En Bahamas, la libertad

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Detalle de The Bahamas from Slavery to Servitude, 1783-1933, de Howard Johnson.

Fueron doce personas. Habían formado un comité para exigirle al Parlamento Británico la abolición de la esclavitud. La iniciativa partía de una petición firmada por trescientos cuáqueros, pero los miembros de este culto no tenían derecho a ser diputados. Por eso en el comité se sentaron tres anglicanos, Thomas Clarkson, Granville Sharp y Philip Sansom. El grupo se denominó oficialmente Sociedad para la Abolición de la Trata de Esclavos. Como ocurre ahora, el detonante fue una noticia impactante, el caso del Zong, un barco que se dedicaba rutinariamente a la venta de esclavos, pero que había contraído un seguro por la carga y decidió cobrárselo cometiendo un fraude: tirar «la carga» al mar y dar media vuelta. Murieron ciento treinta personas. Cuando el seguro se negó a pagar, llegó el escándalo. 

La Sociedad se creó un 22 de mayo de 1787. En un principio no estaba orientada a acabar con la esclavitud, sino con el comercio internacional de esclavos. Su actividad fue sobre todo informativa. Publicaron libros, carteles propagandísticos y emprendieron largas giras por localidades de todo el territorio británico dando discursos y organizando actos para concienciar a la población. Fabricaron medallones con la leyenda «¿No soy un hombre y un hermano?» que llegaron a hacerse muy populares, se convirtieron en una moda. Lentamente, el movimiento logró a reunir los apoyos necesarios para que, en 1807, el Parlamento Británico aboliera el comercio internacional de esclavos. 

Las consecuencias fueron inmediatas en todo el mundo. Gran Bretaña tuvo que indemnizar al resto de imperios, ya que una de sus actividades más lucrativas, el secuestro y venta como esclavos de personas, además de su explotaciones agrícolas con este tipo de mano de obra en sus colonias, se verían seriamente afectadas. La abolición amenazaba tanto a la economía de las colonias portuguesas y españolas como a sus gobiernos corruptos, en Mozambique los negreros dominaban todo el aparato del Estado. Allí la cuestión era especialmente complicada. Algún intento de abolir la esclavitud había tenido como respuesta amagos secesionistas. Era muy real la amenaza de que Angola y Mozambique se independizaran del Imperio portugués para unirse a uno brasileño basado en la trata. 

España, por ejemplo, recibió cincuenta millones de reales como indemnización por la abolición del comercio. Un pago que dio lugar a un caso de corrupción que nunca ha llegado a ser aclarado del todo. Con ese dinero, Fernando VII compró a Rusia unas fragatas que, a su llegada, fueron declaradas inútiles y hubo que desguazarlas y revenderlas como leña. 

La prohibición también dio lugar al delito, que permitió lucrarse a las oligarquías que manejaban las rutas comerciales y tenían muy pocos escrúpulos. La regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias y su marido tenían un cartel con empresarios esclavistas en los territorios españoles y cobraban por cada esclavo que entraba en Cuba. Este tipo de negocios, que en el caso de la regenta rendían al 1000 %, crearon una clase que luego tuvo gran importancia en el país. Con el objetivo de posponer la abolición de la esclavitud en las colonias españolas, a pesar de las presiones internacionales en este sentido, financiaron a los partidos que defendiesen sus intereses. Durante todo el siglo XIX, la batalla fue política y diplomática, pero también naval. Es un episodio poco recordado de la historia, pero la Marina Real Británica se dedicó a interceptar barcos cargados de esclavos. 

Los cónsules británicos, repartidos por todo el mundo, investigaron las redes de comercio de esclavos y aportaban la información al Foreign Office. Cuba fue uno de los territorios más disputados. No solo por los negreros españoles, sino por el expansionismo estadounidense, que también vio, en una aventura promocionada por los propietarios de esclavos del sur, la oportunidad de conquistar otro paraíso esclavista. La trata ilegal aportaba ganancias como un narcoestado moderno. Los propios diplomáticos británicos también eran untados con sobornos de toda clase. En los años 40 del siglo XIX, la economía cubana llegó a contar con casi 350 000 esclavos en las plantaciones. Los sobornos que pagaban los traficantes llegaban desde lo más alto de la administración de la isla hasta al soldado más raso. 

Para los británicos el problema se planteó cuando patrullando el mar encontraban barcos cargados de personas secuestradas en África. Lord Castlereagh, secretario de Estado de Relaciones Exteriores, y el Foreign Office, pronto se dieron cuenta de que tenían un problema. Cada barco que incautaban tenía una carga y era de seres humanos que, según su nueva legislación, eran libres. Entre otros lugares, su destino fue Bahamas. 

En la actualidad, el archipiélago es un destino turístico de ensueño, pero en estas islas paradisiacas también ocurrió un fenómeno extraordinario hace doscientos años. La Royal Navy fue asentando a todos los esclavos que liberaba, que comenzaban aquí una nueva vida. Estas personas, que no pudieron ser repatriadas cuando las liberaban los ingleses, llegaron también a Guayana Británica, Trinidad, Jamaica, pero Bahamas fue el destino más empleado porque estaba justo en la principal ruta de navegación con Cuba que seguían los traficantes. 

Muchos africanos liberados se alistaron en el ejército, personal de aduanas y en los servicios navales. Como población asentada, fueron claves para la cohesión del país a la hora de repeler una posible invasión estadounidense. Aunque existieran graves discriminaciones durante años después de la emancipación, surgió una clase media procedente de África con quienes habían asumido la libertad y la responsabilidad de su propia manutención. De ahí surgirían figuras como Alfred Adderley, prominente abogado que llegó a ser presidente del Tribunal Supremo en 1951, o Milo Butler, líder del Partido Liberal Progresista, que fue gobernador de Bahamas entre 1973 y 1979, reconocido con la Orden de Héroe Nacional de Bahamas. 

Además, en el mismo año 34 de la emancipación, aparecieron en Bahamas las Sociedades de Solidaridad. Su principal objetivo era proporcionar asistencia a los trabajadores en los periodos de enfermedad, vejez y los gastos de su funeral y pensiones para los familiares que perdían a su padre. De hecho, los afrodescendientes presumían ante el rey de que, con las formaciones de este tipo de sociedades, propias de la Inglaterra industrial, habían asumido los valores británicos como propios. Sin embargo, según el historiador Howard Johnson, estas agrupaciones en realidad reflejaban valores culturales africanos, ya existían en su tradición organizaciones similares para el autocuidado de la comunidad. 

Con la crisis del cultivo del algodón en el XIX, teniendo que buscarse el sustento por sí mismos, con las Sociedades de Solidaridad, los antiguos esclavos ahora liberados salieron adelante en una economía deprimida proporcionándose a sí mismos recursos para sobrevivir en condiciones de igualdad. No fue una historia idílica, tuvo muchas dificultades de todo tipo, pero es suficiente como para tener en cuenta que Bahamas, además de un entorno privilegiado, alberga en su pasado uno de los episodios de mayor humanidad de la historia. 


Españolizando nazis

Españolizando nazis
Cadetes españoles del bando sublevado recibiendo instrucción por un oficial alemán de la Legión Cóndor. (DP)

Hablamos no hace mucho de dos episodios del crepúsculo del III Reich. La suerte de sus jerarcas detenidos y juzgados en «Ahorcando nazis» y sobre el final de la II Guerra Mundial en España, que trajo consigo una tan obligada como oportunista desnazificación de Franco. Ahora toca enlazar el contenido de ambos con los nazis que se refugiaron en esa España. Fue una amplia colonia de nazis que logró escapar de la justicia y rehacer aquí sus vidas ¿Cómo fue esto posible en un país que trataba de borrar las huellas de su relación con esa ideología? En el libro A Nazi Past: Recasting German Identity in Postwar Europe (The University Press of Kentucky, 2015) de varios autores, encontramos un episodio de David A. Messenger que explica los argumentos y trucos que emplearon esos nazis instalados en España para eludir la extradición. 

Todo comenzó el 10 de septiembre de 1945, en Berlín, cuando el Consejo de Control Aliado de Alemania, integrado por Francia, Reino Unido, la Unión Soviética y Estados Unidos ordenó el regreso a Alemania a todos los alemanes que hubiesen sido funcionarios, diplomáticos o agentes de inteligencia del Reich y residieran en países neutrales durante la guerra para que se sometieran a los procesos de desnazificación. A esos países neutrales, entre los que se encontraba España, también se les obligó a deportar a estas personas. Fue el programa de repatriación forzosa «obnoxious Germans». 

España fue el país europeo en el que se identificaron más alemanes con pasado nazi susceptibles de ser extraditados. Franco, que había recibido una ayuda decisiva de los nazis para derrotar a la democracia en España y situarse como dictador, admitió el derecho de los aliados de solicitar las extradiciones, pero se reservó el de llevar a cabo sus propias investigaciones y decidir, con la legislación española, quién sería deportado. Estas solicitudes están en los archivos Ministerio de Asuntos Exteriores y el citado historiador accedió a ellos. 

La colonia alemana en España durante los años 30 estaba teledirigida desde Berlín a través de sus organizaciones religiosas, educativas, asistenciales, musicales, deportivas, etc. Se expulsó de ellas a los hijos de izquierdistas o judíos y a todas llegaron docentes de la Nueva Alemania o de la Alemania del Nuevo Orden. Cuando fracasó el golpe de Estado del 18 de julio y, como consecuencia de la inmediata intervención nazi y el fascismo italiano, se produjo la guerra civil, también llegaron, además de efectivos militares, como la Legión Cóndor, múltiples operativos de inteligencia. A mediados de los años 40, la colonia alemana en España ya era de veinte mil personas. 

Los servicios de inteligencia alemanes eran, desde la República de Weimar, la Abwehr. Recientemente, el libro Blowing Up Iberia: British, German and Italian Sabotage in Spain and Portugal coordinado por Bernard O’Connor (Lulu.com, 2020) ha revelado los detalles de la misión más importante que llevaron a cabo, la KO-Spanien, una de las de mayor envergadura desplegada por los nazis. La red estaba integrada por doscientos agentes fijos y cerca de dos mil colaboradores por toda España y contaba con cien millones de pesetas de presupuesto. Desde la península ibérica se vigilaba la flota británica en Gibraltar y, además, se abastecía a los submarinos alemanes. 

La organización estuvo dirigida primero por Gustav Leisser y luego por Arno Kleyensteuber. Realizaban labores de contrainteligencia a los aliados, recopilaban información relacionada con el Marruecos francés, la aviación aliada y Canarias, además de realizar sabotajes en el norte de África organizados desde España. El Sicherheitsdienst (SD), la inteligencia de las SS, también estuvo aquí, su responsable fue Paul Winzera, y llegó a entrar en conflicto o competencia con la Abwehr hasta que Hitler unificó el mando de todos estos cuerpos y se lo dio a Himmler

Los aliados, conscientes de la estrecha colaboración del gobierno de Franco con esta red, pusieron en marcha la Operación Mincemeat, en la que simularon un accidente de avión en Huelva y arrojaron al mar el cadáver de un vagabundo vestido de oficial con un maletín encadenado a la mano. Dentro, estaban unos supuestos planes del desembarco para la invasión aliada por el sur de Europa. Decía que iban a ser en Grecia y Cerdeña, aunque se iba a hacer creer a los nazis que sería en Sicilia. Las redes de espionaje nazi en connivencia con el gobierno español funcionaron a la perfección y la información llegó a Berlín en el acto. De modo que Mincemeat también funcionó, Hitler reforzó Córcega y Cerdeña y envió a Rommel a Atenas junto a dos divisiones Panzer sacadas del frente soviético poco antes de la batalla del Kursk. Como es sabido, los aliados desembarcaron en Sicilia. 

Al término de la guerra, los estadounidenses estaban preocupados por el papel que podía jugar la extensa colonia bien nazificada que aún quedaba en España. En Alemania, aunque se estaban llevando a cabo políticas de reeducación, una elite superviviente del régimen derrotado trataba de minar todo este trabajo para mantener las esencias de la que ellos consideraban que era la verdadera identidad alemana. Ese peligro en España era igual o peor. Como explicó Jeffrey Herf en Multiple Restorations: German Political Traditions and the Interpretation of Nazism, 1945-1946, el propio Adenauer, antes de que comenzaran los interrogatorios de Nuremberg y se escrutase la responsabilidad de todo la estructura nazi en los crímenes contra la humanidad que habían cometido y el Holocausto, ya estaba rogando que se detuviera la persecución de antiguos nazis. De hecho, los de baja graduación ya podían convertirse en militantes de la CDU. Se llegó a quejar expresamente: «Si uno castiga a los seguidores y soldados inofensivos que creyeron que estaban cumpliendo con su deber, porque así lo hicieron, se va a fomentar un nacionalismo extremo y creciente». 

La embajada estadounidense en España, inicialmente, elaboró una lista de mil seiscientos alemanes que debían ser deportados, todos ellos personal militar, espías y alemanes con cargos en empresas fuertemente vinculadas al régimen nazi. En total, fueron deportados doscientos sesenta y cinco, y doscientos siete volvieron voluntariamente. Entre todos ellos, de los que estaban relacionados con actividades de inteligencia había pocos. Impacientados, británicos y estadounidenses elaboraron una segunda lista menos ambiciosa, solo de ciento cuatro, pero de nazis muy peligrosos. De estos, ninguno fue deportado. 

El régimen franquista, siguiendo las instrucciones de los aliados a su manera, publicó anuncios en la prensa invitando a los alemanes a volver a su país voluntariamente, pero rara vez se les obligó a irse. Cuando en las Naciones Unidas se debatió sobre la protección que España brindaba a los nazis, se empezó a monitorizarles con la policía. Los que estaban incluidos en las listas tenían que presentarse semanalmente a la policía y, en algunos casos, pasaron una temporada internados en el balneario de Caldas de Malavellacerca en Girona. La primera consecuencia fue que los nazis no vieron ningún peligro por seguir siéndolo y la cultura nacionalsocialista siguió presente en la colonia alemana española, explica el historiador. 

Johannes Bernhardt, director de Sofindus, la empresa nazi que gestionaba el comercio entre España y Alemania durante la II Guerra Mundial, y de ROWAK, la sociedad que llevaba las inversiones alemanas en España, era miembro de la Auslandorganization (Organización del NSDAP en el extranjero). Lógicamente, todas sus actividades estaban orientadas a enviar suministros al ejército alemán y proporcionar cobertura a los agentes de inteligencia. Además, antes había sido el enlace que había facilitado inmediatamente a Franco la ayuda nazi en julio del 36. Cuando acabó la guerra, tenía rango de Oberführer de las SS. Era de máxima prioridad para los aliados, que finalmente lograron reunirse con él, y Bernhardt les sorprendió diciéndoles que no reconocía al gobierno aliado en Alemania como legítimo y que, por tanto, se consideraba un apátrida y no debía ser deportado. Así de protegido se sentía. 

Más llamativos fueron los argumentos de defensa de los que fueron detrás de él. Empezaron a recurrir a la memoria histórica, pero a la de antes, a la construcción propagandística y autojustificativa que hizo el franquismo de la guerra que había provocado. Los exnazis consideraban que la guerra civil fue la salvación de España del caos y del comunismo y que ellos habían dado su apoyo altruistamente a Franco para tan noble causa, de tal manera que ahora su arraigo estaba en España. Era este al país al que habían prestado sus servicios en la Legión Cóndor, aludían, no a Alemania. 

Max Nutz, que había trabajado en la embajada alemana, vivía en Alicante y se había afiliado al NSDAP en 1934. Hizo la guerra civil en la Legión Cóndor, pero a los aliados les dijo que su motivación había sido «luchar por España» en la «guerra de liberación». Otro veterano de ese cuerpo que bombardeó las ciudades españolas, Alfred Giese, adujo que España era su «segundo país» y no entendía por qué le habían llevado ante las autoridades aliadas dado su «servicio a España». 

Meino von Eitzen, espía nazi, ingresado en Caldas de Mallavella, estaba muy involucrado para salvarlo, a juicio del ministro de Exteriores José Lequerica, que le consideraba un «caso demasiado político». Sin embargo, fue liberado inmediatamente del centro de internamiento al mostrar las credenciales de su servicio en la Legión Cóndor, su carné de militante de Falange, una carta de recomendación del gobierno civil de Vigo y otra del propio Franco que confirmaba el servicio que había prestado a España. 

Alfred Genserowsky, identificado por la OSS (la pre-CIA) como el agente más importante de la Abwehr en San Sebastián, en su defensa argumentó que era «un excombatiente de la Cruzada». El general Martínez de Campos salió en su ayuda confirmando que había sido herido y que se trataba de un «mutilado de guerra». Genserowsky al final dejó que le deportasen, pero en España nunca le detuvieron. De hecho, regresó a Segovia en 1948. También destacado por sus actividades pronazis en el País Vasco, Otto Hinrichsen, tras su paso por la Legión Cóndor, tuvo un puesto importante en el Ejército español. Por eso, directamente el Ministerio de Exteriores se quejó de que su inclusión en la lista era «una injusticia». 

El segundo capítulo fue presentar ese «servicio a España» como parte de la «cruzada contra el comunismo internacional». Ya antes de que terminara la II Guerra Mundial, Franco presentaba su régimen ante los estadounidenses como anticomunista. En marzo del 45, le dijo al embajador Norman Armour que aceptaba la derrota del nazismo, pero que no podía «permanecer indiferente ante los peligros que representaba el comunismo en la Europa de la posguerra». También le había escrito una carta a Churchill confesando su temor a que «aumentara el poder del bolchevismo», sobre todo en Francia e Italia. A estos nuevos matices del régimen franquista, que en realidad contra lo que se había sublevado era contra la democracia, los exnazis no tardaron en adherirse. 

Friedhelm Burbach, excónsul general de Alemania en Bilbao, argumentó que ellos no se estaban inmiscuyendo en los asuntos de otro país al participar en la guerra civil española, sino luchando «del lado de la civilización contra el comunismo». Sus labores en el País Vasco las calificó como «labor humanitaria» para salvar a los condenados a muerte por el bando comunista-republicano. Otro miembro del cuerpo diplomático, Kurt Meyer-Doehner, agregado naval de la Legión Cóndor, presumió de haberse traído a su familia a vivir a España ya en 1938 y se defendió diciendo que si tenía que volver a Alemania le tocaba hacerlo a la zona soviética, lo que le expondría a él y a sus hijos «a un gobierno y un sistema educativo de izquierda». También expresó su deseo de bautizar a sus hijos y, en tales circunstancias, eso solo podía realizarlo en España. Su compañero Richard Enge explicó que su casa fue saqueada en el Madrid del 36 y, si le hacían volver ahora a otra zona roja, le tocaría sufrir el mismo destino dos veces. Alfred Menzell, por su parte, se refirió a lo vivido en la Barcelona republicana del 36 para justificar su posterior enrolamiento en la Legión Cóndor. 

Además de «salvar» a España y del ferviente anticomunismo, por último, entró en liza la religión. En su defensa, Walter Leutner no solo dijo que se sentía más cómodo con el uniforme militar español —era instructor en el ejército tras su paso por la Legión Cóndor—, también que nunca había participado ni en las SS o la Gestapo y que era un «buen católico». No exento de un gran sentido del humor, añadió que militar en el NSDAP hubiese sido incompatible con su religión. 

Jose Lipperheide Henke eludió cualquier acusación de militancia nazi escudándose en que era «católico de nacimiento y convicción». Joaquim von Knoblach, el cónsul honorario de Alemania en Alicante, fue protegido por el mismísimo Carrero Blanco, que consideraba que sus actividades fueron un «gran servicio a España», no a Alemania, puesto que un católico era incompatible con los nazis y, por el contrario, demostraba lealtad al régimen de Franco por ese motivo. Como detalle pintoresco para evitar la extradición, el argumento de Max Ludwig Muller-Bohm fue que sus hijos habían sido bautizados en la Sagrada Familia de Barcelona. 

Estos casos fueron muy habituales. De hecho, el arzobispo de Toledo, el cardenal catalán Enrique Pla y Deniel, le hizo una contralista al gobierno español de exnazis que debían ser protegidos por sus ideas católicas. El paraguas que les protegió fue la Asociación de Católicos Alemanes en España, que al principio su función era comunitaria, pero luego pasó a tener un fin instrumental para eludir la justicia de los aliados. Federico Lipperheide, hermano del anterior del mismo apellido, era su presidente, pero tenía estrechos lazos con agentes de la propaganda nazi y durante la II Guerra Mundial se había dedicado a traer películas proalemanas a España. Sin embargo, a través de esta organización religiosa se recogieron fondos para poder mantener a estos exnazis en España, bajo la protección de una Iglesia que les consideraba «defensores del catolicismo frente al bolchevismo». En Italia el papel de la Iglesia fue igualmente muy parecido. Allí muchos exnazis se convirtieron al catolicismo para ocultarse, algo que no contempla el Derecho Canónico, y no menos sacerdotes estuvieron involucrados en la ocultación de criminales de guerra en monasterios y otros inmuebles de los religiosos. 

Al final, los aliados llegaron a desistir. El castellano con acento alemán de estos personajes se podía escuchar en los locales exclusivos de Madrid, como Chicote o Pasapoga, durante años. En la década de los 90, el periodista de investigación José María Irujo de El País también tuvo acceso a esos archivos del Ministerio de Exteriores. Se fijó en el caso de Franz Liesau Zacharias, que murió en el 52 de la calle Alcalá en 1992, a los ochenta y cuatro años. En la hoja de extradición que habían remitido los aliados a Franco decía: «Este hombre se hace llamar doctor. En realidad fue agente del servicio de contraespionaje involucrado en la compra de animales del Marruecos español y de la Guinea española para fines experimentales en Alemania, entre ellos la propagación de horribles enfermedades, como la peste, en los campos de concentración».


‘The Northman’, los cuernos de los vikingos y otros mitos

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The Northman. Imagen: Focus Features.

«Te vengaré, padre. Te salvaré, madre. Te mataré, Fjölnir». Resuena este mantra en el tráiler de The Northman (que en España se estrenará como El hombre del norte), recitado por su protagonista, un Alexander Skarsgård más energúmeno aún que como maltratador en Big Little Lies o soldado de sangre helada en Generation Kill. La expectación ante este lanzamiento puede percibirse como el penúltimo intento de revitalizar la industria cinematográfica y hacer de la gran pantalla algo más que una afición extravagante, lo que se antoja un cometido titánico. Pero al menos entre quienes idolatramos al cineasta Robert Eggers, tras dejarnos patitiesos con La bruja y El faro, hay ganas de ver lo que ha hecho con noventa millones de dólares. También emociona asistir al regreso de Björk a la actuación —parece ser que en forma de cameo, aunque significativo—, veintidós años después de Bailar en la oscuridad (casi literalmente, por el acoso de Lars von Trier). Aunque si algo hace pensar que esta película llega en el momento justo es la actual fascinación por los vikingos: ¿qué tiene esta civilización nórdica que a tantos adeptos congrega hoy día?

Cuando durante algunos meses del curso 2001-2002 viví con una exigua beca Erasmus en la ciudad danesa de Roskilde (soy sevillano: me tomé en serio lo del cambio de aires), famosa por su festival de rock, su catedral gótica y su museo de barcos vikingos, poco iba a imaginar yo que en la siguiente década podría haber sido la envidia de toda una subcultura. Si en los 50 fue la ciencia ficción, en los 60 las historias de espías y en los 70 las artes marciales, los años posteriores a 2010 han visto explotar —también en el sentido literal que da origen al término exploitation— el interés del cine y la televisión por aquellos pueblos escandinavos que florecieron entre los siglos VIII y XI. Sobre todo por culpa de History Channel y de su serie Vikings, de Michael Hirst, que tras seis exitosas temporadas ha tenido este año una secuela con Vikings: Valhalla. Pero no han sido las únicas incursiones recientes en esta época: basta con echar un ojo a IMDB para asustarse por la profusión de títulos en torno al tema, producidos mayormente en países del norte de Europa. Ninguno con el presupuesto ni las ambiciones formales de El hombre del norte, eso sí. 

Ya que hablamos de historia, quizá quepa preguntarse qué imagen de los vikingos nos devuelven estas ficciones y cuánto se ajustan a la realidad. Por suerte, ya se lo ha planteado alguien con muchos más conocimientos y criterio que un servidor. La bioarqueóloga especializada en la era vikinga Cat Jarman, de la que se acaba de publicar en nuestro país el ensayo Los reyes del río (Ático de los Libros), viene a decirnos que estos no eran como los pintan, o al menos no del todo. Dejaron un rastro de muerte y destrucción con su expansión por el continente, cierto, pero también se dedicaban a cuestiones más constructivas como generar redes comerciales y de convivencia con otras culturas. Habrá quien diga que los romanos también promovieron avances que no suelen reflejarse en la ficción histórica (ya sabe: «¿qué han hecho los romanos por nosotros?»). Pero, en el caso vikingo, parece juzgarse su vertiente sanguinaria más que en cualquier otro pueblo de la época, lo que Jarman atribuye a una distorsión por parte de las fuentes medievales anglosajonas —es decir, rivales— o las antiguas sagas islandesas.

Para colmo, esa visión «romantizada» de los vikingos ha tocado el corazoncito de los supremacistas blancos y los amigos de la extrema derecha. Cómo no acordarse de Jake Angeli, el infame trumpista cornudo que, tras asaltar el Congreso de los Estados Unidos, fue bautizado en más de un medio como «el vikingo». Hasta el villano más en boga, Vladimir Putin, ha usado y manipulado como argumento nacionalista la Rus de Kiev, federación de tribus eslavas formada por los varegos-vikingos del norte. El propio director de The Northman ha admitido en declaraciones para The Guardian que el estereotipo del guerrero muy macho y la apropiación de la cultura vikinga por parte de esa gentuza le hicieron «un poco alérgico» a ella. Al menos hasta que viajó a Islandia, flipó con sus paisajes y luego la propia Björk le presentó al poeta Sjón, a la postre gran inspiración para este film —y su coguionista—.

La base de Eggers para esta ficción ha sido, pues, una de esas sagas islandesas que romantizarían el relato de los acontecimientos; en concreto, la leyenda medieval escrita por el historiador danés Saxo Grammaticus sobre el príncipe Amleth, cuyo anagrama le sonará a la obra de Shakespeare inspirada por aquella. Pero, además, el cineasta nacido en Vancouver y crecido en Nueva Inglaterra, al que antecede la fama de la veracidad de las dos películas que ha realizado —ambas de época—, acudió también a varios expertos con la intención de hacer «la película de vikingos más fiel a la historia y documentada de todos los tiempos». Uno de ellos, el catedrático de la Universidad de Uppsala (Suecia) Neil Price, admitía a Vulture que algunos de sus saqueadores «eran tan aterradores como todos los clichés querrían», aunque también señalaba que esa imagen procede de los testimonios de quienes se encontraron con ellos, «a menudo con el extremo puntiagudo de sus espadas». Y, claro, qué iban a contar. Coincide, pues, con Jarman en que de esa imagen sesgada podría haber emanado la obsesión por retratar a los vikingos como poco más que bestias indómitas.

Ya sabemos que lo de que vistiesen cuernos no tiene ningún fundamento histórico, se deba el mito a una ocurrencia del diseñador de vestuario Carl Emil Doepler para una ópera de Wagner, al pintor sueco August Malmström o de nuevo a una visión distorsionada de sus enemigos, quienes los habrían descrito con los atributos del mismísimo demonio. Pero ¿qué hay de otros lugares comunes y estereotipos culturales que ha reflejado el cine a lo largo de los años? ¿Realmente se ha mitificado y tergiversado tanto la imagen de este pueblo nórdico en el imaginario popular? Para comprobarlo, propongo a continuación un breve recorrido por películas de vikingos que podrían considerarse escasamente precisas en cuanto a su raigambre histórica, pero que representan ejemplares únicos en su especie. Dejaremos a un lado la hipnotizante Valhalla Rising (2009), puesto que el danés Nicolas Winding Refn no parecía nada interesado en la autenticidad de su relato: «Las películas históricas rápidamente se vuelven pesadas, porque todo gira alrededor de su exactitud». Exacto.

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The Northman. Imagen: Focus Features.

Vikingos a través de la historia… del cine 

Meses antes de que Richard Fleischer estrenase la que se considera película fundacional del cine de vikingos, el rey de la serie B Roger Corman le adelantó por la derecha con Las mujeres vikingo y la serpiente del mar (1958). Basada en una historia de Irving Block —que alumbró también el argumento de la influyente Planeta prohibido—, su mezcla de aventuras, fantasía y terror presenta como mayor reclamo la fabulosa criatura del título, aquí caracterizada con rasgos dragontinos, e incluye diversos anacronismos menores como el uso de calcetines y gafas de sol. La precariedad de la producción y las consiguientes prisas en el rodaje motivarían que los actores se quejaran de varios conatos de ahogamiento en el mar y el riesgo de despeñar a algún que otro caballo por los acantilados.

Otro maestro del cine de terror y fantástico a un módico coste, Mario Bava, firmó La furia de los vikingos (1961), en este caso un descarado —aunque no acreditado como tal— remake de Los vikingos de Fleischer, como muchas de las películas que aprovecharon el rebufo de aquel éxito. Lo entrañable de la cinta del cineasta italiano es justamente su falta de complejos frente a la verosimilitud: desde una pareja de vírgenes vestales (sic) encarnadas por las Gemelas Kessler alemanas hasta la errónea ubicación del timón en los barcos, pasando por el delirante vestuario, todo vale en esta nueva muestra del audaz cine de Bava, en el que cada encuadre supura llamas y sangre. 

Más fácil lo debió haber tenido Jack Cardiff para replicar las hazañas de los guerreros nórdicos, tras haber participado como director de fotografía en —no se lo verá venir— Los vikingos, aunque visionando Los invasores (1964) resulta difícil de creer. En realidad, toda ella resulta difícil de creer. Epopeya protagonizada por Richard Widmark como líder vikingo con maneras de cowboy y Sidney Poitier como rey moro con peinado y estilismo imposibles, se centra en la desconcertante pero entretenida lucha por una campana de oro gigante. Aunque el film de Cardiff (responsable de fotografía en títulos como Las zapatillas rojas, La reina de África o La condesa descalza; ahí es nada) es recordado por la extrañísima escena del asalto de un harén y, sobre todo, la atrocidad bautizada como «potro de acero»: un artilugio formado por la hoja curva de una cimitarra gigante sobre la que son arrojados los desdichados prisioneros de los árabes. ¿Quiénes son los bárbaros ahora?

El caso de La reina vikinga (1967) resulta de obligatoria mención en un listado como este: nadie sabe por qué el título de este péplum de manual, cuya historia tiene lugar en tiempos de dominación romana en Bretaña, alude a los vikingos. No hay ni rastro de ellos en sus noventa y un minutos, aunque sí hay asaltantes y saqueadores, por lo que supongo se tomaba aquel término como sinónimo; tal era ya la fama de los pobres conquistadores norteños. Al parecer, el argumento de esta producción de la Hammer procedía de un maravilloso cóctel de la Norma de Bellini, El rey Lear de Shakespeare y la reina de los icenos Boudica, a la que aquí dio vida la por entonces reputada modelo finesa conocida como Carita.

Cualquiera que haya visto «la peor escena de muerte en la historia del cine» tendrá en alta estima el cine turco de principios de los 70. No puedo, ni mucho menos, prometer ese grado de risión con el visionado de Tarkan: Viking Kani (1971), pero el buen ratito está más que garantizado. Basada en el personaje del guerrero huno creado por el historietista Sezgin Burak, aquí hemos de poner en valor: una galería de exhuberantes bigotes, una glamurosa y pérfida princesa china, un pulpo hinchable, ciertas alfombrillas de ducha como vestuario, un estriptis-porque-sí y hasta un infanticidio en plano lo bastante cercano como para reconocer su osadía.

Bajo el título de El nórdico (1978) se presenta la historia de una embarcación vikinga del siglo XI que llega al Amazonas y se enfrenta a los nativos allí reunidos. Y hasta ahí llegan los elementos argumentales que justifican el «basado en hechos reales» de los créditos iniciales. Porque, sí, los vikingos pisaron tierra americana —Vinland, la bautizarían— siglos antes de la masacre colonizadora, pero quienes los recibieron poco se parecerían a indios sacados de un wéstern (actores blancos con maquillaje rojizo declamando monosilábicos) ni podían haber sido, como rezaba el cartel, «guerreros salvajes de la nación iroquesa». Esta y otras muchas ofensas al gremio historiador le han concedido el honor de ser considerada en ciertos foros como la peor película de vikingos jamás concebida. Basta con leer las justificaciones que el actor Lee Majors, productor junto a su entonces esposa Farrah Fawcett, daba a su involucración en el dislate: «Se filmaba en Florida, en la costa, y habían contratado a jugadores de los Tampa Bay Buccaneers [equipo de fútbol americano] para hacer de vikingos… No sé, pensé que sería divertido, así que lo hice». ¿Quién se hubiera negado?

Y hablando de subgéneros, si hubo uno que atrajo público en los 80 fue el slasher y su apuesta por la sucesión de acuchillamientos indiscriminados. En ese caldo de cultivo germinó Berserker (1987), cuya sinopsis no lleva a engaño: «Seis jóvenes adolescentes que alquilan una cabaña en los bosques de Utah se enfrentan a un guerrero vikingo vestido con la piel y el hocico de un oso, y van siendo asesinados por turnos». ¿Un vikingo disfrazado de oso, dice? Solo eso la ha convertido en una obra de culto del terror kitsch. La cual, cuenta la leyenda, fue prohibida en Alemania por una de sus escenas cumbre en la que, en montaje paralelo, asistimos al éxtasis de dos jóvenes en plena faena sexual y a la agonía de una chica mientras es aniquilada. O sea: la quintaesencia del slasher.

Volviendo a terrenos más serios aunque igual de inverosímiles o históricamente distraídos, una saga —en ambos sentidos— poco conocida y muy interesante sobre aquella era es la llamada Trilogía de los vikingos, del islandés Hrafn Gunnlaugsson, cuyos títulos datan de 1984, 1988 y 1991 respectivamente. Basada en el esquema argumental de la primera novela de Dashiell Hammett, Cosecha roja, además de inspirada en el cine de Akira Kurosawa y de Sergio Leone (ya conocerá la historia del plagio que de Yojimbo hizo el italiano Por un puñado de doláres… que también se acabaría embolsando el japonés), esta loca mezcla de influencias dio lugar a tres películas esenciales que, aun no citadas por Eggers hasta ahora, parecerían sus antecesoras naturales: por un lado, su material de partida son las leyendas de Islandia y, por otro, relatan en esencia la historia de una venganza; no en vano, la primera de ellas se titula Ojo por ojo.

En el mismo año en que se estrenaba la exitosa serie que nos hizo confundir a los vikingos con macarras de una banda de metal —esos cortes de pelo—, salía al mercado una película de nacionalidad malasia titulada Vikingdom 3D (2013). Aunque no parece que la exactitud anduviera entre los objetivos de este relato, en el que un rey redivivo ha de derrotar al dios nórdico del trueno Thor, la presencia de elementos tales como arquitecturas megalíticas, estufas o patatas chirría incluso más que su estilo visual heredero de los manidos 300 de Zack Snyder. Este festín de brazos crujientes y cabezas rodantes naufragó en la misión mucho menos épica de hacer taquilla, recaudando apenas un cuatro por ciento de su presupuesto.

Cerrando esta lista y entre las muchas producciones vikingófilas aparecidas en los últimos años, me quedo con Viking Siege (2017), en la que —coja aire— una banda de mujeres sedientas de venganza contra unos monjes esclavistas se topan con una pandilla de vikingos a los que persigue un demoníaco ejército de árboles vivientes surgidos de la caída de un meteorito alienígena. Comedia de horror a lo Evil Dead, incluida su bien servida ración de gore, se agradece su falta de pretensiones y el regreso autoconsciente a la serie B de Corman, con sus amazonas y sus estrambóticas criaturas. Lo vikingo es secundario, claro está, y no digamos ya la precisión histórica del conjunto. Pero ¿hasta qué punto resulta relevante esto último?

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The Northman. Imagen: Focus Features.

Basada en hechos reales (para quienes los vivieron)

Visto lo visto, la promesa de que The Northman es la película sobre vikingos de mayor exactitud histórica de todas las que se han realizado, por un lado, puede sonar a reto asumible, aunque también a estrategia de promo. Sobre todo si tenemos en cuenta la actual proliferación de productos inspirados (aun vagamente) en la era vikinga, desde las ya citadas obras audiovisuales hasta libros, videojuegos, páginas web y blogs, tatuajes, prendas de vestir, estilos musicales, bebidas o —de nuevo— cortes de pelo. Como es obvio, la imagen que encarnan tales artículos de compraventa está casi siempre muy ligada a los estereotipos que la cultura popular ha forjado de lo vikingo, y en eso tiene mucho que ver el cine. 

Por otro lado, la expectación que acarrea el estreno de The Northman proviene también del hecho de tener detrás a un cineasta como Robert Eggers, el mismo que le descubrió al mundo la estupenda actriz y la magia (negra) que escondían los ojos de cervatilla de Anya Taylor-Joy; el que puso a Robert Pattinson —otro de los grandes intérpretes de su generación, que sin hacer mucho ruido ya ha trabajado con Cronenberg, Gray, los Safdie, Denis y en breve Assayas— a soportar estoicamente los escupitajos y los pedos de Willem Dafoe. En ambas producciones, Eggers dio muestra de su extraordinaria atención a los detalles para crear lo que él mismo denomina, en su masterclass sobre guion para la academia BAFTA, «atmósfera». Su meticulosidad llega al punto de que emplea varias páginas en describir una breve escena en la que a priori poco pasa, y él mismo cuenta que un actor rechazó el papel que le ofrecía por lo «recargado» de su libreto. Esta obsesión también se vierte en la puesta en escena, su carta ganadora, que basa en un esmerado storyboard en el que queda clarísimo dónde situará la cámara y, por tanto, cómo se moverán los actores. 

Curiosamente, Eggers comenzó su carrera estudiando arte dramático y, más tarde, dirigiendo producciones de teatro en Nueva York. Por eso pone tanto cuidado en las interpretaciones, aunque tengan que someterse a sus estrictas dinámicas con la cámara, algo que por ejemplo alabó Dafoe (que repetirá en The Northman) sobre su trabajo en El faro y el manifiesto influjo de Harold Pinter en esa historia con dos personajes y un único escenario. En conversación con Ari Aster —la otra gran esperanza blanca del cine de género autoral— para el podcast de la productora A24, Eggers se declara fan de Ingmar Bergman y de su «modestia» al emplazar la cámara sin que te asalte su estilo como director. En cuanto a lo que exige a sus actores, no pretende llegar al nivel de tiranía de Kubrick, pero sí trata de que todo sea real en el set: si en una escena ha de parecer que un personaje siente el contacto del agua helada en su piel, el actor se meterá en agua helada durante el rodaje, como ha contado entre risas Taylor-Joy (otra que repite).

La autenticidad que busca Eggers afecta a cada elemento que aparece en el encuadre. Para El faro y viendo que ninguno de los existentes en el mundo real le resultaba coherente con la época que pretendía retratar, mandó construir de cero un faro en el que situar la acción. Además, no satisfecho con rodar en 35 milímetros y una inusual relación de pantalla de 1.19:1, junto con su fiel director de fotografía Jarin Blaschke la dotó de una estética ortocromática (no refleja la luz roja), que le sirvió para mostrar las imperfecciones en el rostro de aquellos dos hombres. Si el oscarizado Emmanuel Lubezki definió el efecto de las innovadoras cámaras Alexa 65 como «mirar a través de una ventana limpia en lugar de una ventana que tiene suciedad», Eggers declara: «Me gustan las ventanas sucias». Para La bruja, tiró solo de luz natural y velas, y mimó todos los pormenores de su ambientación, incluida la forma —vocabulario, tono— en la que aquellas gentes se expresaban. En ambos casos, como en The Northman, todo ello se basó en un largo proceso de documentación e investigación histórica. 

No obstante, la verdad que exudan sus películas no depende tanto de lo fieles que son a la historia como de lo respetuoso y empático que se muestra Eggers con quienes han relatado o testimoniado esas otras épocas, esos otros mundos. Si lo que vemos en pantalla, por inquietante y hasta terrorífico que parezca, resulta genuino es por cómo se sumerge en la mentalidad de aquellos momentos y, descifrando lo que algunos dejaron escrito —ya sean cartas de colonos puritanos del siglo XVII o códigos de conducta de fareros del XIX—, se da cuenta de que no somos tan distintos; e incluso llega a pensar «Dios mío, si hubiese vivido en esa época, habría pensado exactamente como ellos», en palabras del propio Eggers.

Esa epifanía es la que realmente motiva al cineasta canadiense: una mirada a la historia no solo desde el presente sino a través de sus contemporáneos, asimilando aquel sistema de valores y creencias, en apariencia tan alejado del nuestro. Ahí entra en juego el componente mitológico y folclórico de sus tres películas hasta la fecha, su pasión por las leyendas populares, el ocultismo y la religión. Como su venerado Bergman, parece fascinado por los procesos que nos han llevado a creer ciertas cosas y, de alguna extraña manera, nostálgico de ellos en la actual sociedad secularizada: «A veces perdemos lo sublime y lo sagrado, y entonces descubro que lo que realmente me emociona es entender de dónde venimos y adónde vamos desde donde vinimos, y tratar de regresar al pasado para reflexionar sobre ideas que sean más grandes que nosotros mismos». O el cine como un acto de fe (en el cine).

Joseph Campbell sostenía que la mitología eleva el sentido de un acontecimiento pasado y, de forma más trascendental aún, proporciona un modelo para nuestra experiencia vital. No es historia, pero tampoco es exactamente ficción o mero entretenimiento, pese a que a través de ella se pueda aspirar al hallazgo de la belleza formal. El mito plantea cuestiones esenciales para el ser humano, deseos y temores primordiales, por lo que, a su manera, es extraordinariamente fiel a su tiempo y, a la vez, se revela capaz de dialogar con cualquier presente. Esos ingredientes, y no su exactitud histórica, son los que dotan de verdad dramática a las películas de Robert Eggers y, en última instancia, las engrandece.

Si en el futuro un historiador quiere evocar nuestra era, seguramente mencionará la invasión rusa de Ucrania, pero si un artista pretende recrear estos tiempos, puede que recurra al modo en que Eggers ha plasmado la sed de sangre en The Northman (las primeras reseñas mencionan el Conan de Milius; a mí el tráiler me lleva más bien al Excalibur de Boorman), donde parece que el rol protagonista de la venganza no comportará ni una pizca de gloria para Amleth, por mucho que se ponga en plan berserker. En realidad, este artículo es mi forma de expresar que estoy deseando plantarme en el cine para ver lo último de un cineasta llamado a hacer historia.

 


Stefan Zweig y las formas del destierro

Adán y Eva encuentran el cuerpo de Abel, por William Blake. destierro exilio
Adán y Eva encuentran el cuerpo de Abel, por William Blake

Es el exilio, tal vez, el peor de los viajes posibles. El exiliado se desplaza porque no le quedan alternativas y se ve obligado a alejarse de su tierra. Durante siglos, la palabra exilio no tuvo independencia con respecto a la palabra destierro.

Caín. El Señor ve muerto a Abel.

—¡Qué has hecho! Desde la tierra, la sangre de tu hermano reclama justicia. Por eso, ahora quedarás bajo la maldición de la tierra, la cual ha abierto sus fauces para recibir la sangre de tu hermano, que tú has derramado. Cuando la cultives, no te dará sus frutos, y en el mundo serás un fugitivo errante.

—Este castigo es más de lo que puedo soportar —le dijo Caín al Señor—. Hoy me condenas al destierro, y nunca más podré estar en tu presencia. Andaré por el mundo errante como un fugitivo, y cualquiera que me encuentre me matará.

Primera imagen: el destierro como castigo divino.

Edipo. El rey de Tebas, se arrancó los ojos para no ver lo inevitable: es el asesino de su padre y se casó con su madre. Se ha convertido en un miserable que sufre de atimia: la ignominia, una condición moral y levemente jurídica para aquellos que han sido excluidos de la comunidad.

Edipo rey sabe que es culpable y no cae en el facilismo de alegar desconocimiento, deja Tebas y se autodestierra en Colono como un mendigo solo, ciego, errante.

Segunda imagen: el destierro como castigo autoimpuesto.

Ovidio. El poeta escribe una obra inconveniente para las leyes de Roma, tal vez ha visto algo que no debía, lo cierto es que recibe una comunicación oficial: el emperador Augusto lo condena a vivir lejos de Roma. Ovidio no está deportado, está relegado. «A nadie se le asignó nunca un lugar más alejado o más horrible», se lamentaba el poeta que debió rebajarse a usar pantalones para no morir de frío en una ciudad oscura, bárbara, sin cultura. El edicto imperial no explicita el proceso, solo la sentencia.

Tercera imagen: el destierro como castigo legal.

Los hijos de Israel. Dios le prometió a Abraham la tierra sobre la que está recostado. Será para él y después para su descendencia: su hijo Isaac y su nieto Jacob. Jacob fue renombrado Israel: el que pelea junto a Dios. Los hijos de Israel se han dispersado fuera de su reino y vagan por el mundo. Uno de ellos se llama Judá y sus descendientes, judíos. Desde entonces, a ese abandono forzado de la tierra propia se le llama diáspora.

Cuarta imagen: el destierro por motivos religiosos.

Dante. En el Purgatorio, Dante (el personaje) se encuentra con otros florentinos e intercambian ideas sobre el Estado y la patria. Hace un par de años que Dante (el poeta) vive en el exilio. Fue desterrado de Florencia por interponerse con los intereses del papa de Roma. Cuando se concede una amnistía, la condición para otorgarla es que los desterrados acepten ser tratados como delincuentes en una ceremonia religiosa. El poeta nunca regresó.

Quinta imagen: el destierro por motivos políticos.

***

El desterrado pierde hogar, libertad, patria, ancestros y, cuando muere, no tiene ni el derecho de ocupar el sepulcro familiar. Se convierte en extranjero.

Hay ocasiones en las que no se exilia solo una persona sino toda una generación. Stefan Zweig, hijo de su tiempo y de su Europa, fue también símbolo de una generación que vivió sin retorno. Nada de lo anterior quedó.

Entre 1940 y 1941, cuando Europa parecía pertenecer irreversiblemente a un lunático, se refugió en América del Norte primero y en América del Sur después. Durante esos dos años escribió un relato de viaje, no el previsible que se hace en los lugares de destino sino uno sobre el punto de partida.

No es esta la crónica de un viaje en el espacio, es un viaje en el tiempo. Stefan Zweig, vienés, judío, escritor, está en el exilio y se siente cercado en la extensión del mundo. Por eso viaja al pasado y escribe El mundo de ayer.

El mundo de ayer era libre, sensible, vasto.

El mundo actual es cerrado, oscuro, bárbaro.

El mundo de ayer era Viena, metonimia de Europa, antes de 1914.

El mundo actual es todo lo que Viena no es.

Stefan Zweig está con su segunda esposa: Lotte Altmann. Nadie los persigue, tienen visado permanente, una dirección fija. Y sin embargo no es suficiente. El 22 de febrero de 1942 deciden morir.

Los encuentran, abrazados, sobre su cama en la ciudad brasileña de Petrópolis; los restos del veneno muy cerca, las cartas de explicación sobre la mesa, el manuscrito de El mundo de ayer enviado el día anterior hacia Estocolmo.

***

Stefan Zweig y Lotte Altmann. DP destierro exilio
Stefan Zweig y Lotte Altmann. (DP)

En los relatos de viaje, narrador y viajero son uno solo y el centro gravita alrededor de su experiencia con el lugar y los habitantes del punto de destino. Lo que hace diferente al libro El mundo de ayer es su cualidad de artefacto único: desde los confines, el narrador viaja en el tiempo a su lugar de origen.

Hasta entonces, Stefan Zweig, nunca había sentido la necesidad de escribir sobre sí: «Jamás le atribuí tanta importancia a mi propia persona». Se crio en un entorno seguro, sólido, previsible. El mundo tal como se le presentaba estaba dado, sin sobresaltos, sin preguntas. Así empieza su relato:

Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crie, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad.

Sabe que es más fácil reconstruir los hechos concretos de una época que su atmósfera anímica. Para eso no tiene otras herramientas que sus propios recuerdos porque escribe desde el extranjero, eterno lugar de paso para él. No lleva consigo sus libros ni sus anotaciones, no hay cartas viejas ni actuales, no llegan los periódicos, las revistas, el correo. Está aislado. En su casa de Salzburgo dejó una colección. Hay que imaginar lo que eso significa para una persona como Stefan Zweig, un acumulador fino y ordenado de pequeños tesoros de la cultura universal: manuscritos literarios, partituras originales, una hoja del cuaderno de Leonardo, las órdenes militares de Napoleón, los garabatos de Mozart y Brahms, los muebles que usó Beethoven. Una colección armada durante años de pronto debe ser guardada en cajas, escondida de los saqueadores hasta un regreso improbable.

Debió dejar su casa, primero la de Salzburgo, después la de Londres y otra vez la de la campiña inglesa. Ya no tiene pasaporte, ahora es un refugiado. ¿Qué pasa cuando uno no sabe a dónde ir? Junta lo que se tiene, cada vez menos, y vuelve a salir.

Es un apátrida, nada lo liga a ningún lugar porque el mundo desde donde viene ya no existe. No hay dónde volver y solo resta ir hacia adelante, pero ¿dónde queda adelante en un mundo fatalmente circular?

Para hacer su crónica, lejos de sus fetiches de coleccionista y escritor, debe apelar a su memoria, una narradora implacable que no se rige por el azar o la improvisación: ordena y elimina a sabiendas. El texto encontrado en su habitación está escrito en tinta violeta, tachado, corregido, cubierto de anotaciones. También están las versiones mecanografiadas por Lotte, esposa y secretaria.

Todo sale de su memoria pero él no es el protagonista de su libro, el protagonista es el tiempo pasado: «La época pone las imágenes, yo me limito a acompañar con palabras». Como si estuviera presentando una conferencia ilustrada con diapositivas, Zweig nos muestra el mundo en el que vivió hasta que Europa se sacudió como un volcán y con la erupción arrojó a gran parte de sus hijos. Algunos quedaron sepultados allí mismo, otros, por el mundo.

Se crio en Viena, la ciudad cosmopolita de las artes, la ciencia y los salones literarios a la que tuvo que abandonar «como un criminal antes de que la degradaran a una ciudad provincial alemana». Europa estaba viviendo la era de la razón y nada hacía suponer que terminara.

Zweig recuerda aquel mundo, viaja en el tiempo y se encuentra con el espíritu de época que lo rodeaba: seguridad, progreso, libertad y solidez. Pero claro, ya lo habían dicho Engels y Marx: todo lo sólido se desvanece en el aire y, en el caso de la Europa que sobrevino, lo sólido estalló con la contundencia de las bombas y los tanques.

Zweig recuerda Viena y dice «vivir aquí era maravilloso». Aunque está en Brasil no dice allá, dice aquí. Los trenes atraviesan todo el territorio, las líneas telefónicas llevan las voces de un lado a otro, hombres y mujeres se desplazan en autos y en bicicletas, los tiempos se aceleran, hay un zepelín surcando el cielo europeo y las fronteras devienen absurdas. ¡Qué provincianos son los controles aduaneros! La fraternidad humana se está haciendo realidad.

Europa nunca fue más rica, ni más bella, ni más libre, ni más fuerte. Lo que esa generación no sabía, dice Stefan Zweig, es que todo aquello que los alegraba se estaba convirtiendo en un peligro: los hombres y los Estados se pueden enfermar de confianza y poder. No había motivos para la primera gran guerra y sin embargo se desató. Todo lo que siguió fue el siglo XX, trágico, desmesurado.

Stefan Zweig no alcanza a recordar cuándo ni cómo oyó por primera vez el nombre de Hitler, ese nombre que se volvió ubicuo. Su memoria lo lleva a Salzburgo, su hogar por aquellos años veinte, y a los comentarios cada vez más frecuentes sobre un agitador que instigaba contra la república y los judíos. Cada vez tenía más seguidores: «Crecientes pelotones de muchachitos con botas altas y camisas pardas». Algo de la escenografía le recuerda lo visto en Italia hace un tiempo, anticipa lo que verá en España. El ascenso de Hitler fue imparable y empezaron las persecuciones.

Hambrientos, andrajosos, trastornados; con ellos había empezado la fuga a causa del miedo pánico ante lo inhumano, que luego se extendería por toda la Tierra. Cuando miraba a esos expulsados, sin embargo, yo todavía no intuía que sus pálidos rostros preanunciaban mi propio destino.

En pocas semanas Stefan Zweig tuvo que despojarse de la fe en la humanidad que había desarrollado a lo largo de cincuenta años. El tiempo que vivió su muerte fue como desterrado.

***

Stefan Zweig pertenecía a un grupo que no era tal. Se trataba de millones de personas que huían de la muerte buscando refugio en algún lugar, cualquier lugar, donde los aceptaran. Millones de judíos europeos no fueron desterrados por un castigo divino o uno autoimpuesto, tampoco por una sentencia legal, no fueron expulsados por motivos políticos ni por razones religiosas. No había culpa, razón ni sentido.

Los expulsaban de sus tierras y no les daban ninguna otra. Les decían «no vivan con nosotros», pero no les decían dónde vivir. Y con ojos ardientes se miraban entre sí durante la fuga, preguntando: «Por qué yo? ¿Por qué tú? ¿Por qué yo contigo, a quien no conozco, cuyo idioma no comprendo, cuyo modo de pensar no entiendo, al que nada me liga? ¿Por qué todos nosotros? Y nadie tenía una respuesta.


Cuando follar significaba no tener que decir «lo siento»

Love Story. Imagen: Paramount Pictures. follar
Love Story. Imagen: Paramount Pictures. follar

Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº 5 Especial Libertinaje.

No escribo esto desde la nostalgia. Cuando se ha tenido, en su debido momento, lo que se quería tener —placer y deber: porque un humano no es completo sin las dos caras de Jano—, la nostalgia constituye una asquerosa pérdida de tiempo.

Pero tanto como me molestan los viejos crápulas, más o menos de mi generación —un poco menos, casi siempre—, que presumen de un hígado cirrótico y desafiante, tanto como me crispa semejante actitud a lo Bogart de medio pelo, me ponen frenética esos momentos de ajuste de cuentas con el pasado que, con frecuencia, encuentro en algunas series de televisión estadounidenses. No me refiero a las soberbias —Los Soprano, The Wire y algunas otras—, de las que tan bien se escribe en estas páginas. Hablo de las producciones post-Reagan (que alargan su mensaje hasta nuestros días), de gran consumo, creadas para familiarizar al público con dos ideas brutales pero eficaces: que la pena de muerte es buena y que los 70 fueron una puñetera mierda.

De pronto la inspectora, que lleva el escote abierto hasta el anochecer y las tetas subidas hasta la barbilla, toda ella bótox y colágeno, le dice a su compañero, ese buen padre desgarrado que no soporta tanto vicio y crimen como ve (por ejemplo, en Ley y Orden): «El violador se crio en casas de acogida, fruto de una unión… ejem, esto, de los 70». «Vaya por Dios», viene a replicar él, con expresión de entendido. «Qué años tan espantosos». Y ahí queda eso.

Porque para este flojo, puritano, cruelmente virtuoso e interesadamente represor mundo en el que vivimos, todos aquellos que fuimos jóvenes en la década de los 70 terminamos formando parte de la familia Manson y asesinando a Sharon Tate y convidados. Como si entre los alucinados trippies de los insanos —y no pocas muertes por heroína de cachorros de grandes familias— no hubiera existido una deliciosa libertad cotidiana e íntima, de clase media, que no considerábamos libertinaje (aunque así lo bautizaban los curas y otras gentes de bien), sino mera y llanamente el ejercicio del derecho a la felicidad y follar.

«Polvo que no echas, polvo que se te escapa», solíamos decir y hacer. Ahora miro los anuncios de támpax suaves para que él no se sienta incómodo, o de compresas cool para que a ellas no les huela el reclamo sexual, escucho conversaciones entre jóvenes machos sobre el dolor que produce la operación de fimosis, y alucino en colores que la amiga LucySD nunca utilizó, por su sosería. ¿En qué momento el sexo se convirtió en algo peligroso? ¿Fue a raíz de la plaga o del miedo al compromiso? ¿O de ambas cosas a la vez?

Los años 70 fueron tan magníficos que empezaron antes, en los últimos 60, y terminaron después, en los 80, el día en que enterramos a Tierno Galván en el sector laico del cementerio de la Almudena e iban los líderes del PSOE detrás del féretro, encabezando la comitiva fúnebre, lívidos de envidia, pues los chavales mensajeros, con sus motos, le hicieron escolta voluntaria al hombre que había devuelto a Madrid la alegría y el orgullo urbanos, y la juerga. En la cara de Alfonso Guerra se podía ver que todo aquello nos lo iban a hacer pagar. 

Mientras tanto, en Barcelona —que fue en donde florecí al mal—, el pujolismo imponía el tedio comarcal. Lo hacía a base de martirilogio y folclore autóctono, algo que, por cierto y contra lo que se diga, el Caudillo nunca prohibió, porque no era imbécil y sabía de su inocuidad.

Precisamente mis primeros escarceos se produjeron en las noches de las Ramblas, con el Paco vivo y nosotros todavía más, lúcidos, sabedores de que solo en lo privado podíamos imponer nuestra ley. Chicas perfectamente decentes nos buscábamos la vida con chicos perfectamente razonables. O no. También podíamos dragar las calles en busca de exóticos o de marines, ya que, en Barcelona, la VI Flota no siempre repartía sus favores entre las profesionales. Se producían idilios de un sola madrugada en la pista del Jazz Colon o en la barra del Kit Kat, o en los sofás del Big Ben, y una escalera en el sótano de un bar bien podía facilitar una postura antinatura ejecutada a la salud de la Santa Madre Iglesia y del que todavía iba bajo palio.

Por nuestra cuenta, las mujeres nos habíamos hecho con la píldora anticonceptiva, y nuestros hombres se habían deshecho del condón. Además, ellos practicaban en verano con las suecas y alemanas que venían a la Costa Brava —doy gracias porque la RDA no dejara salir a Angela Merkell— y, el resto del año, nos favorecían con sus hallazgos. Nosotras no nos quedábamos preñadas para atraparles, aunque a veces nos tentara hacerlo con su mejor amigo, y a ellos con nuestra mejor hermana, pero la sangre nunca llegaba al río, porque no había otra sangre que la de las venas, bullendo en nuestra juventud.

Y todos odiábamos Love Story. Quienes hemos llegado hasta hoy sin nostalgia y también sin arrepentimiento la seguimos odiando, así como 50 sombras de Grey y cualquier otro apósito térmico de la sexualidad.

Llamadlo libertinaje, si queréis. Yo lo llamo felicidad.


Las rutas de vikingos y piratas en las aguas de Baleares

vikingos y piratas en las aguas de Baleares

Cuando hablamos de las aguas de Baleares pensamos en puestas de sol, turistas y música chill out, pero estas islas mediterráneas fueron testigos de batallas navales que hoy serían la envidia de Juego de Tronos. Uno de los bravos guerreros que pasó por aquí fue el rey Sigurd I de Noruega. Iba de camino a Jerusalén en las cruzadas. Según relató el historiador Gary B. Doxey, salió de Noruega con sesenta barcos, hizo escala en Inglaterra, siguió por la costa francesa y pasó el invierno en Santiago de Compostela. A su estilo, saquearon ciudades gallegas y, en Portugal, ocuparon el castillo de Sintra, llevaron a cabo saqueos en Lisboa, se enfrentaron a sarracenos y musulmanes en el estrecho hasta plantarse en Baleares, la región, ahora comunidad autónoma, con la costa más extensa de España.

La primera isla a la que llegaron fue Formentera. Según las sagas vikingas, en aquel momento era un nido de piratas sarracenos, que tenían sus tesoros ocultos en cuevas en lo alto de acantilados. Los vikingos fueron para allá directos, pero no pudieron acercarse hasta la entrada de la cueva. Parece que, en ese momento, los piratas se burlaron de ellos y les mostraron ofensivamente las riquezas que tenían acumuladas. Sin embargo, los vikingos se las arreglaron para introducirse tierra adentro y les obligaron a retirarse y esconderse en la cueva. Hicieron una hoguera en la entrada y quemaron o asfixiaron a todos los que estaban dentro. Se dice que este botín fue el más importante de todo su viaje. Es más, este episodio en Formentera es de los más detallados en las sagas.

El problema es que los arqueólogos no han logrado ni siquiera suponer cuál podría haber sido esa cueva. Quizá podría ser el barranco de Torrent del Gat, en la parte Norte de La Mola, el punto más alto de Formentera. Otra hipótesis es la Cova des Fum, que podría deber su nombre a ese episodio. En ella ya se encontraron vestigios de la Edad del Bronce.

Las sagas continúan con el rey Sigurd cogiendo su embarcación y navegando hasta Ibiza. Allí, de nuevo, se produjo un asalto. Después, de camino a Menorca, hizo otro. Los historiadores explican que los vikingos utilizaban Baleares como punto para recoger suministros, pero se estaban haciendo con ellos a su manera. Sin embargo, después de Menorca, la travesía ya no fue tan plácida. Mallorca estaba fortificada y estaba muy poblada. De modo que siguieron hacia Sicilia, donde se instalaron por un periodo prolongado esperando a que hubiera condiciones óptimas para su viaje hasta Tierra Santa. Antes de Sigurd, según el historiador Pedro Xamena Fiol, una escuadra vikinga había atacado Baleares en 859 hasta el punto de despoblarla por completo.

La travesía de Sigurd aparece luego presente en la documentación que ilustra las cruzadas pisanas contra las ciudades musulmanas. Las flotas estuvieron formadas también por escuadras catalanas, además de fuerzas que procedían de territorios que habían sufrido las consecuencias de tener las Baleares llenas de refugios de piratas. Los pisanos cesaron en sus ataques tras un cambio de estrategia, prefirieron relacionarse con los musulmanes mediante la diplomacia y los acuerdos, pero los catalanes, tras conquistas y reconquistas, lograron hacerse con el dominio de las Baleares.

Esto nos lleva a uno de los más hermosos tesoros que tienen las costas baleares, las fortalezas ibicencas. Después de siglos de conflictos que implicaban a vikingos, norteafricanos, ibéricos e italianos, se construyeron unas torres de vigilancia por todo el litoral de Ibiza para proteger la isla de los ataques de piratas no solo africanos, también los anglosajones.

Una de las más antiguas y más grande es la Torre des Carregador, levantada para proteger a los trabajadores de las salinas, siempre amenazados por los corsarios. En ella podían protegerse entre ciento cincuenta y doscientas personas. Está rodeada de aguas cristalinas y transparentes en la ruta de los islotes que va a parar a Formentera. Sin duda, la que tiene el paisaje más espectacular tanto desde el mar como desde lo alto es la Torre des Savinar, que también es conocida como la Torre del Pirata. Está en mitad de la Reserva Natural de Cala d’Hort.

Actualmente, se pueden recorrer todas en barcos de alquiler. Por ejemplo, la Torre de Ses Portes tiene un pequeño varadero a pocos metros y se encuentra entre dos playas, Ses Salines y Es Cavallet, y un parque natural.

Como en la escena de las almenaras de El retorno del rey, los vigías de estas torres encendían hogueras para avisar a la antigua población ibicenca de que se acercaban piratas. Ahora su acceso es restringido, muchas pertenecen a familias locales o hay que pedir permiso para concertar una cita y visitarlos. Sin embargo, siempre se pueden divisar desde el mar, por ejemplo, alquilando un catamarán, reviviendo la experiencia de tantos pueblos y culturas tan diferentes que se dieron cita en estas aguas, ahora paradisiacas.


Dulag-205: o el infierno o el infierno

Dulag-205:
Prisioneros de guerra soviéticos en un campo alemán. (DP)

Aunque la II Guerra Mundial, desde el punto de vista histórico, esté trillada y perfectamente explicada y queden pocos flecos por resolver, todavía hay algunas zonas oscuras en lo relativo a los archivos sobre la represión de la Unión Soviética. Si bien algunos, como los de la República Democrática Alemana han tenido amplio acceso, y en otros, como en los de Georgia y Ucrania, se aprobaron leyes en la década pasada para permitir abrirlos, queda la parte del león, que es el que estaba en Moscú. Los de NKVD, KGB y justicia militar tienen un acceso muy restringido, especialmente a investigadores occidentales. 

Esa niebla nos la encontramos en un episodio de la batalla de Stalingrado, el campo de concentración Dulag-205. La información más detallada sobre ese centro la aportó en inglés Frank Ellis, profesor de la Universidad de Leeds y prejubilado por una serie de declaraciones y artículos en torno al racismo (denunció movimientos antiblancos y se mostró de acuerdo con que hay diferencias intelectuales según el color de la piel). En su investigación, consideró el caso de este campo como una de las principales cuestiones sin resolver de la citada batalla. Quizá porque se refiera a uno de los aspectos más polémicos: los hiwis. Con este calificativo, abreviatura de hilfswillige, los alemanes se referían a los prisioneros soviéticos que se convertían en colaboracionistas de las SS y prestaban servicio junto a las fuerzas alemanas en las zonas ocupadas de la URSS. 

A veces, convertirse en un hiwi estaba motivado por el deseo de supervivencia tras caer en manos de los nazis, en otras venía precedido de una deserción del Ejército Rojo. Está documentado que el trato que se daba en sus filas a los soldados podía ser tan extremadamente cruel como el del enemigo, especialmente en frentes con necesidades tan acuciantes como Stalingrado, y muchos preferían intentar pasarse al enemigo que seguir bajo sus mandos. En principio, las instrucciones de Hitler eran no aceptar la ayuda de estos desertores, pero luego se les incorporó por razones pragmáticas. De hecho, después de la batalla del Kursk, cuando Himmler formó el Ejército Ruso de Liberación, en él se alistaron fundamentalmente hiwis

El profesor Ellis consultó los archivos del IV Ejército alemán y cifró el número de estos voluntarios soviéticos en la Wehrmacht en unos treinta mil. Al final de la guerra, aunque cayeran en manos estadounidenses, inglesas o francesas, eran entregados a la URSS donde la mayoría fueron ejecutados sumariamente o enviados al gulag por traidores después de severos interrogatorios del NKVD o la SMERSH, una unidad especial de contrainteligencia que se encargó de filtrar a los soldados recuperados de los campos de concentración nazis. Muy pocos lograron eludir este destino ocultando su nacionalidad o fingiendo otra para evitar la deportación. 

Todo esto está documentado, sin embargo, el punto oscuro al que nos referimos está en aquellos soldados soviéticos atrapados por los alemanes, pero a los que la inteligencia nazi consideró «poco confiables» o todavía con lealtades al régimen soviético como para convertirse en hiwis. Estos son los que fueron a parar al Dulag-205. Un campo que se convirtió en uno de los descubrimientos más espeluznantes que realizó el Ejército Rojo cuando inició su contraofensiva hasta Berlín. Los propios oficiales responsables del lugar, cuando fueron interrogados, pusieron de manifiesto la existencia de un régimen criminal de hambre, palizas y trabajos forzados impuestos a estos prisioneros, pero es un campo de exterminio olvidado. Las conclusiones de la investigación de Ellis, precisamente, se fundamentaron en las confesiones de estos oficiales alemanes. 

En El III Reich en guerra (Península, 2017) de Richard J. Evans, hay extractos del diario de Nikolai Moskvin, un comisario político soviético que, oculto en los bosques al perder su unidad, se encontró con un grupo de soldados del Ejército Rojo que habían logrado escapar de un campo de prisioneros alemán. Todos los soldados soviéticos tenían miedo a que les atraparan los nazis y no dejaban de imaginarse cómo sería ser su prisioneros, pero estos prófugos le dijeron: «La realidad es peor de cuanto nadie pudiera imaginarse». A otro testigo, Zygmunt Klukowski, de la resistencia polaca, le quedó claro cómo era el trato que recibían ya en octubre del 41 cuando se cruzó con una columna de quince mil prisioneros soviéticos: 

Todos parecían esqueletos, no más que sombras de seres humanos avanzando a duras penas. En mi vida había visto nada igual. Los hombres se desplomaban por las calles; los más fuertes tiraban de otros sosteniéndolos del brazo. Parecían animales hambrientos, no personas. Se peleaban por unos restos de manzana en la cuneta sin prestar atención a los alemanes, que les pegaban con porras de goma. Algunos se santiguaban y arrodillaban implorando comida. Los soldados encargados de la vigilancia les pegaban sin compasión. No solo golpeaban a los prisioneros, sino también a la gente que al pasar por allí intentara darles algo de comida. Tras el paso de la macabra unidad, algunos carros tirados por caballos transportaban a prisioneros incapaces de caminar.

De hecho, la mayoría murió antes de ingresar en los campos. Según los informes alemanes, entre el veinticinco y el setenta por ciento de los prisioneros fallecía durante el traslado. Los campos no eran mejores. Muchos simplemente eran espacios abiertos en mitad de la nada rodeados con una alambrada. No tenían ningún saneamiento y nadie se había preocupado del suministro de agua, alimentos o medicinas.

La palabra Dulag deriva de Durchgangslager, campo de tránsito. El Dulag-205 fue levantado a quinientos metros del pueblo Alekseevka, en el distrito de Stalingrado, por unidades Eixsatzgruppen (escuadrones de ejecución itinerantes) y de las SS, las encargadas de la lucha antipartisana. Desde el primer día, este centro fue una colonia de castigo, los prisioneros soviéticos nunca recibieron el trato de los angloamericanos. Y he aquí la cuestión. Uno de los motivos era porque no gozaban de ninguna protección legal ni apoyo de los diplomáticos soviéticos. Una vez capturados por los alemanes, también eran abandonados por la URSS. 

Eso es lo que nos lleva a plantearnos el dilema que tuvo que pasarle por la mente a estos prisioneros. Aunque hubieran desertado o sido capturados por los alemanes, una vez en este campo, donde solo les esperaba morir de hambre, frío o agotamiento, si lograban escapar, no tenían dónde ir. La SMERSH tenía en su documento fundacional la misión de filtrarles. De entrada, todos eran sospechosos. Al menos, hasta que se les pudiera interrogar satisfactoriamente, se daba por hecho que habían sido captados por la inteligencia alemana o tenían algo que ocultar. Lo cual es normal en una guerra, pero el contexto general iba en su contra más de lo razonable. Hubo dos órdenes de Stalin que resultaron capitales en toda esta cuestión. La 270 del 16 de agosto de 1941 y la 227 del 28 de julio de 1942, tras la caída de Rostov, que coincidían con el lema Ni shagu nazad (ni un paso atrás), es decir, se exigía la ejecución sumaria de los que hicieran cundir el pánico, desertores y, lo más grave, unidades en retirada. En estas dos últimas categorías entraba todo prisionero.

Las situaciones que se le planteaban a aquellos soldaos eran muchas veces dilemas entre muerte o muerte, infierno o infierno. Así lo pinta John Hellbeck en Stalingrado: La ciudad que derrotó al Tercer Reich (Galaxia Gutenberg, 2018)

La inexperiencia de los reclutas conducía a retiradas a consecuencia del pánico, especialmente durante los primeros meses de la guerra, lo que llevó a los comandantes soviéticos a tomar medidas drásticas. Siguiendo un método aplicado durante la guerra civil y de nuevo en la Guerra de Invierno, desplegaron escuadrones de bloqueo con la orden de disparar a los soldados renuentes al combate a los que no se podía convencer de otra manera. La orden n.º 270, emitida por Stalin en agosto de 1941, declaraba a cada soldado rojo que fuera capturado vivo traidor a su país. Los miembros de la familia de los soldados prisioneros veían recortadas sus prestaciones; las esposas de los oficiales cautivos a menudo eran enviadas a campos de trabajo.

El 31 de enero de 1943, el Ejército Rojo se encontró a todos estos prisioneros salidos de la batalla de Stalingrado, o sus restos, en el aludido campo. Inmediatamente, capturó a los responsables del Dulag-205: el coronel Rudolf Körpert, comandante adjunto del campo, Hauptmann Carl Frister, su ayudante Otto Mäder, el oficial encargado de los trabajos Hauptmann Kurt Wohlfarth, el jefe de seguridad del campamento, Rotmeister Fritz Müsenthin, y el responsable de la construcción del campo, Hauptmann Richard Seidlitz. Se calcula que bajo su custodia murieron tres mil soldados soviéticos. En los documentos de su arresto, decía: «Durante un largo periodo de tiempo, a los prisioneros militares soviéticos ubicados en el Dulag-205 no se les dio alimento ninguno, lo que obligó a los presos a comerse los cadáveres de sus compañeros». 

Dentro del campo, los internos dormían en barracones subterráneos de sesenta por tres metros. Metieron ciento cincuenta en cada uno. En diciembre de 1942, las instalaciones, concebidas para albergar a mil doscientos reclusos, ya tenían tres mil cuatrocientos. Körpert reconoció que desde esa fecha empezaron a escasear las raciones y se desencadenó «una verdadera hambruna». La tasa de mortalidad por inanición fue de cincuenta prisioneros por día. En este mismo interrogatorio, el coronel también admitió que controlaban a los presos a tiros y con perros. El interrogador soviético preguntó: «¿Qué párrafo de la Convención de Ginebra prevé el método de “establecer el orden” entre prisioneros militares hambrientos con ayuda de perros?». En general, los internos testimoniaron tratos de extraordinaria brutalidad y el canibalismo fue confirmado por todos los que sobrevivieron. Había casos concretos como el de un interno que pidió permiso a un soldado alemán para hacer sus necesidades y, cuando se puso en cuclillas, el otro aprovechó para volarle la cabeza de un disparo. Se disparaba a los prisioneros bajo cualquier pretexto. Según citas literales de estos interrogatorios: 

En todas las circunstancias, los alemanes disparaban a los prisioneros sin ninguna advertencia. Todos los días disparaban a personas por haberse retrasado en el trabajo o a la vuelta, a veces era por romper filas (…) Cuando fuimos conducidos desde el campamento de Alekseevka hasta la aldea de Karpovka, varios oficiales alemanes mataron a tiros a unos prisioneros porque, mientras trabajábamos, fuimos bombardeados por tropas soviéticas y varios reclusos se pusieron a cubierto. Cuando cesó el ataque, salieron de sus trincheras y les dispararon en el acto. Otros tres prisioneros fueron fusilados trabajando en el vertedero por fumar.

En el campo, los prisioneros eran alimentados con carne de caballo, independientemente del estado de la carne (…) apenas se daba agua a los prisioneros (…) en los refugios no podíamos descansar, dormíamos de pie y sentados. No había espacio para todos. Había muchos piojos en los refugios, como resultado de las mordeduras, los prisioneros tenían costras y heridas por el cuerpo. No había duchas, en los cinco meses que estuve en el campo no me lavé ni una sola vez. En estas condiciones inhumanas, morían entre diez y quince personas cada día, y a finales de diciembre y principios de enero del 43, la tasa era de entre veinte y treinta, por hambre, frío, degradación y crueldad.

En noviembre de 1942, mientras trabajaba en una carretera que conducía a Gumrak, a tres kilómetros del campo, un grupo de prisioneros de aproximadamente cincuenta o sesenta estaba nivelando y despejando el camino. Uno, cuyo nombre no conozco, cayó colapsado por el cansancio y agotamiento, ya no podía más. El guardia trató de obligarle a ponerse en pie, pero no se podía levantar. Entonces le ametralló y ordenó que lo enterraran a un costado de la carretera.

Otros centros de detención fueron igualmente crueles, como el de Lipovsky, del que existe el testimonio de Vasili Petrovich Projvatilov, secretario del PCUS en Stalingrado: 

Los aldeanos se sentían particularmente indignados por el campo de prisioneros de guerra. En Lipovsky hay una granja de cerdos junto a un pequeño río. Casi todas las granjas habían ardido. La granja de cabras, la de ovejas y la de cerdos eran las únicas que quedaban en pie, y las habían rodeado con una alambrada de púas y utilizado para albergar a los prisioneros de guerra. Les alimentaban con paja de centeno. El día antes de que yo llegara había habido un entierro. Veintitrés oficiales rusos tenían los pies congelados. Los alemanes no podían llevárselos y les cubrieron con paja en una pocilga y les prendieron fuego.

Y en Polonia: 

Estaba compuesto por doce bloques en cada uno de los cuales se alojaban entre mil quinientos y dos mil prisioneros. Los guardias alemanes utilizaban a los presos para hacer prácticas de tiro, y les lanzaban sus perros cruzándose apuestas a propósito de qué perro provocaría las heridas más terribles. Los prisioneros estaban famélicos. Cuando uno de ellos moría, los otros se arrojaban sobre el cadáver y lo devoraban.

Sobre el canibalismo, paradójicamente, el testimonio más aclaratorio fue el del propio Körpert. Explicó que el 15 de diciembre de 1942 aparecieron cadáveres a los que les faltaban partes del cuerpo que habían sido seccionadas, sobre todo el corazón, el hígado, pulmones y las mejillas, a otros se les había abierto el cráneo y extraído el cerebro. No fue un caso aislado, estos episodios fueron cada vez más frecuentes hasta hacerse cotidianos. En las declaraciones del Ejército Rojo también figuraba el hallazgo de cadáveres en estas condiciones. 

Dulag-205:
DP.

El problema de esos supervivientes es que también, como se ha explicado, eran sospechosos a ojos de sus compatriotas. En sus interrogatorios no solo se intentó reunir pruebas contra Körpert y sus oficiales, también se indagó en las condiciones en las que los prisioneros habían sido atrapados. Sin embargo, por mucho que los soviéticos invocaran los acuerdos internacionales, la URSS se había adherido a la convención para aliviar la suerte de los heridos y enfermos de los ejércitos en campaña, del 26 de marzo de 1932, pero no a la convención sobre el tratamiento de los prisioneros de guerra. De hecho, ese fue el argumento que emplearon los nazis para eximirse de la responsabilidad. Ellis considera que la negativa de Stalin a ratificar los convenios internacionales sobre trato de prisioneros si sirvió para algo fue para aumentar la animosidad de los alemanes hacia ellos. Si a las autoridades soviéticas no les importaban las condiciones en las que se encontraban sus prisioneros, difícilmente eso le iba a importar a los nazis. En total, se estima que de 5,7 millones de prisioneros soviéticos en manos alemanas, murieron 3,3.

En 1944, durante el juicio a la plana mayor del Dulag-205, los subordinados de Körpert intentaron salvarse aludiendo la obediencia debida. Seidlitz incluso llegó a decir que su opinión no era tenida en cuenta. Mäder fue más allá y le echó la culpa a Von Paulus, se consideraba también una víctima por haber sido destinado a ese campo y haber tenido que presenciar con gran «tormento espiritual» la condición de los prisioneros soviéticos. Todos fueron condenados y ejecutados el 13 de octubre de 1944. En la sentencia del tribunal no había ninguna referencia a la violación de los convenios internacionales. Para Ellis, eso permite especular sobre su conocimiento de que no habían sido ratificados por la URSS. Obviamente, en su bando la situación había sido similar. Según las cifras de Jochen Hellbeck, en julio de 1943, tres cuartas partes del total de prisioneros alemanes en manos soviéticas había muerto. 

La suerte de los soldados liberados durante la guerra fue desigual. A algunos se les dio uso inmediato enviándolos al frente. Tras un breve interrogatorio, se les informaba que haber caído prisioneros era un crimen cuyo castigo legal era la pena capital. Sin embargo, se les dejó la posibilidad de redimirse en primera línea. Según el comandante Alexander Georgievich Yegorov: «Les decíamos “la única forma en que puedes darle la vuelta a esta situación es con tu propia sangre”. Entonces empuñaban sus armas con gran alegría, y nosotros les advertíamos de que al mínimo indicio de pánico, de cobardía, o de intento de rendirse, aunque solo fuera por parte de uno o dos de ellos, tendría como consecuencia que los fusiláramos a todos. A veces conseguimos grandes cosas de ellos». 

Los alemanes también acabaron pensando pragmáticamente. Llegado un momento, empezaron a alimentar a estos prisioneros con el fin de que sirvieran para realizar trabajos forzados o en fábricas. El problema es que, tras la contienda, nada mejoró. Los que habían sido hechos prisioneros, bajo las leyes soviéticas, eran traidores y sufrieron una fuerte represión. De entrada, la mayoría fueron al gulag. Tras la muerte de Stalin, el propio mariscal Georgi Zhukov intentó que dejaran de estar discriminados, pero no lo consiguió. Formalmente, no fueron rehabilitados hasta 1994.


Los inicios de Javier Marías (y 2): la vanguardia como forma de antifranquismo

Javier Marías Fotografía Gonzalo Merat 2
Javier Marías. Fotografía: Gonzalo Merat.

(Viene de la primera parte)

La insatisfacción de Javier Marías ante el estado de la literatura española heredera de las condiciones de la posguerra, lo había inducido a buscar sus referentes y modelos en las tradiciones literarias extranjeras (sobre todo la de lengua inglesa, entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta emprendería traducciones de autores difíciles de esa tradición como Laurence Sterne, Joseph Conrad o sir Thomas Browne) y en un autor español contemporáneo como Juan Benet, quien además compartía con él la visión negativa del realismo y el costumbrismo españoles.

Dentro de este panorama, Benet, a través de su magisterio personal, fue una figura trascendental en la formación de Javier Marías como escritor. Y, en un sentido más amplio, tuvo un enorme efecto revulsivo en la literatura española de la época. Porque el ejemplo que pragmáticamente representaba la obra de Benet conectaba con unas ansias de renovación generacionales que pretendían dejar atrás los presupuestos políticos y estéticos que habían sido dominantes en el campo literario del franquismo. Benet fue muy contundente y supo argumentar con brillantez su desdén hacia muchas de esas propuestas literarias dictadas por el antifranquismo, demasiado dependientes de la coyuntura sociopolítica y que, además, a su entender, carecían del necesario empaque literario (esa fue la tesis fundamental que expuso en su imprescindible ensayo La inspiración y el estilo, y sobre la que volvió una vez y otra en sus escritos sobre literatura a lo largo de su vida). 

El rechazo de cierta estética realista, que es uno de los nexos de unión más evidentes entre los dos novelistas, lo hará también suyo Javier Marías, un realismo asociado a la novela de costumbres y, en particular, al tipismo español, lo que Marías parece englobar también en el concepto de «novela castiza», lo mismo que el rechazo del «didactismo», o moralismo, en literatura, es decir, la transmisión de un mensaje con ínfulas moralizantes, que es la idea motriz que regirá el proyecto de los irónicos «cuentos didácticos» firmados junto a Azúa y Molina-Foix. Por el contrario, creo que con la obra primera de Javier Marías, se volvía a poner el énfasis en lo puramente literario y se estaba volviendo a legitimar en los años setenta, la idea de una vanguardia artística: al lector se le pedía que activase unos nuevos mecanismos de lectura, una manera distinta de acercarse a la literatura; un lector que no era aún entonces demasiado numeroso en España, pero cuyo perfil prefiguraba el del lector español de la democracia. 

Todo este despliegue inicial, visto con la suficiente perspectiva y tomado en su conjunto, consiente que se establezca un paralelismo con «el ideal de tabula rasa» que el estudioso del arte de vanguardia Renato Poggioli identificó como una fase inicial por la que atraviesan los movimientos de vanguardia: es decir, una actitud de beligerancia ante la autoridad de la tradición del pasado. Dicho en otras palabras, que uno de los principales elementos constitutivos del espíritu del arte de vanguardia es esa actitud de antagonismo polémico frente a aquello que lo precede en el campo artístico.

De la misma manera en que desde el romanticismo hasta las vanguardias históricas de los veinte y treinta del pasado siglo, el arco temporal durante el cual el arte se autonomiza y socializa al mismo tiempo, todas las manifestaciones artísticas organizadas se han articulado sobre la entidad dinámica del movimiento, un grupo social cohesionado de artistas, frente a lo estático de la tradición anterior al romanticismo, fundamentada en la escuela, el taller y el respeto a lo tradicional. Por esta razón, Poggioli vio también en el «mito romántico» del Zeitgeist, el espíritu del tiempo que los jóvenes artistas, de modo semiconsciente, se proponen encarnar, el principal elemento constitutivo de la actitud de vanguardia. Unos artistas lo bastante jóvenes y lo bastante recién llegados como para que su visión del arte no esté comprometida por las reglas determinadas para la mayoría de sus contemporáneos de más edad, que agrupan sus fuerzas para marcar el campo en la batalla por la legitimidad como una demostración de unidad ante las fuerzas de aquellos a quienes perciben como enemigos. Y a menudo, claro, son inflexibles e intransigentes, taxativos y contundentes en sus juicios negativos, y no muestran ni el menor rastro de voluntad de consenso.

En la irrupción de los escritores de la generación de Marías, vamos a encontrar todos esos elementos comúnmente asociados a la vanguardia: el activismo, la autopropaganda, el fuerte deseo de incidir socialmente en el medio literario. Síntomas todos ellos de esa actitud agonística, de enfrentamiento, iconoclasta, hasta nihilista, en el sentido de querer hacer esa tabula rasa de los valores del pasado. El vituperio del pasado reciente es evidente, en fin, que formó parte de sus enseñas más destacadas. Esta clase de rechazo radical es el que, por encima de otras consideraciones, cohesiona inicialmente a los grupos de vanguardia. En política, en el caso estudiado, ello conllevaba también el rechazo del régimen franquista y el campo cultural asociado a él, cosa que incluía asimismo la literatura social y comprometida del antifranquismo, lo que equivalía al rechazo de la España de Franco en su conjunto. El franquismo era aquello que lo deformaba y contaminaba todo, algo así como el pecado original de todo el estado de la cultura española de ese tiempo. 

Muchas de las tentativas primeras de esos escritores fueron simplificadas como «esteticistas», y «esteticismo» fue también una crítica habitual a las primeras novelas de Javier Marías, puesto que en tanto que novelas que parodian la forma del relato de aventuras eran autorreferenciales (y se correspondían bastante cabalmente con el eclecticismo culturalista e irónico de los «novísimos» en el ámbito de la poesía; por supuesto, un tratamiento pleno de la cuestión nos llevaría a ocuparnos de las reales diferencias entre ellos, pero lo que aquí más me interesa es destacar sus semejanzas) y por ello conllevaban un enfoque distinto al del realismo sobre la forma literaria y, por ende, sobre el lenguaje como manifestación primordial de la cultura. Y, por eso, precisamente, no es menos cierto que ese llamado «esteticismo» vehicula por igual las ansias de transformación social, de crear un campo literario nuevo en un país nuevo, e impensado por la cultura de la oposición a la dictadura y su ética de resistencia al franquismo.

Marías ya había dejado atrás el paradigma propio de la cultura que dominó el campo literario español de la dictadura a partir de los años cincuenta, sustentada en la lucha contra el régimen mediante la praxis literaria como medio de circundar la censura. El suyo era un nuevo enfoque, propio de los campos literarios de los países democráticos, y podría resumirse parafraseando las palabras de Félix de Azúa en su poética de Nueve novísimos: juzgar la literatura desde la literatura, y no desde la tribuna electoral. Para llegar a él era necesario negar radicalmente el paradigma anterior. El propio Javier Marías escribiría en Desde una novela no necesariamente castiza que la novela del realismo comprometido manifestaba tácitamente una desconfianza hacia «”lo puramente novelesco”, como si ese género en efecto híbrido precisara, para su existencia y práctica, de alguna justificación externa que lo redimiera de su inanidad y frivolidad. La novela social […] de aquellos decenios era […] el fiel reflejo de la indigencia intelectual que vivía la España de Franco».

Esta aparición puede verse como un acontecimiento disruptivo que derriba la anterior concepción de lo artístico, aunque no siempre sea fácil poder trazar una línea que marca un límite preciso entre el «antes» y el «ahora». Este complejo proceso de renovación, restitución o reconstrucción de la lógica literaria interrumpida por la guerra civil, las circunstancias de la posguerra y la dictadura, puede esclarecerse mediante la analogía de la aplicación al campo artístico del concepto psicoanalítico de la «acción diferida», de modo parecido a como lo ha aplicado el crítico de arte Hal Foster para explicar la lógica interna de las vanguardias históricas y la neovanguardia de finales del siglo XX en las artes plásticas y visuales. Así, apoyándose en las ideas de Freud y Lacan, de quienes toma el concepto a propósito de la configuración de la personalidad individual, Foster, en El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo, escribe que «la subjetividad no queda nunca establecida de una vez por todas; está estructurada como una alternancia de anticipaciones y reconstrucciones de acontecimientos traumáticos […] un acontecimiento únicamente lo registra otro que lo recodifica; llegamos a ser quienes somos sólo por acción diferida (Nachträglichkeit)».

Foster utiliza así esta idea para dar cuenta de la imposibilidad de delimitar de manera clara y unívoca el paso de transición temporal entre las diferentes etapas de ese mismo continuo que es la modernidad artística; una modernidad que ya hacia 1859-1860 Baudelaire definía como «lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable».

Esta noción de la «acción diferida» que recodifica el pasado no solo nos sirve, al hilo de Foster, para explicar el funcionamiento asincrónico de la modernidad, o el modo en que las obras innovadoras son incorporadas a la tradición, una tradición que resultar ser así dinámica y no estática, según la define Poggioli, que así tradicionaliza y asimila en su propio engranaje la idea de «ruptura», como ya vio Harold Rosenberg en La tradición de lo nuevo y después Octavio Paz en Los hijos del limo, sino que puede emplearse para ilustrar igualmente la dificultad de periodizar con rigidez la mutación en España de la cultura del franquismo hacia la cultura de la democracia. Dicha cultura perteneciente al franquismo estaba fatalmente asociada a él e incluía la cultura del antifranquismo, y por eso la nueva generación debía reaccionar contra los presupuestos de esta última también. Acabar, en efecto, con la España de Franco; con la que está del lado de la dictadura y con la opositora también.

El recorrido lo habían iniciado algunos de los escritores de la generación del 50 y fue coronado por la siguiente generación, que, en su ejercicio literario, da muestras ya evidentes en los últimos años de la dictadura, de formar parte de una cultura democrática que anticipa a un público lector propio de sociedades desarrolladas y libres. Como también lo hace en su actitud pública al establecer una distancia nítida entre su labor de creador y su actitud como ciudadano (algo muy evidente en el caso de Javier Marías, que desarrollaría una importante labor articulística a partir de los años noventa). 

En suma, la labor de aquella generación consistió en una reincorporación de España a las corrientes estéticas internacionales, y una recuperación de la modernidad literaria de la que España había quedado aislada. En mi opinión, en este sentido, la obra de Marías se inscribe dentro de una corriente de normalización cultural, de reconstrucción de una lógica interna de la literatura española, que llevaba aparejada también de manera tácita la recuperación de una «razón» democrática (la expresión «reconstrucción de la razón democrática», es la acertada fórmula con que Vázquez Montalbán, en La literatura en la construcción de la ciudad democrática, describió lo sucedido en este periodo), unos cimientos democráticos que iban a terminar por emerger a la superficie una vez muerto el dictador.

Esta reconstrucción de la «razón democrática» conllevaba una recuperación de la modernidad literaria cercenada por la guerra civil y la represión y la autarquía del franquismo, y tuvo que pasar por un momento inicial de repudio de todo lo español. Como ha explicado Javier Marías, para él y para muchos de los escritores de su generación, la cultura del antifranquismo estaba también «manchada» por el régimen, y era en su estrechez de miras un signo más de la pobreza intelectual de la España de Franco. Por eso la rechazó, como rechazó la imagen oficial del país, su folcrorismo, una abstracción separada de los españoles y construida por la propaganda de la dictadura, y en este sentido la negación inicial de España es un rechazo de un nacionalismo con el que no se identificaba.

Como he tratado de explicar con estas líneas, esta acción inicial negadora del pasado inmediato se corresponde con la típica actitud vanguardista que estudiaba Renato Poggioli en el marco de las vanguardias históricas. En no escasa medida este relativo extrañamiento con respecto a la tradición nacional explica la duradera imagen pública de Javier Marías como autor extranjerizante, que lo ha acompañado durante mucho tiempo, y tal vez explica también algún malentendido más reciente relativo a su figura. 


Iconologemas: construcción/deconstrucción de los iconos culturales (y 3)

iconologemas 3 tarzan po

(Viene de la segunda parte)

Junto a los cinco grandes éxitos de la literatura del siglo XIX convertidos en iconos pop por el cine y la televisión del XX —Frankenstein, Pinocho, Alicia, Drácula y Sherlock Holmes—, cabe alinear en igualdad de condiciones, por lo que a la popularidad se refiere, a otros tantos nacidos en el primer tercio del siglo pasado: Peter Pan, Tarzán, King Kong, Superman y Mickey Mouse. Clara muestra del rápido avance de la cultura de la imagen, solo en los dos primeros casos los iconos tienen un origen literario, mientras que King Kong surgió y se desarrolló en el cine, Superman pasó del cómic al cine y la televisión, y Mickey, de los dibujos animados al cómic. 

Peter Pan

Si en el caso de Alicia las magistrales ilustraciones de John Tenniel le ganaron el pulso a Disney y en el de Pinocho se produjo un empate icónico entre la sobria versión de Enrico Mazzanti para la primera edición de la novela y la edulcorada marioneta disneyana, en el caso de Peter Pan se impuso claramente el icono creado para la versión en dibujos animados de 1953, y desde entonces, en el imaginario colectivo, el niño que no crece es un espigado muchachito de aspecto élfico con mallas verdes y gorro emplumado, una especie de Robin Hood adolescente que es su propia flecha voladora.

Algunas versiones cinematográficas con personajes reales —como Pan: viaje a Nunca Jamás (2015), de Joe Wright— intentan recuperar la imagen de las ilustraciones originales de F. D. Bedford, más acordes con las descripciones de la novela, donde se nos cuenta que Peter es un niño de diez años que viste un tosco traje hecho de materia vegetal. Pero el apuesto adolescente de Disney ha resultado ser un catalizador mucho más eficaz de las fantasías tanto infantiles como adultas, y tanto masculinas como femeninas.  

Tarzán

Desde el punto de vista iconográfico, Tarzán es, ante todo, un pretexto para mostrar a un héroe desnudo (o casi). Antes de la mal llamada «revolución sexual» de los años 60, los héroes positivos del cine iban decorosamente vestidos, y a ser posible con corbata, excepto en algún péplum protagonizado por el culturista de turno: el desnudo era cosa del pasado o del futuro. No solo las mujeres se quitaban la ropa únicamente cuando lo exigía el guion: para poder justificar la desnudez de un héroe contemporáneo había que asilvestrarlo, y las aventuras de Tarzán brindaron el argumento idóneo.

No es casual que el personaje creado por Edgar Rice Burroughs pasara casi inmediatamente de las novelas al cómic y al cine, pues la fuerza del personaje estribaba en su poderosa imagen de Hércules moderno, que pedía a gritos (nunca mejor dicho) hacerse visible. Tampoco es casual que la barroca versión tebeística de Burne Hogarth haya sido denominada «la Capilla Sixtina del cómic»; consciente o inconscientemente, quienes así la definen remiten, más que a la exuberancia formal del fresco, al musculoso Adán de Miguel Ángel, que bien podría haber protagonizado alguna de las innumerables versiones de Tarzán sin más que ponerse un taparrabos.

King Kong

El gorila gigante es el único1 gran icono pop exclusivamente cinematográfico, tanto en su origen como en su desarrollo. De hecho, la principal razón de sus sucesivas versiones hay que buscarla en el progresivo perfeccionamiento de los recursos cinematográficos necesarios para crear, contextualizar y mover con la máxima verosimilitud a la enorme criatura, en la que confluyen el ancestral arquetipo del gigante, presente en todas las mitologías, y el de la bestia humanoide. Dicho lo cual, no hay que olvidar (aunque no sea relevante por lo que respecta a la gestación del mito) que la magistral película de Cooper y Schoedsack se basó en los bocetos que encargaron a Willis O’Brien. Como he señalado en otro artículo2, O’Brian hizo algo más que bocetos: realizó toda una serie de minuciosos y fascinantes dibujos que por sí mismos sugerían un mundo y una historia, y que han sido comparados a las ilustraciones de Gustave Doré. Solo que O’Brien no ilustró una obra literaria, sino un sueño personal. O más bien uno de esos «grandes sueños» que los mal llamados salvajes se sentían compelidos a contar públicamente, al intuir que atañían a la colectividad tanto o más que al individuo.

Superman

Como icono, Superman representa la fusión de Tarzán con el príncipe azul de los cuentos maravillosos. Tanto en la pionera versión en cómic de Harold Foster como en la canónica de Burne Hogarth, algunas imágenes de Tarzán saltando de liana en liana anticipan el vuelo de Superman, cuyos creadores se inspiraron claramente en el hombre mono, tanto a nivel conceptual como gráfico. Y sin salir del universo Foster, encontramos en su Príncipe Valiente, versión artúrica del príncipe azul, los elementos icónicos a añadir al musculoso héroe: la capa roja y la túnica azul, con el blasón también rojo en el centro del pecho.

Al igual que Tarzán, el hombre de acero tiene que estar semidesnudo para lucir sus poderosos músculos en todo su esplendor; pero a la vez debe ir decentemente vestido para integrarse en el mundo moderno y civilizado. Y esta «fusión de contrarios» se consigue enfundando al superhéroe en unas ceñidas mallas (principescamente azules, naturalmente), tan ceñidas que obligan a complementarlas con un slip rojo a juego con la capa y las botas-calcetines.

La indumentaria ceñida se explica por sí sola, en este como en tantos otros casos, y también el chillón slip rojo que oculta y señala a la vez; pero ¿por qué la anacrónica y afuncional capa? Por una parte, la capa, sobre todo si es roja, es un símbolo de poder y majestad, y, por otra, es el complemento indispensable de la espada en todo un subgénero de novelas y películas de aventuras que no en vano se denominan precisamente «de capa y espada». La simbología de la espada no requiere muchas explicaciones: es el arma por antonomasia, instrumento primordial y emblema del guerrero; y la de la capa no es menos obvia: envuelve y oculta, a la vez que protege (a menudo, en cuentos y leyendas, otorga la invisibilidad). La espada es acción y la capa misterio, los dos ingredientes básicos de toda aventura.

Por último, pero no menos importante, no hay que olvidar la función ornamental de la capa y su elocuencia cinética: puede desplegarse como la cola del pavo real y ondear al viento como una bandera, magnificando y embelleciendo la figura de su portador. Y en el caso de Superman, a menudo cumple también una función vectorial: si en una viñeta lo vemos flotando cerca del suelo con la capa por encima de la cabeza, sabemos que el superhéroe volador está aterrizando.

Mickey Mouse

Una circunferencia de radio r y, tangentes a ella en sendos puntos separados por un arco de 90º, dos circunferencias de radio r/2. El resultado de esta sencilla construcción geométrica, uno de los iconos más universales y evocadores de nuestro tiempo, emblema de un personaje de cuya popularidad da idea el hecho de que sea reconocible incluso en su representación más esquemática (la potencia de una marca es inversamente proporcional a la mínima cantidad de información icónica necesaria para identificarla). 

Aunque hay dos versiones de Mickey, la cómica de los dibujos animados y la «seria» de las historietas, ambas se diferencian muy poco en lo que a la representación del rostro se refiere: es sobre todo la indumentaria y la actitud corporal lo que nos indica si estamos ante el Mickey cómico o el «serio», mientras que el rostro —tanto en los rasgos como en la expresión— permanece prácticamente inmutable, y llama la atención que una mayor complejidad narrativa no vaya acompañada de una mayor definición del personaje, ni a nivel conceptual ni icónico. En realidad, no sabemos quién es Mickey ni a qué se dedica cuando no está metido en algún lío: es una «función» —en el sentido de Propp— más que un personaje, como los protagonistas de los cuentos maravillosos, y por eso no nos sorprende verlo convertido en el sastrecillo valiente o el aprendiz de brujo, cual comodín narrativo encajable en cualquier historia que requiera un protagonista alegre y desenfadado, pero ejemplar.

Conclusión

La lista de iconos pop presentada en este y los dos artículos anteriores es fácilmente ampliable, pero difícilmente reducible. Todos y cada uno de los diez personajes elegidos ocupan un lugar muy alto y muy suyo en el santuario de los héroes —y antihéroes— modernos, y juntos ofrecen un panorama, si no completo, amplio y representativo de nuestra cultura de masas. A señalar que cinco de estos personajes —Frankenstein, Drácula, Tarzán, King Kong y Superman— destacan por su fuerza extraordinaria, a menudo convertida en violencia destructora, y solo uno —Sherlock Holmes—- por su excepcional inteligencia. Y solo una niña —Alicia— consigue colarse en un elenco casi exclusivamente masculino. La conclusión es tan clara como preocupante: vivimos inmersos en una cultura patriarcal, maniquea y violenta, en la que, también a nivel icónico, la fuerza prevalece sobre la razón.


Notas

(1) El único de los diez contemplados en esta serie de artículos, quiero decir. El cine ha generado numerosos iconos pop con escasa o ninguna colaboración de otros medios; aunque, seguramente, ninguno tan universal y duradero como King Kong.

(2) A cuatro de los personajes abordados en esta ocasión —Tarzán, King Kong, Superman y Mickey Mouse— les he dedicado sendos artículos en estas mismas páginas, por lo que, aunque ahora el enfoque sea eminentemente iconológico, es inevitable que incurra en algunas repeticiones.


Pepe Ribas: «La cultura es cómo vives, no cómo piensas»

Pepe Ribas

A Pepe Ribas (Barcelona, 1951) le brillan los ojos cual hombre de la pradera a la hora de habar de contracultura. No se ha tomado ningún ácido, que sepamos. Tan solo notamos que le fascina divagar sobre un período que vivió en primera persona y que luego se ha dedicado a estudiar con profesionalidad y ahínco. Como juez y parte, desde que publicara Los 70 a destajo, sus imprescindibles memorias, hasta el día de ayer, recién clausurada la magna exposición sobre contracultura catalana comisariada por él y Canti Casanovas, visitable durante los últimos meses en el Palau Robert de Barcelona, Ribas ha ido construyendo un relato detallado de cuanto aconteció al margen de los márgenes durante los últimos coletazos del franquismo y el cada vez más polarizante proceso de transición. 

La presentación en Sevilla del impresionante catálogo de la citada muestra -que podrá visitarse de nuevo en Madrid el próximo mes de octubre en el CentroCentro- nos ha dado la oportunidad de sentarnos con él para hablar largo y tendido sobre la aventura que fue el primer Ajoblanco y por todo aquello que nuestra historia viene queriendo que se entienda o no por contracultural. 

La contracultura en España, ¿crees que tuvo algún rasgo propio significativo o fue, como afirman algunos, una mera imitación de la extranjera?

El movimiento contracultural en España no fue para nada una copia del movimiento internacional, sobre todo porque nuestra contracultura estuvo sustentada en muchos aspectos por la cultura popular, que no existe tal cual en otros países. En España, además, especialmente en Andalucía y en las áreas mediterráneas, ya había un fuerte movimiento libertario a finales del siglo XIX, mucho antes de que hubiera nada parecido en Estados Unidos. Nuestra cultura popular y nuestro pasado libertario hicieron que la contracultura española fuera una contracultura totalmente diferente a la de los demás. ¿Crees que Ocaña copiaba a alguien? ¿Crees que Nazario lo único que hacía era imitar a Robert Crumb? ¿Se parece Ajoblanco a alguna revista contracultural francesa?

Dicho esto, sí creo que no debería hablarse en términos generales de contracultura española, pues hubo una contracultura catalana, una contracultura andaluza y poco más. En Madrid, por ejemplo, no hubo apenas contracultura, por una cuestión lógica además. Para que la contracultura surja es necesario que existan zonas liberadas, espacios de libertad, y en Madrid no los hubo sencillamente porque Madrid fue siempre una ciudad republicana, que fue burocratizada y represaliada por el franquismo cuando este tomó el poder. Barcelona, en contra, fue siempre una ciudad libertaria, «arrepublicana», podríamos decir, por lo que el franquismo la «premió» con más industria, lo que provocó que la ciudad desarrollara un tejido productivo propio independiente de lo oficial y con poquísimos funcionarios.

Cataluña se convirtió así en un lugar lleno de agujeros de libertad, no solo en Barcelona, también en Manresa, Reus, Mataró… Madrid y Barcelona eran mundos distintos. Cataluña, dada su alta pluralidad cultural y con un amplio tejido productivo independiente, comenzó entonces a reivindicar su propia cultura. Surgió así la nova cançó, surgieron los estructuralistas, surgió el clan Barral y a su alrededor se asentaron en Barcelona los grandes escritores latinoamericanos del momento, con los que podías hablar de tú a tú, no iban todavía de divos. Surgieron luego los Novísimos, que eran otro mundo, como lo eran también los de la Gauche Divine, pero eran en todo caso submundos que no existían en Madrid, donde lo más que te podías encontrar era a los de Fuerza Nueva o a los Guerrilleros de Cristo Rey atemorizando por todas partes. Por eso en Madrid hubo solo pequeños núcleos underground, no pudiendo desarrollarse una verdadera contracultura al no haber territorios liberados, mientras que en Barcelona había barrios enteros. En Sevilla también hubo en algún momento zonas liberadas, gracias a la cultura y a la música gitana, que fue siempre muy libertaria. Ahí tienes el caso de La Cuadra de Paco Lira. Un lugar así no hubiera podido existir en Madrid. 

Viviendo como vivía España bajo una dictadura, ¿no podría entenderse como contracultural cualquier transgresión cultural de la época?

No debería, pues fue precisamente en los territorios en los que había agujeros de libertad en los que se desarrolló esta contracultura propia. La contracultura significa por encima de todo vivir al margen, sea este el margen que sea, una dictadura como la española o una democracia como la estadounidense. Para poder vivir al margen necesita uno espacios abiertos donde poder socializar, donde poder gestar transformaciones, donde poder funcionar a través del trueque, que era nuestra moneda de cambio. El franquismo se vivía entonces sobre todo dentro de las casas, residía en las figuras paternas, y por eso nos quisimos independizar todos tan pronto. Es cierto que aquello pudo hacerse realidad gracias a la situación socioeconómica en la que se vivía entonces, donde con el quince por ciento del sueldo de un cartero se podía pagar el alquiler de una vivienda de cien metros cuadrados en el centro de cualquier ciudad, sobrando luego dinero para hacer muchas cosas. Estoy hoy día es imposible, porque lo que ha cambiado es el valor del dinero. Hoy con un buen sueldo apenas puedes alquilar un piso. En aquella época fueron así viables muchas cosas que hoy resultarían impensables.

En cualquier caso, el franquismo en Barcelona, insisto, no llegó a integrarse nunca del todo en las estructuras de poder, que siguieron en gran medida en manos de los industriales. Mi padre, por ejemplo, que había luchado en Burgos en el 39 con los nacionales, a cuyo padre además lo habían matado los anarquistas, destruyendo de paso su fábrica, cuando vio que tenía el carnet de la CNT lo único que me dijo fue: «Haz lo que quieras, pero sin violencia». Mi padre era falangista, liberal, pero sus libros de cabecera eran los Ensayos de Montaigne y La decadencia de Occidente de Splenger. Fue una persona que me dio una cultura impresionante. 

Pepe Ribas

¿La contracultura española fue una revolución burguesa?

Para nada. Para empezar porque no sabíamos ninguno de dónde venía la gente, nadie tenía apellidos. Fue una mezcla social absoluta. En Ajoblanco estábamos: Quim Monzó, hijo de un obrero y de una costurera; Toni Puig, que venía de un pueblo pequeño donde su familia regentaba una mercería; Claudi Montañá, hijo de unos panaderos; Albert Abril, hijo de una estanquera; Fernando Mir, que era clase media-alta y bohemia; Luis Racionero, que era pequeño burgués; y yo, que sí era burgués. Pero nadie se preocupaba de saber de dónde venía el otro. Fuimos además nosotros quienes protagonizamos la ruptura sobre este hecho con las generaciones anteriores al no hacer juicios sumarísimos contra nadie, cosa que hasta los comunistas hacían entonces, por ejemplo, contra los homosexuales. 

En aquella época, todos estábamos huyendo de forma espontánea de los autoritarismos, no solo del franquismo sino también del marxismo, del maoísmo y del leninismo. Nos guiaba nuestro instinto y por supuesto nuestras lecturas, a las que llegábamos muchas veces por casualidad. Esta es otra prueba de que nuestra contracultura no fue imitación de nada, porque nadie comenzó a ser contracultural siguiendo un «programa» ideado en el extranjero, fue todo mucho más natural. La realidad fue que al enfrentarnos en la práctica a ideales como el de la libertad sexual, por ejemplo, muchos lo pasamos fatal. Todo esto que se cuenta ahora sobre lo salvajes que eran las orgías de aquellos años y tal, fue durísimo para mi generación, que llevaba dentro todavía latiendo todo el tema de la culpa cristiana. Fuimos una generación con mitos, sí, pero sin maestros, totalmente autodidacta.

Dentro de la llamada Gauche Divine, ¿no crees que hubiera conexión alguna con la contracultura?

La Gauche Divine no tuvo absolutamente nada que ver con la contracultura. Eran otra cosa. Eran todos burgueses y universitarios, mientras que en la contracultura hubo siempre de todo, gente incluso que dejaba la universidad, sí, pero también hijos de la clase trabajadora. Cuando Barral presentaba sus libros en Bocaccio, nosotros íbamos a tirarles bombas fétidas, con eso te lo digo todo. Nos reíamos de Félix de Azúa, a quien imitábamos así todo afectado, diciendo: «¿Ha muerto ya la novela? ¿No ha muerto ya el arte?» [risas]. 

La Gauche Divine, además, no fue nunca colectivista como sí lo fuimos nosotros. Eran gente que competía muchísimo entre sí y nosotros no. Ni siquiera entre las distintas cabeceras. Ajoblanco nunca compitió con Star, porque cuando vi que Juanjo Fernández tiraba más hacia el cómic, nosotros decidimos dedicarnos a otros contenidos, para no pisarnos, para compenetrarnos en definitiva. Fíjate, si nosotros hasta colectivizábamos los sueldos, lo que se ganaba se repartía luego entre todos a partes iguales. Los de la Gauche Divine tenían todos sillones y tresillos de diseño en sus casas, mientras que nosotros con suerte teníamos algunos almohadones en casas compartidas. Nosotros cocinábamos, mientras que ellos tenían servicio. Nuestra forma de vida era totalmente distinta. No teníamos nada que ver con los de la Gauche Divine, como tampoco tuvimos luego nada que ver con sus hijos —Llàtzer Moix, Sergio Vila-Sanjuán, Ramón de España, etc.—, que eran profesionales que  pertenecían ya a la «generación del yo». ¡Iban a los sitios con sueldo! La prueba de que nunca fueron contraculturales se vio clara también cuando llegaron las Olimpiadas del 92 y a los hijos de la Gauche Divine se les encargó todo, mientras que a los de Ajoblanco no se les llamó para nada.

En la contracultura es cierto que había gente que vivía de manera más underground que otra, pero ni siquiera los más burgueses de nuestra generación tuvieron nada que ver con los de la Gauche Divine. La cultura es cómo vives, no cómo piensas.

¿Y Anagrama? ¿No crees que al menos sus primeras publicaciones tuvieron algo de contracultural?

Nuestra editorial contracultural de referencia entonces fue Kairós, no Anagrama. Y si me apuras, más contracultural que Anagrama fue Tusquets con su colección «Acracia», que contó con cerca de cincuenta títulos. Anagrama sacaba, sí, pequeños textos de corte contracultural pero que en realidad eran resúmenes que nos obligaban luego ir a buscar los libros completos al extranjero. Recuerdo de hecho ir a París con Juanjo Fernández —el de Ajoblanco no el de Star— a comprar La Internacional Situacionista, que había publicado Anagrama resumida. En ese viaje conocimos a Agustín García Calvo, que vivía en un apartamento donde tenía su mesita, su máquina de escribir, un montón de folios en blanco al lado, e iba vestido con un traje que nos dijo tenía todos los colores de los pájaros del Caribe. A mí me pareció genial el personaje, pero Juanjo, que era situacionista puro, se enfadó mucho tras conocerlo [risas].

El libro clave para nosotros en aquella época fue California Trip, de María José Ragué, que sacó Kairós. No fue, como se ha dicho en algunos sitios, El nacimiento de la contracultura de Roszak, que, aunque lo publicó también entonces Kairós, nadie leyó porque era un tostón. En cambio, el de Ragué era un libro práctico que te explicaba de primera mano lo que estaba pasando en ese momento en Estados Unidos, contado además por uno de los nuestros.

En esto de qué es o no contracultural, creo que ha creado confusión el ensayo Culpables por la literatura, de Germán Labrador, que es un libro impecable desde el punto de vista literario, pero que da como contracultural cosas que claramente no lo son. Mezcla muchas historias. El caso más llamativo es el de Leopoldo María Panero, que era una persona muy compleja, muy interesante, muy underground, pero contracultural no era. 

Pepe Ribas

¿Por qué el PSUC terminó encontrando más afinidades entre los integrantes de la Gauche Divine que entre vosotros?

La cultura que promovía el PSUC era una cultura de mitin. Ellos querían el poder y nosotros queríamos cambiar la vida cotidiana desde la libertad, que son cosas muy diferentes. Ellos querían arrebatarle el poder al franquismo y nosotros cambiar las mentes que había gestado el franquismo pero también el comunismo, por lo que no había forma de coincidir con ellos. ¡El PSUC te decía hasta cómo tenías que vestir! Tenían unas cabezas antiguas, amuebladas con cosas del siglo XIX mientras que nosotros estábamos ya en el siglo XXI, hablando de ecología, de feminismo, de salud y naturismo, de temas que siguen vigentes ahora. Si tú lees los que escribíamos entonces al respecto en Ajoblanco verás que son los mismos debates que tenemos hoy día. 

Nosotros tuvimos un fuerte encontronazo con ellos durante una manifestación en la que se pusieron todas las locas y los travestis delante de la fila y estos las echaron de allí escandalizados. Hubo ahí una escisión grande entre ellos y nosotros. Nuestra idea era que cada uno hiciera lo que creía que tenía que hacer, pero eso iba en contra totalmente de los preceptos del partido. 

Para entonces, Vázquez Montalbán era una persona de lo más autoritaria, que jugaba además a un doble juego, ya que en paralelo a su militancia estaba ganando dinero y construyéndose una piscina y una pista de tenis en su casa. Los fines de semana, además, se dejaba ver con todos los ricachos de Pals, como Helen Portabella. Lo que pasa es que Manolo era un humanista, un ser muy contradictorio, dominado por su mujer, catalanista acérrima. Manolo en el fondo era un gamberro muy tímido. Con todo, no deja de ser significativo que el día de las primeras elecciones democráticas, cuando los comunistas obtuvieron el dieciocho por ciento de los votos, a los señoritos del partido, a Vázquez Montalbán entre otros, les tuvieron que poner por delante las sillas para celebrar la noticia y quienes lo hicieron fueron los obreros. Esto me lo han contado algunos dirigentes del PSUC, ¿eh? No me invento nada.

Nosotros rompimos con toda esa concepción anquilosada de la sociedad, básicamente porque fuimos la primera generación que comenzó a convivir en pisos compartidos. Ana Castellar, secretaria de Barral, nos dejó su casa para que fundáramos allí nuestra comuna, donde nos mezclamos gente de todo tipo. Teníamos un calcetín gris donde cada uno metía el dinero que podía para poder pasar la semana. Había gente que no metía nada, porque no tenía, por eso el calcetín era gris, para que no se transparentara. Esta idea se la copiamos a los anarquistas. Llegamos luego a formar parte de la ODAF, la Oficina de Ayuda al Freak, una organización que prestaba servicios colectivos de todo tipo a las comunas. 

¿Cómo nace Ajoblanco?

Ajoblanco nace en el bar de la facultad de Derecho, donde nos reuníamos un grupo de estudiantes entre los que estaban Antonio Otero, José Solé, Alfredo Astor, Tomás Nart y yo. Montamos juntos una asociación política influida por nuestras lecturas de entonces: mucho surrealismo, mucho centroeuropeo… Nos bautizamos como el grupo Nabucco. Otero y Solé eran muy cultos, lo habían leído todo, leían además cosas muy atípicas. La verdad es que éramos un grupo bastante insólito.

Un día quisimos montar una obra de teatro en la facultad, pero la comisión de cultura, que estaba formada por gente del PSUC, no nos dejó. En la facultad sufrimos varias traiciones, una de ellas por parte de Bandera Roja, que en el marco de la organización de un encierro estudiantil en el que habíamos tomado una decisión que a ellos no les convenía estratégicamente nos delataron a la policía. Luego, por culpa también de un miembro del PSUC, nos clausuraron la facultad. Como no podíamos seguir estudiando, decidimos entonces hacer un largo viaje en coche y llegamos hasta Grecia, donde estuvimos dos meses viviendo, tocando la guitarra por las calles, haciendo trueques, y esa experiencia nos unió de una forma distinta. Experimentamos en aquel lugar otra forma de vivir y de pensar y vimos que lo que habíamos leído sobre la contracultura en los libros era real. De algún modo allí nació la necesidad de hacer algo, pero no sabíamos todavía qué. 

En el verano de ese año, te hablo de 1973, me fui a Ámsterdam y a París con Ana Castellar. Estuvimos viviendo primero en el Vondelpark, junto a más de cinco mil personas. Vimos a David Bowie en el Paradiso, cantando como una lagarterana valenciana, o al menos esa fue la sensación que tuve [risas]. De Ámsterdam fuimos a París, y allí me encontré en un bar con Panero, que me insultó y me echó por no ir al hotel donde él vivía. Me fui entonces andando hasta un pequeño parque donde hay una estatua de Apollinaire y allí mismo tuve una revelación. Estaba leyendo un libro de André Breton, Los pasos perdidos, donde se decía algo así como: «Para ganar algo tienes que perder algo antes, porque si no pierdes nada no te quedará nunca hueco para lo que quieres hacer». Y me dije: «Tengo que hacer una revista». Vi claro entonces que había mucha gente a mi alrededor muy perdida que no sabía dónde estaba y vi claro también que tenía que ser una revista legal, realizada además fuera del ámbito de la universidad, sin dependencias de ningún tipo. 

Nada más llegar a España, convoqué a todos los Nabuccos y a Ana Castellar en el restaurante Putxet, al que habíamos ido alguna vez ya, y les conté lo de la revista. «Quien quiera seguirme que me siga», les dije. Y todos se apuntaron. La revista acabó llamándose Ajoblanco, porque la camarera del restaurante, una malagueña que nos quería mucho, nos hizo esa noche el plato típico de su pueblo, el ajoblanco.

Después vino todo como muy rodado, gracias a un sinfín de coincidencias y casualidades. Tres semanas después de aquel encuentro en Putxet, en la librería del drugstore, donde se vendían en Barcelona todos los libros prohibidos, compré Utopía de Tomás Moro y me crucé por la calle con Toni Puig, que estaba tomándose un chucho de azúcar. Al verlo, nos pusimos a hablar, él con el pastel en la mano y yo con el libro de Tomás Moro, y nos dio un ataque de risa al darnos cuenta de la estampa. Nos fuimos luego a su casa. Toni vivía entonces en una comuna en la que también estaban un miembro de Els Comediants, otro de Els Joglars más una feminista anarquista, y pasamos una noche gloriosa porque allí se juntaron las dos Cataluñas, la burguesa culta y la rural anarquista. Gracias a Toni conocí luego a Pep Rigol y a través de Rigol conocí a Quim Monzó, a Albert Abril y a Claudi Montañá. Como los Nabucco se fueron todos al poco a hacer el servicio militar, me vi solo justo cuando íbamos a empezar a montar la revista, así que empecé a hacerla con estas nuevas amistades.  

Pepe Ribas

Me imagino que los inicios fueron complicados. ¿Cómo conseguisteis daros a conocer? En España, no había tradición alguna de revistas de ese tipo.

El primer escollo que tuvimos que sortear fue el tema de los permisos, que conseguimos gracias a las gestiones que hizo Félix Vilaseca, un abogado recién licenciado amigo mío a quien conocía de los tiempos del colegio. Nos los dieron también porque, en paralelo, Roger Jiménez, director de Europa Press en Barcelona, que había cubierto muchas ruedas de prensa del PSUC durante los encierros estudiantiles, nos ayudó a dar con las personas claves con las que había que hablar. Localizamos así a José Mario Armero, jefe de Europa Press en Madrid, con muchos contactos dentro del Ministerio. Decidí entonces ir a verlo, pero antes me quise enterar qué era lo que le gustaba a este tal Armero. Me enteré así que lo que más le gustaba era el circo, así que me pasé unos días con la gente de Els Comedians hablando sobre el mundo del circo, para entender bien lo que era y cómo funcionaba.

Cuando nos vimos en Madrid y empezamos a hablar, recuerdo que Armero me dijo: «¿Pero tú de dónde sales?» [risas]. Acabamos luego cenando, lo pasamos genial. Armero me presentó al poco a Pío Cabanillas, que era un ministro muy progre, y este terminó dándome los permisos para publicar Ajoblanco el 18 de julio de 1974. Recuerdo que ese día en Madrid no había quien se moviera por las calles, estaba todo lleno de fascistas. No había visto una cosa igual en mi vida. Asustado, me metí en el bar Anselmo mientras pasaba la marabunta, y el camarero me dijo: «Allá hay dos muy progres también muertos de miedo». ¡Eran Alberto Corazón y Sara de Azcárate! [risas] Me senté con ellos a hacer tiempo y acabamos siendo amigos. Mi vida ha sido siempre así. 

Con los permisos concedidos, lo primero que hice fue buscar a un periodista con carnet que hiciera de redactor jefe. Lo intenté primero con los progres de Tele/eXprés, pero no me echaron mucha cuenta. Conseguí al menos que me presentaran a Ramon Barnils, que nos dijo: «Si me invitáis a un par de Cardhus en el Boadas os dejo el carnet de periodista unas semanas para que hagáis lo que queráis con él». Y así empezamos. 

El dinero para hacer la revista, ¿de dónde salió?

De un amigo de mi hermana que se acababa de separar. Nos dio cien mil pesetas. Estaba muy amargado con la separación. Ganaba mucho dinero porque tenía una empresa textil, que todavía existe, por cierto. Era un luchador. Nos vio con tanto ímpetu montando la revista que quiso participar de algún modo. Mi madre me prestó también cincuenta mil pesetas. Luego hicimos bonos y tal, pero fue complicado sacar aquello adelante. Hubo un momento que tuvimos que pedir un crédito. Nos lo dieron gracias a que Toni Puig tenía una nómina, porque daba clases por las mañanas en una pequeña escuela infantil experimental. Era de esas escuelas que se llevaban a los niños al parque a dar allí las clases. Si te fijas, todo giraba en torno a la contracultura. Ahí estaba el tema de la nueva educación. 

¿Qué ocurrió exactamente con vuestro primer logo, aquel que tomaba la tipografía de la Coca-Cola?

Que la Coca-Cola nos mandó una carta diciendo que si no lo cambiábamos de inmediato nos pondrían un pleito. Nosotros les respondimos, a través de este amigo mío abogado, Félix Vilaseca, que no habíamos copiado el logo de la Coca-Cola sino el logo del Cacaolat. Aquel primer logo lo hizo Quim Monzó. Tras recibir la carta de la Coca-Cola, decidimos por si acaso modificarlo ligeramente. Recuerdo ir al despacho de Quim a ver el logo retocado el día que murió Franco

¿Cuándo veis que la revista empieza a despegar?

Los dos primeros números nos provocaron un déficit tremendo. Yo estaba ya en la mili y veía como el Ajo se hundía, así que fingí allí un ataque al corazón tremendo, tanto que los militares se lo creyeron y me dejaron volver a casa. Pedimos entonces el crédito del que te hablaba antes. Con ese crédito sacamos los números 4 y 5, con las portadas diseñadas por América Sánchez. Eran números muy pop, pero no terminaban de funcionar. La gente estaba en aquella época obsesionada con Andy Warhol, un personaje que siempre me ha parecido muy comercial, pero como necesitábamos que la revista despegara, metimos a Warhol en el número 6. Y ahí recuperamos un poco. 

¿Recuerdas cifras de venta?

Del número 1 tiramos diez mil ejemplares y vendimos cinco mil; del número 2, vendimos dos mil; del número 3, vendimos dos mil doscientos; del número 4, vendimos tres mil: del número 5, vendimos dos mil cien; y del número 6, volvimos a vender cinco mil, recuperando la tirada del primer número. 

Ocurrió no obstante que pronto nos volvimos a quedar sin dinero. Estuvimos todo el verano y todo el otoño del 75 sin sacar ningún número. El verano del 75 fue, como sabes, el «verano negro», como lo calificó en su día Luis Vigil. Fue el verano del Canet Rock, pero también cuando secuestraron La piraña divina de Nazario y cuando la censura suspendió temporalmente el Star alegando que era una revista de tebeos, no teniendo permiso para ello. Fue igualmente el verano en el que un tal Wilson, supuesto militante de ETA, estuvo pasando unos días en casa de Toni Puig. Al enterarnos de aquello, decidimos todos marcharnos de Barcelona, por si acaso. Los de El Rrollo Enmascarado se fueron a Ibiza, porque a Mariscal le dio la paranoia con el secuestro de La piraña divina. Fue allí en Ibiza de hecho donde aprendieron a utilizar el color en los dibujos. Y nosotros nos fuimos algunos a Menorca.

En Menorca me tome un ácido junto a Fernando Mir, Luis Racionero y su mujer. Estando en ácido vi claro que Racionero tenía que poner dinero para la revista [risas] y nos dio doscientas mil pesetas. El empresario textil que nos había apoyado al principio puso cien mil pesetas más. Con ese dinero me hice solo el número 7. Lo maqueté y diseñé yo entero. Mi hermana me ayudó a picar los textos. Fernando Mir, que trabajaba en Salvat, venía de vez a cuando a ayudarme a corregirlos. Ese número fue doble, tenía el desplegable. Era un número totalmente libertario. Para entonces, todos los catalanistas que colaboraban con nosotros se habían ido ya de la revista. Se dieron cuenta de que no tenían cabida en un sitio que no iba contra nadie. 

Fernando Mir dejó luego Salvat y juntos hicimos los siguientes números. Con el 10 nos llegó el primer escándalo y vendimos doce mil ejemplares. Ahí fue donde la cosa cambió para siempre. 

Pepe Ribas

Entiendo que ese fue el número dedicado a las Fallas.

Efectivamente. El Consejo de Ministros suspendió la revista entonces durante cuatro meses por su contenido sexual y de la peineta rebelde de la portada. Nos multaron también, pero la multa no la llegamos a pagar. Muchas de las multas que se imponían no se pagaban nunca. Star tampoco las pagó. Esto me lo ha confirmado el propio Juanjo. Nos llegaron además denuncias de todos los sitios, desde el Ayuntamiento de Valencia, desde la Junta General Fallera… Nos achacaban primero que el número, que ofrecía una visión pagana de las Fallas, lo habían escrito solo catalanes, lo cual era mentira porque casi todos los que participaron en él eran valencianos. Allí estaba Javier Valenzuela, que era de la facción joven de Ajoblanco, y también Amadeu Fabregat, que era de la facción catalanista. Fabregat había hecho además junto a Lluís Fernández aquella película tan transgresora, que nadie ha visto en verdad porque solo se conservan algunos fragmentos, titulada La fallera mecánica, para cuyo rodaje colaron a un travesti durante la celebración oficial de las Fallas y nadie se dio cuenta de aquello hasta que en la revista lo comentamos. Con el Ministerio negociamos en aquel momento para que nos dejaran sacar el número de julio a cambio de tomarnos unas vacaciones largas hasta diciembre. En ese tiempo nos replanteamos la revista, nos fuimos de nuevo a Menorca en comunidad y nos empollamos todo el anarquismo español. 

El número 16 de Ajoblanco lo tiramos ya en rotativa, porque fueron cincuenta mil ejemplares. Del número 25, dedicado a las Jornadas Libertarias, vendimos cien mil ejemplares. Buena parte del dinero que ganamos entonces lo destinamos a asociaciones de mujeres maltratadas, también invertimos en proyectos ecológicos. Pero las Jornadas Libertarias fue el principio del fin. La CNT no supo cómo asumir todo aquello y comenzó la guerra sucia. El caso Scala fue un horror. Detrás de aquello no estuvo Martín Villa, como se ha dicho siempre, sino que estuvo la OTAN, pues lo sucedido formó parte de la Operación Gladio. A partir de ahí, los nacionalistas catalanes se izquierdas se dedicaron a destruir los ateneos libertarios para que no lograran hacerle sombra a las asociaciones de vecinos, que era donde la izquierda estaba preparando su burocracia de cara a las futuras elecciones municipales. En pocos años pasaron cosas tremendas. Mi generación se radicalizó o se volvió neorrural cuando empezaron a mandar los partidos democráticos que habían pactado con el franquismo. Radicalización, dispersión o integración. 1976 fue el año de la libertad, 1977 fue el año de lo libertario y en 1978 prácticamente se acabó la contracultura y se consolidó el punk ibérico. Al año siguiente cerramos Ajoblanco y yo decidí irme a Madrid, donde viví de primera mano el nacimiento de toda la movida, hasta 1983.

Los de Ajoblanco en este sentido fuimos puramente contraculturales y precisamente por ello nos tocó a nosotros matar a la contracultura. Matamos a la contracultura norteamericana para así poder asumir el pasado libertario español, coincidiendo con el retorno a España de los exiliados, sobre todo los de la autogestión, los que hicieron las colectivizaciones y tal. Cuando nos contaban sus experiencias nos quedábamos verdaderamente alucinados. Nosotros tuvimos siempre conciencia social y por eso no hay ningún muerto por heroína en Ajoblanco. Ni uno. Porque sabíamos perfectamente lo que estábamos haciendo. Desparecimos así de manera muy consciente.

En Ajoblanco colaboraron al principio muy activamente Quim Monzó y Karmele Marchante. ¿Qué opinión te merecen sus derivas?

Al poco de irme yo a Madrid, Quim Monzó se fue a vivir becado a Nueva York y allí, de algún modo, se hizo en serio escritor, se interesó por la literatura y a eso se dedicó después de haber pasado por Ajoblanco. Monzó es un tipo muy interesante. Es justo decir que ya era nacionalista en aquella época, luego lo fue menos, y ahora lo es de nuevo. Es verdad que entonces era un nacionalista raro, que lo mismo se emocionaba al conocer a Jaime Gil de Biedma que se iba al Ateneo a leer poesía con Biel Mesquida

Karmele Marchante se dio pronto cuenta de que el periodismo era un chotis, porque a partir de 1978 la libertad de prensa dejó realmente de existir en España. Cuando Antonio Asensio comenzó a negociar con los periodistas sus dosieres en Interviú, se acabó todo. Karmele vio esto claro y acabó metida en la prensa rosa porque tenía que ganarse la vida. Pero Karmele ha sido siempre una feminista radical y a día de hoy sigue trabajando con mujeres necesitadas, haciendo un trabajo magnífico. Lo de la Karmele es muy fuerte, es una historia muy bonita la suya. Deberías entrevistarla.

Muchos consideran que buena parte de los contenidos del primer Ajoblanco eran en el fondo muy utópicos, por no decir ingenuos. ¿Cómo lo ves ahora?

Estoy de acuerdo. Sin utopía no hay camino que recorrer, dependes tan solo de las circunstancias. La utopía te marca unas fuentes, unas ilusiones, y yo creo que la ilusión en los setenta fue esencial para vencer al franquismo, porque teníamos tanta… Si ahora estamos tan perdidos es porque no tenemos perspectivas utópicas. Es verdad que en Ajoblanco fuimos utópicos e ingenuos, pero porque la ingenuidad fue lo que nos dio la libertad. La libertad es ingenua o no es libertad. Nosotros no tuvimos miedo nunca, al menos al principio. Lo tuvimos, fíjate, a partir de las Jornadas Libertarias. Fernando Mir, de hecho, se fue de Ajoblanco tras las Jornadas Libertarias, que fueron un éxito social pero un fracaso político. Tengo claro que en España las cabezas de muchos cambiaron radicalmente a partir de entonces. Aquello fue un trabajo colectivo realizado por un pequeño grupo de personas que, por más que estuviera detrás la CNT, eran por encima de todo libertarias. De aquel logro no quiero yo sentirme protagonista de nada, porque yo lo más que fui entonces fue coordinador. Yo dejé hacer a los demás, nunca firmé nada. Fue todo cooperativo y así debe recordarse.

De aquellas Jornadas Libertarias se recuerda como especialmente transgresora la intervención de Ocaña, tan reivindicado hoy día.

Ocaña fue un personaje muy complejo. El primer artículo serio que se escribió sobre él salió en Ajoblanco. Nos contactó él a nosotros y nos contó que estaba harto de la forma en la que estaba siendo tratado por algunos medios. Quería contar públicamente con sus propias palabras quién era, no dejar que otros le pusieran etiquetas. Ocaña representaba entonces la cultura andaluza de verdad, la cultura del gitano de verdad, que se ponía la vida por montera y hacía lo que le daba gana. Ocaña no era un travesti, era simplemente Ocaña. No se habla nunca además de la influencia que tuvo en él Lola, la mujer de Paco Lira, y es fundamental para entender al personaje.

Hay que tener cuidado, por otro lado, con los procesos de mitificación, porque a veces algunos parecen querer dar a entender que la contracultura nació y murió con Ocaña. Pero la contracultura tuvo muchos padres, muchos sin nombre. Ahora está de moda decir que nuestra revolución fracasó, pero no es verdad. Julià Guillamon, por ejemplo, sostiene que el sistema de comunas de entonces fracasó, y yo le digo que no. Porque hoy en día las familias funcionan como comunas gracias al cambio que provocamos nosotros. Antiguamente, a los padres se les hablaba de usted. En la mesa, los críos no podían hablar. Las niñas, cuando tenían la regla, eran castigadas. Los niños, si tenían una eyaculación precoz, eran castigados.

Cuando nosotros empezamos a vivir en comunas, a los niños se les enseñó a convivir en otros ambientes. Para empezar, lo hicieron en un ambiente feminista, donde muchos éramos bisexuales, de ahí que estos niños crecieran sin complejos en cuanto a la identidad sexual. España es hoy día el país menos religioso de todo Occidente. Las iglesias están en verdad vacías. En Francia y en Alemania están llenas. No es casual que el primer país que eliminó los manicomios fuera España, tampoco que fuera prácticamente el primero en legalizar el matrimonio homosexual. Todos estos logros traen causa de unos debates sociales asumidos por las nuevas generaciones, debates que por otro lado ya estaban en Ajoblanco, las cosas como son.

En retrospectiva, de Ajoblanco me parece hoy día especialmente interesante la sección de cartas que publicabais, donde tanta gente perdida os escribía tratando de encontrar afinidades con quien fuera. Son cartas que demuestran lo desesperada que estaba mucha gente entonces, sobre todo fuera de las grandes ciudades.

Me alegra y me apena que destaques esa sección, porque conservo todas esas cartas y nadie me ha pedido nunca verlas. Tendré unas veinte mil. Son un documento sociológico fundamental para entender el tipo de sociedad que era entonces España, pero nadie se ha interesado nunca por ellas, ningún investigador. La gente habla así de oídas, porque ahí está todo. En esas cartas, la gente nos contaba, por ejemplo, su vida sexual. Muchas mujeres maltratadas nos confesaban sus dramas. Precisamente, a raíz de estos testimonios, decidimos fundar una revista feminista llamada Xiana, que dirigió de hecho Karmele Marchante. La gente nos escribía al Ajo como si la revista fuera una persona: «Querido Ajo», nos decían. 

Pepe Ribas

¿Qué gran relato crees que falta por contar sobre la contracultura catalana?

En término generales, está todo dicho ya, aunque sería sin duda interesante conocer en detalle las historias personales de más protagonistas del período. Fernando Mir, por ejemplo, tendría muchas cosas que contar, pero no quiere. Canti Casanovas, con quien he comisariado la exposición en el Palau Robert, también debería escribir sus memorias, porque su experiencia es muy distinta a la mía, por ejemplo. De hecho fue por eso por lo que quise contar con él a la hora de armar el relato de la exposición, porque nunca quise que fuera mi visión personal de las cosas, quería que se contara la historia total. 

El cómo ha surgido esta exposición es muy interesante. A mí me llama un día un señor de la Generalitat y me propone desde el primer momento hacer una exposición sobre la contracultura catalana. Como comprenderás, yo me quedé atónito. La propuesta en un principio iba dirigida a mí y a José María Lafuente, pero Lafuente se quitó rápidamente de en medio, porque él no tenía ninguna pulsión de contar ningún relato. A él, como coleccionista, lo que le interesa son los artistas y su obra, pero yo veo esas obras como parte de un cambio social, nacidas al hilo del mismo. A la Generalitat le puse entonces dos condiciones no negociables para hacer la exposición: por un lado, libertad absoluta a la hora de definir sus contenidos, bajo la advertencia de que yo era una persona sensata y si tenía que meter en la exposición alguna polla, por ejemplo, lo haría sin abusar; y por otro, que con el dinero que me iban ellos a dar, me dejaran subcontratar a alguien con quien me pudiera pelear para dar forma al relato. Ahí fue cuando pensé en Canti Casanovas, que es más catalanista que yo, estuvo metido en el mundo de la heroína… y era en definitiva un perfil mucho más radical que el mío. Como ya presentía, hemos acabado siendo como hermanos. Él me ha cambiado muchísimo la cabeza y yo creo que también se la he cambiado a él en muchos aspectos. 

La exposición ha sido finalmente vista por más de cincuenta mil personas. Ha dado lugar a unas jornadas de reflexión muy interesantes. Yo he visto a muchos jóvenes ir allí y emocionarse. Sinceramente, no me esperaba tanto éxito. 

¿Por qué los pintores tienen tan poca presencia en la exposición? 

Es posible que falten pintores, sí. En la contracultura, la parte pictórica tiró más hacía el comic y la ilustración, porque la verdad es que la pintura conceptual no es contracultural, y mira que los primeros Ajoblanco fueron todos conceptuales, a nivel de maquetación digo. ¿Quién sería para ti un pintor contracultural? 

¿No te lo parecen los del colectivo Trama?

No, porque eran muy estructuralistas. Y el estructuralismo no es contracultura. Eran más posmarxistas, pienso. Tampoco estaban muy relacionados con nosotros, la verdad. 

¿Los pintores de la Nueva Figuración Madrileña no te parecen tampoco contraculturales?

En Madrid, como ya hemos hablado, no pudo haber contracultura debido a la falta de espacios libertarios. El único lugar digno de mención fue La Vaquería, que recibió un bombazo, porque en el piso de enfrente estaba la CNT. La CNT madrileña no entendió nada. Fue parte del conflicto, de hecho. En Madrid sí que surgieron, de forma aislada, dos figuras importantísimas. Por un lado, está la figura de Ceesepe, que era anarquista desde el principio. El primer articulo suyo lo publicamos nosotros en Ajoblanco. Es un artículo que salió sin firmar y que luego él recuperó en El Carajillo, un fanzine que tuvo que imprimir en Barcelona. A Ceesepe luego se le ha relacionado mucho con el fotógrafo Alberto García-Alix, a quien creo que se la ha dado una relevancia en los setenta que no tiene. Ceesepe en cualquier caso es un personaje clave de la contracultura española.

Y el otro es alguien cuyo nombre no te puedo decir todavía pero cuya historia no ha sido contada. Te diré solo que es un personaje que conecta con otros cinco, entre ellos Fernando Márquez el Zurdo. Todos estos montan las Ediciones Antípodas y publican en 1976 el fanzine Mmm…! Uno de estos alquiló un despacho en la calle Augusto Figueroa, donde conocí a Bernardo Bonezzi y a Alaska. Alaska tenía entonces trece años. Al verla, le dije: «¿Tú que haces aquí?». Y me respondió: «Quiero ser petarda» [risas]. Me pareció genial. La cosa es que se ha encontrado hace poco una caja entera con información de este grupo y pretendo en breve escribir sobre ellos. Moncho Alpuente los invitó una vez a salir en televisión, pero este personaje que te digo no pudo ir porque se había inventado una personalidad… Es un poeta visual increíble que aglutina a mucha gente a su alrededor. Es un tipo verdaderamente libertario, como Ceesepe, de los pocos contraculturales que hubo en Madrid. En Madrid sobre todo lo que hubo es underground. Ahora estoy de hecho coleccionando la revista Bazofia, que es sorprendente.

¿Tendría sentido hacer hoy día una revista contracultural? 

Sí. Es más, es el momento de hacerla. Pero nos tendríamos que unir gente muy distinta. Porque el principal problema que tenemos todos ahora no es generacional, sino de necesidad: necesitamos buscar perspectivas utópicas. El tercer Ajoblanco fracasó porque cometí el error de darle el relevo a los veinteañeros, pensando que generacionalmente tendrían el mismo ímpetu que nosotros, pero lo cierto es que no estaban preparados. Tras aquello me di cuenta de que el relevo tiene que ser transgeneracional, nos tenemos que entender gente muy distinta, gente que ha estado en bandos distintos y ha vivido en momentos distintos de la historia. 

La contracultura exige en principio una forma de vida que tal y como están las cosas hoy día es imposible materialmente poner en práctica. No podemos vivir contraculturalmente, pero sí podríamos hacer una revista que, sin ser radical, fuera contra el sistema, tanto el educativo como el cultural. Debería hacerse esta revista. Hay un hueco, de hecho. Debería hacerse además desde la periferia, entre Sevilla, Barcelona y algún sitio de Galicia. Habría que romper ciertas susceptibilidades estúpidas, crear primero una red para hacer viable la revista en papel, al menos cada tres meses. Con un crowdfunding funcionaría. La exposición ha demostrado que hay un público para ello. Estaría bien que no firmáramos ninguno, para romper con la autocensura. Yo estoy dispuesto a lo que queráis.

Pepe Ribas