La conjura silenciada contra España

Derrota de la armada invencible, de Philippe-Jacques de Loutherbourg, 1796.

Hace apenas unos días la BBC, ese ejemplo de buen hacer para el periodismo mundial, ofreció al mundo un original reportaje sobre las costumbres y horarios españoles. Un momento… ¿un medio anglosajón abordando las costumbres y horarios españoles? Sí, sí, no me lo invento, de hecho puede leerse aquí: «The real reason why Spaniards eat late». Así que servidor se lanzó a su lectura esperando que de un momento a otro saltase la palabra clave como el indio tras un matorral, ¿aparecería en la primera línea?, ¿en la entradilla?, ¿o tal vez la autora se permitiría alguna divagación y amagar con que iba a ofrecernos otra cosa? Tarde o temprano iba a salir, eso seguro… bastaron unas cuantas líneas y ahí estaba, flamante: «one of the country’s most infamous traditions: the siesta». ¡Bingo!

Preverlo tampoco tuvo demasiado mérito, he de admitir. Al fin y al cabo ese mismo medio ya había publicado meses antes otro reportaje titulado «The end of the Spanish siesta?». Unas fechas por las que The Guardian dedicaba este otro a dicho hábito. Al igual que poco tiempo después Independent aquí y The Times acá, mientras que por su parte el londinense Evening Standard advertía con dramatismo de que la siesta iba a ser abolida por Rajoy y eso supondría «el final de una era». Aunque el Daily Mail se adelantara a todos ellos hace ya cinco años diciendo algo similar. Pero no fue una proeza en solitario de este prestigioso rotativo, no se vayan a creer, pues The Telegraph ya informaba por entonces con cierto tono burlón de que científicos españoles demostraron que la siesta era buena (¿qué otra cosa podría descubrir un científico español, verdad?). Un medio que apenas un año después nos regaló esta noticia primorosamente titulada y aún mejor ilustrada, con un señor que el redactor debió considerar representativo de nuestro país y tampoco vamos a contrariarle. Pero tampoco fue este periódico el primero, no, pues ya en 2005 el Financial Times anunciaba solemnemente que el Gobierno de Zapatero había eliminado oficialmente la siesta (se ve que sin mucho éxito).

Cabe concluir que da igual el año en que uno lea la prensa británica, indefectiblemente va a contener noticias retratándonos a los españoles mientras sesteamos durante todo el santo día. Por las imágenes que las acompañan, además, uno diría que en este, a sus ojos, tan exótico país mediterráneo, la gente cae fulminada por el sueño allá donde le pille y en la postura más despatarrada imaginable, como abatidos con dardos sedantes por francotiradores agazapados en las azoteas de nuestras ciudades. Parece terrible… y debemos advertir que no es del todo exacto. De hecho a más de uno tal vez le resulte un tanto molesto este cliché pero no hay por qué ser susceptibles, podría ser peor. Podrían asociar a España una y otra vez con, qué sé yo, la Inquisición.

Es curioso porque esta nefasta institución surgió en Francia en el siglo XII, a finales del siglo XV en Alemania los monjes inquisidores Kramer y Sprenger publicaron su célebre manual Martillo de las Brujas, que establecería el método a aplicar y desde entonces se estima que fueron ajusticiadas por toda Europa unas ciento cincuenta mil personas bajo la acusación de brujería. Mientras tanto, en España, el número de víctimas del Tribunal del Santo Oficio durante los más de tres siglos que estuvo vigente osciló entre las tres mil y las cinco mil. Sin embargo la expresión que ha cuajado en el imaginario colectivo con el paso del tiempo es «Inquisición española». Por poner algunos ejemplos, a ella le dedicaron un conocido sketch el grupo británico Monty Python, así como también protagonizó este otro en La loca historia del mundo de Mel Brooks y el también británico Ridley Scott iniciaba su película 1492 con estas palabras: «Hace quinientos años España era una nación dominada por la superstición, regida por la corona y por una implacable inquisición que perseguía a los hombres por atreverse a soñar». Curiosamente, veintisiete años antes de su estreno el historiador Henry Kamen en La Inquisición española: una revisión histórica, había escrito lo que parecería una respuesta de no haber sido anterior: «La imagen de una nación hundida en la inercia y la superstición por culpa de la Inquisición era parte de la mitología creada». En conclusión, los españoles tenemos muy mal despertar y en cuanto nos desperezamos de la siesta nos falta tiempo para llevar a alguien a la hoguera. O al menos eso es lo que afirman los súbditos de su majestad la reina Isabel.

Pues bien, a abordar los orígenes, alcance e intereses en torno a la leyenda negra española dedica Alberto Gil Ibáñez el libro La conjura silenciada contra España. Naturalmente es poco probable que el público británico esté dispuesto a replantearse cualquiera de sus ideas preconcebidas… pero no es a ellos a quien se dirige esta obra, el enfoque queda claro en su subtítulo: «La manipulación franco-anglosajona de nuestra historia y sus quintacolumnistas ingenuos». La formación desde comienzos del siglo XVI del que llegó a ser el imperio más extenso y duradero de la historia hizo prioritario para el resto de Europa combatirlo por todos los medios, también en el terreno de la opinión pública. La clave del asunto es que una vez que el poder imperial español se fue diluyendo quedó cristalizada la propaganda en su contra, de manera que quienes no fueron del todo conscientes del primero pero sí entraron en contacto con el discurso antagonista, dada su virulencia creyeron que debía responder a una realidad particularmente terrible, lo de «si el río suena…». Son aquellos a los que Ibáñez denomina quintacolumnistas ingenuos.

Fueron demasiados los intelectuales españoles que se sumaron desde hace siglos a una corriente de autodesprecio nacional, convencidos de que los males de España no tenían parangón en el mundo. Un excepcionalismo que, paradójicamente, resulta tan pretencioso como el chovinismo de quien cree habitar en la misma arcadia. Por desgracia crearon huella, de manera que por asociación cualquiera que diga algo negativo sobre España se ve a sí mismo poco menos que como un intelectual. Es un vicio común en el que todos caemos en un momento u otro, basta echar un vistazo hoy en día a las redes sociales, al fin y al cabo los caminos trillados son los más fáciles de recorrer… y no podemos negar tampoco que se siente cierto placer íntimo al fustigar al resto de compatriotas desde una imaginaria posición de superioridad. Lo malo es que la crítica constante y despiadada, lejos de incitar a la mejora termina provocando desafección, es el combustible de los movimientos secesionistas con los que nos aburren un día tras otro. Y es, en gran medida, una narrativa falsa. Hay episodios oscuros en nuestro pasado, sí, ¿pero qué país no los ha tenido? En muchos parámetros actualmente España está bien situada y en lo que respecta al patrimonio cultural, histórico y artístico con el que contamos, simple y llanamente, no tiene quien le haga sombra en el mundo. Pero claro, para apreciarlo primero hay que conocerlo. En esa tarea nos ayuda Ibáñez recorriendo la historia del país desde sus orígenes, situando cada episodio en su contexto y dando respuesta a cada fleco de la leyenda negra española. Su libro proporciona un arsenal de datos y argumentos con el que pretende no abrumar al lector sino convencerlo, animándolo a cuestionar los clichés que daba por asumidos. En conclusión, una lectura ágil y fluida de la que uno sale conociendo un poco mejor la historia de España, lo que no es poca cosa. La prensa británica seguirá retratándonos en un estado de perpetua somnolencia, eso no tiene arreglo, pero sí está a nuestro alcance tener los ojos un poco más abiertos frente a esa clase de narrativas.


Demonios y arquetipos

Misión de propaganda a cargo de soldados de EEUU y Vietnam del Sur. Imagen cortesía de psywarrior.com
Misión de propaganda a cargo de soldados de EEUU y Vietnam del Sur. Imagen cortesía de psywarrior.com

No hay razones para creer que las PSYOP son invenciones modernas. En jerga militar, son las operaciones clandestinas que se construyen a partir del conocimiento cultural, histórico y antropológico del adversario, y pueden ir desde la entrega de propaganda para incitar revueltas sociales hasta el uso de audio y demás técnicas para el florecimiento de terrores atávicos y sobrenaturales, como ocurrió en Vietnam y Filipinas. Por su carácter, se llevan a cabo tanto en tiempos de paz como de conflicto, en naciones enemigas y aliadas, o incluso en la propia. Tampoco hay razones para creer que estos trucos son dominio exclusivo del ejército y las agencias de inteligencia, aunque cierto es que son los expertos. Cuando se llevan campañas de difamación dirigidas a sectores determinados, o cuando una ONG publica información adulterada, escandalosa, para manipular la opinión a su favor, se están implementando técnicas tomadas del manual de la guerra psicológica. A fin de cuentas, se trata de ganar el corazón y la mente de las personas.

En el siglo XVII, en la comuna de Loudun, una operación psicológica en todo su derecho se llevó a cabo para debilitar el apoyo público del sacerdote católico Urbain Grandier, un mujeriego carismático y soberbio que pensó no habría problemas si frustraba los planes, e insultaba el honor, de otro francés no tan carismático, aunque sí mucho más soberbio; el cardenal Richelieu. De haber sido Grandier otro tipo de clérigo, uno mucho más modesto, tal vez el pago por sus ofensas no habría sido tan notorio. Pero él no era un vividor cualquiera. Los hombres de influencia lo estimaban y sus mujeres lo codiciaban, la gente escuchaba extasiada cuando levantaba la voz y en poco tiempo pasó a ser la cara pública de una región rancia y empobrecida por el desprecio a los hugonotes. A pesar de una serie de enemigos que sus aventuras amorosas le ganaron, difícil fue deshacerse de alguien tan respetado por su pueblo.

Sin embargo, el mundo tiene sus maneras de hundir a las personas, y es cierto que a periodos de gracia le siguen desplomes. Por esos años estalló un caso masivo de posesión diabólica dentro de un convento de monjas ursulinas tras los muros de la misma ciudad. Cada una de las diecisiete religiosas prometió y juró que sus almas habían sido tomadas por una legión de espíritus, malas influencias venidas desde el abismo que día y noche les obligaban a imaginar y hacer toda clase de morbosidades con sus cuerpos, el tipo de cosas que en la mentalidad de la época eran peor vistas que el asesinato. Grandier, decían ellas, las había embrujado tras firmar un pacto con el diablo, y aquello se hizo pretexto caído del cielo, o venido del infierno, para al fin deshacerse de esa molestia en el camino del poder del clero.

La historia de Grandier y sus endemoniadas fue llevada al cine por Ken Russell tras leer Los demonios de Loudon, de Aldous Huxley, publicado hace ya más de sesenta años, pero tan válido hoy como lo fue en aquel entonces. Una narración no muy diferente a otros cientos de juicios por brujería, pero una en la que Huxley inyectó reflexiones sobre política y religión, ciencia y ocultismo, psicología y metafísica. ¿Qué es el poder y qué significa rendirse ante él? ¿Y cuál es ese poder del que se habla? ¿Terrenal, sacro, o un impulso totalitario al que con voluntad nos entregamos? Grandier, hoy sabemos, fue víctima de una conspiración venida desde lo más alto, pero no de un reino celestial, sino de una cúpula corrupta que, aprovechando la cólera a la que las masas son propensas, sacó partido de una situación desafortunada.

Inquisidores fueron traídos para cuestionar al acusado, exorcistas cabalgaron desde Veniers y Chinon. Mientras Grandier era apresado y torturado, el convento de las ursulinas se transformó en un circo abierto. Los habitantes de Loudon, aburridos de la vida sosa de 1634, se dejaron entretener y espantar por las palabras de Leviatán, Asmodeo, Behemot, y Zabulón, además de otros tantos demonios que se hacían escuchar a través de las bocas de todas esas monjas desnudas que no dejaban de insinuarse a los exorcistas. Llegaron turistas desde toda Francia, también de Alemania e Inglaterra, las pensiones no daban abasto y durante meses las finanzas de Loudon no hicieron más que aumentar. La vehemencia católica sobre las poseídas fue tan extraordinaria que incluso varios hugonotes terminaron por adoptar la fe.

Contrario a lo que hoy creeríamos de quienes vivieron en aquellos tiempos, la mayoría de los involucrados en el asunto, los juristas, los investigadores, incluso los mismos religiosos que comentaban los hechos, estaban convencidos que el bacanal de las ursulinas era, a lo mucho, una histeria colectiva, a lo menos un fraude. La madre superiora, Juana de los Ángeles, había implorado a Grandier que se volviera confesor suyo y de sus protegidas, petición que el otro rechazó, pues prefería sus aventuras fuera de la Iglesia. Es posible que sor Juana sintiera la negativa como un rechazo a su persona, algo que Huxley está convencido de que fue así, pues dice que no había día o noche en la que ella no pensara encontrase en privado con el cura. Las supuestas posesiones tal vez comenzaron como un acto de venganza que, con el tiempo, pasaron a ser una auténtica locura de masas.

Pocas fueron las voces que culparon el desenfreno de las ursulinas a hechicería de Grandier. Voces carismáticas, para su desgracia, que resonaron en los palacios y las cortes. Y no solo eso; durante casi ciento cincuenta años los inquisidores llevaban haciendo uso de las instrucciones trazadas por Heinrich Kramer en su Malleus Maleficarum, un auténtico manual de persecución diseñado para extraer confesiones de cualquiera que fuera sospechoso de brujería o maleficios. Cargos que, sin importar evidencias, se solucionaban con la hoguera, pues incluso si el acusado era encontrado inocente o charlatán, los verdugos razonaban que los demonios eran hábiles en el engaño, por lo que incluso un juego inocente era guiado por las manos de Satanás. Un testimonio del tipo de bajezas a las que la autoridad está dispuesta a descender con tal de hacer cumplir su voluntad.

Urbain Grandier (izq,) y la prueba de su pacto diabólico (dcha.) Imágenes: DP.
Urbain Grandier (izq,) y la prueba de su pacto diabólico (dcha.) Imágenes: DP.

A pesar de que Huxley considera las supuestas posesiones como una histeria causada, entre otros motivos, por represión sexual, admite también las posibilidades infinitas de la mente para acceder a otras regiones psíquicas, regiones que en tiempos pasados bien pudieron ser llamadas sobrenaturales. Familiarizado con las facetas ocultas y sutiles de la existencia, para él los fenómenos psíquicos eran tan reales como la física cuántica, e igual de misteriosos. Cita ejemplos de estudios sobre percepción extrasensorial, telepatía, meditación, misticismo oriental y occidental, biografías de santos milagrosos. La vida, para él, es un paisaje que se extiende más allá de la experiencia diurna, esa del trabajo, los impuestos, las obligaciones y la economía. Los hombres, escribe, tenemos una profunda necesidad de trascendencia, la cual puede tomar cualquier forma y es esta, en parte, la responsable de algunos de nuestros peores males. Esta aspiración por dejar atrás lo unitario y mortal es algo que incluso puede verse hoy día en nuestras sociedades seculares, en las que la aparición de movimientos supuestamente racionalistas y ateos, como el transhumanismo, con sus libros sacros, padres fundadores y hasta disputas sectarias, nos recuerdan que no somos muy diferentes a esos antepasados nuestros que nos gusta creer tan supersticiosos.  

Aunque es cierto que en las condiciones adecuadas la religión, con su colección de símbolos, cánticos y oraciones rítmicas, puede ser un conducto a experiencias en las que lo individual se aniquila ante lo cósmico, también es cierto que bajo el yugo de un déspota carismático puede ser una vía directa a esas regiones que se ocultan en lo más profundo de todos nosotros, esas madrigueras llenas de lobos en las que es mejor no adentrarse. No significa eso que lo religioso mantenga el monopolio de acceso, sino que es solo una de cientos de rutas que están disponibles para el organismo. A fin de cuentas, solo se necesita algo de desamor y un poco de intoxicación alcohólica para convertir en un descuartizador al ser más dócil.  

Quienes persiguen a la religión como primera y última causa de la violencia humana, los Dawkins, los Hitchens, los Harris, quienes creen que una vez erradicada pasaremos a vivir en Utopía, olvidan que la violencia es algo primigenio, ligado a nuestro cuerpo animal como lo están su supervivencia y la lealtad al clan, con orígenes que se remontan a los pantanos del tiempo y el instinto. Solo se necesita que alguien agite un poco los cimientos de nuestros espectros para hacer florecer comportamientos por lo demás irracionales; apelaciones a la seguridad familiar, la continuidad de los valores culturales, la supervivencia de la raza. Como apunta Huxley, desde el siglo XVIII hasta épocas recientes, la mayoría de las persecuciones en Occidente han sido de orden laico, en otras palabras, humanistas, y los demonios han dejado de ser males metafísicos para volverse cuestiones políticas y económicas: minorías indeseables, migrantes, creencias opuestas a las del estado, preferencias sexuales reprobables.

No se trata de agentes aislados, pues creyentes y escépticos estamos dentro del mismo cultivo. Hoy día la violencia religiosa más vistosa es la del islamismo radical, pero quienes han ayudado a hacer un lodazal de Oriente Medio son brazos armados seculares, patrocinados por el Estado norteamericano, que decreta sus campañas de conquista alegando a la libertad y el patriotismo, respaldado por una campaña mediática que glorifica el botín de guerra y vuelve atractivo el combate gracias a películas, juegos y spots de reclutamiento multimillonarios. El mismo fenómeno detrás de los populismos de izquierdas y derechas, que, con solo algunos símbolos e himnos obreros o patrios, convierten en ganado a miles de hombres y mujeres, por lo demás racionales e inteligentes, dispuestos a tolerar y obedecer las necedades de caciques aprovechados que solo desean hacer una letrina de sus países y sociedades. Dicen los científicos que la naturaleza aborrece un vacío, pero también es cierto que en la naturaleza no hay masas inteligentes.

Todo en este mundo tiene su contrario, y hasta el más piadoso, en lo hondo, oculta su lado oscuro. Carl Jung escribió acerca de la sombra, ese repositorio de sentires y deseos reprobables que vive en el interior de cada uno, ese que de vez en cuando sale a relucir en nuestros sueños o en la vigilia si bajamos la guardia. Para Jung era importante reconocer este opuesto si se quiere llegar a una forma de conocimiento propio, aunque advertía que enfrentarse a esos océanos llevaba siempre a los terrores. Él lo supo. La posesión diabólica, decía, era la captura por una fuerza inconsciente, la posesión por el arquetipo de la sombra. Y no es necesario que nosotros creamos en la fuerza de los arquetipos para experimentar los efectos de su rapto. La misma humanidad se encarga una y otra vez de eso. Como bien apuntó Jung: los demonios existen, así como existe un Buchenwald.

Las ursulinas se curaron de sus espantos, pero Urbain Grandier terminó su vida detestado por la gente y con los huesos rotos dentro de una hoguera. Para quienes creían en su inocencia aquello fue lamentable, pero cierto es que el destino de sus verdugos tampoco estuvo favorecido por la gracia. Unos murieron en la enfermedad y la miseria, otros encontraron su fin con violencia, incluso los hubo quienes se fueron de este teatro poseídos por Leviatán y Behemot, por Asmodeo y Zabulón, los mismos demonios que años antes habían ayudado a exorcizar en Loudun. Esto no hace más que justifica a Nietzsche cuando escribe que quienes miran hacia el abismo, hacia la locura, se arriesgan a que el abismo los mire también.

¿Y qué fue de Richelieu, quien por su honor mandó deshacerse de un pobre sacerdote mujeriego en una comuna que a nadie le importaba? Años después de todo ese asunto, durante sus últimas horas, cuando los propios médicos pidieron al cardenal que se preparara para recibir la muerte y ni siquiera las reliquias santas ofrecieron el consuelo de un mínimo milagro, se mandó traer a una aldeana, ya abuela, que tenía fama de santera. Susurrando, la mujer se acercó a la cama donde yacía el religioso y, en palabras del propio Huxley, «administró su panacea: cuatro onzas de cagajones macerados en un cuartillo de vino blanco. Y así fue cómo, con el paladeo del excremento de caballo en la boca, rindió su alma aquel árbitro de los destinos de Europa».

Un fin penoso que recuerda al de ese otro arrogante enviciado por el poder, Allen Dulles, director de la CIA y padre de la PSYOP moderna, quien semanas antes de morir fue encontrado en su cama por un colega, idiotizado entre sus propias heces y orines, mientras su mujer celebraba con sus amigos, abajo en la sala, la Navidad del 68. Los arquetipos, parece, no solo están en la mente. Existen también en la historia.

oie_jyky3favoq3g
Jarod Delhotal, especialista en PSYOP, con un altavoz portátil que difunde mensajes en ruso. Fotografía: sargento. Kyle J. Cosner / US Army Special Operations (DP).


Cómo golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza

Malleus Maleficarum, traducido como Martillo de las brujas. Para golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza, fue escrito por dos inquisidores germanos del siglo XV con la airada motivación que expone su título y definido por Carl Sagan como “uno de los documentos más aterradores de la historia humana”. Es, también, mi libro de cabecera junto con el Mein Kampf. Dos lecturas reconfortantes para aclarar las ideas al final del día y dormir plácidamente abrazado a mi peluche.

En estos tiempos de incertidumbre no hay mejor cosa que revisitar a los clásicos en busca de buen consejo. Hoy en día ya no se escriben libros como los de antes, como bien dice Sánchez Dragó mientras lanza una severa mirada por encima de sus gafitas. Y como toda campaña ministerial insiste en que leer es intrínsecamente bueno, parece que sin importar el qué, abordemos entonces este tomo de más de seiscientas páginas pues seguro que alguna sana enseñanza extraeremos.

El martillo de las brujas fue publicado en 1486 por Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, dos inquisidores a los que el Papa Inocencio VIII concedió una bula. La obra no gustó a la iglesia por no coincidir con su demonología, pero el éxito del libro fue arrollador. Pasó a convertirse en el manual de todo buen inquisidor durante el Renacimiento y fue el mayor best-seller durante los siglos XVI y XVII, sólo superado por La Biblia.

Como era costumbre en la época, lo importante no era la originalidad del autor sino la fidelidad a la tradición, de ahí que esté conformado por numerosas citas de autoridades, desde La Biblia a Ciudad de Dios de San Agustín. Pero tanto en la elección de esas citas como en las aportaciones propias del autor (que sería, según algunas fuentes, Kraemer casi en su totalidad, aportando Sprenger el prestigio de su nombre), se aprecia una mente erudita, rigurosa y volcada en el estudio… pero también sujeta a una desquiciada obsesión por el sexo y por las mujeres. Es, en definitiva, un alarde de crueldad, superstición y fanatismo sencillamente espeluznante. Lo cierto es que este libro no acaba en boda, y siento el spoiler.

El contenido y propósito es el de desenmascarar y destruir a las brujas, mujeres que habían pactado con el diablo para obtener poderes con los que dañar a sus vecinos y extender la herejía en la Cristiandad. Una vez son identificadas y detenidas las sospechosas de acuerdo a los indicios descritos por ellos, Kraemer y Sprenger establecen el proceso judicial al que deben ser sometidas, que generalmente concluía con ellas ardiendo en la hoguera en obediencia al precepto bíblico: “No dejarás que viva una bruja” (Éxodo 22.18).

¿Pero cuáles eran los indicios que les hacían sospechar de la existencia de la brujería y de la amenaza que representaban? “Las confesiones de los brujos en los tormentos nos han dado una tal certeza de los crímenes perpetrados, que no podemos, sin riesgo de nuestra propia salvación, cesar en nuestra actividad inquisitorial contra ellos”. Véase la lógica circular del argumento: se tortura a uno sospechoso hasta lograr que confiese crímenes que justifican el sistema inquisitorial de detención y tortura de más sospechosos.

¿Y quienes son sospechosos? Aquí la cosa se pone interesante, porque dedican cientos de páginas a explicar que prácticamente toda mujer es una bruja. No seré yo quién diga que andaban completamente equivocados, pero vaya, que tampoco es como para quemarlas en la hoguera. Eso ya es excederse un poco y perder las formas, en mi opinión.

Una mujer que piensa sola, piensa mal

En la tercera viñeta puede verse a la bruja cometiendo torpezas carnales con el demonio

Qué otra cosa es la mujer sino la enemiga de la amistad, la pena ineludible, el mal necesario, la tentación natural, la calamidad deseable, el peligro doméstico, el perjuicio delectable, el mal de la naturaleza pintado con buen color”. Según la docta opinión de estos eruditos la naturaleza inferior de la mujer la hacía más propensa a ser tentada por el diablo, de ahí que la gran mayoría de los actos de brujería estén cometidos por estos seres de “lengua mentirosa y ligera”, a los que no se puede dejar solos dado que “una mujer que piensa sola, piensa mal” pese a lo difícil que acaba resultado, dado que “es un defecto natural en ellas no querer ser gobernadas”.

Y es que la cosa ya viene de lejos: “cabe destacar que hay un defecto intrínseco en la formación de la primera mujer, dado que fue hecha de una costilla doblada, es decir la costilla del pecho, que se curva en una dirección distinta a la del hombre. Y así, con esta malformación, es una animal imperfecto, siempre traiciona”.

Las imágenes y metáforas se suceden en torno a la misma idea: “Este monstruo [la mujer] toma una triple forma: se presenta bajo la forma de un león radiante; se mancha con un vientre de cabra; y está armada de la venenosa cola de un escorpión. Lo que quiere decir: su aspecto es hermoso; su contacto fétido; su compañía mortal”. Vamos, que no son partidarios.

Citan también el Eclesiastés: “encontré a la mujer más amarga que la muerte; es un lazo de cazadores, una red su corazón, y sus brazos son cadenas. Quien agrada a Dios, la huye”. ¿Y por qué las mujeres no pueden evitar ser tan rematadamente malas? “es insaciable la boca de la vulva, de ahí que, para satisfacer sus pasiones, se entreguen a los demonios”. Ah, vale, tiene sentido. Aquí llegamos entonces al otro elemento que como antes señalaba distingue a este libro junto a su ardiente misoginia: la omnipresencia del sexo.

Penes que viven en nidos de pájaros y se alimentan de avena

La Cuestión VIII del libro trata de dar respuesta a la pregunta “¿Pueden los diablos impedir la potencia genital?”, mientras que la Cuestión IX se dedica íntegramente a reflexionar en torno a “¿Pueden ilusionar las brujas hasta el punto de hacer creer que el miembro viril ha sido separado del cuerpo?”, un tema al que le dedican también íntegra la Cuestión VII de la Parte II. La respuesta es sí. Aunque prefieran recrearse varias páginas en ello: “Gregorio cuenta de una monja que comió una lechuga; ésta, empero, tal y como enseguida confesó el diablo, no era una lechuga, sino el diablo en forma de lechuga o metido en la misma lechuga”. Por eso hay que pasarlas bien por debajo del grifo antes de hacerse una ensalada, que si no mira.

Entonces ella se puso a 20 uñas, el demonio la agarró por las caderas y…

Pero Kraemer y Sprenger, al gozar  de un intelecto mucho más agudo que el mío, van más allá e infieren de esa anécdota que el miembro viril puede ser ocultado a su dueño por una ilusión de los sentidos, provocada por las brujas en su colaboración con el diablo. La solución: matar a la bruja para acabar con el encantamiento. Como luego veremos, matar a las brujas era la solución que se les venía a la mente a estos dos inquisidores para resolver casi cualquier problema. Algunos de ellos particularmente extraños:

Queda la cuestión del juicio que nos merecen esas brujas que coleccionan miembros viriles en gran número (veinte o treinta) y van a colocarlos en los nidos de los pájaros o los encierran en cajas donde continúan moviéndose como miembros vivos, comiendo avena o alguna otra cosa”.

Curiosa imagen, especialmente porque está descrita con sincera preocupación (todo el libro tiene una tremenda seriedad, otra cosa es que logre trasmitirla al lector). Pero como si del adolescente protagonista de Supersalidos se tratase, esta peculiar fijación con los penes continúa:

Un hombre relata que había perdido su miembro y que para recuperarlo había recurrido a una bruja. Esta mandó al enfermo trepar un árbol y le concedió que cogiera el miembro que quisiera de entre los varios que allí había. Cuando el hombre intentaba tomar uno grande, la bruja le dijo: no cojas ese, que pertenece a uno de los curas”.

Ignoro si el manuscrito original tenía dibujos de pollas en los bordes de las páginas, no me atrevería a negarlo. En este otro breve episodio relatan cómo alguien:

“Realiza el acto venéreo que los hombres acostumbran a realizar ante las mujeres , una y otra vez, por sí mismo y sin que los gritos ni las instancias de su mujer le hagan desistir de volver a empezar cada vez. Cuando lo ha hecho tres o cuatro veces tiene por costumbre decir estas palabras: “vamos allá otra vez”. Y ocurre que tras de una enorme cantidad de asaltos de estos cae redondo al suelo completamente agotado y sin fuerzas”.

Suena a película de Ozores, ciertamente. Su interés por el sexo continúa por otras vertientes fisiológicas, al explicarnos como “la sede de la lujuria en los hombres se encuentra en los riñones, desde donde desciende el semen, como en las mujeres se encuentra en el ombligo”  o que “el semen en la polución nocturna proviene de un humor superfluo que lógicamente no conlleva una potencia generatriz tan grande”. Pero siendo las poluciones nocturnas un tema candente del que podrían decirse muchas cosas, resulta mucho más sugerente este otro que abordan un poco después: “De si la delectación venérea resulta mayor con los íncubos que con los hombres”. A elucubrar sobre ello dedican una apreciable cantidad de palabras. Es decir, sentados ante sus mesas en el scriptorium estos dos monjes pasaron un tiempo imaginándose en la piel de brujas fornicando con diablos para dilucidar cuán placentero podría resultar. Por lo que escriben no llegaron a una conclusión demasiado clara, pero debieron pasar un rato entretenido al menos. Y es que a juicio de nuestros dos inquisidores las brujas parecían estar pensando siempre en el sexo. Vamos, como ellos.

Así nosotros hemos conocido a una bruja, que vive todavía, defendida por el brazo secular, que en el curso de la misa, cuando el sacerdote saluda al pueblo diciendo “dóminus vobiscum” añade en lengua vulgar ‘méteme la lengua en el culo’.

Qué mujer más impertinente y cochina, vive Dios. Es comprensible que tal  comportamiento en misa les disguste, aunque ese “que vive todavía” suena contrariado, como murmurando entre dientes “si de nosotros dependiera…”.

Cómo torturar a una acusada hasta que diga lo que queremos oír

Porque en lo que de ellos dependió mandaron con entusiasmo al tormento y la muerte a las que luego despectivamente llamaban “mujercillas quemadas”. Sin que se les crease la menor mala conciencia, muy al contrario:

Muchas otras cosas nos han ocurrido a nosotros, como inquisidores, en el ejercicio de nuestro cargo. Como es poco elegante alabarse a sí mismo, es mejor pasarlas en silencio que incurrir en reputación de fanfarronería“.

Pero si bien no parecían tener ningún remordimiento, su equilibrio mental bajo los parámetros actuales tal vez podría cuestionarse:

Cuántas veces, tanto de día como de noche, nos han asaltado las brujas no sabríamos decirlo. Unas veces como monas, otras como perros o cabras, por sus gritos e injurias, nos turbaban cuando por la noche nos levantábamos a rezar, con el fin de que lo hiciéramos sin devoción“.

También les asaltaban inspiradas revelaciones sobre el mundo si acaso el mal les ganaba la partida en su infatigable lucha contra –a ver si no me dejo nada- la brujería, oniromancia, necromancia, pitonicia, geomancia, hidromancia, aeromancia, piromancia, horoscopia, haruspicia, aufures, interpretación de los sueños, quiromancia, y espatulomancia. Sin su vigilancia de estos males:

Allí donde el profeta predice la destrucción de Babilonia y la presencia en ella de monstruos: allí vivirán las avestruces, allí danzarán los sátiros. Los peludos son los hombres de los bosques; hirsutos, íncubos, sátiros, especies de demonios“.

Toma nota, Tolkien. Para ellos, las brujas eran enemigos con los que no se negocia y sus pecados superaban a los de los malos ángeles. Tenían el hábito de despedazar y comer niños, podían provocar un aborto con sólo tocar a una mujer embarazada, dejar a un niño fascinado, desataban tormentas sin dificultad -la última bruja quemada en Inglaterra fue culpable de provocar una al quitarse las medias- entregarse a torpezas carnales con el demonio y transportarse de un lado a otro por el aire. Aunque no mencionan que lo hagan a bordo de una escoba, si hacen referencia a que pueden servirse para ello en un trozo de madera o una silla, a la que previamente han barnizado con un ungüento extraído de haber hervido a un bebé. Curiosamente al ser detenidas perdían su poder, explican. Lo cual las hacía vulnerables al peculiar sistema judicial teorizado en esta obra y tan frecuentemente puesto en práctica durante los siglos XVI y XVII.

Aunque una acusada en principio podían disponer de abogado, este sólo debía aceptar el caso si su causa era justa. Si, de lograr abogado, éste la defendía con mucha vehemencia era señal de que podía haberlo embrujado, lo que demostraría que ella era una bruja. Ni el abogado ni su defendida debían ser informados del nombre de los acusadores, lo cual como es lógico dificultaba notablemente su tarea y daba carta blanca a acusar indiscriminadamente a quien lo deseara, al no tener que rendir cuentas ni exponerse a consecuencia alguna.

Podían ser utilizados testigos que sean esposo o esposa o hijos, pero sólo como testigos de cargo, no de descargo. Cualquier testimonio en contra de la acusada era bienvenido para Kramer y Sprenger, incluso el de mujeres, pues si bien “son pendencieras y realizan sus deposiciones por envidia, no cuentan con la astucia de los magistrados”, que sabrán discernir qué parte hay de verdad en su deposición.

Pero si pese a todo no lograban encontrar ningún testigo, eso no absolvía a la acusada, dado que “el diablo no obra a la descubierta”. En tal caso se debía torturar a las acusadas para que confesaran. Aunque añaden piadosos que los verdugos debían hacerlo no con alegría, sino con turbación interior. Si durante la tortura la acusada no lloraba, entonces era bruja. Pero si lloraba no significaba que fuera inocente, puesto que “cuando la mujer llora, está intentando engañar” y las brujas tiene mil estratagemas para fingir las lágrimas.

El juez podía engañar a la acusada prometiéndole el perdón si confiesa culpabilidad, e incluso le era permitido compincharse con amigos o verdugos para que estos ofrecieran dejarla huir si reconocía ser una bruja. Pero no vaya a creer el lector que estas maneras fueran mezquinas, arbitrarias y que entonces ya valiera cualquier cosa. El procedimiento legal exigía que para que tales trucos tuvieran validez hubiera un escriba tomando nota, generalmente escondido tras la puerta de la celda.

Otro recurso al alcance del juez era preguntar a la acusada si para probar su inocencia estaba dispuesta a sufrir el tormento del hierro candente. Si respondía que sí entonces quedaba demostrado que era una bruja, dado que una inocente no querría exponerse a semejante tormento, mientras que una bruja sí lo haría al saber que el demonio la protegerá del dolor.

Si pese a semejante evidencia el juez aún dudase, entonces se realizaba esta prueba. Consistía en poner en contacto con la piel de la acusada un hierro al rojo vivo. Si la piel se quema entonces estamos ante una bruja. Pero si se diera el insólito caso de que la piel quedase intacta ello no sería prueba de inocencia, advierten, puesto que la acusada podría contar con la ayuda del demonio para protegerla.

Y si finalmente una bruja no era hallada culpable entonces sería liberada, que por lo que llevamos viendo debía ser tan probable como llegar a la prueba final de Humor Amarillo sin una sola mancha de barro en la ropa. Pero cuidado, eso no significaba que esa mujer fuera inocente -se apresuran a aclarar- sino que simplemente todavía no había podido ser declarada oficialmente culpable. Existiendo la posibilidad de realizar posteriores juicios donde por fin quedase demostrado lo bruja que era.

Viendo lo anterior, parece que estos dos inquisidores hayan sido los fundadores del Estado de Derecho por la vía negativa: la arbitrariedad de los procedimientos, la presunción no de inocencia sino de culpabilidad, la acusación sin pruebas, la nula capacidad de defensa del acusado, la imposibilidad de éste de no testificar contra sí mismo (“me acojo a la quinta enmienda” como dicen en las películas americanas), la tortura como medio lícito para obtener información… un compendio de todo lo que no debe hacerse si se aspira a aplicar justicia. De forma que simplemente basta con darle la vuelta como un calcetín a las enseñanzas de Kramer y Sprenger y ahí tenemos la legalidad de las democracias contemporáneas. Sería interesante conocer hasta qué punto a los teóricos de la Ilustración, constitucionalistas y legisladores de siglos posteriores les sirvieron como referencia para poder hacer lo contrario. Puede que en cierta forma debamos estar en deuda con ellos…

Tal como decíamos al comienzo, el divulgador Carl Sagan se refería a El martillo de brujas en términos muy poco halagadores, como buen humanista partidario de la razón y la ciencia. En su libro El mundo y sus demonios cita parte de una lista del año 1598 de la ciudad alemana de Wurzburgo, con aquellos que fueron quemados tras tan grotesco proceso. Lejos de la frialdad y el rigor burocrático de los registros civiles contemporáneos, la curiosa forma en que está escrito permite atisbar el paisanaje de la época y acercarnos a algunas de las muchas víctimas de las enseñanzas de Kramer y Sprenger:

El administrador del senado, llamado Gering; la anciana señora Kanzier; la rolliza esposa del sastre; la cocinera del señor Mengerdorf; una extranjera; una mujer extraña; Baunach, un senador, el ciudadano más gordo de Wurtzburgo; el antiguo herrero de la corte; una vieja; una niña pequeña, de nueve o diez años; su hermana pequeña; la madre de las dos niñas pequeñas antes mencionadas; la hija de Liebler; la hija de Goebel, la chica más guapa de Wurtzburgo; un estudiante que sabía muchos idiomas; dos niños de la iglesia, de doce años de edad cada uno; la hija pequeña de Stepper; la mujer que vigilaba la puerta del puente; una anciana; el hijo pequeño del alguacil del ayuntamiento; la esposa de Knertz, el carnicero; la hija pequeña del doctor Schuitz; una chica ciega; Schwartz, canónigo de Hach…