¿Para qué queremos tantos frontones en Teruel?

Detalle de portada de Un hipster en la España vacía (Literatura Random House)

Nada nos hermana más como especie que la ridiculez. Aunque hay ejemplares oficialmente empadronados en él (hola, Monedero), en general vivimos intentando no hacer el ridículo a toda costa, una lucha perdida de antemano. El ridículo es inevitable. Hace falta muy poquito para verse a uno mismo haciendo esfuerzos por algo —integrarse, molar, pasar desapercibido— y acabar convertido en una máquina expendedora de lástima y patetismo. Con que te veas obligado a salir de tu burbuja suele ser suficiente. Lo peor y lo mejor que te puede pasar, dado el caso, se reduce a lo mismo: que no te des cuenta. 

Eso es lo que le pasa a Enrique Notivol, protagonista de Un hipster en la España vacía (Literatura Random House). Un urbanita ex 15M, aliado, leído, amante de la quinoa y el reciclaje. Un día le da un aire —o sea, que le planta la novia— y se va a vivir a La Cañada, en pleno Teruel. «Un lugar con alto valor paisajístico, elevada consanguinidad, abundante consumo de alcohol y considerable afición al juego», acabará describiéndolo. Aterriza en ese paraje enclavado en la omnipresente España vacía o vaciada (a mí no me metan en líos) con loables intenciones: montar un huerto ecológico, un taller didáctico-vivencial de nuevas masculinidades, estar en armonía con la naturaleza… Vamos, que no va a encontrarse a sí mismo, va a encontrar la idea bucólica, paternalista e irreal del campo que se ha traído de la capital. 

Y de eso en La Cañada ni rastro, claro. No hay cobertura para presumir del retiro espiritual en Instagram, ni viene a visitarle el espíritu de Dersu Uzala. Allí los sobrenombres de los lugareños aluden a sus defectos físicos, hay moros que votan a Vox, gente que explica durante horas los parentescos y él hace, inevitablemente, el ridículo queriendo proyectar cine coreano en el frontón. Le incomoda beber leche de oveja porque «ordeñarla es una forma de acoso sexual», la lía parda comprando por internet, intenta instruir a sus vecinos sobre el postmaterialismo o Jared Diamond y le indigna «la estructura heteropatriarcal del gallinero». En resumen: asistimos al periplo de lo que en nuestra jerga responde al nombre de un «moderno» y en la de Santiago Lorenzo de un «asqueroso».

Y aunque el afán de Daniel Gascón, el padre de este hipster trasplantado al agro, es igual de cabrón que el de Lorenzo, su ánimo es bastante más compasivo. Con Notivol el primero. Para empezar, porque le confiere una humanidad y una ingenuidad entrañables, a medio camino entre el Gurb de Mendoza y un personaje de Cuerda. Para entendernos: que al muchacho los del pueblo le apedrean por parguelas y él piensa que allí el viento sopla tan brioso que levanta las piedras hasta su nuca. Ni cuando le explican con bastante concreción semántica (una pintada con «Forastero, gilipollas») lo que opinan de él, Notivol no se envilece ni retrocede en su empeño de hacer de La Cañada un pueblo inclusivo, posmoderno, sostenible y no heternormativo. Porque —no lo hemos dicho aún, igual va siendo hora— esto es una sátira. Una caricatura del tipo de izquierda cuqui que huye al pueblo… pero no solo. 

Ese es el punto de partida, que Gascón ya comenzó en forma de artículos en Letras Libres y en el libro ha dejado crecer porque resulta que tras el atildado columnista hay un tipo con un retorcido sentido del humor, miren qué hallazgo. No esperen encontrarse una sucesión de escenas en las que Notivol se abochorna a sí mismo citando a Kymlycka o a Walter Benjamin ante unicejos de palillo en boca, porque las hay, pero no es el grueso. La historia avanza a carcajadas hasta el delirio (spoiler: el hipster acaba de alcalde) introduciendo personajes, tramas y situaciones de tal esperpento que la mandíbula llega a sufrir con el descojono. Hay un señor de Valdealgorfa del Ventorrillo que vive atormentado por cómo legislaría Obama en su lugar, unos golfos apandadores militantes de Vox, un cantautor argentino/italiano/alcobendurrio que domina todos los acentos, una madame malencarada, unos animalistas podemitas canallitas, el Ejército Rojo cantando jotas… Un despiporre, vaya. 

Porque para el autor, parodiables y parodiados son (somos) todos. Su humor no hace rehenes —y qué, si los hiciera— y deja muy clarito cuál es el objeto de su mofa: ni el hipster, ni los pueblerinos, ni los errejonistas, y a la vez todos ellos. El puro y duro presente que vivimos. Por sus páginas desfilan muchos, si no todos, los debates coyunturales de nuestro tiempo: las guerras culturales, la batalla de lo simbólico, la apropiación cultural, el guerracivilismo, el wokismo, el feminismo… Y adivinen qué: el pasaje más subrayado en Kindle es el siguiente: «En ese momento, con patrimonio robado y deseoso de creer mi propia mentira, estuve a punto de comprender lo que siente un independentista catalán». Lo de los rehenes no iba en broma. 

Un hipster en la España vacía recuerda un poco a aquello que decía Terry Pratchett sobre cómo había construido el Mundodisco: cogiendo algo que sabemos que es ridículo y tratándolo como si fuera en serio, para ver si salía algo interesante del intercambio. 

En ese sentido, la carambola no podía haber salido mejor. La comicidad funciona no solo porque sea ágil e ingeniosa, sino porque Gascón conoce al dedillo los dos entornos predominantes de los que habla. Los que provenimos de núcleos urbanos de menos de cien habitantes, nos revolcamos en las eras, respetamos la hora de la partida o íbamos de excursión al Sepu, reconocemos ese páramo turolense con alborozo. La España del pasodoble, el bingo en la plaza y el rock jincho cuando se van los abuelos. Gascón no lo mira ni desde arriba ni desde abajo, y eso se nota. Lo mismo que cuando se lanza a satirizar ese moderno que todos somos, borreguilmente, más de una vez. Quizás no nos ha dado, como a Enrique Notivol, por empapelar el pueblo con carteles contra el manspreading, pero les garantizo que es complicado no acabar aplicándose un alto porcentaje de los chistes que se hacen a su (nuestra) costa. Y de él mismo: ¡si hasta se regodea en palíndromos y sale el Pandora, sede literaria del autor! Al final, somos todos tan superfluos como una escisión de izquierdas en Madrid. 

Imagino —no quiero comprobarlo— que habrá quien confunda ese espíritu caústico con algo más malintencionado, y acuse al autor de estar en contra del feminismo, el reciclaje de residuos o la peatonalización. Tan equivocados están esos como los que crean que Un hipster en la España vacía es una especie de choque entre los bocadillos de panceta y las hamburgesas de Seitán. Las sátiras son, a todos los efectos, un postre: alimentariamente no son escrupulosamente necesarias, pero qué bien le sientan al alma. Pues eso. 

Creo que era Agatha Christie quien decía que cuando ves a las personas hacer el ridículo te das cuenta de lo mucho que las quieres. A ver si consiguen —al final— no amar un poquito a Enrique Notivol, ese soplagaitas al que «le lleva tiempo existir». Esperemos que ahora que lo ha logrado persevere, porque la historia acaba demasiado pronto y se deja sin resolver una duda capital: «¿Para qué queremos tantos frontones en Teruel?».


Madrid se enciende

Fotografía: Pedro Torrijos.
Fotografía: Pedro Torrijos.

Artículo patrocinado por Carajillo Magno.

Cuando miras a Madrid desde fuera, hay un momento en el que se para el tiempo y el mundo. Desde lo alto del Cerro del Tío Pío —al que todo el mundo llama «parque de las tetas» por sus ondulados promontorios envueltos en hierba—, se abarca toda la villa, desde los rascacielos de Chamartín hasta el viejo y maltratado río, que ahora es nuevo y cuidado y reluciente y lleva pegado la palabra Madrid.

Recostado contra el oeste, el sol avanza lentamente, repta oblicuo al horizonte y al final, en un rayo verde, hace estallar el cielo como un Rothko naranja y rojo. Dicen que el cielo de Madrid es el más bonito del mundo; pues, ¿saben una cosa? justo detrás de la explosión, el cielo desaparece.

Y Madrid se enciende.

Y Madrid te llama, porque cuando vives en un barrio de fuera, vives en Madrid, pero también vas a Madrid. Y, por tanto, eres de Madrid.

Como los peces de David Foster Wallace, que estaban rodeados de agua pero no sabían lo que era, a veces hay que rodearse de Madrid para nadar en él, aunque nunca se sepa muy bien lo que es. Tan solo hay que separarse un poco de la corriente arterial de las grandes vías. Apenas un par de calles. Quizá solo una. Correr el telón y mirar detrás.

Lavapiés y la judería falsa

Detrás del Museo Reina Sofía y al otro lado de la estación de Atocha colocaba Ramón de la Cruz el barrio judío de Madrid y la fuente donde los fieles se lavaban los pies antes de entrar al templo. Es un hermoso mito, pero es un mito; porque ni los fieles judíos se lavan los pies frente a las sinagogas ni existió un barrio judío medieval en Madrid. De hecho, en la Edad Media, Madrid apenas existía. Pero ahora existe Lavapiés.

Camino de su epónima plaza, recorrerán la calle Argumosa, el «paseo marítimo» de una ciudad sin mar, pero con cien terrazas y cien acentos. Siéntense en el Automático a probar su pastel de pollo, de ingredientes tan humildes como fabuloso en resultado. Y si no encuentran sitio en las mesas de fuera, entren a sus paredes azul turquesa y al jazz que las envuelve.

Fotografía: Ondas de Ruido (CC)
Fotografía: Ondas de Ruido (CC)

Una vez en la plaza de Lavapiés, los acentos han pasado de cien a mil. De cada confín del globo; y todos de Madrid. Ya dijo Joaquín Sabina que los que han nacido en Madrid no han podido soñarla, y lo bueno es llegar con la boina y la maleta de cartón y a los cinco minutos ser de Madrid.

Al frente, las antiguas Escuelas Pías, hoy biblioteca universitaria. A la izquierda, la vieja Tabacalera, colosal edificio industrial de principios del XX que ahora es espacio cultural. Es bonito pensar en las catedrales del trabajo convertidas en recintos del conocimiento.

Si eligen tomar la derecha, atravesarán la calle Ave María, que es nuestra Brick Lane particular, y sonrientes madrileños nacidos en Mumbay o Delhi les invitarán con vehemencia a entrar en sus restaurantes indios.

En Mesón de Paredes, a pocos metros de la plaza de Tirso de Molina abre Los Poemas de Tirso. A mi compañero Holden Caulfield no le gusta el café de Madrid, pero si lo pide en esta pequeña y pulcra cafetería-pastelería, y además lo acompaña con su dulce de leche, seguro que cambia de opinión.

Las huertas

Detrás de la Puerta del Sol y el Congreso de los Diputados está la calle Huertas, que en el siglo XVII bajaba hasta «las huertas del Prado» y, como un niño travieso, les robó el nombre. Ahora hay pisadas. Tacones y zapatillas. Y otra vez acentos; acentos norteños y anglosajones. Y claro, también de Madrid.

Si miran al suelo, entre las pisadas verán que la calle está pavimentada de literatura. De Bécquer, de Lope de Vega, de Espronceda y de Cervantes. Y arriba hay jazz. De nuevo el jazz.

Fotografía: Pedro Torrijos.
Fotografía: Pedro Torrijos.

En el Populart, que lleva casi veinticinco años ofreciendo conciertos tras su letrero de Al Jolson. Y también en el Café Central, ya en la plaza de Santa Ana, con más de treinta ofreciendo música en vivo. Un medido cóctel más la voz de Isabel Álvarez al frente del trío Beau Soir les garantizan una velada balsámica, de esas que acarician el otoño.

Beatriz Galindo: «La Latina»

Detrás del Palacio Real serpentean las calles de La Latina. La del hospital que la escritora Beatriz Galindo fundó en pleno reinado de los Reyes Católicos, y a quien todos llamaban «la Latina» porque, desde su adolescencia, hablaba latín con fluidez.

Desde la plaza de San Andrés, entre medianeras disfrazadas de trampantojo pueden tomar la Cava Baja. En el Cocktail 47 se enorgullecen de disponer de más de sesenta ginebras, pero quizá su mejor combinado sea un pisco sour que haría agachar la cabeza a los mejores barmen de Lima o Santiago de Chile.

Al final de las Cavas llegarán a la calle Segovia. Abajo, el viaducto. La señal inequívoca de que Madrid tiene más colinas que Roma y la demostración de que Italo Calvino tenía razón cuando, en Las ciudades invisibles, dijo que las ciudades, como los sueños, están hechas de deseos y miedos. El viaducto, que se construyó en la Segunda República y cuyo racionalista hormigón resistió los embistes de la artillería e incluso su fama de paseo de los suicidas. Hoy sigue sosteniendo a la calle Bailén a más de veinte metros del suelo y abrazando las escaleras de La Latina.

Fotografía: Pedro Torrijos.
Fotografía: Pedro Torrijos.

En la calle de la Morería, la Taberna Rayuela hace esquina con una de estas escaleras. Pueden comer y cenar —sus croquetas son formidables—, pero si van al final de la tarde, pidan los dados de chocolate belga o el hojaldre de manzana Golden. Lo suyo es acompañarlos de café —insisto, a mí, que soy de Madrid, me gusta el café de Madrid—. O aún mejor, acompáñenlos de un café con brandy en su versión más sofisticada: de un carajillo Magno.

Es curioso lo del carajillo. Mis primeras veces en la nieve quería aprovechar todas las horas de sol para esquiar pero, con el tiempo, cada vez hago más pausas para suavizar el día. Y el carajillo es una elección estupenda. Una que me recuerda a mi abuelo, que lo mezclaba tranquilamente en casa al volver del trabajo en las tardes de otoño. Sí, el carajillo tiene más de un siglo, pero yo les recomiendo la refinada revisitación de Magno: mezcla flambeada de brandy, azúcar moreno, granos de café y ralladura de limón; vertida en un expreso de tueste natural y acompañada de una rama de canela. No es de extrañar que esta receta se extienda entre los bares que les presento para encender las primeras noches frías del frío seco de Madrid.

Si van hacia la Gran Vía, eviten la calle Preciados y suban por la Costanilla de los Ángeles. Allí entenderán por qué La Ciudad Invisible, una deliciosa mezcla entre bar y librería de viajes, tiene ese nombre. Sí, seguro que es por Calvino; pero a mí me gusta pensar que hay un Madrid invisible. Una ciudad oculta a las riadas turísticas. La ciudad que vive justo una calle detrás.

Si en La Ciudad Invisible nos invitan a viajar, qué mejor que acompañar el viaje con su lassi de lima y hierbabuena fresca, un combinado tan exótico como el destino que elijamos entre sus libros.

La mala saña y las maravillas

Detrás de la Gran Vía aparece el barrio que Mesonero Romanos llamó de las Maravillas, pero que todos conocemos con el apellido de Manuela Malasaña, fusilada ese dos de mayo tan terrible, tan goyesco y también tan madrileño.

Hace treinta años, la Malasaña tan madrileña olía a Los Secretos y a Alberto García Alix, porque quería oler a música y a Londres y a Ámsterdam, y Ana Curra abrazaba a Iggy Pop. Hoy, el barrio vuelve a oler a Londres. A Carnaby Street, a Soho, a Noting Hill; y también a Brighton y a Kingston. Huele a comida recién horneada en puestos abiertos a pie de calle. A bulliciosos mercadillos de sábado. A bicicletas y a días libres. En definitiva, huele a Madrid.

Fotografía: Pedro Torrijos.
Fotografía: Pedro Torrijos.

Entre la plaza de Luna y la de San Ildefonso sube la Corredera Baja de San Pablo. Paren en el Gorila a probar su estupendo daikiri granizado y comprueben que la decoración industrial no está nada reñida con el chic.

Espíritu Santo es nuestro Camden y nuestro Portobello Road de bolsillo. Decenas de pequeñas tiendas; camisetas, ropa contemporánea y también vintage, librerías, papelerías para niños, pastelerías, comida para llevar y para tomar. Todas ellas abiertas en los últimos dos o tres años. Nos gusta criticarlos, pero qué quieren que les diga: los hipsters están salvando al pequeño comercio.

Al fondo de la calle pueden sentarse en el alegre interior del Vacaciones a tomar una copa. Letras azuladas, mesas de madera pintadas de blanco y lámparas que recuerdan a hamacas. Aristóteles decía que un buen día no hace un verano, pero yo creo que es bueno empezar así.

Porque aunque tengamos que trabajar cuarenta o cincuenta horas a la semana, hay que estar de vacaciones. Siempre hay que vivir de vacaciones.

En Tribunal se levanta el Real Hospicio de San Fernando, hoy Museo de Historia de Madrid. Historia que hizo Pedro de Ribera al construir un edificio tan teatral y tan medido. Un prodigio de la arquitectura barroca española y quizá mundial.

A unos pocos metros, en la calle San Mateo, el In Dreams nos recibe con su rock americano de los cincuenta y su gozosamente abigarrada decoración. Pero no se lleven a engaño, no apela a la falsa nostalgia de una franquicia; son los objetos que apasionan a Iván, Margarita y Eduardo y que han coleccionado desde que abrieron el local hace ya cinco años. Servían hamburguesas premium antes de que existieran las hamburgueserías premium y hacen una limonada natural que te hace sentir como un niño después de jugar en el patio. Pero si solo pueden tomar una cosa, pidan un gimlet con lima rosa y piérdanse un rato entre su Elvis, sus Dorothy y Totó, sus camisas de bolera y sus pin-ups tatuadas.

Fotografía: Pedro Torrijos.
Fotografía: Pedro Torrijos.

Y si al final no tienen más remedio que pasar por la Gran Vía, no se dejen arrastrar por la corriente. Den la espalda a los letreros luminosos, porque son idénticos a los de Shibuya, Times Square o Picadilly. Levanten la vista y miren a otro luminoso. Uno que Santiago Segura y Álex de la Iglesia pusieron en el firmamento cinematográfico y que es un símbolo de Madrid. Como lo es el propio edificio Capitol, aunque su verdadero nombre es Carrión. Lo proyectaron Luis Martinez-Feduchi y Vicente Eced en los años treinta, y seguramente los ladrillos los puso un obrero andaluz. Que ya decía Umbral que Madrid lo hicieron entre Carlos III, Sabatini y un albañil de Jaén, que era el que se lo curraba.

Y tenía razón.

Porque Madrid es Sabatini y Ribera. Es el viaducto y las vacaciones. Son bicicletas fixie y pasteles y cócteles. Es Espronceda y Tirso y Lope y Cortázar y Calvino y David Foster Wallace y hasta Iggy Pop. Es mi abuelo, es un albañil de Jaén y un cantautor de Úbeda con boina y maleta de cartón. Es Elvis y Al Jolson. Es un viaje guiado por un camarero del Punjab y un skater con acento dominicano. Y es una puesta de sol encendida por Mark Rothko en lo alto de un montículo de Vallecas.

Más Madrid, bares y carajillos en brandymagno.com

Fotografía: Pedro Torrijos.
Fotografía: Pedro Torrijos.

 


Julia Bonaparte, la reina de España de los monárquicos hipsters

Julia Bonaparte y sus hijas, por Jean-Baptiste Joseph Wicar en 1809 (DP).

Soy mujer, aborrezco a todas las que pretenden ser inteligentes igualándose a los hombres, pues lo creo impropio de nuestro sexo, a pesar de que las hay que han leído mucho, y habiendo aprendido algunos términos del día, ya se creen superiores en talento a todos. Tal es la condesa Jaruco y otras varias, y no digo nada de las francesas. Pero como soy española, por la gracia de Dios, no peco por allí. (S. M. María Luisa, esposa de Carlos IV, predecesora de Julia Bonaparte en el trono de España).

No sé si se percataron ustedes de que durante la proclamación de Felipe VI y Letizia como reyes de España en las calles de Madrid no había ni dios, dicho simple y llanamente. Si a los pocos entusiastas de la monarquía que asistieron les restamos los manifestantes republicanos, que no eran pocos, al final solo se puede colegir que la monarquía en España es un culto minoritario. Una pasión de paladares selectos.

Esto es así. Cada uno elige la esclavitud que más le gusta en la maravillosa democracia del mundo capitalista globalizado y en nuestro país solo unos pocos sibaritas muestran en la calle su preferencia por la monarquía. Luego se vota masivamente a partidos monárquicos, pero también se sigue masivamente la final de la Décima y luego la ciudad se colapsa si gana el Madrid. Si esos partidos políticos reúnen veinte millones de votos más o menos y el fútbol en una cita así lo ven, pongamos, diez, ¿por qué no hubo avalanchas humanas para jalear a Felipe? La proclamación de un rey es lo más tope de la monarquía.

Ocurre que los monárquicos españoles son una especie de hipsters. Y en este espacio de libros muertos de risa, «Busco en la basura algo mejor», qué menos que reseñar uno de interés minoritario para nuestra minoría favorita: La biografía de la reina de España Julia Bonaparte, esposa de José I, el hermano de Napoleón. Una breve etapa de la historia de nuestros reyes que siempre ha hecho torcer el morro a los historiadores patriotas por motivos obvios. Tomaremos el estudio que hizo de ella Juan Balansó en 1991, la primera y la última biografía que se escribió de una reina hipster para monárquicos hipster ¡Viva!

Julia Clary tuvo algo de Cenicienta. Era hija de un comerciante, una burguesa, que llegó a las más altas instancias de la aristocracia de pura casualidad. ¿Cómo? Durante la Revolución francesa, el 18 de septiembre de 1793, el joven intendente José Bonaparte se encontró a una muchacha durmiendo en los bancos de espera de la oficina de su jefe. Era la bella Desiree Clary, hermana de Julia y futura reina de Suecia, y había acudido a pedir clemencia para su hermano, acusado de «favorecer a los aristócratas». José le dijo que no se preocupara, la acompañó a casa, por el camino le dejó la oreja como la de Niki Lauda y consiguió una cita. Tonto no era.

Julia Clary en un retrato anónimo ca. 1800 (DP).

José Bonaparte iba para cura, pero la prematura muerte de su padre por un cáncer de estómago le obligó a convertirse en el cabeza de familia con solo diecisiete años. Tuvo que cuidar de sus hermanos, entre ellos uno que haría carrera en el ejército, el precursor de la UE tal y como la entendemos hoy en día, Napoleón Bonaparte.

Que su hermano pequeño venía pisando fuerte lo notó José tan pronto como le presentó a la hermosa Desiree a la que estaba cortejando. Así lo relató ella misma:

La llegada de Napoleón supuso un cambio en nuestros planes para el futuro. Cierto día nos dijo: «Para lograr un buen matrimonio hace falta que uno de los cónyuges ceda siempre al otro. Tú, José, eres de carácter indeciso, al igual que Desiree, mientras que Julia y yo sabemos lo que queremos. Será, pues, mejor que tú te cases con ella. En cuando a Desiree —añadió sentándome en sus rodillas— será mi esposa». Así fue cómo me convertí en la novia de Napoleón.

Obediente, José Bonaparte no tuvo otra que pedirle la mano a Julia Clary, pero lo hizo con pasión dieciochesca escribiéndole por vía epistolar cursilerías de este calibre: «no dejemos escapar los instantes que nos conducen hacia el placer», «esta pasión sublime revestirá un carácter más intenso a medida que pase el tiempo», «cedamos pues a la fuerza de la juventud, pero sepamos prepararnos para los puros placeres en una perspectiva lejana de la vida». En otras palabras: te quiero comer to lo negro. Y sí, la conquistó.

La boda fue una ceremonia puramente civil. Un asunto que luego hubo que ocultar cuando la pareja ocupó el trono de España por el escándalo que pudiera ocasionar en nuestro fervientemente católico país. Nuestro actual cardenal Cañizares dijo hace pocos años, a propósito de la anterior boda civil de la reina Letizia, que un matrimonio civil para la Iglesia tiene el mismo valor que una solemne alianza verbal de dos jugadores de Monopoly, y con que te cases como Dios manda, después, todo está resuelto. Pero en aquella época significaba vivir en pecado. Un asunto tenebroso. Sin embargo, la pareja lo que había elegido era vivir, a secas, porque en la Francia revolucionaria, señala el autor, muy pocas familias se atrevían a cumplir con los preceptos religiosos aunque fuera de tapadillo.

Por el contrario, el romance de Napoléon con Desiree no duró mucho. De repente dejaron de llegar cartas y la joven se enteró por terceros de que el ambicioso militar se había casado con una tal Josefina, una aristócrata viuda de cierta edad. La despechada Desiree se apresuró a escribirle una carta diciéndole que no se casaría nunca, permanecería fiel a su recuerdo y que sobre él pesase la desdicha de una desgraciada. Dos años y medio después, casualidades de la vida, se casó con el general Bernadotte, rival de Napoleón y uno de los que le derrotó en Waterloo (ya como rey de Suecia y Noruega). Así es la ruleta rusa del amor.

En el romance que nos ocupa, Julia tuvo una hija el 19 de febrero de 1796, que murió al año y medio, bautizada como Zenaida por pedante capricho de su padre. Y en lo político, José fue recomendado por su hermano para que fuera enviado a Parma a un puesto diplomático. Allí tuvo un simpático encuentro en una fiestecilla palaciega con María Amalia de Austria, hermana de María Antonieta, a la que la revolución había decapitado. Dice el autor que se mostró «cortés, pero seca». Vaya. Y habló con José del tiempo «que es lo que se hace cuando no se sabe qué decir». Comentar los últimos modelos de guillotina no era plan.

Después de una admirable labor diplomática en Parma que el autor califica como «inexistente» —ya apuntaba maneras para recibir un carguito en España—, el Directorio nombró a José embajador en la corte papal. Allá fue José con Julia, que cumplía veintiséis años, y en menos de una semana le sobraron motivos para arrepentirse. Una manifestación frente a la embajada francesa de demócratas romanos pedía una república igualitaria que no fuera controlada por el papa. Un pelotón de caballería pontificia fue a disolverlos y persiguió incluso a los que se colaron dentro de la embajada. Los viandantes testigos de los hechos, y algo cuñaos, acusaron al embajador de haber pagado a los manifestantes para extender su revolución, pero José salió espada en mano a poner orden en los pocos metros cuadrados del jardín que era jurisdicción de Francia y le pidió el pasaporte a los soldados. Hubo tiros, un muerto. Y al día siguiente el embajador volvió a París con su mujer donde fue recibido como un héroe.

Esos días de reconocimiento y gloria en Francia los aprovechó José para comprar un hotel en París y una finca en el campo. Dijo muy alto que lo hacía con el dinero de la dote de su esposa, pues se había vuelto rico con su matrimonio. Pero según las indagaciones del autor del libro, era una forma de «blanquear» su fortuna personal, que provenía de beneficios de la piratería. José Bonaparte había metido sus ahorros en compañías de corsarios genoveses que abordaban naves en el Mediterráneo. Y además, blanqueó también parte de la de su hermano Napoleón, que venía de «confiscaciones y rapiñas de guerra». En cualquier época, nada como ser considerado súbitamente un héroe de la patria por la prensa para ir resolviendo asuntillos de aquella manera.

Mientras que su marido celebraba su éxito en los negocios y la política persiguiendo a otras mujeres, Julia sí que dio un servicio diplomático verdaderamente útil a Napoleón cuando concretó un almuerzo con su cuñado, el aludido Bernadotte, en el que los rivales acordaron no tocarse los cataplines mutuamente. Al menos durante un tiempo. El esposo de Desiree accedió por motivos familiares, Napoleón porque iba disparado hacia lo más alto y quería el camino despejado.

El 8 de julio de 1801, José y Julia tuvieron otra hija. Se volvió a llamar Zenaida, como la primera. Y un año después, otra. Carlota. A José se le cayó el alma a los pies. Se corrió el rumor de que era incapaz de engendrar varones y, entre los corsos, se creía que el sexo de un feto podía depender de maldiciones y males de ojo. Pero, a decir verdad, la que daba la impresión de haber recibido un mal de ojo era Julia. Valoren si no el resumen de aquellos años en París:

José la continuaba engañando con coristas de la ópera, turistas inglesas y damas de alto copete, pero ella cerraba los ojos y seguía amándole profundamente.

En enero de 1806, los Borbones fueron expulsados de Nápoles —concretamente, Fernando IV, hijo de nuestro Carlos III— y Napoleón le pidió a su hermano que ocupase su lugar. Conocedor del temperamento de los naturales, José se ganó a los napolitanos colocando un collar de brillantes en la imagen de San Genaro de la catedral. «En pleno templo se desencadena una ensordecedora salva de aplausos de la muchedumbre allí congregada», dice el texto. Se nota que aquello fue Corona de España durante muchos años.

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Napoleón, José y Jerónimo Bonaparte retratados por François Gérard (DP).

En una primera etapa, José no estuvo acompañado por Julia en el sur de Italia y se dedicó a reinar como solo saben los más iluminados monarcas: con Elisabeth Dozolle, viuda de un oficial francés, tuvo una «volcánica relación», María Giulia Colonna «le haría perder la cabeza». Y así hasta que llegó su esposa. Aunque haber dejado por ahí un par de bastardos del sexo masculino le hizo respirar tranquilo sabiéndose libre de maldiciones. Y con ese orgullo y satisfacción, llegaron noticias de Bayona: iban a ser reyes de España.

«Los problemas y las tristezas de España no me asustan», dijo Julia a su marido en una carta. Pero cuando José llegó a Bayona para coger del suelo la corona que Carlos IV y Fernando habían cedido «amablemente» (junto a una deuda de siete mil millones de reales, que no suele mencionarse), el país llevaba un mes levantado en armas, desde el 2 de mayo. La única condición que le pusieron al hermano del emperador los Borbones fue que se mantuviera la integridad del reino, «que los límites de España no sufran alteración alguna». La imperecedera obsesión.

El problema era que a Napoleón sí que le apetecía morder el noreste de nuestro país. Y para más complicaciones, el nuevo rey se propuso introducir los principios de la Revolución francesa «todavía en pugna, en varios puntos, con las costumbres tradicionales de España», expresado finamente por el autor. Imaginen, yo qué sé, que Messi es proclamado ahora rey de España, quiere meterle mano a las diputaciones mientras Guardiola le presiona para que incorpore las Baleares y el litoral andaluz a Alemania. Así de chungo.

Don José Napoleón, nada lerdo, enviaba una carta tras otra al emperador: «Mi posición es única en la historia: no tengo aquí ni un solo partidario (…)». Don José llegó incluso a aparentar gran interés por las corridas de toros —que le disgustaban— y por la suculenta paella —que le daba náuseas—. Tampoco sirvieron para popularizarle sus frecuentes y democráticos paseos por Madrid, sus misas diarias —¡él, que era masón!—, sus magnánimas rebajas de impuestos. La gente no le tomaba en serio. Fue llamado «Pepe Botella» cuando en realidad era casi abstemio, y las graciosas gitanas sevillanas, que ya habían adjudicado a Napoleón el título del «empeorador», bautizaron a José con el famoso «Pepino el Tuerto», aunque su vista era absolutamente normal y su aspecto físico más que apolíneo: ¡Qué guapo eres! ¡Qué hermoso ahorcado harías!, había tenido que escuchar José cierta vez a su paso, de labios femeninos.

El único apodo que le pusieron que respondía a la realidad fue el de «Tío Plazuelas». El pueblo de Madrid le debe las plazas de Santa Ana, del Carmen, del Rey, de los Mostenses y de San Martín. Tal vez su masónica intención fuera, quién sabe, que el hedor a orín pudiera abrirse paso libremente hacia la estratosfera. También inició la plaza de Oriente, dato que tal vez ignoren los centristas liberales que allí jaleaban al Invicto Caudillo. Y al escudo de España le añadió el cuartel de Navarra, que ahí sigue desde entonces.

¿Y la reina Julia qué? Pues doña Julia estaba en París, encerrada en casa, recibiendo cartas contradictorias de su marido. Ven, no vengas, decide tú, ya deberías haber venido. Fue más o menos el resumen de su correspondencia. El rey no dejó que asistiera a ningún encuentro social en Francia por el riesgo de que «sus prerrogativas como reina de España no fueran suficientemente respetadas». A falta de series, la reina aprovechó su encierro para aprender la lengua de Cervantes con sus hijas.

Eso sí, por mucha Revolución francesa, ilustración y rojeríos de aquel tiempo, en derechos de las mujeres los españoles les dimos en el morro. Ya los Borbones trajeron la ley sálica, que nunca se había aplicado en Castilla, para excluir a las mujeres del trono. En la Constitución de Bayona, Napoleón, siguiendo la tradición francesa, quería profundizar y redactar que las mujeres quedaban excluidas «a perpetuidad». No obstante, Don José logró meter una coletilla por la que el hijo varón de la primera mujer sí podría heredar la corona. Un avancito. Sin embargo, unos años después, en las Cortes de Cádiz se constituyó que las mujeres podían heredar con todas las de la ley. Ojo, veinte años antes de que ese argumento fuera empleado por el integrismo católico español para trufar de guerras civiles y conflictos el siglo XIX.

Esta cuestión, pues Napoleón insistió en que si Julia no paría un varón la corona pasase a él como hermano, encabronó a la reina que terminó preguntándole a su marido qué sentido tenía hacerse acreedor de patologías cardiacas tratando de ser rey de los simpáticos españoles si luego no podía ni legar el trono.

Lo que no faltó, en cualquier caso, fue la figura españolísima por excelencia, la de «el Listo». El príncipe Fernando VII escribió a Don José: «Acudo a implorar el apoyo de vuestra majestad para ver realizado el más ardiente deseo de mi corazón: el de unir mi suerte a una princesa de su familia». Dice Balansó que el rey francés «se encogió de hombros». La mayor de las infantas aún no había cumplido diez años.

Pero pasaban los meses y el reinado seguía sin ser normal. La reina no había pisado el país. Primero don José titubeaba por eso de que era traerla a algo así como Vietnam en los sesenta. Y luego había otro problema, si abandonaba Francia, Napoleón podía retirarle a su hermano la asignación por un carguito tipo asesor con el que mantenía su palacio de Luxemburgo y la «posición decorosa» de Julia y las niñas. «Todo me lleva a creer que el emperador se apoderará de todo cuanto poseemos en Francia desde el momento de mi partida», escribió ella a su marido. ¿Encerrona? Una carta de su hermana Honoria da cuenta de cuál era la situación: «Me pregunto a menudo si no hubiera sido mucho más feliz quedándote en nuestro rincón de Marsella. No veo en verdad lo que puedas sacar de tantas grandezas, sino muchas penas y complicaciones». Y cuernos, olvidó mencionar.

Y una de sus antiguas coimas recordó, con nostalgia: Necesitaba [José Bonaparte] la compañía femenina como el sediento un arroyo. Y, además, era el hombre mejor dotado por la naturaleza que nunca conocí.

Ah, el rey en España de rodríguez. La marquesa de Montehermoso, la condesa Teresa Montalvo; una soprano italiana llamada Fineschi; la francesa Nancy Derjeux «cuyo marido hizo pingües negocios de suministros a las tropas francesas en España», —reza la Wikipedia—; la mujer del embajador de Dinamarca y antigua bailarina, baronesa Bourke. José Bonaparte inseminaba con arrojo estajanovista. Y atiendan a este hermoso párrafo sobre la vida cotidiana de un monarca.

… cuenta Estanislao de Girardín, el amigo edecán del rey, en sus memorias, que un día, al levantarse, vio José en el patio de la mansión a una criada morena y risueña de la marquesa, y la requirió de amores, «por lo cual no despachó su majestad aquella mañana su correspondencia».

Hasta abril de 1811 no pasó José un día con su esposa. Solo fue a París a apadrinar al primer hijo de Napoleón, pero como en el protocolo a Julia no le concedieron un sillón, sino una silla, montó un pollo de dios y ordenó a su mujer que sufriera una jaqueca y se quedase en casa. En España, mientras tanto, iban perdiendo la guerra y Napoleón cambió la forma de gobierno de Cataluña, Aragón, Navarra y Vizcaya con fines anexionistas dejándose de disimulos.

La situación llegó a ser tan grave que el «rey intruso» tuvo que fundir su vajilla de plata para sufragar sus gastos personales en España. Cuando vio la guerra perdida, terminó escapando de noche de la capital y días después cruzó la frontera «a uña de caballo» perseguido por húsares ingleses. Miren a qué simpática conclusión llegó tras su reinado:

No se conoce a esta nación. España es un león que la razón conducirá con un hilo de seda, pero que ni un millón de soldados reducirán por la fuerza de las armas.

En el exilio, José y Julia siguieron ejerciendo de reyes de España. Al estar el matrimonio bajo el mismo techo, esto se traducía en «escuchar misa diaria». El emperador tuvo que recurrir a Julia para decirle que ya no había reino que reinar y que aquello era una charlotada. Pero José siguió firme: «Puedo sacrificarlo todo al honor y el honor no me permite dejar de comportarme como rey de España mientras no haya abdicado».

Julia y José Bonaparte en 1808. Cortesía de Editions Allia.

Así que Napoleón le dijo, mirándole a la carita como Luis Aragonés, que entonces abdicase. José reunió al consejo de ministros en el exilio y a su lado se sentó, por primera vez, Julia, la reina de España. El primer acto al que acudió Julia fue el último, la abdicación. Récord que no le podrá arrebatar Letizia. Con gran dolor de su corazón y de su honor, pero con las joyas de la Corona de España en su poder —detallito—, José Bonaparte dejó de ser rey de los españoles.

Tras el hundimiento definitivo de Napoleón, el matrimonio volvió a separarse. Julia se quedó en Europa y su marido marchó a Nueva York. Allí le ofrecieron por azares del destino la Corona Imperial mexicana. Lo que habría convertido a Julia en emperatriz de México, aunque por esas fechas ya debía de hacer a las andanzas de su marido el mismo caso que al email ese de «enlarge your pennis». Aunque lo que sí que tuvo que añadir la exreina a su biografía fueron nuevos cuernos. Eso sí, siempre de relumbrón. En Estados Unidos José se lió con Annette Savage, descendiente de la famosa princesa india Pocahontas, nada menos.

Pese a todo, el matrimonio terminó sus días unido. José murió en brazos de su esposa el 28 de julio de 1844. En Madrid se prohibieron los funerales que organizaron sus antiguos fieles supervivientes. De la muerte de Julia no hay fecha, solo se sabe que está enterrada en la iglesia de Santa Croce de Florencia. Ninguna señal indica que esa mujer fue reina de España, aunque fuese de chiripa y nunca pusiera un pie en su reino, pero tampoco destacaría mucho en un mausoleo en el que se encuentran Galileo, Miguel Ángel o Rossini. Al fin, buena compañía, aunque fuera para «la vida eterna».


La noche en que Charlie Parker emocionó a Stravinsky

Charlie Parker en Birdland (Foto: Corbis)
Charlie Parker en Birdland (Foto: Corbis)

Supongo que recordarán aquella maravillosa película llamada Bird, dirigida por Clint Easwtood, en la que Forest Whitaker encarnaba al atormentado saxofonista de jazz Charlie Parker. En una secuencia, el protagonista permanece de pie frente a la casa del compositor, pianista y director de orquesta más famoso del mundo, Igor Stravinsky. Parker lo contempla desde la distancia, con una mezcla de fascinación y timidez. Mientras tanto escuchamos la música de Stravinsky, uno de los escasísimos momentos de la película donde suena algo que no sea jazz o sus derivados. Finalmente, Parker no se atreve a hacerle saber al ruso que está allí y este entra en su casa sin percatarse de su presencia. Una bella escena, muy poética y que quizá no se alejaba demasiado de la realidad. Para «Bird», Stravinsky era prácticamente un icono intocable a quien adorar desde lejos… aunque en realidad llegaron a encontrarse una vez: un curioso cruce entre dos colosos que procedían de mundos distintos, la música sinfónica y el jazz, dos universos que por entonces parecían destinados a no entremezclarse demasiado.

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Igor Stravinsky, como decimos, era mundialmente famoso desde el primer cuarto del siglo XX. A finales de los años cuarenta Charlie Parker también se había convertido en un icono, aunque a mucha menor escala. Buena parte del público estadounidense no lo conocía o sencillamente no se interesaba por su música. Muchos oyentes no entendían aquel be bop convulso y extraño que incluso había escandalizado a pesos pesados del jazz tradicional, como Louis Armstrong: el legendario trompetista llegó a calificar al be bop como «ruido» y esto puede dar idea de hasta qué punto causaba reticencias el nuevo estilo. Eso sí, Parker tenía una reducida aunque fiel legión de seguidores que estaban dispuestos a elevarlo a los altares, considerándolo algo parecido un semidiós desde el punto de vista musical. Era adorado por los hipsters, como se llamaba entonces a los fans del jazz de vanguardia. No se sorprendan, el término es muy antiguo: a principios del siglo XX se llamaba hepsters o hepcats a los seguidores de aquel tipo de música; en los años cuarenta seguía aplicándose el término, que podría traducirse como «el que está a la última en cuestiones de jazz». Entre 1947 y 1950 Parker fue ganando la primera plaza en las diferentes votaciones a mejor saxofonista que organizaban revistas como Metronome o Down Beat y su nombre se escuchaba también en Europa.

El prestigio de Charlie Parker entre los hipsters neoyorquinos era tan enorme que los dueños del club donde solía actuar rebautizaron el garito como «Birdland» en honor a su apodo, «Bird», con la idea de atraer a los feligreses parkerianos, que acudían allí como quien se encamina a una ceremonia religiosa: sentían que Parker estaba llevando a cabo una revolución de magnitud histórica (y tenían razón) por lo que el local se convertía oficialmente en la catedral del be bop. Hipsters y algunos músicos acudían cada noche para contemplar al hombre del momento, al individuo que estaba rompiendo todos los esquemas jazzísticos habidos y por haber. Los fieles de Parker consideraban que su ídolo estaba a la altura de los gigantes de la música modernista, como Bela Bartok, Arnold Schoenberg y el más importante de todos ellos, Igor Stravinsky. Aunque esta comparación no encontraba demasiado eco, ya que entre los aficionados más estirados de la música sinfónica no faltaban quienes pensaban que el jazz era un estilo popular destinado al mero entretenimiento. Y así había sido muchas veces, con la moda del swing, por ejemplo. Pero entre bastidores el jazz no dejaba de evolucionar y el be bop de Charlie Parker constituía un alejamiento abrupto de aquel jazz más comercial que el gran público podía entender. La música de Parker era experimental, difícil y retorcida para los oídos de entonces.

Pero los prejuicios que siempre alberga cierta parte del público pocas veces existen entre los propios músicos. De hecho, se dieron varios acercamientos de compositores sinfónicos hacia el jazz e incluso el blues, acercamientos que quizá no eran apreciados por los puristas de ambos mundos pero que en ocasiones habían gozado de gran repercusión. Baste citar la celebérrima Rhapsody in Blue de George Gershwin, estrenada en 1924 como un «experimento de música moderna» y que se ganó un clamoroso éxito de público y de crítica. El propio Igor Stravinsky le había hecho algún guiño al jazz anteriormente: en 1918, por ejemplo, había compuesto Ragtime para once instrumentos, pieza que reflejaba su interés por un estilo al que homenajeaba a su manera (ni que decir tiene que la pieza no suena a jazz, aquí la versión para piano). El compositor ruso viajó varias veces a París por motivos profesionales antes de establecerse definitivamente en Francia, donde residió durante casi dos décadas, entre 1921 y 1939. Y Francia era un buen lugar para contactar con lo último del jazz: en París, como en Londres, solían actuar jazzmen estadounidenses de vanguardia que viajaban a Europa buscando mayores recompensas económicas y también un reconocimiento artístico del que no gozaban en su propio país, donde ese vanguardismo era considerado una rareza.

En 1939, tras una serie de desgracias personales (su mujer e hija murieron a causa de la tuberculosis, enfermedad por la que él mismo también estuvo ingresado durante varios meses) y coincidiendo con el estallido de la guerra europea, Stravinsky decidió mudarse a los Estados Unidos, donde además de gozar de un gran prestigio tenía buenos contactos profesionales establecidos de antemano durante sus giras. Y una vez rehizo su vida en América su interés por el jazz se intensificó. Hizo esfuerzos por conocerlo de más cerca. Movido por la curiosidad, acudió a grabaciones de discos de jazz vanguardista porque quería ser testigo de cómo se elaboraba in situ. Pudo comprobar que sobre suelo americano el jazz no siempre estaba rodeado de demasiada formalidad: le sorprendió ver que el ambiente en el estudio era muy distinto a lo que podía haber encontrado en un estudio europeo y más tarde diría que «la atmósfera parecía hecha de anís Pernod con agua», de blanca como estaba por la cantidad de humo. Los músicos, cuando no estaban tocando sus instrumentos, fumaban todo el tiempo y no solamente tabaco. Le chocó enormemente la aureola underground que lo envolvía todo.

Stravinsky era pianista, así que no tardó en querer conocer a Art Tatum, a quienes sus colegas consideraban el mejor pianista de jazz. Tatum, a su vez, era un gran amante de la música clásica o sinfónica y adaptaba piezas de Chopin o Dvorak a su propio estilo. Stravinsky tenía muchas ganas de verlo tocar en directo y fue a visitarle. Impresionado no solamente por el virtuosismo técnico de Tatum sino por la complejidad armónica de su música, le pidió ayuda para terminar una pieza con la que tenía problemas. El ruso quería enlazar dos determinados fragmentos de música pero estaba utilizando acordes inusuales, así que se había quedado atascado y no encontraba una forma de unir satisfactoriamente ambos fragmentos. Pidió permiso para sentarse al piano y poder mostrarle el problema a Art Tatum por si se le ocurría alguna solución. El jazzman, claro, estaba absolutamente encantado y dejó que el maestro ruso tocase. Stravinsky interpretó los dos fragmentos que pretendía unir mientras Tatum escuchaba atentamente. Al acabar, Tatum permaneció algunos momentos en silencio, como pensando sobre lo que acababa de sonar, asintiendo levemente con la cabeza. Aunque estaba casi completamente ciego desde la infancia, tenía algunas cualidades que resultaban poco comunes incluso entre músicos profesionales: tras haber escuchado aquello una sola vez, Tatum se sentó en el piano, interpretó exactamente las mismas notas que había tocado Stravinsky y como por arte de magia añadió la progresión armónica que el ruso tanto había estado buscando. El problema estaba solucionado y Stravinsky empezaría a hablar con fervor a quien lo quisiera escuchar de las cualidades de Art Tatum. Esta anécdota ilustra el respeto mutuo que sentían los músicos de ambos mundos, jazz y sinfónico, por más que sus respectivos públicos pudiesen hacer gala de cierto esnobismo o conciencia de clase.

Por su parte, decíamos, Charlie Parker también era un rendido admirador de Stravinsky, pero no hubo entre él y el ruso una cercanía como la expresada en la anécdota de Tatum. De ahí la evocadora secuencia cinematográfica que citábamos al inicio, en la que «Bird» parecía sentir que existía un abismo intransitable entre su propio mundo y el del compositor ruso, aunque ambos residieran en Nueva York a partir de 1947. Art Tatum podía parecer accesible desde la perspectiva de alguien como Stravinsky, pero Parker pertenecía a un mundillo más oscuro y marginal; una vanguardia recóndita que se refugiaba en unos cuantos clubes neoyorquinos en los que nadie imaginaba a un famoso compositor clásico entrando y tomando asiento. En aquellos círculos del be bop, el alcohol y sobre todo las drogas hacían estragos; muchos músicos llevaban un tipo de existencia que podríamos calificar directamente como «mala vida». Es bien sabido que Parker era un hombre difícil y excesivo: llevaba enganchado a la heroína desde la adolescencia, tenía una caótica vida personal y para colmo era incapaz de labrarse una carrera medianamente estable. Era tal el desorden en que vivía que llegaba a empeñar su saxofón cuando no tenía dinero para sus dosis de heroína y no pocas veces tuvo que actuar con instrumentos prestados. Tocaba a cambio de unos dólares que después serían invertidos también en drogas o en recuperar su propio saxofón. Desaprovechó varias oportunidades profesionales, especialmente durante sus viajes para actuar en Europa, donde conoció a intelectuales como Jean Paul Sartre, que le mostraron su admiración, y a músicos del ámbito clásico como la compositora Nadia Boulanger, con quien Parker dijo querer mejorar sus estudios de composición… cosa que nunca hizo, porque en París se pasaba más tiempo bebiendo en bares y mezclándose con gente de la noche que edificando los cimientos de una carrera más sólida. Incluso se saltaba los ensayos y se presentaba directamente en el escenario sin haber practicado junto a sus músicos: era el mismo Charlie anárquico de los EE. UU. Si Europa no podía cambiarle, nada podría.

El periodo 1947-50 estuvo marcado tanto por su apogeo musical como por el progresivo agravamiento de sus adicciones. En California, donde estuvo un tiempo y donde la heroína era más difícil de conseguir, había empezado a beber mucho para sobrellevar la abstinencia de opiáceos y se había convertido también en alcohólico. En consecuencia, su conducta había empezado a volverse todavía más imprevisible y errática. Se paseaba desnudo por su hotel o se quedaba dormido en la cama mientras un cigarrillo la incendiaba… resultaba evidente que era un peligro para sí mismo y para quienes estuviesen cerca. Finalmente fue ingresado para su desintoxicación, tras lo cual regresó a Nueva York. Pero pocas cosas cambiarían, su actitud seguiría siendo la misma. En una ocasión, totalmente ebrio, orinó tranquilamente en la cabina telefónica de un club creyendo que era un urinario. Durante algunas actuaciones se ponía a hacer bromas pueriles en escena, sacando de quicio a sus propios músicos; en 1948 un joven Miles Davis decidió que tenía que dejar la banda de Parker cansado de no saber nunca por dónde iba a salir su imprevisible jefe cada noche. Su mal estado quedó incluso registrado en vinilo. Durante una grabación, concretamente de la canción «Lover Man», estaba tan colocado que el productor tuvo que sostenerlo —literalmente— mientras tocaba para que no se apartase del micrófono o no se cayese al suelo. Aún hoy se puede percibir su estado al escuchar ese disco y Parker detestaba que se hubiese editado la sesión. De hecho regrabó la canción en 1951, pero algunos jazzmen y críticos han elogiado el particular tono de aquella ocasión en que Parker grabó completamente fuera de sí y que tanto le avergonzaba. Es parte del encanto de la figura de Bird:

Existen varios ejemplos de lo mucho que «Bird» admiraba la obra de Igor Stranvinsky. En las revistas de música de aquel entonces se estilaban las «escuchas a ciegas»: el reportero hacía sonar discos ante un músico famoso sin decirle a quién pertenecía la música que estaba sonando en cada momento. Por lo general se trataba de discos muy ajenos a su propio estilo: los entrevistados a veces reconocían lo que sonaba y a veces no, pero siempre tenían que calificar lo que acababan de oír con determinado número de estrellas para indicar lo mucho o poco que les había gustado, y explicar el porqué. Cuando en una de estas escuchas a Charlie Parker le hicieron sonar el Canto del ruiseñor de Stravinsky, respondió con entusiasmo: «¡ponle todas las estrellas que puedas!». A continuación se deshizo en un torrente de elogios hacia Igor Stravinsky y otros autores de música sinfónica tanto modernista como clásica.

Para los hipsters Stravinsky era también una figura muy respetada porque siempre había mostrado gran consideración hacia el jazz. Ese respeto se incrementó todavía más en 1946, cuando después de un lustro viviendo en América compuso el Concierto de ébano, que adaptaba las texturas e instrumentación del jazz a su propio estilo. El Concierto de ébano no era jazz propiamente dicho, como no lo había sido aquel Ragtime que citábamos del año 1918, pero lo acercaba más que nunca al estilo, posiblemente para disgusto de los aficionados más elitistas de la música sinfónica. Como bien sabemos, Stravinsky nunca se había caracterizado por tener miedo a romper barreras y el dejar que lo asociaran con el jazz era un gesto comprometido que los hipsters apreciaban.

Fue allí en la Gran Manzana y durante esa misma época cuando tendría lugar el fugaz encuentro entre ambos músicos. Era una noche como tantas otras en Birdland: una banda de calentamiento tocaba ante un local abarrotado de público expectante por contemplar a su ídolo. Pero un detalle inusual llamaba la atención aquella noche: había una mesa vacía en primera fila, junto al escenario, que lucía un cartel de «Reservado». Ese detalle resultaba verdaderamente insólito en un club que solía estar hasta los topes cuando Charlie Parker tocaba. Nunca se le reservaba una mesa a nadie porque Birdland no era nada parecido a un local elegante para gente adinerada. Así que, ¿por quién se habían tomado la molestia de guardar una mesa los dueños del local? La legión habitual de hipsters y músicos no merecía tantas atenciones y debía de tratarse de alguien importante. Efectivamente: durante la actuación de los teloneros un rumor se extendió por el local y la gente comenzó a girarse hacia la puerta. Había entrado un hombre de avanzada edad. Algunos lo reconocieron e hicieron correr la voz. Las miradas se apartaron del escenario para centrarse con fascinación en el más insigne espectador de la noche: aquel hombre era Igor Stravinsky. Nadie daba crédito, porque la presencia en la noctámbula vanguardia de un compositor sinfónico mundialmente famoso constituía una visión inconcebible. A sus sesenta y ocho años Stravinsky era mucho más que una leyenda: era una de las principales instituciones musicales vivas. Mientras el ruso tomaba asiento y pedía una bebida, los teloneros finalizaron su repertorio y se retiraron. Los espectadores no dejaban de mirar hacia su mesa, incrédulos.

A los pocos minutos apareció sobre el escenario la banda de Charlie Parker. Estando entre bastidores no se habían enterado de nada y empezaron a tomar posiciones como si tal cosa, ajenos al rumor generalizado en la sala. Fue el trompetista Red Rodney el primero en darse cuenta de lo que sucedía cuando miró hacia una mesa en primera fila y reconoció a aquel hombre con gafas que esperaba pacientemente para verlos tocar. Rodney no cabía en sí de asombro y se acercó a Parker para susurrarle al oído la tremenda noticia: el gran Igor Stravinsky estaba en la sala. Al oírlo, Parker no movió un músculo de la cara. Ni siquiera miró hacia donde estaba uno de sus grandes ídolos. Era como si no se hubiese enterado de lo que Rodney le decía, o como si no le importase lo más mínimo. Pero sí le importaba, aunque no habló ni pronunció la más mínima dedicatoria o bienvenida en voz alta. Parker, al contrario que el sociable y parlanchín Dizzy Gillespie, solía tener una actitud muy distante cuando estaba en el escenario (salvo que se presentara en mitad de una borrachera, claro) y aquella noche no fue la excepción. Viéndole, era como si fuese otra noche más para él.

Pero no lo era. Hizo algo distinto a lo acostumbrado: dio la orden a su grupo de que empezaran la actuación interpretando KoKo, una pieza con la que nunca abrían porque era tan endiabladamente rápida y difícil que preferían reservarla para la segunda parte del concierto, cuando estaban ya calientes, metidos en harina, y las probabilidades de error eran menores. Sin embargo, aquella noche Parker cambió de idea y quiso usarla para empezar. Sus compañeros debieron de pensar que pretendía impresionar a Stravinsky. Como efectivamente así era.

Bird empezó a ejecutar la pieza con enorme fluidez, sin que se notara lo más mínimo que sus dedos todavía estaban fríos. Estaba esforzándose por concentrarse y tocar lo mejor posible. Stravinsky escuchaba atentamente, sentado en su mesa con una bebida en la mano, mientras la banda tocaba una estrofa, luego un estribillo, luego otra estrofa… Al inicio del segundo estribillo, de repente, Parker cambió la melodía habitual e introdujo unos fraseos nuevos que quizá muchos de los presentes no reconocieron y tomaron como una de sus tantas improvisaciones. Pero Parker sabía que al menos uno de sus espectadores reconocería aquellos fraseos… porque eran las melodías iniciales de El pájaro de fuego, la más famosa suite de Igor Stravinsky. La frase encajaba perfectamente con la estructura de KoKo y resultaba obvio que no era la primera vez que el saxofonista había pensado en aquello. Parker había estudiado la música del ruso muy bien; sabía dónde y cuándo colocar sus frases.

Stravinsky dio un respingo. Al oír un fragmento de su propia obra en manos de Parker, el veterano compositor lanzó una bien audible exclamación de placer, completamente maravillado. Con un muy ruso arranque de ruidoso entusiasmo, alzó la mano con la que sostenía su bebida y después la volvió a bajar, golpeando su mesa con el vaso en gesto de irreprimible aprobación. Aquel brusco y vehemente movimiento de su brazo hizo que el whisky y los cubitos de hielo del vaso salieran desperdigados formando un arco, para terminar cayendo sobre la mesa de atrás, en la que otros asistentes a tan insigne velada tuvieron el honor de ser salpicados por el arranque de euforia del viejo Igor Stravinsky. Las risas se escucharon entre el público, pero Stravinsky parecía completamente ajeno al revuelo que había causado su explosión de alegría y ni se percató de que acababa de esparcir su bebida sobre otros espectadores. Su atención no lograba desviarse de lo que sucedía sobre el escenario. Al terminar la canción, mientras el público todavía aplaudía y a Stravinsky no se le borraba la sonrisa de satisfacción del rostro, llegó una nueva dedicatoria. El joven Parker comenzó a tocar la melodía de un tema habitual en su repertorio, un tema muy conocido cuyo título no podía ser más elocuente: All the things you are, «Todo lo que tú eres». Continuaba sin mirar a Stravinsky, pero se encaró más hacia la mesa donde este permanecía sentado. El ruso estaba visiblemente emocionado. Su expresión conmovida se mantuvo durante todo el resto de la actuación.

Pese a que en los conciertos de Parker era habitual la presencia de aparatos de grabación, lo que sonó aquella incomparable velada no quedó registrado. Así que, desgraciadamente, lo único que podemos hacer es intentar imaginar aquel encuentro. Como solamente podemos imaginar el resultado de alguna colaboración imposible entre Parker y Stravinsky, dos músicos que se admiraban enormemente el uno al otro pero que pertenecían a universos distintos. De hecho, Parker solamente vivió unos pocos años más: murió en 1955, a los treinta y cuatro años. Estaba tan deteriorado que el policía que rellenó el atestado sobre su muerte le atribuyó unos cincuenta o sesenta años de edad. Stravinsky, mucho más mayor, que ya era un músico famoso cuando Parker nació, vivió en cambio hasta 1971. Lo único que queda es decir: quién hubiese podido estar allí aquella noche.


Un blues por Detroit

Vista del Skyline de Detroit desde el tejado de la Packard Plant, con el Cementerio Lutherano en primer término. Foto: Diego E. Barros.
Vista del Skyline de Detroit desde el tejado de la Packard Plant, con el Cementerio Lutherano en primer término. Foto: Diego E. Barros.

Detroit, Motown, el Arsenal de América y el París del Oeste. City of Hell. De-tro-it. La leyenda y el ave Fénix que como reza en el lema de la ciudad, renacerá de sus cenizas. Por enésima vez la amenaza de desastre se cierne sobre ella. El juez del estado de Michigan Steven Rhodes ha decidido que la ciudad cumple con los requisitos para acogerse al Capítulo 9 de la legislación sobre bancarrotas. Todo muy complicado y lleno de aristas económicas y legales que viene a decir que los administradores encabezados por Kevin Orr y nombrados por el gobernador del estado, el republicano Rick Snyder, tienen vía libre para meter la tijera sobre todo y sobre todos. Fundamentalmente salarios y pensiones de empleados públicos. Como siempre ocurre serán los habitantes de Detroit ―al menos aquellos cuyo salario y pensiones dependen de sus arcas― los que acabarán por pagar la factura de un desastre que no por anunciado deja de ser menos doloroso.

La historia de Detroit está jalonada de cifras. La más reciente es la de los dieciocho mil quinientos millones de dólares a los que asciende una deuda que ha conseguido ahogar a la ciudad provocando la mayor bancarrota pública de la historia de EE. UU. Hasta cien mil acreedores a los que se les ha acabado la paciencia llamando a la puerta. Pero hay muchos otros números. Cifras que hablan de una urbe que llegó a ser a principios de siglo pasado la cuna del capitalismo y el sueño americano.

Fuck you Nueva York o Chicago.

Hoy poco queda de aquello, comenzando por su población. Si hace seis décadas llegó a bordear los dos millones de habitantes (solo dentro de sus límites urbanos) hoy alrededor de setecientas trece mil personas resisten todavía en una actitud que tiene parte de heroica y parte de milagrosa. Según el censo, hasta el año 2000, unos ciento doce mil blancos habían abandonado la ciudad desde los años ochenta en orden de casi diez mil por año. Así hasta configurar una de las hoy conocidas como ciudades negras de América (junto a Baltimore, Nueva Orleans o Atlanta entre otras) donde el 80% de la población pertenece a esta raza. Detroit ya no es buena ni para los muertos y por la ciudad circula una leyenda no contrastada que dice que cada año son exhumados de su cementerio casi trescientos cuerpos que parten con destino a los camposantos de los condados circundantes. Allí todavía hay mucho dinero. Mucho.

Pero las cifras continúan. Detroit arrastra una tasa de paro del 18%, once puntos sobre la media nacional y el triple que hace trece años. El 47% de los bienes inmuebles no pagan a tiempo (o directamente no pagan) los impuestos municipales. Hay entre ochenta y cien mil viviendas abandonadas (nadie lo sabe a ciencia cierta) lo que convierte a la gran mayoría de los vecindarios en escenario de un apocalipsis que, de conocido, todos parecen haber olvidado ya. Es precisamente su apariencia postapocalíptica una de las últimas fuentes de ingresos de la ciudad. La última entrega de la franquicia Transformers se rodó este verano en sus calles. No es que el enfrentamiento entre Autobots y Decepticons tenga lugar en Detroit, sino que como me dijo un amigo «aquí siempre es más fácil hacer explotar cosas, no se nota tanto».

Las arcas municipales están vacías. La mitad del alumbrado público no funciona, varias escuelas han cerrado y Policía y Bomberos hacen milagros para seguir trabajando con cada vez menos medios. La policía tarda una medida de una hora en responder, frente a los once minutos nacionales. Y estamos hablando de la segunda ciudad más peligrosa de América según las estadísticas del FBI que hablan de 2,137 crímenes violentos por cada 100.000 habitantes. El año pasado. El dudoso honor de encabezar la lista le corresponde a Flint, también en Michigan y cuya historia se parece mucho, al menos en lo económico, a la de Detroit. Hay zonas en las que es mejor no respetar el rojo de los semáforos a ciertas horas y gasolineras en las que ni se te ocurra pararte a repostar. Sobre todo de noche. Una histeria que se palpa en el ambiente y que convierte a cualquiera en víctima o verdugo. Hace un mes una joven murió tras recibir un disparo en la cara. Se le había estropeado el coche, no tenía batería en el móvil y se le ocurrió acercarse a pedir ayuda a una casa cercana. El propietario se sintió amenazado. Tiró de gatillo.

Pero a pesar de todo, a mí me gusta Detroit.

La primera vez que visité la ciudad, en 2005, fui a ver un partido de baseball en el Comerica Park, templo de los Tigers. En una de las calles colindantes se acababa de estrenar una promoción de viviendas unifamiliares adosadas. Una gran pancarta con la frase «Live where the action is» («Vive donde está la acción») ejercía de reclamo comercial. El humor negro de los detroiters es memorable. Pero eso es mid y downtown. Un «oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento», que diría Bolaño parafraseando el célebre verso de Charles Baudelaire, porque más allá están los vecindarios llenos de inmuebles abandonados. Grandes factorías, edificios públicos y viviendas privadas. Un peligro para los residentes de los alrededores y una fuente de negocio para las redes de incendiarios que prenden fuego por mandato de un propietario deseoso de cobrar el seguro. O por gusto.

Una casa construida recientemente por un artista de Nueva York y abandonada a los pocos meses.
Una casa construida recientemente por un artista de Nueva York y abandonada a los pocos meses. Foto: Tom Perkins.

Lo de quemar casas en Detroit alcanza ya la categoría de tradición. Durante las décadas de los ochenta y noventa un nuevo fenómeno violento se apoderó de la ciudad, las llamadas «Noche del Diablo». Tenían lugar la víspera de Halloween y el objetivo eran las propiedades abandonadas. Solo en 1984 ardieron ochocientas viviendas en setenta y dos horas. Y así durante años en una peculiar costumbre que los padres utilizan como cuento para asustar a sus hijos que, absortos, observaban el infierno hacerse realidad en sus televisores durante la festividad del miedo por excelencia. Hay que decir que las Devil’s Night ya no son tan comunes pero los incendios siguen estando de moda en cuestiones de diversión. Prender fuego y ver cómo arde a la espera de que lleguen los bomberos. Si lo hacen.

La situación que relato la viví este verano. Regresando en coche de Belle Isle, una isla-parque en mitad del río Detroit, lugar preferido por los lugareños para pasar un día al aire libre. Mi acompañante, al volante, divisó una columna de humo y se dirigió hacia ella. Curiosidad, morbo, un poco de todo. Cuando llegamos al lugar confirmamos que el humo salía de un ala de la vieja factoría Packard, un imponente complejo industrial de trescientos veinticinco mil metros cuadrados diseñada por Albert Kahn (un arquitecto alemán conocido como «el hacedor de Detroit») en 1903 y localizada en el East Grand Boulevard en el lado este de la ciudad, la cara más mala de Detroit. Cuando llegamos ya estaban los bomberos. Habían desplegado la grúa y uno de ellos subía hacia el tejado para divisar el origen del humo. Poco a poco fueron llegando los curiosos. Como nosotros, con la salvedad de que mi amigo es periodista y quería sacar unas fotos «por si acaso». También llegó una patrulla de la policía. Y allí estábamos, una decena de coches aparcados a escasos metros del incendio. Viendo el espectáculo sin nada mejor que hacer un domingo por la tarde. El oficial se bajó de su vehículo, ignoró a los curiosos e intercambió palabras con los bomberos. Poco después, el que se había asomado al tejado descendió de la escalerilla y dijo que no había nadie, ya se apagará. Los bomberos recogieron y se marcharon. También nosotros.

—¿Es que nadie lo va a apagar? —pregunté a mi acompañante.

—Para qué… Eso cuesta dinero y a nadie le importa lo que pase con la Packard—contestó.

Packard Plant. Foto:
Packard Plant. Foto: Tom Perkins.

El fantasma que mira

La Packard es un imponente esqueleto de cemento y hierros retorcidos y oxidados. Un símbolo de la decadencia industrial de la ciudad, especialmente de su producto estrella, el automóvil. Todo lo que es Motor City se lo debe al coche; lo bueno y lo malo, el auge y la caída. Fue diseñada por Albert Kahn (1869, Rhaunen, Alemania-1942, Detroit), inaugurada en 1903 y en aquel momento era la cadena de fabricación más moderna del mundo. Cerró en 1958 aunque algunas alas mantuvieron cierta actividad hasta los años noventa. Desde entonces ha habido una batalla legal por la propiedad de los terrenos, varias subastas públicas, otros tantos proyectos para dinamizar la zona pero allí sigue. Muda, rodeada de vegetación y viviendas; algunas, las menos, habitadas. Un gigantesco set sacado de un capítulo de The Walking Dead. No hay zombis, como mucho yonquis, vagabundos en busca de un refugio o grafiteros. Hay quien dice que en su interior hay un Banksy. No podría decirlo con seguridad aunque lo he visto, pero qué ciudad no tiene hoy un Banksy aunque sea de pega. En febrero de este año, las ventanas del puente E. Grand Boulevard, que hace las veces de entrada principal al complejo, amanecieron cubiertas con letras de aluminio en color rojo fuego. Podía leerse: «Arbeit macht frei». «El trabajo os hará libres», el mensaje de bienvenida que veían los judíos al llegar a Auschwitz. Ya he dicho que el humor negro local no tiene límites.

Detroit fue fundada en 1701 por el oficial francés Antoine de la Mothe Cadillac. Su enclave original fue bautizado como Fort Pontchartrain du Détroit, haciendo referencia a la orografía del terreno. El río Detroit separa Estados Unidos de Canadá y, en el original francés, détroit, significa estrecho, donde se unen el lago Sainte-Claire y el Erie. Muchos años después y otras tantas guerras, primero entre ingleses y franceses, de las que los primeros salieron victoriosos para enfrentarse luego con las tribus indias (ottawas, hurones y potawatomis) y de las que no hace falta decir quién fue el ganador; el apellido del fundador dio nombre a la división de vehículos de lujo del gigante de la automoción GM, los míticos Cadillac.

La leyenda dice que es un Banksy, en el interior de Packard Plant. Probablemente no, pero en esta ciudad pasan cosas muy raras.
La leyenda dice que es un Banksy, en el interior de Packard Plant. Probablemente no, pero en esta ciudad pasan cosas muy raras. Foto: Diego E. Barros.

La gran historia de la ciudad comienza con el desarrollo industrial. En 1900, apenas tiene un cuarto de millón de habitantes y de ahí hasta el pico de los dos millones. En 1896 Henry Ford construyó su primer automóvil en un taller alquilado de la Avenida Mack, y en 1904 salió a la calle el primer Modelo T. A Ford lo siguieron otros como William C. Durant, los hermanos Dodge y Walter Chrysler. Las fábricas necesitaban mano de obra y la ciudad se convirtió en destino de trabajadores que llegaban a Grand Central Station ―hoy otro mastodonte en ruinas―, desde todos los puntos del país, muchos de ellos inmigrantes recién desembarcados de la isla de Ellis en la bocana de NY. También muchos negros procedentes del sur. Se dice que Detroit fue construido por esos grandes multimillonarios. Es cierto, pero se suele olvidar que también por sus trabajadores; pero estos no escriben la historia.

Ford puso en práctica una de las máximas capitalistas: el producto debe generalizarse y los mismos que fabricaban los coches serán, en algún momento, sus propietarios. Visto el éxito de la Packard, en 1908 el viejo patrón encargó a Kahn la construcción de una nueva planta, Highland Park. Abrió sus puertas dos años más tarde. En 1913, Highland Park acogió la primera línea de producción en cadena lo que redujo los tiempos de fabricación del Model T de setecientos veintiocho a noventa y tres minutos. Un coche que comenzó costando setecientos dólares bajó su precio hasta los trescientos cincuenta en siete años. Además Ford pagaba tres veces más que sus competidores. Hoy Highland Park, en el 91 de la avenida Manchester esquina Woodward, acoge el Museo Ford. En los años veinte, el patrón trasladó casi toda la producción a un nuevo coloso también diseñado por Albert Kahn, el Ford River Rouge Complex, en el suburbio de Dearborn. En 1928 era capaz de producir nueve mil vehículos al día y en 1932 se convirtió en el complejo industrial más grande del mundo con un tamaño que doblaba en dos veces y media al del Central Park de Nueva York. Llegó a emplear a más de cien mil personas. La URSS de Stalin imitó hasta la extenuación el funcionamiento de The Rouge, como se conoce al monstruo. No en sus condiciones laborales, claro. La planta principal mantuvo cierta actividad hasta 2004 y hoy solo queda de ella un aparcamiento con capacidad para tres mil vehículos. Otros pequeños complejos que se fueron añadiendo con el paso de los años todavía funcionan. Tras la crisis, bancarrota y posterior rescate de las principales marcas por parte del Gobierno de Barack Obama, la industria automovilística de Detroit es sólo una sombra de lo que fue.

Michigan Central Station. Foto:
Michigan Central Station. Foto: Tom Perkins.

Blue-collar City

Detroit es una ciudad orgullosa. De gente con carácter, forjado a base de largas jornadas de trabajo en la cadena de montaje. Trabajadores duros, la punta de lanza de lo que el EE. UU. se llama el blue-collar worker, operarios manufactureros de mono azul; rostro oscurecido por la grasa y manos encallecidas por contraste a los trabajadores white-collar de las tareas administrativas. La obra de Bruce Springsteen puede servir de guía antropológica. Es la misma gente de la que hablan las canciones de Rodríguez, el último descubrimiento de la industria pop. Es en Detroit donde surge buena parte de la lucha sindical ―con todas las reservas que hay que ponerle a este concepto tratándose de Estados Unidos― espoleada en buena medida por el Crack de 1929. Las amargas luchas laborales de los unionscon la United Automobile Workers a la cabeza―, encumbraron a líderes legendarios como Walter Reuther o Jimmy Hoffa, cuya desaparición sigue siendo hoy uno de los grandes misterios de EE. UU. junto con el asesinato de JFK. En 1932, miles de obreros desempleados marcharon hacia la sede de la Ford Motor Company lo que provocó unos disturbios en los que murieron cinco personas. Tras la tormenta llegó la calma y con el paso de los años, los trabajadores consiguieron unas condiciones envidiables (al menos en lo salarial) que, a la postre, en los años setenta y ochenta, se convertirían a juicio de los expertos en otro síntoma más de la enfermedad que ya comenzaba a azotar a una ciudad que vivía del monocultivo industrial. Solo automóviles y cada vez más costosos de mantener. Máquinas con un caballaje de tres cifras, utilitarios con motor de deportivo. Tal era el poder del lobby de la automoción que cualquier carrera política debía contar con el beneplácito de The Big Four: GM, Ford, Chrysler y, por supuesto, la UAW presidida por Reuther. En 1940, Detroit fue el lugar donde se construyó la primera autopista subterránea del mundo mientras que el resto del país era dibujado con millones de kilómetros de asfalto para que los automóviles que salían de sus fábricas circularan. También Detroit acogió el primer centro comercial con parking subterráneo y calefacción en el interior del Fisher Building (también obra de Kahn) un precioso rascacielos de estilo art deco que incluye un teatro con 2089 localidades. La industria automovilística parecía imparable. Por eso en EE. UU. el tren sigue siendo, pese a los tímidos esfuerzos, un medio en estado de subdesarrollo. La pinza de petroleras y cocheras jamás ha permitido otra cosa que no sea el automóvil, símbolo de la independencia y la libertad individual que los norteamericanos llevan en su ADN.

En cierto sentido hay quien considera a Walter Reuther un visionario pues en la década de los cuarenta supo ver lo que el futuro depararía a la por entonces invencible industria. Fue él quien propuso a las compañías bajar emolumentos de los trabajadores si estas se decidían por la construcción de coches más pequeños y baratos. Nadie lo escuchó. A principios de los años ochenta la Big Four era una sola voz a la hora de conseguir prebendas. Tal que así que el sindicato logró un acuerdo salarial que consistía en que trabajadores de cualificación y veteranía semejantes cobrasen veinticinco dólares la hora. Independientemente de la compañía y del estado de las cuentas de cada firma. No había competencia ni un mercado racional. La llegada de fabricantes extranjeros y la crisis del petróleo supusieron el golpe definitivo.

Interior de The Michigan Theatre, abandonado desde hace años y convertido en parking improvisado. Foto:
Interior de The Michigan Theatre, abandonado desde hace años y convertido en parking improvisado. Foto: Tom Perkins.

A finales de 2008, el vergonzoso peregrinaje a Washington de los entonces CEOS de las compañías automovilísticas para pedir ayuda fue toda una metáfora. Los grandes capitanes de la industria, con sueldos multimillonarios y habituados a prebendas de los altos cargos, obligados a mostrar una actitud contrita. Humillados. Escarmentados por las críticas que suscitó su primera comparecencia en noviembre a la que acudieron en sus jets privados, Rick Wagoner (GM), Robert Nardelli (Chrysler) y Allan Mulally (Ford), tuvieron que volver en diciembre en vehículos de sus propias firmas en los que recorrieron los ochocientos treinta y seis kilómetros que separan Detroit de la capital federal. La peripecia la cuenta el periodista Charlie LeDuff en su magnífico libro Detroit: An American Authopsy. Nardelly viajó en el que por entonces era el todo terreno estrella de la firma, el Chrysler Aspen, un imponente SUV con una última versión híbrida de 340 CV y motor serie Hemi. Según la compañía, el Aspen reducía en un 25% el gasto de combustible en carretera y en un 40% en ciudad. No debía ser tanto porque cuenta LeDuff que detrás del vehículo de Nardelly viajaba otro preparado para cualquier imponderable que pudiera surgir. Los hubo. Una vez conseguido el rescate ―hasta veinticinco mil millones de dólares llegaron a desembolsar las administraciones Bush y Obama para salvar a la industria―, el culo de Nardelly no aguantó más y a mitad de camino ordenó parar y que el jet de la compañía viniera a buscarlo. El Aspen, que había comenzado a fabricarse en 2007 murió en 2009.

No pocos se preguntan hoy en Detroit por qué el Gobierno de Obama se apresuró a salvar a las compañías automovilísticas y desde que la ciudad se declarara en bancarrota el pasado julio se ha negado en redondo a soltar un centavo en ayuda de la ciudad. La respuesta es la misma que explica el rescate de los bancos. «Riesgo sistémico». Así lo cuenta Allan Lengel desde el piso 14 donde está la redacción del periódico online Deadlinedetroit.com que dirige junto con Bill McGraw, otro veterano reportero de la ciudad. «La quiebra de esas compañías sería un golpe mortal para toda la economía del país. Hay muchos trabajos directos e indirectos a lo largo de todo el país vinculados estrechamente a estas tres compañías. Creo que no había opción, pues en el caso de Detroit es diferente, el impacto en la economía es menor, es algo mucho más local». Lo cierto es que a diferencia de en otras latitudes, tanto los bancos como GM y Chrysler ―Ford al final decidió no acogerse al rescate―, ya han devuelto parte de la ayuda y caminan solas. Incluso han creado empleo.

Graffiti en Corktown. Foto:
Graffiti en Corktown. Foto: Tom Perkins.

Un horizonte de incógnitas

Huérfanos de gobierno, ciudad y habitantes han quedado a merced de los encargados de reflotarla. Para ello hay que «tirar lastre» y «apretarse el cinturón», expresiones estas que de tanto repetidas han adquirido ya categoría de mantra. En todas partes. Todo son incógnitas aunque nadie duda de que salarios y pensiones de los empleados públicos serán las primeras víctimas. No hay un plan previsto todavía pero se habla de recortes de entre un 20 y un 40%. Puede que más. Tampoco se sabe en qué escala se aplicarán. La gente se divide entre la indignación, la resignación y el miedo a perder buena parte de por lo que han trabajado toda la vida. Aun así la bancarrota fue acogida con cierto alivio por los habitantes y una gran mayoría la apoya. Nada ha cambiado tras la decisión del juez Rhodes. «La bancarrota puede ser positiva», dice Lengel. «Es como si alguien tiene cáncer y durante mucho tiempo ha estado rechazando un tratamiento que puede ayudarlo y finalmente lo acepta: “Estoy listo para cualquier cosa”. Durante mucho tiempo, Detroit ha sido ese paciente, con un cáncer, pero pensando que no iba a matarlo».

Jordi Carbonell es un español que lleva en Detroit desde 2004. Posee una popular cafetería llamada Café con Leche, en el 4200 W. Vernor Hwy., en Southwest. Está cerca de la zona mexicana de la ciudad, que todavía conserva una cierta vida de barrio, con servicios, restaurantes y sede de muchas ONG. Su local se ha convertido en una especie de punto de encuentro por el que pasan detroiters de toda clase y condición. Influye el café, de verdad, en un país que bebe café por litros precisamente porque el líquido oscuro que ingiere a diario no es café. «Lógicamente la gente con la que hablo está molesta pero también hasta cierto punto aliviada. En el fondo es como si lo esperaran y muchos ya han hecho sus planes de emergencia», cuenta Jordi a través del teléfono.

Por supuesto, no todos están de acuerdo con el tratamiento pero lo que es innegable es que durante años, Detroit ha estado enfermo. Décadas de despilfarro y corrupción han ido gangrenando el sistema hasta hacerlo irrecuperable. El episodio definitivo transcurrió durante el mandato de Kwame Kilpatrick, antepenúltimo alcalde negro de una larga lista que se remonta a 1973, cuando la ciudad eligió a Coleman Young, su primer regidor de color. «Ahora es nuestro turno» fue su lema. Sin embargo al marcharse el poder económico, la ciudad quedó a su suerte inmersa en una espiral en la que corrupción y violencia han ido siempre de la mano.

Como la última esperanza negra se presentó Kilpatrick en 2002 a la alcaldía de Detroit. Tenía treinta y un años. Un Obama antes de Obama. Durante sus seis años en el cargo hubo señales preocupantes pero también una reelección. Hasta enero de 2008 cuando alguien hizo llegar a la redacción del Detroit Free Press la transcripción de hasta catorce mil mensajes de texto entre el primer edil y su jefa de personal, Christine Beatty. Además de revelar una relación sentimental entre ambos (casados con terceras personas), confirmaban lo que era un rumor que desde hacía años recorría la ciudad: Kilpatrick era un criminal y un chulo. En 2002, al poco de resultar elegido, tuvo lugar en la mansión oficial del regidor una fiesta-orgía en la que no faltó de nada. Y lo más importante, todo pagado con dinero público. La versión picante de la historia cuenta que la mujer del alcalde se presentó de improviso y llegó a golpear a una bailarina conocida como Strawberry a quien encontró en pleno espectáculo sobre las rodillas de su marido. El destino y otras razones quisieron que en 2003 Strawberry apareciese tiroteada en su coche. La investigación dictaminó que la pistola de la que salieron las balas que mataron a la bailarina era del mismo modelo que la que usaba la policía. Todo se complicó y la ciudad acabó pagando veinticuatro millones de dólares a los abogados de la familia de la víctima a quienes dejó leer algunos de los mensajes que, ahora en 2008, ya tenían los periódicos, a condición de no revelar nada y no llegar a un juicio.

Con la mierda rebosando por todas partes, Kilpatrick intentó incluso disimular el olor trayendo a la ciudad la celebración de la XL Superbowl en 2006. Para ello echó a cientos de sintecho, demolió miles de viviendas abandonadas e inició una campaña en la que hablaba de Detroit como símbolo de una supuesta marca América. Pero todo dio igual. Aunque desde el círculo del alcalde se empleaban a fondo en calificar las informaciones contra él como «nazismo», en septiembre de 2008, Kilpatrick acabó por dimitir. En octubre de 2013 sus cuentas con la justicia se saldaron con una condena a veintiocho años de prisión.

Por eso ha sido calificada de histórica la elección del nuevo regidor. Mike Duggan, el primer blanco en dirigir el Gobierno local en cuatro décadas. En una ciudad de mayoría negra, Duggan, un hombre de negocios con gran crédito ―no así entre los sindicatos― por haber salvado de la ruina a uno de los hospitales de la ciudad, derrotó en noviembre pasado a un candidato negro, el sheriff del condado de Wayne Benny Napoleon. También demócrata por supuesto; no es Detroit lugar para Republicanos. Pese a todo, Duggan poco podrá hacer ya que tiene las manos atadas por el administrador Kevin Orr que obedece directamente las órdenes que llegan desde la capital del estado, en Lansing.

Fachada lateral del antiguo edificio del Cass Technical High School (1910) y hoy abandonado. En Detroit no se restaura ni se mantiene nada, se abandona y se construye otro. Foto: Diego E. Barros.
Fachada lateral del antiguo edificio del Cass Technical High School (1910) y hoy abandonado. En Detroit no se restaura ni se mantiene nada, se abandona y se construye otro. Foto: Diego E. Barros.

La raza

Porque hasta el momento la raza sí contaba en Detroit. Y mucho. La ciudad tiene el dudoso honor de ser la única de EE. UU. en haber sido ocupada por la Guardia Nacional en tres ocasiones a lo largo de la historia. La primera en 1863, la segunda en 1943 y la última en 1967. Todas ellas como consecuencia de disturbios cuyo origen está relacionado en mayor o menor medida con las disputas raciales entre blancos y negros. Según LeDuff el estado de Michigan «puede ser geográficamente uno de los estados más al norte de Estados Unidos, pero espiritualmente, es uno de los más al sur», dando a entender que comparte con estos el veneno del racismo. Puede, pero no más que el resto de sus vecinos del norte. De hecho cuando Michigan se convirtió en parte de la Unión, la Ordenanza del Noroeste prohibió la esclavitud en su territorio. Antes de la guerra civil, Detroit era una ciudad whig, una parada en el ferrocarril subterráneo hacia Canadá, y hogar del abolicionista Zachariah Chandler, alcalde entre 1851-1852, luego senador y secretario de Interior. Sí, Detroit estalló en disturbios en 1863, pero también Nueva York y otras ciudades del norte. Después de la guerra civil, Michigan fue pionero en materia de derechos civiles. En 1867, el estado prohibió la segregación en la educación; en 1869, se prohibió la discriminación en los seguros de vida; en 1883, se eliminaron las barreras al matrimonio interracial; en 1885, la discriminación en los lugares públicos; y en 1890, más de medio siglo antes de ser ley federal, la Corte Suprema de Michigan rechazó la doctrina «separados pero iguales» que imperaba en el sistema educativo. Eso es un montón de historia que no conviene pasar por alto cuando se habla del presunto «historial racista» de Detroit.

Pero es difícil borrar 1967. Durante los convulsos años sesenta, los aún acomodados ciudadanos de Detroit creyeron que los disturbios que prendían por todo el país no llegarían a una ciudad cuyos vecindarios estaban radicalmente divididos. Se equivocaron. Mejores casas, mejores trabajos o incluso trabajos y casas a secas. En julio de 1967 la minoría negra dijo basta y lanzó su violento descontento por toda la ciudad: en cinco días de enfrentamientos murieron cuarenta y siete personas y ardieron más de dos mil inmuebles. Detroit cambió para siempre. Miles de blancos lo dejaron todo para comenzar de nuevo en pequeños suburbios de los alrededores reproduciendo el sistema de segregación que había reventado a sus espaldas. Con ellos se llevaron el dinero y dejaron un gran vacío.

«No estoy seguro de que la raza sea ya un problema, al menos como lo era hace veinte años», explica Lengel que pone como prueba la reciente elección de Duggan. Ahora, la preocupación «es tener un trabajo y vivir en un buen vecindario y eso lo piensa la gente que vive en zonas donde por mucho que llames a la policía, esta nunca aparece». Más que un problema de segregación racial, lo que hay en Detroit es lo que el premio nobel de Economía Joseph Stiglitz llama una «segregación económica». Porque en Motor City hay al menos dos ciudades. Por una parte está el downtown, el centro financiero colmado de bellos rascacielos con oficinas que ha experimentado un fuerte desarrollo en los últimos años. Rehabilitación, nuevas construcciones y apertura de nuevos negocios. Especialmente desde la celebración de la Superbowl de 2006. Luego están los vecindarios.

Para hacerse una composición de lugar sobre el proceso de degradación de la ciudad basta con dejar a un lado la autopista 75 dirección sur y adentrarse en la interminable avenida Woodward. Pongamos por ejemplo el punto de salida de esa ruta en Bloomfield Hills, uno de los suburbios que rodean la urbe. Junto a este, otros como Rochester, Birmingham, Royal Oak o Ferndale componen el próspero Oakland County que floreció tras los disturbios del 67 y otrora el condado con la renta per cápita más alta de Estados Unidos. Todavía uno de los más prósperos del país.

El trayecto es rápido. Solo interrumpido por los semáforos de una carretera estatal convertida en avenida de facto. A medida que se recorren sus treinta millas, se observa el cambio en la morfología urbana. Las casas de ladrillo rojo con aire victoriano van dando paso, poco a poco, a viviendas unifamiliares en contrachapado imitación de madera. Desconchado. Cuanto más grande se hace el perfil de Detroit ante los ojos del viajero, más palpable el abandono. De viviendas y de naves que en otro tiempo fueron prósperos negocios. Restaurantes, gasolineras, lavanderías y tiendas se esparcen a ambos lados de la carretera con las ventanas cubiertas por tablones de madera. Atravesando incluso Hamtramk, una ciudad autónoma dentro del propio Detroit. Este viaje ha sido descrito de muchas maneras y para la periodista Rebecca Solnit, Detroit es el ejemplo más palpable de lo que ella llama «Post-América»: «una ciudad en la que parece que el reloj corre hacia atrás». «Este continente no ha visto una transformación como la de Detroit desde los últimos días de los mayas», sostiene.

El cartel que anuncia la Milla 8, vecindario popularizado por ser el lugar de origen del rapero Eminem, marca el límite norte de la ciudad. Al sur, hacia el centro, todo es abandono, con pequeñas islas como los alrededores de Warren Ave. El Institute of Arts (DIA) con los frescos de Rivera y una importante colección de arte ―fue el primer museo de EE. UU. en tener un Van Gogh, eran los tiempos dorados de la ciudad y sus grandes filántropos―, cuyo futuro se ha puesto incluso en entredicho tras la declaración de bancarrota. «La venta de obras sigue siendo una opción», ha declarado el administrador Orr. Las casas de subasta se frotan las manos. Orr encargó en julio una auditoría a Christie’s que calculó que solo un 5% de las obras del DIA —2781 piezas— podría alcanzar un valor de entre cuatrocientos cincuenta y dos y ochocientos setenta millones de dólares. Estamos en Midtown, en los alrededores de la Wayne State University a cuyo servicio de seguridad privado prefieren llamar los ciudadanos antes que a la policía en caso de urgencia. Llegan antes.

Vista del centro de Detroit, con el GM Renaissance Center, a la izquierda, desde la esquina de Edmund St-Brush Place. Foto: Diego E. Barros.
Vista del centro de Detroit, con el GM Renaissance Center, a la izquierda, desde la esquina de Edmund St-Brush Place. Foto: Diego E. Barros.

El estado de los barrios es dramático. En la mayoría se pueden observar casas de gran belleza todavía habitadas que comparten calle con decenas de viviendas deshabitadas o simples solares con los trazos de la casa que un día se levantó en ellos todavía visibles. También muchos esqueletos carbonizados. Así transcurre buena parte del trayecto hacia el centro, atravesando avenidas como Davison, Chicago o Grand Boulevard. Recorriendo calles como Wabash en el lado oeste de la ciudad o Pennsylvania y Fairview en el lado este. Dentro de ese paisaje apocalíptico, en los alrededores de Boston Edison, se sitúa un barrio de elegantes casas donde vive la élite afroamericana. Allí está The Turkel House, una de las viviendas diseñadas por Frank Lloyd Wright en 1955. Tras años de abandono ha sido recientemente comprada por cuatrocientos mil dólares, un precio de subasta, según los expertos. Woodward muere a los pies del Renaissance Center, el conjunto de tres rascacielos plateados que sirve de cuartel general a General Motors y de imagen icónica de la ciudad. Más allá, el río y Canadá. Más que otro país, otro mundo.

Delta City

Entre tanta desolación, una luz de esperanza que esconde en realidad otra amenaza. El centro de Detroit vive desde hace unos pocos años una especie de boom inmobiliario. Donde antes se podía uno comprar un edificio entero por unos pocos dólares ―había que presentar un plan de desarrollo― ahora los precios de la vivienda en venta y alquiler se han disparado. Dice Carbonell que los precios siempre han sido altos «muchos se negaban a asumir lo evidente, es cierto que hay edificios de gran belleza, creían que tenían un tesoro, lo tenían, pero el tesoro estaba rodeado de la nada». Hoy el precio del alquiler medio supera los mil doscientos dólares mensuales por un estudio, a la altura de la cotización de los prósperos suburbios de Oakland. Los grandes especuladores han olido la sangre y ven en la desgracia de la ciudad una oportunidad. Muchos son grandes fondos de inversión que hicieron fortuna con las hipotecas sub-prime. Uno de ellos es Daniel Gilbert, cuyo holding empresarial Rock Ventures’ se ha hecho desde 2010 con la propiedad de más cuarenta inmuebles en el centro de la ciudad entre suelo habitable, comercial y plazas de aparcamiento. A día de hoy, más de once mil personas trabajan en sus edificios de oficinas. A Detroit ha trasladado los cuarteles generales de sus empresas, pero vivir, la gente vive en los suburbios o en zonas como Southtown donde la propia arquitectura urbana las ha mantenido separadas de las ruinas. «Ello no quiere decir que también hayan sufrido una degradación progresiva», explica Carbonell. Él mismo vive con su esposa, natural de Detroit, en Ferndale, uno de esos suburbios a las afueras de la ciudad, justo en la frontera simbólica de la Milla 8. «Es simplemente una calle, pero esa calle marca la división entre que la ambulancia tarde unos minutos en aparecer o una hora». Al final, la gente busca servicios y seguridad.

No se puede negar que la operación de Gilbert ha supuesto un golpe de dinamismo para el centro que ha vivido un resurgimiento con la apertura de nuevos negocios. Se vuelve a ver gente por la calle, lo que ya es mucho en una ciudad donde todo el mundo va en coche.

Pero no todos lo ven con buenos ojos. Detroit es el escenario (figurado, la cinta se rodó en unos estudios en Texas) de uno de los filmes distópicos por excelencia, Robocop, el éxito de los ochenta dirigido por Paul Verhoven. La visión de Verhoven era preocupante y hoy algunos creen que se está haciendo realidad poco a poco. En Robocop se dibujaban dos ciudades. Por un lado Delta City, el próspero y futurista centro urbano que quería construir la gran corporación Omni Consumer Products. Por otro, el viejo Detroit, el que tiene que ser destruido para que surja la utopía de OCP. Hay quien ve en esto una metáfora de lo que está pasando ahora mismo. Un dato llama al desconsuelo. Gran parte de la seguridad del downtown corre ya a cargo de las empresas privadas de Gilbert. Incluso él y otros empresarios han costeado nuevos coches para la policía. Vehículos de aire futurista que recuerdan precisamente a los de la película. «Hay quien habla ya de Gilbert City», dice con un punto de humor Carbonell. «Pero bueno, alguien tiene que hacer algo, esperemos que para bien», indica a sabiendas de que esta es precisamente parte de la idiosincrasia americana: el Estado ni está ni se le espera. Al fin y al cabo Gilbert y otros como él no están haciendo nada distinto de lo hecho a principios de siglo pasado por los padres de la industria automovilística. De hecho ya hay movimientos de grandes fortunas locales (en los suburbios) en el sentido de aportar dinero para salvar el DIA e incluso hacer menos doloroso el golpe que sufrirían pensiones y salarios de los empleados municipales. El tradicional mecenazgo norteamericano. Otros pueden llamarlo caridad; pero es lo que hay, esto es América para lo bueno y para lo malo.

Para completar el círculo hay que recurrir de nuevo al viejo sentido del humor detroiter con el proyecto de levantar en la ciudad una estatua del mismísimo Robocop. Comenzó en 2011 y ya se han recaudado más de sesenta y siete mil dólares. Está por ver si se hará realidad.

This is what we do

Llegados hasta aquí lo vuelvo a decir: a mí me gusta Detroit. O como todos, como el propio Carbonell dice, mantengo una relación de «amor-odio» con ella. La que se debate entre su realidad y su tremendo potencial. Lengel pone fecha y hora al resurgir de cierto sentimiento de orgullo entre sus habitantes. «De algún modo, el punto de inflexión de Detroit, el momento en el que la ciudad comenzó de nuevo a tomar conciencia de sí misma fue en 2011, con algo tan banal como el anuncio de Eminem para la Superbowl de aquel año. Aquello, de alguna forma cambió Detroit porque fue lo mejor, al menos que yo recuerde haber visto, que ha captado el alma de esta ciudad y la gente ha vuelto a abrazar esa idea».

Está ese orgullo de Motor City, el «this is what we do» que dice el rapero y, sobre todo, el espíritu creativo que han tenido siempre sus habitantes. Detroit hace coches pero también es Rock City, es Motown, es rap y techno. Detroit siempre ha sido una de las ciudades musicales de América. El Museo Motown es una de las visitas obligadas. De la factoría creada el 12 de enero de 1959 por Berry Gordy han salido astros de la talla de Smokey Robinson, Stevie Wonder, The Jackson 5, Marvin Gaye, The Temptations, Diana Ross & The Supremes, The Four Tops, y Gladys Knight & the Pips. Ellos fueron los protagonistas del llamado «sonido de la América joven». En Detroit dieron sus primeros pasos leyendas como Iggy Pop, Bob Seger, Alice Cooper o MC5. De Detroit sale Jack White e incluso Madonna. Aún hoy, una de las mejores cosas que se puede hacer por la noche es escuchar a alguna banda local en lugares como Lager House o The Majestic. En verano, la terraza de este último es el mejor sitio para tomarse una cerveza. Eso sí, ante la atenta vigilancia del foco del helicóptero de la policía que sobrevuela el centro de la ciudad.

Tumba War, una de las esculturas que hay en The Heidelberg Project. Foto: Diego E. Barros.
Tumba War, una de las esculturas que hay en The Heidelberg Project. Foto: Diego E. Barros.

Es imposible entender la NBA sin los Pistons y sus Bad Boys. Tres anillos, el último en 2004; cinco títulos de conferencia y once de división. Tampoco la NFL sin los Lions ―verlos perder en Thanksgiving se ha convertido ya en tradición americana―; ni por supuesto la NHL sin los Red Wings, el Real Madrid del hockey sobre hielo. El equipo con más Stanley Cups de la historia de ese deporte: once.

Atraídos por la luminaria que emanaba Detroit, en él recalaron algunos de los intelectuales y artistas más importantes del siglo pasado, Diego Rivera a la cabeza. En el peor de los casos, al menos nadie podrá llevarse las paredes del DIA con sus impresionantes murales industriales. Ello contribuyó a un desarrollo social y cultural que fue envidiado en otras partes del mundo y cuyos frutos han llegado a nuestros días.

Pero no solo la música es producto genuinamente local. Una ciudad derruida, con pocas oportunidades para sus jóvenes es también un lugar adecuado para que emerjan movimientos artísticos en todos los campos. Fotografía, pintura y moda se abren paso. Es en este ambiente donde surge de nuevo el trabajo desinteresado de sus ciudadanos. Es el caso por ejemplo del Heidelberg Project, un proyecto artístico nacido en 1986 de la mano de Tyree Guyton en la calle Heidelberg. Es el único lugar del mundo donde se pueden observar manzanas de calles con casas cubiertas por peluches y pintadas con colores chillones o jardines donde los coches portan mensajes políticos. Es un lugar de una belleza que duele. Lamentablemente, tampoco el Heidelberg Project se ha podido librar de las llamas y la degradación. Ocho incendios desde mayo, todos provocados.

Por todo esto, yo amo Detroit.

Casas de Heidelberg Project
Casa de Heidelberg Project. Foto: Tom Perkins.

Y sí, también última ciudad hipster

Detroit evidencia grandes carencias pero ese desierto lleno de aburrimiento es también un lugar lleno de espacios óptimos para llevar a cabo una masiva rehabilitación. Es por eso que Motor City se ha convertido en uno de los últimos paraísos hipsters de América. La subcultura nacida en los años cuarenta y que hoy hace furor entre los nuevos modernos de la clase acomodada ha encontrado en Detroit un lugar para dar rienda suelta a su postureo. «Es cierto que han desembarcado muchos», reconoce Carbonell. «El problema es que han creído que antes de ellos no había nada y ello ha provocado cierto descontento». Los locales miran a esta tribu con desconcierto y ya han aparecido pintadas del tipo hipsters go home. Al fin y al cabo, los hipsters de hoy no dejan de ser los esnobs del mañana. Niños bien llegados de los suburbios que juegan a parecer pobres desaliñados en Detroit. «No nos engañemos, vienen porque ahora está de moda, cuando tengan hijos no se van a quedar», explica no sin sorna Carbonell. Ello no ha supuesto una gran diferencia en la balanza poblacional de la ciudad. La gente viene y va y la población se mantiene estable siguiendo la norma de que tan pronto como tus condiciones económicas mejoran «te vas a vivir a los suburbios».

Así las cosas, tras el golpe recibido, el futuro se presenta incierto pero cargado de optimismo. «La clave está en los servicios, que eso haga que cada vez más gente llegue a la ciudad, nuevos inmigrantes, no pienso que sea gente de los suburbios», cree Carbonell. En definitiva, que la recuperación que está viviendo el downtown se extienda hacia los vecindarios. De tener lugar, será un proceso lento.

Hasta entonces Detroit resiste y, ya lo he dicho, renacerá de sus cenizas. This is what they do.


Pedro Vera: «Bud Spencer ha sido un hombre del Renacimiento»

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Su aspecto físico es más parecido al del señor de Murcia de Ninette que al del iconoclasta gamberro que podría adivinarse leyendo sus páginas. Claro que Pedro Vera (San Pedro del Pinatar, 1967) es un señor de Murcia, pero también es el creador de algunos de los personajes más carismáticos que nos ha dado el tebeo español contemporáneo. Es el padre de Nick Platino, detective de lo oculto y lo astral; así como el acuñador y principal ideólogo del término ranciofact, neologismo que sirve como detector cachondo de la pereza intelectual y social. Con todo, sus hijos más famosos son los mellizos Ortega y Pacheco, una pareja de cenutrios que, desde 1995 en La Opinión de Murcia y del 98 hasta 2012 en la revista El Jueves, combatieron en su particular revolución garrula contra la impostura y la imbecilidad de lo moderno, lo chic y lo guay. Se considera un gran aficionado al cine, hasta el punto de afirmar que su contacto definitivo con el cómic americano fue gracias a la adaptación que hizo Jack Kirby de 2001: Una odisea del espacio. Dibujante, historietista, humorista gráfico; llámenle como quieran, él se conforma con hacerles reír.

Creces leyendo tebeos de Mortadelo y cómics de superhéroes, además de las revistas Rufus y Vampus. ¿Cuál es tu formato?, ¿tebeos?, ¿cómics?, ¿historietas?, ¿eres humorista gráfico?

Yo intento hacer reír dibujando. Hay mucho erre que erre con esto del formato; la mayoría de la gente que no es aficionada, por ejemplo, los periodistas del ramo general, hablan de viñetas, cosa que a los dibujantes nos toca un poco las narices. Nos dicen: «eres viñetista», lo cual es rizar el rizo.

Ahora se ha puesto de moda reírse del concepto de novela gráfica, y a mí me parece ya un poco rancio. Cada vez que alguien habla de novela gráfica, aparece la mueca y la risita, y la verdad es que no sé por qué; llámale como te dé la gana. También hay otra respuesta típica de mi generación: «Yo soy dibujante de tebeos, ¿qué es eso de cómics?», que parece servir para que la gente antigua se reivindique.

¿No es un orgullo decir «soy dibujante de tebeos»?

Sí, queda muy varonil, muy español, pero me parece un poco rancio. En último caso, lo que hago es humor dibujado.

Es decir, que te consideras sobre todo humorista.

Sí, la intención es hacer reír, conseguir que la gente se ría. Es algo que llevo intentando desde el principio; empiezo a dibujar a los diez años en los recreos de clase. Junto a Garcerán, un compañero del colegio, nos dedicábamos la hora del recreo a hacer tebeos de risa, y cuando terminaba, los íbamos pasando por los pupitres y la gente se descojonaba.

Hacíamos de todo, sobre todo tirábamos de las influencias que teníamos nosotros; no había Internet así que parodiábamos series y programas de televisión. Por ejemplo, hicimos disparates del calibre de una versión en cómic pornográfico sobre El hombre y la Tierra; aparte del sexo más o menos gratuito, mezclábamos a Félix Rodríguez de la Fuente con animales, brujas, personajes inventados y hasta nosotros mismos aparecíamos en algún cameo. También hicimos una versión porno de Los gozos y las sombras. Fíjate si éramos pequeños que no sabíamos ni cómo era follar; yo dibujaba a Cayetano, que interpretaba Carlos Larrañaga, ensartando a seis o siete chicas a la vez, como si jugase al «churro, mediamanga, mangotero», cosa que tiempo después descubrimos que era físicamente imposible.

También parodiábamos Dallas, que era el culebrón que se veía entonces, estamos hablando de finales de los setenta y principios de los ochenta; aún no habían llegado los culebrones sudamericanos. Y siempre tomábamos partido; mi amigo Garcerán se pedía a J. R. y a mí me tocaba su enemigo mortal, el marido de Sue Ellen… no recuerdo ahora el nombre.

Creo que el enemigo mortal era el marido de Pamela, pero tampoco me acuerdo. [Nos referíamos a Bobby Ewing].

También hicimos Los Ángeles de Charlie, y esa sí que fue una versión totalmente porno. Recuerdo que al acabarla, no nos la llevamos a casa, sino que la ocultamos detrás de la pizarra. Puede que allí esté todavía y un día la señora de la limpieza separará la pizarra y aparecerá esa cosa ahí detrás.

Eso puede ser un verdadero incunable.

Sí, algo como el Necronomicón.

Luego en el instituto, ya era más mayor y di un salto de calidad. Por ejemplo, dibujaba a color, con rotuladores Carioca, pero a color. Y llegué a hacer un cómic de sesenta páginas. No he dibujado algo tan largo en mi vida.

Parece que la novela gráfica, pese a que ahora se mire con un poco de sorna, es uno de los elementos principales en la revitalización del cómic como medio, desde Will Eisner hasta Alan Moore, pasando por el cómic europeo. Tu formato en general es el de una o dos páginas, pero ¿te verías capacitado de hacer una novela gráfica?

Sí, claro.

¿Con un guión continuo o como hacía Ibáñez, que no era más que una adición de historietas cortas con un hilo común?

No, no, sería un guión totalmente cerrado. Tengo pensado hacer una novela gráfica de este tipo, pero no sé si la llegaré a hacer alguna vez. De hecho, los pasotes de dibujo más largos que me he pegado no han sido haciendo cosas de humor, sino tebeos que dibujaba por puro placer para mí. Recuerdo que durante un verano entero, que tuve que cuidar la casa de un tío mío y me pasaba las tardes allí solo, dibujé ochenta páginas a tinta china aguada: mi versión particular del Nosferatu de Murnau. Ochenta páginas y cero humor. Me da hasta vergüenza cuando abro un cajón de mi casa y aparece allí dentro.

Te iba a preguntar si en algún momento ibas a dibujar algún tebeo serio, pero veo que ya lo has hecho.

Pues fíjate que lo volví a hacer. Estaría ya en primero de carrera, cambié de piso, cambié de compañeros y conocí a un nuevo guionista, Ginés. Este hombre era muy dado a escuchar boleros, tangos, Edith Piaf y toda esa mandanga; y siempre estaba con historias tormentosas, muy de boleros. Me escribió un par de guiones sobre un torero con un amante homosexual… todo muy trágico. Parecía una película…

Una película de Almodóvar.

De Almodóvar, sí, aunque era un poco cutre, la verdad. Los dibujé con mucho cuidado, a color y todo; hicimos dos tebeos así. Hasta que un día le dije: «Ginés, por aquí no vamos bien. No me estoy sintiendo cómodo».

Entonces él empezó a pillarme el tono, que era el del humor más o menos rápido e inmediato. Me traía los guiones no solo escritos, sino dibujados; y yo me descojonaba. Eran muñecos de palotes, como los de Cuttlas, pero a mí me hacían mucha gracia. Es que yo siempre he preferido algo que me hiciese gracia a ese tío que se tira días dibujando a Conan y cosas abigarradísimas de capa y espada, que se cree que es la hostia dibujando, y el pobre es para matarlo. No se trata de las horas que le eches al dibujo, sino del efecto que consigas.

Ginés era muy farragoso escribiendo, y yo me tiraba más tiempo intentando sacar los bocadillos de sus textos que en dibujarlos, porque no incluía diálogos. Además, es que escribía en cualquier sitio; en servilletas de bar, en los folios de la academia de mecanografía… yo le decía: «¿Pero qué me traes hoy?». Nos queríamos mucho.

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¿Estás al tanto del cómic que se hace en España y en el mundo en estos momentos?

A mí me llegan rebotes, perdigonazos, sobre todo por la gente que conozco, que me recomienda cosas para leer. Depende de quién lo haga, indago sobre ello o paso totalmente de la recomendación.

Lo decía porque con el advenimiento de Internet, parece que hay una explosión de dibujantes que publica y autopublica tebeos y fanzines, sin necesidad de una editorial ni de un papel.

El papel sí ha muerto, aunque siempre hay nostálgicos; yo sigo recibiendo en casa fanzines de papel, pero ojo, en un papel cuché y satinado con doscientos mil gramos.

Fanzines de ricos.

Fanzines de ricos, pero con un contenido muy pobre [risas]. Pero bueno, son unos románticos.

Tengo una teoría, a ver: yo empiezo a despuntar en los noventa, pero considero, desde mi ignorancia, que los noventa fueron un erial creativo.

¿En España concretamente o en todo el mundo?

Yo creo que en todo el mundo. Recuerdo que, de lo que me llegaba, siempre decía: «no me gusta, no me gusta, no me gusta». Iba al kiosco con dos mil pelas y me volvía con mil quinientas porque no encontraba en qué gastarlas.

Por ejemplo, quizás voy a decir una burrada, pero mi amigo Enrique Walter el uruguayo, me recomendó una vez a Groo.

El de Sergio Aragonés.

Sí, el de Aragonés. Me dijo: «Tienes que leer a Groo porque es buenísimo, Groo»; y yo me compré un tebeo que me costó un pastón, de tapa dura y toda la hostia. Lo leí y le dije: «Enrique, pero menuda puta mierda me has recomendado».

En general, leo cosas de un modo más o menos casual, pero estoy descubriendo que ahora mismo hay una cantidad de talento brutal, pero brutal; es que salen de debajo de las piedras. En dos días nos ponen a todos en la calle.

Hemos quedado en que lo que te gusta es hacer reír, así que vamos a hablar un poco del humor. Un #ranciofact muy habitual es el que dice que «el alimento de los artistas es el aplauso del público». ¿Cómo es el feedback que recibes? ¿Te sientes orgulloso cuando la gente se ríe con tus historietas o te da un poco igual?

Aunque algunos digan que les da igual, a nadie nos da igual. De hecho, vivimos de nuestros lectores.

Con todo, creo que lo del feedback con el lector es un poco engañoso. Ahora mismo, obtenemos la mayor parte de nuestro feedback a través de las redes sociales, y en nuestras redes sociales tenemos gente afín a nosotros.

A los afines o a los que te odian.

Bueno, yo tengo que decir que los que me odian o son mudos o tienen muñones y no pueden teclear.

¿No hay trolls que te insultan y te gritan «gilipollas»?

Pues la verdad es que no. A ver, en Twitter y en las redes sociales yo intento ser una persona educada y civilizada; no soy un personaje de mis tebeos. Si eres educado y no buscas los fregaos, no tienes por qué tener a gente que te odie y te salte a la mínima. Yo soy así, hay otros que no. Hay gente que si lees el 90% de sus tweets, ves que su intención es exclusivamente provocadora y están escritos para incendiar.

Gente a los que se los ha comido el personaje.

Sí, claro. Y sobre todo los que escriben desde el anonimato y no aparecen con su nombre y apellidos. Yo prefiero ser Pedro Vera y ser un tipo educado en lugar de, yo que sé, El Tocacojones Rojo y escribir burradas.

Sí, la red a veces produce verdaderos monstruos.

E incluso así: una tuitera muy conocida es Señorita Puri. Su forma de escribir en Twitter es humorística, ácida, a veces un poco bruta; pero con todo, sabe hasta dónde tiene que llegar. Cuando se nos ocurre una barbaridad terrible, nos mandamos un mensaje privado y soltamos burradas que incluso ni nos hacen gracia, pero nos descojonamos igual. A lo mejor nos gustaría poderlas soltar en público, pero entendemos que cada circunstancia pertenece a un determinado círculo.

Hay humoristas que son graciosos en su trabajo, pero no en su vida cotidiana. ¿Te consideras un tío gracioso? No digo como creador, sino como persona.

No me considero un tío serio.

¿La gente te exige que seas gracioso?

No, lo cierto es que no hay mucha confusión con mi personalidad. Suele haberla en mi aspecto físico porque cada uno me pone la imagen que se ha formado. Me lo llevan diciendo desde la noche de los tiempos; cuando me conoció Guillermo [Guillermo Torres, dibujante de El Jueves], me dijo: «Te imaginaba como un heavy lleno de tachuelas, pero ahora que te veo con cara de seminarista, me cuadra mucho más; eres muy hijo de puta».

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Publicas semanalmente: ¿sientes la presión de ser gracioso cada semana?

Claro, claro. Yo ahora hago los #ranciofacts, pero cuando empecé la serie, me dijo Mayte [Mayte Quílez, directora de El Jueves] que no podía hacer solo una enumeración de situaciones rancias, sino que tenía que hacer reír. No puedo decir: «esto es rancio» y esperar que eso sea gracioso, tengo que desarrollar un cierto número de gags, ya sean visuales o con el texto, pero el lector se tiene que reír. Vale que hay situaciones que son rancias y graciosas en sí mismas, como las bodas o las comuniones, y con dibujarlas y contarlas ya vas a hacer reír; pero la mayoría de las veces tienes que esforzarte en encontrar la parte graciosa.

De hecho, considero que algunas de las mejores páginas de Ortega y Pacheco son las que dibujé en su último año porque me esforcé al máximo para hacer reír, que fuesen buenas y que molasen.

Ahora estoy disfrutando mucho más con lo que hago, de verdad; y eso que tardo más tiempo en hacer cada página, porque aparte de usar color, le doy más vueltas a lo que dibujo. Pero no estoy sufriendo como el último año de Ortega y Pacheco, porque sé que Ortega y Pacheco no eran consistentes, y yo lo reconozco; una semana eran muy buenos y luego dos o tres semanas eran peores. También es normal, porque después de más de quince años dibujándolos semanalmente, me acababa costando plantear una historia con nudo y desenlace, sentía que se me habían agotado un poco, que me costaba sorprender. Ahora estoy mucho más relajado y sé que la serie va bien. Sé que estoy siendo gracioso y no reparo tanto en la presión de serlo.

En muchos tebeos de Mortadelo y Filemón, Ibáñez se dibujaba a sí mismo como un esclavo encadenado al tablero de dibujo y con la hora de entrega para el día anterior. ¿Sientes esa presión física de tener que entregar tus páginas cada semana?

Bueno, todo el mundo sabe la historia de Bruguera, eso era prácticamente como la plantación del Massa Moore [se refiere a Tom Moore, el capataz de la plantación donde vivía Kunta Kinte], y el mismo Ibáñez ha tenido que pelear hasta el último momento por los derechos de sus personajes.

Pero dejemos aparte historias del Medievo. Yo creo que cada uno tiene que ser autodisciplinado; yo puedo estar tocándome las narices y saliendo por ahí, pero tengo mi día de entrega y me tengo que organizar para cumplirlo. Eso sí, también te digo que casi todos trasnochamos; y que si tienes hijos y tienes que levantarte para llevarles al colegio, entonces es la mierda, pero la mierda. Y si trasnochas, te jodes, porque vas a tener que llevarlos al colegio por la mañana te pongas como te pongas.

Lo malo de trabajar en casa es que te acabas entreteniendo, te acabas enredando. Yo no tengo la máquina de café ni puedo charlar un rato con mis compañeros. Mi café es Twitter.

Lo malo es que luego te acostumbras a trabajar en casa y te cuesta mucho más salir a la calle. Acabas pidiendo comida china solo para que te traigan también tabaco y no tener que vestirte.

Bueno, yo vivo en pijama. De hecho, bajo la basura en pijama.

Os cuento una historia: mi casa está muy cerca del Auditorio de San Javier, donde se celebra un festival de jazz bastante reconocido; pues hace dos veranos escuchaba yo como un soniquete que salía del auditorio. El caso es que salí de casa hecho un puto desastre, me fui acercando y estaban tocando «Chicago».

«Chicago» es un #ranciofact en sí mismo.

Sí que lo es, la verdad. Pues tuve los huevos de darme un par de vueltas alrededor del auditorio, porque el auditorio es redondo, y yo me preguntaba: «¿Con esta pinta, cuánto tardará uno de seguridad en darme un porrazo?» Escuché una canción y me fui casa. Lo hice dos veces, la segunda vez actuaba Ana Belén y ya no lo volví a repetir.

Tus historietas casi siempre se desarrollan y se apoyan en la actualidad española. No sé si has visto la película God Bless America, pero no deja de ser una versión algo más cruda e intelectual de lo que hacen Ortega y Pacheco. Es tan perfectamente trasladable a nuestra realidad que te pregunto: ¿existe el humor universal?, ¿todo el humor es universal?, ¿hay humor exclusivamente local?, ¿tu humor es exclusivamente español o incluso murciano?

Bueno, hay tipos de humor muy localista, desde luego, pero yo he tenido la suerte de que Ortega y Pacheco no se quedaron en Murcia, sino que se entendían en toda España.

Incluso diríamos que se entenderían en todo el mundo.

Fíjate, para ejemplificarlo, me viene a la mente el curioso caso de un compañero mío, Joan Cornellá. Colabora esporádicamente en El Jueves, aunque algo menos desde que prescindieron del «Gas de la risa», una sección con un humor que no era para todo el mundo. Pues bien, el tío ha pegado un giro radical a su rollo. Ha pasado de un dibujo elaborado, oscuro y feísta a plasmar historias igualmente enfermizas pero llenas de color y caras bonitas. Sin texto, gag visual puro sin barreras idiomáticas. Color manual, nada de ordenador.

Te cuento uno de sus chistes, porque es que además son buenísimos: se ve a una señora con un bebé delante de tres papeleras y va a tirar al bebé en una de las papeleras. Entonces aparece un señor que, sin palabras, le increpa y le dice que no lo tire a ese contenedor, porque es el contenedor de papel y el bebé debe ir en el de restos orgánicos. La señora tira al bebé donde le dice el señor y la página termina con los dos personajes muy felices y sonrientes.

Sus fans son de todo el mundo; y en su Facebook tiene como medio millón seguidores (concretamente 676.581 a fecha de 8 de diciembre). Te vas a su página y te vende reproducciones a doscientos euros. Y no son originales, son serigrafías, pero las puedes poner en tu salón y quedar como un marajá. Humor universal, tío.

Un humor cazurro, ¿no?

No sé si es cazurro, pero es muy bueno. Aunque lo que hace sean barbaridades, te descojonas porque es muy bueno. Es humor negro, pero del bueno. A ver, no es Vuillemin, que ese sí que los tiene cuadrados. [Se refiere a Philippe Vuillemin, uno de los creadores del enormemente controvertido cómic Hitler=SS].

¿No te parece que lo que hace es provocar por provocar?

Yo es que me descojono con él. Me hace mucha gracia y si me hace gracia, me vale. En uno de sus chistes aparece un oficial de la Gestapo follándose a una prisionera judía; en ese momento se abre la puerta de un crematorio y aparece una calavera, a lo que la prisionera grita: «¡Cielos, mi marido!»

Probablemente, no mucha gente considerarían lo que haces como humor inteligente, sin embargo lo es. Recuerdo un #ranciofact brillante, en el que comparabas a un grupo de niños de comunión, con sus trajes y sus medallas, con una reunión de la OTAN. Esa viñeta es finísima.

Sí, claro, yo también tengo mis destellos. Y hay gente que los aprecia, aunque hay una circunstancia que me causa estupefacción; y no voy a valorarlo, solo voy a relatarlo objetivamente: la gente que me sigue en Facebook es de una manera y la gente que me sigue en Twitter es de otra distinta. Es muy curioso. La mayoría de mis seguidores de Twitter tienen un perfil bastante alejado de lo que cabría esperar en un fan típico de Ortega y Pacheco. Los de Facebook, en cambio, son los de toda la vida.

Quizá es porque los de Facebook son mayores y los de Twitter son más jóvenes.

Puede ser. Es que me deja muy loco gente que me sigue en Twitter y no me cuadra, que tienen en su timeline a personas muy diferentes a mí, personas que hacen cosas muy diferentes a las que hago yo, rozando incluso el hipsterismo.

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Volviendo al humor inteligente, da la sensación de que cuando pensamos en humor gráfico inteligente solemos acordarnos de dibujantes como El Roto.

Bueno, a ver. El Roto te hace pensar, pero humor… es muy grande en lo suyo, mola mucho El Roto. Es cojonudo y te hace pensar, pero reírme, yo no me río mucho con él. Para reírse hay otros.

Quizá Ernesto Rodera sí provoca la carcajada a la vez que te hace levantar la ceja.

Joder, ahora se me viene a la cabeza el ejemplo de Querido Antonio, del chico este que hace vídeos y cortinillas en El Intermedio, se llama Alberto[se refiere a Alberto González Vázquez]. Pues este chico es totalmente cool, una cosa muy sofisticada; en cambio, su último hit ha sido una versión con eructos del anuncio de la Lotería. Algo totalmente básico.

A veces detrás de ciertas cosas un poco garrulas se esconden joyas formidables. ¿Conoces la película Top Secret?

Sí, claro.

Es una cima del humor y de la narrativa cinematográfica.

Es una película que yo vi de crío, la he vuelto a ver de mayor y creo que no ha perdido un ápice de frescura y originalidad. Luego tuvo una oleada de imitaciones y hay gente que es muy fanática de estas imitaciones, las de … como puedas. Claro que hay gente fanática de todo, incluso fanáticos de Regreso al futuro.

Oye, ¡Regreso al futuro es una película cojonuda!

Sí, sí, pero es que hay gente que es fanática hasta de Regreso al futuro 2 y Regreso al futuro 3, que a mí no me gustan nada. Eso sí, tienen muy buen criterio para seleccionar a las novias del protagonista. Soy muy fan de la novia del protagonista, que en la primera parte no me molaba, pero en la segunda es Elizabeth Shue y a mí me priva. Me trago Regreso al futuro 2 solo por Elizabeth Shue.

Venga, vamos con Ortega y Pacheco. Creo que te voy a hacer la pregunta definitiva sobre ellos. Se parecen entre sí y se llaman hermanos, pero tienen distinto apellido. ¿Son hermanos de padre butanero? ¿Primos de un polvo entre cuñados?

Empezaré contando que no nacieron en el mismo momento. El primero que nació, el primero que dibujé fue a Pacheco, precisamente con mi colega Garcerán, en una asignatura del instituto que se llamaba Hogar. Era una optativa, tenías que elegir entre Ética, Religión u Hogar, y esa asignatura consistía, básicamente, en tocarte los huevos. El caso es que nosotros hicimos un cómic, que era una versión del hombre lobo en Galicia. Salía Bertín Osborne, la condesa Báthory y mucho sexo, mucha escatología; el profesor lo veía y decía: «Qué soez, qué soez». Pues la condesa Báthory tenía un criado jorobado, que era Pacheco. Nos pusieron un diez y ahí se quedó apartado Pacheco. Año 1984.

O sea, que era todo muy soez, pero os pusieron un diez.

Claro, coño, es que fuimos los únicos que trabajamos un poco.

Luego, cuando retomé lo de los tebeos en la universidad, hice una historieta sobre un científico loco, pero no muy ambicioso porque en vez de querer conquistar el mundo, solo quería conquistar un pueblo. Pues este científico tenía dos ayudantes, uno era Pacheco y el otro, que era su mellizo, era Ortega.

El nombre de Ortega lo saqué de una película americana de serie B de los años sesenta, no sé cómo coño di con ella. No recuerdo el título en inglés, pero en español se llamaba Extrañas criaturas [se refiere, ni más ni menos que al psicotrópico filme de 1964 «The Incredibly Strange Creatures Who Stopped Living and Became Mixed-Up Zombies»]. La peli se desarrollaba en un circo con una pitonisa que se llamaba Madame Estrella, y que se dedicaba a secuestrar adolescentes para tirarles ácido a la cara. Para ello se servía de su criado llamado Ortega.

¿Ortega? ¿Así, en español?

Sí, sí, Ortega. Además físicamente se parecía, aunque con bigote.

Por tanto, su origen es anglosajón y mientes cuando dices que Ortega y Pacheco se inspiran en los hermanos Izquierdo [los asesinos de Puerto Hurraco].

A eso iba. Cuando me llaman de La Opinión de Murcia, pensé en recuperar a esos dos personajes y convertirlos en pareja cómica. Como en ese momento, la masacre de Puerto Hurraco aparecía en todos los medios, decidí que serían hermanos. Lo hice aposta porque sabía que, al ser hermanos con apellido distinto, la gente me lo preguntaría a todas horas. Así me servía para crear un misterio a su alrededor, como el maletín de Pulp Fiction.

Se piensa en Ortega y Pacheco como el remedio garrulo contra la España superchic de Jordi Labanda, Custo Dalmau y la brillantina de Barcelona 92. Pero también parecen el reflejo de una España que seguía existiendo: la del sol y sombra, el taller mecánico con un calendario de tías en pelotas…

Sí, sí, la del taller mecánico y el club taurino. Cuando empezó Ortega y Pacheco, yo acababa de finalizar mi relación profesional con Ginés, aunque es muy gordo llamar profesional a esa relación porque jamás gané un duro en aquella época. Yo en La Opinión no cobré nunca en dinero, me pagaban en especie.

¿En especie? ¿Te daban besos? ¿Te regalaban periódicos?

Que va, me pagaban el viaje al Salón del Cómic de Barcelona y la estancia en el hotel. Una vez al año.

El caso es que antes de hacer Ortega y Pacheco, casi todo lo que hacía con Ginés era de ese palo: de dar zurras al buenrollismo, a los directores de cortos, a Ray Loriga, que en esa época no paraba de dar por culo con La pistola de mi hermano, en fin, a todo eso que ahora llaman hipsters. Yo dibujaba muy relamido entonces, prácticamente era un clon de Charles Burns, pero poco a poco fui depurándolo. Pues todo eso es lo que yo tenía en la cabeza cuando me llama La Opinión, así que continué con la misma inercia, aunque dentro de unos límites porque en un periódico regional tampoco te puedes tirar a tumba abierta.

Sin embargo, cuando llegas a El Jueves sí que sueltas las riendas.

Sí, en El Jueves sí que fui a saco. En La Opinión era todo un poco más recortado, pero vamos, el embrión estaba allí.

Si hay una némesis del hipsterismo, son Ortega y Pacheco. Aunque es un enemigo difícil, porque lo fagocita todo.

Se apropian de las cosas que eran normales, de las que molaban.

¿Temes encontrarte a un hipster con un bigote irónico, una bici irónica y una camiseta irónica de Ortega y Pacheco?

Pues puede pasar. De hecho, yo sé que tengo seguidores hipsters en Twitter.

Puede ser el primer paso, quizá dentro de dos años, si lees a Ortega y Pacheco vas a ser gafapasta. ¿Llegaremos a un punto en el que saber leer y escribir será gafapasta?

Va a pasar como en La invasión de los ultracuerpos, que aparecerá Donald Sutherland para señalarnos y gritarnos con un alarido gutural [imita el alarido].

Pedro Vera para Jot Down 4

Ortega y Pacheco, al igual que otros personajes de El Jueves, dejaron de publicarse porque salieron malparados en las encuestas que realiza la revista entre los lectores. ¿Consideras que los lectores te dieron la espalda?

Tenía mi lógica preocupación porque es como me gano la vida, pero en ese momento no sentía ni odio ni rencor ni decepción con los lectores. Mi cabeza intentaba encontrar un camino distinto, hacer algo diferente.

No echar la vista atrás.

Y cuando la echaba, también pensaba que quizá Ortega y Pacheco ya estuviesen un poco quemados. No puedes cegarte en que vas a ser bueno siempre.

A Ortega y Pacheco se les ha acusado de ser muy machistas. ¿Son machistas?

Ortega y Pacheco son muy machistas, y además son puteros, borrachos, jugadores, violentos… Pero eso no significa que yo apruebe o justifique su comportamiento; ellos son así, son personajes. Es un poco como Torrente. Torrente no es David Niven ni Cary Grant.

Ortega y Pacheco tienen casi todo lo malo y lo cutre de la sociedad machista, pero eso sí, hay una cosa que no son: no les gusta el fútbol. Odian el fútbol. De hecho, dibujé una historia en la que Ortega y Pacheco acababan con el fútbol.

No la recuerdo. ¿Cómo lo hacían? ¿Usaban el botijo del tiempo?

Pues no recuerdo cómo, solo recuerdo que se cargaban el fútbol. Es que yo participo en un concurso de imitadores de Pedro Vera y me descalifican, porque tengo una memoria criminal, no me acuerdo de un montón de cosas que he hecho. Algún lector me habla de ellas y yo no me acuerdo de nada.

Hablemos de los #ranciofacts, que es lo que estás haciendo ahora mismo, no solo en tu trabajo, sino como concepto que difundes y propagas en las redes sociales. ¿Qué es un #ranciofact? ¿Por qué tiene tanta y tan buena repercusión, incluso en quienes no te han leído nunca?

Mejor que definirlo, te voy a contar cómo empezaron. Una tarde, Pepe Colubi me envió un correo en el que comentaba ciertas cosas de su libro California 83, y terminaba el mensaje con la frase: «… y otras cosas que me dejo en el tintero». En ese momento, surgió una chispa simultánea y los dos llegamos a la conclusión de que esa frase estaba ya muy sobreutilizada, que ya era un poco rancia.

Por esa época, en el 2010, Pepe escribía en Twitter una serie de situaciones incómodas a las que etiquetaba cómo #cienciasmarrones. Eran esos momentos un poco embarazosos, como cuando estás sentado en el autobús, ves a una mujer embarazada y te haces el dormido. Ya sabes, marrones. Él pensó incluso en hacer un libro ilustrado, pero luego la cosa se fue apagando.

El caso es que las ciencias marrones de Pepe me dieron a mí la idea y, esa misma tarde, yo empecé a escribir tópicos de periodistas. Porque los periodistas tienen muchísimas coletillas y frases hechas de las que estamos todos hasta las narices: «un marco incomparable», «la madrileña Puerta de Alcalá».

Un deportista enferma y juega «el partido más importante de su vida».

«El toro más difícil de Ortega Cano», «se pone el mundo por montera», «el manacorí», «el de Santpedor». Era un no parar. Estuve toda la tarde escribiéndolos en Twitter con la etiqueta #ranciofact, hasta el punto de que fue Trending Topic esa misma tarde. Alguien me dijo que debería llamarlo #rancioquotes, porque eran expresiones habladas o escritas, así que enseguida añadí comportamientos rancios, conductas revenidas, frases desactualizadas; no solo eran expresiones.

Un periodista me dijo que él intentaba evitar ese tipo de coletillas y tópicos, pero yo le contesté: «Olvídate, el público que lee los ranciofacts es un público muy concreto y tus lectores no saben lo que es un ranciofact, y además, esas expresiones y ese tipo de lenguaje seguirán usándose hasta el fin de los tiempos». Lo cual no quita para que un grupo de cabronazos nos riamos de ello durante una temporada.

Hasta que el propio concepto de ranciofact se convierta en ranciofact.

De hecho, esa pregunta es ya rancia, porque me la preguntaron en 2010.

Es que, si bien al otro extremo del hipsterismo, los ranciofacts también acaban absorbiendo todo. ¿Crees que no hay término medio? ¿Que las cosas o son cool y modernas o son rancias? Los propios Ortega y Pacheco, alegres y despreocupados cenutrios, no dejan de ser una apología de lo rancio.

Pues sí, de hecho, hice un ranciofact que era el típico español al que solo le gusta, el vino, las mujeres y el fútbol.

¿Lo moderno acabará apropiándose del ranciofact?

Es que ya se lo apropiaron. Más de una vez me dijeron que lo que yo hacía en realidad era #postureo. Y no es exactamente lo mismo, pero muchos comportamientos etiquetados como postureo eran similares a los ranciofacts.

Yo no he descubierto América, yo he cogido algo que estaba en el ambiente, lo he investigado, lo he categorizado y lo he devuelto al mundo. Pero ese concepto existe desde hace mucho tiempo y hay mucha gente que ha hablado de ello, aunque empleasen otra terminología.

Vamos, que eres un «curator». El contenido no es tuyo, no es exactamente original, pero le das un valor añadido al clasificarlo, categorizarlo y presentarlo de una manera determinada.

Claro, es que es algo cojonudo. No se trata de atribuírtelo, sino de investigarlo, citar las fuentes y difundirlo. Compartes tus conocimientos.

Hablemos un poco de Nick Platino, el detective de lo oculto y lo paranormal. Por un lado, su influencia más evidente es la cultura trash norteamericana de los años sesenta, el cine de serie B y también el cómic underground de Gilbert Shelton o Robert Crumb; pero de igual manera, no deja de ser un personaje genuinamente español, con el botijo del tiempo y acompañado del Ente Extraterrestre Torralba.

Has dado en todos los clavos del ataúd. Nick Platino es de la etapa en la que trabajaba con Ginés; yo le dije: «Quiero un personaje que sea un detective de oculto y lo astral, un personaje perdedor, y que se llame Nick Platino. Hazme un guión con esto». En esa época yo era muy aficionado a esa cultura; al cine de serie B, a la ciencia ficción cutre, a Russ Meyer, John Waters, Pink Flamingos. Tenía todo eso en la cabeza, pero juraría que el Ente Extraterrestre Torralba es creación de Ginés.

Después empezó a hacer cameos en Ortega y Pacheco. Era el encargado de introducir la actualidad. Aparecía en la primera viñeta y luego se limitaba a hablar en off. Su verdadero momento de gloria era cuando protagonizaba historias largas de ciencia ficción cutre. Tengo unas cuatro o cinco; son historias de unas seis páginas, que para lo que hacía en ese momento eran bastante largas.

¿Esta cultura trash estadounidense es algo similar a la aldea de Astérix, que resiste irreductible a los ímpetus de lo irónico y lo moderno?

Si es una moda, puede llegar, y como venga, se irá. Que cuatro o cinco barbudos decidan durante una temporada que eso es moderno, pues vale, ya pasará.

¿Les tiene que gustar todo a los modernos? No todo puede ser moderno, porque si todo es moderno, entonces nada es moderno. Para que algo sea moderno, tiene que existir lo antiguo.

¿Sabes que hace unos años, una entidad bancaria hizo una campaña protagonizada por Bud Spencer, otro de tus personajes fetiche y miembro de pleno derecho de la cultura trash de los sesenta y setenta?

Sí, sí. Te voy a contar una cosa: Bud Spencer ya estaba muy mal de salud y solo aparecía al final del anuncio. El hombre que sale por la calle repartiendo galletas no es él. Lo sé porque conozco a su doble en la grabación, un tío de dos metros, un ropero abierto.

Bud Spencer es un tío muy interesante.

Es que Bud Spencer ha sido un hombre del Renacimiento. En serio; cultivó la mente, estudió Derecho o Químicas; luego fue nadador olímpico con la selección italiana de waterpolo; y además, su primera aparición en el cine es en Quo Vadis haciendo de soldado romano. Tu buscas en Google «Bud Spencer Quo Vadis» y te sale la imagen ahí, delgado y sin barba.

Solo le ha faltado hacer porno.

Sí, como Sylvester Stallone, que empezó en el porno. La que da miedo es la madre de Stallone, tiene la cara destruida por el bótox. Una vez puse imágenes suyas en Twitter y la gente me llamó de todo. Tenéis que verla.

¿Qué opinas de estos espermatozoides? [las lámparas de la cafetería del CaixaForum de Madrid tienen la nada disimulada forma de espermatozoides].

Pues si te digo la verdad, lo primero que querría hacer mi yo idiota es levantarse y golpearlos como si fuesen la pera de entrenamiento de un boxeador.

Pedro Vera para Jot Down 5

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Un aprendiz de hipster en Brooklyn

Brooklyn

Brooklyn es cool

Si Brooklyn fuera una ciudad independiente, sería la cuarta por población de Estados Unidos. De hecho, lo fue hasta 1898, y en cierto modo, lo sigue siendo hoy día, con su personalidad diferenciada de los otros cuatro boroughs de Nueva York, su impenitente orgullo de barrio y sus atracciones únicas. Brooklyn tiene su propio museo de arte, el Brooklyn Museum, con una magnífica colección que abarca desde el antiguo Egipto hasta Monet; su propio espacio verde a modo de remanso de paz en la jungla urbana, Prospect Park, que nada tiene que envidiar a Central Park (desde luego costaría dilucidar cuál de los dos parques cuenta con los corredores con accesorios más conjuntados); y por tener, desde el año pasado tiene incluso su propio equipo de la NBA, los Brooklyn Nets.

La llegada de los Nets a Brooklyn es muy significativa. La franquicia, esencialmente perdedora en los últimos años, huyó de la gris e industrial Nueva Jersey (el patito feo al otro lado del Hudson al que Nueva York mira por encima del hombro) buscando identificarse con el estilo de Brooklyn. Y aprovecharse de su tirón comercial, claro: solo en los dos primeros días que los productos del nuevo equipo estuvieron disponibles en la tienda de la NBA, los Nets vendieron diez veces más de lo que solían vender en un año entero en Nueva Jersey. La operación estuvo magistralmente diseñada desde el primer momento. Se construyó un pabellón último modelo en pleno centro neurálgico de Brooklyn, el Barclays Center, de exterior futurista e interior gourmet, con opciones de comida a cargo de algunos de los mejores restauradores de la pujante escena gastronómica brooklyniana. Se diseñaron unos logotipos y unos uniformes en un estricto e impoluto blanco y negro de lo más retro que a buen seguro merecerían la aprobación del diseñador gráfico de Jot Down. Pero sobre todo se tomó una decisión clave: se puso en lugar visible del proyecto al rey de Brooklyn.

Porque Brooklyn tiene su rey. Se llama Shawn Carter, aunque es más conocido como Jay Z (ojo, no Jay-Z, leí hace un tiempo que en un alarde de detallismo gramatical se había despojado del guión). Nació en Bed-Stuy, el barrio tradicionalmente afroamericano de Brooklyn que inmortalizó Spike Lee en su clásica Do the right thing (¿recuerdan la camiseta de Radio Raheem, Bed-Stuy. Do or die?), y su ascenso desde las malas calles donde vendía crack hasta el trono mundial del hip-hop ya es leyenda. Junto a su no menos legendaria mujer, Beyoncé Knowles, y su hija de nombre de superheroína Blue Ivy, forman la familia real de Brooklyn.

Pues bien, el rey de Brooklyn se puso al frente del cambio de sede de los Nets. Al menos aparentemente: en realidad el 80% del equipo es propiedad de un oligarca ruso y parece ser que Jay Z solo llegó a ostentar alrededor de un 0,067% que finalmente acabó vendiendo. Pero da igual. En el imaginario colectivo ha quedado que los Brooklyn Nets son de Jay Z. Es él el que se sienta a pie de pista como un Jack Nicholson de la costa este, es él al que persiguen las cámaras, y es él el que inauguró el Barclays Center de Atlantic Avenue con una serie de ocho conciertos que vendieron en total unas 120.000 entradas. Tal es así que un dicho popular típico de Nueva York se ha adaptado al efecto: si el Yankee Stadium siempre ha sido conocido como The House That Ruth Built, por el mítico jugador Babe Ruth, que cambió el destino de los Yankees, el Barclays Center es ahora The House That Jay Z Built.

En fin, esta digresión baloncestístico-artística venía al caso de ilustrar cómo el desembarco de los Brooklyn Nets es la prueba irrefutable y la confirmación definitiva de que Brooklyn está de moda. Brooklyn, señoras y señores, es cool. Muy cool.

Brooklyn 2

Mi Brooklyn

Y como es tan cool, tan moderno, tan requeteguay, y todo el mundo te lo dice, uno se lo acaba creyendo y quiere ser parte de la fiesta. Así que, como los Nets, acabé por mudarme yo mismo también a Brooklyn, a ver si se me pegaba algo. Tras dos años viviendo en Manhattan, decidí que yo, por qué no, podía intentar ser un hipster más, y crucé el Rubicón del East River para afincarme en Greenpoint (quizá lo conozcan por ser el barrio de Lena Dunham en Girls), en la zona norte de Brooklyn, junto a Williamsburg.

Pasado un tiempo de mi llegada, me empecé a acostumbrar al ambiente moderno, a las camisas de cuadros, los bigotes, las gafas de pasta, y dejé de pensar en la tontería mayúscula de lo cool. Yo creo que el momento clave en el que vi la luz me ocurrió en la peluquería del barrio. Mientras esperaba, siguiendo la tradición de la casa, me ofrecieron una PBR (Pabst Blue Ribbon, la cerveza favorita de los hipsters por ser barata a la vez que bebible). Allí estaba yo, rodeado de gente con peinados mucho más modernos que el mío, cubiertos de tatuajes (yo, que le tengo pánico a la aguja de los análisis de sangre), pero con mi PBR y mis ganas de encajar. De repente me sentí uno más. Quizá sí podía ser hipster al fin y al cabo. Fue entonces cuando me di cuenta de que, independientemente de todas las chorradas que se dicen, de hecho Brooklyn está muy bien. Es un lugar donde se puede saborear una cerveza mientras esperas en la peluquería. Por ejemplo.

También se puede comer la mejor pizza de Nueva York, en Paulie Gee’s. Paulie (me gusta pensar que la ge de su apellido es por Gualtieri, como el inolvidable subalterno de Tony Soprano) es un italoamericano de unos sesenta años y podría perfectamente pasar por el doble de Martin Scorsese. Trabajó toda su vida como informático, pero su pasión siempre fueron las pizzas, que cocinaba en el jardín de su casa para sus amigos. Tanto éxito tenían esas reuniones culinarias, que dejó su trabajo, mandó traer un horno de leña de veinte mil dólares directamente desde Nápoles, y montó el restaurante. El único cometido de Paulie es ir por las mesas cada noche saludando a la clientela e invitando a las chicas a limoncello, y no tiene respiro, porque el sitio está siempre lleno. Las pizzas de masa fina, en el punto perfecto, e ingredientes selectos y naturales son las mejores que he tomado fuera de Italia. Si van, pídanse la Hellboy, con miel picante, no les defraudará. Y saluden a Paulie de mi parte, quizás me haga un descuento la próxima vez. O me invite a un limoncello.

En Brooklyn también está Peter Luger, donde se puede disfrutar del mejor steak de la Gran Manzana. Casi se puede cortar con el tenedor como si fuera mantequilla. Y qué sabor. No he probado cosa igual. Cuenta Enric González en sus entretenidas Historias de Nueva York que Peter Luger ganó tantos años seguidos el premio Zagat al mejor steakhouse de la ciudad, que tuvieron que eliminar la categoría.

Paulie Gee’s y Peter Luger son mis favoritos, pero tengo otros lugares en Brooklyn que no quiero compartir con nadie (como diría Elvira Lindo). Traif, palabra que en yídish designa a los alimentos prohibidos por la religión judía, como el cerdo o el marisco, sirve precisamente eso (aunque también otras cosas) en medio del área con más concentración de judíos ortodoxos de Williamsburg. Independientemente de la polémica que levantó entre la comunidad local cuando abrió, sus platos pensados para compartir, estilo tapas, son una maravilla.

Para cocina de estrella Michelin a precios razonables, vayan a Bistro Petit. Para el mejor brunch, a Five Leaves. Para tomar una cerveza o un cóctel (o las dos cosas), No Name Bar, donde además sirven picoteo coreano si les entra hambre de madrugada. Para probar de todo en el mejor mercadillo de comida de la ciudad, Smorgasburg (que no se les escape el sándwich de brisket de Mighty Quinn’s). Y de postre, helado de foie gras, aceite de oliva virgen o, si son aventureros, chorizo en Odd Fellows.

Y como no solo de pan vive el hombre, por último una recomendación cultural. Vayan a The Word, una de esas librerías de barrio en peligro de extinción, busquen en la estantería de los staff picks y compren The love affairs of Nathaniel P., de Adelle Waldman. Dicen que es la novela definitiva para describir a la generación de jóvenes de entre veintitantos y treinta y tantos que pululan (pululamos) por Brooklyn. Llévensela a Transmitter Park, a unas pocas manzanas, y disfruten del libro y de una de las mejores vistas del skyline de Manhattan. Creo que Lena Dunham aprobaría el plan.

Brooklyn 3

Otros Brooklyns

Pero Brooklyn es mucho más que jóvenes blancos con tatuajes leyendo The New Yorker en cafés de moda. Fuera del reino hipster de Williamsburg y Greenpoint (aunque muchos de los verdaderos hipsters se han exiliado en Bushwick), está por ejemplo el Brooklyn «adulto» de Park Slope, con sus elegantes calles arboladas jalonadas de brownstones, características casas de piedra. Si pasean por allí quizá se encuentren a Paul Auster, pionero entre la intelectualidad neoyorquina a la hora de mudarse al hoy considerado uno de los barrios más deseados de la ciudad.

En Brooklyn, la llegada de vecinos de poder adquisitivo medio-alto a barrios tradicionalmente humildes (gentrification) ha modificado muchos paisajes. Para transformaciones, la del barrio de Red Hook. En los años veinte del siglo pasado llegó a ser el puerto de carga con más movimiento del mundo. Con la llegada de los contenedores, el área decayó, hasta el punto de que en 1990 la revista Life lo nombró uno de los peores vecindarios de Estados Unidos y la capital del crack del país. Hoy en día, sin embargo, ha atraído a varios famosos y cuenta con agradables restaurantes, como el Brooklyn Crab, que en consonancia con el pasado marinero del barrio, ofrece langosta y otros mariscos con vistas a la bahía de Nueva York y la Estatua de la Libertad.

Otro barrio histórico de Brooklyn es Coney Island. A principios del siglo pasado fue uno de los destinos vacacionales más concurridos de Estados Unidos. Hoy, solo queda la sombra de su esplendor y algún remanente de sus espectaculares parques de atracciones. A pesar de su aire decadente, resulta interesante, aunque solo sea como experimento sociológico, darse una vuelta por su famoso paseo marítimo y observar los personajes que lo frecuentan antes de tomarse un perrito caliente en el templo de Nathan’s, donde cada 4 de julio se celebra el famoso concurso consistente en engullir lo más rápido posible el producto estrella de la casa.

Luego está el Brooklyn auténtico, el de la gente, donde viven y se mezclan docenas de etnias, idiomas y culturas. Están los chinos de Sunset Park, cuyo Chinatown supera en tamaño a los de Manhattan y Queens. O los judíos ortodoxos de Williamsburg con sus sombreros y tirabuzones. También los ucranianos y demás rusohablantes de Brighton Beach, conocido como Little Odessa. O los negros y latinos de East New York y otros barrios del este de Brooklyn.

Incluso en barrios transformados por la gentrification como el mío, Greenpoint (yo soy parte del proceso, supongo), es muy curioso observar la convivencia de gente de distintos orígenes. Greenpoint fue tradicionalmente lugar de residencia de la comunidad de emigrantes polacos. Después llegaron los latinos y también los hipsters. En consecuencia, los domingos a mediodía se ve a grupos de señoras polacas volver de misa vestidas para la ocasión, como si estuvieran en un pueblo de la Polonia profunda, subiendo por Manhattan Avenue mientras charlan en su idioma. Por el camino, pasan por delante del taller de tatuajes y la tienda de productos gourmet frecuentados por los hipsters, y después por el restaurante colombiano y por el peruano que vende un pollo asado entero a ocho dólares, antes de llegar a la carnicería polaca para comprar kielbasa.

Por supuesto, Brooklyn, como microcosmos de Nueva York, refleja la tremenda desigualdad económica que aqueja a la ciudad y que no es ajena a estos contrastes étnicos y culturales. La eclosión de Occupy Wall Street, con su mensaje principal de «somos el 99%», no ocurrió en la Gran Manzana por casualidad. Si Nueva York fuera un país, tendría el mismo índice de desigualdad que Suazilandia: en Nueva York, el año pasado, el 1% más rico de la población ingresó cerca del 39% de la renta de la ciudad.

Precisamente ha sido alzando la bandera de la lucha contra las disparidades económicas como un político de Brooklyn, Bill de Blasio, ha conseguido recientemente hacerse con la candidatura demócrata a la alcaldía de Nueva York. Todas las encuestas dan por seguro que sustituirá a Bloomberg como el próximo alcalde. Su mensaje principal: revertir la creciente desigualdad social y hacer de Nueva York una ciudad habitable y de oportunidades para todos sus ciudadanos, no solo para los más ricos o los que viven en las mejores zonas de Manhattan.

De Blasio, con su familia multirracial (su mujer es negra y su hijo mulato luce un peinado a lo afro que hasta Obama ha elogiado) y su manera tolerante de entender la vida, representa muy bien el Brooklyn más moderno, en el sentido amplio de la expresión. No solo el que se ha puesto de moda últimamente, con sus hipsters y sus locales a la última, sino también el Brooklyn que celebra su diversidad cultural y es consciente de sus injustas desigualdades. Un Brooklyn integrador, colorido y que no deja nunca de sorprender, múltiple y variado, de opciones infinitas, con mil caras y acentos. Y es que hay muchos Brooklyns, pero todos están en este.

Fotografía: Alejandro Roche


Benidorm: el turismo antihipster

Benidorm 1

Benidorm es el destino turístico más popular de España. Recibe millón y medio de visitantes cada año, cifra que solo superan Madrid y Barcelona. Es un éxito brutal. Desde hace décadas Benidorm está siempre abarrotada, sus playas son un tapiz de sombrillas y sus calles ríos de gente. La ciudad es un perfecto artefacto que atrae turistas a montones. Pero no tiene ningún glamour. En Benidorm solo se sirven gintonics desde que pasaron de moda, suena siempre música comercial y está inundado de ropa hortera. La gente llena la ciudad, pero pocos suben sus fotos a Instagram.

Porque Benidorm es el destino antihipster.

Es barato, masivo y popular. Benidorm es el «Sol y Playa» para todos. No es Ibiza, ni Menorca, ni la Costa Brava, no es paradisíaco, ni envidiable, ni exclusivo. Pero es barato y tiene lo esencial: mucha playa y mucho sol. Benidorm no es nada más que eso, una playa-ciudad capaz de acoger a decenas de miles. No es perfecto, pero es para muchos.

Playa por un puñado de euros

Una de las cosas que hacen de Benidorm un destino masivo son sin duda sus precios. Es un lugar absurdamente barato. Puedes pasar diez días por lo que cuesta un fin de semana en una capital europea. Los hoteles ofrecen «todo incluido» a precios bajos, gracias a que externalizan desde la cocina hasta la recepción, aprovechando así las economías de escala de una ciudad dedicada al turismo. Y fuera del hotel las oportunidades de gastar son limitadas —nadie espera que uno visite museos o haga grandes excursiones—. Básicamente es todo muy económico, con precios que oscilan entre lo asequible y lo directamente sospechoso, y se vende el alcohol más barato de Occidente.

Por no necesitar, apenas sí necesitas equipaje. Puedes llegar sin maleta, comprarte algo de ropa en un chino y pasar completamente desapercibido. Las tiendas están abiertas hasta medianoche para ofrecer toallas, bañadores, bebidas, crema solar (notoriamente infrautilizada), pelucas, megáfonos, zapatos de tacón (desde un euro), bolsos, cachivaches de playa, camisetas de fútbol, lencería, sombreros, y hasta terribles vestidos de noche.

La vida en Benidorm acaba reducida a la supervivencia: pasas el día en el agua para soportar el calor, consigues algo de comer, caminas buscando la sombra, y cuando cae el sol te refugias en el hotel o enfrentas la noche.

El Benidorm de los guiris

Pero, ¿a quién atrae este Benidorm? Los datos dicen que el 44% de visitantes son españoles y el 45% británicos, y esa división casi equitativa parte en dos la ciudad.

El sector británico ocupa una cuadrícula central de cuatro por cinco manzanas y casi todo el extremo de levante. Ese núcleo se conoce entre los locales como la zona guiri. Es una sucursal de las islas británicas trasplantada al clima mediterráneo: tienen sus propios hoteles, su propios comercios y sus bares singulares. Un Benidorm, pronunciado «Benidoom», dentro del otro —que por cierto, da nombre a una popular comedia televisiva inglesa—. En estas calles se habla inglés y es inevitable apostar, comprar camisetas del United, leer prensa inglesa y comer fish and chips. A lo largo de muchas calles se alternan licorerías, tiendas de playa, puestos de minigolf, anuncios de English breakfast, peluquerías inglesas —sí—, tiendas de tabaco mastodónticas, locales nocturnos con forma de galeón, shows eróticos, cabarés horteras, imitadores de Michael Jackson y Lady Gaga, y pubs que animan a los súbditos británicos a subir (borrachos, o insolados, o semidesnudos) a un toro mecánico.

Un sucursal de las islas donde, eso sí, las pintas de cerveza cuestan una fracción de lo que cuestan en Manchester, Bristol o York.

Y es que muchos británicos vienen a Benidorm a beber. Durante el día se mezclan jóvenes y familias pertrechadas de colchonetas, todos rojos por el sol, con ropas excéntricas, andando incómodos con chanclas a estrenar, o subidos en sus vagonetas eléctricas. También es habitual ver a niños disfrazados de mayores, ellos con tatuajes y peinados a lo Beckham y ellas con lentejuelas y zapatos tacón. Pero la noche es tiempo de fiesta y alcohol. Las calles principales se llenan de despedidas de soltero o soltera, docenas de británicos disfrazados de cabereteras, marineros o superhéroes —estos último son mis favoritos: en baja forma, ya no tan jóvenes, algo fondones y perjudicados por el cansancio y el alcohol, parecen salidos de Watchmen—. En general el ambiente se caracteriza por una etiqueta laxa, generosa en gente descamisada y vestidos pretendidamente provocadores, y por el muy elevado nivel etílico (si alguien necesita pruebas que curiosee en Embarrassing Benidorm Nightlife). Como ya he señalado, el alcohol es muy barato en Benidorm, especialmente en el área de influencia británica. La leyenda dice que algunos bares ingleses tienen depósitos de cerveza con capacidad para miles de litros —decenas de barriles—, y que al vaciarse envían un aviso electrónico a la fábrica que los abastece. Se bebe mucho.

Al final de la noche el paisaje recuerda a The Walking Dead. Los visitantes caminan con paso inseguro por las calles. Saltan del casco antiguo a la playa, de la playa a la zona guiri, de la zona guiri a las discotecas de arriba. Normalmente caminan en grupos, unos silenciosos y otros entre gritos, pero no es raro encontrar algún borracho solitario. Quizá un joven nervioso, ya más enfermo que intoxicado, que te pregunta tímidamente por un hotel cualquiera (el suyo) que es incapaz de encontrar. Pero nunca puedes ayudarle porque Benidorm está lleno de hoteles.

Benidorm

Abierto —siempre— por vacaciones

El otro gran contingente que visita Benidorm son los turistas españoles. Muchísimo madrileños, como en toda la costa, pero también vascos, andaluces o asturianos. Hay familias asiduas que tienen apartamentos en propiedad o son clientes del mismo hotel desde hace décadas (pensadlo otra vez: décadas yendo al mismo hotel). En esa categoría los vascos son especialmente numerosos y constituyen una colonia —en sus elecciones autonómicas el 40% de votos fuera del País Vasco se emitieron desde la costa alicantina—. De hecho, los vascos tienen su propia zona delimitada y temática en el centro de Benidorm: un nudo de calles con tascas donde se sirven pinchos, se beben zuritos y se anima al Athletic y la Real… pese a estar a cientos de kilómetros de Euskadi.

Así las familias, las parejas y las manadas de jóvenes constituyen el grueso de españoles desde Semana Santa y hasta final del verano, pero en invierno todos ellos se ven eclipsados por los jubilados.

Son los famosos viajes de Imserso. Autobuses con pasajes milenarios que se fletan desde toda la península para que señoras y señores de Ourense, Tarragona o Albacete se agolpen unos días en Benidorm. Los viajes se distinguen por sus precios irrisorios: habitación de hotel por 19,86€ por persona, incluyendo pensión completa, agua y vino, visita diaria del médico, y animación —baile, baile y baile— en el mismo hotel. Pero el acuerdo tiene un elegante sentido económico. A esos precios los hoteles pierden dinero, pero no tanto como si se mantienen cerrados. De esa forma los viajes del Imserso evitan el cierre de muchos hoteles, cubren parte de sus costes fijos y consiguen que la plantilla del hotel trabaje todo el año. Además son una forma de traer gente a Benidorm en esa época baja, lo que acaba atrayendo a otros turistas que buscan un lugar soleado —y con ambiente— para un retiro invernal.

De esa forma cuando llega el invierno los jubilados se unen a los extranjeros y juntos mantienen viva la ciudad —estos últimos no dejan de venir porque en noviembre el lugar sigue ofreciéndoles sol y fiesta, al menos en relación a las islas británicas—. Y así Benidorm se convierte en un destino de playa que no languidece en todo el año, quizá el único en toda la costa peninsular.

Un éxito no azaroso, una ciudad vertical

Cuando se discute sobre el éxito de Benidorm es habitual considerarlo como un accidente afortunado, pero lo cierto es que responde a circunstancias particulares. Si fuésemos a extendernos sobre el tema habría que hablar del plan urbanístico que en los años 50 imaginó una enorme ciudad ahí donde había un pueblo de pescadores; o de sus playas kilométricas, perfectamente orientadas para disfrutar de muchas horas de sol, protegerse del viento y conservar sus aguas limpias.

Además está el asunto de la altura. Benidorm no es una ciudad con playa, es una playa urbana. Una playa-ciudad. ¿Qué localidad puede alojar simultáneamente a decenas de miles de personas a pocos metros de la orilla? Benidorm lo consigue gracias a la altura asombrosa de sus edificios: es el municipio español con más rascacielos y cuenta con casi una treintena que superan los 100 metros de altura.

Decenas de miles de personas (apiladas) que pueden ir andando a la playa.

Esa misma arquitectura vertical hace que Benidorm se use a veces como arquetipo de la destrucción costera, pese a que la crítica es injusta. Benidorm es un lugar arrasado y de naturaleza sacrificada —eso no se discute—, pero de esa destrucción disfrutan varios millones de personas cada año. Es una destrucción… eficiente. Cada kilómetro de ladrillo se aprovecha al máximo: por densidad (la gente se aprieta) y por frecuencia (está siempre lleno). No es un pelotazo urbanístico, sino un diseño que produce un continuo fluir de turistas… y de dinero. Ningún municipio de la costa valenciana consigue nada similar, al contrario, lo habitual es ver el litoral arrasado para ocuparlo con unos pocos chalets o apartamentos, que disfrutan unas pocas personas, unos pocos días al año. Cabe preguntarse si construyendo otros Benidorm hubiese sido posible conservar intacto algún tramo de litoral.

Benidorm 2

El amor por el tumulto

He intentado subrayar algo que es evidente cuando uno pasea por la ciudad: Benidorm es un destino masivo. Está atestado de gente. Eso hace su éxito incomprensible para algunos, pero es precisamente lo que otros consideran su principal encanto.

Mucha gente disfruta de Benidorm por el tumulto.

Lo escuchas a menudo. Los turistas habituales de Benidorm, los que repiten, alaban que esté siempre lleno. Hablan de otros destinos o de sus lugares de origen y se quejan de que allí «no hay nadie», mientras que Benidorm está «muy animado». Esa masificación, que nos horroriza a los urbanitas amantes de las calas vírgenes, resulta encantadora para esa otra gente. No sé explicarlo muy bien, aunque intuyo que tiene que ver con huir de lo cotidiano, buscar el anonimato o gozar de una extraña sensación de libertad.

Por eso Benidorm no duerme y está siempre encendida. Los rascacielos prenden el cielo, hay un exceso de farolas, abunda el neón y los locales nocturnos emiten flashes intermitentes. Además este verano el refulgir es especialmente intenso: los turistas se han envuelto en prendas flúor y se iluminan como monjes quemándose a lo bonzo. Son muchas las prendas iridiscentes, pero entre todas se destaca una camiseta de tirantes, verde, naranja o amarillo fluorescente, con motivos de una conocida marca de whisky o un equipo americano de baloncesto. Por razones imposibles de descifrar esas camisetas han corrido por toda la costa. Se venden en cada esquina y todo el mundo las lleva. Pero, ¿por qué querría nadie vestir igual que todos los demás? Mi hipótesis es que buscan un uniforme. Como si quien llevase esa camiseta quisiese renunciar a su identidad y entregarse a la masa turística. Llevar esa camiseta es renunciar a ser uno. Unirse al torrente. Ser puro mainstream.

Quizá el éxito de Benidorm se explica igual que el de esa camiseta fluorescente: por el deseo de la gente de pertenecer, aunque sea temporalmente, a un tumulto.


Contra-contracultura

Años 60, familia americana: la rubia madre cocina hombrecillos de jengibre, papá se come la tostada de camino al coche con el maletín bajo el brazo, nene menor pide que le quiten la corteza al pan de molde y afirma vehemente que algún día será astronauta, nene mayor atraviesa la cocina cual suspiro diciendo que no tiene tiempo mientras hace girar un melón de cuero pensando en magrear a Ashley Swinton bajo las gradas. Todo va sobre ruedas en la América post-fordista. John Kennedy se postula como joven y rutilante presidente para una nación con la conciencia tan limpia como su sonrisa. En el sur, en las profundidades del cornbelt miles de granjeros afanosos preparan la cosecha que servirá para alimentar a las familias del país más poderoso del mundo, todo dinamismo y corrección, todavía apegado a los ideales puritanos que alimentan el ciclo de producción y reproducción que hace resollar la maquinaria del capitalismo.

Pero poco a poco el personal se percata de que algo raro pasa, algo chungo. Se ven por las calles a gente con pintas extrañas: ponchos mexicanos, camisas estampadas con flores y descoloridas, el pelo les llega hasta la cintura y pasan de la depilación.

Algo que venía a añadirse a una década que no dejaba de deparar sorpresas:

En Greensboro, Carolina del Norte, cuatro estudiantes negros ocupan “barra de los blancos” en una cafetería armando un escándalo que se reproduciría en otros lugares. Estudiantes de todo el país imitan el gesto. Cinco años antes Rosa Parks rechazaba permanecer de pie en un autobús atestado y ocupa un asiento reservado a los blancos. JB Lenoir añade su hermosa voz al gentío y el chasquido de las armas amartilladas por los panteras negras.

Un desaliñado Allen Ginsberg recita en público El Aullido. En 1969 se celebra Woodstock. Jimmi Hendrix arranca el himno a su guitarra eléctrica.

Lee Harvey Oswald o un tirador anónimo le vuela la cabeza a la década. Zapruder lo graba.

Lyndon Johnson hace una enmienda a la política exterior de John F. Kennedy y los Estados unidos invaden Vietnam.

Tal y como lo cuentan las crónicas oficiales y tal y como aparece reflejada en el imaginario popular los 60 fueron una década convulsa, cuyo rupturismo no habría de limitarse a un puñado de innovaciones en el mundo de la moda y a la aparición de la música psicodélica y los hippies, sino que entró en los hogares y el congreso americanos de la mano del movimiento por los derechos civiles, el feminismo, los ecologistas y la revolución sexual. El hasta entonces opulento pero puritano American way of life había permanecido anclado en la repetición de biografías y en la obediencia a las directrices paternas, de la escuela a la tumba pasando por el trabajo y la sala de partos. La irrupción de la contracultura vino a cambiar esto, dicen, introduciendo una bocanada de aire fresco que repercutiría en las costumbres de la sociedad yankee y, por extensión, en la de todo el hemisferio occidental. Beatniks y hippies recurrieron a los símbolos y creencias orientales como una forma de hacer patente su descontento con la manera en que estaba montado el tinglado practicando yoga, haciéndose budistas o buscando una revelación mística en el yagé y los libros de Carlos Castaneda. Hedonismo, autorrealización, liberalismo sexual y una renuncia a la herencia de los fundadores de la nación que le cambiarían la cara.

Pero por encima de este recuerdo entrañable de aquellos “años de ruido y furia” la contracultura supuso una profunda transformación en el capitalismo moderno, abriendo la puerta a nuevas formas de expresión personal, desarrollando una nueva estética y afirmando su identidad precisamente como una forma de repudio del consumismo suicida que se resolvería felizmente consumiendo todavía más.

If you want somebody to love

El caso es que a principios de los 60 el capitalismo post-fordista acusaba el cansancio de las décadas precedentes. La necesidad de crecimiento constante (y por ende, un incremento también constante del consumo) chocaba contra la realidad de un modus vivendi familiar que no ofrecía suficientes oportunidades comerciales. Cientos de absurdos gadgets domésticos atestiguan lo que digo. El menaje y los utensilios de cocina fueron las víctimas propiciatorias de este retorcido escenario en el que la búsqueda de nuevos mercados no lograba romper las hechuras del hogar americano promedio. Era la “época de los sombreros”, de los padres encorbatados, los toques de queda de las proms y los anuncios futuristas prometiendo cocinas robotizadas. La industria suplicaba por nuevos nichos de mercado y languidecía en el tedio, justamente como una juventud que no se veía en los trajes de sus padres.

Esta insatisfacción, este hartazgo de conformismo aquejaba por igual a consumidores y vendedores. Thomas Frank relata en su interesante libro La conquista de lo cool la transición —una verdadera revolución— en la industria publicitaria que se guió por los mismos parámetros que la contracultura. La publicidad de la época estaba dominada por el llamado modelo científico; las agencias seguían un estricto método sociométrico, haciendo estadísticas a troche y moche y buscando la fórmula más resultona que finalmente se traducía en una sucesión de eslóganes machacones. Madison Avenue, epicentro del marketing durante los años 60, era una comunidad refractaria a las innovaciones y los anuncios “intuitivos”, las corazonadas o los golpes de efecto. Completamente ajena a los departamentos artísticos —a los que se ninguneaba sin pudor— tuvo que esperar la llegada de una nueva hornada de publicistas jóvenes comprometidos con el cambio como DDB, de Bill Bernbach, para darle la vuelta a la situación.

Anuncios como el de Volkswagen Escarabajo supusieron una auténtica revolución en el mercado, haciendo hincapié precisamente en los supuestos defectos del producto —un coche pequeño, poco llamativo, no muy aerodinámico precisamente—, primando su sencillez y falta de compromiso sobre la aparatosidad de la cultura automovilística de la época; un mundo barroco de cromados y alerones dignos del Enterprise, anunciados como “doble potencia turbo” bajo una lluvia de eslóganes a cada cual más borderline asociados a la aeronáutica, el despegue, echar a volar y chorradas por el estilo. Poner el énfasis en la anormalidad del producto y en la distinción que ofrecía —para bien o para mal— se convirtió en la nueva divisa del consumo: ser diferente. El ansiado pacto entre las cualidades de lo que se vende y quien lo compra quedó definitivamente sellado y la movida hippie se motorizó, ironía, con la marca nazi por definición.

Y no es extraño, ni nuevo hoy en día, que los anuncios no ofrezcan bienes de consumo sino toda una constelación de valores. Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud y padre de las relaciones públicas —y, en opinión del arriba firmante, uno de los mayores hijos de la gran puta que hayan hollado la tierra— supo aprovechar la insatisfacción con el modelo imperante, siempre desde su cínico punto de vista —en su opinión el ser humano era un animal básico gobernado por su estómago y sus genitales— dando un fabuloso golpe de efecto. Durante un multitudinario acto público se las arregló para que varias docenas de mujeres encendiesen y se llevasen a los labios un cigarrillo a la vez. La impresión generalizada fue la de un acto de protesta y reivindicación de la igualdad de sexos. El motivo subyacente, promocionar el consumo de cigarrillos entre las mujeres para estirar el caladero de las tabacaleras.

Fue durante este periodo que el marketing emprendió la caza del inconformista y el negocio de la moda eclosionó dando lugar a toda una constelación de estilos diferentes, étnicos —o lo que los modistos entendían como ropa étnica—, rockeros, moteros y contestatarios. Según algunos estudios del tema la reacción de la industria no fue sino mera asimilación de la estética hippie-contestataria y por lo tanto carente de originalidad y puramente mercenaria. Para Frank la cosa no es tan sencilla y ofrece una versión distinta según la cual tanto el modo de vida americano como el modelo de negocio de la industria atravesaban una severa crisis que se traducía en un rechazo por la tradición puritana y su rectitud moral. Del mismo modo en que los beatniks se rebelaron contra el estatu quo familiar y obrero —con su gris y monótono devenir vital— los jóvenes creativos hicieron lo mismo con la rígida escuela técnica precedente. De una manera singular el capitalismo y el mundo social que había generado se encontraron ante el mismo obstáculo y encontraron las mismas respuestas para sortearlo. A partir de entonces lo cool penetró en la vida americana. Los nuevos valores juveniles premiaban el inconformismo y la insatisfacción, se enfrentaban con todo lo que fuese considerase correcto y productivo, huyeron de la homogeneidad como del Ébola, dando lugar a nuevas formas de consumo que defendían la variedad y la distinción, todo aquello que permitiese al comprador distanciarse de la masas. El capitalismo cogió la ola que llevaba años esperando e inundó el mercado con nuevos productos destinados a cubrir esa demanda inconformista hambrienta de ocio, sexo, drogas, emoción y vida alternativa. Siempre a ritmo de rock´n roll.

Una campaña que daba buena cuenta del cambio en la cultura empresarial de la época y de su interés por aprovechar el impulso de los movimientos juveniles fue la “Generación pepsi” de la conocida marca de bebidas en su intento por erosionar el entonces hegemónico poder de su competidora Coca Cola. Aunque no lo parezca por lo que se ve hoy en día, en los anuncios Coca-Cola llegó a ser sinónimo de conservadurismo y vida familiar, una bebida “sana” apta para todos los miembros de la familia (hay un anuncio para prensa escrita en la que un “médico” desglosa las ventajas de iniciar a los niños menores de un año en su consumo) y perfecta para celebrar cumpleaños. Pepsi aprovechó precisamente esta buena posición de su rival en el establishement para presentarse como la chica marginada, un mensaje harto contracultural. La “generación Pepsi” sería adalid del cambio de mentalidad de la juventud y signo de los tiempos. Lo que es más importante, comenzó a publicitarse no simplemente como producto (por su sabor, sus cualidades terapéuticas o qué sé yo) sino como un valor, el de la chavalería descontenta y unida por un impulso nuevo y renovador. No traten de buscarle contenido, la novedad, todo lo que pareciese joven y fresco se justificaba por sí mismo, y así se lo hicieron ver a toda una generación; su generación.

7-Up no le fue a la zaga. Aunque no tuvo un momento de inspiración tan grande emprendió una campaña para atraerse a los inconformistas y hippies valiéndose de anuncios en carteles publicitarios, revistas y televisión en el que adaptaron la estética del arte hippie y los films de los Beatles rollo Yellow Submarine masticando la imaginería psicodélica. Hay incluso un diseño muy chulo en el que si no me engañan estos ojos Paul y John blanden sendas botellas de 7-up a modo de guitarras eléctricas.

Born to be wild

Qué sensación tan maravillosa de bienestar, la de que te vean detrás del volante. No para presumir, sino sólo para dar esa Inequívoca imagen de dinamismo que revela tu éxito.

Pioneros de este estilo de vida alternativo fueron los beatniks. Entre orgía y orgía Kerouac y Ginsberg añadieron páginas al evangelio del vive la vida loca, los viajes a la frontera mexicana a ritmo de be-bop

Contra la vida sedentaria y la estabilidad familiar, el eterno vagar en carretera.

Contra el puritanismo, drogas y excesos sexuales.

Contra Cristo, Buda. *

*conste que servidor no alcanza a comprender cómo se las apañaban para compaginar budismo zen y jolgorio sin fin, pero aceptamos pulpo como animal de compañía.

Los escritores de la generación beat trazaron el nuevo arquetipo del vividor yankee itinerante y hedonista poseído por ráfagas de inspiración antes que artesano de la técnica que te cuenta su historia junto a un Jack Daniels y en un lenguaje sencillito para que lo comprendas, tú que eres tonto.

El testigo fue recogido por estrellas del rock, gurús de la contracultura como Timothy Leary y una pléyade de jóvenes deseosos de catar ese trocito de vida jovial como si el hecho de plantearse follar a discreción llevase inevitablemente a alojar el miembro en la boca de una compañera de clase. Aunque hay que reconocer que fue así hasta cierto punto, hizo falta mucha droga. Flores y ácido, gran combinación.

Los primeros hipsters también brotaron al calor de la música. El cool-jazz depuró un estereotipo de marginado de la clase media blanca como eran los negros de las ciudades, percibidos como bohemios y paganos improductivos. Marginado que ocupó su puesto en el nuevo mercado; mientras los jóvenes blancos se entregaban a sus akelarres psicodélicos y practicaban su amor libre en los antaño inmaculados parques de California, los hipsters consolidaron el matrimonio entre música popular y vida alternativa iniciado décadas antes. Una colorista y sensual glorificación de todo lo que oliese a antiamericano. Una oda al cachondeo introducida por un tema de la Creedence que se cerró con el estruendo de las cajas registradoras.

En todo caso la evolución del hipster ha sido coherente con el desarrollo de la industria del entretenimiento, dominada por el escurridizo concepto de lo cool. Hoy en día sin embargo resulta complicado encontrar algo más alejado de aquellos originarios hipsters de los barrios negros que el actual hipster modernillo de clase alta. De ahí la importancia del invento, de su capacidad para constituirse como un mojo de lo guay, de la cualidad intrínseca de los inconformistas separados del rebaño. Sin ser un decálogo que se pueda aplicar al pie de la letra podríamos decir que consiste en la cualidad de estar a la moda sin parecer por ello una fashion victim, es decir, el epítome de consumista aborregado, y justificarse por ello. Norman Mailer puso su grano de arena (un grano bien gordo) definiendo sus personajes contraculturales principalmente como individualistas y hedonistas naturales. En palabras de Josepph Heath y Andrew Potter:

“Mailer supo verlo y por eso calificó acertadamente al hipster como una fusión del bohemio inconformista, el delincuente juvenil asocial y el voluptuoso negro marginado”.

La misma carretera que llevara a Neal Cassady y Jaack Kerouac por la geografía americana la recorrieron los moteros. En mi opinión el non plus ultra del rollete contracultural, un potaje de calibre pesado destilado a pachas por el individualismo hippie (vehículo idiosincrásico del desarraigo bien llevado) y la rebeldía elevada a la enésima potencia, el constante encono, el eterno cagarse en la autoridad del barbudo asocial que se cuece no sabe bien si con aguardiente o gasofa, copula esporádicamente en bares donde tocan bandas de rock sureño y country capitaneadas por un guitarrista paralítico.

El final por todos conocido fue la tragedia de Altamont.

Conciencia III, anarquistas y vagabundos del dahrma

La meta de cualquier hippie era, además de derribar al gobierno, alcanzar la iluminación. Durante la década de los 60 muchos jóvenes hicieron explícita su repulsa al modo de vida americano “explorando otras culturas”, lo que viene siendo ingresar en una secta o practicar meditación trascendental. Estos elementos estaban presentes desde la época “beat” pero fueron deslizándose en los discursos de los gurús de la época como Timothy Leary y Allen Ginsberg. Así pues no se trataba de una protesta política al estilo clásico sino de una revolución de las consciencias alineadas y dominadas por la cultura capitalista. Dentro de esta corriente subjetivista que consideraba la realidad imperante poco menos que un “efecto matrix” aparecieron distintas formas de “abrir las puertas de la consciencia” mediante el uso de drogas psicotrópicas combinadas con música psicodélica y ejercicios de meditación variada. La antropología de la época tuvo parte de culpa en que muchos hippies emprendiesen la búsqueda de una nueva visión del mundo y de su rechazo de la moral judeocristiana. Los estudios de Margaret Mead en Samoa ejercieron su influjo no solo en la crítica feminista sino que permitieron justificar en cierto modo la cosa aquella del “amor libre” y los efectos de la educación represiva en la adolescencia. Con independencia de las críticas que se le puedan hacer y se le hicieron, por parte de Derek Freeman entre otros (su baja competencia lingüística, omitir los apoyos recibidos por parte de la marina destinada en la zona, proyectar sus convicciones políticas en su monografía, etc), la influencia de las etnografías boasianas es notable. La comparación entre culturas y algunos sesgos referidos al estudio de pueblos que no padecen los mismos problemas que en Occidente (claro, porque ellos tienen sus propios problemas) fue pasto de interpretaciones chapuceras y copy&paste entre los desnortados hippies. Una de las funciones de la antropología es propiciar análisis comparativos y desempeñar una labor crítica, no abordar estas cuestiones con el método de la coctelera.

El caso de Carlos Castaneda es también significativo. Sus estudios sobre el consumo de drogas y los estados de trance chamánico fueron una fuente de inspiración para muchos hippies. La realidad es que el uso que los chamanes en Latinoamérica daban a las drogas no se parecía mucho a la de la contracultura. De hecho es diametralmente opuesta, ya que sirve precisamente para reforzar sistemas en los que la religión cumple un papel de regulador de las relaciones sociales. También se sobreestimó la importancia de los psicotrópicos en los trances hipnóticos y de posesión, dependientes en gran medida de cantos y ritmos repetitivos, ejercicios agotadores y en algún caso, dolor físico. Eso por no decir que Castaneda directamente se inventó muchas de sus experiencias religiosas.

El objetivo dejó de centrarse en temas concretos que afectaban directamente a millones de personas como la desigualdad laboral entre sexos o el sistema público de salud para discutir el lenguaje falocéntrico, la materia del cosmos o las técnicas de control mental de la CIA. Fue un momento de puta madre para las sectas, los profetas alucinados y los vendeburras de todo pelaje.

Dejando de lado la parodia fácil del hippie colgado aporreando unos bongos en pelotas, son muchas las críticas que se pueden hacer a la contracultura. La más importante en mi opinión es la manía que tenían de hacer patente su descontento recurriendo a doctrinas esotéricas, religiones orientales y otras creencias precristianas como las que derivaron en neopaganistas y new age, en lugar de articular una crítica política y económica crítica seria. Hubo intentos por politizar el movimiento, sí, y una porción nada desdeñable de su mensaje iba en esta dirección —sus herederos más evidentes serían los anarco-punks y comunalistas— además de servir de trampolín para los movimientos por los derechos civiles y el incipiente ecologismo, pero la desaprobación del “Sistema” era tal que tuvo que infiltrarse en todos los ámbitos de la existencia, desde la explotación laboral hasta la represión judeocristiana. Percibir el sistema capitalista americano como una inmensa y paranoica consola de control mental implicó la dispersión de sus esfuerzos, un individualismo radical y un profundo irracionalismo que pretendió cambiar el mundo por la vía de expandir la conciencia o recitar los vedas. O según Marvin Harris:

“Los estados mentales alucinatorios no pueden alterar la base material de la explotación y la alineación. La Conciencia III no cambiará nada que sea fundamental o causativo en la estructura del capitalismo o imperialismo. Por lo tanto lo que nos espera no es la utopía de la libertad individual absoluta, sino alguna nueva y maligna forma de mesianismo militar, provocadas por las payasadas de una clase media que intentó domesticar a sus generales con mensajes telepáticos y creyó poder humanizar a la mayor concentración de riqueza corporativa que jamás ha visto el mundo caminando descalza y comiendo manteca de cacahuete sin homogeneizar”.

En definitiva, la contracultura sirvió para diversificar la producción industrial, alimentar nuevas modas y “estilos” que servirían tanto para definirse como persona como para “plantar cara al sistema”. La vocación inicial de las corrientes de izquierdas en busca de un mundo más justo y realista dieron lugar al mundillo de lo original, novedoso y rompedor; el subcultural chanante. Distinguirse, en suma, como individuos realizados a través del consumo. De ahí la posterior explosión de tribus urbanas y su inofensivo discurso de lo reivindicativo, simbólico y —sí— antisocialista, un paso.

Después de décadas, siglos de tribulaciones y lucha de clases, de barbudos prusianos escribiendo sesudos tratados de economía política, la solución aparecía por fin, limpia y brillante ante los ojos de América; la manera de cambiar el mundo es pasárselo de puta madre.