Guía del (im)perfecto snob: el cuadro más caro del mundo

Repertorio canónico del cultureta todoterreno

Este mes: el cuadro más caro del mundo

Pollock pintando
Jason Pollock en pleno proceso creativo: a mí me pasa lo mismo cuando intento comer leche condensada directamente del tarro.

En ocasiones, cuando arrecia esta adormidera del calor vespertino de principios de otoño y me acomodo en la tumbona del balcón, amodorrado entre las macetas para vegetar la tarde como un inoperante saltamontes sestea en el tallo de un hinojo, me da por imaginar lo que podría hacer si dispusiera de ciento cincuenta millones de dólares en mi cuenta bancaria. Sí, soy de esa clase de individuos que se pasan la vida pensando en lo que harían con esa fortuna en vez de pensar cómo conseguir ganarla. Y bueno, las respuestas son muchas y variadas. Podría comprar algo de ropa para que las chicas no saquen el bolso y me den monedas cuando intento invitarlas a ellas a una copa. Podría comprarme un coche. Uno que funcione, quiero decir, y que no me sirva sólo como trastero con ruedas con un maletero que llenar de morralla inservible. Podría fundar mi propia revista con el nombre inicial que propuse para Jot Down —me respondieron con un “la próxima vez que propongas un nombre así te echamos de la revista y llamamos a la policía”— y llenarla de artículos sobre temáticas para las que normalmente no encuentro salida aquí, como las maquetas de heavy metal que grabó Leonard Cohen en sus inicios (¿soy el único que las ha escuchado? ¿Nadie más ha disfrutado con temazos del calibre de Sensitive iron fist o Motorpoetry?) o el Diez razones por las que Pep Guardiola no podría protagonizar Harry el Sucio. En fin, cosas útiles en las que emplear el dinero.

Pero un buen día, hojeando —con hache— una de esas revistas ilegibles que descansan en la sala de espera de uno esos sitios en que deberían entretenernos dicha espera en vez de martirizarnos con revistas del corazón y catálogos de muebles, vi un listado de las diez pinturas más caras del mundo. Y entonces tuve una revelación. Cuando necesite ciento cincuenta millones de dólares, sólo he de ir a Leroy & Merlin, comprarme una buena lámina de contrachapado, algunos botes de pintura y un destornillador. Después, voy a casa, uso el destornillador para agujerear los botes por su parte inferior y dejo caer chorritos de colores sobre la madera, hasta que obtenga algo como esto:

No5_1948
¿Dónde está Wally?

Lamento decir que la imagen no es el resultado de mi propio trabajo —les recuerdo que estoy haciendo la siesta en el balcón— sino que se trata de Nº5, 1948. Suena a código de clasificación de una colección de tebeos, pero no: es el nombre de una obra de Jackson Pollock y es actualmente la pintura más cara del mundo. La compró un millonario mexicano con nombre de vecino del cuarto —David Martínez— y pagó por ella ciento cuarenta millones al anterior propietario. Pero si ahora cualquiera de ustedes, amigos lectores, decide adquirirla cuando termine de pagar la hipoteca, el precio ha aumentado en la nadería de quince millones.  Pero no se preocupen; esto del arte es como lo de los pisos. Siempre habrá alguien que lo comprará más caro.

Pollock
Mi cuñado el albañil comentando con interés el curioso estucado de la pared del museo, hasta que mi hermana le dijo que no, que eso "es" un cuadro.

No voy a caer en proferir obviedades sobre la factura del cuadro en cuestión. Cualquiera puede mirar la imagen y llegar a sus propias conclusiones. A mí me recuerda a una mesa de la sección infantil del MacDonald’s tras la celebración de un cumpleaños, o quizá al suelo sin barrer del taller de un ebanista, pero tampoco soy un experto en arte y sé que puede haber ahí dentro significados ocultos que están más allá de mi aprehensión —también con hache—, como los hay en la mancha de moho de un limón si la contemplamos al microscopio. Vamos, cuando un millonario se gasta semejante dineral en un cuadro no hablamos de mi tía la de las tragaperras sufriendo un buying spree en el “Todo a cien” de los chinos y llegando a casa con baúles en miniatura y paragüeros con la imagen del Empire State, sino de un comprador millonario que supuestamente tiene asesores fiscales, agentes de bolsa, asistentas en liguero y abogados varios que le recomienden sobre la conveniencia o no de la inversión. Sé que el cuadro no cuesta lo que cuesta (aunque sí vale lo que vale) debido a sus cualidades estéticas, que son más parecidas al suéter de lana de alguien que ha pasado la noche durmiendo en un contenedor que a un lienzo de Caravaggio, sino que cuesta lo que cuesta por motivos puramente monetarios: un cuadro pesa y ocupa menos que un montón de lingotes de oro, no se puede esparcir bajo el sillón como un sobrecito de diamantes y es dudoso que el ejército norteamericano venga a conquistarlo como sucede con los pozos de petróleo. De acuerdo, un cuadro es en sí una buena inversión, puedo entenderlo.

Jennifer Connelly
Foto de Jennifer Connelly, o intento a la desesperada de que este artículo pueda ser incluido en la sección de Arte. Interpretó a la novia de Pollock, así que tengo coartada.

Pero lo que realmente me intriga es: ¿por qué este cuadro y no otro? Eso me lleva a reflexionar sobre la figura de Pollock, cuya gran aportación artística al mundo —o al mundo que yo puedo entender— es haber inspirado una película que era una excusa más para que saliese en pantalla Jennifer Connely en sus más aterciopelados años (iba a decir “amelocotonados” pero no quiero que se me tome por un garrulo superficial que no ve más allá del escote). Es cierto que Pollock tiene algunos cuadros graciosos; es decir, a veces mezcla los colorines con gracia, en una especie de combinación entre el cubismo de Picasso y la adorable entropía visual de un preescolar pintando con ceras. A veces es como si Joan Miró hubiese intentando por una vez hacer un cuadro de verdad pero mientras salía a por tabaco se lo hubiese hecho trizas su perro. En todo caso, Pollock tiene cuadros que puedes contemplar con cierto interés si estás en un solitario museo y no hay un grupo de estudiantes noruegas cerca, o si estás buscando motivos originales para un papel de envolver regalos. No es mi intención cargarme por las buenas a cualquier artista sólo porque no me atraiga especialmente su estilo: como (im)perfecto snob que soy, estoy dispuesto a considerar la idea de que existe el Arte en un trapo de limpiar biocicletas por el que alguien ha pagado bastante más de lo que yo tengo “ahorrado” en mi cuenta bancaria.

Si yo fuese más inteligente que el comprador del cuadro, tendría todo ese dinero que él tiene, así que ¿quién soy yo para opinar? Si Nº5, 1948 es la pintura más cara del mundo es porque alguien que tiene más millones que yo, y por tanto más criterio, más asesores y más significación pública, así lo ha visto conveniente. Humildemente asumo mi incomprensión al respecto, aunque eso suponga sentirme levemente incómodo cada vez que pago cinco euros en el mercadillo por una lámina de Paul Klee con la que adornar mi habitación. Sé que no es exactamente lo mismo que tener un Pollock original colgando sobre tu coronilla tras la mesa de tu despacho con vistas a Manhattan, pero el (im)perfecto snob ha de amoldarse y combatir el mayor de sus peligros —el qué diran— de manera conforme a sus posibilidades presupuestarias.

Además, luego pienso que yo he pagado cinco euros y el otro tipo ha pagado ciento y pico millones. Y qué quieren que les diga. Es cierto que echo de menos los yates, los palacios, las audiencias con el Papa y sobre todo las asistentas en liguero… pero me siento un poco menos estafado. Y, tranquilizada mi conciencia, vuelvo a sucumbir a la modorra, cómodamente apoltronado entre las macetas y soñando con los girasoles de Van Gogh. Quien hace lo que puede no está obligado a más. Excepto claro, el perfecto snob, quien de buena gana firmaría una hipoteca para tener en su casa un cuadro original de quien sea, como Dios manda. Pero yo no soy un perfecto snob.  Aún no he madurado tanto.

Pollock
Otra fascinante pintura de Pollock: estoy deseando conocer sus trabajos en plastilina.


Guía del (im)perfecto snob

Repertorio canónico del cultureta todoterreno.

Este mes: John Cage – 4’33”

Partitura original de “4:33”, en la que sin duda puede apreciarse el fascinante abanico de sutilezas y matices de la pieza.

No, John Cage no es un atleta y 4’33” no es su mejor registro en la carrera de los 1500 metros lisos. John Cage es —era— un conocido compositor de música clásica contemporánea y 4’33” es una de sus obras más célebres. Para los más voluntariosos defensores de la pieza, 4’33” supone toda una experiencia musical, sensorial y hasta filosófica. Según el resto de nosotros… bien, digamos que ves aparecer a la orquesta y durante 4 minutos y 33 segundos no hacen absolutamente nada excepto pasar las páginas de sus partituras. Sí, eso es lo que he dicho: no hacen nada. No tañen sus instrumentos, no cantan, no silban, no chasquean los dedos; ni siquiera dejan sonar los politonos de sus teléfonos móviles. Durante cuatro minutos y medio el auditorio está en completo silencio.

En realidad, según los apologetas del invento, el encanto de la experiencia reside en que no se produce un completo silencio. Lo cual es cierto. Hay público, así que se escucha sonido ambiente: la suma de las respiraciones, de los pequeños movimientos, toses… las cualidades sonoras del aire mismo y de la reverberación de la sala. El espectador descubre repentinamente que la pieza musical está compuesta de los sonidos que le rodean y de los que no acostumbra a ser consciente, incluyendo su propia respiración, los latidos de su corazón o la quejumbre plañidera de sus zapatos nuevos. Así, cada vez que “suena” la pieza, el resultado es siempre distinto, dependiendo de a cuánta gente le dé por toser o cuál sea el porcentaje de calzado de ocasión entre los asistentes.

Como resulta fácil deducir, las posibles implicaciones —tomo aire— artisticoesteticometafísicas de la —tomo aire otra vez— “interpretación” de la pieza son prácticamente infinitas. La relevancia, significación, metaforismo y simbología de 4’33’ van mucho más allá de cuanto podría yo, modesto intelecto, aspirar a resumir en estos breves párrafos. Me siento tentado a afirmar que todo se trata de una solemne tontería, pero estaría incumpliendo uno de los dogmas básicos del (im)perfecto snob: nada es una tontería hasta que tus más prestigiosos contertulios se pongan también de acuerdo en que, efectivamente, es una tontería. Mientras tanto y por si acaso, cuando el tema de 4’33” surja en una de nuestras conversaciones hemos de tener bien preparado un arsenal de sesudas reflexiones musicológicas, no sea que nuestros contertulios se tomen la pieza en serio.

Entre esas reflexiones podría caber también alguna anécdota, como la de allá en el 2002 cuando los herederos de John Cage demandaron por plagio al exitoso grupo The Planets. Sí, por incluir en su disco una canción llamada Un minuto de silencio (como hizo el grupo Soundgarden, aunque en su caso era una versión de los Dos minutos de silencio de John Lennon: desconozco si Yoko Ono les interpuso también una demanda). Es aquí cuando realmente empieza a maravillarme la genialidad intrínseca de la obra de Cage: compones una obra que consiste en nada y tus herederos pueden terminar reclamando derechos de autor sobre cualquier cosa en la que suene nada. Nunca tan pocas notas han dado tanto de sí: la idea es tan brillante que empiezo a entender por qué lloran los zapatos.

John Cage, afinando su piano o quizá poniendo algodones entre las cuerdas para que no rompa el fascinante silencio con molestas sonatas de Beethoven.

Así que ya sabes, amigo lector: tú también podrías sacar provecho de tu talento. Ya sea presentando al mundo un lienzo completamente en blanco (aunque ya se ha hecho), un libro en el que no hay nada escrito (¡vaya!: también se ha hecho) o una película que no cuente absolutamente nada (también se ha hecho y se llama Kill Bill). La cuestión es convencer a tu público de que está viviendo una experiencia nueva y conseguir que te lo agradezcan con lágrimas en los ojos. Sí: cuando la obra es incluida en un recital y la orquesta —director incluido— sale al escenario para no tocar 4’33”, la audiencia suele aplaudir fervorosamente al terminar. Sé que no lo entiendes, por eso eres un (im)perfecto snob. Si fueses un perfecto snob lo entenderías.

NOTA: He intentado que este escrito tenga una longitud adecuada a fin de que pases leyéndolo unos 4’33”. Si has permanecido en silencio mientras lo leías y has oído a tus vecinos, el tráfico de tu calle o te han chirriado los zapatos… has experimentado algo único y puedes empezar a considerarme un artista. El arte, como Dios, está en todas partes.

O en ninguna.