El héroe cultural: de Prometeo a Frankenstein

Prometeo trayendo el fuego, por Jan Cossiers
Prometeo trayendo el fuego, por Jan Cossiers.

El Homo erectus empezó a utilizar el fuego hace más de un millón de años, aunque pasaría mucho tiempo antes de que nuestros remotos antepasados aprendieran a encenderlo: el más antiguo iniciador de fuego conocido —un nódulo ferroso percutido por un trozo de sílex— fue encontrado en una cueva marina del noroeste de Francia habitada por el Homo heidelbergensis hace unos cuatrocientos mil años.

La domesticación del fuego supuso la focolarización del hábitat (del ignis domesticus a la domus ígnea), un paso trascendental en nuestra evolución, de cuya importancia da fe la vigencia del término «hogar» como meliorativo de «casa». Después de la adquisición del lenguaje (y mucho antes cronológicamente), el control del fuego fue el paso más importante de nuestros ancestros hacia la condición humana. Pues el fuego no solo supuso calor y seguridad frente al frío y los depredadores, sino también algo no menos importante: tiempo. La posibilidad de cocer los alimentos permitió dedicar menos tiempo a buscarlos (al volverse comestibles los que crudos no lo eran) y mucho menos a masticarlos y digerirlos. Y el tiempo «libre» se pudo dedicar a la observación, la reflexión y la interacción social, es decir, a la cultura. No parece gratuito ver una relación estrecha entre el fuego y el lenguaje, la segunda —y primera en importancia— gran conquista de la humanidad. Podemos imaginar a un grupo de homínidos reunidos alrededor de una hoguera, compartiendo el calor y la comida cocida por las llamas, a salvo de los depredadores, con la calma y el tiempo suficientes como para intercambiar gestos y sonidos no dictados por la urgencia, sentando las bases de un —o el— protolenguaje1.

Su progresivo control del fuego, más aún que la bipedestación, fue el primer gran elemento diferenciador de los homínidos. Otros animales utilizan e incluso fabrican herramientas, construyen elaborados habitáculos y presas, emprenden complejas tareas colectivas… pero ningún otro ha convertido en su aliado a uno de los peores azotes de la naturaleza.

El fuego (que, por razones obvias, casi todas las culturas identificaron con el Sol) empezó siendo un regalo ocasional del cielo o de la tierra. Pero era un regalo muy peligroso: tanto los rayos que ocasionalmente inflamaban un árbol como los incendios provocados por el calor o la lava ardiente que brotaba de los volcanes podían causar terribles estragos. Un regalo sugiere la existencia de un donante, y un regalo peligroso, la de un donante ambiguo o voluble, ora favorable, ora adverso. Por eso no hay que extrañarse de que los héroes civilizadores sean a menudo taimados e impredecibles.

El propio Prometeo, el héroe cultural por antonomasia, desata las iras de Zeus al engañarlo en varias ocasiones, por lo que el dador del fuego y del arte de la metalurgia es también el causante indirecto de la catastrófica apertura de la caja de Pandora. Esta ambivalencia se refleja en las dos interpretaciones contrapuestas de que ha sido objeto a todo lo largo de la historia la figura de Prometeo, generoso benefactor de la humanidad, pero a la vez irresponsable desencadenante de las desgracias que conlleva la pérdida de la inocencia.

Casualmente (o tal vez no), encontramos ambas interpretaciones, y en su expresión más alta, sin salir del reducido ámbito de una pareja: Mary Shelley tituló Frankenstein o el moderno Prometeo la primera gran manifestación literaria del miedo reverencial a la ciencia (denominado por ello «síndrome de Frankenstein»), mientras que la obra más ambiciosa de Percy B. Shelley, Prometeo liberado, exalta la figura del titán como «el regenerador que utiliza el conocimiento para vencer al mal y guiar a la humanidad desde el estado de inocencia ignorante hasta el estado de virtud mediante la sabiduría»2.

El fuego y el lobo

Loki, el homólogo de Prometeo en la mitología escandinava, tan astuto y embustero como el titán, pero menos generoso con los humanos, representa tanto los aspectos beneficiosos del fuego como los destructivos, y, además, es el padre de Fenrir, un gracioso cachorro que al crecer se convierte en un terrible lobo al que ni siquiera los dioses pueden controlar.

No es la única vez que encontramos al lobo (u otro cánido, como el coyote o el chacal) asociado a un ambivalente héroe civilizador. Los perros descienden de los lobos que acompañaban a las hordas primitivas en sus cacerías, y hay un claro paralelismo entre la domesticación del fuego y la del lobo, pues en los dos casos un temible enemigo se convirtió en un aliado. Ambos procesos, no exentos de peligros, supusieron importantes avances para nuestros ancestros, por lo que no es casual que los encontremos en los mitos cosmogónicos de las culturas más diversas.

Teniendo en cuenta los orígenes agrícolas y ganaderos de la civilización, no es de extrañar que el lobo sea el villano recurrente de fábulas y cuentos tradicionales. Los lobos eran el azote de los primitivos pastores, y diez mil años después esta pugna entre depredadores que compiten por los mismos recursos no se ha extinguido del todo. Pero, por otra parte, el lobo fue el gran colaborador del ser humano en su etapa de cazador recolector, y es el antepasado del perro, «el mejor amigo del hombre». Paradójicamente, el mejor amigo del cazador se convirtió en el peor enemigo del ganadero. Y, rizando el rizo de la paradoja, los descendientes directos de los lobos son nuestras mascotas favoritas.

En la antigua Roma, crisol —si no cuna— de la cultura occidental, tanto el lobo como el fuego tuvieron una enorme importancia simbólica. La loba Luperca era la venerada madre adoptiva —y nutricia— de Rómulo y Remo, los fundadores míticos de la ciudad (y a la vez la lupa era la vilipendiada prostituta: de ahí el término «lupanar», que sigue siendo sinónimo de prostíbulo; en última instancia, el mito fundacional de Roma expresa la misma «fusión de contrarios» que la consabida expresión «de puta madre»). Y la llama sagrada del templo de Vesta era para los romanos el más venerado objeto de culto, aun después de que el gran incendio del año 64 arrasara el hogar de las vírgenes vestales, como para evidenciar la doble función del fuego, protector y destructor a la vez.

El héroe cultural de nuestro tiempo

Así como el arquetipo del héroe guerrero sigue muy presente (demasiado, de hecho), tanto en los superhéroes de la cultura de masas como en la versión sucedánea de las estrellas del deporte, el héroe cultural no tiene una representación visible salvo, en todo caso, en su vertiente negativa: el típico «sabio loco», malvado o irresponsable, que intenta dominar el mundo o lo pone en peligro con sus impíos experimentos. Algunos grandes científicos, pensadores y artistas llegan a veces a hacerse populares; pero, en general, más por sus excentricidades que por sus aportaciones (comprendidas por muy pocos), y el verdadero héroe cultural de nuestro tiempo es el gran ignorado de nuestra desquiciada sociedad.

Porque el héroe cultural de nuestro tiempo, como no podía ser de otra manera, no es un individuo sino un colectivo. Un colectivo por suerte cada vez más y mejor articulado, pero por desgracia cada vez menos y peor conocido: la comunidad científica.


Notas

(1) No pretendo proponer una teoría del origen del lenguaje, sino solo señalar una posible relación primigenia entre el fuego y la palabra (si se me permite la referencia a un clásico del cine), un asunto que de por sí requeriría otro artículo (y otro articulista).

(2) De una nota de Mary Shelley sobre la gestación de Prometeo liberado.


Compendio de héroes de guerra extraordinarios (II)

703er Escuadrón de bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial. Uno de sus miembros además de medallas también tiene un par de Óscar de Hollywood. Imagen: Dominio público.

(Viene de la primera parte)

El pirata canadiense

Léo Major (1921-2008) nació en Massachusetts pero antes de empezar a dar sus primeros pasos ya se había mudado con sus padres francocanadienses a las calles de Montreal. A los catorce años optó por largarse del hogar e instalarse en casa de su tía tras varias desavenencias con su progenitor. A los diecinueve se alistó en el ejército canadiense para demostrar a su padre que era una persona de la que se podía estar orgulloso. En los años posteriores aprovecharía para demostrarle también al resto del mundo que el espíritu de John McClane ya existía antes de que llegase Bruce Willis.

A Major le tocó comer arena durante el famoso martes 6 de junio de 1944 en el que se llevó a cabo el desembarco de Normandía. El chico contaba tan solo con veintitrés años cuando saltó sobre la playa de Juno, pero no tardó demasiado en demostrar que sabía dar guerra: durante una de sus primeras misiones de reconocimiento capturó un vehículo blindado alemán, el Sd.Kfz.251 Sonderkraftfahrzeug 251, tras despachar a sus ocupantes. Días después se tropezó con una patrulla de las SS y fue capaz de llevarse a cuatro de sus miembros por delante antes de ser alcanzado por una granada que le privó de su ojo izquierdo. Pero cuando los médicos le firmaron el billete de vuelta a casa, por todo aquello de haber perdido la visión en tres dimensiones con el bombazo, el muchacho dijo que mejor se quedaba a pegar tiros porque total «solo hace falta un ojo para apuntar por la mirilla». También añadió que gracias a aquella herida y sus remiendos ahora «parecía un pirata».

Para Léo Major esto es un caramelo y lo que lleva encima son niños.

A partir de aquí la leyenda del corsario canadiense solo podía ir a mejor. Durante las operaciones militares de la batalla del estuario del Escalda, a Major y a su compañero de batallas, Willy Arsenault, se les asignó la tarea de acercarse a un pueblo cercano para averiguar qué había ocurrido con un grupo de «zombis» (soldados sin experiencia recién llegados de Inglaterra) que tras salir a patrullar la zona no había regresado a la base. Como Arsenault se encontraba convaleciente en el hospital, y Major tenía prisa por salir al campo a jugar a Commando un rato, el cíclope canadiense optó por ir por su propia cuenta, con pies ligeros y a través de las ruinas de un puente derribado. Al llegar a la ubicación, Major localizó el equipo de comunicaciones de los aliados ingleses y parte de su armamento abandonados en mitad del campo y no tardó demasiado en darse cuenta de que todo el destacamento ausente había sido capturado y los alemanes se habían hecho con la zona. Y entonces, en lugar dar marcha atrás e informar a sus superiores sobre la situación, decidió que lo más adecuado y razonable era reconquistar la villa por su cuenta.

Major pronto se topó con dos soldados enemigos: «Vi a dos alemanes en guardia, patrullando por un dique, así que pensé “Estoy congelado y empapado por vuestra culpa” y me dije a mí mismo que no caminarían mucho más». El canadiense redujo a uno de sus adversarios, se cargó al otro y aprovechó para localizar al oficial al mando y obligarle a rendirse. El resto de la guarnición alemana, un centenar de hombres, comenzó a considerar asimismo la rendición como una buena alternativa cuando vieron cómo Major se dedicaba a reventar cabezas a tiros para convencerles. También ayudó el hecho de que, desde unas edificaciones cercanas, las tropas de las SS habían empezado a abrir fuego sobre sus propios soldados tras ver como el oficial de la milicia se dejaba apresar por el enemigo. «Podían venir conmigo como prisioneros o quedarse allí para que les disparasen». Dirigiendo a los alemanes sumisos hacia las instalaciones canadienses el hombre recibió la asistencia de un tanque aliado que le quitó las ganas a las SS de seguir tiroteando. Cuando Major se presentó de nuevo en su campamento lo hizo acompañado de los noventa y tres soldados enemigos que había capturado con la única ayuda de sus hermosos cojones. Lo tremendo de la gesta hizo que las altas autoridades decidieran honrarle con la Medalla de Conducta Distinguida, pero Major declinó la oferta porque el encargado de entregársela hubiera sido el general Bernard Law Montgomery, alguien a quien aquel pirata consideraba un completo incompetente.

En 1945, mientras ayudaba a trasladar varios cadáveres en un vehículo blindado, el transporte en el que viajaba Major junto a otras dos personas pisó una mina y salió volando por los aires. El soldado sobrevivió pero se fracturó la espada por tres sitios distintos, varias costillas y ambos tobillos. Rebañándolo en morfina, los médicos le dijeron que ya era hora de irse para casa y que tenía todos los gastos pagados del viaje hasta Canadá. Pero Major optó por fugarse, esconderse durante un mes y regresar a su unidad silbando cuando ya no le picaban tanto las pupas. Se desconoce por qué no fue amonestado, aunque el miedo a enfrentarse a lo que parecía ser un terminator canadiense bien podría ser un factor importante.

Léo Major (el del parche) siempre saludaba. Especialmente al enemigo, lo hacía con one-liners. Imagen: Les films sighter.

Pero Léo Major no tardaría mucho en liarla de nuevo a lo grande. Cuando las milicias aliadas continuaron avanzando hasta la ciudad de Zwolle, a orillas del río Ijssel, se toparon con un montón de nazis apoltronados en la urbe. El oficial al mando necesitaba a un par de soldados para contactar con la resistencia holandesa y reconocer la zona antes de descargar la artillería, con lo que Major y Arsenault se ofrecieron como voluntarios porque les iba bastante el mambo. Y, sobre todo, porque el verdadero plan de aquellos chalados no era tanto reconocer el terreno como continuar con la tradición iniciada por Major y reconquistar ellos solos el lugar aunque nadie se lo hubiese pedido. Poco después de ponerse en marcha, a medianoche, Arsenault cayó abatido por el fuego de una ametralladora regentada por un grupo de alemanes y su (bastante enfurecido) compañero decidió que finiquitaría el trabajo él solo: se cargó a dos de los asaltantes e hizo huir al resto. Avanzó entre las calles y apresó a otro enemigo después de darle un susto de muerte («Porque yo tenía pinta de pirata»). Localizó en una taberna a un oficial enemigo y le convenció de que la zona iba a ser bombardeada por lo que sería mejor que los alemanes se retirasen si no querían acabar hechos picadillo. Y a continuación le dejó libre, tras devolverle el arma que había requisado, confiando en que el hombre propagaría la noticia y sus tropas comenzarían a abandonar el emplazamiento.

Entretanto, y para hacer tiempo, se dedicó a corretear por la ciudad atacando a algunos soldados enemigos («Me cargué a unos cuantos, pero lo que intentaba era asustarlos, que entrasen en pánico»), apresando a medio centenar de ellos (en grupos que escoltaba hasta el exterior de la ciudad) y salpicando las esquinas con explosivos para acojonar al resto de alemanes que se le habían escapado. También aprovechó para prenderle fuego al edificio de la Gestapo y asaltar el cuartel general de las SS aniquilando a cuatro de sus ocho ocupantes («Debería haberlos matado a todos, pero no me dio tiempo»). Antes de las cinco de la mañana los alemanes decidieron retirarse y el héroe solitario transportó el cadáver de su compañero de vuelta al campamento base. Las tropas canadienses entraron en Zwolle sin ningún tipo de oposición. Léo Major había hecho aquello que mejor justificaría el ganarse una calle propia: liberar la ciudad por su cuenta.

One-eye army. Imagen: dominio público.

Las hazañas bélicas de Major no terminaron ahí, porque casi una década después participaría en la guerra de Corea capturando y defendiendo una colina de los pelotones chinos durante tres días y desobedeciendo (para variar) las instrucciones de unos superiores que le ordenaron retirarse. Condecoradísimo, Major volvió a casa y presuntamente se pasó el resto de su vida bastante aburrido podando su jardín en Quebec.

Las gloriosas bastardas

María Bochkariova (1889-1920) llegó a este mundo como suelen hacerlo los héroes de guerra más letales: en el seno de una modesta familia de granjeros. Natural de Nóvgorod, Rusia, la mujer se desposó a temprana edad, con dieciséis años, y se trasladó a Siberia para trabajar como obrera junto a su marido. Cuando el hombre comenzó a abusar de ella, Bochkariova lo abandonó y se mudó a Srétensk junto a su nueva pareja, un judío llamado Yákov Buk. Ambos montaron una carnicería y se imaginaron una vida plácida fileteando terneros rusos, hasta que Buk fue arrestado por robo y enviado a otra ciudad (Yakutsk). Bochkariova lo siguió hasta allí para acabar montando otro negocio carnicero y volver a ver como su pareja era detenida de nuevo por hurto y trasladada a Amga, un pueblecillo rural. La mujer acompañó a Buk en su exilio y el hombre le agradeció tanta lealtad bebiendo como un cerdo y maltratándola físicamente.

A esas alturas, Bochkariova decidió que ya estaba hasta el coño de todo y era hora de comenzar a matar gente: en 1914, al iniciarse la Primera Guerra Mundial, se mudó a Tomsk para presentarse como voluntaria y servir en el 25º Batallón de Reserva del Ejército Imperial Ruso de Tomsk. Pero los oficiales al mando le sugirieron que se metiera a enfermera si quería ayudar de verdad en el conflicto. La mujer optó por no rendirse y envió un telegrama al zar Nicolás II dejando bien claro que ella había nacido para repartir estopa. Obtuvo su beneplácito y los comandantes del 25º Batallón de Reserva del Ejército Imperial Ruso de Tomsk se vieron obligados a darle la bienvenida a regañadientes al equipo. Tras un trimestre de entrenamiento fue trasladada a Polotsk para batallar en el 5º Cuerpo del 28º Regimiento del Segundo Ejército.

María Bochkariova calculando mentalmente las 762.549.218 maneras diferentes de las que podría matar a la persona que tiene enfrente. Imagen: Dominio público.

Bochkariova no tardó mucho en descubrir que le iba el rollo que se traían los soldados. Respetaba el uniforme y el peinado militar, disfrutaba de la sensación de poder, y el estilo de vida de las tropas le parecía tan interesante como para sumergirse de lleno en él: visitó burdeles y comenzó a tontear con mujeres. Sus compañeros de filas la adoraban porque sobre el terreno de combate era una guerrera excepcional, alguien que fue capaz de salvar la vida de más de cincuenta compañeros en apuros. Fue condecorada por ello, pero numerosas heridas durante el combate (incluyendo una lesión que la mantuvo paralizada durante cuatro meses) le obligaron a alejarse de las ofensivas y contentarse con colaborar en las unidades médicas o repartiendo suministros.

Tras la Revolución de Febrero de 1917 y la abdicación de Nicolás II, las reglas del segundo gobierno provisional dictaminaron que hombres y mujeres debían de ser tratados por igual, y en el Ministerio de Guerra comenzaron a recibir numerosas peticiones para crear escuadrones militares de mozas guerreras. De todas las solicitudes, la primera en ser oficialmente aprobada fue la de una María Bochkariova que a aquellas alturas tenía muy claro que, para no aguantar tonterías de los hombres (una constante durante su etapa en el ejército), bien se podía montar su propia brigada de gloriosas bastardas.

La mujer presentó su propuesta ante el ministro de guerra contando con el apoyo del presidente de la Duma, Mijaíl Rodzianko, y el general Alekséi Brusílov. Ambos creían que un batallón femenino podía ser un buen artefacto de propaganda, pero cuando dieron manga ancha a Bochkariova para seleccionar y comandar a las mujeres soldado descubrieron que en realidad aquello tendría poco de marketing publicitario y mucho de bestia parda con su propio ejército: las oposiciones para entrar a formar parte del escuadrón fueron tan duras y severas, simulando la disciplina del ejército previo a la Revolución de Febrero, que de dos mil voluntarias presentadas tan solo trescientas fueron capaces de pasar el corte.

La composición del batallón era de lo más variada, en aquellas tropas desfilaban desde campesinas hasta aristócratas, y Borachkariova apostó por erradicar toda señal de comportamiento femenino entre sus reclutas, las animaba incluso a fumar y maldecir como señoros para hacerlo todo más «real». Uno de sus discursos de reclutamiento era tal que así: «Ven con nosotras en nombre de tus héroes caídos. Ven con nosotras a secar las lágrimas y curar las heridas de Rusia. Protégela con tu vida. Las mujeres nos estamos convirtiendo en tigres para proteger a nuestros niños de un yugo vergonzoso, para proteger la libertad de nuestro país».

María Bochkariova al frente de un ejército de ovarios del tamaño de los melones maduros.

El bautismo de fuego del 1er Batallón de la muerte de mujeres rusas tuvo lugar el 9 de julio durante la ofensiva de Kérenski en Smorgon. Al llegar se encontraron con que los ejércitos masculinos no las tenían todas consigo ante las órdenes de avanzar hacia terreno enemigo y decidieron que mejor iban por su cuenta dejando a los chavales atrás. Traspasaron tres trincheras alemanas y, a pesar de que se acabó perdiendo el terreno ganado por la ausencia de refuerzos, el comandante del regimiento elogió el coraje e iniciativa de aquel grupo de aguerridas. Por sus gestas bélicas diez mujeres de la formación fueron galardonadas con la Cruz de San Jorge y otras veinte con diferentes medallas. A pesar de todo eso, muchas autoridades militares rusas, soldados, políticos y cuñados siguieron tomándose a mofa la idea de un ejército de féminas. El equipo de Bochkariova acabó disolviéndose ante tantas presiones de varones enfurruñados.

María Bochkariova se hizo bastante famosa alrededor del globo y acabó realizando una gira mundial que la llevó a entrevistarse con el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, y el rey de Inglaterra, Jorge V. Entre las idas y las venidas fue detenida en al menos tres ocasiones por los bolcheviques (de una de ellas la rescató un antiguo compañero de filas). En el último de aquellos arrestos la cosa se fue de madre: tras cuatro meses de interrogatorios fue condenada y ejecutada por ser una «enemiga de la clase obrera». Un año antes le había dado tiempo a escribir su autobiografía entre viaje y viaje, un texto en el que la mujer dejaba claro que había nacido para vestir uniforme: «Mi corazón anhelaba estar aquí, dentro del caldero hirviente de la guerra para ser bautizado en su fuego y chamuscado en su lava».

La estrella

A James Stewart (1908-1997) la gente lo conoce por, en general, ser James Stewart. Aquel caballero que se convirtió en una pieza fundamental para Alfred Hitchcock participando en clásicos tan rotundos como La soga, La ventana indiscreta, El hombre que sabía demasiado o Vértigo. Pero también aquel que trabajó junto a Anthony Mann (Horizontes lejanos, El hombre de Laramie, Tierras lejanas), Otto Preminger (Anatomía de un asesinato), George Cukor (en Historias de Filadelfia compartiendo cartel con Cary Grant y Katharine Hepburn, ahí es nada), John Ford (El hombre que mató a Liberty Wallace) y protagonizó la incombustible ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra, o la película más reposicionada de la historia que mejor tolera la gente por detrás de Pretty Woman. Pero más allá del firmamento hollywoodiense, Stewart también surcó otros cielos, sentado en un bombardero.

La familia de Stewart llevaba el espíritu guerrero en la sangre. Su abuelo había participado en la guerra de secesión, batallando contra el Sur, y su padre se las había visto contra España y Alemania. A finales de los años treinta su carrera cinematográfica estaba despegando con fuerza, pero el actor decidió que era más conveniente pilotar otras naves: compró su propio avión y obtuvo la licencia como piloto comercial antes de presentarse ante el Ejército de los Estados Unidos, donde fue rechazado por pesar demasiado poco. Obcecado con enlistarse, contrató los servicios del entrenador personal de la Metro-Goldwyn-Mayer y comenzó a ponerse fino de bistecs, pasta y batidos hasta que convenció al Cuerpo Aéreo Estadounidense de que daba la talla y, sobre todo, el peso adecuado.

Entró a formar parte del ejército el día veintidós de marzo de 1941 como soldado raso número 0433210 y tuvo que sufrir a los paparazzi, fotografiando incluso el momento en el que se le hacía entrega de la ropa interior, y a las hordas de chavalas que tenían ganas de verle rellenando el traje. Su comandante en jefe, un poco hasta las narices de todo, acabó clavando un cartel donde rogaba que dejasen a la estrella en paz al menos hasta que terminase su entrenamiento. En 1942 el actor se presentó vestido de uniforme en la ceremonia de los Óscar para entregarle el premio a Gary Cooper por su papel en El sargento York. Las normas de la casa obligaban cortésmente al anterior galardonado en la categoría a entregar el Óscar del año siguiente, y doce meses antes Stewart se había llevado uno por Historias de Filadelfia.

Gary Cooper y James Stewart, 1941. Imagen: dominio público.

El problema para Stewart llegó cuando superado el entrenamiento y el circo mediático inicial comenzó a recibir tareas. Porque en el ejército nadie quería cargar con la culpa de cargarse a una estrella de cine enviándola al frente de la Segunda Guerra Mundial y, en lugar de destinarle a unidades de combate, lo acomodaron en un AT-11 Kansan para entrenamientos y posteriormente le asignaron la tarea de instruir a los novatos en el pilotaje de los Boeing B-17 Flying Fortress. Stewart acabó sentándose muy serio ante el teniente coronel Walter E. Arnold Jr y solicitó que le diesen algo de acción. Resultó tan convincente como para que lo destinasen al 703er Escuadrón, 445º Grupo de bombarderos, logró el ascenso en tres semanas y se dedicó a liderar numerosos ataques aéreos sobre fábricas, submarinos y complejos militares nazis.

Cuando en 1945 y tras una veintena de misiones cumplidas fue transferido a Old Buckenham, se le ocurrió presentarse en el lugar zumbando con su B-24 tan cerca de la torre de control como para espantar a los controladores. También logró aterrizar un avión con un motor en llamas y un piloto inconsciente, se llevó por delante los astilleros navales de Kiel a los mandos de un B-24 apodado Nine Yanks and a Jerk (Nueve yanquis y un idiota), sobrevivió a más de un par de situaciones límite, y comandó una flota de bombarderos durante la batalla de Berlín, en lo que posteriormente sería conocido como «Jueves negro» debido al elevado número de bajas americanas durante la contienda.

En Wikipedia hay una página entera dedicada a los galardones que ha recibido el hombre, donde se enumeran tanto medallas militares como premios cinematográficos. La pericia militar de Stewart fue tan extraordinaria como para convertirse en uno de los escasos americanos que escaló de soldado raso a coronel en tan solo cuatro años durante la Segunda Guerra Mundial. El actor se retiró del servicio activo en 1946, cuando ya tenía el rango de general de brigada, pero permaneció en la reserva durante otros veintidós años, trabajó en una base militar durante la guerra de Corea e incluso colaboró en Vietnam echando una mano con una misión alejada del frente.

Stewart haciendo un high-five muy optimista. Imagen: Dominio público.

Aunque quizá la hazaña militar más notable de la estrella ocurrió en el interior de la base militar: al descubrir que uno de los equipos que estaban a su mando había escondido un barril de cerveza robada en el cuartel, decidió que en lugar de amonestarlos era mucho más elegante presentarse ante sus hombres con el barril, servirse un vaso de cerveza y sentenciar: «Se rumorea que hay un barril furtivo escondido por aquí, en algún sitio. Eso es un asunto muy serio del que deberíamos de hacernos cargo inmediatamente… si alguna vez encontramos dicho barril, por supuesto». Tras el anuncio, se terminó su birra y salió por la puerta.

(Continúa aquí)


El tigre de Tarzán (IV): La gorra de Sherlock Holmes

Sherlock (2010-). Fotografía: BBC.

(Viene de la tercera parte)

Superhéroes, semidioses y clones triunfales

Nadie le negaría a Batman el estatuto de superhéroe, y sin embargo no tiene superpoderes propiamente dichos. Es muy fuerte, muy ágil, muy diestro en el manejo de todo tipo de batinstrumentos, pero no posee ninguna facultad sobrehumana. Y lo mismo se puede decir de Flecha Verde, Doc Savage y otros superhéroes que, si lo son, es debido a la consabida conversión de la cantidad en calidad: poseen tantas y tan grandes habilidades —como la increíble pericia de Flecha Verde con el arco— que están a otro nivel, se convierten en algo cualitativamente distinto de los héroes normales (si es que cabe hablar de normalidad al referirse a un héroe).

En su acepción primigenia, el término «héroe» es sinónimo de semidiós y, por tanto, intrínsecamente superlativo, por lo que «superhéroe» sería un pleonasmo de no ser por la trivialización del concepto a nivel coloquial, que da lugar a expresiones tan impropias como «héroes del deporte». Los semidioses clásicos, como Hércules o Aquiles, tenía poderes sobrehumanos de origen divino, como la descomunal fuerza del primero o la invulnerabilidad del segundo, por lo que, en este sentido, los superhéroes del cómic y el cine representan un retorno a los orígenes. Pues a pesar de los burdos intentos de racionalización (como la picadura de una araña radiactiva en el caso de Spider-Man), los superpoderes de los superhéroes no solo son sobrehumanos, sino literalmente sobrenaturales, en la medida en que violan las leyes de la naturaleza.

En principio, los superhéroes cuantitativos no parecen traspasar los límites de lo posible; pero un somero análisis de las aventuras de, por ejemplo, Flecha Verde, muestra que muchas de las proezas que lleva a cabo con el arco no son compatibles, no ya con las limitaciones humanas, sino ni siquiera con las leyes de la física. En general, e independientemente de su origen y supuesta explicación, los superhéroes son tan divinos —o semidivinos— como los de la antigua Grecia: se cierra así el círculo milenario del discurso mítico-heroico, y no es sorprendente que los viejos dioses, como Thor, vengan en ayuda de los nuevos héroes.

El divino Holmes

Nadie le negaría a Batman el estatuto de superhéroe, pero pocos se lo concederían a Sherlock Holmes. Y, sin embargo, el atrabiliario detective victoriano es tan divino —o semidivino— como cualquier miembro de la Liga de la Justicia.

Los superpoderes mentales son menos ostensibles que los físicos, pero igualmente sobrehumanos. Incluso ciñéndonos al canon holmesiano —las cuatro novelas y los cincuenta y seis relatos escritos por Conan Doyle— podemos encontrar proezas deductivas inverosímiles, además de una declaración indirecta de divinidad: cuando, en El signo de los cuatro, Holmes dice que una vez descartadas todas las explicaciones imposibles, la que queda, por improbable que parezca, tiene que ser la verdadera, está dando a entender que, en sus análisis, contempla todas las posibilidades concurrentes en un caso para acabar descartándolas todas menos una. Pero las posibles explicaciones de un crimen misterioso son, si no infinitas, innumerables, y abarcarlas todas supone un conocimiento de la realidad y un poderío mental cuasidivinos. Y si no nos limitamos al canon y contemplamos las numerosas versiones cinematográficas y televisivas homologadas, la semidivinidad de Holmes resulta aún más evidente; basta verlo pelear en las películas protagonizadas por Robert Downey o visitar su «palacio mental» en la serie Sherlock.

Pero, como en el caso de Superman, el más increíble superpoder de Holmes es el de sugestión. Al Hombre de Acero le basta con ponerse unas gafas, que ni siquiera están graduadas, para que nadie reconozca su rostro ni note la voluminosa capa que oculta bajo la camisa. Y a Sherlock Holmes le basta con ponerse una extravagante gorra cervadora para que nos olvidemos de que es una copia descarada del Auguste Dupin de Edgar Allan Poe. Se ha dicho que Conan Doyle le robó El perro de Baskerville, su novela más famosa, a su amigo Fletcher Robinson; pero se suele pasar de puntillas sobre el otro plagio, el evidente y fundamental, diciendo, a lo sumo, que Holmes se inspira en Dupin o le rinde homenaje, cuando lo cierto es que lo copia en todos sus detalles significativos, y basta con leer La carta robada para darse cuenta de que los procesos deductivos del primero —a menudo traídos por los pelos— son un remedo de los sutilísimos y consistentes razonamientos del segundo. Y esa es otra prueba de la semidivinidad de Holmes: sus devotos, como los de todos los cultos, se niegan a ver lo evidente, pues en eso consiste la devoción. No en vano a los novicios de los jesuitas se les advertía: «Si tu superior afirma que es de noche, tienes que creerlo, aunque veas brillar el sol». Decirle a un holmesiano —y se cuentan por millones— que Sherlock Holmes es una mala copia de Auguste Dupin (o incluso una buena) es tan inútil —o peligroso— como decirle a un musulmán que el islam es una adaptación coyuntural del judeocristianismo.

Hay un caso similar —otro clon triunfal— en el ámbito de la mal llamada literatura infantil: el popular Guillermo Brown de Richmal Crompton es una copia descarada del Penrod de Booth Tarkington (el protagonista de la novela De la piel del diablo); pero casi nadie parece darse cuenta o concederle importancia. En ambos casos, los imitados son grandes escritores y los imitadores no, y en ambos casos las mediocres imitaciones han alcanzado una popularidad muy superior a la de sus excelentes modelos. De hecho, Sherlock Holmes es, con mucho, el personaje de ficción más veces llevado al cine y la televisión, y ha dado lugar a innumerables parodias, homenajes y adaptaciones, lo que ha convertido sus aventuras en el mayor hiperrelato multimediático de la cultura de masas. Y su gorra con dos viseras en un ambiguo fetiche.

(Continua aquí)


El tigre de Tarzán (II): La función 32

El compromiso (1969). Imagen: Athena Productions.

(Viene de la primera parte)

Donde terminan los cuentos

La inmensa mayoría de las películas del cine comercial anterior a los años setenta terminaban con un beso. Los protagonistas, coloquialmente denominados «el chico» y «la chica», se encontraban por azar, él la cortejaba de manera más o menos explícita, superaba algún tipo de prueba o peligro y acababa «conquistándola». Y la rendición se sellaba con un beso, que inevitablemente daba paso a la palabra FIN, puesto que después de aquel ósculo definitivo —y definitorio— no quedaba nada por contar: se daba por supuesto que los protagonistas serían felices comiendo perdices, y la felicidad ajena no interesa a nadie. Beso y final.

Es evidente el paralelismo de las historias del tipo «chico encuentra chica» —que hasta hace poco eran casi todas y siguen siendo mayoría— con los cuentos maravillosos tradicionales. Y el beso final se corresponde claramente con la función 31 de Propp: el héroe se casa y asciende al trono. Dicho en términos más coloquiales y modernos, el chico triunfa y se liga a la chica.

Incluso algunas películas clásicas que parecen sustraerse al tópico del beso final, en realidad restituyen su mensaje en forma de perífrasis. En la última escena de El mundo en sus manos (1952), de Raoul Walsh, Gregory Peck maneja el timón de su nave con una arrobada Ann Blyth entre los brazos, mientras Anthony Quinn —por si la imagen y el propio título del filme no fueran lo suficientemente explícitos— nos anuncia que el protagonista «tiene el mundo en sus manos».

Inciso: como detalle curioso y seguramente interpretable, aunque no es el momento, el título original de la película es The World in His Arms, lo que significa que para los angloparlantes el mundo es principalmente la chica (o sea, el amor), que es lo que está entre los brazos del héroe, mientras que para los hispanoparlantes el mundo es el timón (o sea, el poder), que es lo que está en sus manos. Fin del inciso.

Tanto los cuentos maravillosos tradicionales como las innumerables películas que repiten su esquema básico terminan donde empieza la vida adulta: son —aunque no solo eso— ritos de iniciación, y por ello se alude coloquialmente a los protagonistas de los filmes como «el chico» y «la chica», aunque hayan dejado muy atrás la adolescencia.

¿Y en qué consiste la vida adulta? Hasta hace muy poco solo había una opción «respetable»: casarse y tener hijos, crear una familia, y la única alternativa socialmente admitida era el sacerdocio o el monacato. Alguien que permaneciera célibe más allá de los cuarenta se convertía en un «solterón» o una «solterona», un tipo raro —cuando no sospechoso— en el primer caso y una pobre infeliz que no había sido elegida en el segundo. La familia era «la célula de la sociedad», en palabras de José Antonio Primo de Rivera, y familia no había más que una: la nuclear patriarcal, la que todas las dictaduras han utilizado y potenciado —por no decir impuesto— como forma de control social, empezando por la Iglesia.

Pero la estadística —por si no bastara el sentido común— demuestra que, en muchos, muchísimos casos, el matrimonio no es un final feliz, y menos aún el comienzo de la felicidad eterna. Sobre todo para las mujeres, para las que la familia nuclear patriarcal ha sido durante siglos —y para muchas sigue siéndolo— una solapada prisión domiciliaria. En muchos, muchísimos casos, el verdadero final feliz, el comienzo de una vida propia, es el divorcio. Sobre todo para las mujeres, que antes tenían que enviudar para librarse del yugo marital; pero en los treinta años que van de La viuda alegre (1905) a La alegre divorciada (1934), se gestó un cambio radical, una revolución permanente —el feminismo— que se convertiría en la gran fuerza transformadora del siglo XX y lo que va del XXI. Función 32: el héroe y la heroína —verdadera protagonista por primera vez— se divorcian.

Abdicación

¿Y qué pasa con el trono? Si la ficticia felicidad del matrimonio se supera, o cuando menos se relativiza, con el divorcio, ¿cómo se supera el ficticio empoderamiento vinculado a la creación de un hogar? ¿Cómo se abdica del cargo de «cabeza de familia» o de «ama de casa»? Se podría pensar, ingenuamente, que el mero hecho de romper el vínculo matrimonial pone fin a las funciones asociadas a él; pero los conceptos de éxito y de realización personal que nuestra sociedad nos inculca desde la cuna están tan profundamente arraigados que la tendencia a reproducir los roles familiares solo se puede contener mediante un esfuerzo deliberado y consciente; de lo contrario, quien haya tenido que renunciar a ser cabeza de familia intentará compensarlo siendo un ejecutivo agresivo o un donjuán, y la ex ama de casa buscará otros ámbitos a regentar u otras personas a las que cuidar para sentirse necesaria y querida.

Una significativa parte de la novelística posterior a la Segunda Guerra Mundial y del cine de los últimos cincuenta años gira, de forma más o menos explícita, alrededor del tema —la función— de la abdicación: el abandono meditado o compulsivo de supuestos roles de poder y de prestigio. Como pioneros de esta desencantada tendencia cabría citar un par de filmes de culto protagonizados por el incombustible Kirk Douglas: Dos semanas en otra ciudad (1962), de Vincent Minelli, y El compromiso (1969), de Elia Kazan. Y precisamente el compromiso personal, la responsabilidad de elegir, es lo que empieza donde termina el trillado camino de los cuentos.

(Continua aquí)


El efecto Chris Carter

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Un fan de Perdidos tras la season finale. Imagen: ABC.

El desenlace de la serie Perdidos se convirtió en su momento en un acontecimiento inusual. Ante la expectación que provocaba la serie, y las hordas de fans que deseaban afrontar el final de la última temporada con los orificios completamente vírgenes de cualquier tipo de spoiler, sus responsables planearon y llevaron a cabo el estreno simultáneo a nivel mundial de una pareja de capítulos titulados «The end», el decimoséptimo y el decimoctavo de la sexta temporada, que marcaban el punto y final del fenómeno: el 23 de mayo de 2010 el desenlace de la serie fue emitido en la zona este de los Estados Unidos (donde fue necesario remover la parrilla televisiva para adelantar la emisión del telediario previo) y la zona este de Canadá. A continuación se estrenaría de manera sincronizada en el oeste de Estados Unidos y Canadá, y también en Portugal, España (donde los fans tuvieron que pegarse un bonito madrugón), el Reino Unido, Irlanda, Turquía, Italia e Israel. A lo largo de las horas posteriores el mismo doble capítulo final se emitiría en el resto de países interesados en conocer el destino de los tripulantes del vuelo 815 de las Oceanic Airlines. Eso sí, los australianos se pasaron unas cuantas horas echando humo negro por las orejas: medio planeta había arrancado la semana devorando los dos últimos capítulos de Perdidos pero ellos se veían obligados a esperar hasta el miércoles con internet desconectado por miedo a sentarse sobre algún spoiler.

La creación de Jeffrey Lieber, J. J. Abrams y Damon Lindelof se había desvelado durante los años anteriores como un rotundo éxito de público, un drama de ciencia ficción que mordía bocados del género fantástico centrado en los supervivientes de un accidente de avión que acababan con el culo varado en una isla donde ocurrían movidas bastante extrañas. En 2009, tras batir récords de reproducciones en la página web del canal ABC, Perdidos se coronó en el podio de serie más vista en internet y sus temporadas en la pequeña pantalla lograban grapar a la pantalla a millones de telespectadores, aunque el número de estos parecía decrecer según se alargaba el show. Y entonces ocurrió: se estrenó su capítulo final. Y tras su emisión la audiencia se polarizó bruscamente como si se hubiese imantado de golpe: aquella meta alcanzada tras seis años de emisión era para una mitad del público una conclusión totalmente satisfactoria mientras que para la otra era una mierda de tricerators. Los primeros consideraban que aquel episodio final hacía bien en centrarse en los personajes que habían vivido la historia y evitar dar explicaciones a todas las cuestiones que se habían plantado durante seis temporadas. Los segundos consideraban que lo de dejar tantos cabos sueltos después de ciento veinte episodios no era una estrategia premeditada sino la confirmación de lo mucho que se rascaban la entrepierna en la sala de guionistas, y la evidencia de que el método de escritura se había basado en tretas baratas para atrapar al espectador. En el fondo los papás de perdidos habían sido listísimos: no habían parado de arrojar a la cara del público cliffhangers y todo tipo de elementos fantásticos sin explicación que invitaban a los seguidores del show a tratar de adivinar su verdadero significado y elaborar teorías diversas. El problema era que su verdadero significado podría no haber existido nunca.

La prensa profesional tampoco se puso de acuerdo, USA Today y el Times aplaudieron el capítulo final mientras The Daily Telegraph y The Guardian le planchaban la etiqueta de decepcionante. En la web Salon Laura Miller apuntaba una idea interesante al señalar que el episodio era un fracaso por culpa de sus fans («es la quintaesencia de una obra maestra pop arruinada por sus propios fans»). Y a lo mejor no andaba demasiado desencaminada, porque en los miles de blogs, posts, tuits y demás entradas digitales que se fueron generando durante los años anteriores era muy sencillo encontrar un denominador común: el de los seguidores que reiteraban su deseo de un desenlace que no decepcionase y ayudase a encajar todas las piezas sin apretar demasiado. Tenía cierta lógica: tras lo mucho que se había invitado a teorizar a los espectadores estos tenían, por un lado, interés en descubrir si sus conjeturas personales eran ciertas, y por otro la necesidad de no sentir que se habían comido ciento veinte episodios en vano, de ratificar que no habían perdido el tiempo.

Los que disfrutaron con aquel «The end» tuvieron que justificarse diciendo que Perdidos en el fondo siempre había sido una serie de personajes. No les faltaba razón, y lo cierto es que el programa ofreció terreno para crear algunos capítulos que, observados de manera independiente, merecían aplausos. Pero el problema real era que para muchos espectadores, y probablemente en un principio para sus propios creadores, el único personaje verdaderamente importante era la propia isla. Y que un show que con cada nuevo episodio ofrecía más preguntas que respuestas tan solo conseguía avivar el escepticismo hacia sí mismo y alimentar el efecto Chris Carter.

El efecto Chris Carter

Expediente X Temporada 10: Necesitamos el dinero. Imagen: 20th Century Fox Television.
Expediente X. Temporada 10: necesitamos el dinero. Imagen: 20th Century Fox Television.

Expediente X empezó realmente bien al concentrar en una misma serie ideas tan jugosas como los fenómenos paranormales, la ufología, las leyendas urbanas o las criaturas legendarias de ciertas mitologías populares como el chupacabras o los vampiros. Aquel planteamiento conceptual, inspirado por pseudociencias con gorrito de papel de plata y el alma de revistas como Más allá o incluso Noticias del mundo, apostaba por congregarlo todo en un mismo saco utilizando como excusa a un par de agentes, Fox Mulder (David Duchovny) y Dana Scully (Gillian Anderson), dedicados a investigar los fenómenos de raro para arriba. La idea era brillante y Expediente X se demostró una serie tan dócil como para permitir a los guionistas tener partos de todo tipo: bajo su sombra se fabricaron episodios ennoviados con el esquema del monster of the week pero también existió suficiente hueco para deslizar ideas más arriesgadas en sus capítulos, y en los episodios tan pronto la trama se autoencerraba en loops temporales como decidía convertirse en máquinas de Rube Goldberg, o directamente se hacía guasa de la propia serie y sus tropos. También había sitio para lo que era la mayor filia de Chris Carter, el creador del programa: las conspiraciones del Gobierno de Estados Unidos. Los cuentos de agentes gubernamentales acechando en lo oscuro y planeando cosas turbias, aquellas historias que además implicaban a un montón de hombrecillos grises y un par de naves espaciales escondidas en el sótano.

Expediente X iba realmente bien hasta que Carter decidió que estaba ahí para hablar de su mierda. Las tramas conspiranoicas con marcianos y abducciones pasaron de ser capítulos puntuales a convertirse en motor de una serie que iba generando cada vez más cuestiones que embrollaban el asunto. El público comenzó a aburrirse y perder el interés por el destino de la serie al mismo tiempo que a un miembro del casting se le difuminaban las ganas de ser parte del juguete: al final de la séptima temporada Fox Mulder era abducido por alienígenas. Como consecuencia Duchovny solo asomaba la cabeza por la mitad de la octava temporada y en la novena solo hacía acto de presencia en los capítulos finales para decirle adiós a la serie. Carter había intentado cubrir la ausencia del personaje introduciendo otros nuevos, John Doggett (Robert Patrick) y Mónica Reyes (Annabeth Gish), pero a aquellas alturas la gente ya ignoraba sus malabarismos.

Hoy en día casi todo el mundo recuerda con cariño y detalle ciertos episodios de Expediente X, pero se ha olvidado de que el legendario T-1000 en un momento dado era el compañero de aventuras de Scully. El propio Carter sabía todo esto: «Perdimos nuestra audiencia en el primer episodio [de la novena temporada]. El público se había ido y yo no sabía cómo encontrarlos. No quería trabajar para recuperarlos porque creía que lo que estábamos haciendo era algo que merecía que viniesen de vuelta». La audiencia de la serie se desplomó y sus responsables dijeron que la culpa de aquello la tenía el 11-S y no el hecho de que sus guiones hubiesen acabado enlazando tonterías una detrás de otra. El último capítulo de Expediente X anunció en 2002 que el fin del mundo tendría lugar con una invasión alienígena fechada para el 2012.

El efecto Chris Carter es lo que ocurre cuando el fan de una serie se da cuenta de que sus creadores nunca van a resolver todas las tramas que han ido desarrollando, ya sea por torpeza o porque nunca se habían planteado hacerlo, y decide dejar de seguirla. Es la consecuencia de descubrir que alguien se lo está inventando todo sobre la marcha y Chris Carter acabó confesando que sí, que pecaba de improvisar a la carrera. Incluso llegaron a surgir, a consecuencia del éxito de Expediente X, dos series que amenazaron con revolcarse en el efecto Chris Carter y acabaron haciéndolo a la fuerza; se trataba de Los Pistoleros Solitarios y Millenium. Dos programas que serían cancelados, por ir escasos de audiencia, y cuyas entregas finales acabaron formando parte de los episodios de Expediente X. En 2016 Carter recuperó a Mulder y Scully para una décima minitemporada y ya en su primer episodio se pasó por el forro todo aquello de la invasión alienígena que había anunciado al final de la anterior etapa televisiva, para después seguir dinamitando la mitología popular de la serie. Un gráfico comparando la recepción de la crítica a estos nuevos seis capítulos es el resumen ideal de lo que suele provocar el efecto Chris Carter:

Porcentaje de críticas positivas por cada episodio de la décima temporada de Expediente X. Gráfico vía Wikipedia basándose en datos de Rotten Tomatoes. Obsérvese que el sexto episodio tiene pinta de no puntuar más bajo porque los críticos todavía no han adoptado los negativos.
Porcentaje de críticas positivas por cada episodio de la décima temporada de Expediente X. Gráfico vía Wikipedia basándose en datos de Rotten Tomatoes. Obsérvese que el sexto episodio tiene pinta de no puntuar más bajo porque los críticos todavía no han adoptado los negativos.

Los que no son Chris Carter

Lo de ponerse a escribir el guion sobre la marcha no es una moda contemporánea, en el mundo del cine Charlie Chaplin era famoso por arrancar el rodaje sin tener un libreto real que sirviera de cimientos y Casablanca se fue escribiendo al mismo tiempo que se rodaba. Lo de dejar unas cuantas preguntas sin resolver es algo que goza de una tradición bien servida de cientos de ejemplos en cualquier medio y también de una subversión muy inteligente en el terreno de la pantalla grande: los hermanos Coen confesaron que el chiste principal en el guion de El gran Lebowski era construir una trama que fuese absurdamente complicada pero carente de importancia real, y por esa razón por la historia del Nota desfilaban un montón de personajes y situaciones que ni se resolvían ni aportaban nada a la verdadera narrativa.

En el ámbito televisivo los responsables de la Battlestar Galactica de 2006 confesarían que se lo iban inventando casi todo sobre la marcha y que a consecuencia de eso un montón de incoherencias rebotaban por la serie. Para ellos los giros de guion nunca eran premeditados ni tenían en cuenta la lógica interna de la serie, y se ideaban únicamente con la intención de dejar con el culo roto al espectador con una sorpresa inesperada, por absurda que esta fuese.

El mentalista: mientras toma ese té ya te la ha clavado doce veces pero sigue sin tener ni papa de quién coño es John el Rojo. Imagen: CBS.
El mentalista: mientras toma ese té ya te la ha clavado doce veces pero sigue sin tener ni papa de quién coño es John el Rojo. Imagen: CBS.

El mentalista sufrió del efecto Chris Carter de manera bastante descarada. En esencia se trataba de una serie procedimental donde Patrick Jane (Simon Baker) resolvía, tirando siempre de picaresca, diferentes casos que venían empaquetados en forma de episodios autoconclusivos. Pero mientras estos iban conformando las temporadas el show desenvolvía al mismo tiempo un arco narrativo de mayor escala: la búsqueda de Jane para capturar al John el Rojo, un asesino en serie que iba pintando emoticonos por ahí y se había llevado por delante a la mujer e hija del protagonista. El problema es que los guionistas mutaron la naturaleza de este villano según avanzaba la serie porque no tenían ni zorra de cómo alargar más esa trama: comenzó siendo un psicópata listo y minucioso, se transformó en un supervillano que además tenía contacto con otros asesinos en serie y acabó resultando ser el jefe de una conspiración gigantesca con un ejército de fanáticos seguidores que se reconocían a través de frases secretas como en las malas películas de espías.

El público notó que el chicle de John el Rojo se estiraba demasiado y empezaba a tener regusto a disparate y fue abandonando la serie de manera gradual; los quince millones de espectadores que solía reunir descendieron hasta los nueve millones cuando a lo largo de la quinta temporada la gente comenzó a ser consciente de que el conflicto con John el Rojo era un corre que te pillo gratuito. La cadena, CBS, anunció que despacharían definitivamente el asunto y acabaron cargándose al psicópata todopoderoso a mitad de la sexta temporada, revelando de paso su decepcionante identidad real (un misterio con el que se había estado jugando durante toda la serie): se trataba de un secundario del que nadie se acordaba y toda la decisión olía a que se la habían sacado de la chistera. A esas alturas el programa no logró remontar audiencias y solo aguantó un año más en antena.

En 24 el espíritu de la dejadez de Carter empapó el libreto porque inicialmente no quedaba otra. Sus responsables cerraron todas las tramas abiertas a mitad de la primera temporada al no tener ni idea de si el juguete continuaría en pantalla, y cuando llegó el cheque que les permitiría seguir facturando capítulos tuvieron que rebuscar en las mangas de la chaqueta para extraer todas las tonterías posibles con tal de no dejar que la cosa se volviese aburrida: nuevos asesinos, amnesias repentinas, fichajes llamativos en el reparto y giros sorpresa sin mucho sentido. En Castle jugaron a cubrirse las espaldas en el mundo real para evitar el efecto: en la red se publicó un artículo, firmado por el escritor ficticio Richard Castle, en el que se manifestaba rechazo por los guiones que el propio Castle bautizaba como «Ponzi plots», aquellos que no resolvían una cuestión fundamental y acababan espantando a la audiencia al dispersarse sin razón. Poco días después en la serie se liquidaba la tensión sexual no resuelta entre los protagonistas tras cuatro años de marear perdices y algo más tarde se comenzaba a preparar el terreno para cerrar definitivamente el arco argumental que giraba en torno al asesinato de la madre de Kate Beckett (Stana Katic). En Smallville el efecto se sufría a causa de la naturaleza popular del propio protagonista, porque el interés del público era contemplar cómo Clark Kent se convertía en Superman, pero aquello hubiese supuesto irremediablemente que la propia serie llegara a su final, porque la historia del hombre de acero enfundado en el outfit de faena superheroica era otra que ya había sido contada y todo el mundo conocía.

Otras series como Glee se tomaban con bastante más descaro lo de ser escritas sobre la marcha. Al sostenerse en la cultura pop contemporánea y prestar atención a las sugerencias de sus fans, los creadores de Glee no ocultaban que desarrollaban las tramas según les soplaban los aires. En Cómo conocí a vuestra madre una gran incógnita era la principal razón de la historia hasta el punto de servir de título al programa e incluso de gag en sí mismo. Al final a los espectadores que seguían delante de la pantalla tras diez años de emisión ya no parecía interesarles tanto descubrir cómo el protagonista ayuntó con la madre de sus hijos. Pero incluso teniendo esto en cuenta la mayor parte de los fans se tomaron bastante mal el último capítulo, aquel que cerraba el mayor flashback de la historia de la televisión. De lo enmarañado del show hasta entonces tenía más culpa la agenda del estudio que la modorra de los guionistas: los escritores se lanzarían a parir decenas de tramas y ramificaciones que se les escapaban de las manos de manera inmediata al no saber con suficiente antelación de cuántos capítulos disponían realmente. Durante las dos últimas temporadas trataron de arreglar el desmadre y adecentar la casa, pero aquello no salvó al desenlace de la acusación de ser execrado en un lavabo. A la vista de esto la cadena CBS decidió que una nueva serie titulada Cómo conocí a vuestro padre, de la cual se rodó un piloto cuyo guion puede leerse al completo en ciertos recodos de la red, estaba mejor enterrada en cal y así ellos se podían ahorrar las bromitas sobre dilatar cosas eternamente.

Cómo conocí a vuestra madre: el mayor flashback de la historia o lo que ocurre cuando el más agonías del grupo es el protagonista del asunto. Imagen: CBS.
Cómo conocí a vuestra madre: el mayor flashback de la historia o lo que ocurre cuando el más agonías del grupo es el protagonista del asunto. Imagen: CBS.

Los daños colaterales del efecto llegarían en forma de argumentos innecesariamente enrevesados en el mejor de los casos: Alias (donde también metía mano J. J. Abrams) optó por apilar conspiraciones dentro de conspiraciones para después recubrirlo todo con nuevas conspiraciones dentro de las primeras y Heroes empezó muy bien pero quiso hacerse la importante tejiendo argumentos cada vez más disparatados y la gente en casa decidió cambiar de canal. En el peor de los casos ocurría que las soluciones aterrizaban de manera tardía y decepcionante: cuando Gossip Girl reveló tras ciento veinte episodios quién era realmente la reina cotilla, la misteriosa narradora omnipresente de toda la serie, la respuesta no tenía ningún sentido y chocaba con la lógica establecida por la propia historia.

Epílogo

Lindelof avisó de que tras el cierre de Perdidos iba a adoptar la postura de David Chase, creador de Los Soprano, y no contestar ni una sola pregunta sobre el significado del último capítulo o de la serie en general, pero tras el cabreo universal que provocó el último capítulo solo tardó unas semanas en volver a hablar del tema en las entrevistas.

Al poco de finalizar Perdidos, los DVD que ofrecían la sexta temporada incluyeron como extra una pequeña pieza de doce minutos a modo de epílogo titulada «The new man in charge», que según explicaban sus responsables (Lindelof y el productor Carlton Cuse) servía para atar un par de cabos desparramados que no se habían tratado en el episodio final. Cuando dicho epílogo estuvo listo Lindelof lanzó un graznido en las redes: «Estoy contento de que haber hecho “The new man in charge”. Ya empezaba a echar de menos que la gente me gritase cosas». Lo cierto es que el asunto tiene pinta de querer perseguirle de manera eterna, porque dos años después de la emisión de «The end», y mientras se encontraba en plena promoción del film Prometheus, en The Verge le volvieron a preguntar sobre Perdidos y el hombre se tiró sus buenos veinticinco minutos justificando sus decisiones. Ahí estaba la resaca del efecto Chris Carter.


Shavarsh Karapetyan: el héroe que pasaba por allí

CCCP
Fotografía cortesía de voenpro.ru.

Qué bien, ya están en marcha los Juegos Olímpicos. El momento que todos los espectadores esperamos cuatro largos años para pasarnos las horas muertas delante de la tele mirando deportes de los que seremos expertos durante quince días y a los que no volveremos a hacer ni puto caso en otros cuatro años. La excelencia del tiro con arco, la emoción del piragüismo en aguas bravas y la sublimación estética que sentimos al contemplar las chepas de los jugadores y jugadoras de hockey sobre hierba. (Sí, el hockey hierba es un deporte absurdo y se podrían escribir tres mil palabras para demostrarlo, pero lo haremos en otra ocasión, que no quiero que enfurecidos practicantes me ejecuten un penalti-córner en la entrepierna).

Ahora bien, lo que de verdad mola de los Juegos son los tres grandes deportes olímpicos: la gimnasia artística, el atletismo y la natación. Su sola mención nos devuelve nombres grabados con metal precioso en las primeras páginas de la historia de las proezas deportivas. El 10 de Nadia Comăneci en Montreal 76, los 8.90 de Bob Beamon en México 68 o las ocho medallas de oro de Michael Phelps en Pekín 2008, las siete de Mark Spitz en Múnich 72 y la victoria en los 200 espalda del español Martín López-Zubero, conseguida en Barcelona 92, y que agradeció a su público con unas emocionadas palabras que no entendió nadie porque el menda tenía un acento de Florida más grande que su ciudad natal, Jacksonville. Es lo mejor de la natación; tiene tantas modalidades que produce héroes a cascoporro. Y eso que aún podría incluir alguna más, como el nado con aletas. De hecho, si el buceo de competición hubiese sido disciplina olímpica, todos recordaríamos a Shavarsh Karapetyan, nadador armenio que batió el récord del mundo once veces y fue campeón mundial en diecisiete ocasiones.

El caso es que, en 1974, a Karapetyan solo le conocían en los círculos de su deporte, donde era, efectivamente, honrado y respetado. No obstante, se ve que el tipo quería ser famoso en todo el mundo porque dijo que lo del chándal de la CCCP y salir en las páginas del Pravda estaba muy bien, pero que lo que realmente quería era que los de Discovery Channel hiciesen un documental con su vida. Así que decidió convertirse en un héroe. Pero no del deporte; de los de verdad. Siendo sinceros, es muy posible que la referencia a Discovery Channel no fuese exactamente así, más que nada porque el canal no existía en esa época y también porque, en realidad, Karapetyan no decidió nada. Como él mismo sí que diría después: «Yo solo era quien estaba más cerca».

Karapetyan nació el 13 de marzo de 1953 en la ciudad armenia de Vanadzor, al norte del país, cuando esta todavía se llamaba Kirovakan y pertenecía a la Unión Soviética. Como la región está entre el mar Negro y el mar Caspio y la ciudad se levanta a apenas 4cuarenta kilómetros del lago Sevan, se ve que los kirovakanos son bastante aficionados al buceo. O al menos la familia de Karapetyan sí lo era porque, desde muy corta edad, le recomendaron que aprendiese las técnicas del nado subacuático. Siendo esto la URSS, suponemos que la, ejem, «recomendación» consistiría en sesiones de entrenamiento de veintisiete horas diarias en aguas cuya temperatura se situaba entre el ártico y el interior de una sala de cine en verano. Sea como fuere, ya en la adolescencia, el buceo sirvió para que nuestro futuro héroe salvase una primera vida: la suya.

PISCINA
Fotografía cortesía de yurevan.ru.

Según las crónicas, cuando Karapetyan tenía quince años se metió en una pelea con un grupo de macarras locales que, no contentos con darle una paliza, le agarraron entre todos y le tiraron al lago con una piedra atada al cuello por echarse unas risas y también porque al este de un determinado meridiano geográfico los niños vienen con el cable pelado de nacimiento. El chaval consiguió soltarse el pedrusco y salir a la superficie tras varios minutos de apnea forzosa. «La piedra no pesaba más de cinco kilos», diría después, «porque si hubiera sido más grande o hubiese estado mejor atada, no estaría aquí para contarlo». Después del simpático incidente, Karapetyan decidió que se iba a poner en serio con los entrenamientos por si las moscas.

El siguiente encuentro entre la muerte y nuestro bravo nadador no-olímpico sucedió el 8 de enero de 1974 en el centro de deportes de Tsaghkadzor, situado a mil ochocientos metros de altitud en las montañas Tsaghkunyats. Karapetyan, que a los veintiún años ya era recordman y campeón mundial en varias ocasiones, viajaba en un autobús junto a otros treinta atletas por la serpenteante —y no demasiado bien asfaltada— carretera alpina que unía el pueblo con las instalaciones de entrenamiento. Mientras circulaban por una curva especialmente cerrada y pronunciada, con bellas cumbres cubiertas por la nieve a la izquierda y un abismo insondable a la derecha, el autobús perdió agarre y comenzó a precipitarse hacia el precipicio. El conductor del vehículo no se había despertado con ánimo heroico esa mañana, porque lo único que hizo fue proferir un grito de terror y saltar por patas de la cabina. Karapetyan debía de ser el empollón de la clase porque iba en primera fila; también debía de tener las pelotas de acero porque, aunque no disponía de carnet de conducir, destrozó el vidrio que separaba la cabina del conductor a golpes, se subió al asiento y, de un volantazo, consiguió cruzar el vehículo por el medio de la carretera. Había burlado una vez más a la parca y, además, había salvado la vida de otros treinta camaradas deportistas, hijos todos de la madre Rusia. Fue la primera vez que, preguntado por su acto salvador, Karapetyan contestó: «Bueno, es que yo era el que estaba más cerca».

Sin embargo, los medios de transporte rodados de la Unión Soviética aún no habían dicho su última palabra. El 16 de septiembre de 1976, un trolebús urbano lleno hasta los topes se desenganchó de la catenaria y cayó, morro adelante, dentro del lago Yereván. Afortunadamente, Karapetyan —que debía estar disputando el Campeonato del Mundo de nado con aletas en Hannover pero un problema con el visado le obligó a quedarse en casa— acababa de terminar su rutina mañanera de entrenamiento junto a su hermano Kamo, también nadador. La rutina consistía en correr veinte kilómetros por el borde del lago antes de las ocho de la mañana, con la fresca. O sea, a unos diez grados de temperatura. Desafortunadamente, esos diez grados en el exterior dentro del agua se traducían en lo que los expertos denominan «un frío de cojones». A la vista del desastre, nuestro campeón pensó en hacer lo que cualquier persona sensata habría hecho: coger el móvil y pedir ayuda. Luego se dio cuenta de que los teléfonos móviles eran un invento imperialista —e inexistente— y que para qué pedir ayuda si tenía a mano a un buceador de sin igual capacidad y valor. Él era la ayuda.

El trolebús había caído a veinticinco metros del borde y yacía en el fondo del lago a diez metros de profundidad. Para acabar de rematarlo, en 1976, el lago Yereván no era precisamente un bucólico remanso de cristalinas aguas, sino más bien una gigantesca charca llena de fango donde vertían las cloacas municipales. Todo eso se la traía laxa a nuestro héroe: pese al frío y la nula visibilidad, alcanzó un lateral del vehículo y rompió una de las ventanas de una patada porque quién necesita aletas cuando tus pies son armas de precisión. Durante casi veinte minutos, Karapetyan rescató a treinta personas del interior inundado del trolebús. Una a una. Treinta y cinco segundos por cada inmersión. Pateando entre el agua helada, la suciedad y los restos de metal y vidrio que flotaban por todas partes sin advertirse hasta que le golpeaban y le rasgaban la piel. Cuando salió por trigésima vez a la superficie, el nadador se desmayó.

Fotografía cortesía de mocak.am.
Fotografía cortesía de mocak.am.

El efecto combinado de la hipotermia y la infección producida por las heridas expuestas al agua contaminada le provocó una neumonía severa que le condujo a un coma del que no despertaría hasta cuarenta y seis días después. Cuando abrió los ojos en una cama de hospital, lo primero que hizo fue preguntar por los pasajeros del trolebús. No pudo rescatarlos a todos y ni siquiera consiguió salvar a todos los que rescató, pero veinte personas habían conservado la vida. Karapetyan era un héroe.

En la URSS de esa época los héroes soviéticos eran menos importantes que ocultar las tragedias del país, así que su hazaña permaneció oculta a los ojos de la nación durante más de seis años. Todas las fotos y documentos relativos al accidente se guardaron en oscuros archivos judiciales hasta que, el 12 de octubre de 1982, el Komsomolskaya Pravda publicó un reportaje titulado: «La batalla subacuática del campeón». En él, glosaba la proeza del bravo nadador armenio empleando un lenguaje con más hipérboles que los cantares de gesta y las sagas nórdicas. Al poco de salir a la luz, Karapetyan recibió más de setenta mil cartas de agradecimiento de todos los confines de la Unión Soviética, y el Sóviet Supremo le condecoró con un montón de medallas más, incluidas las de Maestro del Deporte de la URSS y la de la Orden del Distintivo al Honor. Ahora sí que sí era un héroe de la patria y, sin embargo, siguió manteniendo el mismo perfil humilde: «Debería haber estado compitiendo en Alemania, pero dio la casualidad de que, cuando el trolebús cayó al lago, yo era quien estaba más cerca».

Las complicaciones derivadas de la neumonía y la hospitalización, unidas a una recién desarrollada fobia al agua, acabaron con la carrera deportiva de Shavarsh Karapetyan, que se retiró a trabajar como ingeniero en una planta de componentes electrónicos. Eso no fue óbice para volver a ser el tipo que estaba más cerca cuando, el 19 de febrero de 1985, un incendio se desató en el Pabellón de Deportes de la Armenia Soviética. Ni corto ni perezoso, el exnadador tiró para adentro y comenzó a sacar gente atrapada entre las llamas cual bombero de película capitalista norteamericana. Una vez más sufrió un colapso —esta vez provocado por el humo y las quemaduras— y una vez más pasó una buena temporada en el hospital. Tras esta última heroicidad, Karapetyan estaba ya hasta las narices de tanto trajín, así que se mudó a Moscú y fundó una pequeña zapatería deportiva llamada Segunda Bocanada.

Tras toda una vida arrebatándole presas a la muerte, se ve que en Rusia ya no quedaban más condecoraciones para darle así que, en 1986, el astrónomo Nikolai Chernykh, bautizó con su nombre a un asteroide —el 3027 Shavarsh—, en 2010 fue galardonado con el Fair Play Award de la UNESCO, y en 2014, con motivo de los Juegos de Invierno de Sochi, se convirtió en la única persona que ha portado la antorcha olímpica en dos relevos distintos durante la misma olimpiada. «Lo hice una vez por Rusia y la otra por Armenia» afirma divertido cuando le preguntan. A día de hoy vive tranquilamente en Moscú con su familia, su tienda y un carretón de medallas que el hombre no tiene ya paredes dónde colgarlas. Y Discovery Channel aún no le ha dedicado un programa; no sé a qué esperan.

Shavarsh Karapetyan y sus hermanos Kamo (izq) y Yerevan Anatoly (dcha). Fotografía cortesía de mocak.am.


¿Qué serie ha decaído más con el paso de las temporadas?

Hay quien sostiene en internet con gran seriedad que las últimas entregas de la saga A todo gas han perdido el espíritu original y se han vuelto muy comerciales. Quién sabe. Buscamos lo mismo que nos gustó la primera vez pero también queremos algo diferente, de tal manera que si una película, disco, temporada o novela se parece a la anterior nos aburrirá por repetitiva, pero si cambia diremos que se echó a perder. En el caso de las series de televisión es tan estrecho el sendero que le queda a los guionistas que muchos acaban despeñándose, espoleados por unas cadenas que ordeñarán el éxito inicial hasta que la vaca se quede con las ubres más secas que el ojo de Snake Plissken. Así que pocas terminan como es debido y cuando están en la cresta de la ola. Lo que abunda, por desgracia, son declives más o menos bochornosos que nos hacen renegar del maldito día en que nos enganchamos a esa serie que tan bien empezó. Estos son los casos más sangrantes a nuestro juicio, voten o añadan algún otro si quieren.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

Juego de tronos

Imagen de HBO.
Imagen de HBO.

Ha concluido la quinta temporada, que ya analizamos hace unos días detalladamente, y la desafección de una parte de la audiencia se ha hecho notar. ¿Razones? Algunos señalan que adaptar dos libros ha afectado al ritmo de la narración, que matar a los protagonistas —justo cuando ya habías logrado aprenderte su nombre— es un recurso que no puede usarse en cada temporada esperando lograr el mismo impacto, que ya no hay ni rastro de los diálogos brillantes y los personajes carismáticos del comienzo, que de acuerdo a la Tercera Ley de Newton todo el impulso hacia arriba que logra cierto político usando la serie como punto de apoyo provoca otro equivalente en ella hacia abajo y que, en fin, que ya son muchas horas con estos candidatos al Trono de Hierro yendo de aquí para allá y no vemos que esto vaya a terminar.

Cómo conocí a vuestra madre

Imagen de CBS.
Imagen de CBS.

Dado que todo era una narración que Ted Mosby contaba a sus hijos muchos años después, desde luego divagaba más que una abuela del pueblo que pierde el hilo de lo que te cuenta pero sigue hablando igualmente. Tanto tuvieron que estirar la trama en sus más de doscientos episodios que el verdadero protagonista —que no era otro que Barney Stinson— acabó comportándose de forma abiertamente contraria a su personalidad y sus valores. Lo que le hicieron los guionistas no tiene nombre. Pese a todo puede que el final de esta serie fuera el que tenía que ser… ¿Pero no pudo haber sido dos o tres temporadas antes?

Dexter

Imagen de Showtime.
Imagen de Showtime.

El planteamiento de esta serie tenía cierto interés al mostrarnos al asesino psicópata como protagonista de la narración, pero eso requería elaborarlo de forma más digerible haciendo que matase solo al que se lo merecía. El equilibrio era delicado y derivó progresivamente en situaciones cada vez más descabelladas, en las que solo lograban conservar la suspensión de la incredulidad aquellos espectadores que se quedaban dormidos viéndola. Pero sobre la labor de los guionistas en esta serie y en su desenlace ya hablamos en su momento en este artículo.

The Big Bang Theory

Imagen de CBS.
Imagen de CBS.

Ciento sesenta y nueve episodios van ya de una serie que a diferencia de otras sitcoms pone un poco más de énfasis en el arco de cada personaje. Que haya cierta continuidad ayuda a que cada episodio resulte menos repetitivo, pero también hace que se distancie del planteamiento inicial. De manera que empezaron siendo cuatro nerds solitarios que intentaban ligar desesperadamente —y ahí radicaba parte de la gracia, especialmente en el caso de Wolowitz y ya los han emparejado. ¿Y ahora qué? Pues a hacerlos discutir con sus novias y a reconciliarlos después, así parece que seguirán hasta que el público se canse.

Los Simpson

Imagen de FOX.
Imagen de FOX.

Dentro de poco cumplirá veintiséis años esta serie que ha hecho historia y que tiene aún multitud de fans que han crecido con ella. Igual que hay pasajes bíblicos para afrontar cada circunstancia de la vida, hay también un episodio que nos puede ayudar a interpretar cada situación que se nos presente, pues quinientos setenta y cuatro lo abarcan todo bajo el cielo. Quizá sea por tanto momento de echar el cierre, de dejar que viva ya solo en nuestro recuerdo, ante los evidentes signos de desgaste que muestra desde hace unos años.

Community

Imagen de NBC.
Imagen de NBC.

Esta comedia sobre un grupo de estudiantes universitarios que hacían cualquier cosa menos estudiar comenzó realmente bien. Pero las temporadas se sucedieron exprimiendo el éxito hasta la última gota (incluyendo una sexta emitida por internet), Chevy Chase dejó de aparecer en ella y simplemente llegó un momento en que perdió la gracia.

Héroes

Imagen de NBC.
Imagen de NBC.

Perdidos logró mantener el interés a lo largo de todas sus temporadas a base de comenzar con un enigma relativamente modesto y abrir nuevos interrogantes cada vez más audaces, como quien pide un préstamo para poder pagar deudas previas, hasta que su estrepitoso final hizo estallar la burbuja crediticia. Héroes sin embargo no pudo hacer lo mismo porque ya partía de un comienzo en el que los protagonistas estaban dotados de superpoderes y debían salvar el mundo ¿Qué contar a partir de ahí? Pues ni nos acordamos ya, un sindiós que se remontaba al Japón de los samuráis y que tras su cancelación en la cuarta temporada por su baja audiencia tendrá este año una secuela.

Prison Break

Imagen de Fox.
Imagen de Fox.

En la primera temporada el protagonista ayudaba a su hermano a escapar de la cárcel. La serie tuvo muy buena acogida y había entonces que darle continuidad ¿Cómo? Pues haciéndoles escapar de otra cárcel. Y así.

True Blood

Imagen de HBO.
Imagen de HBO.

Qué decir de esta serie: es de la HBO y su intro era muy buena, considerarla divertida o esperpéntica quizá solo dependa de la sensibilidad de cada uno. En cualquier caso siete temporadas duró en antena y no tenemos claro que realmente fueran necesarias todas ellas.

Weeds

Imagen de Showtime.
Imagen de Showtime.

La premisa era bastante parecida a Breaking Bad y tuvo dos temporadas destacables, el problema es que le siguieron nada menos que otras seis temporadas más en una agonía interminable. Casos así nos hacen admirar aún más otras series como Los Soprano o The Wire, que tuvieron la duración exacta y terminaron en el punto exacto en el que debían hacerlo, no buscando arañar un dólar más sino la manera de encajar en la posteridad.

Homeland

Imagen de Showtime.
Imagen de Showtime.

Henry Bromell fue un guionista que participó en series del nivel de Doctor en Alaska y Carnivàle y que produjo y guionizó Homeland. Quizá su muerte en 2013 dejó huérfana a la serie bajando su listón de calidad o quizá simplemente debió tener una única temporada. Sea como fuere ya lleva cuatro y en septiembre se emitirá la quinta.

House of Cards

Imagen de Netflix.
Imagen de Netflix.

De la original inglesa ya hablamos aquí y de su adaptación americana pocos cuestionan la calidad de la primera temporada. En la segunda, cuando el protagonista alcanza la vicepresidencia, ya comenzamos a ver algunos flecos sueltos, pero la tercera… aunque nos cueste un tirón de orejas tenemos que decirlo: no hay por dónde cogerla. El émulo de Putin parece más bien una parodia, su flirteo con la primera dama nos hace enarcar una ceja y el desenlace ya es directamente disparatado, perdiendo la atmósfera de realismo maquiavélico tan lograda de la primera temporada y dejando en su lugar un culebrón ambientado en la Casa Blanca


Superpoderes

Harry Houdini. Foto: Corbis.
Harry Houdini. Foto: Corbis.

Están de moda. Es imposible negarlo porque es imposible evitar escuchar hablar de ellos por todos lados. Cuando no los encontramos directamente es indirectamente, gracias a la revitalización del fenómeno de los superhéroes. El siglo XXI comenzó fuerte con ellos. La saga Batman llevaba varios intentos pero fue el Spiderman de Tobey Maguire quien dio el primer aviso. Nolan, ahora sí, revitalizaba al murciélago arrancando la saga desde los inicios en 2005, y demostrando de paso cómo una película de superhéroes podía aspirar al Óscar. La serie de Héroes proporcionó nuevos bríos al tema, con las posibles mutaciones genéticas de por medio, y varias temporadas que nos recordaban lo bueno y lo malo de ser especial y diferente. El aluvión de películas de superhéroes terminó calando en nuestro país con la serie de Los protegidos o con grandes empresas financiando a jóvenes la realización de series al respecto. Cuando las cosas van mal nos gustaría que se hiciera justicia o tener alguna capacidad que nos permita sobreponernos y hacerla nosotros mismos. Por no hablar de nuestra necesidad inherente de diferenciación, o de sentirnos superiores en algo. ¿Harry Potter? Misma idea. También vuelve con fuerza esa idea tan americana de que todos nosotros somos especiales y tenemos un don, idea que provoca que Calvin esté enganchado a Masticando, la revista de los expertos mascadores de chicle. Pero si hasta se han puesto de moda las series de frikis científicos como The Big Bang Theory.

Pero no quiero hablar aquí de los superpoderes «imposibles». Esos que atesoran ciertos superhéroes y que ningún ser humano tendrá jamás. Por ejemplo, durante muchos años ante la pregunta sobre mi superpoder favorito yo siempre respondía que era la inmortalidad. Creía así poder superar el no tener cualquiera de los demás superpoderes y además podría leer todos los libros que se publican, ver todas las películas y series emitidas (o no), y disfrutar eternamente de los placeres de la vida. Claro, hasta que me di cuenta de las implicaciones de tener que aguantar eternamente a dictadores, políticos y cuñados de turno. O de lo que podría suponer buscar arañas, «radioactivarlas» y después que me picasen, a ver si había suerte. Me veía como el protagonista de Kick-Ass, es decir en el hospital abierto en canal a vida o muerte.

Y no, eso sí que no. Por lo que comencé a elaborar una lista de superpoderes que sí eran alcanzables, capacidades que en principio cualquier ser humano podría desarrollar. Y me puse a buscar gente que los había alcanzado ya en cotas superlativas. Y estudié qué proceso habían seguido ellos y podía seguir yo para poder adquirirlos. Vamos, lo que viene siento el típico «malvado plan para dominar el mundo» que te planteas para llenar los ratos libres de cualquier fin de semana. Estos son los primeros resultados de mi investigación. Si quieres conseguir superpoderes…

Desarrolla la memoria

En 2011 el consejero delegado de Google, Eric Schmidt, dijo que la humanidad generaba cinco exabytes de información única cada dos días en internet. ¿Que cuánto es eso? Bernardo Hernández puntualizaba por estos lares que es tanta información como desde el principio de la historia hasta el año 2003, toda junta, a la vez, sin anestesia. Como había gente a la que no le terminaba de cuadrar la cuenta la revista Science recalculó para estimar que hemos generado hasta el 2011 unos seiscientos exabytes. Así que claro, una habilidad que empieza a ser imprescindible para sobrevivir en este entorno es la de memorizar.

Cuñados aparte, casos históricos de gente con mucha memoria hemos tenido siempre. Lo que no resultaba tan claro era cómo obtenerla sin riesgos. Como el caso de Cenn Fáelad mac Aillila, erudito irlandés fallecido en el año 679, que adquirió su habilidad tras un golpe en la cabeza durante un combate. Fuera de arañas radioactivas, digo de accidentes, existe lo que se conoce como memoria eidética o memoria fotográfica. Esas personas que recuerdan todo, además de Sheldon Cooper, existen. Como por ejemplo Jill Price. Si solo recuerdan cosas relacionadas con su propia existencia hablamos de una memoria autobiográfica altamente superior (HSAM o hipertimesia), de la que se dice existen veinte personas que están siendo estudiadas en todo el mundo (todas en EE. UU.). Son los «Google humanos».

Pero si no quieres pasar por un accidente ni esperar a tener suerte o genética, existen otras técnicas apropiadas para conseguir una memoria de elefante. Por ejemplo las utilizadas por Joshua Foer, periodista que decidió dedicar un año de su vida a prepararse para los campeonatos de memoria de EE. UU., escribiendo su experiencia en el libro Los desafíos de la memoria. Joshua descubrió que existen técnicas mnemotécnicas en uso desde hace miles de años, como los palacios de la memoria. Y lo más importante, que se podían aprender. El primer paso en nuestro camino se hace realidad: si un periodista como Foer puede…¡cualquiera podrá!

Habla varios idiomas

Claro, con eso de memorizar uno se anima, y se pone a aprovecharlo. ¿Y qué mejor manera que aprendiendo a decir «Te quiero» en seis mil idiomas? Por supuesto no es lo mismo aprender algún idioma del top ten mundial de los más utilizados, que una de las lenguas que está en peligro de extinción. El tamaño del mercado sí importa. Inglés, chino mandarín, árabe, español por supuesto.

Al principio parece duro, pero todo depende de los idiomas elegidos. Por ejemplo, algunos vienen de las mismas ramas lo que hace más fácil aprenderlos. Dicen que el filipino es uno de los más sencillos, con el persa antiguo; mientras que el finés, el húngaro, el polaco, el mandarín y el euskera son de los más difíciles. Con matices, por supuesto: el mandarín es complicado por fonética y escritura, pero la gramática se hace sencilla de entender. Así que si no quieres aprender a escribirlo el japonés puede pasar de complicado a fácil. El finés, aunque algunos expertos dicen que no es difícil sino diferente, te hará disfrutar de esas diferencias en fonética, escritura, gramática, semántica… Vamos, que en pocos días te sentirás fan de Noam Chomsky  y Steve Pinker, o abandonarás desesperado ante tanta palabra desconocida, a pesar de tu supermemoria.

También afecta el idioma de origen, o idioma materno, que puede hacer más o menos difícil aprender el idioma «destino». Y por supuesto debemos tener en cuenta si existe alguna motivación particular. Como por ejemplo dar al mundo niños multilingües, que serán objetivo de estudios académicos determinando su potencial para desarrollar otros superpoderes de manera natural. Aprender un nuevo idioma (dificultad media) de manera apropiada puede suponer unas dos mil horas de estudio intenso, es decir un año de dedicación exclusiva más o menos.

Salvo que seas Ramón Campayo, quien los aprende para escribir libros sobre ellos y olvidarlos después. Campeón de memoria durante varios años (no le incluimos en la anterior categoría por no abusar) es un técnico reconocido en estos temas, que da formación y sale en televisión. Además predica con el ejemplo: formó a su mujer y la hizo subcampeona mundial de memoria.

Entre los históricos tenemos a Mezzofanti, el cardenal italiano que se decía hablaba setenta y dos lenguas durante la primera mitad del siglo XIX. En el top actual tendríamos a Ziad Youssef Fazah, que habla unas sesenta y dos lenguas, la mayoría de ellas aprendidas antes de los veinte años; y a Ioannis Ikonomou, lejos de Ziad con «solo» treinta y dos idiomas. Este traductor de origen griego es un crack que intentó aprender euskera durante su estancia en Pekín. Por cierto, lo de los veinte años de Ziad parece un patrón a vigilar. Son los que tiene Alex Rawling, que chapurrea decentemente unos once idiomas. Timothy Doner ha cumplido diecisiete años y va ya por las veinte lenguas. ¿Hasta cuántas llegará?

Si te parece increíble, e incluso imposible, no te asustes. Chris Londsdale dice que en seis meses puedes hablar cualquier idioma y Ramón Campayo que en siete días. Está claro, si no lo haces es porque no quieres.

Eso sí, es posible que no le saques más rendimiento que el de ampliar tu mercado objetivo a la hora de ligar. En el podcast de Freakonomics analizaron el retorno económico de aprender idiomas y parece que el coste de aprenderlos frente a lo que puedes ganar con ellos es bastante bajo. Pero eso no importa, nosotros estamos aquí por la fama, la gloría y (ejem) el amor.

Lee más rápido

Cuando intentas conseguir la inmortalidad leyendo descubres que tu primer problema es la gestión del tiempo. ¿Cuánto tarda de media una persona normal en leer una página? Por no hablar de un artículo de «la yot daun».

Bueno pues el PPM, o cantidad de palabras por minuto, es una medida bastante reconocida para medir la velocidad de lectura. Se calcula que una persona adulta formada puede leer aproximadamente entre doscientas y trescientas palabras por minuto. Si sube la velocidad normalmente baja la comprensión. Curiosamente hablamos a una velocidad similar a la de lectura, salvo Steve Woodmore, récord Guiness por una velocidad de lectura de 637 PPM.

Si calculamos el número de palabras de media en una hoja, descubriremos que son unas quinientas (Calibri 11, interlineado sencillo, márgenes por defecto, conocimiento de español medio). Así que podemos decir que una persona adulta educada de media lee por minuto la mitad de una página, es decir unas doscientas cincuenta (entre doscientas y trescientas) palabras por minuto. En una hora, es decir sesenta minutos, leeremos por lo tanto unas treinta páginas.

Esto empieza a ser preocupante. En una jornada (salvaje) de lectura podemos ponernos en diez horas leyendo como si no hubiera un mañana, y alcanzando la osada cifra de trescientas páginas. Una jornada laboral en nuestro país ronda las mil setecientas horas. Supongamos que esto es placer y trabajo y redondeamos a dos mil horas anuales. Acabamos de ponernos en sesenta mil páginas. Si dedicamos cuarenta años de nuestra vida a leer como actividad profesional, la cifra abruma; 2,4 millones de páginas. En cualquier caso es insuficiente. Entre el BOE (Boletín Oficial del Estado) y los diferentes boletines autonómicos, de ayuntamientos y demás documentos oficiales que estamos obligados a leer, entender y aplicar en nuestras vidas la cantidad de páginas es mucho mayor. Acabamos de demostrar académicamente que, con toda probabilidad, usted está incumpliendo la ley. Se lo garantizo. Es obvio: ni siquiera la conoce. Y no conocerla no le exime de cumplirla. El sustrato perfecto para que se dé lo que decía la doctrina Romanones en plenitud, vamos. Si además pensamos en los exabytes de antes, en los más de cincuenta mil libros publicados en España en 2013 y en los millones de artículos de la Wikipedia la cosa asusta.

¿Solución? Sencillo. Aprender a leer rápido solo requiere técnica y dedicación. Bueno, como aprender cualquier cosa en realidad. Por ejemplo, ¿quieres leer el Quijote en cinco horas? Son mil ciento sesenta y dos páginas que se pueden leer en cinco horas si haces caso a Felipe Bernal. Por supuesto nosotros queremos ir más allá y nuestro objetivo será ambicioso: Anne Jones, campeona del mundo con cuatro mil setecientas palabras por minuto (eso sí, una comprensión del 67%). Un participante tipo en estos concursos lee entre mil y dos mil palabras por minuto con aproximadamente un 50% de comprensión.

El desarrollo de este superpoder es sencillo. Primero debemos perder la costumbre de leer sílabas, como aprendimos. Enfocándonos en espacios más grandes podemos hacer que nuestros ojos capturen varias líneas fácilmente. Entrenando el cerebro a la vez que los ojos, podemos procesar la información que han capturado los ojos. Si trabajamos la velocidad de captura combinada con el campo visual podemos leer más rápido en poco tiempo. La comprensión ayudará a no releer, es decir, debemos trabajar la velocidad a la par que la comprensión lectora.

Este superpoder está relacionado con otros anteriores, como por ejemplo la memorización. Si podemos memorizar y leer rápido, podemos hacer una carrera online en un año. ¡Imagina cómo puede crecer tu currículo! «Tiembla BOE, mi currículo tendrá más líneas que el tuyo».

Nota: Por cierto, sí, Ramón Campayo también tiene un libro de esto. No, no es familiar mío.

Aprende magia

No hay superpoder más rentable que hacer desparecer cosas. De verdad. Sobre todo si son de un banco o una joyería. Puedes ver la película Ahora me ves para captarlo al vuelo. De hecho en ella los magos también vuelan. Y leen la mente. Y adivinan el futuro.

La magia ha sido considerada tradicionalmente un cajón de sastre. ¿Que no lo entiendo? Pues es magia. ¿Que no sé cómo hacerlo? Pues es magia ¿Que no lo entiendo, no sé cómo hacerlo y lo hace alguien que no me gusta? Es brujería y a la hoguera, ¡qué te habías creído tú! Esto provocó que los magos se tomaran las cosas con cierto tiento y no hablaran mucho del tema, hasta que Houdini se puso de moda. Imagínate, ¡un tío al que le podías atizar sin problemas! Lo metías en una caja fuerte, lo mandabas al fondo del río, y el tipo volvía a casa para cenar. Como Rasputín pero sin barba. Houdini sobre todo fue un innovador empresarial, que vio claramente el modelo de negocio: la farándula. ¿Cómo evitar el problema de la brujería? Reconoces que es un truco, explicas unos pocos de ellos, y con el resto a fardar y a forrarte. No siempre acertaba: se convirtió en un experto en escapar de las esposas, pero terminó casado y viajando con su mujer y su madre. Probablemente por su afición a entrenar en una bañera con agua congelada todos los días, método precursor del tan nuestro bromuro.

Bueno pues la cosa se hubiera quedado ahí si Susana Martínez-Conde no hubiera decidido hacerse neurocientífica y no le hubiera dado por la magia. Experta en el análisis de la atención, se planteó tontamente quiénes eran los mayores expertos en engañar al cerebro para hacernos creer lo que quieren y que se nos quede cara de idiotas, y la respuesta apareció claramente delante de ella: las calorías y los magos. Decidió estudiar a los segundos. Y hacer una tesis doctoral . Y publicar varios papers. Incluso un libro (lleno de spoilers mágicos, #ojocuidao). Lo que se llama estirar el chicle, vamos.

Eso sí, hay que reconocer que demostrar académicamente cómo los magos y Apollo Robbins te engañan hasta conseguir quitarte la cartera, las gafas, el reloj y la corbata sin que te enteres, tiene su miga. Cuando además un tipo como Apollo te demuestra que es tan sencillo como aplicar aquella premisa infantil de «dolor grande mata a dolor chico» te animas. «Yo también puedo». Y sí, claro que puedes. Entre otros motivos porque hay muchos tipos de magia. Puedes pensar en mentalismo y adivinación; centrarte en juegos de cartas; desviar el foco de interés de la gente para cambiar cosas de sitio delante de ellos y sin que se den cuenta; pero sobre todo aprenderás cómo llamar la atención de una manera aceptada socialmente, y a menudo lucrativa, como comentaba al inicio de este superpoder. O hacer una serie de televisión y capturar a malos de todos los colores. No importan ni la edad ni las limitaciones físicas, incluso se puede hacer despacito para no equivocarse.

Para ello hay que destripar los trucos, mucho sencillos, algunos complejos. Pero con un pequeño entrenamiento y contenidos fáciles de encontrar por internet puedes lanzarte rápidamente. Para un nivel más avanzado puedes estudiarlo en la universidad (y es que la titulitis alcanza todos los sectores). También hay escuelas privadas, y sociedades mágicas donde puedes asociarte. Eso sí, cuidado con los magos porque son un poco bipolares: por una parte es importante no descubrir el truco, por otra parte lo enseñan para que nuevos magos se unan a la sagrada hermandad. Chico, al final va a quedar solo la parte de la farándula.

De hecho… ¡ojo! Un aviso importante: este superpoder tiene peligrosos efectos colaterales, como por ejemplo el provocar que termines liado con alguna top model mundial rubia y alemana. Mucho cuidado.

Conoce el futuro

Comencé a practicar con este superpoder hace muchos años, con una chica de la que estaba enamorado. No hay nada más romántico que decirle a tu amada: «estoy viendo tu futuro; dentro de cinco segundos alguien que te quiere va a besarte apasionadamente». El problema es cuando ella no te corresponde y tu superpoder deja de funcionar provocando que no veas llegar el guantazo que ibas a recibir a los seis segundos.

Por mucho que haya pasado a otros lo mismo, incluso a expertos con un mayor prestigio y experiencia que tú, en ese momento te queda claro que debes depurar la técnica y buscar algún soporte científico.

La visión del futuro y la detección de tendencias son superpoderes que llevan siglos entre nosotros. Desde Rappel hasta Madoff, pasando por el brujo de la tribu, la técnica siempre se ha basado en elementos externos. Una bola de cristal, un software infalible para analizar el mercado, o algún ritual basado en sangre, vísceras y un sacrificio. Este último método, pese a sus innegables ventajas (como acojonar tanto a la gente que si no se cumplía la profecía a ver quién era el guapo que se quejaba) se fue perdiendo con el tiempo, motivo por el cual Rappel se pasó a internet y Madoff terminó en la cárcel.

Sin embargo aún hay esperanza. ¿Os suena Nate Silver? ¿No? ¿De verdad? No me lo puedo creer. Siempre igual. A ver. Espera. ¿Os suena Brad Pitt. Ya. Claro. Este sí. En fin. Es lo que hay. Bueno pues Brad Pitt era el protagonista de la película Moneyball donde se hablaba del uso de la estadística en el baseball para predecir el rendimiento de los jugadores y poder armar un equipo competitivo con poco dinero. La cuestión es que la película se basaba en un libro de Michael Lewis. En la misma línea empezó Nate Silver. Tras dejar su trabajo en Deloitte, comenzó a dedicarse al análisis de datos estadísticos aplicado a predecir el futuro de jugadores, creando PECOTA. Luego se pasó a la política (sin coleta) y utilizando herramientas tan complejas y avanzadas como el Teorema de Bayes, creó un blog, FiveThirtyEight.com (o 538, el número de colegios electorales en EE. UU.), donde comentaba su visión de los resultados futuros de las elecciones americanas.

El caso es que durante la reñida campaña del año 2012, donde Obama luchaba encarnizadamente por la reelección con Mitt Romney, Nate iba contra corriente. Todo el mundo opinaba que estaban a la par y que podría haber sorpresa, mientras que el bueno de Nate argumentaba por qué Obama iba a ganar con más de un 60% de los votos. Y lo hacía en público en su blog. Y discutía con cualquiera que quisiera demostrar lo contrario. ¿Quién tendría razón? Nate acertó los resultados electorales de los cincuenta estados de EE. UU., más el distrito de Columbia. ¿Cómo? ¿Que fue gracias a la suerte del principiante? Hombre, en el año 2008, en las primeras elecciones que ganó Obama, había acertado los resultados de cuarenta y nueve estados.

Nate ha escrito un libro, llamado La señal y el ruido, donde explica cómo cualquiera puede predecir el futuro. Bueno, hasta cierto punto, pero al menos de una manera científica y siempre mejor que sin ninguna herramienta más allá de un inenarrable amor y un juvenil atrevimiento. En cualquier caso no aconsejo hacerlo sin supervisión especializada. Nate deja claro que, en el caso del baseball, la herramienta sin el trabajo de los ojeadores no sirve de nada. No entiendo por qué. Uno puede apoyarse en la estadística para entender el mundo con facilidad. ¿Que quieres ganar el Premio Nobel? Come chocolate. Se ha demostrado académicamente por fin que el chocolate es un sustitutivo del estudio. Y ya. Es lo que se llama «periodismo de datos». Y permite ver el futuro. O crearlo. Nunca se sabe hasta dónde te puede llevar un superpoder.

Lee, estudia, curiosea, escucha, práctica, aprende, disfruta…

Esto es solo el principio, pero hay muchos más superpoderes valiosos por descubrir. Yo he iniciado el camino hacia el superyó, hacia un estadio superior de la existencia humana, donde mis habilidades ultrahumanas me permitan sobrevivir en este mundo hostil sin preocuparme de bajar la tapa del baño. Según los vaya adquiriendo os iré contando, en lo que será un sacrificio dramático y peligroso, que hago gustoso para que los resultados de este proceso sean el legado que quiero dejar a la humanidad. ¿Que por qué? Porque si yo consigo obtenerlos, está claro que cualquiera puede.


Héroes de metro y medio

Decía El Principito: “Todas las personas mayores fueron al principio niños. Aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Todos hemos jugado a ser héroes. Soñarnos en capa y calzoncillos para rescatar volando a una doncella. Imaginarnos bomberos en el infierno, soldados del futuro en una batalla interestelar o exploradores de un territorio inhóspito. Nos vendieron que los héroes eran siempre adultos. Pero ¿Cuántos años tiene Bob Esponja? ¿Por qué el modelo es casi siempre el maduro? Quizá por envidia. He aquí unas cuantas historias que lo demuestran.

 Los familiares despiden a SuperBaby en su primer viaje para salvar la tierra. Fuente @Elzo_

Cuenta la leyenda que a todos los niños holandeses, cuando salen a la calle, se les enseña a vigilar con detalle los diques del país que crece más abajo del nivel del mar para ayudar a prevenir una catástrofe. Cuenta la leyenda que hace muchos años, durante una fuerte tormenta, uno de ellos encontró una agujero por el que brotaba un surtidor artificial cada vez más grande. El instinto le llevó a trepar por el costado de la presa y taponar aquel peligro inminente con su pequeño dedo: “Holanda no será inundada mientras yo esté aquí” —se dijo—. Dos días con sus noches permaneció el niño sin mover ‘un solo dedo’ hasta que alguien casualmente le auxilió. El niño es hoy un héroe postizo nacional por el valor de su ingenuidad. Perder esa ingenuidad es perder un estímulo para mejorar el planeta…

La disposición para cambiar el mundo de estos ‘locos bajitos’ suele estar acotada a su entorno. Pero a veces, las señales que dejan estimulan hasta el último rincón de la capacidad adulta para conmoverse. A modo de moraleja y lección vital frente al egoísmo que nos regala el ir creciendo. El mundo —esta vez real— de Elena Desserich, de seis años, se reducía a su entorno familiar. Una terrible enfermedad limitó la escala de su percepción a las paredes de su casa y del hospital, pero como heroína de metro y medio no dejó de luchar para alcanzar los objetivos en los que creía. Con cinco años empezó a sentir los síntomas de su mortal enfermedad y al adquirir conciencia de su destino empezó a fabricar una lista de prioridades a cumplir antes del asumido desenlace. Nadar con delfines, hacer esquí acuático, conducir un coche… Un día, un deseo… solo 6 años.

Hasta ahí una historia brutal que marcaría la memoria de cualquier familia, pero que no exportaría al mundo la suficiente trascendencia. Elena decidió que su huella vital debería ser mayor. Con seis años se sentía responsable de su entorno y le aterraba la idea de su hermana pequeña jugando sola, y echándola constantemente en falta. Quería ser inmortal en su casa y desafiar al vacío que provocaría en unos meses. Elena urdió en secreto un plan. Para comunicarse con ellos desde el ‘más allá’ iría escondiendo ahora cartas y dibujos por toda la casa con mensajes de apoyo y cariño que sorprenderían a su familia en la rutina de su ausencia. Una ingenuidad con una carga emotiva que daría la vuelta al mundo.

 Alguno de los dibujos que escondió Elena por toda su casa antes de morir.

Nueve meses escondiendo notas entre los viejos libros de la biblioteca, en esa mochila olvidada de su madre, en los infinitos rincones del cuarto de juegos… Elena murió en 2007 pero su familia disfrutó de su cariño inmortal unos cuantos años más…

“Estábamos moviendo unas cajas olvidadas y entre algunos de los libros  se desprendió una pequeña nota […] Cada vez que encuentro y leo uno de sus mensajes es como sentir un pequeño abrazo de mi pequeña..”  Brooke Desserich, madre de Elena.

Al otro lado del mundo rico los problemas se relativizan. Aún así, se puede decir que la vida no comienza con buen pie cuando tu padre te vende por 600 rupias —10 euros— a un fabricante de alfombras para pagar la boda de tu hermano. Iqbal Masih (Pakistán, 1982) nació y murió esclavo de una casta a la que no quería pertenecer. Su vida fue una inmersión en lo más profundo de la iniquidad humana. La desprotección total de los derechos de los más débiles. Pertenecía a los ‘intocables’ y era niño. O sea, la escoria.

Iqbal Masih no conoció la escuela, con siete años trabajaba en turnos de doce horas para pagar los intereses del préstamo de su familia. Con diez años eran ya quince horas manejando el “kangi” para apelotonar los nudos de una de esas alfombras que acabaría en el salón de cualquier orgullosa abuela europea. El tradicional ‘paishgee’ era la forma de subvencionar un rito ancestral por la casta menos valorada. El problema es que la usura de estos préstamos se iba acumulando conforme la familia pedía y faltaba a los pagos de los patronos. En 1992 el préstamo por Iqbal había llegado ya a las 12.000 rupias y era insostenible. Pero ocurrió algo que cambiaría para siempre la historia de la explotación infantil y los derechos de la infancia.

 Un ‘garotinho’ armado hasta los dientes dispuesto a hacer frente a la policía de Río de Janeiro. Fuente

Iqbal, macerado toda su vida en la injusticia del abuso sociolaboral, asistió a una charla de un pequeño grupo sindical que había conseguido denunciar a uno de esos patrones abusones. Conoció por primera vez lo que era un derecho, sus ojos se abrieron, su espalda se enderezó y sus objetivos cambiaron. Durante aquel improvisado mitin alguien aleatoriamente acercó un micrófono a Iqbal para que contase su historia: “Me llamo Iqbal Masih…”, el resto del discurso fue lo suficientemente conmovedor para que Iqbal abandonara el taller y pudiera dedicar el resto de su vida al ‘Frente de Liberación de Trabajos Forzados’, que se hizo cargo de su deuda.

Murió el esclavo y nació el activista. En solo un par de años ayudó a cerrar decenas de talleres ilegales, protagonizó un documental denuncia contra la esclavitud infantil, recibió varios premios internacionales con los que ayudó a levantar una escuela y, cuando estaba a punto de ser recibido por la primer ministro, Benazir Bhutto

El 16 de abril de 1995 (desde entonces día mundial contra la esclavitud infantil) Iqbal  fue asesinado de un disparo de escopeta por la misma mafia que intentaba destruir. Tenía solo trece años. Macabro epílogo de una historia que parece diseñada para adultos pero que protagonizó un niño al que convirtieron muy pronto en mártir comercial por la causa. Murió el activista, nació el mito…

Un niño de 13 años salva a sus compañeros cuando el conductor de su autobús sufre un infarto

Y es que, en cualquier rincón del mundo, siempre hay un ángel anónimo dispuesto a dar una lección fuera del alcance de muchos de los que se hacen llamar sus educadores. Lecciones disfrazadas de ingenuidad y vendidas con la sinceridad de un niño que le toca diferenciar el bien del mal en situaciones normalmente límites. Brenden Foster, de 11 años, lo tenía claro. En 2005 le diagnosticaron una leucemia. En noviembre de 2008 ya tenía consciencia de su fecha de caducidad, concretamente tres semanas más tarde. Un niño en el corredor de la muerte natural es una maldad que nos ha vendido el progreso para ponernos a prueba. Brenden era preso del destino y del agasajo de la compasión adulta. En la penitencia sus deseos eran órdenes para el entorno compungido. Podía pedir lo que quisiera, que le sería concedido. Y así hizo. Agua y comida. Su último deseo fue que llevasen agua y unos sandwiches a un grupo de indigentes que había visto viniendo al hospital. No quería una consola, ni compasión, ni siquiera subir la dosis de droga que mitigara su castigo. A las dos semanas de su muerte ya se había constituido una fundación con su nombre que repartía comida a indigentes por todo Seatle, recaudando cien mil dólares en donaciones.

 Brenden Foster decidió que su última voluntad era hacer sandwiches para indigentes. Fuente

La clave no está en la trascendencia, sino en convertir las herramientas que la rutina pone a tu alcance en instrumentos para forjar tu leyenda. Drew Cox (6 Años) no tenía dinero, ni recursos, ni una farmacéutica que chantajear para el tratamiento de quimioterapia que necesitaba su padre enfermo y sin tarjeta sanitaria. Con seis años no se tiene nada, solo aprecio por los que te han regalado la vida y apenas capacidad para hacer una simple limonada. ¡Pues vende limonadas! Así de simple. Drew fabricó con trazo trémulo el cartel: ”Please help my Dad.” y se puso a vender limón con agua en vasos de plástico a la puerta de casa. La compasión adulta, la conmoción y 10.000 dólares en donativos hicieron el resto. Lo que nace como chiquillada acaba siendo una proeza… a pesar de ello muchos siguen pensando que los niños son solo marionetas, pero al dejarte conmover son ellos los que te manejan.

A veces los gestos no sirven para nada. O eso interpretamos los mayores. Sadako Sasaki (11 años) vivía a tan solo kilómetro y medio de la zona cero de Hiroshima. Sobrevivió a la deflagración pero no pudo con la leucemia. Sadako se acogió a la tradición oriental al saberse enferma. Una amiga le contó que si hacía mil grullas de papel un deseo imposible le sería concedido. Y a él se agarró, pero no solo por ella, sino por las de decenas de compañeros del hospital con su mismo problema. Murió cuando llevaba 644 grullas. Su compañeros acabaron la faena. Y a los pies del monumento a su nombre en el Parque de la Paz de Hiroshima nunca faltan, desde hace cincuenta años, unos cuantos miles de grullas de papel para completar la simbólica cadena.

 Monumento a Sadako Sasaki en el Parque de la Paz de Hiroshima. Fuente

Los niños no nacen insolidarios, artificiales o clasistas. Somos los padres los que vamos minando su naturalidad para moldear un carácter más moderado y receloso. Parece que dar rienda suelta a ese instinto fraternal infantil es cursi y presuntuoso conforme vas creciendo porque no es productivo socialmente y porque los deseos de estos pequeños héroes no valen más que para emocionar a sus semejantes. Pero, como hemos visto, siempre hay una lección para los mayores. Los grandes cambios surgen y se inspiran en la suma de estas pequeñas y espontáneas reacciones. Como las grullas de Sadako. Y nosotros no nos queremos dar cuenta.

“Las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.”Antoine de Saint-ExupéryEl Principito.

Tu hijo es siempre un superhéroe en potencia. No lo estropees.