Borre solo este recuerdo, por favor

¡Olvídate de mí! (2004). Imagen: TriPictures .

En la película ¡Olvídate de mí! (Eternal sunshine of the spotless mind), Joe, el protagonista encarnado por Jim Carrey, descubre aterrado que su novia se ha sometido a un procedimiento para borrarle de su memoria. El procedimiento parece altamente específico, porque solo han desaparecido los recuerdos sobre Joe mientras que el resto permanecen intactos. ¿Quién no ha deseado alguna vez borrar una experiencia concreta? Este deseo se vuelve necesidad en los casos de trastorno por estrés postraumático (TEPT) en los que los recuerdos de una experiencia dolorosa y perturbadora como una violación o un atentado terrorista aparecen de forma recurrente. Recientemente, un equipo de investigadores ha conseguido borrar recuerdos de forma selectiva en neuronas de la babosa Aplysia. De forma natural, la estimulación del sifón, el órgano respiratorio de las babosas, produce una contracción de la branquia. En este experimento estimularon de forma repetida el sifón de la babosa, produciendo un efecto de sensibilización: la contracción de la branquia era cada vez más intensa. Además, este incremento se mantuvo en el tiempo, así que la babosa había creado un recuerdo. Más tarde, los investigadores bloquearon una proteína específica en las neuronas que codificaban ese recuerdo y cuando volvieron a estimular el sifón, la babosa respondió como si no la hubieran estimulado previamente, es decir, como si no tuviera el recuerdo. Lo más sorprendente es que los investigadores fueron capaces de eliminar este recuerdo sin afectar a los demás. Para los humanos, disponemos de terapias muy eficaces que permiten que las personas que sufren TEPT puedan seguir adelante, pero aún no sabemos eliminar por completo sus recuerdos traumáticos. Por eso, antes de borrar su recuerdo debe comprender que hay varias razones por las que es muy difícil que no quede ni rastro de una experiencia ya almacenada.

Conocemos procedimientos que pueden provocar que una persona no pueda recordar lo que le ha pasado recientemente o incluso lo que le pasó hace un par de años. El mejor ejemplo de este procedimiento es el famoso paciente HM. Este paciente fue sometido a una cirugía para aliviar las crisis epilépticas que sufría desde hace años y que le incapacitaban en sus actividades de la vida diaria. La cirugía logró disminuir sus crisis pero tuvo un resultado inesperado: HM perdió la capacidad de aprender o almacenar experiencias nuevas, es decir, vivió durante el resto de su vida con una profunda amnesia anterógrada. Brenda Milner, la neuropsicóloga que le evaluó durante más de cuatro décadas, tenía que presentarse día tras día porque el paciente HM no lograba crear un recuerdo sobre ella. Además, este paciente también sufrió amnesia retrógrada ya que perdió, aproximadamente, los recuerdos sobre los últimos cinco años anteriores a la cirugía. Lo llamativo es que los recuerdos más antiguos permanecieron intactos: no olvidó quién era, a qué se dedicaba o dónde pasó su infancia. Someterse a este método para olvidar a tu expareja, por ejemplo, supondría no solo perder este recuerdo, sino también perder todo lo ocurrido durante los últimos cinco años, incluida la decisión de querer olvidar.

Imagen 1. Amnesia retrógrada y anterógrada.

Existe un patrón de deterioro con el que lamentablemente estamos más familiarizados y que también produce un borrado de los recuerdos: la enfermedad de Alzheimer. En esta devastadora enfermedad las personas también pierden la capacidad de aprender cosas nuevas y, por ejemplo, no recuerdan a personas que les presentaron hace poco. Además, van sufriendo una progresiva amnesia retrógrada perdiendo los recuerdos más recientes —por eso no reconocen a sus nietos— y posteriormente los más remotos. Tomando el caso del paciente HM y la pérdida de memoria en la enfermedad de Alzheimer llegamos a la posición de salida en la misión de borrar un recuerdo, ya que lo que tienen en común estos dos trastornos aparentemente distantes es una región del cerebro llamada hipocampo.

—De acuerdo, pues llévame al hipocampo para que busque este maldito recuerdo y terminemos con esto.

—La visita guiada está incluida en el precio. Pase por aquí.

Imagen 2. Localización del hipocampo.

—Un momento, ¡aquí no está mi recuerdo! Pero… Si el paciente HM perdió todos esos recuerdos cuando le extirparon el hipocampo, ¿será porque estaban almacenados en esta región y no en otra?

—No exactamente. Quizá lo entienda mejor si asiste a la creación de un recuerdo. Hoy vamos a crear el recuerdo de la película Star Wars. Episodio V: el Imperio contraataca.

Aparentemente en el cerebro hay tantas neuronas como estrellas en la Vía Láctea y, de hecho, asistir a la creación de un recuerdo desde nuestra posición —el hipocampo— se parece a estar en un observatorio astronómico. Si en este momento abrimos el techo del observatorio y con el telescopio dirigimos nuestra mirada a diferentes poblaciones de neuronas podremos buscar cuál de ellas se está encargando de crear el recuerdo de la famosa escena entre Darth Vader y Luke Skywalker. Pronto nos damos cuenta de que la escena está algo dispersa: un grupo de neuronas trabaja para representar los aspectos visuales de la escena, otra población no necesariamente cercana se está encargando de procesar los sonidos, otra algo más lejana nuestra sensación de sorpresa… Sabemos que esto no se parece a un recuerdo, cuando uno recuerda la película que estuvo viendo anoche recuerda escenas integradas y no un conjunto fragmentario de los distintos aspectos de la experiencia. Decepcionados, dejamos de mirar por el telescopio y justo en ese momento nos damos cuenta de qué es lo que está ocurriendo en el hipocampo: varias neuronas de esta región están apuntando a cada una de esas poblaciones neuronales intentando ligar los distintos aspectos de la experiencia (Ver Imagen 3A).

Imagen 3. El papel del hipocampo durante la consolidación.

De esta manera aunque el hipocampo no contenga el recuerdo, sí contiene el mapa de reconstrucción de ese recuerdo y, si nos preguntan qué película vimos anoche, las neuronas del hipocampo podrán apuntar y activar de nuevo a las poblaciones que representaron los aspectos visuales, auditivos y emocionales necesarios para orquestar el recuerdo de esa experiencia. Esta es una de las razones por las que es difícil borrar un recuerdo: el recuerdo no sólo depende del hipocampo sino que está distribuido por varias regiones cerebrales indirectamente conectadas por el hipocampo. Por eso HM no pudo recordar a las personas que conoció después de la cirugía, porque al perder el hipocampo, perdió la posibilidad de ligar o crear un mapa sobre la configuración y distribución de esa experiencia en el cerebro.

—Vale, pero algo no me cuadra. Si sin el mapa del hipocampo no puedes ligar las nuevas experiencias, tampoco puedes recuperar las que ya tenías almacenadas. Es como si tu cerebro no supiera dónde las ha puesto. Pero antes has dicho que HM mantuvo los recuerdos remotos, que solo perdió los últimos 5-7 años. ¿No debería haber perdido todos sus recuerdos al carecer del mapa para reconstruirlos?

—Es que otro factor a tener en cuenta para borrar un recuerdo es su antigüedad.

En otros trastornos que también afectan a la memoria como en la enfermedad de Alzheimer, los recuerdos recientes parecen perderse antes que los recuerdos más antiguos. El psicólogo francés Théodule Ribot en 1881 escribió que «la destrucción progresiva de la memoria sigue una ley: avanza progresivamente desde lo inestable hasta lo estable» y, efectivamente, cuando creamos un recuerdo su configuración es frágil e inestable y por lo tanto más sensible a factores disruptivos como el daño cerebral o la interferencia. Por esta razón, nuestros abuelos recuerdan con pelos y señales sus anécdotas sobre la mili mientras que olvidan dónde han puesto las gafas o cómo se llamaba el nuevo vecino. Este proceso que fortalece y estabiliza las huellas de memoria con el tiempo es la consolidación, y probablemente va a ser otro obstáculo en nuestra misión de borrar un recuerdo.

Si volvemos al hipocampo y abrimos de nuevo el techo del observatorio veremos frecuentes fogonazos o reactivaciones de las mismas poblaciones de neuronas que estuvieron activas en el momento de la experiencia —es decir, cuando estábamos viendo Star Wars—. Esta reactivación sucede cuando recordamos o reexperimentamos el episodio, pero también espontáneamente cuando dormimos o estamos despiertos sin hacer nada en concreto. El cerebro utiliza este mecanismo de reactivación para rebobinar varias veces la información y fortalecerla. La RAE define la palabra rebobinar como «hacer que un hilo o cinta se desenrolle de un carrete para enrollarse en otro», y precisamente eso es lo que ocurre: la reactivación permite que ese recuerdo inicialmente inestable se fortalezca y se independice del hipocampo para depender de otras regiones (ver Imagen 3B). Cuando el recuerdo se consolida no necesita del índice o mapa que estaba codificado en las neuronas del hipocampo y que lo mantenía unido cuando aún era un recuerdo reciente. Gracias a este mecanismo el paciente HM conservó los recuerdos remotos, porque que ya no dependían del hipocampo para orquestar la reconstrucción del recuerdo. Lamentablemente, aquellos recuerdos que aún no habían sido estabilizados perdieron el mapa para ser reconstruidos.

La consolidación se produce progresivamente, así que en el peor de los casos nos encontraremos buscando un recuerdo que ya se haya independizado del hipocampo. Sobre cómo se hace esta mudanza a otras regiones aún sabemos poco, pero uno de los mecanismos de consolidación mejor estudiados es el que sucede durante el sueño. El sueño no es un fenómeno uniforme, sino que pasamos por diferentes fases en las que nuestro cerebro muestra diferentes tipos de actividad. La fase que se ha vinculado con la consolidación es el sueño de ondas lentas. Una de las fuentes generadoras de estas ondas lentas es la corteza prefrontal y la reducción de estas ondas se ha asociado a una disminución del recuerdo. Es frecuente escuchar a personas mayores informar de que cada vez duermen menos y, de hecho, esta reducción es mucho más severa en personas con deterioro cognitivo leve —la antesala de la demencia— y la enfermedad de Alzheimer. Precisamente la corteza prefrontal es una de las regiones en las que antes se deposita el beta-amiloide, una sustancia que está presente en el cerebro de las personas sanas pero que en las personas con enfermedad de Alzheimer se deposita de forma patológica, creado placas que impiden la comunicación entre las neuronas. En un interesante estudio, observaron que cuanto mayor era la acumulación de beta-amiloide en la corteza prefrontal, más alterado estaba el sueño de ondas lentas y el recuerdo a la mañana siguiente. La conclusión a la que llegaron los investigadores es que la interrupción de la comunicación entre el hipocampo y la corteza prefrontal durante el sueño estaba impidiendo a las personas mayores la consolidación de sus recuerdos.

Imagen 4. Corteza prefrontal.

La corteza prefrontal es una región altamente conectada a otras regiones sensoriales, motoras o emocionales y por lo tanto es una buena candidata para asumir parte del papel del hipocampo como integrador de diferentes aspectos del recuerdo. Llegados a este punto, podríamos pensar que borrar un recuerdo puede ser difícil dado que está distribuido por varias regiones cerebrales, pero eliminar su acceso parece relativamente sencillo: si es un recuerdo reciente, bastaría con eliminar las neuronas del hipocampo que albergan el mapa de reconstrucción, y si es un recuerdo remoto, podríamos aplicar la misma estrategia sobre las neuronas de la corteza prefrontal. De hecho, hasta ahora parece que el hipocampo mantiene los recuerdos en cuarentena hasta que progresivamente se van estabilizando y migrando a la corteza prefrontal. Sin embargo, un estudio llevado a cabo con roedores ha desafiado esta visión usando técnicas optogenéticas que permiten activar o desactivar de forma controlada determinadas neuronas. Este estudio revela que cuando tenemos una experiencia se crean dos copias del recuerdo simultáneamente: una en el hipocampo para su uso inmediato y otra en la corteza prefrontal a modo de copia de seguridad que, si se estabiliza, puede ser utilizada mucho más tarde. Durante los primeros días los roedores parecían utilizar la copia del hipocampo, pero conforme pasaba el tiempo estas neuronas se iban silenciando para ser relevadas por las neuronas de la corteza prefrontal. Al igual que pasaba con la acumulación de beta-amiloide y la reducción del sueño de ondas lentas en seres humanos, si a estos roedores les interrumpían la comunicación entre el hipocampo y la corteza prefrontal durante la consolidación, esa copia de seguridad no maduraba los suficiente para ser funcional.

Cuando hablamos de recuerdos, casi siempre nos referimos a experiencias concretas que ocurrieron en un momento y lugar determinados. Por ejemplo, tu última visita al dentista o las vacaciones en la playa durante el verano pasado. Estos recuerdos conforman nuestra memoria episódica, es decir, nuestra memoria para eventos o acontecimientos que conservan los detalles sobre el momento y el lugar en el que fueron adquiridos. Sin embargo, gran parte de nuestro conocimiento se asienta sobre los significados de las cosas y para saber qué es una naranja o qué es la lluvia no necesitamos pensar en la última naranja que nos comimos o en todas y cada una de las veces que hemos visto la lluvia caer. Estos recuerdos son diferentes a los recuerdos episódicos y conforman lo que llamamos memoria semántica. Para saber lo que es la lluvia no necesitamos recrear un episodio en concreto, y por eso el hipocampo no resulta imprescindible para acceder a esta información. De hecho, el paciente HM era capaz de completar crucigramas y entender conversaciones sin ningún problema. Aunque aún hay cierto debate sobre este asunto, parece que los conceptos y el significado de las cosas se adquieren mediante la acumulación de episodios. El proceso de consolidación hace que los recuerdos episódicos se estabilicen pero también que se conecten con otros episodios que contienen elementos similares. Así, acumulando episodios de días lluviosos creamos el concepto de lluvia. Poco a poco se difuminan las experiencias concretas y crece, como una enredadera, la compleja red de conocimiento semántico que poseemos sobre el mundo; hasta el punto en el que uno no recuerda cuándo aprendió lo que significa la palabra «llover» ni cuántas experiencias con la lluvia han dado lugar a ese concepto.

Recopilando, un recuerdo está sembrado en diferentes regiones cerebrales. Estas regiones cerebrales se conectan entre sí gracias a un mapa de la distribución de la experiencia que alberga el hipocampo y a otro mapa que tarda algo más en madurar en la corteza prefrontal. La letra pequeña de este servicio de borrado de recuerdos dice que es muy difícil extirpar completamente un recuerdo dada su dispersión, su progresiva mudanza a otras regiones, y el efecto que haya podido ejercer al enredarse con otros recuerdos que poseen elementos similares en la memoria semántica.

—¿Alguna vez llovió estando con su expareja? Porque quizá haya afectado a lo que piensa usted sobre la lluvia en general.

—Me temo que sí. Estuvimos viviendo en Santander.

—Bueno, pues si aún sigue interesado, necesito que firme aquí abajo.

He leído y acepto los términos y condiciones del borrado de recuerdos.

Este artículo ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2017

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Fuentes:

  • Antony, J. W. et al. (2017). «Retrieval as a fast route to memory consolidation». Trends in Cognitive Sciences.
  • Frankland, P. W., & Bontempi, B. (2005). «The organization of recent and remote memories». Nature Reviews Neuroscience, 6(2), 119-130.
  • Hu, J., et al. (2017). «Selective erasure of distinct forms of long-term synaptic plasticity underlying different forms of memory in the same postsynaptic neuron». Current Biology.
  • Kitamura, T. et al. (2017). «Engrams and circuits crucial for systems consolidation of a memory». Science, 356(6333), 73-78.
  • Mander, B. A. et al. (2015). «Beta-amyloid disrupts human NREM slow waves and related hippocampus-dependent memory consolidation». Nature Neuroscience, 18(7), 1051-1057.


Neurociencia de la tortura

Fotografía: JP Davidson (CC)
Fotografía: JP Davidson (CC)

Las historias de ficción, en el cine, la literatura y la televisión, nos enfrentan a las contradicciones reales que implica la práctica, más o menos oculta, de la tortura en nuestras sociedades, obligándonos como espectadores pero también como ciudadanos a cuestionarnos su validez y su permisividad. Estas ficciones, en las que a menudo se manipula emocionalmente al espectador, suelen instarnos a elegir entre unos principios morales que creemos incuestionables y la posibilidad de salvar las vidas de un grupo incierto de personas inocentes. Generalmente todo suele salir bien, la tortura se mantiene dentro de los límites de lo aceptable, a menudo basta con la amenaza, y el prisionero confiesa dónde han puesto la bomba y entrega a sus secuaces. Pero la realidad no suele ser así. Nunca es así.

Estos días, en los que aún estamos conmocionados por los recientes atentados en París y la escalada de alarma y peligro que han conllevado en nuestro entorno, se alzan las voces que piden medidas excepcionales para hacer frente a la amenaza terrorista: declaraciones de guerra, cambios en los códigos penales, restricción de derechos civiles, bombardeos preventivos o de castigo y un largo etcétera. El uso de la tortura con el fin de obtener información que permita evitar atentados o perseguir células terroristas es uno de estos límites, un límite marcado claramente por la Declaración de Derechos Humanos y otros convenios y que, sin embargo, ha sido ignorado y pisoteado repetidamente en situaciones como las que hoy vivimos.

Es necesario alertar de los peligros que implican para los ciudadanos, para nuestro Estado de derecho y para las libertades que son nuestro principal patrimonio, prescindir a conveniencia de nuestros principios éticos. También la ciencia, pese a que algunos aún la consideren como una mera herramienta, puede y debe participar en este debate en el que se ve inmersa nuestra sociedad, aportando argumentos y reflexiones, así como sus herramientas más valiosas, la objetividad, el espíritu crítico y el análisis y la contrastación de los datos. Veamos, por tanto, qué pueden decirnos sobre la tortura y su pretendida efectividad —principal argumento de quienes la defienden— los estudios realizados desde el campo de la neurociencia, ese área de la ciencia especializada en el sistema nervioso y, por tanto, en el cerebro.

En diciembre de 2014 se hizo público el resumen de una investigación impulsada por el Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre las prácticas de tortura cometidas por la CIA en los primeros años de esta llamada guerra contra el terror. Las conclusiones son espantosas y aunque solo se ha hecho público un sumario de quinientas páginas de las más de seis mil del informe, el extracto asegura que se torturó a más personas y de forma más brutal de lo que se había admitido hasta entonces, que la CIA manipuló a la opinión pública y a la prensa, engañó al poder legislativo y que, en contra de algunas declaraciones interesadas, de todo ello no salió ninguna información provechosa, nada. Además, la reputación internacional del país quedó gravemente dañada, el incumplimiento de los tratados internacionales, patente, y las posibilidades de ser un agente principal para una evolución positiva en el mundo islámico quedaron prácticamente anuladas. Una lección que los defensores de «el fin que justifica los medios» no deberían olvidar.

No hay estudios científicos, es decir, realizados en un entorno controlado y siguiendo las pautas establecidas para poder contrastar resultados, sobre la tortura. La ética lo impide, incluso si hubiera voluntarios. Desgraciadamente hay numerosas víctimas en las que se han podido explorar sus efectos físicos y psicológicos y también se han dedicado muchos esfuerzos a estudiar la tesis de si la tortura produce información veraz y si esta práctica terrible es realmente más eficaz que un interrogatorio normal. Estas son las principales conclusiones:

El cerebro torturado no funciona con normalidad

Los neurocientíficos saben que el sistema nervioso central reacciona al miedo, al estrés, al dolor, a las temperaturas extremas, al hambre, a la sed, a la privación de sueño, a la privación de aire, a la inmersión en agua helada, es decir, a todas las prácticas asociadas a la tortura. El estrés prolongado provoca una liberación excesiva de hormonas como el cortisol. Estas hormonas dañan el hipocampo —una estructura cerebral clave para codificar y recuperar memorias—, incrementan el tamaño de amígdala —otra zona cerebral que une un componente emocional a la memoria, dirige la atención y se comunica con otras regiones cerebrales— y afecta negativamente a la corteza prefrontal —que se encarga de la toma de decisiones, el juicio y el control ejecutivo—. Estas intervenciones generan problemas en la memoria, alteran el ánimo y nublan  la claridad mental y la toma de decisiones racionales.

Los torturadores esperan destruir la resistencia de la persona y obtener información fiable de un sujeto que no desea colaborar, pero el cerebro del sujeto está alterado en algunas de sus funciones básicas, con lo que es lógico suponer que su capacidad de proporcionar información fiable está gravemente alterada también.

Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)
Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)

La tortura altera los recuerdos

Con frecuencia el dolor y el estrés afectan al proceso de consolidación de lo que el detenido ha visto y vivido, es decir, distorsionan su memoria, haciendo que se incapaz —incluso aunque lo desee de recordar aquello sobre lo que se le pregunta. Las víctimas privadas de dormir están desorientadas y confusas y pueden convencerse a sí mismas de lo que los interrogadores están sugiriendo, creando pistas falsas. El sistema de muchos interrogatorios, repetir y repetir una historia bajo condiciones de estrés, es uno de los métodos más eficaces para introducir falsos recuerdos entre las memorias reales. Una investigadora lo comprobó con un grupo de personas, convenciéndoles de que siendo niños se habían perdido en un centro comercial. Comenzó diciéndoles, individualmente y de forma casual, que uno de sus padres se lo había comentado, después sugirió que imaginaran cómo podría había sido. Tras varias sesiones, un tercio de los voluntarios eran capaces de «recordar» cómo había sido esa experiencia que nunca existió.

La tortura pierde eficacia rápidamente

El dolor es un mecanismo de defensa que sirve para evitar al organismo un daño mayor. Cuando el daño ya es terrible, el dolor simplemente se apaga, algo que conocen muchas víctimas de un accidente de tráfico. Una tortura demasiado rápida causa normalmente que la persona pierda la sensibilidad o se desmaye. Además, diferentes personas tienen distintos umbrales para el dolor y algunos tipos de dolor enmascaran otros por lo que, aunque suene terrible, no es posible torturar de una forma científica, no hay forma de medirla y mantenerla dentro de unos límites. El torturador avanza a ciegas sobre las sensaciones de su víctima, las distintas sesiones suman abyección pero no avanzan en ningún sentido.

No hay niveles de tortura

Los torturadores lo saben y por eso siguen normalmente dos estrategias: aplicar el máximo dolor que su víctima pueda soportar, yendo al límite casi desde el comienzo y, en segundo lugar, explorar distintas técnicas, distintos tipos de agresión y dolor, intentando localizar las fobias y debilidades específicas de su víctima. Un resultado evidente es que las posibles normas sobre el grado de violencia aceptable se saltan siempre, no hay niveles aceptables de tortura, no hay nunca un uso limitado y medido, hay tortura y punto.

La tortura corrompe a la organización que la realiza y a todos los que participan

Los senadores norteamericanos, ante las conclusiones del informe, quedaron asombrados de la incompetencia de la CIA, con actuaciones que llevarían a la ruina a cualquier ferretería, como no saber dónde estaban las personas bajo su custodia, no atender a las quejas de sus empleados ni llevar a cabo estimaciones fiables del resultado de sus procedimientos. Rejali, un investigador dedicado al tema de la tortura, ha escrito que las instituciones que torturan, sea el ejército francés en Argelia, el ejército argentino en Argentina o la CIA en su lucha contra el terrorismo internacional, disminuyen su profesionalidad al mismo tiempo que hunden su estatura moral.

La tortura degrada también a las personas que colaboran

Un grupo de directivos de la American Psychology Association se asociaron con oficiales de la CIA y el Pentágono para evitar que la principal organización profesional de los psicólogos estableciera normas éticas que habrían impedido o dificultado la participación de estos profesionales en los «interrogatorios coercitivos» de Guantánamo. Tras la colaboración de estos directivos de enorme prestigio con las agencias de defensa existían intereses económicos, algo que ha sido un escándalo dentro de la profesión. Cuando estas actuaciones fueron conocidas, Nadine Kaslow, otra directiva de la APA, declaró que «sus acciones, políticas y falta de independencia respecto a la influencia gubernamental demuestran que no se estuvo a la altura de nuestros valores. Lamentamos profundamente, y pedimos perdón, por el comportamiento y las consecuencias que se derivaron. Nuestros asociados, nuestra profesión y nuestra organización esperaban, y merecían, algo mejor».

La tortura impide la recogida voluntaria de inteligencia

El factor principal, tanto para resolver un asesinato como para hacer caer a una red terrorista, es la cooperación de la población. La tortura rompe la confianza entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad —el respeto y la afección hacia estas últimas disminuye y el miedo no sirve de puente— y hace que lo que antes era una investigación normal, bajo un paraguas de colaboración y reconocimiento mutuo, sea ahora mucho más difícil y mucho menos provechosa.

Las víctimas de la tortura aportan información que casi nunca es fiable

Información que además para los servicios de inteligencia es muchas veces contraproducente, haciéndoles gastar tiempo, dinero y recursos humanos y materiales en callejones vacíos y pistas falsas. Los prisioneros rápidamente aprenden que cuando hablan no les tienen la cabeza debajo del agua; es decir, hablar significa menos sufrimiento. Por lo tanto, hay que hablar a toda costa y no importa si lo que se dice es cierto o no lo es. Algunos detenidos intentarán dirigir a los torturadores hacia antiguos enemigos suyos, muchos mentirán y dirán cualquier cosa con la esperanza de que la tortura termine. El informe del Senado encontraba numerosos casos en ese sentido. De hecho, cuando el interrogado daba información veraz, a menudo no era creído, algo que le pasó al senador John McCain, uno de los impulsores del informe, cuando fue prisionero de guerra en Vietnam del Norte. Los estudios realizados demuestran que las agencias torturadoras son incapaces de distinguir la información falsa de la fiable.

La tortura daña la causa del torturador

La disonancia cognitiva necesaria para infligir daño conscientemente a un semejante desarmado genera unos síntomas parecidos a los del trastorno de estrés postraumático. Según el libro None of Us Were Like This Before (Verso, 2010) de Joshua Phillips, muchos de los veteranos estadounidenses que realizaron torturas en Irak experimentaron una intensa culpa, cayendo un alto porcentaje en el consumo de drogas. Los ingleses que torturaron en Irlanda del Norte también declararon que lo que habían hecho estaba mal, con lo que ello implicaba de caída de la moral y confianza en la propia causa.

Un prisionero Viet Cong aguarda al interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
Un prisionero Viet Cong aguarda el interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)

Muchos torturados son inocentes

Un estudio del programa Phoenix, un proyecto de la CIA bajo cuyo amparo se torturó y asesinó a miles de personas durante la guerra de Vietnam, encontró —según Ryan Cooper— que por cada guerrillero del Viet Cong torturado se torturó a treinta y ocho inocentes. Otros estudios han encontrado que la proporción era incluso mayor, de setenta y ocho a uno.

La tortura es en ocasiones una vía hacia el enriquecimiento personal

No solo tenemos el caso de los directivos de la APA que mencionábamos anteriormente. Los responsables sudvietnamitas del proyecto Phoenix eran a menudo burócratas incompetentes que se lucraron con las pertenencias de sus víctimas, dándose casos en los que incluso aceptaron sobornos para liberar a detenidos que sí eran realmente miembros del Viet Cong. Algunos militares argentinos obligaban a los secuestrados bajo su custodia a firmar contratos de compraventa de sus propiedades a su favor. La tortura es el negocio del torturador.

Por todo ello, más allá del ataque frontal contra los principios y valores sobre los que hemos construido todo aquello que hoy queremos defender, la tortura es un método burdo y de malos resultados para obtener información. Las fuentes de error son sistemáticas e imposibles de erradicar. Las memorias verídicas se borran, se distorsionan y se alteran por culpa de la propia tortura. Se ha llegado a decir que disparando al azar en una multitud hay más posibilidades de acertar a un enemigo que siguiendo las pistas obtenidas con la tortura de un detenido.

Así, más allá de los estudios científicos pero reforzados por estos, la perspectiva que nos proporcionan los últimos catorce años de lucha contra el terrorismo islámico nos dice claramente que en ningún caso debemos dejar en segundo plano los valores éticos y morales que nos constituyen como sociedad y como individuos, que lejos de sacrificarlos en pro de un bien mayor debemos reforzar nuestro compromiso con los derechos humanos y que la tortura nunca, jamás, es el camino. La tortura está prohibida porque es inmoral, cruel e inhumana, pero además es inútil, mina la autoridad moral de quien la practica, hace avanzar la causa de los terroristas y daña profundamente los estados de derecho.

Para leer más:

  • Childress S, Boghani P, Breslow JM (2014) «The CIA Torture Report: What You Need To Know». Frontline 9 de diciembre. Enlace.
  • Cooper R (2014) «Why torture doesn’t work: A definitive guide». The Week 18 de diciembre. Enlace.
  • Harris LT (2015) «Neuroscience: Tortured reasoning». Nature 527: 35–36.
  • O’Mara S (2015) Why Torture Doesn’t Work: The Neuroscience of Interrogation. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.


La increíble historia de Henry Gustav Molaison

Imagen del documental H.M (2009) del videoartista Kerry Tribe.
Imagen del documental H.M (2009) del videoartista Kerry Tribe.

Corría el año 1953. El republicano Eisenhower tomaba posesión como presidente de los Estados Unidos, mientras Francis Crick y James Dewey Watson elucidaban la estructura helicoidal del ADN a partir de unas fotos de Rosalind Franklin que Maurice Wilkins mostró sin permiso a los descubridores del hallazgo más importante de la historia de la biología molecular. Ese año el campeón del mundo Rocky Marciano derrotaba por K.O. en el primer asalto a Joe Walcott, y los entonces Minneapolis Lakers ganaban el anillo de la NBA endosando un rotundo 4 a 1 a los New York Knicks.

Por aquel entonces, Henry Gustav Molaison ya no lograba llevar una vida normal como consecuencia de sus frecuentes y temibles ataques epilépticos.

Henry era un chico normal, de una familia normal, en una ciudad normal. La ciudad de Hartford en Nueva Inglaterra no era un mal sitio para vivir en esos años dorados. Los profusos bosques del estado de Connecticut envolvían la pequeña ciudad, mientras Henry ayudaba a sus padres con la compra, cortaba el césped o rastrillaba las hojas secas de los árboles del jardín, como un chico más de las familias acomodadas del barrio residencial en el que vivía.

Pero las cosas no iban bien desde hacía unos años. Henry daba paseos en su bicicleta por los alrededores de Hartford y de East Hartford, como cualquier niño de nueve años de una pequeña ciudad norteamericana. Pero Henry tuvo una desafortunada caída a esa edad que le dejó cinco minutos inconsciente. A partir de ese momento el joven Henry empezó a padecer crisis epilépticas, al principio leves, aunque con el tiempo se tornaron cada vez más terribles y agresivas. A los dieciséis años los ataques eran dramáticos e incontrolables. Ningún medicamento de la época era capaz de paliar las fuertes convulsiones. En 1953, cuando Henry tenía veintisiete años, ya estaba incapacitado incluso para trabajar. Las crisis eran extraordinariamente severas y frecuentes.

Pero todo cambió ese año.

Fue derivado al hospital de Hartford. A partir de entonces las vidas del doctor William Beecher Scoville y de Henry estarían unidas para siempre. El doctor Scoville, reputado neurocirujano y experto reconocido internacionalmente, decidió practicarle una cirugía experimental en la que extirparía parte de su cerebro.

El diagnóstico del doctor Scoville fue de epilepsia del lóbulo temporal, identificando en esa región el origen de la patología que sufría Henry. El neurocirujano decidió realizar una resecación radical bilateral de los lóbulos temporales mediales, en la que eliminaría el hipocampo, el giro hipocampal, el uncus y la amígdala. Según Scoville, sugirió esta operación por las conocidas capacidades epilépticas del uncus y del complejo hipocampal.

La operación se realizó el 1 de setiembre de 1953 y fue todo un éxito. Tan solo quedaron dos centímetros de su hipocampo, que resultaron atrofiados. Toda la corteza entorrinal, el principal centro de comunicación con el hipocampo, fue también destruida.

Henry no sufrió convulsiones nunca más.

Veinte meses después, Henry fue examinado rutinariamente en el hospital de Hartford. El 26 de abril de 1955, el doctor Karl Pribram sometió al paciente a un examen psicológico. Henry se sentía bien, no había vuelto a tener crisis epilépticas, curiosamente había mejorado en aritmética, y apenas recordaba la operación. Unos minutos después del examen, Pribram volvió a entrar a la habitación. Henry no lo reconoció. Nadie había hablado con él unos minutos antes. Henry seguía teniendo veintisiete años. Seguía siendo 1953.

Henry sufría una profunda amnesia. Alarmado, Scoville decidió recurrir a una segunda opinión profesional. Esa misma noche, los doctores Wilder Penfield y Brenda Milner, de la Universidad McGill en Canadá viajaron en el tren nocturno desde Montreal a Hartford. Ambos realizaron una amplia batería de test psicológicos a Henry. Brenda destacaba su ejemplar comportamiento: «Era un hombre muy gentil, muy paciente y siempre muy dispuesto a realizar las tareas que le ordenábamos, aunque cada vez que me levantaba a pasear por la habitación, me miraba como si nunca me hubiese visto».

La cirugía había eliminado dos terceras partes de su hipocampo.

Ya nunca pudo volver a conocer a nadie. Cada rostro era siempre un nuevo rostro. Cada nombre era siempre un nuevo nombre. Cada lugar era siempre un nuevo lugar. Cada hecho fue siempre un nuevo hecho. No fue consciente de la muerte de sus padres. No era consciente de que había envejecido. No era capaz de reconocer al hombre que le devolvía el espejo. No se reconocía a sí mismo en una fotografía más allá de 1953.

Henry fue sujeto de estudio a partir de entonces. Fue sometido a cientos de pruebas psicológicas, exámenes neurológicos y ensayos científicos. Cada uno de esos test y cada una de estas pruebas fue para él siempre la primera.

La amnesia anterógrada severa que sufría Henry le impedía fijar nuevos recuerdos, aunque sí podía adquirir nuevas habilidades motoras que, por supuesto, olvidaba inmediatamente que había aprendido. Henry era capaz de dibujar una estrella de cinco puntas reflejada en un espejo, podía resolver la compleja tarea de la Torre de Hanói o trazar un mapa bastante detallado de su casa, aunque se mudó de residencia tan solo cinco años después de la operación realizada por Scoville. A Henry le tranquilizaba hacer crucigramas. Resolvía dos crucigramas al día, a veces más. Eso sí, siguiendo en estricto orden la lista de instrucciones y resolviendo solo cuestiones previas al año 1953. Al final de su vida encontraron en una cesta atada a su andador un libro de crucigramas y el bolígrafo que permaneció siempre con él.

Las consecuencias de la ablación bilateral del lóbulo temporal medio del cerebro de Henry fue la primera prueba concluyente de que el hipocampo era la región cerebral implicada en la adquisición de nuevos recuerdos. La amnesia retrógrada graduada temporalmente que presentaba Henry demostró que los recuerdos de la infancia no se almacenan, al menos exclusivamente, en el lóbulo temporal medial.

Henry ayudó involuntariamente a los neurólogos y neurocientíficos de todo el mundo a identificar y comprender las estructuras cerebrales implicadas en la adquisición de nueva información.

Pero Henry seguía siendo un tipo normal. La doctora Milner lo sorprendió una vez sentado en una esquina, ruborizado y murmurando que no pensaba que él fuera interesante y que se quería ir a su casa.

En 1980, con cincuenta y cuatro años, se trasladó definitivamente a la residencia de Windsor Locks, también en Connecticut, donde siguió siendo estudiado y analizado durante los siguientes veintiocho años.

Henry murió el 2 de diciembre de 2008 en Windsor Locks, a la edad de ochenta y dos años. Murió un martes por la tarde a las 17:05 horas. Suzanne Corkin, investigadora del Massachusetts Institute of Technology, pasó varias décadas de su vida estudiando a Henry. Como la veía muy habitualmente, él pensaba que era una compañera del colegio. Suzanne certificó su muerte por insuficiencia respiratoria. Ese mismo martes, la doctora Corkin y su equipo científico trabajaron durante toda la tarde y toda la noche para analizar el cerebro de Henry. Lo analizaron por resonancia magnética, obteniendo multitud de exhaustivas imágenes e información anatómica. El cerebro de Henry fue fotografiado pormernorizadamente, extraído y fijado en formalina para su análisis.

Una vez procesado, el cerebro fue enviado a la Universidad de San Diego, donde fue diseccionado un año después por el equipo del doctor Jacopo Annese, director de The Brain Observatory, y retransmitido por streaming. Durante cincuenta y tres horas ininterrumpidas se realizaron miles de secciones histológicas de unas setenta micras de grosor, de las cuales se seleccionaron dos mil cuatrocientas una para su estudio detallado. De todas ellas, tan solo dos se mostraron claramente dañadas. A partir de las imágenes obtenidas, se ha conseguido construir un mapa tridimensional del cerebro de Henry, a disposición de todos los neurocientíficos del planeta. La reconstrucción virtual del cerebro de Henry tan solo arrojó una pequeña lesión en el córtex orbitofrontal izquierdo.

De esta forma, Henry se convirtió en el individuo más estudiado en la historia de la neurología. En el campo siempre se le conoció como el paciente H.M., y no se reveló su identidad hasta después de su muerte.

Pero murió solo y sin recuerdos. Tal vez murió con la mayor de las soledades del ser humano, que es la de no recordarse ni siquiera a sí mismo. Henry murió a los veintisiete años. No tuvo hijos.

Aunque consiguió mantener un nuevo recuerdo que sí fue capaz de fijar. Supo que el hombre había llegado a la luna. Tal vez fue por su afición a los cohetes espaciales, tal vez por cierta actividad residual de su maltrecho hipocampo, o tal vez porque todavía no hemos alcanzado a comprender la profunda complejidad que esconde nuestro cerebro.


Jose María Delgado-García: «Las ecuaciones de Newton predicen cómo ha de funcionar el cerebro mejor que muchas teorías neurocientíficas»

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José María Delgado-García (1945) estudió medicina y cirugía en Sevilla y tras varios años completando su formación en diferentes centros internacionales regresó a España para fundar el Laboratorio de Neurociencia de la Universidad de Sevilla. Su contribución más importante en el ámbito de las neurociencias es la serie de estudios sobre aprendizaje y memoria, cuya línea experimental es original de su laboratorio y fue reconocida por la revista Science como uno de los diez descubrimientos más importantes del año 2006. El profesor Delgado ha contribuido de manera importante a la formación de varias generaciones de estudiantes españoles y latinoamericanos, ha sido presidente de las Sociedades Españolas de Fisiología y de Neurociencias y por sus contribuciones científicas ha recibido varios premios como el XIII Premio Maimónides de Investigación Científica y Técnica. Nos encontramos con el profesor Delgado en el centro de neurociencias de la Universidad Pablo Olavide y nos invita a entrevistarlo mientras realiza un experimento. La conversación con el profesor Delgado nos presenta a una persona ilustrada, que analiza los problemas desde la pregunta correcta, esa cuestión sencilla que a modo socrático cambia tus creencias y revela el conocimiento. 

Pinker sugiere que existen patrones innatos del pensar y el sentir que acaban con la tabla rasa. Son por tanto nuestros genes, por ejemplo, los que determinan tanto el adulterio como el altruismo. ¿Compartes la posición de Pinker?

Sí que hay patrones innatos. Cuando uno dice que aprende a andar no aprende a andar en sentido estricto. En un año no se puede aprender. La prueba está en que tocar el piano, por ejemplo, que es aparentemente más simple, cuesta veinte años. Hay que tener en cuenta las limitaciones físicas, por ejemplo, con el dedo no se pueden dar más de cinco o siente pulsaciones por segundo, diría. Si alguien compone una obra que suponga tener que hacer esto, no se podrá tocar. Es una limitación física del organismo. Pero el diseño básico del control motor, o la percepción visual,es un programa innato que, en parte, está determinado genéticamente, pero que requiere lo que se llaman periodos críticos de adaptación.

En este sentido, hay un experimento, desarrollado además por españoles, de mediados del siglo XX que demuestra que si se crían ratones en oscuridad total durante un par de semanas después del nacimiento estos ratones luego tienen problemas para detectar colores, formas; tienen cierto tipo de ceguera funcional que depende de un periodo crítico. Igualmente, si uno aprende a hablar inglés a los cuarenta o cincuenta años, salvo el papa (risas), que habla todos los idiomas, pronunciará con un acento más acusado. Es muy difícil hablar con un acento de Oxford o de Texas si uno no lo aprende durante ese periodo crítico, que es ciertamente flexible, aunque limitado en el tiempo. Si se aprende antes de los diez años, pongamos, es más fácil, se adquiere mejor. En edades tempranas se aprende de oído, de adulto se usa otro tipo de percepción, fundamentalmente visual.

En tanto al adulterio… Es más el diseño, cómo se organizan animales sociales, tiene una base también de tipo genético adquirida. Pero no solo  para la especie humana. Si no recuerdo mal, hay varias especies de pájaros que pueden tener relaciones promiscuas, así como poner un huevo o dos, en función de la cosecha. No es un invento de los humanos el que en función de la economía uno tenga uno o dos niños. Son patrones que vienen determinados por las condiciones sociales, económicas, físicas, etc.

Una parte sería por disposición genética y otra ambiental, ¿no?

Exactamente. Lo que pasa es que según la función de que se trate depende más de la carga genética, no todas las funciones son iguales. Un ejemplo: la inteligencia, la capacidad de aprender, tienen una base genética y una parte importante de educación. Si uno no desarrolla determinadas capacidades luego no se pueden adquirir. Pero el carácter es más dependiente de la carga genética del individuo. Es más fácil cambiar de ideología que de carácter. Esto ya lo decía Schopenhauer, referido además a refranes españoles, algo así como genio y figura hasta la sepultura.

Si hubiera diferencias cognitivas entre hombres y mujeres ¿se debería a dimorfismos cerebrales o las causas son multifactoriales?

Hablar de cerebros de hombres y mujeres es hablar de hombres y mujeres. Las mujeres son sus cerebros, igual los hombres. Esa distinción yo no la hago. Parece que hay un dualismo si se habla en esos términos, como si el cerebro fuera una cosa y la persona otra, y no es así. Una persona es su cerebro. De otro modo parece que una persona, además de su cerebro, tiene un alma. Ese dualismo desde el punto de vista neurocientífico no existe.

Hay diferencias de funcionamiento, igual que de tamaño, de resistencia. Pero comparar… Es como decir que las hormigas son más torpes que los elefantes. Establecer diferencias, aparte de que es peligroso, no tiene tampoco sentido. Son por supuesto diferentes, dentro de ciertos límites, igual que de una persona a otra, o de una cultura a otra, no es lo mismo la manera de pensar, de funcionar de un ruso y un chino, por ejemplo. Es muy diferente la  forma de funcionar de estos últimos a la de los occidentales. Ahora bien, esto también tiene mucho componente cultural.

Y las diferencias en el cerebro de los transexuales, según últimos estudios, no se acaba de determinar si los dimorfismos anatómicos son el origen de la identidad de género o es esta la que provoca un cambio.

Es complicado esto, porque en realidad no se sabe. Por un lado se piensa que el cerebro se modifica cada vez que uno aprende. Esto no es nuevo. Ya Ramón y Cajal decía que «El cerebro de un hombre que se plantea una pregunta es diferente del cerebro del hombre que la resuelve». Eso es una manera de verlo. La otra es la del médico. Cómo el médico puede diagnosticar un enfermo de parkinson. Lo diagnostica por los síntomas. ¿Cuáles son? Temblores, lo sabe todo el mundo. Si los cerebros de los posibles pacientes fueran cambiando tanto al final podrían tener síntomas muy diferentes, con lo cual la enfermedad sería muy difícil de diagnosticar; aunque haya diferencias de un caso a otro, hay una parte común. Quiero decir que, por una parte, está más de moda decir que el cerebro es plástico, pero, por otra, el cerebro produce estabilidad de funciones. Uno se reconoce a sí mismo mientras le funciona bien todo, uno sabe cuál es su nombre, dónde vive, lo podemos identificar por su acento, por cómo escribe, pro su estilo, si es del Betis, del Sevilla… y eso no va cambiando cada día.

En el próximo congreso de la Society for Neuroscience, en Washington, vamos a presentar este año una ponencia tratando de demostrar que el paradigma de que el cerebro almacena información mediante la reorganización de los contactos entre neuronas (es decir en las denominadas sinapsis) es falso tal vez. Hemos tratado de hacer una falsación experimental de esa teoría en el sentido de Popper.

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Experimentos como los del doctor Bach y Rita, esto de «ver con la espalda», ¿tiene que ver con la plasticidad?

A Bach y Rita lo conocí, era amigo mío. Vino hace unos doce años, lo invité a nuestro laboratorio, luego murió, era ya mayor. Él lo que hacía era convertir un estímulo visual en pulsos eléctricos. Pero eso no es ver con la lengua o con la espalda. Es sentir. El punto de vista del uno por ciento de los neurocientíficos, donde yo estoy, es que el cerebro es más bien platónico. Está previsto, precisamente por la evolución, qué cosas son las que se pueden hacer y dentro de un cierto rango hay algunas imprevistas, como tocar el piano o hablar en francés, pero no está por ejemplo previsto que podamos volar; para esto hay que usar un avión. El cerebro no necesariamente tiene que cambiar. Físicamente sí, cambia todos los días.

Con la transexualidad, la homosexualidad, etc., se trata de que si tu cerebro es diferente porque eres homosexual entonces está bien, nadie te puede acusar de nada; si tu cerebro es igual que el de tu vecino y te haces homosexual es que tienes un problema, o viene el cura y te dice que es contranatura, lo cual es falso, porque en la naturaleza hay muchos casos de comportamientos que se podrían considerar homosexuales. De lo que no hay casos en la naturaleza es de castidad, no hay ninguna especie, esto sí podría entonces concluirse que es contrario a la naturaleza. Son batallas culturales, no científicas, pero que contribuyen a generar un innecesario sufrimiento en muchas personas.

Hubo un autor, Simón LeVay, que escribió El cerebro sexual. Al parecer, lo escribió porque él era homosexual. Defendía que había unas estructuras nerviosas en el hipotálamo, que eran diferentes entre hombres homo y heterosexuales. En la actualidad hay abierta una considerable controversia más o menos científica en este sentido. Por razones científicas este tipo de historias ni me las creo ni me las dejo de creer, no tengo los datos.

¿Existe, como comentó Tom Wolfe, una tendencia en la neurociencia para extinguir la noción de alma y reemplazarla con la función de un órgano?

Es que la idea de la tabula rasa no funciona, no es que el cerebro aprenda a ver, eso técnicamente es muy difícil, es que además tú te inventas lo que ves. Los colores no están fuera. Incluso la percepción de lo que es una esquina, una sombra, también es inventada. Si yo cierro este ojo, no veo. Sin embargo, nadie es consciente de que parpadea quince veces por minuto y cuando parpadea se cierra el párpado y se deja de ver. En ese momento el cerebro se inventa que sigues viendo. Es otro ejemplo más de que la percepción sensorial se inventa, en parte.

De hecho, te iba a preguntar por cuáles son las razones neurológicas de la supresión de visión postsacádica (.icroceguera transitoria).

Durante el movimiento sacádico (cuando tú pasas de mirar de un sitio a otro), que viene a durar también unos cien milisegundos, aunque el ojo está abierto se está moviendo y no se ve. Si se viera sería terrible, porque tendrías la sensación de que te caes, verías que el mundo se está desplazando.

¿Qué causa neurológica puede haber detrás de esa supresión?

No, causa no. Es un problema de diseño. Conviene que sea así. ¿Por qué es así? Si tuviéramos un ojo como Polifemo, pegado como un sello, uno podría ver, pero qué pasa si muevo la cabeza… Dejo ver. Para ver tengo que estar quieto. ¿Cómo se resuelve eso? Se resuelve, aunque uno no es consciente de eso, dejando de ver. Durante los episodios de vértigo —o cuando se bebe mucho, cuando ves moverse la habitación— lo que pasa es que el ojo se mueve, por eso esa sensación de que todo se mueve, es el ojo el que se mueve. Si lees la novela de Hemingway, la de París era una fiesta, como este era un borrachín, decía que cuando bebía mucho lo que hacía era leer, así se le pasaba la sensación de vértigo, porque fijaba el ojo en las líneas impresas.

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En Neurociencia y derecho penal indicas que «nuestros conceptos actuales de libertad y responsabilidad penal son perfectamente sostenibles con los conocimientos disponibles de la neurofisiología cerebral». ¿Podemos responsabilizar a un pedófilo por su orientación sexual sabiendo que es producto de su herencia genética y de un desarrollo cerebral atípico?

Bueno, ahí hay un problema de culpabilidad y responsabilidad de índole jurídica. El primer problema jurídico que yo entiendo es que para ser culpable uno tiene que ser libre, y para ser libre uno no tiene que depender de su cerebro, porque se supone que el cerebro es una estructura material y las estructuras materiales están predeterminadas. Donde hay que incidir es en el concepto: ¿quién ha demostrado que los espíritus son libres y hacen lo que les da la real gana, sin depender de las condiciones previas? No lo ha demostrado nadie y, sin embargo, todo el mundo asume que esto es así. Si es el alma, es libre. Sin embargo, si es el cerebro el que ha determinado tu estado consciente entonces está predeterminado. Y eso es un equívoco: en la materia nada está predeterminado. Para empezar, no está nada claro qué es la materia.

Digamos que fuera un espíritu solo o fuera materia solo, da igual: ¿en qué consiste una libre decisión? Es decir, si tengo que comprar un coche, puedo elegir entre varios. Y ¿cómo lo eliges? Pues en función de tu dinero, del color que te gusta, etc. ¿Y eso es libertad o es elección dentro de unas determinadas condiciones? El concepto mismo de libertad es algo ambiguo, o arbitrario.

Hay que separar, por otro lado, el concepto de culpabilidad del de peligrosidad. Una persona que no sea culpable —por ejemplo, un esquizofrénico en pleno ataque psicótico no lo es— puede ser peligrosa.

No es un problema científico, si no filosófico. Nadie ha demostrado que  haya una libertad total, seas espíritu o seas materia. Y, además, los propios juristas unas veces echan mano del cerebro y otras no, depende. Por ejemplo, si bebes, ¿eso afecta al alma? Y, sin embargo, es un eximente en un crimen.

Roger Penrose postula que la inteligencia no puede simularse mediante procesos algorítmicos, es decir, mediante un ordenador. Debe haber un ingrediente distinto, no algorítmico, en la forma de actuar de la conciencia.

En realidad el cerebro no es como nada. En la Edad Moderna, René Descartes decía que el cerebro era como las  máquinas neumáticas aquellas que movían los jardines de Versalles. Mendeléyev decía que era como la tabla periódica que  él inventó. Y Ramón y Cajal decía que el cerebro era como una central telefónica de su tiempo. Es decir, cada uno dice que es como una cosa que tiene al lado. Dentro de cincuenta años será como otra cosa. En realidad, el cerebro de los vertebrados ha seguido un proceso de evolución de unos quinientos millones de años, está hecho de otra manera, tiene un diseño que no tienen las máquinas; no se enchufa, no se inactiva… Igualmente, la inteligencia es otra cosa, no tiene que ver con resolver problemas de forma repetitiva. Creo que Penrose se refiere más a la máquina de Turin, el problema de Gödel, que es difícil de entender. Pero es por el diseño. Un ordenador no es impredecible, no tiene mundo interior. Los seres vivos que tienen cerebro son impredecibles, pueden adoptar decisiones inesperadas. Uno hace su propia selección del mundo: ve lo que le interesa, oye lo que le interesa, etc. Es una selección que no es completamente dependiente de la realidad exterior.

¿Qué tiene que decir la neurociencia de los microtúbulos  de Penrose?

Son unas estructuras que están dentro de las neuronas y que sirven para el trasporte de material. Tienen una estructura proteica interna. Mi opinión es que la actividad mental depende de una característica física que no conocemos. Nuestro grupo trabaja mucho alrededor de estas cuestiones, y ahora vamos a pedir un proyecto europeo basado en ver interacciones entre estructuras cerebrales lo más posible en vivo, en el momento en que están pasando, que se aleja un poco de la misma teoría de la plasticidad, que es una teoría muy reduccionista: todo se centra en que cambia una o varias proteínas cada vez que aprendemos algo. Nosotros queremos centrarnos en estructuras funcionales. Por ejemplo, hacemos experimentos con componentes de sorpresa, a veces la rata toca un botón y pasa una cosa —obtiene comida— y a veces no. En esas situaciones que se tienen que resolver muy rápido no da tiempo a que cambie el cerebro. Y en ese momento, cuando la rata está a dos centímetros de la palanca y aún no sabe qué va a pasar, es cuando medimos su actividad cerebral, cuando tiene que estar pensando cómo tiene que resolver la situación. Entiendo que el cerebro hay que estudiarlo en vivo y en directo, su funcionamiento tiene que ver con cambios funcionales, y menos que ver con su plasticidad. Por cierto, que el cerebro cambia continuamente, al igual que el resto del universo: no hace falta aprender nada para que este cambie.

Se ha demostrado que sin corteza cerebral hay conciencia. ¿Cuáles son las estructuras cerebrales cruciales?

No lo sé. Digamos que, si quitas la corteza, tienes los mecanismos de activación de la conciencia, pero no tienes qué activar. Es como si tuvieras el motor pero no la manera de encenderlo. Necesitas la corteza. Además, es muy grande… haría falta saber qué parte de la corteza produce el estado de conciencia.

¿La conciencia es un estado que deriva de las estructuras o de los procesos?

Las estructuras y los procesos es una separación de tipo semántico. El funcionamiento, la fisiología, termina por determinar la estructura que lo sostiene.

Pienso en el modelo del ordenador, donde la estructura está muy clara.

Es que el cerebro no es un ordenador. No se pueden separar estructuras de procesos. El cerebro está funcionando siempre. Las neuronas, mientras están vivas, están funcionando.

Incluso muerto, esto se ha visto con técnicas de neuroimagen.

Bueno, cuando uno se muere se entiende que es la muerte de la corteza cerebral, por falta de oxígeno, por ejemplo, pero puede haber neuronas que sobrevivan más. Ahora bien, una vez que muere la corteza es ya muerte cerebral. Digamos que la estructura es función. No se pueden separar en el caso del cerebro.

¿La conciencia ofrece alguna ventaja evolutiva?

Los cerebros, desde el punto de vista evolutivo, aparecen porque hay que moverse en un espacio de tres dimensiones, en un sitio donde hay gravedad, donde hay rozamiento, viscosidad, medio físico… El cerebro es algo que tienen aquellas especies que se mueven, esta es una forma de verlo. Los árboles no lo tienen. Y en el proceso evolutivo los cerebros se van transformando. No es lo mismo el cerebro de un guepardo que el de un animal mucho más primitivo. Esa coordinación motora de poder correr a 70km/h sin caerse, sin tropezar, la produce el cerebro.

La ventaja del estado consciente es que se pueden simular espacios exteriores y movimientos sin hacerlos, y eso tiene un gran valor adaptativo, es todo  interno, no tiene un gran gasto de energía, nadie sabe cuáles son tus tácticas hasta que no las practicas. Permite, por ejemplo, repasar errores. Va unido también a las sensaciones internas: el hambre, el deseo sexual… La conciencia es un paso más.

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Hay casos de pacientes que estando en coma pueden estar conscientes según estudios de neuroimagen. ¿Qué validez le das a los resultados de estas técnicas?

Bueno, en el estudio que indican tratar de determinar el pronóstico de determinados casos clínicos que afectan a los niveles de conciencia. En su caso, no todos los tipos de actividades corticales se relacionan con el nivel «consciente». Por otra parte, el concepto de actividad no está nada claro. Cuando hablan de actividad neuronal ¿a qué se refieren? El cerebro está activo siempre. Todas las neuronas vivas están activas todo el tiempo. Conceptualmente está muy mal diseñada toda esa historia. Cuando hablan de técnicas de neuroimagen y dicen que ha aumentado la actividad en un determinado sitio… Te pongo un ejemplo. Si yo flexiono el brazo estoy desarrollando una actividad. ¿Y si lo extiendo? Ambos movimientos son activos, pero opuestos, y van a producir un cambio en la microcirculación cerebral bastante parecido.

También, claro.

¿Y no son opuestos? ¿Cómo se vería esto en una neuroimagen en el cerebro?… Uno es actividad y otro inhibición. Más más menos, es igual a cero, no debería haber ningún cambio. Hay que ser cautos con todo esto. Creo que hay demasiada prisa. Igual cuando ves las imágenes de la actividad cortical y se observa un borde. Esto a mí me repugna. No puede haber bordes, porque la corteza se caracteriza por cierta indefinición funcional. Desde el punto de vista evolutivo, las neuronas que hacen todas lo mismo se organizan en forma de núcleos. Cuando las neuronas están puestas unas al lado de las otras es que no hacen lo mismo, por lo que no puede haber bordes definidos como los que delimitan un núcleo. Una cosa es ver una lesión cerebral con instrumentos de este tipo, y otra ver una función psicológica, una emoción, un sentimiento. Es como cuando dicen «hemos descubierto el centro de la frustración». Eso no es así.

El determinismo lingüístico de Whorf postula que los diferentes tipos de lenguajes implican diferentes concepciones de la realidad y se ha demostrado que el bilingüismo evidencia diferentes perfiles de la personalidad. ¿Es el lenguaje el que me permite expresar estos perfiles o mediante el lenguaje se desarrollan? ¿Hay dimorfismos cerebrales de estructuras o procesos según el idioma?

Es el lenguaje, claro. Si tú aprendes un idioma este idioma tiene una estructura de interpretación de la realidad diferente. Si piensas en castellano piensas de una manera distinta a si piensas en inglés. Y si es la misma persona, bilingüe, también es diferente. Las mismas palabras en idiomas diferentes no significan lo mismo. Igualmente, la palabra memoria apareció mucho antes que hubiese neurocientíficos buscándola por los circuitos neuronales.

¿Qué es el hipocampo y cómo influye en los procesos de aprendizaje?

El aprendizaje la gente lo asocia al hipocampo porque es la estructura que más se estudia. Se estudia más porque como estructura digamos que está más definida, es más fácil, no por otra cosa. De hecho, el hipocampo en la especie humana es un órgano relativamente más pequeño en proporción que en otros animales, porque en los primates se desarrolla más la neocorteza, la parte más moderna. En realidad, son muchas estructuras las que están asociadas al aprendizaje. La palabra aprender también apareció mucho antes de que nadie estudiara el cerebro. Ocurre que aprender un movimiento implica muchas cosas: está la parte cognitiva, la parte de asociación, la parte de elaboración de control motor… y todo eso tiene que ir unido. Además, al mismo tiempo, se hace en sitios diferentes del cerebro, y tiene que hacerse además online, no puedes estar pensando cómo abrir una cerradura, se automatiza. Con lo cual, este empeño que en que aprender algo es al final expresar una proteína y que esa proteína modifique la conducta es un poco ridículo. En muchos sitios, al mismo tiempo, es instantáneo. La prueba de esto sería al revés: te dan dos cerebros de gato, y uno sabe mucho y otro no sabe nada; mira si viendo si existe alguna diferencia me dices cuál es el listo y cuál es el tonto. No se puede.

Sin embargo, sí se sabe que cuando sufres una lesión en el hipocampo tienes determinados problemas para el almacenamiento de la memoria.

Hasta ahí sí, pero esto se sabía desde hace ya mucho tiempo… La neurociencia avanzó hasta mediados del siglo pasado por la clínica neurológica, en el sentido de «te quito el hipocampo y a ver qué pasa», y por técnica, la de Cajal de ver las neuronas y ver cómo estaban organizadas. Pero eran estructuras fijadas en formol, y con algo de electrofisiología, pero muy elemental. Todo el avance a partir de los años cincuenta quizá se han precipitado y se han puesto a estudiar lo que llaman funciones superiores sin saber algo mucho más elemental: el control motor. Si alguien quiere estudiar neurociencia debería empezar estudiando la motoneurona, que es la que activa los músculos directamente, y cuando se aprenda eso, continuar. Si no, se acaba diciendo cosas inverosímiles.

En psicología se empieza estudiando motoneuronas, pero más como si se tratara de un ordenador. 

El cerebro no puede estudiarse como si fuera un ordenador. Aparte de que un ordenador tiene memoria RAM, etc. Es difícil imaginar cómo el cerebro almacena información. Las moléculas tienen una vida muy corta, cuando esa molécula cambia, ¿dónde va esa memoria? La memoria es relativamente más larga. La memoria del ordenador la pasas de un soporte a otro, en el cerebro ¿cómo podría pasar esto?

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La transducción de nuestro aparato sensorial se hace mediante potenciales de acción. ¿Los impulsos eléctricos resultantes transmiten la información en código binario?

No, no. El cerebro solo sería binario, todo o nada, hablando de potenciales de acción. En realidad no es así porque el potencial de acción en sí no codifica nada, porque es la frecuencia con que estos aparecen. Una neurona produce potenciales de acción con una determinada frecuencia. Y eso es lo que está haciendo siempre. No es un lenguaje binario. Y además, cuando llega a la sinapsis, que es un sistema más bien de tipo analógico, porque libera neurotransmisores y el neurotransmisor produce una despolarización o una hiperpolarización graduadas… y eso no es digital.

Quizá no me he explicado bien. No es digital, pero el circuito electrónico es un circuito de resistencia condensador y la información…

Eso es un modelo. El problema es que no explican qué es un modelo. Hay que diferenciar: una cosa es un dibujo que representa una neurona. Igual que si representas una casa, ese dibujo no tiene nada que ver con un verdadero modelo, es una mera representación del objeto. Si tú a esto le aplicas a un sistema de leyes lo conviertes en un modelo. Simulas algunas propiedades, unas sí y otras no. Pero el modelo solo sirve si permite hacer predicciones. Si no es predictivo, como ocurre con la mayoría de modelos, que lo que hacen es copiar, no sirve para gran cosa. Si es predictivo sí. Puedes hacer un experimento y comprobarlo.

Si tú registras la actividad eléctrica de una motoneurona en vivo y ves cómo se mueve el músculo te das cuenta de que la frecuencia, si es muy estable, quiere decir que el músculo no está cambiando de longitud. Y si es más alta o más baja quiere decir que cambia, es decir que se contrae o se relaja. Las ecuaciones de Newton, concretamente la segunda ley de Newton que postula que la fuerza es igual a la masa por la aceleración, predice cómo tiene que funcionar un cerebro mucho mejor que muchas de las teoría neurocientíficas que pueblan la mayoría de libros de neurociencia. Y esto la gente no lo sabe.

También influye dónde va esa información.

Eso está dentro del cerebro. El cerebro ya lleva toda esa codificación. El niño a nivel consciente no sabe la ecuación de Newton, pero su cerebro ya está preparado para que pueda resolver el problema motor de nadar, andar, lo que te corresponda. Todo esto va por las vías motoras que van hasta las motoneuronas y de ahí al músculo. La parte sensorial es más difícil de entender, y la parte cognitiva aún más, pero al menos el sistema neural motor sí se puede entender que está toda diseñada, desde el punto de vista evolutivo porque es la única manera de moverse.

En tus palabras «la información se almacena en forma de reorganización funcional y estructural de los circuitos nerviosos». ¿Cómo se escribe y se lee es una entidad como la que propones?

Esto sería la teoría más tradicional, la teoría de la plasticidad, básicamente, cuando es estructural. Si es funcional lo que supone es una especie de activación de programas. Es decir, que cuando tocas el piano activas un programa que está dentro de tus posibilidades. Solo hay que activarlo. El problema de activar un programa es que hace falta que alguien lo active y cómo se hace, dónde está el resorte. Porque las recetas están en un libro, los programas de un ordenador están almacenados en un tipo de memoria… pero en el cerebro esto no está claro. De todas formas, si te fijas, el cambio más grande que hay en el cerebro es la transición de despierto a dormido. Y esto pasa sin cambiar el cerebro. Funciona diferente, pero no cambia. Aprender a hacer algo es más simple aún que pasar de despierto a dormido.

No está claro ni dónde está la memoria, ni en qué consiste aprender… Hay una mezcla entre mucha imaginación literaria, mucha falta de experimentos. Me he leído casi toda la serie sobre físicos, químicos, astrónomos y matemáticos que va editando El País y todos lo hicieron muy bien, quiero decir de forma muy detallada y concienzuda. Hicieron miles y miles de pruebas. Galileo medía el tiempo que tardaban en caer las bolas por el plano inclinado, y lo hacía con ayuda de una melodía, porque no tenía reloj. Hay que hacer muchos experimentos para darte cuenta de esto.

¿Es la cara el espejo del alma? 

Bueno, básicamente es que los músculos de la cara no tienen propiceptores, con lo cual no sabes dónde están, cuál es su grado de contracción. Sin embargo, sí tienen un aferencia importante del sistema emocional. El sistema límbico proyecta a las motoneuronas faciales. Los actores, sin saber esto, siempre lo cuentan cuando explican en qué consiste meterse en el personaje: es más fácil enfadarse de verdad que poner cara de enfadado para conseguir el efecto.

¿Hay un origen común de las expresiones faciales tal como plantea Ekman?

Sí, y además hay una tradición animal. ¿Has visto la foto esta que saca siempre algún político americano…? Viene todo de un libro de los años setenta que tengo, titulado La expresión emocional en primates. Ahí fue la primera vez que yo vi una foto de Richard Nixon comparada con la de varias especies próximas: un tigre, un león, un mono… Todos para hacer en signo de amenaza enseñan los dientes. Esto es porque evolutivamente ese gesto se mantiene como señal de amenaza. Otras especies sin dientes hinchan las plumas. Hay un origen común evolutivo en todas estas expresiones comportamentales.

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En el ranking por productividad ISSUE-P que elabora anualmente el BBVA la Universidad Pablo de Olavide está por encima de la Universidad de Sevilla, no sé si lo sabías.

Sí, en productividad individual.

¿A qué se debe este diferencial?

Cuando hacen ciertos rankings de investigación la UPO muchas veces aparece la segunda, la primera es la Pompeu Fabra, que es también una universidad pequeña. Probablemente se debe a que inicialmente la rectora Valpuesta, cuando empezó la UPO, seleccionó a unos grupos para que vinieran, luego esa táctica se perdió, desgraciadamente. Y se volvió a la selección tradicional de personal, sin haber nadie que se arriesgara con alguien. Una vez puesta en marcha la maquinaria burocrática, nadie es responsable de nada porque los tribunales son supuestamente independientes, etc. Pero al menos esta universidad tuvo ese impulso inicial.

Ha bajado muchísimo.

También depende de la inversión. Para ser una universidad buena, en vez de escribir seiscientos mil folios de reglamentos, se necesita dinero, un equipo rectoral que sea independiente y al mismo tiempo responsable, y buenos alumnos y buenos profesores. La prueba la tienes en estos libros sobre físicos que te mencionaba: ¿dónde crees que se formaron?

Tienes un índice i10 de 122, ¿qué relevancia tienen los índices de este tipo en la carrera universitaria?

Bueno, esos índices tienen importancia, pero todo está en función del área de trabajo, de impacto, según los calculan. El área de neurociencia es un área grande, pero si la comparas con biología molecular es enana y por tanto las citas dependen mucho de la cantidad de artículos que se publican. Y dentro de un área depende del tipo de técnica también. Ahora en los proyectos europeos hay que ponerlo. En las universidades americanas este sistema se corrige pronto: puedes llegar lleno de papeles y publicaciones, si no vales vas a la calle. Esto en la universidad española se corrige mal.

¿Tienen sentido mantener dos universidades públicas diferentes en Sevilla?

Sí, de hecho estas universidades son muy grandes. Creo que las universidades españolas, aunque sigan siendo públicas, hay que reformarlas de arriba abajo.

Hace poco entrevistamos a Pablo Artal y nos decía que la burocracia arruina la investigación. Que hay profesores que van a mínimos.

No hay ningún tipo de penalización para los que no trabajan. ¿Sabes qué castigo hay en esta universidad para los que no investigan? Que no pueden dirigir tesis doctorales. Yo ya lo dije, esto es fantástico, tú das tus clases, no investigas, y además te castigo y así te puedes ir a Chipiona todo el día. ¿No sería mejor quitarles sueldo o darle más clases? Por eso digo que la universidad española la tienen que rehacer. Lo cual no es nada fácil.

¿Qué nivel de neurociencia tenemos en España?

En España, por tradición, no está mal… Se cargaron la escuela de Cajal con la Guerra Civil. Quedó un resto de biología celular en los años sesenta, en los setenta empezó a recuperarse y no está mal en la actualidad. La sociedad española de neurociencia debe de tener algo menos de mil socios. Si no recuerdo mal la francesa debe de tener algo así como tres mil socios. En España no es que esté mal. Además ahora mucha gente joven, doctorados y demás, se están yendo fuera, y sin ninguna posibilidad de volver. Les aceptan nada más con un carta; tú les dices que son buenos y si lo demuestran se quedan allí.

¿Qué son los besos protoplásmicos? ¿Qué necesidad había de denominarlos zonas de contacto neuronal?

(Risas) Es el término que utilizaba Cajal para referirse a la sinapsis, muy literario. Había una definición mejor que hizo Freud, que llamaba al área de contacto entre las neuronas barreras de contacto y está bien porque las barreras son cosas que separan y al mismo tiempo unen.

¿Qué opinas del proyecto europeo para simular el cerebro? ¿Es normal tanta oposición dentro de los propios neurocientíficos? 

Como se suele decir, me alegro de que me hagas esa pregunta. Yo también soy firmante de esa carta. El Human Brain Project era en principio una idea razonable, pero apareció finalmente con dos grandes limitaciones. La primera la manera de seleccionar los grupos participantes, sin una convocatoria abierta, como se hace con otros tantos proyectos de la Unión Europea. Segundo, se pretende estudiar más bien la arquitectura cerebral y mucho menos cómo funciona el cerebro en cada situación de la vida real. Lo que indicaba antes: estudiarlo en vivo y en directo. Sin tener en cuenta estos dos importante factores, el futuro del proyecto lo veo limitado y con pocas expectativas de aumentar de veras nuestro conocimiento acerca de la fisiología cerebral. Más bien, lo que veo es que todo este proyecto tiene como objetivo el desarrollo de computadores de moderna factura y con gran capacidad de manejo de datos… Pero esto se podría hacer sin hablar de cerebro, ni de humanos.

Jose María Delgado-García para Jot Down 6

Fotografía: Vanessa Gómez Sánchez


¿Es la psicología una ciencia?

Laboratorio de psicología experimental, 1896. (PD)
Laboratorio de psicología experimental, 1896. (PD)

¿Es la psicología una ciencia?

Ojo, que esta es una pregunta trampa. Claro que la psicología es una ciencia, y lo voy a ejemplificar con tres historias que espero, y en este orden, sorprendan, estremezcan y estimulen. Porque este artículo trata de tres experimentos científicos relacionados con la psicología y sus métodos. Y no me vengan los ortodoxos de lo cuantitativo y el laboratorio a confundir términos como el psicoanálisis con la psicología, que la primera es una disciplina psicoterapéutica de aproximación clínica y la segunda una disciplina científica que la engloba y clasifica.

Antes de entrar propiamente en los ejemplos les introduzco los tres métodos más habituales en psicología para adquirir conocimientos, y así podremos hablar con propiedad el resto del tiempo sin que algún lector se arranque por peteneras en los comentarios. Estos métodos son el método experimental, el correlacional y el método clínico. Las tres aproximaciones al fenómeno que se estudia se basan en el método científico-natural y parten de la observación de la conducta, a partir de la cual se hace una generalización, se formulan hipótesis y se propone una teoría explicativa. En las tres aproximaciones es fundamental que las observaciones puedan ser replicadas y las hipótesis contrastadas por otros investigadores.

La indefensión aprendida

No hace falta explicar el concepto después de ver el vídeo. La indefensión aprendida se basa en el hecho de que si nos encontramos ante un evento incontrolable nos preguntamos a qué es debido, y la respuesta que nos daremos determinará en gran medida nuestra reacción. La interpretación que hará cada persona de este suceso incontrolable dependerá del estilo atribucional propio, el cual viene dado por tres dimensiones (interno-externo, estable-inestable y global-específico). Una persona con estilo atribucional optimista (tendencia a explicar las causas de un suceso manera optimista) atribuye los sucesos positivos a factores internos, estables y globales y los sucesos negativos a factores externos, inestables y específicos. Por el contrario una persona con estilo atribucional negativo (tendencia a explicar las causas de un suceso manera pesimista) se caracteriza por el patrón contrario, atribuyendo los sucesos negativos a causas internas, estables y globales, y los sucesos positivos a causas externas, inestables y específicas. Este estilo representa un factor de riesgo para la indefensión y la depresión, y la estabilidad y la globalidad son las dimensiones más relevantes en el desarrollo de la misma, puesto que serían las responsables del mantenimiento de los déficit a lo largo del tiempo y en diferentes situaciones. La siguiente tabla ejemplifica las reacciones de una persona que suspende un examen en función de las tres dimensiones enunciadas:

estiloatribucional
Tabla sobre estilos atribucionales extraída del manual Psicología del aprendizaje de la UOC

Como podemos ver en el vídeo la autoestima de los alumnos disminuye cuando no son capaces de hacer frente a un problema —que en su caso es irresoluble— y eso les influye negativamente en la realización de la última pregunta mientras el resto de los compañeros sí pueden resolverla (indefensión personal). La autoestima no se verá reducida  en caso de que nadie pueda resolver el problema (indefensión universal).

Bien, este experimento nos muestra la existencia de este fenómeno que denominamos indefensión aprendida, pero probar que la respuesta de cada persona al experimento tiene relación con un estilo atribucional específico es harina de otro costal. Lo podremos hacer mediante una aproximación correlacional al fenómeno. En términos generales, la aproximación correlacional estudia a los individuos, sin modificar ni el entorno ni el sujeto, como organismos únicos. El objetivo es conocer si determinado rasgo, basándose en la covariación de las respuestas, está relacionado estadísticamente con el fenómeno tal como se postula. Es decir, estudiaríamos mediante cuestionarios el estilo atribucional de los alumnos y junto con la respuesta obtenida mediante la inducción de la indefensión aprendida analizaríamos si la relación entre ambas variables tiene significancia estadística. Las limitaciones de la aproximación correlacional son que abusa de los autoinformes como instrumentos de evaluación centrándose en el rendimiento de los sujetos y que no estudia la causalidad, describiendo en su lugar relaciones de asociación entre variables. En Gaussianos explican muy bien que la correlación no implica causalidad. Los experimentos iniciales que realizó Seligman para postular su teoría sobre la indefensión aprendida se hicieron bajo un diseño experimental triádico englobado en la metodología experimental.

Bruce o Brenda

El vídeo con la dramática historia de David Reimer dura cuarentea y cinco minutos. Si prefieres leerla en cinco minutos puedes encontrarla aquí.

David siempre se sintió atraído por las mujeres, incluso antes de la reasignación, cuando todavía era Brenda Reimer. Son espeluznantes las consecuencias de este tipo de experimentos que parten de una actitud prepotente y egoísta de profesionales —ahora no los llamaríamos así— que anteponen su carrera o sus ideas al cuidado de las personas que tratan. Cierto es que se trata de un caso límite, y que aunque podemos encontrar muchos más —igual o más terroríficos, recuerden a Mengele— tanto en medicina como en psicología son todos de hace unos cuantos años. Gracias al desarrollo de la ética en las profesiones clínicas, es imposible que la sociedad en general y el propio estamento científico acepten este tipo de prácticas. Y cuidado con las operaciones de fimosis (es broma).

No obstante John William Money no fue un loco, sino todo lo contrario, fue un investigador pionero en su campo que creía en la teoría de la tábula rasa y por eso se lanzó a la reasignación sexual de Reimer sin pensar en las consecuencias para el chico. Esta teoría postula que las diferencias psicológicas de sexo son totalmente culturales y no innatas. En la actualidad determinadas marcas neuroquímicas permiten asegurar que la identidad de género puede ser innata y vienen determinadas por la diferenciación sexual provocada por la acción de los esteroides sexuales, sobre todo durante el periodo perinatal. Además diferentes observaciones neuroanatómicas revelan que la anatomía del cerebro está asociada con la orientación sexual y la identidad sexual. Se ha observado que mediante la administración de sustancias estrogénicas y androgénicas a hombres y mujeres heterosexuales se generan patrones diferentes en la activación hipotálamica, por lo que la ciencia en este momento hubiera podido ayudar a David mediante un estudio de las regiones cerebrales que se activan diferencialmente según si la persona tiene una orientación homosexual o heterosexual, en respuesta a diferentes estímulos, sin tener que hacer reasignaciones basadas en análisis subjetivos. A continuación una imagen del tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior —INH3—, una de las zonas del cerebro en las que se puede observar una estructura dimórfica según la identidad sexual.

inah-3
INAH3 en un cerebro heterosexual (izquierda) y un cerebro homosexual (derecha)
Fuente: «A Difference in Hypothalamic Structure Between Hetereosexual and Homosexual Men» Science, 253, pp. 1034-1047, 1991, American Association for the Advancement of Science.

La investigación clínica implica el estudio sistemático, en profundidad, de los individuos y se basa en el famoso «ojo clínico» de los médicos o los terapeutas. Como se puede ver en este caso arriba descrito, el análisis del problema siempre es subjetivo y trata con multitud de factores, muchos de ellos altamente complejos. La principal limitación de la aproximación clínica es la dificultad de replicar sus datos, por lo que en el caso de Reimer, las estrategias terapeúticas no podrían aplicarse del mismo modo a otra persona —afortunadamente—. Otras limitaciones son las interpretaciones subjetivas de los datos por parte del terapeuta y que las observaciones son asistemáticas. La principal ventaja es que estudia al individuo en profundidad, en su contexto, y se acerca a la relación real entre la persona y la situación.

¿Tienen memoria los peces?

Este original experimento que ha desarrollado la empresa española de biotecnología Neuron Biopharma pone de manifiesto que los peces sí tienen memoria en contra de la creencia popular de lo contrario. Específicamente el experimento pone de manifiesto que existe un hipocampo de los peces que les permite memorizar caminos de una forma similar a como lo hacemos los humanos. En Neuron Biopharma utilizan los peces cebra para el estudio del Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas. Otros de los experimentos que se han realizado con los peces cebra están relacionados con la ansiedad. ¿Tienen los peces ansiedad? Parece que también. Si colocamos a un pez cebra en una pecera circular, al inicio de su estancia el pez nada siempre pegado a los bordes, a medida que pasa el tiempo y el pez se encuentra más tranquilo comienza a moverse por el centro de la pecera de tal forma que el tiempo que pasa en cada punto de la misma es de igual duración. Si golpeamos la pecera el pez cebra se pone nervioso y vuelve a nadar por los bordes, pero ¿y si le añadimos al agua un poquito de Diazepam o similar? Pues que entonces vuelve a pasar el mismo tiempo en cualquier punto de la pecera. El pez cebra se ha convertido en un modelo animal para investigar diferentes procesos biológicos y sus cualidades genéticas y embrionarias se aprovechan para buscar nuevos medicamentos que permitan estudiar diferentes aspectos de las enfermedades neurodegenerativas.

Este experimento se ha realizado mediante el método experimental en el que la investigación supone la manipulación sistemática de variables para establecer relaciones causales; en contraste con la investigación clínica y correlacional hay un control experimental directo sobre las variables que interesan al investigador. El método experimental se realiza en el laboratorio y se controla al detalle todo lo que sucede. Las limitaciones de la aproximación experimental son que son pocas las variables que se pueden estudiar, la situación experimental se realiza en laboratorio por lo que no se puede generalizar a contextos más complejos y que por la propia naturaleza del método hay muchas variables que no se pueden controlar aunque se pretenda.


Libros que no puedes leer en el tren, a no ser que viajes en el Transiberiano

Are we getting smarter?: Rising IQ in the twenty-first century
James R. Flynn

¿Somos cada vez más inteligentes? Por supuesto que sí. Incluso más que los estadounidenses. El cociente intelectual medio de los españoles se ha incrementado 19 puntos en 28 años, mientras que en Estados Unidos lo ha hecho en 9 puntos durante el mismo periodo de tiempo. No vayan a pensar que esta información es trivial a la luz de la reciente hornada de Urdangarines, Mulas, Bárcenas y otros del tipo listo que aparecen sin cesar en los medios de comunicación patrios, ya que no estamos aquí hablando de la inteligencia desde un punto de vista adaptativo, sino desde un enfoque puramente psicométrico. Por si no lo conocían y para que lo disfruten, les vamos a hablar hoy  sobre el efecto Flynn.

A lo largo del siglo XX se produjeron unos incrementos asombrosos e inesperados en las puntuaciones que las diferentes generaciones de personas conseguían en los test que miden el cociente intelectual. Estos resultados fueron descubiertos por el investigador neozelandés James R. Flynn. En una aproximación simple nos indican que cada nueva generación es más inteligente que la anterior, que nuestros hijos son más inteligentes que nuestros padres, por tanto. Psicólogos y sociólogos buscan una explicación que justifique tales resultados; no es de recibo que un profesor de estudios políticos originario de la Tierra Media nos informe cuantitativamente de que la generación del Conde-Duque de Olivares, Cervantes, Quevedo y compañía eran unos retarded con una capacidad de procesamiento mental muy por debajo de la generación de ESOs a los cuales ni siquiera se les exige adquirir conocimientos o habilidades para pasar de curso, que en caso de fracaso escolar solo pueden aspirar a ser asesores del presidente del gobierno tras la preceptiva lordosis. No se alarmen, tiene una explicación; sabemos que la inteligencia, la que miden los test, aumenta jugando al Grand Theft Auto. En palabras de Flynn, “El cerebro de los mejores y más experimentados taxistas de Londres tiene más grande el hipocampo”. Pongámonos serios, entonces.

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El índice g o factor general de inteligencia es el resultado cuantitativo que resulta de calcular la tendencia de comportamiento de un amplio conjunto de tareas cognitivas interrelacionadas. Estas tareas cognitivas se evalúan mediante diferentes subtest. Cada una tiene un peso diferente en el valor de este índice g. Si bien es cierto que a lo largo del tiempo ha aumentado la inteligencia general, los resultados en los subtest que evalúan diferentes capacidades muestran que este incremento es desigual para cada tipo de tarea cognitiva. Esto es debido a que el análisis factorial se realiza en un escenario estático, no se tiene en cuenta que el escenario es dinámico: el cambio social modifica las prioridades culturales y con ellas las habilidades que tienen más importancia en cada momento. El progreso económico ha creado una clase media que disfruta de actividades de ocio exigentes en términos cognitivos y que desempeña trabajos en los que se necesita reflexionar. Todas las personas que pertenecen a este nuevo marco social responden al nuevo entorno mejorando el desempeño de sus funciones y por tanto incrementando espectacularmente la media del CI. Los test de inteligencia están diseñados sin tener en cuenta la evolución de la sociedad y el cambio de intereses que en esta se producen. No somos más inteligentes que nuestros abuelos, aunque sí estamos más preparados para resolver muchos de los test que miden el CI mejor que ellos; sin un propósito directo o consciente venimos entrenando las habilidades medibles debido al marco sociocultural en el que nos tenemos que desenvolver.

Veintiocho años después de este ensayo Flynn publicará un nuevo libro en el que nos cuenta, para su sorpresa, que la progresión continúa al ritmo de tres décimas al año. El estudio no solo da cuenta de las nuevas investigaciones acerca del efecto Flynn sino que proporciona datos y reflexiones nuevas acerca del CI y sus efectos sobre las diferencias raciales y de género. Con respecto a las diferencias de género, por ejemplo, Flynn nos revela que las mujeres ya son algo más inteligentes que los hombres según indican sus puntuaciones, por encima incluso de lo que podíamos intuir. Hasta ahora se tenía claro que las mujeres promediaban mejor en pruebas verbales, mientras que los hombres destacaban en las no verbales. Dependía, entonces, del tipo de test el que un género u otro alcanzara mayor puntuación. El profesor Flynn también analiza el impacto de los resultados en los test de inteligencia en la condena a pena de muerte en EEUU, donde la vida del reo dependerá de obtener más o menos de 65 puntos; o la correlación entre altura y CI,  que ya no es tal; o la importancia de la nutrición en la inteligencia.

El efecto Flynn tiene una lectura muy interesante para gozo de la progresía bienpensante. Sobre todo después de que al genetista James Watson se le ocurriera compartir con el pueblo su visión sobre la inteligencia y la raza. Deben saber que James R. Flynn es un activista de los derechos civiles que empezó a investigar todo lo relacionado con los cocientes intelectuales en un intento de refutar los estudios publicados por el controvertido académico Arthur Jensen.

El cerebro cambiante
Diego Redolar Ripoll

No cabe duda en cuanto a que si H.G. Wells hubiese sido contemporáneo nuestro hubiese desarrollado la trama de La isla del doctor Moreau en torno a la neuroplasticidad cerebral, sin duda una de las áreas de investigación científica en la que los experimentos pueden diseñarse en el límite de la imaginación de los propios científicos. Con la ventaja añadida de que tales experimentos, por su propia naturaleza, están lejos de la fiscalización ética de los mismos o, en otras palabras, en las antípodas del profesor Money.

cerebro

En este ensayo de divulgación, el Dr. Diego Redolar nos describe alguno de los aspectos más sorprendentes en relación a la capacidad de cambio de nuestro cerebro, hasta el punto de hacernos pensar que estamos en una de las recopilaciones de los increíbles casos neurológicos con los que el profesor Oliver Sacks nos asombra en sus libros. En El cerebro cambiante, no obstante, no nos quedamos en la mera anécdota, sino que además podemos profundizar en la propia materia para comprender los elementos que subyacen en la misma.

Uno de los casos más cercanos a la ciencia ficción se nos brinda en el segundo capítulo, Puedo ver con mi espalda, donde se cuenta cómo el Dr. Paul Bach-y-Rita desarrolló un sistema que permite a personas ciegas ver con la espalda. Este sistema, bastante avanzado tecnológicamente, permite al cerebro procesar información sobre el tacto para construir imágenes.

Otro de los capítulos más interesantes es Amor plástico. Nos introduce en las relaciones entre la plasticidad cerebral y el amor y la sexualidad de un modo algo prosaico, tal cual El caballero de la armadura oxidada, con preguntas tan sugestivas como ¿nos fijamos en el físico, en la forma de ser, en la personalidad? Lo hace así para presentar a continuación los asépticos trabajos sobre las preferencias que muestran las personas para elegir pareja con las que realizar el acto sexual, altamente relacionados con diferentes rasgos morfológicos, como la razón existente entre la cintura y la cadera en el caso de las mujeres y la altura y el índice de masa corporal en el caso de los hombres. Más adelante describe las diferencias estructurales en el cerebro de las personas y los diferentes dimorfismos que existen entre hombres y mujeres. Observaciones neuroanatómicas revelan que la anatomía del cerebro está asociada con la orientación sexual y la identidad sexual. Por ejemplo, los patrones morfológicos cerebrales en los transexuales difieren de las del sexo que se les asignó al nacer, aunque no se sabe si es la conducta la que modifica las estructuras o es la propia anatomía la que influye en la conducta.

También me gustaría destacar el capítulo ¿Las drogas modifican nuestro cerebro?, en el cual el profesor Redolar nos introduce el término anglosajón de Craving, referido al intenso deseo o ansia por la droga, y que explica mediante las teorías que entienden la adicción como una forma patológica de aprendizaje. Desde este enfoque, la adicción representa una usurpación patológica de los procesos neuronales implicados en el aprendizaje que usamos habitualmente para lograr objetivos vitales como la comida o la bebida.

“Imaginad que os dan un mando de la Wii con un botoncito que os provoca un orgasmo… pero multiplicado por mil. ¿Creéis que no existe? ¡Pues sí, existe! Pero no se comercializa. Os digo yo que si no fuera así estaríamos enganchaditos al botoncito…”  (Una de las frases míticas del profesor Diego Redolar Ripoll).