Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (y 3)

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Ilustración de un ingenioso mecanismo para aliviar histerias femeninas. Imagen: DP. niputaideaismo 

(Viene de la segunda parte)

Un experto es una persona que ha cometido todos los errores que se pueden cometer en un campo muy limitado.

(Niels Bohr, premio nobel de física).

No todo error debe ser llamado necedad.

(Cicerón, filósofo).

Y recordad, chicos, la única diferencia entre andar jodiéndolo todo y la ciencia es… tomar notas.

(Adam Savage, artista de FX y cazador de mitos).

Ser mujer y sentarse ante un médico durante los siglos XVI y XVII era, por lo general, una actividad de riesgo. Porque durante aquellos años, las autoridades sanitarias tenían la costumbre de diagnosticar «histeria femenina» a todas las pacientes que se acercasen hasta la clínica aduciendo alguno de los siguientes síntomas: ansiedad, insomnio, espasmos musculares, falta de apetito, dolores de cabeza, disnea, retención de líquidos, desmayos, dolor abdominal, irritabilidad, inapetencia sexual o (también, sí) un exceso de promiscuidad.

Curiosamente, los médicos además se reservaban el derecho a declarar como histéricas a aquellas féminas que, según ellos o terceros, demostrasen «tendencia a causar problemas a los demás». En algún momento dado, un doctor llamado George Beard llegó a elaborar una tremenda lista de setenta y cinco síntomas diferentes que evidenciaban la histeria, una enumeración que él mismo consideraba incompleta. De este modo, la histeria femenina fue considerada durante decenas de años como una enfermedad, una que por lo visto se utilizaba a modo de comodín cuando el paciente portaba ovarios.

Para más guasa, según la ciencia del momento se presuponía todos esos malestares de las mujeres llegaban provocados por la retención de humor o de los líquidos en el útero, por la falta de sexo o (esta es buena) por la idea del «útero errante». Una antigua creencia nacida en Grecia, donde se estipulaba que el útero tenía tendencia a moverse por su propia voluntad a través del interior del cuerpo femenino, visitando a otros órganos, persiguiendo olores o huyendo de ellos, y en general removiéndolo todo y escacharrando el mobiliario de ahí dentro.

Lo peor de todo este asunto era el remedio propuesto para combatir esta supuesta enfermedad. Porque los médicos recetaban como tratamiento eficaz el matrimonio y los encuentros sexuales regulares con el marido. Según su fabuloso razonamiento, el coito purgaba el útero y el semen tenía propiedades curativas, pero solo si la eyaculación tenía lugar en el interior de la vagina. Los eruditos también prohibían, muy cucos ellos, que las pacientes se autotrataran echando mano de la masturbación. En su lugar, recomendaban a las solteras y viudas que el propio médico o una comadrona les estimulasen manualmente los bajos con ciertos aceites y aromas. En algunos casos, en lugar de recetar que los desconocidos les frotasen la pepita a las afectadas, se optaba por tratarlas regando su zona conflictiva con delicadeza y profesionalidad: disparándoles manguerazos de agua a presión sobre el toto.

Toda esta colección de disparates evidenciaba que el niputaideaismo, el no saber qué es lo que estás haciendo y errar por completo, era fuerte en la medicina de finales de la Edad Moderna. Desgraciadamente, las mujeres de aquella época no fueron las únicas personas a las que la ineptitud científica les tocó los genitales. Porque la historia de nuestras artes y disciplinas está plagada de desaciertos, incompetencias, calamidades y pifias similares. O incluso peores.

Física 101

Siglo IV antes de Cristo. Aristóteles publica Física: lecciones orales sobre la naturaleza, un tratado formado por ocho librazos sobre filosofía natural. En dicha obra, Aristóteles describía, entre otras muchas cosas, el éter como un elemento que rodeaba los cuerpos terrestres y era mucho más ligero que el aire. Un buen montón de siglos más adelante, físicos como Robert Boyle, Christiaan Huygens o el mismísimo Isaac Newton agarran la ocurrencia de Aristóteles y acaban elucubrando que existe un plano espacial de éter luminífero que vendría a ser el medio por el que la luz es capaz de propagarse con soltura.

Hasta que, en 1887, Albert Abraham Michelson y Edward Morley llevaron a cabo un famoso experimento para demostrar que el éter no existía y todas aquellas patrañas tenían la misma base científica que la magia en Hogwarts. En el siglo XVIII Antoine Lavoisier, a.k.a. «padre de la química moderna», también le echó imaginación y se sacó un nuevo elemento de la chistera para tratar de explicar la presencia del calor en cuerpos y combustiones: el «calórico», un fluido sutil que habitaba entidades y objetos y «era capaz de circular desde los cuerpos más calientes a los más fríos». Como concepto era regulero y cuestionable, pero eso no impidió que, poco después, otros científicos contraatacasen ideando el «frigórico», la némesis natural del calórico, es decir, el frío convertido en fluido.

El filósofo griego Empédocles estaba convencido de que todos los seres materiales del universo estaba compuesto a partir de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Y también de que la diosa Afrodita creó los ojos humanos utilizando los cuatros elementos y colocando una llama encendida en su interior, una lumbre que brillaba hacia el exterior, permitiendo que la vista fuese posible. En un momento dado, un estudioso contemporáneo le comentó a Empédocles que su hipótesis patinaba porque de ser cierta, el hombre sería capaz de ver en la oscuridad. Pero Empédocles contratacó alegando que las llamas del ojo humano eran como Superman: funcionaban a la luz del sol. De este modo, y durante las centurias venideras, se asentó la «Teoría de la emisión»: un postulado que defiende que la percepción visual se produce gracias a unos rayos visuales que emanan de los ojos. En los libros de los intelectuales esta teoría llegó habitualmente acompañada de unas ilustraciones fabulosas: escenas cotidianas protagonizadas por personas que disparan alegremente decenas de rayos por los ojos como si fuesen familia directa del Cíclope que guerreaba con los X-Men.

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Detalle de una ilustración de la teoría de las emisiones en el libro System der visuellen Wahrnehmung beim Menschen (1687).

Medicina 101

Antes del advenimiento de la medicina moderna durante la segunda mitad del siglo XIX, la disciplina médica podía considerarse una especialidad de lo más exótica y abierta de miras, algo muy lindo siempre y cuando uno no se encontrase en la posición de ser el paciente que debe recibirla. Desde tiempos de Hipócrates, una de las bases sobre la que se apoyó la medicina fue la teoría de los cuatro humores. Un planteamiento que supone el cuerpo humano compuesto por cuatro sustancias líquidas básicas conocidas como humores: la bilis negra, la bilis amarilla, la flema (o pituita) y la sangre.

La teoría humoral sostiene que cada uno de esos humores se corresponde con una estación, con un elemento (fuego, tierra, agua, aire), con órganos del cuerpo y, lo más importante, con diferentes caracteres de la personas. El estado ideal supone que es necesario tener los humores equilibrados, porque cualquier desmadre en la cantidad de uno de ellos provocaría sacudidas en los temperamentos. Así, la gente con mucha bilis amarilla sería agresiva, los que poseyesen mucha sangre serían sociables, el exceso de flema indicaría una persona calmada, y la abundancia de bilis negra supondría un individuo melancólico. El exceso o deficiencia de cualquiera de los humores era interpretado como una enfermedad y se trataba con métodos a menudo tan espeluznantes como desangrar o aplicar calor extremo sobre los convalecientes para balancear sangres y bilis.

Más allá de estos malos humores, otras dudosas metodologías médicas fueron enunciadas o puestas en práctica a lo largo de la historia. La teoría miasmática formuló que las enfermedades eran causadas por la miasma, un aire sucio y nocivo. Los primeros dentistas creyeron que las caries las producía un gusano que anidaba entre los dientes para devorarlos y agujerearlos. La especialidad conocida como fisiognomía se basaba en estudiar la apariencia externa de una persona para conocer su carácter o forma de ser. Y la frenología estaba convencida de poder determinar la personalidad y los rasgos del paciente analizando la forma de su cráneo, sus protuberancias y sus facciones. Para ello, esta pseudociencia consideraba que la superficie del cráneo se dividía en una serie de secciones diferentes, cada una de las cuales representaba una función distinta. Estudiándolas, los partidarios de la frenología admitían ser capaces de hacer cosas tan cuestionables como descubrir de antemano si un individuo iba a convertirse en un criminal o certificar que los humanos de piel clarita estaban más evolucionados que los que lucían moreno natural.

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La frenología defendía que el cerebro estaba dividido en compartimentos para cada uno de los rasgos de su dueño. Ilustración de People’s Cyclopedia of Universal Knowledge (1883).

En el campo de la medicina universal, existe un terreno muy concreto en el que la gran mayoría de civilizaciones de nuestro planeta han estado de acuerdo durante siglos: ante la duda, lo mejor es tirar de trepanación como remedio. Agujerear la cabeza para liberar malos espíritus o aliviar dolores a base de meter algo dentro y remover el asunto. La historia evidencia, tras amontonar a través de las eras cráneos agujereados con mayor o menor éxito, que existieron todo tipo de médicos/chamanes/mecánicos/estudiosos que optaron por hacer un butrón en la testa como remedio ante las más variadas dolencias.

De hecho, la trepanación está considerada como el proceso quirúrgico más antiguo del que se tiene constancia. En Francia, se desenterraron cuarenta calaveras neolíticas, del año 6500 a. C., con boquetes en la azotea a modo de cirugía prehistórica para vete tú a saber qué. Mayas, aztecas e incas también jugaron a perforar los huesos de la cabeza, tanto en rituales como en procedimientos médicos oficiales que gozaban de un notable porcentaje de éxito. Entendiendo como «éxito» no el hecho de curar la enfermedad que los aquejaba, sino el detalle de no morirse después de ser trepanados. Los chamanes utilizaron la técnica para crear una salida de emergencia para los espíritus maliciosos y así intentar tratar la ceguera, las enfermedades mentales, los desvaríos varios o la epilepsia.

Según las evidencias, hasta en la antigua China, poco dados en su medicina tradicional a los procedimientos quirúrgicos, existieron algunos doctores amigos de la perforación craneal. Durante el Renacimiento, las convulsiones podían tranquilamente acarrear recetas que incluyese trepanar el melón. Un poco más tarde, el príncipe Felipe Guillermo de Orange-Nassau hubo de someterse unas diecisiete veces a este tipo de cirugía arcaica.

A principios del siglo XX, los hospitales psiquiátricos de las poblaciones civilizadas comenzaron a sobresaturarse con pacientes por culpa de la dejadez de unos médicos que llevaban años estancados en el nihilismo terapéutico, es decir, en la idea de que era imposible curar a ciertas personas. Hasta que un grupo de valerosos doctores del Viejo Mundo decidieron contraatacar utilizando la cabeza. Y más concretamente, la cabeza de otros: en Europa, la medicina comenzó a tontear con una serie de tratamientos mucho más bestias (terapias de choque con insulina, electroshocks o malarioterapias) entre los cuales brillaba especialmente la trepanación y posterior lobotomía de los pacientes. Una intervención que suponía horadar la tapa de los sesos para remover el cerebro o hurgar entre las conexiones neuronales a ver si sonaba la flauta y de ese modo al paciente se le arreglaba la azotea.

Con esa encomiable idea en mente, y a partir de los años 30, los matasanos se dedicaron a tantear diversas formas de alcanzar el interior del cráneo. El italiano Amarro Fiamberti se las apañó para acceder a los lóbulos frontales a través de la cuenca del ojo, y los americanos Walter Freeman y James W. Watts elaboraron una técnica que suponía taladrar un costado de la calavera. Mientras tanto, médicos como José de Matos Sobral Cid observaron que los intervenidos con dichas prácticas salían del hospital con una «degradación de la personalidad» y una apariencia «disminuida», es decir, que parecía que los habían reseteado y andaban sin los drivers actualizados.

En Japón el asunto era incluso más escabroso, pues la intervención se acostumbraba a realizar en niños con problemas de comportamiento. Las dudas y quejas relativas a la eficiencia del tratamiento no frenaron la práctica y hasta los años 70 la lobotomía no desaparecería del todo. Excepto en Francia, donde los muy cafres aún seguían experimentando con el unboxing de testas a la altura de los años 80. El recuento general es bastante loco: cuarenta mil personas fueron lobotomizadas en Estados Unidos, catorce mil en el Reino Unido, cuatro mil quinientas (en su mayoría mujeres) en Suecia, otras cuatro mil quinientas en Dinamarca y dos mil en Noruega. En la Unión Soviética alguien intuyó que aquello era una salvajada y se prohibió la lobotomía en la década de los 50, muchísimo antes que en el resto del mundo.

En 1796, un alemán llamado Samuel Hahnemann enunció que todas las enfermedades eran causadas por unos fenómenos llamados miasmas que podían ser atraídos por la mentalidad negativa. También sentenció que la medicina habitual no era útil para combatir las enfermedades, aunque en apariencia ocurriese exactamente lo contrario. Hahnemann no tardó en elaborar su propia teoría: la de que una sustancia que cause síntomas de una enfermedad en personas sanas curará lo similar en personas enfermas. Se trataba de una hipótesis revolucionaria por parte de aquel hombre, una que estaba muy firmemente asentada en lo que en el terreno científico se conoce como sus Santas Pelotas.

Amparado por dicha idea, y rebosando ilusión, Hahnemann estipuló que para crear un remedio a cualquier enfermedad bastaría con agarrar aquella sustancia nociva que provoca la dolencia en cuestión y diluirla una cantidad absurda de veces en agua (o alcohol) hasta que no quedase nada del producto original. El resultado, según Hahnemann, sus ya mentadas Santas Pelotas y ningún estudio que pudiese corroborarlo, sería un líquido insulso para beber a morro capaz de curar la enfermedad de manera mágica. Todo esto resultó tan demencial y absurdo como para que las correrías médicas de Hahnemann, y su carencia total de base alguna, estén hoy en día reconocidas como una de las más grandes gestas del niputaideaismo de la historia. Da la impresión que el caballero se las traía, pero ocurre que, sorprendentemente, sus seguidores y fanáticos son incluso más pesados que él.

Geografía 101

En algún momento del siglo XV los cartógrafos de Europa comenzaron a perfilar en sus mapas un enorme continente extraño etiquetado como «Terra Australis Incognita» (o «Terra Australis Ignota», o «Terra Australis Nondum Cognita»). Lo importante de este hecho es que ningún explorador conocido había puesto el pie jamás sobre dicha región y, sobre todo, que ninguno podría hacerlo nunca, porque aquel misterioso lugar era un terreno imaginario. Un continente que no existía, puesto que no había sido dibujado tras ser oteado a distancia durante alguna travesía, sino simplemente porque alguien tuvo la sensación de que en el mapa general del mundo toda esa tierra continental del hemisferio norte debería de estar equilibrada con una masa similar en el hemisferio sur. Así nació toda Terra Australis Incognita, como un simple modo de compensar la balanza.

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Mapa dibujado por Abraham Ortelius en 1570, donde se puede observar un inmenso continente etiquetado como Terra Australis Nondum Cognita en la parte inferior.

La Terra Australis imaginaria no fue el único gran gazapo acontecido entre los planos de la disciplina cartográfica. Porque a lo largo de los siglos XVII y XVIII en numerosos mapas oficiales de los mares del mundo apareció dibujada una curiosa silueta en la costa oeste de las tierras americanas: la isla de California. O uno de los errores más famosos e inexplicables de los mapas vetustos, el de interpretar la península de Baja California como una isla separada del resto de América del Norte. Curiosamente, la fama de la falsa isla llegaba hasta el punto de ser mentada incluso en obras literarias como los libros de caballerías de Garci Rodríguez de Montalvo. En aquellas páginas de ficción, y también en las leyendas populares, se avivaba la idea de que la misteriosa isla de California era una suerte de paraíso en la tierra.

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La isla de California, por Johannes Vingboons, circa 1650.

Mapas aparte, las locuras relativas a la orografía de nuestro globo siempre han ofrecido conjeturas coloridas: la teoría de la expansión terrestre presupuso, hasta bien entrados los años 70, que el planeta se había ido hinchando a lo largo de millones de años, dividiendo y alejando los continentes a medida que engordaba la panza. La teoría de la Tierra en contracción defendía justo lo contrario, la acción continuada de un enfriamiento global que había ido encogiendo el planeta y formando durante el proceso accidentes geográficos como las cadenas montañosas tras arrugar la superficie terrestre.

Pero la ganadora entre todas estas presunciones es la creencia de la Tierra hueca o creencia intraterrestre: la afirmación de que nuestro mundo está completamente hueco. Una chalada ocurrencia que otrora formaba parte de los cuentos fantásticos de mitologías como la celta, la hindú o la griega, pero que a lo largo de la historia se ha ido reformulando continuamente, tanto por gente que realmente creía en ella, como por conspiranoicos dementes, o por autores de ficción que se sumaron al juego. Todo ello provocó que ahora mismo resulte difícil asegurar quién hablaba en serio y quién estaba troleando fuerte.

El erudito jesuita Atanasio Kircher especuló en su Mundus subterraneus que las tripas de la Tierra estaban compuestas por un intrincado mundo de cavernas y canales de agua. Edmond Halley conjeturó que el planeta podría tener la pinta de un enorme Ferrero Rocher: lo supuso como una capa exterior hueca de ochocientos kilómetros de espesor, con dos capas concéntricas dentro y un núcleo interno. William Reed postuló, en su libro Phantom of the poles de 1906, que la Tierra era hueca y su interior estaba repleto de vida animal, vegetal y probablemente también de alegres gentes intraterrestres. Además afirmó que tanto en el Polo Norte como en el Polo Sur existían grandes aberturas por las que acceder a las entrañas del planeta, algo que rebatieron poco después los exploradores que tocaron Polo pero no vieron socavón en la zona.

La escritora espiritualista Walburga Ehrengarde Helena von Hohenthal, lady Paget, amiga íntima de la reina Victoria, afirmó que existían imperios enteros bajo la tierra habitados por los antiguos habitantes de la Atlántida. Marshall Gardner imaginó un sol en el centro del planeta, el explorador Ferdynand Ossendowski escuchó historias sobre peña intraterrestre, Julio Verne fantaseó con un montón de espacio allá abajo en Viaje al centro de la Tierra, Peter Kolosimo reportó que en un monasterio de Mongolia existía un acceso a las profundidades de nuestro mundo por el que transitaban robots, y Walter Siegmeister aseguró que el centro del planeta era un enorme parking de ovnis. En la otra banda, un puñado de científicos de buenas notas se preguntaba cómo había gente que podía creer en todo aquello y al mismo tiempo en la fuerza de la gravedad.

Los que sí que demostraron fe y cabezonería fueron unos cuantos individuos que, a principios del siglo XIX, se presentaron formalmente en los congresos científicos con la Biblia bajo el brazo: los defensores de la geología diluviana. O el intento pseudocientífico de intentar conciliar la geología de nuestro planeta con la creencia totalmente literal de que un diluvio universal tuvo lugar en algún momento por aquí. Los partidarios de aquella idea, conocidos como geólogos bíblicos o geólogos mosaicos, eran en esencia un grupo de escritores, en su mayoría evangélicos anglicanos, que no tenían ningún tipo de formación geológica pero sí muchas ganas de encontrar pruebas del diluvio bíblico que nunca acababan de aparecer. Defendían la «la primacía de la exégesis bíblica literalista», la escala temporal corta de una Tierra joven y probablemente hoy en día serían los mejores amigos de Kirk Cameron.

Fueron ninguneados por los científicos, pero también por una comunidad eclesiástica que no estaba para tonterías. Parecía que la cosa se iba a quedar ahí, porque durante muchos años posteriores incluso los evangélicos cristianos defendían que lo del Viejo Testamento tenía mucho de imaginativo escenario metafórico y poco de catastrófico remojón literal. Hasta que en 1961 un par de creacionistas, John C. Whitcomb y Henry M. Morris, publicaron The Genesis Flood: The Biblical Record and Its Scientific Implications. Un libro donde defendían la veracidad del relato bíblico del diluvio, cuyo éxito impulsó de nuevo las teorías creacionistas en la época moderna. Según el historiador Michael D. Gordin, The Genesis Flood debería de considerarse como una de las obras más importantes en la cultura norteamericana de posguerra. Pero no tanto por lo que cuenta, fruslerías justificadas con más fe ciega que base científica, como por lo que refleja de una sociedad que gusta de bucear en el niputaideismo: «Fue leído por cientos de miles, dio lugar a sus propios institutos de investigación y sigue siendo totalmente rechazado por todos los biólogos y geólogos convencionales».

Virología 101

Diciembre de 2019, comienzan a aparecer diversos casos de neumonía en Wuhan, China, cuya naturaleza no son capaces de identificar los médicos. Siete días más tarde, se confirma que la enfermedad es provocada por un nuevo tipo de coronavirus muy contagioso, y la noticia comienza a dar la vuelta al mundo mientras la gente hace coñas sobre lo saludable de considerar al murciélago como chicha para el puchero. Pero la cosa se pone seria y en tan solo cuatro semanas en China alcanzan los diez mil casos, mientras el virus comienza a extenderse por Tailandia, Corea y Taiwán. Antes de que finalizase el mes de enero, el nuevo coronavirus ya se había colado a través de las fronteras de Estados Unidos y Europa. El primer caso notificado en tierras españolas se dio el 31 de dicho mes, en La Gomera. Durante los meses posteriores, el mundo se vio obligado a combatir una amenaza inesperada y, ante la impotencia de no poder controlar los contagios, los gobiernos optaron por tomar medidas extremas: cerrar fronteras, mantener a la población encerrada en sus casas, acotar limitaciones de movimiento o imponer el uso de mascarillas y gel hidroalcohólico. Soluciones de emergencia aplicadas por todo el planeta y muy cuestionadas por sectores de la población que, creyendo que aquellos médicos eran un ejemplo moderno de niputaideaismo, dudaban de su capacidad para localizar un remedio.

Cuando, meses más tarde, las primeras vacunas contra el covid comenzaron a presentarse en sociedad, un pequeño grupúsculo de autodenominados librepensadores anunciaron públicamente que sospechaban tanto de la naturaleza de las inyecciones como de la propia existencia de un virus mortal. Alentados por eminencias médicas populares como Don Diablo y La Muchacha de las Bragas de Oro, y con la certeza irrefutable que otorga el haberse leído un jotapegé conspiranoico en un grupo de WhatsApp, este equipazo de intelectuales fundó el movimiento negacionista escudándose por completo en la arrogancia. En la soberbia de creerse más listos que cientos de años de avances científicos, errores garrafales y aciertos monumentales. Convirtiéndose en la demostración más evidente de que el niputaideaismo funciona en todas las aceras y no solo es un asunto de gente leída. Sino también de catetos capaces de creerse que, en lugar de una pandemia, todo esto ha sido un plan de Bill Gates para convertir a la humanidad, vía nanobots administrados en las vacunas, en antenas de carne imantadas con bluetooth de serie. Porque la ciencia puede meter la pata, pero una cosa es no tener ni puta idea en un momento dado, y otra muy distinta ser gilipollas a tiempo completo.


Historia de las pandemias (I): Plagas en la Antigüedad

Plague in an Ancient City, de Michael Sweerts.

Por fuera, el cuerpo no estaba muy caliente al tacto. Tampoco pálido en apariencia, aunque sí rojizo, lívido y cubierto de pequeñas pústulas y úlceras. Por dentro, sin embargo, el cuerpo ardía. El paciente no podía soportar ropajes o sábanas incluso de la más ligera factura, ni estar de otro modo que completamente desnudo. Lo que más deseaban los enfermos era arrojarse al agua fría. Así lo hicieron quienes no estaban siendo atendidos; padeciendo las agonías de una sed insaciable, se sumergieron en los depósitos que recogen el agua de lluvia. Sin embargo, [para el alivio de los síntomas] no suponía mucha diferencia el que bebieran poco o mucho. Nunca cesaba de torturarlos la miserable sensación de no ser capaces de descansar o dormir. (…) Era el horrible espectáculo de los hombres muriendo como ovejas. (Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso)

Al siglo V antes de nuestra se lo suele apodar «el siglo de Pericles», pero bien podríamos llamarlo el siglo de la primera pandemia. O, para ser más precisos, el siglo de la primera pandemia ampliamente documentada: la «plaga de Atenas». No fue la primera epidemia que traspasaba fronteras, pues habían ocurrido otras, pero estas no dejaron crónicas tan detalladas que hayan sobrevivido hasta nuestro tiempo. La plaga empezó a provocar estragos en Atenas en el año 430 a. C., apenas unos meses después de que hubiese estallado una guerra que enfrentaba a dos alianzas griegas: la Liga de Delos encabezada por Atenas y la Liga del Peloponeso encabezada por Esparta. Sin que lo hubiese esperado ninguna de las dos partes, un tercer combatiente invisible demostró ser más letal que cualquier ejército; durante tres oleadas ocurridas en un periodo de cinco años, la horrorosa plaga aniquiló a decenas de millares de griegos. Solo en Atenas hubo cien mil víctimas; la ciudad perdió la cuarta parte de la población en menos de un lustro.

La enfermedad había llegado desde el mar. Afectó primero a la ciudad costera de El Pireo, situada a unos pocos kilómetros de Atenas, que ejercía como puerto de entrada para los alimentos y mercancías que se consumían en la capital. Cuando empezaron a enfermar y morir cientos de personas, muchos creyeron que un comando de espartanos había conseguido sortear las murallas, infiltrándose en El Pireo para envenenar los depósitos de agua y alimentos. Poco después, la enfermedad se extendió a la propia Atenas, así que la hipótesis del envenenamiento se quedó corta para explicar una marea de mortalidad cuyas cifras empeoraban día tras día. El historiador ateniense Tucídides fue quien compuso la crónica clásica de aquella pandemia. No solo fue testigo testigo directo del brote de Atenas, sino que resultó contagiado él mismo, aunque estuvo entre los afortunados que pudieron recuperarse y contarlo. En sus escritos, Tucídides expresó un profundo horror ante «una pestilencia de tal extensión y mortalidad como no se recordaba en lugar alguno». Enumeró una larga lista de síntomas que piban presentándose con cada nuevo estadio de la enfermedad: fiebre, estornudos, dolores, inflamación ocular, tos, halitosis, sangrado faríngeo, vómitos, insomnio, llagas, pústulas, sensación de calor intolerable, sed insaciable, y, por último, una etapa de agresivas diarreas que provocaban una «extrema debilidad corporal» a la que, en un pavoroso porcentaje de casos, seguía la muerte. La enfermedad ni siquiera entendía de clases sociales. Pericles, el famoso y respetado líder de los atenienses, estaba dirigiendo las tropas de la alianza de Delos cuando recibió la noticia de que sus dos hijos habían contraído la plaga y habían muerto. Quedó sumido en el llanto y la desesperación. Pocos meses después, él mismo desarrolló síntomas y quedó tendido en una cama, incapaz de levantarse. No tardó en fallecer también.

Tucídides comentó con pesar que la mayor tasa de mortalidad se daba entre quienes cuidaban a los enfermos: «Los médicos no fueron de utilidad porque ignoraban cuál era la manera indicada de tratar la plaga, y ellos mismos morían en mayor cantidad que nadie, pues eran quienes visitaban a los enfermos con mayor frecuencia». Los atenienses pronto entendieron que no había manera de hacer frente al desastre. Ningún sistema de contención funcionaba. Quien tenía que morir, moría. La medicina no servía. Los recursos religiosos y mágicos como rezos, sacrificios y adivinaciones también se probaron inútiles, hasta el punto de que «la abrumadora naturaleza del desastre puso fin a todas esas prácticas». Ni los médicos ni los dioses podían aliviar los síntomas.

A pesar de la detallada descripción que Tucídides hizo de los síntomas, es muy difícil determinar qué enfermedad concreta provocó la plaga de Atenas. Es posible que nunca se llegue a saber. Se han formulado hipótesis para todos los gustos. Algunos creen que pudo ser una enfermedad hoy desaparecida, o una enfermedad que sigue existiendo pero ha perdido su poder letal, motivo por el que ya no somos capaces de reconocerla en el relato. Otros han señalado candidatas como la peste bubónica, la viruela, el tifus, o algún tipo de fiebre hemorrágica, pero la sintomatología no cuadra a la perfección en ninguno de los casos. Se ha especulado incluso con la posibilidad de que fuese una epidemia de ébola: se sabe que la plaga ateniense procedió de África, desde donde zarpaban casi todos los barcos que atracaban en El Pireo, y el propio Tucídides averiguó que el primer brote se había producido en Etiopía, desde donde la enfermedad se había extendido a Egipto, Libia y Persia antes de desembarcar en Grecia.

De las pandemias anteriores a la plaga ateniense se sabe poco, y conforme se retrocede en el tiempo, más difícil es obtener información fiable. En el año 1200 a. C., por ejemplo, una plaga mortal viajó desde China hasta Mesopotamia; hoy se cree, aunque no con seguridad, que pudo tratarse de la gripe. En el 1320 a. C., el Imperio hitita se vio sacudido por una oleada epidémica, probablemente de viruela, cuyos sucesivos rebrotes se prolongaron durante veinte años y diezmaron la población. Hubo epidemias todavía más antiguas que carecen de menciones escritas, pero que han podido ser confirmadas mediante descubrimientos arqueológicos. Por ejemplo, en algunas de las más antiguas momias egipcias se ha encontrado ADN del bacilo Mycobacterium tuberculosis; además, sus columnas vertebrales presentan lesiones consistentes con las que cabe esperar en la espondilitis tuberculosa, también conocida como enfermedad de Pott. Otro ejemplo: en algunos yacimientos de la Edad de Bronce se han encontrado restos humanos con material genético de la bacteria Yersinia pestis, responsable de la peste bubónica.

Las grandes pandemias, no obstante, eran mucho menos frecuentes en tiempos prehistóricos. Con anterioridad a la aparición de grandes ciudades, la extensión de las epidemias debió estar limitada por lo reducido y disperso de una población humana que, además, rara vez viajaba grandes distancias. Desde una perspectiva histórica, casi siempre han sido dos factores fundamentales los que han favorecido la rápida extensión de las pandemias: primero, una alta densidad de población; segundo, un intenso movimiento de personas y mercancías. Dicho con otras palabras: es un hecho probado que la civilización trajo consigo una mayor tasa de contagios. El aumento de asentamientos urbanos donde miles de personas compartían espacios reducidos, y la proliferación del comercio internacional, establecieron las condiciones que permitieron que las epidemias, hasta entonces localizadas en territorios concretos, empezasen a ser vez más catastróficas. Las epidemias localizadas habían causado dolor en poblaciones pequeñas, de eso no cabe duda, pero las pandemias que arrasaban diversos enclaves geográficos (y, en desgraciadas ocasiones, continentes enteros) adquirieron el poder de cambiar la faz de las naciones y hasta el rumbo de las épocas.

¿Cómo se explicaban las pandemias en tiempos antiguos? La respuesta es que depende de la época y el lugar. Aunque hoy nos parezca extraño, el concepto de contagio no siempre fue aceptado de manera universal. Hoy entendemos que el contagio de persona a persona es, junto a las picaduras de ciertos insectos como los mosquitos, el mecanismo fundamental por el que las epidemias se extienden. Pero, si hoy estamos seguros de que existe el contagio, se debe a que sabemos de la existencia de los gérmenes. Quienes no conocían los virus o las bacterias, no siempre tenían motivos para creer en la teoría del contagio. Es verdad que, aun sin haber descubierto los gérmenes, la teoría del contagio fue defendida por estudiosos de distintas culturas, ya desde la antigua Grecia. Pero esa idea no siempre fue aceptada por la gente de a pie (o por las autoridades), y muchos se resistieron a reconocer la existencia de un mecanismo puramente físico mediante el cual un individuo enfermo pudiese transmitir su mal a un individuo sano. Todavía menos habitual era que se contemplase la posibilidad de una transmisión asintomática. Así, muchas personas a lo largo de la historia desoyeron a los estudiosos y atribuyeron las enfermedades colectivas a los dioses y la magia. Incluso cuando optaban por explicaciones más terrenales, atribuían las epidemias a debilidades corporales provocadas por el estilo de vida, o a factores accidentales con potencial para afectar a toda una población, como los envenenamientos alimentarios o las contaminaciones de las fuentes de agua. Y, sobre todo, la explicación física preferida por muchos: la pestilencia procedente de lugares insalubres, en especial aquellos donde había cadáveres o materia orgánica en descomposición.

Hipócrates en la plaga de Atenas. (Alamy)

Los antiguos estudiosos griegos sí estaban entre quienes creían en el contagio, sobre todo después de haber experimentado la plaga ateniense. Tucídides vivió dos milenios antes de que fuesen descubiertos los microbios, pero nunca albergó dudas sobre el hecho, para él indiscutible, de que la plaga se había trasmitido de una persona a otra. Los griegos llegaron a considerar contagiosas enfermedades como la tuberculosis, la lepra, la rabia, la sarna y la oftalmía o inflamación de los ojos. No eran los únicos. Por aquella misma época, en la India, el médico Súsruta escribió un tratado conocido como Sushruta Samhita, (El tratado de Súsruta), donde explicó que enfermedades infecciosas como la lepra, la tuberculosis, los procesos febriles y diversas afecciones oculares podían transmitirse entre personas. De hecho, enumeró varias prácticas cotidianas en las que, según él, existía riesgo de contraer esos males: el acto sexual y otros tipos de contacto físico, el dormir en una misma cama aun sin contacto físico, el hablar cerca de otra persona, el comer en la misma mesa aun sin compartir alimentos y cubiertos, y el prestar ropajes, guirnaldas u otros accesorios de la vestimenta. Además de en textos griegos o indios, también en la Biblia hebrea se pueden encontrar referencias a males que los antiguos israelitas consideraban transmisibles, en especial enfermedades de la piel como la lepra, la leishmaniosis cutánea (que en realidad no es contagiosa, pero ellos pensaban que sí) o el bejel, una afección infantil causada por una bacteria idéntica a la que provoca la sífilis venérea.

Tucídides y Súsruta no supieron describir el mecanismo interno de la enfermedad, pero sí compartían la creencia de que el contagio no necesita necesariamente del contacto físico, y que la cercanía a un enfermo, aun sin tocarlo, bastaba para contagiarse de su mal. Otros autores antiguos llegarían a compartir esta misma observación, más llamativa durante las grandes epidemias. Pero, si desconocían los microbios, ¿cuál pensaban que era el agente contagioso? Una hipótesis común, tanto en Europa y África como en Oriente, achacaría las infecciones al aire contaminado que procedía de la corrupción de los tejidos. Este gas recibió diversos nombres: en la Europa grecolatina se lo llamaba miasma, término griego que significa «contaminación». En China se lo conocía como zhangki, y en India tenía el para nosotros los hispanoparlantes sonoro nombre putigandha, que significa «pestilencia». La aceptación tan extendida del concepto de miasma se debía a una observación universal: toda carne en descomposición produce gases pestilentes. Eso hizo que en diferentes culturas se interpretase el proceso infeccioso como el resultado de la aspiración de los gases procedentes de materia putrefacta.

La escuela médica imperante en la antigua Grecia era, por descontado, la teoría hipocrática. Según Hipócrates, la salud precisaba del equilibro entre los cuatro fluidos corporales fundamentales del cuerpo humano, o humores: sangre, bilis amarilla, bilis negra, y flema. El desequilibro de los humores se producía como efecto de un mal estilo de vida y una mala alimentación, o de diversos factores ambientales. Dependiendo de cuáles humores fuesen afectados, se manifestaban los síntomas de una u otra enfermedad. Los griegos, siempre amantes de la armonía teórica, vieron que los cuatro humores encajaban de forma bella y elegante con la teoría física de Empédocles, que definía toda materia como una combinación de cuatro elementos básicos: agua, fuego, tierra y aire. También encajaba con las cuatro estaciones del año. Y con las cuatro etapas de la vida humana: infancia, juventud, edad adulta y vejez. A la vista de estas cosas y de las pruebas físicas de las que disponían por entonces, la hipótesis de los humores se volvió casi indiscutible. De hecho, a Hipócrates se lo considera el padre de la medicina porque fue el primero en proponer un mecanismo físico, y no apoyado en lo sobrenatural, con el que explicar los procesos patológicos. También aportó cosas importantes a la epidemiología. Primero, como observador: en el 412 a. C. describió una gran epidemia, con síntomas que hoy pensamos compatibles con la gripe, y que afectó al norte de Grecia durante un año (de manera independiente, el romano Tito Livio escribió sobre una enfermedad similar ocurrida también en el año 412, así que hablamos de una pandemia europea). Hipócrates, además, fue el primero en clasificar las infecciones contagiosas en dos tipos: endémicas (con presencia constante en una población) y epidémicas (llegadas desde fuera). También distinguió entre patologías agudas y crónicas. Dividió las enfermedades en fases,  y para las más graves señaló una fase concreta, a la que llamó crisis, como el momento que determinaba si el paciente vivía o moría. La influencia de Hipócrates fue tan importante que hoy, más de dos mil años después, seguimos hablando del estado crítico.

En cuanto a la idea del contagio por miasma, encajaba bien dentro de la medicina hipocrática, aunque fue tomando varias formas conforme pasaba el tiempo. En su forma básica, el contagio por miasma se producía cuando una persona lo inspiraba. Una vez dentro del cuerpo, el miasma provocaba una pérdida de balance entre los humores, y esta ocasionaba la corrupción de los tejidos. Dicha corrupción sería responsable de dos procesos: por un lado, los síntomas de la enfermedad; por el otro, la creación de nuevo miasma. En esta fase, cuando el paciente respiraba, exhalaba el miasma procedente de la corrupción de sus propios tejidos, que podía a su vez ser inhalado por personas cercanas. De esta manera, los estudiosos griegos se explicaron tanto el contagio a distancia como las cadenas de contagio. Pero se toparon con una duda. El miasma no podía contagiar por el mero hecho de ser un gas pestilente, pues hay muchos tipos de aire pestilente y no todos ellos provocan infecciones. Así pues, ¿qué era exactamente lo que hacía que el miasma transmitiese una enfermedad contagiosa? Dedujeron que el aire corrupto no provocaba enfermedad como lo haría un gas venenoso, esto es, por efecto de su propia toxicidad intrínseca. Debía provocar la enfermedad mediante alguna sustancia invisible que no era el propio aire, sino que estaba contenida en él, y que era la verdadera responsable de la infección. Imaginaron que el miasma estaba repleto de pequeñas partículas de materia orgánica corrupta que no podían ser vistas, pero tenían el poder para causar enfermedades; los llamaron miásmata. Al ser inspirados por una persona, los miásmata quedaban depositados en su organismo, donde iniciaban un proceso de corrupción de manera parecida a como una manzana podrida hace que se pudran las demás manzanas de un cesto.

¿Cómo detectar el miasma? En principio, pensaban que era invisible y que su única característica física perceptible era el hedor. Pero Tucídides, durante la plaga ateniense, observó que muchos contagios se producían de manera inadvertida. En esos casos, los contagiados no habían sido capaces de detectar el olor del miasma. Dedujo que la pestilencia contagiosa no siempre tenía por qué ser detectable para el olfato humano. Se preguntó, en cambio, si los animales eran capaces de olerla, y esta curiosidad sirvió para demostrar (a ojos de los antiguos estudiosos griegos) la existencia del miasma. Durante el brote de Atenas, Tucídides fue testigo de un hecho que al principio lo dejó desconcertado: no pudo ver animales carroñeros en torno a los cadáveres humanos que eran depositados en el exterior de la ciudad. Esto era anormal. Por lo general, después de un desastre o una batalla, los cadáveres abandonados siempre atraían animales carroñeros; los más visibles y fáciles de distinguir en la distancia eran las aves. Pero las víctimas mortales de la plaga no atraían a los animales, y ni siquiera aparecían las aves rapaces sobrevolando a los muertos. Tucídides, intrigado, pensó que solo había dos maneras de explicar este fenómeno. Una posible causa era que durante los primeros días los animales carroñeros hubiesen acudido para alimentarse de los cadáveres y que, al contagiarse ellos mismos por comer carne contaminada, hubiesen muerto en masa, motivo por el que ya no se los veía. La otra posibilidad era que los animales, que por lo general tienen mejor olfato que los humanos, hubiesen sido capaces de detectar el miasma, y sencillamente hubiesen rechazado alimentarse con la carne contaminada. Cualquiera de esas dos opciones parecía probar la existencia del miasma: o bien era detectado por los animales salvajes, o bien les provocaba el contagio.

Esta deducción tan lógica, sin embargo, planteaba un nuevo problema. Si se asumía que el miasma era contagioso porque portaba miásmatas que eran producto de la putrefacción, el comportamiento de los animales carroñeros antes de la plaga parecía desmentirlo. Es decir: cuando no había plaga, los animales carroñeros comían carne descompuesta y por lo tanto teóricamente repleta de miásmatas, y no parecían contagiarse de nada. Esto hizo que los estudiosos griegos empezaran a sospechar que el miasma no era contagioso por el hecho de contener partículas de putrefacción. No era la putrefacción en sí misma la que provocaba enfermedades contagiosas. Tenía que existir otra sustancia que a veces surgía de la carne putrefacta o enferma, pero otras veces no estaba presente. Para explicar esta discrepancia, redefinieron la naturaleza teórica de los miásmata. Los compararon con otras partículas bien conocidas que flotaban en el aire, como las del polen o las esporas; partículas que, pese a no ser siempre visibles, tenían la capacidad de crear nuevas plantas desde la nada. El filósofo romano Lucrecio propuso la existencia de «semillas de enfermedad», que ya no eran simples partículas corruptas. Muchos otros autores, a lo largo de los siglos, recurrieron al mismo paralelismo con semillas o esporas. Del mismo modo que de una diminuta semilla puede nacer un gran árbol, de una diminuta partícula invisible, o de determinado número de ellas, puede surgir una enfermedad grave.

Ya en nuestra era, en tiempos del Imperio romano, el famoso médico griego Galeno se enfrentó a una pandemia conocida como «peste antonina» que comenzó con un brote, probablemente de viruela, entre los legionarios romanos estacionados en Persia. Los soldados que regresaron a casa diseminaron la enfermedad y esta, al cabo de poco tiempo, se extendió por todo el imperio. A lo largo de dos oleadas separadas por nueve años, se contagiaron veinte millones de personas  La tasa de mortalidad era aterradora: uno de cada cuatro pacientes sintomático fallecía. Llegaron a morir dos mil personas al día solamente en la ciudad de Roma. El historiador hispano Paulo Orosio, al rememorar aquella plaga, escribió que hubo aldeas españolas e italianas que quedaron «completamente vacías». También se contagiaron los galos y germanos que habitaban en las fronteras del imperio, aunque, dado el carácter iletrado de estos pueblos, están peor documentados los efectos demográficos que la plaga tuvo entre ellos.

Galeno, para explicar la rapidez con que se había extendido la pandemia, retomó la idea de unas esporas invisibles que provocaban la enfermedad. Además, sugirió que la acumulación de estas semillas en el organismo podía explicar el hecho sorprendente de que individuos que parecían recuperados recayesen de repente en la fase de síntomas más graves. Teniendo en cuenta que la microbiología no existía porque no había manera de detectar los gérmenes, las semillas y esporas continuaban siendo una muy buena explicación. Aunque hubo quien se acercó más a la verdad: el militar y erudito romano Marco Terencio Varrón llegó a especular con la existencia de criaturas tan pequeñas que eran invisibles y podían flotar en el aire. Al ser inspiradas, estas criaturas podían provocar enfermedades de manera activa. Varrón, claro, no podía demostrar la existencia de tales criaturas, pero estaba completamente convencido de su existencia. Las llamó animalcula (animálculos, animalillos), y no creía que estuviesen en todas partes, sino que se concentraban en los humedales, donde surgían por generación espontánea. Casi podríamos decir que Varrón fue el primer microbiólogo de la historia, aunque las criaturas que él imaginaba debían de parecerse poco a las bacterias y virus como los conocemos hoy. En este sentido, los animálculos de Varrón eran como los átomos de Leucipo y Demócrito: hoy no se consideran científicamente válidos, pero continúan asombrando porque demuestran una profunda intuición y una inteligencia clarividente en personas que no tenían medios tecnológicos para llegar a semejantes conclusiones mediante la observación. Eso sí, la ocurrencia de Varrón no ganó la partida a la teoría de las semillas, más querida por la mayoría de estudiosos. Quizá se explica en parte porque Varrón no habló de los animálculos infecciosos en un texto médico, sino en un tratado sobre agricultura, y lo hacía para advertir a los campesinos sobre los peligros de establecer sus hogares cerca de zonas pantanosas (antes de Varrón, la comprobada peligrosidad de las aguas estancadas ya había preocupado al agrónomo Lucio Jonio Columela, que también estaba convencido de que los pantanos eran fuente de enfermedades. Pero Columela se atuvo a la noción habitual de pestilencia y nunca imaginó criaturas microscópicas).

El ángel de la muerte golpea la puerta en la plaga de Roma. Grabado de Levasseur a partir de un original de Delaunay.

Las pandemias empeoraron con la llegada del primer milenio de nuestra era. Se extendían con rapidez por las regiones ricas porque estas eran las más densamente pobladas, las que disponían de mejores comunicaciones, y las que mantenían una mayor actividad comercial. regiones muy civilizadas, como las dos mitades del Imperio romano, Egipto o China, eran terrenos abonados para las pandemias. Asia central no estaba tan densamente poblada, pero las caravanas comerciales y las hordas nómadas atravesaban la región, portando las infecciones de un lugar a otro. En los territorios costeros, el atraque de un solo barco infectado podía desencadenar un caos sobre tierra firme. Tenían mejor suerte territorios insulares donde el comercio exterior aún no era intenso, como las islas británicas o Japón; eso sí, cuando una epidemia llegaba a las costas de estas islas, se encontraba con una población no solo menos acostumbrada a afrontar estos cataclismos, sino, lo peor, desprovista de inmunidad.

A partir del siglo VI, Europa empezó a ser asolada por una enfermedad que permaneció como misterio para muchos historiadores posteriores,pero que hoy es identificada como la primera gran pandemia de peste bubónica, anterior en varios siglos a la segunda (y mucho más famosa) pandemia bubónica, la Peste Negra. En un proceso típico de la peste bubónica, aunque también propio de otras pandemias como las de viruela, la peste golpeó con gran fuerza durante una oleada inicial muy extensa y destructiva; después llegaban otras oleadas que, aunque con impacto y extensión decreciente, se producían cada pocos años o cada pocas décadas. También era típico de esta enfermedad la aparición inesperada de rebrotes en regiones muy localizadas que habían sufrido una ola reciente. Sumando todas las oleadas y rebrotes, la primera gran pandemia de peste bubónica se prolongó durante más de doscientos años.

Comenzó en el año 541 con la llamada plaga de Justiniano, que duró unos ocho años y afectó a muchos territorios, cebándose con el Impreio Bizantino, mitad oriental del antiguo Imperio Romano. Aunque en la memoria colectiva y en la cultura general de nuestro tiempo no quede un recuerdo tan marcado de aquella pandemia como de la Peste Negra medieval, su poder de devastación fue comparable. La plaga de Justiniano mató a decenas de millones de personas, y se estima que pudo desaparecer entre un tercio y la mitad de la población europea en menos de una década. En términos mundiales, conllevó la pérdida, según diferentes estimaciones, de entre una décima parte y una cuarta parte de la población mundial. Durante el pico pandémico morían cinco mil personas al día solo en la ciudad de Constantinopla. La fase más cruenta de aquella primera oleada terminó en el 549, aunque aún habría rebrotes localizados durante varias décadas más, sobre todo en ciudades de Francia, región donde la plaga no se extinguió hasta comienzos del siguiente siglo. Después de aquel asalto inicial de peste bubónica, que fue con mucho el peor, la enfermedad retornaría a Europa y Próximo Oriente de manera esporádica durante algo más de dos siglos.

Cuando la plaga llegaba a una ciudad, había poco que se pudiera hacer salvo confinarse. Ya por entonces se hablaba de la higiene como una necesidad en el caso de brotes infecciosos, lo cual era muy razonable, pero, al menos en el caso de la peste bubónica, inútil. Solo el distanciamiento social era efectivo. Una vez más, las clases sociales importaban poco. Por supuesto, los pobres vivían hacinados y eran víctimas propiciatorias para el contagio, pero los ricos no siempre podían aislarse por completo, pues necesitaban del comercio para mantener su nivel de vida o siquiera para llenar sus despensas. Y el comercio era el método ideal para la transmisión de la peste. Algunos terratenientes agrarios quizá podían aislarse en una residencia campestre, pero los ricos solían vivir en las ciudades donde, por lo general, todos los alimentos eran importados. Así, cuando en el año 590 se produjo un brote en la ciudad de Roma, pobres y ricos enfermaron por igual. El brote llegó a matar al mismísimo papa Pelagio II, demostración de que nadie estaba a salvo. En el 627, cuando la peste se cebó con el reino sasánida de Mesopotamia, no solo mató a la mitad de la población (lo cual equivale casi a decir que mató a la mitad de la población pobre, pues pobre era casi todo el mundo), sino que el propio rey Kavad II se contagió y murió.

Hoy hablamos de las transformaciones sociales provocadas por el coronavirus SARS-CoV-2, pero las antiguas pandemias no solamente provocaban muertes y más pobreza, sino que, además de debilitar imperios enteros, originaban cambios imprevistos en términos étnicos y hasta religiosos. Entre los años 638 y 639, una ola de peste bubónica asoló Siria, país que justo entonces estaba sufriendo una terrible sequía. La peste diezmó la población nativa, que era mayoritariamente cristiana. Los musulmanes asentados en el territorio habían sido, hasta entonces, una minoría árabe ubicada en destacamentos militares. Encerrados en sus propias fortalezas, los árabes se libraron del contagio. Cuando Siria quedó despoblada, los soldados musulmanes animaron a que sus correligionarios la ocuparan. Eso sí, no olvidaron que habían sido los desastres los que les habían permitido conquistar el territorio, y recordarían la terrible época de la sequía y la peste como «el año de las cenizas».

En el 664, las islas británicas, hasta entonces indemnes, fueron asoladas por un brote de peste que se prolongó durante cinco años. Su inicio coincidió con un eclipse solar y un terremoto, así que los nativos se sintieron desconcertados y una fiebre supersticiosa se extendió por las islas. El territorio menos afectado por la peste fue Escocia, lo cual dio lugar a pintorescas creencias religiosas. En Escocia era habitual la presencia de misioneros irlandeses que viajaban hasta allí para extender la fe cristiana entre los habitantes locales, los pictos. Uno de esos misioneros irlandeses había sido Columba de Iona, que había ejercido como abad del monasterio situado en la isla escocesa de Iona. Tras su muerte, Columba fue santificado. Pues bien, cuando la peste llegó a las islas, era otro misionero irlandés, Adomnán de Iona, quien ejercía como abad en el mismo monasterio. Adomnán era un individuo muy influyente no solo en el plano religioso, sino también en el político, y siempre se escuchaba lo que él tenía que decir sobre casi cualquier asunto. Al llegar la plaga y resultar Escocia poco afectada, Adomnán afirmó que la enfermedad era un castigo divino y que los escoceses se habían salvado porque el difunto santo irlandés Columba había intercedido ante Dios. Por supuesto, Adomnán se consideraba uno de los protegidos por su ilustre compatriota celestial, y estaba tan convencido de la inmunidad que se le había concedido como premio a su tarea evangelizadora, que no tuvo inconveniente en relacionarse con los enfermos de peste. Como detalle curioso, ni Adomnán ni los miembros de su reducido séquito llegaron a enfermar, cosa que sin duda lo llenó de piadosa satisfacción, aunque quién sabe cuánto contribuyó él a extender la enfermedad sin saberlo, ejerciendo un papel que entonces no se concebía: el papel de portador asintomático.

Las dos últimas grandes oleadas de la primera pandemia de peste bubónica de la Antigüedad se produjeron en los años 698 y 746, cebándose una vez más con el Imperio bizantino y Oriente Medio, y golpeando, ya de paso, algunas regiones africanas. Después, en Europa se produjo un largo periodo de relativa calma pandémica que se vio favorecida, entre otros motivos, por la despoblación. De manera paradójica, el empobrecimiento de los antiguos imperios ayudó a protegerlos de las pandemias. Baste señalar que las oleadas de Europa occidental fueron teniendo menos impacto conforme la población se disgregaba en un proceso de ruralización que daría lugar al feudalismo. De hecho, y exceptuando la mencionada oleada británica, la mitad occidental del antiguo Imperio romano, sumida en el declive después del año VI, apenas volvió a ser tocada por la peste  Mientras tanto, la mitad oriental, más rica y más poblada, tuvo que soportar oleadas graves hasta bien entrado el siglo VIII. Tras eso, la peste bubónica desapareció del Mediterráneo y no se volvió a tener noticia de ella durante cientos de años,. Hasta el punto de que, cuando retornó en el siglo XIV para desatar una segunda pandemia internacional, los europeos pensaron que se enfrentaban a una enfermedad nunca vista, y no consiguieron asociarla con la pandemia del primer milenio.

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Manual de elegancia

Narciso (detalle), de Gyula Benczúr, 1881. Imagen: DP.

«Todo lo que una indumentaria trata de ocultar, disimular, aumentar y agrandar más de lo que la naturaleza o la moda ordena o quiere, siempre quedará como algo vicioso». Lo escribía en 1830 Honoré de Balzac en Tratado de la vida elegante (Impedimenta, 2011). Esta frase, que en principio se refiere a la manera de vestir, se puede utilizar también como una regla para delimitar qué entendemos como correcto en la actitud de una persona ante la vida. En consecuencia, todo lo que es artificio e impostura, todo lo que no es natural, sobra. Y sobra porque enmascara el verdadero ser. La elegancia personal se podría definir entonces como la expresión de uno mismo sin afectación. Con base en esa definición podría parecer sencillo llegar ser una persona elegante. Veremos más adelante que es más complicado de lo que parece. No es fácil, pero vale la pena intentarlo.

La palabra elegante significa «dotado de gracia, nobleza y sencillez», y en su etimología latina no tiene nada que ver con la acepción elitista y vinculada a la moda que el término ha adquirido en las últimas décadas. Vamos a tratar en este artículo de la elegancia interior, de la elegancia como una forma de estar en el mundo, como una postura frente a las circunstancias de la vida, como una manera de relacionarnos con los demás. Utilizaremos conceptos como discreción, naturalidad, empatía, sensibilidad, amabilidad, tolerancia, serenidad, humildad, cortesía y educación.

Narcisismo e individualismo

Putin (Rusia), Trump (Estados Unidos), Bolsonaro (Brasil), Salvini (Italia), Orbán (Hungría), Duterte (Filipinas), Erdogan (Turquía). Estos siete líderes mundiales representan el tipo de dirigente que se está imponiendo en la política internacional en los últimos años. Todos ellos son reconocidos, entre otras cosas, por un acusado narcisismo. Este trastorno de la personalidad se caracteriza por autoestima extrema, búsqueda de estatus, egoísmo, envidia, falta de empatía, necesidad de adulación, hipersensibilidad a la crítica, tendencia a la manipulación, poco control de la ira, fantasías de grandeza y propensión a magnificar sus logros. Se dice a menudo que los políticos no son más que un reflejo de la sociedad a la que representan, que tenemos lo que merecemos.

¿Es la sociedad de hoy mayoritariamente narcisista? De reciente publicación son varios libros sobre el asunto: El narcisismo, la enfermedad de nuestro tiempo de Alexander Lowen; La epidemia narcisista de Jean Twenge; Los perversos narcisistas de Jean-Charles Bouchoux, entre otros. Aparte de en utilizar títulos destemplados, los tres volúmenes coinciden en diagnosticar un incremento del narcisismo en la sociedad, sobre todo entre los jóvenes. ¿Cómo se mide este trastorno? La mayoría de los psicólogos utilizan un índice, el Narcisistic Personality Inventory (NPI). En el enlace anterior se puede acceder al test (en inglés) para evaluar el nivel de narcisismo. Se obtiene una puntuación de 0 a 40. Cuanto más alta, más narcisista. En la misma página, una vez finalizado el test, se pueden ver dos gráficos que reflejan la evolución de este índice a lo largo de los años. La media de puntuación se sitúa entre 15 y 17 puntos. A partir de 20 se comienza a tener cierta personalidad egocéntrica. Con el paso del tiempo la puntuación media se ha ido incrementando de forma constante. 

Algo consustancial al narcisismo es su notoriedad y su carácter expansivo. Las redes sociales y los medios de comunicación son el amplificador ideal para este tipo de personalidad y los comportamientos que genera. A causa de todo ello acaba pareciendo que el narcisismo o, cuando menos, el individualismo, es el signo de los tiempos, y que aquel que no piense en su propio interés antes que en los demás es un excéntrico o, al menos, un ingenuo. Unos años antes de ser nombrado presidente de los Estados Unidos, Donald Trump dijo: «Enseñadme a alguien sin ego, y yo os mostraré a un perdedor». Denuncia Cáritas en un estudio reciente que ha caído el «índice de solidaridad» y que, a pesar de que ha aumentado la exclusión social, el 51,3% de los españoles está menos dispuesto a ayudar a los demás que hace diez años. Pero si miramos debajo de la alfombra mediática que parece que todo lo tapa, encontramos motivos para la esperanza. Del mismo modo que en los líderes políticos antes citados tenemos ejemplos de lo que significa ser narcisista, contamos con personas que, en la acera contraria de la vida, son modelo de elegancia: viven a nuestro alrededor de forma tranquila, sin estridencias, sin dramatismo. Enfocan sus dificultades con optimismo y siempre están dispuesto a echar una mano. Son alegres, pero sin exagerar. Parecen disfrutar, pero nunca hacen alarde de ello. No son los más guapos y simpáticos del grupo ni los que más hablan en las reuniones; sin embargo, es agradable pasar el tiempo con ellos porque saben escuchar y comprender. Son, además, capaces de consolar como nadie; transmiten paz. Son personas anónimas, claro.

Del análisis del comportamiento y la trayectoria vital de algunas de estas personas a las que calificamos de «elegantes» y de la lectura de los libros de algunos expertos hemos sintetizado unas características comunes y algunas pautas de actuación que nos permitirán entender cómo son y cómo se relacionan estos seres no tan invisibles. Si tuviéramos que resumir en una sola característica a estas personas tendríamos que decir que todos ellos han eliminado su ego, o al menos lo han reducido a la mínima expresión. 

El narcisismo, para entendernos usando términos médicos, sería la infección y consiguiente inflamación del ego. Y la elegancia, el estado que se alcanza después de la extirpación o reducción de este mediante cirugía.

Qué es el ego

Para encontrar una clara y detallada explicación de qué es el ego hay que acudir a pensadores que han bebido de las fuentes de la sabiduría oriental. El resto de los autores de tradición occidental han dado escasa importancia a este concepto, y los pocos que lo han tratado lo han confundido con otras ideas como la del «yo» y la de «personalidad». Ego no es lo mismo que egoísmo. El segundo es uno de los frutos del primero.

Matthieu Ricard (1946, Francia) es un monje budista, asesor del Dalai Lama y autor de varios libros sobre espiritualidad. Ricard reside en un monasterio de Nepal. En 2008, junto con varios cientos de voluntarios, colaboró en un experimento de la Facultad de Neurociencia de la Universidad de Wisconsin. Como al resto de participantes, le colocaron 256 sensores sobre su cráneo y fue expuesto a un aparato de resonancia nuclear magnética que registró los niveles de actividad de la parte prefrontal izquierda de su cerebro (la parte asociada a las sensaciones positivas). Dentro de una escala que varía desde el -0,3 hasta el +0,3, Ricard puntuó -0,45 (fuera de la escala), lo que significaba que la capacidad de su mente para eliminar la negatividad era extraordinaria. Los medios de comunicación le concedieron el título de «hombre más feliz de la tierra».

En su libro En defensa del altruismo (Urano, 2016) caracteriza el ego como una ficción: «Es algo que existe —constantemente lo experimentamos—, pero que solo existe como una ilusión». Explica Ricard que el «Yo» que se adquiere en la primera infancia, cuando se ve sometido a los primeros cambios corporales y resulta afectado por inesperadas experiencias emocionales, cristaliza en un sentimiento mucho más fuerte e intenso, el ego. «Sentimos —continua Ricard— que este ego es vulnerable, y queremos protegerlo y satisfacerlo. Así comienza a manifestarse la aversión hacia todo cuanto lo amenaza, la atracción por todo cuanto le agrada y le reconforta».

Eckhart Tolle, otro autor influido por el pensamiento místico hinduista, en su libro llamado Un nuevo mundo, Ahora (Grijalbo, 2010):

El ego es un conglomerado de pensamientos repetitivos y patrones mentales y emocionales condicionados, dotados de una sensación de «yo». El ego emerge cuando el sentido del Ser, del «Yo soy», el cual es conciencia informe, se confunde con la forma. Ese es el significado de la identificación. Es el olvido del Ser, el error primario, la ilusión de la separación absoluta, la cual convierte la realidad en una pesadilla. La mayoría de las personas se identifican completamente con la voz de la mente, con ese torrente incesante de pensamientos involuntarios y compulsivos y con las emociones que lo acompañan. 

El ego es una representación mental de lo que creo que soy. Digamos, por simplificar, que me considero buena persona, inteligente, simpático y que pienso que mis opiniones son importantes para los demás (eso es mi ego). Lo más probable es que esas ideas que tengo sobre mí sean inciertas en mayor o menor medida. Creer en esa ilusión me viene bien para, dado mi entorno, desenvolverme en la vida. El problema viene cuando la realidad, de forma habitual, contradice lo que yo pienso de mí, cuando los hechos llevan la contraria a mi ego. Esa es la fuente de mis sufrimientos. Cuando no soy ascendido en el trabajo me cuesta aceptar que, siendo yo tan inteligente, prefieran a otro. Si mi novia me abandona, sufro porque mi ego me impide ver de forma objetiva cómo puedo haberla decepcionado.

El ego se desenvuelve con comodidad en el pasado (con lo mucho que yo he estudiado, cómo es posible que me suspendan) y en futuro (lo feliz que voy a ser cuando me jubile y tenga tiempo para mí). El pasado es fácil de maquillar, y no digamos el futuro. Sin embargo, el ego se siente a disgusto en el presente, en el ahora. La realidad que vivo ahora mismo es más difícil de disfrazar: analizar con honestidad mis circunstancias actuales me obliga, en la mayoría de los casos, a sentirme cuando menos satisfecho, a no quejarme, a no buscar enemigos. Y eso al ego no le agrada. El ego necesita conflicto.

Cuanta más distancia hay entre la representación y la realidad de mi ser verdadero más grande es el ego. Pensemos en una persona arrogante y autoritaria, que aparenta autoconfianza y capacidad de liderazgo, y de la que sospechamos que, en el fondo, es débil e inseguro; todos conocemos alguien así. En esa persona hay una gran discrepancia entre la realidad de su ser y la ilusión que ha fabricado como coraza defensiva. En ese caso estamos ante un ego que ha crecido demasiado y acabará siendo fuente de profundo sufrimiento. 

Tener conciencia de que en mi mente se produce esa representación —coinciden Ricard y Tolle— ya es un primer paso para desinflar mi ego. «Si el ego no es sino una ilusión —explica Matthieu Ricard— liberarse de él no supone extirpar el corazón de nuestro ser, sino simplemente abrir los ojos. Abandonar esa fijación en nuestra mente equivale a ganar una gran libertad interior».

Eco y Narciso, de John William Waterhouse (1903). Imagen: DP.

Altruismo

La buena educación no es más que hacer la vida fácil a los demás. (Anónimo)

En Guerra y paz Pierre Bezujov visita al príncipe Andrei Bolkonski, un viejo amigo al que no ve desde hace dos años. El príncipe ha estado en la guerra con los franceses y se ha convertido en un hombre arrogante y distante. 

—Matar a un hombre no está bien; no es justo —dijo Pierre.

—¿Por qué no es justo? —replicó el príncipe Andrei—. Los hombres no podemos saber qué es justo y qué no lo es. Los hombres se equivocaron siempre y se equivocarán, sobre todo al considerar qué es lo justo y qué lo injusto. 

—Injusto es lo que produce un mal a otro hombre —dijo Pierre, sintiendo con satisfacción que, por primera vez desde su llegada, el príncipe Andrei se animaba, empezaba a hablar y deseaba expresar todo lo que le había hecho tal como era ahora.

—¿Y quién te dice cuándo una cosa es un mal para otro hombre? —preguntó.

—¿El mal? ¿El mal? —dijo Pierre—. Todos sabemos bien en qué consiste el mal para nosotros mismos.

—Sí, lo sabemos; pero ese mal que yo conozco para mí, no puedo hacerlo a otro hombre —comentó el príncipe Andrei—: Solo conozco dos males reales en la vida: el remordimiento y la enfermedad. Solo en ausencia de esos males está el bien. Vivir evitando estos males, esa es toda mi sabiduría ahora.

—¿Y el amor al prójimo, y el sacrificio? —comenzó a preguntar Pierre—. No, no puedo ser de su opinión. Vivir únicamente para no obrar mal, para no tener que arrepentirse, es poco. Yo he vivido así: he vivido para mí solo y he destrozado mi vida. Solo ahora, que vivo, o al menos quiero vivir —corrigió con modestia—, para los demás, comprendo toda la felicidad de la vida. No, no estoy de acuerdo con usted; y ni usted mismo cree en lo que dice. (…) Lo más importante —prosiguió Pierre—, y de lo que estoy seguro, es que el placer de hacer bien es la única felicidad verdadera en la vida.

En esta conversación se plantea la controversia entre si es más ético el individualismo (respetuoso con el prójimo, pero frío y pasivo) o el altruismo (activo y comprometido, aunque entrometido a veces). Tolstói, al igual que la mayoría de los filósofos y pensadores modernos, toma partido por el altruismo. Y lo hace con el argumento de que es el amor desinteresado lo que más humaniza a la persona.

Solo una corriente de pensadores —entre los que destaca la norteamericana Ayn Rand— defienden el individualismo como la forma más ética de proceder y como el mejor camino hacia la felicidad. Esta corriente ha dado sustrato ideológico a la derecha liberal más salvaje y hoy ha vuelto a cobrar actualidad gracias a la presidencia de Donald Trump. La principal idea de Rand es que «El hombre —cada hombre— es un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros. Debe existir por sí mismo y para sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros. La búsqueda de su propio interés racional y de su propia felicidad es el más alto propósito moral de su vida». Para conseguir ese fin el capitalismo, en su más pura expresión, es la mejor vía. Rand define el «egoísmo racional» como el egoísmo sin ego, como un egoísmo productivo. Siguiendo por este camino, Rand considera la humildad como un vicio. El humilde, según la filósofa estadounidense, se considera inferior al resto de los hombres y eso mata cualquier ambición moral en él.

La forma en que Rand trata los problemas sociales como la pobreza y la marginación genera desasosiego y demuestra su alejamiento de la realidad. Pero basta con tener en cuenta que fenómenos con el trumpismo y el Tea Party (ala más conservadora del Partido Republicano norteamericano) tienen su explicación en los libros de Ayn Rand para descartar sus ideas como fuente de inspiración de una persona que pretende ser elegante. ¿Quiere usted ser elegante como Donald Trump o como la madre Teresa de Calcuta?

Matthieu Ricard en su libro En defensa del altruismo desmonta la teoría de Ayn Rand:

Perdida en la esfera del razonamiento conceptual, Ayn Rand ignora que, en la realidad —esa realidad por la que ella afirma tener el máximo aprecio—, el altruismo no es ni un sacrificio ni un factor de frustración, sino que constituye una de las principales fuentes de felicidad y desarrollo en el ser humano. Como escriben Luca y Francesco Cavalli- Sforza, padre e hijo, renombrado genetista el primero y filósofo el segundo, «la ética nació como ciencia de la felicidad. Para ser feliz, ¿vale más ocuparse de los otros o pensar exclusivamente en uno mismo?». Las investigaciones en psicología social han demostrado que la satisfacción generada por las actividades egocéntricas es menor que la que proviene de las actividades altruistas.

Pero es importante tener en cuenta que el altruismo elegante es el que trae consigo compromiso e implicación personal con el semejante. Dar a los necesitados el dinero que a uno le sobra está bien, pero no es suficiente. El altruismo sin interactuar, sin relación, sin amor, en definitiva, no es verdadero altruismo.

Humildad, mesura y moderación

Todas las religiones encaminan al hombre hacia la humildad. La aceptación sincera de la existencia de un Dios —un ente superior, perfecto, omnipotente y creador— conduce al ser humano, de forma casi automática, al reconocimiento de su debilidad, de su inconsistencia. La humildad como la virtud que permite conocer las propias limitaciones, que abre los ojos ante la realidad de nuestro ser, es consustancial con la elegancia. La elegancia entendida como el proceso de reducción del ego conduce invariablemente a la humildad. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. (Evangelio de san Mateo, 11. 28-30)

Muchas de las personas elegantes que hemos analizado son religiosas. Pero la religión no es el único camino.

El ego es insaciable y se alimenta del deseo. Para el budismo el deseo es la causa del sufrimiento. Las pasiones humanas son la fuente del deseo que termina generando el sufrimiento. Mientras nos mantengamos en ese círculo vicioso, como predica el budismo, seguiremos en el estado del Samsara (ciclo de nacimiento, vida, muerte y encarnación) y nunca alcanzaremos el Nirvana (La iluminación, la paz, el equilibrio).

Para el estoicismo y el epicureísmo, filosofías griegas, la Ataraxia es el estado de tranquilidad, equilibrio y felicidad al que se accede mediante el control de las pasiones y la aceptación de la naturaleza (la realidad). Escribe Montaigne en sus Ensayos (Acantilado, 2007) que «La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo».

La elegancia sería entonces una estación cercana al fin de trayecto que es la Ataraxia o el Nirvana. La moderación de los apetitos (comida, bebida, sexo…) y del resto de pasiones (celos, envidia, orgullo, ira…) aparece como un importante factor para reducir el ego, alcanzar la serenidad y terminar siendo una persona elegante. Quien se deja llevar por su libido y no respeta los sentimientos y la libertad del otro, está muy lejos de la elegancia. Quien come y bebe sin control de forma habitual, se encuentra muy apartado del camino hacia la sencillez y la humildad necesarias para alcanzar la elegancia.

Narciso, de Jules-Cyrille Cave, 1890. Imagen: DP.

Proteger la intimidad

Como hemos visto más arriba, reducir el ego implica comenzar a romper con el individualismo. Este proceso nunca llegará a buen puerto si no se protege la intimidad. Sin intimidad no es posible acabar con el egocentrismo. Puede parecer un contrasentido, pero no lo es. En una cena de matrimonios, un alto ejecutivo bancario de cincuenta años hizo con cara de orgullo el siguiente comentario: «Yo lo cuento todo en Facebook porque no tengo nada que esconder». Esta idea cada vez más generalizada de que la intimidad es algo que hay que compartir, y que solo se debe silenciar lo vergonzoso, es muy reciente en nuestra cultura. Tiene su origen en la difusión masiva de la prensa rosa o de cotilleo, y su auge en el uso generalizado de las redes sociales. Si difundimos y hacemos pública nuestra intimidad, necesariamente la eliminamos: la intimidad a la vista de todos deja de ser intimidad. Una persona sin intimidad pasa a ser como los demás y pierde su identidad real, su auténtico ser. Por ello será incapaz de desinflar su ego y alcanzar la elegancia.

Plácido Fernández-Viagas lo explica con detalle en su libro Inquisidores 2.0. El sueño del robot o el fraude de la libertad de información (Editorial Almuzara, 2015). La tesis principal de Fernández-Viagas es que el uso perverso de los medios de comunicación y, sobre todo, de las redes sociales, acaba teniendo un efecto pernicioso sobre el hombre en cuanto lo termina igualando a los demás, destruye su identidad y, de ese modo, lo deshumaniza.

Hay dos citas en el libro que vale la pena resaltar:

Para ser felices es imprescindible que nuestro modo de vida se base en nuestros propios impulsos íntimos, y no en los gustos y deseos accidentales de los vecinos que nos ha deparado el azar. (Bertrand Russell)

Quiero ser alguien, no nadie; quiero actuar, decidir, no que decidan por mí, dirigirme a mí mismo y no ser movido por la naturaleza exterior, o por otros hombres, como si yo fuera una cosa, o un animal, o un esclavo incapaz de desempeñar un papel humano; es decir, concebir fines y medios propios y realizarlos. Esto es, por lo menos, parte de lo que quiero decir cuando digo que soy racional, y que mi razón es lo que me distingue, como ser humano, del resto del mundo. (Isaiah Berlín)

«Una persona que no tiene nada que ocultar se vulgariza, se hace exactamente igual que los demás», escribe Fernández-Viagas. Y añade: «Si los sentimientos más profundos de los hombres, sus miedos, deseos y culpas, son objeto de exhibición, nadie querrá arriesgarse a mantener una individualidad demasiado pronunciada». Si Google, Facebook y Twitter controlan y registran todos los pasos que damos y sabemos que nuestras rarezas (en la red) pueden acabar siendo objeto de compra-venta acabaremos, consciente o inconscientemente, normalizando nuestra personalidad. La alienación a la que conduce un uso desmedido e irracional de las redes sociales y los medios de comunicación lleva a la pérdida de la dignidad. Una persona elegante, con el ego bajo control, preserva su intimidad de la exposición pública pues tiene claro que en ese coto privado reside gran parte de su auténtico ser.

No quejarse, no criticar

La neozelandesa Catrina Williams sufrió en 2002 un accidente ecuestre y quedó tetrapléjica. Los médicos le pronosticaron que estaría en una cama de por vida. A base de esfuerzo y determinación consiguió ganar movilidad y actualmente se desenvuelve de forma autónoma con la silla de ruedas y participa en competiciones deportivas. De su largo y tortuoso proceso de recuperación sacó tres conclusiones:

-Las personas más humildes son las que más te pueden aportar.

-Lo más duro de la tetraplejia no es la incapacidad de andar, sino las molestias asociadas a la enfermedad como las llagas y las infecciones. 

-El mundo se divide entre los que se quejan por todo y los que no lo hacen. Quiero vivir rodeada de los seres pertenecientes al segundo grupo.

No es necesario pasar por un proceso traumático para entender qué tipo de personas valen la pena. Las quejas y las críticas son alimento para el ego. Como dice Eckhart Tolle en su libro Una nueva tierra: «Cuando criticamos o condenamos al otro, nuestro ego se siente más grande y superior. (…) No hay nada que fortalezca más al ego que tener la razón. Cuando nos quejamos, encontramos faltas en los demás y la razón en nosotros».

Quejarse y criticar son acciones tan comunes hoy en día que han pasado a parecernos normales. Solo cuando entramos en contacto con personas que no lo hacen, caemos en la cuenta de lo irritante y molesto que dicha forma de actuar puede llegar a ser para los demás. La queja y la crítica, como alimento del ego, son combustible para un círculo vicioso que se agranda gradualmente y no tiene fin. Dejar de criticar y de quejarse está al alcance de cualquiera. Y tiene un efecto positivo inmediato. Pruebe, puede ser un buen comienzo.

Vivir sin miedo

Una persona elegante trasmite paz. Esa tranquilidad, ese sosiego que se irradia, debe ser real, no puede ser impostado. La serenidad y el equilibrio mental se tienen o no se tienen. Y solo en el caso de tenerlos se pueden compartir. Goza de serenidad quien ha reducido al máximo el miedo y el estrés. La ansiedad excesiva, salvo que esté justificada por un peligro real e inminente o sea consecuencia de una enfermedad mental, es fruto de un ego inflado y es incompatible con la elegancia. Un cierto grado de ansiedad puede ser beneficioso siempre que se mantenga bajo control de forma natural y no afecte a nuestro ánimo y a la relación con los demás.

Recientemente se publicaba la noticia de que España está entre los países del mundo que más ansiolíticos y antidepresivos consume por persona. ¿Cuántas de estas personas que recurren a la química podrían haber resuelto su malestar psicológico de otra manera?

En 2014, Scott Stossel, editor jefe de la revista norteamericana Atlantic Monthly y colaborador de otras publicaciones como el The New Yorker, publicó Ansiedad. Miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior. Utilizó Stossel su propia experiencia y la de su familia como columna vertebral del libro. Su objetivo era encontrar el equilibrio. El autor sufre crisis de ansiedad desde su infancia y padece diez fobias diferentes (no es broma). Entre ellas hay algunas bien conocidas como la agorafobia, la claustrofobia y la acrofobia, y otras más exóticas o infrecuentes como la emetofobia (a vomitar), la astenofobia (al desmayo) y la turofobia (al queso). Stossel, a lo largo de su historia como paciente, ha tomado veintisiete medicamentos (psicofármacos) diferentes, ha probado con diferentes tipos de psicoterapia y experimentado con tratamientos alternativos.

El libro de Stossel constituye el relato de una investigación valiente y honesta sobre los orígenes de su dolencia. Comienza Stossel con estas preguntas:

¿La ansiedad patológica es una enfermedad mental como sostienen Hipócrates y Aristóteles y los farmacólogos modernos? ¿O es un problema filosófico, como afirman Platón  y Spinoza y los terapeutas cognitivoconductuales? ¿Es un problema psicológico, producto de traumas infantiles y de la inhibición sexual, como sostienen Freud y sus acólitos? ¿O es un estado espiritual, tal como afirmaron Soren Kierkegaard y sus descendientes existencialistas? ¿O es, por último —como han sostenido W. H. Auden, David Riesman, Erich Fromm, Albert Camus y montones de comentaristas modernos—, un estado cultural, producto de los tiempos que vivimos y de la estructura de nuestra sociedad?

Y se responde:

Lo cierto es que la ansiedad depende al mismo tiempo de la biología y de la filosofía, del cuerpo y de la mente, del instinto y la razón, de la personalidad y la cultura. Aun cuando la ansiedad se experimenta en un plano espiritual y psicológico, es mensurable a nivel molecular y fisiológico. Es producto de la naturaleza y es producto de la educación. Es un fenómeno psicológico y un fenómeno sociológico. En términos informáticos es un problema de hardware y a la vez de software

Por ello Stossel, ante la disputa que en la psiquiatría se mantiene hoy en día entre los partidarios de la medicación y los partidarios de la psicoterapia, se pronuncia a favor de las dos facciones, entendiendo que cada caso es diferente de los demás y en la mayoría de los casos una combinación de ambos tratamientos es lo ideal. 

Lo que ni Stossel ni los partidarios de la farmacología ni los partidarios de la psicoterapia ponen en cuestión es que una reducción del ego siempre será positiva para bajar el nivel de ansiedad. A Sigmund Freud se le han rebatido gran parte de sus ideas y teorías, pero hoy consideramos aún más acertada que cuando la pronunció una de sus observaciones sobre la neurosis: «Las amenazas a nuestra autoestima o a la idea que nos hacemos de nosotros mismo causan con frecuencia mucha más ansiedad que las amenazas a nuestra integridad física».

Stossel concluye que la ansiedad es un elemento permanente de la condición humana. Y cita al psicólogo existencial Rollo May que en su libro The Meaning of Anxiety, 1950, escribió:

La ansiedad no puede evitarse, pero sí reducirse. La cuestión en el manejo de la ansiedad consiste en reducirla a niveles normales y en utilizar luego esa ansiedad normal como estímulo para aumentar la propia percepción, la vigilancia y las ganas de vivir.

El mismo autor, en la edición revisada de su libro, escribió en 1977:

Ya no somos víctimas de los mastodontes y los tigres, pero sí lo somos de las heridas a nuestra autoestima, de la imaginación de nuestro grupo o del peligro de salir perdiendo en la lucha competitiva. La forma de la ansiedad ha cambiado, pero la experiencia sigue siendo relativamente la misma.

Stossel recomienda, como camino hacia la serenidad, una ambición modesta y una aceptación de lo que se tiene. Para ello cita a Robert Burton, un erudito del siglo XVII de la Universidad de Oxford: 

Si los hombres no pretendieran ir más allá de sus fuerzas, llevarían una vida satisfecha y, al conocerse a sí mismos, limitarían sus ambiciones; entonces advertirían que la naturaleza tiene suficiente sin ambicionar esas cosas superfluas e inútiles que no traen consigo sino pesar y fastidio. Así como un cuerpo grueso está más expuesto a las enfermedades, así los hombres ricos lo están a las necedades y los disparates, a multitud de accidentes e inconvenientes enojosos.

Efectos colaterales de la reducción del ego

«Tan pronto comienzas a creerte importante empiezas a perder creatividad» dijo Mick Jagger, el cantante de The Rolling Stones, en la época en que, tras unos duros comienzos, el éxito y la fama empezaron a ponerse de su parte. No hay más que escuchar los discos del último tramo de su carrera y compararlos con los primeros. Desinflar el ego trae consecuencias colaterales. La principal es una mayor claridad para analizar la realidad. Si el ego, como hemos visto, nos engaña, nos manda mensajes ficticios, cuanto más lo reduzcamos mejor podremos entender lo que ocurre a nuestro alrededor, algo que ya de por sí es difícil. Es como eliminar un velo translúcido que nos impedía una visión nítida de los hechos.

También mejorará la salud. Como hemos visto, reducir el ego ayuda a eliminar miedos superfluos o miedos generados por hechos inevitables. La medicina ya tiene datos científicamente contrastados acerca de la influencia del estrés sobre la salud física. Una persona con ansiedad o estrés crónico tiene mayor tendencia corporal a la inflamación. Está demostrada la relación entre la ansiedad y ciertas enfermedades de la piel como la soriasis y otras del aparato digestivo, como el colon irritable.

Resiliencia

Esta elegancia de la que hemos hablado está al alcance de todo tipo de personas. No es necesario un determinado nivel de cultura ni de formación. La sencillez y la humildad son accesibles a todos los seres humanos.

De todos modos, hay casos en los que hay que reconocer que alcanzar este estado de gracia y sencillez se hace muy difícil. Ya sea a causa de patologías físicas, por traumas psicológicos de la infancia o posteriores (estrés postraumático) o incluso por motivos genéticos, puede ocurrir que para determinadas personas este proceso de encogimiento del ego sea más complicado.

Recomendamos, en ese caso, leer las páginas finales de Ansiedad, de Scott Stossel. En su búsqueda de la causas de su ansiedad crónica, Stossel llega a descubrir que sufre una predisposición genética a la dolencia. Además, constata la influencia negativa del alcoholismo de su padre y la poca atención recibida por parte de sus progenitores durante su infancia y juventud. Agarrándose a los últimos descubrimientos de la psicología moderna encuentra un concepto llamado resiliencia: «La capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite o traumáticas y sobreponerse a ellas». Stossel descubre que en muchos casos como el suyo esta capacidad de recuperación se ha convertido en una poderosa muralla frente a la ansiedad y la depresión. Como ejemplo ilustrativo utiliza los estudios del doctor Denis Charney (profesor de Psiquiatría y Neurociencia en la Escuela de Medicina Ichan, en Mount Sinai). Este médico investigó a los prisioneros de guerra norteamericanos en Vietnam que, pese a las torturas que sufrieron, no cayeron en la depresión ni desarrollaron un trastorno de estrés postraumático. 

Los diez elementos psicológicos o características de resiliencia fundamentales que Charney ha identificado son: optimismo, altruismo, poseer unos principios morales o una serie de creencias que no puedan destruirse, fe y espiritualidad, humor, tener un modelo a imitar, contar con apoyo social, enfrentarse al temor (o abandonar la propia «zona de confort»), tener una misión o un sentido en la vida y experiencia para enfrentarse a los retos y superarlos. 

Stossel, a través de los capítulos de su libro, mantiene un fluido diálogo con el doctor W. Después de una lectura atenta del volumen es fácil entender que el doctor W. es un psicólogo ficticio, un recurso literario que el autor utiliza para expresar las reflexiones y conclusiones a las que él mismo ha llegado tras asimilar los resultados de su investigación y racionalizar su relación con la ansiedad. El doctor W. dice dirigiéndose al autor: 

Esa es la razón —refiriéndose al poder de la resiliencia— por la que no dejo de decirte que detesto el énfasis moderno en la genética y la neurobiología de la enfermedad mental. Refuerza la idea de que la mente es una estructura fija e inmutable, cuando, de hecho, puede cambiar durante todo el transcurso de la vida.

Stossel, negativo por naturaleza, le responde al doctor W: «Creo que tengo una predisposición genética a no ser resiliente: estoy programado biológicamente, a nivel celular, para ser ansioso, pesimista y no resiliente». El doctor termina demostrándole que eso no son más que excusas, que su ego vuelve a jugarle una mala pasada.


Bibliografía:

«El narcisismo, la enfermedad de nuestro tiempo» de Alexander Lowen (Paidos, 2000)

«La epidemia del narcisismo» de Jean Twenge y W. Keith Campbell (Ediciones Cristiandad, 2018).

 «Los perversos narcisistas» de Jean-Charles Bouchoux (Arpa, 2019)

«En defensa del altruismo» de Matthieu Ricard (Urano, 2016).

«Un nuevo mundo, Ahora» de Eckhart Tolle (Grijalbo, 2010)

«Una Nueva tierra» de Eckhart Tolle. (Debolsillo, 2014)

«Guerra y Paz» de Liev Tolstói (Alianza editorial, 2011)

«Los Ensayos» de Michel de Montaigne (Acantilado, 2007).

 «Inquisidores 2.0. El sueño del robot o el fraude de la libertad de información.» De Placido Fernández-Viagas (Editorial Almuzara, 2015).

«Ansiedad. Miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior»de Scott Stossel (Seix Barral, 2014).

«Tratado de la vida elegante» de Honoré de Balzac (impedimenta, 2011).


Asúmelo ya: debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído

Reservoir Dogs, 1992. Imagen: Live Entertainment / Dog Eat Dog Productions.
Reservoir Dogs, 1992. Imagen: Live Entertainment / Dog Eat Dog Productions.

Alguien me dijo en una ocasión que conmigo no se puede discutir. Hasta donde me alcanza la memoria, yo también he proferido esa acusación en un par o tres de ocasiones. Los motivos que propician estas consideraciones son diversas: que el otro nos lleva la contraria por deporte, que se enroca en sus opiniones como un burro con orejeras, que pierde los estribos a la mínima, que nos trata con displicencia o bravuconería, y un largo etcétera.

Sea como fuere, cuando participamos en un debate de formato adversarial, en el que se contrastan dos opiniones divergentes, quienes han visto demasiado Sálvame Deluxe se limitan a lanzar frases lapidarias e incuestionables con la profundidad de un aforismo de Mr. Wonderful, y quienes se creen más cultos e ilustrados aspiran a convencer más que vencer y hasta a aprender de la experiencia, enriquecer la propia opinión y ampliar horizontes.

La mala noticia es que se equivocan. Todos ellos. Debatir no sirve para absolutamente nada. Al menos para nada de lo que creemos en realidad.

Tu opinión no importa

La entradilla «yo opino que…» debería ser considerada anatema en cualquier debate. El problema de las opiniones no solo reside en que todos creen tener una, sino en que, precisamente por eso, todas deben recibir una pequeña dosis de respeto y atención. Pero las opiniones en realidad no tienen demasiado valor porque solo son reflejo del nicho social del que formas parte.

Otras opiniones en sintonía con tus opiniones políticas o tus creencias religiosas no solo serán las que más incidan en ti porque te sueles rodear de gente que se parece a ti, sino que únicamente describen una insignificante parte de la realidad: imagina los miles de millones de personas que nunca conocerás y de las que nunca sabrás nada que viven en decenas de países que nunca pisarás.

El otro problema de las opiniones es que nunca han servido para incrementar el número de conocimientos de la humanidad. La razón es que encajamos las opiniones con mejor disposición si se presentan con una buena dosis de retórica o si quien las emite está considerado como inteligente o importante por algún motivo (las opiniones del papa, por ejemplo, resultan más trascendentales para sus seguidores). Y solo asimilamos parcialmente las opiniones, justamente la parte que comprendemos, con la que empatizamos, que se ajusta a una serie de prejuicios sobre la realidad; el resto es sonido que no sabemos interpretar correctamente.

De hecho, la humanidad no empezó a agigantar exponencialmente su corpus de conocimientos empíricos sobre el mundo hasta que no se produjo la revolución científica, allá por el siglo XVII. Esto es: tu opinión ya no importa, solo importa que demuestres (mediante un experimento u otra forma) por qué sabes lo que sabes.

La revolución científica no solo fue una revolución que atañía a las teorías científicas, sino también a las ideas políticas, sociales e incluso estéticas. Todas estas ideas, en mayor o menor medida, pueden ser sometidas a los mismos patrones de demolición, sustitución y avance que las teorías científicas.

La revolución científica postuló, nada más y nada menos, que ya no se tuviera en cuenta lo que decía la gente, a fin de que los errores colectivos y los errores privados dejasen de emponzoñar el conocimiento, sino que se creara un sistema autónomo, una suerte de máquina de la verdad: toda proposición debía ser presentada con las pruebas que la avalasen (la concatenación de datos que la sostienen) y sometida a escrutinio general a fin de hallar fallas. Si no se encontraba ningún error, la propuesta era temporalmente aceptada. Si alguien hallaba alguna inconsistencia, se sustituía la propuesta por otra mejor.

Nikita Khrushchev y Richard Nixon, Moscú, 1959. Fotografía cortesía de history.com
Nikita Khrushchev y Richard Nixon, Moscú, 1959. Fotografía cortesía de history.com

Leído de corrillo este sistema parece muy simple, y en realidad lo es, pero no se le había ocurrido a nadie en miles de años de historia. Esa es la razón de que, durante siglos, se estudiaran las ideas del médico de la antigua Grecia Hipócrates: bastaba con que él lo hubiera afirmado para que se aceptara cono cierto. La revolución científica, sin embargo, partió de la premisa de que no nos podíamos fiar ya de ningún conocimiento anterior y que debíamos empezar desde cero. No importaba que dichos conocimientos procedieran de mentes preclaras como las de Sócrates o Platón.

De repente, quince siglos de conocimientos fueron parcial o totalmente refutados por ingentes cantidades de información de mejor calidad a propósito de animales, plantas, geología, geografía, cosmología, medicina y cultura humana en general. Como abunda en ello Kathryn Schulz en su libro En defensa del error: «En nuestra época, globalmente íntima y cartografiada en Google, es casi imposible comprender el grado de trastorno intelectual y emocional que toda aquella nueva información tuvo que ocasionar». No era para menos. Por primera vez en la historia se perseguía conocimiento excluyendo lo máximo posible al yo. Porque la ciencia es, sobre todo, una herramienta que tiende a dejar al margen a la humanidad. Porque la ciencia es el intento de alcanzar el máximo de objetividad posible: la ausencia de la mente, de prejuicios, sentimientos e interpretaciones, es decir, de opiniones. Y si la objetividad es lo que tiene lugar independientemente de nuestra mente, el debate basado en opiniones personales es cualquier cosa menos objetivo.

Porque en un debate de cualquier índole, sobre todo si se produce de forma sobrevenida (en un café, un viaje en coche, en una cena de empresa), no hay tiempo ni medios para verificar datos o hacer demostraciones. La gente habla en intervenciones cortas y rápidas y dice lo que piensa, sin que sepamos exactamente de dónde procede ese conocimiento (generalmente se lo ha inventado, se lo ha dicho otra persona o lo ha leído en algún artículo, mayormente de opinión). Como apunta el psicólogo Gary Marcus en Este libro le hará más inteligente: «Cuando dos personas discrepan, la causa hay que buscarla muy a menudo en que sus convicciones previas les llevan a recordar (o a centrarse en) fragmentos de información diferentes».

Si el debate se limitara a presentar los datos de que disponemos, el debate se reduciría e incluso se diluiría. Esto es lo que sabemos y no sabemos más (de momento). El resto son conjeturas, un blablablá. Que además presentamos maniqueamente, como explica el filósofo Julian Baggini en ¿Se creen que somos tontos?: Preferimos «eso es cierto» o «eso es falso» a «la parte factual de esa información es verdadera, pero sus supuestas ventajas no son reales».   

Otra cuestión es que la mayor parte de la gente ignora dónde se encuentra este conocimiento y sus fuentes pueden ser tan dispares como una entrevista en «La Contra» de La Vanguardia o un blog Illuminati. Sin contar que la mayoría de la gente ni siquiera comprende los elementales basamentos de la lógica y de la filosofía de la ciencia, como denuncia el matemático John Allen Paulos en Un matemático lee el periódico: «Qué diferencia hay entre la proposición empírica y la apriorística, entre la inducción científica y la inducción matemática. ¿Es válida cierta consecuencia en ambos sentidos o es falsa su inversa?».

En resumidas cuentas, cuando se vierte una opinión en un debate, no estás recibiendo nada cualitativamente relevante porque lleva marchamo de «opinión». La opinión únicamente es información de la que ignoramos su procedencia, y la recibimos en cantidades ingentes, que a su vez es producida por otras opiniones. Hasta el punto de que nuestras creencias no son realmente las que limita nuestra mente, sino la red de testigos y sus opiniones en la que estamos atrapados.

Con todo, el problema de la opinión es solo la punta del iceberg de cualquier debate.

Improvisación emocional: el motor del debate

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Siete mujeres, 1966. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

A uno le gusta pensar que, al debatir, está realizando un intercambio ponderado de conocimientos mientras, de fondo, suena una música de violines. «Adelante, caballero, dígame qué opina». «Hum, interesante punto, pero déjeme que le matice lo siguiente». Si hacemos zapping durante cinco minutos descubriremos que esta forma de debate es una idealización. Con todo, aun logrando debatir como caballeros decimonónicos, siempre con la mejor predisposición y humor, recibiendo las réplicas como buenos fajadores y disparando las nuestras con respeto y humildad, estaremos lejos de solucionar uno de los mayores lastres de cualquier debate: la improvisación.

Los debates, a diferencia de los ensayos escritos, tienen lugar en tiempo real. Cada segundo que transcurre pronunciamos alguna palabra. Si bien podemos guardar silencio unos segundos para reflexionar acerca de nuestra siguiente intervención, o incluso podemos tomar alguna nota al vuelo mientras nuestro interlocutor desarrolla su argumento, lo cierto es que el tiempo apremia cuando intercambiamos opiniones con los demás. Y no solo tenemos poco tiempo para acceder a todos los conocimientos que atesoramos sobre el tema tratado (confiando en que nuestra memoria no nos juegue malas pasadas), sino que debemos sintetizarlo, liofilizarlo y presentarlo casi con la extensión de uno de esos textos virales de Facebook y, a ser posible, con la determinación retórica de una galleta de la fortuna.

Hay asuntos que requieren la lectura de libros de trescientas o cuatrocientas páginas. Incluso esos libros, que han sido redactados durante meses o años, que se corrigen y pulen línea a línea, suelen hacer llamadas a una extensa bibliografía compuesta por otros libros o artículos que, a su vez, también han sido redactados del mismo modo. Ahora estamos delante de nuestro polemista ideal, caballero hasta la médula, y tenemos unos minutos para recordar y ordenar todo el conocimiento que obtuvimos de la lectura de esos libros (en el mejor de los casos, porque la mayoría de la gente ni siquiera lee libros de los temas que aborda).

Es decir, en un debate ideal, los concurrentes deben haber leído mucho sobre el tema, haber consultado fuentes fiables, recordar lo leído, ordenarlo de forma coherente y ajustada a la réplica del otro y, por si fuera poco, hemos de confiar en que el otro entienda lo que estamos diciendo o sea capaz de intuir todo lo que nos hemos dejado en el tintero. En un debate ideal, recibimos una porciúncula de conocimiento bajo la promesa de que la incorporaremos a nuestra reflexión y que leeremos mucho y bien sobre ese tema para contrastarlo, algo que nunca o casi nunca sucede en realidad. Además, si de lo que se trata con un debate no es tanto convencer al otro como facilitarle material para que lo someta análisis, ahorraríamos tiempo omitiendo el debate y ofreciendo sencillamente una bibliografía apropiada a nuestro interlocutor.

En realidad el cerebro humano no funciona así. Cuando hablamos con alguien no exponemos pormenorizadamente una ristra de argumentos como si se tratara de una tesis doctoral, sino que improvisamos en función de lo que nos llegue a la mente, y mucho más importante: en función de las réplicas y gestualidad del interlocutor (cuando ha puesto esos ojos en blanco he decido ser más categórico porque me ha ofendido su displicencia). Nuestro cerebro, sobre todo en un entorno social, no es una máquina analítica sino una órgano que tiende a la fabulación: nos gustan las historias, tanto explicarlas como recibirlas, y faltamos a la verdad en aras de que las historias tengan sentido (tanto para nosotros como para los demás). Un debate es un intercambio de emociones en un caldo de cultivo social, no un análisis racional.

Diversos experimentos ponen en evidencia esta tendencia, pero uno de los más curiosos fue el realizado por los psicólogos Richard Nisbett y Timothy Wilson en 1977. Tras abrir una tienda en unos grandes almacenes de Michigan, solicitaron a la gente que comparara cuatro clases distintas de medias. Todas las medias, en realidad, eran completamente idénticas, pero los compradores mostraron preferencia por unas y no por otras, e incluso razonaron extensamente las razones de la misma, aseverando que ese color era un poco más atractivo o que el tejido era un poco menos rasposo. Es decir, que tendemos a explicar nuestras razones aunque sea a costa de inventarlas sobre la marcha. Hasta el punto de que, tras el experimento, se reveló a todos los consumidores que las medias eran exactamente iguales… y muchos se negaron tajantemente a creerlo, aferrándose a sus creencias originarias.

Esa es la razón de que, en casi cualquier tema abordado, raramente admitamos «no lo sé» y vertamos nuestra opinión con soltura, totalmente improvisada o recogida de oídas (incluso para temas profundamente técnicos de ámbitos como la economía o la física cuántica). Y, si nos pillan en algún renuncio, básicamente nos dediquemos a agarrarnos al clavo ardiendo.

A esto se suma que todos, en mayor o menor medida, estamos lastrados por el llamado efecto lago Wobegon, como explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:

Muchísimos vamos por la vida dando por supuesto que en lo esencial tenemos razón, siempre y acerca de todo: de nuestras convicciones políticas e intelectuales, de nuestras creencias religiosas y morales, de nuestra valoración de los demás, de nuestros recuerdos, de nuestra manera de entender lo que pasa. Si nos paramos a pensarlo, cualquiera diría que nuestra situación habitual es la de dar por sentado de manera inconsciente que estamos muy cerca de la omnisciencia.

¿Cómo es posible que la gente cambie de opinión tras un debate?

Un dios salvaje, 2011. Imagen: Constantin Film.
Un dios salvaje, 2011. Imagen: Constantin Film.

Llegados a este punto, podemos aducir que tras un debate puede que nos hayan convencido de algo, que nos hayan mostrado una veta de conocimiento que nos había pasado inadvertida, que nos hayamos sentido enriquecidos de algún modo. En general, un debate no sirve para cambiar la opinión de las partes, pero vale la pena explorar por qué sucede en cierto porcentaje de casos.

En primer lugar, que experimentemos todas esas sensaciones no significan que sean ciertas. Uno puede cambiar de opinión tras un debate (aunque sea un fenómeno más raro que avistar al Yeti), pero ignoramos si ese cambio de opinión obedece a que hemos recibido la información completa y correcta, o que sencillamente nos la hemos tragado porque parecía convincente, tal vez añadiendo mayor número de errores a nuestros conocimientos.

Por si esto fuera poco, los cambios de opinión no suelen ser fruto de los debates, sino de algo gradual o, por el contrario, de un salto cuántico fugaz. Los cambios de opinión se producen muy rápidamente o muy lentamente para proteger nuestra autoestima: solo a estas dos velocidades el cambio de polaridad tiene lugar de forma casi imperceptible. El cambio gradual de una creencia (ahora dejo de creer en Dios, por ejemplo) atenúa la experiencia hasta que casi desaparece. El cambio repentino hace lo mismo condensando la experiencia: al advertir tanto para nosotros como para los demás que estábamos equivocados es casi como si también alumbráramos una nueva verdad. El primer tipo de cambio de creencia puede prolongarse durante años, el segundo, apenas unos segundos. Pero difícilmente, tras diversos tiras y aflojas, un polemista irá admitiendo sus errores y asumiendo que quizá no sabe qué opinar, que se ha quedado huérfano de conocimiento. En el mundo real, sin embargo, tenemos toda la razón del mundo sobre algo hasta que, justo un instante después, tenemos toda la razón del mundo sobre otro asunto.

Esta lógica, sin embargo, incluye un matiz. Los cambios de opinión derivados del propio debate, los fidedignos, los verdaderamente lacayunos, pueden tener lugar si el contexto es emocionalmente confortable. O dicho en román paladino: si el debate tiene lugar con alguien a quien amamos particularmente. Los argumentos proferidos por alguien del que estamos enamorados, por ejemplo, siempre suenan mejor que el de los otros, hasta el punto de que no nos dolerán prendas en admitir nuestros deslices frente a él.

Con todo, esta es solo la visión simplista del contexto. El contexto puede ser diverso y cambiante en apenas segundos, e incluso interactúa de formas arcanas con nuestros estados de ánimo (los contextos interiores o biológicos). Schulz resume mejor que yo estas oleadas neuroquímicas dependientes del contexto:

… son sensibles de una manera imprevisible a pequeñas fluctuaciones, fácilmente perturbados, a menudo aparentemente arbitrarios. En un sistema semejante es difícil explicar por qué la humildad y el humor a veces prevalecen sobre la soberbia y la susceptibilidad, y es aún más difícil prever de antemano el resultado. Como consecuencia, nuestra capacidad para admitir nuestras confusiones tendrá siempre algo de misterioso y en ella influirá, como en todo, nuestro talante momentáneo.

Dicho de otro modo: hay momentos en los que, sin saber muy bien la razón, deseamos machacar al interlocutor que nos ha tocado las narices porque parece que cuestiona nuestras creencias. Otros momentos, sin que haya cambiado nada realmente, podemos abordar la cuestión con un tono entre cortés y circunspecto o meramente salomónico, como si la verdad fuera un concepto inaprensible.

Esto no solo ocurre en nosotros, sino también en nuestros interlocutores. Y nunca podemos saber fehacientemente si nuestro interlocutor está siendo víctima de sesgos tanto cognitivos como contextuales y, por tanto, el grado de ruido que añade a nuestro sincero y elevado propósito de confrontar nuestras ideas con otras para enriquecerlas o hasta cambiarlas.

En consecuencia, otorgarle la razón a alguien poco tiene que ver con el contenido de lo dicho en sentido estricto. Es decir, que dar o no la razón a alguien tiene también algo de caprichoso y fortuito. El misántropo contumaz de Schopenhauer fue más tajante a la hora de describir esta sensación en Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente: «A veces hablo con los hombres como el niño con sus muñecos; aun sabiendo que los muñecos no pueden comprender, mediante un grato autoengaño metódico se logra el gozo de la comunicación».  

El cerebro chapucero

ABC NEWS - ELECTION COVERAGE 1968 - "1968 Elections" - Airdate November 5, 1968. (Photo by ABC Photo Archives/ABC via Getty Images) WILLIAM BUCKLEY;GORE VIDAL
William Buckley vs Gore Vidal, 1968 (del documental Best of Enemies). Imagen: Magnolia Pictures.

Si bien hay personas más arrogantes y obstinadas que otras a la hora de discutir cualquier tema, más cerradas de mente o sencillamente más disonantes cognitivas, cuñadismo style, todos albergamos todos esos elementos y se manifiestan con más o menos brío en función del contexto o sencillamente del día que hemos tenido. Además, esta idea de que hay buenos y malos discutidores también se asemeja bastante a un argumento circular: afirmar que gente tozuda no puede admitir que está equivocada es casi lo mismo que afirmar que la gente que no puede admitir su error no puede admitir que está equivocada. Es decir, que asumimos que el otro está equivocado (tozudamente) aunque quizá esté en lo cierto y su tozudez en realidad sea razonable. Al fin y al cabo, tildar a alguien de que no sabe discutir es otra forma de advertir que está equivocado. Algo que, en todo caso, deberá dirimirse en el propio debate.

Bien, en realidad no hace falta dirimirlo. En gran parte de los asuntos que se debaten, al carecerse de experimentos y pruebas que avalen cada una de las afirmaciones, en realidad cada uno cuenta la suya sin que nadie sepa a ciencia cierta si hay engaño o manipulación (ni siquiera el propio manipulador, que puede operar inconscientemente). Quienes aducen que debaten con los demás para aprender sencillamente son víctimas de lo que se denomina «realismo ingenuo»: la idea de que el mundo es tal y como lo experimentan, y que pueden transmitir su experiencia a otra persona para que también la experimente igual que ellos. Bajo este paraguas, un debate reflejará pasivamente la verdad del mundo, ni más ni menos. Lo que yo opino es verdad o, en cualquier caso, es verdad lo que tú opinas, vamos a discutirlo y así hallaremos quién capta mejor la realidad. O como dijo el filósofo Ward E. Jones: «Lo que sucede es que no tiene sentido verme a mí mismo creyendo que P es verdad y al mismo tiempo convencido de que lo hago por razones que no tienen nada que ver con que P sea verdad».

Por si fuera poco, nuestro cerebro tiende a interpretar a quien está equivocado como nuestro enemigo, lo que en general carga aún más las tintas. Esta percepción puede ser manifiesta o sencillamente estar oculta tras capas y capas de corrección política («yo no soy racista, pero…»). Si alguien afirma algo chocante no es infrecuente que el otro responda con algo parecido a: «¿Estás flipando?». Y quienes defienden creencias diametralmente opuestas a las nuestras pueden ser tildados alegremente de «rojos», «cavernarios», «lunáticos liberales», «meapilas de la derecha» y un largo y creativo etcétera.

Cuando la gente de mi entorno suele afirmar cosas del tipo «¿Qué clase de idiota puede seguir votando al PP?» a menudo pasan por alto que viven en una burbuja ideológica, y que sus homólogos políticos diametralmente opuestos probablemente están afirmando algo parecido a «¿Qué clase de idiota vota al PSOE?». Y eso sucede con toda clase de temas. Siempre hay asuntos en los que, hasta el mayor defensor del debate como forma de enriquecimiento personal, parte de la premisa de que el otro es sencillamente idiota. Y si pensamos que el otro es idiota es porque pensamos que nosotros no lo somos.

Es la razón de que en Estados Unidos haya condados donde los demócratas siempre ganan, y otros donde siempre ganan los republicanos. Como abunda en ello Schulz:

Tanto si pasamos mucho tiempo con esas personas porque estamos de acuerdo con ellas o si estamos de acuerdo con ellas porque pasamos mucho tiempo juntos, la cuestión fundamental sigue siendo la misma. No es solo que participemos de una creencia; es que participamos de una comunidad de creyentes.

En el caso de que nos veamos obligados a permanecer tiempo con personas que opinan radicalmente distinto a nosotros, entonces echamos mano de los buenos modales y tampoco abordamos los temas en los que diferimos. Y si lo hacemos, el tacto propicia que tampoco abordemos los puntos verdaderamente críticos. Ello no solo torna el debate en un teatro (en el caso de que no queramos hacer daño a la otra persona), sino también en una manera de enemistarse, distanciarse y reafirmar nuestras propias creencias (en el caso de que tengamos ganas de sangre, poniéndonos petulantes, paternalistas o desdeñosos).

Lo más perturbador, sin embargo, es que si procedemos así con los demás, hemos de admitir que también los demás lo hacen con nosotros, lo que reduce ostensiblemente la probabilidad de que nos alerten a propósito de posibles fallos de nuestras opiniones. Dicho de otro modo: parece que en formato profundamente adversarial solo caben dos opciones, a saber: que saquemos las uñas y el otro se ponga a la defensiva (reforzando sus ideas), o que nos callemos educadamente y otro sencillamente no sepa que está equivocado (reforzando sus ideas).

El deporte nacional: debatir asuntos abstractos

Doce hombres sin piedad, 1957. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer / Orion-Nova Productions.
Doce hombres sin piedad, 1957. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer / Orion-Nova Productions.

El debate puede ser útil si es conciso y tiene como objeto de glosa un tema muy sencillo, fácil de demostrar, «mira, no, oye, dijiste que no te dejaste el gas encendido y aquí tienes la prueba de que no es así». Sin embargo, el debate se convierte en un lastre intelectual peligroso cuando se centra en temas complejos, abstractos, para los cuales no solo no hay evidencia, sino que la solución ni siquiera es binaria, sí o no, a favor o en contra.

Son los llamados temas peliagudos, que generalmente emanan de la subjetividad o en los que los acuerdos al respecto solo son convenciones o fronteras arbitrarias porque nada es blanco o negro. Es el caso de, por ejemplo, el aborto, el uso del burkini, la tauromaquia y otros tantos. Eso no quiere decir que no haya nada que aportar a tales temas. Todos esos asuntos pueden analizarse de forma más completa si se aportan datos de buena calidad, como los científicos. Por ejemplo, si debatimos sobre el aborto, el debate será mucho más completo si se tiene en cuenta lo que ya sabemos sobre embriología, genética, el sistema nervioso o la consciencia. Pero, si bien debatir a ciegas es mucho más infructuoso que hacerlo teniendo en cuenta tres o cuatro puntos indiscutibles, la solución a esos debates no existe, solo podemos dar vueltas y más vueltas a su alrededor, incluso cambiando de postura a cada poco en función de las nuevas opiniones que recibamos.

Y, entonces, queda a la vista la verdadera función del debate, que en absoluto es presentar todo lo que hemos aprendido en nuestra vida acerca de un tema para contrastarlo con todo lo que han aprendido los demás para, finalmente, todos salir de allí sabiendo más que antes.

Blablablá, el motor social

Debatir sirve para lo mismo que charlar de cualquier otro tema. Un debate, por el hecho de definirse como debate, discusión, polémica, no dista en absoluto de las funciones que tiene cualquier conversación.

Puede ser un pasatiempo o una manera de aproximarse al otro, trabar alianzas o forjar odios. Discutir es como un baile de salón. El debate considerado como un baile con otra persona, pues, sirve para divertirse, acercarse, conocerse, ahora lo llevo yo, ahora tú, aquí soy un poco Tartufo, allí tú me sueltas un moco, aquí yo te demuestro que tengo una espina clavada por aquello que me dijste, media vuelta, bienvenido a mi baile o fuera de aquí.

Debatir es algo así como un engrasante social. Una forma de juego que recuerda a los mordiscos de mentira que se propinan los perros.

Debatir es hablar y, como especie social que somos, necesitamos hablar para intimar. Si la mayor parte del tiempo chismorreamos sobre terceras personas a fin de evaluar la reputación relativa de los diferentes miembros del grupo, la otra gran parte del tiempo la dedicamos a confrontar ideas para hacer justamente lo mismo.

Debatir, las más de las veces, no sirve para hallar la verdad, ni para convencer a nadie de nada. Obviamente, siempre debemos preferir el intercambio ponderado de argumentos al intercambio vehemente de denuestos. Pero eso no quita que probablemente le estamos otorgando un exceso de importancia a la capacidad esclarecedora del debate en sí mismo, por muy ponderado que sea. Como describió Philip Roth en Pastoral americana:

En cualquier caso, sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos.

El cerebro es un accidente evolutivo y, si bien tiene unas capacidades asombrosas, su diseño no es propicio para alcanzar la objetividad. Un cerebro está tan sesgado que, por defecto, ningún individuo puede negar que sea racista, machista o clasista: lo más que puede hacer es afirmar que intenta serlo lo menos posible.

De igual modo, un cerebro no está diseñado para debatir en el sentido tradicional del término, lo cual tampoco es impedimento para mejorar algunos hábitos mentales sin necesidad de ser un gran científico: prestar atención a las contrapruebas, evitar creer que lo que pensamos es la última palabra y, sobre todo, que el árbol no nos eclipse el bosque o que olvidemos por demasiado tiempo que nuestras creencias más firmes están determinadas por accidentes del destino, desde nuestro lugar de nacimiento hasta nuestro ADN.

Porque al considerar que no podemos discutir con alguien, que discutimos para encontrar la verdad, que el otro no está siendo ponderado y lógico como nosotros, que somos humildes y solo buscamos el enriquecimiento mutuo… es probable que estemos poniendo de manifiesto justo lo contrario: que nos creemos más listos, que no somos víctimas de toda la maraña de sesgos cognitivos que entorpecen el cerebro humano, que, sumergidos hasta las trancas en el lago Wobegon, estamos por encima de la media.

Por eso, si estamos en el fragor del debate, intentemos tomarnos unos segundos, respirar hondo y recordar que solo estamos ejecutando un baile social antes que escudriñando quién tiene razón.

ARCHIV - Der republikanische Präsidentschaftskandidat Richard Nixon (r) und sein demokratischer Kontrahent John F. Kennedy (l) verabschieden sich nach ihrem Fernsehduell in Washington am 07.10.1960 herzlich voneinander. In der Mitte steht Fernsehdirektor J. Leonard Reinsch. Wahlkämpfe in den USA sind eine milliardenschwere Sache. Doch wer mächtigster Mann der Welt wird, entscheiden manchmal Kleinigkeiten - gewollte geniale Schachzüge und ungewollte peinliche Ausrutscher. (zu Serie: US-Präsidentenwahl 2012 «Game Changer: Manchmal entscheiden Kleinigkeiten den US-Wahlkampf») +++(c) dpa - Bildfunk+++
Debate entre John F. Kennedy y Richard Nixon, 1960. Fotografía: Cordon Press.


Las sanguijuelas medicinales

Sanguijuela medicinal. Fotografía: Bhopal Medical Appeal (CC)
Sanguijuela medicinal. Fotografía: Bhopal Medical Appeal (CC)

¿Eres sanguíneo, flemático, colérico o melancólico? La teoría de los humores de Hipócrates explicaba que la salud era un equilibrio entre cuatro líquidos que poblaban el cuerpo: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. La predominancia de uno u otro marcaba esos cuatro tipos de personalidades en los seres humanos y la enfermedad era fundamentalmente una alteración en las proporciones o composición de los humores.

Una de las medidas más obvias para tratar las afecciones era intentar restaurar unas proporciones adecuadas entre esos fluidos, por lo que un procedimiento vigente durante siglos fue eliminar el supuesto exceso de sangre. Para ello ha habido dos tratamientos fundamentales: las sangrías terapéuticas o flebotomías el famoso yelmo de don Quijote es una bacía con una hendidura para apoyar el brazo y favorecer la limpieza mientras te sangrabany las sanguijuelas. Las primeras eran realizadas por profesionales, normalmente barberos-cirujanos y podían eliminar una cantidad importante de sangre, acabando a veces con el paciente. Las sanguijuelas, por su lado, formaban parte mayoritariamente del ámbito de la medicina popular, extraían una cantidad de sangre mucho menor y eran colocadas ocasionalmente por expertos sin apenas formación.

La sanguijuela es un anélido al igual que la lombriz de tierra, un gusano segmentado hermafrodita que vive en agua dulce (charcas, pantanos, arroyos…) y que se alimenta de la sangre de una gran variedad de especies: de ranas a caballos, de caimanes a humanos. Cuando localizan una presa, por las ondas que crea en el agua o en el caso de los mamíferos por el calor que emiten, se fijan por su extremo anterior haciendo ventosa con la boca, hacen unos cortes en la piel con tres mandíbulas afiladas en forma de «Y» que tiene cada una unos cien dientes, y empiezan a succionar sangre. Aunque es discutido, se cree que su saliva contiene algún anestésico para que no detectes que tienes un gusano colgado chupándote la sangre. Después, utilizan una batería de anticoagulantes, las hirudinas, que hacen que la sangre siga fluyendo sin coagulaciones ni procesos hemostáticos. Recientemente se ha visto que hay tres diferentes de hirudinas, lo que abre campo para generar nuevos fármacos.

La sanguijuela acumula la sangre en una cavidad digestiva que puede alcanzar un volumen seis veces superior al del propio animal y la digiere muy lentamente en un proceso simbiótico con bacterias. Produce también antibióticos que impiden que los microorganismos corrompan la sangre, permitiendo su total aprovechamiento. El sistema de almacenamiento y digestión lenta es tan eficaz que una sanguijuela puede vivir con tan solo alimentarse una o dos veces al año.

La más usada es la que Linneo denominó Hirudo medicinalis o sanguijuela medicinal que se ha empleado desde hace más de cinco mil años, y aparece en la medicina egipcia, en la Biblia (Proverbios 30: 15) y en el Corán. La sura 23 del libro santo del islam relata un particular embrionario proceso de formación del hombre. «Y ciertamente, nosotros creamos al hombre de un extracto de arcilla, y luego le hicimos una pequeña semilla en una estancia firme, y luego hicimos de la semilla una sanguijuela, un trozo de carne; luego le pusimos huesos, vestimos los huesos con carne y después le hicimos crecer hasta ser otra criatura». Bastante más complejo que la descripción en el libro santo de judíos y cristianos, donde saltamos del barro al hombre sin estadios intermedios.

Don Juan de Austria en un retrato atribuido a Juan Pantoja de la Cruz (segunda mitad del siglo XVI)
Don Juan de Austria en un retrato atribuido a Juan Pantoja de la Cruz (segunda mitad del siglo XVI)

Los anélidos medicinales se han usado para una amplia gama de patologías, en particular del  sistema circulatorio, entre las que se incluían las varices, los hematomas, la «sangre gruesa», el «exceso de sangre», la «purificación de la sangre», la hipertensión,  la hematocromatosis, la trombosis y las hemorroides. De hecho, según Dionisio Daza Chacón, cirujano vallisoletano del siglo XVI, no usar sanguijuelas para tratar unas almorranas fue la causa de la muerte de Juan de Austria, el vencedor de Lepanto:

Este remedio de las sanguijuelas es muy mejor y más seguro que el rajarlas ni abrirlas con lanceta, porque de rajarlas algunas veces se vienen a hacer llagas muy corrosivas, y de abrirlas con lanceta lo más común es quedar con fístula y alguna vez es causa de repentina muerte; como acaeció al serenísimo don Juan de Austria, el cual, después de tantas victorias (principalmente la batalla naval, cosa nunca vista, ni aun oída en todos los tiempos pasados) vino a morir miserablemente a manos de médicos y cirujanos, porque consultaron (y muy mal) darle una lanceteada en una almorrana, y proponiéndole el caso, respondió: aquí estoy, haced lo que quisiéredes. Diéronle la lanceteada, y sucediole luego un flujo de sangre tan bravo que con hacerle todos los remedios posibles, dentro de cuatro horas dio el alma a su Creador; cosa digna de llorar y de gran lástima. Dios se lo perdone a quien fue causa… Si yo hubiera estado en su servicio, no se hiciera un yerro tan grande como se hizo.

Como vemos el doctor Daza no era precisamente modesto y la muerte de don Juan no fue precisamente gloriosa. Las sanguijuelas se emplearon también para otra amplia serie de condiciones no directamente relacionadas con la sangre incluyendo la gastroenteritis, la tuberculosis,  la neumonía, el reuma, la gangrena, las fiebres altas, la gota, el sarampión, los dolores intensos, el ictus y el cáncer. Las sanguijuelas se colocaban en distintas zonas incluyendo los muslos, detrás de las orejas y la vulva o en la zona afectada, por ejemplo cerca del hematoma en un ojo morado. Para los amantes de lo truculento, hay casos documentados de presencias inesperadas de sanguijuelas en la faringe, la laringe, la cavidad nasal y la vagina, simplemente por nadar y tener mala suerte.

Es poco conocido que España fue una potencia sanguijuelera. Las zonas inundadas de Doñana, de la laguna de Antela (Ourense) y del delta del Ebro, por poner algunos ejemplos notables, proporcionaron un amplio suministro de anélidos tanto para el consumo local como internacional. Una ley de 1827 decretaba un canon de diez reales por cada libra de sanguijuelas exportada y responsabilizaba de su cobro a las aduanas de Vitoria, Orduña, Ágreda, Canfranc y La Junquera, buena prueba de la demanda francesa. Otros decretos y leyes establecieron normas que regulaban su captura, actualizaban los impuestos y prohibían la importación de anélidos foráneos.

Los farmacéuticos españoles plantearon que se vendieran de forma exclusiva en sus establecimientos con los mismos argumentos que para los demás medicamentos: precios estables, suministro garantizado, garantías de una correcta identificación de la sanguijuela y niveles adecuados de calidad y limpieza. Todo ello se lo llevó el tiempo al dejar de estar de moda la llamada hirudoterapia, y quedaron las sanguijuelas, esquilmadas; sus hábitats, desecados, destruidos o contaminados y una nueva medicina, que desconfiaba a menudo con razón de los remedios naturales, entregada a las nuevas tecnologías sanitarias.

El negocio se mantuvo hasta la mitad del siglo XX. Durante ese tiempo, España fue uno de los principales exportadores de sanguijuelas junto con Hungría, Italia, Turquía, Egipto y Argelia, y algunos de los negocios se volvieron internacionales como el fundado por Manuel Peña y Esperanza Orellana, un matrimonio andaluz que montó en Tánger un negocio de exportación del anélido hematófago con el que hicieron fortuna. Con setecientas cincuenta mil pesetas de ese dinero, una cantidad inmensa en 1913, Manuel y Esperanza promovieron la construcción del Gran Teatro Cervantes, la instalación cultural más importante del norte de África, ahora abandonado y en ruinas, y propiedad del Estado español.

Fotografía: Corbis
Fotografía: Corbis

El uso de las sanguijuelas siguió incluso pasada la II Guerra Mundial. El periódico ABC (edición de Andalucía) del 28 de septiembre de 1945 contaba, con esa buena prosa de los periodistas del pasado, lo siguiente:

[…] un poderoso Clipper transatlántico llegó hace unos días a Lisboa para llevarse un cargamento misterioso. Acostumbrados como andamos a la pedantería pseudo-científica, todo el mundo creyó en el uranio, el wolframio o alguno de esos cuerpos incomprensibles que existen y no existen. Alguna vez, sin embargo, no iban a tener razón los pedantes. El avión se llevaba un cargamento castizo y casi heroico: 2.000 sanguijuelas lusas para las farmacias de Nueva York. Parece ser que ninguna sanguijuela es más feroz que la ibérica; por lo visto, solo aquí, sobre esta tierra dura y arisca, quedan sanguijuelas que muerden y chupan todavía, como es su inmemorial deber.

No son muy nuevas, que digamos, las noticias sobre la bondad de nuestras sanguijuelas. Ya en 1837, Francia exportaba muchos millones de sanguijuelas españolas, unos 35 millones, ya que entonces el mercado francés dedicado a la sangría necesitaba la cifra aterradora de 55 millones de sanguijuelas anuales. Por aquellos dulces tiempos, una sanguijuela valía una perra gorda y con sus tres filas de dientes diminutos valía para todo. Fue la época de la ventosa cuando sacar sangre con estas bombas hidráulicas minúsculas era como extraer el agua de las enfermedades. El Lunario de Cortes, un delicioso libro lunático, nos cuenta como una sanguijuela sobre el estómago quita el dolor del mismo; otra sobre los muslos, la apostema; y media docenita de ellas, vivitas y coleando, sobre el cuello, bajan la «hinchazón de las cejas» y aclaran la vista. Según otro libelo, romántico, una buena cura de sanguijuelas alivia mucho las fiebres del amor.

Con tantas aplicaciones y tanta demanda, el negocio era saneado. Para capturarlas se usaban redes cerca de los pasos del ganado o se empleaba la piel de una oveja recién desollada o un hígado fresco sumergiéndolo en el agua. Un tercer truco, el más utilizado por los cazadores de sanguijuelas, era caminar por las zonas apropiadas con los pies y las piernas desnudas y luego proceder a su recolección. Tras su uso, los gusanos hematófagos eran sumergidos en agua con salvado que causaba su vómito y permitía que pudiera ser reutilizadas. En otros casos, ya en la segunda mitad del siglo XX, se sabe que eran incineradas tras su aplicación. En esta tierra nuestra de empresarios miopes y cortoplacistas se produjo una sobreexplotación que arrasó las existencias y que se intentó paliar con la cría de los hirudíneos. Fue famosa la granja de sanguijuelas que tuvo José Vilá en la antigua villa de Gracia (actualmente un barrio de Barcelona) y bastantes hospitales establecieron depósitos de sanguijuelas vivas.

Las sanguijuelas están experimentando un resurgimiento. Los cirujanos han comprobado que permiten drenar la sangre congestionada en las venas facilitando el restablecimiento de la circulación, por ejemplo tras la reimplantación de un dedo o un colgajo libre, técnicas fundamentales en cirugía plástica y reparadora. Al parecer fue el reimplante exitoso de una oreja desgarrada en un niño, muy difícil por el diminuto diámetro de los vasos, el caso que volvió a llamar la atención sobre la utilidad de las sanguijuelas. Varios estudios de la última década concluyen que la hirudoterapia produce un alivio de la osteoartrosis en la rodilla. También se han utilizado como organismo modelo para el estudio del sistema nervioso por su sencillez y fácil accesibilidad. Finalmente, los biólogos de campo están estudiando el ADN de la sangre acumulada en las sanguijuelas para tener pruebas sobre la pervivencia de especies en peligro de extinción, confiando que animales esquivos y difíciles de ver hayan sido presa del anélido estudiado.

Este nuevo interés ha hecho que distintas empresas de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos hayan retomado la cría y distribución de la sanguijuela, donde son tratadas como productos medicinales o instrumentos médicos. España parece que no es capaz de hacer I+D+i ni en los campos en los que fue líder durante siglos.

Para leer más:

De las Cuevas J (1945) «A vuelo de las olas». ABC 28 de septiembre, p. 6. Enlace

Green A (2015) «How Scientists Use Leeches to Locate Rare Animals». Mental Floss Enlace.

Manrique Sáez MP, Ortega Larrea S, Yanguas Jiménez P (2008) «La sanguijuela, un gusano en la historia de la salud». Index Enferm 17(4): Enlace

Michalsen A, Moebus S, Spahn G, Esch T, Langhorst J, Dobos GJ (2002) «Leech therapy for symptomatic treatment of knee osteoarthritis: results and implications of a pilot study». Altern Ther Health Med 8(5): 84-88.

Miera M (2013) «Tánger ve hundirse al Teatro Cervantes». El Diario 13 de diciembre. Enlace

Vallejo JR, González JA (2015) «The medical use of leeches in contemporary Spain: between science and tradition». Acta med-hist Adriat 13(1): 131-158. Enlace


Jorge Valdano: “En la sociedad actual no hay más héroes que los deportistas”

Jorge Valdano (Las Parejas, Argentina, 1955) es igual de cerca que de lejos: culto, formal, educadísimo. Quizá de cerca se aprecia más su sentido del humor. Ha sido campeón del mundo como futbolista, entrenador, directivo, comentarista y escritor, casi todo lo que se puede ser en un ambiente que, según él, trastorna de forma inevitable a las personas más racionales. Pero Valdano parece haber sobrevivido bastante bien a la locura. Se le cita en un hotel de Madrid y acude puntual, con un aspecto impecable. Es un placer charlar con él sobre fútbol o sobre cualquier otra cosa.

Tú que estás a caballo entre Europa y América Latina, ¿cómo ves la situación en Europa? Especialmente en España se ha pasado en los últimos años de un optimismo eterno a un pesimismo feroz.

Es la situación más difícil que yo he percibido en los 36 años que llevo en España. Por un lado está el problema real y por el otro el problema percibido. Este último afecta tremendamente a la confianza de la gente. Hay un clima de pesimismo que está condicionando el humor nacional. Si algo había caracterizado a España frente a cualquier otro país europeo es que equilibraba muy bien los tiempos del placer y del deber. Era un país que sabía vivir. Y la crisis empieza a ser tan grande en términos emocionales que condiciona seriamente la parte del placer.

¿Esto va a acabar repercutiendo en el fútbol?

Ya lo está haciendo, y creo que nos falta por vivir lo peor. Hay dos clubes que están a reparo porque tienen como mercado el mundo entero y eso les va a ayudar a sobrevivir, son dos grandes unidades de contenidos televisivos que ahora resultan imprescindibles no sólo para los españoles, sino también para los asiáticos, americanos, africanos… El Madrid y el Barcelona, por esto de las identidades difusas, ya tienen clientela en todo el mundo, y eso económicamente tiene consecuencias positivas. Todos los demás clubes, que tienen como mercado su comunidad o su ciudad, van a sufrir problemas que irán agravándose.

Ahora que hablabas de las identidades, ¿de qué identidad pueden hablar clubes como el Barcelona o el Madrid cuando su mercado se ha expandido y su naturaleza se ha diluido? Ni el Madrid es el Madrid que yo conocía de pequeño ni el Barça es el Barça que yo conocía de pequeño. ¿Qué afinidad puede sentir un tipo de Hong Kong o de Méjico respecto a Madrid o Barça?

Fundamentalmente tiene que ver con los héroes. En la sociedad actual no hay más héroes que los deportistas, o al menos son los héroes de mayor tamaño. Y el futbolista, por su fuerza popular, se ha convertido en una celebridad. Hoy, cualquier cosa que diga Casillas para la educación de un chico tiene más potencia que cualquier cosa que diga el mayor intelectual del mundo, que tampoco sabemos quién es, porque también se ha acabado ese tipo de referentes. Y eso ha provocado lo de las identidades remotas que uno no acaba de explicarse, porque lo cierto es que uno va a Méjico y se encuentra con un niño de diez años con la camiseta del Madrid, y que sufre realmente la incertidumbre de un resultado. De los héroes se pasa al escudo: el único carné de identidad del hincha es el escudo. Eso se percibe muy bien en los países que han sido devastados por la economía. En Argentina la gente intenta evitar enamorarse de un jugador joven, porque saben que ese chico se va a ir mucho más temprano que tarde. Generalmente un gran talento no sobrevive en el país después de los 20 años. Y no remito a Messi, sino a Gago, a Higuaín

¿A ti mismo?

Bueno, yo fui un caso excepcional en mi época, pero ahora lo excepcional hay que catalogarlo como normal. Hablamos de jugadores que con 17 o 18 años, sólo por ser especiales, ya saltan a Europa, de forma que los aficionados sólo concentran su orgullo en la camiseta, y ahí el escudo se agiganta. ¿Por qué en el fútbol? Eso es mucho más difícil de entender, pero creo que el siglo XX, que ha consagrado el individualismo, y el siglo XXI, que lo está exacerbando, requieren algún tipo de compensación. Hay una nostalgia de la tribu que compensamos con cuestiones menores, como un equipo de fútbol; considerando mayores la patria, por ejemplo. Algo de eso tiene que haber.

Antes, ese tipo de fidelidades estaban relacionadas con sensaciones físicas. Por ejemplo, ¿tú sigues siendo leproso? [así se denomina a los seguidores de Newell’s Old Boys]

Lo sigo siendo. Los lunes me interesa saber cómo salió Newell’s el día antes, es lo primero que busco en el periódico. Me pasa con el Alavés y el Zaragoza, son casi reflejos condicionados.

Alguien de Rosario tiene las sensaciones físicas del ruido, del estadio, del olor…

Hace 35 años que no voy a ver a Newell’s y, sin embargo, sigo manteniendo algún tipo de vínculo sentimental que, en mi caso, tiene que ver también con el agradecimiento porque fue la escuela que me formó. Son auténticos milagros.

¿Qué tiene Newell’s para tener esta cantera? Entrenadores como Pocchettino y Bielsa, jugadores como Batistuta, Gallego…

Tenía una muy buena escuela de fútbol en una ciudad que mantiene una relación claramente exagerada con el fútbol y en una zona que es un gigantesco campo de fútbol. Yo salía de mi casa y me encontraba con un campo de fútbol de mil kilómetros cuadrados: una llanura sólo interrumpida por alguna vaca y algún árbol, todo lo demás era campo de fútbol. Y una zona muy bien alimentada, que también cuenta, porque hay otras más deprimidas donde el problema de la nutrición no favorece el surgimiento de grandes futbolistas. Pero creo que lo esencial fue una escuela de fútbol creada y proyectada por Jorge Griffa, uno de los gurús de la formación en Argentina, y eso ha colocado a Newell’s en un lugar de honor en la proyección de futbolistas. Y se terminó cuando se terminó Griffa. En los últimos años han ocurrido auténticas perversiones. Por ejemplo, que los barras bravas [seguidores ultras] sean dueños de los jugadores de las divisiones inferiores. Sólo con contar esto ya se habla de la pobreza ética en la que cayó el club, felizmente recuperada ahora con una nueva dirección. Pero Di Stéfano siempre dice que para destruir sólo hace falta un martillo y que para construir hace falta mucha inteligencia y esfuerzo. Los martillazos fueron muy duros y ahora llevará tiempo para recuperar el terreno.

Dejaste aquello muy joven, a los 20 años, y te fuiste a un segunda división español.

Era un momento muy caótico del fútbol argentino, había una desorganización tremenda. Yo me había propuesto aprovechar la primera oportunidad que se me presentara para venirme a Europa. Llegué a Newell’s con 18 años y mucha suerte, porque Newell’s fue campeón por primera vez en su historia en 1973, y yo llegué a participar en siete u ocho partidos de ese campeonato, lo que sentí como un privilegio. Jugué también con la selección juvenil que ganó el Mundial. Luego debuté en la selección mayor contra Uruguay, ganamos 3 a 2 y yo marqué dos goles. Si completamos todo el relato de mi llegada al fútbol de primera división, tenía picos como los que acabo de nombrar, pero también mesetas muy deprimentes: podía pasarme diez partidos sin meter un gol… En cualquier caso, llamé la atención de los directivos del Alavés. Zárraga, que era amigo de Griffa, le pidió consejo sobre a quién pudiera contratar. Griffa me recomendó a mí y, como yo ya tenía la decisión tomada, no me importó que se tratara de un equipo de segunda división. Me hicieron una oferta a las diez de la noche y tenía que contestar al día siguiente a las diez de la mañana. Yo estaba en Rosario y mi familia vivía a 100 kilómetros, así que después de recibir la oferta tomé el coche y me fui a casa a comunicarle a mi madre que me iba a España. No fui a compartir la decisión, sino a decir cuál era. Fue, sin duda, la decisión más trascendente de mi vida, porque es un movimiento que te modifica absolutamente todo: en España encontré a mi mujer, de España son mis hijos, en España desarrollé la carrera profesional, en España me terminé de formar… y fue una decisión mal tomada. No la comenté con ningún adulto, fue la primera y quizá la única vez que sentí la ausencia de mi padre. Mi padre falleció cuando yo tenía cuatro años. No sentí el golpe, porque ni siquiera tenía formada la idea de la muerte, pero cuando uno tiene 18 o 19 años y está ante un cruce de caminos tan peligroso necesita de la palabra de un adulto. A ser posible masculino, porque el fútbol es un territorio de hombres. Dicho esto, nunca me arrepentí de la decisión tomada.

¿Ni cuando empezaste a lesionarte en el Alavés?

Tuve muchas dificultades, sobre todo con el clima y el estado del terreno de juego. Siempre cuento que en mi tiempo en Argentina era motivo de suspensión del partido la amenaza de lluvia, y cuando llegué al Alavés el día que no llovía llamaban a los bomberos para que embarraran el campo porque se suponía que el Alavés, como todo equipo norteño, sacaba ventaja de un campo embarrado. Y seguramente era cierto con respecto a todos los demás jugadores, pero no con respecto a mí. Yo estuve allí cuatro años, y uno de los entrenadores daba la alineación los sábados. Terminaba siempre de la misma manera: “…y de delantero centro, si no llueve Valdano, y si llueve Aramburu.” Yo soy una persona delgada, pero en aquella época aún tenía diez kilos menos que ahora, con unas piernas muy flacas. De hecho el primer año sufrí diez lesiones musculares, un poco por el frío y otro poco por el barro. Pensaba que no estaba dotado físicamente para jugar en el barro hasta que un día jugamos contra el Barakaldo y me encontré con uno más flaco que yo y que caminaba por encima del agua; se llamaba Sarabia y me arruinó la teoría: desde ese día ya no supe qué pensar. Luego descubrí que es un problema de gimnasia, si uno juega en territorio seco terminas estando hecho para jugar en ese tipo de campo y para acostumbrarse a otro tipo de superficie hace falta tiempo. Aquella dureza fue necesaria para terminar de formarme. Como había aterrizado en primera división y a los tres días ya me había puesto la camiseta de Argentina pensé que iba a llegar a Alavés y que, un año después, me iba a poner la camiseta del Real Madrid.

Y tardaste un poco más.

Tardé diez años. Pero el camino fue muy formativo. Y no solamente el clima, sino la soledad. Si algo recuerdo de aquella época es la soledad. Vivir en un hotel. Las tardes se hacían larguísimas porque en el invierno de Vitoria el tiempo a las cinco de la tarde te pedía pijama; y en una habitación de un hotel se hace duro.

¿Qué hacías?

Escuchaba música, escribía, leía… leía mucho. Me encontré en el hotel con un argentino que era un auténtico erudito, una persona mayor, que empezó a recomendarme lecturas. Comencé a relacionarme con España a través de sus escritores. Recuerdo perfectamente que la primera recomendación fue la de Francisco Umbral, con Mortal y rosa y todo eso, y la lectura fue un refugio importante en ese momento. La otra posibilidad era la primera o segunda cadena de Televisión Española, no había más. Para hablar por teléfono con mi familia tenía que llamar por la mañana a una centralita y me daban cita para las cuatro de la tarde. Y a las cuatro de la tarde había que estar al lado del teléfono… y muchas veces la comunicación llegaba a las siete. Eran tiempos en los que había que armarse de paciencia.

¿Es verdad eso de que un futbolista que lee era y es una anomalía?

Que un futbolista leyera no era frecuente. Era como si fueran universos distintos. Por un lado estaba la mente y por otro lado estaba el cuerpo. Y el fútbol representaba más al cuerpo. Ahora empezamos a volver al ideal griego de armonizar la mente y el cuerpo. Pero en ese momento un futbolista provocaba algún tipo de desconfianza intelectual, igual que los intelectuales la provocaban a los futbolistas. La primera vez que encontré el vínculo entre la mente y el cuerpo fue en un artículo de Vázquez Montalbán. Desde ese momento el fútbol empezó a significar para mí algo distinto, me ponía los pantalones y la camiseta pensando que lo que iba a hacer tenía mucha más trascendencia de lo que yo había pensado siempre. Y la evolución de las cosas parece demostrar la teoría.

Eran unos años en los que Manolo Vázquez reinventó el fútbol.

Exactamente, se inventó un cuento que a mí me interesaba mucho.

Es que era un cuento, pero ahora funciona como la realidad, todo el mundo da por buena su reinvención del asunto.

Más que su reinvención del fútbol, su reinvención del Barcelona. Lo que pasa es que yo descubrí al Barcelona a través de Vázquez Montalbán, y entonces no lo sé ver en perspectiva y qué había sido antes.

Nadie puede, ni quien lo ha vivido. Es imposible. Esa teoría de lo que es la representación de Cataluña… fue extraordinario.

Es la fuerza del relato cuando se termina imponiendo; y hoy esa realidad imaginada se percibe, incluso en lugares remotos, como parte de una realidad incuestionable.

Ya que hablas del relato: prácticamente todo lo que se ha escrito sobre fútbol es metafútbol. Un cuento tan mítico como el del viejo Casale, por ejemplo, de hecho no habla de la famosa palomita con la que Poy marcó en aquel partido Newell´s-Central. Fontanarrosa habla del viejo Casale, la expedición, el infarto final… pero no del juego. Es muy difícil escribir sobre el juego en sí.

Es muy difícil escribir y también recrearlo cinematográficamente, creo que resulta imposible.

En cambio, el entorno se presta mucho. Tú eres uno de los que ha escrito profusamente sobre eso que hay alrededor y que hace del fútbol algo especial.

Ahora estamos alcanzando ya una distancia con respecto al fenómeno que nos permite hacer incluso ficción sobre él. Hay algunos personajes, y el principal es el “Negro” Fontanarrosa, que han conseguido llegar al final de la cuestión. Todo cuento o viñeta de Fontanarrosa tiene una carga simbólica que incluso te llega a sobresaltar. Explica el amor del hincha como nadie, por eso era un admirador tremendo de Hornby. Incluso fue a Inglaterra para conocerle porque Fiebre en la grada le pareció algo que conectaba muy bien con su sentimiento, y quería ver cómo un tipo inglés podía haber conectado de una manera tan directa con un tipo de Rosario. La única explicación es que las emociones nos igualan a todos, y los dos sentían emociones parecidas por el fútbol y, sobre todo, por sus equipos.

¿Cómo se maneja un profesional en ese mundo en el que hay una parte material, evidentemente, y luego toda esa cantidad de emociones incontrolables y fidelidades ciegas, el componente irracional del asunto?

Hoy el futbolista tiene muchas más posibilidades de confundirse que en mi tiempo, porque entonces el fútbol era lo único que teníamos, por lo tanto era muy difícil confundirse. El fútbol traía aparejado dinero y fama, que son deformadores de la personalidad, pero no en la dimensión de ahora, donde el futbolista está rodeado de gente que se especializa en sacarle de la realidad. Desde el representante, pasando por su jefe de comunicación y siguiendo por su novia. Todos son adoradores profesionales que contribuyen a sacar al futbolista de la normalidad, y eso es muy difícil de gestionar. Si por algo son héroes es por sobrevivir a tanta adulación.

¿Cómo maneja eso el que está más arriba, en la gestión?

El gestor es siempre un intruso en el fútbol, porque intenta poner racionalidad en un mundo donde no la hay. El héroe es el jugador. Ni siquiera el exjugador. Quizá hay una deuda emocional que los aficionados siempre están dispuestos a pagar homenajeándote con un elogio, un agradecimiento y, en algunos sitios, con la idolatría, como Maradona en Argentina. Para los argentinos Maradona será siempre jugador, hasta que se muera, porque la deuda emocional es gigantesca. Pero el verdadero héroe es el que juega hoy. El gestor lo sabe, y por eso no le interesan nada los futuros futbolistas y los exfutbolistas, le interesa el futbolista. Y la gente que va al fútbol también considera al gestor como un intruso. Cuando se implantaron las sociedades anónimas alguien dijo que eran un intento de ponerle una camisa de fuerza al loco, pero que el loco seguía estando loco. Y el tiempo demostró que es verdad, las sociedades anónimas no han contenido al loco. Es más, el loco se sacó la camisa de fuerza, pasó por encima de las sociedades anónimas y ya le estamos pidiendo un nuevo auxilio al Estado para ver si es capaz de sacarnos de esa crisis en el mundo del fútbol que, si no es terminal, poco le falta.

¿Esto tendrá que ser siempre así?

A lo largo de mi vida he conocido a mucha gente inteligente que ha llegado al mundo del fútbol a poner racionalidad, y lo único que logra es demorar un poco más el desquiciarse, pero se acaba desquiciando. La desesperación por el resultado trastorna a la gente, y eso en este mundo da la sensación de que es hasta obligatorio. Es muy difícil escapar al hechizo que produce el fútbol. Alrededor hay mucha pasión partidista que condiciona muchísimo. Estar en un estadio mirando un partido en un momento de crisis con todo eso en ebullición produce una angustia muy especial. Y si eso lo multiplicamos por el alboroto que producen los medios de comunicación, que es cada día más ruidoso, te da la sensación de que el fútbol te persigue a todos lados y no hay escondite posible. Eso te llama a la acción, uno piensa que hay que tomar decisiones. Cualquier cosa menos la calma, la tranquilidad y la paciencia. Da la sensación de que si uno no se mueve comete un pecado de dejadez. Y así es como se van tomando decisiones apresuradas que casi nunca se revelan como salvadoras si las miramos en perspectiva.

¿Qué lectura filosófica recomendarías a directivos y técnicos? ¿O aconsejarías directamente la religión?

Algo que nada tenga que ver con el fútbol. Decía Hipócrates que el que sólo sabe de medicina ni de medicina sabe, y el que sólo sabe de fútbol ni de fútbol sabe. Eso lo dijo una vez Menotti con toda la razón del mundo. Uno tiene que saber ubicar el fútbol exactamente en el escalón social que le corresponde, y si se obsesiona ya pierde perspectiva. La obsesión sólo deja lugar en la mente para los prejuicios y todo lo que termina por enfermar.

¿Te has sentido así a veces?

Sí, totalmente. Una de las mejores decisiones que tomé en mi vida es la de acercarme y alejarme del fútbol permanentemente.

¿Cuánta autonomía tienes para dejar el fútbol?

No, es el fútbol quien te rechaza y te acepta. Pero cuando te rechaza hay que aprovechar la oportunidad para alejarse y recuperar la perspectiva.

¿Es fácil? Debe de ser bastante adictivo.

Es mucho más fácil alejarse que estar dentro de ese conflicto permanente que propone el fútbol. Pero es muy absorbente, sobre todo en determinadas personalidades adictivas. Cuando jugaba sólo miraba mi ombligo, y una rotura muscular se convertía en el centro del mundo. Era despertar y preguntarme: “¿Me duele más o menos que ayer? Ahora me voy al fisioterapeuta, luego al hospital…” Es vivir en una obsesión que provoca perversiones tan extraordinarias como la de poner a tus hijos en un lugar secundario. En mi casa, cuando era futbolista y tenía hijos pequeños —a los 23 años ya era padre— y mi hijo lloraba, cogía la almohada y le decía a mi mujer “lo siento, pero vivo del cuerpo”, y me iba a otra habitación. Ahora, treinta años después, cada vez que doy mi opinión sobre cualquier cosa en mi casa me dicen que me calle, que yo vivo del cuerpo. Me ha hecho perder autoridad para toda la vida y me parece justo. Pero cuando uno está en un puesto de gestión pretende hacerse cargo de todas las variables, y eso te lleva directamente a la melancolía. Es absolutamente imposible, porque hay una variable, muchas veces determinante en el fútbol, que es la del azar, y nadie la atiende. Pensamos que esto depende meramente del mérito o del árbitro, pero hay otros elementos totalmente casuales y que tienen una influencia muy grande, porque al final un tiro que pega en el palo y sale o pega en el palo y entra no significa sólo un gol, sino también el desplazamiento del estado de ánimo hacia un lugar o hacia otro. La cadena de consecuencias del tiro en el palo es mucho más grande de lo que creemos.

Qué importa, ¿jugar bien o que el balón entre?

Es un juego competitivo, por lo tanto que el balón entre es esencial. El gol es el objetivo. Lo que ocurre es que hay gente que cuando piensa en el gol no piensa como objetivo meterlo, sino que no se lo metan, y ahí empezamos a condicionar el juego. Considero un error poner el triunfo antes que el juego, porque el juego es el cómo accedo al triunfo. Me ha parecido siempre una estupidez lo de elegir entre jugar bien o ganar. Si me lo pones así prefiero ganar, pero ¿cómo lo hacemos para ganar? ¿Qué preferimos, un imbécil bueno o un hijo de puta malo? Son cosas de una naturaleza tan distinta que está muy mal compararlas. ¿Prefiero jugar bien o mal? Pues jugar bien. ¿Y ganar o perder? Pues prefiero ganar. Pero si mezclamos el color de los calzoncillos con manzanas o peras nos confundimos. Uno de los episodios que me resultaron más gratificantes este año fue el partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona en San Mamés: un extraordinario partido con lluvia que tuvo todos los ingredientes, desde el poético hasta el épico. El Athletic iba ganando hasta dos minutos antes del final. Hubo un empate que frustró a ambos equipos. Después del partido estuve con Guardiola y con Bielsa y los dos estaban felices por haber sido protagonistas de un gran partido. Fue una de las escasísimas ocasiones que vi a dos protagonistas del fútbol anteponer el juego al resultado. Y eso cinco minutos después del partido, porque cinco días después es más fácil pero cinco minutos después, cuando el humor está tan condicionado por esa emotividad fresca que deja el duelo, me pareció que estaban cerca de la verdad.

Hablas de dos personajes bastante atípicos, sobre todo Bielsa.

Los dos tienen algo en común, y es que a través del fútbol buscan la grandeza. Eso me parece muy meritorio, porque es un medio tan presionante que te vuelve mezquino. Pero cuando se dan dos búsquedas tan nobles por el resultado está implícita la grandeza. El fútbol es un lugar donde eso resulta posible. Cabe todo: las mayores miserias y las mayores grandezas. Cuando uno se encuentra con la grandeza se reconcilia con el fútbol.

Hablando de grandeza, ¿recuerdas el momento en que Maradona toma el balón y empieza a driblar ingleses?

Perfectamente. Recuerdo que cuando la pelota entró supe al momento que para Maradona habría un antes y un después de ese gol. Y, de hecho, se lo dije en la ducha: “Ya está, te acabas de sentar en el mismo lugar que Pelé”. Y entonces me empezó a explicar cosas de la jugada. Siempre digo, en broma, que tuve la virtud de sacar la pelota que Diego metió. Yo fui el que recogió la pelota de dentro del arco. Nadie le asigna el mismo valor a eso. Curiosamente, fui donde él estaba y se la di, porque era una jugada tan suya que el cuerpo, más que ir a abrazarle, me pedía hacer algo útil.

Eso pasó en el momento crucial de un Mundial. ¿Qué efecto tuvo ese gol y ese partido en ti y en el equipo?

Fue aumentando en importancia a medida que ha ido pasando el tiempo. En ese momento teníamos un problema y él lo resolvió. Fue el peor partido de Argentina en el Mundial, y creo que el único que, sin ninguna duda, no habríamos ganado sin Maradona. Los demás teníamos alguna posibilidad de ganarlos sin él, pero ese no. Tuvo una importancia simbólica por toda la carga emocional que traía el partido. Para los argentinos era algo así como “con bombarderos nos pueden ganar, sin ellos ganamos nosotros.” Y ese día Diego, con la fuerza de su personalidad y de su genio futbolístico, se convirtió en el nuevo general San Martín.

¿Sigues tratándole?

Últimamente no, se enfadó por un comentario que hice antes de que asumiera el cargo de entrenador de Argentina. Esas ofensas…

Personaje peculiar.

Es que no resulta nada fácil ser Maradona. Hace poco estaba en Bariloche, Argentina, y me encontré con una bandera donde estaban el Che Guevara, Evita, Gardel y Maradona. Claro, si uno está muerto sale indemne de todo eso, pero ser un mito viviente es incomodísimo.

En cambio, ¿por qué parece tan fácil ser Messi?

Son personalidades distintas. Diego era muy volcánico, y eso lo convirtió en un producto de consumo informativo permanente, dentro y fuera de la cancha. Lo fui a visitar alguna vez a Nápoles y era como un carnaval permanente. Él salía en coche de su casa y abajo lo esperaban veinte o treinta chicos con motocicletas que lo iban acompañando, alguno lo adelantaba e iba gritando “Arriva Maradona!”, y entonces salía el almacenero, el del bar… todos los días se daban situaciones que sólo se podían dar con un personaje como Maradona. No me imagino un episodio parecido con Messi en Barcelona, a pesar de que el fútbol no ha hecho más que crecer desde hace veinte años hasta ahora. Todos sabemos que Messi no podrá tomar un café en una terraza cerca de la Sagrada Familia, pero en ningún caso atrae tanta expectación cuando no juega a fútbol. La atrae desde que empieza el partido hasta que acaba, y luego deja de interesar.

¿Eso es por él o por el entorno, porque no está en Nápoles o Argentina?

Creo que también es por él. Maradona ha tenido opiniones sobre todas las cosas, y eso lo fue transformando cada vez más en un personaje de dimensión mundial. En la Copa del Mundo de 1986, a medida que las selecciones caían eliminadas los futbolistas se volvían a casa. Pero los periodistas se quedaban. Al final, cuando hace una rueda de prensa cualquiera de los dos equipos que van a luchar por el campeonato al día siguiente, llegan a una concentración 2.000 periodistas. La última rueda de prensa de Maradona en aquel Mundial fue algo impresionante: él, tras una valla de alambre, caminando, y todos los periodistas intentando llamar su atención para conseguir algún tipo de complicidad que hiciera que él se detuviera y le dedicara una respuesta. Y ahí estábamos Burruchaga, Passarella y yo siendo espectadores del espectáculo como si fuéramos hinchas y no protagonistas del mismo partido al día siguiente. La fama, sobre todo en esa dimensión, tiene un efecto hipnótico. Pero además Maradona tuvo una enorme carga simbólica en Argentina, porque coincidió con un momento de un país al que se le fue cayendo el relato histórico. Argentina, se decía desde siempre, es un país donde nunca va a haber hambre. Y aparecieron problemas de desnutrición gravísimos. “Estamos lejos de cualquier conflicto y aquí no habrá guerra nunca”, y llega la guerra de las Malvinas… Iban derrumbándose mitos nacionales cuando surgió Maradona, que gana a Inglaterra y se convierte en una celebridad mundial. Fue una manera de decir: “Argentina existe, estoy aquí. El relato no es el mismo, pero seguimos siendo un país que cuenta en el mundo.”

¿Qué relación tiene el Mundial del 86 con el del 78? Porque, desde fuera, el del 78 no tuvo buen aspecto.

El mayor cómplice del Mundial del 78 fue la FIFA, porque le dio un certificado de autenticidad a la dictadura argentina, y el que padeció esa injusticia fue el equipo, porque jugaba muy bien al fútbol. Esos jugadores se sentían representantes de la gran pasión popular argentina. Lo que pasa es que cuando hay que levantar la copa el que capitaliza la fuerza de esa imagen es el dictador. Y esa foto ha condicionado el aprecio al campeón.

El 86 fue el momento de decir que se podía ganar sin Videla y fuera de casa.

Campeonato de visitante, una figura indiscutible, el gran héroe de esos tiempos con la camiseta de Argentina y ninguna sospecha en el camino. No hizo falta ni una prórroga.

Ni porteros peruanos que se dejan golear.

Ni porteros peruanos.

¿Crees que las circunstancias que rodearon a ese Mundial del 78 perjudicaron la figura histórica de Kempes como futbolista?

No creo. Kempes es uno de los jugadores más humildes que he visto en mi vida y fue él mismo el que se escondió de la celebridad que proponía el momento. Era el mejor jugador del mundo, y al día siguiente estuvo ilocalizable porque se fue a su pueblo a cazar perdices por el placer de caminar por el campo y estar solo.

Lo digo en el sentido de que si se hubiera ganado el mundial del 78 sin esas sospechas, ¿no estaría Kempes más reconocido?

Creo que tiene que ver con el impacto que producen las personas, y Mario era un tipo muy particular en ese sentido. Cuando se juega el Mundial del 82 Menotti da las camisetas por abecedario, y a Kempes le toca el 10. Maradona, entonces, le pide el 10 y Kempes se lo da sin ningún problema. Era un tipo que nunca se dio importancia a sí mismo, y fue un talento superior, aunque no de niveles maradonianos.

Y cuando se marca un gol en la final… ¿qué?

Es algo que te supera. Es como un relámpago, un “esto no me está pasando a mí, no puede ser verdad. Ahora vendrá mi mamá, me despertará y me dirá que hay que ir a colegio, como a Felipe, el de Mafalda.” La felicidad tiene un límite y ese es un episodio que supera ese límite. Desde que nací hasta que metí el gol pasó más o menos el mismo tiempo que desde que metí el gol hasta hoy, y puedo decir que fue mucho más bonito soñarlo que recordarlo. Cuando veo el gol veo a un tipo que mete un gol, no me veo a mí metiéndolo; es una cosa extrañísima, no me produce ninguna emoción distinta al gol que metió Diego contra Inglaterra, que también veo de vez en cuando.

¿Sigues soñando con marcar goles?

Ahora sólo dormido, pero cada vez fallo más. El subconsciente sigue ahí, entreteniéndose con los goles. Y hay otro sueño recurrente, que es que estoy jugando un partido pero ya estoy viejo, y quizá ese sea el último partido, y es una sensación horrible porque lo que intento durante todo el partido es que los demás no se den cuenta de que ya no sirvo para eso. Creo que es el miedo al final, que el futbolista sufre los últimos tres o cuatro años de su carrera, y que ha quedado en algún lugar.

Tú no tuviste ese final agónico.

No, una hepatitis me ayudó a no tomar la decisión. Fue el cuerpo el que decidió por mí.

Pero aún te quedaba fútbol.

Tenía apalabrado un contrato para irme al Nantes tres años, por lo que ni siquiera veía la inminencia del final y, de pronto, llegó impuesto.

¿Cómo lo llevaste?

Bien, porque empecé a escribir en El País, empecé a hablar en la Ser, empecé a hacer comentarios en Canal Plus… y de pronto descubrí que del otro lado también había vida.

Pero vida sin goles.

Sí, pero con noches, con salsa, con un cierto desorden a la hora de vivir… Yo me había tomado la vida de futbolista con mucho rigor y seriedad, y sentí aquello como un alivio vital. Ya podía distenderme y abandonarme un poco. Podía salir una noche y estar hasta las tres de la mañana sin sentirme vigilado por un socio del Madrid que dijera: “Mira este por qué falla lo que falla, no me extraña.”

Como persona relacionada con el deporte y como lector, ¿te satisface el periodismo deportivo tal y como está ahora?

Al periodismo deportivo le pasa lo mismo que al fútbol: que exagera. Y lo hace para los dos lados posibles, porque hay un muy buen periodismo deportivo, gente que convierte una crónica en un cuento y, en ocasiones, la crónica supera en belleza al partido del que se habla; y luego hay otro tipo de periodismo que no bastardea el fútbol pero sí bastardea el debate. Se concentra mucho en la polémica arbitral y en las declaraciones de los protagonistas, y envuelve todo eso en un debate interminable que da la sensación de que contamina la pureza del juego.

¿Hasta qué punto es inevitable que la tendencia sea hacia lo malo?

El fútbol se ha convertido en un producto de consumo, y todo aquello que se transforma en un negocio termina perdiendo valores de referencia. Es inevitable. Además, el mismo devenir del periodismo provoca esta especie de conexión salvaje entre la opinión pública y el fútbol. La sociedad se ha infantilizado, estamos en la sociedad del espectáculo… el fútbol consagra todo eso, y hay que contarlo en el lenguaje que sea. Lo que pasa es que la sociedad del espectáculo no convierte en célebres solamente a los jugadores, sino que para sobrevivir el periodista tiene que convertirse en célebre o, por lo menos, en visible. Y para ser visible, como me dijo un periodista de televisión hace poco, o se está buena o se dicen burradas. Él lo culminó diciendo “yo buena no estoy”, así que la opción que había elegido quedó claramente expresada. Pero en alguna parte del periodismo hay una consciencia de que sin decir burradas, sin ponerle mucho acento a la polémica, sin emplear palabras muy fuertes… se hace difícil hasta conservar el trabajo.

Parece lógico que si el fenómeno es claramente irracional porque está envuelto en sentimientos, forzar la irracionalidad te lleve a las conspiraciones, las paranoias, las fantasías…

Es un deporte altamente opinable… Están las estadísticas y las opiniones, por eso ganar es cada vez es más importante, ya que es como un martillazo sobre la mesa: “He ganado, luego tengo razón. No importa cómo, tengo razón.” Pero luego está todo lo opinable, y ese es un mundo con tantas variables posibles que da pábulo a cualquier barbaridad. Hay quien ve conspiraciones judeo-masónicas hasta en un Calahorra-Zaragoza B. Es una cosa que el fútbol admite hasta con naturalidad. Además es un medio donde los buenos son los míos y los malos los demás, y ese maniqueísmo se lleva hasta las últimas consecuencias.

Cuando uno lo ve desde arriba porque está en un peldaño de gestión, ¿sigue existiendo ese maniqueísmo? ¿Sigues pensando en “los míos” y “ellos” o hay una conciencia de clase, de que estamos todos en el mismo negocio?

Creerte el cuento es una cuestión de supervivencia porque al fin y al cabo estás defendiendo los intereses de un club con obsesiones muy particulares. Cuando entras en un club tienes que entrar convencido de que los buenos somos nosotros.

¿Puedes autoconvencerte?

Cuando uno es profesional de esto durante mucho tiempo ha de tener un poco de flexibilidad y generosidad. Hay que tener en cuenta que el fútbol debe estar siempre por encima de nuestra obsesión particular, que es nuestro equipo, porque a fin de cuentas del fútbol vivimos todos, así que debemos cuidarlo. Todo tiene un límite.

Pero es que incluso a quien intenta mantener ese límite, y estoy pensando en Guardiola, que no hace declaraciones espectaculares y procura respetar al contrario, se le critica, se dice que es un falso.

Existe un deseo de que Guardiola sea malo, y como no representa ese papel, entonces está simulando porque él, en esencia, es malo. Es un juego que tiene que ver con esta historia de buenos y malos. Para disfrutar del fútbol en toda su plenitud hay que querer a un equipo y hay que odiar un poco a otro. Eso a veces se lleva demasiado lejos y termina creando un clima pre-violento que debiéramos cuidar porque nunca sabemos dónde está la raya roja. Hay gente, y uno eso lo descubre en los foros, que vive al límite. Uno lee comentarios y piensa: “Espero no encontrarme con este tipo en ninguna esquina porque eso no puede terminar más que mal.”

¿El Valdano aficionado todavía es tan aficionado como para odiar a algún equipo?

No, para odiar a un equipo no. A eso no llego. No soy un buen hincha, soy capaz de admirar al enemigo.

¿Incluso a “los canallas”?

Bueno, eso es mucho decir. Pero si Messi fuera “canalla” trataría de disfrutarlo. Tengo a un amigo de Newell’s que no ha leído nunca al “Negro” Fontanarrosa porque era de Central. Y es profesional, así que la pregunta está bien traída, porque podría ser perfectamente posible.

Paralelamente al fútbol te has dedicado a la didáctica sobre formación de equipos empresariales. ¿Realmente se extraen experiencias válidas del fútbol?

Muchas. Dentro del mundo del fútbol he pasado por todos los sitios: jugador, entrenador, director deportivo, director general, medios de comunicación… y ser un protagonista central de un medio tan abrupto inevitablemente te contamina y te hace mirar todo desde un lugar diferente. Lo único que no he perdido es la fe en el deporte como vehículo de formación. Primero, porque entiendo que de la exageración siempre se vuelve con enseñanzas, y el fútbol es un mundo de exageraciones; en segundo lugar, porque en estos momentos se hace muy difícil captar la atención de un niño, y el deporte es una excusa perfecta. Cuando uno atrae hacia el juego a un niño lo predispone de una manera muy positiva, y hay que aprovechar esa predisposición para meterle en la cabeza la mayor cantidad de valores y mensajes edificantes posible. No es que considere que el fútbol puede cambiar al mundo, pero sí puede ser un instrumento para ayudar a cambiar al hombre. ¿Qué es lo que en estos momentos cuesta mucho con los chicos? Hacerles creer que el esfuerzo es un valor, por ejemplo. A través del deporte eso se lo hacemos entender de una manera apasionada, recreativa y placentera. Y ahí me parece que hay un arma de formación muy potente.

¿Qué puede aprender del fútbol un empresario?

Cualquiera, en cualquier ámbito profesional, tiene que creer en un producto: en un café, en un teléfono móvil, en un coche… La excelencia de ese producto hace más fácil la venta, y su mediocridad la dificulta. En los equipos deportivos el producto es el equipo, por lo que es un medio exageradamente humano, y la materia prima del equipo son los seres humanos con sus debilidades y fortalezas. Además son gente sin mucha formación que juegan y tienen miedo.

Esto es diabólico.

No, no es diabólico. Digamos que son tres elementos que te ayudan a ver la naturaleza del hombre. En un vestuario, si uno mira con cierta atención, ve lo que se ve en otro lado: el líder, el vice-líder, el melancólico, el sindicalista, el generoso, el mezquino, el valiente, el cobarde… Se descubre muy fácilmente. De ahí se pueden extraer lecciones que son perfectamente aplicables a otro mundo. Si yo le digo a un directivo que el genio de una persona nos hace mejores como grupo, el concepto hará más o menos fortuna, pero si lo acompaño con unas imágenes de Maradona con el suficiente impacto, ese concepto pegado a una imagen o una anécdota es mucho más fácil que quede registrado. Quizá no el concepto, pero seguramente la anécdota sí, y la anécdota tirará del concepto. Ese es el instrumento del que me valgo y en el que creo seriamente.

¿Cuál es el mejor líder que has conocido?

Camacho. Un tipo elemental que no te decía catorce cosas, te decía tres, pero estaba tan convencido de las tres que no te permitía dudar. Sobre todo de una: que el domingo íbamos a ganar. Y eso lo transmitía como si se tratara de un imperativo. Te despertaba a las siete de la mañana y te preguntaba cómo ibas a saltar esa noche. Te tenías que levantar de la cama, saltar y sólo entonces se iba y te dejaba seguir durmiendo. Era muy eficaz para este mundo, que es un poco primitivo pero requiere de un estímulo permanente, ya que, al fin y al cabo, cada tres días hay un nuevo reto y tiene que parecer único, aunque sea parte de la rutina del profesional.

¿Nunca has sentido que estabas en un mundo demasiado primario, demasiado provisional?

No, siempre me he sentido y me siento muy cómodo dentro del mundo del fútbol, y he conocido a gente muy inteligente. No instruida, pero sí muy inteligente. Generalmente, el crack es un tipo muy inteligente y lo disimula porque no quiere proyección mediática. Son gente que tienen la intuición, que es la velocidad punta de la inteligencia, y la tienen muy afilada para descubrir quién es bueno, quién es malo, quién se acerca para utilizarlo, quién para ayudarlo… Ese tipo de lectura la hace casi instantáneamente.

No hablamos de Maradona.

Maradona por ahí te dice una frase en la que te reduce un mundo. Va a jugar a Nápoles en el Mundial de 1990 y les dice a los napolitanos: “Napolitano, te utilizan 364 días al año y ahora te piden ayuda.” Y terminó siendo editorial de La Repubblica y del Corriere de la Sera, porque metió los dedos en el enchufe nacional. No hay que subestimar la inteligencia salvaje de los futbolistas.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina — Vídeo: Javier Villabrille