Panauti: viaje mitológico al corazón del Nepal

Panauti, 2017. Foto: Navesh Chitrakar / Cordon.

Cuenta la leyenda que en tiempos inmemoriales hubo un pequeño reino en el Nepal, ejemplo de excelencia en el gobierno, cuyos súbditos, aunque escasos en número, eran prósperos y felices. Su monarca, Shingta Chenpo, el Gran Auriga, comandaba el país con sabiduría, templanza y ecuanimidad. Tenía tres hijos. Los dos mayores, La Chenpo (la Gran Divinidad) y Dra Chenpo (la Gran Palabra), le­ ayudaban en las tareas estatales; eran inteligentes, decididos y valientes, dominaban los secretos de las artes marciales y bélicas pero también las sutilezas de la administración. El hijo pequeño, Senchen Chenpo (el Gran Ser) poseía la mayor de las inteligencias, pero solamente la empleaba para atender las necesidades de otros, porque su espíritu era generoso y pacífico; se oponía a la guerra, incluso a la caza. El amor a los seres vivos de toda condición era el principio fundamental que regía su existencia.

Como el Gran Auriga era un monarca tan amable y justo, los habitantes del reino le prepararon una gran fiesta. Después de comer y beber, mientras los campesinos y los nobles bailaban en armonía, los tres hijos del rey salieron a dar un paseo por el bosque. Encontraron una misteriosa cueva; al entrar vieron una tigresa tendida en el suelo. Los dos hermanos mayores tensaron sus arcos, pero el Gran Ser se interpuso: «No es bueno matar», les dijo. La tigresa no les atacó. Sorprendidos por la pasividad del felino, descubrieron que acababa de ser madre. Temerosa ante la idea de que si abandonaba la cueva para cazar dejaría solos a sus hijos y quizá otro animal podría entrar y devorarlos, la tigresa permanecía inmóvil. Por esa misma razón, el hambre la había debilitado; frágil y enferma, incapaz de moverse, ya no tenía leche con la que alimentar a sus retoños. El Gran Ser, conmovido, se echó a llorar. Decidido a salvarla, preguntó a sus hermanos sobre la clase de alimento que resultaba más indicada para salvar a la madre y garantizar que podría hacerse cargo de los cachorros. «Los tigres», le respondieron sus hermanos, «solamente comen la carne de una presa reciente; si le traemos un pedazo de carne de nuestra despensa, la tigresa ni siquiera lo tocará, porque estará frío y para ella no será más que carroña. Necesita que la carne esté todavía cálida y sangrante». Tras decirle eso, los dos mayores se ofrecieron a cazar algún animal con sus arcos para alimentarla, pero el Gran Ser no quería que sacrificasen a otra criatura. Se encontró, pues, con una disyuntiva que no había previsto, pues para salvar a la tigresa debía matar o permitir que se matase a otro animal, pero su conciencia se lo impedía. Después de cavilar durante un rato, encontró una solución. Aludiendo a una excusa peregrina, pidió a sus hermanos que se le adelantasen en el camino de regreso. Después, él mismo se entregó a la tigresa para que se alimentase con su cuerpo. Cuando sus hermanos estaban ya de regreso en la fiesta, comenzaron a sentirse inquietos por la tardanza del Gran Ser y regresaron para buscarle. Al entrar por segunda vez en la cueva, descubrieron sus huesos y ropajes cubiertos de sangre. La visión provocó en ellos tal impresión que ambos perdieron el conocimiento. Al recobrarse, volvieron junto a sus padres y les contaron lo que había sucedido.

Gracias a su inmenso acto de generosidad, el Gran Ser renació en la esfera celeste convertido en un espíritu, ahora llamado la Gran Valentía. Como era tan humilde, no entendía qué podía haber hecho para merecer semejante recompensa. Sin embargo, no todo era dicha en su nuevo estado. Desde el cielo contempló a su familia sumida en el más profundo dolor y, conmovido de nuevo, decidió descender a la esfera de los vivos para hablar con ellos. Al verlo aparecer transformado en espíritu, sus parientes elogiaron entre lágrimas la manera en que había entregado su vida para no destruir la vida de otro ser, pero, como triste reproche, lamentaron que ahora tendrían que sufrir por haber perdido a un hijo y un hermano. Él les respondió: «Por favor, no continuéis padeciendo. Todo nacimiento y toda vida tienen como fin la muerte. Toda reunión tiene como final la separación. Así es para todos; nadie puede escapar de esto, pues así es la naturaleza de las cosas». El Gran Ser exhortó a los suyos a que comprendiesen la importancia de seguir una vida repleta de virtud, a cuyo término quizá podrían ganarse también un lugar en el cielo. La aparición se disolvió en el aire, pues el Gran Ser debía retornar a lo alto. Sus padres y sus hermanos recogieron sus restos mortales de la cueva y los enterraron. Para honrar su recuerdo, construyeron sobre su tumba un templo.

Este es el origen mítico de la estupa budista Namo Buda, erigida cerca de la pequeña villa de Panauti, a unos veinticinco kilómetros de Katmandú. La estupa se convertiría en uno de los lugares de peregrinación más venerables del budismo. Por este y otros motivos, Panauti se convirtió en uno de los centros espirituales de la región. Allí fue a meditar Vasubandhu, el monje que fundó la escuela budista del Yogachara. El gran maestro Atisha, aquel aristócrata de Bengala que abandonó los lujos mundanos para perseguir la sabiduría, vivió durante diez años en Panauti. El pueblo estaba situado en un plácido valle donde el abrupto Himalaya se tomaba un respiro, pues las montañas que lo rodean son más modestas y suaves que los colosos más célebres de la cordillera. En la suave pendiente del terreno, cerca del centro de la modesta población, unían sus aguas dos ríos, llamados Pnyamata y Rosi. Los lugareños y los peregrinos, que temían ser devorados por los tigres como le había sucedido al Gran Ser, colocaron altares en las cuevas cercanas y erigieron nuevos templos. Hoy existen en Panauti —cuya población actual ronda los diez mil habitantes— más de cuarenta templos pertenecientes a diferentes corrientes religiosas. Allí se organizan nada menos que una treintena de festivales religiosos cada año.

Durante la Edad Media, además de las cuevas y templos santificados, el propio paisaje de Panauti adquirió naturaleza sagrada. Los peregrinos acudían para realizar abluciones en sus dos ríos, cuyas aguas podían limpiar los pecados y aliviar los padecimientos del alma. El enclave espiritual más importante de la villa era, sin embargo, invisible a los ojos. En el pueblo existía un vórtice espiritual, el Triveni, la conjunción entre los dos ríos y un tercer río, invisible y de carácter mágico, el Lilawati, que discurría por debajo de la tierra pero nunca podría ser encontrado. Solamente los hombres de corazón puro, sobre todo los sabios que habían dedicado su vida al estudio y el cultivo de la santidad, podrían llegar a verlo con sus propios ojos. Aun así, los peregrinos de a pie que no conseguían ver el tercer río se bañaban en los otros dos con la esperanza de que la esencia del Lilawati, de alguna manera, llegase también hasta ellos, bendiciéndolos con sus efectos espirituales. Los habitantes del pueblo empezaron a adornar sus calles y casas con piedras de vivos colores, como signo de que los peregrinos eran bienvenidos; al vivir en tierra sagrada, los campesinos de Panauti hicieron de la hospitalidad una de sus normas de conducta. Sabían que para otros muchos seres humanos acudir a Panauti era importante. El propio nombre de la aldea procedía del sánscrito purnamati, que significa ‘plenitud’.

Panauti nunca fue tan importante en la historia de los acontecimientos civiles como en la de los sucesos sobrenaturales, pero produjo un personaje importantísimo. En el siglo VII, mucho antes de que se decretase el derecho de Panauti a aparecer en los grandes mapas, cuando había allí poco más que unas chozas de campesinos y un puñado de templos que atraían a gente de paso, fue escenario del nacimiento de Ansuverma, uno de los grandes reyes del Nepal, si acaso el mayor de todos. Ocupó el trono durante la época de la dinastía Lichavi, recordada como la edad de oro nepalí (aunque el propio Ansuverma no perteneció a la dinastía por derecho de sangre, sino de manera indirecta, como consorte de una princesa). Aun así, fue tan grande su contribución al progreso de su nación que no solo fue el más relevante de los reyes nepalíes de aquel tiempo, sino también el primero al que su pueblo ofreció, como honroso pago a su recto y sabio proceder, el título de maharajdiraj, o maharajá, «el gran rey».

Peregrinas durante el Swasthani Bratakatha en Panauti, 2017. Foto: Navesh Chitrakar / Cordon.

Fue descrito como un hombre de extraordinaria capacidad. Esa opinión sostuvo, por ejemplo, el famoso escritor chino Xuanzang (o Huen Tsang), uno de los más importantes cronistas del Oriente medieval. Xuanzang era un monje del templo budista de Yingtu, que gozaba de celebridad en la región gracias a su oratoria, la cual, por lo que parece, dejaba una honda huella en quienes escuchaban sus predicaciones. No obstante, lo que de verdad le ganó la inmortalidad fueron sus escritos. Aunque Xuanzang había llevado una tranquila vida monástica, su afán de saber pudo más que su retiro y terminó convertido en un incansable viajero. Había leído con disgusto las descuidadas traducciones que algunos escribanos chinos habían realizado de textos religiosos extranjeros y, decidido a recolectar copias más fidedignas de aquellas obras, como deseoso de expandir sus conocimientos, viajó durante diecinueve años por las provincias occidentales de China y más allá, recorriendo varios países vecinos. Plasmó sus impresiones acerca de las tierras que visitaba, de sus gentes, personajes y costumbres, en la monumental Crónica de las regiones occidentales de la Gran Dinastía Tang. Tras su muerte, Xuanzang fue elevado al estatus de icono de la cultura china; en el siglo XVI, unos novecientos años después de su muerte, incluso terminaría protagonizando una novela titulada Viaje al oeste, que se convertiría también en un hito de la literatura china. Su figura trascendía la del mero estudioso admirado por generaciones posteriores; había mucho de confuciano en su aureola. Cualquier reliquia relacionada con Xuanzang se convertiría en objeto de anhelo no solamente entre los chinos, sino en casi todo el lejano Oriente. Por ejemplo, sus restos mortales permanecieron custodiados en Nanking durante más de mil años, hasta que el ejército japonés se los llevó en 1942; todavía hoy reposan en un altar del templo Yakushi Ji, en la ciudad de Nara, pues Japón nunca los devolvió a China. Otra reliquia, un fragmento de la calavera de Xuanzang, sería conservada en el Templo de la Gran Compasión de Nianjing, pero en 1956 se le entregó al dalái lama, quien a su vez lo ofreció como regalo a la India. Pues bien, el que alguien como Xuanzang profesara tanta admiración a Ansuverma da buena idea del impacto que la personalidad del rey nepalí causó en su tiempo.

Ansuverma nació como plebeyo, aunque no sabemos si procedía de familia rica o pobre. Algunos dicen que pudo tener cierto parentesco con el entonces rey Shivadev I, pues se especula que quizá era el sobrino de la reina consorte. Ascendió a las esferas del poder ejerciendo como alto funcionario en la corte de Katmandú. Se hubiese ayudado de un supuesto parentesco o no para situarse en la corte, demostró tal talento en sus funciones que pronto se convirtió en el valido del rey. Shivadev I lo tenía en tan alta estima que permitió que contrajese matrimonio con su propia hija y además le otorgó el título de Samanta, gobernador feudal de un territorio. Aun más, su labor debió de ser excelsa, pues a aquel título se le dio un añadido honorífico que, al menos por entonces, no se concedía con demasiada prodigalidad: Mahasamanta, «gran señor». Los inteligentes consejos de Ansuverma empezaron a dar forma al reinado de Shivadev y, poco a poco, las tareas de gobierno fueron cayendo en sus manos, hasta que llegó un punto en que Ansuverma se vio ejerciendo como monarca en la sombra, ocupándose en primera persona de la administración, mientras Shivadev se ceñía la corona de manera nominal, cada vez más desprovisto de verdadero poder. Este proceso sucedió con naturalidad; la autoridad moral y la diligencia política de Ansuverma eran tales que el propio Shivadev terminó designándolo como sucesor.

El ascenso de Ansuverma llegó en un momento providencial en el que Nepal necesitaba tener como cabeza del Gobierno a una persona hábil, fuerte y capaz. Las amenazas exteriores no eran desdeñables. Tanto en China como en la India, la acumulación de poder en manos de los reyes estaba empujándolos a una política expansionista. Incluso el vecino Tíbet era motivo de preocupación. Aunque el rey Shivadev era un hombre de elaborada educación, cultivado, reflexivo y muy religioso, su carácter era demasiado pasivo para los tiempos en los que le había tocado reinar. Ansuverma, por el contrario, hacía frente a los problemas sin vacilaciones. Por descontado, dada la aparente debilidad del rey, no era el único aspirante a tomar las riendas del país. Los Takhuri, una influyente familia noble cuyos miembros se hacían llamar Malla («guerreros», apodo con el que sería conocida una futura dinastía reinante), trataron de impedir que el favorito del rey acumulase todo el poder. Esto desencadenó una guerra de intrigas palaciegas entre Ansuverma y los Takhuri. Pese a la importancia que la familia había tenido en el reino desde mucho tiempo atrás, el conflicto se decantó en favor de Ansuverma, que no solo consiguió desbaratar los planes de sus adversarios, sino que también propinó un golpe duradero al clan; incluso tras su muerte, los Takhuri habrían de tardar más de doscientos años en recuperar su antigua posición en el reino.

Fueron muchos los logros de Ansuverma como gobernante. Su primera preocupación consistió en desactivar las mencionadas amenazas exteriores. Nepal no poseía la fuerza militar suficiente como para detener un hipotético ataque tibetano, y mucho menos una invasión china o india. Pero Ansuverma hizo un hábil uso de la diplomacia y puso en práctica una astuta sucesión de enlaces reales. Tras ascender al trono, casó a su hermana con el rey indio Sur Sen, y a su propia hija con el emperador tibetano Srong Ttsang Ganpo, lo cual derivó en el establecimiento de una nueva alianza. Con aquellos movimientos diplomáticos garantizó la independencia del Nepal y, todavía mejor, la colaboración de aquellas naciones.

Como administrador fue pragmático y justo. Afirmó que todas las políticas nacionales debían estar basadas en el principio del «bienestar común», aunque no todas sus medidas estaban destinadas a buscar el aplauso de los suyos. Por ejemplo, estableció toda una batería de nuevos impuestos sobre la propiedad de la tierra y el uso de las aguas, además de una tasa que gravaba los artículos de lujo y otra destinada al mantenimiento de un ejército defensivo. Sin embargo, estas medidas no le ganaron la antipatía de sus súbditos. Para empezar, compensó las nuevas presiones fiscales decretando una amnistía general que condonaba todas las deudas que los ciudadanos hubiesen contraído de buena fe; según él, aquella era la única manera de hacer borrón y cuenta nueva, empezando a reorganizar el reino desde cero. Además, los nepalíes pronto comprobaron que Ansuverma dedicaba buena parte del dinero recaudado a la mejora de las infraestructuras y servicios, sin quedarse un botín para sí mismo, como habían hecho otros gobernantes. Diseñó grandes planes de construcción que incluían todo un nuevo sistema de regadíos y la mejora de la red de comunicaciones. También se preocupó de realizar donaciones periódicas a los principales templos del país, y lo hizo demostrando un exquisito sentido de la ecuanimidad. Aunque Ansuverma era devoto del dios Shiva, y por tanto hinduista (como lo habían sido los reyes Lichavi, cuya dinastía había venido siglos atrás desde la India), no mostró preferencias a la hora de realizar sus donativos y trató por igual a los templos hinduistas que a los budistas, o a los de otras creencias. Impuso una política de completa tolerancia religiosa; aunque la convivencia era tradicional, no quiso que Nepal se convirtiese en un Estado hinduista en detrimento de los intereses de los demás creyentes.

Ese igualitarismo no se extendió al sistema de castas, del que él era partidario. La tierra, en su mayor parte, pertenecía a los Samantas, señores feudales, y a los sacerdotes, como los brahmanes. Ansuverma no cambió aquella estructura, pero sí fomentó un mayor nivel de autogobierno entre los ciudadanos. Bajo su reinado, el Estado recaudaría impuestos y se haría cargo de los grandes programas de reformas, pero más allá de eso eran los ciudadanos quienes, en la medida de lo posible, debían manejar sus propios asuntos con la menor intervención posible de Katmandú o de los señores feudales. Él predicaba responsabilidad con el ejemplo, y pedía esa misma responsabilidad a los ciudadanos.

Devotos tomando un baño sagrado durante el Swasthani Bratakatha en Panauti, 2017. Foto:: Navesh Chitrakar / Cordon.

La principal actividad económica del país era la agricultura, sobre todo el cultivo del arroz y otros cereales. Sin embargo, Ansuverma entendió que el acercamiento diplomático con sus vecinos iba a favorecer la apertura comercial y que Nepal debía aprovechar esa oportunidad única; así, impulsó la creación de una industria local con el fin de exportar artesanía y otros productos al Tíbet, al norte de la India y al oeste de China. El comercio, pues, empezó a florecer y el tránsito de mercaderes pronto se tornó una visión habitual por los caminos del reino. Otro de los grandes focos de su interés fue la cultura. Siendo un hombre estudioso y amante de las artes, patrocinó a sabios y creadores, aunque no fuesen nepalíes. También redactó una gramática del sánscrito titulada Shabda Vidya, que se convirtió en un importante libro para la enseñanza del idioma. Edificó en Katmandú un imponente palacio de siete plantas llamado el Kailashkuf Bhawan; construido según el estilo védico Tripura, se hizo famoso más allá de las fronteras del Nepal, y hasta en China se hablaba de su magnificencia. Por desgracia, el palacio ya no existe; no se conoce con exactitud la ubicación que tuvo en Katmandú —aunque hay algunas ruinas candidatas—, pero su recuerdo pervivió a lo largo de generaciones gracias a los historiadores y literatos.

El nacimiento de Ansuverma fue el último suceso histórico reseñable, o reseñado, que tuvo lugar en Panauti por lo menos hasta el siglo XIII. Después del siglo VII, la aldea cayó en una oscuridad documental casi completa. Salvo por el paso de los peregrinos y el constante aluvión de monjes y santones que decidían retirarse a alguna de sus cuevas, y salvo por los festivales religiosos, no existen signos de que se realizase allí alguna actividad social de importancia. Sabemos incluso que en algunos templos se inició un proceso de deterioro, pues posteriores gobernantes y nobles tuvieron que restaurarlos. Pero esto no significa que alguna vez hubiese perdido su prestigio como lugar sagrado, sino más bien que como villa, desde una perspectiva civil y administrativa, nunca había tenido la misma importancia.

La leyenda del Gran Ser que contábamos más arriba es de corte budista, cosa fácil de suponer por su clásica temática de aceptación del sufrimiento y la muerte, el elogio de la virtud tranquila y un cierto panteísmo. Sin embargo, Panauti fue también asociada a mitos hinduistas, más relacionados con conceptos como el castigo y la redención. Uno de esos mitos es la historia de Ahalia, la mujer más hermosa del mundo, cuya figura aparece en los vedas, aquellos escritos prehinduistas en los que quedaron prefigurados los fundamentos de la religión mayoritaria en India. El mito de Ahalia es muy antiguo y ha pasado de boca en boca a lo largo de muchísimas generaciones; por ello, aunque siempre ha conservado un núcleo narrativo común, ha experimentado muchas modificaciones y mucha introducción de matices dependiendo del lugar y la época. En Panauti, por descontado, elaboraron su propia versión del mito para explicar el origen del Lilawati, su río invisible.

La historia decía asi: Ahalia fue creada por el dios Brahma como epítome de la belleza. Contrajo matrimonio con un sabio llamado Gautama Rishi (o Gautama Maharishi) que poseía conocimientos sobre magia. Decidido a llevar una vida de meditación y estudio, Gautama eligió el tranquilo paraje de Panauti como el lugar de paz que necesitaba. No era cualquier lugar; allí, en la confluencia de los dos ríos, el dios Indra —Señor de los Cielos— había conocido a su esposa Indrayani. Por ese motivo, la aldea guardaba una especial significación para Indra, que lo visitaba de vez en cuando encarnado en algún avatar (pues al venir a la tierra los dioses no se manifestaban en su forma original). En una de aquellas visitas, Indra vio a Ahalia y quedó deslumbrado por su belleza, sintiendo una inmediata e irresistible atracción hacia la mujer humana. Decidido a conquistarla a cualquier precio, usó su poder para transfigurarse, adoptando la efigie del propio Gautama. Su propósito era el de engañarla y conseguir llevarla hasta el lecho. El engaño no funcionó, pues Ahalia supo al instante que aquella figura, aunque idéntica a su marido, no era el verdadero Gautama. Sin embargo, la tentación de yacer con un dios fue demasiado fuerte y terminó cediendo a los deseos de Indra. Cuando Gautama descubrió la infidelidad, pronunció una maldición sobre los dos amantes; como consecuencia, Ahalia quedó convertida en roca —la piedra puede ser vista hoy en el templo de Indreswar— y el cuerpo de Indra quedó completamente cubierto de órganos sexuales femeninos, con lo que el dios quedó convertido en una extraña aberración.

Aunque Indra y Ahalia habían provocado (y según la moral hinduista, merecido) su propio castigo, el asunto produjo una víctima inocente: Indrayani, la esposa de Indra, que había sido insultada y se había quedado sola. El dios Shiva y su esposa Parvati se apiadaron de ella y decidieron convertirla en un arroyo para que pudiese trascender su sufrimiento. Fue así como nació el río invisible Lilawati. Con el paso del tiempo, Shiva pensó que también había llegado el momento de perdonar a Indra, que a fin de cuentas era un dios y no podía permanecer para siempre transformado en una curiosidad circense. Indra fue enviado a Panauti, encarnado en un lingam, objeto de forma fálica con el que aún hoy se lo representa, símbolo no tanto de la potencia viril como de la energía masculina del universo, un concepto cosmológico que va más allá de la mera referencia sexual. Indra se bañó en el río invisible, reencontrándose de ese modo con su esposa, ahora convertida en una corriente de agua milagrosa. Su extraña mutación quedó curada y Panauti se convirtió en un lugar de sanación. Hoy, cada doce años, una multitud de creyentes hinduistas se reúne en Panauti para bañarse en sus dos ríos durante la luna llena; según creen, la bendición del tercer río lavará también sus culpas y les permitirá alcanzar su versión del cielo, la comunión final con Brahma.

Mientras Europa intentaba aún despertar de la Edad Media, Panauti fue refundada por otro rey nepalí, Ananda Malla, que reintrodujo la aldea en los mapas históricos. Quizá la convirtió en un lugar de descanso, porque estaba a pocas horas de viaje desde Katmandú, o acaso en una propiedad que regalar a alguno de sus parientes, o en un enclave espiritual en el que él mismo pudiese estar más cerca de la iluminación. Esto es señal inequívoca de que Panauti había seguido siendo pequeña pero importante en el plano espiritual y de que, tras muchos siglos de silencio histórico, continuaba muy presente en la mente de los creyentes budistas e hinduistas. Tanto que la posibilidad de atribuirse su paternidad tentó a otros gobernantes. Décadas después de la muerte de Ananda, fue Hari Singh Dev, que gobernaba el reino de Mithila, el que hizo grabar con letras doradas que él había sido el verdadero fundador de Panauti, inscripción que se conserva en la pagoda de Indreshwar.

Panauti no es más que un modesto pueblo, pero son muchos los mitos asociados a él; tantos que podría llenarse todo un libro. Todo el Nepal, en realidad, es una colección de sucesos y leyendas que por desgracia no son muy conocidas en Occidente. Lo que acabamos de hacer aquí es echar apenas un vistazo; siempre es recomendable indagar más en la tradición histórica y mítica de aquel lejano, montañoso y mágico país.

Panauti, 2017. Foto:: Navesh Chitrakar / Cordon.


Guía práctica para orientarse en el infierno

Con el debido respeto, estimado lector, el —esperemos lejano— día en que muera muy probablemente irá de cabeza al infierno. Usted conoce mejor que nadie su propia vida y sabe por tanto los motivos. Así que no le vendrá mal cierta información básica sobre las características del lugar que le acogerá por toda la eternidad.

Al fin y al cabo, según un cálculo hecho público hace unos años por la Iglesia Bautista Sureña el 46,1% de los seres humanos iremos al infierno (qué curiosa la apariencia de rigor y verosimilitud que adquiere cualquier cosa cuando se expresa en porcentajes). Una creencia común a la gran mayoría de religiones es la de que poseemos una o varias almas dentro del cuerpo, que al morir va a un Más Allá en el que —también según un buen número de doctrinas— será recompensada en un cielo o castigada en un infierno en función de su comportamiento en este mundo.

Así que lo primero es ver qué hacemos con el cuerpo que dejamos atrás. Sobre las circunstancias y diferencias culturales que rodean a un enterramiento no me extenderé mucho porque para ello está la excelente serie A dos metros bajo tierra. Se trata de una práctica ya llevaba a cabo por los neandertales y que de acuerdo a la tradición cristiana debe hacerse con el muerto tumbado, dado que la posición vertical facilita la entrada en el infierno. Pero en las últimas décadas está ganando terreno en los países occidentales la incineración, tras la cual se guardan las cenizas en una urna, se esparcen en el mar, en la montaña o, como cierto empleado del Museo Británico, se pide a un amigo que se lancen a los ojos del antiguo jefe del finado. Ahora bien, ¿qué ocurre entonces con la ancestral costumbre de vestir al difunto con sus mejores ropas y hacerlo acompañar en su ataúd de riquezas y objetos útiles para el otro mundo, si todo va directo al fuego?

Aparentemente nada, continúa intacta. Según el testimonio del trabajador de un crematorio recogido en Bailando sobre la tumba por Nigel Barleyhe visto a viudas introducir subrepticiamente un paquete de las galletas favoritas del difunto; o cuando no es eso, son las gafas de repuesto o la dentadura. No se imagina usted la cantidad de tubos de fijador dental que pasan por aquí cada semana. La gente mayor siempre se acuerda de eso”. Mal hecho, aunque esté inspirado por la mejor intención. Ya vaya uno al cielo o al infierno, un fijador dental no le resultará especialmente útil. Lo que el muerto sí necesitará —y explicaremos a continuación por qué— serán unas monedas, repelente antiinsectos, buen calzado, una cantimplora, una linterna, una cuerda y un pollo de goma con polea (bueno, esto último no es realmente imprescindible, pero nunca se sabe). Si bien todo lo anterior será de utilidad ante un infierno como el descrito por Dante… ¿Qué ocurre si al final la religión cristiana no es la única, buena y verdadera?, ¿y si quienes acaban dando en el clavo son los zoroastristas, los vikingos o los budistas? Mejor ser prudentes, así que hagamos un breve repaso de lo que puede esperarnos.

Diferentes infiernos, a cada cual peor

Los antiguos egipcios por su parte lo que preferían introducir en la tumba de los difuntos (en las de aquellos de elevado estatus, al menos) era su propia guía práctica para orientarse en el más allá, a la que llamaban El libro de los muertos. Un compendio de consejos para desenvolverse durante el viaje por el inframundo, que consistía básicamente en acudir al salón del trono de Osiris, donde uno debía declararse inocente ante él y ante los 42 magistrados que le ayudaban en la tarea de juzgar a las almas. Entonces Anubis extraía el corazón del acusado y lo ponía en una balanza en cuyo otro platillo se ponía una pluma de la diosa Maat. Si el corazón pesaba más es que algo malo guardaba y el siguiente paso era convertirse en el almuerzo de la Devoradora de Muertos. Al parecer había algún conjuro para sortear esa prueba, si alguien está especialmente preocupado al respecto puede leer aquí un fragmento del citado libro, no sé si se entenderá bien la letra.

Como veremos, es recurrente en multitud de mitologías y narraciones la idea de uno o varios jueces decidiendo tras la muerte si esa alma debe ir al cielo o al infierno. En el décimo libro de La República Platón narra la historia de Er, un guerrero cuya alma salió de su cuerpo tras morir en el campo de batalla para llegar a un pradera con dos aberturas en el suelo y otras dos en el cielo, en medio varios jueces decidiendo por cuál debía entrar cada alma según sus pecados. Tras mil años de viaje las almas salían por la otra abertura y se saludaban con otras en una fiesta que tenían montada en la pradera durante siete días seguidos,  donde “unas contaban sus aventuras gimiendo y llorando al recordar los males de toda índole que habían sufrido y visto sufrir en su viaje subterráneo, viaje de mil años de duración, y, a su vez, las que venían del cielo hacían el relato de placeres deliciosos y espectáculos de una belleza infinita”. Por alguna misteriosa razón Er no bebió agua del Leteo —el río del olvido— a diferencia de otras almas y pudo volver a su cuerpo, justo cuando estaba ya en la pira a punto de ser incinerado.

Demonios haciendo una paella con los condenados
Demonios haciendo una paella con los condenados

Hay un término griego para definir esta clase de narraciones, Katabasis, en las que el protagonista desciende a los infiernos para luego volver al mundo de los vivos y contarnos lo que vio. Son tan frecuentes —no sólo en la cultura griega, sino en otras muy distantes— que parece más fácil darse una vuelta por el infierno que adentrarse en una barriada gitana especializada en el narcotráfico. Así tenemos la catábasis de Perséfone, raptada por Hades; la de Orfeo en busca de Eurídice, que modernamente cantó Rilke; la de Heracles en uno de sus doce trabajos; la de Ulises en La Odisea; la de Eneas en La Eneida; Endiku en la epopeya de Gilgamesh; Mahoma tuvo también su viaje al Más Allá y hasta el mismo Jesucristo tiene una catábasis apócrifa, el Evangelio de Nicodemo, en la bajó con tal ímpetu que provocó un terremoto en el séptimo infierno. Incluso historias contemporáneas como la magnífica Apocalipsis Now podrían en cierta forma inscribirse en este género.

Hasta en China hay un ejemplo de ello: La narración de Lo Mou-teng, de finales del siglo XVI. Trata sobre un oficial chino que en una expedición a La Meca llega a la costa de un insólito lugar formado por seres mitad animales y mitad humanos, entre los que se encuentra a su difunta esposa, ahora casada con el Señor de los Muertos. Éste lo invitará a recorrer el infierno, franqueado por un río de sangre cuyo puente sólo puede ser atravesado por quienes han sido buenos. Los malos deberán atravesarlo a nado mientras luchan contra serpientes de bronce y perros de hierro. Tras él se encuentran diez tipos de fantasmas (clasificados como ávaros, derrochadores, suicidas, mendigos o de dientes irregulares, entre otros). Una vez se llega al Palacio del Resplandor Espiritual, ve en su interior diez habitaciones con cada uno de los infiernos, divididos entre purgatorios para gente honorable e infiernos horrísonos para aquellos que hubieran pecado contra alguna de las ocho virtudes confucianistas. En la parte trasera había además otros 18 infiernos. Por lo que parece, uno en el infierno lo pasará mal pero no por falta de espacio.

Si bien todos los infiernos descritos en todas épocas y lugares son… eh… un infierno, hay uno tan rematadamente disparatado que merece una mención especial. Se trata del descrito en El libro de Arda Viraf, perteneciente al zoroastrismo. No se conoce la fecha exacta en que fue escrito, pero se estima que es de la época del imperio sasánida, entre el siglo III y el VII d.C. En él, se narra cómo Arda Viraf es elegido para viajar al inframundo y comprobar así si las enseñanzas del zoroastrismo son correctas. Tras el debido trance inducido por drogas, vuelve con los suyos y describe toda clase de tormentos:

“También vi el alma de una mujer quien estaba suspendida, colgada de sus pechos, en el infierno; y criaturas nocivas rondaban alrededor de todo su cuerpo. Y pregunté así: ‘¿Qué pecado fue cometido por este cuerpo, cuya alma sufre tal castigo?’ Srosh el pío, y Adar el ángel, dijeron así: ‘Esta es el alma de aquella condenada mujer quien, en el mundo, dejó a su propio marido, se entregó a otro hombre  y cometió adulterio.”

No estoy seguro de si esta escena resultará espantosa para todo el mundo, tal vez más de uno encontrase ahí su particular paraíso… Otros tormentos consisten en comer excrementos, tener estacas de madera clavadas en los ojos, pasar la lengua por un horno caliente o que sapos, escorpiones, moscas y gusanos entren por boca, nariz y orificios inferiores. El consuelo de este pestilente infierno es que al menos no es eterno, como otros, ya que cesa con la renovación del mundo.

Semen de demonios salpica las bocas de mujeres atadas boca abajo en el infierno zoroástrico

Según lo descrito por Arda a los sodomitas les espera el empalamiento. A las mujeres infieles beber copas rebosantes de excrementos. A otro que tuvo relaciones sexuales con una mujer que estaba menstruando, se le vertía constantemente en la boca tales líquidos, además de haber tenido que cocinar y comerse a su propio hijo. Caminar descalzo supone como castigo que te arranquen los brazos y las piernas (esto lo veo bien, mira). A una mujer que con su locuacidad atormentaba a su marido le cortaron la garganta para que le saliera la lengua por el cuello. Aquellas que se negaron a complacer sexualmente a sus maridos eran colgadas boca abajo y se salpicaban sus bocas y narices con semen de demonios. Asimismo robar, mentir, matar, ensuciar el agua con inmundicias, no obedecer al gobierno, maquillarse y ahorrar mucho dinero también eran gravísimos pecados que se pagan con toda clase de imaginativos tormentos. Como sospecho que más de un lector que tendrá curiosidad por conocerlos, aquí va un pdf con el libro.

Otro infierno, algo menos obsceno, es el descrito en Las mil y una noches:

“Alá fundó un infierno de siete pisos, cada uno encima de otro y cada uno a una distancia de mil años del otro. El primero se llama Yahannam, y está destinado al  castigo de los musulmanes que han muerto sin arrepentirse de sus pecados; el segundo se llama Laza, y está destinado al castigo de los infieles; el tercero se llama Yahim, y está destinado a Gog y a Magog; el cuarto se llama Sa´ir, y está destinado a las huestes de Iblis; el quinto se llama Sakar, y está preparado para quienes descuidan las oraciones; el sexto se llama Hatamah, y está destinado a los judíos y a los cristianos; el séptimo se llama Hauiyah, y ha sido preparado para los hipócritas. El más tolerable de todos es el primero; contiene mil montañas de fuego, en cada montaña setenta mil ciudades de fuego, en cada castillo, setenta mil casas de fuego, en cada casa, setenta mil lechos de fuego, y en cada lecho, setenta mil formas de tortura. En cuanto a los otros infiernos, nadie conoce sus tormentos, salvo Alá el Misericordioso.”

Esta última frase no es del todo cierta ya que el propio Corán hace una breve descripción de los tormentos que esperan a los pecadores:

(14,19-20. Sura Ibrahim: Vers. de Abraham)
Los que no creen en nuestros signos
les quemaremos con el fuego.
Cada vez que su piel sea ceniza,
le daremos otra para que no deje
de sentir el suplicio.
(78,21-26. Sura An Nabaa: Vers. de la noticia)

Detrás de cada uno de ellos está el Infierno,
donde tendrán como bebida agua mezclada con pus
que beberán a tragos;
pero se les atragantarán en la garganta

(2, 75. Sura Al bacará: Vers. de la vaca)

Y estarán quemados por un fuego ardiente.
Y beberán en un manantial de llamas.
Y no tendrán otro alimento, excepto espinas,
que ni les nutrirá ni apagará su hambre.

El infierno japonés por su parte se llama Jigoku, y su soberano Emma O, que juzga las almas de los hombres —mientras que de las mujeres se encarga su hermana— y los envía en función de la gravedad de sus faltas a alguno de los dieciséis infiernos, ocho de fuego y otros ocho de hielo. Dicho sintoísmo establece además que habrá un gran espejo en el que cada uno podrá ver reflejados sus pecados, un poco a la manera de El retrato de Dorian Grey. Mientras que el Naraka o infierno de los hinduistas está gobernado por Yama y tiene tres puertas —la Lujuria, la Cólera y la Avaricia— y siete habitaciones en las que distribuir a los pecadores según cómo tengan su karma para ser castigados de muy diversas maneras: “unos son arrastrados sobre hachas cortantes; otros están condenados a pasar por el ojo de una aguja; éstos sufren que  un buitre les roa los ojos, aquellos que los cuervos picoteen su cuerpo”.

El infierno de la mitología nórdica tiene una particular belleza poética, al menos según la descripción que hacen de él Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en su Libro del cielo y el infierno:

“El Niflheim o infierno fue abierto muchos inviernos antes de formar la tierra. En medio de su recinto hay una fuente, de donde salen con ímpetu los ríos siguientes: la Congoja, la Perdición, el Abismo, la Tempestad y el Bramido. A orillas de estos ríos, se eleva un inmenso edificio cuya puerta se abre por el lado de la medianoche y está formado de cadáveres de serpientes, cuyas cabezas vueltas hacia el interior, vomitan veneno, del cual se forma un río en que son sumergidos los condenados. En aquella mansión hay nueve recintos diferentes: en el primero habita la Muerte, que tiene por ministerios al Hombre, la Miseria y el Dolor; poco más lejos se descubre el lóbrego Nastrond o ribera de los cadáveres, y más lejana una floresta de hierro en la que están encadenados los gigantes; tres mares cubiertos de nieblas circundan esta floresta y en ella se hallan las débiles sombras de los guerreros pusilánimes. Sobre los asesinos y perjuros vuela un negro dragón, que los devora y los vomita sin descanso y expiran y renacen a cada momento entre sus anchos ijares; otros condenados son despedazados por el perro Managarmor que vuelve a derecha e izquierda su deforme y asquerosa cabeza; y alrededor de Nifleim giran de continuo el lobo Fenris, la serpiente Mingard y el dios Loke, que vigila por la continuidad de las penas impuestas a los malos y a los cobardes.”

El infierno de Dante

De todas las descripciones de lo que nos espera según cómo nos portemos la más minuciosa e imaginativa es sin duda la de La divina comedia, una obra cumbre de la literatura universal. Dante va topografiando palmo a palmo el infierno con la precisión de Google Maps guiándose siempre por las  dos grandes referencias de su tiempo: la cultura grecorromana y el cristianismo.

La narración comienza con el protagonista, Dante, perdido en el bosque tras haber tenido que huir de una pantera, un león y una loba. Allí se le aparece el poeta Virgilio, alma ilustre que vive para la eternidad en el limbo, que ha recibido el encargo de la amada de Dante —Beatriz, que vive allá en lo alto haciéndole compañía a Dios— de que lo guíe por a través de todos los niveles del infierno, el purgatorio y el cielo para que ambos puedan reunirse de nuevo.

Una vez traspasadas las puertas del infierno, en el vestíbulo, Dante y Virgilio se cruzan con las almas en pena que no han sido admitidas ni en el cielo ni en el infierno. De natural envidioso del destino de otras, vagan desnudas siendo aguijoneadas eternamente por mosquitos y avispas, cuya sangre mezclada con sus lágrimas era recogida a sus pies por asquerosos gusanos. Mejor no ir con sandalias por ahí. Pronto llegan al río Aqueronte, donde un barquero de nombre Caronte lleva a las almas al otro lado a cambio de una moneda. Puesto que Dante no está muerto el barquero se niega a ayudarle a cruzar el río. Ahí es cuando un pollo de goma con polea podría haber sido de gran utilidad, pero el narrador prefiere desmayar a su protagonista y hacerlo despertar en el otro lado, sin dar mayores explicaciones.

Virgilio le muestra entonces el primer círculo del infierno (ya que al igual que todo el universo en su conjunto, el infierno se organizaba por círculos superpuestos) que es el Limbo. Allí viven los niños que no han sido bautizados y hay que estar atento porque se ven también muchas celebridades: los hombres ilustres de otros tiempos previos al cristianismo. No se está nada a disgusto en este lugar, aunque la pena de todos ellos es vivir con un deseo sin esperanza.

Siguiendo el camino se llega al segundo círculo, donde se halla a Minos, juez del infierno que rechinando los dientes juzga a cada alma y según las vueltas que de a su cola las envía a uno u otro círculo del infierno, dependiendo de la gravedad de sus pecados. Tras él se llega a un lugar que está a oscuras y donde vagamente puede el ojo ver torbellinos que arrastran eternamente en vuelo a los pecadores carnales. Entre ellos encuentra a personajes destacados de la Florencia de la época (de la que Dante fue desterrado por rivalidades políticas), circunstancia que se repetirá en cada uno de los lugares que van visitando. El autor de La divina comedia parece encontrar cierto placer en imaginarse a sus enemigos sufriendo tormentos eternos.

Tras él, en el tercer círculo, bajo una fría lluvia que no cesa jamás sufren sus penas los glotones, que viven atemorizados por Cancerbero, una bestia de tres fauces y muy mal carácter que no tiene nada que envidiarle a Plutón, feo como él solo y encargado del cuarto círculo, donde avaros y manirrotos reciben su castigo por no haber sabido gastar razonablemente en vida teniendo que luchar entre ellos tirándose fardos.

En el quinto círculo se llega a la Laguna Estigia, de aguas estancadas y malolientes, como todas las que pueden encontrarse en el infierno, por otra parte. Bajo la superficie pueden verse a los iracundos peleándose unos con otros, mientras los melancólicos a su lado hacen gárgaras. Tras cruzar la laguna se llega a la ciudad de Dite o de Lucifer, también conocida como “La ciudad del dolor”. Ante la negativa de los demonios a abrirles las puertas a Dante y Virgilio, éste debe solicitar apoyo aéreo, que un rato más tarde se aparece en forma de ángel y les allana el camino. Como al profundizar en el infierno cada paso es peor que el anterior, lo siguiente en aparecer son las Furias y Medusa, una Gorgona cuyos cabellos son serpientes cuya mirada te deja de piedra.

El bosque de los suicidas, también habitado por arpías

Pero el viaje debe continuar y en el sexto círculo llegamos a un cementerio, donde se encuentran a los herejes enterrados de cintura para arriba. A partir de aquí ya nos encontramos a lo peor de lo peor: almas por las que Dante deja de sentir compasión, tales son las maldades que cometieron en vida. Al comienzo del séptimo se halla el minotauro, al que Virgilio encabrona soltándole una burla, por lo que ambos deben huir corriendo de su envite hasta que llegan a un río lleno de sangre, donde se ahogan aquellos que fueron violentos contra el prójimo. En torno a él corren centauros armados con arcos, vigilando que ningún alma se acerque a la orilla.

Cerca de allí ven un bosque, en el que los árboles son en realidad almas de suicidas y tras él, un desierto en el que llovían copos de fuego sobre las almas de aquellos que insultaron y desafiaron a Dios. Encaja mal las críticas, por lo que se ve. La pareja protagonista continuó su camino hasta que Virgilio tuvo que emplear una cuerda que llevaba Dante encima para poder bajar por una zona muy escarpada, hasta llegar a un monstruo volador llamado Gerión, que los ayudará a llevándolos en vuelo al octavo círculo.

Dividido en diez fosos vigilados por demonios con látigos, allí penan los fraudulentos de toda clase: aduladores sumergidos en estiércol; acusados de simonía enterrados cabeza abajo con los pies ardiendo; adivinos con la cabeza del revés, caminando de espaldas en castigo a su pretensión en vida de ver el futuro; falsificadores llenos de pústulas malolientes; corruptos que traficaron con cargos públicos sumergidos en una resina hirviente, que en cuanto asoman cabeza a la superficie algún demonio les pincha con un arpón; hipócritas que cargan con capas de apariencia dorada pero que en su interior son de pesado plomo… en fin, de todo se encuentran por ahí, hasta a un navarro, al que tienen particular interés en atormentar unos demonios que usan sus anos como trompetas.

Y por último, en el centro mismo de la Tierra, el noveno y último círculo. Tres gigantes, que representan a la estupidez, la rabia y la vanidad son los guardianes del lugar y uno de ellos les ayudará a llegar al lago helado, llamado Cocito. En este lago se encuentran atrapados aquellos que han cometido el peor de los males, que es la traición. A medida que van caminando, Dante descubre de dónde proviene el frío viento que congela el lago: de las alas del mismísimo Lucifer, el emperador del doloroso reino. Tres cabezas tiene este gigante —negra, blanca y amarilla, como las razas humanas que habitaban la Tierra— y con cada una de esas bocas mastica a los tres mayores traidores de la historia: Casio, Bruto y Judas.

Escalofriante. Creo que todo esto que hemos descrito puede definirse sin temor a exagerar como auténticamente dantesco. Todos los infiernos son a cada cual más horrible, así que no se ocurre mejor opción que postergar la muerte todo lo posible y cruzar los dedos para que el verdadero Averno al que acaben yendo nuestras almas descarriadas sea el del pastafarismo, en el que hay volcanes de cerveza hasta donde alcanza la vista, aunque a diferencia del Paraíso, esté caliente y sin gas.