El caso del perro marrón

oie_6196122j1iil7z
Reconstrucción de la clase de vivisección de Bayliss, 1903. Imagen: University College London archives (DP).

El catedrático de fisiología del University College London William Bayliss (1860-1924) acuñó la palabra «hormona», descubrió una de ellas, la secretina, y fue el primero que describió el movimiento peristáltico de los intestinos. Bayliss quería comprobar si el sistema nervioso controlaba la secreción del páncreas como postulaba Iván Pavlov con sus perros y sus campanitas. La oportunidad surgió en febrero de 1903, en una práctica delante de sesenta estudiantes de medicina, en la que usó un pequeño terrier marrón al que había hecho una operación en el páncreas. En aquella segunda práctica expuso sus glándulas salivares para que los futuros médicos pudieran ver su inervación nerviosa y su irrigación sanguínea y, finalmente, usó el perro para explicar las respuestas del sistema nervioso periférico ante distintos estímulos, revisando los postulados de Pavlov. Al final, el can fue entregado a un estudiante de investigación, Henry Dale, que luego ganaría el premio Nobel, y era el encargado de sacrificar a los animales al terminar la práctica.

Desafortunadamente para Bayliss, en la clase se habían colado dos estudiantes suecas, Louise Lind af Hageby y Leisa Schartau, de la London School of Medicine for Women, feministas y contrarias a la experimentación con animales, que dijeron que aquello era un ejemplo de crueldad, que el animal estaba sin anestesiar y que los estudiantes se habían pasado la clase haciendo bromas y riendo, una experiencia que resumieron años después en un libro titulado Los mataderos de la ciencia: extracto del diario de dos estudiantes de fisiología.

Los datos recogidos por las activistas suecas, si eran ciertos, indicaban que se había violado la ley sobre experimentación animal de 1876 que prohibía usar el mismo animal en más de un experimento y Stephen Coleridge, bisnieto del poeta Samuel Taylor Coleridge, y secretario de la Sociedad Nacional contra la Vivisección —una vivisección es una disección cuando el animal todavía está vivo— al leer el diario de las dos muchachas, acusó a los médicos de crueldad «si esto no es tortura, que nos digan en nombre del cielo qué es tortura» en una conferencia celebrada el 1 de mayo, a la que asistieron entre dos mil y tres mil personas y cuyos mensajes clave fueron recogidos por la prensa local.

Bayliss, el catedrático que dirigía la práctica, pidió a Coleridge una disculpa y al no recibirla le denunció por difamación. Tras un agrio juicio celebrado cuatro meses después, donde explicó que hacer varias operaciones en el mismo animal permitía usar menos perros, ganó el caso. Coleridge le tuvo que pagar dos mil libras más otras tres mil en costas, una pequeña fortuna que abonó al día siguiente con un cheque. Bayliss donó el dinero al University College de Londres para usarlo en investigación aunque no lo denominó —como le sugirió el Daily Mail— «Fondo para la Vivisección Stephen Coleridge». Por su parte el Daily News, que apoyaba a la otra parte, pidió donaciones y recaudó cinco mil setecientas libras para apoyar a Coleridge y cubrir sus gastos, más de lo necesario. Ir a juicio, aun con el riesgo de perderlo, parece que fue el objetivo de Coleridge desde el principio, con objeto de conseguir la mayor repercusión pública para las ideas de los que, como él, se oponían a la experimentación con animales.

Anna Louisa Woodward, una rica londinense, fundadora de la Liga Mundial contra la Vivisección, pensó que era importante mantener el interés de la opinión pública por el tema y encargó una fuente con una estatua del perro en un pedestal. El monumento fue aprobado por el consistorio radical-socialista de Battersea, un barrio obrero de Londres, y se erigió en una zona de viviendas sociales donde fue inaugurado en septiembre de 1906. Llevaba una placa con la siguiente inscripción:

En memoria del terrier marrón llevado a la muerte en los laboratorios del University College en febrero de 1903 después de haber soportado vivisecciones durante más de dos meses y haber sido pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a liberarlo. También en memoria de los doscientos treinta y dos animales viviseccionados en el mismo lugar durante el año 1902.

Hombres y mujeres de Inglaterra: ¿hasta cuando seguirán pasando estas cosas?

oie_q00efuwjn9ol
La fuente en memoria del perrete. Fotografía: autor desconocido (DP).

Los estudiantes y profesores de medicina se quejaron de la naturaleza acusatoria de la inscripción y del ataque a su formación práctica dejando claro su malestar. Las revistas médicas también tronaron en contra del monumento, mientras que sus partidarios lo veían como un símbolo del progreso político hacia una mayor justicia social y una protesta contra el establishment ejemplificado por ese grupo peculiar, la clase médica.

Un año después, en noviembre de 1907, un grupo de estudiantes intentó atacar la estatua pero fueron dispersados por los gendarmes londinenses. Diez de aquellos estudiantes, que fueron bautizados por la prensa como los antidoggers, los antiperros, fueron detenidos por dos policías y un médico local escribió al periódico South Western Star lamentándose de lo que consideraba un signo de la degeneración de los futuros médicos: «Recuerdo cuando hacían falta más de diez policías para hacerse con un estudiante. La raza anglosajona está acabada».

Parte del ambiente social tenía que ver con una novela de ciencia ficción. Pocos años antes, en 1896, H. G. Wells había publicado La isla del Dr. Moreau. En la obra, un hombre rescatado de un naufragio es trasladado a una isla remota en el océano Pacífico, propiedad de un médico, el doctor Moreau. Moreau —por cierto un fisiólogo londinense— crea seres híbridos con un aspecto humanoide a partir de animales mediante un procedimiento que podríamos llamar de corta y pega quirúrgico, algo con ciertas similitudes con la vivisección. La novela generó un profundo revuelo social sobre temas como el dolor, la crueldad, la responsabilidad moral y la interferencia del hombre en la naturaleza, y fue parte de un debate social sobre la experimentación animal, nuestra relación con los demás seres vivos y la teoría de la evolución.

En Londres, mientras tanto, los disturbios continuaron y se empezaron a conocer como los «Brown Dog Riots», los  tumultos del perro marrón. Un juez puso multas de cinco libras a varios jóvenes que habían participado en ellos y eso hizo que más de mil estudiantes de medicina salieran de la universidad y de los hospitales e hicieran una manifestación llevando estacas con perros en miniatura encima y una efigie a tamaño natural del juez que intentaron quemar, y finalmente no debía prender bien  arrojaron al Támesis. Los manifestantes asaltaron oficinas y reuniones de sufragistas porque se generalizó entre ellos la idea de que las mismas que defendían el voto femenino eran las que estaban en contra de usar animales en la docencia, y que eran ellas las que habían elegido al perro pardo como su emblema, erigiéndole ese monumento. Uno de los enfrentamientos se saldó con las mesas de un local rotas y un titular del Daily Express que decía «Estudiantes de medicina luchan galantemente con mujeres».

El punto culminante fue el 10 de diciembre, cuando cien estudiantes quisieron derribar la estatua del perro marrón. Lo habían organizado el mismo día del partido de rugby entre Oxford y Cambridge, confiando en que los numerosos asistentes al partido se les unirían en la batalla con la policía, pero no fue así. A continuación los antidoggers intentaron asaltar el hospital de los antiviviseccionistas, un centro médico donde no se hacía experimentación con animales aunque es de suponer que aplicasen los resultados conseguidos en otros centros que sí lo hacían. Cuando uno de los estudiantes se cayó del tranvía al que se había subido, los operarios de la línea se negaron a llevarle al hospital indicando que era «la venganza del perro marrón», pero puesto que el más cercano era precisamente el de los defensores de los animales, el British Medical Journal comentó después que  la decisión podía haber «nacido de la benevolencia» por no llevar al muchacho herido al centro de sus enemigos. La cosa se fue radicalizando más y más. Esta revista, el British Medical Journal, seguía recibiendo cartas de médicos indignados, una de las cuáles decía: «Cuando un estudiante amante de la paz pacíficamente desfigura [la estatua] con un martillo está cumpliendo su deber moral con su universidad, sus profesores y sus camaradas y su estricto deber legal con su país y su rey».

oie_rq4irm5tuk4b
Las promotoras del International Anti-Vivisection Congress, 1913. Fotografía: Library of Congress (DP).

Los estudiantes fueron dispersados por la policía con cargas a caballo y uno de ellos fue detenido por «ladrar como un perro». Los disturbios siguieron durante meses, a los estudiantes de medicina se unieron los de veterinaria y unos y otros reventaban las reuniones de las sufragistas tirando las sillas y lanzando bombas fétidas. Era una mezcla de causas: a las antiviviseccionistas —tres de las cuatro vicepresidencias de la sociedad contra la vivisección estaban ocupadas por mujeres— se unieron los sindicalistas, los marxistas, los liberales y las sufragistas. Aun así, no todas las sufragistas eran antiviviseccionistas ni viceversa, pero había también cierta batalla de sexos: los estudiantes de medicina y veterinaria eran casi todos hombres mientras que un número importante de los antiviviseccionistas eran mujeres. Para muchas mujeres aquella lucha era parte de la rabia que sentían contra el estamento médico, por las sufragistas en huelga de hambre que eran alimentadas a la fuerza en prisión por médicos, o por las mujeres a las que se les extraían los ovarios y los úteros como cura para su histeria. Las dos partes se veían como los herederos del futuro, los promotores de la modernidad. Las sufragistas y antiviviseccionistas consideraban que la experimentación con animales y la prohibición del voto femenino eran dos caras de una misma realidad patriarcal, dominadora y cruel. Los estudiantes, por su parte, decían que ellos y sus profesores era un «nuevo sacerdocio» y las antiviviseccionistas y sus aliados los representantes de la superstición y el sentimentalismo.

Mientras tanto, la policía puso protección permanente a la estatua, lo que llevó a una nueva vuelta de tuerca pues hubo preguntas en la Cámara de los Comunes sobre cuánto costaban los seis policías diarios que eran necesarios para mantener la guardia de veinticuatro horas. Finalmente, tras las elecciones locales de noviembre de 1909, el nuevo consistorio de Battersea decidió que no querían seguir siendo el campo de batalla entre unos y otros, y sin decirlo —quizá pensaron que «muerto el perro se acabó la rabia» quitaron la fuente a escondidas, para lo que enviaron cuatro obreros protegidos por ciento veinte policías y la llevaron a un lugar secreto en las primeras horas del 10 de marzo. La retirada de la estatua generó una protesta de tres mil antiviviseccionistas en Trafalgar Square que demandaban que fuera devuelta inmediatamente a su emplazamiento original, pero no se hizo y fue fundida a escondidas años después.

En 1985 una nueva estatua en memoria del perro pardo fue erigida en el parque de Battersea, aunque hubo también polémica sobre la pose elegida por el escultor y sobre su localización. En la vieja estatua el perro estaba recto y desafiante, en la nueva, enroscado y con la cabeza gacha, parecía suplicar piedad. Además, los enemigos de la experimentación con animales se quejaban de que la estatua estuviese casi oculta. En 1992 fue retirada y en 1994 se volvió a instalar, pero en el pabellón de críquet del Viejo Jardín inglés, un lugar mucho más discreto que el que ocupó anteriormente.

Curiosamente, el perro también se convirtió en un símbolo de ambos grupos: la Sociedad para la Protección de los Animales expuestos a la vivisección tenía un perro en su logo y la Physiological Society, la asociación científica de los fisiólogos, los principales protagonistas de la experimentación con animales, también tenía una pequeña estatua de un perro que situaban en un lugar preferente en sus congresos y sus reuniones hasta que fue robada del maletero de un coche en 1994. Esa estatua fue usada para fabricar réplicas que se entregaban a los fisiólogos más respetados en el momento de su jubilación. La estatua original había sido presentada a la Sociedad en octubre de 1942 por Henry Dale, el hombre que sacrificó al perro marrón y, de hecho, muchos fisiólogos británicos todavía creen erróneamente que el emblema de su sociedad es ese animal concreto.

La controversia no ha desaparecido y sigue habiendo personas en contra de la experimentación con animales, mientras que médicos, científicos y asociaciones de pacientes, de forma prácticamente unánime, lo consideran un mal menor y necesario para seguir avanzando en nuestra lucha contra la enfermedad y para valorar la seguridad de nuestros productos químicos, incluyendo fármacos, pesticidas y detergentes. Los científicos utilizamos una estrategia denominada de las tres R: reducción (usar el mínimo número de animales posible, que suelen ser ratas y ratones), refinamiento (hacer todos los procedimientos con un cuidado extremo) y reemplazo (en lo posible sustituir los animales por células, modelos informáticos o cualquier otro procedimiento que no requiera animales vivos), pero el debate sigue vivo un siglo después. Hace unos años lo único que quedaba de la vieja estatua del perro marrón era una marca en el pavimento y un cartel en una valla cercana que ponía «No Dogs», «No se admiten perros».

oie_6191220jx0kjxlz
Manifestación en contra de la retirada de la estatua. Imagen: Library of Congress (DP).

Para leer más:

  • Baron JH (1956)  «The Brown Dog of University College». Brit Med J  2 (4991): 547–548.
  • Galloway J (1998) «Dogged by controversy». Nature 394: 635-636.
  • Mason P (1998) The Brown Dog Affair. Two Sevens Publishing, Londres.


La verdadera historia de la penicilina

Alexander Fleming (1881-1955) Scottish bacteriologist. Discovered penicillin 1928. Photograph
Alexander Fleming (1881-1955). Fotografía: Cordon Press.

Todos creemos conocer la historia. Alexander Fleming tenía un cultivo de microorganismos cuando un descuido, una ventana mal cerrada, hizo que una de las placas de cultivo se contaminara. El asombrado médico vio que alrededor de aquellas pequeñas colonias del hongo verde del pan, el Penicillium, no crecían las bacterias y de esa casualidad tan sencilla ¡zas! surgió uno de los medicamentos más útiles del siglo XX: la penicilina. ¡Mentira! Además, Lord Randolph Churchill había pagado la educación a un muchacho que luego salvó la vida de su hijo Winston, el primer ministro británico, y aquel joven médico era Fleming. ¡También mentira! La ciencia no es así, nunca es así, por lo que vamos a ver si contamos algo más y la historia es un poco más real y mucho más interesante.

Alexander era hijo de un granjero, Hugh Fleming, que se casó en segundas nupcias a los cincuenta y nueve años y ya sesentón tuvo cuatro hijos más, el tercero de los cuales era nuestro protagonista. El vetusto padre murió cuando Alexander tenía siete años y el muchacho, tras terminar la secundaria, estuvo cuatro años trabajando en una compañía naviera. El que realmente pagó su educación fue su tío John, que murió, y el muchacho de veinte años decidió dedicar el dinero de la herencia a estudiar medicina. En la facultad, Alexander formaba parte del club de tiro con rifle y el capitán del equipo, que quería seguir contando con él al terminar los estudios porque era buen tirador, le ayudó a conseguir un puesto en el departamento de investigación del hospital de St. Mary para que pudiera seguir viviendo en Londres y compitiendo con el equipo. Tras trabajar unos años allí, consiguió una plaza de profesor y de ese puesto marchó a los hospitales de campaña en el frente de Francia durante la I Guerra Mundial. Durante la guerra vio con horror la cantidad de jóvenes que morían de gangrena gaseosa y descubrió que los antisépticos mataban más gente que las infecciones que supuestamente trataban. Las autoridades militares no quisieron saber nada de novedades y siguieron con los protocolos habituales.

Tras terminar la guerra, Fleming volvió al St. Mary e hizo su primer gran descubrimiento: la lisozima. Trabajaba con placas Petri, pequeños platos tapados por otro plato donde se extiende una capa de un medio de cultivo y allí crecen las bacterias relativamente protegidas. Una de esas leyendas, quizá verídica en este caso, dice que Fleming estornudó encima de una de esas placas abiertas y vio que muchas bacterias morían. La lisozima es una enzima presente en muchas secreciones, incluyendo la saliva, las lágrimas, la leche y el moco, que destruye las paredes de muchos microorganismos. Sería el primero de sus errores afortunados.

La leyenda dice que el 3 de septiembre de 1928 Fleming volvió a trabajar después de las vacaciones de verano, pero en realidad seguía de vacaciones —antes las universidades tenían vacaciones «de verdad»— y volvió a Londres para asistir a un colega cirujano que se había infectado con un bacilo hemolítico en una autopsia. Fleming tenía buena fama como investigador, acababa de ser nombrado catedrático de Bacteriología y era un buen observador, pero el laboratorio estaba a menudo desordenado y sucio y sus cuadernos de laboratorio tenían grandes huecos y observaciones descuidadas. Antes de irse de vacaciones había colocado sus cultivos de estafilococos en un esquina del laboratorio, pero algunos se habían estropeado y los desechó.

Al parecer Fleming había tirado ya las placas estropeadas, pero un colega, Merlin Pryce, se acercó a cotillear un rato, y mientras charlaban Fleming iba mirando las placas descartadas. Los dos vieron algo llamativo: alrededor del hongo las bacterias habían desaparecido. De nuevo la leyenda comenta que Fleming dijo «es gracioso» y se lo enseñó a su ayudante, quien le recordó que aquello se parecía a cuando había descubierto la lisozima. Sin embargo, parece que el hongo solo detendría el antibiótico si se hubiera sembrado antes o al mismo tiempo que la bacteria y que requiere unos días de temperatura fría, algo que sucedió solo unos pocos días en ese verano londinense de 1928. Fleming fue mucho más afortunado de lo que nunca pensó. Aquella placa —o una parecida— terminó sus días en el British Museum, donde actualmente puede ser contemplada por turistas y nativos.

No mucho tiempo después Fleming determinó que el hongo producía una sustancia a la que llamó primero «jugo del moho», luego «el inhibidor» y finalmente «penicilina», que detenía el crecimiento de muchas bacterias, incluido el estafilococo. Otro golpe de suerte fue que después de probar cientos de cepas de Penicillum se vio que la original de Fleming era una de las tres mejores, una cepa excepcional. Lo de las ventanas tampoco es cierto, porque estaban muy altas y no se podían abrir. Una fuente más fiable puede ser un laboratorio micológico que había en el piso de abajo y que una espora hubiese entrado por la puerta del laboratorio de Fleming, que estaba siempre abierta. ¿Por qué mintió Fleming diciendo que el hongo habría entrado por la ventana? Quizá porque el comité Nobel había empezado sus deliberaciones en Estocolmo y no era buena idea dar la imagen de que el posible premiado o su instituto no eran capaces de mantener las esporas bajo control.

Preparing penicillin cultures.
Preparando cultivos de penicilina. Fotografía: Cordon Press.

Fleming no tenía idea de química, pero empezó a trabajar con dos ayudantes con más experiencia que él. Aun así fueron incapaces de estabilizar la penicilina, con lo que ni podían probarla en animales, ni conseguían extraerla para tenerla en cantidades suficientes, ni lograban purificarla para que fuera segura de usar en pacientes. Además, los médicos no le dejaban acercarse a ellos. El artículo original de Fleming contiene errores, omite información importante y tuvieron que pasar doce años hasta que la penicilina se pudo usar como medicamento. Diez años después del descubrimiento inicial un grupo de la Universidad de Oxford empezó a trabajar en la penicilina y consiguió resolver uno a uno estos problemas. Se trataba de Howard Florey, un agresivo patólogo australiano con seis ayudantes entre los que estaba Ernst Chainun bioquímico judeoalemán que había huido tras las llegada de los nazis al poder, llegando a Inglaterra con diez libras en el bolsillo, todo un capital.

El grupo de Oxford empezó con una financiación de veinticinco libras (no veinticinco mil, veinticinco), pero afortunadamente la Fundación Rockefeller les dio cinco mil dólares para un año. Florey esperaba haber recibido financiación para tres años, la duración normal de un proyecto de investigación, pero la fundación veía que Gran Bretaña se hundía en la guerra, no estaba claro si los laboratorios biomédicos tendrían mucho futuro en esas circunstancias y aquello parecía investigación básica, la competencia entre un hongo y una bacteria, algo sin mayor interés. El propio Chain lo reconoció años más tarde: «La posibilidad de que la penicilina tuviera un uso práctico en la medicina clínica no entraba en nuestras cabezas cuando empezamos el trabajo». Algo que deberían pensar los que oponen la investigación básica a la investigación aplicada.

Cuando se le preguntó a Fleming por qué no había sido él quien demostrase las propiedades terapéuticas del antibiótico, echó la culpa a los médicos clínicos que no le daban fácil acceso a los pacientes, a los químicos que no habían mostrado interés por aquel producto fúngico e incluso a sus propios ayudantes por no haber profundizado en su descubrimiento. Sus pruebas sugerían que la penicilina era rápidamente inactivada por la sangre, por lo que no parecía ser muy interesante para cualquier infección que necesitase su transporte por vía intravenosa como la meningitis, la neumonía o la peritonitis, y quizá tan solo valía para problemas de la piel donde se pudiera aplicar tópicamente. Después de su descubrimiento, Fleming apenas volvió a trabajar con la penicilina.

Mientras tanto, la II Guerra Mundial había comenzado y el país sufría los primeros desastres como la evacuación de Dunquerque y la batalla de Inglaterra. El potencial de la penicilina para tratar a los heridos se fue haciendo cada vez más claro. El punto de inflexión tiene fecha: el 25 de mayo de 1940. Ese día las pruebas en ratones —hubo que sacrificar miles de ratones para que la penicilina fuese segura y eficaz— demostraron que una nueva era había comenzado: infectaron a cincuenta ratones con estreptococos y a la mitad les dieron penicilina. A los pocos días, los veinticinco a los que se dio el antibiótico estaban sanos mientras que los veinticinco sin él estaban muertos. Florey declaró: «Hemos topado con una de esos medicamentos muy raros que no solo matan las bacterias en un tubo de ensayo sino también en un animal vivo sin causarle daño. Nos dimos cuenta de que la penicilina podría jugar un papel vital en la guerra».

Dándose cuenta de la importancia del descubrimiento y preocupados por el curso del conflicto que Gran Bretaña parecía ir perdiendo, Florey, Chain y dos colegas frotaron esporas de Penicillium en el forro de sus trajes y sus abrigos para que si Inglaterra era invadida los cuatro científicos intentaran escapar con el hongo, y así poder continuar su investigación lejos de las garras de los nazis. El nuevo fármaco tenía importancia estratégica porque los alemanes eran los inventores y líderes en la fabricación de sulfamidas, el primer medicamento contra los microorganismos realmente eficaz, y los aliados no tenían nada parecido.

El equipo de investigación británico trabajó en la producción de penicilina con una enorme escasez de medios. Para cultivar los hongos probaron cajas metálicas de galletas, latas de gasolina, botellas, y finalmente el envase que demostró ser más eficaz: las cuñas de metal esmaltado que usaban los hospitales para que los pacientes hicieran sus necesidades. El instrumental del laboratorio se montó con bañeras, estanterías, bidones, papeleras, compresores de frigoríficos y centrífugas haciendo que Chain, siempre un poco particular, comentara «un poco menos de improvisación y un poco más de profesionalidad habría beneficiado nuestro trabajo». No fue fácil. La penicilina se extraía en amilacetato y después se volvía a extraer en agua usando un sistema en contracorriente. Las impurezas se quitaban con una técnica nueva, la cromatografía en columna, y se concentraba usando un destilador en vacío y otra técnica novedosa, la crioliofilización, que después se usaría para hacer café descafeinado. Seis «chicas de la penicilina» fueron contratadas para mantener la producción en un sótano húmedo, frío y con olor a moho por un sueldo más bajo del que habrían ganado de camareras o trabajando en una fábrica. Ese antro fue el único centro de producción de penicilina hasta el año 1943. Florey había contactado con los laboratorios británicos Wellcome —la principal farmacéutica del país— en 1940, pero la guerra hacía que estuvieran produciendo vacunas, antitoxinas y plasma sanguíneo, los productos que parecían más urgentes en el campo de batalla, así que le contestaron que no tenían el menor interés en dedicarse a cultivar un hongo que parecía ser «tan temperamental como una cantante de ópera».

Manufacturing the new wonder drug, penicillin. The Pharmaceutical worked inoculates a sterile culture with seed spores of penicillium notatum. After 10 days the pennicillin fungus is frozen as a liquid, then reduced to dry powder. May 1944. (CSU_ALPHA_1097) CSU Archives/Everett Collection
Una farmacéutica inocula un cultivo estéril con esporas de Penicillium notatum,1944. Fotografía: Cordon Press.

Florey y los demás siguieron fabricando penicilina mientras los aviones alemanes bombardeaban aquella zona del East London donde tenían el laboratorio. No recibieron ningún impacto directo, pero algunos de los que trabajaban allí vieron desde la azotea cómo ardía su casa mientras ellos seguían purificando el antibiótico. Henry Dale, uno de los grandes científicos ingleses, le dijo a Florey que patentar la penicilina sería poco ético y no se hizo. Florey y Heatley marcharon a Estados Unidos en los famosos barcos negros —convoyes que navegaban sin luces para intentar esquivar a los submarinos alemanes— a intentar convencer a sus colegas americanos de que produjeran penicilina, pero las empresas yanquis no quisieron ponerse a ello por miedo a que la síntesis química de la molécula sustituyera a la producción microbiológica del hongo e hiciera perder la inversión.

Finalmente, el bombardeo de Pearl Harbor y la entrada en la guerra de los Estados Unidos hizo que todo se acelerase y el Gobierno americano puso en marcha un programa de investigación sobre la penicilina e instaló un centro piloto en una fábrica de Peoria (Illinois) que se había dedicado a fabricar whisky antes de la Ley Seca y tenía experiencia por tanto en técnicas de fermentación. Los americanos desarrollaron una técnica que multiplicaba por veinte la producción pero no funcionaba bien con la cepa de Fleming; había que buscar otra que creciera más rápido. Ordenaron la búsqueda de mohos de Penicillium por todo el mundo y el ejército se encargó de transportarlos a Peoria para probarlos. A la fábrica llegaron paquetes con el moho metido en botellas, cajas de cartón y sobres desde lugares como Ciudad del Cabo, Chongjin y Bombay, pero irónicamente la mejor cepa fue una que encontraron en la propia Peoria, enviada por un ama de casa a la que le había salido en un melón un moho «precioso y dorado» y que quería contribuir al esfuerzo bélico.

Para tranquilizar a las empresas farmacéuticas y convencerlas de que se metieran en el negocio de la penicilina, el Gobierno americano les ofreció una desgravación por un lado y puso, por otro, un nuevo impuesto sobre los beneficios que les animó a invertir en investigación y desarrollo. Las grandes farmacéuticas como Merck, Squibb, Abbot y Winthrop decidieron que era mejor darse ese dinero a sí mismas que al tío Sam y se pusieron a colaborar, aportando cada una aquellos conocimientos en los que eran líderes. También había emprendedores que montaban pequeñas fábricas de penicilina en sótanos, usando viejas botellas de licor para cultivar los hongos y consiguiendo trucos y mejoras con su imaginación y voluntad de asumir riesgos. Pfizer, que era una empresa más joven y quería meter la cabeza, y cuyo presidente había perdido una hija por culpa de una infección, desarrolló el método de fermentación en grandes incubadores que producía grandes cantidades de penicilina de gran pureza, y fue el que triunfó.

En septiembre de 1940 un policía de Oxford, Albert Alexander, de cuarenta y ocho años, fue la primera persona tratada con penicilina. Alexander se había hecho un rasguño en la cara con un rosal trabajando en su jardín. La herida se infectó con estreptococos y estafilococos, y la infección se extendió a los ojos y al cuero cabelludo. Le llevaron al hospital de Radcliffe y le trataron con lo único que había, sulfamidas, pero la infección empeoró y tuvo abscesos purulentos en los ojos, los pulmones y el hombro. Florey y Chain oyeron del caso en una cena y pidieron a los médicos de Radcliffe que probaran su penicilina «purificada».

Tras cinco días de inyecciones Alexander empezó a mostrar mejoría, pero se acabó la penicilina —toda la que existía en el mundo— y murió. El 14 de marzo de 1942 se trató con penicilina al primer paciente en Estados Unidos. Era una mujer llamada Anne Miller; su embarazo se había malogrado y había desarrollado una septicemia hemolítica causada por estreptococos que la llevaba a la muerte, y en esa primera prueba se gastó la mitad de la producción conseguida hasta ese momento en Estados Unidos. Tres meses más tarde ya se había conseguido penicilina para tratar a diez pacientes. Un problema es que la penicilina se eliminaba rápidamente por vía renal, así que se decidió recolectar la orina de los pacientes, volver a purificar el antibiótico que había allí y reutilizarlo. A los pacientes, claro, esto no se lo contaban.

En Gran Bretaña, mientras tanto, el Gobierno apostó por el antibiótico y nombró un Comité General de la Penicilina al que proporcionó varias fábricas de quesos, de gomas y de piensos dispersas por el país para que fabricaran allí la penicilina y corrieran menos riesgo de ser destruidas en un ataque aéreo alemán. Aun así había problemas y, por ejemplo, la lactosa esencial para hacer crecer el hongo había que disputársela a las fábricas de fórmulas lácteas para biberones. Todo escaseaba en un país cercado por los submarinos y los aviones alemanes.

Las primeras pruebas a gran escala de la penicilina se hicieron en el frente norteafricano, en las tropas que luchaban contra los tanques de Rommel, y los resultados fueron espectaculares: soldados heridos en las piernas y que habrían quedado mutilados para siempre un año antes volvían a andar. En la Primera Guerra Mundial el 18 % de las muertes de soldados fue por infecciones por neumonías, en la Segunda bajó al 1 %. Los médicos veían asombrados que incluso las heridas más grandes sanaban sin infectarse. La fama le llegó al hongo con el desembarco de Normandía, al escribir la periodista Lee Miller un artículo para la revista Vogue sobre los tres salvavidas —sulfamidas, penicilina y sangre— que multiplicaban el efecto salutífero de las manos hábiles de los cirujanos.

Worker loading the first full box carload shipment of penicillin in Sept. 1944. In June 1942 the total supply would treat only 10 patients. Penicillin was first tested for military use in the spring of 1943, and with mass production, it was used in combat zones by autumn 1943. (CSU_ALPHA_1102) CSU Archives/Everett Collection
Un trabajador carga el primer envío de penicilina al frente. Fotografía: Cordon Press.

Es curioso que los alemanes no desarrollaran la penicilina. Fleming había mandado muestras del hongo a colegas germanos antes de la llegada de Hitler al poder y había mucho publicado sobre el nuevo fármaco que Alemania podía conseguir fácilmente en países neutrales como Suiza. La respuesta puede ser que las sulfamidas eran muy alemanas y se ganaba mucho dinero con ellas, así que las grandes químicas del Reich no querían matar la gallina de los huevos de oro por un pájaro aún volando. Aun así, la farmacéutica suiza CIBA le pidió a Florey un cultivo de Penicillium y los británicos pensaron que los alemanes iban detrás del antibiótico. Los japoneses se pusieron a trabajar en la penicilina en 1944 tras llevarse copias de artículos científicos sobre la penicilina a bordo de un submarino. Probaron setecientas cincuenta cepas, pero solo unas pocas producían algo de penicilina, por lo que temían que fuera una estrategia de propaganda de los Aliados para distraer recursos materiales y humanos. Finalmente el Gobierno nipón puso dos fábricas —una de productos lácteos y otra de seda— a producir penicilina, pero cuando estaban ya preparados para producirla masivamente las bombas de Hiroshima y Nagasaki pusieron fin a la guerra.

Durante la guerra y la inmediata posguerra la penicilina era un bien escaso. Al igual que con otros productos médicos como las vendas, el cloroformo y la morfina, se dio prioridad a los soldados pues ellos ponían su vida en peligro por el bien común. El asedio a Stalingrado hizo que estos productos prácticamente se agotaran en Europa y los nazis hicieron propaganda de las hierbas medicinales para intentar distraer a la población de la carencia de remedios verdaderamente eficaces. Todavía alguno se lo sigue creyendo. La penicilina se convirtió en la zona aliada en un producto escaso, prohibido para los civiles salvo en casos de ensayos clínicos y sujeto en algunos casos al mercado negro. Con la paz llegaron productos como pasta de dientes con penicilina o lápiz de labios con penicilina para que los besos fueran «higiénicos», prometiendo la posibilidad de «besar a quien quieras, cuando quieras y como quieras, evitando todas las consecuencias salvo el matrimonio».

Las fuerzas de ocupación aliadas en Alemania y Japón se plantearon no «gastar» penicilina en atender las necesidades de la población civil de los países derrotados, a los que querían castigar. Un motivo sencillo les hizo cambiar de opinión: las mujeres que se entregaban a la llamada «prostitución del hambre», prostituirse a cambio de algo de comida, estaban contagiando a los soldados de las potencias vencedoras un alto número de enfermedades venéreas. Así que se decidió que la penicilina, cuya producción ya era masiva y económica, se convirtiese en un auténtico medicamento benefactor de toda la humanidad.

¿Y la historia de que Fleming salvó a Winston Churchill con la penicilina? Es cierto que Churchill tuvo una infección peligrosa en 1943, pero no había apenas penicilina entonces y era un tratamiento experimental. La realidad es que, al parecer, le trataron con sulfamidas pero no quisieron que se supiera que le había salvado un «medicamento alemán».

Para leer más:

  • Brown K (2008)  «Fighting fit. Health, Medicine and war in the Twentieth Century». The History Press, Stroud.
  • Grossmann CM (2008) «The First Use of Penicillin in the United States». Ann Intern Med 149: 135-136.
  • Hare R (1982) «New light on the history of penicillin». Med History 26: 1-24.
  • Markel H (2013) «The real story behind penicillin». PBS Newshour. Enlace.