No tuvimos infancias felices, tuvimos Vietnam 

no tuvimos infancia vietnam
Vietnam, 1967. Fotografía: Getty.

Ahora me veía cogido en aquella huida en masa, hacia el asesinato en común, hacia el fuego… Venía de las profundidades y había llegado.

(Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche, París, Galimard, 1952)

Una tienda de ropa en cualquier estado del Medio Oeste americano en los setenta; colorido pandemonio de retales, camisas de cuadros o pantalones vaqueros. Entre las baldas de prendas arcoíris o de pana amarronada, parejas felices con pelo largo y una niña de mueca sonriente, arreglada con su jersey de rayas rojas y blancas, medias de color alba y unos relucientes zapatos de charol. Cerca de ellos, un hombre con bigote y pelo lacio revisa pantalones, buscando su talla. Todos ellos, sin excepción, son acampanados.

En el centro, varias maniquíes de pelo pajizo están conjuntadas como descartes de un grupo pop. A sus pies, dos vestidos largos, con ribetes hippies, que tocan en sus pliegues jóvenes curiosas. Estas muñecas, que portan los conjuntos de la temporada, miran con desidia a la puerta y observan a los aburridos clientes que llegan. No parecen sorprenderse ya del tintineo del timbre…

Es el mes de julio y acaba de entrar un nuevo cliente al local. Su nombre, según el reporte, es Stan: un americano formal, en un primer vistazo. En el segundo se observa algo sin metáfora posible: un rifle automático cargado.

Stan tomó sin resistencia esa tienda, exigiendo calma a todos los presentes. Analizó el perímetro minuciosamente, entrando en cada rincón del local, y poco después comenzó a disparar al exterior. Los rehenes nunca sufrieron ninguna extorsión o abuso por parte del defensor, según declararon a la policía. Él les decía de manera insistente que quería «salvaguardarlos».

Luego de varias horas de negociación con los agentes de la ley, Stan se entregó a las autoridades. Estas, extrañadas por su comportamiento, le pidieron una explicación a su actitud enfebrecida. Un nombre fue suficiente: Vietnam.

Los abanicos de la muerte

La descripción pulcra de este hecho se hace en el libro Trauma of War, en el capítulo de introducción del doctor Stephen M. Sonnenberg. El asaltante era víctima de su experiencia bélica, de la «culpa» por sus acciones, según este psiquiatra.

Stan revivía muchas veces dos momentos del conflicto. El primero era con una niña que se acercó a él y a varios camaradas. Portaba un explosivo, según su alegato, y hubo de ser abatida a cuarenta y cinco metros. El último recuerdo le hace superviviente de una acción de guerra desesperada, donde pudo ver a sus compañeros de batalla caer por los disparos y ferocidad del Viet Cong. Sobrevivió y, acabada la ofensiva, seguía disparando, acanallado por el odio, a los cadáveres hasta desfigurarlos. Los adversarios estaban inertes, incapaces de cualquier mal. Ahora, los fantasmas de esos caídos por Hồ Chí Minh pervivirán en la mente del combatiente durante años. 

Era consecuencia de una lucha contra un enemigo fantasma, oculto, en la cual cada arbusto escondía a un partisano y los túneles, pelotones sin fin de comunistas. Stan fue, así, víctima de una enfermedad ya conocida por los combatientes de inicios del siglo XX: el trastorno por estrés postraumático (TEPT). Decenas de soldados, que al inicio se creyeron John Wayne en Los boinas verdes, volvían a revivir sin billete de vuelta las situaciones de batalla. 

El bando del sur tenía, avanzados los sesenta, un contingente cada vez más numeroso de efectivos (850 000 vietnamitas y 543 000 americanos, según los autores William E. Le Gro y Spencer Tucker). La historia oral de Christian G. Appy recuerda la bisoñez de los reclutas, y uno de ellos, Roger Donlon, considera que eran como «bebés armados; podían embaucarnos fácilmente».

Esa inocencia interrumpida acababa en pesadillas terribles, sin final próximo. Se despertaban bañados en sudor frío, de madrugada, buscando todavía respuestas o creyendo que los charlies los visitaban. El periodista Michael Herr, en su seminal Despachos de guerra, fue el particular Céline de esta barbarie y describió su difícil vuelta a América:

En el primer mes que siguió al regreso, desperté una noche convencido de que el salón de mi casa estaba lleno de marines muertos. Me pasó, en realidad, tres o cuatro veces, después de un sueño que tuve por entonces varias noches (el tipo de sueño que uno nunca tenía en Vietnam), y esa primera vez no fue ya solo el miedo pegajoso dejado por el sueño, sino que sabía que estaban allí, así que, después de encender la luz de la mesita y fumar un cigarrillo, me quedé echado un momento pensando que tenía que levantarme ya y cubrirlos.

Herr recordaba también el miedo, el terror, al enemigo agazapado de todo combatiente occidental allí:

Podías estar en el sitio más protegido de Vietnam y aun así saber que tu seguridad era provisional, que la muerte prematura, la ceguera, perder las piernas, los brazos o los huevos, una deformación mayor y perdurable, todo el mal viaje, podía estallar de pronto tan fácil como en los sitios considerados peligrosos.

¿Quién era ese enemigo silencioso? ¿Quién ponía, a decir de Herr, granadas en las letrinas americanas provocando incluso el pánico a morir de la forma más humillante? 

Un ejército en la sombra

Un pequeño pueblo, cerca de Saigón, con sus tejados de paja a dos aguas, bambús y tinajas. Esta últimas, donde se guarda el arroz, están vacías desde hace años. Los soldados aporrean la entrada y gritan desafiantes: «Tu padre estaba en el Viet Cong y por eso lo hemos matado. Ve a recoger su cuerpo». Una niña oye este aserto y toma la decisión de «vengar su muerte». ¿Su nombre? Tran Thi Gung.

Cuatro años después, en 1966, la guerra la lleva a Doung Du, donde los americanos estaban apostados. Llevaba desde los diecisiete años en las guerrillas, según el testimonio que recoge Christian G. Appy. Ella se sentía «una niña pequeña» y los americanos le parecían «demasiado altos». Recuerda su primer muerto:

No podíamos dispararlos a distancia, esperábamos a que vinieran de cerca. Tan pronto como empecé a disparar, maté a un americano. Luego de su caída, algunos de sus amigos vinieron corriendo para ayudarle. Ellos cogieron el cuerpo y lloraron. Lloraron mucho. Esto les convirtió en patos sentados: muy fáciles de disparar.

Ante la tropa joven, que imaginaba un paseo militar en un país tercermundista, las guerrillas formadas en el territorio y con un fuerte sentimiento nacionalista resultaban mucho más eficaces. Se servían de un sistema de túneles que les protegía de un conflicto abierto, parapetados además en la insondable selva tropical. El caso de Thi Gung, tan épico como quizá ficcional, se contrapone a otros casos de reclutamiento recogidos por el escritor Xiaobing Li: el capitán Ta Duc Hao se unió para obtener «un buen trabajo en el futuro», mientras que el general Huynh Thu Truong juzgó que el «partido» lo «necesitaba» y militaba ya desde 1946.

Howard Zinn, en su izquierdista Historia de los Estados Unidos, llega a citar trescientos mil afiliados en el sur al Frente de Liberación Nacional, el instrumento de los partidarios del norte. Una quinta columna difícil de detectar y que contaba con ayuda de las pequeñas villas que rodeaban las ciudades. ¿Eran de su bando? ¿O eran de los otros? El propio capitán Ta Duc Hao recuerda la ambivalencia propia de Alcibíades de los aldeanos, que dejaban de portar armas al verles. El citado Donlon, desde el bando americano, aseguró que «un tercio de nuestros vietnamitas del perímetro externo se unieron al otro bando». 

The New York Times, en el año 1965, creó la mitología de un mando desnortado, que prefería abrasar civiles en napalm que dialogar con ellos. Su testimonio de septiembre del 65 no puede ser más revelador:

En otra provincia del delta hay una mujer que ha perdido ambos brazos por efecto del napalm. Sus párpados están quemados de tal manera que no puede cerrarlos. Cuando llega la hora de dormir su familia le coloca una sábana sobre la cabeza. Dos de sus hijos murieron en el bombardeo aéreo que la mutiló.

no tuvimos infancia vietnam
Vietnam, 1966. Fotografía: Cordon Press.

Vietnam, la película

En enero de 1968 ocurrió la gran paradoja de esta guerra: la victoria norteamericana que llevó a la derrota. Es la ofensiva del Tet, la movilización de todos los efectivos del norte para tomar en una campaña final el sur. Un éxito de planificación que logró atacar treinta y seis de las cuarenta y cuatro capitales de provincia, tomar la imperial Huế y llegar a la inexpugnable Saigón con tiroteos a edificios públicos. 

El investigador Mark Atwood Lawrence cree que la inteligencia americana interpretó este ataque como «el peor fallo de la guerra». A pesar de ello, todas las ciudades fueron retomadas por los americanos en los meses siguientes. Aun con este fracaso rojo, las bajas fueron insostenibles para la opinión pública estadounidense: más de veinte mil soldados resultaron heridos, asesinados o desaparecidos.

Este conflicto, el primero del cual se informó casi en directo, tuvo unos medios libres que retransmitían con apenas censura del mando. El autor Daniel C. Hallin recuerda de manera clarividente, en su excelente trabajo sobre esta cobertura disidente, que esa libertad de información era «consecuencia» de la propia división de los políticos en los Estados Unidos sobre la guerra. Afirma: «Los medios contradecían la visión positiva que los oficiales querían proyectar y, para bien o mal, esto es lo que quedó en el público».

Un suceso mediático, la matanza en la aldea Mỹ Lai (marzo de 1968), derrumbó para siempre cualquier imagen emancipadora de los soldados americanos. Una operación en la región de Son My acabó con una matanza de trescientos a cuatrocientos civiles a los que, según la filtración, se ajusticiaba de un «tiro en la cabeza». El testimonio del soldado Paul Meadlo, que recordó el sadismo de su superior, el teniente William Calley, fue drama periodístico de impacto para revistas como Life, Time o Newsweek

La ferocidad, las muertes de mujeres y niños por un mando errado, llevó a una crisis moral en los gobiernos demócratas y republicanos. La frase del presentador, del anchor, Walter Cronkite en la CBS fue el testamento del fin de la ingenuidad para muchos americanos: «¿Qué demonios está pasando?… ¡Pensé que estábamos ganando la guerra!».

Los héroes proscritos

La guerra acabó el 30 de abril de 1975. Las tropas americanas se retiraron poco a poco desde el año 1969. El autor libertario Michael Lind creyó «necesaria» esta guerra indochina en su libro revisionista sobre Vietnam. Hablaba de geopolítica, claro, pero también reconocía que la situación había sido excesiva y que debía haberse «limitado» el uso de la tropa.

Estos últimos, los reclutados, malvivieron en los dos lados como héroes proscritos ante marcos políticos cambiantes. El director de cine Oliver Stone, que vivió la experiencia de Vietnam (volvió en noviembre de 1968), recuerda su estado «paranoico y alienado». Pudo cambiar de oficio, como guionista, creando filmes escabrosos que parecían exorcizar los fantasmas de la guerra (El expreso de medianoche o El precio del poder). Platoon serán sus «memorias filmadas» de esa infructuosa experiencia que arruinó su primera juventud. 

Otros excombatientes americanos no tuvieron tanta suerte como Stone: generaron esa imagen del veterano vietnamita traumatizado, alejado de sus antiguas ideas y que fue nervio en el cine bélico de los setenta y ochenta. Herr decía:

Ensueño interrogante, amigos que venían del otro lado a comprobar que aún seguías vivo. A veces parecían tener quinientos años, a veces parecían exactamente igual que les había conocido, pero iluminados por una luz extraña, la luz explicaba la historia, y no acababa como ninguna historia de guerra que yo hubiese imaginado jamás.

En el lado ganador, las cosas no fueron tan bien como se podría esperar: el país quedó aislado y los vietnamitas siguieron conociendo el hambre. Una fuente tan poco sospechosa de ser conservadora como el autor Jonathan Neale recuerda cómo las cooperativas agrarias fueron un fracaso y el arroz, que escaseaba en el interior, seguía exportándose. Los veteranos vietnamitas acabaron siendo burócratas grises de un país moribundo. La propia inutilidad de esta guerra, que rompió la teoría del dominó, se demostró con las conflagraciones posteriores… entre los propios países comunistas.

En 1994 el embargo a Vietnam cayó y, seis años más tarde, en el 2000, Bill Clinton visitó el país. A diferencia de Stan, de Stone, de Donson, de todos aquellos idealistas, Clinton había evitado el reclutamiento y vivió más bien que mal la bohemia americana del tiempo. Una visita paródica, con créditos bajo el brazo, y en la que afirmó esperanzado (¿o quizá con sorna?) «que intentaría poner fin a todas las divisiones».

Miles de muertos y heridos, veteranos aullando su locura en la América Norman Rockwell, cientos de villas arrasadas por el napalm, niños huérfanos que lloran mientras los grillos enmudecen ante el zumbar sin fin de los helicópteros; ángeles de la muerte a ritmo de Richard Wagner («ángeles feos» los llamaban los soldados allí). Todos, todos ellos, lucharon por un territorio que veinticinco años después acabaría recibiendo al presidente de Estados Unidos con honores. Generaciones engañadas por las ambiciones de izquierdas o derechas de reyezuelos políticos que creían ganar la guerra fría en la caliente Indochina.

Solo les queda como consuelo la frase devastadora que cierra La chaqueta metálica y que solo pudo escribir Michael Herr:

Este es un mundo de mierda, sí, pero estoy vivo y no tengo miedo.


Claroscuros de un trepa, mujeriego y egoísta que hizo grandes cosas por la paz

Richard Holbooke en Vietnam del Sur en 1967. Foto cortesía de editorial Debate/Vladimir Lehovich.

En Nuestro hombre (Debate, 2020), la biografía de Richard Holbrooke, hay dos páginas que producen escalofríos. Transcurría el año 1991. El diplomático norteamericano llevaba más de una década sin desempeñar un cargo importante en el gobierno y se acercaba su cincuenta cumpleaños. Dos amigos le propusieron una cena con los más íntimos; a lo sumo ocho personas.  Holbrooke, ya por entonces con el ego muy inflado y consciente de la importancia de las buenas relaciones en política, los convenció para que le montaran una fiesta por todo lo alto. Los organizadores reservaron una gran sala en el 21 Club de Nueva York, local en que solían cenar los presidentes cuando visitaban la ciudad y donde Donald Trump y Frank Sinatra tenían mesas con su nombre. El día señalado se reunieron más de cien personas para celebrar el aniversario. Entre ellos había directores de medios de comunicación, políticos, artistas y financieros de Wall Street. La «aristocracia» neoyorquina. Además, fueron invitados la madre, el hermano y los hijos del diplomático. 

Cuando todos los comensales habían ocupados sus sitios en las mesas y comenzado a servirse los primeros platos, los mejores amigos de Holbrooke empezaron a desfilar por el estrado para decir unas palabras sobre él. Lo que tenía visos de convertirse en una aburrida enumeración de los méritos del homenajeado salpicada con cuatro o cinco anécdotas simpáticas, sin saber cómo, se convirtió en algo horrible. Los amigos del diplomático, años después, se preguntaban cómo habían podido contribuir a que algo así ocurriera. Era como si un diablillo juguetón hubiera sobrevolado la sala y confundido con mala idea las intenciones de los allí presentes. Uno de los oradores se rio de su libido descontrolada y de su debilidad por las «mujeres de mundo». Otro recordó su afición a dejarse invitar y a no pagar los taxis compartidos. Una novelista chino-estadounidense señaló que Holbrooke había nacido en el año de la serpiente, lo que explicaba su carácter insidioso y sibilino. El más viejo de sus amigos contó una anécdota que lo señalaba como demasiado ambicioso y como trepa. El director de un periódico, en el cenit de la crítica maliciosa, se lució con lo siguiente: «Probablemente os habréis dado cuenta de que tengo el hombro izquierdo más bajo que el derecho. Es por hablar tanto con Richard, que siempre está mirando por detrás de mí para ver si encuentra a alguien más interesante». Hasta su hijo David se animó a relatar cómo lo había marcado tener un padre así.

Así lo explica George Packer, el autor de la biografía:

Aquello estaba torciéndose. Los oradores improvisaban y trataban de mejorar el discurso del anterior, lo que llevó a algunos a denunciar el alto peaje que cobraba Holbrooke por su amistad. No supieron ser ingeniosos y los chistes eran demasiado crudos y aludían a realidades muy en carne viva. Hicieron sangre y el olor de la sangre hizo que se saliera todo de madre. Holbrooke, que jamás se reía de sí mismo —según decía porque no se conocía lo bastante bien—, se reía a carcajadas desde su mesa, al pie del estrado. Entendía que era la única manera de sobrevivir a aquella catástrofe. Se reía y no dejaba de mirar alrededor para que el resto de los invitados lo secundara. No tuvo éxito. Nadie más reía.

Al final, le llegó el turno a su amigo más íntimo y no se le ocurrió mejor idea que bromear acerca de la condición de judío de Holbrooke, algo que este solía negar y sobre lo que no le gustaba hablar. A la conclusión del evento, el diplomático, fingiendo estar feliz, pero en el fondo muy dolido, dio las gracias y celebró los discursos. «Fue el peor día de mi vida», le confesó meses después a su hermano.

Richard Holbrooke (1941-2010) fue uno de los diplomáticos norteamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Llegó a ser nombrado subsecretario de Estado para dos regiones, Asia y Europa. Fue embajador ante Naciones Unidas y en Alemania. Jugó un papel fundamental en la negociación de los acuerdos de paz de Dayton que pusieron fin a la guerra de Bosnia y fue enviado especial del presidente en la guerra de Afganistán. Además de todo eso, fue director de la revista Foreign Policy, financiero en firmas de primer nivel de Wall Street, miembro de clubs económicos y de asociaciones pro derechos humanos y asesor de diferentes lobbies y think tanks. Incluso fue durante quince años uno de los miembros más activos del controvertido Grupo Bilderberg. En los diferentes puestos de responsabilidad que ocupó realizó importantes servicios a su país y a favor de la paz mundial.

Richard Holbrooke aprobó el examen del Servicio Diplomático en 1962. Había leído a Stephen Crane y a Ernest Hemingway y quería vivir una guerra. Entonces, la de Vietnam era la única disponible. Pidió destino en el sudeste asiático y terminó aterrizando en Saigón una noche de asfixiante calor y agotadora humedad del verano de 1963. En Vietnam se integró en el departamento de Asuntos Rurales. Este organismo, que dependía de la Agencia de Desarrollo Internacional, ayudaba a los campesinos del sur de Vietnam a mejorar su situación económica. Les entregaban semillas, fertilizantes, cemento y otros materiales y les enseñaban nuevas formas de agricultura. En el fondo era una forma de contrainsurgencia. Entendían los americanos que los humildes habitantes de aquellas zonas no escucharían los cantos de sirenas de los comunistas del Vietcong si conseguían aumentar su nivel de vida. Idealismo de los sesenta al estilo norteamericano.

La experiencia en Vietnam marcó profundamente a toda una generación de políticos y diplomáticos norteamericanos. En sus notas y diarios Holbrooke denuncia la arrogancia de su país y, en especial, de sus dirigentes. Como se terminó demostrando, intentar imponer aquellas políticas de laboratorio en un país tan alejado geográficamente y con una cultura tan diferente era descabellado. Nuestro hombre se queja con amargura en sus escritos de que los informes que relataban la realidad de lo que estaba ocurriendo sobre el terreno nunca llegaran a las mesas donde se tomaban las decisiones. Más todavía le duele que los calendarios electorales tuvieran más influencia sobre la gestión de la guerra que los números de soldados muertos y el sufrimiento de las incontables víctimas civiles. Finalmente, el que tuvieran que ser los periodistas los que terminaran relatando la verdad de aquel desastre enseñó a Holbrooke el poder y la importancia de los medios de comunicación. Tanto aprendió en este terreno que filtrar noticias a la prensa se convirtió en una de sus herramientas favoritas para ganar influencia y escalar en el escalafón. A pesar del fracaso de su misión en Vietnam, el contacto directo con familias de campesinos que al día siguiente podían ser masacradas imprimió en Holbrooke un sentimiento humanitario que nunca lo abandonó.

Donde se pudo ver la mejor expresión de Holbrooke como diplomático fue en la guerra de Bosnia de los años noventa del siglo pasado. Habían pasado los tres mandatos republicanos seguidos (dos legislaturas de Reagan y una de Bush padre). Holbrooke había aprovechado ese tiempo en que no gobernaron los suyos para ganar dinero trabajando como directivo de diferentes consultoras y bancos internacionales. El demócrata Bill Clinton ganó las elecciones y Holbrooke estaba convencido de que él sería nombrado secretario de Estado ( el equivalente a ministro de Asuntos Exteriores). Su decepción fue grande cuando designaron a Warren Christopher, un hombre poco brillante, pero con menos enemigos que Holbrooke. Aun así, el diplomático viajó a los Balcanes como miembro del Comité Internacional de Rescate (CIR), organización dedicada a la ayuda a los refugiados y de la que formaba parte a título personal. Esta visita, que realizó en el primer año de la guerra, le permitió hacerse una idea bastante aproximada de lo que estaba ocurriendo. Aunque no se los habían pedido, Holbrooke mandó numerosos informes a la Casa Blanca; quería estar en la pomada fuera como fuera. Sus buenas relaciones con personas influyentes del partido demócrata como Averell Harriman y su insistencia en ofrecerse como experto en conflictos armados terminaron dando el fruto deseado.

En 1994, fue nombrado subsecretario de Estado para Europa con especiales responsabilidades en los Balcanes. En sus informes recomendaba que Estados Unidos se implicara militarmente en la guerra. Había dejado de ser una paloma para pasar a ser un halcón. El equipo de Clinton, ante el miedo a repetir lo ocurrido en Vietnam y verse atrapado durante más de una década en un conflicto regional, era reticente a intervenir. Al final, cuando las salvajadas de los serbobosnios alcanzaron su punto máximo con varias masacres de civiles en mercados del centro de Sarajevo, el presidente Clinton entendió que no había otra salida; comprendió que la inacción le podía salir políticamente más cara que el uso de las armas. La ONU terminó aprobando la intervención de la OTAN. El 30 de agosto de 1995 comenzaron los bombardeos de los aliados sobre las zonas ocupada por las milicias serbobosnias. En ese momento, se encargó a Holbrooke reunir un equipo y trasladarse por unas semanas a la zona de conflicto. Se trataba de negociar un acuerdo de paz con los tres presidentes de las repúblicas en guerra: Alija Izetbegović (Bosnia), Slobodan Milošević (Serbia) y Franjo Tuđman (Croacia). Hasta sus más enconados enemigos en Washington entendieron que Holbrooke era el hombre perfecto para negociar bajo las bombas.

La misión del diplomático y su equipo comenzó de forma desastrosa. Llegando por carretera a Sarajevo en dos vehículos, uno de ellos, un blindado del ejército francés, se despeño por una ladera y fallecieron cuatro hombres. Holbrooke viajaba en el segundo automóvil. Aquel accidente lo enfureció y, en el viaje de vuelta a casa, con los féretros envueltos en banderas americanas, se prometió que acabaría con la guerra. Durante aquellos días de continuos viajes entre Belgrado, Sarajevo y Split, capitales de las repúblicas en conflicto, Holbrooke vivió intensamente. Pasaba noches sin dormir, comía a deshoras y bebía en abundancia. Presionaba a los dictadores balcánicos y los engañaba contando en cada ciudad versiones diferentes de lo acordado en las otras. En las reuniones Holbrooke daba puñetazos en la mesa, gritaba y amenazaba, pero sobre todo persuadía. Sus interlocutores sabían que tenía poder para parar los bombardeos o hacer que aumentaran; o al menos así se lo hizo creer a todos. En el lenguaje serbio llegó a acuñarse un nuevo verbo inspirado en su apellido, holbrukciti, que significaba abrirse paso a base de fuerza bruta. 

Uno de los miembros de su equipo escribió esto en su diario:

No hay nadie más en el gobierno estadounidense que pueda sacar esto adelante. R. H. es incansable, intuitivo. No tiene miedo a Washington ni a la gente con la que tiene que lidiar aquí. Es un encantador de serpientes y sabe llevar a quien tiene enfrente por el camino que le conviene, con el enorme riesgo que ello conlleva. Tiene muchos enemigos y detractores. Si la misión fracasa, será el único responsable. Es muy valiente y hábil. Se esfuerza porque todos nos involucremos al máximo, pero manipula al equipo como a todos los demás. Es todo un personaje, no puedo evitar que me caiga bien. Hay que verlo en acción. 

Alija Izetbegović, presidente de la República de Bosnia Herzegovina y uno de los interlocutores con los que tuvo que negociar a cara de perro, no sintió nunca mucho afecto por Holbrooke. Sin embargo, escribió lo siguiente en su autobiografía:

Dicen que la diplomacia y el poder son los dos extremos de la misma escala. Cuanto más poder posees, menos diplomacia necesitas. En el caso extremo y según esta teoría, una verdadera superpotencia no necesita diplomacia de ningún tipo. Holbrooke refuta al completo esta teoría. Representaba a la mayor superpotencia, la única autentica superpotencia del mundo, pero era diplomático en toda la extensión de la palabra, y usaba sus habilidades de persuasión como la más poderosa de las armas.

Con el presidente serbio Slobodan Milošević mantuvo muchas y largas reuniones. Durante esos encuentros daban cuenta de grandes fuentes de cordero con patatas y los licores típicos de la tierra eran consumidos en abundancia. El dictador balcánico se excusaba siempre diciendo que no tenía autoridad sobre Karadžić y Mladić, los genocidas serbobosnios que estaban masacrando a los musulmanes dentro de Bosnia. En septiembre de 1995, a petición de Milošević, volvieron a verse. Lo hicieron a las afueras de Belgrado, en uno de los pabellones de caza de Tito, último mandatario de la extinta Yugoslavia. En el encuentro, el dictador serbio se quejó de que los bombardeos de la OTAN estaban causando víctimas civiles, entre ellos mujeres y niños, y pidió un alto el fuego general en Bosnia. Holbrooke objetó que parar los bombardeos estaba solo en la mano del general Mladić. Milošević, sorprendiendo al norteamericano, le dijo que se lo podría decir personalmente en unos minutos. Mladić y Karadžić se encontraban en la cabaña contigua. Holbrooke se quedó paralizado y pidió consultar a su equipo. Los norteamericanos discutieron si era ético darse la mano y sentarse a la misma mesa con dos asesinos en masa como aquellos. Decidieron hacerlo («Acabemos con esta pesadilla de una vez, Dick», le dijo uno de sus colaboradores) y aquella tarde se consiguió firmar un preacuerdo que dio lugar, meses más tarde, a los acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra. Como siempre en su trayectoria profesional, los méritos de Holbrooke se vieron empañados por su afán de reconocimiento. Las presiones que intentó ejercer para que le concedieran el Premio Nobel de la Paz avergonzaron a quienes las conocieron. No consiguió su objetivo.

Richard Holbrooke y el fin del siglo americano

Al final del libro, en la página de agradecimientos, el autor cuenta que en 2010, un mes después de la muerte de Holbrooke, su tercera mujer, Kati Marton, le entregó el archivo personal de su marido. Allí había un tesoro: cuadernos de notas, diarios, grabaciones de audio, apuntes para artículos, informes confidenciales, fotos, correspondencia… Holbrooke lo anotaba todo, se desahogaba en sus diarios y guardaba cualquier referencia que se hiciera sobre él en los medios de comunicación. Kati Marton, además, animó a los amigos, compañeros y conocidos de su cónyuge a colaborar con Packer. Esto le permitió hacer más de trescientas entrevistas y disfrutar el privilegio de revisar los diarios, cartas y fotografías de importantes cargos de las administraciones Carter, Clinton y Obama y de otras personas que, sin dedicarse a la política, influyeron en la vida privada y pública de Holbrooke. Leído el libro, uno duda si lo que hizo la tercera mujer del diplomático (entregando los archivos al completo) fue más una venganza contra su esposo que una contribución a la historiografía. Dice el autor que la única condición puesta por Marton fue escribir el mejor libro de que fuera capaz. 

La personalidad de Holbrooke era compleja y densa. El autor de su biografía, con remarcable esfuerzo, utiliza la capacidad de análisis del mejor psicólogo y la persistencia de un buen detective privado para desentrañarla y hacerla comprensible al lector. Holbrooke fue inteligente, idealista, compasivo y un hábil negociador. Además, como quedó de manifiesto en su fiesta de cumpleaños, fue egoísta, manipulador, mujeriego y mezquino. Por encima de todo fue ambicioso, muy ambicioso; para lo bueno y para lo malo.

George Packer, el autor de esta biografía, escribe en la revista The Atlantic. Previamente lo hizo durante quince años para The New Yorker, publicación de la que fue corresponsal durante la guerra de Irak. Entre sus libros destaca El desmoronamiento, (DEBATE, 2013). En este volumen, siguiendo la trayectoria profesional de quince estadounidenses (unos conocidos y otros anónimos), levanta acta del final del sueño americano. Su relato comprende desde 1978 hasta 2012 y muestra los pasos que han llevado a la mayoría de los norteamericanos a caer en el pesimismo. Explica cómo el dinero ha terminado haciéndose dueño de la política, lo que ha tenido como consecuencia que la brecha salarial entre las élites y las clases medias se haya agrandado hasta límites difíciles de tolerar. Cuando este libro se publicó nadie podía imaginar que Donald Trump llegaría a ser presidente. En una nueva lectura, el trabajo de Packer explica mejor que muchos ensayos más recientes los motivos que llevaron a muchos millones de norteamericanos a votar al millonario y los antecedentes que han conducido al país a la situación en que hoy se encuentra (masivas manifestaciones contra el racismo, treinta y tres millones de desempleados y más de ciento diecisiete mil fallecidos por COVID-19).

Con una estructura y un enfoque diferente, Packer completa el retrato de su país con la biografía de Holbrooke. Si en El desmoronamiento describía el declive americano dentro de casa, con Nuestro hombre se ocupa indirectamente de la decadencia progresiva de la política exterior norteamericana. 

El último libro de Packer ha sido mayoritariamente elogiado en los medios anglosajones. Walter Isaacson (biógrafo de Steve Jobs y de Henry Kissinger) ha dicho en The New York Times Review of Books que «si solo se pudiese leer un libro para entender la política exterior estadounidense y sus incursiones quijotescas en otros países a lo largo de los últimos cincuenta años, sería este». 

Hay dos asuntos dentro de esta biografía en los que la opinión de la crítica no ha coincidido: el regodeo del autor en el relato de la vida sexual y amorosa del protagonista y la afición que George Packer tiene a incluir su propia opinión sobre los errores y aciertos de Holbrooke.

Respecto a lo primero, es verdad que Packer parece disfrutar relatando chismes de la vida privada de Holbrooke. En una ocasión —Pág. 314— cuenta que el diplomático hizo el tramo final de un viaje en coche por Francia conduciendo con una sola mano. La otra mano «palpaba la calidez de la entrepierna» de la que en breve sería su tercera mujer (Kati Marton). Al comienzo del volumen desvela un affaire amoroso entre Holbrooke y Toni Lake, la esposa de su entonces íntimo amigo Anthony Lake (alto cargo de la administración Clinton). Hasta la publicación de esta biografía, esta relación extramarital que se produjo hace más de cuarenta años no se conocía. ¿Era necesario contar todo eso para escribir la mejor biografía de que fue capaz? Entendemos que, dado el profundo análisis psicológico que el autor hace sobre el biografiado, todos estos datos íntimos ayudan a ofrecer un retrato más preciso sobre su personalidad y su carácter. Es cierto que Packer se salta a la torera las reglas, pero también es verdad que, como lectores ávidos de conocer los motivos últimos que mueven a los personajes de la historia, debemos estar agradecidos al autor por su poca ortodoxia a la hora de componer su relato.  

Toda esa información (íntima, personal y profesional) que la viuda puso a su disposición es, además, utilizada con maestría por el autor para dar un salto mortal y realizar un ejercicio literario de altura pocas veces visto en una biografía. Lo más fascinante de este libro es disfrutar de algo muy sutil y al tiempo profundo: de la semejanza que, en diferentes planos, establece Packer entre la vida del biografiado y la política exterior de su país a lo largo de los últimos cincuenta años. Con esta comparación el autor trata de ejemplificar con los diferentes aspectos de la psique de Holbrooke los defectos y virtudes de Estados Unidos en sus acciones en el extranjero. Dicho paralelismo, aunque no es explícito, se percibe entre las líneas de las más de seiscientas páginas del volumen. A continuación, van algunos ejemplos de esta equiparación. El autor denuncia la arrogancia de los Estados Unidos en sus relaciones internacionales y para ello disecciona el gran ego y la prepotencia de Richard Holbrooke. En numerosas ocasiones a lo largo de la vida de Holbrooke la formula egoísmo+idealismo=eficacia (mérito de Packer) se convierte en la mejor manera de explicar sus éxitos profesionales; algo parecido ha ocurrido en la forma de actuar de los Estados Unidos fuera de sus fronteras cuando las cosas han salido más o menos bien. A través del relato de los años en que Holbrooke —que no tenía ni idea de finanzas— disfrutó de millonarias remuneraciones en bancos de inversión a cambio de sus contactos en la escena internacional, Packer encuentra la manera de subrayar cómo el poder del dinero acabó corrompiendo la política estadounidense y ensuciando los principios y valores de los padres fundadores. Dando un paso más en profundidad psicológica, el autor desnuda la inseguridad crónica del biografiado y la equipara al complejo de inferioridad que Norteamérica ha sentido siempre a la hora de relacionarse con países que tenían muchos más siglos de historia y culturas bastante más ricas y antiguas. Quien haya entendido el auténtico sentido de una película como Forrest Gump sabe a lo que nos referimos. La falta de seguridad suele disfrazarse de prepotencia y el complejo de inferioridad es a menudo un síntoma del narcisismo, aunque parezca un contrasentido. Eso ocurrió con Holbrooke y con el país que representó como diplomático.

En cuanto a la segunda crítica de la prensa internacional sobre este libro, es verdad que están de más las incontables ocasiones en que Packer aprovecha para incluir sus comentarios subjetivos y reírse de Holbrooke. Ya en el prólogo lo llama «egoísta monstruoso» y en la página 312 lo compara despectivamente con el gran Gatsby cuando manipula a una familia de conocidos para que inviten a una chica a su casa de Los Hamptons (localidad de veraneo de la alta sociedad neoyorquina). Es curioso, parece que George Packer termina haciendo en su biografía lo mismo que los mejores amigos de Holbrooke hicieron en su fiesta de cumpleaños. Richard Holbrooke era un hombre tan inteligente y con una personalidad tan compleja que puede que la única manera racional de llevarse bien con él fuera criticándolo.


Paradise Now! o cuando Coppola escribió el epitafio de la Era de Acuario

Francis Ford Coppola durante el rodaje de Apocalypse Now.

Cuando Francis Ford Coppola compuso su gran pesadilla bélica renunció a titularla como la novela que la había inspirado, El corazón de las tinieblas. Su largometraje era una adaptación del libro, fiel en muchos aspectos, pero divergente en otros. Ambas narran el viaje espiritual de un hombre que remonta un selvático río con la misión de encontrar a un oficial, el coronel Kurtz, que se ha rebelado contra la autoridad, convirtiéndose en el sanguinario reyezuelo de una comunidad indígena. Kurtz, se supone, ha perdido el juicio. Sin embargo, cuando el protagonista contempla los horrores del entorno (el colonialismo de África en la novela, la guerra de Vietnam en la película) termina deduciendo que es el mundo el que ha enloquecido y que Kurtz, en efecto un asesino, también es un hombre clarividente, incluso admirable en cuanto a su talla intelectual. Ha sido el espíritu de Kurtz, no su mente, el que ha sucumbido a la oscuridad que le rodea. Es un alma corrompida, pero acaso su rebelión, en sus circunstancias, es una reacción que demuestra cordura.

El epílogo de la novela bautiza Londres, o por extensión Europa, como el auténtico «corazón de las tinieblas». La colonización de África ha producido los horrores que convirtieron a Kurtz en lo que ahora es. La película apunta a las autoridades políticas estadounidenses como responsables del infierno en Vietnam y de la transformación de ese otro Kurtz, encarnado con maestría por Marlon Brando, en un monstruo. Pero hay una diferencia entre el libro y el celuloide. La novela deja brillar un destello quizá no de esperanza, pero sí de misericordia, cuando el lector descubre que su protagonista —Marlow— no se ha convertido en un cínico. Pese a que la terrible realidad de su viaje ha hecho temblar sus convicciones, pese que casi con fanática convicción afirma que detesta la falsedad y que hablará en Inglaterra de todo lo terrible que ha visto en el Congo, todavía conserva una sensibilidad hija de la parte más refinada de su civilización. Así, cuando la viuda de Kurtz le pregunta si las últimas palabras del coronel se las dedicó a ella, Marlow se ablanda y rompe su propósito de revelar toda la verdad, por dolorosa que sea. Tranquiliza a la mujer con una mentira piadosa y le dice que sí, que Kurtz se acordó de ella en el momento de morir. No tiene estómago para ser sincero y admitir que las últimas palabras del coronel fueron, en realidad, estas: «¡El horror, el horror!». Marlow, pues, todavía sigue siendo un hombre bueno, incluso ingenuo, después de haber viajado por uno de los rincones más sangrientos del planeta. Todavía es una luz en mitad de la tiniebla.

La película de Coppola no contiene ese epílogo de tímida bondad. Elimina ese momento final en que el protagonista se ve arrastrado, por sorpresa para él mismo, por un arrebato de ternura. En la pantalla, la historia termina en un rincón oscuro, sin conato de redención, con el horror que Kurtz susurra todavía silbando en nuestros oídos.

Apocalypse Now es una crónica de la guerra, pero también una metáfora sobre el final de la inocencia y el optimismo entusiasta de toda una época: el Verano del Amor. En 1979, año en que se estrenó la película, la guerra de Vietnam ya había finalizado, pero el país no había ido a mejor. La credibilidad de las instituciones estadounidenses había sido dañada por sucesivos escándalos (Watergate, Cointelpro, los «papeles de Vietnam»…) y reinaba un amargo escepticismo sobre el poder político. Apocalypse Now ejercía como doloroso recordatorio de que la contracultura de los sesenta, con su pacifismo y sus vociferantes ansias de cambiar la sociedad, no había servido para nada. Ahora todos en América lo entendían: en 1969, mientras cuatrocientas mil personas se congregaban en Woodstock para disfrutar de sexo, drogas y rock & roll, más de medio millón de soldados estadounidenses combatían en Indochina. Once mil murieron solamente aquel año; otros muchos miles sufrieron graves heridas, traumas irrecuperables y regresarían a casa con su vida destrozada en plena juventud. El ansia pacifista de quienes no combatieron era sincera, pues muchos tenían en el frente a hermanos, familiares, amigos, hijos. La película de Coppola, con todo, rubricaba el penoso descubrimiento de que el horror no se había evitado.

Una de las mayores pistas sobre las intenciones de Coppola está en el propio título que escogió para su film. Apocalypse Now era una referencia irónica y agria al título de una obra teatral estrenada en 1968, que durante algunos años se había convertido en uno de los símbolos más intelectualizados de aquella revolución que había nacido muerta. Había sido referencia para estudiantes, artistas y miembros de la intelligentsia con ansias de estar a la última. Se había representado en universidades e incluso en Europa, donde adquirió categoría de icono en movimientos como el Mayo del 68 francés. Héroes de la cultura pop, como Jim Morrison o los Rolling Stones, habían acudido a su representación y habían quedado fascinados. Sin embargo, nada de lo que aquella obra había intentado conseguir —de manera bienintencionada, aunque un tanto esnob— había llegado a suceder. Todavía peor: solamente una década más tarde, cuando Apocalypse Now se proyectó, aquella obra teatral, el embellecimiento de su protesta, el carácter afectado de su mensaje político… parecían de repente obsoletos, incluso por momentos absurdos. La obra se titulaba Paradise Now.

Había sido el cénit en la historia de una compañía teatral, el Living Theatre, fundada y dirigida por la actriz Judith Malina y el pintor, escritor y actor Julian Beck (a quien muchos recordarán como el inquietante predicador de Poltergeist II). Tenía fuertes vínculos con el mundillo vanguardista de la época, incluyendo a gente como Andy Warhol. Después de años de experimentación, el Living Theatre había desarrollado una fórmula en apariencia extravagante, pero poderosa, para convertir el teatro en una experiencia nueva.

Paradise Now, su más famosa representación, era una provocadora interacción con el público; los actores, casi por completo desnudos, tan pronto susurraban directamente en los oídos de los espectadores como después les gritaban, confrontándolos con temáticas cuya discusión era tabú en la sociedad de su tiempo —la homosexualidad, el feminismo, el racismo, la religión— para intentar despertar sus conciencias mediante la sacudida, el impacto.

Aquella provocación, cabe aclarar, no tenía nada de simple. Había un gran trabajo detrás, aunque fuese un trabajo un tanto peculiar. De hecho, la propia obra nació tras un arduo y complejo proceso de preparación, cuyos curiosísimos ensayos no consistían en recitar diálogos prescritos y eran más bien como un curso de autorrealización para los propios actores. La compañía realizaba toda clase de ejercicios espirituales y físicos, también emocionales, así como la lectura de textos filosóficos, en especial de vocación orientalista. También se consumían drogas para producir estados alterados de conciencia. El objetivo de aquellos ensayos era que los actores atravesaran ocho pasos en su particular camino hacia la mejor comprensión de sí mismos y de su entorno; hacia la liberación, en definitiva.

Cada uno de esos pasos se basaba en una «visión», expresada a través de un «rito» para conseguir una «revolución». Resulta difícil resumir con adjetivos el proceso de los ensayos que había detrás de la obra (los «siete mandatos del teatro contemporáneo», enumerados por Beck). Existen libros que detallan algunos de aquellos ejercicios; no tenemos espacio para describirlos aquí, pero sí podemos decir que, aunque estrambóticos a veces, eran interesantes. Aun así, un vistazo a los ocho estadios que debían atravesar los actores de la compañía da buena idea de su laberíntica idiosincrasia:

Esta curiosísima planificación, que en la práctica requería de un amplio arsenal de actividades, preparaba a los actores para ponerse frente al público con un rebuscado conjunto de recursos; se les podía acusar de basar su teatro en la provocación, sí, pero no de que esa provocación fuese simplona o fácil. Incluso cuando la obra estuvo de moda en determinados ámbitos, había quienes, más allá de sentirse modernos, de verdad admiraban la entrega y compromiso del grupo. No pocos quedaban fascinados. Keith Richards acudió a una de las representaciones, celebrada en Roma, por insistencia de su pareja de entonces, Anita Pallenberg. Después lo recordaría así en su autobiografía:

El Living Theatre era una famosa troupe anarcopacifista dirigida por Judith Malina y Julian Beck, que había existido durante años, pero por entonces estaba inmersa en un periodo de activismo y demostraciones callejeras. Era algo particularmente loco, duro; sus actores eran arrestados a menudo bajo acusaciones de indecencia. Tenían una obra, Paradise Now, en la que recitaban listas de tabús sociales ante la audiencia, lo que solía valerles pasar una noche en la trena (…) Todo giraba en torno a una pequeña élite de vanguardia —a veces, y a veces no, reunida por su afición a las drogas— de la cual Living Theatre era el centro. Era algo intenso, pero tenía glamour. Estaba envuelta toda esa gente guapa, como Donyale Luna, que fue la primera modelo negra famosa en América, y Nico, y todas esas chicas que daban vueltas por allí. (…) Todo estaba iluminado por la belleza de Roma, lo que le daba una intensidad especial.

El que personajes famosos estuviesen entre bastidores y entre el público, o el que la obra fuese venerada por el sector más refinado del movimiento contracultural estadounidense y el Mayo francés, no significa que la compañía tuviese una existencia cómoda. Como señala Richards, muchas de sus actuaciones terminaban con sus miembros en comisaría. Sobre todo, en Estados Unidos, pero también en Europa, a donde se habían mudado para evitar problemas con las autoridades federales. Durante un festival teatral en Francia, por ejemplo, Paradise Now causó un considerable escándalo. Más delicada fue su visita a Brasil, país entonces gobernado por una dictadura, donde varios de sus miembros, incluidos los fundadores, fueron detenidos; pasaron más de dos meses en prisión, antes de que la presión internacional consiguiera su liberación. En definitiva, las giras agotaban a los actores y la compensación económica no era demasiado pingüe; tampoco se les podía acusar de no estar implicados en lo que ellos consideraban su lucha.

Conforme pasaba el tiempo, sin embargo, el ímpetu revolucionario de la Era de Acuario parecía perder fuerza y los miembros del Living Theatre iban cayendo en el desánimo. Ellos no habían querido hacer solamente teatro; habían pretendido ayudar a cambiar las cosas. A medida que la cruda realidad se imponía sobre los ideales la tarea de seguir representando la obra se les hacía cada vez más cuesta arriba, y la propia representación, como hito contracultural, estaba pasando de moda. La obra tenía una finalidad, y si esa finalidad no se materializaba, continuar con las giras se convertía en un acto mecánico. Aunque la compañía no se extinguió (de hecho, ha continuado funcionando hasta el presente), sus grandes ansias revolucionarias se desinflaron.   

La elección que Coppola hizo del título Apocalypse Now para su película, pues, no era un detalle neutro. Era el epitafio de un fracaso colectivo. Se habían disipado sueños bienintencionados pero grandilocuentes de una generación, que en ocasiones habían tomado la forma de artefactos intelectualizados en exceso; admirables en la forma, pero nacidos de una concepción demasiado centrada en una visión gremial, más apreciada por la intelligentsia que por el público.

Entre tanto, en la jungla, la parte más desafortunada (y con frecuencia más pobre) de esa misma generación había entregado su vida, o su bienestar físico y psicológico, sin que pudiese destilarse una moraleja elevada. Los soldados, nos dice la película, ni siquiera habían sido la mejor parte, como muestra la escena en que, embrutecidos, se desbocan. Pero también habían sido, en el conjunto de la población estadounidense (y descontando, claro está, a los propios vietnamitas), las principales víctimas.

El gobierno les había obligado a derramar su sangre para nada. Mientras, en casa, la «revolución» se reducía a una espléndida pero accesoria colección de ademanes culturales. Con Apocalypse Now, Coppola parecía decirle a toda una generación: vuestra revolución, amigos, no ha sido más que un delicado jarrón chino. Se ha hecho añicos en cuanto ha perdido el equilibrio.

The Living Theatre en 1968.


Todos nacemos locos: Taxi Driver

Este texto pertenece al libro Todos nacemos locos. 50 títulos esenciales sobre el trastorno mental.

Travis Bickle nos enseña en Taxi Driver que el descenso a los infiernos puede ser una ruta circular. Un camino donde inicio y final son siempre el mismo punto, y donde todo lo aprendido queda borrado tras el paso de nuestro vehículo por el humo vomitado de unas alcantarillas que no esconden la verdadera basura de la ciudad. Una ciudad que nunca duerme. Travis tampoco duerme. Porque Travis Bickle conoce la fragilidad de nuestra memoria. Él ha estado en la guerra de Vietnam y ha visto lo que gran parte de la sociedad nunca verá y ni tan siquiera será capaz de imaginar. Y ha visto cómo los héroes de su país son olvidados y lanzados a la basura. Pero ellos, los que no han salido de sus vidas acomodadas, sí que duermen, porque están vacíos. Huecos.

Travis, por su parte, es incapaz de descansar, vive entre su taxi y los cines porno, entre prostitutas y proxenetas desalmados que son capaces de prostituir a niñas. Nueva York le observa mientras él observa a Nueva York, y solo es capaz de ver sus miserias y sentir cómo crece en su interior un odio y una ira que acabarán por ser el castigo de los pecadores. ¡Arrepentíos! Travis escribe su diario durante la película, el diario de un inadaptado, un diario que nos abre una ventana a la mente de Travis, a las emociones de Travis. Travis escribe como Paul Schrader escribió el guion de esta película, de forma frenética, dicen, catártica, sugieren, tras perder su empleo, a su pareja, su hogar y su poca dignidad; además de vivir obsesionado con las armas y la pornografía y sin hablar con nadie durante semanas. Schrader escribía porque si no lo hacía se acabaría matando, y la pistola que le acompañaba se lo recordaba durante el tecleo seguramente inconstante por los efectos del alcohol y las drogas que le mantuvieron despierto y enterrado hasta el cuello en su miseria vital.

Scorsese descubrió el guion, dicen las malas lenguas, gracias a encontrar algunas de las páginas en la basura de uno de sus camellos. Nosotros sabemos que no es cierto, pero ¡qué demonios!, esa historia antes de la historia es digna de conservarse aunque nunca haya existido. De la misma forma, Ralph Singleton contó en una entrevista televisiva que en alguna ocasión tuvo que esconder la cocaína del director ante la visita de la policía, cocaína que alimentaba a Scorsese para desaparecer más de una noche en fiestas privadas o para trabajar sin parar grabando tomas durante horas y horas con la única compañía de su operador de cámara a bordo del taxi. Esa es la esencia de Taxi Driver. Travis está en cada uno de ellos. Su soledad y su ira están inspiradas en parte en la figura de Paul Kersey, justiciero imaginado por el escritor Brian Garfield y llevado a la gran pantalla por Michael Winner, aunque Travis también bebe de obras contemporáneas, como Falso culpable, de Alfred Hitchcock, y novelas decimonónicas, como Memorias del subsuelo, de Dostoyevski. Ahora bien, Travis no hubiera sido Travis sin el trabajo de Michael Chapman en la dirección de fotografía, plasmando su descenso en unos planos brutales y a través de unas atmósferas que casan a la perfección con la música del legendario compositor Bernard Herrmann —obra póstuma—.

El blues que acompaña los pasos de Travis y sus intentos por congeniar con una sociedad solo a través de las mujeres, mujeres por las que sería capaz de todo, de pagar lo que fuera, de matar a quien debiera; los vacuos acercamientos a la sociedad; y sobre todo los rechazos conforman aquello que poco a poco, gota a gota —y es ahí donde se revela la grandeza del reflejo psicológico de Travis, ya que no se recurre al manido empleo de la locura repentina, sino que va llegando de forma gradual—, convertirá a Travis en el brazo armado de la justicia, de su justicia, en un hombre que solo quiere limpiar la suciedad de las calles, en un hombre con una misión encomendada por sí mismo y que no duda porque sabe que va a morir, y no solo no le importa, sino que lo acepta como algo natural en su misión. Una misión que se observa no solo a través de su monólogo interior, sino de su aspecto, con ese cuerpo cincelado y ese mohawk propio de los soldados que van a cumplir una misión casi suicida y que advierten a sus compañeros de que estarían mejor lejos, muy lejos de ellos. Que le dejen solo, porque Travis siempre fue un hombre solitario, él mismo lo dice: «La soledad me ha perseguido durante toda mi vida». Esa soledad es la que le da fuerzas en su cometido, un cometido casi divino si pensamos en las religiosas infancias de Scorsese y de Schrader. Porque Travis es un elegido, el elegido, el hombre asqueado, el de las ideas negras. Y qué más da si se habla de esquizofrenia, o de paranoia, o de síndrome de estrés postraumático tras la guerra; o si es un inadaptado o simplemente se trata de una persona que se ha cansado de todo y quiere arreglar a su manera lo que no está bien. Travis es un héroe, el héroe que la ciudad se merece, uno que malvive de noche y vuelve una y otra vez al origen de todo, que vuelve una y otra vez a odiar a la ciudad que ya lo ha olvidado y que le deja circular por sus calles cuando es incapaz de dormir y de olvidar lo que… lo que ya no es capaz de recordar.

Taxi Driver (1976)

Título original: Taxi Driver
Productora: Columbia Pictures, Bill/Phillips, Italo/Judeo Productions
Productor: Julia Phillips, Michael Phillips
Director: Martin Scorsese
Guion: Paul Schrader
Fotografía: Michael Chapman
Música: Bernard Herrmann
Montaje: Tom Rolf, Melvin Shapiro
Intérpretes: Robert De Niro, Jodie Foster, Cybill Shepherd, Albert Brooks, Harvey Keitel
País: Estados Unidos
Año: 1976
Duración: 113 minutos. Color


Fotos tristes reveladas en ácido

oie_41310273bpxcjb0
Tim Page y Clare Hollingworth en Vietnam, 1968. Imagen: Francois Sully / manhhai (CC).

Un animal mitológico recorre Vietnam. Salta y se cuela en los helicópteros de guerra, de sus fauces emanan densas bocanadas de opio, su cuerpo se mueve a las órdenes de una música metálica y estridente, no cesa de hacer chasquidos: clic, clic, clic. A su espera, un periodista cansado, Michael Herr, apunta en su libreta (que luego será su mejor libro) cuatro notas acerca de la leyenda: «Yo ya había oído hablar de él antes incluso de ir a Vietnam (“Búscalo, si sigue aún vivo”), y entre el tiempo que llegué allí y su regreso en mayo, había oído hablar tanto de él que tenía la sensación de conocerle si no me hubiesen advertido muchos: “No hay manera de describírtelo, de veras, es imposible”». El mito tenía nombre de perro, Tim, y es el fotoperiodista más recordado de la guerra de Vietnam. Un joven que ya era viejo a los veintitrés años, cuando Herr lo conoció. Sobrevivió a la guerra gracias a los porros, a la música de The Doors y a la adrenalina que se dispara cuando buscas la foto más cercana a la carnicería. Si esto suena a cliché, es porque él, Tim Page, inauguró estos clichés. El veterano de guerra psicodélico, el Hunter S. Thompson con cámara. Como todas las buenas historias, el relato empieza con un niño escapándose de casa.

«Queridos padres, estoy marchándome de casa para ir a Europa, o quizás a la Marina, y por tanto al mundo». Así empezaba la nota que dejó en casa de sus padres adoptivos, en Londres, a los diecisiete años. Ya era un poco viejo. Le había dado tiempo a casarse y a divorciarse, y también a estamparse con una moto, un accidente por el que casi pierde la vida y por el que quedó cojo para siempre. Antes de escapar, había soñado con ser piloto de guerra. Su huida, de Inglaterra hacia ningún lado, siguió el patrón extravagante de una novela beat: saltó a Europa, donde trabajó en una fábrica de Heineken, una de chicles y vendió sangre en Grecia; traficó con hachís en Pakistán e hizo de extra en una película en Bombay; fue contrabandista de tabaco entre la frontera de Tailandia y Laos. En este último país, encontró empleo en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos —mientras fumaba todas las drogas que podía— y escuchó por primera vez a los Beatles y a Bob Dylan. También empezó a hacer trabajos para la United Press International (UPI), una de las agencias de noticias más importantes del mundo. Era el encargado de hacer stringing, es decir, llevar las películas fotográficas desde Laos hasta la central que la UPI tenía en Tailandia, donde había las instalaciones para revelar los carretes. En Vientián, la capital de Laos, le llegó la suerte: fue el único extranjero que pudo tomar fotografías del intento de golpe de Estado de 1965, ya que los militares habían echado a la prensa. UPI le pagó cien dólares por esas fotos en exclusiva, le dio una cámara nueva y le ofreció noventa dólares por semana si se iba a Saigón. En Vietnam, jóvenes veinteañeros —con la misma mirada aventurera, nerviosa y desorientada que Tim— bajaban de los aviones con fusiles en la espalda. Aunque él llevaba una cámara, no se salvaría de las mismas cicatrices.

En parte, Tim fue leyenda porque acertó en cómo estar loco. La cultura joven de finales de los sesenta premiaba a los genios psicodélicos —los riffs de Jimi Hendrix— y el consumo masivo de drogas era un sinónimo de rebeldía, con el que, parecía, incluso congeniaban los jóvenes y disciplinados soldados estadounidenses que batallaban en Vietnam. Años más tarde descubrirían que, más allá de las risas, la marihuana y el opio eran los parches que tenían más a mano para evitar que brotara la mierda. Entre esta juventud estaba Tim Page, pidiendo dinero, cigarrillos y comida a sus compañeros de prensa, pobre como una rata; al día siguiente, después de cobrar miles de dólares por unas fotos, invitando a todos a botellas de licor y porros y más porros de marihuana. Bailando drogado y concentrado ante un espejo durante una hora, al ritmo de The Doors. Chillando y tirándoles los tejos a las virginales estudiantes vietnamitas, vestidas de uniforme y de larguísimo pelo negro, que pasaban ante él con sus bicicletas, hermosas. Su balbuceo, su risa, su verborrea sobre budismo, sobre guerra, sobre libros, sobre rock, sobre Tim Page y sus enfermedades venéreas (hablaba de él mismo en tercera persona); su casco donde llevaba escrito «HELP, I AM A ROCK!» (canción de Frank Zappa, si la escuchan entenderán el caos frenopático de la mente de Tim). Su figura hippie-militar aparecía en las fotografías de los periódicos, su nombre en noticias que anunciaban las últimas heridas de guerra de Tim Page, fotógrafo de guerra. Era carne de mito, seductora para sus compañeros de la prensa y seductora para una nueva generación necesitada de figuras contestatarias, aventureras y hedonistas.

Universal Soilder, de Tim Page. Imagen tomada del documental Vietnam’s unseen war. Pictures from the other side, 2002.
Universal Soldier, de Tim Page. Imagen tomada del documental Vietnam’s unseen war. Pictures from the other side, 2002.

Pero todo ese halo se sustentaba, en primer lugar, en el buen y arriesgado trabajo que hacía como fotoperiodista. Como en otros casos estrella de esa generación (Bukowski, Hunter S. Thompson, Kerouac) solemos regocijarnos en las anécdotas suculentas de los mitos, sin darnos cuenta de que la base de toda su fama venía de su máquina de escribir, es decir, de cuando se quedaban quietos y serios. Tim Page abrió la leyenda con su sobria y metálica cámara de fotos. Todo lo demás son fuegos artificiales. Desde su llegada a Saigón, fue conocido por lanzarse a las zonas de combate más peligrosas, donde otros fotógrafos no iban, y subir a un helicóptero tras otro en busca de balas enemigas. Su estrategia comercial era sencilla: esa fotografía tan suicida solo la tendré yo. Pero, con el tiempo, el arrojo se combinó con el estilo. Tuvo como maestro al fotoperiodista Henri Huet, famoso por una serie publicada en Life en la que mostraba a un médico de guerra, herido en el cráneo y con una gran venda cubriéndole el ojo izquierdo, cuidando a soldados malheridos que apoyan la cabeza en su regazo, como niños que se abandonan, en medio del horror y la sangre, a la protección de una madre. Otro de sus mentores fue Larry Burrows, el fotoperiodista que inauguró la fotografía de guerra en color. La sangre blanca y negra era más lejana, pero la roja supuso un choque todavía mayor de realidad. Tanto Huet como Burrows fallecieron en la guerra, cuando el ejército norvietnamita derribó el helicóptero en el que viajaban. Los muertos, las heridas y los fantasmas de viejos amigos se amontonaban en las pesadillas de Tim Page, pero la adrenalina de la batalla era un freno eficaz a esas presencias. Como a todo soldado, los espectros le abrazarían cuando llegara la calma.

Dice Susan Sontag, en un ensayo titulado Looking at War publicado en la revista New Yorker, que el poder de la fotografía reside en el choque fácil de memorizar que provoca en nuestra mente. Los documentales pueden mostrarnos centenares de vídeos sobre civiles vietnamitas asolados por el «agente naranja», y quizá alguna de esas escenas volverán en el futuro a nuestra memoria, pero ¿quién no evocará, sin casi esforzarse, la fotografía de la «niña del napalm»? Sontag compara la fotografía con una cita, un proverbio o una máxima, fácil de recordar e impactar en el imaginario popular. Cuando Tim Page viajó por un breve periodo de tiempo a Estados Unidos durante el transcurso de la guerra, le impactó fuertemente ver que en las protestas antibélicas los manifestantes llevaban pancartas donde aparecían sus fotografías. La pregunta que tanto él como todo aquel que ha reflexionado sobre este conflicto se ha hecho con el paso del tiempo es: ¿Los medios ayudaron a detener la guerra? Pero la pregunta sería trampa, como también es trampa preguntarse: ¿Los medios auparon la victoria del gobierno norvietnamita? ¿Los medios ayudaron a la derrota estadounidense? Como Sontag recuerda en su ensayo, la fotografía no existe sin una narrativa detrás. La fotografía por sí sola es pura propaganda. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿cuál fue el impacto que los medios tuvieron en el resultado de la guerra? Aquí se contraponen dos teorías muy extendidas: por un lado, la gran cantidad de historiadores que insisten en la fuerte influencia que tuvieron los medios en la opinión pública estadounidense, cada vez más opuesta al conflicto (en palabras del propio Tim Page, pacifista sin ser cínico ni naíf: «los medios le estaban haciendo [al Vietcong] el trabajo de desmoralizar a la población americana»). Esta posición, en resumen, atribuye un gran poder de convicción a los medios.

Por otro lado, hay teóricos que afirman que, de Vietnam en adelante, la sobreexposición a imágenes de guerra nos hace insensibles al horror. Desayunamos con fotos y vídeos de muertos, nos hemos convertido en simples espectadores del horror. Por tanto, una teoría afirma que los medios hacían que los estadounidenses se horrorizaran ante lo que sucedía en Vietnam y otra teoría dice que la sobreexposición de los medios los inmunizaba ante el horror. Ambas teorías se olvidan de un factor clave: los féretros. Eran los amigos muertos, los hermanos muertos, los hijos muertos, los que volvían a ser enterrados a casa. Lo novedoso de esta guerra es que los estadounidenses podían ver, sin demasiada censura de por medio, dónde y cómo morían sus hijos. Nadie desayuna tranquilo ante la fotografía, en primera plana del periódico, de un muerto desfigurado que podría ser tu hermano mayor. ¿Y en nombre de qué? Del containment, una teoría abstracta ideada por los círculos de política exterior de Washington que tenía como objetivo impedir la expansión del comunismo internacional. Al otro lado, los norvietnamitas, que luchaban en nombre de su propia tierra. Un argumento mucho más fuerte, sin necesidad de explicaciones académicas. Por eso Stalin, ante el avance de las tropas de Hitler, llamó a defender a la patria y no al comunismo. Los medios, los periodistas, los fotógrafos, Tim Page, jugaron su papel. Pero la base de todo era algo tan antiguo como la sangre y la tierra. Nuestro fotoperiodista tuvo que afrontarlo años más tarde, cuando la guerra de Vietnam quedaba lejos, pero los fantasmas no abandonaban su cabeza.

Al acabar este traumático conflicto, Page viajó a Estados Unidos, donde ya había trabajado para algunas revistas y se había relacionado con la contracultura de la época. Unos años antes había sido arrestado junto a Jim Morrison en medio de uno de sus conciertos. Se ve que el cantante de The Doors estaba recibiendo una deliciosa felación de una groupie detrás del escenario, cuando el novio de la chica se enteró, fue a quejarse a la policía y a las fuerzas de seguridad no se les ocurrió nada mejor que irrumpir con gases lacrimógenos en el camerino de Jim Morrison, que más tarde fue detenido junto a Tim Page y más periodistas. En el furgón de camino a comisaría, se dieron cuenta de que iban cargados de porros y drogas, y llegaron a la brillante conclusión de que lo mejor era comerse todos los estupefacientes que tenían. Pueden hacerse una idea del estado en que todos ellos llegaron a comisaría. La historia ocupó seis páginas de la revista Life.

Fotografía: Tim Page / Australian War Memorial.
Fotografía: Tim Page / Australian War Memorial.

Page también tuvo tiempo para realizar algunos trabajos conjuntos con su alter ego periodístico, Hunter S. Thompson, con el que desayunaba cócteles de vodka, pastillas multicolores y zumo de naranja. Pero aunque intentaba mantener el ritmo explosivo de Vietnam, a Page le empezaron a asaltar los fantasmas, como a centenares de veteranos de guerra que habían vuelto a Estados Unidos. El consumo de drogas y alcohol se le descontroló (aún más) y tuvo arranques de ira y violencia. Acabó en prisión y fue expulsado de Estados Unidos. Nadie le contrataba. Por un lado, la multitud de heridas físicas que había padecido durante la guerra le habían dejado muy tocado. Había sufrido heridas de balas en cuatro ocasiones, además de accidentes en trenes, coches y motos. Incluso, una vez que iba con lancha por el mar del Sur de China, helicópteros del ejército estadounidense ametrallaron su embarcación por error. Pero su última herida fue la más grave: acompañaba a varios soldados en la frontera entre Vietnam y Camboya cuando una mina explotó, le llenó de metralla el cráneo y tuvieron que extraerle un fragmento de cerebro dañado por la explosión. Pasó casi un año medio paralizado y luego en recuperación (aunque se las arregló para escaparse al festival de Woodstock con dos muletas y un agujero en la cabeza). Pero, además de las heridas físicas, el cuadro postraumático de veterano de guerra le asaltaba día tras día. En esa espiral de alcohol, violencia y decadencia profesional le vino una segunda oportunidad: un famoso director, Francis Ford Coppola, estaba trabajando junto a un antiguo amigo suyo, Michael Herr, en una película sobre la guerra del Vietnam. En ese film, Apocalypse Now, aparecía cierto fotógrafo de guerra, medio loco y medio tierno, encarnado por Dennis Hopper y que era, sin duda alguna, la primera aparición de Tim Page en las salas de cine. Gracias a su propia leyenda y a sus buenos amigos la gente volvió a recordar su nombre, su leyenda, y, quizá más importante, le volvieron a llamar para hacer trabajos como fotógrafo. Era una buena manera de empezar de nuevo, pero, al cabo de un tiempo, se dio cuenta de que sus fantasmas no huían. Necesitaba un choque, una catarsis. Y decidió volver a Vietnam.

Cuentan que en Indochina los fantasmas no traen el miedo, sino la tristeza. Según la tradición budista, los espectros suelen ser almas de aquellos que desaparecieron y murieron sin una ceremonia digna, por lo que vagarán atormentados hasta que sus huesos descansen en un lecho que familiares y amigos puedan regar con sus lágrimas. Tim Page suele encender palillos de incienso y rezar por esos espectros, especialmente por uno llamado Sean. También era fotógrafo de guerra, pero, más importante, fue el mejor amigo de Tim. Era valiente y guapo, algunos dicen que más que su padre, cierto actor llamado Errol Flynn. Desapareció junto a otro fotoperiodista, Dana Stone, cuando ambos viajaron a Camboya a cubrir la guerrilla de los Jemeres Rojos. Es muy probable que fueran asesinados por los secuaces de Pol Pot y que sus cadáveres se sumen a los miles de ejecutados en el país con más fosas comunes del mundo. Pero para Tim Page, los desaparecidos eran sus amigos, y cuenta que —en varias ocasiones, en las decenas de viajes que ha hecho de vuelta  a Indochina— ha oído sus voces y risas. Encontrar los cuerpos de sus amigos, algo que todavía no ha conseguido, se convirtió en su meta vital. Volver a Vietnam, la catarsis que buscaba. Sus últimos trabajos como fotoperiodista han estado ligados a ONG y proyectos humanitarios en la zona. Su homenaje profesional a sus amigos Flynn y Stone, pero también a sus maestros Burrows y Huet, fue un bonito libro de fotografías de guerra llamado Requiem. En él, Tim Page y el fotoperiodista Horst Faas recogieron las mejores fotografías de todos los fotoperiodistas que murieron en el conflicto de Vietnam. Desde leyendas como Robert Capa —que, al contrario que Page, no sobrevivió a una mina que se cruzó en su camino— hasta decenas de desconocidos fotógrafos vietnamitas que se jugaban la vida en la línea de fuego.

El camino budista y humanitario de Tim Page no le ha hecho dejar los porros, ni tampoco perder su particular sentido del humor. En las elecciones camboyanas de 1993, Page viajó como fotógrafo para cubrir esos comicios. Eran las primeras elecciones libres en Camboya después del régimen de los Jemeres Rojos y los años de ocupación vietnamita. Como era su cumpleaños, Tim decidió hacer una sopa de marihuana de quince litros y ofrecer un bol a los más de cien periodistas que había en la sala de prensa, sin avisar del ingrediente «feliz» que contenía el brebaje. El día empezó con decenas de corresponsales que se olvidaron de cubrir los primeros votos de esa jornada histórica y algunos que ni siquiera salieron del edificio de lo drogados que iban. Se pueden tener traumas de guerra, pero no se puede perder el sentido del humor.

Tim Page ya no sería fotógrafo de guerra. En las últimas entrevistas que ha dado, critica lo poco que se paga a los fotoperiodistas y el poco valor que se da a su oficio. Tampoco le gusta Oriente Medio. Hace ya unos años, trabajó en Afganistán como embajador fotográfico de la ONU y pasó, asegura, las semanas con más miedo de toda su vida. Tim, como todo veterano de guerra, suele hacer constantes buceos en la nostalgia. Las guerras de ahora suceden en lugares donde el alcohol está prohibido, las mujeres llevan tapada incluso la cara y una bomba te puede explotar en el coche en cualquier momento. En Vietnam había violencia, miseria y guerra, pero también cervezas, porros, gigantes y hermosas estatuas de Buda, radios en las que sonaba Jimi Hendrix, misteriosos bosques pintados en niebla, largas playas azules y mujeres que parecían tener la sonrisa más bonita del mundo.

oie_1b5m1ykgpcdg
Tim Page. Fotografía: Australian War Memorial.


Neurociencia de la tortura

Fotografía: JP Davidson (CC)
Fotografía: JP Davidson (CC)

Las historias de ficción, en el cine, la literatura y la televisión, nos enfrentan a las contradicciones reales que implica la práctica, más o menos oculta, de la tortura en nuestras sociedades, obligándonos como espectadores pero también como ciudadanos a cuestionarnos su validez y su permisividad. Estas ficciones, en las que a menudo se manipula emocionalmente al espectador, suelen instarnos a elegir entre unos principios morales que creemos incuestionables y la posibilidad de salvar las vidas de un grupo incierto de personas inocentes. Generalmente todo suele salir bien, la tortura se mantiene dentro de los límites de lo aceptable, a menudo basta con la amenaza, y el prisionero confiesa dónde han puesto la bomba y entrega a sus secuaces. Pero la realidad no suele ser así. Nunca es así.

Estos días, en los que aún estamos conmocionados por los recientes atentados en París y la escalada de alarma y peligro que han conllevado en nuestro entorno, se alzan las voces que piden medidas excepcionales para hacer frente a la amenaza terrorista: declaraciones de guerra, cambios en los códigos penales, restricción de derechos civiles, bombardeos preventivos o de castigo y un largo etcétera. El uso de la tortura con el fin de obtener información que permita evitar atentados o perseguir células terroristas es uno de estos límites, un límite marcado claramente por la Declaración de Derechos Humanos y otros convenios y que, sin embargo, ha sido ignorado y pisoteado repetidamente en situaciones como las que hoy vivimos.

Es necesario alertar de los peligros que implican para los ciudadanos, para nuestro Estado de derecho y para las libertades que son nuestro principal patrimonio, prescindir a conveniencia de nuestros principios éticos. También la ciencia, pese a que algunos aún la consideren como una mera herramienta, puede y debe participar en este debate en el que se ve inmersa nuestra sociedad, aportando argumentos y reflexiones, así como sus herramientas más valiosas, la objetividad, el espíritu crítico y el análisis y la contrastación de los datos. Veamos, por tanto, qué pueden decirnos sobre la tortura y su pretendida efectividad —principal argumento de quienes la defienden— los estudios realizados desde el campo de la neurociencia, ese área de la ciencia especializada en el sistema nervioso y, por tanto, en el cerebro.

En diciembre de 2014 se hizo público el resumen de una investigación impulsada por el Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre las prácticas de tortura cometidas por la CIA en los primeros años de esta llamada guerra contra el terror. Las conclusiones son espantosas y aunque solo se ha hecho público un sumario de quinientas páginas de las más de seis mil del informe, el extracto asegura que se torturó a más personas y de forma más brutal de lo que se había admitido hasta entonces, que la CIA manipuló a la opinión pública y a la prensa, engañó al poder legislativo y que, en contra de algunas declaraciones interesadas, de todo ello no salió ninguna información provechosa, nada. Además, la reputación internacional del país quedó gravemente dañada, el incumplimiento de los tratados internacionales, patente, y las posibilidades de ser un agente principal para una evolución positiva en el mundo islámico quedaron prácticamente anuladas. Una lección que los defensores de «el fin que justifica los medios» no deberían olvidar.

No hay estudios científicos, es decir, realizados en un entorno controlado y siguiendo las pautas establecidas para poder contrastar resultados, sobre la tortura. La ética lo impide, incluso si hubiera voluntarios. Desgraciadamente hay numerosas víctimas en las que se han podido explorar sus efectos físicos y psicológicos y también se han dedicado muchos esfuerzos a estudiar la tesis de si la tortura produce información veraz y si esta práctica terrible es realmente más eficaz que un interrogatorio normal. Estas son las principales conclusiones:

El cerebro torturado no funciona con normalidad

Los neurocientíficos saben que el sistema nervioso central reacciona al miedo, al estrés, al dolor, a las temperaturas extremas, al hambre, a la sed, a la privación de sueño, a la privación de aire, a la inmersión en agua helada, es decir, a todas las prácticas asociadas a la tortura. El estrés prolongado provoca una liberación excesiva de hormonas como el cortisol. Estas hormonas dañan el hipocampo —una estructura cerebral clave para codificar y recuperar memorias—, incrementan el tamaño de amígdala —otra zona cerebral que une un componente emocional a la memoria, dirige la atención y se comunica con otras regiones cerebrales— y afecta negativamente a la corteza prefrontal —que se encarga de la toma de decisiones, el juicio y el control ejecutivo—. Estas intervenciones generan problemas en la memoria, alteran el ánimo y nublan  la claridad mental y la toma de decisiones racionales.

Los torturadores esperan destruir la resistencia de la persona y obtener información fiable de un sujeto que no desea colaborar, pero el cerebro del sujeto está alterado en algunas de sus funciones básicas, con lo que es lógico suponer que su capacidad de proporcionar información fiable está gravemente alterada también.

Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)
Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)

La tortura altera los recuerdos

Con frecuencia el dolor y el estrés afectan al proceso de consolidación de lo que el detenido ha visto y vivido, es decir, distorsionan su memoria, haciendo que se incapaz —incluso aunque lo desee de recordar aquello sobre lo que se le pregunta. Las víctimas privadas de dormir están desorientadas y confusas y pueden convencerse a sí mismas de lo que los interrogadores están sugiriendo, creando pistas falsas. El sistema de muchos interrogatorios, repetir y repetir una historia bajo condiciones de estrés, es uno de los métodos más eficaces para introducir falsos recuerdos entre las memorias reales. Una investigadora lo comprobó con un grupo de personas, convenciéndoles de que siendo niños se habían perdido en un centro comercial. Comenzó diciéndoles, individualmente y de forma casual, que uno de sus padres se lo había comentado, después sugirió que imaginaran cómo podría había sido. Tras varias sesiones, un tercio de los voluntarios eran capaces de «recordar» cómo había sido esa experiencia que nunca existió.

La tortura pierde eficacia rápidamente

El dolor es un mecanismo de defensa que sirve para evitar al organismo un daño mayor. Cuando el daño ya es terrible, el dolor simplemente se apaga, algo que conocen muchas víctimas de un accidente de tráfico. Una tortura demasiado rápida causa normalmente que la persona pierda la sensibilidad o se desmaye. Además, diferentes personas tienen distintos umbrales para el dolor y algunos tipos de dolor enmascaran otros por lo que, aunque suene terrible, no es posible torturar de una forma científica, no hay forma de medirla y mantenerla dentro de unos límites. El torturador avanza a ciegas sobre las sensaciones de su víctima, las distintas sesiones suman abyección pero no avanzan en ningún sentido.

No hay niveles de tortura

Los torturadores lo saben y por eso siguen normalmente dos estrategias: aplicar el máximo dolor que su víctima pueda soportar, yendo al límite casi desde el comienzo y, en segundo lugar, explorar distintas técnicas, distintos tipos de agresión y dolor, intentando localizar las fobias y debilidades específicas de su víctima. Un resultado evidente es que las posibles normas sobre el grado de violencia aceptable se saltan siempre, no hay niveles aceptables de tortura, no hay nunca un uso limitado y medido, hay tortura y punto.

La tortura corrompe a la organización que la realiza y a todos los que participan

Los senadores norteamericanos, ante las conclusiones del informe, quedaron asombrados de la incompetencia de la CIA, con actuaciones que llevarían a la ruina a cualquier ferretería, como no saber dónde estaban las personas bajo su custodia, no atender a las quejas de sus empleados ni llevar a cabo estimaciones fiables del resultado de sus procedimientos. Rejali, un investigador dedicado al tema de la tortura, ha escrito que las instituciones que torturan, sea el ejército francés en Argelia, el ejército argentino en Argentina o la CIA en su lucha contra el terrorismo internacional, disminuyen su profesionalidad al mismo tiempo que hunden su estatura moral.

La tortura degrada también a las personas que colaboran

Un grupo de directivos de la American Psychology Association se asociaron con oficiales de la CIA y el Pentágono para evitar que la principal organización profesional de los psicólogos estableciera normas éticas que habrían impedido o dificultado la participación de estos profesionales en los «interrogatorios coercitivos» de Guantánamo. Tras la colaboración de estos directivos de enorme prestigio con las agencias de defensa existían intereses económicos, algo que ha sido un escándalo dentro de la profesión. Cuando estas actuaciones fueron conocidas, Nadine Kaslow, otra directiva de la APA, declaró que «sus acciones, políticas y falta de independencia respecto a la influencia gubernamental demuestran que no se estuvo a la altura de nuestros valores. Lamentamos profundamente, y pedimos perdón, por el comportamiento y las consecuencias que se derivaron. Nuestros asociados, nuestra profesión y nuestra organización esperaban, y merecían, algo mejor».

La tortura impide la recogida voluntaria de inteligencia

El factor principal, tanto para resolver un asesinato como para hacer caer a una red terrorista, es la cooperación de la población. La tortura rompe la confianza entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad —el respeto y la afección hacia estas últimas disminuye y el miedo no sirve de puente— y hace que lo que antes era una investigación normal, bajo un paraguas de colaboración y reconocimiento mutuo, sea ahora mucho más difícil y mucho menos provechosa.

Las víctimas de la tortura aportan información que casi nunca es fiable

Información que además para los servicios de inteligencia es muchas veces contraproducente, haciéndoles gastar tiempo, dinero y recursos humanos y materiales en callejones vacíos y pistas falsas. Los prisioneros rápidamente aprenden que cuando hablan no les tienen la cabeza debajo del agua; es decir, hablar significa menos sufrimiento. Por lo tanto, hay que hablar a toda costa y no importa si lo que se dice es cierto o no lo es. Algunos detenidos intentarán dirigir a los torturadores hacia antiguos enemigos suyos, muchos mentirán y dirán cualquier cosa con la esperanza de que la tortura termine. El informe del Senado encontraba numerosos casos en ese sentido. De hecho, cuando el interrogado daba información veraz, a menudo no era creído, algo que le pasó al senador John McCain, uno de los impulsores del informe, cuando fue prisionero de guerra en Vietnam del Norte. Los estudios realizados demuestran que las agencias torturadoras son incapaces de distinguir la información falsa de la fiable.

La tortura daña la causa del torturador

La disonancia cognitiva necesaria para infligir daño conscientemente a un semejante desarmado genera unos síntomas parecidos a los del trastorno de estrés postraumático. Según el libro None of Us Were Like This Before (Verso, 2010) de Joshua Phillips, muchos de los veteranos estadounidenses que realizaron torturas en Irak experimentaron una intensa culpa, cayendo un alto porcentaje en el consumo de drogas. Los ingleses que torturaron en Irlanda del Norte también declararon que lo que habían hecho estaba mal, con lo que ello implicaba de caída de la moral y confianza en la propia causa.

Un prisionero Viet Cong aguarda al interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
Un prisionero Viet Cong aguarda el interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)

Muchos torturados son inocentes

Un estudio del programa Phoenix, un proyecto de la CIA bajo cuyo amparo se torturó y asesinó a miles de personas durante la guerra de Vietnam, encontró —según Ryan Cooper— que por cada guerrillero del Viet Cong torturado se torturó a treinta y ocho inocentes. Otros estudios han encontrado que la proporción era incluso mayor, de setenta y ocho a uno.

La tortura es en ocasiones una vía hacia el enriquecimiento personal

No solo tenemos el caso de los directivos de la APA que mencionábamos anteriormente. Los responsables sudvietnamitas del proyecto Phoenix eran a menudo burócratas incompetentes que se lucraron con las pertenencias de sus víctimas, dándose casos en los que incluso aceptaron sobornos para liberar a detenidos que sí eran realmente miembros del Viet Cong. Algunos militares argentinos obligaban a los secuestrados bajo su custodia a firmar contratos de compraventa de sus propiedades a su favor. La tortura es el negocio del torturador.

Por todo ello, más allá del ataque frontal contra los principios y valores sobre los que hemos construido todo aquello que hoy queremos defender, la tortura es un método burdo y de malos resultados para obtener información. Las fuentes de error son sistemáticas e imposibles de erradicar. Las memorias verídicas se borran, se distorsionan y se alteran por culpa de la propia tortura. Se ha llegado a decir que disparando al azar en una multitud hay más posibilidades de acertar a un enemigo que siguiendo las pistas obtenidas con la tortura de un detenido.

Así, más allá de los estudios científicos pero reforzados por estos, la perspectiva que nos proporcionan los últimos catorce años de lucha contra el terrorismo islámico nos dice claramente que en ningún caso debemos dejar en segundo plano los valores éticos y morales que nos constituyen como sociedad y como individuos, que lejos de sacrificarlos en pro de un bien mayor debemos reforzar nuestro compromiso con los derechos humanos y que la tortura nunca, jamás, es el camino. La tortura está prohibida porque es inmoral, cruel e inhumana, pero además es inútil, mina la autoridad moral de quien la practica, hace avanzar la causa de los terroristas y daña profundamente los estados de derecho.

Para leer más:

  • Childress S, Boghani P, Breslow JM (2014) «The CIA Torture Report: What You Need To Know». Frontline 9 de diciembre. Enlace.
  • Cooper R (2014) «Why torture doesn’t work: A definitive guide». The Week 18 de diciembre. Enlace.
  • Harris LT (2015) «Neuroscience: Tortured reasoning». Nature 527: 35–36.
  • O’Mara S (2015) Why Torture Doesn’t Work: The Neuroscience of Interrogation. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.


José María Carrascal: «Un periodista no puede ser amigo de un político»

José María Carrascal para Jot Down 0

La biografía de José María Carrascal (El Vellón, 1930) puede ser un verdadero resumen del siglo XX: fue periodista en el Berlín del muro, curioso espectador de la contracultura neoyorkina y figura conservadora televisiva parapetada en sus corbatas lisérgicas. Su último capítulo, que esperemos no tenga un final cercano, lo presenta como un jubilado parlanchín que escribe de manera libre sobre Cataluña, Podemos y lo que le plazca.

Usted fue marinero mercante.

El mar siempre me había tirado: había en casa tres libros del capitán Argüello. Estudié Náutica, que me costó bastante, especialmente las matemáticas. Fue una experiencia muy enriquecedora. Con veinte años uno de repente descubre que el mundo es otra cosa. Navegábamos y nunca sabíamos cuál iba a ser el próximo destino. Salías de Bilbao, donde estaba limpiando fondos, en Portugalete, luego a Emden, en Sajonia (Alemania) después me enteré de que había sido una base de submarinos alemanes. Cardiff, donde cogíamos carbón y lo llevábamos a Boston. A Filadelfia, a por trigo. Acababas en Vigo. Después Génova, luego Tatal, en Chile. Me acostaba a las cinco y me despertaba a las diez para hacer la meridiana, había que hacer un cálculo de navegación con las estrellas, ahora llamas al satélite y te da tu posición clavada. Pero yo nunca hubiera llegado a ser capitán. Lo descubrí muy pronto, el capitán me echó la bronca por hablar con la tripulación, ya que me gusta charlar y hablo con todo el mundo. Me dijo: «Usted es un oficial, y los oficiales no hablan con la tripulación». Y tenía razón, cuando estás mucho tiempo en el barco notas cómo el ambiente se va enrareciendo y hace falta disciplina.

¿Cómo acaba siendo profesor de español en Berlín?

En la Universidad de Barcelona, haciendo Filosofía y Letras, vi un anuncio que decía: «Se necesita profesor de español. Sin alemán. Nativo». Solo se necesitaba el título de bachiller, y yo lo tenía. El destino favorito de los ingenieros alemanes era Hispanoamérica. Una de las asignaturas de la Hoschule era el español. También di clases particulares a gente como Joachim Lipschitz, muy amigo de Willy Brandt, que era consejero del Interior en Berlín.

El alemán lo aprendí con mi mujer, que es la mejor forma de aprender el idioma. También con un libro de texto a base de ejercicios que compré en Berlín Este. Un libro soviético: cogías el pretérito e ibas ejercicio a ejercicio. Luego encontré trabajo en la Volkswagen como traductor en la rama de publicidad, en Wolfsburgo, un pueblecito de frontera junto a la Alemania Oriental. Cruzaba todas las semanas la RDA, ciento cincuenta kilómetros, por autopista, y volvía a Berlín con las hojas que tenía que traducir diariamente. Pagaban mucho mejor: cuatro veces más.

¿Cómo empezó el periodismo?

En el Diario de Barcelona, escribí cuatro largos artículos sobre las cuatro zonas del Berlín ocupado. Me los publicó ABC. Luego me contrataron en el diario Pueblo, sin conocerme. Y pasó una cosa muy interesante: en la prensa española se habló muy poco del congreso de Bad Godesberg de 1959 en el cual la socialdemocracia abjuró del marxismo. Informé sobre ello en Pueblo y lo importante que era, y se publicó. Entonces los corresponsales alemanes lo interpretaron como que el gobierno español estaba intentando acercarse a la socialdemocracia (risas). Nunca me dieron instrucciones, aunque quizá alguna crónica no se publicó…

Fue testigo directo cuando levantaron el muro en Berlín.

Lo vi venir antes. A los extranjeros nos permitían ir a Berlín Este sin problemas, pero luego hubo que hacer unos trámites. Empezaron a haber retrasos en la frontera, donde te fastidiaban todo lo posible, impusieron unos trámites. Estaba un día en la estación de Friedrichstraße, vi un montón de gente con maletas y le dije a mi mujer «como no cierren, se quedan sin nada». Lo dije de broma, y quince días después sucedió, llegaron las alambradas. Para la gente que vivía allí fue brutal, pero para mí supuso el inicio de mi carrera periodística. Me pusieron un télex en el diario Pueblo, cerraron la corresponsalía de Bonn y me ofrecieron ser el periodista que cubriera toda Alemania desde Berlín.

Entonces había un cálculo. Berlín Oeste le costaría tomarlo a los tanques soviéticos veinte minutos. Nos dieron doscientos marcos a cada residente por quedarnos, incluidos los periodistas extranjeros, fue lo que llamaron la zittern salen, «la paga del tembleque» (risas).

José María Carrascal para Jot Down 1

¿Cómo era el clima social de Berlín?

Era tan bueno que no he querido volver nunca más a la ciudad. Era una isla, y estas tienen un ambiente cerrado. Los extranjeros éramos los amos, los liebling de Berlín: garantizábamos que se mantuviera como una isla en medio del comunismo. Al casarme con una alemana el Ayuntamiento me proporcionó casa allí. Para que te hagas una idea, en la Maison de France en medio de la ciudad no podían entrar los alemanes a no ser que fueran con un extranjero. La asociación de corresponsales extranjeros de Berlín era la única capaz de tener gente de las dos ciudades, la capitalista y la comunista: a los orientales les interesaba ir a las reuniones con las autoridades berlinesas occidentales. Quizá por eso eran casi todos espías.

Allí estaba Willy Brandt. Nos reuníamos todos los jueves en la cervecería del Schiller Theater, y hablábamos de todo y de más: se bebía mucha cerveza. Ellos, los comunistas, nos compraban de la forma más elegante: ofreciéndonos viajes. Recuerdo uno a Praga, con nuestras esposas, en el año 65, poco antes de la primavera. Allí ya se respiraba ese ambiente de revuelta. El clima de la asociación de corresponsales se agrió por los problemas de muro y los corresponsales estadounidenses e ingleses debieron recibir instrucciones para disolverla. ¿Por qué? Porque era un sistema de espionaje, y si no se hacía, los comandantes, que dominaban cada una de las zonas, impedirían nuestro trabajo.

¿Y Berlín Este?

Era todo gris, opaco, como es en los países comunistas. Pero había lujos, para una élite, que podía comprar en determinadas tiendas, restaurantes e incluso ir a la ópera. Tenían la Universidad Humboldt donde intenté estudiar pero no me admitieron. Y el teatro de Bertolt Brecht, que dirigía su viuda. También un restaurante del partido, Ganímedes, que era muy bueno. Con nuestro cambio de divisas de cinco a uno todo nos parecía barato. Tenía unos amigos allí, del partido, y pasaba fines de semana con ellos en un barco. Vivían muy bien: en una dictadura si eres de la clase dirigente vives en el mayor de los lujos ya que nadie discute tu posición.

Es la frase de Agustín de Foxá: «Tengo el mejor cargo posible: diplomático en una dictadura».

Claro. O diplomático o del partido. Aunque en el partido te pueden cortar la cabeza en cualquier momento.

Estuvo a punto de ser corresponsal en Moscú también.

Emilio Romero, director de Pueblo, quiso que fuera corresponsal en la capital de la Unión Soviética. Pero España no tenía relaciones diplomáticas. Un amigo que había hecho en la asociación, Kukushin, me puso en contacto con el diario soviético Izvestia (La Noticias), expliqué que Pueblo en España era el periódico de los sindicatos. Me dijeron que en Izvestia me daban acceso a la información y télex, pero no tendría rublos convertibles, porque no había relación entre ambos países. Emilio Romero tendría que haberlo pagado todo, cinco mil dólares mensuales. Sin embargo, Jesús de la Serna, subdirector de Pueblo, me dijo que el gobierno de Franco se había negado. «Que luego los rusos pedirían un corresponsal en Madrid, y que luego serían todos espías», dijeron. Me ofrecieron ir de corresponsal a Estados Unidos y acepté. Mi mujer había sido azafata en la Panamericana y le encantaba ese país.

Miguel Ángel Aguilar nos afirmó que era una persona «muy corrupta», y que llegaba a falsificar las cuentas de la Asociación de la Prensa, que había robado hasta las mantas de un hospital de tuberculosos y estaba sentenciado por ello.

No tengo realmente información sobre esto, ni la menor idea de su vida particular. Hay que guardarse, eso sí, de tirar piedras a otros. Podría hablar de personajes que has citado, pero no me interesa.

¿Cómo era el periodismo bajo la dictadura? ¿Sufrió la censura?

En mi puesto no había censura, solo aquí: ellos enviaban las galeradas al Ministerio de Información y Turismo y les decían cuáles iban y cuáles no, pero no he llevado cuenta de si se me ha censurado o no. De la misma manera que no se censuró el artículo de la convención socialdemócrata, no se hizo con lo que escribí de Estados Unidos en contra de la guerra de Vietnam o el Watergate. La censura era para las informaciones del país, no para las relaciones internacionales.

Era el truco que utilizaba Haro Tecglen en Triunfo: utilizar la política internacional como pantalla de la nacional.

Sí. Se podía utilizar el Watergate, por ejemplo, un juicio a un presidente por parte de las cámaras.

¿Cómo era el Nueva York de 1966?

Era fascinante. La contracultura en aquellos tiempos era «in». En Nueva York estaba el East Village, el Electric Circus, el Fillmore East, y un buen día te encontrabas a hippies en Wall Street. En aquel tiempo los Estados Unidos eran un país muy libre: en el mismo momento que pasaras el Inmigration te perdías en el país. No existía, ni tampoco ahora, carné de identidad. Los hippies se subían a la galería de Wall Street y empezaban a tirar billetes de dólar a los brokers que estaban abajo. ¡Era un espectáculo!

John Lennon afirmaba «Nueva York es hoy como París el siglo pasado».

Más bien la Roma de nuestro tiempo. Plácido Domingo, que era mi vecino, me lo decía: «Lo que sale en el New York Times tiene una repercusión mundial». En Viena le pagaban más, pero en Nueva York tenía más fama. Cuando se establecieron las relaciones con China, tras la diplomacia del ping pong, se creó la primera línea aérea con salida de Nueva York a primera hora de la madrugada. Era para que los chinos pudieran comprar ese periódico a la una de la mañana, y llevarlo a Pekín (risas).

José María Carrascal para Jot Down 2

Usted, en su libro Groovy, fue muy crítico con la cultura hippie.

No tanto: lo que escribí estaba sacado de un hecho real. La cultura hippie comenzó como una cultura del amor, y al inicio lo era. Esos chicos de clase media, clase media-alta, creían en ello. Pero cuando todo se mezcló con chavales de extracción más baja, donde eso del amor, las rosas, les interesaba poco… entre ellos se empezó a imponer el más brutal. El caso de esa chica que novelé, a los tres día de llegar a Nueva York de Idaho, se encontró en un asesinato, es real.

Todo fue degenerando: el concierto de Altamont de los Rolling Stones, que habían contratado a los Hell’s Angels con toda la cerveza del mundo como seguridad y acabó a navajazos. Mientras que Woodstock fue un éxito, ¡cuántos niños se procrearían allí!, en Altamont tuvieron que sacar a la banda en helicóptero como a los americanos de la embajada de Vietnam. Es lo que pasa con estos movimientos tan idealistas: la naturaleza humana sale a flote. No somos ángeles.

¿Y qué recuerdo guarda la guerra de Vietnam?

Me arrepiento un poco de haber sido crítico con ella. Cuando he visto a los norvietnamitas al acabar la guerra intentar establecer relaciones con los Estados Unidos. ¡No eran tan idealistas! La teoría del dominó, la que invocaban los norteamericanos, fue real sobre todo en Camboya. La masacre en Camboya, las pilas de calaveras, eran increíbles. Pero desde mi punto de vista ahora, me resulta absurdo que se intenten imponer los valores de Occidente por la fuerza. Lo estamos viendo en los países del golfo Pérsico: es inútil, ellos tienen otros valores.

Según un estudio de la Universidad de Harvard, Estados Unidos asesinó a seis millones de personas en esa guerra.

Sí, de acuerdo. Por eso fue un error. Los Estados Unidos tienen un sentido mesiánico: como a ellos les ha ido bien con la democracia… pero son un país que no tiene nada que ver con el resto. Es artificial por completo, es como una sociedad anónima. Con gentes que vienen de lo más bajo, y en una generación se convierten en clase media. Pero eso funciona solo allí, en el exterior no puede funcionar.

Sigmund Freud decía que «Estados Unidos es un gran experimento».

Está siempre fermentando. Estados Unidos cada vez mira menos a Europa y cada vez más a Asia. El Pacífico es su interés, y la asiatización de Estados Unidos es el fenómeno más importante que está sucediendo ahora mismo. No solo comercial, sino también racial: la cantidad de parejas mixtas, americanos y asiática, ha crecido desde los 90 un un ciento cincuenta por ciento. Es increíble. De la misma manera que la pareja afroamericana-anglosajona permanece estática, no varía. Ellas y ellos, en las universidades de élite, de ciencias, son casi todos asiáticos, donde han desplazado a los judíos.

¿Conoció a David Peel y demás agitadores contraculturales del tiempo?

Yo me movía en la contracultura porque Nueva York es muy pequeña. La ciudad que sale en los periódicos está entre la calle 1 y la 72 o 79; entre los dos ríos. Se puede hacer andando. Mientras mi mujer se iba a ver a sus padres en verano, yo me lo pasaba en el East Village porque era divertidísimo. En el Fillmore East se veían películas de Andy Warhol. Y no te digo nada del Electric Circus: era un sitio que no sabías si era un circo y veías a gente tirada en el suelo o subida a lianas. Era la libertad en su máxima expresión. Tenía que enviar mi crónica todos los días, y la enviaba… pero lo hacía sin haberme ido a dormir antes (risas). Entonces era uno joven. No conocía yo esto. Tenía un buen amigo, Pepe Sobrino (muerto el año pasado), que tenía una casa en la costa oeste, y me ofrecía visitarle. Trabajaba para la United Press. Era un ambiente tan relajado, sin complejo de ninguna clase. Sobre todo viniendo de la cultura norteamericana puritana, de disciplina moral y de estricto cumplimiento de tareas. Contra eso precisamente se rebelaba la contracultura americana. Yo la conocía por Kerouac, On the Road, y había leído bastantes libros…

¿Llegó a leer los tratados y libros de Timothy Leary? Decía «el primer golpe de Estado es el golpe de estado mental».

Él era un propagandista del LSD, y después entraba dentro del mundo de Alguien voló sobre el nido del cuco, con su autor Ken Kesey. El LSD en principio no era una droga: se ensayó en California como remedio contra la esquizofrenia. Allí se apuntó Kesey, y lo consideraba como una especie de sustituto del electroshock, pero sin quemar neuronas. El LSD actuaba como terapia de choque: se podía comprar en la farmacia. Kesey y unos cuantos iban en una furgoneta Volkswagen pintada cargados de LSD. Eran los «Merry Pranksters». De esa experiencia también sale parte de la película Easy Rider. Era otro mundo, pero que se hundió rápidamente. Yo ya dejé de ir por esos ambientes en el año 70, porque te encontrabas un tío cargado de esto y no podías responder sobre lo que te haría. El LSD confunde los sonidos con los colores, estos con las palabras: era una desconexión de las neuronas. Ellos dicen que lo pasan bien, pero la verdad es que los casos que he conocido, como el hijo de mi predecesor en ABC José María Massip (periodista al que admiraba profundamente), eran terribles.

Richard Nixon habló de Timothy Leary como «el hombre más peligroso en los Estados Unidos».

Sobre todo para él (risas). Visto con la perspectiva del tiempo no creo que fuera una persona para poner gente joven en sus manos.

José María Carrascal para Jot Down 3

¿Cómo era el clima social de la ciudad? Es el tiempo del cine de cine callejero de Paul Schrader o Martin Scorsese y las películas hippies

Yo asistí al estreno de Hair. Una amiga de mi mujer nos dijo: «He visto un nuevo musical que es tremendo, fantástico. En Off-Broadway». Fui para allá pensando en el teatro de Alemania, donde son muy formales, y fui perfectamente con mi traje gris oscuro, con mi corbata. Me senté, estaba detrás de mí la escritora que escribió El valle de las muñecas, Jacqueline Susann, y de repente llegaron una serie de hippies que me gritaron: «Are you necrophile?» («¿Es usted necrófilo?») Yo pensé «me cago en tu padre». Era por ir vestido así. Quedé fascinado con Hair, y también con Jesuchrist Superstar posteriormente. Escribí un artículo para Pueblo sobre Hair… y no lo publicaron. Pensé: «Ellos se lo pierden». Y luego, dos años después Carlos Castro, el redactor jefe, me dice: «José María, nos hemos enterado de que allí hay un musical estupendo, y se llama Hair. A ver si nos puedes enviar una críticas». Yo respondí: «¡Idiotas! ¡Os la envié hace dos años!».

¿Había tensión racial en la ciudad?

Nueva York se fue volviendo mucho más violenta. Es el marco de mi segunda novela, Mientras tenga mis piernas. En 1968 la explosión negra superó el self-hating, el odio a sí mismo, y arden esas casas, el Brownsville. Fue tan violenta que el Central Park, una especie de Retiro pero mucho mayor, se volvió intransitable. Incluso de día. A Fernando Arias Salgado, diplomático, le hicieron un corte en la cara. Un chico negro se le acercó, le pidió la cartera, él se la dio… y se llevó el corte. ¡A Antonio Garrigues-Walker le atracaron cuando iba a entrar en el hotel Walldorf Astoria! El problema de la revolución cultural es su definición. Sebastián Haffner dijo de ella que «no era más que el epílogo de la revolución burguesa». No es una revolución social, de tipo marxista, sino que las últimas libertades, de sexo o de placer, se obtienen. ¿Eso es una verdadera revolución? Nada cambiaba en el terreno social: lo máximo que llegaron los hippies fue a crear las comunas y no duraron.

¿Cómo se vive la contrarrevolución en Nueva York de la era Reagan?

Bueno, antes llegó la era Carter… El país estaba harto, fatigado, de esa revolución, y especialmente por la humillación de los rehenes en Teherán (Irán). A Reagan lo pude entrevistar, creo que fue una de las pocas entrevistas que concedió a un periodista español. Él dijo «por ahí no vamos a ningún sitio: Estados Unidos no puede recibir bofetadas». Esperaba que los rehenes quedaran sueltos antes de su posesión, el 20 de enero de 1980, lo que luego sucedió. Y vino la contrarrevolución: el patriotismo volvió a estar de moda.

Todo esto duró hasta el 11 de septiembre de 2001, donde se encontraron atacados en su propio territorio y Estados Unidos cometió el error de intervenir en Irak en ese instante. El primer Bush se detuvo en la frontera, con la primera guerra de Irak, y esta segunda guerra le ha dado la razón en lo que hizo. El chiste que corre en Nueva York es «lo de Irak se puede resolver desenterrando a Sadam Hussein y poniéndolo otra vez en el poder».

En los 60 y 70 Estados Unidos es la avanzadilla de la democracia mediática, mostrada en películas como Network. ¿Cómo se vive en Nueva York el cambio de primacía del papel a los medios audiovisuales con menos información y más opinión?

Los cambios en Estados Unidos son muy graduales, no es como en España que cambian de un día para otro. Este cambio del periodismo con mucha sustancia, del New York Times (donde prevalece la información), al de opinión ha sido más gradual. Walter Cronkite, periodista en la televisión estadounidense CBS, era alguien del que se decía que no se sabía si votaba a republicanos o demócratas, pero que de presentarse a elecciones saldría presidente. El día en el que decidió criticar la intervención de Estados Unidos en Vietnam Johnson dijo: «He perdido la guerra». Sin embargo, en estos cambios el periodismo norteamericano nunca ha perdido dos cosas importantes: separar la información de la opinión, y mantener en la opinión un cierto equilibrio. En el New York Times estaban James Reston y Tom Wicker que eran liberales de allí, socialdemócratas aquí. Al lado de ellos había columnistas claramente conservadores, republicanos. Mientras, aquí, en El País o ABC todos somos de la misma línea. Quizá por eso no se habla de cambios totales. Los Estados Unidos no necesitan revoluciones porque cambian cada día. Nosotros, que nos pasamos años estáticos, tenemos revoluciones.

¿Se podían ganar una campaña electoral a través de la televisión? ¿Qué poder tiene un presentador, un anchor, en la cultura norteamericana?

La influencia de la prensa es importante, pero son las maquinarias de los partidos las que funcionan. Quizá en casos excepcionales, como el Watergate, pero no es tan grande. Yo tenía una táctica para saber quién iba a ganar las elecciones: ver en las convenciones qué partido estaba más unido. Las convenciones eran verdaderos espectáculos, donde había de todo.

El escritor y diplomático Juan Valera, en su estancia en Washington, compara las convenciones de los partidos con los toros en España.

Eran igual. Por lo pronto en las convenciones hay barriles de cerveza, y todo el mundo acaba como acaba. Las divisiones son clave: se ve en las pugnas de Ted Kennedy en los años 80 con el partido demócrata.

¿Cómo funcionaba esto con Obama? Usted afirmó que iba a ganar.

Obama, en inicio, no tenía tanta unión, pero los republicanos estaban mucho más divididos. Ahora los republicanos tienen un problema grande con el Tea Party, y con las minorías ascendentes. Estados Unidos es un país que en el año 2040 no será blanco.

¿Cómo valora la alcaldía de Rudolph Giuliani? ¿Murió con él la contracultura neoyorkina?

Sí, y me dolió. Recuerdo salir una mañana a comprar el periódico, y venir dos hispanos, anchos y bajitos, y detenerlos la policía sin decir nada. Se notó Giuliani, y sin embargo fue uno de los alcaldes más populares. Era el «signo de la ventana rota»: el jefe de la policía de Los Ángeles lo establece y afirma que «ante una delincuencia acentuada, lo que había que perseguir son los signos externos». Si existe una ventana rota en el barrio luego habrá tres, luego una puerta rota y así. Giuliani afirmó «hay que acabar con las ventanas rotas». Antes hubo otro gran demagogo, Edward Koch, que recuerdo escucharle un mitin cerca de mi casa, en la 59, y le gritó un tipo: «¿Qué pasa con las escuelas?». Y Ed Kock le gritó: «Shut up son of a bitch». Y le aplaudieron.

¿Cómo era informar en la ONU de aquel tiempo? Se llegó a escribir un libro sobre los mejores sitios para dormir en su sede…

Yo tendría que hacerlo, porque la ONU es un fantástico desastre. Aunque es lo único que tenemos, sin ser un gobierno mundial ni de lejos. La corrupción en la ONU es de no creérselo. Empezando por que yo tenía un despacho con teléfono y todo, y no pagaba nada, en la habitación 302. Realmente no he visto que la ONU haya podido evitar una guerra si dos países querían ir de verdad. En caso de reticencias de los países, una resolución de la ONU sirve como excusa para evitar el conflicto: «… la ONU nos ordena que tenemos que negociar». Solo por eso debe seguir, pero le falta muchísima efectividad: se le llama con razón «cementerio de elefantes» ya que allí envían a los enemigos políticos los países africanos.

¿Cómo vive esa ruptura del marco de la Guerra Fría como corresponsal internacional? ¿Fue gradual o repentino?

A mediados de los años 80 consiguen interceptar misiles: se crea un misil antimisiles que intercepta otro desde Hawái en una prueba balística. Entonces se acabó todo: se rompe la disuasión. A mí me causó Gorbachov, en una visita con varios españoles, una sensación fantástica: era un hombre razonable. Lo que pasa es que es muy difícil que una superpotencia renuncie a su estatus y Rusia sigue siendo una gran potencia. Lo vemos ahora con Putin, con enormes reservas de minerales, materias primas, demografía, etc. Es un capítulo que Europa tiene pendiente.

Verstrynge es defensor de un eje «euroasiático», en oposición a los Estados Unidos.

Hay gente para todo.

José María Carrascal para Jot Down 4

¿No cree que las administraciones norteamericanas cometieron abusos en relaciones internacionales? Nicaragua, Chile…

Los americanos han heredado la política exterior británica: «No existe política exterior, sino intereses». La Guerra del Opio es un buen ejemplo: abrieron el mercado chino a cañonazos en el siglo XIX. Sobre Sudamérica, Monroe lo dejó claro: «América para los americanos»… que en realidad quería decir «América para los estadounidenses, y además haciéndoles un favor». Pero se debe contraponer eso a lo generosos que fueron en otras partes, como en Europa o Japón.

¿Cómo llega al diario ABC?

Por aquel tiempo Pueblo estaba agonizando. Se estaba yendo todo el mundo: Jesús de la Serna, Emilio Romero, que no lo consiguió. Juan Luis Cebrián. En ABC me llamaron, puse la condición de quedarme en Nueva York y aceptaron.

¿Cómo se vive la llegada de Anson en ABC? Con esas portadas amarillistas…

A mí me importa un bledo el director del medio en el que escribo: yo sigo entregando mis piezas como me parece. Apenas habré ido a ABC. Me pasaba lo mismo con la moqueta de arriba, en Antena 3. Tengo relación con las personas que recogen mis crónicas y ya. Pero sobre esas portadas, ABC es heredero, lo decía Luis Calvo, de Blanco y Negro, y tiene algo de revista. Las portadas, aun siendo titulares, pueden ser espectaculares. Nunca lo he preguntado: supongo que ellos creen que venden más por ellas.

Anson nos confirmó, precisamente, que utilizaba esas portadas para vender más, y competir con los diarios de la Transición.

Puede ser. Yo he estado con todos los directores, y nunca he tenido problemas: no tengo tiempo para discutir. Nadie me ha dicho nunca cómo hacer mi trabajo. Me llevé muy bien con Guillermo Luca de Tena, con el que tuve una amistad casi personal, hasta que Zarzalejos prescindió de mi colaboración. Pero luego me recuperó Anson para La Razón

¿Conoce la pugna entre Losantos y Zarzalejos por el periódico? ¿No puso en peligro la cabecera?

No tengo idea. Ahora han cambiado muchos subdirectores en el periódico.

¿Por qué prescindió Zarzalejos de usted?

Tampoco lo sé. Intento ver la parte positiva de las cosas, y me dediqué a escribir un libro cada año en ese tiempo.

Usted suele afirmar que no tiene respeto al poder, pero ¿no ha sido complaciente con los conservadores?

Es que yo creo que la historia se mueve con los conservadores. Creo más en la libertad que en la igualdad, como escribí hace poco en una tercera de ABC. La igualdad es una utopía grande. Hay, claro, igualdad de derechos y oportunidades, pero igualdad ¿dónde la hay? Si no la hay en nada de la naturaleza. Soy un devoto de la historia, y todos los grandes adelantos de la humanidad son de la derecha, no de la izquierda. La izquierda lo que hace es repartir los adelantos. De hecho, el estado de bienestar es un invento de Bismarck. Los nueve años viviendo cerca de un Estado comunista, la etapa de Berlín, me hicieron darme cuenta del fracaso del «hombre nuevo» que predica el socialismo. El paraíso de los trabajadores no es tal: ahí se trabajaba cuanto menos mejor.

Haffner dejó la Alemania nazi en el año 36, siendo juez, y en Inglaterra acabó siendo editorialista del Observer. Volvió en los años 40, y se convirtió, en mi opinión, en el mejor ensayista. Comparó la derecha y la izquierda con las manos: las dos son necesarias. Mientras la derecha es la mano hábil, con la que se trabaja, la mano izquierda es la de la creatividad, del arte. Hay muchos artistas que son zurdos. Haffner acaba el ensayo afirmando «cuando falta la derecha, es bueno tener la izquierda para poder hacer cosas».

La primera revolución occidental que existe es la de Lutero, y acaba en el Bauernkrieg, en una guerra del campesinado. La revolución francesa acabó en la guillotina y el terror. Sin hablar de la dos Repúblicas españolas… la primera once meses, cuatro presidentes y Jumilla declarando la guerra a Murcia. Hay que tener mucho cuidado con las utopías. Pero hay que atar en corto a la derecha, es necesario, esta crisis ha sido por falta de controles. Reagan, al soltar a Wall Street, creó los productos sub-prime, que eran una estafa.

José María Carrascal para Jot Down 5

¿Cómo llega a Antena 3?

Me llamó por primera vez en mi despacho de la ONU Luis Ángel de la Viuda. Por aquel tiempo colaboraba con ABC y hacía pequeñas crónicas para Antena 3 Radio de cuarenta segundos. Me dijo: «¡José María! ¡Que nos han dado un canal de televisión!» (risas). Yo respondí: «Enhorabuena». Y entonces me dijo: «Y Manolo (Martin Ferrand) quiere que vengas a presentar un telediario». Le dije a Luis Ángel: «Manolo está loco». Yo iba a cumplir sesenta años entonces, en Nueva York, y estaba fantástico.

Pero una de las personas que más influyó en mi, el checo Bill Striker, cultísimo, como todos los checoslovacos que he conocido, era corresponsal extranjero de la ONU y me dijo inmediatamente: «Acéptalo». Yo dudaba mucho, porque estaba muy seguro en ABC, y el diario en esos años era reconocido por todos fuera. Pero me explicó: «Cuántos ejemplares tira ABC». Respondí: «No sé, doscientos cincuenta ,il». Y él siguió: «¿Cuántos de esos lectores leen la parte Internacional?». «Cincuenta mil, quizá».

Y la respuesta final fue: «En televisión serán cientos de miles». Él era un judío de Praga, y tenía esa visión universal, me decía que «los periodistas estamos para llegar a todos». Se lo dije a mi mujer, que no estaba conforme, pero me di cuenta de que había hecho periodismo en todo menos en televisión. Entonces Julio Iglesias pasó por Nueva York, y me llamó. Me dijo: «Acéptalo, vas a ganar mucho más en televisión, te va a conocer más gente, lo que será bueno y malo, pero para tus libros te vendrá muy bien. Confié en el talento de negociante de Julio.

Yo le admiraba mucho en este aspecto, porque tiene una voluntad de hierro: llegó a Nueva York en el 75 o el 76 y en el Club 21 nos reunió a los periodistas y nos dijo: «He triunfado en Europa, y lo voy a hacer aquí». Al cabo de unos años Nancy Reagan declaró que su autor favorito era Julio Iglesias.

Usted llevaba mucho tiempo fuera del país.

Me había perdido dos generaciones de españoles desde 1957. No tenía ni idea de cómo se hablaba en España, y me encontré con una serie de chicos y chicas jóvenes muy majos.

¿Por qué fue tan crítico con el PSOE?

Por una cosa muy simple: porque me tocó la etapa de los escándalos de corrupción. En la primera etapa del PSOE habría sido mucho más favorable, porque había renunciado al marxismo. Pero llegué en el año 90 con Roldán, Rubio: la gran época de los escándalos. Y yo tenía que informar lo que me traían de la actualidad. Hasta en el Boletín Oficial del Estado había corrupción. A Antena 3 venían políticos del PSOE avergonzados, pero no podían prescindir de Felipe, era un tótem. Había rehecho el partido, que no era el de Llopis, por desgracia. Uno de los grandes males que tuvo la Transición fue prescindir de los exiliados españoles. Eran gente excelente, y tenían mucha más experiencia democrática: los políticos de aquí no se habían educado más que en la dictadura. Si por ejemplo Tarradellas hubiese sobrevivido como presidente, en lugar de Pujol, no tendríamos estos problemas. En una ocasión tuve una reunión con los exiliados en Berlín, en el año 59 (el Congreso de la Libertad de la Cultura), donde estaban Américo Castro, Madariaga, etc. Eran de una sensatez total… y se prescindió de ellos. Eran gente tremenda. Además, se habían dado cuenta de los errores que habían cometido. Don Emilio González López, catedrático de dDerecho aquí, hubo de reciclarse como jefe de estudios doctorales de la Universidad de Nueva York. Era catedrático de Novela Española, y presentó allí mi novela Groovy.

¿Con qué exiliados trató?

En Nueva York al exiliado que más conocí fue a don Emilio González López, que era el fiscal general del caso estraperlo, director de política exterior, redactor del estatuto de Galicia, etc. Siempre me arrepentí de no haberles dedicado más tiempo: estaban ansiosos por conocer cosas de España. Eran gente que te enseñaba mucho, porque habían sufrido. No eran radicales, como podrían ser los que se fueron a Moscú. Al hijo de Negrín lo traté mucho y Álvarez del Vayo estaba siempre por Naciones Unidas, tratando de hablar con jóvenes españoles. Nos contaba la Guerra Civil, la batalla del Ebro, en plan batallitas (risas).

Dijo Anson que sin ABC, El Mundo, la Cope y periodistas como usted no habría perdido González las elecciones en 1996.

A mí eso no me interesa. Los periodistas no estamos para poner o quitar: somos, otra vez citando a Sebastián Haffner, «los bufones de la democracia». ¿Qué quiere decir esto? En las antiguas Cortes el rey era la máxima autoridad, y todos le rinden pleitesía… menos el bufón. Es el que decía la verdad. Por eso acababa el bufón apaleado muchas veces.

Así fue, Aznar, al que ayudó a llegar al poder con su informativo, fue quien lo eliminó de la tele.

Sí, exactamente. Querían información destilada. Buruaga había anunciado en los cursos de El Escorial de la UCM que «se acababan los informativos de autor». Y ese era el mío, claro. Me había mantenido en él Campo Vidal, que no era de mi ideología, pero Buruaga me dijo que mi «informativo no daba las mismas noticias de los noticieros de las tres o las nueve». Quería unificar.

¿Esa fue la excusa?

Es lo que dijo. Me dejó elegir el programa que quisiera, pero le contesté «soy periodista, solo puedo hacer informativos».

Aznar decía que usted no era de fiar.

En el círculo de Aznar se extrañaron. A mí eso me lo dijeron. No suelo tener relación con políticos, y me extrañaba que llegara gente de la Transición afirmando «me he ido de copas con González». Un periodista no puede ser amigo de un político. Una vez, en las elecciones del 93, Miguel Ángel Rodríguez nos invitó a Mallorca para hablar de «cómo debía tratarse la información» junto a Aznar. Llovió muchísimo, y no pudimos salir del hotel. Algunos lo trataban ya como presidente, y yo le dije «usted y yo no podemos ser amigos: si lo somos usted es un mal político y yo un mal periodista. Cumplimos funciones diferentes». Y el biógrafo de Aznar mucho después me reveló: «Me han comentado que no eres de confianza, no se pueden fiar de ti».

¿Cuánto había de conspiración en la afirmación que hizo Anson sobre el frente anti PSOE en los 90?

¡Espero no estar allí! Yo no conspiro con nadie. No pertenezco a ningún club o grupo. Espero que no les haya dicho nada…

José María Carrascal para Jot Down 6

¿Cómo se le ocurrió comentar el libro de Madonna Sex en vivo en el telediario? Es un clásico de los zapping españoles…

Aquel libro me lo enviaron. Había ido al primer concierto de ella en Nueva York, y me salí en el descanso. Me pareció malísima. Lo sigue siendo ahora. Es uno de los blufs mayores que existen ahora: canta como pisarle la cola a un gato. Más que bailar hace ejercicio gimnástico. Lo único que ha hecho Madonna es poner las prendas de ropa interior encima de las prendas normales. ¡Es un desastre total! Eso sí, sabe aprovechar muy bien la polémica, con cosas como «Like a Virgin». Entonces un día me encontré el libro de Madonna, y pensé «bueno, voy a desahogarme».

Volviendo a la actualidad, escribió usted hace poco un artículo en el ABC sobre Cataluña con gran apertura respecto a la línea editorial del periódico. Dijo que no se podía impedir en el siglo XXI que se independizase si lo quería la mayoría. Defendía «un divorcio amistoso».

España en cierto sentido es un continente con muchos modos de ser, y muchas fórmulas. Ahora bien, si llega un momento en que un brazo quiere desprenderse no hay forma de evitarlo. Pero Cataluña está en estos momentos contra la historia: la aldea global es una realidad. El que no se consolide en unidades cada vez mayores está condenado. No tanto a desaparecer, sino a ser irrelevante. Según me han confesado representantes de Cataluña, cuando llegan a Washington o a Bruselas les dicen: «si aquí estamos tratando de unir, y vosotros venís con que queréis separaros».

Por esto, si se llega a ese momento de separación será doloroso para ambos, pero sobre todo para Cataluña. Cataluña desde todos los aspectos ha ido alejándose de España, y descendiendo su importancia en el Producto Interior Bruto. Yo conocí Cataluña cuando en los años 50 era el motor de España, mucho más que el País Vasco. Ahora Madrid tiene más peso. La creación de una nueva nación en Cataluña, también, crea una nueva clase política, y eso significa privilegios. Y si el paradigma de esa clase política son los Pujol… van listos.

¿Tenemos mucha mediocridad entre la clase política?

Sí, por falta de conocimiento de la práctica democrática, primero. La democracia no son solo derechos, sino también deberes. Oí una vez a un catedrático constitucional alemán esto: «la democracia es responsabilidad». Tanto individual como colectiva. En una dictadura no existe la responsabilidad: el dictador lo tiene todo. Ese sentido de la responsabilidad no se tiene aquí en España. Y segundo, el movimiento de vaivén que hubo de la prohibición de todos los partidos políticos a que tuvieran el poder absoluto, incluido el judicial a través del Consejo Superior del Poder Judicial y la Fiscalía General del Estado.

Estas opiniones suyas tan ponderadas contrastan con lo que dijo de Pablo Iglesias, que veía «violencia en su mirada».

He estado frente a él en un debate televisivo. Y en su entrevista en Carne Cruda, en la radio, dijo una frase que me impresionó: «Te concedí la entrevista porque creí que eras amigo mío. Tenías una moralidad como nosotros». Me atengo a los hechos: en él veo el bolchevismo en su estado más primitivo. Mi reflexión sobre Podemos es que al hacer tanto tiempo de la caída del socialismo real, del comunismo, nos hemos olvidado de lo que era. Cuando Fernando de los Ríos fue para allá, Lenin le dijo: «Libertad, ¿para qué?». Espero que el pueblo español no se deje arrastrar, especialmente si traen un modelo caudillista, en el estilo venezolano.

José María Carrascal para Jot Down 7

Fotografía: Begoña Rivas


Bernardine Dohrn y Bill Ayers: «Violencia es quedarse en casa viendo la televisión mientras fuera se cometen injusticias»

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 0

La intervención militar de Estados Unidos en Vietnam durante los años sesenta y setenta dejó como mínimo tres millones y medio de muertos. Un historiador y periodista, Nick Turse, ha denunciado en Dispara a todo lo que se mueva (Ed: Sexto Piso, 2014) que las matanzas que se produjeron en la contienda no fueron errores, sino una estrategia organizada. Al menos, los estragos que continúa causando el agente naranja con el que se defolió la selva siguen siendo escalofriantes.

La Weather Underground fue una organización terrorista que se opuso a la guerra en la efervescencia ideológica de los años sesenta. Decidieron pasar a la acción directa, colocar bombas, para llevar el conflicto a suelo estadounidense. Siempre sin causar víctimas, las llamaban acciones simbólicas. Bill Ayers y Bernardine Dohrn fueron dos de sus militantes más destacados. Ella fue calificada por el FBI como la mujer más peligrosa de América.

Les atrapamos en un viaje que están haciendo por España presentando su nuevo libro Días de fuga (Hoja de Lata) y una novela gráfica sobre educación, Enseñar. Un viaje en cómic (Ediciones Morata). Queremos conocer sus motivaciones para llevar su movilización y su lucha a la clandestinidad, si creen que consiguieron algo y si se arrepienten de alguna cosa. Que nos cuenten su vida.

Vuestros padres son de la generación que vivió la Gran Depresión y la II Guerra Mundial. ¿Qué os contaban de aquella época?

Bernardine: Sufrieron. Mis abuelos, a los que yo nunca conocí, eran todos inmigrantes de Suecia, Rusia y Hungría. Imagínate lo que pasaron. Una experiencia tan dura como esa sirvió para que luego solo quisieran vivir con humildad y no dejar nunca de ahorrar.

Bill: Esa época fue tan sumamente dura que nuestros padres no querían ni hablar del tema, nunca mencionaban nada sobre el pasado. Como desde que nosotros nacimos todo había ido más o menos bien, ya estaba. Punto y aparte. Era un comportamiento que formaba parte de la cultura del momento: todo está bien ahora, vivimos sin grandes dificultades, así que no vamos ponernos ahora a hablar de recuerdos desagradables. Querían olvidar.

Bernardine: Y no solo fue la Gran Depresión, sobre la II Guerra Mundial crecimos sin que nos dijeran tampoco demasiado.

Bill: El inicio de los años sesenta que vivimos nosotros fue una época privilegiada, pero también de negaciones. Digamos que estábamos sumidos en un sueño profundo, no tenías conciencia de lo que había fuera de tu casita. Era todo como muy tranquilo… [risas].

El american dream.

Bill: Eso que llamaron american dream era en realidad un gran letargo en el que estábamos todos sumidos. Fue un fraude, pero era lo que había. Por eso cuando cumplimos dieciséis años y explotó el movimiento de liberación negro, a mi generación se le abrieron los ojos, apareció otro camino al margen del convencional, podías tomar la decisiones distintas sobre tu vida, elegir algo completamente nuevo.

Bernardine: Para mí empezó todo con un profesor en el colegio que nos hizo escribir sobre la guerra de Independencia de Argelia. Investigué y descubrí lo que era una guerra colonial, las torturas y demás… De modo que cuando luego entré en la facultad entendí rápidamente el significado de los movimientos por los derechos humanos que estaban apareciendo a nuestro alrededor.

Bill: También hubo una cosa más en los sesenta, el rock and roll y el béisbol. Los únicos dos ámbitos de la cultura popular donde podías ver que los negros existían.

¿El rock and roll fue una verdadera revolución?

Bernardine: Sí, en primer lugar porque los músicos eran negros. Luego aparecieron Elvis y otros blancos, pero la cultura negra estaba detrás del rock and roll. Con el rock entendimos el significado de la sensualidad en una sociedad muy reprimida.

Bill: Que el rock and roll estuviese inspirado en la cultura negra fue fundamental para romper la barrera que existía entre blancos y negros. Es interesante cómo el arte puede derribar muros hasta entonces infranqueables y enseñarte cómo es realmente la vida, el mundo y las posibilidades que tienes como persona. Tras el rock todo fue más vibrante, más intelectual, más creativo y de eso trata una revolución, ¿o no? Es un cambio político, pero también cultural, psicológico, imaginativo…

¿Cómo percibíais lo que era el capitalismo antes de entrar en contacto con los movimientos sociales?

Bernardine: Yo ni sabía lo que era el capitalismo cuando estaba en el colegio ¿Y tú, Bill? Algo sí, ¿no? Porque tu padre era capitalista… [risas].

Bill: Yo estaba en un colegio interno de cierto nivel y en las clases de Historia teníamos que leer a Marx, pero por supuesto desde la interpretación de que sus ideas conducían a la esclavitud. Sin embargo, solo con algunos puntos uno ya podía deducir que la vida era distinta de lo que nos habían enseñado. Recuerdo cómo nada más leerlo le pregunté a mis padres por qué teníamos una asistenta y por qué ella ganaba menos que mi padre. Mi padre me contestó que él trabajaba mucho para conseguir su sueldo y yo le contesté que la asistenta también trabajaba duro [risas]. ¿Cuál era la diferencia entonces?

¿De qué iban las primeras manifestaciones a las que asististeis?

Bernardine: Las primeras manifestaciones a las que yo fui fueron antinucleares, cuando iba al instituto. Recuerdo ir, alucinar con la que estaba montando la gente que tenía alrededor y no saber ni lo que había que hacer.

Bill: Ir por primera vez a una manifestación suponía romper con la comodidad del pasado. Eso era muy excitante. Aunque también daba miedo salirse de repente de lo que para ti había sido hasta ese momento la «vida normal». Y el hecho de que las primeras manifestaciones a las que fuimos fueran antinucleares es interesante porque, primero, nos dimos cuenta de que el único país que había usado ese armamento era el nuestro y eso era muy duro de asumir. Se supone que nosotros éramos los luchadores de la libertad, los que traíamos la paz, pero fuimos nosotros los que tiramos esas bombas en las ciudades japonesas.

Bernardine: El mes pasado me fui de viaje con mi hijo a Hiroshima y volví a sentir una indignación que no te la puedes ni imaginar.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 1

Bill, lo dejaste todo y te enrolaste en la tripulación de un barco mercante.

Para mí supuso una gran experiencia. Estuve por primera vez en contacto con la clase trabajadora, un tipo de personas con las que nunca antes había convivido. Hacerme amigo de ellos fue genial, era uno más entre blancos y negros. Lo más didáctico de la experiencia fue comprobar que el propio barco estaba organizado como la pirámide social que dejábamos en tierra. Los negros hacían las labores más ingratas, los marineros algo cualificados eran de todo tipo de origen y los oficiales, todos blancos.

Cuando regresaste del barco empezó tu militancia.

Bill: No fui un militante precoz. Tardé en tomar conciencia. En esa época estaba estudiando Derecho y todos los estudiantes éramos blancos y todos menos seis chicas éramos hombres. Empecé a acercarme a movimientos sociales por afinidad, pero lo que supuso un verdadero cambio fue que Martin Luther King vino a Chicago. Antes, no reuní el valor suficiente para irle a ver al sur, pero cuando apareció por mi ciudad pensé que iba a arrepentirme toda mi vida si no me involucraba. King vino con diez activistas del sur. Nos preguntó a mí y a otros estudiantes si sabíamos quién era el propietario de la mayor parte de los pisos que se estaban arrendando en la ciudad a los pobres. Lo investigamos y nos fue imposible encontrar nada, todo iba por compañías y no logramos dar con un nombre, con un responsable. El problema era que los pisos estaban en muy mal estado. No eran siquiera habitables. No tenían ventanas, calefacción ni agua caliente. Estaban llenos de ratas y cucarachas. Así que nos pusimos a trabajar en poner de acuerdo a los vecinos para que reunieran dinero en una cuenta y pudieran reparar los edificios.

Bernardine: También nos dedicábamos a parar desahucios. Nunca olvidaré un día muy concreto en el que no pudimos detener a la policía, fallamos, y lograron entrar en el piso de una familia. Hacía mucho calor, recuerdo. Y los agentes empezaron a bajar los muebles, su ropa, las cosas de la cocina. La gente se puso muy furiosa, cada vez más. Yo estaba ahí metida en mitad de la masa rabiosa cuando de repente me empujaron, alguien enorme, miré arriba y se trataba de Muhammad Ali. Él me miró también, me pidió que le sujetase su chaqueta azul de mil dólares, se fue directo a los muebles que estaban tirados en la acera, cogió un sofá, se lo echó al hombro y lo volvió a subir al piso. Cuando la gente le vio hacer eso alucinó. Nos pusimos todos a imitarle y subimos las pertenencias de esa familia de vuelta a su hogar. La policía entonces volvía a cargarlas y las bajaba otra vez, pero, conforme las dejaban en la acera, nosotros las volvíamos a subir. Fue increíble. La acción directa en los barrios negros para mí fue una gran experiencia. Muchísimos vecinos se dirigían a mí a preguntarme cómo librarse de la guerra de Vietnam. Hubo un momento en el que empezaron a juntarse los mismos problemas: el racial, la pobreza y la guerra. Al final de verano ya empezaron a presionar a King para que se marchara de Chicago.

Bill: Ese gesto de Muhammad Ali de volver a subir el sofá y lo que supuso ha llegado hasta hoy. La gente se sigue oponiendo a los desahucios y hemos conseguido que muchos policías se nieguen a ejecutarlos.

El pretexto de Estados Unidos para su intervención en Vietnam fue la Teoría del Dominó. ¿Qué opinión os merece?

Bernardine: El capitalismo le tenía pánico a la revolución social en el tercer mundo. China y Vietnam les aterraban incluso más que la Unión Soviética por la cuestión latinoamericana y lo que les había sucedido en Cuba. Se sentían amenazados. Pero no creo que ellos se creyeran la Teoría del Dominó tal y como la formularon. Para ellos, más bien, con la demostración de fuerza que hicieron sobre Vietnam, persuadían a los demás países de no llevar a cabo una revolución social.

Bill: Para mí la Teoría del Dominó fue un mito en muchos aspectos. Aunque como metáfora era válida: la liberación nacional, el antiimperialismo, la emancipación de los trabajadores eran ideas peligrosas para el poder que no debían extenderse. Incluso tres años después de la ocupación de Vietnam, aunque estaban perdiendo, seguían matando; seguían los campos de concentración en el sur, arrasaron la poca infraestructura que el país pudiera tener. ¿Y por qué, para qué? Para que cuando los demás países vieran cómo había quedado Vietnam de destruida se lo pensaran dos veces antes de intentar ser libres, que liberarse tenía un precio inasumible. Y efectivamente, al final Vietnam ganó la guerra, pero las pérdidas fueron enormes.

Tengo aquí el libro de Nick Turse, Dispara a todo lo que se mueva. Es un estudio que detalla todos los crímenes que se cometieron allí. ¿En los sesenta teníais acceso a esa información?

Bill: Ese libro es fantástico. Explica perfectamente lo que ocurrió en Vietnam: Un genocidio.

Bernardine: La información nos llegaba a través de periodistas jóvenes que iban a cubrir la guerra. Sabían que las autoridades estaban mintiendo sobre el desarrollo de la guerra, en especial con las cifras de muertos. Por otro lado, teníamos a los soldados. No eran profesionales, eran de reemplazo, de leva, fueron obligados a ir. Y esta gente cuando volvía te contaba todos los horrores de la guerra de los que habían sido testigos. Contaban la verdad. Con lo que revelaban los periodistas y los veteranos ya sabíamos que estaban masacrando a miles de personas. Por eso se generó un pánico a la guerra, muchos jóvenes sabían que tarde o temprano iban a ser reclutados para ir a esa barbaridad.

¿Sabíais también lo de los campos de refugiados que, de facto, terminaban siendo campos de concentración?

Bernardine: Sabíamos algo, pero en realidad esa información no salió hasta 1969.

Bill: También obteníamos mucha información de Francia, de Europa, donde se contaba la guerra desde otro punto de vista.

Bernardine: Yo conocí vietnamitas en viajes que hice a Canadá y Cuba. La verdad es que llegó un momento en el que estábamos tan apasionados que llegamos a obsesionarnos con el conflicto de Vietnam. Teníamos mapas colgados en las paredes de casa, cocinábamos platos vietnamitas, leíamos a sus poetas. Llegamos a sentirnos muy identificados con ese pueblo. Por cierto, que en uno de estos viajes, conocí a un revolucionario español. Fue la primera persona que conocí que vivía en la clandestinidad.

Bill: Con toda la información que recibimos, al dejar de estar bajo la esfera de influencia del New York Times, tomamos conciencia de cuál era la situación real y nos propusimos como compromiso mostrar a nuestros compatriotas cuál era la cara humana de los vietnamitas, hacerles ver que se trataba de gente normal, con sus familias y sus amigos, y no una especie de seres extraños.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 2

¿Habéis visto la entrevista a Robert McNamara de Errol Morris?

Bernardine: A mí McNamara me saca de quicio. Verle llorar en esa entrevista…

Bueno, él cuenta tranquilamente cómo lanzaron miles de bombas sobre la población civil japonesa, cómo arrasaron Vietnam. Admite que murieron cientos de miles de personas por sus decisiones, que podría ser considerado un criminal de guerra, pero con lo que llora es cuando recuerda el asesinato de Kennedy.

Bill: Esa es su personalidad. Es uno de esos hombres que piensan todo en términos de números y categorías. Incapaces de pensar en términos de seres humanos que tienen sentimientos. Pasa lo mimo con Kissinger, que acaba de sacar un libro y en el New York Times hablan de él tranquilamente, como si fuera un intelectual más, cuando es un criminal de guerra. Posiblemente uno de los más grandes del siglo XX. De hecho, no puede viajar a ciertos países porque lo meterían en la cárcel, pero en Estados Unidos se le considera como un cerebro privilegiado de la política exterior. Lo que demuestra que es muy fácil justificar torturas, asesinatos, bombardeos y matanzas de civiles cuando eres tú el que las cometes. Si las hace otra persona entonces resulta que es terrorismo. McNamara y Kissinger son dos ejemplos de ese nacionalismo repugnante. Y ahora, en la actualidad, tenemos a John Kerry como ejemplo de esa brillante línea de pensamiento.

Bernardine: Aunque eso no quita que para nosotros siga siendo muy importante apoyar a los veteranos de guerra. No solo a los que cambiaron su opinión, sino también a los jóvenes que han pagado un precio muy alto por entrar en combate pensando que están cumpliendo con su deber o con una obligación moral. Además, muchos de ellos fueron a Irak o Afganistán respondiendo al 11S, y una buena parte solo para poder conseguir una vía económica para financiar sus estudios universitarios. De repente se encontraron metidos en una guerra de once años de duración…

Bill, en tus memorias, comentas que la primera vez que te pegó la policía te sentiste «en el paraíso».

Bill: Es una ironía, pero fue así. Nunca me había sentido tan libre. Es difícil de explicar. Cuando estuve en la clandestinidad, por ejemplo, también tenía miedo, pero la sensación de libertad que sentía era más intensa que si me encontrase como un ciudadano más. Aunque te pegue la policía o te detengan, cuando te defines ideológicamente, cuando tomas tu elección de vivir por una causa superior, te emocionas tanto que los golpes no los sientes, aunque te puedan doler.

Llegas a decir en tu libro que en la cárcel no podías sentirte más libre.

Bill: En la celda me sentía más libre que los que están en su casa viendo la televisión zampando del frigorífico. Os lo aseguro. Y no solo yo. Leí que entre los miembros de la resistencia francesa, tras la II Guerra Mundial, sentían que al acabar la guerra habían perdido su tesoro, el subidón de libertad que es la lucha clandestina. Se habían quedado vacíos tras perder el motivo de su lucha. Suena duro, pero ellos estaban plantándoles cara a los nazis, contraatacándolos, y cuando eso se acaba, te debe absorber de tal manera que parece como que has perdido algo.

Bill, por curiosidad, en tus memorias citas mucho Ann Arbor. Por aquellos años, en esa ciudad, estaba el grupo MC5. ¿Les conociste?

Bill: Sí, claro que sí. Éramos muy buenos amigos de John Sinclair, su manager. Cómo olvidar que le metieron diez años de cárcel por llevar encima dos porros. Él predicaba que la marihuana era una forma de liberación y se lo hicieron pagar. Los MC5 estaban llenos de energía, además era un grupo mitad político, mitad rock and roll, eso era muy inspirador. También andaba por ahí Iggy Pop, pero MC5 estaban siempre tocando en todas las fiestas que organizábamos. Luego solíamos terminar con ellos en la cocina bebiendo vino y fumando marihuana, hablando tranquilamente. Eran muy buena gente y muy buenos amigos.

Os sentíais parte de una revolución global contra el capitalismo.

Bernardine: Claro, nos sentíamos identificados con los movimientos de descolonización africanos, seguíamos de cerca la guerra de liberación de Angola. Apoyábamos la lucha del pueblo vietnamita. Estábamos con los movimientos pacifistas de todo el mundo. Considerábamos que la lucha del tercer mundo era la nuestra, solo que nosotros la librábamos desde dentro.

Bill: Luchábamos por la descolonización, éramos antinucleares, pacifistas, estábamos con los movimientos negros y creíamos que Estados Unidos era responsable de todos los problemas contra los que luchábamos.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 3

Qué opináis de las nuevas generaciones, ¿son tan combativas como la vuestra?

Bernardine: Son mucho más globales de lo que nosotros éramos. Nosotros hicimos un cambio, digamos, hacia una mentalidad internacional. Pero ellos han crecido pensando de forma internacional. También creo que leen mucho y que están muy bien informados. Veo que son muy inteligentes. Mira cómo se organizaron este verano cuando la policía mató a un chico negro en San Luis. También han hecho triunfar a los movimientos gay…

Bill: Sobran los ejemplos. Ahora mismo hay jóvenes luchando por los derechos de los inmigrantes, por los derechos de las mujeres, contra la violencia de la policía, por el medio ambiente. No se puede comparar. Los años sesenta se han mitificado. Hay quien dice que en esa época pasaron todas las cosas buenas. La mejor música, las mejores manifestaciones, el mejor sexo. Y nosotros siempre respondemos que no, que el sexo sigue siendo bueno [risas]. No, incluso aún hay buena música y muchas cosas interesantes. Que no se engañe a los jóvenes metiéndoles en la cabeza que todo terminó con los años sesenta.

Bernardine: Los jóvenes cambian el mundo. Pasó en nuestra época, pasó después y ocurre ahora. Aunque haya una represión masiva, siempre son los jóvenes los que protagonizan los cambios. En nuestros tiempos, los medios siempre decían que los movimientos estudiantiles estaban muertos. Hasta en el año 68 lo decían, mientras el mundo explotaba y no encontrábamos espacios lo suficientemente grandes para poder reunirnos.

Bill: El poder siempre hace eso. Primero ignora al movimiento y luego lo ridiculiza.

En vuestra época había un libro de Mao en cada cajón de cada mesilla.

Bill: Sí, en algún momento todos tuvimos nuestro pequeño romance con el maoísmo. Pero para nosotros el Partido Comunista nunca fue interesante. Tampoco nos considerábamos una nueva izquierda. No éramos anticomunistas, no nos importaba que nadie viniese a nuestra organización siendo comunista.

El nombre de vuestra organización venía de una canción de Bob Dylan.

Bernardine: Estaban siendo asesinados seis mil vietnamitas por semana y la policía estaba asesinando a los miembros destacados de los Panteras Negras. Discutimos en una reunión de urgencia qué estrategia seguir y redactamos un documento de muchas páginas, como un informe interno de la organización. Después de leerlo, teníamos que ponerle un título y Terry Robins, gran fan de Bob Dylan, eligió ese título.

La primera norma de vuestra organización: sexo libre.

Bernardine: No fuimos solo nosotros. Pasó en muchos movimientos. Las píldoras anticonceptivas acababan de cambiar nuestros esquemas morales sobre el sexo, que la mujer podía tener placer formaba parte de su liberación. Dimos un paso adelante rechazando la monogamia.

Bill: Pensábamos que todo lo viejo, lo antiguo, lo anterior, tenía que ponerse en duda. Digamos que fue una idea experimental.

Bernadine: Pero no fue inútil. Con la propuesta del sexo libre muchos se encontraron a sí mismos; muchos amigos nuestros, por ejemplo, descubrieron que eran gais. Funcionó de maravilla porque conseguimos que cada uno fuese capaz de vivir su propia sexualidad, que es diferente en cada persona. Yo no quería casarme nunca [risas] y aquí estoy, pero porque consideraba que el matrimonio suponía para las mujeres convertirse en propiedad del marido.

Bill: También hay que decir en defensa del sexo libre que antes éramos jóvenes y guapos. ¡Quién quería ser monógamo!

¿Había muchos miembros de vuestra organización que provenían de familias acomodadas?

Bernardine: Había de todo. Mucha gente que vivía de familias ricas, otros eran de clase media. Otros inmigrantes. Pero en general la mayoría veníamos de las universidades, aunque también había gente que solo tenía la educación secundaria. Éramos una gran mezcla. El punto de ruptura fue cuando decidimos convertirnos en una organización que iba a vivir en la clandestinidad, a realizar acciones ilegales. Rompimos con la ley y las manifestaciones en las que participamos empezaron a ser violentas, con destrozos de mobiliario. Pero tenéis que entender que Estados Unidos es uno de los países más violentos que te puedas encontrar. En vuestra sociedad, en Europa, la gente no va armada. En nuestro contexto, estábamos ya rodeados de violencia de modo que hay que valorar en su justa medida que en nuestras manifestaciones hubiera actos vandálicos. En aquellas fechas estaban muriendo seis mil personas a la semana en Vietnam, dime ¿qué ibas a hacer, qué podías hacer para pararlo? Los grupos católicos de izquierda, curas y monjas, iban por ahí quemando cosas con gasolina. Que las autoridades nos consideraran violentos a nosotros era como de broma. Nunca matamos a nadie. Solo hicimos acciones que se pudieran entender como un mensaje.

Bill: Violencia es quedarse en casa viendo la televisión mientras fuera se cometen injusticias. La mayoría de la población americana piensa que si no hacen nada no están siendo violentos. Nosotros apoyamos la acción directa. Es otra cosa. Si le preguntas a Martin Luther King te diría que nuestra acción directa contra el militarismo o el racismo no es violencia.

Bernardine: Cuando salió el documental sobre nosotros se presentó en Sundance. Fuimos invitados al estreno y recuerdo que una periodista del LA Times nos preguntó que cómo podíamos ser violentos si nos gustaban Gandhi y Mandela. Yo le dije: ¿Cómo? ¿Mandela? En Estados Unidos la gente se piensa que fue un gentleman que estuvo en la cárcel y él solito acabó con el apartheid. Pensé: «Anda, vete a casa y lee un poco aunque sea en Google sobre lo que hizo Mandela y luego seguimos esta discusión». En Estados Unidos tenemos una imagen muy distorsionada de lo que es la verdadera violencia.

Bill: Es como cuando el presidente de Estados Unidos dice que King fue un ejemplo a seguir, un hombre recto. Y yo pienso que no, que no actuaba solo. Él era parte del movimiento. King no creó el movimiento, el movimiento creó a King.

Bernardine: Me gustan los movimientos juveniles actuales que se niegan a tener un líder.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 4

Bernardine, el FBI dijo que eras la mujer más peligrosa de América.

Bernardine: Ya me gustaría…

Bill: ¡Esa es mi chica! [risas]

Bernardine: Antes de mí, ¿sabes quién dijeron que era la mujer más peligrosa de América? Jane Addams, una feminista que era socialista y lesbiana. Se había opuesto a la I Guerra Mundial. Edgar Hoover, que estaba empezando, dijo que era la mujer más peligrosa de América y después de unos años la dieron el Premio Nobel de la Paz  [risas].

Bill: A Bernardine la pusieron en una lista de los diez delincuentes más buscados. Las listas de los más buscados habían estado siempre llenas de criminales, mafiosos, de asesinos terribles y, a partir de los setenta, se empezaron a llenar de estudiantes guapos [risas].

Bernardine: Fracasaron. Iban de organización poderosa, pero les pillamos por sorpresa. Durante años mandaron a gente a que preguntara por mí de puerta en puerta. Creían que nuestros padres o nuestros compañeros de la universidad iban a decirles algo, pero nuestra campaña de convencer a la gente de que no colaborase en absolutamente nada funcionó.

Bill: Incluso en la investigación del FBI podías ver reflejada la pirámide social. Cuando fueron a hablar con mi padre, un profesional considerado, le pidieron una cita para verle en su oficina. Cuando fueron a hablar con el de Bernardine, que era un inmigrante, aparecieron en mitad de la noche en su casa diciéndole que tenían un cuerpo en la morgue que querían que identificase a ver si era su hija. Le intentaron aterrorizar, mientras que a mi padre le guardaron una distancia y un respeto.

Bernardine: Como sabéis, una vez conseguimos robar los archivos del FBI. Ahí vimos que había dos estrategias. Para los negros, asesinar a sus líderes; para los blancos, infiltración y destrucción desde dentro.

Bill: Sí, con los movimientos negros hicieron eso, matarlos. Tardó siete años en salir a la luz, en que los abogados lograran demostrarlo, pero al final se vio que eran ciertos algunos asesinatos.

Bernardine: Pero ya os digo, nadie colaboró con ellos para atraparnos a nosotros. Porque, además, no éramos los únicos que estaban en la clandestinidad en aquel entonces. Había mucha gente indocumentada, traficantes de LSD, insumisos que huían de la mili, desertores, no estábamos solos. Estados Unidos estaba lleno de gente furtiva.

¿Cómo era la vida en la clandestinidad?

Bernardine: Trabajábamos. Yo lo hacía de camarera, limpiando casas, recogiendo fruta, vendimiando. Y entretanto, muchas reuniones. Mientras, sabíamos que parte importante de la sociedad nos apoyaba, tenían ese gran romance americano con los outlaws, como si fuésemos Bonnie & Clyde.

Un antes y un después en vuestra organización fue cuando le explotó la bomba en Nueva York a unos militantes de vuestro grupo, una bomba que iban a colocar en un baile de oficiales para matar al mayor número de ellos posible. Ahí decidís no atentar contra vidas humanas.

Bill: Unos del grupo decidieron hacer ese ataque en una base militar. Prepararon la bomba, les estalló y murieron los tres. Pero ya habíamos pasado a la clandestinidad y esta decisión la tomó un grupo por su cuenta porque funcionábamos de forma descentralizada. De todas formas, lo que pasó en ese edificio donde explotó la bomba no lo sabe nadie. La bomba estaba hecha con metralla para matar personas, no para hundir un edificio. En lo que a nosotros respecta, cuando descubrimos lo que habían planeado, fue un shock. Estábamos muy asustados. Horrorizados. Nos reunimos para decidir si apoyábamos esa clase de violencia y, tras meses de discusiones, optamos por realizar acciones meramente simbólicas, sin víctimas. ´

Bernardine: No queríamos ser una fuerza militar, asesinar a gente, sino una fuerza política. Los que estuvieron de acuerdo se quedaron y los que no, abandonaron la organización. Nos llevó un año definirnos.

¿Qué acciones realizasteis según ese modelo?

Bernardine: Los objetivos de la Weather Underground, donde pusimos bombas, fueron todos militares. El Pentágono, comisarías… La verdad es que no tengo un atentado favorito. [risas] [Lista de todas sus acciones N. del R.]

Aparte de las bombas, organizasteis la fuga de prisión de Timothy Leary.

Bernardine: De eso sí nos arrepentimos, de no haber hecho más acciones donde estaba presente el sentido del humor como en esa, que fue una operación tan divertida. Nadie nos lo ordenó jerárquicamente, simplemente vimos que era una buena oportunidad y lo hicimos. Timothy Leary era un intelectual que experimentaba con LSD y promovía esta droga como forma de romper con las costumbres e iniciar una nueva forma de vida, encontrar una nueva manera de ver el mundo. Él tonto no era, entendía nuestra lucha contra la guerra de Vietnam y el racismo. Era un activista más. Sencillamente, estaba en la cárcel por el asunto de la droga, como tantos otros, y quería escaparse. Su gente se puso en contacto con nosotros, nos pareció bien, nos financiaron y desarrollamos el plan. Fuimos capaces de sacarle de la cárcel y del país.

¿Cómo hacíais las bombas, qué materiales empleabais?

Bernardine: De eso no hablamos.

¿Conocíais a la Baader Meinhof?

Bill: Sí, sabíamos que existía, fue un fenómeno más de los sesenta. Formaciones revolucionarias que intentaban luchar. Entonces tenías ese tipo de resistencia en todas partes, en Inglaterra, en Francia, en Japón, en Alemania, en España…

Bernardine: Pero nosotros tomamos la decisión de nunca abandonar nuestro país. Éramos hijos de América. Veíamos lo que hacía la Baader Meinhof por televisión, pero nuestras estrategias, las decisiones que tomamos, fueron diferentes.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down 5

Decís en el documental que en los setenta vuestra vida en la clandestinidad y vuestros atentados empezaron a ser como una rutina. Decidisteis dejarlo.

Bernardine: Teníamos una regla que no era muy habitual en las organizaciones que operaban en la clandestinidad. En Weather Underground los militantes podían irse cuando quisieran. No había consecuencias por abandonar. Durante los setenta unos entraron, pero también muchos se fueron. Cuando acabó la guerra de Vietnam, la cuestión de seguir siendo fugitivos se puso sobre la mesa. Hubo diferentes opiniones, unos querían seguir y otros queríamos volver a disfrutar de una vida privada normal, tener familias e hijos. Muchos lo dejaron pero se unieron al movimiento gay, otros al sindicalismo… Yo odiaba tener que rendirme y entregarme, pero Bill fue adorable y me dejó tomarme mi tiempo. Al final nos entregamos cuando nació nuestro segundo hijo.

Bill: Estábamos también deseando militar en una organización más grande. Fuimos a Chicago, resolvimos nuestros problemas legales y no entendimos que nuestra reinserción fuese en contra de nuestras ideas revolucionarias.

Bernardine: Yo hice mi discurso militante: «Me niego a entregarme, pero aquí estoy» [risas]. No sabíamos qué iba a pasar. Teníamos dos críos. Le dijimos a nuestro hijo mayor lo que pasaba y al menos se quedó con que íbamos a cambiarnos los nombres, nunca habíamos ido por ahí con los verdaderos. La noche siguiente vimos a los padres de Bill por primera vez en once años y luego fuimos a que yo le presentara a los míos.

Bill: Lo que más me gustó es que el primer comentario de mi padre al verme fue que necesitaba un buen corte de pelo. Y lo primero que dijo el padre de Bernardine fue «¿Estás casada?». Seguían siendo unos padres como los de toda la vida.

Bernardine: Ahora bromeamos con eso pero la verdad es que los pobres pasaron por un auténtico infierno. Pero bueno, llegado el momento estaban muy felices de ver a sus nietos.

¿No tuvisteis problemas con la ley?

Bernardine: Yo tenía cargos por las manifestaciones violentas, unos dieciséis o diecisiete. Cargos federales por destrozar propiedades públicas. Pero el FBI había llevado las investigaciones de forma tan claramente ilegal que no pudieron acusarnos de nada. Tampoco tenían muchas pruebas a esas alturas, la verdad. De todas formas, muchos militantes de Weather Underground sí que terminaron en la cárcel, pero por otros cargos al margen de nuestras acciones. Por no querer revelar nada sobre mis compañeros yo ya me había chupado en su momento siete meses de cárcel.

Bill: Las acusaciones fueron muy débiles. Nos acusaban de haber planeado acciones pero no tenían pruebas de que las hiciéramos. Con esas acusaciones ridículas nos habían puesto en la lista de los diez más buscados. Además, el FBI pretendía secuestrar al hijo de la hermana de Bernardine y retenerle hasta que nos entregáramos. No llegaron a hacerlo, pero con esos métodos ningún juez les hubiera podido haber dado la razón.

Bernardine: Los agentes que planearon eso terminaron condenados. Tras el final de la guerra de Vietnam y la guerra sucia del FBI América estaba en shock. Nos colamos por la puerta que abrió el presidente Jimmy Carter, aunque nos entregamos justo cuando Reagan fue elegido presidente [risas].

Hoy en día seguís recibiendo amenazas de muerte.

Bill: Es que uno de mis libros lo publiqué justo el 11 de septiembre de 2001. Esa misma mañana el New York Times llevaba en portada de su sección cultural una foto de nosotros dos con la reseña. El diario salió a las seis de la mañana y los atentados contra los Torres Gemelas fueron a las nueve. A raíz de eso, nos llovieron más amenazas que durante la guerra de Vietnam. En esos días de auténtica paranoia con el terrorismo, nosotros nos convertimos en los terroristas domésticos de Estados Unidos. Recibimos amenazas de muerte prácticamente todos los meses. Si vamos a dar un discurso a algún lado, siempre hay amenazas, pero no las tomamos en serio. Es solo gente muy ruidosa pero nada más. Nos los imaginamos como el típico tío bebiendo demasiado whisky delante del ordenador, quién sabe si viviendo en el sótano de la casa de su madre [risas].

¿Qué habéis hecho contra la guerra de Irak y Afganistán?

Bill: Estuvimos en muchos movimientos. En especial en un movimiento colectivo en Chicago [Movement Building Colective] Pero creemos que no puedes limitarte solo a estar en un movimiento ni quedarte en tu casa sentado. Hay que hacer algo más. Por eso hemos estado profundamente involucrados en proyectos pacifistas que van de la educación a la justicia, aunque la guerra sea la idea central.

Bernardine: Yo también estuve en el movimiento en contra de que la OTAN se reuniera en Chicago hace dos años.

Bill: Esas manifestaciones fueron un gran éxito. Vimos cómo el Gobierno se lo tomaba como un ensayo general para la represión. Nunca habíamos visto la ciudad tan vacía. Los únicos que quedamos fuimos nosotros, los manifestantes, y la policía y los militares. Todo lo demás, drones, helicópteros, quitanieves ¡en mitad del verano! Hacía un calor infernal, pero los trajeron.

Bernardine: Lo más impresionante es que los que más daban la cara en las manifestaciones eran veteranos de la guerra de Irak. Los líderes de estos movimientos habían estado en la guerra. Iban los primeros, encabezaban la protesta y lo más espectacular fue cuando les lanzaron sus medallas a los generales de la OTAN, fue una imagen imborrable.

Bill: Estados Unidos tiene una larga historia de ocupaciones militares y guerras. Invasiones de terceros países que no solo son injustas e ilegales, sino que además acaban con las aspiraciones de paz y justicia de todos los ciudadanos del planeta. Lo más grave de todo, además, es que las guerras por petróleo no responden a una causa política, que implique a mucha gente, sino solo a los intereses de un 1%. En este contexto, nosotros no podemos influir en el Congreso, pero sí en nuestras áreas de influencia más cercanas, como es la educación. Por eso tratamos de organizarnos de abajo a arriba. Promovemos nuestros valores en la comunidad, en las aulas, en la iglesia, en la universidad. No te creas que esto no le preocupa al Gobierno. Si miras la historia de todos los grandes cambios, siempre vienen desde abajo.

Bernardine: De hecho, en política, nunca harás nada bueno sin el poder de abajo.

¿Ha cambiado algo con Obama?

Bill: Obama en 2008 dijo que era pragmático y moderado. Pero la derecha dijo que era un musulmán encubierto, que estaba con los terroristas, que tenía una agenda socialista. Y ya veis, creo que iba en la buena dirección, pero al final no tardó en disgustarnos con todas estas guerras.

¿Os arrepentís de algo?

Bernardine: Ahora, hablando como una mujer de setenta y tres años, creo que no nos equivocamos. No me arrepiento de nada.

Bill: Nunca causamos muertos. Como dice Bernardine, no nos arrepentimos de haber causado destrozos con bombas de una forma simbólica. No nos arrepentimos de haber luchado contra un Gobierno que llevaba a cabo un genocidio en Vietnam y pretendía acabar con la cultura negra por la violencia. Con setenta años, por supuesto que me arrepiento de muchas cosas. Políticamente, el arrepentimiento más profundo que siento es el de haber formado un movimiento tan sectario. Desde ese punto de vista, tan reducido, nunca actúas bien. Ahora hemos aprendido más y crecido como personas.

Bernardine Dohrn y Bill Ayers para Jot Down

Fotografía: Begoña Rivas


Jemeres rojos

Pol Pot, 1980. Fotografía: Corbis.

SALOTH SAR: nacido en 1928, hijo de un terrateniente, creció en el entorno del palacio real, sometido al control de una prima, bailarina de palacio y luego consorte real. También fue consorte real una de las hermanas de Saloth Sar. Cuando ya era conocido como Pol Pot o «Hermano número uno», una de sus decisiones fue masacrar a las trescientas bailarinas de palacio. Enviado a Francia a estudiar electricidad estudió poco de esa materia y mucho de los textos ortodoxos del comunismo de la época (El manifiesto comunista de Marx y Engels, El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin, El marxismo y la cuestión nacional de Stalin y, sobre todo, el Compendio de la historia del Partido Comunista Bolchevique de la URSS, ese folleto infumable que resumía todo el aparato ideológico leninista y la colección de máximas y principios de la estrategia y la táctica bolchevique, para aprendizaje general). Se integra en el llamado «Grupo de estudio de París», nacido en el seno de los grupos lingüísticos creados por el Partido en Francia, en el momento de más auge del estalinismo en el comunismo francés, entre los años 1949 y 1952, los años de la campaña estaliniana judeófoba contra lo que llamaba cosmopolitas desarraigados, de la guerra de Corea y del triunfo de Mao.

IENG SARY: Nacido en 1925, el «Hermano número tres» o Camarada Vann, huérfano a los quince años, acogido por su tío, tras estudiar, como Saloth Sar, en el Liceo Francés de Phnom Penh, completa sus estudios en Francia gracias a la ayuda económica de una de sus cuñadas. El Liceo Francés o Liceo Preah Sisowath, fundada en 1873 como una escuela para formar a los miembros de la administración colonial francesa, desde 1933 impartirá un bachillerato completo. Su carácter exclusivo se demuestra considerando que en 1954 solo ciento cuarenta y cuatro camboyanos habían finalizado sus estudios. Ieng Sary, en París, alquila un apartamento en el barrio Latino y se une al círculo de Saloth Sar. Antes de marchar para París, Ieng Sary y Saloth Sar se hacen novios de dos hermanas con las que se casarán más tarde. Ambas irán a París a estudiar.

KHIEU THIRITH: Nacida en 1932, tras su matrimonio fue conocida como Ieng Thirith. De familia opulenta, hija de un juez que abandonó a su familia por una princesa en los años de la Segunda Guerra Mundial, tras estudiar en el Liceo Sisowath de Phnom Penh, lugar en el que se compromete con Ieng Sary, viaja a París y estudia Literatura Inglesa en la Sorbona, especializándose en la obra de Shakespeare y convirtiéndose en el primer camboyano que obtiene ese título. En 1951, en París, se casa con Ieng Sary.

KHIEU PONNARY: O «Hermana número uno», nacida en 1920, hermana de Khieu Thirith, es la primera mujer que obtiene un título de bachillerato en el Liceo Sisowath, en 1940. Nueve años más tarde se instala en París con su hermana pequeña y estudia Lingüística Jemer.  Se casa con Saloth Sar un catorce de julio, de vuelta en su país y cuando ya está trabajando como maestra en el liceo en el que había estudiado.

KHIEU SAMPHAN: 1931. Hijo de un juez provincial en la administración colonial, su vida cambió cuando su padre fue detenido por corrupción y su madre tuvo que dedicarse a la venta de fruta para sobrevivir. Logra ingresar en el Liceo Sisowath y marcha a Francia a completar sus estudios. En la Universidad de Montpellier se licencia en Economía y, más tarde, en París, cuando ya forma parte del «grupo de estudio», se hace doctor con una tesis sobre la economía de su país y sus problemas de industrialización. A su vuelta a Camboya dirigirá el periódico L’Observateur y, abducido por el antiamericanismo momentáneo del eterno y camaleónico Sihanouk, entrará, junto con algunos de los más brillantes de su generación, como Hu Nim y Hou Youn, en el Gobierno y en la Cámara de Representantes.

SON SEN: Nacido en 1930, en una familia de propietarios agrícolas, se hace maestro y recibe una beca para estudiar en París en la década de los cincuenta, que le será retirada por sus actividades políticas. A su vuelta enseña en el Liceo Sisowath y termina trabajando en el Instituto Nacional de Enseñanza que dependía de la Universidad de Phnom Penh.

HU NIM: A diferencia de los anteriores, Hu Nim, nacido en 1932, del que conocemos bien sus orígenes por la confesión que escribió antes de ser torturado y ejecutado, fue muy pronto huérfano de padre y su madre tuvo que dedicarse al oficio de sirvienta para mantenerlo. Tras demostrar que era estudioso en la primera escuela a la que asistió, obtuvo plaza en el Liceo Sisowath y allí, mantenido por la familia de su futura esposa, recibe su título de bachillerato en 1952, momento en el que comenzó a trabajar como profesor mientras estudiaba Derecho y Economía. En 1956 pudo marchar a París a realizar estudios de derecho y de aduanas, y se integró en el grupo de exiliados camboyanos comunistas. A su vuelta entrará en la política como diputado y en la Administración hasta que, en 1967, ante la amenaza de su encarcelamiento huye y se une a Pol Pot y Ieng Sary, que ya habían pasado a la clandestinidad desde 1963.

HOU YOUN: Como Hu Nim, Hou Youn era de origen humilde, hijo de campesinos. Por sus propios méritos logró ingresar en el Liceo Sisowath. Brillante y capaz, consigue viajar a París y estudiar Derecho y Economía, doctorándose con una tesis controvertida sobre el campesinado camboyano y su modernización, en la que planteará la posibilidad de construir un desarrollo económico potente sin pasar previamente por una etapa industrial y urbana. Esta tesis influirá en el ideario de los jemeres rojos. Su capacidad le convierte en el líder de los estudiantes camboyanos de izquierdas y viaja por todo el mundo. A la vuelta a su país se hace profesor, pero continúa su actividad política e intelectual, en la que destaca. Como Hu Nim ha de huir en 1967 para evitar su arresto.

NUON CHEA: Nacido en 1926, también conocido como el «Hermano número dos», de familia acomodada de comerciantes y artesanos, mayor que los demás dirigentes del Angkar, cursó estudios universitarios en Bangkok, en donde se hará comunista. A su vuelta realiza actividades guerrilleras hasta que, haciéndose pasar por un hombre de negocios, se dedica a la propaganda y asciende hasta el cargo de secretario general del Partido Comunista de Kampuchea. En esa época, comienzan los contactos con los comunistas vietnamitas que llevaron a estos a la invasión de 1970 y a pensar erróneamente que era su «hombre en la Habana».

KAING GUEK EAV: Conocido como Duch, nacido en 1942 en una familia sin recursos. No comienza sus estudios hasta los nueve años, pero demuestra una notable capacidad sobre todo en matemáticas, en las que obtiene un premio nacional. Un comerciante de su región pagará sus estudios y en 1962 ingresa en el Liceo Sisowath, en el que se gradúa con la segunda mejor nota del país, en 1964. Da clases como profesor hasta que en 1967 huye a las montañas uniéndose al Partido Comunista de Kampuchea.

Estos son algunos de los más importantes dirigentes del misterioso Angkar que dominaba Camboya desde 1975 y del que no se supo hasta 1977 que se trataba del Partido Comunista de Kampuchea. En ellos vemos una serie de elementos comunes: la mayoría eran de clase media y alta; todos tenían estudios; la mayoría estudió o trabajó en el Liceo Sisowath, la escuela más prestigiosa de Camboya; la mayoría estudió en París; la mayoría absorbió en París la doctrina comunista imperante en el entorno del PCF en aquellos años; casi todos trabajaron más tarde como profesores; todos eran comunistas; muchos de ellos tenían razones para el resentimiento; la mayoría fueron o son unos genocidas.

El genocidio camboyano fue negado como tal durante mucho tiempo, con el argumento de que se había producido sobre el propio pueblo y el autogenocidio era una contradicción en sus términos. Eso es bullshit. Es genocidio porque se buscó la desaparición de grupos concretos determinados arbitrariamente. Los jemeres rojos asesinaron a prácticamente todos sus oponentes políticos: más del 80% de los oficiales del ejército republicano controlado por el dictador Lon Nol, títere norteamericano; más del 65% de los policías; más del 60% de los funcionarios. De los quinientos cincuenta magistrados del país solo se salvaron cuatro. Se trata de muchísimos muertos, pero en total ellos y sus familias «solo» suponían un 5% de la población de Camboya en ese momento, que era de unos siete millones y medio de personas. Sin embargo, los cálculos de descenso de población entre los años 1975 y 1979 se mueven entre el 20 y el 30%; es decir, en esos cuatro años la población no solo no se incrementó en absoluto, sino que descendió en una cifra de entre un millón quinientas mil y dos millones doscientas mil personas. Esas son las cifras del genocidio camboyano. Si excluimos a los opositores ¿se puede decir que las muertes fueron producto de un momento de violencia inusitada pero sin que afectase especialmente a determinadas categorías raciales, sociales o políticas? No.

La violencia se va a descargar sobre tres grupos arbitrariamente definidos: el primero es el de los traidores. Estos simplemente han de ser eliminados. Originalmente incluye solo a los oponentes políticos, citados anteriormente; sin embargo, rápidamente se ampliará a los enemigos interiores, dentro del propio partido. Los primeros en caer serán los que en 1975 atendieron las llamadas de reconciliación emitidas por algunos de los dirigentes jemeres. Pero la purga no se detuvo allí. Se calcula que alrededor del 50% de los miembros del partido fueron ejecutados, sobre todo a partir de 1977. La por desgracia célebre prisión de Tuol Sleng, S-21, museo del genocidio, era la cabeza de una red de prisiones, más de ciento cincuenta, que buscaban extirpar la enfermedad, el germen burgués que anidaba también en el partido, como decía el propio Pol Pot. La finalidad higienista se evidencia en el hecho de que se arrestaba al «traidor» y a todos los miembros de su familia y casi todos eran ejecutados, normalmente tras terribles períodos de tortura y confesiones. Se calcula que en las prisiones pequeñas, el índice de liberaciones rondó el 25%, en las de zona el 10% y en la S-21 prácticamente fue de cero, ya que de entre catorce mil y dieciséis mil prisioneros, incluidos bebés y niños, solo sobrevivieron siete.

No hay, además, razones para pensar que la voluntad extirpadora fuera cínica. Los mandos de los jemeres rojos eran, en su mayoría, profesores, intelectuales, muchos por cierto de origen «extranjero» (con antecedentes chinos y vietnamitas en su mayor parte, es decir, de profesionales y comerciantes). Cuando huyeron a los bosques se encontraron con una sociedad para ellos desconocida, de campesinos supuestamente no infectados por el capitalismo, y organizaron su ideología sobre una base pura y dura: la del hombre que nace del grano de arroz, aplicándole sus modelos teóricos. Desconectados prácticamente durante los cinco años de guerra civil del mundo, crearon una cultura paranoica de la autosuficiencia, que bebería de los postulados de algunas de esas tesis que hemos visto en las pequeñas biografías de sus dirigentes, y regada por las ideas de la revolución cultural de Mao y, en última instancia, por algo que siempre resultaba grato a esa estirpe de profesores: el principio leninista de que el triunfo de la revolución es una cuestión esencialmente educativa, que el espíritu proletario es algo que hay que enseñar. Sin embargo, su propia paranoia, manifestada radicalmente en la ocultación no solo de los cuadros, sino del propio partido, y su debilidad, intensificaron la locura supuestamente reformadora, convirtiéndola en un proceso aún más destructivo que el ocurrido en la URSS de Stalin y en la China de Mao. El supuesto proceso de reeducación se convirtió prácticamente siempre en un simple proceso de confesión y ejecución. El caso de Kaing Guek Eav, Duch, es paradigmático. El antiguo profesor de matemáticas dirigiría la prisión S-21 hasta que fue tomada por las tropas vietnamitas, redactando sus reglamentos y el manual de interrogatorios. Duch, que había sufrido torturas y estado preso en las cárceles de Lon Nol, desplegaría un resentimiento inhumano oculto bajo una gélida búsqueda de lo que él consideraba la verdad, que siempre terminaba en una biografía espontánea, luego corregida mediante torturas diseñadas para desvelar la razón que siempre exigía un resultado definitivo: la muerte. El diseño se hizo por esos intelectuales que veneraban un tipo de hombre que ellos nunca habían sido, pero para llevarlo a la práctica escogieron sobre todo a personas no instruidas y, en particular, a niños de incluso doce y catorce años. Los hermanos mayores eran los dirigentes. Muchos formaban parte de los que en los años sesenta habían obtenido una instrucción que no les servía porque se topaban con la gigantesca corrupción del régimen de Sihanouk, y que terminaron atraídos sobre todo por la brillantez de líderes como Khieu Samphan, Hu Nim y Hou Youn. Muchos de ellos fueron purgados en cárceles como S-21. Cada purga iba reduciendo los cuadros del partido y cada vez eran más jóvenes y menos instruidos los que los sustituían, los verdugos que serían ejecutados por la siguiente generación de verdugos. Al final, solo el 25% de los carceleros de S-21 tenía más de veintiún años. El núcleo duro sobrevivió a las purgas, con la excepción, y es perfectamente lógico que sea así, precisamente de los más brillantes y, curiosamente, de los que tenían un origen más humilde: Hou Yuon murió en 1975 en circunstancias no aclaradas, pero tras manifestar críticas a sus compañeros de dirección, y Hu Nim fue detenido, torturado y ejecutado en 1977 en S-21.

He hablado del grupo de los traidores, pero la voluntad genocida se demuestra en las otras dos categorías de perseguidos. La segunda es la del «subpueblo», los intelectuales, la gente con algún tipo de formación (incluidos especialmente los comerciantes), relacionada con el antiguo régimen y no reeducable. Más del 50% de los que fueron incluidos en esta categoría, a veces simplemente por llevar gafas o no tener callos en las manos, fue exterminado. Como ejemplo, solo cuarenta y ocho de los cuatrocientos cincuenta médicos que había en Camboya en 1975 vivía en 1979. Aquí también se incluyó al clero, con una violencia tan salvaje, que solo unos mil de los sesenta mil monjes budistas salvó su vida. Precisamente por pertenecer a esta categoría, y no por un criterio racial, murieron tantos cham (cerca de un 35%), ya que la mayoría eran musulmanes, y tantos católicos (cerca del 50%) y vietnamitas (cerca del 40%). En el caso de los vietnamitas (fuertemente masacrados por el régimen anterior, en el contexto de la guerra de Vietnam) influyó también la invasión que acabó con el régimen jemer y la paranoia de alguno de sus máximos dirigentes que siempre habían creído en un plan de dominación vietnamita. El ejemplo más notorio, rodeado por oscuras evidencias de auténtica enajenación mental, es el de la primera esposa de Pol Pot, la Hermana número uno, obsesionada desde la década de los sesenta por ese supuesto peligro. Mostrada como una especie de símbolo, al modo de Jiang Quing, la viuda de Mao, Khieu Ponnary, afectada por brotes de paranoia y esquizofrenia, terminó al cuidado de su hermana y su cuñado, Ieng Sary, sin saber que Pol Pot la había abandonado y se había casado de nuevo. Murió en 2002. Se calcula que las muertes directas realizadas entre los dos primeros grupos, los traidores y el «subpueblo», alcanzaron una cifra de entre cuatrocientas mil y seiscientas mil personas.

Nos queda el tercer grupo objeto de genocidio. Se trata del «pueblo nuevo», definido así en contraste con el viejo pueblo campesino. Eran los habitantes de las corruptas ciudades, la mayoría de ellos obreros, empleados y muchos incluso campesinos refugiados en Phnom Penh, como consecuencia de la guerra civil. Se los etiquetó como los del «75» porque habían permanecido en las ciudades y no se habían unido al movimiento de los jemeres antes de la caída de la capital. Eran en teoría reeducables y para ello fueron dispersados en comunas populares, en las que iban a conocer las condiciones de vida del campesinado, empapándose del espíritu que les libraría de pertenecer a la categoría de enfermos. La sobremortalidad en este grupo es, sin embargo, tan elevada (más del 40% de los habitantes de las regiones más urbanizadas murió en esos años), que resulta difícil no creer en la existencia de una voluntad auténticamente genocida. Las condiciones de insalubridad, la insuficiente alimentación y el trabajo agotador, unido a las ejecuciones directas de naturaleza arbitraria o por infracciones nimias de reglamentos rigurosísimos son un diseño por desgracia conocido en otros ejemplos de genocidio. Así, muchas comunas se situaron en regiones pantanosas, en las que los prisioneros, separados de sus familias y agrupados los niños en zonas aparte, vivían y dormían al descubierto. La ración de comida (básicamente arroz) era la tercera parte de la de un trabajador normal y los ancianos, mujeres y niños recibían cantidades aún menores. Las jornadas de trabajo eran terribles, de hasta catorce horas diarias y con un día de descanso de cada diez. Se hacían patrullas de trabajo con los adolescentes y se les enviaba a lugares alejados del campamento a realizar labores más peligrosas y duras. No se reconocía la enfermedad, a la que se calificaba de producto de la mente. Caer enfermo equivalía a no cumplir con los objetivos de trabajo, ser castigado, recibir aún menos comida y morir en última instancia. Los campos estaban repletos de informadores, casi siempre niños, que denunciaban las conductas desviadas en las sesiones de autocrítica y que casi siempre terminaban en castigo y muchas veces en la ejecución, a golpes o por asfixia, para ahorrar munición. Hay, como se puede suponer, diferencias entre campos, pero todo el sistema parecía diseñado sobre un principio: la exterminación de todo el que no fuera capaz de adaptarse a un modelo ideal, el modelo al que nunca habían pertenecido y al que nunca pertenecieron sus creadores. Porque, como es obvio, la clase dirigente nunca dejó de ser lo que siempre había sido.

Durante mucho tiempo se negó el genocidio camboyano. Que fueran precisamente los comunistas vietnamitas los que abriesen el museo del genocidio, tras la derrota de los jemeres y que, en los años siguientes, Pol Pot fuese protegido por el mundo occidental, en su condición de peón importante en el control del país, en la coalición antivietnamita, fue una de sus razones. Tras la retirada vietnamita en 1989, los acuerdos de paz de París, en 1991, directamente omitieron el genocidio, y los genocidas pudieron integrarse en el nuevo sistema. Es cierto que Pol Pot, en 1993, volvió al bosque con un grupo de antiguos jemeres rojos, pero una amnistía del nuevo Gobierno, en 1994, provocó que fuese abandonado por la mayoría de sus simpatizantes y su movimiento despareció tras su muerte en 1998. Así, la mayoría de los genocidas pudo integrarse, convivir e incluso mandar sobre, en ocasiones, muchas de las víctimas o de los familiares de las víctimas de sus crímenes. Los casos más sangrantes son lo de Ieng Sery (indultado por Sihanouk en 1996) y su esposa, que formaron un partido político, y terminaron controlando la zona de Païlin, en la que mediante el contrabando ilegal de madera y piedras preciosas se hicieron ricos. Cuando en 2007 fue detenido por fin, por orden del tribunal camboyano que empezaba a juzgar a los jemeres rojos, vivía en una mansión en Phnom Penh. No llegó a ser condenado y murió en 2013, de un ataque al corazón. Kieu Tirith aún vive. Fue juzgada y condenada, pero en 2011 se declaró su incapacidad mental. Kieou Samphan y Nuon Sea también vivieron sin problema alguno hasta 2007, momento en el que fueron arrestados. Hace cuatro meses fueron condenados a cadena perpetua. Tienen ochenta y tres y ochenta y ocho años respectivamente. Hasta 2011 Nuon Sea no admitió sus crímenes.

En cuanto a los restantes miembros de esta galería de horrores, Son Sen llegó a comandar el ejército jemer en los años de lucha contra los vietnamitas y tras los acuerdos de paz incluso se integró en el primer Gobierno anterior a las elecciones. Fue asesinado con trece miembros de su familia en 1997, por órdenes de Pol Pot. Duch, en cambio, huyó, oculto como un refugiado más, a Tailandia, cambiando su nombre. Se hizo comerciante hasta que en 1992 se decidió a volver a su país. Allí se hizo bautizar en una iglesia cristiana evangélica y se dedicó a la enseñanza durante años. Sus alumnos lo llamaban el «gran profesor» y todos querían estudiar con él: alababan su trabajo obstinado y cariñoso con los niños, su insistencia en explicar las lecciones hasta que todos las entendían. Guardó silencio hasta que, en 1998, tras escuchar a Pol Pot decir, en una entrevista dada por este antes de su muerte, que S-21 no había existido, se puso en contacto con un periodista británico al que confesó no solo que la prisión había existido, sino que él, que la había dirigido, se arrepentía de sus crímenes. Arrestado en 1999, esperó en prisión durante años a que por fin el Gobierno camboyano retirase sus obstáculos a la constitución de un tribunal en Camboya que juzgase el genocidio. En 2008, dentro del proceso, volvió a visitar S-21 y tras echarse a llorar pidió perdón a las víctimas. Fue juzgado y condenado a treinta y cinco años de prisión y más tarde a cadena perpetua. Aún vive.

El genocidio camboyano es un crimen sin castigo. Un crimen que intentó justificarse por las condiciones previas: las persecuciones y matanzas salvajes en Indonesia de comunistas; la dictadura prooccidental de Lon Nol, ayudada por la estúpida y criminal campaña norteamericana de bombardeos en los estertores de la guerra vietnamita; incluso se ha relacionado con las propias costumbres camboyanas, en particular la institución del kum, la llamada venganza desproporcionada, basada en los modelos de la poesía épica del país, y que autoriza una respuesta mucho mayor que la ofensa como venganza. Sí, el resentimiento y la venganza por las ofensas y crímenes, en su mayor parte reales, están ahí, pero sin el corpus teórico que esos profesores camboyanos adquirieron en Occidente y que se encuentra en la base de los otros genocidios y masacres comunistas, nunca habría dado lugar a un proceso tan meticuloso y científico. El llamamiento a la venganza de clases, a la extirpación del tumor, la infección encarnada en los ricos se llegó a plasmar en su himno nacional que terminaba diciendo: «No dejéis con vida a ningún imperialista reaccionario: echadlos de Kampuchea. Movilizaos y golpead». Pin Yathay, el ingeniero que perdió a todos los miembros de su familia en uno de los campos de reeducación, escribió un libro sobre sus experiencias en el que incluye la siguiente nana, que reproduzco de El siglo de los genocidios de Bernard Bruneteau, del que he extraído tantos datos para este artículo:

Hijo, ¡recuerda! Tu padre ya no existe. Era un puro revolucionario … Acuérdate de su sangre, esa sangre que manaba a chorros. Era tu sangre la que manaba a chorros bajo los golpes de nuestros enemigos de clase … Debes guardar en tu corazón el odio de los opresores burgueses, capitalistas, imperialistas y feudales. Te toca vengar a tu padre. En adelante te tocará vengarte para proteger a tu clase.

Restos de víctimas de los jemeres rojos en Phnom Penh, Camboya. Fotografía: Istolethetv (CC).


El héroe inventado (y IV): Capa en la retina

(Viene de la tercera parte)

André Friedmann era un actor cuya función había comenzado a principios de la década de los treinta, cuando en plena adolescencia se había colocado una máscara que una vez acabados los conflictos bélicos que forjaron su leyenda ya no sabía cómo retirar. Doce años después de la invención de Robert Capa, el joven húngaro que había recorrido el mundo entero buscando adrenalina se veía finalmente expulsado del escenario de sus representaciones. La Guerra había terminado, y con ella el motor de su existencia desarraigada y salvaje. Nunca se podrían hacer fotos bélicas como las de África o Italia, ni existiría una invasión como la de Normandía o una liberación como la de París. El húngaro lo sabía: los diez años siguientes serían, principalmente, una lucha contra sus demonios personales, sedientos de una forma de vida que había quedado herida de muerte en Leipzig.

Diez días después del armisticio y un año después del Desembarco, el 6 de junio de 1945, Capa conoció en París a la que se convertiría en el amor más tempestuoso del húngaro, Ingrid Bergman, la única capaz de hacerle olvidar el amor que había perdido en Brunete. Reina absoluta de los escenarios de posguerra, la diva sueca estaba en París formando parte de un grupo de estrellas enviado a actuar para los ejércitos desplegados en el Viejo Continente. La de Capa y Bergman fue una historia llevada en secreto que paseó a sus protagonistas por Europa y América durante muchos meses, en escenarios como París, Berlín, Nueva York o Los Ángeles, un tiempo de vino y rosas en el que resarcirse de los años pasados durmiendo en trincheras y exiguos colchones.

Ingrid Bergman y Alfred Hitchcock en un rodaje en Hollywood. Los Angeles, Mayo 1946 (CC).
Ingrid Bergman y Alfred Hitchcock en un rodaje en Hollywood. Los Angeles, Mayo 1946 (CC).

Fue precisamente en Hollywood donde Capa tomó la decisión de escapar de esa historia que amenazaba con atar su libérrimo espíritu. La idealizada ciudad americana supuso una profunda desilusión para el fotógrafo, que no conectaba con el espíritu frívolo del medio cinematográfico con el que se veía obligado a relacionarse. Durante su estancia en la Costa Oeste acompañó a Bergman en los rodajes, acudió a las fiestas de las estrellas del cine e incluso hizo sus pinitos como actor de reparto en algunas películas menores, pero siempre con desgana. Todo ello carecía de verdadero interés, acostumbrado como estaba a vivir al límite de la vida. Poco a poco sus ganas de vivir esa vida de glamour y oropeles se fueron diluyendo y dos años después se termina la historia entre ambos, instalándose a partir de entonces en Nueva York y París para poner en marcha el proyecto que llevaba madurando desde los tiempos de la guerra en Italia: Magnum.

Desde que finalizó la guerra, Capa se había involucrado progresivamente en la Asociación Americana de Fotografía Documental, en cuyas reuniones sostenía que era necesario neutralizar el poder que tenían las revistas sobre los contenidos periodísticos subcontratados, y en especial sobre las fotografías. De acuerdo a la visión de Capa, no existía entonces un equilibrio entre las revistas y los fotógrafos freelance, lo que motivaba que en muchas ocasiones estas descontextualizaran las fotografías con el fin de manipular al lector para que no captase una realidad que podía ser incómoda, intentando acomodar el mensaje gráfico a la visión corporativa de la empresa editora. El húngaro esgrimía que el hecho de que los fotógrafos no tuviesen el control sobre sus propias fotografías constituía una cesión intolerable de una parte fundamental de su labor como fotoperiodistas. Tenían que organizarse para salvaguardar la dignidad de su —en ocasiones peligrosa— profesión.

Además de estas consideraciones, Robert Capa estaba profundamente molesto con su revista de entonces, la americana Life, que no solo había echado a perder con su desidia muchas de las fotografías del día D, sino que además había atribuido el error al propio Capa, publicando que este había sido incapaz de evitar que se mojaran los carretes durante las horas frenéticas del Desembarco. Una jugada vil que contribuyó a reafirmar a Capa en la necesidad de modificar su relación con el medio editorial ayudando a que una vez acabada la guerra se decidiese a montar la agencia que llevaba planificando varios años.

Así, Capa convocó a mediados de abril de 1947 a muchos de los compañeros y amigos que le habían acompañado en los años anteriores. Convenientemente reunidos en el MOMA, media docena de fotógrafos como George Rodger, Maria Eisner —la editora de Capa en la francesa Alliance—, Bill Vandivert —fotógrafo de Life—, además de sus inseparables Cartier-Bresson y Seymour, acompañaron al húngaro en la creación de la primera agencia de fotografía cooperativa. De nombre Magnum, la agencia ha sido desde entonces una referencia en el mundo periodístico, representante de algunos de los fotoperiodistas más importantes del siglo XX.

El impulso de Capa y compañía no era suficiente para asegurar un futuro para la agencia. Era necesario organizar Magnum de la manera más profesional posible, sin caer en elitismos o devaneos artísticos —Cartier Bresson estaba por entonces fuertemente influenciado por el surrealismo, por ejemplo— que les impidiesen asegurar unos ingresos suficientes para mantener la agencia. Así, mientras que a cada fotógrafo se le asignaba una zona geográfica —Chim se ocuparía de Europa, Rodger de África, Vandivert de EE. UU. y Cartier-Bresson de Asia— Capa tenía libertad total de movimientos, siendo su principal misión la de cultivar los contactos necesarios para la supervivencia de Magnum. Capa era el más indicado: seductor como pocos, fueron su ascendencia y popularidad en el medio lo que permitió construir una agencia que, tras unos inicios difíciles, llegó a convertirse en un referente en el mundo del fotoperiodismo.

Al tiempo que Capa dedicaba sus esfuerzos a montar Magnum y ahogaba en alcohol su ruptura con Bergman, su colega John Steinbeck, eterno compañero de timbas y borracheras, le propuso elaborar conjuntamente un reportaje sobre la Unión Soviética. La idea era retratar la vida cotidiana del pueblo soviético, en un intento de entender la compleja vida al otro lado del Telón de Acero, en un análisis convenientemente desprovisto de consideraciones políticas. Para Capa, era un viaje «como el de Sancho Panza y el Quijote, destinado a combatir los molinos de la ignorancia y el prejuicio». Las autoridades soviéticas en Nueva York aceptaron inmediatamente la oferta de Steinbeck, considerado por entonces como uno de los escritores que más simpatizaban con la causa del socialismo. Convencidos de que podrían manipularles para que mostraran una cara amable de la realidad soviética, aceptaron la imposición del americano de que Capa fuese su compañero en un viaje que les llevó a Rusia, Ucrania y Georgia durante diez semanas en el verano de 1947.

La experiencia no fue satisfactoria para Capa. Había sido el primer fotoperiodista americano en ser acreditado en la URSS, pero una vez sobre el terreno las autoridades rusas no colaboraron, limitando extraordinariamente los permisos fotográficos: Capa debía servir a la Revolución, y necesitaba «guía» para «entender» qué realidad debía fotografiar. En Moscú, en Kiev, en Stalingrado, en todas las ciudades que visitaron la experiencia rusa se limitaba a dejarse pasear por itinerarios fijos, generalmente por escenarios de batallas y escaramuzas bélicas ganadas por el «valeroso Ejército Rojo». Acompañados en todo momento por agentes del régimen, Steinbeck y Capa no pudieron tomar contacto con el clima de guerra civil que se vivía allí, transitando permanentemente por ciudades todavía devastadas por la guerra en las que el húngaro tenía generalmente prohibido usar su cámara. El pretendido acercamiento intelectual a la realidad soviética, impedido y mutilado por las intransigentes autoridades rusas, acabó degenerando en un viaje en el que tanto Steinbeck como Capa se acabaron entregando a la buena mesa y a las fiestas regadas con vodka.

El viaje resultó, como no podía ser de otra manera, en un estudio superficial de las naciones soviéticas cuya recepción fue bastante fría por parte de la crítica americana y fue directamente vilipendiada por la soviética. Esta colaboración con Steinbeck marcó el punto más bajo de la carrera de Capa, que no parecía ser capaz de producir un trabajo a la altura de los anteriores. A pesar de la censura soviética, Capa había conseguido tomar algunos cientos de fotografías en la URSS y sin embargo muy pocas revelaban el genio que latía detrás de la cámara. Imágenes planas, sin profundidad ni interés, retratos en general anodinos de lo visto y vivido en aquellas tierras cerradas.

Sin embargo, fue en esa enorme cantidad de fotografías en la que se zambulló su amigo y exeditor John Morris para rescatar una treintena de ellas por la que pagó una cifra astronómica, proveyendo a Capa de una cantidad suficiente con la que acometer su siguiente proyecto fallido: World Video. El concepto era, una vez más, de Steinbeck, que aspiraba a resarcirse del fracaso económico y literario que había significado A Russian Journal: una serie de documentales de larga duración, unos pretendidos estudios en profundidad sobre diferentes temas de actualidad. A pesar de que su relación con el escritor americano había sufrido algunos altibajos durante el viaje a la URSS, Capa pronto se dejó convencer para formar parte del proyecto, sobre todo si suponía volver a su ciudad preferida: París.

El primero de esos documentales, y único en el que participó Capa, versaba sobre el estallido de la industria de la moda en Francia, una realidad incongruente con el estado de pobreza posbélica en la que estaba sumida la nación francesa. El encargo era ambicioso: ocho clips de una hora de duración sobre la moda parisina, con especial atención al fenómeno Christian Dior —que había revolucionado la industria con sus faldas cortas y su ropa interior de seda— a realizar en un tiempo de seis semanas. Un alto ritmo de trabajo a acometer con un presupuesto exiguo que el fotógrafo húngaro no se tomó en serio, deseoso de volver a participar en la vida nocturna que por fin volvía a bullir en su ciudad preferida. El libérrimo Capa, dedicado en cuerpo y alma a gozar la noche parisina, produjo un material que no satisfizo a nadie: a su vuelta a EE. UU. no solo no fue remunerado, sino que además fue obligado a vender su participación en la empresa por un Steinbeck furioso con el que no volvería a trabajar.

Ben-Gurion lee la Declaración de Independencia del Estado de Israel. Tel Aviv, 14 de mayo 1948 (CC).
Ben-Gurion lee la Declaración de Independencia del Estado de Israel. Tel Aviv, 14 de mayo 1948 (CC).

Y mientras la carrera de Capa se perdía en encargos sin interés, el mundo tras la guerra seguía cambiando su cara. Uno de los cambios más importantes fue el ocasionado por la Partición de Palestina, aprobada en la ONU el día 29 de noviembre de 1947. En febrero, mientras Capa dedicaba su tiempo a sacar fotos a modelos francesas de lencería, los británicos se comprometían a abandonar sus posiciones coloniales en Tierra Santa en el menor plazo posible: la creación del Estado de Israel era ya una realidad inminente. Así, consumado el fracaso de su experiencia en World Video, Capa tuvo claro que resultaba fundamental desplazarse a Tel Aviv para ser partícipe del histórico momento. La creación del primer Estado judío era una historia que Capa no podía perderse, un evento mayúsculo en el calendario político que tenía que cubrir para Magnum. Y, quizás, podría llevar aparejado un conflicto bélico en el que volver a poner en liza todo lo aprendido durante las dos grandes guerras que ya había cubierto. Era, pues, el lugar donde todo fotoperiodista debía estar.

Y los acontecimientos le dieron la razón: pocos días después de llegar, el 8 de mayo de 1948, los británicos arriaban la Union Jack en Jerusalén al tiempo que en Tel Aviv el primer ministro Ben-Gurion declaraba oficialmente la creación del Estado de Israel. El sueño sionista por fin se completaba. Y Capa estaba allí, tomando algunas de las mejores fotos de los primeros actos oficiales del nuevo Gobierno.

Supervivientes del campo de concentración de Buchenwald llegan a Haifa (1948) (CC).
Supervivientes del campo de concentración de Buchenwald llegan a Haifa (1948) (CC).

La guerra, tal y como estaba previsto, no tardó en estallar y Capa volvió por fin al medio que le había dado fama mundial: los conflictos bélicos. La estancia del húngaro fue corta, apenas un mes en el que participó en las dos operaciones más importantes que llevó a cabo el ejército israelí antes de que entrara en vigor la primera tregua de la guerra, el 10 de junio. Primero en el desierto de Neguev, en el que Capa cubrió la defensa de un kibutz de vital importancia bajo asedio del ejército egipcio. Entre nubes de polvo y lluvias de proyectiles, Capa se esmeró en retratar a unas tropas israelíes que aguantaban como podían frente a un enemigo mucho más numeroso. «Capa ha encontrado otra guerra», anunciaba Illustrated a sus lectores en el reportaje especial dedicado a la guerra en el que una veintena de fotografías del húngaro retrataba la dura lucha en el desierto. Especialmente interesante fue la cobertura que Capa realizó a la defensa de la vía de comunicación Tel Aviv-Jerusalén que el general Marcus —primer general del ejército de Israe— había conseguido consolidar frente a la amenaza árabe. Rodeados por ejércitos enemigos, las exiguas tropas israelíes construyeron y aguantaron un desvío por las montañas entre Hulda y Harel —bautizada como «la carretera de Birmania»—, de capital importancia para proveer de suministros a la ciudad asediada.

Unos días después del inicio de la tregua, el 22 de junio, se produjo uno de los episodios más vergonzosos del conflicto: el hundimiento del Altalena, un barco fletado por combatientes pertenecientes al grupo ultraderechista judío Irgun que acudía a luchar en la guerra. El Gobierno de Ben-Gurion se negaba a reconocerlos y a incorporarlos al ejército, instándoles a rendirse y entregar las armas que traían en el barco. Ese día, con el barco fondeado frente a las playas de Tel Aviv —a tiro de piedra del hotel de Capa— se produjo un tenso intercambio de exigencias y algunos miembros de Irgun desembarcaron en la playa. Su negativa a tirar las armas motivó una rápida respuesta de las Fuerzas de Defensa de Israel, que abrieron fuego contra el barco y los pocos soldados que ya estaban en tierra. Este incidente, la primera vez en la guerra que judíos disparaban contra judíos, pilló a Capa con la cámara preparada, y pudo moverse rápidamente sacando fotos del asalto fallido y de la destrucción de la nave por la artillería costera.

Y fue precisamente en medio de esa confusión cuando casi le alcanza el destino que había sabido esquivar durante quince años: una bala perdida le rozó en la ingle. El proyectil sin embargo no le alcanzó de lleno: pasó a escasos milímetros, abriendo una herida superficial en los testículos y otra —mucho mayor— en el orgullo del fotógrafo. Capa, súbitamente consciente de su mortalidad —largo tiempo ignorada—- tardó menos de veinticuatro horas en abandonar el país rumbo a su añorada París.

No volvería a cubrir el conflicto, que se alargaría hasta el mes de abril del año siguiente. Una vez acabada la guerra, en mayo de 1949, Capa se unió a Irwin Shaw, que trabajaba entonces para el New Yorker, para realizar un informe sobre el nuevo Estado de Israel. Llegaron a tiempo para la conmemoración del primer aniversario de la creación del Estado, el 8 de mayo. Capa, al que sus fotografías de la guerra de la Independencia le habían conferido un estatus de héroe en el nuevo país, se paseó durante semanas por todos los rincones de Israel, documentando los esfuerzos del sionismo por crear una patria a la altura de los designios del pueblo judío.

Destrucción del buque Altalena por parte del ejército de Israel. 22 de junio 1948 (CC).
Destrucción del buque Altalena por parte del ejército de Israel. 22 de junio 1948 (CC).

El encargo, y las situaciones vividas entonces fueron muy emotivos para un Robert Capa cuya invención de sí mismo no había logrado disimular del todo el origen judío del niño Friedmann. El húngaro, a pesar de su fama y de su existencia desarraigada, no podía obviar la emoción que le producía asistir al nacimiento de una nación para un pueblo perseguido del que se sentía parte. Una reciente visita a su Budapest natal le había sumido en la melancolía, al comprobar que gran parte de la ciudad y la gente que él había conocido eran ya parte del pasado, desaparecidas bajo la barbarie nazi. Para Capa, Israel constituía la prueba de que la sinrazón de la guerra podía brindar consecuencias deseables. La fuerza de la orgullosa población israelí, que hasta poco antes era apenas superviviente del Holocausto, le recordaba a la que había encontrado en Madrid y Barcelona durante los primeros meses de la Guerra Civil española. Estaba exultante. Hasta que salió de Tel Aviv y entró en contacto con una realidad bastante más dura que la que se vivía en la capital. A pesar de este clima de esperanza, fueron semanas muy duras para Capa. Además de documentar a la población valerosa luchando contra el desierto, dedicó sus esfuerzos a recorrer campos de refugiados a lo largo y ancho de Israel. Campos, todos ellos de macilentos supervivientes del Holocausto que aguardaban su futuro en el nuevo país prometido detrás de alambradas que recordaban a aquellos campos donde habían sufrido el horror de la guerra bajo el yugo nazi.

La guerra de Israel fue la última oportunidad en que Capa participó en la primera línea de un conflicto armado y pudo volver para contarlo. La siguiente vez que se arriesgó tanto no fue capaz de volver del frente.

Los cinco años siguientes Capa se dedicó a trabajar para Magnum, engrandeciéndola poco a poco con nuevas incorporaciones. Figuras como Eve Arnold, Elliot Erwin, Burt Glinn o Inge Morath eran por entonces jóvenes promesas que firmaron con Magnum debido al carisma del húngaro, que paulatinamente se fue convirtiendo en la figura paterna y el maestro que los guió durante los primeros años de pertenencia a la agencia. Capa les proveyó con encargos, contactos y un ejemplo que supieron seguir para convertirse en fotógrafos de renombre mundial.

El esquema de funcionamiento de Magnum era el siguiente: los nuevos miembros debían pagar por su incorporación, especialmente cuando se convertían en miembros de pleno derecho —generalmente unos años después de haber sido admitidos—. Ese dinero pasaba a la organización y acababa generalmente en manos de Capa, que lo utilizaba para pagarse su elevado tren de vida. Hoteles, restaurantes, prostitutas y sobre todo, sus enormes gastos en casinos, eran sufragados por la agencia, que en esos años todavía no conseguía ser rentable. Capa, aburrido de la vida tediosa lejos de los conflictos bélicos, intentaba conseguir la adrenalina a través de la caótica vida que Magnum podía pagarle. Cuando Capa reemplazó a Maria Eisner a la cabeza de la organización los problemas no hicieron sino agravarse: el húngaro era un nómada por naturaleza, y sentía que su genio vital se apagaba persiguiendo contratos y revisando hojas de balance que nunca cuadraban. Era un animal de fiestas y un espécimen de casino, un jugador para el que vivir no tenía sentido si no se hacía al límite. De hecho, cuando por fin Magnum obtuvo beneficio —escaso, apenas setecientos dólares— en las Navidades de 1951, los gastos de la fiesta de celebración excedieron con mucho esa cantidad. Ganar dinero no tenía sentido si no se sabía gastar, y en eso Capa era un maestro. La situación era complicada para los nuevos reclutas de la organización, que sin embargo no osaban levantar la voz contra Capa, al que le debían la oportunidad sobre la que estaban cimentando sus incipientes carreras. Magnum era Magnum, y era preferible participar perdiendo dinero que quedarse fuera de la protección e influencia de los maestros fundadores. El principal enfrentamiento se originó con la vuelta de Cartier-Bresson a París después de tres años en India, cuando exigió recuperar la inversión que había depositado en origen en la organización —y que no pudo recuperar—.

De estos años de etílica languidez de entreguerras destacan dos series de fotografías que Capa realizó durante sus vacaciones en la Costa Azul visitando a amigos y conocidos. Las fotografías más conocidas representan a Pablo Picasso y a su compañera Françoise Gilot jugando con el pequeño Claude en la playa, y a Henri Matisse, por entonces ya carcomido por los dolores de la artrosis, valiéndose de una larga vara para poder continuar pintando sus cuadros; acaso las imágenes más conocidas de estos dos grandes pintores.

El húngaro, como ya hemos visto, era un hombre de acción varado en el dique seco de la monotonía cotidiana. Nacido y criado para el conflicto, la existencia como presidente de Magnum era de un tedio insoportable para Capa. El húngaro aspiraba a encontrar un sustituto idóneo para su puesto a sabiendas de que era probable que no pudiese seguir utilizando indiscriminadamente los fondos de la organización para sus gastos personales si colocaba a un profesional al frente de las finanzas de la organización. No tenía necesidad de trabajar para pagarse sus fiestas y despreciaba íntimamente la guerra —o eso afirmaba siempre que le preguntaban al respecto—, por lo que aceptar encargos arriesgados en zonas de peligro estaba fuera de cualquier consideración en esos años de vino, ruleta y mujeres a expensas de Magnum. Por todo ello, y debido a la creciente peligrosidad de las nuevas guerras —el recuerdo de la bala que casi lo alcanza en la playa de Tel Aviv lo atenazaba— hizo que declinara participar en el conflicto bélico que acababa de comenzar en la península coreana, renunciando a su estatus de referencia en el fotoperiodismo de guerra: la guerra de Corea (1950-1953),

Reportaje en Life de Henri Matisse en su estudio. Montmartre, (1949).
Reportaje en Life de Henri Matisse en su estudio. Montmartre, (1949).

Hacia 1952 el apetito de Capa por la vida disoluta y despreocupada parecía estar remitiendo. Parecía sentirse atrapado en su máscara. Veinte años de devenir errático y la cobertura en primera línea de cuatro guerras brutales azuzaban los fantasmas que parecían perseguirlo entonces. Su compañero y gran amigo Irwin Shaw —el mismo con el que trabajó en Report on Israel— asistía atónito a cómo el personaje genial de Capa se deshacía entre lamentos melancólicos. El juego y las mujeres no parecían paliar ya una tristeza que lo invadía: la crisis de los cuarenta estaba haciendo estragos en el húngaro, que no parecía interesado en continuar dilapidando su inexistente fortuna en infames partidas de póquer y ruleta.

Al final apareció el candidato idóneo para dirigir la empresa: el americano John Morris, el mismo que había sido su editor en Londres para Life, al que había paseado por la Normandía de después del Desembarco y el que había sostenido a Magnum con sus encargos en los primeros años de la agencia. Un fiel escudero que entendía lo que suponía la agencia y lo importante que era separar a Capa —tanto para él como para la agencia— de las labores ejecutivas que había desempeñado los dos años anteriores.

El fotógrafo húngaro necesitaba un cambio en su vida, algo que modificase su invariable existencia de crápula. Una vez abandonada la dirección ejecutiva de Magnum no quiso, como le propusieron sus colaboradores, aparcar su carrera de fotoperiodista y reciclarse en empresario. Sentía una verdadera aversión por la posibilidad de llevar una vida convencional. Al final encontró la solución en forma de una oferta que no pudo rechazar: una agencia japonesa, Mainichi Press, lo convidaba a hacer un tour fotográfico por el país nipón. Con todos los gastos cubiertos y una buena suma por adelantado, era una oportunidad única para volver a sentirse periodista y sacar rédito del reconocimiento internacional que lo aclamaba.

Así, en la primavera de 1954 recupera el pasaporte americano que le había sido requisado —el Departamento de Estado tenía serias dudas acerca de la simpatía de Capa para con los comunistas— y se despide en París de sus compañeros de Magnum. Una despedida triste, un último brindis que todos los presentes interpretaron en clave crepuscular. «Si vuelvo a la guerra me pegaré un tiro porque creo que ya he visto suficiente», relata Suzy Marquis que le contó Capa poco antes de partir.

Una vez en Japón, a donde llegó a mediados de abril, el increíble recibimiento que le profesaron —cientos de personas acudieron a sus charlas, todas las autoridades quisieron recibirlo y los profesionales nipones le regalaron desde el primer día cinco cámaras y quince objetivos fotográficos— consiguió levantar el alicaído ánimo de Capa, que por fin parecía disfrutar una vez más de su oficio. Durante días recorrió el país, dando conferencias, mezclándose con gente del medio periodístico y dirigiendo su objetivo a retratar los esfuerzos del país oriental por recuperarse tras la debacle bélica.

Pero otra oferta difícil de rechazar le sacaría de su tournée triunfal por tierras niponas: Life necesitaba urgentemente un recambio para su corresponsal en la guerra de Indochina. La oferta no parecía revestir excesivo peligro, la duración del encargo era muy corta y la paga acorde al estatus de Capa. Venciendo su reticencia inicial a volver a una guerra, —John Morris le llamó expresamente para convencerle de que no aceptara— Capa acabó aceptando el encargo y volando a Bangkok para iniciar su misión.

El lanzamiento de refuerzos paracaidistas sobre las posiciones francesas no sirvió para levantar el asedio vietnamita a Dien Bien Phu (1954) (CC).
El lanzamiento de refuerzos paracaidistas sobre las posiciones francesas no sirvió para levantar el asedio vietnamita a Dien Bien Phu (1954) (CC).

Al tiempo que Capa llegaba a la capital tailandesa, el ejército vietnamita de Ho Chi Minh conseguía su victoria más sonada sobre el ejército francés: Dien Bien Phu. La Francia colonial estaba en desbandada y los vietnamitas no tardarían mucho en atacar las ciudades que todavía conservaban los franceses. Todo ello suponía que Life necesitaba cuanto antes fotos épicas que ilustrasen las consecuencias de esta mayúscula derrota y de los intentos franceses por recuperar la posición. Capa todavía tuvo tiempo de hacer un reconocimiento en profundidad de los bares y clubes más sórdidos de Bangkok antes de embarcar hacia Hanoi, donde le esperaba la acción bélica que había ido a buscar.

A su llegada se presentó ante el general Cogny, comandante de lo que quedaba de las tropas francesas. Vencida su reticencia inicial a incorporar a prensa extranjera, Cogny pronto se encontró departiendo con Capa acerca de la estrategia a seguir a partir de entonces en la lucha contra los comunistas. El húngaro estaba, por primera vez en su vida, en el lado equivocado de la contienda.

Los franceses se repliegan después de la derrota de Dien Bien Phu, revista Life, número 31 de mayo de 1954. Capa había muerto una semana antes.
Los franceses se repliegan después de la derrota de Dien Bien Phu, revista Life, número 31 de mayo de 1954. Capa había muerto una semana antes.

Después de un par de semanas fotografiando la evacuación de los heridos de Dien Bien Phu, Capa volvió a Hanoi para estar presente durante la batalla que estaba a punto de comenzar en la zona del delta del Río Rojo. El 21 de mayo fue tomada la última fotografía con vida del húngaro por Michel Descamps, reportero del Paris Match, una imagen del húngaro que lo muestro andando relajado al lado de uno de los médicos de la expedición en el aeródromo de Hanoi.

El 24 de mayo Capa acompañó a general Cogny a la zona del delta del Río Rojo, al sur de la ciudad. Los franceses querían limpiar el delta de comunistas, y las tropas y los pertrechos estaban listos para la misión. Parecía que por fin Capa iba a presenciar un combate de cerca. Al día siguiente, el 25 de mayo, estaba prevista una incursión rápida para atacar dos fuertes pequeños, importantes para asegurar una carretera de vital importancia. Era una excelente oportunidad para volver a estar cerca de la acción y mandar las fotografías que Life demandaba.

A las siete de la mañana el convoy militar francés recogió a los fotógrafos americanos acreditados para la expedición, John Melklin, Jim Lucas y Robert Capa. La situación se había complicado durante la noche, y estaba previsto que estuvieran expuestos a un intenso fuego enemigo. La noche anterior el húngaro se había lamentado en público de la actitud del resto de corresponsales que estaban cubriendo el conflicto, que a su juicio cargaban las tintas contra el servicio de prensa francés en vez de arriesgarse por sí mismos en el campo de batalla. Esa mañana ambos se presentaron decididos a acompañar a Capa en sus paseos bajo el fuego enemigo.

Al poco de salir el convoy empezaron los combates, duros enfrentamientos que se prolongaron durante toda la mañana conforme los franceses se aproximaban al primero de los fuertes. Cuanto más arreciaba el fuego enemigo más parecía disfrutar Capa, atento a cada movimiento de tropas para retratarlo. Se movía con velocidad, tomando fotos entre el caos que reinaba en esa soleada mañana. «Ya casi tengo el reportaje. Solo necesito que hagáis saltar por los aires el fuerte» le soltó al comandante francés que dirigía las labores de zapa de la empalizada exterior.

Lo últimos en ver a Capa con vida fueron Melklin y Lucas, a los que el húngaro les relató sus planes de acompañar a una columna que se dirigía directa hacia las posiciones del enemigo. Al descender del jeep en el que se encontraban los otros dos fotógrafos —que no quisieron participar porque «era muy arriesgado»— sacó una última fotografía de los soldados aliados abriéndose paso entre hierbas altas. Al fondo, un pequeño dique. Capa se internó en la maleza, detrás de los soldados, directo a encontrarse con el destino que había estado evitando durante dos décadas.

Cinco minutos después se oyó una enorme explosión: Capa había pisado una mina. Le photographe est mort, avisaron raudos los soldados que presenciaron la explosión. Cuando llegaron los médicos ya no se pudo hacer nada: el fotógrafo yacía muerto, con la pierna amputada y la cámara sujeta y firme en su mano izquierda.

A pesar de que él siempre tuvo muy claro que su trabajo le podía costar la vida, la noticia de su muerte cayó como una losa entre sus amigos. Nadie podía dar crédito a que el intrépido fotógrafo, el mismo insensato que había transitado por decenas de campos de batalla en primera línea —y que nunca había sido herido— hubiese encontrado su final en combate.

La muerte del alma máter del proyecto Magnum fue un golpe muy duro para la agencia, que tuvo que soportar también que apenas dos años más tarde Chim perdiese la vida en Egipto, alcanzado por un francotirador. Cornell Capa, que por entonces trabajaba para Life, se incorporó inmediatamente a Magnum para asegurar su supervivencia.

«La última batalla de Robert Capa». Revista Life, número del 7 de junio de 1954.
«La última batalla de Robert Capa». Revista Life, número del 7 de junio de 1954.

Un año más tarde de su muerte la revista Life y el Overseas Press Club instituyeron la Medalla Robert Capa al Valor Fotográfico, otorgada a los fotógrafos que cultiven una «fotografía superlativa que denote un coraje excepcional y un compromiso internacional». Desde hace más de medio siglo ha premiado a muchos de los fotoperiodistas más importantes. El primer premiado, en 1955, fue el mismo Sochurek, el fotógrafo de Life al que el húngaro había ido a suplir durante un mes a Indochina.

Capa murió viviendo al límite de la vida, exponiéndose al máximo para ser el que mejor retratase la crudeza de cada conflicto. Murió como un soldado, desangrándose en primera línea mientras aferraba la única arma que siempre lo había acompañado. Murió antes de haber cumplido cuarenta años, después de veinte años de carrera y cinco conflictos bélicos. Murió, para algunos, diecisiete años tarde: estaba muerto por dentro desde aquella batalla de Brunete en la que no pudo estar presente junto a Taro.

Más importante que la leyenda que supo construirse, de la agencia Magnum que fundó y del magnífico ejemplo de compromiso con su profesión que evidencia su caótica y genial trayectoria vital, lo más importante del legado de Robert Capa son, sin duda, sus fotografías.

A las 15:10 del 25 de mayo de 1954, en un ignoto campo vietnamita, murió el hombre y nació el mito.

Robert Capa fue despreocupado como fotógrafo, pero se aplicó cuidadosamente como un hombre… [A su muerte] dejó atrás un termo de coñac, algunos buenos trajes, un mundo afligido y sus fotografías, entre ellas alguno de los mejores momentos de la historia contemporánea. También dejó una leyenda, un mito para el cual no existe otra descripción que la de Capa. (John Morris, 1955)

El efecto de Capa lo podemos encontrar en todos aquellos que tuvieron trato con él. Todos conservan algo de él en sí mismos, y quizás puedan ser capaces de transmitirlo a otros hombres más jóvenes. (John Steinbeck, 1955)

Capa, el fotógrafo celebrado por sus colegas y competidores por haber tomado las mejores fotos de la Segunda Guerra Mundial en realidad no existe. Capa es una invención. Es un ser con cuerpo de hombre —bajo, tez morena, con ojos de spaniel, un labio superior cuidadosamente cínico, y una permanente expresión de buena suerte en la cara—; este hombre se hace llamar Capa y es famoso. Y sin embargo no es real. Es una invención, en todo momento y en todos los aspectos. Capa no existe. (John Hersey, 1947)

Epílogo: si alguna vez tienen la oportunidad de visitar el Museo de la Guerra de Vietnam, en Saigón (Ho Chi Minh City, Vietnam), por favor no lo duden. Este anodino edificio de hormigón en bruto, rodeado de antigua maquinaria bélica, alberga una fantástica colección de fotografías del conflicto que devastó el país durante casi una década. La última planta, la tercera, está por entero dedicada a exponer algunas de las fotografías de los mejores corresponsales —Larry Burrows, Robert Ellison, Kyoichi Sawada y Henri Huet, entre muchos otros—, que cubrieron la guerra para los medios extranjeros. En la primera sala, en la pared de la izquierda, a media altura, hay colgada una fotografía amarillenta. No pertenece a la guerra de Vietnam sino a la anterior, a la de Indochina. En ella, un grupo de soldados se recorta contra un paisaje de hierbas altas y árboles oscuros. Al fondo, un tanque. En el extremo derecho se adivina un pequeño dique, el mismo que quedaría destruido cinco minutos más tarde por la explosión de una mina.

Quizá no sea la mejor fotografía del museo. Ni siquiera de la sala. Ni de la guerra. Pero es la última que tomó el que probablemente ha sido el mejor fotógrafo bélico de la historia: Robert Capa.

La última fotografía de Capa (Fotograma ICP New York).
La última fotografía de Capa (Fotograma ICP New York).