Hanói, más allá de las motos

01

Comenzaremos por un lugar común a partir de una frase hecha: “Hanói es una ciudad joven que mira hacia delante”. Así, de entrada, podría encajar perfectamente en una de esas guías de viaje repletas de fotos a todo color en las que conviven la bahía de Halong, el mausoleo de Ho Chi Minh y una vendedora callejera de fruta sonriendo a cámara. Y motos, por supuesto. Muchas motos. No puede faltar la tan socorrida foto de una jovencita en moto con más motos difuminadas de fondo. Añadimos unos cuantos lugares recomendados para comer, para dormir, para tomar una copa y para comprar recuerdos (un pañuelo de seda, unos cuencos de madera y un imán para la nevera, por ejemplo) y ya lo tenemos: una fantástica colección de tópicos para ilustrar un viaje a una ciudad milenaria, desconocida y caótica. Y sin embargo es verdad: Hanói es una ciudad joven que mira hacia delante.

La primera impresión que el viajero recibe al llegar a Hanói (con tilde en la “o”, por favor) suele ser meteorológica. Nada extraño, por supuesto, ya que Vietnam es un país tropical. Aun así, el calor sofocante durante una buena parte del año convierte la ciudad en un destino para turistas valientes o al menos no hipotensos. Los meses de enero y febrero suelen ser algo más frescos e incómodos debido a que, por lo general, los edificios no están preparados para un frío húmedo. Una vez que se ha asumido que el clima va a estar siempre presente sea cuando sea la estancia, aparecen ante nuestros ojos las verdaderas protagonistas de la ciudad: las motos. Por todas partes, en todas direcciones y en todos los sentidos. Enjambres de motos que de algún modo no comprensible a primera vista consiguen no chocar.

Existe, por supuesto, una razón para este caos sensacional de ruedas y cláxones en el que sobrevivir es, a pesar de todo, más sencillo de lo que parece: Hanói tiene una extensión aproximada de 920 km2 y cerca de siete millones de habitantes. Para hacernos una idea, la extensión de Madrid es de poco más de 600 km2 sin que la población llegue a los cinco millones y medio. Es, en efecto, una ciudad grande. Pero mientras nosotros disponemos de una buena red de transporte público, la capital vietnamita solo cuenta con una gigantesca y calurosa flota de autobuses urbanos que, a pesar de ser vasta, no basta para abastecer a toda la ciudad. Afortunadamente, poco a poco se están introduciendo en algunas líneas vehículos nuevos que incluso disponen de aire acondicionado. Asimismo, hasta 2020 no se inaugurarán las primeras líneas de metro de la ciudad, aunque las complicaciones surgidas por el terreno pantanoso (Hanói es una ciudad con decenas de lagos) hace pensar que la fecha final será muy posterior. Los automóviles, por su parte, son carísimos debido a que los impuestos por comprar un vehículo de importación ascienden a un 100% del valor del coche. Esta medida pretende impulsar la industria automovilística vietnamita, aunque la realidad es que dicha industria se sitúa aún en un nivel bastante, digamos, incipiente: Thaco, la principal compañía local, produce para Kia unos 20.000 vehículos al año en un país de casi noventa millones de personas.

03.1
Tây Hồ, el mayor de todos los lagos de Hanói.

Un momento”, se preguntará el lector avispado. “¿Qué sucede entonces con la bucólica imagen que todos tenemos en la cabeza de los dulces vietnamitas montando en bicicleta?” Pues que apenas se corresponde con la realidad debido a una cuestión eminentemente práctica: ¿cuántos de ustedes estarían dispuestos a pedalear cada día unos cuantos kilómetros para ir al trabajo aguantando una sensación térmica de 44º y una humedad relativa del 80 por ciento? Es mucho calor, sí, pero ¿acaso preferirían hacerlo en época de lluvias? La respuesta, por supuesto, es la misma aquí y en la Cochinchina (nombre que recibe la zona meridional de Vietnam): muy poca gente. Así que, una vez descartados el metro inexistente, el carísimo coche, el autobús caluroso y la poco práctica bici, comprenderemos que la moto es el único medio de transporte que les queda a los hanoienses. Y digo “el único que les queda” ya que sin motos no se van a quedar: se calcula que circulan por la ciudad cuatro millones de ellas. La norma prohíbe que vayan más de dos adultos, pero se permite transportar a todos los niños que uno sea capaz de llevar. De ahí que sea tan frecuente ver una familia al completo: por ejemplo, el padre conduce con un niño de pie delante de él mientras que la madre lleva a un bebé en brazos y un tercer crío entre ambos progenitores.

La moto, por supuesto, también sirve para transportar todo tipo de mercancías. Y esto sí que no es una frase hecha. Cualquier vietnamita con una vespino y tres pulpos elásticos es capaz de desafiar a las leyes más elementales de la física. Mi imagen favorita es una de la que ya se habló por estos lares: el cerdo muerto y abierto en canal listo para llevar a ser vendido al mercado dejando por la carretera su rastro de sangre y todo. Pero no es difícil ver por las calles de Hanói mudanzas completas en moto. Cajas de gallinas, aparatos de aire acondicionado… Quien esto escribe ha llegado a ver transportar un ataúd. Presumiblemente vacío, aunque nunca se sabe. Existe un excelente libro de fotografías llamado Bikes of Burden con el que comprender, más allá de la comicidad, que este tesón motorizado con que los vietnamitas vencen cualquier adversidad es, en realidad, uno de los principales motores de la economía vietnamita desde que en 1991 el gobierno creó la Ley de Empresas Privadas: el abastecimiento de la mayoría de las decenas de miles de pequeños negocios que existen en el país se produce casi exclusivamente sobre dos ruedas.

04

El calor y el tráfico son tan agotadores que el viajero tendrá que parar en cualquier sitio para refrescarse y de paso comer algo. Y ahí llegamos a otro gran tópico del país: la gastronomía. Es bastante sabido que por estas latitudes gustan de comer, entre otros manjares, serpiente. Se le extrae el corazón mientras aún está viva y se come antes de que deje de latir, acompañado de un chupito de su propia sangre. Por lo general, se trata de una comida exótica destinada a los turistas que quieren hacerse la foto y colgar en facebook un vídeo con su cara de náusea valiente. Más frecuente pero también más duro es ver en plena calle un puesto de perro asado, que aquí se considera como una comida para ocasiones especiales y que suele mezclarse con otros alimentos porque el sabor es muy intenso. Hay que tener en cuenta que no todas las razas de perro son consideradas comestibles y que en todos los mercados se vende al peso, pero ya asado. En el fondo es como nuestro cochinillo, pero sin manzana en la boca.

Posiblemente, el tercer alimento que más puede llamar la atención al viajero es el durian, una típica fruta del sudeste asiático cuyo característico y penetrante olor a pescado podrido provoca náuseas a las pituitarias no acostumbradas. El lector interesado en el tema podrá encontrar en la red una multitud de vídeos y entradas de blogs si hace búsquedas del tipo “durian vómito” o “durian apestoso”. No es para menos, habida cuenta de que en algunos países vecinos está prohibido comer esta fruta en público. Se puede encontrar en prácticamente todos los mercados y supermercados de Hanói, pero para confirmarlo solo hay que asomarse por la puerta: el olor de un durian abierto se percibe a varios metros de distancia. Aquellos que lo han probado (a mí no me miren) afirman que el sabor es delicioso.

Estas tres perlas de la peculiaridad (la serpiente, el perro y el durian) no dejan de ser anécdotas chocantes. Se comen, sí, al igual que otros tantos bichos de cuyo nombre es posible que alguno de ustedes prefiera no acordarse (un conocido refrán vietnamita afirma que todo lo que da sombra es comestible), pero son, como digo, simples anécdotas frente al espectacular despliegue de sabores de la gastronomía vietnamita. A fin de cuentas, también aquí se comen las criadillas, los zarajos y los callos y no por eso dejamos de presumir de cocina española.

05
Uno de estos platos está hecho con perro.

Antes de comenzar a disfrutar de la comida, es probable que el viajero tenga que dejar sus escrúpulos a un lado: con frecuencia, el mejor sabor vietnamita está en los puestos callejeros que para el estándar occidental pueden parecer a primera vista poco higiénicos aunque la realidad es muy diferente y la recompensa muy grande: la mezcla de influencias orientales, francesa, india y malaya (entre otras) hace que nuestro cielo del paladar se convierta en un paraíso insospechado, ávido de nuevos sabores. El plato estrella de Vietnam es el phở. Sí, con esos acentos extraños en la “o”. No se preocupen: después hablaremos del idioma, que se las trae. Quedémonos de momento en la gastronomía. El phở es una sopa de noodles y verdura que se acompaña con ternera o pollo y cuyo sabor característico proviene, sobre todo, de hervir varias veces todos los ingredientes así como de la mezcla de hierbas aromáticas que lo acompañan. Los vietnamitas suelen tomar phở a todas horas, aunque suele preferirse como desayuno: un tazón de phở a las seis de la mañana y uno ya tiene la energía necesaria para enfrentarse a las motos, al calor y a todo lo que se ponga por delante.

Más célebres en España son, sin duda, los nem, conocidos aquí como “rollitos vietnamitas” por comparación con los rollitos de primavera chinos. Desengáñense: no tienen nada que ver, por mucho que lo parezca a primera vista. Es como decir que un bocadillo y una hamburguesa son lo mismo porque ambos tienen cosas metidas en un pan cortado por la mitad. Para disfrutar de una buena ración de nem hanoienses es preciso tener algunas premisas en cuenta. Primera premisa: en Hanói no existe una receta única. Cada uno se lo rellena con lo que tenga a mano: cerdo, pollo, cangrejo, verdura, fideos de arroz, piña… En el sur del país, eso sí, son más estrictos en cuanto a la definición de nem. Segunda premisa: es preciso tomarlos con salsa. Tercera premisa (y más importante): los nem frescos (nem cuốn) son aún más sabrosos que los fritos (nem rán).

Tanto los nem como el phở son platos típicos de todo Vietnam. Pero quien se acerque a Hanói tiene que probar el bún chả, que es más difícil de encontrar en Ciudad Ho Chi Minh (la antigua Saigón). El bún chả, como su nombre claramente indica,es un plato compuesto por dos platos: el bún (fideos de arroz) y el chả (cerdo a la brasa). La magia del plato está en el nước chấm (un caldo tibio preparado con salsa de pescado y papaya verde) en el que se va remojando poco a poco todo lo que hay en ambos platos. A modo de guarnición, un plato generoso de hierbas aromáticas (cilantro, soja, menta, albahaca) para favorecer la digestión.

P1070215

Hasta aquí las recomendaciones culinarias. La lista de platos sabrosos es innumerable, por supuesto, pero baste con estos tres. Sea cual sea la duración del viaje, marcharse de Hanói sin haber probado estas delicias es, sencillamente, no haber visitado la ciudad. Especialmente el phở y el bún chả, dada la complicación de encontrar en Madrid restaurantes donde preparen bien estos platos tan sencillos como suculentos. Si algún amable lector conoce alguno, le quedaré muy agradecido si lo indica en los comentarios.

Es muy posible que al viajero le apetezca conocer algunas frases básicas para interactuar en la gran ciudad. Si es así, aquí tiene unas cuantas. Como en cualquier sitio civilizado, la gente quedará muy agradecida de que alguien se esfuerce por intentar comunicarse en su idioma. Pero es preciso tener en cuenta dos aspectos: en primer lugar, que ponerse a memorizar frases sin conocer la complicada fonética y los acentos con que se transcriben es perder el tiempo. En segundo lugar, que debido a esa complicada fonética es muy posible que no consigan entenderle ni a la primera ni a la segunda ni a la tercera. ¿Por qué digo esto? ¿Tan difícil es el vietnamita? Imposible no es, claro, ya que más de 70 millones de personas lo hablan. Pero para un occidental no acostumbrado a las lenguas tonales es posible que se le haga un poco cuesta arriba. Y más aún a un español. No, no se me alarmen: no estoy hablando de nuestra consabida y problemática relación con el aprendizaje de idiomas. Voy a intentar explicarlo, pero antes echen un ojo a un texto escrito en vietnamita para saber de qué hablamos. Por ejemplo, la página de wikipedia sobre el phở.

¿Qué les parece? ¿Han visto qué cantidad de acentos extraños? El responsable fue el jesuita francés Alexandre de Rhodes, que en el siglo XVII desarrolló un método para transcribir la fonética del vietnamita al alfabeto latino. El nuevo alfabeto, llamado Quốc Ngữ (lengua nacional) es el alfabeto oficial de Vietnam. Algo ya tenemos ganado, por tanto, ya que no tenemos que aprender infinitos ideogramas (como los kanjis, compartidos por el chino o el japonés), ni otros alfabetos enigmáticos (como el tailandés, que tiene una grafía preciosa). La dificultad radica en que, desde el punto de vista fonético, el vietnamita es un idioma bastante más complejo que el español. Nosotros tenemos cinco vocales (sonidos vocálicos, se entiende) mientras que ellos tienen, dependiendo de la zona del país, hasta 12. En Hanói, por ejemplo, tienen 11. Algunos de los acentos ideados por Alexandre de Rhodes son diacríticos, o, lo que es lo mismo, ayudan a distinguir los distintos sonidos vocálicos compartidos por una misma grafía. Así, las letras a, ă y â son tres vocales distintas que, por tanto, se pronuncian de forma distinta. En total, 11 vocales básicas. No está mal, sabiendo que el inglés tiene más de 20. Pero entonces nos cuentan que el vietnamita es una lengua tonal y ya la hemos terminado de liar.

¿Qué es una lengua tonal? Pues, para entendernos, una lengua en la que las diversas entonaciones de una palabra (más grave o más aguda, por ejemplo) modifican su significado. El chino mandarín, por ejemplo, tiene cuatro tonos. El vietnamita, seis. Un caso paradigmático es el de la sílaba ma, que dependiendo de su pronunciación puede significar caballo, madre, campo de arroz, fantasma o pero. Ahora multiplicamos las 11 vocales por los seis tonos con que pueden pronunciarse, y ahí tenemos: hasta 66 sonidos vocálicos. En teoría, afortunadamente, porque en la práctica no todas las vocales usan todos los tonos. Qué alivio, ¿verdad? Pues no respiren todavía, amigos, que aún hay más: también hay que tener en cuenta los diptongos y el hecho ineludible de que, en vietnamita, todas las palabras son monosílabas. Vuelvan al texto en vietnamita que vimos antes y compruébenlo. Todas monosílabas. Por eso Vietnam se dice Việt Nam y Hanói, Hà Nội. Además de eso, muchas palabras tienen diptongo. Un bello ejemplo es el apellido que comparten cerca del 40 por ciento de los vietnamitas: Nguyễn. Fíjense, fíjense en la “e”. Tiene, a la vez, un acento tonal y uno diacrítico. Y, sí, la palabra solo tiene una sílaba.

P1010112

Ojalá el lector no entienda tras leer esta breve introducción a la lengua vietnamita que no merece la pena aprender unas cuantas expresiones para su viaje a Hanói. En absoluto. La satisfacción al conseguir establecer una comunicación mínima es tan grande que solo por eso ya merece la pena el esfuerzo. Con todo, recuerde que si no piensa salir de las zonas turísticas es muy probable que pueda sobrevivir con el inglés. De hecho, no intente aprender a decir “sí”: existen varias formas de decirlo y cada una debe ser usada en un contexto gramatical determinado. Será mucho más fácil si utiliza el internacional “ok”: le comprenderá todo el mundo.

Qué paradoja, ¿verdad? Irse a Hanói, la capital del norte vencedor, y tener que comunicarse con una expresión de la que la leyenda urbana cuenta que en origen significaba “0 killed” (cero muertos). Una expresión tan norteamericana, la principal vía de comunicación entre occidentales y vietnamitas. Así, después de todos los estereotipos que hemos revisitado en estas líneas, llegamos, por fin, al último de todos ellos que es, sin duda, el mayor de todos: para la gran mayoría de los occidentales, Vietnam no es un país sino una guerra. Pero en este artículo no vamos a hablar de ella, porque 38 años después no solo es perfectamente posible hablar de Hanói sin mencionar todo aquello, sino también necesario. Esa es la mayor lección que nos enseña esta ciudad milenaria, capital de un país en la que el 70 por ciento de la población es menor de 35 años. Una ciudad vibrante y ensordecedora en la que siete millones de personas persiguen sus sueños a diario mientras soportan sus cuarenta y tantos grados, desayunan su cuenco de phở, montan en su moto y se comunican con sus 11 vocales y sus seis tonos. Más allá de las frases hechas, más allá de los lugares comunes, Hanói es, por supuesto, una ciudad joven que mira hacia delante.

P1010111


Quince días en Vietnam

La imagen cinematográfica que nos ha llegado de Vietnam suele estar envuelta en un sonido de armas de fuego de gran calibre y napalm, mucho napalm. Supongo que es como en Estados Unidos cuando oyen hablar de España: inmediatamente piensan en nuestros cientos de películas que tratan sobre nuestra Guerra Civil. Obviamente, Vietnam es bastante más que un puñado de films estadounidenses y no nos deberíamos dejar llevar por sus tópicos. Pero.

No siento las piernas

La primera en la frente. Es imposible no pensar en esa frase cuando te embarcas en un vuelo de más de 10 horas de duración y te acomodan (es un decir) en un espacio minúsculo, en el que casi ni tienes espacio para blasfemar. El trayecto se hace eterno entre introspecciones personales que te permiten conocer íntimamente tu umbral del dolor y el visionado de películas dramáticas que, con un doblaje tipo Scooby Doo, adquieren la misma seriedad que un ninja vestido de rosa. Jamás he pensado en hacerme anoréxico a pesar de haber visto miles de maniquís de proporciones imposibles; en cambio, deseé con todas mis fuerzas pesar 10 20 30 kilos menos (o bien medir 1,50 m) tras pasar dos horas allí encajonado. Incluso ayuné todo el viaje, como si eso fuera a solucionarme algo. En resumen: Vietnam está muy lejos y lo más probable es que, si eres grande, sufras como un perro durante el viaje en avión. Aunque vale la pena.

Hanoi. Más motos, es la guerra

On tour

Un recorrido estándar por este país suele dividirse en tres zonas: norte, centro y sur. Es recomendable aterrizar en Hanoi (en el norte de Vietnam) y, nada más dejar las maletas en el hotel, para que el choque cultural sea aún mayor, hacer un recorrido en xiclo (triciclo a pedales con conductor) por la ciudad para ver el cristo de motos circulando por las calles y los chiringuitos improvisados en la acera, dos características de las ciudades vietnamitas y que son parte indisoluble de su extraño encanto.

No recuerdo cuántos millones de motos hay en Vietnam, sé que es un dato que recogen muchas guías pero en realidad es una cifra que no transmite del todo lo que es ese caótico enjambre que inunda las carreteras. Además del número, también llama la atención que la moto es utilizada como vehículo de carga: cosas como ver un tablón de 3 metros de largo al hombro o un cerdo (muerto) atado en el asiento es una imagen habitual. O cuatro personas montadas en la misma motocicleta.

En cuanto a los negocios que abarrotan las aceras, son deliciosamente cutres. Cada planta baja (o incluso, portal) se transforma en un comercio; con tres sillas de plástico (que generalmente son del tamaño de un corcho de botella de champán) y un puchero de sopa de fideos ya te montan un restaurante: no solo han abrazado el capitalismo con ganas, sino que además le han plantado un beso con lengua en la boca. Aquí tenemos fama de hacer vida en la calle. Pues bien, nuestras calles parecen las de un pueblecito del norte de Finlandia un 3 de febrero a las 5 de la tarde (noche cerrada) si las comparamos con las vietnamitas. Por cierto, en muchos lugares de España es habitual encontrarte en determinados bares,  a media tarde, con una horda de jubilados jugándose los cafés al dominó, al tute o al mus; en Vietnam, como la gente está continuamente en las calles, a la puerta de sus negocios, comiendo en puestos callejeros o simplemente, descansando, los eventos lúdicos populares tienen lugar en las aceras, donde no es difícil encontrarte un corrillo rodeando una partida de xiangqi (o ajedrez chino, una especie de ajedrez-stratego).

Partidita de Xiangqi. El lenguaje corporal de los presentes nos indica que el acuclillado de la izquierda está más muerto que los pollos del Carrefour

Los lugares que supuestamente no te puedes perder en Hanoi me resultaron un poco decepcionantes: el mausoleo de Ho Chi Minh coincidió que estaba cerrado por mantenimiento (se lo toman en serio: cierra ¡dos meses enteros al año!) y la Pagoda de un Pilar pierde la gracia cuando ves que el pilar de marras sobre el que está construida la pagoda tiene casi la misma sección que la planta del edificio. Además de Hanoi, en el norte de Vietnam se suele visitar la costa (Ha Long Bay) y la zona montañosa (Sapa). En ambos casos es necesario un viaje de varias horas ya sea en coche hacia el puerto de Ha Long (las autopistas están limitadas a ¡80 km/h!) o en tren hacia Sapa (el coche nocturno tarda unas nueve horas en hacer unos 220 km). Con estas cifras transmiten a las claras que el estrés y las prisas no llevan a ningún lado, lo que encaja a la perfección con el modo de ser de los vietnamitas. No obstante, su tranquilidad y templanza no es óbice para que sean muy responsables. Una anécdota muy ilustrativa: a la vuelta del viaje en ferrocarril el guía debía recogerme en la estación. Dada la extrema lentitud del tren, una pequeña variación en la (ridícula) velocidad media suponían muchos minutos de retraso, por lo que llegué más de media hora tarde. Me sorprendió muchísimo que el guía no estuviera esperándome porque hasta ese momento siempre había sido puntual (además de educadísimo). Finalmente con un retraso de 20 minutos más (50 sobre el horario previsto), llegó a toda pastilla en su moto. Visiblemente afectado, se disculpó repetidamente por la tardanza porque “su casa estaba bajo un metro de agua y había tenido que sacar algunos enseres”; además, le había costado arrancar la moto bajo esa riada. Y es que mientras en Sapa caía un buen chaparrón, Hanoi se inundaba a lo grande, hasta con víctimas mortales. Vamos, que nos pasa aquí y no solo muere, abandonado a su suerte, el turista en la estación, sino que el guía cogería hasta una baja indefinida por depresión profunda.

La región de Sapa es famosa por dos cosas: las mujeres negras y los arrozales escalonados. Las llamadas mujeres negras pertenecen a la etnia Hmong, y se caracterizan por el color de su vestimenta (negro). Es curioso ver a esas mujeres con esos trajecitos con “espinilleras” y gorros negros llevando una especie de cuévano a la espalda. Al principio son simpáticas, pero se llegan a hacer muy pesadas con su afán por vender cualquier cosa que crean que necesitas: souvenirs, paraguas, comida, bebida… incluso me ofrecieron droga: eso me dio que pensar. Aunque es cierto que las mujeres negras son algo pelmas, este no es un comportamiento habitual en Vietnam; al contrario, la gente se deshace por agradar y se nota en multitud de detalles: sonrisas sinceras, amabilidad en cualquier gesto, predisposición para ayudar sin esperar nada a cambio… demasiadas cosas que, llegado cierto momento, te hacen sospechar de que se están quedando contigo y que te la van a liar. Personalmente, no encontré doblez en ninguno de los vietnamitas con los que traté. Entendiendo doblez como sinónimo de falsedad, claro, porque si tomamos su primera acepción he de decir que doblarse sí que se doblan bien, los cabrones: deben de tener los ligamentos de goma. A la mínima oportunidad se ponen en cuclillas, pegan sus talones al trasero y se pasan horas así; te los encuentras en esa postura en la acera, al borde de una barca o incluso sobre una barandilla ¡como un gorrión!

Vietnamita al borde de una barca descansando en una postura inverosímil

Probablemente, el lugar turístico más famoso de Vietnam es la bahía de Ha Long, un archipiélago formado por infinidad de islas de origen calizo y frondosa vegetación que emergen prácticamente verticales y se elevan decenas de metros sobre la superficie del agua. La verdad es que se trata de un lugar magnífico para hacer un crucero donde descansar y ponerte hasta las cejas de buen marisco y pescado. Bueno, también se pueden hacer excursiones a cuevas, ensenadas y playas o rutas en kayak, para todo aquel que piense que irse de vacaciones implica tener que jugarse la vida o desarrollar algún tipo de actividad física. Como pega se podría poner que hay demasiada gente, pero claro, si no fuese tan bonito no se visitaría. Es el típico comentario del viajero experto: “está muy bien el sitio X en el que estuvimos, pero es que ¡por todas partes hay turistas!”. Eso mismo pensarán ellos cuando te ven a ti, supongo.

Centro de Vietnam

La cocina de Vietnam es reconocida mundialmente y, según los propios vietnamitas (tanto los del norte como los del sur), donde mejor se come de todo el país es en la zona central del mismo. Esta es otra característica de su personalidad: no sienten ese orgullo absurdo que les obliga a decir que son mejores que sus vecinos en cualquier cosa; preguntamos aquí y todo dios dice que en su región es donde mejor se come de España. Según me contaron, su vasta cultura culinaria proviene de los caprichos de un emperador que se empeñó en que toda comida que probara tenía que ser irrepetible: cada plato solo podía aparecer una vez en su mesa. Así, por la cuenta que los traía, los cocineros tuvieron que dar rienda suelta a su creatividad para contentar a su señor. Cabe suponer que alguno de los platos fuese prácticamente incomible, pero lógicamente, entendiendo que sean de aplicación los principios darwinistas, los que han llegado hasta nuestros días fueron los mejores. Y es así: además de estar todo delicioso y cuidar con esmero la presentación, el precio es ridículo. Es muy recomendable la visita a los mercados callejeros, llenos de vida y productos sorprendentes; por ejemplo, los puestos de frutas son un festival de formas y colores desconocidos en nuestros comercios. Lo más chocante es la zona de carnes y pescados: en algunos mercadillos (sobre todo en los del norte) no era difícil encontrarte con perritos metidos en jaulas (también era habitual encontrar el pescado vivo en barreños con agua), preparados para llevárselos a casa donde aventuro que se los comerán entre risotadas maléficas y truenos. Pero, en general, la comida está basada en alimentos que también son habituales en la cocina occidental: pasta, arroz, verduras, pescado, fruta, pollo… todo bastante normal; nosotros tampoco comemos a diario caracoles, callos o percebes. Por cierto, no traten de explicar a un vietnamita lo que es un percebe y, sobre todo, no lo intenten dibujar para reforzar su clase magistral. Háganme caso; lo sé de primera mano.

Terrazas para cultivar arroz en Sapa. Los ecologistas se indignarían si hiciésemos esto en España. Eso sí, en Vietnam queda precioso

En el centro del país también se encuentra lo más destacable de Vietnam desde el punto de vista monumental. Por ejemplo Hoi An, cuyo casco antiguo es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es un pueblecito encantador ideal para pasear por las callejuelas que forman los edificios de dos alturas ocupados por artesanos que originariamente pertenecían a los pescadores locales. Además, si se es amante de los trapitos, el pueblo está plagado de sastrerías donde te hacen ropa a medida de un día para otro. Cada una de ellas tiene su propio catálogo de trajes, vestidos, camisetas, pantalones… que por lo general son copias de los patrones de grandes firmas. No es raro encontrarte con turistas que se llevan sus trajes y vestidos de boda a una décima parte del precio que les costaría en sus países.

Además de Hoi An, también es recomendable visitar la Ciudad Prohibida de Hue, los mausoleos de Minh Mang y Kien Phuc, y las pagodas de Tam Thai y de Thien Mu. Por cierto, en esta última se encuentra, junto a jóvenes monjes (pequeños saltamontes), sobrios y relativamente alegres para dormir todos los días sobre arcones de madera, el coche en el que viajó el monje Thich Quang Duc desde Hue a Saigon para inmolarse, con una serenidad estremecedora, como protesta por la política Ngo Dinh Diem, el presidente de Vietnam del Sur por entonces, en una de las imágenes más impactantes del siglo XX.

Cada vez que escucho La Cabalgata de las Valkirias me entran ganas de bombardear Vietnam

Mientras navegas por el delta de Mekong, por kilómetros interminables de canales encajados entre palmerales, es inevitable acordarte de Apocalypse Now y comprendes el nivel de tensión que debían tener los soldados americanos durante la guerra cuando remontaban el río: detrás de cada tronco podía haber un cañón, un brazo con una granada, un dedo apretando un gatillo… la muerte en suma. Como es obvio, la guerra está aún muy presente en los vietnamitas y se sienten muy orgullosos como país por haber salido victoriosos, aunque no olvidan las innumerables víctimas: el Museo de los Crímenes de Guerra de Ho Chi Minh (junto con el delta del Mekong, los dos enclaves más destacados del sur del país) permite descubrir la versión vietnamita del conflicto bélico, en el que no se ahorran detalles sangrientos para describir las atrocidades cometidas en la guerra… por el bando yanqui, únicamente. La visión sesgada, lógica en cierto modo, te hace salir del museo ligeramente decepcionado. Se dice que quien no conoce la historia está condenado a repetirla; con la versión de uno de los contendientes no conoces la historia completa, solo una relación de episodios de la miseria y la violencia humana, que no distingue de bandos.

Hora punta en el delta del Mekong

En fin, como resumen del viaje: comida excelente, precios razonables, buena gente, lugares preciosos… y otras diez horas de vuelo para volver. No todo podía ser perfecto.