, veinte estaban haciéndose pajas. ¿Qué veinte? ¡Cuarenta mínimo! Por no hablar de lo demás, tenías que acostumbrarte a otro modo de vida. Ay, esa masa, que es tan fácil dirigirla, estando ahí te das cuenta de lo sencillo que es luego mandarlos a la guerra. Esa gente, que considera que sabe leer y escribir, pero en realidad son tan incultos que no cuesta nada llevarlos a la muerte.

En el cuartel éramos mil ochocientos soldados. Teníamos una biblioteca de la que habían robado todo, menos Marx, Lenin y Tito (risas) algo de Dostoievski y a los escritores latinoamericanos, que todavía no eran famosos y nadie quería llevárselos. Así que de esa manera pasé el tiempo, leyendo esos libros. Dostoievski, que no leería en mi vida normal, pero como no había otra cosa… y los sudamericanos.

Luego me sentía muy mal viendo a los albaneses solos y aislados en sus pandillas, ya que nadie de nosotros hablaba su idioma. Esto me motivó, o sentí la necesidad de hacer una canción en albanés. Utilicé unas frases y palabras que ellos solían cantar y la compuse. Gracias a este gesto, años después siempre tuve el burek gratis en una de las mejores pastelerías de Zagreb. Ya sabes que las mejores panaderías y pastelerías de Yugoslavia eran las de los albaneses.

¿No tuviste problemas en el ejército por ser quien eras?

Querían que tocase y yo no quería. Al final tuve que organizar un coro, pero lo hice mixto. Mezclado con las chicas del instituto y los soldados. Era muy simpático porque cada semana venían al cuartel treinta chicas, era genial para la tropa. Duró tres meses, hasta que un oficial empezó a maltratarme preguntándome con quién me juntaba cuando estaba en Londres, todo para joderme porque era rockero y estaba grabando mucho fuera del país. Recuerdo también a un director de cine que se negó a jurar bandera y toda la vida tuvo problemas por eso. Además, estando yo en la mili, se murió mi madre, con mi hermano también en el ejército. En general, no fue el periodo favorito de mi vida.

Goran Bregovic para Jot Down 3

No estaban mal los impuestos que pagabas en Yugoslavia.

Tuve que registrar la empresa de explotación de Bijelo Dugme en Eslovenia, porque en Bosnia pagaba un 90% de impuestos. En cualquier caso, fuimos los primeros que demostramos que era posible vivir del rock and roll. Antes de nosotros a nadie se le hubiese pasado por la cabeza. Todos tocaban rock por las chicas, luego terminaban la facultad y trabajaban en puestos de trabajo normales. Pero el arte, en el comunismo, era una motivación muy grande. Por rechazo al régimen o por otros motivos, pero cuando cayó el comunismo, toda esta escena desapareció con él. Los artistas todavía están buscando un motivo para hacer música o arte en general. Por eso me gusta mucho lo que llega de China, donde también hay esa rebeldía hacia el sistema.

Nosotros siempre andábamos bordeando esa fina línea de lo que estaba permitido y lo que no, y los que la cruzaban lo pasaban fatal. A mí me faltó poco en el último LP, porque ya podía sentir el olor de la guerra. Quise que la portada del disco me la hiciera Misa Popovic, un artista prohibido en Yugoslavia, quería una foto suya en la que salía gente durmiendo en un parque con el diario Politika en la cabeza, y también quise grabar con los niños del orfanato de Sarajevo. Pero la policía terminó hablando con mi mánager y Misa Popovic me dijo: «Hijo, meterte en esto no lo necesitas en la vida». Hoy, desde esta perspectiva, todo parece muy gracioso, pero en esa época era como cuando un perro mea su territorio, estás dejando como unas huellas detrás de ti para que los otros te puedan seguir.

También tuve problemas por juntar dos canciones nacionalistas prohibidas serbias y croatas. Las grabé en Grecia, sin ninguna connotación, de hecho como canción suena muy bien y muy natural. La música es la primera forma que tuvieron los hombres de comunicarse. No es casual que la música perteneciese antes a la religión que a las lenguas. La música no tiene esos problemas de ideología que tenemos nosotros. Si hablas bien esa lengua que se llama música te puedes entender con todos.

¿Cómo era el modo de vida de rock stars en un país comunista?

La policía siempre estaba detrás de nosotros. Siempre. Sobre todo por las drogas. Por eso le impuse a mi grupo la norma de que nunca podían estar con chicas menores y tener drogas porque siempre iba a andar la policía encima. Pero cuando me fui al ejército les pillaron con droga y entonces mi batería terminó tres años en la cárcel de Zenica. Nunca se recuperó de esa experiencia. Imagina, si en el comunismo la calle era la cárcel, hazte una idea de cómo eran las cárceles del comunismo. Se suicidó años después. No pudo superarlo.

Al final fuiste aparcando Bijelo Dugme. Dijiste que si no llega a ser por la guerra desde los noventa habrías hecho vida de jubilado.

Como te he comentado, siempre tuve el problema de los impuestos, me parecía ridículo trabajar por el 10% de lo que generaba. Me puse a sacar discos cada dos o tres años y, mientras tanto, hacía alpinismo, crucé el océano navegando, fui presidente de un club de boxeo, hacía joyas… Pero cada dos o tres años tenía que disfrazarme de guitarrista guapo. Para mí era como una obligación, por eso ahora disfruto tanto de lo que tengo. Siempre he mirado a Pink Floyd como una carrera ideal, que no sabes cómo son en realidad, les ves en el escenario con sus camisas blancas y luego por la calle no los reconocerías.

Y la guerra, aunque sea algo terrible, al final la entiendes como un estado natural de la humanidad. Pasan los siglos y todo se derrumba y reconstruye una y otra vez. Es una forma terrible que tiene la civilización de avanzar. Yo, por suerte, cuando estalló la guerra en Yugoslavia, estaba en París; la guerra empezó cuando estaba editando la banda sonora de Arizona Dream. Sarajevo estaba bloqueada, incluso si hubiera querido no habría podido volver ahí. Sin embargo, desde entonces, aunque fuese a la fuerza, mi carrera se vio renovada y relanzada por otros caminos.

¿Qué opinas del actual auge del nacionalismo en Europa?

En los temas de nacionalismo hay cosas que no se pueden explicar. Los alemanes son uno de los pueblos más educados y cultos del mundo, pero pasaron por su periodo de Hitler. Eso es lo terrible, porque lo lógico sería que solo los ignorantes cayeran en esas trampas, en los sentimientos de odio y chovinismo. Por otro lado, la democracia también tiene sus peligros. Uno de los más grandes filósofos, Aristóteles, estaba más por la dictadura ilustrada.

El problema con la humanidad es que avanza en todos los sentidos menos en el político. El último pensamiento político fresco es el de Karl Marx. Desde el siglo XIX la humanidad se ha desarrollado mucho, pero la política no se ha movido ni un ápice. Se enseña que el capitalismo es vital, pero si analizas ese sistema desde el punto de vista humano, deberían prohibirlo punto por punto y, por desgracia, es lo único que funciona.

La suerte es que el mundo está lleno de bombas atómicas porque si no, desde hace mucho tiempo, habría estallado ya una nueva guerra mundial. Hay un ciclo, como dijo Marx, en el que el capitalismo se pone su propia soga al cuello y ese ciclo hace mucho tiempo que ha llegado a su fin. Deberíamos derrumbarlo y construirlo otra vez. Porque en la naturaleza del capitalismo está la guerra y solo las bombas atómicas nos están salvando de que estalle. Y cuando los musulmanes también la tengan, espero que las guerras pequeñas también paren. A lo mejor ahí está la clave de la humanidad, en que todos nos armemos de bombas atómicas y podamos vivir en paz.

Es muy difícil encontrar una fórmula para manejar la humanidad, que es tan horrorosa y está formada por tipos de gente tan diferentes.

Dices que sigues sintiéndote ciudadano yugoslavo, pero como una emoción, no como algo político.

Yugoslavia era un territorio y una emoción y hoy en día sigue significando eso. Por eso ya no escribo textos en el idioma de Yugoslavia, porque ya no existe. Escribo en romaní, que es el único idioma que se sigue hablando en todos los territorios que formaban Yugoslavia. Al menos no tiene esos problemas que tienen el idioma serbio, el croata, el bosnio y el montenegrino, que están trabajando día a día para diferenciarse entre sí en lugar de potenciar lo que tienen en común.

Goran Bregovic para Jot Down 4

El cine de Kusturica sirvió para que tu trabajo se conociera en todo el mundo, pero luego rompisteis. ¿Qué fue lo mejor y lo peor de tu relación con él?

No existe nada malo. Pero diez años son muchos años, ahora cuando lo pienso me doy cuenta de que fue demasiado tiempo. El cine es un ambiente tan histérico que una amistad de esa duración es casi una eternidad. No se mantienen ni los matrimonios, menos las amistades tan cercanas como la nuestra. Después de la grabación de Underground fue suficiente para él y para mí.

Underground la produjo un alemán. Un día me senté con él a repasar todas las películas que se hicieron en Yugoslavia, porque este productor quería hacer una retrospectiva de la cinematografía yugoslava, y vi todo lo que se hizo. Hasta las películas porno de antes de la guerra. Y en todo ello solo hay un par de películas que destacan: las de Kusturica. Él es una gran excepción en una gran nada. Hizo la mejor fotografía, la mejor edición, la mejor escenografía… Fue el mejor de todos los que estudiaron con él en Praga.

Pero Underground fue una película catárquica. La temática, de lo que iba realmente, era lo que estaba pasando entonces. Hablaba del momento actual del país. Era todo tan histérico que tenía que acabar. Yo estaba harto del equipo que formamos y ellos hartos de mí. Kusturica necesitaba un cambio, pero nosotros también.

Cuando Kusturica ganó su primera Palma de Oro en Cannes, se quedó en su casa cambiando el parqué. ¿Qué significado tenía eso?

No quería ir a Cannes para que en Sarajevo dijeran «mira este…», que le acusaran de convertirse en un pijo que ahora iba caminando de esmoquin sobre la alfombra roja. Sacar cojones así en una ciudad pequeña no se hacía. El era de Sarajevo y sabía ser de Sarajevo. Cannes es también un pueblo pequeño, pero bueno.

Dices que el alcohol no se puede separar de la cultura balcánica.

Cada cultura va con alguna droga. Desde en India, que usan opiáceos que te bajan el ánimo, pasando por la cocaína en Latinoamérica que te lo sube, hasta nuestra rakija (licor de frutas) que llevamos mil años bebiéndola y seguro que ya tenemos algún daño en el cerebro por ese alcohol.

Mi álbum Alkohol no fue nada premeditado y planificado. Surgió cuando estaba tocando en el Festival de la Trompeta de Guca, en Serbia. No quise hacer un concierto habitual y nos pusimos a tocar cosas más especiales, como algo de Bijelo Dugme, canciones que había escrito para Grecia o Turquía, también material que tocábamos en el backstage para nosotros, todo al margen de lo profesional de ese momento.

Y en los contratos que firmo siempre figura que tiene que haber alcohol en el escenario, el único lugar donde bebo. Fuera no porque soy hijo de un alcohólico. El caso es que en Guca me animé y me puse a darle dinero a mis músicos sobre el escenario. A veces lo hago, siempre sube la atmósfera. Luego cuando vi el vídeo me di cuenta de que repartí un montón de pasta, el alcohol me sentaba muy bien esos días, y también de que debería sacar ese material como un álbum.

Y la segunda parte del disco quisiste que fuera un homenaje al pueblo romaní.

La segunda parte del álbum iba a ser un concierto de violines que me habían encargado de la Unión de Filarmónicas Europeas. El concierto iba sobre los tres textos sagrados. Sabes que hay tres formas de tocar el violín, la clásica, como los católicos, la forma en la que lo tocan los judíos y el estilo oriental, como lo tocan los musulmanes. La orquesta en ese momento tenía a un búlgaro que era capaz de tocar de las tres maneras, pero luego cuando entré en el estudio pensé: ¿quién coño bebería con esto? Yo seguro que no.

Justo en ese momento surgieron los problemas con los gitanos de toda Europa, les estaban echando de todas partes. Y pensé que esa segunda parte del disco podría servir para recordarnos que los gitanos no son personas que deban ser expulsadas de ningún lado, sino un pueblo que ha dejado un sello en la cultura allá donde haya estado. Ya era hora de que Europa reconociera el peso cultural de los romaníes, empezando por ejemplo por Charles Chaplin. Imagina que los franceses hubiesen echado a todos los gitanos que huían de Franco. ¿Podrían presumir ahora de tener a los Gypsy Kings? ¡Y una polla!

Llamé a los romaníes que conocía, a los que considero que tienen algo especial, y por eso la segunda parte del álbum se llama Champagne para los gypsies.

Y recorriste las cocinas de los romaníes de toda Europa.

Sí, porque la experiencia con los gitanos es que es mejor no meterlos en el estudio. Incluso en mi orquesta, que se convirtió en una orquesta profesional, en el estudio están a mitad de ánimo. Cuando más se motivan es cuando ven a mujeres bailando mientras ellos tocan. Con la música balcánica no es como en una discoteca que se baila con una coreografía o una rutina, que cada chica la ha ensayado delante de su espejo antes de irse a la discoteca, aquí el rollo es que todo el mundo es sexy mientras baila. No sé por qué, pero es así.

En general, he tenido muchos problemas trabajando con ellos. En Underground tuvimos suerte porque los que hacían la película sabían cómo iba el tema. Un viernes, la orquesta dijo que había una boda y que se piraban. Pero les habían cogido el pasaporte al firmar el contrato y con eso salvaron el rodaje.

A mí me pasaron cosas así un par de veces. Con mi trompeta de Nis, por ejemplo, cuando estábamos yendo a hacer la ópera Karmen y él tenía el papel principal, porque era guapo y alto, no se presentó en el aeropuerto. Al hacer la escala en París me llamó por teléfono y me dijo que tenía problemas con su mujer, una discusión. Y en ese sistema de valores, si tienes un estreno y hay una discusión con tu mujer, es más importante resolver el problema con la mujer. El otro trompetista que tenía tuvo que preparar el papel en el avión.

Otra vez pasé por una situación en la que uno quería irse a casa, pero quedaban tres días para volver. Se empeñó en que justo ese día se tenía que marchar, intenté convencerle de que solo quedaban tres para volver, pero cogió el instrumento, lo estampó contra la pared y se fue. Ellos son cowboys. A cada uno de nosotros nos gustaría alguna vez estar así de libre.

Goran Bregovic para Jot Down

Trabajaste con el gran Saban Bajramovic, el rey de los gitanos.

Lo último que grabó Saban antes de morir fue en mi disco. Sufría una especie de derrames cerebrales y tenía dificultad a la hora de memorizar cosas. Entonces su hija, que iba al conservatorio, intentaba ayudarle a recordar mientras grababan. Luego Saban escribió la canción «Ema con dos pistolas» en homenaje a la caña que le metió para que no se le olvidara el texto.

Yo también escribo en romaní, pero mis canciones no son como las suyas, que tienen la temática gitana auténtica. Las mías solo tienen el idioma. Las de Saban hablan de la verdadera vida de los romaníes, de que la mujer se le pone enferma y tienen que vender un niño para poder pagar el hospital. Los temas difíciles de esta gente.

Es una pena que Saban sea tan poco conocido fuera de Serbia y los Balcanes.

Eso es normal porque viene de un sitio que es muy pequeño. Lo raro es que eso no me haya pasado a mí también, que soy un compositor de una cultura tan pequeña. Si compras un libro de la historia de los compositores no hay ningún yugoslavo, así que lo mío sí que es un milagro.

¿Por qué es tan importante la trompeta y los metales en general en la música balcánica?

Los trompetitas balcánicos tienen una historia similar a los del jazz. Los negros se llevaban las trompetas de las bandas militares a casa y así empezó el jazz. Pues lo mismo que los negros, los gitanos. Les daban a ellos las trompetas porque en una tarde aprendían a tocarlas. Y los gitanos empezaban como los trompetistas en el ejército porque en esa época no había colegios de música. Una vez formados, pasaron a tocar en las bodas.

Ahora, la mayoría de la música de los gitanos ha terminado en las kafanas, que es un triste final para la música. No obstante, la música que es con trompetas de los gitanos ha sobrevivido, porque nunca podrá entrar en una kafana.

¿Porque los instrumentos son muy grandes?

No, porque tienen que escupir y nadie normal puede comer con diez gitanos escupiendo alrededor de la mesa. Gracias a eso se quedó fuera de ese destino. Creo que con el flamenco ocurre algo parecido. Una vez en Barcelona, un mánager me llevó a escuchar flamenco a su barrio. Era un local muy pequeño. Era la primera vez que escuchaba flamenco en directo y fue como sexo salvaje. Era tan bueno. No recuerdo que me hayan dado nunca una dosis de música tan buena como en ese bar de veinte mesas. Ni siquiera tenían escenario, estaban por todo el bar y le daban a todo lo que encontraban… mesas, sillas. Espero que los del flamenco también empiecen a escupir para que su música no quede confinada en sus kafanas.

También trabajaste con Iggy Pop, el padrino del punk.

Hay muchos de esos personajes a los que yo les pediría un autógrafo en el aeropuerto si los viera con los que luego he tenido la oportunidad de trabajar. Porque yo no soy una estrella que va por ahí rodeada de mánagers. Para hacer algo juntos solo hay que hablar conmigo, es fácil. Cuando hacían la audición de Arizona Dream, que se publicó en el New Yorker, Iggy vino, se puso en la cabeza una calabaza y cantó «God bless America» y todos empezaron a decir que deberíamos grabar algo juntos. Le mandé tres canciones mías de Bijelo Dugme con la traducción de las letras y él me llamó al día siguiente. Me dijo que estaba tomando café en East Village, donde siempre lo toma, sabía que un camarero era serbio, le preguntó por mí y le dijo que Bregovic era un dios. Iggy me dijo entonces: si el camarero piensa que tú eres Dios, vamos a trabajar juntos. En esa época él estaba limpio. No quería ir a ningún estudio donde estuvieran fumando porros y terminamos en los de Philip Glass, donde nadie se droga.

Y con Eric Clapton.

Volvamos al bar de striptease, cuando Cream cambió nuestros conceptos sobre la forma de tocar música. Entonces yo pensaba que Clapton era el personaje más importante en mi vida. Si no hubiese sido por él y Cream, seguiría tocando en locales de striptease, donde las mujeres son guapas, te dan buen dinero y la vida es confortable, pero un día te levantas por la mañana con setenta años y sigues en el bar de striptease.

Pues hace no mucho, los que hacían mi página web, me dijeron que un tío de nombre Eric Clapton había llamado y que quería verme. Les dije: llamadle a ver quién es y, efectivamente, era él. Iba a Belgrado y quería ver si yo estaba por ahí en ese momento. Nos encontramos en el backstage de su concierto y, por supuesto, nunca le dije que era la persona más importante de mi vida, porque eso lo hacen las chicas, yo no, pero fue realmente muy emocionante.

Me dijo que Scorsese le había pasado mi primer disco y que desde entonces siempre los compraba. Nunca se me ocurrió que alguien como él pudiese escuchar nuestra música. Me preguntó si nos podíamos ver al día siguiente, antes de coger el avión, a tomar un café. Vino a mi estudio antes de ir al aeropuerto y no les dije a mis asistentes que iba a aparecer, se quedaron todos alucinando cuando lo vieron. Me cantó algunas canciones mías. Creo que a cada uno de nosotros algún día se nos cierran las elipsis, ese deseo que guardas desde hace tantos años al final se resuelve de alguna manera.

Mejor fue lo que me pasó con Ernesto Sábato. Cuando toqué por primera vez en Buenos Aires, me dijeron en el hotel antes de entrar que tenía una carta. La abrí y decía: «Muchas veces su música me ayudó en momentos de depresión, soy demasiado viejo para ir a su concierto, pero le deseo toda la felicidad en la vida. Firmado: Ernesto Sábato». Y dentro estaba el libro Alejandra, que precisamente era uno de los libros que robé del cuartel del ejército donde hice la mili, de los pocos que habían quedado en esa biblioteca porque entonces nadie lo conocía.

Le escribí una carta explicándole lo de la mili, cómo encontré su libro, que era una biblioteca enorme donde solo quedaban un par de libros que nadie quería robar. Después de eso le presté ese libro a mucha gente y luego se quedó en mi biblioteca personal. Pero cuando empezó la guerra, desapareció todo de mi casa de Sarajevo, incluidos los libros. Entonces ya no me veía con ganas para empezar una segunda biblioteca, pero con esa carta me entraron fuerzas, fue como una señal. Todo se puede volver a empezar por segunda vez.

Goran Bregovic para Jot Down 5

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


La paz no va a pagarme el alquiler: Joe Sacco


Joe Sacco es un tipo bajito, con gafas y el pelo rapado que arrastra un bloc entre las ruinas de la miseria humana. Joe Sacco es dibujante de cómics pero esto es anecdótico. Lo suyo es contar historias con dibujos, sí, pero también con palabras, por lo que podemos considerarlo un periodista, que es mucho más de lo que se puede decir de algunos ―quizá demasiados― de los especímenes que pueblan páginas y tertulias en medios de comunicación tradicionales. Nacido en Malta en 1960, fueron los relatos de sus padres durante la Segunda Guerra Mundial ―la isla, entonces parte del Imperio Británico, fue duramente bombardeada por las fuerzas del Eje―, los que provocaron en él un temprano interés por las historias de guerra y ocupación. En 1981 se licenció en Periodismo en la Universidad de Oregón. Su deseo era convertirse en corresponsal. Periodista sí, pero también un apasionado de los cómics en un momento en el que el medio recoge los frutos de la revolución propiciada por una cultura underground que ya daba sus últimos coletazos y cuyo cronista de excepción había sido Robert Crumb.

El 23 de abril de 2012 se publicó en España Reportajes, una recopilación de trabajos inéditos que el autor maltés con nacionalidad estadounidense ha ido publicando en diversos medios convencionales ―The Guardian, Details, Times Magazine, Harper’s Magazine…―, en los que confirma que buena parte del mejor periodismo que se puede leer ―y ver― en los últimos años tiene forma de cómic.

Periodismo en cómic o cómic periodístico son etiquetas que pueden levantar ampollas en ciertos ambientes académicos europeos pero que están plenamente aceptadas al otro lado del Atlántico. Las obras de Joe Sacco, así como la de otros como Ted Rall, Patrick Chappatte, Keiji Nakazawa o Greg Cook por citar a algunos, se han convertido en objeto de estudio de las más prestigiosas universidades. No es baladí que el libro lleve por título original la voz inglesa Journalism despejando toda duda que el lector pudiera albergar al respecto. Pero ya saben cómo son los norteamericanos, entregados a eso que han dado en llamar estudios culturales, mientras los europeos preferimos gastar el tiempo en discusiones sobre el estado líquido del agua en la naturaleza.

Sus primeros trabajos vieron la luz bajo el paraguas autobiográfico propio del cómic alternativo heredero de cómix underground de la Norteamérica de los años sesenta y setenta. Todo cambiaría en los noventa. Entre 1993 y 1995 publica Palestina: en la franja de Gaza ―recopilada en un solo volumen en 2001 por Planeta―, donde plasma sus experiencias en unos Territorios Ocupados en los que sumergió durante dos meses. Aquella obra le proporcionó prestigio y algo nunca desdeñable: premios. En 1996 recibió el American Book Awards, reconocimiento asociado tradicionalmente a la literatura lo que de alguna manera une a Sacco con maestros del noveno arte como Art Spiegelman. Desde entonces, sus lápices han recorrido diversos escenarios. Desde la antigua Yugoslavia en Gorazde: zona protegida, El Mediador; de nuevo Palestina, Notas al pie de Gaza; pero también Irak, Chechenia, su Malta natal o la India, para llevar a cabo pequeños trabajos de encargo que son los que aparecen en Reportajes.

“Hago tebeos periodísticos porque es la mejor manera de unir mis dos pasiones: los cómics y el periodismo. No tengo ninguna teoría que me permita explicarlo. Sencillamente, siempre me he interesado por la actualidad, y a veces, suceden cosas en el mundo que me impelen a hacer algo al respecto. Y lo más útil que se me ocurre es ir allí e informar de qué es exactamente eso que está pasando. Creo que los cómics son un medio estupendo de presentar información compleja. Los tebeos son un medio popular, y me gusta el modo en el que consiguen que haya gente que lea cosas que ignorarían normalmente en cualquier otro medio”.1

En un momento en el que periodismo parece haber perdido la batalla frente a la inmediatez Sacco se mueve en el terreno sin la urgencia de la hora de cierre. Inmerso en la promoción de Reportajes confesaba: “Los lectores tienen hambre de algo con un poco más de sustancia. Creo que estamos dando menos a los lectores por culpa de intentar perseguir la actualización hora a hora. Quieren algo más que ese minuto a minuto”. Por eso cuando le interesa un acontecimiento, se mete de lleno en él. Su camino es lento, a veces tedioso pero no es difícil rastrear en sus historias algunos de los resortes de lo que un día los norteamericanos denominaron Nuevo Periodismo.

El mejor ejemplo de su quehacer hasta la fecha es Notas al pie de Gaza (2009). Una obra larga, 388 páginas y casi un millar de viñetas convertidas en un ejercicio de periodismo de investigación con el fin de reconstruir una matanza de civiles palestinos ocurrida en 1956 y que la Historia oficial ha relegado a una simple nota al pie de página. El libro será llevado al cine por Denis Villenueve, quien ya adaptó Incendies, la pieza teatral de Wajdi Mouawad.

Ficción, realidad, hechos, periodismo

Por su naturaleza conformadora de relatos, el periodismo se ha mezclado con otras modalidades discursivas. Literatura y periodismo se han alimentado mutuamente desde siempre hasta el punto de tener caminos entrelazados. Será en Estados Unidos, especialmente a mediados del siglo XX, donde las representaciones de lo real y lo imaginario, lo ficticio y lo no ficticio, se abracen en una forma que algunos llamaron Nuevo Periodismo.

En el proceso de ficcionalizar los hechos ―pidamos aquí una suerte de bula para dejar a un lado a puristas y demás académicos de cuchillos afilados―, los nuevos periodistas centraron su atención en su papel como mediadores. Más allá de ejercer de filtradores, forzaron a los lectores a considerar la idea de que la verdad nunca es objetiva y que los hechos, por sí solos, no necesariamente revelan la naturaleza de un evento de la forma más adecuada.

Hay en esta posición un poderoso trasfondo político. El modelo periodístico imperante estaba ―entonces como ahora―, alineado con el poder establecido, de ahí la fuerte controversia inicial creada por los escritores del Nuevo Periodismo en sus textos. Hoy, trabajos herederos de aquel en sus muy distintas denominaciones pueblan las estanterías de cualquier librería. Ya no nos referimos a estos títulos bajo esta etiqueta, simplemente como literatura de no ficción o, más concretamente, crónica, un género netamente periodístico que parece hoy vivir una primavera editorial.

El cómic, como medio independiente también ha sufrido su propia evolución. Con unos orígenes sellados a fuego en el desarrollo de la prensa como industria cultural de masas, solo era cuestión de tiempo que cómic y periodismo volvieran a unir sus caminos. Memorias, narrativas documentales, hechos, texto e imagen se funden hoy para dar lugar a un subgénero nuevo dentro del cómic, el cómic-periodismo o periodístico. Basta con acudir a cualquier librería especializada para darse cuenta de que no pocos autores se han dedicado a producir reportajes demostrando las cualidades de las viñetas para explotar y enriquecer el variado menú de literatura periodística. Joe Sacco es el más destacado de ellos.

La razón de esta unión es sencilla. El cómic convierte imágenes detenidas en secuencia, proporcionándoles movimiento y posibilidad de cambio con una intención determinada. Así, el cómic realizado por Sacco aporta un significado mucho más amplio y duradero que el fotoperiodismo, cuya imagen está congelada en el tiempo y en el espacio puesto que los medios de comunicación tradicionales no acostumbran a editar series de fotografías de una misma historia. En el prólogo a Reportajes, Sacco se pregunta si los dibujos pueden aspirar a lo que los puristas denominan “la verdad objetiva”. Su respuesta es afirmativa, y lo argumenta:

“Los dibujos son interpretaciones incluso cuando constituyen serviles representaciones fotográficas, generalmente entendidas como captaciones literales de algo real. Pero en un dibujo no hay nada literal. Un dibujante de cómics ensambla elementos deliberadamente y los coloca con intención en una página (…). Esta elección coloca al cómic en un medio inherentemente subjetivo. (…) Un escritor puede describir alegremente un convoy de vehículos de la ONU como ‘un convoy de vehículos de la ONU’ y continuar con su relato. Un periodista de cómic tiene que dibujar un convoy de vehículos y esto conlleva muchas cuestiones. ¿Qué aspecto tienen esos vehículos? ¿Qué aspecto tienen los uniformes de las dotaciones de la ONU? ¿Qué aspecto tiene la carretera? ¿Y las montañas que la rodean?”.

Sacco pone en entredicho los prejuicios que tenemos hacia la figura de un dibujante de cómics que dice hacer periodismo. Unos prejuicios que, por norma general, desaparecen cuando nos colocamos delante de una crónica en un periódico en la que el lector da por hecho los detalles que en ella se relatan, aunque se desprendan más interrogantes que respuestas, por no hablar directamente de blancos informativos. El detallismo de una imagen, por la propia naturaleza del relato periodístico convencional, desaparece del texto de los periódicos.

¿Nuevo? Periodismo

Es lugar común atribuir a Tom Wolfe cierta dosis de paternidad sobre el Nuevo Periodismo si bien solo sería necesario escarbar un poco para encontrar nombres y obras que comparten algunos de sus supuestos postulados genéricos.2 En una suerte de obra fundacional del género que tituló inequívocamente El Nuevo Periodismo (1973), Wolfe dice desconocer quién concibió una etiqueta que, por otro lado, confiesa que jamás le ha gustado. Más tarde, el hombre del eterno traje blanco adjudicaría el invento a un colega de profesión y elegancia en su forma de vestir: Guy Talese.

Sea quien fuera el padre de la criatura esta surge en los convulsos años sesenta y lo hace como consecuencia de los cambios radicales experimentados por la sociedad de la época y la insuficiencia de las formas discursivas tradicionales para retratarlos. La aproximación a los hechos de forma anónima, mecánica y supuestamente objetiva del periodismo tradicional comenzó a ser denunciada en los escritos de algunos jóvenes periodistas, provocando que el llamado advocacy journalism o periodismo militante se fuera abriendo paso en redacciones como la del Herald Tribune y, especialmente, en revistas como Esquire.

A lo anterior habría que sumar cierta dosis de crisis creativa: cómo representar coherentemente una realidad que había perdido la coherencia de antaño. Wolfe se refería en su libro a la composición de un reportaje que había escrito en 1965 por encargo del New York Herald Tribune sobre una convención automovilística. El autor llegó a escribir dos versiones de la misma historia3. La primera respondiendo a lo que se esperaba de un texto al uso, y la segunda dando rienda suelta a su instinto. En el proceso, dice Wolfe, descubrió que “había algo ‘nuevo’ en periodismo”:

“Lo que me interesó no fue solo el descubrimiento de que era posible escribir artículos muy fieles a la realidad empleando técnicas habitualmente propias de la novela y el cuento. Era eso… y más. Era el descubrimiento de que en un artículo, en periodismo, se podía recurrir a cualquier artificio literario, desde los tradicionales dialogismos del ensayo, hasta el monólogo interior y emplear muchos géneros diferentes o, dentro de un espacio relativamente breve… para provocar al lector de forma a la vez intelectual y emotiva”.

El reportaje es el género periodístico que más libertad otorga al redactor y que goza de mayor prestigio, sin embargo no siempre fue así. A mediados del siglo pasado en la prensa norteamericana el reportaje, según Wolf, era “un artículo que cayese fuera de la categoría de noticia propiamente dicha”. Lo incluía todo y sus autores eran poco menos que seres marginales en el ya extraño ecosistema de las redacciones. “Los redactores guardan sus lágrimas para los reporteros de guerra. En cuanto a los que escriben reportajes… cuanto menos se hable, mejor”, escenifica el autor de La hoguera de las vanidades.

El destino manifiesto de los autores de reportajes no era otro que perseguir esa gran ballena blanca que es La Gran Novela Americana. En el mundo de Wolfe “no había sitio para el periodista, a menos que asumiese el papel del aspirante a escritor o de simple cortesano de los grandes”. El “descubrimiento” de un periodismo que se podía escribir con elementos de novela y leerse como el género rey hizo que esa ballena blanca estuviese más cerca de los arpones que nunca.

Frente la querencia por la frialdad de los hechos convertidos en palabras desnudas de todo sentimiento en pro de la pretendida objetividad de la prensa tradicional, los escritores del Nuevo Periodismo dan un vuelco a la norma: considerar al periodismo como fuente de objetividad es un error de grado. Si en torno a la naturaleza de la Historia, Hyden White (1992) estableció que los hechos, una vez convertidos en discurso no equivalen a verdad pues existe un proceso de interpretación a través de un punto de vista determinado; los nuevos periodistas, aun operando con una base real emplean elementos propios de la literatura en sus obras sin por ello perder un ápice de honestidad: yo estaba allí y esta es solo mi visión. “En última instancia ―escribe Sacco en Reportajes―, un dibujo refleja la visión de cada dibujante individual”, pero no por ello deja de ser veraz y fiel a una realidad determinada.

El periodista entre viñetas

La presencia del periodista en el cómic se rastrea casi desde sus inicios. Clark Kent, álter ego de Superman (1934) ejercía el oficio cuando no se enfundaba el traje azul para salvar al mundo. Spiderman (1962), otro de los iconos de los cómics de superhéroes, era fotógrafo de prensa. Un ejemplo clásico de la representación de la profesión en el cómic es Tintín aunque el personaje de Hergé solo aparece ejerciendo explícitamente la profesión en el primer número de la serie, Tintín y los soviets (1929). Dos ejemplos recientes y muy interesantes de periodistas como protagonistas de un cómic son las series Transmetropolitan (Warren Ellis) y DMZ (Brian Wood y Riccardo Burchielli), ambas publicadas en por DC bajo su sello para adultos Vértigo. El protagonista de la primera es Spider Jerusalem sádico cronista de La Ciudad, trasunto de una Nueva York futurista y decadente a partes iguales. Detrás de Jerusalem no es difícil rastrear el escandaloso rastro dejado por Hunter S. Thompson, padre del llamado Periodismo Gonzo. El segundo título narra las aventuras de Matthew Roth, un joven becario que accidentalmente se convierte en corresponsal de guerra al verse atrapado en la zona desmilitarizada (Nueva York) de unos Estados Unidos convulsionados por una segunda guerra civil.

Si en estos dos últimos títulos vemos que la autorreferencialidad constituye una parte importante de las tramas (ficticias), será en el cómic periodístico de Joe Sacco donde esta pase a ser norma, en una actitud heredada de las obras del Nuevo Periodismo:

“Como siempre, me dibujo en mis planchas. Los lectores entienden así que lo que ven es mi punto de vista personal. Estudié periodismo, pero creo que la objetividad es una ilusión. Cuando preparamos un reportaje seleccionamos el material. No soy objetivo, pero sí trato de ser honesto. Por eso entro en la escena, es mi manera de aclarar que soy filtro y lupa de la historia”.4

Cuando Norman Mailer publicó en 1968 Los ejércitos de la noche —crónica de la marcha pacifista en protesta contra la guerra de Vietnam hacia el Pentágono que tuvo lugar el 21 de octubre de 1967—, la subtituló como La historia como novela, la novela como historia. El genio de Nueva Jersey puso de manifiesto la relación entre lo novelado y lo histórico pero también el carácter testimonial de la crónica periodística. Como si quisiera comprobar las tesis de White acerca de la Historia, Mailer demuestra que el periodismo también puede ser auténtico (veraz) y subjetivo al mismo tiempo. La diferencia entre los textos de este Nuevo Periodismo y la Historia radica, desde este punto de vista, en que la segunda tiende a producir un discurso oficial de igual forma que la mayoría de los medios, frente a un discurso-otro, propio de los nuevos periodistas. Un paso más allá se situará John Hollowell (1977) al insistir en que el trabajo de los periodistas consiste en “revelar la historia escondida bajo la superficie de los hechos”, cuando no desdeñar directamente la historia oficial siendo abiertamente críticos con los poderosos intereses que controlan la comunicación informativa.

El gran ejemplo en este sentido es Despachos de Guerra, la escalofriante crónica de la Guerra de Vietnam escrita por Michael Herr en 1977 que marcó a toda una generación de norteamericanos y cambió, por así decirlo, no solo el modo en el que Estados Unidos afrontaría sus conflictos futuros, sino también cómo estos habían de ser cubiertos. Despachos es la contestación a los comunicados oficiales de prensa y al reportaje conservador de los años sesenta y setenta. Más que relatar la guerra misma, Herr narró cómo le afectaba esta a él y a los que estaban a su alrededor. El resultado fue una pintura expresionista de los horrores que puede provocar el ser humano.

La mirada de Herr es de alguna manera la de Sacco, especialmente cuando la posa sobre el conflicto palestino, escenario sobre el que se mueve como pez en el agua.5 El cómic periodístico de Sacco sigue la senda de poner en duda el discurso establecido. Notas al pie de Gaza comienza precisamente con una reflexión acerca de los discursos oficiales y la Historia hasta el punto de que la obra se lee como un contradiscurso en su totalidad:

“Esta es la historia de unas notas a pie de página de un incidente secundario de una guerra olvidada. De una guerra que, en 1956, enfrentó a Egipto y la extraña alianza de Gran Bretaña, Francia e Israel. El incidente secundario son los ataques y contraataques a lo largo de la frontera de Gaza, entre guerrillas palestinas y fuerzas israelíes. Y las notas a pie de página… Bueno, tal como suele pasar, esas notas al margen quedaron relegadas, en equilibrio precario, al final de las páginas de la Historia. La Historia puede prescindir de las notas a pie de página. Las notas a pie de página son, en el mejor de los casos, innecesarias; y en el peor desvirtúan la parte importante del relato. De vez en cuando al aparecer nuevas ediciones, más genéricas y racionalizadas, la Historia suprime completamente muchas de esas notas. La Historia tiene llenas las manos. No puede evitar generar páginas cada hora, cada minuto. La Historia se atraganta con sucesos recientes y engulle tantos de los antiguos como puede. ¿La guerra de 1956? ¿Qué?” (pp. 8 y 9).

A lo largo de dos páginas, Sacco mezcla tiempos y episodios para conformar un relato revelador. Constantemente repite la expresión “notas al pie” para referirse a los pequeños sucesos que escapan a la Historia oficial. Contra esta dispone su trabajo, reconstruir la matanza de más de un centenar de palestinos a manos del Ejército israelí en la ciudad palestina de Kahn Younis en 1956. Actitudes semejantes pueden ser rastreadas en otros de los títulos de este autor. En Gorazde, por ejemplo, Sacco se refiere a la actuación de las tropas de la ONU diseminadas por Bosnia para proteger a la población civil. Los cascos azules fracasaron completamente en esta tarea por los intereses políticos del momento. Lo sucedido en Srebrenica es el ejemplo más evidente cuando en julio de 1995 los serbobosnios masacraron a unos 8.000 musulmanes ante la pasividad de las tropas holandesas, que previamente habían declarado la zona como “segura”.

En Palestina, Sacco también se sumerge en el discurso que permanece fuera de las grandes cadenas de noticias. Su mirada sobre los peligros de la Historia oficial es especialmente afilada en el capítulo “Hacerse con la película” (127, 128, 129, 130, 132). Sacco da cuenta de un nuevo enfrentamiento entre colonos israelíes y árabes el día anterior en Hebrón, durante el que resultan heridos a causa de disparos israelíes cuatro palestinos. Sacco, periodista, decide investigar cuaderno en mano el suceso y recaba multitud de testimonios sobre lo ocurrido: discernir entre ellos el más cercano a la verdad de lo acontecido es el trabajo del periodista.

Sacco da por buena la versión a cargo de un testigo ocular del enfrentamiento (132). La introducción de este testigo aparece en la última viñeta de la página anterior mediante un primer plano de su rostro para que inmediatamente comience a narrar lo que vio. Su relato se desarrolla en la página siguiente, dividida en dos partes. La primera está constituida por la recreación pictórica de Sacco y la narración (en las cajas) del propio testigo, que desaparece del plano hasta la cuarta viñeta.

En la mitad inferior de la página, Sacco ejerce de conciencia crítica: “De esta manera podemos añadirle otra línea a nuestra desdichada lista… (Sic) Ha habido más ojo por ojo en Hebrón, y supongo que no tardará mucho en haber diente por diente otra vez… (Sic)” (132). A continuación introduce un recorte de prensa del día siguiente aparecido en The Jerusalem Post, periódico israelí en inglés, en la que el autor se hace con “otra versión” del tiroteo. Obviamente, desde el punto de vista israelí en la que los colonos solo abrieron fuego para defenderse “de árabes desarmados”.

Sacco contrapone sus ilustraciones (basadas en el testimonio palestino) a la noticia impresa. Con ello pretende constatar no solo cómo la verdad de un acontecimiento depende de la perspectiva desde dónde se cuente sino de quién lo cuente. No obstante, deja clara la versión que más se acerca a la realidad con el primer plano del testigo mirando al lector a los ojos, mientras que la noticia de prensa aparece como un recorte circunstancial, un fragmento inconcluso de una realidad mucho más complicada. “Si hay dos versiones o más versiones de un suceso ―explica el propio Sacco en el prólogo de Reportajes―, el periodista tiene que investigar y considerar cada afirmación, pero en última instancia el periodista tiene que llegar al fondo de cada versión, independientemente de quien la sostiene. El periodismo tiene que tanto que ver con ‘lo que dijeron que vieron’ como con ‘lo que yo mismo vi’. El periodista debe empeñarse en descubrir qué pasa y contarlo, no castrar la verdad en nombre de la neutralidad”.

En el tiempo de la inmediatez informativa y el consumo masivo de noticias sorprende el detallismo de Sacco al relatar lo que es un simple (uno de tantos) grano de arena en ese mar que es el conflicto palestino. Pero es así porque Sacco dispone del tiempo necesario para contar sus historias de guerra mediante la exposición de la vida de las personas que la sufren. Así lo supo ver el desaparecido Edward Said cuando, en el prólogo a la edición de Palestina, escribió:

“Aquí lo que tenemos, no obstante, es lo que ven los ojos y manera de ser de un sempiterno joven estadounidense de aspecto modesto y con el pelo cortado al rape que ha acabado paseándose por un mundo poco familiar y nada hospitalario de ocupación militar, arrestos arbitrarios, experiencias horribles de casas derruidas y tierras expropiadas, torturas (‘presiones moderadas’) y pura fuerza bruta aplicada con generosidad cuando no con crueldad […] y a cuya merced viven los palestinos cotidianamente, hora tras hora”.

Como escritor, Sacco crea una falsa apariencia de ficción sobre el material que le proporcionarán sus fuentes o su propia experiencia. Ello no implica que, al igual que los autores del Nuevo Periodismo, el dibujante tire de su propia imaginación para recrear ciertas escenas: 

“Hago decenas de entrevistas, como cualquier periodista. Sin embargo, lo que necesito son sugestiones visuales, así que a veces planteo a mis fuentes preguntas muy raras, del tipo: ¿cómo ibas vestido? No paro de tomar fotos de los mismos detalles: un coche, una casa; a la hora de representarlo no quiero inventar nada. Dibujo solo cuando no es recomendable sacar la cámara, en los check point, por ejemplo. Los soldados israelíes no agradecen las fotos, entonces esbozo con el bolígrafo. Cada vez que cruzo voy añadiendo detalles”.6

Todo acto de escritura exige un proceso mental previo, por lo que el periodista interpreta los hechos y procede a una discriminación sobre el material del que dispone. “Primero paso las grabaciones y ordeno todo mi material. Tardé tres meses para Notas. Luego, por fin, arranco. Sin esperar. No quiero que se me vaya de la boca el sabor de las historias”, indica Sacco sin perder de vista lo que John Hersey denominaba la sagrada regla del periodismo: “el escritor no debe inventar. La leyenda debe ser: NADA DE ESTO HA SIDO INVENTADO (Sic)”.

Modus operandi

Frente al novelista que crea un universo a su medida, Sacco se encuentra con un mundo con unas reglas de funcionamiento que le son ajenas. Por eso, en ocasiones, se muestra desorientado y hace partícipes a los lectores reforzando la sensación de realidad que no puede ser dominada por el autor.

En El Nuevo Periodismo, Wolfe perfilaba un cuarteto de recursos técnicos que conforman el texto neoperiodístico y que asociaba con los escritores realistas decimonónicos. La escena, el diálogo, la descripción significativa, y la perspectiva aportan a la noticia, según Wolfe, esa nueva dimensión de la que carecía con anterioridad. Todos y cada uno de ellos están presentes en las obras de Sacco, que desarrolla todas las estrategias propias de la narrativa secuencial al mismo tiempo que comparte una serie de rasgos con los escritores de no-ficción creativa. El primero es el de convertir a las personas en personajes sobre cuyos testimonio e informaciones edifica el armazón de sus obras. Lo suyo ya no es una mera narración, sino escenificaciones actuadas de la información recogida por el periodista, donde la caracterización, las conversaciones y la ambientación añaden una magnitud humana frecuentemente olvidada por el periodismo tradicional. De esta forma, las tradicionales cinco W del periodismo —dónde, cuándo, cómo, quién y por qué— aparecen manipuladas de forma que el centro de la historia recae en las narraciones e intervenciones de los seres humanos convertidos en personajes. En Sacco la acción siempre es una recreación dada por el relato de los testimonios que él, en ocasiones, se ocupa de transformar en imágenes.

Nada más comenzar el capítulo octavo de Palestina, Sacco reflexiona en una evocadora página doble sobre la tarea que se trae entre manos. De un solo plumazo traslada al lector de la desolación y la miseria que rodea a los habitantes de esa esquina inmunda del planeta. Esta labor de contextualización se traduce, por ejemplo, en el detallismo de sus dibujos. Se trata de un ambiente en que los seres humanos solo son marionetas en manos de otros. Así podemos entender el paseo por el campo de Yabalia acompañado de Sameh, fuera de la óptica de las visitas concertadas por las misiones de Naciones Unidas. Con su guía conocerá de primera mano cómo es la vida en los campos. “Sabe por qué estoy aquí ―dice Sacco―, sabe que mi tiempo es limitado, que quiero historias reales, descripciones vívidas, los detalles, tío, el cómic es un medio visual… (Sic) ¿Cuántos soldados? ¿Cómo te golpearon? ¿Y luego qué pasó? Me ayuda a hacer hablar a la gente que entrevisto” (p. 219).

En sus obras se suceden una amplia gama de fuentes. Desde aquellas que, como víctimas, son partidarias de ofrecer sus testimonios ―fuentes ávidas―; hasta las resistentes, que prefieren no darlo a causa del dolor que soportan. Estas últimas están muy presentes en El Mediador, obra que supone un regreso de Sacco al escenario del conflicto de la antigua Yugoslavia años después de que este haya finalizado y donde los personajes que por ella pululan prefieren pasar página para cicatrizar sus heridas.

Si bien la mayor parte de las fuentes consultadas por Sacco son las víctimas, también aparecen las institucionales: desde Warren Christopher, secretario de Estados Unidos entre 1993 e 1997; Ratko Mladic, máxima autoridad del ejército serbobosnio y hoy acusado de crímenes de guerra por el TPI de La Haya como responsable de la matanza de Srebrenica; teniente Janvier, de los Cascos Azules de la ONU y responsable de las zonas de seguridad en Bosnia; hasta Bill Clinton, presidente de Estados Unidos; pasando por Theodor Herlz, fundador del sionismo moderno, Ben Gurion, primer ministro de Israel entre 1948-1954 y nuevamente entre 1955-1963; o Golda Meir, primera ministra israelí entre 1969 y 1974.

Más allá de recoger testimonios, el trabajo del Sacco periodista es ponerlos en duda huyendo de maniqueísmos. Neven, el personaje central de El Mediador es un buen ejemplo de ello. Soldado, mercenario, conseguidor, traductor, es uno de esos oscuros personajes con los que los reporteros de guerra trabajan en zonas de conflicto. Sacco duda en no pocas ocasiones del testimonio que le está ofreciendo su fuente y, en ocasiones, hace notar al lector la incomodidad que le produce su presencia. Desde el principio lo presenta como un criminal: un serbio que luchó en las secciones paramilitares que alimentaban las defensas musulmanas. Sus historias y recuerdos sostienen el libro sin que por ello, Sacco deje de advertir al lector de que conviene poner todo en cuarentena: “Ponte en mi pellejo: acabas de llegar al gran asedio… (Sic) Todavía te castañean los dientes a causa de la vuelta en un vehículo por el monte Ingman… (Sic) Y alguien te acaba de indicar un camino en medio de un silencio horrible… (Sic)” (p. 11).

Nadie es de fiar y Neven mucho menos, como se desprende al cotejar sus historias con las de otros excombatientes (pp. 59, 60, 61, 62). Con ello, Sacco no hace sino mostrar al lector la dificultad de trabajar en base a testimonios: “Querido lector, ponte en mi pellejo… Recuerdas al tipo de combatientes salerosos que saludaban a Neven por la calle… Recuerdas también lo que la gente decía a tu alrededor […]” (p. 62).

Desde el punto de vista formal, Sacco repite las técnicas propias de la literatura de testimonio, subgénero nacido en América Latina en la década de los sesenta como vehículo de la ideología izquierdista para denunciar las violaciones de los derechos humanos provocados por las dictaduras militares. Sus libros ―especialmente los de mayor extensión― más que dividirse en capítulos son una sucesión de episodios que representan pedazos de memoria que el lector debe enlazar para poder abarcar la totalidad de la historia. Así encontramos una sucesión de testimonios de víctimas, civiles la mayoría, resultado de unos conflictos armados en los que su papel es el de ser simples peones en un tablero de ajedrez mucho más amplio. Todo ello puede llegar a constituir un modo de actuar hasta cierto punto tedioso y que el propio autor se ocupa de resaltar en Palestina al confesar su cansancio por “hacer siempre lo mismo”: llegar a una casa, participar en la ceremonia del té y disponerse a escuchar un nuevo drama personal donde se juntan torturas, parientes muertos y derribos de casas.

En una larga secuencia de Palestina se recrean las fases del interrogatorio israelí sobre los detenidos palestinos a partir del relato de un testimonio. Bajo el título irónico de “Presión moderada”, como denominan las autoridades hebreas a este tipo de procedimiento, Sacco dispone una sucesión de pequeñas viñetas en las que la conjunción de claroscuros consigue trasladar al lector la sensación de desamparo e indefensión de la víctima ante las autoridades encargadas de sacar información aunque no haya nada más que miedo.

La tribu

Si Sacco posa su mirada sobre el modus operandi de la profesión periodística no escurre por un momento sus miserias. En El Mediador se sitúa una escena especialmente llamativa a este respecto. Una vez más, Neven es protagonista y aparece acompañado de un periodista alemán al que ha ayudado a realizar un reportaje para una revista titulado «Vida nocturna en Sarajevo». Sacco observa la revista: «Hay una foto de una pelea de perros… (Sic) Una prostituta con las tetas y el coño en primer plano… (Sic)»; y, acto seguido, mantiene un diálogo esclarecedor con su colega alemán:

Sacco: ¿Cómo conseguiste esta foto?

Periodista: Neven lo arregló.

Sacco: ¿Pagaste por esto?

Periodista: Sí… Sé que no es la mejor manera…

Sacco: No insinúo nada. (p. 60)

La pregunta de si es ético o no conseguir reportajes previo pago es algo a lo que debe responder el lector.

Aunque su intención es “poner cara a las víctimas” como vía para involucrar a la opinión pública, no esconde su amargura al toparse con el olvido a la que estas están abocadas. El comienzo de Notas no puede ser más elocuente. De vuelta en Khan Younis, el autor se encuentra con amigos y colegas periodistas (p. 4), va a un bar frecuentado por la profesión y en apenas página y media llena de cinismo explica las sensaciones de aquellos que narran el conflicto a diario. Habla Sacco: “Están todos sacudiéndose el polvo de la jornada de trabajo, se toman el primer trago de la noche y charlan con el palique enrevesado de veteranos y gacetilleros”. A continuación, una viñeta estrecha y horizontal con las bocas de los presentes escupiendo palabras al aire: “¿Dónde has estado hoy? ¿Hebrón? ¿La emboscada? ¿Cuántos muertos? ¿Cómo afectará esto a… (Sic)?” (p. 4). Y de ahí a la siguiente página, donde alguien llama a la camarera para pedirle un menú que se acabará desplegando en una nueva viñeta horizontal en la que una carta desdoblada ofrece a los comensales un autobús en llamas, un coche ardiendo y un tanque disparando. Sobre las ilustraciones, de nuevo la voz crítica del autor:

“¡Bombardeos! ¡Asesinatos! ¡Incursiones! Podrían presentar hoy la noticia de hace un mes ―o del año pasado en realidad―, y ¿quién notaría la diferencia? Han exprimido cada palabra posible de la segunda intifada, han fotografiado a cada madre que gemía, han citado las mentiras de cada portavoz, han detallado cada humillación… ¿Y qué?” (Notas, 5).

En ese “¿Y qué?” final está encerrado gran parte del sentido de los libros de Sacco. No importa lo que suceda, nada cambiará en la espiral de silencio ―o ruido―, en que los grandes medios han convertido los conflictos que a nadie interesa resolver. Los dardos de Sacco apuntan a la comunidad internacional en general pero también a la labor de sus informadores. “No estoy aquí para mediar y aceptémoslo. Mi cómic arrebatador depende del conflicto. La paz no va a pagarme el alquiler”, admite no sin cierta amargura en Palestina (p. 76).

Siguiendo las pautas del Nuevo Periodismo, el autor desarrolla en sus obras un espectacular trabajo de ambientación. La atmósfera en la que viven las víctimas de los conflictos armados es fundamental para llegar a comprender su naturaleza. De ahí el detallismo de sus dibujos, ruidosos y expresivos, especialmente en las páginas que dan apertura a las historias. El grafismo de Joe Sacco radicalmente la estética underground del cómic de los sesenta y setenta y especialmente al lápiz del gran pope, Robert Crumb, cuya influencia ha sido reconocida por el propio autor7.

Al comienzo de Palestina, Sacco perfila en cuatro detalles un retrato certero de El Cairo. Paso obligado antes de llegar a Gaza además de ser Egipto “agente imprescindible” en la región, en sus calles bulliciosas se encuentra de todo: desde el antisemita visceral, hasta aquel que, interesadamente, es ajeno al estallido de las bombas al otro lado de la frontera. Si el propio Egipto vive esta con normalidad bulliciosa no cabe nada que aguardar de un Occidente acostumbrado a una espiral de violencia en la que la intensidad es la única novedad. Como siempre, el Sacco periodista permanece en un segundo plano, testigo impenitente.

El de Sacco es un trabajo periodístico y por tanto no se olvida de los antecedentes y la historia, lo que deja patente en las páginas de su cómic. El origen de un conflicto contradictorio. El juego israelí en torno a la palabra “retorno” y la posibilidad de cualquier judío del mundo de obtener la nacionalidad israelí si quiere establecerse en su tierra prometida es la justificación sionista para la creación del Estado. Un contexto recogido en Palestina, como en otras obras, por medio de testimonios directos, Dave, Mary Ann, judíos de Nueva York y Argentina respectivamente, que defienden el derecho judío a la tierra “de sus antepasados”. Sin olvidar su condición de intérprete del conflicto, Sacco destaca la contradicción inmanente en esta interpretación. La creación de un Estado, Israel, conlleva la destrucción de lo anterior, Palestina. Para ello cambia su modo de contar la historia y opta por un capítulo casi exclusivamente narrativo con el ilustrativo título de “Retorno” (pp. 11, 12, 13, 14, 15) en el que coloca al lector en una suerte de punto de partida para entender que vendría después.

En otras ocasiones las explicaciones de antecedentes y contextos vienen de la mano de un habilidoso uso de los recursos de la narración gráfica, tal y como ya había hecho Spiegelman para detallar el funcionamiento de los campos de concentración o de los escondites judíos. En este caso, el uso de mapas y diagramas orientativos aparecen superpuestos sobre o al lado de ilustraciones y textos, al igual que Spiegelman dibujó en su día el funcionamiento de los campos de concentración nazis.

Por último cabe señalar otra de las características más reveladoras en cuanto a la naturaleza periodística de las obras de Sacco. Esta viene dada por el juego de contrarios. Si una de las limitaciones del periodismo es la temporalidad, el pasado verbal confina el espectro temporal de interés, por un lado, por lo que el relato debe de estar marcado por la inmediatez y la urgencia; al igual que los autores del Nuevo Periodismo utilizaron con frecuencia el presente histórico para superar el aislamiento temporal, Sacco se instala en él para relatar sus historias. El lector se identifica con la experiencia expuesta en el libro porque comparte un mundo que, a fin de cuentas, es el suyo propio y de esta manera se integra mejor en el proceso narrativo. El cómputo general de lo anterior es que su uso de la no-ficción transmite algo que ya sucedió pero que tiene ecos presentes. El propio Sacco lo resalta en su prólogo a Palestina:

“Escribí y dibujé Palestina tras pasar dos meses en los territorios ocupados durante el invierno de 1991-1992. El libro se centra en la primera Intifada contra la ocupación israelí, que empezaba a quedarse sin energía en el momento de mi visita. Mientras escribo estas palabras [julio de 2001] se está llevando a cabo una segunda Intifada porque, en pocas palabras, la ocupación israelí y todas las consecuencias de la dominación de un pueblo por otro, no han cesado. Los pueblos palestino e israelí continuarán matándose entre sí en un conflicto de baja intensidad o con una violencia desgarradora (con hombres bomba o helicópteros armados o bombardeos) hasta que este hecho central (la ocupación israelí) se trate como un tema de ley internacional y de derechos humanos”.

Ya hemos señalado que los autores de cómic periodístico cuentan con una ventaja frente al periodismo tradicional. Sacco emplea detalles visuales que ponen de manifiesto ángulos de la historia que se escapan al anterior. En la historieta The War Crimes Trials (Los juicios por los crímenes de guerra), en apenas seis páginas a color, una excepción en una obra marcada por el blanco y negro, Sacco se acerca a procesos judiciales que siguieron a la guerra de los Balcanes mientras estaba trabajando en Gorazde. En dos viñetas paralelas al comienzo de la tercera página, Sacco sugiere la separación espacio temporal entre las atrocidades cometidas durante el conflicto y los procesos penales que todavía hoy se llevan a cabo en el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Dos paneles altos funcionan como espejos el uno del otro en donde la ilustración, en la que Sacco se dibuja a sí mismo, tiene una simetría composicional pero con detalles muy diferentes y significativos. El primer panel representa un presente posterior a los hechos en el que el autor deambula por las calles de Holanda durante uno de esos juicios; mientras que el segundo, en una situación semejante, puede verse al mismo autor caminando en un pasado por una calle de Bosnia mientras se documentaba para escribir Gorazde.

Es un juego temporal esclarecedor. En el presente, el edificio del fondo promete la comodidad occidental en forma de cerveza y hotel confortable mientras en el panel siguiente, el edificio es apenas un esqueleto, una ruina bombardeada. La visión de la juventud en el presente es una mujer saludable y bien vestida, mientras que la misma imagen en el pasado de la guerra es una joven angustiada. Uno puede leer estos paneles como una suerte de continuación, un presente desde un pasado pero el contraste en el detalle llama la atención sobre la distancia que existe entre los dos mundos y sugiere que no puede haber reconciliación por medio de procedimientos judiciales que, a posteriori, no sirven para prevenir unos crímenes que ahora se trata de castigar. Sacco enfatiza este punto en uno de los últimos paneles de la historia: “Pronunciar la palabra genocidio después del hecho es mucho más seguro que pararlo”.

La imagen de una excavadora metiendo cuerpos en una fosa común no puede ser más elocuente en su intento de denunciar nuestra hipocresía colectiva; es decir, la seguridad de la distancia, calculada en millas o años, no nos absuelve de la responsabilidad de haber permitido lo que sucedió.

Sacco no es el único que practica esta sutileza visual. Otros autores de cómic periodístico como Sue Coe, Delisle, o Nicholas Wild usan estas confrontaciones visuales para enfatizar sus argumentos. En su mirada sobre el Afganistán post 11-S, el francés Wild apuesta por enfatizar su propia experiencia como parte del personal internacional desplazado al país de los talibanes para su “reconstrucción”, tarea que como adelanta en sus viñetas, es casi una pérdida de tiempo por la propia naturaleza de la misión. Si aparentemente Wild se centra en el trabajo de los extranjeros, militares y personal de las ONG, así como en las reglas a las que están sujetos, va más allá y relata lo que no se ve: la vida del personal occidental, las fiestas, los aspectos insólitos de trabajar en circunstancias extremas y su frustración a la hora de enfrentarse a una administración de la que forman parte que, dejando a un lado a la población local, hace casi inútil su trabajo. A fin de cuentas, a estas alturas, la sombra de Joe Sacco en este Nuevo Periodismo en viñetas es ya demasiado alargada.

1 Entrevista a Joe Sacco en El País el 25 de octubre de 2009. Online.

2 Ronald Weber señaló en The reporter as artist (1974) una serie de ejemplos tomados de autores como Twain o Hemingway que, según él, demostraban que el Nuevo Periodismo ni era nuevo ni era periodismo, sino solo literatura hecha por periodistas. Más allá de las discrepancias propias de cualquier género discursivo es fácil ver elementos del llamado Nuevo Periodismo en obras clásicas como Hiroshima de John Hersey (1946), Operación Masacre del argentino Rodolfo Walsh publicada en 1957, por lo tanto muy anteriores a las de los autores clásicos que se relacionan con el género como Wolfe, Capote o Mailer. Remontándonos más algo semejante podríamos decir de obras del español Chávez Nogales o del británico George Orwell.

 3 El reportaje llevaba por título «The Kandy-Kolored Tangerine-Fake Streamline Baby» (1965) y se publicó en el diario. Posteriormente, Wolfe envió una nueva versión a Esquire, titulada “There Goes (Varoom ! Varoom !) That Kandy-Kolored (Thphhhhhh !) Tangerine-Flake Streamline Baby (Rahghhh !) Around the Bend (Brummmmmmmmmmmmmmmmmm)…”.

4 Entrevista a Joe Sacco en El País el 25 de octubre de 2009. Online.

5 Precisamente Michael Herr, Hunter S Thompson y George Orwell han sido señalados por el propio Sacco como sus principales fuentes de inspiración a la hora de escenificar su punto de vista periodístico

6 Entrevista a Joe Sacco en El País el 25 de octubre de 2009. Online.

7 En general es simplemente mi estilo, que como has apuntado tiene influencias de Robert Crumb. Nunca he aprendido a dibujar representativamente, pero la naturaleza periodística de mi trabajo requiere un estilo más realista, creo. En el pasado, mis trabajos eran de forma natural ‘caricaturescos’. Nunca he perdido mi mano para la ‘caricatura’, incluso en mi trabajo más serio, a pesar de mis mejores esfuerzos para dibujar de la forma más realista posible. Pero para mí está bien. Se ha convertido en mi estilo, tanto si es premeditado como si no”. Online.