¿Cuál es la banda sonora ideal para Halloween?

Fieles a la tradición, Halloween es tras las Navidades nuestra fiesta favorita. Solo le faltan los regalos y un discurso del rey vestido para la ocasión. Ojalá llegue el día. Mientras tanto únicamente nos queda prepararnos para la noche que está al caer: ya tenemos listo nuestro disfraz, hemos elegido una película acorde al momento y… la música, eso tenemos pendiente aún. Aquí va entonces una selección para que escojamos la que merecería ser el himno de semejante acontecimiento, voten su favorita o, como la lista sería interminable, añadan las que consideren oportunas.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Werewolves of London», de Warren Zevon

No es posible hablar de terror y que no aparezca mencionado en algún momento Stephen King, así que empecemos por él. Una de sus últimas novelas, Doctor Sueño (continuación de El resplandor) está dedicada a quien fue gran amigo suyo, Warren Zevon, basta leer la letra de este tema para descubrir la afinidad entre ambos. Seguro que más de una vez habrá canturreado esa bonita aliteración de «Little old lady got mutilated late last night»… La inspiración de la canción provino de uno de los componentes de los Everly Brothers, que vio la película Werewolf of London la noche anterior y se la comentó a los músicos que por entonces le acompañaban en su gira, Zevon y Waddy Wachtel. Este último lanzó un aullido que formaría parte de la composición, mientras bromearon sobre un hombre lobo con el menú de un restaurante chino en la mano. Para la parte musical Zevon tampoco se complicó la vida, teniendo a mano el tema «Shambala» de Three Dog Night, y muy especialmente la conocidísima «Sweet Home Alabama». Que si es sincronizada con «Werewolves of London» cuesta distinguir donde empieza y termina cada una.

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«Halloween», de Helloween

Cómo podríamos olvidarnos del metal alemán en general y de este grupo en concreto, cuyo nombre además de aludir a esta festividad incluye en su logo una Jack-o’-lantern, las características calabazas con rostro maléfico y una luz en su interior previamente ahuecado. Del repertorio de este grupo hamburgués valdrían muchas, pero la que ven sobre estas líneas es evidentemente la más apropiada.

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«I Want Candy», de Bow Wow Wow

Muchos de nosotros crecimos siendo advertidos por nuestras madres de señores que repartían caramelos con droga en la puerta de los colegios. Unos personajes que adquirieron un aura siniestra comparable a la de fantasmas, vampiros y zombis, todos ellos capaces de robarnos el alma. Luego crecimos y descubrimos con decepción que la droga no solo no se regalaba sino que salía carísima, por lo que resultaron ser tan ficticios como aquellas otras criaturas de terror. Pero en un nuevo giro de guion llegó internet para mostrarnos que tal leyenda urbana sí tuvo una base real, aquí está. «Su distribución se ha cortado a tiempo y no se cree probable que la droga que contiene haya alcanzado a provocar la adicción en las personas que puedan haberlos consumido», informaban, aunque para tranquilizar a los padres se añadía que «conforme a los resultados de los análisis, el consumo de estos caramelos en pequeñas cantidades no es nocivo y solo provoca un poco de sed». Ah bueno. Un momento… ¿Qué clase de análisis hicieron para concluir que provocan sed? Muy raro todo. El caso es que en Estados Unidos deben ser menos aprensivos y en estas fechas mandan a los niños de casa en casa al grito de «trick or treat» en busca de dulces. Qué mejor banda sonora entonces que el tema de The Strangeloves que esta banda punk inglesa versionó en los ochenta.

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«The Witches Promise», de Jethro Tull

Tal como nos anuncia el título de esta canción de 1970 la letra nos cuenta la historia de una bruja y sus artimañas para confundir a al incauto con el que se cruzó. Pero lo verdaderamente inquietante es en realidad el aspecto que luce Ian Anderson y sus muecas extraviadas. En el 3:07, por ejemplo, nos indica que necesita urgentemente un exorcismo.

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«Ghostbusters», de Ray Parker Jr.

En una década tan generosa en canciones rematadamente pegadizas como la de los ochenta, esta destacó por encima de la media en ese aspecto. Estuvo además perfectamente adaptada a la película, al recrear aquellos anuncios televisivos con los que se daban a conocer los Cazafantasmas. Solo le faltaba ser original. Pero no se puede tener todo, de manera que «I Want a New Drug» de Huey Lewis and the News nos muestra de dónde sacó la inspiración Ray Parker Jr. Una inolvidable película que protagonizó la portada de este número de nuestra revista en papel, en el que encontrarán todo lo que necesitan saber sobre los fantasmas.

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«Halloween», de Siouxsie And The Banshees

Inspirada en su adolescencia por un David Bowie que, a sus ojos, parecía llegado del futuro o de otro planeta, Susan Janet Ballion se cambió el nombre por el mucho más artístico Siouxsie Sioux y acabaría formando esta banda de post-punk que a su vez ejercería una considerable influencia en otros muchos grupos posteriores. Una canción cargada de lirismo que forma parte del álbum Juju, del año 1981.

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«Mi novio es un zombi», de Alaska y Dinarama

Nacho Canut y Carlos Berlanga fundaron a comienzos de los ochenta el grupo Dinarama, al que poco después se sumaría Alaska. Duraron hasta 1989, año en que publicaron uno de sus temas más recordados. Es una canción desenfadada a la que poco se le puede objetar… Miren, no es por ser puntillosos pero vemos durante la actuación a uno disfrazado de Freddy Krueger, cuando este personaje NO es un zombi. Cada criatura de terror tiene su personalidad, sus características individuales, no caigamos en generalizaciones injustas y tengamos un poco de cultura de ultratumba.

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«Scary Monsters (and Super Creeps)», de David Bowie

Cómo no iba a ganarse fama de rarito del espacio alguien que no desaprovechaba la ocasión de cantar sobre hombres de las estrellas, marcianos, astronautas o, como en este tema, monstruos espantosos y supergrimosos. Si quieren leer en más detalle sobre él, aquí tienen este artículo.

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«Black Sabbath», de Black Sabbath

«Black Sabbath» fue un sencillo del disco Black Sabbath, del grupo británico abuelo del metal Black Sabbath. Se diría que no dedicaban mucho tiempo a pensar títulos, pero en realidad el nombre de la canción precedió al del grupo. Después de que su guitarrista Tony Iommi pasara un tiempo con los mencionados Jethro Tull, regresó el mismo año, 1969, en que descubrieron que su nombre previo, Earth, era usado por otra banda. De forma que tras copiar el título de una película de terror de Boris Karloff para dicha canción, decidieron que así es también como serían conocidos. Su letra se inspiró en la experiencia de Geezer Butler, bajista del grupo, que de tanto hacer cosas satánicas en su casa un día se le terminó apareciendo aquello que describe como «una gran silueta negra con ojos de fuego».

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«No es serio este cementerio», de Mecano

Pocas cosas resultan más espeluznantes en este sombrío mundo que los ripios de Mecano. Te asaltan repentinamente, como una niña japonesa del más allá, y una vez que oigas uno ya no podrás olvidarlo jamás: «Y aunque hay buenas tumbas / Están mejor los nichos / Porque cuestan mas baratos / Y no hay casi bichos». En definitiva, una gran canción imprescindible para estas fechas.

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«This Is Halloween», de Danny Elfman

Danny Elfman es el compositor de la banda sonora de prácticamente cualquier película que puedan imaginar. Las ha hecho todas. Desde Hombres de negro, pasando por Misión Imposible hasta Cincuenta sombras de Grey. La melodía de Los Simpson también es obra suya. Una constante a lo largo de su trayectoria ha sido su cercanía a Tim Burton, para quien ha creado la música de casi todos sus filmes. Una de las más conocidas es esta para Pesadilla antes de Navidad, repleta de pavorosas imágenes en su letra: «I am the one hiding under yours stairs / Fingers like snakes and spiders in my hair». Tuvo además una versión de Marilyn Manson.

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«Return Of The Phantom Stranger», de Rob Zombie

En 1978 John Carpenter dirigió una de de las obras cumbre de su carrera artística y del cine de terror en su conjunto, Halloween. Conoció desde entonces tantas secuelas que a partir de la sexta ya perdimos la cuenta. Casi treinta años después llegó el inevitable remake, que estaría a cargo del cineasta y músico Rob Zombie, quien dos años después dirigió también la secuela de ese remake. Estamos por tanto ante todo un experto en lo que a Halloween se refiere, alguien cuya música se distingue por sus connotaciones tétricas y sobrenaturales. Esta canción pertenece al álbum con el que debutó en solitario en 1998.

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«After Dark», de Tito & Tarantula

Hay escenas que salvan películas, que logran incluso independizarse de ellas y seguir su propio camino. Es el caso de la escena del baile en el Titty Twister. No quitaremos méritos a Hayek, gran economista y mejor actriz, pero es indudable que su magnífica banda sonora tuvo mucho que ver en ello. Tito Larriva ya había colaborado con el director en Desperado, tanto en su banda sonora como actuando, y aquí repitió con inmejorable resultado. Como la escena es de sobra conocida merece la pena escuchar esta versión en directo del tema.

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«Hocus Pocus», de Focus

¿Es esta la canción más espeluznante jamás interpretada? Evoca a espectros deambulando por psiquiátricos abandonados, a demonios atrapados en dimensiones ignotas, a criaturas deformes salidas de alguna pesadilla. Es una cosa de locos. No es de extrañar que la utilizaran en uno de los episodios de Supernatural.

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«Thriller», de Michael Jackson

Tras una ardua lucha contra la tentación de dejarlo fuera, finalmente ahí va este tema que no se entendería sin su vídeo. John Landis había estrenado Un hombre lobo americano en Londres (cuyos actores protagonistas mostraron posteriormente su extrañeza porque no incluyera en la banda sonora la citada «Werewolves of London»), film que entusiasmó a Michael Jackson y recurrió a él para rodar un videoclip que superase todo lo visto hasta entonces. Han pasado treinta y tres años y ahí sigue esta maravilla en lo más alto de la cultura pop. Sobre la canción, el vídeo y la trayectoria musical de tan peculiar artista ya publicamos en su día este artículo.

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«Halloween», de The Misfits

Es muy interesante ver cómo un mismo tópico, en este caso la fiesta de Halloween, es interpretado por cada grupo de forma que cada uno aporta su estilo, su particular mirada. Eso es el arte. Así que aquí tenemos de nuevo una canción con el mismo título de otras incluidas en esta lista y también, una vez más, a una banda en la que las fronteras entre la música y el cine resultan muy difusas. Para este conjunto de horror punk originario de Nueva Jersey el género de terror de serie B ha sido una fuente inagotable de inspiración, cuyas canciones a menudo llevan el mismo título que esas películas: «Abominable Dr. Phibes», «Night of the Living Dead», «Astro Zombies», «Return of the Fly»… etc.

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«Somebody’s Watching Me», de Rockwell

Si en plena noche oímos crujir algún mueble podríamos creer en un primer momento que se trata de la madera contrayéndose debido a la bajada de temperaturas… ¿Pero no es mucho más lógico pensar que se trata del espíritu de nuestra abuela muerta que ha recorrido unos cuantos kilómetros para meterse en nuestra casa y hacer esos ruiditos a las tres de la mañana sin otro fin que jodernos? Es de sentido común. Así que, quizá por cercanía a nuestra experiencia, pocos tópicos del género de terror avivan más nuestra imaginación que el de las casas encantadas en las que acecha alguna presencia sobrenatural. De eso trataba este himno a la paranoia en el que también cantaba Michael Jackson, que alcanzó un gran éxito por las mismas fechas que el anterior. Cabe señalar que en buena parte está rodado en primera persona, unos cuantos años antes de que «Smack My Bitch Up» pusiera de moda esa perspectiva en los vídeos musicales.

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Cassettes

Fotografía: Pascal Terjan (CC).

Hace unos días albergué en mi casa a un par de chavales muy guapos que venían a ver mi ciudad; chicos guapos de los que piensan que el tobillo es bello. Íbamos a dar la primera vuelta por Madrid cuando, mientras nos maqueábamos antes de salir, me percaté de que uno de ellos llevaba un bolso blanco con la imagen serigrafiada de una cinta de cassette.

Ya me había dado cuenta, puesto que tengo ojos en la cara, de que las cintas se han convertido en una especie de adorado icono popular. El otro día en la exposición de Pop Art del Museo Thyssen, vi en la tienda de souvenirs el paradigma de este culto. Vendían un cinta de cassette llena de latas de Campbell de Warhol. El no va más.

Fotografía: Álvaro Corazón Rural.

Lo gracioso de este tema es que, antes de la oleada de pasión por las cassettes como concepto, como unos siete u ocho años atrás, recuerdo haber visto también tatuajes de cintas de cassette. Tatuajes, dibujos sobre piel humana para toda la vida. Eran los inicios del siglo XXI y la gente guay se estaba tatuando lo primero que había quedado obsoleto con la llegada del futuro. Es como si se tatúa usted ahora un móvil de los antiguos con un sugerente SMS en la pantalla. ¿Que le parece una gilipollez? Pues tiempo al tiempo.

Aunque si bien cambian las costumbres y las manías, el ser humano sigue siendo el mismo. Un fenómeno semejante al de los tatuajes de cintas lo contó muy bien Mauro Entrialgo en una historieta de 1994, «Budamanía», publicada en el álbum El efecto solomillo de la Factoría de Ideas.

Trataba de un hombre que había coleccionado muñecos de dinosaurios toda su vida, una cosa molona, hasta que con el estreno de Jurasic Park ahora parecía bobo. «El sobrino de Spielberg», se lamentaba él. También era un tío que iba con el pelo largo, desaliñado y con perilla desde que le salió la barba, pero que con la llegada del grunge de pronto parecía un niñato apuntado a la última moda. Y en lo que nos ocupa, los tatuajes, contaba que se había tatuado el escudo de Batman, entonces un cómic que leían los pocos que leían cómics o la lejana en el tiempo y entrañable serie de televisión de los sesenta de los mamporros onomatopéyicos, el caso es que con el estreno de la película de Tim Burton en 1988, que hasta yo recuerdo toda Madrid empapelada con carteles del murciélago, se lo tuvo que tapar avergonzado con un parche.

Imagen: Mauro Entrialgo / Factoría de ideas.

Lo que enseña esta historieta para mí es idéntico. La peña que a principios de la década anterior se hiciera un tatuaje de una cinta de cassette no sé qué sentirá ahora cuando se pase por un mercadillo y vea que hay gorros, bolsos, camisetas y toallas con dibujos de cintas de cassette. De tener cogido por los huevos al mundo de las tendencias a pasar a ser equiparable a un caballero de mediana edad con una camiseta de la selección y unos pantalones pirata, media un abismo. También salió una vez en El País Semanal alguien hace la tira de años con un toro de Osborne tatuado, un actor o algo, y menos mal que he olvidado su nombre porque me gustaría preguntarle qué tal lo lleva ahora que el símbolo es tan popular y se agita en lo alto en reuniones tan elegantes e ilustradas.

Pero no hemos venido a hacer sangre. Lo que queremos es aprovechar estas paradojas del mundo moderno como excusa para recordar las cintas de cassette, un artilugio alrededor del cual giraba nuestra vida. No es una exageración.

De la cinta sabemos que vino al mundo a competir con el cartucho, un formato olvidado y del que cuentan los viejos del lugar que sonaba de putifa. El fin último del cartucho o la cinta era escuchar música en el coche. Cualquier venerable anciano de la generación Mirinda habrá ido de vacaciones a Torremolinos en coche escuchando música del momento, Los Amaya, Joan Baez… en cartucho. Los de Barrio Sésamo, en cambio, viajábamos con cintas y seguramente todos estemos de acuerdo en afirmar lo mismo: la probabilidad de que una cinta en un coche se jodiera es igual a uno.

Hay que tener en cuenta que tanto los equipos reproductores de nuestros temidos y potentes Talbot Horizon, 127 y compañía, como las propias cintas, eran una porquería. De hecho, si la cinta desplazó al cartucho fue porque era «más económica», que en términos capitalistas se traduce por más basura.

Encima, los reproductores se robaban que daba gusto. De ahí el frontal extraíble, tan publicitado, que estuvo precedido no poco tiempo de la radio entera extraíble. Cómo olvidar esa imagen de señores con bigote yendo a hacer sus cosas, saliendo de sus respectivos curros o de domingo con los sobrinos, con la radio del coche asida con la mano que ya parecía un apéndice inseparable. Faemino y Cansado lo llamaron el hombre Túporaqui.

El riesgo de no ir por la vida con la radio del coche en la mano era que te encontrases la luna rota con una piedra de granito o un ladrillo y que te hubieran robado la radio. O peor. A un vecino mío, como no pudieron sacársela de su Citröen CX, le destrozaron el cuadro de mandos con el destornillador, como en Instinto Básico con el picahielos, y luego se cagaron en el asiento del conductor dejando ahí el pino a la mayor gloria de Dios. El ciudadano español de entonces no aceptaba la derrota como un sueco democristiano, precisamente.

El caso es que el hecho de que los cassettes girasen en torno a los vehículos convirtió a las gasolineras en tiendas de música. Y que en las gasolineras se vendiera música a los camioneros y otras gentes de camisa desabotonada y anhelos de libertad motivados por una breve estancia en prisión por un delito que no había cometido, sirvió para que a esa música se la denominara «música de gasolinera». Pero este término es falaz. A las gasolineras me iba yo a comprar cintas de Judas Priest o los dos Keeper de Helloween, o Eskorbuto, Kortatu y La Polla Récords. También, por qué no, Triana y Medina Azahara, puesto que costaban 495 pesetas, que era un precio asumible para un niño. No como en la tienda de discos del barrio que te ponían una navaja al cuello solo para entrar.

Imagen: Agneta Von Aisaider (CC).

Aunque a las masas del siglo XXI lo que les mola recordar de las gasolineras son las cassettes del Payo Juan Manuel y compañía. Son kitsch. Son España profunda y su cine de quinquis, algo de lo que gusta reírse el joven moderno de hoy siempre y cuando se halle, la España profunda y sus quinquis, muy lejos en el espacio y en el tiempo. Cuando un menda con tatuajes talegueros atraca a tu madre en el portal de tu casa con un cuchillo, el tatuaje taleguero, el expresidiario y sus tonadillas preferidas no son cosas que quieras abrazar en clave de pop al grito de «¡uaoh, cómo se nos va la olla, tíos!».

Con todo, cuando empezó a cachuflar esto de internet, todos nos volvimos majaretas con la página Caviar del Caspio. Era una recopilación de portadas y títulos de cintas de gasolinera inenarrable. Tuve la fortuna de conocer en su día al buen hombre que la creó, que trabaja alejado del mundanal ruido en una estación meteorológica y es un eslavófilo de pro, pero hoy, harto de tanta tontería, no ha querido brindarme sus palabras para este texto más por aburrimiento que por otra cosa. No se lo echaremos en cara. Pero no queda más remedio que reciclar una entrevista que le hice para Ruta 66 hace diez años.

La cosa comenzaba preguntándome yo si no articularía Sabino Arana su doctrina al contemplar su colección de musicassettes —era la época del Plan Ibarretxe aunque él prefería denominar su tesoro «abisales flores de estercolero», para pasar a hablar de la creciente fiebre por las llamadas «cintas de gasolinera». Empezaba:

Sí que detecto cierta moda, pero, por definición, el punto de vista que defiendo ante la basura musical es marginal y minoritario. Sí que hay interés y proliferación, creciente además, de fenómenos basura, a mi juicio grasas saturadas, en términos asimilables por el mercado, pero me temo, con el debido respeto y sin ánimo de sentar cátedra, que es la propia industria del ocio la que los genera y alimenta con productos diseñados para satisfacer esa demanda.

Y a la hora de enumerar los reyes de la casssette hispana, decía:

Hubo una época en que escuchar el Payo Juan Manuel, aún enterrado y oculto para la marabunta, supuso una veta inagotable de tremebundas experiencias en cascada. No solo por sus ripios verduscos, que eran lo de menos; era sobre todo por su visión del mundo, su cosmogonía cafre. Me dejaba turulato. Pero luego vino el Pelos y los Marus ¡qué mullets, tíos! O Tony el Gitano, ¡qué arte de combinar chaqueta y pantalón! O Joan Josep cantando el «Himno de la petanca», o Dulce Vega y sus jadeos eróticos, o el mismísimo Leo Rubio, «el gabacho pitiminí», cantando a la construcción como si le fuera la vida en ello.

Los más blandos y comerciales Beatles se asimilarían a nuestros impertérritos Chunguitos y los más salvajes y peligrosos Rolling Stones devendrían en nuestros afilados, por las filomenas, Chichos; con el Jeros como mártir de la causa en contraposición al inexplicable y mefistofélico pacto del Jagger.

Para los Judas Priest, haciendo abstracción del heavy en su conjunto, pondría la Charanga del Tío Honorio, un experimento del gran Honorio Herrero nunca justamente valorado. Sería cambiar los pelos por la boina.

Dylan, cantautor eterno, sería Emilio el Moro. Espejo de generaciones y letrista extraviado de nuestra historia musical. El virtuosismo convulso de Hendrix a lomos de su Stratocaster, solo lo he avistado en Cecilio Serrano García «el ruiseñor verato», de Madrigal de la Vera, se entiende, al mando de su célebre Casiotone C-500 adaptado.

Y una biografía de un grupo gasolinero cualquiera, para hacernos idea, una composición de fondo:

Podría hablar del auge y caída de los Pillo’s Boys, de Tiétar, Cáceres. Durante sus buenos años una institución en la escena top-gasolineras meseteña. Comenzaron al tran tran, hacia 1992, en su pueblo rifando un jamón en medio de la actuación hasta llegar, en sus buenos tiempos, a alcanzar un caché de trescientas mil pelas por gala. Barra aparte. Junto con Cecilio, Toni y Susi, Antonio y Jesús, para los amigos, y Deme «el castellano», el dandi montaraz, han copado el circuito habitual de festejos mayores en la Extremadura rural contemporánea. Virguerías como el «Garabirubí», «Corazones peregrinos» o, mismamente, su ajustada revisión de «Paquito el Chocolatero», aunque un poco monocordes en su compás simple de teclado de primera generación y arropadas en una, en mi humilde opinión, restrictiva puesta en escena, han hecho las delicias de grandes y chicos en sus recordados bolos. Desgraciadamente para sus seguidores, el éxito se los comió y, por desavenencias artísticas y personales, recientemente pleitearon de malas formas. Hoy por hoy el ideólogo musical y estético de la pareja, el Pillo gordo para entendernos, mantiene el testigo y la marca de la casa en solitario, deleitando a la concurrencia con joyas del calibre de «Man robao el coche».

¿Y a qué huelen las cassettes?

Pero claro, todo esto, por muy gasolinera que fuese, serían cassettes originales. Alrededor de lo que giraba nuestra vida, al menos la vida de los que nunca nos habían quemado un camión los franceses, era de las cintas vírgenes. De hecho, llegó un momento en el que los LP traían un aviso mu serio mu serio que rezaba «Tape trading is killing music». Es decir, intercambiar cintas grabadas con discos, el pirateo de toda la vida de dios, iba a acabar con la música. Y así ha sido, como todo el mundo sabe, en España ya no hay festivales de música, cuando en los setenta y ochenta había decenas cada verano. Tampoco hay grupos, ni comercios con la música a todo trapo, ni niñatos en el metro con sus engendros sónicos a tope en el teléfono. La música ha muerto y como penitencia tenemos un músico por cada tres habitantes pidiéndonos que vayamos el viernes a verle rascar la guitarra o pinchar en no sé dónde.

Fotografías: Happy Days Photos and Art (CC).

Y todo por culpa de las cintas. ¿Pero qué eran las dichosas cintas? Pues artilugios de plástico con una tira de óxido férrico, óxido de cromo… yo qué sé, un montón de cosas que vienen en la Wikipedia. Lo importante es ¿se podían comer? No. ¿Se podían oler? Sí. ¿A qué olían? Señores, en mi humilde opinión, olían a cacahuetes. A estas alturas de la vida ni me enorgullezco ni me avergüenzo de nada y digo las cosas como las pienso: a cacahuetes me olían. Y si les extraña huélanlas, por donde estaba la cintilla marrón, y me dicen. Las TDK preferiblemente.

En mis tiempos todo esto era campo e internet no existía pero era mejor

Aparte de para olerlas, las cintas servían fundamentalmente para grabar discos. A tu amigo le compraban un disco por navidades y tú te lo grababas de él. Simple. Cuanto más guais eran tus amigos, mejores cintas te podían grabar. Cuanto menos cerca estuvieses de la persona guay, menos calidad tendría tu cinta, pues perdía en cada grabación. ¿Entonces el tema de la cinta te empujaba a salir a la calle a hacer amigos y era un rollo mucho más saludable y auténtico que la fría internet? Podríamos decir que sí y luego masturbarnos mutuamente los que hemos nacido hace más de treinta años, pero no. Es que no tenía por qué ser así. Internet, tal y como la conocemos en cuestiones musicales, ya existía. ¿U os creéis que en el pasado éramos gilipollas, niñatos?

Lo que pasa es que era distinta. No había ordenadores ni circuitos. Cuando tú querías cambiar cintas con alguien, escribías una carta a otra persona que podría haberse anunciado en un medio, revista o fazine. Os enviabais listas de cintas y discos mutuamente, elegíais y os grababais. El proceso, llamadlo tiempo de descarga, tardaba de tres a seis semanas. Era lo único malo, pero teníamos de todo menos prisa.

Luego la navegación también existía. Cada programa de radio, fanzine, grupo o amigo del intercambio de cintas tenía un flyer con su dirección del que hacía miles de copias. Tú, en cada carta, metías todos los flyers que te habían llegado en otros intercambios, de modo que la función de ese papelucho tristemente fotocopiado con el nombre de «Luna negra de la noche con sangre de doncella derramada en el pecho desnudo a las cuatro de la mañana con menos diez grados» y su dirección debajo hacía la misma función que puede hacer hoy en día un banner. Cada día recibías más flyers desconocidos, de cada rincón del mundo y escribías y recibías más y más cartas con más y más cintas. ¿La bandeja de entrada llena de emails? ¿Muchas notificaciones de Facebook? ¿Menciones en Twitter? Todo eso es de pobres. La auténtica y verdadera alegría social es haber tenido el buzón de casa lleno de cartas y paquetitos cada mañana y cada tarde —mi cartero, como el de la película, pasaba dos veces al día—.

Pero ¿cómo? ¿que mandar cartas y paquetitos es caro y los emails ahora son gratis? No. Eso son chorradas y mentiras. Enviar paquetes antes también era gratis. Completamente gratis. Solo había que hacer una pequeña inversión inicial, como cuando das de alta tu conexión, y comprar una serie de sellos de diferentes valores. Ejemplo: diez de cien pesetas, veinte de cincuenta pesetas, otros tanto de veinte pelas, etc… Y luego, a la hora de enviar a tu amigo «Ano que sangra en la penumbra» un piratito de los Manowar que no tiene ni dios, hacías el paquete y rendías pleitesía a su majestad el rey Juan Carlos I.

¿Cómo que rendir pleitesía? Sí, igual que los periodistas independientes, lo enjabonabas. Pero en sentido literal. Cogías un pegamento de barra Print, le ponías una fina película de pegamento en la superficie al sello, en la cara de Juancar concretamente, y luego le decías a tu amigo que te los devolviera en su siguiente envío. Al recibirlos de vuelta, les pasabas un poquito de agua por encima y el matasellos se iba con suma facilidad. Ya solo había que dejarlos secar y vuelta a empezar. Así durante años. Ahora dime tú cómo enviar por email algo que pesa doscientos cincuenta gramos y que te salga gratis. Desgraciadamente, los nuevos sellos postales digitales, con códigos de barras y todo el copón, acabaron por hacer desaparecer estas prácticas por las que tanto cariño le teníamos al rey. Por pequeños detalles como este dicen que Felipe VI lo va a tener difícil.

Fotografía: Kevin Simpson (CC).

Así lográbamos acumular montones de cintas. Montañas. Y entonces empezaba el desarrollo del espíritu, te hacías tus propias portadas a mano. Todavía no he visto ninguna web que recopile portadas de cinta hechas a mano, a saber, portadas de los Maiden, de Metallica. Esos logotipos copiados con mucho sufrimiento. Ese Eddie que parecía Cobi. Un horror. El espanto. Tenebroso todo. Viendo creaciones de algunos familiares y amigos entraban ganas de gritar eso que dice Don Drapper en la primera de Mad Men: «¡¡¡Tenemos más intelectuales y artistas fracasados que el III Reich!!!»

Intercambiando, intercambiando, al final uno lograba reunir joyitas de difícil catalogación. Por citar una, mi favorita de todo lo que acumulé fue un grupo panameño que hacía ruido básicamente mezclado con fragmentos de películas porno sudamericanas o dobladas por actores latinos. Era una auténtica delicia. Pero ya ven, sexo y violencia, la programación diaria de cualquier televisión privada generalista. Mucho underground, pero teníamos un gusto de lo más vulgar. Al final los únicos excéntricos de verdad son los que se escuchan sinfonías del tirón del Mozart ese.

Por otro lado, las cassettes se podían escuchar tanto en casa como en el coche como en la calle en un artilugio llamado walkman. Sin querer extendernos en este particular, tan solo señalaremos que no se podía cambiar de canción con apretar un botón, como ahora, pero sinceramente yo creo que las cintas, pese a sus evidentes limitaciones técnicas, sonaban mejor que los mp3. A mí con los mp3 me ha pasado de pararme un momento en mitad de la calle y decirme que no me iba a engañar a mí mismo. Preguntarme: ¿me puedes explicar qué estás escuchando? Y contestarme: pues la batería, bajo y guitarra, la verdad, seamos honestos, parecen un ventilador de peli de cine negro en el medio oeste americano, y luego hay una voz y algún punteo que se intuye, que se siente más que se escucha. Y estamos hablando de mp3 de algún grupo de power pop, nada de ruidistas japoneses. Por eso mi opinión es que los mp3 sin padre ni madre que se descargan o te pasan suenan como el culo, francamente. Es lo que tiene la democracia digital, que los Allman Brothers suenen como los Cramps en el reproductor portátil y tú feliz porque es gratis. Algún día alguien se grabará golpeando con el glande sobre la mesa cantando por encima, nombrará el mp3 como Dead Kennedys y pasará totalmente desapercibido.

También, como detalle simpático, cabe señalar que para ahorrar pilas del walkman rebobinábamos las cintas con un bolígrafo Bic. Un fenómeno muy recordado. Es decir «walkman, cinta de cassette en el instituto» y que automáticamente alguien conteste «rebobinar con boli Bic». Asquerosa nostalgia pavloviana.

Pero bueno. Al final, todos hemos pasado por el aro del mp3 y si hay alguien escuchando cintas por ahí es que está en riesgo de exclusión social o es de un esnob que, sinceramente, lo que se merece es que le den dos hostias bien dadas. No obstante, una vez pasada la era, la putada fue ver qué hacía uno con tanta cinta que no servía para nada. Una idea que surcó internet en su momento fue hacer muebles. Pero con cajas de cinta y de cedé le hice yo una casita al gato y pasó de ella con el pasotismo aristocrático que solo los gatos saben tener.

En otros ámbitos, sin embargo, las cajas de las cintas fueron muy apreciadas para llevar de un lugar a otro dobladito el papel de plata de chinos de heroína sin terminar. Una pequeña revolución en la movilidad urbana. Momento en el cual algunas gentes de vanguardia, como decía al principio, decidieron tatuarse cassettes en la piel. Y así está el círculo.

Fotografía: Víctor Adrián (CC).