Breve historia del comérsela doblada (y II)

Parking gratuito para visitantes del espacio exterior. Imagen: sirk_nala (CC).

Este texto es una continuación de «Breve historia del comérsela doblada».

En 1822 el capitán Samuel Barrett Edes se fundió todos sus ahorros a la hora de comprarle a un grupo de marineros japoneses el souvenir más extraño con el que se había topado nunca durante su vida en alta mar: una sirena. La criatura a aquellas alturas ya no coleteaba, pero Edes le intuyó capacidad para embelesar y la exhibió en un local de Londres con un moderado éxito de público. Tras la muerte del capitán aquel ser fantástico fue adquirido por Moses Kimball, fundador del Boston Museum, y posteriormente alquilada por P. T. Barnum, un caballero especializado en montar shows de alma circense protagonizados por todo tipo de freaks y anomalías de la naturaleza. Barnum se tomó la molestia de contratar a un naturalista para determinar si aquella sirena era real, pero dicho experto se negó a asegurar la autenticidad del bicho a pesar de confirmar que tanto sus dientes como su esqueleto eran reales y de no tener ni idea de cómo podría haber sido fabricado por una mano humana.

Aun así, Barnum se esmeró en publicitar el producto, bautizado como «sirena de Fiyi», a su manera: envió cartas anónimas a los principales periódicos explicando que un eminente doctor apellidado Griffin había atrapado una sirena en los mares de Suramérica, y registró a un amigo bajo dicho nombre falso (Dr. J. Griffin) en un hotel frecuentado por editores y plumillas para crear contactos y extender la leyenda de la sirena recién descubierta. A continuación, expuso a la criatura en Nueva York de manera exclusiva durante cinco días con la excusa de que en la sexta jornada el bueno del doctor Griffin planeaba remitir el hallazgo al Museo Americano de Historia Natural. Supuestamente, la sirena original comprada por Edes se perdió durante un incendio sufrido en los almacenes de Barnum. Aunque hay un puñado de estudiosos que creen que la sirena alojada en el Museo Peabody de Arqueología y Etnica de la Universidad de Harvard bien podría tratarse del espécimen original.

Lo malo viene ahora, porque a la hora de la verdad la silueta de la sirena en cuestión caminaba lejos de aquellas melenas rubias que han dibujado en la imaginación las leyendas populares, las fábulas clásicas o la libido de marineros que pasaban demasiado tiempo en alta mar oliendo a pescado y rodeados de otros hombres. En realidad la famosa sirena de Fiyi en lugar de tener las facciones, el cuerpo y la cola de Daryl Hannah en 1, 2, 3… Splash lucía esta otra sensual y apetecible apariencia:

I’m too sexy for my shirt, too sexy for my shirt, so sexy it hurts. Una sirena siendo irresistible en el Museo Peabody. Imagen: Dominio público.

Lo más gracioso de todo esto es que la sirena de Fiyi era en realidad un art attack de hueso y raspa. Un artefacto construido por los japoneses a base de coser el cuerpo de un mono a la cola de un pescado gordo. Porque los hoax, los engaños, los fakes y las farsas nunca han tenido muy buena pinta al ser observados desde las distancias cortas.

1869: el gigante de Cardiff

El 16 de octubre de 1869, en el pequeño pueblecito neoyorquino de Cardiff, un par de currantes llamados Gideon Emmons y Henry Nichols se deslomaban cavando un pozo cuando sus palas tropezaron con un inusual bloque de piedra. Cuando le pasaron la escoba a la roca recién descubierta, la silueta de un pie humano petrificado asomó entre la tierra removida y los dos hombres comenzaron a preguntarse si acababan de profanar la tumba de algún indio añejo enterrado en el lugar. Cuando descubrieron por completo la pétrea figura humana, a Emmons y Nichols les comenzaron a asaltar nuevas dudas acerca de la genética de los indios del lugar, porque el hombre de piedra que acababan de encontrar bajo tierra media más de tres metros.

Exhumación del gigante. Imagen: Dominio público.

El descubrimiento se hizo famoso y propició la visita de cientos de curiosos interesados en ver si el desnudo gigante petrificado estaba bien proporcionado. William Newell, dueño de la finca donde se realizó el hallazgo, y la persona que ordenó construir el pozo a Emmons y Nichols, olió negocio en todo aquel asunto y no tardó en cubrir con una tienda de campaña la ubicación del coloso y cobrar entrada a los visitantes. El público en procesión llegó a ser tan abundante como para que Newell doblase el precio de las entradas (de veinticinco centavos a cincuenta) en menos de dos días.

Andrew Dickson White, cofundador y primer presidente de la Universidad de Cornell, visitó el lugar para comprobar en primera persona a qué se debía tanto follón y dejó constancia escrita de sus impresiones: «Las carreteras estaban llenas de carros, carruajes, transportes de la gran ciudad y vagones de madera de las granjas cercanas, todos cargados de pasajeros. Y el gigante resultaba impresionante tumbado en su lecho, con la tenue luz de la tienda cayendo sobre su cuerpo y sus miembros contorsionados como en una lucha a muerte. Su figura producía un efecto extraño, la solemnidad invadía el lugar y los visitantes hablaban entre ellos en susurros».

Pero, a pesar de lo majestuoso que le resultaba al pueblo llano aquel superhombre, White no se dejó engañar y no tardó demasiado en darse cuenta de que el gigante era una artimaña bastante burda. La figura se trataba evidentemente una estatua tallada a mano sin demasiado arte, y la ubicación donde había sido descubierta era uno de los lugares más absurdos en los que a alguien se le ocurriría excavar un pozo. Pero, para sorpresa del erudito, el resto del mundo parecía habérsela comido doblada, porque los espectadores presentes no podían contener su asombro y hasta un «distinguido pastor de una de las iglesias más grandes de Siracusa» exclamó ante White que aquello era una prueba fosilizada e irrefutable de que los gigantes mencionados en las sagradas escrituras existieron de verdad.

«Más alto que el Goliat que mató David». Si lo dice el cartel será verdad. Imagen: Dominio público.

En realidad, el papá de aquel gigante era George Hull, un estanquero de Nueva York muy ateísta al que se ocurrió la idea tras discutir con un reverendo metodista sobre la literalidad de la Biblia. Concretamente, Hull no estaba del todo de acuerdo con ciertos pasajes del Génesis donde se afirmaba que unas gigantescas criaturas denominadas nefilim ocuparon en algún momento el planeta a la altura de Canaán. Para tomarle el pelo a los fanáticos de la Biblia, y al mundo en general, a Hull se le ocurrió la broma más cara y enrevesada de la historia: contrató a un equipo de hombres para extraer en Iowa un bloque de yeso, de tres metros y veinte centímetros de altura, y trasladarlo hasta Chicago con la excusa de estar elaborando un monumento en honor a Abraham Lincoln. Y después el ateísta bromista fichó con un contrato de confidencialidad a un escultor alemán llamado Edward Burghardt para tallar la pieza en forma de figura humana y envejecer su superficie (a base de ácidos para deteriorar la roca y agujas para simular los poros). Por último, empaquetó la estatua en un ferrocarril y la remitió a la granja de su primo William Newell, donde la ocultó bajo tierra. Un año después de enterrar el juguete, Newell hizo un poco de teatro y exclamó «Creo que necesito que alguien me construya un pozo justo aquí».

Toda la broma le costó a Hull cerca de lo que serían cuarenta y dos mil quinientos euros actuales, pero lo compensó con creces al vender el gigante a un grupo de empresarios por más de cuatrocientos mil euros. Los nuevos dueños del coloso de piedra lo trasladaron a Siracusa con el objetivo de hacerse de oro mostrándolo ante audiencias más numerosas, pero a finales de 1869 Hull confesó a la prensa que aquella criatura tenía poco de divina y mucho de bricomanía casera. Entre medias, el empresario de lo raro P. T. Barnum había intentado comprar (sin éxito) al famoso gigante a golpe de cheque gordo. Encabronado y celosillo por el rechazo, Barnum decidió fabricar una copia del coloso y exhibirla por su cuenta, proclamando que el de Cardiff era una estafa y el suyo era el auténtico. Hull demandó a Barnum por difamar a su hombretón fosilizado pero, al destaparse que todo era un chiste, el juez sentenció que era una tontería condenar a un hombre por decir que un gigante fake era un fake de tres metros y pico.

1917: las hadas de Cottingley

En 1917 Elsie Wright sumaba dieciséis primaveras y no encontraba demasiados pasatiempos divertidos con los que superar el tedio en Cottingley, una pequeña villa inglesa del condado de Yorkshire del Oeste. Una situación que cambió bastante cuando en su casa se instalaron, a mediados de año y provenientes de la lejana Suráfrica, su tía y su prima de nueve años, Frances Griffiths. Aquellas niñas no tardaron demasiado en convertirse en compañeras de aventuras, una pareja traviesa que mataba las tardes escapándose para jugar en un río cercano y coleccionando broncas al regresar a la residencia familiar empapadas y embarradas hasta las orejas.

A la hora de justificar las huidas y los vestidos destrozados, las primas enarbolaban una excusa fabulosa: si se escapaban habitualmente a la linde del río era porque en aquel lugar podían jugar con las hadas. Por la razón que fuese aquello no acabó de convencer a sus progenitores, pero ellas se emperraron en demostrarlo. Aprovechando que el padre de Elsie era un fotógrafo amateur, las chicas tomaron prestada su cámara (una Midg con forma de maletín) y se adentraron con ella en brazos entre la arboleda y al encuentro de las criaturas mágicas. Un puñado de minutos más tarde regresaron anunciando que se habían estrenado como exitosas paparazzi del mundo fantástico. Cuando el padre de la adolescente reveló la instantánea descubrió que la fotografía tomada a orillas del río estaba protagonizada por una Frances posando despreocupada rodeada de hadas que danzaban a su alrededor. Dos meses más tardes, las niñas volvieron a adentrarse en el bosque con la cámara y regresaron con un nuevo robado imposible: la imagen de Elsie sentada en la hierba, junto a un gnomo alado.

Las dos primeras fotos fantásticas de Frances y Elsie. Imagen: Dominio público.

Un año después, Elsie remitió una carta a una amiga de Ciudad del Cabo en la que incluyó una copia de su fotografía junto a las hadas. En el reverso apuntó: «Es gracioso, pero nunca las había visto en África. A lo mejor es porque hacía demasiado calor allí para ellas». En 1919, la madre de Elsie, que estaba totalmente convencida de que aquellas imágenes eran reales al contrario de lo que creía el padre, presentó las fotografías durante una reunión de la Sociedad Teosófica dejando con la boca abierta a todos los asistentes. Edward Gardner, uno de los líderes de aquella institución de gente amiga de lo oculto, abrazó las pruebas entusiasmado y se dedicó a predicar que Cottingley era una comuna de seres fantásticos. Las fotos llegaron a manos del ilustre Arthur Conan Doyle, un escritor muy amigo de lo paranormal, y acabaron formando parte de un artículo que él mismo firmó para el número navideño de la revista The Strand Magazine, convirtiendo a las hadas de la villa en personajes famosos.

Entretanto, Gardner y Doyle se obcecaron con demostrar que haberlas, haylas y encargaron a diferentes expertos que examinasen las estampas para concretar la veracidad de las mismas. Un erudito en fotografía sentenció que las instantáneas eran auténticas y no evidenciaban ningún tipo de truco o modelos de papel implicados. Los técnicos de Kodak también dictaminaron que ambas imágenes no habían sido sometidas a ninguna manipulación posterior, pero se negaron a emitir un certificado de autenticidad porque no les cuadraba todo aquello de los seres mágicos haciendo photobombing. La compañía Ilford, especializada en la producción de materiales fotográficos, fue bastante más severa y decretó que las fotos eran un montaje evidente. Gardner y Doyle decidieron hacer oídos sordos a esta última opinión, por la cuenta que les traía.

En 1920, Gardner visitó a la familia Wright con un par de cámaras fotográficas en la maleta para pasar el verano con las amigas de las hadas y tratar de capturar nuevas imágenes de aquellas criaturas. Las chicas convencieron a los adultos de que los seres mágicos eran bastante celosos de su intimidad y no se presentarían si había algún desconocido en las cercanías. Y tras un par de tardes campando por su cuenta por el bosque regresaron con tres nuevas fotografías. Una donde un hada aleteaba cerca del rostro de Frances, otra de Elsie junto a otra ninfa alada posada sobre una rama y una última donde varias hadas tomaban tranquilamente el sol.

Las tres últimas fotos del book de seres fantásticos de Cottingley. Imagen: Dominio público.

Las fotos se hicieron públicas, la mitad del mundo se olió que aquello era un fake como un castillo y la otra mitad comenzó a comprar cazamariposas y buscar en el mapa por dónde caía Cottingley. Gardner volvió a la villa junto al ocultista Geoffrey Hodson y este último recopiló cientos de apuntes sobre hadas que aseguraba haber visto en el bosque. En los años sesenta las otrora niñas dejaron caer que aquellos seres que fotografiaron en su infancia podían haber sido fruto de una imaginación efervescente. Durante los setenta negaron haber trucado las famosas fotos pero también apuntaron que las hadas eran algo muy poco racional y probable. En los ochenta, y ya convertidas en ancianas, Elsie y Frances confesaron que las ninfas de las fotos eran en realidad el engaño más vulgar posible: un puñado de cartones dibujados, recortados y colocados convenientemente entre la hojarasca forestal. Ellas explicaban que comenzaron con la broma por pura diversión y se les fue de las manos, en un momento dado decidieron continuar con la farsa por pura vergüenza, porque no se podían creer como «dos niñas de pueblo le habían tomado el pelo a alguien tan brillante como Conan Doyle».

1966: círculos en los cultivos

Si por algo habría que celebrar la década de los sesenta es por dejarnos en herencia un par de cosas bien bonitas y coloridas: las drogas y los ovnis. Porque aquella fue la época que puso de moda los avistamientos de objetos voladores no identificados. Uno de los casos más famosos ocurrió en las cercanías de Tully, una ciudad del estado australiano de Queensland. Allí fue donde, el 19 de enero de 1966 a eso de las nueve de la mañana, un granjero llamado George Pedley pegó un frenazo con el tractor al cruzarse con un UFO. Según Pedley, un platillo volante se había elevado, ante sus ojos y sobre el pantano de Horseshore, hasta una altura de doce metros para justo después salir disparado a toda hostia hacia los cielos emitiendo un silbido agudo. Al examinar el lugar, el hombre descubrió que sobre un campo de cañas cercano alguien o algo había dibujado un círculo de unos nueve metros de diámetro.

En aquella zona, las cañas estaban aplastadas en el sentido de las agujas del reloj hasta llegar al nivel del agua del interior del círculo. A Pedley le fascinó la idea de haber sido el primero en descubrir la huella de un vehículo marciano, pero no todos compartían ese entusiasmo por el espacio exterior: la policía local, los ilustrados de la Universidad de Queensland y la Real Fuerza Aérea del país concluyeron que el círculo probablemente había sido producido por causas naturales, como una tromba de agua. Una idea bastante probable, sobre todo teniendo en cuenta que durante los días posteriores se localizaron nuevos círculos (y un rectángulo, ojo) en los campos de los alrededores.

A la izquierda el círculo descubierto por Pedley. A la derecha el dueño de la finca inspeccionando el asunto. Imagen: Dominio público.

El incidente se convirtió en una noticia que algunos interpretaron como prueba de que existía vida extraterrestre, y Tully se transformó en un destino interesante para todos los amigos de vestir un gorro de papel de plata. Durante los años posteriores comenzaron a aparecer nuevos círculos en diferentes localizaciones del planeta, reforzando la idea de que el campo de cereales era el aparcamiento gratuito predilecto de los marcianos que venían de excursión. A la altura de los ochenta, las apariciones de círculos en los montes (sobre todo en las campiñas inglesas de Wiltshire y Hampshire) ya se habían popularizado tanto como para dejar de ser un hecho insólito y convertirse en una de esas cosas curiosas que ocurren en el campo. Los escépticos apuntaron que resultaba bastante sospechoso cómo los dibujos brotaban en lugares de fácil acceso o especialmente visibles. Pero los aficionados a lo paranormal estaban demasiado ocupados dando palmas con las orejas ante tanta evidencia de marcianos aficionados al turismo rural. Y entonces, dos ingleses llamados Doug Bower y Dave Chorley levantaron la mano para hablar.

En 1991, Bower y Chorley solicitaron los servicios de un cereologista (un estudioso de los orígenes de aquellos dibujos) para comprobar si un círculo que acababan de descubrir era real o no. El experto en el tema certificó el hallazgo como auténtico (sentenciando que no podía haber sido elaborado por el hombre) y la pareja confesó que en realidad ellos mismos habían dibujado, horas antes y ante la prensa, el círculo a mano utilizando una cuerda, un tablón, un poco de alambre y una gorra de béisbol. Bower y Chorley explicaron que llevaban desde 1978 trazando aquellas siluetas por los loles, y se atribuyeron la autoría de más de doscientos círculos pintados a base de doblar tallos. La revelación de que todo era una broma de dos señores con mucho tiempo libre (que se habían inspirado en el descubrimiento de Pedley en el 66) no logró que los círculos dejasen de invadir praderas, sino todo lo contrario: desde que los bromistas ingleses revelaron lo sencillo de sus métodos para dibujar huellas de ovnis, los círculos comenzaron a aparecer con muchísima más frecuencia y a lo largo de muchos más países.

Círculos en un campo de Suiza. Imagen: Dominio público.

1973: echarle huevos

A principios de los setenta, en los supermercados de Holanda las ventas de huevos comenzaron a declinar de manera repentina e inexplicable. Alarmados, los principales proveedores del país llevaron a cabo una serie de estudios y análisis de mercado con los que descubrieron algo que nunca habían tenido en cuenta: que la gente había dejado de comprar el producto por la apariencia impoluta del mismo. Las docenas de huevos que salían de las granjas y fábricas masificadas lucían un aspecto tan limpio como para convencer al subconsciente del comprador de que no eran naturales. El huevo moderno estaba «muy limpio, empaquetado y tenía pinta de no haber sido tocado nunca por hombre o animal alguno», algo que lo alejaba de la idea de producto de granja que tenía el consumidor y lo acercaba a un estilo de vida moderna «plastificado y artificial». Para solucionarlo, a la industria se le ocurrió que lo más sencillo era invocar al fake: se optó por agarrar los huevos de las fábricas, recién limpiados y abrillantados, para enguarrarlos con barro, plumas y estiércol, dotándolos del aspecto natural por el que la gente realmente estaba dispuesta a pagar.

1994: Microsoft inicia el monopolio religioso

A principios de diciembre de 1994 una nota de prensa de Associated Press comenzó a circular entre los buzones electrónicos del mundo. Se trataba de un comunicado anunciando un movimiento empresarial insólito, la noticia de que Microsoft había pujado para adquirir la Iglesia católica a cambio de una cantidad indeterminada de acciones de la compañía de Bill Gates. El texto, cuya cabecera ubicaba su origen en el Vaticano, anunciaba que «en caso de llevarse a cabo sería la primera vez en la historia que una compañía informática adquiriese una religión mundial». Pero la cosa se ponía mucho mejor según avanzaba el texto: «Con la adquisición, el papa Juan Pablo II se convertirá en el vicepresidente senior de la nueva división de software religioso, mientras que los vicepresidentes senior de Microsoft, Michael Maples y Steven Ballmer, participarán en el colegio cardenalicio, según explicó el presidente de Microsoft, Bill Gates».

El anuncio apuntaba que como parte del trato la compañía informática se llevaría a su caja fuerte los derechos de la Biblia y la colección de obras de arte que hasta entonces poseía Vaticano, un tesoro donde figuraban obras de artistas como Miguel Ángel o Leonardo Da Vinci. La nota de prensa también informaba de que los planes inmediatos de la compañía incluían el hacer que los sacramentos estuviesen disponibles en línea por primera vez y que los fieles pudiesen obtener la comunión, confesar sus pecados, recibir la absolución en incluso reducir su estancia en el purgatorio sin salir de su casa, frente a la pantalla del ordenador. De rebote, se anunciaba que convertirse al catolicismo era un upgrade y el lanzamiento de una nueva aplicación llamada Microsoft Church, «un software que incluirá un lenguaje de macros con el que será posible programar la descargar automática de las gracias celestiales cuando el usuario se encuentre alejado de su ordenador».

Bill Gates de Todos los Santos, aunque en la actualidad la lacra del fanatismo religioso extremo lo tiene Apple reflejado en sus consumidores. Imagen:CC Kuhlmann /MSC.

El email en su totalidad era una coña enorme y evidente, pero eso no impidió que en Microsoft comenzasen a recibir llamadas de gente que había creído que aquello era una broma de mal gusto perpetrada por parte de Gates y sus colegas. Y también de otras personas que se había tragado la inocentada y reclamaban muy serios explicaciones a la compañía. Unos cuantos días después, la propia Microsoft se vio obligada a emitir un comunicado oficial desmintiendo el asunto. La tontada no llegó más lejos, pero sí que pasaría a la historia al tratarse del primer hoax que fue capaz de alcanzar una audiencia masiva exclusivamente a través de internet. Un precursor de los cansinos correos electrónicos en cadena que inundarían las redes años después. Y también una profética advertencia del poder de internet y la insinuación de que en el futuro todo eso de la información veraz iba a ser un auténtico cachondeo.

Poco tiempo después, otro email comenzó a presentarse en las direcciones virtuales de correo de la época. Era otra supuesta nota de prensa, una en cuyo título podía leerse: «IBM compra la Iglesia episcopal de los Estados Unidos».


Angela Carter: donde las hadas no se aventuran

En compañía de lobos (1984). Imagen: ITC / Palace Pictures.

En una de tantas piruetas en mi camino como lectora, llegué a la obra de Angela Carter a través de la de Ana María Matute. ¿Cómo? Con el Círculo de Lectores al que estaban suscritos mis padres y un carnet. Concretamente, fue Olvidado rey Gudú, en 1996, el que provocó que buscara en los catálogos de las bibliotecas otros libros que hubiesen escrito los cuentos de hadas desde nuevas perspectivas. La inquietante novela de Matute, fantasía oscura y terrible, un libro que está a la altura de otras epopeyas fantásticas, ya había establecido en la literatura española que los relatos envueltos en hechuras «infantiles» no lo eran en absoluto, en el sentido institucional de blancura con que se los ha barnizado, sino que por contra escondían narraciones de terror para educar en temas elementales, lejos de la cursilería y el conjunto de normas que ha exigido la sociedad en cada época, a partir de los primitivos cuentos populares, cuyos autores —los más famosos— no fueron todos hombres: recordemos a Gabrielle-Suzanne de Villeneuve (La Bella y la Bestia) o los cuentos de hadas cortesanos de Madame d’Aulnoy.

Ana María Matute y otras autoras, por ejemplo, Carmen Martín Gaite, utilizaron las fórmulas del bosque, las hadas y los trasgos para reflejar la realidad de su tiempo. En este caso, una sociedad marcada por la Guerra Civil y el horror subsiguiente: mundo de hambre y represión, hombres extrañados, mujeres supeditadas a las leyes religiosas, familias rotas y niños huérfanos… materia donde fabricar historias de reinos aislados, pueblos regidos por príncipes tiranos, hombres solitarios y un batallón de niñas perdidas en torres inexpugnables. Si bien ni Matute ni el resto de autoras de su generación manifestaron de forma explícita ser feministas (por razones obvias), es evidente en esta reescritura de los antiguos cuentos de hadas la intención de denuncia de la situación de la mujer, y también de la de los hombres y los niños, así como de la dramática transformación del campo y las ciudades.

Angela Carter (1940-1992) sí se declaró feminista, pero su implicación fue tan compleja como el compromiso de Ana María Matute. El feminismo de Carter salta a la vista en cuanto se leen sus textos, que fueron muchos y en casi todos los formatos (del periodismo al ensayo, la novela, el cuento corto, además del trabajo académico y la traducción) para una vida desgraciadamente tan corta. Pero, como el de otras grandes creadoras (pienso en Leonora Carrington, Anaïs Nin, Colette, Jean Rhys, Mary Butts… todas similares en estilos y trayectorias), fue un proceso de afirmación contradictorio y no muy agradable, problemático a la hora de encontrar el equilibrio entre la exigencia personal y la exigencia externa que se hace al artista femenino. Carter aplicó a su narrativa una regla circular y paradójica, sin más ley que la imaginación y el poder de las palabras. Para ello utilizó, a la par que un gran talento, su profundo conocimiento de la lengua y la literatura —a veces muy irritante, comprendo el disgusto de los escritores de su quinta— además del dominio del idioma, del pensamiento y del folclore no solo anglosajón, sino de varios continentes. Y, por si todo esto fuera poco, además, el humor. El estilo de Carter ha sido etiquetado por su tiempo dentro de la literatura posmoderna, pero comparte con el punk muchos elementos, en especial, ser muy descarado, agresivo, distanciado de sus criaturas y de sí misma, capaz de barrer de un soplo el tabú sexual y las convenciones de género, cualesquiera que fueran estas.

El primer libro suyo que leí fue la antología de cuentos La cámara sangrienta (Ed. Minotauro, 1991, originalmente publicado en 1979). Es, además de su obra más conocida, una calculada y provocadora empresa donde les da la vuelta a los cuentos infantiles, los más conocidos. De forma literal, Carter no solo los pone boca abajo, sino que expone lo de dentro hacia el exterior: la sangre y el tuétano de los huesos salpican en estas creaciones inspiradas en los mitos de Blancanieves, la Bella Durmiente, el Gato con Botas y Barbazul. Todo lo que la narrativa tradicional había tratado de esconder en la sucesiva divulgación de historias como estas, que no era sino el aprendizaje mediante fábulas de lo que significan el deseo sexual y la muerte, se expresa a través de Carter en un enorme lienzo gótico, con imágenes preciosistas, lúgubres y procaces, que remiten a la literatura grecolatina, la pintura del decadentismo o el cine de terror.

Carter invierte la función de los personajes, de la misma forma que la ficción deviene realidad y después hace el camino contrario. Los monstruos asumen con dignidad su ser como «otro». Las protagonistas clásicas, adolescentes virginales y un poco atontolinadas, se convierten aquí en intrépidas mozas conscientes de su sexo, curiosas por descubrir secretos y abrir puertas, con lo que recuperan el alma negada por la Biblia a través del conocimiento, e incluso pueden ser el monstruo protagonista. El mito del amor romántico se desvanece en el acto supremo de la comunión amorosa, el canibalismo. La mujer piensa en términos de mercado sobre el matrimonio y los gatos discuten como en una novela del Marqués de Sade. La última mujer de Barbazul es rescatada por su madre, una señora que ha luchado contra los piratas. Llevados por el principio elemental del cambio en la naturaleza y la creación artística, ya formulado en el poema de Ovidio (Las metamorfosis), los protagonistas se transforman en entidades de géneros alternativos siguiendo el cauce del deseo, la supervivencia, los presupuestos ideológicos de su autora, empeñada en cambiar la visión sobre las mujeres y su relación con el mundo, y por supuesto, el sentido de la maravilla. La Bella Durmiente es una niña vampiro, cuya descripción podría haber salido de un cuadro de Remedios Varo, y el Leñador, un soldado hipster de la I Guerra Mundial, de excursión en bici por los Cárpatos que, tras acabar con el sufrimiento de la no muerta mediante el sexo, se lleva la maldición al frente.

Sin alejarse de los mecanismos más elementales del cuento —suspensión de la certeza mediante descripciones abigarradas y situaciones absurdas, sin apenas datos sobre el pasado o las relaciones de los personajes, con final abrupto, casi siempre abierto a la interpretación— y en un alarde propio de la autora, Carter ofrece tres versiones sobre Caperucita solo en este libro, porque el mito del hombre/mujer lobo es recurrente en más textos y supone su incursión en el cine como guionista, con la muy poco recordada y emocionante En compañía de lobos, de Neil Jordan (1964): en la primera versión, la niña mata al lobo, que esconde una sorpresa; en la segunda, lo derrota acostándose con él y convirtiéndolo en un humano dócil. En la tercera, revuelve a la niña loba con el espejo de la Alicia de Carroll y el vampirismo, siempre para insistir en esa ruptura de convenciones sobre la construcción de la identidad «femenina». Ella la describe violenta, ansiosa y enérgica, frente al estereotipo pasivo, recatado e inocente, con una belleza y una conducta, digamos, alternativas.

En compañía de lobos (1984). Imagen: ITC / Palace Pictures.

A este respecto, Carter es especialista en escribir sobre personajes femeninos muy poco convencionales y en darles una dimensión escasamente utilizada por la literatura, sobre todo, la femenina. En su opinión, que compartía en el prólogo de la antología de cuentos seleccionados por ella misma Niñas malas, mujeres perversas (Edhasa, 1989, muy recomendable para conocer a autoras poco frecuentadas por los talleres literarios), las escritoras casi nunca tratan mal a los personajes femeninos, por muy reprobables que sean sus actos. Hay casi siempre una especie de acuerdo tácito en perdonar de antemano a la criatura creada, ya sea la más malvada del mundo. No se la juzga como hace la literatura masculina con sus personajes. Además, las villanas más célebres de la ficción están cercadas por el género de la fantasía y el terror. La razón: para el ideario y la convención social es «imposible» pensar en mujeres malvadas porque sí, con las mismas atribuciones y responsabilidad que los hombres. Por eso siempre son calcos de una leyenda (diosa, estereotipo de la fantasía), y sus actos siempre se sustentan en una «razón» (hay un pecado, una tragedia, una transgresión, o todo ello junto) que justifica, de una forma u otra, sus posibles fechorías.

Para Angela Carter, que las escritoras no abordasen el mal de forma directa en la conducta femenina se debía a un problema social y ético. Las mujeres, fuera del terreno «natural» del sexo, no tenían «conocimiento», solo pecaban por comportarse como no debían dentro de la familia o el matrimonio. Los cuadros siempre se repiten: la comeniños, la comehombres, la ogresa y la dragona. Si las maldades se salían de ese gineceo, esto solo podía deberse a un motivo: la locura. Se puede añadir la brujería, pero siempre con locura, o, un poco más tarde, la supervillana con poderes, pero con la cabeza ida, la cíborg con los cables cruzados. U otro motivo: la pertenencia a otra especie y otro sistema planetario, que ahí ya se pueden justificar comportamientos asociales y criminales de forma más alegre y sin remordimientos. Esta escasez de personajes «realistas», de la vida diaria, capaces de hacer el mal y al tiempo ser conscientes-responsables de su horror, se debe, según apuntaba Carter con su humor y mucha mala idea, a que las mujeres no hemos tenido las mismas oportunidades de delinquir que nuestros compañeros. En la actualidad, y fuera del universo de Harry Potter y la ciencia ficción, hay pocas mujeres muy, pero muy malas en la literatura femenina. La protagonista de Gone Girl, de Gillian Flynn, es un ejemplo reciente y casi una excepción. No hay ninguna necesidad de centrar en criminales los personajes femeninos de la ficción, pero esta ausencia es significativa.

En su colección Venus negra (Minotauro, 1991, originalmente publicado en 1985), además de abordar el mito de la mujer afroamericana en la vieja Europa cuando escribe la biografía de Jeanne Duval, amante de Baudelaire, la escritora fabula con historias de personajes femeninos con vidas «complicadas», desplazados en la clase social, la familia o el cuerpo. A pesar de estas ideas suyas, siempre interesantes y controvertidas, sobre el tratamiento que la ficción femenina da a la mujer y sus propios retratos de mujeres muy lejos de esa órbita «normal», Carter tampoco se interna en la concepción del mal de signo femenino, pues también insiste en que su condición se debe a ser «producto» de un pasado o presentes horribles: la criada inglesa que termina en una tribu de indios nativos y es «salvada» de los salvajes, solo para volver a la civilización y continuar su vida como criada; el rastro de los fantasmas del escritor Edgar Allan Poe a través de su madre y su mujer, la primera, actriz que muere delante de su hijo en el escenario tras una vida de fatigas, y la segunda, niña débil que sucumbe sin que el poeta pueda hacer nada, quedando traumatizado por partida doble. La historia de la popular Lizzie Borden y la sombra de la asesina en serie es tratada en dos cuentos; en el primero, especula con el ambiente de aquella casa de Fall River antes de la matanza y, en el otro, construye metaficción con una aventura de la Lizzie niña, con una feria y un animal salvaje y enjaulado de fondo.

La dimensión animal de los seres humanos es un recuerdo constante del surrealismo en Carter, como también el uso recurrente de las mujeres artificiales, autómatas, muñecas articuladas de la fantasía y la ciencia ficción, espejos críticos de la feminidad como objeto y sujeto carentes de pensamiento propio, solo animadas por el puro instinto. Las tesis de la escritora fueron muy polémicas en los foros feministas de las décadas de los setenta y ochenta, porque defendía, tanto en la ficción como en ensayos como La mujer sadiana (Edhasa, 1981), la idea de un sexo femenino capaz de gestionar el deseo y sus representaciones en el porno y la vida diaria como lo hace el masculino, lo que provocó el enfrentamiento con las feministas que abogaban por la abolición de la pornografía y la prostitución. Nombres como Andrea Dworkin y Robin Morgan acusaron a Carter de machista porque mantuvo unas tesis que se basaban en la obra de Sade (también en las ideas del pensador Georges Bataille, de las que ahora mismo Camille Paglia sería la alumna aventajada). Tras una profunda crítica, Carter presenta a la mujer como ser doliente, por supuesto, pero también capaz de infligir sufrimiento, además de dar voz a la libertad de las mujeres en prácticas sexuales como el sadomasoquismo y de extender del género fuera de la dicotomía femenino/masculino, como alternativa cada vez más real y válida. Si todo esto es una provocación que hoy suscita inmediatamente el debate, imaginen hace cuarenta años. Para los interesados, Simone de Beauvoir escribió, años antes del trabajo de Carter, uno de sus mejores libros sobre este tema en concreto, titulado ¿Hay que quemar a Sade? (Visor, 2000).

En compañía de lobos (1984). Imagen: ITC / Palace Pictures.

La herencia Carter

Lo de comparar la obra de Ana María Matute y Angela Carter no ha sido una frivolidad producto de mi inconsciencia. Permítanme que solo sea una frivolidad. Creo que era lo más adecuado para presentar la obra de esta gran autora, aunque sea de forma muy breve (me quedaría mucho por escribir, especialmente sobre novelas como La pasión de la nueva Eva, Noches en el circo y Las máquinas infernales del Dr. Hoffman), porque, en lugar de detallar los referentes de Carter, muy numerosos y más que evidentes, me permite entrar en un lugar de la literatura española que no por poco conocido es menos interesante. Se trata del de las escritoras que dedican su obra a la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Algunas de ellas son hijas declaradas de la obra de la autora inglesa y se encuentran en un nivel de creatividad tan alto como el suyo.

La primera, y por méritos más que sobrados, es la escritora, profesora y traductora Pilar Pedraza (Toledo, 1951). Una vida dedicada a la investigación sobre las contradicciones de los límites de la identidad, el cuerpo y el deseo femeninos. Una obra deslumbrante de ensayos, novelas y narrativa corta en torno a esa mujer «sadiana», que cruza y desborda las ideas preconcebidas y tolerables de lo femenino/feminista como constructo social, cultural y filosófico, aparte de sus estudios sobre cine, cultura barroca y fenómenos religiosos y mágicos. El feminismo de Pedraza mira a la totalidad histórica y obtiene las conclusiones de la suma de sus elementos, no del que toca por temporada. La escritora incorpora a sus libros lo mismo mujeres híbridas, compuestas de máquina y animal (el ensayo, Máquinas de amar. Secretos del cuerpo artificial, Valdemar, 1998), que sacerdotisas, madres y diosas salvajes (Mater Tenebrarum (1987), Lobas de Tesalia (2015). Describe con mimo y precisión los espacios envueltos en claroscuros, lo que el pensamiento y la cultura popular conocen como lo siniestro: las tiendas de curiosidades, las barracas de fenómenos (Lucifer Circus, 2012), las grietas en la historia donde se cuelan las ideas monstruosas, los puntos de fractura en la Roma decadente, la alta Edad Media, el París luciferino… a través de piezas exquisitas, construidas con la mirada inteligente y guasona de su autora: El amante germano (2018), Brujas, sapos y aquelarres (2014), La perra de Alejandría (2003). Pocos autores existen que estén a la altura de Pilar Pedraza en este campo tan difícil, el de la literatura fantástica y la reflexión sobre la cultura del otro lado, siempre terreno del olvido o del aprovechamiento de quienes no pasan de los disfraces para Halloween. (Nota para mí misma: de hecho, podría haber escrito este artículo al revés; es decir, dedicárselo a Pilar Pedraza y después nombrar a Angela Carter en este párrafo).

La obra de Sofía Rhei (Madrid, 1978) es otro ejemplo de talento y dedicación al terreno que fluctúa por encima y debajo del realismo: el cuento y la novela fantástica, la ciencia ficción, la literatura infantil y la poesía experimental. Como Carter, ha dedicado varias de sus obras, entre una bibliografía muy prolífica, a la reescritura del cuento de hadas tradicional, esta vez con una curiosa y aguda mezcla de beligerancia feminista y crítica política (sí, es que existe un feminismo que no critica el estado de las cosas), utilizando la verdadera intención del relato popular: una lección aplicada a la vida diaria, como espejo moral o social, por extraños que sean los escenarios y los protagonistas. En Róndola (Planeta de libros, 2016), como ya hicieron Matute en Gudú, Carmen Martín Gaite en La reina de las nieves (Anagrama, 2006) o Concha Alós en Rey de gatos (Plaza & Janés, 1979), Rhei crea un universo mágico en el que se trastocan los clichés del cuento antiguo y entran en tropel el humor, el sexo y la violencia. Si Róndola supuso una explosión de personajes y aventuras en terrenos dislocados, no lo es menos El bosque profundo (Aristas Martínez, 2018), pero aquí la autora emprende una ruta distinta: ilumina las zonas más oscuras de ese decorado que significa el bosque para la ficción novelesca y fantástica, como plasmación del inconsciente del miedo y el deseo, para fijar en él historias breves, con una moraleja que quizá no guste, la carta del tarot guía la escritura y la lectura de estos relatos, recurso de la literatura medieval que tanto Pedraza como Angela Carter han utilizado en sus libros, aquí reforzado con las ilustraciones de Anna Ribot. Otro aliciente para seguir caminando en la senda oscura de la literatura y el fuego de la imaginación.


Cuarenta palabras

Los Cantos de la Borrica. Fotografía: ARNT (DP).

Una braña es un prado situado alto, normalmente ejerciendo como cumbre de una montaña o como una de sus laderas. En Cantabria se diría que una braña está normalmente en un cotero (una montaña pequeña pero pronunciada), a veces en una lomba (una colina) y que habitualmente es pindia (de terreno empinado). Suele decirse que los esquimales tienen cuarenta palabras para referirse a la nieve. En Cantabria ocurre algo parecido con la evolución vertical del terreno.

Es un hecho conocido, sin embargo, que por más palabras que se acuñen nunca alcanzan para nombrar tantas cosas como hay. Por ejemplo: en las brañas altas del valle de Cabuérniga, posadas con suavidad sobre la hierba a casi dos mil metros de altura, hay unas grandes piedras que nadie sabe de dónde han venido. Son grandes como asteroides, y dos en particular tienen varios pisos de altura. Y están hechas de una roca de la que no está hecho nada más en este valle. Alguien ha tenido que ponerlas ahí, pero no ha sido la mano humana. Tampoco han podido desgajarse y caer de algún macizo cercano. Ninguno está tan cerca ni a mayor altura. Y la braña es pindia. Para ubicarse en lo alto, habrían tenido que rodar pendiente arriba.

Los han llamado cantos, los Cantos de la Borrica, como suele llamarse a las piedras sueltas, las que ruedan de alguna u otra forma. Pero no lo son, y la gente del valle lo sabe. Simplemente no había una palabra mejor.

Hay más cosas en las brañas de Cabuérniga para las que no existen palabras, y casi siempre son de piedra. Hay enormes lastras colocadas en forma de círculo, algunas grabadas con símbolos inexplicables, y brañas donde se yergue en solitario una gran losa vertical. Hay extraños caminos empedrados como por la mano humana, pero que van y vienen por las cumbres y los bosques sin acercarse a los pueblos, carentes de destino y de propósito. Hay grandes peñas de las que mana un río, pero a veces el río deja de salir repentinamente y pocas horas después vuelve a hacerlo con normalidad. Nadie sabe por qué. Y hay cuevas. Manantiales donde el agua brota caliente y torcas (un agujero en el suelo, frecuentemente la apertura de una cavidad) de las que sale viento. Y en las peñas altas, cuevas sembradas de huesos, como si fueran el cubil de alguna bestia. Pero en ellas no vive ninguna.

Hay muchas cosas en este valle para las que no existen palabras, pero quizá no son más que las de cualquier otro valle en cualquier latitud del mundo. Simplemente ocurre que en Cabuérniga, donde todos son hidalgos, no se resignaron a que las cosas no tuvieran nombre, y a todas pusieron uno. Y es otro hecho conocido que todo lo que ya tiene un nombre, tarde o temprano comienza a existir.

***

Son siete y vienen al mundo solo durante una noche al año, la de San Juan. Algunos dicen que son hombres de la antigüedad que cumplen condena en el infierno. Uno es un hijo que pegó a sus padres; otro, un rico que seducía con mentiras a las muchachas honradas; y el jefe de todos, el más grande de los siete, un señor que prestaba dinero a los labradores y después los embargaba con trampas. En nuestro mundo tienen forma de caballos, uno de cada color. Los llaman los siete caballos del Diablo.

Los más juiciosos evitan el monte durante la noche de San Juan para no dar con ellos. Pero otros se arriesgan y suben a las brañas, porque allí crecen los tréboles. Y quien encuentre un trébol de cuatro hojas en la noche de San Juan vivirá cien años, no tendrá dolor, no sufrirá desazón y nunca pasará hambre. Los caballos vienen también buscando esos tréboles de cuatro hojas, y los pastan hasta que llega el alba. Si ven a alguien, se lanzan al trote y lo aplastan con sus herraduras al rojo vivo, que dejan huella en las piedras como si fueran de mantequilla. La única manera de salvarse es hacer siete cruces en el aire antes de que se te echen encima.

Lo cuenta tío Eugenio, de quien no sabemos su apellido, y mientras lo hace esgrime la azuela y arranca dentelladas de madera a un leño de alisa. Dentro de poco será una jarra para la leche.

—Cuando descansaban fatigaos y mojaos de sudor echaban una baba que se convertía en barras de oru —continúa—. El que encontraba las tales barras se hacía ricu, pero cuando se moría iba derechu al infiernu. No había remediu pa la su salvación.

A su vera, un hombre joven escucha y garabatea notas en su libreta. Es 1930 y ha venido a Cabuérniga en lo peor del invierno, aunque recorrer la región a pie sea una tarea penosa en esta época del año. Solo ahora se interrumpen los trabajos del campo y los vecinos se permiten perder el tiempo hablando, y eso solo si es cerca de la lumbre para desgranar panojas (mazorcas de maíz), tallar madera y ocupar las manos. Por eso el hombre joven tiene que llamar a las puertas y hacerse invitar. Y por eso no se anuncia como Manuel Llano, escritor, o nadie le abriría. Aquí es Manolo el de Manueluco el ciego, el hijo del albarquero (el artesano que crea albarcas, un calzado montañés tallado en una sola pieza de madera) de Carmona, que de crío fue sarruján (recadero de los pastores) y de mozo se fue a estudiar a Santander. Ha vuelto porque quiere escribir un libro. Como credencial para los indecisos, ha heredado de su padre una nube en el ojo izquierdo. Como él, será ciego algún día.

Más adelante, en otra casa, un chaval de nombre Mesio habla a Manuel sobre las brujas del hábito blanco:

—Sí señor, hay brujas negras vestías de blancu. Se apaecen en tos los caminos. Me lo dijo tíu Basiliu, el saludador (curandero) de Brañaflor. Tienen los ojos coloraos y las pestañas del color de la ceniza. Vuelan como los milanos, y a la media noche bailan en los colaos (collados).

El chaval le ha rezado a las brujas una jaculatoria desde el balcón y después ha quemado una rama de laurel bajo un nogal, como debe hacerse para conquistar a la mujer que se quiere. Pero algo ha hecho mal, que la muchacha no le hace caso. Mesio dice que fue el chiflar (silbar) de los sapos, eso estropeó el rezo. Y no se puede repetir, o uno se queda mudo.

Carmona. Fotografía: kyezitri (CC).

Poco a poco, pueblo a pueblo, la libreta de Llano se va llenando de otras palabras que solo existen a orillas del río Saja. Guajona, anota. Una vieja que de noche baja a los pueblos envuelta en un manto negro y entra en las casas para chupar la sangre de los críos y los mozos hasta dejarlos medio muertos. Se dice que no soporta el sol y que de día excava un agujero y duerme bajo tierra, como los topos.

—Los sus ojos relumbran como las estrellas —le dicen a Llano— y na más que tien un diente negru, mu afilau y mu largo.

El pájaro de los ojos amarillos, anota un poco después. Un pequeño animal monstruoso, fruto de la unión de una lechuza y un murciélago en el último día del invierno una vez cada cinco años. Quien lo ve no debe volver a su casa, ya que morirá al cruzar el umbral si antes no le pasa por encima una golondrina. En verano el pájaro se sumerge en el río porque su sangre se calienta con facilidad:

—Es como el aceite que chupan las lechuzas en las lámparas de la iglesia —le explican.

Las mozas del agua son rubias y pequeñas, con «una estrella en la frente del color de las nubes cuando el sol se va». Viven en palacios bajo la tierra y salen por los manantiales y las fuentes del monte con madejas de hilo de oro que dejan secar en la orilla.

—Si algún mozu podía coger un hilu de las madejas, las mozas jalaban (tiraban) de él y le llevaban a su palaciu, onde se casaba con la más guapa.

Una vez al año, aquella moza del agua y su marido vuelven a la superficie y esconden en el bosque un anillo, una gargantilla y un coral que solo pueden ver las pastoras más honradas. La que los encuentra gozará del poder de curar con el agua.

Y más criaturas. Zorros blancos con la cola negra y pintas verdes en las orejas, que espantaban a los lobos solo con mirarlos y que desaparecieron hace miles de años. El trenti, un enano del bosque con los ojos verdes y la cara negra, muy bribón pero inofensivo. El trasgu, otro canalla que entra a las casas por la chimenea y las troneras y hace ruidos para asustar. Los familiares, unos seres que se aparecen a los buenos y hacendosos y les advierten de los peligros inminentes. Quienes los han visto dicen que tienen el cuerpo blanco y la cabeza roja con cicatrices, como si hubiesen tenido viruela. Y el gallo de la muerte, que nace de un huevo rojo que ponen los milanos una vez cada cincuenta años. Al amanecer da un alarido, uno solo, desde la cima de una cajiga (un roble), y quien lo escuche morirá al día siguiente al ponerse el sol.

—Hay unas hierbas que quitan el mal que echa a las personas el gallu de la muerte —le cuenta a Llano tío Santos, el muñidor (quien arregla tratos entre dos partes, ejerce como testigo y media para resolver conflictos, a modo de un juez de paz). Pero nadie ha dau con ellas. Diz que nacen cerca de los manzanares monteses cuando empieza la primavera.

***

J. R. R. Tolkien, que por esas mismas fechas está rematando el primer borrador de The Hobbit, dejó dicho años después que los mitos no son mentiras, sino «invenciones acerca de la verdad». Que no es igual.

Y en el pequeño mundo de Cabuérniga, como ya se ha dicho, muchas cosas misteriosas existen, y lo hacen tanto y en tal grado que están hechas de piedra. Rocas inmensas en las brañas, lastras grabadas con símbolos inexplicables y caminos empedrados que discurren por los bosques hasta terminar de golpe, sin llevar a ningún lugar. Todas tan ciertas que pueden verse y tocarse, «verdades como luceros», como anotará Llano varias veces en su libreta. Alguien tuvo que ponerlos ahí, aunque no los veamos. Quizá porque viven bajo la tierra. Quizá los mismos que caldean el agua que brota caliente junto al desfiladero de la Hermida y junto al Besaya, no lejos de aquí. Y quienes hacen que la Fuentona de Ruente se seque durante algunas horas una vez cada varios años.

Quizá salen silenciosamente de las cuevas y las torcas del monte, caminan de noche por las calzadas de piedra y por ellas van a las brañas de Sejos, donde hay piedras formando un círculo. Quizá son suyos esos aullidos que se oyen de noche en Monte Aá y en la hoz de San Lucía, y quizá son ellos quienes se llevaron aquellas tudancas (una raza de vacas autóctona)  que desaparecieron en Ucieda. Y quienes entran en las casas de Carmona cuando la gente está en misa y roba las boronas (un pan montañés de harina de maíz), y quienes taponaron con piedras aquel regato (arroyo) que hay subiendo a los Molinucos del Diablo. Quizá son los responsables de todas las cosas inexplicables que pasan en Cabuérniga.

O quizá no. Quizá no existen, solo existieron. En el pasado, hace mucho, y eso explica que no puedan vesre. Cuando Cabuérniga todavía se llamaba Kaornega y era el paso natural entre el mar y la meseta. Cuando los señores de aquí eran los siervos de sus siervos, porque en este valle había behetría: los campesinos elegían a su señor, y por eso hasta los mendigos eran hidalgos. Quizá se fueron las criaturas como se fueron también los moros, y después los foramontanos, y después los templarios. Cuando se hicieron otros caminos entre el mar y la montaña y por Cabuérniga ya no se pasaba, ahora solo se iba. Y nadie iba, solo se marchaba. Hoy hasta los cabuérnigos se marchan, como hizo el propio Manuel Llano. Trescientos cuarenta kilómetros cuadrados y dieciocho municipios, pero en 1930 apenas quedan cuatro mil almas en todo el valle. En 2005 el censo había caído hasta las dos mil quinientas.

Un ejemplar de vaca tudanca, una raza autóctona del valle de Cabuérniga. Fotografía: Antonio Díaz.

Son pocos, pero no se resignan a olvidar y custodian sus recuerdos con celo, aunque en realidad sean los recuerdos de otros. Cuando Llano volvió por allí en el invierno de aquel año, los más ancianos decían que «los viejos que ya eran viejos cuando nuestros abuelos tenían hijos» habían visto ojáncanos en la región. Eran gigantes grandes como casas y con un solo ojo en la frente que «de noche relumbraba como los de un lobo». Iban desnudos, con el único abrigo de sus melenas y barbas enmarañadas, y entre su largo cabello del color de la sangre les crecía un solo pelo blanco; arrancarles aquel pelo era la única forma de matarlos. La tradición confiere a los ojáncanos cierta inclinación a arrojar enormes rocas. A veces «piedras grandísimas» que proyectaban con una honda de piel de oso o de lobo, según recoge Llano; otras, cuando estaban más furiosos, peñas que arrancaban enteras de las cumbres y lanzaban directamente contra las casas y las personas. Peñas tan grandes como aquellos Cantos de la Borrica.

Nada podía salvarte de los ojáncanos si no era las anjanas. A Llano se lo contaron Petra y Lucinda, dos muchachas que bordaban en la calle durante una mañana de sol. Con tanta devoción lo hicieron que nuestro hombre se permitió una risa de incredulidad, y aquello casi le cuesta el cuento:

—Pos si no crei, no lo crea —espetó Lucinda—. Pero hubo anjanas, sí señor. Eran mu güenas las probes anjanas.

Y poderosas, las que más en los montes del valle. Vivían en alcázares bajo la tierra y caminaban por el bosque cuando lo hacen los venados, en la madrugada y en al ponerse el sol. Vestían de blanco, con la trenza ensortijada y hermosas alhajas, y una capa de azul crepuscular con estrellas de plata. Eran rubias y pequeñas, más pequeñas que una persona, y se apoyaban en un báculo, y con ese báculo podían hacerlo todo.

—Trocar (transformar) en moles de hierro las peñas y los ribazos, y los árboles en barras de oro, y las piedras en diamantes, y los ríos en corrientes de esencias para llenar sus frascos las niñas y las mozas.

Y eran buenas, que falta hacía en esta tierra complicada. Señalaban las camberas (caminos rústicos, frecuentemente sendas forestales) a los que se habían perdido en la niebla y devolvían los rebaños extraviados a los pastores honrados. También ahuyentaban a los trasgos y se enfrentaban a los ojáncanos, pero incluso con ellos mostraban compasión. Una vez una manada de lobos quiso dar caza a un ojáncano, y en la refriega la bestia quedó ciega de su único ojo. Una anjana que lo vio llevó al ojáncano a su palacio subterráneo, le curó las heridas y lo sacaba todas las mañanas a la superficie a que tomase el sol, como un ciego y su lazarillo.

—¡Qué lástima que ya no haiga anjanas! —se lamenta Lucinda—. Pero ya que no las hay, toas las personas debían de ser anjanas pa toas las personas. ¿No le paez?

Manuel Llano asiente. Más tarde, cuando pase a limpio todo lo que ha oído en Cabuérniga, se admirará genuinamente de esta «sublime y rústica filosofía» aldeana casi más que de sus leyendas. Quizá porque él conoce la verdad.

Las anjanas emparentan estrechamente con las xanas, hechiceras del folclore asturiano y leonés con atributos muy parecidos a los de ellas. Suele decirse que tras la batalla de Covadonga, con el inicio de la Reconquista cristiana y la expulsión de los musulmanes hacia el sur, en los picos de Europa quedaron aislados algunos grupos compuestos principalmente de mujeres moras, y que allí arriba sobrevivieron durante un tiempo. El recuerdo de estas moras, se dice, acabó por convertirse en las xanas y anjanas, habitantes de los montes altos tan bellamente enjoyadas. Nunca sabremos cuánto hay de verdad en ello, seguramente poco. Seguramente sea una leyenda acerca del nacimiento de otra leyenda, con tanta facilidad brotan los mitos en esta tierra. En Cantabria persiste la costumbre de considerar obra de moros a las cosas bellas, desconocidas y antiguas. Y las anjanas, como las xanas, no son fundamentalmente distintas de las ninfas, los elfos y otras hadas que abundan en los cuentos de toda Europa.

Ni los ojáncanos, que hasta pertenecen específicamente a una categoría de gigantes descrita por Homero: los cíclopes. Ninguno arrojó allí arriba los Cantos de la Borrica. Hoy sabemos que estas exóticas moles son bloques erráticos, fragmentos de roca desgajados por un antiguo glaciar, transportados por el torrente de hielo y finalmente depositados lejos de su ubicación original. Manuel Llano también sabe que, con frecuencia, los romanos construían sus calzadas por las cumbres de las sierras, donde resultaban más seguras y practicables para el curso de sus legiones, y que las de aquí conectaban la meseta y los puertos del Cantábrico evitando precisamente bajar a los valles. En la región, emergiendo aquí y allá entre los hayedos y los robledales altos, quedan los restos de alguna.

Y también de crómlechs, antiquísimos recintos litúrgicos del Neolítico marcados con un círculo de piedras, como Stonehenge. No vuelan hasta allí las brujas del hábito blanco, ni fueron ellas quienes grabaron las formas como de humano que se aprecian en los menhires. Ni las mozas del agua calientan los manantiales, ni los caballos del Diablo salen del infierno por las torcas que resoplan ni son responsables de que haya tan pocos tréboles de cuatro hojas. Pero Llano sabe que no son mentiras, como lo supo Tolkien. Son mitos. Invenciones acerca de la verdad, cosas inexplicables a las que los cabuérnigos pusieron un nombre. Y por eso les dedica un libro.

***

Brañaflor se publicó el año siguiente, en 1931. Llano se dio prisa porque el mundo estaba a punto de cambiar y lo iba a hacer empezando por España. No podía saberlo, pero quizá lo intuía. Y no por razón de su genio, sino porque era un folclorista. En eso los de su gremio aventajan a los prosistas, los poetas y los demás hombres y mujeres de letras: saben que entre los muchos mundos que integran el mundo siempre hay alguno acabándose. Y no quiso que el suyo lo hiciera completamente, aunque le había tocado el turno. Quizá por eso, porque los nombres vuelan pero las cosas quedan, le puso al valle este nombre de fantasía, Brañaflor.

Y porque Brañaflor es Cabuérniga y especialmente Sopeña, el pueblo natal del escritor, pero un poco también los otros grandes valles de Cantabria: el del Pas, el del Besaya y el del Nansa, y también Liébana, Polaciones y Campoo, y las comarcas litorales. Brañaflor son todos los lugares que antes hollaron ojáncanos, trasgos y familiares, y en donde bailaron las brujas y pastaron los caballos del Diablo. Todos los lugares a los que volverán algún día, aunque sea lejano, cuando el mundo se acabe una vez más y vuelvan a necesitarse cuarenta palabras para referirse a los matices de la inclinación del suelo. Cuando las otras cosas con nombre dejen de tenerlo, porque ya no servirán para nada, y así se conviertan de nuevo en misterios. Las ruinas de autopistas que atraviesan los bosques, por las que nadie caminará, las antenas y repetidores que se oxidan en las cumbres, donde nadie pudo haberlas subido, y las murallas de hormigón altísimas que no dejan pasar al río. De nuevo serán caminos de las anjanas, puntos de reunión de las brujas del hábito blanco y lagos de las mozas del agua. Y de nuevo Cabuérniga no lo será más, y volverá a ser Brañaflor.

Un hayedo en Ucieda, parte del Parque natural Saja-Besaya. Fotografía: Rubén Díaz (CC).