‘Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore’. La maleta, la bruja y el armario

Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore. Imagen: Warner Bros.
Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore. Imagen: Warner Bros.

Para empezar, abramos ese melón: J. K. Rowling. Porque no hay forma de abordar la nueva entrega de Animales fantásticos y dar esquinazo a su autora. Por tanto, hablemos del hipogrifo en la habitación. Y es que es poco menos que imposible acercarse a la obra de Rowling obviando toda la controversia que la novelista ha ido generando en los últimos años con sus declaraciones sobre las personas transgénero: una transfobia que, a pesar de no atisbarse en las novelas de Harry Potter, es indisoluble de la mente creadora que alumbró este impresionante universo mágico.

De entrada, la polémica y el escándalo que envuelven a Rowling han provocado que Warner haya optado por reducir su visibilidad basta recordar su clamorosa ausencia en el reciente especial de HBO sobre la saga— y, en un esfuerzo por devolver a los fans desencantados al redil, hacer más evidentes las relaciones con la saga original. Por eso, y por la tibia acogida de Los crímenes de Grindelwald, en Los secretos de Dumbledore regresa en calidad de coguionista Steve Kloves, que ya se encargó de adaptar a la pantalla seis de las siete novelas originales. El resultado es que, ya desde su propio título, la nueva cinta parece más una precuela de Harry Potter que un spin-off, mermando el protagonismo del carismático Newt Scamander para situar en el centro del relato al legendario Albus Dumbledore.

Pero hablábamos de Rowling, y de la posible permeabilidad de unas ideas que han transformado inevitablemente su universo mágico o, mejor dicho, la pureza con la que el espectador pueda adentrarse en él. Algo se ha roto. Se ha perdido esa idea de refugio, de lugar seguro, se ha pervertido la fantasía al obligarnos a pensar como adultos. A disfrutar, sí, pero con cuidado, y a estar a la defensiva, varita en mano, por lo que pudiera aparecer en pantalla. Atrás quedaron los tiempos en que podíamos sentarnos en la sala oscura con la confianza de que las enseñanzas éticas de esta gran fábula iban a ser las adecuadas, en fin, a un relato sobre la tolerancia, la igualdad y la empatía.

Y así, con todo este mejunje moral en el patio de butacas, comienza Los secretos de Dumbledore. Pues bien, la primera en la frente: ya desde sus escenas de apertura, la nueva entrega traiciona una parte importante de la esencia de la encantadora Animales fantásticos y dónde encontrarlos (2016), que adaptaba el catálogo de criaturas mágicas de la saga Potter erigiendo un hermoso discurso animalista. Y es que, si en la segunda entrega los animales pasaban a un segundo plano, en este nuevo filme vuelven a tomar un papel central en la trama, pero no necesariamente para bien. Porque la crueldad con que se asesina a dos de ellos en los primeros minutos asienta las bases del viraje de un discurso que ha ido ennegreciéndose y alejándose de su aspecto más ecológico. Y no es que haya ambigüedad moral en el asunto: al fin y al cabo, son los villanos los que matan cruelmente a las bestias mágicas mientras Newt Scamander y los suyos siguen tratando de protegerlas. Tampoco es que no se pueda o deba mostrar la maldad en pantalla, ¡faltaría más!, o el cine acabaría por convertirse en una sucesión de utopías acríticas. Pero hay en varias escenas del libreto, en el modo en que estas están planteadas e incluso filmadas, una manifiesta insensibilidad hacia el sufrimiento animal que habría estado fuera de lugar en cualquiera de las cintas previas. Basta comparar cómo está concebida la ejecución de Buckbeak en El prisionero de Azkabán (o el asesinato de un bebé en Los crímenes de Grindelwald fuera de plano) con la obscena lágrima del qilin moribundo que habría hecho vomitar a Jacques Rivette.

Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore. Imagen: Warner Bros.
Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore. Imagen: Warner Bros.

Y no nos vengan a justificar que es porque la historia tiene que volverse más oscura. Hay oscuridad, sí, pero también la había en la saga original sin que por ello se abandonase a la crueldad. Todo un abismo lumínico y cromático separa La piedra filosofal y Las reliquias de la muerte: un descenso gradual a las tinieblas paralelo a la maduración forzosa del joven mago y el regreso del autócrata Voldemort. No es casual, por tanto, que sea David Yates —responsable de las cuatro últimas cintas de la saga del joven mago, precisamente las más oscuras— el director de una serie que necesitaba encontrar el difícil equilibrio entre la continuación y la reinvención. Un desafío que el cineasta ha manejado con maestría en algunos aspectos, y sobre todo en la creación de espacios: desde el diseño de las distintas naciones mágicas (representadas en la cosmopolita Nueva York, el glamuroso París y ahora también el gélido y tosco Berlín de entreguerras) hasta la imposible arquitectura que permite la convivencia de lo mágico y lo muggle.

Yates, responsable de alguno de los hallazgos visuales más deslumbrantes de la saga, es la bisagra perfecta entre los dos mundos: mientras todo parece desmoronarse alrededor del proyecto (la expulsión de Johnny Depp, la taquilla menguante, las controversias con Rowling y el actor Ezra Miller…), el cineasta mete dentro de una maleta un gran montón de buenas ideas y regala una gran cantidad de guiños a los fans que aún esperan ver destellos de aquello que en su momento les hizo disfrutar como niños con hechizos y encantamientos disparatados.

Y este es uno de esos motivos por los que, pese a sus manifiestas debilidades, Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore merece ser vista. Por esa maleta que, como el corazón de su dueño, es más grande por dentro que por fuera. Por lo que representa, quizá incluso pese a la propia J. K. Rowling. Y también por la bondad y ternura de personajes como el infinitamente empático Scamander o el pastelero Jacob Kowalski. Y es que Los secretos de Dumbledore, como algunos de sus personajes, es una película que se debate constantemente entre hacer lo fácil y hacer lo correcto. Y aflora así, al final, la inevitable dualidad de una obra surgida de la pluma bífida de una autora que se erigió en voz de los diferentes, los marginados y los desposeídos, pero que ha acabado convirtiéndose en el azote tuitero de los mismos colectivos vulnerables que habían encontrado en el mundo mágico un espejo de sus luchas y reivindicaciones.

Seguramente por eso la película acaba haciendo lo correcto en varias ocasiones mientras cede a lo fácil en otras. Hace lo correcto al sacar (¡por fin!) del armario a Dumbledore, y hacerlo además con absoluta naturalidad, sin sutilezas pero también sin aspavientos. O al poner sobre la mesa la paradoja de la tolerancia de Karl Popper, cuestionando si debemos permitir que las voces del fascismo sean escuchadas, o que formen parte siquiera de un juego democrático en el que manifiestamente no creen. Pero, ¡ay!, en pleno clímax los escritores acaban decantándose por lo fácil y, tras sembrar en el guion la pureza de corazón del muggle Kowalski, carecen de la valentía necesaria para llevar esa idea hasta sus últimas consecuencias. Al fin y al cabo, Rowling, la escritora que pasó de vivir de la beneficencia a conseguir éxito mundial, ha asumido su nueva posición en la aristocracia mágica, y no va a permitir que unos simples humanos vengan a gobernar los destinos de aquellos que merecen el poder por derecho de nacimiento. ¡Faltaría más!

Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore. Imagen: Warner Bros.
Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore. Imagen: Warner Bros.

Coautor 452


Las consecuencias de Harry Potter: vigencia del hechizo de la narración

Harry Potter
Imagen: Warner Bros.

El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. (…) La cicatriz llevaba diecinueve años sin dolerle. No había nada de qué preocuparse.

Se trata de la primera y de las últimas frases de la saga Harry Potter. Entre los paréntesis, contenidas en los puntos suspensivos, quedan todas las peripecias que el joven mago vive hasta que, en definitiva, salva su mundo (que es también el nuestro). Se trata de unas frases que apenas nadie —ni siquiera los muy fanáticos— conseguiría citar de memoria, de un comienzo ya plenamente funcional (ninguna vocación de posteridad, ninguna aliteración) y de un cierre que adapta las fórmulas convencionales: esa que en nuestra tradición asocia la felicidad con un plato de perdices o aquella que sirve de remate para los cuentos en alemán —«y si aún no han muerto, es que hoy viven todavía»—.

A pesar de tantos desmayos y heridas, después tantos sustos hasta el último capítulo, finalmente, Harry, Hermione y Ron han sobrevivido y, como indica Fernando Savater en su ensayo La infancia recobrada, siendo los protagonistas de un cuento que termina, disponen aún de toda su vida por delante; seguirán preparados para que el lector haga con todo derecho la pregunta «¿y cómo sigue?», y para que su autora (e incluso otro escritor o guionista) les imponga —le sucedió al pobre Bilbo Bolsón tras El Hobbit— unas cuantas aventuras más. Puesto que Voldemort —la muerte— no ha triunfado, la vida sigue y la narración podría retomarse en cualquier momento. 

Savater, por cierto, pertinaz defensor de la obra de Rowling, distingue en su libro entre novelas y narraciones, dos categorías tomadas de «El narrador» (un artículo de Walter Benjamin) cuyas diferencias expone. Así, la novela sería ese género burgués en el que se innova mediante el lenguaje, un delicado dispositivo que serviría para explorar las «convenciones secundarias» (las que se relacionan con la intimidad), en el que cobra más importancia la conciencia de los personajes que sus actos; y serían «narraciones» o «historias» todas las obras que trabajan con «formas consolidadas de la memoria», se centran tan solo (perspectiva antropocéntrica, la novela recogería otras fuerzas) en lo que les ocurre a los héroes, y podrían ser reproducidas (como los romances recitados por distintos juglares) por cualquier narrador (la voz del autor y su punto de vista son irrelevantes —salvo por su mayor o menor eficacia—). En resumen: la ya clásica distinción entre libros en los que «no pasa nada» y libros de «piratas, basiliscos y naves espaciales». 

Es evidente que las siete entregas de Harry Potter a las que, si acaso, se les podría reprochar un exceso de acción —yo echo de menos más burocracia: desearía más rutina en Hogwarts, y menos interrupciones molestas por parte de Voldemort y sus secuaces—, pertenecen a la segunda categoría (historias, narraciones o cuentos) y quizá por eso y porque «el éxito es imperdonable, siempre implica alguna forma de derrota artística» (Damían Tabarovsky), han sido despreciadas sistemáticamente por el sector más canónico de la crítica literaria.

Incluso más duro que el artículo que Harold Bloom publicó en el año 2000 contra la saga, con un título muy explícito («¿Pueden treinta y cinco millones de consumidores de libros estar equivocados? Sí»), fue el de la novelista inglesa A. S. Byatt. En 2003, la autora de Posesión quiso explicar todo el «fenómeno Potter» mediante su relación con el «romance familiar», uno de los complejos psicológicos descritos por Freud, que afecta a niños que fantasean con un origen noble secreto, con una compensación imaginaria para sus vidas y sus padres demasiado convencionales y vulgares. Así, los verdaderos enemigos del mago serían los Dursley, y no Voldemort, puesto que en el mundo mágico hasta los malvados reconocen la singularidad de Harry. Byatt continúa diciendo que, si bien los niños leen los libros de Rowling debido a esta fantasía tan común, los adultos que los disfrutan lo hacen porque en Hogwarts no hay lugar para el verdadero misterio o lo insondable (como sí lo habría en Lovecraft), sino que todo está construido a la medida de imaginaciones «confinadas en los mundos especulares de la telerrealidad y el cotilleo».

Sin embargo, escritores tan exquisitos como Rodrigo Fresán o el sabio George Steiner sí que reconocieron el valor literario (e instructivo) de la saga, al menos a priori. Fresán, que es autor de Jardines de Kensington, una novela alucinada sobre Peter Pan y la literatura infantil, empezó comparando la saga con las obras más importantes de Tolkien y C. S. Lewis, frente a las que además encontraba la virtud de que un lector de Rowling podría asistir al crecimiento de su protagonista y a la evolución de su mirada. Un lustro después, sin embargo, ya con la industria del entretenimiento a toda máquina, se mostraba preocupado porque veía a «los potterlectores como seres que solo quieren llegar al final para salir corriendo y comentarlo con alguien que indefectiblemente hará lo mismo y de ahí a la película, al videogame y a volver a leer de nuevo el mismo libro en un loop enloquecido». Algo parecido le sucedió a Steiner, que empezó defendiendo la complejidad del vocabulario y la gramática presentes en la heptalogía, para terminar decepcionado al cabo de los años: «un niño que ha leído todos los volúmenes de Harry Potter, ¿leerá luego La isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, Oliver Twist, los clásicos? Mis colegas que han estudiado este fenómeno dicen que no, que los niños que hayan leído a Potter no leen después a los grandes clásicos. Y eso es triste».

En cualquier caso, Harry Potter es hoy, en palabras de Terry Eagleton, uno de los críticos que siguen intentando desentrañar el fenómeno sin despreciarlo —considera que se trata de libros «notables»—, «el huérfano favorito de la literatura inglesa» (y eso que, desde «la invención de la infancia» durante la época victoriana —antes los niños eran tratados como pequeños adultos—, la competencia es feroz). Así que, siendo tan popular en todo el mundo, necesariamente ha tenido que protagonizar algunos de los mejores recuerdos («la literatura es la infancia al fin recuperada», dijo Bataille) de varias generaciones que, por edad, hoy empiezan a asomarse al mercado editorial. 

Harry Potter y la piedra filosofal se publicó en Reino Unido en junio de 1997, y en agosto de 1999 se convirtió en el primer libro infantil que encabezó (luego lo harían el resto de entregas, a veces varias de ellas coparían los primeros puestos simultáneamente) la lista de bestsellers del New York Times. En España, la fiebre llegó algo más tarde y coincidió con la publicación del tercer volumen en el año 2000. Desde entonces, y hasta el lanzamiento de la última entrega, Harry Potter y las reliquias de la Muerte, en 2008, el tiempo en el que vivimos los lectores fue prácticamente simultáneo al tiempo que se desarrollaba en los libros, y también nosotros podríamos decir que, al terminar la saga habíamos madurado, como Harry, alrededor de ocho años (y de paso, habíamos aprendido algo de inglés, comprando las ediciones originales para salvar los pocos meses que tardaba en aparecer la edición traducida en Salamandra). 

Precisamente esto último es lo que destaca el periodista y crítico Noel Ceballos (1985) que, en el alegato a favor de Harry Potter que me envía, explica: «El ciclo estaba diseñado, además, para acompañarnos a medida que íbamos creciendo con los personajes, o para pasar del cándido sentido de la maravilla que recorre La piedra filosofal, donde el trío protagonista contaba con unos once años, a la épica tenebrosa y la angustia adolescente de Las reliquias de la Muerte, pensada para ser leída a las puertas de la mayoría de edad, cuando ya hemos entendido que el mundo tiene dientes y puede morder». 

harry potter
Imagen: Warner Bros.

La escritora Alba Carballal (1992) es otra de las figuras recientes de la literatura que se han mostrado entusiastas acerca de la saga y coincide con Noel en que crecer al mismo tiempo que sus protagonistas dotó a la experiencia lectora de una intensidad especial: «Hace unos años, durante el mes que siguió a la compra de mi eReader, hice dos cosas: la primera, que me llevó sobre tres minutos, volcar en él la saga completa de Harry Potter; la segunda, que ocupó los treinta días siguientes, volver a leerla del tirón. A mis ediciones físicas de Harry Potter, por otra parte, hace tiempo que se les caen las páginas. La explicación corta es muy sencilla: para quienes, como yo, crecimos casi al mismo tiempo que lo hacían Ron, Hermione y Harry, el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería sigue siendo casa».

Marina Casado (1989), filóloga y escritora, también se dice fanática y destaca la variedad y la profundidad de los personaje: «Aunque estemos hablando de un superventas de la literatura juvenil, no me avergüenza confesar que el universo de Harry Potter me cautivó desde el principio y que lo sigue haciendo, porque, de algún modo, la historia no terminó con Las reliquias de la muerte. Lo que J. K. Rowling logró, en mi modesta opinión, fue crear un universo vivo en el que cada personaje, más allá del propio protagonista, tiene su propio devenir y nos interesa. Pienso, por ejemplo, en los Merodeadores: James Potter, Sirius Black, Remus Lupin; la historia de amor entre Lily Evans y Severus Snape… Como escritora de narrativa, más de una vez me he sorprendido al descubrir que uno de mis personajes se parece, en mayor o menor medida, a otro de Harry Potter, porque de algún modo los he interiorizado, he pasado con ellos mi adolescencia —tenía diez años cuando leí La piedra filosofal—».

De nuevo Savater afirma que «la narración exige para darse una comunidad; en cambio, el novelista entona más bien el lamento por la comunidad perdida», una idea que refuerza —otra vez la saga encaja a la perfección en la idea de narración del filósofo donostiarra— la seguidora Esther Miguel Trula (1989), periodista y crítica que aporta el siguiente párrafo:

«Como mínimo, el efecto Potter nos aportó algo muy valioso al conjunto de mi clase, al conjunto de todas las clases del mundo: podías comentar la jugada. Hablar con los compañeros a medida que entre todos avanzábamos las páginas, hacer grupo de debate (aunque sea uno cuyos debates impliquen cosas tan profundas como si es mejor ser de Gryffindor o Ravenclaw) y comprender que el universo de los libros no empezaba y terminaba en tu habitación y tu mente, y esto me temo que en la era predigital era imposible de conseguir sin que hubiera un fenómeno comercial masivo detrás. Para mi generación en concreto, solo Harry Potter y tal vez más tarde El Señor de los Anillos fueron las únicas oportunidades para comprender que la literatura también tiene la capacidad de obrar comuniones, una motivación extra para saber que la lectura, si te atrae, no es necesariamente un acto solitario y que en la universidad o donde sea también encontrarás a los tuyos».

Vuelve a haber unanimidad entre los escritores jóvenes en cuanto a la idoneidad de la saga como primer peldaño (o peldaño intermedio) en el camino hacia lecturas más complejas. Así, Adrián Grant (1988), autor de Nada ilegal, nada inmoral, aporta: «Entiendo que se puedan ver como una “vía muerta”, ya que muchos chavales de mi colegio que nunca leían solo se engancharon a Harry Potter y no volvieron a leer nada más, pero sí que pueden abrir la puerta a un género enorme como es el de la fantasía (y este a su vez podría llevar a otras cosas)». A continuación, Noel, detalla ese posible proceso: «Por el camino se cuelan tantas referencias a otras tradiciones literarias que sería un desperdicio quedarse solo con esos recuerdos juveniles, negándonos a salir del circuito cerrado del fandom y perdiéndonos, por ejemplo, a Jane Austen, el ciclo artúrico, Homero o Roald Dahl, por citar cuatro elementos que forman parte del ADN potteriano. Si estabas destinado a la literatura es imposible imaginar una droga de entrada más potente que esta». Y Marina profundiza en esa relación con otras grandes obras: «Por poner un ejemplo: el boggart es un ser de apariencia desconocida que toma la forma de aquello que más tema la persona que tenga enfrente. Por eso, nadie conoce su verdadero aspecto: este resulta un auténtico e insondable misterio. Nos encontramos ante el recurso de lo desconocido para configurar lo monstruoso, el mismo recurso que utiliza Lewis Carroll para su enigmático Jabberwocky o Michael Ende en la Nada, ese misterio que destruía el mundo de Fantasía. Tras leer Harry Potter, fui consciente de esas conexiones y traté de llevarlas a mi propia literatura».

Uno de los criterios más habituales para distinguir si un libro es «tan solo» un bestseller, es decir, un producto de consumo, o alcanza el campo de la literatura lo propone el argentino César Aira: será un bestseller si es autónomo y no conduce (necesita) a otras lecturas; será literatura si se relaciona con la totalidad de una biblioteca. La crítica y periodista Berta Gómez Santo Tomás explica que, en su opinión, en este caso tal distinción no tendría sentido, puesto que «fue un libro relevante para una generación y más allá de si fue la puerta para otras lecturas más “elevadas”, el hecho en sí mismo, disfrutar leyendo los libros de Harry Potter en la cama, ya es suficientemente valioso». Berta añade su interesante caso, condensado en las siguientes palabras: «Fueron lecturas que hice con mi madre: muchos días y muchas noches una de las dos leía mientras la otra escuchaba. Nos íbamos turnando el libro. A veces yo la cortaba para preguntarle qué significaba una expresión que acababa de leer, y otras veces ella era la que me cortaba a mí para comentar la escena que acababa de ocurrir. No me hace falta más para defender la saga. Aunque ahora mismo no volvería a leerlos, les tengo un cariño muy resguardado en un lugar de la memoria, junto a mis propios detalles y me costaría enfrentarme a la lectura con los conocimientos que tengo ahora. Me ha pasado con las películas: tenía el recuerdo de gustarme muchísimo, las he revisionado últimamente y fue un error. Al lugar donde has sido feliz no deberíamos tratar de volver, o algo así dicen y es verdad».

Berta señala en el párrafo anterior dos cuestiones muy interesantes. Por un lado, reconoce el vértigo que podría aparecer al volver sobre una obra que teníamos idealizada, al descubrir que, puesto que el libro es inevitablemente el mismo, si la recepción varía, tendremos que haber cambiado nosotros: algo que no siempre estamos dispuestos a reconocer. En este sentido, el niño es el productor perfecto (hace un trabajo cinematográfico) de las narraciones, porque es capaz de leer a la vez que, en su imaginación, representa lo leído. Desde que la conciencia —y la certeza de que el mundo interior y el exterior se despliegan con velocidades y sentidos distintos, a menudo contradictorios— aparece en la adolescencia, cambia nuestra relación con el lenguaje. De pronto estamos sometidos a un sorprendente monólogo interior que nos asalta con elaboraciones inconfesables o con ideas extravagantes, y que todo lo tritura y somete a crítica. A partir de cierta edad y/o de cierta acumulación de lecturas, es imposible ver cómo salta el personaje que «salta», y ya no podremos tampoco mirar a través de sus ojos o descansar junto a él. Así que, puesto que el adulto ya no será capaz de leer de una manera inmersiva, sino que lo hará de forma analítica (se deshace el encantamiento, se sustituyen unos gozos —los de la identificación— por otros —los estéticos—: quedan párrafos donde antes había mundos), quizá sea mejor evitar el mal trago. Si nos arriesgamos a releer, el juicio negativo sobre aquello que nos deslumbró y ahora nos espanta podría terminar por alcanzarnos a nosotros. 

Por otro lado, Berta recuerda con especial cariño la atmósfera que dominó los ratos de lectura junto a su madre. En esto coincide con lo que recoge Marcel Proust en Sobre la lectura, uno de los ensayos más brillantes que existen sobre la condición de lector. El texto del francés, que comienza —este principio sí que es plenamente subrayable— así: «Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito», defiende que las lecturas de infancia funcionan como un ancla que nos coloca en el lugar y el tiempo en que las leímos, es decir, que de ellas, al crecer, recordaremos antes las circunstancias que las rodearon que su contenido. O, en otras palabras mejores: «Si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lugares y estanques que han dejado de existir hace tiempo».

DP.

Siempre ocupado por la memoria y por la disección de los juegos y operaciones del pensamiento, Proust insiste más adelante: las lecturas infantiles «dejan sobre todo en nosotros la imagen de los lugares y los días en que las hicimos. No he podido librarme de su sortilegio: queriendo hablar de ellas, he hablado de cosas que nada tienen que ver con los libros porque no ha sido de ellos de lo que ellas me han hablado».

Aunque, en el caso de Proust, la tendencia a irse por las ramas es consustancial a su escritura elevadísima, el efecto del que habla es universal: si él recuerda «aquella triple superposición de cortinillas de estameña, grandes cortinas de muselina y otras mayores todavía de bombasí, siempre resplandecientes en su blancura de majuelo demasiado expuesto al sol», yo conservo en mi memoria con la misma precisión la imagen de mi persiana un poco amarillenta y del estor que filtraba la luz mientras leía Harry Potter en mi habitación infantil. 

No desvelo nada a quien haya llegado hasta aquí si recuerdo que, al final de la saga, el séptimo libro se cierra con un epílogo titulado Diecinueve años después. En él aparecen Harry y Ginny, ya casados y padres de tres hijos; Ron y Hermione, también casados (entre sí) y con hijos, e incluso Draco Malfoy por quien todavía sienten una antipatía que el tiempo (esos casi veinte años) no ha suavizado del todo. Los hijos se suben al Expreso de Hogwarts y la saga concluye definitivamente, dejando al pobre lector con la vieja pregunta en los labios: «¿y ahora qué?».

Cuánto habría sufrido el joven y sensible Marcel de haberse enfrentado a este epílogo. Ya en su ensayo, el autor de En busca del tiempo perdido se queja de estas interrupciones tan abruptas, de la falta de tacto —es inevitable y parte de su trabajo, el embrujo consistió en que creyéramos que podríamos quedarnos en su mundo para siempre— con la que los autores resuelven el final de sus narraciones. El análisis de Proust es de una precisión sorprendente (año arriba, año abajo) y confirma que estas estructuras —¡y, por tanto, la naturaleza de los jóvenes lectores que las disfrutan!— apenas han cambiado en un siglo: «No volveríamos a ver a aquellas personas por las que habíamos temblado de emoción y sollozado, no volveríamos a saber ya nada de ellas. El autor, desde hacía ya algunas páginas, en el cruel epílogo, había tomado buen cuidado en “distanciarlas” con una indiferencia inusitada en quien sabía con qué interés se les había seguido paso a paso hasta aquel momento. El empleo de cada hora de su vida nos había sido narrado. Y al final, súbitamente: “Veinte años después de estos acontecimientos…”».

La industria del entretenimiento se ha empeñado en explotar la marca todo lo posible (en este momento se debe de estar rodando una película más basada en el «Universo Potter», ya sin la referencia de ninguno de sus libros) y, como dice Berta Gómez, «no se sabe cuándo acabó el fenómeno literario y empezó la nostalgia, si es que ha sucedido»; pero la realidad fundamental relacionada con Harry Potter (y con Stevenson, y con Tolkien, y con Julio Verne) es la de una lectura apasionada, acelerada, imaginativa y finalmente truncada por un final que llega demasiado pronto (precipitado incluso después de 3665 páginas). Es la de una lectura inolvidable y —aquí disentimos de las opiniones de algunos sabios como Bloom y Byatt, incluso de las observaciones más recientes de Fresán— fértil. Es la inyección de una sustancia quizá no suficiente, pero sí imprescindible para que se desencadenen todos los procesos que forman a un buen lector y, con el tiempo, puede que también a un buen escritor. 

Cada generación ha tenido a su Rowling, a su Agatha Christie o a su Stephen King (otro valedor de los libros de Potter), y solo una mirada interesada o un oído insensible a las voces de los jóvenes encontraría marginal, despreciable o directamente perniciosa la influencia de estos autores. Los demás —quienes hemos participado del encantamiento— tenemos claro que no existe ninguna incompatibilidad entre los libros de Harry Potter y las novelas de Proust. Al fin y al cabo, son las dos heptalogías más importantes de la historia de la literatura y, si bien la una y la otra representan y proporcionan experiencias tan distintas, resulta más habitual de lo que parece —yo mismo estoy pasando por ello— empezar disfrutando de los hechizos de la primera para terminar fascinado por el lenguaje hipotáctico y las profundidades de la segunda.

harry potter
Imagen: Warner Bros.


Enciclopedia del gazapo audiovisual

Juego de tronos. Imagen: HBO.

Durante los quince primeros minutos del cuarto capítulo de la última temporada de Juego de tronos, los espectadores más despiertos descubrieron que un invitado no deseado se había colado de puntillas en los Siete Reinos: un vaso de café con tapa de plástico. Un recipiente similar a los que utiliza la famosa franquicia Starbucks que de modo inexplicable e inesperado se pavoneaba orgulloso sin mucho disimulo entre el atrezo de la escena. A los memes sobre el asunto les crecieron las alas rápidamente, la HBO se metió prisa en eliminar el vaso traicionero del metraje, Stephen Colbert comento en las redes que «esa taza de café se había cargado toda la veracidad de aquella historia donde una mujer cabalga dragones y está enamorada de un tío que ha vuelto de entre los muertos» y en las oficinas de Starbucks comenzaron a dar palmas con las orejas, los pies y probablemente las gónadas externas porque les estaban haciendo la promoción gratis.

El CM de las redes sociales de Starbucks no la ha visto más gorda en su vida.

Aquel desliz escenográfico acabó teniendo el doble de gracia cuando, dos semanas después, durante la emisión del capítulo que daba cierre a la serie asomó tímidamente la cabeza, entre las piernas de los actores, otro recipiente moderno: un botellín de agua.

Juego de tronos. Ojo a lo que se esconde detrás de una bota. Imagen: HBO.

Los errores en cualquier producción audiovisual son inevitables. Y en el caso concreto de los envases no deseados danzando por el plató existía un antecedente similar que también hizo chirriar el empaque de otra serie televisiva. Ocurrió en 2014, cuando durante la campaña publicitaria de una nueva temporada de Downtown Abbey  a la cadena británica de televisión ITV se le ocurrió publicar en sus redes sociales la siguiente imagen promocional:

¿El problema de la instantánea? Situado entre los dos jarrones a la derecha de la imagen, y adquiriendo la forma de un maravilloso botellín de plástico que algún miembro del equipo dejó huérfano en el set. Como Downtown Abbey estaba ambientada en Inglaterra entre 1912 y 1926, una época donde el plástico todavía no estaba muy de moda, la cadena se apresuró en retirar la imagen de la red. Pero los fans se mofaron del error y Julian Fellowes, guionista del show, se lo tomó fatal: «El programa es bastante exacto históricamente. El verdadero problema son aquellas personas socialmente inseguras que tratan de demostrar lo inteligentes que son señalándote fallos en la serie, promocionando su pijería y tratando de demostrar que son mejores que tú». Fellowes andaba bastante avinagrado con el tema, y no acababa de comprender que a veces simplemente resulta divertido descubrir que la ficción ha metido la pata. En el fondo los anacronismos y los gazapos llevan salpicando la historia del arte desde mucho tiempo antes de que se inventara el celuloide: ahí tenemos el famoso cuadro de La última cena donde Leonardo da Vinci dibujó un tipo de mesa que no se utilizaba en la época de Jesús y sus apóstoles. O la pintura Orfeo tocando el violín de Cesare Gennari que, como su propio título indica, representaba a un dios de la antigua Grecia tocando un instrumento que no se inventaría hasta el (un poco menos antiguo que Grecia) siglo XVI.

La última cena y Orfeo tocando el violín.

Los invitados indeseados

En las producciones para la pequeña y la gran pantalla, aquellas personas y aquellos objetos no deseados que lograban infiltrarse en el metraje final siempre han sido un bonito dolor de cabeza para sus responsables. En Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra un hombre con sombrero de cowboy se coló entre la tripulación del barco de Jack Sparrow, Gladiator muestra la famosa bombona instalada en una cuadriga que los del departamento de FX habían tuneado en el vehículo, en Indepence Day el personaje de Jeff Goldblum vuelca un cubo que tiene escrito por debajo «Departamento de arte», Braveheart luce un coche blanco aparcado tranquilamente en el campo de batalla, En busca del arca perdida tiene a un zagal luciendo camiseta y tejanos paseándose entre las túnicas del Cairo y en Tiempos de gloria era posible señalar un reloj digital en la muñeca de un niño durante la guerra civil norteamericana. Pero una de las intervenciones anónimas e inesperadas más extrañas ocurrió en la encantadoramente infumable Mr. Nanny, protagonizada por Hulk Hogan a principios de los noventa. En la cinta, el luchador paseaba su chulería en moto por una carretera cercana a la playa mientras en segundo plano, y en lo que dura un parpadeo, un hombre ajeno a la producción arrojaba un perro al mar por sabe Dios qué retorcida razón.

Un cowboy en Piratas del Caribe y un tunning Fast & Furious en Gladiator.

El calzado también ha traicionado la coherencia de más de una historia: El mago de Oz contenía un plano fugaz donde Dorothy portaba zapatos negros en lugar de los famosos zapatos de rubí. Y el número musical, dedicado a las bondades de vestir traje, que se marca Barney (Neil Patrick Harris) en la temporada cinco de Cómo conocí a vuestra madre ocultaba un detalle simpático: una de las extras que participó en la coreografía se olvidó de llevar zapatos elegantes al rodaje y salió a desfilar fugazmente (en el minuto 1:49 de este vídeo) en zapatillas deportivas.

Los agujeros de bala de Pulp Fiction, que aparecían sobre la pared antes de que la pistola que los produciría fuese disparada, también son otro clásico de los gazapos notables. Pero probablemente a Quentin Tarantino aquello le dejaba dormir, porque durante la filmación de Reservoir Dogs, cuando un miembro del equipo le apuntó un error evidente en segundo plano, el director se limitó a sentenciar que si el espectador tenía tiempo de fijarse en eso era porque no habían logrado captar su atención con lo que realmente era importante.

Fire in the hole. Pulp Fiction.

Los anacronismos suelen ser los descuidos artísticos más comentado por los pedantes. En algunos casos resultan sutiles como los walkie talkies noventeros que asoman por Stranger Things (ambientada en los ochenta), el VHS de Señora Doubtfire (una película estrenada en 1993) que aparece en Dragón rojo (cuya acción estaba ubicada en 1986), la trama de La milla verde que condenaba a un hombre (Michael Clarke Duncan) a ser ejecutado en la silla eléctrica en 1935 a pesar de que dicha pena no se instauraría en Luisiana (donde ocurrían los hechos) hasta un lustro después, el soldado que hablaba de YouTube en En tierra hostil un año antes de que la plataforma de vídeo existiese, la camiseta de Motörhead  que asomaba por Quadrophenia una década antes de que el grupo se formase, o el modelo de guitarra Gibson ES-345 de 1958 que Marty McFly (Michael J. Fox) empuñaba en Regreso al futuro durante un baile de graduación celebrado en 1955.

En otras ocasiones, los objetos adelantados a su época chirriaban un poquito más si uno estaba puesto en el tema: Braveheart vestía falda escocesa cuatrocientos años antes de que se tejiese la primera de ellas, los nazis de Indiana Jones y la última cruzada lucían medallas de la Segunda Guerra Mundial cuando esta todavía no había tenido lugar, Morgan Freeman utilizaba un telescopio en Robin Hood, príncipe de los ladrones medio siglo antes de que dichos aparatos se ideasen y en Patton el ejército se defendía con un puñado de tanques M48 Patton, un tipo de vehículo de guerra bautizado en honor al general George S. Patton tras su muerte. La cinta Bernie de Richard Linklater estaba basada en hechos reales pero mostraba un traspié que rechinaba por pillarnos cerca al tener a Jack Black utilizando un iPhone durante los años noventa. Battlestar Galactica (la de 2004) hizo el camino del revés al marcarse un truco imposible con el que plantar anacronismos de manera retroactiva: en una de sus tramas el tema «All Along the Watchtower» de Bob Dylan tenía cierto peso en la historia, pero en el episodio final de la serie se revelaba que toda ella había transcurrido 150 000 años antes de nuestra época, alejando un poquito la posibilidad de que en el espacio alguien pudiese oír las rimas del nobel de literatura.

El extra traicionero y el objeto invisible

Lo impredecible de la naturaleza de los extras también suele ser material impagable a la hora de alimentar situaciones simpáticas en la pantalla. Con la muerte en los talones, el clásico de Alfred Hitchcock protagonizado por Cary Grant allá por el 59, es famosa por contener a un extra infante con poderes premonitorios: un niño figurante que (en el minuto 1:38 de esta secuencia) se tapaba los oídos antes de que Eve (Eve Marie Saint) disparase la pistola que llevaba escondida en el bolso. En una de las escenas finales de Teen Wolf, la cremallera abierta de un extra (que en realidad era una mujer, por lo que no había pajarito amenazando con echar a volar) logró convertirse en el centro de atención. El último samurái  tenía a un actor anónimo contratado para hacer bulto que adquirió protagonismo de la manera más dolorosa posible: recibiendo en su entrepierna la coz del caballo que montaba Tom Cruise. En la tienda de chuches de Un mundo de fantasía (Willy Wonka and the Chocolate Factory) una pequeña niña se comía una buena hostia por culpa de un dependiente cantarín.

Uno de los hijos de Doc Brown en Regreso al futuro III aprovechó que el director de la cinta estaba a otras cosas para hacer gestos inapropiados a la audiencia. En Friends una actriz del Central Perk masticaba un sorbo de café. Un usuario de Reddit descubrió que entre toda la marabunta de peña que se partía la cara en Vengadores: Endgame, existía un extra digital se quedaba congelado de manera inexplicable en plena carrera, como si los animadores del CGI hubiesen dejado el trabajo a medio hacer. En Diez razones para odiarte una actriz, en segundo plano y en apariencia muy apurada, dejaba de actuar en cuanto creía (equivocadamente) que ya estaba lejos de la cámara. Y en Quantum of Solace, una película que costó doscientos millones de dólares, un extra simulaba que barría paseando su escoba a varios centímetros sobre el suelo.

En ocasiones, la invisibilidad formaba parte del gazapo. En Una rubia muy legal una actriz bebía el agua inexistente de una fuente en primer plano. La serie de culto Firefly tenía a un personaje agarrado a un volante invisible. En Grease una camarera accionaba un interruptor de la luz sin tocarlo. En El caballero oscuro: la leyenda renace un sicario que se peleaba contra el aire (spoiler: gana el aire) a tres metros de distancia de Batman. Y en una secuencia de Postal, una de tantas deposiciones del tarado de Uwe Boll, uno de los actores sostenía lo que parecía ser una pistola incorpórea en sus manos sin ningún tipo de explicación obvia.

Un actor de Postal empuñando un arma invisible. Y esto no es, ni de lejos, lo más cutre de la película.

El stormtrooper que se deja la frente en el marco de una puerta en La guerra de las galaxias es todo un clásico de los tropezones cinematográficos. En el metraje, mientras Leila, Luke, Han y Chewbacca pelean por escapar de un compactador de basura, un destacamento de soldados del Imperio se abre paso hasta la sala de control donde se esconden R2D2 y C3PO. En dicha secuencia, el stormtrooper situado más a la derecha de la imagen se lleva un bonito coscorrón con la parte superior de la puerta de entrada, un topetazo que no descubrieron los montadores del film, adquirió fama entre los fans y acabó convertido en canon de la saga.

George Lucas, emperrado como siempre en toquetear lo que no es necesario, intentó justificar la hostia en la precuela Star Wars: el ataque de los clones al mostrar a Jango Fett golpeándose la cabeza con el marco de otra compuerta. Y explicando, en los comentarios del DVD, que el soldado de La guerra de las galaxias al ser un clon de aquel Fett había heredado genéticamente aquella torpeza natural: «Pensé “¿No sería gracioso que aquello fuese un rasgo distintivo de Jango?” Cuando se pone el casco no puede ver bien y se golpea la cabeza todo el rato, un atributo que clonarán todos los demás soldados. Por esa razón los stormtroopers se dan porrazos en la cabeza constantemente». Más allá de las idas de pelota de Lucas, los seguidores de la franquicia le pillaron mucho cariño al topetazo, aquel secundario pasó a ser conocido oficialmente como «clumsy stormtrooper» («stormtrooper torpe»), el videojuego Star Wars: Battlefronts le rindió homenaje en una de sus escenas con un soldado comiéndose con la frente una escalera y en el mundo real dos actores se tiraron media vida asegurando que ellos habían sido el extra que vistió aquel traje y cultivó aquel chichón: el recientemente fallecido Michael Leader, y Laurie Goode, un hombre que llegó a publicar una canción sobre el asunto titulada «Who Was the Stormtrooper Who Banged His Head?». A día de hoy, nadie sabe con certeza cuál de ellos interpretó realmente al accidentado soldado en la película.

Historia del cine.

Second unit ninja

Con diferencia, lo peor que le puede pasar a una producción es que en algún momento parte del equipo de rodaje se cuele en un plano para dinamitar por completo la suspensión de la incredulidad. En Malcom era posible contemplar a un currante malamente escondido sosteniendo el cubo del que uno de los personajes extraería un vestido empapado. En Tiburón se podía vislumbrar a un cámara montando en una barca, otro se asomaba con muy poca vergüenza por un plano de Harry Potter y la cámara secreta, Salvar al soldado Ryan tenía a más gente en el campo de batalla de la deseada y también ocurrían cosas parecidas en Black Hawk derribado, Gremlins, Rocky y un millón de pelis más. En Bad Boys (la del 83 protagonizada por Sean Penn, no la buddy movie de Will Smith y Martin Lawrence), uno de los cámaras aparecía de manera tan evidente y descarada en el plano como para que al hombre solo le faltase aprovechar para saludar a la familia.

Pista para localizar a la segunda unidad de rodaje en esta imagen: es el señor que está arrodillado con una enorme cámara al hombro.

Los espejos y cristales siempre han sido muy traicioneros a la hora de filmar: la jeta de Robert Rodríguez era visible en Spy Kids por culpa de un espejo, y en cintas como Ghost, Titanic, E.T., Casino Royale o Transformers los trabajadores de la producción también son delatados por los reflejos. El mejor a la hora de lidiar con todo esto fue Alfonso Cuarón y su Gravity, una película que transcurría en el espacio donde el realizador coló a propósito el reflejo (en el casco de uno de los protagonistas) de un cámara y un operador de sonido con el detallazo de mostrarlos embutidos en trajes de astronautas y flotando en gravedad cero. En Matrix, las hermanas Wachowski idearon un primer plano bastante majo del reluciente pomo de una puerta, un objeto donde se reflejaban Neo y Morfeo. El problema (como siempre ocurre al jugar con espejos en el cine) fue esconder la presencia de la cámara en dicho reflejo, algo para lo que se optó por camuflar dicho objetivo vistiéndolo con chaqueta, corbata y rezando para que el público no reparase en ella.

Ahora que lo has visto ya no podrás dejar de verlo nunca. Imagen: Warner Bros.

Lo de Buffy, cazavampiros fue un caso especial. A lo largo de sus siete temporadas se le ha colado en el metraje algún micrófono, pero también uno de los cámaras que filmaba la acción durante la pelea entre Faith y Buffy en la cuarta temporada. Lo hermoso es que en aquel caso se editó el montaje para eliminar la presencia del infiltrado en posteriores emisiones. Y lo terrible es que, unos cuantos años después, la cadena de televisión la cagó de manera espectacular al tomar el sentido contrario: cuando la 20th Century Fox decidió fabricar una versión HD a partir del material original (pensado para televisores con pantallas en relación de aspecto 4:3, mucho más comprimida que las actuales), se optó por ampliar el campo de visión de cada plano. Una decisión que provocó que focos, miembros del equipo y otras maravillas que antes estaban fuera de la imagen fuesen de repente evidentes y visibles. Joss Whedon, creador de la serie, echó pestes sobre aquel desgraciadísimo apaño.

A la izquierda Buffy en su versión original. A la derecha la infame versión en HD que fue capaz de incluir a nuevo personaje en la escena sin que nadie se lo haya pedido. Imagen: 20th Century Fox.

Gazapos animados

Matt Selman, uno de los productores ejecutivos de Los Simpson, se sentó el año pasado a revisitar episodios antiguos de la familia amarilla y acabó topándose con un patinazo inesperado en el decimotercer capítulo de la sexta temporada, un episodio que retrocedía unos cuantos años en el tiempo para relatar la historia del nacimiento de Maggie. En la pantalla, Marge anunciaba a Homer que estaba embarazada de la pequeña. Y en el mismo plano, al fondo y formando parte del escenario más evidente, una fotografía enmarcada de aquella Maggie que aún no había nacido lucía orgullosa colgada de la pared.

Los Simpson. Imagen: Fox.

Las meteduras de pata en el mundo animado podrían suponerse poco frecuentes al tratarse de productos elaborados de manera milimétrica y pausada, pero haberlas, haylas. En Frozen, mientras se canturreaba la resobadísima «Suéltalo», la coleta del pelo de Elsa atravesaba mágicamente su hombro izquierdo. Un fugaz movimiento imposible interpretado como un error de animación pero que en realidad era una inconsistencia premeditada: los animadores no encontraban el modo de colocar de manera lógica aquella pelambrera donde habían planeado y tomaron el peor atajo (el del glitch) conscientemente, suponiendo que el espectador medio no se daría cuenta. En Blancanieves y los siete enanitos un cerrojo reventado se arreglaba mágicamente, un grillete en Enredados se esfumaba de repente para reaparecer poco después, La bella y la bestia mostraba dos versiones distintas del mismo cuadro rasgado, a Shrek el ojo le asomó a través del párpado, en Lilo & Stich un instrumento de percusión mutaba de un plano a otro y dos personajes de Toy Story 2 no podían ocultar su naturaleza vampira al carecer de reflejo alguno sobre la pantalla de un televisor. Ballerina incluía dos errores históricos en forma de monumentos al mostrar una torre Eiffel en construcción y una Estatua de la Libertad de color verde. La primera todavía no había comenzado a erigirse en el año en el que transcurría la trama, y la segunda en aquella época debería de haber lucido tonos cobre porque había sido elaborada en eso mismo (cobre). En realidad la efigie se teñiría de verde muchísimos años más tarde, a consecuencia de la oxidación.

Frozen. Imagen: Walt Disney Pictures.

En modo Commando

Commando es esa película de acción protagonizada por Arnold Schwarzenegger tan desenfadada y segura de sí misma, tan consciente de a lo que ha venido, como para que a la hora de la verdad se la sude absolutamente todo. Y por eso mismo podría considerarse como la Biblia Definitiva del Gazapo Cinematográfico al ser capaz de repasar en su metraje la gama completa de errores cinematográficos posibles: miembros del equipo técnico reflejados en cristales, coches destrozados que se reparan solos, carteles incorrectamente escritos (una escalera en un aeropuerto tiene rotulado un «Aire servicio» en lugar de «Servicio aéreo» por culpa de una traducción lamentable del «Air service» al español), dobles de acción evidentes, una puerta de seguridad que requiere de una contraseña pese a estar ya abierta, trampolines visibles para catapultar a los soldados afectados por la explosión de una granada, escenas que pasan del día a la noche en segundos sin razón alguna, supuestas barras de metal que se doblan evidenciando su naturaleza de goma, maniquís muy estáticos sustituyendo a los villanos durante los bombazos gordos, guardias que piden refuerzos a través de radios sin antena, frases pronunciadas sin que el orador abra la boca, bombas que explotan donde no han sido colocadas, cables de seguridad para los actores a la vista y una maratón tan inmensa de fallos de raccord como para pasarse la tarde entera enumerándolos. En el fondo, Commando ha hecho más por el cine que cualquier película felada unánimemente por la crítica durante los últimos treinta años.

Commando. Todos los Óscar del mundo no le harían justicia. Imagen: 20th Century Fox.


Dedicado a quienes nunca leen las dedicatorias

Dedicado a todos aquellos que nunca leen las dedicatorias.
Vosotros os lo perdéis.

La página ignorada

La dedicatoria de cualquier libro es la página que más rápido se lee y la que menos interesa a la mayoría de los lectores. Por su propia naturaleza de misiva para alguien muy concreto y ajeno por completo al resto del texto, no suele llegar a ser mucho más que una anécdota efímera en el mundo literario. Pero en ocasiones, y gracias a la habilidad de ciertos autores, la propia página dedicada, un elemento completamente libre que carece de restricciones, se ha convertido en algo tan maravilloso como para propiciar que existan rincones entregados en exclusiva a coleccionar dedicatorias. Este mismo texto está a punto de convertirse en uno de ellos.

Familia

El matemático Joseph J. Rotman firmó a finales de los ochenta el volumen Una introducción a la topología algebraica y tuvo el detalle de utilizar las páginas de aquel libro de texto para acordarse de su familia más cercana: «A mi mujer Margarit y a mis hijos Ella Rose y Daniel Adam, sin ellos este libro se hubiese terminado hace dos años». La coña de Rotman era maja, pero plagiaba con descaro al escritor P. G. Wodehouse que sesenta años antes había estampado en su colección de historias cortas The Heart of a Goof una dedicatoria que rezaba «Para mi hija Leonora, porque sin su simpatía y estímulo inquebrantables, este libro habría sido terminado en la mitad del tiempo». La cómica Chelsea Handler dedicó su libro Chelsea Chelsea Bang Bang «A mis hermanos y hermanas. Menuda… banda de gilipollas». Matthew Klein rindió homenaje a su madre desde la primera página del libro No Way Back al mismo tiempo que le rogaba que se saltase las escenas de sexo. Las aventuras de La tierra de las historias: el hechizo de los deseos venían precedidas por unas palabras de su autor, Chris Colfer, que decían «Para mi abuela. Por ser mi primera editora y darme el mejor consejo de escritura que jamás haya recibido: “Christopher, creo que deberías de esperar hasta que hayas acabado la escuela primaria para dedicarte a ser un escritor fracasado”».

Tobias Wolff se tomó una revancha en Vida de este chico al escribir: «Mi padrastro solía decir que yo no sabía ni rellenar un libro. Bueno, aquí está». El dibujante Moose Allain explicó en I Wonder What I’m Thinking que aquel libro estaba dedicado a «mi mujer Karen, que es un 90% inspiración y un 90% paciencia. No, eso no suma 180%. Ella es multitarea». John Foot escribió Calcio: a History of Italian Football y se lo ofreció a su padre «porque amaba el fútbol» y a su hijo «porque odiaba el fútbol». Andy Weir otorgó su famosa El marciano «A mamá, que me llama “Pepinillo”. Y a Papá, que me llama “Tío”». Judd Apatow dedicó a sus padres uno de sus libros al mismo tiempo que los acusó de haberle provocado enfermedades mentales. Nothing Can Possibly Go Wrong tenía dos autoras, Prudence Shen y Faith Erin Hicks, y en consecuencia dos dedicatorias que compartían el mismo espíritu: «Para mis padres, a pesar de que nunca me compraron un robot» y «Para todas las chicas geek». Douglas Adams estampó en las aventuras de Dirk Gently un «A mi madre, a quien le gustó la parte del caballo».

Nothing Can Possibly Go Wrong.

En 1991, Christina Rosenvinge escribió «Para Ray, él sabe por qué» en los agradecimientos del disco Que me parta un rayo. Y en 1992 Ray Loriga rotuló un «Para Christina, ella sabe por qué» en las páginas de Lo peor de todo. Los versos satánicos de Salman Rushdie se publicaron con una dedicatoria para su esposa Marianne, pero cuando ambos se divorciaron las reediciones sustituyeron aquella línea por un «Para las personas y organizaciones que han apoyado este libro». La dedicatoria de El fin de la aventura de Graham Greene variaba según la edición: en algunos casos lucía un «Para C» y en otros un «Para Catherine», siendo ambas personas Catherine Walston, una mujer casada, de la que Greene era padrino, con la que mantenía una aventura. Aquello resultaba bastante gracioso teniendo en cuenta el propio título del libro.

C. S. Lewis se montó su propia película entrañable a la hora de dedicar el primer volumen de Las crónicas de Narnia, El león la bruja y el armario:

Para Lucy Barfield.

Mi querida Lucy,

Escribí esta historia para ti, pero cuando la empecé no había caído en la cuenta de que las muchachas crecen más rápidamente que los libros. Por tanto, ya eres mayor para los cuentos de hadas y, para cuando el relato esté impreso y encuadernado, serás aún mayor. Sin embargo, algún día serás lo bastante mayor para volver a leer cuentos de hadas, y entonces podrás sacarlo de la estantería superior, quitarle el polvo y decirme qué opinas de él. Probablemente, yo estaré tan sordo que no te oiré, y seré tan viejo que no comprenderé nada de lo que digas. A pesar de todo seguiré siendo tu querido padrino.

Una serie de catastróficas desdichas.

Cada una de las entregas de la saga de trece libros de Una serie de catastróficas desdichas incluyó una dedicatoria a la misma persona: Beatrice Baudelaire, el amor perdido y ficticio del hombre que firmaba cada libro, un escritor llamado Lemony Snicket que también formaba parte de la ficción. Los textos de Snicket eran tan optimistas y fabulosos como las novelas a las que precedían: «Para Beatrice. Nuestro amor rompió mi corazón, y detuvo el tuyo», «Para Beatrice. Nuestro amor vivirá para siempre. Tú, sin embargo, no lo hiciste», «Para Beatrice. Cuando te conocí me quede sin aliento. Como tú estás ahora», «Para Beatrice. Siempre estarás en mi corazón, en mi mente y en tu tumba» o «Para Beatrice. Nadie pudo apagar nuestro amor, ni tu casa».

Lo de Tad Williams fue portentoso, el escritor estadounidense aprovechó las páginas iniciales de los cinco volúmenes de la serie Otherland para fabricar un running gag muy simpático protagonizado por su mismísimo padre. El primer libro rezaba: «Este libro está dedicado a mi padre Joseph Hill Evans con amor. En realidad, papá no lee ficción, así que si nadie le cuenta esto, nunca lo sabrá». El segundo tenía un «Este libro está dedicado a mi padre Joseph Hill Evans con amor. Como dije antes, papá no lee ficción. Todavía no se ha dado cuenta de que esto está dedicado a él. Este es el volumen dos, vamos a ver cuántos más sacamos hasta que se entere». El tercero anunciaba: «Esto está dedicado a ya-sabes-quién aunque él no lo sepa. A lo mejor podemos mantener esto en secreto hasta el último número». El cuarto explicaba: «Mi padre todavía no ha descubierto los libros, así que no, aún no lo sabe. Creo que tendré que decírselo. Quizás debería decírselo sutilmente». Y el quinto, y último, remataba con un fantástico «Todos los que estén aquí a quienes no les hayan dedicado un libro que den tres pasos al frente. Ups, papá, espera un momento…».

El séptimo arte

Al guionista Charlie Kaufman le encargaron adaptar al cine un libro inadaptable (El ladrón de orquídeas de Susan Orlean) y el hombre optó por escribir un guion muy loco sobre lo imposible de adaptar aquellas páginas. Una trama protagonizada por el propio Kaufman y su inexistente hermano gemelo, la película que surgió de todo fue Adaptation (El ladrón de orquídeas) y llegó con una dedicatoria muy sentida a la memoria de aquel Donald Kaufman que nunca existió. The Beatles dedicaron la película Help! al inventor de la máquina de coser, Elias Howe, tras llegar a la conclusión de que si el hombre nunca hubiese existido no tendrían nada que ponerse. Guillermo del Toro dedicó Pacific Rim al gran Ray Harryhausen (creador de la mejores criaturas de stop-motion) y al no menos enorme Ishiro Honda (el hombre que incubó a Godzilla) por ser los papás originales de los monstruos. Steps Trodden Black, una producción ultra low-cost rodada entre amigos, se presentó con un «Esta cinta está dedicada a la memoria de Jairin Brantly. Él no está muerto ni nada por el estilo, pero se acaba de mudar a Arizona y lo echamos de menos». La dolorosa, por los motivos equivocados, Street Fighter rindió tributo a un Raúl Juliá, que falleció poco después de participar en ella: «Para Raúl. Vaya con Dios». Aquella Batman: la película de 1966 que protagonizó el incombustible Adam West mostraba el siguiente discurso:

Deseamos expresar nuestra gratitud a todos los enemigos del mal y los cruzados contra el crimen del mundo por su ejemplo inspirador. A ello, y a los amantes de la aventura, los amantes del escapismo puro, los amantes del entretenimiento sin adulterar, los amantes de lo ridículo, de lo extraño y de la diversión, está dedicada respetuosamente esta película. Si hemos pasado por alto a algún grupo considerable de amantes, nos disculpamos.

Los productores.

Help! Imagen: United Artists.

Kevin Smith suele acomodar entre los créditos finales de sus películas ristras interminables de agradecimientos hacia todo tipo de personas. Unas listas que siempre están encabezadas por una entidad todopoderosa: Clerks 2 arranca sus agradecimientos con un «A Dios, aquel que mantiene el latido de mi corazón y me vuelve agradecido y temeroso». Mallrats con «A Dios, por darme otra oportunidad para contar mis estupideces». Y en Jersey Girl se puede leer: «A Dios, quien por lo visto sigue siendo un fan mío, y viceversa», justo antes de «A Jenny. La prueba de que Dios sigue siendo un fan». El caso de la secuela de Clerks también es destacable porque en sus créditos finales al gordo de Nueva Jersey se le fue la mano con lo de dar las gracias y se le ocurrió añadir los nombres de todos aquellos que se habían apuntado a la red de colegas de su MySpace: 163.070 personas que convirtieron aquellos títulos de crédito en los más largos y aburridos de la historia del cine.

A lo loco

A los tarados que ejercen de editores en la web Cracked se les ocurrió publicar en 2010 un libro titulado You Might Be a Zombie and Other Bad News: Shocking but Utterly True Facts. Un recopilatorio de los mejores textos de la página que Sarah Silverman definió como «el libro que por fin te cuenta la verdad de todo aquello que deberías saber». Fiel al espíritu de Cracked, la dedicatoria de aquello no podía pertenecer a este mundo: «Por haberse negado, gracias a su asombrosa densidad, a colapsarse en un agujero negro devorador de planetas, queremos dedicar este libro a la memoria del testículo izquierdo de Theodore Roosevelt». Austenland, de Shannon Hale, narraba las desventuras de una treintañera obsesionada por el Mr Dacy que interpretó Colin Firth en la adaptación noventera de Orgullo y prejuicio de la BBC. Y la escritora llevó la broma hasta el punto de dedicar el tomo (que tuvo película propia) al actor inglés: «Para Colin Firth. Eres un buen chico pero estoy casada, así que creo que es mejor que seamos amigos». El diseñador gráfico Adam J. Kurtz dedicó Pick M0e Up «al futuro y en memoria del pasado». Emily O’Neill otorgó You Can’t Pick Up Your Genre a «cada superviviente, cada perra salvaje», y Julie Murphy sirvió Dumplin’ a «todas las chicas de culo gordo».

Xabi Tolosa puso un «Dedicado a todo el mundo. Así seguro que no me dejo a nadie» en sus tebeos garabateados y recopilados en Esto se ha hecho mil veces. Michelle Lovric brindó su The True and Splendid History of the Harristown Sisters a su «caravana de ninfas». David Wong en This Book is Full of Spiders sentenció: «Para Carley, que fue mejor persona que yo, a pesar de ser un perro». Let’s Pretend This Never Happened de Jenny Lawson empezaba con un rencoroso «Quiero dar las gracias a todas las personas que me ayudaron a crear este libro. Excepto a aquel tío que me gritó en el Kmart cuando yo tenía ocho años porque pensó que yo era demasiado escandalosa. Usted es un gilipollas, señor». Naveed A. Khan firmaría en Bodies of Water una dedicatoria tan ocurrente como graciosa y triste: «Para todos aquellos con una línea roja debajo de su nombre en Word».

Cynthia Hand le rinde la primera página de My Lady Jane a quienes al ver Titanic intuyeron que había sitio en esa puerta para Leonardo DiCaprio. La canadiense E. K. Johnston dedicaría Spindle a una amiga por haber perpetrado la peor partida de Los colonos de Catán en la «historia de la humanidad». Diana Wynne Jones escribió: «Para Leo, a quien golpearon en la cabeza con una pelota de cricket», en Las vidas de Christopher Chant. Gideon Defoe aprovechó la quinta entrega de su serie de comedias disparatadas titulada The Pirates! para dedicar la historia a «Evangeline Lilly, Jennifer Garner, Julie Christie, Phoebe Cates, Wendy James cuando no estaba en Transvision Vamp, Alison Clarkson, Molly Ringwald, Beyoncé, Louise Lombard, Miss Francia en 1998 y ese duendecillo de la primera temporada de America’s Next Top Model».

Derek Landy embelleció la novela Ataduras mortales, la quinta entrega de la serie juvenil Detective esqueleto, con una proclama curiosa:

Este libro está dedicado, con bastante reticencia, a mi editor, Nick Lake, porque él me está forzando a ello. Personalmente hubiera preferido incluir a Gilie Russell y Michael Stearns, quienes, junto a Nick, me dieron la bienvenida al mundo editorial con mi primer libro.

Por desgracia, como Nick es mi único editor, él ha amenazado con editar esta dedicatoria hasta convertirla en un revoltijo de líneas tachadas, y por eso mismo esta dedicatoria es para él y solo para él. Personalmente yo opino que esto demuestra una asombrosa cantidad de ********** y **********, lo que deja claro que Nick no es nada más que un ********************* con ********** por ************, pero, eh, eso solo es mi opinión personal.

Hala, Nick. Por fin tienes un libro dedicado a tu persona. Espero que estés feliz de ********.

********.

(Nota del editor: Nick Lake es un tío genial).

En general, Landy era muy amigo de divertirse camuflando como dedicatorias parrafadas similares. La invocadora de la muerte, otra entrega de las aventuras del Detective esqueleto, llegó dedicada a sus sobrinas recién nacidas, a quienes acusaba de haberle robado protagonismo en la familia y de tener unos padres desastrosos. El texto incluso dejaba un espacio en blanco para añadir el resto de nombres de las sobrinas/sobrinos que pudiesen nacer en un futuro para que todas y todos tuviesen su libro dedicado y considerasen a Landy como un tío muy molón. En El reino de los malvados el escritor dedicó el libro al ilustrador de las portadas de la serie, al mismo tiempo que aseguraba que él mismo pintaba mejor.

Con estilo

Charles Bukowski apuntó en el interior de Cartero: «Esto es una obra de ficción y no está dedicada a nadie», y con Pulp se mofó de la literatura ramplona dedicando el texto a la «mala escritura». Carl Sagan se marcó en su Cosmos un «En la vastedad del espacio y en la inmensidad del tiempo, mi alegría es compartir un planeta y una época con Annie», que elevó las declaraciones de amor a niveles planetarios. Juan Goytisolo dedicó su Makbara (‘cementerio’ en árabe) «a quienes la inspiraron y no la leerán». Mark Waid y Alex Ross dedicaron su cómic de superhéroes Kingdom Come a la memoria de Christopher Reeve por «hacernos creer que un hombre puede volar». Chris Claremont, guionista de los tebeos de X-men, escribió una novela de ciencia ficción titulada Primer vuelo y se la dedicó a los miembros de la Patrulla X dirigiéndose a cada uno de ellos por el nombre de pila. Buenos presagios (Terry Pratchett y Neil Gaiman) llegó dedicada a G. K. Chesterton porque «él sabía lo que estaba pasando». Agatha Christie en Sangre en la piscina, una aventura de Hércules Poirot, se disculpaba ante unos amigos: «Para Leonard y Danae, junto a mis disculpas, por haber utilizado su piscina como escenario de un crimen». Camilo José Cela dedicó La familia de Pascual Duarte a sus enemigos por ayudarle en su carrera. El amado y odiado El principito de Antoine de Saint-Exupéry se corregía sobre la marcha su propia dedicatoria:

A Leon Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A Leon Werth, cuando era niño.

Y J. K. Rowling aprovechó el cierre de una serie con Harry Potter y las reliquias de la muerte para dibujar con sus dedicatorias el mismo rayo que el niño mago llevaba marcado en la frente:

Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Para ti

Solo una palabra tuya, del irlandés Niall Williams, arrancaba con un «Para ti, por supuesto». La casa de las hojas de Mark Z. Danielewski comenzaba con una antidedicatoria contra la que se estrellaba el lector, un rotundo «Esto no es para ti». Una afirmación acertada en la mayoría de los casos al ser aquel voluminoso libro un puzle gigantesco donde la historia contiene otras historias escondidas en anotaciones y pies de página, que a su vez esconden otros relatos, y la maquetación del texto se toma la libertad de construir dibujos, esconder más secretos, convertirse en laberinto o desparramarse por completo. Dan Wells aprovechó la novela Ruins para remover las emociones del lector: «Este libro está dedicado a todas las personas que odias. Lo siento, la vida a veces es así». El académico Jesse Bering comenzó su Perv: The Sexual Deviant in All of Us con un «Para ti, pervertido».

Ruins.

Y Neil Gaiman en Los hijos de Anansi hizo lo siguiente:

Ya sabes cómo funciona esto. Coges un libro, saltas a la dedicatoria y descubres que, una vez más, el autor ha dedicado su libro a alguien que no eres tú.

No será así esta vez.

Porque no nos hemos encontrado todavía / no hemos tenido la ocasión de echarnos una mirada / no estamos locos el uno por el otro / no ocurre tampoco que no nos hayamos visto en mucho tiempo / ni que estemos relacionados de algún modo / quizás jamás nos veremos, pero, confío en que, a pesar de todo ello, pensamos mucho el uno en el otro…

Este es para ti.

Con lo que ya sabes, y por lo que probablemente ya sabes.

Para nadie

En los años treinta E. E. Cummings (a quien a menudo la gente se refiere como e. e. cummings, en minúsculas, por su afición a juguetear con la ortografía) agarró setenta de sus poemas y los paseó por diversas editoriales buscando gente interesada en publicarlos, pero como respuesta solo recibió negativas. Finalmente optó por autopublicar el libro, con ayuda de los ahorros de su madre, y modificó el título de la antología, de Setenta poemas pasó a llamarse No, gracias en homenaje a aquellas palabras que había escuchado constantemente al visitar a los editores. Remató el asunto de manera extraordinaria: dedicando el libro a las catorce editoriales que lo habían rechazado. Sobre el papel aquella colección de nombres dibujó la silueta de una urna funeraria.

No thanks de e. e. Cumming.


Mujeres espía y dioses negros: introduciendo la diversidad en los mitos pop

Thor. Imagen:
Thor. Imagen: Marvel Studios.

El cañón de una pistola apunta al vacío. Suenan las primeras notas de un riff de Monty Norman. Se oyen pasos, y una figura armada con una Walther PPK irrumpe caminando con indiferencia en ese marco circular. Veloz, mortal y certera, ya nos ha metido una bala entre ceja y ceja antes de que nuestro cerebro pueda procesar un pequeño detalle: se trata de una mujer. Corría la no-noticia en internet como un reguero de pólvora: en pleno vacío de poder en el MI-6, sin saber si Daniel Craig regresaría para encarnar a James Bond por quinta vez, y en medio de la ensalada de nombres que siempre circulan en estos casos como posibles candidatos (de Tom Hiddleston a Jamie Bell), Gillian Anderson se postulaba a sí misma, medio en broma medio en serio, para ocupar el puesto de 007. Y en las redes sociales se desataba el infierno.

Apenas unos días después el fandom volvía a montar en cólera, esta vez por la elección de una actriz negra para interpretar a Hermione Granger en la secuela teatral de Harry Potter. En este caso ni siquiera se trataba de un cambio en la obra original, puesto que, como se apresuró a aclarar la propia J. K. Rowling, ella jamás especificó en las novelas el color de piel de Hermione. Sucede que, sencillamente, ante la falta de una mención expresa a ello, todos asumimos por defecto que era blanca, del mismo modo que tanta gente dio por hecho que Dumbledore era heterosexual. Igual ahí también hay un problema de mentalidad, y lo que es seguro es que la culpa no la tiene Rowling o sus actrices.

Es bien sabido que nada hay más peligroso que un fan purista. De pronto, los foros de debate, los comentarios de artículos en la web y hasta el bar del spot de Ciudadanos se llenaron de furibundos objetores a la posibilidad del cambio de sexo o raza de un personaje de ficción. Pero, ¿qué importa el color de piel de Hermione? ¿Por qué no sería un problema que existiera una James Bond mujer? Y, sobre todo, ¿por qué sería positivo que fuera así? En primer lugar conviene echar la vista atrás, porque de ocurrir, no sería la primera vez que se alteran rasgos esenciales de un personaje, por uno u otro motivo, para adaptarse a los tiempos. Sucede que, en una sociedad patriarcal, la cultura y el ocio están diseñados mayoritariamente por hombres y para hombres. La figura de referencia es la masculina (y blanca), y la mujer (y cualquier otra raza) representa la otredad. En un contexto así, que ha sido la norma desde el amanecer del ser humano, los seres ficticios que pueblan nuestros distintos imaginarios son mayoritariamente hombres caucásicos. Las religiones monoteístas tienen como eje a un ser de claros rasgos masculinos (Alanis Morrissette es un Dios non-canon a estos efectos), y en las politeístas el papel femenino suele estar relegado a un discreto segundo plano en el mejor de los casos, o a receptora de los fluidos de Zeus en el peor.

En el mundo actual, los mitos de la cultura pop han venido a ocupar, en muchos sentidos, el lugar de las mitologías religiosas. Al menos, en lo que se refiere a su utilidad como parábolas morales capaces de llegar a todos los estratos de la sociedad, como arquetipos compartidos y perpetuados en el tiempo y como pilares de un imaginario popular común. Superman es el nuevo Hércules (Grant Morrison elaboró esta idea en su magnífico All Star Superman); Peter Parker podría ser un moderno Aquiles y Thor sería el nuevo… eh…. Thor. Los superhéroes son la cara más visible de esa equivalencia, pero no son los únicos: Luke Skywalker, Indiana Jones, Son Goku o Harry Potter también tienen su merecido lugar en este panteón. Y, por supuesto, James Bond. Por eso no basta, como reclaman algunos, con crear personajes nuevos que vengan a aumentar la diversidad de raza, género u orientación sexual. Bienvenido sea, por supuesto, el nuevo trío protagonista de Star Wars, formado por una mujer, un latino y un negro. Bienvenida sea Imperator Furiosa en Mad Max, convirtiendo a Max Rockatansky en un secundario de su propia saga. Pero la representatividad no puede acabar ahí. No es suficiente porque hoy puedes crear un personaje nuevo, pero no puedes «decidir» crear un mito popular. Y ese catálogo sigue siendo obscenamente masculino. Hay que moldear los viejos panteones para introducir esa diversidad que siempre se les ha negado. No es grave; es más, ni siquiera es nada nuevo. Echemos un poco la vista atrás.

Black power

A principios de los años setenta, dentro del llamado «cine de explotación», nació en Estados Unidos el término blaxploitation para referirse a todas aquellas películas que colocaban a la comunidad afroamericana en una posición de absoluto protagonismo y trataban de aprovechar su cultura y sus modas. Eran cintas llenas de acción, peinados afro y música funk. Y, aunque muchas de ellas eran policíacas, en realidad la blaxploitation fue alcanzando poco a poco a todos los géneros. En ese contexto, y en plena decadencia del cine de terror de productoras británicas como Hammer y Amicus, alguien tuvo la idea de filmar una versión de Drácula en la que el vampiro titular no fuera un noble de Transilvania que llega a Londres, sino un príncipe africano que siembra el terror en la comunidad negra de Los Ángeles. El film fue dirigido en 1972 por William Crain, y no está claro si su título era una absoluta estupidez o una genialidad de marketing: Blacula. El caso es que la película tuvo tirón suficiente para producir una secuela al año siguiente, Scream, Blacula, Scream, e incluso inspiró toda una serie de cintas blaxploitation de terror.

Blacula. Imagen:
Blacula. Imagen: American International Pictures.

Tampoco era la primera vez que se daba una transposición así en el cine con un personaje mítico: ya en 1954, Otto Preminger había adaptado a la pantalla el musical de Broadway Carmen Jones, una transposición de la Carmen de Merimée/Bizet al entorno afroamericano en plena Segunda Guerra Mundial. Quizá hoy el personaje no tiene la difusión de la que pueda gozar un James Bond, pero históricamente hablar de Carmen es casi como hablar del mito del Don Juan. Tampoco debemos olvidar obras como El mago (The Wiz), la versión de Sidney Lumet de El mago de Oz en la que Dorothy es una joven de Harlem y absolutamente todos los personajes están interpretados por actores negros (entre los que se cuentan Diana Ross, Michael Jackson o Richard Pryor). En cualquier caso, y al margen del resultado de cada una de estas películas en términos artísticos, no parece que obras como Drácula, Carmen o El mago de Oz hayan quedado arruinadas para siempre.

Al final, la calidad de cada obra es independiente de este tipo de decisiones. Por muchas protestas iniciales, y por muchas male tears que derramara Dirk Benedict, cuando Ronald D. Moore abordó el remake de Battlestar Galactica y decidió convertir en mujer al personaje de Starbuck (interpretado por el muy macho Benedict en los años setenta y por Katee Sackhoff en la nueva versión) el resultado fue muy superior al de la obra original. Es verdad que aquel espanto setentero que conocimos en España con el nombre de Galáctica, estrella de combate solo podía mejorar, pero lo cierto es que el (cuestionable) encanto naíf de aquella dio lugar a una de las mejores series de principios del siglo XXI, entre otras cosas gracias a un tratamiento inesperadamente progresista de los roles de género.

Battlestar Galactica. Imagen:
Battlestar Galactica. Imagen: SyFy.

Los ejemplos se suceden, y sin excepción todos han tenido a una legión de fans protestando por los cambios. Incluso hay actores que parecen haberse especializado en estas lides: precisamente otro de los nombres que suenan con fuerza para ser el nuevo Bond es Idris Elba, que ya se encargó de dar vida en el Universo Marvel a un Heimdall mucho más negro que el de los tebeos, y que se encuentra ahora rodando la adaptación de La Torre Oscura de Stephen King, donde encarnará al pistolero Roland de Gilead, también sometido a racebending para la ocasión. Merece la pena detenerse en el caso de Heimdall en Thor: las quejas se aferraron entonces al pobre argumento de que un dios nórdico no podía ser negro, sin pararse a pensar que a) los supuestos «dioses nórdicos» de Marvel son en realidad alienígenas y b) de existir, un dios no tiene por qué compartir el color de piel de quien le idolatra. Sea como sea, si Elba acaba encarnando al agente 007 se habrá marcado un hat-trick negrizador. Eso tiene que ser algún récord.

Viñetas y celuloide

Pero nos vamos a quedar en los superhéroes un rato más, dado que, como decíamos, son la cara más visible de esta «mitología moderna», y por tanto caldo de cultivo para distintas operaciones de puesta al día. En su momento también fue motivo de grito en el cielo la aparición, en el cómic The Ultimates, de una versión afroamericana de Nick Furia, dibujada por Bryan Hitch con unos rasgos sospechosamente parecidos a los de Samuel L. Jackson. Cuando, unos años después, el propio Jackson irrumpió en la escena final de Iron Man interpretando al personaje, el público ovacionó de forma unánime su aparición. Moraleja: a todo se acostumbra uno, nadie sale herido de estas cosas. Otro tanto pasó con la Antorcha Humana en la última versión de Los 4 Fantásticos: primero todo fueron críticas furibundas por el cambio de raza, y tras estrenarse todo fueron… críticas furibundas, vale, pero por el resto de la película (disclaimer: un servidor defenderá siempre que, a pesar de su tercio final, no era tan mala).

El último personaje Marvel en someterse a un cambio de género y raza, todo a la vez, es el Anciano de la próxima Doctor Extraño: en los cómics, un venerable hechicero de origen tibetano, que tomará en la gran pantalla los rasgos de Tilda Swinton. Aunque aún es pronto para saber cómo estará concebido el personaje en el film, Swinton ha declarado que el género del Anciano está «únicamente en la mirada del espectador», y el productor Kevin Feige ha respaldado esta afirmación al sostener que «el sexo del personaje no importa». Pero al cambiar también sus orígenes para que no fuera asiático, surgieron a la vez las acusaciones de racismo (moraleja 2: hagas lo que hagas, siempre habrá alguien a quien no le parezca bien). Podríamos argumentar que el Anciano de los tebeos era un estereotipo racial (¿maestro de las artes místicas viejo y oriental? ¡Venga ya!) y el whitewashing del personaje sirve en este caso para deshacer un agravio. Lo mismo podría aplicarse al Mandarín interpretado por Ben Kingsley en Iron Man 3, pero lo cierto es que resulta difícil culpar a quien se muestre suspicaz con estas operaciones, tras décadas de utilizar actores caucásicos para papeles de otras razas. Incluso los responsables de la reciente Dioses de Egipto (¡2016!) tuvieron que pedir perdón por plagar de intérpretes blancos una película que se desarrolla en el África de hace miles de años.

Doctor Extraño. Imagen:
Doctor Extraño. Imagen: Marvel Studios.

El cambio simultáneo de sexo y raza en Doctor Extraño puede resultar sorprendente, pero tampoco es la primera vez que vemos algo así. En la serie de televisión Elementary (2012), que traslada al personaje de Sherlock Holmes a la Nueva York actual, el buen doctor Watson se convierte en una mujer de rasgos asiáticos y aviesa mirada tarantiniana. Aquí, Lucy Liu deja a un lado la katana de Kill Bill y se encarga de vigilar la rehabilitación del drogadicto Sherlock. Y no es el único personaje de Elementary con un género distinto al original, pero nos ahorraremos los detalles para no incurrir en spoilers. No es que sea una gran serie, y avergüenza un poco compararla con la inmensa Sherlock de la BBC, pero es un procedimental entretenido y más que digno, y ninguno de sus problemas (que son muchos) es la aparición de una doctora Watson con tacones y padres chinos. Solo cabe lamentar que fuera el fiel doctor, y no el personaje central de la serie, el objeto del cambio: pensemos en cuántas niñas y mujeres podrían identificarse con una detective consultora S. Holmes, igual que hizo en su infancia el que escribe estas líneas. Y además, eso permitiría subvertir de un modo interesante la tradicional misoginia del personaje. ¿Recuerdan qué otro héroe al servicio de su majestad británica muestra un machismo muy poco recomendable como ejemplo de comportamiento? No sé ustedes, pero yo me muero de curiosidad por ver qué haría Gillian Anderson con ese material. Y puestos a especular, ¿qué posibilidades dramáticas abriría, por ejemplo, una Jane Bond bisexual? (tampoco me verán protestar contra las iniciativas para convertir a Elsa de Frozen en lesbiana o darle un novio al Capitán América). Quienes se quejan de que la «manía» de feminizar personajes denota falta de ideas, parecen no darse cuenta de que hacer mujer a James Bond es una idea. Una que puede sacar a la saga de los repetitivos esquemas de siempre. Y frente a los que gritan «¡traición!» ante la idea de que Anderson o Elba arruinen sin remedio a su personaje favorito, conviene recordar que ya Sean Connery, el primero de los Bond cinematográficos, se alejaba bastante del original de las novelas de Ian Fleming. ¿Al final, James Bond es un hombre alto o bajo? ¿Rubio o moreno? ¿Fornido o más delgado? Ha sido todo eso, y puede ser muchas más cosas aún. Y hagan lo que hagan, difícilmente será peor que la etapa de Roger Moore.

Y es que los iconos, por el mero hecho de serlo, se prestan a variaciones e interpretaciones constantes, aunque a veces estas no despierten ningún revuelo: ¿cuántos actores han interpretado ya a Spiderman, a Batman o al propio 007? Este último, precisamente, se caracteriza por periódicos cambios de rostro, sin los cuales no habría sido posible la longevidad de la franquicia. Lo mismo ocurre con otro de los emblemas de la cultura audiovisual inglesa: Doctor Who. Su personaje protagonista ha sido encarnado ya por más de una docena de actores, y el actual showrunner de la serie, Steven Moffat, ha abierto expresamente la puerta a una futura versión femenina del Doctor. También nos llegará en unos meses la versión gender-flip de Cazafantasmas, un remake vilipendiado desde el primer momento, como cuenta Diego Cuevas aquí. Lo más suave que se ha dicho del film (recordemos: ¡aún no estrenado!) de Paul Feig es que resulta innecesario. ¿Acaso era «necesario» el original? ¿Qué hace necesaria a una película? Podríamos haber vivido todos estos años sin Egon, Ray, Beckman y Winston, que Gozer el Gozeriano no habría destruido el mundo. Probablemente. Pero no es una cuestión de necesidad, sino de posibilidad. Los Lumière no inventaron el cine porque lo necesitaban: lo inventaron porque podían. Y hoy podemos empezar, poco a poco, a corregir siglos de desigualdades, por mucho camino que nos quede por delante. Así que dejemos hacer a los héroes lo que mejor saben, que es convertir el mundo en un lugar mejor.

Elementary. Imagen:
Elementary. Imagen: CBS.


¿Qué relación de amor platónico quisiéramos ver culminada?

Al comienzo del diálogo Los sofistas un amigo de Sócrates del que no se nos dice el nombre elogia la belleza del nuevo amante que se ha echado este pese a que «no está en su primera juventud», a lo que el padre de la filosofía replica que de eso nada, que es la mejor edad precisamente: «Cuando comienza a tener barba». Pedobear habría soltado una lagrimita escuchándolos. Así los dejó retratados Platón para la posteridad, pero si hoy día alguien nos confiesa haber vivido un «amor platónico» quiero pensar que no es esto a lo que se refiere, sería una situación algo incómoda… No, como sabemos un amor de este tipo es aquel que no ha sido consumado, quizá por miedo al rechazo, porque las circunstancias no lo permiten o tal vez los implicados prefieran mantenerse indefinidamente en el terreno de la expectativa, a salvo de la decepción que trae consigo la experiencia. Sea como fuere el cine y las series han jugado a menudo con esa tensión sexual no resuelta, mostrándonos parejas que parecen estar a punto de romper a follar pero no lo hacen, dejándonos a los demás también con las ganas. Este es el momento de recordar algunas, voten o añadan alguna otra si lo desean.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Charlotte y Bob, de Lost in translation

Imagen de Focus Features.
Imagen de Focus Features.

Los antiguos eran muy sabios —no en vano hablaban en latín y supieron detectar el fenómeno e incluso dedicarle una frase: Post coitum omne animal triste est. Mientras que en los tiempos modernos como no podía ser de otra forma se le ha puesto nombre médico, como si de una enfermedad se tratase: post-coital dysphoria (PCD). Algo de eso debía intuir el personaje interpretado por Bill Murray, a quien la reacción inicial de cualquiera sería llamarlo pagafantas o cosas peores, pero pensémoslo bien: ¿Qué podía depararle la vida después de yacer con Scarlett Johansson? Todo en comparación iba a resultar en blanco y negro, insípido, cuesta abajo, solo le quedaría deambular por ahí con la mirada perdida de un veterano de guerra. Tiene su lógica, pero aun así…

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Carmela y Furio, de Los Soprano

Imagen de HBO.
Imagen de HBO.

Había algo intrínsecamente repelente en el cura Phil Intintola, quizá por su manera de caer en la tentación a la manera del capitán del Costa Concordia sobre una lancha. Nada más lejos de lo que ocurría con Furio, por quien no era difícil sentir simpatía en esa lucha interna que le atormentaba entre la lealtad (con su buena dosis de miedo) a su jefe y el deseo por Carmela que le impulsaba a cruzar la línea. Que por otra parte ella era también muy de dejarse caer y luego fingir sorpresa. La cuestión es que entre ambos había una química excepcional y nos regalaron uno de los mejores momentos de la serie.

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Harry y Hermione, de Harry Potter

Imagen de Heyday Films.
Imagen de Heyday Films.

Dicen los psicólogos evolucionistas que rara vez se siente atracción sexual con quien has compartido la infancia, lo cual sería una forma instintiva de evitar el incesto. Y la verdad es que intuitivamente resultaría algo extraño que lo que al comienzo era una inocente relación de amistad entre dos niños con el paso de los años terminase en otra cosa, concretamente con Harry hechizando a Hermione con su otra varita, por decirlo así. No obstante hay gente que no lo ve de esta manera y respecto a que ella acabara junto a Ron Weasley la propia Rowling lo admitió: «Lo sé, lo siento, puedo desde ya oír la rabia y la ira que esto puede provocar entre los admiradores».

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Vincent y Mia, de Pulp Fiction

Imagen de Miramax Film.
Imagen de Miramax Film.

Vincent tenía muy claro cómo no debía terminar la cita con la señora Wallace y el espejo del baño fue testigo de su dilema moral, pero una cosa llevó a la otra y al final ambos tuvieron que compartir un secreto. En otras circunstancias hubieran formado una buena pareja.

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Frodo y Sam, de El Señor de los Anillos

Imagen de WingNut Films.
Imagen de WingNut Films.

No lo digo yo, simplemente escriban «Frodo y Sam» en Google y vean las opciones de autocompletar que aparecen en el buscador. Dado que esas opciones se generan automáticamente a partir de las búsquedas de otros usuarios, la conclusión es que esta relación resulta ser un secreto a voces y ese anillo es de compromiso entre ambos.

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Don y Peggy, de Mad Men

Imagen de AMC.
Imagen de AMC.

En un ambiente de promiscuidad generalizada, y a pesar de la estrecha relación entre los dos, en ningún momento llegan a dar un paso más. En cierto momento él llega a confesarle que no es por falta de interés, sino porque «hay reglas en el trabajo». Pero entre ambos continúan los gestos, las palabras, incluso los bailes en el despacho en una escala de tensión sexual que parece que va a estallar de un momento a otro.

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Willy y Maty, de Beautiful Girls

Imagen de Miramax
Imagen de Miramax

Al personaje de ella se le atribuyen trece años, así que con solo pensarlo ya estaríamos cometiendo un crimental, pero oiga, es que la película juega a insinuar en todo momento que la relación es algo más que amistad. Lo mejor que podría hacer Willy es esperar unos años hasta que deje de ser delito y entonces lanzarse.

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Scarlett y Ashley, de Lo que el viento se llevó

Imagen de Selznick International Pictures.
Imagen de Selznick International Pictures.

En esta vida no hay cosa más bonita que perseguir los sueños y el de Scarlett era muy concreto: que se muriera su amiga Melanie para poder ocupar su lugar. Pasan los años, estallan guerras y los altibajos se suceden, pero Scarlett aunque sea de ideas fijas tampoco es dada a perder el tiempo, y mientras se sube al carro de Rhett Butler como plan B. La alternativa tenía visos de funcionar si no fuera porque Ashley seguirá incrustado en su mente sin que haya manera de olvidarlo.

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Clarice y Hannibal, de El silencio de los corderos

Imagen de Demme Production.
Imagen de Demme Production.

Todos hemos oído hablar de aquellos casos de mujeres que se enamoran de algún hombre encarcelado, generalmente cuanto más peligroso y sanguinario más rendidas caen a sus encantos. Aquí Clarice ya va predispuesta como agente del FBI y encuentra frente a ella a todo un señor: elegante, culto, de buena posición, sabe cocinar, es alguien que la comprende y que puede leerle el pensamiento, con el sinfín de discusiones de pareja que eso puede evitar. ¿Qué más se puede pedir?

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George y Zira, de El planeta de los simios

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

El astronauta interpretado por Charlton Heston está a miles de años luz de la Tierra (o eso cree él), su compañera de tripulación ha quedado para el arrastre, los humanoides que vagan por allá se han convertido en bestias y Zira resulta ser su mejor aliada. «En peores plazas hemos toreado», parece decirse en algunos momentos al mirarla y ese tierno beso tal vez sea solo el primer acercamiento…

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Joey y Phoebe, de Friends

Imagen de NBC.
Imagen de NBC.

Aunque en principio y tal como indica el título de la serie eran simplemente amigos, Rachel acabó con Ross y Monica con Chandler ¿Por qué no Joey con Phoebe? Ambos eran de buena apariencia e intelectualmente estaban a la par, clama al cielo que esa pareja debía formarse y así lo entendieron los propios actores pidiendo ese giro en el guion que por algún motivo no les fue concedido. Qué injusticia.

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Walt y Thao, de Gran Torino

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

Y por concluir por donde habíamos empezado, para los antiguos griegos dentro de la relación convencional entre el maestro y su discípulo —llamados erastés y erómeno respectivamente la intimidad sexual era simplemente una faceta más. Que es lo que podemos ver en esta película de Clint Eastwood a poco que leamos entre líneas. Un viejo cascarrabias de vida solitaria encuentra a un jovencito medio tailandés ¿se puede ser más obvio?— que le alegra sus últimos días, por lo que termina cediéndole la herencia por delante incluso de su familia. Ahora vamos a fingir que no es lo que parece, venga.

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La biblioteca infinita, el interior de la Tardis y otras puertas a la sensación de maravilla

Foto: JD Hancock (CC)
Foto: JD Hancock (CC)

Lo primero que se oye es un chirriante zumbido de maquinaria. Enseguida aparece de la nada una cabina telefónica azul y su puerta de entrada se abre de golpe. Del interior emerge un tipo con una larguísima bufanda, o una pajarita, o unas amenazadoras cejas. «Soy el Doctor», dice, y un floreo de su mano invita a entrar en la cabina. Y al acceder… ¡La cabina es mucho más grande por dentro que por fuera! ¡Y es una nave espacial! ¡Y una máquina del tiempo! ¡Todo lo que creías saber sobre cómo funciona el mundo, lo posible y lo imposible, acaba de saltar hecho pedazos! Ese instante. Ese momento epifánico que incluye «flipar» y «quedarse embobado» pero es mucho más que eso. Ese cambio inesperado de perspectiva es la esencia del sense of wonder, la sensación de maravilla.

1. Lo gigantesco y lo minúsculo

La primera sensación de maravilla es la que cala más hondo; toda maravilla posterior se amolda a la impresión causada por la primera. (Yann Martel, La vida de Pi)

Para despertar la receptividad a la maravilla lo mejor es haber sido expuesto a películas o libros radiactivos en la infancia o adolescencia, mutágenos que despierten el gen de la imaginación. En mi caso fueron La historia interminable, Twilight Zone, El Señor de los Anillos o Doctor Who; en la generación posterior Harry Potter, Hora de aventuras o (de nuevo) Doctor Who.

La fantasía y la ciencia ficción son las puertas más directas hacia el sense of wonder, pero no las únicas. A veces la maravilla adopta un disfraz que Kant llamó lo sublime. Ante fenómenos tan abrumadores que «reducen nuestra facultad de resistir a una insignificante pequeñez, comparada con su fuerza», el alma experimenta paradójicamente una elevación. En Existential Comics ponen un buen ejemplo: una persona que camina por la playa ve de repente un tsunami abalanzándose sobre la costa. Y en el breve segundo que transcurre entre esa visión y la muerte, esa persona experimenta la insignificancia humana ante la majestad de la naturaleza, un sobrecogimiento distinto al que sentiría ante un peligro más a su escala, como un jaguar furioso. ¿Es lo sublime lo que buscamos en la maravilla? ¿Y es el tamaño (un tsunami, un enorme volcán) un elemento necesario de esta sensación? ¿Por eso entre las Siete Maravillas están las gigantescas pirámides o el Coloso de Rodas?

Foto: Alex lbh (CC)
Foto: Alex lbh (CC)

El Halcón Milenario persigue a un caza imperial hacia una luna cercana. De repente, Obi-Wan se da cuenta de que esa amenazadora sombra no es una luna, sino una estación espacial… ¿Cómo puede haber sido construido algo tan enorme por manos humanas? Si es un arma, ¿no será imposible destruirla? El tamaño y la sorpresa (la falta de referencias de que una nave pudiera ser tan grande) provoca a los ocupantes del Halcón y a los espectadores un sense of wonder inmediato. Pero no siempre basta con aumentar el tamaño. ¿Qué ocurriría si un guionista decidiera crear en una película posterior de Star Wars otra Estrella de la Muerte, solo que más grande? ¿Produciría la misma conmoción en los espectadores? Ejem… Probablemente no. Una vez has visto una araña de cinco metros de altura, no te impresionará tanto una araña de diez metros.

El cine de ciencia ficción juega con los vaivenes en el tamaño que desembocan en lo monstruoso, desde la teratófila El ataque de la mujer de cincuenta pies hasta la angustiosa agonía de El increíble hombre menguante o del científico de La mosca. En las historias de humanos que se vuelven diminutos, desde Viaje alucinante hasta la reciente Ant-Man, hay un desconcierto inicial en que objetos antes inofensivos se ven desde nuevas y terroríficas perspectivas: una aguja de coser se convierte en lanza, un gato en fiera, una hormiga en montura… Lo pequeño desconcierta, lo grande estremece. La ciencia ficción es una fuente inagotable de situaciones larger than life: esferas de Dyson cubriendo soles, naves majestuosas con ecosistemas enteros en su interior… Y si lo enorme sobrecoge, ¿qué ocurrirá con lo infinitamente enorme?

Escena de Ant-Man. Imagen: Marvel Studios.
Escena de Ant-Man. Imagen: Marvel Studios.

2. El vértigo del infinito

Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al ser humano tal como es, infinito. (William Blake)

Borges es el escritor que más se ha acercado al poder sobrecogedor del infinito. En sus cuentos el infinito disuelve la realidad, crea una atmósfera agobiante, inquietante o ensoñadora. «El Aleph» habla del vértigo ante la inabarcabilidad del universo; «El Inmortal» de la falta de sentido y propósito que provocaría la vida eterna; «El jardín de los senderos que se bifurcan» de la intrincada red de posibilidades y universos paralelos… Pero el mejor retrato del infinito borgiano está en «La biblioteca de Babel», homenajeado por Umberto Eco en El Nombre de la Rosa. Una biblioteca laberíntica con innumerables galerías hexagonales, cruzada por escaleras de caracol y pozos de ventilación, y que contiene literalmente todos los libros que es posible escribir.

La experiencia de pasear por la biblioteca en frustrante: cogiendo un libro al azar lo más probable es que esté escrito en una lengua incomprensible, ajena o no inventada, o repleto de letras y números sin sentido. Durante mucho tiempo imaginé infinita esa biblioteca, pero en ella no hay infinitos libros sino un número gigantesco pero finito. Ni un millón de Googles podrían ordenar tantos volúmenes. Los lectores se ven condenados a vagar cíclicamente por las galerías hexagonales, en un viaje eterno por una biblioteca «ilimitada pero periódica».

En un capítulo escalofriante de La historia interminable de Michael Ende, el protagonista Bastián se encuentra con un grupo de inmortales que ha perdido la capacidad de narrar. Para pasar el rato, arrojan unos dados con letras en sus caras y leen el resultado. Así explica el juego el guía de Bastián: «Si se juega durante años, surgen a veces, por casualidad, palabras. “Calambrespinaca”, por ejemplo, o “choricepillo”, o “pintacuellos”. Si se sigue jugando cien años, mil, cien mil, con toda probabilidad saldrá una vez, por casualidad, un poema. Y si se juega eternamente tendrán que surgir todos los poemas, todas las historias posibles, y luego todas las historias de historias, incluida esta en la que estamos hablando.». ¡La biblioteca de Babel en un juego de dados!

Foto Simon Breese (CC)
Foto: Simon Breese (CC)

Una gallina tuiteando aleatoriamente tardaría un número increíble de años (más que la vida estimada del universo) en escribir todos los tuits posibles… Pero finalmente lo conseguiría: «muchos» no es «infinito». No podemos concebir el infinito. ¿Cómo podría un cerebro finito contener una cantidad infinita? ¿Cómo imaginar un tiempo interminable? Recordemos los esfuerzos del pastorcillo de los hermanos Grimm: si un pájaro se afila el pico una vez cada cien años en una montaña de diamante, el tiempo necesario para erosionar toda esa montaña sería apenas el primer segundo de la eternidad. Pero ni siquiera ese experimento mental se acerca al concepto de tiempo infinito, ni al más desconcertante aún de ausencia de tiempo.

Al salir de lo concebible entramos en el terreno de la metafísica o la religión. Y tenemos la opción de obedecer a Wittgenstein («de lo que no se puede hablar, mejor callarse») o fijarnos en los métodos con que se ha intentado alcanzar lo inalcanzable. Para el escritor Wilhelm Worringer, el arte sacro gótico arrastra al espectador hacia el infinito en un «éxtasis extravagante». Al contemplar la verticalidad de una catedral gótica «perdemos la sensación de tener ataduras terrenales, y nos fundimos en un movimiento infinito que aniquila toda conciencia finita». Es decir, flipamos. Vamos más allá de nuestras propias limitaciones, nos unimos a algo mayor que lo que nuestra conciencia puede abarcar. Worringer continúa: «el ser humano se encuentra a sí mismo solamente perdiéndose a sí mismo, yendo más allá de sí mismo». Nuestra conciencia trata de escapar de la finitud de nuestros cuerpos y mentes intuyendo el vacío extático del Nirvana sin tiempo y espacio.

Catedral de St John, Nueva York. Foto: Kripaks (CC)
Catedral de St John, Nueva York. Foto: Kripaks (CC)

Aquí la sensación de maravilla toma el aspecto de lo numinoso, preciosa palabra derivada del latín numen, «deidad dotada de un poder misterioso y fascinador» según la RAE. Lo numinoso es todo aquello que despierta emociones espirituales, religiosas o abrumadoras, relacionadas no con la materia sino con lo inmaterial, la eternidad, el infinito. Un tsunami es sublime, no numinoso. Topar de bruces con un fantasma, experimentar la unidad a través de un enteógeno o vivir un satori zen son vías de acceso a lo numinoso.

¿Es el sense of wonder fantacientífico la evolución agnóstica de lo numinoso? El editor David Hartwell escribió: «Decir que la ciencia ficción es en esencia literatura religiosa es pasarse, pero algo de verdad hay en ello. Es la encarnación moderna de una tradición antigua: las narraciones maravillosas. Historias de milagros, grandes poderes y terribles consecuencias, mitos sobre dioses que habitan en otros mundos y descienden a visitar el nuestro… Todo eso existe ahora como ciencia ficción, que combina lo creíble y racional con lo milagroso apelando a la sensación de maravilla».

Interior de un toro de Stanford, pintado por Donald E. Davis. (CC)
Interior de un toro de Stanford, pintado por Donald E. Davis. (CC)

La ciencia se debe a la lógica, la espiritualidad a la intuición. ¿Qué tienen en común? Leamos a Carl Sagan en El mundo y sus demonios: «La ciencia no es solo compatible con la espiritualidad, sino que es una profunda fuente de espiritualidad. Cuando reconocemos nuestro lugar en la inmensidad de los años luz y el paso de las eras, cuando comprendemos la belleza, complejidad y sutileza de la vida… Esa sensación de elevación y júbilo es absolutamente espiritual. (…) La noción de que ciencia y espiritualidad son mutuamente excluyentes hace un flaco favor a ambas». Son caminos lentos, que requieren del ensayo y error del método científico o del aprendizaje meditativo de la mística. Hay otra vía más rápida: la del horror.

3. Maravillarse ante horrores sin nombre

Inventamos horrores imaginarios para ayudarnos a hacer frente a los auténticos. (Stephen King)

Un niño de cinco años perdido en unos grandes almacenes vive una de sus primeras experiencias de soledad, desconcierto y desamparo, se pregunta dónde están sus padres y si podrá volver a casa. Su mundo se amplía de golpe y un sense of wonder terrible le invade, pero el precio a pagar es el terror.

Toda ruta hacia la sensación de maravilla tiene el atajo del horror. En el prólogo de El ahorcado, Orson Scott Card distingue entre «espanto» (miedo que aparece al percibir un peligro indefinido), «terror» (miedo experimentado al concretarse ese peligro) y «horror» o escalofrío posterior al suceso. Este estremecimiento es el hermano malvado de la sensación de maravilla. Durante el horror hay que lidiar con las secuelas o verse paralizado por el trauma. Si lo ocurrido es sobrenatural o incomprensible (como pelear con un profundo lovecraftiano), la víctima del horror debe reajustar su visión del mundo. El positivismo científico salta por la ventana, el universo se convierte en una pesadilla sin sentido. Si se falla la tirada de cordura, llegarán el manicomio y la muerte. Y tal vez el último pensamiento cuerdo sea un vislumbre del mundo que soñó Lovecraft, repleto de «laberintos de maravillas, bóvedas llenas de luz y cielos llameantes».

Imagen cortesía de Art1Dut.
Imagen cortesía de Art1Dut.

Combinar el horror con el vértigo del infinito multiplica las posibilidades. Los protagonistas del relato «No tengo boca y debo gritar», de Harlan Ellison, se ven abocados a una eternidad literal de tortura física y psicológica a manos de una vengativa inteligencia artificial. Un cuento cruel y angustioso en el que el único triunfo al que se puede aspirar es el suicidio. Esa historia me impactó brutalmente: mi razón había desechado ya la idea del infierno católico, pero esta eternidad de sufrimiento vestida con la verosimilitud de la ciencia ficción resultaba de golpe mucho más plausible.

Hubo quien sufrió un sobresalto similar al leer sobre el basilisco de Roko, un experimento mental que concluye que existirá en un futuro una inteligencia artificial que torture retroactivamente a simulaciones perfectas de todo aquel que, sabiendo de su posible existencia, no hiciera todo lo posible para lograr su nacimiento… Con lo que tal vez acabe de condenarles a ustedes a una eternidad de sufrimiento solo por haber leído la frase anterior. ¡Oops! Suena retorcido, pero detrás hay un razonamiento interesante sobre la efectividad del chantaje como motivador, una apuesta de Pascal extrema.

Otro horror similar es el eterno aburrimiento. Los vampiros de El ansia logran la inmortalidad sin detener el envejecimiento, y pasan milenios reduciéndose a polvo en sus ataúdes. De forma similar, el peor castigo que pueden recibir los vampiros de Anne Rice es ser enterrados en cemento, inmóviles pero conscientes. Los loops temporales eternamente repetidos son otra vía hacia la inmortalidad del aburrimiento, un recurso que abunda en libros y series de ciencia ficción. El más famoso es obviamente el de Atrapado en el tiempo, en donde Bill Murray debe revivir una y otra y otra vez las mismas veinticuatro horas, sin que ni siquiera la muerte le libre de ese eterno ciclo. La peli es una amable comedia romántica, pero el vértigo de analizar la premisa es terrorífico. Más si se considera la posibilidad de que Nietzsche tuviera razón y nuestro mundo viva en un eterno retorno en que todo se repite una vez y otra y otra y otra y otra…

Imagen: DP.
Imagen: DP.

4. De la sensación de maravilla a la capacidad de maravillarse

Ante los ojos de un niño no hay Siete Maravillas en el mundo. Hay siete millones. (Walt Streightiff)

Hemos visto que la maravilla llega a través de lo sublime, lo gigantesco, lo minúsculo, lo infinito, lo numinoso y lo terrible… Pero, ¿no es posible el sense of wonder en la vida diaria? A veces la magia del fantástico surge de la irrupción más o menos sutil de lo extraño en lo cotidiano, como en las novelas de Auster o Murakami. Pero, ¿cómo experimentar el asombro en una gris rutina no perturbada por lo imposible?

Todo es nuevo para un niño en sus primeros años de vida, todo está repleto de excitantes maravillas. Un crío se equivoca constantemente, sea porque recibe datos falsos (¡la identidad de los Reyes Magos!) o porque aprende por ensayo y error. Pero en cada nuevo descubrimiento experimenta lo maravilloso o lo terrible, incluso en fenómenos que los adultos consideramos triviales. Por eso a veces vemos a los críos asustarse mortalmente de un juguete a cuerda o alucinar al ver pompas de jabón. Ven el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor silvestre, sostienen el infinito en la palma de su mano y la eternidad en una hora. Y sí, acabo de citar el poema de William Blake que no por casualidad se llama «Augurios de inocencia».

La edad adulta atrofia esta capacidad de sorpresa, sustituyéndola por un hormigón mental fabricado con rutinas y certezas. Es posible captar destellos de sobrecogimiento a través del arte, la música, la literatura… Pero son sensaciones fugaces. Recuperar la capacidad permanente de estar abierto a lo asombroso requiere reconquistar la actitud de curiosidad infantil matizada con la profundidad de pensamiento adulta. Imaginemos una bolsa de plástico. Puedo usarla para meter la basura. Pero también puedo pasmarme ante la estética de sus movimientos al viento, como en la escena cursi pero acertada de American Beauty. Puedo maravillarme ante las interacciones entre núcleos atómicos diminutos y electrones orbitando a enorme distancia (¡toda materia está formada por un 99,9% de espacio vacío!) que convierten la bolsa en algo sólido. Puedo buscar el significado profundo tras el hecho de que los humanos fabriquemos objetos como bolsas de plástico.

La capacidad de asombro puede perfeccionarse, como cualquier habilidad mental, hasta la maestría de Lewis Carroll y su «a veces he creído hasta seis cosas imposibles antes del desayuno». Mirarlo todo como si fuera la primera o la última vez que lo vemos: la maravilla de la inocencia o la maravilla de la experiencia. A Kant le conmovían el cielo estrellado sobre su cabeza y la ley moral en su interior (lo que está arriba es como lo que está abajo)… ¿Qué nos impresiona a nosotros? ¿Podemos acceder a una maravilla definitiva? Veamos qué dice al respecto Lovecraft en «Expectación», traducido por Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt:

No sabría decir por qué algunas cosas me producen
una sensación de maravillas inexploradas por venir,
o de grieta en el muro del horizonte
que se abre a mundos donde solo los dioses pueden vivir.
Es una expectación vaga, sin aliento,
como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias,
o de aventuras salvajes, incorpóreas,
plenas de éxtasis y libres como un ensueño.
La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas,
en viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas,
en los vientos del sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas,
en viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna.
Pero aunque solo por su encanto vale la pena vivir la vida
nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.

Y quizá este último verso lovecraftiano esconda el auténtico sentido de la maravilla: la insinuación (nunca la certeza) de que la vida esconde un propósito, un don, un éxtasis final que apenas podemos entrever en breves momentos de epifanía. Quizá al morir (tal vez soñar) empecemos la exploración definitiva.

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.


¿De qué está hecho el universo? El Cúmulo Bala, Harry Potter y la materia oscura

Fotografía: NASA
Cúmulo Bala. Fotografía: NASA (CC)

La naturaleza, a veces, nos propone juegos del escondite en los que juega con ventaja, juegos para los que una capa de invisibilidad es un instrumento de aficionado. El juego del que hablaremos hoy empieza aquí mismo: en la habitación, frente a mi ordenador; en la cafetería, cruasán y tableta en mano. Si nuestro oponente fuese ataviado en plan Harry Potter nuestra primera jugada habría de ser cerrar puertas y ventanas; la primera del otro buscar un espacio abierto, no dejarse acorralar. Porque el oponente invisible es, por lo menos, sólido, palpable; todos los manuales recomiendan cubrir el suelo de harina, fumarse un cigarrillo y esperar a que el humo, impasible como las leyes de la física, haga el trabajo que nuestros ojos no han sabido hacer solos.

El oponente de que hablamos hoy será mucho más cuidadoso. Está aquí mismo, en la habitación, en la cafetería. Está a su espalda y está frente a mis ojos, pero el polvo de la mesa no lo delata, al humo del cigarrillo no le inmuta su presencia. Entre sus debilidades no está la de ser palpable; nuestra piel no lo detiene, tampoco el hormigón de los muros o la roca de las montañas. Es, de pleno derecho, un fantasma. Está en mi interior y en el suyo; viene del espacio exterior y ha atravesado con tanta facilidad la atmósfera como atravesará la esfera terrestre al completo. Los físicos, que disfrutamos con esto de los nombres, le hemos encontrado uno propio del mejor pulp: materia oscura. Pero qué más quisiéramos que fuese oscura: entonces, aunque no la viéramos a ella, podríamos ver su sombra; un nombre más apropiado sería probablemente materia transparente.

La materia oscura es el no va más de los diseños naturales en cuanto a camuflaje: no emite luz, no absorbe luz y no la refleja; no huele, no se le puede tocar y no les estoy haciendo trampa. Tampoco emite electrones ni neutrinos ni ninguna de esas porquerías. Entonces, ¿acaso existe? ¿Nos hemos embarcado los físicos en la búsqueda de la nada?

Por suerte, como en las novelas de detectives de antes, no existe el crimen perfecto. La materia, oscura o no, es materia, y hay una cosa que seguro que hace: gravitar. La materia atrae a la materia, y así es como descubrimos a nuestro archienemigo de hoy en la década de los treinta del siglo pasado: resultó que algunas galaxias giraban como si tuvieran mucha más materia de la que podíamos ver. Con el paso del tiempo se vio que no solo dentro de las galaxias, sino también en el espacio entre galaxias, parecía haber más cosas de las que los telescopios nos permitían encontrar. En todos los casos fue la gravedad la que nos hizo el trabajo sucio: fue el humo del cigarrillo quien reveló a nuestro oculto oponente después de miles de años de vivir en el anonimato.

En ese punto alguien formuló una pregunta interesante: si es la gravedad la que nos está diciendo que la materia oscura está ahí, ¿deberíamos fiarnos de ella? Nuestros tiempos ya no son como los de antes: la primera ley de la gravedad, la de Newton, fue destronada por otra, la de Einstein, y muchos científicos tienden a pensar que las leyes naturales son transitorias y que siempre acaban siendo sustituidas por otras mejores. ¿Está de verdad la materia oscura ahí afuera o es la primera pista de que la gravedad no es como creemos que es?

La foto de hoy, que encabeza este texto, es uno de los asaltos definitivos en favor de la existencia de la materia oscura. En ella vemos un lejano grupo de galaxias; en rojo, en falso color, está señalado dónde se encuentra casi todo el gas, formado por materia como la nuestra; en azul aparecen dos burbujas en las que se concentra la mayoría de la materia de este grupo, que forzosamente ha de ser de otro tipo.

Una de las dudas más serias que levanta la materia oscura es que casi siempre aparece mezclada con la materia que conocemos, como en nuestra galaxia, como en la Tierra. Al ser la gravedad la única manera de «ver» la materia oscura, el hecho de que esté mezclada no nos permite distinguir si de verdad hay un nuevo tipo de materia o es que la materia de toda la vida tiene «un nuevo tipo de gravedad». En la foto vemos un grupo de galaxias que se ha hecho famoso entre los físicos, el Cúmulo de la Bala. En realidad no es un grupo, sino dos que chocaron hace muchos millones de años, durante la época de los dinosaurios. «Chocar» es un decir: en estos grupos las galaxias están tan separadas que casi nunca chocan de verdad; más bien pasan de largo, muy lejos las unas de las otras. Efectivamente, la mayoría de las galaxias de la foto no están colisionando, sino que aparecen en dos grupos: uno grande, a la izquierda, y otro más pequeño a la derecha, más o menos coincidiendo con las manchas azules. Pero en los grupos de galaxias sí que hay otras cosas que podrían sentir el golpe: el espacio intergaláctico está lleno de gas muy difuso, y dos bolsas de gas chocando una con la otra no van a quedarse impasibles. Van a comprimirse la una contra la otra y van a calentarse tanto como sus velocidades permitan; y se mueven realmente rápido, que para eso son pequeños trocitos de universo.

Esto es lo que se ve en rojo en la foto: son rayos X emitidos por gas a casi cien millones de grados. El grupo de la derecha se movía tan rápido que el gas formó una onda de choque al atravesar el otro, adquiriendo esa característica forma de «bala» que da nombre a todo el cúmulo. Así pues, en esa zona intermedia es donde se encuentra casi toda la materia del tipo que conocemos, porque en el universo hay mucho más gas difuso que estrellas y galaxias.

Hablando de galaxias: ¿por qué no hay casi ninguna en la zona roja? Si acabamos de decir que casi toda la materia está ahí, la gravedad debería tirar de ellas hacia ese punto, y sin embargo están tozudamente separadas, un grupo a la izquierda y otro a la derecha. Bien, podemos hacer la prueba del algodón: gracias a la teoría de la relatividad de Einstein sabemos que la gravedad atrae también a la luz, y como consecuencia las imágenes se distorsionan ligeramente cuando pasan cerca de una gran concentración de materia. Este efecto, llamado lente gravitatoria, nos permite ver dónde hay más materia observando qué les pasa a los rayos de luz. Cuando lo aplicamos al Cúmulo de la Bala… ¡sorpresa!, resulta que la mayor parte de la materia no está en el centro, está en los lados, justo donde están las galaxias. Eso es lo que marca el color azul. En el Cúmulo de la Bala, por primera vez, pudimos presenciar a la materia oscura separada de la materia de toda la vida. El billar cósmico en esta ocasión jugó a nuestro favor: hizo falta que chocaran dos grupos de galaxias para separar el gas, enrabietado en su tormenta de rayos X, de la materia oscura, que plácidamente, como corresponde a un fantasma, simplemente pasó de largo llevándose a las galaxias consigo.

La naturaleza desde su atalaya a veces nos propone juegos del escondite en los que juega con ventaja; por fortuna otras veces cambia de opinión y también nos ofrece espectáculos como el del Cúmulo de la Bala, que con una imagen nos explica de qué está hecho el universo.


Cómo ser un escritor de éxito

Agonía de la creación, de Leonid Pasternak.
Agonía de la creación, de Leonid Pasternak.

Ya se sabe cómo funciona la industria de las letras, 50 sombras de Grey vende unas toneladas de ejemplares y a la mañana siguiente tenemos, en la primera fila de las estanterías de cada librería del universo, una docena de novelas con amantes jugando a meterse bolas de billar por el culo. El código Da Vinci arrasa entre las lecturas del metro y nos llueve el marketing salvaje de cientos de thrillers que exploran el significado oculto de las dieciséis estampas de perros jugando al póquer de Cassius Marcellus Coolidge. Crepúsculo consigue aflojar la goma de las bragas de medio planeta y de repente tenemos legendarias criaturas terroríficas convertidas en pálidos adolescentes que suspiran profundo con mirada intensa y pinta de tener una rave en los intestinos. Los hombres que no amaban a las mujeres se corona como blockbuster y una colección de escritores de suspense brotan de golpe en los helados paisajes de Europa del norte. Paulo Coelho publica en papel la copia de seguridad de sus conversaciones de Whatsapp, se convierte en un éxito y sus lectores sentencian que tanta profundidad les ha cambiado la vida mientras miccionan en tonos arcoíris. Alguien escribe un flyer de bienvenida al pensamiento new age, lo titula El secreto, contrata al maquetador de Geronimo Stilton y acaba amontonado bolsas con el símbolo del dólar estampado. Un yuppie dice que una fábula sobre productos lácteos sustraídos es indispensable para cualquier empresa y una muralla de cuentos para críos, disfrazados de revelaciones para encorbatados, acabará atrincherando la sección Actualidad.

¿Cómo ser un escritor de éxito? ¿Quién coño lo sabe? Y sobre todo ¿a quién le importa?

Paso 1: Buscar un editor

En 1887 un poema titulado «Like a Giant Refreshed» llegó a las mesas de cinco editores. Tres lo rechazaron y dos aceptaron publicar la obra si el autor se hacía cargo de los gastos. Entre las respuestas oficiales recibidas se encontraban un «El mercado está lleno de cosas similares», un «Tenemos cubierta nuestra lista de ediciones para la siguiente temporada» y un «Es evidente que tiene algo especial, pero no lo suficiente para asegurar ventas». La persona que había enviado el manuscrito era un corresponsal de St. James’s Gazette, pero lo cierto es que no era el verdadero autor de la obra. En realidad había copiado palabra por palabra el poema «Samson Agonistes» que aparecía en Paradise Regain’d, una obra del poeta John Milton, para algunos el segundo literato más notable de las letras anglosajonas después de William Shakespeare. El objetivo era obvio, demostrar que los ojeadores de nuevos talentos no tienen olfato para detectar la genialidad.

John Milton, no tan bueno como para asegurar ventas. Imagen: DP.
John Milton, no tan bueno como para asegurar ventas. Imagen: DP.

Cien años más tarde, un ocioso Chuck Ross reescribió la novela Steps de Jerzy Kosinski. Firmó la obra como Eric Demos, metió el texto en catorce sobres y los lanzó a los buzones de catorce editoriales. A pesar de que el Steps de Kosinski se había llevado un National Book Award For Fiction, y que más adelante David Foster Wallace se pondría las rodilleras a la hora de elogiar esa obra y trazarle líneas paralelas con Kafka, el texto no pasó el primer corte de ninguna editorial, entre las que para más guasa se encontraba la que había editado originalmente Steps. Y entre las respuestas de rechazo Ross se encontró con esto:

Muchos de nosotros hemos leído tu novela admirando el estilo de escritura. Encontramos un punto de comparación con Jerzy Kosinski cuando leemos los crudos y escalofriantes capítulos que has construido. El problema del manuscrito, tal como está, es que no consigue llegar a ser una obra redonda. Tiene momentos muy espectaculares, pero da la impresión de ser un boceto incompleto. No vemos la manera de publicar este trabajo en particular en su estado actual.

En los ochenta la escritora Doris Lessing, futura nobel de literatura en 2007, sospechaba que su editorial aceptaba sus manuscritos por llevar su nombre estampado y no por la calidad de los mismos. Para corroborar esto presentó dos novelas bajo seudónimo (Jane Somers) y el resultado fue el esperado: ambas fueron rechazadas. En 1991 un periodista de The weekly llamado David Wilkening encargó a su secretaria (evidenciando un conocimiento borroso de las labores administrativas) que copiase la novela The Yearling de Marjorie Kinnan Rawlings, ganadora de un Pullitzer en 1939. El volumen se paseó por veintidós editores (incluyendo al editor original) retitulado como A cracker comes to age, para coleccionar hasta trece respuestas de rechazo. Solo una de las editoriales, Pineapple press, se dio cuenta de la fotocopia y reconoció la obra original. The Sunday Times repitió en 2006 la prueba con cuarenta editoriales, envió los primeros capítulos de dos obras ganadoras del premio Booker, In a free state de V.S. Naipaul y Holiday de Stanley Middleton, cambiando nombres de personajes y el autor. El resultado: una veintena de negativas y solo una respuesta interesada por una de las obras.

Paso 2: Autopublicación = Profit.

«Móntate un blog». Con la autopublicación online comenzó Manel Loureiro narrando un apocalipsis zombi en un blog y hoy el hombre pasea tres libros de la saga Apocalipsis Z y vende montañas en Estados Unidos. Erika Leonard (E.L. James) comenzó a escribir una fan fiction erótico-pornográfica-festiva de Crepúsculo (titulada Masters of the universe y sin relación aparente con He-Man) y la publicó en internet bajo el nick Snowqueen’s Icedragon. El éxito de visitas la animaría a retocar el trabajo para eliminar a los personajes crepusculianos y convertirla en una obra propia llamada 50 sombras de Grey. Aquella creación, pese a su prosa de Cash Converter y de ser una obra calificada despectivamente como mommy porn, le favoreció un contrato editorial y arrasó en ventas (arrebatando el puesto de best-selling author en el Reino Unido a la mismísima J.K. Rowling). Otra que tuvo suerte fue Amanda Hocking, una desconocida que se forró de golpe al poner a la venta sus párrafos en Kindle.

Y luego está el porno con dinosaurios.

Portada de Taken by the T-Rex. La escritora aseguraba que pagaba 5 dólares por el diseño de cada portada, y también que probablemente era demasiado dinero. Imagen: Christie Sims.
Portada de Taken by the T-Rex. La escritora aseguraba que pagaba cinco dólares por el diseño de cada portada, y también que probablemente era demasiado dinero. Imagen: Cortesía de Christie Sims.

Un género completamente nuevo y revolucionario, la dinosaur erotica. De repente varias historias con portadas terroríficas y títulos tan sugerentes como Taken by the T-Rex, Ravished by the Triceratops, Taken by the Pterodactyl o Dino Park After Dark se presentaron en los catálogos de lectura online y empezaron a cosechar lectores sedientos de un nuevo y dilatado tipo de erotismo: aquel que solía orbitar alrededor de dinosaurios montando damiselas.

El caso es que toda esa orfebrería literaria que encamaba lo sensual con lo primitivo era obra de Christie Sims y Alara Branwen, los seudónimos de dos veinteañeras universitarias y compañeras de habitación que, cansadas de sufrir para costearse los estudios, decidieron probar suerte con la autopublicación de la literatura erótica más absurda que se les ocurrió (basada en sus propias experiencias, aseguran). Entregas de extensión ridícula, algunas apenas llegan a las veinte páginas, y que obviamente se basan más en explotar lo disparatado de follar con una criatura prehistórica que en contar algún tipo de historia. El producto tuvo un éxito inesperado (las críticas en Amazon de los lectores de Taken by the T-Rex suelen ser descacharrantes) y como resultado las dos chicas comenzaron a amasar suficiente dinero como para dejar de lado los trabajos basura y dedicarse exclusivamente al noble arte de la escritura, abriendo su producción a nuevas entradas de protagonistas mucho más exóticos: Taken by the Pegasus, Riding the Dragon o Taken by the Gryphon.

A la vista de los beneficios, a las visionarias no les faltaron imitadores: desde la inquietante adaptación a la acera de enfrente de Turned Gay By Dinosaurs de Hunter Fox hasta lo descarado de alguna versión española del fenómeno.

Paso 3: Hacerse un nombre

En 1983 la televisión británica comenzó a emitir un ingenioso anuncio de las Páginas Amarillas de aquellas tierras. En el mismo se mostraba a un anciano recorriendo varias librerías de segunda mano preguntando por un mismo libro: Fly fishing de J. R. Hartley. Al no obtener ningún éxito en su redada librera, el protagonista del spot se refugiaba en su casa entristecido hasta que su hija le arrimaba una copia de las Yellow Pages. El anuncio finalizaba con el octogenario hablando por teléfono con una librería en la que había localizado el perseguido Fly fishing. Y entonces el espectador asistía al desenlace revelador cuando el hombre solicitaba que el libro le fuese reservado y escuchábamos su respuesta a una pregunta del otro lado del teléfono: «¿Mi nombre? Oh, sí. Me llamo J. R. Hartley».

La campaña era original pero para Roddy Bloomfield, escritor de deportes, era mucho más que eso. Era una maniobra publicitaria paralela y enorme de algo que ni siquiera sus responsables habían tenido en cuenta: otro libro. Bloomfield encargó a Michael Russell, un experto en pesca con mosca, la tarea de escribir en 1991 un libro. Lo tituló Fly fishing y lo publicó bajo el seudónimo de J. R. Hartley. En la cara de hormigón de Bloomfield se dibujó una sonrisa cuando el texto se convirtió en best-seller. Aprovechando la inercia y junto a Russell perpetraría otras dos secuelas: J.R. Hartley Casts Again: More Memories of Angling Days en el 92 y Golfing by J. Hartley en el 95, otros dos best-sellers.

J.K. Rowling, intentando despojarse de la maternidad del niño mago, se lanzó a construir una de detectives para un público adulto. El libro llamado The Cuckoo’s Calling (El canto del cuco) fue publicado bajo el seudónimo de Robert Galbraith y pese a las críticas favorables vendió una miseria (presumiblemente unos quinientos ejemplares de una tirada de mil quinientos). Cuando un columnista del Sunday Times investigó un poco se descubrió que el agente del tal Gralbraith era el mismo que el de la señora Rowling; y una vez arrebatado el disfraz (que muchos acusaron de maniobra publicitaria) las ventas de The cuckoos calling se dispararon de manera demencial: de ocupar el puesto número 4.709 en la lista de ventas de Amazon saltó directamente a la primera posición.

Paso 4: Trolling

A mediados de los cincuenta el locutor Jean Shepherd se colaba en los hogares a través de un late night radiofónico. Y se daba el caso de que Shepherd estaba cabreado con el sistema mediante el cual se confeccionaban las listas de best-sellers literarios en aquella época, utilizando tanto los datos de venta como las demandas de libros que estaban a punto de salir. A Shepherd se le ocurrió burlarse de este tipo de listas aprovechando las ventajas de la radio e invitó a todos sus oyentes a encaminarse hacia las librerías y preguntar por un libro que no existía de un autor que tampoco era real. Para hacer las cosas más fáciles el locutor ideó una sinopsis de la trama, un autor ficticio (Frederick R. Ewing) y lo enmarcó todo con un título prometedor: I, libertine. Los oyentes tomaron la empresa tan en serio que al final la obra ficticia acabó realmente entrando en la famosa lista de best-sellers del New York Times.

Cierto tiempo después, Shepherd compartía mesa con el editor Ian Ballantine y el novelista Theodore Sturgeon cuando el primero de ellos se ofreció a publicar una novela escrita por Sturgeon y basada en la falsa obra ideada por Shepherd. En 1956 I, libertine se convertiría en realidad y su portada (obra de Frank Kelly Freas) incluiría un chiste privado delicioso: en un cartel se podía distinguir un esturión y el bastón de un pastor. O lo que es lo mismo, Sturgeon (esturión) & Shepherd (pastor).

Mike McGrady era un columnista del Newsday de los sesenta que estaba convencido de que la cultura americana había abrazado un estándar de vulgaridad tal que cualquier texto de mierda podría llegar a ser un éxito monumental si se le añadían suficientes escenas de sexo. Para demostrar su teoría McGrady reunió a más de una veintena de colegas de profesión delante de una mesa, entre ellos a dos premios Pullitzer (Gene Goltz y Robert W. Greene), y propuso escribir entre todos un libro premeditadamente malo y espantoso. Cada participante se encargaría de un capítulo y eximiría cualquier tipo de calidad de las letras mientras lo rebozaba todo de sexo gratuito. Los implicados se esforzaron todo lo posible en divertirse construyendo un monstruo de Frankenstein incoherente sobre una esposa infiel de gira por las camas de vecindario, aunque hacerlo intencionadamente mal no resultaba sencillo: varios capítulos tuvieron que ser revisados por estar tan bien escritos como para no ajustarse al criterio de calidad en negativo exigido. El resultado final sería una pieza repleta de pasajes descriptivos vergonzosos: «En ese momento ella estaba masajeando su punto de mayor altitud suavemente con una botella de Johnson & Johnson baby lotion de color rosa» o «Entonces él la despojó de sus pantis negros, hubo un sonido de celofán como si estos hubieran sido pelados de las rodillas». Y como remate una soberbia dedicatoria en la primera página: «Para papá».

Varios de los autores de Naked came the stranger. Imagen: Cortesía de Newsday.
Varios de los autores de Naked came the stranger. Imagen: Cortesía de Newsday.

El grupo tituló la obra Naked came the stranger y atribuyó su autoría a una ficticia Penelope Ashe. La hermanastra de McGrady se atrevió a ceder su cara como imagen de la misteriosa escritora y se animó a pasearse por las editoriales con el libro en las manos y cara de buena persona. Lyle Stuart, conocido por fomentar una línea editorial con mucha teta suelta, accedió a publicarla y puso en marcha su procedimiento habitual de edición: mangó sin permiso una foto del culo de una chavala a una revista húngara, la estampó en la portada como reclamo de carnes prietas e imprimió aquello en 1969. El libro zarpó hacia las librerías y semanas más tarde la mujer que ponía rostro a la ficticia autora se paseaba por talk shows y entrevistas.

Cuando Naked came the stranger había vendido más de veinte mil copias, y McGrady ya empezaba a tener agujetas de tanto descojonarse en privado de lo cateto de la sociedad americana, se decidió que ya iba siendo hora de desvelar la broma y el responsable del hoax junto con el resto de implicados dieron la cara para explicar la naturaleza y origen del producto. El público lejos de tomarse a mal que lo hubiesen tratado como idiota reaccionó como era de esperar: saliendo disparado a reservar una copia. Mes y medio después la novela había cuadruplicado el número de ventas. Y unos años más tarde alguien rodaría una versión porno del material original a cuya proyección asistiría la autora de la Naked came the stranger original. O más bien diecisiete pedazos de ella.

Mucho tiempo después, inspirados por la iniciativa de McGrady, un grupo de escritores de fantasía y ciencia ficción acordarían escribir entre todos una obra tan horrenda e incoherente como les fuese posible con un único objetivo: demostrar que en PublishAmerica, una empresa que se jactaba de publicar solamente textos de calidad elevada, no tenían ni zorra sobre la exquisitez literaria. ¿La razón? Que dicha casa había menospreciado a los autores de ciencia ficción y fantasía.

James D. Macdonald escritor y crítico, dirigió el proyecto y coordinó metódicamente a cuarenta autores para gestar un libro prodigiosamente horrible. Se trataba de Atlanta Nights y las imperfecciones de su esqueleto eran una maravilla de la planificación: personajes que cambiaban de raza o género de golpe o resucitaban sin explicación alguna, un par de capítulos distintos creados por diferentes escritores explicando lo mismo, un chaparrón de faltas de ortografía, dos capítulos idénticos letra por letra, un capítulo ausente (el libro salta del 20 al 22) y otro cuyo número se repite (hay dos 12), un capítulo generado enteramente por un programa de ordenador que remezclaba secciones anteriores, un giro de guión en su etapa final que sentencia que todo ha sido un sueño para continuar como si no lo hubiese sido. Y la mofa definitiva: las iniciales de todos los personajes bautizados en la historia deletrean la frase: «PublishAmerica is a vanity press». Alguien definió perfectamente Atlanta nights: «El mundo está lleno de libros malos escritos por amateurs, pero este es un libro malo escrito por expertos».

PublishAmerica, ajena a todo esto, recibió la pieza y dio el visto bueno para publicarla en 2004. Los autores decidieron no seguir adelante con la gesta rechazando el contrato y revelando públicamente la trampa. PublishAmerica dijo que había mirado mal y que mira, que mejor no, nunca, nada.

Paso 5: Intentar no morir siendo objeto de mofa

En 1970 Jim Theis escribió con tan solo dieciséis años una de las novelas de fantasía heroica más emblemáticas de la historia. Publicó su criatura en un fanzine y de algún modo esta llego a las manos del escritor de sci-fi Thomas N. Scortia, quien fascinado con el descubrimiento lo remitió a otra escritora, Chelsea Quinn Yarbro, que a su vez enseñó el manuscrito a otro grupo de autores. Y así, poco a poco como una bola de nieve, el texto de Theis empezó a circular de forma furtiva entre los más selectos clubs de ciencia ficción y fantasía. Aquella novela se llamaba The eye of Argon y encandilaba a todo aquel que la leía. Pero por las razones equivocadas.

The eye of Argon era un accidente de tren literario, un desastre heroico, una pieza tan mal escrita (Theis parecía puntuar a ciegas y usaba tan erróneamente las palabras que muchos dudaban que el autor fuera una persona real y no un chiste) que su lectura resultaba involuntariamente cómica. Era el Ed Wood de la fantasía. Y lo mejor de todo es que la novela llegaría a convertirse en un party-game muy celebrado en el que un grupo de personas se turnaban para leer el texto en voz alta con una única norma: en cuanto el orador no pudiera contener la risa perdía su turno. Dave Langford explicaba cómo funcionaba el juego en las convenciones más importantes de sci-fi: «El reto de la muerte consistía en leer The eye of Argon en voz alta, con gesto serio y sin descojonarse. El reto Gran Maestro consistía en hacerlo tras haber inhalado helio».

Alguien localizó a Theis para entrevistarlo y este declaró que el cachondeo y la burla con los que se había recibido a algo que escribió treinta años antes le cabreaba hasta quitarle las ganas de volver a escribir cualquier otra cosa en un futuro. Theis murió en 2002 pero su obra alcanzo la inmortalidad, entre las carcajadas y convulsiones de sus lectores, por ser increíblemente mala pero involuntariamente jocosa.

Cómo ser un escritor de éxito

¿Cómo ser un escritor de éxito? Preguntádselo a alguien que lo sea.

O poneos a escribir, lo que sea, ahora mismo. Y dejad de perder el tiempo con artículos tramposos que plantean una pregunta para la que ni tienen respuesta, ni les interesa tenerla. Vosotros podéis ser el próximo Jim Theis, eso es lo único importante.


Otras cien razones por las que vivir

101. El tercer movimiento del Septimino de Beethoven, en realidad titulado Septeto en mi bemol mayor Op. 20., y sus efectos en el humor de quien lo escucha. Lo que estamos insinuando es que debería oírlo mientras lee esta lista.

102. Este olor:

Fotografía: Rubén Díaz.

103. Los cuentos de Woody Allen.

104. El pasaje de El barón rampante en el que los niños se reconcilian, al principio del tercer capítulo, y Biaggio le lleva a Cosimo «dos higos secos, Mino, y un poco de pastel…». Habrá retratos de la ternura más ciertos, pero yo no los he leído.

105. Las estatuas de dos mil años que están buenas.

Hércules joven, una escultura romana c. 69-96 a.C. Fotografía cortesía de Dansshots.

106. La forma con la que J. R. R. Tolkien insinuó, pero nunca confirmó, que sus elfos tenían las orejas puntiagudas: en los idiomas élficos que inventó, le reservó el mismo lexema a las palabras «hoja» —«lassë» en quenya, «lhass» en sindarin— y «oreja» —«lár» en quenya, «lhewig» en sindarin.

107. Matt Harding.

108. Una gran cantidad de secuencias de Upside Down, una película de Juan Solanas. Por quedarnos con alguna, la del tango, la de cuando el protagonista se tira al mar o la de la persecución.

109. La posibilidad de que haya vida inteligente fuera de la Tierra. Si no es lo más emocionante que has oído nunca es que tienes horchata en las venas.

110. Louise Weber, La Goulue, bailarina de cancán. No la conocí, pero parecía una persona estupenda.

La Goulue en 1885. Fotografía: Louis Victor Paul Bacard / Musée d’Orsay (DP).

111. La niña del pompero. Otra persona estupenda.

Fotografía: Anónimo. Vía Know Your Meme.

112. Los gatos.

113. Las gran cantidad de personas más jóvenes que tú que son más inteligentes que tú.

114. Ser cuanto más vieja más pelleja.

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Liza Minnelli. Fotografía: Joella Marano (CC).

115. El talento de Picasso para la pintura realista y el hecho de que no le diese la gana ponerlo en práctica.

116. Rosa Parks.

117. La biografía de Rimbaud.

118. Darle la palabra al señor Nabo.

119. Dinotopia, de James Gurney.

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Imagen cortesía de James Gurney.

120. Las traducciones de poesía que priman la rima sobre la literalidad. Un ejemplo.

121. Latinoamérica.

122. El duelo final entre Michelle Yeoh y Ziyi Zhang en Tigre y dragón, una película de Ang Lee.

123. Los que se atreven a cantar encima de lo inmejorable. Neil Hannon sobre Yann Tiersen o David McAlmont sobre Michael Nyman, por poner dos ejemplos.

124. La vida en un hilo, una película de 1945 escrita y dirigida por Edgar Neville.

125. Lauren Bacall.

Lauren Bacall en una imagen promocional de Cayo Largo, de 1948.

126. La voz de Steve Coogan.

127. El fan art delirante.

128. Los ballets setentones.

129. Este anuncio de L’homme de Yves Saint Laurent en 2006.

130. El milagro de P. Tinto, una película de Javier Fesser.

131. El realismo mágico.

132. Esta entrevista a Bill Murray, Matt Damon, Hugh Bonneville y Paloma Faith en The Graham Norton Show.

133. Las Oréades, un cuadro de Bouguereau.

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Las Oréades, de William Bouguereau en 1902 (DP).

134. La persona que discurrió el estilo de montaje de programas como Mujeres Ricas, ¿Quién quiere casarse con mi hijo? o Perdidos en la tribu, todos de la productora Eyeworks-Cuatro Cabezas.

135. La habilidad de David Sides de embellecer todo lo que toca. Aquí un ejemplo.

136. El 25 de septiembre de 1957, cuando Eisenhower desplegó a la 101 División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos contra la Guardia Nacional de Arkansas, que impedía la entrada de estudiantes negros en centros educativos para blancos.

Fotografía: US Army (DP).

137. Throne Room, de John Williams, el tema final de La guerra de las galaxias.

138. El Juego de la vida diseñado por John Conway.

139. Este color:

Fotografía: Rubén Díaz.

140. Douglas Adams, Terry Pratchett, Christopher Moore, Tom Sharpe, Neil Gaiman y en fin, todos esos.

141. Miranda Hart, Catherine Tate, Jennifer Saunders, Dawn French y las humoristas británicas en general.

142. Manolito Gafotas.

143. La certeza de que Artax en realidad no murió, porque no era de verdad.

144. Sarah Bernhardt interpretando a hombres.

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Sarah Bernhardt c. 1900. Fotografía: James Lafayette (DP).

145. Eyes Wide Shut, una película de Stanley Kubrick.

146. Este vídeo:

147. La parte de la trompeta en Old Town, de Phil Lynott.

148. El humahuaqueño, de Edmundo Zaldívar.

149. El piano ortofónico de Baranov-Rossiné, Baranov-Rossiné y toda la gente que ha querido convertir la música en color.

El prototipo del piano ortofónico de Vladimir Baranov-Rossiné. Fotografía: Philippe Migeat / Centre-Pompidou / MNAM-CCI.

150. Las onomatopeyas. Besar el aire al decir «beso», caballos al trote en «quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum», Don McLean inventando la música al tararear «this’ll be the day that I die».

151. Los crescendos.

152. Pertenecer a uno de los pocos órdenes zoológicos en toda la historia de la biología cuyos miembros son capaces de manipular con las extremidades sus propios genitales. A lo mejor suena a gracieta, pero no lo es.

153. Las veinte entregas de Willam’s Beatdown. Y si hubiera cincuenta, las cincuenta.

154. La mamarrachaería socialmente aplaudida.

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Salvador Dalí. Fotografía: Allan Warren (CC).

155. Melvin Udell.

156. Kristen Wiig.

157. Rubén Darío

158. Lee Miller en la bañera de Hitler.

Fotografía: David E. Scherman (DP).

159. Este flash mob.

160. El segundo soliloquio de Segismundo en La vida es sueño, de Calderón de la Barca.

161. Los últimos veinte minutos de Dogville, de Lars von Trier.

162. El forastero misterioso, una novela de Mark Twain.

163. Las sinopsis de cine de Sinopsis de cine.

164. La forma en la que está contada El atlas de las nubes, de David Mitchell. La novela, no la película.

165. John Larriva en general y este cuadro suyo en particular:

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Ian Malcolm: From Chaos. Imagen cortesía de John Larriva.

166. La sonrisa de María Pagés cuando saludaba al público al final del espectáculo de Riverdance.

167. Cualquier versión mínimamente entusiasta de Ding Dong The Witch Is Dead, la canción que celebra la muerte de la Bruja del Este en El Mago de Oz.

168. La decisión de no lanzar la bomba atómica sobre Kioto durante la II Guerra Mundial si fue, como suele decirse, para evitar la destrucción de su patrimonio histórico y artístico.

169. Grandes machos con caligrafía de niña pequeña.

Una postal de Ernest Hemingway a Gertrude Stein en 1924 (DP).

170. Los fiestones de las películas de Baz Luhrmann.

171. Ficciones, de Jorge Luis Borges.

172. El plano del búho de Blade Runner.

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Imagen: The Ladd Company / Shaw Brothers / Warner Bros.

173. Esta entrevista de Joaquín Soler Serrano a Julio Cortázar. Lo mismo podríamos decir de esta a Borges.

174. Palma Fine Books, que es una librería inglesa en Palma de Mallorca. Se puede ver en este vídeo, pero no le hace justicia.

175. Participar en un rodaje, casi en cualquier rodaje.

176. El amor entre el follaje, valga la redundancia. Quien lo probó lo sabe.

177. La entrada de la Reina de Saba en Salomón, el oratorio de Händel, tocada con un arpa.

178. The Royal Tenembaums, una película de Wes Anderson.

179. Astérix y Obélix.

180. Homer Simpson cuando era Homer Simpson.

181. Plantar batalla a las leyes más elementales de la vida.

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Joan Rivers. Fotografía: Cordon Press.

182. La versión de Voglio vederti danzare de Astrud y el Col.lectiu Brossa.

183. El final de V de Vendetta, secuencia muy emocionante a la par que la única de la historia del cine en la que Natalie Portman sobra.

184. Los hombres con perfil de moneda antigua.

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Tom Hiddleston. Fotografía: Cordon Press.

185. Las mujeres felinas.

Natalie Dormer. Fotografía: Suzi Pratt (CC).

186. Lana Wachowski.

187. Tristram Shandy: A Cock And Bull Story, una película de Michael Winterbottom.

188. El duelo entre Minerva McGonagall y Severus Snape.

189. Photoshop. Sí, Photoshop.

190. La carraca lila.

Carraca Lila (cloudzilla - CC)
Fotografía: Cloudzilla (CC).

191. Simon Pegg y Nick Frost.

192. Los mambos de Pérez Prado.

193. Shoes, una canción de Reparata, y todas sus versiones.

194. El lamento por Ícaro, de Herbert James Draper.

El lamento por Ícaro, Herbert James Draper, 1898 - Tate Britain DP
El lamento por Ícaro, de Herbert James Draper, 1898. Imagen: Tate Britain (DP).

195. Sócrates.

196. Las visiones idealizadas de la realidad. Esta misma lista contribuye a casi cualquiera de ellas.

197. Prácticamente cualquier cosa pintada por Roberto Ferri.

198. El olor de los primeros minutos de una tormenta de verano.

199. La fontanería, la luz eléctrica, la calefacción, los váteres y demás comodidades domésticas. Si no le parecen una razón para vivir, no me lo diga: ya dispone de ellas.

200. La ilusión de que el futuro será mejor.