Pablo Laso, o cómo el Real Madrid salió del anonimato y la mediocridad

Pablo Laso. Foto: Corbis.
Pablo Laso. Foto: Corbis.

Arvydas Sabonis dejó el Real Madrid en 1995 y lo dejó, además, como campeón de Europa. El objetivo por fin se cumplía después de quince años de decepciones y para ello hubo que juntar al —probablemente— mejor jugador europeo de la historia con el mejor entrenador contemporáneo, Zeljko Obradovic. Atrás quedaban años traumáticos para el Real Madrid de baloncesto, temporadas en las que tuvo que acostumbrarse a perder, algo insólito en sus primeros cincuenta años de historia, y lidiar además con la tragedia: primero la muerte de Fernando Martín en 1989, luego la de Ignacio Pinedo en 1991, la de Petrovic en la distancia, en 1993, y por último, poco después de firmar con el propio Obradovic en 1994, el fulminante cáncer que acabaría con Mariano Jaquotot, llamado a ser el heredero de Saporta al frente de la sección.

Aquel equipo que ganó al Olympiakos en Zaragoza no era deslumbrante. Sí, estaban Sabonis y Arlauckas, pero el resto eran jugadores bajo sospecha para los medios como Antúnez o Cargol, en franca retirada como Antonio Martín o Biriukov, y secundarios como Lasa, Santos, García Coll, Martín Ferrer… que probablemente no habrían tenido sitio en ninguna gran plantilla europea pero que sabían exactamente lo que tenían que hacer y cuándo hacerlo.

El precio a pagar era un juego poco espectacular, tanto que Pedro Ferrándiz, al hacerse cargo de la sección ese mismo año, afeó el título por la manera de conseguirlo y barajó incluso el cese del entrenador.

Desde entonces, veinte años ya, el Madrid ha pasado por muchas cosas pero sobre todo ha pasado por muchas crisis. Por el club, además de Obradovic, que aguantaría hasta 1997, han desfilado entrenadores como Bozidar Maljkovic, Ettore Messina o Sergio Scariolo y jugadores como el propio Joe Arlauckas, Dejan Bodiroga, Alberto Herreros, Sasha Djordjevic, Louis Bullock, Raül López antes de su lesión de rodilla, Charles Smith, Ante Tomic… Todos ellos fracasaron de una manera o de otra. Por ponerlo en cifras: desde ese mágico 1995 hasta 2011, el Madrid ganó tres ligas, una Recopa y una Copa ULEB. Durante diecinueve años no fue capaz de levantar ni una sola vez la Copa del Rey.

Incapaz de luchar contra los grandes presupuestos europeos, los Kinder, Teamsystem, Olympiakos, Panathinaikos, Efes Pilsen o Maccabi de turno, el Madrid no solo vio cómo el Barcelona se disparaba en el duelo local sino que se las deseó para mantener su estatus ante el Caja Laboral, el Unicaja o el Joventut de los años dorados de Rudy y Ricky. ¿Qué pasó entonces para que un equipo perdedor, en continua crisis, con quince o veinte jugadores por año y aforos medio vacíos volviera a convertirse en un candidato a todo? Muy sencillo, llegó Pablo Laso.

Del páramo de Messina empiezan a salir brotes verdes

Volvamos a junio de 2011, cuando se anuncia su fichaje. El Madrid acaba de disputar su primera Final Four en dieciséis años pero ha sido apalizado sin matices por el Maccabi. Del «superequipo» que había confeccionado Messina con todo el dinero del mundo queda una plantilla cabreada y dispersa a las órdenes del interino Molin. Felipe Reyes tiene un pie en la calle, igual que Sergio Rodríguez, con un acuerdo ya casi cerrado con el Unicaja. Ambos han sido ninguneados por el tándem italiano e incluso atacados públicamente en la prensa por su rendimiento deportivo… y extradeportivo.

Por lo demás, es una plantilla excelente y muestra de ello es que el décimo, undécimo y duodécimo jugador de la rotación son Nikola Mirotic, Mirza Begic y Sergi Vidal. Insuficiente en cualquier caso para derrotar al Bilbao Basket en semifinales de la ACB.

Ese es el Madrid al que llega Laso: un equipo en el que el talento está bajo sospecha —el base titular es el solvente Pablo Prigioni ya superada la treintena— y la moral, por los suelos. Los duelos con el Barcelona son una tortura: derrotas con diferencias por encima de los veinte o incluso de los treinta puntos, un complejo que parece imposible de revertir y que lastra toda posibilidad de pensar en el futuro porque el Barcelona, tarde o temprano, acaba cruzándose en todas las competiciones. Sin dinero para revoluciones y con el convencimiento de que los buenos ya están en el club, Pablo Laso hace una apuesta insólita: decide dejarlo todo más o menos como está.

Se puede decir que el entrenador vitoriano tiene poco que perder, pero eso no quiere decir nada: Joan Plaza tenía poco que perder y de hecho ganó bastante pero se acabó peleando con toda la prensa y parte del público, Javier Imbroda tenía poco que perder y no metió al equipo siquiera en play-offs… Fichar a un entrenador español y sin apenas experiencia parece un suicidio que asumen entre Juan Carlos Sánchez y Alberto Herreros. La prensa afila los cuchillos y aún más cuando no llega ningún fichaje «ilusionante», ningún Papadopoulos que luego dure diez partidos, ningún Tanoka Beard que deslumbre solo contra los candidatos al descenso.

Laso toma pocas decisiones pero claves: de entrada, el equipo va a jugar bien al baloncesto. Eso parece fácil pero no lo es y menos bajo tanta presión y tantos complejos. Para ello, es imprescindible recuperar al «Chacho» Rodríguez, desahuciado a sus veinticinco años después de una agridulce experiencia en la NBA y un primer año en Madrid con pocas oportunidades, y jugársela con Sergi Llull, un jugador algo alocado y al que los entrenadores suelen colocar de escolta por miedo a que los partidos se descontrolen si él dirige el juego.

El tiempo cambiará esa percepción, pero la idea, en 2011, es casi suicida: Llull y Rodríguez de bases cuando lo que triunfa en el continente es el Ricky-Sada de turno.

El juego exterior lo completará con dos anotadores —Carroll, proveniente del Gran Canaria, y Kyle Singler, un universitario— y dos defensores —Pocius, suplente de la selección lituana y Carlos Suárez, otro tipo bajo el foco de la duda constante—. Por dentro, responsabilidad total para Mirotic, bien complementado por dos torres como Begic y Tomic y un luchador como Felipe Reyes, cuyos galones son reinstaurados de inmediato. Velickovic está, pero no rinde.

Con ese equipo, un buen equipo pero por el que nadie habría apostado un duro al inicio de la temporada, no mejor al menos que muchas plantillas anteriores, Laso gana la Copa por primera vez en diecinueve años y la gana en el Sant Jordi, ante el Barcelona, y con comodidad. Rompe el gafe de las semifinales y se queda a un triple de Marcelinho Huertas desde el medio del campo de ganar la liga y conseguir el tercer doblete del Madrid en casi treinta años. No solo eso, sino que el equipo juega de maravilla, llena el campo e ilusiona como pocos. La reacción de los críticos no se hace esperar: «Son blandos, en Europa se los comen, así no se puede competir al baloncesto».

Laso, sin embargo, dobla la apuesta.

Tocado por Spanoulis…

Su segundo año presenta algunas novedades importantes: Tremell Darden viene para complementar al estancado Carlos Suárez y Dontaye Draper aparece como base defensor para momentos puntuales, normalmente al inicio del tercer cuarto. No son dos estrellas, sino complementos, pero la cosa funciona. Ante Tomic se va al Barcelona y a cambio llegan Marcus Slaughter, del descendido Valladolid, y Rafa Hettsheimeir, una torre que ha rendido bien en el CAI de Zaragoza.

Coincidirán conmigo en que no estamos hablando de un equipo de ensueño salvo por la incorporación de Rudy Fernández. Rudy es un excelente jugador, durante años dominador de la posición de alero en el ámbito de selecciones cuando ni siquiera es un alero sino un escolta. Ahora bien, el Rudy Fernández que llega a Madrid en 2012, tras cuatro años casi perdidos en la NBA, es un Rudy muy tocado físicamente, con serios problemas de hombro y de espalda y con la moral dañada de tanto McMillan obligándole a colocarse en una esquina a tirar triples como si no supiera hacer otra cosa.

El equipo pinta bien pero su rendimiento vuelve a superar la expectativa: pese a caer en cuartos de final de la copa después de dos prórrogas, el Real Madrid gana la liga en cinco partidos frente al Barcelona y vuelve a derrotar al club catalán en las semifinales de la Final Four para clasificarse para su primera final de Euroliga en dieciocho años… la segunda en veintiocho. A mucha gente le parece lo normal, pero dos años atrás aquello hubiera sido un milagro y la plantilla, ya hemos visto, no ha cambiado tanto, más allá de los saltos de gigante que pega Mirotic casi cada mes y el citado fichaje de Rudy.

En la final espera el Olympiakos, que tampoco es un equipo con grandes nombres al margen de Spanoulis, junto a Navarro el gran escolta europeo del siglo XXI. La prensa y los aficionados se ven campeones de Europa y mucho más cuando el primer cuarto termina con una diferencia a favor de diecisiete puntos (10-27). El problema es que Olympiakos no es una banda sino el vigente campeón de Europa, coronado además en circunstancias parecidas, es decir, remontando una desventaja de veinte puntos a ese equipazo descomunal que era el CSKA de Moscú. El mismo CSKA al que han derrotado en semifinales apenas dos días antes cuando todos daban campeones a los rusos.

Al igual que el Madrid, el Olympiakos es un equipo con más complementos que estrellas: Acy Law, Pero Antic, Kostas Papanikolau, Josh Powell… todos ellos han sido o serán jugadores NBA con roles limitados. Shermadini, Sloukas, Printezis, Perperoglou… son jugadores de prestigio en Europa y por encima de ellos Hines y Spanoulis, especialmente el segundo, quedan como los encargados de ir reduciendo punto a punto la diferencia madridista, dejarla casi en nada al descanso y acometer el sorpasso iniciado el tercer cuarto para no abandonar ya jamás la iniciativa, anotando noventa puntos en tres cuartos, una cifra inaceptable.

La derrota es dura, pero llevadera: queda mucho camino por recorrer y la dirección parece la correcta. Por supuesto, los críticos insisten en el «sí, pero no ganan», obviando que el Madrid ya llevaba muchísimos años sin ganar, con entrenadores de perfil alto y bajo, grandes estrellas y humildes fajadores… pero lo que nunca había hecho desde casi los primeros ochenta era jugar tan bien a este deporte.

… Hundido por Tyrece Rice

El principio de la temporada 2013/14 supone la culminación de un proyecto y de una histeria colectiva: hasta bien entrado enero, el Madrid no pierde ni un partido y lo hace en cancha del todopoderoso CSKA. Por el camino quedan más de treinta victorias en partidos oficiales, una Copa del Rey agónica con canasta de Llull en el último segundo y la discusión absurda de si el equipo podría no solo jugar sino competir de tú a tú en la NBA.

Se crea la ilusión de que es una plantilla impresionante tan solo porque juega impresionantemente bien. Si se mira jugador a jugador, tenemos un poco lo de los años anteriores: dos estrellas marcadas, como Rudy y Mirotic, uno en ligero declive, el otro a punto de explotar, y una larguísima retahíla de grandes jugadores como Rodríguez, Llull, Draper, Darden, Slaughter, Reyes, Díez o Carroll, que parecen estrellas precisamente por la confianza ciega que el entrenador les concede.

Llegan además dos fichajes interesantes: Ioannis Bouroussis, lejos quizá de su mejor momento, pero aún muy válido en defensa y rebote, con su clásico tiro de lejos a pies parados, y Salah Mejri, un intimidador tunecino que dispondrá de pocos pero espectaculares minutos. Es una muy buena plantilla pero, analizando cada jugador, no está por encima de las de CSKA, Fenerbahce, Barcelona o el propio Olympiakos. Sin embargo, queda el baloncesto por encima de todo, y esa plantilla con sus limitaciones enamora a todos los aficionados, los propios y los ajenos. Ver el partido del Madrid se convierte en una cita obligada del fin de semana porque sabes que lo vas a disfrutar. El Palacio se llena cada jornada, el socio madridista se siente por primera vez en mucho tiempo observado, orgulloso de su equipo, referencia del baloncesto europeo…

Y así sigue la temporada, imperial, hasta que la relación entre Mirotic y Laso se mustia, sin que se sepa bien por qué, y Rudy vuelve a sus problemas con las articulaciones y la espalda. Todo ello no impide al Madrid vengarse de Olympiakos en cinco duros partidos y clasificarse de nuevo para la Final Four. Allí espera el Barcelona de Xavi Pascual. Lo lógico es que el partido sea tenso e igualado hasta el final, como en Málaga. Es lo lógico, digo, porque el Barcelona tiene un equipazo: Huertas, Navarro, Papanikolau, Tomic, Lorbek, Nachbar… más los prometedores Abrines, Hezonja o Todorovic y los curtidos Pullen, Dorsey, Oleson o Sada. Como ven, no falta de nada.

El partido es una masacre. Histórico. La mayor diferencia en veintiséis años de Final Fours: al descanso la ventaja es de solo ocho puntos pero acaba en treinta y ocho (62-100) con veintiún puntos de Sergio Rodríguez y diecinueve de Niko Mirotic. El Madrid está a un paso de cumplir el sueño de los últimos veinte años y enfrente no tiene al CSKA, que ha vuelto a perder por sorpresa en semifinales, sino al Maccabi de David Blatt, un Maccabi correoso, ordenado, lleno de jugadores atléticos y rápidos que apenas dicen nada al aficionado de medio pelo más allá del enorme Schortsianitis. La novena ya está aquí, piensa todo el mundo. Como si las finales no hubiera que jugarlas.

Y la historia se repite. Los triples entran uno tras otro, el Madrid domina el rebote y las primeras ventajas rondan los diez puntos, invitando a la celebración. Enfrente, ya digo, nombres poco conocidos para el aficionado medio, casi todos de apellido americano: Devin Smith, Ricky Hickman, Alex Tyus… Con quien nadie cuenta es con Tyrese Rice, un base de altibajos que sale desde el banquillo y deja claro desde el principio que no se va a rendir. En general, lo que distingue al Maccabi del Madrid en ese partido es que los israelíes no tienen miedo y llevan su plan hasta las últimas consecuencias. El Madrid no puede decir lo mismo: Mirotic está ausente, igual que Llull, y Rudy Fernández anda demasiado descentrado por sus molestias en un dedo que limitan su rendimiento.

Aparte, el Maccabi tiene a David Blatt en el banquillo. Blatt no es Laso. Blatt no aguantaría ni diez partidos en el Real Madrid, con la afición y los jugadores clamando contra su férrea disciplina, pero es el entrenador ideal para equipos medios que se convierten en grandes a poco que se aprovechen sus cualidades. Blatt ya lo demostró en Rusia, ganando un Eurobasket a la mismísima selección española y en su propia casa y, por si hay dudas, acabará entrenando a los Cleveland Cavaliers de LeBron James, Kyrie Irving y Kevin Love.

Sergio Rodríguez lo intenta todo pero no basta. El Madrid fuerza una prórroga que ya parece un regalo pero en ese tiempo suplementario se viene completamente abajo (98-86). Dos finales europeas consecutivas disputadas y 198 puntos encajados entre ambas.

La prensa hace sangre. Laso es un perdedor. Laso no sabe leer los partidos. Laso tiene los días contados… Mirotic tampoco se corta un pelo: anuncia su marcha a la NBA, desaparece de facto de los play-offs de la liga, que acaba en manos del Barcelona, y en su despedida pública agradece a todos y cada uno de sus compañeros y técnicos el tiempo pasado juntos dejando aparte a Pablo, un gesto francamente feo. En los tiempos muertos se palpa la falta de conexión entre jugadores y entrenador, que habla y habla mientras nadie parece escucharle.

La temporada para Laso acaba en silla de ruedas, expulsado tras una técnica descalificante en el Palau Blaugrana. A los pocos días, se anuncia la no renovación del contrato de sus ayudantes. Sus sustitutos los elegirá el club. Todos coinciden en que el vitoriano es un muerto viviente.

La última resurrección de Pablo Laso

Y sin embargo, pese a la baja de Mirotic, pese a los problemas físicos de Rudy, pese al bajón evidente de Sergio Rodríguez tras la decepción de su paso por la selección en la Copa del Mundo, el Madrid de Laso se reinventa. ¿Falta competitividad? Pues ahí están Nocioni, Maciulis y Ayón, tres tíos a los que los partidos no hay que ganárselos, hay que arrancárselos con los dientes. No son brillantes, no enamoran con su juego, nadie fantasea con verlos en un Dream Team que llegue incluso a la NBA… pero si vas a ir a la guerra, mejor que cuentes con ellos.

El primer torneo de la temporada —o el último de la pretemporada, como prefieran— acaba con victoria contundente ante el Barcelona. Al juego interior de los de Pascual —Tomic, Doellman, Nachbar, Lampe y Pleiss—, el Madrid opone a Felipe Reyes como gran referencia, a sus casi treinta y cinco años, y su colección de guerreros. Los guerreros triunfan. Durante los primeros partidos de liga, las dudas y la zozobra se mantienen. Primero la crítica era que no ganaban; luego, que no ganaban todo, ahora parece ser que ganar no vale, además hay que ofrecer un show constante.

Llega la Copa del Rey un año más y el Madrid va poco a poco: un tirón contra el CAI de Zaragoza le vale en cuartos, un arreón en el tercer cuarto contra el Joventut le mete en la final… y en la final, compite. Compite como no lo hace el Barcelona y acaba ganando con más comodidad que el año anterior. La tercera Copa del Rey en cuatro años, a sumar a la liga de 2013 y las dos finales europeas. Para darle más valor a este dato, hay que tener en cuenta un detalle sobre el rival: en los últimos dos años y medio, el Barcelona solo ha perdido por eliminación directa contra el Madrid. Tres Supercopas —torneos muy menores— pero también una liga, tres copas y dos Final Fours. Nadie más le ha metido mano al equipo de Pascual precisamente porque es un equipazo.

De repente, Laso está vivo. O eso parece, porque hay a quien todo esto le parece normal. Lo mínimo, vaya. Coges un club arrasado, con un montón de jugadores desmotivados, lleno de complejos, que lleva veinte años sin pisar una mísera final de Euroliga y lo conviertes en la referencia del baloncesto FIBA, compitiendo con todos y compitiendo bien aunque a veces pierdas. Porque en el baloncesto se pierde y el Madrid se había acostumbrado a perder mucho. Los cuatro títulos oficiales de Laso —no cuento pachangas veraniegas— lo convierten en el tercer entrenador más laureado de la historia del Real Madrid detrás de Lolo Sainz y Pedro Ferrándiz.

Queda todavía media temporada por delante, con dos títulos, los más importantes, en juego, incluida una Final Four en casa donde Laso probablemente se juegue los cuartos. Los resultados podrán ser buenos o malos, pero el trabajo de cuatro años está ahí: el Madrid venía de donde venía y está donde está. Con una gran plantilla, por supuesto, como siempre, o como casi siempre. El Madrid siempre ha tenido los jugadores, el dinero y el talento. Lo que ha faltado es alguien que lo gestionara y apostara por él y no lo echara por la ventana tras la primera temporada de nerviosismo.

Ese hombre ha sido Laso. Y por encima de Laso, por supuesto, Alberto Herreros. Puedo entender la frustración del aficionado que se vio dos veces campeón de Europa y acabó lamentando subcampeonatos. Recuerden cuando, casi con la misma plantilla, el rival era el Bilbao Basket y el límite eterno los cuartos de final o el Top 16. Las palizas contra el Barça partido sí y partido también.

Como dice Frank Underwood en House of Cards para transformar un «no» en un «sí» hay que pasar por el «quizás». Lo aconsejable es no ponerse histérico mientras dure la espera.


El último grito de «Míchel, maricón»

Foto: DP.
Foto: DP.

En uno de esos capítulos de Los Simpson repetidos una y mil veces, Homer está con su familia en la grada viendo un partido y empieza a insultar a uno de los jugadores. No son insultos muy graves porque al fin y al cabo hablamos de una serie de dibujos animados, pero sí los típicos «no vales nada, eres una nenaza, seguro que tu padre se avergüenza de ti», etc. Cuando alguien le reprende por los comentarios, la respuesta de Homer es la habitual en estos casos: «Bah, es un profesional, a él estas cosas no le afectan», tras lo cual se ve un primer plano del jugador en cuestión con una lagrimita cayéndole por el ojo izquierdo.

La excusa de Homer Simpson es la excusa del aficionado medio al deporte de alta competición: el insulto no es algo personal, es simplemente un modo de desconcentrar al rival o desahogarse uno mismo. La idea de los estadios de fútbol como enormes terapias de grupo ha sido ampliamente estudiada en las últimas décadas y hay mucho de cierto, aunque luego llegan los excesos y nos preocupamos.

Vayamos a los ochenta, por ejemplo. En esa década se consagra un grupo de aficionados al baloncesto, en concreto al Estudiantes, que se hace llamar «La Demencia». Su principal activo es que son ingeniosos y que hasta cierto punto resultan pacíficos. «La Demencia anima sin violencia», gritan una y otra vez para diferenciarse de otras aficiones que en aquellos años llenan el país, incluso con sus revistas esperando en los quioscos. Eran tiempos de Ochaíta y Boixos Nois, Frente Atlético y sus banderas con aguilucho, Guus Hiddink en Valencia diciendo que no empezaba un partido hasta que no retiraran las banderas nazis de un fondo.

La violencia, efectivamente, estaba en todos lados, más o menos soterrada y frente a la violencia, el insulto era incluso deseable. Porque el caso es que la Demencia insultaba, por supuesto. A veces con ingenio y a veces sin el más mínimo. Yo recuerdo un partido en el que a Antonio Martín le tocó lanzar dos tiros libres y a alguien no se le ocurrió otra cosa que gritarle «Iba borracho, Fernando iba borracho» a pleno pulmón, en referencia a su hermano recién fallecido, idea que nos pareció maravillosa y que a nuestros catorce años empezamos a repetir cada vez que a Martín le pitaban una falta a favor.

En casa, mi madre me explicó que gritar eso le convierte a uno en un miserable y que ser un miserable no es algo que se pueda cambiar según estés dentro o fuera de un recinto deportivo. Desde entonces, como buen hijo, he procurado moderar mi odio al contrario y alejarlo incluso de mi cuenta de Twitter, que a veces no es fácil.

Porque sí, lo que se esconde es odio mezclado con adrenalina. Digamos que la adrenalina está en el 90% de los presentes en un estadio. Es algo razonable porque quieren que su equipo gane y el otro pierda y están dispuestos, hasta cierto punto, a hacer todo lo posible por acercarse al objetivo. Hay, a veces, como añadido, un odio relativo y un odio absoluto. Odio relativo es el que siente un aficionado del Real Madrid hacia el árbitro cuando este no le pita un penalti que considera clarísimo. No hay nada personal, ni siquiera se sabe su nombre, pero le insulta como si le fuera la vida en ello porque se considera timado, robado, cualquiera de los adjetivos que luego verá repetidos en la portada de la prensa afín al día siguiente.

Odio absoluto es el que sienten determinados aficionados del Barcelona por el Espanyol, o del Sevilla por el Betis o, por qué no, del mismo Estudiantes hacia el Real Madrid y viceversa, por supuesto.

La normativa que quiere implantar la LFP para regular los insultos en los campos de fútbol es, en resumen, un intento de regular el odio y a la vez regular la adrenalina. No sé si eso es posible en esta cultura y tampoco me consta que en otros países más civilizados la cosa esté mucho mejor, más bien diría lo contrario, que hay un efecto imitación de países como Holanda o Italia. Es verdad que rara vez se ve un partido de la NBA con miles de personas coreándole «Motherfucker» al árbitro, pero supongo que también tendrán lo suyo; al fin y al cabo hablamos de una liga donde un tío fue suspendido durante más de sesenta partidos por subirse a la grada y liarse a mamporros. Lo que me preocupa es que en realidad el intento se quede en una banalización de la violencia reduciéndola a algo incontrolable para luego poder decir «lo hemos intentado pero no ha habido manera».

Entre la familia y la Familia

En un excelente artículo, Gemma Herrero, exredactora del diario Marca y en la actualidad colaboradora de El Confidencial, criticaba las declaraciones de Luis Enrique en las que venía a decir que si de verdad íbamos a echar a cada aficionado que insultase en el campo igual al final los jugadores se quedaban solos. El historial de Luis Enrique como jugador, siempre cercano a los grupos más activos y agresivos en aquellos locos años noventa, no invita a pensar en que al ahora entrenador del Barcelona le preocupe mucho el tema de la violencia en las gradas.

En cualquier caso, si le preocupa o no, es irrelevante. Lo que ha dicho es verdad, no es rebatible. Otra cosa es que nos guste que sea así, que a mí desde luego no me gusta. Gemma pone un ejemplo concreto que resulta muy claro: «Que le pregunte a Piqué si echaría a los que llaman puta a Shakira». ¡Pues claro que los echaría! Y el árbitro echaría a los que llaman puta a su madre. Se puede argumentar que el que llama «hijo de puta» a un árbitro en realidad no conoce a la madre del árbitro pero dudo mucho que nadie de los que se lo llaman a Shakira tenga el gusto de haber charlado con ella.

Es lo mismo: te insulto porque te odio y ese odio viene generado desde muy arriba. Está por todos lados en la sociedad: odio a la casta, odio a los que odian a la casta, odio al jefe déspota, odio al empleado vago, odio a la Pantoja, odio a los jueces, odio a Rato, odio a los «perroflautas», odio a España, odio a Cataluña… Odio muy bien alimentado y muy bien pastoreado porque da resultados, porque el odio es lo que une a las tribus sin proyecto común y en estos días en España, proyectos hay los justos, solo un simple «a ninguno de los anteriores», a lo Richard Pryor en El gran despilfarro, que podría resumir el clima social.

España, y no solo España, es ese país que está deseando salir a la ventana y gritar: «I´m as mad as hell and I´m not going to take it anymore», como pedía un desencajado Peter Finch en la película Network. Mucha gente lo sabe y lo alimenta. El odio es poder, casi tanto como el afecto. La violencia es poder, por supuesto, y conviene estar cerca. Joan Laporta se desmarcó nada más llegar a la presidencia y le costó amenazas de muerte, pintadas en casa y un acoso que requería de intervención policial. Florentino ha tardado un tiempo pero lo ha hecho también, viendo como en ocasiones se amenazaba incluso el descanso de los muertos.

Otros han seguido ese camino, pero no desde luego los Gil con el Frente Atlético ni Lendoiro con los Riazor Blues. El otro día, Javier Tebas, presidente de la LFP cesaba «sin dudar ni un instante» al expresidente del Deportivo por asistir al entierro de «Jimmy», el aficionado asesinado en el Manzanares. Lendoiro afirmó que conocía a la familia y quería darle su apoyo y solo faltaría que yo tuviera que decirle a la gente cuándo puede ir y cuándo no puede ir a un entierro, que no es precisamente una fiesta con payasos y confeti para todos.

Lo que le pareció a Tebas es que Lendoiro más que a la familia de «Jimmy» conocía a la Familia y que era a ellos a los que les daba su apoyo, por eso le hizo cesar en su cargo de embajador del fútbol español. ¿Cuántos presidentes han utilizado a los ultras como guardia pretoriana para ganar elecciones o simplemente protegerse de las críticas del resto del estadio?, ¿cuántos lo siguen haciendo mientras se rasgan las vestiduras y dicen «esto no tiene nada que ver con el fútbol, esto es una cuestión de política»? Por supuesto: el Frente Atlético es de «extrema derecha» y los Riazor Blues son de «extrema izquierda», por eso estaba Lendoiro, exconcejal y expresidente de la diputación con el PP en la comitiva.

La violencia es poder, ya está dicho, y por lo tanto, la violencia es política. Los amigos y los enemigos, mejor tenerlos cerca.

El término medio entre la garganta y la bola de acero

Junto a los presidentes de fútbol, que se han dado cuenta de repente de que en este local se juega, se indignan también muchos periodistas deportivos. ¿Qué ha sido el periodismo deportivo de los últimos años sino un montón de incitaciones al odio? Periodismo de bufanda y bandera siempre frente a la bufanda y bandera ajena. Todo, absolutamente todo, entendido como una provocación. Fotos con los Ultras Sur o con lo que quede de los Boixos o con el Frente o con quien haga falta. Los que se han enfrentado a esa manera de hacer las cosas, bien lo han pagado.

Ahora que el insulto se va a perseguir y todo van a ser «cánticos correctos», como se decía el pasado fin de semana en Twitter, es momento de preguntarse: ¿No hay como doscientos términos medios entre copar un fondo con esvásticas y banderas preconstitucionales, desearle la muerte a los ya muertos y quedar con los vivos para golpearles hasta dejarlos inconscientes y luego tirarles a un río helado… y llamar «hijo de puta» a un árbitro o subnormal a Messi? Y no quiero que se confunda nadie: yo no llamaría nunca subnormal a Messi ni maricón a Míchel ni hijoputa a Cristiano ni vería relación familiar alguna entre Amunike y el entrenador del Barcelona, pero, ¿de verdad es necesario llegar a este punto después de años viendo cómo esa gentuza se hacía con el estadio mientras la LFP miraba hacia otro lado o se apoyaba directamente en ellos?

Como soy un malpensado, me da que todo esto es una bomba de humo. Puedo equivocarme y ojalá me equivoque. Cuando la masa ejerce de masa lo hace con todas las consecuencias y el insulto no es la peor de ellas. En cualquier caso, la masa destaca por ser difícil de controlar y este tipo de medidas no llevan a ningún sitio porque nadie va a vigilar que no se insulte y ni siquiera es fácil definir lo que es insulto y lo que no, recuerden lo de Antonio Martín y su hermano Fernando. Son brindis al sol condenados a provocar la frustración entre la gente. Dentro de unas semanas alguien dirá «lo hemos intentado pero ha sido imposible» y me queda la duda de si entonces se darán cuenta de los pasos que se han saltado e intentarán ir un poco para atrás.

Yo, como aficionado, me he comportado como un miserable muchas más veces de las que sabe mi madre, aunque puede que lo intuya. He ido a partidos de baloncesto y de fútbol donde los insultos empezaban dirigiéndose al equipo contrario, luego al árbitro y si las cosas iban mal a los propios jugadores, siempre peseteros, vagos y mujeriegos cuando pierden. No voy a decir, como Homer Simpson, que eso va en su sueldo porque es mentira. Piqué tiene todo el derecho de enfadarse porque llamen puta a la madre de sus hijos igual que Eto´o hizo muy bien en irse del campo cuando se cansó de que le hicieran ruidos de mono cada vez que tocaba un balón. En algún momento hay que decir «basta».

Me parece bien que se inicie una cierta pedagogía que haga que seamos más tolerantes con el otro pero, como la virtud de cualquier pedagogía es que sea realista, que no confunda los hechos con las voluntades, me parece un disparate empezar esta casa por el tejado. Sí, nosotros les gritábamos barbaridades a Antonio Martín y a Alberto Herreros, pero había otros que nos tiraban bolas de acero y nos amenazaban con navajas.

Pensar que no hay diferencia entre la navaja, la bola de acero y la garganta es estar en otro mundo. Un mundo de azafatas, comida y bebida gratis y calefacción bajo el asiento. Un palco, en definitiva, donde todos los problemas quedan igual de lejos y se solucionan de la misma manera: con torpeza.


El último gesto a la galería de Javier Mascherano

Javier Mascherano. Foto: Javier Segura (CC)
Javier Mascherano. Foto: Javier Segura (CC)

El problema, antes que nada, no es Mascherano. Lean hasta el final del artículo antes de indignarse y luego, ya saben, desfóguense en los comentarios. El problema es que un equipo como el Barcelona acabe teniendo de referencia a un jugador como Mascherano, con sus virtudes y sus limitaciones. Mascherano convertido en el portavoz de la plantilla y en el jugador que más parece intervenir en el juego durante el partido. Omnipresente Mascherano, a veces como valor individual, a veces como síntoma de una decadencia colectiva.

Después de la derrota ante el Celta, por ejemplo, el jugador atiende al periodista de Canal Plus y le reconoce que la situación es preocupante: dos derrotas seguidas en liga privan al Barcelona del liderato y las sensaciones no son buenas. Tras hacer un diagnóstico más o menos razonable de la situación, suelta la frase autocompasiva que todos esperan, el guiño a la afición y los compañeros: «Desde fuera nos quieren hacer pensar que lo hacemos todo mal pero no es así».

Obviamente, Mascherano no ha inventado el «desde fuera». De hecho, el «desde fuera» es un elemento clave para entender al Barcelona a lo largo de su historia. Un enemigo informe, que a veces es Tomás Roncero y a veces es el anterior presidente, y que siempre vela por el mal del Barça acariciando un gato en la penumbra. Cruyff no pudo deshacerse de ese victimismo y el único que lo consiguió fue Guardiola, esa seguridad que daba Guardiola de que fuera del Camp Nou solo había monstruos y bárbaros.

En lo que sí ha destacado el defensa y mediocampista argentino es en su capacidad para dar una narrativa a las victorias y las derrotas. A los periodistas les encanta y más a unos periodistas tan acostumbrados a la literatura. Les gusta tanto que rompieron a aplaudir en medio de una rueda de prensa —aquellos octavos de final de 2011 donde todo se salvó precisamente por la fe de Mascherano al rebañarle el balón en el descuento a Bendtner— en la que, tras defender a su equipo, el jugador volvió a terminar el discurso recurriendo a la amenaza sin rostro: «Molesta que el Barcelona juegue bien al fútbol».

Hay en Mascherano un empeño algo irritante en decir siempre lo que se quiere oír. En su favor, hay que decir que a menudo se incluye a sí mismo como blanco al que disparar: ¿cuántas veces no le hemos escuchado criticar su actuación y pedir perdón después de un partido? No es algo habitual y por eso mismo es algo que el público aprecia. El asunto es hasta qué punto ese agradar en el fallo, esa disculpa constante por razones internas o externas, es representativo de los tres últimos años del Barça, años en los que el bajón de Piqué y la consiguiente descolocación de Mascherano han tenido mucho que ver.

Entender por qué soy el mejor y entender por qué he dejado de serlo

Cuando empezó la era Martino, la muy fugaz era Martino, y se empezó a hablar de la manida «verticalidad» en el juego, el catorce blaugrana se destapó con unas declaraciones sorprendentes: «Si se puede llegar al área contraria con tres toques, mejor que con treinta». Aquello tenía un punto difícil de creer, imposible verlo como algo que no fuera un nuevo gesto para agradar tanto al entrenador como al numeroso grupo de impacientes que empezaban a colmar el estadio. Al fin y al cabo, si Guardiola había convertido a Mascherano en uno de los mejores centrales del mundo había sido precisamente gracias a que su equipo jugaba a treinta toques y no a tres y eso, él, debería saberlo.

En ese estilo de ataque, donde todos salían juntos y ordenados e iban superando líneas buscando el hombre abierto o con un simple pase de tres metros bien dado en el momento justo, los centrales hacían su agosto: solo tenían que estar pendientes de anticiparse y mantener alta la presión. En eso, Mascherano, que había sido siempre un mediocampista defensivo, incluso con algún breve coqueteo con la banda derecha, sobresalía. Sabía leer perfectamente la jugada y si el balón le sobrepasaba o su compañero tenía problemas en el uno contra uno podía salvar al equipo con una entrada desesperada, como sucedió ante el Arsenal y sigue sucediendo muchas veces, demasiadas, y no siempre por culpa suya.

Arropado por sus compañeros, por la supuesta horizontalidad y la posesión del balón, Mascherano reinaba. En el caos de la verticalidad, del ida y vuelta constante, Mascherano se pierde: anticipa a destiempo, no protege la espalda, corre mucho pero no siempre con sentido… Y queda retratado en demasiados goles aunque en esto no quiero ser injusto: si el argentino «sale en la foto» tantas veces es porque al menos se molesta en estar, aunque no siempre con acierto.

Éramos tan felices, éramos tan felices…

No quiero que nadie se equivoque: para mí, Mascherano no es un mal jugador ni, insisto, es el principal problema del Barcelona, pero que muchos le tengan como el mejor del equipo —hace poco recibió un premio en ese sentido— resulta significativo. Sus dos primeros años en el equipo fueron clave para ganar ligas, copas y Copas de Europa, aunque pocos le tenían como referente futbolístico, más bien social, el típico chico que hace equipo y se deja la piel en el campo.

De hecho, cuando llegó a Barcelona, en agosto de 2010, daba la sensación de que se le fichaba precisamente por su perfil bajo, aunque el precio de su traspaso —veinticuatro millones— no fuera precisamente barato. Busquets no podía jugar todos los minutos de todos los partidos y Yaya Touré no estaba dispuesto a ser suplente así que se había marchado al Manchester City por un dineral. Mascherano empezó como pivote defensivo, su posición en el Liverpool y la selección argentina, y poco a poco fue aprendiendo los conceptos del equipo con una tenacidad admirable.

Fue entonces cuando llegó la plaga de lesiones y desgracias: la rodilla de Puyol, el tumor de Abidal, las dificultades de Gaby Milito… Piqué se quedaba solo y aunque «sin Piqué se nos caía el invento», como diría después Vilanova, el chico necesitaba un acompañante de garantías. Al principio se pensó en Busquets, pero era una combinación peligrosa: dos defensas muy listos, con gran don para leer el juego… pero mucha lentitud a la hora de darse la vuelta y enfrentarse a un dos para dos en carrera, la única manera en la que los rivales solían llegarle al Barcelona con peligro.

Buscando un perfil más parecido al de Puyol, Guardiola y Tito recurrieron a Mascherano y fue un acierto descomunal e inesperado. Masche se hizo con el puesto, complementó perfectamente a Piqué, se desentendió de la salida del balón y comprendió de inmediato lo que había que hacer: cuando el rival mandara un pelotazo arriba, Piqué fijaría al delantero centro o buscaría el balón por arriba y él tendría que estar pendiente del cruce en caso de despiste o error del canterano.

Todo funcionó de maravilla hasta que se fue Guardiola, enfermó Tito y el equipo empezó a desentenderse de algunas obligaciones. Vamos a ser justos: si Mascherano quedó más expuesto no fue solo porque sus compañeros se saltaran pases sino porque a menudo no presionaban de la manera que lo habían hecho años atrás. En esas circunstancias, ya no es un delantero o dos el que se te planta en carrera sino que a lo mejor son cuatro o cinco, como en el Bernabéu, un ida y vuelta constante que requiere de unas cualidades que el argentino no tiene ni ha tenido nunca.

Un buen conductor necesita saber adónde va

Fíjense en el pasado Mundial: Argentina llegó a la final y todo el mundo coincidió en que el mérito fue de Mascherano. En cada partido tenían que salir los preparadores físicos dos o tres veces para atenderle, se mataba en cada cruce, a veces incluso con un exceso de agresividad que ha ido aumentando con el tiempo. Era un héroe. Ahora bien, ¿a qué jugaba Argentina? A nada. La dependencia de Mascherano convertía a la albiceleste en un equipo previsible y ramplón, condenado al cero a cero y penaltis.

¿Era eso también culpa del Jefecito? Claro que no. Aquí no se culpa a Mascherano de nada, cada jugador tiene sus virtudes y sus defectos y no se le puede pedir que haga lo que no está preparado para hacer. Esto no es más que una alerta de que cuando Mascherano es el ejemplo del equipo, la referencia futbolística, ese equipo tiene un problema, especialmente si ese equipo es el Barcelona y viene de donde viene.

Antes, Mascherano aparecía cinco veces por partido y era decisivo. Ahora, lo hace treinta y de manera aparatosa. Atiende siempre a la prensa y su discurso es convincente aunque con las citadas trampas facilonas cara a la galería. Tiene todo para ser un líder, pero un líder tiene que saber lo que necesitan sus compañeros y a veces Mascherano no parece saber ni lo que necesita él. Su simpatía y su arrojo tapan muchas carencias y el bajón descomunal de Piqué le ha eximido de muchas responsabilidades.

El reto del central ahora mismo es que la autocrítica no se convierta en una especie de autocompasión enmascarada. El entorno. El «desde fuera». Es un poco lo mismo que le pasa al equipo y a su afición, envueltos en una especie de remolino que a veces te empuja hacia fuera y a veces hacia dentro sin saber muy bien hacia dentro de qué. La indeterminación. Fulmino a Luis Enrique por dos partidos, le convierto en un ídolo por los dos siguientes. Xavi, sí; Xavi, no; Xavi, a veces. Y así con todo.

Pedir paciencia es complicado porque yo mismo no la he mostrado en demasiadas ocasiones, incluidos mis artículos en este medio. Supongo que lo que pasa le ha pasado a todos los grandes equipos del mundo: cuesta pensar que no se va a ganar siempre, que los imperios no duran mil años. En esos momentos de zozobra, de indeterminación, es bueno que aparezca alguien con valor y arrestos para conducir la nave.

Siempre, claro, que sepa adónde quiere llevarla.


Guillermo Ortiz: Fabio Parra, José María García y la última Vuelta a España de Perico Delgado

Perico Delgado en la contrarreloj de Medina del Campo. Foto: José-Manuel Benito (CC)
Perico Delgado en la contrarreloj de Medina del Campo. Foto: José-Manuel Benito (CC)

En la llegada a Madrid, ya después de la entrega final de maillots y trofeos; besos y más besos de Leticia Sabater y demás azafatas de la organización, Pedro Delgado llegaba al set de TVE en la Castellana para charlar con el mítico Pedro González. Junto a él, también sentado, despatarrado en su silla como solo lo están los ciclistas después de seis horas sobre la bici quedaba Fabio Parra. La Vuelta había sido tan competida como lo venía siendo cada año desde que la televisión había apostado por el ciclismo: apenas treinta y cinco segundos entre el segoviano y el colombiano.

Todo eran sonrisas hasta que las sonrisas se convirtieron en revancha: el público empezó a cantar «García, cabrón; Perico, campeón» hasta llegar a hacer incomprensibles las declaraciones de los protagonistas. García, por supuesto, era José María García, en el apogeo de su influencia radiofónica y Perico era el gran ídolo de la afición española, algo así como Contador ahora pero con el atractivo de lo nuevo, del que no ha aparecido después del dominio de Indurain.

El pique de García y Delgado venía de antes, de mucho antes y no fue a mejor con los años: el locutor narraba la Vuelta en primera persona y tenía tal control sobre la organización que podía permitirse conectar en directo con los coches de todos los equipos españoles cada vez que lo considerara oportuno. Antena 3, por entonces su hogar, se volcaba incluso en los boletines horarios de la mañana, dedicándole cinco o diez minutos a etapas intrascendentes.

Si Delgado era la gran atracción de la Vuelta y la Vuelta parecía coto privado de García, ¿a qué el desencuentro? El estallido hay que buscarlo el año anterior, cuando Perico optó por correr el Giro para preparar el Tour. La noticia no sentó nada bien y recibió críticas despiadadas que acabaron en nada cuando el segoviano acabó ganando en Francia apenas unas semanas después, pese al conocido positivo por Probenecid que acabaría archivado gracias a Luis Puig.

Puede que a García se le fuera la mano y puede que a Delgado y al equipo Reynolds en general le sentaran especialmente mal sus críticas. El caso es que Perico, doblando la apuesta, se convirtió en comentarista de la SER y analista en carrera de las vueltas donde participaba, con una intervención grabada que se emitía por la mañana temprano, en el programa que presentaba Iñaki Gabilondo y otra intervención, en falso directo, en El larguero, el programa que arrancaba por entonces de la mano de José Ramón de la Morena.

Este desencuentro perfilaba lo que serían los años noventa: Delgado, Indurain y Banesto con la SER; Javier Mínguez, Amaya y sobre todo, Manolo Saiz y la ONCE, con Antena 3 y luego la COPE. Eso, en ciclismo. En el resto, ya saben, que si Míchel o Clemente, que si Lorenzo Sanz o Florentino Pérez y así sucesivamente.

En cualquier caso, y volviendo al 15 de mayo de 1989, día en el que Perico Delgado ganaba su segunda y última Vuelta a España, probablemente esa guerra no se habría desatado con tanta virulencia, el público no habría gritado con tanto despecho de no ser por un gesto que García denunció y que tenía difícil explicación: poco antes de la salida de esta última etapa entre las míticas destilerías DYC y Madrid capital, con todo el pelotón ya formado, a Delgado no se le ocurre otra cosa que pasarle un sobre al ruso Ivan Ivanov delante de las cámaras.

¿Qué llevaba ese sobre? Según García, dinero por haberse dejado comprar en la etapa del día anterior. Según Delgado, su dirección en Segovia por si algún día quería pasarse a verle. Hay que reconocer que la inocencia de Perico en ocasiones resulta entrañable. En cualquier caso, fuera recompensa o simple cortesía de anfitrión, la imagen de aquel sobre pasando de mano española a mano rusa dio la vuelta a todo el país, aunque ahora resulte imposible de entender sin un contexto. El contexto de la penúltima etapa, la decisiva de aquella Vuelta, celebrada el día anterior.

Colombianos al ritmo de La Unión

Presten atención al vídeo. No ahora, cuando terminen de leer al menos este apartado, para evitar spoilers. Eran los tiempos del As en blanco y negro y José Luis Corcuera asistiendo como invitado en su puesto de ministro de Interior. Delgado empieza la etapa con cincuenta y siete segundos de ventaja sobre Parra, muchos menos de los que se preveía al principio de la competición, cuando el vigente campeón del Tour partía como único favorito. ¿Cómo se había fraguado esa ventaja? Lo explicamos brevemente.

Eran los tiempos de esplendor de los «escarabajos» colombianos. Igual que ahora tenemos a Quintana, Urán, Betancur y compañía, ya bien establecidos en Europa; a finales de los ochenta se confundían los consagrados —Parra, Herrera, Vargas, Camargo— con los aspirantes ya en equipos españoles —Morales, Rincón, Omar Hernández—, con balas perdidas que aparecían de la nada como el gran Martín Farfán, cuyo positivo por estimulantes en esta misma Vuelta a España no impidió por supuesto su fichaje, el año siguiente, por el Kelme, donde multiplicó su rendimiento.

En esa lucha se vio metido desde el principio Perico, sometido a una emboscada constante en su propia casa. Sus victorias casi consecutivas en Cerler y Valdezcaray, esta última contra el crono, parecían despejar un poco su camino: un minuto sobre Parra y Echave, casi dos sobre Fuerte y una contrarreloj llana aún por disputarse en Medina del Campo. No contaba nadie, sin embargo, con el hundimiento del segoviano en los Lagos de Covadonga, una ascensión que tradicionalmente le ha deparado lo mejor y lo peor. Al salir de Asturias, con tres etapas por disputar, Delgado aventajaba en tres segundos a Parra, en un minuto a Vargas y en menos de dos a Álvaro Pino, Ivan Ivanov y Fede Echave.

La Unión seguía con la matraca del «Más y más» y los expertos hacían sus cuentas: si Parra perdía más de un minuto en la llana contrarreloj de Medina, podía dar la Vuelta por perdida. Si conseguía estar en los tiempos de Delgado, todo se jugaría en la sierra madrileña. Eso sin descartar un etapón de Echave que le pusiera de nuevo entre los favoritos después de un mal día en Branillín.

Perico ganó en Medina del Campo. Escalador reconvertido a contrarrelojista de largas distancias. La diferencia en la ciudad de Isabel la Católica fue finalmente de cincuenta y cuatro segundos, justo lo que Parra quería evitar a toda costa.

El zafarrancho de Navacerrada

Ahora sí, ahora le pueden dar al play del vídeo anterior y ver la etapa resumida, con ese toque de España ochentera de nuestra infancia. Delgado se ve campeón y no solo por los segundos de ventaja sino por la mística de aquel recorrido, el mismo en el que, a rueda de Pepe Recio, consiguió remontar seis minutos a Robert Millar y birlarle una Vuelta a España que tenía en el bolsillo. ¿Podría pasarle eso mismo a él? Complicado. El Reynolds, tras el abandono de Indurain, no tiene el mejor equipo posible, pero Echávarri es perro viejo y sabrá encontrar aliados.

Aparte, no está nada claro que Parra sea mejor escalador que el segoviano. Más consistente, seguro, pero en las grandes citas… Ahí, el talento de Fabio no siempre se muestra al cien por cien. Para que se hagan una idea, nada más acabar la contrarreloj, el colombiano declara a la prensa, cabeza gacha: «Perico ya es el ganador de la Vuelta» y la verdad es que tiene sentido, pero si el talento de Parra estaba bajo sospecha cuando había algo que ganar, su coraje destacaba cuando todo estaba perdido.

Así, en esta penúltima etapa que une Collado Villalba con la citadas destilerías de whisky segoviano, el Kelme monta un zafarrancho en Cotos que deja a Omar Hernández en un grupo delantero. El Reynolds tira atrás hasta el punto de agotar a Gorospe, una de sus bazas para controlar la etapa. Parra afila el cuchillo y decide atacar en Navacerrada una, dos, tres, cuatro veces… hasta que a la quinta se va definitivamente de Perico, que mira hacia atrás buscando un compañero pero no encuentra a nadie que le eche una mano.

Ahí es donde aparece Ivanov, líder de la combinada. No se le ha perdido nada en la fiesta, tiene su quinto puesto en la general asegurado y ha ganado ya una etapa días atrás. ¿Qué le queda por hacer en la carrera? Cuidar a Delgado. «El hada madrina», dice el comentarista de televisión mientras se ve cómo Ivanov no solo tira del grupo sino que mira continuamente hacia atrás para vigilar que no se descuelgue un desfondado Perico.

En el grupo de arriba quedan tres colombianos: Parra, Hernández y Camargo, al que lógicamente le han prometido la etapa si gana. La ventaja llega a los cincuenta y ocho segundos y no tiene pinta de que vaya a bajar, pero ahí sigue Ivanov inasequible al desaliento y cuando Ivanov parece cansarse entra Suykerbuyk o Unzaga o Santos, todos a una. Al final, la ventaja queda en meta en solo veintidós segundos, que no sirven para nada, con la sensación de que Echávarri es un director muy listo y que Perico es un hombre con suerte.

De Luxemburgos y Florentinos Pérez

Luego, ya saben, el sobre en la salida del día siguiente con la dirección y el teléfono y tal, José María García indignado después de arrastrar su rabia durante tres semanas, el público con ganas de revancha y el principio de algo que se podría llamar «maldición» para Pedro Delgado y que probablemente fuera, sin más, la dureza del deporte profesional. Todavía en 1989, Perico se presentó en Luxemburgo como gran favorito junto a Laurent Fignon para reeditar su victoria en el Tour. Llegó casi tres minutos tarde a la salida, se desfondó en la contrarreloj por equipos posterior y ya no fue capaz ni de acercarse al francés ni a Greg LeMond, ganador final de aquella carrera.

En 1990, de nuevo favorito indiscutible para la Vuelta, se le coló una «escapada bidón» de Marco Giovanetti que le relegó al segundo lugar mientras que en el Tour una gastroenteritis le alejaba del podio de París. A partir de ahí, el principal problema de Delgado no fue la mala suerte, ni siquiera la edad —tenía ya treinta y un años— sino el hecho de compartir equipo con Miguel Indurain. Tuvo momentos de gloria como aquel Tour de 1992 en el que volvió a terminar entre los diez primeros, luchando con su viejo amigo Stephen Roche, o la Vuelta de aquel mismo año, que se empeñó en ganar cuando el poderío suizo de los Zülle y Rominger, uno de los muchos clientes de Michele Ferrari, ya hacía imposible cualquier heroicidad.

Su última gran vuelta la disputó en 1994. Quedó tercero a casi diez minutos de Rominger. Años, insisto, muy locos en el ciclismo profesional. De Parra no se supo demasiado después de aquella enorme decepción: del Kelme pasó al Amaya y ahí languideció un par de años, siempre cumplidor, hasta que se retiró en 1992, antes de que la EPO le retirara a él. Nunca tuvo el carisma de Herrera ni el palmarés de Delgado, pero sin él no se puede entender el ciclismo de finales de los ochenta y principios de los noventa.

José María García pasó a la COPE, luego a Onda Cero, llegó a convencer a Telefónica de que comprara los derechos de la Vuelta —aquel fugaz «maillot oro»— y cuando todo parecía ir sobre ruedas se ve que pisó el callo equivocado y desapareció del mapa mediático. Él dice que fueron Aznar y Florentino Pérez porque el infierno siempre son los otros, pero eso daría, sin duda, para otro artículo en otro momento o una investigación de Eduardo Inda.


Guillermo Ortiz: El último córner de Iker Casillas

Nada apuntaba a que la historia de amor fuese a acabar de manera tan abrupta pero supongo que es lo que tienen las historias de amor: van inclinándose hacia el odio muy poco a poco y cuando cruzan la línea roja ya no hay vuelta atrás. Iker Casillas venía de ser campeón de Europa con la selección española, su tercer gran trofeo en cuatro años. La temporada anterior, con él en la portería, el Real Madrid de Mourinho había ganado la liga llegando por primera vez a los cien puntos y acabando con tres años de dominio de Guardiola y su Barcelona. Solo los penaltis habían impedido al equipo llegar a la final de la Champions League y desde luego Casillas no tuvo culpa alguna: paró uno de los cuatro lanzamientos de los alemanes, pero los fallos de Cristiano Ronaldo, Kaká y, sobre todo, Sergio Ramos, fueron un lastre excesivo.

Iker, además, acababa de cumplir treinta y un años, una edad ideal para un portero. Siempre tuvo lagunas técnicas marcadas por un exceso de confianza en sus posibilidades, pero desde 2002, cuando Vicente del Bosque le mandó al banquillo sin aviso previo, a ningún entrenador parecía haberle importado. Casillas fue indiscutible de nuevo con Del Bosque en 2003 como lo sería después con Queiroz, Luxemburgo, Iñaki Sáez, Luis Aragonés, García Remón, Fabio Capello, Bernd Schuster, Juande Ramos, Manuel Pellegrini y ahora José Mourinho.

Dotado de una intuición y unos reflejos sobresalientes, a Casillas se le tenía como algo más que un hombre con suerte y talento, de ahí que se le empezara a llamar «el Santo», un apelativo cargante. Nunca tuvo lesiones graves y siempre aparecía en el momento clave. Incluso cuando Del Bosque le dejó en el banquillo en la final de Glasgow ante el Bayer Leverkusen, la lesión de César hizo que el canterano saliera en los últimos minutos para aguantar el vendaval germano y salvar la novena Copa de Europa con dos intervenciones milagrosas.

Si por entonces ya presentaba problemas en las salidas por alto o en los lanzamientos de falta, estos pasaban desapercibidos ante el aluvión de tiros a bocajarro salvados a una mano. Puede que tanta efusividad, tanto elogio desmedido, acabara relajando aún más los métodos de entrenamiento del portero. Algo así pareció insinuar Mourinho cuando el 22 de diciembre de 2012 le dejó en el banquillo de La Rosaleda. Quizá fuera un toque de atención o quizá fuera algo más, el caso es que las cosas no volvieron a ser iguales.

Los días de Adán y Diego López

El partido de Málaga lo jugó Adán y recibió tres goles. El Madrid quedaba a dieciséis puntos del Barcelona en la clasificación antes incluso de acabar la primera vuelta y todo apuntaba a que la temporada se iba a hacer muy larga en Chamartín. En rueda de prensa, Mourinho se limitó a explicar que, para él, «Adán estaba en mejor forma que Casillas». Nunca se supo si aquello era un elogio a uno o un menosprecio al otro. Lo rápido que desapareció Adán de las convocatorias invitan a pensar en lo segundo.

En cualquier caso, el técnico estaba en su derecho de confiar en quien quisiera y poco habría pasado de no ser por la guerra civil en la que ya estaba metido el Madrid desde hacía meses. Una parte de los aficionados se sintió ofendida: Casillas era un mito y, como mito, merecía paciencia. La otra parte entró a degüello animada por el propio entrenador: se vendió la titularidad de Adán como un derecho del que se le quería privar, el triunfo del canterano trabajador y sobre todo se criticó la cantidad de goles que recibía el Madrid con Casillas en la portería, cuando apenas habían sido diez en dieciséis partidos de liga, menos que Barcelona y Atlético de Madrid.

La sensatez se perdió por completo y no se ha vuelto a recuperar. Todo era una cuestión de adoración o desprecio absoluto, odio. Las filtraciones eran constantes: Casillas le contaba todo a su novia para que lo utilizara contra el entrenador, Casillas habló con Xavi para bajarse los pantalones ante el Barcelona en vez de luchar como lo hacía Mourinho… No fueron días fáciles porque casi nadie optó por explicar la situación de manera sensata, algo parecido a esto: Mourinho, simplemente, no estaba contento con el rendimiento y el trabajo de uno de sus jugadores y lo apartaba momentáneamente del once inicial. Con la liga ya perdida, si se piensa, tampoco era ningún escándalo. Pero lo fue, vaya si lo fue.

Adán jugó de titular el siguiente partido, en casa contra la Real Sociedad. Jugó cinco minutos, exactamente, lo que tardó en equivocarse en un despeje y tumbar a un delantero rival obligando al árbitro a expulsarle. Salió Casillas y el equipo ganó. Se llevó tres goles, eso sí, pero parecía que la suerte volvía a favorecerle: sale tu suplente, la lía y además se lleva un partido de suspensión. Condiciones ideales para ganarse el favor del público y volver a la «normalidad» anterior.

No pudo ser. Casillas disputó tres partidos de liga y el correspondiente de copa sin encajar ni un solo gol. En lo que parecía un encuentro intrascendente en Valencia, donde el Madrid defendía el 2-0 de la ida, Arbeloa y el portero fueron a por el balón a la vez y el lateral acabó dándole una patada en la muñeca que le dejaría fuera de combate durante un par de meses. Consciente de que con Adán y Jesús como porteros el Madrid no iba a ningún sitio, Mourinho fichó a Diego López, un hombre que llegó a ser convocado con la selección pero que ahora era suplente habitual en el Sevilla tras años de cierta gloria en el Villarreal.

Diego asumió la portería y cumplió con solvencia. No ganó por sí mismo partidos pero tampoco los perdió. Le llovieron palos por todos lados por ser «el otro», como si el Madrid se hubiera convertido en una telenovela. Casillas no volvió a jugar en todo el año. El equipo cayó de nuevo en semifinales de la Champions, destrozado en Dortmund por la contundencia de Lewandowski y perdió la final de Copa, en lo que sería el último partido de Mourinho en el banquillo. El gol definitivo, en la prórroga, llegó por alto, tras un saque de esquina.

De topos y negociadores

El problema lo heredó Ancelotti y lo manejó a su manera, es decir, sin mojarse. Entendió que Diego López merecía respeto por su trayectoria del año anterior y le dejó de titular en la liga. Quiso dejar claro que Casillas seguía siendo parte importante de la plantilla y le dejó de titular en copa y Champions League. La decisión tenía sentido en el contexto en el que se tomaba pero provocó infinitas críticas, como era de esperar. Los haters de Casillas le calificaban de protegido de la prensa y del presidente y se le colgó el sambenito de «topo», insinuación que había dejado caer Mourinho y que se fundaba, repito, en su relación con Sara Carbonero, periodista estrella de Mediaset.

Estos mismos argumentos, casi calcados, los utilizaban sus admiradores: Casillas no era titular por una conspiración universal urdida también por Florentino Pérez y buena parte de la prensa afín. No se atenía a méritos y lo que se buscaba era que el portero se marchara del equipo porque no se llevaba bien con determinados directivos. En esa situación, Diego López era poco más que un usurpador, poco importaba su buen rendimiento —no espectacular, sí correcto— ni sus años en el club, desde la cantera hasta sus temporadas en el primer equipo a la sombra del mejor Iker.

Aquello se convirtió en un despropósito: Casillas salía en Champions, se comía el balón por alto, lo remediaba con un paradón y ya teníamos a las dos Españas: una solo veía el córner mal defendido, la otra solo veía la reacción milagrosa. Unos eran «piperos» y los otros, «yihadistas». Para mayor confusión, el equipo acabó ganando las dos competiciones en las que jugó Casillas y perdió, en un ejercicio brutal de desconexión mental, la que jugó Diego López. En el partido decisivo, el de Lisboa ante el Atlético de Madrid, el portero de Móstoles cometió un error garrafal que le costó el gol a su equipo. Un error que no pudo remediar y que si quedó en anécdota fue por el cabezazo de Sergio Ramos en el minuto 93 que mandó el encuentro a la prórroga.

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¿Se imaginan lo que habría pasado si el Madrid pierde ese partido y, con el partido, la mitificada décima Copa de Europa? El ruido y la furia, por supuesto, pero quizá eso habría sido mejor para todos que lo que estamos viviendo ahora.

Una situación insostenible

¿Y qué estamos viviendo ahora? Una prolongación del sinsentido. Una situación muy desagradable. Viendo el desajuste en la portería, Florentino Pérez decidió fichar a un tercer portero, Keylor Navas, llamado a desempatar esta partida interminable. El fichaje se entendió como una invitación a Casillas a marcharse, pero Casillas no se marchó. Si no hubo ofertas o él no las aceptó, lo dejo a la imaginación de cada uno porque se ha leído de todo. No solo no se marchó sino que Ancelotti le puso de titular en liga y en Champions, lo que provocó que se acabara yendo Diego López, considerado, y no sin razón, el eslabón más débil de la cadena.

La decisión de fichar a Navas para dejarlo en el banquillo a favor de Iker está resultando cruel: ni uno juega ni al otro le perdonan que juegue en su lugar. Ahora, el usurpador es el antes usurpado. El debate, además, se ha trasladado de manera ruidosa a la selección, convirtiendo una bronca madridista en una bronca nacional, si es que no lo era antes. La deficiente actuación de Casillas en el Mundial no ayudó a acabar con los debates. Si, después de todo, Iker hubiera acabado la temporada como campeón de Europa y del mundo, alguno andaría ahora pidiendo balones de oro, pero Brasil fue otra pesadilla.

Sus errores ante Holanda y Chile fueron clave en la decepcionante actuación de España y nos recordaron lo importantes que habían sido sus aciertos en el pasado, todos los defectos que permanecieron ocultos tras el pie milagroso o la mano en el último segundo. El empeño en mantenerlo por parte de Vicente del Bosque ha convertido al seleccionador también en objeto de críticas despiadadas. Ambos están en casos parecidos: lo fueron todo y ahora parecen más problema que solución. Es algo que ha pasado siempre en el deporte profesional y que seguirá pasando pero que no deja de conmover cada vez que sucede.

¿Qué hacer con ellos? El método de Del Bosque está llamado a vivir un «último baile» en Francia 2016 o un estrepitoso fracaso. Parece que no puede haber punto medio. ¿Jugaría mejor España o marcaría más goles su delantero con otro seleccionador en el banquillo? No lo creo. Puede que sí. Es un debate en cualquier caso abierto y en el que es razonable mantener tanto una cosa como la contraria, porque esto no deja de ser fútbol.

Con Casillas, lo tengo algo más claro. No sé si volverá al nivel que tuvo hace unos años, a ese nivel de «santo» e ídolo de masas. Lo que sería heroico sería que lo hiciera en este Real Madrid y en esta selección. Es imposible jugar cuando tu propia afición te silba cada vez que tocas el balón y determinada prensa te ridiculiza cuando cometes un fallo. Casillas no cuidaba su técnica porque estaba convencido de que iba a parar cualquier balón que le chutaran y ahora que igual va más al gimnasio —o no, o qué más da— tiene un miedo atroz a que la pelota le supere.

Y con miedo te marca goles hasta Eslovaquia a poco que se abra la barrera. Casillas está dolido y puede que tenga razón o no. Parte del vestuario está cabreado con él y puede que tengan motivos o no. Muchos aficionados del Madrid le consideran un topo inútil y puede que eso sea justo o no. Yo no entro en eso, no entro en el «deber ser» porque no sirve de nada. Yo entro en lo que es, en la situación insostenible actual en la que nadie está contento y hasta el portero de Luxemburgo aprovecha sus quince minutos de gloria para decir que estás acabado.

Iker es uno de los porteros más impresionantes que he visto en mi vida, lo que no quita para que algunos de sus defectos sean obvios. ¿Tiene futuro en otro equipo? Creo que sí. ¿Tiene futuro en el Madrid? Es muy improbable. De que se quede en la capital o no probablemente dependa a su vez su futuro en la selección. La ventaja con la que juega es que en 2015 no hay torneo que jugar, así que tiene un año más para esperar a que las aguas se calmen.

Si no lo hacen, más nos vale que la rodilla de Valdés aguante al menos un par de años más. Los que necesita De Gea para madurar definitivamente. Los cambios generacionales tienen algo de divorcio: hay demasiados abogados de por medio y todos quieren sacar tajada. Quizá haya algo más que los niños y el coche y quién tenía razón. Quizá haya algo parecido a tranquilidad y llegar a casa sin ataques de ansiedad. Al menos una de las dos partes debería darse cuenta de una vez.


Guillermo Ortiz: Darko Milicic, de acosador de árbitros a émulo de Limonov

Darko Milicic. Foto: k1k0.com (CC)
Darko Milicic. Foto: k1k0.com (CC)

Después de perder en la prórroga su segundo partido de la fase de grupos, lo que quedaba claro era que Serbia no iba a clasificarse directamente para cuartos de final. Aquello empezaba a ser lo habitual en una selección tocada por el fracaso de 2005 en casa y que no había levantado cabeza en 2006, antes al contrario. Como prueba de fuego para los jóvenes Teodosic, Velickovic, Markovic o Tepic, el Eurobasket de 2007 podía tener algún sentido iniciático, pero para veteranos como Jaric o Gurovic, llamados a tirar del equipo, el campeonato estaba siendo un fracaso absoluto.

En medio de todo esto quedaba Darko Milicic, el poderoso pívot por entonces de los Orlando Magic, a punto de completar su fichaje por los Memphis Grizzlies de Pau Gasol. Milicic tenía solo veintidós años pero se le llevaba exigiendo como estrella desde que fuera elegido sorprendentemente con el número dos en el draft de 2003 por los Detroit Pistons, el mismo draft que vio como Carmelo Anthony, Chris Bosh y Dwyane Wade eran elegidos inmediatamente después del serbio. Milicic era un diamante en bruto que todos esperaban pulir pero que tenía mucho más de bruto que de diamante. Zurdo de corpachón enorme y con un tiro de media distancia aceptable, aquel «rookie» conoció todos los banquillos de la NBA en su primera temporada, relegado por Larry Brown a un ostracismo total.

Si a Dumars no le echaron a palos de Michigan por pensar que lo que necesitaba el equipo era un serbio de dieciocho años que apenas había jugado dos temporadas en el Hemofarm fue simplemente porque aquel año los Pistons ganaron el anillo con Chauncey Billups como MVP y Ben Wallace dominando los tableros. La broma de Milicic dejó de tener gracia cuando en los siguientes años, fuera por lesiones, por inadaptación o por pura inmadurez, siguió sin contar para el entrenador. En ninguna de sus tres temporadas en los Pistons conseguiría pasar de los siete minutos por partido, eso cuando directamente no jugaba o no se vestía.

Con todo, en 2007, jugar en la NBA era jugar en la NBA y eso daba un estatus. Un número dos del draft de 2,13 y 22 años siempre iba a ser una posible estrella a tener en cuenta. En el primer partido del Eurobasket, contra Rusia, se vio completamente desbordado por Kirilenko y Morgunov. El mítico «Moka» Slavnic no conseguía desde el banquillo transmitir su energía competitiva y tampoco lo conseguiría un día después, contra Grecia, la derrota en la prórroga de la que hablábamos al principio del artículo. Esta vez sí, Milicic estuvo a la altura de las expectativas con 17 puntos, 6 rebotes y 3 tapones en 39 minutos. No sirvió para calmar sus ánimos.

«Si alguno tiene hija, me follo a su hija»

El arbitraje tuvo sus cosas, como siempre. Una eliminación de Gurovic algo polémica, jugadas bajo los aros que podían haberse pitado en una dirección o en otra… lo habitual en un Grecia- Serbia, vaya. Sin embargo, Milicic salió de la pista encendido, se dirigió a la zona mixta y tras la inofensiva pregunta por sus impresiones generales del partido empezó ya fuerte: «Nada, estos tres árbitros de mierda nos han robado la victoria. Esos tres maricones, esos tres mierdas se creen que son alguien» y ya, sin parar, rodeado de grabadoras, las palabras que le perseguirían durante su carrera: «Voy a volver y a follarme a las madres de los tres, esto es lo que les tengo que decir: ¡maricones!».

En ese momento, uno de los periodistas serbios alerta del lenguaje y pide un poco de calma al gigante pero Milicic no está para tonterías: «Son unos mierdas, que me coman la polla, eso lo podéis escribir, estaban acojonados y no pitaron nada. Me voy a follar a sus madres, a las madres de los tres, y si alguno tiene hija, me follo a su hija». Esa sucesión enloquecida de madres, hijas y árbitros italianos tenía un aire de familia a aquello del pito de Benito Floro, pero con una alevosía inaudita. La FIBA no supo qué hacer así que no hizo nada, tan solo ponerle una multa de 10 000 euros. Milicic pasó de ser un jugador sobrevalorado a un idiota en apenas un minuto. Jugó el último partido, ante Israel, y no solo lo jugó, contraviniendo toda lógica, sino que fue la estrella del equipo con 18 puntos, 13 rebotes y 4 tapones.

Serbia perdió y quedó fuera del torneo.

El traspaso a los Grizzlies no mejoró las cosas. Después de un par de incursiones en los play-offs, Memphis volvía a ser la peor franquicia de la NBA pese al trabajo de Pau Gasol y contaban con el serbio para convertirse en el complemento eficaz al poste bajo que nunca fuera Stromile Swift, otro bala perdida que jamás llegó al nivel esperado. Los Grizzlies contaban con Iavaroni como entrenador y ficharon a Juan Carlos Navarro tras largas negociaciones con el Barcelona. Nada resultó. El equipo volvía a perder sesenta partidos y parte de culpa en ello tuvo la marcha a mitad de temporada de Pau a los Lakers.

Gasol y Milicic ya habían tenido un pequeño enfrentamiento mediático antes del Eurobasket, cuando se publicó que el serbio había expresado su preferencia por jugar contra el español, «porque es un jugador muy blando». En cuanto firmó por la misma franquicia, por supuesto, negó todo tipo de declaraciones, pero la relación se mantuvo fría y de hecho Milicic siempre intentó dar lo mejor de sí ante Pau, como si le debiera algo. Su estancia en Memphis quedó en unos 7 puntos y 6 rebotes por partido y un posterior traspaso a los Knicks, donde jugó ocho partidos —¿quién no ha jugado alguna vez ocho partidos con los Knicks en estos años locos?— y fue inmediatamente enviado a Minnesota.

El repunte frustrado por las lesiones

Cuando llega a Minnesota en 2009, todo el mundo tiene claro que Milicic no llegará a ser nada parecido a una estrella; él, el primero. Su carrera con la selección, sin saberlo, ya ha acabado: aquel verano, Serbia había sorprendido al mundo llegando a la final del Eurobasket redoblando su apuesta de 2007 por la juventud. A los mencionados Teodosic, Tepic, Markovic o Velickovic se les unieron Radulijca, Perovic, Macvan o Krstic. No había sitio para el polémico Milicic en esa Serbia y tampoco lo habría en 2010, cuando fuera el propio jugador el que renunciara para poder entrenar con los Minnesota Timberwolves y mejorar su juego.

Minnesota pintaba como el último tren al que agarrarse: Milicic se consolidó como pívot titular de una franquicia en reconstrucción tras la marcha de Kevin Garnett y aunque seguía mostrando limitaciones en ataque, digamos que era fiable en el rebote y contundente en el tapón. La temporada 2010/11 fue la mejor de su carrera, con 9 puntos y 5 rebotes en más de 24 minutos de juego. Aquel verano tuvo la oportunidad de volver con Serbia al Eurobasket de Lituania pero Ivkovic le acusó de poco compromiso. Cabreado como en él era habitual le llamó «viejo malvado» y negó haber recibido ninguna llamada convocándole a ningún entrenamiento.

Puede que la 2011/12 estuviera llamada a ser la gran temporada de Milicic y de los Wolves, ya con Kevin Love y Ricky Rubio en el equipo. Nunca lo sabremos. Las lesiones de cadera y de muñeca se cebaron con él y apenas pudo jugar 29 partidos, bajando sus números a menos de 5 puntos y 3 rebotes. La eclosión de Love y sus persistentes molestias hicieron que los Wolves decidieran no renovarle y acabara como agente libre en los Boston Celtics.

Eran aquellos Celtics de antes de la estampida de Pierce y Garnett aunque ya no contaban con Ray Allen. Jermaine O´Neal se pasaba la temporada en la enfermería y Danny Ainge pensó que estaría bien contar con el típico pívot blanco suplente que subiera un poco la temperatura del equipo y la afición. La pretemporada fue bien pero su experiencia en liga regular se limitó a un partido: el primero en el TD Garden, contra los Milwaukee Bucks. No consiguió anotar ni un punto y apenas cogió un rebote en cinco minutos de juego. A partir de ahí, la nada.

Tras diez partidos sin jugar, el propio Milicic pedía que le liberaran para poder atender a su madre enferma en Novi Sad. «Doc» Rivers se lamentó mucho de la baja de un talento tan grande y todo el rollo habitual pero el propio jugador tardó poco tiempo, apenas unos meses, en desmentirlo todo: su madre no estaba mala, solo un poco pachucha; lo que él quería era irse de ahí cuanto antes porque «no soy el tipo de jugador que se conforma con que le paguen un dineral por sentarse en el banquillo». Con los 47 millones de dólares que acumuló a lo largo de su carrera NBA se ve que bastaba.

La última rajada de Darko Milicic

Desde aquel 2 de noviembre de 2012 no hemos vuelto a ver a Milicic en un partido de baloncesto profesional. De vez en cuando salen rumores de que va a volver, que está entrenando duro, que puede tener tal oferta de tal equipo europeo o americano… pero el caso es que nadie se atreve. El chico aún no ha cumplido los treinta —lo hará el año que viene— y ya parece una leyenda de otro tiempo. Se le ve a menudo apoyando al Estrella Roja de fútbol en el fondo norte y en una entrevista para Gigantes del Basket aseguraba estar preparándose con la selección de su país para el Mundial… de pesca de carpas.

En junio de 2013 aseguró que no volvería a jugar en la NBA pero no dijo nada de la Euroliga. Quién sabe. De momento, aparte del fútbol, le entretiene la política. Simpatizante del Partido Radical Serbio, ha participado en movilizaciones a favor de Vojislav Seselj, político y escritor nacionalista que lleva diez años esperando veredicto del Tribunal Internacional de La Haya, donde el fiscal le acusa de hasta quince cargos de crímenes contra la humanidad.

Preguntado al respecto, Milicic se limitó a decir: «Lo que me jode es que nosotros los serbios no nos podemos comportar como serbios en Serbia. Eso es un problema. Este hombre lleva en La Haya diez años y no podemos ni decir su nombre aquí en Serbia. Nuestros vecinos, con los que hemos tenido nuestros problemas, pueden dar la bienvenida a sus imputados por el TPI como si fueran héroes, nosotros no». Uno se para a pensar en cómo entenderá Milicic que debe comportarse un serbio en Serbia o en su definición de «problemas» y le entran temblores. No importa. Está claro que la cosa no va a ir a mejor. Cualquier día de estos aparece en una novela de Emmanuel Carrère.


Guillermo Ortiz: El último saque de banda de Emmanuel Amunike

Es abril de 1998 y en la plaza de Sant Jaume se juntan las secciones de fútbol y balonmano del Barcelona para celebrar sus respectivos éxitos. En el caso de los Urdangarín, Masip, Garralda y compañía, la Copa de Europa; en el de los chicos de Louis Van Gaal, la Copa del Rey, ganada ante el Mallorca por penaltis gracias a una intervención salvadora de Ruud Hesp y gol final de Michael Reiziger.

Han pasado solo diez días de la anterior celebración en el balcón de la Generalitat y el ambiente es considerablemente más frío, salvo por un grupo de adolescentes que gritan «Iñaki, Iñaki» y obligan al nuevo duque de Palma a saludar tímidamente con una media sonrisa. El president Pujol aplaude con aires de somnolencia y cuando los aficionados y algunos compañeros de Urdangarín le piden que bote, pone su habitual cara de mal humor y dice «hoy no toca». Después, anunciaría que lo del botar, al menos en aquel balconcito, se iba a acabar.

Todo sigue con un aire de euforia protocolaria hasta que Abelardo coge el micrófono y después del manido «Visca el Barça y visca Catalunya» se arranca con un «campeolones, campeolones» que es inmediatamente coreado por la multitud, consciente del homenaje. Todos miran a Amunike y Amunike parece avergonzado. Lleva casi un año sin jugar al fútbol, con molestias en la la rodilla desde finales de la anterior temporada, la de Robson y Ronaldo Luiz Nazario, y operado desde septiembre. De un tipo cuestionado e incluso ridiculizado ha pasado a ser un jugador querido y carismático. Él mismo fue el que soltó el insólito canto diez días antes en ese mismo balcón, un motivo como cualquier otro para pasar a la historia de la cultura popular futbolera.

Hay algo entrañable en aquel nigeriano pequeñito que, después de pasarse el año entre clínicas y camillas de fisioterapeutas, celebra el título de liga como si hubiera marcado el gol definitivo en la última jornada. Llegado en medio de la enorme guerra civil que marcó al club después de la salida intempestuosa de Johan Cruyff, Amunike se consideró un capricho de Robson, un capricho de unos seiscientos millones de pesetas pagados al Sporting de Lisboa, rival del Oporto en los tiempos en que el entrenador británico, otro hombre tratado con saña, entrenaba en Portugal.

Puede que Amunike —ahora se ha puesto de moda escribir Amuneke, esas difíciles transcripciones vocálicas; Bin Laden y Ben Laden, ¿recuerdan?—, no fuera un jugador desequilibrante y puede que no fuera lo que necesitaba un Barcelona que había repescado a Hristo Stoichkov, ídolo de la afición, y contaba con el joven Cuéllar como alternativa para la banda izquierda, además del canterano Roger.

Cuando le preguntaron a Robson por la necesidad de un fichaje así y a ese precio, Romerito revisited, lo mejor que se le ocurrió decir fue «necesitamos a alguien como él para los saques de banda». Si quiso decir eso o se perdió en la traducción, no lo sabemos: lo que está claro es que esa definición marcó al jugador en sus primeros meses en Barcelona y no fue precisamente para bien.

Aquella mágica selección nigeriana

Ahora todo es fácil. Ahora, Maldini y Áxel Torres y no hace falta ni parabólica ni historias, todo en YouTube o en canales de pago. Por entonces, la cosa era distinta. Por entonces, llegaba el Mundial de 1994 y te encontrabas con once sorpresas por partido. Empezaba la primera jornada y la Nigeria de turno le ganaba 3-0 ni más ni menos que a Bulgaria, la misma que había eliminado a Francia en la liguilla clasificatoria y en la que jugaba el futuro Balón de Oro.

Aquella Nigeria tenía un delantero imponente, Yekini, que como solía pasar acabó en un equipo de mitad de tabla de la liga española, en este caso el Sporting de Gijón, un organizador con calidad como Sunday Oliseh, un portero veterano a lo Tommy N´Kono, llamado Peter Rufai… y dos balas por las bandas que desequilibraban las defensas: por la derecha, Finidi George o George Finidi, que nunca acabó de quedar claro; por la izquierda, Emmanuel Amunike, autor de uno de los tres goles de aquel partido. Desde el banquillo salía Mutiu Adepoju, mítico canterano del Real Madrid y delantero del Racing de Santander.

El exotismo africano había estado llamando a la puerta desde 1990, con Camerún y su travesía improbable por el Mundial de Italia, pero ahora la cosa parecía ir en serio: medio equipo consiguió un buen contrato en Europa y en clubes de altura: Finidi formó con Overmars la mejor pareja de extremos del continente, Oliseh pasó por la Reggiana, el Colonia y el Ajax para acabar en la Juventus, Amokachi se fue al Everton… y Amunike, como decíamos, firmaba por el Sporting de Lisboa tras tres años buscándose la vida en la liga egipcia.

Fueron dos temporadas de muy alto nivel en Portugal que se saldaron con una Copa y un subcampeonato, detrás del Oporto de Robson y Mourinho. Amunike no era un goleador pero sí un facilitador al que no le importaba trabajar y correr para los demás. El típico jugador que no destaca entre las aficiones ajenas pero encandila a los entrenadores. Cuando Robson vio que su proyecto en Barcelona se descosía, pidió a Núñez que ejecutara de una vez la opción de compra. Quizá lo veía como el pegamento necesario para una plantilla poco acostumbrada al sacrificio. Desde luego algo tuvo que ver en el chico más allá de lo lejos que tiraba los saques de banda porque Bobby Robson, por mucho que se empeñara la prensa de Barcelona, no estaba senil.

Dicho y hecho. El 10 de diciembre de 1996 se anunciaba el fichaje de Amunike por seiscientos millones de pesetas. «El crack de Robson», lo titulaba Mundo Deportivo con cierta ironía. La guerra, como decíamos, había empezado mucho antes.

Los tiempos del post-Cruyffismo

Cruyff dijo que los millones había que tenerlos en el campo y no en el banco y Núñez le contestó que con dinero fichaba hasta su portera. El resto de la historia, ya la saben. Sin un Cruyff en el que apoyarse, el presidente blaugrana, tras casi quince años en el palco, recurrió a algo seguro, un entrenador que pudiera gestionar egos y adoptar a la vez un rol secundario. Bobby Robson, en ese sentido, era ideal. Revelación del fútbol inglés en sus tiempos del Ipswich Town, había llevado a Inglaterra a semifinales de un Mundial en 1990, algo que desde entonces no se ha vuelto a repetir.

Robson se trajo a su equipo del Oporto, incluido a José Mourinho, y se puso a redactar una lista de fichajes, incluido Amunike. El contrato se llegó a cerrar a la espera de las pruebas médicas, pero las pruebas médicas no salieron bien y por ahí fueron pasando los Giovanni, Ronaldo, Cuéllar, Luis Enrique, Vitor Baía, Fernando Couto, Pizzi, Blanc y compañía sin que se supiera nada del nigeriano. Concentrado con su selección para los Juegos Olímpicos de Atlanta, Amunike esperaba noticias y aceleraba su recuperación. Tanto aceleró que acabó ganando el oro con un gol suyo ante Argentina en el minuto 90, aquella Argentina de Zanetti, Almeyda, Ortega, el Piojo López, Hernán Crespo

Aún tuvieron que pasar tres meses para que Gaspart y Núñez pudieran presentar al extremo, y, para entonces, el Barcelona estaba en llamas. Había pasado la euforia de la Supercopa, con aquel regate imposible de Ronaldo a Geli para gol de De la Peña y lo que quedaba era un segundo puesto en liga a dos puntos del Real Madrid de Capello y sobre todo la sensación de que aquel equipo no jugaba al nivel de sus estrellas.

Robson era un técnico conservador, británico, de 4-2-3-1 y Popescu a dirigir el juego con Guardiola. Quiso ser precavido y simpático cuando la gente, después de dos años sin títulos, quería revolución y que esa revolución la encabezara De la Peña. «La Quinta del Mini» había explotado en el último año de Cruyff y a Robson no solo se le pedía que ganara sino que lo hiciera con los chavales. En el imaginario culé, De la Peña se merecía el puesto de Popescu, Óscar el de Giovanni, Celades sería una alternativa real a Guardiola… y Roger jugaría por la izquierda cada partido.

El vestuario tampoco era un lugar plácido: Stoichkov llegó y se lesionó, a la vuelta pidió más minutos pero no los tuvo. Ronaldo tenía demasiados asesores, Giovanni podía encandilar con una jugada maravillosa y pasar el resto del partido desaparecido. De Vitor Baía se decía que era «portero y medio» pero sus errores hicieron echar de menos incluso a Busquets padre, que pasaba al banquillo. Por si fuera poco, nada más empezar la temporada, el capitán, Bakero, anunciaba su marcha al fútbol mexicano y dejaba a Robson sin un referente vital en el campo. El equipo alternaba goleadas en casa con bajones incomprensibles fuera del Camp Nou. Los aficionados, montados en aquellos primeros elefantes azules, pagaban con el entrenador el enfado que se habían pillado con el presidente. Amunike no arregló nada de esto.

De Robson a Van Gaal, un camino de mayor crispación

Aquellos primeros seis meses de Amunike en el Barcelona acabaron siendo los únicos seis meses de Amunike en el Barcelona. Y no fueron agradables. El Madrid se escapaba en la liga y el nigeriano no carburaba. De estrella olímpica, de «crack de Robson» pasaba a inútil protegido que le quita el sitio a Stoichkov y Roger, aunque en algún partido el británico consiguió poner a los tres juntos en el campo. Fueron unos meses de enero y febrero terribles: derrota en casa contra el Hércules, empate también en casa ante el Oviedo y nuevas derrotas, frente a Espanyol, Real Sociedad y Tenerife fuera del Camp Nou.

El 4-0 en el Heliodoro Rodríguez López ponía al entrenador contra las cuerdas, a 9 puntos del líder y empatado a puntos con el tercero, el Betis. Cuando Pantic marcó su cuarto gol y puso el 2-4 en el partido de vuelta de Copa del Rey, la suerte de Robson estaba echada. Sin embargo, el milagro encabezado por Ronaldo y Pizzi hizo que las críticas escamparan y el Barcelona consiguió levantar cabeza, encadenando varias victorias en liga, el triunfo en la Recopa y, ya en mayo, el doblete en el Bernabéu ganando al Betis en una apasionante final de Copa.

Para entonces, Amunike había dejado de ser fijo y Van Gaal veía los partidos desde la grada con su libreta en la mano. No fue un gesto bonito y probablemente no pretendiera serlo, pero su fichaje se filtró con total descaro y el pobre Robson ahí se quedó, dando la cara, con pretendida flema inglesa, mientras el gran rival celebraba la liga a base de goles de Mijatovic, Suker y Raúl. El nigeriano jugó diecinueve partidos, once como titular, y solo marcó un gol, el que valió la victoria en Logroño. En septiembre de 1997, cuando luchaba por hacerse un hueco en el complejo sistema de Van Gaal, cayó lesionado de manera misteriosa. «Tiene la rodilla hinchada», afirmó el doctor Baños mientras el jugador aseguraba que no se trataba de nada importante.

Los problemas esta vez eran en la rodilla izquierda, no en la derecha, la que le había impedido el fichaje por el Barcelona en primera instancia. Pocos días antes, el 17 de septiembre de 1997, Amunike había tenido que retirarse en el descanso del partido ante el Newcastle en Saint James´s Park, un 3-2 con hat-trick de Faustino Asprilla, que ponía el primer clavo sobre el ataúd europeo del Barça de aquel año, antes incluso de las exhibiciones de Shevchenko.

Van Gaal jugaba con un 3-4-3 que en ocasiones pasaba a 4-3-3 y con el tiempo derivó en una suerte de 2-3-2-3 con laterales largos. En cualquier caso, el puesto de extremo izquierdo parecía reservado a Rivaldo, tan reservado que a Stoichkov le faltó tiempo para subirse a la grada, sacar su pañuelo y gritar al compás el «Fora Van Gaal» tan de moda desde el desastre de noviembre de cada año. ¿Habría tenido sitio Amunike en ese equipo? Es cierto que el técnico holandés tenía cierta querencia por los nigerianos: él había llevado a Finidi, Oliseh, Babangida y Kanú al Ajax, así que al menos partía sin prejuicios.

El caso es que la rodilla siguió inflamada unos cuantos días hasta que el 28 del mismo mes era intervenido en la clínica Asepeyo. No se establecían plazos ni se especificaba la lesión, pero el jugador afirmaba que su objetivo era llegar al Mundial… si había suerte.

El último saque de banda de «Manolo» Amunike

Aquel partido de Newcastle sería el último en mucho tiempo para «Manolo», como le conocían sus compañeros. Celebró como el que más, ya lo hemos visto, los títulos de liga y copa de aquel año y el de liga del año siguiente, pero no consiguió recuperarse nunca de sus molestias. En las tres temporadas bajo las órdenes de Van Gaal, Amunike no consiguió jugar ni un solo minuto en liga. Por supuesto no llegó al Mundial y no volvió a jugar con la selección nigeriana. A camino entre su país de origen y el de adopción, Amunike vivió en la distancia aquel dantesco último año de Van Gaal y Núñez en Can Barça y marchó a Albacete, con la esperanza de volver a sentirse jugador de fútbol.

De él quedaba el recuerdo de su llegada, las primeras críticas y el chistecito del saque de banda que le acompañó incluso en un anuncio de televisión muchos años después. Sin embargo, en Albacete las cosas no fueron mucho mejor. Anclado en la segunda división, Amunike jugó once partidos en su primer año y seis en el segundo. Ya harto de sufrir para nada y con una disputa con su aseguradora de por medio, decidió abandonar el fútbol para solo volver fugazmente y completamente fuera de forma durante algunos partidos con el Al-Widhat jordano.

Detrás de él, un palmarés a considerar: dos ligas, tres copas, una Recopa, un oro olímpico y un Mundial en el que soñó con convertirse en estrella. Aquella tarde-noche codeándose con Urdangarín y Pujol en el corazón de Barcelona. Mucho más que un inútil que sacaba muy lejos de banda, si lo piensan. Su fichaje siempre es recordado como uno de los mayores fracasos de la historia del Barcelona y es probable que estén en lo cierto: seisciento millones para seis meses de fútbol es caro, nos pongamos como nos pongamos. Otra cosa es que sea justa la mofa, pero si a él no le importa, no veo por qué me tiene que importar a mí.


Guillermo Ortiz: La última bravuconada de Muhammad Ali

Muhammad Ali. Foto: Cordon Press.
Muhammad Ali. Foto: Cordon Press.

Ali se levanta a las 5 de la mañana y sale a correr por las afueras de Nassau. Dice que ha llegado a correr diez kilómetros como si nada pero la prensa solo le ve correr cinco y subirse a una limusina que le lleva de vuelta al hotel. Por el camino, un muchacho le reconoce y le pregunta, confuso: «¿Usted sigue boxeando?» y Muhammad Ali no pierde la sonrisa y le explica que sí mientras sigue trotando, fondón, 107 kilos bajo el pantalón de deporte, es decir, diez más que cuando tumbó a Liston allá por 1964, cuando aún no era más que un aspirante lleno de arrogancia, fotos con los Beatles y medalla de oro olímpica arrojada al río Ohio.

Quedan pocos días para una pelea que nadie sabe si se va a celebrar, los rumores señalan serios problemas para llegar a acuerdos con la televisión estadounidense y sin televisión no hay combate que valga. Aparte, la venta de entradas sigue por los suelos, apenas trescientos turistas han aceptado pagar los tres euros que cuesta pasarse por el gimnasio para ver al gran Ali entrenar, intercambiar golpes con el sparring de turno, asegurarse de que no recibe ni un golpe de más.

¿Por qué Nassau? ¿Por qué este último combate? Ali dice que quiere empezar de nuevo la batalla para recuperar el título de campeón del mundo de los pesos pesados, pero a sus treinta y nueve años eso suena ridículo. Es de suponer que lo que quiere es borrar su anterior combate, la imagen de un boxeador inmóvil, grogui, incapaz siquiera de levantar la guardia, mirada perdida mientras los puños de Larry Holmes le llegaban a la cara una y otra vez sin llegar a hacerle daño del todo porque no hacía falta. Holmes gritando al árbitro: «Para esto de una vez, le voy a acabar matando» y el árbitro mirando a cualquier otro lado.

Es diciembre de 1981 y ha pasado más de un año de eso pero su estado físico y sobre todo neurológico no parece haber mejorado. El rostro que antes se retorcía en muecas y agresividad, ahora se muestra hierático, como ausente. George Foreman, su rival en aquel memorable combate de Zaire, ha declarado a la prensa estadounidense: «Si acaba luchando, va a resultar embarazoso para todos los que le apoyaron entonces». Nadie en Estados Unidos ha querido albergar lo que se supone que va a ser una carnicería, ni siquiera está claro que Ali hubiera podido conseguir una licencia en su actual condición.

Cuando entra la prensa a preguntar, el gran campeón intenta mostrarse tan excitado y engreído como siempre pero es imposible creerle. Un circo vacío. Repite que asombrará al mundo y que ganará su cuarto campeonato del mundo y que está más guapo que nunca y después de arrastrar las palabras lentamente y quedarse en silencio un buen rato entre frase y frase, aún presume con rabia: «¿Daños cerebrales? ¿Hablo como una persona que tuviera daños cerebrales?». Y, de hecho, todo el mundo en la sala parece estar de acuerdo en que sí, eso es exactamente lo que parece.

Con Larry Holmes, visitando Waterloo

La historia viene de atrás, de tres años atrás, probablemente el momento en el que Ali debería haber dejado el boxeo profesional: 15 de septiembre de 1978, revancha contra el sorprendente Leon Spinks, aparecido de la nada siete meses antes para quitarle el campeonato. Aquella tenía que haber sido su última pelea, haberlo dejado en lo más alto. Su propio médico, Ferdie Pacheco habría parado toda esta locura mucho antes, de hecho, para el segundo combate contra Spinks, Pachecho ya no está en el rincón de Ali, lo ha dejado, harto de que Muhammad no le haga caso, que no vea que sus riñones no están para competir más, que no se dé cuenta de que su sistema neurológico se va deteriorando a marchas forzadas. El Madison Square Garden anuncia que no volverá a programar un combate con Ali por motivos de seguridad y salud. Su deterioro es más que un rumor, es una evidencia para cualquiera que tenga un televisor.

Sin embargo, Spinks no es suficiente para Ali. Tiene que seguir demostrando que es el mejor, el GOAT, Greatest Of All Times, como rezan los carteles de su casa rural. Don King anuncia el combate contra Larry Holmes para octubre de 1980, y se enfrenta a una serie de problemas que solo sus influencias consiguen vencer. De entrada, necesita que la comisión médica de Nevada le dé una licencia, y para ello no le queda más remedio que pasarse dos días en la Clínica Mayo de Minnesota para someterse a controles continuos. El prestigioso doctor Howard determina que no hay daños significativos en los riñones y pasa por alto los problemas neurológicos: un agujero en su membrana cerebral, problemas en el habla y fallos incluso en el básico «dedo a nariz».

Don King ha puesto mucho dinero de su bolsillo y no va a dejar que ningún Howard le pare, así que consigue que la comisión apruebe el combate en el Caesar´s Palace y después, de manera sorprendente, sale a la prensa para declarar: «Este va a ser el Waterloo de Muhammad Ali, Holmes le va a ganar por KO».

Lo que pasa después es difícil de explicar: una mezcla de destino y envenenamiento. Ali no está para luchar contra nadie y menos contra un excelente boxeador como Holmes, con un registro de 35-0 antes de la pelea, pero su médico tampoco le ayuda: viendo su debilidad le diagnostica una hipoglucemia sin analítica alguna que la demuestre y empieza a medicarle con Thyrolar y Benzedrina, una mezcla de hormonas y anfetaminas que no solo no levantan al boxeador sino que lo hunden cada día más: lento en los entrenamientos, cansado en la carrera… dos días antes del combate apenas es capaz de correr dos kilómetros seguidos. Aquello no tiene sentido y sin embargo los intereses son demasiados como para quitarse de en medio.

En el décimo round del combate, todos los temores se ven expuestos de una manera patética. Ali parece una momia que apenas distingue a su enemigo, se mete en las cuerdas pero no como recurso —el famoso rope-a-dope de 1974 contra Foreman, cuando se dejó golpear sin merced por el gigantón hasta que el gigantón se quedó sin fuerzas, sin resuello y lo acabó noqueando al primer contraataque—, sino por necesidad.

Ya no es 1974 sino 1980 y los seis años cuentan. Eso y la cruel sensación de que aquel es un hombre ido, enfermo, que no debería estar ahí. Es ahora cuando los gritos de Holmes al árbitro, los 125 puñetazos que recibe Ali en solo dos asaltos hasta que finalmente Angelo Dundee, su técnico de toda la vida, le deja claro al árbitro que él es el que manda en ese rincón y que el combate se ha acabado. Aún hay tiempo para oír algún «no, no, no» de uno de los asistentes, pero, ¿qué quería ese hombre?, ¿qué mataran a su boxeador? Ali, mientras, no dice nada, se queda sentado, en shock, y es Holmes el que va a abrazarle, a explicarle que todo ha acabado, que él nunca quiso hacerle daño.

Waterloo, en perspectiva, se queda incluso corto.

Drama in Bahama

¿Qué sentido tiene seguir después de esto, huir de nuevo de la isla de Santa Elena para retar a las nuevas generaciones? Ninguno. Apenas hay dinero en juego, porque los promotores no quieren participar de este espectáculo. Ali cree que aún tiene un par de buenas peleas en el cuerpo pero es el único que lo piensa. Recurriendo a amigos y moviendo algunos hilos consigue que le acojan en Bahamas y le organicen una pelea decente, contra Trevor Berbick, un canadiense que viene de perder contra el propio Holmes pero a los puntos, aguantando los quince asaltos de rigor.

Puede ser una masacre —el título que le pone la organización es «Drama in Bahama» y tiene pinta de que esa es exactamente la sensación que quieren dar— y la duda no es si Ali ganará sino si saldrá vivo de esta. Su mente está ahí, sus intenciones… pero la realidad le ha abandonado. La capacidad de expresarse a una velocidad normal, los reflejos. Para que no sea demasiado duro, a Berbick se la juegan también. «Cada día que he pasado aquí en Nassau me han hecho una putada», dice a la prensa. «Ha sido agotador física y psicológicamente, una batalla continua». Berbick es joven, veinticinco años, y no está empezando pero casi. Le ha tocado el rol de enterrador y parece que le gusta. Cuando llega el 11 de diciembre de 1981, aún tiene el cuajo de hacer esperar en el ring a Ali durante cinco minutos. Las gradas están semivacías y sobreprotegidas por militares caribeños. Solo alrededor del ring —los invitados— se palpa cierto ambiente. Un John Travolta con pelo largo y sonrisa de sábado noche charla con una chica guapísima, su acompañante de esa noche.

Sin embargo, nadie mira a Berbick ni a su troupe de animados ayudantes. Los ojos están en Ali y los ojos de Ali no se sabe dónde están. Más que una entrada en un combate de boxeo ha sido una entrada a un funeral. Ali está serio, muy serio, y todos alrededor, Dundee incluido, presentan sus respetos. La cabeza aún no le tiembla pero apenas puede moverla. Todos sus rasgos de expresividad se limitan a un guiño o una sonrisa en un momento dado. Parece mucho peor de lo que las crónicas apuntaban. Es inverosímil que a este hombre le dejen pelear a este nivel.

Y, sin embargo, la duda, veintiún años después de darse a conocer en los Juegos Olímpicos de Roma sigue siendo la misma: ¿Hasta qué punto está jugando con nosotros?, ¿hasta qué punto no es esta sino la última actuación teatral del gran histrión del boxeo moderno? No habrá que tardar mucho para descubrirlo.

El último baile de la mariposa Ali

La pelea se ha establecido a diez asaltos, lo habitual en combates que no deciden campeonatos. Es una cifra razonable y permite a Ali empezar con un poco más de energía, dentro de lo que cabe: su ritmo es lento en comparación con sus mejores años pero solo en el primer round ya hace más que en todo el combate ante Holmes. El jab de izquierdas entra bien y Berbick solo puede golpear en el cuerpo para desgastar. En la grada resuena el grito que acompaña a Ali desde Zaire: «Ali, bomaye», «Ali, bomaye». Berbick incluso se cabrea cuando ve al público tan volcado en su contra, pero, ¿qué esperaba, que la gente animara al verdugo?

Pasan los asaltos y Ali se mantiene en pie. Hay cierta sensación de alivio. No va a ganar la pelea porque es imposible, porque Berbick es más ágil, golpea cuando puede y le manda contra las cuerdas cada tres por cuatro. No es que el canadiense esté en su mejor estado de forma: cuando tiene que volver al rincón resopla como un caballo cansado, pero le basta… así hasta que llegamos al octavo asalto, un momento que nadie esperaba ver en esta pelea y Ali empieza a bailar como una mariposa. Aquello tiene algo de espejismo, casi de broma, como si quisiera darse un último homenaje. Berbick no se lo cree, aquel hombre de casi cuarenta años que apenas podía andar dos asaltos antes de repente se pone a dar vueltas al ring con una soltura inaudita.

Lo dicho, es un momento mágico, el momento que Ali estaba esperando y quizá el que da sentido a este último combate. Quiere que la gente le recuerde como en estos últimos tres asaltos y no contra las cuerdas y noqueado. Por supuesto, insisto, va a perder, porque el baile no es el de 1964 y aunque la mariposa esté ahí, asomándose tímidamente, la abeja no aparece por ningún lado y no hay posibilidad de que vaya a tumbar a Berbick, sobre todo porque cuando lo intenta, lento de reflejos, la cabeza y los brazos a distintas velocidades, golpea sonoramente al aire.

Y así acaba todo. El décimo asalto acaba con la mariposa contra las cuerdas de nuevo. Pura lógica. Ali está agotado pero aguanta de pie. Esa era la única intención, acabar de pie, aguantando, encajando con su agujero en el cerebro, con su desorden neurológico, con su hablar cada vez más pastoso, la mirada perdida ante el entrevistador al que reconoce antes incluso de bajar en el ring, que sí, que este es el final, que no va a repetir nada de esto, mientras los comentaristas americanos dicen rezar a dios para que no cambie otra vez de opinión, que esta sea de verdad su última bravuconada.

Cosa que no hará porque su tiempo ha pasado —«todos los ídolos de los sesenta han muerto, solo quedo yo», dice a la prensa— y porque el Parkinson le cambia la vida en 1984. Desde entonces, un poco de todo: árbitro invitado al WrestleMania de 1985, último portador de la antorcha olímpica de los Juegos de Atlanta de 1996, colaborador activo junto a Michael J. Fox en la lucha contra las enfermedades neurodegenerativas, mediador de paz en la primera Guerra del Golfo… Dicen que Ali ha sido feliz durante estos treinta años de enfermedad y quién soy yo para negarlo. En las entrevistas, que son pocas, lo parece. Siempre ha negado que el boxeo tuviera que ver con su enfermedad porque admitirlo sería una especie de derrota. Los últimos rumores apuntan a un empeoramiento, pero los rumores siempre son así, cenizos.

Por su parte, Berbick siguió compitiendo hasta el año 2000, que no es poca cosa: fue campeón del mundo en 1986 durante siete meses, lo que tarda Mike Tyson en tumbarle con estrépito. Desde entonces, retiradas y combates de segunda división durante catorce años. Cuando tuvo la oportunidad de volver a los focos, luchando contra «Buster» Douglas, no supo aprovecharla. En 2006 fue asesinado a navajazos por dos adolescentes en Jamaica. Uno de ellos era su sobrino.


Guillermo Ortiz: Los cinco juegos mágicos de Roger Federer

Federer y Djokovic en el último Wimbledon. Foto: Cordon Press.
Federer y Djokovic en el último Wimbledon. Foto: Cordon Press.

La historia empieza con 5-2 para Djokovic en el cuarto set. El serbio ya ha ganado dos de los tres anteriores y, siendo sinceros, incluso el que ha perdido se lo podría haber llevado perfectamente. Federer parece perdido o, más bien, resignado. Su reino ya no es de este mundo. No tiene la velocidad ni la precisión de los veinticinco años, cuando arrasaba por todo el circuito. Le queda la calidad y un conocimiento de la pista central de Wimbledon propio del que ha jugado la final nueve veces, pero no parece suficiente: Djokovic ha roto para 3-1 y luego para 4-2 después de que el suizo amagara con remontar. En el siguiente saque ha aumentado la ventaja.

¿Qué queda? Un silencio enorme en la grada, volcada con su viejo ídolo y la sensación de que su incapacidad para leer el saque le ha costado la final. Se puede vivir con ello pero fastidia. Con treinta y dos años, casi treinta y tres, tiene ese horrible presentimiento de estar agotando una última oportunidad. Djokovic es mejor y Djokovic, además, ha jugado mejor, cosa que no siempre hace en las grandes finales, tres consecutivas perdidas en Wimbledon, US Open y Roland Garros, estas dos últimas contra la gran némesis de los dos jugadores: el español Rafa Nadal.

Aparte de tristeza, o melancolía, hay un poco de alivio. Federer ha restado mal pero por lo demás su partido ha sido impecable. Nada que ver con la crisis de 2013, ese Sergey Stakhovsky encadenando servicios sin respuesta, las continuas bolas de break perdidas contra jugadores fuera de los 100 primeros de la ATP, el mejor jugador de la historia peleándose en hierba, tierra y cemento con una raqueta enorme que no sabe manejar mientras su mujer le anuncia que se ha vuelto a quedar embarazada. Esta vez, para completar el póquer, de gemelos.

El final podría haber llegado ahí, en la gira de verano por Hamburgo y Gstaad o en la decepcionante derrota ante Tommy Robredo en octavos de final del US Open, incapaz de nuevo de dar una a derechas con el servicio rival. Nadie le habría culpado. Diecisiete Grand Slams, más de trescientas semanas como número uno, el juego más elegante que se recuerda y cuatro hijos que alimentar. Le sobraban los motivos.

Sin embargo, Roger perseveró. Perseveró hasta meterse de nuevo en el Masters de 2013 y encadenar finales y semifinales a principios de 2014 incluidos los títulos en Dubai y Halle y la final en Montecarlo, algo con lo que nadie soñaba. Los expertos intuían que su gran objetivo del año solo podía ser la esquiva Copa Davis pero los resultados le llevaron hasta el número cuatro del mundo justo antes de empezar su torneo favorito. Victorias ante Lorenzi, Müller, Giraldo, Wawrinka —el único capaz de romperle el servicio una vez en todo el torneo— y Milos Raonic hasta llegar a esta final ante Djokovic. Dos sets a uno en contra y 5-2 en el cuarto, momento en el que, decíamos antes, la historia empieza.

El relevo generacional

Desde enero de 2004 solo tres hombres han llegado al número uno de la ATP. Teniendo en cuenta que es un sistema algo complejo que cuenta semana a semana los puntos acumulados durante las cincuenta y dos anteriores, el hecho es inaudito. Solo Connors, Borg y McEnroe se acercaron, copando el número uno de 1974 a 1983. El problema es que los tres de ahora no solo siguen ahí después de diez años y medio sino que no hay ninguna razón para pensar que no lo vayan a estar mucho tiempo más. Incluso si Nadal y Djokovic se lesionaran para el resto de la temporada es complicado pensar que uno de los dos no acabaría como número uno del mundo, esa es su enorme diferencia con respecto a los demás, la misma que antes demostró Federer.

Otra muestra del dominio es que alguno de los tres ha estado en todas las finales de Grand Slam que se han disputado desde el Open de Australia de 2005 cuando Marat Safin le ganó el título a Lleyton Hewitt. A lo largo de sus carreras, Federer ha ganado diecisiete torneos de Grand Slam, Nadal se ha llevado catorce (incluyendo nueve veces el mismo, Roland Garros) y Djokovic lleva seis y unas cuantas finales desperdiciadas por el camino. Empezaron muy jóvenes y nadie ha llegado por detrás. Wimbledon 2014 pareció por un momento que iba a ser el momento y el lugar del famoso relevo generacional pero nos hemos quedado con las ganas: Novak acabó con Dimitrov, la gran promesa que ya va por los veintitrés años sin un gran torneo que llevarse a las vitrinas y Federer eliminó a Raonic en semifinales, el canadiense también de veintitrés años que a su vez se había impuesto a Kyrgios, él sí un adolescente de diecinueve, que había hecho la machada contra Nadal.

No es algo habitual en tenis que los postadolescentes miren desde tanta distancia: Federer ganó su primer Wimbledon con veintiún años, Nadal ganó Roland Garros con diecinueve, Djokovic se llevó Australia a punto de abandonar los veinte. Borg, McEnroe, Becker, Sampras… todos se llevaron su primer grande o al menos jugaron finales en el paso de década pero ahora se ha ralentizado todo y preocupa: no hay alternativas. La final entre un jugador de treinta y dos años para treinta y tres y otro de veintisiete recién cumplidos podría considerarse de por sí un duelo generacional, pero no lo es: estamos hartos de verlos jugar uno contra otro, igual que nos hartamos de ver a Nadal contra Federer o tenemos ahora nuestra triple dosis anual de Nadal contra Djokovic.

De acuerdo, «hartarse» no es el verbo adecuado, pero espero que me entiendan.

Djokovic, al menos, ha necesitado dos tie-breaks para ganar a Dimitrov y estuvo dos sets a uno abajo ante Marin Cilic. Federer, ni eso. La citada ruptura de servicio de Wawrinka que le costó perder el primer set de cuartos de final y punto. Ni una manga más perdida en todo el torneo. Lo ha ganado siete veces y está a un paso de ganarlo por octava vez. En esta época, las victorias se cuentan así, por kilos. Y sin embargo, esta vez, no es ni mucho menos el favorito.

Un escalón por debajo

A Federer, decíamos, lo que le molesta es Stakhovsky. El resto lo puede soportar. Le molestan los Stakhovsky y los Brands y los Delbonis, pero Nadal y Djokovic siguen siendo un reto. Es imposible que no se haya dado cuenta de que está un escalón por debajo porque no es idiota, sabe que tiene más años, sabe que su movilidad no es la misma, sabe que incluso el hambre de los diecisiete grandes, el papel en la historia ya garantizado, no ayuda. Sin embargo, le divierte. Puede aguantar un año más solo por el gustazo de darle problemas a los dos dominadores absolutos del circuito. Zipi y Zape.

Para encontrar la última victoria ante Nadal hay que irse muy atrás en el tiempo, hasta Indian Wells 2012, pero Djokovic cae con cierta frecuencia: este mismo año, en la final de Dubai y en las semifinales de Montecarlo. El año de su última victoria en Wimbledon, 2012, ya le batió en semifinales antes de hacer lo propio con Murray en la final. Digamos que Federer tiene opciones pero enfrente se encuentra a un lobo con hambre, un lobo que puede ser número uno del mundo si gana y que puede romper su racha de finales perdidas. Un lobo que se estira más, que corre más, que golpea con más fuerza…

… Y para rematar, un lobo que encuentra todas las líneas. El primer set de Djokovic es para enmarcar: golpes profundos que mantienen a su rival siempre un metro tras la línea de fondo y que le obligan a subir a la red en posiciones imposibles, a merced del pasante de derechas o, más habitualmente, del revés a dos manos. Djokovic lo controla todo, no permite concesiones con su saque y hostiga continuamente el del rival… sin embargo no consigue romper y cuando llega el tie-break y tiene su punto de set a favor, se viene abajo, pierde tres de cuatro puntos y acaba perdiendo la manga sin entender muy bien cómo.

El resto del partido continúa por esos parámetros. Federer juega como sabe pero también como le dejan porque la iniciativa está en el otro lado, en esa máquina serbia de pegar palos de lado a lado, solo castigado de vez en cuando por los gestitos de dolor en un tobillo o en el gemelo o las miradas al cielo cuando la bola se va a la red en un golpe fácil. Cabecita loca Djokovic. Justo antes de pedir ayuda del preparador físico, Novak rompe por fin el servicio de Federer y se adelanta 2-1, después, lo único que tiene que hacer es aguantar su servicio sin demasiados problemas, salvar una bola de break con 5-4 y llevarse el set para igualar la final.

La clave del tercer set

Llegados a este momento, los dos jugadores saben que el tercer set es clave: Federer ha jugado, con esta, veinticinco finales de Grand Slam. Cuando ha ido ganando por dos sets a uno ha ganado ocho partidos y solo ha perdido uno, ante Del Potro en el US Open de 2009. Cuando ha ido perdiendo dos sets a uno, algo que ha sucedido cinco veces, no ha sido capaz de remontar nunca.

Los dos empiezan como si aquello fuera un IvanisevicRusedski, despliegue de saques hasta que se acerca el tie-break y entonces Djokovic empieza a espabilar y a poner en apuros a Federer y el suizo aguanta como solo aguanta ya sobre hierba pero llega un poco magullado al desempate, falla una derecha facilísima con 4-3 en contra y acaba cediendo una manga que bien podría haber cedido antes. Djokovic celebra con euforia porque sabe que, estadísticas en mano, tiene el partido ganado.

Otra cosa es que las estadísticas acierten siempre.

El cuarto set empieza y Federer no encuentra escudo. No consigue restar ni el primer saque ni el segundo saque de Djokovic. Pierde su servicio por segunda vez en el partido, tercera en el torneo, para el 3-1 en contra. A continuación, rompe el de Djokovic por primera vez para acercarse 3-2 pero enseguida el serbio contraataca y pone el 4-2, luego el 5-2.

Este es el momento que comentábamos al principio. Lamento haberles hecho esperar tanto pero tienen que entender que la historia tiene un prólogo y un contexto y que ese contexto es precisamente lo que eleva a la historia. Federer gana su servicio y se pone 5-3, a continuación Djokovic saca para ganar su segundo Wimbledon y sacarse un enorme peso de encima. Ya ha titubeado en el primer set y ha estado a punto de hacerlo en el segundo pero esto es algo grande. Puede ser el último juego de la última final de Roger Federer en Wimbledon y el público, David Beckham y señora incluidos, está preparado para ello. Entonces, ocurre el milagro.

El último baile de Roger Federer

Djokovic saca y mete dos primeros, lo que debería bastar para llevarse los dos puntos, pero no, Federer ha decidido que no se va a ir tan fácil, que va a ser Nadal por un día y se va a agarrar a su pista. Resta las dos veces y acaba arrinconando a Djokovic, a quien la tensión se le empieza a notar en la respiración y los hombros demasiado altos. El siguiente punto es de manual: saque y derecha para el 15-30 y luego un error infantil de Roger que devuelve el marcador a 30 iguales. Todo esto para esto. Sin embargo, el siguiente punto es una demostración de lo que en su día fue el mejor revés a una mano del mundo, antes de que Nadal empezara a mandarle bolas liftadas y todas las inseguridades se dispararan. Con un cruzado impecable obtiene su primera bola de break y no la desaprovecha. Djokovic acaba resbalando por el suelo, su especialidad, lo que estuvo a punto de retirarle del torneo en octavos de final ante Gilles Simon.

Al levantarse, el serbio cojea y cuando cojea es que la cabeza no está. Le pasa a todo el mundo menos a Federer, que no cojea nunca, esté donde esté su mente. 5-4 y saque para el suizo. ¿Ha pasado lo peor? No, eso es imposible de asegurar a este nivel. Apenas tres minutos después, el suizo manda otro revés a la red y Djokovic tiene punto de campeonato. De nuevo esa sensación de montaña rusa que acompaña a los seguidores de Federer en los últimos años. Beckham se quita un bicho de la solapa, Becker pone cara de intriga y Roger saca a la «T» a toda velocidad. El juez de línea la canta fuera. Sin mucha convicción, pide la revisión del ojo de halcón. Hemos visto a Federer pedir revisiones mucho más absurdas que esta así que tiene su lógica. Se hace el silencio en la pista central mientras el simulador muestra que sí, que por unos pocos milímetros la bola ha besado la línea y por lo tanto es buena.

Ese es el final de Djokovic por el momento: pierde el juego, su siguiente servicio lo plaga de dobles faltas y derechas que se van un metro fuera y por un momento no parece el número uno del mundo sino Jana Novotna en aquella final contra Steffi Graf, cuando acabó llorando en el hombro de la duquesa de York. De repente, Federer gana 6-5 y tiene el saque. No solo su rival se ha venido abajo sino que él se ha venido arriba y ya no tiene miedo: derechas invertidas paralelas y cruzadas, subidas a la red, sensación de que el vaso se desborda, que a ese tío no lo para nadie, algarabía en las redes sociales: Federer ha vuelto. Estaba muerto y ha vuelto, ¿no es maravilloso? Quinto set en el All England Lawn and Tennis Club y quince minutos para no olvidar nunca.

El resto ya lo saben pero el resto no es tan importante porque el resto no es Stakhovsky ni Daniel Brands ni dieciséis bolas de break perdidas ante Tommy Robredo. El resto es lo normal: perder contra el mejor después de haberlo intentado. Obligar al mejor a demostrarlo, forzarle incluso a pedir tregua en forma de preparador físico cuando lo que necesitaba era un respiro psicológico. Yo no digo que a Federer le diera igual perder o que a sus fans les diera lo mismo. No, nunca diría nada así. Digamos, simplemente, que le volvimos a ver, puede que por última vez y que fue precioso. Que brillaba, como en sus mejores tiempos. Bailaba sobre la hierba, revés a una mano, volea alta imposible. Se parecía a lo mejor que habíamos visto y quizás el tiempo nos hizo olvidar: un tenis que fuera algo más que atletismo, un tenis con amago de barriguita y un montón de críos en el palco. Un tenis, hasta cierto punto, humano. Fin de la historia.


Guillermo Ortiz: La última Final Four de Toni Kukoc

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Fotografía: Cordon Press.

La portada de Marca mostraba otro más de sus juegos de palabras: Arvydas Sabonis en la Acrópolis, delante del Partenón y un titular a cuatro columnas: «El partidón». El Real Madrid debutaba en una Final Four, ocho años después de aquella final que perdiera contra la Cibona de los hermanos Petrovic, Sabonis venía de ganar la Copa del Rey y el equipo dominaba la liga con una superioridad que anunciaba un triplete como en los tiempos de Ferrándiz.

El rival era el Limoges, es decir, la versión francesa de la Cenicienta. Equipo combativo, habitual de recopas y copas Korac, con un palmarés más que digno pero una plantilla que no parecía estar a la altura de la competición, tenía a Michael Young, exjugador del Fórum Valladolid, como estrella, rodeado a sus treinta y dos años de una guardia pretoriana francesa, rocosa… los Dacoury, Bilba, Forte y compañía, dirigidos con maestría por uno de los bases más infravalorados de la historia: el esloveno Jure Zdovc, precisamente el que empezara la descomposición de la portentosa selección yugoslava cuando fue obligado a retirarse de la concentración en pleno Eurobasket de 1991.

En cualquier caso, Zdovc y Young no eran sino piezas en un ajedrez que controlaba el entrenador, Bozidar Maljkovic, el mismo que había llevado a la Jugoplastika a dos copas de Europa y al Barcelona a una tercera final antes de pelearse con medio club, Aíto García Reneses incluido, y acabar sustituido por Manolo Flores. Maljkovic, el hombre que había maravillado al mundo con su juego de equipo, rápido, veloz, equilibrado en el juego interior y exterior… se había convertido de repente en un jefe de fontaneros, jugando a puntuaciones hasta entonces desconocidas, desesperando a contrarios, cronistas y espectadores, jugando a ser algo así como su propio antídoto.

El resto de esta historia la saben: el Real Madrid perdió los nervios en el momento decisivo y el Limoges le pasó por encima tirando de intensidad: 26-36 al descanso, 52-62 al final del partido, Redden colgado de Sabonis y Ricky Brown directamente desaparecido. Young anotó 20 puntos, casi todos cruciales, y los franceses celebraron aquello como si fuera un título, como si no les quedara aún una montaña casi infranqueable por delante.

Cuando los griegos llamaban a la puerta

A principios de los noventa el dinero no estaba en España. Con la excepción de Sabonis y quizás Arlauckas, que jugaba en el Taugrés, los mejores jugadores se repartían por la liga italiana y la liga griega con una arrogancia que ahora provoca una sonrisa. En Atenas, sede de la Final Four, distintos millonarios planeaban sus transatlánticos de las siguientes dos décadas: Olympiakos, Panathinaikos, AEK… equipos de baloncesto listos para dar el paso a lo grande, llenando sus plantillas de viejas estrellas de la NBA y de los mejores jugadores de la antigua Yugoslavia, la antigua Unión Soviética…

Con todo, en marzo de 1993, el centro del baloncesto griego seguía siendo Salónica. El Aris se descomponía entre disputas de Gallis y Giannakis con la directiva. A su sombra, crecía el PAOK, el equipo liderado por Fassoulas y que contaba desde años atrás con uno de los mejores anotadores del continente, para variar yugoslavo, aunque con el habitual pasaporte griego: Branislav Prelevic, un ajeno a las convocatorias de la «plavi» pero que ya le había ganado una recopa al CAI, había estado a punto de ganarle otra al Real Madrid y acabaría sus años en el PAOK levantando una Korac ante el Stefanel Trieste, antes de perder otra recopa contra el Taugrés de Manel Comas y Velimir Perasovic.

Prelevic y Fassoulas no estaban solos: la directiva del PAOK había aprovechado la cita en Atenas para tirar la casa por la ventana, que es algo muy griego si lo piensan: Cliff Levingston había llegado de los mismísimos Chicago Bulls para pasar de ser un reboteador intenso con un papel mínimo en la NBA a gran estrella anotadora de un posible campeón de Europa. Junto a él, el ya veterano pero siempre eficiente Ken Barlow y el imprevisible Korfas, aquel bajísimo base-escolta que tiraba los tiros libres a una mano e incluso los triples, si le dejabas, la mecánica más rara que se podía ver en aquellos tiempos.

El PAOK tenía enfrente un reto colosal: superar las múltiples decepciones del Aris. Llevar a Grecia la primera Copa de Europa de su historia. Eso y Toni Kukoc, claro, no lo olvidemos, porque su rival en semifinales era ni más ni menos que la Benetton de Treviso, el equipo más caro que el dinero podía comprar junto a, quizá, Il Messaggero de Roma.

Una leyenda de veinticuatro años

La irrupción de Toni Kukoc en el baloncesto europeo solo es comparable a la de Arvydas Sabonis. Sí, por supuesto, en medio está la contundencia anotadora de Drazen Petrovic, su carisma, su dominio completo del juego y de lo que no era el juego, pero ese toque mágico, silencioso, de talento puro, impredecible, la capacidad de cambiar el partido sin necesidad de alharacas y ni puños al aire, había sido patrimonio de Sabonis en los años ochenta y ahora lo era de Kukoc. A sus veinticuatro años, el croata había ganado tres copas de Europa con la Jugoplastika, un oro mundial, dos europeos y dos platas olímpicas. Era distinto igual que lo era Sabas: su estatura no se correspondía con sus cualidades sobre la pista: tiraba maravillosamente bien, corría como un alero y sobre todo dirigía los partidos como un base.

Eso, que ya se veía en Split, se reforzó en Treviso. La Benetton ganó esa puja pública en la que se convirtió su fichaje y de la que se retiró, aconsejado por Phil Jackson, Jerry Krause, el general manager de los Chicago Bulls, un hombre realmente obsesionado con el croata, hasta el punto de plantearse prescindir de Scottie Pippen para hacerse con sus servicios. Una vez ahí, el multimillonario equipo verde se llevó la liga italiana, que no era cualquier cosa, rodeó a su gran estrella de otras estrellas menores como Stefano Rusconi o Terry Teagle y completó el cinco inicial con Massimo Iacopini y Marco Mian, dos de las pujantes promesas de la Italia que fuera subcampeona de Europa en 1991.

El choque entre transatlánticos, dirigidos ambos, por supuesto, por exyugoslavos: Dusan Ivkovic del lado griego y Petar Skansi, del italiano, se lo llevó la Benetton de Toni Kukoc por una exigua ventaja de dos puntos (79-77) después de que el PAOK se viniera abajo como un flan en los últimos minutos de la segunda parte, una segunda parte horrenda donde las defensas acabaron con los ataques y donde se empezó a ver algo que ya se venía rumoreando: a Kukoc el baloncesto había dejado de divertirle y el baloncesto europeo aún más. Su superioridad era tal, que a menudo prefería limitarse a ejercer de base que amasa la bola y busca el pase genial en vez de explotar todas sus características de rebote, tiro y penetración. Los triples de Iacopini y una canasta final de Ragazzi tras pase del propio Kukoc, que rozó el triple doble, evitaron la tragedia.

Aquella Benetton acababa de ganar la Copa de Italia a la Knorr de Bolonia, la mítica Virtus de Brunamonti, Pregdag Danilovic y Bill Wennington, pero daba síntomas de flojera, de desgana. Con todo, obviamente, eran los máximos favoritos para la final. Kukoc ya había podido con su maestro Maljkovic en 1991 y nada apuntaba a que esta vez fuera a ser distinta. El Limoges era demasiada poca cosa para aquel Titanic de la moda. O eso parecía.

El último partido europeo de Toni Kukoc

La carrera de Kukoc en Europa, al menos su carrera como jugador de club, acabaría unos meses más tarde, con una estruendosa derrota en Bolonia que le daría la liga a la Virtus. Sin embargo, para muchos, el último recuerdo es el de aquel partido del 15 de abril de 1993 en el Pabellón de la Paz y la Amistad de Atenas. El final de Kukoc en Europa y el final de lo que significaba Kukoc en Europa, es decir, el final de la magia, de lo imprevisto, antes de la invasión de la pizarra yugoslava como principio y fin de todo, finales en las que los equipos apenas superaban los 40 puntos.

Vamos al partido: los primeros diez minutos son una delicia, una lección de Kukoc culminada casi siempre con una canasta de Terry Teagle. El croata está en todos lados: va al rebote como un animal, saca la pelota él mismo para dar un pase a una mano o penetrar y doblar o simplemente volver loco a Jure Zdovc, que se encarga de su marca y se carga enseguida con dos personales. La Benetton gana 17-8 con once puntos de Teagle y ayuda interior de Stefano Rusconi, al que Redden no puede parar. Enfrente, solo ante el peligro, la zurda en suspensión de Young.

En las gradas semivacías, un pequeño grupo de seguidores italianos luce una pancarta que pone «Kukoc = Dio» y cantan, no me pregunten por qué, el «Porrompompero» de Manolo Escobar. La ventaja llega a los 11 puntos. Limoges lleva 8 puntos en 13 minutos y Maljkovic tiene que pedir tiempo muerto. El resto de la primera parte sigue el mismo camino: Limoges no quiere correr y a la Benetton le parece bien. Los ataques son lentísimos, prolongados hasta el último segundo: Teagle se va hasta los 15 puntos pero cuatro tiros libres y una canasta de Redden dejan la ventaja en seis al descanso: 28-22. Entre los dos equipos suman 50 puntos. El público se duerme en sus butacas.

En cualquier caso, para la Benetton la cosa va bien: el peor escenario posible, el que han querido evitar desde el principio, sería que los franceses cogieran una ventaja, como ante el Madrid, y hubiera que remontarla. En ese sentido, Maljkovic hace con el Limoges lo mismo que con la Jugoplastika: cuando muerde la presa no la suelta, y así hasta la desesperación. Además, Zdovc no ha aparecido y el capitán, Dacoury, tiene ya cuatro faltas. ¿Hay motivo para la preocupación? Honestamente, no.

Menos aún cuando Kukoc, pantalones cortitos y ceñidos que le hacen aún más espigado, más pantera rosa, bota con su mano izquierda, manosea el balón, se mete por el centro, rectifica, se escora a su izquierda y tira una suspensión desequilibrada a tabla que supone el 37-29 a los seis minutos de la segunda parte. En la siguiente jugada, Teagle anota su decimoséptimo punto y la Benetton vuelve a los diez puntos de ventaja… solo que en esa jugada Teagle se lesiona el tobillo, cojea, pone cara de dolor. Dacoury vuelve al partido, Maljkovic se la juega con Bilba, que responde anotando pedruscos a tabla, taponando, cogiendo rebotes imposibles… Young anota y culmina un parcial de 0-10 que coloca a Limoges por delante: 43-44 a falta de ocho minutos; Kukoc se desespera subiendo el balón despacito, despacito, que nadie corra, que nadie se asuste.

La suspensión elegante convertida en gesto desgarbado

La Benetton parece agotada. Peor aún, los jugadores de la Benetton han llegado a ese momento de toda final en el que un equipo se borra, deja de querer estar ahí, los tiros se quedan cortos, las piernas pesan… Kukoc anota un triple con el defensor encima y luego otro completamente solo, suspensiones que recuerdan a aquel junior que en Bormio 1987 le metiera 11 de 12 a los Estados Unidos. El problema es que Teagle no puede casi ni andar, que Iacopini está escondidito en su esquina, que Mian no sabe qué hacer… y que Bilba se basta para acabar con cualquier resistencia. Jim Bilba, el pívot que apenas llega a dos metros y que ya machacó al Real Madrid en semifinales, convertido en héroe de la Copa de Europa de 1993, otro rebote y otro mate y después la quinta falta de Stefano Rusconi, de lejos el mejor de su equipo, con sus perspectivas NBA y su aire de Rocco Sifredi noventero.

Terry Teagle sale para hacer la del cojo; Butter, el melenudo Butter, que en su vida se ha visto en una de estas, anota un tiro libre y pone el marcador en 52-55 para Limoges. El Pedro Barthe francés se desgañita en Antenne 2, Kukoc sube la bola, como siempre, y en vez de ordenar jugada o complicarse la vida, se levanta desde detrás de la línea de tres puntos y, por supuesto, anota. Falta un minuto y el croata sigue con la misma expresión desganada de principio de partido, la mirada puesta en Chicago, el despiste defensivo que le obliga a hacer falta a Bilba, el omnipresente Bilba, ante el «uno más uno» más importante de su vida.

Quedan 41,8″. Si Bilba falla el primer tiro libre no habrá un segundo pero Bilba no ha llegado hasta ahí para ponerse ahora a fallar así que anota tranquilamente los dos tiros y pone a su equipo por delante 55-57. La bola la tiene Kukoc y no la va a soltar. Eso lo sabe todo el mundo y Maljkovic, el entrenador rival, el primero. Zdovc sigue intentando defenderle como puede, le niega el centro, le estampa contra el débil bloqueo de Iacopini, que desde luego no es Rusconi, le acorrala en una esquina y cuando por fin parece que Kukoc ha conseguido escapar de la vigilancia y ha encontrado hueco para tirar un nuevo triple, el que todos tenemos claro que dará la victoria a su equipo… aparece Frederic Forte para puntear el balón en plena suspensión y quitársela así de las manos.

Esa es la última imagen que nos queda de Kukoc en Europa: la suspensión elegante convertida en un gesto desgarbado, la cara llena de miedo, sin ganas siquiera de protestar al árbitro. El Limoges acaba ganando el partido 55-59 tras varias series de tiros libres. Un equipo de Bilbas y Fortes que aún tendrá tiempo de repetir Final Four en 1995, todo para caer humillantemente ante el Real Madrid, aún con Sabonis, ya con Arlauckas. Kukoc, ya saben, perdió también la liga italiana y se fue a Estados Unidos a engordar y provocar los celos de Pippen. Cuando todo se puso en orden, se lió a ganar títulos con Michael Jordan. Al acabar su etapa de gloria todo el mundo apuntó a un regreso europeo por todo lo alto pero no llegó nunca: mejor los dólares y la tranquilidad de Philadelphia y Milwaukee. El talento sin sospechas. El único hombre capaz de ganar tres veces la Copa de Europa y la NBA y dar la sensación de que, si él hubiera querido, habría ganado cinco.