Los primos circunspectos de los guitar heroes

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Wes Montgomery. Imagen: A&M.

Los géneros musicales siempre han sido conceptos de perfiles más bien difusos, pero con los instrumentos no existen dudas: se sabe dónde terminan un oboe o un piano y dónde empiezan una viola o un contrabajo. Y esa, explicada de forma un tanto pedestre, es la razón por la que un guitarrista de jazz se suele parecer más a otro guitarrista que a otro músico de jazz

Idéntico razonamiento podríamos aplicar a pianistas, flautistas o bateristas, pero no tendría tanta verdad porque entre quienes se dedican a las seis cuerdas el vínculo resulta particularmente estrecho. Existen redes de parentescos, genealogías blasonadas, envidias de hermanos medianos, paternidades secretas y tías políticas que se posicionan en la defensa de unos u otros. La gran familia de los guitarristas, como casi todas, genera conversaciones subterráneas sobre si los miembros que han logrado el éxito social y los dólares son o no son los que más se lo merecen. Y, como casi todas, suele llegar a la conclusión de que no, o no del todo. En esas conversaciones está impepinablemente el jazz, sea hoy lo que sea y se vista hoy como se vista.

Los guitarristas de jazz tocan el instrumento más popular del mundo para hacer la música menos popular, o casi, por mucho festival que asome en cuanto llega la canícula. Han estudiado como posesos para ser capaces de abrirse paso en cualquier maraña armónica y para desarrollar su imaginación instantánea; y después, y solo después, de tan arduo trabajo, han cogido su Gibson y se han metido en el ascensor que baja al menos cuatro. 

Se dirigen a la sombra de la sombra. Porque en ese género, las estrellas no han venido siendo las hachas, sino los cuernos, y, como mucho, los pianos. La historia del jazz la han escrito los sopladores, de Satchmo a Bird y de Coltrane a Miles. También los Monk, Waller, Tatum y Evans. Pero, ¿los guitarristas? Quizá solo Django Reinhardt, una figura singularísima por un camión de razones, entraría en la quincena de nombres que aspirase a resumir el recorrido de esa música cuyo nombre de cuatro letras tan poco gustaba a Mingus y Ellington. Y no es que no hayan brotado genios de la guitarra en el jazz, no, sino que es así como van las jerarquías históricas. 

La cuestión familiar aquí es que los primos golfos llevan cerca de seis décadas tostando la barriga y los tattoos al sol del rock, donde, generalmente, el riff es el alfa, el solo paroxístico es el omega y la facha es el alfabeto restante. Y esto último trae el primer asunto problemático, el primer gran abismo: los músicos de jazz tocan a menudo con un jersey de cuello vuelto o una camiseta verde, mientras un guitar hero ha de pasar, como mínimo, por capitán del espacio interestelar. Algunos, como Steve Vai, incluso han confesado ensayar muecas en el espejo de casa y exigen un ventilador en los bolos para que la cabellera les aparezca en glorioso ondear.

Parte de la culpa es de Jimi Hendrix, que pasó por este mundo arrollando con su carisma y su milagroso instinto musical, y que accidentalmente prendió mechas que no quería y provocó réplicas superficiales, que tampoco quería. Parte de la culpa es, también, de Eddie Van Halen, un pirotécnico diablo que armado de tapping, armónicos y obscenos recursos futuristas llevó la guitarra hasta la galaxia siguiente en términos de expresividad. Pero mientras eso ocurría bajo los focos del rock, en otra dimensión musical se venía cocinando desde tiempo atrás una manera diferente de tocar y de entender el instrumento. 

Empecemos, mejor, por el principio.

Hace cosa de noventa años no existía el rock and roll, pero sí los superdotados de la guitarra. Un joven gitano belga llamado Django acababa de chamuscarse la mano izquierda en el incendio de su carromato y, con varios dedos inutilizados y todo, se disponía a volar cabezas presentes y futuras gracias a una destreza instrumental inverosímil y una forma de hacer música que sigue practicándose, mimética y casi religiosamente, a día de hoy. Que el portentoso manouche fue el primer gran solista de la guitarra de jazz solo lo matizan quienes le hacen compartir ese honor con Charlie Christian, nacido poco después que Reinhardt al otro lado del charco. Menos exuberante y más cerebral, Charlie consiguió que su instrumento se mirase a la cara con la trompeta o el saxo a la hora de improvisar variaciones melódicas; y lo consiguió extraordinariamente pronto gracias a un fulgurante talento y una inventiva nada común. Pero aquel chaval negro de Dallas, que había adoptado la novedosa guitarra eléctrica a finales de los treinta y pasaba las noches en el Minton’s explorando el naciente bebop, moriría a los veinticinco años de una tuberculosis. Algo más de una década después, en 1953, le seguía el genial Django con muñones, bigotito y una Selmer presta a animar las fogatas celestiales. 

Ambos, Charlie y Django, quedaban como luminarias de las seis cuerdas del jazz en la finiquitada primera mitad del siglo XX. Y, lanzados sobre su pista, nuevos creadores se agarraron al mástil dispuestos a llevar aún más lejos las posibilidades del hacha en aquel swingante universo. Pero el blues, como Muddy Waters diría tiempo después, estaba a punto de parir un descomunal retoño llamado rock. Y la guitarra eléctrica se apretaba tornillos y clavijas para gastar su juventud entre los brazos de varios incendiarios, heterodoxos y desbocados amantes.

Chuck Berry, Eddie Cochran, Buddy Holly y algunos otros se echaron a la carrera con riffs y punteos que empezaron a definir el primer lenguaje guitarrístico rockero, todo efervescencia y simplicidad frente a los resabiados hachas jazzistas. Y es que, por entonces, Kenny Burrell, Tal Farlow, Herb Ellis y el gran Wes Montgomery, que tocaba con el pulgar de la mano derecha y jamás aprendió a leer música, se dedicaban a juntar la herencia de la época del swing con los trabalenguas del bebop. Algo parecido hacía Jim Hall, un tipo menudo y engafado con calvicie prematura y porte de aficionado a la filatelia. 

Más, mucha más vocación de estrella del espectáculo tenía el joven y prometedor George Benson, que en los días sesenteros ya dejaba pasmada a la parroquia como versión vitaminada de Christian y Wes. Andando los años, George traicionaría a los eclesiásticos del jazz saltando alegremente a la orilla opuesta y poniéndose a cantar R&B azucarado mientras veía caer las cataratas de dólares. Pero para eso aún faltaba mucho tiempo. Todo el que iba a llevar digerir el seísmo hendrixiano y el consiguiente nacimiento, para bien y para menos bien, de los guitar heroes.  

Después de Jimi, después de Jeff Beck, de Jimmy Page, de Pete Townshend, la distorsión de los sonidos guitarrísticos empieza, de algún modo, a ir acompañada de una distorsión de la perspectiva. Para el gran público, los únicos guitarristas que existirán en adelante sobre la faz de la tierra serán los de rock. O casi. Cada vez que se discuta acerca del mejor hacha, del más excitante, expresivo, o virtuoso, se hablará exclusivamente del patio rockero. Cuando en 1969 se celebra el festival de Woodstock, la habilidad inusual que Alvin Lee, de Ten Years After, muestra en sus fraseos centelleantes le vale inmediatamente la aclamación como «guitarrista más rápido del mundo». 

Comenzaba, sí, a abrirse paso una especie de secta de adoradores de la velocidad guitarrística, todavía viva, que acabaría reverenciando a cualquier shredder capaz de activar los radares de la Guardia Civil, hubiera o no sentido y musicalidad en sus notas. Sin embargo, la frívola digitorrea nos sirve para comprobar hasta qué punto era entonces invisible el universo de la música improvisada para los fanáticos de la guitarra. Porque solo un par de días después de la performance triunfal de Alvin frente a muchedumbres de hippies colocados, arrancaba la grabación de Bitches Brew. Un álbum firmado por Miles Davis, supremo timonel del jazz, en el que tocaba un guitarrista inglés llamado John McLaughlin a cuya vera era Lee lo mismo que un vetusto dos caballos junto a un Lamborghini.

A aquello de Miles, y de algunos otros que pronto fueron muchos, se le llamaría jazz rock o jazz fusion, y en la década que empezaba también los guitarristas de formación jazzera iban a aprovechar ese puente tendido a un público algo más amplio, aunque la música acabase engullida por la técnica en muchos casos. Por ejemplo, el de Al Di Meola, un hacha relampagueante y narcisista que se da a conocer junto a Chick Corea y se codea con los imperiales McLaughlin y Paco de Lucía en un trío de éxito comercial inaudito para tratarse de música de guitarra. Paco descubre en esas giras que aquellos tipos piensan mientras tocan. Acostumbrado como está a cerrar los ojos y dejarse llevar, se mete voluntaria y audazmente en sus buenos jardines al intentar improvisar cabalgadas sobre las progresiones de acordes a la manera del meteórico y erudito John. 

Avanzados los setenta, en el caldo de cultivo de la fusión y otros mejunjes han crecido varios guitarristas mutantes con el conocimiento del jazz y una restallante vocación rockera que, en no pocas ocasiones, se debe a la huella de Hendrix. Tipos estratosféricos como Scott Henderson o Robben Ford son capaces de sonar a megatones mientras cuelan en sus solos intrincadas escalas y fraseos fuera del alcance del hacha heroico al uso. Eric Johnson, por su parte, será descrito como un Jimi Hendrix que hubiera asistido a clases con Howard Roberts durante ocho años. Pero conocer, no los conoce casi nadie.

Los muros se resquebrajan, los géneros se estiran como la goma y los guitarristas se miran unos a otros con más atención que nunca. Algunos descubren la radicalísima figura de Allan Holdsworth, un británico pálido que bucea en esa indefinida sopa sonora a la que muchos se han acercado por moda, pero que en su caso es más una cuestión de carácter. Sale al escenario con polos de cuñado y gesto ausente, pero su alienígena habilidad instrumental y sus difíciles planteamientos estéticos pasman a cualquier guitarrista que lo escucha, incluido Eddie Van Halen. Por desgracia para él, también espantan a la inmensa mayoría del público. Holdsworth es tentado varias veces por los dólares del pop y llega a tocar con Level 42, pero se indigna cuando le piden que repita los mismos solos un concierto tras otro y sale escocido de esas experiencias. Ejemplo extremo de guitarrista para guitarristas, Allan vivirá siempre con cuatro duros, ajeno a los fuegos de un sueco llamado Yngwie Malmsteen que, mucho más cercano a los peatones, desata en los ochenta la locura entre un sector del rock ávido de técnica y decibelios. Ahora es el virtuosismo por el virtuosismo, y los fans del espectacular Yngwie abren la boca mientras otros simplemente bostezan. Más la habrían abierto, quizá, de conocer a Holdsworth o a Frank Gambale, dueños de una pericia varios peldaños por encima de la del nórdico y de un vocabulario infinitamente más sofisticado. 

El último de los meteoritos guitarrísticos caídos fuera de campo de la música con cierta orientación comercial se llama Shawn Lane, una especie de superhombre de capacidades rayanas en lo inexplicable que tuvo que ver cómo los Satriani, los Vai o los Gilbert se hacía los amos del público dispuesto a mirar y a pagar por la dimensión más circense del instrumento. Pero, ¿y la música? ¿Y el jazz?

Cierto es que las etiquetas se han ido borrando, y cierto que los guitarristas de formación jazzística nacidos en la segunda mitad del siglo XX son también hijos del rock. Existen, sin embargo, hachas tradicionalistas que afirman conocer la exacta ubicación de las fronteras del jazz, y que buscan sonar con la «pureza» de los pioneros, pero en general se tiende a hablar con mayor naturalidad de «música improvisada» que de categorías concretas. Los astros del instrumento, libres de prejuicios sonoros, se encuentran cómodos tocando casi cualquier cosa con casi cualquier músico porque tienen recursos sobrados para ello. A veces se van más por lo atmosférico, a veces se ponen más introspectivos y a veces encaran «Stella by Starlight» y le dan una vuelta acompañados de percusión y contrabajo. Son dos de ellos, Pat Metheny y John Scofield, quienes han trazado más rayas que nadie en el retrato de la moderna guitarra de jazz. El primero, paseando su deslumbrante talento por doquier y desafiando todas las clasificaciones para dejar en la historia un sonido y una musicalidad únicos, también cuando coge por los cuernos el jazz más ortodoxo. Su colega Scofield, quizá el mayor improvisador que nunca se haya colgado una guitarra, practicando el salto de vallas con un fraseo que mantiene, casi septuagenario, para intimidación de cualquiera que se atreva a subir a un escenario con él. 

La tercera pata de ese banco de músicos que lo son por encima de instrumentos, clichés y tendencias sería, probablemente, Bill Frisell, un huidizo genio heredero de la facha funcionarial de Jim Hall que, como John y Pat, no ha escatimado elogios a Kurt Rosenwinkel. Casi veinte años más joven que tan ilustres predecesores, el de Philadelphia se ha revelado como el hombre capaz de construir un sonido propio sobre las cumbres anteriores; y, quizá, de darle a la improvisación en la guitarra el penúltimo empujón.


«Si se llevan a Trigger, lo dejo»

Willie Nelson y su guitarra Trigger, San Francisco, 2013. Fotografía: Corbis.

Mientras escribo estas líneas, Willie Nelson y Trigger están a punto de cumplir cuarenta y ocho años juntos. Son apenas meses hasta sus bodas de oro. El más legendario forajido del country estadounidense, a sus pletóricos ochenta y tres, tiene dicho que no volverá a pisar un escenario si Trigger muere antes que él. Y no bromea. Varias generaciones hemos nacido, crecido y vivido toda nuestra vida entera sin conocerle otra compañera. Ella siempre ha estado ahí. Y no habrá más música de Willie Nelson cuando Trigger falte. Ambos son una misma cosa.

Han vivido más cosas juntos que la mayor parte de las parejas que usted y yo conozcamos. En una ocasión, Willie la rescató de entre las llamas, cuando su casa de campo en Texas sufrió un incendio que la arrasó hasta los cimientos. Años después, otra clase de calamidad estuvo a punto de interponerse entre ambos. El Gobierno estadounidense reclamaba impuestos atrasados a Willie, algo que podía suponerle la cárcel. Y bien, una de sus principales preocupaciones consistió en evitar que el asunto afectase a su querida Trigger. Horrorizado ante la posibilidad de que pudiese terminar en manos de otros, hizo que la llevasen a Hawái. Un exilio de urgencia. En Hawái permaneció, escondida como una fugitiva, separada de su angustiado Romeo, hasta que pasó el temporal, Willie hizo frente a sus deudas y pudieron volver a estar juntos. Imaginen cuántas otras decenas, cientos de historias podrían contarnos. A Trigger se le leen en su maltrecha faz; lleva años moribunda, o pareciendo moribunda, pero resiste. Todos sabemos que Willie la cuida con una atención que para sí quisieran muchos hijos de sus padres; si no, resultaría difícil explicar cómo no se le ha muerto en sus brazos. Porque está vieja; muy vieja y muy maltrecha. Se diría que una mirada basta para partirla en dos.

Nunca adivinarían cómo se conocieron. Fue una cita a ciegas, como en las malas comedias románticas. En 1969, Willie todavía no era el mito viviente que es hoy. Apenas acababa de dejar atrás los trajes y las corbatas, pero ya había escrito un puñado de clásicos para otras voces, alcanzando la inmortalidad (¿o de verdad pensaban que Patsy Cline escribió «Crazy»? ¡La canción destila Willie Nelson por todos sus poros!). Pues bien, sus nupcias con Trigger no fueron las primeras. Perdió su anterior guitarra cuando alguien la pisó entre bastidores —cuánto no sufrirán los instrumentos detrás del telón—, dejándola inservible, más allá de todo socorro. Apesadumbrado, Willie recibió las malas noticias del lutier: aquella guitarra no tenía arreglo. Y Willie no se conformaba con cualquier guitarra. Hombre de instinto y corazón, pareció perdido. Y fue entonces cuando le hablaron de ella. Por teléfono. Willie ni siquiera la había visto, ni mucho menos la había tenido entre sus manos, pero por algún motivo se decidió a comprarla. Juntó los setecientos cincuenta dólares que le pedían y adquirió una nueva guitarra que todavía hoy, medio siglo más tarde, es una parte inseparable de su organismo. La llamó Trigger («gatillo») en homenaje al caballo de otro mítico cowboy, Roy Rogers, héroe de las películas del Oeste. Junto a Trigger dejó de ser un compositor en la trastienda y se lanzó al frente con su voz quebradiza y sus temblorosos solos, arrebatando el corazón de los estadounidenses primero, y de cualquiera que sienta algo por la música después.

Casi todos los guitarristas acostumbran a tener una guitarra fetiche, es cierto. La bautizan como si fuese un bebé, y la nombran en las entrevistas. Algunos utilizan su guitarra favorita en las giras, aunque también es común que las guarden para protegerlas de los elementos. En cualquier caso, nadie está tan unido a la suya como Willie Nelson. Se niega a ponerla en una vitrina, por más que Trigger muestre las heridas de cinco décadas de fogoso romance. Porque Trigger es una guitarra clásica al modo español, pensada para que alguien pulse las cuerdas con los dedos. Pero Willie lleva cinco décadas usando una púa. Y la púa golpea una madera desprovista de protección que, al cabo de miles de ensayos y actuaciones, ha cambiado arañazos por raspaduras, raspaduras por grietas, hasta finalmente quedar agujereada sin remedio. Está a punto de deshacerse. Un pequeño golpe, un descuido, un tropiezo, terminará con su vida en cualquier instante. Pero Willie no quiere separarse de ella. Rechaza la idea de actuar con otra guitarra. Poco le importa que queramos verle continuar en activo porque necesitamos su voz y su presencia. Nos lo ha avisado: cuando Trigger no aguante más, él colgará las espuelas, y la música se quedará sin su bandido con trenzas de indio. Es el único músico a quien he escuchado decir algo así.

 Me niego a pensar en el día infausto en que Willie no esté, como él se niega a pensar en el día infausto en que Trigger le haya abandonado. Es muy fácil entender a Willie. Nadie entrega su corazón a algo, o a alguien, para recrearse en la certeza de que algún día, de alguna manera, lo perderá. No tendría sentido. La vida es el hoy, el mañana no existe, así que, ¿por qué guardar su guitarra para mañana? Willie tiene ochenta y tres años, Trigger sangra por una herida mortal. Pero la voz de Willie no se ha apagado y la madera de Trigger, hendida y frágil, todavía aguanta. No serán eternos, porque nada lo es, pero estoy convencido de que morirán juntos… y eso es más que suficiente.


Guitarras con un par de ovarios

Joan Jett. Foto: Corbis.
Joan Jett. Foto: Corbis.

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En 1897, en Carolina del Norte, el miembro más joven de una familia humilde se acercaba por primera vez al banjo de uno de sus cinco hermanos y un año más tarde era capaz de extraer del instrumento un buen puñado de canciones. Tres primaveras después se compraría su propia guitarra por algo menos de cuatro dólares con el dinero que había ganado trabajando. Aquella persona había aprendido por su cuenta a hacer bailar las cuerdas y comenzaba a escribir sus propias canciones. Tenía once años y se llamaba Elizabeth Nevills.

Nevills se vio obligada a guardar la guitarra cuando se comprometió con diecisiete años con Frank Cotten. El matrimonio, la maternidad, el divorcio y una mudanza mantuvieron a aquella Elizabeth Cotten (apellido de casada impuesto) alejada de las cuerdas y eludiendo cualquier interpretación en público más allá de participar en algún evento eclesiástico. Hasta que a los sesenta años comienza a trabajar como criada para la familia Seeger, un clan de músicos admiradores del folk, y una idea vuelve a cosquillearle por dentro con tanta insistencia como para avivar la necesidad de sacudir a la guitarra las capas de polvo y a sus cuerdas las notas reaprendiendo lo olvidado. Mike y Ruth Seeger azuzaron la llama grabando las canciones de Cotten en su propia casa para construir un álbum. Unos pocos años más tarde Cotten ofrecía conciertos junto a John Lee Hooker y Muddy Waters.

La tenacidad de Cotten es una de las virtudes más admirables de la escena musical, no solo por superar el escollo social que representaba en su momento ser mujer y negra sino además por su propia condición: aquella pequeña Elizabeth que se aferraba al banjo con siete años era zurda, y por tanto agarraba el instrumento al revés, algo que significaba también tocarlo a la inversa al no estar adaptada la disposición de las cuerdas a su postura. Aquello no amedrentó a la chica sino que provocó que ideara su propia forma de interpretar los temas, tocando la melodía con el pulgar y la base con los demás dedos, con un estilo completamente autodidacta que sería bautizado como Cotten picking.

Con noventa años se le otorgó un Grammy en Los Ángeles. Cuando Cotten lo recogió sus palabras fueron: «Gracias. Ojalá tuviese una guitarra aquí para tocaros algo». Hay pocas cosas más grandes en el mundo que alguien que prefiere agradecer las cosas con música.

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Los padres de Rosetta Nubin eran una pareja negra de recolectores de algodón en —no podía ser de otra forma la ciudad Cotton Plant de Arkansas. Hija de un cantante y de una predicadora de la Church of God in Christ, Nubin fue una chiquilla alimentada desde pequeña con la fe religiosa en formato musical y su interés por el ritmo la llevó a embarcarse en un curioso tipo de giras: las que realizaba su madre para extender el sermón por las tierras estadounidenses, eventos que Nubin acompañaba con su voz y guitarra y que coleccionaban bocas abiertas más por lo deslumbrante de estar delante de una cría de cinco años que era una puta máquina de la guitarra que porque la gente intuyese la luz divina. Con la veintena de años a las espaldas la chica se asentó en Chicago junto a su madre, adoptó el nombre artístico de Sister Rosetta Tharpe y se dedicó a planchar en vinilos sus temas fabricando clásicos instantáneos: «That’s all», «Rock me», «The lonesome road» y «My man and I» se convirtieron en triunfos y la artista en una de las primeras damas que hacían del gospel un éxito.

El renombre favoreció que Tharpe difundiera la palabra entre la vida nocturna profana, y si ya resultaba raro ver a una mujer (que además no era blanca) armada con una guitarra, más extraño se hacía que se atreviera a sacar su artillería de canciones religiosas en aquellos sumideros de la moral que eran los nightclubs. Los devotos de la iglesia llevaron bastante mal esto de remezclar la palabra de Dios con la música popular y le dieron la espalda a tantísima perversión, mientras los laicos a aquellas alturas ya estaban bailando y dando palmas. A mediados de los sesenta se embarcó con un grupo insigne de artistas (entre los que figuraban Muddy Waters, Otis Spann o Cousin Joe) en una caravana por Europa con intención de regar aquellas tierras con blues y gospel. No mucho tiempo después afrontaría el epílogo de su vida de manera desgraciada: perdería una pierna por culpa de la diabetes en 1970 y tres años más tarde un ataque al corazón se la arrebataría al mundo. Su funeral en Filadelfia fue sencillo y sin demasiados asistentes, el cuerpo de la mujer que había hecho bailar a los no creyentes con la palabra del Señor se enterró en una tumba sin nombre.

En 1992 Johnny Cash se sumó a las huestes del Rock and Roll Hall of Fame. Durante su discurso de agradecimiento mencionaría el nombre de Rosetta Tharpe hasta tres veces, incluyendo el «todavía puedo ver a la hermana Rosetta tocando aquella Stella. Lo siento, Mr. Fender, pero era una Stella lo que Rosetta estaba tocando», enmarcando la figura de la artista entre sus mayores influencias. Little Richard (a quien Tharpe subió a un escenario cuando aún era un renacuajo), Karen Carpenter, Isaac Hayes, Aretha Franklin, Elvis, Chuck Berry, Tina Turner o Meat Loaf también se encontraban entre aquellos a los que la reina de la música sacra en los lugares no sacros había empapado a lo largo de la historia. En 2007 se publicaba la primera biografía sobre la artista, Shout, sister, shout. Un año más tarde un fan organizaba un concierto benéfico para costear una lápida a la tumba sin nombre. En 2011 se estrenaba un documental (disponible aquí) que bautizaba a Tharpe como lo que siempre había sido. Se trataba de Sister Rosetta Tharpe: The godmother of rock & roll.

En la sepultura de la más brillante rockera religiosa finalmente se tallaría un epitafio firmado por su amiga Roxie Moore: «Podía cantar hasta hacerte llorar y después podría cantar hasta que bailases de alegría. Ayudo a mantener a la iglesia viva y regocijó a los santos».

Hija de un músico de jazz y natural de Detroit, Suzi Quatro comenzó a aporrear un par de bongos durante su tierna infancia y continuó alistándose como bajista en el grupo de garage rock The Pleasure Seekers que montó una de sus hermanas. La formación, compuesta únicamente por mujeres, tuvo que aceptar que gran parte de sus bolos fuesen contratados por cabarés y en consecuencia caldo de cultivo de un público que estaba más concentrado en la longitud de sus minifaldas que en sus capacidades musicales. The Pleasure Seekers mutó en Cradle y a principios de los setenta un productor con ojo llamado Mickie Most decidió que lo único que tenía futuro en aquella banda era la persona que empuñaba el bajo. «El presidente de Elektra records quería convertirme en la nueva Janis Joplin. Mickie Most me ofreció llevarmea Inglaterra y convertirme en la primera Suzi Quatro», explicaría la futura estrella.

Quatro decidió que las pelucas y faldas escasas de su época en The Pleasure Seekers eran para mojigatas y que lo que le pedía el cuerpo era que lo enfundara en el mucho más práctico cuero. Se hizo con una banda de acompañamiento con pintas de proto-Ramones y comenzó a ser profeta en aquellos rincones del mundo de los que no era natal: a lo largo de Europa y Australia sus canciones gozaron de mayor éxito que unos Estados Unidos que llegó a recorrer con Alice Cooper en el 75 durante el Welcome to my nightmare tour de aquel.

La fama en Estados Unidos le llegaría por el lado más tonto, en la célebre serie Happy days (aquel show que en dos minutos inventó el término jump the shark para sentenciar a todas las idas de pelota catódicas) interpretando a Leather Tuscadero, un papel que había conseguido de manera instantánea cuando el productor del programa de topó un póster suyo en la pared del cuarto de su hija. La chavala emanaba tanto carisma como para que los responsables de la serie le ofrecieran protagonizar su propio spin-off, pero Quatro fue lista (¿alguien se acuerda de Joey?) y decidió pasar de largo.

Hoy resulta bastante injusto que a la hora de componer listas de guitarristas honorables a Quatro se la suelan olvidar a propósito por vestir un bajo. Con su metro y medio de estatura forrado en cuero, aquella Suzi que lideraba una banda de greñudos sobre el escenario y escupía la indescifrable letra de «Can the can» venía a demostrar a todos que lo de ser una rockstar no estaba reñido con lo de tener un par de ovarios.

Tras unos cuantos bailes internos Joan Jett, Sandy West, Cherie Currie, Lita Ford y Jackie Fox conformaron el núcleo duro de The Runaways, un grupo de chavalas que la estaban liando por Los Ángeles a mediados de los setenta con su «Cherry bomb». La banda viviría una situación similar a la de Suzi Quatro (alguien a quien Jett idolatraba) porque no lograrían igualar en su tierra el éxito del que gozaba en el extranjero, algo que en el fondo se antojaba imposible: en Japón eran tan célebres que las avalanchas de fans rozaban picos de demencia cercanos a la beatlemanía.

The Runaways no tendría una vida especialmente longeva; cuatro años después de su formación, cuando hubo que decidir si se viraba al punk de sus colegas Ramones o se seguía pateando la senda del rock sus integrantes no se pusieron de acuerdo y mandaron el grupo a paseo, pero a cambio su legado proporcionó al universo un puñado de mujeres con actitud: Cherrie Curie no se alejaría nunca del todo del mundo de la música pero dedicaría más tiempo a su pasión: tallar esculturas con una motosierra (y esta web de diseño terrorífico existe para dar fe de ello). Mickie Steele se alistaría en The Bangles. Lita Ford se montó su propia carrera en solitario, se tomó un descanso en 1995 que le duraría hasta el 2009, y en total publicó ocho discos, el último de los cuales hacia las paces de manera poco discreta con sus antiguas compañeras de escenario: Living like a Runaway. Y Joan Jett se dedicó a molar todo lo que era posible en este planeta: se montó su propio sello discográfico para no tener que pasar por mierdas de terceros, interpretó a Columbia en representaciones oficiales de The Rocky Horror picture show, coprotagonizó una película con Michael J. Fox y junto a los Blackhearts parió «Bad reputation», «Do you wanna touch me?», «I hate myself for loving you» o «Crimson & Clover». ¿Aquel «I love rock and roll»? Sí, originalmente era de Arrows, pero la versión que media humanidad ha bailado en los bares es la de Jett.

Cuando un grupo dilata su vida artística en activo a lo largo de más de cuatro décadas se puede intuir que existe algo importante detrás. Heart nació a partir de una formación indecisa compuesta exclusivamente por hombres en la que las hermanas Nancy (guitarra) y Ann Wilson (voz) entraron arrasando hasta hacerse cargo por completo del timón. Cuarenta años de carrera dan para mucho (Wikipedia necesita de una página independiente para listar todos los artistas que han pasado por el grupo) y en el caso de las Wilson acumulan un puñado de éxitos durante una vida artística, que saltaba entre hard rock, folk y heavy , repleta de altibajos: en los setenta fabricaron las maravillosas «Crazy on you» o «Magic man» junto a la incombustible «Barracuda», durante los ochenta asaltaron una peluquería y luego perpetraron «Never» o «What about love?» y en 2004 la guitarra de Nancy todavía disparaba en ráfagas: «Oldest story in the world». A algún crítico se le ocurrió la idea de llamarlas «la versión femenina de Led Zeppelin», como si fuese necesario. Y una fabulosa leyenda urbana comenzó a extender el rumor de que en realidad las Wilson eran un par de brujas. En 2014 un usuario de internet acudió a un concierto de Heart y volvió con los huevos en la mano tras haberse expuesto sin protección a la voz de Ann y la guitarra de Nancy, en su opinión el hecho de que tras tantos años de carrera las mujeres todavía se encontrasen en tan buena forma solo podía tener una explicación: Satán. Que Lucifer bendiga a las brujas.

Mediados de los ochenta y primeros noventa: Jennifer Batten.

La persona que en este vídeo revolotea alrededor de Batten haciendo gestitos de asentimiento, sobreactuando bastante y molestando lo suyo era un chaval presuntamente prometedor que se llamaba Michael Jackson y sí, no hacía más que estorbar en ese escenario.

Kim Shattuck y Melanie Vemman se escapaban de The Pandoras a principios de los noventa escarmentadas por las riñas internas y se montaban, junto a Ronnie Barnett y Criss Crass, The Muffs, banda de punk rock desenfadado alejada de las reivindicaciones de los punkis primigenios y más amiga de forrar taquillas de estudiantes que mastican chicle a ritmo de NOFX. Shattuck nunca fue una virtuosa de las cuerdas y para sus propósitos le bastaba con aporrearlas, Crass y Vemman tardarían poco en abandonar la banda y en general The Muffs no conquistaría ningún escalón dorado en el mundo de la música por encontrarse demasiado concentrados en lo de hacer el ganso como para preocuparse por la técnica. Pero su disco de debut se abría con una canción titulada «Lucky guy» que dejaba bien clara una cosa: en los noventa nadie berreaba/bramaba/rugía mejor un estribillo que Shattuck.

En 2007 la revista Rolling Stone incluía a Kaki King entre sus new guitar gods, definiéndola como un género en sí misma que parecía hijo de cruzar a Bootsy Collins, Michael Hedges y Eddie Van Halen. Cuatro años antes King apareció, sin anuncio previo, en el intermedio de un concierto ajeno (Moe) para mantener entretenido al público y su actuación consiguió enmudecer por completo a toda la sala. En aquel momento ella apenas contaba con veinticinco años.

Hace no demasiado la artista comenzó a virar del shoegaze a la ruta acústica y a los medios fascinados con sus propuestas les empezó a resultar difícil explicar con palabras lo que ocurría cuando King agarraba una guitarra: los entendidos escribirían que en aquellos dedos confluían las influencias del jazz y el flamenco con las técnicas del fingerpicking o el tapping y mil argucias poco comunes más. Pero en realidad hubiese bastado con acercar a la gente a un vídeo suyo, como el que ocurre a continuación, para que cada uno flipase viendo cómo King parece reinventar el uso de las cuerdas a base de exprimirlas. O ¿cuántos músicos han logrado transformar hasta los arañazos en parte de la melodía?

Lo de Orianthi es un asunto con más espinas; una guitarrista joven técnicamente asombrosa pero sin discos que lo demuestren realmente y con una pericia que solo parece lucir en pequeños bocados repartidos por YouTube. Michael Jackson se tropezó con esos clips, la citó en el casting de músicos de la malograda gira This is it, Orianthi se presentó tocando el solo de «Beat it» y fue contratada inmediatamente como guitarrista principal. La artista publicó dos discos muy poperos (Violet jouney y Believe, que sería reeditado como Believe II) antes de tratar de redimirse con un Heaven in this Hell, más remojado en blues y country. La propia artista reconoce que no acaba de venderse bien y lo lleva regular: en los conciertos a lo mejor le da por versionar a a Jimi Hendrix y la gente le grita que muy bonito todo pero que toque su single.

PJ Harvey lleva guerreando desde el 91 y acumula ocho álbumes de estudio, más de una veintena de singles, un puñado de recopilatorios e incontables colaboraciones y es miembro oficial de la Orden del Imperio Británico. Y se podría hablar de ella durante un centenar de párrafos pero a lo mejor no hace ni falta: su vídeo «This is love» lo dice todo de su naturaleza de estrella incombustible:

I can’t believe life’s so complex
when I just wanna’ sit here and watch you undress

Annie Clark abandonó el Berklee College of Music antes de completar la formación. Aquella chica que de joven ejerció de roadie del grupo de su tío (Tuck & Patti) justificaba la decisión de escapar de los estudios sin demasiados remordimientos: «Las cosas que pueden enseñarte en la escuela son cuantificables. Y aunque todo eso es bueno y tiene su razón de ser, en algún punto tienes que aprender todo lo que puedas y entonces olvidar todo lo que has aprendido para que realmente empieces a hacer música». A Clark la letra de una canción de Nick Cave la inspiró para tomar prestado el nombre del hospital donde murió Dylan Thomas (St. Vicent) como apodo artístico. Y su carrera musical se dedicaría a utilizar como gasolina toda una antología de influencias artísticas diversas: desde las musicales como King Crimson o Gang of Four hasta las literarias de Cormac McCarthy, Phillip Roth o Charles Bukowski.

St. Vicent, multinstrumentalista pero muy guitarrera, jugaría a experimentar enterrando las melodías entre pedales y distorsión, prefiriendo crear estados de ánimo y paisajes sonoros que siguiendo el camino del guitarra clásico. Propuestas marcianas que no se tomaban bien aquellos amigos de los trastes que consideraban que dominar una guitarra consiste en hacer solos muy furiosos que huelan a cuero. Una artista extraordinaria e inusual que ni siquiera estaría de acuerdo con formar parte de una lista como la presente: un periodista la comparó con Bowie y Peter Gabriel, a lo que ella contestó con un «aprecio que no hayas nombrado a otras cinco artistas femeninas con las que no tengo nada en común. Me ocurre muy a menudo que digan “ella debe de ser como una combinación de estas otras tres mujeres que han hecho música en los últimos cincuenta años”». Otro reportero creyó conveniente señalarle que ella era la única mujer del evento que en aquel momento estaba cubriendo: «¿Soy una mujer? Se me había olvidado. Quiero decir, no tengo muy claro qué decir ante eso. Ni canto ni toco la guitarra con mi vagina». En el fondo, con su mundo particular, St. Vincent tenía más de rockstar que muchos de los que la sociedad trataba con esos honores.

Courtney Barnett llegó desde las tierras situadas down under tras haber servido en un par de bandas de rock garajero, tiró literalmente de los dineros que le había prestado su abuela para montarse su propio sello discográfico, Milk!, y acabó pilotando un par de EP que se intuían avanzadilla de algo más grande con solo escuchar las complicaciones respiratorias narradas en su «Avant gardender». Tras las loas por lo eficaz de su estilo impávido, Barnett se dedicó a escribir el esqueleto de su disco de debut, Sometimes I sit and think and sometimes I just sit, durante meses con un secretismo total: su propia banda ni siquiera pudo ver de qué iba el asunto hasta una semana antes de meterse en el estudio para grabar. Tanto misterio y sigilo formaba parte de un plan premeditado para que el disco saliese lo menos artificial posible. La pegadiza «Pedrestian at best» definía perfectamente dónde se encontraba el talento de Barnett: escrita en el último minuto, con la grabación de la primera vez que la cantante interpretaba el tema como versión oficial y demostrando que si para algo tiene mano (zurda) la chica es para las letras fantásticas. Pocas cosas se escribieron en el 2015 que molasen más que ese «put me on a pedestal and I’ll only disappoint you» que tronaba Barnett bajo el disfraz de payaso:

Bonus tracks: Donita Sparks, recordada por la ofensa: en el 92 se quitó un tampón y lo arrojó a un público insolente al grito de «eat my used tampon, fuckers», Kim Deal (Pixies) y su hermana gemela Kelley Deal, los experimentos de Sarah Lipstate, las guitarras de Carrie Brownstein y Mary Timony reunidas en Wild Flag y por supuesto Marissa Paternoster en Screaming Females.


El mejor guitarrista del que nunca has oído hablar

Foto: Youtube,com
Foto: DP

Poca gente se enteró cuando aquel 4 de octubre de 1994 entró en el garaje de su querida granja, donde vivía con su mujer y su hija, donde practicaba con su guitarra, donde se dedicaba a su otra gran pasión: la mecánica de coches antiguos. Pero aquel día no entraba en el garaje para retocar ningún motor ni llevaba una llave inglesa en la mano, sino un arma. Cerró la puerta tras de sí y se pegó un tiro. Nunca se encontró nota de despedida. Jamás le había hablado a nadie sobre sus intenciones de suicidio. Nadie sabe a ciencia cierta por qué lo hizo. Sus familiares y amigos sospecharon, no obstante, que llevaba años batallando contra la depresión y que de acuerdo a su carácter introvertido no había pedido ayuda. Su muerte no apareció en los noticiarios internacionales como la de Kurt Cobain, por ejemplo, y en España ni siquiera sabíamos quién era. Pero su muerte sí fue un shock para el mundillo musical estadounidense, especialmente para el círculo de los guitarristas. Pocos hubiesen imaginado que iba a conocer semejante final, porque a sus cuarenta y nueve años había estado trabajando intensamente hasta prácticamente sus últimos días de vida. Aquello sucedió cuando finalmente estaba cosechando cierto grado de reconocimiento a nivel nacional, cuando algunos de los más famosos héroes de las seis cuerdas lo señalaban diciendo «ojo, este tipo casi desconocido es uno de los mejores». Todo quedó cortado de raíz con un balazo.

El título de este artículo no es un capricho. En los cuatro años anteriores a su trágica muerte Danny Gatton se había convertido en la tardía revelación del universo de la guitarra eléctrica y varias importantísimas revistas musicales habían coincidido por separado en calificarlo así: «el más grande guitarrista desconocido del mundo» (Rolling Stone) y «el mejor guitarrista del que nunca has oído hablar» (Guitar Player). Este apelativo no tardó en extenderse y desde luego era algo más que un truco de marketing: cualquier aficionado a la guitarra que lo viese tocar por primera vez quedaba boquiabierto, preguntándose quién demonios era aquel individuo y por qué nunca nadie le había hablado antes de él.

Otros solían llamarle The Telemaster, debido a que casi siempre utilizaba una guitarra Fender Telecaster, modelo que dominaba como ningún otro individuo sobre la faz de la tierra. Lo cual es curioso, porque creció idolatrando a Les Paul, el inventor de la guitarra eléctrica moderna y también el padre de la Gibson Les Paul, la guitarra que supone la competencia más directa de Fender. Cuando Danny Gatton era un niño, Les Paul era un músico de tremendo éxito en los Estados Unidos y aparecía frecuentemente en radio o televisión. Incluso antes de la explosión del rock and roll —que también dejó una huella indeleble en el pequeño Danny— Les Paul era ya considerado un guitar hero, en primero en la historia de la guitarra eléctrica moderna. Danny se obsesionó con Les Paul; según cuentan sus antiguos compañeros de grupo, podía imitar su forma de tocar con tal perfección que podían llegar a confundirlos si los escuchaban con los ojos cerrados. La pasión de Danny por la guitarra fue heredada de su padre, un antiguo guitarrista que había tenido que abandonar su profesión de músico para sacar adelante su familia, aunque eso no le hizo olvidar su obsesión con las seis cuerdas, que contagió a su hijo para siempre.

Les Paul fue su primer gran ídolo pero la Telecaster terminaría siendo su guitarra de elección, porque el sonido cristalino y brillante se ajustaba bien a su forma de tocar. Es un sonido peligroso, que permite que se noten más los errores, especialmente cuando se usa poca distorsión. Pero eso poco le importaba a Danny Gatton: tocaba siempre al límite, usando una gran cantidad de trucos de muy complicada ejecución, siempre al borde del sonado error. Pero su porcentaje de acierto era tremendo y los habituales de la Telecaster lo tenían como a una referencia básica. De hecho, la casa Fender comercializa una Telecaster con las modificaciones que Gatton introdujo; hoy es el modelo custom más caro de entre los muchos que la famosa marca tiene a la venta. ¿Cómo es posible que valga tanto dinero la guitarra signature de un músico del que casi nadie ha oído hablar? La respuesta es fácil: el gran público lo desconoce, pero los guitarristas lo adoran. Quizá el elogio más famoso recibido por Gatton fue el que le dedicó Steve Vai: «Danny Gatton es la persona que más cerca ha estado de ser el mejor guitarrista que jamás haya vivido». Muchos otros guitarristas se convirtieron en rendidos admiradores: desde Eric Clapton a Jeff Beck, pasando por Slash e incluso su idolatrado Les Paul, con quien llegó a compartir escenario en más de una ocasión. Sin embargo, una sola grabación o actuación no basta para entender en dónde reside su grandeza.

Aprendió a tocar de oído pero su repertorio técnico era aparentemente inagotable. Su capacidad más sorprendente era la de sonar como varios guitarristas diferentes según el estilo que estuviese interpretando. Esto es algo verdaderamente notable: por lo general, los guitarristas tienen un estilo predominante y sus tics habituales se detectan cuando se pasan a otros géneros de música. Así, podemos notar cuándo un guitarra que está tocando rock procede del jazz y viceversa, por poner un ejemplo. Para un guitarrista, el estilo es como el idioma para un hablante: resulta prácticamente imposible que no se le note el acento cuando habla en otra lengua. Pero esto no sucedía con Danny Gatton: podía metamorfosearse mágicamente y sumergirse de lleno en diversos estilos —blues, country, jazz, bluegrass, rockabilly, rock and roll— transformándose cada vez en un músico nuevo e irreconocible. Él mismo admitía no ser particularmente original, no haber inventado un estilo nuevo, considerándose más bien un camaleón cuyo principal talento era del de imitar cualquier cosa que pudiese hacerse con una guitarra. Cabe decir, no obstante, que probablemente infravaloraba su fabulosa síntesis de técnicas procedentes de diversas clases de música. Así que además de su impresionante técnica de autodidacta superdotado tenía varios corazones de guitarrista, uno para cada género. Cuando se ponía purista con alguno de esos géneros sonaba como si nunca hubiese tocado otro estilo que aquel que interpretaba en ese preciso momento. Hay que volverlo a decir: esta característica es una hazaña en sí misma.

Buena parte de la culpa de su escasa fama la tuvo él mismo. Es improbable que se hubiese convertido jamás en un icono masivo, eso es cierto, sobre todo por cuestiones de imagen. Parecía más el vecino de al lado o el dependiente de tu supermercado habitual que un icono rockero. No se percibía ningún tipo de presunción en él. Eso sí, sabía que era muy bueno y no se molestaba en negarlo, pero en sus entrevistas hablaba como el típico individuo de aspecto convencional con quien podrías tomarte una cerveza en un bar sin sospechar que te hallabas frente a un genio.

Empezó a llamar la atención siendo un adolescente y durante su juventud tocó con gente que se haría muy famosa, como los integrantes de Jefferson Airplane. Pero su personalidad se interponía entre él y el estrellato: hogareño y tranquilo, pronto decidió que las giras no eran para él. La vida de un músico puede ser bastante dura y no todo el mundo soporta ese ritmo de constantes viajes, actuaciones y momentos intensos combinados con interminables horas de aburrimiento entre bastidores. No resulta extraño que las drogas y el alcohol circulen tanto por el mundillo. Y Gatton no quería girar porque no era capaz de verse maleta en mano de aquí para allá. Nació en Washington D.C. y jamás dejó de habitar el estado de Maryland. Donde, sí, se hizo un nombre en el circuito local con experimentos como aquellos impresionantes Redneck Jazz Explosion que durante los setenta combinaban bluegrass tradicional, rock, jazz y toneladas de virtuosismo, la banda donde intercambiaba alucinógenos solos con el también superdotado Buddy Emmons, considerado por muchos el mejor intérprete de steel guitar del planeta. Pero más allá de la región no lo conocía nadie. Él siempre quería actuar en locales de la zona y la distancia máxima en la que aceptaba actuar era aquella que le permitiese dormir en su granja esa misma noche. Un músico que quiera llegar a alguna parte ha de moverse, ha de aprovechar la oportunidad allá donde se presente, ha de renunciar a una vida cómoda, `pero Danny Gatton no estaba hecho de esa madera: él metía la guitarra en la funda y se marchaba con su mujer y su hija. Algo que solamente pueden permitirse los músicos aficionados, o aquellos que son ya millonarios, pero que cercena la carrera de cualquier otro.

Así que dejó pasar sonadas oportunidades profesionales una y otra vez. Por más que apenas abandonase su región natal, por allí pasaban giras de músicos importantes y era lógico que un talento tan extraordinario como el suyo se hiciese notar. Algunos grande nombres quisieron hacerse con sus servicios. John Fogerty, alma mater de Creedence Clearwater Revival y una superestrella en los Estados Unidos, hizo todo lo posible por ficharlo para su banda de acompañamiento. Telefoneó a Gatton ofreciéndole tan cotizado puesto. Todo lo que Danny necesitaba era levantar el teléfono y devolver esa llamada. Se le «olvidó» hacerlo. No tuvo mejor suerte Bonnie Raitt, quien en sus años de mayor éxito también descubrió a Gatton, también quiso contratarlo y también recibió un sonoro plantón. Un guitarrista como él podría haber conseguido trabajo junto a casi cualquiera de las mayores figuras de la industria con tan solo enviar una cinta de demostración. Pero lo dicho: no quería irse de gira y abandonar su granja. Se limitaba a tocar en bares de la zona y a grabar sus discos de vez en cuando. Decía que no se veía como escudero de nadie. Tocó, eso sí, junto a un notable perdedor, Robert Gordon. Quizá porque eso no le exigía hacer grandes giras.

Quizá la oportunidad dorada que más podría haberse ajustado a su personalidad llegó cuando se le ofreció formar parte del programa más célebre en la historia de la televisión americana, The Tonight Show. En los talk shows estadounidenses la banda de música es un elemento básico y sus integrantes pueden usar el programa como inigualable trampolín profesional. Incluso, por qué no, como pasaporte directo a la fama. De haber aceptado, Gatton hubiese aparecido cuatro días a la semana ante millones de espectadores, demostrando su pasmoso talento a toda la nación. Era un empleo fijo y seguro, con un buen sueldo y además con la enorme ventaja de no tener que hacer incómodas giras para obtener una enorme popularidad. Pero una vez más, Danny dijo que no. Rechazó una oportunidad por la que miles de otros músicos hubiesen matado. ¿El problema? Que, aunque el empleo le garantizaba una residencia fija, tenía que trasladarse a Los Ángeles, ciudad donde se grababa el programa. Eso significaba que debía abandonar su granja. No hubo trato.

Pese su escasa ambición profesional, Gatton estaba lejos de ser el típico guitarrista que practica horas y horas en una habitación pero después no sabe qué hacer sobre un escenario. Al revés. Quizá era introvertido, pero acumulaba muchas tablas a sus espaldas. Sabía entretener al público y sus actuaciones estaba repletas de juegos de prestidigitación destinados a asombrar y divertir. En eso se parecía a su ídolo Les Paul, quien junto a su esposa Mary Ford había llenado sus actuaciones de trucos que iban desde la filigrana técnica al detalle humorístico. Les Paul fue el primero en entender que el noventa por ciento del público jamás ha sostenido una guitarra y no va a entender los virtuosismos si no van acompañados de espectáculo. Danny Gatton se apropió esa lección y sus propias actuaciones estaban también repletas de números casi circenses. Su gimmick escénico más famoso consistía en tocar slide con una botella de cerveza… llena de cerveza y desprovista de tapón. Al público le encantaba verlo mover la botella de arriba a abajo, tocando insólitos fraseos con una facilidad increíble, mientras la cerveza iba derramándose sobre el instrumento. Esto era un numerito fijo en sus conciertos, aunque él siempre dijo que prefería tocar slide con un pequeño frasco de vidrio, de esos que sirven para vender pastillas (a la manera de Duane Allman, vamos). El frasco resultaba infinitamente más cómodo y sencillo que la botella, pero al público le había gustado tanto lo de la cerveza derramándose que ya no podía renunciar a ello. Incluso aunque sacar alcohol al escenario fuese contra las normas —porque en los EE.UU. está prohibido beber en público en según qué lugares— él seguía con su botella, diciendo «ya sé que esto es ilegal, pero a quién le importa». Después de dejar perdido su intrumento, secaba la cerveza del mástil… ¡tocando por encima de una toalla! Algo increíblemente difícil de hacer.

Así que, aunque poco ambicioso en su carrera, no le molestaba hacer alardes sobre un escenario y aún menos cuando tenía a un rival que pretendiese ponerse a su altura. Otro guitarrista virtuoso, Amos Garrett (el mismo que asombró al mundillo con su solo de guitarra en la dulzona Midnight at the oasis, el mismo que hizo a Stevie Wonder exclamar que «era una de las cosas con mayor musicalidad» que había escuchado nunca) fue quien le aplicó a Gatton su sobrenombre oficial, The Humber, «el humillador», por la manera en la que hacía trizas a cualquier incauto que quisiera subir al escenario para poner a prueba sus habilidades frente a él. Aunque parezca mentira, en sus actuaciones Gatton solía tocar bastante menos de lo que realmente sabía, así que no era buena idea para otro guitarrista desafiarlo alegremente. Especialmente en sus años de relativo anonimato, más de un guitarrista presuntuoso hubo de salir del escenario con la cabeza gacha.

Su virtuosismo era producto de una muy particular disciplina. Gatton aprendió de oído, sí, y era un autodidacta sin conocimiento académico alguno. Pero se tomaba la guitarra muy en serio. El hoy famoso Joe Bonamassa, por ejemplo, era apenas un niño cuando empezó a destacar por su precocidad y consiguiendo que Gatton se fijase en él. Las anécdotas entre ambos nos hablan bien de cuál era la actitud perfeccionista de Danny Gatton hacia su instrumento. En algunos conciertos le dejaba su propia guitarra al pequeño Joe mientras decía: «escuchen tocar a este chaval, ¡tiene solamente doce años!». Entonces el pequeño Joe asombraba al público con sus habilidades. Pero después, ya en la intimidad, Gatton picaba al niño: «Tocas bien el blues, pero no sabes nada de jazz, ni de country, ni de bluegrass, ni de auténtico rock and roll». Le decía que estaba limitándose a sí mismo y le indicaba qué otras músicas debía escuchar. También le enseñaba algún ejercicio, diciendo que no volviese a visitarlo «hasta que no lo sepas tocar a la perfección». El pequeño Joe se iba a casa y practicaba ese ejercicio una y otra vez, hasta tenerlo completamente dominado. Después volvía a ver a su maestro para demostrarle que lo que había aprendido, tocando el ejercicio «con algunas notas de más para intentar impresionarle». Pero Danny rara vez se mostraba impresionado, al contrario: le enseñaba otro ejercicio todavía más complicado y de nuevo lo mandaba para casa. «Y no vuelvas hasta que lo sepas tocar a la perfección». Todo aquello ayudó a que Bonamassa se convirtiese en el guitarrista que es hoy en día, como él mismo rememora siempre. Y recordando a su maestro, Bonamassa admite que «todavía no sé tocar algunas de las cosas que Danny sabía hacer».

El gran momento de Danny Gatton llegó en 1990. Ya tenía cuarenta y cinco años cuando recibió su primera nominación a un premio Grammy. Su tema Elmira Street Boogie fue nominado como mejor instrumental de rock, pero no hubo suerte: Eric Johnson se llevó el premio con Cliffs of Dover, que tenía un sonido más actual y probablemente mayor proyección comercial. Aun así, la nominación hizo mucho por difundir el talento de Gatton y su nombre empezó a dar mucho que hablar para ser alguien que apenas había tenido ambición. Aquello lo ponía en el buen camino para alcanzar popularidad a nivel nacional: más apariciones en televisión, actuaciones en recintos mayores ante un público más numeroso y los primeros parabienes de esa fama con la que parecía soñar a veces, pero a la que sin embargo se había resistido siempre con tal de no tener que renunciar a su modesto estilo de vida. Fue entonces cuando la casa Fender reconoció a Gatton como el más excelso dominador de la Telecaster y le reclamó para trabajar en un modelo customizado.

Cerca ya de los cincuenta años pero camino de convertirse en una leyenda viva entre los guitarristas, todo parecía irle viento en popa. Solamente él sabe ya qué clase de extraño infierno estaba atravesando justo cuando el mundo de la música empezaba a reconocer su talento, cuando las revistas especializadas hablaban de él como quien habla de una mina de oro que ha descubierto en su jardín. No tendría mucho sentido hacer elucubraciones sobre el motivo de su estado de ánimo. Si realmente se trataba de una depresión, como parece probable, esa es una enfermedad que muy poca gente —quizá solamente quienes la sufren— es capaz de comprender. Parece que Danny Gatton fue un alma torturada durante mucho tiempo. El guitarrista que técnicamente «lo tenía todo», como decía Albert Lee, no tenía sin embargo paz de espíritu y se quitó la vida inesperadamente. Renunció para siempre a unos más que merecidos años de reconocimiento generalizado, y lo que es peor,  renunció para siempre a su mujer, a su hija y a sí mismo.

Su incipiente fama se esfumó, porque nunca fue un icono juvenil y su suicidio no lo transformó en una figura de consumo masivo. Probablemente le faltaba la imagen, como decíamos. Tras su muerte siguió siendo lo que había sido siempre, un «guitarrista para guitarristas», materia de estudio para quienes desean progresar en ese instrumento pero un desconocido para la mayor parte del mundo. Visto desde pleno 2014 es una rareza en una industria donde el noventa y nueve por ciento de la gente que se está haciendo rica y famosa no tiene ni siquiera el uno por ciento del talento que tuvo Danny Gatton. Pero él lo quiso así, rehuyó la fama y finalmente rehuyó la propia existencia. No podemos juzgarle por ello, pero sí lamentar el que la vida no terminase premiando sus celestiales dones con algo más de felicidad. Eso sí, algo quedará para siempre: la expresión boquiabierta de quienes lo ven tocando por primera vez. Un grande sin renombre, el mejor guitarrista del que nunca has oído hablar.


Treinta intérpretes musicales imprescindibles en YouTube

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La violinista Lindsey Stirling. Fotografía: Gage Skidmore (CC).

Qué gusto mirar a un músico cuando sabe tocar, ¿verdad? Y algo tan tonto a veces como unos dedos aleteando sobre el teclado o el picoteo furioso de unas baquetas. Aunque el prestigio escénico de los intérpretes ya no es lo que era, eso es cierto, en particular fuera de la academia. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que los aplausos no iban solo para los autores y muchos instrumentistas y concertistas movían más público que quienes escribían las piezas, algo que hoy solo hacen los más célebres. Por suerte, el portal de vídeos Youtube ha dado un pequeño vuelco a la situación, ya veremos si duradero, y disfrutar de la ejecución singular de un tema es una posibilidad al alcance de cualquiera dispuesto a sumergirse a pulmón en los mares de vídeos de internet, que son profundos y procelosos. Hay que tragar mucho salitre pero al final merece la pena, porque Youtube está lleno de amateurs con mucho talento.

Youtube, sin embargo, también está lleno de adolescentes escuchando One Direction como si les fuera la vida en ello. Uno de los hándicaps de este boom es que los intérpretes más exitosos en el portal suelen serlo también por plegarse al hype de vez en cuando y ejecutar temas de moda, que es lo que atrae a los visitantes por millones. El exceso comercialón es lo primero que el lector tendrá que excusar en esta lista alfabética, personal e imperfecta de treinta intérpretes musicales que han salido de Youtube. Y lo segundo que excluyamos a los cantantes y nos centremos en los instrumentalistas o, dicho con propiedad, la instrumentalización. Porque también incorporamos algunos arreglistas —ya que hacen versiones, aunque no sean ellos quienes las toquen—, beatboxers —que hacen de la voz un instrumento— y alguna que otra banda con vocalista —siempre que la innovación esté en el sonido—. Aunque algunos de los músicos de esta lista también son profesionales y componen temas propios, todos se han dado a conocer internacionalmente a través de sus ejecuciones musicales de temas conocidos y todos lo han hecho gracias a Youtube. Treinta, lo dicho, y nos vamos a permitir engarzar entre ellos algún caprichito. Suban el audio, que vamos a ello.

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Atokun Kyusyu (teclista)

Su habilidad impresiona a cualquiera, pero particularmente a los seguidores de John Williams o de La guerra de las galaxias, cuyo medley de temas reproduce con una precisión canónica. Aunque la japonesa Atokun Kyusyu dio el pelotazo viral en 2008 con esta pieza de dos millones trescientas mil visitas, de su Electone también han salido sensaciones como una versión del tema principal de Piratas del Caribe, otra del de Regreso al futuro o su interpretación del tema principal de Parque Jurásico.

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Aston (banda)

Son australianos, muy pijos y hasta suenan un poco a música de ascensor, pero curiosamente le deben casi todo a Lady Gaga. Aston saltó a la fama gracias a su versión de Telephone, que acumula más de millón y medio de visitas en Youtube y fue elegida por el portal para promocionar su proyecto YouTube Symphony Orchestra. Hoy han encontrado un nuevo filón en Adele, con cuyas versiones tampoco les va mal.

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Ben Middeldorp (organista)

Un clásico techno de Gigi D’Agostino al órgano de tubos, que como poco es algo curioso. Es lo único que este veterano holandés tiene en Youtube pero el canal que lo subió —especializado en contenidos rigurosamente automovilísticos, por cierto— no debe haberse arrepentido: es su contenido más visto y ya va por el millón y medio de visitas.

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Benny Davis (melódica)

Y otra extravagancia: cuarenta y dos grandes riffs de guitarra pero en la melódica de Benny Davis. Su vídeo más visto es un medley de temas de los noventa, sin embargo, que supera los dos millones de clics. Este australiano celebra encuentros en streaming con sus seguidores en los que toca cualquier cosa que le pidan —de ahí su alias, Human Jukebox— y forma parte del trío de parodias musicales The Axis of Awesome, creadores del viralísimo Four Chords.

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Bryson Andres (violinista)

El éxito en internet es una diosa caprichosa y para camelársela a veces  hay que apagar el ordenador y salir a la calle, como hizo Bryson Andres. En 2012 un amigo le grabó tocando varios temas ante los viandantes —uno de ellos de OneRepublic, importante el dato, aunque aquí oigamos Hey Soul Sister de Train y Halo de Beyoncé— y subió los vídeos a Youtube, donde viralizaron y acumularon decenas de millones de reproducciones entre originales y copias. Las mismas versiónes en el canal de Youtube de Andres, donde las colgó hace varios años, apenas llegan a las noventa mil visitas.

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Coco McMonkey (orquesta digital)

Coco McMonkey es un gamberro, pero qué gamberro. Miren el vídeo. Una orquesta sinfónica versionando Dynamite de Taio Cruz, ¿verdad? Y con cierto éxito entre los internautas, porque acumula ya más de ochocientas mil visitas. Pues no. Se trata de un engañoso artificio digital de este usuario de Youtube cuyo nombre real se desconoce, seguramente porque el estatus legal de sus versiones no acaba de estar muy claro. Las compone con Sonar X1 —un software de edición multipista de audio— y el banco de sonidos Garritan Personal Orchestra. En este caso las imágenes son un hábil remontaje de un vídeo de la San Francisco Symphony Orchestra, que en realidad está interpretando a Tchaikovsky y Stravinski. Más de Coco McMonkey en su canal.

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Colin Britt (arreglista)

No suele llegar uno a celebridad de Youtube siendo arreglista sinfónico, pero Britt lo ha conseguido gracias a esta versión de Call Me Maybe de Carly Rae Jepsen para orquesta y coro. En año y medio el vídeo ha cosechado más de dos millones y medio de visitas.

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David Garrett (violinista)

Es un hortera de cuidado, en esto estamos de acuerdo, pero no estamos aquí para juzgar las cortinillas de estrellas de nadie. Y David Garrett también es un virtuoso del violín que figura en el Libro Guinnes de los Records como el intérprete más rápido del mundo por tocar El vuelo del moscardón en sesenta y cinco segundos, que se dice pronto. El alemán lleva media dándole a las cuerdas pero desató el boom viral hace algo más de un año con esta interpretación multipista de Viva de Vida de Coldplay. Lleva más de tres millones de pinchazos.

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David Sides (pianista)

Toca de oído, ahí donde le ven, y hace lo propio con varios instrumentos además del piano. Y encima compone. Aunque aquí borde Umbrella de Rihanna el californiano David Sides se granjeó su posición como estrella musical de Youtube con su versión de Apologize de OneRepublic, que colgó en 2007 y supera los dieciséis millones de visitas. Su especialidad es convertir temas de R&B y hip hop en partituras para piano. Algunos de sus grandes pelotazos han sido versionando a Ne-Yo, Chris Brown, Beyoncé, Kanye West, Linkin Park, Coldplay o Snow Patrol.

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Eric Calderone (guitarrista)

Ante todo es simpaticote, porque no hay vídeo suyo en el que no aparezca reprimiendo una sonrisa tonta cada vez que hace un acorde singularmente jodido. Eric Calderone también es uno de los guitarristas metaleros más vistos de Youtube y sostiene una media de visitas que ronda el millón por vídeo, algo que en esta lista no hace nadie más que él. Entre sus creaciones más vistas está su versión de Gangnam Style, que acumula casi cinco millones y medio de reproducciones, su medley de temas de Super Mario, la de Call me Maybe o la de Lux Aeterna. Son particularmente recomendables sus covers de temas de Daft Punk, el de temas de Michael Jackson, el de Sherlock y el de —atención— Dragostea din Tei.

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Giovanni Dettori (arreglista)

Su Lady Gaga Fugue es exactamente lo que parece: una fuga inspirada en Lady Gaga. En Bad Romance, concretamente, pero incorporando giros barrocos hasta que parece casi —casi— del siglo XVII. El resultado es un fake tan magnífico que hasta ha acabado interpretado en el Royal Albert Hall de Londres dentro de las Proms de la BBC. El esquivo compositor y arreglista milanés Giovanni Dettori —cuyo canal en Youtube es Artofcounterpoint— la sacó en 2011 y desde entonces acumula seiscientas mil visitas, aunque habría que apuntarle también las de los muchos que se han animado a interpretar su versión en el mismo portal. Entre ellas recomendamos dos de sonido particularmente barroco: esta del arpista eslovaco Jakub Rizman y esta del organista francés Sébastien Cochard.

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Hikaru Kaihatsu (beatboxer)

Máquina del beatboxing y saltador de esquí, para más datos. El japonés Hikaru Kaihatsu, conocido como Hikakin, colgó en Youtube este beatboxing de los temas de Super Mario en junio de 2010 y en septiembre tenía casi cuatro millones de visitas, que hoy rebasan los veinticuatro. Entre sus vídeos más vistos están los de temas de Skrillex, de Kanye West o de Justin Timberlake, la versión de Not Afraid de Eminem, la de Bad Romance de Lady Gaga o —mira por dónde— una versión del Para Elisa de Beethoven.

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Igor Presnyakov (guitarrista)

Se convirtió en una sensación de Youtube en 2007 gracias al recorrido de su versión del tema principal de El Padrino. Desde entonces este moscovita ha colgado la friolera de doscientas sesenta versiones y decenas de ellas tienen varios millones de visionados. Entre ellas están la que encabeza de Sweet Child O’ Mine, la de I want to break free, la de Poker Face, la de la Lambada, la de Beat It, la de Stairway to Heaven y la del tema principal de Piratas del Caribe.

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Jerry Chang  (guitarrista)

Un clásico de 2005, que en internet es como decir la prehistoria. Poco después de que el mismo Youtube viera la luz un enigmático joven taiwanés decidió sentarse en su habitación, grabar en vídeo una enfurecida interpretación a la guitarra eléctrica del Canon en re mayor de Pachelbel y subirla al portal con el modesto título de guitar. El vídeo original de Jerry C. ya no existe y no hay cifras oficiales de visitas, pero para hacerse una idea de la escala del éxito que alcanzó baste saber que el New York Times acabó emprendiendo una investigación para descubrir la identidad del autor del Canon Rock, como acabó conociéndose el tema. Tanto y tan fuerte lo petó que a la propia versión le salieron versiones, como la del guitarrista coreano Jeong-Hyun Lim —la que primero llamó la atención, de hecho, y que llegó a ser el segundo vídeo más visitado de Youtube—, la de Matt Rach —que tiene hoy casi diecinueve millones y medio de visitas— o la de Sungha Jung, de quien hablamos un poco más adelante.

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Kyle Landry (pianista)

Si no les convence esta interpretación de A Whole New World de Aladdin, y mira que lo dudamos, pueden probar con este Comptine d’un autre été de Amélie: comienza tan exacto y perfecto que parece a las manos del mismísimo Yann Tiersenn, pero no. En esta como en la otra, las geniales variaciones a las que deriva evidencian que se trata de Kyle Landry, una fiera del piano que llegó a estrella de Youtube gracias a su versión del tema principal de Piratas del Caribe y que ha cosechado millones de visitantes en al menos una docena de versiones. No importa lo clásica que sea y lo machacada que esté: en su teclado, cualquier pieza parece otra. Y muchas veces, incluso otra mejor.

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Lindsey Stirling (violinista)

Más de once millones de visitas tiene la violinista Lindsey Stirling en su versión de Rivers Flow in You, una composición de Yiruma. Fue el primer bombazo de la americana aunque después ha firmado algunos como su medley de El Señor de los Anillos, visto más de diecisiete millones de veces. Stirling, toda una estrella en el firmamento de los los youtubers musicales, también ha publicado colaboraciones con otros intérpretes célebres del portal, entre ellos algunos de esta misma recopilación. Son particularmente recomendables su versión de La guerra de las galaxias con Peter Hollens o la de Misión imposible con The Piano Guys.

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On The Rocks (vocalistas a capella y beatboxers)

Tienen ocho millones y medio de visitas en su primera e improvisada versión de Bad Romance y más de cinco en el tema arreglado que produjeron más tarde. Lo interpretaban todas las semanas en el campus de la University of Oregon hasta que en 2010 alguien decidió grabarlo y subirlo a Youtube, donde arrasó. Tal fue la sensación que este a cappella ensemble masculino incluso acabó participando en un talent show de grupos vocales, aunque no ganó. Y una cosa más:

Peter Hollens, fundador de On The Rocks, también desarrolla su propia carrera en Youtube como vocalista y beatboxer. La más exitosa de sus obras es esta pieza multipista de Misty Mountains, de El Hobbit, con más de cuatro millones de reproducciones. Colabora con otros músicos de esta lista como Lindsey Stirling y Taylor Davis.

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Pablo Dobarro (intérprete de Launchpad)

Da gloria verlo, ¿verdad? Es The Heart Asks Pleasure First de Michael Nyman en los dedos hábiles de Pablo Dobarro, alias Zambuseta, un youtuber gallego e intérprete de Launchpad. Dio el pelotazo viral con esta versión de Gentleman de Psy, que en un año ha cosechado más de un millón de visitas, y tiene covers tan vistos como este de Daft Punk, de medio millón, o este de T-ara. Entre sus creaciones también están cosas tan bonitas de ver como este Applause de Lady Gaga, este Nau de Luar Na Lubre o este Rivers Flows in You de Yiruma.

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The Piano Guys (violonchelista y pianista)

Son los reyes absolutos de las versiones en Youtube. Su canal tiene más de dos millones y medio de suscriptores y sus vídeos suman más de trescientos cincuenta millones de visionados. Jon Schmidt —pianista— y Steven Sharp Nelson —violonchelista— formaron este dúo hace más de veinte años pero no conocieron la fama hasta su llegada al portal de vídeos en 2009. Asociados en la producción con Paul Anderson y Al van der Beek, The Piano Guys ha sacado pelotazos como What Makes You Beautiful —casi treinta millones de clics en un año—, Paradise (Peponi) African Style —veintidós millones—, una divertida parodia de La guerra de las galaxias —dieciséis millones—, un curioso homenaje conjunto a Mozart y Michael Jackson —catorce millones— y otro a Beethoven y OneRepublic —dieciocho millones—. Entre sus mejores versiones están también las de clásicos de Rachmaninoff o Howard Shore.

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Pomplamoose (banda)

Son grandes músicos, pero también grandes entertainers. Versionan temas, lo hacen muy bien y al final de sus vídeos suelen incluir algún breve sketch para rematar la faena, aunque no lo necesite. Definen sus publicaciones en Youtube como «videocanciones» porque cumplen dos normas: en ellas tocan y cantan de verdad, sin lip sync ni playbacks, y aparece la producción de todos los sonidos de la pieza. El arreglista del dúo, Jack Conte, flirtea con el jazz, el tontipop y el sonido experimental y parece marcarse el objetivo —muy logrado, qué duda cabe— de conferirle a sus versiones un tono distinto al de la original. Véase, si no, esta versión más bien bailonga de I Don’t Wanna Miss A Thing de Aerosmith, la de My favourite things de Sonrisas y lágrimas, la de Single Ladies de Beyoncé —que tiene más de diez millones de reproducciones, por cierto— o la de La vie en rose de Edith Piaf. Muy recomendables también sus temas originales y el giro electrónico que han dado últimamente.

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Rocky Shakked (vocalista a capella)

No es el video más visto del mundo, pero esta versión de Mr. Blue Sky que canta Rocky Shakked, de nombre artístico Holmes, es una de las más curiosas que se han hecho del clásico de Electric Light Orchestra. La colgó en Youtube para promocionar el último de sus discos de temas originales.

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Sons de l’Orient  (lutieres) y François Ayoub (percusionista)

Y otro vídeo con pocas visitas, para empezar porque tampoco tiene el mejor sonido del mundo. Sons de l’Orient, una casa francesa de lutieres de instrumentos árabes, cuelga en su canal algunas versiones de fusión folclórica extrema, llamémoslo así, como este acompañamiento de Fatboy Slim al darbuka de François Ayoub.

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Stephen Benett (guitarrista arpista)

Eso que ven es una guitarra arpa, lo que convierte a Stephen Benett en guitarrista arpista. Aunque este arreglo del tema principal de Matar a un ruiseñor es una de sus canciones más logradas, el vídeo más visitado de Benett es su interpretación del tema de Rohan de la banda sonora de El Señor de los Anillos, con trescientos mil clics desde mediados de 2012. No está mal para tocar un instrumento que muchos no conocíamos hasta entonces.

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Sungha Jung (guitarrista)

Jung tenía solo 12 años en 2008, cuando apareció en Youtube tocando así de bien el tema principal de Piratas del Caribe. El vídeo rebasa hoy los cuarenta millones de visitas y aparece en su canal junto a otros hits como esta versión de Nothing Else Matters de Metalllica o esta de Billie Jean de Michael Jackson. El surcoreano es también el autor de una de las reversiones más vistas del Canon Rock de Jerry C., con más de quince millones de pinchazos.

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Taylor Davis (violinista)

Otro de los violines estrella de Youtube, en particular cuando se trata de música de cine y series fantásticas y videojuegos. Entre sus mejores versiones están esta de Concerning Hobbits de El señor de los anillos, el tema principal de Metal Gear Solid IVla Nana de Mercedes de El laberinto del fauno o The Rains of Castamere de Juego de Tronos —con Peter Hollens, por cierto—.

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The Ukulele Orchestra of Great Britain (ukelelistas)

Esta pequeña orquesta de ukuleles se formó en 1985 pero ha conocido las mieles en la era Youtube. Su versión del tema principal de El bueno, el feo y el malo supera los cuatro millones de visitas y la de Life on Mars casi llega al millón.

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Tina S (guitarrista)

¿Saben cuántos años tenía esta niña cuando colgó en 2013 su impresionante Eruption de Eddie Van Halen? Catorce. Desde entonces ha sumado más de ocho millones de visitas, y como para no. La francesa Tina S lleva en Youtube desde que tenía diez años, cuando hacía cosas como esta, pero no fue hasta el año pasado que pegó su merecido reventón viral. Otros de sus hits son este impresionante tributo a Vivaldi y esta interpretación de Paganini.

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Up & Over It (percusionistas)

Lo de «percusionistas» es un decir, porque estas dos personas tan hábiles con las manos son en realidad bailarines de stepdance que si entran en la lista es porque su We No Speak Americano tiene mucho de acompañamiento. Fue uno de los fenómenos virales de Youtube en 2010, que los irlandeses Suzanne Cleary y Peter Harding intentaron reeditar en 2012 con este nuevo baile de manos sobre una remezcla de Hands de The Tings Tings.

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Vadrum (batería)

Conseguir cuatro millones de visitas con percusión y el El Barbero de Sevilla de Rossini no está mal, aunque el vídeo más visto del italiano Andrea Vadrucci, alias Vadrum, es su acompañamiento a la música de Super Mario, que acumula veinte millones de clics. Entre sus baterías más exitosas están la que le puso al final de la obertura de Guillermo Tell, también de Rossini, al cancán del Orfeo en los infiernos de Offenbach y a las cabeceras de las series McGyver o Los Simpson.

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Walk off the Earth (banda)

Lo de su interpretación de Somebody That I Used to Know de Gotye fue una locura. Más de cuarenta y ocho millones de visitas durante su primer mes en Youtube, en enero de 2012, que ya van por los ciento cincuenta y cinco millones. El fenómeno ha animado el éxito de algunas de sus versiones más convencionales, como esta de Someone Like You de Adele con diecisiete millones de clics, e incluso parodias de su mismo trabajo, como esta de Barely Political con dieciocho millones de visitas o esta de Walt Ribeiro, el próximo miembro de esta lista.

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Walt Ribeiro (orquesta digital)

¿Amante de los popurrís averbenados de Luis Cobos, pero calla por el qué dirán? ¿Aficionado a la Boston Pops Orchestra, a Augusto Algueró y a Frank Puorcel? ¿Sufre en silencio porque Louis Clark no ha sacado más adaptaciones bailongas desde la colección de Hooked On? Entonces Walt Ribeiro es su hombre. Su sinfónica digital es una de las más oídas del portal y, con toda seguridad, la mejor de todas. Merece la pena dedicarle un rato.

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Wouter Kellerman (flautista)

No toca precisamente la familia de instrumentos más popular del mundo, así que tampoco hay que subestimar sus cifras. En año y medio Kellerman, músico profesional, ha hecho más de trescientas mil visitas en Youtube con esta delicada versión multipista del opening de Juego de Tronos.

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Y de bonus track, con más de cuatro millones de visitas:

Cynical People (melódica)

Porque a veces es mejor dejar a los clásicos en paz, para qué nos vamos a engañar.


Famosos guitarristas y sus famosas peculiaridades

Willie Nelson y su maltrecha guitarra "Trigger". Willie afirma, muy serio, que ambos morirán a la vez.
Willie Nelson y su maltrecha guitarra “Trigger”, de la que nunca se separa. Willie afirma —muy serio— que se retirará en cuanto su amada Trigger se rompa del todo o que en otro caso, “moriremos juntos”.

La guitarra es un instrumento que adquirió su estatus de forma bastante tardía en la música clásica. Y la guitarra eléctrica apenas tiene décadas de existencia. Con tan breve historia y aunque existan normas académicas más o menos definidas en torno al instrumento, era de esperar que muchos guitarristas de todos los estilos (incluyendo, sí, algunos clásicos) se hayan caracterizado por su total heterodoxia. He aquí una pequeña lista de guitarristas con costumbres extrañas, técnicas inusuales o instrumentos fabricados según patrones fuera de lo común.

Brian May

El guitarrista de Queen es célebre porque su guitarra —bautizada como “Red Special”— no pertenece a ninguna de las marcas habituales, sino que se trata de un instrumento casero, hecho a mano. El propio Brian la construyó durante su época escolar con ayuda de su padre, utilizando como cuerpo principal el material procedente de una chimenea que habían desmantelado. También incluyó piezas tan sorprendentes como muelles de motocicleta y las cabezas en forma de perla de las agujas de coser de su madre. Todo ello para elaborar una guitarra hecha a medida que respondía perfectamente a sus gustos y que ha demostrado ser una pequeña pieza de arte, ya que sigue funcionando a la perfección después de cuatro décadas de existencia y nunca ha quedado obsoleta. Semejante despliegue de ingeniería no resulta extraño, dado que el padre de May era músico y luthier aficionado, bastante hábil en la construcción de todo tipo de objetos. Brian heredó esa afición, amén de una mente científica bien amueblada —de hecho es doctor en astrofísica—, lo cual le permitió diseñar esa Red Special con la que consigue un sonido único e inimitable. Pero aún existe otra peculiaridad: Brian May no usa púas convencionales para pulsar las cuerdas, sino una antigua moneda de seis peniques. Eso también ayuda a conferirle un sonido característico a causa del tipo diferente de fricción entre la púa (en este caso, moneda) y las cuerdas metálicas. De hecho, el uso de la moneda se nota, aunque probablemente se necesitarían bastantes párrafos para intentar explicar por qué.

 

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Willie Nelson

Muchos guitarristas tienen una relación especial con su instrumento favorito, pero en pocos casos llega al nivel de compromiso emocional que el gran Willie ha adquirido con su vieja guitarra “Trigger”. Su vieja amiga le acompaña incansablemente desde 1969 y, como era de esperar, las sucesivas giras han ido haciendo mella en su maltrecho cuerpo. Dado que es una guitarra clásica y carece de golpeador —la placa de plástico que protege la madera de los impactos accidentales de la púa—, su caja ha ido agujereándose con los años y desde hace ya algunos años parece a punto de deshacerse en cualquier momento. A menudo le han preguntado qué hará cuando su amada Trigger no dé más de sí, y Willie, que una vez ya se jugó el pellejo para rescatarla de un incendio, se niega a utilizar otra en sus actuaciones y afirma que se retirará el día en que Trigger quede completamente inservible. Confiemos en que Willie —que, como bien sabemos, no morirá nunca— no cumpla su amenaza y no se retire en caso de que la vieja Trigger termine cayendo en pedazos… momento que, a juzgar por el estado de la pobre guitarra, no parece demasiado lejano.  “Me imagino que moriremos al mismo tiempo”. Sin duda alguna, esta una de las más bonitas de amor en la historia de la música.

  

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Duane Allman

El fallecido héroe de los Allman Brothers Band fue célebre por su maestría con el slide, objeto que se desliza por las cuerdas para obtener un sonido peculiar conseguido a pase de portamentos, la transición suave y continua de una nota a otra. Se han usado muchos objetos para tocar slide, desde mecheros a botellas (y de hecho a veces se lo llama bottleneck por la costumbre tradicional de usar un cuello de botella roto). Sin embargo, pronto se comercializaron tubos fabricados al efecto, que pueden insertarse en un dedo para deslizarlo cómodamente por las cuerdas, logrando un sonido más punzante si el slide es de metal o más suave, si es de vidrio. Duane Allman, sin embargo, usaba un frasco de cristal que había contenido pastillas para el resfriado de la marca Coricidin. La pureza del sonido que conseguía con aquella botellita hizo que otros héroes del blues-rock adoptasen el mismo sistema, como Gary Rossington (guitarrista de la otra gran banda de rock sureño, Lynyrd Skynyrd), Derek Trucks (sobrino de uno de los dos baterías de Allman Brothers y hoy miembro de la banda, además del más brillante discípulo de Duane en lo referente al slide) y el super-guitarrista irlandés de blues, Rory Gallagher. Todos ellos han adoptado el frasco de pastillitas de marras, y qué decir, a todos les ha ido de maravilla. Eso sí, apenas existen filmaciones de Duane utilizándolo y cuando hace un solo, ¡el cámara enfoca al otro guitarrista!:

  

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Django Reinhardt

El genio belga, uno de los más importantes músicos en la historia del jazz y uno de los guitarristas definitivos de la historia. Pero curiosamente hablamos de un hombre musicalmente “minusválido”, que usaba únicamente la mitad de los dedos de su mano izquierda para tocar sus fantásticas melodías. Tenía el anular y el meñique agarrotados y paralizados a causa de un accidente sufrido a los 19 años. Y aunque esa minusvalía hubiese arruinado la carrera de muchos otros guitarristas jóvenes —de hecho los médicos le anunciaron que ya no podría dedicarse profesionalmente a la guitarra—, Django no pensaba lo mismo y en un alucinante caso de progresión musical se sobrepuso a la limitación, convirtiéndose en un virtuoso y una de las más grandes leyendas del instrumento mediante el “sencillo” procedimiento de interpretar sus fastuosos solos con únicamente dos dedos, el índice y el medio… algo que, francamente, resulta difícil de entender escuchando algunas de sus veloces y kilométricas escalas. Un genio con mayúsculas (por favor, no se pierdan sus solos de la actuación final de este vídeo).

  

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Tony Iommi

El “inventor” de los riffs de heavy metal también sufrió un accidente siendo un adolescente, mientras trabajaba en una factoría metalúrgica; en aquel percance se seccionó las yemas de los dedos medio y anular. También parecía incapacitado para la guitarra, pero tampoco quiso rendirse. Aunque era zurdo y durante un tiempo intentó cambiar a la guitarra diestra: algo extraordinariamente difícil de hacer. De hecho, es prácticamente imposible cambiar de lado si se pretende alcanzar un cierto nivel, salvo en los casos de zurdos que tocan la guitarra diestra de manera natural porque tienen la lateralidad repartida (es decir, que no son zurdos puros sino ambidiestros). Pero en el caso de un zurdo puro, el intento es inútil. E Iommi no lo consiguió, pero finalmente consiguió unas prótesis de plástico que “completaban” aquella parte de las yemas que le faltaban en su mano maltrecha. Gracias a ello pudo volver a tocar, aunque le costó mucho superar el tremendo dolor de los meses iniciales. Para quien no lo haya experimentado, el dolor agudo en una yema al pisar una cuerda con el dedo (cuando el alambre de metal presiona un nervio sensible) puede llegar a ser insoportable, así que solo cabe quitarse el sombrero ante la impresionante determinación de Iommi. Finalmente lo consiguió: volvió a tocar con normalidad y alcanzó la fama con el grupo Black Sabbath, patentando aquellos fraseos lentos, oscuros y pesados que más tarde imitarían miles de guitarristas de rock duro de todo el planeta. Y también ciertas influencias jazzy, por cierto.

  

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Johnny Winter

La mayor parte de guitarristas de cualquier estilo pulsan las cuerdas usando bien los propios dedos (o uñas), bien sosteniendo unas púas al efecto. Sin embargo, el bluesman tejano acostumbra a tocar casi siempre con una púa que no se sostiene con los dedos, sino que va sujeta a su dedo pulgar mediante un anillo, bastante similar a las que suelen emplearse para tocar el banjo. Esto le ha conferido siempre una pulsación peculiar —más “redonda” que lineal— a la hora de elaborar sus fraseos. No en vano es uno de los grandes, que ha influido a gente tan alejada de su estilo como Joe Satriani o Dave Navarro.

  

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B. B. King

Es bien célebre  que el bluesman bautiza a todas sus guitarras con el nombre de “Lucille”. La historia que hay detrás resulta muy llamativa: durante una actuación vio desde el escenario a dos hombres que empezaron a pelear violentamente, hasta que la cosa degeneró y terminaron incendiando el local. Después de que se evacuase a todo el mundo, King se dio cuenta de que se había dejado dentro la guitarra , así que tuvo que jugarse la vida para volver a entrar y rescatarla de entre las llamas. Cuando supo que el origen de la tremenda disputa era una mujer llamada Lucille, camarera del local, decidió usar ese nombre para su instrumento como una manera de recordarse a sí mismo que no merece la pena llegar a ciertos grados de riesgo por salvar una guitarra que, a fin de cuentas, es un objeto material (aunque probablemente uno de los objetos al que más cariño se le puede llegar a tener).

  

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Adrian Belew

Aunque quizá no sea muy conocido entre el gran público, Belew es un reputadísimo músico que ha trabajado para King Crimson, David Bowie, Nine Inch Nails e incluso Frank Zappa (quien lo contrató pese a que Belew no sabe leer partituras ni conocía la teoría musical, algo que Zappa solía poner como requisito para sus músicos, requisito por otra parte inusual en bandas de rock). Durante mucho tiempo, Belew usó los modelos de guitarra más conocidos, como Fender Stratocaster o Gibson Les Paul. Sin embargo acabó pasándose a la Parker Fly, diseñada por el genial luthier Ken Parker. Según Belew, “la única guitarra eléctrica que conozco que no se desafina nunca”. Súbitamente atraído por la tecnología digital, la retocó para convertirla en una guitarra MIDI capaz de reproducir el sonido de casi cualquier instrumento con ayuda de una simulación por ordenador, y su Parker Fly dispone además de un botón inventado por él que le permite escoger entre veinticinco imitaciones —no perfectas, pero convincentes— de los sonidos de los modelos más conocidos del mercado. Más o menos como veinticinco guitarras en una.

  

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Stanley Jordan

El músico estadounidense de jazz y jazz-rock es, además de pianista, el poseedor de una de las técnicas más curiosas para tocar la guitarra. Lo hace imitando precisamente la forma de tocar el piano, usando los dedos de ambas manos para “pisar” las notas en el mástil, sin pulsar las cuerdas como es habitual. Esto le permite realizar juegos de armonías inalcanzables para guitarristas convencionales, causando la impresión de que hay dos guitarristas tocando a la vez.

  

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Jeff Healey

El fallecido bluesman canadiense se hizo notar no solo por su fogosa y espectacular manera de tocar, muy influida por Jimi Hendrix o Stevie Ray Vaughan, sino por el hecho de poner la guitarra sobre su regazo, con el mástil horizontal, lo cual le forzaba a usar posiciones de los dedos completamente ajenas a la técnica tradicional. Healey era ciego casi desde nacimiento y se acostumbró a ese curioso procedimiento hasta dominarlo, causando el asombro cuando se dio a conocer a mediados de los ochenta. Tal vez Stanley Clarke podía tocar su guitarra como un piano, pero costaba creer que alguien imitase las técnicas dinámicas (“bendings” o estirar las cuerdas, vibratos, etc) con la mano situada completamente al revés sobre el mástil; de hecho admito que estuve como una semana boquiabierto la primera vez que lo vi porque no podía creer que algo así fuese posible. Un talento silvestre y absolutamente inusual, al que desgraciadamente la enfermedad se llevó demasiado pronto pero que nos dejó una lección: si amas la guitarra, no hay motivos para dejar que nimiedades como la “técnica correcta” te detengan. Véanlo aquí acompañado por una banda formada por algunos de los más grandes (Dr. John, Marcus Miller y Omar Hakim, casi nada):

  

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Ben Harper

Como Jeff Healey, también toca a menudo con la guitarra depositada horizontalmente en su regazo, aunque sin llegar al mismo virtuosismo y ayudándose por lo general con un slide que desliza por las cuerdas horizontalmente, a la manera de la “steel guitar”, un instrumento muy usado en el country y que no tiene forma de guitarra sino más bien de pequeño piano con mástil de guitarra, aunque añadiendo distorsión al sonido acústico. Harper combina esta curiosa técnica con la forma más convencional de tocar. Aquí lo vemos haciendo algo de ruido antes de interpretar su magnífica canción Ground on down:

  

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Eddie Van Halen

Fue el creador del tapping, una forma de conseguir velocísimas escalas pulsando las cuerdas con los dedos de manera percusiva, Aunque en realidad la técnica en sí ya existía previamente (creo recordar que puede escucharse brevemente incluso en una canción de Creedence Clearwater Revival) nadie la había conseguido dominar y era un truco que se utilizaba de manera muy anecdótica. Eddie Van Halen, sin embargo, desarrolló todo un lenguaje a partir de ello, poniendo de paso patas arriba el mundillo de la guitarra eléctrica. Su uso del tapping era tan revolucionario, que en sus inicios solía tocar algunos pasajes de espaldas al público para que nadie le copiase aquella original técnica, que terminarían imitando miles de guitarristas eléctricos especialmente en el rock duro pero que al principio dejaba perplejos a sus espectadores, quienes se preguntaban “¿cómo demonios se puede tocar así?”. Véase el minuto 4:20 de este vídeo para un buen ejemplo de la técnica:

  

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Jimi Hendrix

Es bien sabido que Hendrix era zurdo y que su guitarra favorita era la Fender Stratocaster, que únicamente se fabricaba en modelos para diestros. Hendrix solucionó aquel inconveniente a su manera: se limitó a darle la vuelta a la guitarra y a cambiar las cuerdas de sitio. Así adquirió la ya mítica imagen de una Stratocaster tocada “cabeza abajo”, con las clavijas apuntando al suelo y los botones y las palanca de trémolo situados en la parte de arriba del cuerpo del instrumento, donde resultan más incómodos. Pero había más peculiaridades; por ejemplo, solía usar el dedo pulgar para pulsar notas en la sexta cuerda (la más grave), una técnica académicamente incorrecta ya que se supone —y esto es algo de primera clase de guitarra— que el pulgar no debe “envolver” el mástil sino situarse en su parte trasera para servir de apoyo al resto de la mano. Hendrix se saltaba esa norma básica para armonizar con la sexta cuerda sin tener que pulsar la quinta o la cuarta con la púa, interpretando pasajes con un sonido peculiar en el que las notas más graves se combinaban con las más agudas sin que hubiese notas intermedias y sin tener que pulsar con los dedos. Muchos otros guitarristas usan también esa técnica, ya sea por imitación de Hendrix o por mera incorrección instintiva. Por cierto, dada la veneración que Jimi despierta entre los aficionados, Fender fabrica hoy guitarras para diestros hechas al revés, con lo que cualquiera, pese a no ser zurdo, puede imitar el look heterodoxo de su ídolo y tener una Stratocaster con el clavijero hacia abajo.

  

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Wes Montgomery

Muchos guitarristas eléctricos pulsan las cuerdas con cuatro o cinco dedos, a la manera de una guitarra clásica o española. Sin embargo, este icono inmortal del jazz usaba únicamente el pulgar empleándolo a modo de “púa”. Así pues, su técnica de pulsación se encuentra en una extraña tierra de nadie, pero dominando ese pulgar de manera tal y obteniendo un sonido tan claro que oyéndolo cuesta imaginar que no esté usando una púa. Creo que no he visto a ningún otro guitarrista empleando el pulgar de esa manera y con semejante eficacia; verdaderamente es algo fuera de lo común. Como ya sabemos, por otra parte, porque Wes es Wes.

  

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Jimmy Page

El guitarrista de Led Zeppelin hizo célebre la técnica de usar un arco de violín para pulsar las cuerdas de su guitarra eléctrica en determinadas canciones, obteniendo un raro y envolvente sonido que no podría conseguirse de ninguna otra manera. En sus conciertos llegaba incluso a interpretar solos con el arco de violín, creando un ambiente psicodélico y más bien tenebroso. También usaba ocasionalmente una guitarra de doble mástil como la Gibson EDS 1275, que tiene un mástil con seis cuerdas y otro mástil con doce, para lograr dos sonidos diferentes con un único instrumento (véase alguna versión en directo de Stairway to heaven).

  

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Tom Morello

El guitarrista de Rage Against the Machine se especializó en generar efectos sonoros inusuales que imitaban los samples utilizados en el hip-hop, de una forma que hacía a muchos creer que algunos de esos efectos no provenían de una guitarra. De hecho, ya en el primer disco de la banda se incluía una nota aclarando que no se habían utilizado sintetizadores para la grabación del álbum, ya que en algunos momentos podría producirse esa impresión debido a los originales ruiditos que Morello conseguía y que reproducía también en directo, demostrando que efectivamente conseguía extraerlos de las seis cuerdas sin ayuda de un ordenador (aunque sí de algunos pedales con efectos electrónicos, que no es exactamente lo mismo y la verdad, se precisa talento para usarlos).

  

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Keith Richards

Aunque el icono de los Rolling Stones no inventó las llamadas “afinaciones abiertas” —de hecho las aprendió de los músicos de blues estadounidenses, que solían emplearlas para el slide—, sí fue quien más contribuyó a popularizarlas. Consisten en afinar las cuerdas en una secuencia de notas diferente a la habitual, tocando los acordes y arreglos con distintas posiciones de los dedos y obteniendo unas armonías peculiares que no pueden conseguirse con la afinación estándar. De hecho, el propio Richards dice que a menudo escucha versiones de sus canciones hechas por otros, donde tocan usando afinación normal y, por lo tanto, interpretan el tema de manera incorrecta, perdiendo el espíritu original. Keef también se hace notar por tocar a menudo con únicamente cinco cuerdas, retirando la más grave.

  

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Rick Nielsen

La guitarra de doble mástil de Jimmy Page le parecía poco al guitarrista de Cheap Trick, quien se hizo fabricar una guitarra de ¡cinco mástiles! El instrumento fue manufacturado por Hamer, una pequeña compañía nacida de una tienda de guitarras que tenía poco que ver con los grandes fabricantes como Fender o Gibson. De hecho, Nielsen solía encargar casi todas sus guitarras —hechas a medida— a Hamer. Ignoro cómo le quedará la espalda después de tocar toda una canción con semejante cacharro a cuestas.

  

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Michael Angelo Batio

Un típico shredder (alguien que se precia de tocar extremadamente rápido, para entendernos) de heavy metal que se distingue por poseer unas guitarras doble que tienen los mástiles no en el mismo lado, sino en dos lados distintos, Así, puede tocar marcando las notas con ambos brazos a la vez (una guitarra eléctrica puede sonar sin pulsar las cuerdas, cuando se marca con fuerza las notas sobre el mástil). Un número circense con más mérito acrobático que musical, pero entretenido de mirar durante un rato aunque al final se torne un tanto aburrido.

  

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Narciso Yepes

El célebre guitarrista clásico murciano se hizo fabricar un instrumento con diez cuerdas que usó a menudo en sus conciertos y con el que casi invariablemente lo imaginamos. Se trata de una guitarra con las seis cuerdas habituales más un juego extra de cuatro cuerdas gruesas que le permiten añadir graves, que encargó especialmente al luthier José Ramírez III. Aunque existen precedentes de instrumentos de diez cuerdas en época barroca, esta guitarra se considera una invención de Yepes y estará siempre asociada a su nombre.

  

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Robert Fripp

El líder de King Crimson siempre se hizo notar como una especie de “científico” de la guitarra eléctrica y un innovador en cantidad de aspectos tecnológicos. No solamente fue uno de los primeros intérpretes que usó trucos de estudio para conseguir que su guitarra sonase de manera completamente inusual (a veces hasta el punto de no parecer una guitarra), sino que llegó a introducir un nuevo tipo de afinación —la “nueva afinación estándar”— que requiere de juegos de cuerdas fabricados al efecto, ya que las cuerdas normales se rompen fácilmente cuando afinadas según el sistema Fripp. También introdujo en la música rock elementos de música serial, basada en la interacción entre series de notas dispuestas matemáticamente, además de todo tipo de estructuras inusuales y solos basados en notas repetidas hipnóticamente, como en este vídeo.

  

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Les Paul

El hombre que inventó y popularizó la guitarra eléctrica de cuerpo sólido y cuyo diseño, muchas décadas después, sigue siendo uno de los más vendidos y utilizados (la famosa “Gibson Les Paul”). Aunque su guitarra nos parece perfectamente convencional hoy en día, hay que recordar que en los años 40 constituía una auténtica rareza y para muchos guitarristas del momento Les Paul era algo así como un científico loco que había parido un excéntrico instrumento de naturaleza alienígena. Él y su esposa Mary Ford actuaban con aquellas inusuales guitarras de forma extravagante y finalmente convencieron a los amantes del sonido amplificado de que su guitarra de cuerpo sólido era el camino a seguir. También fue el pionero de los efectos sonoros conseguidos con dispositivos ajenos a la guitarra y el amplificador, lo que en su momento era otra marcianada propia de un Dr. Frankenstein de la guitarra, aunque él lo aderezaba todo con considerables dosis de humor.

  

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Pete Townshend, Eric Clapton, etc.

Para un fabricante de guitarras no hay mejor publicidad que ver a un músico famoso utilizando uno de sus instrumentos. Así, especialmente a partir de los años 70 y sobre todo en el mundo del rock, las principales compañías empezaron a mimar a “sus” estrellas ofreciéndoles la posibilidad de diseñar modelos hechos a su medida. Así, algunos de los guitarristas más famosos de la década comenzaron a pedir modificaciones en guitarras fabricadas exclusivamente para ellos. Posteriormente, algunos de los modelos con modificaciones introducidas por esos músicos se comercializaron para el público general, naciendo las guitarras signature series (“serie firmada por”). Estas guitarras tienen un precio algo más elevado, pero cuentan con una ventaja: conociendo el sonido y las peculiaridades de determinado guitarrista, el comprador puede hacerse una idea de qué nuevas características posee el instrumento, las cuales no pueden encontrarse en los modelos estándar. Hay demasiados modelos signature como para nombrarlos todos, pero algunos han llegaron a alcanzar considerable popularidad, como la Fender Stratocaster “firmada” por Eric Clapton, la PRS de Carlos Santana, la Epiphone de Slash (Epiphone es la “marca blanca” de Gibson) e incluso una reproducción de la guitarra hecha a mano de Brian May. Otros han creado su propia marca, como Eddie Van Halen ha hecho con las guitarras EVH. Incluso se han llegado a poner a la venta modelos que imitan una guitarra concreta, como por ejemplo una reproducción de la Stratocaster de Stevie Ray Vaughan que llega a copiar incluso los arañazos y desperfectos de su superficie. Eso sí, no hay que olvidar que algunos de los modelos “estándar” más célebres nacieron en realidad como guitarras signature, como el caso de la Gibson Les Paul.

  

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Jeff Beck, el hombre que nunca estuvo allí (I)


En algunos momentos ha llegado a parecer que, efectivamente, nunca hubiese estado allí. No se ha convertido en una figura universalmente conocida hasta por el último lector de dominicales ni en una insignia del “mainstream” como su compañero de generación Eric Clapton. Tampoco llevó a ninguna banda a los altares rockeros como Jimmy Page. Ni ha sido divinizado por la comunidad musical como Jimi Hendrix. Ni siquiera alcanzó el estatus de instrumentista de culto entre públicos teóricamente más especializados —la “comunidad heavy”, por ejemplo— como Ritchie Blackmore. Sin embargo, todos ellos le profesaron o le profesan una enorme admiración. El propio Hendrix llegó a comentar que era “el mejor guitarrista del mundo”. Stevie Wonder escribió una de sus mejores y más legendarias canciones sólo para que él la interpretase. Algunos seguimos pensando que es el mejor guitarrista eléctrico con vida. Y desde luego tiene un estilo absolutamente único; ha sido uno de los pocos instrumentistas que con los años ha mejorado tanto que ha llegado al punto de sufrir una metamorfosis y revolucionarse a sí mismo a unas edades en que otros colegas se han dejado llevar por la rutina y ya no es que no hayan mejorado, sino que no consiguen estar a la altura de su glorioso pasado. Pero poca gente lo sabe, y mucho menos en España, donde resulta bastante poco probable parar a un peatón al azar y que sepa de quién estamos hablando… ni siquiera a la salida de muchos garitos rockeros. Jeff Beck es, como suele decirse, un “guitarrista para guitarristas”. Y un guitarrista para críticos, al menos desde los años ochenta, porque como media gana prácticamente un Grammy por cada disco editado en las dos o tres últimas décadas. Un músico para connoisseurs, por más que no sea exactamente un personaje marginal en la industria. Un músico desconocido para el “gran público”, por más que llegase a gozar del gran éxito en aquellos lejanos años sesenta y setenta. Como decíamos, casi cualquier persona conoce el nombre de Eric Clapton —por seguir con el modelo de comparación más recurrente— aunque esa persona sea ajena al mundo del rock. Pero no tanta gente conoce a Jeff Beck. Y es una lástima. Entre otras cosas, porque Beck es uno de los más grandes. Y ahora que Hendrix no está entre nosotros, quizá sencillamente el más grande intérprete de guitarra eléctrica que el mundo conoce.

Les Paul y Mary Ford. Él inventó la moderna guitarra eléctrica y fue la primera influencia de Jeff beck.

A principios de los años cincuenta no resultaba nada frecuente escuchar una guitarra eléctrica en la radio, ni siquiera en los Estados Unidos. La música que sonaba en las ondas estaba dominada por los pianos, los vientos y las orquestas; no había mucho sitio para cuerdas de acero y amplificadores. Las pocas que sonaban eran prácticamente electroacústicas y solían ser tañidas con el cuidadoso mimo del jazz o del country. Aún no había estallado la fiebre del rock&roll, en la que las guitarras punzantes cobrarían un creciente protagonismo. Pero unos años antes de la revolución ya existía algún loco de la electricidad que disfrutaba extrayendo sonidos afilados de su flamante instrumento amplificado, aunque fuese en el contexto de canciones escritas en un estilo más típico de los años cuarenta. Ese loco era Les Paul, el hombre que inventó la guitarra eléctrica de cuerpo sólido, sin una caja de resonancia hueca como las electroacústicas anteriores. Vamos, él fue el padre de la moderna guitarra eléctrica y a muchos les sonará el nombre aunque sólo sea porque la marca Gibson —que junto a Fender forma el dúo sagrado de fabricantes de guitarras eléctricas— bautizó así al más legendario modelo de guitarra fabricado por ellos, la célebre Gibson Les Paul, que él diseñó y que tantos músicos han usado y siguen usando. Además de su papel como inventor del instrumento, Les Paul era un consumado guitarrista que había colado varias canciones en las listas de éxitos, canciones en las que podían comprobarse sus nada desdeñables habilidades como solista. Para muchos oyentes, aquellos nuevos sonidos que el virtuoso Les Paul estaba ayudando a promover eran poco más que una extravagancia; la gente todavía no tenía demasiado claro qué era aquello de la “guitarra eléctrica” y muchos hasta llegaban a imaginar que aquel instrumento eléctrico permitía hacer filigranas a gente que no tuviese demasiada habilidad, como si fuese una especie de robot que prácticamente se tocaba solo. Si a alguien le extraña esta forma de pensar, es que en pleno siglo XXI no ha escuchado aquello de que “claro, con la eléctrica es más fácil”. Pero, con todo, Les Paul se había convertido en una estrella junto a su esposa, Mary Ford, que ponía voz a sus composiciones, además de ser también una buena guitarrista (¡eléctrica, por descontado!). El matrimonio solía actuar con frecuencia en televisión —ambos bien armados de sendas guitarras eléctricas, ¡nada de moñadas folk!— y deleitaban al público con toques de humor musical y pequeños trucos guitarrísticos que la gente no estaba acostumbrada a ver, como el uso de armónicos y otras sonoridades que podían extraerse de aquel nuevo tipo de guitarra. Les Paul y Mary Ford estaban ayudando a provocar una revolución con sus Gibson.

Pero crucemos el charco y viajemos a las islas británicas. Allí, la música norteamericana había colonizado las ondas desde mucho tiempo atrás y cientos de miles de oyentes a lo largo de todo el país se iban familiarizando con ñas nuevas modas que llegaban de los Estados Unidos. Entre esos oyentes estaba una mujer inglesa que un buen día tenía la radio encendida mientras fregaba los platos en la cocina. Podría parecernos un ama de casa cualquiera, pero lo cierto es que la mujer tenía intereses musicales y solía tocar el piano que había en la casa. La música, pues, se respiraba en el ambiente. La canción que aquel día estaba sonando —poco podría sospecharlo ella— tendría una enorme influencia sobre su pequeño hijo de seis años, Geoffrey Arnold Beck, más conocido como Jeff.  Era uno de tantos éxitos de Les Paul y Mary Ford. Captando al vuelo aquel sonido que nunca había oído antes, el niño se quedó hipnotizado por el extraño instrumento que, desde la radio, parecía hablarle directamente a él. Preguntó a su madre: “¿qué es eso que suena?”. Y su madre, no sin cierto aire despectivo, respondió: “es una guitarra eléctrica, pero sirve sobre todo para hacer trucos”. Pero al niño no le importó que fuese “un truco”. Decidió que imitar la forma de sonar de aquel objeto desconocido era su nuevo objetivo en la vida, y que quería hacer esos sonidos por sí mismo. Poco después empezó a tocar cualquier guitarra acústica que cayese en sus manos, generalmente la de algún amigo, porque él todavía no podía comprarse una y menos aún tener acceso a una verdadera guitarra eléctrica. Pero no se desanimó. Incluso intentó fabricarse una guitarra él mismo, construyendo el cuerpo con cajas de tabaco vacías y una tabla de una verja de jardín haciendo las veces de mástil, con los trastes directamente pintados sobre la madera. Con la adolescencia, como suele suceder, aquella fijación con la guitarra no disminuyó, sino que fue a más. Y se convirtió en una obsesión cuando estalló el rock&roll: ahora la guitarra eléctrica no era solamente un instrumento que emitía sonidos fascinantes… ahora la propia música le resultaba también fascinante, como a tantos otros jóvenes de la nación. El pequeño Jeff Beck descubrió a uno de los discípulos más aventajados de Les Paul: se trataba de Cliff Gallup, el inolvidable guitarra solista de los Blue Caps, la legendaria banda de acompañamiento de Gene Vincent. Gallup, con su desenvuelta chulería, sus movimientos y sus típicos gritos, fue uno de los primeros iconos de la guitarra rock y probablemente el máximo ídolo de Jeff Beck. Curiosamente, aunque ha sido uno de los guitarristas más carismáticos de la historia, Gallup pasó el resto de su vida trabajando en el mantenimiento de instalaciones escolares, y limitándose a actuar y grabar con grupos locales de su zona de residencia. Cliff Gallup, que tenía más estilo en su forma de mascar chicle que la discografía entera de grupos modernos. En fin.

Beck no llegó a estar ni dos años con los Yardbirds, pero fue el periodo más exitoso de la banda.

Finalmente Jeff Beck tuvo acceso a una guitarra eléctrica con la que continuar su aprendizaje y poder imitar a sus iconos, atravesando la típica etapa de tocar en grupos locales con amigos de su edad. Poco a poco, el boca a boca sobre su creciente habilidad con la guitarra le permitió ir haciendo contactos en el mundillo musical. Su entrada definitiva en la flor y nata del negocio musical se produjo cuando Eric Clapton abandonó los míticos Yardbirds, quienes se encontraron con la difícil tarea de buscarle un sustituto. En la Inglaterra de 1965 no había muchos guitarristas que pudieran cubrir una baja como la de Clapton. Los Yardbirds pensaron inicialmente en Jimmy Page, un solicitadísimo guitarrista de estudio que años después alcanzaría la gloria con Led Zeppelin, pero que por entonces se conformaba con el cómodo papel de mercenario para otros artistas. Page declinó la oferta pero les recomendó a un guitarrista que había conocido: Jeff Beck. La recomendación de un músico joven pero prestigioso como Page no era poca cosa, así que Beck terminó ocupando el cotizado —pero comprometido— puesto de sustituto de Clapton. No tuvo demasiado problema para cubrir las expectativas. Su estancia en los Yardbirds marcó el periodo más exitoso de la banda, con un giro hacia una música más psicodélica no tan basada en el blues, lo cual había sido motivo del abandono del purista Clapton. Su etapa con los Yardbirds hizo que la bulliciosa escena musical británica conociese a aquel nuevo prodigio llamado Jeff Beck, cuyo prestigio llegó incluso a saltar el Atlántico. Jimmy Page, que inicialmente había declinado ingresar en la banda, se lo pensó mejor y finalmente entró también como segundo guitarra, con lo que los Yardbirds contaban con una pareja de “hachas” excepcional. Pero la conjunción entre ambos duró poco. Menos de dos años después de haberlo contratado, los Yardbirds se deshicieron de Jeff Beck, hartos de su carácter difícil, de su mal temperamento y de sus imprevisibles arrebatos. El guitarrista era irascible, perfeccionista hasta el extremo y propenso a perder la compostura. Lo cual quedó irónicamente reflejado en una secuencia (ficticia) de la película Blow Up, en la que aparecían los Yardbirds fingiendo actuar sobre un escenario, mientras sonaba su famosa versión de Train kept a-rollin’. El director Michelangelo Antonioni quería captar lo más “in” de la escena musical inglesa y había oído que el guitarrista de un grupo solía destrozar su instrumento en cada concierto, pero no sabía exactamente quién (evidentemente, se trataba de Pete Townshend de The Who). Así que durante el rodaje de la secuencia con los Yardbirds, Antonioni pidió a Jeff Beck que simulara enfurecerse con un equipo defectuoso y que a continuación destrozase su guitarra. Lo más divertido es que Jeff Beck no solamente destapó sus esencias como actor e interpretó la secuencia a la perfección —se lo veía realmente cabreado con su amplificador, aunque estuviesen en una película— sino que, quizá sin pretenderlo, daba una muestra de lo que era su personalidad habitual, esa misma personalidad que sus compañeros de banda terminaron por no soportar más. Como curiosidad, en la misma secuencia aparece un jovencísimo Jimmy Page sonriendo.

Durante la exigua veintena de meses en que permaneció con The Yardbirds, Jeff Beck se hizo un nombre en la escena musical y se convirtió en uno de los guitarristas eléctricos más respetados del mundo. Casi cualquier músico de la escena rock británica empezó a hablar de él con reverencia. Incluso el norteamericano Jimi Hendrix —el nuevo rey del cotarro— se deshacía en elogios hacia su forma de tocar; no en vano, una de las condiciones que Jimi Hendrix “impuso” —es un decir— a su nuevo manager para viajar a Inglaterra era poder conocer a Clapton y a Beck. Todos los músicos veían algo especial en Jeff Beck: tenía un enorme potencial y además parecía dispuesto a absorber las nuevas influencias como una esponja. Fundamentalmente, cómo no, las que provenían de Hendrix, quien estaba poniendo el mundo de la guitarra patas arriba.

Primera formación de The Jeff Beck Group, con las futuras superestrellas Rod Stewart y Ronnie Wood.

Tras su salida de Yardbirds, Jeff Beck se convirtió en el guitarra “soltero” más cotizado de la nación. Los Rolling Stones, que habían perdido a Brian Jones, intentaron hacerse con sus servicios. Él consideró la idea, dado que el puesto de guitarrista en los Stones era jugoso, pero terminó declinando la oferta. Si lo habían echado de The Yardbirds a causa de su carácter, difícilmente podría haberse adaptado al baile de egos de los Stones, y mucho menos haber pretendido que los Rolling —buenos músicos pero no virtuosos técnicamente— le siguieran el ritmo en la música que tenía previsto crear. También Pink Floyd quisieron contar con Jeff Beck entre sus filas. Acababan de expulsar a su guitarrista Syd Barrett, quien estaba perdiendo la cabeza a causa del abuso de LSD y se pasaba todo el tiempo colgado en una nube, y ahora necesitaban a un sustituto, aunque ya contaban con la baza de Dave Gilmour. Aunque ansiaban hacerse con Jeff Beck, no llegó a suceder y ni siquiera se reunieron para hacer una prueba porque, como ellos mismos recordarían más tarde con sencillez: “queríamos fichar a Jeff Beck pero ninguno de nosotros se atrevió a pedírselo”.

De todos modos, el papel de contratado de lujo en una gran banda consagrada no le bastaba. Eric Clapton había alcanzado el megaestrellato gracias a su breve etapa en Cream, donde había podido dar rienda suelta a sus afanes experimentales con dos compañeros que estaban a su altura, instrumentalmente hablando. El norteamericano Jimi Hendrix había llegado incluso a superar al propio Clapton en popularidad y prestigio con The Jimi Hendrix Experience. Incluso Jimmy Page había empezado a usar a The Yardbirds como plataforma para autopromocionarse. Jeff Beck pensaba que también tenía algo que aportar en una banda construida en torno a él mismo, y no simplemente ejerciendo como sustituto de lujo en un grupo ya existente, por exitoso que fuera. Así pues, con la idea de tener finalmente una formación donde fuese él quien mandabal, creó The Jeff Beck Group. El formato estaba basado en los “power-trios” de Hendrix y Clapton, pero Beck no cantaba, así que buscó también a un vocalista y cerró la banda como cuarteto. Fichó a un todavía desconocido Rod Stewart como cantante, y a Ronnie Wood (hoy en los Rolling Stones) como bajista. Irónicamente, ambos terminarían siendo más famosos que él.

The Jeff Beck Group seguía en principio la dirección de Jimi Hendrix y Cream: un blues-rock ruidoso con tintes de psicodelia. Aunque Beck le añadió el mismo toque que había dado a la música de The Yardbirds,  unos ritmos más potentes y sincopados, un sonido más “duro” basado en potentes “riffs” de guitarra, aunque también con espacio para canciones más suaves basadas en emotivas melodías instrumentales. Su antiguo compañero Jimmy Page se inspiró en el formato de The Jeff Beck Group para reformar los Yardbirds e imitar el nuevo sonido de Jeff Beck con The New Yardbirds, que en muy poco tiempo serían bautizados como Led Zeppelin y alcanzarían un monstruoso éxito mundial, haciendo olvidar a mucha gente que Jeff Beck había sido el primero.

Tras un par de grandes discos con su nueva banda, Truth (1968) y Beck-Ola (1969), el inquieto Beck volvía a dar muestras de una de sus características básicas: el inconformismo. Los dos álbumes habían sido bastante exitosos —aunque Led Zeppelin empezaban a adelantarlos por la derecha— pero Beck, por entonces muy dado a aburrirse rápidamente de los grupos con los que trabajaba, ya estaba pensando en nuevos proyectos. Acariciaba la idea de unirse al bajista Tim Bogert y al batería Carmine Appice, ambos procedentes de la banda Vanilla Fudge, para formar una “superbanda” de tres miembros con la que asolar los escenarios. Los tres tenían querencia a ese estilo de rock contundente que terminaría siendo conocido como “hard rock” y pensaban que podrían funcionar bien juntos, pero cuando la cosa estaba tomando forma, Jeff Beck sufrió un grave accidente de coche en el que sufrió severas heridas, incluyendo alguna fractura de cráneo. Milagrosamente, el guitarrista sobrevivió sin demasiadas secuelas, pero no sin estar hospitalizado durante una larga y dolorosa temporada. Tardó más de año y medio en recuperarse. Mientras, Bogert y Appice formaron Cactus, una banda que estaba, más o menos, en la onda de lo que Beck había pretendido hacer con ellos.

Cuando finalmente pudo volver a tocar, decidió retomar el Jeff Beck Group para volver a la carga. Rod Stewart y Ron Wood se habían marchado para formar The Faces, banda con la que grabar un rock más sencillo y divertido, lejos de las manías y mal carácter de su anterior jefe. Pero Beck no tardó en encontrar otro vocalista, Bobby Tench, además de hacerse con los servicios del espectacular batería Cozy Powell. Con ayuda de ambos The Jeff Beck Group grabó dos nuevos discos: Rough and Ready (1971), que por primera vez tuvo una recepción discreta por parte del público. Y sobre todo el álbum Jeff Beck Group (1972), que le devolvía el éxito anterior y que contiene una de las exhibiciones de electricidad más legendarias de Jeff Beck, una canción que marcó a muchísimos guitarristas en el futuro. Se trata de Goin’ down, una canción originalmente escrita por Don Nix, pero que como había sucedido con Hey Joe y Jimi Hendrix, quedó para siempre asociada al nombre de Jeff beck gracias a su inmejorable versión. Como decimos, una de las exhibiciones más apabullantes de lo que puede hacerse y expresarse con una guitarra eléctrica a todo volumen. Veinte años después de que el pequeño Beck hubiese escuchado los fraseos de Les Paul en la radio, daba su propia lección a los más jóvenes. La canción influyó a innumerables guitarristas de las siguientes hornadas, gente como Stevie Ray Vaughan, Joe Satriani, Steve Vai, Eddie Van Halen, Slash… no en vano hubo otra generación de niños prendados por aquellos extraños sonidos que procedían una vez más de la radio.

Por entonces volvía a conocer el éxito al frente de The Jeff Beck Group, pero se cansó una vez más y nuevamente contactó con Tim Bogert y Carmine Appice, quienes no habían conseguido que Cactus despegara comercialmente. Llegaron a un acuerdo, así que disolvió The Jeff Beck Group y formó un power-trío llamado sencillamente Beck, Bogert & Appice, con el que iba a escribir una nueva y brillante página en su biografía.

Beck, Bogert & Appice: lo de tocar suave pop melifluo a bajo volumen no iba con ellos.

Por entonces su guitarra ya había enamorado a músicos más allá de las fronteras del rock. Uno de los principales fans de Jeff Beck era Stevie Wonder, quien llegó a escribir una canción especialmente pensada para que Beck la interpretara. Stevie llevaba tiempo ansioso por colaborar con él y lo llamó al estudio para hacer jams y tocar juntos. Una vez allí, a Jeff Beck se le ocurrió un ritmo de batería particular, que llamó la atención de Wonder. Basándose en ese ritmo, Stevie completó una canción llamada Superstition, con la intención de cedérsela a Jeff Beck para que la interpretase en su propio estilo. Pero Berry Gordy, el jefazo de Motown, oyó el tema y vio que aquello era un éxito en potencia. Obligó a Stevie a grabarla antes, así que Superstition terminó siendo editada en el siguiente LP de Stevie Wonder, Talkin’ Book. Donde, por cierto, podemos escuchar la guitarra de Beck en una de las canciones, haciendo un delicado y cristalino solo bastante alejado de su estilo habitual por entonces, con fraseos que nos traen a la memoria aquellas guitarras de Les Paul que Beck había escuchado en su infancia. Aunque Superstition se convirtió en un gran “hit” en manos de Stevie Wonder, Beck no renunció a grabar su propia versión para incluirla en el primer (y único) disco en estudio de Beck, Bogert & Appice (de 1973, titulado simplemente con el nombre de la banda) con lo que podemos hacernos una buena idea de lo que Stevie Wonder esperaba encontrar cuando el tema fuese grabado por el guitarrista a su manera (mención aparte merecen los fantásticos juegos de voces de Bogert y Appice, desde luego).

Con Beck, Bogert & Appice, Jeff Beck logró un éxito similar al obtenido con Jeff Beck Group y además el trío se ganó muchos elogios por su demoledor directo, que sonaba como una versión más dura y cortante de Cream. La crítica estaba fascinada por aquella conjunción de músicos y se preguntaba qué podrían hacer en el futuro, pero el carácter volátil de Jeff Beck hizo nuevamente aparición y surgieron grietas en el ambiente interno de la formación. El trío, pese al prestigio que habían acumulado en muy poco tiempo, no tardó en disolverse. Aquello sorprendió a mucha gente, y Jeff Beck empezó a arrastrar una muy merecida fama de no ser capaz de durar demasiado en ningún proyecto.

Aunque aún resultaría más sorprendente la siguiente jugada del guitarrista, cuando empezó a despistar a propios y extraños con cambios de estilo inesperados, que en ocasiones le reportaron un éxito todavía mayor del que había conocido hasta entonces, y que más tarde provocaron que el grueso del público fuese olvidándose de él. Pero fue con esos cambios con los que, si bien desapareció progresivamente de las portadas, se convirtió en el guitarrista eléctrico de su generación —y probablemente de todas las generaciones— que más profundamente ha evolucionado, hasta el punto de convertirse en un nuevo revolucionario décadas después de haberlo sido por primera vez en la escena londinense de mediados de los sesenta. Un buen día, Jeff Beck decidió que le importaba más mejorar con su guitarra y explorar las posibilidades de su instrumento que tratar de captar la atención de una audiencia que cada vez lo entendía menos. Las contradicciones en ocasiones exasperantes de Jeff Beck iban a causar la aparición de un nuevo monstruo de la guitarra. Habría una versión 2.0 de Jeff Beck que, increíblemente, terminaría por ser mejor incluso que la anterior.