¿Cuál es el mejor himno regional de España?

El día que acudió a visitar a su novia difícilmente pudo imaginar el poeta mexicano Francisco González Bocanegra que esta acabaría encerrándolo en una habitación: ahí permanecería hasta que compusiera un himno nacional, le advirtió inflexible. Claro que el hecho de que él no pudiera salir no significaba que las musas no lograran entrar, así que cuatro horas después le pasó por debajo de la puerta un sentido manuscrito que, efectivamente, terminó siendo el himno de aquel país. Algo parecido se cuenta del costarricense, cuya música fue compuesta en un fogonazo de inspiración por el director de la banda militar, puesto bajo arresto con la orden de escribir de inmediato una partitura que debía tocarse al día siguiente en un acto oficial. Se ve que nadie había reparado en ese detalle hasta entonces. ¿No es hermoso y hace sentirlo como propio un himno caracterizado por las prisas de última hora, las improvisaciones y el trabajo bajo presión?

Pero ambos tienen más elementos en común, pues si el segundo amenaza «cuando alguno pretenda tu gloria manchar / verás a tu pueblo, valiente y viril / la tosca herramienta en arma trocar», el segundo se lanza sin tapujos a hablar de guerras sin tregua, cañones que rugen y olas de sangre. No son la excepción, dado que Paraguay promete luchar «contra el mundo, si el mundo se opone», mientras que el himno griego del insigne poeta Dionisio Solomós describe miradas fulminantes, filos terribles de espadas y ropas ensangrentadas y, en fin, qué decir del francés. Todos los himnos nacionales tienden a ser bastante similares, de ahí también que cada uno proclame que los paisajes más bonitos están ahí, como por ejemplo el de Lesoto, que además de pedir lluvia, lo que siempre viene bien en África, aclara que entre todos los países es el más bello, ¿qué va a decir si no? Una vez se enfila la épica patriótica no cabe andarse con medias tintas señalando que en todas partes cuecen habas o que a los compatriotas a veces no hay quien los aguante. No, «Deutschland über alles» y si de paso se habla mal de los vecinos, mejor. Pero qué sabremos de nada de esto si España es uno de los cuatro países del mundo cuyo himno carece de letra… Afortunadamente, para compensar tenemos los correspondientes a cada autonomía y/o región, oficiales u oficiosos (hay casos particulares, como comprobaremos), en ellos repararemos a continuación. Así que voten y a ver qué sale, también pueden polemizar si lo desean en la sección de comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Eusko abendaren ereserkia», del País Vasco

Qué mejor forma de empezar que por uno que tampoco tiene letra. O sí, pero no de forma oficial. Porque la peculiaridad de este este himno es que la melodía, «Eusko abendaren ereserkia», es el himno del País Vasco, pero cuando se le añade la letra pasa a ser «Gora ta Gora», el himno del PNV, escrito en su día por el propio fundador del partido, Sabino Arana. De ahí la oposición de un sector del espectro político vasco a lo que consideraron una imposición partidista. El árbol al que alude en la letra que incluimos a continuación es, naturalmente, el de Guernica, que es para los vascos algo muy ancestral y telúrico, más o menos como el árbol de las almas de los na’vi en Avatar. Más allá del símbolo ha habido varios robles plantados en ese lugar, siendo el primero de ellos aquel bajo el que los Reyes Católicos juraron los fueros vizcaínos.

Gora ta Gora Euzkadi                                                 Arriba y Arriba Euskadi

aintza ta aintza                                                           gloria y gloria

bere goiko Jaun Onari.                                               a su buen Dios.

Areitz bat Bizkaian da                                                 Hay un roble en Vizcaya

Zar, sendo, zindo                                                        viejo, fuerte, sano

bera ta bere lagia lakua                                              como él mismo y su ley

Areitz gainean dogu                                                   En el roble encontramos

gurutza de                                                                  una la cruz santa

beti geure goi buru                                                     siempre nuestro lema

Abestu gora Euzkadi                                                  Canta «Arriba Euskadi»

aintza ta aintza                                                           gloria y gloria

bere goiko Jaun Onari.                                               a su buen Dios.

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«Asturias patria querida», de Asturias

Que un himno se cante en estado de ebriedad es signo inequívoco de que ha sintonizado con el alma del pueblo. Paradójicamente, para ser un tema de exaltación patriótica resulta ser muy cosmopolita, pues la melodía provino de Polonia a través de unos mineros llegados a Asturias y la letra de un cubano, Ignacio Piñeiro, en honor a la tierra natal de su progenitor. Respecto a su alcance, no es solo conocida y cantada en toda España, como vimos hace unos meses —y encontramos sobre estas líneas— ha llegado con éxito incluso hasta las antípodas.

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«Pongamos que hablo de Madrid», de Madrid

La Comunidad de Madrid tiene un himno oficial que es este, por el que el filósofo Agustín García Calvo cobró una peseta por escribirlo en 1983, así que al menos no salió caro. Tampoco barato, dirán algunos viendo el producto adquirido. Es divertido y se pierde en divagaciones geométricas y patafísicas de un Madrid que se proclama «¡uno, libre, redondo, autónomo, entero!» y que es «todos y nadie, político ensueño». Es el himno trol por excelencia, pero tan estrambótico que al final resulta poco representativo: prácticamente no hay un solo madrileño que conozca la letra de memoria y la mayoría ni siquiera sabe que existe tal canción. Dado que un himno por definición ha de ser algo popular, que cree un vínculo identitario/afectivo, ¿no cumpliría mejor esa función la canción de Sabina?

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Himno de Aragón

La melodía fue compuesta por Antón García Abril, autor de la música de las series y películas españolas más destacadas de las cuatro o cinco últimas décadas, como aquella tan vibrante de El hombre y la tierra. Respecto a la letra, fue escrita por tres poetas y desde luego tiene empaque, particularmente el estribillo:

¡Luz de Aragón, torre al viento, campana de soledad!

¡Que tu afán propague, río sin frontera, tu razón, tu verdad!

Vencedor de tanto olvido, memoria de eternidad,

Pueblo del tamaño de hombres y mujeres, ¡Aragón, vivirás!

Pero quizá le falta algo. Suele ser interesante prestar atención a historiadores extranjeros hablando sobre España, dado que tienen menos tabúes a la hora de hacer observaciones sobre cuestiones controvertidas o incómodas, de manera que respecto a este himno señala Norman Davies con cierto pesar que no hay en él alusiones explícitas a la Corona de Aragón, que no es un episodio menor en el pasado de esta región.

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«La Balanguera», de Mallorca

En este caso lo que nos encontramos es que el Gobierno de las Islas Baleares tiene un himno pero no es el oficial de la comunidad. Sí hay uno para Mallorca, cuyo origen merece la pena resumir. Joan Alcover fue un político y escritor nacido en esta isla a mediados del siglo XIX que siendo muy joven quedó viudo. Las desgracias no vinieron solas, dado que los tres hijos que había tenido con su difunta esposa también murieron en los años siguientes y otro de los dos hijos fruto de su siguiente matrimonio también falleció. Un sentimiento de pérdida que quedó reflejado en su obra literaria y más concretamente en un poema titulado «La Balanguera», que retomaba una canción infantil. La de arriba es una interpretación de María del Mar Bonet, aunque la cantante Chenoa hizo una versión también.

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Himno de Andalucía

Hay detalles muy curiosos en torno a este asunto de los himnos; en Estados Unidos por ejemplo la ley establece incluso la posición que deben mantener todos los civiles presentes mientras esté sonando (en pie, orientados hacia ella y con la mano derecha en el corazón), aunque no hay castigo para quienes la desacaten. También hay otros aspectos un tanto cargantes, como en el mismo título del himno oficioso «God Bless America», oiga, ¿y al resto del mundo qué? De tales ramalazos exclusivistas queda libre el de esta comunidad autónoma, proveniente de una canción popular adaptada por Blas Infante, que apela a Andalucía, pero también a España y hasta a la humanidad, no vaya a quedarse nadie fuera a la hora de repartir parabienes.

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«Canción del sembrador», de Castilla-La Mancha

Según nos explican en la página web institucional: «A pesar de que el artículo quinto del Estatuto de Autonomía indica que la región tendrá un himno propio, en la actualidad tras más de veinticinco años de aprobación de dicho estatuto no se ha llegado a un acuerdo sobre un himno apropiado para la región». No obstante, se señala como una de las candidatas a esta canción que forma parte de una zarzuela llamada La rosa del azafrán, que es una adaptación de El perro del hortelano, de Lope de Vega.

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Himno de La Rioja

En este caso hay melodía oficial pero no letra, aunque suele considerarse como tal la escrita por el director del periódico La Rioja, José María Lope Toledo. La música del vídeo de arriba parece una sintonía de dibujos animados, así que de la web de la comunidad es posible bajarse un archivo de sonido que suena con más seriedad.

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«Himno a La Montaña», de Cantabria

Aparte de ser un famoso tertuliano y autor de libros de autoayuda como Ser feliz no es caro, no todo el mundo sabe que Miguel Ángel Revilla es además presidente de una comunidad autónoma situada en el norte de España, de la que al parecer no le termina de gustar su himno. Ya ha expresado públicamente su deseo de sustituirlo por la canción «Vientos del norte», que él mismo ha cantado en televisión. Si es interpretada con semejante chorro de voz quizá los cántabros no puedan resistirse, pero en cualquier caso la oficial a día de hoy es la que tenemos sobre estas líneas, compuesta en 1926 por Juan Guerrero Urreisti.

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Himno de Melilla

Ana Riaño fue una profesora universitaria melillense especializada en historia, lengua y literatura sefardí, que también tuvo tiempo para escribir la letra que compuso en 1935 su madre, Aurelia Eulalia López Martín.

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Himno de Ceuta

En este caso la letra, que alterna entusiastas vivas a Ceuta y a España con los que enardecer el sentimiento patriótico, fue escrita por Luis García Rodríguez, mientras que la música correspondió a Matilde Tavera de García y Ángel García Ruíz.

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«Os Pinos», de Galicia

Este es un himno muy hermoso, porque además de estar cargado de inspiradas referencias a los paisajes gallegos aprovecha para llamar imbéciles a unos cuantos, que es algo que siempre viene bien y se hace poco en esta clase de composiciones. El texto corresponde al escritor decimonónico Eduardo Pondal, concretamente a un poema suyo titulado «Queicume dos pinos», del que extrajo cuatro estrofas para este tema al que puso música Pascual Veiga. Tampoco podemos dejar de mencionar otros himnos oficiosos que podrían ocupar dignamente su lugar, como «Miña terra galega» o «Galicia caníbal», que además todo el mundo podría corearlas.

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Himno a León

La comunidad de Castilla y León carece de una canción oficial que la identifique, así que en su lugar ponemos el de la ciudad de León, estrenada con motivo del V centenario del «Paso honroso», una gesta caballeresca realizada en un puente del Camino de Santiago por la que el noble Suero de Quiñones expresó al mundo su devoción por doña Leonor de Tovar con tal destreza que más adelante El Quijote se hizo eco de ella, así como este himno. La interpretación que vemos aprovecha la acústica de la cueva de Valporquero.

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«El canto a Murcia», de Murcia

Esta región disfruta una gala anual en TVE, un privilegio del que carece cualquier otra. Lo que no tiene sin embargo es un himno oficial, así que lo más parecido es «El canto a Murcia» de La Parranda, una zarzuela que incluye precisamente ese estribillo que da título al programa mencionado: «Murcia, qué hermosa eres».

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«Els Segadors», de Cataluña

En 1640, durante el curso de la guerra contra Francia que requirió el asentamiento de los tercios de Felipe IV en Cataluña, tuvo lugar una insurrección protagonizada entre otros por los segadores que dieron título a un romance popular, siendo a finales del siglo XIX cuando adoptó su forma actual de la mano del poeta Emili Guanyavents. Durante los últimos años su significado político se ha incrementado considerablemente, como ya saben, y es fruto de airadas controversias sobre su representatividad, simbolismo, etc.

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Himno de Extremadura

Sin ánimo de desmerecer un símbolo que será importante para algunos ni a su autor, José Rodríguez Pinilla, en una tierra que ha dado figuras como Vasco Núñez de Balboa, Francisco Pizarro, Hernán Cortes o Inés de Suárez entre tantos otros, una raza híbrida entre espartanos y jabalíes, este himno que se limita a aludir a los colores de la bandera, el aire limpio y la paz (¿la paz?) resulta un tanto desangelado, blandengue incluso. Será el signo de los tiempos…

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«El himno de las Cortes», de Navarra

Las Cortes de Navarra fueron una institución surgida a mediados del siglo XIII, cuyas reuniones periódicas con el paso del tiempo fueron acompañadas de la llamada «Marcha para la entrada del Reino» que tenía lugar en la catedral de Pamplona, de donde proviene este himno.

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«Arrorró», de Canarias

Teobaldo Power fue, a la manera de Mozart, un niño prodigio en el ámbito musical que despertó la admiración de su tiempo y murió también muy joven, con solo un año más, dejando tras de sí la pregunta de qué más habría podido llegar a hacer. Entre lo que sí le dio tiempo a componer en ese intervalo fueron los Cantos Canarios, donde adaptó a la música clásica una canción de cuna llamada «Arrorró», y que hace quince años pasó a ser oficialmente el himno de las islas.

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Himno de la Comunidad Valenciana

Concluimos con este que fue estrenado en la Exposición Regional Valenciana de 1909 y por tanto conocido inicialmente como «Himno de la Exposición». Su música fue compuesta por José Serrano y la letra corresponde a Maximiliano Thous Orts. El primer verso, «Para ofrendar nuevas glorias a España» levantó cierta controversia en sus inicios que en los últimos años ha vuelto a reactivarse.

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Foto: DP.


¿Cuál es tu canción favorita sobre las raíces, la patria y el terruño?

Hace unos cuantos días que ya no se habla de otra cosa que de fronteras y soberanía nacional, de patriotismo y de identidades colectivas. Nuestro entorno repentinamente se ha llenado de banderas flameantes que se enarbolan en manifestaciones o que engalanan las fachadas de nuestras ciudades. No vamos ahora a a sermonear a nadie al respecto porque cada uno tiene ya su opinión formada, y si cada uno tiene su propia opinión es precisamente porque a todos nos importa. No es sorprendente, al fin y al cabo la comunidad nacional nos arropa en nuestra soledad como individuos, nos dota de identidad y nos rescata de la insignificancia cotidiana, su épica patriótica nos estremece y la tradición que la vertebra otorga sentido y trascendencia a nuestras vidas, convertidas así en eslabones entre el pasado y el futuro: cuando sintonizamos con las voces ancestrales nos proyectarnos hacia la eternidad. En fin, una cosa tremenda, señora.

Tal vez no sea así en todos los casos, de acuerdo, pero al menos hay mucha gente que lo vive de esta manera y entre ellos son innumerables los artistas que a lo largo del tiempo han volcado esas emociones en su obra. La música tiene un particular vínculo con la sentimentalidad patriótica, pues no existe momento más solemne que aquel en que suena un himno nacional en cualquier evento colectivo. Pero no es de himnos de lo que queremos hablar, dado que no hay discusión en que el mejor del mundo es el soviético (ahora ruso, con cambios en la letra), especialmente si lo canta el Coro del Ejército Rojo. Tampoco queremos referirnos a canciones folclóricas tradicionales, sino a aquellos temas recientes de la música popular que se hayan convertido en himnos informales o que simplemente canten de forma inspirada a la tierra, al terruño, al paisaje y al paisanaje, a las tradiciones y a los antepasados. Sería imposible mencionarlos todos, así que quien lo desee puede añadir sus favoritos en la sección de comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Aita semeak», de Oskorri

Defenderé
la casa de mi padre.
Contra los lobos,
contra la sequía,
contra la usura,
contra la justicia,
defenderé
la casa
de mi padre.

Perderé
los ganados,
los huertos,
los pinares;
perderé
los intereses,
las rentas,
los dividendos,
pero defenderé la casa de mi padre.

Me quitarán las armas
y con las manos defenderé
la casa de mi padre;
me cortarán las manos
y con los brazos defenderé
la casa de mi padre;
me dejarán
sin brazos,
sin hombros
y sin pechos,
y con el alma defenderé
la casa de mi padre.

Me moriré,
se perderá mi alma,
se perderá mi prole,
pero la casa de mi padre
seguirá
en pie.

Probablemente a muchos les resulte familiar «La casa de mi padre», el más célebre poema de Gabriel Aresti, quien antes de su muerte trabó amistad con Natxo de Felipe, fundador del grupo de folk Oskorri. La relación, que este último definió como «una verdadera universidad», se vio reflejada precisamente en su primer disco, Gabriel Arestiren oroimenez, homenaje al poeta vascuence a cuyas letras dieron música. Ocho años después, otro álbum del grupo titulado Alemanian Euskaraz contenía «Aita semeak», una de las tres o cuatro canciones más características de la banda, en la que se percibe claramente la influencia de este escritor. Ahora la casa del padre que simboliza la tradición de la que se es heredero y que se ha de legar a su vez a las generaciones venideras, la patria (que precisamente deriva del latín «tierra paterna»), ha sido robada en un fatal descuido mientras el padre y el hijo estaban en la taberna pimplando, por eso el autor concluye cantando que el País Vasco no morirá mientras él viva. Celtas Cortos interpretó una versión del tema.

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«Take Me Home, Country Roads», de John Denver

Naturalmente si hay un género que encarna este asunto que abordamos es el country, a él pertenecen varios de los temas que mencionaremos, como esta maravilla que suena tan bien de John Denver. Frente a los sentimientos tan frecuentes a lo largo de la vida de desarraigo e incertidumbre ante el porvenir, la idea de pertenencia a algún lugar genera sosiego, de forma que el protagonista quiere regresar al hogar de sus recuerdos, al lugar al que cree pertenecer. No falta tampoco un aspecto fundamental de toda mitología nacional como es la exaltación del paisaje, entendido como algo cuyo origen se pierde en las brumas del tiempo y del que en cierta manera brotamos a la manera de un champiñón, esa «mamá montaña» a la que interpela el autor.

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«We the People», de Billy Ray Cyrus

Por si no fuera suficiente motivo de orgullo ser el padre de Miley Cyrus y haber actuado en Sharknado 2, Billy Ray tiene a sus espaldas una larga y fructífera trayectoria como cantante de música country y cristiana. En su álbum Southern Rain publicado en 2000, incluyó este tema que lleva por título las tres primeras palabras de la constitución estadounidense, que están escritas en un mayor tamaño de letra en el documento original y se convirtieron con el paso del tiempo en una expresión habitual con la que apelar al patriotismo americano. La canción apela al americano medio, así que por ahí vemos desfilar a camioneros y agricultores, camareras y bomberos, todos trabajando día a día para sacar el país adelante, para concluir citando al completo el preámbulo constitucional: «Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la libertad, ordenamos y establecemos esta Constitución para los Estados Unidos de América».

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«An American Trilogy», de Elvis Presley  

Dixie es como se llama coloquialmente al sur de Estados Unidos y más en concreto a una canción folclórica considerada un himno oficioso de la Confederación; tal vez no muchos la conozcan por su nombre pero la hemos escuchado en el cine infinidad de veces. Por su parte, «All My Trials» es un tema de música espiritual que en los años cincuenta y sesenta adquirió popularidad como forma de protesta política. Por último, «El Himno de la Batalla de la República» fue un cántico de la Unión durante la guerra civil americana que desde entonces se ha usado casi como un segundo himno nacional en ceremonias públicas, merece particularmente la pena la versión de Johnny Cash. Las tres fueron reunidas en un popurrí a comienzos de los setenta por un cantante country llamado Mickey Newbury, aunque fue la interpretación de Presley la que se hizo inmortal.

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«Galicia canibal», de Os Resentidos

Decía Houellebecq que el nacionalismo alcanza su punto de incandescencia en la guerra, no es de extrañar entonces que muchas canciones patrióticas aludan a batallas y sean a su vez himnos militares. A la vista del extraordinario éxito que esta canción alcanzó en los ochenta y que se ha mantenido desde entonces como himno informal, parece ser que las fuerzas telúricas se manifiestan en Galicia también a través de matanzas, pero del puerco, que los chorizos no se hacen solos y aparte de guerrear hay que xantar.

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«El imperio contraataca», de Los Nikis

«España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas». Esta es una de las citas más recordadas del ilustre Marcelino Menéndez Pelayo y aquí Los Nikis se quedaron con el concepto aunque prefirieron resaltar otros aspectos, como el cinquillo y la tortilla de patatas, como expresión del volksgeist de un imperio que volverá a resurgir.

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«My Tennessee Mountain Home», de Dolly Parton

En este sencillo, que daba título al disco del que formó parte publicado en 1973, Dolly Parton rememoraba los paisajes y la vida cotidiana del Tennessee en el que se crió. No hace falta haber vivido allá para saber a qué se refiere cuando habla de esos campos en los que suenan los grillos, del porche con su mecedora desde el que ver pasar los días y de la visita dominical a la iglesia. Un panorama apacible y cargado de nostalgia en el que solo falta Forrest Gump al fondo corriendo sin rumbo y que es el que tantas y tan buenas canciones de country ha alumbrado, como esta misma.

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«Rocky Road To Dublin», de The Dubliners

De este grupo de folk irlandés fundado en los años sesenta podrían mencionarse varios ejemplos, al fin y al cabo se dedicaban a actualizar canciones tradicionales. En este caso nos cuentan la historia de un emigrante que primero se traslada a la capital y finalmente acaba en Liverpool, donde los lugares comenzaron a burlarse de él por su origen: «de la pobre vieja isla de Erin ellos comenzaron a abusar». Así que su orgullo nacional le lleva a darles su merecido blandiendo un «shillelagh», que es como llaman a los garrotes.

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«Sweet Home Alabama», de Lynyrd Skynyrd

La historia es conocida, Neil Young compuso un par de temas en torno a la esclavitud y la segregación que no dejaron muy bien parado al estado de Alabama, esta banda aunque originaria de Florida se sintió agraviada por ello, entonces tomaron prestado ese característico riff del grupo británico Them y entonaron unos versos reivindicando el dulce hogar de Alabama al tiempo que le dejaban un recado: «bueno, oí al señor Young cantando sobre ella / bueno, oí al viejo Neil menospreciándola / bueno, espero que Neil Young recuerde / que en cualquier caso un sureño no lo necesita cerca».

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«Mediterráneo», de Joan Manuel Serrat  

Nunca se canta de forma más encendida al terruño que cuando ya no se está en él. Fue la nostalgia la que le llevó a componer este tema, según contó el propio autor en una entrevista: «Estaba en México, llevaba semanas en el interior. Soñaba, literalmente con él. Agarré el coche y me fui a un lago, aunque solo fuera por hacerme a la idea del mar que yo añoraba. Es en esos casos cuando me doy cuenta de que para mí, el mar, y concretamente el Mediterráneo es una identidad: una identidad feliz».

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«American Pie», de Don McLean

Según nos cuentan las películas bélicas, la tarta de manzana es lo que más echan de menos los soldados que combaten en el frente a miles de kilómetros de su hogar, es la quintaesencia misma de lo americano. A ella le dedicó Don McLean esta canción que rememora el día de 1959 en que murieron en un accidente de aviación Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper para hablar no solo de música, sino de su propia maduración y de la vida en Norteamérica en los cincuenta y sesenta.

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«Dégénération», de Mes Aïeux

Mes Aïeux significa «mis antepasados», así que este grupo folclórico vinculado al nacionalismo quebequés ya deja claras sus intenciones desde el principio. Tienen canciones como «Qui nous mène?» que hablan sobre la globalización, así como otras dedicadas a personalidades históricas de la tradición regional, pero es esta sin duda la más conocida. De nuevo tenemos apelaciones a la tierra y al linaje, con la advertencia a las nuevas generaciones para que sepan transmitir ese legado.

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«This Is England», de The Clash

El último álbum antes de la disolución de esta banda de punk trajo este tema cargado de épica aunque, en contra de lo que pudiera parecer, tenga muy poco de exaltación patriótica. La época que retrata, sumida en duras reconversiones y en plena fiebre jingoista liderada por Thatcher, es la que luego pudimos ver en la película y la serie del mismo nombre.

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 «Living in America», de James Brown

El mismo año en que se publicó la canción anterior, Rocky IV tuvo uno de sus momentos culminantes con la actuación de James Brown justo antes del combate de trágico final entre Apolo y el malvado ruso. La letra nos habla del sueño americano y de la tierra prometida que podía encontrarse en varias ciudades estadounidenses, entre las que menciona a Detroit…

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«Azzurro», de Celentano

En 1911 la selección italiana jugó uno de sus primeros partidos vistiendo de azul, dado que era el cincuenta aniversario de la unificación del país y homenajearon así el estandarte de la Casa de Saboya que la hizo posible. Ese color sería desde entonces el que distinguiría a una selección que tantas alegrías ha dado a los italianos, que desde 1968 tiene como himno no oficial «Azzurro».

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«Y viva España», de Manolo Escobar  

Es bastante revelador que el canto más entusiasta que se haya hecho a España no sea español. Este pasodoble compuesto por dos belgas en 1972 tuvo tanto éxito que pronto se tradujo a otros idiomas, como el alemán, el finlandés y finalmente el castellano.

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«America, Fuck Yeah!», de Team America

Concluimos con este tema que formó parte de la banda sonora de Team América, una apasionada enumeración de todas las aportaciones de Estados Unidos al mundo, desde el sushi y las Navidades hasta las tetas.

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Guía del hincha mundialista

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

A estas alturas de partido, cualquier futbolero con un mínimo de kilómetros de bus y de años de grada —de pie— se habrá dado cuenta de algo fundamental: en este Mundial no hay pancartas. Banderitas de países sí, fotogénicas caritas pintadas también, y crestas coloridas y mucho atrezo de parque temático, pero no pancartas, la salsa de la vida en el partido que se juega unos metros por encima del césped. Un Mundial sin palabras impresas en telas colgadas es como un partido sin goles. Especialmente en Sudamérica, donde se echan de menos las históricas leyendas argentinas y brasileñas, aunque también las italianas y hasta alguna inglesa y alemana. Pero sobre todo brota la morriña pensando en la pancarta por excelencia de los mundiales de los ochenta y noventa: en Brasil no se ve «John 3:16», y eso al hincha mundialista lo pone a la altura del portero titular de Holanda antes de una tanda de penaltis. No por la cita evangélica de Juan a la que aludía la leyenda en negro sobre amarillo, ni tampoco por devoción a su escribiente, el estrambótico Rainbow Man, que paseaba su peluca multicolor por los fondos de Dios, del estadio Corregidora de Querétaro al Pontiac Silverdome de Detroit pasando por el San Nicola de Bari.

En realidad, el tema chirría por la uniformidad, una de las obsesiones de la FIFA. El ente futbolístico elaboró un código de conducta en el que se prohíbe entrar con pancartas de más de dos metros. Y entonces los pocos mensajes de ánimo supervivientes menguan hasta convertirse en cartulina A-3 de las de serie cutre yanqui con manifestación de cuatro personas delante de un juzgado. También se prohíbe, atención, llevar «rollos o grandes cantidades de papel». Así que ni se les ocurra soñar con algo mínimamente parecido a aquella catarata de papelitos que dejaron blanco el césped del Monumental de Núñez en la final del 78. Confórmense, a cambio, con jóvenes barbados pertrechados con cámaras GoPro embutidas en pértigas para hacer selfies a dolor, o japoneses cívicos recogiendo basura, bien por ellos, por cierto. Metidos en harina, los dueños de la fiesta también prohibieron las vuvuzelas —loado sea Blatter por una vez—. Y el tabaco y el alcohol. Bueno, el alcohol sí, pero no la marca de cerveza patrocinadora de la FIFA, vendida a precio de oro líquido, cómo si no. Pero ya no sorprende. La anestesia funciona. Reconozcámoslo, este tema es solo la puntita del iceberg de los asuntos realmente importantes derivados de un evento que por demás es un alarde de modernidad. Las treinta y dos cámaras por partido podrán mostrarnos maravillas a una fracción ínfima de segundo, frame a frame. Algunos tienen para sí, de hecho, que hay lesiones que no existen a velocidad humana pero que las cámaras luego revelan como intervenciones asesinas. Pero ni un millón de spiders ni superslows podrán registrar jamás el significado completo del abrazo de gol con los amigos ni la sutileza del rugido que baja de la tribuna en pleno contraataque. Hoy parece que lo único no restringido sigue siendo la voz, aunque va camino de ello por los inaceptables excesos discriminatorios de algunos pocos.

Las canciones futboleras son, dirán muchos, esos berridos de las tribus uniformadas por marcas millonarias que parecen no tener cerebro, borregos en masa que se dejan llevar por pulsiones irracionales. Seguramente sea eso, sin más explicación. Sí. Eso es el fútbol. Pero, curiosamente, lo socialmente inaceptable encuentra su indulto mayoritario en las Copas del Mundo, sobre todo cuando le toca ser el más fuerte a la selección del barrio. Por eso nos atrevemos a desglosar los tópicos de algunas aficiones del Mundial alrededor de sus comportamientos y también de sus cánticos. Muerto el tifo y la pancarta, queda la música, cada vez también más homogénea pero que también vale la pena conocer por países. Despójese de los prejuicios y déjese llevar.

Brasil

Ante la tesitura de arriesgarse al caos por el tráfico infernal que sufren las ciudades brasileñas o disfrutar de felices días de sol y fútbol, que ya el PIB se recuperará por otro lado, las autoridades locales tuvieron los olímpicos bemoles de entonar, con voz de jilguero, un pregón inédito: «Cada día que juegue Brasil es festivo». Item más: «Cada día que haya partido en esta ciudad es festivo». Y por supuesto se mantienen los días no laborables oficiales. O sea, que en los treinta y dos días de mundial, entre fines de semana y acueductos futboleros, en algunas sedes no quedaron días ni para ir a la playa. Pero es que en el Mundial en Brasil todo el mundo (todo el mundo) es futbolero. De repente se ve una masa amarilla por las calles. Los más visten camisetas, en barrios nobles el último modelo de la marca estadounidense que los viste, en suburbio y favela trajes más añejos y/o apócrifos, pero siempre de la selección canarinho (que no canarinha, un invento). El Mundial es para muy pocos y los que son, tienen. Así que en los estadios el gasto per cápita de cotillón verdeamarelo aumenta. Al fin y al cabo, si pagan entradas más caras que el salario mínimo del país bien pueden llevar anillos con la cara bruñida de Neymar o las botas incorruptas de Luis Gustavo, el estilista. Pero todos, dentro o fuera del campo, ricos o despojados, dominantes y dominados, repiten un cántico común. Lo compuso un señor llamado Nelson Biasoli, en 1949, para unos juegos entre un colegio brasileño y otro alemán y pega desde entonces cuando entra la selección pentacampeona en el campo. Se llama «Eu sou brasileiro» y la letra se completa con «con muito orgulho, com muito amor». Fácil y pegadiza, ayer, hoy y siempre, sinónimo de pasado de moda, a juicio de los hinchas. Las redes sociales estallan estos días intentando crear algo que iguale a los otros países latinoamericanos, que les adelantan por la derecha en cuestión de canciones. Marcas comerciales y canales de televisión se esmeran en inventar jingles disfrazados de himnos, pero no lo consiguen. Poco futuro le vemos en este apartado al magnífico tema crítico con el Mundial de Edu Krieger, el viralizado Desculpe, Neymar.

Mientras pergeñan nuevos rompepistas, sigue la cantinela del orgullo y el amor. Puro corazón. Y poco más.

Argentina

Muchos amantes de la literatura y el fútbol creen que el mejor intérprete de esa relación es el argentino Roberto Fontanarrosa. Con el afortunadamente cada vez más divulgado 19 de diciembre de 1971 superó el Negro las ya altísimas barrreras que él mismo se había impuesto. Se contaba en ese cuento que un grupo de chavales hinchas del club Rosario Central secuestraba a un señor achacoso y mayor, el Viejo Casale, conocido en el barrio porque nunca había visto perder a Central frente al otro equipo de la ciudad, Newell’s Old Boys. En la ficción, por cábala —superstición futbolística, en Argentina—, se lo llevaban de la ciudad de Rosario a Buenos Aires a ver el partido contra Newell’s que coronó la historia, hasta hoy, de Central, el del cabezazo en plancha de Aldo Pedro Poy. Curiosamente, no era una final, sino una semifinal. Pero era contra el eterno rival y qué importa el título. Argentina. El señor moría en pleno éxtasis del gol, pero los chicos, lejos de compungirse, festejaban que el Viejo Casale había muerto de la mejor forma posible. El reflejo de todo aquello llegó a este Mundial de la mano de otra familia fanática de Central, y de la selección. Lo cuenta Santiago Llach en la revista argentina Brando. El autor cuenta que los hijos de Michael Finn, sabiendo que su padre había asistido a los partidos que llevaron a la selección argentina a ser campeona en el 78 y el 86, y nunca más, le cortaron un mechón de pelo al cuerpo. Y lo entregaron a un amigo, uno de esos hinchas de River Plate que van de ciudad en ciudad brasileña pareciera que sin rumbo. Ese señor porta el mechón de pelo de Michael Finn con la única esperanza de que Lionel Messi levante la Copa del Mundo como antes lo hicieron Passarella y Maradona. Cada vez más creen, a pies juntillas, que eso sucederá por el mechón de cabello de Finn. Por ese folclore inexplicable para el resto del mundo la hinchada argentina llena libros, ocupa videotecas. Y por eso tiene más espacio en este texto.

Hasta este Mundial, la selección argentina tampoco andaba sobrada de cánticos. O al menos comparada con la mística de sus clubes. En los noventa triunfaban en las canchas argentinas Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes y hasta Fito Páez y Calamaro (con peligrosas incursiones de ay, Xuxa, y ay ay, el «Tractor Amarillo» de Zapato Veloz). Con el cambio de siglo se incorporó como una apisonadora la cumbia a las canciones. Siempre hubo cositas extranjeras (de Scorpions a Bonnie Tyler pasando por Roberto Carlos), pero las canchas argentinas no recordaban una irrupción tan brutal como el «Decime qué se siente», que no es otro que la adaptación criolla del «Bad Moon Rising» de la Creedence Clearwater Revival, incorporada al cancionero desde hace casi tres años ya, pero ahora multiplicado por el Mundial. Comenzó cantándolo la hinchada de San Lorenzo, con ganada reputación de pioneros de hits. Siguió River Plate, y enseguida llegó la contrapartida de Boca Juniors, que aprovechó el tirón del momento para mofarse del descenso del rival. Y así el tema alcanzó a todas las categorías del fútbol argentino y tuvo mil letras antes de que el mundo las descubriera. Y hasta llegó a la militancia juvenil kirchnerista, porque, para quien no lo sepa, en la política de ese país se canta en mítines y manifestaciones como en un estadio.

Hoy Internet manda. Muy al contrario de lo que sucedía cuando las hinchadas se copiaban cantitos cara a cara cada domingo en los estadios, ahora se tarda solamente unos segundos en ver la imagen del móvil de turno y se propaga más rápido que la cepa del virus de la gripe aviar. Ocurre que en Brasil ha explotado en la delirante legión que sigue a la selección argentina, la que llegó por caravana, bus reconvertido, un Citroën dos caballos del 72 (todo verídico) o de rodillas, y recorre una ciudad tras otra sabiendo que no van a entrar a ver el partido. Les da igual. Manifiestan el delirio en los banderazos (concentraciones multitudinarias para dar ánimo al equipo) como el que se precipitó en la playa de Copacabana antes del primer partido del Mundial, contra Bosnia. Las victorias y el efecto viral hicieron el resto.

No le sienta bien a todo el mundo la canción, incluso dentro de Argentina. Aducen los críticos que la letra se mofa de una selección —Brasil— y que desde el capítulo narrado en la canción, el gol de Caniggia en los octavos de final del 90, siguieron dos títulos mundiales brasileños por ninguno argentino. Pero también es cierto que por primera vez Argentina tiene un Mundial al lado de casa con el rival sentado al lado en todos los partidos. Y a eso no le pueden dejar de sacar punta. El resumen es que la canción se ha convertido en himno no oficial y parece que el equipo se contagia, si no en juego, en afinación y ritmo vocal al compás del bracito pendular. Tal está siendo el alcance del «Decime qué se siente» que hasta la marca deportiva de Brasil salió al frente con una animación de Ibrahimovic para desafiar a la hinchada de Messi que, sí, se llega a cantar a sí mismo junto a sus compañeros, los más hinchas de su hinchada.

Alemania

El hincha alemán es, sobre todo, numeroso. Y ruidoso. Entre las listas de países con más viajeros siempre está ahí y en este Mundial no es excepción. Ha sido la selección clasificada en semifinales que más ha viajado (Bahía, Fortaleza, Recife, Porto Alegre, Rio de Janeiro y ahora, Belo Horizonte) y allá por donde ha pasado ha encontrado la complicidad brasileña. Razones no le faltan: en un arranque marquetinero que le ha supuesto millones de euros, la marca que lo viste decidió lanzar una camiseta alternativa del equipo teutón con franjas horizontales rojas y negras, «inspirado», según nota oficial, en la camiseta del club más popular de Brasil, Flamengo, que dice tener tantos hinchas como millones de habitantes tiene España. Multipliquen los ceros en euros. Tal ha sido la dicha, imaginamos que coincidente, que Alemania juega contra Brasil vestida de Flamengo. Flalemanha, como la llaman ya en Brasil, conquista por corrección y fiesta estructurada. Como sus cánticos. En las antípodas de Argentina, van a lo fácil. Y se hacen escuchar explotando los hits sin letra más famosos de Europa. El «Seven nations army» de White Stripes, adaptado para el fútbol hace ya más de una década por hinchas del Brujas, sigue sonando entre los alemanes, que en general, y en los estadios, se conforman con el clásico «Deutschland, Deutschland», como suena. Los alemanes destacan, sin embargo, por todo lo contrario de lo que carecen otros hinchas: un respeto por las minorías, no solo raciales sino sexuales, más allá de lo institucional —la pancartita, ahí sí, de la FIFA contra el racismo—. Y mientras, siguen cantando. Y bebiendo. Y llenando estadios.

Holanda

Tener una reina argentina con miles de locos enfrente vestidos de celeste y blanco parece complicado. Para los holandeses es todo lo contrario: saben lidiar con situaciones de ese calado o peores. Y si no que se lo digan a Van Gaal. Como le sucede a los alemanes y a los países del norte europeo, la hinchada holandesa es de las pocas que representa la cara más típica del hincha de su país. Suelen ser agradecidos hasta el extremo con su selección, como ya demostraron en el multitudinario recibimiento que le dieron tras perder la final de 2010, como si fueran campeones. Se hacen acompañar de charangas —la más famosa, Factor 12—, hacen coreografías casi sudamericanas y casi siempre ejercen el hooliganismo light, de calvos en masa a topless en un país donde está prohibido y tienen una curiosa costumbre no siempre agradable: a cada gol tiran la bebida hacia el cielo. Siempre, eso sí, de naranja. Incluso la reina argentina.

EE. UU.

Mientras el equipo de Estados Unidos parece crecer (¿solo parece?), en la grada ocurre un proceso parecido. Al mismo ritmo que la MLS cobra entidad y sus hinchadas y rivalidades también (ojo al noroeste Portland-Seattle), hay una nutrida representación de aficionados que reproducen el nacionalismo que vemos en los Juegos Olímpicos. Vestidos de Elvis, de texanos o de Bruce Springsteen en Born in the USA, los estadounidenses futboleros son, sin duda, la cara más mestiza del país. Poco WASP, mucha mezcla y ciertos toques de animación propia, alejándose de modelos importados y apostando por sus clásicos estribillos («U-S-A») mezclados con un cántico creado, horror, por una cadena de televisión, que resume muy bien el estilo de animación estadounidense. Incluso el humorista Will Ferrell se animó a aleccionarlos a su estilo en un vídeo que suma millones en YouTube.. El «I believe that we will win» ya forma parte de Brasil 2014. Aunque eso sí, jugaron como nunca y perdieron como siempre. La próxima tal vez.

México

Los reyes del folclore. Viéndolos animar y moverse por las ciudades son hermanitas de la caridad si los comparamos a argentinos o ingleses, por ejemplo. Les gusta el atrezo: sombreros charros, bigotón a lo Pancho Villa y matraca. Si brasileños son añejos en cánticos qué decir de los mexicanos, que tienen el «Alavín alaván» (para ellos, alavío alavá) como estandarte y de ahí pasan al «Cielito lindo» sin pudor. Ingenuidad simpática que se vuelve obsesiva cuando al portero del equipo oponente le gritan «Puto» cuando saca de puerta. Aun en la insistencia de que no es un insulto homófobo, supieron driblar el intento de la FIFA por acallar el grito, y algunos pasaron entonces a gritar, cada vez que un arquero sacaba de meta… «Pepsi». Claro, la otra marca de cola que no patrocina al organizador del Mundial. Como holandeses y centroamericanos, son generosos con los esfuerzos de su selección por más que ni a tiros consigan colarse más allá de cuartos de final. De entre los latinoamericanos, sin duda los que se desplazan con más dinero en el bolsillo y los que más mullido duermen, con un dato que a veces pasa desapercibido: son la segunda hinchada más numerosa del Mundial, si sumamos los que vienen de México (décimo país en venta de entradas) y los que vienen de Estados Unidos (segundo, del que se calcula que casi la mitad son mexicanos de origen). Algún día esperan que el «sí se puede» se les haga realidad. En este torneo les sobraron tres minutos.

Colombia

Viendo el recibimiento que le brindaron a la selección cuartofinalista en Bogotá, en una estampa que parecía más una pintura expresionista abstracta que una foto de una plaza repleta, se entiende por qué Colombia fue lo que fue en Brasil. Más allá del campo, en la grada el interminable mar amarillo dio espectáculo como nunca hicieron. En avión, caravana, coche o a dedo, como tantos chicos que se alojaron en la estación de buses de Río de Janeiro durante semanas, los colombianos disfrutaron casi tanto como sus jugadores. Bailan como Armero, saltan porque si no «no vino al Mundial» y la fiesta es inolvidable y diversa en caras, matices y canciones como es el propio país cafetero. Hay banderas de Nariño, Armenia, Putumayo, Cali, Barranquilla. Cincuenta mil hinchas en el partido contra Costa de Marfil. Casi tantos en el resto, y si les dejaban serían cien mil. Bailan vallenato y salsa, de Rebelión a la Pantera Mambo, usan canciones folclóricas y les añaden el matiz futbolero argentino, como casi todo el continente. Y como casi todos, cambiándoles el tono. No importa. Y lo que más carne de gallina pone seguramente sea el himno a capella. Lo puso de moda Brasil en la Confederaciones de 2013, cantar más allá de la versión abreviada FIFA. Y lo continuó la arrebatada Colombia.

Inglaterra

Suele no entendérseles a la segunda caipirinha, o sea, a los cinco minutos: el hair of the dog, la primera copa que mitiga la reseca del día anterior, los deja borrachos de nuevo y arrastran —aún más— las erres. Se fueron rapidito con la clásica cruz de San Jorge. Pero esta vez los ingleses pasaron medio desapercibidos en las ciudades de los grandes focos del Mundial. Más Manaus y menos capitales. En Río, incluso, y a pesar de tener a su selección alojada y entrenando en dos puntos básicos para el turismo en la ciudad, no se dejaron ver como otras veces. Quizás por una tendencia creciente desde finales de los ochenta. La limpia de las gradas británicas después de Heysel y Hillsborough se hizo a la manera que más tarde copiaron otros países de Europa y hoy hace la FIFA: elevando el precio de las entradas porque al proletario los despachos lo presuponen violento. Aun así, y pese a todo, lo poco que duraron se les escuchó con su repertorio de atrezo (y de voz). Y se fueron como vinieron: sin entendérseles a los cinco minutos y con fair play generalizado. Pero dejaron sus perlas, como aguantar dos minutos un «Hey Jude» sostenido dedicado a England, que ya es mérito.

Chile
Al contrario de sus ídolos, no llevan tantos tatuajes y gomina, pero corren que se las pelan, como quedó demostrado en el inopinado asalto a Maracaná del 18 de junio. Es la hinchada chilena un reflejo en lo sociológico de lo que es el país: una mezcla de inmigración europea con una raíz poderosa de pueblos originarios. Hay camionetas 4×4 con rubios chilenos que son alentados desde la acera por un grupo de chilenos a pie, con mochila y malabares, de los que han dormido durante semanas en la estación de buses de Río, más morenos e igualmente educados, rectos y repetitivos en el cántico. El «chi chi chi, le le le», también llamada Ceacheí, también se convirtió en lo más repetido por los brasileños. No tenía una repercusión así desde el rescacte de los treinta y tres chilenos de Copiapó, tantos como el año en que se creó el cántico, ahora muy reformado, y que resume el tono nacionalista de un país que se alza entre accidentes geográficos y telúricos, el polo sur, el desierto de Atacama y el océano Pacífico. En el estadio también, a toque de rebato. Y así también en su interior, en una suerte de San Fermín sin toros al grito de «Vamos Chile» que se comió cualquier otra imagen hasta que fueron detenidos y deportados.

Uruguay

Instalados en una montaña rusa, empezaron sufriendo, continuaron festejando tras sufrir y terminaron casi muertos. Y no solo por Suárez y su boca indómita, sino por la violencia contenida entre las costuras de la camiseta más ceñida de la historia de los mundiales. Como dijo alguien, menos mal que los pantalones de los futbolistas uruguayos no siguen la moda de las camisetas. Con el tema del maracanazo, explotado incluso hasta por la marca que los viste, los charrúas confirmaron que los brasileños les tenían respeto, por no decir pánico, y en varios estadios se encontraron con carteles de hinchas con la imagen de los cazafantasmas, en alusión al espectro del 50, que nunca se terminó de ir. Como siempre, sorprendieron por su fiereza en el campo hasta que Luis se pasó de mordida, pero en la grada siguió escuchándose el rugido clásico del «Soy Celeste», ojo, una letra simple que también usan equipos de Argentina y que tiene una música inusitada, alejada de la tradición brasileña o chilena comentada antes: es el sesentero «Let the sunshine» —sin línea de bajos, eso sí—, segunda parte del medley con «Aquarius» del musical Hair, mucho antes de que Raphael le metiera más pasión que fonética anglo.

España

A falta de himno cantado, normalmente el hincha español tensaba las dos cuerdas vocales a partir de un «lo» y dos «lorolos». Con eso y el «Kalinka» travestido de rojigualda bastaba. Acompañaba Manolo el del Bombo y hacían coros hinchas barbudos vestidos de faralaes y toreros de tres en tres y un teléfono góndola por montera, si hace falta. Esta vez hubo pocos y pasaron un Mundial —una primera fase…— sin pena ni gloria, como el equipo. Brasil 2014 fue para los españoles como el clima de Curitiba: triste y gris. Rusia y su «Kalinka» está más cerca.


¿Cuál es el mejor himno futbolístico del mundo?

Ya conocen el emocionante final que ha tenido la Liga, seguido de toda clase de celebraciones, borracheras y cánticos por la hinchada atlética, compuesta por los que lo son de toda la vida y los que acaban de descubrir que eran colchoneros de toda la vida. Qué mejor ocasión por tanto para echar un vistazo a la manera en que jalean, corean y se unen en fraternal comunión los seguidores de equipos de otros países. En esta encuesta anterior quedó claro que el mejor himno futbolístico español —oficial o no es el del Sevilla, de manera que ahora se trataría de escoger el de la parte del mundo que no es España, que resulta ser bastante grande y también tiene su interés, no se crean. Así que voten, añadan sus sugerencias y ya de paso den sus parabienes al Atlético si lo desean.

«I’m Forever Blowing Bubbles» del West Ham United

Comenzamos fuerte, con una canción que en sus primeros acordes puede parecer la intro de Barrio Sésamo pero rápidamente da paso a un recio cántico que resulta ideal para entonar borracho, como suele ocurrir con los himnos ingleses. Proviene de un musical de Brodway que se popularizó en el Reino Unido a comienzos de los años veinte y ha tenido desde entonces diferentes versiones, como la de los Cockney Rejects, creadores junto a otros del estilo musical Oi! y entusiastas seguidores del equipo. Aquí pueden ver a miles de espectadores cantándola a pleno pulmón en el estado de Wembley.

«You’ll Never Walk Alone» del Liverpool F.C.

Aunque también ha sido adoptada por el Celtic, el Borussia Dortmund y el Club Deportivo Lugo, es al Liverpool al que más estrechamente vinculada está dicha canción, pues de hecho el título forma parte del escudo del club. Cuenta con una letra conmovedora que habla sobre afrontar las dificultades con esperanza y ha contado con multitud de versiones a cargo de los cantantes más legendarios, desde Frank Sinatra, pasando por Elvis Presley hasta llegar a Johnny Cash.

«Blue Moon» del Manchester City

Estamos ante un conocidísimo tema, interpretado innumerables veces, que desde hace poco más de un par de décadas también es el himno de este equipo. Como Liam Gallagher es uno de sus hooligans más célebres era inevitable que acabase cantándolo en una versión particularmente inspirada. Y aquí podemos oírlo también coreado en el estadio.

El himno del Pescara

Pescara es una localidad del centro de Italia con un equipo de fútbol de segunda división que pasaría desapercibido si no fuera por este himno. Escúchenlo y quizá les resulte familiar…

«Azzurro» de Celentano

Qué decir de este temazo, un clásico inmortal que es casi el himno oficioso de Italia y, evidentemente, se ha usado en el fútbol. Aquí podemos ver a la selección del Europeo del 2004 masacrando la canción.

«Wir sind Schalker» del Schalker

Lokalmatadore es un grupo alemán de punk ochentero cuyos miembros son fans del Schalke, el club de la cuenca minera. La canción es casi tan mala como el equipo y está cantada con tal estridencia que si se emitiera por los altavoces antes de cada partido intimidaría más a los rivales que cualquiera de esas danzas tribales maoríes.

«Flower of Scotland»

Se utiliza como himno en los eventos deportivos escoceses de rugby y fútbol y su letra alude a la guerra contra los ingleses en plena Edad Media. Es tal el hermanamiento y devoción que muestran los jugadores y el público al cantarla que parece que se estén desatando fuerzas telúricas ancestrales y entren en trance comunicándose con el fantasma de William Wallace. Si le añades el gaélico, la bruma que cubre el campo y el sonido de las gaitas, uno ya empieza a temerse que estos deportistas, en lugar de doparse como el resto, recurran a la hechicería druida.

«El matador» de San Lorenzo de Almagro

Una versión de Matador de Los Fabulosos Cadillacs para San Lorenzo de Almagro. Vicentico, el cantante del grupo, es del barrio de Boedo, donde se encontraba el anterior estadio del San Lorenzo. Un equipo que fue conocido con el mote de «los Matadores», así que era inevitable que acabase teniendo este himno no oficial.

«Dale Cavese» de Cavese

El músico venezolano Hugo Blanco compuso en 1958 un tema llamado «Moliendo Café» que se convertiría rápidamente en un éxito internacional. El Boca Juniors en Argentina lo hacía sonar durante los partidos, y dado que resulta muy fácil de tararear, pasaría a convertirse en un cántico muy popular que posteriormente utilizaría también el equipo italiano Cavese, que es quien acabaría dando su nombre a este himno que ahora suena en los estadios de medio mundo.

«Pazza Inter Amala» del Inter de Milan

Al escucharla se viene a la mente «Baila morena» de Zucchero, parece que todas estas canciones pop italianas contemporáneas suenan condenadamente igual. En cualquier caso, aunque no sea excesivamente original es bastante animada y goza de una gran popularidad. Aquí podemos escucharla cantada por los jugadores.

«Seven Nation Army» de cualquier afición

La banda estadounidense The White Stripes lanzó un tema en 2003 llamado «Seven Nation Army» cuyo estribillo resultó tan endiabladamente pegadizo que en cuanto se juntan cuatro en cualquier evento deportivo tarde o temprano terminan canturreándolo. En la selección que muestra el vídeo podemos ver que no importa el equipo, en todos se canta igual.


¿Cuál es el mejor himno no oficial de un equipo de fútbol?

Aunque a veces el cinismo pueda desanimarnos, no todo en el fútbol es cuestión de dinero ni los clubs son meras franquicias que van a lo suyo. A veces hay una hinchada detrás que se identifica sinceramente con ellos, celebra con alegría y vandalismo sus victorias, reclama con la vena del cuello a punto de estallar los penaltiles y entona con devoción sus ipnos, ya sean oficiales o no. El equipo también les pertenece y las canciones que los seguidores les han dedicado —por sus centenarios o de forma más espontánea bien merecen un hueco como parte de la liturgia futbolera. Aquí van algunas, les animamos a que voten sus preferidas o añadan alguna otra si lo desean.

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El de Sabina al Atlético de Madrid

Como no podía ser de otra forma el Atlético tenía que estar el primero de la lista, al igual que en la tabla. Joaquín Sabina es quien le dedica este himno por su centenario. Una canción cercana sobre la que las opiniones, como en el caso de las de Asuracentúrix el bardo, están divididas: muchos pueden identificarse sean o no colchoneros y piensan que es genial; tantos otros que es un tostón sobre una idiosincrasia que se debería abandonar. Evoca la larga historia de un equipo que ahora está viviendo un momento de esplendor en el césped.

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El de Arrebato para el Sevilla

Excesivo, inspirado y rebosante de épica por los cuatro costados, este himno que le dedicó por su siglo de existencia el cantante de flamenco y rumba-pop conocido como El Arrebato es la Marsellesa del sevillismo. Ideal para cantar con una rodilla clavada en la tierra y alzando los puños al cielo mientras se clama eso de «sevillista seré hasta la muerte».

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Hala Madrid de Plácido Domingo

Créannos si les decimos que alguna vez algún lector ha reprochado a Jot Down falta de madridismo. Desconocemos el motivo de tan insólita acusación, pero en cualquier caso aquí va para desmentirlo esta maravilla que nos deja la carne de gallina, compuesta por Jose María Cano para conmemorar el centenario blanco y cantada por el ilustre tenor español. Así es como los madridistas se ven a sí mismos, poco más podemos añadir entonces.

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Tijuana in Blue para Urroztarra

Pero si el Madrid tiene a Plácido, Urroztarra tiene al cantante Eskroto, liderando al grupo pamplonica de rock radical de mediados de los 80, Tijuana in Blue. Fiel a su nombre, anima a su equipo ensalzando sus «dos cojones» en esta canción que empieza suave hasta que le meten la inyección de adrenalina mientras entonan versos de elevado lirismo como «O pitas penalti o pinchamos el balón, cabrón». Urroztarra podrá ser un modesto equipo de tercera división, nos dicen, pero en él confluyen «la fuerza del clarete, el correr de vacas bravas», imágenes que nos evocan al volkgeist navarro emergiendo de las brumas del tiempo.

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El de Duff Hooligans para Gimnástica Segoviana

El Gimnástica Segoviana Club de Fútbol es un equipo de tercera división que se caracteriza por su nobleza, pundonor, espíritu de lucha y otras muchas cualidades de las que podríamos estar horas hablando. Pero mejor centrarnos en el tema que le dedicó el grupo Duff Hooligans: la resaca del domingo por la mañana, los amigos, la cerveza, las pancartas en las gradas… todo el ambiente que rodea al fútbol queda reflejado en esta canción enérgica y dicharachera.

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El de Gandy para el Deportivo de la Coruña

Al frente de La banda del camión está Gandy, creador de un himno muy querido por los seguidores del equipo coruñés, que actualmente juega en Segunda División. Fue tal su éxito que llegó a convertirse en el himno oficial del club. Pero si algo memorable tiene este tema por encima de todo es que le ayudó a conquistar a quien ahora es la madre de sus hijos, según contaba en esta entrevista.

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El de Street Bastards para Barri Antic

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El Barri Antic es un equipo de Manresa que se caracteriza por su nobleza, pundonor y espír… bueno, miren, lo cierto es que no tenemos la más remota idea de cómo es. Pero este grupo de ska le ha dedicado un tema que nos suena bien y lo añadimos.

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El de Familia Pepperoni para el Cádiz

La prueba de que Dios aprieta pero además ahoga es que en España, además de tunos, también tenemos chirigotas. Pero como no todo iba a ser rock, punk y ska, ahí va una. Si le dan al play podrán ver a un grupo de gente disfrazada de gánsteres cantando al equipo gaditano —actualmente en Segunda B y al color amarillo que distingue su equipación.

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El de SKA-P al Rayo Vallecano

De este tema dedicado al equipo del popular distrito madrileño que se mantiene en Primera División cabe destacar ese organillo que se apodera de toda la canción. Para el foráneo, pueden repetir todo lo que quieran el estribillo sobre su orgullo por ser de donde son, pero lo que queda en su mente es ese demoledor «piribiri» que ya lo quisieran Camela para sí. Pero para quien ha vivido en el barrio es la síntesis perfecta de esa feroz reivindicación de jugar con lo puesto y el alegre orgullo de clase que se vive en las gradas. Y si no te gusta, pues te vas.

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El de Silvio para el Betis

Este legendario cantante sevillano tuvo una vida de entrega a sus tres grandes pasiones: el rock, el alcohol y el Betis Sevilla. Esta fue una de las canciones que más reconocimiento le aportaron y también una de las más sentidas declaraciones de amor que se hayan compuesto: «cuando yo encontré en tus ojos/ilusión y esperanza/yo me dije sí/este si es mi Betis». Al parecer fue fruto de una apuesta, según dicen, aunque sospechamos por mucho que escueza que en realidad estaba revelando su verdadera naturaleza.

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Lolo lololo lololo lolooo lololo lolo lololo loloooooooo

Una buena letra era esta de Jose María Pemán, pero tenía el pequeño defecto de ser fascista. Es que un himno nacional o apela a la fe, la gloria imperial, las gestas bélicas y todas esas cosas tan de otro tiempo o es moderno, democrático y civilizado y por tanto blandengue. Por ello no hay manera de darle hoy día a la Marcha Real una letra decente… hasta que llegó el lolo lololo. Unos pueden cantarla con la mano en el corazón o hasta desgañitarse vivos si fuera preciso pero al mismo tiempo otros no podrán sentirse ofendidos o excluidos por su significado (aunque todo es ponerse). Conciliadora, universalista, expresa mucho sentimiento… es el salto hacia el futuro que tanto necesitábamos. Un himno inolvidable del siglo XXIII que lo mismo vale para la Copa del Rey que para acompañar a la Selección en el Mundial que se avecina.