¿Cuál es el disco más sobrevalorado de la historia?

Discutir sobre música es similar a discutir sobre religiones, fútbol o platos regionales. En cuanto alguien ofrece la más mínima señal de demostrar poco aprecio por el paladar ajeno la cosa suele degenerar en proposiciones escatológicas lloviznando sobre árboles genealógicos, aspavientos airados, gestos obscenos, armas blancas esgrimidas a la altura de algún órgano muy útil y sangre derramada. En el fondo, la asimilación del arte es siempre tan objetiva como para tensar las entrañas cuando la gente se dedica a derribar a nuestros dioses o, peor aún, a triturar a nuestros discos y artistas favoritos. En el mundo de la música hay mucho álbum que visto en perspectiva y regurgitando mala baba a lo mejor tampoco necesitaba ser elevado tan unánimemente a los Olimpos Sonoros. La pregunta de la encuesta es sencilla y va cargada de buenas intenciones: de entre algunos de los discos más conocidos de la historia ¿cuál es el más sobrevalorado? Si su ejemplar favorito no se encuentra en la lista no dude en hacérnoslo saber en los comentarios, y ganarse un montón de amigos en el proceso.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Sex Pistols  – Nevermind the Bollocks, Here’s The Sex Pistols

Las correrías de los Pistols tenían gracia en el 77, cuando lo del punk era un escándalo y no el equivalente británico y turístico-folclórico de la sevillana y el torito de plástico españoles. Pero tampoco es que se haya perdido mucho, porque una apisonadora circulando sobre una hilera de gatitos produce sonidos más melódicos que la banda en su días más afinados y el mundo de la moda actual ha dejado en bragas lo rompedor de los pelos alquitranados y la vestimenta circense de los punkis. En el fondo, la censura fue la culpable de convertir el disco en un éxito (por culpa de su título la grandes tiendas se negaron a venderlo y en los tops de ventas figuraba un espacio en blanco donde debería de estar su nombre) y hoy en día la mayoría de la gente comienza a transpirar sangre cuando trata de recordar algún tema del disco que no sea «God Save the Queen» o «Anarchy in the U.K.». Ni siquiera el endiosado Sid Vicious se asomaba de verdad por el álbum: su incapacidad con el bajo era tal como para que en la única pista en la que le dejaron colaborar («Bodies») su intervención tuviera que ser regrabada por Steve Jones en la postproducción.


Smashing Pumpkins – Mellon Collie and the Infinite Madness

Como los adolescentes incomprendidos de mediados de los noventa no tenían ni youtubers ni Fortnite a mano para descargar frustraciones, la opción para los parias de la edad del pollo era sufrir mucho y mezclar el rollo emo con ser más góticos que Tim Burton bailando Farmacia de guardia por los pasillos de Notre Dame. A Smashing Pumpkins tanta hormona confusa les vino bien, y se envalentonaron disfrazando el rock alternativo con lloriqueos pubescentes. Lo hicieron pariendo un álbum de dos horazas donde Billy Corgan cantaba por la nariz cosas tan forzadamente profundas como «Porcelain of the Vast Oceans», «Tales of the Scorched Earth» o «Bullet With Butterfly Wings». Diez millones de copias para un tostón presuntuoso de portada bonita. En la actualidad Corgan ha pasado de ser un personaje de Pesadilla antes de Navidad a convertirse en un jersey con la cara de Charlie Brown y el cuerpo de alguien para quien una tarde emocionante significa alimentar palomos en el Retiro. El hombre ahora se dedica a realizar jam sessions en teterías, y de ocho horas de duración, basadas en el Siddhartha de Herman Hesse (no es coña, ojo a esto y al detalle de que han desactivado los comentarios del vídeo). Y también a ser la única persona que parece miserable hasta montando en una atracción de Disneyland (tampoco es coña). El futuro de las rockstars no era este.


Eagles – Hotel California

Todo lo que se podría decir y debatir sobre los Eagles, sobre el lirismo de sus composiciones y sobre lo profundo de sus versos lo resumió perfectamente, con suspiros incluidos, el Nota al subirse en aquel taxi de El gran Lebowski: «Odio a los putos Eagles, tío».


The Beatles – Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band

En el 67 los Beatles compraron un camión lleno de drogas y se encerraron con ellas para hacer el gamba todo lo que les fuera posible. El resultado fue un disco conceptual donde la banda se hacía pasar por otra banda ficticia mientras jugueteaba con cualquier cosa que la gente se hubiera dejado olvidada por el estudio de grabación. Y aquello pilló tan desprevenido al público como para que todos se pusieran las rodilleras ante los de Liverpool asegurando que habían alumbrado la banda sonora del Verano del Amor, elevado el concepto de LP a pieza de museo y que si Cristo volvía a la tierra a lo mejor se quedaba de segundo plato. Entretanto Paul McCartney le cantaba a Bricomanía en «Fixing a Hole» y la banda ponía el dedo al azar sobre un diccionario para componer «Lucy in the Sky with Diamonds». Mientras los entendidos de monóculo comparaban a los Beatles con Schumann, Mozart o Schubert, el crítico Richard Goldstein en su reseña del disco en The New York times dijo que era «un álbum de efectos especiales deslumbrantes, pero en última estancia fraudulento». Le cayeron palos por hacerlo y en el periódico le pusieron a currar horas extra (después de publicar una crítica favorable del disco firmada por otra persona), pero eh, a lo mejor tampoco había patinado tanto.


Oasis – (What’s the story) morning glory?

La moraleja de Oasis como formación es que no puedes ir por ahí proclamando que eres el mejor grupo de rock de la historia y al mismo tiempo vistiendo de chándal. También que la gente te suele tomar más en serio cuando la marca de la casa no es la soberbia antipática y no tienes a un miembro del grupo que parece la versión Hacendado de John Lennon. Es cierto que (What’s the Story) Morning Glory? estaba cargado de piezas por encima de la media pero también comandado por un par de tarados luciendo ínfulas por encima de la media, e inexplicablemente vitoreados por unos fans que añoraban tanto a los Beatles como para abrazar a su versión inferior y hooligan. Pero también es cierto que el disco no tiene pinta de merecerse el puesto que le suelen reservar entre los mejores álbumes de la historia, si hasta el propio Noel Gallagher reconoce que ellos han execrado trabajos mejores. «She’s Electric» estaba rellena de rimas de parvulario, «Champagne Supernova» contenía algunas de las metáforas más perezosas de la historia lírica, y «Wonderwall» era un puto coñazo de canción.


Joy Division – Unkwon pleasures

Aceptamos que las letras molan lo suyo. Pero aun así resulta difícil entender cómo es que H&M se complicó tanto la vida elaborando un disco, donde ninguno de los que están a cargo de los instrumentos era capaz de mantener el ritmo, para vender camisetas.


The Who – Who’s Next

Who’s Next nació de los descartes de una ópera rock que la banda tenía planeado componer a modo de secuela de la pretenciosa Tommy, un proyecto (titulado Lifehouse) fallido e imaginado por Pete Townshend, ese hombre famoso por utilizar su tarjeta de crédito sin querer para afiliarse a páginas de pornografía infantil. El disco en realidad no está tan mal, pero peca de empaquetar pocas canciones, demasiado largas, y tan inconexas como para no librarse de su condición de esqueje de algo más gordo. «Song is Over» da un poco de vergüencita, «Going Mobile» ni siquiera tiene claro que pinta ahí y «Behind Blue Eyes» la versionó Limp Bizkit, y solo por ayudar alargar la carrera del grupete de Fred Durst ya debería de contabilizar en negativo. A la larga The Who han acabado tomando  una autovía similar a la de Moby con los anuncios: se han convertido en la banda sonora de series de televisión. Y no una, ni dos, sino hasta tres veces dentro de la misma franquicia. El mayor logro actual de la agrupación ha sido mutar su legado en la memoria de las futuras generaciones: «Baba O’Riley» de aquí en adelante ya es oficialmente conocida como «La de CSI: New York ».


Coldplay – Cualquiera de sus discos

Chris Martin tiene pinta de tener un huerto urbano en la terraza de casa, reciclar la basura con guantes y adoptar cachorritos de foca para darles de mamar de su propio pecho. Es el tipo de artista que durante un concierto llama a su madre para que el público le cante el cumpleaños feliz, es decir, el tipo de artista que no necesitamos sobre un escenario. Si la humanidad ya ha tenido que sufrir a Oasis cuando se ponían moñas no es justo que también le toque tragar con un grupo que parece hijo de un triste polvo misionero entre Travis y Keane, otras dos formaciones que también son la alegría de la huerta.


Pink Floyd – Dark Side of the Moon

Cuando las palabras «conceptual» y «rock progresivo» cohabitan en una misma sentencia el único destino posible es la desgracia. Pink Floyd se propuso grabar un disco que explorase temáticas como la avaricia, el conflicto, el tiempo, la muerte o la enfermedad mental y le salió un álbum que todos los colgados del mundo utilizan como ambientación para acompañar las maratones de drogas. Y detalles como convertir el ruidito de cajas registradoras en parte de la instrumentación («Money») deberían de invalidar de manera inmediata cualquier carrera musical. Hay quienes dicen que parte de su grandeza está en que si lo sincronizas con la película El mago de Oz la cosa no solo cuadra, sino que también te transporta a otras dimensiones. Es una afirmación arriesgada, porque en el fondo si te pones a buscar con esmero seguro que puedes encajar este galimatías sonoro hasta en un capítulo de Peppa Pig.


Queen – A Night at the Opera

«Bohemian Rhapsody», o unos señores jugando durante seis minutos a hacer todas las tontadas que se les iban ocurriendo delante de un micro. Para esto mejor Les luthiers que por lo menos con ellos te ríes y no te tienes que comer los «mamma mía» con calzador. Rollo operístico, pomposidad forzada y lluvias de falsetos. Queen tenía el pack completo para ser la reina del baile absoluta para unos, y el mayor artificio musical posible para el resto.   


Bruce Springsteen – Born in the U.S.A.

No es que Born in the U.S.A. fuese un mal disco o que no haya merecido cierto respeto. Es más bien que es una de esas cosas que irremediablemente nos llegaron con la fecha de caducidad impresa en la frente. En el caso de la criatura de Springteen su ciclo de vida estaba claro: más allá de los ochenta los sintetizadores insertados de mala manera en temas como «Glory Days» y «Dancing in the Dark» comenzaron a oler a moho. Que casi todo el planeta tampoco haya entendido lo que dice realmente la letra de «Born in the U.S.A.» tampoco ayuda a la hora de pillarle aprecio al disco. Y la portada con Springsteen marcando matrícula con pañuelo, al estilo de cualquiera de los secundarios amigos del cruising de la película  A la caza, era para matarlo.


Nirvana – Nevermind

Una portada que es un cliché rematada con un texto en Word Art, tres canciones decentes («Smell Like Teen Spirit», «Come as You Are», «Lithium») acompañadas de una tracklist compuesta por berridos y un puñado de tonadillas fusiladas sin pudor alguno del fondo de armario de los Pixies. Aunque en realidad lo sobrevalorado no es tanto el LP como el movimiento que parecía encabezar: el grunge pegó fuerte durante cuatro o cinco meses y luego sus afiliados los dejaron morir agonizando al decidir que a lo mejor era buena idea dejar de ver tanto la MtV. O superar la adolescencia.


Guns N’ Roses – Appetite for Destruction

A pesar de oler a refrito de Hanoi rocks, AC/DC y Aerosmith, los Guns se presentaron con un hermoso debut (que los críticos recibieron inicialmente con una marea de bostezos) donde brillaban temas como «Welcome to the Jungle» o «Paradise City» y en general se mantenía un nivel bastante bueno. El problema principal de Appetite for Destruction salió a relucir con el paso del tiempo, porque el álbum contiene un tema que ha defenestrado el legado a base de martillear nuestras vidas: «Sweet Child O’mine», o la única canción de la banda que conoce el pinchadiscos de cualquier bar de cervezas del universo. Y al mismo tiempo esa melodía que hace que todos los parroquianos de las cantinas comiencen a retorcerse por el suelo entre air guitars y chillidos en un espectáculo lamentable que fascinaría a Pávlov. Una de esas canciones que resulta digerible las cincuenta primeras veces, pero que tras dos millones de escuchas comienza a avivar derrames cerebrales por su efecto taladrador. «Sweet Child O’mine» es el «Colgando en tus manos» de Carlos Baute y Marta Sánchez del mundo del rock, esa mierda de la que no te librarás jamás vayas donde vayas en esta vida.


Sigur Rós – Ágætis Byrjun

En Islandia hay pocas cosas que hacer más allá de intentar copular con alguien que no sea primo tuyo o cantarle una balada a un fiordo. Sigur Rós por lo visto decidió dedicarse a esto último y basó su carrera en producir elepés como Ágætis Byrjun, producciones que son muy aplaudidas por todos aquellos que andan buscando la banda sonora ideal para un coma vegetativo. Pero lo cierto es que hay pocos valientes que hayan llegado más allá de los primeros diez minutazos de «Svefn-g-englar», la segunda pista del disco y un tema donde el vocalista Jónsi parece agonizar entre falsetes canturreando cosas tiernas en ese idioma indescifrable que es el islandés. Y los que tuvieron las agallas de aventurarse entre el resto de temas acabaron estrellados contra ese muro sónico que son los otros diez minutos de «Viðrar vel til loftárása». Si además nos tomamos la molestia de traducir las canciones al castellano nos encontraremos con que las mismas lucen títulos como «Un elfo mirando», «El salvador de las moscas» o «El corazón late con fuerza (bum bum bum)», y que desgraciadamente la última no es una cover de Raffaella Carrà. Una teoría popular sostiene que la mayor parte de los que compraron el disco lo hicieron porque la portada era bonita, lo gracioso es que también había sido lo más barato de producir: había nacido de un garabato en una servilleta de cafetería.



Faster Pussycat o el noble arte de amenizar borracheras

Foto: Jenny Brezinski / Full Effect Records / @fasterpbandofficial

Para acompañar la lectura del artículo, nuestra lista en Spotify:

En la continua regurgitación que es la historia de la música popular, en la segunda mitad de los ochenta hubo un breve periodo de fiebre discográfica por el revival glam que había aparecido diez años antes en Los Ángeles. La ciudad tenía tradición. La sala Rodney Bingenheimer’s English Disco había sido un lugar mítico de toda la escena mundial. En uno de los muchos intercambios que se dieron entre Estados Unidos y Reino Unido, un tipo que trabajaba en Mercury, Rodney Bingenheimer, abrió esa discoteca en Sunset Boulevard con la intención de importar el naciente glam británico a California e hizo historia.

Por el garito pasaron Bowie, Marc Bolan, Queen y coetáneos y siempre se pincharon singles de glitter rock. También se daban cita en su pista las groupies más famosas del momento, que se mezclaban con una asistencia de peña en plataformas, lentejuelas, maquillaje y ropa de segunda mano o cogida directamente de la basura. Un look rompedor lo era todo y las actitudes chulescas rockeras se componían de travestismo y un narcisismo delirante. Un par de películas ya han tratado de explicarlo torpemente.

En 1974 la cosa ya tocó a su fin. Se celebró una fiesta para enterrar la moda, la noche Death of Glitter y en 1975, cuando la gente que acudía al local estaba interesada en todo lo que allí ocurría menos en la música, se chapó el garito. En los siguientes años se produjo el auge del hard rock y el heavy metal en sus múltiples vertientes y aparecieron géneros nuevos como pop de nueva ola, el punk y el hardcore.

Como se pudo ver en el documental The Decline of Western Civilization Part 1 estos dos últimos géneros eran un pelín problemáticos. Donde había un concierto, había peleas, navajazos, lo típico, gente alcoholizada fuera de control, lo que llevó a los dueños de los locales a no contratar shows de grupos de ese palo. Se impuso un sistema de bolos que consistía en pagar por tocar. Así se impidió el paso a los grupos más tirados, que eran esos, y se dejó vía libre a otra nueva tribu urbana: los imitadores de Van Halen, el grupo que había recogido el testigo de banda más grande de América de las por aquel entonces temblorosas manos de Aerosmith.

Como cuenta Ryan Moore en Sells like teen spirit, cuando apareció la MTV lanzó a dos grupos por encima de todos. El citado de David Lee Roth y a Def Leppard. Eso sembró el terreno y fijó las coordenadas para que a mediados de la década, después de que durante un tiempo la cadena solo emitiese artistas blancos, grupos como Mötley Crüe, Quiet Riot y Ratt, que eran de Los Ángeles, se convirtieran en amos y señores del lugar. Lo que se vino a llamar después glam metal, pop metal, cock rock o hair metal, según el grupo y el momento.

De nuevo, la gran Penelope Spheeris se echó la cámara al hombro y rodó otro documental, The Decline of Western Civilization, Part 2, en el que lo que quería era entrevistar a Guns N’ Roses pero estos se negaron y se conformó con grupos de tercera y cuarta fila, entre algunas estrellas bienintencionadas, como Lemmy, Dave Mustaine o Chris Holmes, de WASP, en unas impagables imágenes bajándose una botella de vodka sobre un flotador en la piscina de su casa bajo la atenta mirada de su madre. El resto eran fans y los músicos de hair metal buscavidas que había por la ciudad cuando se rodó.

Los grupos que están empezando en cualquier lugar de mundo desprenden siempre una mezcla de candor y ambición que da un poco de denterilla, pero si las premisas de los neófitos pasan por vestir mitad reina del Carnaval de Río, mitad Rambo III, y tener planteamientos vitales mitad Keith Richards, mitad Rocco Siffredi, el resultado era que esas entrevistas había que verlas tapándose la cara de vergüenza ajena. Sin embargo, había un grupo en el lote que, milagrosamente, parecían personas medianamente normales en plena posesión de sus facultades mentales: Faster Pussycat.

Gustave Molvik, que se había cambiado el nombre por Taime Downe, trabajaba en una tienda de ropa, había sido técnico de luces del Troubadour y llevaba junto a Riki Rachtman (después presentador del Headbangers Ball en los noventa) el Cathouse, un local famoso, cuenta la leyenda, por no poner el aire acondicionado para que la gente enseñara carne.

Taime venía del punk, pero del de Johnny Thunders y sus Heartbreakers, y eso quería poner en práctica en la incipiente escena glam que de nuevo florecía en su barrio. No habían inventado la pólvora, ya existía en Hollywood un grupo exquisito con esas mismas influencias y estética, The Joneses, con su excelente debut de 1986, Keeping Up With the Joneses. Y antes, Tex and the Horseheads ya habían publicados dos elepés en 1984 y 1985 donde trascendían el punk hacia metas más rockeras. Por no hablar del primer y último disco americano de Hanoi Rocks, Two Steps From the Move, de 1984, que dejó una huella profunda, especialmente estética. Pero ahora les tocaba a ellos.

En la primera formación de Faster Pussycat estaban Taime como cantante, Brent Muscat y Greg Steele de guitarristas, Kelly Nickels al bajo y Mark Michals, batería. Steele venia del hardcore punk. Era del Bay Area, trabajaba en la tienda de coches de su padre, pero decidió irse al sur a buscar fortuna como músico. En eso tampoco eran originales. El objetivo vital del 99% de su generación era no trabajar. Greg en LA pilló becas de estudios, pero las invirtió en tocar, no en ir a clase, hasta que se subió a un grupo que logró tirar. Es lo que intentaba conseguir todo el mundo.

No obstante hay dos versiones sobre su salto a la fama. El personaje supuestamente clave que presuntamente logró que firmasen por Elektra y se les situara en el mapa pudo ser Eric Stacey, el compañero de piso de Nikki Sixx, que también había hecho su primera rehabilitación por drogodependencias junto a él. Una amistad entrañable. O pudo ser el buen hacer de Vicky Hamilton, mánager de grupos angelinos que estaban empezando. Hay dos versiones no excluyentes.

Stacey estaba en Darling Cruel, un grupo que más adelante fichó por Polygram y legó para la posteridad este vídeo duermemozas impagable para separarse en 1990 solo con un LP en su haber. Los llevaba Vicky Hamilton, la mánager de Faster Pussycat, entre otros como Salty Dog. Hamilton conoció a Nikki Sixx cuando trabajaba en una tienda de discos y había ayudado a Mötley Crüe a lanzar su carrera. Luego colaboró con Stryper y descubrió a Poison, pero el pelotazo que le permitió convertirse en A&R de Geffen fue ser la primera mánager de Guns N’ Roses. Los juguetes más exitosos se los habían quitado de las manos conforme firmaban contratos millonarios, pero la mujer lo seguía intentando.

Según cuenta Vicky en sus memorias, Appetite For Dysfunction, Faster Pussycat llegaron a ella por un flyer. Una noche, a las dos de la mañana, recibió una llamada de Mario Maglieri, propietario del Rainbow. Axl Rose había roto el espejo del baño de chicas del local de un puñetazo y le dijo que ella tendría que pagar los desperfectos. Cuando se encontró con Axl al día siguiente, este le trajo el flyer de Faster Pussycat y básicamente le ordenó: «Estos son los que tienen que ser nuestros teloneros en el Whisky A Go Go». Ya tenían a otro grupo para abrir contratado, pero Axl dijo que le daba igual, que tenían que ser esos. Fue el concierto del 5 de abril de 1986. A Vicky le gustaron, se lo pasó bien hablando con Taime, al que ya conocía de la movida local y les cogió para su cartera de nuevos talentos. Si algo tenían encantador, recuerda, era su sentido del humor y en eso, en esencia, se basaban también sus canciones.

Alquilaron una habitación de hotel y después de la prueba de sonido compramos pizza. Las porciones que sobraron se convirtieron en munición para una food-fight masiva. De alguna manera la televisión se llevó la peor parte, con queso y salsa goteando por todas partes. Yo estaba al teléfono, mirando toda la pizza que tenía la tele cuando Kelly se refugió detrás de mí. Sin darme cuenta de lo que pasaba, Greg levantó el colchón y me empujó debajo del somier, dejando caer la cama encima de mí. Entonces Kelly saltó arriba, aplastándome entre el colchón y el somier. Me hizo implorar que me rendía antes de liberarme. Realmente disfruté trabajando con Faster Pussycat. (Vicky Hamilton).

A los que no les gustaban tanto era a los de las discográficas. Tom Zutaut, de Geffen, pasó de ellos a a la primera escucha. A él corresponde el honor de ser el primero en rechazarlos, dice la mánager. Más adelante Vicky se llevó a Peter Philbin, de Elektra, a un concierto en el Roxy y este le dijo nada más verlos: «Vic, ¿has pillado esto? Creo que son una puta mierda». Como no había sido su mejor show hasta la fecha precisamente, le rogó que volviese en otra ocasión. De nuevo en el Roxy, tocaron mejor y Philbin se encontró con Ric Browde, un productor que había trabajado con Ted Nugent y hecho los arreglos del multimillonario Look What the Cat Dragged In de Poison. Este veterano le adelantó que tenía pensando grabarles un disco independiente. Ahí Philbin vio el riesgo de equivocarse dejándolos pasar aunque le pareciesen una castaña y le dijo a Vicky: «Llámame el lunes por la mañana».

Por esas fechas Hamilton montó una barbacoa en su casa con sus grupos. En el sarao circularon pastelitos de marihuana. Al terminar, los Pussycat, ansiosos a ver si lograban fichar por Elektra, volvieron a su local a ensayar. Todos fueron en coche, menos Kelly Nickels, que lo hizo en moto. En el trayecto chocó con un vehículo y su pronóstico tras el accidente fue grave, aunque según Vicky, conservaba el buen humor. A los de la ambulancia les pidió que no le pusieran collarín porque con eso uno parecía estúpido. El look ante todo. Pero en el hospital hubo menos bromas, le querían hacer firmar nada más ingresar un permiso para amputarle la pierna. La tenía rota por seis partes. Esa misma noche llamaron a Eric Stacey a ver si podía sustituirle mientras estaba convaleciente. Lo que iba a ser para un par de semanas al final se extendió dos meses y el bajista dejó definitivamente a Darling Cruel. Mientras tanto, en Elektra, Philbin trataba de convencer al capo Bob Krasnow de que los fichara. El ejecutivo que no muchos años atrás había llevado a Arthur Lee, Captain Beefheart o John Mayall era reticente a invertir un dólar en semejante combo.

Dadas las circunstancias, lo primero que hizo el Stacey fue ir a ver al hospital a Nickels para explicarle que no era personal, pero… Lo de siempre. Hay oportunidades que solo se presentan una vez en la vida. No obstante, Kelly Nickels se recuperó, logró volver a mantenerse en pie y, conservando felizmente su pierna, pudo tener una carrera como bajista de otro grupo de la misma escena, LA Guns, en cuyas fotos solía posar con bastón.

En su primer concierto con el nuevo bajista, que fue en Phoenix, Arizona, asistieron Philbin, su colega de Elektra Howard Thompson y Bob Skoro de Polygram. El grupo hizo una aparición memorable para los estándares de la época. La actriz porno Lois Ayers, novia de Stacey, había alquilado una limusina que los llevó del hotel al local donde iban a tocar. Dieron un primer show y al día siguiente otro. Como era su primer concierto fuera de California se habían pasado toda la noche celebrándolo. En el segundo bolo tenían una resaca cósmica. Estaban babeando sin tenerse en pie y, graciosamente, ese fue el show que vieron los directivos.

Según Eric Stacey, esa noche Philbin le dijo a Hamilton que, después de haberles visto como media docena de veces, su incorporación es lo que le había convencido para contratarlos. Según Vicky, ella se tuvo que pasar toda la noche convenciendo a los ejecutivos de que esa actuación había sido una excepción. Puede que ocurrieran ambas cosas. Al final el contrato no se canceló, pero el grupo, al que habían expulsado del hotel dios sabe por qué y les habían dejado en la rúe, se enfadó con su mánager por no asistirles de inmediato. Un reproche injusto porque estaba convenciendo a los ejecutivos en la otra punta de la ciudad de que no cancelasen la contratación. De hecho Faster Pussycat no tardó en deshacerse de Vicky, igual que Guns N’ Roses, cuando tuvo el contrato firmado. Aunque siguieron siendo amigos, incluso hoy, y ella tuvo también un final feliz al entrar en Geffen como cazatalentos. Sin rencores, todo seguía siendo una fiesta continua.

Ese año, para Halloween, Karen Dumont y yo montamos un gran concierto. Alquilamos un sitio en Hollywood llamado The Bayou. Era un estudio de grabación y tenía un almacén contiguo. Abrían Darling Cruel. Tocaban después The Unforgiven [grupo de Steve Jones] y entonces Vince Neil subía y cantaba «Smokin´ in the Boys Room» con ellos. El grupo de Rick Parker, Lions & Ghosts, seguía y al final Faster Pussycat acababan la fiesta vestidos de travestis. En algún momento a mitad de la fiesta tropecé, me caí y me torcí el tobillo. Escuché un chasquido, pero no me quité el zapato porque sabía que mi tobillo se iba a hinchar todavía más. Solo seguí trabajando y bebiendo para quitarme el dolor, no quería perderme la diversión.

Habíamos programado una jam all-star después del concierto de Faster Pussycat, cuando llegó la policía para impedir la fiesta, justo cuando estábamos recuperando el dinero que habíamos invertido. Teníamos a miembros de Mötley Crüe y Poison listos para tocar juntos, pero como no teníamos ningún permiso tuvimos que parar. Habíamos utilizado el estudio como camerinos para los grupos, mientras cerraba me encontré a Eric ahí todavía vestido de mujer, tumbado en la bañera, con una chica haciéndole una mamada mientras los chicos de The Unforgiven les jaleaban. (Vicky Hamilton).

Fotografía: Ted van Pelt (CC BY 2.0)

En ese ambiente erótico festivo tan criticado posteriormente había toda una mecánica sociológica detrás. Pocas escenas como la del glam metal, después llamado sleaze rock, escenificaron mejor la posibilidad de cambio de clase social a través de la música. Para miles de personas, llegadas de todos los pueblos de estados que, por otra parte, estaban comenzando un proceso de desindustrialización, se extendió la idea de que podrían hacerse millonarios en LA cantando, tocando la guitarra o pegándole al tambor siempre y cuando pusieran morritos. El efecto llamada fue masivo y los sueños rotos, lógicamente, también.

Desertores del arado tuvieron que vestirse y maquillarse como mujeres y subirse a un escenario a ver si les tocaba la lotería de grabar un disco. Podría parecer una novatada de fraternidad a gran escala, pero la androginia se quedaba en la fachada. La movida consistía en, de esa guisa, mantener códigos machistas de psiquiátrico y promover el emborracharse y drogarse hasta la muerte, a veces en un sentido literal. No obstante, pese a la simpleza de la fórmula, funcionó. Con estas elementales directrices, había tal cantidad de grupos tocando en Sunset que los carteles anunciando cada actuación no duraban más que un par de horas antes de ser tapados por otros nuevos. Muchos de estos músicos amateur, mientras aguardaban la llegada del éxito, vivían de las mujeres. Les mantenían las chicas y los chavales presumían de ello luego en las entrevistas. Un chiste de la época decía así: «¿Qué hace una stripper con su gilipollas antes de ir a trabajar? Dejarlo en el ensayo».

El 4 de abril de 1987, en una entrevista con Paul Elliott en la revista Sounds, dos meses antes de la salida de Appetite for Destruction, Axl Rose se consideraba responsable de esa escena y del éxito de grupos como Faster Pussycat, a los que también les faltaban dos meses para tener su debut en el mercado. Axl decía que desde que ellos se encerraron en el estudio la escena no había hecho más que decaer, ya que el grupo que tiraba de todos los demás era el suyo. En una entrevista años después, Taime reconoció la ayuda que le prestaron los gunners. Confesó que fue clave para su crecimiento que Axl e Izzy fueran a sus primeros conciertos. Eso creó expectación en torno a ellos. Sin embargo, Slash, también años después, lo que reveló es que para ellos Faster Pussycat no eran mejores que Poison y que precisamente ese era el tipo de grupos que ellos quería barrer del medio.

La escena en LA está un poco muerta y creo que el motivo es por nosotros. Hace dos años, nosotros empezamos a tocar en locales como el Troubadour o el Roxy. Tan pronto como empezamos a ser el grupo principal, nos llevamos a teloneros como Jet Boy, Faster Pussycat y LA Guns, y creamos esa escena. Entre toda esa peña nosotros estábamos muy por encima. Paramos de tocar un tiempo para trabajar en el disco ¡que está a punto de salir! y cuando los otros han sido el grupo principal, me parece que algunos no han sido tan enrollados de ayudar a otros grupos y llevarlos de teloneros. Nosotros siempre intentamos ayudar a los demás porque yo quería que hubiese una escena rockera cojonuda. Me gusta poder poner la radio y no potar por la mierda que suena. Ahora mismo hemos vuelto a tocar con Jet Boy, horteras pero pegadizos, y Faster Pussycat, que tienen pinta de ser nuestros Wrathchild, y que también han fichado por una major, de modo que todo ha vuelto a empezar, pero solo para un par de conciertos, esa es básicamente la escena que te puedes encontrar. (Axl Rose)

Con solo diez meses como grupo, Faster Pussycat logró grabar su primer disco. De no ser por ese último show en el que no se tenían en pie hubieran gastado setenta y cinco mil dólares en el álbum, pero Elektra tuvo miedo de que se matasen en tres días y puso solo treinta y cinco mil. Tampoco creían que fueran a vender suficiente y se enfadaron porque no lograron que redujeran la duración de las canciones, que estaban todas entre tres y cuatro minutos. Aunque tenían un toque de Stones y de Aerosmith, les tomaban por un grupo de coña con letras divertidas y querían que el álbum fuera ligerito.

Ahora ese primer elepé homónimo se considera el gran clásico del grupo. Desde luego, es el más equilibrado. «Don’t Change That Song», la primera, fue un éxito. La letra narra un polvo que empieza con música. «Antes de encender a mi amante, tengo que encender mi estéreo». Pero a mitad ella movía el dial y empezaban los problemas reflejados en el estribillo. Una situación cachonda. Seguía «Bathroom Wall», otro clásico inmediato en su catálogo, sobre llamar a una chica que había dejado el número de teléfono escrito en la pared del váter de un bar.

Del punk-glitter pasaban a los Stones en «No Room For Emotion». En ese registro, para quien esto escribe, Faster Pussycat grabaron sus mejores canciones durante toda su carrera. «Cathouse» se convirtió también en otro tema mítico. La cara A solo bajó el pistón al final, con «Babylon», que encima fue el primer single que apareció, un rap metal similar al «primero de la historia», que fue el de Anthrax en «I’m the Man» aparecido el 1 de enero de ese año, 1987. La nota curiosa la daba la colaboración de Mitch Perry, que entonces andaría en el grupo 7% Solution, donde grabó buenas demos que no llegaron muy lejos.

La cara B empezaba con «Smash Alley», que tenía ritmos garage. Si no fuese por la distorsión de la guitarra, el punteo y el sonido de la caja, podrían haber aparecido en el catálogo de Bomp! Records. La letra, sobre prostitución de menores, era muy edificante con fragmentos como estos:

Hangin out with junior on the street
catchin new diseases once a week
infecting everyone we meet
(…)
she’s only fourteen, in the seventh grade
if her daddy only knew he’d be scream
in in his grave
molested and arrested in smash alley
Lipstick junkies and runaways in smash alley
say goodbye to your mama if you’re gonna hang out in smash alley

En la actualidad no habría sido muy bien recibida por su contenido. Tampoco «Shooting You Down», en la que el alter ego esta vez le dice a una mujer a la que busca por todas partes que cuando la coja: «te partiré la espalda». La mejor de la cara B era «City Has No Heart», chiclosa, glam, punk, cantada como lo haría Steven Tyler y con coros a lo Wrathchild, como advertía Axl. Era prototípica del momento y el lugar. Así como la que seguía, «Ship Rolls In», que funcionaba de aludido efecto llamada para los que escuchaban la radio desde el agro por mensajes como este.

Drivin real fast in my limousine
i got two girls in the back, it’s the american dream
there’s so much money but so little time
it seems like yesterday i didn’t have a dime (not a dime)
got me a mansion and a swimming pool, living this luxury is totally cool

Concluía una oda al alcoholismo, «Bottle In Front of Me», con hermosos versos como «una botella delante de mí es como una lobotomía frontal». Este LP, que apareció diez días antes que Appetite for Destruction, está considerado por muchos connoisseurs como la piedra angular del sleaze angelino, habida cuenta de que los gunners ya volaban muy alto en su debut. Otros grupos sonaron más metaleros, otros más zeppelianos, pero pocos dieron este tono. Las demos de Rock City Angels de 1986 son demasiado amateur y, en Inglaterra, Tattoed Love Boys (el grupo previo de CJ de Wildhearts), que no salieron hasta el 89, no tenían canciones tan redondas. Solo estuvieron a su nivel y dentro del mismo estilo Dogs d’Amour, puede que hasta por encima, pero esa es otra historia.

El disco se grabó en solo tres semanas. Según Ric Browde, que al final logró ser el productor, los chicos se esmeraron en su trabajo porque Elektra estuvo a punto de echarles ya el primer día de grabación. Browde, que en los setenta había compuesto bandas sonoras de películas porno, estaba especialmente orgulloso de «Babylon» y le dio mucha rabia que Elektra no la promocionara. En realidad el sello no movió un dedo por el grupo y luego los ejecutivos fueron los primeros sorprendidos de su éxito.

Todo lo que sucedió después multiplicó las ventas. El clip de «Don’t Change That Song», con fragmentos de la película de Russ Meyer de la que habían tomado su nombre, fue muy bien recibido en la MTV. Cuando se estrenó The Decline of Western Civilization Part 2 su parte fue la mejor recibida y no por la vergüenza ajena, sus comentarios eran divertidos. Dijeron que para fichar por una discográfica llevaron a Brent Muscat a hacer mamadas de una en una. Sheeperis preguntaba «¿Por qué estáis obsesionados con el sexo?» y contestaban «Antes lo estábamos con el dinero, pero es que no tenemos». Ella seguía como si fuese un diálogo normal «¿Qué hace que vuestro grupo sea tan especial?» y soltaban: «Tenemos los penes más largos y no nos limpiamos el culo». El resto de su filosofía era perfectamente asumible por todos los wannabes que poblaban Los Ángeles y querían ser estrellas del rock millonarias sin mucho esfuerzo: «Tocamos rock para no ser supervisor en un McDonald», «Toco en un grupo porque soy un vago»… Igual que cualquiera que lo estuviera viendo en aquella Norteamérica de Reagan. De la gira europea destacaron que las mujeres del continente tenían más pelo en el sobaco que ellos y dejaban un aviso a navegantes muy propio: «Al que no le gusta nuestro grupo le cagamos en la cara y le decimos que se coma la mierda».

Salieron de gira con Alice Cooper, Motörhead y David Lee Roth. Guns N’ Roses se los llevaron a la citada gira europea, que era la primera para ambos. El dato curioso es que en ese momento ellos estaban por encima en las listas que Axl y Slash. Durante seis meses vendieron casi lo mismo. Sin embargo, cuando salió el single de «Sweet Child O’ Mine» les pasaron como el Concorde. Pero daba igual. Faster Pussycat al final del año iban ya por las doscientas cincuenta mil copias, cuando Elektra habría hecho una fiesta con que solo hubieran vendido cincuenta mil discos. Fueron los años más felices de su vida. Acababan de salir del instituto hacía meses y estaban viajando, cobrando mucho dinero y se acostaban con una chica distinta, o varias, cada día.

Pero ese éxito tenía un perímetro limitado a la esfera angelina. Fuera de California las audiencias no eran tan receptivas. En Troy, Michigan, les arrojaron clavos. En Oakland les recibieron lanzándoles botellas de Jack Daniels. Cuando tocaron con Y&T y Ace Frehley en Corona (San Bernadino, California), acabaron a hostias con el público. Taime se defendía con el palo del micro golpeando a la gente que le insultaba y lanzaba objetos en las primeras filas. La crítica tampoco fue nada complaciente.

Don Waller, en Los Angeles Times, escribió el 9 de agosto: «Con el éxito de Mötley Crüe y Poison no sorprende mucho que los sellos más grandes se estén subiendo al carro del neo-glam firmando a todo riff-slinger con los labios pintados que se pueda estarse quieto lo suficiente como para firmar una X en un contrato (…) Tamie Downe tiene que ser el mejor o el peor imitador de Steven Tyler (…) Estos son discos para los que se perdieron las fiestas en Rodney Bingenheimer’s en los setenta o los que son nostálgicos de la época, pero suena mejor sobre el papel que en el tocadiscos». Y Paul Elliot, el 17 de octubre, sentenció: «Poco glamur, no serán nunca tan guapos como Poison o Stryper, pero lo suplen con sentido del humor y riffs cerdos. Todo lo contrario que Guns N’ Roses, que tienen pinta de que serán el gran grupo de rock de los noventa».

El respeto que los de Axl sentían por ellos a esas alturas quedó claro en Hamburgo. Se fueron a ver todos juntos el barrio rojo. Se emborracharon, por supuesto. Al llegar al hotel, el batería, Mark Michals, se cayó inconsciente en la cama de Duff. Una afrenta que obligó a Izzy y Slash a cogerlo, atarlo con cinta adhesiva y abandonarlo en el ascensor. «Chillaba como un cerdo», recordó Slash posteriormente.

Con el segundo LP, Wake Me When It’s Over, la situación había cambiado radicalmente en Los Ángeles. Ya no existían esas reticencias a contratar a grupos que para cualquiera que supiese un poco de música eran poco originales, repetitivos y clones unos de otros. Al éxito inicial de Mötley y Poison había que añadir ahora el pepino mundial en el que se había convertido Guns N’ Roses. Algo así como los nuevos Rolling Stones. Los sellos iban lanzados a pescar al caladero de donde había salido el pez gordo y firmaban a todo lo que se movía como había anticipado que sucedería la prensa especializada. Salieron decenas de elepés y sobre todo videoclips. Greg Steele lo describió así en Poweline: «Ahora mismo, si formas un grupo, firmas la semana que viene. Veo todo lo que está saliendo y me pregunto si existirán dentro de dos años».

Faster Pussycat no introdujeron novedades en la escena. De hecho, Greg Steele presumía de que su primer álbum y el segundo se podían poner del tirón sin notar prácticamente la diferencia. Lo que sí cambió es que el sello se los tomó más en serio. Les dieron como diez veces más presupuesto y días de estudio. En la mesa se puso John Jansen, que tenía una dilatada carrera como productor e ingeniero. Había estado presente en alguna sesión de Hendrix y con esa carta de presentación a lo largo de los setenta tenía su firma impresa en álbumes de Blue Öyster Cult, en joyas aún hoy poco conocidas, como Artful Dodger o Starz, y en los ochenta caería en las producciones con posibles tipo el Heartkbreak Station de Cinderella o Dancin’ on Coals de Bang Tango.

Al grupo le llevó un año dar con él después de descartar a muchos o ser rechazados. Tom Werman, después de firmar superventas con Cheap Trick, Twisted Sister o Mötley Crüe, les dijo que sus canciones eran muy malas. Brent Muscat en una entrevista tenía su propia explicación: «Fue el que rechazó a Guns N’ Roses, así que… ¿qué sabe él?». Efectivamente, como reveló Duff McKagan, había ido a un ensayo en el que se tapó las orejas y se fue. La canción que se le hizo insoportable fue «Mr Brownstone». Los gunners llegaron a separarse a raíz de la decepción que les supuso el incidente hasta que un joven Mike Clint, sin gran experiencia, les produjo el debut y el resto es historia. «Esta ciudad está plagada de celos, tonterías y envidia», explicó Taime al respecto.

Fotografía: Ted van Pelt (CC BY 2.0)

Lo que perdió Faster Pussycat en este segundo álbum fue el sonido de grupo callejero. Las reminiscencias punk ahora eran hard rock y estaban bien producidas, lo cual es bueno, pero también malo. Esa profesionalización les acercaba a Guns N’ Roses, pero sin la contundencia y el salvajismo de la ametralladora que eran ellos entonces. Greg admitió en una entrevista que desde que Guns N’ Roses había puesto el foco en Los Ángeles existía una «presión añadida» sobre los grupos para «ser original». Y ellos decidieron salirse del «glam/trash/noise/party», así se describió el género en el reportaje, que habían llevado hasta entonces. Mejoraría su autoestima, pero algo de chispa se quedó en el camino.

Los dos primeros temas, «Where There’s a Whip there’s a Way», que se iba a los seis minutos, o «Little Dove», eran correctas pero aburridas. Las letras eran todavía más sexistas. «Con una palmada en el culo, sus ojos brillarán», decían en la primera. Y prosa propia de la popular revista española Charo Medina seguía en el segundo corte:

Your high heeled river of love
Is drippin down your thighs

Sin embargo, la tercera y la cuarta fueron dos himnos que les salvaron la inversión. «Poison Ivy» y la balada «House of Pain». La primera tenía el mérito de poder haber estado en el primer disco, a la segunda le dio el empujón el vídeo que hizo Michael Bay. El que luego fuera director La Roca, Armageddon, Pearl Harbor o Transformers era entonces un especialista en duermemozas sound que venía de hacer clips como «Call It Love» de Poco, «Angelia» de Richard Marx o «Sacred Emotion» de Donny Osmond. Música para una generación entrada en la treintena que ya había empezado a divorciarse a mansalva de sus parejas politoxicómanas traficantes de especies animales protegidas y estas tonadillas les ablandaban el corazón. El de «House of Pain» servía para estos propósitos perfectamente, además de que hubiera servido también para vender vaqueros, seguros de hogar y perfumes masculinos con solo un sutil intercambio de imágenes y logotipos.

En el quinto corte del álbum seguían las sonrojantes connotaciones heteruzas estadounidenses:

My snakeskin boots are tough enough
For that dusty Texas ground
San Antonio get ready for me
The Houston honeys are a luxury

Al menos en «Pulling Weeds» volvía el humor negro:

Daddy was a dirty beggar mamma’s a whore
With a life like thatHow can he win the war

O en «Crying Shame»:

The midway was his private oasis
Where the dope got just a little too strong
Relax, Jummy boy, it’s only homicide

Pero las doce canciones se hacían largas a quien le gustase el debut por recoger el guante de New York Dolls en los ochenta. Esto era hard rockheavy metal con sonido impecable. Otra historia que, por otra parte, también era la adecuada para ser teloneros del tour de Dr Feelgood de Mötley Crüe cuando dejaron de serlo Warrant, lo que les permitió tocar para audiencias en directo de treinta mil personas. Seguro que eso era mejor que seguir siendo lo que llaman de culto.

Cuando se encontraban en Omaha, Nebraska, durante el verano de 1989, tuvieron la primera baja a raíz del éxito. Mark Michals se había enviado al hotel un paquete con heroína y Brunepex, un opioide parecido a la metadona. Allí hubiera sido imposible pillar por su cuenta. La policía lo detectó, marcó el paquete, lo siguió y le detuvo. Cuando la revista Spin contó la historia en mayo de 1990 dejó caer que ya se le había advertido de que se ponía demasiado ciego. Vicky Hamilton en sus memorias le recordaba cariñosamente por no tener fin en las fiestas. Le sustituyó Frankie Banali, de Quiet Riot, y de Michals nunca más se supo. En una entrevista actual Brent Muscat decía que debía de estar muerto, si no habría dado señales de vida con la llegada de internet.

La crítica, de nuevo, no recibió el disco con elogios unánimes, precisamente. En el mejor de los casos se podían leer artículos como el de Christine Natanael en Powerline en septiembre de 1989 donde los presentaba como un placer culpable. «A todo el mundo le gustan esos coros, pero nadie se atreve a decirlo por miedo al qué dirán», se quejaba. En esa época ya empezaban a asomar los grupo serios y circunspectos que venían a decirle a una generación que la vida no era para reír. «Estos chicos se divierten y tienen sentido del humor, que es algo que muchas personas en el rock aún tienen que descubrir», sentenció la periodista.

Fotografía: Ted van Pelt (CC BY 2.0)

En Kerrang!, por el contrario, el 7 de octubre de 1989, Steffan Chirazi mostraba sus dudas: «A pesar de que los cuatrocientos mil discos vendidos en su debut son totalmente respetables y girar con gente como Guns o Alice Cooper, una gran estrella, uno se pregunta cómo de grandes podrían ser Faster Pussycat o hasta dónde podrían haber llegado si su aparición no hubiera coincidido con la llegada de Guns N’ Roses… Es una especulación, por supuesto, pero de eso trata mayormente este sucio negocio». Jim Sullivan, en el Boston Globe, en una reseña de noviembre del 89, lo tenía todavía más claro: «Guns N’ Roses pueden escribir una melodía, Great White y Faster Pussycat no».

Pero doctores tiene la Iglesia. En un disco recopilatorio de Elektra en el que los autores modernos hacían versiones de los clásicos, se marcaron un «You’re So Vain» de Carly Simon que lo petó en la MTV gracias al clip del productor, esta vez rockero, Rocky Schenck. Con este vídeo y el de «House of Pain» el LP fue disco de oro. Salieron giras por Japón y por Europa. Acompañaron a Whitesnake, Ozzy… Eso era una máquina de hacer dinero. El heavy estaba en lo más alto y la aparición de los Use Your Illusion de Guns N’ Roses prometían que se iba a poder seguir ordeñando a la vaca muchos años más, pero el mismo mes de septiembre en el que Axl lanzó su disco cuádruple, apareció un álbum que logró que la gente hiciera cola en las tiendas para comprarlo: Nevermind, de Nirvana. Ahí se acabó el chollo.

Los últimos coletazos de la escena se los pasaron grabando Whipped con Brett Brandshaw a la batería, procedente de Blackboard Jungle, otros secundarios tardíos del LA de la época con un solo LP bastante majo. El tercer álbum de Faster Pussycat se abría con «Nonstop To Nowhere», una canción espectacular para los fans de los primeros tiempos, pero que en la letra ya anunciaba lo que se venía encima. Si Guns en el 87 estaban en un «freight train», Faster Pussycat empezaban este disco diciendo «I’m on a lame train» y concluían: «And it’s taking me down the drain». Era cierto.

Y había todavía más versos en esa misma canción que mostraban esa lucidez: «Los tiempos cambian y pasan rápido. Demasiado rápido para mí. Parece que fue ayer. Estaba faltando a la escuela y robando gasolina». El problema era que la cara A ya no daba para más. Lo mismo que la B, donde solo «Friends», estoniana, merecía realmente la pena. «Cuando el pozo se seque, dile adiós a tus mejores amigos de los buenos tiempos», rezaba. Ya se las veían venir.

Con el resto de canciones Taime se había creído que era una especie de Trent Reznor y se había puesto a experimentar. Por un lado había cortes de puro relleno que solo entendía él y su deriva industrial, por el otro canciones como «Maid in Wonderland» que intentaban emular al que entonces era, con diferencia, el mejor y más interesante grupo de Los Ángeles: Jane’s Addiction. Pero, en general, se notaba que no había un criterio como grupo. Brent Muscat estaba más por Metallica y Eric Stacey por el glam de línea dura tipo Pretty Boy Floyd. Aunque el LP vendió más o menos lo mismo que el primero, lo que tuvo mérito, porque salió en agosto de 1992.

A finales de ese año, cuando fueron teloneros de KISS, nada menos, les llamaron del sello y les dijeron: «Disfrutad de este tour, porque es el último». Cuando regresaron de la gira a Los Ángeles a tomarse un descanso confiados en que algo saldría tarde o temprano, no eran conscientes de que la escena de la que provenían había sido erradicada, borrada del mapa por el grunge y los nuevos grupos de los noventa. Todo lo que ellos representaban estaba muerto. Daba vergüenza ajena. Era un hazmerreír. Y no es una exageración, hasta que Lit Up de Buckcherry volvió a colarse en las emisoras, muy lejos ya del mainstream, nadie dejó de disimular o mirar hacia otro lado cuando escuchaba que una vez, en un lugar de mundo, había existido un grupo llamado Faster Pussycat.

Muscat se fue a vivir a Las Vegas, las peleas por los derechos de las canciones se prolongaron durante años y Taime ha vuelto a girar y sacar un disco con el nombre del grupo, pero más centrado en sus obsesiones que en el glam de casa de putas de antaño. Actualmente todo da igual, porque la música es como el agua del grifo. Pero si comparamos el legado de este grupo con todos los que hicieron por esas fechas una música con el prestigio del sentimiento de culpa, la tristeza y la depresión, habrá que ver qué ha envejecido peor. Yo creo que ya no está tan claro como hace veinte años. Además, de estos grupos, si no te podías reír con ellos, te podías reír de ellos. Siempre te podías reír. Porque con estribillos así lo que da gusto es tajarse.


Me acuerdo mucho de Melrose Place

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Melrose Place (1992–1999). Imagen: Fox Television Network / Spelling Television.

El secreto para ser un buen guitarrista de rock and roll es no lavarse. Son palabras de Izzy Stradlin, guitarrista de la formación original de Guns N’ Roses. Si no te duchas, la grasilla que recubrirá tu cuerpo te ayudará a recorrer el mástil de la guitarra con suma facilidad, explicaba. De las toneladas de literatura sobre este grupo que consumí en su momento, quizá sea esta la enseñanza que más he recordado toda la vida. Cuando luego he visto vídeos de otros artistas la observación volvía a mi mente. Qué bien toca Johnny Thunders el «Jet Boy» con New York Dolls. Claro, es que no se lava, pensaba. Luego descubría que el afamado vídeo de esa canción era un playback, pero oye, la magia del momento mugre estaba ahí. Seguramente en el estudio tampoco se había duchado.

A todos estos simpáticos y bucólicos detalles, tan evocadores ellos de un tiempo mejor, le hemos dado vueltas cuando se ha anunciado el regreso de la formación original no original de Guns N’ Roses. Serán unos conciertos en Estados Unidos con las entradas a unos precios que pueden subir unas décimas la inflación de ese país. Pero no será igual. Ya nunca podrá ser lo mismo. La época en la que eran toxicómanos, proxenetas, chaperos y se vestían con la ropa que cogían de los contenedores de basura nunca volverá. Es una pena muy grande. Sí. Muchos entramos en el punk de los setenta gracias a su disco de versiones, mencionado siempre de forma acotada: «el Spaghetti». Por ese camino llegamos a apreciar el valor artístico residente en salir a tocar en pelotas, reventarse una botella en el pecho y despedirse del público cagando sobre el charco de sangre. Sí, qué rebeldes hemos sido gracias a que un día, de niños,  escuchamos a los Guns.

Solemos, los que fuimos fans, masturbarnos mutuamente con estas teorías de la puerta de entrada. Darnos palmaditas en la espalda y grandes aplausos a nosotros mismos, pero olvidamos el mayor logro que tuvo este grupo cuando se puso de moda. No fue servir de primer paso en nuestras biografías melómanas rockeras. Fue, no se me caen los anillos por reconocerlo, todo lo contrario. Lo positivo de que se pusieran de moda Guns N’ Roses fue volvernos a todos un poco más pijos.

En 1991, cuando salieron sus singles de «Don´t cry», «November Rain» y «Civil War», ocurrió un hecho fantástico. Cientos, miles de adolescentes, en su mayoría féminas, que se habían comprado ese verano el musicassette de Alejandro Sanz Viviendo deprisa, se hicieron fans declaradas de los Guns. En casa, unos escuchábamos el temazo del momento, «Enter Sandman» de Metallica. Otros, «Se le apagó la luz», del bueno de Álex, pero al ir al cole, al encontrarnos en el bus, hablábamos de que en «Live and let die», cuando Axl Rose cantaba lo que ponía en las letras que decía «but if this ever changing world», lo que se le oía era «parecer ser changing world». Y nos reíamos. Nos dábamos codazos. Guiños. Nos hacíamos amigos. Estábamos unidos por algo gentes diferentes. Confluimos. Todo era hegemonía de masas y núcleos irradiadores.

En esta breve primavera de los tiempos ocurrió un momento mágico, porque luego nos separamos, nos bifurcamos, unos tiraron por «Una rosa es una rosa» de Mecano e «Historias de amor», de los nunca bien ponderados OBK, y los otros por el «Countdown to extinction» de Megadeth y el «Deltoya» de Extremoduro. Al volver de vacaciones del pajillero verano de 1991 —no recuerdo otras vivencias más espectaculares— el lanzamiento de los citados singles coincidió con el estreno en televisión de un hito de la televisión mundial, la ficción moderna y por qué no, la historia de la literatura: Sensación de vivir. ¿Y qué ocurrió? ¿Qué tiene que ver nada con nada en este texto? Pues que, unidos por los Guns, vimos la serie juntos. El domingo por la noche nos llamábamos por teléfono para comentar el episodio. Hablábamos, chicos y chicas, sobre el amor, sobre el dinero y sobre tupés: sobre filosofía. Y nos despedíamos con un «ahora me voy a poner “Don´t cry” para pensar en lo que le ha pasado a Brenda». Era mentira, claro, te hacías una paja, pero ibas de ese palo.

Sensación de vivir (1990–2000). Imagen: 90210 Productions Fair Dinkum Productions / Spelling Television / Torand Productions

Pero no es de Sensa de lo que quiero hablar, sino de lo que ocurrió al verano siguiente: Melrose Place. Un año de un adolescente equivale a siete de un adulto, como en los perros, y doce meses después ni nos acordábamos de Dylan y con «November Rain» ya nos dejábamos influir por los que decían que sabían y proclamaban que eso era una castaña y los Guns unos vendidos y unas vedetes y que solo había un dios verdadero, que era Metallica, que nunca jamás, ni de coña, serían unos divos. Sin embargo, una huella difícil de borrar se quedó dentro de nosotros a pesar de la reconversión. Como ese archivo que nunca se borra de un programa que alguna vez tuviste instalado en el ordenador. De modo que cuando apareció Melrose Place nos arrojamos también en sus brazos ávidos de romances. Estábamos programados.

No voy a venderles la serie yo ahora a ustedes. Ya deberían haberla visto, que ya tienen una edad. Además, tampoco podría resumir el argumento alegremente. Todo en esta vida se puede despachar con tres frases, pero Melrose Place no. Si no la has visto, necesitarías que de niño te la relatase tu abuelo dando largos paseos hasta que fueras un crío de cuarenta años. Lo que va a ocurrir en el mundo con el barril de petróleo a veintinueve dólares lo puede explicar cualquiera, lo que pasaba en Melrose no. Ahí uno frunce el ceño y dice: «es que es complejo».

Pese a todo la serie tiró millas en Telecinco con mayor o menor éxito de audiencia. Estaba concebida como una Sensación de vivir para adultos y en su aparición hubo un bello spin-off en el que Kelly saltaba de una serie a la otra para liarse con Jake. Kelly, interpretada por Jenny Garth, era una sufridora de primer orden. Millonaria de madre cocainómana, se enamoró en este episodio de un obrero motero, Jake, Grant Show, que la abandona de mala manera por miedo a herirla. Un conflicto generacional, de clases sociales. Ahí estaba todo. Además, Jake era un obrero de reformas que luego monta un garito. Pertenecía a una estirpe legendaria de grandes folladores.

Pero bueno, al fin y al cabo aquello era una serie más, con sus cosas y tal, pero una más. Sin embargo, en 1997 en España se produjo un acontecimiento planetario. Durante el verano, echaron doble capítulo mañanero de Sensa y doble de Melrose. Nada nuevo, pero el de Melrose correspondía a la quinta temporada. Los profanos desconocen la magnitud de lo que estamos hablando. Ana Karenina al lado de esa temporada es un mongotuit de Paulo Coelho.

Sin abundar especialmente en el asunto, mencionaré las dos grandes historias de amor que hicieron que ese verano edificantes comportamientos como estar bailando «Love & Respect» en los chiringuitos con un pantalón pirata blanco y un sombrero de paja careciera completamente de sentido. Y eso que también se podía levantar el dedo índice echando el hombro izquierdo hacia delante y luego el derecho y otra vez el izquierdo y así sucesivamente repitiendo el estribillo de «La Flaca» mirando a unas chavalas que no te hacen caso ninguno, pero tampoco tenía sentido. El verdadero carrusel de emociones en el verano de 1997 estaba sudando el culo delante del aparato televisor de tubo de rayos catódicos. Vean el porqué.

Peter Burns, Jack Wagner, era un doctor. Rubio, de ojos azules. Mala persona, buena persona, dependía de la trama del momento. De repente fue bueno para enamorarse de Amanda, Heather Locklear, verdadera estrella de la serie. De hecho, la introdujeron con la finalidad expresa de que levantase la audiencia. Como cuando fichas un delantero centro nato buen cabeceador en el mercado de invierno, que no sueles decirle que lo esencial es que le caiga bien al público porque lo importante es participar.

Su amor tuvo muchas trabas que no recuerdo, pero al final se consumó. Se fueron a vivir juntos y todos esperábamos, qué sé yo, que tuvieran un hijo o cuando menos vieran series juntos, cosas que hacen las parejas estables. Aunque en aquella época las parejas no eludían el sexo con refinados seriales de HBO sino con Esta noche cruzamos el Mississippi, pero ese es otro problema.

El caso es que cuando su romance estaba en orden, se mudaron al barrio los McBride, Kyle y Taylor, Rob Estes y Lisa Rinna. Él era un veterano de la primera guerra del Golfo que se despertaba por la noche entre sudores por el estrés postraumático del conflicto. Yo creo que lo que le atormentaba en realidad era que la guerra del Golfo marcó el final de la década de los ochenta y todo se llenó de abominables ritmos de batería quebrados, pero los guionistas no profundizaron en el trauma. Nos mostraron que abrió un restaurante y que su mujer era la metre, posición privilegiada desde la que dedicaba miradas y miraditas a todos los personajes del barrio que iban a comer. Peter entre ellos. ¿Pero era solo eso, una metre cachonda? ¿No había algo más? ¿Rompería Peter su amor con Amanda solo por tirarse a la primera que se le cruza en un restaurante? Claro que había más.

Resultó que Taylor era la hermana pequeña de la primera mujer de Peter, trágicamente fallecida y estaba enamorada de él en secreto desde niña. Y a falta de un Facebook desde el que espiar con un perfil falso a una persona con la que se está obsesionada, cogió los trastos y directamente se mudó debajo de la casa de su cuñado. Lo inevitable ocurrió y al final el cántaro fue a la fuente como un ciudadano maño arrojando un botijo con las dos manos contra un frontón y rompieron a follar y la pareja idílica con Amanda, dos rubios triunfadores, se fue al garete.

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Melrose Place (1992–1999). Imagen: Fox Television Network / Spelling Television.

No les contaría esto si acabase aquí el affaire. Cuántas parejas se habrán roto en culebrones. Miles. De hecho, en eso consiste este egregio género de la ficción de nuestro tiempo. En deshacer parejas y arrejuntarlas de nuevo en combinaciones de equis elementos tomados de equis en equis de forma obsesiva compulsiva.

Aquí, si Peter hubiera querido echar una cana al aire muy bien podría haber recurrido a los servicios de una profesional. Había gato encerrado. Y efectivamente lo que ocurría es que a Peter lo que le ponía era algo oscuramente irresistible y con lo que no podía competir cualquier escort. Empezó a vestir a Taylor con las ropas de su mujer fallecida y a actuar como que era ella. No recuerdo detalles más pormenorizados de tamaño drama, sobre todo para Amanda y también para Taylor, que no esperaba algo así. Pero sí hubo dos fotogramas inmortales que me siento en la responsabilidad de compartir con las nuevas generaciones.

En el primero, Peter y Kyle se emborrachan como dos buenos vecinos. Cuando llegan a casa abrazados tropezándose con todo, Peter se echa a dormir en el sofá del salón y Kyle se va a su cuarto. Entonces aparece Taylor, que arropa a Peter y, mientras este yace inconsciente completamente alcoholizado, le acaricia la cara, siente su pasión prohibida, le pasa los dedos por los labios y lo morrea.

Bien. Los técnicos de fotografía de Aaron Spelling hacían que todo cuanto sucedía en la serie resultase aséptico, para que pudieran consumirlo las buenas gentes de centro democrático sin salirse de su zona de confort, pero a cualquier persona, más si éramos españoles con una cultura alcohólica anterior a los romanos, y a los fenicios también, aquello lo veíamos como lo que era: una tía que le da un morreo a un borracho que está durmiendo la mona con la boca abierta de medio lado que además es el exmarido de su hermana la que se ha muerto. ¿Mas no es eso el amor? Nos preguntábamos. Pues sí. El amor puro. Otra cosa no podía ser.

Sensación, la del amor puro, no la arcada de lo de besar a borrachos comatosos, que volvía a repetirse en ese otro fotograma cuando Peter vestía a Taylor con las ropas de su ex y la observaba. Taylor sabía que algo ahí no iba bien —¿qué esperaba?— y tenía cierto gesto de preocupación. Pero Peter estaba entregado a su pasión y le importaba un huevo el qué dirán. Sus ojos eran lascivos, los entrecerraba cuando la veía, era la mirada de ese hombre que en 1999 escribió «busty blonde» en Altavista y en 2016 «hairy natural granny» en Google. Difícil de olvidar todo aquello. Ahí se hallaba el amor puro en toda su intensidad. Y vuelvo a sentirlo una y otra vez cuando un pornotube me dobla el alma. Aquí estoy yo, como el doctor Peter Burns, me digo. Y también miré como Peter la victoria de Grecia en la Eurocopa de 2004 y el documental de Metallica en el que hacen terapia de grupo porque uno está un poco plof y le tiemblan los ojos como a Candy Candy.

Y la otra escena inolvidable de aquella época fue una historia, más que un fotograma. Compañero de Peter era el doctor Mancini, Thomas Calabro. Mentiroso, manipulador y avezado follarín, el doctor era un no parar de grandes momentos para la posteridad, pero lo que le ocurrió con su mujer no tuvo nombre de dios. Resulta que el hombre estaba corriendo por la playa cuando conoció a una rubia muy simpática. Se llamaba Megan, interpretada por Kelly Rutherford que ahora lo ha petado en Gossip Girl, y nada, se conocieron, hicieron migas y el doctor Mancini como entendía que era tradición familiar o algo así se la chingó. El problema entonces era su mujer. Porque se conoce que le gustó tirársela y repitió. Megan era dulce, agradable. No como su parienta, Kimberly, Marcia Cross, una estirada de tres mil pares y capaz de unas maldades que ni la banda terrorista ETA. O sí, porque al final de la temporada tres con mucha tranquilidad puso una bomba en el complejo de apartamentos que da nombre a la serie. Cosas que pasaban.

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Melrose Place (1992–1999). Imagen: Fox Television Network / Spelling Television.

Pero esta trama no iba de terrorismo, iba de redención, como en las películas de John Ford. Ya que… ¿Por qué ligó el doctor Mancini, achaparrado y cetrino, con una pedazo de rubia cuando iba, ítem más, en chándal? Pues porque Megan era una escort, a la que por cierto muy bien podría haber recurrido Peter para vestirla como su mujer y ahorrarse así un desagradable drama doméstico con Amanda, que había pagado ¡Kimberly! para que se ligase a su marido. Sería para conseguir un ventajoso divorcio, dirán ustedes. Pues no. Fue porque tenía un tumor cerebral incurable y le quedaban meses de vida. Quería que su marido no sufriese por ella, rebajar como pudiera el disgusto y esa brillante idea fue lo que se le ocurrió. Un gesto noble antes de expirar en una vida plagada de intrigas y vilezas. Redención. Expiación. Ya saben quién estaba detrás de esa decisión: el amor puro.

Al año siguiente, 1998, todo cambió. Empezó a llegar internet. Nuestras vidas se volvieron más aburridas y pasarse un verano viendo series ha llegado a ser hasta normal. No obstante, en horario infantil, nunca volvió a verse en una serie tanto amor puro reconcentrado de tal manera que hasta desviaba la luz solar. Gracias Aaron. Nunca lo olvidaremos. Que la Troika te nombre presidente del Reino de España.


¿Qué estrella del rock ha envejecido peor?

Durante estos últimos días hemos leído con gran alborozo que el próximo 25 de junio darán un concierto en España nada menos que los Rolling Stones. Basta escuchar ese nombre y a cualquiera le viene a la mente la mitología que rodea al rock and roll. Ya saben, todo aquello del estilo de «vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver». Aunque vive Dios que esto último no lo podrán cumplir Mick Jagger y Keith Richards… y si nos ponemos a pensarlo, otros muchos tampoco. ¿No se supone que un roquero debe morir a los veintisiete años para convertirse en leyenda? No nos malinterpreten, no es que queramos afearle a nadie que sea remolón a la hora de dejar este mundo, que será horrible pero es mejor a que no haya ninguno. Les deseamos a todos una larga y próspera vida; dif tor heh smusma, como dicen en las afueras de Bilbao. La cuestión es que a algunos el envejecimiento en vez de convertirlos en un buen vino los ha avinagrado: bien sea secando su creatividad, tornando su rebeldía en impostura o haciéndonos temer que si tropiezan sobre el escenario acaben más desmontados que Mister Potato. Pero escoger solo a uno como ejemplo no es sencillo, así que apelamos a la sabiduría de nuestros lectores para que decidan cuál, o añadan algún otro si lo consideran conveniente, evitando la tentación de señalar a Ozzy Osbourne, pues su deambular errante por el escenario desafinando y dando palmas como una entrañable tía abuela del pueblo es cosa de su esencia y no del paso del tiempo.

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Axl Rose

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

El cantante de Guns N´Roses lo tenía todo en 1988. Uno de los mejores discos de la década. Un país a sus pies, tres canciones sonando a todas horas en las emisoras comerciales y un grupo que era la mezcla perfecta entre Aerosmith, Rolling Stones y Sex Pistols. ¿Y qué hizo? Sacar un disco cuádruple que saturó el mercado, cambiar un look maravilloso por pantalones de ciclista y entrar en una crisis creativa de quince añitos de nada. En su reaparición lo tenía todo. Implantes capilares, botox, era de color rosa intenso y podía presumir de la prototípica cara de señora mayor de las estrellas de rock crepusculares. Estaba hecho un San Luis, nombre, por cierto, de la bella localidad donde se lanzó a pegar al público por un quítame allá esas pajas en 1991.

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Steven Tyler

Foto: Cordon Press.
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Durante los años setenta su grupo fue la banda sonora de todos los mascachapas del medio oeste americano. Antes de que el rap y otras historias conquistaran el tierno corazón de la gente que roba coches, el sexo, la droga y el rock and roll tenían en este caballero y su guitarrista la sede vaticana. Y así les fue: apodados como los «Toxic Twins», su última entrada en rehabilitación data de 2008. Ni los marines que son lanzados en mitad del desierto en misiones ultrasecretas habrán castigado más su cuerpo que este caballerete. Hoy su rostro hace que el logotipo de Risi parezca obra de los más concienzudos artistas realistas soviéticos. Unas caras son un poema y otras, el mensaje que quiere transmitirnos la selección natural.

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Rod Stewart

Foto: Cordon Press.
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Ha sido toda la vida el perfecto gentleman inglés. Es decir, con su traje y corbata, sus baladas románticas. En sus ratos libres gustaba de oler una rosa perfumada y beber hasta amanecer semidesnudo tirado en la calle debatiéndose entre la vida y la muerte por un coma etílico como es tradición de tantos hermanos británicos en la Costa Brava. Sin embargo, no podemos decir que no se haya cuidado. Tal y como reveló en su última biografía publicada, siempre se metió la cocaína en bolitas por el culo para no dañarse las cuerdas vocales. No obstante, hoy en día las nuevas generaciones le sitúan en el mapa por aquella actuación en South Park en la que salía cantando «Po-pooooooo» porque la mítica leyenda se hacía caca. Su mejor momento «estrella del rock que parece una señora mayor» llegó cuando lloró en el palco porque su Celtic le dio candela al Barça en un partido matasuegras de la Champions.

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Bono

Foto: Cordon Press.
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Este hombre lo deja todo perdido de paz y amor allá donde va, si le dejásemos nos arreglaba el planeta en una semana. Pero hubo un tiempo en que además cantaba. Quizá con una voz no muy potente, pero sin duda grandes temas. U2 marcaron los años ochenta y comienzos de los noventa con The Joshua Tree y Achtung Baby. En ese momento su estilo pareció evolucionar de forma interesante pero finalmente se desorientaron y optaron por encasillarse en lo que podríamos definir como el ¡Murcia, qué hermosa eres! del pop-rock internacional. Perdimos un extraordinario grupo pero ganamos un santo, algo es algo.

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Bruce Springsteen

Foto: Cordon Press.
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No es que haya envejecido mal, es que su empeño por dar la tabarra al resto del mundo durante el mayor tiempo posible es cada año que pasa más concienzudo, y por lo tanto no está de más que pongamos nuestro granito de arena para lograr que pare ya. Por favor, Bruce, deja ya de sumir a las masas en ese estado de estupor que solamente tres horas y media de concierto pueden lograr y déjales que vivan algo de la vida que les queda. Vete a casa, cómprate un tractor sin cabina, córtate las uñas con un cuchillo Bowie, zámpate tres kilos de chuletones ternera Hereford mientras lloras por el medio ambiente y los ríos limpios de Nebraska. Haz lo que te dé la gana, pero no nos lo cuentes más veces. Ten piedad [*].

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Liam Gallagher

Foto: Cordon Press.
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Pues ahí lo ven con cuarenta y un años, demostrando señorío. Desde los mismos comienzos de su sensacional Definitely Maybe se metió en el papel de estrella del rock constantemente drogada y metida en peleas. Se le perdonaba todo por su voz genuina y esa pose chulesca sobre el escenario que tan bien le quedaba, pero en la enésima discusión con su hermano la banda terminó disolviéndose. El remate fue la ceremonia de los Juegos Olímpicos de Londres, donde esa voz de antaño se convirtió en un graznido irreconocible. Parece que ese tabique nasal que aguantó tanta fiesta dijo «hasta aquí hemos llegado» y también había terminado disolviéndose.

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Keith Richards

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Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En este caso lo de envejecer es relativo pues luce la misma cara de encurtido desde hace cuarenta años. Un tiempo en el que en torno a este hombre han circulado tal cantidad de leyendas y tan estrafalarias que eso hace que nos merezca un respeto. Podrán ser falsas, pero el hecho de que se les dé credibilidad, de que alguien le crea realmente capaz de protagonizarlas, indica que no estamos ante un cualquiera. Se ha metido en el papel, desde luego, el problema es que con el paso de los años parece que acaba eclipsando al músico que hay detrás. Lo cierto es que ha llegado a una edad y aspecto en el que ya no es impostura roquera ni pose hedonista decir que vive cada día como si fuera el último. Esperemos que aguante hasta el 25 de junio.

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Mark Knopfler

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

¿A cuántos patillitas malasañeros se ha escuchado declamar a los cuatro vientos que los solos de guitarra son un coñazo, que son la grasa cancerígena de toda canción, que son los fuegos de artificio que mataron al rock and roll y a su espontaneidad? ¿A cuántos se les ha oído recitar esa barbaridad para recibir como respuesta gestos de aprobación y una canción de Los Planetas dedicada desde la cabina del pincha? No lo intenten, aún no se ha inventado la ciencia estadística que pueda contabilizarlos a todos con la suficiente precisión, pero son muchos más de los que podría soportar cualquier sociedad civilizada pero muchos menos de los que podría esperarse después de casi cuatro décadas sometidos a los castigos del sultán del swing y rey de las muñequeras. Bien mirado, no es justo decir que ha envejecido mal un tipo que ya en sus años mozos se plantaba en un escenario disfrazado de adicto al gym jazz y las máquinas de spinning, porque alguien así es seguro que prácticamente nació póstumo, pero el daño que le ha hecho al rock —y a otros géneros de los que solo a costa de varias noches de insomnio podemos recordar que se ha aproximado para torturarlos nos obligan a incluirlo aquí. Mark Knopfler, el guitarrista que hizo llorar de felicidad a tu padre cuando le pusiste en el coche el casete del Alchemy, porque tardó apenas lo que dura la intro de «Once Upon a Time in the West» en sentirse mucho más joven que tú. Gracias, Mark.

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James Hetfield

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Hubo un tiempo en el que los cuatro jinetes reinaban en los escenarios como heraldos del caos y la violencia verbal. Un tiempo en el que su Live Shit: Binge & Purge ostentaba el récord de álbum en directo con mayor número de palabras malsonantes, blasfemias e interpelaciones insultantes al público por minuto. En lo estrictamente musical podemos celebrar que el disco Death Magnetic purgara en cierta medida la colección de despropósitos que el grupo protagonizó con St. Anger, el tremebundo documental de su grabación y sus circunstancias, pero por lo demás debemos lamentar que aquello desembocara en su abandono del alcohol y la actitud de frontman taciturno y amenazante. Ahora acudimos a uno de sus directos y nos encontramos ante un señor que pasó la crisis de los cuarenta llenando su cuerpo de tatuajes carcelarios y experimentando demenciales evoluciones capilares, pero en contraste desea convertir el concierto en una especie de celebración hippie de la paz, el amor, la unidad frente a los embates de la vida, los valores familiares y el buen rollo. Un señor que te podrías encontrar en un parque vigilando muy preocupado por si los niños se hacen daño en los columpios o caen en las garras del botellón. No puedes cantar «Seek and Destroy» mientras explicas que ahora somos todos una gran familia y que «Metallica loves you». Es desconcertante.

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Glen Benton

Foto: Larry Meiring (CC)
Foto: Larry Meiring (CC)

No es que estemos esperando la muerte del bueno de Glen, bajista y vocalista del grupo de death metal Deicide, por nada personal. Se trata de pura coherencia. Y es que el autodenominado satánico de Florida, entre berrido y berrido, dijo que para llevar una vida opuesta a la de Jesucristo se suicidaría a los treinta y tres años. Esto lo estuvo pregonando muy gallito durante todos los noventa, hasta que al llegar el año 2000, cuando Glen cumplía los dichosos treinta y tres, se hizo el loco. Pero no el loco habitual que venía siendo un tipo que se quemaba crucifijos invertidos en los brazos o decía mantener amenas conversaciones con Lucifer, no. Se hizo el loco en plan hacerse el sueco. Catorce años después sigue envejeciendo y cuando le sacan el tema dice que solo los cobardes y los perdedores eligen suicidarse. Un poco de dignidad, caballero.

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Gene Simmons

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

La idea fue formar un grupo para adolescentes, pintarse las cara, juguetear a ser reinonas encima de unas plataformas, sacar mucho la lengua y hacer correr absurdas historias sobre injertos y otras barbaridades que solo un mundo que estaba dispuesto a creer que el rock sinfónico era algo parecido a la música estaba dispuesto a tragarse. Que detrás de todo ello únicamente estuviese la codicia y el afán de riqueza no le podría parecer mal a nadie, pero un señor mayor vestido como un Robocop travestido del infierno, lamiéndose la barbilla y pintarrajeado como la duquesa de Alba, ya no hace mucha gracia. Parad ya, por favor.

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Iggy Pop

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

El terror de Norteamérica, el precursor del punk, alguien que ha hecho circular historias sobre drogas y filias sexuales que si hubieran sido filmadas muchos no dudarían en calificar como snuff. La Iguana —qué clase de hombre vive en paz consigo mismo después de asignarse ese alias—, el cantante de rock que esculpió sus abdominales a golpe de chute de heroína barata y alguna automutilación. Ese hombre que puso fin su leyenda anunciando Schweppes de limón. De limón. Llorad, llorad, hijos del underground.

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[*] La Dirección de Jot Down Magazine descubrirá cuál de los firmantes ha escrito la parte de Bruce Springsteen y tomará las medidas oportunas.


Las portadas de disco más escandalosas de la historia

No son pocos los músicos que han tenido problemas, queriendo o sin querer, con las carátulas de sus discos. El motivo de escándalo ha variado mucho con el tiempo: por ejemplo, entre los años cincuenta y setenta podía resultar “provocador” cualquier detalle inocuo e incluso irrisorio, cosas que en nuestros días ni siquiera despertarían atención. Mientras que ahora se editan algunas portadas que en otros tiempos ni siquiera hubiesen sido consideradas publicables. Así que aquí tendremos algunas carátulas que hoy nos parecen inocentes, junto a alguna que otra salvajada de tiempos más recientes… y curiosamente, quizá en su día fueron bastante más controvertidas algunas imágenes inocuas de lo que otras más crudas puedan serlo hoy. El caso es que a lo largo de la historia de la industria discográfica existen muchos ejemplos de portadas que despertaron polémica y aquí por supuesto no vamos a incluir todos esos ejemplos, pero sí varios de los más legendarios, curiosos o extraños. (Haga clic en la miniatura para ver la portada correspondiente)

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Electric lady landQuizá el caso más paradigmático de portada escandalosa es la del doble álbum Electric Ladyland, de The Jimi Hendrix Experience. La compañía de discos decidió que un harén de mujeres en pelota picada se correspondía bien con la imagen que el público tenía de Hendrix gracias a sus letras repletas de cálidas referencias a las féminas, sus movimientos sexuales en escena y la apenas disimulada vocación del guitarrista de Seattle como mujeriego insaciable. Además, el título del disco casi invitaba a ello. Pero, como era de esperar, en plenos años sesenta aquella portada era demasiado para las mentes bienpensantes del momento: la sobredosis de tetas no sentó bien y la discográfica se vio obligada a terminar cambiando la idea original por un retrato icónico del rostro del músico. Lo más curioso de todo el asunto era que mucha gente creía que la portada de las chicas había sido idea del propio Hendrix y asumían que llenar la portada de “foxy ladys” parecía muy propio de él… sin embargo, el guitarrista la consideraba una provocación vulgar y nunca le gustó; de hecho, la discográfica había utilizado la foto de las mujeres en contra de su opinión.

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Beatles yesterday and todayLos Beatles —o parte de ellos— sí se sintieron más cómodos al utilizar una de sus fotografías más chocantes para ilustrar el recopilatorio Yesterday and today. En la imagen aparecían disfrazados de médicos, manchados de sangre, rodeados de casquería y muñecos despedazados que simulaban ser niños muertos. El truculento montaje, que había sido idea del fotógrafo de una de sus sesiones, divirtió a los cuatro músicos. Aceptaron posar de tal guisa porque estaban hartos de las típicas fotos promocionales “happy” e inocentes que el público asociaba con ellos. Pero fueron tantas las tiendas que se negaron a poner aquella portada en sus exhibidores y tan fuertes las críticas, que la discográfica se vio obligada modificar la portada. Pegaron —literalmente— una nueva fotografía sobre la funda de los discos que aún tenían por vender. Paul McCartney, el principal impulsor de la idea de la carátula —parece que por una vez el más siniestro del grupo no fue John Lennon— se mostró decepcionado e hizo comentarios despectivos hacia quienes se habían escandalizado por la imagen, afirmando que aquello era una metáfora sobre la guerra del Vietnam. Lennon estuvo de acuerdo con la ocurrencia de usar la foto en la portada, como era de esperar habiendo fetos, sangre y cosas desagradables de por medio. A quien parece que no le hizo mucha gracia fue al etéreo George Harrison, que lo consideró una idea “estúpida”. Hoy en día el disco con la portada original es una pieza de coleccionista de mucho valor monetario. También el disco censurado que aún conserve la imagen censora pegada a la carpeta tiene su valor, ya que constituye una rareza porque la mayor parte de la gente sencillamente arrancó lña pegatina para poder contemplar aquella polémica imagen de los Beatles rodeados de tripas, cabezas y sangre. All you need is love.

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Two virginsTenía que ser él. En un alarde de ¿modernidad? ¿expresividad?, o Dios sabe qué, John Lennon tuvo los santos redaños —y por las dudas, ahí le cuelgan— de publicar un disco en cuya portada aparecían completamente desnudos él y su novia Yoko Ono. Aquello hacía que el Electric Ladyland de Hendrix pareciese un óleo de Velázquez. Podemos formularnos muchas preguntas acerca de esta carátula: ¿era realmente necesario? Supongo que Lennon le veía el lado poético al asunto, pero a algunos todavía nos cuesta asimilar la ocurrencia, más que nada por el resultado estético. ¿Alguien se imagina una portada en la que, no sé, aparezca Neil Young como su madre lo trajo al mundo (aparte de cabreado, quiero decir)? Hay cosas que sencillamente no son una buena idea. No obstante hay que reconocer que Lennon ya se las arreglaba por entonces para organizar mayores escándalos que el de esta portada sin necesidad de sacar la pistolita de paseo.

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Blind FaithBlind Faith fue un grupo que nació de las cenizas de Cream, con Eric Clapton y el batería Ginger Baker uniendo sus fuerzas a otra superestrella del momento, Steve Winwood. Sacaron su primer y único disco en 1969, pero incluso en aquellos tiempos de alegría hippie y cantos al arco iris la portada de su álbum causó un considerable escándalo. Se trataba de la fotografía de una niña preadolescente que posaba desnuda, sujetando la maqueta de un avión con supuestas connotaciones fálicas. El revuelo, lógicamente, no se hizo de esperar. Las leyendas urbanas tampoco: muchos creyeron que se trataba de la hija del propio “Ginger” Baker, dado que el batería —como bien indica su apodo— también era pelirrojo. Otros, en cambio, daban una versión menos inocente y aseguraban que era una “groupie” menor de edad a la que los pervertidos rockeros usaban como juguete sexual en sus giras. Al final, lo cierto es que no se trataba de lo uno ni lo otro: la chiquilla era simplemente una modelo que el fotógrafo responsable de la portada había contratado a través de sus padres. Había querido componer una imagen metafórica que evidentemente nadie entendió y que se suponía que simbolizaba el inocente fruto de la vida —la chica— junto al fruto del progreso humano, una nave espacial. La edad de la modelo tenía que ser precisamente esa, explicó el fotógrafo, porque es el momento de transición entre una niña y una mujer. Sea como fuere, el escándalo fue considerable y más teniendo en cuenta que el disco llegó al número uno de las listas.

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Moms apple pieHoy en día esta portada puede parecernos una broma más bien inocua, pero en 1972 el disco homónimo de Mom’s Apple Pie dio bastante que hablar por la imagen de una tarta en la que podía distinguirse claramente una vagina. La combinación entre el aparentemente inocente nombre de la banda (“la tarta de manzana de mamá”) y el dibujo con estilo como de cuento infantil con las claras connotaciones sexuales más o menos ocultas, fue algo quitó el sueño a muchos sufridos padres de la época, hasta el punto de que la compañía de discos tuvo que retocar el dibujo en posteriores ediciones, tapando el dulce coñito de manzana con ¡un muro de ladrillo!

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Diamond DogsSi hubo alguien que supo sacar partido del escándalo a principios de los setenta, ese fue David Bowie. Proyectando ambigüedad sexual y dando material a la prensa con floridas declaraciones, consiguió que se hablase mucho más de él de lo que ya se habría hablado con los grandiosos discos que había estado grabando junto a Mick Ronson. Y fue precisamente en el primer disco sin Ronson cuando Bowie eligió una cubierta de dudoso gusto que levantó bastante polémica. Se trataba de un dibujo que lo presentaba convertido en una especie de híbrida mutación queer de un perro, conveniente provisto de sus perrunos genitales. Muy desagradable todo, estéticamente hablando, aunque para gustos hay colores. Una vez más, la discográfica se vio obligada a retocar la portada, eliminando con aerógrafo las partes pudendas del Bowie-Rintintín para convertirlo en un híbrido igualmente horrendo, pero eso sí, asexuado (¡ah, menos mal!). Hoy en día, un ejemplar del disco en el que aparezcan esos genitales constituye una valiosa rareza por la que se paga bastante dinero. Así es la gente.

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RM country lifeEsto ya es otra cosa. En 1974 Roxy Music publicaron el LP Country life, pero en la portada no había perros, ni niñas prepúberes, ni tartas de manzana. Brian Ferry fue a por todas y colocó la fotografía de dos esplendorosas mujeres que había conocido durante sus vacaciones; el cantante las convenció para posar y aparecer en la carátula ataviadas únicamente con ropa interior. Naturalmente, en aquellos tiempos la cubierta se consideró inaceptable en muchos países (entre ellos, cómo no, España) y el disco fue subsiguientemente editado sin las dos señoritas en lencería. Mala suerte.

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Virgin KillerLos alemanes Scorpions ya se caracterizaban por discos cuyas portadas, invariablemente chabacanas y horteras, se habían convertido en una marca de fábrica, pero fueron más lejos que nunca con el álbum Virgin Killer. Aunque la iniciativa, en realidad, partió de la discográfica, deseosa de que el grupo llamase más la atención. Optaron por la fotografía de una niña rubia completamente desnuda y en postura insinuante, cuyos genitales estaban cubiertos por el efecto de un cristal roto. La idea como decimos fue de los ejecutivos de la casa de discos y los propios miembros del grupo no supieron muy bien cómo tomárselo, aunque pensaron que les serviría para atraer la atención de los medios, y así fue. En aquellos días previos a Internet y al auge de la pornografía infantil en la red, el LP originó un escándalo, aunque no exactamente con las connotaciones que podría tener hoy en día, cuando ya consideramos sencillamente inviable la edición de un disco con una presentación semejante. En consecuencia, la carátula fue cambiada en algunos países, mientras que en otros se siguió vendiendo el disco con la imagen original, pero tapada con un plástico para que no fuese visible en las tiendas. No es la única portada chocante en la historia de este grupo, pero desde luego sí fue la más delicada de todas.

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On stageA veces el escándalo llega por los motivos más nimios y risibles. Una de las leyendas urbanas más chorras relacionadas con la carátula de un disco y el consiguiente escándalo “sexual” (es un decir) se remonta a los tiempos en que el quinteto Five keys publicó el disco On stage. A primera vista no parece haber nada de extraordinario en la fotografía: vemos a los cinco tipos posando con actitud de cantar, algo perfectamente típico en los grupos vocales de su tiempo. Sin embargo, si nos fijamos en el individuo de la izquierda, algo parece sobresalir de su pantalón… naturalmente se trata de su mano, pero a la gente le gustan estas tonterías y rápidamente empezó a correr la voz de que el muy sinvergüenza había posado con el pene al aire. La cosa no pasaba de una broma que iba de boca en boca, pero eso no impidió que se disparase hasta el punto que la compañía modificó la fotografía para posteriores reediciones, eliminando el dedo de la discordia antes de que el supuesto “sexto miembro” de Five Keys se convirtiese en una celebridad nacional.

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The pros and cons of hitch hickingRoger Waters, el antiguo líder de Pink Floyd, era conocido por las temáticas oscuras y retorcidas de sus canciones, por la atmósfera opresiva y melancólica de casi toda su música. En fin, todo el mundo está más o menos familiarizado con algunas de las imágenes de The Wall. En 1984 publicó un disco también conceptual que había compuesto más o menos en la misma época. Titulado “Los pros y los contras de hacer autostop”, la cubierta no estaba sin embargo en línea con la habitual oscuridad del trabajo de Waters. Se veía a una señorita haciendo dedo ataviada únicamente con una mochila y unos zapatos de tacón… y absolutamente nada más. Todo un atrevimiento para un músico de su fama en aquella época. Aunque esta vez no solamente reaccionaron los habituales guardianes de la decencia, sino también grupos feministas que consideraron la imagen una “apología de la violación de autostopistas”… ahí es nada. El argumento del disco habla de la crisis existencial e infidelidad de un hombre casado que se enrolla con una chica a la que recoge en una carretera, y la chica desnuda de la portada —además de servir para llamar la atención— representaba gráficamente esta tentación, pero durante los ochenta y noventa algunos de esos grupos de protesta ideológica la tomaron con los músicos de rock, así que los ataques a cualquier carátula que mostrase carne no siempre llegaban únicamente desde la derecha conservadora.

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family manLa banda norteamericana de punk Black Flag editó Family Man en 1984, un disco híbrido con discursos hablados —a cargo, naturalmente, de Henry Rollins— y temas instrumentales, algo que era bastante diferente a lo que habían grabado hasta entonces. Pero lo más notorio del álbum era el dibujo de la carpeta, en el que se veía a un hombre que acababa de tirotear a su mujer e hijos y que está a punto de pegarse un tiro. Todo un alarde de poesía visual que naturalmente hizo las delicias de los amantes del cine de Disney y las comedias en plan Tú a Londres y yo a California.

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FrankenchristJello Biafra, líder de los Dead Kennedys, se ha caracterizado siempre por intentar tocarle los bemoles al sistema de las maneras más variopintas posibles. Desde el nombre artístico que escogió para él y para su banda punk, hasta una lista de travesuras provocadoras que es demasiado larga para desgranar aquí. Con el título de este disco, Frankenchrist, ya tenía más que suficiente para soliviantar a los guardianes de la decencia, especialmente en 1985, la época del advenimiento del PMRC. El PMRC fue un lobby moralista-censor-mojigato fundado por las “esposas de Washington”, un grupo de beatas histéricas encabezadas por la aborrecible Tipper Gore, mujer de Al Gore. Sí, el mismo que ahora va de progre salvador del ecosistema, de los arbolitos, del ozono y de todo lo que se tercie. El caso es que aunque la portada de Frankenchrist parecía bastante inocua —unos tipos en cochecito—, lo delicado venía en la parte interior de la carpeta, donde se reproducía un dibujo de Giger, autor de los diseños de Alien. El dibujo consistía en un “paisaje” de penes introduciéndose en vaginas y estaba escondido a la vista cuando uno compraba el disco, uno solo lo descubría cuando desempaquetaba el álbum en casa. Jello Biafra fue llevado a juicio acusado de poner material indecente al alcance de los compradores menores de edad. El cantante fue finalmente absuelto de los cargos, pero el proceso judicial le costó la ruina económica. A partir de ese momento se convirtió en uno de los más fieros opositores de las piadosas y cristianísimas madres fascistoides del PMRC, convirtiéndose junto a Frank Zappa en uno de los adalides de la libertad de expresión en su país durante aquellos años.

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LovesexyTambién Prince tuvo problemas con el PMRC durante sus años más exitosos; de hecho fue una canción suya la responsable de la creación de dicho comité censor, cuando la horrorizada Tipper Gore (¡una pobre víctima!) descubrió con espanto que su hija de once años estaba escuchando un disco de Prince que contenía un tema, Darling Nikki, en el que se que mencionaba la masturbación. En vez de afrontar el asunto desde una perspectiva educativa, Tipper Gore recurrió a la influencia de su maridito político y decidió convertirse en salvadora de la nación. Creó el PMRC y se enfrascó en una ofensiva que tuvo como objetivo principal a músicos de rock y de pop, con la connivencia de los sectores más conservadores del país (esos que en España se hacen llamar “liberales”). Prince fue uno de los objetivos de la asociación de consortes histéricas de Washington, pero no se enfrascó en una guerra dialéctica abierta como Frank Zappa. Eso sí, tampoco renunció al fuerte ingrediente sexual de su música. Ni corto ni perezoso, decidió que el mundo necesitaba verle posando en pelotas en la portada de uno de sus discos (¡no!), llamado Lovesexy. Naturalmente, aquello le ponía difícil a sus fans —sobre todo a los más jóvenes— el trago de ir a la tienda y llevarse “aquello” ante la suspicaz mirada del dependiente. Quizá por eso fue un disco menos exitoso que los anteriores, quién sabe, aunque contenía el irresistible single Alphabet St., cuyo videoclip, al menos en España, era emitido a todas horas. En fin, amiga Tipper, ya ves lo que conseguiste… ¡muchas gracias! (¡¡no!!).

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Fuck me JesusNaturalmente, cuanto menos conocido es un grupo más fácil lo tiene para forzar la nota en las cubiertas de sus discos. En 1991 las cosas habían cambiado un tanto y la fiebre censora de los ochenta ya no estaba en su punto álgido, pero un artista de primera fila aún podía generar un considerable escándalo si pretendía incluir según qué referencias en su trabajo. Especialmente referencias religiosas: por entonces aún estaba reciente el escándalo en torno a la película La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese. Pero ese era un problema que las pequeñas bandas de metal europeo no tenían o no consideraban tener, protegidas por su relativo anonimato. Así, los suecos Marduk sacaron un disco que no solamente tenía el llamativo título de Fuck me Jesus sino que mostraba en portada a una mujer introduciéndose libidinosamente un crucifijo por la retaguardia. Aunque desde luego no hablamos de una banda mundialmente famosa —o hubiésemos visto el asunto en todos los telediarios— la potente imagen dio que hablar, incluso generando su propio “merchandasing”, incluidas camisetas y demás.

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God hates us allMás revuelo causaron los norteamericanos Slayer, que eran bastante más famosos y por tanto estaban más sujetos a la atención periodística y a la polémica fácil. En la portada de su God hates us all (“Dios nos odia a todos”) se veía una Biblia ensangrentada y cubierta de clavos, algo que despertó protestas entre sectores conservadores y creyentes. No era la primera vez que Slayer se veía metido en polémicas por canciones como Angel of Death, en la que se hablaba del criminal nazi Joseph Mengele, algo que tuvo a no poca gente confundida y que hasta hoy ha hecho circular la idea de que Slayer son racistas o pro-nazis (desde luego, les guste o no, son uno de los grupos favoritos de los skinhead estadounidenses). Sea como fuere, el guitarrista y autor de las letras, Kerry King afirmó que el mensaje de esta portada no era exactamente anticristiano —de hecho su cantante, el chileno Tom Araya, se define como católico— aunque naturalmente eso es algo que difícilmente podía disipar la polémica.

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Christ IllusionOtra vez Slayer: en el 2006 editaban Christ Illusion, en cuya carátula se representaba un Jesús tatuado, mutilado, tuerto y según el grupo, “con aspecto de drogadicto callejero”, rodeado de cabezas y restos humanos. Dado que hubo no pocos puntos de distribución que se negaban a exhibir el disco con la carátula original, Slayer se vieron obligados a editar una versión alternativa con la imagen parcialmente cubierta.

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Beggars BanquetLos Rolling Stones tienen una nutrida historia en cuanto a portadas polémicas por razones de lo más peregrino: Sticky Fingers, Love you live, Some girls, la campaña publicitaria de Black and Blue… pero para ellos todo empezó con el retrete de Beggars Banquet. Con aquel disco, los Stones abandonaban la era de Acuario y empezaban a cultivar un sonido más sucio, para lo cual no hallaron mejor acompañamiento que una portada presidida por un cochambroso baño público, algo que hoy puede parecer inocuo pero que por entonces resultaba muy atrevido para una banda tan famosa. Allí donde no pudo distribuirse el disco con la portada original, se incluyó una funda completamente blanca… coincidiendo casualmente con el “álbum blanco” de los Beatles. Si llega a imitar la idea un par de bandas más, las tiendas de discos hubiesen terminado pareciendo la nave de 2001.

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8 Way SantaUna de las polémicas más cómicamente absurdas relacionadas con este asunto de las portadas se produjo en 1991 cuando el grupo de Seattle Tad publicó su 8-way Santa. La imagen frontal, en la que se veía a un tipo manoseándole el pecho a su mujer, no resultaba demasiado escandalosa para los años noventa y parecía más bien una parodia de los “artworks” hippiosos de otros tiempos. Así que el disco se publicó sin mayor inconveniente. El problema era que la foto no pertenecía a los miembros de la banda, sino que la habían encontrado dentro de un álbum de fotografías comprado en una casa de empeños. La imagen les hizo gracia, la retocaron y la usaron para su disco. Y claro, pedir a unos tipos como Tad que se molestasen en comprobar los derechos de la fotografía o que asegurasen el tema desde el punto de vista legal era demasiado. Así que un buen día el grupo se llevó una sorpresa: la cariñosa pareja anónima de la portada se dio cuenta de que, sin saberlo, su foto perdida aparecía en la portada de un disco. Lejos de sentirse orgullosos de formar parte de la movida “grunge” figurando en el álbum de uno de los grupos más cafres de la ciudad, los dos veraniegos hippies demandaron a Tad y estos se vieron obligados a retirar la portada original, cambiándola por una foto del grupo. Cuidado con las casas de empeño, que las carga el diablo.

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Love it to deathNo sólo los Five Keys tuvieron problemas con un dedito travieso. Alice Cooper hizo asomar uno de sus dedos por la bragueta en la foto de cubierta de Love it to death, el tercer disco de la Alice Cooper Band. Parece que en 1971 aquel gesto era demasiado para lo que el buen y decente cristiano era capaz de procesar, así que la publicación del álbum causó escándalo entre muchos ciudadanos bienpensantes, especialmente porque el grupo estaba dando que hablar entre la juventud gracias al himno adolescente I’m eighteen. Así pues, la compañía terminó reeditando el disco con la imagen retocada, y el dedo de Alice, ¡desapareció mágicamente! Porque ya sabemos, ni la guerra de Vietnam ni los escándalos políticos: el dedito de Alice Cooper era lo que debía preocupar a la ciudadanía.

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Laugh I nearly bought oneEn 1992, los británicos Killing Joke publicaron un recopilatorio cuya portada mostraba a un sacerdote católico bendiciendo a las tropas nazis, que lo saludaban  a su paso con el brazo en alto. El grupo ya había tenido problemas al utilizar aquella imagen como cartel de gira, e inclusos e vieron obligados a suspender algunos conciertos. Todo ello pese a que la fotografía en cuestión no era un montaje realizado con intención sarcástica, sino que se trataba de una imagen completamente real de un miembro de la jerarquía eclesiástica alemana en los tiempos de monsieur Hitler.

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We're Only in It for the MoneyEl cachondo de Frank Zappa ideó una parodia de la famosísima cubierta del Sgt. Pepper’s de los Beatles como portada para el disco We’re only in it for the money de su banda de entonces, The Mothers of invention. La imagen no se realizó sin conocimiento de los propios Beatles, es más, fue el propio Zappa quien pidió permiso personalmente a Paul McCartney. Pero este se limitó a comentarle que aquello debía ser asunto de los abogados, lo cual dejó a Zappa perplejo. Finalmente, la compañía discográfica en la que estaba Zappa decidió no usar la imagen como carátula y la movió al interior de la carpeta del disco, temiendo que combinada con el título del álbum (“Estamos en esto por dinero”) provocase una demanda por parte de los Beatles. El músico estadounidense se sintió ultrajado por la decisión, pero no le quedó más remedio que tragar. Por cierto, en el collage paródico de la cubierta aparece nada menos que Jimi Hendrix: el guitarrista zurdo estuvo en la sesión fotográfica y aparece en un extremo de la imagen, muy cerca del propio Zappa.

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Street SurvivorsUna portada tristemente profética: en 1977 los adalides del “rock sureñoLynyrd Skynyrd, publicaban el álbum Street survivors. Estaban en lo más álgido de su carrera, convertidos en superestrellas en América. En la portada aparecían los miembros de la banda rodeados de llamas, una imagen como otra cualquiera que sin embargo adquirió una extraña connotación por cruel capricho del destino. Solamente tres días después de que el LP se pusiera a la venta, el avión de gira del grupo se estrelló y en el accidente murieron el cantante Ronnie Van Zandt, el guitarrista Steve Gaines y una de sus hermanas, que ejercía como corista. Aquella repentina desgracia hizo que la carátula se tornase inesperadamente tétrica, así que por petición de los familiares terminaron retirándose las llamas de la imagen, quedando únicamente el retrato de los miembros en lo que fue último disco con la malograda formación original del grupo.

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Party musicLa coincidencia también se cebó con el lanzamiento discográfico del dúo de rap estadounidense The Coup. En septiembre de 2001 tenían previsto el lanzamiento de su álbum Party music. Lo sorprendente es que en la portada se veía a los dos miembros del grupo bajo las torres gemelas del World Trade Center, haciéndolas explotar por control remoto utilizando como detonador un afinador digital en vez de un teléfono móvil. Un fingido acto terrorista que intentaba censurar la política exterior de su país, una política según ellos basada en conflictos bélicos motivados por intereses corporativos. Pero justo en el momento previsto para la publicación sucedió lo que todos recordamos y de manera siniestramente casual la realidad terminó imitando al arte: la imagen de las torres tras el ataque aéreo resultaba completamente idéntica a lo que se mostraba en la cubierta del disco. Ni que decir tiene que The Coup se vieron obligados a cambiar la portada, más en un momento donde el país estaba en estado de shock.

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Live ScenesDream Theater tuvieron un problema parecido con su disco en directo del 2001, en cuya carpeta aparecía la silueta de Nueva York —incluidas las torres gemelas— en llamas. Lo más curioso es que el álbum fue publicado el mismo 11 de septiembre y encima se titulaba Live scenes from New York, una extraordinaria coincidencia.

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Back To The ShitAl decir “cantante femenina de soul” probablemente muchos tengan la imagen de una mujer elegante, siempre en su sitio y con una actitud impoulta de dama respetable. Pues bien, ese estereotipo no conjunta demasiado con Millie Jackson. En 1989 publicaba un disco con el exquisito título de Back to the shit (“Regreso a la mierda”), cuya más que llamativa carátula presentaba a la amiga Millie sentada en un retrete, con las bragas por los tobillos y expresión de estar haciendo un esfuerzo extra. Muy elegante todo. Aquello hacía que el Beggars Banquet de los Stones pareciese una postal de boda, pero en realidad se ajustaba bastante a la personalidad de Millie, que en directo tenía una más que considerable vena cómica y chabacana. Solía adornar sus canciones con monólogos cerdos y chistes de toda índole, además de deleitar al público con temas cuyos títulos (Fuck you simphony, por ejemplo) bien podrían haber sido suscritos por Frank Zappa. Francamente, había que tener —con perdón de ustedes— muchos cojones para hacer estas cosas en los ochenta y mucho más siendo una mujer.

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Born AgainHablando de mal gusto, pocas veces en la historia un grupo ha detestado tanto la portada de su propio disco. Born again fue el primer y único disco que Black Sabbath grababan con Ian Gillan, antiguo cantante de Deep Purple. Más allá de que los críticos consideraron el disco como el peor de Sabbath hasta la fecha —aunque lo cierto es que se vendió bastante bien—, lo que de verdad produjo impacto fue la imagen del bebé-demonio de la portada, que resultaba más que chocante para el año 1983 y muy especialmente tratándose de un grupo internacionalmente famoso. Aunque al guitarrista y líder Tony Iommi le gustó el inenarrable diseño, el batería Bill Ward no se privó de comentar que la carátula le parecía “horrible” y el propio Ian Gillan ironizó ante los periodistas diciendo que la primera vez que vio el disco terminado, la portada le “hizo vomitar”. Eso sí, ahora Black Sabbath pueden presumir de que Born again aparece casi invariablemente en todas las listas de peores portadas de la historia, junto a freaks como Heino y probados campeones de las carátulas de mal gusto como los ya mencionados Scorpions.

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Moby GrapeOtro dedito travieso. Moby Grape fue una de las muchas bandas psicodélicas surgidas a mediados de los sesenta. Ya en su primer trabajo, el batería Don Stevenson quiso colarle un gol a la compañía y posó para la fotografía de portada sujetando una tabla de lavar —tradicionalmente usada como instrumento casero para dar ritmo a las canciones—, para lo cual extendía inadvertidamente su dedo corazón. Naturalmente, lo que estaba haciendo era un “middle finger” en toda regla: la discográfica se dio cuenta demasiado tarde y aunque retocaron la imagen en posteriores ediciones, la cubierta original con el simpático gesto dirigido a los compradores siguió circulando por ahí.

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See JungleA principios de los ochenta, después de haberse quedado sin su puesto de manager de los Sex Pistols, el inaguantable Malcolm McLaren consiguió otro éxito con la banda Bow Wow Wow, que se hizo célebre con su versión de un viejo tema de los sesenta, I want candy. La controversia en forma de portada llegó con el disco See Jungle! See Jungle! Go Join Your Gang, Yeah. City All Over! Go Ape Crazy (sí, vaya nombrecito). La fotografía de la carátula reproducía un famoso lienzo de Manet, con la cantante Annabella Lwin haciendo el papel de la célebre mujer desnuda de aquel cuadro. El problema es que la cantante sólo tenía catorce años en el momento en que se realizó la sesión fotográfica, lo cual provocó que su madre amenazara con denunciar a McLaren, ya que habían acordado que la fotografía no sería usada como portada. Incluso la policía británica metió baza en el asunto y Annabella estuvo a punto de ser obligada a dejar el grupo, aunque finalmente se la permitió continuar previo compromiso del manager de no usar a la chica como reclamo sexual ni mostrarla en actitudes provocativas mientras fuese menor de edad.

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Appetite for destructionOtro ejemplo clásico de disco famoso con dos portadas: el primer álbum en estudio de los Guns n’Roses se titula Appetite for destruction precisamente porque ese es el nombre de la ilustración que le servía de portada, un dibujo de Robert Williams en el que se veía a un robot a punto de vengar la violación de una chica. La cubierta provocó problemas de distribución ya que muchas tiendas no querían exhibir el álbum —hablamos de 1987—, así que la discográfica terminó cambiándola por el ahora ya clásico logotipo de la cruz y las calaveras representando a los miembros del grupo. A mí me gusta más la portada sustituta que la original, he de decir.

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We Can't Be StoppedLos Geto Boys fueron un grupo de rap que se dieron a conocer por llevar más lejos la provocación y la crudeza de sus letras que lo que se estilaba en el género cuando aparecieron. Especialmente conflictivo era el rapper enano Bushwick Bill, que en mitad de una pelea con su novia —con pistola de por medio— perdió accidentalmente un ojo. Para su álbum We can’t be stopped, el grupo no tuvo una idea mejor que usar una foto de Bushwick en el hospital, con la herida visible, acompañado de sus colegas. Enternecedor.

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Matando GuerosCon toda seguridad una de las portadas más salvajes de la historia, y desde luego la más salvaje de este artículo. Brujeria es la banda paralela de Dino Cazares, guitarrista del grupo metálico Fear Factory. Aunque está generalmente formada por músicos estadounidenses, Brujería se lanzó como proyecto anónimo supuestamente basado en México y formado por miembros de una imaginaria banda de narcotraficantes. Las macarrónicas letras en español dicen toda clase de burradas en torno a los temas más aberrantes que se puedan imaginar y el concepto general era el de crear la banda metálica más desagradable posible. Su primer disco se llamaba Matando güeros y mostraba en portada la cabeza (fotografía real) de un narco decapitado por sus enemigos, lo cual provocó la lógica censura en muchos puntos de venta, que se negaban a vender el álbum. Lejos de cambiar la portada, los Brujeria adoptaron la cabeza (a la que apodan Coco Loco) como mascota del grupo. Poesía y sensibilidad pop en cantidades industriales.

Hasta aquí el repaso a algunas portadas escandalosas. Cuando se recuperen de la visión del amigo Coco Loco —crean que ya lo siento—, quizá volvamos con más.


Las guerras del prime time (III)


Septiembre del 2004. Los espectadores que han asistido a la grabación del programa aplauden fervientemente después de que Jay Leno finalice su breve intervención, apenas dos minutos y medio, en la que anuncia su futura retirada del Tonight Show. Cuando el legendario programa cumple su cincuenta aniversario, la NBC ha decidido —con varias temporadas de antemano— que el joven presentador que está dando que hablar en las medianoches de la emisora, Conan O’Brien, termine heredando las riendas del programa que hasta ahora conducía Jay Leno:

«Quiero hablar sobre un anuncio que se ha hecho hoy, tal vez hayáis oído hablar de ello: dejaré el programa en el 2009. [el público se lamenta] No, dejad que os explique cómo funcionan estas cosas. Hace unos seis meses me senté con los tipos de NBC y me dijeron que querían prorrogar el contrato. Yo les dije: “De acuerdo. ¿Cómo lo hacemos?” Porque yo no tengo manager, ni agente. Me gusta la gente con la que trabajo, son buenos tipos. Me dijeron: “Escucha, queremos que hagas cinco temporadas más”. Yo respondí: “¡Genial! Me encantaría’. Eso fue hace seis meses. Pero ha pasado el tiempo. Ahora se están produciendo todas esas habladurías sobre Conan O’Brien: ¿se marchará a alguna otra cadena? Los de la NBC volvieron a hablar conmigo: “mira, no queremos perder a Conan O’Brien”. Yo dije: “OK, ¿qué significa eso?”. Y dijeron: “Bien, hmmm, creemos que Conan sería un gran relevo para ti”. Y yo también lo creo. Conan es un caballero, es divertido, el tipo más de moda en la televisión nocturna. [la gente aplaude] Así que dije: “¿Sabéis qué? Yo tampoco quiero ver a Conan marchándose a otro lado”. Dentro de cinco años, cuando termine mi contrato, cumpliré cincuenta y nueve. Aún quedan 1200 programas para ese momento. Sólo había una persona que podría haber hecho este trabajo con más de sesenta años y esa persona era Johnny Carson. Creo que es justo decir que yo no soy Johnny Carson. (…) Me siento orgulloso de afirmar que este programa es el número uno, que lo seguiremos manteniendo como número uno. Cuando llegue el 2009, le diré a Conan: toma, ahora el programa es tuyo. Porque, ¿sabéis qué? Puedes estar haciendo esto hasta que continúas por mera inercia, o puedes dejarlo mientras todavía estás haciéndolo bien. (…) De cualquier forma, esto será dentro de cinco años y quiero decir que no creo que haya una opción mejor. Ya sabéis que cuando yo me hice cargo de este show hubo un montón de animosidad entre yo y Dave [Letterman] sobre quién iba a conseguir el programa. Y, francamente, la mayor parte de lo que yo pensaba que eran buenas amistades quedaron permanentemente dañadas. No quiero que nadie tenga que volver a pasar por ello. Porque este programa es como una dinastía. Uno la mantiene, y después se la entrega a otra persona. No quiero volver a ver todas las peleas, todo ese “¿quién es mejor?”, y todas esas cosas desagradables en la prensa. Así que lo digo desde este mismo momento: aquí está, Conan, el programa es tuyo… ¡nos vemos en cuatro años, colega!»

Este breve discurso de despedida anticipada no hizo más que reforzar la imagen pública de Jay Leno ante sus seguidores y buena parte del público en general: la imagen de un tipo sano y noble, sencillo, muy del pueblo. Un tipo que anuncia su retirada con elegancia mientras bromea sobre la célebre colección de automóviles a la que dedica parte de su tiempo. En su alocución, Leno se lamenta de la guerra que en su día mantuvo con David Letterman por hacerse con el puesto de presentador de ese mismo programa y que significó el final de una larga amistad entre ambos. En 1992, cuando Letterman todavía era el mejor presentador del planeta y acariciaba con la punta de los dedos el viejo sueño infantil de suceder a Johnny Carson  en el Tonight Show, Leno se las había arreglado para arrebatarle el puesto. A partir de ahí, la prensa alimentó una enemistad que, de todos modos, era percibida por la audiencia como una enemistad bastante unilateral. Jay Leno era el tipo afable que, sí, cierto, había empleado ciertas astucias para hacerse con el Tonight Show. Pero que a fin de cuentas no había matado a nadie y parecía un buen tipo, razonable y fácil de tratar: no resultaba extraño que los directivos de la NBC hubiesen considerado que resultaría más sencillo trabajar con él que con David Letterman. Porque Letterman, en cambio… ni sus más acérrimos seguidores podían negar que, al menos en lo profesional, tenía un carácter ingobernable. Además, conforme pasaban los años, el ácido Dave parecía incapaz de superar la pérdida del Tonight Show y seguía acumulando vitriolo contra Leno mientras éste intentaba mostrarse contemporizador. El anuncio de Jay Leno en el 2004 pretendía evitar que en el futuro se produjese otro embarazoso conflicto entre presentadores de la misma cadena y fue percibido en su día como un movimiento que demostraba, finalmente, su clase y su deportividad. ¿El problema? Las cosas podían terminar cambiando, y mucho, en esos casi cinco años que aún faltaban para el relevo.

El heredero

Bastante tiempo atrás, en 1992, David Letterman había perdido la posibilidad de ocupar el trono de Johnny Carson a causa de su abandono de la NBC, lo que incluso suponía renunciar a una cuantiosa indemnización. Pero aquella era la forma de ser del presentador. El orgullo le impedía quedarse en la cadena donde se había sentido apuñalado por la espalda, así que su prestigioso programa de medianoche, Late Night with David Letterman, quedaba repentinamente descabezado.

Para la NBC fue un verdadero problema encontrar un sustituto para David Letterman. En 1993, ningún presentador del país podía plantarle cara al enérgico Dave, que estaba todavía en su mejor momento, en la cima de sus capacidades. Cubrir su ausencia se antojaba tarea imposible, porque cualquier cambio parecía para peor. Tenían que encontrar a alguien que conectara con la audiencia juvenil —la prioritaria en la franja de medianoche—, esa misma audiencia con la que Letterman había conectado durante los años ochenta y gracias a la cual había edificado su enorme fama. La cadena optó finalmente por situar en el programa a un todavía relativamente desconocido Conan O’Brien. El pelirrojo había trabajado para dos de los shows cómicos más famosos de América, el célebre Saturday Night Live y la serie The Simpsons, donde había ejercido como autor de algunos capítulos: por ejemplo, el famoso episodio Marge contra el monorraíl fue escrito por él. La jugada era arriesgada y al principio salió mal. Durante los primeros tres años, Conan estuvo a punto de naufragar. Late night with Conan O’Brien recibió malas críticas y tuvo verdaderos problemas para establecer una audiencia sólida. Sin embargo, los ejecutivos de la NBC —por una vez y sin que sirviera de precedente— hicieron gala de una considerable paciencia, porque entendían que prácticamente nadie podría haber ocupado el lugar del huracán Letterman y salir indemne durante las primeras temporadas. La paciencia de la cadena no quedó sin recompensa: con el transcurso del tiempo, Conan encontró su propio estilo, se hizo con un público fiel y su prestigio comenzó a crecer. Con el cambio de siglo, cuando unos ya maduros Leno y Letterman empezaban a interesar sólo a un público que había ido envejeciendo a la par que ellos, Conan O’Brien logró establecerse como el presentador más de moda en la televisión nocturna. Y si a principios de los noventa, la agente de Jay Leno había ayudado a acelerar la retirada de Johnny Carson, para el año 2004 el veterano Jay se encontraba de frente con el karma: ahora era él quien parecía demasiado mayor para seguir al frente del Tonight Show, mientras que Conan O’Brien estaba en el punto más dulce de su carrera. Así que cuando Leno pronunció aquel breve anuncio de que abandonaría el Tonight Show sin causar problemas, la NBC respiró tranquila. Bien está lo que bien acaba.

O'Brien y Leno en tiempos mejores.

Curiosamente, durante aquel mismo 2004 hubo algunas voces que, pese a la buena voluntad que parecía imperar por todas las partes, no preveían un relevo pacífico. Casi nadie dudaba de la palabra de Jay Leno, pero ese “casi” resultó significativo. Por ejemplo, el polémico locutor de radio Howard Stern —algunos quizá le recuerden mejor como protagonista de la película autobiográfica Private Parts— acudió como invitado a Late Night with Conan O’Brien justo después del anuncio de Leno y no se anduvo con chiquitas frente a un embarazado O’Brien:

“He leído en el periódico que Conan va a sustituir a Jay Leno, ¡gracias a Dios! Pero ¿de verdad crees que eso va a suceder? Jay Leno es un tipo curioso. He leído el libro Late Shift, que habla sobre los presentadores del horario nocturno. Jay deseaba tanto obtener ese trabajo [The Tonight Show] que se escondía en los armarios para escuchar a los ejecutivos de la NBC hablar sobre su destino. Quería quitarle el puesto a Letterman… y yo no veo a este tipo marchándose como si nada y dejando que tú ocupes su lugar. Estoy preocupado por ti (…) Leno no hace otra cosa que mirar la pared todo el día, esperando el momento de ir a trabajar. Lo único que le gusta hacer es trabajar. Ni siquiera sé si se acuesta con su mujer”.

Unas declaraciones bastante fuertes que el público se tomó como una ocurrencia más del habitualmente provocador Howard Stern, no como un retrato certero de Jay Leno y mucho menos como un anticipo de lo que estaría por llegar. Un colaborador habitual del programa de Stern, Artie Lange, fue también entrevistado por Conan en aquella misma época y tampoco se andó con rodeos en torno al asunto. Lange afirmó —para sorpresa de su anfitrión— que haber firmado para suceder a Leno en el Tonight Show era “una mala idea”. Lange dio a entender que O’Brien debía plantearse cobrar una indemnización de la NBC y directamente dejar que el “cabezahueca” de Jay Leno siguiera presentando el Tonight Show.  Al igual que Stern, Lange pensaba que Jay Leno nunca dejaría The Tonight Show de buena gana pese a lo que acababa de anunciar. Pero, nuevamente, nadie tomó demasiado en serio sus palabras.

Howard Stern y Artie Lange no fueron los únicos escépticos. En el 2008, un año antes del planeado relevo, incluso David Letterman expresó públicamente su extrañeza: “salvo que me esté perdiendo algo, no sé por qué después de todo el trabajo que Jay ha estado haciendo para la NBC iban a renunciar a él. No estoy seguro de por qué lo hacen, hasta el punto de que uno se pregunta qué va a terminar sucediendo de verdad”. También Letterman dejaba entrever que no estaba muy convencido de que el cambio fuese a producirse de manera tranquila. De hecho parecía insinuar que alguien podría tener algún as escondido bajo la manga. Sin embargo, como decíamos, ni en el 2004 ni en el 2008 fueron tomadas en serio estas advertencias. Principalmente, por venir de quien venían: Stern y Lange eran personajes conocidos precisamente por buscar la polémica a cualquier precio. Y Letterman, claro, era el notorio archienemigo de Jay Leno y seguía empeñado en que Leno le había apuñalado por la espalda. Sin embargo, Stern, Lange y Letterman habían sido sinceros a la hora de mostrar sus dudas. Dudas que terminaran resultando extrañamente proféticas.

Comienza la debacle

Conforme se iba acercando la fecha del planeado relevo, Jay Leno y la propia NBC empezaban a sentirse inquietos. En el 2004, los directivos de la NBC habían asimilado el cambio como necesario y jay leno parecía haberlo aceptado de buen grado. Pero en el 2009, ni el presentador ni la cadena parecían estar ya muy felices ante la idea de que Conan O’Brien se hiciera cargo del Tonight Show. En las cuatro temporadas transcurridas Leno había estado manteniendo sus índices de audiencia, venciendo consistentemente a todos los competidores y muy especialmente al Late Show de David Letterman, que llevaba varios años perdiendo fuelle en la CBS. Tras sus problemas cardiacos del año 2001, Letterman no había vuelto a ser el mismo y Leno se había establecido todavía más como líder en la franja nocturna. Así que ahora, llegado el momento de su retirada, tanto Leno como la NBC recordaron la famosa frase “si algo funciona bien, no intentes arreglarlo”. Ni Leno tenía ganas de dejar el Tonight Show ni la NBC tenía ganas de dejar marchar a Leno. Sin embargo, la llegada de Conan O’Brien al Tonight Show era inevitable; el contrato había sido firmado en el 2004 y no había marcha atrás. Aun así, como los ejecutivos de la NBC no querían que Leno se marchase a otra cadena, tomaron una decisión arriesgada: le dieron un nuevo programa a Jay Leno, que se emitiría a las 22:00, una franja horaria tradicionalmente destinada a series de ficción. Ninguna cadena se había aventurado a colocar un “talk show” a las 22:00, ya que la hora “normal” eran las 23:30 y la televisión estadounidense —cuyas audiencias está bastante limitadas a determinadas franjas horarias— llevaba muchos años funcionando así.  Pero la NBC pensó que Jay Leno arrastraría a su fiel audiencia a las 22:00. Creyeron que su nuevo programa podría competir con las series de ficción de la competencia, mientras Conan O’Brien, el presentador de moda, consolidaba el liderato de The Tonight Show a las 23:30. Ninguna de las dos cosas terminaría sucediendo. Se avecinaba el desastre.

El cambio de programación en la NBC no satisfizo a Jay Leno.

Conan O’Brien se hizo cargo del Tonight Show en junio del 2009. Lo que en el 2004 había parecido una buena idea empezó a tener visos de convertirse en una jugada problemática. Resultó que el programa, con Conan O’Brien, no funcionaba. El público de las 23:30 estaba formado por espectadores de cierta edad, con tendencias relativamente conservadoras y un gusto por una comedia más amable. Acostumbrados al estilo pulcro y tradicional de Jay Leno, no captaron las extravagancias de Conan O’Brien. El nuevo presentador obtenía buenas cifras entre el público más joven, pero el núcleo principal de espectadores más maduros que habían seguido fielmente a Jay Leno le dieron la espalda a O’Brien. Algo así, hubiese debido resultar previsible si —por una vez— en la NBC hubiesen reflexionado. El cambio de estilo entre un presentador y otro resultaba muy radical. Los espectadores tendrían que ajustarse a ese cambio, lo cual podía suponer varios meses de bajas audiencias, e incluso un par de temporadas flojas, hasta que la situación se estabilizase. Eso era exactamente lo que había sucedido en 1992, cuando Jay Leno había tomado el relevo a Johnny Carson y había tardado un par de años en establecer una audiencia propia. Sin embargo, esa clase de bajón “transitorio” de los índices que la NBC había tolerado en los noventa, les resultaba difícil de sobrellevar en pleno 2009, sumidos en la vorágine de la nueva televisión, con sus cada vez más exigentes anunciantes y cuentas de resultados. Los malos resultados de Conan eran un bocado difícil de digerir. Para colmo, una buena parte de los espectadores que abandonaban la NBC se estaban yendo a la CBS, con lo que David Letterman volvió a vencer a la NBC después de muchos años de reinado de Jay Leno en las audiencias de las 23:30. Cundió el nerviosismo en la emisora. No pocos ejecutivos se estaban arrepintiendo de haber permitido que Jay Leno abandonase The Tonight Show. Pero ya estaba hecho. Ahora tendrían que apechugar con las consecuencias.

En septiembre, mientras O’Brien seguía teniendo problemas a las 23:30, debutó la arriesgada apuesta del nuevo The Jay Leno Show. Situar a Jay Leno a las 22:00 convertía las noches de la NBC en una ristra sin precedentes de “talk shows”. Desde las 22:00, se iban a emitir consecutivamente The Jay Leno Show, The Tonight Show with Conan O’Brien, Late Night with Jimmy Fallon y Last Call with Carlson Daily. Es decir, la noche de la NBC quedaría compuesta por todo un maratón de programas de entrevistas muy parecidos entre sí, sin la tradicional serie de ficción de las 22:00, la cual resultaba mucho más cara de producir pero siempre había servido para captar mucho público. Ahora, la NBC confiaba en que fuese Jay Leno quien captase a ese público, compitiendo con las series de ficción de las cadenas rivales. Si Leno lo conseguía, crearía un efecto dominó que mejorase también los índices de The Tonight Show.

El efecto dominó se produjo… pero a la inversa. Aunque la nueva apuesta de Jay Leno empezó fuerte, debido sobre todo a la curiosidad inicial de los espectadores sobre el nuevo programa, pronto terminó perdiendo audiencia frente a las series de ficción de otras cadenas, que resultaron ser una competencia demasiado dura. La gente quería ver series a las 22:00, era eso a lo que estaban acostumbrados, y un “talk show” no era rival para una buena serie. La rígida división en franjas horarias tan típica de la televisión estadounidense, estaba ahí por un buen motivo. La NBC se había equivocado pensando que podrían cambiar las costumbres ancestrales de los televidentes utilizando a su presentador más popular. El nuevo show de Jay Leno también se vino abajo, como el Tonight Show de O’Brien, que perdió aún más audiencia. La NBC, que durante décadas había sido el acorazado imbatible de la televisión nocturna —excepto durante la breve época en que, desde la CBS, Letterman había conseguido vencerles a mediados de los noventa— pero ahora ese acorazado estaba tocado y casi, casi hundido. Se había transformado en el Titanic, y el cambio de programación había sido su iceberg. El imperio nocturno de la NBC se estaba desmoronando. Y claro, sus principales competidores — muy especialmente la CBS— se frotaban las manos. Porque, por si fuera poco, iban a suceder cosas inesperadas que desviarían todavía más la atención de los espectadores hacia la principal cadena rival.

Los escándalos de David Letterman

Durante sus años de máximo esplendor (1982-2000), Letterman fue conocido por tener una vida personal bastante tranquila. Pese a su gigantesca fama en los Estados Unidos, apenas era objeto de atención por la prensa rosa y su apabullante presencia televisiva se transformaba en discreción en cuanto abandonaba los platós. Apenas acudía a fiestas, saraos y acontecimientos sociales, que como era bien sabido despreciaba abiertamente. Cuando concedía entrevistas, generalmente en algún otro talk show, se limitaba a seguir siendo el Letterman irónico de siempre pero seguía sin hablar de su vida personal. Protegía celosamente su intimidad de las miradas indiscretas de la prensa y el público. Se le habían conocido dos relaciones sentimentales anteriores: un primer matrimonio en los setenta que había terminado en divorcio y un noviazgo con la guionista de uno de sus programas. Desde 1989, mantenía una tercera relación —la definitiva— con Regina Lasko, una mujer de perfil bajo de la que incluso hoy se sabe bastante poco. Ni siquiera en sus años jóvenes, cuando Letterman poseía una fuerte personalidad que despertaba bastante interés entre no pocas celebridades femeninas, pareció estar muy interesado en salir con actrices y modelos. Letterman, de hecho, huía de la superficialidad del mundo del espectáculo. Elegía a sus parejas atendiendo a su personalidad, no a su físico. David Letterman no parecía ser buen material para el cotilleo.

La relación entre David Letterman y su colaboradora Stephanie Birkitt centró el escándalo en torno a su vida privada.

La única historia extraña de su vida privada que sí había sido abundantemente aireada por la prensa ni siquiera estaba originada por él. Margaret Mary Ray era una mujer esquizofrénica que había desarrollado una obsesión enfermiza hacia el presentador y que había estado acosándolo durante varios años, incluso obligándole a llamar a la policía en diversas ocasiones. La mujer, en su delirio, llegaba incluso a colarse en su casa creyendo y comportándose como si fuera su esposa. Al circunspecto Letterman no le gustaba rodearse de guardaespaldas ni de grandes medidas de seguridad; detestaba sentirse prisionero en su propio hogar y aquella despreocupación había favorecido que la acosadora le hiciera la vida imposible. El asunto le estuvo causando quebraderos de cabeza durante bastante tiempo y el presentador llegó a sentir verdadera preocupación por su integridad física. Margaret Ray sufrió diversos internamientos psiquiátricos e incluso algún tiempo de prisión, hasta que finalmente abandonó la obsesión por Letterman y comenzó a acosar al astronauta Story Musgrave. La vida de Margaret tuvo un final abrupto y trágico: un mal día se lanzó ante un tren, falleciendo en el acto. Letterman se limitó a decir que se compadecía de ella. Pero aquella historia truculenta eral único material relacionado con su intimidad que había saltado a los medios, no parecía haber gran cosa que comentar sobre la vida privada de la estrella nocturna de la CBS.

Sin embargo, en septiembre de 2009 —justo la época en que la programación nocturna de la NBC estaba viniéndose abajo— cambiaron abruptamente las cosas. David Letterman encontró un paquete dentro de su coche cuando abandonaba una de sus grabaciones. El paquete tenía procedencia anónima, y contenía material comprometedor que revelaba antiguas relaciones extramaritales suyas con algunas de sus ex-empleadas. Aquel material se acompañaba de una carta que exigía el pago de dos millones de dólares para evitar que sus líos de faldas terminasen siendo filtrados a la prensa y aireados en forma de libro o película. El chantaje era peliagudo: además de lo delicado que resulta siempre este tipo de cosas para una figura pública en Estados Unidos, algunas de las aventuras amorosas de su pasado habían tenido lugar cuando Letterman ya había iniciado la relación con su actual pareja, Regina Lasko. Su carrera y su vida personal se vieron repentinamente comprometidas. El presentador, que no tenía la más mínima idea acerca de dónde podía provenir la extorsión, decidió que lo más sensato era dirigirse a la policía para denunciar el chantaje, aun a sabiendas de que así terminaría trascendiendo la noticia. La policía no tardó en localizar al chantajista, que era el actual novio de uno de los antiguos romances de Letterman: el individuo había descubierto la historia a través del antiguo diario de su pareja. Así pues, el chantaje salió a la luz. El presentador, en su programa del 1 de octubre, habló públicamente sobre el asunto. Admitió que en el pasado había tenido aventuras con algunas empleadas del programa — aunque lógicamente no dijo nombres— y pidió perdón públicamente a su mujer. El escándalo estaba servido.

El mundillo mediático se revolucionó y las cosas se salieron de madre mucho más rápidamente de lo que Letterman había previsto. Cualquier mujer que en el pasado hubiese trabajado cierto tiempo en su programa se convirtió en objeto de implacable persecución periodística. Incluso hubo voces que acusaban a Letterman de haber usado su posición como estrella del programa para aprovecharse de sus empleadas, y llegaban a reclamar que el presentador fuese investigado por las autoridades bajo una acusación de acoso sexual en el trabajo. Aunque la acusación no se tuvo en pie: alguna ex-empleada, decidió confesar públicamente que efectivamente había tenido una relación con Letterman, pero que había sido de manera voluntaria, que esas aventuras habían sido legítimas y que no se había roto ningún código laboral o legal. Eso no evitó que otras ex-empleadas siguieran sufriendo el acoso de los reporteros. Fue tal el revuelo que se armó, que una semana después de haber anunciado el chantaje de que había sido objeto, Letterman pidió disculpas a todas sus antiguas empleadas —muchas de las cuales, obviamente, no habían tenido relaciones con él— por la persecución periodística de que estaban siendo objeto. También reiteró las disculpas públicas a su mujer.

Ni que decir tiene, todo esto asunto despertó de inmediato el morbo de la audiencia y atrajo a los televidentes hacia la CBS, en el preciso instante en que las noches de la NBC se estaban viniendo abajo.

Soluciones al estilo de la NBC

Mientras Letterman lidiaba con su vida privada, las cosas no mejoraban ni un ápice en la cadena rival. Los anunciantes y directivos de muchas emisoras afiliadas a la NBC —las principales compradoras y financiadoras de sus programas— empezaron a protestar por las bajas audiencias de The Jay Leno Show y The Tonight Show. La jugada de poner a Leno a las 22:00 no había funcionado como se esperaba y además muchos consideraban que estaba contribuyendo a hundir todavía más los ya de por sí bajos índices de Conan O’Brien. The tonight show estaba siendo arrollado por la competencia de un Letterman sumido en el escándalo. Los ejecutivos de la NBC se vieron de repente entre la espada y la pared. El famoso relevo había terminado en desastre. Había que tomar medidas urgentes. Ahora bien… ¿qué medidas?

Viendo que tanto Leno como O’Brien habían fallado a la hora de captar nueva audiencia en un horario distinto al habitual, pensaron que la solución pasaba por volver a situar a ambos presentadores en la franja horaria en la que habían triunfado. De esa manera podrían volver a captar a su antiguo público. En enero del 2010, tan sólo unos meses después del relevo, los programadores de NBC planearon un cambio de estrategia. The Jay Leno Show sería acortado de 60 a 30 minutos y trasladado a las 23:30… la hora en que tradicionalmente, desde hacía décadas, se había emitido The Tonight Show. Como consecuencia, el susodicho Tonigh Showt sería emitido después de la medianoche… por primera vez en sus cincuenta y cinco años de historia. Mover a las 0:05 horas un programa tan famoso, el gran trasatlántico de la NBC, parecía un movimiento más que revolucionario; para muchos podría parecer una herejía. Cuando le comunicaron la idea a Conan O’Brien, el presentador se mostró totalmente en contra. Pero el contrato que había firmado lo dejaba indefenso. Existía una cláusula  especialmente pensada para aquellos días en que había competiciones deportivas importantes o retransmisiones de acontecimientos especiales. Esa cláusula permitía a la NBC retrasar el comienzo del programa y ahora la NBC la utilizaría para un cambio permanente del horario: The Tonight Show sería movido desde las 23:30 hasta las 0:05 horas y O’Broen no podía evitarlo.

Jay Leno, sin embargo, estuvo de acuerdo con todas estas medidas, seguramente sabiendo que era la única manera de evitar que la NBC terminase prescindiendo definitivamente de él. Estaba ansioso por volver a su horario habitual y recuperar a su audiencia. Pero Conan O’Brien se mantuvo en sus trece y dijo públicamente que no presentaría The Tonight Show en la medianoche:”Creo que retrasar The Tonight Show hasta el día siguiente para buscarle sitio a otro programa de comedia, dañará seriamente lo que considero la franquicia más grande en la historia de la televisión. The Tonight Show, emitido a las 0:05 horas, sencillamente no es The Tonight Show. Además, si acepto esta medida, estaré echando al programa Late Night —que heredé de David Letterman y después cedí a Jimmy Fallon— fuera de su largamente mantenida franja horaria. Eso dañaría también a la otra franquicia de la NBC que amo, y sería injusto para Jimmy”

El fracaso de The Jay Leno Show ayudó a hundir las noches de la NBC.

La negativa de O’Brien no cambió los planes de la NBC. El canal quería que Jay Leno retornase a las 23:30 y si para eso O’Brien tenía que salir escaldado, mala suerte. Durante varios días se produjeron intensas negociaciones entre la NBC y O’Brien. La dirección de NBC, viendo que O’Brien estaba dispuesto a marcharse, llegó a amenazarlo con ejecutar una cláusula de exclusividad que le impidiera poner en marcha un programa en cualquier cadena de la competencia. Sólo unos meses atrás, Conan había aterrizado triunfalmente en The tonight show, tras cuatro años y medio de espera. Ahora su futuro televisivo pendía de un finísimo hilo.

Mientras O’Brien y la NBC negociaban lo que parecía iba aterminar inevitablemente en su mutua ruptura, la repercusión del asunto se había disparado en los restantes medios y se convirtió en el tema del momento en América. Y cómo no, en la CBS, David Letterman — junto a Paul Schaffer, el director de su banda musical de acompañamiento desde los ochenta — no pudo evitar comentar el asunto. Letterman se la tenía guardada a Leno desde diecisiete años atrás, y no iba a dejar pasar la ocasión de recordarlo ante las cámaras, aunque para ello tuviera que ponerse hablar de la principal emisora de la competencia. Refiriéndose constantemente a Jay Leno con el apodo insultante de “big jaw” (“mandíbula grande”), Letterman resumió el asunto a su manera, con considerables dosis de sarcasmo:

LETTERMAN: «Quisiera tomar unos momentos para organizar mis pensamientos en torno a la debacle televisiva de la NBC. No sé si esto es interesante para el espectador americano, pero es interesante para mí y para Paul, porque hace tiempo ambos trabajábamos en la NBC (…) Luego vinimos a la CBS, cuando Jay Big Jaw Leno consiguió quedarse con The Tonight Show. Le fue muy bien en ese programa. Después, Conan O’Brien —que es un buen tipo— ocupó nuestro antiguo trabajo y hace cuatro años dijo: “Quiero el trabajo de Jay Big Jaw Leno”. (…) Los ejecutivos de la NBC dijeron: “claro, Conan, puedes quedarte con The Tonight Show en el 2009”. Luego fueron a Jay Big Jaw Leno y le dijeron: “Jay, te quitamos el programa” y Jay dijo “sí, yo mismo iba a sugerirlo”. Y ahora Leno ha hecho este maravilloso programa de variedades a las 22:00, que no funcionó como los genios encargados de la programación pensaron que podría funcionar, así que los afiliados que financian los programas de la NBC dijeron: “nos vamos de aquí, nos largamos a Telemundo, no intentéis seguirnos, dejadnos en paz… si ponemos una cámara en una jaula de pájaros, obtendremos audiencias mucho mejores”. (…) En la NBC pensaron “no podemos aguantarlo más”, así que le quitaron el enchufe a Jay: “tu programa va a ser cancelado, vas a volver a las 23:30 y Conan hará el Tonight Show a las 0:05”. Lo cual, como alguien ha dicho por ahí, hace que ya no sea el Tonight Show, sino el “Tomorrow Show”… es el programa del día siguiente. Ahora todo el mundo dice: “¿qué hará Conan? ¿Se quedará para hacer el Tonight Show a las 0:05?”. (…)Lla cuestión es esta: cada vez que se produce un follón como éste —y creedme, no ha habido un follón como éste en años— es todo por el dinero. No os engañéis, es todo una cuestión de dinero. Aunque Conan es un buen tipo, también es listo y sabe que si se va de la NBC por las buenas perderá una enorme cantidad de dinero. Así que dice: “bien, no voy a presentar después de Jay, así que haced algo al respecto”. Y ahora la NBC ha de hacer algo al respecto, y sólo hay dos cosas que pueden hacer. Pueden pagarle una enorme cantidad de dinero a Conan (…), pero eso es un gran problema, porque todo esto que la NBC está haciendo les está costando cientos y cientos de millones de dólares. Quieren que Conan se marche y que haga un programa desde su sótano, eso es lo que quieren. Pero él no va a hacer eso, es un chico listo, así que va a ir a por el dinero. Así que, o le dan ese dinero, o renuncian a la cláusula de exclusividad, para que Conan pueda irse»

El asunto estaba tomando tintes surrealistas: incluso el máximo rival, desde la CBS, se permitía discutir las jugadas internas de programación de la NBC en público. Pero Letterman tenía razón: en la NBC preferían que O’Brien dejase vía libre para que Jay Leno volviera al Tonight Show, donde tan bien había funcionado en los años anteriores. Por otra parte, la cláusula de exclusividad con la que la NBC había amenazado a O’Brien resultó ser ilegal según la legislación laboral californiana, así que la emisora tenía que tragar: no sólo habrían de pagar un jugosísimo finiquito, sino que O’Brien sería libre para firmar de inmediato con cualquier otro canal. Tras la negociación, Conan O’Brien rompió con la NBC y obtuvo una indemnización de 30 millones de dólares, además de 15 millones extra a repartir entre los miembros de su equipo. Algunos trabajadores de rango inferior no recibieron indemnización de la NBC, ya que por sus contratos no tenían derecho a ella, pero O’Brien decidió otorgarles un “finiquito” pagado de su propio bolsillo: un gesto que fue elogiado por el sindicato de empleados teatrales y que ayudaría considerablemente a mejorar la imagen pública de O’Brien en la guerra mediática que estaba desatándose.

Bombardeo a Jay Leno

Durante aquellos convulsos momentos que siguieron a la salida de Conan O’Brien de la NBC, apenas hizo declaraciones públicas, y en todo caso se negó a hablar directamente sobre la actitud de Jay Leno, quien volvió a presentar The Tonight Show, que ahora ya no fue retrasado a la medianoche y siguió emitiéndose en el horario habitual de las 23:30. Pero el silencio de O’Brien respecto a Leno no significaba que otros fuesen a quedarse callados. Mucha gente había esperado inútilmente un gesto noble por parte de Jay Leno, que hubiese movido ficha en defensa de Conan O’Brien negándose a hacerse cargo del Tonight Show si O’Brien se marchaba de la NBC. Esa misma gente empezó a recordar la manera en que, en el 2004, Jay Leno había anunciado noblemente que pasaría la antorcha a O’Brien para evitar conflictos. Y ahora estaba sucediendo justo lo contrario: Leno parecía feliz de regresar a su antiguo programa a la primera oportunidad, aunque sabía que aquello suponía que Conan O’Brien abandonaba la emisora. Muchos interpretaron la jugada no ya como una falta de solidaridad profesional, sino directamente como una puñalada trapera de Leno a O’Brien. Las críticas empezaron a lloverle. Veinte años atrás, la guerra entre Letterman y Leno había tenido lugar de manera relativamente soterrada (muchos detalles de la historia no se conocerían hasta tiempo después) y Leno había salido del asunto con su imagen intacta. Pero en el 2010, en plena era de Internet, la batalla iba a librarse de una manera mucho más abierta, con más participantes deseosos de meterse en el revuelo y con decenas de miles de internautas opinando sobre ello en la red. Tras el definitivo abandono de O’Brien —que recordaba bastante a su propia salida de la NBC—, ¿quién se apresuró a volver a hablar sobre el asunto? Claro, cómo no: David Letterman nuevamente tenía la oportunidad de poner a parir a la NBC y al propio Jay Leno, haciendo obvios paralelismos entre el asunto Conan-Leno y lo que le había sucedido a él mismo veinte años atrás:

LETTERMAN: «Cada día me levanto y me digo: voy a mantener la boca cerrada sobre este asunto del Tonight Show y la NBC. Porque francamente, amigos, nadie me ha dado vela en ese entierro. Pero pasa lo siguiente: conozco a Leno desde hace treinta y cinco años… desde hace mucho, mucho tiempo. Solíamos ser amigos. Y lo que estamos viendo ahora es el Jay de siempre. Para mí es muy divertido ver todo esto. Es como “hey, ahí está, ése es, ése el tipo que yo conozco”. Pensé en mantener la boca cerrada sobre esto porque sabe Dios que ya tengo mis propios problemas. ¡Tengo mis propios problemas! Pero [sonrisa traviesa] …es que no puedo evitarlo. Y aunque nadie me haya dado vela en este entierro, de algún modo creo que Paul y yo somos en parte responsables de este desastre, por el enorme follón que causamos cuando abandonamos la NBC hace ya muchos años. Dijeron: OK, esto nunca volverá a suceder»
PAUL SCHAFFER: «Leno dijo hace cuatro años que se retiraría, precisamente para evitar que volviera a suceder algo así»

LETTERMAN: «Así que anoche, Leno dio su “discurso sobre el estado de la emisora”. Y dijo que no deberíamos echarle la culpa a Conan: “no culpéis a Conan por lo que está sucediendo”. Y yo me dije: pero si nadie está culpando a Conan. Después aclaró que a quien deberíamos culpar es a los agentes y managers de Conan, y recordó que él mismo no tiene agentes ni managers. Así que yo les ruego, señoras y caballeros, en beneficio de todos los involucrados: por favor, no culpen a Conan. Por favor. ¿OK? Sé que mucha gente piensa que Conan prácticamente se echó a sí mismo de la NBC. No es esa clase de tipo. Él no se haría eso a sí mismo. Por favor, no culpen a Conan, ¿de acuerdo? Eso es todo lo que tengo que decir esta noche. [hace una pausa y repentinamente vuelve al tema] En los miles y miles de palabras que se han escrito sobre este desastre, ¿quién ha culpado a Conan? ¡¡Nadie!! ¡¡Nadie ha culpado a Conan!! (…) Hace cinco años, cuando la NBC le dijo a Jay “mira Jay, Conan se va a quedar con tu puesto”, ahí es cuando dices: “muy bien, sin rencores”. Llamas a la ABC, llamas a la Fox, tratas de obtener mi trabajo, pero… [imitando burlonamente a Leno] “sí, eh… estaré en el rellano por si me necesitáis”. ¡No te quedes por ahí rondando! Te vas a la competencia, castigas a la NBC y les haces tragarse sus palabras. Y así Conan tiene trabajo, Jay tiene trabajo, yo tengo trabajo, Jimmy Fallon tiene trabajo, y Jimmy Kimmel tiene trabajo. ¿Lo ves? Así es como se supone que tienen que funcionar estas cosas. Es sólo parte de la evolución. Es Darwin, es un antiguo precepto darwiniano: ¿te despiden? ¡Búscate otra cosa! ¡No te quedes por ahí rondando hasta que alguien caiga muerto!»

Jimmy Kimmel protagonizó un momento memorable lanzándose al cuello de Jay Leno.

Resultaba evidente que Letterman estaba disfrutando de lo lindo, contribuyendo de buena gana a revelar ante el público lo que él consideraba la verdadera cara de Jay Leno. Curiosamente, todavía más agresivo que Letterman fue Jimmy Kimmel, la estrella nocturna de la ABC. Kimmel no tenía nada que ver con todo el asunto, pero vio un filón y decidió meterse de lleno en materia. Primero presentó todo un episodio de su programa disfrazado de Jay Leno, haciendo una imitación bastante sarcástica. Poco después —cuando ya se sabía que Leno estaba a punto de volver al Tonight Show— apareció en una conexión vía satélite en una de las últimas emisiones de The Jay Leno Show, el programa que estaba a punto de ser cancelado. Concretamente apareció en una sección llamada “10 a las 10” donde Kimmel tenía que responder diez preguntas hechas por el propio Jay Leno. Y Kimmel aprovechó la ocasión para restregarle todo el asunto a su anfitrión con una acidez sangrante. Era quizá el momento más tenso de toda la campaña anti-Leno, cuando tras responder varias preguntas con cierta normalidad, Kimmel se lanzó de lleno al cuello de su anfitrión:

LENO: Pregunta número cuatro. Si pudieras entrevistar a cualquier persona en el mundo, ¿a quién será?
KIMMEL: A ti y a Conan juntos. Me gustaría entrevistaros a ambos. Y me gustaría entrevistarte a ti, me gustaría hacer un “12 a las 12” mañana, si tú quieres, porque tengo un montón de preguntas que hacerte sobre todo este asunto. No creo que la gente tenga tanto interés en lo que yo tenga que decir, como en lo que está sucediendo en tu vida [sonrisa irónica].
LENO: Estoy de acuerdo con eso, sí. ¿Mañana por la noche? Oh, mañana por la noche me viene mal. Continuemos. Número cinco: Eres conocido por hacer bromas, ¿cuál es la mejor broma que has hecho?
KIMMEL: Una vez, cuando mi tía Chippy salió a trabajar, pinté su casa de naranja y verde. No le hizo feliz. Pero creo que la mejor broma que he hecho fue… le dije a un tipo que dentro de cinco años le iba a dar mi programa, y después, cuando pasaron cinco años, se lo di y después se lo volví a quitar.
LENO: Wow, wow [sonrisa forzada]
KIMMEL: Fue hilarante.
LENO: Muy buena broma, muy buena broma.
KIMMEL: Creo que ahora trabaja en la Fox o algo así.
LENO: Número seis: ¿alguna vez has “ordenado” [comprado] algo que haya sido anunciado en televisión?
KIMMEL: ¿Como cuando la NBC “ordenó” que tu programa fuese retirado de televisión?
LENO: [visiblemente molesto] No, no. Bueno, sí, algo como eso, sí.
(…)
LENO: Número siete. Creciste en Las Vegas y fuiste presentador de The Man Show, ¿cuál fue el mayor número de “lap dances” que tuviste en una sola noche? [un “lap dance” es un baile privado de una stripper]
KIMMEL: Jay, mi madre está viendo el programa, así que… aunque, no, espera un minuto, este programa ha sido cancelado, ¿verdad? Así que nadie está viendo este programa.
LENO: Sí, sí, buen apunte. Tu mamá no está mirando.
KIMMEL: Mi madre no está mirando. (…) No me gustan las strippers, ya sabes, porque tienes esa relación fingida con ellas por dinero. Algo parecido a cuando Conan y tú aparecíais juntos en The Tonight Show, pasando la antorcha.
LENO: Sí, sí.
KIMMEL: Ya sabes lo que quiero decir.
LENO: Sí, lo sé. Sí, lo sé. [Leno hace la siguiente pregunta del cuestionario] ¿Qué es lo que te da más miedo?
KIMMEL: Los volcanes. Las olas gigantes, tengo pesadillas con olas gigantes. Me da miedo que la cadena mueva mi programa a las 22:00.
(…)

LENO: Número nueve. ¿Hay algún programa del que nunca hayas sido presentador y que te gustaría presentar?
KIMMEL: Oh, ésta pregunta tiene truco, ¿no? Es cuando me dices si quiero presentar el Tonight Show y después me lo quitas.
LENO: No, no.

(…)
LENO: Y por último, número diez. Has aparecido en el “10 a las 10” porque: A) te gusta la innovadora tecnología de conexión por satélite, B) estás promocionando tu propio programa, C) quieres tenerme contento por si acaso decido irme a la ABC.
KIMMEL: Bueno, ya sabes, todas las anteriores son correctas. Escucha, Jay…
LENO: [haciendo ver que no queda tiempo] ¡Oh, lo siento!
KIMMEL: …Conan y yo tenemos hijos. Todo de lo que tú tienes que ocuparte es de tu colección de coches.
LENO: Es verdad.
KIMMEL: Es decir, tenemos vidas que dependen de nosotros. Tú ya tienes 800 millones de dólares, ¡por el amor de Dios, deja nuestros programas en paz!
LENO: [consiguiendo recomponerse] ¡Un aplauso para Jimmy Kimmel! Jimmy, muchas gracias, amigo mío. Te veo esta noche, en Jimmy Kimmel Live.

Slash luciendo una chapa de apoyo a O'Brien en el programa de Jay Leno.

El ataque de Kimmel frente a la propia audiencia del plató de Jay Leno —audiencia que terminó respondiendo con sorprendidas carcajadas, lo cual hacía el momento todavía más humillante para Jay: ¡su propio público parecía estar riéndose de él!— fue una sonorosísima bofetada mediática. De hecho, Leno dijo después que aquello había sido “un golpe bajo” por parte de Kimmel, aunque éste aseguró que al menos parte del cuestionario había sido pactado de antemano. Aunque, dijera lo que dijera Kimmel, sólo viéndoles resultaba muy obvio que se había saltado las posibles respuestas pactadas. Pero incluso esta surrealista aparición de Kimmel en el programa de Jay Leno se quedaría corta frente a la campaña que se desató en Internet. Una campaña en favor de Conan O’Brien y en contra de Leno que llegó a ser tan exagerada que por momentos resultaba ridícula, pero no puede negarse que también fue muy, muy entretenida. Tomando como lema expresiones como “Team Coco” o “I’m with Coco” —un apodo de Conan—, la red se llenó de referencias al asunto, en el 95% de los casos desfavorables hacia Jay Leno, se organizaron algunas cómicas protestas públicas e incluso se popularizó el “merchandasing” de apoyo a O’Brien en forma de camisetas, chapas, etc. Dicho merchandising llegó a colarse en el propio programa de Leno: por ejemplo, cuando Slash —el antiguo guitarra de Guns N’Roses— apareció actuando en el plató con su banda. Leno presentar la actuación del guitarrista con lo que parecía una expresión de no demasiado entusiasmo. Aunque el motivo de esa actitud no resultaba evidente en un primer momento, algunos televidentes se dieron cuenta —e Internet ayudó a mostrarlo mejor con capturas de pantalla— de que Slash, ¡llevaba puesta una chapa de apoyo a O’Brien en las propias narices de Jay Leno! (más tarde, la mujer de Slash diría que había sido idea suya). Es sólo un ejemplo de cómo muchas celebridades de la TV y el mundillo de la cultura tomaron parte en el asunto, por lo general para defender a Conan O’Brien y denigrar la actitud de Jay. Aunque también es cierto que hubo quien salió en defensa de Leno, como Oprah Winfrey. La famosa presentadora lo invitó a su programa para realizar una entrevista en la que, frente a la costumbre habitual de Oprah, no había público en directo. Pero poco podían hacer los intentos de Oprah: la imagen pública de Jay Leno, irremediablemente, se vino abajo.

Fue entonces cuando David Letterman tuvo la idea de hacer el sorprendente anuncio para la Super Bowl del que hablábamos en la primera parte de estos artículos, un anuncio en que el propio Letterman aparecía disgustado ante la presencia de Leno mientras Oprah intentaba ejercer como mediadora. La intención inicial de Letterman era que también apareciese en el anuncio Conan O’Brien, pero éste no quiso saber nada. Tras el rodaje del spot, Jay Leno intentó darle un giro a las cosas y —muy en su línea— dijo que dicho rodaje había servido para acercar posturas con su viejop enemigo David Letterman y para suavizar su relación después de veinte años de confrontación. Una visión que al parecer no era compartida por Letterman… ya que en el 2011, el díscolo Dave felicitó desde su programa a Jay Leno por cu cumpleaños, y claro, lo hizo a su manera:

“Feliz cumpleaños para Jay Leno, que cumple 61 años hoy [hace una pausa]. Por descontado, es uno de los pocos tiranos que aún quedan con vida. Todos sus amigos se reúnen, hacen una fiesta, compran una tarta… y éste es un detalle interesante: Jay corta la tarta con el mismo cuchillo con el que apuñaló a Conan por la espalda”

La resaca

Como decíamos, la imagen pública de Jay Leno se desmoronó a raíz de todo el asunto. En su retorno a The Tonight Show los índices de audiencia se desplomaron nuevamente, llegando incluso a niveles más bajos de los obtenidos por O’Brien. No obstante, ese deterioro de su imagen fue mayor entre un público joven más habituado a usar Internet —donde se habían librado casi toda las discusiones— y que también era el público más emocionalmente implicado con el asunto. Entre la audiencia de más edad, el asunto O’Brien tuvo una repercusión más relativa. De hecho, con el paso del tiempo, Leno ha conseguido recuperar a su antiguo público y ha vuelto a establecerse al frente del Tonight Show, hasta el punto de que la NBC ha vuelto a liderar las noches.

"Cartel oficial" de la campaña pro-Conan O'Brien que inundó Internet durante una temporada.

O’Brien, tras jugar su papel de víctima con una hábil mezcla de silencios y apariciones públicas cargadas de ironía sobre su situación —aunque como decíamos, nunca refiriéndose directamente a Leno de manera negativa— firmó con la cadena de cable TBS para presentar un programa llamado sencillamente Conan. El aterrizaje de O’Brien en la TBS también fue peliagudo: para emitir sel nuevo show, la cadena decidió retrasar el programa Lopez Tonight de George Lopez, lo que amenazaba con provocar otro conflicto entre presentadores. O’Brien se negó inicialmente a aceptar el puesto si ello significaba que otro presentador sería desplazado en la parrilla horaria. De hecho, no firmó el contrato hasta que el propio Lopez le convenció en un encuentro personal, haciéndole ver que no le importaba el cambio de horario. Tras el debut en la TBS, la trayectoria de Conan ha tenido bastantes altibajos. Después de un inicio sólido, impulsado por el apoyo popular tras la campaña “I’m with Coco”, sus índices fueron cayendo progresivamente, aunque los directivos de TBS —al contrario que los de la NBC— no se pusieron histéricos y se mostraron públicamente dispuestos a defender el programa de su nueva estrella. En un esfuerzo para reforzar sus índices y asegurar su permanencia, TBS adquirió los derechos de emisión de la exitosa seria cómica The Big Bang Theory, que antecedería a Conan en el horario nocturno. Gracias a la jugada, el programa de O’Brien ha salido del serio estancamiento en que estaba sumido y ha empezado a remontar.

Pero quizá lo más interesante de los últimos tiempos se ha producido hace apenas una semana, casualmente mientras finalizaba la redacción de este mismo artículo. En un momento que no podría ser más indicado, Conan O’Brien ha visitado el Late Show with David Letterman, en un momento impagable donde las dos principales víctimas profesionales de Jay Leno, los dos presentadores que tuvieron que dejar la NBC a causa de Jay aunque con diecisiete años de diferencia, aparecían juntos por primera vez desde el inicio de todo el asunto. En la entrevista, Conan ha dejado entrever cuáles son sus verdaderos sentimientos hacia el presentador de The Tonight Show, aunque sólo sea por su evidente aquiescencia hacia las ironías que David Letterman, como de costumbre, le dirigía a Jay Leno (por cierto, gracias a los lectores Ulises y Jordi por los enlaces):

LETTERMAN: [después de un largo silencio tras la aparición de Conan] “Creo que, cuanto más tiempo estemos aquí sentados, más nervioso se va a poner Jay Leno”.
O’BRIEN: “Sabes que Jay está viéndonos ahora mismo, ¿no?”
(…)

LETTERMAN: “Perdona por centrar todo este asunto en mí mismo, pero es lo que acostumbro a hacer. Yo estaba encantado por todo lo que pasó, excepto por el hecho de que tú perdieras tu trabajo…”
O’BRIEN: “Te diré, y esto es sincero, que mi único consuelo durante ese periodo era ver que tú estabas feliz”
LETTERMAN: [ríe] “Qué humanitario”
O’BRIEN: “En serio, sentía que… a veces Dave parece estar un tanto infeliz con su vida, y si esto le aporta cierta medida de alegría, entonces, ¡al infierno con mi carrera!”
LETTERMAN: (…) “Déjame ilustrar este asunto; conozco a Jay desde hace mucho tiempo. A mediados de los 70, en el Comedy Store de Los Angeles… Jay era el rey. Era el más divertido, era el hombre. El tipo al que vas a ver actuar, el tipo al que te querías parecer. Era divertido. También era… un poco niñato. Y cuando sucedió todo este asunto, me dije: ¡oh sí, este es el Jay que yo conozco! Y hablo de este periodo como la edad dorada de la televisión.”
O’BRIEN: “El periodo en que perdí The Tonight Show”.
LETTERMAN: [ríe] “Sí”
O’BRIEN: “Ese breve periodo de una semana y media, es para ti la edad dorada de la televisión”.
LETTERMAN: “Sí, eso es, pero no tiene nada que ver contigo”
O’BRIEN: “En ese caso, estoy satisfecho”

Dos presentadores de cadenas rivales, ambos defenestrados en su día por un tercer presentador, sentados en el mismo programa e ironizando sobre el paralelismo de sus respectivas historias. Este tipo de cosas son las que siguen diferenciando a la televisión norteamericana de la del resto del mundo, o como mínimo —huelga decirlo— de la televisión española. En la TV de los Estados Unidos hay mucha basura, desde luego. De hecho, buena parte de la llamada “telebasura” ha sido inventada y perfeccionada por ellos. Pero hay un hecho que no se puede negar: los estadounidenses saben hacer espectáculo, y saben convertir lo que sucede dentro del propio mundo del espectáculo en un nuevo espectáculo. Vemos a presentadores discutiendo sus asuntos laborales ante el público con ironía y acidez. Como también vemos, por ejemplo, a presentadores de cadenas rivales y tendencias políticas radicalmente opuestas visitarse en sus respectivos programas, conscientes de que trabajan en el “show business” y que ese negocio, como su nombre indica, requiere una buena dosis de “show”. Hacen “meta-televisión” de manera muy activa porque saben que, en definitiva, lo que a la gente le gusta son las historias, y además saber las historias que hay detrás de esas otras historias. Todo lo que tiene una historia detrás es mejor retenido y apreciado por el público, así que estas estrellas televisivas no tienen inconveniente en llevar lo que sucede entre bastidores ante las cámaras, especialmente cuando se produce este esta clase de guerra profesional entre personajes televisivos famosos a nivel nacional. En los noventa, durante el conflicto Letterman-Leno, este tipo de batallas aún se libraban con cierta discreción, pero en la actualidad —y muy especialmente tras la aparición de Internet— la televisión norteamericana ha aprendido a usarse a sí misma como material de entretenimiento y no para en ciernes. Sirva como ejemplo la historia de la que hemos hablado en estos artículos, un resonante culebrón en torno al trono de la televisión nocturna estadounidense: la silla de presentador del Tonight Show. Jay Leno se ha salido una vez más con la suya, pero a costa de transformarse en el villano de una nueva versión de El bueno, el feo y el malo.

Así que admito que lo que más me gusta de todo este asunto es ver cómo algunos presentadores han sabido convertir sus rencillas personales y profesionales en material con el que trabajar, en espectáculo y en comedia. Además, en algunos casos, lo han hecho con estilo. También me gustó ver cómo David Letterman, que en sus ya lejanos momentos de gloria fuese muy probablemente el mejor presentador de TV que yo haya visto nunca y a quien el comportarse con cándida honradez le costó en su día perder el sueño de su vida, haya tenido su revancha moral frente a Jay Leno después de tantos años, en los que mucha gente pensaba que Letterman era un tipo avinagrado, puñetero e inmaduro por no ser capaz de perdonar al bonachón de Jay. Haber seguido todo lo que sucede con estos tipos es como haber estado viendo un serial durante veinte años y llegar finalmente al último episodio, en el que el canalla de la historia es por fin desenmascarado y cazado con las manos en la masa. A algunos les parecerá un entretenimiento pueril, ya que a fin de cuentas hablamos de los problemas de gente que gana millones y millones de dólares. Pero, ¡hey! ¿No es lo mismo que hacemos cuando vemos un partido de fútbol? Cuando uno ve una película no piensa en lo que cobran los actores: lo único que quiere es que ganen los buenos y pierdan los malos. En eso, desde siempre, ha consistido el mundo del espectáculo.


50 motivos por los que deben gustarte los Stones

Creo que fue Bono —el cantante de U2, no el ministro— quien confeccionó años ha una lista que se llamaba algo así como “cincuenta cosas que me gustan de Bob Dylan”. Aunque por momentos parecía más como “cincuenta cosas por las que Bono debería gustaros”… ese que sucede a veces cuando en alguien se da la conjunción a) es popular y b) escribe en público… lo cual suele conllevar que termine confeccionando una eterna oda a sí mismo.

La idea era buena —obviamente ese tipo de listas no las ha inventado Bono, pero la inspiración me vino de ahí— y más a la hora de celebrar el cincuenta aniversario de una de las entidades culturales definitivas del mundo en que vivimos: los Rolling Stones. No me ha dado tiempo a escribir un artículo biográfico de esos que se alargan hasta el infinito —queda pendiente— pero, por qué no, es momento de elegir cincuenta motivos por los que a todo el mundo deberían gustarle los Stones. En realidad hay tantos (muchos más de cincuenta) que los he elegido más o menos al azar, y probablemente cada cual podría confeccionar una lista diferente. Esta es sólo una de las muchas posibles, pero es tan verdadera como cualquiera de las otras. Son sólo los Rolling Stones, pero nos gustan.

Y estos son cincuenta de los muchos motivos posibles:

1. Stray cat blues.

2. Contribuyeron —junto a otras bandas británicas de los sesenta— a rescatar la carrera de varios músicos norteamericanos del olvido,  y además han presumido mucho sobre ello, demostrando que el ejemplo de la mano derecha sirve de poco si no se entera la mano izquierda. A veces la Biblia no tiene razón y los Stones sí.

3. Keith Richards nos obligó a apreciar las afinaciones alternativas para la guitarra, usándolas en unas cuantas de sus canciones más famosas. Es como poder tocar varios instrumentos con solamente uno.

4. En pleno 1968 publicaron un LP cuya portada era en un retrete, cuando los futuros “punks” todavía estaban haciendo la comunión.

5. La sonrisa de Charlie Watts.

6. La amistad entre Keith Richards y Gram Parsons. Sin la influencia de Richards, los Flying Burrito Brothers no hubiesen grabado The older guys y no hubiéramos visto a Parsons imitando a Mick Jagger en el videoclip promocional de la canción. Aunque sin la influencia de Gram Parsons no hubiésemos comprobado lo buenos que podían ser unos ingleses haciendo country.

7. Shattered.

8. Mick Taylor ayudó a grabar varios de los mejores discos de la banda, aunque se decía que era “demasiado guapo para ser un Stone”. Terminó marchándose, harto —entre otras cosas— de que no lo reconocieran en los créditos. Y entonces ficharon como sustituto a Ronnie Wood, que parecía más Stone que cualquier de los Stones originales.

9. Brian Jones hizo la presentación de Jimi Hendrix en el festival de Monterey.

10. Keith Richards no se renovó toda la sangre en Suiza, pero todo el mundo cree que sí.

11. Su último disco bueno data de 1981… y no importa, siguen siendo grandes.

12. Mick Jagger, no hace falta decirlo, es un personaje repelente. Pero en el DVD de Rock’n’roll Circus no puedes dejar de mirarle; fue el día en que descubrió que podía sacar adelante una actuación él solo aunque el resto de sus colegas tuvieran cara de querer marcharse de allí. No por nada le han imitado docenas de cantantes. Eso sí, el propio Jagger impidió que se editase el concierto porque The Who tuvieron el día y se merendaron al resto del cartel. Pero qué sería del rock & roll sin estas habladurías y choques de egos.

13. Cuando Johnny Winter toca una canción de los Stones, se vuelve más rockero que nunca.

14. En 1970 debían una canción a la discográfica Decca, pero no querían que Decca se beneficiase más de su trabajo, así que grabaron la impublicable Cocksucker blues (“El blues del chupapollas”), sobre un jovencito londinense que busca acción y termina metido en una celda con un policía, el cual le hace cosas raras con la porra. Aún no existían los Village People… así que los Stones llegaron primero.

15. Influyeron a Aerosmith, que a su vez influyeron a los Guns N’Roses.

16. Keith Richards le hizo una película de homenaje a Chuck Berry, algo que no se le hubiese ocurrido a nadie más excepto probablemente a John Lennon. Pero Lennon ya estaba muerto por entonces, así que Richards tuvo que hacerlo por su cuenta.

17. La versión de Let’s spend the night together que hizo David Bowie en Aladdin sane, y que suena horrores a Mick Ronson, como todo lo mejor que hizo Bowie.

18. Titularon una canción Jumpin’ jack flash. Que es probablemente el mejor título que se le podría haber puesto jamás a una canción. De hecho era tan bueno que hubo quien no pudo evitar usarlo para una película.

19. Tienen un estilo propio, que es algo que muy pocas bandas consiguen. Sólo con escuchar el riff inicial de Rocks off, con el que empieza el disco Exile on Main St., sabrías que estás escuchando a los Stones… aunque el disco viniera camuflado con un envoltorio de cualquier grupito de segunda.

20. No se soportan, están juntos por la pasta y son unos hipócritas, como los políticos. Pero a los Stones los seguimos queriendo porque, a diferencia de los políticos, sí han hecho algo por nosotros.

21. Andy Warhol les diseñó el logo, que es probablemente el mejor logo que haya tenido una banda de rock. Y también con toda seguridad lo mejor que hizo Warhol en toda su vida.

22. Aunque los Beatles eran bastante más callejeros que ellos —especialmente Lennon —, los Stones se las arreglaron para hacer creer lo contrario. El rock macarra ya existía antes que ellos, pero ellos lo convirtieron en una marca de fábrica.

23. If you can’t rock me… somebody will. Y ese solo de Mick Taylor.

24. El videoclip de Start me up, hecho con cuatro duros, que es como deberían hacerse siempre los videoclips. Y ya puestos, el videoclip de Neighbours. Ah, y lo deliciosamente mal que actúa Keith Richards en el vídeo de She was hot.

25. Voy por la mitad de la lista de motivos para que te gusten los Stones, y los motivos no tienen pinta de terminar pronto. Eso es buena señal.

26. Keith Richards se pasa la vida burlándose de Mick Jagger. Y esto es lo que hizo Charlie Watts en su habitación de hotel, tras terminar una conversación telefónica a medianoche con el cantante. Charlie se vistió impecablemente, como si fuese a acudir a una fiesta, se dirigió a la habitación de Mick, llamó a la puerta, y cuando Jagger abrió, Watts lo tumbó de una hostia porque, al parecer, el cantante había tenido la osadía de dirigirse a él como “mi batería”.

27. Nos mostraron cómo funciona el mundo, pasando del “¿dejaría que su hija saliera con un Stone?” de los años sesenta, al “sí” de la madre de Mandy Smith a principios de los ochenta.

28. Mick Jagger le pasó la lengua por los labios a Ron Wood durante una actuación en un programa de máxima audiencia de la televisión norteamericana, lo que provocó que a muchos adolescentes fans de los Stones comenzaran a acosarlos y llamarlos “maricones” en las escuelas. Y eso contribuyó, entre otras cosas, a que Axl Rose se volviera mucho más loco.

29. Hay críticos que dicen que Brian Jones era el verdadero genio dentro de los Stones. Keith Richards dice que no. Y nosotros… la verdad es que no se le echa de menos en aquellos discos donde él no estaba.

30. Jamás han dado un concierto completamente afinados.

31. Son una mezcla entre Shakespeare y una comedia de la BBC. Mick Jagger quiere parecer un aristócrata sin serlo, Keith Richards quiere parecer un forajido sin serlo, Ronnie Wood fuma un cigarrillo detrás de otro con la misma sonrisa del día en que le llegó su primer cheque como Stone, y a Charlie Watts los Stones se la traen floja, porque el grupo que realmente le gusta es su banda de jazz.

32. Todos los músicos que conocen a Richards dicen que, aún hoy, le cambia la cara cuando ve una guitarra.

33. Keith y Mick —que no a la inversa— cantando Happy a dúo en Ladies and gentlemen… the Rolling Stones.

34. Son británicos, pero no son brit-pop.

35. No se les dio bien la psicodelia. Pero eso los hizo todavía más Stones, porque decidieron vengarse del tropezón dejándose de veleidades hippiosas que no iban nada con ellos y grabando su disco más cerdo y básico hasta (y desde) entonces. Aunque 2000 light years from home o We love you tuvieran su cierta gracia, porque a veces los despropósitos la tienen.

36. Editaron un disco con una cremallera en la portada, y otro en el que salían maquillados como mujeres, y otro en el que aparecían mordiéndose unos a otros… la clase de cosas que no harían Oasis.

37. Tienen su música y no hace ninguna falta que te fijes en sus letras, que a veces no les gustan ni a ellos (ni las de Jagger a Richards, ni las de Richards a Jagger). Pero después… está Angie.

38. Prince dijo una vez que Miss you era la canción que a él le gustaría haber escrito.

39. Son los únicos millonarios a los que te gustaría tener en un póster en la pared de tu habitación, y eso se debe a que son los únicos millonarios a quienes les has dado tu dinero voluntariamente. Porque ellos, a cambio, te daban cosas como Brown sugar o Honky tonk women.

40. Han compartido teclista —Chuck Leavell— con los Allman Brothers Band. Por descontado, una muestra de buen gusto. Eso y el que nunca hayan grabado un disco de tecno o de indie-pop bajo la etiqueta Rolling Stones. Graban discos flojos desde hace mucho, pero son discos flojos de los Stones.

41. El look “gipsy” de Keith Richards, que se inoculó en el estilismo musical y continúa marcando buena parte del prêt-à-porter rockero hasta la fecha.

42. El álbum en directo Still life, que retrata con un sonido adorablemente caótico la gira de 1981, la última ocasión en que los Stones salieron a un escenario como una “banda normal”. Muy irregular, repleto de adrenalina, desigual en grado sumo… podemos escuchar a Jagger merendándose sílabas con urgente gravedad y a Keith Richards haciendo los coros más desafinados de su vida… creo que casi ningún crítico lo citaría entre los mejores discos de la banda, pero.

43. En sus inicios rescataron Time is on my side para la posteridad. Aunque se hubiesen separado entonces, sólo ese detalle los hace más valiosos que decenas de otros grupos de la época que ahora son muy apreciados por los DJ’s porque nadie los conoce, y si nadie los conoce es porque en el 99% de los casos no se merecían que los conociéramos.

44. Esas canciones Stone que no suenan a Stones: Connection, Paint it black

45. Los anillos de Keith Richards.

46. La existencia de un documental tan decadente como Cocksucker blues y su retrato impresionista de la vida en las giras… incluso con sus momentos Spinal Tap.

47. No importa los años que pasen, la gente sigue inventando historias rocambolescas sobre ellos, como la de que Keith se cayó de un cocotero (¿para qué coño iba a subir Keith Richards a un cocotero, suponiendo que pueda?). Claro que siempre es mejor imaginar esa escena que la de Jagger y Bowie sorprendidos juntos en una cama… hay rumores que no necesitábamos inventar.

48. Los Rolling Stones siempre han sido, son y seguirán siendo un mal ejemplo.

49. Rodaron un deliciosamente estúpido y al mismo tiempo apoteósico videoclip, con los miembros del grupo apiñados bajo una cutrísima carpa, vestidos de marinero (¿?), un anárquico baño de espuma y un aire de total y completa confusión. Ah, qué tiempos, cuando aún se filmaban vídeos como aquel…

50. …y regalaron al mundo la una de las más grandes declaraciones de principios de todos los tiempos:
I know, it’s only rock and roll, but I like it.

Yeah, I like it.